Read the book: «Don Mateo Rey»

Font::



303.6686126

E38

Don Mateo Rey: crónicas de barbarie en el occidente antioqueño / Ramón Elejalde Arbeláez

Medellín: Ediciones UNAULA, 2017

182 p. (Tierra Baldía)

ISBN: 978-958-8869-42-1

I. 1. VIOLENCIA – OCCIDENTE ANTIOQUEÑO

2. CONFLICTO ARMADO – OCCIDENTE ANTIOQUEÑO

3. PARAMILITARISMO – OCCIDENTE ANTIOQUEÑO

II. 1. Elejalde Arbeláez, Ramón

SERIE TIERRA BALDÍA

Ediciones UNAULA

Marca registrada del Fondo Editorial UNAULA

DON MATEO REY

Crónicas de barbarie en el occidente antioqueño

Ramón Elejalde Arbeláez

© Ramón Elejalde Arbeláez

© Universidad Autónoma Latinoamericana, de la presente edición

Primera edición: abril de 2016

Segunda reimpresión: febrero de 2017

ISBN: 978-958-8869-42-1

Hechos todos los depósitos que exige la Ley

CORRECCIÓN DE TEXTOS:

Luis Javier Cardona

DISEÑO, DIAGRAMACIÓN E IMPRESIÓN:

Editorial Artes y Letras S.A.S

Hecho en Medellín - Colombia

Universidad Autónoma Latinoamericana,

Cra. 55 No. 49-51 Medellín - Colombia

Pbx: [57+4] 511 2199

www.unaula.edu.co

Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions

Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego

Mahatma Gandhi

La violencia es el último recurso del incompetente

Isaac Asimov

En las que se narran hechos reales sufridos por la gente de Frontino, un municipio situado al occidente de Antioquia, a 135 kilómetros de Medellín sobre la vía que lleva a Urabá en los 6o, 46’ 11’’ de latitud norte y a los 2o, 04’, 11’’ longitud oeste del meridiano de Bogotá.

Es la mismísima terrible realidad que ha venido padeciendo Colombia en la mayoría de su territorio. Historias repetidas en las que basta cambiar los nombres de las víctimas o de los victimarios, establecer las responsabilidades y asignarles su correspondiente grado de impunidad. Todos los nombres son reales, con excepción de dos, entre ellos el del protagonista de la obra, reconocido por su alias de Mateo Rey en la organización paramilitar.

Injusto seguir escondiendo hechos tan aterradores, pues así se consolidaría la impunidad, caldo de cultivo a la posibilidad de que en el futuro tales hechos pudieran repetirse, o también ocultarse el dolor de las víctimas y denegar la justicia y la reparación. Sin verdad, sin reparación y sin justicia es imposible olvidar y cicatrizar las heridas padecidas por una sociedad abandonada, humillada y sacrificada con sevicia...

Antecedentes de violencia en Frontino

Después de la violencia política desatada en 1948, surgieron las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el ELN, el M19, el EPL entre otras organizaciones. Eran guerrillas entrenadas y apoyadas por la línea de Cuba, Moscú o Pekín con el propósito de derrocar el gobierno y tomarse el poder por las armas, inspiradas en el marxismo y con el ideal de establecer el comunismo. Con el tiempo y el dinero de actividades ilícitas fueron ganando terreno en todo el país y Frontino también sufrió su violenta presencia.

Primero llegó la subversión con el Ejército Popular de Liberación (EPL), después con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) y tímidamente con el Movimiento 19 de Abril (M-19). Los hechos violentos que estas agrupaciones infligieron a la población, en especial a las personas más pudientes y a las que fueran incómodas para sus designios, fueron el caldo de cultivo y el pretexto para que algunos montaran ejércitos privados; y también fueron el motivo para que otros incautos sin esperanza creyeran que el camino de las Convivir, y luego el de las autodefensas, sería la solución lógica y apropiada a las agresiones de las FARC. Tremendo error, como quedará demostrado en las historias contenidas en estas páginas.

Entre las desgracias muy lamentadas por los frontineños, está el asesinato a mansalva y con mucha sevicia de cinco integrantes del Ejército Nacional: Cabo Primero Elmer Geovanny Alarcón y los soldados: Wilson Rentería Rodríguez, Jaime Castrillón Osorio, Darwin Andrés Moreno Lora, Juan Carlos Palacio Jiménez. En este mismo hecho quedaron heridos el Cabo Tercero Jaime Vaquero Avirama y los soldados Juan de Dios Jaramillo, Miller Saldarriaga Muñoz, Jonathan Abad Gómez, Ariel Ortiz Gómez, Luis Alberto Madrid Londoño y Willington Montoya Durán.

Esta acción contra el ejército sucedió en el Alto de Cuevas, en la trocha que conduce del corregimiento de Nutibara al de Murrí, el día veinte de junio de 20041.

Modus Operandi paramilitar

Llegaban a los lugares que iban a someter, asesinando indiscriminadamente para doblegar por el miedo a las autoridades locales y a la población civil; muchas veces eran masacres despiadadas. Era un trabajo sicológico premeditado y certero. Así se hicieron amos y señores de regiones enteras, ante el silencio cómplice de unos y el miedo de otros. Ellos emergían como los dueños de vidas y bienes y por la fuerza se erigían como autoridades supremas del lugar. Los funcionarios judiciales eran ignorados y arrinconados; las autoridades civiles debían plegarse a sus designios y ayudar a financiarlos con el erario público; los militares y policías debían escoger entre apoyarlos o cumplir con su deber de proteger a las personas. Tristemente, en más de una ocasión hicieron lo primero.

Donde la guerrilla controlaba la población y se adueñaba de la vida social y económica, los paramilitares ingresaban con el pretexto de liberar a los pueblos del flagelo guerrillero. Como la guerrilla aprendió a vivir del narcotráfico, los paramilitares aprendieron lo mismo y después de liberar a la gente del dominio guerrillero, imponían el suyo y continuaban el negocio del narcotráfico para sus propios bolsillos, ante el notorio silencio de las autoridades judiciales, civiles y de policía.

En otros casos no acudían al pretexto liberador: simplemente buscaban el dinero de la cocaína y de la marihuana y asumían la vigilancia de los cultivos ilícitos o de los laboratorios para procesar alcaloides. Solamente con el gramaje o peaje que exigían a cultivadores, procesadores y traficantes, bastaba para enriquecer a los dueños de estas organizaciones criminales. La periodista y defensora de los derechos humanos, María Teresa Ronderos, afirma que “este sangriento conflicto político atizado con las arcas infinitas provenientes del tráfico ilícito de narcóticos desde finales de los años setenta, ha creado una de las peores catástrofes humanitarias del mundo en años recientes”2.

Fabio Arboleda fue un educador caracterizado por su sentido crítico y su aversión a la violencia. Pacífico por definición pero rebelde frente a la pobreza y las desigualdades sociales, jamás tuvo relación con la guerrilla; en sus comentarios casuales rechazaba por igual las acciones de ambos grupos. Ya sabemos que el neutral incomoda por igual a cada una de las partes en contienda. Un domingo, a menos de cien metros del comando de la policía de Frontino, fue raptado por los paramilitares ante la mirada temerosa o indolente de los testigos y ante los oídos sordos de la Policía que no escuchó sus desgarradores gritos cuando lo subían al carro que ya todo el pueblo conocía como “Caminito al cielo”.

Fabio apareció muerto antes del anochecer de aquel 15 de abril de 1999.

Forastero incómodo

Así como asesinaron a Fabio Arboleda mataron a un vendedor de relojes, navajas y cachivaches que ocasionalmente venía a Frontino a ganarse la vida. Un sábado a las siete de la noche, cuando jugaba cartas en el Parque principal, donde también está la sede del gobierno local y del Comando de Policía, fue sacado por varios hombres que no cubrían sus rostros; lo amarraron por las manos, lo hicieron caminar en medio de gritos de auxilio hacia las afueras del área urbana y lo fusilaron sin fórmula de juicio. Su delito podría ser: “forastero en un pueblo sin autoridades”. O quizá: “vendedor incómodo” para algún comerciante de la localidad que financiaba a la organización ilegal.

A un campesino trabajador lo aprehendieron en el atrio de la catedral, a plena luz del día, le amarraron las manos a la espalda y lo llevaron unos ochenta metros por la vía que del parque principal conduce al cementerio: lo fusilaron sin atender sus gritos de clemencia, le quitaron unas botas marca Brahma que acababa de adquirir y que el sicario se terció al hombro. Regresó al Parque, entró al Bar Olímpico, se quitó sus zapatos y se calzó las botas de su víctima. Con la misma indolencia que procedió el criminal, procedieron las autoridades y la fuerza pública: ni vieron, ni escucharon nada.

“Caminito al cielo”

Así llamaban a los carros empleados por los paramilitares en sus fechorías. El primero fue un campero Willys, con llantas grandes, y engallado con ostentación. Luego llevaron una camioneta Cherokee de color granate, que fue reemplazada por un campero Chevrolet Trooper blanco, repintado de negro para que no lo reconociera el verdadero dueño a quien se lo habían robado; este fue el más tenebroso y en el cual hicieron la mayoría de viajes de la muerte. Era cuatro puertas y circulaba por el poblado sin placas, a ciencia y paciencia de la policía, del ejército y de las autoridades civiles y judiciales. Persona que subiera a este vehículo y no perteneciera a la organización paramilitar, era persona asesinada. Posteriormente utilizaron una camioneta Land Cruiser Toyota de color blanco. Por épocas usaron un Willys J6 y una camioneta Ford 150 color negro. En barrios, corregimientos y veredas, la presencia de cualquier “Caminito al Cielo” era sinónimo de muerte y desolación.

Duelo en Chaquenodá

En el parque principal funcionaba una discoteca denominada Chaquenodá – “Río bonito” en idioma Katío– donde el 7 de junio de 1996 coincidieron libando licor un grupo de autodefensas y un contingente del ejército. Al frente de las fuerzas del orden se encontraba un Mayor de apellido Bermejo, según se dice muy proclive a las autodefensas. A la mesa del oficial se acercó el comandante militar de las AUC en la municipalidad, conocido con el remoquete de Baltasar, quien se quejó del mal comportamiento de algunos de sus hombres y en especial de Ángel María Jiménez, alias San Pedro, quien departía con otros compañeros en la barra. Seguramente azuzado por las historias que contaba el jefe paramilitar, el Mayor Bermejo arrimó donde San Pedro y dijo:

—No tolero hombres armados e ilegales en este establecimiento público. Les ordeno que se retiren inmediatamente.

—De aquí no nos vamos y no nos saca ni el putas. Respondió San Pedro.

Seguramente herido en su amor propio, el oficial del Ejército se fue a la base militar y le ordenó al Teniente Gabriel Soruco Hans:

—Trasládese inmediatamente al parque principal. En el Chaquenodá está el paramilitar San Pedro; lo retiene y me lo trae acá, a él y a todo el que se oponga al procedimiento. Vaya con buenos hombres, que el sujeto es muy peligroso.

Soruco cumplió la orden y al llegar al destino ordenó al personaje que lo acompañara a la Base Militar. Rotundamente, San Pedro se opuso a ser retenido. El Teniente llamó por celular a la base, quizás al comandante. El paramilitar y el oficial del ejército salieron de “Chaquenodá”: aquél se situó en la mitad de la calle y el Teniente se quedó en la acera y desde allí disparó en tres ocasiones sobre la humanidad de Ángel María Jiménez, San Pedro, quien cayendo disparó sobre el Teniente Soruco. Ambos murieron en el acto. Entretanto Baltasar, comandante de los paramilitares en el Municipio y que había abandonado el lugar seguramente presintiendo lo que iba a suceder, llegó en una moto Yamaha D.T. y con sus tropas irregulares se tomó el pueblo disparando al aire como locos. Ya el ejército había retirado a su muerto y por parte alguna se veía la presencia policiva o militar y eso que el ejército contaba con más de cien hombres en sus cuarteles, a un quilómetro del lugar de los hechos, y el Comando de Policía estaba a menos de ochenta metros del lugar del duelo. El pueblo se desocupó rápidamente y en sus solitarias calles solamente se veía la vigilancia y el control intimidante de las autodefensas. Este incidente originó el traslado del comandante ideológico y político paramilitar alias Baltasar, muy adicto al licor y a la buena vida. Fue una historia que pasó de bajo perfil y los medios de comunicación nada dijeron del incidente.

La justicia desplazada

Poco a poco las autoridades pasaron a un segundo o tercer lugar y la justicia se la tomaron los paramilitares para complacencia de sus amigos y el terror de los demás ciudadanos, víctimas potenciales. Mientras las AUC consolidaba el poder paramilitar en Frontino, sus habitantes hablaban de tres fiscalías: La Fiscalía estatal que tenía oficinas en el pueblo y que por sustracción de materia era la que menos trabajo tenía; la Fiscalía de Murrí, un corregimiento en zona selvática del Municipio, que era servida por los subversivos del 34o Frente de las Farc; y la Fiscalía de Cabritas, instalada en la vereda del mismo nombre, a escasos cuatro quilómetros de la zona urbana, donde los paramilitares impartían justicia: Arreglaban matrimonios, distribuían herencias, mandaban cobrar vacunas, delimitaban propiedades, autorizaban o desautorizaban a vendedores minoristas de droga, robaban carros con mercancías, hurtaban ganado, disponían de la vida de las gentes. La segunda y la tercera fiscalía eran las únicas con jurisdicción y mando: la estatal tenía funcionarios que simplemente se dedicaban a cobrar el sueldo y a dejar que los días pasaran.

Abigeato, narcotráfico, lavado de activos

En un hecho sui géneris con respecto al resto de Colombia, en Frontino la propiedad de la tierra no fue objeto de las preocupaciones de los paramilitares. Mateo Rey, personaje central de este escrito, era propietario de varias haciendas adquiridas lícitamente por él o por su familia y no se involucró con los demás propietarios. Allí los intereses de los irregulares se concentraron en el hurto de ganado vacuno; en la compra del oro que aún se produce en buenas cantidades para lavado de activos; en el tráfico y el micro tráfico de estupefaciente, especialmente la custodia de los laboratorios de drogas ilícitas y la protección del aeropuerto municipal, que les servía para recibir o despachar sus productos de muerte.

Comercio aéreo ilegal

Este aeropuerto tiene una posición geográfica privilegiada ya que no es detectado por los radares, lo que facilita el comercio con el Chocó, con la República de Panamá y con Centroamérica. En este aeropuerto camuflaban las avionetas de la mafia, las repintaban y les ponían escudos y banderas de algunos países centroamericanos.

También en Asidó, vereda de Chontaduro, los paramilitares organizaron un helipuerto para despachar droga, camuflado en una estancia panelera de Conrado Pérez Rivera y sus compañeros reinsertados del EPL Asidó fue un lugar de sacrificio de muchos campesinos que fueron enterrados en algunos de los cañadulzales de la zona. Paradójicamente, allí mismo encontró la muerte Conrado Pérez Rivera a manos de la guerrilla de las Farc, en una muerte muy cruel y violenta, como se narra adelante.

Estadísticas de sangre

En el primer trimestre de 1996 se dispararon todos los índices de criminalidad en Frontino. Fuentes oficiales3 dan estos datos:


AÑO No DE HOMICIDIOS TOTAL HOMICIDIOS
1993 39 87
1994 48
1995 37 408
1996 190
1997 181
1998 156 454
1999 110
2000 188
2001 57 141
2002 61
2003 23
2004 16 74
2005 42
2006 12
2007 4
2008 0 55
2009 18
2010 4
2011 33
2012 7 7
2013
2014

Observaciones sobre estos datos

1- Las autoridades especializadas del gobierno reconocen mil ciento dos víctimas mortales, tal como lo afirma La Red Nacional de Información. Quienes conocieron de cerca la terrible tragedia de este pueblo, afirman que la cifra de muertos atribuibles al paramilitarismo es superior a mil ochocientos. La diferencia entre ambas cantidades resulta porque muchos de los muertos no fueron reportados por los familiares; que prefirieron enterrarlos en sus propias veredas; o que ciento sesenta y cinco personas están aún desaparecidas, como lo afirma oficialmente el mismo portal del Estado Red Nacional de Información o a que muchos de los muertos aparecieron en los municipios de Uramita o Cañasgordas, adonde los paramilitares los llevaban para “no calentar mucho al pueblo”, pueblo reconocido por entonces como su cuartel general para toda la región del Occidente lejano.

2- Los muertos de Frontino fueron más que los del municipio de Trujillo (Valle), “donde entre 1986 y 1994 fueron asesinadas o desaparecidas trescientos cuarenta y dos personas”, según lo refiere el periódico El Mundo en su edición del martes doce de octubre de 20106. El municipio vallecaucano tiene 30.947 habitantes, según el último censo de población, mientras que Frontino apenas figura con 24.544. “Por la matanza de Trujillo, el Estado colombiano fue condenado en 1995 por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), lo que obligó al entonces presidente, Ernesto Samper Pizano, a pedir disculpas públicas”7.

3- También es necesario comparar el número de muertes violentas sucedidas en Frontino con las cifras de la tragedia de esta guerra en todo el territorio nacional: “Entre 1985 y marzo de 2013, según lo determinó el Centro de Memoria Histórica en su informe ¡Basta ya! sobre la violencia colombiana, doscientas veinte mil personas perdieron su vida en el conflicto armado y de estos, ciento sesenta y seis mil eran civiles”8. Estas estadísticas comprenden diez años más que las de Frontino.

4- Quizás nunca conoceremos el número preciso de muertes violentas por el paramilitarismo en Frontino, pero se puede afirmar que pasaron de mil ochocientas. Entre 1995 y 1996, año en que hicieron presencia los paramilitares en Frontino, las muertes violentas se incrementaron en un 513%, atendiendo solamente a los datos oficiales.

5- Están incluidas dentro de las estadísticas de personas asesinadas en estos tiempos de violencia paramilitar las muertes que produjo la subversión, especialmente el Frente 34 de las FARC y la delincuencia común, que fueron comparativamente pocas frente a las atribuibles al paramilitarismo. Dentro de ellas, muy lamentadas por los frontineños, está el asesinato a mansalva y con mucha sevicia de cinco integrantes del Ejército Nacional y siete más heridos en el Alto de Cuevas entre los corregimientos de Nutibara y Murrí, el día veinte de junio de 20049.

Ya para el año 2001 los homicidios decrecieron dramáticamente, aunque los irregulares continuaron teniendo presencia en el Municipio y esporádicamente asesinaron humildes campesinos.

6- Durante los años 2010, 2013, 2014 y 2015, las muertes imputables al paramilitarismo se redujeron ostensiblemente.

Estos homicidios no fueron las únicas expresiones de violencia paramilitar contra la población de Frontino. Los desplazamientos forzados que acepta y reconoce la Red Nacional de Información –Unidad para la Atención y Reparación Integral de Víctimas– son 12.479 personas: ¡el 50% de la población! No se incluyen los secuestros, torturas, minas antipersonas, robos, extorsiones, chantajes y toda la gama de crímenes propia de estas actuaciones criminales.

Violencia entre los mismos violentos

La violencia paramilitar también se ejerció contra los mismos bandidos. Francisco Javier Herrera Osorio, conocido con el alias de El Chisco fue uno de los jóvenes oriundos de la región que se enlistaron en las autodefensas como único medio de subsistencia: un salario de 450 dólares para empezar. Otros se vincularon por afición al poder de las armas y a las acciones intrépidas y por la admiración que despertaban en algunas niñas.

El Chisco demostró sus dotes de pistolero en muchas acciones contra civiles que las autodefensas sentenciaron a muerte. Con el dinero ahorrado o despojado a las víctimas se compró un camión de estacas y se dedicó a trabajarlo independientemente; pero como “vaca ladrona no olvida portillo”, El Chisco prefirió transportar en su jaula el ganado que las autodefensas robaban a los campesinos y que en ocasiones fue a parar a las cavas de algunos carniceros que también servían de señaladores a los delincuentes. Así llegó a ser uno de los principales abigeos de la zona. Quién sabe cómo fastidió a la organización criminal el joven Francisco Javier Herrera, para que el catorce de mayo de 2005 le tendieran una celada: Juan Gabriel Sánchez Sánchez (alias El Zorro) otro dirigente paramilitar del que más adelante hablaremos, lo invitó a Musinga Grande, camino de Caráuta, a traer una vaca. Ya por esa solitaria carretera, El Zorro invitó a Chisco a bajar del vehículo y buscar por un potrero abandonado al inexistente animal. De regreso al carro Chisco fue abaleado. El Zorro fingió una huida y entregó a la familia del muerto la peregrina explicación de que los atacó la guerrilla en ese lugar y que solo él había logrado escapar. Nadie le creyó.

Carlos Alberto Oliveros Zapata, alias Sebastián, a la sazón comandante ideológico y político de las autodefensas en Frontino, había caído en desgracia con sus jefes porque estaba cobrando más de la cuenta a los comerciantes, especialmente a los campesinos que salían dominicalmente a vender sus productos a la plaza de mercado, a quienes llegó a “vacunar” has-ta con la mitad de verdura que sacaban. Para asesinarlo fueron comisionados Jorge Orley Higuita Higuita (a. El Alacrán) y José Alberto Bedoya alias Mariguano, un menor de quince años de edad que estaba enrolado hacía días en las fuerzas irregulares, quienes lo encontraron departiendo con su novia en un bailadero en el parque principal, denominado La Tertulia, a unos veinte metros del Comando de la Policía. El encargado de la acción fue alias Mariguano y en la puerta del local lo esperó Jorge Orley con una motocicleta lista para la huida. Fue una acción intrépida y como tal la pagaron pues la policía reaccionó rápidamente y dio de baja a los dos delincuentes, quienes portaban sendas cédulas falsas. Alias El Alacrán murió en el acto y el compañero de fechorías falleció dos días después cuando era atendido en una clínica de la capital del Departamento. Jorge Orley había prestado servicio militar y fue un soldado distinguido, seleccionado para hacer parte de las tropas de Colombia en el Sinaí. Disfrutando de una licencia conoció a Conrado Pérez Rivera (a. El Tuerto) quien inicialmente le pagaba para que hiciera labores de inteligencia y luego, después de un accidente y una delicada intervención quirúrgica, se vio obligado a abandonar el ejército, lo que le sirvió de excusa para enrolarse en las tropas paramilitares. En su juventud se le conoció como un buen agricultor al servicio de varias fincas paneleras de la región de Musinga, famoso entre sus compañeros porque dio de baja a dos guerrilleros en el sitio conocido como “La Curva de Alirio”. Entre allegados a los paramilitares se comentó mucho que a los muertos les quitaron sus buenas armas, les arrimaron unas de menor calidad y entregaron los cadáveres al ejército para que los presentaran como acciones de la fuerza pública.

Compadrazgo entre autoridades y paramilitares

Fue notoria la manguala entre paramilitares y fuerza pública, quienes se autodenominaban “primos”. Una historia que evidencia de cuerpo entero tan triste realidad de algunos integrantes de nuestro ejército y de nuestra policía, es la sucedida con un retén-peaje que los paramilitares instalaron en la carretera al mar, muy cerca de Dabeiba, en el sitio conocido como “Guayabito”, antes de llegar a las partidas para la carretera que conduce a Fuemia y Nutibara10. Este retén funcionó ininterrumpidamente entre el veinticinco de diciembre de 2001 y el catorce de agosto de 2004, como lo manifiestan hoy los usuarios de la vía y lo reconocieron en sus diligencias ante las autoridades de Justicia y Paz las mismas autodefensas. Dentro de estas versiones los implicados reconocieron utilidades de entre ochenta y ciento veinte millones de pesos mensuales; los vehículos pequeños pagaban cinco mil pesos y los vehículos de carga y pasajeros cincuenta mil pesos por pasar. En un filo arriba de El Guayabito, a escasos trescientos cincuenta metros del peaje, hay una antena de telecomunicaciones que el ejército cuidaba antes, durante y después de la existencia del reténpeaje.

De este maridaje entre fuerza pública y paramilitares dan cuenta comerciantes al afirmar que en varias ocasiones tuvieron que buscar a los jefes ilegales en la base militar y que era común verlos reunidos, ejército y paramilitares, en un reservado de la estación de gasolina al frente de las instalaciones del ejército en el pueblo.

Otro episodio que ha originado mucha suspicacia por las supuestas o reales relaciones entre paras y ejército fue la primera masacre que planificaron los paramilitares en Frontino, en el Corregimiento de Murrí, región selvática señalada como el epicentro de la subversión y sus habitantes históricos catalogados, mínimo, como alcahuetes de la guerrilla. El día 15 de marzo de 1996, con apenas un mes largo de presencia en Frontino, los paramilitares incursionaron en La Blanquita, caserío principal del corregimiento. Llegaron en tres pequeñas jaulas de las denominadas tres y medio o turbo, y según algunos moradores del lugar, llegaron juntos militares y paramilitares. Las gentes de La Blanquita se encontraban disfrutando de un baile interrumpido por el centenar de uniformados fuertemente armados, quienes aseguraron el lugar y rodearon a los fiesteros campesinos. Inmediatamente silenciaron la música y se escuchó la amenazante orden:

–Todos al suelo y boca abajo.

Cuarenta personas en el suelo, amedrentadas y presas del pánico. Sonó un disparo y un oficial que estaba en el sitio cayó herido de muerte, episodio que dio lugar a dos versiones contradictorias. La de quienes afirman que el ejército llegó con los paramilitares en forma conjunta al operativo y que un miliciano de las FARC le disparó certeramente al oficial. La segunda versión establece que a la llegada de los vehículos con los ilegales y ante la orden de tenderse al suelo, el comandante del ejército acantonado en la región se acercó a las autodefensas y les notificó que no les permitiría proceder contra la población civil; el comandante paramilitar que dirigía el operativo, disparó sobre el oficial que trató de impedir la masacre.

Bueno es aclarar que si bien muchos miembros del ejército y la policía deshonraron su uniforme y su juramento con acciones u omisiones que facilitaron la labor paramilitar, también se dio el caso de muchos oficiales, soldados y policías que enaltecieron su juramento, honraron su uniforme y defendieron con lealtad las instituciones y el Estado de Derecho.

¿Por qué contar estas desgracias?

La publicación de estas historias que avergüenzan a la humanidad, pretende prevenir su repetición, exorcizar la cobardía de quienes no hicieron nada por impedirlas, sanar las heridas de una sociedad humillada y ofendida, y también dignificar a las víctimas.

La historia hay que contarla aunque la vida y la actitud criminal de los victimarios poco importan para el propósito de este escrito. Se publican para revelar un fenómeno tan grave que lamentablemente ha permanecido en la penumbra aunque ya fue denunciado en la obra Tirándole libros a las balas. Memorias de la violencia antisindical contra educadores de ADIDA 1978-2008, publicado por la Escuela Nacional Sindical y el Sindicato de Institutores de Antioquia, con autoría de Guillermo Correa y Juan Carlos González, quienes afirman: “El municipio de Frontino registra el mayor número de eventos (asesinatos) en la región de Occidente, con un total de cinco homicidios de educadores, equivalentes al 25% de todos los casos en la región dentro del período de estudio. La expansión paramilitar allí coincide con el incremento de las acciones violentas contra los educadores sindicalizados. Pero singularmente en esta subregión la violencia antisindical se caracteriza por ser más invisible que en otras regiones, pese a las altas cifras de asesinatos.

El ocultamiento de sucesos tan graves y tan numerosos obedeció a la intimidación ejercida sobre todo tipo de autoridades y al fuerte dominio que los paramilitares tenían sobre el lugar11.

PRIMERA PARTE

“Toda acción...”

1. La guerrilla siembra vientos...

La violencia paramilitar tuvo sus orígenes, o al menos su justificación, en la presencia guerrillera que comenzó a padecer Frontino desde finales de los años setenta. La motivación sustancial de Don Mateo Rey12 para atraer a Frontino los ejércitos paramilitares fue dominar el narcotráfico. Otros personajes que auparon o facilitaron la llegada de estos irregulares pudieron creer, equivocadamente, que serían el remedio contra los desmanes subversivos.

Frontino fue inicialmente asolado por el Ejército Popular de Liberación, EPL. Transcurría el año de 1978 cuando comenzaron a conocerse informaciones de campesinos sobre la presencia de jóvenes forasteros, con mochilas al hombro, especialmente por la región de Caráuta. En Nutibara, principal corregimiento de Frontino, se presentó una escaramuza entre tres guerrilleros que libaban licor en las afueras del caserío y un policía, en la que los cuatro perdieron la vida. No obstante este episodio, los lugareños no tomaron en serio la posibilidad de que la guerrilla se acercara a su pueblo. El cinco de noviembre de 1982, el grupo Marisela Nieves del EPL, del que hizo parte Conrado Pérez (El Tuerto) y su familia, tomó a sangre y fuego el corregimiento de Nutibara. Fueron asesinados los policías Castrillón y Mario Plata, murió la señora Amparo Arango Gómez, y herida Rocío Mira Londoño al caer ambas del techo del Centro de Salud del Corregimiento, donde trataban de ocultarse del feroz ataque. La Inspección de Policía y algunos establecimientos de comercio fueron saqueados e incendiados.

El veintinueve de septiembre de 1983 se conoció el secuestro de doña Adela Correa de Gaviria, esposa del dirigente Guillermo Gaviria Echeverri y madre de Guillermo y Aníbal Gaviria Correa, quienes llegarían a ser gobernadores de Antioquia a comienzos del siglo XXI. Aníbal habría de ser también alcalde de Medellín en el período 2012 - 2015.

Las Farc también realizaron toma sangrienta del corregimiento de Nutibara. El veintiocho de diciembre de 1998 destruyeron medio parque principal, asesinaron al policía Juan Gonzalo Arango González, e hirieron al comandante del puesto Cabo Primero César Augusto Rubio Guzmán y a los agentes Jair Ariza Oyola y Gabriel Eduardo Berdugo Herrera, y secuestraron a nueve uniformados más. Esta toma fue particularmente violenta, pues sometieron a la policía y a la población civil a más de diez horas de bala y bombas artesanales; el comercio fue saqueado y destruido; el comando de policía quedó en ruinas y el sacerdote Hernando Hoyos Moreno tuvo que mediar para que los muertos no fueran más.

Tristeza y desolación

El EPL aceptó desmovilizarse en febrero de 1991 y pactó la paz con el Gobierno de César Gaviria Trujillo. (Con antelación el corregimiento de Nutibara había sido epicentro de unos diálogos frustrados del EPL con el Gobierno de Belisario Betancur, entre los años 1983 y 1984).

No todos los alzados en armas del EPL se acogieron al proceso de paz de Gaviria. Un reducto comandado por Edgar Restrepo, un campesino de Murrí, se quedó delinquiendo en la región con una veintena de muchachos y poco después fue subsumido por las Farc. Restrepo había esquilmado los fondos de la acción comunal del lugar, de la que era tesorero, por lo que se enroló en el grupo subversivo. Estos disidentes fueron los responsables del secuestro y posterior asesinato de la dirigente cívica, política y educativa, Gabriela White de Vélez, el veinticinco de junio de 1991, muerte que tanto dolor e indignación causó entre los frontineños por el hecho en sí y por la forma cruel y demencial como se produjo. Su hijo Félix Antonio Vélez White, en declaraciones al periódico El Tiempo, le adjudicó el asesinato de su señora madre al Frente 34 de las Farc ante orden dictada por el comandante del mismo, Aníbal Arenas13.

El movimiento guerrillero M-19 incursionó brevemente en la zona, pero rápidamente sufrió bajas y golpes contundentes que lo llevaron a desistir del empeño. En esas escaramuzas iniciales con el Ejército, a comienzos del año 1986, fue dado de baja entre los municipios de Abriaquí y Frontino el famoso comandante de este grupo Israel Santamaría, quien con otros veintidós dirigentes había fundado el M-19 en 1974.

Ante la desmovilización del EPL las fuerzas institucionales no coparon el espacio dejado y quedó todo servido para que las Farc aparecieran en la zona.

El Frente 34 de las Farc nació en 1988, en desarrollo de las estrategias trazadas en la Séptima Conferencia Nacional Guerrillera realizada en 1982 para la conformación de nuevos frentes. A comienzos del año 1992, el Frente 34 inició un proceso de aseguramiento de la región de Caráuta y Murrí, amplio territorio de los municipios de Urrao y Frontino, conocido por lo selvático, cenagoso y húmedo; su radio de acción comprendió también a los municipios de Buriticá, Giraldo, Cañasgordas, Peque, Uramita, Dabeiba, Abriaquí y Caicedo. Allí hizo presencia el tristemente célebre comandante Isaías Trujillo, un campesino del municipio de Giraldo de nombre Luis Carlos Úsuga Restrepo, quien ahora reaparece en la mesa de diálogos entre gobierno y Farc en el proceso de paz que se desarrolla en La Habana.

El secuestro del empresario avícola don Virgilio Díez Escobar (padre) el día doce de diciembre de 1995, precipitó la decisión de vincular las Convivir y las Autodefensas a Frontino. Antes de ser secuestrado, Don Virgilio conversaba con otras actuales y potenciales víctimas de las Farc por figurar en sus cuentas como los “ricos del pueblo”, y siempre se había opuesto radical y contundentemente a que se acudiera a fuerzas no institucionales para restablecer el orden en su pueblo, al considerar que tal remedio podría ser aún peor que la enfermedad.

Estaba pues servido el escenario con unos antecedentes dramáticos para que los comprometidos en terminar la violencia con más violencia pudieran cumplir sus propósitos. Antecedentes que habían ablandado a muchas personas para creer en cantos de sirenas.

2. Adela Correa de Gaviria

En La Isla, una finca vecina a la de los Gaviria Correa, vivía Unaldo Cadavid Elejalde, un hombre solvente económicamente, inteligente y suspicaz. Les había advertido al doctor Guillermo Gaviria Echeverri y a su esposa, los extraños movimientos que se observaban en la región: jóvenes desconocidos que solo cargaban una pequeña mochila y que se desplazaban con facilidad entre los corregimientos de Musinga y Caráuta. El señor Cadavid Elejalde les señaló su certeza de que los extraños estaban recabando información sobre ellos o sobre él mismo, seguramente con intenciones de secuestrarlos. La familia Gaviria no creyó en las advertencias de Unaldo Cadavid, mientras que éste no volvió a La Isla y así evitó su inminente secuestro.

La distinguida matrona fue a su finca Musinga Grande, el 29 de septiembre de 1983, en la vereda del mismo nombre, como lo hacía la familia con frecuencia desde tiempo atrás. Su esposo Guillermo Gaviria Echeverri había sido Secretario de Gobierno y Obras Públicas de Antioquia, integrante de la Dirección del partido Liberal en el Departamento, Senador de la República, Director de la Aeronáutica Civil durante el gobierno de Julio César Turbay Ayala, propietario y director del periódico El Mundo de Medellín e integrante de varias juntas y agremiaciones en la región. De este matrimonio nacieron Guillermo, quien fuera gobernador de Antioquia y asesinado cruelmente por la guerrilla de las Farc en un lugar del municipio de Urrao, cercano a Frontino; Aníbal, igualmente gobernador de Antioquia y alcalde de Medellín; Sofía, senadora de la República; Irene, actual directora del periódico El Mundo; Julián; María Adelaida; León Toné y Pedro Gaviria Correa.

Era usual ver a los Gaviria Correa en época de vacaciones disfrutando de la vegetación, de la naturaleza y de los caballos de su finca y de la región. Eran vecinos de una familia a la que estaban unidos por una amistad de muchos años, la familia Vélez White, que por esa época tenía a Gabriela White de Vélez como su estandarte y a la que pertenece Cecilia María Vélez White, quien fuera ministra de Educación en los gobiernos de Uribe Vélez. Guillermo Gaviria Correa, el gobernador asesinado por el Frente 34 de las Farc, corrobora esta entrañable amistad que unió a las dos familias, en una carta enviada desde el cautiverio:

—“Hoy he vuelto a pensar en lo cerca que me encuentro de mi Musinga, aquel lugar donde están nuestros más felices momentos de infancia. Allí fue creciendo la familia y fui aprendiendo a compartir e incorporar en mis juegos a mis siete hermanos, además de nuestra entrañable amistad con la familia Vélez White”14.

Doña Adela fue secuestrada por el EPL en su finca y trasladada en vehículo hasta un lugar cercano a Nutibara, seguramente por el camino que lleva de este corregimiento a la vereda de Curadiente, donde hoy está el más importante santuario de la santa Madre Laura. El vehículo la dejó a orillas de un plantío de caña de azúcar, donde los secuestradores la internaron a la espera de instrucciones para poder continuar el viaje. Obtenida la autorización por medio de radio teléfono, la ilustre dama y sus captores emprendieron un camino amplio al comienzo, posiblemente la ruta que lleva a la vereda Chachafrutal, y de allí a un lugar cercano a Carautica o Caráuta.

Cuenta doña Adela que caminó mucho, que tuvo jornadas de reposo pero también penosas caminatas hasta de veinte días con descansos en la noche para evitar las culebras, el pantano y las lluvias, que durante el tiempo de su plagio fueron inclementes y permanentes. Solamente una vez le facilitaron una bestia para remontar una empinada cordillera. (Supone el autor que debió ser un viaje entre Carauta y Carautica para ascender a El Salado, para emprender desde allí el camino que conduce a las vegas de los ríos Calles y Venados).

Aunque el secuestro en sí es un crimen abominable, una afrenta a la dignidad humana, doña Adela reconoce que recibió un trato respetuoso, dentro de la infinidad de limitaciones y padecimientos que soportó durante su cautiverio, salvo cuando al final del mismo trataron de quebrantar su resistencia con plantas de la selva, la obligaron a fatigosas jornadas en medio de reprimendas y llegó al final del cautiverio con una herida en la rodilla. Compartió con sus captores enseñanzas, vivencias y lecturas. Uno de ellos, tal vez el comandante del grupo, parecía un hombre medianamente preparado. Siempre estuvo segura de que era un forastero, quizá centroamericano, aunque a veces le parecía que era de Albania, país de origen ideológico de la guerrilla del EPL. Recuerda su nariz aguileña, su voz meliflua y su cara pálida. Por las conversaciones sostenidas con él, la ilustre secuestrada concluyó que el guerrillero era un buen conocedor del pensamiento griego. Del grupo que la custodió nunca hizo parte una mujer, salvo al final de su cautiverio cuando apareció una. Entendió que entre sus plagiarios había dos frontineños y un fornido guerrillero oriundo de la ciudad de Santafé de Antioquia, que en ocasiones la pasó, físicamente sobre sus hombros, por caudalosos ríos.

Muchos episodios entristecen las facciones de doña Adela contando las penurias de esos largos cuatro meses, pero dos en particular llaman la atención: Un día, por la tarde, llegó a buscar el cambuche donde dormía y por precaución sacudió la cobija y vio con pánico cómo salía veloz una culebra venenosa. Se pregunta la matrona, aún con tantos años de por medio, ¿qué hubiera pasado si no revisa su cama y se acuesta tal como la encontró?

La otra historia comenzó el día en que llegó un hombre alto, vestido de ruana y que siempre mantenía cubierta su cara con pasamontañas, a indagar por las circunstancias del secuestro. Doña Adela siempre fue fuerte. No se arredró y era consciente del acuerdo con su esposo Guillermo de que jamás pagaría un peso si alguno de los dos era secuestrado. Estaban seguros de que no querían y no iban a propiciar –con su dinero– el crecimiento de una empresa criminal inhumana como es este delito. Entre resignada y valerosa aceptó la realidad que vivía y padecía. Sus cartas a la familia siempre eran llenas de fortaleza y acordes con el acuerdo tácito que tenía con su esposo.

A partir de esa misteriosa visita su vida cambió sustancialmente. Se volvió irascible, llorosa, deprimida y lo peor, con intenciones suicidas. Noches enteras sin conciliar el sueño y con la convicción de abandono por parte de su familia. Atrás quedaron su fortaleza y su decisión de que la familia no transigiera. Recuerda cómo caminó por horas en un corto trayecto donde se lo permitían, cenagoso y húmedo; no la venció ni el cansancio que le produjo ir y venir cientos de veces en ese cortísimo camino, a lo sumo de unos siete u ocho metros. En los pocos momentos de sosiego que tuvo durante esta crisis que duró unos veinte días, le adjudicó al misterioso visitante la responsabilidad de que le estuvieran suministrando un medicamento para alterar su tranquilidad. Cualquier, día sentada en un tronco de madera a orillas de una quebrada, preguntó a uno de sus captores:

–¿Este hongo –señalando uno que crecía cerca del tronco– será venenoso o no?

–No señora. Lo desconozco. ¿Pero ese no es del que le están dando a usted?

La respuesta la paralizó. Siempre creyó que en las comidas le estaban dando algo que le producía su terrible tristeza y sensaciones de abandono. Obvio, ya el contenido de las cartas de doña Adela a su familia eran el reflejo de la nueva situación que sufría y estos, cuando pudieron, le enviaron un medicamento apropiado para la situación, que les recomendó el médico de la familia.

Antes de que los tranquilizantes llegaran a su destino, la ilustre dama sufrió tal vez la más grave de sus crisis. Sentada sobre el cambuche, construido generalmente a orillas de una quebrada, con madera rústica, un poco levantado sobre el suelo y con plásticos que la protegieran de los terribles aguaceros, se llenó de gran nostalgia y tristeza. Miró cómo la quebrada bajaba ese día con mucha agua enfurecida que atronaba ensordecedoramente en la selva. Vio solamente un guerrillero que la custodiaba. Sintió un fuerte impulso suicida. Comprendió que había llegado el momento de una decisión definitiva. Calculó los pocos pasos que debía dar para lanzarse a la quebrada y encontrar solución a su infinita tristeza. Estando en todas estas disquisiciones prorrumpió en llanto y en un fuerte clamor para que su vigilante no la dejara cometer un error imperdonable y fatal. Como pudo, el subversivo la cogió y trató de serenarla. Desde ese momento la vigilancia sobre la dama fue más rigurosa, aunque afortunadamente para la víctima los medicamentos llegaron poco después de la crisis y le produjeron una fuerte sensación de alivio y paz interior; por fin pudo conciliar el sueño. Seguramente los plagiarios también dejaron de suministrarle lo que le producía el terrorífico efecto.

En los días finales del secuestro, al campamento subversivo llegó un joven guerrillero oriundo de Frontino, tímido, campesino, sin preparación ni educación alguna, tosco pero respetuoso, al que le faltaba uno de sus ojos, que con los años se pudo identificar como Conrado Pérez Rivera, alias El Tuerto. Es posible que el otro frontineño identificado por doña Adela haya sido Hilario, hermano del anterior, a quien se le conoció después con el alias de Cobra, ambos nacidos en el corregimiento de Chontaduro.

El camino a la libertad lo emprendió la secuestrada desde la vereda Calles del municipio de Urrao, inicialmente en compañía de Conrado Pérez y otros guerrilleros, quienes la obligaron a emprender largas jornadas a pie, no exentas de reprimendas injuriosas que lesionaban la dignidad de la víctima, especialmente de parte de alias El Tuerto. En una ocasión se lastimó una de sus rodillas contra una piedra y aun así y pese al intenso dolor e hinchazón, fue obligada a caminar. Al final de tan penosas jornadas fue recibida por una familia de apellido Pérez, –nada que ver con el guerrillero– de la que recibió cariño y respetuoso cuidado. Después la condujeron a la escuela de Calles, donde un educador de apellido Restrepo la recibió con solidaridad, apoyo y afecto. Más tarde la trasladó al corregimiento La Encarnación donde la familia Larrea la hospedó mientras pudo continuar su camino. Finalmente llegó a Urrao el diez de febrero de 1984, cuatro meses y diez días después del secuestro.

El secuestro de doña Adela Correa fue un aburridor mensaje de la subversión a las gentes de Frontino, especialmente a sus autoridades y a sus empresarios.

El Tuerto y Cobra, con sus hermanos Heriberto y Alicia Pérez, se acogieron más tarde al proceso del EPL con el Gobierno, y meses después encontraremos a los dos primeros comandando el grupo de paramilitares en su propio pueblo, sirviendo a otra causa.

Doña Adela, a pesar del tiempo transcurrido, conserva aún su gratitud y se reencuentra con periodicidad con la familia Pérez, los Larrea y el educador, ya jubilado, de apellido Restrepo.

3. Gabriela White de Vélez y sus hijos Bernardo Ernesto y Félix Antonio Vélez White

Líder cívica, mujer emblemática de Frontino donde nació el quince de abril de 1913 en el hogar conformado por Guillermo White Uribe y Rosana Ruiz Peláez. Fueron sus abuelos paternos don Juan Enrique White y doña Rita Uribe, el primero famoso ingeniero que llegó a Colombia en 1870, y la segunda una distinguida dama rionegrera, sobrina del general Rafael Uribe Uribe, y sus abuelos maternos don Justiniano Ruiz y doña Mercedes Peláez.

Doña Gabriela es educadora egresada de la Escuela Normal de Institutoras de Antioquia y cofundadora del Instituto Central Femenino, CEFA, donde ejerció como docente durante ocho años. Abandonó la cátedra para contraer matrimonio con Juvenal Vélez Correa, y sus primeros años de casados los vivieron en la hacienda Tablaíto, del corregimiento de Musinga, en Frontino. Fueron padres de cuatro hijos: Bernardo Ernesto y Félix Antonio, empresarios del sector agropecuario e innovadores en muchos aspectos de su profesión; Cecilia María, ministra de Educación del Gobierno de Álvaro Uribe Vélez, y Mercedes Lucía, profesora de la Universidad Nacional y reconocida arquitecta.

Fue doña Gabriela una activista del partido Liberal y su militancia política la llevó a sufrir entre los años 1948 y 1950 la primera persecución violenta a su familia, por lo que buscaron refugio en Medellín. Fue una de las primeras colombianas en llegar a cuerpos colegiados como diputada a la Asamblea de Antioquia durante varios períodos y se desempeñó como subsecretaria de Educación de Antioquia. Cofundadora de la Asociación Cristiana Femenina en Colombia.

Entre sus acciones cívicas y educativas creó varias escuelas en la municipalidad, sirvió con entrega y dedicación a obras sociales como el Hogar Juvenil Campesino y el refugio de ancianos Paulo VI. Fue una de las impulsoras y defensora de una Escuela Normal para la formación de educadores, lo que hizo posible que en muchos lugares de Antioquia sirvan maestros formados allí.

Tablaíto, la finca de ensueños y alegrías de la familia Vélez White, se convirtió también en el lugar de sus tormentos. El día veintitrés de mayo de 1991 doña Gabriela fue sacada a la fuerza de los corredores de su casa. Corredores llenos de jardines, de alegrías y de vivencias para muchos frontineños que iban a recibir enseñanzas y consejos de la matrona y a solicitarle favores. La llevaron en su propio vehículo por la carretera al corregimiento de Nutibara y de allí a la zona selvática de Murrí. Seguramente por la edad de la ilustre dama los secuestradores se vieron precisados a dejarla en el paraje denominado La Blanquita, en casa de una familia Restrepo. El plagio fue cometido por un reducto del EPL que no se reinsertó y que posteriormente adhirió al Frente 34 de las Farc. Este reducto estaba comandado por Edgar Restrepo y supuestamente de él hacía parte Carlos Alberto Agudelo, alias Medio Almuerzo, un joven frontineño que murió como actor en esta violenta guerra.

Los operativos militares no se hicieron esperar y uno de los lugares militarizados fue Murrí, concretamente el caserío La Blanquita. Los secuestradores se llenaron de pánico y la asesinaron con crueldad, evitando ruidos que alertaran a la fuerza pública que estaba en los alrededores. La huida de los facinerosos fue relativamente fácil y horas después, el veinticinco de junio de 1991, fue encontrado el cadáver de la ilustre anciana.

Durante el tiempo del cautiverio la población de Frontino realizó tal vez el acto cívico y patriótico más significativo de la violencia en Colombia: En decenas de vehículos, cientos de personas fueron hasta el corregimiento de Fuemia, otro de los lugares que la opinión pública consideraba como un santuario de las Farc, y de allí se internaron por las montañas buscando a la secuestrada, obviamente sin ningún resultado pero en un gesto de rechazo increíble y valeroso. Gesto que los frontineños, inexplicablemente, no fuimos capaces de repetir cuando llegó la violencia paramilitar.

“Quien tanto luchó por la justicia social, quien entregó lo mejor de su vida al servicio de sus semejantes, encuentra la muerte en una forma cruel y demencial. Un grupo subversivo la asesinó inmisericordemente. Recibió una muerte que jamás mereció una mujer de esas calidades y virtudes”15. Las tragedias de la familia Vélez White apenas comenzaban. Dos veces fue secuestrado el agrónomo y empresario agrícola Félix Antonio, en una ocasión por el Ejército Popular de Liberación, y en otra por el Frente 34 de las Farc, antes de encontrar la muerte en forma violenta el seis de agosto de 1997 en la carretera que del municipio de Cañasgordas conduce al de Santafé de Antioquia, cuando viajaba de Frontino a Medellín. El empresario de cuarenta y cinco años fue abordado por varios hombres fuertemente armados, lo bajaron de su vehículo y lo internaron en un pequeño bosque en el paraje conocido como Boquerón de Toyo. Allí fue sometido a crueles torturas: le arrancaron las uñas y fue quemado en varias partes de su cuerpo. Finalmente, lo asesinaron de tres disparos de arma corta en su cabeza. Todos los medios de comunicación y autoridades de todo orden, excepto el periódico El Tiempo en su edición de ocho de julio de 2004, le imputaron el asesinato a los subversivos de las Farc: “En agosto del 97, Félix Antonio, ingeniero agrónomo de cuarenta y cinco años, fue asesinado por las autodefensas en el mismo sector donde apareció el cuerpo de Bernardo, entre Frontino y Cañasgordas”16.

Escuchadas todas las versiones sobre este cruel asesinato, existe unanimidad en responsabilizar del hecho al paramilitar Gustavo Restrepo, alias Morrogacho, quien posteriormente también encontró la muerte en forma violenta a manos de sus compañeros de grupo.

Para la época del asesinato de Félix Antonio, las finanzas suyas y de su hermano Bernardo Ernesto habían entrado en una profunda crisis, producto del asedio y la persecución de las Farc a sus empresas agrícolas.

La tragedia aun no terminaba. El día veintitrés de marzo de 2001, Bernardo Ernesto, el mayor de los hermanos Vélez White, fue secuestrado por el Frente 34 de las Farc en un sitio de la carretera al mar, entre Santafé de Antioquia y Cañasgordas, muy cerca al lugar donde encontró la muerte su hermano Félix Antonio. “El mayor de los White, que al momento de su secuestro tenía 58 años de edad, era agrónomo de la Universidad Nacional y había heredado de su madre y de su padre, el ingeniero Juvenal Vélez, la sonrisa y la cordialidad, pero sobre todo la tenacidad para aprender y enseñar ‘la tecnificación del campo con el ánimo de llevar el progreso a Frontino’, afirmó la revista Semana17.

Entre el secuestro y la fecha de la aparición de su cadáver, transcurrieron más de tres años, tiempo en el cual muy poco se conoció del secuestrado a pesar de que la familia pagó en dos ocasiones por su liberación algún dinero a los plagiadores. Los legistas no pudieron precisar la fecha de su fallecimiento.

Para la fecha de estos últimos acontecimientos, y desde el siete de agosto del 2002, era ministra de Educación Nacional la doctora Cecilia María Vélez White, en el primer gobierno de Álvaro Uribe Vélez, cargo que desempeñó durante los dos mandatos del gobernante paisa.

La desventura de esta familia es el cuadro patético y resumido de la tragedia de su pueblo, Frontino.

4. Virgilio Diez Escobar

Fue un exitoso y visionario hombre de negocios. Forjó durante su ciclo vital un emporio empresarial avícola, primer proveedor de huevo y pollos del mercado de Urabá y del Occidente antioqueño. Al final de sus días había incursionado con los productos de sus firmas en Medellín y el Valle de Aburrá con buena fortuna. Su organización económica era tan completa que ella misma producía insumos agropecuarios para la producción de cuidos, biológicos y otros insumos para las granjas.

El doce de diciembre de 1995 fue secuestrado por hombres de las Farc, a las siete y media de la mañana, cuando se dirigía a una granja de su propiedad cerca del área urbana municipal.

Hacía unos treinta días Don Virgilio había sido advertido de que muy cerca de sus empresas se notaban movimientos extraños y que era mejor que tomara medidas de seguridad. Atendiendo a las sugerencias viajó a Medellín donde permaneció unos veinticinco días, al cabo de los cuales regresó y cambió en algo su rutina. El día del secuestro decidió no viajar muy de madrugada, como era su costumbre, y lo hizo cuando ya el día comenzaba. En las propias calles del pueblo, en el barrio Manguruma, un niño, probablemente adiestrado para el efecto, se le atravesó al carro detrás de un balón. El empresario frenó e inmediatamente tres hombres con uniformes de fútbol lo encañonaron, se subieron al automotor que ellos mismos condujeron por el corregimiento de Musinga hasta empalmar con la carretera que conduce al corregimiento de Caráuta. Por su edad avanzada, setenta y seis años, no resistiría un largo viaje a pie; entonces lo obligaron a continuar a lomo de mula.

El mismo grupo había intentado secuestrar a Don Virgilio meses atrás y maniobrando hábilmente su propio vehículo, había logrado eludir los secuestradores. Dicen que al pasar un río caudaloso Don Virgilio se cayó de la bestia, aunque para otros fue un acto voluntario buscando huir o perecer, y en ese episodio perdió los medicamentos necesarios para la hipertensión y otras enfermedades propias de su edad.

Sin precisar cuál fue la ruta seguida, Virgilio Díez terminó en una casa cerca al Corregimiento de Bajirá, municipio de Mutatá. Allí lo hospedaron en una vivienda donde varios integrantes de la subversión lo vigilaban, y una mujer, respetuosa con el secuestrado, lo atendía con diligencia a pesar de las limitaciones de estar secuestrado y sin recursos médicos. Cualquier día, que tampoco se pudo precisar, la cuidandera le preguntó a víctima:

—Don Virgilio, ¿qué le provoca para almorzar? Si quiere le preparo una gallina montañera en un sancocho.

—No me parece mala la idea, se la acepto.

Le respondió sin mostrar signos de decaimiento o de enfermedad. Después del breve diálogo el secuestrado se fue a descansar en su habitación. Preparados los alimentos, la cuidadora entreabrió la puerta de la habitación y dijo que ya estaba servido el almuerzo.

Nadie respondió. La guardiana repitió los llamados y al no tener respuesta, ingresó al aposento y encontró a la víctima sin vida sobre la cama. Su aspecto dejaba entrever una muerte tranquila y fulminante. Rápidamente los demás vigilantes ingresaron y constataron la información. Por orden superior el cadáver fue sepultado sin ninguna ceremonia en lugar alejado de la vivienda.

Uno de los guardianes del secuestrado recibió permiso para visitar su hogar y en la intimidad de la familia el joven guerrillero le contó el episodio a su señora madre, mujer piadosa que cuestionaba las andanzas de su hijo, pero las soportaba por fuerza de las circunstancias. La madre informó al sacerdote de la Iglesia Católica del corregimiento de Bajirá y éste le avisó al presbítero Germán González, párroco de la parroquia de Chigorodó, quien por muchos años había ejercido su misión sacerdotal en Frontino donde sus feligreses lo llamaban cariñosamente “El Infeliz”.

Enterada la familia, buscó contactos con la organización subversiva. Los comandantes guerrilleros negaron la versión e intensificaron la presión sobre los hijos y la esposa del fallecido, buscando el pago de un rescate. Frente a tanta confusión acordaron mandar un emisario para dialogar con miembros del Frente 34 de las Farc, quienes conducirían al enviado hasta donde supuestamente se encontraba el empresario secuestrado. La cita se cumplió, claro está, sin el encuentro con el secuestrado. El pariente enviado fue amenazado e intimidado por los guerrilleros quienes recopilaron toda la información personal y familiar del mismo y lo devolvieron con frases intimidantes:

—Si usted no le informa a la familia de don Virgilio que lo vio y dialogó con él y que lo vio bien de salud, usted y su familia se mueren. Ya sabe lo que tiene qué hacer. Ya sabe que tenemos sus datos y los de su familia y ya sabe lo que somos capaces de hacer.

El mensajero regresó y le contó a la familia la real situación que vivió. Lo hizo con el terror que infunden los violentos cuando se apoderan de una región. Las versiones del párroco de Chigorodó y las vivencias del emisario en su diálogo con las Farc, llevaron a la familia al convencimiento de que el jefe del hogar estaba muerto.

The free sample has ended.

Genres and tags

Age restriction:
0+
Release date on Litres:
22 October 2025
Volume:
202 p. 5 illustrations
ISBN:
9789588869421
Copyright Holder::
Bookwire
Download format:

Similar books