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Rafael Paz

Psicoanalizando


Paz, Rafael

Psicoanalizando / Rafael Paz. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Biebel, 2017.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-1678-78-5

1. Psicoanálisis. 2. Clínica Psicoanalítica. 3. Teoría Psicoanalítica. I. Título

CDD 150.195

© Rafael Paz

© Ediciones Biebel, 2015

Edición en formato digital: abril de 2017

Ediciones BIEBEL

J. J. Biedma 1005, (1405)

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina

Tels. (54-11) 4582-3878 • (54-11) 4585-4018

www.edicionesbiebel.com.ar info@edicionesbiebel.com.ar

Libro de edición argentina

Impreso en la Argentina / Printed in Argentina No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

Agradecemos a Edmund Valladares por la imagen de tapa (El Espejo) y el retrato de Rafael Paz en la solapa, imágenes que le pertenecen.

Diseño de páginas: Cálamus

(contacto: calamus.doc@gmail.com)

Realización de tapa: Ramiro Pazo

ISBN 978-987-1678-78-5

Conversión a formato digital: Libresque

a Mariano

a Rossana Vinocur

Introducción

Entre nosotros, como es sabido, el psicoanálisis tiene una singular presencia, hincada en el tiempo y extendida en redes que capilarizan las prácticas de la cura y de la cultura.

De ahí que la crisis de su vigencia se muestra de diferentes modos y en algunos casos de manera chocante, cuando se banaliza la clínica que lo constituye, que es donde late su vitalidad esencial.

Pues aunque su influencia trasciende con creces el ámbito de la cura, para los psicoanalistas que lo seguimos siendo es allí donde se refrenda cada día el pacto que anuda compromiso terapéutico y sostén de la experiencia del inconsciente.

El marco general no nos es propicio, y si bien nuestra artesanía ha atravesado dificultades considerables, tampoco es inmune a la instalación cruda –o dulcemente coercitiva– de modos de vida que diluyen la densidad subjetiva, y a terapéuticas que los convalidan.

De donde la necesidad estratégica de refrendar la afirmación del inconsciente y del universo pulsional como dimensiones constitutivas y potentes, junto a la socialidad como componente primario de lo humano.

Por otra parte, el ethos psicoanalítico como crítica de la cultura se muestra no sólo en el desmontaje de escritos, obras de arte o sistemas de ideas, sino en lo concreto y singular de cada análisis, puesto que cualquier desanudamiento de síntomas o intento de expansión personal se topa con límites que pueden ser más o menos razonables, pero que afincan siempre en tabúes y coerciones colectivas.

Y en ese camino de perspectivas ampliadas, junto a sus logros en los tratamientos, el psicoanálisis instituyó un discurso inquisitivo, que aunque en ciertas épocas parece diluirse, resurge vitalizado en momentos y latitudes impensadas.

Lo cual es un fenómeno cultural que se refleja en la intimidad clínica, y se detecta ya en las transferencias previas, que desde las demandas personales se hilvanan en imaginarios diversos en cuanto a expectativas de alivio, cura y sentido, según la vigencia y prestigio que posea en cada lugar.

Es un hecho que en los tiempos que corren, al mismo tiempo que es descubierto y valorizado en territorios alejados de sus puntos de origen, en éstos se multiplican las presiones, tanto ideológicas como de ordenamiento de sistemas de salud, para confinarlo dentro de bordes limitativos, o lisa y llanamente a declarar su obsolescencia.

Siendo éste, el de “obsoleto”, un ideologema1 versátil y muy temido, pues si uno sigue sosteniendo el valor del psicoanálisis significaría haber quedado atado a la inercia del pasado, perdiendo la posibilidad de adscribirse a las psicologías “actuales” o a alguna de las modalidades novedosas de decirse psicoanalista.

Para las cuales el aplanamiento de la complejidad del psiquismo, fruto de procesos de subjetivación entrenados para la apariencia, el consumo y el ocultamiento de lo más propio, son realidades no a interrogar y subvertir, sino a aceptar.

Ocurre que, al haberse deshilachado las líneas culturales de transmisión y de identificaciones consistentes, la cualificación de obsolescencia es aplastante, y vivida como inminencia del riesgo de descarte del propio ser con sus emblemas y sentidos íntimos, y no sólo de un método y una disciplina.

Pero, por otra parte, coyunturas históricas que desarman ideas e instituciones reavivan la importancia del psicoanálisis para entender los procesos de subjetivación.

La crisis generalizada vuelve precario el engarce de cada uno con referencias culturales que dan pertenencia, y también con cauces de individuación enraizados en pautas seculares.

Es entonces, cuando la incertidumbre se expande, que las formaciones idealyoicas regresionan, despeñándose hacia lo arcaico en procura de valores que les den soporte.

Se reavivan así coerciones inconscientes que llevan a sometimientos aplacatorios; por ejemplo, optando por las formas más rígidas de la confesión religiosa a la cual se pertenece, o –por rebeldía– a pseudo libertades erráticas en procura de alguna pertenencia.

Y en variadísima gama, que va desde neo-religiones hasta disciplinas higiénico / dietéticas.

Este malestar de fondo recicla matrices de subjetivación poco sólidas, que se suman al desconcierto y el pavor ecológico; de ahí que procesos analíticos que se sostienen susciten sin duda gratitud, aunque impregnada de ambivalencia, por el dolor que acompaña el percibir más: de sí, de los otros, de cómo son las cosas.

Y requiere calidades de contención inteligentes, no para suscitar deslumbramiento sino administrando un saber que se in-clina.

Psicoanalizando

Habiendo concluido las vacaciones hace poco, el retorno de cada uno de los pacientes es reconfortante, pues de ese modo puedo constatar la tenacidad de los vínculos que hemos logrado establecer.

Unos han venido a su última sesión de la semana, mientras que otros, según modalidades de época, al único encuentro en ese lapso.

Hace un tiempo habría dicho “a conversar psicoanalíticamente”, lo cual implicaba cierta actitud condescendiente.

Hoy no lo pienso así, y más que por resignarme a situaciones de hecho, por otorgarle valor a cualquier posibilidad de experiencia psicoanalítica, sin que eso anule convicciones acerca de la asiduidad y presencia como condiciones necesarias para que tenga lugar un proceso cabal.

Alguno ha transitado por otras experiencias terapéuticas, y en la circunstancia “re” que nos une la periodicidad no canónica ha resultado fecunda, jugando como símbolo implícito de que nos hallamos en un tramo vital distinto.

Aunque a veces se instala con naturalidad el marco clásico, permitiendo regresiones y expansiones mayores.

Los pacientes:

El primero, atravesado por una inmensa pérdida reciente, exige mucha disponibilidad y cercanía.

La intensidad del sufrimiento nos impregna, recuperándome un tanto al pelear interiormente con cierta academia psicoanalítica, cuando intenta reglar según pasos y lapsos un movimiento atravesado por la desesperación.

Desde ahí me rehago, pudiendo esbozar alguna intervención y, sobre todo, contener de distinto modo.

La sesión transcurre dificultosamente, y concluye con la sensación de haber trabajado mucho y haber hecho poco, tal vez nada.

El agobio perdura, y tiñe la espera de la siguiente llegada.

Otra presencia, otra voz, que contribuye a liberarme de la carga remanente; soy más activo, y aunque sumergido en la tarea, percibo en cierto punto que me he podido desprender de la sesión previa.

Intervengo más pausadamente y sobre el final puedo trabajar con soltura: sensación de algo bien hecho.

Así predispuesto recibo a la próxima paciente, y a poco andar rememoro la sesión de hace dos días, con materiales profusos pero que pudieron elaborarse sin concesiones.

Hoy no es lo mismo; antiguos fantasmas parecen poblar el espacio y “todo es tan difícil…”.

Acuerdo en silencio, aunque dándole otro sentido, pero sin tener la impresión de que ese talante negativo lleve a un borramiento destructivo, pues no se vislumbra parte del Self, objeto interno o sombra introyectada que ataquen envidiosamente lo hace poco logrado.

Podemos desandar la espiral negativa de apatía quejosa en que estaba confinada, trasuntando dolor “depresivo”, no dilacerante, al hacerse cargo de diversos rencores que minaban su bienestar.

Percibo que estamos tocando un núcleo caracterial y eso me anima, porque se van dando condiciones de proceso para encararlo.

La jornada psicoanalítica continúa.

Para una estadística a trazos gruesos, al finalizarla podría decir que he interpretado algunas veces, descrito y hecho señalamientos muchas más, y contenido productivamente muchas también.

En dos oportunidades he trabajado sueños; a uno desmenuzándolo bastante y al otro tomándolo en bloque.

En la secuencia me he podido desligar de sobrecargas emocionales y momentos opacos, y el sedimento de interrogantes es asimilable.

De ahí que el balance sea bueno, aunque perduran los efectos de aquel paciente en duelo y de tocar los límites de lo que podemos lograr.

Este relato, como cualquier psicoanalista lo sabe, podría extenderse indefinidamente, aunque sepamos que la ilusión joyceana, de recoger sin resto una jornada en la redes de una crónica, está condenada al fracaso.

Pero narrar con intención exhaustiva es parte también de lo imposible de nuestra labor, como el curar, que anhelamos y por lo que nos requieren, aunque nos siga sorprendiendo cuando se produce.

Rasgo peculiar de nuestro oficio, que en ese lidiar con la incertidumbre muestra su autenticidad mayor y lleva a otorgarle gran valor a las reconstrucciones de lo sucedido, pues abren caminos de inteligibilidad por analogía con posibles situaciones futuras que nos depare la clínica.

De ese modo rehacemos el itinerario recorrido y extraemos ejemplos que son mucho más que ilustrativos, pues nos acompañarán al enfrentarnos de nuevo con lo inédito.

¿Qué pretendemos?: apertura emocional, aceptación de las versiones contrastantes de sí y de los seres y vínculos primarios, disminución del penar y de la angustia inútiles.

Todo en pos de un incremento de la densidad subjetiva, lo cual requiere atravesar resistencias y aceptar las reglas del juego transferencial, donde convergen, como cualquier metapsicología renovada lo reconoce, pasión y sentido.

Lo dicho podría dar cuenta de un furor curandis morigerado impregnado de juicios de valor, que finalmente sería un proyecto edificante más de los muchos que han habido.

Pero no, pues allí se juega la pretensión de instalar la experiencia extendida del inconsciente, territorio propio y a la vez extraño para el analizando, por definición de estructura, pero también para el analista, que sostiene un proceso cuyos avatares está dispuesto a transitar, pero sin conocerlo de antemano.

Y donde el valor de los materiales hallados radica en los grados de verdad que promuevan respecto de sí, de los otros primordiales, de los movimientos transferenciales, y que se mide según su potencia mutativa.

O sea, por los cambios que logran en los síntomas, las inhibiciones y la angustia, y en las versiones del Self que esas transformaciones activan o crean.

Y desde allí en la percepción de las realidades –así, en plural– en que transcurre la vida.

Proceso quebrado, de trámite imperfecto, con muchos tanteos, idas y vueltas, que explica las enormes dificultades para dar cuenta de él de manera fiel y convincente, que puede llevar tanto a la ilusión de matematizarlo, purificando al límite lo peculiar de su transcurso, cuanto a tomar el camino de una estetización literaria.

La literatura se ha de dar, en todo caso, por añadidura, y si sobreviene un premio Goethe mejor, pero la escritura vale en función del confort personal del psicoanalista que además, al modo de soliloquio instrumental, lo excentra de sí, permitiéndole escucharse al leerse.

Y también como parte del compromiso de transmisión, como legado, en la peculiar genealogía que el psicoanálisis instaura.

Con una metapsicología enraizada en el cuerpo y las pasiones, anudadas con los cuerpos y las mentes de los otros, y acorde a una clínica relatable, pero no reducible a mera sustancialidad relatante.

1 Es decir, una masa de sentidos que precipitan como conjunto gravitante de ideas y se replican en variados contextos, determinando valores y consiguientemente actitudes. El concepto de ideologema procede de Julia Kristeva, y ha cundido en la semiótica y la teoría de la cultura.

CAPÍTULO PRIMERO
“Recuerdo, repetición y elaboración”

Se trata con justicia de una fórmula memorable, en la medida que sintetiza el sentido del proyecto de cura.

Dando cuenta de una contradicción esencial –recordar versus repetir– que ha de resolverse, trabajo mediante, en una mentalización productiva.

Tengamos presente que en los comienzos de la experiencia freudiana, “memoria” era el nombre para designar la materia psíquica genérica, en la medida que la cura se constituía en lucha contra la represión de los recuerdos traumáticos.

Los que operaban de manera insistente, apartados del metabolismo de la vida y generando sufrimientos, por lo que era necesario traerlos nuevamente a escena con toda su carga vivencial.

Para de ese modo curar por abreacción y elaboración.

Mentalizar es una palabra más nueva, y se halla en la línea de aquello que a lo largo de su historia el psicoanálisis ha ido definiendo como objetivo, a medida que la ambición de curar se ha incrementado y sus objetos se han tornado más complejos.

Pues no se trata sólo de pensar, sino de trasladar el eje de la experiencia vital a un ámbito que incluya como variaciones simbolizables la relación con el propio cuerpo, con los demás y con las cosas del mundo.

De ahí que se constituya en el acto de hominización por antonomasia, que se recrea y deshace de continuo en el seno de la existencia, lidiando con lo que Freud metaforizó como instintos de vida y de muerte, y que llevó a Bion a situar la capacidad de generar sueños y de soñarlos como trasunto de vida psíquica lograda.1

Y desde la perspectiva de un juego abierto de transferencias refiere a los modos en que lo disociado y reprimido se hace presente cuando se les da cauce, en pos de una simbólica nueva que los transforme en experiencias digeribles.

Esto supone una sublimación de nuevo tipo, que atrae hacia el explorar y conocer incluso a modalidades poco prestigiosas del saber, como la curiosidad y el anhelo de incursionar en intimidades de otros, así como impulsos que surgen de fuentes non sanctas, como el rencor.

Pero el resentimiento nacido de traumas dilacerantes puede volver al que los padeció inquisitivo y penetrante, más allá de los supuestos paranoides en que se funde.

Para que esa canalización fecunda pueda darse, la actividad del analista es crucial, sea por intervenciones explícitas –cuyo núcleo largamente teorizado son las interpretaciones, señalamientos y construcciones–, como por la recolección, tarea previa pero en sí misma reparatoria, y la continencia activa.

Detengámonos un instante aquí, pues en épocas de intemperies y convivencias poco piadosas, se habla hasta el hartazgo de “contener”.

Lo cual dice del reconocimiento de una necesidad humana extendida, pero también del desconocimiento de las complejas maneras en que puede manifestarse: la búsqueda universal de cobijo es comprensible, pero no hay que perder de vista la diversidad de experiencias que ese verbo incluye.

Y que la perspectiva de proceso analítico nos aclara.

Para empezar, es mucho más que disponibilidad abierta: supone ofrecer la propia interioridad en sus resonancias, empatías y antipatías, para dar lugar a producciones que puedan volcarse en espacios transicionales (Winnicott dixit) en gestación.

O sea, en zonas del campo no saturadas por lo ya sabido y por roles predeterminados, con lo que se recupera la fluidez de lo mejor de los lugares primarios y su productividad imaginante.

Facilitando climas liberados de censuras y prejuicios referidos a formas y contenidos.

La idea desarrollada de contener recoge elaboraciones sobre el holding y el apego, y remite a disposiciones profundas, naturales e imprescindibles en la crianza.

Y cuya vitalización, en el grado que sea posible, constituye el umbral para el trabajo en regresión y en transferencia.

Contener supone además actividad, emocional y simbólica, que lidia con representaciones y afectos que necesitan de tiempo para su reverberación.

Y además no consiste sólo en esperar sino también en acudir, desde la captación sensible de necesidades de contacto o depositación, lo cual requiere una disponibilidad lúcida para con las manifestaciones del paciente.

Es de este modo que la función de continencia integra en un estado de coherencia –depresiva y reparatoria, en sentido kleiniano– a lo fragmentado, que halla cabida en la confianza idealizada que la situación promueve.

Teniendo presente que la oscilación entre desintegración e integración está siempre en juego, en los intersticios de las experiencias emocionales que impregnan los vínculos habituales.

Siendo la integración el fruto azaroso de continencias que se van hallando en el ensayo y error continuos de la existencia.

Algunas, desde la esperanza razonable en los lazos que la sabiduría de especie transporta, pues los labios mamíferos cuentan con el pezón y por lo tanto el espacio de búsqueda que recorren está impregnado más de anhelo que de incertidumbre.

Otras, las que en el devenir reproduzcan aquellas convergencias, a partir de los modos en que las preconcepciones se saturaron, quedando profundamente inscriptas (imprintings).

Y que en el contexto analítico se recrean, a partir de la oferta implícita y la transferencia expectante idealizada.

Reformulando: la regresión transferencial restablece estados primarios en los cuales la digestión de las vicisitudes de la vida se tramita de a dos.

Y a partir de allí el psicoanálisis cura mediante el uso estilizado y constituido en método, de lo mejor de las operaciones que en la cultura han decantado para la crianza y el cuidado de los otros, pero atravesado por una heurística de la verdad que va en pos del inconsciente reprimido, del narcisismo y de la parasitación superyoica.

De manera tal que el “de a dos” se puebla con la multiplicidad fantasmática de los otros, incluso desengastando las figuras primordiales de estructuras que las volvieron abstractas y lejanas, como señalara Freud respecto del Superyó.

Sobre estas bases puede constituirse una matriz relacional que soporte los procesos de verdad, que constituyen la sustancia de la tarea.

Y que se definen, dialécticamente, por su opuesto, por las resistencias que operan sobre los verosímiles reconstructivos creados por el trabajo de contención e interpretación.

Dando lugar a un recordar vivificado y una activación imaginante.

Los que hay que sostener a toda costa, trabajando sobre las diferentes formas de anulación del pensar nuevo que se va suscitando.

Si observamos una de ellas, la racionalización, vemos que puede asumir variantes diversas y a veces sutiles.

Ya en las primeras sistematizaciones sobre cuestiones técnicas, Freud advertía sobre los riesgos de lo libresco, en virtud del tiempo y calidad que requiere cualquier relación humana en la que el compromiso con la verdad se halle en juego.

Si esta centralidad de los procesos de verdad y la adecuación receptiva que exige no son cuidados, la ansiedad del analista puede llevarlo efectivamente a refugiarse en sus teorías, las que entonces obstruyen.

Y peor aún, la relación puede invertirse y el analizando pasar a ser continente forzado de aquéllas, con intervenciones que lo llenan de ideas inútiles al mismo tiempo que lo pseudo-jerarquizan, al quedar en posición de espejo narcisista, insuflado de supuestos saberes.

Esta falsa valorización anula los efectos de verdad que a pesar de todo pueden surgir o insinuarse, constituyéndose en una resistencia particularmente insidiosa, y difícil de desmontar en experiencias analíticas posteriores.

Es un concreto ejemplo de negativización de K (es decir: –K), letra bioniana que remite al afán de conocer (Knowledge), transformado en este caso en su inversa, en desconocimiento activo encubierto por adoctrinamiento, parcial o sistemático.

Movimiento que tiende a realimentarse, proliferando discursivamente como ataque al pensar genuino.

Cuando la cadencia elaborativa funciona, toman voz intensidades y niveles semióticos que pueden atravesar las barreras adaptativas y sus representaciones y análogos en el contexto analítico, que enmarcan la tarea.

Esto es fundamental, pues algo de lo dicho más arriba puede entenderse como una descalificación en bloque de manifestaciones que expongan la interioridad del analista, tanto en la posición extrema de Ferenczi del “análisis recíproco” como en diversos desarrollos actuales que, con variaciones, legitiman actitudes análogas.

El punto es sostener el estado transferencial útil en circunstancias que hacen bascular bruscamente el equilibrio relacional, volviendo permeable la distancia operativa necesaria entre cada uno.

La cual se asienta en usos y costumbres tradicionales propios del arte de curar, incorporados en esa sutil instrumentación denominada “encuadre”.

Tal permeación, legitimada y promovida por las corrientes intersubjetivistas y relacionalistas, es admitido también por quienes nos situamos en una perspectiva transferencial y contratransferencial de campo.

Pero preservando el eje de asimetría operacional así como un ejercicio constante de excentración, corriéndose del punto fascinante de captura y eludiendo la oferta narcisista que proviene de los miedos y la indefensión del analizando.

Que tiende así a evitar la penetración temida en escenas inconscientes, incorporando al analista y anulándolo en un capullo cordial o en la panza de la ballena.

Es clave entonces preservar la transferencia de trabajo, forma específica de transferencia positiva sublimada, para que pueda recoger la excitación pulsionante que produce el contacto con la persona del analista, en alguna proporción expuesta y que contribuye al reavivamiento de los propios fantasmas.

Situándola en reservorios de sentido capaces de procesar los transparentamientos intersubjetivos, para poder entonces recordar, lo cual requiere de arte y técnica, pues nos hallamos en los pliegues donde el repetir tiende a imponerse sobre la inscripción simbólica de lo vivido.

Bregamos, efectivamente, por lograr que lo inédito de las vivencias transferenciales opere sobre el recordar, abriendo a experiencias emocionales que posibiliten el juego de variaciones y diferencias.

De tal modo que la inercia de la repetición, sometida al imperio superyoico de “lo mismo” opaco y sin salida, se reinscriba en el polo expuesto –como herida o esperanza– del reservorio personal de lo vivido.

Neutralidad

En este umbral de contención activa y productiva juega la neutralidad, que nada tiene que ver con la arrogancia de estar más allá del bien y del mal, sino con apartarse del lugar inducido como portador de determinados saberes y valores, en el cual el analizando nos sitúa para sentirse amparado.

Aunque luego se trabe en lucha, franca o silenciosa, con la figura idealizada resultante.

La transferencia de trabajo, entre otras cosas, establece una red de materiales “marcados” por indicadores que señalan su retorno desde lo reprimido y disociado, con oscilaciones en cuanto a la repercusión emocional y productividad asociativa.

Pero también, por una suerte de gesto espontáneo de preservación del vínculo, temáticas potencialmente controversiales –ideológicas, religiosas, políticas– tienden a ser dejadas de lado, en un entre paréntesis prudente.2

Lo que no debe analogarse a lo que nos advirtiera Freud con su metáfora acerca de que si existiera en Viena una zona de reserva, todos los ladrones acudirían allí a refugiarse.

Pues hace al arte psicoanalítico que los valores que juegan en esos posicionamientos y conllevan lazos objetales, lealtades ancestrales, miedos primarios y seguridades refrendadas por sistemas ideales, vayan incluyendo de a poco sus fantasmas en el espacio de continencia co-pensable.

Abriendo así caminos para su elaboración; dicho en buen romance metapsicológico, despojados de sobreinvestimientos narcisistas que los tornan emblemas intangibles y generan imposibilidad comunicativa.

Este punto es clave, pues el entrelazado del psicoanálisis con la trama de valores que colisionan en la clínica ha dado paso a un escepticismo liquidacionista respecto de la neutralidad.

Malentendido importante, en la medida que el psicoanálisis incursionó progresivamente desde las neurosis sintomáticas a los trastornos del carácter; luego a los “modos de ser” y desde allí a la estructura íntima del Self (desde otra perspectiva: a la temática de la subjetividad / subjetivación).

Lo cual transcurrió sobre nítidos compromisos valorativos, que integran lo vivo, lo no formal del marco analítico.

La neutralidad ha sido efectivamente mal comprendida, pues muchas cosas se juegan en ella, y las distorsiones que la circundan hacen que en vez de una posición ético / instrumental se la suponga una suerte de coartada ponciopilateña para lavarse las manos.

Confundiendo la necesaria toma de partido por los procesos de verdad que el análisis desencadena, con el suministrar sentidos nuevos totalizantes, sancionándola entonces como imposible.

Entendiendo por procesos de verdad el arduo asunto de apartar las membranas adventicias del narcisismo infantil que opacan el percibir, o dejan sólo las ventanas que conectan al mundo y al propio cuerpo atrapadas en el saber, creer y entender de los otros primordiales.3

Volviendo al punto de la neutralidad: toda acción humana transcurre en una atmósfera de valores, que se trasunta en las elecciones que de continuo realizamos en la vida, y la circunstancia transferencial genera posibilidades abiertas a lo que sea en su manifestación –momento del sinceramiento en el procesamiento de verdades– que exige reacomodamientos en quien lo realiza.

Refrendado por el analista como testigo, pero también como el que explora eventuales consecuencias de lo manifestado, tanto intra como extra-analíticas.

“Cuando escucha esto que digo Ud. debe pensar que soy…” es una expresión típica en esas circunstancias, que muestra precisamente la impregnación axiológica.

De ahí que la neutralidad es una formulación freudiana que condensa muchas cosas y es necesario modular, pues tiene valor como aspiración tendiente a evitar el vórtice atractivo de las pasiones desplegadas en el campo.

Y a estas alturas, cuando la distancia impecable del analista espejo ha sido suficientemente puesta en cuestión, remite a la opción ético / instrumental que se materializa en continencia activa, heurística de lo verdadero y acompañamiento en las incertidumbres de la existencia.

De hecho, detrás de la apariencia meramente técnica de la consigna de libre manifestación y percepción flotante, se oculta una pretensión difícil y ambiciosa, un “programa máximo” latente que se basa en favorecer una relativización de los supuestos y tomas de partido por parte de ambos protagonistas.4

Y con la soledad a tolerar cuando nos apartamos de normativas y ejemplaridades surgidas de objetos internos poderosos que son parte de nuestro ser: dicho en términos clásicos, la coacción proveniente del sistema Superyó - Ideal del Yo.

En todo esto se muestra claramente el psicoanálisis como praxis: razón transformadora que no rehuye asumir todos los niveles del ser, llegando incluso a aquéllos, cerradamente idiosincráticos, en los que el mensaje incluye el propio código.

En estas últimas circunstancias la empatía adquiere importancia crucial; y también la confianza en el método asociativo.

En una modalidad específica: paciencia para el desglose de las significaciones compactadas.

De ese modo esperamos que en algún momento, en otro giro, se muestre algo de lo reprimido, y el sistema implícito de referencia se haga visible.

Pero también puede que no, que persistan manifestaciones de significación imposible de discernir, sin que necesariamente lo sea por ruptura o carencia psicótica de código de remitencia.

De cualquier modo existen diferencias pronósticas importantes entre lo depositado en el vínculo, ininteligible pero con esperanzas de transformación y lo imposible de ser transmitido / entendido, por la carga de odio o desesperanza que alberga.

O también por el aglutinamiento y fragmentación de emociones y representaciones.

Diagnosticar

El psicoanálisis tiene una relación necesaria de implicación, y a la vez de aspiración a mantener distancia con los tránsitos ideológicos de la época, y específicamente con la dominancia del “principio de rendimiento” (H. Marcuse).

Lo que nos lleva a valorar disposiciones alejadas de la funcionalidad dominante, y parecidas a lo que convencionalmente se entiende como ocio.

Pues efectivamente asociar y atender –pero de manera flotante– se oponen a las coordenadas de eficacia usualmente requeridas.

Y tomar partido por la regresión / expansión completa el para-entramado que construimos.

A lo cual se agrega el suspenso judicativo referido al clasificar.

Actividad antigua como el mundo, que recoge tanto experiencias colectivas acumuladas en la sabiduría de especie cuanto en prejuicios frente al contacto despojado con otro.

El afán clasificatorio según nosografías de diversa índole, es obvio que ha de ser apartado en la circunstancia transferencial, pero no aniquilado, o peor, sustituido por un fingimiento de ingenuidad adánica.

Hay que dejarlo, como a cualquier ocurrencia más o menos perturbadora, que circule por nuestro interior, donde tomará diversas formas e intensidades según las señales de alarma que se generen en el campo.

El punto es mantenerse sensible a la aparición en uno de tal preocupación, considerándola una advertencia preconsciente que convoca algún saber que detentamos –psiquiátrico, por ejemplo.

Siendo la regla de oro que el modo de inclusión de ese conocimiento o de cualquier otro, es valorable en función de lo que aporte a la percepción flotante y a la experiencia extendida del inconsciente, que incluye, claro está, la contratransferencia.5

Todo ello más allá de las eventuales acciones, “transanalíticas”, que el sentido común clínico, que supone cuidado del otro en el cuidado del proceso, nos muevan a realizar.

Tanto en lo que hace a estas situaciones que ponen a prueba los límites de nuestra competencia, como en los contactos y distancias respecto de núcleos ideológicos y creenciales, el punto reside en sostener el pacto de racionalidad del criticismo freudiano.

Que supone lidiar con la propia omnipotencia (la megalomanía infantil), y sustraerse a los señuelos narcisistas ligados al todo saber / todo poder.

La contraprueba de esas trampas, en las que el Superyó mete la cola, está dada por la experiencia de lasitud y aflojamiento, cuando en etapas avanzadas de un análisis, el humor puede ser el modo de tramitar diferencias de posiciones ideológicas entre paciente y analista.

Que hace también al duelo por crisis y atravesamiento de la ilusión fusional de un común compartido absoluto, lejos de cualquier controversia o diferencia.

Claro está que eso es posible cuando el vínculo se ha consolidado, el trabajo en común ha sedimentado símbolos de consistencia y perdurabilidad más allá de ambos (Psicoanálisis Valor)6 y la transferencia actual dominante es positiva sublimada.

Por otra parte, las tensiones que emergen permiten recuperar de primera mano –facilitado su registro por el compromiso emocional en que suelen sumir al analista– climas y fantasmáticas que jugaban en disputas hogareñas, con sus cruces de valores y sobrecargas narcisistas.

Pasiones, consumos y deudas

Lo dicho requiere confianza en las concavidades receptivas que la situación ofrece a medida que se va construyendo, permitiendo tiempos suficientes para que se alojen y resuenen las identificaciones proyectivas que recibimos.

Es decir, pedazos del Self y de objetos internos que viajan desde el analizando en pos de alcanzarnos por los canales de recepción que la maduración ha ido facilitando, o labrándose otros, en cuyo caso constituyen penetraciones intrusivas, por desesperación y enojo, o simplemente maldad.

Todo lo cual refuerza la necesidad de parsimonia en una clínica en transferencia, y precave sobre el eventual apuro reintroyectivo, que tiende a “devolver” rápidamente aquello de lo que el paciente se libró, depositándolo en el mundo, en los otros o en el analista.

Tal urgencia es más frecuente cuando la experiencia es escasa, pero también es facilitada por estilos de escuelas impregnadas de usos culturales que rehúyen el trabajo con altas intensidades afectivas.

Y que de ese modo racionalizan fobias al contacto y a la impregnación emocional, así como limitaciones en lo que hace al manejo de las distancias y la disponibilidad afectiva, de modo tal que los recursos técnicos –la interpretación, de manera eminente– son usados como defensa.

Tal como sucede en la vida habitual, donde la interpretación de motivos, sentidos e intenciones es constante (por lo común en clave paranoide), y escuchar a los otros muy difícil, sobre todo en culturas urbanas, con carencias crónicas de tiempo y de las dosis necesarias de empatía.

Siendo, en contexto analítico, una demostración más de la resistencia al trabajo extendido en transferencia.

La capacidad de aceptar situaciones abiertas y en expansión, de las cuales en la vida cotidiana las barreras personales y culturales precaven, es mucho más difícil que tomar en consideración aspectos parciales, que son los que aparecen naturalmente unidos a la idea de análisis.

En verdad, el arte reside en pendular entre fragmentos mínimos y unidades mayores, cuyo ejemplo más claro es el análisis de los sueños: un trozo, una red de asociaciones, el hilván de un detalle con la vigilia, el sueño como un todo, como trasunto de climas y estados mentales globales.

Evitando además un afán de claridad que soslaye opacidades y penumbras, o no dé lugar a tiempos de decantación, para no desperdiciar circulaciones emocionales con penetración y riqueza informacional, aunque sean disruptivas, que pueblan el ámbito logrado.

Y constituyen la materia prima que teje la vida del campo.

Eso no impide que actitudes circunspectas, apegadas a las formalidades, produzcan alivio, y, claro está, pueden constituir un rasgo respetable de un cierto estilo personal.

Lo cual es distinto al cercenamiento de las intensidades circulantes como método y actitud sistemática.

La intelectualización, por su parte, como forma conspicua de defensa, es mucho más que un traslado en bloque de la experiencia a un nivel forzado de simbolización.

Constituye una coerción activa, “al servicio del Superyó”, que anula el pensar bajo la forma aparente de exaltarlo.

Hay que tener en cuenta que los que circulan son materiales cargados, pero sensibles a las coerciones nítidas o insinuadas, pues las presiones superyoicas congeladas en estereotipos de obediencia son muy fáciles de activar.

Y cobran toda su fuerza en un contexto predispuesto a disponibilidades regresivas en el que se recrean intemperies.

De hecho, hay en la tradición psicoanalítica notoria ambivalencia respecto de las pasiones, como si constituyéramos una estirpe de aprendices de brujo traumatizados.

Lo cual favorece cautelas excesivas frente a “las sombras infernales de la Odisea” que dijera Freud, las que si se consolidan pueden contribuir a fijar caracteropatías psicoanalíticas.

Pues lo convocado pero no tramitado sublimatoriamente, o con coartaciones en su fin útiles, refrenda rigideces previas.7

Por otra parte, y por su propia índole, las exigencias pulsionales y la producción fantasmática exceden las restricciones que intentan circunscribirlas.

Siendo el punto en que se sitúa la paradoja constitutiva de nuestro oficio, que puede enunciarse como “postulado de exorbitancia”: el análisis pone en juego más de lo que el método puede contener.

“… De donde se ha desprendido la cuestión insistente de límites, fronteras y encuadre, así como los desarrollos relativos al acting out y acting in”.

La nuestra es una técnica de meta no explícita, por lo que toda su fuerza dimana de la succión transferencial generada por un vacío de promesa, que activa al límite las tendencias al uso y abuso recíprocos.”8

Es por esto, traumáticamente vivido por los primeros psicoanalistas, que el así llamado “contrato analítico” trata de instaurar un nivel atemperado y con reglas nítidas, incluso cuantificable en virtud del pago, apoyándose en la abstracción y distancia que genera toda transacción dineraria.

El valor de cambio tranquiliza, efectivamente, al alejarnos de niveles primarios de prestaciones y retribuciones, y de lo inconmensurable de deudas y reparaciones ligadas a tales vínculos.

Profundizando el punto: consumos y endeudamiento constituyen matrices de subjetivación poderosas en el mundo en que vivimos, con necesidades expandidas y ofertas multiplicadas.

Por lo que el producto ofrecido según las reglas de juego tiene que ser nítido y contener la promesa del máximo.

Así como la posibilidad de acceso al mismo –“la compra”– inmediata, teniendo presente que tal no constituye una actividad más, sino opera como modelo que pauta los intercambios humanos de toda índole.

La unidad de intervención del psicoanalista, en un juego de homologación de formas sería la interpretación: aquello por lo que el paciente retribuye con tantas unidades dinerarias.

Por el absurdo se ve la imposibilidad de mensurar lo inconmensurable de los intercambios humanos (cuando son tales).

De ahí lo interesante de algunas ocasiones en las que el psicoanalista es representado oníricamente bajo la figura de una prostituta, que, junto a otros significados posibles, expresa la defensa por peyoración frente a la intensidad del vínculo y del quehacer todo.

Pero trasuntando también anhelos de placer, dominio, control del otro, presencia segura, incondicionalidad, cercanía corporal –densidad humana, al fin y al cabo– que la supuesta denigración conlleva.

Y también, justamente, esfuerzo imposible para cuantificar con pulcritud de mercado la excedencia inherente a la calidad relacional en juego.

El punto es una buena muestra de que el análisis no ha de operar per via di porre, para rescatarse del menoscabo y desvaloración transferenciales, sino per via di levare, mostrando la riqueza y complejidad de las figuras –en este caso de la prostituta– y su lugar en la economía fantasmática y por ende en la vida del paciente.

(El orden de valores que el medio analítico pone en juego muestra los condensados de vida que las transacciones incluyen; pensemos: ¿cuánto “se debe” por los cuidados maternos si fueron adecuados?

O, a la inversa: ¿cuánto se adeuda al hijo si fueron malos?

Y tal es el modo en que “las cantidades” juegan en el análisis cuando se movilizan planos profundos, y se distribuyen e impregnan los vínculos actuales y específicamente los transferenciales.)

La exorbitancia, por otra parte, nace de las mismas fuentes que los síntomas, como expresión de lo disociado y reprimido que vuelve por sus fueros, y también de lo inédito que intenta tomar cuerpo, mezclándose con las figuras redivivas en el campo analítico.

Lo que nos enseña “la fuga en la salud”

Cabe aquí traerla a colación, pues constituye un buen ejemplo de complejidad defensiva, en tanto estabilización y cierre luego de haber logrado cierto alivio de malestares.

Lo que volvería superflua la prosecución del análisis.

Ocurre en tales casos que aspectos movilizados pero insuficientemente elaborados, llevan a que el paciente se rehaga merced a una prótesis, construida por proyección primero y reintroyección después, de aspectos idealizados de sí, junto con otros extraídos del analista, montándose sobre bondades y alivios que la nueva situación procuró.

Se constituyen entonces recomposiciones arrogantes a partir de lo que quedó fuera de la matriz elaborativa, por la idealización que la situación analítica promueve y de la cual el Self se apodera.

Engrandecido, por ingestión voraz del otro idealizado y en especularidad con “Su Majestad El Bebé” redivivo, el paciente “se cura”, rehaciendo narcisísticamente un contorno que comenzaba a permearse.

Todo esto al costo de expulsar esbozos de insight, con pedazos del percibir y de lo percibido, cancelando el acceso al conjunto de aspectos a reparar.

Y dando por concluida la tarea con ese tipo específico de reequilibramiento, que sustrae de la elaboración una masa “x” de aspectos de sí y de vínculos objetales, dañados y necesitados de reparación.

Por añadidura, el haber transitado fugazmente por un ambiente psicoanalítico perfecciona las resistencias, suministrando una suerte de visa al haber atravesado un baño pasajero de experiencia.

Y hace difícil movilizarlas luego, salvo algún derrumbe o situación extrema.

Alfredo, post adolescente activo, tanto en la vida en general como en su análisis, insiste en considerar que “ya está bien”, y que continuar, por razones de tiempo y dinero, conspiraría contra sus proyectos.

En el curso de la sesión habla de “herramientas” ligadas a un oficio por el que siente vocación, pero cuya adquisición es difícil por lo que le insume el pago del análisis.

La psicoanalista, exploratoriamente, vincula tales herramientas con las que usa el padre en su oficio de artesano, pero por razones de timing, con prudencia, no lo explicita.

Las fantasías subyacentes se van entendiendo de a poco como ligadas al apoderarse del herramental psicoanalítico, que de ser exitosas constituirían una suerte de sobre maduración por identificación histérica en la neurosis de transferencia, para luego pasar a la acción escapando prematuramente.

Solución que mata dos pájaros de un tiro, pues consuma la rivalidad edípica, al apropiarse, por despojo transferencial, de emblemas paternos (“las herramientas”, caras, valiosas).

Pero a la vez identificándose con una madre que el análisis ha ido mostrando como abandonante.

De este modo encarna “al que se va” de manera activa, y revestido por añadidura de atributos del padre.

Queda obviado así el dolor inherente a ambas situaciones y en diferentes planos, así como el riesgo de la gratitud, por transformaciones que comenzaban a ser reconocidas.

No olvidemos que la gratitud es un sentimiento mayor, ubicado por Melanie Klein en el plano de las “emociones básicas del hombre”.

Idea de gran importancia clínica, a pesar de lo cual es a menudo olvidada (o sea resistida).

La gratitud suponía para Alfredo tomar contacto con el dolor producido por carencias maternas, disimuladas hasta ese momento por el holding analítico y el cuidado inherente al trabajo elaborativo.

Pero que en un cierto momento se hicieron presentes.

Las dificultades para descompletar el material muestra un tipo usual de resistencia, favorecida también por una frecuencia escasa de sesiones que frenaba el despliegue de las experiencias emocionales.

Pues compactarlas en corto tiempo facilita que se transiten aspectos de las mismas, pero sin acceder a la afectividad de base y la producción oniroide correspondiente.

En otros casos, lo presentificado pero no digerido tiende a consolidarse bajo la forma de neo-formaciones caracteriales, en las cuales insights mal elaborados devienen racionalizaciones.

Reproduciéndose de este modo el proceso de constitución de una formación neurótica, con la solidificación caracterial como resultante final.

Estos desenlaces no felices enseñan mucho, en la medida que nacen de la potencia del método y no de su debilidad, pero con resoluciones que optan por un atajo neoadaptativo.

Eludiendo la experiencia extendida del inconsciente, la admisión del dolor psíquico y la reparación de vínculos pasados y actuales.

1 La palabra mentalización está fuertemente connotada a partir de los desarrollos de Peter Fonagy y otros, de los que luego me ocuparé.

2 Sin olvidar que como Chesterton decía, socarronamente, en los clubes ingleses estaba proscripto discutir de política o religión, en verdad aquellas cosas que son las únicas por las cuales vale la pena discutir.

3 De ahí que el des-ser y la destitución subjetiva que dijera Lacan son indicaciones valiosas, si se las considera como momentos de corte basados en desnarcisizaciones radicales ocurridas durante el desarrollo del análisis. Y por lo tanto incluidas en una dialéctica procesal que puede recuperar en sus pliegues (kohutianos), el narcisismo trófico.

4 El psicoanálisis, como toda práctica social consistente, promueve valores propios, aunque ligados a tramas axiológicas que lo trascienden. En este caso el enaltecimiento occidental de la singularidad y el impulso indagatorio de la Ilustración. De ahí sus aportes de conocimiento y deontológicos referidos a la crianza, la educación, los vínculos terapéuticos, es decir donde están en juego procesos de construcción subjetiva. Es también por esto que podemos aseverar que la heurística de lo verdadero y la integridad del analista generan modalidades específicas de sublimación. Mientras el proceso, en sí mismo, muestra en acto las vicisitudes de instauración de autonomía, propia consistencia y articulación de la emocionalidad básica a sistemas de valores.

5 ¿Por qué surge en mí la preocupación diagnóstica? ¿Una contrarresistencia que genera distancia?; ¿una señal de alarma fundada?; ¿un mensaje de S.O.S. proveniente del paciente?...

6 Ver más adelante, p. 41 y siguientes.

7 Dentro de los “destinos de pulsión”, bosquejados por Freud en ese colosal esfuerzo conceptual que llamó metapsicología: represión, sublimación, transformación en lo contrario, vuelta contra sí mismo, cambio de pasividad a actividad y coartación en su fin, este último goza de menor prestigio, en perspectiva de hominización. Pues en él no tendría lugar la transformación cualitativa que –se supone– ocurre en la sublimación, la cual opera entonces como término de comparación implícito de superior jerarquía. Pero desde otro modo de entender la cosa, la “no transformación” es potencialidad de ser replegada, aunque enunciada en clave tradicional, o sea, como si se tratara de impulsos primarios incivilizados que “están ahí”, a la espera. Es más fecundo pensarlo como lo no-sido que aspira y tiende a ser, y desde unidades de existencia mayores, como el Verdadero Self, que incluye en sí a las pulsiones.

8 R. Paz, Cuestiones disputadas en la teoría y la clínica psicoanalítica. Biebel/SAP, Buenos Aires, 2008, p. 227.

CAPÍTULO SEGUNDO
Estar en análisis

Nos movemos entre derivas en extensión y penetraciones en intensión, según la tolerancia a las intensidades de lo que vaya surgiendo y de las relaciones que se avizoran con lo hasta entonces disociado.

Esto requiere adecuación topológica (“dónde” está el material) y temporal (el timing, de acuerdo a los márgenes de aceptación que sean posibles).

Lo primero supone el reconocimiento de espacios entre analizando y analista, en los que ambos se hallan involucrados en una trama que incluye:

- zonas mudas;

- áreas activas, intuidas pero no abordables aún, que plantean la cuestión mencionada del cuándo y de la maduración de problemáticas;

- niveles primarios escindidos.

- bolsones de experiencias fragmentadas, sometidas a regímenes extremos de expulsión (“aglutinadas”, “psicóticas”).

Apartadas estas últimas del “comercio asociativo” por fuertes barreras disociativas, que tienden a constituir formaciones rígidas del carácter.

Son naturalmente renuentes a entrar en juego, facilitadas por un arco que incluye desde resistencias y contrarresistencias hasta la prudencia necesaria.

Lo de “espacios entre” (que involucra a los lugares circundantes) no remite a una cartografía descriptiva, sino a la concurrencia de disponibilidades y estados distintos entre dos seres ligados en una asimetría operatoria que se va construyendo, apta para dar lugar a lo que sea.

Y no deducible de lo de cada uno.1

Por otra parte tampoco es cuestión de fascinarse por lo profundo o lo que se escurre, aunque sí tenerlos en cuenta.

Y en un balance resistencial que depende de la modulación y calidad de la angustia, siendo que la relevancia de uno u otro aspecto se descubre en acto, en el devenir del movimiento mismo.

Es de este modo que las heterogéneas materias primas –asociaciones, relatos, confesiones, descargas afectivas– al manifestarse de la manera más suelta posible y adquirir densidad simbólica, pueden constituirse en material, pasible de ser tratado en un contexto que sostenga su complejidad y sus puntos de fuga.

Ese cambio de calidad en el fluir habitual de las experiencias es el efecto primero de una continencia productiva.

Es también la resultante buscada de estar en análisis, condición difícil de definir pero que se reconoce prontamente por la coloratura diversa y los cambios en las “intensidades psíquicas”, como decían los clásicos, que adquieren diversas temáticas.

Y las prioridades entre las mismas, que van cambiando de lugar.

Por otra parte, si cualquier contacto entre seres humanos genera densidad emocional y potencial información sensible, mucho más ocurre en las condiciones que posibilitamos.

Impregnarse de esa masa vivencial sería abrumador –lo saben bien los esquizoides para quienes la mera cotidianidad común resulta agotadora– si no fuera por defensas y dispositivos culturales preformados, que atenúan todo lo que se dispara.

También por eso es bueno recuperar el valor de las primeras impresiones, por ejemplo en las entrevistas iniciales.

Pues aunque se hallan impregnadas de proyecciones y prejuicios, que parecerían justificar sabidurías establecidas respecto de lo erróneo de dejarse guiar por ellas, también suministran captaciones profundas, Gestalten intuitivas de como es el otro.

Las que habrá que guardar en rescoldo hasta que surjan como ocurrencia o evocación en un momento posterior.

Tengamos presente que devenir psicoanalista es, en gran medida, legitimar y poner en actividad atributos y funciones opacadas por la adaptación.

Situándolas en claves de empatía, de pensar suelto y de contención activa.

Siendo un axioma de base que todo lo que se da en el campo, y desde el comienzo, es material potencial.

Libre manifestación y psicoanálisis valor

El psicoanálisis habilita para que todos, o sea cualquiera, puedan crear (pensar, pensarse), con lo que portan, sea cual fuere la calificación prejuicial que merezca.

Lo cual sienta las bases de un dispositivo de soltura pulsional y digestión simbólica en el cual los materiales pueden mentalizarse productivamente.

Para ello se requiere un balance cuidado de la angustia señal, así como tolerancia para que entren al ruedo seguridades y certezas, jugando en los límites de la racionalidad y del ejercicio de la prueba de realidad.

Esta posibilidad –excepcional– de jerarquización de lo mínimo y lo máximo, del detalle y el tramo extenso, de los momentos fugaces y de las “ondas largas” (temáticas y emocionales) en el proceso, junto al favorecer modalidades no convencionales de pensamiento, es registrada por el paciente en distintos niveles.

Lo cual moviliza ansiedades persecutorias y transferencias idealizadas, pero también el gusto de la reciprocidad y la coordinación empática.

Sentando así las bases de un dispositivo de lo que nombrábamos como mentalización productiva.

La misma no es pensable fuera de una perspectiva de autonomía en una dialéctica relacional, siendo “una mente” el producto de un proceso de diferenciación a partir de una matriz vincular ínsita al proceso de constitución subjetiva.

Debería llamar la atención el tener que insistir en este punto, pero tal es la fuerza de la inercia ideológica que abstrae singularidades empobrecidas, arrancadas de su medio nutricio basal y definidas como unidades recortadas, pensables a partir de un supuesto aislamiento original.

Es también por eso que la clínica psicoanalítica es resistida, al interrogar los fundamentos del ser en tanto relacionalmente constituido, de donde se desprende su tendencia a la repetición y la búsqueda, es decir, su naturaleza transferenciante.

La invariante conceptual consiste efectivamente en que pensar al otro supone asumir la densidad interior producida por tiempos sedimentados y vivos, captables por dispositivos inferenciales variados y por disponibilidad contratransferencial.

Esta actitud conlleva la paradoja de ser potencialmente accesible para cualquiera, pero en verdad no es fácil, y sobre todo el sostenerla en el tiempo.

Requiriendo especial vocación y –parafraseando a Stanislavsky– trabajo “sobre sí mismo”, pues va mucho más allá de la curiosidad, el interés o diversas formas más banales de la co-mentalidad, en virtud de todo lo que convoca lo abismal de la mente de otro expandida.

La “madre buena” recubre con amor esos terrores, y el psicoanalista, en sus primeros años como tal, suele conjurarlos con interpretaciones prematuras y diversas actitudes contrafóbicas, más o menos blindado con teorías, para luego, en los buenos casos, poder acercarse a la experiencia sostenida del inconsciente.

Es decir, no puntual, pasajera o basada en demostrar cuan ingenioso se es.

Lo cual permite poner en movimiento, también del lado del analizando, tolerancia para aceptar lo facetado de la realidad nueva que se crea, pudiendo transitar desde obsesivizaciones sobreadaptativas o sistemas de evitaciones, a la libre manifestación –pues no se trata sólo de asociar– de lo que se vive.

Tal es la forma de construir pensamiento más allá de las ansiedades, la presión de pulsiones y fantasías para realizarse y la coerción superyoica a un simbolizar ceñido a la eficacia.

Este movimiento, que se realiza venciendo resistencias de diversa índole2, habrá de culminar en la preservación del propio análisis como un valor en sí, creado en común, que al operar como un pacto libre y en desarrollo da un sustento formidable al confiar en sí mismo y en el otro.

Citemos: “El trabajo analítico, cuando es fructífero, da lugar a la gestación de un núcleo común para el analista y el analizando, aunque situado más allá de ambos, y que tiende a perdurar con independencia relativa de las mudanzas transferenciales y del cuidado directo que le dediquen.

No hace referencia al valor del psicoanálisis desde una perspectiva social o cultural, sino como algo a sostener y preservar en tanto fruto logrado de la densidad vincular que en la clínica se constituye.”3

El Psicoanálisis Valor no es invulnerable, sobre todo por ser blanco predilecto para pulsiones destructivas nacidas de la envidia o la rivalidad, o de celos envidiosos.

Que constituyen las modalidades más insidiosas de la transferencia negativa y que pueden entenderse también como variantes “desarrolladas” del ataque al vínculo (Bion), en tanto la presa sería el fruto de esa unión productiva y reparatoria.

Es fundamental hacerse cargo de que en muchos momentos el proceso analítico suele transitar por zonas activamente dañinas, cuya elaboración es imprescindible simplemente por el hecho de que están ahí, en el campo transferencial, y forman parte del minado tanático de los vínculos en la vida cotidiana.

Siendo imprescindible reconocerlas y trabajarlas, para preservar un ambiente eficaz.

No olvidemos que nuestro método se inició lidiando con los desquicios de Eros, pero hubo de encarar necesariamente los de Tánatos.

Y que, por otra parte, las “sombras infernales de la Odisea” no son inocuas, pues si no se trabajan impregnan y saturan.

De este modo transferencias negativas insuficientemente asumidas y no transitadas, hacen mella, pudiendo verse sus efectos en la aparición en un psicoanalista, por ejemplo –por haber mal digerido mortificaciones contratransferenciales–, de arrogancias llamativas, con pérdida de ductilidad y blindaje caracterial.

Ambivalencia

Es pertinente aquí traer a colación el concepto de ambivalencia, central en la economía vincular.

Recuperándolo en el contexto de una antropología psicoanalítica fuerte, que no se diluya en el atractivo de conflictividades menores, con lo que se pierden de vista los modos efectivos de ser en las relaciones entre los humanos.

De igual modo que no hay que olvidar que el complejo de Edipo y sus desenlaces, por más estéticamente mediado que esté, remite a una tragedia, y no a un minué entre figuras corteses.

Transcurriendo todo en el seno de una conflictividad social implacable y cruda, a la que Freud, como testigo de su tiempo, le dio amplia cabida, estableciendo puentes con lo que hallara en la clínica.

Claro está que después de la segunda guerra mundial un orondo bienestar (recordemos el así llamado Welfare State) recubrió los centros occidentales de poder, dando un marco de estabilidad grato y contagioso y restaurando hasta cierto punto ilusiones de preguerra.

En ese medio se desarrolló el psicoanálisis post-clásico, facilitando una inercia bienpensante e incluso edulcorada, que años después, conmociones sociales mediante, se constituyó en blanco móvil ideal para la izquierda psicoanalítica y también para la Escuela de Frankfurt y Lacan, con su tragicización de la condición humana, vía Sartre / Heidegger.

Todo esto no constituye un agregado desgajable de la singularidad de un análisis, sino que cala en su intimidad, y es fundamental para una concepción de la clínica que otorgue centralidad a los procesos de verdad.

Lo cual requiere profundizar en los de reparación y sublimación, mostrándonos sin idealizaciones todo lo que puede hacerse partiendo de la condición humana tal como es, en un medio histórico desgarrado por la paradoja de valores acumulados a través de luchas y de siglos que son destruidos meticulosamente por la misma civilización que los erigiera.

Surge en este punto el dilema de siempre, entre lo ínfimo de nuestro hacer y las magnitudes del juego histórico de fuerzas.

De donde el posible escepticismo o sentimientos de absurdo por la pequeñez de la nuestra o de cualquier artesanía, pero no hay que olvidar de qué modo pueden adquirir sentido y potenciarse exponencialmente, cuando las condiciones culturales se abren.

Todo esto sin negar las razones ciertas del malestar en la cultura, y sin pretender protagonismos surgidos de tentaciones psicoanalítico / mesiánicas.

Espacio interior

Poner el acento y la base en una concepción espacial / relacional del psiquismo es congruente con formas desarrolladas de entender la socialidad humana y el funcionamiento cerebral.

O sea, como parte del mismo circuito generativo y funcional, de manera análoga al constituido, por ejemplo, en el orden cósmico / biológico, por la fotosíntesis: vegetales (clorofila) – luz solar – anhídrido carbónico – carbohidratos – oxígeno.

Pues también son éstas materialidades diferentes, pero que ensamblan en una estructura y una vectorialidad necesarias para que tenga lugar el proceso.

De modo tal que el desarrollo de los vegetales –y de ahí el sostén mismo de la vida– sólo son pensables en sistema.

Siendo la unidad aislada una idea propia del percibir ingenuo, así como lo es el limitarse al individuo aislado para caracterizar lo humano.

En verdad fuimos horda y cazador colectivo, y continuamos siendo sociales por esencia, sujetos de crianza inextricablemente ligados a los otros primordiales para ser y para sobrevivir.

Y a los otros de los otros, que nos dan consistencia simbólica de estirpe para seguir siendo.

Es en tal contexto histórico material, de colectivos marcados por diferencias culturales y de clase, y pletóricos de mensajes transgeneracionales, que las estructuras cerebrales desarrollan sus posibilidades, en ensamble con los acogimientos que les toquen en suerte.

Las relaciones con los demás son de este modo constitutivas de la organicidad, pues los circuitos neuronales, con su gran plasticidad, son completados por lazos establecidos en los sucesivos ambientes, intra y extrauterinos.

Esa complejidad preformada y abierta constituye el fundamento para consolidar un espacio interior, que en los buenos casos conservará siempre una autonomía relativa oscilante respecto del mundo y de la peculiar exterioridad del propio cuerpo.

Pues el “aparato psíquico” se constituye en diferenciación respecto del soma, en el cual por otro lado se halla encastrado.

El espacio interior se instaura a partir de las fronteras que se trazan respecto de aquél (del soma) y de las relaciones primarias, y su intelección es lo que intentaba Freud con sus mapas, desarrollados luego en tramas de Self y relaciones de objeto.

Es por ende “mental”, aunque impregnado de solicitaciones corporales y constituído a partir de introyecciones asimiladas que pasan a integrar la sustancia propia; parafraseando la tan meneada cita: el Yo es un Yo corporal y relacional, constituido por los restos de relaciones pulsionales de objeto, generadoras de fantasías fundamentales y de matrices deseantes.

De ahí la congruencia con el espacio analítico, como forma específica de socialidad peculiar y concentrada.

El espacio analítico es homólogo del espacio mental, y el campo analítico la resultante de la proyección / expansión de los espacios mentales de los protagonistas, en su intrincación fantasmática y vincular.

Produciendo un más allá de lo de cada uno, donde el cuerpo se incluye, con sus bienestares y malestares, sus pulsiones y sus mensajes, a partir de su exclusión instrumental.

Pues efectivamente el cuerpo, oficialmente apartado, se vuelve a incluir por diversas ventanas que los movimientos transferenciales abren y cierran.

Dado que el ámbito creado tiende a una mentalización, que bajo el modo del sinceramiento radical –parrhesía diríamos con los griegos y con Foucault– lo recupera mediante una simbolización cualificada por un Eros de reparación.

Se trata de aquello que en los comienzos se hallaba potencialmente contenido en lo que, como vimos, Freud denominaba propositivamente recordar.

Verbo crucial para nosotros, por todo lo que connota a partir de su propia etimología: volver a pasar por el corazón.

Se trata de la buena repetición, aquella que rescata del olvido y más: de escisiones y expulsiones de pedazos de la propia vida junto a seres interiores y sus lazos con el propio ser.

Para restituir una integridad que tal vez nunca existió, salvo en ensueños propios o en lo mejor de sus objetos primarios.

Por todo esto la asociación libre merece el nombre de libre manifestación, que connota el arrastre emocional, corporal y significante hacia el espacio relacional constituído.

De modo tal que pueda transcurrir la peculiar vida de la neurosis de transferencia y las transformaciones de la misma.

Es aquí donde nuestra ilación se eslabona con desarrollos actuales sobre mentalización, en los que un aspecto clave es el reconocimiento de procesos de gestación de la propia interioridad a partir de juegos de espejamiento y reciprocidad.4

Lo que es crucial para el legado de espacios psíquicos consistentes y la modulación de los encuentros y desencuentros, con el sedimento simbólico que los mismos van dejando.

Se trata de matrices profundas que constituyen el basamento de los conjuntos relacionales que impregnan los modos actuales de ser y de vincularse, y que la neurosis de transferencia permite examinar in praesentia.

El conocimiento de aquéllas, basado en la observación de niños pequeños en sus ambientes habituales, nos ofrece un enlace natural con rasgos y actitudes constatables en el campo, y una fina correlación semiológica entre ambos registros de observación.

Sin que eso suponga la pretensión de reducir linealmente esas manifestaciones a pautas primarias de relación, en un psicologismo de correspondencias por analogía.

Lo que sí es posible inteligir en los pliegues adaptativos preconscientes, son lógicas de relación dominantes en las épocas primeras de la vida, que la regresión cuidada muestra, por lo común, a través de indicios.

Y requiere de lecturas minuciosas y pacientes.

Correspondencias

Tronick y otros han mostrado en trabajos experimentales muy valiosos, a partir de la hipótesis de Conciencia Diádica, de qué modo infante y madre constituyen un sistema auto organizado que crea sistemas de congruencia de respuestas, con sus correlatos comprobables de organización cerebral.

Los que pueden extenderse constituyendo sistemas muy complejos.5

Rousillon, siguiendo a Daniel Stern, realiza un examen exhaustivo de tales procesos, señalando que compartir el afecto no conlleva similitud de expresión (concordancia cruzada o intermodal), por lo que tenemos reciprocidad pero sin que implique simetría, abriendo a la riqueza (infinita) de las diferencias.

Lo mismo ocurre con el así llamado “ajuste”, en la medida que las respuestas ante anhelos excitatorios del bebé –por ejemplo, al contemplar la preparación de la mamadera– son transportadas a un nivel sígnico, menos pasional e involucrante, lo cual hace a la rítmica vincular, aspecto fundamental al que suele no dársele la importancia extendida que tiene.

Lo cual se recrea transferencialmente en el pasaje –elaboración mediante– desde niveles preverbales en los encuentros y desencuentros entre paciente y analista, hasta niveles simbólicos (“sígnicos”) en los que se los puede elaborar.

Agreguemos las observaciones de Gergely, que define con sutileza la presencia de “marcadores” en el proceso de ecoización de afectos.

De modo tal que cuando las madres reflejan los mensajes emocionales provenientes de sus bebés incluyen un metamensaje, connotando que el afecto que surge como respuesta no es el originario del bebé sino proviene de ella.

El espejo se corre entonces del punto de simetría e instaura tiempo y espacio diferenciales, así como esbozos de signos discretos.

Señalemos dos características de estas indagaciones, convergentes con lo que venimos desarrollando:

1) la necesidad de entender “en sistema” a los lazos primarios;

2) la fecundidad inductiva para pensar los encuentros y desencuentros que se dan en la clínica psicoanalítica y en la vida de todos los días.

Pues no se trata de procesos remotos y hundidos en las profundidades psíquicas, sino presentes en los climas y lazos cotidianos, transformados y morigerados por aprendizajes convivenciales y defensas variadas.

Las peripecias de la expresividad del niño, en todos estos desarrollos, constituyen un indicador de importancia.

Lo cual tiene gran alcance en el pronóstico procesal para quiénes tomamos en consideración el avivamiento transferencial de niveles primarios de relación.

Pues no es verdad que sólo en momentos de franca regresión se ponen en juego: sería lo mismo que sostener que porque nos preocupa clínicamente la piel el resto del cuerpo desaparece.

Lo que sí ocurre es que por razones de estructuración, señaladas como hitos en la constitución psíquica –amnesia infantil, sepultamiento del Edipo, defensas propias de la neurosis infantil y posteriores, sobreadaptación, eventual configuración de falsos Selves– se hurtan a una exploración sostenida.

Y es en ese punto donde comienza la originalidad psicoanalítica.

Raúl usa el diván de modo variable, según “el modo en que se siente” y las cosas que tiene que decir.

Esto último no remite necesariamente a temas que pueden producirle vergüenza o dificultades parecidas, sino a momentos de cansancio que le hacen preferir estar más cómodo o, por el contrario, a cuestiones acuciantes que debe “encarar”.

El relax y la facilitación catártico / elaborativa cuando está reclinado son evidentes, así como una expresión semi sonriente y de placer anticipado cuando me dice: “Hoy voy a usar esto que no sé bien cómo se llama.”, refiriéndose al diván.

Distinta a su cara, expresiva y variable cuando estamos frente a frente, pero con tendencia a un rostro decidido de “Self made man” (que lo es).

La soltura verbal, así como lo que manifiesta, no trasuntan diferencias marcadas según la posición que adopte, pero sí los gestos, las actitudes corporales y la musicalidad de sus tonos de voz.

No es difícil imaginar, en muchos momentos, como habrá sido el chico que fue, sin que eso suponga puerilidad alguna en sus manifestaciones.

Y coexistiendo en un contexto en el que somos dos adultos trabajando materiales evocativos o actuales, con fluidez emocional, pero situados en un tercer espacio.

Lo cual hace al punto de que nunca existe recorte puro en el trabajo analítico, pues se trata de bordes vivos e inflexiones del campo que están allí, precisamente, “latentes”.

Lo infantil, en Raúl, se trasunta en expresiones de picardía cuando aborda materiales íntimos o venganzas secretas para con sus socios y competidores.

En tal caso su rostro se ilumina y mueve en mí un gran cuidado expresivo, como evitando una complicidad contagiosa.

No obstante, no existe ninguna tendencia en él a “abusar” empáticamente, lo que es importante en el seno de la compenetración fusional (ecoización diferencial).

El no saber bien cómo se llama (el diván), surge, como broma triste, de camas y camitas varias por las que transitó en una infancia dura, con compañías diversas que lo protegían ante una carencia de hogar estable.

A veces, al reclinarse, expresa el temor de quedarse dormido, deseo vívido de regresión protegida y abandono de todo lo que la posición vertical connota, como esforzado ejercicio vital.

Contar con el diván es siempre importante, aunque lo use a veces, lo que define una suerte de regulación activa del balance regresivo.

Constituyendo el conjunto un ejercicio formidable de adecuación sensible y modulada.

Digamos que algo a destacar en los desarrollos observacionales que vimos más arriba, es el alejamiento de cualquier pretensión de perfección en los ensambles primarios, asignando a las correcciones de adecuación un papel significativo.

Punto que se liga a la sutileza de Winnicott al señalar la cualidad de encontrado, pero al mismo tiempo de creado del objeto, como parte de una Gestalt de estabilización relacional.

Paradójica para el empirismo circunscrito a lo visual de dos seres, pero congruente con la condición que apuntábamos “en sistema”, propia de la prolongada dependencia humana y los movimientos protosimbólicos originarios.

Esto es de singular importancia para nosotros; de hecho, todo un eje del proceso psicoanalítico puede definirse como el trabajo sobre inadecuaciones y malentendidos en los intercambios emocionales y simbólicos.

Y sus resonancias en la historia vincular rediviva.

Búsqueda – encuentro – ambigüedad o malentendido – retracción – relanzamiento, constituye una secuencia basal de especie, y tenerla presente amplía el registro de las experiencias emocionales, enriqueciendo la semiología de los procesos transferenciales.

Lo cual nos muestra el largo camino del trabajo de aculturación, siendo el psicoanálisis pensable como un análogon del mismo, con su transcurrir, avanzar y retroceder en el seno del trabajo transferencial.

De todo esto puede desprenderse también el sin sentido de suponer que el azar de la existencia nos determine sólo al desencuentro, como destino inexorable que lanza a la clausura de una sola vía, despojada de esperanza.

De igual modo, el conjunto cultural puede concebirse como una masa de entendimientos potenciales, a ser transitada de manera muy diversa.

Y es allí, en el seno de ese patrimonio colectivo que el psicoanálisis ha labrado su lugar, entre las disciplinas de la cura y las de la cultura.

Elaboración

La elaboración es un camino sublimatorio singular, que implica retomar una y otra vez los materiales en crudo, sopesándolos, trabajando las resistencias y expandiendo lo que contienen, para recuperarlos en redes inteligibles y liberadas de la mala repetición.

Es decir, aquella movida por el odio y el masoquismo, o la mera inercia fomentada por las ideologías de la inmodificabilidad del mundo.

Si esas trampas se superan las intensidades perduran, pero como apuestas al servicio de ampliar el espacio mental de los participantes.

Todo esto a partir de los recuerdos, que como sabemos constituyeron en los comienzos la sustancia analítica por antonomasia.

Desde ellos, la concepción de “material” se fue ampliando, hasta abarcar todo aquello que se manifieste en el campo y pueda ingresar en el proceso transformacional.

Cierto ordenamiento temático no es desechable, pero se halla regido, como Madé y Willy Baranger lo han señalado muy bien6, por la captación y seguimiento de una lógica de las fantasías.

Que las registra en virtud de las intensidades que promueven, o de la aparición, a veces sorpresiva e iluminadora, de una Gestalt de inteligibilidad que es bienvenida en medio de la profusión de lo que circula.

Lo más difícil es, precisamente, acostumbrarse a lo interrumpido de las secuencias dramáticas que se esbozan, y a aceptar que se impongan un requerimiento, un dolor, una emoción cualquiera, que altera la cadena de sentidos por la que transitábamos.

Vicisitudes a contener en el espacio personal y en los espacios intermediarios que se van creando, sin pretender instalarlas a toda costa en una dramática hilvanada.

La manifestación emocional polivalente, con cierta pretensión de narrativa, es la materia prima por excelencia, que se sintetiza en la dupla fuerza / sentido, siendo una impensable sin la otra.

De donde la tensión permanente, en la historia del psicoanálisis, entre pulsionalidad y significancia.

En verdad la transferencia reúne, en una complejidad que define la sustancia psicoanalítica, la potencia de realización pulsional, las aperturas del deseo y las fantasías.

Que cualifican y dan forma a los materiales, siendo entonces el sustrato de simbólicas que pueden llegar a enunciarse, por lo que las transferencias no configuran un acaecer puntual, sino el universo propio y definitorio del campo.

Aproximación a la idea de campo psicoanalítico

Se construye por convergencia: las manifestaciones del paciente, las intervenciones del analista, el entramado de emociones e ideas que se crea y las maneras de colectarlo, registrarlo y elaborarlo.

Pasos que es posible diferenciar retrospectivamente, y que para una concepción psicoanalítica desarrollada tienen entidad técnica y conceptual, pero que en el fluir de la experiencia se encadenan, siendo la contracara activa y necesaria de la percepción flotante.

Es decir, de la recepción, sin censura preconsciente (a la otra no la gobernamos), de lo que sea que el paciente traiga.

A lo cual se agregan las ocurrencias y ensoñaciones propias, que van y vuelven desde representaciones aleatorias o núcleos temáticos que se bosquejan.

También desde climas globales, tonalidades emocionales y disposiciones; en fin, la innumerable variedad de producciones que se expanden cuando hallan cabida.

Y que no pueden ser limitadas a la homogeneidad de un tipo de material, lo que supondría introducirlas, a lo Procusto, en una codificación forzada.

Lo que se teje y desteje, tanto por la mera presencia del analista como por sus intervenciones, es una matriz de pulsiones activadas, emociones y producciones simbólicas, que constituyen el nivel de complejidad que buscamos y nos es pertinente.

Pues nuestro no saber entiende de eso.

Esa heterogeneidad se despliega en extensión y en espesor cuando se dan condiciones propicias: se trata de Gestalten activas y de complejidad diversa y moverse entre ellas, sean unidades mínimas, como detalles o fragmentos, u otras mayores, es un rasgo definitorio de nuestra clínica.

Y la ductilidad para asumirlo trasunta dominio del arte psicoanalítico.

Pulsiones, fantasías, deseos

La concurrencia pulsional, fantasmática y deseante abre a las posibilidades de repetir y de recordar, recreando síntomas e inhibiciones.

Pulsión, fantasía y deseo suponen regímenes distintos:

• La perentoriedad en gran parte errática de aquéllas, cuerpo más que cuerpo, que buscan a otro / cuerpo (parte o todo) en su afán de consumación, siendo marcadas por las respuestas recibidas, lo que da lugar a cierto amaestramiento más que a un orden.

Pues si bien la maduración y el disciplinamiento las alcanza, y los “destinos” que siguen son variados, constituyen fenómenos de acumulación, borde y despeño, a veces extendidas en superficie (modelo piel) a veces circunscriptas en una erogeneidad turgente u orificial.

La cantidad es parte de su esencia, y la satisfacción –que existe– remeda un fin, dado que son reverberantes y pulsátiles.

Si el agotamiento produjera un vaciamiento del ser daría lugar al espanto, por la caída en el infinito malo de la disolución subjetiva.

Pero ocurre que en el fondo late la esperanza de repetición, o sea la repetición como esperanza.

Conjunción de muerte y vida que se muestra de manera ejemplar en la consumación orgásmica: abandono de sí en el otro –eventualmente con el otro– para luego rehacerse y volver (a ser).

• La insistencia subjetivante del deseo, pues requiere desde el fondo del propio ser y exige reciprocidad y compañía en la imposibilidad de ser colmado.

Por lo que conmueve y eventualmente asusta, al mostrar la insuficiencia del repertorio de respuestas acuñadas desde aquél a quien se solicita.

• Las fantasías, que con variada arborescencia configuran dramáticas a descifrar.

Todo ello transcurriendo en un ámbito productivo cuando es regulado por la angustia señal, o con escisiones abruptas y dislocaciones, si predominan las ansiedades primarias.

De ahí que pueden bosquejarse diferencias entre una clínica psicoanalíticade la represión, con permeabilidad entre capas y versiones del Self, y otra de las escisiones, las identificaciones proyectivas masivas y los vaciamientos del propio ser.

Lo que da lugar a recomposiciones de diferente calidad simbólica y relacional, por la tendencia, en aquellas últimas, a neo-sobreadaptaciones y estabilizaciones caracteriales rígidas.

Ambas clínicas –entiéndase que sólo es un modo esquemático de trazar grandes diferencias orientativas– suponen nosografías de campo, que pueden absorber psicopatologías trazadas desde diferentes perspectivas, psicoanalíticas o no.

Pues si bien no es bueno –y en verdad absurdo– ignorar la historia de conocimientos respecto de los padecimientos psíquicos, el punto es incluirlos en un proceso transferencial que los relativice productivamente y les asigne valor según el contexto, como antes se dijo.

Es decir, haciéndolos jugar en el prisma de la neurosis de transferencia, que difracta lo vivido desde la neurosis infantil y sus transformaciones, en ese singular “reino intermedio” como lo nominara Freud, en cuya vida paralela se viven otras vidas, o trozos –cruciales– de ellas.

Patológicas y repetitivas unas, o que ponen en marcha realizaciones impedidas en otras.

Todas necesarias, para trabajar in praesentia en el reino de las transferencias.

¿Dónde reside el imán peculiar de esa rutina?

O, lo que es lo mismo: ¿cuál es la índole de esa realidad que se instaura al lado de la cotidiana y requiere tal elaboración?

Es la de procurar un lugar al ser traumatizado que subyace a los recubrimientos adaptativos, y cuyo núcleo es un Self infantil que tiene a su vez distintas versiones, las cuales renacen por manifestación in praesentia más que por evocación.7

Es de este modo que el campo se impregna, del lado del analizando, de “neurosis infantil”, como repetición fragmentaria de la o las neurosis padecidas por cada niño singular, que resurgen por trozos –excepcionalmente estratos nítidos– como Freud nos enseñara desde el historial del “Hombre de los Lobos”.

Y que hallarán cabida o no en el lugar psicoanalítico según la disposición personal y los parámetros de escuela del analista.

Recordemos: “No cualquier análisis de fenómenos psicológicos merecerá el nombre de “psicoanálisis”. Este último implica algo más que desagregar unos fenómenos compuestos en sus elementos simples; consiste en reconducir una formación psíquica a otras que la precedieron en el tiempo y desde las cuales se ha desarrollado [...] así el psicoanálisis, desde su mismo comienzo, se vio llevado a perseguir procesos de desarrollo. [...] El psicoanálisis tuvo que derivar la vida anímica del adulto de la del niño, tomar en serio el aforismo ‘El niño es el padre del hombre’’’.8

Y: “De suerte que es un disparate afirmar que uno practica psicoanálisis cuando no toma en cuenta justamente estas épocas primordiales y las excluye de la investigación, como muchos hacen”.9

Vale, y las citas no son reverenciales sino operativas, aunque hay que dar cabida también a que se expandan versiones de sí post infantiles, que pueden retornar de forma nítida o entrelazadas con otras, según lo que la vida vaya convocando.

Las que se materializan muchas veces en la consulta como un adulto azorado, mezcla de maduración transitada aceptablemente y de sobreadaptaciones múltiples, muchas de ellas pagadas con alto precio somatopsíquico.

De allí que no haya que esperar –y pedir demasiado– (idealizándola) a una “parte adulta” o “yo observador” preexistentes.

Cuando tales funciones operan surgen como fruto del proceso mismo, integrando potencialidades de tolerancia a la verdad –y de aborrecimiento a la mentira– preexistentes, así como de autocontención acompañante.

Lo que llamativamente puede dar lugar a capacidades rechazadas desde pautas convencionales de ser, al tratarse, por ejemplo de rasgos teñidos de suficiencia o, incluso, resentimiento.

En línea con lo que veíamos en el capítulo anterior, también malevolencias perceptuales –si se logra que ingresen en lazos donde el voyeurismo, la pulsión de dominio y la epistemofilia concurran de manera no excesivamente dilacerante– pueden contribuir, con su implacabilidad, a atravesar las capas de ocultamiento defensivo.

El aprovechamiento de estas calidades, feas para la convivencia, muestra la singular productividad de nuestro instrumento, que las puede utilizar para una iconoclastia meticulosa, que atraviese reivindicativamente las resistencias y demuela idolatrías.

Son funciones ancladas en el dolor, aliadas del trabajo de verdad, pero a las que habrá en su momento que ponderar con claridad respecto de cuanto de narcisismo estéril las impregna en un atrapamiento repetitivo.

Todo eso se vuelca en el espacio / tiempo / presencia / continuidad que construimos, y son buena muestra de lo heterogéneo de las sustancias que confluyen en el “reino intermedio”.

Entre cuyas intensidades –repetidas, renovadas, novedosas– deben librarse los combates principales, como intuyera y en parte desarrollara Freud, para generar crecimiento mental merced a procesos de verdad en una experiencia expandida del inconsciente.

De ahí lo imprescindible de un ambiente con garantías, no ya en el obvio sentido de proscribir el aprovechamiento abusivo de cualquier índole de lo que allí tiene lugar, sino para legitimar funciones de captación y pensamiento cercenadas por inhibiciones y síntomas de la neurosis infantil, e imbricados con procesos culturales de sofocación.

1 Es notable la amplitud de espíritu que los psicoanalistas llegamos a detentar –y genuinamente– en la clínica, aunque nos resulte muy difícil extrapolarlas a otras dimensiones de la propia vida. Constituye sin duda resultante de una práctica que, salvo las interferencias narcisistas, puede extraer lo mejor, reparatorio y comprometido, de cada uno. Pero vale también como advertencia, para no despojar a la vida personal de tales disponibilidades, en una paradoja no tan infrecuente.

2 Recordemos el repertorio que Freud detalló: de represión, de transferencia, del beneficio secundario de la enfermedad, del Ello –la compulsión a la repetición– y de la necesidad de castigo, dimanante de la coerción superyoica. Valiosa enumeración, que sigue teniendo vigencia en la medida que le demos carnadura operacional.

3 Rafael Paz, ob. cit.; p. 335.

4 El modo en que Fonagy y Target trabajaron estas cuestiones constituyen un buen ejemplo de lo que denominamos operacionalismo crítico (que pronto examinaremos), en la medida que junto a las elaboraciones propias se hilvanan, de manera consistente, conceptos provenientes de otros esquemas referenciales, principalmente de la teoría del apego. (Se pueden consultar con provecho, en la Web, una serie de trabajos de Gustavo Lanza Castelli, que la exponen de manera exhaustiva.) También es evidente en esos desarrollos la tentación de desgajar un cuerpo de conocimientos y de reconstrucciones clínicas (sobre todo en situaciones “borderlines”) del corpus psicoanalítico, con la consecuencia de constituir una psicoterapia acotada, aunque psicoanalíticamente fundada.

5 Tronick, E.Z. (1989), “Emotions and emocional communication in infants”, American Psychologist, 44, 112-119. Weinberg, K.; Tronick, E..Z.; E. Cohn, J.; Olson, K. (1999), “Gender differences in emotional expressivity and self during early infancy”, Developmental Psychology, 1999. Vol. 35. Weinberg, K.; Tronick, E.Z., (1996), “Infant affective reactions to the resumption of maternal interaction after the Still-face”, Child development, 1996, 67.

6 “La situación analítica como campo dinámico”, cap. VII de Problemas del campo psicoanalítico; Kargieman, Buenos Aires, 1969.

7 Recordemos las (en plural) neurosis –fobias, obsesiones– que, decía reconstructivamente Freud, había padecido en su infancia el Hombrecito de los Lobos.

8 S. Freud: “El interés por el psicoanálisis”, [1913] AE, XIII, p.185.

9 S. Freud: “Moisés y la Religión Monoteísta”, [1938] AE, XXIII, 70, nota 9.

Digresión sistemática 1

¿Es artificial el proceso que lanzamos?

Aparentemente sí, pero en rigor vamos en procura de los parques naturales –incluso los anómalos y poblados de especies arcaicas y retorcidas– que experiencias acumuladas produjeron y segregaron.

Y cuya transformación no es posible en el movimiento espontáneo de la existencia.

La intervención psicoanalítica se introduce en la vida cotidiana y trastoca la neutralización que recubre los mundos fantasmáticos y pulsionales.

Ingenuamente podría pensarse que muy poco habría que hacer para tomar contacto con tales materiales, puesto que impregnan las tramas habituales.

Pero ocurre que son dislocados y mantenidos a raya por disociaciones tajantes, cortezas adaptativas y prohibiciones de percatarse y, sobre todo, de llevarlos a la acción: “al polo motriz”, como decía la formulación clásica.

Más precisamente, de conectarlos en cursos de acción y pensamiento.

Es por eso útil usar un modelo que dé cuenta de las calidades e intensidades inconscientes que circulan efectivamente en el seno de lo cotidiano.

Muy cerca de abismos emocionales y fantasmáticos, pero también de logros integrativos que hacen factible el vivir.

La oscilación Paranoide – Esquizoide / Depresiva (PE / D), elaborada por Bion a partir de las posiciones kleinianas, brinda un modelo generalizable de las emociones básicas que se hallan en la base de los intercambios habituales.

Constituyen, según el clásico enunciado, “agrupamientos de angustias y defensas” que configuran dispositivos imaginario-simbólicos donde se tramitan las experiencias vividas.

Bion se inspiró, para su dibujo bidireccional de pequeñas flechas, en la notación utilizada para las reacciones químicas reversibles.

Pues efectivamente se va y se vuelve, en el lecho emocional de la existencia, de honduras de plenitud integrativa y amorosa hacia opuestos de miedo y rabia, dependiendo de incidencias a veces mínimas para que lancen hacia un lado o hacia otro.

A este esquema bimembre, fundado en una clínica en regresión, en el psicoanálisis de niños y pacientes graves, así como en la observación de bebés y de fenómenos de grupo, puede agregarse, inspirándonos y modificando la línea conceptual inaugurada por Pichon Rivière y Bleger, el momento fusional.

Con lo cual tenemos entonces trazado un triángulo, que señala, desde la ambigüedad propia de lo fusional, la posibilidad de ir hacia un lado o hacia el otro.

O sea, hacia la buena fusión, que cabe llamar winnicottianamente “transicional” –base de experiencias integrativas que producen alivio y conocimiento– o, por el contrario, a decaer en brumas persecutorias (fusión mala, o sea fusión = confusión).


Profundicemos: desde la perspectiva de individuación y autonomía, que constituye un eje madurativo muy valorado en nuestra cultura, “fusional” alude a momentos primarios, que pueden derivar tanto hacia formas diferenciadas de las simbiosis primordiales (fusional positivo que ayuda al crecimiento mental), cuanto a una indiferenciación que impida el desarrollo propio.

Situación a la que le caben todas las consideraciones sobre atrapamiento “materno”.

Es decir, cuando el continente primordial deviene envoltura enajenante, piel engolfante y voraz que expulsa vínculos y esbozos de Self, así como sentidos y experiencias que no estén marcados por la legitimidad arcaica que otorga la voracidad primordial.

Está claro que con este modo de pensar nos apartamos de ciertas ortodoxias, sean aquéllas que proponen un decurso evolutivo lineal (y ascensional progresivo), cuanto de las que asignan a la fusionalidad un carácter homogéneamente negativo.

Las experiencias de crianza, los conocimientos etológicos cruzados, el psicoanálisis de niños, la observación de bebés y –last but not least– el sentido común, nos indican, con todas las variantes culturales y de medio que se quieran, que el cachorro humano requiere cercanía y cuidados amorosos de sobrevivencia; en síntesis, cangurización modulada.

Como la clínica psicoanalítica de niños y adultos lo muestra cada día si le damos lugar para que ocurra y no nos constituimos en “psicoanalistas a distancia” (Pichon Rivière).

Insistiendo: hay que tener presente que el esquema remite a premisas extremas de existencia, pero imbricadas en la cotidianidad, con cargas y fantasías que determinan una circulación emocional-significante que impregna la vida.

Siendo mantenida a raya por el sistema de esfuerzos adaptativos.

Esto nos lleva a recuperar la idea freudiana de cercanía y conexiones entre las fantasías preconscientes (los sueños diurnos, por ejemplo) y las inconscientes.

Partiendo de allí, la clave terapéutica residirá –recolección mediante– en recuperar aquellos trozos perdidos del vivir que resurgen de manera extemporánea y dañina, determinando repeticiones e intensidades mayores de las defensas y calidades más empobrecedoras de las mismas.

Para así abrir cauces al trabajo analítico, que en última síntesis puede formularse como facilitar el desarrollo de un vínculo que promueva la experiencia del inconsciente, y, esto es fundamental, mantenida con vivacidad en el tiempo.

A lo cual, lógicamente, la convivencia habitual se rehúsa.

De ahí que deba ser tolerable, para que el circuito de insight se transforme en espiral transformacional, y las metamorfosis se instauren con naturalidad.

Acá una digresión necesaria: la referencia al Ello y al Inconsciente (con mayúsculas de nombre propio, pues remite a un sistema) late en el universo mental de los psicoanalistas.

Si una palabra cabe para sintetizar el régimen del primero es caos.

Y de allí se desprenden dos versiones: la pura potencia que nos impele o la entropía aplastante que nos espera, más allá de nosotros mismos.

En ese plano, “pulsión” es la palabra que da cuenta de la fuerza nunca domada de las exigencias del Ello, encabalgando al instinto en las marcas arcaicas de socialidad.

Deseo, fantasía, tienen otra calidad, pues la respuesta del otro es constitutiva de su entraña, aún en sus formas más elementales.

A esta tensión conceptual es imprescindible sostenerla en la clínica, para no decaer en las ilusiones negativas (religiosas, políticas), con las que lidiara Freud en sus artículos sobre las resistencias culturales al psicoanálisis.

Es el punto al cual se refiere Lacan, cuando, dentro de su esquema conceptual señala, en “Subversión del sujeto”, que “…castración quiere decir que es preciso que el goce sea rechazado para que pueda ser alcanzado en la escala invertida de la ley del deseo.” 10

En el mito operativo que este autor construye, la violencia cultural actúa así de modo imperativo y brutal, para que la hominización –entendida en la cita como acceso a la alteridad deseante– tenga cabida.

Y algo de la fuerza pulsional, de la materia gozante, pueda entonces ser reapropiado, subjetivado.

Volviendo a la matriz que trabajamos a partir de Bion, en ella hay lugar también para trayectorias vinculares y caminos discernibles, que muestran el trabajo de la cultura sobre la potencialidad primordial somatopsíquica.

Es decir, dramáticas legibles si se las sabe ver y se las tolera transferencialmente.

Pero claro está que siempre acecha el arrasamiento simbólico, situado más allá de la mera transgresión, y que remite a daños psicóticos y perversos.

Transformando a nuestra clínica en un lugar donde los pactos caen o no se han construido, y los seres reales y fantasmáticos pueden ser objeto de masacres.

Esto último nos lleva a los estudios freudianos sobre la guerra y los enigmas humanos que plantea, que no deben ser tomados como ejercicios circunscriptos de psicoanálisis aplicado sobre un acontecimiento descomunal y personalmente afectante (hijo en el frente y demás).

También hay que encararlos como metáforas alusivas a la metapsicología individual, en tanto vínculos de daño y desagregación que luego Freud intentó circunscribir –la entropía es inacotable– con la postulación de una pulsión de muerte.

Muestra, una más, del pertinaz esfuerzo iluminista por traer al campo de lo trabajable lo que se opone, por definición, a cualquier elaboración.

Ideas todas que reafirman el optimismo insensato del psicoanálisis, en tanto toda virtud mediana tiene que ser trascendida e históricamente relativizada.

Siendo el camino para acompañar muchas regresiones –es decir, movimientos hacia territorios desconocidos.

Y sostenerse en la prudencia clínica.

Cabe insistir en este punto en la fuerza de las defensas que bloquean las emociones primarias y las resistencias a admitirlas, en un clima colosal de blanduras imaginarias e hipocresías mientras “el mundo” se desgarra frente a nuestros ojos.

El mundo / nave que compartimos con nuestros analizandos.

Situación descarnada, que con todas las modulaciones necesarias legitima, en la proporción que sea posible, nuestra tarea como oficio de verdad.

Tal es la vida psíquica en su existencia concreta, y es en ese medio peculiar de onirismo, ensoñaciones, vigilia, pensamiento rutinizado, aperturas, donde se procesan las experiencias emocionales y cognitivas, incluyendo las alegrías posibles y los micro traumas cotidianos.

La actividad imaginativa en la que continuamente navegamos sirve para digerir esas contingencias, y de allí emergen, de vez en cuando, “ideas claras y distintas” por las exigencias del trabajo, de los aprendizajes, de los encuentros, en una pendulación constante.

El balance determinará en qué proporción se digieren o no, generando en este último caso retenciones somatopsíquicas de diversa calidad y magnitud.

Todo esto esperando la noche, cuando el estado de reposo, de relajación física y aflojamiento de los esfuerzos preconscientes de adecuación, facilite su tramitación onírica. 11

La instauración de la transferencia psicoanalítica es una suerte de noche diurna que crea un continente nuevo, vicariante, de expansión y digestión de los residuos más o menos gravosos de la vida.

De ahí su practicidad actual, no sólo como instrumento elaborativo intraanalítico, sino por el alivio que produce el “depositar” y compartir.

La materia potencial psicoanalítica es entonces abundante, y su transformación en material aprovechable el umbral de nuestro empeño.

La selección –necesaria para que esa mutación tenga lugar– opera en el despliegue de sucesivas redes de captación de lo que el paciente manifiesta.

Aprovechando experiencias acumuladas, referencias teóricas o fragmentos de narrativas compartidas.

Es decir, el acúmulo de saber / intuir que el vivir y la clínica psicoanalítica (con las singulares formas de aprendizaje y transmisión que le son propias) ha decantado.

10 “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, Escritos II, Siglo XXI, Buenos Aires, p. 786.

11 Bion ha indagado profundamente estos procesos, estableciendo nexos entre las diferentes formas del pensar y las cesuras día / noche. Por su parte, Ángel Garma ha sostenido la idea de lo traumático como núcleo generatriz del sueño, llevando al límite ideas del propio Freud, y que expusiera en la Sociedad Psicoanalítica de Berlín en los años 30. Lo cual se vincula a las micro heridas inaparentes que el fluir cotidiano inflige a todos, y se digieren en grado variable en la subordinación de la mente y el cuerpo al ritmo circadiano.

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22 October 2025
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9789871678785
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