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Psicopoética
En este libro la psicopoética es entendida como un acontecimiento sociopsicológico que involucra de manera más o menos sutil o explícita deslices recreativos y que surge bajo determinadas condiciones culturales y de relaciones de poder en el contexto de la interacción cotidiana, así como a través de ciertos modos de dialogar y conversar. La psicopoética se asume, así, como una forma intersticial de vincularse (discursiva e intersubjetivamente) con el mundo y con los demás, en virtud de lo cual se abre y se proyecta, conscientemente o no, una dimensión política de resistencia inventiva en el hablar y en el hacer; una especie de poética de la interlocución de implicaciones marcadamente subjetivas que se opone a las pautas de comportamiento y expresión. De esta manera, la psicopoética, en su talante imaginativo, subversivo y muchas veces lúdico, contrasta con la realización de diálogos formales, de carácter algorítmico; diálogos institucionalizados o dirigidos al cumplimiento de objetivos de conocimiento, control o desarrollo de diversa índole. Con todo ello, se subraya la importancia de concebir y reivindicar modos de relación y de palabra que promuevan la desujeción creativa en la vida social y que puedan extender, en su tensión dinámica, todo espacio posible de libertad.
El libro tiene carácter transdisciplinar y en su recorrido teórico pasa por la recuperación del pensamiento de Deleuze, Guattari, Serres, Agamben, Maffesoli, Bajtín, Foucault, Butler, Haraway y Braidotti, entre otros; aborda los debates propios de la crítica de la psicología y sus aparatos de subjetivación y normalización y realza constantemente la potencia generativa y de transformación de mundos sociales que tiene lugar en el juego del desplante poético. En todo caso, la obra combina el rigor de la investigación académica con el despliegue creativo de ideas que abren diversas y sugerentes líneas de reflexión sobre la interlocución cotidiana y sus posibilidades de reinvención, los modos de existencia social y la relación entre la subjetividad y los designios del poder.
Raúl Ernesto García Doctor en Psicología Social por la Universidad Autónoma de Barcelona. Profesor investigador titular en la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (México). Autor de El diálogo en descomposición (2008) y de múltiples artículos especializados y capítulos de libros en el ámbito de la teoría y la crítica de procesos culturales, discursivos y de subjetivación y sus enlaces con las prácticas de intervención psicológica. Profesor invitado a la Universidad Carlos III de Madrid (España), Universidad de la República (Uruguay) y Universidad del Valle (Colombia).
RAÚL ERNESTO GARCÍA
PSICOPOÉTICA
LENGUAJE, SUBJETIVIDAD Y RECREACIÓN SUBVERSIVA DEL MUNDO

Índice
Cubierta
Acerca de este libro
Portada
I. El acontecimiento de la psicopoética Lenguaje: consigna y devenir minoritario Diversas conexiones e impurezas al hablar Trama intuitiva, razón sensible y pensamiento del instante Poética del desorden Excentricidad y aventura deformante de sentidos Conversación real-maravillosa Transignificación y viraje inventivo
II. Códigos, relaciones de fuerza y subjetivación Interlocución sin rostro Poder y resistencia en el espacio microsocial Captura y régimen utilitario Ordenamiento dialógico y rebelión enunciativa El vivísimo afán de arrebatarse La intensa paradoja del sujeto-libre
III. Vitalidad, carnavalización y parlamento creativo El asunto de la identidad Acto personal y polifonía de la existencia Risa, acción política y subjetividad El peligroso encanto de la parodia Corporalidad grotesca y enmascaramiento El sujeto como tensión diferencial Comunicación y géneros discursivos
IV. Los aparatos de la psicología y su crítica El implacable mandato del complejo psicológico Antipsiquiatría, contrapsicología y otras opciones Psicología social crítica y saber errante El alma de la ciudad La energía de la poiesis ¿Una dimensión poética en psicoterapia? Las metáforas en acto de la psicomagia Un comentario psicoanalítico El cisma del esquizoanálisis
V. Psicopoética: escritos, mutaciones y desvíos (para jugar) La increíble historia del perro que deviene rata: un testimonio ultrametafísico sobre la variabilidad universal y el amor perdido Las meninas (de Witkin) o el imprevisible surgimiento de las potencias del alma La botella de Beaujolais: un análisis (no demasiado) crítico del discurso El nuevo test de Voight-Kampff y la detección de una subjetividad replicante La sabiduría del Doctor Tarr y del Profesor Fether en el mundo de hoy
Bibliografía
Créditos
I. El acontecimiento de la psicopoética
Lenguaje: consigna y devenir minoritario
A Gilles Deleuze y Félix Guattari
Enunciación
Al hablar unas personas con otras, se produce no solo una determinada transmisión de información, sino que se establecen diversas formas de relación, se generan efectos comportamentales o se consiguen objetivos más o menos predefinidos. Hablar constituye así una de las expresiones más inmediatas de la constante transformación del sujeto: cuando uno habla, uno deviene otras cosas (lo uno deviene múltiple). No obstante, todo hablar también implica, presupone, vincula y, de hecho, realiza y actualiza algún proceso de enunciación y, desde la perspectiva de Gilles Deleuze y Félix Guattari, los actos de enunciación y el enunciado mismo, como unidad lingüística fundamental, estarán asociados a la noción de consigna. El lenguaje habrá de relacionarse de uno u otro modo con el ámbito de la obediencia. “Una regla de gramática”, señalan, “es un marcador de poder antes de ser un marcador sintáctico”. Tal situación abarca el ejercicio comunicativo mismo: “La información tan solo es el mínimo estrictamente necesario para la emisión, transmisión y observación de órdenes en tanto que mandatos”.1 El lenguaje, pues, le da órdenes a la vida. Las consignas implican en su movimiento y realización cotidiana algo así como un veredicto, una especie de sentencia de muerte. En este sentido será preciso entender que dialogar –como lenguaje verbalizado– es un ejercicio que no remite a códigos neutrales ni se reduce a la mera comunicación de informaciones. En la emergencia del diálogo existe una dimensión pragmática y política ineludible que resulta, por lo menos, tan importante como el ámbito semántico o sintáctico y, así, los sentidos específicos producidos en el diálogo se definen también por los actos que la enunciación presupone en cada instante. Pero la enunciación –recordémoslo– sobrelleva la consigna.
Nosotros llamamos consignas no a una categoría particular de enunciados explícitos (por ejemplo, al imperativo), sino a la relación de cualquier palabra o enunciado con presupuestos implícitos, es decir, con actos de palabra que se realizan en el enunciado, y que solo pueden realizarse en él. Las consignas no remiten, pues, únicamente a mandatos, sino a todos los actos que están ligados a enunciados por una “obligación social”. Y no hay enunciado que, directa o indirectamente, no presente este vínculo. Una pregunta, una promesa, son consignas. El lenguaje solo puede definirse por el conjunto de consignas, presupuestos implícitos o actos de palabra, que están en curso en una lengua en un momento determinado.2
Doctrina
Más que informar o comunicar, el lenguaje transmite consignas en la vertebración de los mandatos sociales; es decir, en la realización de la vida. La vinculación entre acto y enunciado garantiza el avance de la consigna. Sin embargo, será posible también la promoción de cierta indisciplina lingüística como ejercicio de oposición a la disciplina estructurante de la enunciación y a la gramaticalidad (que define el uso correcto de la lengua mediante preceptos). Pero esto presupone, claro está, que la realización de un encuentro dialógico no producirá ningún sentido absolutamente independiente de las significaciones trazadas por la doctrina enunciativo-gramatical (y práctico-política) dominante en ese momento o campo social particular. Los procesos de subjetivación estarán relacionados indefectiblemente, pues, con los órdenes de sujeción correspondientes. De hecho, las consignas, en su enorme variabilidad, poseen la capacidad de hacerse olvidar por los hablantes. Nadie se culpa por las consignas que ha seguido y transmitido, en la interacción y en las conversaciones, a lo largo de su vida. Las consignas tienen, así, el talante del discurso indirecto y, muchas veces, de la realización silenciosa.
Transformación
Cada enunciación individual vigente en el diálogo constituye de alguna manera la resonancia de aquellos mandatos colectivos e impersonales. La producción de subjetividad es, en cierto modo, un proceso relativo que se vincula con los requerimientos de los ejes discursivos que se extienden por la socialidad. No obstante, el momento enunciativo no se agota por la confirmación de constantes del discurso (es decir, por la aceptación, el reconocimiento y la subordinación a los cursos de la realidad establecida), sino que implica también, como aspecto inaccesible a las determinaciones normativas, el surgimiento de la transformación del mundo mismo, un acto que, al realizarse, constituye “lo expresado” por el enunciado. Se trata de esos actos instantáneos en virtud de los cuales, por ejemplo, el acusado se convierte en condenado por lo dicho en la sentencia de un juez; el joven obtiene la mayoría de edad por lo estipulado en determinada regulación de carácter civil, o los pasajeros de un avión secuestrado se convierten en rehenes por la declaración de los secuestradores.
Deleuze y Guattari hablan así de las transformaciones incorporales. Aluden a los actos de transformación de realidades que, si bien se atribuyen a los diversos cuerpos que en sí experimentan esos cambios (“cuerpos” entendidos en sentido amplio, no solo como cuerpos anatómico-fisiológicos, sino como cuerpos sociales tales como los aparatos jurídicos, morales, psicológicos, etc.), ocurren, más bien, como un atributo no corporal porque son precisamente lo expresado por el enunciado con relación a tales cuerpos sociales.
La transformación incorporal se reconoce en su instantaneidad, en su inmediatez, en la simultaneidad del enunciado que la expresa y del efecto que ella produce […] El amor es una mezcla de cuerpos, que puede ser representado por un corazón atravesado por una flecha, por una unión de las almas, etc.; pero la declaración “te amo” expresa un atributo no corporal de los cuerpos, tanto del amante como del amado.3
La transformación de tales realidades se dice de los cuerpos involucrados, pero la transformación es ella misma incorporal y remite a la enunciación correspondiente. De este modo, se distinguen las modificaciones corporales de las transformaciones incorporales: se trata de dos fórmulas diferentes, una de contenido y otra de expresión. Deleuze y Guattari señalan que tanto el contenido como la expresión tienen su propia forma; esto significa que la expresión no es algo que represente, describa o constate algún contenido previo o simultáneo; entre contenido y expresión (aun presuponiéndose recíprocamente) no habrá correspondencia cerrada ni conformidad plena porque ambas fórmulas plantean su independencia y su heterogeneidad. Así, la expresión estará constituida por la concatenación de “los expresados”, es decir, por el encadenamiento de los diferentes elementos de lo expresado; y, por su parte, el contenido estará constituido por “la trama de los cuerpos”. Por ejemplo: “Cuando el cuchillo penetra en la carne, cuando el alimento o el veneno se extienden por el cuerpo, cuando la gota de vino se vierte en el agua, se produce una mezcla de cuerpos; pero los enunciados «el cuchillo corta la carne», «yo como», «el agua enrojece» expresan transformaciones incorporales de naturaleza completamente distinta”.4 Justamente, lo que se revela con tales transformaciones incorporales es la noción de acontecimiento.
Acontecimientos
El acontecimiento será un valor no corporal que, aunque se atribuya a los cuerpos, no se reduce a la condición corpórea con la que está relacionado. El acontecimiento no es la representación de un contenido, no se explica directamente por la trama corporal en sí, ni por el juego de referencias. El acontecimiento acaso implica, en algún momento, un acto de lenguaje. Interviene en los contenidos “no para representarlos, sino para anticiparlos, retrogradarlos, frenarlos o precipitarlos, unirlos o separarlos, dividirlos de otra forma. La cadena de transformaciones instantáneas siempre se insertará en la trama de las modificaciones continuas […] ¿a partir de qué momento puede decirse de alguien que es calvo?”.5 No existe, pues, una representación entre contenido y expresión, tampoco un paralelismo. Entre tales dimensiones no existe identidad, sino, más bien, una serie compleja de inserciones mutuas y fragmentaciones, una concomitancia, un intercambio continuo de registros, un entrelazamiento de signos y cosas. Un enunciado habla no de las cosas per se, sino de los estados de cosas y desde los propios estados de cosas. Entre contenido y expresión habrá un funcionamiento relativamente independiente y, al mismo tiempo, cierta presuposición recíproca que impide plantear un carácter primordial de uno u otra.
Pero, además, tanto el contenido como la expresión (que viven en constante interacción) implican ineludiblemente, por sus conjugaciones, un trasiego de desterritorialización permanente. El contenido no determina la expresión por acción causal. Esto no significa sin embargo que la expresión constituya una forma autosuficiente entendida como sistema lingüístico que permita erigir así una máquina abstracta de la lengua de carácter lineal, es decir, que considere los elementos lingüísticos en sí mismos como elementos constantes. El acto de la enunciación no es meramente lingüístico, sino diagramático y sobrelineal; en efecto, en contra de un orden lingüístico lineal fijo (que solo reproduzca la realidad), aparecen las propias transformaciones incorporales o acontecimientos que involucran ya determinada sobrelinealidad, porque ellos implican precisamente una interpenetración entre la lengua y los campos sociales y políticos relacionados, con lo cual se transforma la realidad misma. Lo lingüístico es parte del diagrama complejo de la enunciación, y no al contrario. Por eso es pertinente hablar de innumerables simbiosis y mezclas que acaecen en la enunciación (decir “estribo” –por ejemplo– presupone una nueva e interesante relación “hombre-caballo”, con todas las derivaciones instrumentales que ello entraña).
No es posible aceptar entonces la existencia de constantes universales de la lengua que permitan verla estrictamente como un sistema homogéneo de reproducción de los órdenes de realidad establecidos. Antes bien, la variación es inherente a todo sistema y opera desde dentro. Cada sistema cambia, salta, se fuga de sí mismo en cuanto involucra un potencial de transformación actuante. A tal grado es así, que todo sistema puede definirse no tanto por sus constantes (que propenden a la homogeneidad trascendente), sino por su variabilidad (que presupone inmanencia y continuidad, aun siendo objeto de regulaciones específicas). Esta variación continua de la lengua, que involucra una variación continua de la realidad en sí, ocurre en las enunciaciones cotidianas de las personas: “En una misma jornada”, apuntan de nuevo Deleuze y Guattari, “un individuo pasa constantemente de una lengua a otra. Sucesivamente, hablará como «un padre debe hacerlo», luego como un patrón; a la amada le hablará con una lengua puerilizada; al dormirse se sumerge en un discurso onírico, y bruscamente vuelve a una lengua profesional cuando suene el teléfono”.6 No se trata de variaciones extrínsecas, sino intrínsecas; al hablar como padre, como esposo o como profesional, se constatan cambios internos de orden sintáctico, semántico y, por supuesto, fonológico y prosódico. Pero también, simultáneamente, se constatan cambios de orden existencial. La lengua, por tanto, al igual que el mundo, vive intrínsecamente atravesada por vectores de variación continua.
Cromatismo
Ante la función centralizante de las constantes discursivas (que marca el establecimiento y el arraigo de los órdenes de realidad), emerge el instante descentrado de las variaciones continuas al hablar. Si bien al hablar funcionan unos u otros centros de validez y estabilidad amparados por designación de los dispositivos sociales extendidos del saber y del poder; si bien tales establecimientos de la enunciación organizan los modos mayores de realización del habla misma y del mundo, también acontece que se efectúa una potencia resistente a dichas zonas centrales y tienen lugar (fugazmente) unos u otros modos menores en virtud de los cuales resurgen infinidad de elementos alternativos tendientes a dispersar la unicidad de lo que se dice y de lo que se es. Elementos fantasmáticos, imaginarios, idiosincrásicos, cargados habitualmente de cromatismos emocionales inusitados que de alguna manera descomponen el principio central de la enunciación, para promover formas incesantes de cambio en los sentidos involucrados al momento de la expresión misma. La variación se libera de tal forma que su realización entreteje los hilos de la creatividad.
En este sentido, las llamadas lenguas secretas como el argot, la jerga profesional específica, los lenguajes particulares de los centinelas, de los vendedores, inventan léxicos propios y formas retóricas que se diferencian de los aspectos comúnmente extendidos de la lengua en uso. Con ello, certifican procesos de variación permanente del sistema-lengua-mundo dominante. Se trata de manifestaciones enunciativas que si bien pueden verse como subsistemas de los centros jerárquicos, trastocan sin embargo esos territorios lingüísticos generalizados por la socialidad. Se trata de un hablar cromático que implica un enorme coeficiente de variación, que si bien hace instalar también determinadas fijaciones o constantes operativas, estas no detentan para nada una condición definitiva. Si el sistema lingüístico tiende a permanecer en los modos mayores de la enunciación, es decir, en el cultivo de lo dominante, de la constancia universal y de la trascendencia, toda lengua en su realización concreta tiende también a la variación inmanente, imprevisible, intensa, innovadora.
Al dialogar y conversar, puede ocurrir que se cree o ejercite una lengua dentro de otra lengua; que se dinamice un subsistema enunciativo más o menos espurio, apócrifo o nómada, respecto de las pautas discursivas instaladas por los ejes de constancia del sistema-lengua-mundo dominante (ejes de constancia que se extienden, desde luego, con vocación de perpetuidad). Tal situación revela entonces un cierto bilingüismo al dialogar y conversar, aun y cuando se converse en el mismo idioma. O, dicho de otra manera, cualquier persona que dialoga, que habla con otra, lo hace siempre poniendo en juego dos idiomas: el idioma de la consigna y la obediencia (o sea, el del afincamiento y reproducción funcional de la realidad tal cual es) y el idioma de la variación y la creatividad (es decir, el de la transformación desobediente del mundo mismo). Cada hablante en sus expresiones, gestos y palabras produce así métodos irrepetibles de variación: abre su abanico heterogéneo de posibilidades enunciativas para alterar con ello el despliegue diacrónico de la lengua sedentaria (encargada esta última de la instalación, validación y fijación permanente de la realidad dispuesta por el saber y el poder dominantes).
Conjunciones
En el lenguaje se confronta siempre la figura del verbo ser y la figura de la conjunción, es decir, la y. “Estos dos términos solo aparentemente se entienden y se combinan, puesto que uno actúa en el lenguaje como constante y forma la escala diatónica de la lengua, mientras que el otro lo pone todo en variación, constituyendo las líneas de un cromatismo generalizado. De uno a otro todo cambia”.7 Por eso para Deleuze y Guattari resulta necesario analizar la conjunción “y” no exclusivamente como el nexo de unión de dos momentos expresivos, sino como la forma clave de toda posible conjunción de mundos, forma que logra cuestionar la lógica entera de una lengua porque socava la primacía del verbo ser como instancia fija, estable o invariable: la disyuntiva versus la conjunción.
Pensar en tales conjunciones implica de algún modo admitir la presencia (simultánea) de una especie de lengua extranjera al interior de la propia. O bien, recuperar uno mismo cierta condición de extranjero al hablar su propio idioma. Un cierto desfasaje, una cierta incongruencia, una distancia entre lo que se dice y la forma irrepetible (incluso extraña) en que se dice. Se trata de admitir la presencia de cierto tartamudeo del lenguaje total y no solo de la palabra pronunciada. Pensar la lengua como despliegue intermitente, como balbuceo, como texto no concluido, como ámbito parasitado por la variación –digamos, transido por el movimiento de “y”–. Ser bilingüe o multilingüe en la propia lengua significa subrayar el carácter ilegítimo de una paternidad discursiva, autoritaria o indiferente. Significa apelar al mestizaje enunciativo. Significa también el advenimiento de la intensidad y de la soltura inventiva en el hablar.
Variación
La lengua en uso involucra siempre potencialidades no realizadas. Las determinaciones constantes del hablar estándar y de la realización funcional del mundo –por ejemplo, en el ejercicio de dialogar– sufren el asalto de la variación imprevisible. Dicha variación promueve giros atípicos en la expresión que incluso resultan muchas veces impertinentes. Como acto verbal, modifica formas correctas de hablar y cuestiona con ello su constancia prescriptiva. Se produce, pues, una tensión que desterritorializa el sistema-lengua-mundo dominante. Es así que la expresión inusitada genera relieves intensivos en el intercambio verbal y abre alternativas inéditas de seguimiento comunicativo. Resulta interesante que la expresión atípica (sorprendente, inusual o inventiva) no se somete, desde luego, a las formas correctas (constantes o reiterativas) del hablar, pero tampoco puede constituir una variable absoluta. Ella asegura la variación del modo estándar “al sustraer cada vez el valor de la constante (n-1)”.8 En efecto, en la expresión inusitada se le quita peso específico a la constante, porque se la utiliza de forma diferente, inadecuada, desobediente o incorrecta respecto de las vías generalizadas de su aplicación en el habla extendida por la colectividad. Se le agrega, además, cierto colorido emocional propio, que altera los tonos grises de la disciplina enunciativa.
Estas variaciones no han de verse como fenómenos aislados o exclusivos de niños, locos o poetas. Las variaciones encarnan el quehacer ordinario de la lengua. Las variaciones no resultan marginales en cuanto que la lengua –insisto– no ha de definirse solo por constantes; no ha de concebirse como instancia universal o general, sino como instancia potencial-real que no admite reglas obligatorias, absolutas, definitivas o invariables. Lo que la lengua tiene son “reglas facultativas que varían sin cesar con la propia variación, como en un juego en el que en cada tirada estaría en juego la regla”.9
Exigencias
Deleuze y Guattari hacen una crítica al postulado lingüístico de que la lengua solo podría estudiarse científicamente bajo las condiciones de una lengua-sistema-mayor-estándar. Un estudio científico de la lengua intentaría extraer de las variables un conjunto de constantes y determinar así la serie de relaciones constantes entre las variables. “Pero el modelo lingüístico por el que la lengua deviene objeto de estudio se confunde con el modelo político por el que la lengua está de por sí homogeneizada, centralizada, estandarizada, lengua de poder, mayor o dominante. Por más que el lingüista invoque la ciencia, tan solo la ciencia pura, esa no sería la primera vez que el orden de la ciencia vendría a garantizar las exigencias de otro orden”.10 Cualquier signo, la gramaticalidad misma, será un indicador de poder antes que un indicador sintáctico. La capacidad del sujeto normal para producir frases y expresiones gramaticalmente adecuadas y correctas constituye una condición de posibilidad básica para su propio sometimiento a las leyes y regulaciones de la vida social (esto es inevitable, toda persona aprende a hablar, en principio, para ser sometida). Si alguien ignora la gramaticalidad dominante y comienza a expresarse de modo distinto, por ejemplo, de modo incoherente o a designar el mundo con neologismos, terminará muy probablemente recluido en un hospital psiquiátrico o en alguna otra institución especial. La unidad de una lengua tiene, por tanto, carácter ontológico y político. Es de este modo que los empeños de la ciencia por delimitar las constantes, las regularidades y/o las relaciones estables en el estudio de su objeto van unidos al empeño político –muchas veces ignorado– de imponer tales aspectos en la praxis cotidiana (en este caso en el hablar), o sea, de promover consignas.
No obstante, es posible diferenciar –según los mismos autores– dos tipos de lenguas, las altas y las bajas, o bien mayores y menores. En realidad, se refieren no tanto a dos tipos de lenguas, sino a dos formas posibles de tratar la misma lengua. El primer tratamiento se define por el poder de las constantes y el segundo, por la potencia de la variación. Sucede que no puede existir un sistema homogéneo que no esté vinculado a variaciones inmanentes, continuas, minoritarias mediante las cuales, a la vez, dicho sistema continúa constituyéndose. Las constantes lingüísticas se obtienen de las variables de enunciación. Lo constante no existe sin lo variable; de hecho, constante y variable –tal como se ha sugerido– no se oponen como realidades separadas. Acaso la constante (y el tratamiento particular que hace de la variable) a lo que se opone es al tratamiento alterno de la variación continua.
Abigarramiento
Aparece la posibilidad de horadar, de socavar la lengua dominante con el “tratamiento creador de la lengua menor, construyendo un continuum de variación […] limitar las constantes y extender las variaciones: hacer tartamudear la lengua, hacerla «piar»… desplegar tensores en toda la lengua, incluso escrita, y obtener de ella gritos, chillidos, alturas, duraciones, timbres, acentos, intensidades”.11 Si bien, por un lado, la lengua menor en cierto sentido empobrece o degrada formas sintácticas o léxicas de la lengua mayor, por otro lado hace proliferar efectos de cambio y cultiva una propensión al abigarramiento y a la glosa interpretativa o paródica. Se trata de la posibilidad de hablar a través de las constantes, pero sin dejarse atrapar totalmente por ellas. Eludir en el habla la instalación definitiva de la constante. O mejor, tal vez, elidir la constante. Poder hablar sobrecargadamente en una paráfrasis continua de cambios directos. Hablar en términos de un rechazo, digamos, intermitente o relativo, a las prescripciones discursivas diacrónicamente instaladas. Diluir las constantes a favor de la diversidad y el dinamismo más o menos incontrolado. Hablar musicalmente por medio de cierta improvisación interactiva.
Minoría
Al dialogar y conversar, se puede abrir un devenir menor de la lengua mayor. Se puede lograr una desterritorialización de los mandatos tradicionales de cierta razón dialógica o conversacional instalada en un momento dado. Convertir en menor la praxis dialógica mayor. Fugarse del diálogo conclusivo, cerrado, digamos, plenamente realizado. Dialogar y conversar en la propia lengua, pero, al unísono, activar un punto extranjerizante en el hablar. Seguir los mandatos mayoritarios de ese diálogo (esto es ineludible), pero abrir también mundos menores que fragmenten imprevisiblemente dicha instalación dialógica mayor. Así, en la medida en que alguien traza líneas menores de apertura o digresión (especulativa, paródica, burlesca, imaginativa o metafórica) en el ámbito de realización de una razón dialógica mayor (epistemológica, algorítmica o institucional), tiene lugar en su evanescencia y en su carácter inaprensible (a la manera de una transformación incorporal) el acontecimiento de la psicopoética.
Psicopoética se relaciona con la posibilidad de lograr una especie de extranjerización –parcial– del encuentro dialógico. Se renuncia en ese instante a la pretensión de entendimiento analítico pleno. No importará tanto el qué se dice, ni el quién lo dice, sino la vertebración creadora de los plexos existenciales involucrados en esa interlocución que deviene minoritaria.
Recordemos que lo “mayoritario” y lo “minoritario” constituyen dos dimensiones funcionales del uso de la lengua. No se trata solamente de una oposición cuantitativa.
Mayoría implica una constante, de expresión o de contenido, como un metro-patrón con relación al cual se evalúa. Supongamos que la constante o el patrón sea hombre-blanco-macho-adulto-urbano-hablando una lengua estándar-europeo-heterosexual cualquiera […] Es evidente que “el hombre” tiene la mayoría, incluso si es menos numeroso que los mosquitos, los niños, las mujeres, los negros, los campesinos, los homosexuales […] La mayoría supone un estado de poder y de dominación, y no a la inversa. Supone el metro-patrón y no a la inversa.12
Así, toda determinación diferente de la constante detenta una condición minoritaria. Esto significa que tendrá el estatuto de subsistema, o bien que realiza un movimiento que propende a salir del sistema, a existir como outsider. Pero, además, la mayoría, al tener el respaldo del metro-patrón dominante que la comprende, nunca carece de protagonismos, siempre promete alcanzar el éxito (“solo si sigues las reglas podrás llegar a ser alguien en la vida”). La minoría, en cambio, nunca tiene éxito; no tiene figuras protagónicas; suele asociarse al nadie; pero, por lo mismo, “es el devenir de todo el mundo, su devenir potencial en tanto que se desvía del modelo”.13
Lo mayoritario, entonces, constituye el sistema homogéneo y constante; las minorías constituyen subsistemas, y lo minoritario constituye el devenir potencial –creado y creativo– del mundo. No se trata de conquistar la mayoría, es decir, de convertir lo minoritario en mayoritario (instalando otra constante que domine desde otros puntos simbólicos). Lo que sucede es que el devenir nunca es mayoritario; devenir es devenir-minoritario. Un hablar menor en el diálogo y en la conversación hará posible un devenir que concierne, desde luego, a todo el sistema; un hablar menor que actúa como agente potencial de cambio y erosiona la estructura de tal encuentro dialógico como dimensión mayoritaria. Se trata de un devenir menor del diálogo mayor: “[L]as minorías […] deben ser consideradas como gérmenes, cristales de devenir, que solo son válidos si desencadenan movimientos incontrolados y desterritorializaciones de la media o de la mayoría”.14
Las posiciones o formulaciones confrontadas en un diálogo (es decir, aquello que diga un sujeto –su tesis– en contraposición a otras ideas –antítesis– planteadas por un interlocutor, al cual reconoce como dialogante) pierden preponderancia en sí mismas, porque lo que ahora se destaca es el conjunto de aspectos emergentes, no consensuados, imprevisibles, desautorizados, creativos, que constituyen en ese momento la expresión del devenir minoritario mismo del ejercicio del diálogo como sistema. La conciencia minoritaria es la que deviene mundo-creación al dialogar. Incorpora la variación continua que transgrede constantemente, y de diferentes maneras, las fronteras del metro-patrón mayoritario de los órdenes discursivos que fijan el mundo-conservación. La conciencia minoritaria en el diálogo inventa, pues, devenires específicos en la conjugación del mundo.
Es en estos términos que el diálogo como vehículo de consignas continúa funcionando en la interacción discursiva. Es el diálogo que cumple con los mandatos de saber y de poder que circulan en determinado dispositivo cultural o institucional. Se trata de ese momento mortífero-mortificante del dialogar: “La consigna aporta una muerte directa al que recibe la orden, o bien una muerte eventual si no obedece, o bien una muerte que él mismo debe infligir, propagar. Una orden del padre a su hijo, «harás esto», «no harás aquello», es inseparable de la pequeña sentencia de muerte que el hijo experimenta en un punto de su persona. Muerte, muerte, tal es el único juicio, y lo que convierte el juicio en un sistema. Veredicto”. Es por eso que de cierta forma uno muere cuando recibe-obedece-reproduce la consigna en el dialogar, lo mismo que cuando uno dialoga por consigna. Acaso vivimos a medio morir en la interacción con quienes nos rodean. Muertos vivientes los que nos reunimos a dialogar, los que hablamos unos con otros (se dialoga siempre en trance, como entes vulnerados, heridos inevitablemente en la constante batalla, aceptando, padeciendo los mandatos discursivos del mundo, pero a veces también respondiendo persistentemente, subversivamente, creativamente, evadiendo, confrontando como sea posible el orden establecido). La consigna lleva en sí otra cosa unida a ella, algo así “como un grito de alarma o un mensaje de fuga. Sería muy simple decir que la fuga es una reacción contra la consigna; más bien está incluida en ella, en un agenciamiento complejo, como su otra cara, su otra componente”.15
Fuga
Cuando se dialoga, se conversa, se habla con cualquiera, se involucra consigna y fuga. A tales complejidades obedece-responde la variación continua. Fuga y variación continua se oponen intensivamente a la instalación extensiva (consignataria) del discurso mortificante. En otras palabras: diablo se opone a Dios. La variación continua en la realización de un diálogo supondrá entonces la ruptura de moldes, el traspaso de los límites instituidos, la fluidez de los acontecimientos y, con ello, la impugnación de toda palabra o cuerpo que pretenda estacionarse en algún punto claramente demarcado. La variación continua de contenido y expresión, al efectuarse un ejercicio dialógico o conversacional, implica que las palabras, los cuerpos, los gestos, las cosas, la realidad misma en su heterogeneidad se vean afectados por quienes participan en esa interlocución; afectación que acaecerá de modos todavía desconocidos: vibración, intermitencia, cromatismo, abigarramiento, vivificación, multiplicidad.
Desasosiego
La cuestión crucial estará no en la pretensión de anular la acción de la consigna (lo cual es imposible), sino en cómo rebelarse (y revelarse) contra la sentencia de muerte, contra la íntima muerte que la consigna viene a inocular en la sangre de quienes hablan; la cuestión crucial estará en cómo abrirse al desasosiego y a la risa; cómo esgrimir competencias para cierta huida provisional-táctico-estratégica del esquema discursivo totalizante y para el retorno combativo y lúdico, a golpe de acción y palabra inusitada, contra las constantes del esencialismo. “Bajo las consignas hay contraseñas. Palabras que estarían como de paso, componentes de paso, mientras que las consignas marcan paradas, composiciones estratificadas, organizadas. La misma cosa, la misma palabra, tiene, sin duda, esa doble naturaleza: hay que extraer la una de la otra –transformar las composiciones de orden en componentes de pasos”.16 Pero, en todo caso, un diálogo o conversación cuya emergencia implica la modificación de cierta composición de orden en componentes de pasos es un diálogo que, por fortuna, se descompone creativamente ya en el acto mismo de su realización; es un encuentro conversacional que incumple los mandatos de saber y de poder; es un diálogo que deviene minoritario; es decir, un hablar que se deja llevar –psicopoéticamente– por la música improvisada del acontecimiento.
Diversas conexiones e impurezas al hablar
A Michel Serres
Red
En su estudio sobre la idea de la comunicación y el problema de la traducción, Michel Serres propone valorar el encuentro comunicativo como un diagrama en red.17 Una red de comunicación se constituye en el encuentro por una pluralidad de puntos o cimas unidos por una serie de ramificaciones o caminos. Cada uno de esos puntos o cimas del diagrama en red constituye una tesis o un elemento definible dentro de algún conjunto empírico específico. Cada camino, por su parte, implica la relación particular, el contacto o el flujo de determinación que existe entre dos o varias tesis o elementos en determinada situación concreta. “Por definición, ningún punto se privilegia con respecto a otro, ninguno se subordina unívocamente a tal o cual; cada uno tiene su propio poder (eventualmente variable en el curso del tiempo), su zona de irradiación y también su fuerza determinante original. Como consecuencia, aunque algunos puedan ser idénticos entre ellos, en general son todos diferentes”.18 Con los caminos o flujos de determinación que vinculan dos o más tesis ocurre algo similar: ellos trasladan influencias diferentes que además varían en el tiempo. Habrá entonces lo que Serres llama una reciprocidad profunda y compleja entre puntos (tesis) y caminos (vías de relación).
Así, una tesis cualquiera puede ser vista como la intersección de dos o varios caminos o flujos de determinación (es decir, un punto o cima cualquiera podrá configurarse como el punto de cruce de una multiplicidad de relaciones: como un elemento que nace de pronto por la confluencia de varias determinaciones). Al mismo tiempo, un camino cualquiera o flujo de determinación se activará desde una u otra correspondencia entre por lo menos dos tesis o puntos configurados previamente. El encuentro comunicativo se piensa entonces como una red compleja –diagramática– tan irregular como posible que además subraya un carácter dinámico y una constante diferenciación interna. Una red cuyos puntos de intersección y flujos de relación varían sin cesar por el movimiento inmanente del propio diagrama.
Multilinealidad
La situación comunicativa adquiere cierta condición espacial compleja en cuanto acaece en términos de longitud de las líneas de relación; área de las superficies temáticas desarrolladas y volumen de los cuerpos (físicos, sociales o simbólicos) involucrados. Comunicarse, dialogar implicará una permanente movilidad y variaciones en el tiempo y en el espacio que también pueden ser bruscas o repentinas. Esta reflexión resulta relevante para el replanteamiento conceptual de la noción de diálogo y para la exploración de nuevas posibilidades de comprensión teórica del propio encuentro dialógico. Serres mismo hace un ejercicio comparativo entre este modelo diagramático de la comunicación y el modelo dialéctico tradicional. Según los argumentos del autor,19 las diferencias entre un modelo y otro son las siguientes:
1 El argumento dialéctico marca un solo camino para ir de una tesis a otra: el camino de la lógica, es decir, el que resulta “lógicamente necesario” y que “pasa por el punto único de la antítesis o de la situación opuesta. En este sentido, el razonamiento dialéctico es unilineal y se caracteriza por la unicidad y la simplicidad de la vía, por la univocidad del flujo de determinación que transporta”.20 Por el contrario, el modelo del diagrama en red implica una infinita y compleja pluralidad de las vías de relación. Habrá muchos caminos para ir de una tesis a otra y será posible pasar por cualquier cantidad de puntos o cimas intermedias según la situación interactiva concreta. Esto lo que significa es la posibilidad de la digresión: en efecto, ningún camino será en este caso una vía lógicamente necesaria. Puede suceder que el camino más corto entre dos puntos cualesquiera, “es decir, el circuito más corto entre los dos puntos en cuestión”, sea eventualmente “más difícil o menos interesante (menos practicable) que otro más largo, pero puede transportar más determinación y abrirse momentáneamente por tales o cuales razones”.21 Cualquier camino que se siga entonces en una conversación será seleccionado entre otros posibles según las circunstancias de la situación móvil. Se rechaza, pues, la necesidad de una presunta mediación única en el transcurso de la interlocución y se asume la posibilidad de seleccionar una mediación x entre otras mediaciones también practicables por derecho. Se piensa la interlocución en términos de un modelo tabular más que en términos de un modelo lineal. Este último no sería más que una reducción o caso particular del modelo tabular. Al razonamiento dialéctico (lineal y de mediación única) se opone, pues, “un razonamiento con muchas entradas y conexiones múltiples […] más rico y más flexible que un encadenamiento lineal de razones, cualquiera que sea el motor de ese encadenamiento: deducción, determinación, oposición”. Para encontrar el argumento dialéctico será suficiente “homogeneizar la red y cortar sobre ella una secuencia única con flujo determinante fijo, o también proyectarlo sobre una línea única”.22 El diagrama comunicativo en red implica, por el contrario, una diversificación (una apertura múltiple) de la secuencia dialéctica: es multidimensional más que unidimensional, va de la línea al espacio.
2 En el modelo diagramático de la interlocución, se incrementa el número de mediaciones posibles: los caminos practicables entre una tesis y otra aumentan por supuesto en número; pero, además, se ofrece la posibilidad de diferenciar ya no solamente el número, sino también la naturaleza y la fuerza de tales vías de relación. El argumento dialéctico, en cambio, traslada en su linealidad solo un tipo unívoco de determinación, a saber, la negación, la oposición y la superación dialéctica de la tesis, determinación que en efecto existe, pero a la cual se maximiza siempre globalmente de modo desproporcionado. El modelo de la red compleja habrá de introducir “en la multilinealidad de sus vías la plurivocidad de los tipos de relaciones y la evaluación de su fuerza respectiva, eventualmente diferenciada”.23 Así, cada camino o relación entre una tesis y otra habrá de transportar “un flujo dado de una acción o reacción cualquiera: causalidad, deducción, analogía, reversibilidad, influencia, contradicción, etcétera”.24 Y, por otro lado, una tesis cualquiera puede recibir varias determinaciones al mismo tiempo, o bien constituir la fuente –específica y diferenciada– de tales determinaciones. Cada tesis (punto o cima del diagrama) involucra entonces una conexión con la pluralidad. Dicho de otro modo: cada tesis o elemento definible en la conversación constituye un punto que puede ser simultáneamente plurideterminado y plurideterminante.
3 En el diagrama en red de la comunicación no se asume la presunta equivalencia o equipotencia de unas u otras líneas, caminos o relaciones en la determinación de las tesis. Incluso si se piensa en términos de piezas iguales en un tablero de ajedrez: “[S]obre él existen peones con un poder equivalente en derecho, pero cuyo poder actual es variable según su situación recíproca en un momento dado, de acuerdo con la disposición del conjunto de las piezas y de su distribución compleja con respecto a la red de juego opuesta”.25 En ese complejo y mutante tablero ajedrecístico, habrá también piezas con poderes diferenciados (caballo, rey, torre, reina) que implican determinaciones distintas tanto por su naturaleza como por los caminos abiertos en su vinculación específica. Sus poderes también dependerán de la situación y distribución provisionales en la dinámica (más o menos azarosa) del propio juego. Cada encuentro comunicativo, cada intercambio verbal, involucrará entonces una red compleja en movimiento perpetuamente inestable ante los incalculables o sutiles cambios expresivos en el espacio irregular de la interlocución. Así, las redes diferenciadas y móviles en su poder se entrelazan con otras redes complejas en todas las direcciones posibles del espacio comunicativo. Con ello, cada dialogante se pluraliza y se interconecta en el hablar. El modelo dialéctico será, por el contrario, el caso restringido y singular de una confrontación permanente (pero) que tiene una dirección constante o unívoca entre dos tesis (o peones), que se asumen equipotentes en principio. Se trata en este caso de una lucha entre dos elementos separados por una presunta distancia constante, sobre una vía privilegiada de antemano. El conflicto dialéctico terminará con la toma de posesión de un punto ocupado hasta ese instante por un predecesor ahora vencido.
4 Sucede también que el modelo de la comunicación en red permite concebir “asociaciones locales y momentáneas de puntos y contactos particulares que forman una familia muy definida de poder determinante original”.26 Se trata de asociaciones específicas de unas u otras tesis y relaciones que organizan series de subconjuntos localmente más importantes que el conjunto total, cualquiera que este sea. Tales subconjuntos conforman familias de poder que pueden coexistir con otros agrupamientos de ese tipo y generar una complicada y desigual interferencia recíproca. El argumento dialéctico tradicional, en cambio, no distingue entre lo local y lo global, pues se limita a promover totalidades en su dicotomía con la contradicción. De este modo, Serres reivindica la noción de “pluralidad de subtotalidades originales”,27 la cual deviene fundamental porque permite enfocar sutilezas, relieves o aspectos muy específicos en el encuentro comunicativo, ignorados o excluidos por una perspectiva dialéctica en sentido estricto.
5 El modelo de diagrama en red del encuentro comunicativo transforma globalmente cualquier situación ubicada en un espacio-tiempo. Tal transformación puede concebirse análogamente, desde la perspectiva de una situación de juego. En efecto, en la realización de un juego de mesa ocurrirá una compenetración más o menos elaborada de redes diferenciadas de elementos puntuales. “En el espacio-tiempo del juego”, afirma Serres, “hay transformación por parte de cada red, cada una para sí, y cada una según la transformación de la otra. La situación de conjunto resulta así de una movilidad muy compleja, de una fluidez tal que es prácticamente imposible prever lo que pasará después de dos turnos”.28 Aquí parece reivindicarse una imprevisibilidad clave en el pluralismo infinito de lo acontecional;29 en oposición a una concepción, digamos, legislativa y soberana que valora los diferentes momentos de la secuencia del juego comunicativo como un encadenamiento riguroso y reiterado, es decir, que obtiene leyes o regularidades del proceso por selección arbitraria de unos u otros momentos decisivos diacrónicamente proyectados, produciéndose una determinación unívoca y fija.
6 La pluralidad de conexiones que vinculan unas y otras tesis (puntos o cimas) en el modelo diagramático permite el fenómeno de la retroacción, esto es, “una resonancia inmediata del efecto sobre la causa, digamos más bien la retroacción de la cima-recepción sobre la cima-origen”. Y continúa Serres: “El flujo causal ya no es tal, porque la causalidad ya no es irreversible: lo que quiere influenciar inmediatamente es influenciado por el resultado de su influencia”. Con esto se rompe, pues, “la irreversibilidad lógica de la consecuencia y la irreversibilidad temporal de la secuencia: la fuente y la recepción son al mismo tiempo efecto y causa”.30 Lo que sucede, por tanto, es que se fractura cualquier linealidad conceptual. La complejidad deja de ser un juicio descriptivo para convertirse en un aspecto consustancial al saber y a la experiencia en el encuentro comunicativo y dialógico.
Hibridaciones
Serres sugiere la reflexión de que una idea o noción cualquiera (por ejemplo, la noción de diálogo) experimenta en el tiempo diversos entrelazamientos que la transforman inapelablemente. En este sentido escribe:
[U]n contenido histórico, por ejemplo una idea (en lo que hace a la historia de la filosofía), se pierde, se debilita, decae y se mezcla. El vector cronológico de la historia es portador de la disgregación progresiva de la idea. Esa disgregación no es un olvido puro y simple (¿cómo definir ese olvido?), sino un debilitamiento continuo de la idea por comunicaciones sucesivas. La historia de las ideas es ese juego del teléfono que da al final una información tanto más deformada cuanto más larga ha sido la cadena.31
No se trataría entonces de recuperar la historia de los avatares de un presunto logos puro; sino de reconocer las metamorfosis e hibridaciones de un logos tradicionalmente referido a sí mismo.
Alboroto
En la revisión crítica de la obra de Platón y la consecuente conceptualización de la noción de diálogo, Serres reconoce la participación clave del ruido de fondo en la instalación arriesgada de un sentido en el diálogo. El dialogar constituirá ese juego de los interlocutores que, más que confrontarse dialécticamente, se asocian contra los obstáculos de la interferencia, es decir, acuerdan tácitamente el establecimiento de un tercero para poder excluirlo: ese tercero es el ruido, el demonio que lucha contra el ejercicio de la abstracción dialéctica. Así, el éxito del diálogo se asocia en Platón al reconocimiento de una u otra forma abstracta o idealidad que desmaterializa la interlocución, universaliza elementos y hace posible la ciencia. En otras palabras, “para que el diálogo sea posible, hay que cerrar los ojos y tapar los oídos ante el canto y la belleza de las sirenas”.32
En otro texto Serres extenderá esta reflexión: para dialogar, los interlocutores habrán de utilizar las palabras en un sentido al menos parecido.33 Esto expresaría la intervención (explícita o implícita) de un contrato previo sobre un código común. Tal acuerdo precede, pues, a cualquier confrontación dialógica. “Por otro lado”, continúa, “ninguna disputa verbal es posible si, procedente de una nueva fuente, un ruido gigante parasita y borra cualquier voz”.34 Es así que los dialogantes consecuentes, unidos en un mismo bando, luchan contra las impurezas sonoras, simbólicas, materiales que causan interferencias en los argumentos y en las voces prístinas de la idealidad conceptual. En este sentido, todo diálogo bien planteado, aun y cuando involucre confrontación y posibles desacuerdos y rupturas, presupone todavía aquel acuerdo marco al interior del cual resulta posible. En consecuencia, dos interlocutores podrán empecinarse en determinada contradicción, “pero allí presentes velan dos espectros invisibles o cuando menos tácitos, el amigo común que los concilia, por el contrato, al menos virtual, del lenguaje común y de las palabras definidas, y el común enemigo contra el que luchan, de hecho, con todas sus fuerzas conjugadas, ese ruido de camorra, esa interferencia, que borraría hasta anularlo su propio alboroto”.35
Mundanidad
Dialogar, tener un intercambio verbal, participar en la conversación ha de convertirse en algo más impuro: en una interlocución no abstraccionista; no estrictamente dialéctica; en una interlocución que involucre juego e interferencias y que acontezca como un diagrama en red: como un encuentro dialógico-cambiante interconectado con la mundanidad abigarrada y compleja del entorno en la configuración provisional e irreverente de sentidos compartidos. Psicopoética vive dicha interlocución impura; psicopoética nunca podría constituirse como un diálogo “consecuente” (consumado, trascendente, científico) porque siempre abrirá sus ojos y sus oídos ante el canto y la belleza de las sirenas, lo mismo que ante las maravillas imprevisibles del espacio.
Trama intuitiva, razón sensible y pensamiento del instante
A Michel Maffesoli
Júbilo
Los mundos occidentales de la llamada posmodernidad asisten hoy, en diversas prácticas sociales, al retorno de una serie de valores arcaicos que se colocan en un primer plano de la vida interactiva. Junto al debilitamiento de las certezas en el pensamiento, emergen fenómenos juveniles tales como los nuevos tribalismos y nomadismos que implican además, en sentido estricto, una actitud trágica ante la vida que se revela en múltiples episodios de la experiencia cotidiana; se trata de prácticas sociales que, sin tal referente, parecen no tener ningún sentido. A través de dicha sensibilidad trágica, el tiempo posmoderno parece detenerse: vive cierta inmovilización o, al menos, se hace más lento en contraste al desarrollo científico, tecnológico y económico acelerado de la modernidad, de signo eminentemente dramático. Para el sociólogo Michel Maffesoli, la vida social de hoy parece más bien una concatenación de instantes detenidos a partir de los cuales suele seguir el imperativo clave de la re-creación. Se trata de un cambio de paradigma que va desde una concepción egocentrada del mundo –que otorga primacía al individuo racional que vive en la sociedad contractual de la modernidad– a otra concepción locuscentrada –que se relaciona con la emergencia de grupos o neotribus de la vida social contemporánea que, a su vez, generan espacios de convivencia específicos en la posmodernidad naciente–.36
Así, el individualismo moderno es dramático mientras la actividad tribal posmoderna es trágica y, en tal condición trágica, Maffesoli incluye los momentos de júbilo desbordado, la efervescencia por la vida. La noción de historia, como categoría central de los análisis de la modernidad, se relativiza. Se pasa de un tiempo lineal, singular y sustentado en la idea de proyecto a otro tiempo cíclico, recursivo, presentista, que quiere deslindarse del utilitarismo burgués y que lleva el signo de la pluralidad. Se asiste, pues, a cierta reactivación de valores, maneras de ser y de pensar arcaicos, que desde la modernidad ilustrada habían sido ubicados en el ámbito de un presunto oscurantismo.
Modos de vida menos racionales y más dionisíacos, menos sedentarios y más nómadas que involucran de una u otra forma muchas prácticas contemporáneas. Se trata de un vitalismo que invita a la risa escandalosa de nuevos paganismos ante el envejecimiento de los mundos de la seriedad y de la programación disciplinada. Renace, pues, una vitalidad polisémica que no sigue los pasos de ese progresismo inocente y optimista de otros tiempos. Se vive con ello una lógica de la conjunción más que de la disyunción y emergen actitudes de inmediatez en las nuevas generaciones, orientadas a diversos hedonismos y mimetismos neotribales en un marco de permanente reversibilidad.
Ante el ideal moderno de la autonomía, tiende a imponerse la práctica de la heteronomía y de la atracción apasionada. Ser joven se convierte además en un nuevo imperativo categórico que implica incluso maneras de vestirse, de hablar y también una manera de cuidar el propio cuerpo. En efecto, Maffesoli alude en sus reflexiones a una serie de fenómenos juveniles actuales que van desde concebir a los enormes centros comerciales no solo como el lugar funcional de la simple compraventa de productos, sino como escenarios de comunión; hasta las fiestas rave o tecno; así como los love parades; pasando por otros, como la variada entronización de la moda, la astrología, las telenovelas (“eternidades de bolsillo”) o el consumo de videoclips, los juegos informáticos, la utilización exacerbada del ciberespacio, el auge de la ciencia ficción en el cine o la pintura, la asunción de amores sucesivos y efímeros, cierto culto a lo superfluo y a lo frívolo, el body art, entre otros hedonismos difusos.
Destino
Maffesoli lanza una hipótesis fundamental: de la misma forma que en la modernidad fue venerada la figura del hombre adulto, realizado, dueño de sí y de la naturaleza –hombre que ejerce además un principio de autoridad a través de prácticas prescriptivas–, en la posmodernidad naciente comienza a dominar el mito del puer aeternus –ese niño eterno– que en su juego permanente impone determinados modos de ser y de pensar. Es la presencia de Dioniso la que se extiende hoy en las grandes ciudades de Occidente. Se revalora la importancia de lo festivo, de las apariencias y de la noción de destino. Se ve la existencia, en efecto, como una sucesión de instantes eternos. Es posible pensar incluso que si el trabajo, en su condición productiva y crucificadora, fue el signo de la época moderna, el nuevo modelo cultural será el juego, el quehacer lúdico y sus dimensiones de creatividad. Así, un sentimiento trágico-lúdico, una nueva e intensa sabiduría juvenil (como una especie de inconsciente colectivo) parece retornar con fuerza a la vida diaria de la actualidad, que además escapa siempre a la lógica del deber ser. “La verdadera vida”, afirma Maffesoli, “está en todas partes salvo en las instituciones […] no tiene proyectos puesto que no tiene objetivo preciso. De ahí el aspecto punzante de sus manifestaciones”.37
Reencantamiento
Adviene hoy un reencantamiento del mundo, un nuevo tiempo mítico que se aprecia, por ejemplo, en esa conjunción actual (maravillosa) del caballero de los cuentos y las leyendas medievales con la imagen del rayo láser. Si la modernidad privilegió el futuro, la época contemporánea (al igual que la decadencia romana o el Renacimiento) privilegia el presente. La cultura occidental moderna se orienta hacia el futuro y el fundamento de su acción está en la exterioridad. Toda realización individual o social será, pues, del orden de lo extenso, estará inscripta en proyectos predecibles racionalmente y su vocación será la trascendencia. De manera muy distinta hoy en día parece acentuarse la vivencia presente suspendida en la dimensión “destinal” del existir, que será del orden de lo intenso y cuya vocación será la inmanencia.
En cualquier caso, el afrontamiento del destino en la época contemporánea no significa, según Maffesoli, una simple resignación, sino una confrontación y un furor de vivir de innegables efectos sociales: asumir el destino significa la aceptación (trágica) del carácter paradójico de la vida, en cuanto se incita a vivir las muertes, las “pequeñas muertes” de cada día, y a integrar “homeopáticamente” la muerte a la vida, como la mejor manera de protegerse y crecer. Sucede entonces que la vida se vive “bajo la forma de avidez” en una intensa consumación que busca ya no la presunta libertad absoluta y trascendente, sino esas pequeñas libertades intersticiales relativas y empíricas para ejercerlas a diario. La connotación trágica está en la aceptación de la fatalidad y también en la incorporación –a veces paroxística– de determinadas prácticas del placer. Una turba peligrosa de nómadas y bárbaros parece haber penetrado los muros de la civilización moderna para fragmentarla irremediablemente.
Exuberancia
El ser se torna acontecimiento que adviene a veces de manera violenta. De pronto, por ejemplo, muchos jóvenes asumen una especie de exuberancia pagana que goza audazmente del presente vital invadido por la frescura del instante en toda su transitoriedad intensa. Surgen rebeliones juveniles de goce multiforme que contravienen los designios de cualquier moralismo de la modernidad, sean de orden ideológico, económico o sexual. Se vive una especie de copresencia en la alteridad. Copresencia de modulaciones e intensidad variables, pero que engloba el ser en su devenir cotidiano: se acentúa la potencia de lo impersonal y sucede que, en muchos sentidos, uno es actuado más de lo que actúa por sí mismo. Muchas veces se participa mágicamente en lo extraño o lo nuevo, en un ejercicio que rebasa particularidades individuales. La existencia y el reconocimiento de alguien tienen lugar en la medida en que el prójimo, o el otro social, avala situacionalmente tal existencia y tal reconocimiento. Podrá ser rechazado o marginado aquel que no tenga de alguna forma el “olor del clan”. Pero, en cualquier caso, en esa intensidad y ese júbilo trágico-situacional, el individuo parece realizarse en un plus-ser.
Vitalismo
Libertad y necesidad se viven como una tensión contradictorial (nunca superada por mecanismos dialéctico-dramático-sintético-calmantes). Es decir, se viven como una forma extraña de “armonía conflictiva” que conduce a la posibilidad de vivir un yo plural (uno se libera de sí mismo en el otro) que afirma la existencia sensible del aquí y el ahora. Se trata de una ética del instante: vivir a pesar de todo. Así, la nueva concepción del tiempo social estaría marcada por el afrontamiento del destino y el retorno cíclico, entendido este último como necesidad vital de regeneración permanente. Se desea un destino intenso, sombrío, vital, fascinante. Se vive un eterno presente, un vitalismo más o menos consciente de sí mismo, pero que asegura la perduración del ser. Sucesión de momentos fijos cuya concatenación configura el flujo vital.
Fulgor
En contraste con la asunción de la razón y del futuro como valores de la modernidad, el mundo de hoy procura la imagen y el presente. La imagen precisamente porque actualiza la vida, regresa con fuerza en manifestaciones multiformes y asombrosas. Surgen resistencias a la temporalidad lineal, racional, útil e individualista de las actividades diurnas y se propende al instante eterno de la nocturnidad festiva, ritual, imaginativa y comunitaria. En el mundo de hoy la imagen se convierte en elemento esencial del lazo social. La imagen se torna omnipresente. Es el vector clave de una relación o vínculo social que implica emociones comunes, sentimientos y afectos puestos en juego en el ámbito público. La imagen cuestiona la noción racional de la historia o del tiempo del proyecto porque ella misma es del orden de la intuición, del flash, de la ocurrencia que acaece de improviso, del fulgor instantáneo.
Juego
En todo momento Maffesoli apela a una alegría del mundo expresada en la potencia del juego para configurar la vida presente como efímera, intensa, ambivalente y que no pretende el dominio de la naturaleza, de la historia, de la sociedad o de sí misma. Una vida que detenta una actitud más comprensiva que explicativa y que implica mayor relativismo y cierto politeísmo de los valores. Se pondera un saber encarnado y pluralista. Ante la morosidad de lo instituido, emerge la alegría rebelde de lo instituyente. “Rebelión contra un artificialismo abstracto. Rebelión contra una sociedad de aburrimiento. Rebelión contra una seudovida programada, que no deja más que poco espacio a la aventura y al simple placer de existir. Rebelión, recordémoslo, alternativa”.38 Y rebelión también de lo imaginario. Maffesoli recupera en tal sentido la importancia del mundo de las apariencias, de esa sabiduría del parecer; de aquella irrupción de la imagen y exacerbación de lo sensible que se aprecia en las sociedades occidentales contemporáneas. Alude también a la noción de máscara para referirse a la complejidad de papeles y voces de la persona actual inmersa en diversas situaciones cambiantes.
Maffesoli habla de cierta viscosidad de lo social a través de la emergencia de coidentidades; es decir, de redes y procesos de hibridación en el mundo de hoy. Se refiere a un éxtasis social que, comprendido en sentido estricto, implica un salir de sí para unirse, paradójicamente, a la alteridad y al mundo mismo en su carácter heterogéneo. El sujeto moderno se diluye hoy en un ser-juntos constante. Aunado a esto, involucra el proceso de lo que se ha denominado la feminización del mundo, como vector fundamental de la creación de lo cotidiano. Tal feminización del mundo o fusión femenina integra, en una coincidentia oppositorum, los diferentes aspectos de lo humano en toda su ambivalencia o carácter incoherente: integra homeopáticamente un valor y su contrario. Relativiza el mundo, lo hace menos dogmático y más abierto. Ser ya no se comprende entonces sino como ser con el otro, o incluso, ser el otro, en un retorno a cierto erotismo cosmogónico. Así, Maffesoli subraya la noción de atracción apasionada para enfatizar la actitud vitalista y creadora en el mundo actual. En este tiempo del retorno de los pequeños dioses, resulta posible asumir una participación en el sentido mágico de las cosas, de la gente, de los lugares, para buscar al otro, tocarlo y hacer vida multiforme con él. Se trata de una participación tan mágica como contradictoria que se arraiga trágicamente en el momento presente, en el seno de la ciudad (vivida siempre como sucesión de lugares destacados). Se trata, pues, de un rejuvenecer el mundo, de reimaginarlo en un decir sí (a pesar de todo) a la vida. Pero, entonces, ¿qué pensar del momento del diálogo, de la interlocución, en estas circunstancias? ¿Qué cambios y potencialidades se involucran?
Imaginación
En oposición al racionalismo dominante de la modernidad que impele a los individuos a transitar por un proyecto común (político, económico, intelectual o religioso) adecuado y beneficioso para todos, la vida posmoderna de Occidente parece promover un estar juntos mucho menos ambicioso por inmanente; un estar juntos proclive –paradójicamente– a la dispersión; que viene marcado por una especie de razón sensible o erótica y que reivindica cierto interés sentimental del orden de la empatía, del deseo o de la imaginación.39 La razón erótica que propone Maffesoli encarna la necesidad de un principio que reconcilie y contemple, aun en su constante devenir contradictorio, la naturaleza compleja de la realidad en su carácter activo. En este sentido, el sociólogo distingue dos términos, el de unidad y el de unicidad. La unidad alude a la dimensión de lo cerrado, de lo estático, de lo completo; mientras que la unicidad alude a la posibilidad de mantener concomitantemente cierta cohesión (relativa) de los diversos elementos fragmentados de la propia socialidad. La cohesión de la socialidad es posible solo en la medida en que se cristaliza una relación de unicidad entre las cosas del mundo. Se trata de cierta propensión estilística a la convergencia, de cierta posible unión (dinámica) de materialidad y espíritu.
Incapaz de captar el aspecto prolijo, imaginativo y simbólico de la experiencia cotidiana, el racionalismo moderno ignora la coincidencia de los opuestos, donde entes y fenómenos completamente antagónicos pueden entrelazarse y lograr cierta conjugación existencial. Al buscar inexorablemente la esencia y la constancia del mundo, el racionalismo, en cambio, asume la existencia de unidades indivisibles, inalterables, lineales y unívocas para la configuración y el entendimiento de la vida en colectivo.
Es de esta manera que el saber erótico propende a una aceptación del mundo tal como es y no tal como debiera ser. Se trata de un saber interactivo que incorpora en sí los momentos sombríos y las insuficiencias individuales tanto como las pasiones y las luces que permiten el desenvolvimiento de unos u otros espacios de relación interpersonal. Un pensamiento del acompañamiento, es decir, una metanoia (que piensa al lado) por oposición a un pensamiento de la exclusión, una paranoia (que piensa de una manera dominante). Una razón sensible actuando en la interlocución implica entonces la incorporación de la experiencia vivida, del sentido común y de lo afectivo en la consecución más o menos imprevisible del encuentro. No se trata de la realización dramática de un intercambio verbal que deriva del programa estipulado por las consignas y prescripciones de la modernidad. No se trata del seguimiento eficiente de principios, ideales y métodos que hayan pautado la producción discursiva y el quehacer intelectual y socioemocional de las instituciones; al anquilosarse, tales encauzamientos de la praxis social resultan áridos y contraproducentes para testimoniar la complejidad y riqueza intersubjetiva de la experiencia verbal que se comparte; particularmente ante los mundos emergentes e inusitados de la vida grupal contemporánea.
Deseo
La razón sensible obliga a un reconocimiento del deseo mismo de conocer y de relacionarse. Quien desea algo es aquel que no posee aquello que busca; el que desea desea aquello que no tiene, desea algo que no coincide consigo mismo. Se alude aquí, una vez más, a la alteridad, a lo extraño del otro y de lo otro y a un sujeto que no se basta a sí mismo y que para ser requiere de la relación y del encuentro con quienes lo rodean. Maffesoli se opone a la figura del pensador experto (poseedor de saber) y propone la figura del contemplador deseante de experiencia mundana, en permanente tensión consigo mismo, pero, sobre todo, no autosuficiente. En consecuencia, habría un distanciamiento respecto de la práctica de un diálogo concebido como ejercicio metódico de expansión dialéctico-científica, en cuanto interrogación incisiva y puntillosa, en cuanto respuesta o afirmación erudita, en cuanto exclusión de terceros para la adquisición de un conocimiento firme.
Parece anunciarse un dialogar que quiere separarse de una libido dominandi, esto es, de un saber vinculado a razones instrumentales y ligado a las relaciones universalizantes del poder para recuperar una libido sciendi, esto es, “un saber erótico que ama el mundo que describe” porque, de ese modo, “purgándose de lo general, de la verdad, de lo que se supone que es lo justo, se puede vislumbrar lo plausible y lo posible de las situaciones humanas”.40 Se trata, en efecto, de una racionalidad amorosa, relacional, conjuntiva y autoconsciente de su propia imperfección e imprevisibilidad.
En semejante experiencia de interlocución, la metáfora jugará un papel fundamental porque ella habrá de integrar –siempre provisionalmente– diferentes sentidos del ejercicio cognoscitivo asociado al encuentro. La metáfora se ubica en la intersección entre el ámbito sensible de la vida social y su codificación en el acto de conocimiento. Constituye algo así como un logos revelado en imágenes, un significado convertido en forma. Pienso, pues, en un diálogo dinamizado por un juego estilístico de imágenes que acentúa poéticamente lo cotidiano y lo simbólico. Un diálogo más o menos inútil que involucra cierta preeminencia de lo aparente y que asume la forma (y no solo el contenido) como una dimensión clave para su realización dispersa. En efecto, con la noción de formismo “Maffesoli indica la preeminencia de la apariencia, evidenciando la forma como seno de todos los fenómenos estéticos que delimitan la cultura posmoderna. Mientras que la modernidad y su dialéctica pretendían ir más allá de lo contradictorio, dando un sentido y finalidad al mundo, el formismo reúne los contrarios y favorece un sentido que se consuma en el presente, en actos, que no se proyecta y que se experimenta en el juego de las apariencias y las imágenes”.41
De hecho, Maffesoli distingue la noción de forma respecto de la noción de fórmula.42 La fórmula como vector cultural propende a buscar soluciones, instala certidumbres, se mueve por una lógica de la respuesta. La forma (es decir, su expresión filosófica denominada formismo), por el contrario, se regodea en el replanteamiento y la multiplicación de problemas y explora, en todo caso, las condiciones de posibilidad que permitan ofrecer respuestas inacabadas, particulares, abiertas y situadas en su momento concreto. Hablar en términos de forma implica reivindicar a cada instante cierta caricaturización de lo real; cierta inadecuación, más o menos deliberada, respecto del tono de objetividad que la prescripción discursiva occidental exige para el intercambio cotidiano. Un hablar compartido que impugna, en acto, la tendencia a relacionarse en términos de fórmula y que, por lo mismo, no es consecuente con el mandato constante de la expresión ilustrada y clara. Se trata de un hablar compartido que llega a fomentar cierto abigarramiento en el decir y que puede tornarse afectivo, exagerado, oscuro y cavernoso, más que diurno y eficaz.
Rejuvenecimiento
La modernidad, tanto en los cimientos de la organización política y el ideal democrático como en los sistemas interpretativos que ha desarrollado, subraya la noción de representación para el conocimiento del mundo en sus verdades esenciales y universales. Maffesoli sugiere la sustitución de la representación por la presentación, no como un simple cambio lingüístico, sino como un giro fundamental en la configuración de las relaciones con el mundo mismo y su conocimiento. La presentación como actitud epistemológica y política deja ser lo que es y se ocupa de resaltar la riqueza, el dinamismo y la vitalidad de los plexos existenciales del momento actual, lo cual no impide (sino que más bien favorece) los replanteamientos críticos respecto de lo instituido y la promoción tácita o explícita de prácticas más o menos intersticiales o micropolíticas de sublevación y resistencia social o teórica. La presentación se niega a suscribir el ejercicio de reducir, depurar o perfeccionar la realidad heterogénea en la que se vive. No es posible testimoniar la diversidad del mundo (ni transformarlo creativamente) a través del despliegue exclusivo de la mirada racionalista. No se piensa en verdades unívocas, sino en las paradojas y las efervescencias interminables de la vida social.
Por lo tanto, un diálogo que acontece en tales condiciones surge como un encuentro de interlocución que tiende no a la madurez ni a la plenitud en su realización adulta, centrada o concluyente, sino a un rejuvenecimiento imprevisible, corporal e imaginativo. Un diálogo que no hace una jerarquización a ultranza del contenido a desarrollar, sino que se deleita en la forma de su realización inacabada. Es también, en este sentido que sugiero, la presencia de una psicopoética en la interlocución. Se trata de un diálogo que tiene que ver menos con un ejercicio de educación que con una vocación iniciática. Es una interlocución en la que se promueven zonas de sentido no vinculadas a ningún objetivo o finalidad previamente proyectada, sino que implican un momento de arraigo en el instante, es decir, un mundo que se vive y que ha sido vivido en el instante, zonas de sentido que además se agotan en el acto enunciativo mismo para dar lugar a reediciones y variaciones específicas.
Ficciones
Un diálogo psicopoético rehúye del tiempo dramático y lineal del encuentro, así como de metas a lograr, para constituirse como un ejercicio discontinuo de presentación de instantes vividos o imaginados que no se someten del todo a la perspectiva del control, que no pretenden promover unos u otros efectos de desarrollo en el juego de la interlocución misma. Se trata de un diálogo que, en su constante reapertura, no pretende (ni quiere ni puede siempre) explicar lo que se dice, sino acaso revivirlo. Tal interlocución funciona en ese instante como una especie de bisagra vida-mundo. Se opone por su carácter a cualquier territorio lánguido y promueve una cultura de la invención más o menos salvaje. Por lo demás, este acontecimiento presupone cierta sabiduría visceral o encarnada ineludible y, con ello, diversas participaciones afectivas e identificaciones múltiples, híbridas, cósmicas. Implica creaciones y variaciones verbales cotidianas; implica también una relativa conciencia de incompletitud y de límites situacionales. Pero, en todo caso, inaugura (aunque sea fugaz, imperfecta y transitoriamente) un ser-juntos para el encuentro discursivo-interpersonal mismo.
El encuentro dialógico se vive entonces como sucesión de actualizaciones pensantes, pasionales, creativas, intercorporales, conectadas, cuyo desenlace (si existiese) resulta desconocido. En dicho encuentro no se construye la (gran) historia del consenso o la resolución, sino que se entretejen pequeñas historias errantes, en sus diferendos irreductibles, sin precisiones obligadas. A partir de una condición psicopoética, “lo que funda la comunicación no es tanto un contenido teórico o informacional, como es la norma para la tradición occidental, sino, más bien, un lazo misterioso, tenue y, para muchos, ni verdadero ni falso”.43 Suele ocurrir en los grupos de amigos; su emergencia es más probable tal vez en los contextos menos institucionalizados. Tal forma de interlocución se aparta de los universalismos, de las certezas funcionales y de las pretensiones de definitividad para descubrir verdaderas islas volantes, como diría Jonathan Swift, terrenos más o menos enigmáticos que gravitan en el encuentro como efecto de la producción concomitante de subjetividad.
El cielo estaba completamente sereno, y el sol calentaba de tal modo que no se podía dirigir la vista hacia él. De pronto se oscureció de un modo muy diferente, según pensé, que cuando se ocultaba una nube. Volviéndome, percibí un vasto cuerpo opaco entre el sol y yo […] Me pareció que debía hallarse a unas dos millas de altura. Escondió el sol por unos seis o siete minutos, pero no me pareció que el aire fuera mucho más frío ni el cielo se oscureciera mucho más que si me hallase a la sombra de una montaña. Según se aproximaba adonde estaba yo, pude ver que era una sustancia firme, de fondo plano, liso y muy brillante por la reverberación del mar. Me subí a una eminencia a cosa de doscientas yardas de la costa, y vi aquel limpio cuerpo descender casi paralelo a mí hasta menos de una milla inglesa de distancia. Saqué mi catalejo de bolsillo y con él pude distinguir personas moviéndose encima de aquel objeto y a sus lados […] El natural amor a la vida me hizo sentir una gran alegría interna y empecé a alimentar la esperanza de que aquella aventura pudiese procurarme algún camino de ayuda que me librase del desolado lugar en que me hallaba. Pero, a la vez, fácilmente podrá el lector concebir cuál era mi pasmo al ver en el aire una isla, habitada por hombres que, según parecía, eran capaces, a su albedrío, de hacerla subir o bajar o ponerla en movimiento de avance […] Me hicieron señales de que bajase de la roca y me dirigiese a la orilla; y lo hice, y habiéndose elevado la isla volante a suficiente altura, quedó en el borde directamente sobre mí. Entonces desde la más baja de las galerías descolgaron una cadena con un asiento al extremo. Me fijé yo mismo a ella y fui elevado mediante poleas.44
Se involucra una mezcla de ideas, objetos y personas; se generan ficciones de diversa índole; se vive un claro nomadismo en el hablar; se operan bruscos golpes de timón; se instala un movimiento desigual hacia cierto sincretismo perceptivo y emocional. En ese instante se retorna a la vida; se impugna en acto la inmovilidad de la certeza; se deshace uno u otro aprisionamiento existencial. Esta expresión compartida, vitalista, psicopoética, solo puede acaecer mediante una travesía de los hablantes por el mundo-presente-actual-inmanente, travesía que puede ser difícil, acaso vulnerable a la nostalgia o al momento de amargura, pero también en cualquier instante jubilosa, alegre, digamos, saltarina.
Cuerpo
Dialogar en términos de psicopoética significa reivindicar un situacionismo prosaico; significa comprender insolentemente las palabras del interlocutor. Tal ejercicio no puede ser predio privado de ningún clérigo competente; se trata de una forma de hablar y relacionarse (efímera, intensa) que necesariamente escapa de los designios de la intervención (“profesional”, “autorizada” o “resolutiva”) porque surge ordinariamente, porque no planifica, ni anticipa, ni pretende beneficios a futuro. Pero además tales encuentros subrayan de diferentes modos la re-creación del cuerpo: se gesticula, se baila, se hacen perforaciones, tatuajes, tintes o peinados específicos, se introducen en la sangre sustancias de diversa calidad para experimentar sus efectos en grupo, se contacta con los demás y se entrelaza la propia voz con el mundo mediante participaciones corporales (y tecnológicas) imprevisibles. Se abandonan tonos mesiánicos o didactismos hipócritas como no sea para mofarse de ellos. No se dialoga para la salvación de nadie ni para promover la salud de nadie. Se habla no para juzgar, sino, en todo caso, para enlazar lo dicho. Las cosas se ponen en relación, se relativizan y, al mismo tiempo, se hacen aparecer, como en un escenario, los mundos alternos del interlocutor.
Ocurre también que tales experiencias de intercambio verbal resultan irreductibles a unas u otras constricciones conceptuales. Se separan de las razones abstractas que exigen adecuación, rigor o precisión asociados a la necesidad de definir aquello que se expresa. A cambio se acepta la polisemia como práctica cotidiana del hablar y muchas veces se apela a la exuberancia gratuita. Se dialoga en términos de una especie de razón carnal que promueve algo así como un orden del desparramamiento, un orden de lo no delimitado. En consecuencia, ese diálogo (que de muchas maneras renuncia a lo que debe ser dicho), vive una interesante condición accidental en la copresencia del mundo y estimula la emergencia del acontecimiento des-ordenado en su articulación con el devenir inventivo y complejo de la vida social.
Poética del desorden
A Emilio Lledó
Creación
Es conocido que la noción de poiesis, relacionada con el verbo poien (que significa “hacer”, “producir” o “fabricar”), se asocia en la Grecia antigua con la dimensión relativa a todo crear, es decir, a todo traer a la existencia. Así, un poiêma será la “cosa hecha” y el poeta, el poiêtês, será un “hacedor” vinculado en su actividad tanto al resultado buscado como al proceso creativo de su composición. Según Emilio Lledó, el verbo poien implica en la literatura de Homero el sentido de causar o hacer que algo acontezca.45 Surgen también otros sentidos o acepciones del verbo (por ejemplo, en el prosista Heródoto) asociados a festejar o celebrar algo e incluso a considerar y tener por. Y también a partir de Heródoto aparece con el sentido de componer y escribir, es decir, vinculado a la creación literaria del poeta, según las características y propiedades atribuidas a dicha creación. En este sentido, poiesis se concibe como poesía y tal acepción ha perdurado también a lo largo del tiempo.46
Sucede que poiesis, aun en su acepción inicial, es decir empleada con la significación de “fabricación” o “producción” de algo concreto y material (por ejemplo, del vino), encuentra ya un sentido añadido al involucrar la explicación del proceso en virtud del cual ha tenido lugar dicha producción o elaboración. Porque al hablar de poiesis no solo será importante pensar en términos de los elementos componentes, sino también del modo en que esos elementos han sido compuestos y la relación en que estos elementos participan. Dicha relación alude al logos que ha intervenido en esa realidad para conformarla de una u otra manera. La noción de poiesis no se reduce, pues, a la materialidad del objeto creado, sino que implica la consideración del modo en que se ha logrado su composición. Poiesis puede asociarse entonces a la noción de creación como tal, acción misma (proceso activo) relativamente autónoma del resultado específico de tal acción. Poiesis, así concebida, “no ha de considerarse como la abstracción de un resultado determinado, sino como el proceso, el desarrollo temporal de una acción que ha de culminar en un objeto […] No presupone, pues, la existencia de su objeto, ni puede entenderse como la abstracción fija de él; su abstracción es la «todavía no realización» del objeto a que tiende, y su existencia es tan concreta como la de su resultado”.47
Entusiasmo
Ya en Heráclito,48 el verbo poien no se concreta en un objeto, sino que se dirige al hacer general del ser humano, a su obrar en cuanto despierto, es decir, a todo lo que acontece en su vivir-despierto. Este hacer es uno de los ingredientes de la vida en estado de vigilia. Y ese hacer es un hacer-con-el-logos. El verbo implicará el sentido de pasar del no ser al ser en cuanto aquello que se crea comienza a existir desde el primer instante de la acción creadora. Poiesis alcanzará también el sentido de una “intervención causante de una modificación cualitativa”,49 o sea, el sentido de un convertir algo en una cosa diferente. Y en cuanto relación entre saber y hacer, poiesis presupone cierta relación con la práctica y cierta sabiduría.50
Demócrito, por su parte, sugiere una concepción de lo poético entendido como entusiasmo. La creación poética exigirá, según Demócrito, cierto estado especial de intensidad de ánimo: cierta alteración de la estabilidad anímica; digamos, cierta pérdida de sensatez. Ocurre que las sensaciones y los pensamientos de las personas se producen, según Demócrito, por el ingreso al cuerpo de las imágenes externas o éidola. Puede suceder que los éidola ingresen en personas ya inflamadas por su propio calor, por su actividad agitada o insensata, con lo cual ofrecerán reflejos inusitados y de mayor significación. Es así que, cuando los éidola intervienen en la naturaleza de individuos con tales tendencias, se encuentran las condiciones más favorables o propicias para la creación poética. Un ejercicio poético requerirá entonces no solo el influjo externo de imágenes vívidas, sino determinadas predisposiciones internas especiales del individuo que favorezcan su aparición, esto es, cierta sensibilidad. No es posible la creación poética sin cierto entusiasmo visto como el instante en que el individuo sensibilizado recibe el influjo de los éidola divinos que le permiten contactarse o comunicarse con todo lo diferente de él mismo; y con ello, aumentar su creatividad.51
Ejercicio
Con los sofistas acaece una racionalización de la noción de poiesis. Emilio Lledó afirma:
Si hay un denominador común que, de una manera imprecisa pero constante, subyace a todas las opiniones de los griegos sobre poesía, desde Homero a Platón, es, sin duda, que esta es un don de un poder superior, que trasciende los límites de la persona humana y por el que esta queda totalmente absorbida. Pues bien, con la sofística entra un paréntesis en la concepción de la poesía. Platón cerrará este paréntesis y volverá a unirse a las viejas concepciones de “posesión divina” […] Este paréntesis de la sofística aporta un nuevo elemento: la razón.52
Esto significa que los sofistas conciben la creación poética más como la consecuencia de una construcción racional –sujeta a reglas como el ritmo y la medida– que como el resultado del alma en trance del individuo arrobado por las divinidades. Por eso Gorgias definirá poiesis como aquella palabra (logos) con medida (metron).53 La elevación poética estará constituida por la estructura métrico-formal de un hablar o decir que se distinguirá del habla corriente porque detenta cierto tono misterioso próximo al encantamiento o a la magia. Pero no será lo sobrenatural lo que provoca el éxtasis del poeta, sino la prestidigitación como ejercicio constructivo-racional de invenciones verbales pensadas de antemano, es decir, de carácter técnico. Así poiesis queda subsumida en el ámbito del logos, se convierte en un logos con medida, o bien, en una parte del logos que produce determinados efectos, porque puede presentar lo insignificante como algo hermoso o provocar unas u otras emociones. La creación poética, por tanto, se inscribe como una téchne.
Locura
Platón hará una especie de crítica a la tesis de Gorgias al cuestionar en el diálogo Ion si realmente la inspiración poética puede asociarse al terreno de la téchne. En este momento Platón hace una reflexión sobre la poesía que tendrá carácter provisional porque no involucra todavía la connotación política tan importante que el tema adquiere en la República. Por ahora Platón persigue solamente el objetivo de demostrar que en el oficio de rapsoda, representado por Ion, no existe un saber riguroso precisamente por la falta de téchne. La crítica a la poesía consiste en negar que esta implique conocimientos concretados en procedimientos, reglas o normas (técnicamente establecidos) que apunten a su realización práctica extendida. Al no tener objeto propio, ni realización consistente, la poesía no puede generar una técnica poética y ello supone un alejamiento del verdadero conocimiento, que ha de ser universal y aplicable en toda circunstancia. Al no contar con una técnica para su realización, el oficio de los poetas –en cuanto rapsodas– se convierte, cuando mucho, en un hablar bellamente de una sola cosa, pero incapaz de hablar bien, o dar mínima cuenta, del resto de las cosas. Así, lo poético y sus producciones, la propia inspiración poética, no se vinculan a la técnica, ni a la ciencia, ni a la sabiduría, sino que, en todo caso, surgen en la órbita relativamente irracional de las potencias del endiosamiento; de la fuerza divina que los mueve, y en todo caso el poeta que produce sus bellos cantos no está en su razón, está dominado por lo armonioso y lo rítmico, con lo cual pierde su serenidad y su inteligencia y, con ello, no puede ver la realidad misma, ni conocerla ni expresarla; se apasiona y vive engañado por esa locura de las Musas.54 En otro momento, sin embargo, en cierta contradicción con lo anterior, Platón –por boca de Sócrates– describirá al poeta como alguien extremadamente sensible y a la poesía (el delirio inspirado por los dioses) como algo que permite el acceso al saber y a la comprensión del porvenir.55 No obstante, y según la explicación de Lledó, Platón quiso, al parecer, “quitar gravedad y poder a la obra poética, dejarla reducida a un juego delicado, a un momento irracional del espíritu, alejado como tal de todo conocimiento y, en consecuencia, incapaz de enseñar nada y de ejercer función educadora alguna”.56
En la República, Platón desplegará una reprobación directa de la poesía. Sucede que ya no se concibe al poeta como carente de inteligencia y de capacidad para comunicar el verdadero saber por entrar en el trance poético, con lo cual no puede ser ni maestro ni educador del pueblo. El poeta estará más próximo al vidente, e incluso al profeta, que al filósofo. Su territorio será la particularidad y la contingencia, la vida sensitiva y emocional; pero no el pensamiento que produce un conocimiento universal por el acceso a las ideas. “La poesía es la pintura fiel de la naturaleza animada, y no el análisis razonado de una existencia suprafísica, creada por enrarecimiento de la realidad. En este sentido la poesía apunta a lo múltiple”.57 Cuando el poeta crea su obra enajenado por la divinidad, inspirado por las Musas, está de uno u otro modo fuera de sí; su creación resulta impulsiva y no la consecuencia de una técnica; por lo tanto, el poeta no puede dar razón de sus composiciones. Esto es lo que Platón critica, un producto que no ha sido creado por medio de una construcción consciente de orden técnico, que presuponga una racionalidad previa.
Pero ahora se suma la cuestión de la conveniencia de aceptar o rechazar la poesía de la nueva polis.58 Y, aunado a ello, se abre una crítica a la poesía misma desde la perspectiva de la teoría de las ideas. En efecto, la labor poética se asume en su función corruptora del pensar. Para Platón, los poetas hablan desde un plano que no se contacta con las cosas en sí. No saben lo que dicen, solo son unos imitadores del mundo. No se dirigen a la verdad, por lo cual hay que combatirlos. No son auténticos creadores; ni siquiera como los artesanos que fabrican objetos conforme a una idea, porque son artífices de toda clase de objetos, incluso de sí mismos, pero solo en términos de apariencia.59 Ofrecen imágenes de la realidad, pero no esencias de ella. Los poetas hablan de cosas alejadas de la verdadera realidad porque solo se ocupan de reproducir o (acaso) recrear elementos pertenecientes al ámbito de lo sensible; no se aproximan al ámbito de las ideas. Interpretan valores humanos, pero sin rozar siquiera la verdad.60 La palabra de los poetas no desvela el ser; no alude al contenido ontológico del mundo, sino que expone las apariencias en su cromatismo. La palabra del poeta no se orienta hacia la comprensión de las cosas; se orienta hacia la celebración del aparecer de las cosas en su intenso colorido, de manera rítmica, armoniosa, sin importar la verdad que exprese, sino el encantamiento, la fascinación y la belleza que produzca.61 Emilio Lledó comenta:
El lenguaje poético encierra, pues, en sí, este poder mágico capaz de apartar al que lo escucha de toda consideración racional; y esto lo ejerce no por una artificiosidad, sino por su misma naturaleza […] La palabra poética tiene en sí misma, y en cuanto tal palabra, esta fuerza que traspasa el campo puramente significativo (logos) y que le da otra nueva y diversa perspectiva.62
Platón distingue una parte racional y otra irracional del alma. La poesía afecta el alma y la puede modificar: cambia estados de ánimo, genera emociones diversas, pero tales modificaciones ocurren precisamente en aras de la parte irracional del alma. Se trata de un ámbito engañoso e ilusorio marcado por la equivocación e incapaz de percibir de modo certero la realidad misma, porque no discierne el verdadero ser de las cosas; porque escapa a la razón y vive sin control. Por tanto, aquellos que entregan su ánimo a la emoción poética contravienen el ideal del ciudadano de la nueva polis, que habrá de regirse por la razón y la ley,63 sin las contradicciones y arrebatos de la pasión. El poeta es un colaborador político de la parte irracional del alma; habla por medio de sus creaciones a esa parte irracional; por lo mismo, no debe ser admitido en la ciudad64 a menos que renuncie a cualquier posible función educativa y solo se dedique a cantar himnos a los dioses.
Lo poético se asocia no a la sabiduría serena, no a la asunción intelectual, objetiva y seria de la realidad, sino a la interpretación inventiva y entusiasta del mundo. Propende a lo mítico más que a lo razonable. Lo poético tiene que ver con cierta locura; con cierto delirio que no describe, ni narra, ni hace historia, sino que ensalza, intensifica, colorea los acontecimientos. Configura nuevos mundos desfigurando el propio. No profundiza, sino que hace más complejo e imprevisible aquello de lo que trata. Apunta no al conocimiento, sino a la realización dinamizada y cambiante del mundo. Lo poético no se separa intelectualmente del mundo, sino que se imbrica con él. No pretende respetar las condiciones y características del objeto para estudiarlo, sino que transforma o modifica ese objeto en aras de su impulso creador más o menos irreverente. Lo poético alude no a la formalización objetiva de las relaciones con el mundo, sino a la reinvención cromática y heterogénea de tales relaciones. La aparición y el movimiento del objeto poético no es posible, pues, sin el impulso poético mismo, es decir, sin el amparo de la poiesis.
Libertad
En términos políticos, la impugnación de Platón a los poetas está vinculada al criterio de que una libertad ilimitada que logra fugarse de una u otra autoridad constituye algo peor que cualquier gobierno.65 El poeta desprecia la autoridad y el orden, y se deja llevar por placeres sensoriales; subvierte las normas y preceptos de lo razonable influyendo perniciosamente en la multitud. Es necesario entonces el destierro de los poetas no solo por razones metafísicas u ontológicas (que aluden a la incapacidad de la poesía para acceder al verdadero ser de las cosas), sino, sobre todo, por razones políticas (que aluden a la impugnación de prácticas desenfrenadas de libertad). Lo que no perdona Platón es la posible ruptura de un principio de orden supremo: el de la autoridad del Estado. La legislación debe impedir que los poetas compongan todo lo que se les ocurra para asegurar que no haya expresiones contrarias a las leyes; expresiones que, por lo mismo, dañen a la ciudad.66
La contraposición entre poiesis y ley (o entre poeta y legislador) tiene lugar precisamente porque poiesis implica creación y ley implica conservación. Si lo poético involucra la producción, es decir el paso del no ser al ser de un ente, la ley significa, por el contrario, la confirmación de tales realidades, la subsunción de los entes a cierto ordenamiento y la regulación de los comportamientos consecuentes. La ley tiende a delimitar realidades mientras que la poiesis vive transgrediendo los límites; la creación poética no se sujeta a las normas y, por lo mismo, deja de ser una práctica sensata o razonable. Quien legisla no puede decir dos cosas diferentes u opuestas respecto de un mismo objeto. Está obligado a definir. El poeta, en cambio, no legisla, más bien abre diferentes mundos; nombra las cosas de distinto modo; no define, sino que reinventa el objeto, lo diversifica. Para Platón es condenable, pues, la labor libre del poeta, su actividad (irreverentemente) creadora, y en todo caso, cualquier creación tendrían que someterse al Estado y a su legislación.67
Excentricidad y aventura deformante de sentidos
A José Lezama Lima
Descomposición
Suscribo la idea de que, al hablar, el ejercicio de la expresión continuada tiende a separarse constantemente de su (presunto) centro de mando. Esto significa que el dialogar puede desenvolverse como un proceso activo de descentramiento (de fuga) respecto de unos u otros núcleos prescriptivos de significación inicial en el encuentro. En la medida en que esto suceda, el diálogo se vuelve excéntrico; es decir, se desvía y se multiplica en aspectos nuevos y, con ello, en cierta forma, traiciona, desatiende o incumple su cometido estructurante. En el proceso de acceder a la excentricidad, el diálogo pasa por un momento conversacional; pero su movimiento no concluye necesariamente en ese instante, sino que, por una suerte de desintegración creativa del hablar, sucede que algo acontece. Se produce una mezcla de cuerpos y, con ello, unas u otras transformaciones incorporales que, como sabemos, Deleuze y Guattari asocian al acto de lenguaje, a la transformación de realidades. El diálogo que se des-centra (que deviene excéntrico) constituye así un prisma que se agrieta para dar lugar al acontecimiento (tal como sucede acaso con la descomposición de la luz). La excentricidad en el diálogo produce, pues, nuevas realidades.
Viaje
Dialogar-conversar llega a ocurrir como parte de lo que podría denominarse un viaje inmanente. El sujeto en interlocución habrá de convertirse en homo viator. “Estamos en camino”, dice Joan Carles Mèlich, “en constante cambio, en transformación incesante, aunque no en transformación absoluta, pues […] no hay nada absoluto en la vida humana”.68 En efecto, a través del diálogo cotidiano (en toda su complejidad, interconexiones y variaciones), el sujeto podrá mirar, escuchar y enunciar mundos inmerso en algo así como un viaje interminable hacia determinado territorio de orden o configuración (cambiante) de las cosas. El sujeto (siempre en red) mira, escucha y enuncia mundos en un viaje de giros y transformaciones imprevisibles. ¿Adónde viaja el sujeto que mira, escucha y enuncia tales mundos? O bien, ¿adónde viajan esos mundos que transitan por la intimidad del sujeto que mira, escucha y enuncia? José Lezama Lima parece responder: “[U]n paisaje va hacia un sentido, una interpretación o una sencilla hermenéutica, para ir después hacia su reconstrucción, que es en definitiva lo que marca su eficacia o desuso, su fuerza ordenancista o su apagado eco, que es su visión histórica”.69 Lo que un sujeto ve, escucha, aprende y habla lo hace en medio de un periplo inexorable porque la vida humana no es sino un transitar continuo, un moverse por la geografía cultural y corporal de la existencia.
El sujeto se relaciona e imbrica con el mundo en devenir al tiempo que abandona indeteniblemente cualquier hogar primario. Relacionarse con el mundo cambiante implica ya, para mí, ese viaje mediante el cual se deja para siempre y a cada instante, alguna condición anterior. Se trata de un viaje que produce a cada momento la pérdida de una estancia propia, solo para crear otra estancia nueva cuyo nacimiento es precisamente el giro de su misma desaparición. Cada mundo emerge por tanto en el acto de morir. O, dicho de otra manera, cada mundo naufraga en el acto de nacer, en su irrupción intempestiva a los ojos, oídos y palabra del sujeto. Cada plexo existencial resulta entonces de una cabalgata alucinante y, muchas veces, terrible.
Resonancias
El sujeto se relaciona y se mezcla con el entorno al tiempo que produce nuevas visibilidades y discursos para contribuir a la metamorfosis de ese mismo entorno. Actúa como sujeto metafórico e imaginativo que produce nuevas vivencias y nuevos mundos a partir de lo ya dado. Lee, escribe, habla y siente mundos mediante metáforas e imágenes constituidas por configuraciones más o menos integradas al contexto (digamos que uno no ve estrictamente el sol: uno ve, por ejemplo, el-sol-que-entra-por-mi-ventana-mientras-pienso-en-ella; uno no bebe estrictamente un café: uno bebe un-café-que-hizo-mi-hermano-el-día-que-se-fue-del-país, etc.). Es por eso que el acontecimiento que vive el sujeto no podrá concebirse nunca como un “hecho puro”, ni el objeto concebirse en su presunta “pureza”; porque cualquier acontecimiento u objeto posible involucra inmediatamente inmensas resonancias de sentido diverso. El sujeto convierte el acontecimiento en metáfora; en nueva visión y nuevas voces; en nueva vida (al unísono, tales metáforas, visiones, voces y vidas desaparecen al calor de los acontecimientos para abrir paso a otras, y así sucesivamente: “Creció mi primer amor y mi segundo amor, el tercero y así hasta el infinito”).70
Urdimbre
El sujeto en interlocución deviene un prisma que transforma y combina naturaleza y cultura; percepción e imaginación (todo ello además a través de su condición errante): “Si digo piedra, estamos en los dominios de una entidad natural, pero si digo piedra donde lloró Mario, en las ruinas de Cartago, constituimos una entidad cultural de sólida gravitación. La fuerza de urdimbre y la gravitación caracterizan ese espacio contrapunteado por la imago, que le presta la extensión hasta donde ese espacio tiene fuerza animista en relación con esas entidades”.71 El sujeto entonces ocupa el espacio del mundo para organizarlo, para imaginarlo en distintas configuraciones del decir; para crearlo al calor del contrapunto animista que surge respecto de los acontecimientos que vive. “Con el tiempo […] resultará manifiestamente imposible emplear cualquier técnica que no sea la de la «ficción»”.72 Toda expresión discursiva, cualquier narración o descripción del mundo, dialogada o no, constituye en este sentido el movimiento específico de una ficción. Así es como cada sujeto realiza su propio viaje por la vida, donde pronto expresa “el relieve de sus adquisiciones”.73 Todo realismo crea su propia realidad. Todo sujeto vive sumergido en el océano discursivo de la cultura.
A su vez, el acontecimiento ocupa también el espacio del sujeto para organizarlo, para inventarlo de diferente manera; el acontecimiento le conforma una imagen al sujeto, crea al sujeto, lo dice de un modo particular. Por lo tanto, el sujeto también es dicho, es inventado, es creado por el acontecimiento. El sujeto habla y es hablado. Crea y es creado. Vive en una reconstrucción permanente de sus plexos existenciales. Produce activamente su expresión en medio de un entramado con el mundo. Puedo decirlo así: el hablante produce su expresión subjetiva en una constante reinvención del mundo y, al mismo tiempo, el mundo produce su expresión objetiva en una constante reinvención del hablante.
Atrevimiento
La verdad de un acontecimiento, su existencia misma, se une a la producción de sentidos cultural y discursivamente determinados. El acontecimiento surge al interior de una esfera material-discursiva (un mundo natural-social-imaginario) por donde viaja el sujeto y es ahí donde cobra su realidad y se advierte su detenimiento. Un acontecimiento sin tal esfera que lo avale (que lo cifre) resulta indescifrable. Lezama Lima escribe: “Cuando en La chanson de Roland se consigna con gran precisión que en la conquista de Zaragoza Carlomagno tenía doscientos veinte años; cuando vemos que los sarracenos juran por Apolo y por Mahoma; cuando al vencer Roldán a un árabe se afirma que «le sacó el alma con la punta de la lanza», son todos hechos gravitados por la era carolingia, por un tipo de imaginación hipostasiada”.74 La verdad será, pues, imaginativa en cuanto el sujeto arroja desde su plataforma sociodiscursiva la flecha potente que desvela un mundo, que lo hace salir de la ocultación y venir a la presencia, es decir, que lo hace pasar del no ser al ser de determinada forma y en determinado instante (“flecha en vuelo que no podremos ya volver al arco”);75 la flecha de la que hablo es la poética. Pero el mundo creado se vuelve también con fuerza propia sobre el sujeto mismo; infiltra sus imágenes (como los éidola de Demócrito) en el cuerpo y la voz de ese que habla; lo conforma, lo sitúa, y de cierta manera lo controla. Por tanto, sujeto y mundo no guardan un vínculo de subordinación (antecedente-derivado), ni en una ni en otra dirección, sino que constituyen, en efecto, dos momentos diferenciados del devenir socionatural, a través de cuyo trance la existencia colectiva produce sus relieves y adquiere disímiles sentidos. Cada hablante es la expresión irrepetible del entramado material-imaginativo que se teje con el mundo. Cada hablante produce mutaciones y alteraciones permanentes respecto de lo real y respecto de su propia trayectoria de vida, con lo cual sucede precisamente que tal hablante, en su interacción, nunca es, en definitiva, el mismo.
En este ámbito acaece a veces un diálogo propenso a desvivirse, a involucrar un apetito de invenciones. Un diálogo que quiere carne fresca. Que incorpora los paisajes del atrevimiento y que moviliza la potencia generadora de alguna otra estancia imaginativa. Un diálogo que deja de ser ejercicio centrado para dedicarse a cortar, zigzagueante y errático, las distancias intersubjetivas. Es un diálogo-pirata que lleva sangre de aventura, que bebe del asombro, que busca algo que nunca ha conocido. O bien, un diálogo-fiesta regido por el deseo embriagador de entrelazar música y banquete. “Comamos”, dice ahora Serres, “bebamos a la salud de unos y otros, intercambiemos tabaco, para acabar cuando una mano invisible escriba en el muro las palabras desconocidas de la muerte”.76
Extravío
Un diálogo psicopoético es aquel que aun en su desorden (o acaso gracias a él) promueve un transportarse a otra vida.77 Un diálogo suelto, abierto, libre, pero sin temor ni rechazo al abigarramiento. Un diálogo que se desprende de sí mismo (en cuanto guion más o menos prescripto) en aras de favorecer el traslado del mundo hacia otra parte, no planificada; o, dicho de otra forma, un diálogo que viaja con los interlocutores en el acto de abandonar estancias previas para acceder a otras; de abrir nuevas dimensiones afectivas de la palabra y la acción en detrimento de fijaciones identitarias anteriores. En psicopoética Juan es Juan-mientras-deja-de-serlo: Juan se abandona a sí mismo, viaja para convertirse en otra(s) cosa(s) por la efervescencia idiográfica del propio encuentro. Así, el sujeto personal lleva el signo imprevisible del extravío en su interconexión heterogénea (ya Peter Sloterdijk ha dicho que el ser humano es un ser “un poco extraviado”).78 Viaja y se conecta para dejar de ser el mismo. Sustraerse a ese viaje –quedar petrificado en algún punto– significa cierta muerte simbólica que, sin embargo, también puede extenderse, desigualmente, en el ámbito de la interacción. El sujeto personal renace entremezclado con el mundo y vive muriéndose en ese periplo (inmanente) de des-sujeción.
Según Claudio Magris,79 habría dos formas de concebir un viaje: por un lado está el viaje de formación, en el cual su protagonista vuelve a casa, retorna al punto de partida en condiciones de mayor madurez y enriquecido de una u otra manera por la vida (el caso de Ulises en la Odisea es paradigmático). Por otro lado, está el viaje de deformación, cuya característica fundamental es que el protagonista nunca vuelve a casa, sino que se pierde en el trayecto (el ejemplo aquí podría ser el personaje de Ulrich, antihéroe principal de El hombre sin atributos de Robert Musil).80 Pues bien, considero que el ejercicio del diálogo que se fomenta al amparo de la práctica de la intervención psicológica o pedagógica propia de los dispositivos normalizadores de la modernidad en general promueve (o por lo menos en muchos casos aspira a lograr) los viajes de formación: se trata de un diálogo dirigido a la conformación específica del sujeto acorde con los requerimientos de la administración política del capitalismo: práctica de interlocución orientada técnicamente al regreso del sujeto a sí mismo, a la consolidación del individuo funcional y/o a la realización plena de sí en determinada configuración de saberes y formas de ser, sentir y actuar. Lo que una psicopoética fomenta, en cambio, son los viajes de deformación: diálogos que subvierten los vectores de normalización y desarrollo funcional de las instituciones y abren, en constante fuga y dispersión creativa (y en la negación tácita o explícita de objetivos educativos, terapéuticos o analíticos), otras posibilidades de relación, otros plexos existenciales, tan intersticiales como inusitados, tan cromáticos como inservibles; y que además renuncian de antemano al mandato formativo de ese regreso (es decir, de esa consolidación) de los involucrados respecto de sí mismos en clave de madurez, competitividad social o plenitud personal.
No obstante lo anterior (y en testimonio de su complejidad), pienso que cada viaje genera algo así como un núcleo vivo (más o menos escondido y actuante) de retorno. En interlocución, la ida parece llevar en sí el signo de la vuelta. Se trata de un retorno íntimo posible, intrigante, deseado o temido, que puede matizar cada paso en la ruta de quien se manifiesta en el encuentro. La expresión gráfica de tal planteamiento puede ser la figura de un caminante azul, que viaja por un sendero de azules, pero que lleva en el cuerpo, inevitablemente, una esfera íntima de luz rojiza. Un viajero que va por el camino diurno de la finitud, del uso concreto de su prédica, pero que lleva en el pecho el núcleo íntimo, digamos, crepuscular, de la infinitud de la palabra. Y, sin embargo, nadie retornará nunca al mismo sitio, porque el mismo sitio ha dejado ya de existir. Volver al punto de partida en la conversación es un experiencia posible solo en la medida que se acepte que dicho punto de partida es un lugar donde nunca se ha estado. Acaso se vuelve a lo que ya no existe, a lo que ya ha desaparecido. Esto lo explica Ursula K. Le Guin a través de uno de sus personajes en la novela Los desposeídos:
Para Shevek el retorno siempre sería tan importante como la partida. Partir no era suficiente, o lo era solo a medias: necesitaba volver. En aquella tendencia asomaba ya, tal vez, la naturaleza de la inmensa exploración que un día habría de emprender hasta más allá de los confines de lo inteligible. De no haber tenido la profunda certeza de que era posible volver (aun cuando no fuese él quien volviera), y de que en verdad, como en un periplo alrededor del globo, el retorno estaba implícito en la naturaleza misma del viaje, tal vez nunca se hubiera embarcado en aquella larga aventura. Nunca navegarás dos veces por el mismo río, ni volverás jamás al mismo punto de partida. Shevek lo sabía bien, ese principio era la base de su concepción del mundo. Más aun, a partir de él, del reconocimiento de la transitoriedad de todas las cosas, había desarrollado una vasta teoría según la cual la eternidad se manifiesta plenamente en aquello que más cambia, y tu relación con el río, y la relación del río contigo y consigo mismo es a la vez más compleja y menos inquietante que una mera carencia de identidad. Puedes volver al punto de partida, postula la Teoría Temporal General, siempre y cuando comprendas que el punto de partida es un lugar en el que nunca has estado.81
Provisionalidad
Psicopoética impugna cualquier formulación sustancial, solidificada o idealizada del mundo o del sí mismo, asociada a unos u otros dispositivos de prescripción o de consigna (esto no invalida de ninguna forma la toma de posiciones políticas en los interlocutores acorde a experiencia y situación). En este sentido, el aspecto clave es que los interlocutores no han de ser ni han de realizar ninguna esencia preconcebida, no han de cumplir objetivos más o menos trascendentes, no han de avanzar por ninguna presunta vocación histórica colectiva o individual, no han de seguir necesariamente ningún destino programado. Su marca es la provisionalidad, la posibilidad de responder siempre de forma diferente. Se trata de la reivindicación crítica de la pluralidad y de lo inacabado ante la práctica reglamentaria de la expresión definitiva y completa. Si un presunto diálogo ideal se ocupa (tal como explicaba Serres) de eliminar el ruido de fondo; si en términos platónicos dicho diálogo se dirige a episteme y no a doxa; si tal ejercicio en el espíritu de Martin Buber presupone una vocación ético-moral por el reconocimiento del otro como persona,82 entonces, por el contrario, un diálogo psicopoético tendría que calificarse como un ejercicio más o menos desobediente, más o menos irresponsable, que no conoce ni reconoce tanto como lo que inventa, que no elimina, sino que se mezcla con el ruido de fondo; que se regodea en el diferendo festivo de las opiniones.
Quebranto
Según el criterio de Joan-Carles Mèlich, la dimensión ética “es posible si la relación de alteridad no es simplemente una relación de diferencia, sino de deferencia con la palabra del otro. La ética es posible cuando el yo se convierte en responsable del otro. La palabra que es solícita con la palabra del otro, la palabra deferente, la palabra ética, es hospitalaria, acogedora, y es una palabra capaz de imaginar un futuro diferente al que ella había previsto en un principio”.83 Pues bien, yo entiendo que la relación que establece un diálogo psicopoético no asume como mandato dicha deferencia hacia la palabra del otro y, en todo caso, psicopoética no encaja plenamente con aquella perspectiva “ética”. Psicopoética emerge cuando el encuentro se libera (aunque nunca del todo) de los imperativos del reconocimiento y del cuidado del otro. La condición psicopoética implica, entonces, cierto desbordamiento, cierta extralimitación; rompe de alguna forma con el cuadro composicional de lo ético y promueve, por tanto, su des-composición. Psicopoética no pretende negar de ningún modo la posibilidad de la deferencia y su importancia social en la interlocución; no pretende tampoco avalar el desconocimiento, la ignorancia o, incluso, el desprecio por el otro en función de priorizar la invención y el quebranto creativo. Probablemente, la condición psicopoética implica deferencia hacia la palabra del otro, sí, pero no demasiada; porque lo poético como ruptura no podría quedar totalmente subsumido en el contexto regulador de lo ético.
Pero, en todo caso, en la línea de Hannah Arendt, Mèlich también afirma (y aquí estoy de acuerdo) que los seres humanos no vienen al mundo (tanto) para morir, sino para comenzar. Se habla y se actúa (se comienza) desde una tradición, pero sucede que “el ser humano no solo no está obligado a repetir la tradición, sino que la puede quebrantar”.84 Ya, por su parte, Arendt había señalado: “El lapso de vida del hombre en su carrera hacia la muerte llevaría inevitablemente a todo lo humano a la ruina y destrucción si no fuera por la facultad de interrumpirlo y comenzar algo nuevo, facultad que es inherente a la acción a manera de recordatorio siempre presente de que los hombres, aunque han de morir, no han nacido para eso sino para comenzar”.85 En este sentido, precisamente, el acontecimiento puede verse como el quebranto creativo de la tradición. Psicopoética comienza ya en una tradición dialógica determinada que sigue y reproduce inevitablemente, pero que, al unísono, también quebranta, porque reinventa formas de relación e inaugura mundos. Así, en psicopoética el mundo de la tradición, es decir, el de la conservación más o menos prescriptiva de fórmulas de interlocución y el mundo inusitado de formas que se abre en ese momento, es decir, el de la novedad y el acontecimiento, se requieren mutuamente; constituyen lo que el propio Mèlich designa como “hermanos enemigos”.86 El destino del encuentro como psicopoética no estará, pues, en predeterminaciones del pasado (como sugiere cierta ortodoxia psicoanalítica –infancia es destino–), pero tampoco en el futuro, por más que se diga que la vida siempre avance “hacia delante”; para mí, el destino de la psicopoética tiene lugar, indefectiblemente, en el instante.
Sorpresa
El encuentro psicopoético ha de producir un descentramiento de la identidad; una propensión al giro deformante de los participantes respecto del entorno y de sí mismos. La frase insignia podría ser: ignórate a ti mismo (ma non troppo), o yo también dejo de ser (de vez en cuando). Psicopoética en su devenir implicará un ejercicio de interlocución que produce resultados no anticipados para la realización de tal encuentro. Involucra un potencial permanente de sorpresa en el acontecimiento del sentido. Implica varias aperturas a entramados inéditos. Propone interpretaciones que permiten “quedar abierto a una posibilidad siempre incierta, nunca del todo controlable ni planificable”.87 Rehúye, pues, de certidumbres autorizadas o previstas. Elude las definiciones deterministas como no sea para destronarlas y rehacerlas en clave crítica o paródica. Un diálogo psicopoético difiere del diálogo producido en la intervención psicológica porque en este último –como praxis institucionalizada– se tiende, a mi juicio, tarde o temprano, a la formulación determinista, al cierre definitorio, a la palabra prescriptiva, a la resolución de conflictos o situaciones variadas y a la ejecución más o menos eficiente de acciones dirigidas.
Las prácticas de interlocución dialógica producidas en la actividad interventiva de las instituciones, a contrapelo de la finísima orfebrería de las diferencias intersubjetivas, propende a lo que, parafraseando a Joan-Carles Mèlich, puedo denominar un monomitismo tecnopsicológico.88 Se trata de una tendencia más o menos programada a entronizar criterios de pensamiento y acción que circulan en el diálogo institucionalizado, en aras de asegurar el seguimiento de los vectores prescriptivos, digamos formativos, de la sujeción en la modernidad. Prácticas que pretenden negar o minimizar el ámbito de lo contingente y absolutizar de distintas formas, o maximizar, el ámbito de la presunta capacidad de elección e independencia del sujeto acorde con el universo dominante del saber y del poder.89 Tal vez una de las manifestaciones más contundentes en este sentido surge con el avance de todos esos bien vestidos (y nefastos) predicadores de la excelencia y de la superación personal cuyo planteamiento subraya –por ejemplo– que salir de la pobreza es un problema de elección individual.
El monomitismo tecnopsicológico tiende, pues, al adoctrinamiento y no a la libertad; porque cada vez que un pedagogo, un psicólogo, un psicoanalista o un psicoterapeuta suspende o borra en su diálogo con el sujeto la actitud crítica ante lo establecido, o impide la concientización política de lo contingente, de lo provisional, de lo inacabado, de la fragilidad, de la amargura, de la risa, de lo finito, de lo imprevisible; ese interventor actúa al servicio de la hegemonía y de una especie de totalitarismo sutil. En efecto, la intervención psicológica trabaja por la adaptación re-productiva del sujeto al entorno y tiende a vincular la identidad a cierta consistencia en la realización de unas u otras funciones sociales. Se trata no solo de promover un sujeto funcional, sino de convertir al sujeto en funcionario del sistema, sin grandes márgenes para la improvisación, ni para la creatividad contestataria, ni para la iniciativa irreverente. De lo que se trata es de sobrellevar (a ultranza) un mundo sin rupturas, sin agrietamientos, sin desobediencias, sin subversiones. La desarmonía no es tolerada, el sujeto ha de ser felizmente sometido a una armonización obligatoria con el funcionamiento positivo de la maquinaria social.
Es así que, inmerso en el territorio de la especialización, del rendimiento óptimo y de la eficiencia como consigna, el ejercicio de dialogar no favorece la asunción de la multiplicidad; favorece, en todo caso, un aplanamiento de los relieves subjetivos, elude la experiencia de la metamorfosis, procura más bien avanzar siempre –infaliblemente– sobre rieles. Psicopoética constituye justamente la negación política, intersticial, minoritaria (al rebelarse –y revelarse– ante tales prescripciones enunciativas) de todos aquellos aspectos estructurantes del diálogo técnico propios de la reproducibilidad institucional. Psicopoética implica una fiesta crítica de los sentidos y no la uniformidad de objetivos. No se apoya en la programación, sino en el deseo. Por eso es que este diálogo deformante no encaja (aunque de pronto aparezca como polizón en el barco de la interlocución normalizada) en los diversos aparatos sociodiscursivos encargados de la reproducción y transmisión de sentidos, tales como las distintas psicoterapias; la orientación psicológica, sexual, vocacional o educativa; las prácticas docentes de diversa índole o los grupos de superación personal y de “autoayuda”. Psicopoética deviene, pues, impertinente, subvierte en acto ese carácter conservador-técnico-económico-moralista-prescriptivo-conceptual que, como signo fundamental, asiste y avala el vínculo con los demás en el diálogo institucionalizado (hablar con “efectividad” y hablar “correctamente” porque “nada es gratuito en el mundo competitivo en el que vives”) en función de reducir la complejidad de lo contingente y, sobre todo, en función de intentar controlar los acontecimientos.
Cambio
En su aventura verbal, psicopoética suele burlarse del discurso hierático de la definitividad, tal como el barón de Münchhausen se burla en su famoso relato tanto de su deber como de lo definitivo de la muerte:
Sitiábamos no sé qué ciudad y para nuestro general era de muchísima importancia tener información exacta de cómo estaban las cosas en la fortaleza. Parecía extremadamente difícil, incluso imposible, penetrar por entre todos los puestos avanzados, guardias y fortificaciones y tampoco existía nadie capaz de realizar con éxito tal proeza. Acicateado un poco apresuradamente por mi valor y mi celo, me llegué a uno de los mayores cañones que acababan de hacer fuego sobre la fortaleza, y salté sobre una bala con el propósito de penetrar así en ella. Pero cuando cabalgaba por los aires, me vinieron a la cabeza toda clase de inevitables reflexiones. “¡Hum! –pensé–, penetrarás quizá en el fuerte, pero, ¿cómo volverás a salir? ¿Y cómo te las compondrás allí? Te considerarán en el acto un espía y te colgarán en la horca más próxima. Tal lecho de honor querría evitarlo por todos los medios”. Después de estas y otras consideraciones parecidas, me decidí rápidamente. Aproveché la feliz oportunidad del paso de una bala de cañón que partía de la fortaleza hacia nuestro campamento y pasaba a unos palmos de mí, salté a ella desde la mía y volví hacia los nuestros sin haber llevado a cabo la empresa, pero sano y salvo.90
Psicopoética suele obstaculizar una percepción centrada y objetiva del entorno; suele desconfiar de cualquier vocación esencialista o repetitiva. Se apela más bien al ámbito experiencial e inventivo del decir; involucra la transformación en curso del pensamiento y la emocionalidad de los hablantes; la razón psicopoética es impura, fragmentaria, múltiple y fetichista. No aspira a validarse, no reclama verificabilidad de lo dicho; su importancia es acaso testimonial e incierta. Su realización es por tanto imperfecta y vulnerable. Los participantes viven una especie de colusión discursivo-corporal que favorece que las cosas acontezcan en su diversidad de sentidos. Por eso tales diálogos deformantes de la psicopoética propenden a innovaciones más o menos radicales en la enunciación; involucran críticas a los valores establecidos y reivindican un cambio incesante del mundo real por medio de la imaginación. Disruptiva, intensa, más o menos incontrolable, extraña por momentos, risible, desconcertante, polifónica, deseante, antiprogramática, la psicopoética emerge de vez en cuando en la interlocución y se desvive por la diferencia; aun y cuando inevitablemente, junto a los reencantamientos que produce, vaya unida muchas veces también al desencanto. Pero, en todo caso, psicopoética parece revivir una forma de interlocución donde el poder se descompone en términos de posibilidad.
Conversación real-maravillosa
A Judith Butler
Fantasía
En cuanto discontinuidad significativa respecto de los vectores discursivos del poder estructurante en la interlocución, psicopoética puede pensarse en términos de lo que Judith Butler denominó una ruptura habilitante.91 Se trata de un intercambio verbal que resulta interesante no tanto por el ordenamiento relativamente lógico y argumentativo que detente, sino, sobre todo, por su potencia para la desorganización creativa de sí mismo; un intercambio verbal que paradójicamente se desarrolla debilitándose y cambiando. En su diversidad crítica, psicopoética abre su disposición a dejar de ser ella misma una entidad bien delineada en términos funcionales. Como diálogo heterogéneo, incorpora la incongruencia y el descentramiento en el hablar, pero se mantiene disponible para el deseo y la afectividad emergente en el encuentro intersubjetivo. No exige prefijación temática cerrada dicha interlocución; se desconoce el destino final del intercambio; suele rebasarse en acto cualquier propuesta previa. La fantasía parece asumirse como cierto principio organizador en la expresión y en la propia asimilación de las experiencias de intercambio. Esto implica que el diálogo psicopoético propende a la producción material e intersubjetiva permanente y cambiante de mundos constituidos como formas propias de leer, enunciar y activar el entorno en sus relaciones diversas. Al hablar se reedita la realidad compartida; se asume un potencial inventivo y creador fundamental que, en la negación de evidencias (o afirmación de ficciones), compromete y promueve la configuración y la consistencia de las propias realidades involucradas. Psicopoética tiene, pues, una capacidad negativa; es decir, una capacidad de negar aunque simultáneamente afirme; una capacidad de revelar –por ejemplo– los vacíos y las amarguras que se producen concomitantemente a la esperanza. Se incorpora lo irracional; se asume una condición compleja, erótica y fabulosa de la propia vida en la interlocución; se contrapone con toda su imperfección a cualquier modelo socialmente dominante del dialogar porque se fuga constantemente del terreno perteneciente al máthêma (aquello que se reconoce en cada acto de conocimiento, digamos, aquello que es susceptible de ser explicado, que es cognoscible en términos de un orden lógico) para incursionar en el ámbito del páthêma (aquello que resulta indecible, que se padece y que por lo mismo excluye previsiones y certezas).
Psicopoética significa algo así como un supercóctel inventivo, porque produce un diálogo que no se concentra en lo abstracto de las ideas o la “pureza” de las personas participantes, sino que involucra una suerte de inmersión en la vida concreta de los objetos y las redes sociales que simultáneamente articulan dichos encuentros. Tales vertebraciones subjetivo-objetales cambian constantemente.92 Uno habla –por ejemplo– con el amigo-cigarro-recuerdo-trabajo perdido-botas gruesas que, a su vez, deviene siempre otras cosas. A cada momento cualquiera de estos aspectos interfiere parasitariamente en el curso ideal del diálogo mismo. Al mismo tiempo, uno siempre promueve, en cuanto dialogante entrelazado, la emergencia actuante de diversos objetos incorporados a la configuración misma de los planteamientos y las vivencias que ocurren en ese diálogo. Uno habla en determinado instante, por ejemplo, como mujer-camisa-azul-escritorio de madera-libros-reloj-mirada extraña-búsqueda-risa. El entorno se articula entonces con quien dialoga en la producción de sentidos irrepetibles para el encuentro. Ocurre una especie de yuxtaposición creativa de cuerpos, voces, objetos y sentidos que se diversifican. En tal situación de pronto acaecen también devenires subterráneos, vivencias ocultas que no se hacen explícitas en el espacio de intercambio dialógico vigente en ese momento.
Conversión
Psicopoética, como experiencia de interlocución, no propende a la unificación de distintas identidades a la manera de una liga o agrupamiento emergente o deseable de antemano. No se dialoga en aras de acuerdo ni de unidad conceptual o axiológica. Se conversa en términos de fragmentación y recomposiciones inusitadas (aunque acuerdo y unidad puedan surgir). Psicopoética involucra un diálogo que acepta e incorpora en su realización fallida las divergencias, las rupturas o las inadecuaciones valorativas como parte de un proceso democratizador en la invención de mundos nuevos. Un diálogo que, sin embargo, tampoco elude sus condicionamientos políticos o ignora relaciones de poder. No asume que todos los participantes vivan el encuentro de igual manera ni que dichos participantes se dirijan a terrenos más o menos comunes o de coalición. Se trata de episodios dialógicos que de una u otra forma pueden romper o desnaturalizar situaciones más o menos sutiles de dominación o control que instituyen reiteradamente los vínculos sociales. Psicopoética no aspira, pues, a constituirse como un modelo dialógico liberal que reivindique una supuesta igualdad de posiciones de poder y de presuposiciones respecto de lo que ha de acordarse o defenderse.93 “Sin la presuposición ni el objetivo de «unidad» […] pueden surgir unidades provisionales en el contexto de acciones concretas cuyos propósitos no son la articulación de la identidad”.94 Tal planteamiento es aplicable al decursar de una psicopoética como espacio de interlocución. Utilizando el término de Butler, puedo sugerir que se trata de un ejercicio antifundacionista que no concibe el consenso, el acuerdo, el aprendizaje o el reconocimiento personal del otro como premisas o metas a lograr en dicha interlocución. Un ejercicio de intercambio verbal complejo que se aleja de uno u otro ideal normativo para favorecer en todo caso la experiencia presente y abierta de múltiples formas de ser sin subordinarse a un telos prescriptivo y definitorio de la situación de encuentro. Sin embargo, psicopoética constituye también un ejercicio que reconoce y potencia el papel del entorno cultural y objetal específico en la producción y articulación de los planteamientos y expresiones de los propios dialogantes; es decir, un dialogar que reconoce y potencia el papel activo de la materialidad social misma que, en su entretejido con la palabra, contradice, presiona, subraya, niega, matiza, demuestra o modifica lo dicho por los participantes en la interlocución.
En el transcurso del hablar, a cada instante, uno está dejando de ser lo que es para convertirse en otra cosa. Digamos que en el hablar uno huye de sí mismo hacia lo otro. Hablar es huir. Hablar es el procedimiento de la fuga, de una fuga –al parecer– permanente (recordemos que aquel al que le es negado hablar suele sentirse encerrado en sí mismo y quiere desahogarse; hablar es como respirar). Pero si al hablar uno se convierte en otras cosas, entonces la condición del hablante se parece a la condición del converso (cuando uno habla, uno se mueve tácita o explícitamente en contra de lo que uno era; actúa en contra –en la realización de los cambios– de aquellas otras características propias de sí, anteriores). Quien habla reivindica en acto la condición de converso, detenta esa condición mutante, insatisfactoria, productiva de la conversión. Aunado a ello, el término converso juega –al menos en castellano– con la noción de conversar. Conversar puede pensarse entonces como un convertirse en algo diferente, con mayor o menor grado de contrariedad; como un huir de sí mismo para inventar nuevas formas de ser. Considero que esa es la posibilidad de la psicopoética: un atrevimiento de conversión creativa en el hablar. Un hablar que impugna toda eficiencia utilitarista, instrumental o concluyente, porque deviene muchas veces intercambio verbal retorcido, ritualista, ceremonioso, especulativo o inútil. Un hablar vívido, afectuoso, sacralizante, musical y apasionado, eventualmente pervertido, burlesco, real-maravilloso, digamos, latinoamericano, imaginativo, seudoliterario, insolente o desafortunado, independentista, feliz o grosero; pero no aplicable como vehículo de prescripciones discursivas, en cuanto resiste los embates de las prácticas de normalización. En palabras de Maffesoli:
Las digresiones reflexivas son todas pertinentes, y muestran que lo que funda la resistencia frente a la hegemonía del modelo utilitario (norte)americano y de la racionalidad es, precisamente, la capacidad de afrontar lúdica y colectivamente el destino. Azar, aventura, sentido de lo trágico, veneración de dama Fortuna son los principales ingredientes del “ensueño” en cuestión.95
Apariciones
Un diálogo psicopoético es aquel que trata de lo que acontece antes de lo que debería ser. Promueve sentidos que no se implican con ningún objetivo o finalidades a realizar, sino que subrayan un arraigo momentáneo, un mundo que se vive y que ha sido vivido en el instante, un mundo que se agota en el acto mismo de su enunciación. Recupera en su sensibilidad un apego por la condición divertida de lo cotidiano; manifestado, por ejemplo, en la ironía para con cualquier dispositivo de control o dominación, en lo humorístico del debate anodino o estúpido, en la participación desordenada de los movimientos corporales al hablar. Se trata de una interlocución inmersa por momentos en una intensa poética de lo inmanente. Elude las secuencias lineales en el intercambio, cambia de registro abruptamente y se constituye como un ejercicio discontinuo de afirmaciones variadas que no pretenden controlarse ni potenciarse en efectos terapéuticos o de desarrollo personal para los participantes. Acude a la presentación más que a la representación de realidades y, en todo caso, avala cierto desasosiego, cierto reconocimiento emocional de lo no permanente. Más que demostrar ideas, quiere mostrar el mundo. No pretende salvar a nadie ni promover la salud de nadie; antes bien propende a hundirse irreflexivamente en una especie de ebriedad primaveral y corpórea, que se vive muchas veces en el camino de la despreocupación.
Psicopoética constituye así una experiencia de interlocución en la que cada tema u objeto involucrado puede ser la ocasión de una epifanía; una experiencia que disfruta de las pequeñas cosas como apariciones inusitadas del vivir compartido. “La substancia deja lugar a los accidentes. El advenimiento de los seres y de las cosas se vive en una sinergia holística en el momento mismo del goce: el de la belleza del mundo”.96 Psicopoética es, por tanto, mundana y no universalista. No funciona como intención apriorística, sino que emerge desordenada, imprevisiblemente en el juego de los acontecimientos vitales de la socialidad: en los encuentros rituales de cualquier orden, en las reuniones de música y bares, en los viajes en grupo, en los intersticios de solemnes encuentros académicos o políticos, en los encuentros amistosos e informales, en los paseos por la ciudad. Pero, en todo caso, reactiva una interlocución que puede producir contradicciones que no se superan (ni pretenden superarse) en términos de consenso, sino que constituyen puntos de articulación para el devenir inventivo y complejo de los plexos existenciales en cuestión. Más que buscar explicaciones, psicopoética encuentra el acontecimiento. No persigue la cosa en sí como ha intentado el espíritu de la modernidad (lo verdadero, lo correcto, lo bueno, etc.), sino que encuentra muchas articulaciones concretas en el entretejido del encuentro dialógico, en la imperfección creativa de los participantes. Elude, además, diagnósticos precisos y, con ello, elude intervenciones efectivas. Así, en concordancia con su vocación de ruptura e innovación respecto de prácticas instituidas del diálogo interventivo, psicopoética no puede ser objeto de una intención de uso artificialmente construida. No constituye una práctica controlable a llevarse a cabo en determinadas condiciones. No puede ser objeto de ningún dispositivo de aplicación en cuanto su realización involucra lo que Gaston Bachelard ha denominado una adhesión a lo invisible; una poética que permite tomarle el gusto a un destino íntimo e irrepetible en el encuentro; que impugna el mandato de lo reproductivo y que defiende el diálogo como espacio posible para el despertar de la fascinación.97 Psicopoética es, pues, inaprensible e inapropiable. Desatiende cualquier orden de captura que gire contra ella la autoridad discursiva.
Iconofilia
Si el diálogo interventivo implica la transmisión de ideas y contenidos en la interlocución, psicopoética implica la aparición de mundos alternos. El diálogo interventivo remite a una sana razón instrumental, mientras que psicopoética remite a la sinrazón de lo imaginativo, de los afectos y del sentido personal. El diálogo de la intervención propende al funcionamiento del encuentro; psicopoética, en cambio, propende a cierto oscurantismo vitalista en la interlocución. Si el diálogo interventivo busca la luz celeste de Apolo, psicopoética encuentra los placeres inmediatos y sombríos de signo dionisíaco; si el diálogo de la intervención tiende a ser iconoclasta, psicopoética tiende a la iconofilia. El diálogo interventivo aspira tanto a la exactitud como a la verosimilitud de lo expresado; psicopoética, por el contrario, aspira a la comunión festiva y contradictoria con las expresiones de otros. El diálogo de la intervención pondera la idea de lo confiable mientras que psicopoética se torna muchas veces sospechosa por incongruente, cambiante e incierta. El diálogo interventivo simplifica el encuentro; psicopoética lo complica. El diálogo de la intervención despliega una mirada prospectiva de la situación, busca certeza y seguridad por el razonamiento abstracto; psicopoética, por el contrario, se repliega en una mirada del presente articulada por contingencias e incertidumbres concretas. El diálogo interventivo busca la vía recta de utilidad y eficacia expresiva en su desarrollo. Separa, corta los objetos o temas de intercambio, suele asumir con seriedad la noción de lo dicotómico. Su carta fundamental es el as de espadas. Psicopoética, en cambio, cultiva digresiones inútiles y abigarradas, mezcla o entrelaza los objetos y temas de intercambio, juega afectivamente con las conjunciones. Sus cartas clave son corazón, trébol y diamante.
Si el diálogo de la intervención instituye un régimen diurno98 proclive al ejercicio de la determinación y la cordura, psicopoética defiende un régimen nocturno-crepuscular que ampara lo indeterminado y abre puertas al delirio. El diálogo de la intervención involucra un proceso de búsqueda y adquisición de verdad (diagnóstico) para estimular en consecuencia procedimientos de transformación personal-social positiva en los sujetos participantes para su propio beneficio. Psicopoética, en cambio, involucra un proceso errante, más o menos perezoso y sensible, que no pretende diagnosticar o intervenir en beneficio de nadie. El protagonista del diálogo interventivo es el homo faber (que en su activismo práctico tiende a excluir al otro o a establecer relaciones instrumentales con otros sobre la base de contratos racionales), mientras que el de la psicopoética es el homo aestheticus (que no excluye a los demás, sino que se relaciona con ellos sobre la base de cierta empatía que lo hace participar colectivamente en ámbitos más amplios y desordenados de ideas, emociones e imágenes diversas). Si el diálogo de la intervención se asocia a la prudencia y a los propósitos del debe ser en un perpetuo posible; psicopoética se asocia al atrevimiento y a los despropósitos del ser en una sucesión de actualizaciones. El diálogo psicopoético asume, conscientemente o no, la vida transicional de los vínculos interpersonales y sociales. Se entrega al devenir imparable del continuo convertimiento en medio de una crepuscularidad vitalista y fecunda. En contra de la racionalidad instrumental de los dispositivos de intervención psicológica, psicopoética quiere recuperar esa hiperracionalidad onírica, lúdica, fantasmagórica, inventiva, que llega a actuar en distintos momentos de la interlocución cotidiana.99 El diálogo interventivo, por su parte, tiende a cierta adecuación autorregulada y constante, tiende a cierta realización plena de sí mismo en el dominio de su objeto y del mundo. Si este diálogo de la intervención se asocia responsablemente a la idea de proyecto y de cálculo, busca explicaciones y se inconforma con lo que va encontrando; la psicopoética, por el contrario, se agota en el acto de su realización; acepta lo que hay; no asume mayores responsabilidades ni calcula su desarrollo ulterior. Pero, además, si el diálogo de la intervención remite por lo general a espacios circunscriptos, especializados o apropiados a los fines que dictan su funcionamiento; la psicopoética estimula, en cambio, articulaciones intensivas de espacios diversos para la interlocución.
Así pues, del diálogo interventivo se critica su condición algorítmica: el constituirse como estrategia más o menos pensada para acceder a un conocimiento, generar acuerdos o modificar actitudes o formas de ser de los interlocutores; su condición competitiva: el constituirse como práctica de confrontación que exige un dominio simbólico del proceso y del interlocutor; su condición argumentativa: el constituirse como secuencia más o menos congruente de planteamientos dirigidos a un fin determinado. Psicopoética opone a tales preceptos una vocación imaginativa; una vocación metafórica-divergente y una vocación por el apasionamiento, la crítica y la risa. Si el diálogo de la intervención tiene un carácter retroactivo (porque siempre retrocede, digamos, se retrotrae al imperativo de la normalización que lo antecede), el diálogo psicopoético tiene carácter proactivo (en cuanto implica un lanzamiento de invenciones siempre diferentes que provocan una transformación inusitada del paisaje microsocial). Si el diálogo interventivo se alza como una fortaleza simbólica desde la cual actúan los vectores prescriptivos de la sujeción, la psicopoética, en cambio, desde la magia de Hayao Miyazaki, se alza como un castillo ambulante que abre los caminos alternos de la producción de subjetividad.100
Delirios
En psicopoética vista como intercambio comunicativo, sucede que el acto de transmisión y la cosa a transmitir no siempre implican identidad o adecuación absoluta. Implican más bien una no concordancia, una inadecuación, un desfasaje, una fractura o refracción. Acaece de pronto una especie de inconsistencia o disociación ideoafectiva en el hablar. En el diálogo de la intervención, por el contrario, se tiende a consolidar en el habla una identidad y una continuidad entre el acto de transmisión (procedimientos) y la cosa a transmitir (objeto y objetivos). Psicopoética promueve a veces un potencial de extrañamiento hacia las cosas, una especie de huida de las cosas y una alteración de formas expresivas que hace de todo ese proceso una interlocución desprendida y en constante novedad. Todo sentido se configura y se produce al tiempo de ir negándolo en el devenir de los acontecimientos. Se hace un extrañamiento del propio mundo y lo real se establece al tiempo de ir transmutándolo en irreal. Se rompe el hábito de transmitir lineal o directamente el contenido en cuestión y se niega la estabilidad de dicho contenido. En el diálogo psicopoético no se garantiza nada. Se deja de hablar técnica o apropiadamente para favorecer una conversación que puede inaugurar travesías fantasmagóricas, ridículas, delirantes o indescriptibles.
El diálogo psicopoético es aquel que abre a los interlocutores un espacio imaginativo para deambular, con mayor o menor asombro, por una especie de Wunderkammer (“cámara de las maravillas”). Al respecto, Giorgio Agamben escribe: “Hacia finales del Medioevo, en los países de la Europa continental, príncipes y eruditos recogían los objetos más disparatados en una Wunderkammer que contenía promiscuamente piedras de forma insólita, monedas, animales embalsamados, libros manuscritos, huevos de avestruz y cuernos de unicornio”. Y más adelante señala (el fragmento es extenso, pero vale la pena compartirlo):
Poseemos un grabado que reproduce la Wunderkammer del médico y coleccionista alemán Hans Worms, a través del cual podemos hacernos una idea bastante precisa del aspecto de una auténtica y verdadera cámara de las maravillas. Del techo, a notable altura, cuelgan caimanes, osos grises disecados, peces de extraña forma, pájaros embalsamados y canoas de poblaciones primitivas. La parte superior de la pared del fondo está ocupada por lanzas, flechas y otras armas de distinta forma y procedencia. Entre las ventanas de una de las paredes laterales se hallan cuernos de ciervo y de alce, pezuñas y calaveras de animales. De la pared que está enfrente, a poquísima distancia uno de otro, cuelgan caparazones de tortugas, pieles de serpiente, colmillos de pez sierra y pieles de leopardo. A partir de cierta altura hasta el suelo, las paredes están cubiertas por una serie de estantes repletos de conchas, huesos de pulpo, sales minerales, metales, raíces y estatuillas mitológicas […] todos los objetos parecen encontrar su sentido solamente los unos junto a los otros, entre las paredes de una habitación en la que el sabio podía medir a cada instante los confines del universo.101
Pues bien, psicopoética abre una conversación productiva que transita subjetivamente por una u otra cámara de las maravillas. Implica el acceso a esa galería diversa, compleja y promiscua de elementos de sentido mediante los cuales se configuran las expresiones personales en el encuentro dialógico mismo. Dicho proceso elude formulaciones cerradas y acaso traduce tales elementos de sentido en un ejercicio concomitante a la invención siguiente. Acaso engendra por momentos unos u otros delirios en un juego que degrada creativamente los contenidos expresados. Y acaso al mismo tiempo reconstituye elementos sugerentes sobre los cuales habrá de producir nuevos sentidos, al calor del entrelazamiento que supone el vínculo de los dialogantes con la materialidad misma del entorno.
Improbabilidad
Psicopoética tiene carácter rapsódico y no sistemático. No se puede planificar. Tiene más de ensayo que de investigación. Pero, además, tal forma de interlocución abre un espacio en el que los planteamientos, una vez enunciados, no pertenecen a nadie sino al dinamismo del encuentro. Las ideas expresadas dejan de ser predio privado para convertirse en plaza pública. Un planteamiento se desmorona y se reconstruye, se asume o se desestima, se asiente o se disiente; pero siempre en el juego inacabado de la crítica y de la invención relativa de otras posibilidades de existencia. Los diferentes planteamientos, aun en su irreductibilidad, van más a la conjunción paradójica que a la disyuntiva dicotómica: “Las ideas caminan siempre en todas las direcciones a la vez”, nos dice Miguel Morey, “y es que van, pero a la vez vuelven”.102 En términos de pluralismo, psicopoética construye realidades en el acontecer de sus afirmaciones múltiples, desobedientes y arriesgadas. La enunciación genera mundos compartidos. Más que hablar en términos de mediación conceptual a través de percepciones proclives a la objetivación universalizante, psicopoética emerge en términos de transgresión de normatividad y de actualización de la experiencia que modifica la condición subjetiva de los interlocutores y abre nuevas alternativas de relación.
Psicopoética involucra una trama de relaciones discursivas entre los que hablan y aquello de lo que hablan. Implica, por supuesto, diferentes posiciones sociales y políticas de los hablantes, sus perspectivas y compromisos respecto del entorno que los moldea, sus diferentes respuestas a los acontecimientos que se filtran intempestivamente en la conversación. Pero sucede que dicha trama de relaciones discursivas lleva también el signo abierto de la ficción. En psicopoética los interlocutores abandonan de algún modo la condición de sabios (como aquel participante en quien el saber ya está inscripto irremediable e incontestablemente), se apartan también de esa otra condición técnica del homo calculator (que vive abstraído de cualquier participación o vivencia corporal intensa o difusa y se dedica sobre todo a la aritmetización de la vida) para abrazar, en cambio, al mundo en un gesto de aventura inventiva, defectuosa y amante de lo heterogéneo. Psicopoética vertebra su realización a la entropía específica del sistema dialógico que opera sobre la base del encuentro. Avala desequilibrios y sombras en lo expresado. En el surgimiento de la psicopoética acaece, pues, una especie de confrontación o lucha entre los discursos instituidos y probables que anónimamente insertan o imponen en el encuentro certezas y verdades provenientes del saber dominante, y la emergencia de discursos improbables que dibujan figuras diferentes –subversivas– en la conformación del mundo. Al respecto, en un texto titulado “La trasfábula” que analiza relatos de Jules Verne, Foucault señala: “Contra las verdades científicas y rompiendo su voz helada, los discursos de la ficción remontan sin cesar hacia la más alta improbabilidad. Por encima de ese murmullo monótono en el que se enunciaba el fin del mundo, hacen brotar el ardor asimétrico de la suerte, del azar inverosímil, de la sinrazón impaciente”.103 Se trata, en efecto, de un movimiento re-creativo que brota desde el suelo de la uniformidad discursiva en los saberes instituidos para revitalizar los desequilibrios necesarios en la producción incesante de subjetividad:
El héroe ha venido a buscar una verdad que conocía de lejos y que resplandecía ante sus ojos inocentes. Esta verdad no la encuentra, pues era la de su deseo o de su vana curiosidad; en cambio una realidad que no sospechaba se le revela, más profunda, más reticente, más bella o más sombría que la que le era familiar: esta realidad es él mismo y el mundo transfigurados uno por el otro; carbón y diamante han intercambiado su negrura, su brillo.104
Desobediencia
Psicopoética tiene carácter emergente e imprevisible. No puede pensarse en términos de dispositivo institucional que promueva, favorezca o facilite la realización de tales formas de interlocución. No tiene (no puede tener) pretensión de sistematicidad. El proceso en virtud del cual surge la psicopoética no es controlable, aun y cuando se pueda intentar hablar de determinada manera, en aras, por ejemplo, de estimular las procreaciones de la imaginación. En psicopoética más que una reconciliación con el saber se vive una experiencia de ficción conversacional intensiva. Involucra juegos verbales e imaginativos, utilización de metáforas, simbolizaciones diversas, descomposiciones y recomposiciones múltiples de ideas y planteamientos. Acaso acontece por momentos también lo que se podría denominar como una magificación (afectiva) del encuentro. Una reivindicación lúdica de la magia de lo inexplicable en contra de la ubicación certera de la prestidigitación argumentativa. Surgen afirmaciones que se instalan como aperturas de sentido, más allá del mandato del acuerdo o del consenso entre los interlocutores. Se abren caminos desconocidos y el proceso va sin rumbo fijo, es decir, deambulando relativamente a la deriva, provocando efectos intelectuales, emocionales y corporales, más o menos intempestivos en los interlocutores. Psicopoética constituye, pues, una forma de interlocución que critica en acto (que impugna, que contraviene) la noción y la práctica del diálogo institucionalizado de la intervención profesional del complejo psicológico en cualquiera de sus aplicaciones instrumentales. Aunado a esto, psicopoética deviene un ejercicio de resistencia más o menos consciente contra las prescripciones discursivas y los modos correctos o eficientes de hablar en la interlocución misma. En el acaecer de la psicopoética lo que ocurre es la irrealización del diálogo interventivo. Una desobediencia a mandatos o consignas epistemológicas, morales o políticas, en su autoritarismo sutil o explícito, del quehacer institucional. Una desobediencia centelleante, fragmentaria, que realza el brillo de lo mundano. En efecto, el diálogo psicopoético elude la presencia acerada y celeste de la idea definitiva para abrir planteamientos en los que relampaguea la policromía y los claroscuros del mundo en su materialidad inacabada. Psicopoética constituye, así, una forma de interlocución que recupera el relámpago del sentido cambiante respecto de los acontecimientos vividos en determinado momento. Aporta una discontinuidad chispeante de sentidos a la continuidad discursiva del mundo.
Jean Lacroix dijo hace tiempo: “Los que no son seres de diálogo son fanáticos: se desconocen tanto como desconocen a los otros. Solo por mediación del diálogo se realiza uno y se conoce: al destruir el diálogo, se destruye uno a sí mismo y se destruye al otro”.105 En este sentido habrá que admitir que psicopoética, en tanto que de cierta manera destruye el diálogo (porque lo dispersa en sus objetivos, lo trastoca, lo convierte en di-versión imprevisible), se aproxima a una especie de fanatismo: la desmesura y el apasionamiento surgen en cualquier instante, la tenacidad irreflexiva en la defensa de una u otra posición o planteamiento, o al contrario, el entusiasmo irrefrenable por cambiar lo que se dice hasta el absurdo. Difícilmente habrá circunspección en psicopoética. Muy poco del intercambio de opiniones comedido, correcto, desinfectado, europeizante106 para encontrar acuerdos o soluciones. Psicopoética implica más bien una interlocución (muchas veces) placentera –o irritable– porque no asume las cauciones victorianas del prestigio personal. Por su carácter performativo involucra una condición resistente que, en términos micropolíticos, conlleva expresiones de oposición a los preceptos institucionales de la práctica dialógica como recurso de modificación, desarrollo o normalización de ideas y comportamientos entre los participantes.
Conmoción
Psicopoética constituye una interlocución marcada vigorosamente por un tono impresionista. Una interlocución menos preocupada por la verdad esencial (y su constatación) que por las configuraciones de sentido emergentes en el encuentro. Una interlocución que se aparta del orden ideal e interventivo propio del pensamiento científico-profesional del complejo psicológico y se aproxima al contacto intuitivo y circunstancial en la producción de nuevas realidades intersubjetivas. Que genera percepciones y acciones con fuerza y viveza a partir de giros verbales que suponen un desvío de la norma. Una interlocución que transita de lo diurno-estable a lo nocturno-convulso, de lo duradero a lo fugaz, de lo trascendente a lo inmanente, del recurso lógico al ideograma inusitado, de lo textual a lo corporal, de lo lineal a lo diagramático, de la indiferencia a la conmoción, de la unidad a la pluralidad, de lo consonante a lo disonante. Una interlocución que descuida la observancia y aplicación (más o menos) rigurosa de procedimientos, tradiciones o pautas discursivas al hablar; así como la racionalidad conceptual estructurante de lo que se dice, para favorecer la producción intermitente de contenidos proteicos, sensibles e imaginativos. Los hablantes abordan en la conversación, desde su situación experiencial específica, unos u otros objetos en devenir que, sin embargo, paulatina o súbitamente, abandonan para trasladarse a otros territorios de sentido. Los acontecimientos emergen con mayor o menor aceleración, transicionalmente, desvaneciéndose a toda hora, reinventándose.
De este modo, psicopoética surge en el punto de contacto mismo que hay entre la idealidad de la expresión a compartir y su realización concreta, empírica, desordenada, imprevisible. O bien en el punto de contacto mismo que hay entre la comunicación perfecta de un planteamiento intacto y la ruidosa verbalización creativa que rompe dicho esfuerzo comunicativo. Es decir, en el punto de ruptura y reinvención que sufre la cadena de transmisión de lo expresado. Psicopoética vive en ese instante de la deformación, de la variación expresiva. Implica un proceso mediante el cual va perdiéndose cualquier austera concentración enunciativa para promover la fermentación agridulce de sentidos subjetivos más o menos dispersos en la interlocución. Un proceso en virtud del cual toda la clara racionalidad de lo dicho se ve afectada por el abigarramiento sensorial del cuerpo en el mundo. Psicopoética involucra, pues, los “dionisismos latentes bajo la luz apolínea”.107
Asombro
En psicopoética ocurre que la nave del diálogo que partió de un punto a otro parece regresar invirtiendo valores, traicionando su cometido original. Avanza retornando constantemente llena de fantasmas, locos, excluidos, herejes, salvajes, putas, muertos y olvidados. En los abatimientos de su ruta se impacta contra su propia idealidad. Propende al sabotaje de su propia estrategia discursiva. La nave vuelve sobre su propio mundo, pero es un retorno que no termina nunca. Regresa siempre, pero nunca llega al punto de partida, como si fuera un holandés errante, o un Ulises sin retorno, tal como sugiere Serres. En este sentido, psicopoética constituye un viaje extraordinario. ¿Qué significa esto? A partir de la reflexión del propio Serres108 intento ofrecer una respuesta: a) se trata de un viaje que acaece en el espacio simbólico, físico, cósmico o imaginativo y/o en un tiempo cualquiera, pasado, presente, futuro, ayer-mañana; un recorrido que va de un punto dado a otro deseado, pero no ubicado con precisión; en consecuencia, su primer itinerario es generalmente circular: se busca un lugar no conocido; b) suele ser un viaje más o menos enciclopédico, porque recorre ciclos del saber; implica y requiere conocimientos y experiencias previas, y c) deviene viaje iniciático porque rebasa la dimensión espacio-temporal y la condición enciclopédico-técnica para involucrar una condición apasionada y extraña; un interés por la imprevisibilidad, la risa y el asombro. De modo que si las prácticas dialógicas de la intervención profesional en las disciplinas vinculadas a la psicología promueven viajes ordinarios (esto es, viajes de interlocución de carácter diagnóstico, técnico, utilitario, reflexivo, normalizante o asistencial), psicopoética promueve viajes extraordinarios (esto es, viajes de interlocución de carácter estético, productivo, inútil, subversivo, imprudente, vivencial o entusiasta).
¿Y cómo llamar ese viaje detenido por pruebas y plagas, lluvia de sangre y nubes de langostas, travesía por el desierto y sorteo de pozos, aislamiento en alta montaña y traslado más allá de las aguas, ese viaje que termina con la contemplación deslumbrada del país prometido, vivificado por una red de venas líquidas y respirando la fortuna?109
El diálogo interventivo remite a normas de realización y protocolo, a la economía expresiva, a la búsqueda de lucidez y claridad. Sus líneas de avance son la pertinencia, la relevancia, el ordenamiento de afirmaciones acorde a estrategia más o menos prefijada. Psicopoética, en cambio, remite a banquete gratuito: sexo, rito, danza, ceremonia, delirio, injuria, cromatismo, broma, festín, magia, muerte, tragicomedia, feria, tabaco, aullido, quebranto. Su lugar no será tanto la pulcra sala de reuniones, el consultorio, escritorio o diván para un análisis, sino la mesa junto a la fruta y el vino: los olores de la carne asada desbordándose por la ventana, la música, el llanto, la carcajada repentina en días y noches que huyen apresuradamente. Lo reitero: psicopoética nunca será objeto de una demostración experimental: no se puede “poner en funcionamiento” preparando para ello uno u otro dispositivo de trabajo. Tal vez resulte posible estimular ciertas condiciones de surgimiento, pero ello tampoco garantizaría nunca la emergencia controlada del diálogo psicopoético. Este aparece de pronto; acaece en formas insospechadas. Podemos, en todo caso, evocarlo, dejar que surja en su evanescencia; sobre todo en el momento de resistirnos, con expresiones desobedientes, a los embates normalizadores de la prescripción técnico-profesional de las disciplinas psicológicas.
Sentido
En su reflexión sobre la noción de sentido, Luz María Martínez plantea una serie de argumentos afines a la posibilidad de una psicopoética, en cuanto interlocución que precisamente va de la significación hacia el sentido.110 En efecto, psicopoética, más que lograr soluciones o resultados, produce un enfoque propio respecto de lo planteado en ese diálogo y gana una u otra orientación según las coordenadas de movilidad instaladas en el encuentro. En su producción de sentido, psicopoética parece escapar a esas “palabras clave, únicas y bien cifradas, o esas frases perfectamente encadenadas que, razonadamente, nos proporcionan una significación inconfundible y nada ambigua” respecto de lo tratado en la interlocución. Se trata de un diálogo que implica menos esos “términos clavo” de la precisión y más esos otros “términos llave”111 que abren panoramas simbólicos e imaginativos de carácter alterno, es decir, plexos existenciales irrepetibles. La significación se relaciona con un momento de extensión propio del concepto, o bien de un diálogo conceptual; el sentido, en cambio, se relaciona con un momento de intensión propio del afecto, o bien de un diálogo afectivo o experiencial. Dos denominaciones podrán tener eventualmente la misma extensión, pero nunca la misma intensión. El sentido, por tanto, no queda circunscripto a su aspecto referencial o extensivo. Psicopoética implica una interlocución que se mueve constantemente de lo extensivo a lo intensivo; esto es, de lo discursivo a lo subjetivo, de lo social a lo personal, de la esencia a la existencia, del en-sí al para-sí, de la afirmación a la interrogación, del desencanto al reencantamiento, de la indiferencia a la diferencia. O bien, una interlocución que va de las palabras o expresiones que encajan a esas otras palabras o expresiones desencajantes, que rompen la estabilidad y la adecuación en un juego de contraefectos productivos.112 El sentido se produce en el diálogo psicopoético por la fisura subjetiva que se abre en el discurso codificado. Involucra la construcción de paradojas y expresiones defectuosas en su congruencia significativa que, sin embargo, generan en su extravagancia y carácter contradictorio la posibilidad de nuevos horizontes de relación. Se trata de configuraciones que involucran la mezcla de elementos materiales contextuales y heterogéneos que permiten replantear situacionalmente los órdenes de enunciación establecidos. Porque, en todo caso, el sentido proviene de una incompletitud o desajuste radical entre la palabra y la vida.113 Se afirma al tiempo que se niega, y tiene la modalidad del acontecimiento. Acaece en la articulación del saber y la experiencia viva. Psicopoética entonces presupone la designación plural e inacabada del mundo en términos de sentido. No avala resoluciones o respuestas únicas. Implica desesencialidad y carácter contingente.114 Pero, además, en su vinculación al sentido como ámbito más intenso que la estricta significación y como pensamiento crítico y como acción micropolítica, psicopoética involucra también, ineludiblemente a mi juicio, la dimensión abierta de la subjetividad.
Psicopoética se filtra minoritariamente en el curso de las conversaciones y diálogos cotidianos. Tiene carácter intersticial, imprevisible y afectivo. En cuanto se opone al espíritu eficiente y utilitario, psicopoética es una forma de perder el tiempo. Se produce un sentido psicopoético, por ejemplo, cuando en el marco de una reunión institucionalizada los participantes crean intersticios de juego, de distracción, de divagaciones inútiles (pero de algún modo divertidas o interesantes). Situación alterna que se resiste a la pulcritud de la eficiencia en el encuentro, que desfigura el prototipo de reunión instrumental propia del proyecto de oficina y que, sin embargo, no puede llegar a ser mayoritaria porque, al convertirse en consigna o mandato, automáticamente se cancela. Psicopoética se opone a la cultura fast-food de la metrópoli que estandariza el gusto, normaliza la vida y excluye al tercero, para simpatizar, en cambio, con el movimiento slow-food que se toma su tiempo y su vino, valora la diferencia e incluye al tercero.115 De cualquier manera, el signo de la psicopoética no es la neutralidad, sino acaso la excentricidad, la invención, el rompimiento, la creatividad y la resistencia a la naturalización de los valores fast-life. Vive del deseo y expresa lo individual, lo concreto y lo momentáneo del mundo. Atiende la excepción, recupera lo excluido, abre contenidos marginales o limítrofes, o bien describe y reivindica de algún modo cualquier estilo de convivencia decadente. Psicopoética constituye la doctrina de los atorrantes.
Vivificación
Como interlocución que actúa en contra de vectores discursivos y axiológicos dominantes, psicopoética deviene un diálogo que no es completado en su objeto, es decir que no se cierra sobre sí mismo. Se trata de un diálogo que, en el ejercicio posible de su libertad, se convierte en otra cosa; deja de ser lo que es (aunque nunca totalmente) e inaugura, digamos, una interlocución inusitada cuyo sentido más revelador, a mi juicio, no será su condición epistemológica o su vocación ética si existiese, sino su acontecer poético, es decir, las invenciones que promueva, los mundos que abra en un giro sublime, ridículo o terrible. Como ruptura del sistema-diálogo, psicopoética genera, entonces, contramundos, articula diversas fugas o variaciones del discurso; es decir, se convierte en un diálogo que no acepta veredictos o sentencias inapelables y que, por tanto, involucra desde sí mismo la potencia de su propio extrañamiento. Es por eso que psicopoética no es definible en el registro de las modalidades teórico-prácticas de la intervención psicológica: no se puede calcular con el rasero que evalúa tales formatos; pertenece a otros territorios. Psicopoética es, en este sentido, autónoma, específica e inalienable. Se trata de un diálogo vivo capaz de inaugurar alternativas de relación en la medida en que, al realizarse, se dispersa, muta, se repliega, transcodifica y traiciona la línea rectora que lo impulsaba para desdecirse, para romper ordenamientos y abrir nuevos campos existenciales de urdimbre política y poética. Un diálogo vivo que resiste la petrificación al evitar ser capturado en una función determinada o concentrarse en el cumplimiento de una u otra tarea u objetivo mediante una formulación más o menos solemne. Por eso la vivificación del diálogo (condición necesaria para el parto de nuevas realidades) solo es posible si tal encuentro dialógico estimula (paradójicamente) un desvivirse por algo, una intensificación más o menos consciente del conversar mediante la cual se articulen vínculos imprevisibles y emocionantes con el entorno material y social; esto significa una regeneración (en términos de corporeidad reactivada, cromatismo y musicalidad) de los plexos existenciales involucrados. Tales razones me han permitido sugerir antes la posibilidad de un dialogar que solo pervive descomponiéndose porque, si queda capturado en su composición prescriptiva tradicional (entiéndase, en su mandato primigenio, en su consigna nuclear), ese diálogo de cierta manera se petrifica, se cristaliza en sus funciones reproductivas, se ve imposibilitado de salir de sí mismo, vuelve siempre sobre sí mismo para definirse como diálogo-en-sí o diálogo-sujeción. Psicopoética, en cambio, en cuanto involucra un diálogo que se descompone, un diálogo-des-sujetado, se podría definir como un diálogo-para-sí, uno que dinamiza el potencial productivo y creador de los interlocutores.
Psicopoética podría definirse también como un diálogo-sin-promesa: un diálogo que en su realización desidealizada (o irrealización) no avala esa especie de promesa subterránea o ancestral de alcanzar una u otra trascendencia u objetivo. El interventor (por ejemplo, el psicoterapeuta o el psicoanalista) trabaja con la palabra y con el diálogo en aras de cumplir una promesa intrínseca o implícita en su ejercicio: la promesa precisamente de intervenir, de completar un proceso, de lograr un objetivo más o menos prefijado. Psicopoética, por el contrario, emerge para el incumplimiento. Se articula en una especie de antipromesa. Así, no solo se “conversa” más de lo que se “dialoga”, sino que parece promoverse un activismo a favor de las rupturas; activismo que, sin embargo, tampoco se convierte en línea rectora (o absoluta) de acción, sino que acaece en su especificidad cualitativa y concreta más o menos intermitente, sin asumirse como mandato. La intervención psicológica en sus diversas expresiones trabaja por el cumplimiento de la promesa que ha hecho (en cada caso) su fondo teórico: en el desarrollo de sus prácticas se intenta demostrar, con mayor o menor conciencia de ello, que la base teórica sobre la que se han vertebrado tales prácticas dice verdad, es decir, se comprueba. El interventor no codifica conceptualmente al sujeto en esas operaciones verbales e interactivas que se despliegan y extienden sino para confirmar el sustento teórico (disciplinario y biopolítico) determinante de su propia acción profesional o investigativa.
Misterio
Psicopoética como diálogo excéntrico, a veces corrosivo, promueve una deshegemonización del objeto o tema tratado y, al mismo tiempo, una reactivación del giro situacional en el encuentro; el recorrido rutinario se transforma en aventura. Psicopoética implica lo que Jacques Rancière ha designado como misterio: término que no quiere decir en este caso ni enigma ni misticismo (aunque tales momentos puedan irrumpir de pronto), sino “una determinada manera de ligar los heterogéneos: por ejemplo, el pensamiento del poeta, los pasos de danza de una bailarina, el despliegue de un abanico y el humo de un cigarrillo”. Y enseguida continúa:
En oposición a la práctica dialéctica que acentúa la heterogeneidad de los elementos para provocar un choque que dé fe de una realidad marcada por los antagonismos, el misterio pone el acento sobre el parentesco de los heterogéneos. Construye un juego de analogías por el que estos ponen de manifiesto un mundo común en el que las realidades más alejadas aparecen como talladas en el mismo tejido sensible y pueden unirse siempre por la fraternidad de una metáfora.116
Psicopoética implica entonces también diversas recomposiciones inéditas y contemporáneas de objetos, imágenes, signos, palabras y cuerpos, que, sin embargo, no proyectan en su ensamblaje la fundación de verdades perennes, sino acaso el deseo de vivir otras posibilidades de la existencia concreta. Encuentros y desencuentros. Acuarela discursiva. Copresencia de mundos que remite menos a la idea de la ecuación que a la idea de la partitura. Diálogo efervescente y problemático, pero nunca apodíctico. Desplante latinoamericano de espíritu repentista o improvisador, desvarío, proliferación selvática del hablar que se resiste a los regímenes de enunciabilidad dominantes en el diálogo interventivo.
Del sujeto deseable que traza la práctica interventiva al sujeto deseante que subvierte estatutos, imagina relaciones diferentes y habla con neologismos: tal es el malabarismo crítico de la psicopoética. Desdialogización creativa. Cuestionamiento actual y actuante en contra de una razón dialógica tradicional. Impugnación del diálogo que reproduce la vida estructurada. Acceso a la dimensión del acontecimiento. También contra la reproducción de lo instituido, psicopoética reivindica las capacidades instituyentes del sujeto en interlocución. Capacidades instituyentes que no significan la idea de un voluntarismo individualista del sujeto aislado, sino la presencia de un ámbito creador, políticamente activo en la producción de subjetividad como ejercicio de relación diferenciada con otros sujetos y elementos articulados en redes sociales complejas. Psicopoética (que constituye un ejercicio y no un principio) reivindica, pues, la capacidad imaginante de quienes dialogan en desorden e indisciplina. Rompe con las cristalizaciones de significación que organizan un sentido estructurante en el pensar, sentir y actuar de los sujetos involucrados, sentido estructurante que, a la vez, tiene la función de legitimar los designios institucionales.117 Psicopoética, entonces, como movimiento de interlocución que pone en tela de juicio significaciones centrales instituidas por la tradición discursiva en determinado momento histórico concreto, como movimiento que tiende a destruir vínculos normalizados y regulaciones en el hablar, como movimiento dialógico-conversacional que afecta re-creativamente las interacciones, como movimiento de interlocución que, aun y cuando viva relativamente integrado al sistema discursivo dominante, contribuye a socavar algunos de sus puntos de sostenimiento y a resistir sus fórmulas concretas de dominación; se convierte en una forma diferente de organizar la producción de sentido y las prácticas sociales que lo hacen posible, que además remite “a lo imaginario social no instituido, radical, instituyente siempre, utópico a veces, que da cuenta de la existencia de deseos que no se anudan al poder, que desordenan las prácticas, desdisciplinan los cuerpos, deslegitiman sus instituciones y, en algún momento, instituyen nueva sociedad”.118 El nervio vital de la psicopoética está en la resistencia contra la prescripción verbal corriente y contra la naturalización de los modos de interlocución usualmente establecidos. En su vocación antiesencialista, propende a una especie de navegación fantástica: una expedición íntima y alrevesada de invenciones por los mundos desconocidos de la intersubjetividad, en virtud de la cual psicopoética deviene constantemente una sociopoética y, de hecho, una cosmopoética.
Transignificación y viraje inventivo
A Josu Landa
Recomposición
Si bien la noción de lenguaje se relaciona en general con el orden de realidad instituido semióticamente en su dinamismo y renovación permanentes, así como con sus diversas posibilidades de significación y de sentido en sus usos y reglas particulares, es preciso señalar que siempre el lenguaje se manifiesta en lenguajes concretos; es decir, en formaciones lingüísticas específicas y diferenciadas por las características de sus actividades asociadas y por las formas sociomateriales de vida correspondientes en cada caso. Se trata de subsistemas abiertos y cambiantes de actos y expresiones del decir mismo en todas sus posibilidades de concreción situacional dentro del contexto de su pluralidad. Sucede que la materia verbal de los lenguajes concretos no se reduce a constituir una herramienta en la consecución de unos u otros fines de actividades interventivas (aun y cuando se admita que dichos procesos verbales impliquen cierta disponibilidad o determinabilidad relativa para la consecución de fines diversos producto de su sedimentación histórica y de las relaciones sociales que traen aparejadas por los usos y juegos concretos del lenguaje mismo).119 En todo caso, los lenguajes concretos y su intercambio cotidiano habrán de constituir la base sobre la cual se genera toda re-composición verbal, toda creación discursiva y toda nueva producción de subjetividad en el ámbito de los vínculos sociales.
Ruptura
Psicopoética surge ante todo porque constituye una de las posibilidades de los lenguajes concretos en relación o intercambio cotidiano. Intercambios que además funcionan en red con la materialidad social del mundo. Así, la psicopoética constituye una generación de significados y sentidos y una configuración de plexos existenciales en la interlocución asociada a conexiones afectivas irrepetibles del encuentro. La emergencia de psicopoética depende, por un lado, de la materia verbal vigente en los lenguajes concretos involucrados en el diálogo, con sus relaciones y connotaciones específicas, pero, por otro, depende también del acontecimiento vital que pueda tener lugar en dicho encuentro: el acontecimiento de la recomposición creativa de los propios estados de cosas (o estados de realidad) que actúan en ese instante. Psicopoética implica una combinación imaginativo-verbal de expresiones confrontadas o intercambiadas en virtud de lo cual se impugna la permanencia del decir instituido y se abren situaciones que subvierten, de algún modo, los significados ordinarios o normales de dichas expresiones (contrariamente, un diálogo que se aferre a su carga semántica, que tienda a cerrarse en una conformación de significados, no favorecerá el surgimiento de la psicopoética). Y, por lo mismo, en psicopoética cualquier componente significativo es necesariamente provisional o transitorio. Su condición ilativa es inestable. Rebasa –como ya lo he sugerido– el ámbito de la significación para ir hacia el sentido, siempre renovado.
Psicopoética no brota como derivación natural del encuentro dialógico; antes bien, implica una ruptura con el diálogo semántico ideal, implica un acontecer que rebasa los alcances meramente funcionales de la interlocución. El evento psicopoético tiende a fugarse de la prescripción lingüística; no se reduce a un juego del lenguaje, sino que más bien –como afirma Josu Landa respecto del acontecer poético– involucra un “peculiar devenir de cierta clase de juego en los lenguajes”.120 En efecto, psicopoética constituye una forma de interlocución que, a partir y a pesar de sus funciones significativas (carga semántica), subvierte tales funciones cuando encuentra las condiciones favorables para ello. Se trata de una interlocución que inaugura realidades diferentes al orden de la significación: que se separa por momentos de la prescripción lógico-discursiva del hablar, renunciando así al cumplimiento de certezas y de transmisión ideal de contenidos ilativos en cuanto mensajes. Dicho de otra manera, psicopoética no apela de lleno a la verdad de lo dicho. Esto es justamente el enfoque contrario a la perspectiva del diálogo interventivo, que convierte la interlocución en un medio (de orden técnico-científico-profesional) para la instalación de verdades teóricas y la promoción de prácticas más o menos sofisticadas de normalización, asistencia y/o desarrollo en los participantes.
Movimiento
El diálogo psicopoético tiene una conexión de carácter tentativo con la racionalidad que opera en los lenguajes establecidos. Su emergencia supone la utilización más o menos arbitraria de términos y expresiones que, puestas en conjunto, se alejan de sus significados literales para subrayar connotaciones insólitas, según la situación especial e irrepetible de la propia interlocución. En la medida en que las expresiones del diálogo se remiten a la significación en cuanto tal, es decir, se apegan a su condición de discurso normal, como sucede predominantemente en la actividad discursiva, se excluye la posibilidad de realidades psicopoéticas. Psicopoética elude la univocidad y la condición literal de lo que se habla. No avala correspondencias precisas o sustanciales entre la palabra que nombra y aquello que es nombrado. Crea mundos alternos en una zona oscilante de vinculación-desvinculación respecto de la condición semántico-pragmática del intercambio verbal; zona de interlocución en la que, desde luego, participan decisivamente todavía los usos discursivos vigentes en ese momento histórico concreto. Pero mientras el diálogo de la intervención pretende consolidar sus nexos con el significado, psicopoética tiende a deshacer tales nexos. Por ello mismo psicopoética, en su discontinuidad funcional respecto de las convenciones discursivas, deviene más o menos creativa e imprevisible.
Así, lo que psicopoética transforma es la manera normalizada de presentarse los lenguajes concretos en el dialogar. Potencia nuevas alternativas de movimiento de dichos lenguajes mediante variantes inéditas de vertebración de expresiones, en correlación permanente con la vida interactiva socialmente determinada de los dialogantes mismos. Digamos que psicopoética surge desde las alteraciones de la relación social ocasionadas por la articulación verbal novedosa o inventiva, en el ámbito del encuentro dialógico. En psicopoética se tiende a desconocer cualquier esencialismo lingüístico (porque no identifica forzosamente ningún contenido significativo con una u otra función predeterminada); se abren nuevas posibilidades de realización de la interacción dialógica acorde con la situación específica; se suelen desobedecer relativamente los órdenes de realidad instituidos por los discursos dominantes y se asume la interlocución como una experiencia liberada del imperativo (tácito o explícito) de la conclusión. En todo caso, psicopoética desnaturaliza la materia verbal de la interlocución y se diferencia de un diálogo normalizado porque comporta una alteración productiva de expresiones. Se trata de una diferenciación imaginativa y emocional respecto de la indiferencia del despliegue discursivo.
Extralimitación
Una condición clave para la emergencia del diálogo psicopoético está constituida por el proceso gracias al cual ocurre primero una designificación de la materia verbal (un decir que niega los componentes semánticos de lo dicho) para luego poder abrir un ámbito de realidad distinto del orden del discurso. En la reflexión de Landa:
Es imposible saber de lo que es capaz la palabra, pero sí se puede sostener razonablemente la idea de que debe desistir de sus nexos normales con el mundo, para que pueda dar paso a otra clase de conexiones, como las que implica la palabra en situación poética. Hay –para decirlo al estilo hegeliano– una especie de ardid de la palabra en virtud del cual puede articularse según formaciones y puede darse conforme a situaciones tales que le permitan liberarse de sus determinaciones corrientes.121
Esta designificación implica una salida de la literalidad comúnmente aceptada en la interlocución, es decir, un rompimiento relativo de lo expresado con sus referencias habituales de realidad. Pero, simultáneamente, habrá de ocurrir también un momento de transignificación de lo dicho hacia la posibilidad inmanente del acontecimiento. La interlocución deviene psicopoética en tanto que produzca una fisura situacional e inventiva en la continuidad de los amarres propios de la ilación del diálogo mismo. O bien en la medida en que acaece una extralimitación de aquello que normalmente implica la expresión utilizada.
Ardides
La transignificación no se reduce a la mera reasignación de significados a determinadas palabras o expresiones. Implica, más bien, atravesar los límites de los discursos operativos para rehacer (o recomponer) las relaciones sociales mismas con quienes se interactúa. Recomponer relaciones en el sentido de la creación de plexos existenciales inéditos; esto es, en el sentido de provocar efectos poéticos en el terreno de la intersubjetividad. Psicopoética entonces, como espacio de transignificación, supone una reedición compleja de las relaciones interpersonales en el encuentro dialógico-conversacional. Una vertebración de acciones inventivas en el hablar. Un tránsito de usos expresivos más o menos estáticos (es decir, que despliegan significados y sentidos estables y reiterados, y que constituyen una especie de plataforma de significado) a otros dinámicos o extraordinarios (es decir, que incorporan movimientos traslaticios, sustitutivos y/o revocatorios de órdenes semántico-pragmáticos anteriores). Aun así, toda creatividad vinculada a una producción discursiva extraordinaria en el dialogar estará necesariamente marcada por los usos expresivos vigentes; social y comunitariamente instaurados, que en su función de plataforma o base significativa intervienen en la delimitación, articulación específica, alcances y modos particulares en que ocurren los ardides inventivos del decir, en ese encuentro dialógico.
En cualquier caso, psicopoética requiere cierta audacia expresiva de los participantes. Requiere un manejo irreverente de los significados y una producción de sentidos peregrinos, sorprendentes, extraños o divertidos, que van más allá de las estipulaciones cotidianas. “En concreto”, escribe Landa, “los lenguajes albergan la posibilidad de composiciones verbales que destaquen por sobre las regularidades de la dinámica de aquellos. Esto implica una negación de las convenciones significativas y de sentido como condición fundamental”. Sin embargo, puntualiza enseguida:
La otra condición necesaria es la pertinencia de los intercambios semánticos a que abre cauce aquella negación. Por aludir a un ejemplo un tanto grosero, no puede haber mucha pertinencia en el intento de hacer del término “tocino” una metáfora del vocablo “velocidad”. A lo extraordinario metafórico (es decir, a la suspensión de lo ordinario lingüístico, por parte de la metáfora) debe acompañarle cierta adaequatio entre los significados intercambiables.122
La ruptura psicopoética en la interlocución no puede ser entonces total; implica expresiones que se deshacen de sus significados usuales, que abren terrenos distintos en la producción de sentidos, que designifican la materia verbal y acceden a una dimensión transignificativa; pero que no pueden absolutizar tampoco su renuncia o su desobediencia a esas prescripciones ilativas (y de mínima coherencia referencial) presentes en los intercambios verbales ordinarios.
Pasiones
La condición psicopoética en el hablar no puede ser entendida como un medio para el logro intencional de otros fines subsecuentes. No constituye un recurso previsible ni para acceder a un conocimiento, ni para explicar nada, ni para transmitir valores, ni para promover el respeto y el reconocimiento del otro dialogante, ni para ninguna otra operación por el estilo, es decir, cualquier operación de corte interventivo. Esto sucede porque la condición psicopoética involucra cierta transgresión respecto del despliegue semántico y pragmático de los lenguajes y porque altera o se distancia de funciones verbales de normalización discursiva y de automatismo en el hablar. Psicopoética puede iniciar acaso con algún artilugio expresivo que abre desde ese instante la posibilidad de nuevos modos de relación con los lenguajes concretos: extrañamiento de los temas abordados, ubicación de cosas y palabras en redes inhabituales, infracciones a los códigos prácticos del decir, frustración de los modos de hablar recurrentes, abandono de regularidades previsibles en la interlocución. Psicopoética hace valer sus invenciones y concita mundos intersticiales y transitorios diferentes en el encuentro y, con ello, excita inquietudes y sediciones contra toda prescripción operativa de la intervención filtrada en el diálogo. Subleva de pronto las pasiones de los participantes.
Tensión
Psicopoética surge sobre el discurrir interminable de la palabra, pero requiere, a su vez, una base situacional y un ámbito de relaciones intersubjetivas que la favorezca. Nunca es una creatio ex nihilo. Constituye una tensión o tirantez productiva entre la verbalidad extendida y la subversión de tales determinaciones normalizantes al interactuar. Pero, en cualquier caso, su emergencia estará vinculada a un contexto propio de realización que incluye, a mi juicio, unos u otros objetos y recursos materiales articulados al quehacer de los dialogantes; determinadas relaciones microculturales de socialización y, desde luego, determinada conexión compleja de corporalidades y subjetividades que concurren (al menos momentáneamente) al encuentro verbal-inventivo en cuestión. El diálogo psicopoético involucra, pues, un espacio-situación concreto de realización siempre inacabada; espacio conformado por una red de vínculos heterogéneos entre personas y cosas (microcomunidades) más o menos dispuestas al intercambio de planteamientos y expresiones y a la acción verbal-creativa, según las circunstancias y condiciones del encuentro.
Autoría
Psicopoética involucra en su activación todas las participaciones (aunque diferenciadas) de quienes sostienen esa forma de interlocución. No habrá sujetos pasivos en dicho proceso. Las cosas que se digan en ese tipo de encuentro serán, mal que bien, asunto de todos. Pero, además, todo lo que se dice en tal espacio conversacional implica expresiones transidas por una actividad creadora vinculada con, y sustentada en, una especie de realización energética de la palabra. Cada sujeto aporta unas y otras producciones enunciativas que no se uniformizan en su presentación, sino que, aun en su entrelazamiento específico con los aportes de las otras personas, mantienen cierta autonomía de estilo, cierto carácter de autoría irrepetible. Aun así, cualquier producción psicopoética en la interlocución no es ni podría ser absoluta en su originalidad, porque nunca está exenta de diversas determinaciones sociodiscursivas propias de la situación histórico-concreta, y porque, además, requiere siempre un campo, ámbito o red sociomaterial de relaciones que le confiere sentido más allá de la mencionada originalidad o carácter de autoría.
De todas formas, no habrá un modo unitario ni tampoco incondicionado de vivir la experiencia psicopoética en la interlocución. Si bien tal encuentro produce relaciones intersubjetivas irrepetibles en virtud de la recreación afectiva de los plexos existenciales de los participantes, este solo puede acaecer en situación y en el marco de contextos grupales o comunitarios particulares que hacen viable el surgimiento de dicha forma de dialogar. No hay aspectos esenciales en psicopoética (no hay esencia que determine a priori la condición psicopoética de una conversación). Esta característica no impide, sin embargo, reconocer la aparición relativamente sostenida de una vocación crítica en el diálogo psicopoético. Un cuestionamiento implícito o explícito más o menos permanente y mordaz de valores culturales, ideológicos o políticos establecidos.
Hallazgo
Psicopoética no acontece en lo estrictamente dicho de la interlocución (es decir, en el terreno propiamente textual o discursivo); tampoco acontece únicamente en la subjetividad individual como mera vivencia aislada. Psicopoética acontece precisamente en el entramado dinámico y complejo de relaciones que los dialogantes promueven con el entorno. Entramado de relaciones que incluye objetos y condiciones materiales, procesos interactivos y producción de subjetividades diversas que en ese instante se aboca a la reinvención expresiva en el espacio del intercambio verbal mismo. Motivaciones variadas, estilos personales en juego, estados de ánimo compartidos, valores, criterios, tradiciones, experiencias, imágenes, gustos, expectativas y recuerdos que circulan agitadamente en ese diálogo-libre que trastoca la estabilidad del intercambio para dar paso a la energía creativa de la ficción y del hallazgo.
Revelaciones
Psicopoética presupone no solo el momento productivo, sino también el momento actitudinal en la interlocución. Se trata del proceso que incluye y relaciona, por un lado, la elaboración verbal creativa de un planteamiento y, por otro, el conjunto de asunciones que suscita lo expresado en la persona o en el grupo de personas que escuchan y miran como interlocutores del encuentro en ese instante. El relieve psicopoético de lo expresado comporta, pues, la participación de sujetos relativamente sensibilizados que atienden, reciben, reactivan, rearticulan tales expresiones –siempre en situación– y las reorientan diferencialmente hacia una continuidad (no imperativa) del poetizar mismo. Así, quien escucha participa ya en la reelaboración (en la re-creación) activa de lo que se dice. Me refiero a esa tendencia proclive al juego inventivo en el hablar que potencia, en efecto, una condición estética en el contexto situacional específico, porque involucra iniciativas insospechadas de transformación de sentidos.
Pero habrá que subrayar también que psicopoética se separa necesariamente de una actitud exegética o hermenéutica en su realización. No pretende explicar ni tampoco interpretar lo dicho para elegir un sentido correcto de lo expresado. No pretende, desde luego, analizar lo dicho. Antes bien, al contrario: toda exigencia explicativa, interpretativa o analítica en la interlocución (aunque relativamente inevitable), al tiempo que acondiciona, también obstaculiza de una u otra manera el decursar psicopoético. No se trata de seguir el despliegue del lenguaje, sino de fugarse de él, es decir, de acudir al pliegue productivo de subjetividad, de esgrimir la invención imaginativa en el hablar que conduce a revelaciones inmediatas de mundos alternos. Las expresiones del diálogo psicopoético establecen en su heterodoxia diversas rupturas y transformaciones de los códigos prescriptivos del decir; pero encuentran sentidos pertinentes dentro de las coordenadas situacionales específicas en que acaece su realización. Los dialogantes inmersos en la dinámica psicopoética ponen en juego ciertas predisposiciones favorables a lo creativo, suponen cierto “optimismo estético”,123 pero no renuncian por eso al ejercicio eventual de la crítica.
Por todo esto es que el talante psicopoético en el diálogo se distancia de aquella interlocución con fines interventivos asociada a codificaciones, esquemas y procedimientos de adaptación y normalización de la vida, para aproximarse a la negación actual de preceptos y prescripciones sociales, en un intercambio que se preocupa menos de la consigna comunicativa (como transmisión de mensajes claros y completos) y se ocupa más del acto iniciático siempre renovado de acceder a esos viajes misteriosos, personales, divertidos, imprevisibles y aventurados de la palabra (acontecimiento fugaz) por los mundos intersubjetivos de la existencia compartida.
1. G. Deleuze y F. Guattari, Mil mesetas: capitalismo y esquizofrenia, Valencia, Pre-Textos, 2002 (1980), p. 82.
2. Ibídem, p. 84.
3. Ibídem, p. 86.
4. Ibídem, pp. 90-91.
5. Ibídem, p. 91.
6. Ibídem, p. 97.
7. Ibídem, p. 101.
8. Ibídem, p. 102.
9. Ibídem, p. 103.
10. Ibídem, pp. 103-104.
11. Ibídem, p. 106.
12. Ibídem, p. 107.
13. Ibídem, p. 108.
14. Ídem.
15. Ibídem, p. 109.
16. Ibídem, p. 112.
17. M. Serres, La comunicación: Hermes I, Barcelona, Anthropos, 1996 (1968).
18. Ibídem, p. 9.
19. Ibídem, pp. 10-21.
20. Ibídem, p. 11.
21. Ídem.
22. Ibídem, pp. 11-12.
23. Ibídem, p. 12.
24. Ídem.
25. Ibídem, pp. 13-14.
26. Ibídem, p. 15.
27. Ibídem, p. 16.
28. Ibídem, p. 17.
29. Ibídem, p. 18.
30. Ibídem, pp. 20-21.
31. Ibídem, p. 31.
32. Ibídem, p. 50. Puede verse también R. E. García, El diálogo en descomposición, Ciudad de México, AMAPSI, 2008, pp. 32-33.
33. M. Serres, El contrato natural, Valencia, Pre-Textos, 2004 (1990), pp. 19-24.
34. Ibídem, p. 20.
35. Ibídem, p. 21.
36. M. Maffesoli, El instante eterno: el retorno de lo trágico en las sociedades posmodernas, Buenos Aires, Paidós, 2001 (2000).
37. Ibídem, p. 16.
38. Ibídem, p. 179.
39. Véase M. Maffesoli, Elogio de la razón sensible: una visión intuitiva del mundo contemporáneo, Barcelona, Paidós, 1997 (1996).
40. M. Maffesoli, Elogio de la razón sensible, pp. 16-17.
41. N. Cassián, M. G. Escobar, R. Espinoza, R. E. García, M. Holzknecht y C. Jiménez, “Imaginario social: una aproximación desde la obra de Michel Maffesoli”, Athenea Digital, Nº 9, 2006, p. 16, https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2147438.
Respecto a la noción de formismo, véase M. Maffesoli, Elogio de la razón sensible, pp. 105-147.
42. M. Maffesoli, Elogio de la razón sensible, p. 114.
43. M. Maffesoli, El instante eterno, p. 103.
44. J. Swift, Viajes de Gulliver, La Habana, Gente Nueva, 2000 (1726), pp. 179-181.
45. E. Lledó, El concepto de “poiesis” en la filosofía griega, Madrid, CSIC, 1961.
46. Véase también C. Pájaro, “Poiesis y poesía: de Homero a los sofistas”, Eidos, Nº 2, 2004, pp. 8-32.
47. E. Lledó, El concepto de “poiesis” en la filosofía griega, p. 41.
48. Véase el fragmento filosófico I en J. García-Bacca (selec.), Los presocráticos, Ciudad de México, FCE, 2004 (1944), p. 239.
49. C. Pájaro, “Poiesis y poesía: de Homero a los sofistas”, p. 18.
50. Véanse también los fragmentos 30, 53, 73, 111 y 112 de Heráclito por su relación con la noción de poiesis y el verbo poien, así como los comentarios de Lledó (El concepto de “poiesis” en la filosofía griega, pp. 18-26) y García-Bacca al respecto (Los presocráticos, pp. 239-274).
51. Véase el análisis que hace Carlos Julio Pájaro del enthusiasmós poético de Demócrito en “Poiesis y poesía: de Homero a los sofistas”, pp. 24-28. En particular el análisis del fragmento filosófico 18 atribuido a Demócrito que también recupera García-Bacca en su selección de textos en Los presocráticos, p. 353.
52. E. Lledó, El concepto de “poiesis” en la filosofía griega, p. 44.
53. Ibídem, pp. 46-51.
54. Véase la relación compleja entre téchne y poiesis según la exhaustiva indagación de Lledó (El concepto de “poiesis” en la filosofía griega, pp. 58-63). Y también la reflexión sobre Gorgias y la creación poética como téchne que hace Pájaro (“Poiesis y poesía: de Homero a los sofistas”, pp. 28-32).
55. Platón, Diàlegs, Barcelona, Fundació Bernat Metge, 18 vols., 2000 (1931); Fedre 244 e (vol. IX, p. 72), 245a (p. 73). Véase también E. Lledó, El concepto de “poiesis” en la filosofía griega, pp. 72-74.
56. E. Lledó, El concepto de “poiesis” en la filosofía griega, p. 74.
57. B. Guill, Essai sur la poésie philosophique en Grèce, París, 1882, p. 154 (citado por Lledó, El concepto de “poiesis” en la filosofía griega, p. 77).
58. Platón, República, libro X, 595 b 5 ss. (vol. XI, p. 97).
59. Ibídem, 596 c, d, e. (p. 99).
60. Ibídem, 600 e. (p. 106).
61. Ibídem, 601 b. (p. 107).
62. E. Lledó, El concepto de “poiesis” en la filosofía griega, p. 104.
63. Platón, República, libro X, 604 b (vol. XI, p. 113).
64. Ibídem, 605 b, c ss. (pp. 114-115).
65. Véase el análisis de E. Lledó al respecto: El concepto de “poiesis” en la filosofía griega, pp. 119-131.
66. Ibídem, p. 125.
67. Ibídem, p. 128.
68. J.-C. Mèlich, Filosofía de la finitud, Barcelona, Herder, 2002, p. 16.
69. J. Lezama Lima, La expresión americana, La Habana, Letras Cubanas, 1993 (1957), p. 7.
70. F. A. Dopico, El correo de la noche, La Habana, UNEAC, 1989, p. 15.
71. J. Lezama Lima, La expresión americana, p. 11.
72. Ibídem, p. 12.
73. Ídem.
74. Ibídem, p. 14.
75. E. Diego, Libro de quizá y de quién sabe, La Habana, Letras Cubanas, 1989, p. 72.
76. M. Serres, La comunicación: Hermes I, p. 297.
77. La expresión es de Paul Ricoeur y la usa para el comprender: “[P]ara un ser finito, comprender es transportarse a otra vida” (P. Ricoeur, El conflicto de las interpretaciones: ensayos de hermenéutica, Ciudad de México, FCE, 1997 (1969), p. 11).
78. P. Sloterdijk, Eurotaoísmo: aportaciones a la crítica de la cinética política, Barcelona, Seix Barral, 2001 (1989), p. 125.
79. C. Magris, El anillo de Clarisse: tradición y nihilismo en la literatura moderna, Barcelona, Península, 1993.
80. R. Musil, El hombre sin atributos, Barcelona, Seix Barral, 2006 (1943), 2 vols.
81. U. K. Le Guin, Los desposeídos: una utopía ambigua, Barcelona, Minotauro, 2004 (1974), pp. 62-63.
82. Véase, por ejemplo, M. Buber, Yo y tú, Madrid, Caparrós, 1998 (1923).
83. J.-C. Mèlich, Filosofía de la finitud, p. 22. Más adelante Mèlich confirma: “[D]esignaré con el nombre de ética a una relación de alteridad, una relación de donación, de respuesta, de responsabilidad y de compasión hacia el otro, hacia la vida y la muerte del otro” (p. 50).
84. Ibídem, p. 23.
85. H. Arendt, La condición humana, Barcelona, Paidós, 1993 (1958), p. 265.
86. J.-C. Mèlich, Filosofía de la finitud, p. 32.
87. Ibídem, p. 44.
88. Mèlich habla de monomitismo tecnoeconómico (p. 46).
89. Para esta discusión véase también O. Marquard, Apología de lo contingente, Valencia, Alfons el Magnànim, 2000, p. 130.
90. G. A. Bürger, Las aventuras del barón de Münchhausen, La Habana, Gente Nueva, 1981 (1787), pp. 29-30.
91. J. Butler, Mecanismos psíquicos del poder: teorías sobre la sujeción, Madrid, Cátedra, 2001 (1997), p. 23.
92. En este sentido encontramos toda la elaboración teórica referente al tema de la heterogeneidad material de lo social y desarrollada, por ejemplo, en la teoría del actor-red. Para una revisión general, véase M. Domènech y F. Tirado, El problema de la materialidad en los estudios de la ciencia y la tecnología, material de estudio, Universidad Autónoma de Barcelona.
93. En estas reflexiones sigo de nuevo a J. Butler, El género en disputa: el feminismo y la subversión de la identidad, Ciudad de México, Paidós-UNAM, 2001 (1990), pp. 47-49.
94. Ibídem, p. 48.
95. M. Maffesoli, El instante eterno, pp. 106-107.
96. Ibídem, p. 130.
97. Sobre esta expresión, véase G. Bachelard, El agua y los sueños, Ciudad de México, FCE, 1978 (1942), p. 32.
98. El término –que se caracteriza como “la mentalidad piloto de Occidente”– es de G. Durand, Les structures anthropologiques de l’imaginaire, París, 1965, p. 168 (citado por M. Maffesoli, “El imaginario social”, Anthropos, Nº 198, 1995, pp. 149-153, p. 151).
99. El término hiperracionalidad es de Charles Fourier (citado por M. Maffesoli, “El imaginario social”, p. 152).
100. Me refiero al maravilloso filme de animación El castillo ambulante (en inglés Howl’s moving castle) producido en 2004 por Miyazaki, el mismo realizador japonés que propuso ese otro clásico contemporáneo del cine de animación que es El viaje de Chichiro.
101. G. Agamben, El hombre sin contenido, Barcelona, Áltera, 1998 (1970), pp. 51-54.
102. M. Morey, “De la conversación ideal: decálogo provisional”, Archipiélago, Nº 50, 2002, pp. 81-93, p. 87.
103. M. Foucault, Entre filosofía y literatura, Barcelona, Paidós, 1999 (1994), p. 295.
104. Ibídem, p. 296.
105. J. Lacroix, El sentido del diálogo, Barcelona, Fontanella, 1968 (1944), p. 134.
106. El propio Jean Lacroix señala: “Nuestra cultura es dialéctica, porque gracias a la confrontación incesante de las ideas consiste en un perpetuo esfuerzo de superación. Y, fundadamente, la verdadera civilización europea, la de una Europa que no quiere limitarse, una Europa sin orillas, se ha definido como civilización del diálogo” (El sentido del diálogo, p. 135, subrayado en el original).
107. M. Serres, La comunicación: Hermes I, p. 218.
108. Ibídem, pp. 257-260.
109. Ibídem, p. 260.
110. L. M. Martínez, “Preguntarse sobre el «Sentido»: trazos de una indefinición necesaria”, Athenea Digital, Nº 10, 2006, pp. 77-89, https://raco.cat/index.php/Athenea/article/view/53136.
111. Ibídem, p. 79.
112. Ibídem, p. 80.
113. Ibídem, p. 82.
114. Ibídem, p. 86.
115. Véase https://www.slowfood.com.
116. J. Rancière, Sobre políticas estéticas, Barcelona, UAB-MACBA, 2005 (2000), p. 51.
117. Véase el análisis sobre la relación entre poder e imaginario social que se presenta en A. Fernández, La mujer de la ilusión: pactos y contratos entre hombres y mujeres, Buenos Aires, Paidós, 1993, pp. 239-263.
118. Ibídem, p. 244.
119. En estas reflexiones sigo el trabajo de J. Landa, Poética, Ciudad de México, FCE, 2002, sobre todo los capítulos III (pp. 83-130) y V (pp. 165-209).
120. J. Landa, Poética, p. 91 (subrayado en el original).
121. J. Landa, Poética, pp. 105-106.
122. Ibídem, pp. 119-120.
123. Ibídem, p. 194.
II. Códigos, relaciones de fuerza y subjetivación
A Michel Foucault
Interlocución sin rostro
Subproducto
De inicio, la noción de diálogo concebida solamente como ejercicio progresivo de inteligibilidad sustentado en la condición racional de los sujetos involucrados perderá su carácter incuestionable. Lo que ocurre en el diálogo no será tanto un despliegue creciente de racionalidad natural y de los correspondientes gradientes de abstracción de los interlocutores, sino un posicionamiento interactivo de enunciaciones que solo encuentra su sentido al interior de determinados campos de constitución y de validez expresados en reglas específicas de uso y desarrollo. El diálogo como ejercicio de interlocución no puede reducirse a un modelo lineal que, a través del intercambio de planteamientos entre los dialogantes, dibuje, construya o configure una especie de continuidad razonada para la consecución más o menos explícita de un proyecto común. Antes bien, el diálogo puede ser visto ahora como una expresión de discontinuidad entendida como momento de ruptura o dislocación de asunciones individuales (el diálogo expresaría la dispersión del sujeto respecto de sí mismo). Pero lo que pasa es que la globalidad de la noción de diálogo ahora se desconoce. Su cohesión conceptual se desmorona. Su núcleo central epistemologizante se agrieta porque ahora el dialogar no implica la integración sobre sí mismo –como foco único o primero– de significaciones, principios, postulados o proposiciones que permitan entronizar una forma de conjunto para dar cuenta del mundo mismo mediante el logos universal. Por el contrario, el diálogo será una especie de subproducto de la interacción discursiva, entiéndase: de la práctica enunciativa que, en su multiplicidad, conexiones, emplazamientos transitorios y derivaciones específicas, hace aparecer la forma-diálogo en uno u otro momento de su propio devenir.
El diálogo no será, pues, el espacio de interlocución generador de conocimiento per se, sino, más bien, un espacio de interlocución producido por la acción determinante de unos u otros órdenes presentes del saber en un momento dado. En efecto, el saber entendido como práctica concomitante de enunciación y de visibilidad producirá las frases, las proposiciones y las realidades que articularán eventualmente el dispositivo dialógico y sus correspondientes objetos de análisis. En este sentido es que el diálogo no construirá conocimiento alguno si no es a partir de un campo complejo de discursos que, en su movimiento, lo permita.
Ausencia
El diálogo no podrá ser visto ahora como un espacio de interlocución apoyado en una presunta soberanía originaria de los sujetos involucrados y su conciencia. Para Michel Foucault (en algún momento de su pensamiento), el sujeto constituye solamente determinado emplazamiento o derivación de la práctica enunciativa misma. Con su reflexión arqueológica, la noción de diálogo se puede problematizar en términos de una desantropologización del concepto y de un descentramiento de las perspectivas humanistas que venían marcando pauta en el análisis y la comprensión del diálogo y sus avatares. Foucault sugiere, a mi juicio, una impugnación de la inercia en virtud de la cual el ejercicio de dialogar tiende a instalarse como una totalidad más o menos omnímoda y omnipotente en la búsqueda de conocimiento acerca de lo humano. Se impugna, pues, la condición trascendente del diálogo y, desde luego, se impugna la tendencia a pensar el diálogo como ámbito necesariamente unido al presunto protagonismo de sujetos autoposeídos que, desde su carácter determinante, sean capaces de compartir sus planteamientos con otros sujetos iguales; para provocar con ello una especie de reafirmación de sí mismos, un robustecimiento intelectual o psicológico-identitario obtenido gracias a la suma o integración de las participaciones de los demás.
Cuando Foucault afirma que él escribe para perder el rostro,1 parece sugerir que, a contrapelo de reflexiones tradicionales, habrá que pensar el diálogo como una instancia donde también se pierde el rostro (y muchas veces incluso el rastro), o por lo menos se olvida. ¿Acaso no vivimos hoy perdiendo el rostro cada día? ¿Acaso el olvido no erosiona trágicamente los acontecimientos del mundo, donde la figura humana unitaria, individual y consistente se desdibuja sin remedio? Si antes el diálogo presuponía la presencia indiscutible de por lo menos uno y otro, ahora el diálogo parece implicar el juego de una especie de ausencia de sujetos. Foucault agita la tranquilidad y la certidumbre con la que se aceptaba el carácter encomiable del dialogar (per se) para mostrar que tal ejercicio no es sino el efecto de una construcción particular, es decir, el efecto de movimientos o articulaciones internas de un campo de constitución y de validez en el saber, a partir del cual ese diálogo cobra algún sentido. La noción de diálogo es, pues, arrancada de su incuestionable condición antropológica. Ahora su emergencia no puede concebirse separada de los acontecimientos discursivos que lo configuran y, por otro lado, el diálogo no se asocia únicamente a las dimensiones subjetivas de los individuos hablantes involucrados. El diálogo ya no tendrá un valor intemporal ni podrá ser visto como un espacio potencialmente libre para el tratamiento u abordaje de cualquier aspecto o tema posible.
Disgregación
La unidad o autonomía del diálogo y su sentido se pensó a partir de la centralidad del objeto o tema tratado (visto como una realidad independiente y de naturaleza distinta del diálogo mismo) y, en todo caso, a partir del reconocimiento de los dialogantes en cuanto sujetos (protagónicos) que hablan e intercambian criterios. Pero ahora la noción de diálogo pierde unidad y autonomía precisamente porque se piensa no como configuración idealizada de interlocución, sino como la concurrencia más o menos dispersa de despliegues o actividades enunciativas que tiene lugar por el efecto de reglas inmanentes a una práctica discursiva determinada, que define su aparición y su especificidad. Ahora lo que pasa es que tanto el establecimiento del diálogo como los objetos que en él se dibujan dependen de las regularidades discursivas que hayan promovido su propia emergencia (su reconocimiento como “diálogo”) y su desarrollo.
La consecución de un diálogo podrá pensarse menos en términos del genio subjetivo de los participantes y más en términos de la posición compleja que ocupen los individuos hablantes en todo ese haz de relaciones que acceden al juego, por ejemplo, el lenguaje que se utilice, los prestigios que se reciban por su aplicación, las presunciones de verdad que se dispensen, las diferenciaciones que se promuevan o los papeles sociales que se les reconozcan. A esto se suma la presencia de las áreas o ámbitos institucionales en que uno u otro diálogo se produce; la pertinencia, relevancia y trascendencia que se le otorgue según las pautas, normas y autorizaciones específicas de tales organizaciones. Un diálogo podrá pensarse, pues, por la posición concreta y las funciones que en determinado momento involucre en el entramado o red multidimensional de prácticas, informaciones y percepciones diversas. Esto significa que la noción de diálogo se deja de pensar, digamos, circunscripta a sí misma, como instancia potencialmente fundadora de inteligibilidad, y se puede valorar ahora como la coyuntura específica de una vertebración dinámica de prácticas discursivas, relacionadas con el saber.
La noción de diálogo así concebida no remite, pues, a presuntas funciones de unificación y universalización de los sujetos cognoscentes involucrados, sino a las funciones de dispersión y complejidad de los discursos concretos ubicados en su situación histórica. Los conceptos formulados en un diálogo no remitirán tanto a la sistematicidad lógico-interna de su construcción, sino a la organización del campo de enunciados en el que tales conceptos pueden tener lugar. El ordenamiento de las series enunciativas, los modelos retóricos utilizados, la colocación de los enunciados en unos u otros momentos del diálogo, los juegos de subordinaciones y dependencias entre lo que se observa, lo que se aprende, lo que se deduce, lo que se admite como probable y lo que se postula; todo ello será la expresión de las regulaciones discursivas que en cada momento funcionarán como una especie de modelo o esquema que prescribe la sucesión y las articulaciones específicas de los aspectos o elementos de contenido que se dirigen a la conformación del concepto.2
La consecución de un diálogo presupone, además, la efectuación heterogénea de relaciones (explícitas o implícitas) previamente admitidas o rechazadas respecto (por ejemplo) de la congruencia de lo expresado, de su validación lógica, de la aceptación de criterios o comentarios basada en la autoridad y en determinadas tradiciones de pensamiento, del ejercicio interpretativo dirigido a encontrar unas u otras connotaciones ocultas de lo expresado, etc. Por otra parte, la realización de un diálogo estará atravesada también por enunciados que conciernen a diferentes campos de objetos discursivos, pero que se intercalan concomitantemente a los enunciados que habrán –por así decirlo– de sustantivar el desarrollo del propio diálogo. Se trata de enunciados que actúan como analogías, antecedentes, transferencias de sentido o premisas a cuestionar. Pero, además, la realización del diálogo pasa por la aplicación más o menos consciente, pero fundamental, de procedimientos diferenciados de consecución del propio diálogo. Tales procedimientos pueden apreciarse, por ejemplo, en la técnica de la recapitulación de lo expresado hasta un momento dado, en la formalización artificial de planteamientos para generar efectos de consistencia, en la reformulación de enunciados en función de traducir afirmaciones al interlocutor para promover con ello el seguimiento del intercambio desde una determinada articulación específica, en la delimitación de los alcances de lo expresado para generar efectos de exactitud, en la traslación de enunciados de un ámbito de emergencia a otro para ampliar o extender su influencia denotativa, en la redistribución, sistematización y/o recomposición de enunciados para lograr caracterizaciones, descripciones o explicaciones de mayor fortaleza para la confrontación dialógica con el interlocutor.
Hago referencia, pues, a los aspectos que constituyen o bien reglas de construcción formal del diálogo en cuestión, o bien hábitos retóricos, o bien modos de relación entre diferentes elementos conceptuales que preparan y (de cierta forma) determinan la conformación interna de dicho diálogo. Con Foucault aparece la posibilidad de analizar el ejercicio del diálogo no en términos de los juegos conceptuales manifiestos en su realización (es decir, de las leyes de configuración propia de los conceptos, su génesis progresiva en la interlocución), sino en términos de los esquemas enunciativos que provocan en lo discursivo la disgregación anónima de los conceptos en cuanto tales (disgregación que ocurre en forma de derivaciones, entrecruzamientos, sustituciones, desplazamientos, exclusiones de unos u otros componentes conceptuales, etc.). La dimensión epistemológica del diálogo habría implicado para sí criterios de validez en virtud de los cuales se decide qué aspectos o elementos se incorporan a la interlocución como pertinentes para el discernimiento de la verdad o el error de las proposiciones involucradas. En este mismo sentido se habría implicado cierta normatividad a partir de la cual se regula la inclusión o exclusión de enunciados según su relevancia o su carácter esencial o marginal para el seguimiento del objeto o tema del diálogo mismo. De igual manera se habría desplegado, en todo caso, un ámbito de actualidad a través del cual se recuperan soluciones previas, se definen los problemas presentes y se reubican las afirmaciones obsoletas. Todos estos mandatos o prescripciones (validez, normatividad y actualidad) marcan obviamente el establecimiento, la circulación y las modificaciones de las formaciones conceptuales que se producen en el diálogo, siempre en atención a ese horizonte de idealidad que dicho diálogo tendría que proyectar.
Regularidades
Desde la perspectiva foucaultiana, el diálogo ya no será visto como espacio de emergencia conceptual per se, activado por la conciencia cognoscente de los participantes, ni se verán su despliegue y desarrollo ligados a líneas abstractas de confrontación conceptual. Antes bien, su aparición estará obedeciendo a los movimientos específicos de la red o constelación discursiva en su multiplicidad y regularidades intrínsecas. No es posible, por tanto, dialogar inmersos en una presunta idealidad metahistórica. Todo diálogo será una expresión concreta más de las reglas que caracterizan la práctica discursiva y su difracción compleja en un momento histórico determinado. Estas reglas imponen, pues, determinadas “compulsiones discursivas”3 y posibilitan una multiplicidad heterogénea de conceptos y temas no en virtud de las cosas ni de las palabras por sí mismas, sino, más bien, en virtud de los estatutos, la situación, los emplazamientos institucionales que en determinado instante generan la sujeción del individuo y su inserción específica en la multiplicidad de relaciones emergentes de un ámbito (propiamente) dialógico. Así, un diálogo aparece gracias a las relaciones de delimitación recíproca que en el juego de la interlocución despliegan en ese momento los participantes en un encuentro, desde las diferencias y singularidades que en cada caso deriven de constelaciones discursivas más amplias y de sus prácticas.
Pero sucede también que un ejercicio del diálogo puede, a su vez, hacer aparecer relaciones discursivas y posibilidades nuevas en el saber; no en función de ningún otro contenido por “descubrir” (que haya permanecido en una presunta condición “subyacente” hasta que la mayéutica dialógica lo saca a la luz), sino en función de los vínculos de exclusión e inclusión de (otros) enunciados que se producen por la intersección dinámica de las diversas redes discursivas involucradas en dicho diálogo. Dialogar entonces puede pensarse como una forma regulada de activar otras posibilidades de articulación discursiva en determinada situación concreta de interlocución. Aunado a esto, el desarrollo conceptual que siga un diálogo no será consecuencia directa –como alguien pudo haber pensado– de las “visiones del mundo” o de las “representaciones” o de los “intereses” particulares de los individuos que se confrontan al dialogar. Antes bien, el diálogo se desarrollará según los puntos divergentes del juego conceptual que, a su vez, se construye por la dinámica de la coexistencia entre los enunciados.
Por todo lo anterior, el desarrollo que siga un diálogo en la formulación de ideas y conceptos no puede ser nunca abierto a cualquier posibilidad, sino que dependerá (verticalmente) de articulaciones irrepetibles que el saber (como praxis simultánea de enunciación y visibilidad eventualmente dominante) despliega en ese momento histórico concreto, es decir, dependerá del “haz complejo de relaciones que funcionan como regla”4 y que por lo mismo prescribe tanto el surgimiento de la forma-diálogo en la interacción como aquello que se ubique en el sitio del objeto o tema del diálogo mismo a desarrollar.
Régimen
La interlocución dialógica tiene que ver menos con la dimensión gramatical-semántica de las frases, o con la dimensión lógica de las proposiciones, o con la dimensión psicológica de las representaciones que se intercambian en el encuentro. La interlocución dialógica estará vinculada más bien a las condiciones específicas en que se ha ejercido la función enunciativa como tal en su relación con un dominio de objetos discursivos. Aunado a ello, el diálogo no se pensará como el resultado de operaciones individuales, sino como “un juego de posiciones posibles para un sujeto” en su interacción con otros. El diálogo no podrá ser, pues, una instancia cerrada sobre sí misma, una “totalidad orgánica” que genere sentido por y desde sí misma, sino una concurrencia cambiante que se produce como una especificidad en determinado campo de coexistencia discursiva, inmersa y articulada, por cierto, en un régimen de materialidad –condiciones y límites– que pertenecen tanto al orden de la institución como al orden del soporte y de la ubicación espacial, física y temporal.5
En su condición enunciativa, el diálogo implica “actuaciones verbales” y reclamará en su desenvolvimiento un elemento referencial –visto como principio de diferenciación de objetos, hechos o estados de cosas–, unos sujetos involucrados –vistos como posiciones que podrán ser ocupadas por individuos distintos–, un campo asociado –visto como dominio de coexistencia discursiva– y una materialidad determinada –vista como conjunto de estatutos, condiciones, posibilidades de uso y limitaciones de orden institucional–.6
Las actuaciones verbales configuradas en forma de diálogo presuponen, pues, una convergencia con instituciones y prácticas más o menos comunes en el ámbito de su situación histórico-concreta. Desde la perspectiva de Foucault, un diálogo no podría ser objeto de interpretación o de traducción (mediante lo cual se revelen contenidos ocultos o determinaciones subyacentes al diálogo mismo o se describan operaciones o procesos exteriores al propio diálogo), sino que habrá de pensarse en sus manifestaciones tal como aparecen en el entretejido de la interlocución para dar cuenta de su forma específica. No se trataría de definir su verdad, sino su capacidad de circulación, transformación y dispersión discursiva, en cuanto acontecimiento y relación práctica.
Un diálogo no será definido entonces como una circunscripción verbal más o menos totalizante, bien delimitada –expresada desde la interioridad subjetiva de los participantes– y pletórica de intencionalidad y de significaciones independientes; sino acaso como una especie de collage lleno de recortes y zonas heterogéneas en el que se intercala de modo activo el mundo mismo como esa exterioridad constituida por los ensamblajes y las restricciones del saber.
Control
Un diálogo no será explicado por las cosas dichas en él, ni por las personas que han dicho tales cosas, sino por el sistema de discursividad al cual remite la interacción en términos de posibilidades e impedimentos enunciativos y funcionales que tal sistema dispone. Un diálogo no será explicado tampoco por su carácter dialéctico, es decir, por su condición de ser una instancia que busque la resolución y superación de diferencias o contradicciones, o el equilibrio de la conciliación o el consenso. Al contrario, un diálogo podrá ser explicado por la posibilidad que implica de abrir y promover el disenso múltiple, las oposiciones y la difracción de prácticas discursivas, por la posibilidad que tiene de contribuir a la reorganización del saber y, en todo caso, por presentar un espacio posible para la crítica de las propias instituciones y realidades en virtud de las cuales ese diálogo se configura.
No es que se pretenda negar que al realizar el ejercicio del diálogo haya o pueda haber intercambios de información, interinfluencias de diversa índole, transmisión de conceptos o comunicación interpersonal. No se niega, por supuesto, que tales dimensiones puedan ser objeto de otros análisis específicos. Pero lo que sucede es que, desde el enfoque arqueológico de Foucault, parece fomentarse un alejamiento respecto de tales aspectos, un desplazamiento de la reflexión, que más bien se dirige a revisar y localizar las condiciones y los puntos de efectuación que han hecho posible tales configuraciones. En este sentido, Foucault plantea en otro momento:
El intercambio y la comunicación son figuras positivas que juegan en el interior de sistemas complejos de restricción; y, sin duda, no podrían funcionar independientemente de estos. La forma más superficial y más visible de estos sistemas de restricción la constituye lo que se puede reagrupar bajo el nombre de ritual; el ritual define la cualificación que deben poseer los individuos que hablan (y que, en el juego de un diálogo, de la interrogación, de la recitación, deben ocupar tal posición y formular tal tipo de enunciados); define los gestos, los comportamientos, las circunstancias y todo el conjunto de signos que deben acompañar al discurso; fija finalmente la eficacia supuesta o impuesta de las palabras, su efecto sobre aquellos a los cuales se dirigen, los límites de su valor coactivo.7
El surgimiento del diálogo como producción discursiva no será entonces un momento espontáneo de la interacción, sino un intercambio que opera bajo cierto control, selección, delimitación y redistribución de intervenciones, desde vectores prescriptivos específicos de la práctica enunciativa. Por ejemplo, en la realización de un diálogo “uno sabe que no tiene derecho a decirlo todo, que no se puede hablar de todo en cualquier circunstancia, que cualquiera, en fin, no puede hablar de cualquier cosa”.8 Existen pues prohibiciones tácitas o explícitas en la consecución del dialogar, se separan o rechazan participaciones que no estén apegadas a determinada racionalidad prefijada o a determinada condición y voluntad de verdad apoyada, tal como ya he sugerido, en expansiones institucionales y prácticas bien localizadas de carácter coactivo. No solo se trata de “decir la verdad” en el diálogo, sino, como algo todavía más importante, de “estar en la verdad”, lo cual supone obedecer las reglas de una “policía discursiva” –anónima– que actúa en todo lo que se dice.9 Un diálogo entonces podrá vertebrar participaciones que dicen “por fin lo que estaba articulado silenciosamente allá lejos”,10 puede actualizar o inaugurar afirmaciones que, sin embargo, ya habrían sido dichas.
No se pretende negar tampoco la existencia propia del individuo dialogante y su ejercicio de síntesis y expresión particular, pero se asume que todo ese juego de posibilidades estaría de algún modo prescripto para la función de dialogante en determinado momento y situación histórico-concreta. Pero, además, se asume que la propia función subjetiva de dialogante que pueda desplegar uno u otro individuo tendrá que estar autorizada por las reglas en virtud de las cuales “nadie entrará en el orden del discurso si no satisface ciertas exigencias o si no está, de entrada, cualificado para hacerlo”.11 En otras palabras, para que alguien pueda dialogar tendrá que cumplir con unas u otras condiciones de acceso a esa práctica (competencias, posiciones sociales, emplazamientos específicos).
Y, en todo caso, la educación de los individuos y los sistemas de enseñanza serán una forma política de articular los discursos con el saber dominante y con las relaciones de poder que involucran. Lo reitera el propio Foucault:
¿Qué es, después de todo, un sistema de enseñanza, sino una ritualización del habla, sino una cualificación y una fijación de las funciones para los sujetos que hablan, sino la constitución de un grupo doctrinal cuando menos difuso, sino una distribución y una adecuación del discurso con sus poderes y saberes?12
Pierde fuerza, pues, la concepción del diálogo como espacio abstracto de mediación universal basada en la entronización del mundo del logos y en la racionalidad particular que instaura. Antes bien, el diálogo implicará un trastorno de la relación social; una discontinuidad de la práctica discursiva; una especificidad material-enunciativa. Más que instancia conciliadora per se, el diálogo implica cierta violencia o imposición que se ejerce sobre los objetos, temas y/o acontecimientos tratados en el propio diálogo. No obstante, el diálogo implicará también una trama compleja de exterioridad, esto es, una serie de condiciones externas de posibilitación. Más que integración o unidad, involucra el desdoblamiento de posiciones. Más que la consagración, implicará la reverberación de verdades.
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