Read the book: «Deborah Kruel»

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Bacca, Ramón Illán, 1938-

Deborah Kruel / Ramón Illán Bacca. – Barranquilla (Colombia): Editorial Universidad del Norte, 2019.

231 p. : 24 cm

ISBN 978-958-789-088-4 (impreso)

ISBN 978-958-789-089-1 (PDF)

ISBN 978-958-789-213-0 (ePub)

1. Novela colombiana – Siglo XX. 2. Novela de espionaje. I.Tít.

(Co863.44 B116 ed. 23) (CO-BrUNB)


Vigilada Mineducación

www.uninorte.edu.co

Km 5, vía a Puerto Colombia, A.A. 1569

Área metropolitana de Barranquilla (Colombia)

© Universidad del Norte, 2019

Ramón Illán Bacca

Edición/Coordinación editorial

Zoila Sotomayor O.

Asistencia editorial

María Margarita Mendoza

Diseño y diagramación

Munir Kharfan de los Reyes

Diseño de portada

Joaquín Camargo Valle

Corrección de textos

Henry Stein

© Reservados todos los derechos. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio reprográfico, fónico o informático, así como su transmisión por cualquier medio mecánico o electrónico, fotocopias, microfilm, offset, mimeográfico u otros sin autorización previa y escrita de los titulares del copyright. La violación de dichos derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Conversión a epub

Manuvo Colombia SAS/ Mákina Editorial

https://makinaeditorial.com/

CONTENIDO

La presencia en la serranía de la Macuira de un Stuka abandonado fue la noticia de la semana pasada. La revista Interviú tituló con letras gigantescas: “Descubierto el avión donde huyó Hitler”. Sucesos Sensacionales habló de un laboratorio clónico. El columnista del Rigoletto Otto Nicolás Pérez soltó la novedosa tesis de que todo se debe a una espiral del tiempo. “El Stuka —dijo—, al pasar por el Triángulo de las Bermudas, fue envuelto por extrañas fuerzas magnéticas, que años después, en un salto temporal (fenómeno inexplicable en nuestro actual grado de conocimientos científicos), lo depositaron en el punto donde ha sido encontrado”.

El único en preguntarse cómo un avión de tan corto radio de acción pudo hacer ese vuelo interoceánico ha sido el redactor de El Sesquiplano, Gunter Epiayú. Curiosamente, Máximo Franco, experto en aeronáutica de la Universidad de Houston, conjeturó que este viejo bombardero fue armado en el mismo sitio y jamás ha sobrevolado.

La noticia en la semana que se inicia es la actuación de nuestro seleccionado nacional en la Copa Mundo.

(Tomado de la sección “Siete días” de La Prensa de Barranquilla).

CAPÍTULO I

No era una fecha histórica. Era tan solo un día soleado. El marco apropiado para historias ligeras, agradables, con finales felices. Sin embargo, no pensaban en eso los dos únicos parroquianos del Entre-nous a esa hora de la tarde cuando la bahía ensayaba sus arreboles y las guías de turistas pescaban incautos.

Separados por varias mesas, permanecían en el bar Gunter Epiayú, joven redactor de El Sesquiplano, y Benjamín Avilés, cincuentón, alto, robusto, amable y taciturno, dueño de la agencia de publicidad más grande del lugar.

Las botellas vacías en la mesa de Gunter revelaban que había consumido más cerveza de la que se toma para simplemente combatir el calor. Algo le molestaba, y bien podía relacionarse con la idea —repetida a menudo a todo aquel que quisiera escucharle—de que la vida no vale la pena mientras el mundo siga gobernado por gente mayor de treinta años escasa de iniciativas e imaginación.

Para la prueba, un botón: esa misma mañana había recibido del periódico un “no” rotundo a su petición de sobrevolar de nuevo la zona donde fue encontrado el viejo bombardero alemán cubierto con una lona amarilla. “Ese tema ya no interesa a nadie”, fue la respuesta a su memorando.

Y sin embargo subsistía el misterio: se supo que el aeroplano accidentado a finales de los años treinta, y cuya misteriosa desaparición fue entonces motivo de múltiples especulaciones, estaba destinado a levantar los planos aéreos de todo el país; también que en el momento de su accidente era conducido por personal científico alemán y que esto ocurría en vísperas de la guerra, dando lugar a una posible historia de espionaje y contraespionaje que aún no había sido dilucidada. Para el joven periodista no había dudas: el misterio del Stuka era un tema mayor que le permitiría participar en el concurso anual de periodismo “Juan de Dios del Villar”, y para eso había acumulado muchísimo material durante largas semanas de investigación.

Atrás habían quedado los otros temas posibles. Decidió no averiguar más sobre las cerámicas japonesas encontradas en las excavaciones arqueológicas de Malambo, que revelaban una antigüedad cercana a los tres milenios y tenían desconcertado al profesor Carlos Angulo Valdés. Olvidó sus averiguaciones sobre la amistad entre el poeta samario Hernando de Bengoechea y el novelista francés Marcel Proust. También resolvió olvidar las investigaciones sobre A.E. Mason, novelista y agente secreto británico en Cartagena. Por último, prescindió de la visita al Museo Romántico para averiguar sobre la verdad o mito del viaje de incógnito de Greta Garbo a Puerto Colombia en los años treinta.

Pero el periódico le había cerrado las puertas. Las fotografías que reposaban en el archivo de El Sesquiplano no eran las mejores —el reportero que enviaron para cubrir la noticia se había limitado a cumplir y el aparato se veía mal enfocado y borroso—, y esa era la razón de su memorando de la mañana y la desazón de esa tarde. Le quedaba, sin embargo, un recurso: si no lograba conseguir el material necesario, se inventaría el resto e iría tras un premio nacional de novela que le daría fama y dinero; cosas que si llegan cuando se es joven son, en una palabra, la felicidad.

Por un momento, el periodista detuvo su mirada en el otro parroquiano, Benjamín Avilés. Como todas las tardes, se tomaba con lentitud su botella de whisky, luego se levantaría tambaleando y tomaría su coche para dirigirse a la pintoresca quinta que se alzaba al final de la playa.

El hombre no le simpatizaba. Con ese viejo había disputado, peor aun, perdido, el cariño de Idris Primera.

(El recuerdo de aquella chiquilla preciosa, la reina del barrio Las Delicias, con quien había bailado en los carnavales, en la verbena La Gigantona tandas interminables mientras el picó hacía retumbar su letra premonitoria: “Del montón, una mujer del montón eres tú…”, se le hizo presente. La volvió a ver un año después: como en una mala telenovela, iba con un niño en los brazos acompañada por Benjamín Avilés, quien portaba una cara delatora de paternidad responsable).

Extraño personaje, pensó Gunter, mientras veía cómo Madame Olga —la dueña del Entre-nous— se acercaba a él con la deferencia que inspira alguien a quien se ha visto crecer. Sabía que el hombre era oriundo del lugar, pero esa personalidad leonardesca (políglota, pintor mediocre, aceptable pianista y excelente fotógrafo) había crecido en otros lugares. Se hablaba de él como pianista de bares sórdidos en Ciudad de México, como restaurador de cuadros en varios países europeos y hasta como finalista en un festival de cine en La Habana con sus cortometrajes Marihuana para Goering y Los días del cometa.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por el hombre que, parado frente a él, le decía con un acento cordial:

Eres tú el hijo de Gunter, ¿verdad?

De inmediato el periodista no supo qué responder. Sabía que llevaba el mismo nombre de su padre o de su abuelo, nunca se le precisó, pero eso era todo. En el clan guajiro de su madre sus antepasados paternos eran tema vedado.

Algo de eso debió pensar el hombre porque prudentemente cambió de tema:

—¿Todavía estás interesado en el Stuka descubierto en la Macuira?

Gunter se oyó a sí mismo preguntar con ansiedad:

—¿Por qué? ¿Puede ayudarme?

El hombre contestó:

—Vente a mi casa, quiero mostrarte algo.

Mientras el automóvil, a una velocidad mayor que la necesaria, devoraba el trayecto permanecieron en silencio. Al descender, Gunter respiró aliviado: detestaba los riesgos innecesarios.

Ya en la casa, lo primero que Gunter vio, colgada de una de las paredes de la inmensa sala-estudio y revelándole todos sus detalles, fue una fotografía gigantesca del Stuka. Sin poder contenerse exclamó maravillado:

¿Cómo diablos hizo para conseguirla?

El hombre contestó con suficiencia:

—¡Siempre sé llegar primero cuando me lo propongo! Además —agregó bajando la voz y con un tono mucho más cordial—, todavía tengo un alma de quince años.

Entonces se acercó a la fotografía, y señalando el aparato inmóvil, solitario, misterioso, continuó:

—Se sabe que fue ensamblado aquí, pero no por quién o quiénes, ni para qué.

El silencio que siguió a estas palabras permitió a Gunter observar a su alrededor. En medio de una arquitectura funcional y moderna, los muebles eran deliberadamente anacrónicos: mecedoras vienesas, mesas de vidrio rosado, ceniceros de pie de estaño, pisapapeles con la figura del Manneken Pisse creaban la atmósfera propia de la década de los cuarenta.

Oyó nuevamente al hombre, que con tono inquisidor le preguntaba:

—¿Qué sabes del espionaje entre nosotros durante la Segunda Guerra Mundial?

El joven tuvo que admitir que sabía muy poco sobre el asunto: apenas lo que todo el mundo decía y el rumor —que posiblemente no pasaba de ser un chisme ridículo— sobre una mujer licenciosa de esa época que unía a sus encantos el hecho de ser espía nazi.

Para su sorpresa, Benjamín Avilés pensaba distinto:

—No hay tal chisme —insistió con firmeza—, lo que hay es ignorancia. Sí, aquí hubo una guerra secreta que permanece ignorada por todos, y la mujer de quien hablas se llamó Deborah Kruel. ¿No crees que ella podría ser un buen punto de arranque para tu investigación?

—Seamos serios —respondió un Gunter escéptico—. ¿Cómo voy a empezar un rastreo con un absurdo?

El hombre no intentó disimular la molestia causada por lo que juzgó simplicidad de su interlocutor:

—¡Aquí hubo un nido de espías, y Deborah tuvo mucho que ver!

—Está bien —respondió Gunter, ya un poco intimidado—, entonces dígame todo lo que sabe.

Benjamín no contestó. Se dirigió al bar y —sin ofrecerle a su invitado— se sirvió un gran trago de whisky. Pasados unos minutos, un hombre inseguro, nostálgico y con acento de pena reprimida fue quien le contestó:

—Realmente no sé lo que ocurrió. En las circunstancias de aquellos días todo era muy confuso, y aún hoy es difícil tener las cosas claras. Pero ha llegado el tiempo de poner todo en orden, y tal vez seas tú quien pueda hacerlo.

Gunter vio llegado el momento de marcharse cuando Avilés decidió escanciar el resto de la botella. Ahora solo era un hombre triste. Al momento de despedirse recibió el sobre.

—Espero que te sirva —fue lo último que oyó de un Benjamín que ya se rendía al sueño.

En su pieza, Gunter revisó las fotos del Stuka. Una foto, ya amarillenta, llamó especialmente su atención: en ella posaban todos los aviadores alemanes que en 1936 habían trabajado para la Scadta. Una equis y el nombre “Gunter” sobre el pecho señalaban a un hombre de aproximadamente cuarenta años, alto, fornido de bigotes y pelo negro.

El periodista observó largamente la fotografía. Era la primera vez que veía a su padre alemán.

CAPÍTULO II
EL BANQUETE DE SÓCRATES VALDEZ

“Entonces hubo un revoloteo en la sala. Entraban Germania Valdez y su pequeña hija Deborah, con vestidos ceñidos, sin mangas y anchos fajones de motivos egipcios; tenían el aire de poseer solo ellas el secreto del ‘último grito de la moda en París’”.

El joven Gunter empezó a sacar cuentas de la edad de Deborah en ese momento y comprobó que era un poco más que una niña. Pero estaba feliz; al fin, y por primera vez, conseguía una referencia directa de ella.

Al entrevistar al padre Alejandrino, este no se había repuesto de la perplejidad que le provocó el no poder encontrar en ninguna parte la fe de bautismo ni la partida de nacimiento de la mujer. “Imposible, imposible” —se repetía mientras su confusión aumentaba.

Al hablar él con el dueño del más importante estudio de fotografía del lugar, Melitón Mier, este también estuvo al borde de un ataque de nervios cuando se cercioró de que por ninguna parte de su gigantesco archivo fotográfico aparecía la figura de Deborah.

Tengo que tenerla —balbuceaba, herido en su amor profesional—. ¿Cómo no voy a recordarla si era la comidilla permanente de todos en la ciudad? Además —esto lo dice con énfasis— era bellísima, la más bella de su época. Poseía, por eso, cientos de sus fotos. ¿Cómo desaparecieron? Es algo que no logro entender.

Cuando el joven Gunter comenzaba a desesperar, apareció casi milagrosamente esta crónica que la mencionaba. Pero la referencia era a su vez complicada. El periódico la publicaba diez años después de los acontecimientos, porque, como se explicaba, “era imposible publicarla en esa época de feroz censura”.

Quedaba sin aclarar si era un testimonio directo o una reconstrucción de los hechos con base en los recuerdos de los testigos. De todas maneras, el autor, que firmaba con el seudónimo de Casimiro Perplejo, no hacía claridad sobre el asunto.

Si se aplicaban todas las reglas de la investigación histórica, el documento no tendría mucha validez, pero en esta ocasión Gunter decidió no seguir las normas sino dar gracias al azar, que empezaba a ser su cómplice. Siguió leyendo.

“El general Cortés Vargas pudo avanzar difícilmente hasta la mesa de honor mientras estrechaba la mano de los hombres y besaba la de las mujeres. Grandes aplausos y vítores ahogaron las notas del himno nacional. La Mona Navarro, frenética y llena de emoción, le comentó a Germania, quien estaba a su lado:

—Es un hombre que combina las armas y las letras. No solo escribe la historia sino que también la hace.

—Germania le contestó, mientras hacía un ademán muy sofisticado aprendido de Francesca Bertini:

—Además, lo cortés no le quita lo valiente.

La Mona Navarro festejó con grandes aplausos el calambur.

Alguien pretendió echar un discurso, pero fue sacado del medio por un caderazo de Germania, ante la mirada desconcertada del general. Para sortear la situación, Mr. Thomas ofreció su esposa al militar para que abriera el baile con el vals “Sobre las olas” que La Tayrona Jazz Band interpretaba a ritmo de galope. Pero el general, en un gesto muy comentado, desdeñó el ofrecimiento y se dirigió donde estaba la joven Deborah y con un “¿me permite la más bella flor de la fiesta?” le dio su brazo y se lanzó al centro de la pista.

“No hubo acuerdo posible entre el sentido rítmico de la joven y ese saltico tropezón con que el militar trataba de seguir el vals. Posiblemente, el general preferiría en ese instante seguir recorriendo la zona en persecución de los que por decreto había denominado “cuadrilla de malhechores” que seguir en el desacuerdo de ese interminable vals. Cuando al fin terminó la pieza, con una sonrisa forzada condujo a la bella muchacha al lado de su padre, quien en su liqui-liqui de lino blanco estaba que no cabía en sí de la satisfacción.

Germania, en el centro de la sala, pidió silencio y con un acento gutural dijo que Deborah cantaría algo en honor del homenajeado. La orquesta empezó a tocar “La momia de Tutankamon”, y Deborah, con los brazos echados hacia adelante, los ojos entrecerrados y la boquita fruncida, daba pasitos forzados como los que daría la momia al salir del sarcófago.

La orquesta, sin embargo, no estuvo muy precisa en la melodía y a Deborah le tocó suplir con gracia lo que al conjunto le faltaba en armonía. Los aplausos murieron al nacer. Pero Deborah no se rindió tan fácilmente y después de cuchichear con el director de la orquesta volvió al ruedo y empezó un pujante “Tóquenme el trigémino”. El coro rugió un “tóquemelo usted”.

Los aplausos, chiflidos y gritos espontáneos indicaban que el público ignoró la cara feroz que puso el obispo. En el patio empezaron a entregar la cerveza Nevada, cuya fábrica, recién inaugurada, había encontrado una ocasión feliz para promocionarse.

—Hay toda la cerveza que quieran, el único límite se los impone el propio estómago —gritó la Mona Navarro.

Unas botellas fueron colocadas en la mesa principal, donde el general empezó a escanciarlas ávidamente.

Al rato se discutía a grito herido si esta cerveza era superior o no a las alemanas. Nemesio Correa casi se va a los puños con Aquileo Olmos por sostener que en ninguna forma esta se podía comparar con la producida en la “montaña sagrada de Andechs’.

De pronto, el general, con el rostro descompuesto, se levantó y abandonó a grandes zancadas el salón. Hubo un inmenso desconcierto, seguido por un refrescante “se fue al baño”; pero todo volvió a ensombrecerse cuando soldados armados ocuparon las salidas.

Un oficial, bajo, acuerpado, con acento andino, llegó al centro del salón y dijo con voz dura: “Han intentado envenenar a mi general. Nadie sale de aquí hasta nueva orden”.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de todos los invitados. El temor se agudizó cuando el oficial señalando a Nemesio Correa, Aquileo Olmos y Sócrates Valdez, les dijo en tono amenazante: “Ustedes fueron los organizadores de este homenaje, por lo tanto, los hago responsables de lo que aquí está ocurriendo…”.

A una orden, los soldados esposaron a los tres hombres señalados y los sacaron a empujones del salón. Fue la última vez que se vio a Sócrates Valdez.

El temor cedió a la inconformidad. Expresiones de “chafarote”, “cachaco inmundo” se empezaron a oír en todo el salón. De nada valió que los soldados mostraran amenazadoramente los fusiles: los ricos bananeros se sentían ofendidos y lesionados en su orgullo, y eso les podía más que el instinto de supervivencia.

No se puede determinar qué hubiera ocurrido si en ese preciso instante el doctor De Vivo, llamado con urgencia, no hubiera regresado a la sala con una sonrisilla irónica.

El oficial, con cara de confundido, empezó a explicar que todo se debía a un malentendido y que el general tan solo había sufrido un ataque de amibiasis, debido seguramente a las cervezas. Una larga silbatina fue la respuesta a su explicación.

De todas maneras, la fiesta estaba herida de muerte. Ante la desesperación de la Mona Navarro, todos los invitados fueron buscando la puerta de salida. Para colmo de desgracias, la orquesta empezó a tocar “El tambor de la alegría”, el mismo aire que había servido de himno a los huelguistas. Germania se dirigió a Nemesio Correa en un tono tan alto que todo el mundo oyó:

“Para la gente bien, esto está invivible. Huelgas y faltas de respeto. Definitivamente, nos regresamos a Bruselas”.

Nemesio Correa y Aquiles Olmos, todavía blancos del susto, asintieron en silencio.

CAPÍTULO III

Las campanas de Notre Dame tocaron a rebato. Los católicos salieron listos a matar hugonotes. El príncipe de Navarra se despertó sobresaltado del lecho donde dormía con Simonette, la bella florista. Saltó por la ventana y corrió al puente cercano, donde se refugió en sus bases mientras oía el paso de sus perseguidores. Cuando consideró que el peligro había pasado, volvió en dirección al Louvre. En las calles adyacentes al palacio la lucha proseguía. En un callejón sin salida, el almirante Coligny se batía solo contra seis espadachines. Enrique siguió de largo maldiciendo su cobardía cuando oyó el grito de agonía del almirante. Al llegar a la puerta del palacio, Enrique pensó que cualquiera lo podría reconocer, pero vio cruzar en su camino a uno de los católicos portando el antifaz bermellón que los distinguía. Se le interpuso en el camino con la espada en alto y le dijo: “¡En garde!”. No hubo rival, porque en un par de mandobles lo despachó a la otra vida. “Te vengué, Coligny”, pensó para sus adentros. Recogió el antifaz se lo puso y rápidamente pasó por entre los guardias, que no hicieron nada por detenerlo. Buscó por los pasillos la alcoba de su flamante esposa Margarita de Valois, y pensó, divertido, en lo sorprendida que quedaría con su llegada. Tuvo una pequeña preocupación ¿Y si en ese momento estuviera en brazos de alguno de sus amantes? Desechó el pensamiento y entró a la habitación sin llamar. En ese momento su mujer estaba siendo ayudada por un paje a ponerse el corsé. Con la rodilla sobre la espalda de la princesa, el jovencito tironeaba de los lazos para ajustar la prenda. La escena y la situación de peligro lograron que el príncipe de Navarra, completamente excitado, contestara a la dulce pregunta de Margarita: “¿Y usted aquí, monseñor?”

“Sí —contestó el de Navarra, cada vez más cachondo—, y vengo a tomar lo que es mío”, e inmediatamente se quitó los escarpines y las calzas, inundando la habitación del mal olor de sus pies, por lo que era famoso en toda Europa…

De plantón en mitad del patio. Quién iba a creer que el cura Natividad me estaba mirando leer. El forro del libro decía en letras muy grandes ALGEBRA, pero no me sirvió el camuflaje. El cura se ha acercado silenciosamente cuando daban la segunda campanada y Enrique se iba a acostar con Margarita y… ¡erda!, precisamente en ese momento ¡zaass! vuela el libro, y en vez de la princesa, lo que veo es la cara de topo del cura prefecto. “¿Ajá, qué leemos?”, dijo con ese tonito burlón que él cree muy gracioso. Y los maricones de mis compañeros con esas risitas afeminadas celebrándolo. “Conque ENRIQUE Y LA FLORISTA, ¿eh?, siguió diciendo el cura; después soltó algo que él creyó era un silbido, pero que no le salió, el muy soplapoya. Y siguió diciendo en ese tonito de teatro, afectado, de mariconsón: “Y nada menos que la colección GALANTE, que, óigame bien, dice en su contratapa: ‘Esta no es una lectura pornográfica sino una lectura picante pero instructiva’. Claro, cura maldito, ahora me jodió del todo, tengo que copiar de mi puño y letra un libro, Las confesiones de san Agustín. ¡Qué catástrofe! Pero ahí están Natalio, Adolfo y el cachaco Balseir ayudándome a copiar esa vaina.

De plantón. Y ella va caminando al camellón. Por ahí debe ir, cerca a su ventana. Llevará ese extraño atuendo que está dando de morder a todas las demás mujeres. Un “sharong”, eso es, así dijo el Momo que se llamaba ese vestido. Y allí va ella, la extraña, la que, se dice, tuvo cuatro maridos, la que, se habla, tiene varios amantes, a la que condena el padre Luis desde el púlpito llamándola “esa Jezabel”, la que habla cinco idiomas: francés, inglés, alemán, italiano, español, ¡ah!, y el lenguaje de la vagina, como dijo mi tío Rito. Ella, la que canta en el camellón Stormy Weather mientras se pasea, encadenados los brazos, con las Amador, las Olmos, las Montes y las Pereira, pero solo a ella van dirigidas esas miradas de deseo de los parroquianos del Entre-nous. Ella, más fabulosa que Antinea, inmortal como Ayesha, poderosa como Nakonia, la reina de los orangutanes. Ella, más bella que Marlene Dietrich en “El jardín de Alá”, aunque Natalio diga lo contrario, y por eso le puse el ojo morado. Ella, a quien las demás mujeres han apodado “Brudubudura” como la propaganda de la crema. Pura envidia, despreciable envidia. Ella, la que se hace la que no me ve cuando la espero en la ventana para verla pasar. No me miró ni siquiera en esa ocasión en que canté en forma que fingía ser ocasional, pero que ella debió entender que esa “chansón” le era dedicada en forma directa: “Vous que passez sans me voir sans me dire bonsoir…”. ¡Solamente pérfida!, dijo como al aire y sin voltearse cuando llegó a la esquina: “Atención con el acento”. Malvada.

Y ahora aquí, con ese cipote sol que me está tostando todo el cerebro, oigo cómo desde “La heroica Polonia” transmiten por la radio el tema de la radionovela de las doce:

Chang Li pó

Chang Li pó

Por una linda cubana

En La Habana se quedó

Chang Li pó

¡Maldita, sea! Ella ya debe estar llegando a la esquina, debe estar pasando bajo la ventana. ¿Mirará para ver si estoy ahí? Y al no verme, ¿qué pensará? ¿Tendrá un pensamiento para mí?

¡Ah…! su perfume ¡”N’aimez que moi”! es el mismo de la tía Dorita, pero en mi tía no tiene importancia; por eso lo rompí y le eché la culpa al gato, porque nadie más debe usar tu perfume, porque tú eres única, ¡tú eres perfecta, Deborah!

De plantón. Y ese maldito sol me está achicharrando el cerebro. Cuando regrese sudado a casa, lo primero que hará la tía Dorita será decirme “hueles a turco” y me obligará a bañarme con jabón Neko y a echarme creso en los pies.

No es fácil tratar con la tía Dorita. Es dura casi todo el tiempo. Con un luto perpetuo que ni ella misma sabe por qué. Bueno, esta casa es el reino del no saber por qué. No se sabe por qué la sala donde están los muebles de estilo Luis catorce siempre debe permanecer cerrada; no se sabe por qué los sillones tapizados y traídos de Bruselas que están en la sala del piano no son para sentarse sino para verlos y decir con todas las visitas “¡Qué lindos, Dora, son un verdadero tesoro!”; no se sabe por qué el cenicero de base de estaño y copa de plata nunca ha probado una pava de cigarrillo; no se sabe por qué todas esas copas de murano permanecen eternamente encerradas en la vitrina del comedor y no prestan servicio, ni siquiera en las grandes ocasiones, ni siquiera cuando el obispo Joaquín, conde romano y camarero secreto de su Santidad, vino a entronizar la imagen del Sagrado Corazón, que no sé quién envió de Medellín. Total, siempre se está esperando como el gran día, que nunca llegará, para sacar las vainas de postín. Bueno, con excepción de los candelabros de plata, que a veces la tía Dorita coloca sobre el piano cuando toca a Chopin.

“Déjala con sus manías, son cosas de las quedadas”, ha dicho el tío Rito. Mi tío. Cualquiera diría que él está de mi parte, pero qué va, cuando llega el momento de la verdad, se pone del lado de su hermana. Es un sistema infalible. Una reina: mi tía Dorita. Un príncipe zángano hermano de la reina: el tío Rito. El pueblo raso sin derechos: yo, Benjamín.

Por eso en aquella ocasión, cuando mi tía decidió que estaba leyendo demasiado y quemó todos los dominicales de “La Prensa” (¡como tres años coleccionándolos, Dios mío!), el tío Rito, frente a la pira, lo único que hizo fue atusarse los bigotes con un gesto muy suyo. Y cuando continuó la quemazón de la tía vuelta pirómana y cayeron colecciones de Pif-Paf, Penecas y Billiken, el tío siguió mudo y no hizo ni un ademán para ayudarme. Afortunadamente, pude salvar “La muerte vestida de planta”, “La sombra ríe”, “Las aventuras de Rocambole”, “El Genghis diabólico” y “El loro chino”, porque el día anterior a la catástrofe se los había cambiado a Natalio por el afiche de “El ladrón de Bagdad”, que él arrancó de la pared cuando el engrudo todavía estaba fresco.

El sol está más caliente que nunca. ¿Qué estará esperando el cura Natividad para levantarme el castigo? ¿Que me achicharre? Me está doliendo el ojo. Está rojo el ojo. Cuando llegue la tía Dorita va a poner el grito en el cielo cuando me vea la vista. Ojalá nada pase. No quiero volver a operarme. Ni de vainas. ¡Qué médico tan bruto! Y tener que despertarme cuando ya estaba privado con el éter, porque no se acordaba de cuál era el ojo que había que operar. ¡Qué bárbaro!

Un monje con una capucha echada. Su cara es de fuego. Dos monjes con las capuchas echadas y caras de fuego. Tres monjes con caras de fuego. Miles de monjes con capuchas violetas echadas y caras de fuego. ¿Cuánto tiempo duré en la mesa de operaciones?

“Te pudieron haber infectado; esos guantes los usan varias veces”, me dijo el sabelotodo del Natalio, todo porque su papá dizque fue enfermero en Varsovia. Odio a los supersabios.

Me va a dar una insolación. Ese cura es un verdugo. Un torturador. Un inquisidor. Al lado de él, la tía Dorita es una santa. Bueno, después de todo, ella se portó muy bien cuando estuve operado. Me leyó varias veces el cuento aquel del príncipe que queda ciego porque le da sus ojos de diamante a una golondrina para los pobres. Me cambió las vendas todas las veces que le dije que lo hiciera porque las sentía pegajosas. Me calmó todas las veces que desperté gritando porque volvía a soñar con el desfile interminable de los monjes con sus caras de fuego. Aunque no ver es terrible, curiosamente, se despiertan todos los otros sentidos. Así yo pude diferenciar a las personas por sus voces o por sus olores.

Voz ronca la de Gastón. Voz gutural la de Madame Olga. Ni hablando a través de un pañuelo me pudo engañar Natalio. Su madre, aunque no habló, impregnó toda la pieza de ese olor acre y rancio que es tan suyo. “Esa polaca parece que sudara yogur”, fue la frase de mi tía cuando se despidieron. Con Ma mère Ester y Ma soeur San Estanislao fue facilísimo: el retintín de los rosarios las denunció desde que venían por el corredor. Al Momo del Carril ni gracia es reconocerlo. Ese hombre no habla, sino que grita y perora todo el tiempo. Me hice el que estaba dormido para que se fuera rápido. Pero sí estaba realmente dormido cuando llegó Ella. Se asomó al cuarto y preguntó cómo seguía. Alcancé a oír dentro del sueño esas ásperas jotas que emplea, y me desperté, para caer de nuevo embriagado por ese intenso perfume que inundaba toda la pieza. Pero cuando pensé inventarme una pequeña comedia de no reconocer su voz, y así lograr que se acercara a mi cama y de pronto poner la mano en su mejilla para un “no te conozco”, o mejor aun, dejar caer la mano como quien no quiere la cosa y rozarle el seno, no se pudo porque su aparición fue muy fugaz; todavía pensaba cosas para retenerla cuando ya ella se había ido. “El olor de la pecadora es intenso”, me dijo mi tía mientras abría todas las ventanas y lograba que el perfume y mi vida se fueran.

Todavía en esa época no tenía muy claro lo de pecadora. Pero meses después, y en mi convalecencia, cuando leía a escondidas detrás del biombo chino, ese sobre el que siempre mi tía le recalcaba a las visitas: “Lo compramos en una subasta en Bruselas”, oí cuando las hermanas Olmos y la Mona Navarro, sentadas a la mesa para jugar bridge, hablaban de Deborah y sus cuatro maridos. “Lo que no me cabe en la cabeza —decía la Mona— es cómo le han podido anular los matrimonios con el argumento de no haber sido consumados”. Atención general. “¿Quieres decir —preguntó con perplejidad Tallulah Olmos— que todavía es virgen?”. La Mona la miró con ironía, y subrayando las palabras dijo: “Es exactamente lo que quiero decir, querida”. El tío Rito, que por casualidad estaba esa vez presente, después de cerciorarse de que la tía Dorita todavía seguía enfrascada en la cocina preparando exquisiteces, dijo con un guiño malicioso: “Esa mujer no tiene un himen sino una hamaca”. La frase produjo una risa abundante que, ante el desconcierto de mi tía y mi sufrimiento, duró las dos horas del juego. En mitad de una mano de naipes, cualquiera de las tres mujeres empezaba a reír y enseguida era acompañada por las otras. Me sentí herido, peor aun fue cuando le conté la conversación a Natalio y él me remató al contarme que una vez que le había llevado una botellita de Pasiflorina, un lápiz labial Michel y unas pastillas de Carnol, compradas a “La heroica Polonia”, como nadie le contestó y encontró la puerta abierta, entró. Y de pronto se halló frente a Deborah, quien en ese momento se ponía esa prenda de caucho y forcejeaba.

“No seas bruto, ese no es un himen, esa es una faja”, le dije al animal ese.

“Tú puedes decir lo que te dé la gana —me dijo—, pero yo fui el que la vi.”.

Me hirió. Me dio donde más dolía. Al final no quiso decirme qué le dijo ella. Cuéntame, Natalio, qué te dijo. Te doy mi trompo. Mira, el que tiene la punta filúa, el que te gusta, nada; te doy mi colección de boliches, te regalo “El Inca gris”, además te encimo el afiche de “Fantasía”. Solo cuando le devolví el cartel de “El ladrón de Bagdad” y le regalé el de “La loba”, me contó que Deborah le había gritado: “¡Socorro, un voyerista precoz!”. Lo mejor —sigue contándome Natalio—, que todo esto lo decía mientras se reía allí delante de él tan solo envuelta en una toalla.

Me mató. No duermo bien desde que me dijo eso. Conozco todos los ruidos de la noche, los chasquidos de los muebles, el tictac del reloj de péndulo en la sala, el lejanísimo eco del Telefunken de Nausicaa Noguera que a esas horas oye la radionovela “Cuando la noche cae”, especial para insomnes. A veces, me encuentro contando las campanadas del reloj de la basílica; doce con frecuencia. ¡Solo a esa hora dejo de pensar en tu cuerpo, Deborah!

El sol de la una. Debo estar rojo como un camarón. Tengo todo el rostro ardido. Me quitaré la camisa y me la pondré como un turbante para protegerme. Lo que puede suceder es que me ampolle la espalda y se me haga como a Pío Ricardo que se le puso en carne viva y no pudo regresar a clase en más de una semana. Pío… La verdad es que ya no lo odio a pesar de que fue él quien abrió la fiesta de los quince años de Margoth bailando con ella el vals. El no tiene la culpa, tan solo era el parejo de la que daba la fiesta: Margoth, mi mejor amiga, mi vecina, a cuya casa entro y salgo como si fuera la mía, a cuyos cumpleaños anteriores siempre era el único hombre invitado, y en esta ocasión, en el quinceañero, en el baile con la orquesta de José Barros y sus estrellas, al único a quien no invitó fue a mí.

No me gusta llorar, pero esa vez, mientras desde mi ventana veía cómo Pío Ricardo bailaba con ella “El Danubio azul”, lloré de rabia, de tristeza, qué se yo, de todo junto. Fue entonces cuando entró en la pieza a oscuras la tía Dorita y me vio pegado al vidrio de la ventana, y entendió todo, y por eso no encendió la luz, sino que curucuteó la mesita de noche, sacó el rosario, pero antes de irse me dijo: “Sabes lo que te digo, que los Olmos no son tan distinguidos como dicen serlo… su abuelo era tan solo almacenista de la Yunai”.

Pero eso no me alcanza a consolar. Ya he entendido muchas cosas, el porqué no me invitan las muchachas a sus paseos y por qué Sarita, la hermana de los Ocalitos, cuando intenté besarla detrás del portón de esa casa vieja casa colonial de dos pisos de la esquina, me dijo: “Mi mamá me ha dicho que contigo ni de lejos debemos tratarnos”. La empujé con fuerza; pero cuando se lo dije al tío, este solo se atusó el bigote y me dio dos palmadas cariñosas. Después, otra vez oculto tras el biombo chino, oí cuando la tía Dorita decía: “No podemos obligar a la gente a que lo acepte, solo a nosotros nos toca sobrellevar esa equivocación de Genoveva, a quien Dios haya perdonado y tenga en su reino”. La frase me mató. No lloré fuerte para no revelar mi escondite. Pero me he sentido muy infeliz, demasiado tal vez.

Son casi las dos y nadie viene a levantarme el castigo. Me voy. Me largo aunque me expulsen del colegio. Que el cura Natividad me busque donde le dé la gana. Me voy. ¿Pero cuál es el griterío? ¡Ah! De nuevo el dirigible. Largo como un cigarro gigante. Ha sombreado todo el patio. Desde aquí puedo ver los tripulantes. Alzo las manos y les digo adiós; ellos también me contestan. ¡Quién pudiera acompañarlos en su cacería de submarinos nazis! ¡Quién pudiera estar en la guerra peleando y no huyendo de un cura desalmado! Tengo que crecer, y pronto.

CAPÍTULO IV

Gunter se detuvo frente a la casa y la observó de nuevo. Siempre se había preguntado quién sería el dueño de ese ejemplo de arquitectura francesa de principios de siglo, con sus cupulitas, torretas de latón, mansarda, ventanitas de vidrios colores y ventanas de hierro forjado “art nouveau”. Al pie de un rincón una pequeña placa indicaba el constructor y el año de la edificación. Resultó ser un arquitecto de apellido Carpentier, un francés residenciado en Cuba que había hecho algunos trabajos eclécticos a principios del siglo en la región. ¿No era de él el templete de Ciénaga, orgullo de esa ciudad?

Esto pensaba el joven mientras tocaba el timbre de la casa, de la que ya sabía era de la Mona Navarro. “Está un poco loca”, le había advertido Benjamín cuando le entregó una carta de presentación. Al fin, después de un largo rato, que hizo desesperar al joven, se abrió la puerta y una anciana con el pelo teñido de azul y túnica de entrecasa preguntó con desconfianza qué se le ofrecía. El joven observó divertido que el frenillo le impedía pronunciar las erres. La vieja leyó la carta con la ceja arqueada y le dijo:

—Hacía siglos que no sabía de la vida de Benjamín. ¿Y qué hace ahora ese muchacho?

A Gunter le sorprendió pensar en el cincuentón de Benjamín como en ese muchacho, pero contestó:

—Hace días no lo veo; él es un poco extraño.

—Sí, siempre fue así desde chiquito; si le dijera yo… —contestó la anciana.

A todo esto, ya habían pasado del zaguán a una sala que dejó perplejo al periodista. Por un momento Gunter se creyó en algún estudio cinematrográfico que representara alguna película de la década de los años veinte. Divanes estilo egipcio, cojines, lámparas de cristal de roca con pie de estaño; una mesita, que parecía salida de la tumba de Tutankamon, portaba una lamparita en forma de disco-solar que despedía geométricos rayos de luz. Estatuillas de jade y ónix aparecían en diversos rincones.

Su atención se concentró de pronto en el gran cuadro que estaba en la pared, al lado de la estilizada escalera. Una mujer con un vestido de noche negro que dejaba al descubierto toda la espalda se inclinaba sobre la baranda de la terraza y miraba a lo que debía ser el jardín o el mar. No se le veía ni el perfil, pero Gunter pensó que era la grupa más bella que había visto en su vida.

La anciana había desaparecido detrás de una puerta con vidrios multicolores y arabescos de hierro. Pero rápidamente retornó transformada, vestida con una túnica “Minaret”, una larga pitillera, unos brazaletes múltiples y una ajorca en la pierna.

Gunter bajó los ojos hasta que hizo desaparecer la risa que lo asfixiaba y buscaba cómo estallar.

Solo después, en su pieza y con mucha paciencia, pudo el joven periodista transcribir lo que quedó en la cinta de la grabadora, pues en el momento que la escuchó tuvo la sensación de haber abierto la caja de las Siete Palabras. La anciana era algo abrumador hablando, no había forma de hacerla parar, era como una de las fuerzas de la naturaleza desatada, el arquetipo de la perorata.

“Pensé que Deborah ya no sería ni un mal recuerdo; al terminar la guerra desapareció cualquier día con el mayor Tedio, a quien trasladaron a un lugar remoto, no recuerdo dónde. Después, al poco tiempo enviudó, pero por aquí nunca más volvió.

“Corrieron rumores de que estaba en los Estados Unidos, casada con un obispo mormón; otros dijeron que no, que alguien la había visto administrando una casa de lenocinio en Caracas; y otros, que, en realidad, había muerto en el incendio del hotel Regina en Bogotá durante el nueve de abril; total, nadie sabe nada.

“Y ahora qué es lo que es. ¿Una heroína de novela?”. El joven periodista le explicó que estaba indagando. “¿Deborah espía?”. La anciana se rió un poco en forma gutural, pero después empezó a hablar, como para consigo misma, en voz alta.

“Deborah sabía hablar perfectamente el alemán. Pero como usted no debe saberlo, le cuento que a su madre Germania la nombraron secretaria de nuestra embajada en Alemania cuando los militares mataron a Sócrates, el papá de Deborah, en lo que se ha llamado ‘un malentendido’.

“Pero espérese y le cuento desde el principio. Al generalote ese le hicieron una fiesta en el Centro Social. ¿Cómo no voy a acordarme si yo fui una de las organizadoras? Total, al hombre se le había alborotado la amibiasis por unas cervezas que se tomó, y ¿qué cree que han hecho sus subalternos? ¡Nada menos que amenazarnos con fusilarnos si algo le ocurría a su jefe! Pero lo que sí ocurrió fue que el teniente que estaba al mando de la guardia, digamos pretoriana, un hombrecillo que parecía una escultura chibcha, se ha llevado a los directores del Centro Social, entre ellos a Sócrates Valdez, el padre de Deborah. ¿Quiénes eran los otros dos? Ah, sí, Nemesio Correa y Aquiles Olmos; pero estos se salvaron. La verdad es que nunca hubo claridad sobre lo que ocurrió. Aquiles me contó, ahora lo recuerdo, que les hicieron un simulacro de fusilamiento; pero, ¡qué hombre tan cobarde!, a pesar de tener un periódico nunca denunció el hecho, ni siquiera cuando hubo cambio de régimen. Nemesio, como era tan amigo de los militares, hasta medio nazi fue después, nunca quiso aclarar nada, se llevó el secreto a la tumba, como diez años después de lo que te estoy contando cuando los trabajadores de su finca lo hicieron picadillo en una discusión por salario o alguna de esas cosas plebes. Pero al pobre Sócrates le dio un infarto en el simulacro de fusilamiento y se murió. No hubo testigos, pero eso fue lo que se dijo, y ya sabes que “vox populi, vox Dei”. Cuando se creyó que Germania iba a poner el grito en el cielo, je, se quedó calladita, sin decir ni mu. Claro que hubo rumores, sobre todo cuando se le vio en unos amacices con el teniente ese, el chibcha, quiero decir. Se dijo que ella había azuzado a los militares, en fin, miles de cosas; el asunto es que a los pocos meses apareció nombrada en el cargo en Alemania. Así fue como Deborah se fue a Europa”.

En ese momento Gunter dio un alarido de rabia; el casete se había dañado y en la otra mitad de la grabación solo se oía una voz ininteligible. Sacó ese primer casete grabado y colocó el segundo en el pasacintas.

La voz de la anciana siguió relatando:

“A principios de los años treinta me fui a pasar a Europa una temporada; con sede en Bruselas, por supuesto, de allí me movilizaba hacia otros lados. Fue entonces cuando visité a Deborah en Berlín. En esa época el banano daba para todo (suspiró), era el oro verde, como decían… ¡ay!… Pero no hablemos de eso…

“Al principio quedé enterrada. ¡Imagínese!, uno completamente salvaje, montuno y provinciano y de pronto aterriza sin prepararse ¡en el Berlín de esa época!

“Allí me encontré con una jovencita vanguardista, Deborah, que usaba monóculo y frac; otras veces llevaba unos vestidos divinos con zorros rojos en el cuello. Cosas que me encandilaron. Peores fueron los lugares donde me llevó y las cosas que vi. Imagínese, estaban esos travestís con los labios muy pintados y faldas levantadas sobre los muslos peludos, sentados en las mesas de los cafés. Fui a unos clubes, como el Silhouette, el White Rose, el Ringo Club, de espectáculos maravillosos y gente muy extraña. Estuve en una fiesta en la que la obligación era llevar regalos del peor gusto posible, como zapatos rellenos de cemento, asientos en forma de inodoros, cosas así… yo daba alaridos, aterrada, pero no me perdía de nada. La verdad era que estaba deslumbrada, como no lo consiguió ninguna otra ciudad, ni siquiera París.

“Esa policía montada con chaquetas de un gris perla era maravillosa, y esos taxis negros con franjas doradas… ¡Qué le digo!

“Deborah era una jovencita curvilínea, encantadora, una jazzy girl, con sus vestidos rojos y sombreritos cloches; pero tal vez, y se lo repito sin mucho control…, una vez me llevó a una exposición de pintura donde alcancé a ver un cuadro con unas monjas levitando y con unas cruces entre las piernas; me salí indignada, mientras ella se reía muy divertida de verme escandalizada…

“No volví a Berlín sino dos años después; pero las cosas habían cambiado totalmente. El hombre espantoso ese del Hitler estaba subiendo al poder. Por cierto que a mí me tocó el coge-coge ese de cuando incendiaron el capitolio de allá. Naturalmente que yo me devolví enseguida para Bruselas; si no quiero problemas aquí, mucho menos allá.

“Para esa época Deborah se había casado con el señor Kruel. Para mí ese fue un matrimonio de conveniencia; a Germania la habían echado del puesto y el par de mujeres necesitaban urgentemente alguien que las sostuviera. Por eso el matrimonio no duró nada; por ejemplo, yo nunca conocí al señor Kruel, siempre estaba de viaje, y a Deborah la veía salir con otros hombres. Que yo sepa, ese es el único matrimonio que tuvo Deborah; todos los demás fueron invento de la gente, chismes de las Olmos. Todo porque alguna vez en París, al presentarles a otro acompañante como su nuevo esposo, la Tallulah le preguntó que cómo había hecho para poder anular todos sus matrimonios anteriores por la iglesia, y Deborah le contestó que eran matrimonios ‘a ratos’ y no consumados… imagínese, “no consumados…”

La larga y singular risa de la anciana llenó un largo espacio de la cinta. Gunter adelantó el casete; la conversación se reanudaba en el momento de la pregunta “¿a quién representaba el cuadro de la bella grupa?”

La anciana se quedó por unos instantes meditando y al final le dijo:

“Es una buena pregunta; se supone que debía ser yo, pero no es así. Ese cuadro lo heredé por arte de birlibirloque de Deborah, como prenda de una deuda conmigo, y esa debe ser ella; por lo menos ese es su trasero, es inconfundible…”.

Al final la anciana se levantó con una agilidad inesperada en una persona de su edad y le dijo: “Mire, en mi baúl debo tener algunas cartas y algunas fotos viejas; se las voy a prestar para que las utilice en su investigación. Qué lástima. Si usted hubiera venido el año pasado hubiera sido mejor, pues tuve que botar cantidades de fotos y cartas porque el comején me tenía invadida la casa; allí había cosas que le hubieran servido de mucho…”.

Gunter aprovechó, cuando quedó solo, para dar un vistazo a la casa. Atisbó primero detrás de una puerta ancha de vitrales con motivos mitológicos estilizados; detrás de la puerta se abría un ancho salón, seguramente el antiguo comedor, pero que en ese instante no contenía mueble alguno, lo único que había, salvo los frisos, fustes, esquineras y capiteles, además de un reluciente piso de mármol, eran algunas viejas litografías desteñidas, colgadas en las paredes; las consabidas: el encuentro de Dante con una indiferente Beatriz en un puente de Florencia; la barcaza fúnebre con la figura fantasmal del remero llegando a una isla de pinos fúnebres; un Otelo bastante prieto dando un alarido con el puñal en alto mientras en el lecho se desangraba una nívea Desdémona. El toque contemporáneo lo constituía un afiche de “El ángel azul”. Abrió la puerta siguiente y solo se encontró con una habitación vacía, con un mecedor roto en un rincón. La otra puerta daba a un jardín cuidado que indicaba en qué gastaba sus horas libres, que eran casi todas, la dueña de la casa. Así, salvo la sala y la recámara, la casa era un cascarón, un monumento a los buenos tiempos del “oro verde”.

La Mona Navarro le entregó un pequeño atado de cartas. “Es todo lo que pude encontrar”, le dijo casi disculpándose. La primera de ellas tenía una bella letra, dibujada. “Es la letra de Deborah —explicó la anciana—; ella nos hacía a veces demostraciones de letra gótica alemana”.

Al cerrarse la puerta detrás de él, Gunter se sentía muy optimista, el premio sería suyo.

CAPÍTULO V

El doctor Petrie se asomó al balcón; el Támesis se alcanzaba a divisar a lo lejos y luces parpadeantes indicaban el sitio donde está localizado el barrio chino.

“Y pensar que esa víbora se encuentra allí, tan cerca y distante”, le dijo a Nayland Smith, quien se tironeaba nerviosamente los bigotes, como acostumbraba a hacerlo en los momentos de tensión. “Lo que pasa —respondió el detective— es que él, el gran cerebro del tráfico del opio, tiene un poder casi mundial. Domina países, monarcas, presidentes, magistrados, jueces, policías, tiene ejércitos propios y nosotros tenemos que luchar contra él y leyes que lo protegen…”. Petrie rió nerviosamente.

De súbito se quedó serio mirando fijamente una nubecilla azulada que subía ligeramente por uno de los árboles que circundaban la tapia de la mansión. “¿Qué es eso?”, preguntó con una voz en la que se reflejaba la tensión nerviosa. El detective aguzó la vista, pero no pudo ver nada. El fenómeno se había disipado.

De repente, todas las facciones del doctor Petrie se contrajeron en un rictus de angustia; se llevó las manos a la garganta, como para librarse de otras manos invisibles que lo estuvieran atenazando.

Nayland Smith corrió en socorro de su amigo exclamando: “¡Por Dios, Petrie!, ¿qué sucede?”; pero no pudo avanzar más. Una palidez de cera le cubrió totalmente el rostro, y a su vez sintió que un par de poderosas e invisibles manazas se cerraban sobre su garganta dejándole sin respiración. Al cabo de unos minutos, los dos cuerpos yacían inmóviles sobre la alfombra.

Cuando Petrie abrió los ojos encontró delante de sí la mirada fría, amarilla y despiadada del diabólico doctor Fumanchú. Vestido de mandarín y con sus largas uñas desarrolladas en forma de garras, la presencia del maléfico personaje no pudo menos que hacerle sentir un escalofrío de pánico.

El chino sonreía, y al hablar evocó en su interlocutor el silbido de una serpiente.

“Ustedes no están practicando sus consignas —dijo— ¿Cómo es aquello de que el precio de la libertad es la eterna vigilancia y los encuentro dormidos?

Ahora ustedes, guardia blanca del Imperio británico, son prisioneros míos, o sea, del asiático, del continente vencido y colonizado. ¿Y saben por qué? —el chino alargó más los párpados, formando casi una hendija detrás de la cual se veía un fulgor siniestro—, por algo muy simple: el vicio de la droga, del cual todos los que caen allí nunca salen… dominaré el mundo a mi manera…

En el patio se oyó un grito escalofriante; un dacoit (asesino al servicio del monstruo chino) anunciaba la presencia del jefe de Scotland Yard.

El doctor Petrie se desmayó de la impresión al ver la forma sumisa como el inspector Sellers se inclinaba ante Fumanchú.

Oí el grito ahogado, como de dacoit. Ya sabía que era Natalio. Siempre imprudente, no me dejó terminar “El demonio amarillo”, exactamente cuando frente al cadáver de la mujer decapitada Fumanchú exclamaba: “Una mujer sin cabeza… esa no es ninguna novedad…”

Pero claro, ha empezado el Natalio una retreta de silbidos que por poco pone en estado de alerta a la tía Dorita, que en ese preciso momento rezaba su interminable rosario, con letanía y salves incluidas, todo por la conversión de Rusia.

Así que salí al patio a calmar a la Sinfónica polaca antes que se cagara en todo. Por señas le pedí silencio y paciencia… silencio y paciencia… silencio y paciencia… hasta que el ronquido de la tía indicó que todo estaba en orden.

Hay un punto vulnerable. El tío Rito todavía no ha llegado y puede que entre en mi pieza y se dé cuenta de que no estoy. Pero hay que esperar que, como de costumbre, llegue a mediopalo, encienda su tocadiscos, ese que no me deja ni mirar, ponga a Jean Sablon cantando J’attendrai y termine acostado en medio de una borrachera llorona. Sin embargo, al otro día le vi que intentaba un zapateado a lo Fred Astaire. No le resultó, por supuesto. A mí me dijo Socorro Salomé que todo eso se debe a una francesita que no quiso venirse con el tío cuando este regresó de allá. “Oh no, yo disfrutar contigo aquí, contigo en Francia, pero allá es amor con mosquitos y paludismo…”. Esa fue la frase que según la Socorro le dio la franchute de despedida en el muelle de Amberes antes que el tío tomara el barco de la Flota Blanca; pero a la Socorro no se le puede creer demasiado porque es la campeona de las embusteras (aunque ella sostiene que el campeón soy yo). A mí se me hace que ella está con una rasquiñita con la francesa porque, como ella misma nos contó a Natalio y a mí, una vez al tío Rito se le dio por invitarla a un sancocho en París y Socorro tuvo que recorrer toda la ciudad en busca de un par de plátanos verdes para hacer los patacones y tan solo consiguió dos raquíticos africanos. Y después de todo ese trabajo, ha seguido contando la Socorro, la francesa y su familia han arrugado la cara y vomitado el sancocho, mientras han dicho que ese menjurje era el bodrio que les daban a los presos en las cárceles. ¡Mi madre!

De todos modos, es un riesgo que el tío llegue borracho y se duerma con las ventanas abiertas y estas empiecen a golpearse y la tía se despierte y se levante a cerrarlas y se le dé por asomarse a mi pieza y encuentre mi cama vacía. ¡Mejor ni pensarlo!

Así que aquí va Nayland Benjamín Smith a encontrarse con el doctor Natalio Petrie para combatir el peligro chino y el dragón nazi.

Natalio es un huevón; ahora dice que él no es el doctor Petrie sino La Sombra, y como yo no puedo ser Nayland Smith si no tengo ayudante, me cambio por Doc Savage, y así se acaba la pelea.

Nos hemos trepado por un roble del patio, subido por las escaleras del edificio “La gota de leche”, que nunca se ha podido terminar, y nos hemos descolgado por el “resbaladero de cocodrilo” hasta la azotea de Nausicaa. Para Natalio algo raro pasa con ella: “Esa mujer no duerme; cuando de medianoche paso, después de la función nocturna en el Rex, todavía ella está despierta oyendo noticias en su Hallycraft, mientras fuma como una condenada; algo se trae entre manos…”. Yo creo que Natalio exagera. La mujer lo único que tiene es falta de marido, y por eso está un poco loca. El otro día oí cuando ella le decía a mi tío que el hombre provenía de las estrellas porque como prueba estaba la música, que era extraterrenal. Definitivamente, está chiflada.

Pasar por donde la turca Faride siempre es peligroso. Apenas oye el ruido de pasos saca el foco de mano, alumbra el techo y empieza a gritar: “¡Bájense de allí, bandidos, bellacos, voy bor la bolicía!…”. Natalio contesta entre dientes: “Turca miserable, hija de asaltantes del Sahara, rascadora de chácaras de dromedario, ladrona”. Yo le calmo. Faride es buena gente; su madre está amnésica y se le olvidó el español, así que solo habla turco, y Faride olvidó ese idioma, así que para hablarse, no sé cómo hacen; debe ser un trepaquesube del carajo; pero eso sí, ella hace unos dulces y unos quibbes que son una maravilla… Natalio se ha puesto serio: “O te concentras en la acción vengadora o sigues en tu plan de vieja chismosa de hablar todo el tiempo”. Tiene razón. Así que ahí vamos por territorio nazi; estamos cruzando el espacio aéreo de Benito Bermúdez, alias Bebé Fon Kagá.

Doy el salto, no calculo la distancia y… ¡mierda!, por un tris casi me estrello; he quedado colgado de la cornisa, con los dedos acalambrados y con el peligro de caerme en cualquier momento. Por más que intento alcanzar el tubo de la cañería no he podido; por el contrario, ya tengo el brazo muerto y no resisto más. A pesar del afán de Natalio por jalarme, lo único que logro es que casi se caiga él también… Y ya cuando todo estaba perdido, ¡zaass!, el hijo del enemigo, el pequeño nazi, el hijo mayor de Fon Kagá, Goering ha abierto la puerta y sin decir palabra ha colocado una escalera para que yo me bajara. Pelao berraco, todo un tipazo a pesar de ser nazi. “No hagan ruido que papá puede despertarse”, nos ha dicho en voz baja cuando sanos y salvos hemos tocado tierra bendita.

Le pongo la mano sobre el hombro, como haría Doc Savage, confraternizando con el enemigo, y me remonto de nuevo a mi mundo espacial, ante la mirada incrédula de Goering. Ese pelao lo que necesita es sudar un poco más, ensuciar la ropa, correr, ¡no joda!; parece que siempre fuera a una sesión solemne. No deja de ser una vaina que su papá sea ese viejo alto, amonado, que siempre anda con la nariz para arriba como si se hubiera tragado un paraguas. Todas las tardes va con Goering y Bismarck al camellón. Me parece verlos cuando van con paso marcial vestidos de lino blanco. El viejo Benito llega a la banca elegida, da un “Achtung” y se sienta. Ellos esperan que él lo haga primero para a su vez sentarse. El viejo despliega un ejemplar de El Siglo en forma retadora, y enseguida, casi como en el cine mudo, se coloca un monóculo.

Hasta allí todos los parroquianos del Entre-nous hemos (porque yo a veces también me cuento) esperado en total silencio, y a partir de ese momento rompemos con una completa algarabía: “¡Fon Kagá, Fon Kagá, vete con los nazis, cochino, traidor…!”. Pero qué viejo tan terco, dura sentado, erecto e impasible exactamente una hora, mientras los gritos del público pierden fuerza. Solo alguno que otro mamagallista empedernido insiste hasta el final. Y a todo esto, el par de pelaos, sentados, en posición rígida, siguen estudiando la gramática alemana y alzando miradas de temor y súplica al Entre-nous. ¡Va la madre si vuelvo a molestarlos!; después de todo, la culpa es del viejo Benito, que según mi tío estudio aviación en Alemania y regresó nazi.

¿Pero quién quiere hablar de viejos nazis si entramos al espacio de Deborah? Ella, la bella, la misteriosa, la divina, la que me tiene trastornado. La Sombra polaca me hace señas de que me agache. La bella está sentada en el patio, en su cheslón, fumando y haciendo anillos con el humo. Este maldito árbol no me deja ver bien; ruédate, polaco. ¡Huy! ¡Qué maravilla! con ese negligé transparente; me va a dar un ataque, me muero, me muerooo, ¡agg! Está bien, terror de Varsovia, no voy a seguir mamando más gallo.

¿Ves lo que yo veo?, ¿esa piernona encogida? Se le ve el muslote ese, divino; ¡está dando punta!; pero ruédate, déjame ver bien, no seas agalludo. Esa mujer me tiene enfermo. Esta noche me la hago por ella. ¿Pero qué te pasa, Natalio? Se ha quedado lelo, lelo…

“¿Lo notaste, ah?, ¿lo notaste?”. Me ha dicho: “¿Qué he notado? A ver, ¿qué es tu vaina?”. Otra vez se queda como mirando hacia San Felipe, Natalio el reflexivo, Natalio el deductivo, Sherlock Natalio.

“¿Te diste cuenta? Ella está comiendo manzanas”, me dice como si fuera una frase del evangelio. Ajá y ¿qué pasa con eso? “A veces eres estúpido”, me dice. Más estúpido eres tú. ¿Cuál es tu swing? Vamos, habla, suelta, sopla, murmura, franquéate, confiésate, platica no más, vomítala toda, quiero saberlo todo. Todo, antes que el secreto termine siendo un simple floripeo.

“Ella come manzanas”, repite como cualquier disco rayado en un gramófono ¡Huy!, qué descubrimiento; cuidado, Colón, te pisas el huevo. ¿Y qué? Nosotros comemos mango, patilla, guayaba; y te la extiendo más si quieres: anón, caimito, piña, níspero, mamey.

“¡Basta!”, dice la enrojecida Polonia. “¿Desde cuándo no pruebas manzanas?” ¡Plink! Sí señor, se encendió el bombillo. Cierto, en la guerra no hay manzanas.

“Sígueme la idea de lo que te quiero decir”, me dice ahora la personificación de la lógica. No me da la gana; si lo que quieres es que te diga que Deborah es una espía, me niego.

“Tú eres el que lo está diciendo, el que está sacando esas conclusiones”, persiste inflexible el Natalio.

Vete a la porra, lárgate a la Conchinchina, muérete en la Patagonia, bájate en Tiogollo o en Pernambuco, pero no insistas, peste polaca, mente calumniadora, mal pensada, depravada.

“Y si le llegan las manzanas a la espía, ¿cómo se hace?”. No sigas jodiendo, Natalio, que te pego, te destrozo la cara, ya lo he hecho; te llevo como medio metro. No me sigas toreando, tú no sabes con quién te metes.

“¿No será que ella contacta a los submarinos nazis?”. Me voy, Natalio, porque la mano está que se me va sola.

Pero a propósito, rival de Dick Tracy, para hacer ese tipo de afirmaciones hay que probarlas. “Obvio”, dijo la voz de Natalio, que ya se confundía con mis propias dudas.

Desde aquí es fácil ver la sala de Nausicaa. Hay algo raro. Con las sillas en fila, como para una función, alcanzo a ver a Golo Alejandro Bailón, a Fon Kagá, a Robustiano Patrón, a Giovanni Pontoni, el administrador del balneario, y a Benedetto Di Napoli, el dueño del teatro Rex. En frente hay un aparato que nunca había visto antes. Es como una mesa pequeña con dos antenas en cada extremo, una parada y otra curvada. Nausicaa reparte afanadas copitas de licor a los asistentes. Lo que es aquí hay algo. ¿Pero qué? Hay que observar con toda la paciencia del caso. Natalio me cuchichea. Calla, desesperación polaca, calla y observa. Benedetto dice algo. No se le oye. Este es un caso para Doc Savage. Sombra, hay que bajar los calados de la cocina hasta el patio y escondernos en la parte oscura del corredor. Estamos de fiesta, nadie nos ve; tocan la puerta, silencio, shtt. Es Deborah quien entra. Nausicaa le dice: “Ya íbamos a empezar sin ti; Benedetto nos está explicando el funcionamiento del eterófono”.

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Release date on Litres:
22 October 2025
Volume:
184 p. 8 illustrations
ISBN:
9789587892130
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Bookwire
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