Read the book: «Género en el Perú»



Colección Investigaciones
Género en el Perú: nuevos enfoques, miradas interdisciplinarias
Primera edición digital: abril, 2019
De esta edición
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Imagen de portada: Buscando a María Elena. Serigrafía sobre papel bond, parte de la intervención en espacio público del retrato de María Elena Moyano Delgado, años 2011/2012, de Natalia Iguiñiz. Propiedad de Natalia Iguiñiz
Versión e-book 2019
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Avenida Dos de Mayo 534, Of. 404, Miraflores
Lima - Perú
Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro, por cualquier medio, sin permiso expreso del Fondo Editorial.
ISBN 978-9972-45-482-0
Índice
Introducción
Wilson Hernández Breña
I. Mujeres en lo relacional
Caracterización de la pobreza de tiempo en el Perú: ¿son las mujeres las más pobres?
Arlette Beltrán, Pablo Lavado y Brenda Teruya
Entre mujeres: el mundo relacional de las indígenas de la Amazonía peruana
Jeanine Anderson
Educación, información y embarazo adolescente en el Perú rural
Jorge Agüero
“Ella es una mala... Ella es un amor”: representaciones de feminidad en la cumbia peruana
Eunice Prudencio Sotelo
II. Mujeres en contextos de violencia
¿Es posible construir una cifra real de las tentativas de feminicidio en el Perú?
Wilson Hernández Breña, María Raguz y Hugo Morales
La ambivalencia de los puntos de partida para analizar la prostitución. Estudio de caso de un prostíbulo del Callao, Perú
Sharon Gorenstein
III. Mujeres entre acción y cambio
La mujer en la política peruana y la propaganda electoral (1980-2011)
Lilian Kanashiro
Barreras al emprendimiento femenino y efecto de la composición de género laboral: innovación, tecnologías y productividad en mypes para el caso peruano
Roxana Barrantes y Paulo Matos
Niñas y medios digitales. Una aproximación desde el Perú
Laura León, Aileen Agüero, Gaby Reyes y Fátima Pasquel
Género, migración de retorno y cambio de posiciones de poder dentro del hogar: el caso de las mujeres retornantes en Lima, Perú
Lucila Rozas
Las mujeres salen de casa. Representaciones femeninas en el espacio público a partir de la revista Variedades (Lima, 1908-1920)
Juan Espinoza
IV. Vulnerabilidad y acción desde lo LGTB
“Prefiero que seas puta a que seas leca”. Impacto ٣٥٧ de la heteronormatividad en el embarazo adolescente
Irene Del Mastro
Identidades trans femeninas en el Perú: entre la vulnerabilidad y la resiliencia
Ximena Salazar
“Ni con los tacones más altos estás a mi altura”. El dragqueenismo limeño y la transformación de capitales
Iván Villanueva Jordán
V. Testimonio
La guerra contra el enfoque de género en el Congreso de la República
Alberto de Belaunde de Cárdenas
Autores
Introducción
Wilson Hernández Breña
El género desborda la realidad que vemos y percibimos, pero una parte de nuestra sociedad sigue sin entenderlo. Existe la tendencia a reducir el género a lo que le pasa a la mitad de la población (mujeres) como oposición a la persona universal erróneamente asumida como género masculino (Beauvoir, 2009 [1949]). También se tiende a homogeneizar a las mujeres como grupo (Mohanty, 2009), confundiendo sexo con género y desestimando la situación de otros grupos (como el LGTB y el de adultos mayores) o la intersección del género con otras características de vulnerabilidad (clase, etnia, ruralidad y edad, por ejemplo). Este libro, publicado por la Universidad de Lima y el Consorcio de Investigación Económica y Social (CIES), es el primero de su tipo en el país, concebido con el fin de reunir investigaciones empíricas, desde lo cualitativo y lo cuantitativo, para dar cuenta de tales vulnerabilidades y contextos en los que opera el género.
La insuficiente comprensión sobre el género y sus implicancias en la vida cotidiana no son el único problema. Está también la falta de interés en investigar el tema y en introducir esta categoría a las investigaciones existentes. En uno u otro caso, comprender así el género da sentido a lo que Brenot (2008) denomina violencia ordinaria de los hombres hacia las mujeres. Las representa como agresiones que cruzan los aspectos sexual, físico, verbal y simbólico para establecer vínculos con una sociedad ciega y cómplice, y la forma en que —parafraseando a Simone de Beauvoir— no se nace hombre, sino que también se llega a serlo.
Coincidimos con Beauvoir (2009 [1949]) en el sentido de que el cuerpo es una situación que precede al sexo. La construcción social del género está marcada por un sinnúmero de estímulos e influencias anclados en la persona, sus pares, sus terceros, en las interacciones y en la sociedad en su conjunto. La igualdad de género implica un proceso de significación y resignificación en el discurso diario y también en el político, ambos factibles de verse influenciados desde políticas públicas inclusivas. Como señala Butler (2007), la oposición binaria entre hombres y mujeres en los discursos políticos se ha empleado como una estrategia con prácticas significantes que reifican la oposición entre hombre y mujer como una necesidad. Generar información para la significación y resignificación del género en lo político contribuye en diversos aspectos, señalados por la misma Butler, como la capacidad de acción.
El sexo y el género han funcionado como categorías excluyentes y de exclusión. Desde el estigma, lo que ha operado es clasificar a esos “otros” bajo una jerarquía que formalmente los considera iguales, pero no deja de tener una doble inserción que influye de forma limitante y que se reproduce no mecánicamente, sino por la acción de sus actores (Segato, 2003). De ahí que se haya hecho referencia a la inclusión diferenciada como una forma de señalar que esos “otros” están, comparten y gozan de ciertos beneficios, pero nunca en su total dimensión.
El género implica una modalidad de relación social en la que fabricamos cuerpos y producimos hombres y mujeres según una lógica esencialmente relacional y no anclada en la esencia natural de hombres o mujeres (Théry, 2008). En esas relaciones, hombre y mujer se vieron como parte complementaria del debate desde muy temprano, con el concepto de género (Scott, 1986), en el que se encastran los sistemas de dominación y sus extensiones —familia, trabajo, relaciones, etcétera— y crean efectos desfavorables para mujeres, lesbianas, gais, transexuales, bisexuales, etcétera.
En el Perú, según Fuller (2002), el sistema de género se basa en una fuerte segregación de roles que ha partido de dobles estándares para hombres y mujeres, para así atribuir a los primeros el poder sobre ellas en campos de dominio público, como la política y la economía, y también en el hogar. Sin embargo, según la misma Fuller, estos esquemas se han venido desmoronando en las últimas décadas gracias a un proceso de modernización que “ha socavado su estructura social tradicional” (Fuller, 2002, p. 40). Aun así, las diferencias, disparidades e injusticias alrededor del género siguen vigentes, y muchas veces en ámbitos que no siempre son advertidos, como se da a conocer en varios de los capítulos de este libro.
En este punto, es justo señalar lo que para Fraser (2007) es justicia “normal”, ya que nos permite distinguir entre aquellas formas de injusticia que hemos normalizado, pero en las cuales la voz del sujeto en cuestión tiende a estar constantemente subordinada. Según Fraser, la justicia “normal” aparece en la conjunción de varios hechos: supuestos ontológicos compartidos, entendimiento usualmente limitado de la ciudadanía, delimitación del universo de intereses y preocupaciones por parte de la comunidad política, y aquellos supuestos teórico-sociales respecto del espacio en el que surgen las preguntas sobre justicia y se alimentan las injusticias. Esta justicia “normal” solo puede ser calificada así, en tanto es una expresión de la marginación y el statu quo de quienes siempre han decidido. Así, diversos aspectos, como la distribución del tiempo en las tareas del hogar o la migración de retorno femenina, calzan en aquellos arreglos que hemos normalizado sin cuestionar su esencia problemática para las mujeres.
La normalidad de la justicia contrasta con la característica instrumental que Young (2000) le atribuye a la democracia. Es un sistema que exige mucho de las personas, pero solo para obtener resultados inciertos. Sin embargo, el gran aporte de la democracia es ser instrumento para un doble objetivo: limitar a quienes toman decisiones de los abusos de poder y las tentaciones inevitables, e influir en las políticas públicas útiles para servir y proteger determinados intereses.
En el momento actual, discutir sobre género se ha vuelto no solo necesario, sino un campo de batalla que requiere ir mucho más allá de posicionamientos teóricos, los cuales, aun siendo muy importantes, no son suficientes para evidenciar vulnerabilidades, posiciones de dominación y afectaciones, que muchas veces se conocen, pero no se documentan o se ignoran por completo. Por ello, es una necesidad generar evidencia para respaldar o evaluar varias teorías, sobre todo porque cada vez con más frecuencia las políticas públicas exigen partir de hechos demostrados para crear proyectos, atender pedidos y extensiones presupuestales, o incluso convencer a determinados actores públicos y políticos de que el problema existe, continúa y es grave.
Es sabido que en la discusión tanto sobre género como sobre los problemas de desigualdad y marginación ha habido énfasis en cuestionar la dicotomía hombres-mujeres referida al sexo y en plantear un concepto —género— que permite incluir a quienes no están en tal posición binaria. Pero en esa discusión, la mayor parte de la academia se ha centrado en construir y estudiar la agenda de género de las mujeres, sin necesariamente un enfoque interseccional. Aunque las excepciones son notables, son aún pocas. Los esfuerzos dedicados a investigar temas LGBT y a lo que en general se denomina queer studies tienen un desarrollo menor en nuestro país, peor aún desde los estudios con enfoque cuantitativo.
Ampliar nuestra mirada desde este punto de vista distinto nos brinda razones y argumentos para contraponerlos a posiciones binarias sobre el género que, por el contrario, también privilegian emblemas de control, discrecionalidad y libertad desde lo heteronormativo (Sedgwick, 1994) y que también sirven de sostén para afirmar que la institución de la heteronormatividad regula a quienes se mantienen en sus fronteras y, al mismo tiempo, margina y sanciona a quienes escapan de ellas (Jackson, 2006). Importa revisar que la construcción de los géneros no se reduce a la sexualidad y que, por tanto, desde los queer studies existen formas distintas de comprender los procesos de formación de identidad, agencia, maternidad —temas abordados en este libro— u otros procesos de quienes no encajan en el género masculino o femenino.
En el Perú, la investigación en temas de género ha priorizado temas puntuales y urgentes, como la violencia contra la mujer. En línea con lo que señala Davis (2007), algunos de los signos más flagrantes de degradación social son abordados únicamente cuando son de tal magnitud que retan a cualquier solución. Los altos índices de violencia contra la mujer, incluyendo la violencia sexual, han puesto desde hace unos años este tema en agenda. El logro de su impulso ha recaído en y desde el activismo. Aun cuando se han producido investigaciones desde este ámbito y desde la propia academia, estudios de este tipo suelen carecer de un soporte metodológico sólido. Por ello, incluso en este tema de bandera, hay grandes vacíos. Según el propio Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (2011), los retos y desafíos para mejorar la investigación atañen a temas esencialmente metodológicos: aplicar encuestas más representativas, incluir el enfoque intercultural, realizar más etnografías, apostar por estudios interdisciplinarios, etcétera. En otras áreas de investigación de género, las carencias son aún más apremiantes. Aunque en los últimos años han aparecido trabajos empíricos importantes (Ames, 2006; Benavides, 2007; Galarza, 2012; Santos, 2014), lo cierto es que representan esfuerzos de continuidad limitada. Estos vacíos y la agenda pendiente recortan nuestra percepción de cómo realmente el género afecta las relaciones políticas, sociales y económicas en el país. Solo por poner algunos ejemplos, conocemos todavía poco de los problemas de la inclusión de las mujeres en los mercados laborales, los programas sociales, la representación política y su calidad, el acceso y las limitaciones a cargos empresariales directivos, así como la transición entre la educación y la vida profesional, su movilidad social, sus condiciones de acceso a la justicia, su seguridad en las calles, maternidades y paternidades, entre otros. Menos aún conocemos cómo es que los derechos de la población LGBT son afectados en esos mismos ámbitos, o qué estrategias de negociación, agencia o confrontación aparecen en ellos. Puede extenderse similar conclusión a adolescentes, niños, niñas, adultos mayores, determinados grupos étnicos, migrantes, entre otros.
Aunque en el Perú el género recibe cada vez más atención, lo cierto es que la investigación en este campo ha producido tres desbalances. Primero, se ha estudiado esencialmente la situación de la mujer dejando de lado al hombre, como productor y reproductor de las reglas, los valores, las representaciones y la estructura que sostienen las desigualdades de género. Segundo, ha contribuido a consolidar el género como un fenómeno dicotómico (mujer-hombre), lo que ha minimizado el espacio para investigar los problemas de otros grupos (LGTB) también afectados por concepciones de género basadas en estereotipos y prejuicios que conllevan a estigmatizaciones y discriminación. Tercero, se le ha dado poca atención a la interseccionalidad; es decir, al efecto de la sobreposición de características de dominación que trastocan la jerarquía habitual de dominación.
Por lo anterior, es urgente generar nuevas evidencias para ver con otros lentes los problemas de género. En esta línea de buscar nuevos enfoques y alcanzar lo interdisciplinario, este libro busca posicionarse como la primera publicación que a la fecha ha abordado en forma comprehensiva, mas no exhaustiva, la temática del género en el Perú bajo tres premisas.
Primero, la característica central en este libro es la producción de evidencia basada en alguna forma de trabajo de campo. Todos los artículos incluidos emplean encuestas, entrevistas, grupos focales, revisión documentaria u otras fuentes que dotan de datos cualitativos o cuantitativos a las hipótesis que transmite cada artículo.
Segundo, la riqueza de los hallazgos acá presentados se deriva no solo de las formas en que la información ha sido recogida, sino también de las diversas disciplinas de quienes los han elaborado. Desde la antropología, sociología, historia, comunicación, psicología y economía, el conjunto de artículos refleja esa riqueza de perspectiva necesaria para dialogar, discutir y generar controversia.
Tercero, el libro reúne artículos con nuevos enfoques en temas habituales, pero también en otros novedosos. Estos enfoques implican partir de una mirada crítica a las teorías y métodos actuales para proponer nuevas mediciones o miradas a problemas nuevos o, en apariencia, demasiado abordados.
En conjunto, estas tres características buscan un valor agregado a lo que se ha escrito sobre género en el Perú. Busca ser un aporte interdisciplinario que, desde la evidencia, los nuevos enfoques y las metodologías diversas, trata el género como un tema que desborda lo económico, social o político y se convierte en un fenómeno cercano a lo que Marcel Mauss (2004 [1950]) definió como hecho social total. Incorporar las dimensiones de género a la comprensión de la vida y relaciones de las personas implica quebrar algunos vacíos importantes que, en el caso peruano, son evidentes a la luz de lo que en otras realidades se ha avanzado.
El libro está estructurado en cuatro grandes bloques. Los primeros tres giran alrededor de la mujer, pero sin el ánimo de poner fuera de la ecuación al hombre. Por el contrario, cada capítulo ubica al hombre, de forma explícita o implícita, como parte complementaria o principal de la representación de relaciones de poder que, en el resultado final, hacen de la mujer objeto de desigualdades y de dominación, así como de agencia y de empoderamiento.
El primer bloque ubica a la mujer en el contexto relacional de cuatro ámbitos e igual número de artículos: pobreza de tiempo, las relaciones en lo indígena, el embarazo adolescente rural y la representación de la femineidad. El artículo de Arlette Beltrán, Pablo Lavado y Brenda Teruya explora las características de la pobreza de tiempo en el Perú y se pregunta si, bajo ese enfoque, las mujeres son más pobres que los hombres. Los autores emplean la Encuesta de Uso del Tiempo y concluyen que las mujeres cargan con más tareas del hogar que los hombres, lo que les quita tiempo para el ocio y el cuidado personal.
En el segundo artículo, Jeanine Anderson presenta un estudio etnográfico que explora algunas dimensiones de las relaciones entre mujeres en cuatro pueblos indígenas de la Amazonía, sin dejar de señalar que tales dimensiones son también influidas por los espacios y relaciones de varones y niños. El trabajo de Jorge Agüero aborda el desafiante tema del embarazo de la mujer adolescente en el Perú rural. Tomando como base casi tres décadas de la Encuesta Demográfica y de Salud Familiar (Endes), Agüero explora la evolución del efecto de la educación sobre los dos grandes factores explicativos de este tipo de embarazo —conocimiento y uso de métodos anticonceptivos modernos—. Este primer bloque cierra con un ensayo que estudia las representaciones de la feminidad en la cumbia. La autora, Eunice Prudencio, analiza un corpus de letras de canciones y videos de este género para poner en evidencia la asociación de estas manifestaciones con mandatos, prácticas y saberes de género que, lejos de siempre reducir a la mujer a una imagen tradicional y sumisa, grafican algunas contradicciones que hablan de la complejidad de ser mujer en el Perú actual.
El segundo bloque de artículos se centra en las mujeres, en el contexto de la violencia: tentativa de feminicidio y prostitución. El artículo de Wilson Hernández, María Raguz y Hugo Morales parte de una fuerte crítica a la falta de coherencia entre las dos fuentes estatales que contabilizan tentativas de feminicidios en el Perú, para luego proponer y estimar, en base a la Endes, el número de mujeres bajo violencia con riesgo de feminicidio. Con este nuevo cálculo, los autores identifican sus factores de riesgo en el marco del modelo ecológico de la violencia.
Este segundo bloque cierra con la etnografía de Sharon Gorenstein, quien, alejándose de la visión de la prostitución como violencia directa, estudia esta actividad en el que es probablemente el prostíbulo más nombrado del Perú: el Trocadero. Gorenstein sostiene que este pequeño mundo está lleno de ambivalencias que reducen a las trabajadoras sexuales a prostitutas, les quitan poder de elección y destruyen expectativas morales y sociales gracias al poder de la transacción monetaria inherente a la prostitución. La autora advierte que ello es el reflejo de sistemas de dominación mayores.
El tercer bloque reúne los artículos que estudiaron a las mujeres en contextos de acción y cambio: representación política, empresa, tecnologías de la información y comunicaciones, migración y espacio público. En el primer artículo de este bloque, Lilian Kanashiro estudia la representación de la mujer en un ámbito poco explorado y haciendo uso de un corpus particular: la propaganda electoral aparecida en los diarios El Comercio y La República durante los procesos electorales generales de 1980 al 2011. Ella concluye que la visibilidad de la mujer ha sido posible gracias al formato publicitario, pero siempre ligada a una agenda conservadora y convencional. En el siguiente artículo, Roxana Barrantes y Paulo Matos se centran en el ámbito de las micro- y pequeñas empresas. Desde ahí se preguntan si el género del propietario influye en la productividad e innovación de su empresa, y si estos dos factores se ven influidos por el balance de género en esta. Emplearon la Encuesta a Micro- y Pequeñas Empresas y hallaron que no solo las mujeres propietarias de mypes tienen más barreras que sus pares hombres, sino que, a mayor participación laboral femenina, mayores índices de innovación. El artículo de Laura León, Aileen Agüero, Gaby Reyes y Fátima Pasquel se concentra en las brechas de género en el uso de las TIC (tecnologías de la información y comunicación). Combinan datos de la Encuesta Nacional de Hogares y grupos focales, y hallan que el uso de internet está diferenciado entre niñas y niños; las primeras buscan con mayor frecuencia entretenimiento, socialización y actividades educativas, al mismo tiempo que temen más por acciones que las violenten. En el siguiente artículo, Lucila Rozas aborda la migración de retorno de mujeres de clase media baja al Perú. La autora se vale de entrevistas y enfoca la migración de retorno no como un fracaso, sino dentro de una idea compleja en la que las mujeres no siempre regresan a ocupar posiciones subordinadas, puesto que en el exterior ganaron agencia, ideas, creencias y prácticas que cuestionan las escalas de poder tradicional en la familia y en lo individual. Este tercer bloque cierra con el trabajo de Juan Espinoza. Desde la historia, Espinoza estudia las representaciones femeninas en el espacio público vistas a través de la revista limeña Variedades, entre los años 1908 y 1920, periodo que calza con el contexto de modernización económica y cultural del Perú de entonces. Las representaciones se mueven en un doble registro que enfatiza la performance de las mujeres en lo público, en el deporte, lo intelectual, político y laboral, pero simultáneamente concilia los cambios modernizadores con valores tradicionales.
En el último bloque se congregan artículos que conciernen a la población LGBT. Más que un tema, los une un grupo y su condición de vulnerabilidad, asumida o contestada. Los artículos aquí incorporados expresan lo complejo de las vulnerabilidades en esta población, pero también la falta de homogeneidad en una agenda de investigación que apenas viene siendo explorada en el país. El ensayo de Irene Del Mastro estudia el efecto de la heteronormatividad sobre el embarazo adolescente. La autora sostiene que las adolescentes lidian con las normas rígidas de la heteronormatividad y su validación con la maternidad temprana, mediante comportamientos de riesgo que las llevan al embarazo adolescente. Las identidades trans femeninas son el tema central del artículo de Ximena Salazar. Sobre la base de una serie de entrevistas, concluye que la identidad trans está constreñida por los discursos sociales que erigen estigmas y vergüenzas, pero que también abren paso a la constitución de una identidad de género asumida y expresada en el cuerpo como núcleo de vulnerabilidades, pero también de agencia. El libro cierra con el trabajo de Iván Villanueva sobre el dragqueenismo limeño y la transformación de sus recursos (capitales). A más uso de sus recursos —sostiene Villanueva—, menos posibilidad de tachar a la drag queen como el otro o el “loco”. Pero, más allá de los capitales intercambiables, la preocupación está en construir un capital simbólico que garantice su práctica o existencia para que pueda desenvolverse como drag queen.
Este libro no pretende abarcar todos los temas en torno al género. Por el contrario, este esfuerzo colectivo está determinado por los trabajos y los enfoques que cada autor y autora han considerado en su artículo. Es preciso destacar que varios de estos esfuerzos son resultado de tesis de maestría y doctorado, otros son proyectos que se concretaron gracias a fondos de investigación, y los demás son fruto de la voluntad de investigar solo por el compromiso de decir algo importante sobre aquello en lo que hacía falta evidencia, que a muchos les importa y pocos conocen. En esa línea, sin duda, dejamos temas sin tratar (mercados laborales, vida en el hogar, espacio político, formación de masculinidades, violencia en parejas LGBT, violencia hacia adultos mayores y menores de edad, apoyo psicológico a víctimas de violencia, servicios policiales y de justicia, estereotipos y medios de comunicación, etcétera) que constituyen una agenda pendiente, pero también, en la mayoría de los casos, representan vacíos en los que poco —teórica o empíricamente— se ha hecho.
Al margen de lo anterior, consideramos que los quince artículos acá presentados son una contribución importante. Estos trabajos, por su evidencia, enfoque y metodología, así como por su aspiración crítica y novedad, brindan información relevante para complementar y ampliar la perspectiva de políticas públicas nacionales, regionales y locales, y también la construcción de una sociedad civil y una opinión pública más informada.
Finalmente, expresamos nuestro reconocimiento al auspicio del Consorcio de Investigación Económica y Social (CIES) a la presente publicación. Durante los últimos años, el CIES ha estado promoviendo el análisis y la perspectiva de género en sus concursos anuales de investigación, así como en sus labores de capacitación, diseminacion e incidencia. En ese marco, la Universidad de Lima y el CIES encontraron un terreno común para cooperar en la coedición de este libro. Ambas instituciones esperan contribuir así a fomentar la discusión académica y el debate de políticas públicas sobre este trascendental tema.
Referencias
Ames, P. (2006). Las brechas invisibles. Desafíos para una equidad de género en el Perú. Lima: Instituto de Estudios Peruanos, Fondo de Población de las Naciones Unidas, Universidad Peruana Cayetano Heredia.
Beauvoir, S. (2009) [1949]. The second sex. Nueva York: Vintage.
Benavides, M. (2007). Lejos (aún) de la equidad: la persistencia de las desigualdades educativas en el Perú. En Grupo de Análisis para el Desarrollo, Investigación, políticas y desarrollo en el Perú (pp. 457-483). Lima: Grade.
Bereni, L., Chauvin, S., Jaunait A., y Revillard, A. (2008). Introduction aux Gender Studies. Manuel des études sur le genre. París: De Boeck.
Brenot, P. (2008). Les violence ordinaire des hommes envers les femmes. París: Odile Jacob.
Butler, J. (2007). El género en disputa. Barcelona: Paidós.
Davis, A. (2007) [1983]. Femme, race et clase. París: Des Femmes Antoinette Fouque.
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Galarza, F. (2012). Discriminación en el Perú: exploraciones en el Estado, la empresa y el mercado laboral. Lima: Universidad del Pacífico.
Jackson, S. (2006). Gender, sexuality and heterosexuality. The complexity (and limits) of heteronormativity. Feminist Theory, 7(1), 105-121.
Mauss, M. (2004) [1950]. Essai sur le don. París: Presses Universitaires de France.
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Santos, M. (2014). La discriminación racial, étnica y social en el Perú: balance crítico de la evidencia empírica reciente. Debates de Sociología, (39), 5-37.
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Segato, R. (2003). Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. Buenos Aires: Universidad Nacional de Quilmes.
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Young, I. (2000). Inclusion and democracy. Oxford: Oxford University Press.
I
Mujeres en lo relacional
Caracterización de la pobreza de tiempo en el Perú: ¿son las mujeres las más pobres?
Arlette Beltrán
Universidad del Pacífico, Departamento de Economía
Pablo Lavado
Universidad del Pacífico, Departamento de Economía
Brenda Teruya
Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico
1. Introducción
El concepto de pobreza de tiempo identifica como pobres a aquellas personas que asignan mucho tiempo a realizar demasiadas tareas durante el día y no pueden destinar un mínimo de horas a actividades relacionadas con el ocio o el cuidado personal (Zacharias, Antonopoulos y Masterson, 2012). Esta situación debería incluirse en el cálculo de cualquier medida de bienestar de un individuo, dado que no solo interesa que una persona acceda a los ingresos o bienes de consumo que le permitan satisfacer sus necesidades básicas, sino también que tenga el tiempo necesario para disfrutar de ellos.
Al calcular la pobreza monetaria en función de la canasta básica de consumo, se asume que el individuo, además de desempeñarse en el mercado laboral, tiene tiempo para realizar otras actividades, como preparar sus alimentos o descansar. Por lo mismo, sería interesante establecer qué características tienen las personas pobres de tiempo, dado que aquellas que tienen carencias monetarias han sido muy bien identificadas en distintos estudios y mediciones. El resultado podría ser útil para diseñar políticas públicas que tengan en cuenta las restricciones de tiempo de las personas sin involucrar a la mano de obra no remunerada de la familia para alcanzar los objetivos de dichas políticas. Ese sería el caso de programas como Vaso de Leche, Comedores Populares, Juntos (transferencias monetarias condicionadas), entre otros, que requieren el concurso activo del beneficiario para poder llevar ayuda a los más necesitados. En este sentido, cabe resaltar que los hogares pobres monetarios y pobres de tiempo se enfrentan a disyuntivas más complicadas que los hogares que no son pobres de tiempo, porque no pueden disponer de horas adicionales para contrarrestar sus restricciones financieras.
Una de las características más importantes de los pobres de tiempo es que tienen rostro de mujer, ya que los roles de género, que determinan los deberes, las prohibiciones y los comportamientos de las personas que pertenecen a un sexo determinado, suelen discriminar en contra de las mujeres: son ellas quienes llevan principalmente la carga de las tareas domésticas (no remuneradas). En ese sentido, el presente trabajo busca caracterizar la pobreza de tiempo, identificando quiénes son aquellas personas que sufren principalmente de este mal y mostrando hasta qué punto son las mujeres quienes se ven afectadas por dicho problema.
El texto se divide en seis partes: la introducción; el marco teórico, que expone el modelo económico a partir del cual se analiza la pobreza de tiempo; la revisión de la literatura empírica más reciente que ha trabajado el tema de pobreza de tiempo desde diversos objetivos y dimensiones; la metodología de estimación y la descripción de la base de datos utilizada; los principales resultados cuantitativos, y las conclusiones.
2. Marco teórico
El concepto de pobreza ha evolucionado durante los últimos años. Su definición más tradicional hace referencia al estado en el cual un individuo carece de los recursos monetarios necesarios para adquirir una canasta básica de consumo, tanto de alimentos como de otros bienes (Hagenaars y De Vos, 1988). Estos recursos monetarios se reciben en compensación por el tiempo asignado a una labor remunerada en el mercado laboral. El tiempo que un individuo dedica al trabajo remunerado dependerá de sus preferencias y restricciones, y restará horas disponibles a las actividades domésticas, el cuidado personal y el ocio. Los modelos microeconómicos de asignación de tiempo en el hogar valoran el ocio y la producción dentro de la casa. Recientemente se están tomando en cuenta estas valoraciones desde una perspectiva macroeconómica, a fin de incluirlas en las cuentas nacionales1. Esto ha llevado a desarrollar el concepto de pobreza de tiempo más allá de la simple medición monetaria.
Los pobres de tiempo son aquellas personas que asignan mucho tiempo a realizar demasiadas tareas durante el día, como el trabajo remunerado o las labores del hogar, por lo que no pueden destinar un mínimo de horas a actividades relacionadas con el ocio o el cuidado personal (Zacharias et al., 2012; Beltrán y Lavado, 2015). Para comprender la relevancia de este concepto debe tenerse en cuenta que los individuos con menos tiempo están extremadamente presionados y se enfrentan a disyuntivas más complicadas que los no pobres de tiempo (Bardasi y Wodon, 2006). La situación se agrava si los pobres de tiempo son además pobres monetarios, ya que tienen que sacrificar su tiempo de ocio para destinar más horas al trabajo remunerado2.
Resulta importante evaluar la pobreza de tiempo junto con la pobreza monetaria, a fin de tener una visión más clara de los problemas y las restricciones que enfrenta una familia. Si solo evaluamos la pobreza monetaria, estaremos partiendo de dos supuestos cruciales: que en los hogares se invierte cierta cantidad de tiempo para lograr un estándar de vida deseado y que el tiempo restante es suficiente para el cuidado personal y el ocio (Zacharias et al., 2012). Para ilustrar el concepto conviene comparar dos hogares pobres monetarios en donde solo uno de ellos enfrenta también la pobreza de tiempo; el problema de este último es que no podrá ni siquiera intercambiar bienes de producción doméstica (no tiene el tiempo para ello) a fin de acceder a bienes de mercado que le permitan aliviar sus carencias monetarias (Beltrán y Lavado, 2015). Dada esta complementariedad de las definiciones de pobreza, Vickery (1977) sostiene que una política que busca aliviar la pobreza monetaria sin tener en cuenta la pobreza de tiempo estaría discriminando en contra de los hogares donde son pocas las personas que pueden realizar las actividades del hogar, como aquellos donde hay un solo adulto.
Para calcular la pobreza de tiempo en el caso peruano, Beltrán y Lavado (2015) utilizan la metodología de Zacharias et al. (2012), en la que el punto de partida es una identidad que iguala el total de horas de la semana (168) a aquellas que se dedican a las diversas tareas que realiza la persona i: actividades productivas en el mercado laboral (Li), actividades del hogar (Ui), cuidado personal (Ci) y ocio (Vi):

El déficit de tiempo determina cuántas horas al día le faltan a una persona para completar las labores mínimas de cuidado personal. La forma de hallarlo consiste en restar de las 168 horas de la semana el mínimo de horas que debieran utilizarse en el cuidado personal y en las actividades reproductivas no sustituibles (M), es decir, aquellas que no se pueden comprar en el mercado, como el tiempo de conversación entre padres e hijos. Luego se restan las horas de actividades sustituibles en el mercado (R), como cocinar o lavar, las que, para todo fin práctico, podrían encargarse a un tercero por un salario. Finalmente, se resta el trabajo remunerado que se realiza en el mercado:

M, Lij y Rij suelen obtenerse de información recogida a través de encuestas de uso del tiempo, como la que se llevó a cabo en el Perú en 2010. El coeficiente αij captura disparidades en la división de las tareas del hogar y se calcula como la proporción de tiempo efectivo que el individuo i destina a las actividades sustituibles en su hogar j. Las horas dedicadas a algunas actividades no sustituibles, como el ocio, que en muchos casos no se pueden calcular con esa encuesta, provienen de estándares mínimos propuestos por Vickery (1977)3. Finalmente, diremos que un individuo tiene déficit de tiempo si es que Xij es menor que cero y en tal situación será considerado como pobre de tiempo.
En cambio, si se deseara calcular el déficit de tiempo por hogar, se sumará el que ostenta cada uno de sus miembros, siempre que Xij sea negativo, es decir:

De acuerdo con esta metodología, no se considera que una persona con superávit pueda compensar el déficit de otro integrante en la familia. De esta manera, un hogar será pobre de tiempo si al menos uno de sus miembros lo es4.
3. Revisión de literatura
La pobreza de tiempo se ha estudiado cada vez más en los últimos años y se ha tratado de estimar bajo diferentes enfoques. Además, se ha logrado caracterizar a aquellas personas que pueden considerarse pobres de tiempo en función de su edad, sexo, composición de su hogar y acceso a programas sociales. A continuación, revisaremos algunos de estos trabajos, especialmente aquellos en donde hay una mención explícita sobre las diferencias de género de este problema.
El hecho de ser mujer está muy relacionado con la pobreza de tiempo, de acuerdo con Arora (2015), ya que las mujeres tienen menos flexibilidad para asignar su tiempo que los hombres, lo que las hace más vulnerables a dicha situación y podría terminar perpetuando, también, su condición de pobreza monetaria. Para determinar la pobreza de tiempo, el autor usó la metodología Foster-Greer-Thorbecke, que consiste en calcular tres medidas: a) el conteo de pobres (headcount index); b) la distancia a la línea de pobreza, que mide su magnitud, y c) la determinación de la distancia al cuadrado de la línea de pobreza, que aproxima su dispersión. Asimismo, tuvo en cuenta la encuesta de uso del tiempo realizada en Mozambique, en el 2013, y logró diferenciar entre la pobreza con actividades simultáneas y sin ellas; la importancia de esta distinción radica en que las mujeres suelen realizar varias actividades a la vez, como cuidar a los niños mientras preparan la comida o lavan la ropa. Descubrió que cuando se consideran actividades simultáneas, la brecha de género en contra de la mujer se incrementa.
Bardasi y Wodon (2006) resaltaron la importancia de la pobreza de tiempo al afirmar que el bienestar de las familias lo determina el ingreso (o consumo), pero también la disponibilidad de tiempo. Estimaron la probabilidad de ser pobre en función de diversas variables del hogar y del área geográfica donde vive la persona y diferenciaron los cálculos según el sexo. A partir de la encuesta de uso del tiempo realizada en Guinea (2002-2003), en la Encuesta Integrada Básica para la Evaluación de la Pobreza (EIBEP, por sus siglas en francés), encontraron que, en general, las mujeres trabajan más horas que los hombres. En el mismo estudio se exploró el efecto que tiene la presencia en el hogar de niños entre 6 y 14 años sobre la pobreza de tiempo y hallaron que, si bien ellos necesitan más tiempo del adulto que los cuida, constituyen también una ayuda importante en el hogar. De esta manera, concluyeron que los niños reducen la pobreza de tiempo en el hogar, ya que alivian el trabajo doméstico. Sin embargo, dicho resultado no es definitivo debido a los problemas en la recolección de actividades simultáneas.
En un trabajo más reciente, Bardasi y Wodon (2009), utilizando la misma base de datos de su estudio anterior para Guinea, compararon los perfiles de pobres bajo dos definiciones: los pobres de tiempo, sin importar la pobreza monetaria, y los pobres en ambos aspectos, separando hombres y mujeres en cada caso. El principal resultado es que las mujeres suelen estar peor en ambas definiciones. Respecto del número de hijos, identificaron dos efectos que se contraponen: los niños pequeños demandan más tiempo de cuidado, mientras que los mayores colaboran en las tareas domésticas.
El estudio de Gammage (2011) en Guatemala analizó la relación entre transferencias condicionadas y la pobreza de tiempo. El análisis utilizó la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI) del 2000, que incluye un módulo de uso de tiempo. En particular, analizó el programa Mi Familia Progresa desde una perspectiva de género, enfocándose tanto en la pobreza de tiempo como en la de ingresos y concentrándose en determinar el impacto de las transferencias condicionadas en la incidencia y la gravedad de la pobreza de tiempo. El principal resultado fue que, a pesar de que las transferencias condicionadas han sido satisfactorias para reducir de manera inmediata la pobreza de ingresos, también pueden incrementarla, dado que cumplir con la condicionalidad impuesta por estos programas requiere invertir más tiempo, por ejemplo, para llevar a los niños a un establecimiento de salud. Finalmente, observó que hay más mujeres que reportan trabajar más allá que la línea de pobreza de tiempo.
Un trabajo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OECD, por sus siglas en inglés) (2013) utilizó el Estudio Multinacional sobre el Uso del Tiempo (MTUS, por sus siglas en inglés) de diversos años entre fines de los noventa y principios del 2000, para Canadá, Holanda, Estados Unidos, España, Dinamarca, Alemania, Noruega, Eslovenia, Francia, Austria e Israel. Buscaba capturar diferencias de género relevantes en el bienestar, sosteniendo como hipótesis que dichas diferencias se han ido reduciendo con el paso del tiempo. Para probarlo calculó el tiempo discrecional por día (el tiempo disponible total en un día menos el tiempo de trabajo remunerado, no remunerado y cuidado personal) y consideró que una persona era pobre en tiempo si disponía de menos del 60 % de la mediana de tiempo discrecional. Sus resultados mostraron que las mujeres tienen menos tiempo discrecional y son más pobres de tiempo. Además, los hijos menores de 18 años restaban tiempo discrecional y aumentaban la pobreza de tiempo, al igual que el hecho de estar empleado en el mercado laboral.
Vickery (1977) ofreció una definición de pobreza con dos dimensiones que pueden estar interconectadas, la de ingreso y la de tiempo, y luego definió la pobreza voluntaria e involuntaria. Los pobres voluntarios eran aquellos que cambiando la asignación de tiempo en el mercado laboral y no laboral podrían potencialmente salir de la pobreza. Los pobres involuntarios eran aquellos que, a pesar de cambiar su asignación de tiempo, se mantendrían en una situación de pobreza. Utilizando una base de datos elaborada por Kathryn Walker en 1967, a partir de un estudio de 1400 hogares de Estados Unidos que incluye el tiempo específico utilizado por cada individuo durante el día, calibró los umbrales necesarios de tiempo a partir de los cuales una persona es pobre involuntariamente; luego, determinó el total de personas que estarían bajo las líneas de pobreza encontradas. Argumentó que los esquemas de ayuda social que definen la pobreza en términos solo de dinero crean desigualdades entre hogares de distinto número de adultos, y que muchas familias pobres no podrán salir de la pobreza por sus propios medios. Por ello, sin ayuda económica, muchas madres solteras no serían capaces de ganar lo suficiente en un trabajo a tiempo completo para mantener a sus hijos.
Zacharias et al. (2012), en su estudio para Argentina, Chile y México5, sostienen que muchas personas experimentan la presión del tiempo, que no son pocos los casos en los que esta induce a la pobreza y que, sin embargo, es invisible para las líneas oficiales de pobreza e incluso para su medición multidimensional. A fin de incorporar la dimensión temporal en el cálculo de la pobreza, identificaron el tiempo y dinero que requiere un individuo para sobrevivir, y establecieron qué individuos están bajo dichos requerimientos. Con ese propósito, modificaron el ingreso y monetizaron la pobreza de tiempo. De manera concreta, el hogar es pobre si no tiene suficiente dinero para comprar la canasta básica o los sustitutos necesarios (según la Medida de Pobreza de Ingreso y Tiempo de Levy Institute [LIMTIP, por sus siglas en inglés]). Descubrieron que la diferencia entre la pobreza LIMTIP y la oficial es considerable y que las estadísticas oficiales subestiman las necesidades de los pobres, especialmente en el caso de familias con niños menores de seis años.
En resumen, podemos observar que la literatura ha tomado la pobreza de tiempo como variable explicativa y como concepto por explicar. Algunos estudios (Arora, 2015; Bardasi y Wodon, 2006, 2009; y OECD, 2013) aplican la metodología Foster-Greer-Thorbecke en el sentido de que no solo se interesan por contar el número de pobres, sino también por cuantificar qué tan pobres son respecto de un estándar fijado. El presente trabajo también tiene esa característica, pues incluye el cálculo del déficit de tiempo. Otros trabajos, como Bardasi y Wodon (2009), Gammage (2011), Zacharias et al. (2012) y Ghosh (2016), integran los conceptos de pobreza monetaria y pobreza de tiempo para encontrar las situaciones en las que un individuo enfrenta una mayor vulnerabilidad. Este estudio no compara ambas relaciones, sino que se concentra en la pobreza de tiempo únicamente. Asimismo, se interesa por caracterizar esta dimensión de la pobreza y especialmente su enfoque de género.
4. Metodología
4.1 Estimación de la pobreza de tiempo
Con el objetivo de estudiar las diferencias de género del déficit y la pobreza de tiempo, se estimará un modelo para cada fenómeno. El primero caracteriza el déficit:

Donde Yi es el déficit de tiempo de la persona, medido en horas, tal como fue definido en (2)6. La variable explicativa de interés es el sexo del individuo7. Se estima por mínimos cuadrados ordinarios.
El segundo modelo caracteriza la pobreza de tiempo:

Donde Zi es una variable dicotómica que toma el valor de 1 si es que el i-ésimo individuo es pobre de tiempo, y 0 de otro modo. El método de estimación utilizado fue un logit binomial8.
En ambos casos, se trabajaron regresiones específicas distinguiendo por área geográfica y terciles de ingreso. El análisis se concentró solamente en los jefes de hogar o sus cónyuges bajo el supuesto que, al ser los responsables de la conducción de la casa, la pobreza de tiempo es más relevante (y posiblemente más evidente) en ellos que en los otros miembros del hogar.
Para calcular cómo afecta el sexo a la pobreza de tiempo no basta con observar los coeficientes resultantes asociados a dicha variable. En el caso del segundo modelo, es interesante estimar la probabilidad de ser pobre de tiempo según el sexo. Para ello, primero se determinará por separado la probabilidad de ser pobre de tiempo para una mujer y para un hombre, ambos con las características del promedio; luego se calculará la diferencia entre ambos en puntos porcentuales; ello se conoce como el efecto impacto del sexo (EIsexo). En particular:

En el caso del modelo de déficit de tiempo, que se estima con el método de MCO, el EI del sexo será directamente el parámetro β estimado que se asocia a dicha variable.
4.2 Descomposición de Oaxaca-Blinder
Además de medir las diferencias de género en la pobreza y déficit de tiempo, se busca estimar de dónde provienen dichas diferencias. Para ello se propone llevar a cabo una descomposición del déficit de tiempo utilizando la metodología de Oaxaca (1973) y Blinder (1973), la cual permite identificar un efecto diferenciado entre las características observables o dotaciones de los individuos y aquellas que no son observables. Una de las explicaciones más comunes del componente inobservable es la discriminación: parte del déficit se explicaría porque las mujeres se encuentran discriminadas tanto en el mercado laboral (discriminación negativa) como en el trabajo dentro del hogar (discriminación positiva). Formalmente, sea la siguiente cualquiera de las dos especificaciones de pobreza utilizadas:

donde i = hombre, mujer. Restando los resultados para Y entre hombres y mujeres:

sumando y restando a la derecha el término XhBm:

y reordenando:

El primer sumando de la derecha de (10) representa las características observables X que explican la diferencia de la pobreza de tiempo entre hombres y mujeres (su diferencia en dotaciones o magnitudes para las variables explicativas; por ejemplo, en qué medida hablan castellano, qué tanto gastan, qué edad tienen, etcétera). La parte inobservable muestra cómo cambia el efecto de la variable explicativa por el hecho de ser hombre o mujer (es el diferencial de los betas observados)9.
En este estudio utilizaremos esta descomposición para identificar cuáles son las variables más relevantes que explican la diferencia de pobreza de tiempo entre hombres y mujeres, y en qué proporción pueden vincularse con aspectos relacionados a la dotación que cada variable explicativa tiene para cada tipo de individuo o si tienen que ver con factores que no pueden explicarse (la valoración intrínseca de cada factor explicativo).
5. Estimación y resultados
5.1 Base de datos y descripción de las variables
Se utilizó la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT) realizada en el Perú por primera y única vez en el 2010. Se trata de una base de datos de individuos (representativa por zona geográfica urbana y rural) que contiene información sobre la distribución del tiempo de las personas de un determinado hogar entre distintos tipos de tareas: trabajo remunerado, cuidado de la salud, la familia y el hogar, los estudios, entre otros. La información sobre el uso del tiempo solo se recogió de individuos a partir de los doce años de edad. También se preguntó sobre las características del hogar/vivienda (se incluyó a miembros de todas las edades) y la situación laboral de sus integrantes. Se encuestaron un total de 4350 viviendas, que representaban 4459 hogares, integrados por un total de 17 490 personas (INEI-Mimdes, 2010). En la muestra que se utiliza para estimar los dos modelos propuestos previamente se incluyen solo jefes de hogar o cónyuges, por lo que queda un total de 5282 observaciones.
Con respecto a las dos variables dependientes, estas han sido tomadas de Beltrán y Lavado (2015), quienes las construyeron usando como base la metodología de pobreza LIMTIP de Zacharias et al. (2012), ya explicada en la sección del marco teórico.
Algunas estadísticas básicas de las principales variables que se van a utilizar se observan en la tabla 1. Así, el 57 % de la muestra son pobres de tiempo, situación que se explica por el hecho de que solo se está trabajando con jefes de hogar o sus cónyuges, quienes cargan con la mayor parte del trabajo en el hogar. Asimismo, el déficit de tiempo es, en promedio, 4,29 horas a la semana, es decir, a las personas les hace falta esa cantidad de horas para atender todas las actividades que realizan y cumplir con los tiempos mínimos de cuidado personal y descanso. Una familia promedio de la muestra tiene un gasto mensual per cápita de S/ 371 en el 2010, y vive en un hogar donde hay un niño menor de 14 años y dos adultos; solo uno de cada cinco hogares tiene además un adulto mayor. Asimismo, cuatro de cada cinco personas de la muestra tiene conviviente o está casado, y una de cada dos trabaja de forma independiente.
Del total de la muestra, el 44 % es mujer, el 91 % pertenece a la PEA ocupada y el 75 % habla castellano. Distintas proporciones de hogares cuentan con una vivienda con infraestructura y servicios adecuados: el 42 % tiene buenas paredes; el 56 %, piso adecuado; el 65 %, conexión de agua; el 62 %, combustible adecuado para cocinar; el 49 %, saneamiento dentro de la vivienda y el 83 %, electricidad. La población rural del distrito donde se ubica el hogar constituye, en promedio, el 30 %.
Tabla 1
Definición de variables y estadísticas descriptivas
| Variables | Definición | Media y desviación estándar |
| Dependientes | ||
| Pobre de tiempo | Dummy que toma el valor 1 cuando la persona es pobre de tiempo | 0,57 |
| (0,50) | ||
| Déficit de tiempo | Cantidad de déficit de la persona medido en horas | 4,29 |
| (21,10) | ||
| Controles | ||
| Gasto mensual promedio | Gasto mensual promedio del hogar | 371,08 |
| (265,06) | ||
| Años de educación | Años de educación del individuo | 10,73 |
| (5,34) | ||
| PEA ocupada | Dummy que toma el valor 1 cuando es parte de la PEA ocupada | 0,91 |
| (0,29) | ||
| Castellano | Dummy que toma el valor 1 cuando la persona habla castellano | 0,75 |
| (0,43) | ||
| Jefe de hogar | Dummy que toma el valor 1 cuando la persona es jefe de hogar | 0,68 |
| (0,467) | ||
| Número de hijos | Número de hijos menores de 14 años del hogar | 1,00 |
| (1,21) | ||
| Número de adultos mayores | Número de personas mayores de 65 años del hogar | 0,20 |
| (0,51) | ||
| Número de adultos | Número de personas entre 18 y 65 años del hogar | 2,15 |
| (1,10) | ||
| Paredes | Dummy que toma el valor 1 cuando las paredes son de ladrillo o bloque de cemento | 0,42 |
| (0,49) | ||
| Piso | Dummy que toma el valor 1 cuando el piso no es de tierra, sino de cemento, losetas, terrazos, cerámicos o similares, parquet o madera pulida, madera, láminas asfálticas, vinílicos y similares | 0,56 |
| (0,50) | ||
| Agua | Dummy que toma el valor 1 cuando el agua dentro de la vivienda es de red pública | 0,65 |
| (0,48) | ||
| Internet | Dummy que toma el valor 1 cuando el hogar tiene conexión a internet | 0,09 |
| (0,29) | ||
| Combustible | Dummy que toma el valor 1 cuando la energía que usa el hogar para cocinar es electricidad o gas | 0,62 |
| (0,49) | ||
| Desagüe | Dummy que toma el valor 1 cuando el desagüe dentro de la vivienda es de red pública | 0,49 |
| (0,50) | ||
| Electricidad | Dummy que toma el valor 1 cuando el tipo de alumbrado que usa el hogar es electricidad | 0,83 |
| (0,38) | ||
| Población rural | El porcentaje de población rural en el distrito donde vive la familia | 0,30 |
| (0,32) | ||
| Pareja | Dummy que toma el valor 1 cuando la persona tiene un conviviente o es casada | 0,82 |
| (0,388) | ||
| Independiente | Dummy que toma el valor 1 cuando la persona trabaja como independiente | |
| 0,474 | ||
| (0,499) | ||
| Sexo | Dummy que toma el valor 1 cuando es mujer | |
| 0,44 | ||
| (0,50) | ||
Fuente: ENUT
Elaboración propia
5.2 Resultados para el modelo de pobreza de tiempo
La tabla 2 muestra los resultados para el primer modelo de pobreza de tiempo, donde la dependiente toma el valor de 1 cuando la persona tiene esa condición. Como ya se mencionó previamente, el método de estimación usado es Logit, y se trabajan varias especificaciones del modelo: para toda la muestra (columna 1), para el sector rural y urbano (columnas 2 y 3, respectivamente) y para cada uno de los tres terciles de ingresos (las tres últimas columnas).
Tabla 2
Logit pobreza de tiempo

Errores estándares robustos entre paréntesis
Fuente: ENUT
Elaboración propia
Lo primero que resalta es que las mujeres son más pobres de tiempo que los hombres (columna 1). La explicación podría deberse a que los roles de género que se evidencian en la sociedad implican que ellas trabajan más tiempo en casa que los varones, adicionalmente a las labores que puedan realizar en el mercado de trabajo. Como se ve en la tabla 3, las mujeres se encargan de una cantidad de trabajo no remunerado mucho mayor: en promedio, ellas destinan casi 41 horas a la semana a realizar labores domésticas en comparación con solo 17 horas de los hombres. En cambio, si bien estos últimos trabajan más en el mercado, lo hacen solo 16 horas adicionales a las que dedican las mujeres.
Tabla 3
Número de horas a la semana asignadas a distintas actividades
| Tipo de actividad | Hombre | Mujer |
| Trabajo doméstico | 17,11 | 40,92 |
| Trabajo no doméstico (trámites, voluntariado) | 3,70 | 4,19 |
| Trabajo remunerado | 48,49 | 32,70 |
| Cuidado personal | 66,46 | 66,52 |
| Educación | 0,57 | 0,79 |
Fuente: ENUT
Elaboración propia
Otras variables explicativas de interés se describen a continuación. Cuando sube el gasto mensual per cápita de la familia, aumenta la probabilidad de ser pobre en tiempo, porque la cantidad de tiempo asociado a la generación de mayores recursos para financiar los gastos del hogar lleva a reducir los momentos disponibles para disfrutar del ocio. Por su lado, cuando se tiene más años de educación, la pobreza de tiempo disminuye, ya que este valioso recurso incrementa el bienestar familiar asociado a la posibilidad de acceder a más ayuda para realizar todas las tareas necesarias fuera y dentro del hogar. Cuando comparamos a las personas jefas de hogar con sus cónyuges vemos que estos últimos (mayoritariamente mujeres10) son quienes realizan más tareas en casa y, por tanto, son más pobres de tiempo. Por otro lado, cuando se tiene mayor número de personas adultas, adultas mayores o hijos menores de 14 años en el hogar, la probabilidad de ser pobre disminuye, ya que las tareas se pueden repartir entre más miembros. Asimismo, las personas que tienen pareja, ya sea que estén casadas o sean convivientes, también pueden repartirse las labores domésticas y son menos pobres de tiempo.
La pobreza de tiempo disminuye en hogares con mejores servicios, como los que tienen acceso a internet o combustible adecuado. De hecho, estos servicios hacen más fácil el trabajo en casa, pero también son una proxy de mayores ingresos y de la posibilidad de que en ese hogar se pueda buscar ayuda remunerada para realizar las tareas domésticas que se requieran. De otro lado, en la muestra completa se observa que aquellas familias que viven en distritos con una mayor proporción de población rural también muestran una pobreza de tiempo más elevada, como resultado de enfrentar un entorno en donde se dispone de bajos recursos y pobre dotación de servicios públicos. Por último, vemos que las personas que tienen un trabajo independiente son más pobres de tiempo, posiblemente porque enfrentan un horario de trabajo más disperso que les dificulta organizar su tiempo para dedicar parte de este al ocio o al cuidado personal11.
Al subdividir la muestra en áreas geográficas y terciles de ingreso, observamos algunas particularidades. La primera es que la variable gasto mensual per cápita mantiene su efecto positivo en todas las submuestras: cualquiera sea la zona o el nivel de ingresos de la familia, más gasto que financiar implica un mayor esfuerzo de sus miembros y, por tanto, mayor pobreza de tiempo. Igualmente, más miembros en la familia, sean hijos menores de 14 años, adultos o adultos mayores, reducen la pobreza de tiempo, ya que la ayuda en casa y la división de tareas entre más personas responsables alivia la carga de los jefes de hogar y sus cónyuges. Asimismo, los años de educación reducen la pobreza de tiempo en cualquiera de las submuestras.
Distinguiendo por zona geográfica, en el área urbana ser mujer y trabajar de manera independiente aumentan la probabilidad de ser pobre de tiempo, mientras que hablar castellano, tener pareja y tener internet, la reducen.
En cuanto a las diferencias por terciles de ingresos, vemos que las variables que tienen incidencia sobre la mayor parte de estas subdivisiones son el número de adultos mayores, el ser mujer, los años de educación, el ser jefe de hogar y no cónyuge, la ruralidad de la zona donde vive la familia, el tener pareja con la cual compartir las responsabilidades de la casa y los servicios básicos con los que cuenta el hogar (combustible adecuado para cocinar y desagüe dentro de la vivienda). Cabe resaltar que ser mujer aumenta la probabilidad de ser pobre prácticamente en todos los terciles de ingresos, excepto en el primero, en el que seguramente la pobreza monetaria genera la necesidad de que todos trabajen, ayuden y aporten por igual.
La tabla 4 nos presenta los efectos impacto12 de todas las variables explicativas incluidas en la regresión para la especificación con toda la muestra. Concentrándonos en los resultados significativos, vemos que, por un lado, ser mujer aumenta la pobreza de tiempo en 14 puntos porcentuales (pp), mientras que ser jefe de hogar, en vez de cónyuge, reduce la probabilidad de serlo en 13 pp. Por otro lado, contar con ayuda de miembros de la familia adultos, adultos mayores e hijos reduce dicha probabilidad en 4, 11 y 3 pp, respectivamente. Los servicios del hogar que más impactan sobre la mencionada probabilidad son tener combustible adecuado e internet, ya que disminuyen la probabilidad en 6 y 8 pp cada uno. Asimismo, hablar castellano y tener pareja reducen la pobreza de tiempo en 5 y 9 pp, respectivamente, mientras que ser trabajador independiente la aumenta en 5 pp.
Tabla 4
Efectos impacto del modelo de pobreza de tiempo para la muestra completa
| Variable | Efecto impacto | Promedio |
| Gasto mensual promedio | 0,0004 | 371,08 |
| Años de educación | -0,004 | 10,73 |
| pea ocupada | -0,060* | 0,91 |
| Castellano | -0,048** | 0,75 |
| Jefe de hogar | -0,129*** | 0,68 |
| Número de hijos | -0,028*** | 1,00 |
| Número de adultos mayores | -0,1,06*** | 0,20 |
| Número adultos | -0,035*** | 2,15 |
| Paredes | -0,031 | 0,42 |
| Piso | 0,020 | 0,56 |
| Agua | -0,023 | 0,65 |
| Internet | -0,083*** | 0,09 |
| Combustible | -0,055** | 0,62 |
| Desagüe | -0,036 | 0,49 |
| Electricidad | -0,023 | 0,83 |
| Pareja | -0,089*** | 0,30 |
| Independiente | 0,054*** | 0,82 |
| Población rural | 0,240*** | 0,474 |
| Sexo | 0,141*** | 0,44 |
Fuente: ENUT
Elaboración propia
5.3 Resultados para el modelo de déficit de tiempo
A continuación, se estima el modelo de déficit de tiempo utilizando el método de MCO. Los resultados se muestran en la tabla 5 para toda la muestra, y según el área geográfica y los terciles de ingreso.
Tabla 5
Regresión déficit de tiempo

Fuente: ENUT
Elaboración propia
Errores estándares robustos entre paréntesis
Los resultados son muy similares a los de la sección anterior. En particular y para la muestra completa, ser mujer, tener mayor gasto per cápita en el hogar, la proporción de población rural del distrito donde se ubica el hogar y ser trabajador independiente incrementan la magnitud del déficit. Por su lado, mejores servicios y recursos disponibles en la vivienda y el hogar lo disminuyen, así como también tener una mejor educación, hablar castellano, ser jefe de hogar y tener una pareja.
Si evaluamos el déficit según zonas geográficas urbana y rural y por terciles de ingreso, vemos que las variables que son más relevantes en cualquier especificación del modelo son aquellas vinculadas a la cantidad de hijos y de adultos que pueden colaborar en las tareas del hogar (sean o no adultos mayores) y a ser jefe de hogar, pues reducen el déficit, mientras que el gasto mensual promedio se incrementa.
Si analizamos la distinción urbana/rural, vemos que las variables más significativas son muy similares. Adicionalmente, hablar castellano y tener internet son variables significativas solo en el área urbana para explicar la reducción del déficit. En lo que se refiere a los terciles de ingresos, la proporción de población rural es altamente significativa para explicar el aumento del déficit de tiempo en todos los niveles de ingresos, mientras que ser mujer afecta, básicamente, dicha condición en los dos terciles de mayores ingresos, como ocurría también con ser pobre de tiempo. Cabe destacar que la variable jefe de hogar es significativa en todos los modelos, pero con el signo positivo en la zona rural y el primer tercil de ingresos, lo que nos lleva a concluir que, en los hogares más pobres, los jefes de hogar pueden tener menor probabilidad de ser pobres de tiempo (como se confirmó en la tabla 1) pero, cuando lo son, el déficit de tiempo que enfrentan es mayor que el de los cónyuges.
5.4 Resultados de la descomposición de la pobreza
La tabla 6 muestra el resultado de la descomposición de Oaxaca-Blinder, explicada en la sección teórica, para la variable pobreza de tiempo; la tabla 7 lo hace para el déficit de tiempo. Cada una se divide en tres partes: la primera muestra la diferencia en el modelo completo entre personas de distinto sexo, la segunda presenta la diferencia atribuible al componente explicado (el diferencial de dotaciones iniciales) y la tercera parte ofrece las diferencias no explicadas (diferencia de los o las valoraciones). Los valores con los que se realizaron los cálculos se presentan en las columnas 2, 3 y 4. Para obtener el coeficiente del efecto explicado (columna 1) basta con restar la columna 3 de la 2 y multiplicar el resultado por la columna 4 (lo que sería análogo al primer componente de la derecha de la ecuación 10). Para obtener el resultado del efecto inexplicado (columna 1 de la tercera parte de la tabla) basta de nuevo restar la columna 3 de la 2 en esa tercera parte y multiplicar todo por la cuarta columna (segundo componente de la derecha de la ecuación 10).
Si observamos la primera parte de la tabla 6, podemos confirmar que la diferencia entre la probabilidad de ser pobre de un hombre y una mujer es de 23 pp, y es significativa al 99 % de confianza. De esta, se pueden atribuir 3 pp a las distintas dotaciones que ellas tienen (parte explicada) y 20 pp a los diferentes coeficientes de cada grupo (parte no explicada).
Tabla 6
Descomposición de Oaxaca-Blinder. Pobreza de tiempo

Fuente: ENUT
Elaboración propia
La parte explicada de la descomposición no es significativa ni de manera agregada ni cuando se analiza la contribución individual de las variables. Eso sugiere que la diferencia de la pobreza de tiempo entre hombres y mujeres no se explica por componentes observables, sino básicamente por la diferencia de betas o valoraciones, es decir, su parte inexplicada. Ello confirmaría la idea de que las mujeres son más pobres de tiempo debido a los roles de género asignados por la sociedad y que no se recogen en el diferencial de variables explicativas, sino a través de las distintas valoraciones otorgadas (y que están relacionadas con preferencias, restricciones, aspectos culturales o discriminación).
Los factores más importantes en términos de dichas valoraciones son tener combustible, tener pareja y ser trabajador independiente. Respecto de tener combustible adecuado para cocinar, vemos que para el hombre tiene una valoración negativa, reduce su pobreza de tiempo, mientras que para la mujer es positiva: las mujeres trabajan más, posiblemente dentro y fuera de casa, cuando pueden liberar tiempo en la cocina por una mejora en el proceso de preparación de los alimentos; por lo mismo, las mujeres serán relativamente más pobres de tiempo según esta variable (la brecha se amplía con respecto a los hombres), debido a la distribución de labores en el hogar (son ellas las que destinan más tiempo a las tareas domésticas). El tener pareja también tiene un efecto distinto entre los hombres y las mujeres, ya que en los hombres reduce el déficit mientras que en las mujeres lo aumenta: nuevamente el diferencial de roles en el hogar implica que para las mujeres tener pareja signifique un aumento del trabajo doméstico que debe realizar. Finalmente, ser independiente tiene también una relación distinta con el déficit de tiempo según se trate de un hombre o de una mujer: para el primero lo aumenta, mientras que para ella lo reduce; esto provoca una disminución de la brecha de género, posiblemente porque las mujeres que trabajan de forma independiente lo hacen más bien para compatibilizar este trabajo con el doméstico, lo que genera un efecto positivo sobre su disponibilidad de tiempo, mientras que en el caso de los hombres implica una mayor dispersión de actividades y de esfuerzo.
De manera análoga, en la tabla 7 se presenta la descomposición para la variable déficit de tiempo. Los hallazgos encontrados son similares a los anteriores. En primer lugar, vemos que la diferencia total en horas de déficit es de 12,2, es decir, las mujeres tienen 12 horas más de déficit de tiempo que los hombres. De ese total, 0,1 se debe a características observables (diferencial de dotaciones) y 12 horas a elementos no explicados. Nuevamente, en agregado, el componente explicado no da cuenta de tales diferencias entre hombres y mujeres, sino principalmente la parte que no se puede explicar. Las variables que resultan significativas son prácticamente las mismas que las observadas en el caso del modelo de pobreza de tiempo binomial, con excepción del número de adultos, que aumenta el diferencial del déficit de tiempo debido a que para los hombres su presencia tiene un efecto negativo y en las mujeres uno positivo (a los primeros les reduce más la carga de tareas del hogar que tienen que asumir).
Tabla 7
Descomposición de Oaxaca-Blinder. Déficit de tiempo

Fuente: ENUT
Elaboración propia
6. Conclusiones
El presente estudio busca caracterizar a las personas que enfrentan el problema de la pobreza de tiempo y determinar si son las mujeres quienes más se ven afectadas por esta situación, y con déficits más elevados. Para ello se ha utilizado una submuestra de la Encuesta Nacional del Uso de Tiempo (ENUT), que se hizo en el Perú en el año 2010, compuesta por jefes de hogar y cónyuges, con un total de 5282 observaciones.
En un intento de complementar la literatura existente sobre el tema, que reconoce que son las mujeres quienes enfrentan más fuertemente el problema de escasez de tiempo para realizar las funciones más básicas de cuidado personal y descanso, hemos estimado dos modelos: uno sobre la probabilidad de ser pobre y el otro que modela el déficit de horas como una medida de la intensidad que este problema tiene para cada individuo. Se utilizaron métodos de estimación apropiados a la condición de cada variable dependiente.
Lo primero que resalta es que las mujeres son más pobres de tiempo que los hombres lo que podría deberse a los roles de género que se evidencian en la sociedad y que descansan fuertemente sobre el trabajo no remunerado de las primeras. Otras variables explicativas relevantes son el gasto mensual per cápita de la familia, los años de educación de la persona, y el hecho de ser jefe de hogar. Por otro lado, cuando se tiene mayor número de personas adultas, adultas mayores o hijos menores de 14 años en el hogar, disminuye la probabilidad de ser pobre, ya que las tareas se pueden repartir entre más miembros. Asimismo, las personas que tienen pareja, casadas o convivientes, también pueden repartirse las labores domésticas y son menos pobres de tiempo. Por último, vemos que las personas que tienen un trabajo independiente tienen más responsabilidades y seguramente un horario de trabajo más disperso, razón por la cual son más pobres de tiempo.
Al subdividir la muestra en áreas geográficas y terciles de ingreso, observamos que la variable gasto mensual per cápita, el número de miembros del hogar, mantiene su efecto positivo en todas las submuestras: cualquiera sea la zona o el nivel de ingresos de la familia, más gasto que financiar implica un mayor esfuerzo de sus miembros y, por tanto, mayor pobreza de tiempo. Igualmente, más miembros en la familia, sean hijos menores de 14 años, adultos o adultos mayores, reduce la pobreza de tiempo; lo hace también el hecho de ser jefe de hogar en vez de cónyuge. Los resultados para el modelo de déficit de tiempo son muy similares a los del modelo de pobreza de tiempo.
Cuando descomponemos la pobreza de tiempo observamos que las mujeres son más pobres de tiempo que los hombres, con una diferencia de 23 puntos porcentuales atribuible solamente a su condición de mujer como tal; asimismo, tienen un déficit de tiempo de 12 horas por encima del que exhiben los varones. De estos diferenciales, la mayor proporción se la llevan los factores no explicados o la valoración de las variables explicativas incluidas en las ecuaciones de pobreza.
A raíz de estas constataciones, resulta importante recalcar la necesidad de continuar investigando sobre la pobreza de tiempo y sobre el tipo de actividades que las personas sacrifican cuando enfrentan un déficit de horas disponibles cada semana. En ese sentido, recoger nuevas encuestas de uso de tiempo resulta indispensable en nuestro país, aunque es necesario perfeccionar su recolección. La información obtenida a partir de la encuesta no permitió identificar con exactitud el efecto que tiene el número de hijos frente a la pobreza de tiempo, pues los datos de actividades simultáneas no están correctamente recogidos. Asimismo, para permitir la adecuada comparación entre individuos, se hizo una corrección al sobrerreporte y subreporte, pues muchas veces las personas realizaban más (o menos) actividades en la semana que las 168 horas del total.
Dado que son las mujeres quienes se ven más afectadas por la pobreza de tiempo, cualquier medida de bienestar que las incluya debe considerar esta nueva dimensión de la pobreza, especialmente porque las coloca en una situación de mayor vulnerabilidad respecto de alguien que es solamente pobre monetario. El posible alivio de esta situación no pasa por remunerar el trabajo que se desarrolla en casa para los miembros de la familia, porque ello igualmente no revierte el tiempo escaso que tienen, sino básicamente pasa por alcanzar una distribución más equitativa de tareas entre los miembros del hogar y la comunidad. De la misma forma, los programas sociales no deberían apoyarse tanto en el trabajo no remunerado de las mujeres o de sus principales beneficiarios, ya que ello puede llevar eventualmente a que estas intervenciones sí logren reducir la pobreza monetaria, pero también incrementen aquella que tiene que ver con las restricciones de tiempo de las personas.
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Entre mujeres: el mundo relacional de las indígenas de la Amazonía peruana
Jeanine Anderson
Investigadora independiente
1. Introducción
Las mujeres indígenas amazónicas constituyen uno de los segmentos menos conocidos de la población femenina en el Perú. Teorizar sobre su situación representa un reto debido a la falta de fuentes y también por la distancia de los procesos culturales amazónicos de las coordenadas usuales que empleamos en los estudios de género. Las teorías que han inyectado nueva vida a la investigación académica sobre los sistemas de género en años recientes —por ejemplo, alrededor de la interseccionalidad y la organización de los cuidados— tienen sin duda una relevancia en realidades como las de los pueblos amazónicos. Sin embargo, hay cuestiones previas que demandan revisión. Una de estas concierne a las relaciones entre mujeres dentro de estas sociedades. La segregación por género ha sido remarcada como un rasgo notable de la vida cotidiana en las sociedades amazónicas desde las primeras visitas antropológicas (Lévi-Strauss, 1970; Murphy y Murphy, 1985). Algunos textos clásicos resaltan la dominación masculina y el sometimiento de las mujeres a proyectos políticos masculinos que dependen de la complicidad de unas con otras (Collier y Rosaldo, 1981; Matthiasson, 1974; Bant, 1994). Pero, al mismo tiempo, los textos describen escenas de colaboración entre grupos de mujeres en las aldeas y chacras (Siskind, 1973; Kensinger, 1997; Espinosa de Rivero, 2007), con lo cual se documenta la sociabilidad femenina. Ello permite transmitir información y obtener ayuda, así como hace posible desafiar la voluntad de los hombres (Boster, 1985; Brown, 1986). ¿Cuál es la verdad?
Este artículo explora algunas dimensiones de las relaciones entre mujeres en cuatro pueblos indígenas de la Amazonía peruana: shipibo, ashéninka, wampis y awajún. La base empírica es un estudio auspiciado por la Unicef en el 2012, enfocado en la infancia y niñez temprana (0 a 3 años) en esos pueblos. Para la construcción de los datos se eligieron dos comunidades de Ucayali (una del área de los shipibos y otra donde los ashéninka han establecido asentamientos en territorio tradicionalmente shipibo) y dos de Amazonas (una wampis en el río Santiago y otra awajún en el río Marañón). Se utilizó una metodología de observación etnográfica, principalmente mediante visitas diarias a las casas de niños y niñas seleccionados, 56 en total, pertenecientes a 37 hogares. Se quiso también indagar acerca del embarazo, el parto, el puerperio y la atención a recién nacidos. Con ese fin, se siguió a 17 mujeres que estaban gestando en el momento del trabajo de campo: cinco ashéninka, cinco wampis, cuatro shipibas y tres awajún. Varias gestantes eran a su vez madres de niños y niñas pequeños, de manera que en total fueron 48 los hogares incorporados en el estudio. Las visitas facilitaban el registro de observaciones no solo a las madres y gestantes, sino a otras mujeres —abuelas, tías, tías abuelas, hermanas, hijas, amigas, excompañeras de colegio, en algunos casos— que compartían las tareas de cuidado y la vida social de la casa y la comunidad1.
El unirse en pareja, tener hijos y responsabilizarse de su cuidado y sustento son experiencias universales para las mujeres indígenas amazónicas. La reproducción no constituye una etapa, sino que ocupa casi toda la vida adulta, incluso comenzando en lo que la sociedad mestiza (no la nativa2) llama adolescencia. En raras ocasiones, las etnografías mencionan a mujeres sin hijos biológicos (por ejemplo, Kensinger, 1997); en el transcurso del presente estudio no se conoció caso alguno. Las prácticas fluidas de adopción, que incluyen a tías y abuelas paternas que asumen a los hijos de su familiar luego de una separación, al igual que en generaciones anteriores los raptos de niños en el contexto de guerras entre grupos, distribuyen con amplitud las responsabilidades maternas y paternas. El papel de las abuelas y bisabuelas en la crianza de sus descendientes es particularmente notable entre los shipibos.
Para los propósitos de este artículo, el análisis se centra en coyunturas críticas en la vida de las mujeres: la constitución o ruptura de las parejas, el nacimiento de un nuevo hijo, el inicio de nuevas actividades económicas, los cambios en la composición del hogar.
Coyunturas de este tipo producen modificaciones en las relaciones que se tejen alrededor de las personas. El objetivo en el presente trabajo es demostrar que, para las mujeres, sus relaciones con otras mujeres son tanto o más determinantes de sus condiciones de vida como sus relaciones con hombres, ya sean padres, hermanos, cónyuges, amantes, hijos, patronos o pastores. Al enfocar las relaciones entre las mujeres y la solidaridad femenina como ingrediente fundamental de la política de género en la Amazonía indígena, el artículo refleja la tendencia actual en los estudios de género de insistir en la necesidad de considerar integralmente el mundo relacional de los dos géneros sin asumir la prioridad inevitable y universal de los vínculos hombre-mujer.
Las presiones que llevan a cambios en las sociedades amazónicas son fuertes y desiguales, de modo que se requiere una constante actualización y diversificación de las investigaciones. Este texto pretende ofrecer una fotografía del momento respecto a una dimensión de su organización. Las preguntas guía son las siguientes:
• ¿Cuánto tiempo de la vida de las mujeres indígenas amazónicas discurre entre otras mujeres y cuánto de su suerte depende de sus vínculos con hombres?
• ¿Cómo influye la organización económica y política de los pueblos amazónicos en las funciones y los significados que se asocian a los vínculos mujer-mujer y mujer- hombre?
• ¿Cuál es la calidad de las relaciones entre mujeres? ¿Cómo figuran la cooperación y la rivalidad en esos vínculos? ¿Hay manifestaciones de jerarquía, dominación y control de algunas mujeres sobre otras?
2. Marco de referencia
La producción de teoría alrededor de las relaciones entre mujeres en diferentes sistemas de género depende de la existencia previa de estudios y registros empíricos que capten y analicen estas relaciones. Esto se ve trabado por el sesgo androcéntrico de las ciencias sociales, la omisión de las mujeres como objeto de estudio en muchas investigaciones y en otras donde terminan subsumidas dentro de una humanidad genérica. Visibilizar los vínculos que se hallen alrededor de las mujeres parece ser un reto particularmente difícil. Taggart (1990), en un fascinante estudio sobre los cuentos de hadas europeos, demuestra cómo la capacidad para percibir los vínculos entre mujeres y darse cuenta de la complejidad de los mundos sociales femeninos es un ejercicio deficiente en los observadores hombres, sean académicos, escritores, cuentistas orales u hombres comunes. Sobre este tema, entonces, enfrentamos la tarea de llenar los vacíos en el registro histórico, sociológico y antropológico, a fin de crear la base para teorías más potentes.
Pese a ausencias y sesgos, existen ciertas líneas de indagación en la bibliografía pertinente donde las relaciones entre mujeres asumen prominencia. Con la brevedad que impone el formato de un artículo, traigo a consideración algunas de estas; primero, tal como aparecen en una selección de estudios internacionales y luego en el Perú andino y urbano. Se trata de estudios sobre la organización doméstica y el parentesco, sobre los roles económicos de las mujeres, sobre las rutas de acceso al poder político, y sobre las asociaciones y alianzas entre mujeres.
2.1 La organización doméstica y los sistemas de parentesco
A simple vista, los determinantes primarios de los vínculos sociales que establecen las personas en todas las combinaciones posibles según género, edad y generación son la organización de las unidades domésticas, la arquitectura de las casas y el diseño de los asentamientos. Abuelas, madres e hijas, pares o grupos de hermanas que viven juntas probablemente comparten tareas, confidencias y momentos de ocio. La importancia del binomio madre-hija no requiere justificación, pero en muchas sociedades la relación suegra-nuera es igual o más importante. En la china tradicional, fuertemente patriarcal, la primera esposa del hombre mayor reina sobre los hijos, nueras y sirvientes, habiendo comenzado en la humilde posición de nuera, luego de prestar años de obediencia y servicio a su suegra. En contextos donde los integrantes de los grupos de parientes viven en forma dispersa, como en los Estados Unidos, se requiere de las acciones de muchas mujeres especialistas en kin work (trabajo de parentesco) (Di Leonardo, 1987) para mantener vitales las relaciones. Entre las abuelas, madres, suegras, hijas, nueras, cuñadas y sobrinas que forman parte de una parentela, hay las que tienen un don especial o particular sentido de obligación. Son ellas las que se encargan de recordar los cumpleaños, mandar las tarjetas, comprar los regalos, hacer las visitas al hospital, y organizar las grandes reuniones familiares en los aniversarios y feriados.
En los Andes, el hecho de compartir los alimentos y el agua hace que los cuerpos de las personas que conviven en un hogar se construyan de los mismos ingredientes (Van Vleet, 2008; Weismantel, 1988). En ese contexto, actuar como miembros de una familia, “performar” los roles, crea parentesco sin mayor esfuerzo que la convivencia. Las mujeres se encargan de la mayoría de actividades que implica el convivir: cocinar, atender a los niños, juntarse en el fogón, velar por la salud del conjunto, cuidar su patrimonio (Allen, 2008). Entre hermanas, cuñadas, madres e hijas, se comparten recetas y consejos. No todo es harmonía en las relaciones entre mujeres, sin embargo. En los pueblos campesinos la suegra suele tratar con rigor a las nueras que, al casarse con los sucesivos hijos, establecen su primera residencia bajo su techo (Meentzen, 2007). En comunidades andinas endogámicas, el ingreso de una mujer foránea como nuera es un factor de perturbación. Numerosos informes dan constancia de la marginalidad que sufren las “nueras” frente a la participación en servicios, programas y decisiones comunales (Yon, 2000). Bolton y Bolton (1975) registran casos de disputas entre familiares cercanas tanto por el lado femenino como el masculino.
2.2 Los roles económicos de hombres y mujeres
La división sexual del trabajo, que implica la especialización de cada género en determinadas actividades económicas, es un principio universal de la organización social y económica de las sociedades humanas. Las tareas asignadas a cada género varían como también los niveles de exclusividad o de intercambiabilidad de los roles (Sanday, 1981). Para la discusión aquí, interesan no tanto las actividades específicas que realizan hombres y mujeres, sino el contexto social en el cual se llevan adelante. En algunos grupos humanos, hombres y mujeres trabajan separadamente y existen barreras rituales y sanciones físicas o simbólicas que sostienen la separación. Pensemos en los tabúes que prohíben la presencia de mujeres en los socavones mineros. En la India, la institución de purdah obliga a las mujeres a mantenerse dentro de la estancia familiar mientras los hombres representan a la familia en el mundo público (Chen, 1995)3.
En el Perú, la segregación ocupacional es un tema de investigación de larga data y se cuenta con datos que permiten afirmar cierta tendencia hacia la flexibilización en varias de las categorías de ocupaciones (Ñopo, 2012). En la gran minería, como novedad reciente, se hallan mujeres que manejan maquinaria pesada y controlan las computadoras a cargo del proceso de extracción y procesamiento del mineral. Por contraste, en las obras de construcción la presencia de mujeres es escasa y resistida. Muchas mujeres en el Perú trabajan de forma solitaria o únicamente en compañía de sus hijas y eventualmente hijos: la campesina con sus rebaños, la trabajadora del hogar, la vendedora ambulante, la cocinera que prepara sus tamales de noche para venta al día siguiente. Se forman grupos de trabajo femeninos en ocasiones como las fiestas patronales y en lugares donde la presencia masculina es vista como inapropiada: los comedores comunales, los centros de cuidado diurno y centros preescolares, por ejemplo. Guzmán y Portocarrero (1992), en un estudio clásico sobre el trabajo fabril en el Perú, documentan cómo la fábrica se divide entre las zonas donde trabajan mujeres y otras donde trabajan solo hombres. Los procesos de producción son divididos entre las fases que realizan las mujeres y otras a cargo de los hombres.
2.3 La política de género
La participación política generalmente exige como condición previa el contar con el apoyo de un partido, organización o coalición. Para las mujeres, representar y promover sus demandas en la arena política casi siempre ha requerido la movilización conjunta de masas de congéneres. Pero las mujeres también pueden ser divididas. Los varones gozan de ventajas en todas las sociedades tributarias del sistema patriarcal, lo cual instaura una competencia entre mujeres por los favores que solo los hombres pueden dispensar. Ideológicamente, las mujeres son vistas como “desordenadas” y motivo de conflicto entre hombres. Pateman (1989) analiza los argumentos que trabaron el acceso femenino al gobierno y la toma de decisiones en las democracias occidentales. Resaltan las representaciones de las mujeres como defensoras de intereses particularizantes, incapaces de identificarse con los altos intereses compartidos de la nación o la humanidad. Los filósofos más ilustres de la tradición occidental defendieron esas ideas.
La política de género en ámbitos más bien locales y familiares también gira en torno a las alianzas y separaciones entre mujeres. Gilmore (1990) examina lo que él llama poder doméstico femenino en los hogares españoles, donde la alianza de la suegra con la esposa limita la capacidad de decisión real del marido. En sociedades estratificadas es difícil separar el género de la clase social en la dinámica política. Las mujeres privilegiadas que emplean a otras para limpiar sus casas y atender a sus hijos son más propensas a aliar sus intereses con otros de su estrato social, pero no sucede así con las mujeres pobres que realizan el trabajo doméstico en hogares ajenos (Ray y Qayum, 2009). En sociedades divididas en razón a la etnicidad, raza o religión, las interacciones de estos factores de distinción con el género son intensas; una manifestación clara del principio de la interseccionalidad.
En el Perú, la alianza entre mujeres en las ONG, los grupos de promoción femenina y las organizaciones de base de mujeres fue necesaria para crear el contexto que permitió instalar los mecanismos de igualdad de género en los tres niveles de gobierno y para sensibilizar a la población acerca de la postergación de las mujeres (Vargas, 2006). La ley de cuotas para las listas de candidatos no se hubiera logrado de otro modo. Conforme crece la representación de las mujeres en el escenario político, se crean las coordinadoras de mujeres representantes en los gobiernos regionales y el parlamento. Gracias a ello, van retrocediendo los discursos sobre la incapacidad femenina para hacer política y el supuesto divisionismo que ellas traen a los partidos, sindicatos, gremios y asociaciones vecinales.
2.4 Las asociaciones femeninas
La literatura internacional aporta evidencias sobre una gama de asociaciones entre mujeres que van desde los pares de amigas y redes informales hasta corporaciones. March y Taqqu (1986) contribuyen con una valiosa recopilación de ejemplos de asociaciones entre mujeres en una muestra mundial de sociedades. El registro contiene casos no solamente de lazos de solidaridad y coordinaciones informales, sino de verdaderas instituciones. Los ejemplos incluyen asociaciones religiosas, de baile y canto, de parteras y curanderas. Las asociaciones de mujeres especialistas en salud son frecuentes en todo el mundo como también lo son las sociedades de lamentaciones: organizaciones de mujeres que se encargan de preparar los cadáveres, dar expresión al dolor y conducir los ritos finales de la muerte.
La categoría más frecuente de asociaciones femeninas halladas por March y Taqqu, sin embargo, son las asociaciones económicas. Estas incluyen, además de los panderos y grupos informales de crédito, los gremios de productoras, las cooperativas de prestadoras de servicios, y las asociaciones de comerciantes minoristas y mayoristas. Con frecuencia, las asociaciones de mujeres tienen un elemento de protesta y protección contra la violencia de los hombres; incluso esta es la razón de ser de algunas de ellas. Nuevamente encontramos una gama que va desde los apoyos informales de mujeres que corren en defensa de una que es atacada (Burbank, 1994), hasta movimientos como Take Back the Night (‘retomar la noche’) y bufetes de abogadas especializadas en la violencia de género. Muchas veces las presentaciones de poetisas, coros femeninos y grupos teatrales sirven como canal para hacer públicas las quejas de las mujeres en contra de los abusos de los hombres.
Las asociaciones de mujeres productoras, artesanas y comerciantes han sido ampliamente documentadas en el Perú (ver, por ejemplo, Babb, 2008; Castro y Mendoza, 1996). Hay reportes de mujeres aimaras y mujeres shipibas que viajan fuera del país en pares y grupos para sus giras de compra y venta. Hay grupos con fines sociales o religiosos que pueden movilizarse para protestas (Rousseau, 2012; Granados, 1996). Existen asociaciones cívicas y organizaciones de promoción de la mujer dedicadas a la defensa legal y física de víctimas de la violencia (Alcalde, 2014). Algunas ciudades peruanas cuentan con casas de refugio donde se prohíbe la presencia masculina, salvo los hijos pequeños de las refugiadas. Harris (2000) ha documentado los roles que los grupos de mujeres asumen en los entierros en los Andes.
2.5 La sexualidad y la espiritualidad
Dos líneas de indagación habrían sido importantes para agregar a esta lista. Se trata de la espiritualidad y la sexualidad femeninas. Suelen vivirse en entornos íntimos donde el acceso de los hombres es vetado o estrictamente pautado. El erotismo, el control autónomo sobre la sexualidad y las alianzas sexuales entre mujeres son temas altamente relevantes; es más, existen conexiones inesperadas entre la sexualidad, la espiritualidad y el poder. Aparecen con claridad en la compilación de Delamotte, Meeker y O’Barr (1997), por ejemplo, en la que múltiples mujeres, de diversos siglos y continentes, escriben sobre sus propuestas de cambio. Sin ir más lejos, la homosexualidad femenina suele unir la atracción erótica con la colaboración doméstica y económica, la promoción de proyectos de vida no normativos y un replanteamiento de la relación de las protagonistas con la religión institucional.
Para fines de este trabajo, tales temas quedan puestos de lado ya que el estudio de las mujeres amazónicas no ofreció la posibilidad de hurgar en estas cuestiones. Las prácticas religiosas de las mujeres apenas se manifestaron en la asistencia a un culto católico, evangélico o ninguno; sobre sus convicciones y creencias, no sabemos. Las prácticas sexuales se pudieron conocer solo parcial e indirectamente a partir de la reconstrucción de las historias reproductivas. El estudio de la homosexualidad en las sociedades indígenas amazónicas es incipiente y el tema es sumamente sensible, incluso resistido por muchos. En el trabajo de campo del 2012 no se recogió referencia alguna a parejas lesbianas ni prácticas homoeróticas en las comunidades ni lugares como los colegios de internado. Esta vez, priorizamos los vínculos entre mujeres que responden a sus intereses prácticos y estratégicos de género: aligerar su carga laboral, protegerse del dominio y ciertamente de la violencia masculina, aumentar su bienestar y expresar su autonomía individual y colectiva.
3. Los antecedentes en la literatura amazónica
La búsqueda de antecedentes para nuestro tema en la literatura sobre los pueblos indígenas amazónicos obliga a recurrir a estudios hechos en torno a cuestiones conexas. Prominente entre estas es el parentesco y la organización de las aldeas locales. También hay abundantes fuentes que describen las economías y economías políticas de estos grupos. Este esbozo es necesariamente breve.
3.1 La organización doméstica
Dado el patrón tradicional de asentamiento en pequeños grupos locales, las reglas de residencia para las nuevas parejas conyugales son determinantes de las circunstancias de vida de las mujeres en cuestión. Los distintos pueblos se dividen entre los que establecen la residencia de la nueva pareja en la casa o el entorno de los familiares de la novia (uxorilocales) o, por el contrario, de los familiares del novio (patrilocales). En algunos grupos, la pareja puede cambiar de residencia luego de un periodo del llamado servicio a la novia, en el cual el novio se muda con la familia de ella, colabora económicamente con los suegros y se gana el derecho a la mujer y su prole. Esta práctica, así como la opción de residencia permanente al lado de los familiares de ella, tiene el efecto de mantener el grupo femenino constituido por abuelas, madres, tías, hermanas, sobrinas y eventualmente cuñadas, hijas y nietas, como referente básico a lo largo de la vida.
En casa, las mujeres que residen juntas colaboran en todas las tareas: cocina, preparación del masato, lavado de ropa, barrido de pisos, atención a los animales domésticos y atención a los niños y las niñas que pertenecen al hogar o lo visitan. Las fuentes enfatizan la importancia de poder apoyarse entre mujeres parientes y vecinas para el cuidado de los hijos (Dradi, 1987; Kensinger, 1997), incluso para compartir la lactancia, que se prolonga en el tiempo y puede interferir con otras obligaciones de la madre. El grupo femenino tiene el papel decisivo en la iniciación de las jóvenes al llegar a la menarquía (Bravo, 2005). Con los hombres excluidos totalmente, las mujeres se encargan de transmitir a la joven el conocimiento que va a necesitar en la vida adulta.
Un factor que refuerza la importancia de los grupos de parentesco femeninos es la fragilidad del matrimonio entre los nativos amazónicos. Bajo las condiciones de antaño, las desavenencias matrimoniales eran frecuentes (Anderson et al., 2016). Además, los maridos, expuestos a los peligros de animales y enemigos, podían no retornar de expediciones de guerra o de caza. Entre matrimonios, o en caso de viudez, el refugio era la casa de algún familiar materno. Bajo las condiciones actuales, las migraciones laborales de los hombres empujan al mismo resultado.
3.2 Los roles económicos de hombres y mujeres
La especialización económica y tecnológica frecuentemente responde a la demanda de conocimientos, destrezas y experiencia que se requieren para realizar diferentes tareas. En las sociedades que dependen de la caza, recolección, pesca y horticultura, la segregación sexual tiene claramente esos fundamentos. Se ha estimado que las personas alcanzan su máxima productividad en tales actividades recién pasados los 30 años (Hewlett y Lamb, 2009). Una sola persona no podría desenvolverse al nivel requerido sin el apoyo de otras. La socialización de niñas y niños está diseñada para la transmisión de las habilidades esperadas de cada género, incluso la capacidad para trabajar en grupo.
Boster (1985), en varios estudios experimentales entre los awajún, demuestra los conocimientos especializados de cada género en su ámbito de actividad. No todas las mujeres llegan a ser igualmente competentes en lo suyo, pero abuelas con un amplio repertorio de conocimientos suelen tener a hijas y nietas que destacan de modo similar. Sean estos sobre cultivos, plantas medicinales y prácticas curativas, cantos o magia, los conocimientos se transmiten en linajes femeninos. La eficacia masculina en la caza y pesca, como hoy en aprovechar oportunidades de empleo y emprendimiento, depende de ciertas prácticas de sociabilidad —antes, las sesiones de ayahuasca o reuniones políticas de cada tarde, ahora los partidos de fútbol— que implican poner en común los datos recopilados por los distintos grupos que se dispersaron por el bosque y los ríos durante la jornada (Birkes, 2012). Se trata de una especie de crowd sourcing (en el lenguaje contemporáneo).
3.3 La política de género
Los mitos de “matriarcado primitivo” (sociedades gobernadas por mujeres que fueron vencidas por los hombres para dar paso al dominio masculino de los tiempos históricos) han sido hallados en muchos grupos amazónicos (Bamberger, 1979). Matthiasson (1974) clasifica los sistemas de género de un conjunto de sociedades como “manipuladores” e incluye en esta categoría a la sociedad amahuaca de la Amazonía peruana. Collier y Rosaldo (1981) elaboran un argumento sobre las particularidades de la política de género en sociedades como las indígenas amazónicas. Aunque es motivo de controversia (McCallum, 2001; Belaunde, 2001, 2008), contiene muchos elementos iluminadores. Señalan cómo las mujeres amazónicas son proveedoras fundamentales para sus grupos familiares; los hombres, en cambio, traían carne que se repartía entre todos los hogares. Simbólicamente, sus intercambios forjaban las relaciones sociales que integraban a la comunidad.
El matrimonio es la puerta a la adultez, pero su significado es radicalmente diferente para cada género. Para los hombres, amplía los alcances de sus vínculos sociales al legitimarlos como partícipes de los intercambios recíprocos y el ingreso como par en los círculos de poder y decisión. Para las mujeres, significa una pérdida de estatus y autonomía. Las disputas por esposas —obtenerlas y mantenerlas pese a las pretensiones de otros hombres— ocupan gran parte de la política local, la cual se convierte en una “política sexual” en la interpretación de Collier y Rosaldo (1981).
3.4 Los grupos solidarios femeninos
Afectada como indudablemente está por sesgos de omisión, la literatura sugiere que las formas de asociación entre mujeres en tiempos históricos en la Amazonía indígena se agotan en los grupos de parentesco y los grupos de trabajo. Las referencias contemporáneas son más diversas. Hallamos clubes de madres, promotoras de salud, promotoras legales, parteras capacitadas, organizaciones de Vaso de Leche, comedores, comités de aula en los colegios, beneficiarias del programa Juntos, trabajadoras de Cuna Más, asociaciones religiosas de iglesias evangélicas (Anderson et al., 2016; Paredes, 2005; Bant y Motta, 2001; Dierna et al., 1999; Urrutia y Diez, 2017). En la zona shipiba son notables las cooperativas de artesanías, los grupos de comerciantes y los equipos femeninos de fútbol que destacan en el campeonato shipibo en Pucallpa cada año; incluso aparecen en informes periodísticos y televisivos en medios limeños y nacionales.
Desde la perspectiva de entender el significado de lazos entre hombres, por un lado, y lazos entre mujeres, por el otro, la poligamia encierra un interés particular. Aunque practicada por minorías religiosas marginales en las sociedades contemporáneas de mayoría cristiana, hay que recordar que la poligamia, y especialmente la poliginia, fue y sigue siendo bastante difundida en el resto del mundo4. Se ha analizado esta forma de matrimonio como una estrategia de control de la natalidad que ayuda a asegurar el equilibrio entre la población y los recursos disponibles, y parece haber servido a ese fin en la Amazonía.
4. Lo cotidiano y lo político: los vínculos entre mujeres y su importancia hoy
Inicio el examen de la evidencia del estudio del 2012 contrastando las situaciones de dos mujeres: una —llamémosla Anolia— que cuenta con abundantes vínculos con otras mujeres en la localidad donde vive; y otra —llamémosla Berta— que no goza de la misma cantidad ni calidad de vínculos5. ¿Qué diferencia hace? Los perfiles describen su situación al momento del trabajo de campo en sus respectivas comunidades. Ambas mujeres tenían hijas e hijos pequeños y ambas habían dado a luz recientemente. El parto y el puerperio constituyen una encrucijada que aumenta la demanda de apoyo social y material; ponen el foco en la acción de muchas otras personas, hombres y mujeres, que se relacionaban con las dos protagonistas.
4.1 Anolia
Anolia, mujer wampis, tiene veintiún años y dos hijos, uno de casi tres años y otro de semanas de nacido. Su marido, Eusebio, tiene veintitrés años. Ambos miembros de la pareja terminaron su educación secundaria en el colegio de la comunidad, por el río Santiago, aunque él es natural de una comunidad río abajo. En estos momentos, Eusebio está estudiando una carrera técnica en Santa María de Nieva. No estuvo presente para el nacimiento de su hijo y se rumorea que ha iniciado una relación con otra mujer. La casa de Anolia está en un solar a pocos pasos de la casa de su hermana Dalia. Un hermano adolescente y la madre de ambas mujeres, Felícita, comparten la residencia. Duermen en la casa de Anolia, pero circulan entre ambas durante el día. La madre tiene una pequeña bodega con escasa mercadería que abastece de algunas cosas a la familia y recibe ocasionales clientes. Dalia es dos años mayor que Anolia y tiene cuatro hijos. Las tres primeras son niñas, de ocho, seis y tres años, y el último es un varón que, a sus dos meses, es casi contemporáneo de su primo, el bebé de Anolia. El marido de Dalia sale de caza ocasionalmente y consigue trabajos como guía; por ejemplo, para brigadas de salud que recorren la zona. Sin embargo, contempla irse a la costa, posiblemente a Lima, para trabajar en construcción civil o como vigilante, donde piensa que su experiencia en el ejército le puede ayudar. Son miembros de una de las familias dominantes, las tres mujeres están emparentadas con un hombre, líder y curandero, prominente en la comunidad.
Anolia y su hermana pudieron hacer el descanso después de sus partos, como manda la costumbre, aislándose en una especie de carpa dentro de la casa. Ahí les tocaba ocuparse únicamente de sus bebés, dejando las tareas domésticas y las idas a la chacra a otros integrantes de su hogar compuesto. Como raras veces ocurre, el marido de Dalia preparaba y servía algunas de las comidas. La abuela Felícita asumió como una obligación suya el lavado de la ropa y darle otras ayudas a cada una de sus hijas durante un mes después del parto. Anolia está inscrita en el programa Juntos en nombre de su madre, ya que ella en ese momento no tenía DNI. Recibe apoyo del Vaso de Leche por su hijo mayor. Dalia también está en Juntos y Vaso de Leche, y recibe víveres del PRONAA. Todos los partos de ambas hermanas fueron atendidos en la posta de salud de la comunidad, en un contexto en que los partos a domicilio aún predominan.
Anolia es asidua usuaria del establecimiento de salud, donde se encuentra con un personal exclusivamente femenino. La quieren mucho debido a su buen desenvolvimiento en el castellano y porque “obedece”, según dicen, las indicaciones que le dan. Las dos hermanas en ocasiones comparten la lactancia de sus infantes; por ejemplo, cuando una de ellas tiene que asistir a una consulta. Además de la ayuda de la abuela, cuentan con el apoyo de las hijas mayores de Dalia para diversas labores. La más grande, de ocho años, en las observaciones que se hicieron en la casa, hacía lo posible por esquivar los pedidos de ayuda con los recién nacidos, aunque se la veía cargando a su hermanito en aparina6 en una de sus primeras idas a la chacra con la mamá y tía. También enjuagaba la ropa en una pileta que había frente al solar. La niña de seis años, a diferencia de su hermana mayor, disfrutaba de cargar a los bebés, mover la hamaca donde dormían y entretenerlos con canciones y sonidos. La mayoría de las veces las hijas mayores de las dos hermanas fueron observadas juntas, jugando, bajando frutos de los árboles y compartiendo actividades con otros niños que vivían cerca. Se desplazaban libremente entre una casa y otra y siempre hubo una mujer mayor —madre o abuela— al alcance para vigilar sus movimientos. Anolia y Felícita planean viajar dentro de un mes al pueblo de Eusebio para presentar el nuevo bebé a los familiares de su padre.
4.2 Berta
Berta, mujer shipiba, está casada con un mestizo que conoció cuando ella trabajaba como cocinera en un campamento maderero cerca de la comunidad. Tiene veintiún años y dos hijos, la segunda nació durante el trabajo de campo en su comunidad. El padre de su primer hijo —de tres años— abandonó a Berta antes de que el niño naciera. Quien la acompañó en el nacimiento y en los siguientes años fue Manuel, de treinta y cuatro años, padre de la recién nacida. Él se había ilusionado fuertemente con tener un primogénito varón. Mandó a pedir un conjunto de cama y cómoda de Pucallpa que llegó algunos días después del nacimiento y aún faltaba armar. Los últimos días del embarazo, cuando la barriga de Berta le incomodaba demasiado para agacharse y cocinar, su hermana adolescente o su madre venían para preparar la comida o se la mandaban desde su casa. Sin embargo, nadie la ayudaba en otra de las tareas que supuestamente no deben realizar las mujeres en la etapa final del embarazo: el lavado de ropa. El parto de Berta fue largo y doloroso. Fue en casa y su madre la atendía, pero, al tercer día de tener dolores, el esposo llamó a la enfermera de la posta, quien llegó con medicamentos. Berta sintió mucha vergüenza porque gritó del dolor y su comportamiento recorrió el pueblo como chisme. Es un punto de honor entre las mujeres dar a luz de manera discreta, valiente y autosuficiente.
Después del parto, Berta pasó quince días descansando “dentro del mosquitero”. Durante ese tiempo su madre y sus tres hermanas menores iban a la casa, preparaban el almuerzo, lavaban la ropa y luego regresaban a su domicilio. Sin embargo, transcurridos los quince días, Berta se quejaba de que solo llegaban para almorzar y se iban dejando los enseres sucios y la casa sin ordenar. Ella volvió a encargarse del lavado de la ropa en un pozo, su fuente más cercana de agua. La bebé inició la lactancia normalmente, pero Berta pronto comenzó a tener mucho dolor en los pezones. A la semana estaban llenos de heridas y la bebé había dejado de lactar. Berta le daba leche Anchor en biberón. Pidieron el auxilio del puesto de salud y vino un técnico sanitario, quien le puso una inyección. Algunos días después, luego de la visita de una promotora comunal, Berta se dejó convencer de que necesitaba una segunda consulta. Adolorida y con lentitud, caminó al puesto de salud en compañía de la promotora, la antropóloga y su pequeño hijo. Esta vez le tocó la consulta con una enfermera antigua y una obstetra recién llegada. Salió en claro el cuadro de mastitis y depresión de la madre, y la situación de riesgo de la bebé. El marido de Berta tardaba en aceptar a la hija y prestaba poca ayuda. Una noche en que él no estaba en casa, Berta soñó con un encuentro con el yushin7, señal de mal augurio.
4.3 Discusión
Las dos fotografías —de Anolia y su entorno, y de Berta y su entorno— sirven para introducir algunos de los temas vinculados a las relaciones entre mujeres y su importancia para las indígenas amazónicas. Ambas mujeres recién habían dado a luz y por eso no las observamos en el trabajo de la chacra, actividad donde la cooperación femenina es imprescindible8. Las mujeres no van al bosque solas, ni acompañadas únicamente por sus hijos pequeños. Van en parejas o tríos de mujeres, con sus hijos, incluyendo a una o uno en edad para encargarse del cuidado y el entretenimiento de los niños y niñas más pequeños. Es el papel que la hija de ocho años de Dalia cumplía cuando su mamá, habiendo terminado su mes de descanso posparto, retomaba su rutina de cultivo y cosecha. En este estudio, las únicas mujeres que se salvaban de las labores de la chacra eran un par de adolescentes que se habían embarazado, para gran decepción de sus familias, estando todavía en la secundaria y sin novio a la vista. Sus madres y padres aceptaban seguir proveyendo sus necesidades con la esperanza de que eventualmente terminaran sus estudios.
Berta, tal vez porque su esposo Manuel es mestizo (natural de Madre de Dios), vive en una familia nuclear, situación que sale fuera de la norma para las comunidades shipibas. Es probable que durante sus años de ausencia, mientras trabajaba en el mundo no indígena, algunos de sus lazos con otras mujeres en la comunidad se hayan cortado. Al regresar, pudo haber construido lazos nuevos uniéndose a una iglesia evangélica, club de madres o grupo de comerciantes de artesanías, pero no tomó esa opción. El hecho de que su marido no sea del lugar significa que no cuenta con parientes femeninas de él como apoyo y aliadas, ya sean la suegra, tías, cuñadas o sobrinas. La carencia de una red fuerte de parientes mujeres mayores tuvo consecuencias graves cuando no hubo personas de confianza que la ayudaran con la lactancia de su bebé, que la aconsejaran frente al descontento de su esposo o que ejercieran presión sobre él. En consecuencia, caía en una depresión agravada con el sueño que tuvo, en el cual se hizo presente un mal espíritu. Se trasluce en la historia de Berta su soledad y búsqueda de consejos en personas (personal del establecimiento de salud, la antropóloga que estaba de paso) que serían recursos secundarios en otras circunstancias.
4.4 El vínculo (casi) irrevocable: abuela-hija-nieta
El tronco formado por un linaje de mujeres emparentadas aparece como uno de los elementos estructurales más sólidos en las sociedades indígenas, en la literatura y en nuestros datos. La composición del hogar tiene obvias implicancias para la organización de los cuidados, el manejo de la economía y la demanda de cooperación entre las personas que lo comparten. Como indica la tabla, los hogares compuestos por múltiples generaciones están presentes en todas las comunidades, pero son notablemente más frecuentes en la comunidad shipiba, donde los hogares de tres o incluso cuatro generaciones son una clara mayoría: ocho de doce. En todos estos casos, hubo una madre y una hija o nieta suya, y la gerencia del hogar corría por cuenta de dos o más mujeres parientes en línea directa.
Tabla 1
Tamaño y composición de los hogares del estudio, según comodidad

*Considera los hogares sobre los cuales se manejaba una información completa acerca de su composición. En dos comunidades no se logró establecer con precisión las circunstancias de una de las familias y se perdió un caso de la muestra.
**Los hogares de 2 personas eran casos de parejas jóvenes que esperaban a su primer hijo. De la muestra de 17 gestantes, 4 eran primerizas.
***Un caso fue de 4 generaciones.
En comparación con las otras tres comunidades, los hogares shipibos también tenían una composición compleja. Uno de ellos, por ejemplo, tenía 13 integrantes, todos menores de edad, entre escolares y preescolares, con excepción del abuelo, la abuela y una nieta, a su vez madre sola de dos niños pequeños. Las dos mujeres se encargaban de la totalidad de las labores con la asistencia puntual de los niños en edad escolar. Varones todos, ellos participaban eventualmente de la atención a los más pequeños y en ocasiones traían pescado que obtenían utilizando la tecnología a su alcance, en la orilla del lago (el abuelo pescaba desde su bote y era el principal proveedor). La solidaridad entre mujeres toma una forma particular en una situación como esta. La abuela se encargaba del cuidado de los hijos de dos de sus hijas que estaban trabajando en la ciudad. Como corolario, la nieta compartía con su abuela el cuidado de hermanos suyos, tíos, sobrinos y sus dos hijos propios. Sin esta forma de colaboración de las familiares que se quedan en la aldea, las otras mujeres no podrían salir a trabajar. Indudablemente, correspondían con regalos y dinero la ayuda recibida cuando llegaban de visita o retornaban entre uno y otro empleo.
Para que sean cooperantes, madres e hijas, abuelas y nietas, hermana y hermana, no necesariamente comparten la misma vivienda, sino que muchas veces viven al lado o a pocos pasos la una de la otra. Los datos de este estudio no permiten conteos de cuántas de las mujeres vivían lado a lado con parientes directas en línea materna, pero de hecho hubo múltiples casos. En estas situaciones, los niños y las niñas pequeños se desplazaban moviéndose entre una casa y otra a lo largo del día. Se les ofrecía comida donde hubiera y cuando hubiera. En una observación un niño lloraba solo, luego de haber recibido una reprimenda de su madre. Su abuela le increpaba: “Ahí (señalando la casa vecina) están tu tía, tus primos. ¿No sabes ir a buscarlos?” El nieto tenía que haber sabido conseguir por sí mismo el consuelo y la distracción que necesitaba en ese momento.
La cooperación intergeneracional madre-hija, sin embargo, tiene ciertos límites. Nuestros datos recogen algunas de estas situaciones:
• Discrepancias en torno a los proyectos de vida. La hija en una familia ashéninka desapareció porque, luego de volver a su hogar de origen cuando fracasó su matrimonio, entabló relación con otro hombre que merecía el rechazo violento de todos sus parientes. La madre y el resto de los familiares insistieron en que no sabían dónde estaba, si vivía o no.
• Actividades económicas fuera del alcance de las mujeres mayores. Unas pocas mujeres manejaban pequeños bares o bodegas en sus casas. En estos casos, solían trabajar en sociedad con sus maridos o eventualmente padres o suegros, ya que la lectura y conocimientos de aritmética y el español eran importantes. Las mujeres mayores tendían a ser monolingües en lengua nativa y no habían asistido a la escuela.
• Demandas excesivas por parte de las mujeres jóvenes, resistidas por abuelas cansadas. En un par de casos de abuelas shipibas, se escuchaban quejas sobre el trabajo excesivo que les daban sus nietos. En forma disimulada, expresaban que sus hijas abusaban de su buena voluntad al tomar la decisión de irse a trabajar fuera de la comunidad. La madre de Berta, aparte de la antipatía que parece haber sentido por su yerno, puede haber mostrado algo de esa actitud cuando redujo la ayuda a su hija luego del parto, además de que tenía sus propios hijos menores por atender.
Para las shipibas, la fabricación de bordados y otras artesanías compite por su tiempo con la atención a sus casas y familias. La mayoría da prioridad a los hijos y nietos, y logra adelantar sus proyectos artesanales en los intersticios; por ejemplo, en momentos de descanso entre comidas. La cooperación femenina toma una nueva forma cuando abuelas, madres e hijas se abocan a la misma actividad en estos intervalos. Comentan el diseño o la selección de colores de unas y otras, comparten alguna técnica que han aprendido, discuten estrategias de comercialización de sus productos y colaboran en alejar de su parafernalia a niños y niñas, pollos y perros, que rondan por el emponado9 buscando sombra, comida y compañía.
5. Matices, cualificaciones y excepciones respecto a los vínculos entre mujeres
5.1 Los márgenes de libertad en las relaciones entre mujeres
Los especialistas que estudian las sociedades amazónicas han propuesto varias interpretaciones que intentan captar la lógica profunda de estas sociedades (McCallum, 2001; Belaunde, 2001; Descola, 2001): su ethos o sistema de valores. Fundamentales son las ideas acerca de la convivialidad. La forma apropiada de ser humano se refleja en cualidades como la generosidad, la ecuanimidad, el buen humor y la receptividad frente a interacciones sociables con otros seres humanos. El autocontrol, la agencia y autodeterminación de cada individuo deben conllevar el respeto por las mismas cualidades en cada otro individuo. La persona adulta, hombre o mujer, debe ser y mostrarse competente. No puede parecer débil o cobarde frente a sus congéneres, mucho menos frente a extraños.
Hallamos aquí una posible explicación de la actitud de Berta en su encuentro con la enfermera y la obstetra del centro de salud de la comunidad, cuando hacía todo lo posible por no revelar su incapacidad para alimentar a su bebé sabiendo que era esencial para su sobrevivencia. Revelar estados de miedo y dependencia solo puede darse entre parientes muy cercanas del mismo sexo. Es así que las mujeres piden a sus maridos que se retiren al momento del parto si creen que van a tener dificultades, como ocurrió cuando Berta echó a su marido e hijo de tres años, quienes se fueron a caminar juntos. Las mujeres prefieren dar a luz a solas o únicamente acompañadas de sus madres, si creen que pueden gritar o sufrir visiblemente (Zevallos, 2011; Belaunde, 1993).
Otro valor es la inviolabilidad del individuo, documentada como un rasgo de muchos de los grupos nativos de América del Norte y del Sur (Whitehead, 1981). Nadie interfiere con otra persona una vez que esa otra persona alcanza el estatus de adulto competente. Según ese principio, los consejos que van y vienen entre mujeres, y que son una manifestación de su identificación como género, son escasos y parcos en los pueblos indígenas amazónicos. Una vez que una mujer haya pasado por la experiencia del parto y criado a un hijo, se asume que sabe lo que hace y por qué lo hace. Las mismas ideas acerca de la autonomía de cada quién hacen que los grupos de trabajo entre mujeres funcionen sin una persona al mando que reparta las tareas. Cada quién aportará lo que puede y quiere, haciendo uso de su capacidad para reconocer las acciones que la situación demanda.
Estos factores influyen sobre las relaciones entre mujeres. Su trasfondo es una jerarquía generacional y de edad que hace que las mujeres mayores tengan cierta influencia sobre las jóvenes. Su influencia se basa en el conocimiento y la experiencia de vida de las mayores, debidamente demostrados en sus logros (matrimonios sólidos al final de un recorrido, posiblemente luego de varios intentos; hijos e hijas crecidos y exitosos; capacidad para hacerse un modelo de las cualidades humanas valoradas por el grupo). La autoridad de las mujeres mayores no se ejerce con violencia ni gritos; a lo más se refuerza mediante sanciones como la risa y el chisme.
5.2 Enemigas y rivales
Las estadías en las cuatro comunidades no revelaron casos de vendetta entre mujeres, ni siquiera en situaciones en que un hombre interactuaba con frecuencia con una esposa anterior o con la madre de un hijo que él engendró en su juventud. No se presentaron escenas de agresiones entre mujeres, ni hubo el atisbo de peleas antiguas entre clanes o grupos familiares que arrastraban a las hijas y nueras a relaciones de conflicto. La norma se cumplía: antes de provocar escenas de conflicto es preferible simplemente abandonar el lugar o no aparecer donde podrían darse discusiones desagradables. Así las mujeres lograban llevarse en paz frente a súbitas exigencias de los profesores de las escuelas de cooperar en la preparación de almuerzos, frente a divisiones entre mujeres beneficiarias y no beneficiarias del programa Juntos (presente en las comunidades wampis y awajún, no en las dos comunidades de Ucayali), frente a animales domésticos que podían escaparse y dañar la propiedad ajena, frente al ruido de radios a todo volumen, frente a diferencias religiosas entre católicas y evangélicas. La excepción, que podía ocasionar enfrentamientos verbales y ocasionalmente litigios entre dos bandas, fueron los casos de hijos adolescentes que dejaban embarazadas a sus compañeras de clase u otras jóvenes de la comunidad. En tales situaciones, discuten los familiares varones y mujeres de ambos grupos, los hombres con la voz cantante, hasta llegar a un acuerdo10.
La situación de conflicto entre mujeres —que se documenta con abundancia de detalles en los datos obtenidos para este trabajo— es la rivalidad entre coesposas de un mismo hombre; es decir, matrimonios poligínicos. Práctica bastante difundida entre los pueblos indígenas en el pasado, la poliginia hoy se limita a pocos casos. En la muestra de 48 hogares, solo hubo dos casos, ambos en la comunidad wampis. La literatura sugiere que los conflictos entre dos o más esposas de un hombre se daban con cierta frecuencia en el pasado (Bant, 1994) y, sin embargo, tuvieron como freno el hecho de que las esposas tendían a ser hermanas. En los dos casos que documentamos, las mujeres en cuestión no eran familiares e incluso procedían de localidades diferentes11. Los esposos parecían considerar que eso facilitaría la convivencia, pero ninguno de los dos había logrado que sus dos esposas estuvieran bajo un mismo techo, salvo por un tiempo corto. Las quejas de las mujeres siguen el patrón de antaño: reclamaban que las atenciones que el hombre dispensaba a cada esposa eran desiguales y que el reparto de sus recursos no satisfacía las necesidades de ninguna de ellas con sus hijos. La cita de líneas abajo sugiere el grado de violencia que se puede suscitar cuando unos cuantos hombres intentan mantener la tradición de matrimonios poligínicos bajo las circunstancias actuales:
Paloma acepta que su marido tenga otra esposa, pero no quiere que viva cerca. Acepta que reparta el dinero con la otra. Actualmente ya no pelean mucho por ese motivo. Antes peleaban mucho. Ella le pegaba (a la otra esposa) con palo, no le quería dar de comer. No la dejaba estar en la casa. El esposo trajo a su otra mujer y Paloma no quería atenderlo. Él también le pegaba hasta morir, le decía “te voy a matar”. Amenazando vivían entre ellos. La otra mujer quería tomar lejía, se molestaba; como es awajún, amenazaba. Así vivían peleando. Cuando la trajo, la segunda mujer vivía en la casa de la hermana del esposo. No hicieron que se una con Paloma. Ninguna mujer quería vivir con la otra. Así han vivido en la misma comunidad casi medio año. Cuando el esposo traía bastante comida, le daba la mitad a una mujer y la mitad a la otra. Igual daba a las dos. La primera mujer siempre se molestaba porque la segunda también recibía. Él felizmente no es mal cazador, pero tampoco traía carne todos los días. Entre mujeres han peleado, hicieron separar y la cuñada llevó a la segunda mujer. Como siempre había conflicto, el marido no le construyó una casa a la segunda mujer al lado de la primera. Luego él se ausentó durante un año y vivió en Santa María de Nieva con la segunda mujer. (Rodrigo Lazo, comunidad wampis, notas de campo, julio del 2012).
En generaciones anteriores, para los hombres, tener más de una esposa era señal de su éxito como proveedor, líder, hombre maduro y capaz de controlar precisamente las situaciones de conflicto que podían surgir en su hogar. Hoy, ninguna de esas condiciones se cumple fácilmente. No obstante, la asociación entre la poliginia y el prestigio masculino parece perdurar. Así, en el segundo caso de poliginia en la comunidad wampis, el esposo soñó que debía buscarse una segunda esposa luego de haber procreado una decena de hijos con la primera. Como integrante de uno de los grupos familiares notables en la comunidad, con ciertas pretensiones políticas, él puede haber sentido la necesidad de esta afirmación adicional de su capacidad. Como en el caso anterior, le salió bastante mal la apuesta: la primera esposa no aceptó a la jovencita que él trajo de otra comunidad y la relación con la primera familia se deterioró. Entretanto, y luego de cuatro hijos más con la segunda mujer, él duda de sus afectos y lealtad.
5.3 El papel de los hombres
En el solar que compartían Anolia, Dalia, su madre Felícita y sus varios hijos e hijas pequeños, hubo la presencia de un solo hombre adulto: el esposo de Dalia. Cumplía el rol de proveedor y participaba bastante durante el periodo de descanso posparto de su esposa. Festejaba el hecho de que, luego de tres mujercitas, había nacido un varón. Al mismo tiempo, estaba evaluando la posibilidad de una migración laboral que prometía ser relativamente prolongada: hacia una ciudad de la costa, posiblemente Lima. Todo hace pensar que, de haberse producido esa migración, la organización de la casa y la vida diaria de sus ocupantes habrían cambiado poco. La cantidad de mujeres y sus vínculos con parientes que podían prestarles servicios puntuales, como el tío curandero, daban ciertas seguridades de ello.
No obstante, hay necesidades que solo un hombre puede resolver. Obviamente, dejando a un lado las satisfacciones psicológicas, afectivas y sexuales que están en juego. Pero la presencia del marido para muchas mujeres marcaba la diferencia entre tener que cocinar con ramas pequeñas y húmedas, o incluso sacrificar viejos muebles de madera en la hoguera, y poder contar con troncos grandes y secos. Los hombres son esenciales al momento de limpiar el monte y abrir una nueva chacra, y para controlar la invasión del bosque (con el peligro de serpientes) en el entorno de la casa. Solo los hombres realizan la caza. Algunas mujeres sin marido presente compraban las balas y encargaban sus pedidos de carne de monte a hombres que aún salían a cazar. Los hombres fabrican canoas, construyen nuevos cuartos o emponados en las casas y, en las dos comunidades de Amazonas, hacen o lideran viajes de compras a la frontera con Ecuador.
6. Conclusiones
Un tema que recorre la literatura sobre los pueblos indígenas amazónicos concierne a la fortaleza y duración de los vínculos entre las personas que integran los conglomerados a escala creciente y que, de forma piramidal, definen la organización social y política de estas sociedades: familias extendidas, “nexos endogámicos” (Descola, 2001), bandas, aldeas, alianzas políticas, etnias y familias lingüísticas. Se ha cuestionado, por ejemplo, la estabilidad del matrimonio y la frecuencia de las rupturas en las parejas conyugales. Se ha estudiado el liderazgo de “grandes hombres” y chamanes como procesos de construcción de alianzas temporales que, pasada la crisis, se disuelven en unidades menores. La división de las aldeas frente a conflictos políticos, la segmentación de grupos cuyo crecimiento demográfico ha excedido la capacidad de los recursos locales, y el substrato de nomadismo y migración de pueblos enteros, todos estos fenómenos son de interés porque hablan tanto de las condiciones ecológicas de la Amazonía como de las maneras que tienen sus pobladores originarios de elaborar y sustentar vínculos sociales.
La atención que se ha puesto en este artículo a las relaciones entre mujeres ha pretendido contribuir a estos debates. Sin embargo, su principal valor es poner al alcance una evidencia empírica sobre las maneras de vivir entre mujeres (además de varones y niños) en estos momentos y en esta fase de los procesos culturales ashéninka, shipibo, wampis y awajún. En la actualidad, los pueblos indígenas amazónicos viven compenetrados con asentamientos mestizos, cuarteles militares, empresas extractivas, servicios y programas estatales de variada relevancia, y sus desplazamientos entre el campo y la ciudad. Sus formas de asociación y sociabilidad están siendo desafiadas por estas y otras fuerzas. La defensa y elaboración de una manera propia de entenderse como seres humanos depende de su capacidad para articularse con organizaciones ajenas cuyos principios de base muchas veces entran en contradicción con los suyos.
En casi todos los lugares de colonización externa e interna, las nuevas condiciones abren oportunidades para los hombres antes que para las mujeres. Así ha ocurrido en la Amazonía peruana también. Las mujeres indígenas viven en un dilema entre su trabajo como proveedoras esenciales, el cuidado de la casa y de las nuevas generaciones, una escolaridad precaria y poco pertinente, la desvaloración frente a modelos citadinos de feminidad y pocos caminos para forjar nexos más allá de sus comunidades locales. En este contexto, el apoyo entre mujeres, los vínculos intergeneracionales, los grupos de trabajo compartidos y la intercambiabilidad entre mujeres para realizar muchas actividades pueden servir de base para cambios positivos. Quienes proponen intervenciones en este ámbito ¿serán capaces de reconocer y reforzar este potencial?
Espero haber sugerido algunas vetas para la investigación futura sobre los pueblos amazónicos en el Perú. Sucesivos gobiernos peruanos han anunciado como política nacional la interculturalidad. Hay que aplaudir las buenas intenciones y los enunciados de respeto del otro y las diferencias. Sin embargo, el respeto impone la obligación previa de conocer formas de vida distintas que se pretenden conservar. Los enfoques en distintos segmentos de las sociedades amazónicas —sean niños, niñas, adolescentes, jóvenes profesionales, ancianos y ancianas o, en el presente caso, las mujeres— ofrecen una estrategia que puede rendir muchos frutos. Los pueblos indígenas amazónicos han sido interpretados desde sus líderes y protagonistas masculinos durante mucho tiempo. Es hora de construir un conocimiento más fino y matizado sobre otros componentes de estas sociedades.
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Educación, información y embarazo adolescente en el Perú rural
Jorge Agüero
Universidad de Connecticut, Departamento
de Economía, Estados Unidos
1. Introducción
Las altas tasas de embarazo y maternidad en las adolescentes representan un problema de salud pública y afectan el desarrollo económico de los países de menores ingresos. En particular, el embarazo en las adolescentes genera consecuencias negativas no solo en ellas mismas, sino también en sus hijos (Field y Ambrus, 2008). Este tema es particularmente importante en América Latina, donde las tasas de embarazo de menores de edad son elevadas (U. N. Eclac y Unicef, 2007).
Por ejemplo, en el caso del Perú, la figura 1 muestra que se han logrado importantes reducciones en las tasas de fecundidad para las mujeres entre 20 y 34 años. Sin embargo, tales reducciones no se observan para las mujeres entre 15 y 19 años. Esto es más notorio en el Perú rural, donde el 25 % de las mujeres entre 15 y 19 años están embarazadas (o ya son madres), lo cual duplica el porcentaje de sus pares en zonas urbanas. Además, el 68 % de los embarazos de adolescentes rurales no fueron planeados (Endes, 2012).
Figura 1
Tasa específica de fecundidad por edad: Perú. 1986-2012

Nota: la tasa usa como referencia los cinco años previos a cada encuesta
Elaboración propia sobre la base de las Endes (1986-2012)
Varios autores han resaltado el papel que tiene la educación en la reducción de la tasa de fecundidad (Breierova y Duflo, 2004; Osili y Long, 2008; Duflo, Dupas y Kremer, 2015; Behrman, 2015; Agüero y Ramachandran, 2017). Sin embargo, estos trabajos tienden a enfocarse en el efecto de la educación sobre la tasa de fecundidad total, se centran en países del África subsahariana y carecen de una perspectiva de largo plazo. En este trabajo me enfoco en el papel que tiene la educación sobre la reducción del embarazo adolescente para el caso del Perú rural, analizando la relación entre educación y fecundidad durante los últimos treinta años.
Para lograr este fin, el trabajo tiene dos objetivos. Primero, se desarrolla un modelo teórico que muestra que la probabilidad del embarazo adolescente se puede entender a partir de dos componentes: el conocimiento y el uso de métodos anticonceptivos. En segundo lugar, este modelo es analizado con los datos de la Encuesta Nacional Demográfica y de Salud Familiar (Endes) que cubren casi tres décadas, y se estima el papel que la educación tiene sobre cada uno de estos componentes, evaluando si dicho vínculo ha cambiado en el tiempo.
Los resultados muestran que el acceso a la información sobre los métodos anticonceptivos (modernos) es casi universal y, por tanto, los “retornos” a la educación sobre esta decisión han caído para las nuevas generaciones. Es decir, un mayor nivel de escolaridad no genera un “premio” en términos de conocimientos de anticonceptivos modernos. Es más, mientras el acceso a la información ha aumentado, la tasa de embarazo adolescente se ha mantenido relativamente constante durante el periodo de análisis, lo cual sugiere que el acceso a la información no ha generado mayores cambios en la fecundidad. Este es un hecho interesante porque se contrapone a los hallazgos de estudios recientes, donde la falta de información es identificada como una falla de mercado en otras decisiones de los jóvenes1.
Esto implica que el tema del embarazo adolescente es más complejo y requiere intervenciones que vayan más allá de la simple provisión de información. En particular, nuestro trabajo muestra que la decisión de usar los métodos modernos (sabiendo de su existencia) es el factor más relevante y que la relevancia de la educación ha aumentado para las nuevas generaciones de jóvenes rurales. Esto implica que las políticas que mantengan a las adolescentes en la escuela tienen un beneficio adicional al reducir el embarazo adolescente.
Sin embargo, a pesar de las mejoras, los niveles de escolaridad en el sector rural son bajos. ¿Qué se puede hacer para que las adolescentes que no están en la escuela utilicen los anticonceptivos que conocen? Esta pregunta es común a varias intervenciones en salud preventiva. Por ejemplo, Viscusi (1990) muestra que, en los Estados Unidos, los fumadores son conscientes de los daños a la salud que ese hábito causa y, por tanto, el consumo de cigarros no es un problema meramente de acceso a la información. Margolis, Hockenberry, Grossman y Chou (2014) muestran que los fumadores que reciben un tratamiento más severo para sus problemas cardíacos son más proclives a dejar de fumar. En México, Agüero y Beleche (2017) encuentran que el lavado de manos aumenta cuando hay choques a la salud, como el de la fiebre porcina del 2009. En estos casos, la evidencia sugiere que el tipo de información es relevante y, en varios casos, se necesita un choque para poder alterar estos comportamientos. El trabajo de Kearney y Levine (2015) sobre la influencia de los medios en las decisiones de las adolescentes en los Estados Unidos provee una posible ruta para el diseño efectivo de políticas para reducir el embarazo adolescente.
Luego de esta introducción, el artículo está dividido en cinco secciones adicionales. En la siguiente sección, se presenta el modelo que permite encontrar las decisiones relevantes relacionadas con el embarazo adolescente. Las bases de datos se presentan en la sección tres, seguida por la descripción del modelo econométrico en la sección cuatro. Los resultados se describen en la sección cinco, y las conclusiones y recomendaciones de política cierran el documento.
2. Embarazo adolescente y comportamiento sexual
En esta sección, se presenta un modelo simple que permite separar la decisión del embarazo adolescente en términos del conocimiento y del uso de métodos anticonceptivos modernos2. Esta descomposición representa una alternativa a estudios previos donde los componentes eran más bien maritales y no provenían de decisiones sobre los comportamientos. Por ejemplo, Nathanson y Kim (1989) se enfocan en la maternidad fuera del matrimonio y dejan de lado el tema del conocimiento y uso de métodos anticonceptivos (modernos). Ignorar el tema de información sobre métodos anticonceptivos se contradice con las estrategias de políticas públicas en salud. Por ejemplo, la Ley General de Salud en el Perú tiene como parte de su estrategia para la reducción del embarazo adolescente la provisión de información acerca de métodos anticonceptivos. Para poder entender el alcance de este tipo de políticas, nuestro modelo incorpora el acceso y uso de la información.
En particular, la probabilidad del embarazo adolescente (el cual, para propósitos de este trabajo, incluye la maternidad adolescente) se puede expresar como el resultado de tres decisiones, como se muestra en la figura 2. En primer lugar, está la decisión de ser sexualmente activa3. Para aquellas que lo son, la siguiente decisión está en el conocimiento o no de métodos anticonceptivos modernos. Finalmente, para las que los conocen, está la decisión de usarlos. Dependiendo de estos tres nodos, se puede estimar la probabilidad de embarazo adolescente.
Figura 2
Diagrama de decisiones respecto al embarazo adolescente

Elaboración propia
Estimar el efecto de cada una de estas decisiones sobre la probabilidad de embarazo adolescente es costoso debido al número de nodos y probabilidades condicionadas4. Sin embargo, el modelo que introducimos permite reducir el número de decisiones a solo dos probabilidades bajo ciertos supuestos. Formalmente, definimos Pr(emb = 1) como la probabilidad de que una adolescente esté embarazada (o de que ya sea madre). Para ir directamente a la esencia del modelo, ignoremos por ahora el nodo referente al conocimiento de los métodos modernos. En este caso, la probabilidad de que una adolescente esté embarazada se puede descomponer en tres probabilidades condicionadas, como se muestra en la ecuación (1):

Los dos primeros elementos capturan la probabilidad de quedar embarazada para las adolescentes sexualmente activas. En este caso, su probabilidad de embarazo depende de haber tenido sexo sin protección, Pr(ssp = 1), o de haberse protegido usando métodos anticonceptivos modernos, Pr(ssp = 0). El tercer elemento viene dado por la probabilidad de quedar embarazada para aquellas que no son sexualmente activas. Biológicamente, esta probabilidad es cero, lo cual reduce el modelo a los dos primeros elementos de la ecuación (1).
Esta ecuación puede simplificarse aún más. Los anticonceptivos modernos tienen una alta tasa de eficacia. Según la Organización Mundial de la Salud, el condón para hombres es efectivo en el 85 % de los casos; el diafragma, en el 84 %; y el Depo-Provera, en el 97 % (WHO, 2010). Esto implica que podemos establecer que Pr(emb = 1|ssp = 0) se aproxima a cero. Adicionalmente, desde el trabajo de Rosenzweig y Shultz (1989), varios estudios muestran que la eficacia de estos métodos no depende de los niveles de escolaridad. Por lo tanto, se puede asumir, sin pérdida de generalidad, que Pr(emb = 1|ssp = 0) = a0, donde a0 es una constante tal que a0→0.
Similarmente, la probabilidad de embarazo sin protección es alta y tampoco depende del nivel de educación5. De esta manera, se puede considerar que Pr(emb = 1|ssp = 1) = a1, donde a1 es una constante tal que a1→1. Aplicando estos límites para a0 y a1 y sustituyendo estos valores en la ecuación (1), se muestra que la probabilidad del embarazo adolescente es proporcional a la probabilidad de tener sexo sin protección, lo cual genera la siguiente simplificación:

Ahora reincorporamos la decisión de conocer o no métodos modernos. Siguiendo la estructura de la figura 2, la probabilidad de tener sexo sin protección, Pr(ssp=1), se puede descomponer, a su vez, en dos probabilidades condicionadas, según el conocimiento de métodos modernos (cmm):

El hecho de que el uso de estos métodos solo se puede lograr si se les conoce hace que Pr(ssp = 1|cmm = 0) = 1. En este caso y utilizando el teorema de Bayes, la ecuación (2) se reduce a lo siguiente:

Adicionalmente, remplazando (2’) en (1’) se obtiene

La ecuación (3) establece que la probabilidad de embarazo adolescente es proporcional a la suma de dos probabilidades. Primero, depende de la probabilidad de tener sexo sin protección a pesar de conocer métodos anticonceptivos: Pr(ssp = 1 ∩ cmm = 1). Segundo, depende de la probabilidad de conocer dichos métodos: Pr(cmm = 1).
Una vez identificados estos dos factores, se busca estimar el papel que tiene la escolaridad sobre dichas probabilidades. Este papel se puede encontrar al diferenciar ambos lados de la ecuación (3) respecto a la educación:

El efecto global de la educación sobre el embarazo adolescente es negativo dado que es proporcional a dos efectos con el mismo signo. El primer efecto negativo se debe a que, a mayor educación, se reduce el sexo sin protección para aquellas que conocen de métodos anticonceptivos. Esto ocurre debido al aumento del costo de oportunidad de tener un hijo para las personas con más educación. El segundo efecto es negativo porque la educación facilita el acceso a la información y este vínculo entra negativamente como se muestra en la ecuación (4). El siguiente paso es estimar cada una de estas derivadas utilizando las encuestas de hogares. Los detalles de estas encuestas se describen en la siguiente sección.
3. Tres décadas de la Encuesta Demográfica y de Salud Familiar
La fuente principal de información proviene de la Encuesta Demográfica y de Salud Familiar (Endes), que es una encuesta de corte transversal y representativa en todo el país (y por regiones), la cual se ha aplicado en varios países en desarrollo desde mediados de la década de 1980. En estas encuestas, las mujeres entre 15 y 49 años responden preguntas que incluyen la historia de los nacimientos de sus hijos, fecundidad, características sociodemográficas (estado civil, empleo, ocupación) y otros temas que se agregan a cada nueva encuesta.
En el Perú, las Endes se han aplicado en 1986, 1991/92, 1996, 2000 y anualmente desde el 2004. Hasta el 2012, el Perú formó parte del programa Demographic and Health Surveys (DHS), pero a partir del 2013 la Endes se ha administrado separadamente de este programa. Esta separación implica que el Instituto Nacional de Estadística e Informática del Perú no tiene que adherirse a las regulaciones del programa DHS y, por tanto, es libre de cambiar el cuestionario y el muestreo de la encuesta. Por esta razón, para mantener la mayor consistencia en nuestro análisis, en este trabajo utilizamos todas las Endes hasta el 20126. Restringiendo la muestra a las mujeres rurales entre 15 y 19 años, el número final de observaciones en todos estos años es de 14 0697.
Relevante para este estudio es el hecho de que la Endes recoge información sobre el número de hijos nacidos vivos de una mujer y si está embarazada (emb = 1). Consistente con el modelo de la sección 2, la encuesta contiene información sobre el conocimiento de métodos anticonceptivos modernos como la píldora, los inyectables y el condón masculino8, así como métodos tradicionales (abstinencia, retiro y otros). Para este trabajo nos centramos en el conocimiento de métodos modernos e independientemente de si la respuesta fue espontánea o si se debió preguntar a la mujer sobre su conocimiento del método. Esto último se debe a que las primeras Endes diferenciaban por el tipo de respuesta, lo cual desapareció en las últimas metodologías; así se logra tener una mayor consistencia entre encuestas9. Siguiendo las variables descritas en el modelo de la sección anterior, aquellas con conocimiento de métodos modernos tendrán (cmm = 1) y cero en caso contrario.
Condicionado en el conocimiento de un método moderno, la adolescente sexualmente activa puede tener sexo con o sin protección. Aquellas que tienen sexo, pero no usan métodos modernos, a pesar de conocerlos (ssp = 1 ∩ cmm = 1), son clasificadas como adolescentes que tienen sexo sin protección aun cuando estén usando métodos tradicionales. Adicionalmente, la Endes captura el nivel de escolaridad de la mujer. Este es medido por el número de años que aprobó al momento de la encuesta.
Tabla 1
Promedios de las principales variables, por edad de la mujer: Perú rural

1 Incluye embarazo.
Nota: la muestra incluye a todas las mujeres rurales entre 15 y 19 años al momento de la encuesta.
Elaboración propia, según las Endes 1986-2012. En el texto encontrará las definiciones de cada variable.
En la tabla 1, se presentan las estadísticas básicas de estas cuatro variables para la muestra que abarca todas las Endes desde 1986 hasta el 2012. Revela que cerca del 24 % de las adolescentes rurales son madres (o están embarazadas) al momento de la encuesta. Casi un 90 % de ellas ha oído hablar de por lo menos un método anticonceptivo moderno, y el porcentaje de mujeres que los conoce, pero no los usa, es de solo 17 %. Todas estas probabilidades aumentan con la edad, como se observa en las columnas 2 a la 6. En la siguiente sección, se describe el modelo econométrico que permite estimar la ecuación (4) a partir de los datos de la Endes señalados arriba.
4. Modelo econométrico
Para estimar el poder predictivo de la escolaridad sobre cada uno de los componentes de la ecuación (4), utilizamos un modelo de probabilidad lineal10 descrito en la siguiente ecuación:

donde yict es una variable binaria para la adolescente i en la cohorte c observada en la encuesta del año t. En particular, se consideran tres variables según el modelo de la sección 2: probabilidad de estar embarazada (emb = 1), conocer métodos anticonceptivos modernos (cmm = 1) y haber tenido sexo sin protección a pesar de conocer dichos métodos anticonceptivos (ssp = 1 ∩ cmm = 1). Para cada de una de estas variables, la regresión controla por efectos fijos por cohortes (definidos por el año de nacimiento) y por año de la encuesta, µχ y µt, respectivamente. Esto permite controlar por variables no observables que cambien por cohorte y por año de la encuesta. De esta manera se puede controlar por el “ciclo de vida” descrito en la tabla 1, donde las probabilidades estudiadas aumentan con la edad. Además, la regresión incluye tendencias lineales por cohortes (µtc), con el fin de controlar por variables que cambien en el tiempo para cada cohorte. Nótese que, dados los años de las encuestas, estas tendencias son relevantes para las adolescentes entrevistadas desde el 2004. Adicionalmente, los errores estándares se estiman de manera robusta a cualquier tipo de heterocedasticidad y se corrigen por conglomerados para cada unidad primaria de muestreo de la encuesta.
El parámetro de interés viene dado por βt, el cual se estima para cada encuesta (y para cada variable dependiente). Esto permite no solo entender la relación de las variables con la escolaridad, pero también evaluar si dicha relación fluctúa en el tiempo. Así, esta metodología nos permite ver si la relevancia de la educación para reducir el embarazo de la mujer rural joven de hoy es la misma que la de la cohorte de sus madres en la generación anterior. De esta manera, estos parámetros bt capturan los “retornos a la educación” en el sentido de Mincer, como se utiliza en la literatura de la economía laboral.
Es importante notar que el análisis empírico de este trabajo es deliberadamente descriptivo. Debido a la naturaleza de la fuente de variación no es posible asignar una interpretación causal a βt. Por el contrario, el objetivo del trabajo es establecer regularidades empíricas sobre el papel de la educación en cada una de las probabilidades de interés. Estas regularidades proveen relaciones de comportamiento que caracterizan el proceso del embarazo adolescente y en ese sentido muestran el valor de este enfoque.
Sin embargo, es posible aproximarse a una interpretación “más causal” del parámetro de interés cuando se comparan los cambios de βt en el tiempo. Al estimar la ecuación (5) como una probabilidad lineal, el estimado por mínimos cuadrados ordinarios de βt puede ser expresado como la suma de dos componentes: el verdadero valor de βt más el sesgo que proviene por la posible presencia de variables omitidas. Sin embargo, si se asume que el sesgo es constante en el tiempo, entonces, al comparar los estimados de dos años, dicho sesgo es eliminado. Así, para dos periodos t y k, ∆β = βt - bk, tendría un carácter más causal que la estimación de corte trasversal. La aplicación de esta metodología en el contexto rural del Perú en los últimos 30 años se presenta en la siguiente sección.
5. Resultados
5.1 Tendencias: 1986-2012
En la figura 3, se muestra la evolución de las tres variables de interés durante casi tres décadas. La proporción de madres adolescentes no ha variado mucho desde 1986 (línea sólida y medida en el eje izquierdo). La proporción ha fluctuado entre 21 y 27 % en todo el periodo, pero se observa una reducción desde mediados de la década de los noventa, aunque a una tasa muy lenta.
Figura 3
Evolución de las principales variables (proporción): adolescentes rurales 1986-2012

Nota: la muestra se basa en las mujeres rurales entre los 15 y 19 años al momento de la encuesta
Elaboración propia, según las Endes 1986-2012
El modelo propuesto en la sección 2 sugiere que hay dos probabilidades cruciales para entender este comportamiento. Como se aprecia en la línea negra punteada de la figura 5.3 (medida en el eje vertical derecho), las jóvenes rurales han aumentado considerablemente su conocimiento acerca de los métodos anticonceptivos modernos. En 1986, menos del 55 % de la muestra conocía alguno de estos métodos. Para la siguiente generación de adolescentes rurales, el conocimiento es casi universal, con una tasa de 97 % en el 2012. Este incremento sugiere que esta variable tiene un menor poder predictivo en la probabilidad de embarazo adolescente. Por el contrario, la variable que sí tiene un comovimiento con la proporción de madres adolescentes es la de la probabilidad de tener sexo sin protección para aquellas que sí conocen de estos métodos modernos. En estos 30 años, los niveles de educación de las jóvenes rurales han aumentado considerablemente, como se registra en la figura 4. Las adolescentes de hoy tienen casi el doble de años de escolaridad que sus madres. En 1986, menos de la tercera parte de estas mujeres había acabado la primaria. En el 2012, casi el 100 % de las mujeres entre 15 y 19 años en el sector rural tienen al menos primaria completa y 20 % de ellas ha terminado la secundaria, contra menos del 2 % de 1986. Este incremento acelerado en los niveles de educación es consistente con los hallazgos de otros trabajos basados en otras fuentes de datos (Boyd, 2013).
Figura 4
Evolución de los indicadores de educación de las jóvenes rurales: 1986-2012

Nota: la muestra se basa en las mujeres rurales entre los 15 y 19 años al momento de la encuesta.
Elaboración propia, según las Endes 1986-2012
Sin embargo, dicho incremento puede reducir el premio a la educación en la medida en que ser educada pasa a ser una característica menos escasa aún en el sector rural. De hecho, diversos trabajos han mostrado una reducción en el retorno a la educación respecto a los ingresos en América Latina (López-Calva y Lustig, 2010; Busso, Cristia, Hincapie, Messina y Ripani, 2017). En la siguiente subsección se explora esta hipótesis a través del modelo de regresión.
5.2 Análisis de regresión
Los resultados de estimar la ecuación (5) sobre el papel de la educación en las tres probabilidades de interés para la muestra de adolescentes rurales se presentan en las figuras 5 a la 7. En cada figura, se muestran los estimados de βt (pequeños círculos) para cada año de la Endes, así como los intervalos de confianza al 95 % (área sombreada).
En la figura 5, se muestran los retornos a la educación sobre la probabilidad de ser madre adolescente. En cada año de la Endes, se encuentra una relación negativa, es decir, las adolescentes con más educación tienen menor probabilidad de quedar embarazadas o de ser madres, y esta relación es estadísticamente diferente de cero. Así, en 1985, cada año adicional de educación estaba asociado con una reducción de 1,3 puntos porcentuales en la probabilidad de embarazo adolescente. Esto equivale a una reducción del 6 % en la probabilidad para ese año. En otras palabras, la probabilidad de que una joven con nueve años de educación (lo esperado para alguien de 15 años con un progreso normal en el colegio) quede embarazada es 24 % menor que la de una joven promedio que, en 1985, tenía solo cinco años de educación.
Figura 5
Relación entre escolaridad y embarazo adolescente: 1986-2012

Nota: cada círculo representa el efecto marginal de un año adicional de educación, para cada año de la encuesta, sobre la probabilidad de ser madre adolescente, y son estimados a partir de un modelo de probabilidad lineal. La regresión incluyó las variables de educación, efectos fijos por cohorte (año de nacimiento), año de la encuesta y tendencias lineales por cohorte. El intervalo de confianza al 95 %, robusto a cualquier tipo de heterocedasticidad y corregido por conglomerados para cada unidad primaria de muestreo, se presenta en el área sombreada.
El retorno a la educación se ha más que triplicado desde entonces. Un año adicional de educación está asociado, en promedio entre 1991 y 2012, con una reducción de cuatro puntos porcentuales de ser madre adolescente. Este aumento en el premio a la educación ocurre a pesar del incremento en los niveles de escolaridad en el sector rural.
¿Qué factores están detrás de este incremento? La descomposición generada a partir del modelo de la sección 2 sugiere que la probabilidad de conocer métodos anticonceptivos modernos es un factor por considerar. La figura 6 muestra la asociación estadística entre la educación y dicha probabilidad, la cual es positiva y diferente de cero. Sin embargo, el retorno a la educación es cada vez más pequeño: pasa de casi siete a menos de dos puntos porcentuales entre 1985 y el 2012, respectivamente. Esta reducción es consistente con la universalización en el conocimiento de la existencia de métodos modernos, donde casi todas las adolescentes están informadas sobre estos métodos anticonceptivos.
Figura 6
Escolaridad y conocimiento de anticonceptivos modernos: 1986-2012

Nota: cada círculo representa el efecto marginal de un año adicional de educación, para cada año de la encuesta, sobre la probabilidad de conocer métodos anticonceptivos modernos y son estimados a partir de un modelo de probabilidad lineal. La regresión incluyó las variables de educación, efectos fijos por cohorte (año de nacimiento), año de la encuesta y tendencias lineales por cohorte. El intervalo de confianza al 95 %, robusto a cualquier tipo de heterocedasticidad y corregido por conglomerados para cada unidad primaria de muestreo, se presenta en el área sombreada.
Un segundo factor, derivado a partir del modelo teórico, proviene de la falta de uso de métodos modernos, a pesar de conocerlos. En la figura 7, se aprecia que hay una relación negativa respecto de la escolaridad: a mayor educación, las adolescentes que ya conocen los métodos anticonceptivos tienen menor probabilidad de tener sexo sin protección. Los resultados muestran además que el retorno a la educación se ha incrementado con el tiempo. En 1985, cada año adicional de educación estaba asociado con una reducción de 3,6 % de tener sexo sin protección. Para el 2012, la relación es mucho más alta, en términos absolutos.
Figura 7
Relación entre la escolaridad y la probabilidad conjunta de conocer anticonceptivos modernos, pero no usarlos: 1986-2012

Nota: cada círculo representa el efecto marginal de un año adicional de educación, para cada año de la encuesta, sobre la probabilidad de conocer, pero no usar métodos anticonceptivos modernos, y son estimados a partir de un modelo de probabilidad lineal. La regresión incluyó las variables de educación, efectos fijos por cohorte (año de nacimiento), año de la encuesta y tendencias lineales por cohorte. El intervalo de confianza al 95 %, robusto a cualquier tipo de heterocedasticidad y corregido por conglomerados para cada unidad primaria de muestreo, se presenta en el área sombreada
6. Discusión y conclusiones
Los principales hallazgos de este trabajo son la identificación de las decisiones que afectan el embarazo adolescente. Mientras que el papel de la educación ha caído respecto al conocimiento de los métodos anticonceptivos modernos, su influencia ha crecido con respecto al uso.
¿Por qué ha caído el efecto de la educación sobre el conocimiento de métodos modernos? Como se mostró en la figura 3, el conocimiento de los anticonceptivos modernos es ahora casi universal aun entre las adolescentes del sector rural. Asumamos que en los ochenta, el “premio” a la educación sobre el conocimiento se debía a esto: 1) que las educadas podían reducir sus “costos de búsqueda” de información acerca de los métodos para prevenir el embarazo, o 2) una mayor demanda debido a su mayor costo de oportunidad respecto a sus ingresos futuros. En cualquiera de estos casos, las políticas que provean información a todas las adolescentes, al margen de sus niveles de educación, reducirán los premios de la escolaridad. Además, si más adolescentes permanecen en la escuela, sobre todo cuando se introducen políticas de educación sexual, los retornos a la educación deben seguir cayendo.
De hecho, hay evidencia que sugiere que ambos mecanismos están detrás de estos patrones. En primer lugar, el Ministerio de Educación lanzó en 1996 el Programa Nacional de Educación Sexual, el cual se consolidó en 1998. El objetivo de este programa fue hacer que la educación sexual fuera obligatoria en la primaria y secundaria. Así, en el 2000, el 80 % de las escuelas secundarias y el 28 % de las escuelas primarias habían implementado el programa (Ali, Cleland y Shah, 2003). En segundo lugar, también en la década de los noventa, el gobierno peruano lanzó un ambicioso plan con campañas de información para prevenir la infección por el VIH, en la cual, por ejemplo, se utilizaron personajes mediáticos para promover el uso de condones. Según Ali et al., esta campaña se orientó a los jóvenes (2003, p. 661) y se facilitó el acceso a condones. Ambos programas de salud reproductiva fueron capaces de promover el conocimiento de las jóvenes rurales y eliminar o reducir el “retorno” a la educación respecto al conocimiento de los métodos anticonceptivos modernos.
¿Qué factores pueden explicar el incremento de la importancia de la educación respecto al uso de los métodos modernos? Dado que el conocimiento sobre anticonceptivos modernos es ubicuo, uno podría esperar que esto se tradujera en un mayor uso. Sin embargo, nuestros resultados sugieren que esto solo ocurre para las adolescentes educadas, lo cual implica que la función de producción presenta importantes complementariedades entre información y capital humano. Complementariedades similares en salud y en educación han sido encontradas en estudios recientes que utilizan intervenciones controladas aleatoriamente (Glewwe, Kremer y Moulin, 2009; Chong, Gonzalez-Navarro, Karlan y Valdivia, 2013).
El paso del conocimiento al uso de la información es un problema comúnmente observado en otras áreas de salud preventiva. Nuestros resultados muestran que las adolescentes educadas pueden sacar ventaja de la información disponible y pueden hacer esa transición. Pero en el sector rural, a pesar de las grandes mejoras, los niveles de educación son todavía bajos y muchas adolescentes no van a la escuela. Los trabajos de Margolis et al. (2014) y Agüero y Beleche (2017) sugieren que el tipo de información es relevante y que, a veces, es necesario recibir choques de salud o de información para poder alterar los comportamientos.
En ese sentido, es necesario explorar diferentes formas sobre cómo inducir al uso de métodos modernos, dado que su conocimiento es universal, sobre todo para aquellas jóvenes fuera de la escuela. El trabajo de Kearney y Levine (2015) sobre el impacto que el programa de la cadena MTV llamado 16 and Pregnant tiene en la reducción del embarazo adolescente es una posible estrategia. Dicho estudio sugiere dos posibles enfoques. Primero, los mensajes tienen que estar alineados con el público objetivo para poder tener un efecto. Segundo, el programa de televisión, al seguir la vida de las adolescentes embarazadas, logra mostrar de manera cruda y directa los costos (y posibles beneficios) de tal decisión. En este sentido, es posible que las adolescentes cuyo comportamiento se vio afectado por el programa de televisión tenían información sesgada sobre los costos del embarazo adolescente. La exposición al programa pudo reducir dicho sesgo. Queda pendiente, entonces, explorar si estos sesgos están presentes en las adolescentes rurales y qué tipo de intervención puede cambiarlos, a fin de diseñar estrategias efectivas en la reducción del embarazo adolescente.
Referencias
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“Ella es una mala… Ella es un amor”. Representaciones de feminidad en la cumbia peruana1, 2
Eunice Prudencio Sotelo
Coordinadora de Centros de Excelencia en el Perú para Producers Direct
1. Introducción
La música como producto cultural encarna la complejidad de la sociedad que la produce. A fin de ofrecernos un panorama más profundo y diverso de la forma en que “las culturas” van organizándose, el interés académico debe estar orientado a comprender y analizar cómo se articula la clase, el género, la etnia y el contexto social, y también cómo, a la par de ese proceso, hombres y mujeres asumen, cuestionan y recrean posiciones, roles sociales y sentimientos generados por su entorno y sus experiencias.
La cumbia peruana es un fenómeno sociomusical de las últimas décadas. Se trata de un ritmo híbrido, producto de la combinación de música de los Andes, cumbia colombiana y otros géneros musicales, y constituye uno de los estilos musicales que identifica culturalmente a un segmento importante de la población peruana.
Los estudios que abordan el desarrollo de la cumbia en nuestro país han sido importantes, pues nos ayudaron a entender el papel de la música como un medio que fortalece el sentido de pertenencia del poblador rural migrante dentro del proceso de integración cultural en la ciudad. También han hecho visible la resignificación simbólico-cultural y la transición identitaria que vivieron las personas migrantes, a través de representaciones sociales que la cumbia puso de manifiesto. Finalmente, nos permiten reconocer cómo un ritmo considerado marginal e informal, por el origen de sus compositores, intérpretes y consumidores, ha sabido sostenerse recreando sus discursos y melodías a través del tiempo.
Si bien los análisis consideran categorías como clase y etnia, han dejado de lado el enfoque de género; es decir, no van más allá de la simple mención sobre la participación de las mujeres en la cumbia. Por ello, planteo comprender este ritmo musical como un medio por el cual el género se hace visible y permite comprender las representaciones femeninas que va recreando.
Desde la teoría de género, debemos entender la música como una práctica social de sujetos insertos en el entramado social, cultural, político y económico que los rodea. Es decir, no debemos pensar la producción musical (artística en general) desde un lenguaje universal, no generizado y casi aislado del entorno en el que se produce, sino como un elemento del sistema artístico que debe ser interpretado desde el seno de la cultura misma, desde la vida que lo rodea (Geertz, 1994). Entonces, en tanto producto cultural, la cumbia tiene la capacidad de albergar “significados consensuados en los que intervienen parámetros definitorios de nuestra identidad, entre ellos el género” (Viñuela, 2008) y señalar representaciones sociales femeninas y masculinas que calan en el imaginario social. Estas representaciones son producto de relaciones sociales de poder, pues a partir de ellas se establecen diferencias entre los sujetos sociales, lo que brinda significado a lo femenino y le otorga una posición desigual.
A través de la posición diferenciada, podemos hacer visibles y entender las interacciones sociales que dan cuenta de la construcción de sujetos sociales. Eso nos hace pensar en la presencia y la participación de las mujeres, la constitución, la reafirmación, la reproducción y la deconstrucción de las representaciones de feminidad, lo que nos lleva a preguntarnos: ¿cuáles son los discursos y cómo están representadas las mujeres en la cumbia peruana?, ¿qué estereotipos de género se ponen de manifiesto?, ¿qué posiciones y roles se adscriben a las mujeres?, ¿qué imágenes femeninas se están construyendo, reafirmando o transgrediendo? Conocer los procesos históricos y el orden simbólico en el cual son representadas las mujeres nos ayudará a develar la permanencia y la legitimidad de los discursos sobre “el deber ser” femenino, así como las nuevas narrativas sobre las representaciones que irrumpen el contexto actual.
En el sentido de lo anterior, el objetivo de esta investigación fue analizar las letras de las canciones y los videos musicales como fuentes de representaciones de feminidad, y mostrar las lógicas de género naturalizadas, inmersas y poco percibidas en la cumbia peruana. Los discursos (letras de canciones) reforzados por el material audiovisual (videos musicales) muestran a través de la performance corporal y la sexualidad de la mujer las prácticas sociales y las relaciones de género que representan una parte de la cultura peruana, en la que conviven narrativas y significados, heterogéneos y conflictivos, sobre la feminidad.
2. Metodología
El presente estudio parte de una metodología cualitativa y del análisis de las letras de las canciones y de las imágenes en los videos musicales de cumbia peruana de la última década. Utiliza también la perspectiva de género, a fin de advertir las representaciones de lo femenino que este género musical nos ofrece.
La herramienta metodológica empleada fueron las cartas asociativas que plantea Jean Claude Abric. Es una “herramienta de identificación del contenido y la significación de una representación” (Abric, 1994, p. 64). Consiste en realizar cadenas de asociaciones libres —cadenas de significantes— a partir del reconocimiento de un elemento central (núcleo generador y organizador de las representaciones) de las canciones y de las tramas de los videos musicales, para situar categorías que delimiten el contenido mismo de la representación (elementos periféricos). En ese sentido, la investigación ha identificado el término inductor: el sujeto/categoría mujer.
La investigación consideró cinco momentos. El primero corresponde a la selección de las canciones según dos criterios: a) la identificación de nuestro universo de estudio, y b) las canciones en sí. El primer criterio demuestra que las redes sociales son un espacio de interacción importante. Por ello, las hemos utilizado para seleccionar entre las agrupaciones musicales con mayor cantidad de seguidores en Facebook y suscriptores en YouTube. El segundo criterio comprende solo agrupaciones3, pues el surgimiento y la evolución de la cumbia se han desarrollado a partir de su conformación. Además, dichas agrupaciones deben estar integradas por mujeres, varones o pueden ser agrupaciones mixtas, incluso reconocemos la existencia de grupos de cumbia integrados por personas transgénero; pero no serán abordados en el presente estudio. Finalmente, la investigación considera la importancia y popularidad de las agrupaciones en esta última década4. Esto ha permitido tener un universo de estudio constituido por diez agrupaciones de cumbia peruana, que son las siguientes:
Tabla 1
Agrupaciones con mayor número de seguidores en Facebook y suscriptores en YouTube 5
| Agrupaciones | YouTube | |
| Hermanos Yaipén (varones) | 484 255 | 15 392 |
| Corazón Serrano (mixto) | 416 505 | 30 633 |
| La Única Tropical (mixto) | 215 024 | 12 125 |
| Orquesta Candela (varones) | 30 065 | 6 397 |
| Armonía 10 (varones) | 24 646 | 17 923 |
| Papillón (mixto) | 24 235 | 885 |
| El Encanto de Corazón (mixto) | 15 350 | 51 |
| Alma Bella (mujeres) | 12 511 | - |
| Pasión Norteña (mujeres) | 8 894 | 416 |
| Agua Bella (mujeres) | 7 256 | - |
Elaboración propia
En lo que respecta a la elección de los temas musicales, el estudio considera los videoclips con mayor cantidad de visualizaciones entre los temas publicados en las cuentas oficiales de las agrupaciones. Esta información es complementada con los rankings6 de las emisoras de cumbia de cobertura nacional, que son Karibeña y Nueva Q. De este proceso se obtuvo la lista siguiente:
Tabla 2
Canciones y videos con mayor número de visualizaciones en YouTube
Elaboración propia
Una vez seleccionadas las canciones, se procedió a la segunda etapa, que consistió en la elaboración de guías de contenido para las letras de las canciones y guías de observación para los videos musicales. Ambas permitieron obtener datos generales de las canciones —año de composición, intérprete, estilo de cumbia, tema y argumento— y la tipología de los videos musicales. En la guía de contenido, se abordaron las representaciones de la feminidad desde preguntas específicas sobre la voz o el “yo” interpretativo de la canción8, las características femeninas bajo las cuales son descritas las mujeres, cuáles son sus roles, actividades y cómo es descrita en las canciones su performatividad corporal y sexual. La guía de observación, en cambio, profundiza en la identificación de los personajes principales y secundarios, así como en los escenarios donde se desarrolla la trama del video y su relación con la tipología de los videos musicales. Se consideran también las actitudes, las actividades y la forma en que son presentadas las mujeres en el material audiovisual. Ambas guías sirvieron para la transcripción de las letras de canciones y la selección de las escenas de los videos musicales, así como para la elaboración de las matrices.
El tercer momento está vinculado a la transcripción de las letras de las canciones. Estas fueron obtenidas de diversas páginas web especializadas en cancioneros o letras de canciones de artistas y agrupaciones musicales. Para comprobar que las letras obtenidas en los sitios web sean las correctas, escuchamos las canciones seleccionadas y las transcribimos para luego compararlas y tener las letras de las canciones de la manera más fidedigna posible.
El cuarto momento, la selección de las escenas en los videos musicales, se desarrolló a partir de la visualización de estos en las cuentas oficiales de las agrupaciones, alojadas en YouTube. Luego se codificaron las escenas de cada video, y se eligieron aquellas que condensaban la trama de la canción, vinculada al personaje central femenino y su desenvolvimiento desde su presentación, su relación con los personajes y el desenlace. Cabe mencionar que algunos de los videos presentan guiones complejos que cuentan la historia de la canción y otros que simplemente muestran a las agrupaciones interpretando los temas musicales. Sin embargo, ninguno pierde su propósito principal: promocionar las agrupaciones de cumbia.
El quinto momento se desarrolló a partir de la elaboración de dos tipos de matrices. La primera abordó la caracterización de la mujer en las letras de las canciones, según la forma como se la describe, los roles que se le atribuyen, lo que se espera de ella, las actividades que realizan ella y el hombre, las asociaciones presentadas en la canción, cómo manifiesta su sexualidad, su relación con los personajes y la representación de los cuerpos femeninos y masculinos. En los videos musicales, esta matriz abordó el personaje femenino central a partir de la selección de las escenas: los personajes, los escenarios, cómo se presenta a la mujer en el video, los roles femeninos, sus actividades, el aspecto físico de los personajes y el vestuario. También se observó el desarrollo de las relaciones entre los personajes y cómo se asumen ciertas circunstancias. Asimismo, la investigación desarrolló una segunda matriz para las letras y videos musicales, en la que a partir de la información obtenida en las matrices anteriores, se pudieron colegir términos reiterativos9 que conforman la representación y se establecieron relaciones significativas (directa, causa-efecto e indirecta), con el fin de determinar las constantes y diferencias entre las representaciones femeninas de las canciones y los videos musicales. Las matrices han permitido no solo describir a las mujeres protagonistas de las canciones, sino también las situaciones en las que se desenvuelven y las personas con quienes interactúan, lo que hace visibles los rasgos de las feminidades en cada tema musical.
En suma, la metodología permite que la información cualitativa obtenida de las letras de las canciones y de los videos musicales (el discurso y las imágenes) sea analizada como elementos separados —pero también como un todo— que develan y complementan el entendimiento de las representaciones de feminidad en la cumbia.
3. Antecedentes y marco teórico
Existen diferentes investigaciones que, desde la perspectiva de género, nos ofrecen un acercamiento al estudio de la música, dando cuenta de la participación de las mujeres en diferentes géneros musicales. Estos trabajos ponen de manifiesto que, a pesar de haber sido omitidas e invisibilizadas de la historia oficial de la música (Adkins Chiti, 2003), han logrado, después de tantas luchas, vincularse y estar presentes en los escenarios musicales (Flores Mercado, 2009) haciendo de ellos un medio de afirmación o resignificación de la identidad femenina (Guarinos, 2012; Viñuela Suárez, 2003). En este proceso, ellas enfrentan situaciones de desigualdad y exclusión social y, a su vez, logran deconstruir modelos de feminidad tradicionales.
Así pues, los estudios de representaciones de la mujer en diferentes géneros musicales centran su atención en dar a conocer la influencia androcéntrica y patriarcal que opera en la producción de las representaciones de las mujeres en la música (Carvajal Araya, 2011). Este factor busca perpetuar los roles y estereotipos tradicionales atribuidos a las mujeres y también generar una valoración de su proceder (Céspedes, 2013), es decir, serán apreciadas las mujeres protectoras, afectuosas, desprendidas, virtuosas. Sin embargo, junto a estas imágenes existen otras —mujeres que traicionan, que viven su sexualidad con libertad y que engañan— que contradicen y representan lo negativo del modelo hegemónico de feminidad (Galluci, 2008; Altamirano, 2010). La música nos muestra la variedad de construcciones femeninas, arquetipos o modelos que adquieren sentido en el contexto en que se desarrollan los diferentes ritmos musicales; construcciones que están trascendidas por las relaciones de género que va estableciendo la sociedad que las alberga.
De manera específica, los aportes a la cumbia, género musical desarrollado en diferentes países de América Latina, se enfocan en la relación de género, clase social y raza en la producción de este ritmo (Karmi, 2013; Seman y Vila, 2008). Es decir, como expresión sociocultural y vehículo de configuración identitarias (Cragnolini, 2006; Lardone, 2007; Jiménez, 2010), que hacen referencia a la importancia de la aglutinación colectiva que produce la cumbia, esta no deja de estar formada por sujetos individuales.
Así, las investigaciones sobre la cumbia peruana tratan su origen, la apropiación de este género musical por parte del colectivo social como una respuesta al acontecer social y político de nuestro país, manifiesto en las letras, en las melodías y en los intérpretes musicales y vocales (Hurtado, 1995; Bailón, 2004; Romero, 2007). Desarrollan también la evolución de este género musical y la participación de las mujeres durante los diferentes estadios por los que ha pasado este ritmo (Otazzi, 2013). También, dan cuenta de la importancia de la presencia de la mujer en espacios conocidos culturalmente como masculinos (Quispe, 2000), revisando las condiciones de su incursión en estos espacios y cómo influyen en el imaginario social. Asimismo, muestran la necesidad del análisis de las letras de las canciones para comprender cómo se construyen las feminidades a través de la representación de las mujeres como sujetos sobre los que se canta y que están marcados por estereotipos, atributos y roles que les asigna la sociedad.
Como vemos, la música es un espacio privilegiado donde la vivencia humana se manifiesta y, además, uno de los canales por el cual podemos entender el medio en el que vivimos. Desde la perspectiva de género, la música y la cumbia son una expresión cultural que enuncian y ponen de manifiesto diversas representaciones masculinas y femeninas.
Si bien el género tiene un carácter constitutivo y ordenador de las formas de ser, es también la forma primaria de relaciones significantes de poder (Scott, 1997); pues sobre él se establecen diferencias entre los sujetos sociales que —a nivel social, económico, cultural y simbólico— se tornan en desigualdades. A su vez, el género es una categoría de análisis que no solo da a conocer la construcción de las relaciones de poder, sino que también permite profundizar en ellas. Al respecto, Marta Lamas puntualiza que “la cultura marca a los seres humanos con el género y el género marca la percepción de todo lo demás: lo social, lo político, lo religioso, lo cotidiano. La lógica del género es una lógica de poder, de dominación” (Lamas, 1986, p. 13). Es decir, la constitución de las feminidades se desarrolla a partir de un control de acceso al poder mediante la distribución de recursos, espacios y reconocimiento social, cultural, económico y político, que está ligado al valor (diferenciado) otorgado a varones y mujeres10. A través de las representaciones se manifiestan disposiciones genéricas, simbólicas y también significantes culturales sobre el deber ser, mandatos y roles asignados socialmente que los personajes femeninos encarnan tanto en las letras como en los videos musicales de las canciones.
A su vez, las representaciones deben entenderse como organizaciones significantes que funcionan dentro de un sistema que nutre y da sentido a las relaciones entre individuos. La cumbia es una manifestación de la adaptación a las diversas realidades sociales. Esto se hace visible pues lleva en sus letras y melodías expresiones simbólicas y significantes culturales de una comunidad, que se configuran en representaciones sociales. Serge Moscovici afirma que la representación social es una “preparación para la acción” (Moscovici, 2002, p. 6) en la medida en que da sentido al comportamiento y que influye en el medio donde se desarrolla. Por ende, no es un simple razonamiento sobre el entorno que lo rodea, sino un accionar complejo y dinámico, producto de la simbolización de la cultura.
Las representaciones sociales permiten una forma de transmisión constante de significados sociales, es decir, le dan “un sentido a la figura y una figura al sentido” (Moscovici, 2002, p. 16), y constituyen un proceso de aproximación y apropiación del “objeto”. En ese sentido, las representaciones de la feminidad en la cumbia son una forma de conocimiento acerca del deber ser de género de las mujeres, pero no son estáticos, sino que circulan y reúnen una serie de vocabularios, experiencias propias (desde donde se produce la representación) y sentidos muy diversos que nutren y, en muchas ocasiones, generan transformaciones en las representaciones. También nos permiten ubicar en las canciones la categoría nuclear y los componentes que conforman la periferia, así como la interacción entre ambos, que da cuenta de representaciones de la feminidad plurales y muchas veces contradictorias en la cumbia peruana. Esto es importante porque destaca el carácter temporal y contextual de la producción de cumbias, de videos musicales y de representaciones sociales de lo femenino y lo masculino, que pueden modificarse o no, coexistir o entrar en conflicto o generar tensión.
Ahora bien, entendemos las letras de las canciones como discursos, pues configuran la comprensión que los sujetos sociales tienen sobre la realidad cultural11 en la que viven; en ese sentido, producen representaciones sociales: constituyen aquello que nombran. Al respecto, Norma Fuller afirma que los discursos “no funcionan únicamente para la producción y lectura de textos, sino para conferir sentido e interpretar la experiencia personal y social. Un discurso particular de género […] proporciona un marco de referencia para entender y clasificar la actuación de hombres y mujeres” (Fuller, 1993, p. 22) en diferentes ámbitos y contextos donde se desarrollan las relaciones sociales.
A su vez, los videoclips12 son un soporte de difusión en el que la música adquiere una dimensión audiovisual identitaria. La lógica de consumo que se desarrolla detrás de la producción de estos materiales es importante en la recreación de representaciones sociales de género. Según Diego Levis, los videos musicales nos brindan una gama de patrones estéticos y pautas de comportamiento, en los que los jóvenes encuentran espacios de identificación y pertenencia donde afirmarse en la actualidad, carente de referentes ideológicos y éticos (Levis, 2004). Su consumo masivo en páginas de internet, nos muestra que se han convertido en un medio importante de expresión y asimilación de la cultura y de afirmación de imaginarios sociales de nuestra época. Siguiendo esta línea, Ana María Sedeño-Valdellós los define “como un formato-producto, en la medida en que consisten en una elaboración intencional de un conjunto de entidades empresariales, económicas y sociales para cubrir unos objetivos lucrativos, con el consiguiente peso e influencia socio-político y económico” (Sedeño-Valdellós, 2012, p. 102). Su fin publicitario mezcla la música con la imagen y brinda un discurso específico (presenta modelos de feminidad según la tipología del videoclip, el planteamiento de la trama, etcétera). Es considerado por Sedeño-Valdellós como un mecanismo seductor, pues logra centrar su interés en el objeto anunciado y su consumo es inmediato.
Es importante tomar en cuenta que lo que se dice de las mujeres en las canciones y las imágenes de mujeres que se muestran en los videos musicales son una expresión del sistema patriarcal, que define el comportamiento femenino sobre la base de ideas y prácticas vinculadas al papel reproductivo (pasivo, delicado, materno, puro, emotivo, objeto de deseo, etcétera) y se establece como feminidad tradicional para diversos grupos sociales con categorías como virginales, sensibles y cuidadoras13 (modelo materno y mariano). Pero no son las únicas, pues existe la feminidad subversiva o transgresora (modelo “María Magadalena”14 o de seducción, mujer activada, mujer objeto), que se desarrolla fuera de la expectativa social y subvierte el orden establecido, pues son mujeres seductoras, exuberantes y con manejo corporal para el consumo (León, 2013, pp. 30-31). Estas se construyen sobre discursos y prácticas negativas15, de condena, y merecen sanción; pues sin lugar a duda, tratan de separarse, de diversos modos, de las implicancias del rol reproductivo, dando cuenta de lo contradictorio de este sistema (Carvajal Araya, 2011; Céspedes, 2013). En ese entender, la cumbia como manifestación simbólica y cultural, así como otras expresiones artísticas, concentra los ideales de género propios de nuestra sociedad. Por este motivo, encontramos en la cumbia modelos y expresiones de diversas feminidades.
Asimismo, los roles y atributos de género, visibles en los diferentes modelos de feminidad, se desarrollan a través de la performatividad del cuerpo y la sexualidad, pues son espacios donde se manifiesta la cultura y también donde se despliegan las relaciones de género y de poder. Judith Butler define la performatividad16 como una serie de actos performativos que son fabricaciones, en los que el género se hace visible como un producto no inherente al cuerpo (Butler, 1996). A través de ella, repetimos de manera continua el género socialmente impuesto y tratamos de ser fielmente aquello que la cultura nos ha asignado; es decir, actuar correctamente lo femenino o masculino (Soley-Beltrán, 2012). En esta actuación, el arreglo corporal y la indumentaria tienen poder performativo sobre la modificación del esquema corporal y ayudan a construir la identidad de género. Somos el cuerpo que performamos, y es fundamental que bajo la mirada de los otros nos identifiquen respecto a nuestro género.
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