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RAQUEL REYNOSO

Hijos de una Nueva Era


Reynoso, Raquel

Hijos de una nueva era / Raquel Reynoso. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-2304-4

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Tabla de contenidos

1  Capítulo I - El hijo

2  Capítulo II - La madre

3  Capítulo III - El tiempo apremia

4  Capítulo IV - Vivir y sobrevivir

5  Capítulo V - Decisiones

6  Capítulo VI - Tomas

7  Capítulo VII - Vida de escolar

8  Capítulo VIII - Miércoles

9  Capítulo IX - Jueves

10  Capítulo X - Viernes 10:00 am

11  Capítulo XI - Confusión

12  Capítulo XII - Siberia

13  Capítulo XIII - La llegada

14  Capítulo XIV - Conversación

15  Capítulo XV - Otro día

16  Capítulo XVI - Días sucesivos

17  Capítulo XVII - Información

18  Capítulo XVIII - La casa de Alisa

19  Capítulo XIX - Regreso

20  Capítulo XX - Regreso a casa

21  Capítulo XXI - Un viaje a San Petersburgo

22  Capítulo XXII - El bautismo

23  Capítulo XXIII - Despertar I

24  Capítulo XXIV - Emilio

25  Capítulo XXV - El regalo

26  Capítulo XXVI - Conversaciones

27  Capítulo XXVII - La función

28  Capítulo XXVIII - El regreso de Tomas

29  Capítulo XXIX - La carta

30  Capítulo XXX - En la casa de Imanol

31  Capítulo XXXI - Los meses oscuros

32  Capítulo XXXII - Despertar II

33  Capítulo XXXIII - Cinco años después

34  Capítulo XXXIV - Erika y Milo

35  Capítulo XXXVI - Tres días para el regreso

36  Capítulo XXXVI - Despertar III

Landmarks

1 Table of Contents

A mi marido por incentivarme y confiar en mí…

A mis hijos que prefirieron postergar sus sueños dejando que nazca el mío…

Capítulo I
El hijo

Su nombre era Milo, aparentaba tener 10 años de edad, un niño como cualquier otro había llegado a ese barrio modesto de familias grandes y poco numerosas; en menos de un mes empezarían nuevamente las clases y el verano daba sus últimas bocanadas de calor prometiendo un poco más de respiro.

Milo a simple vista lucía como cualquier púber que había llegado con una familia matriarcal de tías, prima y una abuela joven; llamaba la atención por una belleza enaltecida pero con una timidez contradictoria. “Es hermoso”, suspiró su madre cuando terminó de darlo a luz y con las últimas fuerzas entregó el bebé a su hermana. En el medio de llantos y la impotencia que reinaba en la habitación de aquella casa de campo observaron a Milo que se abría paso a una nueva e incierta vida; era verdad esa frase agónica de su madre, sus rasgos todos proporcionados daban lugar a un rostro pálido pero con unos ojos esmeraldas como cristales que no podías dejar de contemplar, su boca colorada y carnosa dibujaba involuntariamente una sonrisa y su cabello revuelto de un tono castaño claro lo hacía más llamativo.

Su timidez lograba que pasara desapercibido, casi no salía de la casa y con un prontuario de mudanzas, sin amigos de su edad y sin escolaridad era imposible que socializara, sin embargo él sabía que era para protegerlo y no exponerlo a una sociedad de poca fe y estructurada.

Milo parecía común pero no lo era, sus diez años lo había hecho en un récord de cinco y por cada año se duplicaba su crecimiento. Tampoco culpaban de ese fenómeno a una enfermedad por lo que ningún medico había puesto sus manos ni para un control, sin embargo había una causa secreta y escalofriante: Milo era hijo de un homófago que había expirado hacía unos años pero como su padre pasó por esta vida había otros vagando por varios puntos del planeta.

No solo era adelantado para crecer también para aprender; con una facilidad extraordinaria a los cinco meses ya daba sus primeros pasos y a los diez años podía conversar en varios idiomas, solo necesitaba escucharlos. Su docilidad dejaba que todos manejaran su vida sin cuestionar y así desde muy chiquito aprendía de un profesor que lo educaría desde una enseñanza personalizada: Tomas, se había tomado muy seriamente en instruir al jovencito, siempre con el permiso de la jefa de familia.

Ahora, volverían a empezar otra vez sin la compañía del perpetuo maestro que tanto ayudó desde un anonimato algo peculiar; solo instruía a Milo y si la abuela o las dos tías tenían alguna duda, él aconsejaba lo justo con respecto a la crianza del niño; quizás lo hacía así por miedo o por respeto a esa familia que fue tocada en suerte por un par suyo. Milo tampoco era de preguntar pero tenía en claro quién era y tal vez, igual que Tomas, había decidido quedarse en el molde.

Capítulo II
La madre

Victoria era la típica adolescente soñadora, vivía con sus padres y dos hermanas mayores en una casa alejada de todo el bullicio de la ciudad, estudiaba en el secundario más cercano a su domicilio, en una escuela agraria donde asistían la mayoría de los vástagos de la zona. Al igual que sus compañeros, la distancia a recorrer le llevaba una media hora en la bicicleta que su padre le regaló al cumplir sus dieciséis años ya que la anterior había sucumbido tras un ciclo de idas y venidas.

Sus hermanas mayores se habían abocado a la labor de la casa y al pequeño negocio de quesos, mermeladas y otras delicias artesanales.

Muy unidas entre las mujeres y habilidosas para todo; desde mantener la casa, trabajar en la mini empresa lograda con entusiasmo y arte; atender a la revoltosa de Eugenia, hija de la mayor, que con sus tres añitos había quedado huérfana de padre y escuchar a la romántica de Victoria que no hacía otra cosa que hablar de ese muchacho tan misterioso que se paseaba bajo la lluvia en el camino entre la escuela y la casa.

“Tened cuidado nena, que no lo conoces” repetía la madre una y otra vez cuando oía suspirar al retoño de su hija, vagamente sentía en su alma que algo no estaba bien con ese chico que se le aparecía pero tanto trabajo y la confianza de la gente del interior amainaban la situación, le pediría a Patricia, a la mayor de todas, que la acompañara unos días a la escuela para que le traiga noticias de ese tal <Axel>.

Una de esas noches sureñas argentinas, la señora de la casa se paseaba por los cuartos trabando ventanas para que el agreste viento no volara las hojuelas de los ventanales, escuchó atentamente como Victoria le contaba casi en un tono de confesión a su hermana Inés que Axel tenía un hermano tan bien parecido como su mismo enamorado pero retraído y que no hablaba.

—Su nombre es Tomas pero no habla mucho como mi querido Axel, te quiere conocer antes que se vayan así que acompáñame a la escuela mañana.

—¡Sabes que no quiero conocer chicos! además Tomas ni lo propuso así que no le interesa tener novia.

—Es demasiado tímido se llevarían muy bien entre ustedes, no es como mi Axel tan osado para todo– concluyó risueña, muy típico de ella.

Mamá continúo cerrando ventanas con una opresión en el corazón que la descomponía; “antes era uno y ahora son dos”, claro estaba que si dos individuos estaban por quedarse en el pueblo sería el comentario de todos en la feria y a sus oídos llegarían otros rumores aparte del de su hija. En puntas de pie entró al cuarto de Patricia decidida a pedirle que la ayudara en averiguar quien era este Axel y el reciente Tomás.

A la mañana siguiente la adolescente agarró su bicicleta y echó andar por el sendero una vez más, seguro estaba ofuscada por la negativa de su hermana y pedaleó muy duro en las subidas; a unos metros atrás Patricia la seguía sigilosamente tratando de no ser vista. Al llegar a mitad de camino les salieron al paso los dos jóvenes que con ademanes saludaban a la muchacha para que se detenga mientras uno se esforzaba por convencer al otro.

—¿Qué te parece mi amigo? ambas son muy lindas así que procedamos sugirió Axel al

detener a su novia observando lascivamente a Patricia que se acercaba.

—Por favor, vamos, – insistió Tomas.

La chica se dio vuelta y se encontró con la mirada inquietante de su hermana que se había detenido unos metros más atrás.

—Ella no es Inés, es la entrometida de Patricia.

En ese instante los cuatro se sobresaltaron al tomar conciencia de una escena imprevista, alguien más se sumaba al juego provocando que Tomás jalara del brazo a su compañero y arrastrara a Victoria con ellos ya que Axel estaba amarrado del manubrio de la bicicleta. Patricia empezó a gritar del susto y corrió a levantar a su hermanita, en ese ínterin Axel con una furia sobrehumana empujó a su amigo estrellándolo en los árboles; como si estuviese en cámara lenta, Tomás se fue incorporando a duras penas, las chicas aun desde el piso miraban atónitas y Axel dejaba de prestarles atención para reparar en el recién llegado. Todo sucedió muy rápido casi en un pestañear. El recién llegado, padre de las jóvenes, apuntaba con una escopeta la cabeza del enamorado; a una distancia de varios metros estaba “el viejo” dispuesto a defender a sus hijas; las chicas solo movieron las cabezas en ambas direcciones con los ojos como platos; Tomas apoyado en el árbol también miraba horrorizado a su compañero que con un movimiento veloz alcanzó al pobre hombre tomándole del cuello con una sola mano acercándolo a su mandíbula que cercenó sin piedad la vena yugular y la carótida, sin reparar en el arma que separaban sus cuerpos con el resultado de un cruento boquete en el medio del abdomen de Axel. Los gritos desesperados de las mujeres quebraron el absorto silencio posterior al estruendo del disparo; las chicas corrieron junto al padre agonizante que entre sollozos y el aturdimiento no se percataron de la acción de Tomas. Toda una escena sangrienta que solo el espanto era la estrella; en ese tris de circunstancias Tomas se acercó a su compañero herido y sacándole ventaja a la situación le arrancó la cabeza porque sabía que esa era su oportunidad de librarse para siempre de su mentor, tutor, hermano o como quisiera llamarle que le otorgaba un lugar en su sombra por lo que significaba esa relación y por el poder que emanaba de sus entrañas, a Tomas no le quedaba otra que agachar la cabeza y asentir las decisiones de su compañero.

Cuando las chicas lograron resignarse a que su padre no volvería a levantarse del suelo notaron la presencia tímida de Tomas que esperaba al pie de los restos de Axel. Un frío recorrió las venas de ambas mujeres al percibir la cabeza desprendida del tórax del joven, muy lentamente se levantaron y sin sacarle los ojos de encima se dispusieron a huir. Tomas logró capturar a Victoria y la envolvió en sus brazos para que ese aullido de horror no se soltara, Patricia atinó a levantar el arma de su padre y con fuerzas la sostuvo apuntando a la nada misma porque ambos misteriosamente habían desaparecido, se quedó sola en el bosque con los dos cadáveres y el horror en sus ojos. Regresó como pudo a la casa, le llevó más tiempo de lo previsto ya que lo hizo caminando y a duras penas sus pasos daban traspiés hasta su hogar mientras que un torbellino de preguntas le asaltaron la cabeza: “¿Cómo contaría todo? ¿Por dónde empezar? ¿Qué le explicaría a su madre? ¿Cómo se había enterado papá de esto? Solo mamá lo sabía por eso le había pedido que siguiera a su hermana. MALDITA VICTORIA SIEMPRE METIÉNDOTE EN LÍOS y éste, era

desmesurado. ¿Qué hacemos ahora?”

La puerta de entrada se abrió rechinando las bisagras, hacía mucho frío y por un instante agradeció estar en casa, los pies y las manos estaban congelados y el calor del hogar envolvió el rostro pálido de la recién llegada. Cuando la puerta golpeó al cerrarse pudo escuchar unos murmullos en el comedor, siguiendo la luz y las conversaciones tenues, Patricia entró al cuarto y sus ojos desorbitados se encontraron con la figura de Tomas cerca de la hoguera; también estaba su madre sentada en uno de los rústicos sillones al lado de Victoria, la otra hermana le alcanzaba a la más pequeña una manta de lanilla; todos observaron a Patricia que tenía erizada el alma y los miró con dudosa cordura. Escrutó prolijamente todos los rincones de ese cuarto para encontrar a su hija en peligro pero no la halló y ese resultado le dio un poco de calma a su corazón, así pudo acercarse al grupo que para nada se notaban amenazados por ese individuo misterioso. La madre ordenó a su segunda hija que le trajera otra manta y que le preparase una bebida caliente para aflojar el entumecimiento. Inés obedeció la orden y con los ojos encarnados de tanto llanto corrió a la cocina sin dejar de mirar a la pobre de Patricia que no entendía nada. La muchacha observó con atención cada rostro, cada pose y se dio cuenta que todas las mujeres allí presente habían llorado, pero algo mas había en sus rostros; una mezcla de amargura y preocupación y por la manera que Victoria era cuidada por su madre, la causante de tal desvelo sería ella. Tomas ni se inmutó pero seguía con sigilo todos los movimientos de Patricia. Ella también lo miró y al volverse a su madre preguntó decididamente:

—¿Qué está pasando acá, Te enteraste de papá?

Inés regresó con un té de hierbas y otra manta de lanilla para la recién llegada, esta se cubrió y con los dedos rígidos y temblorosos asió la taza permaneciendo clavada en el mismo lugar. Los ojos de las hermanas de los extremos se encontraron y la menor rompió nuevamente en sollozos; la madre señaló el otro sillón invitándola a sentarse y con una voz firme mientras apretaba las manos de la niña para contenerla dijo:

—Tenemos que hablar. Ya sabemos lo de su padre pero aquí hay algo más... – hizo una pausa y sus lágrimas rodaron por sus mejillas rosáceas, tomó aire y continuó– Tu hermana está embarazada y va a morir cuando dé a luz.

Inés comenzó ahogarse en un llanto interno, Patricia no dejaba de salir de su asombro.

—¿Qué estás diciendo mamá?– interpeló totalmente desquiciada la mayor.

La madre la calló con un puño cerrado golpeando el apoya brazo del sillón provocando ligeros moretones y continuó explicando con su ahogada voz:

—En pocos meses nacerá el bebé... y... ella morirá al tenerlo y... no hay solución... – la congoja no la dejó continuar.

—¿Cómo es posible?– Patricia saltó del sillón cargada de impotencia y arrojó la taza a los pies de Victoria provocando el susto de la pequeña. Lentamente Tomas que hasta el momento estaba como una estatua, se aproximó al hombro de Victoria, observó el rostro enajenado de la hermana mayor y cuando sus ojos se encontraron rompió el silencio:

—Axel no era humano, el bebé tampoco lo será y tu padre sabía de nosotros. – Inclinó la cabeza, hizo una pausa y agregó– lo siento, de verdad.

Patricia se desplomó en el sillón y Victoria rompió a llorar.

Capítulo III
El tiempo apremia

Las cartas estaban echadas y no cabía lugar para retratarse, diez semanas tal vez un poco más sin contar el momento en que ella se había entregado a su príncipe; ese dato se lo guardó considerando que estaba en su derecho. Por supuesto Tomas lo sabía pero no iba a traicionar a su futura amiga.

En ese lapso Tomas se integró a la casa para cuidar de la niña y para relatar lo más simple posible el origen de todo aquello, ya no había nada por lo cual luchar solo quedaba esperar esa sentencia de muerte con una leve luz de amanecer. El feto se había arraigado como raíces y crecía de manera tal que no dejaba espacio a la esperanza ni a la duda de un “tal vez”. En ambas opciones Victoria perdía, así que el aborto no estaba en los planes de nadie, se decidió por unanimidad de sentimientos que era mejor la espera en agonía que acortarle la fina cuerda de vida.

Y allí estaba la historia escalofriante pero a la vez llena de una extraña fascinación. Y si de origen de especies aun hay teorías fundadas en mutaciones, evolución, manipuleo de genética o extraterrestres, por qué pensar que el vampirismo solo debe existir como parte de una fantasía humana. Ellos pertenecían a un selecto grupo de homófagos, así se llamaban; una rara especie que se mezclaba con la humanidad por sus características externas; no eran vampiros de películas pero si debían ingerir el plasma en su estado natural porque allí estaba la fuente de todo el alimento que necesitaban, tampoco se multiplicaban con una mordida no obstante sus vástagos eran producto de uno de ellos y una mujer humana quien tendría la genética para transportar y albergar al heredero. Sus hijos en un término de doce o quince semanas saldrían al mundo con un único sexo, el masculino.

Victoria acariciaba su vientre cada vez más pronunciado sabiendo que esperaba a un niño.

—Será un soldado más para tu raza–, repetía la embarazada al único confesor de las desdichas que le esperaban. Y, tenía razón, esta especie vomitaba soldados varones que en su adultez se agruparían para la supervivencia desde las sombras, acaso no lo hacen todos los grupos de seres vivos en el planeta; porque ellos estarían exentos a la naturaleza, después de todo, pertenecían a la diversidad y peleaban su lugar en la cadena alimentaria. –Lo relativo está dado y siempre hay una variable–contestó Tomas a una duda lógica de la futura madre.

Estadísticamente ellos no existían salvo en la imaginación sin límite, empero sus almas convivían entre nosotros tratando de respetar un equilibrio casi natural; no era fácil dar un hijo a este mundo y un hijo nacido era una posesión valiosísima para aquel que lo tenía. Ello significaría poder en todos los sentidos y respeto por un cerebro en formación al que se le pudiera instruir desde el principio. Un descendiente que se convertiría en un par, en un compañero eterno. En algún momento de la espera Tomas dejó escapar esa relación que había tenido con Axel, no compartían parentesco pero si le debía esa vida casi perenne.

—No hay eternidad para nadie–, le contestó a la damnificada–, solo que algunas especies viven más que otras y se hacen más fuertes, esa cualidad trae una inmunidad a las células que no se marchitan fácilmente.

Era cierto, los homófagos no encontraban la inmortalidad pero si tenían una vida lenta y sanaban con facilidad, no se enfermaban ni envejecían tan veloz como los humanos pero tampoco procreaban como ellos; podían pasar décadas sin un hijo y cuando nacía uno era tan o más vulnerable que un niño común, así como el período gestacional era ínfimo también el crecimiento. Milo, así elegiría su madre llamarlo, duplicaría sus años de vida hasta llegar a un tope de diez años y como en reversa, si no habría un homófago cerca para transmitirle a través de una mordida una sustancia proteica con unos ligeros aminoácidos especiales, envejecería en un tiempo récord homólogo a su gestación dando curso a un sin fin de fallas orgánicas provocándole una muerte segura; de esa manera se aseguraban la supervivencia pero también la subordinación del joven.

—Paradoja la de ustedes, rápidos para nacer y rápidos para morir–, dictó Victoria en un vanagloriarse de soberbia. –Entonces, será tu recluta. Dijo acariciándose el vientre.

—Siento que debo enmendar por no atreverme a Axel y la única forma es cuidando de tu hijo.

Victoria cerró los ojos con una leve sonrisa, dejó que el sol sureño abrigue su rostro hinchado por las circunstancias y el silencio dio aviso que su interlocutor debía retirarse lejos de su presencia. Tomas no leía la mente ni los otros tampoco pero no hacía falta tener un don para saber que lugar tenía en esa familia devastada por tantas miserias; cuando era así se alejaba dejando la casa y al otro día regresaba pidiendo un permiso invisible para continuar nutriendo con información a las mujeres del hogar.

Mientras los días pasaban el trato se solidificaba, Milo nacería dando muerte a su joven madre, crecería entre los suyos, la familia materna y sería educado por su tío especial hasta que fuera conveniente su metamorfosis, así lo llamaban ellas.

En una tarde primaveral, Victoria descansaba tendida en una hamaca de lona bajo los rayos del sol, no dejaba de sollozar consciente de lo poco que le quedaba, llamó a los gritos a la familia que sobresaltada se agolparon alrededor; ella los miró uno a uno y con la voz temblorosa les dijo:

—Quiéranlo porque es parte de mi también, todo esto tiene que valer la pena y si algo sale mal entiérrenlo junto a mi padre y a su padre porque después de todo él lo engendró.

Patricia la abrazó conteniéndola y recordó sin querer que ambos estuvieran inhumados en el mismo lugar por una cuestión de seguridad y no levantar sospechas. La niña secó sus lágrimas y continuó:

—Ténganle paciencia porque va a tener hambre...

Con esa inocente frase, Tomas le agarró la mano, actitud que nunca había tenido hasta el momento y acotó en su oído:

—También nos alimentamos de otras cosas no estamos chupando sangre a las personas por ahí.

Victoria lo miró y ambos rieron con complicidad, el homófago se había dado cuenta que la niña estaba lista, quizás esa era la última duda que tenía en un resumido cuestionario dado que el tiempo no poseía esa benevolencia que tanto necesitaban, le acometía la ansiedad y el desasosiego por verla tan chiquita y sin chance de vida.

Está de más describir un parto complicado donde el puje para soltar a la nueva vida desgarró todo hilo de esperanzas, aquí no había sueños ni un tal vez... el niño nacería sano y fuerte como un buey abriéndose paso entre tanto dolor y desencanto, toda ilusión se borraba y en las manos del partero solo quedaría el fruto de un despreciable infortunio, un desasosiego en las entrañas, un vacío en el corazón.

Los ojos sangrantes de la parturienta se posaron en el bebé que no dejaba de llorar y en una brisa de voz exclamó: “ES HERMOSO”.

No logró recuperar el aliento al soltar esa frase y todo lo que quedaba de ella estaría en esa cama envuelta en un mar de sangre y ausencia de vida, Victoria se había ido. Para los vecinos, un cáncer fulminante devoró su cuerpo y por qué no ponerle un nombre a ese “monstruo”, después de todo Milo la había consumido.

Capítulo IV
Vivir y sobrevivir

Con la desaparición de Victoria también debieron ocultar al niño. ¿En qué mente cabría que era hijo de la adolescente y un vampiro? Tomas le facilitó las cosas, se vendió lo que tenían y así partieron rumbo a lo desconocido; con el bebé en pleno crecimiento empezaron a mudarse seguido, un tiempo en Río Negro, otro en Neuquén, La Pampa y por que no en Buenos Aires.

En muchos relatos el vampiro es un ser humano que una vez muerto resucita con la compulsión de beber sangre humana pero no era el caso de Tomas y su raza, podían alimentarse de carnes y alimentos con un alto contenido proteico, beber toda clase de líquidos y en cualquier momento o al final del día incorporar sangre en lo posible fresca adquirida de animales, del banco de sangre o de la clonación.

El vampirismo era una ciencia casi incorporada en las mentes por los mismos vampiros, dibujada desde lo ficticio y asociada a lo diabólico y lo malvado.

—Nuestro gran maestro es el querido Conde Drácula, – decía Tomas a su pequeño alumno en un tono burlón. – Desde antes del siglo XVI estábamos en boca de todos, algunos nos aborrecían y otros nos alababan por la destreza y el conocimiento superior de cualquier mediocre; quizás alguno de nuestros antepasados se mostró e hizo la payasada de pasarse por un dios, lo cierto que los babilonios solían llevar diminutos cilindros de arcilla para protegerse de los espíritus malignos y nosotros éramos parte de ese clan junto a las pobres mujeres que fueron culpadas por practicar herejía en los tiempos romanos. El vampiro u homófago como quieras llamarlo, también es asociado con los antiguos egipcios que llevaban como amuleto un tipo de escarabajo que lo usaban como escudo en contra nuestro y otros eran enterrados con el ankh que simbolizaba la vida eterna. Lo cierto que se transmitió hasta el día de hoy toda esta euforia acompañada al miedo de morir y nosotros simbolizamos un poco a esa vida eterna, parte de nuestra sobrevivencia y el folklore de nuestro existir nos condujo por el camino de mimetizarnos entre los humanos. No podríamos salir a la luz porque para el ojo de ellos no envejeceríamos jamás y nuestra existencia estaría amenazada por la curiosidad y la envidia de las personas. Ya nos ha pasado...”

—Preferible ser los directores de la orquesta y no el músico– concluyó Milo al cerrar uno de esos libracos que llenaban sus tardes de historias y artes oscuras. Se levantó de la silla un poco molesto con el profesor y se acercó a los ventanales que daban a uno de esos lagos artificiales pampéanos. Tomas se arrimó cauteloso al hombro del pequeño y le instó a que largue lo que tenía adentro, el niño se dio la vuelta enfrentándose a su profesor y mirándole fijo le escupió:

—Aún me quedan dudas de mi existencia, me llenas de historias con una mixtura de cuentos y hechos reales pero no me dices que le pasó a mi padre, solo un vampiro podría haberle dado la muerte y no mi abuelo con una escopeta– al terminar la frase tomó una tijera y se produjo un corte en el antebrazo que rápidamente sanó dejando un hilito como cicatriz, volvió a mirarles a los ojos y le dijo:

—Y no creo que solo lo has hecho para convertirme en uno de los tuyos.

Milo lo observó fijamente y notó como se había alterado, en un desdén sonrió vencedor por lo cual Tomas demostró un cierto aire lastimero.

—¿Acaso no te das cuenta que yo puedo salvarte de una existencia corta y una muerte segura?

—¿Y qué?– masculló despreocupado–después de todo esta es mi vida y no le debo nada a nadie, si tengo que morir joven lo puedo hacer. Mi madre aun era más joven de lo que seria yo y decidió sacrificarse para darme a luz.

—El deceso de tus padres y el de tu abuelo deben de dejarte algo, tienes que darle al menos tu vida si no sería en vano todo esto.

Milo se arremetió a su interlocutor empujándolo, mas ni lo movió, abrió la puerta de su habitación, (lugar que usaban para las reuniones ilustrativas con su profesor) y antes de cerrarla de un portazo vocifero:

—¡Estoy seguro que eres el causante de su muerte y la relación que los unía produjo ese hecho! – Con una mueca despreciable en sus labios concluyó– yo puedo elegir y elijo mi emancipación contigo. Así fue como Tomas quedó solo en ese cuarto envuelto en una furia sin límites, tenía ganas de correrlo y sacudir a ese minúsculo mequetrefe hasta que sus ideas se acomodaran ¿pero quién era ese mocoso con aires imperiosos? hablarle así al maestro, al que le daría su vida nueva, el único ser con el cual podía identificarse; al final era idéntico a su padre, un ser que despreció toda su vida por el manipuleo que le produjo y que no pudo levantar su frente hasta que le dio muerte. Esa tarde salió de la casa sin cruzarse con la familia, igualmente la relación que se había forjado era por Milo y de una manera u otra le hacían sentir que el homófago tenía una deuda con ellos. Solo divisó al niño encestando una pelota en el patio lateral de la vivienda, ambos se miraron, Milo con desprecio y Tomas con su inagotable tolerancia a la humillación intentó detenerse para conversar pero al ver la corrida del pequeño hacia el interior de la casa dedujo que no era el momento, subió a su auto y esa fue la última vez que se encontraron; al otro día, perdonando todos los dichos, se halló con la vivienda deshabitada y sin un rastro del heredero y su familia.

Capítulo V
Decisiones

Buenos Aires los recibía con la euforia por la aproximación del comienzo de las clases, aun quedaba por disfrutar de la pileta y de los últimos bronceados. Se instalaron en una casa con algunas comodidades en un barrio de poca gente y alejado del centro de la ciudad en una localidad de escasos habitantes en el conurbano bonaerense. Esa decisión les costaría el desmembramiento familiar ya que el dinero se les estaba acabando y Patricia debía elegir arraigarse a un lugar para criar a su hija y establecerse en un trabajo permanente; no podía continuar con su vida nómade por una promesa hecha a su hermana muerta. Dejar atrás a Tomas fue una decisión unánime en la familia, simplemente se habían cansado de su presencia y verlo todos los días era renovar el duelo por los que ya no estaban. Milo expresó su deseo mucho antes así que esa última discusión doblaría la apuesta a empezar una vida nueva sin el profesor. “Dejadlo al libre albedrío” recitó el niño cuando la abuela le preguntó que hacer con su condición de vida; Milo tenía muy en claro en donde estaba situado y por su juventud era bastante camicase en las decisiones referidas a él mismo, ya encontrarían una respuesta pero era muy cierto que no podían girar entorno a él ni tampoco él lo quería; necesitaban encontrar el rumbo de sus vidas, volver a tener sueños y dejar de atribuir culpas.

En una de esas cenas donde se planificaba como seguir adelante Patricia comentó sobre una entrevista de trabajo en un banco, solicitó a su hermana Inés que le buscara una escuela estatal para Eugenia y que se apurara en conseguirle vacante para no perder el año. Todos conversaban a la vez exaltados en algún punto de querer arrear ese vigor a cumplir sus propios sueños, no repararon en Milo que desde algún rincón de la mesa jugueteaba con el helado haciéndolo papilla. Por supuesto Eugenia se dio cuenta que algo no estaba bien con su primo y le empuñó amistosamente. La niña estaba al tanto como lo estaba Milo de las circunstancias, su flexibilidad al adaptarse facilitaba los menesteres que le habían tocado vivir y en consecuencia desfallecía en una soledad al igual que él; la relación entre los niños era peculiar, no eran íntimos en travesuras infantiles pero tampoco solían ser muy reservados en sus pensamientos, Eugenia conversaba sobre algunas frivolidades de lo cotidiano y solía acribillarlo de preguntas cuando era necesario acallar su curiosidad. Milo debía luchar con esa madurez que se le acopiaban meses tras meses y encontraba en ella una receptora ávida de sus propias incertidumbres. Así fue que Inés reparó en ese ademán consolador de su sobrina y le preguntó al niño sobre su estado de ánimo, quizás las decisiones fueron tomadas con ciertas ligerezas y el jovencito no estaba preparado a ese libre albedrío que anteriormente había mencionado. Todos dejaron de emitir sonido y sus rostros preocupados se volvieron a Milo que dejó de chamuscar el postre y levantó parcialmente la mirada hacia las mujeres.

—Largadlo– sugirió la más joven de las tías. Milo apretó los labios, se enderezó en su silla y con simpleza lo soltó:

—Quiero ir a la escuela– advirtiendo los efectos del pedido se adelantó antes que alguien pueda emitir sonido alguno–, todas ustedes están tratando de encausarse en sus vidas, todas tienen algún plan, hasta Euge divaga con las nuevas amigas que va a tener y siento que yo quedé en el tintero.

Se echaron a reír por la frase, la misma que usaba la abuela de muletilla; de apoco las risas dejaron paso a la seriedad de la situación, tenía razón el pobre al referirse de su descuido; Patricia estaba por afianzar un trabajo, su hija iría a la escuela, Inés pensaba en anotarse para estudiar chef y hasta la abuela comentó de hacer falta se arreglaría con trabajar en la limpieza. ¿Milo? ¿Se habían olvidado de él? En algún punto en su corta vida, el niño dudaba de los sentimientos que tenían para con él ¿Acaso no pidió Victoria como su último deseo que se ocuparan y amen a ese hijo suyo? ¿Cuál era el lugar que debería ocupar ese niño? En ocasiones le hacían sentir que era un fenómeno, el patito feo del cuento que no encajaba con sus semejantes; lo que daría por ser un chico normal. Y si... Milo era el cisne en esa familia de palmípedos comunes, era lo que Tomas trató de inculcarle con vigor desde que salió del vientre de su madre.

—¿Sabes lo que eso significaría?, exponerte y exponernos– enfatizó la mayor de las mujeres.

—¿y qué van hacer de mi? ¿Me quedaré esperando hasta morir mientras ustedes bailan alrededor mío, eso quería mi mamá? Nunca pido nada pero esta de más decir lo que siento en mi pecho.

Palabras dolorosas como puñales, recuerdos tormentosos que provocaron que el aire se condense en las narices de la familia ¿Cómo podían hacerle esto al hijo de Victoria, a su sobrinito, a su nieto...? ¿Qué mezcla rara se cocinaba con respecto a ese niño? ¿Sus ojos como dos esmeraldas vidriadas por las lágrimas no enternecían los sentimientos de esas mujeres? Milo examinó cada rostro y pudo ver un poquito más; entró a sus almas aun dolidas y sangrantes de un cambio de vida brusco por tantas calamidades, observó desde afuera sus movimientos mientras discutían para encontrar la mejor respuesta o la más acertada conveniencia, se dejó llevar por un silencio inexistente, se elevó a un punto inverosímil del patio achicándose al tamaño de un insecto para ahondar en sus corazones y poder descubrir qué clase de cuerdas movían sus almas, se estremeció en un dejavú al encontrarse con lo que Victoria se había llevado con su muerte, penetró aun más en ese mundo infinito de posibilidades truncadas y despertó a su padre que lo tenía dormido eternamente llegando a la conclusión que Tomas tenía gran parte de esa culpa por no dejar a Axel disfrutar de su hijo, de no dejarlo conocer a su verdadero progenitor. El lo había engendrado porque deseaba tener un hijo y estaba seguro que Tomas había truncado a propósito esa posibilidad ¿Pero cuál sería la razón? Volvió en sí cuando otro puñetazo de Eugenia le hizo cosquillas y sin prestarle atención a la actitud tomada por la familia determinó:

—Anotadme en la misma escuela que Eugenia, también es hora que tome las cuerdas de mi vida, por favor no me lo nieguen.

Ellas se le quedaron mirando con desconcierto y temor sin embargo aceptaron su pedido, Milo probaría su propia suerte en una escuela estatal en un sexto grado.

Capítulo VI
Tomas

Los harapos de Tomas llegaron al punto de llamar la atención, semanas enteras olvidó mudarse de ropas y ni hablar de la higiene. Ese ser enloquecido vagaba puerta por puerta, de un rincón al otro en búsqueda de la respuesta; la gente reconocía ese rostro enajenado por la soledad y la pérdida de sus seres queridos... o mejor dicho de su futuro compañero. Su familia había desaparecido como si un dios estuviera haciéndole la jugada de esconderle sus piezas de ajedrez y riéndose de la locura que despertaba esa curiosidad ansiosa llena de silencios y misterios. Entró con la mente perdida al antiguo cuarto del niño y se recostó en uno de sus rincones, inhalando el aroma que se escabullía del visitante; ya no quedaba nada, polvo y residuos de una mudanza precipitada ensombrecía la habitación; la oscuridad y los ruidos de la noche despertaban como una seguidilla de bostezos. Tomas empezó a sentir la gelidez de las horas pero no pudo despegarse de ese espacio que había conseguido y se dejó arrumacar por la soledad y la desazón; la cabeza golpeó una y otra vez la pared hasta romper en una llovizna de sangre, un dolor punzante arremetió contra su enérgico corazón doblándolo en dos y desde la profundidad de sus huesos salió disparado un grito estremecedor e inagotable.

El amanecer no dio tregua, el circuito de la vida continuó su marcha a pesar de todo; así fue que Tomas despertó con los sonidos propios de la naturaleza y los brazos del sol que entibiaban su rostro. Como un ser viejo apenas logró incorporarse, se sostuvo en sus miembros inferiores entumecidos y dando traspiés dejó la casa bajo la mirada de un perro vagabundo que pasaba por el lugar. El animal quedó inmóvil al encontrarse con esa raza depredadora, ambos cruzaron las miradas, el can instintivamente se erizó de terror pero apaciguó su corazón al ver alejarse el peligro. Ese ser parecía vacío, enfermo de tanta amargura, sólo, en un hábitat que no le era propio;

Tomas se alejó hacia un rumbo desconocido, sabía que no volvería y que esa era una despedida de una vida utópica que se desvanecía como la arena entre sus dedos, pero no estaba solo... junto a él había un destino, una idea... una meta.

Capítulo VII
Vida de escolar

Qué bienestar encontró el adolescente al cerrar sus ojos en la almohada nueva de plumas; la normalidad y la estabilidad aliviaron las incertidumbres. Que más podía pedir en las fechas claves de su existencia como en un cumpleaños, una navidad o el día del niño; mientras otros se desesperaban en romper envolturas de regalos, Milo absorbía las dichas que la vida le estaba obsequiando; una familia que encuadraba, una rutina benefactora, amigos verdaderos y hasta pillerías reales encastraban en un rompecabezas que de a poco se iba armando. Dos años transcurrieron en ese ir y venir lleno de ajustes, la secundaria lo esperaba y nuevamente se abría un abanico de locura y éxtasis.

—En esa escuela cursará Erika, creo que estará gustosa cuando te vea, – comentó “Euge”, (así le gustaba llamarla), en un tono cómplice mientras cortaba una naranja.

Milo se hallaba a su lado observando las rebanadas del cítrico que caía a la mesada de la cocina, sonrió con sus labios perfectos y su tonalidad pálida dio permiso a un fugaz rubor.

—Al que no le va a gustar es a tu amigo... Santiago, – continuó la pequeña con su monólogo. Así eran la mayoría de las conversaciones de los primos, Eugenia lanzaba un mar de ideas que daban lugar a un monólogo y Milo solo lo recibía con una sonrisa aprobatoria; no quería extenderse a un diálogo con ella porque sabía que no podría escapar de la mocosa charlatana; sin embargo, disfrutaba de su compañía y la escuchaba. Ella era un sostén y su cable a tierra, con ella podía ser realmente como era y no hacía falta ocultar nada. Milo codeó a su prima y en un jugueteo de cosquillas, el filo del cuchillo resbaló y tajeó el dedo de la niña; ella soltó la naranja y sacudió la mano lastimada salpicando de sangre la mesada y la cara de su acompañante, ambos se asustaron al ver tantas manchas y los gritos de la pequeña alertaron a Inés que la socorrió rápidamente. No era de gravedad, un poco de agua y jabón y una ajustada venda solucionaría la hemorragia, desde el baño se escuchaban los sollozos de la niña y las palabras de consuelo de su tía. En la cocina había quedado el desastre del accidente y un joven inmovilizado al sentir el hedor de la sangre que penetraba en sus poros; sus ojos esmeraldas estaban fijos en las manchas de ese apetecible líquido viscoso, sus latidos golpeaban su tórax y una nube de confusión aturdía su cabeza; más su impulso lo llevó a lamer cada gota de sangre desparramada y con un placer desmesurado abandonó toda capacidad de razón. ¿Qué le había pasado? ¿Acaso los vampiros no se alimentan después de ser transformados? Él era un niño aun, un humano... un engendro...

Inés y Eugenia regresaron a la cocina y agradecieron a Milo por haber ayudado con la limpieza; Milo se sobresaltó al escucharlas y con un desatino demente las empujó corriendo de la casa hasta desaparecer, Inés ayudó a su sobrina a incorporarse y salieron tras los pasos de Milo pero cuando llegaron a la puerta principal se dieron cuenta que Milo había desaparecido.

* * *

“... debo pensar con claridad... tengo hambre...” “... y que les voy a decir...?”

“... ah estoy harto de todo esto... trataré de controlarme...” “... todavía no pensé que voy a decir...”

4 AM...

6 AM...

“... empiezo a sentir frío... qué tanto... regreso... me van a matar.”

Capítulo VIII
Miércoles

—¿Nene, te encuentras bien?

Milo se alteró cuando su rostro percibió la arrugada mano de la señora Faccentesy, abrió sus grandes ojos y encontró el rostro de la abuela del barrio, se calmó al notar la sonrisa dulce de la vieja y se incorporó de ese rincón, que con la luz de las 8 de la mañana se podía ver lo sucio que estaba. Se había quedado dormido en una esquina, amparado por el umbral de una farmacia que aun no abría, miró detenidamente a su alrededor y comprobó que ya era tarde para dormitar en la calle; la gente empezaba a salir a sus trabajos y como hormigas tenían fija la idea de tomar el colectivo o el tren a tiempo, por lo tanto no repararon en ese adolescente desparramado en la arista de ese negocio, sin embargo, para la señora Faccentesy no era otro joven más sin techo, sabía que Milo era un nene, como lo llamaba ella, que no se metía con nadie, colaborador, respetuoso y de pocas palabras, quizás (pensó alguna vez), porque no tenía padres. Pero esa familia era de bien y le resultaba extraño hallarlo en esas condiciones “¿Acaso nadie se dio cuenta que “el nene” no estaba durmiendo en su cama como debería? o tal vez, pasó algo en la casa de esas buenas personas y “el nene” fue a buscar un medicamento a la farmacia y se encontró que estaba cerrada; pobrecito seguro que anoche no durmió y se quedó desmayado mientras esperaba...”

Luego de echar un vistazo a su alrededor, Milo sintió nauseas por haberse sentado en ese rincón tan sucio y maloliente; qué ensimismado se encontraría para no darse cuenta que dormitó sobre orina de vaya saber quién... Se conformó que seguro debería ser de algún perrito. La señora esperaba ansiosa la respuesta mientras sacaba del puño del saquito un pañuelo de algodón estampado; el muchacho le sonrió nervioso y dudando aceptó aquel pañuelo arrugado y tibio.

—Quedé en esperar a una amiga para que no venga a casa sola, pero parece que me plantó, ja...

—Menos mal, mi querido, pensé que en tu casa había pasado algo y venías a buscar remedios desde temprano.

La señora con disimulo le arrebató el pañuelo para regresarlo al mismo lugar de donde lo había sacado; quizás se sintió un poco molesta por no ser esa la respuesta, hubiese sido más entretenido algún percance más grave; Milo se dio cuenta y le agradeció con otra sonrisa y escapó discretamente de las garras de la señora Faccentesy. Caminó de regreso a su hogar, las piernas le pesaban y la remera de mangas cortas le hacía tiritar los dientes de frío; más no hacía frío ya que aún el verano no había terminado pero los nervios lo traicionaban. A medida que se acercaba a su casa deseaba correr y alejarse de ahí, también quería abrazar a su familia y contarle por qué huyo esa noche ¿Pero, cómo podía decirles? ¿Qué les iba a decir? ¿Qué le fascinó beberse toda la sangre de la primita? ¿Qué estaría bueno que de vez en cuando se cortara para poder limpiarle la herida con su lengua? Agh, qué sensación horrible y perturbadora; era obvio que no podía decirles nada de lo que sintió pero lo peor, en su creativa mente podía entrever esas ideas sucias y escalofriantes ¿Sería capaz de controlarse la próxima vez? Recordó que sintió un placer enorme saborear esa sangre y que no pensó nada coherente en ese momento; sin saber por qué Tomas volvió a sus recuerdos y lo maldijo por no ponerle en sobre aviso; cada vez que pensaba en él no se arrepentía de haberse alejado de ese personaje estúpido y mentecato...

—¡Milo!

¿Quién sería? ¿Eugenia o la tía Inés?

Unas manos suaves y frías le taparon los ojos desde atrás; no se sobresaltó hasta le dio gusto tenerla tan cerca. El aroma peculiar de alguna fragancia a jazmines le divulgaba su compañía; se dio vuelta y con una sonrisa de ganador la besó; cuan confortables eran esos labios carmesí, que dulce se sentía esa lengua que tímidamente se dejaba acariciar; que hermosa era la hermana melliza de Santiago, su mejor amigo.

Erika tenía 13 años, pero no los aparentaba; era alta, simpática y amaba a Milo desde el momento que su hermano se lo presentó.

Se hicieron amigos los tres pero ambos sabían que Santiago celaba sus amistades y por ello jugaban a ser novios en secreto. Con Erika la pasaba muy bien, solían escabullirse para poder mimarse; a veces Santiago se enojaba con ambos porque se daba cuenta que ellos tenían sus propios códigos, se gustaban y el pobre sentía que no tenía lugar en ese trío.

—¿Qué estás haciendo por aquí? – le preguntó con una sonrisa.

Milo no dejó de rodearla con su brazo y con la otra mano le tocó el rojo cabello que llevaba suelto, largo y lacio; antes de responder se mordió el labio inferior y sus ojos esmeraldas se llenaron de lágrimas.

—Me escapé de casa, discutí con la tía y me fui.

—¿Por qué, tan grave es?

—No quiero hablar de eso ahora ¿Y vos que estás haciendo?

Erika le mostró el celular, casi las 9:30 de la mañana; ella solía levantarse temprano para hacer las compras del día y ayudar a su madre en la casa ya que estaba bastante atareada con los nuevos e inesperados hermanitos mellizos.

—¿Y qué voy hacer?, dijo mostrándole la bolsa reciclable que usaba para las compras colmada de cajitas de leche y pañales.

—¿Queréis venir a casa a tomar unos mates?

“Y estaría bueno”, pensó Milo, tal vez ese tiempo junto a Erika le permitiría repasar mejor lo sucedido y calmaría las aguas si les dijera que estaba acompañado por ella; Milo tomó prestado el celular de su novia y decidido llamó a su casa. En el primer timbre levantaron el tubo, hubiese preferido un poco más de timbres... Del otro lado se escuchó la voz de Patricia, suave pero rígida:

—Hola

—Hola tía, soy yo... Milo...

La voz continuaba igual, demasiado tranquila para su gusto, creyó que la iba a escuchar a los gritos o llorando; pero no.

—Ya sé que sos vos ¿Dónde estás?

—Con Erika, – contestó con un nudo en la garganta, no pudo decir más.

—¿Qué vas a hacer?

—Me quedo con ella un rato y luego voy para allá.

—Ok.

—Ok... ti... hola ¿tía?...

Para su sorpresa Patricia extrañamente había cortado y Milo se desconcertó por la poca demostración de afecto; ni siquiera la notó angustiada, quizás hasta pudieron dormir como si nada mientras él vagaba por el pequeño centro de la localidad; se sintió triste. Le devolvió el celular a la chica y se quedó mudo. Erika, tan cálida como siempre lo observaba con una sonrisa mientras guardaba el celular en el bolsillo trasero de su pantalón; le restó importancia a la preocupación del muchacho y le propuso correr una carrera hasta su casa sorteando la gente que se agolpaba cada vez más con el transcurso de las horas; Milo le arrebató la bolsa de la mano y salió disparado entre tanto los nervios fueron desapareciendo. Pasó toda la mañana junto a los hermanos y a la hora del almuerzo la madre de los mellizos le ofreció quedarse, se negó con amabilidad, no quería empeorar las cosas en su casa y decidió regresar con su familia, para ello Santiago le prestó su bicicleta y así llegó más rápido a destino.

La casa se notaba insólitamente tranquila, sin ruidos salvo la de los platos que se acomodaban en la mesa; Milo dejó la bicicleta en un ángulo del jardín y entró a la vivienda, tragó saliva, la que le quedaba ya que por una rara razón su boca se le había secado, pasó la salita de estar y se dirigió al comedor diario; allí, se encontraba Patricia apilando los platos sucios sobre la mesa lo cual lo sorprendió.

—¿Ya comieron?, – preguntó tímidamente.

Patricia dejó lo que estaba haciendo y con una sonrisa en los labios se acercó y le propinó un cachetazo, entre la sorpresa y el dolor que le produjo el golpe perdió el equilibrio y cayó sobre una silla, la tía se acercó y lo agarró de los pelos y con la otra mano le dio uno, dos, tres golpes más; cuando Milo se sobrepuso zafó de las garras de su tía y con el rostro marcado por unos cuantos dedos se echó hacia atrás para salir corriendo; pero no pudo, la primita de 10 años se interpuso y lo abrazó por la cintura y con lagrimones en sus cachetes le imploró que se quedara. Era notorio que las cosas se salieron de control, Patricia vomitó reproches, bastante agrios para el momento. Entre ellos nombró a su hermana muerta, la obligación de cuidarlo, la promesa que le tuvieron que hacer antes de morir, etc, etc. Milo escuchó sin decir palabra alguna, sabía que se había mandado una macana pero lo que estaba escuchando también lo intuyó siempre; miró como las otras mujeres de la casa se arrimaban y observaban la escena, sintió una profunda tristeza y unas ganas de volver a salir corriendo hasta que el viento lo hiciera desaparecer, pero no pudo mover un dedo; Eugenia se aferraba con mas fuerza y le pedía perdón por haber llorado al lastimarse. Patricia se sentó en unas de las sillas, casi sin aliento y miró a su sobrino y a su hija, sintió pena por un instante y dejó que su respiración volviera a la calma; Inés y la abuela se aproximaron al joven, este bajó la cabeza arrepentido y con una mirada tranquilizadora instó a Eugenia a que lo soltara.

—Por un instante pensamos en llamar a Tomas, no sabíamos qué hacer ni qué te había pasado, – confesó Inés rozando con el dedo el rostro perfecto del muchacho.

—No íbamos a llamar a la policía, Milo. ¿Qué más podíamos hacer? Decidimos esperar un poco pero estuvimos a punto de traer a ese ser despreciable, – dijo la abuela.

Por un instante, Milo se imaginó ese momento; ver el rostro de Tomas no le hacía ninguna gracia y se alegró de haberlas llamado a tiempo, pidió perdón y les comentó el remordimiento que sentía por haberle hecho daño a su primita; Patricia quiso arremeter nuevamente un rosario de reproches pero la abuela se le adelantó y cerró con ponerle un castigo a su nieto, con la promesa que no volvería a repetirse el suceso, por una semana no podía salir de la casa ni mucho menos ver a su novia. Milo, un poco molesto, aceptó dicha orden pero le ponía feliz haber vuelto a su hogar.

Capítulo IX
Jueves

3 AM... una piedrita golpeó la ventana del cuarto de los niños.

3:05 AM... nuevamente la piedrita hizo su trabajo pero esta vez la voz de Erika la acompañaba. Milo se levantó lo más rápido que pudo, corrió la cortina y vio a su novia esperando en el jardín de la casa; ambos sonrieron cómplices; la cortina volvió a su lugar.

3:10 AM... con suma delicadeza para no despertar a Eugenia, ya que ambos compartían la habitación del frente de la casa, el novio abrió la ventana y se fugó por ella; los dos se tomaron de la mano y con risitas pícaras se alejaron hasta la esquina de la cuadra; se besaron apasionadamente, como dos enamorados rebosante de adrenalina por un encuentro deseado.

—Me enteré de tu penitencia, pobrecito... – agregó la chica con sorna. Milo rió y le hizo cosquillas en los costados de su frágil cintura; ella se contorsionó cual si fuera una víbora y desprendió una carcajada sonora; Milo le tapó la boca y continuó besándola.

—Ti amo molto... –le susurró al oído.

Erika lo separó de su rostro y con una ceja levantada le preguntó:

—¿cuá?

Esta vez era Milo el que reía y con un aire de ganador dijo:

—Es italiano y significa que te amo mucho.

—¿En serio? ¿Cuántos idiomas sabes?

—Algunos, los que escucho me van quedando, – respondió orgulloso.

—Guau. estoy con un niño prodigio ¿Y cómo se dice “tonto, me besas”?

—¿Sciocco mi baccio?, – tradujo él mientras apoyaba sus labios en los de ella.

Estuvieron largo rato mimándose y conversando, pronto terminarían las vacaciones y el colegio secundario lo esperaba con planes de estar juntos en el mismo curso; ambos se prometieron fidelidad, amor eterno y por supuesto sentarse en la misma mesa.

Cerca de las 7 decidieron despegarse para volver a sus casas sin despertar sospechas; Erika lo acompañaba, caminaban tomados de la mano cuando la detuvo una leve alteración en los movimientos de su pareja; Milo estudió una camioneta tipo Van que estaba en la esquina opuesta, no se había percatado desde cuando estaba ahí estacionada pero recordó haberla visto el día anterior cuando dejó la casa de su novia para ir a la suya en la bicicleta que su amigo le había prestado. – No quiero que te vuelvas sola, llamá a tu hermano desde tu celular, esa camioneta estacionada tanto tiempo no me gusta, – dijo señalándola. Erika obedeció sin chistar y ambos esperaron muy cerca de la ventana.

—Te voy a meter en problemas, – manifestó mientras marcaba el número telefónico.

—Déjame a mí que yo lo resuelvo, esperemos a Santiago.

A los 10 minutos Santiago estaba al pie junto a ellos, con la cara marcada por la almohada y aún en pijamas. Erika besó a su novio y con agilidad se montó en el manubrio.

—Menuda ocurrencia la de ustedes dos... –refunfuñó mientras hacía girar el rodado. Milo esperó que se alejaran por si el vehículo se ponía en marcha y así avisar que algo andaba mal, aunque le costase otra paliza; sin hacer ruido regresó a la cama, un poco más calmo ya que la camioneta no se había movido de ahí; Eugenia se revolvió entre sus sábanas y él contuvo la respiración.

—No te preocupes que te iba avisar si escuchaba algo..., – le dijo la nena a medio dormir.

—¡Gracias pequeña!, – le contestó sonriendo mientras se acurrucaba en la cama.

—Te quiero primo..., – le confesó casi dormida.

Milo suspiró regocijándose en el amor de su audaz primita.

Capítulo X
Viernes 10:00 am

—Corazón, ven hacerle un mandadito a tu abuela, – pidió desde la cocina a la nena.

Milo y Eugenia se encontraban jugando a las cartas en la mesa del comedor; ante el pedido de la señora le guiñó un ojo a su primo y desde donde estaba se quejó:

—Ay abue, estoy en una partida y este me va hacer trampa si lo dejo acá con las cartas.

La abuela se acercó a sus nietos y del delantal sacó un paquetito de dinero, se lo entregó a la niña manifestando que estaba ocupada con la comida y que ambos deberían ir hasta el almacén a hacerle un mandado. Milo le recordó del castigo impuesto y que Eugenia tenía que aventurarse a ese negocio sola y confiar que las cartas quedarían como las dejaba, pero la niña hizo un acto de capricho así que la abuela no tuvo otra opción que dejarlo ir con la promesa que no lo delataría a sus tías. Los primos huyeron de la casa cuando la mujer dio tal consentimiento, está demás en decir que el plan era correr al almacén y de ahí a la casa de Erika, al menos para besarla una décima de segundos; así fue que volaron a comprar y de ahí, entre risas cómplices decidieron arriesgarse en torcer el camino. Corrieron a más no poder esas tres cuadras que separaban de una morada a la otra, doblaron en la esquina para cruzar la calle y justo cuando se tomaban de las manos, una camioneta blanca salía de la nada y se interponía a su paso; Milo, instintivamente se echó hacia atrás y al darse cuenta que era la misma Van que había visto antes, agarró a su prima con mayor fuerza para escapar, sintió que debía protegerla; sabía de los peligros que asechaban en las calles y ahora ella estaba en peligro. Solo fue un instante, una milésima de segundos para pensar en todos esos fantasmas de este siglo, mientras dos hombres saltaron del vehículo y se abalanzaron hacia ellos y con una fuerza adulta, imposible de resistir, separaron a los niños; Eugenia quedó tirada en la vereda y Milo fue introducido en la camioneta, las puertas se cerraron bruscamente y desaparecieron de la vista de la niña.

La afortunada quedó en un shock mudo sin poder levantarse, con la leche, el azúcar y la yerba desparramada a su alrededor. Inmóvil, observó como esos hombres secuestraron a su primo y se esfumaron en un pestañear lleno de lágrimas.

Capítulo XI
Confusión

En la lucha desesperada por zafarse pudo distinguir a tres hombres que lo inmovilizaban; seguro que el cuarto estaba al volante haciendo las peripecias en la calle. No hablaban en ningún idioma conocido, algo decían entre ellos y sonreían mientras sujetaban al adolescente; Milo pudo quitar el pie debajo de las piernas de uno de los individuos y con rapidez le metió un patadón en la mandíbula del que más lejos estaba; los otros dos se impresionaron por la acción y con burla le dijeron algo ininteligible al compañero perjudicado. Milo seguía gritando combativo mientras los sujetos se apoderaban de su cuerpo una vez más y con presteza giraron su cabeza dejándole parte del cuello al descubierto inyectándole una sustancia espesa por la vena que logró en cuestión de segundos dejarlo a su merced; el terror se agudizó cuando comprobó que ningún músculo le respondía, confusamente podía estar conciente de lo que pasaba a su alrededor, ni la voz de su garganta se esmeraba por salir.

Los tres miembros visibles descansaron al acreditar que el niño ya no podía moverse, se miraron entre ellos y hubo un cruce de palabras incoherentes al entender de Milo; el que parecía “el jefe” dio una orden y los otros dos la acataron. Colocaron el cuerpo inerte del muchacho en una especie de camilla y lo desnudaron de la cintura para abajo, en ese momento Milo apenas podía darse cuenta de lo que le estaban haciendo, pero en su lucha por mantener un hilo de conciencia sabía que nada bueno vendría; quizás el terror ya había poseído a su alma para que unas lágrimas gordas recorrieran sus mejillas. “El jefe” se percató de su sufrimiento y se acercó al oído para pronunciar palabras confusas, al volverse secó una lágrima con la yema del dedo y continuó dando indicaciones mientras que Milo sumiso a la medicación estaba perdiendo; pudo distinguir en una imagen imprecisa la manguerita de goma de una sonda urinaria y un suero que le sería colocado en el brazo.

La camioneta llegaría a destino, la cambiarían después por una ambulancia que se dirigiría a un desconocido y dudoso aeropuerto.

Tal vez el ronroneo de las turbinas de la aeronave, o el frío que sentía su cuerpo o las conversaciones sosegadas de los individuos allí presentes trajeron de vuelta a la conciencia a Milo, más no pudo moverse; en un intento vano de levantar sus párpados agotados y un grito ahogado en el silencio hicieron que acepte la condición en la cual se hallaba; se obligó a mantenerse firme en absorber todos los detalles de su entorno, la mayor parte se le perdía ya que el sueño era vencedor pero pudo darse cuenta que seguía capturado y que lamentablemente no eran pesadillas de horror; sintió una opresión en el estómago y muchas ganas de llorar, tampoco podía hacerlo; pensó que sería vejado o vendido y se alivió por un segundo que Eugenia estaría con su familia en ese momento; continuó gritándose hacia él mismo por recuperar los sentidos, trató de moverse pero aún estaba atrapado en esa envoltura invisible; dio una orden enérgica a sus párpados para que despegasen y solo tuvo un leve movimiento de temblor; se dijo así mismo que si practicaría sus ojos estarían liberados y una vez más repitió la acción; su congoja se aferró a su pecho y creyó sentir el grito de auxilio en sus entrañas, más no salió.

Poco a poco su entorno se hacía más claro, los sentidos se agudizaban, la respiración se aceleraba, el ardor se convertía en dolor, la cabeza no dejaba de dar órdenes; en ese estallar de conciencia pudo percibir que las voces estaban próximas y que las miradas se hacían avistar; seguro que lo vigilaban pero aún no se habían dado cuenta que su despertar estaba muy cerca. Alguien se arrimó a su rostro y toqueteó la aguja que tenía clavada en su brazo, también lo destapó y revisó las ventosas que monitoreaban su corazón; Milo horrorizado confirmó que su cuerpo estaba completamente desnudo, maniatado de manos y pies a una camilla, que los tipeos del aparato que tenía cerca eran motivo de discusión de los integrantes del avión; su mente emitió nuevamente la orden de abrir los ojos y sólo tuvo otro temblor en los párpados, pero esta vez con más fuerza. Distinguió la voz masculina del “jefe” y al instante sus venas recibirían otra dosis de líquido espeso que dolería luego de ser inyectado provocando que su conciencia se apague de golpe, quedando solo oscuridad en su mente, los sentidos se pernoctaron, lo logrado fue en vano; Milo estaría durmiendo en un río de sedantes una vez más.

Capítulo XII
Siberia

Siberia, uno de los ocho distritos de la República de Saja que pertenece a la Federación Rusa, con una superficie gélida de 5. 114. 800 km°. Por ese confín del mundo se encuentra un pueblo llamado Oymyakon, que en idioma yacuto significa “agua que no se congela”, acusando de esta maravilla al río que corre con el nombre Indigirka, un fenómeno natural de las corrientes ribereñas que no concuerdan con el clima intensamente frío polar de la región.

Oymyakon, tiene 2. 300 habitantes aproximadamente repartidos en una abertura entre dos cadenas montañosas que atrapan el aire frío del polo norte. Las casas de los lugareños son hechas de madera, en su mayoría espaciosas y a ninguna le falta su “pechkas”, chimeneas capaces de abrazar considerables cantidades de leña, recurso que no ha de faltar por esos lugares.

Recostado en uno de los mullidos sillones del salón comedor, cerca del calor de las brasas, se encontraba Víctor Kuznetsov, tomando un Putinka; un excelente vodka ruso. El ambiente calefaccionado y bien luminoso resultaba acogedor, la música clásica llegaba desde otra habitación en un modo lejano, casi tubular, al unísono, la voz sensual de la periodista daba las ultimas noticias sobre la economía continental desde la pantalla de la computadora que tenía en una mesita frente a sus azules ojos. Víctor sonrió con burla al escuchar el desborde económico que explotaba en varios países potenciales; un homófago, con la cabellera pelirroja, se acercó despacio y arrimándose al oído le dijo en un armonioso ruso que afuera estaba esperándole un peculiar visitante; Víctor torció la boca en una señal de disgusto, bufó por tal interrupción y con la cabeza asintió dándole el permiso a pasar a su morada; el pelirrojo se esfumó por unos minutos sin inmutar al anfitrión.

Bajo la arcada que separaba al recibidor del comedor, donde precisamente se hallaba el dueño, apareció otro “inmortal”; se quedó en el umbral, esperando a que lo recibieran con una sensación de ansiedad; Víctor le hizo señas para que se arrimara mientras agarraba la botella de vodka y llenaba otro “chupito”; el visitante se acercó a la pechka dándose calor en las manos, Víctor le ofreció el chupito y brindaron por el encuentro.

—Este clima no le hace asco a nadie, ni siquiera a nosotros. – Rompió el silencio el recién llegado luego de beberse en un solo sorbo el vodka.

Víctor rió casi con fastidio y volvió a llenar ambos vasos; el pelirrojo había vuelto luego de disparar para la cocina, trayendo un plato de entremeses, lo ubicó en el centro de la mesita y miró atentamente a su amo; que lo dejó ir con una imperceptible seña.

Ambos se sentaron en los sillones individuales que se encontraban enfrentados, la mesita de tronco adornada en los vértices con punteras de plata labrada los separaba a una corta distancia; Víctor dio vuelta la pantalla de la notebook para mostrarle a su invitado lo que estaba viendo.

—Mi querido Tomas, al final tenías razón en viajar a la Argentina, qué país maravilloso en los sentidos que busques.

—No viajé por mi gusto, Víctor...

—Sí, sí, sí, ya sé esa historia que el desequilibrado de tu mentor te arrastró con él, –

interrumpió con repudio.

Tomas tragó saliva y lo quedó mirando, Víctor le restó importancia a la turbación que le generó y le instó a repetir el trago.

—El frío no es el mismo para nosotros que para las crías..., – dijo como queriendo rescatar el primer comentario dicho por Tomas al entrar, –deberemos prestarle atención cuando venga a vivir en este lugar, – agregó con la mirada provocadora a su interlocutor.

Tomas se estremeció en su sillón e instintivamente bajó la vista como queriendo esconder un dejo de culpabilidad y de errores; Víctor se acomodó en su reposadero y lo observó intensamente esperando algún dicho del otro, pero Tomas sabía que tanta amabilidad no iba con ese vampiro que tenía delante; todo lo contrario, era un ser de cuidado, corrosivo, hostil y muy inteligente.

—Bueno, tal vez tu visita tiene un motivo y quizás yo tengo algunas respuestas...

—interrumpió Víctor a tanto pensar.

—¿Lo encontraron?, – preguntó casi en un tartamudeo estúpido.

Víctor asintió con la cabeza al mismo tiempo que volvía a llenar los chupitos, levantó el suyo provocando a Tomas que lo imitase y ambos chocaron en un brindis emitido por el jefe del clan:

—Por el niño, por Milo, – concluyó Víctor con aire de pura complacencia y ambos hicieron desaparecer la exquisita bebida de sus gargantas.

Capítulo XIII
La llegada

Cuando Milo logró despertar del todo se encontraba a bordo de una camioneta; en el cubículo lo acompañaban cuatro hombres jóvenes, extrañamente vestidos como para hacer un viajecito al Polo; escuchaban una canción desconocida y solo cruzaban alguna que otra palabra en ruso; el que manejaba iba concentrado en la carretera, con las manos pegadas al volante y se limitaba a sonreír si era necesario; su acompañante era el que le hablaba y de vez en cuando trataba de corregir la interferencia de la radio. Milo se hallaba en los asientos de atrás, en el medio de los otros dos, pudo observar que el de la derecha sostenía una escopeta en sus manos; el de la izquierda observaba el blanco paisaje de la ruta, también permanecía callado. Sin moverse, para no alertar a sus captores, espió con los ojos entrecerrados sus manos que estaban protegidas por guantes gruesos, advirtió como venía vestido y supuso que tenía más ropa de lo usual; no pudo mantener la quietud cuando por fin sus sentidos lo llevaron al exterior del vehículo; precisó un momento de concentración porque le dio vuelta todo y sintió unas inmensas ganas de vomitar. Los hombres repararon en sus movimientos y dieron la voz de alto, la camioneta se detuvo de golpe sin apagar el motor, rápidamente extrajeron al niño del interior para que pueda devolver lo que no tenía en su estómago; uno de ellos lo retenía del brazo mientras los otros dos lo miraban enmudecido. Cuando Milo se irguió sintió que sus pulmones reventarían al inspirar ese aire gélido, su nariz se entumeció y en la confusión pudo ver que su vomito estaba cristalizado; levantó la mirada y con ojos como plato recorrió su alrededor, sin contar al vehículo y sus acompañantes podría decir que nada tenía color, todo era blanco, la carretera, la vegetación que la rodeaba, el aire y todo lo que envolvía ese paisaje; el frío extremo lo despertó del ensueño de la confusión y quiso resistirse a la mano que lo agarraba; uno de ellos movió la cabeza disponiendo retomar el viaje y así fue que Milo volvió nuevamente al mismo lugar, las puertas se cerraron y la camioneta entró a comerse el permafrost del suelo. El acompañante de adelante se dio vuelta hacia atrás y le miró con una sonrisa, les dijo algo a sus cuidadores que asintieron con la cabeza, también le habló a Milo, que estaba consternado por los hechos, aun sentía malestares en su estómago y ganas de llorar, más no lo hizo.

—Nikolai, bla bla bla..., – se apuntó con el dedo en el pecho, Milo entendió que se estaba presentando, pero no le interesó oír el resto; Quizás porque aún no entendía el idioma o por encontrarse en un estado de shock. Nikolai se dio cuenta del desgano del jovencito y rió sin malicia, continuaron el viaje en silencio, solo la radio y alguna que otra indicación al conductor rompían el mutismo.

Habían partido desde Yakutsk, una ciudad rusa que llevaría al grupo a Oymyakon en un lapso de tres horas aproximadamente, tal vez un poco más por la carretera congelada y desértica; la nieve concentrada en las ramas de los árboles y arbustos le habían parecido a Milo, los famosos copos de azúcar que solía comer junto a Eugenia; de pronto sintió un retorcijón de nostalgia y preocupación por su familia ¿Qué estarían haciendo a partir de su desaparición?, y recordó las palabras de la abuela el día que se había fugado de la casa: “no podemos dar aviso a la policía, Milo”; la evocación le produjo un estremecimiento en los huesos y su corazón empezó a latir mas fuerte; trató de calmarse y se hundió en el asiento, se sentía caliente a raíz de la calefacción y por estar ocupando el lugar del medio, se sacó los guantes y empezó a tocar las ropas que llevaba puestas, se preguntó quién de los cuatro lo había vestido y quién había tenido la osadía de verle desnudo; apretó los ojos al suponer que los cuatro estuvieron con él mientras estaba dormido. Los escasos recuerdos empezaron a tramarse cuando se agolparon en la cabeza; el sonido del avión, los pinchazos, el dolor que sintió en sus genitales... y ahí se paró... ¿Qué le habían hecho? Sus sentidos bajaron hasta las entrepiernas y comprobó que aun le ardía el orificio urinario, volvió a sentir nauseas y los recuerdos se disiparon.

El vehículo se torció en una curva y empezó a dar algunos saltos, adelante se divisaba una inmensa casa con techos de madera a dos aguas, revestida por la espesa nieve; Como un cuadro, el humo de las chimeneas le daba la bienvenida a los recién llegados; la camioneta estacionó en la entrada de la vivienda sin dejar de ronronear y los cinco bajaron de ella, Milo esperó a un costado mientras los hombres se reunían y entraron al jardín blanco, como adornándola, su frente estaba cubierto por un sinfín de leña cuidadosamente amontonada y en el otro lado se distinguía bloques de hielo; Milo se preguntó para que lo juntarían. La puerta se abrió inmediatamente y un pelirrojo, con cara de nada, los recibió haciéndoles pasar; primero entró Nikolai, después Milo, (no tuvo opción), por último los otros tres; el pelirrojo cerró la puerta con llaves y se las guardó en uno de sus bolsillos de la chaqueta; el resto empezó a sacarse los abrigos de piel, los gorros, los guantes; Nikolai instó a Milo que haga lo mismo, una vez que todos quedaron mas cómodos, el pelirrojo acomodó las ropas en unos colgantes y los condujo a la habitación contigua; Milo se sorprendió al ver la pechka ardiendo y como el calor lo envolvía en un manto invisible.

De repente, por el umbral de otra habitación adyacente apareció un hombre altísimo, de unos treinta años, robusto, de cabellos claros y ojos azules que con una sonrisa le daba la bienvenida, en especial a Nikolai y a Milo; en él justamente reparó y diciendo algo en ruso a Nikolai, se mostró más que complacido. Se acercó al muchacho, se agachó a la altura de sus ojos, (igualmente el adolescente tenía una altura considerable también) e intentó acariciarle el rostro con los dedos provocando un rechazo instantáneo del niño, Víctor se rió y volvió a su anterior postura indicando una orden a los recién llegados que seguidamente todos la obedecieron abandonando la sala rápidamente; Nikolai no siguió a sus pares por lo cual los tres se sentaron en los sillones invitado por el anfitrión; Víctor no podía dejar de mirarlo provocando incomodidad y susto en el muchacho; se sentó junto a él eligiendo el de dos cuerpos mientras que Nikolai quedó relegado en el de uno solo sin dejar de relatarle cómo les había ido en el viaje.

—Yo soy Víctor, – se presentó finalmente en español fijando sus ladinos ojos en los del niño.

Milo le prestó atención, sintió un alivio al poder escuchar esas notas conocidas y se le quedó mirando, estudiando sus movimientos, su voz, la distancia que los separaba, su tono bajo al hablar y no le gustó lo que intuía, su corazón no dejaba de martillarle el pecho.

El pelirrojo interrumpió para dejar té y bocaditos dulces sobre la mesita, Milo no tenía hambre pero si mucha sed así que aceptó el tazón que le ofreció el anfitrión; Nikolai se sirvió algo para comer desde el sillón de enfrente mientras los observaba, Milo y Víctor estaban enfrentados ocupando los extremos; con timidez bebió un sorbo grande de la infusión oscura y esperó a que Víctor continuara con el monólogo de presentación, a esa altura continuaba asustado pero algo muy adentro le decía que ellos eran la otra familia a la cual él pertenecía.

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0+
Release date on Litres:
01 October 2024
Volume:
231 p. 3 illustrations
ISBN:
9789878723044
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Bookwire
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