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BEATRIZ TABER · CARLOS ALTSCHUL

Pensando Ulloa



Taber, BeatrizPensando Ulloa / Beatriz Taber y Carlos Altschul. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2014. - (Ensayos; 0)E-Book.ISBN 978-987-599-405-81. psicología. I. Altschul, CarlosCDD

Revisión Técnica: Verónica Bondorevsky

Ilustración De Tapa: Hermenegildo Sábat (Gentileza Del Autor)

Diseño: Verónica Feinmann

© Libros del Zorzal, 2005

Buenos Aires, Argentina

Libros del Zorzal

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la ley 11.723

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Índice

Prólogo | 7

Justificación del índice | 11

Presentación autobiográfica y sus posibles adendas | 14

¿Qué hacer con todo lo que se sabe?

Osvaldo Saidón | 38

Silencio, silenciamiento

Carlos Altschul | 46

Al maestro con cariño

Sergio Rodríguez | 52

Don Pascual y los consejos al médico...

Gustavo Lipovetzky | 60

De la ternura a la crueldad

Beatriz Taber | 71

Grupos de familia: de la crueldad, sus linajes y coartadas

Ana M. Fernández | 83

Las otras generaciones desaparecidas. ¿Es lindo ser grande?

Victoria Martínez | 95

Ulloa y la transmisión del psicoanálisis. Reflexiones sobre la crueldad en el lazo social

Hugo Daniel Ruda | 103

El enmascarado no se rinde. Intermezzo clínico

Ana María Del Cueto | 114

Psicoanálisis y lazo social

Liliana Lamovsky | 120

Fragmentos de un discurso de hacedor

Graciela Guilis | 127

Los pasos de Ulloa

Cristián Varela | 131

Daño Psicológico. Consonando y resonando con el doctor Fernando Ulloa

Hernán Kesselman | 145

“Variaciones” sobre algunas ideas de Fernando Ulloa

Virginia Schejter | 156

El informe final

Aníbal Goldchluk | 162

Entre-Vistas Institucionales

María Susana Pérez | 171

Ana Zandperl | 171

La calle me protege. Sobre la numerosidad social, la crisis y la construcción de una red

Monika Arredondo | 177

Semblanzas de baquía. Mi aproximación a Fernando Ulloa

Daniel Sans | 187

¿La clínica en el galpón?

Francisco Ferrara | 204

El clinamen clínico de Fernando Ulloa

Gustavo Castaño | 215

Ulloa, un clínico nómade

Vida Rachel Kamkhagi | 225

Alerta Roja

Silvia Pipkin | 229

Un trovador y su genealogía

Diana Etinger | 232

Hay gente que es así...

Manuel Andújar | 241

Semblanza de un trayecto y sus matices

Nilda Prados | 253

La eutonía y Fernando Ulloa

Susana Kesselman | 256

La edad de la maestría. Charla con Fernando Ulloa

Entrevista realizada en Itapuá el verano de 1993

Urania Tourinho Peres | 263

Los últimos samurais

Emilio Rodrigué | 291

Fernando

Tato Pavlovsky | 292

Carta a Fernando Ulloa

Valentín Barenblitt | 293

Carta a Fernando

Carmen Lent | 295

Homenaje y homenajes,carta para mi padre

Prólogo

1.

Pensando Ulloa es una carta china, ese juego de azar que se inicia cuando uno cualquiera toma una hoja en blanco, escribe un renglón en la parte superior, dobla la hoja tapando solamente su propio texto y la entrega al prójimo para que éste haga lo propio y agregue el suyo sin ver el anterior, si quiere.

Ese juego sin reglas se interrumpe en cada paso y se extiende en la medida en que el próximo siga la ronda, invitado por la curiosidad de entender lo que convocó al otro, y se incorpore.

Ahora bien, como nuestro trabajo cotidiano se hace en el instante y es, por naturaleza, efímero, tratamos, con este proyecto, de dar cuenta de la aventura de pensar Ulloa sin traicionar ni la aventura, ni el pensamiento.

¿Cómo hacerlo? Debatir, acordar, ¿escribir? Conversamos mucho sobre la posibilidad o imposibilidad de transmitir el efecto Ulloa. Apostamos a la posibilidad.

Pensando Ulloa es así la colección de experiencias llevadas a la escritura de quienes, tocados por aquel efecto, dimos vueltas al asunto: qué hiciste con Ulloa, de qué manera impactó en tu formación, cuál aforismo suyo te tocó en qué momento y te sigue marcando, de qué manera sus ideas dieron lugar a las tuyas. En cada voltereta, el renglón, anotado con cuidado en esta circunstancia, reconoce aquella parte íntima teñida de cariño. De ahí el tuteo.

Fueron convocados quienes sabíamos habían trabajado con él en algunos de los diversos campos en que Ulloa se implicó. Cada uno produjo, a su más leal sentir y callar, las páginas que mejor lo representan. El denominador común que une los trabajos, por ello, es el reconocimiento del terapeuta al paciente, del profesor al alumno, del consultor al grupo, del individuo a la sociedad, cada uno de los cuales nos permitió hacer pensando.

Nuestra intención con este libro es ampliar el espacio de debate, no producir una antología, ni un reader, ni un estudio sistematizado, a los que otros darán forma. Somos conscientes de que aún falta: falta analizar críticamente sus aportes al psicoanálisis, al trabajo en derechos humanos, a los grupos, a la psicología institucional, a la cultura.

Pensando Ulloa es, así, camino al andar, una forma de reconocimiento a las enseñanzas. Irá siendo. Desde los inicios del proyecto entendimos que las primeras páginas anilladas, pensadas como una celebración a Ulloa, constituirían sólo el comienzo de un libro abierto, primer esfuerzo que despertara otros acercamientos. Pensamos en un work in progress, borradores de trabajo, dispositivos en ciernes, que surgirán, a voluntad, en la medida en que otros organicen seminarios, talleres, jornadas, presentaciones con agenda abierta y se recuperen trabajos anteriores, se desgraben discusiones, se reúnan nuevos aportes.

Para la escritura de los textos que aquí presentamos no hubo otra pauta que… escribir cada quien su texto Ulloa, posiblemente la mejor manera de mostrar el “efecto Ulloa”. De allí que este libro reúna textos de tan diversa índole. Esta única pauta, de libertad, dio origen a una diversidad de artículos, teóricos, poemas, reportajes, cartas, etcétera. Estos textos, productos “en libertad”, son mostración del “efecto Ulloa”. Corresponde a efectos de transmisión y enseñanza de un singular estilo, el de Ulloa. ¿Quién o qué es Ulloa? Un psicoanalista, sí, indudablemente sí; pero con la particularidad de haberse animado, sin desmentir su oficio, a intervenir en múltiples campos de la cultura. Estos artículos, en parte, reflejan tanto lo multifacético como prolífero de su hacer.

Por otra parte cada artículo también refleja al propio autor, en tanto el producto que surgió desde la pauta de “libertad” es que cada quien escribiera desde el sesgo propio. No resultó un libro de textos “sobre Ulloa”, sino que cada autor muestra cómo trabajaron en él conceptos, haceres o prácticas de Ulloa.

2.

Aquel “anillado”, escrito como presente al maestro, dio origen a Pensando Ulloa. Ahora bien, ¿cómo agrupar los artículos? Si como juego la propuesta era la carta china, si la única pauta para la escritura de los artículos era de libertad, y tratándose de una figura de intervenciones en numerosos campos de la cultura, no resultó una tarea simple definir un orden en los textos. La estructura del libro presenta:

En primer lugar los trabajos que toman conceptos teóricos de Fernando Ulloa, aquellos que debaten o reformulan sus ideas.

En segunda instancia están aquellos artículos que utilizan dichos conceptos para relatar intervenciones en la “numerosidad social”.

La tercera parte incluye artículos que, trabajando conceptos de Ulloa, simultáneamente dan una imagen de él, en su accionar clínico, sea del psicoanálisis o en la numerosidad social.

En la cuarta parte del libro está un reportaje a Ulloa, espacio de la primera persona, su “voz directa” y propia reflexión.

Por último el libro cierra con notas, cartas que nos aproximan una semblanza de Ulloa. Ellas testimonian lo que él genera entre pares, discípulos, amigos.

3.

Prólogo, segunda parte. Habíamos decidido incluir en este prólogo una pincelada biográfica de Fernando Ulloa, pincelada que tomó la forma autobiográfica, ya que él mismo es el autor de ella. Él nos propuso esta posibilidad, la cual nos terminó resultando la manera más pertinente de una inclusión en exterioridad de Ulloa, pensando Ulloa, pensando…

Beatriz Taber. Carlos Altschul

Noviembre 2004

Justificación del índice

La primera parte de Pensando Ulloa comienza con artículos que, desde la mirada de los autores, hacen un zoom en aspectos teóricos específicos planteados por Fernando Ulloa. Saidón se interroga sobre si Ulloa inaugura un género en escritura y transmisión del psicoanálisis; Altschul reflexiona sobre las violentaciones institucionales; Rodríguez parte de la estructura de demora; Lipovetzky se detiene en las condiciones de eficacia clínica; Taber transita un pasaje que va de la ternura a la crueldad. Los dos artículos siguientes centran su atención en la relación entre la crueldad y la niñez: Fernández, en el ámbito familiar; Martínez, en el social. El artículo de Ruda, con sus reflexiones sobre la crueldad y el lazo social, parte de conceptos de Ulloa y deriva al odio y al sadismo, centrándose en cuestiones propias del psicoanálisis. A del Cueto el relato de entrevistas en tiempo de la dictadura le permite detenerse en ideas de Ulloa sobre la represión, la encerrona trágica y sus efectos siniestros. A continuación, los dos siguientes nos acercan puntualmente al modus operandi del abordaje institucional: Lamovsky en relación con el lazo social y el malestar en la cultura en la actualidad; Guilis, en función de la postdictadura. El texto de Varela realiza una entrada teórica a Fernando Ulloa y continúa con un acercamiento a las cuestiones institucionales, atravesado por otros teóricos de la práctica institucional. Dos artículos que piensan la obra de Fernando Ulloa en función del propio aparato teórico y práctico dan término a esta primera parte, el de Hernán Kesselman desde lo teórico y el que versa sobre la propia práctica, de Schejter.

La segunda parte incluye artículos que, trabajando conceptos de Ulloa, los despliegan a partir de experiencias de intervención. Se inicia con el trabajo de Goldchluk sobre las cuestiones generales del abordaje de la numerosidad social de Fernando Ulloa, para ir cerrándose en planteos que son, gradualmente, más específicos: Pérez y Zandperl parten de una experiencia con residentes del área de salud en zonas de pobreza y despliegan herramientas teórico/prácticas; Arredondo, a partir de dos relatos, piensa la calle como espacio de exclusión; Sans enfoca en el abordaje de intervención en un hospital público de la periferia y Ferrara despliega las vicisitudes del vínculo entre el análisis institucional y la naturaleza del conurbano, esta vez atravesado por el compromiso político.

La tercera parte está constituida por artículos que nos dan una semblanza de Ulloa, trabajando conceptos y la práctica clínica psicoanalítica tanto como su concepción de la numerosidad social. Castaño, a partir del Ulloa clínico, piensa la clínica y el clinamen, “desviaciones” que no desmienten los fundamentos de una clínica singular como es el psicoanálisis; Kamkhagi lo vincula a la experiencia del exilio; Pipkin, en relación con el contexto actual; Andújar se detiene en el estilo de Fernando Ulloa; Etinger profundiza varias cuestiones relacionadas con la genealogía y la historia; Prados interroga el sentido de la profesión y sus vaivenes; Susana Kesselman aproxima las relaciones entre Fernando Ulloa y la eutonía.

En la cuarta parte, una entrevista realizada por Tourinho en Brasil, nos encontramos con la palabra de Fernando Ulloa, su discurrir en su propia historia, sus conceptos y su coda final, de “puño y letra”, en donde habla de sí mismo pero, de alguna manera, a partir también de sus consideraciones sobre Rodrigué.

La quinta parte está constituida por epístolas, cartas que festejan sus ochenta años. Rodrigué, su “alter ego”, según sus palabras: “los últimos samurais”; Pavlovsky celebra a su analista, y mucho más; Barenblitt adhiere a la celebración desde Barcelona; Lent recuerda gozosamente la amistad, celebración que explica y permea los diversos aportes, por fin Pedro Ulloa comparte con su padre interrogantes sobre los sentidos, o no, de los homenajes.

Presentación autobiográfica y sus posibles adendas

“Pensando Ulloa” es el título que los compiladores han elegido. Pensando, Ulloa. La coma con su pausa sugiere el ergo cartesiano que supone existencia. ¿Pensando, Ulloa? Una curiosidad que ahora interroga, resulta propicia para un bosquejo autobiográfico. Bosquejo hecho de antecedentes que en cualquier psicoanalista –pero aquí me propongo como sujeto– lo sea del humor, de la inclinación –palabra ésta tan afín a la clínica– con que se asume y sostiene nuestro oficio. Digo humor en el sentido fuerte con el que Esculapio pensaba las humedades vitales del cuerpo cuando confieren, como valor del espíritu, una manera de ser. ¿O fue Galeno, otro médico griego –varios siglos después–, el autor de aquellas humedades? Me inclino por Esculapio; la fábula cuenta que era hijo de Apolo y que en los templos levantados en su honor los enfermos dormían esperando que Asclepio –su nombre oficial entre los semidioses– les hiciera soñar instrucciones para los sacerdotes a cargo de la cura. Curioso antecedente para el psicoanálisis. ¡De modo que de aquellas humedades estos oníricos humores! Admitamos que las cosas no son claras; suele ocurrir con lo que viene de lejos, o al menos de la infancia.

El humor que aquí me interesa está más anclado a la cultura que al cuerpo, aunque el cuerpo cuenta. El poeta Alberto Girri bien lo expresa cuando dice: “¿No será lo corpóreo acontecer y no sustancia?”. Es que este humor –según lo entiendo– termina por ser una adquisición autobiográfica; una disposición que en el correr de los años se traduce, más que en ser, en “estar” psicoanalista con libertad de movimiento y pertinente inventiva; sobre todo en ámbitos y situaciones donde no cuentan encuadres y dispositivos clínicos comunes a nuestra práctica. En esas condiciones es posible que el psicoanálisis sólo atraviese al propio psicoanalista con beneficio para su clínica. Un atravesamiento que ha de volverlo atento no sólo a lo que se propone hacer o a lo que de él se espera, sino a lo que a él mismo le sucede. Esto último me lo arrimó, muy temprano, Thomas Mann, volveré a comentarlo. Aquí me recuerda que debo entrar de lleno en el bosquejo que me propongo. Abordando primero el tramo –algo atípico– de mi educación primaria y en esto me detendré. Al vivir en el campo, la elección fue un colegio público. Ya no estaba vivo Sarmiento, y en aquel colegio, manejado por una directora bastante fascista, definitivamente estaba muerto. Al cabo de unos meses, la alternativa fue un pequeño “colegio” con sólo un aula. Allí enseñaba, con artesana idoneidad, Elina Bidart. El estilo me era familiar por vía de mi madre, Elisa Faure, verdadera artesana en el manejo cotidiano de la casa y la familia. Completábamos el elenco, cursando en colectiva simultaneidad los distintos grados, una veintena de alumnos. La intención esencial apuntaba a que el de sexto enseñara al de quinto y al hacerlo aprendiera; que el de quinto hiciera otro tanto con el de cuarto y así hasta los primeros grados. En los dos iniciales –entonces había primero inferior y superior– la intención era la misma, pero con más atenta presencia de Elina, pues ahí comenzaba a gestarse la funcionalidad de esa invalorable experiencia de enseñar aprendiendo y al transmitir, practicar lo sabido. Invalorable en sentido literal, ya que en el transcurso de aquel aprendizaje nunca me detuve a pensar dónde residía su singularidad. De hecho porque era pequeño, pero además porque nací en plural –por ser mellizos con Roberto– y a esa pluralidad estaba acostumbrado. Debieron de pasar muchos años aún para que me familiarizara con la ideas de Montessori acerca de la memoria afectiva, una de las consecuencias de sistemas educativos en común como el que acabo de describir. Es posible que tampoco conociera estas ideas Elina Bidart; en todo caso asigno su estilo a su espontáneo talento. Otro tanto pienso de Herr Lukart, un maestro alemán, organista de la iglesia, que por la tarde completaba nuestra escolaridad en una suerte de vuelo cultural pertinente a nuestra edad.

Había cursado los dos primeros grados en el campo, por suerte bastante a campo. La suerte de jugar “leyendo” una escenografía campesina que anticipaba las descripciones de un libro, por cierto iniciático en cuanto a nuestras primeras letras. En esa escenografía a puro campo, operaba como director de escena el paisano don Juan Velásquez, hombre ducho en el arte de los caballos. De él aprendí y recibí mucho; recibí de Juan, entre otras cosas, mi primer título “honorífico”. En una ocasión, intentando sostenerme arriba de un caballo, un tanto “demasiado” para mí, escuché: “¡Ah mocito nacido arriba!”. Me creí la arenga y esta vez no me volteó aquel “demasiado”. Después del episodio o tal vez en otra ocasión me dijo prudente: “Tenga cuidado m’hijo que los caballos no van a misa”. Me valió la advertencia para no perder las riendas con otros “demasiados”, fuere en forma de caballos, de la clínica y sobre todo en los primeros intentos de habérmelas –en función de analista– con el campo social. Es así que un día escribí, en relación a estas prácticas, más o menos lo siguiente: “Acumulo unos dieciocho fracasos, pero siempre procuré reorganizar mi experiencia para volver a intentarlo. No soy el analista más buscado, sino tal vez el más encontrado porque siempre estoy –o estaba– dispuesto”. Con el tiempo y los comentarios advertí que lo que no conseguía en el nivel instituido, lo iba logrando con las personas. Ahí nació la idea de la numerosidad social, donde cuentan tantos sujetos como sujetos cuentan. El conjunto hace “malestar de la cultura”, tema central en estas actividades.

Cabe pensar, en lo que hace a estos recuerdos infantiles, cuánto habrá de registro directo y cuánto de leyenda. Seguro que ambas vertientes se entremezclan en esa memoria infantil que fundamenta mis reflexiones. Eran tiempos de la novela familiar, gestada en la infancia, donde la inventiva juega sus chances lúdicas para tomar revancha de la derrota –oportuna derrota– donde advertir que no se es causa sino sólo consecuencia del deseo de los mayores. El hecho es que los caballos fueron a lo largo de mi vida parte importante y placentera de mis juegos y de mi humor. No a la manera de Juanito, para meter otro Juan con historial freudiano, donde un padre implementa lo que la lucidez de Freud puntúa.

Por esos tiempos campesinos y con la ayuda de nuestros padres y de mi hermana María Elisa, avanzada en su escolaridad, nos fuimos introduciendo en la aventura de las letras, las palabras, y pronto las frases. La íbamos aprendiendo en un paisaje algo familiar a aquél en que José Hernández ubica a su Martín Fierro; éste es el libro preanunciado. ¡Cómo no leer y entender casi al instante aquello de: “… mientras tanto corcoveando pedazo se hacía el sotreta…!”, si la doma de caballos era escena cotidiana. Tal vez por eso, años más tarde, el Quijote entró en mí primero por Rocinante, después por el Caballero y Don Sancho o Sancho Pueblo, como dice Blas de Otero. Entró para quedarse. “Aquí yace un caballero bien molido y mal andante / a quien llevo Rocinante por uno y otro sendero”. No sé de quién es el supuesto epitafio, pero vino a mí muy temprano.

Con todo este bagaje ingresé tarde a aquel colegio monoáulico –ahora empleo el singular, pues si bien el mellizo era de la partida, estas notas sólo a mí me comprometen–. Pronto me puse al día; lo ilustra un episodio de infantil intrascendencia pero memorable en sus efectos. Un día, Coquita, a quien declaro mi mejor alumna, ella de segundo y yo de tercero, dirigiéndose a Elina dijo: “Señorita, Nito me mira”. “¿Cómo sabes tú que Nito te mira?”, dijo la sabia de todas las sabidurías. “Porque lo estoy mirando”, fue la respuesta boomerang de Coquita. “¡Ah!”, debo de haber pensado, curioso. “¡Con que he sido descubierto por mi descubrimiento!”

Desde aquella escena, seguro que con algo de recuerdo encubridor, comenzó a abrirse paso en mi entendimiento lo propio de la especularidad inherente a la mirada, que une y diferencia, no sólo los géneros como fue en aquel caso– sino además enseñar y aprender, conducir y ser conducido, escuchar y escucharse, amar y amarse. ¿Por qué no incluir el propio análisis mientras se conduce un análisis?

Visto desde hoy, pienso que fue la sorpresa –sostenida en esa grata curiosidad– lo que hizo natural, por así decirlo, el haber pasado sin mayor sobresalto de un aprender inicial tan a campo y agreste, a la íntima y minuciosa experiencia vivida en aquel recinto a la vez recoleto y abierto. No dudo que de allí proviene mucho de mi disposición a “estar” analista en la privacidad de la neurosis de transferencia, donde se juega de local. Como así también a estarlo con estatuto de visitante “a puro campo” público– en la numerosidad social. Local o visitante resultan pertinencias atentas a cada situación.

El secundario fue en Buenos Aires casi por una imposición adolescente de mi parte frente a la opción, más lógica por la proximidad, de cursarlo en Bahía Blanca.

Buenos Aires poseía para mí, sin que tuviera conciencia cierta acerca de ello, fuerte significado de futuro. Con los años se fue significando este sentimiento en relación con la historia de mi padre, Pedro. Con sólo 15 años, pocos más que los míos cuando me obstiné por Buenos Aires, Don Pedro había venido de España, según se decía por poco tiempo y por razones familiares de las que nunca habló, salvo lo que era historia a partir de su arribo. Al parecer, habría eludido a sus familiares en el puerto y se las habría ingeniado para llegar a la estación Constitución. Compró un pasaje hasta “Punta de Rieles”, extremo hasta donde estaba construido un ferrocarril con destino a Bahía Blanca. Ahí se quedó y formó familia en Pigüé, una zona próxima a aquella punta de rieles.

En Constitución ubico el vago recuerdo de una escena ocurrida al llegar, en familia, a Buenos Aires para que iniciáramos el secundario. En un momento dado –y a la manera de una bolsa de cereal– puse mi valija al hombro. No me es claro quién habló, si mi padre o yo, pero sí que hubo una alusión cómplice acerca de “ponerse al hombro a Buenos Aires”. Con los años, la práctica psicoanalítica y mi propia manera de entender la novela familiar, fui tomando en cuenta que los niños, apuntando a mayorcitos, construyen sus personajes imaginarios ensayando futuro. No sólo, como dice Freud, desde las características más apreciadas de sus progenitores, sino –y de manera prevalente– captando en el rostro, en fugaces gestos, en enigmáticos silencios, aquello que en los mayores ya no será un anhelo cumplido. Los niños advierten, con esponjosidad captativa, lo que aún titila nostálgicamente en esos rincones. Estoy convencido de que algo de esto hubo, con valor de no hablada empatía, en aquel vago y a la vez nítido recuerdo. Constitución resultó así un punto de cruce en nuestros destinos.

Del período del secundario sólo extraje un provecho formal en cuanto a estudios –que no es poco provecho– pero no mucho más que eso. Rescato sí un núcleo de amigos, algunos trascendentes en el tiempo y en el afecto. Los dos más importantes, diría amigos fraternos, fueron Manuel Porrúa, mi cuñado, y Oscar Sturzenegger, que ya murió “pero que aún nos guía”, como dice el tango. Hubo por supuesto un núcleo mayor de amigos, también con escenario cuasi único como ocurría en aquella aula del primario. Era el café “La Cosechera”, en Rivadavia y Callao. Propicio el nombre para cosechar lo amigo.

Los años, los oficios, algunas migraciones, nos fueron dispersando. También los amores y sus legítimas exigencias –fue así que Chichú entró en mi vida y yo en la de ella; también Pedro Luis, una amada consecuencia–. Recuerdo una última escena que a la postre me dolió mucho, tal vez porque marcó el final de una época. Luego de un golpe militar, coloqué boca abajo una baldosa suelta de la vereda. La colocaría al derecho cuando cayera la ultraderecha. Antes fueron cambiadas todas las baldosas, La Cosechera reciclada y su nombre desapareció para siempre. No desapareció la memoria viva de esa época que incluyo entre lo que voy cosechando.

Vuelvo a 1943, cuando comencé los estudios de medicina en la UBA. En ese año, una prima fugaz, a la que sólo habría de ver por unas pocas horas, me regaló El mundo de ayer, una autobiografía de Stefan Zweig. Este libro me abrió puertas, ventanas y grietas propicias a nuevas formas de pensar culturalmente el mundo en relación con mi vida. Conocía de nombre a Freud, pero en la página 330 de su libro, Stefan Zweig me lo presentó con emotiva, duradera e inesperada sorpresa. Lo hizo a través de tres austeras y admirables páginas escritas poco después de la muerte de su amigo, con quien compartía el exilio en Londres. Aquellas páginas calaron hondo en mí y llegaron a constituir una de las fuentes de mi vocación por el psicoanálisis. Comenzaban así: “Conocí a Segismundo Freud, espíritu grande y severo, quien como ningún otro ahondó y ensanchó el conocimiento del alma humana en nuestro tiempo (…) Su muerte no fue en menor grado una hazaña moral que su vida (…) y cuando los amigos hundimos su ataúd en tierra inglesa, sabíamos que le entregábamos lo mejor de nuestra Viena”. A poco volví a cruzarlo; esta vez lo acompañaba Thomas Mann, uno de sus amigos vieneses. Fue en el texto “Freud y el Porvenir”, conferencia que Mann pronunciara en 1936 en homenaje a los ochenta años de Freud. Se editó en Buenos Aires, en forma rústica, un año después. Aquel texto –junto con el de Zweig– resultaron mis primeras lecturas psicoanalíticas. De hecho no lo eran en el orden teórico, pero reconozco que las circunstancias en que las leí configuran una verdadera impronta cultural. De hecho gravitaron sobre mi humor en la práctica del oficio, de una manera distinta a lo que hubiera ocurrido con un inicio más directo propio de un esquema teórico del psicoanálisis.

Es así que nunca olvidé la frase con que Mann afirmaba en aquel homenaje, que por primera vez ha entendido la esencia del psicoanálisis a través de una frase escrita por un discípulo inteligente y un poco desagradecido con la doctrina. Se refiere a Carl Jung: “Resulta mucho más directo y evidente, en verdad más impresionante por su carga emotiva, observar lo que me sucede que observar lo que hago”. Ya he aludido al efecto que esta frase fue cobrando a través de los años. Efectos con valor de develamiento aún vigente, en relación con lo que entiendo como propio análisis. También en cuanto al valor de la posición de un analizante. Tal vez por esto me resulta de importancia –cuando escucho analíticamente– advertir en quien habla, cómo vuelve sobre lo que está hablando, quizá sorprendido por lo que acaba de escucharse. Cursé mis estudios en la Facultad de Medicina de la UBA. Los cursé en forma un tanto atípica, tal como había sucedido en el primario. Entre otras cosas porque privilegié algunos lugares. En primer término, el Hospital Público; era la oportunidad para explorar mi vocación por la medicina –y en todo lo que ella significaría en mi vida–. El otro lugar que cobró importancia fue la Biblioteca Nacional, por entonces en San Telmo, muy próxima a mi casa de estudiante.

Me recuerdo como un estudiante contento y comprometido con lo que había elegido, pero que iba a la facultad sólo lo imprescindible. Daba exámenes, asistía a algunas de las clases teóricas, pero no mucho más. También demoré –creo que a sabiendas– mi graduación. Desde el segundo año de la carrera ingresé como practicante en el Servicio de Transfusión que había montado el Dr. Agote Robertson en el Hospital Ramos Mejía. Agote era hijo de quien había puesto a punto la técnica de la sangre no coagulada. El alma de aquel servicio era la secretaria técnica, Asunción Porta. En ella volví a encontrar aquel saber sencillo, directo y artesanal que tanto había pesado en mi educación primaria. La transfusión de sangre implica una tecnología de fácil aplicación, pero en la que un descuido puede tener fatales consecuencias. Con frecuencia se enfrentan situaciones dramáticas como lo son en general las ligadas a la sangre. Gracias a esta práctica, fui adquiriendo destreza en los procedimientos asistenciales de un hospital. Ya más avanzados los estudios, pasé a ser practicante de una guardia clínica quirúrgica de emergencias en el Hospital Pirovano. Hice todos los escalones propios del practicantado: concurrente como “perro” –el escalón más bajo–, más tarde accedí al cargo de practicante menor, y finalmente, próximo a recibirme, practicante mayor y presidente de la Asociación de Practicantes. Nunca dejé de tener como horizonte aquel oportuno encuentro con Freud en los comienzos de mis estudios universitarios. Mi interés por la clínica, primero de linaje médico y siempre con un horizonte psicoanalítico, fue propicio para que mi intensa formación médica no obstaculizara aquella transferencia –de curiosidad y de trabajo– con Freud, a la que Zweig y Mann me habían aproximado culturalmente.

La medicina me proporcionó un contacto íntimo con lo real de la enfermedad y de la muerte. Sobre todo, teniendo en cuenta –y sólo lo voy a mencionar, aunque es un hecho de máxima importancia– que a mis seis años había muerto un hermano un poco mayor. Este impacto fue decisivo en cuanto a mi vocación, primero por la medicina y posteriormente por el psicoanálisis.

A esta altura voy a introducir un nuevo nombre, más complejo, para lo que vengo diciendo del humor, pero que terminé llamando “perhumor que conjetura”. Algo debo decir al respecto de la complejidad que este nuevo nombre implica. Señalar, por ejemplo, la posibilidad de que frente a lo que se presenta como imposible, o al menos muy difícil, ya sea en la clínica o en la vida, haya un intento de conjetura en el sentido de imaginar una salida como objetivo. A partir de esto se puede decidir, a la manera de un ajedrecista, una apertura acorde a lo que se pensó como salida. En cuanto al humor, mantiene el sentido fuerte de temperamento al que aludía Esculapio o tal vez Galeno. Más enigmático es el prefijo “per”, que en castellano y en otros idiomas significa “intensidad afectiva sostenida en el tiempo”. Lo ejemplifican “permanente”, “persistente” e incluso “perjudicial”. Esta intensidad sostenida va configurando una disposición que la práctica perfecciona, hasta prevalecer como actitud sobre los encuadres y los dispositivos de la clínica. Por otra parte, los procesos perelaborativos, de los que no puedo ocuparme, están en la raíz primera de este perhumor, en la medida en que se tome en cuenta la idea con la que Freud incorporó, inicialmente, la transferencia como pasaje intertópico de los contenidos del inconsciente a la conciencia; contenidos en relación con las primerísimas experiencias por las que atravesó todo niño en los comienzos de la vida. Experiencias no memorables pero con valor de marcas que, desde la atemporalidad del inconsciente, condicionan la manera de ser de todo sujeto. Sobre todo cuando se piensa en otras humedades de la vida, por ejemplo la ternura, esa humedad láctea, y también la crueldad más afín a la sangre. Retomo lo autobiográfico. En cuanto al segundo lugar privilegiado de mi formación médica, la Biblioteca Nacional representó la oportunidad de leer –diré que con entusiasmo– mucho más que lo atingente a mis estudios de grado. Al comienzo eran lecturas desordenadas; más tarde, dos lectores añosos que “vivían” en la Biblioteca, me tomaron simpatía y se propusieron orientar mis lecturas. Uno lo hizo con las letras, del otro la influencia fue más afín a la filosofía y a los ensayos en general.

El precio de este tiempo dedicado a la cultura era obvio y demoró mi graduación. Mi padre, siempre propiciatorio en cuanto a mi capacitación, tenía el mérito de haberme aficionado a la lectura desde temprano, ya que era un juego, ahora con los libros, como había sido antes con los caballos, consultar los muchos tomos de una Enciclopedia Hispanoamericana, frente a cualquier pregunta infantil. Un día me preguntó si ya estaba próxima mi graduación. Le dije que faltaba poco, porque junto al grado universitario estaba haciendo un postgrado en cultura general. Era una chanza, pero además era cierto. En verdad mi padre fue un estímulo importante en cuanto a valorar la curiosidad por cualquier conocimiento. Aquella enciclopedia fue un antecedente de la Biblioteca. Hay una anécdota propiciatoria respecto del conocimiento y del futuro, en relación con mi padre, pienso que de mayor importancia que la de aquel texto de Thomas Mann “Freud y el porvenir”. Teníamos entre dieciséis y diecisiete años –incluyo al mellizo– y estábamos preparando un Ford T “a bigote” –dato sólo para “tuercas” anticuarios–. Pasa nuestro padre y pregunta por lo que hacíamos. Le contamos que estábamos preparándonos para ir al corso; era tiempo de carnaval. Aludiendo al salón donde luego del corso se bailaba, él comentó, con tono enigmático: “Otros salones los esperan”. No es que censurara ese salón, simplemente hablaba a futuro. Muchos años después, en ocasión de una conferencia acerca de “Los comienzos de un análisis”, que tenía lugar en el salón de actos del Nacional de Buenos Aires –sin duda el salón más paquete de la UBA– recordé aquella antigua premonición de mi padre. Más tarde, ahora en Barcelona, durante unas jornadas en las que hice una presentación sobre la metapsicología de la crueldad, recibí –junto con otros analistas, entre los que se encontraba León Grinberg, con quien me analicé– una plaqueta homenaje. En el momento de agradecerla, queriendo aludir a “esta ocasión”, el fallido me llevó a decir “en este salón”. Nuevamente recordé a mi padre y su comentario, pero ahora en un salón de su propio país. Sin duda, el viejo fue eficaz en el estímulo a futuro y en que su recuerdo agradecido me acompañe.

Queda pendiente una cuestión: qué lugar ocupa la Universidad en mi vida. Ya señalé que mi vida era el Hospital y la Biblioteca. Con los años “volví” a ingresar a la UBA y me confirmé universitario desde la docencia. Terminé siendo Profesor Honorario de la Universidad de Buenos Aires y me siento honrado y consistente en serlo. En ocasión de recibir el diploma que acredita el título, dije que había venido a la Universidad, desde el Hospital Público, dispuesto a capacitar universitarios con vocación hospitalaria. Agregué que en la década del 70 tuve que irme del país. Cuando regresé ya tenía demasiados años para concursar mi cargo. Volví a trabajar ahora no en el Hospital sino con el Hospital. En realidad, hacía mucho que venía haciendo esto. Lo cual me permitía devolver en ámbitos asistenciales lo mejor que me había dado la Universidad. Fue en la década del 60 cuando tuve a mi cargo una cátedra de Clínica, en la que por entonces era sólo Carrera de Psicología, adscripta a la Facultad de Filosofía de la UBA. Poco después, Psicología se convirtió en una facultad autónoma. Allí pude reproducir algo de aquellos aprendizajes en común, sobre todo cuando organicé, como eje central de la enseñanza, las Asambleas Clínicas. En ellas participaba todo el universo de alumnos y de docentes, componiendo una verdadera comunidad, manejada con la idea de “numerosidad social”. Estas asambleas fueron un banco de prueba, para mí y para muchos. Banco donde experimentar y adquirir destreza en nuevas aplicaciones clínicas al campo social. Si bien el psicoanálisis seguía pasando por mi “estar” analista, fueron tiempos propicios para construir una semiología de la numerosidad, que permitiera fundamentar una clínica propicia a la lectura y al procesamiento psicoanalíticos. Muchos alumnos –y yo mismo– podían decirles a sus padres lo que años antes le había dicho al mío. Efectivamente ahí se cursaba, en simultaneidad, un grado y un postgrado. Fue decisivo en la idea de organizar y sostener aquellas Asambleas Clínicas, un episodio cruel. Una alumna del curso, agobiada por la melancolía, había circulado por la Facultad durante horas en busca de ayuda. No la consiguió y terminó suicidándose. No fue ésta la única razón para organizar las asambleas, pero ese episodio incidió. También resultó importante instalar el debate acerca de lo que significan, en relación con una capacitación universitaria, algunos comportamientos fraudulentos, no demasiado graves. No era cuestión de instaurar una fiscalización punitoria, sino de atender a los recaudos éticos, más aún tratándose de una carrera que apuntaba a la psicología clínica.

Aquellas Asambleas Clínicas fueron el origen de lo que llamé años después “recinto perelaborativo multiplicador”. Las paredes de estos recintos no son las materiales sino las que están dadas por lo que se dice afuera del mismo; se trata de crear condiciones para que el afuera sea adentro, como sustancia privilegiada para pensar y decidir las acciones consecuentes. Así se va construyendo el necesario temperamento donde las humedades ahora están representadas por las palabras y las miradas en reciprocidad clínica, dentro de un recorte que permita que cada sujeto sea a la vez perceptor y percibido. En estas condiciones cualquiera puede asumir la funcionalidad de mi antigua maestra Elina preguntándose acerca de un saber que mira. Una funcionalidad apoyada en el buen trato –uno de los nombres de la ternura– trato según arte y del cual –lo repito con frecuencia– deriva “tratamiento”, tanto de la gente como de las cosas. De “buen trato” también proviene “contrato”, el social y solidario. En esas condiciones, un grupo de novatos bien “afiatados” aproxima, colectivamente, la experiencia de un veterano. Esto será la base de lo que luego introduciré como “funcionalidad intelectual colectiva”.

Fue a mediados del 50 que comencé, en la APA, mi capacitación psicoanalítica. León Grinberg fue el didacta a cargo de mi análisis; le estoy agradecido por su trabajo con mis afanes transferenciales. El lugar de maestro lo ocupó Pichon Rivière –sobresaliente, suelta y amiga, su maestría–. Con María Langer y José Bleger se fue cultivando una sólida amistad; no amistades psicoanalíticas –siempre transferenciales y por eso con horizontes de ruptura– sino la despojada amistad que no se conjuga sólo en términos del oficio.

Casi una década y media después de aquel ingreso, y ya con funciones didácticas, renuncié a la APA, cuestionando precisamente las frecuentes arbitrariedades de esta función. Algunos nos fuimos con Documento, otros con Plataforma. Al tiempo fui presidente de la filial Buenos Aires de la Federación Argentina de Psiquiatras. Desde ahí comencé a trabajar con las víctimas de la represión social. Al cabo de un tiempo tuve que irme del país. Al regreso continué trabajando en derechos humanos con los afectados por el terrorismo de Estado. Hoy sigo haciendo lo mismo con las victimas de otro terrorismo –técnicamente, también de Estado, aquél que agobia en la marginalidad a un país literalmente partido por el medio–.

Es difícil ser ciudadano psicoanalista de un país en el que dos situaciones opuestas, infiltradamente vecinas, pueden ser ocasión para que se instalen en ambas embrutecimientos muy distintos. A los que habitan la marginalidad, los amenaza el brutal embotamiento del síndrome del padecer: pérdida de coraje, pérdida de lucidez –por la iniquidad hecha costumbre– y el desadueñamiento del cuerpo, falto del contentamiento que dan las acciones elegidas. En la otra situación, la de quienes permanecemos incluidos en el sistema, otro es el posible brutal embrutecimiento –valga como refuerzo la redundancia–, el que nace de la indiferencia que no mira y por eso mata, y aun mata más cuando nace de la mirada que desprecia y reprime. Un embrutecimiento que a la postre también configura la reclusión subjetiva en la propia crueldad.

Para finalizar este bosquejo acerca del perhumor que conjetura, voy a dar una última pincelada que pretendo sea antídoto de lo brutal y sus efectos. Una conocida chanza afirma que un camello es un caballo contrahecho por una comisión. Pero la experiencia demuestra que, en situaciones donde prevalece una producción artesanal, íntima y común –esa que aproxima veteranía–, es posible que un camello sea una sofisticada invención, capaz de enfrentar los desiertos de las adversidades. ¿Qué alimenta a los capitanes de estas navegaciones? Un alimento aún envasado en nombre provisorio y un tanto largo, que ya presenté como “funcionalidad intelectual colectiva”. Quizás algo semejante a lo que Marx llamaba general intellect. O, con propias palabras, la multitud social que nos habita. Los primeros beneficiados de esa funcionalidad intelectual son los mismos que producen esta forma de pensar crítico en acto y en uso, pues ahí mismo se genera y se aplica. Para ello es necesario que cada sujeto de la numerosidad –es decir, cada uno de esos capitanes– sostenga la tensión dinámica que resulta del ser hechura sofisticada de su cultura y protagónico hacedor de la misma. Una forma –esta tensión– de entender “el malestar de la cultura”, donde primero es lo colectivo haciendo “hechura”, y desde ahí lo singular de cada “hacedor”. Una sublimada producción sociocultural. Para el fracaso de tal sublimación queda “el malestar hecho mortificada cultura”. Fue ante esta forma de malestar que Freud se mostró tan pesimista. Claro que él no había tenido la experiencia, y quizá tampoco el humor –de hecho no le dio el tiempo– para operar clínica y directamente en el campo social. No es que piense que el destino de la cultura humana dependa de esta operación, pensarlo sería grotesco. Pero tampoco hay que desconocer que, como solía decir María Langer, “el análisis ayuda poco, pero ese poco puede llegar a valer mucho”, y justifica el intento. Un intento difícil, que puede ser facilitado, si se apoya en ese humor casi onírico –no resignemos nuestros sueños por un mundo mejor–, que a la manera de Asclepio nos dicten instrucciones para “camellar” adversidades.

Los psicoanalistas o cualquier ciudadano atento a los derechos humanos sabemos que, o nos ocupamos de la crueldad –incluida la propia– o toleramos que la crueldad se ocupe de nosotros. Si nos ocupamos, es posible construir un contrapoder, idóneo para poder y saber hacer en relación con lo que Derrida advierte en el psicoanálisis como una “resistencia autoinmune”, es decir, autoagresiva, para habérselas con la crueldad, sobre todo en el campo social. Acuerdo con esta observación y la atribuyo a la disposición universal en todo sujeto hacia la propia crueldad, sea en forma latente o activa. Ese contrapoder –cuando se instaura– sintetiza las diferentes adquisiciones autobiográficas que, con nombre más provisorio o más consistente, he ido consignando como activa oposición a toda crueldad. En primer lugar, la propia.

Termino con una de trenes. La punta de rieles adonde llegó mi padre se llamaba La Colina; una altura de la que me apropio, midiéndola más que en metros en años, los míos, causa grata de este libro. Desde ahí es posible contemplar cómo y cuándo se fueron subiendo al tren del oficio, los componentes del humor necesario para asumirlo con la posibilidad de sentir que además de ser lo que hacemos, en ocasiones es pertinente hacer lo que somos.

Algunas de estas ocasiones ya fueron consignadas. Por ejemplo, el inicial pasaje de una cultura cuasi agreste, a un ámbito “recoleto y abierto” en el que me descubrió lo que a mi vez estaba descubriendo. La libertad propia de este saber curioso fue aventando infantiles vergüenzas, restos de la inevitable invalidez de la primera infancia.

También implicó algo semejante el pasaje gradual, de la práctica médica a la práctica del psicoanálisis. Un pasaje jalonado de nombres: Zweig, Mann, abriéndome a Freud; Grinberg, a mí mismo; y Pichon Rivière, Bleger, Langer, a la numerosidad social.

También cuenta –y mucho– otro importante pasaje cultural, exilio mediante. Fue Bahía, ahora la negra, lejana y en Brasil, que de la Blanca yo había nacido próximo. Fue generoso y amigable el recibimiento de los bahianos –nombro a Urania– y de algunos amigos argentinos –nombro a Emilio–, citando a los que están en este libro, pero hay otros con quienes me compromete el mayor reconocimiento. Ese cálido acompañamiento operó recíprocamente sobre aquellas “amistades extranjeras”, a la manera de la antigua pregunta “¿Cómo sabes que te mira?”. ¡Vaya si sumaron onda a mi humor psicoanalítico aquellos tiempos de Ondina!

Pero hay otra y definitiva ocasión entre aquellas que he denominado “hacer lo que somos”. Es obvio que me refiero a la composición misma de este libro, donde la curiosidad recíproca se muestra atenta a nuestras escrituras.

Desde esta reciprocidad curiosa, pública y en común, donde cada uno aprende transmitiendo –como ocurría en aquella aula única de mi primaria–, el psicoanálisis tiene otro alcance que el de su reconocida idoneidad para conducir un tratamiento. Sus efectos operan así directamente en el campo de la cultura.

Adenda final. Me cuesta cerrar y fechar este texto en estos días en que murieron tantos jóvenes, entremezclados en la trampa mortal –por mal nombre, Cromañón–. Cómo terminar un texto casi familiar y entre amigos, frente a tal siniestra e impune negación de toda familiaridad. La ciudad está conmovida, al menos los muchos que mantienen lúcida sensibilidad.

Hace algunos años, de resultas de un peritaje que con otros colegas hicimos para Abuelas, y que condensaba la suma de la crueldad –no entro en detalles–, me propuse armar un número de conferencias para debatir con distintos públicos e investigar el tema de la crueldad. Cuando me dirigía a la primera de mis charlas, me crucé con quien supuse, por sus ropas sucias y raídas e incluso con corbata, un oficinista desocupado desde hacía no mucho tiempo. Su cara mostraba un pánico y un odio desesperados. Pensé para qué le serviría mi charla a esta pobre persona. Me avergonzaron los aplausos y volví a recordar ese pensamiento. Lo comenté abriendo el debate. Otro integrante de la mesa, que era sobre “Violencia y desamparo social”, me comentó: “Hace años que trabajo en cuidados paliativos de pacientes terminales, pese a mis esfuerzos no he logrado apoyo ni tampoco medios para organizar un servicio hospitalario que ayude a los enfermos a morir con menos sufrimiento. Sé que mi propuesta es eficaz e incluso mucho más económica para el erario público. No obstante, no dejo de debatir, cada vez que puedo, tratando de hacer masa crítica entre el público”. Aquel comentario me llevó a advertir que hacía años que venía explorando acerca de la ternura como una producción sociocultural antitética y siempre contemporánea con la crueldad. También la crueldad –Cromañón incluida– es una siniestra producción cultural. Pero una cultura que no dudo en calificar como cultura de la mortificación, caldo de cultivo para encerronas trágicas, como lo fue el boliche en el que la alegría se transformó, por siniestras responsabilidades, en un verdadero campo de concentración y de exterminio. Nada que ver con el malestar de la cultura. Más bien la convergencia de un sin número de factores fraudulentos y perversos encaminando la tragedia.

He decidido sustituir algunos pasajes de mi texto para dar cabida a esta adenda que me permite cerrar y fechar esta presentación autobiográfica. Es claro que no suprimí nada de la ternura, porque ésta configura el formidable escenario en que un sujeto tiene la chance de advenir sujeto ético. Varios pasajes de este texto son también el telón de fondo desde el cual no retroceder, o mejor, organizar un contrapoder frente a la enfermedad auto agresiva que hace de la cultura trampas cromañonas.

Fernando Ulloa

Primeros días de enero de 2005

Post escrito

“... ser feliz significa descubrirse a sí mismo sin temor”

Walter Benjamin, einbahnstrasse

Hay ocasiones en que, en el mundo de la escritura, más aún cuando en lo autobiográfico se aproxima el estilo literario que conocemos como confesiones, pareciera que “los efectos andan desembocados de las causas”. Así lo expresa W. Zsymborska, en su poema Versión de los Acontecimientos. Título oportuno para ajustarme, a partir de él, a relatar pequeños aconteceres, casi domésticos, que sólo importan a quien intenta no descartar la chance de hacer de la escritura un momento privilegiado del propio análisis.

Vale la pena recordar –aunque sea de memoria– un comentario de Freud, en relación con quien se propone construir propia o ajena biografía. Quien lo intenta –dice– corre el riesgo de comprometerse con la mentira más allá de su intención. De hecho, él escribió una Presentación Autobiográfica en 1925, y diez años después, compuso una Addenda muy crítica relativa a sus últimos trabajos culturales, a los que les restó todo valor psicoanalítico. Entre estos trabajos quiero destacar en especial El Malestar de la Cultura, que constituye una herramienta fundamental en toda intervención de la clínica psicoanalítica en el campo social.

El caso es que, pasado unos cuantos días de la entrega de mi presentación, y de resultas de los ya nombrados, “personales y domésticos aconteceres”, en relación con este libro, durante varias horas, sumando algún día, pensé que debía retirar mi texto y, en ámbito recoleto, reverlo exhaustivamente. Me había comprometido profundamente con este escrito, aunque no terminaba de reconciliarme con él pese a las varias adendas que le iba haciendo.

Vayamos a la versión de los hechos. Fue el día que Carlos Altschul y Beatriz Taber –compiladores y mis amigos desde hace años–, en ocasión de un asado en casa del primero, me mostraron –diré, ceremoniosamente– la caricatura en que Sábat interpreta mi rostro con destino a tapa de este libro. Al verla quedé impactado, diría capturado, por esa “caricaptura” que me develó, inesperadamente, la exaltación de un añoso perfil; ese que siempre queda oculto ante el frontal espejo de la afeitada diaria. Es conocido el efecto siniestro que se produce cuando en el cotidiano familiar irrumpe lo que por oculto –negación mediante– se presenta como pura infamiliaridad. Advertí además que Sábat –de hecho sin saberlo– había elegido entre varias, la misma foto con que Chichú, tiempo atrás, hiciera un perfil a lápiz, muy querido por mí. Claro, yo era por entonces, con dos años menos, casi un pendejo –permítaseme la juvenil expresión–, sumado a que el amor hace milagros con la mirada que pinta.

Para más ingredientes, unas horas antes, Eduardo Newark me comentó que se había bajado de la edición de este libro, según criterio técnico del editor, que encontraba demasiado fuerte su pintura; aquella que en el anillado original hacía tapa. No supe entonces qué decirle y ahora la caricatura de mi rostro sustituía a la producción de mi amigo.

Después de todo esto nos dirigimos a la mesa del asado. Al cabo de un rato dije –porque que me estaba ocurriendo– que las bromas, el vino, el clima siempre cordial de un lugar muy amigo, como es la casa de Carlos y Monique, ayudaban a que fuera incorporando –en realidad debería decir “inrostrando”– el dibujo.

De pronto, una de esas jugadas del destino. Carlos leyó al acaso, en un libro que acababa de regalarle, una frase que al instante cobró valor de clave develadora. Advertí entonces la punta de lo que me venía sucediendo, días tras días, con mi texto autobiográfico, que no terminaba de cerrarme. Para colmo, cada vez me encariñaba más con él. La frase era así: “Con los años, los ancianos tienden a optimizar sus más antiguos recuerdos…”. La caricatura que me perturbaba ahora no era la de Sábat, era la semblanza autobiográfica –de semblantes hablamos– trazada por mi propia mano.

Todo parecía aferrarse a aquel recuerdo infantil, en que en la primaria “me descubrió mi descubrimiento”. En realidad era mi propio texto el que me sabía a pura defensa primaria. Meridiana resultó la comprensión acerca de por qué no terminaba de “perfeccionar” lo que sólo repara el darse cuenta, como un estado de conciencia que surge cuando los redondeles autoeróticos que alteran la escritura son tocados por una otredad necesaria y oportuna. Aquí la conciencia asume la paradoja de ser a la vez sobredeterminada por el inconsciente y lúcida observadora del mismo. A eso llamo “propio análisis”, en el que siempre es necesario un toque del otro. Esto diferencia “propio análisis” de “autoanálisis” siempre afín al autoerotismo.

Cuando lo anterior ocurre, la escritura puede ser un momento privilegiado de ese propio análisis. Para el caso, el toque –verdadero cascotazo– fue el fragmento escuchado. Me dieron ganas de decir “Señorita, los años me miran”. Ya sabía la respuesta: “Los estoy mirando”. Fue aquí que pensé retirar el texto. Lo pensé con el humor de quien sonríe para sí mismo diciendo: “¿Pensando en qué, Ulloa?”. En que ese fragmento fragmentó –y redundo adrede– el sentido del viejo aforismo freudiano “repetir para no recordar”. Tal vez por eso tuvieron tanta presencia, y en forma humorística, los soliloquios que acabo de consignar. Cuando la resistencia, fragmentada en su sentido, cae, permite que la memoria perelaborativa de lo que alguna vez fue memoria, abandone la represión. También que aquello que nunca fue memoria, por ser marcas, consecuencia de experiencias tempranísimas, pueda ser activado tocándonos el ánimo, para bien o para mal según nos fue en aquellas tempranas ferias. Esto resultó fundamental para lo que estoy relatando, aunque no sea pertinente consignar aquí intimidades, pero sí que por vía de lo rememorado, o del ánimo exaltado, lo que habita la atemporalidad inconsciente, comience a transferirse a la temporalidad consciente, aquella en la que el tiempo fluye como fluye el pensamiento. Un pensamiento acrecentado como efecto de esta transferencia intertópica.

Todo esto, necesariamente esfumado y alejado de la lógica formal, pero no de la fantasmática –y por eso me cuesta ser claro, aunque sería peor caer en lo esquemático–, debe haberme ocurrido.

Me fui reconciliando con mi texto en una larga procesión de las que pasan por dentro. Una procesión que durante horas, transitó yendo y viniendo entre el ayer y el hoy, siempre marchando detrás de una pancarta con una proclama de mi clínica que dice: “Importan más los ‘para qué’ de un comportamiento –sintomático o no, pero apuntando a futuro– que los iniciales ‘por qué’”. Éstos, para leer diagnósticos. Los “para qué” construyen pronósticos. A éstos privilegio en este texto. En primer lugar, un “para qué” con valor de íntima gratitud, destinada a los amigos que me rodean en este libro, y también a los que están por fuera de él, en particular a Patricia Romero Day y a Eduardo Newark, amigos presentes en el anillado original, que hoy se edita en libro. A todos, la herradura de un abrazo.

El otro “para qué” es para mí. Para poder mirar con ojos jóvenes e íntimos los costados añosos de mí mismo.

De niño miraba el desfile de una banda de pueblo y el chiste era repetido. Hoy mismo está presente en tantos “para qué”: “¿Pararápapá?”, preguntaba un niño–. “¿Pararátachín?”, respondía quien hacía de papá en el juego, tal vez el propio papá.

No es mala idea presentarnos como una banda comunitaria de pueblo. Cada uno atendiendo a su instrumento y atento a los vecinos. A mí déjenme golpear el bombo, que con los vientos y las cuerdas no soy bueno. Pero convengamos en que ya hice bastante ruido.

¿Qué hacer con todo lo que se sabe?

Osvaldo Saidón

Médico, psicoanalista y docente universitario. Ha desarrollado trabajos de análisis institucional en Brasil, Argentina, Uruguay, Nicaragua y Bolivia. Publicó diversos libros en español y portugués sobre temas grupales e institucionales. Su último libro es Clínica y sociedad. Esquizoanálisis.

“Es por eso que la pertenencia psicoanalítica, más que escolástica, es adueñamiento de la propia fuente”.

Fernando Ulloa

En un papel de recetario ya un poco amarillento, que todavía conservo dentro de su libro Novela clínica psicoanalítica..., se lee: “Fernando O. Ulloa. Médico. MP 14.427”.

Entiéndase por M.P. matrícula provincial, en general, de la provincia de Buenos Aires. Quienes lo conocen, podrían pensar que es una referencia a Pascual, uno de los heterónimos que, al modo de Pessoa, mejor lo expresa.

Fernando Ulloa, en su recetario de presentación, nos avisa que es médico de provincia. Nos informa, entonces, que es una especie de consejero sabio del pueblo, un terapeuta que sabe traducir sus enseñanzas al lenguaje de la gente que lo rodea y que le demanda su ayuda y consejo; en fin, nos recuerda ese arquetipo que tantas veces propuso de modelo para ilustrar su perspectiva de trabajo clínico.

No desconozco que es el mismo, ya famoso y consagrado psicoanalista, que frecuenté en Brasil cuando participaba activamente en Río, en Bahía y en San Pablo del desarrollo de diversos proyectos psicoterapéuticos alternativos a la oficialidad psicoanalítica de aquellas épocas.

Es el trabajador de la cultura e intelectual que formó parte de la llamada generación del sesenta junto a Pichon Rivière, Berni, Lamborghini, Rozitchner, Ginastera, Bioy Casares, Masotta, por sólo citar alguna diversidad inagrupable de aquellas épocas.

Es el militante de la Federación de Psiquiatras que, liderando al grupo Documento disidente de la APA, planteó un compromiso político e ideológico junto con las distintas fuerzas que luchaban por la emancipación nacional y por el socialismo en los setentas.

Es el Fernando de los Derechos Humanos que fue consultor de los organismos y de los jueces en espinosas situaciones éticas donde se debía restablecer la memoria y la justicia (desaparición de bebés y recuperación de la identidad).

Es el que llevó el psicoanálisis a la Facultad de Psicología y a la comunidad. Es el inventor de la Psicología Institucional argentina.

¿Es posible que un médico de provincia, creo que de Buenos Aires, según reza su recetario, haya habitado tantos territorios, experimentado tanta diversidad, cuando recién cumple ochenta años?

En el mismo papel, con una letra de médico difícil de entender, se lee: “Osvaldo, sigue en pie la posible idea de presentar el libro, de hacerlo te envío uno de ellos si de la lectura se desprenden tus ganas de tal posibilidad”.

Desde ese día, hace ya casi nueve años, anduvo presentando tantos libros de amigos, colegas y compañeros que hasta hoy no encontramos fecha para su presentación.

En la nota termina diciendo: “Dejaré un tiempo antes de la presentación para que vaya corriendo solo. Un abrazo, Fernando”.

Ya dejamos pasar un buen tiempo.

Permítanme entonces comentar el libro y poder decirle a Ulloa lo que me promovió su lectura. Esta propuesta tiene dos ventajas: por un lado, me permite enfrentar una cuestión que todavía me ha quedado pendiente en mi relación con Fernando y, por otro lado, me da la ocasión de releer –desde hoy– estas páginas que tratan –desde ayer– muchas de las cosas que podemos trabajar a partir de mañana...

En este libro, Ulloa es fiel a su idea de escribir una novela clínica, proponiéndonos, en este sentido, como no podría ser de otra manera, algo más que un largo título para su libro.

En Novela clínica psicoanalítica. Historial de una práctica pretende fundar un género para la escritura en psicoanálisis. Una escritura que, como decíamos en el epígrafe, no adhiere a otra fuente que a su propia historia y trayectoria práctica y cultural. Es una biografía intelectual, una novela sobre sus actividades y las vicisitudes ocurridas en la producción de los conceptos que fue creando en la misma. En sus más de trescientas páginas no hay casi ninguna nota al pie, ni tampoco menciones bibliográficas, que nos recuerden al, muchas veces tedioso, ensayo académico. Describe sus actividades en primera persona al mismo tiempo que se ocupa de sus fundamentos y del análisis de cómo los dice y los escribe. Hace de la crítica y la clínica un modo inmanente de producción. Nos habla de su modo de producción al mismo tiempo que se fuerza para que se realice en el texto. No lo busca en ejemplos ni en diálogos con otros autores, sino en la procura de un estilo propio. Al tiempo que lo hace, nos va contando de las vicisitudes de su búsqueda; ésta es su novela.

En el análisis institucional, campo de investigación y de intervención que compartimos, hemos llamado a este proceso autopoiesis, donde el producto y el proceso de producirlo componen un mismo acontecimiento.

Ulloa ha definido un campo y un modo de intervención singular que hoy muchos consideran fundante de la corriente argentina de análisis institucional, y nos señala con determinación que ese desarrollo también se ha debido a que las intervenciones son básicamente en instituciones públicas de salud y/o de educación.

Aquí comparto mi hábito con el de Ulloa, ya que ésta es la demanda que recibimos a partir del tipo de oferta que planteamos. Una demanda que también es una elección, ya que el análisis, si bien implica la producción de un dispositivo capaz de practicar cierto tipo de abstinencia que, para Ulloa, se origina en su modo de estar psicoanalista, no es neutral y hace que el movimiento institucionalista latinoamericano haya crecido y se haya desarrollado a partir de la defensa, la expansión y el compromiso con la escuela, la universidady el hospital públicos. Hoy es frecuente ver un esfuerzo por adecuar las herramientas clínicas del análisis institucional para trabajar en organizaciones privadas de producción o de servicios. Los relatos de estas experiencias, hasta ahora, han enriquecido poco el pensamiento en este campo y creo no equivocarme si afirmo que tampoco han contribuido demasiado al enriquecimiento de los analistas que han intentado tal adecuación.

Ulloa nos lo dice cuando argumenta que hay una veteranía, un modo de estar y de plantear lo que ha conceptualizado, primero, como situación dilemática y, luego, como encerrona trágica; y que requiere la construcción de un dispositivo fuertemente implicado en la institución por el cambio y por el enfrentamiento de la mortificación, donde la alineación no es un factor despreciable.

De la lectura de su texto, tanto como de su modo de intervenir en diferentes contextos institucionales, se desprende una serie de indicaciones que alimentan, más que una respuesta, una pregunta que podríamos formular de la siguiente manera: ¿es posible trasmitir un modo de trabajo y un modo de construcción de las interpretaciones, cuando el mismo se origina en una personalidad tan fundante como es la de Ulloa en este campo? Él, al mostrarnos su dispositivo de trabajo, está intentando fundar un modo diferente de relacionarse con el saber de la época.

Cuando Ulloa es llamado a intervenir o a escribir sobre lo que realiza y cómo lo realiza, a medida que avanza en el relato, a la manera freudiana, hace su autoanálisis, lo que nos desconcierta hasta el punto de convocarnos a ir a abrevar en nuestra propia novela institucional, familiar o psicoanalítica. Lo intentaré.

En una parte del libro, para aclarar el modo en que el propio análisis funciona, cuenta algo que he podido experimentar en diversas oportunidades. Allí nos dice que es posible que en sus sueños, el oficiante, sea analista o no, llegue con relativa frecuencia a una instancia donde, por un lado, es un agente de la acción y, por otro, su testigo que construye una especie de texto en el campo de la intervención. Esto pasa cuando no se ha sucumbido a alguna forma grosera de carácter psicoanalítico. En relación con esta cuestión nos dice:

Cosa frecuente en quienes se muestran más propensos a sobreimprimir un memorial explicativo –como un grotesco psicoanalítico– que a registrar la genuina ingenuidad neurótica (por cierto sofisticada), dibujando los antiguos bisontes y esperanzas en las grutas del alma.

Con sutileza, Ulloa nos previene del carácter psicoanalítico: frecuente patología del oficio, especialmente en su deriva porteña. Nos muestra, desde el interior del campo psicoanalítico, lo que hemos visto desplegarse en toda la historia de la construcción del análisis institucional tanto aquí, como en Brasil y en Francia, para citar lo que considerablemente son los focos de producción más extensos de esta corriente.

El desarrollo del pensamiento en este campo se ha realizado, en muchos casos, a través de la crítica al modo de funcionamiento de producción y de reproducción de las instituciones psicoanalíticas, desde los pioneros trabajos de Plataforma y Documento en Cuestionamos, los trabajos en Francia de Legendre y Castel, hasta las formulaciones más actuales de Foucault y Guattari, de las que ya hace un tiempo nos venimos ocupando.

A Ulloa esta cuestión le preocupa, mejor dicho, lo ocupa, hasta el punto que es en relación con esta problemática que trae una de las pocas referencias a otro autor. Es en un comentario sobre el poeta Leónidas Lamborghini cuando dice que “tratar de explicar las liebres que saltan en el prado de la poesía equivale a dispararles una perdigonada”.

Otro tanto puede con el propio análisis: “donde menos se piensa salta la liebre, del inconsciente”. Estas metáforas están llenas de asociaciones para referirse al modo en que los analizadores realizan su tarea en el trabajo con las instituciones. Así, el tercero de apelación que va construyendo durante el proceso lo hace en el sentido de posibilitar la poética, el salto de las liebres, y no para descargar sus perdigonadas interpretativas.

El tercero de apelación, que nosotros hemos llamado, de un modo un poco rápido, analizador calificado, es una noción que me ha sido muy útil para el trabajo de construcción de dispositivos que apunten en esta dirección, sobre todo en los trabajos largos y difíciles que, en general, se realizan en el campo político institucional de los establecimientos asistenciales públicos de nuestro país.

Las intervenciones de Ulloa, sean éstas a partir de la lectura de sus textos, en la escucha de sus conferencias o en sus observaciones en mesas de debate o presentaciones de textos, nos suscitan una serie de preguntas acerca de cómo decir y trasmitir lo que se comprende y se conoce de un determinado material.

La simplicidad en el decir, atravesada por una sutil percepción de lo propio, e inscripta en una cierta erudición, son las cualidades que deberían estar presentes en nuestras interpretaciones, tal como se deduce de sus propuestas.

Mientras leía estas notas, tuve un sueño relacionado con lo que hemos mencionado como el decir y el testigo del decir. Relataré aquí el sueño en relación con lo que, interpreto, viene a clarificar algo de lo que me estaba pasando con el texto que me he propuesto comentar.

En un lugar concurridísimo, entre diferentes puentes intercomunicándose, comento que no se puede interpretar cuando se trabaja con psicóticos y con grupos de más de cincuenta personas. En un grupo de barrio se habla de fútbol con la pelota en la mano. “Quieren jugar ya” es el primer parlamento claro del sueño. Comentan dos profesores que están enfermos pero que son muy eruditos y les pusieron un circuito de televisión para que den clase en la Facultad de Derecho en Lisboa.

Al despertarme, asocio el sueño con el siguiente parlamento: “¿Qué se hace con todo lo que se sabe? Bien, todos los restos diurnos y la diversidad de las asociaciones (derechos humanos, clase, enfermo, eruditos, Lisboa-Pessoa, dificultad con los grupos, puentes interconectados), me llevaron a la pregunta sobre qué es lo se puede hacer con todo lo que dispersamente se sabe a la hora de realizar una intervención. A veces, con un paciente grave como con una institución, todo se reduce a una indicación, a un acompañamiento, a una opinión de sentido común, pero en un dispositivo donde se percibe que eso que se dice aumenta nuestra implicación y entendimiento. Eso ocurre cuando hemos creado esa comunidad clínica que nos permite eliminar la soberbia de la dificultad interpretativa para afectarnos inteligentemente con la demanda institucional.

¿Qué se hace con todo lo que se sabe? Me despertó esta pregunta, me resonó como la pregunta que está en la dificultad de la transmisión, de la producción de un estilo que nos refiere Ulloa. Ésa es su singularidad y, mientras escribe, nos muestra cómo la enfrenta a la manera de aquellos magos que nos enseñan el truco sin que por eso se pierda la magia.

“¿Qué se hace con todo lo que se sabe?” es la pregunta del oficiante de psicoanálisis cuando tiene que realizar el tratamiento con pacientes más complejos, cuando tiene que trabajar en las instituciones precarias sin por eso precarizar su instrumento. La interpretación en esta clínica es una provocación útil cuando promueve reacciones inesperadas, cuando posibilita el salto de la liebre, cuando permite escuchar a los actores sociales que “quieren jugar ya”.

Silencio, silenciamiento

Carlos Altschul

Psicólogo institucional, enseña Negociación en la UBA y en la maestría de Relaciones Internacionales de FLACSO/Universidad de San Andrés. Completó el doctorado en Psicología Social y Clínica en la Universidad de Iowa. Es autor de varios libros sobre temas de su especialidad y dirigió el capítulo argentino del proyecto de investigación sobre Conducción y Prácticas Gerenciales de la Universidad de Pensilvania.

Rescato la siguiente cita de Fernando Ulloa: “La dinámica institucional se juega entre las violentaciones que los individuos ejercen sobre la institución y la que ésta vuelve legítima sobre los individuos”.1

Él se pregunta: “¿Cómo se expresa la institución en la dispersión de gente? Lo más común es el silencio absoluto, un silencio en el que no hay registro de afectos ni de pensamientos y, obviamente, no hay registro de palabras”. Y nos recuerda: “Subyacente a toda crisis cristalizada acecha la tragedia, definida como dos lugares enfrentados sin tercero de apelación. Hay veces en que esos dos lugares se enfrentan entre sí sin que ninguno identifique al otro; cada uno inventa a su rival imprimiéndole características desde su propia subjetividad. Así se instaura entre ambos bandos una realidad concretizada que anula todo espacio productivo”.2

Elijo esas palabras de Ulloa, casi a la manera de un epígrafe, porque sintetizan qué es un proceso cristalizado, y, en este sentido, me interesa aplicarlas a consultas recientes a las que fui convocado.

Un día me preguntaba cómo se pone de manifiesto el cuestionamiento, cómo aparecerían otras formas de construcción del sujeto cuando, de pronto, vi un dibujo de Caloi. Al pie decía: “He comenzado a descreer de nuestra religión. La calesita está fenómena, pero Zeus no logra hacerla girar”.

Caloi hace converger dos registros: el de la figura, que documenta lo manifiesto, y el de la leyenda, que incorpora la reflexión. La doble inscripción –una muestra, la otra cuestiona– nos advierte cómo la figura adelanta lo que quizás el habla aún no admite manifestar.

Podríamos llamar silencio al estado de cosas en que se escucha y se conviene en no hablar de algunos aspectos de la realidad. Es un silencio dinámico, ya que puede modificar lo que se elige callar. Y es un silencio vital en el que conviven lo racional y lo emotivo.

Muy diferente podrá ser el proceso de acallamiento en una crisis cuando, caídas las barreras, las preguntas se dirigen no ya a lo que, de común acuerdo, se convino en callar, sino a los secretos a voces velados y reprimidos. Ahí, el esfuerzo acalla lo conocido y transparente mientras se lo difunde –en la intimidad– porque remite al ejercicio arbitrario del poder y porque el intercambio privado reafirma la construcción de la subjetividad.

Este proceso adquiere relevancia en las organizaciones, donde el poder es como el agua para los peces. Ahí se lo respira, no se lo ignora. En las organizaciones, aun si no se habla de él, todo hecho remite a su ejercicio. Cuando el miedo es, sin embargo, sobrecogedor, se renuncia a hablar abiertamente del poder. Cuando está en juego la pérdida de derechos, de posición y carrera, surge el silencio absoluto. Y, entonces, hablar significa obedecer porque, de lo contrario, hacerlo en forma llana provocará una represalia. Si entrar en diálogo concede anuencia, para ocultar ingresan el eufemismo, el chisme, la mentira, el rodeo, la elusión, el guiño, que muestran el pasaje del acto de acatar en forma formal –sin cumplir, claro– a silenciarse abiertamente para transparentar (al menos, ante quienes lo registren).

El silencio absoluto se instituye. Se pasa del silencio, con una actitud prudente pero ilimitada de escucha, al silenciamiento, ejercicio consciente de interrumpir adrede la comunicación. Lo que, a su vez, viola de hecho la naturaleza misma del pensar y el aprender.

El quiebre producido por la crisis hace que sea escuchado no sólo el silencio –del que cada uno es parte–, sino también el silenciamiento del que cada cual se cree ajeno.

Interesa constatar que, en esos casos, surge a veces cierta intuición de lo posible: una –la llamaremos– intimación, una idea acerca de cierta cosa, un conocimiento elemental que, de reconocerse, podrá iniciar la conversación. A partir de lo que se acepta saber, esa intuición dice mudamente lo que podría ser. Revela iniciativas, habilita otro proceso. Brecht lo sugería así: “Nada debe parecer imposible de cambiar”.

Cuando emerge esta posibilidad, se trata de una intimación.

En tal circunstancia, el diálogo adquiere un poder conminatorio, se refiere a cómo deberían ser llevadas a cabo ciertas cosas, a cuestiones de micropolítica. Por su origen –ya que remite a inscripciones de la niñez o de la educación–, la intimación tarda en expandirse, pero, cuando lo hace, despierta simpatía y se abre, en unos, al trabajo solidario y, en otros, a un registro diferente del temor. Ulloa habla de negar que se niega, un proceso instalado que moviliza la crisis en cada uno.

Se sabe que el mentidero rescata, incluso ilusoriamente, lo imposible de cambiar. Pero si la construcción de lo social se extiende aun en condiciones de infortunio, ¿cómo no construir dispositivos que socialicen el cuestionamiento?

Digámoslo así: si bien cada emprendimiento requiere de velos, la crisis quiebra la trama. En nuestra sociedad, los acontecimientos de los últimos años descorrieron el velo del autoengaño. Los dispositivos, espontáneos, fueron los encuentros y las discusiones agitadas y no quedó lugar sin debate encendido. Se deshilvanaron los tratos, ¿de silencio?, ¿de silenciamiento? Cada uno mostraba el problema. Pero, en las organizaciones, ¿cómo se develaría la necesidad de hablar sobre el poder? ¿Quiénes recogerían la oportunidad de hacerlo?

En la segunda mitad de 2002, participamos en cuatro casos en los que la consulta de un ejecutivo partía de la misma premisa: “La gente no habla”. Habiendo jugado con la idea de silenciamiento, ¿podía suponerse que alguien estuviera reconociendo que el silencio absoluto era el gesto que abría el diálogo? ¿Serían casos en los que la evidencia de una inoperatividad –realidad concretizada que anula todo espacio productivo– era registrada, no ya por los observadores, sino por quienes eran los convocantes? ¿Podría hablarse de una intimación?

Lo que hicimos fue empezar a reunir la experiencia institucional sobre las formas en que se expresaba, en cada caso, “la gente”, y sobre la consulta de quienes la pedían. Porque si bien la anulación del espacio productivo no abre, por sí misma, ninguna alternativa de diálogo, al quebrarse los sobreentendidos, las opciones pueden ser otras si quienes dirigen perciben que algo distinto está ocurriendo.

A continuación, resumo esos cuatro casos en los que los convocantes partieron de la misma frase: “La gente no habla”. En dos de ellos, se referían a la necesidad de “modificar cuestiones fundamentales”, por más que en ambos la historia mostraba una apelación manida, una nostalgia del statu quo. En uno, se reunió información en entrevistas individuales y se creó un documento que circuló a través de Internet. El desarrollo de un encuentro posterior no alteró la situación original, y reforzó la percepción del sufrimiento. En el segundo caso, se aprovecharon dos ateneos, a tres meses el uno del otro, para debatir sobre los costos y el desgaste. Los grupos de trabajo convalidaron la información y los dirigentes se comprometieron en acciones que, finalmente, no se llevaron a la práctica.

Los dos casos dictaron una sentencia: ni los hechos ni las declaraciones avanzaron sobre el motivo de la convocatoria. La conducción se mostró renuente a asumir iniciativas, aun habiendo reconocido públicamente lo imprescindible del reclamo.

Por el contrario, en los otros dos casos, los convocantes ponían en juego su autoridad, aunque con ello forzaran su nivel de habilitación: iban más allá de lo que su cargo les daba derecho a hacer. Hablaban de su consternación, explicitaban que no sabían si sería posible modificar la situación, pero, a partir de su intuición, operaban día a día sin presentimientos, con un grado de seguridad que la realidad organizativa no convalidaba.

En el tercero de estos casos, en una sucesión de entrevistas, se construyó un texto único de referencia y se lo puso a circular en forma privada, utilizando los resortes usuales. Saber que la información circulaba sin violar la intimidad y el choque con la misma convalidada provocaron que se reconociese la necesidad del diálogo.

En el cuarto caso, la primera intervención permitió pasar del acto consentido de no hablar al de escribir para ser leído. No se habló; se expuso el material silenciado, se invitó a recorrer pasillos empapelados que repetían la información hasta el cansancio, se elaboró un borrador diagnóstico, se reconoció la fragmentación, se emprendieron acciones orientadas a mantener la escucha y se comenzó a entender, a hacer.

En torno al comentario “La gente no habla”, estas dos intervenciones mostraron cómo se articulaban la tolerancia y la indignación ante la coacción y, de ese entramado, surgieron nuevas prácticas. Cada proyecto se cerró, además, sobre sí mismo, dejando efectos residuales.

Nos referíamos, al comenzar, de la violencia en las organizaciones. Proceso incierto, sí, el de la toma de conciencia, puesto que todos se saben corresponsables del enmudecimiento: el actual y el de antes. Salida con tropiezos, por partes, quizás porque cada cual disfrutó, de diferentes maneras, del anterior estado de cosas.

En ese ámbito, tal vez intervenir no sea más que entrar discretamente en los confines del mentar: desocultar, valga la redundancia, lo que se muestra a los ojos de quien quiere ver lo que jamás estuvo encriptado.

En esta artesanía, en la que ingresamos en la literalidad del silencio, aprendemos desde los hombros de Fernando Ulloa, del que abrió la picada.

Al maestro con cariño

Sergio Rodríguez

Médico, psicoanalista, autor y coautor de diversos libros en su especialidad. Cofundador y director de la antigua revista Psyche, editor en www.psychenavegante.com, director de www.televerdades.com e integrante consultor de Psyche Anudamientos: Psicoanálisis -Cultura - Sociedad. Ha publicado numerosos artículos en diferentes revistas especializadas, de interés general y en diarios.

Fernando Ulloa es un buen tipo. Fuertemente solidario y sagaz psicoanalista. Virtudes que, a veces, entran en colisión. Su espíritu solidario de vez en cuando le complica su sagacidad. Lo prefiero así, a aquellos supuestos psicoanalistas que, con tal de mantener la cáscara, pueden perder de vista el sufrimiento y hasta alguna meta mortífera de algún paciente.

Siendo su oficio escuchar y leer en lo que escucha, es un gran relator de historias. No tanto fuera del consultorio como dentro de él. Yo, que estaba habituado a una supuesta interpretación lacaniana, seca, desnuda, las primeras veces que le escuchaba algunas de sus narraciones me desconcertaba. “¿A dónde quiere ir?”, me preguntaba. En sus historias aparecía don Carlos o un viejo peón de campo, o... luego fui captando que, con dichas historias no me daba un sentido, un significado preciso, sino que me facilitaba situarme en un tejido extraño, en una malla que no era la mía pero que me resonaba familiar. En la que encontraba ese enigma que mi relato trasmitía sin saber que lo hacía. Entonces, el enigma prendía luces que me impedían no advertirlo. Es su estilo.

Para Ulloa, invariablemente, fue una ocupación lograr que los psicoanalistas no fuéramos “ianos”. Su escritura siempre fue un esfuerzo, tal vez desmedido, para no ser “iano”. ¿Cuidó demasiado nuestro narcisismo? Tal vez, pero lo prefiero a aquellos que, para sentirse dentro de una “camiseta”, pierden la posibilidad de conjeturar, de permitirle al psicoanálisis ejercer su función creativa. A mí, que me siento lacaniano, me facilitó ser, como dice Emilio Rodrigué en el prólogo del segundo volumen de mi libro En la trastienda de los análisis: “Creo que sos tan ortodoxo que puedes no serlo, ¿understand?”.

Cuando digo que es un buen tipo y solidario podría dar muchos ejemplos, daré sólo uno: instalada la dictadura militar del ‘76, un querido y admirado colega fue secuestrado y corría el peligro de desaparecer. Utilizando conexiones familiares que nunca utilizaba, logró hablar con la mano derecha del jefe militar que tenía secuestrado al colega. Éste lo liberó con la condición de que se fuera del país y... que también se fuera Fernando. Ésa fue la razón de su exilio en aquellos malos tiempos. Es todo un mérito que llegue a los ochenta años siendo un buen tipo, solidario y sagaz psicoanalista. ¿Verdad?

Tenemos muchas diferencias en el terreno teórico y práctico. Principalmente, cuando recorremos los caminos de la extensión del psicoanálisis, más allá de los límites de los análisis de una persona. Sin embargo, lo considero mi Maestro. He tenido muchos maestros. Pero Fernando ha dejado en mí una fuerte impronta de libertad, responsabilidad y rigurosidad. Libertad que no es arbitrariedad ni libertinaje, porque, a posteriori, siempre me lleva a preguntarme si el acto ejercido sirvió, resultó inútil o fue contraproducente. Heredo, ahí, su responsabilidad y rigurosidad. No la inhibición almidonada de aquellos a los que, por querer ser siempre exactos, frecuentemente se “les escapa la liebre”. El consultorio de Ulloa ofrece calidez, seguridad, sorpresa. Recuerdo una interpretación que me hizo por la vía de un aparente comentario de circunstancias. Fue en un saludo de despedida, cuando ya me iba y estaba de espaldas a él. Me clavó los zapatos al suelo. Fue un verdadero tiro por la espalda que me facilitó vivir.

Ulloa es un importante teórico, lo que suele subestimársele. Comentaré, como ejemplo, partes claves de su artículo “Herramientas personales y domésticas de mi práctica psicoanalítica”, publicado en Psyche Nº 7, de marzo de 1987 y, con algunas modificaciones, en su libro Novela clínica psicoanalítica... En relación con un concepto construido por él y al que llama estructura de demora dice:

Pueden describirse entonces diferentes aconteceres. Por de pronto los siguientes: siento, quiero o no quiero lo que siento, creo –acerca de este querer o no querer– lo que siento. Luego vendrá lo memorioso y finalmente algo que denomino: lo impensado. Aclaro que sólo estoy estableciendo una cronología por requisitos de exposición. En la realidad no hay tal secuencia. Siento describe un sentir elemental, aquel que señala que todo organismo vivo es reactivo al medio, o sea que lo interpreta para vivir o para sobrevivir. Entonces sentir es placentero o paranoide según lo que interprete. De inicio suele prevalecer el acontecimiento paranoide. Es fácil entender que se quiere o no se quiere lo que se siente. Este quiero o no quiero puede considerarse base de la primera operación elemental clínica en tanto promueve acercamiento o alejamiento espacial o cambios corporales y procesos emocionales. Desde lo anterior surgen en el psicoanalista las creencias acerca de estos movimientos y afectos. Estos verbos: siento, quiero, creo, designan la manera como el clínico “está afectado”, involucrado emocionalmente, diría afectado por contagiado, frente al clinado. Aquí llegamos a una estación importante en la estructura de demora. Estar afectado no sólo significa estar involucrado o contagiado, sino que también tiene el sentido de estar afectado a una tarea. Pues bien, esta vocación, esta tarea, en psicoanálisis es la de la abstinencia, que no es tarea de supresión o purificación sino que se afecta como tarea al estar afectado, involucrado para perfeccionar la acción clínica.

Detengámonos. El creo –tal o cual cosa– suele ser la expresión más frecuente del estar afectado, contaminado. Guarda poca objetividad con lo que el clinado expresa, sino que se refiere a lo que le acontece al clínico frente al estímulo que ha recibido. En este sentido la creencia se emparienta con la sustancia de la cual están hechos los delirios. Si el psicoanalista habla desde su “creo que”, está sólo opinando. Esta opinión significa más que una objetivación acerca del campo, el imperativo de una catarsis emocional. El abstenerse de esta descarga emocional opinante trasforma el siento, quiero, creo, en algo así como un importante nicho ecológico emocional pronto a albergar una próxima idea aún impensada. Se va estructurando la demora, por el momento emocional, que agudiza empatía clínica. Podría generalizar diciendo que un psicoanalista ‘no opina’ (en el sentido que aquí señalo) y que ésta es la primera estación de la abstinencia.

Toca ahora el turno a las ideas, a lo específico del pensar. Se trata de un pensar memorioso. De cuatro memorias. Próximo a la creencia no opinada, surge la memoria de propias experiencias que evocan en el analista situaciones personales semejantes a las de su analizado. Es la importante memoria que permite poner en nosotros lo del otro. Es la base de la continencia clínica. También la memoria se ocupa de aquellos otros momentos semejantes en la historia del analizado. Es la memoria que permite organizar el hospital del paciente.

Por ahí surgirá la memoria casuística que agrupa al sujeto con otros analizados.

Finalmente la memoria más importante y frecuente: la memoria teórica, que encuadra en determinado capítulo teórico al paciente y su suceder. Nadie duda de la importancia de la continencia, el historial clínico, la casuística o la ubicación teórica, mas el psicoanalista en el acto psicoanalítico si quiere acceder a la singularidad interpretativa eficaz “no habla de memoria”.

Pero así como no suprimió el registro afectivo tampoco suprime el registro memorioso. Sólo lo demora hasta alcanzar el premio de esta demora. El premio llega en la forma de una idea nueva que se articula con lo que llamé el nicho ecológico emocional. Se estructura una distinta relación ideativaemocional: lo impensado... hasta ese momento. Lo impensado es el resultado de ambas abstinencias, la de opinar y la de hablar de memoria. Lo impensado es una de esas ideas clínicas que integran el repertorio de las ideas descartables. Se integra en base a dos núcleos: el que resulta de la abstinencia de opinar, que agudiza la intuición clínica y el que resulta de la abstinencia memoriosa que acrecienta la eficacia ideativa de la palabra. Lo impensado que habla al y del inconsciente del analizado disparará en éste otro producto: lo impensable. Pero esto es otra historia.

Ulloa logra discernir las claves de la metapsicología, la estructura estructurante de la interpretación psicoanalítica “suficientemente buena” y de sus efectos en el analizante.

Leamos: comienza haciendo una descripción fenoménica de aconteceres habituales en la persona del analista mientras escucha. Desmenuza las pasiones de sus sentimientos y las cuatro formas con que la memoria lo asalta. Propone qué hacer con eso para que advenga lo necesariamente esperado: lo impensado.

Desentraña cómo: sentir, querer, creer, afecta al analista, contagiándolo de su paciente y otorgándole pertinencia en el trabajo con él. Y que esa pertinencia se jugará en la abstinencia, que pasa a definir: “no es tarea de supresión o purificación sino que se afecta como tarea al estar afectado, involucrado para perfeccionar la acción clínica”. Le quita a la abstinencia psicoanalítica toda connotación superyoica sacrificial y la torna tributaria del deseo de cada analista de perfeccionar su accionar clínico. Subraya que el siento, quiero, creo, son efectos del acontecer en la subjetividad del analista y no tienen relación confiable con lo que le está ocurriendo al analizante. Acentúa el carácter de creencia de lo que ahí se incuba y su cercanía con el delirio. Y recorta lo que lo causa: el impacto en la castración del analista ante lo que escucha, que lo angustia y lo presiona a la catarsis opinante. El abstenerse de dicha catarsis es lo que: “trasforma el siento, quiero, creo, en algo así como un importante nicho ecológico emocional pronto a albergar una próxima idea aún impensada. Se va estructurando la demora, por el momento emocional, que agudiza empatía clínica” (la cursiva es mía).

Luego, describe las memorias al asalto:

1. Memoria de experiencias en la propia vida parecidas a las del paciente, que facilitará ser hospitalario con el mismo.

2. De casuística, que compara al paciente con otros.

3. La teórica, a la que declara la más importante por la posibilidad que brinda de colocar al paciente en algún capítulo de conceptos.

Concluye la descripción con esta aseveración fundamental: nadie duda de la importancia de la continencia, el historial clínico, la casuística o la ubicación teórica, mas el psicoanalista en el acto psicoanalítico si quiere acceder a la singularidad interpretativa eficaz “no habla de memoria”. A la vez que marca la utilidad de dichas memorias, subraya desestimarlas, para lograr singularidad y eficacia en la interpretación.

La clave está en no opinar, ni suprimir el registro afectivo ni el memorioso. A éstos, demorarlos. Se forja así un nicho ecológico (refugio de conocimientos en equilibrio) emocional que alojará la llegada de lo impensado que dicha demora disparará y hablará del y al inconsciente del analizante para que en él se dispare lo impensable: “aquello que sólo el sujeto está en condiciones de advertir en sí mismo”. Lo impensado será descartable, cosa que la experiencia cotidiana nos reafirma cada vez que el paciente se refiere a una supuesta interpretación que nosotros ni logramos recordar.

A mi modo de entender esto, Fernando coloca la operación analítica singular y eficaz en el registro de la comunicación de inconsciente a inconsciente, aludida por Freud, Racker, Lacan, Winnicott y otros. La retira del proceso secundario de los pensamientos pensados, de lo Imaginario, y la lleva a articular una relación entre lo Simbólico y lo Real en que lo inconsciente agujeree a lo real.

Esta descripción, interpretación y propuesta de forma de trabajo, es una producción original de Ulloa. En la cual no hay “iano”; sí, en cambio, precipitación de maestría en un Maestro.

Su pasión de originalidad hace difícil, a veces, compartir mesas redondas con Fernando. Toma una dimensión tal, que dificulta a los otros panelistas y al público encontrar un lugar donde situarse. Pero si uno logra demorar el enojo, tomar cierta distancia y observar, puede terminar enterneciéndose (la ternura, otro de los objetivos teóricos de nuestro homenajeado). A uno le genera la ternura que despiertan los chicos cuando, a toda costa, buscan ser el centro de la escena. Y ése es otro mérito de Fernando, frisando los ochenta sigue teniendo algunos rasgos de niño. Rasgos que contribuyen, en su estructura de demora,a pergeñar intervenciones que sólo la frescura de un niño produce.

Tal vez quien lea estas líneas se esté preguntando: “¿Sergio se habrá analizado con Ulloa?”. Es una pregunta que muchas veces me hice. Informo que con él “supervisé” cuatro años, paralelamente al transcurso del último de los tres análisis por los que pasé. Además, durante un año, un hijo mío y yo hicimos con Fernando una terapia conjunta. Ésa es la información. La lectura de dicha experiencia me precipita, al terminar estas líneas, a creer que efectivamente me analicé con Ulloa. Sé que rompo muchos imaginarios. ¿Cómo se sostuvieron dos transferencias paralelas, dos modalidades distintas de intervención sobre mi discurso? Lo que puedo decir es que se sostuvieron y que ambas incidieron en reanudar mi nudo Borromeo, en acercar mis deseos y mis goces, en transformarme síntomas en “sínthomas”. Por supuesto que ninguno de los cuatro análisis logró doblegar algunos de mis síntomas. Pero se me hace evidente que llevo una vida mucho más en paz, que si ellos no hubieran transcurrido. Esta precipitación refuerza una creencia, que sostengo hace unos cuantos años, de que es preferible, no obligatorio, que el analista se analice y supervise con un mismo analista cada vez. También, que es mejor que los analistas hagan más de una experiencia de análisis de su inconsciente.

Finalmente, ¿qué creo que he sido para Ulloa? Lo que él me ha dicho más de una vez pública y privadamente: “un amigo extranjero”. Familiar y siniestro. ¿Qué es él para mí? Un sueño inquietante, cercano al despertar a lo real y en el que, como nos enseñó Freud, las “o”, deben ser interpretadas como “y”.

Don Pascual y los consejos al médico...

Gustavo Lipovetzky

Médico especialista en psiquiatría. Ex Director Médico y ex Jefe del Departamento de Psiquiatría del Instituto de Neurociencias de Buenos Aires.

¿Cuál es la condición para que una idea, teoría, poesía o canción se convierta en lo que comúnmente se ha dado en llamar un clásico?

Hay una cantidad de definiciones al respecto. Lo que todas tienen en común es la propiedad de perdurabilidad vigente a lo largo del tiempo. Decir “a lo largo del tiempo” incluye atravesar diferentes épocas con distintos paradigmas sociales, culturales, económicos y científicos sin que la idea o teoría pierda actualidad o aplicabilidad.

Ulloa tiene la capacidad y el talento de haber definido cuestiones clínicas con una particular originalidad, siendo la mayoría de ellas valiosos instrumentos que muchos de sus discípulos llevamos dentro del botiquín de herramientas clínicas a la hora de intervenir frente a la demanda de nuestros pacientes.

Dicho repertorio clínico tiene actualidad y eficacia en el amplio campo de la Salud Mental, que incluye al psicoanálisis, a la Psicología Social, Institucional y también a la Clínica Psiquiátrica.

Es desde esta especialidad médica que trataré de iluminar mi recorrido, mostrando cómo estas ideas tienen hoy plena vigencia como instrumento en la anamnesis y evaluación clínica, ampliando o agregando pericia en nuestro trabajo.

Voy a desplegar uno de estos aportes para poder desarrollar y dar cuenta del carácter clásico al que me refiero. Se trata de lo que Ulloa ha definido como las cinco condiciones de eficacia clínica.

Ulloa desarrolló por primera vez esta idea cuando apenas había llegado a Brasil (1976) y dio su primer seminario. Lo cita de esta manera en su libro Novela clínica psicoanalítica...: “En algún momento lo Quijotesco me llevó a los derechos humanos y sus vicisitudes, obligándome a recalar de un día para otro en Brasil. Un grupo de psicoanalistas que andaba por los comienzos me ofreció generoso que coordinara un grupo de estudio. Comencé por hablar de las cinco condiciones de eficacia clínica, evocando los términos que por entonces se perfilaba un pascual incompleto”3 .

La referencia pascual que el autor utiliza tiene, en el texto, la siguiente descripción: “comenzaré presentando el inicial encuentro con quien, luego de algunos años, terminaría llamando Don Pascual. Se trata de la construcción, a sabiendas, algo novelada, de una figura que aparece, más que por condensación, por destilación de distintas enseñanzas provenientes de diferentes personas, en los tiempos jóvenes de un oficio tan entramado en las circunstancias cotidianas de vivir (...) Entonces despertó el recuerdo de las maneras de aquel hombre de consejos, como un núcleo sobre el cual se fueron sedimentando otras figuras de identificación anteriores y posteriores”.4

Estos “hombre de consejos” se han ido constituyendo identificatoriamente en Ulloa de modo tal que lo han transformado, según mi opinión, en un Don Pascual de varias generaciones de diferentes colegas, de distintas disciplinas, que nos hemos enriquecido atesorando sus consejos.

Hace veinticinco años que me desarrollo dentro del campo de la Salud Mental ejerciendo mi práctica clínica dentro de la Psiquiatría como especialidad; desde esta experiencia clínica es que intento dar cuenta de la vigencia e importancia que tiene la concepción de Ulloa en relación con las condiciones de eficacia clínica.

Resulta de particular interés observar cómo el aporte que nos brindan estas ideas sigue manteniendo su vigencia intacta a la hora de realizar entrevistas clínicas en la práctica psiquiátrica actual.

Estas cinco condiciones de eficacia clínica son:

1. capacidad de predicción.

2. actitud no normativa.

3. posibilidad de establecer relaciones insólitas en el discurso.

4. definición por lo positivo o por lo que es.

5. coherencia entre teoría y práctica, entre ser y decir.

Los psiquiatras nos encontramos en este comienzo de siglo atravesados por una cantidad de herramientas diagnósticas con las que no podíamos contar hasta hace pocos años.

Las Neurociencias han drenado su contenido en la Psiquiatría a través de, entre otras, nuevas líneas de investigación en biología molecular y en neuroimágenes. Las primeras nos permiten un mayor conocimiento de los mecanismos mas íntimos del funcionamiento del cerebro. Las segundas posibilitan observar el cerebro en funcionamiento, habilitándonos a estudiar “en vivo y en directo” muchas modificaciones neurobiológicas en diferentes lugares del cerebro ante diferentes tipos de estímulo. Estos descubrimientos contribuyen a profundizar nuestras herramientas para diagnosticar enfermedades mentales. Hoy existe consenso entre los especialistas sobre las modificaciones neuroanatómicas que se observan, por ejemplo, en la esquizofrenia.

A pesar de esta considerable cantidad de avances en el campo de la Neurociencia, la base de la exploración semiológica por parte del psiquiatra sigue siendo la entrevista clínica, apoyada en la posibilidad del clínico en tener destreza para desarrollar un vínculo interpersonal con el paciente, asumiendo dentro de este vínculo todo aquello que provenga de la transferencia y contratransferencia como faro iluminador en la investigación clínica frente al paciente.

“El psiquiatra es el último de los clínicos” dice Bourgerois5 entablando una comparación entre la psiquiatría y otras especialidades médicas donde la anamnesis se afirma o corrobora con análisis de laboratorios o estudios clínicos que certifican los diagnósticos. Esto significa que, para los psiquiatras, el diagnóstico está basado, esencialmente, en la minuciosa entrevista clínica.

A partir de los años ochenta, con la aparición del Manual de Diagnóstico y Estadística de la Asociación Siquiátrica Americana (DSM III) con sus criterios “objetivos y ateóricos” para el diagnóstico, el sistema multiaxial y los árboles de decisión vienen representando un descomunal cambio para la psiquiatría.

Este cambio en la clínica quedó plasmado como si la conclusión diagnóstica tuviera que ver con una especie de check list que nos orientará mejor a la hora de poder indicar algún psicofármaco, pretendiendo una objetivización de lo dicho y lo escuchado.

Dice Pelicier6 : “Ciertas tendencias de la psiquiatría contemporánea modifican profundamente la relación clínica. Mientras que tradicionalmente se insiste en que el acto médico implica a la vez una técnica y una relación interpersonal, se asiste a veces a una erosión de este último aspecto al punto que termina por desaparecer, o al menos por aparecer como extremadamente secundario”.

Nadie puede negar la necesidad de realizar diagnósticos rigurosos y de una evaluación precisa para ello.

Contamos, en la actualidad, con la posibilidad de exploración neuropsicológica que nos da cuenta del estado y la función cognitiva, pudiendo explorar, con alto grado de certidumbre, el estado de la memoria, la atención y la comprensión. Si bien estos estudios se realizan con métodos de entrevistas estandarizadas y con mediciones a través de escalas, no invalida lo importante de la relación interpersonal, que posibilita, cuando es examinada, una mayor capacidad para obtener datos que vayan validando la preocupación diagnóstica del clínico.

En este marco, las cinco condiciones para una mayor eficacia clínica siguen siendo, y fundamentalmente conservando, una vigencia tal que se convierten en un instrumento de invalorable importancia a la hora de realizar un diagnóstico sobre la base de un modelo de entrevista que tenga como soporte y rumbo estas condiciones planteadas por Ulloa, reforzando, además, la consistencia de una práctica basada en la relación interpersonal con nuestros pacientes.

La primera de estas condiciones, como dice Ulloa, “sin que el orden en el que aparecen signifique necesariamente un propósito secuencial, aunque en cierta forma cada condición es función de la otra”, es:

A) La capacidad de predicción: “Es la organización que todo clínico puede hacer de sus propias expectativas antes de incluirse en una situación que debe conducir”.7

El autor plantea que: “se trata, sí, de la puesta en claro de las propias expectativas, sobre la base de datos precarios que se poseen previamente, o tal vez sólo elaborando fantasías. (...) Esta organización explícita de las expectativas opera desde el primer momento de la entrevista, como medida de confrontación de lo que realmente sucede”.

Frecuentemente, en la clínica psiquiátrica, tenemos que operar en situaciones de urgencia. Esto determina que las decisiones e indicaciones que debamos llevar a cabo estén atravesadas por un tiempo que es compacto, breve.

En los casos más graves, se juega la vida misma de nuestros pacientes. Tener la posibilidad de plantearse de antemano, a través de algún dato clínico, una estrategia posible para resolver o, mejor dicho, intervenir produce un ordenamiento de dicha intervención, optimizando la destreza clínica necesaria en las emergencias.

Dicha urgencia puede estar fundada muchas veces en la familia del paciente, pero no en el terapeuta y menos aún en el paciente; otras veces este último puede sentirse en plena emergencia y ésta no es reconocida por el terapeuta o la familia e, incluso, hay colegas que diagnostican urgencias que no son tales para el paciente o la familia.

Trataré de ilustrar esto con una viñeta clínica.

Me consulta un psicoanalista en relación con un paciente que, según evalúa, tiene riesgo de suicidio. A partir de algunos datos que refiere, empiezo a pensar que la urgencia estaba fundada más en el analista y los temores que tenía con lo que interpretaba del malestar de su paciente. Con los datos que aportó el analista sobre la sintomatología del paciente, evalué que se trataba de un episodio de angustia con ideas de muerte inminente, claustrofobia, taquicardia, sensación de ahogo, dolor precordial. En esta situación clínica, después de escuchar atentamente lo que refería el colega, así como también de haberle podido preguntar acerca del paciente y sus antecedentes, tuve la impresión clínica de que el objeto de la urgencia era del analista. Cuando me entrevisté con el paciente, advertí y confirmé rápidamente mi decisión ya que, efectivamente, éste, según mi criterio, no tenía ideación suicida, sino miedo a morirse y esto le generaba la idea que “sería mejor estar muerto antes de estar sufriendo tanto”.

Luego, esta hipótesis se confirmaría con el relato del terapeuta: a los pocos días me comentó que, dos meses antes, otro paciente que atendía había hecho un grave intento de suicidio.

En la evolución de las enfermedades mentales y de los problemas psicológicos de una población dada, es difícil llegar a un diagnóstico con la ayuda de un juicio clínico semejante al que se establece comúnmente en medicina interna. En efecto, la instrumentación biomédica en Psiquiatría no ofrece aún un margen razonable de seguridad en la práctica cotidiana. El sufrimiento psicológico o psiquiátrico de un sujeto es poco sensible a exploraciones que requieran una tecnología sofisticada. En la práctica, la confianza que puede tener un medico clínico en su diagnóstico reposa menos sobre la validez de sus convicciones acerca del origen de la enfermedad que sobre la prueba reiterada de que un diagnóstico determinado concuerda con la experiencia.

Tradicionalmente, la manera mas contundente de convalidar un juicio clínico es ver confirmadas las predicciones que uno hizo.8

B) Actitud no normativa: Ulloa propone bajo este nombre una actitud clínica de “no normatizar, no diagnosticar prematuramente. Se trata de dejarse atravesar por los datos del campo, sin pretender entender antes de entender” también afirma que: “resulta importante en todo acto diagnóstico o terapéutico no reforzar las expectativas superyoicas del entrevistado, tal vez una necesidad inconsciente de castigo”. 9

Quisiera destacar en esta definición las consecuencias que tiene para algunos pacientes el refuerzo superyoico al que alude el autor en mención.

Frecuentemente, los psiquiatras tenemos, como motivo de intervención, la reagudización de algunas enfermedades cuando se discontinúan los medicamentos que indicamos. La causas de esta discontinuación, en la mayoría de los casos, están fundadas en los efectos adversos que estas medicaciones a veces producen.

Poder tener presente este principio de no incrementar las expectativas superyoicas nos permite, muchas veces, transformar los climas persecutorios que suelen plantearse en estas intervenciones por una curiosidad capaz de motorizar, en el propio clínico y en el paciente, la indagación para poder favorecer un clima que dé cuenta de cuáles son las resistencias que operan para que no se respete la indicación dada.

C) Posibilidad de establecer relaciones insólitas en el discurso: “Todo sujeto que demanda, en cuanto sujeto dividido, tiende a poner en juego un decir que alude al conflicto y otro a la solución”, refiere Ulloa cuando define esta condición de eficacia; además agrega: “cuando alguien demanda desde un incremento de sus conflictos, ambas funciones pueden dejar de estar divididas y más o menos ‘próximas’ (el ingenioso dispositivo del que habla Freud en su trabajo ‘La escisión del yo como mecanismo de defensa’ (1938), que permite simultáneamente aceptar y negar la amenaza de castración) resultando dislocadas. En esta situación, las preguntas no encuentran respuestas, como si los dioses personales estuvieran ausentes”.10

Por momentos, estas preguntas tienen tal grado de desajuste que fácilmente pueden aparecer como posturas contradictorias, incluso falsedades de quien habla. Esto es lo que el autor explica como “relaciones insólitas”.

Esta condición de eficacia tiene particular interés y utilidad también en intervenciones donde predomina una crisis precipitada en urgencia. Una relación insólita en el discurso puede estar expresada como una contradicción en el decir de un paciente, como refiere Ulloa.

Poder estar atento para señalar dicha contradicción opera, muchas veces, como una llave maestra que abre el interés del sujeto para la formulación de propias preguntas que puedan construir sentido, activando y encendiendo su capacidad preventiva.

El señalamiento de dichas contradicciones en los sujetos con capacidad “actuadora”, por ejemplo, en los trastornos borderline de personalidad, es terreno fértil para utilizar dicha herramienta clínica al servicio de promover la ampliación del campo asociativo en el paciente con el objetivo de integrar la partición yoica característica de estos cuadros.

D) Definición por lo positivo: “Positivo no tiene connotación bondadosa o calidad de lo bueno”11 , afirma Ulloa al describir esta condición de eficacia clínica. “No es lo mismo irse de un lugar que irse a algún lugar. El asunto es advertir dónde está puesto el énfasis”12 .

También presenta esta condición de eficacia aludiendo a “no hacer diagnósticos por descarte, situación ésta que condice a una suerte de identidad diagnóstica por lo negativo, pantano en el que quedan atrapadas con frecuencias las entrevistas clínicas”.

Un paciente me refirió, ante una crisis de impulsividad puesta de manifiesto a través de un acto violento con su mujer, que su agresividad estuvo fundada en la negativa de ésta para acordar una respuesta común frente a una problemática con un hijo adolescente. Dicho sujeto trataba de eludir su manifestación sintomática poniendo el énfasis en la negatividad de entendimiento con su mujer, tratando de evitar hacerse cargo de su propia conducta.

El hecho de enfatizar y desplegar antecedentes de su conducta impulsiva permitió afirmar un nuevo episodio de trastorno en control de sus impulsos, en oposición a una iracundia por sus desentendimiento conyugal.

E) Coherencia entre teoría y práctica: “esta última condición alude en primer término al comportamiento del clínico, ajustado a que sus dichos no desmientan lo que es”.

“La sencillez de la coherencia es el resultado complejo de un oficio que termina por ser una manera de vivir y no ritualización que oficia”. Puede que desde la división de todo sujeto, la coherencia de ser lo que se dice o decir lo que se es aparezca como propósito inalcanzable, pero, en la clínica, la expectativa de este horizonte aproxima la máxima eficacia para intentar eludir las estandarizaciones dogmáticas.

Entiendo a esta última condición de eficacia como el resumen conceptual de las cuatro anteriores.

Tal vez sea la herramienta básica en todo tipo de intervención clínica que se pretende eficaz y operativa. Es la condición de eficacia que afirma la posición ética del psiquiatra que desempeña su práctica tratando de no sobreimpostar una función que no pueda sostener desde sus propios principios.

La posibilidad de trabajar en instituciones asistenciales en contacto con noveles psiquiatras en formación, así como de ejercer la docencia en la cátedra de Formación de Médicos Especialistas en Psiquiatría dependiente de la Facultad de Medicina de la UBA me permite, año tras año, poder transmitir este repertorio de ideas clínicas y sorprenderme, permanentemente, del renovado interés que despierta en aquellos colegas que buscan afirmar su identidad construyendo el propio manual de proceder clínico.

Como tantos otros colegas, tengo el privilegio de conocer la clínica de Fernando Ulloa en la intimidad de intervenciones conjuntas frente a situaciones muy graves de una cantidad de pacientes, lo que me permite afirmar mi permanente y constante gratitud por la enseñanza a partir de sus consejos, totalmente comparables con los “Consejos al médico” de la obra freudiana, su transmisión ética y, fundamentalmente, por su enorme generosidad.

De la ternura a la crueldad13

Beatriz Taber

Médica, psicoanalista y analista institucional. Integró H8, grupo de intervenciones institucionales coordinado por Fernando Ulloa. Publicó diversos artículos, coordinó la producción de Proponer y dialogar 1 y 2, publicación de Unicef; coautora de Qué piensan los jóvenes y Los Jóvenes y sus derechos. Actualmente, ejerce actividades de docencia, analista institucional y psicoanalista.

Homenaje a Fernando Ulloa, un maestro

“…só aquele conhecimento que se viveu dia a dia, minuto a minuto, no erro e no acerto, na alegria e na tristeza, no desepero e na esperança, na luta na dor, na gargalhada e no choro, na hora de nascer e na hora de morrer, só esse conhecimento possibilita a criação”

Jorge Amado

“Pichon Rivière era de esos maestros que no proponía escuela ni iglesia, aunque hizo escuela y afirmó valores”

Fernando Ulloa

¿Es posible hacer un recorte de las enseñanzas del Maestro? Si ello es posible, ¿cuál sería? El psicoanálisis es clínica del fragmento, dice Ulloa. ¿Cómo entiendo esta clínica particular, de lo particular? Un fragmento, un sueño, un chiste, una parábola, un aforismo, un relato… cada uno en su singularidad encierra lo pensado, lo impensado, pero también lo inconmensurable de lo impensable. Si se trata de una clínica del fragmento, todo recorte escogido inexorablemente transita estas diversas variantes del pensamiento: desde lo pensado a lo impensado hasta avizorar, en lo impensable, lo imposible. Entonces, para el discípulo, el problema radica en poder elegir de las enseñanzas del Maestro un fragmento que ahora ya le sea propio, ¿arrebatado? La maestría del Otro se hace efectiva cuando se encuentra, en lo extranjero del Otro, lo más propio, entrañable de cada uno. Ahí la maestría… se hace, y hace cuerpo.

“Hablar al inconsciente, no del inconsciente”, dice Ulloa. Como siempre, no es sólo aquello que se dice, también requiere arte sobre las formas del decir. Teorema y poema. En el estilo del decir de Ulloa, poema, radica una singular maestría de transmisión, ¿del psicoanálisis? No sólo del psicoanálisis, aunque de eso se trata. Si entendemos al psicoanálisis, clínica del fragmento, como “ciencia” del sujeto en la modernidad, Ulloa analista habla dejándose llevar confiadamente por su ingenio, saber y “al azar de la (su) memoria”, al igual que un analizante. Este decir dispara en quien lo escucha confiadamente, también al azar de la memoria, un encuentro con el propio saber no sabido. “No sabía que sabía”. Encuentro con lo ya sabido pero ignorado que, cuando acontece, sorprende y asombra. Efecto de transmisión oral, ¿de saber o de verdad? El discurso analítico opera en tanto saber y verdad se entrelazan, sin confundirse. Saber con efectos de verdad. Saber anclado en el lugar de la verdad; pero verdad, ¿de quien? Del analizante. Una transmisión sólo es posible de acontecer vía el amor, amor de transferencia. La transferencia es la puesta en acto de la realidad del inconsciente14 , dice Lacan de manera aforística. Amor de transferencia no es un acontecimiento exclusivo de un análisis para la eficacia de su proceder. Toda enseñanza oral logra ser una verdadera transmisión sólo cuando el discípulo está implicado subjetivamente, y esta implicación promueve la emergencia del amor de transferencia15 .

Retomo mi pregunta de inicio: ¿es posible hacer un recorte de las enseñanzas del Maestro? Contesto que sí, que es posible e imperativo reconocer el recorte propio en dichas enseñanzas. Por lo tanto, ahora, reformulo mi pregunta: si las enseñanzas del Maestro sólo acontecen a través del amor, ¿es posible hacer un corte con el Maestro?, ¿es factible recortarse de él? Y este corte, ¿impone un acto cruel? Me resuena un aforismo de Lacan que dice: “se puede prescindir del padre a condición de servirse de él”.16

Una enseñanza no disciplinada

Transcribo imperfectamente una conversación que mantuve con Ulloa en el verano de 2004:

–Fernando, ¿cuándo y cómo comenzaste a pensar y teorizar sobre la ternura?

–En el ‘73, cuando era presidente de la Federación Argentina de Psiquiatría, la FAP; el Colegio de Abogados nos solicitó un apoyo para el peritaje de personas que habían sido torturadas. Como contrafigura de la tortura, aparecía la ternura relacionada con los derechos humanos.

–Pero, ¿no habías trabajado antes la ternura, ya no desde el trasfondo de la tortura sino desde la propia clínica psicoanalítica?

–Sí… ahora me interesan cada vez más las experiencias bien tempranas, estoy pensando otras cosas…

–¿Puedo encontrar un texto, alguna de tus conferencias donde rastrear los inicios de tus ideas sobre la ternura? Me interesa investigar cómo un analista de tu estilo y estirpe, un clínico que no cesa de pensar una clínica articulada teóricamente17 , comienza en forma temprana a pensar sobre la ternura y treinta años más tarde centra la crueldad como eje de sus reflexiones. Mutatis mutandis, pensemos en Freud, quien en un primer tiempo divide las pulsiones en sexuales y de autocoservación, pero luego se le impone irrecusablemente la pulsión de muerte. Por otro lado, Lacan termina orientando la clínica analítica hacia lo imposible, lo real. Pareciera ser un recorrido ineludible y necesario en la historia del psicoanálisis, pero también en cada analista. Y me pregunto si éste no es el recorrido de un análisis.

Absurda mi pretensión de obtener una repuesta. Le pregunto, y, sin responder, Ulloa continúa desplegando generosamente su pensar de hoy. No sólo su clínica es del fragmento, también su estilo teórico se compone fragmentariamente, fragmentos que con frecuencia se ordenan alrededor de aforismos, eficaces formas breves, textos idénticos en su formulación pero infinitamente variables según contexto. No es posible constituir esta eficaz transmisión en una enseñanza disciplinada que dé lugar a un cuerpo teórico. Reconocer esto no me invalida a sostener la pregunta –y algunas repuestas– sobre la lógica que conlleva un recorrido de la ternura hacia la crueldad.

Un recorte de las enseñanzas – de la ternura

Cuando comencé a trabajar con Ulloa en intervenciones institucionales, me sorprendía su interés por la ternura y sus fundamentos y el hecho de fundar a ella como pilar de la cultura. Debo reconocer que para mí, analista lacaniana, la palabra ternura no formaba parte en absoluto del diccionario propio al ámbito analítico. “Ternura es una palabra que tiene mala prensa entre los analistas”, dice Fernando. Desde una escucha en inicios entre desconfiada, resistente y curiosa, poco a poco los fundamentos conceptuales que da Ulloa de la ternura albergaron mi clínica.

Sostiene Ulloa que es el “… más antiguo de los oficios de la cultura”. “La ternura, siendo de hecho una instancia ética, es inicial renuncia al apoderamiento del infantil sujeto. Para definirla en términos psicoanalíticos, diré que la ternura es la coartación –el freno– del fin último, fin de descarga, de la pulsión. Esta coartación del impulso de apoderamiento del hijo, este límite a la descarga no ajeno a la ética, genera dos condiciones, dos habilidades propias de la ternura: la empatía, que garantizará el suministro adecuado (calor, alimento, arrullo, palabra) y como segundo y fundamental componente, el miramiento. Tener miramiento es mirar con amoroso interés a quien se reconoce como sujeto ajeno y distinto de uno mismo”.18

En otros textos, Ulloa coloca una tercera condición en el fundamento de la ternura: el buen trato.

Lo original en esta aproximación a la ternura radica en el hecho de considerarla como una instancia ética, “… inicial renuncia de apoderamiento del infantil sujeto”. Renuncia materna a apoderarse de su producto, sin abandonarlo en su desamparo, garantizando el suministro y reconociendo, allí, un sujeto ajeno. En contrapunto, recordemos la conocida frase de Freud de “El malestar en la cultura”: “... el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo”19 . Así como el texto freudiano nos trae lo imperecedero del malestar en la cultura, costo de la renuncia pulsional que la civilización impone a cada sujeto, el texto de Ulloa pone en causa otro imperecedero como fundamento de la cultura, la ternura, único garante de la posibilidad de supervivencia y constitución psíquica de cada infante al nacer.

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26 March 2025
Volume:
321 p. 3 illustrations
ISBN:
9789875994058
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