Read the book: «Los días ciegos»

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Primera edición: agosto de 2020

Segunda edición: enero de 2022

© 2020, Raúl Alonso Alemany

Ediciones de El Porquero de Agamenón

elporquerodeagamenon@hotmail.com @losdiasciegos

Editado por BubbleBooks Editorial

www.bubblebooks.es editorial@bubblebooks.es

ISBN: 978-84-122982-2-2

Diseño de cubierta e interiores:

Grafime

Corrección del texto:

Chiara Ferronato y Merche Bermúdez

Texto de contracubierta:

Oriol Gálvez

Imagen de la cubierta:

Oriol Gálvez

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright,

la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico,

telepático o electrónico –incluyendo las fotocopias y la difusión a través de internet– y

la distribución de ejemplares de este libro mediante alquiler o préstamos públicos.A familiares y a amigos.

A los que son, a los que fueron.

El infierno de los vivos no es algo que será.

Las ciudades invisibles,

ITALO CALVINO

Y oculta en las noticias, la muerte de un poeta,

un cuerpo suspendido entre el cielo y el suelo.

Entre aquella tarde y hoy está toda mi vida:

nostalgia de posibilidades coaguladas.

Goytisolo, 19 de marzo, ORIOL GÁLVEZ

Índice

Primera parte El Aeropuerto Internacional de Sheremetievo

Segunda parte Los días ciegos

Tercera parte El final de todas las historias

Primera parte

EL AEROPUERTO INTERNACIONAL

DE SHEREMETIEVO

1

El día en que le dije a la mujer a la que amaba que quería quedarme el resto de mi vida a su lado, pasé toda la noche en el aeropuerto internacional de Sheremetievo. Fuera nevaba. Doce grados bajo cero. Doce horas esperando el próximo avión, una por cada mes que había durado mi relación con ella. La madre de la mujer a la que amaba me había anunciado que aquel no sería un buen día para mí. Decía que lo ponía en el horóscopo, que lo afirmaba mi carta astral. Aunque a mí el horóscopo y las cartas astrales siempre me han parecido una estupidez, un no aceptar las consecuencias, un ejercicio injustificado de fatalismo y cobardía: el destino son tus pasos.

En un momento dado, desvié la mirada (tumbado como estaba en un banco de color marrón, mirando al techo y masticando mi mala suerte) y me topé con un hombre de andares torpes que no dejaba de hablarme en ruso. De fondo, en plena Rusia, en el hilo musical sonaba Pobre diablo. Una canción que Julio Iglesias escribió en 1978, el año en que nací, el año en que el Vaticano eligió a dos papas con el mismo nombre y el año en que llegó al mundo la primer bebé probeta. Se llamó Louise Brown y con el tiempo se convirtió en una mujer algo gorda que se casó con un hombre completamente calvo y vivió felizmente, decía, en una ciudad del sur de Inglaterra donde había un muelle, dos puentes y varios mendigos que se refugiaban del frío en bibliotecas públicas.

Aquel día, me había declarado a Masha en ruso, español, inglés… Uno puede hacer el ridículo de muchas maneras y en diversos idiomas. Pero la respuesta que quería no me la dio ella, la respuesta me la dio aquel tipo flaco de andares torpes y pelo lacio en un lenguaje universal, en una gramática de gestos compartida. Y es que el hombre se acercó más a mí con su torpe balanceo, parloteó, se calló y exhaló sobre mi rostro un inconfundible hedor a vodka.

Pobre diablo, pensé.

Y fuera siguió nevando.

Me levanté del banco y caminé por los pasillos relucientes del aero­puerto intentando escapar de aquella verdad revelada. Eran las dos de la madrugada y unos guardias armados con ametralladoras y vestidos con trajes de camuflaje me miraron pasar perdonándome la vida. Era como si supieran lo que había hecho y se apiadaran de mí.

Todas las miradas hablaron de mí.

Bajé a la planta -1 para ir al lavabo y refrescarme con un poco de agua. Quería quitarme esa sensación de suciedad que me manchó todo el cuerpo y de la que no me he deshecho tanto tiempo después, cuando regresa el recuerdo. Seguí vagando por el aeropuerto durante horas, intentando huir dealgo que llevaba pegado a mí como un mal olor que surge de tu propio cuerpo. La gente dormía en los bancos o en el suelo, apoyados en sus maletas aún sin facturar. Ufanos por ahorrarse una noche de hotel, pensé. Empleados de cafeterías veinticuatro horas hablaban entre sí en un idioma incomprensible, gritaban o se reían con la misma naturalidad con la que podían estar callados. De la tristeza de aquellos momentos, recuerdo sobre todo esa indiferencia.

Todas las indiferencias hablaron de mí.

Me detuve ante los paneles que anunciaban vuelos que aún tardarían horas en partir. Miré los diversos destinos. Decenas de ciudades por visitar. Mundos que conocer y gente a la que olvidar. Lo sabía. Pero yo, pensé, ya había completado el viaje para el que había estado esperando toda mi vida, ya me había vaciado. Había viajado a Moscú en pleno invierno para decirle a la mujer a la que amaba que la quería, que se casara conmigo, que era posible un final de cuento. «El abuelo Davidka viajó hasta Rusia para decirle a la abuela que la quería. Y fuera nevaba», contarían nuestros nietos. Volé hasta Moscú para que todo tuviera un sentido.

Todos los finales hablarían de mí.

Cuando le pedí a Masha que pasara el resto de su vida conmigo, en un callejón oscuro y nevado de Moscú, ella no me respondió. Aunque ¿acaso no fue eso una respuesta? Debo reconocerle que me lo había advertido:

—Hoy no es un buen día para que me pidas que me case contigo… Tú eres Virgo. Y los astros no son favorables.

—Pero yo te quiero —le contesté.

—No es un buen día, David. Yo no soy buena. Mejor que no lo hagas —me respondió ella en un lugar indeterminado entre la tranquilidad y el nerviosismo, con un acento ruso e infantil.

Sin embargo, yo siempre me he creído más importante que los astros, al menos en lo que hace referencia a mi vida. ¿Quiénes eran los astros para decirme a mí lo que podía o lo que no podía hacer? ¿Acaso sabían ellos cómo amaba a esa mujer? Hubiera renunciado a todas las palabras (a las mías y a las de otros) por que me dijera que sí.

Tiempo después, llegué a pensar que en esas horas que pasé caminando como un alma en pena por los pasillos del aeropuerto de Moscú estaba la historia de mi vida. Porque toda mi vida fue la que me condujo a aquella noche y a lo que sucedió después. Porque ese es un pensamiento lógico y primario, y entonces pensaba en la vida como algo lógico y primario, de dos más dos, del sol sale por la mañana, de la luna rige las mareas.

Esas cosas.

El ensayista belga Amosz von Zondervan, que era un tipo bajito, moreno y gran aficionado a la ornitología, escribió en su libro La soledad de la línea paralela que si Einstein hubiera muerto hurgándose la nariz o masturbándose justo después de haber formulado la ley de la relatividad, podría haberse dicho que la ley de la relatividad le había conducido a hurgarse o masturbarse. Porque cualquier final parece tener un sentido por el mero hecho de serlo.

Pero eso solo es un consuelo.

Y escribir y contar las cosas es un modo de averiguar por qué se escriben o se cuentan cosas.

Según decía el mismo Von Zondervan, quizá sería mejor regalarles rosas a desconocidas, investigar qué utilidad tienen los alicates de cigüeña o coger uno de esos aviones que van a todas partes. Para él, escribir era un modo heroico y testarudo de decir que todo ha de tener un final, que se le ha de buscar un orden al caos en el que se vive para poder entenderlo. Pero tal vez lo realmente trascendental (y aquí recogía la idea del novelista húngaro Fülöp Kemény en su cuento Lo esperado) sea aceptar que no hay nada que entender.

«No hay nada que decir» es el mejor principio para cualquier historia.

Sin embargo, por aquel entonces, yo no había leído a Amosz von Zondervan y no tenía ni idea de quién diantre era Fülöp Kemény.

Poco después de aquella noche que pasé en Sheremetievo, mi comportamiento fue mucho más primario: empecé a mirar el horóscopo. Consultaba en varios periódicos lo que se decía cada día sobre mí, más bien acerca de todos los seres humanos que tenían mi signo, que nacieron entre una fecha y otra del calendario. Cuando acertaban, empezaba a pensar que la madre de Masha tal vez no estuviera tan equivocada como yo había creído. Aunque su pronóstico fue un poco más elaborado y científico que leer algo en un periódico: se basaba también en el año de mi nacimiento y en la fecha en que mis padres llegaron a este mundo.

En definitiva, empecé a leer el horóscopo cada día porque necesitaba una respuesta y porque, francamente, era un imbécil.

Lo hacía por la noche, los periódicos suelen publicarlo en cuanto cambia el día. Así pues, a medianoche, estuviera donde estuviera (solo, en compañía, en mi casa o en el banco de un parque) me lanzaba sobre mi teléfono y leía lo que se nos avecinaba.

Intentaba leerlo con distancia, como si temiera que alguien pudiera estar espiándome desde una esquina para burlarse de mí. ¿Cómo la posición de una estrella va a poder modificar nuestro comportamiento? Era ridículo, lo sabía, pero yo lo leía porque sentía que lo irrebatible del horóscopo (querido virgo: no podías hacer otra cosa, no se puede luchar contra los astros y el destino, lo hiciste bien, amigo) justificaría mi incontestable fracaso en el amor aquella noche de Moscú y buena parte de lo que sucedió después.

Lo que me resultaba más indignante en aquellos días era que mi signo casi siempre salía desfavorecido en el campo que a mí me preocupaba. No encontré un solo día en el que quien redactaba esas cuatro líneas para el periódico dijera: «En el amor te va a ir muy bien. Hoy sí que puedes pedirle a la chica rusa de la que te enamoraste que se case contigo. Te dirá que sí. A por ella, fenómeno».

Otra cosa que me molestaba muchísimo era que el horóscopo de Masha (porque también miraba el suyo) siempre era muy positivo en esos aspectos. Decía cosas como: «Te sentirás activa sexualmente. Estás en racha. Disfruta de tu pareja». Aquello me parecía desproporcionado y cruel.

Pero supongo que la vida es desproporcionada y cruel.

Me obsesioné con esa idea hasta un límite insospechado. Llegué a hacer mis averiguaciones y creí dar con cómo funcionaba todo aquel sistema. Indagué e indagué hasta que di con una página de Internet que revelaba algo sorprendente: al parecer, había una empresa que se dedicaba a redactar los horóscopos y que distribuía sus servicios por diferentes partes del continente y ciertas zonas de América. Según esta teoría, la empresa era una suerte de gabinete astrológico que cada noche enviaba las predicciones a los diferentes periódicos, con pequeñas y singulares variaciones en función del territorio y de las necesidades de la población.

Incluso un tal Pedro Descubridor X23 decía que detrás de la compañía estaban los centros de poder del mundo occidental, que de aquel modo controlaban los deseos e impulsos de la población. Lo que te hace libre te vuelve esclavo, sentenciaba Pedro Descubridor X23 en su alegato final.

Tras más indagaciones y saltos en la Red, llegué a un enlace que facilitaba la dirección de la agencia, que aún conservo apuntada en un papel, dentro de un sobre marrón donde guardo una serie de facturas.

Me planteé que, si iba a verlos un día y les exponía mis razones, tal vez mi suerte comenzara a cambiar.

Y es que es más que probable que tendamos a mirar las cosas en la dirección equivocada. Siempre se actúa en función de la expectativa, quiero decir que primero es el pronóstico y después la realidad. Pero tal vez sea al revés. Igual que primero viene el arte, y más tarde, la vida.

Por eso pensé que si el todopoderoso gabinete hubiera dicho en algún momento: «Hoy, querido amigo virgo, es un buen día para la compra de judías pintas», pues entonces un ejército de los virgos de este mundo hubiera ido directamente al supermercado más cercano y hubieran arrasado con ellas. Y así todo se hubiera arreglado si alguien hubiera escrito en el horóscopo una nota tan simple como esta:

Querida amiga capricornio, si eres rusa, tu nombre empieza por M y tienes los ojos azules, hoy es el día ideal para replantearte tu pasado y decirle al hombre virgo que te pidió matrimonio hace unos meses que, pensándolo mejor, sí que quieres quedarte con él.

Todo eso llegó a formar parte de mi plan, del plan de un hombre imbécil y ridículo que perseguía una obsesión porque temía que no todo tuviera un final. Era mi hoja de ruta, esa misma que se fue pudriendo con el tiempo, como las predicciones de los horóscopos, los recuerdos y todo aquello que amas o detestas.

2

Mi padre era un lugar perdido en su mente. Un montón de recuerdos destruidos por una proteína que se adhería a sus neuronas y una vida borrada que aún respiraba.

Mi padre era alzhéimer.

La noche del aeropuerto internacional de Sheremetievo, quise hablar con él y pedirle una explicación. Tal vez él pudiera aclararme por qué su único hijo estaba vagando solo por los pasillos de un lugar tan impersonal tras decirle a una mujer que la quería para siempre, para toda la vida.

Me senté en una sala llena de pantallas y observé mi teléfono móvil.

Con esa nube confusa en mi cabeza que mezclaba los ojos azules de Masha (en los que podía ver el mar) y el olor a lejía de la madrugada, busqué su número en la agenda. Lo busqué por la «P». Por la «P» de «progenitor». Porque mi padre siempre se consideró más bien eso: un progenitor, que es parecido, pero no es igual.

Cuando empecé a marcar su número, no solo olvidé que mi padre ya no sabía responder al sonido de un teléfono, que nisiquiera era capaz de identificarlo, sino que tampoco recordé que nunca había tenido la suficiente confianza con él como para pedirle una explicación o un consejo. Me convertí en un lugar común. Fui como un acto reflejo o un consejo de galleta de la suerte: «Uno siempre debe escuchar la voz de la experiencia».

Así pues, si tiempo después busqué una respuesta en las páginas de los periódicos que hablaban de astros y horóscopos, o en la vida y las palabras de gente a la que apenas conocía, aquella noche mi primer impulso fue buscarla en el origen de todo mal y todo bien: en el padre.

Porque eso dicen y eso se hace.

Cuando presioné el botón de llamada, una sucesión de números, algoritmos y ondas se puso en funcionamiento a través del espacio para que yo pudiera entender qué hacía allí esa noche, fracasado mi gran viaje de amor.

Sin embargo, toda la ciencia del mundo aún no es capaz de hacer que cuando las neuronas de un padre se mueren tenga sentido marcar un número que ya no responde. Digan lo que digan los lugares comunes o los consejos de mercadillo. «El teléfono marcado no existe o está fuera de cobertura». Esa fue la respuesta. Y supongo que así era, porque, efectiva e irónicamente, mi padre estaba fuera de cobertura. Y puede que en cierto modo ya no existiera.

Al colgar el teléfono, miré a mi alrededor: en otro banco de madera, vi a una pareja. Supuse que también ellos esperaban a que un avión los llevara bien lejos cuando amaneciera; tal vez también habían perdido su vuelo. La chica dormitaba sobre el regazo del hombre, que le acariciaba el cabello moreno y largo que caía sobre las rodillas de él como en una cascada de un cuento de princesas y dragones.

Eso pensé, con esas palabras resonando en mi cabeza: cuento, princesas, cascadas, dragones.

Enseguida empecé a fabular sobre quiénes serían y qué estaría haciendo allí aquella noche. Al cabo de nada, ya estaba preguntándome cuál sería su papel en mi gran historia de amor. Tal vez la chica se despertaría en cualquier momento y me contaría una anécdota inspiradora y hermosa: algo que yo pudiera interpretar a favor de mi historia de amor.

El hombre siguió acariciándole el cabello a lo que yo supuse que era su amante, el amor de su vida, su viaje a Moscú, a pesar de la diferencia de edad que fui notando a medida en que me fijé en las arrugas que cercaban los ojos del hombre y en la piel tersa y joven de la chica. Cuando uno acerca el foco, acaba descubriendo esa clase de imperfecciones que convierten los cuentos de hadas en noches solitarias en un aeropuerto nevado.

De repente, reparé en que el tipo empezaba a deslizar la mano derecha por el muslo de la chica de una forma grosera, y con ese gesto abandonó de súbito mi imaginada fábula de Perrault para convertir su historia en una chusca escena de unapelícula de Tinto Brass.

El tipo llevaba un traje de color gris, por lo que recuerdo. Y me hubiera encantado que vistiera un sombrero de ala ancha, pero lo más parecido a aquello era un maletín de color negro con dos cerraduras plateadas. Me gustó ese objeto, pues le acercaba a mi idea de hombre de negocios de película de los años cincuenta, categoría que le había conferido en mi imaginación.

El hombre sonreía y la chica dormía.

Desde fuera, parecían en una comunión perfecta.

Sin embargo, cuando el tipo levantó la mirada del cuerpo de la chica y se topó con mis ojos, no noté ni por un instante que sintiera el impulso de dejar de acariciarla: fue incluso más impúdico y arrastró las manazas peludas por las piernas de la chica.

Entonces sucedió su sonrisa, que no tenía dientes amarillos ni restos de comida o de nicotina entre ellos, tal y como yo había empezado a imaginar. Me pareció que me susurraba algo que no entendí.

A cinco metros de distancia, la chica de la melena de cuento abrió los ojos y despertó al día en que yo le había pedido a Masha que se quedara conmigo para siempre. Se estremeció por un momento, protegida del frío y del viento por unas cristaleras inmensas y un anorak de colores; convertida de súbito en una jovencita acariciada por un cincuentón en la noche del aeropuerto internacional de Sheremetievo.

Observé que se incorporaba ligeramente sin que el tipo apartara la mano peluda de su cuerpo. Miró a su alrededor cerrando y abriendo los ojos varias veces, hasta que volvió a enterrar su cabeza en el regazo del hombre para quedarse dormida.

Me levanté del banco y sentí que la caricia de aquel tipo sobre el muslo de la chica y su sonrisa impúdica me perseguían por los pasillos del aeropuerto burlándose de mi vano romanticismo.

Al cabo de un rato de vagar por los pasillos, sentí un picor recorriendo mi cuerpo y me detuve ante uno de los muchos carteles escritos en cirílico que poblaban el aeropuerto. Intenté entender algo de sus letras negras sobre fondo amarillo y, finalmente, derrotado denuevo por la realidad y el abandono, caminé rumiando sombras hacia la zona donde había dejado mi maleta.

3

Mi padre se casó con mi madre cuando tenía cuarenta y tres años. Ella tenía veinte. Mi padre tenía un maletín negro con unas cerraduras de color plateado en el que guardaba documentos, facturas y una lupa de color beis. Ella tenía una melena de color caoba que le caía sobre unos hombros apenas esculpidos en fotografías en blanco y negro: en un baile, en el día de su boda, en su luna de miel. Mi padre solía llegar muy tarde a casa. Ella lo esperaba despierta, recostada en el sofá, con dos lunares en la frente y la cena preparada.

Eso es lo que yo recordaba.

Tal vez por eso volví a sentir el impulso de llamar a mi padre y pedirle una explicación, porque aquella noche todo el aeropuerto hablaba de mí, con su gente y las ausencias. Porque pensé que la chica de la melena podía haber sido mi madre y porque el hombre sin sombrero de ala ancha me recordó a él.

Una de las últimas veces que hablé con mi padre, antes de que se convirtiera en alzhéimer y ya fuera tarde para todo, estaba recostado en una cama de un hospital. Hacía unas semanas había sufrido un ictus. Tenía el pelo desgreñado, la barba mal afeitada y un pijama azul que dejaba ver debajo unos calzoncillos de rayas moradas. Unas zapatillas de felpa, de cuadros y algo raídas, completaban su puesta en escena.

Aquel día, apoyado en su debilidad, aproveché para pedirle una explicación. No sobre algo en concreto, sino sobre toda su vida. No quería que me explicara por qué desaparecía de casa durante días, semanas e incluso meses. No quería que me explicara por qué se cruzó en la vida de mi madre cuando ella era una cría y él era un adulto al que le empezaba a asomar la vejez; cuando ella tenía futuro, y él solo, pasado. Lo que yo quería era que me lo explicara todo.

Y mi padre comenzó a hablar.

Tal vez se sentía morir y por eso me contó cosas que nadie más sabía, dijo. Me habló de cuando cuidaba a las vacas en el pueblo y apedreaba a los gatos y a los perros por el mero placer del sufrimiento ajeno. Me habló de la primera vez que tuvo sexo, en la parte de atrás de una casa abandonada, entre la hierba y el barro de un día de primavera, con una mujer de la que conservaba una foto en la que ella montaba a caballo; él sujetaba las bridas y sonreía a la cámara fotográfica de un hombre que había muerto hacía décadas.

Ese día me habló de la primera vez que robó dinero a sus hermanos y a su madre, de los días que su padre pasaba en el hospital sin que nadie lo fuera a ver. Me habló del hambre de la posguerra y de que un hombre sabe que en tales condiciones no tiene amigos, de que la guerra nunca acaba, porque los chicos buenos siempre pierden.

Me habló de que él también fue la letra de una canción.

Mientras hablaba sin parar, pensé que jamás le había oído pronunciar tantas palabras juntas. Mi padre no hablaba por no molestar, o eso creía yo. El rostro se le había ido afilando con los años; la nariz se le había puesto aguileña, novelesca, y los dientes ya no eran suyos. Seguía teniendo los mismos pelos largos y negros en la nariz, y tiraba de ellos como si no le importara lo más mínimo disgustar a los demás: mi padre se había criado en la guerra, cuando los niños jugaban con piedras, pedos y torturando animales. Y en la guerra no hay tiempo para ser exquisito; en la guerra uno se tira pedos, apedrea a lo que se le cruza en el camino, tortura y se arranca de cuajo los pelos de la nariz.

La vida es así, dijo papá.

Mi padre se llamaba Julián y tenía los ojos grises. Tras sufrir el ictus no veía por el lado derecho, se colocaba el periódico muy cerca de los ojos y leía solo una parte del titular. Al principio, la gente se lo decía, pero luego lo dejaba estar, porque algo en su mente se había roto y ya era incapaz de entender ese tipo de simetrías.

Aquel día en el hospital también él se repitió más de una vez, y siguió hablando y hablando, aunque cada poco preguntaba por mi madre, ahora que ya no desaparecía durante días, semanas o meses. Poco a poco, estaba convirtiéndose en otro: en quien acompaña a su mujer al mercado, saca a pasear al perro a mediodía, espera pacientemente que el domingo por la tarde acabe de una puta vez y acepta la derrota.

Me habló de cuando abandonó el pueblo, de que su madre no lloró al verlo marchar (porque llega un punto en que las mujeres de la guerra ya no lloran), de que se despidió de su padre con un gesto de la cabeza, de que mi abuelo le dijo que cuidara de sus hermanos y de que él incumplió muchas veces su promesa. Me contó cómo llegó a Barcelona tras un viaje interminable por carretera, en un autobús viejo y atravesando un país en ruinas. Me dijo que no fue el único y que llegó con una maleta de cartón, con una mano delante y otra detrás.

En un momento dado, mi padre interrumpió su narración e hizo un gesto para que corriera la cortina que separaba su cama de la de sus dos compañeros de habitación, como si aquel trozo de tela fuera toda la privacidad que un hombre necesitara después de ochenta años en el mundo. Sus compañeros me miraron con ojos tristes cuando me levanté de la silla para obedecerle. Al ponerme en pie, la distancia entre mi salud y su enfermedad se hizo aún más evidente: nos separaban cincuenta años de vida, pero entre nosotros se había abierto un abismo humillante. Era como si el mero hecho del paso del tiempo les hubiera arrebatado su condición de hombres: eran ancianos, viejos, abuelos, pero ya no hombres.

Aquel pensamiento me estremeció, la vida me estremeció.

Me observaron con pasividad: como si una cámara lenta los rodara en silencio. Todos. Desde un anciano peinado con brillantina y que olía a colonia barata y sudor, pero que intentaba mantener su antigua compostura con un batín de color rojo y un pañuelo de topos que sobresalía del bolsillo de su pijama, hasta una mujer menuda y encorvada que acompañaba a su cuñado, un hombre alto, pálido y con gafas de concha que dormitaba en la otra cama. Al observarlos a los tres, sus caras arrugadas, los pañales debajo de su ropa, su evidente confusión, pensé que aquella habitación era una suerte de sala de espera del juicio final: un lugar previo a la muerte.

Mi padre volvió a hacerme el gesto de que corriera la cortina, pero ya no era una petición, sino una orden, como si lo que estaba a punto de contarme le devolviera la autoridad que había perdido por culpa del derrame cerebral y la vejez. Me apresuraba a obedecer cuando el hombre del batín interrumpió mi gesto, sentado en una silla delante de su cama:

—¿Le gusta a usted la poesía, joven? —me preguntó.

Mi padre resopló, quizá porque no podía lanzarle una mirada de reproche a aquel viejo molesto, pues el rincón en el que le quedaba era para él un ángulo muerto.

—No me disgusta —contesté.

—¿Conoce usted a Espronceda? ¿La canción del pirata? —insistió el viejo, animado.

Y sin darme tiempo a contestar empezó a recitar con voz engolada y cerrando los ojos:

—Por cien cañones por banda, viento en popa a toda vela, no corta el mar, sino vuela, un barco benjamín…

—¡Un velero bergantín; no un «barco benjamín», hombre! —le corrigió mi padre, que soltó una risotada.

El anciano del batín se quedó callado. Asintió como si aceptara de buen grado la corrección de mi padre, pero no siguió: dejó los versos en el aire. Con el pañuelo de topos se frotó los ojos por debajo de las gafas. Mi padre, como si le quitara el juguete a otro niño, siguió recitando a voz en grito ese poema incrustado en su memoria:

—Qué es mi barco: mi tesoro; qué es mi dios: la libertad; mi ley, la fuerza y el viento, mi única patria, la mar.

Luego se hizo un silencio que solo rompió la sonrisa sin sonidos de mi padre. Todos se miraron entre sí y fingieron un vago sonreír, como si no les importara lo que estaba sucediendo en aquella habitación y no entendieran que competían entre sí por averiguar quién de entre todos ellos estaba menos decrépito, conservaba mejor los recuerdos y merecía otra oportunidad en esa antesala de la muerte.

—El señor Jorge escribía sus propias poesías, ¿verdad? —intervino de repente la cuñada del hombre de gafas de concha—. Tiene unas poesías muy bonitas dedicadas a su mujer.

El rostro del señor Jorge recuperó algo del prestigio perdidotras confundir un velero bergantín con un barco benjamín. Sí, efectivamente, él escribía poemas para su esposa, para su Rosa María, nos dijo.

—¿Quiere usted oír una de mis poesías? —me preguntó el anciano.

Mi padre hizo de nuevo un gesto con la mano, para que corriera las cortinas, pero yo decidí darle una oportunidad al poema del anciano, incómodo por la altivez de mi padre, en la cual intuí reconocer la mía. Fue de las primeras veces que le desautoricé, y eso me hizo sentir bien y mal al mismo tiempo, libre y triste por la misma cosa.

El anciano recitó:

—Era un día de primavera soleado, me encontraba yo desamparado. Las flores se marchitaban, los pétalos no me querían, mi amor se marchaba, y yo allí, y mis sentimientos me confundían. Y entonces apareciste tú, mi Rosa María; apareciste tú y todo fue una repentina e inmensa alegría.

La mujer pequeña aplaudió y exclamó que el señor Jorge era todo un artista, el hombre tendido en la cama no movió ni un músculo, mi padre resopló, el poeta asintió con satisfacción, yo sonreí y fuera de la habitación se oyó el correr de los carritos de las enfermeras que pasaban a esa hora de la tarde a cambiar los pañales de los enfermos.

Mi padre, que se olió el momento, volvió a decirme que corriera la cortina y esta vez obedecí.

Como si se le acabara el tiempo, me contó en tropel que llegó a la estación y que no tuvo adónde ir, que anduvo por las calles de la gran ciudad buscando una pensión que le recomendó el Foroso, el primero del pueblo en emigrar a Barcelona. Me contó que se «pateó» las calles hasta conseguir un trabajo, que no ascendió, que no fue honesto, que recibió a aquellos de sus hermanos que siguieron sus pasos escapando del hambre, que fue operario en una fábrica, camarero en un cine, chico de los recados en un banco… Me susurró que conoció iglesias, burdeles y campos de fútbol. Me dijo que se cansó de la mala vida y se hizo viajante, que vendía escobas y fregonas a quien no tenía suelo que barrer o pasillos que fregar. Me contó que conoció a mi madre. Me contó que la invitó a bailar, que se casaron y que quiso ser feliz aunque ya no le importaba.

Afuera de la habitación se oyó más cercano el rodar del carrito con los pañales, la carcajada de una enfermera y la tos de un paciente sin nombre, solo síntomas: hombre que tose y escupe flemas con sangre en la habitación 306.

Mi padre me contó que empezamos a nacer, mi hermana y yo. Los que sobrevivimos y los que no, dijo. Y yo no entendí. Me contó que se cansó de querer ser feliz y que tuvo que robar a su familia para poder seguir adelante. Me contó que se iba de casa, pero que siempre volvía. Me dijo que conoció a otras mujeres y que hay cosas que no debía saber nadie más. Me confesó que se iba bien lejos y que cada vez tardaba más en volver: porque viajaba y tenía que completar otras vidas.

Me contó que uno se vuelve indiscreto cuando la mentira es ya una rutina y que no le importó. Papá me dijo que por la boca muere el pez y que solo se vive una vez. Me dijo que fue otros hombres en otros lugares y en la misma ciudad, mientras yo iba al colegio, sus hermanos le dejaban dinero y mi madre se recostaba en el sofá, con dos lunares en la frente y la cena preparada. Me contó que un día volvió a casa, lloró y se quedó para toda la vida: esperando la hora de cenar y que pasara el tiempo.

Así de cruel y sincero, como la vida misma, dijo papá.

Y me siguió hablando, describiendo su vida pero sin darme una explicación (tal vez porque no había ninguna), hasta que el carrito de los pañales se detuvo en la puerta de la habitación y una enfermera gorda y de enormes pechos entró y nos dijo a los no enfermos que teníamos que salir de allí.

Observé que en el carrito había dos bolsas colgando a los lados: una amarilla y otra blanca. Y ese olor nauseabundo y en círculo de los pañales: de cuando empieza la vida y de cuando asoma la muerte.

Finalmente, mi padre me dijo que me largara y yo le obedecí.

Sentado en una cafetería de Sheremetievo, con el número de teléfono aún en la pantalla de mi móvil, me vino a la cabeza un cortometraje que había visto en televisión hacía algunas madrugadas. Contaba la historia de un veinteañero sentenciado a vivir durante un tiempo indefinido en una residencia de ancianos sin saber qué delito ha cometido. Al principio, no quiere implicarse en la rutina del asilo e intenta huir repetidas veces. Sin embargo, un insoportable olor a heces lo detiene en la puerta cada vez que pone un pie en la calle. Así pues, no le queda más remedio que volver a entrar en la residencia, el único lugar donde, poco a poco, acaba por sentirse seguro, confundida su juventud con el pasar de los días en el asilo, donde juega a las cartas y al dominó, y le cambian el pañaltres veces al día.

Ahí acababa el corto: no había más explicación ni final. Solo un fundido a negro, pero su recuerdo me seguía tiempo después y me alcanzó en el aeropuerto de Moscú, donde le di vueltas al mensaje oculto que debía de haber tras aquel abrupto final.

Me dije que tal vez mi padre, con toda esa descripción de su vida, también había querido transmitirme un mensaje oculto. Pero ¿cuál?

Miré el reloj: no eran ni las tres y media de la mañana. Vi a una mujer de unos cincuenta años y a un adolescente sentados a una de las mesas de la cafetería. Ambos calzaban zapatillas deportivas: sin distinción de edad o género. Llamaron a un camarero que estaba limpiando el bar por zonas: cada poco, nos hacía mover de un sitio a otro, y nosotros obedecíamos. Le pidieron comida y bebida. Al poco, bebieron Coca-Cola y zumo. Minutos después, comieron pizza recalentada, espaguetis con salsa blanca y un trozo de pan ruso.

Tras los ventanales, seguía nevando y el frío se arrastraba con un viento helado que dejaba manchas blancas en los cristales. Me hipnotizó la imagen de la mujer y el adolescente masticando sonoramente de madrugada.

La madre (supuse) alargó la mano y con el puño cogió una porción de los espaguetis con salsa blanca del plato de su hijo y se los puso en el suyo. Yo abrí la boca, embobado, hasta que la mujer reparó en mí y me hizo un gesto con la mano.

Saqué mi portátil y fingí ponerme a trabajar en un libro que estaba corrigiendo, saltando de una historia a otra. Contaba la vida de unos extras que ruedan el final de una película antes que el principio. El fragmento que leí en la pantalla describía como una chica se levanta en el estrado de un tribunal y proclama que el jurado considera culpable a la acusada. La condenada llora y se mesa los cabellos. El director de la película grita «¡Corten!», y ahí acaba la escena. Ninguno de los extras sabe nada más del largometraje. Solo conocen su última imagen: una mujer condenada a cadena perpetua.

No saben de qué se la acusa, cómo se llama ni quién es.

Todo eso seguirá siendo un misterio hasta que el director concluya el montaje y todos aquellos extras paguen su correspondiente entrada para ver la película en el cine. Aunque también cabe la posibilidad de que el montaje nunca se complete por falta de presupuesto. O que, llegado el momento, los extras se olviden de la fecha del estreno. Quizá solo muchos años después descubran por qué aquella chica era culpable, cuando una noche de invierno vean esa vieja película por televisión. Lo averiguarían cuando ya no sirviera de nada darse cuenta de lo que había pasado.

Y pensé que siempre sucede lo mismo: uno se da cuenta de las cosas demasiado tarde. Y entonces acude la pregunta recurrente que dura una vida entera: ¿de qué no me estaré dando cuenta ahora mismo? Sucede hasta con lo más obvio. Es como en esa parábola que contaba David Foster Wallace en la que un pez viejo que está nadando tan tranquilamente por el océano se cruza con dos peces jóvenes y les pregunta: «¿Qué tal está el agua hoy, chicos?». Y los dos jóvenes asienten con una sonrisa, pero, cuando se alejan, uno de ellos le pregunta a su compañero: «Oye, ¿qué diablos es el agua?».

Cuando levanté la mirada del ordenador, la mujer y el adolescente habían desaparecido de la cafetería y una camarera recogía los platos de la mesa vacía. Por detrás, vi pasar a la chica de la melena de cuento de hadas, caminando decididamente por el vestíbulo.

Por un momento, me dejé mecer por la idea de que nuestra vida tal vez fuera una sucesión de escenas inconexas que ocultan un significado obvio que ignoramos: una chica de cuento de hadas deambulando de noche por un aeropuerto, una madre y su hijo engullendo comida con las manos sucias, un hombre abandonado, un joven condenado de por vida a una pena terrible sin motivo aparente. Como si todo aquello tuviera un sentido.

4

La chica de la melena de cuento se había maquillado: los labios de un intenso color carmín, las mejillas de un tono rosado que disimulaba la palidez primera de su rostro, sombra de ojos para sus ojeras. Al pasar por delante, me miró, pero yo fingí estar pensando en otra cosa.

Los soldados del ejército ruso seguían sentados en las mismas sillas que hacía unas horas; los mismos trajes de camuflaje y las mismas armas en las manos. Su imagen me transportó a otro mundo: un pasado de color sepia, de hoz y martillo. No se dirigían la palabra entre sí ni torcían el gesto una sola vez.

Sin embargo, cuando la chica pasó por delante de ellos, mis prejuicios volvieron a quebrarse: el más joven de los dos dibujó con los ojos una sonrisa e hizo ademán de levantarse. Con la mirada acompañó cada paso que ella dio hasta la cafetería donde yo estaba decidido a pasar las horas que me quedaban para regresar a Barcelona, una ciudad de la que nunca tuve ganas de marchar, pero a la que jamás quise regresar.

Se acomodó en el bar y pidió un café que le sirvieron al cabo de cinco minutos. En ese tiempo, el soldado había reunido el valor necesario para levantarse de su asiento y convencer a su compañero de que le dejara solo unos minutos. El otro lo miró avanzar hacia el bar con gesto frío: no movió ni una pestaña siguiendo esa historia de amor.

Yo estaba sentado a dos mesas de la chica y apuré mi botella de agua. Intenté no pensar en Masha, no recordarla en cada cosa que veía. Pero ¿cómo se hacía eso? No era tan sencillo. No entendía por qué estaba pasando esa noche absolutamente solo en el aeropuerto, se suponía que había hecho todo lo que había que hacer: había seguido el manual de instrucciones del perfecto amante punto por punto, había ido ensamblando el mueble de los corazones rotos pieza por pieza.

Había previsto infinidad de escenarios para la noche que me declarara a Masha. Yo sería el protagonista de todas las películas de amor: un paseo bajo la nieve, una cena romántica, dormir abrazados, cogerla de la mano, hablar del futuro y una canción.

Había previsto incluso una duda por su parte, quizá pasar la noche en un hotel solitario o vagando por las calles heladas a la espera de una respuesta. Yo sería el protagonista de todas las novelas de detectives: vaho de humo, tapas de alcantarilla, el sonido lejano de una sirena de policía.

Sin embargo, aquella noche los protagonistas de la historia de amor fueron otros.

—El próximo avión sale dentro de tres horas… A veces es tan testarudo… Deberíamos haber tomado el tren. Así te evitas problemas de última hora —dijo la chica de la melena, que jugueteó con su pelo, enredándoselo y desenredándoselo, dudando una y otra vez.

—Muchas veces, aunque tenga que venir a recoger a alguien al aeropuerto, utilizo el metro. Es una locura venir hasta aquí por carretera —coincidió el soldado ruso, que de repente soltó—: Me encanta cuando haces eso con el pelo. —Y sonrió.

Se miraron con complicidad.

—Gracias —dijo ella.

Él la observó con los ojos llenos y la sonrisa ocupándole el cuerpo entero. Se inclinó hacia la chica.

De repente, reparé en que estaba entendiendo lo que decían. ¿Tanto había progresado en mi conocimiento del ruso? Unos meses antes, había empezado a estudiarlo para darle una sorpresa a Masha y poder decirle en su propio idioma cuánto la quería. Paseaba los libros de iniciación al ruso por la ciudad y la gente los miraba con extrañeza. Ahora estaban apilados en las estanterías de mi piso, al lado de la ropa sucia y de unos métodos para aprender inglés, francés e italiano que resumían buena parte de mi biografía.

Presté atención al sonido de su conversación y me di cuenta de que mi ruso era tan pobre como siempre; lo que sucedía es que esos dos chicos estaban hablando en un inglés de pasillo de estación, repleto de palabras y frases que quien más quien menos podía entender: dónde está el lavabo; cuánto cuesta esto; mi profesor es alto; mi sastre es rico.

—No sabía si seguirle en su camino —dijo la chica, con un acento que no logré ubicar.

—¿Y por qué lo has hecho? Quiero decir, ¿por qué estás aquí esta noche? —preguntó el soldado ruso, cuyo acento no era ningún misterio. Alargó la mano hasta romper la barrera física y tocar el brazo de la chica—. No sé… Cuando te he visto pasar, casi no me lo podía creer. He pensado mucho en ti, en lo que pasó. Es que tú y yo teníamos una conexión muy especial, juntos podríamos hacer grandes cosas —añadió, y la sonrisa le achinó los ojos.

—No sé… Es complicado —respondió ella—. Lo que tú y yo tuvimos fue algo especial… Pero no sé… Con él es diferente…

—¿Diferente? —preguntó el soldado ruso, indignado—. ¿Es diferente estar con un viejo? —añadió, pero enseguida volvió a endulzar su inglés de aeropuerto—: Es que…, perdona, yo…, cuando estoy contigo… ¿Sabes? Me haces ver el mundo de otro color, me siento capaz de todo, haces que la vida sea un lugar en el que vivir, lleno de posibilidades —dijo ajustándose un par de veces su chaqueta de camuflaje.

—Me gusta que digas eso —respondió la chica, y sonrió.

—Tú y yo somos especiales —aseguró el soldado, moviendo nerviosamente sus botas militares, en cuyas suelas asomaban rastros de barro.

Ella bajó la mirada, pero él no apartó los ojos. Me incomodó su mirada penetrante e impúdica, como si intuyera que a esa historia de amor también se le iban a hacer polvo las alas en cualquier momento. Asimismo, me molestaron sus frases, que parecía haber heredado de otras conversaciones entre enamorados, de una novela o de la televisión: el mundo de otro color, somos especiales, he pensado mucho en ti.

Y una mierda, pensé, haciendo ademán de levantarme.

¿De dónde diablos habían sacado esa forma de hablar? Era tan repetida y formular que ya no era de nadie: ya no era un lenguaje real, protestó mi cabeza.

Me invadió una repentina tristeza por su vulgaridad y por el temor de encontrar en ella la mía, cuando el estruendo de una bandeja al chocar contra el suelo me distrajo. La camarera, una chica bajita y gorda que parecía proceder de algún país centroamericano, no se apresuró a recoger lo que se le había caído, tal vez porque todo adquiere una dimensión distinta a esa hora de la madrugada. Se movió con lentitud, desorden, caos, arrastrando unas zapatillas moradas con los cordones negros, como si también ella fuera una metáfora de algo.

Esbozó una sonrisa, que Dios nos bendiga, mientras seguía recogiendo trozos de tazas y platos rotos. Luego barrió los restos más pequeños con una escoba raída de color naranja. Aquellos colores en esa oscuridad resultaban desconcertantes. Durante esos instantes, nadie reparó en el soldado ruso y en la chica de la melena de cuento. Ella seguía hablando con unos susurros en los que no se podían distinguir palabras; él continuaba poseyéndola con la mirada.

La solidaridad que había despertado en mí cuando se había levantado de su guardia persiguiendo una historia de amor se evaporó cuando noté sus ojos pegados a ella y escuché sus palabras mil veces repetidas. Por otro lado, me pareció extraño que la chica estuviera hablando tan tranquilamente en esa cafetería con el soldado sin que el tipo que no llevaba sombrero de ala ancha diera señales de vida.

Aparté la mirada y busqué su rastro. Ni siquiera recordaba su cara: de qué color tenía los ojos, de qué tamaño era la nariz, si tiene la barbilla prominente o un hoyuelo. Sentí una punzada de culpa por haberlo convertido en un estereotipo y no haberle dado una oportunidad a su amor.

Sin embargo, ¿qué sentido tenía que hubiera viajado hasta Rusia para decirle a una mujer que la quería y que ahora estuviera pensando en un soldado, una chica de larga melena y un hombre sin sombrero de ala ancha? ¿De verdad estaba pasando la noche en un aeropuerto de Moscú? ¿No estaría, en realidad, tendido en mi cama de Barcelona soñando a pierna suelta?

Es algo que pasa en algunas películas. Una solución de emergencia para rehacer la trama. Y la vida era como una película, ¿no?

Tal vez un camión me había atropellado hacía unas horas y ahora estaba en coma en un hospital ruso, con Masha en la silla de al lado, velando por mí para que no me pasara nada malo. Quizá si alargaba mi mano en la cama del hospital podría tocar sus dedos y volver a la realidad.

O puede que todo aquello hubiera sucedido meses antes, cuando había decidido cambiar mi vida; tal vez entonces un coche de gran cilindrada o una motocicleta de vivos colores se me hubieran llevado por delante al cruzar la Gran Vía. Quizá fuera mi madre la que estaba sentada a mi lado en un hospital de Barcelona y en realidad Masha ni siquiera existía; tal vez solo había sido un sueño terrible, una pesadilla adictiva.

Quizá si alargaba la mano derecha podría volver a casa y recorrer de nuevo los dos lunares que mi madre tenía en la frente. Esos defectos de su piel que durante años me habían anclado al mundo.

5

Para mi madre todo tenía que estar bien. Cuidaba a la gente hasta el extremo de que esa misma gente acababa despreciándola, porque, si algo se torcía, la gran tentación era echarle la culpa a ella. Y mi madre lo aceptaba.

Tal vez por eso aquella noche de Sheremetievo pensé en llamarla.

Solo recuerdo dos veces en las que mi madre tuvo un comportamiento algo diferente, dos ocasiones en las que pude verla sin esa coraza de bondad que la separaba del mundo y que hacía que tuviera que salvar a todo bicho viviente.

La segunda fue en el funeral de mi abuela, que disfrutó de una vida larga, que tenía un reloj de pared de color rojo y que fue ayudante de la actriz de cabaré más famosa del momento, Amparito Sara, que aparece en la Wikipedia y a la que nadie recuerda. Mi abuela, que fue madre de dos hijos y siete sobrinos en la posguerra, cuando el hambre y las cuentas; una anciana que murió en un asilo, entre estampitas y pañales.

A los pies de su cama, encontramos unas zapatillas rosas con borlas, dispuestas simétricamente para cuando la abuela se levantara. El infinito inventario de los gestos inútiles: la comida en la nevera del suicida, el dinero en el banco del enfermo terminal, las zapatillas tan bien dispuestas de mi abuela muerta.

El día de su funeral, mi madre guardó la compostura en todo momento. Se mantuvo firme en su sentido papel de hija afligida, pero sin dejar escapar una sola lágrima. Habló con todos los que acudieron al velatorio. No dejó ni uno de ellos de tener la dosis adecuada de atención necesaria; ellos también serían protagonistas del funeral.

Solo cuando un empleado de los servicios fúnebres le dijo que quedaban cinco minutos para que se llevaran el cadáver de mi abuela a la capilla, dejó de atender a los invitados y pidió que la dejaran un rato a solas con su madre. Mano a mano. De viva a muerta.

Todos fuimos saliendo de la sala. Yo dejé pasar a aquella gente para quedarme cerca de mi madre en aquel último momento. A cierta distancia, la vi delante del ataúd, que le quedaba a la altura del pecho, como si el muerto estuviera ganando altura camino del más allá. Me di la vuelta para cerrar la puerta de la sala contigua. Mi madre apoyó las dos manos en el féretro; oí el sonido de un anillo y unas joyas arañando la superficie de madera oscura del ataúd.

Con paso sigiloso me aproximé a la puerta de la salita. Me sentía mal por espiar a mi propia madre, pero de ella había aprendido a no dejar sola a la gente cuando está triste. Vi su rostro desfigurado y su cuerpo encogido. Fabulé con la vieja idea de estar viendo a una niña pequeña encerrada en un cuerpo adulto, llorando ante el cadáver de su madre.

Tenía los ojos llorosos, el cuerpo minúsculo y arrastraba las manos por la superficie del ataúd. Mi primer impulso fue acercarme a su lado para ofrecerle un consuelo que me venía grande, pero también para evitar que acabara haciendo una ralladura en el féretro que al cabo de un par de horas sería asunto de las llamas. Pensé que nos había costado mucho dinero como para que se estropeara justo antes de arder. Una sonrisa en el rostro de mi madre me detuvo: se reía y lloraba al mismo tiempo.

—Cuando se muere tu madre, ya no te queda nada. No hay salida: te quedas sola en el mundo —me dijo—. Ya no hay remedio.

—Lo siento… —dije yo, porque no sabía qué decir.

—¿Sabes que tu abuelo se jugó a esta mujer en una timba de póker? —dijo señalando el cadáver de mi abuela—. Al abuelo le gustaba jugar, el riesgo… Era un gran hombre: yo lo quería mucho. ¿Sabes?, era de esos tipos que dan pinceladas por donde pasan, que no paran de hacer cosas y que a veces aciertan. Pero esa vez falló. No solo se jugó a su mujer en una partida de cartas, sino que la perdió. Me imagino la cara de tu abuela cuando aquel hombrecillo se presentó en casa reclamando lo que era suyo —añadió, y me fijé en el rostro amortajado de mi abuela, que fue camarera y lectora compulsiva de novelas de Corín Tellado—. Se lo había ganado en buena lid: un trío frente a una escalera de color.

—Ya…, lo sé… Creo que había escuchado esa historia alguna vez. ¿Por qué me lo cuentas ahora? —le pregunté.

—No lo sé. Tal vez para que te des cuenta de que una vez que tu madre se muere te quedas solo en la vida. Y también para que conozcas de dónde vienes. ¿Porque sabes qué hizo tu abuela entonces?

Me encogí de hombros: no tenía ni idea de cómo terminaba esa historia que contábamos cada Navidad; era como el Satisfaction de mi familia, una anécdota que se ha de contar cada año, porque, si no, el público asistente al concierto no se va contento a casa. Pero todos reparábamos solamente en los acordes iniciales de la canción: nos escandalizábamos por la zafiedad del abuelo, bromeábamos sobre el machismo en blanco y negro, incluso algunos apuntaban que por fortuna los tiempos habían cambiado. Sin embargo, el subidón que a todos nos procuraba reconocer los acordes del hit más popular en la familia (I can´t get no satisfaction) no nos dejaba oír el final de la pieza, que se perdía en las mismas palabras, en la euforia desmedida del público de siempre (Cause you see I’m on losing streak). Nunca a nadie se le ocurrió preguntar: «¿Y qué hiciste tú, abuelita?». Quizá porque nos parecía obvio y habían pasado tantos años y palabras por aquella anécdota que ya casi era solo un ruido de fondo.

—No, no lo sé. Nunca lo habéis contado —respondí finalmente.

—Supongo que todo el mundo piensa que le cerró la puerta en las narices o que esperó al abuelo con un cuchillo o una sartén en la mano, para atizarle bien fuerte. La abuela tuvo esa fama, ¿no? —Sonrió y soltó un poco de aire por la nariz—. Pero ¿sabes una cosa? Nadie tiene idea de nada. Y, bueno, tu abuela hizo lo que hizo. —Acarició el ataúd—. Aquel tipo bajito llevaba un traje gris y un sombrero de ala ancha. Era la moda de aquella época. Y una escalera de color es mucho mejor que un trío. Tu abuela lo sabía. —Se rio—. Así que mamá esperó a que papá volviera mientras el hombrecillo aguardaba sentado en el salón. Cuando papá llegó, ella cogió al hombre de la mano y se lo llevó a su cuarto. No sé si después hubo cuchillos o sartenes, eso nunca me lo dijo. Lo que sí me contó es que no fue el mejor sexo de su vida, pero tampoco el peor.

Mi madre se echó a reír, pero con la risa de otra mujer, de alguien que había olvidado que su obligación era salvarnos a todos. Alguien llamó a la salita y nos interrumpió: el tipo de la funeraria asomó su cabecita y nos miró desconcertado.

—Disculpen, si están listos, deberíamos preparar a su familiar: la ceremonia empezará dentro de diez minutos —dijo en voz baja, apestando a colonia.

No le hicimos ni caso.

—¿Disculpen? —insistió él.

Pero mi madre no le respondió; me miró como si ahora que se había quedado sola en el mundo hubiera llegado mi turno.

—Sí, creo que la abuela ya está preparada para su último viaje —dije al cabo de diez segundos, en una de las frases más estúpidas de todos los tiempos, que rematé con un infecto—: Es que siempre fue muy coqueta y me ha dicho que está muy pálida y que esa no es forma de presentarse en un funeral.

Mi madre abrió mucho los ojos ante mi estupidez, pero el tipo de la funeraria se echó a reír dándose palmadas en los muslos.

—Ja, ja, ja… Qué bueno, qué bueno… ¡Nunca lo había escuchado!

Tanto se rio que por un momento pensé que me estaba tomando el pelo, algo que siempre me pasa cuando alguien me elogia más de cinco segundos o se ríe demasiado de una de mis bromas. Creo que es una cosa que les pasa bastante a los virgos, que son perfeccionistas pero inseguros, serios pero irónicos, fieles pero desconfiados. Aunque eso, claro, lo averigüé muchos años después, cuando los días ciegos. El tipo siguió mirándonos con gesto divertido mientras nos acompañaba hasta la puerta de la salita; sin embargo, antes de despedirse dijo con tono serio:

—Bueno, es verdad que no somos nada.

Luego se despidió con una ligera reverencia.

Antes de salir de la habitación, mi madre me acarició el rostro y me dijo:

—Qué hombre más mala pata, ¿no?

Se encogió de hombros y me sonrió.

Al salir nos recibieron familiares y amigos, que se reían y que hablaban, rezagados camino de la ceremonia final de la vida de mi abuela, donde se cantó el Virolai, sonó una cantata de Bach y un cura nos dijo a los allí presentes que una vez que empieza la muerte comienza la verdadera vida.

La otra vez que mi madre no fue mi madre sucedió en una tarde de mi infancia. No recuerdo ni el año ni el mes ni las circunstancias. Solo me acuerdo de estar en mi cuarto. Era de noche y oí unos sollozos de hombre en el salón. Salí de mi habitación tras bajar lentamente el picaporte. Recorrí el largo pasillo que llevaba de mi habitación al comedor con las puntas de los pies acariciando las baldosas, como si fuera un personaje de dibujos animados: me imaginé llevando mis zapatillas con el logo de Bugs Bunny en la mano, siendo yo de colores más vivos y doblándome con las esquinas.

—Lo siento —dijo mi padre, que se sorbió la nariz—. Solo es que… Todos estos años… Sé que no me creerás, sé que no me lo merezco, pero quiero que sepas que eres muy importante para mí —añadió.

Asomé la cabeza por la rendija abierta, tan pequeña que temí que la pestaña de mi ojo derecho quedara seccionada si me aproximaba un poco más. Mi padre vestía un traje que le venía grande: había perdido peso y llevaba barba de unos cuantos días. Olía a tabaco negro y colonia barata.

Ambos estaban sentados en un espantoso sofá de flores naranjas que sobrevivió décadas en nuestra familia. Ambos me parecieron mayores, aunque aún eran jóvenes.

—¿A qué has venido? —le preguntó ella.

El rostro de mi padre se iluminó durante unos instantes.

—He venido porque quiero que estemos juntos. He comprendido qué es lo importante. He decidido cambiar…

—Con tanto cambio, al final no te vas a conocer ni tú mismo —le cortó ella—. Quizá tu estado normal sea el de estar en un perpetuo cambio. Quiero decir que tu quietud sea el cambio… —añadió mi madre. Se pasó la mano por el pelo, negro y largo por aquel entonces. Sus propias palabras la habían confundido—. Quizá sea la única manera en la que te encuentras seguro: sin estar quieto… Siempre con un montón de sombreros y queriendo tener un lugar de donde marcharte. A veces, me gustaría ser como tú.

Papá se removió en la punta del sofá y juntó las manos formando un ángulo, rogando sin darse cuenta.

—Comprendo que estés enfadada —empezó a decir él, que en realidad no comprendía nada—. Yo ya no soy el que era… Lo que ha sucedido… —intentó seguir.

Pero mi madre lo interrumpió con un gesto: levantó una mano, miró en mi dirección y se dirigió hacia la puerta del comedor. Yo y mi ojo derecho retrocedimos con la torpeza con la que el coyote huía de la trampa que él mismo le había tendido al correcaminos. Corrí hasta mi cuarto. Salté sobre la cama, me metí entre las sábanas y cerré los ojos bien fuerte.

Durante unos segundos, esperé que la puerta de mi cuarto se abriera y sentir la mirada censora de mi madre sobre mí: no estaba bien espiar a los demás.

Pero mi madre no me había seguido por el pasillo.

Finalmente, cuando ya me estaba quedando dormido, oí el sonido de la puerta de la casa al cerrarse. Abrí los ojos de par en par, intuyendo que mi padre había vuelto a marcharse de casa. Era algo que se estaba convirtiendo en una suerte de tradición del Baix Llobregat. Me incorporé un poco sobre la cama, esperando oír algo más: un ruido en la cocina, el familiar arrastrar de los pasos de mi madre por el salón, un interruptor que se apaga.

Sin embargo, cuando la puerta de mi habitación se abrió y vi encendida la luz del pasillo, quien estaba ahí era mi padre, con los ojos bien abiertos y apestando a sudor. Esperé un reproche, pero no dijo nada. Cerró la puerta del cuarto, y yo no volví a ver a mi madre hasta al cabo de dos semanas, cuando regresó para cuidarnos a todos y que todo fuera bien.

6

Me pidió perdón con la mano: anillo dorado, pelos negros y uñas mal recortadas.

Cuando la chica de la melena y el soldado ruso ya se habían ido de la cafetería, había empezado a caminar por los pasillos del aeropuerto sin rumbo fijo, hasta que me choqué con el hombre que no llevaba sombrero de ala ancha. Volví a no fijarme en su rostro: solo en su mano derecha y en sus zapatos. Tras topar con él agaché la vista inmediatamente, avergonzado por haber hurgado en su intimidad sin ni siquiera recordar su cara.

Me había levantado del asiento y había empezado a deambular. Debían de ser las cinco de la mañana. Me angustiaba pensar que a medida que pasaban las horas me hubiera ido separando más y más de la posibilidad de que mi gran viaje de amor tuviera un final feliz. Empezaba a tener claro que Masha estaría durmiendo plácidamente mientras yo tenía mis botas plantificadas en medio del insomnio del aeropuerto internacional de Sheremetievo, en pleno amor no correspondido.

No es lo mismo el desamor que el amor no correspondido. El primero tiene que ver con un material que se deshace lentamente, algo que se borra como una línea dibujada con tiza en la pizarra de una escuela: queda el rastro después de todos los borrados, pero cada vez más difuso y menos claro. El segundo, el amor no correspondido, traza la línea una y otra vez, cada vez con más fuerza, cada vez más clara la raya blanca sobre la superficie verde; esa línea que une los dos puntos y que no dejas de recorrer hasta casi horadar la superficie.

Y en eso andaba pensando, dándome importancia y revolcándome como un cochino en mi nostalgia, cuando me choqué con el hombre y sus zapatos.

La vida entera de alguien está en sus zapatos; suelen pasar desapercibidos, como lo sustancial. En las descripciones de los criminales jamás se habla de los zapatos. Suele hablarse del color del cabello, de la forma de la cara, del tamaño de los ojos. De la vestimenta, de si llevaba gafas o una gorra. Pero casi nunca de los zapatos. Y por tal razón allí debería buscarse una respuesta. ¿Cuántos crímenes se hubieran resuelto antes si el testigo de turno se hubiera fijado en el calzado y no tanto en lo más aparente? «Es culpable, señoría: llevaba unos zapatos marrones con unos cordones de color azul cielo». «Culpable: que le corten la cabeza». Y mazazo y a otra cosa.

Lo esencial radica en lo invisible. ¿No decía algo parecido Saint-Exupéry? Claro que él estrelló su avión en no se sabe dónde, quizá contra una montaña enorme que era lo opuesto a lo invisible, pero que sí que resultaba esencial.

Los zapatos del hombre sin sombrero de ala ancha eran negros, con un lazo estrictamente apretado en el centro. Rígido, el cordón era fino y tenía las puntas intactas; los extremos por donde a veces se escapa un hilo lo mantenían bien sujeto. Estaba todo atado y bien atado, me dije a mí mismo, al tiempo que intentaba averiguar algo de él a través de su calzado. Lo pulidos que estaban sus zapatos indicaban que, o bien eran nuevos, o bien los cuidaba mucho. Intenté ser listo, perspicaz y detectivesco.

Con la vista pegada al suelo, oí que el hombre tosió. En su tos no detecté ningún acento, ninguna peculiaridad que me dijera algo más de él.

—Excúseme —me dijo en un inglés que traduje inmediata y literalmente al español.

—No problema —le contesté yo mientras alzaba la cabeza para toparme con su rostro de cerca.

Sonreía, aunque no parecía estar riéndose de nada. Fue entonces cuando vi su mano peluda y un anillo que parecía de oro.

—¿Has perdido tú tu planeador? —me preguntó, poniendo a prueba mi inglés de aeropuerto.

—Sí, yo perder el planeador porque llegar tarde por cosas —le respondí, esbozando a mi vez una sonrisa boba.

El tipo asintió con la cabeza. En ese momento, hubiera sido perfecto que tuviera un sombrero de ala ancha, porque así se lo hubiera podido tocar con el dedo índice para despedirse cordialmente después de aquel intercambio en el lenguaje internacional auxiliar de compás de espera y pasillos de aeropuerto.

—Algo similar sucede a mí —dijo—. Yo tener esperar toda la noche por coger el próximo planeador. Es mejor a pagar otra noche en hotel.

—Sí, esto es la verdad —le respondí.

Y lo siguiente fue el silencio incómodo de la lengua internacional auxiliar cuando ya no tienes ganas de seguir tirando de los tópicos que se me pasaron por la cabeza en una sucesión fulgurante «Esto es frío», «Hay muy gente durmiendo hoy aquí», «Yo estoy español».

—Mi nombre es David. Bonito conocerte —dije finalmente.

Y el tipo asintió, como si ya lo supiera o como si le importara un bledo.

Seguimos sonriéndonos como dos bobos hasta que oímos, a cinco metros de distancia, un golpe seco. Un golpe que, tremendo y pastoril, pensé que sonaba como el ruido del amor no correspondido: seco, duro, indiferente. Sin embargo, aquel golpe había sido el sonido de un hombre muerto cayendo al suelo: seco, duro e indiferente.

El tipo que no llevaba sombrero de ala ancha se dio la vuelta con una cadencia robótica. Ambos nos acercamos a donde había caído el hombre y, para mi sorpresa, reconocí al instante de quién era ese cadáver.

7

—¿Sabes lo que es un cadáver? —me preguntó mi tío Jesús.

Yo, que sí lo sabía, porque a pesar de ser un crío ya había averiguado hacía tiempo qué era la muerte, porque sabía que la muerte era la no vida (pues así solían definirse las cosas y las personas, por su contrario, por lo que se descartaba), me encogí de hombros al intuir que aquella no era la respuesta que me iba a dar mi tío, que siempre me miraba con sus grandes gafas de sol, en las que podías ver reflejado tu propio rostro, amenazante y curvo.

—Pues viene del latín —dijo él con satisfacción mientras pulía un rayajo de su BMW, que era verde, tenía una banderita de España al lado de la matrícula y dos botines cántabros de imitación colgados del espejo interior del coche—. Del latín, como los niños —aclaró, y se rio, mi tío Jesús, que era el dueño de una funeraria que le pagaba esos coches y esas gafas de sol con las que podías ver el mundo y te veías a ti mismo desde una perspectiva completamente distinta: oscura y deforme—. Pues, según cuentan, la palabra «cadáver» surge de la unión de tres palabras, como la Trinidad, ya ves, niño. ¿Sabes qué tres palabras? ¿No? Caro data vernibus —dijo, arrastrando aquel latinajo como si estuviera descubriendo el milagro no revelado de Fátima—. Ca-dá-ver. Esto es, niño: carne dada a los gusanos —añadió, antes de escupir sobre la superficie de su cochazo para limpiar una mota de polvo casi invisible y olvidar toda erudición.

Y eso era un cadáver, algo que se daba a los gusanos; algo que en una acumulación perfecta y estudiada pagaba automóviles de importación; algo que te encontrabas tirado en el suelo de un aero­puerto del este de Europa cuando habías ido persiguiendo una historia de amor.

Reconocí el tono rojizo de su nariz. Sus ojos todavía dejaban intuir ese aire vidrioso que le debía de haber acompañado en los últimos tiempos: los tenía abiertos, como si la muerte aún pudiera pillar por sorpresa a alguien. Hacía unas horas aquel hombre me había recordado cómo podía ser de terca la realidad. Yo, que me creía un Romeo redivivo, había recordado gracias al aliento de un hombre muerto que era un estúpido.

—¿Qué pasar? —le pregunté al hombre que no llevaba sombrero de ala ancha cuando llegué a su altura.

Pero no necesitaba respuesta. Un muerto. Pasaba un muerto, que es casi todo lo que puede pasar en esta vida.

—Este hombre ser muerto —me respondió él con la mirada fija en el tipo que hacía unas horas había soltado sobre mí su aliento de vodka.

Enseguida apareció más gente alrededor del cadáver, un montón de personas que se apelotonaron a mi espalda y frente a mis ojos. Los cuchicheos se agolparon a nuestro alrededor en varios idiomas: ruso, inglés, francés, italiano, chino y algún otro que no supe reconocer. El español sonaba solo en mi cabeza, completamente aislado en el este de Europa.

El hombre que había vertido hacía unas horas la cruda realidad frente a mi cara de cordero degollado yacía a nuestros pies, como un charco que todos mirábamos sin atrevernos a cruzar por encima de él, por si salpicaba y nos mojábamos de arriba abajo, irremediablemente.

El murmullo fue creciendo, aunque yo permanecí en silencio. ¿Qué se podía decir delante de un hombre muerto que hacía apenas unas horas te había enseñado lo último que habías aprendido y lo primero que olvidarías? Otra vez comencé a pensar que todo hablaba de mí: las voces, las canciones, las miradas… Hasta los muertos hablaban de mí.

Un sonido gutural cortó poco a poco el murmullo de la gente. Cuando se hizo más evidente, arrancó de cuajo el ruido de las voces. Uno de los guardias, el más veterano, había empezado a gritar en ruso, tal vez a hablar en ruso, pero, como yo mismo había aprendido en la última semana, el ruso es un idioma que suena áspero y a gritos hasta cuando dices «te quiero».

Se había formado un círculo alrededor del muerto. En el centro: el cadáver, el soldado veterano y el soldado más joven. Era como si cada uno ocupara una posición estratégica en un escenario. Se me pasó por la cabeza que en cualquier momento el muerto se levantaría con un movimiento rítmico, saltaría por encima de los soldados y los tres empezarían a bailar al sonido de una kalinka.

Los espectadores, asombrados, romperían a dar palmas y sonreirían aliviados. Al terminar la actuación, el soldado más joven pasaría su gorro ruso, su ushanka, por entre el público, que iría dejando allí rublos, euros, dólares, yenes.

Pero no fue así.

El soldado joven acercó su oreja al pecho del muerto. Luego, el rostro a la cara. A continuación, pasó la mano sobre sus ojos, que se cerraron por última vez.

—Él ser muerto —dijo el hombre que no llevaba sombrero de ala ancha antes de salir del círculo que rodeaba al cadáver.

Fue el único que se alejó de aquel espectáculo. Los demás seguimos allí embobados con la escena. Podría habérsele tomado por un asesino que se recrea un momento en su víctima y después desaparece discretamente del lugar del crimen. Pero, como aquello era la realidad, supuse que era más bien como la famosa frase de los diarios de Kafka: «Esta mañana, Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar». Me di la vuelta y me lo encontré sentado en una silla: otra vez esperando el próximo avión que lo alejara de aquel lugar, con un vaso en una mano y un periódico en la otra.

Al cabo de un rato, cuando se había renovado aquel cuchicheo de voces (inglés, ruso, italiano, francés, chino…), aparecieron dos hombres vestidos con unos anoraks fosforitos y una camilla plegada entre las manos. En el ínterin, los dos soldados, con sus rifles en los hombros, habían comenzado a hablar con aire despreocupado. Lo hacía sobre todo el más veterano; el más joven se dedicaba a asentir y a pasear la mirada buscando algo que le interesaba más que las palabras de su compañero.

La gente aumentó el volumen de sus conversaciones: hubo quien incluso se rio; hubo otros que miraron sus teléfonos móviles; hubo gente que sacó unas fotos perfectas, a las que les pasaron ciertos filtros para amortiguar la luz demasiado intensa del lugar; un hombre tosió; una mujer cogió la mano de una anciana; un chico joven se sacó una espinilla que le había crecido cerca del labio.

Me estremeció la idea de que todos nosotros, al cabo de unos minutos, fuéramos como la frase del diario de Kafka: «Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde, me reí, miré mi teléfono, me hice una fotografía y filtré la luz, tosí, cogí la mano de una anciana, me saqué una espinilla muy molesta que me había crecido cerca del labio».

Un hombre ha muerto en el aeropuerto internacional de Sheremetievo.

Por la tarde fui a nadar.

Los enfermeros comprobaron de nuevo el pulso del cadáver. Y otra vez, como en la vida, lo que faltaba dijo todo lo que había que decir.

Obraron en silencio e intercambiaron tres o cuatro comentarios con los soldados. Al cabo de unos minutos, sacaron una bolsa de color negro que extendieron al lado del cadáver. El soldado más joven le enseñó a uno de los enfermeros una cartera raída que había extraído del interior de la chaqueta del muerto.

Apenas me había fijado en nada más que en su hedor a vodka y en sus ojos vidriosos. Ni siquiera me había planteado que pudiera tener un nombre. Había inferido automáticamente que estaba allí como algo que formaba parte del paisaje, como los bancos marrones o las cafeterías que abrían toda la noche. Simplemente, el típico borracho ruso vagabundo que se protege de la nieve en el interior de un lugar de paso. Hay gente que es solo el lugar que habita, pensé.

Me reproché por no haberme fijado mejor en él. Enseguida empatizaba con los perdedores y los versos sueltos, pero no lo había hecho con ese hombre. ¿Tan importante era su hedor? ¿Tan sumido estaba en mi fallida historia de amor? ¿Acaso me creía mejor que aquel tipo, que, como yo, se había extraviado esa noche en el aeropuerto de Moscú? Por ejemplo, una vez más, ¿cómo eran sus zapatos? ¿Por qué no me fijaba más en esos detalles?

Al final, lo subieron a la camilla, que se elevó sobre unas patas al cabo de un instante. Con el cadáver cubierto por la bolsa de plástico, los cuatro hombres (los soldados y los enfermeros) intercambiaron unas palabras que no fueron más que sonidos para mí. Presté atención para ver si comprendía algo, alguna palabra cazada al vuelo que recordara del poco ruso que había aprendido en los últimos días. Sin embargo, desgraciadamente, no dijeron nada que tuviera que ver con el amor, la belleza de tus ojos o tu forma de sonreír.

Me hubiera gustado saber de qué había muerto exactamente aquel hombre. Si había sido un infarto de miocardio o si había tropezado y se había golpeado contra el suelo de forma fatal; sin más: solo porque estaba borracho como una cuba y no se había tenido en pie. Pero el lenguaje y el idioma son los límites.

Me acerqué con cautela hacia donde los cuatro hombres seguían charlando. No parecían tener ninguna prisa por llevarse el cadáver.

Una vez que habían tapado el cuerpo con el plástico negro, la gente que pasaba aquella noche en el aeropuerto se había ido dispersando, de vuelta a sus maletas o a los bancos que ocupaban de tres en tres para tumbarse y echar una cabezada.

Carraspeé un par de veces para llamar la atención de los hombres. Uno de los enfermeros tenía una mano apoyada en la camilla, junto a la pierna derecha del cadáver.

Mirado con cierta perspectiva, no sé por qué lo hice. Y, sin embargo, yo, que no hablo por no molestar, no tuve otra idea que decir en voz alta con mi inglés de aeropuerto:

—¿Qué suceder? ¿Por qué morir el hombre? Este hombre. —Y señalé el cadáver.

Los cuatro tipos me observaron con cara de sorpresa y de los pocos amigos que uno puede tener cuando está trabajando a las cinco de la mañana recogiendo cadáveres. No miré mucho a los enfermeros, pues los sentía más lejanos que a los soldados, a los que había espiado en las últimas horas. Aunque ellos no eran conscientes, yo ya sabía muchas cosas de sus vidas (si bien es cierto que no eran más que conjeturas, pero ¿qué es todo lo que sabemos?). No podía considerarlos unos completos desconocidos, en especial al soldado más joven.

—Muerto hombre —me respondió el soldado veterano, con ese tono seco tan ruso que servía para decirlo todo: «eres lo más importante en mi vida; te quiero; los guisantes están sobre la encimera; quédate conmigo para siempre; el coche se ha averiado»—. Demasiado beber, incluso para un ruso.

Todos sonrieron, aunque ninguno se rio.

—¿Ser un hombre que vivir aquí? —preguntó uno de los enfermeros: pálido y flaco, con gafas y pelo moreno, con la cara chupada, la nariz morcillona.

Le agradecí la deferencia de hacerlo en inglés de pasillo de aero­puerto, para que fuéramos cinco, en lugar de que fueran cuatro.

—Ser usual del aeropuerto. A veces, cuando era frío, nosotros permitir que él dormir aquí. Solo haber una condición: no molestar los pasajeros. Y solo en la noche.

—Bueno, ahora no molestar más, este hombre —dijo el otro enfermero, el que tenía la mano apoyada en la camilla. Llevaba un gran anillo en su dedo anular, uno de esos con un sello de extraño dibujo. Alto, rubio, pálido, con una barba pelirroja poco convincente, añadió—: Ahora no más beber.

Todos volvieron a sonreír. Hasta mis labios se dejaron arrastrar por la sonrisa compartida.

—¿Qué es su nombre? El nombre del muerto hombre —pregunté.

El soldado me miró de arriba abajo, esta vez prestándome más atención, como si se fijara más en los detalles de aquel turista de paso en sus dominios. ¿Repararía en mis botas para la nieve? ¿En que podía sumergirlas en un cubo de agua sin que se mojasen, tal y como me había explicado la dependienta de la zapatería del paseo de Gracia donde me las había comprado?

Al sentirme observado de ese modo, me di cuenta de que para él aquel no-lugar sería como el despacho de mi casa para mí: el sitio donde me pasaba horas leyendo textos que habían escrito otros; a veces, tachándolos y destrozándolos; en ocasiones, acompañándolos en su vago caminar hasta el estante provisional de una pequeña librería, dispuestos la mayoría a criar polvo o a pasar desapercibidos hasta ser guillotinados en una nave industrial de la periferia. Y así, para el soldado veterano, yo debía de ser como un libro guillotinado que se pusiera a hacer preguntas en plena noche.

—Su nombre es Valeri —respondió finalmente uno de los enfermeros, al tiempo que agitaba la cartera del muerto, atada con un viejo cordel—. Él tener treinta y siete años.

8

Nadie dijo lo que resultaba obvio: era imposible que ese hombre tuviera menos de sesenta años.

Nos quedamos en silencio, mirándonos los unos a los otros, hasta que el soldado veterano le dijo algo a su compañero, que abandonó la escena tras lanzarme una breve mirada que no supe cómo diantres interpretar. Tal vez se hubiera dado cuenta de que le había estado espiando. O puede que le llamara la atención que un best-seller de tres al cuarto a punto de ser descatalogado le estuviera hablando en su propio despacho en un idioma que no era tal. O quizá sucedía que habían reparado en que, a pesar de que un borracho había muerto, ellos debían seguir protegiéndonos del terrorismo internacional.

—Bueno, nosotros ir. Nosotros tener que coger este muerto hombre a la… —apuntó el enfermero, y finalizó la frase con una palabra en ruso que no pude entender, pues no tenía nada que ver con en tus ojos azules se puede ver el mar.

—Sí —dijo en ruso el soldado veterano. Tras hacer una pausa algo teatral, añadió en el inglés de nadie y clavándome la mirada—: Es mejor que cada uno vaya atrás a su sitio.

—Sí —coincidió el enfermero de los pelos negros en los dedos—. Esto es hora.

Los enfermeros se dieron la mano con el soldado y se colgaron sus maletines de primeros auxilios al hombro.

—¿Y los calcetines? —pregunté entonces, cuando los tres hombres ya me habían empezado a dar por descartado.

—¿En shock? —dijo el enfermero de la nariz morcillona—. ¿Qué quieres tú significar? ¿Quién es con shock?

—No, no, no shock. Yo quiero significar «zapatos» —aclaré, esta vez pronunciando mejor la palabra en inglés.

El soldado negó con la cabeza.

Sin necesidad de recurrir a un idioma parcialmente compartido, suspiró y se fue de allí: otro loco que andaba suelto por aquel sitio de paso. Tal vez cuando llegara a casa se lo contaría a su mujer: esta noche, en el aeropuerto, había un hombre muerto y un tipo que preguntaba por calcetines y zapatos.

El enfermero del sello dorado sonrió para sí.

—¿Zapatos? —dijo.

—Sí, zapatos —contesté

—¿Qué pasar con zapatos? —intervino el de la nariz morcillona.

—¿Cómo ser los zapatos? Los zapatos del muerto hombre —insistí.

—¿Por qué? —me preguntó el del sello dorado—. ¿Por qué tú querer saber esta cosa?

No supe muy bien qué responder, por lo que me limité a encogerme de hombros. Uno a veces quiere saber cosas solo por saberlas, ¿no? Por curiosidad humana pura y dura, porque es mejor saber que no saber, quise decirles.

El enfermero de cara pálida correspondió a mi gesto con uno igual: se encogió de hombros. Su compañero negó con la cabeza: un turno difícil y con ese frío. Y aún tendrían que darparte a la policía, llevar el cadáver al depósito, hacer un informe, hablar con el forense sobre cómo había muerto un hombre en el aeropuerto…, o vete a saber cómo funcionaban esas cosas en Moscú. Papeleo y más papeleo, y se acercaba la hora de desayunar.

—Yo también mirar los zapatos antes —dijo el enfermero amable—. Ser curioso, esto es la verdad.

Me observó y luego buscó con la mirada la complicidad de su compañero. Se dijeron algo en ruso, pero de nuevo no pude entender una palabra, nada de quédate conmigo para siempre. El enfermero del sello dorado hizo un gesto con la mano, levantándola hacia arriba, como un yo no quiero saber nada.

Su compañero le sonrió. Estiró hacia abajo el labio inferior, curvándolo ligeramente hacia la izquierda, abrió mucho los ojos y levantó las cejas al tiempo que hacía más estrecha su nariz. Todo un dispendio gestual que pretendía justificar lo que hizo a continuación.

Me indicó con la mano que le siguiera hasta la zona de los ascensores. Nos colocamos delante del cadáver, envuelto en la bolsa de plástico negro. Durante unos instantes, por fin me di cuenta de que todo aquello era un poco extraño. Pero las cosas siempre son raras a las cinco de la mañana.

—Vámonos a ver —dijo el enfermero de rostro pálido, rompiendo por fin el silencio en el que habíamos permanecido los últimos minutos, mientras él empujaba la camilla hasta allí y su compañero caminaba detrás de nosotros, a cierta distancia—. Esto es curiosidad —añadió, y me sonrió.

—Sí, por supuesto. Esto es solo la curiosidad —coincidí yo.

Me hubiera gustado añadir algo original, tal vez alguna cosa acerca de lo que sabía de los cadáveres, esa historia de los gusanos y de mi tío Jesús, por ejemplo, pero no recordaba cuál era la palabra inglesa para «gusanos». ¿Era «verruga»? ¿Era «caliente»? ¿Era «guerra»?

El tipo se acercó al cadáver y empezó a bajar lenta y teatralmente la cremallera del plástico negro que lo cubría.

Entonces vi su rostro. Vi la ropa deportiva que llevaba por encima de la cintura; el pantalón de pana que vestía por debajo, sin cinturón. Y por fin sus zapatos, la última cosa que me había permitido no pensar en por qué estaba pasando solo aquella noche en el aeropuerto internacional de Sheremetievo.

El enfermero del rostro pálido dijo algo y sonrió.

Su compañero le acompañó en el gesto.

Más palabras en ruso.

Me fijé en el calzado del cadáver antes de que cerraran de nuevo la cremallera y los enfermeros se fueran de allí, dejándome otra vez solo, pensando en por qué le daba tanta importancia a que, la noche que debía ser la más bonita de mi vida, un hombre muerto que hacía unas horas había echado su aliento a vodka sobre mi rostro de cordero degollado vistiera unos mocasines de color marrón.

9

—¿Conoces la historia de Psaménito, rey de Egipto? —me preguntó Maria Elena, dicho a la italiana, con acento en la primera «e».

—Me suena de algo, pero no sé de qué. Puede que la leyera hace algún tiempo —respondí, un poco porque era posible que así fuera, un poco para cubrirme las espaldas y disimular mi ignorancia—. Ya sabes…, últimamente mi memoria es como el olvido. Eso y que empieza a hacer demasiado tiempo de algunas cosas… y de libros que leí.

—Empezamos a ser unos viejos, ¿no? —dijo ella, y me la imaginé levantando las cejas como hacía quince años, cuando la conocí—. Lo cuenta Montaigne al principio de sus Ensayos. Estoy preparando una clase sobre él; tampoco te creas que lo sé por otra cosa —mintió—. Psaménito fue apresado por Cambises, rey de los persas. Al poco de estar recluido, vio pasar por delante de él a su hija, a la que habían convertido en una criada; la habían enviado a por agua y caminaba con la cabeza gacha y con los vestidos propios de una esclava. El rey se mantuvo firme, sin hacer demostración alguna de su dolor; por el contrario, sus amigos se echaron a gemir y a gritar por la humillación. Poco después, Psaménito vio pasar a su hijo, a quien conducían al patíbulo, donde lo ejecutaron. Pero él mantuvo la misma actitud: flemático, como si cualquier dolor que pudieran infligirle fuera insuficiente. Sin embargo, al cabo de unos días, desfiló ante él uno de sus soldados hecho prisionero. Y entonces el rey se echó a llorar con desesperación: mesándose los cabellos, gimiendo de pena, gritando fuera de sí.

—Estoy un poco espeso, Maria Elena —respondí—. Son las cinco de la mañana —añadí sin mirar el reloj.

Ella se rio al otro lado del teléfono, a siete mil quinientos kilómetros de distancia, tres años después de que la hubiera visto por última vez.

—Quiero decir que estás fijándote en el dedo, querido catalán. —Y otra vez imaginé su sonrisa—. En realidad, que estés pasando esta noche en el aeropuerto de Moscú (a quién se le ocurre, David) solo es la punta del iceberg. —Dijo la última palabra en inglés, en cursiva.

—No sé… Es complicado…

—Todo es complicado, ¿no? ¿Por qué crees que se echó a llorar Psaménito? ¿Por que habían hecho prisionero a su soldado? ¿O por que violarían infinidad de veces a su propia hija (ahora una vulgar criada)? ¿O por que habían matado a su hijo? ¿Tal vez por que le habían arrebatado todo su poder?

—¿Por todo?

—Bueno, por todo, sí, claro —me respondió con algo de impaciencia, dejando escapar su acento italiano por primera vez—. Pero lo del soldado solo fue la gota que rebasó el vaso, ¿no? ¿Se dice así en español?

—Sí, que colmó el vaso —la corregí.

—Pues eso. Le importaba una mierda la vida de ese soldado. ¿Cómo le va a importar a un rey que un súbdito cualquiera viva hoy o muera mañana? Lo del dedo, Davide. Perdona que te diga alto tan obvio, pero no hay que mirar solo el dedo. Se necesita estar atento a la dirección que te señala. ¿No te parece?

Por delante de mí, vi pasar a la chica de la melena de cuento, justo por donde me había imaginado que señalaba el dedo de Maria Elena. Estaba buscando con la mirada a alguien. En una mano llevaba el pasaporte, en la otra, la maleta de color calabaza. ¿Qué hora era ya?

—Además, ¿qué es esa historia de los zapatos de un cadáver? —añadió Maria Elena.

—Nada, es lo que te he dicho. Necesitaba contárselo a alguien —me justifiqué—. Un hombre se ha desplomado en mitad del aero­puerto. Creo que era un homeless que pasaba tiempo aquí. Me ha parecido como esa gente que existe solo como una forma del paisaje. Está el borracho del barrio, el tonto del pueblo, el listillo de la oficina… Y aquí, por lo que parece, estaba el borracho del aeropuerto.

—Ya… Suena poco ruso que dejen pasear a un homeless como si tal cosa por el aeropuerto. Los espías como tú podrían informar de algo así y darles mala publicidad —bromeó.

—Sí, es un poco raro —respondí, ajeno a su ironía—. Y, además, llevaba mocasines. Eso sería más para el verano. ¿No te parece extraño?

Se hizo el silencio. Me la imaginé poniendo cara de impaciencia, tan lejos y tan cerca como siempre la había sentido.

—Tú creías en los horóscopos y toda esa mierda, ¿no? —añadí entonces.

Cuando hablaba con Maria Elena, cada poco salía esa palabra: «mierda». Quizá porque durante años tuvimos el sueño de irnos juntos a la mierda, o eso nos decíamos: lejos, donde nadie nos conociera, donde pudiéramos hacer de todo sin que a nadie le importara lo más mínimo, ni siquiera a nosotros mismos (sobre todo a nosotros mismos); una playa semidesierta, una gran ciudad extranjera con cláxones y contaminación, la falda de una montaña. A la mierda podía ser a cualquier parte. Sin embargo, finalmente, lo más parecido a eso que sucedió fue que lo nuestro, si es que alguna vez había existido, se fuese justo ahí: a la mierda.

—Si lo dices de ese modo…, no, desde luego. Pero en algo hay que creer, querido. Mírate a ti: durmiendo en el aeropuerto de Moscú. Y supongo que eso es porque crees en algo, ¿no?

—No sé si es lo mismo. No es que yo siguiera algún designio superior o que las cartas me dijeran que tenía que coger un avión y decirle a una mujer que la quiero o algo así. Simplemente, se hace.

—Es tan impropio de ti, catalán —dijo Maria Elena tras resoplar.

—¿El qué?

Unos años atrás, había estado a punto de realizar un viaje así por ella, pero cuando llegó el momento cogí otro avión. Y cuando quise rectificar, ya fue demasiado tarde.

Siempre había tenido la ridícula pretensión de pedirle perdón por aquello. Posiblemente, un gesto de amor así por Maria Elena no hubiera llegado a nada más que a «La noche en que le dije a la mujer a la que amaba que quería pasar el resto de mi vida a su lado, dormí toda la noche en una estación de tren del centro de Italia». Sin embargo, Maria Elena siempre me había parecido la mujer perfecta y pensaba que se merecía que algún idiota como yo hiciera eso por ella. Me parecía inteligente, divertida, guapa, buena. Quizá, bien pensado, por eso nunca había cogido ese avión, precisamente porque Maria Elena me parecía perfecta y estaba íntimamente convencido de que un tipo como yo no la merecía.

—¿El qué? —me imitó—. Pues eso: que es impropio de ti hacer estas cosas. Pero, bueno, sea como sea…, mira: yo no digo que todo esté escrito, solo que a veces me parece que hay cosas que influyen, cosas que no controlamos. Si no, ¿cómo explicas lo de mi madre? —preguntó.

—¿Qué le ha pasado a tu madre?

—No, nada, está bien. Dentro de lo que cabe, ella es feliz como quien lo sabe ser. Es otra cosa.

Maria Elena tosió a siete mil quinientos kilómetros de distancia. En Nueva York debían de ser casi las diez de la noche. Me la imaginé con una copa de vino en una mano, las gafas puestas y libros en varios idiomas desperdigados encima de una mesa de madera. A veces imagino clichés que me hacen feliz.

—Ayer hablé con ella y me contó un sueño que tuvo —continuó—. Dice que se fue a dormir y que, nada más cerrar los ojos, empezaron a desfilar por su mente todas las personas que conocía de su viejo pueblo: mis tíos, mis primos, el vecino de al lado, el que hace quesos… Todos menos una persona: Lucrezia, cuya hermana había muerto hacía unos días. Mi madre se despertó de golpe y pensó que debía llamar a mi tía para pedirle el teléfono de Lucrezia, para poder darle el pésame. ¿Y sabes qué pasó?

—¿Qué?

—Pues que al día siguiente llamó a su hermana para pedirle el teléfono de Lucrezia, pero mi tía le dijo que Lucrezia, la hermana de Francesca, la única que no había aparecido en su sueño, había muerto hacía unas horas.

Los bancos que hacía un rato estaban ocupados por pasajeros esperando medio dormidos la salida de su avión estaban vacíos. Se respiraba un aire diferente. Había más gente de pie y la primera luz del día se abría paso entre la nieve del exterior. Sentí una punzada de angustia. Algo parecido a la nostalgia por venir. Me empezaba a separar irremediablemente de mi noche de amor y, francamente, me importaba un carajo aquella nueva historia.

—Tal vez fuera intuición. —le dije.

—Puede ser eso, o puede ser algo que no se controla, tal vez sea una lección de humildad. Nos creemos capaces de manejarlo todo, sentimos que podemos controlarlo todo, pero no controlamos nada. Tal vez haya cosas que no dependen solo de uno: de tomar una decisión o la contraria. Llámalo cómo quieras, pero creo que hay cosas que se escapan de nuestra competencia. Simplemente, vienen y se van.

—¿Quieres decirme que coja inmediatamente el próximo avión a Barcelona y me largue de aquí?

—Yo no sé qué quiero decir, Davide —dijo, y soltó un suspiro—. Mira, has hecho lo que has podido…, pero a mí no me pinta nada bien. Cierto día recibes un mensaje de una mujer a la que dices querer en el que ella te insiste en que no le hables más, y ya no hay más explicación. Y sé que hay una pulsión interna por descubrir cualquier misterio que nos asalta, pero a veces es mejor no conocer la verdad, ¿sabes?, no vaya a ser que toda la épica se vaya a la mierda. No sé… En todo caso, con esa carta de mentira, que ni siquiera puedes tocar, con ese e-mail que no deja rastro alguno, que no huele a nada (no la puedes arrugar y hacer una bola de ella, no puedes pintar un corazón encima ni quemarla para ver cómo se deshacen las palabras), tú coges un avión, atraviesas toda Europa en pleno invierno para decirle a esa mujer, en fondo una desconocida, que no, que no te conformas, que no te rindes, que has ido a llevarle a la mismita puerta de su casa una historia de amor. Para que comprenda de una vez por todas qué es el amor. ¿Y qué hace ella?

—¿Qué hace?

—Deja que duermas toda la noche en el aeropuerto.

—Bueno, más o menos.

—Ya, esa es la historia que tú quieres vender. Lo sé. Entiendo que todos necesitamos darle cierta épica a nuestra vida. Eso lo hace todo más digno y llevadero. Puede justificar cualquier fracaso… Como si el fracaso tuviera que justificarse. Como si vivir no implicara fracasar. Hay que saber perder, catalán. Porque la vida siempre te derrota. Cada día luchas por no morir, pero, al final, tarde o temprano, mueres: pierdes. Después está toda esa basura de la «filosofía» del no rendirte nunca, de pensar que todo es posible. Pero el mundo es un lugar injusto en el que siempre se pierde.

—No sé si es una cuestión de justicia —repliqué, casi como una prueba de vida, para dejar claro que seguía allí y la escuchaba.

—Resulta que vivimos en un universo que se expande, en el que brillan unas estrellas que llevan miles de años muertas, en un caos agónico al que, a pesar de todo, intentamos dar orden. ¿Y sabes por qué?

—¿Porque somos unos románticos, Maria Elena?

—Y unos nostálgicos. Echamos de menos la época en la que el mundo tenía sentido, en la que podíamos entender las cosas que sucedían. Un tiempo en el que había suficiente con el misterio no revelado. Pero, malas noticias, querido, ese mundo explotó: se vino abajo hace muchos muchos años. Se fue donde tú y yo sabemos.

«A la mierda», dijimos los dos a la vez.

Oí el correr de una persiana metálica, vi a una pareja de turistas franceses que dormían en un banco contiguo al mío e imaginé a Maria Elena Padovani a siete mil quinientos kilómetros de distancia andando por su pequeño apartamento de Nueva York.

Después de que se hubieran llevado el cadáver de los mocasines marrones, me había sentado cerca de los paneles que anunciaban las salidas de los próximos vuelos. Unas horas y abandonaría esa ciudad. Nada se acaba del todo, nunca, pero un rastro de sequedad en la boca me advirtió de que si no se terminaba sí que palidecía hasta casi no verse. A mi gran viaje de amor se le empezaban a ver las costuras como a un texto improvisado que no ha pasado por las manos de un editor: con personajes de mentira, con frases que pesan como piedras de mil kilos, con un largo y desmedido etcétera.

Entonces, cuando los enfermeros se habían ido con el cadáver, cuando no vi a los guardias con sus trajes de camuflaje ni pude espiar la conversación de una chica con una melena de cuento, cuando la realidad me golpeó solo en un banco de un aeropuerto lejano, volví a sentirme como un verso suelto que alguien había escupido al suelo con desprecio.

Volví a preguntarme entonces qué diablos hacía allí aquella noche, y cuando sentí que nada tenía sentido, pensé en Maria Elena. Regresé a ella, como siempre.

10

—¿Se te ocurre alguna idea para curar el mal de amor? —me había dicho Maria Elena al poco tiempo de que empezáramos a hablar aquella noche, entre Moscú y Nueva York.

Se me pasaron por la cabeza una sucesión de respuestas soeces. En la facultad, en su año de Erasmus, habíamos asistido juntos a una clase que tenía el sugerente nombre de «La enfermedad de amor». Versaba sobre poesía medieval y textos médicos que explicaban los síntomas del mal de amor, y acerca de cuáles eran los remedios que se aplicaban para su curación. Había sangrías, ungüentos e invocaciones. Había nombres y conceptos desordenados en mi memoria: Arnau de Vilanova, cancioneros o absentia amantis, y el recuerdo del profesor que impartía aquella asignatura: la imagen menos erótica del difunto imperio de Occidente. Bienvenido Ahrens tenía unos sesenta años, el pelo cano y gafas de concha. Parecía estar burlándose de sí mismo y de todos nosotros, desafiando su discurso con su imagen. Si supiera a qué huele exactamente la naftalina, diría sin miedo al tópico que aquel hombre nos hablaba de vulvas, versos y humores oliendo a naftalina. Él también había sido la cruda realidad.

—No me irás a decir tú también lo de que con un clavo se quita otro clavo —le respondí.

—¿Qué clavo?

—Es una cosa que se dice en español —aclaré—. Te puedes imaginar a qué me refiero.

—Qué bruto.

—Bueno, soy un ser vulgar. De todos modos, está basado en pruebas científicas y en textos medievales. ¿Te has olvidado de todo lo que aprendimos en la facultad?

—Ya me hubiera gustado olvidarme —me respondió—, pero por desgracia no puedo hacerlo: ahora soy yo la que debo repetir esas cosas tan divertidas en aburridas clases universitarias de literatura para futuros profesores tan aburridos como yo. Por lo demás, esas cosas, una las empieza a degustar con los años. Y, bien mirado, tampoco es que nosotros hayamos salido tan mal, ¿no?

—No, no, está claro… Estamos estupendos. Eso es innegable, no hay más que verme.

—A mí las arrugas me sientan bien. Eso sí que es innegable —replicó Maria Elena—. Por no hablar de que dentro de no demasiado tiempo me alcanzará la menopausia. Estoy esperándola con los brazos abiertos. Ya verás… Te llamaré para celebrarlo. Te encantará el carácter que se me va a poner.

—¿Y cómo se cura? —le pregunté.

—La menopausia es como la vida: no se cura, se vive y punto. —Hizo una pausa—. En cuanto al mal de amor, claro que me acuerdo de lo que decían esas clases. Ya te digo que ahora son mías. Pero me refería a otra cosa. Estoy hablando de un primo de mi abuela. ¿Te cuento la historia?

—Claro, me encantan las historias. Vivo para ellas.

A siete mil quinientos kilómetros de distancia, algo se cayó en el apartamento de Maria Elena. Ella soltó una maldición y yo oí sus pasos al otro lado del mundo.

—Se llamaba Francesco —dijo mientras barría el suelo de su apartamento—. ¡Un italiano que se llama Francesco! Es tan común que suena poco creíble, ¿no? Pero la vida es poco creíble —bromeó con voz sentenciosa—. Mira a tu alrededor y dime si no es cierto. ¡Pensar que podrías conquistar Rusia! ¡Y en pleno invierno! Ni Napoleón pudo hacerlo. ¿A quién se le ocurre?

Me la imaginé negando con la cabeza, con esa sonrisa que hacía años había sido el principio de la vida.

—Sí, no parece que esté funcionando…

—Francesco era relojero —dijo Elena ignorando mi respuesta—. Reparaba relojes, pero también los hacía. Te estoy hablando de hace ochenta o noventa años, cuando esas cosas tenían un valor. La función de los relojes era distinta: eran solo un recordatorio, no una presencia. El tiempo lo medían los relojes de los campanarios, imagínate. Qué mundo extraño, ¿no? La gente solía acercarse a las plazas de los pueblos para comprobar qué hora era, pero lo hacían solo de vez en cuando, supongo que en el fondo no les importaba. En general, si no hay relojes, no hay prisa.

»El primo Francesco había sido aprendiz en una relojería. Había ido aprendiendo el oficio paso a paso. Se puede tardar años en comprender la mecánica de un reloj, es algo bastante complejo. Pero finalmente él mismo se había convertido en maestro relojero, por así decirlo. Y, por una serie de circunstancias que no vienen al caso y de las que no me acuerdo, se había quedado con el negocio. Imagínate. Recuerda un poco a Cinema Paradiso, ¿no? La historia del aprendiz que se convierte en maestro en un pueblecito de Italia perdido de la mano de Dios. Así somos los italianos: unos nostálgicos. Pero Francesco no se fue a la capital, ningún Philippe Noiret le dijo: «Lárgate de aquí, sal de este pueblo, vive, pero vive lejos de aquí». Nada de eso. Y, por lo visto, Francesco prosperó: no tenía aún treinta años y ya era dueño de un lucrativo negocio. En un pueblo pequeño, sí, pero es que sus clientes venían también de otras poblaciones. Su prestigio había crecido: el boca a boca, ese marketing avant la lettre. Los clientes llegaban uno a uno de todos lados con sus relojes en las manos para que aquel médico de las horas y los segunderos los curase. —Se rio—. Me ha quedado bien, ¿no?

—Sí, lo de «médico de las horas y los segunderos» ha sido tremendo.

—Soy bastante buena… Ya te puedes imaginar lo que va a pasar ahora en mi relato: aparece la chica de la historia. Todo se va a ir a la mierda, catalán: te lo adelanto para que no sufras innecesariamente, que sé que eres muy sensible. Porque al relojero no se le ocurrió otra cosa que enamorarse. ¿Te lo puedes creer? Y lo hizo de una mujer bastante mayor que él.

»Primero había estado rondando a la hija de esa mujer, pero supongo que sus delicadas maneras no fueron suficientes para Francesco, que se quedó prendado de la madre de la criatura: toda una donna italiana. Imagínate. Y no es que estuviera casada ni nada de eso, por ahí no había problema. Vivía de rentas, la tipa. De explotar propiedades, cobrar alquileres… El siglo XIX en pleno siglo XX…, o al revés… No sé… Así es la vida, Davide. La relación supuso cierto escándalo en el pueblo, pero a ellos les importaba un pepino. ¿Se dice así?

—Un pepino, correcto.

—Un pepino —repitió Elena—. Y todo pareció ir bien hasta que la mujer empezó a reparar en que aquel joven relojero del que se había enamorado tenía la nariz demasiado grande. Además, no olía muy bien. ¿Y qué decir de su conversación? Tal vez fuera demasiado mecánica, ¿no? Que siendo relojero era normal, pero… Hasta un día advirtió que, caramba, no era demasiado alto. Bien mirado, era más bien bajito. ¿Y qué me dices de esa manía que tenía de pasarse la mano por la cara cuando los nervios? ¿Por qué esa inseguridad tan poco masculina? Y el sexo, en fin, el sexo no era demasiado bueno. Tal vez la precisión se la dejara el relojero en su taller, pero por lo que respecta a otros sitios… Qué podía decir la viuda. Y te voy a revelar una cosa, catalán: una mujer necesita que se la trate con precisión.

—Tomo nota —respondí.

Alguien soltó una carcajada en la sala de espera del aeropuerto y un gran bostezo invadió la cara de una japonesa vieja y flaca, cosa que provocó una reacción en cadena que me hizo bostezar a mí también.

—En fin, que ella se desenamoró, que ya no sentía lo mismo, que todo cambia para volver a su origen —siguió Maria Elena—. Cosas que pasan, ¿no? Y Francesco intentó convencerla de que se equivocaba. Probó de todo. Procuró que su nariz no pareciera tan grande. Se pasaba horas y horas delante del espejo ensayando posturas, buscando el punto de luz perfecto para que aquella gigantesca narizota de águila imperial no pareciera tan monstruosa. Qué horror los espejos. Compró un perfume carísimo con el que se rociaba cada pocas horas. Era fundamental oler bien, disimular su propio olor: demasiado aceite, demasiado tiempo encerrado en un taller con resina y metal. No sé. Incluso consultó algunos periódicos y ciertas novelas para poder tener una conversación algo más agradable.

—Pobre Francesco.

—Incluso se compró alzas para los zapatos y se estiró por las mañanas. Quiero decir que todos los días hacía ejercicios en los que alargaba los brazos y las piernas hasta donde podía —prosiguió Elena—. Pensaba que de ese modo quizá conseguiría ser más alto, y así la viuda volvería a amarlo. También Francesco intentó controlar sus tics y sus nervios con ciertas técnicas de relajación. Pero no las dominaba del todo, cosa que le ponía muy nervioso y le volvía más inseguro. Por otro lado, empezó a masticar chocolate negro todos los días durante un buen rato, porque en una de esas revistas que había leído para mejorar su conversación había dado con un artículo que aconsejaba a ciertos hombres con ciertos problemas que comieran lentamente ese tipo de chocolate para mejorar su rendimiento.

—¿Y le sirvió de algo tanto esfuerzo?

—Por supuesto que le sirvió. Todos los esfuerzos sirven para algo. Lo que sucede es que suelen ser inútiles para aquello que se pretende. ¿De qué le sirvió el esfuerzo al primer hombre que intentó volar con unas alas pegadas a sus espaldas, imitando las de un pájaro, y se lanzó desde lo alto de un campanario?

—No para volar, desde luego —respondí—, pero sí para averiguar que un hombre no puede volar.

—Claro —me concedió Elena.

El sonido de un teléfono móvil recorrió la sala de espera del aero­puerto. El susurro de una conversación. Un hombre pisó delante de mí con unas botas de montaña marrones con unos cordones azul cielo, como los de un asesino. Pero no levanté la mirada.

—Sí, soy bastante listo: es una virtud considerable. Y, bueno, supongo que a Francesco todo eso no le sirvió para recuperar a la viuda.

—Por supuesto que no. La mujer se fue distanciando de él. Mi primo alargaba las conversaciones con ella de manera artificial, cuando se presentaba en su casa (al principio) y cuando se encontraba con la viuda en plena calle (más tarde). Qué sensación más desagradable, ¿no?

—Como seguir masticando un chicle una hora después de habértelo metido en la boca.

—Se te desencaja la mandíbula y sigues ahí, masticando y masticando esa cosa dura con marcas de tus propios dientes. Puaj. Compra otro paquete, hombre. Hay miles de peces en mar; miles de chicles en los kioscos.

Levanté las cejas y me imaginé a Maria Elena haciendo el mismo gesto.

—Cierto día, Francesco llegó a casa de la viuda y se la encontró con otro tipo, que objetivamente, dicho sea de paso, tenía la nariz incluso más grande que él. Era un hombre que no es que destacara por su amena conversación ni que desprendiera un olor a jazmín allá por donde fuera. Era maestro de escuela o bibliotecario o farmacéutico… No sé, no me acuerdo, supongo que no importa. Imagínate al pobre Francesco cuando pilló al amor de su vida (¡por la que había intentado incluso reducir el tamaño de su nariz!) con otro hombre. Él, que le había comprado cada día un ramo de rosas.

Me pareció entonces que las palabras de Maria Elena hablaban de mí. Pensé en Masha y en las cartas que una vez encontré sobre su mesa. Pensé en atar cabos, en que me empezara a crecer la nariz como a Francesco y en el olor de mi perfume. Me sentí como el ciego que no quiere ver.

—… llegado a ese punto, claro —seguía diciendo Maria Elena—. «¿Y qué hay más grande que el amor?», se preguntó mi primo Francesco. Es una gran pregunta, ¿no crees? Porque, sabiendo la respuesta, uno se podría curar de la enfermedad de amor, se podrían dejar en nada los remedios de Arnau de Vilanova. A la mierda con ellos.

Se rio, se calló y esperó mi respuesta.

—Aunque si curáramos el mal de amor —respondí—, haríamos polvo las carreras de los cantantes melódicos. ¿Qué hubiera sido de Alejandro Sanz?

Elena no se rio en la otra punta del mundo y mi broma rebotó por el espacio, entre ondas y logaritmos, camino del cementerio intergaláctico de los chistes sin gracia.

—Y mi primo Francesco tenía la respuesta muy cerca —continuó Elena al cabo de diez segundos—. Te recuerdo que te estoy hablando de finales de los años treinta y principios de la década de los cuarenta.

—Tal vez podría haberse vengado yéndose con la hija de la viuda, ¿no? De hecho, al principio estaba interesado por ella.

—No seas vulgar, querido. Además, creo que la hija no estaba muy por la labor. David, piensa: ¿qué hay más grande que el amor? ¿Qué cosa puede acabar con él? ¿Qué puede apartarlo de súbito del primer plano? ¿Qué es capaz de borrarlo todo de la faz de la Tierra, incluso el amor no correspondido?

Busqué la respuesta a mi alrededor. La busqué en la tos de un hombre gordo que, con los ojos cerrados, se limpió la rebaba de la comisura de los labios. La busqué en mi mente en blanco y en ese gato encerrado en mi estómago. La busqué en la anciana japonesa que había bostezado y en la pareja francesa que se desperezaba en un banco de Sheremetievo.

—¿Qué hay más grande que el amor? —pregunté finalmente.

—Pues la vida, querido, la vida —respondió Elena.

—La vida.

—Te estoy hablando de los primeros años de la década de los cuarenta, de la Italia de Mussolini, de una Europa que empieza a quedar devastada por la guerra, el hambre, los muertos.

—¿La guerra?

—La supervivencia, David. Eso pensó Francesco. Si hay algo más grande que el amor, eso tenía que ser la vida, la supervivencia. —Hizo una pausa—. Sí, la guerra.

—Se enroló en el Ejército.

—No exactamente. Más bien se hizo al monte, ¿se dice así? —preguntó.

—Sí, se hizo al monte, se tiró al monte. Algo así.

—Pues eso.

—¿Se hizo partisano?

—Exacto. Básicamente, para matar el sentimiento de amor no correspondido, se dedicó a matar fascistas. Una actividad bastante noble, por otra parte. Definitivamente, mucho más interesante que deshojar todo el santo día una puta margarita.

—No está mal pensado —apunté—. Ya sabes que siempre se ha rumoreado que el amor no es más que una invención de los poetas juglares que no tenían huevos para ir a la guerra.

—Qué bonito.

—Gracias.

—Bueno, pues eso. Supongo que el amor se le fue pasando mientras intentaba que los fascistas no lo mataran. El primo estaba demasiado ocupado para esas historias. Uno no tiene tiempo para darle vueltas a quién te ama o a quién te deja de querer cuando la muerte te ronda tan de cerca.

—Parece lógico.

—Bueno, pues ahí tienes la respuesta.

—¿Quieres decir que una solución sería que me alistara en el Ejército y me fuera a combatir al Estado Islámico?

Busqué con la mirada a los dos soldados con ropa de camuflaje que había convertido en personajes de mis horas en el aeropuerto. Con sus kalashnikovs, sus conversaciones sobre el amor y su labor de protegernos para que pudiéramos abandonar su país sin que un iluminado nos hiciera volar por los aires.

—Dios no lo quiera. No podrías ni ponerte el traje. ¿Cómo era eso que decía Woody Allen?

—¿Algo sobre las hijas adoptivas y el amor libre?

—Decía que en el Ejército le dijeron que solo servía como prisionero.

—Sí —dije—. Y entonces ¿qué?

—Entonces nada: que a ti te pasaría lo mismo. Así pues, Davide, busca algo más grande que el amor, búscate otra guerra.

—Entiendo —mentí—. Si a Francesco le funcionó…

—Sí, al primo le funcionó.

—¿Y cómo acaba su historia? ¿Se supo algo más de él?

—Se supo, aunque no sé si esta parte de la historia nos conviene.

—¿Por qué? ¿Qué pasó? ¿Murió en un combate indigno?

—No.

—¿No me digas que al acabar la guerra volvió a su pueblo a buscar a la viuda, a implorarle que le quisiera, que había crecido, que su nariz no era tan grande tras tanto tiempo de comer berzas en las montañas?

—No sé qué son «berzas», pero tampoco es eso. No todo el mundo tiene ese sentido del patetismo tan trabajado que tú me has logrado con los años.

—Gracias —respondí—. Pero ¿qué pasó con tu primo?

—La guerra acabó, y los partisanos, con el tiempo, fueron reintegrándose a la vida de sus pueblos. También Francesco. Aunque, claro, ya no era el mismo. La guerra cambia a los hombres. El tiempo lo hace. No obstante, a finales de la década de los años cuarenta, él era un héroe para casi todo el mundo. La típica historia: él se detenía a contarle a la gente sus vivencias en los montes, cuando mataba fascistas, y la gente lo escuchaba encantada. Una leyenda del lugar, vamos. Ya se le había quedado pequeña la historia del relojero enamorado de una viuda que prefirió a un boticario, a un abogado o a un capellán. Además, en uno de esos combates, le hirieron en una pierna. Eso se decía. Así pues, poco después de volver a la vida corriente, le concedieron una pensión con la que pudo ir tirando y se quedó a vivir en el pueblo. Tal vez él mismo se fuera convirtiendo en un Philippe Noiret, ahora que lo pienso. Pero, claro, ¿qué puede haber más grande que el amor y la guerra cuando se han acabado?

—Ya.

—Eso, querido.

—Bueno, pero la historia tampoco acaba tan mal, ¿no? La viuda no vuelve a salir y él se convierte en un personaje admirado.

—Puede, sí.

—¿Y ya está? ¿Vivió dulcemente hasta el fin de sus días? ¿Se volvió a casar, tuvo hijos?

—A veces eres tan burgués.

—¿Le pusieron al menos su nombre a la plaza del pueblo? ¿Una calle donde hay un gran reloj y en la que la gente sigue comprobando que llega a tiempo? ¿La calle Francesco Padovani? —insistí.

—Hubiera estado bien, pero no.

—¿Y entonces?

—Encontraron su cuerpo dos años después de que se reintegrara a la vida del pueblo.

—¿Lo mataron? ¿Una venganza? —pregunté.

—Qué va.

—Entonces…

—A mi pobre primo le falló el corazón en el peor momento —respondió Elena—. Se sabe porque lo estuvo contando durante años otra donnazza italiana. Una mujer que vivió hasta hace relativamente poco. Se llamaba Sofia Arnaboldi y regentaba uno de los negocios más prósperos de la localidad… No sé si me entiendes…

—Ya.

—Pues sí, querido. El pobre Francesco, gran relojero, examante mediocre y héroe de la resistencia, no muy alto, de nariz aguileña y gran aficionado al chocolate negro, poco tiempo después de haberse pasado años matando a nazis como si no hubiera un mañana (porque no lo había), murió, gordo, calvo y cojo, en los brazos de Sofia Arnaboldi en uno de los más burdeles más cutres del centro de Italia.

11

Uno se puede sentir orgulloso de las cosas más absurdas. Por ejemplo, de la victoria de un deportista de su país en una competición de esquí alpino. Solo hace falta una buena disposición y las circunstancias adecuadas. Tal vez estar delante del televisor en una tarde plomiza de invierno sin mucho más que hacer y con el mando a distancia lejos de tu alcance.

En tales momentos, un incomprensible orgullo puede apoderarse de uno al comprobar que un esquiador nacionalizado bate por dos décimas de segundo a un deportista neozelandés, por más que el compatriota en cuestión sea un imbécil al que no saludarías ni en el ascensor y el neozelandés sea un tipo ejemplar.

El patriotismo es una cosa extraña que se parece radicalmente la soledad.

Uno se siente orgulloso de cosas sin saber por qué. A menudo, es cuestión de fe o de tradición. Se heredan frases, ideas, patrias, a las que agarrarse como al clavo ardiendo.

En ese sentido, mi referencia siempre fue un tío de mi madre que se llamaba Manel, tenía el pelo amarillento y al que todo el mundo llamaba solo «tío», incluso la gente ajena a la familia, empezando por su mujer. Era un hombre malhumorado que solía presumir de su buen humor. Si le decías que le había salido un grano en la cara, que tenía una mala mano en las cartas o que te gustaba más la Coca-Cola que la Pepsi (no como a él), se irritaba muchísimo: se enfadaba, gritaba y maldecía a los cuatro vientos. Sin embargo, si le decías que el mundo no tenía sentido, que el ser humano es una bala perdida y que somos un vagar por un espacio que no tiene salida ni final, pues entonces asentía calmadamente y aceptaba la vida tal como venía.

Era un referente porque a mi mirada de niño le parecía una actitud increíblemente absurda por medio de la cual tal vez algún día comprendería el mundo. Él se sentía orgulloso de su piel fina como la de un bebé, de su pericia a la hora de jugar a las cartas o de su buen gusto en relación con las bebidas gaseosas con sabor a cola. Y por eso no admitía discusión alguna al respecto. Estaba todo en orden y era perfecto.

Esa era su fe.

Sin embargo, no tenía problema a la hora de admitir que la vida no tenía sentido. Es más: era un entusiasta defensor de tal idea. Estaba dispuesto a perder toda la dignidad, cualquier atisbo de orgullo y de sentido final si se trataba de algo compartido, de un hundimiento colectivo.

Si la especie humana se iba toda junta al garete, no había problema, porque el tío Manel tenía fe en la parte miserable de la existencia.

Al pasar el control de seguridad y cuando unos funcionarios rusos me miraron de arriba abajo sin encontrar nada sospechoso en mí, sentí ese orgullo idiota que había heredado de mi tío por las cosas minúsculas y los pequeños triunfos cotidianos.

Llevaba diez horas en aquel aeropuerto después de que mi gran historia de amor se hubiera ido al traste en un callejón nevado de Moscú. La tristeza, la soledad, las ganas de dormir…

No obstante, cuando el arco de seguridad no pitó, cuando no detectaron ninguna bomba en mi maleta ni líquido alguno en una botella demasiado grande, sentí un pequeño subidón de felicidad por formar parte legal de la parte legal del mundo. Como si un esquiador que viviera en la otra punta del planeta lo hubiera logrado, como si por fin hubiera quedado probado que la Pepsi-Cola es para los hombres buenos.

Tras colgar el teléfono, se había hecho el silencio y había dado otras vueltas por los pasillos del aeropuerto. Siempre ese horror al vacío tras una conversación con Maria Elena.

Supuse que ya no me encontraría a los dos soldados vestidos con trajes de camuflaje que había convertido en parte de mi historia, pues vi a otros dos guardias sentados donde antes habían estado ellos. En sus rostros ya no se percibía la quietud de la vigilancia nocturna, sino un frescor opuesto. Para ellos ya era el día siguiente, aunque no hubiera rastro de la luz del sol detrás de la nube que cubre Moscú de noviembre a abril.

Comprobé la hora en el móvil: poco más de una hora para que saliera mi avión y no había recibido ningún mensaje de Masha en el que me dijera que me quedara allí con ella, que diera media vuelta y regresara a su lado. Además, se me estaba agotando la batería del teléfono: el quince por ciento del dibujito de una pila verde para que ella me dijera sí, quédate conmigo.

Arrastré mi maleta rota por los pasillos del aeropuerto por última vez, mirando de vez en cuando hacia la puerta por si aparecía Masha. Pero, al cabo de un rato, me resigné y me dirigí al control de seguridad, a esperar otros noventa minutos antes de que el avión despegara rumbo a Barcelona.

Al quitarme las botas para atravesar el arco de seguridad, recordé los mocasines del hombre muerto, su rostro inerte de borracho; sin embargo, cuando pasé al otro lado sin que guardias de asalto como armarios roperos me derribaran en nombre de la justicia internacional, me pareció que también a él lo dejaba atrás. A él, a sus zapatos marrones y a aquel aliento a vodka que me había recordado quién era yo en realidad.

Antes de colgar el teléfono, le había preguntado a Maria Elena qué tal le iba. Le había pedido que me contara algo de ella, de su vida en América, de si pensaba regresar. Habíamos hablado del pasado y de mí. Sin embargo, en cuanto lo hice, ella pareció tener prisa por acabar la conversación. Yo intenté alargarla, pero ella se disculpó porque tenía que salir o hacer no sé qué cosa a siete mil quinientos kilómetros de distancia y dejó su silencio a mi lado.

Por eso había llamado a Elena a las seis de la mañana. No solo porque fuera la única persona que conocía que estaría despierta a esa hora de la madrugada, de la noche para ella, sino también porque Maria Elena Padovani y su silencio eran todas las mujeres de mi vida. Porque puede que, como antes con la llamada perdida a mi padre o con el recuerdo de mi madre, con los guardias, con la chica de la melena de cuento o con el hombre sin sombrero de ala ancha, detrás de su silencio pudiera encontrar la respuesta a por qué llevaba tantas horas solo en el aeropuerto internacional de Sheremetievo.

Tras calzarme las botas y guardar mi portátil en su funda, volví a arrastrar la maleta por otra sucesión de pasillos buscando la puerta de embarque 35-A, que apareció ante mí después de diez minutos de caminar por un suelo encerado donde pude ver el reflejo de mi rostro.

Al llegar a la puerta de embarque, noté que allí se respiraba un ambiente diferente. La sensación de irrealidad y pausa que había compartido con los demás viajeros durante diez horas se había transformado en un ambiente bullicioso en el que los susurros y los rostros dormidos habían dado paso a gritos y expresiones despiertas.

Había niños corriendo, grupos de chicos jugando a las cartas y gente que se reía a carcajadas. Eran las primeras carcajadas que oía desde hacía días: los rusos no se carcajean así como así; al menos no en Rusia. Es como si en su país, con toda esa herencia de espiritualismo y frío, de historia y silencio, no tuvieran tiempo para tonterías. Esperan a estar en sus casas, tal vez, o a salir fuera de sus fronteras. Entonces sí que pueden dar rienda suelta a esa risa gutural de hombres obesos y de pelo paja que pasean en pantalones cortos de vivos colores por el centro de la ciudad, del brazo de mujeres de marfil con vestidos floreados que parecen, de tal guisa, también ellas, disparos en un museo.

Cerca de las siete de la mañana, volví a preguntarme si había hecho todo lo que estaba en mi mano para convencer a Masha de que se quedara conmigo para siempre. Estaba seguro de que esa era la puerta a la que tenía que llamar, pero tal vez lo había hecho mal: quizás había pulsado el timbre cuando lo correcto hubiera sido aporrear la puerta con los puños. Repasé los últimos días para intentar comprender qué había ido mal en mi plan, aunque debo reconocer que tampoco es que hubiera trazado una estrategia muy elaborada: cojo un avión, recorro Europa y le digo que la quiero.

Fin de la historia.

Tal vez me habían fallado la sencillez del plan o las mismas palabras. Quizá, si diera con la palabra justa, podría convencerla de que se equivocaba dejándome marchar. Puede que si le enviaba un mensaje antes de que el avión despegara se obrara un milagro final propio de una película de Hollywood: la chica corriendo por el aero­puerto, saltándose todos los controles, con guardias gordos persiguiéndola por los pasillos mientras se sujetaban con una mano la gorra, y con la otra, los pantalones por debajo de un vientre abultado en el que sobresalía un cinturón con una hebilla plateada. Y, al final, el reencuentro: quizá de lejos, pero el reencuentro: «El abuelo Davidka viajó hasta Rusia para decirle a la abuela que la quería. Y fuera nevaba».

Poco a poco, me fui convenciendo de que tenía que haber algo que pudiera decirle y cambiara la suerte de la partida en el último momento.

Llegué a pensar que la clave de mi felicidad era como uno de esos juegos de ingenio para todas las edades en los que hay que dar con la solución para sobrevivir: un hombre tiene que elegir entre dos puertas; una conduce a la muerte, la otra lleva a la libertad. Cada una de ellas está custodiada por un guardia. Uno siempre dice la verdad; el otro siempre miente. Y solo se puede formular una pregunta.

Y yo pensé que Masha volvería a quererme si daba con la palabra apropiada, si resolvía el acertijo y nos convertíamos en una escena de película.

Al cabo de un rato, me pareció ver pasar a la chica de la melena de cuento, pero no le presté atención; ya no tenía tiempo para eso. A esas alturas de la noche solo sentía curiosidad por mí, cosa que me ponía más y más nervioso: mucho más que ver a un hombre muerto o escarbar en mi pasado buscándole una explicación a mi soledad.

El ruido de fondo fue perdiendo forma a medida que me convencía de que tenía que haber una solución. Si me montaba en el avión sin haber dado con ella, no habría vuelta atrás.

Intenté concentrarme, a pesar del sueño y del cansancio de las últimas semanas. ¿Qué podía decirle a Masha? ¿Qué palabra era la justa? ¿A cuál de los dos guardias tenía que formularle la pregunta, al que mentía siempre o al que decía la verdad? En la pantalla del móvil, los minutos pasaban a la misma velocidad que se me acababa la batería. Tenía la sensación de que una bomba iba a explotar.

Así hasta que se me ocurrió algo bonito que decirle. Y eso fue bastante para que me sintiera más animado. Recuperé mi fe desmedida en las palabras; sería trivial para cualquier otra persona, pero no para mí, que la sentía bajo la piel, como otra canción que hablaba de todos nosotros. Cortaría el cable azul o el cable rojo y que fuera lo que Dios quisiera. Lo que iba a decirle no era exactamente una palabra (un solo cable), más bien era una frase (un conjunto de cables azules o rojos). No podía fallar.

—¿Tu planeador va pronto? —me preguntó una voz que me costó hacer regresar a mi mundo.

El tipo que no llevaba sombrero de ala ancha me observó con una sonrisilla en los labios. Estaba de pie ante mí, mirándome desde arriba. Sentado, yo había empezado a escribirle a Masha aquella frase que desactivaría la bomba y que quedó congelada en la pantalla de mi móvil.

—Sí, ir pronto —le respondí con ganas de quitármelo de encima.

—Mí también —dijo él—. Pero a mí parecer que el planeador de ti ir a otra ciudad, otro lugar.

Sonreí para poner fin a la conversación.

—La vida es en este modo —siguió él, que me hizo perder la concentración en mi mensaje de artificiero: ya no sabía qué cable cortar ni a quién preguntarle, si a quien siempre mentía o si al que siempre decía la verdad—. El hombre nunca sabe dónde es el final. Tú mirar el hombre muerto antes. ¿Esto no es verdad?

Pensé que tal vez fuera una señal que se me pusiera a hablar precisamente en ese momento. ¿Estaba mandándome señales el universo a través de un personaje de mi imaginación?

—Yo cambiar el planeador en el último minuto —añadió—. Ahora yo ir a otro lugar. El hombre nunca sabe dónde es el final —repitió.

—Sí —dije. Y no sé si fue la madrugada o si fue porque quería otra señal, algo que volviera a dejar clarísimo que todo Sheremetievo hablaba de mí, pero el caso es que le pregunté—: ¿Y la chica del largo pelo?

Una sombra cruzó su rostro. Había leído muchas veces esa frase en las novelas que había corregido y leído durante años. A Millás le había leído que frases como aquella ocupaban un lugar en el manual de estilo junto a expresiones como «Cruzó el zaguán», «Olía a naftalina», «Lo miró de hito en hito» o «Frunció el ceño». Pero nunca había visto una frase como esa en tres dimensiones.

Todavía con el móvil y las palabras milagrosas en mis manos, sentí que finalmente la literatura me había atrapado. Ahora sí que era el protagonista de todas las novelas, ahora sí que todos los géneros se confundían en una sola vida, aunque para ello hubiera tenido que cruzar Europa y pasar una noche en un aeropuerto.

La respuesta a por qué de mi soledad en Sheremetievo el día en que le dije a la mujer a la que quería que se quedara conmigo para siempre tenía que ver con cómo me había convertido yo mismo en frases de libros que había leído centenares de veces.

—El hombre nunca sabe dónde es el final —repitió por tercera vez el hombre que no llevaba sombrero de ala ancha—. La sola opción para conseguir el amor de una mujer es estar paciente —añadió, y se fue de nuevo, sin tocarse el sombrero que no llevaba.

Cerré los ojos unos segundos. Las lentillas me molestaban, pero siempre me las pongo cuando he de coger un avión. Me parece que en caso de accidente aéreo es mejor llevar lentes de contacto que gafas, por si hay que ver llegar de lejos las cosas.

Al abrir los ojos, el tipo sin sombrero había desaparecido, y no supe si me lo había imaginado todo. Grupos de pasajeros empezaron a formar colas con pasaportes y billetes en las manos. En fila india, en desorden, con cara de dormidos. En el aire, seguía aquel bullicio alegre y tenso que precede al momento de embarcar: como si no fuera insensato meterse en una cápsula forjada de un material desconocido, con toda esa chapa de pintura blanca y ese cubículo pequeño dispuesto a sobrevolar miles de kilómetros a miles de metros de altura.

Volví entonces a mirar el móvil (cable rojo, cable azul; guardián que dice la verdad, guardián que cuenta siempre mentiras) y ya no vi las infalibles palabras de amor que había escrito para Masha. Solo la pantalla en negro del teléfono; la batería se había agotado mientras el tipo que no llevaba sombrero de ala ancha me decía que nunca se sabe dónde está el final.

En lo alto, una pantalla anunció que quedaban menos de diez minutos para embarcar, el final de mi viaje de amor.

12

Volqué mi maleta en el suelo y desparramé su contenido en busca del cargador del móvil. Algunos pasajeros que compartían conmigo la sala de espera detuvieron sus carcajadas; otros suspendieron sus gestos; hubo quien canceló un bostezo nervioso o inconsciente.

Alguien que deshace la maleta antes de entrar en un avión es el mundo al revés. Todos me miraron.

Esparcí las cosas allí mismo: ropa sucia metida en una bolsa de un supermercado; un neceser de color verde que había comprado en un chino por cincuenta céntimos, ya con la cremallera rota; dos libros que apenas había leído en aquellos días: Una novela rusa, de Emmanuel Carrère, y La historia del amor, de Nicole Krauss; una máquina de afeitar y unas zapatillas de deporte que no había usado; un jersey gordo de color azul que me había comprado para la ocasión; dos camisetas térmicas que desprendían un desagradable olor a colonia y sudor; calcetines, muchos calcetines, gordos, porque yo siempre tengo frío en los pies.

Todas las cosas necesarias para sobrevivir a una historia de amor no correspondido y al frío de Moscú, a una línea desdibujada y a la nieve. Y por fin, debajo de toda mi vida desparramada, el cargador del móvil: blanco, largo y ligeramente pelado en el punto de unión con la clavija.

Miré a mi alrededor para comprobar si la gente seguía pendiente de mí, pero ya solo me observaba una niña japonesa con los ojos bien abiertos, como un dibujo animado. Apoyaba la cabeza en el hombro de su madre y me sonreía. A ella no se le olvidaba que yo era un hombre raro. O puede que para ella aquello no fuera más que un juego; por eso, en cuanto volví a meter apresuradamente mis cosas en la maleta (cuatro minutos para que empezara a embarcar la gente en el avión de vuelta a Barcelona), la niña dobló el labio inferior hacia abajo en busca del temblor y del llanto.

Me la quedé mirando durante unos segundos, suplicándole su complicidad y silencio, para que no me delatara, como un preso huido que busca la ayuda de un guardia novato. Pero no funcionó: la cría se echó a llorar.

Así pues, el día en que le pedí a la mujer a la que amaba que pasara el resto de su vida conmigo, hice llorar a una niña japonesa. Me consolé con la idea de que tal vez dentro de muchos años vería imágenes de un programa de televisión japonés en el que los concursantes deberían tomar un avión rumbo a un destino desconocido, pero antes de hacerlo tendrían que superar una serie de pruebas, una de las cuales sería deshacer las maletas y encontrar un cable blanco ligeramente pelado que les serviría para mandar un mensaje de amor que ni un artificiero. Quizá mi desorden sería el germen que pondría orden en la mente en crisis de esa niña convertida en creadora de concursos televisivos japoneses veinte o treinta años más tarde.

Había perdido otro minuto más por culpa de aquella cría y por pensar esa idiotez. Que la niña llorara, qué más daba. Quien bien te quiere te hará llorar. Además, por lo que yo sabía, eso era básicamente lo que hacían los niños: llorar, hacérselo encima y reír sin sentido. Como cuando todo acaba. La rueda de la vida, de la infancia a la vejez. Pensé en mi padre, en mí mismo convirtiéndome en él.

Busqué un enchufe debajo de los asientos, entre los pies de varios pasajeros que me miraron con desconfianza. Tres minutos para entrar por aquel tubo gris camino del avión y no había dónde enchufar el teléfono y poder mandar mi mensaje redentor. La llave de la felicidad en una oración principal precedida de una subordinada. Pero no había enchufe a la vista. Y, por muy talentosa que fuera mi frase, sin corriente eléctrica no me serviría de nada.

Seguía teniendo una fe inquebrantable en las palabras, pero carecía de energía.

Cogí la maleta por el asa corta y busqué un enchufe debajo de otros bancos, pero los arquitectos rusos no habían previsto que un español enamorado tuviera que mandar un mensaje de vital importancia justo antes de tomar un avión poco después de quedarse sin batería.

Vi a una mujer rubia de espaldas anchas y ropa de vivos colores caminar por un pasillo poco iluminado y con baldosas amarillentas. Llevaba un neceser en la mano. Sonreí: seguro que en el lavabo encontraría un enchufe para desactivar la bomba.

Una cola de mujeres aguardaba su turno, mientras los hombres iban pasando al servicio de caballeros como si tal cosa. Empujé la puerta del lavabo con cierta aprensión, intentando no tocar el pomo, donde imaginé campando a sus anchas a un sinfín de bacterias procedentes de cualquier lugar del mundo: microbios rusos, chinos, españoles, franceses, coreanos, italianos, colombianos… Un montón de palabras, acentos y orina que, a la que te descuidaras, te podría inocular un virus que te hiciera olvidar hasta el color de los zapatos que llevabas puestos.

Al entrar me quedé quieto al lado de la puerta. Miré la zona de los lavamanos. Solo vi un enchufe y no estaba disponible. Lo ocupaba un hombre de rasgos asiáticos que apuraba con su máquina de afeitar una barba invisible. Ese ruido de la maquinilla me taladró el cerebro de inmediato, igual que la mirada complaciente del hombre contra el espejo. Su paz me pareció falsa. La odié al instante porque impedía que yo le diera orden a mi caos, que eligiera entre quien dice siempre la verdad o quien siempre miente.

Así pues, el día en que le dije a la mujer a la que amaba que quería pasar el resto de mi vida a su lado, me acerqué a un desconocido por detrás en el lavabo de un aeropuerto moscovita y le di unas palmaditas en el hombro al tiempo que tosía. Sabía que aquello contravenía una de las reglas fundamentales de cualquier credo heterosexual que se precie: jamás puedes tocar a otro hombre (aunque sea en el hombro y con la punta de los dedos) en un lavabo.

El tipo dio un respingo en cuanto vio mi imagen en el espejo.

—Entonces vi que un hombre de entre treinta y cinco y cuarenta años se reflejaba en el espejo. Me temí lo peor, y la cosa no mejoró cuando sentí sus dedos sobre mi espalda.

—¿Y qué aspecto tenía esa aparición? —preguntaría el presentador del programa coreano de fenómenos paranormales.

—Malo. Francamente malo. Poco pelo, barba mal afeitada y, lo peor de todo —pausa dramática—: los ojos nada rasgados.

El hombre se agitó de nuevo en cuanto sintió mis dedos en su espalda. Empecé a mover la boca para pedirle si podía dejar de afeitarse y permitirme cargar un momento la batería de mi móvil para que pudiera enviar un mensaje que, estaba convencido, devendría en un punto de inflexión en mi vida. Yo hablaba en nombre del amor, de la fe en el lenguaje y de algo enorme, de proporciones descomunales. Mucho más grande que nosotros. Maria Elena me lo había dejado bien claro con la historia de su primo el relojero; solo hay una cosa más grande que el amor o que cualquier guerra: aquello en lo que crees.

—Yo necesitar… Mi teléfono es sin batería —le dije.

Reflejadas en los espejos, vi las espaldas a unos cuantos hombres que orinaban de pie contra la pared: las manos por delante y unos ligeros saltitos al acabar, como cuando se dice Wittgenstein. Ese olor tan característico de lavabo público que alguien limpia cada cinco o seis horas por un sueldo miserable lo invadió todo. Vi al lado del espejo una hoja de papel que indicaba cuándo lo habían desinfectado por última vez, pero lo ponía en ruso, así que no entendí nada.

El mensaje para Masha me quemaba entre las manos. A estas alturas, la gente ya estaría embarcando en el avión. Y todo dependía de que ese tipo me dejara conectar un momento mi teléfono en el enchufe. Sin embargo, el puto coreano siguió afeitándose con parsimonia tras devolverme la mirada con una sonrisilla, esa falsa sonrisa que seguro que le habían enseñado de pequeño: al mal tiempo buena cara y toda esa basura.

Puto gilipollas, pensé.

No me corté: todo dependía de aquello. Me puse a su izquierda y tiré del cable de su máquina de afeitar.

—Y entonces pasó algo que aún me pone los pelos de punta —diría el coreano, negando con la cabeza.

—¿Qué pasó, coreano que se afeita en aeropuertos? —preguntaría el presentador fingiendo una gran sorpresa.

El ruido de la maquinilla se apagó. Sobre el rostro del hombre cruzó un carrusel de emociones, pero ninguna de ellas fue la ira. Sorpresa, tal vez. Resignación, un poco. Indignación, más bien escasa. Pero a mí me daba igual: yo era un hombre enamorado, y a los hombres enamorados todo lo demás nos importa un comino.

—Le dije algo… No recuerdo qué —respondería el coreano—. Pero él no parecía entender mi idioma. Y no sentí más deseo que salir de allí. Tenía solo la mitad del rostro afeitado, pero qué importaba dadas las circunstancias.

—¿Y nadie más vio nada? Antes ha dicho que había otros hombres en el lavabo —insistiría el presentador.

Los tipos que habían dado saltitos al acabar su micción ni siquiera se lavaron los manos, tal vez para evitarme, tal vez porque la mayoría de la gente sigue sin hacerlo.

Con su rostro medio afeitado, el coreano corrió fuera del lavabo. Ahora el único enchufe era mío, qué importaba nada más. Esperé unos segundos a que el teléfono recobrara parte de su vida: negro, un circulito blanco rodando, introduzca un par de números y, adelante, ya puede escribir su mensaje de amor de artificiero.

Escribí el mensaje decisivo y le di a la tecla de enviar varias veces; pero estaba borrosa, también ella fantasmal y mal iluminada. Por un momento, me entró el pánico. Como si en el momento en el que ya había decidido cortar el cable azul, los alicates se deshicieran en mis manos; como si, justo cuando decidía preguntarle al guardián que siempre dice la verdad, me diera cuenta de que el juego no consistía en eso: de que estaba jugando al fútbol con las reglas del ajedrez, de que estaba confundiendo la apertura Réti con un córner lanzado al segundo palo.

Insistí varias veces, incluso borré el mensaje y volví a escribirlo de nuevo, pero no había nada que hacer. Miré con desesperación mi rostro en el espejo y pensé en mi madre. Ella había traído al mundo a un niño rubio con los ojos verdes, sano, bueno y hermoso. ¿Cómo se había convertido él en mí? ¿Qué había sucedido para que se transformara en el tipo del otro lado del espejo? Esa barba mal afeitada, esas ojeras, esas entradas, ese avanzar hasta los cuarenta años con tan poco decoro.

Respiré profundamente: tenía que haber una explicación para todo eso. Fueron unos momentos de una angustia estremecedora hasta que me di cuenta de que la señal del wifi no llegaba al lavabo. Desenchufé el teléfono, cogí la maleta por el asa y salí del baño precipitadamente.

Corrí al trote por los pasillos hasta llegar a la zona de embarque. Bajo la pantalla donde ponía «Barcelona», una chica y un chico sonrientes y vestidos con trajes azules y rojos me miraron con extrañeza: a mí, a un niño rubio con ojos verdes y una maleta rota.

—Barcelona —les dije.

—Sí, señor —respondió la chica con una sonrisa entrenada.

—Sí —repetí yo.

Ella miró a su compañero levantando ligeramente las cejas.

—Billete y pasaporte, señor —dijo la chica.

—Sí, claro —respondí, e intenté también esa sonrisa de manual.

Busqué el pasaporte y la tarjeta de embarque. Vacié mis bolsillos allí mismo: las llaves de casa, una servilleta arrugada, cuarenta y tres rublos y el cable de mi teléfono. Nada de pasaportes ni de tarjetas de embarque.

—¿Algún problema, señor? —intervino el tipo, también con aquella sonrisa de línea aérea.

—No… Yo quiero significar…, sí. Uno un minuto, por favor —dije con mi inglés de cola de embarque.

Nuevos pasajeros empezaban a llegar a la sala para tomar los próximos vuelos; sin embargo, ellos ya no habían pasado toda la noche en el aeropuerto. Mientras buscaba mi pasaporte, sentí que eran unos impostores, porque no había dormido y porque estaba convencido de que si uno toma un vuelo de Moscú a Barcelona, lo más digno es pasar toda la noche en vela y ver a hombres muertos, y recordar a sus padres, y hablar con mujeres que son obsesiones.

13

Me alegré de que me hubiera tocado el asiento de ventanilla, así podría apoyar la cabeza contra ella y suspirar de vez en cuando con la mirada perdida en las nubes. La melancolía es como la mujer del césar: no es solo un estado del alma, también su representación. A veces, más lo segundo que lo primero.

Me había atado el cinturón de seguridad en cuanto me había sentado. Es lo que se recomienda, el protocolo. A mi izquierda, había un asiento vacío, entre una mujer gorda con el pelo cardado e innegablemente rusa (hombros anchos, rubia, combinación de colores vivos en su vestuario) y yo. Estiré mi pie izquierdo lo máximo que pude y suspiré.

En la puerta de embarque había tenido que abrir otra vez la maleta. Debajo de la bolsa de la ropa sucia, había encontrado el pasaporte y la tarjeta de embarque. Agachado en el suelo, los levanté para que aquellos dos chicos que habían dudado de mi condición de pasajero legal se dieran cuenta de que estaban muy equivocados conmigo: todo bajo control. Yo era un tipo que cumplía la ley, que se abrochaba el cinturón cuando tocaba, que no se levantaba de su asiento hasta que el avión se detenía.

En cuanto volví a meterlo todo en la maleta (la ropa interior, el cepillo de dientes, los libros sin abrir), me incorporé de un saltito, puse un pie sobre la maleta e intenté cerrarla como buenamente pude. El chico de la sonrisa ensayada se acercó a mi lado y puso las manos sobre ella para ayudarme. Me pareció que él debía de ser el guardia que siempre decía la verdad; sin embargo, en cuanto logramos cerrarla, la chica empezó a aplaudir tímida y sordamente, con las manitas bien pegadas a su cara redonda. ¿Tal vez fuera ella la que nunca mentía? ¿Por qué, si no, iba a ser tan mona?

Ambos me desearon un buen viaje. Otra vez esas sonrisas ensayadas: qué bien quedarían en las fotos, los corazones agradecidos y gustosos se acumularían en las redes sociales. Me sentí contento por ellos: sobre todo por el que siempre decía la verdad, aunque en el fondo lo mismo daba.

Empecé a andar por el pasillo: cable rojo, cable azul.

Entonces me sobrevino un escalofrío. Me palpé los bolsillos y me invadió el pánico: billete, pasaporte, maleta, cable del teléfono, servilleta arrugada…

—Excúseme, señor —dijo una voz a mis espaldas.

Cinturón de piel marrón que me había comprado cuando tenía quince años, cuarenta y tres rublos, dos caramelos Hall, restos de olor a colonia, una moneda de veinte céntimos de euro…

—Señor, excúseme —insistió la voz.

Me di la vuelta y vi otra vez la sonrisa ensayada de la chica: perfecta, blanca, neutra. Sonrisa de tristeza o de alegría, de veinticuatro horas al día: pase por aquí, entre por allá, gracias por volar con nosotros.

—Su teléfono, señor —dijo ella, que debía de ser la que siempre decía la verdad—. Se lo había dejado en el suelo —añadió.

La miré y le di las gracias con la cabeza mientras recogía el móvil de sus manos. Allí dentro seguía el último mensaje de amor para Masha, el decisivo. Pero aún no lo iba a mandar: me pareció más heroico y dramático esperar a estar sentado en el avión.

Cerré los ojos y volví a suspirar con la cabeza pegada a la ventanilla. Ya no podía prolongar más el momento. La mujer del pelo cardado estaba hablando a gritos con alguien al otro lado del avión, con más de una persona en realidad. En su huida grupal hacia el sol de invierno en España, había decidido sacrificarse por todos los demás y viajar sola las cuatro horas de camino hasta Barcelona, alejada de sus compañeros de aventuras. Eso supuse. Aún no eran las ocho de la mañana, pero ellos gritaban por encima de nuestras cabezas, y yo sabía que había llegado la hora: el día en que le pedí a la mujer a la que quería que se quedara conmigo para siempre, fuera ya no nevaba y el cielo azul asomó por primera vez en los diez días que pasé en Rusia.

Nunca había pasado tanto tiempo sin ver el sol y pensé en incorporar esa sensación a mi mensaje de amor para Masha. Sus ojos azules como el cielo azul. Sonaba tan vulgar…, pero no había dormido y un tipo que estaba muerto había arrojado sobre mi cara un espantoso hedor a vodka para recordarme quién era.

Además, yo sabía que los ojos de Masha no eran solo azules, así, sin más. En sus ojos azules, uno podía ver el mar. Pero no únicamente era el color. Se podía ver el mar porque el mar está lleno de cosas. En el mar hay de todo: hay tesoros escondidos y hay peces muertos; hay algas flotando y hay aguas cristalinas donde ves tu propio cuerpo; hay inmigrantes náufragos y hay piratas asesinos; hay barcos de guerra y hay embarcaciones de recreo. Y también había de todo en los ojos de Masha: había una alegría descontrolada por la vida y había una tristeza súbita; había cuando te mentía y había cuando salías detrás de ella para decirle que la querías; había la tristeza por tener que exiliarse y había la rebeldía contra las leyes de inmigración; había fidelidad y empatía, pero había traición y soledad; había que me dejara marchar de allí sin ella y había que convirtiera una ciudad en la que pasaban meses sin verse el sol en el mejor lugar del mundo.

—Señor, excúseme, señor. —Una voz sonó en mi cabeza.

Abrí los ojos, mis ojos verde-marrones en los que definitivamente no se podía ver el mar. ¿Qué se podría ver en mis ojos? ¿Qué es verde y marrón?

—Señor —me dijo la chica que hacía unos minutos me había dado el teléfono, la que siempre decía la verdad—, ¿usted hablar inglés?

Asentí y mentí, todo a un tiempo.

Y la chica empezó a hablar en un inglés de avión, más profesional que el de la sala de espera, con la boca cerrada y haciendo gestos con las manos cada poco tiempo, mientras la mujer del pelo cardado y yo asentíamos como si entendiéramos media palabra de lo que nos estaba diciendo y de lo que teníamos que hacer en caso de que el «aparato aéreo» se estrellara o amerizara. Como si en ese caso no fuéramos a ponernos a gritar como unos locos. Como si, en el improbable caso de sobrevivir, no fuéramos a subirnos por encima de las cabezas de los otros pasajeros para salir de allí lo antes posible. Sería muy mala suerte que después no se abriera la puerta de emergencia por no haber prestado más atención a las clases de inglés del colegio. Por lo demás, no me inquietaba demasiado el tema del accidente porque llevaba puestas mis lentillas. Eso me hacía sentir incomprensiblemente seguro. En caso de siniestro, estaba preparado: lo vería todo perfectamente.

La chica que siempre decía la verdad continuó hablando y hablando mientras yo seguía con el teléfono en la mano asintiendo y cerrando los ojos cada poco. Por otra parte, consideré una buena señal que se me hubiera puesto a hablar precisamente ella, la persona que me había devuelto el móvil hacía apenas unos minutos.

Cuando por fin acabó sus explicaciones, sonrió y se incorporó un poco para ajustarse la falda, luego caminó hacia la cabina del avión. La mujer de anchas espaldas y pelo cardado me miró con cara de preturista, como si en cualquier momento fuera a preguntarme dónde quedaba la playa o si podía recomendarle un buen restaurante donde tomar una de esas famosas paellas. La evité y encendí de nuevo el teléfono móvil. Fui a la aplicación correspondiente e intenté mandar el mensaje, pero dentro del avión no había señal de wifi.

Otro pequeño error de cálculo.

Debía desactivar esa bomba que tenía entre las manos: cortar el cable de una vez y largarme de allí, preguntarle a uno de los guardias cuál era la solución para todo aquello.

Activé los datos del teléfono mientras oía unos gritos en la parte delantera del avión a los que no presté atención. Aquel alboroto no hablaba de mí, ya no tenía nada que ver con la noche que pasé en el aeropuerto internacional de Sheremetievo, cuando le pedí a Masha que se quedara conmigo para siempre.

Leí unas cuantas veces el mensaje que resumía la historia de mi vida en unas pocas palabras. Tenía siete, doce, quince, veintidós, veinticinco, treinta, treinta y tres años… Una sucesión de tiempo: la vida condensada en un par de frases. Y ahí estaba yo, montado en un avión ruso camino de mi casa y activando el roaming. A la porra todo: cuando estaba con Masha, no había nadie más en el mundo.

Eso era lo único importante, lo único que había que decir.

Es probable que en algún momento los gritos dentro del avión me despistaran de aquel texto, de quien siempre mentía o de quien siempre decía la verdad, del cable rojo o del cable azul, pero no lo recuerdo.

En las dos frases que le escribí a Masha, aparecieron el borracho muerto de los mocasines marrones, apareció mi padre y su enfermedad, el hombre que componía versos y la mujer que los aplaudía, apareció la chica con melena de cuento de hadas y sus amantes (el joven y el viejo), los signos del horóscopo y la gente que creía en el destino; allí estaban los enfermeros, mi madre y mi abuela; aparecieron el relojero, la viuda y Sofia Arnaboldi en su burdel, también la chica que hacía de figurante y el tipo condenado a vivir para siempre en un asilo; apareció la niña japonesa que lloró y el hombre coreano que se había afeitado solo la mitad de la cara; apareció el silencio de Masha la noche que pasé en el aeropuerto tras pedirle que se quedara conmigo para siempre y apareció Maria Elena, dicho así, a la italiana, con acento en la primera «e», con sus palabras y sus silencios eternos, para siempre, para toda la vida, a más de siete mil quinientos kilómetros de distancia de mi avión.

Tan lejos, tan cerca.

Pulsé en la pantalla sobre «enviar» y el mensaje se fue de mí. En ese momento, por primera vez en los últimos meses me sentí plenamente feliz. Apagué el teléfono y cerré los ojos, a pesar de los gritos que escuché a mi alrededor.

Noté que alguien se sentaba a mi lado, pues en un segundo mi cuerpo se echó para atrás y para delante sobre el asiento. Sin embargo, continué con los ojos cerrados: el cable ya estaba cortado y le había preguntado a quien siempre decía la verdad. Solo quedaba esperar que el avión despegara o que saltara por los aires tras abrirse la puerta equivocada. Y mientras por fin empezaba a dormirme, sentí que me importaba un comino lo que sucediera de ahí en adelante.

Al cabo de unos minutos, alguien me zarandeó suavemente en el hombro, pero no hice caso. Preferí pensar que me lo había imaginado, que era parte del sueño que empezaba a formarse en mi cabeza y a relajar mi cuerpo después de aquellos meses de agonía, fermento, agonía y sueño, que escribió Federico García Lorca. Porque mi vida también era literatura y yo necesitaba un momento de descanso.

No obstante, tras notar que insistía con aquel gesto tan irritante no me quedó más remedio que abrir un poco los ojos. Y más cuando escuché aquella voz que fue como un susurró en mi oído, casi como una caricia:

—Ese tipo está loco.

La vi con el único ojo que había abierto del todo: la chica de la melena de cuento de hadas estaba sentada a mi lado y me hablaba en español sobre alguien que estaba loco. ¿Tal vez se refería a mí? La observé medio dormido, aún con el avión en tierra. Ella me miró esperando una respuesta y yo seguí su mirada hasta el pasillo del avión.

Yo solo quería dormir para olvidarme del mundo: mientras estuviera durmiendo, todo sería posible.

Apenas una fila de asientos más adelante, la chica que siempre decía la verdad discutía con un hombre vestido con un chándal de la selección rusa de algún deporte que no supe identificar: curling, patinaje, halterofilia o baloncesto. Era alto y con algo de barriga; llevaba una cadena de oro en el cuello que debía de haber vuelto loco al arco de seguridad del aeropuerto; tenía el pelo corto y una nariz chata y enrojecida. Estaba gritando.

—Da miedo —insistió la chica de la melena de cuento de hadas—. No sé qué diablos está haciendo, solo faltaba que no pudiéramos despegar por culpa de ese tío. —Resopló mientras tamborileaba con sus dedos sobre una revista de avión: sándwich de jamón y queso, Coca-Cola con limón, una ensalada lila.

Bajé la vista y me fijé en sus zapatos, todavía sin abrir la boca: de color gris, con tacón de aguja y limpios.

—Me llamo Ania, por cierto —dijo mientras mi ojo izquierdo recorría el asiento de delante hasta el pasillo central, donde el hombre del chándal ruso seguía dando voces, rodeado de la chica que siempre decía la verdad y de varios miembros de la tripulación.

Era como si estuvieran representando un espectáculo para todos los pasajeros, que seguíamos fielmente aquel inverosímil teatrillo ruso. Allí sentados, sin hacer nada: porque cuando te subes a un avión la suerte está echada y se establece una suerte de muda solidaridad e idea de tribu entre los pasajeros. Un avión es como nacer otra vez. Los mirábamos con los ojos abiertos, atentos y mudos. Tal vez aquello completara la representación anterior, la del cadáver de zapatos marrones y del olor a vodka.

—¿Qué hacen? —le pregunté a la chica de la melena de cuento.

—No sé, estaba gritando algo de una mujer. No he podido entender nada más.

Por la puerta delantera del avión aparecieron los dos guardias que había visto en los pasillos del aeropuerto, los que habían sustituido a mis personajes de la noche en que le pedí a Masha que se quedara conmigo.

En ese momento, una mujer embarazada de unos cinco o seis meses se levantó al otro lado del pasillo y miró con temor hacia donde estaba gritando el hombre del chándal. Dijo algo, pero no sé el qué. El ruso le contestó algo, pero no sé qué fue. Ella le replicó, pero solo fueron sonidos. Él gritó, pero nada más allá del tono.

Los guardias llegaron a la altura del tipo del chándal y uno de ellos lo cogió por el brazo mientras él seguía dando voces y la mujer embarazada salía al pasillo y decía algo.

—Qué horror —dijo Ania.

—Sí —respondí yo, pero en ruso: «Da».

Y entonces el hombre del chándal se libró del brazo del guardia, dio cuatro pasos de gigante por el pasillo, llegó a la altura de la mujer embarazada y, con un grito de ultratumba, le soltó, con una fuerza desmedida, un puñetazo animal en la boca del estómago.

Allí donde empezaba la vida.

Segunda parte

LOS DÍAS CIEGOS

14

Mientras esperaba, revisé de nuevo mi teléfono móvil: lo encendía, lo apagaba, lo dejaba rodar sobre mi mano.

La gente se acumuló en el andén. Había cotillón esparcido por el suelo y en las chaquetas de gente joven (o más joven que yo, si es que no es lo mismo); había vasos de plástico y aullidos de fiesta, palabra que observé desde lejos y que con el tiempo había ido sometiendo a la mera alegría; había líquido en el suelo, allí donde se pegarían los zapatos al día siguiente, y había una luz blanquecina que le ahorraba a la Administración algo de dinero a final de año y te hacía sentir como en la sala de espera de un hospital.

—Feliz año —me dijo un hombre que se acercó a mi lado.

—Feliz año —le contesté, apenas sin mirarlo.

—Gran fiesta esta noche —me dijo—. Hoy debe ser gran día. El primer día del año es gran día —insistió, e hizo un gesto grande con las manos.

—Sí, grande —respondí yo con las manos en los bolsillos.

Deseé que el destino o mi horóscopo no trajeran a mi lado la compañía de ese hombre para empezar el año. Dijera lo que dijera mi carta astral.

Asentí y aproveché el último vaivén de mi cabeza para dejar la mirada clavada en el suelo: baldosas casi negras cruzadas con otras más pequeñas de un color blanco sucio. Hacía años que allí no se podía fumar, pero en las vías del tren vi restos de colillas, dos bolsas de plástico y un tique de compra de un supermercado. Oí también el suspiro de aquel hombre y percibí el olor ácido de su colonia. Me fijé en sus zapatos, pues no había abandonado aquella costumbre. Es más: me había entregado a ella con una pasión desmedida. Eran blancos pero con la punta negra y reluciente; lustrados, capaces de reflejar la luz blanquecina de la estación; los de un mafioso de película.

—Hoy se tiene que celebrar —continuó él—. En mi país, la gente sale a la calle y hacen fiestas allí en mitad. Todo el mundo invita a todo el mundo. Hay alegría. Las personas bailan y se tocan —dijo. Sonrió con una dentadura de dientes blancos y alineados en perfecto orden. Tenía la boca grande y unas encías enormes—. Echo de menos mi país, pero en España vivís bien. Hay que disfrutar vida, porque todo es muy rápido, amigo.

—Todo es muy rápido, pero el metro no llega —bromeé, lanzando un gesto al reloj que anunciaba la llegada del próximo tren: siete minutos.

El tipo no captó mi broma, o puede que no le hiciera la menor gracia. Se me quedó mirando y me observó: una edad indefinida entre los treinta y los cuarenta; pelo cortado al tres; pantalones vaqueros y zapatos de ante; un abrigo negro y una camisa de color azul con pequeños cuadros.

Mi ropa era plana. Estándar. Centroeuropea.

La suya estaba viva. Todo colorido. Del mundo entero. Porque en su país la vida no daba miedo.

—¿Qué haces tú esta noche, amigo? —me preguntó.

—De momento, esperar el metro —le contesté.

—Ja, ja… Pero no solo es esperar en la vida, ¿verdad? Hoy gran noche de fiesta. Alegría —dijo.

Un matrimonio de unos setenta años pasó a nuestro lado y el tipo les sonrió. Ellos, que eran bajitos y andaban cogidos del brazo, nos saludaron con una sonrisa fugaz, como llegados de otro mundo: «Esta noche no cogemos el coche para ir a casa de tu hijo a cenar, que luego bebes y es peor. Y ya tenemos una edad, Martín». Y Martín, que habría asentido, ahora nos observaba desde un banco del andén. Él, que tenía el cabello canoso cortado con una maquinilla eléctrica, vio a un hombre blanco hablando con un hombre negro. El blanco tenía un gesto cansado en su mirada mientras asentía a las palabras del negro; no parecía que fueran amigos. El negro vestía con ligereza y una elegancia rebelde. No paraba de hablar, pero apenas gesticulaba.

Su mujer le dijo algo al oído, satisfecha de su propia decisión. Observó a su alrededor: para ella, coger el metro a las dos de la mañana era una aventura. Martín no la escuchó. Aun así, asintió con la cabeza, observó aquel vestido verde turquesa que le apretaba las carnes el primer día del año 2016 y echó de menos su coche. Martín añoró el tiempo en el que las cosas se daban por supuestas y no hacía falta discutir de todo, cuando la iniciativa era la tradición y un hombre podía conducir su coche hasta para ir a la vuelta de la esquina, fuera Navidad o el Día de Todos los Santos.

—Yo ahora voy a una grande fiesta —me dijo el hombre—. Mi nombre es Menelik —añadió, y me tendió la mano: anillos dorados y una cadena plateada.

Se la estreché.

—Yo soy Luis —mentí.

—Luis —repitió Menelik, como si no se fiara mucho de mi respuesta—. Tú tienes que venir esta noche a la fiesta conmigo, Luis. Va a haber mucha gente, mucha alegría. No te puedes arrepentir de eso. La gente es alegre en el lugar.

—Gracias, pero lo siento… Gracias, sí…, pero es que ya tengo planes… He quedado en casa de unos amigos… para tomar algo —mintió Luis.

—Yo no tima a nadie, ¿eh? —respondió Menelik, que siguió desconfiando de Luis: quizás hubiera algo en su cara—. Te ofrezco buen plan, amigo. No tima a nadie —repitió. Esta vez levantó las manos, mostrándome las palmas—. Yo no quiero dinero de nadie. Mira, mira.

Se metió una mano en un bolsillo de la americana y por una fracción de segundo pensé que iba a sacar una Colt del calibre cuarenta y tres y acabar conmigo allí mismo: había colillas, dos bolsas de plástico, un tique de supermercado y un hombre muerto con un disparo en la cabeza, entre ceja y ceja; llevaba el pelo cortado al tres. Pero no fue eso lo que sucedió. Menelik sacó varios billetes de cincuenta que exhibió al aire dos minutos antes de que el metro llegara a la estación.

Pero aquellos billetes no decían nada de mí. Martín los miró agitarse mientras su mujer observaba las faldas cortas y prietas de unas adolescentes que podrían ser sus nietas. La mujer negó y se rio. Apoyó la cabeza rubia y teñida en el abrigo negro de su marido.

—Yo te invita, amigo. Si quieres venir, bien. Si no quieres, yo respeto —añadió Menelik—. Pero yo respeta, ¿eh? —dijo, no sé si algo enfadado o completamente poseído por su poder adquisitivo. Se pasó la lengua una y otra vez por la boca cerrada.

—Sí, sí. Gracias, gracias, pero de verdad que no puedo, he quedado en ir a casa de unos amigos.

Y supongo que Menelik no nos creyó a ninguno de los dos, ni a Luis ni a mí, pero sonrió como si lo hiciera. Me dio una tarjeta donde había apuntado una dirección y un teléfono, y me dijo que, si quería, si me apetecía, si dejaba de ser Luis, en definitiva, lo llamara o me pasara directamente por allí. Me dijo adiós con la barbilla y caminó acariciando las baldosas con cierto swing hasta el otro extremo del andén, donde se puso a hablar con un grupo de chicos que se rieron al cabo de unos segundos con unas carcajadas que resonaron por toda la estación.

Lo cierto es que aquella Nochevieja yo no tenía nada que hacer. El plan de no tener planes. Por un momento, me planteé acercarme a Menelik y decirle que aceptaba su invitación: ya veía mi carne dada a los gusanos apareciendo en el puerto de Marsella, con una gaviota sobre mi cabeza sin vida; Smith, de Homicidios, llegaría hasta mis restos mortales después de un madrugón, con un café en la mano y el vaho del frío del amanecer saliendo por su boca. Del cadáver se podría ocupar mi primo Andrés, que había heredado la funeraria y los coches de mi tío Jesús.

«La vida es ensuciarse», me dije con decisión. ¿Qué podía perder? Di un paso hacia ellos para unirme a su fiesta, pero entonces llegó el tren.

Era la segunda parada de la línea, así que aún había asientos libres cuando entré en el vagón. No obstante, desaparecieron rápidamente. La gente los ocupó tras mirar a derecha y a izquierda y precipitarse hacia ellos.

Me apoyé en una de las puertas. Tenía el sabor del turrón y de las uvas que me había obligado a engullir apenas una hora antes. Mi padre había estado dormitando recostado en la mesa del comedor, completamente ajeno a los días que estaban por venir. Todo aquello ya quedaba fuera de su competencia, bastante tenía él con su alzhéimer y con los ictus que anunciaban que la última página de su historia andaba cerca.

Al otro lado de la mesa, mi madre miraba con desinterés la televisión y rellenaba los minutos de aquella noche con silencios y palabras. Del resto se ocupaba un programa de la televisión pública, el mando a distancia, los resoplidos del perro y una sucesión de monosílabos y palabras pequeñas que de vez en cuando salían de mi boca.

Al dar las doce, mi madre y yo nos tomamos las uvas y nadie llamó por teléfono. Ni a ella ni a mí, a pesar de que siempre nos habíamos esforzado porque todo saliera lo mejor posible y todo el mundo estuviera la mar de a gusto.

Y la escena fue así: mi madre sonríe y dice que feliz año; mi padre duerme y un pequeño reguero de baba le cae de la boca trazando su propio camino entre las miguillas de pan y turrón que se le han quedado pegadas en las comisuras de los labios; el perro, tumbado en el sofá, abre los ojos cuando llegan las doce y oye un griterío en la casa del vecino; yo digo con poco convencimiento que feliz año a todos; mi madre se levanta y me da un beso en la mejilla; luego se acerca a mi padre, le pasa una servilleta por la boca; el perro se despereza; mi madre despierta a mi padre y se lo lleva a la cama; en la televisión, el primer anuncio del año es de un aceite de oliva.

Cuando unas cuantas paradas antes de llegar a la mía decidí encender el móvil, unas chicas empezaron a bailar en mitad del vagón. Tal vez estuvieran camino de la fiesta de Menelik. Una de ellas ocupó el centro del tren y otra subió el sonido de su teléfono: una canción enlatada con bases de batería y trompetas se propagó como una bomba de racimo por el vagón. Las demás chicas empezaron a dar palmas a su amiga, mientras otra de ellas registraba la ocasión con su móvil; la cámara iba del cuerpo de la chica a las miradas embobadas de los pasajeros.

Un chaval con el pelo cortado al cepillo se acercó a ella, con los ojos vidriosos y el pantalón excitado. Empezó a contonearse a su lado, pero el ritmo no era lo suyo: lo suyo era la obscenidad. Se podía ver en su mirada y en la sonrisilla cómplice. Buscó la aprobación en los ojos vidriosos de otro muchachote que llevaba el pelo igualmente cortado al cepillo y que vestía con una americana muy parecida a la de su amigo: ancha, grande y fea. Eran como dos gotas de agua, de un agua cutre y suburbial.

Encendí mi móvil para escapar del vagón. Temía que alguien reparara en mí y tuviera que fingir ante ellos una sonrisa de compañía aérea, y ya sabía que eso se me daba fatal. Esperé encontrar en mi teléfono varios mensajes en los que me felicitaran el año; quizás algún mensaje que hablara de mí, algo que por fin me aclarara, un mes después, si mi historia de amor había salido con vida del aeropuerto internacional de Sheremetievo.

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461 p. 2 illustrations
ISBN:
9788412298222
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