Read the book: «Aprende a escuchar tu cuerpo»
© Quim Vicent, 2018.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO278
ISBN: 9788491181538
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
PRÓLOGO, POR IOSU DE LA TORRE
APRENDER DE LA VIDA
APRENDE A ESCUCHAR TU CUERPO
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO 1. EL ARTE DE ESCUCHAR EL CUERPO CON LAS MANOS
CAPÍTULO 2. NACER: EL PARTO Y LA SALUD
CAPÍTULO 3. CRECER. SALUD, POSTURA Y PSICOMOTRICIDAD
CAPÍTULO 4. MODER. LA RELACIÓN ENTRE LA BOCA Y LA POSTURA
CAPÍTULO 5. SENTIR. EL MOMENTO DE DESINTOXICARSE
CAPÍTULO 6. CAMBIAR LA ALIMENTACIÓN
CAPÍTULO 7. ACEPTARSE A UNO MISMO
CAPÍTULO 8. CUIDAR NUESTRO CUERPO
APÉNDICE CON TRES EJERCICIOS
EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
NOTAS
LIBRO DEDICADO A MI HIJA ARIADNA, SIEMPRE HAREMOS EL CAMINO JUNTOS...
Y A MI GRAN AMIGO JOSÉ M. BATLLE; ESTAS PALABRAS TAMBIÉN SON PARA TI,
ALLÁ DONDE ME ESTÉS ESCUCHANDO.
El camino más corto hacia la verdad se denomina evidencia.
MICHEL STEPHAN
Las terapias no holísticas desperdician la oportunidad que nos ofrecen las enfermedades de sanarnos.
QUIM VICENT
Nunca se llega al punto de dar por finalizada una investigación completamente. Nunca. Siempre habrá algo más que aprender.
Big fish, TIM BURTON (2003)
PRÓLOGO
Un dolor intenso nacía desde la nuca, se extendía por las cervicales y viajaba recorriendo el hombro y el antebrazo hasta explosionar en la muñeca. Tenía la sensación de que nunca desaparecería. Octubre de 2011. Siempre octubre. La tortura comenzó en agosto, tras una noche de insomnio en un sofá en casa de mis suegros para no molestar el sueño de mi hijo Àlex, entonces un bebé a punto de cumplir dos añitos.
Durante todas aquellas semanas aguanté el dolor con el estúpido convencimiento de que ya se pasaría, de que con unos analgésicos lo olvidaría. Debía de vivir muy agobiado porque decidí buscar ayuda en una de esas amigas con una agenda plena de buenos, exclusivos, contactos. Como en aquel adagio, Roser Tiana, mi conseguidora, es uno de esos personajes que en uno o dos pasos puede abrirte la casa de Obama. Yo no necesitaba al presidente de EE.UU. Roser me llevó a alguien mucho más importante, al menos para mis huesos y articulaciones. Quim Vicent, Joaquim Vicent Sardinero. Yo le llamo dottore, intentando ponerle acento piamontés o valdostano. Dottore. «La vida son momentos»: esta es una de las máximas de Quim. Ponerme en sus manos y en las de su equipo fue uno de esos momentos para guardar.
Quim Vicent me devolvió a la normalidad. En pocas semanas sus manos fueron el remedio para salvarme. No exagero. Recuerdo que tuve la sensación de que aquel sufrimiento nunca me abandonaría. La habilidad para restablecer la armonía corporal y las terapias para eliminar el dolor significaron algo parecido al final abierto de Casablanca: el inicio de una buena amistad, aunque ni Quim es el capitán Louis Renault ni yo mucho menos Ricky Blaine. O al revés.
Cuando llegas a la consulta de la Clínica Arvila Magna, te entregas. El dottore Vicent establece un diálogo con tu cuerpo. Te relajas sobre la camilla. Y el cuerpo se manifiesta.
«Todo está conectado» es otra de sus máximas. Todo está conectado. El cuerpo y la mente. Las muelas y el nervio ciático. El cráneo y el metatarso. La boca y el ano. No se espanten y lean, avancen por las páginas de «El código mágico», donde Quim Vicent relata su experiencia y conocimiento con la exquisita habilidad con la que trata a los pacientes. Con capítulos importantes en su biografía, conduce al lector a un universo fascinante, el del propio cuerpo.
El osteópata ayuda conocerse mejor a uno mismo. Unas manos sabias diagnostican, descubren puntos insospechados y conexiones sorprendentes. El tendón psoas ya es de la familia. ¿Qué decir del plexofrénico y sus vínculos digestivos? Articulaciones óseas (la columna es capital), musculares y vísceras delatan y emiten señales que no podía imaginar.
Una leve presión torácica, una molestia en el costado, un dolor agudo atrincherado en los intestinos, ese bazo que rechina, un crujir de huesos... Están ahí, están contigo, te acompañan hasta que el experto pone orden.
Recuerdo con agrado aquellas primeras citas con Quim Vicent. Se abrió una puerta al alivio, a mejorar la salud. Al abandonar aquel hermoso edificio modernista de Pau Claris saltaba los escalones de dos en dos, teniendo un plan para mejorar, y aparcar ese dolor intenso que nacía en la nuca y reventaba en la muñeca.
Las suyas son unas manos sabias que te ponen a punto.
IOSU DE LA TORRE
APRENDER DE LA VIDA
Mi vida se derrumbó por completo a los treinta y tres años. Tenía dos opciones: caer en el pozo para siempre o pensar qué podía hacer para remontar la ruina y sacar adelante a mi familia. Me decidí por la segunda opción y la única forma de conseguirlo ha sido no volver a pensar en el dinero, nunca más, dejar de dar importancia a lo material y pensar que todo se colocaría en su sitio. Eso sí, pagué un peaje muy caro: mucho tiempo fuera de casa, trabajando de sol a sol (más de doce horas al día) y con la firme convicción de seguir formándome para conseguir ofrecer a mis pacientes una visión integradora de la salud. Sé lo que es enfermar, sé lo que es caer y sé lo que es renacer y ser feliz, pero sobre todo quiero que comprendas que tú también puedes hacerlo.
Un día, saliendo de trabajar de mi antiguo despacho de osteopatía en el centro de Barcelona, de repente sonó mi teléfono, justo cuando entraba en parking. Era una amiga mía, también paciente, a la que había rehabilitado de una hernia discal. Le noté la voz muy apagada, no en vano estaba anunciándome que su marido se moría.
Me quedé perplejo ante la noticia. A Alexander (un nombre ficticio) lo veía asiduamente porque acompañaba a su esposa a sus sesiones de rehabilitación conmigo. Además, era una persona con un carácter expansivo, como si dominara el mundo con una facilidad sorprendente, y lo más significativo: ofrecía tanta seguridad a su entorno que era difícil no apegarse a él.
Manteniendo la calma para tranquilizar a Agatha (nombre ficticio), le pedí que me explicara brevemente el motivo de la grave afirmación que acababa de pronunciar: «Mi marido se muere». Alexander padecía una hepatitis C, y había desarrollado un hepatocarcinoma de tal gravedad que los médicos de un hospital oncológico de referencia le habían dado seis meses de vida. Era el atardecer de un viernes; le dije que el lunes a primera hora trajera todas las pruebas que tuvieran a la consulta y que intentaría hablar con algunos amigos para poder ayudarlo si era posible.
Entiendo que, delante de un momento tan desesperado, Agatha se agarró a la propuesta como a un clavo ardiendo. Pasaron muy pocos minutos hasta que llamé a mi mentor, Michel Stephan, explicándole el caso de Alexander. Aparte de sus extensos conocimientos, el doctor Stephan también había superado un hepatocarcinoma grado III. Con la amistad que nos unía, Michel no dudó en venir a Barcelona (en ese momento vivía en Logroño, pasando poco tiempo en consulta y más dedicado a la investigación y a su famoso silicio orgánico).
El mismo lunes por la noche visitábamos a Alexander. Lo sometimos a una dieta muy estricta, a respirar cada hora con un aparato de Bol d’Air Jaquier (oxigenación biocatalítica) y a una suplementación específica y, evidentemente, seguimos todas las directrices marcadas por sus médicos del oncológico.
Los seis meses de vida fueron sumando y recuerdo una grabación que hizo Alexander en su móvil en una de sus visitas al hospital especializado, en la cual el médico no entendía la gran evolución de su enfermedad.
Nuestra amistad se fue intensificando. Nuestro contacto era diario; visto en perspectiva, debo reconocer que me involucré demasiado en ese caso clínico. Pero ¿qué no se haría por un amigo en un trance tan extremo?
En una de las conversaciones con Alexander, le comenté que estaba pensando vender mi piso, ubicado en un pueblo cercano a Barcelona, para vivir en una casa. En esa época vivía con mi mujer y mi hija de seis años. Alexander, sin dudarlo, me dijo que de eso se encargaría él. Constructor de profesión, con una confianza desmesurada, era difícil no entregar aquel proyecto a un amigo. Parecía un cuento de hadas... Compramos un terreno muy grande con espacio para construir dos casas, con la idea de vender una y, con los beneficios de la venta, construir la mía. Así fue, salió el terreno y los compradores que se convertirían en mis nuevos vecinos. Mi amigo estaba escapando de la muerte, yo podría mejorar las posibilidades de mi familia... el gran premio estaba por llegar.
Mi dedicación a la osteopatía era total, y mis despachos en el centro se habían quedado pequeños. Con mi característica impetuosidad no tardé en encontrar un piso en una prestigiosa calle de la ciudad, un piso modernista, con una gran escalera de entrada. Estaba dando pasos agigantados en poco tiempo, con una mezcla de imprudencia, irresponsabilidad o inmadurez. Construir dos casas y hacer un cambio de despacho al mismo tiempo, arrastrando todos mis miedos, no parecía muy prudente para un joven padre de familia.
Se cumplieron los pronósticos menos deseados: toda aquella prosperidad de Alexander, toda aquella seguridad y fortaleza que demostraba, parecían deshacerse por momentos, o, como mucha gente dice, nunca existieron. Hubo indicios y pruebas de que en realidad era un auténtico timador; había terminado así con todos los últimos clientes que había tenido, pero en ese momento era muy difícil dar marcha atrás.
A día de hoy prefiero pensar que se le complicaron mucho las cosas, que nunca tuvo la intención de perjudicarme. De todo aquel montaje que implicaba que solo tenía que hipotecar una parte de mi casa, me quedó ni más ni menos que un millón de euros a deber en los siguientes cuarenta años. En pleno cambio de despacho, con una familia que mantener, una auténtica ruina económica y una amistad que naufragó. Recibí muchas presiones para demandar a Alexander, porque al hacer dos casas me había convertido en promotor y como ninguno de los industriales habían cobrado, me podían reclamar el dinero que yo ya había pagado al constructor. Había caído en un pozo y no sabía cómo salir de él, pero lo logré. A pesar de todo, todavía me sentía con fuerza. Dejé de pensar en el dinero y me concentré en trabajar. Los años de estudio, de trabajo, de dedicación a mi profesión no habían sido en vano: los pacientes confiaron en mí y, poco a poco, las cosas empezaron a mejorar.
En estos momentos escribo desde el comedor de la famosa casa, consciente de que la vida a veces te enseña lo más importante del modo más crudo. Alexander acabó sucumbiendo a la enfermedad.
APRENDE A
INTRODUCCIÓN
Para mí, la vida es felicidad. Hemos venido al mundo básicamente a disfrutar: la vida son momentos. Estoy tan seducido por este concepto que lo tengo estampado en la pared de la sala de espera de la clínica: «La vida son momentos». El momento anterior no existe y el futuro no ha llegado aún, la vida es un presente y, si la vives con la máxima intensidad, la puedes sentir con muchísima felicidad.
No voy a negar la existencia de obstáculos que nos dificultan el ser felices, pero hay que saberlos comprender como contrastes necesarios y respetar su función formativa y los tiempos de duelo. No debemos ir arrastrándonos, no debemos dejarnos parasitar por el victimismo, hay que disfrutar cada momento. Todo se vuelve más interesante si comprendes que la vida son momentos. Nunca nada es comparable, aunque lo parezca, a vivir en y para el presente. Hay cosas no resueltas porque nos aferramos al pasado y al miedo al futuro y todo esto carga nuestra mochila emocional hasta llegar al desequilibrio físico. Quiero ayudarte a identificar el dolor o el malestar como un mecanismo para cambiar de estilo de vida y para descubrir la grandiosidad de tus propios momentos vitales. La salud es mucho más que la ausencia de enfermedad, y la enfermedad puede ser un puente, un camino, no el destino final.
Me llamo Joaquim Vicent; los amigos me llaman Quim. Si has abierto este libro es porque tienes curiosidad. Si yo lo he escrito es porque a mí también me empujan las ganas de saber. He aprendido cosas que seguramente te pueden servir. He obtenido cierta relevancia en los medios de comunicación por afirmaciones como «Las hernias discales no deberían operarse», «Las fibromialgias y cualquier dolor articular no necesitan fármacos como único tratamiento» o que «La hiperactividad infantil o trastorno por déficit de atención (TDAH) se trata farmacológicamente por ignorancia de las verdaderas causas y el desconocimiento de los tratamientos apropiados». El texto que tienes en las manos me permite explicarme y explicarte a ti también.
Hace ya años que estudié Osteopatía y, de hecho, logré obtener la máxima acreditación en este ámbito. A día de hoy, y como espero hacer hasta mi último minuto, sigo formándome de muchas maneras, también de la mano de los alumnos y pacientes: para mí, la formación continuada es una obligación de todo profesional, sea o no de la salud. La vida académica y el rigor de las ciencias son fundamentales para ser osteópata, pero hay infinidad de cosas que se aprenden mucho mejor en consulta y con la generosidad de los pacientes y los desafíos que nos plantean. Ha llegado un punto en mi existencia en el que me siento dispuesto a compartir con vosotros varias de mis certezas. Algunas pueden parecer obviedades, pero os pido que las contextualicéis porque es el día a día lo que las dota de sentido. Otras son novedades, o hasta donde yo sé, no las he encontrado en otras voces. Pero mi principal objetivo es intentar provocarte para que llegues a tus propias conclusiones.
Un componente importante de la felicidad es estar enamorado de la profesión que uno ejerce. Los afectos y la vida personal son lo principal, ¿qué duda cabe?, pero en el trabajo uno también puede sacar lo mejor de sí porque se siente útil y tiene la posibilidad de disfrutar de grandes resultados.
Mi vocación parte de una motivación muy íntima: la enfermedad de la que falleció un familiar cercano, justo en la época en que debía decidir qué hacer con mi vida, me impulsó a entrar en el mundo de la salud. No quise introducirme de cualquier manera, sino entendiendo el cuerpo humano como una unidad integral. La noción de alianza de cuerpo-mente parte de la base de que nunca hay división; se trata de una unidad integral que defiendo con total convencimiento. Todo conflicto que entra en nuestro cuerpo debería poder expresarse, drenarse y resolverse de alguna manera no enfermiza. Un problema no zanjado puede transformarse en dolor, en falta de energía, imposibilidad de tener nuevas relaciones, un bajón en el rendimiento escolar o las futuras relaciones de nuestros hijos... Todo está conectado, y cuesta distinguir el propio conflicto del dolor. Para mí, resulta fundamental dejar claro que no hay enfermedades, sino pacientes. Las generalizaciones y las etiquetas son útiles hasta cierto punto, pero hay que apartarlas en la consulta para descubrir a la persona con toda su riqueza.
El códico mágico
Toda persona tiene un código mágico, y una de las cualidades que más he trabajado en mi profesión es saber descifrar este código. Conocer esa especie de secuencia permitirá un cambio en lo más profundo de su ser, donde la parte consciente actúa para poder esconder las emociones perturbadas a lo largo del tiempo, dando la posibilidad de que algo (una frase, una manipulación sutil) permita que el propio universo se mueva para que cambie algo de su vida. Nunca, jamás, seremos nosotros los hacedores de este cambio, solo seremos el circuito para este cambio. Resulta difícil de transmitir, como la conciencia, que a todo el mundo le llega pero no todos la ven; por lo tanto os puedo asegurar que nuestros tejidos hablan y nos dicen todo aquello que muchas veces no sabemos ni que existe. He aprendido a escuchar ese lenguaje y a descifrarlo.
Reivindico la escucha con los oídos y gracias a la osteopatía también he desarrollado la capacidad de escuchar con las manos. La mayor parte de los seres humanos no sabemos escuchar. Fijaos en cualquier conversación: la gente suele responder antes de que el otro acabe su frase, es decir, la respuesta está preestablecida independientemente de lo que el otro diga. Tenemos necesidad de ser escuchados. Escuchar, para mí, es fusionarme con el paciente, poner mis manos encima de ella o de él y hacer un solo circuito, respetar lo que el cuerpo necesita sin alimentar mi ego de hacedor terapéutico. Nosotros no cambiamos nada, solo damos la información necesaria para que el cuerpo cambie por sí solo.
Cuando voy a buscar a la sala de espera a un paciente, lo acompaño a mi despacho con una mano en su espalda, haciendo la primera escucha y, después, una vez se ha acomodado, intento empatizar hasta que esa persona tenga claro que he entendido su problema. Hago preguntas que reformulan respuestas dadas, observo el lenguaje no verbal, no me ciño a un guion, sería absurdo. La conversación fluye o no, iluminando, cuando hay suerte, rincones muchas veces inexplorados. No soy inquisitivo, el respeto muchas veces es el detonante de una generosidad ilimitada. La ausencia de juicio ante las experiencias o decisiones tomadas acompaña a la empatía, seguida muy de cerca por la técnica. Ese relato personal es la primera instancia en que el consultante ha sido escuchado, pero lo más importante es la segunda escucha, aquella que se produce con el tejido del paciente, la intuición y la sensibilidad.
Mis pacientes y yo también debemos compartir espacios de silencio, algo imprescindible para ambos. Todo el que pasa por mi camilla tiene que esforzarse por percibir lo que pasa en su cuerpo. Cuanto más consiga la conexión del paciente con sí mismo, más profunda será la terapia y mejor trabajo hará su médico interno y, sobre todo, más duradero. Un síntoma de que la relación terapéutica va por buen camino es la ausencia de incomodidad en los silencios.
Cuando una persona se pone en mis manos me debo a ella plenamente, y el tiempo compartido es un tiempo y un espacio en los que lo que él o ella es constituye lo más importante. Ambos, consultante y terapeuta, recreamos un periodo de plenitud de presencia o mindfulness.
Una vez hemos trabajado juntos creando un relato de preocupaciones, causas, síntomas y deseos, el paciente vuelve a estar en sus propias manos. La cesión de la responsabilidad en la salud del paciente ha de ser pasar muy fugazmente por las manos de los profesionales. No debemos infantilizar a las personas ni generar dependencias, sino empoderarlas para que mejoren y sean también prescriptoras de buenos hábitos.
No os voy a mentir: los osteópatas no somos magos. Nuestra actuación no puede suplir el trabajo que el propio paciente decide desarrollar en su vida. No podemos tomar decisiones por ellos ni convertirnos en sus guardianes.
Mi trabajo consiste en que las personas con las que trato en consulta tengáis una relación más cercana con vosotros mismos. Conocerse y reconocer las propias emociones es parte de un tratamiento que se entrelaza con las manipulaciones del cuerpo, que se queja agobiado por la indigestión, precisamente, de emociones reprimidas. Muchas veces este trabajo paulatino e integrador rescata al paciente de una terapia parcial o muy invasiva en la que no se acaba de reconocer ni sentir protagonista. Un caso muy habitual es el de las intervenciones por hernias discales.
La Organización Mundial de la Salud ofrece unas cifras astronómicas de personas que en algún momento de su vida o incluso a lo largo de toda su existencia sufren dolor de espalda. Los que lo padecen saber que no se debe tomar a la ligera: el dolor de espalda interfiere con la calidad de vida y del trabajo y es el motivo de consulta médica más habitual. Según el Ministerio de Sanidad, el dolor de espalda lumbar encabeza la lista de los problemas de salud crónicos más frecuentes en nuestro país y se calcula que el 80 % de la población va a sufrir dolor de espalda en algún momento de su vida.
Los hallazgos radiológicos y de las tomografías axiales computarizadas o de los escáneres sugieren la realización de una intervención quirúrgica restauradora, pero en muchos casos otro tipo de tratamientos más holísticos ofrecen grandes resultados, evitando cicatrices, dolorosas rehabilitaciones y bajas laborales. Tenemos emociones relacionadas con el sistema nervioso simpático, como son el miedo, la rabia o el asco, y otras relacionadas con el sistema nervioso parasimpático, como la felicidad, la seguridad o la admiración. Llevamos siglos siendo considerados máquinas, pero seríamos máquinas inconmensurables de lectura fácil y compleja a la vez. Todos lloramos, padecemos, disfrutamos y sobrellevamos nuestras contradicciones. Es parte del desafiante proceso de vivir.
Tú, además de tener curiosidad, eres un ser complejo conformado en exclusiva por las experiencias vividas, la personalidad, las decisiones tomadas y las circunstancias. «Yo soy yo y mis circunstancias», decía el filósofo Ortega y Gasset. Me toca a mí decir que yo soy yo y mi boca, y mi postura, y mis síntomas, y los silencios que grita mi cuerpo. Este libro es como yo: sincero, espontáneo y vital. Voy a hacer un esfuerzo para que sea ameno y también esclarecedor. No todo lo que te diga te resonará, al menos ahora, pero sí que en tu manera de ser única y único hay unos puntos de confluencia con otras personas que podrán serte de utilidad. El ser humano es un ser orgánico, biológico, multifacético y casi insondable, pero comparte con su especie la necesidad de saber sobre sus orígenes y de mejorar su presente. Aunque no sepamos verlo, todo tiene un porqué. Vamos a tratar de atraparlo juntos.
Una de las mejores maneras de lograrlo es comprender que algunas cosas a las que apenas prestamos atención, porque las damos por hechas, pueden ser fuente de salud, pero también de enfermedad. Es el caso de la respiración. Estoy convencido que la salud va de la mano de la correcta oxigenación. A las células no les llega el oxígeno suficiente por múltiples causas y por tanto se generan múltiples disfunciones. Me propongo restablecer el flujo de intercambio metabólico y hacerlo atendiendo a la persona en su integridad, a la enfermedad en su especificidad y en su origen. Es increíble que dependamos tanto de algo a lo que prestamos tan poca atención.
Cuando respiramos de manera refleja, solo aprovechamos una pequeña parte de nuestra capacidad pulmonar. En cambio, si ponemos consciencia en el movimiento, conseguiremos respirar de manera profunda, dejando espacio para que el diafragma pueda subir y bajar sin obstáculos y que los pulmones se llenen por completo en cada inhalación y eliminar la máxima cantidad posible de dióxido de carbono. Esto nos asegura una oxigenación plena de los glóbulos rojos y los tejidos, lo que mejora todas nuestras funciones corporales.
La importancia de la respiración
Una persona adulta con un peso medio de 70 kilos suele tener un ritmo respiratorio de doce inhalaciones y espiraciones por minuto, así que al cabo del día habrá llevado a cabo unas 17.280 respiraciones. En ese periodo el aire inhalado tendrá un volumen de 8.640 litros, cifra que deberíamos reajustar esa cifra si se realiza una actividad deportiva prolongada e intensa o se produce una alteración emocional de las que quitan el aliento o de las que aceleran el ritmo cardiorrespiratorio. Si algo que hacemos tantas veces al día lo hacemos mal, ¿cómo podemos esperar que nuestro maravilloso organismo, por mucha capacidad que tenga de autorregulación, autosanación y homeostasis, pueda mantenerse sano?
El mayor antídoto contra la impulsividad, y contra las malas decisiones, es respirar. Las emociones, al inundarnos, limitan la capacidad de lectura e interpretación de los hechos. Por lo tanto, en demasiadas ocasiones optamos por llevar a cabo acciones erróneas u omitimos las apropiadas a tenor de la ignorancia de factores relevantes. Así que cuando decimos a alguien que se calme lo mejor que podemos sugerirle es que respire. Y que lo haga bien, de modo consciente, prestando atención a cada paso del arco respiratorio... a partir de ahí se calmará. Pero debemos tener en cuenta que tenemos varios diafragmas, y el bloqueo de al menos uno de ellos puede hacer que te sea complicado oxigenarte, en cuyo caso es importante que te pongas en manos de un buen profesional.
Otra fuente de conflicto que puede disminuir nuestra salud es la gestión del tiempo. Vamos todos como el famoso conejito mecánico de una vieja publicidad sobre pilas alcalinas. Las tareas con las que vamos armando nuestra cotidianidad son causa o efecto de una falta de reflexión sobre nosotros mismos y nuestras necesidades. No digo nada nuevo cuando lamento que las jornadas no tengan más de veinticuatro horas y los fines de semanas sean solo de dos días. Tampoco sobre cómo nos cuesta cada vez más desconectar, sobre todo gracias a los teléfonos inteligentes que parece que nos han convertido en sus asistentes en lugar de ser estos los que nos ayuden. Sí que es cierto que poder contar con una pequeña oficina entre las manos nos desengancha de un espacio físico concreto, pero mentalmente nos atrapa como al preso de los tebeos, con la bola de metal atada a los tobillos por un grillete.
Además de ajustar el cuerpo y despejar de bloqueos el necesario flujo natural, muchas veces en la consulta trabajamos con el manejo del propio tiempo, de la propia voluntad y los propios deseos. Como apuntaba hace unas líneas, el modo en que se respira dice mucho de cómo se vive. Una respiración incompleta, superficial, atropellada habla de ansia de cantidad y no de calidad, de número, pero no de eficacia. Tomar conciencia de la propia respiración tiene un efecto determinante en la autoconciencia. Vivimos proyectados hacia el futuro y hacia el pasado, pero el presente se nos escapa como el agua entre los dedos.
LAS CUATRO PATAS DE LA SALUD
La salud es una silla de cuatro patas, ningún soporte es más importante que otro y trabajan de manera interconectada:
• Postura-boca.
• Salud intestinal-salud hormonal.
• Sistema inmunitario.
• Emociones.
Cada persona tiene una base, unos cimientos que están sostenidos por estas patas; cualquiera de ellas puede desequilibrar o perturbar nuestra salud, pero si fallan dos patas, esta caerá seguro.
La postura de un paciente nos revela cosas sobre su situación emocional, pero las emociones no solo pueden ser perturbadas por experiencias vividas y no digeridas, sino también por una mala salud intestinal, que hace imposible que se genere un neurotransmisor fundamental para nuestro estado de ánimo: la serotonina, el 70-90 % de la cual se fabrica en nuestro intestino y sin la cual es difícil ser felices y tener seguridad en la vida.
Visualizar al paciente cuando está en la sala de espera ayuda mucho a prever parte de sus necesidades emocionales. Observar su postura en un momento de calma, si cruza o no las piernas, si tiene los hombros encorvados, si tiene la cabeza en extensión o flexión. Obviamente una primera visita requiere una exploración biográfica: qué dice, cómo lo dice y

Las cuatro patas de la salud.
su lenguaje no verbal, después de una historia de vida bastante extensa; ahí es donde creo que tengo que conectar con el paciente. En algunos casos, una manipulación puede sustituir unos hábitos, porque hay muchos pacientes que no están dispuestos a cambiar de forma inmediata, tienen que ver los cambios en su cuerpo y volverse a motivar... Por ejemplo, a veces me llegan pacientes que han recorrido varias consultas de osteópatas, fisioterapeutas o incluso médicos y ya llegan desmotivados. Así que el primer punto es motivarlos para conseguir la confianza; empatizar con el paciente para que sepa que lo hemos entendido.
El hábito es muy importante para mejorar muchas patologías; la actitud del paciente puede ser una respuesta en sí misma de cómo se encuentra. Valorar esta actitud ayudará al diagnóstico. Es muy importante no juzgar y no pensar que hay una actitud mejor que otra a la hora de tratar a un paciente. Aceptación completa: hay que tener claro que todo pasa por algo. La perturbación de la salud es no aceptar en qué emoción nos encontramos ahora o qué emoción encapsulamos ya en el pasado por no saber afrontarla, como un mecanismo inconsciente de protección emocional. La lesión viene con un actuar de diferente manera a cómo nos sentimos; aquí empezará el desequilibrio entre nuestra parte física y la emocional porque somatizaremos nuestras emociones negativas.
Te propongo una serie de preguntas para que reflexiones sobre tu perfil personal:
• ¿Eres de los que fluctúan entre el blanco y el negro, sin apreciar los grises?
• ¿Esto que te está alterando tanto ahora mismo, mañana a esta hora te importará?
• ¿Ha pasado en otras ocasiones que cosas que te han sacado enormemente de tus casillas ya no las recuerdas o no eran como te pareció en un primer momento?
• ¿Quién te ha dado el patrón de la impulsividad?
• ¿Admiras a alguien por su indolencia?
Siempre, en todas las emociones, hay que pensar que todo pasa; tenemos que sonreír y ser felices. Dice un frase célebre que la felicidad no es una meta sino un camino. Propongo tomar distancia de las valoraciones extremas, tomar conciencia de que un juicio prematuro sobre lo que tenemos delante, sin más herramientas que el pasado aciago o un futuro pesimista, nos impide disfrutar del momento. Por ejemplo, de este momento, en el que tú me lees y yo escribo.
Este libro pretende ser tu cómplice para que seas más y mejor tú mismo. Igual es muy ambicioso, pero asumo el riesgo de compartir contigo lo que he aprendido todos estos años en los que he tenido la suerte de encontrarme con personas como tú y como yo que buscan soluciones para sentirse bien con ellos mismos y con el entorno. Lo que no es este libro es un manual terapéutico exhaustivo y sesudo que pretenda formar a nadie en las disciplinas que he ido incorporando a mi potencial terapéutico. En realidad, el potencial terapéutico es un patrimonio universal; por el hecho de estar vivos y de tener capacidad de percibir y de sentir podemos sufrir y también disfrutar. Cuando alimentamos el sufrimiento nos perdemos mucho de lo que aporta la vida, así que también estamos preparados para reparar lo dañado y recuperar con más fuerza la capacidad de experimentar placer. Los terapeutas debemos ser como los catalizadores (¿recuerdas las clases de química de bachillerato?): los catalizadores hacen posible la reacción química sin aparecer después en el resultado. Durante estos más de quince años en las consultas, en las clases, en las salas de conferencias, he visto muchos potenciales interactuar con la forma de conocimiento apropiada. A veces se trataba solo de reconectarse porque ya se poseían todos los elementos, pero hacía falta ese empujoncito que un osteópata, posturólogo, psiconeuroinmunólogo y un terapeuta holístico pueden proporcionar.
El texto jamás puede sustituir una consulta cara a cara, y te va a exigir una mayor implicación personal porque no tengo la suerte de conocer a todos los que me leéis. Resulta paradójico que siendo alguien a quien le gusta escuchar las palabras, los gestos y las posturas, me vea privado de todo ello en el formato de un libro. He creído que dejar por escrito parte de lo que soy como profesional puede ayudarte. Pero eres tú quien tomará libremente el camino siguiendo la hoja de ruta que te voy a indicar.
Del aprendizaje permanente que implica la vida plena obtenemos el conocimiento. El modo en que la existencia toma una dimensión emocional es el sentimiento. Aunque no sea muy ortodoxo etimológicamente a mí me gusta decir que CON-SENTIRSE (en su acepción de permitirse) es la clave de la salud.
Con este libro pretendo, simplemente, crear un interés, algo que para mí es una de las emociones que te pueden permitir aprender algo desde la raíz. Con esta intención y junto con el conocimiento adquirido en estos últimos quince años, el sentimiento que llevo dentro, por la mochila emocional que llevo desde mi nacimiento y sumando estas maravillosas sílabas de estas dos palabras (conocimiento + sentimiento), me consiento, me permito escribir este libro para todos vosotros con la misma pasión con la que me entrego a todo lo que amo y a todo en lo que creo.
Tendemos a explicarnos de delante hacia atrás, pero todos sabemos que la vida no es lineal y quien tú eres, aquí y ahora, es un punto de lo que fuiste; y lo que serás, parte de tus padres, que también fueron hijos, y serás parte (si lo deseas) de tus propios hijos. Vamos a partir de ti, del tú de ahora. Y retrocederemos hacia tu infancia y tu gestación para que comprendas lo que juntos podemos hacer.
Espero que cuando acabes este libro puedas comprender qué pueden hacer por ti la osteopatía, la posturología y la psiconeuroinmunología, doctrinas que desarrollo en mi consulta porque sinceramente creo que apuntan a lo importante que es tu salud y la conciencia de que tienes mucho que ver con ella y con tu felicidad.
Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y esa, solo esa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas.
PABLO NERUDA
1
EL ARTE DE ESCUCHAR EL CUERPO
CON LAS MANOS
La osteopatía es una aproximación terapéutica que comprende el cuerpo como un todo. Privilegia lo táctil sobre lo visual. Convierte a la mirada en táctil; a las manos, en protagonistas principales del diagnóstico de los desequilibrios de los diferentes estratos del organismo: emocionales, sistema nervioso vegetativo, vasculares, estructurales, viscerales o neurales.
Las manos permiten la valoración en cantidad y profundidad de las alteraciones que se puedan hallar entre estructuras internas como consecuencia de un daño puntual o continuado sobre el cuerpo o la psique de una persona.
La meta de la osteopatía es descubrir y liberar los flujos bloqueados. Donde no hay fluidez en la energía, la salud se resiente. Las manos adiestradas son las mejores herramientas para captar ese bloqueo y para favorecer su liberación. «Cada acción tiene su reacción»: este principio de la física es especialmente cierto cuando afrontamos escrupulosamente el reto de comprendernos. Nos quedamos maravillados frente a su complejidad y ante el talento del organismo a la hora de conseguir el equilibrio.
Ahí es donde entra mi apuesta por la forma de encarar la sanación de Andrew Taylor Still, padre de la osteopatía. Él descubrió, desarrolló y se comprometió con un modo de observar el cuerpo humano y respetar las leyes de la naturaleza. Podríamos buscar variaciones en la etimología; la podría haber llamado osteología y no osteopatía, pero sus intuiciones le permiten hacerse perdonar esta impresión lingüística. Como médico, Still defendió que los fármacos no podrían ser la base de la medicina; divulgó nuestra disciplina convirtiendo la osteopatía en una ciencia muy respetada y no en algo «de curanderos», como la querían catalogar muchos galenos de esa época.
De la osteopatía es importante destacar su contribución a la curación y alivio de enfermedades dolorosas de partes blandas, locomotrices, circulatorias, etc. Es una aproximación que no daña, con pocas contraindicaciones y con suficientes éxitos acumulados para ir camino de los ciento cincuenta años desde su aparición y desarrollo. La osteopatía se basa en tres principios:
1. La homeostasis.
2. La unidad del cuerpo.
3. La interrelación de la estructura con las funciones.
Tenemos fe plena en la capacidad de los seres vivos para autorregularse, para autodefenderse y para autosanarse, y el osteópata lo «único» que hace es liberar de bloqueos al sistema para que pueda ponerse en marcha normalmente.
Si tras la oscuridad medieval los ilustrados se vieron obligados a seccionar el conocimiento como medio para hacerse con el saber, los osteópatas reparamos la brecha asumiendo la integralidad de la función, estructura y salud humanas. En el siglo xix los primeros osteópatas supieron reconocer la capacidad homeostática del cuerpo y cómo los problemas tenían su origen en muchos esfuerzos compensatorios de traumas físicos o emocionales.
¿Qué es la osteopatía?
La osteopatía es una aproximación terapéutica que comprende al cuerpo como un todo, fijando su atención en los desequilibrios estructurales, viscerales y/o craneales. Su meta es descubrir y liberar los flujos bloqueados, ya que la ausencia de fluidez implica afectación de la salud. Las manos adiestradas son las mejores herramientas para captar los bioestancamientos y para favorecer su liberación. Para los osteópatas la estructura gobierna la función, es decir, que todo nuestro cuerpo tiene que estar en equilibrio, tanto nuestros huesos como nuestras vísceras, para que puedan desempeñar óptimamente su función. Buscamos la máxima regulación orgánica como garantía de salud. En resumen, podríamos definir la osteopatía como la recuperación de todos los parámetros de movilidad, respetando un orden jerárquico del sustrato afectado, es decir, si tenemos un nervio afectado, nuestra musculatura (mesodermo) estará afectada para protegerlo, pero si tenemos nuestras emociones afectadas, cada una de las capas de nuestro cuerpo también lo estarán.
Cada vez se reconoce más la labor que realiza el osteópata dentro del conjunto de profesionales de la salud. Aunque su medio natural es la consulta de Atención Primaria (es decir, la consulta del paciente ambulatorio que asiste al despacho del osteópata para tratarse), el profesional de la osteopatía también colabora en el abordaje de las necesidades de pacientes hospitalizados. Igual que tejidos, arterias, venas, capilares, tendones, articulaciones, huesos, cartílagos, etc., se integran, el osteópata puede formar parte de un equipo integral que piensa en la persona como un todo, en el que las funciones y sus alteraciones deben explicarse en su complejidad.
Cuando estudiamos osteopatía, constituimos una triple división:

Pero hacer una buena osteopatía consiste en integrar las partes de esta división entre ellas para poder equilibrar a nuestros pacientes, sea cual sea su disfunción.
Estructura. Uno de los principales fundamentos de la osteopatía es que la estructura gobierna la función, es decir, que todo nuestro cuerpo tiene que estar en equilibrio, tanto nuestros huesos como nuestras vísceras, para que puedan desempeñar su función. Si, por citar algunos ejemplos, tenemos la cuarta costilla bloqueada, podemos sufrir taquicardias; o si nuestro hígado no tiene una correcta motilidad (movimiento inherente de la víscera) no podrá desempeñar sus múltiples funciones. Es necesario recuperar la movilidad y la motilidad de las vísceras para que puedan desempeñar correctamente sus funciones.
Visceral. El trabajo visceral es importantísimo dentro de la osteopatía; muchas lesiones musculares o articulares son de origen visceral. En una sesión osteopática y tras hacer una visión integradora del paciente, intervendremos siempre en la causa que predomina, con las técnicas que consideremos oportunas: una manipulación exclusivamente vertebral, un trabajo visceral o un trabajo craneal.
Craneal. Upledger, que fue un osteópata muy reconocido del que hablaré más adelante, padre de la terapia craneosacral, decía que desde el cráneo puedes trabajar diferentes disfunciones del cuerpo; pero al hablar de osteopatía no nos limitamos al trabajo craneal, sino que integramos también el trabajo estructural y visceral.
Entonces ¿en qué me puede ayudar la osteopatía?
Los osteópatas, observando con los ojos y con las manos, detectamos bloqueos que desaparecen una vez manipulados con distintos ejercicios de presión, pinzamiento, liberación y compensación. Según la cronicidad de los bioestancamientos, tardamos una o más sesiones. Como la estructura, el órgano y las vísceras están correlacionados para resolver una disfunción, debemos remitirnos al origen y manipular a distancia del síntoma. Es raro que una única sesión resuelva un problema de años, pero sí que es posible que, con unas pocas horas, las suficientes para que todo el organismo se adapte a la liberación del bloqueo, podamos transformar la percepción de la salud que tienen los consultantes y más si a las visitas incorporan modificaciones en el estilo de vida.
Podemos tratar o ayudar con éxito:
• Lumbalgias.
• Hernias discales.
• Cefaleas.
• Dolores articulares.
• Trastornos infantiles secundarios al alumbramiento y las primeras fases de la vida.
• Enfermedades autoinmunes.
• Estados prologados de cansancio y falta de vigor.
• Afecciones que cursan con malestar inespecífico pero permanente.
• Dolores abdominales y trastornos de la digestión.
• Afecciones del aparato sexual y reproductivo.
• Procesos inflamatorios.
• Tratamientos que mejoran el bienestar neonatal tanto tras el alumbramiento eutócico y especialmente el que ha presentado complicaciones.
• Tratamiento en niños y adolescentes con trastornos del sueño, de la atención o del aprendizaje.
• Expertos en trastornos resistentes a tratamientos convencionales.
LOS PROBLEMAS DIGESTIVOS Y SU RELACIÓN
CON LA HERNIA DISCAL
Michel Stephan, mi mentor, aniquiló todas estas creencias que acabo de mencionar y que son un mantra para tantos colegas. Estaba trabajando en una clínica radiológica, en el servicio de TAC (tomografía axial computarizada), cuando decidí llamarle para contrarrestar una información que había recibido en mis últimas clases de osteopatía visceral. Deberás perdonarme que no me ahorre hablarte de Michel, pero es lo que siento que debo hacer, porque fue capaz de atraparme intelectualmente oyendo cómo rectificaba una de las leyes fundamentales de la osteopatía: afirmaba que era la función la que gobernaba la estructura y no al revés. Es decir, si tu aparato digestivo no funciona bien, o si tienes alguna interferencia en la boca, podrías padecer una hernia discal, fibromialgia o dolor articular, por ejemplo.
Cuando me detuve a leer el currículum del doctor Stephan, casi me caigo de la silla. O estaba delante de uno de esos locos intelectuales que solo encuentras una vez en la vida, o estaba delante de un mago de la medicina biológica. Por suerte, Michel es las dos cosas y hace doce años me adoptó como su discípulo. Gracias a su maestría entiendo el intestino como un segundo cerebro. No en vano, en muchas hernias discales simplemente rehabilitando el intestino la sintomatología discal desaparece, razón de más para ser muy prudentes a la hora de aceptar ser intervenidos. Por suerte, cada vez hay más médicos traumatólogos que entienden las intervenciones de la columna vertebral como la última opción.
Desde mi punto de vista, no puede hablarse de última opción si antes no se ha visitado a un osteópata experto, que con todas las pruebas diagnósticas oportunas y una o dos exploraciones rigurosas descarte su aportación. Yo, en casos de hernias discales, intento modificar los hábitos alimentarios y busco interferencias en la boca, la salud intestinal y también en la parte postural. Por lo general se ve una clara mejoría al cabo de una o dos semanas de sesiones. Desde la primera sesión el paciente se encuentra mucho mejor, pero la media de tratamiento que realizo a nivel integral cuando hago una revisión de todos los parámetros sería de cuatro a ocho semanas. El paciente, en unos 15 o 20 días, empieza a hacer vida normal. También es muy importante entender que tratamos personas y no hernias discales... esto es fundamental y podría modificar la respuesta.
Con Michel debatimos experiencias muy interesantes. Una de ellas tenía lugar cuando atendíamos a pacientes afectados de hernia discal L4-L5 (es decir, entre el cuarto y quinto espacio discal lumbar). Lejos de querer averiguar muchas más cosas, me decía «no pierdas tiempo Quim, vete directamente a mejorar su digestivo». Imagínate, yo era un joven que había estudiado seis años de osteopatía, con manipulaciones directas vertebrales (los famosos chasquidos en el cuello) y mi maestro, con una única frase, me lo desmontaba todo. Le pedía argumentos racionales constantemente, pero al seguir su consejo comprobaba indiscutiblemente con mis propios ojos que él estaba en lo cierto y que sus ideas funcionaban. No se extendía en explicaciones; eso sí, siempre mirábamos el estado de la boca: qué tipo de mordida había, posibles infecciones, quistes, etc., y él insistía en que me dejara inundar por la evidencia, y con mis conocimientos me daría cuenta de estas cosas. A día de hoy, en que se habla tanto de la psiconeuroinmunología, os puedo asegurar que de analíticas con los linfocitos alterados, de valores óptimos de vitamina D, de la necesidad de magnesio y de vitamina B para que el hígado pueda desintoxicar las hormonas de estrés, los estrógenos... de todo esto y mucho más ya me hablaba Michel hace más de diez años.
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