Read the book: «Colombia frente a los escenarios del pacífico»

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© Universidad Nacional de Colombia

© Editorial Universidad Nacional de Colombia

© Ricardo Mosquera Mesa

© Gustavo Adolfo Silva Carrero, editor

Primera edición, mayo de 2020

ISBN 978-958-794-151-7 (e-pub)

ISBN 978-958-794-002-2 (e-book)

ISBN 978-958-794-001-5 (rústica)

Editorial Universidad Nacional de Colombia

direditorial@unal.edu.co

www.editorial.unal.edu.co

Corrección de estilo

Juan Nicolás Donoso

Diseño y diagramación

Olga Lucía Cardozo Herreño

Conversión a ePub

Mákina Editorial

https://makinaeditorial.com/

Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio sin la autorización escrita del titular de los derechos patrimoniales

Catalogación en la publicación Universidad Nacional de Colombia

Mosquera Mesa, Ricardo, 1946-

Colombia frente a los escenarios del Pacífico : ¿De qué Pacífico hablamos? / Ricardo Mosquera Mesa ; editor, Gustavo Adolfo Silva Carrero. -- Bogotá : Universidad Nacional de Colombia. Editorial, 2020.

CD-ROM : ilustraciones (principalmente a color), diagramas, mapas

Incluye referencias bibliográficas

ISBN 978-958-794-151-7 (e-pub)

1. Economía internacional 2. Comercio internacional 3. Cooperación en la región del Pacífico 4. Política económica 5. Globalización 6. Economía -- Asia -- Pacífico 7. Colombia -- Relaciones económicas internacionales I. Silva Carrero, Gustavo Adolfo, 1976-, editor II. Título

CDD-23337.86105 / 2020

Tabla de contenido

Lista de gráficos

Gráfico 1. Perspectivas de la economía global

Gráfico 2. Desempleo en el mundo

Gráfico 3. Crecimiento del comercio mundial

Gráfico 4. Comercio mundial por regiones (variación porcentual)

Gráfico 5. Índice de Competitividad Foro Económico Mundial

Gráfico 6. Pilares de Competitividad por Bloques (2017)

Gráfico 7. Pilares de Competitividad por Bloques 2 (2017)

Gráfico 8. Índice de Desempeño Logístico (2016)

Gráfico 9. El costo de importar (2016)

Gráfico 10. El costo de exportar (2016)

Gráfico 11. Calidad de infraestructura portuaria (2017)

Gráfico 12. PIB per cápita (2018)V

Gráfico 13. Indicadores macroeconómicos (2018)

Gráfico 14. Emisiones de CO2 (kt)

Gráfico 15. Exportaciones Asean

Gráfico 16. Importaciones Asean

Gráfico 17. Índice de competitividad (Asia 2017)

Gráfico 18. China: entradas y salidas de inversión extranjera directa, 2006-2017

Gráfico 19. Indicadores macroeconómicos Unión Europea (2018)

Gráfico 20. Índice de competitividad (Europa)

Gráfico 21. Atentados terroristas en Europa (por países)

Gráfico 22. Percepción del terrorismo como el principal problema de EE. UU.

Gráfico 23. Relación entre la percepción en el creciente número de inmigrantes y el miedo del terrorismo en Europa

Gráfico 24. Competitividad Nafta por pilares 1 (2017)

Gráfico 25. Competitividad Nafta por pilares 2 (2017)

Gráfico 26. Comercio bilateral EE. UU. – China (2018)

Gráfico 27. PIB per cápita (precios constantes)

Gráfico 28. Índice de competitividad en Alianza del Pacífico

Gráfico 29A. Pilares de la competitividad Alianza del Pacífico-1 (2017)

Gráfico 29B. Pilares de la competitividad Alianza del Pacífico-2 (2017)

Gráfico 30. Calidad de infraestructura portuaria

Gráfico 31. Índice de rendimiento logístico (2017)

Gráfico 32. Crecimiento del PIB

Gráfico 33. Inflación

Gráfico 34. Desempleo

Gráfico 35. Entrada neta de capitales

Gráfico 36. Balanza comercial (% del PIB)

Gráfico 37. Valor agregado (2018)

Gráfico 38. Calidad de infraestructura portuaria

Gráfico 39. Desigualdad por países de AP

Gráfico 40. Participación del 10 % más pobre en el ingreso

Gráfico 41. Participación del 10 % más rico en el ingreso

Gráfico 42. Distribución del ingreso en América Latina y el Caribe 2017

Gráfico 43. Desigualdad y participación política de la mujer

Gráfico 44. Desigualdad y transparencia

Gráfico 45. Tenencia del ingreso vs incidencia del gasto

Gráfico 46. Estabilidad política vs. participación de la población

Gráfico 47. Factores más problemáticos para hacer negocios en Colombia Según el FEM

Gráfico 48. Víctimas asesinatos selectivos en Colombia

Gráfico 49. Las 40 principales economías agrupadas en bloques de acuerdo a su PIB (2017)

Gráfico 50. Inversión extranjera directa de China en América Latina

Gráfico 51. Inversión extranjera directa de China en América Latina por país de destino, en millones de dólares (2001-2016)

Gráfico 52. Número de empleos generados por inversiones chinas, en miles (2001-2016)

Gráfico 53. PIB Japón hasta 2017

Gráfico 54. Índice de competitividad

Gráfico 55. Índice Transparencia internacional

Gráfico 56. Nivel de Confianza en el Congreso

Gráfico 57. Nivel de Confianza en la Rama Judicial

Gráfico 58. Nivel de Confianza en el Gobierno

Gráfico 59. Inversión en I+D 1996-2016 (% del PIB)

Gráfico 60. Grupos de investigación por sector

Gráfico 61. Porcentaje del PIB invertido en I+D

Lista de tablas, figuras y mapas

Tabla 1. Destinos de las exportaciones latinoamericanas 2012, datos en porcentaje

Tabla 2. Distribución del ingreso en la Alianza Pacífico (2017)

Figura 1. Las cifras de la Alianza del Pacífico (AP)

Figura 2. Indicadores económicos Chile-Colombia

Figura 3. Indicadores económicos México-Perú

Figura 4. Índice global de competitividad: Colombia

Figura 5. Generalidades del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica

Figura 6. Ranking académico de universidades del mundo (2018)

Figura 7. Mejores universidades en Latinoamérica (2018)

Figura 8. Top 10 de economías innovadoras en 2019. Índice de Innovación Bloomberg

Mapa 1. Bloques de cooperación económica y política para el desarrollo regional

Mapa 2. Nuevo mapa de la seda – China define nuevas rutas comerciales para acercar otras regiones al país

AGRADECIMIENTOS

Al profesor Homero Cuevas Triana (q.e.p.d.), quien hizo importantes sugerencias al inicio de la investigación y valiosos comentarios como lector, y que luego, como decano de la Facultad de Ciencias Económicas, facilitó la edición del libro de mi autoría, Colombia frente a los escenarios del Pacífico, Colección 60 Años FCE (2013). De igual forma agradezco al sociólogo, escritor y colega Gabriel Restrepo, quien se dio a la tarea de leer todas las publicaciones anteriores y actuales, y con quien sostuve fecundas conversaciones. Gabriel, como presentador del actual libro, hizo sugerencias y aportes enriquecedores. También a los miembros del Comité Editorial de la Facultad de Ciencias Económicas, profesores Álvaro Zerda S. y Juan Abel Lara (q.e.p.d.), por recomendar la publicación de aquel primer trabajo sobre el tema que hoy también aborda este libro.

A mis asistentes de investigación, los economistas M. A. Alejandro Ariza y David Rivera Escobar, quienes leyeron los borradores y contribuyeron a la actualización de información en distintos momentos del proceso. A Manuel Nieto y Juan Manuel Monroy, mis monitores del seminario dictado en 2015-2018, “Globalización, Integración y Bloques Económicos”, y como profesor ocasional a Alejandro Ariza, quien nos acompañó al final del segundo semestre del 2018. Desde luego, agradezco también a mis alumnos destacados del seminario, Julián David Rodríguez y Angie Paola Fonseca, por su activa participación en la actualización de indicadores. Angie fungió como asistente de investigación en la versión final.

Mención especial merece el filósofo Gustavo Silva Carrero, editor de la Colección Apuntes Maestros en la Rectoría del profesor Ignacio Mantilla, quien me invitó a escribir acerca de mi trayectoria académica e investigativa, plasmada en el libro Pensamiento y acción. Los senderos recorridos por un “intelectual orgánico” (Universidad Nacional de Colombia, 2015). Silva, conocedor de mi línea investigativa, hizo importantes sugerencias no solo de forma sino de contenido al presente libro, Colombia frente a los escenarios del Pacífico. ¿De qué Pacífico hablamos?, y acompañó esta publicación —la cual, junto a las cuatro anteriores, cierra un ciclo de búsqueda investigativa de más de veinte años—sobre el lugar que ocupan los grandes bloques económicos, Colombia frente a ellos, y cuáles son los nuevos retos que impone la globalización.

PRESENTACIÓN
Es la economía global, no seamos tan ingenuos

A modo de presentación iconoclasta al libro de Ricardo Mosquera Mesa: Colombia frente a los escenarios del pacífico. ¿De qué Pacífico hablamos?

Por segunda vez consecutiva, el querido amigo Ricardo Mosquera Mesa me honra al solicitar unas palabras para la presentación de su último libro, con el cual prosigue la tarea de escrutar los nuevos escenarios del mundo en busca de lo que yo denominaría con el nombre de un antiquísimo texto crucial en la historia del pensamiento universal: Guía para perplejos, del sabio hebraísta de origen cordobés Moses Maimónides (1035-1104). En medio del sacudón experimentado en los mundos judaicos, islámicos y católicos por la difusión del pensamiento de Aristóteles, el genial teólogo, médico y jurisconsulto emigrado de España y muerto en Egipto, ofreció un mapa mental para orientar y sosegar la fe en una dirección más cercana a la razón.

Solo que hoy, a casi un milenio de distancia, no son la teología ni la metafísica la causa de tantos alborotos e incertidumbres, sino la economía. O mejor, para volver a la nominación originaria de la Ilustración: la economía política, cuyo faro estaba en el nacimiento de esta ciencia bien asentada en la isla de Britania acaballada en el promontorio de la Revolución Industrial. Solo que, como signo de los tiempos, lo que queda de la gloriosa revolución británica de la gran Isabel I, hoy, en tiempos de Isabel II, es un pleito que se parece más a un altercado de despacho judicial de suburbio relativo a un infamante concubinato, que al contencioso de un buen divorcio: me refiero al Brexit. Porque como demuestra Ricardo Mosquera Mesa con una contundencia ejemplar a través de informaciones cuidadosamente compiladas y agrupadas por él, el eje del mundo se ha corrido ya muy lejos del meridiano de Greenwich hacia el mar de China y, solo de modo convencional y anacrónico, el día universal amanece primero en las islas británicas, porque el tiempo del mundo real empieza a despuntar en la Bolsa de Shanghái.

Al ofrecerme este galardón, pues como tal estimo la invitación a escribir esta presentación, el buen amigo Ricardo Mosquera Mesa remueve muchos recuerdos. Dos son principales. Al primero ya aludí en otra ocasión y fue su amable gesto de ofrecerme la Vicerrectoría Académica en su muy buen paso por la Rectoría de la Universidad Nacional hacia 1989. Con su bonhomía proverbial, como de opita bien moderado por la galantería del sur, su administración fue un puente formidable hacia el relativo sosiego iniciado en los años noventa, luego de dos tormentosas décadas en las cuales los claustros fueron más galleras que foros de pensamiento. Y por ello hubiera sido fascinante aceptar la oferta y acompañarlo en ese tránsito cuando el alma máter alcanzaba la mayoría de edad.

Como decliné el gran honor, según conté, Ricardo la ofreció a Antanas Mockus, de modo que este otro amigo me debe unas cuantas velas en alguna capilla —sugiero la de Bojayá, que se especializa en lisiados, incluso del alma—, velas que yo tomaría como signo de gratitud al destino por haber evitado esa carrera hacia unas dignidades que, por la proclividad de cierto anarquismo espiritual mío, siempre he recusado y recusaré.

Me debo a mí y a quienes me conocen algunas confesiones en público: yo no tenía por qué asumir tal oficio de “negro” o escritor fantasma del presidente Belisario Betancur. Fui elegido por buen escritor y por mi condición ingenua. Nunca se me corrigió una coma, ni se me dijo qué acentuar y qué evitar. Durante esos cuatro años, no hablé con el presidente Betancur más de treinta minutos discontinuos. Él solía encauzar los encargos por medio de Bernardo Ramírez, ministro de Comunicaciones, o por la jefatura del Departamento Nacional de Planeación. Solo en dos ocasiones llamó para urgir entregas por premura de tiempos. No conté con asesores, ni delegué nada de la escritura, pese a ser jefe de Unidad de Desarrollo Social, trabajo complejo que no dejé de ejercer. No poseía más fuentes que los aburridos informes ministeriales al Congreso y una revisión microscópica de toda la prensa. No solamente no recibí un centavo por ello, sino que sería bien castigado por poner un límite impasable entre mi libertad para servir, como yo creía, a la Nación, más que al Estado, y por declinar los ofrecimientos —que los hubo—, de cooptación y de adscripción a cortesanías y a círculos íntimos del poder del gobierno, a los que rehusé con mi proverbial ingenua indiferencia.

Nada de esto le dije al querido Ricardo cuando desde la ventana del quinto piso de Rectoría le mostré los campos de la Universidad Nacional —yo, vestido como estaba, en sudadera—, pero el gesto era inequívoco: yo, que había hablado al país por medio de otro y al mundo como cuarto vicepresidente de la Junta Ejecutiva de Unicef, y que sabía lo que era el poder político y hacia dónde naufragaba ya como el Titanic en la plaza de Bolívar —como simulan los lienzos del pintor Gustavo Zalamea—, no quería en adelante ningún poder distinto al poder de un saber humilde, nacido del humus. Pude andar los caminos de los saberes y de la vida como mi modelo de entonces, Jean Jacques Rousseau, y con la plena voluntad libre que tanto admiraba Kant en el ginebrino. Desde entonces van los mismos años que la Constitución de 1991, casi treinta, los últimos cuatro vividos en una periferia de la periferia, un seminario abandonado en un corregimiento de Arauquita de nombre La Esmeralda, desligado de cualquier poder mayúsculo o minúsculo, pero siempre muy atento a los signos del orbe y de la nación.

Por lo cual, torno a redondear la presentación y a demostrar la importancia extraordinaria de esa Guía para perplejos, como somos todos en materia de economía política, que Ricardo explaya como un mapa milagroso para salir del laberinto de nuestra secular pobreza franciscana colombiana, en este su último libro. Porque en esas aventuras como “negro”, escritor fantasma y por tanto como el doble invisible de un presidente, leí todos los discursos de posesión y muchos mensajes al Congreso de los presidentes de Colombia y en general todos aquellos discursos que enunciaran claves cruciales de nuestro destino como Estado Nacional.

Fue así como leí por primera vez el discurso inaugural de Simón Bolívar en la instalación del Congreso de Angostura y quedé tan impactado por su mensaje, por ser como una lettre en soufrance, carta en sufrimiento, como dicen los franceses, enviada por el Libertador a la posteridad, que con apoyo de la Rectoría de la Universidad Nacional, con el entusiasmo de Dolly Montoya, organizamos un Encuentro Internacional, Nacional y Regional en el municipio de Tame, el 15 de febrero de 2019, a los exactos doscientos años de haber sido pronunciado en lo que entonces era Angostura y hoy es Ciudad Bolívar, cerca del Orinoco. Investigadores de Marruecos, Venezuela, México y Colombia, movimientos sociales, Iglesia, profesores y estudiantes de colegios públicos y autoridades municipales convergimos durante dos días en la Biblioteca Pública Coronel Fray Ignacio Mariño y Torres, en aunar razones y voluntades a favor de la continuidad de diálogos de paz con el Ejército Nacional de Liberación y por el desarrollo socioeconómico de una región tan afectada por los conflictos armados.

Sin modestia alguna afirmo que fue la celebración más digna entre todas las habidas hasta ahora y presiento que en todo el año en torno al bicentenario, oficiales o académicas. Y la menos publicitada. Y la de sentido más urgente y contemporáneo porque el clamor de Bolívar —con el numen de su maestro don Simón—, era clarividente: si no se funda la soberanía política en la educación del soberano, acostumbrados a largas y cruentas guerras, una vez vencido el enemigo exterior emprenderíamos derrotas en guerras fratricidas. Con visión de cóndor avisó: urgía para erigir la educación como cuarto poder público, el poder moral y ético de la nación para formar una conciudadanía democrática solidaria y curada de pasiones tristes y violentas.

¡Solo hace falta ver la hondura de nuestras fracturas y la continuidad de los viejos y queridos odios para advertir lo contemporáneo del mensaje de Bolívar! Y para reparar el malgasto, tan trágico significado en la corrupción política y social, lo mismo que el costo letal de las violencias al por mayor y al detal y el significado de ambos fenómenos para la mengua de la confianza en el destino del Estado Nacional. Como menciono adelante, el libro de Ricardo expone, como si fuera con ábaco, esta aritmética de las restas y de las divisiones y este alfabeto de los desastres con la sobriedad propia de las cifras y la mesura proverbial de su talante, tan opuesta a mi retórica cuando me dejo tomar ventaja del “negro”, ese escritor fantasma que todavía llevo bajo la piel.

¿Hemos dejado pasar inanes, sin aprendizajes y sin efectos las lecciones universales desde aquella coyuntura inédita como pocas, de las transformaciones napoleónicas en los inicios de nuestro Estado Nacional? La respuesta no puede ser tan unívoca en sentido negativo como predicarían los pesimistas, ni tan optimista como se apresurarían a decir los elogiosos. Como diría el siempre mesurado historiador Jaime Jaramillo Uribe, nuestro estilo y personalidad son las de un talante de ritmos y de estampas intermedias: la áurea medianía que elogiaban los latinos, a veces empero tan propicia a degenerar en mediocridad.

Baste un breve balance a sobrevuelo. Si la independencia fue en su raíz y ha de ser siempre un proceso educativo y cultural antes que político y militar —como lo subraya tanto Ricardo Mosquera Mesa en las conclusiones luminosas de su libro—, entonces el fracaso ya asomó desde el inicio, pues solo a grandes trompicones reviviría la senda de la Expedición Botánica en la Corográfica, ella misma cegada también en su continuidad por tantas guerras civiles. Y ello no solo por el asesinato de Caldas y de otros próceres, sino porque el primer empréstito, el llamado de Zea, fue una aventura que sembró muy poco.

Bien adelante, el régimen radical fundado teóricamente por la apropiación del primer tomo de La democracia en América de Tocqueville por ese factotum que fuera Florentino González en su libro de 1840 que clama por reedición, Elementos de administración pública (Bogotá, Imprenta Cualla, 1840), pereció sin duda más por falta de sustento económico que por su endeble arquitectura constitucional, siendo como fue muy frágil: muchos Estados soberanos, muchas naciones pero poco y precario estado nacional. Añil y quina fueron suplidos por la química sintética y el tabaco fue ya obsoleto por la competencia del oriente de Asia amparado en la agricultura orgánica. Con razón exclamó don Salvador Camacho Roldán en el Discurso inaugural de la Sociología, en el auditorio de la Facultad de Derecho el diez de diciembre de 1882:

Quedarse atrás en la carrera de las ciencias es morir.

Un predicamento que, pese a casi siglo y medio, mantiene su actualidad como si saliera nuevo y fresco desde el libro de Ricardo Mosquera Mesa. Empero, la fundación de la Escuela de Minas en 1888 sirvió de cerebro para que la exportación del café se invirtiera en la organización industrial. El enorme salto fue lastrado, como ya lo advirtiera Alejandro López en Problemas colombianos de 1926, por la ausencia de voluntad de la élite hacendataria de transformar la condición agrícola semiservil. A falta de la cual el mercado interno fue siempre precario, la industria fue morosa en el tránsito hacia bienes intermedios e impotente para coronar en bienes de capital.

Todavía se extrañaría un debate a fondo en torno al modelo de desarrollo agrario privilegiado en medio siglo por Lauchlin Currie —personaje crucial tan alabado en parte con razón, pero tan necesitado de mucho criba—, con su negativa a optar por el ideal del farmer de Estados Unidos, muy fascinado por el contrario con el prototipo Junker de lenta y penosa transición al capitalismo, tal cual lo expusiera Karl Kautzky en La cuestión agraria a fines del siglo antepasado y que, por cierto, fuera lectura obligada en los años de estudiantes de nuestra generación. Vinculado el modelo de Currie a un hipercrecimiento del sector financiero en el plan de Las Cuatro Estrategias de la administración de Misael Pastrana, desde entonces con sus variantes proteccionistas o desde 1991 aperturistas, este camino privilegió las rentas del suelo y del dinero, sin tocar el régimen hacendatario de ganadería extensiva, asunto agravado por el narcotráfico y el paramilitarismo. Con ello se explica la pavorosa inequidad que registra muy bien el libro de Ricardo Mosquera Mesa, con la triste posición de Colombia como la tercera peor distribución en el mundo, y no menos se entenderían las desventuras de Chirajara y de la Ruta del Sol, que arriesgarían a echar a perder indudables logros del progreso en el sector financiero —uno de los componentes institucionales donde mejor le va bien a Colombia en el índice de competitividad—, porque desde Aristóteles se advirtió que la ganancia debida a la especulación nubla la visión y empaña la acción, tal como sucedió en Estados Unidos con el abuso del manejo de los créditos hipotecarios, pasaje muy bien examinado en el libro de Ricardo.

De no ser por la gesta heroica de Gabriel Betancur Mejía, con la fundación de Icetex y con la elaboración del primer plan decenal de educación del mundo, junto con el español radicado entonces en Colombia, Ricardo Díez Hochleiter, elaborado hacia 1957-1958 y articulado con el plebiscito instituyente del Frente Nacional con el mandato de destinar el diez por ciento del presupuesto a la educación como un propósito de paz; y de no ser por la atemperación de parte de la violencia, la interpartidista, aquella hidra hubiera arrastrado al país a la condición que ha rozado, pero que empero ha podido por fortuna evitar: la de un Estado fallido. Pues sin duda no fue ajena a la crudeza de la violencia, la estadística dramática de que en el siglo XX el promedio de educación se mantuvo hasta 1952 en un grado y cuarto por persona.

No obstante, el tránsito del Frente Nacional a la Constitución de 1991 y el paso de un país agrario a uno urbano, han ocurrido con más sombras que luces debido a crecimientos siempre modestos y arrítmicos; violencias organizadas recurrentes y severas; volatilidad ideológica; procesos de paz intermitentes y nunca definitivos; crisis severa de los partidos muy dependientes de grandes caudillos; liderazgos mesiánicos; juegos de suma cero; avances y retrocesos en el aprendizaje de la democracia local; curiosa aleación de cierta racionalidad en el manejo económico del Estado con la persistencia de mentalidades y prácticas clientelistas más exacerbadas y fuera de control en contextos de polarización; progresos cuantitativos en la ampliación de la escolaridad, pero muy lentos avances en la calidad sustancial de la educación con un defecto pavoroso: la ausencia de rigor en la apropiación crítica de la historia, supuestamente compensada con un énfasis exagerado en el fomento de actitudes que hoy llamaríamos políticamente correctas, pero con ausencia de rigor en el equilibrio entre la apropiación de derechos y la responsabilidad que ellos demandan dadas las fricciones entre los distintos derechos y la escasez de recursos. Todo ello no es ajeno a un escalofriante crescendo de la polarización política, ante la cual quien ha vivido tantos años se limita a una frase tajante: ¡pronóstico reservado, paciente en estado grave y sometido a continua y escrupulosa observación crítica de sus signos vitales!

Doy un testimonio de lo anterior: hacia 2009 escribí, en una muy difundida revista de orientación radical de la Universidad del Tolima, que yo como pensador social no podía, ni debería, ni querría declararme como uribista o antiuribista, pues no soy juez y como analista debo mantener la cabeza fría para que el pensamiento pueda calar hondo en lo que es Colombia, independientemente de lo que uno quisiera que fuera. Declarar una vez más esta independencia de juicio hoy en día suena como a suicidio intelectual o a doble lapidación por parte de unos o de otros, cuando en pensadores clásicos como fueran Max Weber y Emilio Durkheim, esta serenidad de juicio era condición ineludible para elaborar ciencia social.

Y es de aquí de donde se extraería el primer y más crucial aviso de alerta para que no seamos tan ingenuos, tomado por cierto fuera del libro de Ricardo Mosquera, pero que nace de ahí mismo si el libro es bien leído en sus entrelíneas y en sus márgenes y aunque ello no aparezca nunca explícito en sus páginas, pero que está bien presente por el tono objetivo y mesurado de la escritura del libro: si no se logra morigerar la polarización tan espeluznante que se advierte en la sociedad colombiana, correremos el riesgo de una precipitación en un abismo insondable como no se ha experimentado en la historia republicana. La única manera de salvar este paso por el Escila y el Caribdis de tantas fuerzas enfrentadas, consiste en confiar absolutamente y en un ciento por ciento en la majestad de la justicia. Si, como ocurrió ya en noviembre 6 de 1985, se violan la autonomía y el libre dictamen de las cortes, solo cabría volver a pensar en una frase célebre de Cicerón que sirvió como epígrafe a un díptico con un memorial del holocausto elaborado por mi antigua compañera y esposa, la artista Gloria Bulla:

Inter arma enim silent leges.

Callan las leyes cuando irrumpen las armas.

Triste enunciado que eclipsó la frase del general Santander que lucía en el frontispicio del edificio de la Justicia:

Si las armas os dieron la independencia, las leyes os darán la libertad.

Entonces solo cabría solicitar el socorro divino, porque ninguna fuerza humana podrá liberarnos de nuestros demonios. Y ello no es un pedido que debiera extrañar, pues el mundo parece girar en estos últimos tiempos cerca del vórtice de la locura, entre otras causas porque el ejercicio de la política y en general del poder, incluso del micropoder —como se revela en las redes sociales—, adopta hoy con mayor frecuencia y profundidad la dimensión del simulacro, manifiesta entre muchas otros flancos en las denominadas fake news, falsas verdades. ¿Cuándo se ha visto en la historia universal que un candidato sea elevado a la primera magistratura con el record de haber afirmado que la única solución radicaría en asesinar a 30 000 personas? ¿O que se permita siendo presidente burlarse de la consorte del presidente francés por fea y vieja? ¿O que despache sin vergüenza las acusaciones de que prohíja los incendios forestales para favorecer a los exportadores de ganado, a los madereros y a los productores de soya? No es empero el único. Mike Pompeo declara con toda seriedad que el derretimiento del Ártico significará un progreso mayor que la construcción del canal del Suez o el del de Panamá por las posibilidades de explotación de oro, petróleo y otros minerales.

Es justamente este cambio orbital en los últimos decenios el que sirve de telón al examen de Ricardo Mosquera, para que tras la mayor crisis de la economía política de toda la historia de la especie, la de la depresión de 2008, el lector desconcertado pueda develar los sentidos de los saltos de una aguja de marear que pareciera brincar de un lado al otro, esquiva a referirse a un norte preciso. Hoy más que nunca, desde la época turbulenta de Maimónides, se experimenta el imperativo de transformar la perplejidad en complejidad pensada, tarea de enorme dificultad pues esta es una sociedad del riesgo y del caos. Y la economía pese a ser la más dura de las ciencias blandas sigue y seguirá siendo un saber que si bien es siempre muy informado, se mueve entre las incertidumbres, las conjeturas y las probabilidades, tanto más cuanto se aproxima al poder político siempre tan insólito por ser un surtidor de tan caprichosos temperamentos como el de la primera figura de la máxima potencia hasta ahora, Trump, una personalidad que solo se puede describir como la de un gambler y un tahúr de una cantina del medio oeste, de donde se amasara por cierto la fortuna de la familia, adicto como buena parte de la sociedad norteamericana a la segunda enmienda, esto es al interés prioritario de la Asociación Nacional de Rifle por mantener la libertad del porte de armas.

Para poner un punto de comparación, y recurriendo de nuevo a las variaciones de nuestros mapas geopolíticos, basta mencionar la transición de la retórica de los presidentes gramáticos a la propia de la gravitación económica, tal como fuera escenificada en Colombia por el último de los retóricos latinistas, el admirable conservador Marco Fidel Suárez, quien ejerciera la presidencia entre 1918 y 1921, defenestrado del “Palacio” por esas amalgamas tan bizarras pero tan propias de Colombia entre el conservatismo más rancio personificado en Laureano Gómez y la avanzada ola de socialistas con los primeros brotes del partido comunista.

Como advertirá el lector, tomo partido aquí por el esplendoroso bastardo de Bello, no sin aludir a conceptos anacrónicos de los prejuicios sociales —hijos legítimos contra hijos bastardos—, en forma irónica porque no olvido que en la definición platónica y socrática expuesta por Diotima en El Banquete, el amor —y de eso sabía Marco Fidel Suárez, amor a la patria, amor a la lengua, amor a la herencia humanista latina—, era el hijo bastardo de Poro, alegoría de la riqueza y de Penía, una mujer indigente.

Como fuere, el caso es que la expresión respice polum, acuñada por el autor de Los sueños de Luciano Pulgar, pasó a definir el norte inequívoco de la brújula geopolítica de Colombia desde entonces, pese a que para ser exactos la sentencia latina dice que hay que mirar al polo, pero como hay dos —el norte y el sur—, termina siendo cómico el dicho porque el acto consecuente con la traducción literal significaría una especie de estrabismo, ya que unos mirarían para arriba y otros para abajo, defecto salvado empero cuando se especifica que se trata de mirar a la estrella polar del norte. Pero este lapsus del bautismo del dicho denota dos asuntos que trascienden la gramática y afectan la sinapsis de la comprensión global de nuestros tiempos históricos y de nuestro espacio cartográfico.

El primero, la rigidez de la política exterior durante el siglo XX, porque definió un extraño síndrome de mantenerse la víctima —Colombia—, atada al victimario —el país del norte usurpador del territorio del canal—: el problema de una mirada mal adherida a quien causó la pérdida del istmo. Como si la misma mano que empuñó el gran garrote fuera indispensable para mantenernos seguros en nuestra fragilidad como Estado. Es como la esclava que, impotente para sacudirse del yugo del amo, se propone seducirlo, algo que entraña cierto encanto pero que devela una humillación asumida y que por cierto se manifestará en el tratamiento unilateral del tema de la droga, examinado solo desde el ángulo de la producción y no, como se debiera también, desde la perspectiva de la responsabilidad de consumos desbordados, carta que se usaba en un tiempo pero que por la fuerza del Imperio dejó de esgrimirse. El segundo efecto de larga consecuencia de la segregación del territorio panameño ha sido el olvido de la dimensión de todo el litoral pacífico, no solo del amputado istmo, sino de su prolongación hacia el sur, como lo pone de manifiesto Ricardo Mosquera Mesa en su libro, cuando se permite el lirismo al evocar canciones del clásico Petronio para sorprenderse por la contrahechura significada en las cifras de retorno que dejan los puertos indolentes frente a lo írrito de las participaciones locales1.

La doctrina del latinajo de Suárez perduró hasta que Alfonso López Michelsen adhirió al Frente Nacional, con su participación en el gobierno de Lleras Restrepo y en particular en la constituyente de 1968. Entonces y con mayor razón en su gobierno enunció la doctrina del respice simila, “mira a los semejantes”, como quien dice tender la vista horizontal hacia el sur, pese a que también pretendiera que fuéramos el Japón de Suramérica. Algo a la postre muy cómico como descubrirá el lector por sí mismo al repasar en el libro de Ricardo Mosquera Mesa la consistencia y seriedad de las cifras de evolución económica del Japón, la tercera economía del mundo por su PIB y como acaso sonría el avisado al pasar la película y descubrir que en un sentido bufonesco —que suele ser por desgracia nuestra más recurrente puesta en escena—, Fujimori remedaría al emperador japonés en el Perú para terminar reemplazando el kimono por el uniforme a rayas de los presos. Porque así como se dice de ciertas historias que una vez son tragedia y repetidas resultan comedias, así aquello que solemos copiar con un mimetismo exagerado termina siendo una mascarada carnavalesca, como ocurre por ejemplo con los besamanos republicanos.

¿Qué variaciones magnéticas llevaron a que la fija brújula del respice polum, así fuera un latinajo mal avenido por su ambigüedad, haya terminado en los años sesentas casi como una veleta girando a la loca de un lado al otro con ese respice similia donde caben desde libios a sauditas, congoleños y mauritanos, zelandeses e indonesios y todas las variantes de la mal llamada Raza Cósmica según el apelativo de Vasconcelos? En lo cual el avisado amanuense memorialista que soy, descubre no poca picardía de López Michelsen con destino a calmar a sus amigos camaradas: una floritura y ficción de la política exterior diseñada en buena medida y en forma no poco ladina para ganar despistados adeptos dentro del país, como ya lo enseñara en México el PRI y, como ya lo había ensayado el pese a todo gran líder en su experimento del Movimiento Revolucionario de los Trabajadores: las usuales poses y venias socialistas para tornar pasables gobiernos indolentes frente a la desventura del campo, como sucediera con el Pacto de Chicoral para dar vuelta atrás a los muy tímidos impulsos de reforma agraria. Manes de la llamada gobernabilidad.

Más serio que los lemas del respice polum o del respice simila, es servirse de una figura del gran novelista colombiano Luis Fayad con un título que vale un potosí: La caída de los puntos cardinales. El formidable narrador bogotano, de ascendencia libanesa y residente en Berlín, narra allí el viaje de una familia libanesa a Suramérica que, por no pocos azares, desemboca de tumbo en tumbo en Colombia del litoral caribe a la capital.

Con el “nadadito de perro” de la áurea medianía, el país logró domesticar una migración sirio-libanesa, mal llamada turca, proveniente de la caída del Imperio otomano en el primer tercio del siglo antepasado. Algo interesante porque el país no ha sido un gran receptor de migrantes, como ahora de Venezuela, pero también porque esa población domesticada domesticó en un sentido árabe, bueno y malo, al domesticador nacional. Me refiero sin ir más allá, a esa extensión del crédito y del bazar del medio oriente a la política como creación de clientelas, cuyo arquetipo fuera Turbay Ayala, quien procedía en políticas como el vendedor de telas de puerta en puerta. Pero en sentido positivo, hay que admitir con quitada de sombrero dos bondades que no se han advertido: primera, el traspaso de buena parte del excedente de la bonanza cafetera del núcleo andino al país caribe y al país de las llanuras cálidas en el gobierno de Turbay Ayala entre 1978 y 1982, operación articulada sin duda a la expansión de las clientelas, pero también decisiva para integrar físicamente a un país hasta entonces muy enclavado en el triángulo cafetero: significa mucho orgullo reconocer que en este diseño cumplió un papel estratégico un ingeniero egresado de la Universidad Nacional, José Fernando Isaza, con un temperamento tan parecido al de Ricardo Mosquera Mesa. Y si traigo a cuento esta paradoja es para demostrar que los procesos históricos no son tan lineales como la caricatura política los reduce.

Y la segunda virtud de la influencia del carácter sirio-libanés fue moldear la negociación de filigrana del delicado asunto de la toma de rehenes en la Embajada de la República Dominicana, como propia de un bazar del Medio Oriente o de un trueque complejo en una jaima en medio del desierto. De haberse preservado este modelo, otra habría sido la suerte del conflicto en el edificio de la Justicia, pero de antemano ha debido ser claro para los atrevidos asaltantes que la situación política tornaba absolutamente imposible esta salida.

Pareciera que en esta presentación me estoy yendo como dicen por las ramas, pero no hay tal, así no fuera más que por el hecho de que al mencionar la novela de Luis Fayad es inevitable pensar en su hermano, Ramón Fayad, el físico de la Universidad Nacional, pero también en dos grandes rectores de la época de Turbay Ayala, a quienes habría que rendir honor porque antes que Ricardo Mosquera, Marco Palacios y Fernando Sánchez Torres contribuyeron a salvar a la Universidad Nacional en esos apocalípticos años 70, cuando estuvo a punto de ser liquidada en el periodo que con sorna califiqué en mis diarios como la época de la dinastía de los tres Luises: Luis el Cruel (Luis Duque Gómez), Luis el Demagogo (Luis Carlos Pérez) y Luis el Indiferente (Luis Eduardo Mesa Velásquez): me refiero a Emilio Ajure y a Ramsés Hakim2. Aquella fue una época que por cierto estuvo muy sobre determinada por el M-19 desde 1973 hasta la Constitución de 1991, y en la cual figuró en altos rangos de las filas de tal movimiento un primo de los dos hermanos Fayad: Álvaro Fayad, ultimado en una operación de la inteligencia del Ejército en 1986 en un barrio aledaño a la Universidad Nacional.

Pero es que considero que en este desgarramiento de una misma familia entre un líder revolucionario y dos primos dedicados el uno a la investigación científica y el otro a la creación literaria, se patenta la crisis nacional por lo que el amigo Luis Fayad denomina en su novela La caída de los puntos cardinales: una caída que por supuesto no quiere decir que no haya norte o sur ni oriente u occidente, sino que los mapas geopolíticos y culturales pierden en momentos de crisis su determinismo antiguo por reconfigurar grado a grado nuevas coordenadas con unas combinaciones inéditas de latitudes y de longitudes, en el caso espacial o de figuras inéditas como ordenamientos simbólicos.

Lo crucial en estas mutaciones radicales de los mapas mentales y físicos consiste en que a falta de su intelección todo se torna errático y confuso, como si la acción procediera según las directrices de una veleta y no de una rosa de los vientos adosada a una brújula, no por azar inventada por los chinos: quiere decir que toda la acción y la previsión se tornan caprichosas, pues nada hay más variable que las orientaciones del viento, aunque precisamente la figura de la rosa náutica o rosa de los vientos se creó para ofrecer mediante tendencias estadísticas las probabilidades de que los flujos atmosféricos se orienten en una u otra dirección. Nuestra orientación histórica tan errática pareciera haber sido servida en muchas ocasiones más por un ringlete que por una veleta o por una brújula sapiente.

El asunto se puede ilustrar con un repaso muy somero de las líneas directrices del libro de Ricardo Mosquera Mesa. Confieso que yo lo leí como si fuera una historia de detectives. O como si el autor, el querido Ricardo Mosquera, entretuviera al lector sin decirle ni proponerle nada mediante el sencillo despliegue de un juego que semejaría en su complejidad al armado de un cubo de Rubik de una dimensión mayor a las habituales. A diferencia del anterior libro, en este Ricardo se concentra en un periodo más breve, digamos en general las últimas tres o cuatro décadas, siempre con su cursor puesto en un preciso punto de inflexión, la depresión mundial de 2008-2009, y como en la exposición evita lo que podría ser el sesgo de la Guerra Fría de confrontar de modo simple a los Estados Unidos con China, con toda razón insiste en describir, comparar y argumentar en función de los bloques económicos, así de este modo salen a la luz dos tendencias muy claras: la primera es la consistencia del rumbo estratégico de China desde que pasados los conflictos provocados por el errático timonel de la Revolución Cultural se asumiera la directriz de Den Xiao Ping: asimilar y apropiarse lo mejor del capitalismo occidental dentro de los marcos de un Estado socialista. Considérese que apenas cuatro décadas separan el presente cuando China ocupa ya el segundo lugar de la economía mundial luego de aquel momento de inflexión. Son las mismas décadas en las cuales nosotros en Colombia no hemos podido salir de nuestros demonios republicanos: violencias y corrupción, ausencia de propósito de transformación radical de nuestra inserción en el mundo mediante acuerdos básicos en justicia, equidad, ciencia y tecnología, transformación del campo y transparencia en el uso de recursos públicos.

Desde 1979, con la Reforma y la Apertura caracterizadas como “Socialismo con características chinas” de Deng Xiaoping, el pragmatismo chino con reglas claras comenzó a cobrar importancia en el escenario económico mundial, después en los años 90 del siglo pasado China ya era conocida como fabricante de productos baratos, como camisetas y juguetes, lo que obligó a las fábricas de otros países a cortar sus gastos a fin de igualar sus precios, o de lo contrario quedaban fuera de la competencia. A medida que el nuevo milenio nacía, Estados Unidos seguía siendo la principal potencia comercial del mundo, cuya competencia principal era la Unión Europea, pero no un país por sí solo. Sin embargo, entre 2000 y 2008, las importaciones de China aumentaron 403 % y sus exportaciones 474 %, impulsadas en parte a su ingreso en la Organización Mundial del Comercio y sus gestiones para producir bienes de mayor calidad. China ahora es la segunda economía del mundo y con 2,3 billones de dólares (2017), es el principal exportador de aparatos electrónicos, maquinaria y textiles del mundo. No obstante, su principal socio comercial son los Estados Unidos (19 %), seguido de Hong Kong (11,98 %), Japón, Corea de Sur y Alemania.

Ahora bien, el segundo rasgo de la sorprendente evolución china que explica por qué Estados Unidos ya ha perdido el pulso con China y tenderá a perderlo en el futuro con mayor razón —que por lo demás muestra lo errático de los palos de ciego de la potencia en su desespero por perder poco a poco la supremacía—, consiste en que mientras China acrece su poder con alianzas con distintos socios, en cambio Estados Unidos por la pretensión arrogante de su lema American First, mantiene peleas casadas a diestra y siniestra: México y Centroamérica, la Comunidad Económica Europea, China y los países de Oriente, Venezuela, Colombia en momentos y América Latina, Cuba y el Caribe.

Es como si la potencia no pudiera desprenderse de su tradición belicosa y, con la pretensión anacrónica de retomar la primacía perdida, perdiera aliados sin ganar otros significativos, como ahora se avista con la frágil alianza de una Inglaterra desasida de Europa, abandonada a la soledad del Brexit, y con graves problemas de ajuste con Irlanda. En tanto que China y con ella Rusia proceden como si en el tablado geopolítico desplegaran sus famosas matrioskas y cajas chinas, en el caso de China con la participación de China en el Asean+3 desde 1996 y su ampliación posterior como Asean+6 con un fabuloso mercado de 3000 millones de habitantes. Más su calado creciente en un tejido de filigrana en África y en América Latina y el Caribe.

A Colombia le convendría tener el libro de Ricardo Mosquera Mesa en su cabecera, para dormir y despertar con mayor sabiduría gracias a sus avisos. Para ser más consistente que lo mostrado como una comedia de equívocos en la reciente visita del presidente Duque a China del 29 de julio de 2019. Por cierto, muy necesaria: ¿quién diría que no? Incluso se hubiera podido arropar en dos famosos lemas. El primero, el del Rey Enrique IV de Francia en la segunda mitad del siglo XVI, quien para acceder al poder real francés debiendo convertirse por fuerza al catolicismo, siendo protestante, pronunció una frase magistral: París bien vale una misa. Que traducida a la ocasión significaría algo así como “el comercio chino bien vale muchas venias a la revolución china”, esto por la feroz réplica de miembros del partido del poder, entre ellos de modo explícito Fernando Londoño, al ritual diplomático de depositar una ofrenda floral en el memorial chino consagrado a los combatientes muertos en la revolución de Independencia, pero también por la burla de los opositores de izquierda que zahieren el acto al recordar que todavía hay combatientes guerrilleros colombianos del epl que, de modo supuesto, se alinderan con la gesta del maoismo, y no menos de unos y otros por la evidencia de que China es un soporte de Maduro y por tanto desestima las aspiraciones cada vez más opacas de un gris Guaidó a hacerse con el poder.

Se diría justificada la visita por el interés de aumentar el comercio. Un socarrón preguntaría: ¿de cuántos guacales de aguacate estamos hablando? Pues como lo registra muy bien Ricardo Mosquera Mesa en el gráfico número 51, de la inversión extranjera directa china en América Latina, entre 2001 y 2016 que fue de cerca de 90 000 millones de dólares, la destinada a Colombia, que figura de penúltimo lugar entre 14 países, apenas cuenta con un rubro marginal de USD 1 852, que se compara muy por debajo de los USD 54 859 millones de Brasil, primer lugar de destino de la inversión.

Si se va a hablar de economía política y de comercio exterior, habrá que recordar la frase que tenían como lema los asesores de Clinton en la campaña por la presidencia:

It is the economy, asshole.

Es la economía, no seamos tan ingenuos.

De ahí que, en la parte final del libro, Ricardo Mosquera Mesa vuelva a un clamor que ya es en su serie de libros y de políticas públicas un ritornelo tozudo: sin investigación científica y desarrollo quedaremos como decía Salvador Camacho Roldán; rezagados y medio muertos en la carrera por la supervivencia entre las naciones.

El querido amigo es muy prudente en sus juicios. Jamás aventura un denuesto. Ojalá todos tuviéramos tal temple. Por mi parte, adentrado como estoy en los portales de mi tiempo, es decir en los umbrales de la verdad, no dejo de manifestar muchas preocupaciones ante los nuevos entusiasmos que despiertan en algunos la convocatoria a otra Comisión de Sabios y el anuncio de la creación de un Ministerio de Ciencia y Tecnología.

Al repasar tantos volúmenes de la primera misión de Sabios y otros de misiones paralelas, como la de Ciencia y Tecnología dirigida con gran tino por el colega y amigo común de Ricardo y mi persona, Gabriel Misas a finales de los 80, o la Misión de Modernización de la Universidad Pública a mediados de los 90, uno se pregunta: ¿qué quedó de todo aquello salvo papel impreso? Yo me avergüenzo cuando recuerdo que en el Plan de Cambio con Equidad fijamos una meta de inversión en ciencia y tecnología de 0.4 % del PIB, algo de lo cual estamos todavía bien lejos y ello a distancia de poco más o menos los mismos años que le ha tomado a China elevar dicha inversión a un poco más del 2 %. En cuanto al Ministerio de Ciencia y Tecnología, mucho me temo que sirva como fetiche, tal como creo que ocurrió con la flamante creación del Ministerio de Cultura. O que se sume a la preocupación expresada por Ricardo de la tendencia al aumento de los gastos corrientes en detrimento de los dineros de inversión, más ahora cuando el Departamento Nacional de Planeación corre el riesgo de convertirse en una dependencia de caja menor del Ministerio de Hacienda.

¿No son todos estos rituales los que nos han separado de ese nuevo orden mundial que amanece en la potencia de China urdido en tan solo cuarenta años, más la tragicomedia de las violencias de distintos signos que a nombre del orden o de la revolución nos hacen rondar en torno a los desastres?

Es el sentido que me ha llevado en un rapto de honradez a titular estas divagaciones con aquello que propone una lectura seria del libro del querido amigo Ricardo Mosquera Mesa: Es la economía, no seamos tan ilusos.

Gabriel Restrepo

Escritor y sociólogo

Seminario San José Obrero, municipio de Arauquita,

24 a 28 de agosto de 2019

A MANERA DE PRÓLOGO

Dios quiso poner su trono/ en una parte del mundo/

y después de buscar mucho/ pensó en mi Huila querido,

en mi tierra se quedó/ y pensando en el futuro

nos legó a San Agustín/ con su misterio profundo.

(Mi Huila, Oswaldo Collazos)

Esta composición musical nos llega a los huilenses muy hondo puesto que el Creador busca un lugar para gobernar el mundo y fija en el Huila su trono, pero como tiene que pensar en el más allá, lo acompaña con el misterio que encarna esa gran cultura agustiniana que se remonta al periodo Arcaico (4000 a. C. - 1000 a. C.), es decir, mucho antes de Adán y Eva, padres de la humanidad en la concepción cristiana. Por mi mente de bachiller del Colegio Nacional Santa Librada, surgen interrogantes respecto de esta búsqueda. Por una parte, ya nuestros profesores nos enseñaban el evolucionismo darwinista con respecto al origen de las especies y, por otra, se asomaba un sentimiento laico que se exacerbaba con las lecturas de Vargas Vila, liberal anticlerical y antiimperialista, y cuya obra hacía parte del índex (Aura o las violetas, Ibis, La muerte del cóndor, etc.). Estas lecturas las acompañé con La Vorágine, de José Eustasio Rivera, y su denuncia de la explotación de los caucheros por parte de la británica casa Arana que, a principios del siglo XX y a través de comerciantes y empresarios, llegaron al Putumayo y a la Amazonas para explotar este producto en condiciones desalmadas, lo cual también se retrató en un reportaje londinense titulado El paraíso del diablo.

A todo lo anterior se sumó la influencia del cura Camilo Torres Restrepo, quien enarbolaba las banderas de la Teología de la Liberación, donde poco importaba si el alma era mortal o inmortal porque el hambre sí lo era, según dijo en una intervención que nos hizo en Neiva a quienes seríamos sus seguidores en el Frente Unido hasta mucho después de su ingreso a la guerrilla. La búsqueda entonces de un espacio geográfico y político se convirtió en un reto para quienes el paraíso terrenal no era suficiente, sino que buscábamos un lugar que le diera opciones a los sectores populares excluidos de la Tierra por no tener fortuna. Para ese entonces ya pensábamos en una sociedad más justa, libre y democrática con oportunidades para todos (derecho al estudio, salud, vivienda, trabajo), y la realización de la Utopía: cambiar el mundo mediante una revolución social y socialista.

Cómo no recordar que, en la etapa del Movimiento Universitario Estudiantil, la agitación contemplaba la formación en textos marxistas y modelos a seguir que ya en la Revolución Cubana habían inmortalizado a Fidel Castro y el Che Guevara (“Los barbudos de la sierra”), con sus consignas revolucionarias de: “Revolución Socialista o caricatura de revolución”. Esta nos quedaba más cerca, pero también pensábamos en la Revolución de Octubre de 1917, que, con Vladimir I. Lenin, cambió la estructura de los Zares por el modelo socialista de la Gran República Rusa. Y, claro, también desde el Oriente soplaban los vientos de la Revolución China (1948), la cual, con Mao Tse-Tung a la cabeza, inició la revolución de la Nueva Democracia y la de Vietnam con Ho Chi Ming. Todos ellos se convertían en modelos a seguir para conquistar el paraíso en nuestros suelos.

Mi activismo político me permitió visitar desde etapa temprana países como Cuba (La Habana), Rusia (Moscú, Leningrado), Alemania y, posteriormente, China (Pekín) y Corea del Norte. Sobra decir que por circunstancias especiales México era punto obligado de llegada y pude explorarlo a fondo con la realización de una maestría en Ciudad de México. Profundicé su historia, su apertura política y cultural, que lo convertía en excelente “Mirador al mundo”, como me lo había advertido mi maestro Antonio García Nossa. La búsqueda de un modelo ideal de país es utópica y cada lugar tiene su historia y hasta sus ventajas, pues el mundo se globalizó y las experiencias son irrepetibles. Mi experiencia profesional y hasta diplomática me permitieron completar el mapa de la geopolítica, mi espectro avanzó cuando conocí Estados Unidos, Europa y Alemania (Berlín y Múnich: una de mis mejores experiencias). Pero el mapa político y cultural se amplió, el mundo se convirtió en “la Aldea Global” y la globalización rompió los límites, se sobrepuso al concepto de “nación”, porque el capital no tiene patria, anida en cualquier lugar del mundo donde logre su tasa de ganancia. Hoy, las multinacionales, nuevos agentes de la globalización, trascienden las fronteras nacionales y pueden trasgredir las leyes de un Estado. Los bloques dominantes imponen su liderazgo en el mundo por su fortaleza económica y política, generando una nueva estrategia en la geopolítica global.

Emmanuel Macron, elegido presidente de Francia en mayo de 2017, joven líder que desafió a los partidos tradicionales de Francia, reconoció, en una reciente intervención (27 de agosto de 2019), ante sus embajadores de todo el mundo, la crisis del mundo occidental. Destacó, por una parte, que el nuevo orden internacional está sacudido por un “gran desorden”, pues los cielos de la globalización tienen alcances en la geopolítica del mundo, y por la otra, instó a reconocer el surgimiento de nuevas potencias económicas y políticas, refiriéndose expresamente a China, Rusia e India. Señaló:

El fin de la hegemonía occidental en el mundo. Claro, todos nos habíamos acostumbrado a un orden internacional con hegemonía occidental; probablemente francesa en el siglo XVIII, por inspiración de la Ilustración; probablemente británica en el siglo XIX, gracias a la Revolución Industrial y razonablemente americana en el siglo XX, como consecuencia de los dos grandes conflictos mundiales y el dominio económico y político de esa potencia. https://www.hispantv.com>>macron-hegemonia-occidente-rusia-china, 27 de agosto de 2019

Las potencias emergentes se piensan como verdaderos proyectos civilizatorios en busca de un nuevo orden económico internacional, por su parte, Rusia y de China —que en el pasado fueron imperios—, han aprendido que la guerra en términos militares solo les ha traído desgracias y que las nuevas armas pasan por el desarrollo de sus fuerzas productivas donde la competitividad, la innovación y la ciencia juegan un papel protagónico. De hecho, China y Rusia ya han constituido la Asociación Estratégica Global de Coordinación para la Nueva Era.

Las realidades internacionales son dinámicas y el mundo del libre mercado no asigna libremente los recursos, como lo había profetizado el Nobel de Economía Milton Friedman, quien fue tomado tan en serio por los empresarios, que estos últimos le dieron prioridad a sus ganancias sin importar el bienestar de los demás, al punto de que la legislación de EE. UU. proclamó “como única responsabilidad social de las empresas: usar sus recursos para participar en actividades diseñadas para incrementar sus beneficios” (Stiglitz, 2019). Pero también es cierto que economistas sólidos como el también Nobel Joseph Stiglitz y Sandy Grossman, señalaron a fines de los años 70 del siglo pasado que el bienestar de los accionistas no maximiza el bienestar social. Y todo indica que hay una discreta conciencia por parte de los líderes de las grandes corporaciones, quienes reconocen que el cambio climático contamina el aire que respiramos o el agua que bebemos y que el promover el consumo de bebidas azucaradas es nocivo para la salud, pues contribuye a la obesidad infantil y a la diabetes. La manifestación autocrítica de un grupo corporativo que acepta no haber invertido lo suficiente en los trabajadores, en las comunidades, y en el medio ambiente, —algunos se vieron beneficiados con las tesis de que si rebajaban los impuestos podrían generar nuevas inversiones y aumentos salariales—, podría ser un buen augurio. El propio Stiglitz es escéptico de este cambio que denomina “El capitalismo de las partes interesadas”, cuando señala que “muchos ejecutivos quieren hacer lo correcto (o tienen familiares o amigos que quieren hacerlo), pero saben que no todos sus competidores harán lo mismo” (Stiglitz, 2019).

Lo anterior ha traído una enorme desigualdad que demanda de los gobiernos e instituciones multinacionales implementar políticas más agresivas, pues a pesar de que se ha reducido la pobreza extrema, según fuentes internacionales, los ricos cada vez son más ricos y los pobres cada vez más pobres: la fortuna de los milmillonarios creció en un 12 % en el 2018 a un ritmo de 2500 millones de dólares al día, mientras que la riqueza de la mitad más pobre de la población (3800 millones de personas), se redujo en un 11 %. Para el caso de Colombia, que aunque creció levemente su PIB a una tasa del 2,7 % entre 2017 y 2018, esto no significó una mayor redistribución del ingreso. Ya lo había advertido el economista francés Thomas Piketty: “el crecimiento económico en sí, no es sinónimo de alcanzar la igualdad e incluso puede incrementar la brecha económica entre ricos y pobres lo cual se ratifica a lo largo y ancho del mundo” (Piketty, 2014). De nuevo, sobre el caso colombiano, el índice Gini que mide la desigualdad, fue de 0,517 en el 2018, a 0,508 en 2017. Si se considera información reciente del PNUD, que calcula los indicadores del desarrollo humano, para el 2018 Colombia era el segundo país más desigual de América Latina, ocupando el puesto 11 a nivel mundial.

El cambio climático

Cerca de 80 países se comprometieron en la cumbre climática de la ONU, realizada en New York el 23 y 24 de septiembre de 2019, a generar cero emisiones para el 2050. Cuatro “temas críticos” de esta crisis: el aumento del CO2 en la atmósfera —cuyo nivel de emisiones ha alcanzado el punto más alto en los últimos 4 millones de años—, la quema de combustibles fósiles, el deshielo en el Ártico y la deforestación que se genera con la ganadería, la tala para maderas y el cultivo de soya y aceite de palma, pues todas esas prácticas contribuyen a las emisiones del CO2. En esta importante cumbre, 77 países se comprometieron a alcanzar la neutralidad de carbono para el año 2050 y a frenar el calentamiento global por medio de la reforestación y la compra de bonos de carbono. La nota positiva es que por primera vez Rusia participa de este evento y asume este compromiso, mientras que tres de los países más contaminantes del mundo EE. UU., India y China, —influyentes en el selecto club de países ricos del G20—, brillaron por su ausencia. En esta cumbre retumbó la voz de los jóvenes que, en las palabras de Greta Thunberg, señaló: “La gente está sufriendo, la gente está muriendo. Ecosistemas enteros están colapsando. Estamos en el comienzo de una extinción masiva”. Esta joven líder decidió hace un año faltar los viernes a su escuela para protestar por la pasividad del Parlamento en la lucha contra el cambio climático. Hoy es una figura internacional que rechaza la politización del tema ambiental. Greta Thunberg sostiene que “El clima y la crisis ecológica están más allá de la política de los partidos, y nuestro principal enemigo en este momento no son nuestros oponentes políticos. Nuestro principal enemigo es la física, y no podemos hacer “tratos” con la física. La crisis climática es una causa universal” (El Tiempo, 2019).

Contrasta esta mirada con la del presidente Jair Bolsonaro del Brasil, quien en la misma cumbre, refiriéndose a la tragedia que vive la Amazonia por la deforestación y los incendios, y haciendo alarde de un nacionalismo cínico y de una ignorancia crasa, exclamó: “Es una falacia decir que la Amazonia es un patrimonio de la humanidad, no representa los pulmones de la Tierra” (Portafolio, 2019).

Colombia ha transitado de la Apertura Económica iniciada con César Gaviria y continuada por los siguientes gobiernos, hasta Juan Manuel Santos, quien entendía la existencia de una comunidad internacional heterogénea, en tanto la política exterior se basa en el multilateralismo y el respeto por los procesos de cada país, siempre buscando consensos por la vía diplomática y la no intervención. Pero, hoy con el regreso de los nacionalismos y patrioterismos liderado por Donald Trump (EE. UU.), Boris Johnson (Gran Bretaña) y Jair Bolsonaro (Brasil), se ha alineado nuestra política exterior, ignorando a los nuevos protagonistas de la geopolítica universal como Rusia, China e India, entre otros. Este desprecio por el multilateralismo con un regreso al bilateralismo asimétrico, con chantajes económicos y militares que privilegian la fuerza, nos recuerda la política militar intervencionista de los llamados “halcones” en Norteamérica. Lo preocupante es que esta política compromete asuntos de carácter estratégico para nuestro país, como en el caso de la crisis en Venezuela y la política bilateral de la lucha contra el narcotráfico. Tal parece que Duque le apuesta a una equivoca política exterior con resultados muy pobres. El gobierno se matricula entonces con una hostilización permanente al gobierno Maduro y, en los escenarios internacionales, se convierte en corifeo de la política imperial de un nacionalismo torpe que maneja Donald Trump, conveniente para él en su política de reelección. Si el gobierno Duque “quiere de verdad encontrar salidas al creciente deterioro del entorno internacional, en el que se desenvuelve el país, debe considerar seriamente un cambio de paradigma. Sería indispensable diseñar una nueva estrategia internacional construida sobre un gran consenso nacional alejando a los guerreristas” (Silva, 2019).

Referencias

Cerca de 80 países se comprometen a generar cero emisiones para 2050. (24 de septiembre de 2019). El Tiempo. Recuperado de https://www.eltiempo.com/vida/medio-ambiente/jovenes-denuncian-a-5-paises-por-no-combatir-el-cambio-climatico-415612

Para Bolsonaro, la Amazonía no es el pulmón del mundo. (24 de septiembre de 2019). Portafolio. Recuperado de https://www.portafolio.co/internacional/para-bolsonaro-la-amazonia-no-es-el-pulmon-del-mundo-533880

Silva, J. (16 de septiembre de 2019). Bolton, Holmes, Pacho… El tiempo. Recuperado de https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/gabriel-silva-lujan/bolton-holmes-pacho-columna-de-gabriel-silva-lujan-412770

Stiglitz, J. (1 de septiembre de 2019). ¿Volvió realmente el “capitalismo de las partes interesadas”? El Espectador. Recuperado de https://www.elespectador.com/opinion/volvio-realmente-el-capitalismo-de-las-partes-interesadas-columna-878761

Piketty, T. (2014). El capital en el siglo XXI. México D.F.: Fondo de Cultura Económica.

INTRODUCCIÓN

No se requiere ser experto en economía internacional para comprobar que el mercado global tiene nuevos nichos y nuevos protagonistas. Basta con mirar un centro comercial en alguna de las capitales europeas o incluso en Norteamérica para evidenciar cómo la publicidad está dirigida, en imagen y lenguaje, a los compradores asiáticos, quienes según algunas revistas financieras como Forbes o su equivalente chino Hurun, son los nuevos ricos del planeta, así como los mayores compradores de paquetes turísticos, quienes en su mayoría proceden de China, Hong Kong, Macao y Taiwán (EFE, 2016).

Este fenómeno es uno de los tantos que actualmente mantienen los mercados de bienes, servicios y capitales a la expectativa, pero también a la deriva, ya que desde la crisis financiera del 2008 quedó demostrado que ninguna economía es “estable” en el largo plazo, ni está blindada frente a una crisis financiera que implica desaceleración de la producción y el ingreso al ciclo recesivo con bajo crecimiento, desempleo e inestabilidad de los mercados. Los cambios institucionales como consecuencia de las alianzas o divisiones políticas y económicas, el resurgimiento de tendencias nacionalistas, los conflictos político-religiosos, la corrupción y el terrorismo son fenómenos que hacen que las economías alrededor del mundo tengan que enfrentarse a nuevos y continuos retos, dado un proceso de globalización que también internacionaliza estos eventos. Con la llegada de Donald Trump a la presidencia de la primera economía del mundo, Occidente entendió que el populismo no es exclusivo de Europa ni de los llamados países tercermundistas o producto de la inmadurez de los que salieron del bloque soviético. Nos dice León Tolstoi que cuanto más lejos se está de los acontecimientos, más inevitables le parecen, que es lo que ocurre hoy con el populismo. Y el exministro polaco Radoslaw Sikorski señala que en la actual oleada populista “no era inevitable que el partido Ley y Justicia de Polonia llegara al poder con el 38 % de los votos en 2015; ni era inevitable que Trump ganara la presidencia de USA, pese a recibir casi tres millones de votos menos que Hillary Clinton. En ambos casos influyó la incompetencia de los competidores, así como en la llegada al poder de fuerzas liberales en Francia en 2017”, explotando así el malestar de los ciudadanos ante un Establishment incapaz (El Espectador, 19-01-2018). Al inicio del 2018 la oleada populista retoma nuevos bríos, pues a fin de cuentas este fenómeno se ha expresado en democracias antiguas o modernas, y tampoco es casual que, explotando los fallos de la globalización, la salida de la Gran Bretaña de la Unión Europea haya dividido a este país (Brexit).

El proceso de globalización y su propuesta de acercar más a las economías por medio de la creación de bloques económicos y comerciales, ha sido tema de debate constante. Actualmente el mundo está a la expectativa de las consecuencias de la salida del Reino Unido de la Unión Europea y de la nueva versión del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, ahora conocido como el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), de cara a las nuevas y controversiales medidas del gobierno Trump, quien con su llamada “guerra comercial”, desconoce la realidad del contexto comercial en el que China como cabeza de las economías emergentes, conocidos como los Brics (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), así como del bloque asiático. Este es indudable el nuevo protagonista del comercio mundial, no solo como principal productor de bienes (también de capital), sino de servicios e inversiones que evidencian una expansión sin límite alguno a pesar de las provocaciones y tensiones que Estados Unidos genera en la esfera del comercio mundial. China reacciona abriendo más su mercado, expandiendo sus importaciones, dando trato por igual a la inversión extranjera y garantizando las buenas prácticas en los negocios, un contraste que pone en evidencia el aislamiento de la primera economía del mundo.

En el caso latinoamericano, Mercosur y la Alianza del Pacífico —objeto del análisis económico regional, muy influenciados por un entorno político y social convulsionado, enfrentados a la evidente corrupción que alcanza altas esferas del Estado—, afecta la institucionalidad, resta recursos para la inversión en infraestructura, ciencia, tecnología e innovación, así como la búsqueda de alternativas a la histórica relación económica norte-sur, que después de la crisis del 2008 cambió la geopolítica del mundo, migrando del Atlántico al Pacífico y convirtiendo a Shanghái, Tokio, Seúl y New Delhi en capitales comerciales y financieras del mundo, es decir, al Gran Pacífico que genera nuevos retos pero también nuevas oportunidades para nuestros bloques regionales.

De este modo llegamos al análisis del papel de Colombia frente al nuevo contexto del Pacífico o del Asia-Pacífico. Esta es una investigación que se ha venido desarrollando en los últimos años y que se ha divulgado en diferentes instancias académicas y periodísticas, entre las que se cuentan la Colección 60 años del Centro de Investigaciones para el Desarrollo (CID) de la Facultad de Ciencias Económicas, la publicación del libro Colombia frente a los escenarios del Pacífico (Mosquera, 2013), que también sirvió de base para uno de los ciclos de debates organizado por la Universidad Nacional de Colombia “¿De qué Pacífico hablamos?” (Unimedios – CID, 2013).

No obstante, en el estudio de la economía internacional y las relaciones internacionales, la variabilidad y el dinamismo de los contextos y del nuevo orden económico global, exige una continua actualización de información y la evaluación de nuevos fenómenos que hoy por hoy reconfiguran y retroalimentan el debate y el análisis de la realidad económica regional y global. Por ello, en el presente libro hacemos una introducción preliminar a la definición de algunos conceptos, se explora el panorama económico mundial, teniendo en cuenta las fortalezas, así como los nuevos retos con énfasis en la Alianza del Pacífico, bloque donde Colombia puede navegar hacia puerto seguro, hacia el acceso al mercado asiático y su posibilidad de competir en estos nuevos escenarios. El país busca recuperar el clima para la inversión de nuevos capitales y confianza inversionista, la estabilidad política que garantice la continuidad en políticas económica y monetaria, infraestructura, lucha contra la corrupción y desarrollo de la ciencia y la tecnología; aspectos fundamentales para ser competitivos y ser jugadores en las grandes ligas como la Ocde, —cuyo ingreso superó el más difícil escollo por la dura oposición de gremios industriales y farmacéuticos de Estados Unidos—, y ser admitida en el Comité de Comercio (El Tiempo 18-05-2018).

Economía mundial y globalización en el marco de los bloques económicos

La globalización es consustancial a la historia de la humanidad o, si se quiere, la humanidad ha escrito su historia a partir de la globalización. Este fenómeno, ha acercado al mundo mediante el intercambio de bienes y productos, información, ideas, conocimientos y cultura; pero también ha generado divisiones y diferencias entre bloques y al interior de los países. Esta nueva etapa de la globalización, basada en la integración mundial mediante bloques, confederaciones u organizaciones multilaterales, se diferencia de las anteriores por desarrollarse con velocidades en el flujo de información debido a los avances en las TIC, ciencia, industria y sistemas de información3.

Esta dinámica muestra que se trata de un proceso de permanentes cambios, pero a la vez, un catalizador y una consecuencia del progreso de la humanidad. Tal y como ocurre en su dimensión económica, la globalización puede llegar a ser un proceso caótico que exige ajustes y plantea desafíos a problemas que ahora tienen un carácter global.

De acuerdo con Walters (1996), el término “globalización” solo tuvo reconocimiento en la academia hasta mediados de los años ochenta del siglo pasado, aunque desde los años sesenta el término comenzó a generalizarse. Lo que indica que la comprensión del fenómeno, de sus causas y consecuencias, ha sido tema de estudio y debates durante las últimas décadas en las diferentes disciplinas de las ciencias económicas, sociales y humanas.

Sin embargo, resulta interesante que la globalización, como la economía misma, hace referencia a un proceso dinámico, que conduce a definiciones procedimentales (Giddens, 1999). Es decir, nos referimos a la globalización como un proceso de transformación que conlleva resultados desde la economía, en una etapa histórica definida, pero que impacta al conjunto de la sociedad.

La etapa histórica actual corresponde a la decisión política mundial de eliminación sistemática de fronteras económicas entre dos o más economías. Una frontera entendida como una demarcación que restringe la movilidad de personas, bienes y servicios, capitales y factores. A ambos lados la determinación de los precios, cantidades y calidades de productos y factores solo resultan marginalmente influidos por los flujos entre ambos.

La globalización y las etapas de integración económica

La integración económica es el primer paso para avanzar hacia la consolidación de un posible bloque económico. Un bloque económico, tal y como lo señala Leal López, es un tipo de asociación de carácter internacional que agrupa a un conjunto de países con el propósito de obtener beneficios comerciales mutuos y, en general, en materia económica, sin perjuicio de que en la mayoría de los casos tenga como elemento predominante una motivación política. La creación de la ONU, la Opep, la Fifa, Amnistía Internacional, entre muchas otras, ha sido a partir de intereses políticos específicos (Leal, 2002).

Estas formas de unión entre países se realizan a partir de la firma de tratados internacionales que pueden ser de distintos tipos: la mayoría de los bloques comerciales están definidos por una tendencia regionalista; mientras que las relaciones comerciales de carácter no regional tienden a ser bilaterales, o a darse entre bloques comerciales en formación. Estos bloques pueden clasificarse de acuerdo a su nivel de integración económica, política y monetaria en seis diferentes grupos:

a. Acuerdos de Complementación Económica. Esta unión solo se da en relación con las preferencias y negociaciones arancelarias de algunos productos.

b. Áreas de Libre Comercio. Aquí se establecen protecciones arancelarias de productos sensibles entre dos o más zonas geográficas. Dentro de este grupo entran los Tratados de Libre Comercio (TLC) sobre los cuales las negociaciones enmarcan agendas complejas desde muchos puntos de vista.

c. Acuerdos Aduaneros. En estos existe unificación de la política aduanera. De hecho, todos los países miembros tienen los mismos beneficios.

d. La Comunidad Económica. En este nivel de integración económica se libera el comercio de factores de la producción. Es decir que la movilidad e interacción entre el capital, el trabajo, la tecnología y demás factores productivos se fortalece en medio de zonas geográficas predeterminadas.

e. Unión Económica. Este nivel de integración contiene un conjunto de elementos y retos importantes en materia de unificación de sus Políticas Económicas (Monetaria y Fiscal) que trasciende por supuesto a la tradicional extensión o negociación de aranceles.

f. Organizaciones multilaterales. Corresponde a la participación de países en organizaciones que dictan normas que gozan de bloque de constitucionalidad o que imponen normas por encima de las normas de los países que la conforman. Aplican exclusivamente para el desarrollo de la actividad para la cual fue creado el organismo multilateral.

Es necesario señalar que la integración económica, a pesar de proclamarse como la gran solución a los problemas económicos y sociales de nuestra sociedad, ha evidenciado durante las últimas cuatro décadas que solo es una forma más de afrontar los problemas sociales en todas sus dimensiones, pero que en definitiva los problemas siguen al orden del día. Lo anterior porque la visión de la globalización privilegia la nueva forma de ver la actividad económica: lograr beneficios significativos en el corto plazo y socializar el riesgo de la inversión, de tal forma que las pérdidas no sean asumidas por la actividad de las empresas. De ahí que la empresa de transporte más grande del mundo no cuente con un solo vehículo bajo su propiedad; o la principal firma de hotelería no cuente con una sola habitación propia; o que las inversiones más importantes en 2017 hayan sido en una moneda que no goza de respaldo institucional alguno, más allá de las fluctuaciones especulativas de las bolsas.

De hecho, Stiglitz (2007) ilustra una anécdota muy particular ocurrida en medio del Foro Económico Mundial del año 2006, en donde se organizó una sesión especial acerca de los problemas energéticos del planeta. En este panel, un distinguido conocedor de la industria petrolera dio a conocer una idea de negocio bastante asombrosa. Se trataba de “aprovechar” un problema ambiental como lo es el derretimiento de la capa de hielo polar explotando los hidrocarburos de estas zonas, ya que sería mucho más fácil la explotación en estas nuevas condiciones. Cuenta Stiglitz (2007) que según el experto, esto representa cantidades mayores a las encontradas en Irak, y mantuvo una posición férrea al afirmar que este “aprovechamiento” es un negocio donde todos saldrían ganando.

En general, la globalización ha sido una forma economicista de abordar los problemas de las sociedades, es decir, desde una perspectiva de respeto de las leyes del mercado (oferta y demanda). Los problemas se dimensionan dependiendo del ámbito disciplinar desde el cual se aborden. Por ejemplo, para un pedagogo los problemas parten de la forma como somos capaces o no de generar conocimiento y lograr aprendizajes; por el contrario, para la psicología social, define los problemas desde las posibilidades de interrelacionarnos4. Desde luego para las disciplinas de las ciencias exactas los problemas de la sociedad se ubican en la frontera del conocimiento. Sin embargo, cuando se define una situación como problema en el campo de la economía, siempre se hará referencia a los aspectos que impiden el desarrollo del principio fundamental de la libertad individual o cómo ciertos aspectos generan costos transaccionales que son trasladados al consumidor y que terminan restringiendo sus posibilidades de elección porque reduce su ingreso efectivo.

Por esto, la economía celebra el desarrollo de las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC), pues permiten la toma de decisiones con información completa o, por lo menos, mejor informadas y en tiempo real. Además, que el acceso a esta información tiene un costo muy bajo, por lo cual se democratiza la información y se reduce significativamente la posibilidad de que las personas tomen decisiones no racionales.

Desde esta perspectiva, el modelo de globalización apunta a eliminar cualquier tipo de distorsiones que alteren los precios de los bienes y servicios en el mercado internacional; por esto, la necesidad de generar acuerdos comerciales para eliminar aranceles y flexibilizar el mercado financiero y de capitales.

Sin embargo, el enfoque economicista de la globalización no ha logrado solucionar el principal problema que históricamente ha generado el declive de las sociedades o sus principales transformaciones: la migración poblacional.

Según la Ocde, en los años 2016 y 2017 la migración a países que la conforman ascendió a más de cinco millones de personas al año:

La migración de índole humanitaria fue el principal factor del alza de 2015-2016; representó 1,5 millones de personas entre enero de 2015 y diciembre de 2016. En 2015 la migración por reunificación de familias y libre movimiento dentro de la Unión Europea representó alrededor de un tercio del total de la emigración permanente a la zona de la Ocde. Los cinco primeros países de origen en 2015 fueron China, Siria, Rumania, Polonia e India. De los nuevos inmigrantes a países de la Ocde, 29 % provenían de otro país de la Ocde.5

Este fenómeno ha contribuido para que en diferentes países se revivan sentimientos nacionalistas que apuntan a generar mayores controles sobre la movilidad de personas. De ahí que coexistan discursos de alta aceptación como en Estados Unidos6, Francia7, Alemania8 e Inglaterra9, donde las familias nativas buscan que el Estado genere medidas para el control de la inmigración de poblaciones a sus territorios. En suma, el mundo globalizado propone libertades e ingreso y salida de capitales y recursos, pero cierra las posibilidades para una migración poblacional abierta, lo cual se acompaña del miedo que se impone ante la oleada terrorista que hace que en cada nación se establezca el control de inmigrantes.

El modelo global

El modelo global enmarca un conjunto de etapas que en orden cronológico se clasifican así: la primera precedida por la expedición de Marco Polo a China en el siglo XIII y claramente por los descubrimientos de territorios por parte del continente europeo entre los siglos XV y XV; la segunda etapa comprende el periodo de 1871 a 1945, se considera a partir del despliegue industrial que siguió a la revolución francesa y la independencia de Estados Unidos (Mosquera, 2013).

La tercera etapa inicia con el boom expansivo como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. Las fases expansivas la configuraron el plan de recuperación y reconstrucción de Europa (el Plan Marshall) y llega hasta la Guerra Fría. Justo con el comienzo de esta guerra entre el bloque soviético y los Estados Unidos, se articula la cuarta etapa de globalización, de allí emana el surgimiento de los Tigres Asiáticos, las crisis financieras y la incursión de China, el gigante asiático que despertó como actor principal en el mercado mundial. Este último tema será el foco del análisis de Asean como bloque económico (Mosquera, 2013).

Finalmente, la quinta etapa corresponde a la llamada crisis del capitalismo mundial que se presenta como la peor crisis económica y financiera, hecho que no ocurría desde La Gran Depresión de 1929 y que, según el Nobel de Economía Paul Krugman (2009), fue una crisis económica “peligrosa, brutal y larga”.

Ahora bien, los llamados mercados emergentes, como China e India, comenzaron a ser los principales motores del crecimiento mundial. En el 2010, según el informe económico mundial del FMI (2011), las economías avanzadas del mundo crecieron en total un 2,7 % solamente, mientras que los mercados emergentes lo hicieron en un 7,1 %. El producto interno bruto (PIB) de las economías emergentes pasó de representar el 39,7 % del PIB mundial en 1990 a constituir el 47,1 % en 2010. No obstante, la desaceleración económica que en el 2016 ocasionó la crisis del petróleo ha cuestionado lo que en algún momento todos los economistas de renombre internacional acordaron sobre el futuro que representarían los mercados emergentes.

Cómo aprovechar la globalización

“La globalización es una fuerza benevolente que genera oportunidades de crecimiento y disminución de la pobreza en las economías que están preparadas para ella” (DAS, 2004). Esta frase refleja un pensamiento frecuente entre los economistas que consideran que el libre flujo de mercancías y factores, el cual es uno de los elementos de la globalización, mejorará el bienestar de las mayorías. Pareciera que las diferencias básicas entre las visiones tradicionales y las que podrían llamarse heterodoxas no están solo en cuestionar los beneficios de eliminar barreras, sino en que los segundos advierten que las economías deben estar preparadas para participar de la globalización si quieren obtener beneficios.

Estar preparados para la globalización no consiste exclusivamente en eliminar cualquier tipo de distorsión al libre comercio, se trata de un esfuerzo estatal “Hacia el establecimiento de políticas económicas que promuevan y faciliten la industrialización y el desarrollo, lo cual implica una apertura comercial estratégica, gradual y parcial” (Cruz, 2007). Es decir, que ingresar en la órbita del mercado global exige que el Estado redefina las condiciones internas con que cuenta para generar espacios y áreas competitivas que conlleven mejores condiciones de vida.

Esta fase de preparación previa, de industrialización y ganancias en competitividad, explica las diferencias del exitoso modelo de países asiáticos de insertarse en la economía mundial, con los frustrantes intentos de los países latinoamericanos, que han seguido un modelo de liberalización más ortodoxo y no han visto traducidos sus esfuerzos en significativos progresos en desarrollo económico y mejoras en la calidad de vida de sus gentes.

Bajo esta premisa sería sano dudar más de la globalización propuesta por organismos como el Fondo Monetario Internacional (FMI), que reducen el papel del Estado, a identificar los sectores donde gozan de ventajas comparativas frente al resto del mundo y especializar sus sistema de producción en esas áreas para la exportación o la sustitución de importaciones, a la vez de promover la inversión insuficiente e incentivar la transferencia tecnológica y la innovación, para que el resultado final sea un mecanismo más eficiente de distribución de los ingresos.

Sin embargo, no existe coherencia frente a la preparación que exige ingresar a este mercado mundial. La propuesta del FMI sería coherente si estuviéramos en un escenario donde todos los países partieran de las mismas condiciones iniciales, es decir, con el mismo desarrollo tecnológico, recursos naturales y productivos equivalentes y de capital suficientes. Sin embargo, una relación comercial entre Japón y Colombia obliga a reconocer las imposibilidades de obtener un acuerdo equitativo para los dos países, pues a pesar de la fuerte demanda por alimentos que tiene el país nipón, ellos exigen condiciones fitosanitarias para las cuales Colombia no está preparada ni ha realizado inversiones mínimas porque ha dedicado dos décadas a la promoción de la “segunda revolución verde” liderada por la aspersión con glifosato y otros químicos.

Es decir, a pesar de que Colombia goce de condiciones para la producción de alimentos, esta no está preparada para las exigencias del mercado global. Algo similar ocurre con infraestructura, capital humano, tecnología, innovación. Por ejemplo, un elemento sustancial para incursionar en el mercado global es el manejo de un segundo idioma, específicamente el inglés. Según estimaciones del Ministerio de Educación Nacional, para el 2018 solo 8 % de los estudiantes tenían un nivel intermedio, mientras que en el sector oficial solo lo alcanzan el 2 %. Parte del problema radica en que los docentes no hablan un segundo idioma y no les interesa aprenderlo.10

Ante este panorama, no se goza de ventajas sino de desventajas comparativas y competitivas para la incursión en el mercado global, que es la formación del capital humano, y a las cuales deben añadirse las debilidades en aprendizaje reflejadas en el bajo posicionamiento en las pruebas Pisa, donde los resultados muestran que se ubica de 61 en matemáticas; 57 en ciencias y física; y 54 en comprensión lectora. La política debe preparar a un país, no solo en sus sectores productivos, sino a la población como eje clave para incursionar acertadamente al mercado global.

1.
La globalización como línea de investigación11

Cuando hablo de línea de investigación empleo el sustantivo de forma intencionada. Una línea es la continuidad y la constancia de muchos puntos en un mismo horizonte y encaminado a un fin preciso. No bastan uno o dos puntos. Y esta es una de las diferencias fundamentales entre el oficio de la consultoría, que también he desempeñado, con la investigación como una obra consolidable a condición de un largo aliento, como lo señalara el apreciado colega Jesús Bejarano en un lúcido ensayo (Bejarano, 1996).

Retornaré en otras ocasiones a esta distinción, pero por ahora es preciso añadir a esta notoria diferencia una en especial, entre otras también cruciales: una indagación puntual surge y desemboca sin más continuidad al resolver una pregunta o un problema específico planteados por una institución cualquiera; para los economistas o científicos sociales por lo general la demanda es el sector público. Oficio legítimo y empeño loable para ambas partes, y por cierto muy útil, empero entraña varias limitaciones: una primera, la consultoría no suele acumular conocimiento, porque la continuidad se extingue al resolver la demanda. El consultor espera otra propuesta en torno a un tema distinto y la institución usa el conocimiento ad hoc sin mayor horizonte, pues tal saber se enmarca en la resolución inmediata de un problema práctico y puntual.

Pero aún hay otras constricciones en el oficio de la consultoría que, con todo, aprecio mucho: es necesario insistir en el hecho de que a diferencia de la investigación, como la que he consolidado paso a paso, las preguntas no emanan del investigador, sino de las entidades que solicitan una respuesta en alguna medida ya prefigurada por la índole de la pregunta. Con ello se angosta la densidad propia de una marcha individual o colectiva de investigación, pues como argumentaré, la investigación en tanto permanencia consistente requiere del investigador ante todo un atributo muy especial: la capacidad de sostener una serie de preguntas que abran el abanico de otras preguntas, pues ellas son el dínamo de una indagación seria. El acento es muy diferente e incluso es un tanto paradójico: antes que acumular respuestas, una trayectoria de investigación que se proponga abrir el panorama del saber se define por la propiedad de generar una multiplicidad de preguntas para ensanchar el objeto de indagación. Además, preguntas fecundas porque de ellas emerge una interrogación incesante. Al cabo, una investigación halla su mejor saldo en la cantidad de preguntas formuladas, más que en las respuestas obtenidas.

Y todavía hay que indicar una tercera diferencia: pese a que el conocimiento generado en una consultoría puntual suponga un marco teórico para perfilar la respuesta, por lo común el resultado es mucho más rico en conocimiento aplicado que en la ampliación de la matriz conceptual usada para esbozar la respuesta. Y aún así, esta extensión del marco teórico se adelgaza o se concluye al usarse en la urgencia práctica y en la respuesta transitoria.

Hay por supuesto consultores que, por un gran esfuerzo personal, incrementan su patrimonio teórico y, pese a la varianza de problemas resueltos, poseen la capacidad, más bien rara, de ampliar de modo explícito los marcos de análisis al enlazar lo disparejo. En ellos una suerte de vocación y de tensión personal permite que la contingencia deje de serlo y, por decirlo así, de demanda en demanda aleatorias van entretejiendo por esfuerzo personal una trama para abarcar lo disperso y vario en una trama de conocimiento más amplio. Tal es el caso, por ejemplo, del investigador Hernando Gómez Buendía (1995, 1997).

Lo anterior es más propicio en instituciones como Fedesarrollo o, en otro tiempo, el Instituto Ser, o, para mencionar un modelo cercano, el Centro de Investigaciones para el Desarrollo (CID), de la Universidad Nacional —en el cual trabajé y afronté varias consultorías—y otras instituciones de la sociedad civil que no solo poseen y cultivan la memoria de sus consultorías, sino que al mismo tiempo ofrecen un marco institucional durable y colectivo propicio para erigirse como una suerte de faro y de laboratorio de análisis mediante seminarios, talleres, publicaciones o discusiones colectivas, y en las cuales se cultiva la memoria del trayecto.

El hilo conductor de los distintos momentos de mi persistencia como investigador, maduró mis aventuras estudiantiles en búsqueda de entreverar la marcha de las economías como apareadas al poder político a escala mundial. Era entones una época en la cual, bajo el influjo de la revolución cubana y del Mayo francés de 1968, se pensaba con cierta ingenuidad que podíamos modelar a nuestro antojo un mundo que se figuraba en trance de súbito cambio por muerte o por apocalipsis anunciados.

Si se quiere, este es el legado válido de una formación en el socialismo, cabalgando sobre la ingenuidad voluntarista de la osadía juvenil y tamizado en mi caso por un progresivo acento en idearios de un liberalismo social que explora remozamientos de la democracia local, nacional y mundial con principios de justicia, por tanto enmarcados en una ética de convicción, pero también de responsabilidad con el destino de la existencia de la especie. Ética de convicción, como el credo firme en una tabla de justicia, que ha sido una constante en la trayectoria casi sesquicentenaria de la Universidad Nacional de Colombia desde cuando se fundara en 1867 como el fiel de la balanza entre las tendencias centrípetas de la era radical y la necesidad de una integración cultural que sirviera como imán centrípeto. Pero también profeso una ética de responsabilidad para distinguir lo posible y probable dentro de lo deseable y, del mismo modo, saber argumentar pros y contras con la flexibilidad para cambiar los puntos de vista personales en función de sólidos argumentos e intereses colectivos.

Además, aunque no éramos tan angélicos o ingenuos como para pensar que los cambios orbitales o locales se indujeran sin violencia —pues desde Heráclito hasta Maquiavelo, Hobbes y Marx, el poder se entiende como engendrado por la violencia (“La violencia es la partera de la historia” o “El poder nace del fusil”)—, el tamaño y la hondura de los terrores locales, nacionales y mundiales nos planteó a muchos de nuestra generación la confianza ciega en el ejercicio de las armas, a medida que comprobábamos en los años setenta los horrores de parte y parte cuando la razón calla ante la sordera bramante de los fusiles.

Como fuere, el nervio rector de esta indagación ha consistido en examinar de qué modo se reconfigura a nivel mundial la ecuación entre una nueva economía, cada vez más basada en intensidad de conocimiento, información y organización,y la tendencia orbital hacia un mundo multipolar por la afirmación de nuevos bloques económicos y políticos, en un mapamundi en buena medida sellado como una etapa situada más allá de los confines de los estados nacionales clásicos, luego del fin de la Guerra Fría que, para efectos prácticos, puede ser cifrado en su nacimiento por la caída del Muro de Berlín en 1989, año sorprendente para quien conozca la historia, pues coincidió con la toma de La Bastilla dos siglos antes.

Del mismo modo, todo aquello se escenificaba bajo el paraguas prodigioso de la carrera espacial, esa real guerra de las estrellas, una que por un lado puso en jaque al socialismo real al disponer de visión precisa para el despliegue de una lluvia de misiles, y de otro lado incubó la revolución de las comunicaciones y por ello fuera preludio de la impactante revolución tecnológica de Internet. Ambos fenómenos apuntaban a la inédita prioridad de la ciencia y de la tecnología como bastión de economía y poder, y sustentan mi insistencia duradera en el papel cardinal de la apropiación de la ciencia y la tecnología como pilares de la relativa soberanía de un Estado nacional. Consciente de que también nuestro devenir está orientado desde antes de la Constitución de 1991 a nuevos nexos entre Estado, Nación y mundo en un planeta cambiante, el observatorio de las transformaciones del globo ha sido pensado como búsqueda para calibrar la brújula de nuestro devenir y allí se ubica el interés permanente por el papel de la ciencia y de la tecnología.

Esta certidumbre debe sustentarse: la constatación del sufrimiento nacional y de América Latina entera por la devastación producida en la llamada “década perdida”, la de los ochenta del siglo XX, engendró, más allá de la angustia, una preocupación por examinar de modo crítico y con cierta cirugía de los romanticismos de los setenta, otras estrategias conducentes a una nueva inserción de la región y del país en el nuevo orden mundial, en la cual sin duda la puerta de ingreso se cifraba en la apropiación nacional de la ciencia y de la tecnología y con ello se demandaba la necesaria reorganización de las energías del Estado y de la Nación hacia ese horizonte. Con tal norte, encaminé mi interés por la reorganización de las universidades, primero desde mi rectoría de la Universidad Surcolombiana, luego como rector de la Universidad Nacional de Colombia, y en seguida como principal gestor en el Senado de la expedición de la Ley 30 de 1993, reformatoria de la educación superior, en un momento tan propicio como fuera una cierta nueva energía del poder legislativo emanada de la primera etapa de la naciente Constitución de 1991.

Formados hasta entonces en los distintos dilemas de revolución, desarrollismo, línea de la Cepal, teorías del subdesarrollo o de la dependencia, pronto nos vimos literalmente obligados a comprender que el fracaso económico de la región en la década de los ochenta no era de endilgar por entero a demiurgos externos, pues, en lo que respecta a este desastre, parte de la responsabilidad recaía en las élites nacionales y aún, si se es sincero, en las contraélites.

Se demostró entonces en el declive económico de la región, patente en la desigualdad tremenda de los términos de intercambio y en la pérdida neta de capitales y de patrimonio, que cabía enorme culpa a gobiernos militares, autoritarios, e incluso populistas, como en el caso del Apra con Belaúnde y Alan García, en el tremendo fiasco solo comparable al efecto negativo de la depresión de los años treinta.

Y desde otro ángulo, la prolongación de guerras irregulares en nuestra nación, con deletéreos efectos por el acelerado tráfico de estupefacientes —no pocas veces engarzados y confundidos todos los actores de la violencia legítima desvirtuada en demasía con los factores insurgentes o delincuenciales organizados—, probaba, por si hiciera falta, que el supuesto expediente salvador de la conquista del poder por vía de las armas e incluso su defensa a ultranza, desnudaba los goznes legítimos y corroboraba dos famosos dichos de la sapiencia popular: que el remedio era peor que la enfermedad, pues mermaba la riqueza, devastaba la población y teñía la atmósfera cultural de un fatalismo endémico. Se corroboraba también que los contrarios terminan por parecerse, muchas veces más en sus defectos que en sus virtudes.

Fue sorprendente entonces sopesar que, pese al tremendo fracaso económico de la región, los países contaban entonces con una reserva enorme para abrir paso a nuevas formas de democracia en medio del desastre, imperfectas como siempre son, pero con potencia para perfeccionarse a medida que la población civil abría espacios inéditos, como ocurrió entre nosotros no por vía de los pactos de paz, como suele reducirse el asunto, sino como producto de la conjunción de al menos siete movimientos sociales: estudiantiles, educativos, culturales, indígenas, universitarios, cívicos y campesinos. Una a una cayeron las dictaduras militares y los gobiernos autoritarios y, como en la propia Colombia, se abrieron compuertas para repensar la relación entre el Estado y la Nación. Regreso entonces al principio de mi exposición: cuando me refiero a línea de investigación, debo precisar el concepto de investigación más allá de lo dicho en torno a la continuidad y constancia en el tiempo en horizontes que superan los cuatro lustros. Concibo la investigación como un abrazo de dos estilos de pensamiento, ninguno de los cuales por separado puede producir una obra duradera: el pensamiento convergente y el pensamiento divergente.

Con tal visión, concibo la investigación en parte como una actividad normada por el sentido etimológico: in vestigium, un seguir las huellas. Pero una investigación ha de sobrepasar el rastreo del saber, por supuesto necesario, pero es ante todo una primera etapa preparatoria. Y es lo que indican dos palabras francesas originarias de otros conceptos de investigación, como se cifra en las palabras chercher y rechercher, y en inglés search y research: todas ellas provienen, contra lo que se cree, no de un esfuerzo rectilíneo, sino de una búsqueda circular (cercle), no por supuesto en la forma de círculos viciosos que en su recorrido vuelven al mismo principio, sino como círculos ensanchados en forma de espirales cada vez más abiertas y precisas.

Con lo anterior se dibuja con cierta precisión lo que se traza en el método, palabra que significa en su origen el camino hacia una meta: el momento o, mejor, los momentos del esbozo de un estado del arte: son aproximaciones por espirales cada vez más amplias para abarcar lo que se sabe en relación con un dominio o campo del saber, con el fin de no repetir lo que ya se sabe y ampararse en lo que ya ha sido conocido para avanzar más allá.

El estado del arte delimita, como en una circunferencia, el ámbito de la búsqueda, y como en la circunferencia, afirma un centro a partir del cual se exploran los límites y se jerarquizan los temas en función de su concentración o de su dispersión, siempre en una tensión característica entre lo centrípeto y lo centrífugo. Pues de ahí mismo se establece el ámbito de investigación mediante un principio en apariencia paradójico: un sistema o un campo del saber se define no solamente por lo que incluye, sino por aquello que excluye.

Y dado que lo conocido no es por ello reconocido, el levantamiento del estado del arte debe apuntar a re-conocer lo ya conocido. Ello se orienta a concebir la investigación en esta etapa diagnóstica y exploratoria como un acto en cierta forma sagrado, si se acepta que la etimología de la religión deriva de re legere y no de re ligere, el primero, re legere, significa leer y releer la tradición, y en el mismo tenor evitar la negligencia, que es lo opuesto a releer (nec legere).

Pero el reconocimiento de lo conocido es apenas una faz del proceso de investigación y no basta por sí mismo para ser un genuino engendramiento de un nuevo saber. Es el preludio bastante dispendioso del pensamiento convergente que, como la palabra lo dice, envuelve lo conocido de modo que sea reconocido por el investigador. Pero a partir de esa responsabilidad con el saber conocido, responsabilidad que demanda un respeto por las tradiciones del pensamiento heredado como saber responder y resonar al legado, debe abrirse paso el pensamiento divergente, uno con tal fuerza de creatividad que alcance una visión inédita de lo que ya haya sido conocido y reconocido para transformar la tradición mediante la instauración de un saber inédito erigido sobre los cimientos de lo heredado.

Y esto solo puede proceder por el pasaje de lo que en un verbo latino se denomina quaere, palabra que conjunta búsqueda, querencia y pregunta. La investigación no es entonces más que una pasión por la búsqueda que demanda coraje y que ha de traducirse en la capacidad para sostener y enriquecer la potencia de preguntar y preguntar, sostenida en la admiración, la sorpresa, la duda y la conjunción de análisis y de síntesis.

Ahora bien, esta aleación de pensamiento convergente y de pensamiento divergente entraña una lección que trasciende el campo de la investigación como matriz para alcanzar un equilibrio entre tradición y revolución, permanencia y cambio. Una palabra muy usada por Marx, procedente de la filosofía de Hegel, señala el broche áureo que acompasa tradición y cambio: aufheben, superar conservando. Ello entraña una consecuencia ética y política de gran hondura y es la que me ha llevado a moderar el socialismo con un liberalismo de talante equitativo.

Podría divagar en torno al famoso concepto, pero por provenir de una región campesina me gusta traducirlo en términos de la actividad del sembrador: como el investigador, ha de inclinarse ante la tradición, en aquel caso el terreno ya labrado por sus progenitores, para regarlo y para recoger los frutos; no permanece allí en el suelo, se levanta y los procesa, pero vuelve a inclinarse porque debe resembrar las semillas para que la fecundidad sea permanente. Superar conservando implica entonces respeto por la tradición, como el suelo común o limo de todos, y esto implica inclinarse ante ella, pero al mismo tiempo se levanta la tradición con nuevos frutos, de los cuales brotan las semillas para un nuevo sembrar.

Otras dos dimensiones son cruciales, y lo han sido en mi peregrinación, para alentar la persistencia: la investigación ha de ser a la vez relevante y pertinente. Relevante proviene de re levare, levantar y levantar, y ello apunta a una dirección: ser universal, pensar de modo global, no ser parroquial —aunque se parta y se vuelva al pequeño lar de la plaza pública, no resignarse a un espacio pequeño, aunque al cabo se retorne a la tierra, pero de un modo enriquecido.

En ello mi hálito se sostiene en la enseñanza de mis maestros por comprender a Colombia entera en el mapamundi cambiante. Y también se afinca en la enorme y profunda convicción de que Colombia, pese a sus problemas, puede ser condigna y coetánea del universo.

Por ello, el impulso de la investigación también ha de asentarse y comprobarse con el pedimento de que el esfuerzo del investigador sea pertinente, palabra que proviene de pertinens, pertenecer, arraigar. Provinciano como soy, según se decía en el siglo antepasado, pero proveniente de una región tan cercana al mundo por el drama del caucho, por el petróleo, por el café, aun por la coca, he crecido con la valía de la tierra y con la ambición de ser universal.

Pero de ser provinciano, como lo hemos sido todos los colombianos frente al eje dominante del mundo, se puede derivar una gran ventaja, inapreciable, cual es la del eclecticismo. No se trata de un eclecticismo acomodaticio, superficial, perezoso por superponer como en un pastiche imágenes o ideas de aquí o de allá. No, se trata de toda aquella enorme ventaja emergida de la potencia de la acepción originaria de eclecticismo: eklegein, leer desde afuera, como quien dice desde el margen o la periferia.

Si este verbo se toma en la acepción seria de la tremenda épica de un pensamiento mestizo esforzada por el dolor desde América Latina, se verá al trasluz que no hay solo una lectura, sino muchas lecturas cuando se lee y se escribe desde el margen. Hay que centrarse y a la vez descentrarse en relación con los textos dominantes, limar sus asperezas, matizar sus antagonismos y sus esquemas binarios, combinar, realizar nuevas síntesis. Y hay que forzar la mirada, casi hasta lo bizco, para que por mirar para arriba y a la vez para abajo, por compulsar y comparar lo otro con lo propio, se alcance algún despunte de un pensamiento remozado.

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Release date on Litres:
23 October 2025
Volume:
337 p. 80 illustrations
ISBN:
9789587940022
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Bookwire
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