Read the book: «Historias. Libros I-IV»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 38

Asesor para la sección griega: C ARLOS G ARCÍA G UAL .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de esta obra ha sido revisada por J UAN M ANUEL G UZMÁN H ERMIDA .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1991.
P RIMERA EDICIÓN , 1981.
ISBN 9788424930660.
INTRODUCCIÓN
I. VIDA DE POLIBIO
1. En la batalla de Pidna, en el año 168 a. C., el cónsul romano Paulo Emilio venció al rey Perseo de Macedonia. Este acontecimiento fue trascendente para la Hélade, en general, y crucial para Polibio: un año más tarde, en el 167, es llevado como rehén a Roma por no haberse mostrado abiertamente filorromano en dicha batalla. La vida, pues, de Polibio queda así dividida en dos grandes etapas: una anterior, en su patria y como hombre de acción y con mirada hacia el futuro; la otra, posterior, en Roma, como hombre de análisis y con mirada histórica y retrospectiva. El año 168, pues, es determinante en la vida de Polibio.
2. Su fecha de nacimiento 1 la podemos situar entre 210 y 200 a. C. Ello se deduce de los siguientes datos: a) Polibio fue elegido embajador 2 , en misión diplomática ante Ptolomeo V Epífanes, con su padre Licortas y Arato, hijo del famoso Arato de Sición, en el año 181 y «cuando —se dice textualmente— aún no tenía la edad legal»; b) Polibio fue nombrado hiparco 3 de la Liga aquea en el año 170. Ahora bien, dado que, según doctrina común 4 , era inadmisible participar en asambleas federales antes de los treinta años, parece congruente deducir que Polibio no pudo nacer antes del 210, pues en ese caso ya tendría la edad legal para ser embajador, pero tampoco después del año 200, porque entonces habría sido hiparco antes de la edad de treinta años y embajador a los diecinueve, una edad demasiado ilegal.
3. Sin embargo, cabe precisar algo más dentro del margen de tiempo entre 210-200. Y ello, porque hay que suponer que tenía al menos dieciocho años cuando se encontró 5 en Sardes con Quiomara, la mujer del rey galo Ortiagonte, encuentro que, en opinión de Mioni 6 , se sitúa en el año 190-189. Puede deducirse, en consecuencia, que Polibio nació hacia el 209 ó 208 a. C., fecha bastante diferente de la propuesta por Walbank 7 , que defiende con argumentos no muy convincentes que Polibio no pudo nacer antes del año 200. Y si la fecha del 209 ó 208 de su nacimiento se combina con la noticia de Ps. Luciano 8 de que el historiador vivió ochenta y dos años, entonces Polibio debió de morir hacia el año 127 a. C.
4. Polibio nace en Megalópolis, capital de la Liga aquea, en Arcadia, región ideal de la poesía bucólica. Fue hijo de Licortas, un hombre honrado, hiparco 9 en el año 192 y estratego en el 184-182. Fue, de otro lado, discípulo de Filopemen, militar consumado 10 , que luchó en Selasia 11 en el año 222, completó la obra de Arato 12 , reformó el ejército aqueo 13 y fue considerado como un auténtico hombre de estado 14 en la segunda centuria. El ambiente familiar, pues, no podía serle más propicio y adecuado para adquirir una formación política y militar.
5. Sin embargo, los estudiosos hablan también de una formación literaria y filosófica de Polibio. En este punto todas las precauciones son pocas. Desde luego en su obra se dice que había estudiado música 15 y que le gustaba la medicina y la geografía. Igualmente, el propio Polibio hace referencia, ya a poetas célebres, como Homero, Simónides, Píndaro y otros, ya a historiadores como Heródoto 16 , Tucídides 17 , Jenofonte 18 . Con todo, estas citas y alusiones no deben entenderse en el sentido de que Polibio poseía una educación literaria profunda. Una cultura dada genera un ambiente del que, sin necesidad de un conocimiento directo, cualquier hombre de formación media participa. Cuestión muy diferente implica las alusiones a historiadores como Timeo, Filarco, Teopompo y Éforo: a éstos los estudia y critica desde una concepción historiográfica propia.
6. Y se ha discutido hasta la saciedad si esta concepción historiográfica propia la elabora Polibio desde posturas estoicas o peripatéticas. Me inclino a pensar, frente a autores como Hirzel 19 y otros, que si hoy hay que hablar de una concepción filosófica, ésta debe ser la filosofía peripatética. Pues, de un lado, en general cita a autores peripatéticos, como Aristóteles, Teofrasto y Dicearco y, de otro, Megalopolis recibe un código de leyes elaborado por el peripatético Prítanis 20 . Y, además, la fórmula básica 21 de cuándo, cómo y por qué, con la que quedan enmarcados los hechos históricos, remeda de cerca las célebres categorías aristotélicas 22 .
7. Ello no quiere decir que Polibio conociera a fondo la filosofía de Aristóteles ni que desconociera totalmente la doctrina estoica. Pero sí parece que su concepción historiográfica se conjuga y se explica mejor a partir de los postulados de la filosofía peripatética, porque incluso el contenido de Fortuna, del que tanto se insiste como de procedencia estoica, se ve racionalizado en Polibio.
8. De su ambiente familiar podría deducirse que Polibio intervino intensamente en la vida política. Sin embargo, aparte su nombramiento de embajador, en el año 181, ante la corte de Ptolomeo, su actividad política se reduce a los años 170-168. En el 170 es elegido hiparco de la Liga aquea. Pero es un momento clave: por entonces se desarrollaba la tercera guerra macédónica, una guerra entre Roma y Macedonia, ciertamente, mas con irradiación a toda Grecia. La Liga aquea, que había manifestado una postura de neutralidad, al fin decide enviar una embajada al cónsul Q. Marcio Filipo poniendo a su disposición el ejército. Polibio marchó en esa embajada. Pero fue demasiado tarde 23 , porque ya el cónsul acampaba en la propia Macedonia y no necesitaba de aliados. Se permitió, incluso, la arrogancia de pedir a la Liga aquea que negara el envío de cinco mil soldados que Apio Claudio Centón, entonces en el Epiro, había solicitado.
9. En el año 168, Paulo Emilio vence a Perseo y todo quedó decidido 24 . Se felicitó al cónsul romano, pero también le fue entregada una lista, en número de mil, con los nombres de aquellos que habían seguido un comportamiento tibio para con Roma. Estos sospechosos, entre los que iba Polibio, debían justificarse en Roma, justificación que duró diecisiete años.
10. Polibio llegó a Roma en el año 167 y en el 150, junto con trescientos prisioneros que aún sobrevivían, recuperó la libertad oficial, sin duda debido a la influencia de P. Cornelio Escipión Emiliano y a la de Catón. Su estancia en Roma, frente a sus compañeros que fueron recluidos en ciudades de Etruria, fue, por tanto, bastante larga, pero en modo alguno dura, es decir, no privada totalmente de libertad.
11. Y debe quedar claro que Polibio gozó en Roma de libertad de movimientos, porque ello implica el que pueda entenderse con ciertas garantías 25 el cómo fueron redactadas las Historias. Las pruebas son bastantes convincentes. He aquí las más significativas: a) A diferencia de los otros rehenes, él se queda en Roma y además entra en el círculo de los influyentes y cultos Escipiones. Llegó a ser maestro 26 de Escipión Emiliano. b) Podía salir de caza con Escipión, según dice el propio historiador, que cita el lugar, esto es, la región 27 de Agnania. Esto sucede en el año 162 y, por la misma época, se permite el riesgo de preparar la huida del príncipe seléucida Demetrio 28 , c) Visitó en varias ocasiones 29 a los locros epizefirios, considerados compatriotas suyos, d) El propio Polibio afirma que hizo el recorrido a través de los Alpes para informarse de las vicisitudes que había sufrido Aníbal cuando éste los cruzó en el año 218. Esta visita debe situarse antes del año 150 como bien opina Pédech 30 . e) Asimismo puede afirmarse que Polibio vino a España en el año 151, en compañía de Escipión Emiliano, a la sazón tribuno militar 31 de Licinio Lúculo.
12. Parece, pues, demostrado que el confinamiento de Polibio en Roma no fue el de un hombre retenido en el Lacio bajo pena de muerte, como opina Cuntz 32 , sino que, por el contrario, gozó de máxima libertad, con la excepción de poder marchar a Grecia. Y no cabe duda de que esa libertad de movimientos le permitió adquirir, ya del círculo culto en que se movía, ya de sus numerosos viajes, un bagaje de conocimientos y noticias, de primera mano, muy útdes para la elaboración de su obra histórica.
13. En el año 150, Polibio regresa a Grecia. Y, claro está, vuelve cargado de evidencias culturales y políticas. No es el mismo hombre que un día tuvo que abandonar su patria. Ahora, de una parte, siente agradecimiento hacia Roma y, de otra, se percata de que Roma, se constituye en atalaya desde la que todo el acontecer histórico del momento recibe explicación. Mas, al mismo tiempo, mantiene vivo su amor a la tierra de sus mayores. De aquí que pueda estar tanto del lado de Roma como de Grecia.
14. Esta bipolaridad personal de Polibio enmarca su actuación a partir de su libertad oficial. Durante la segunda guerra púnica fue solicitado por Roma como experto militar y acudió sin reservas. Acompañó a Escipión Emiliano y así pudo conocer la zona norte de África. Por el propio Polibio sabemos que estuvo presente en el asedio 33 y destrucción de Cartago en el año 146. Pero, mientras Polibio había compartido con su acción el triunfo de Roma sobre Cartago, en su propia tierra, la ciudad de Corinto, orgullosa de patriotismo, caía calcinada bajo el mismo poder, en septiembre del mismo año 146. Y el historiador, en persona, según nos cuenta 34 , asistió igualmente a la quema y saqueo de Corinto: no deja de ser una jugada irónica de la Fortuna. Polibio no aprobó la conducta soberbia de Roma, pero tampoco el comportamiento orgulloso de los griegos.
15. Esta situación casi trágica de los últimos años de Polibio encuentra su síntesis en el encargo que le hizo el Senado de conciliar los derechos de vencedores y vencidos, lo que le permitió volver, una vez más, a Roma 35 . Esta función de conciliador la comprendieron bien los propios griegos, al grabar al pie de una estatua levantada en su honor, en Megalópolis, lo siguiente 36 : «Grecia, de haber seguido los consejos de Polibio desde el principio, no habría decaído, y cuando Grecia erró, sólo él pudo ayudarla algo.» O aquellas otras palabras, en versos elegiacos, que, según Pausanías 37 , rezaban en otra estatua colocada en el ágora de su ciudad natal: «recorrió toda la tierra y el mar, fue aliado de los romanos e hizo cesar la cólera contra los griegos». Nada más congruente y sintético.
16. Poco más se sabe de Polibio hasta su muerte. Según Estrabón 38 , estuvo en Alejandría, probablemente hacia el 140 a. C. También quizá en Rodas, donde consultó los archivos de la ciudad conforme deducen algunos del propio Polibio 39 . Su viaje a Numancia es hipotético, y de acuerdo con la cronología establecida por nosotros, de que murió hacia el año 127, muy poco probable 40 .
II. LA OBRA DE POLIBIO
A) Estructura de las «Historias»
1. Polibio es conocido por su magna obra las Historias. Cierto es que escribió tratados menores, de los que no ha sobrevivido nada. Lo sabemos ya por el propio Polibio, ya por otras fuentes: por ejemplo, en X 21, 5-8, dice el historiador que no se entretiene sobre el estratego Filopemen, porque acerca de él ya ha compuesto una monografía en tres libros. Al respecto, resulta interesante observar que este tipo de tratados, aunque no subsista fragmento alguno, tuvo su influencia. La vida de Filopemen de Plutarco está basada fundamentalmente en el tratado de Polibio, de tal suerte que Pédech 41 ha podido, creo que con éxito, reconstruir, a partir de la de Plutarco, la de Polibio. Con todo, no siempre el caso es tan simple. A veces los estudiosos deducen consecuencias arriesgadas a partir de hipótesis. La obra La Guerra de Numancia, que Cicerón atribuye a Polibio y sólo por aquél es mencionada, no resulta seguro que Polibio la hubiera escrito. Sin embargo, sobre esa hipotética obra se analizan las fuentes de La Historia de Iberia de Apiano 42 , lo que, de otra parte, indica la autoridad que los estudiosos han atribuido a Polibio en materia historiográfica. Autoridad fundamentada en su gran obra histórica.
2. Las Historias fueron divididas por su autor en cuarenta libros 43 . De ellos se conservan completos los cinco primeros; del VI al XVIII se disponen de extractos antiguos, amplios y en los que se registra el libro al que pertenecen los extractos, lo que garantiza su orden propio. A partir del XVIII sólo se conservan fragmentos que provienen de los florilegios realizados por orden de Constantino Porfirogéneta 44 .
3. La obra polibiana narra la realidad histórica que va desde el año 265, comienzo de la primera guerra púnica, hasta el año 146, final de la tercera guerra púnica y destrucción de Corinto. Ésa es la realidad histórica y el período narrado por Polibio en cuanto resultado. Pues, desde el punto de vista del propósito original del historiador, esa realidad, en cuanto totalidad, no fue concebida así; le que implica revisión de propósitos sobre la misma elaboración de las Historias. Y esta programación y revisión la proporciona el propio Polibio ya desde el libro primero 45 y de forma detallada en los tres capítulos del libro tercero 46 . Su esclarecimiento tiene gran interés.
4. El propósito central fue historiar el período que abarca desde el año 220, comienzo de la segunda guerra púnica, hasta el 168, que coincide con la batalla de Pidna. A la parte de la obra, libros III-XXX, que narra ese período, la llama Polibio «la obra propia» 47 . Pero antes contamos con los dos primeros libros, I-II, que constituyen una especie de «preparación», de «introducción», donde los hechos son narrados por encima y con la intención de que sirvan de antecedentes explicativos de lo que viene después. La realidad histórica de estos dos primeros libros es la que va desde el año 265, y así continúa la Historia de Timeo, hasta el año 220, donde terminan los últimos hechos narrados por Arato de Sición y comienza su obra propiamente dicha, hasta el año 168.
5. Cabe preguntar cómo se distribuye este período real en la obra histórica. Los capítulos segundo y tercero del libro III nos servirán de guía. Y en efecto, de su análisis queda claro que el hilo conductor es la segunda guerra púnica. Todo el libro tercero se dedica al estudio etiológico de esta guerra y termina cuando los cartagineses han invadido Italia y han puesto a los romanos 48 , tras la batalla de Cannas, en un peligro grave. A este peligro alude Polibio con las siguientes palabras: «A continuación —comienzo del libro III—, intentaremos explicar cómo, en esta época, Filipo de Macedonia libró una guerra contra los etolios, tras la cual dispuso los asuntos de Grecia y se lanzó a compartir las esperanzas de los cartagineses.»
6. La obra, en este punto, deja como una atmósfera de amenaza sobre Roma y pasa a narrar los acontecimientos de Grecia y Asia: en Grecia se da razón de la guerra de los aliados, narrada en IV 3-37, 57-58, y V 1-30, 91-106, y que termina con la paz de Naupacto en el año 217. En Asia, se trata de la guerra que se inició en el año 219 entre Antíoco y Ptolomeo Filopator por la Celesiria, narrada en V 31-87, y de la guerra de los rodios y Prusias contra Bizancio, narrada en V 38-52. Por tanto, la atmósfera amenazante con que termina el libro III, se agrava aún más en el IV y V con una posible alianza entre Filipo y Aníbal como, según hemos visto, explícita el propio Polibio 49 . Desde un punto de vista historiográfico, la explicitación alberga un efecto extraordinario en función del libro VI. El historiador, sin duda, quiere resaltar que grande fue el peligro que se cernía sobre Roma, pero mayor y más efectiva fue la uirtus romana que permitió conjurar la amenaza. Y esa uirtus romana, esa virtualidad constitucional y política es la que Polibio describe en el libro VI. Este libro, al igual que el libro XII, constituye una especie de escorzo en la linealidad histórica, pero supone aguda visión de historiador, no sólo por el contenido, sino precisamente por su posición dentro de la obra. Este libro viene a dar razón de por qué la amenaza se tornó éxito: «Aquí —anuncia Polibio 50 , precisamente, al comienzo del libro III—, detendremos nuestra exposición y trataremos de la constitución ro mana; demostraremos luego que las características de esta constitución contribuyeron, al máximo, no sólo a que los romanos dominaran Italia y Sicilia, sino también a que extendieran su imperio a los iberos y a los galos, y además a que, tras derrotar militarmente a los cartagineses, llegaran a concebir el proyecto de dominar el universo.»
7. Esta recuperación ocupa el relato de los libros VII-XV, pues el libro XV pone fin a la guerra anibálica en la célebre batalla de Zama, con lo que el peligro que amenazaba a Roma desaparece. En medio, se narra la conquista de Italia y Sicilia: estas conquistas configuran el trenzado principal que se realiza en los libros VII al XIV; de forma intercalada y en un segundo plano, se historia la conquista de Iberia en VIII 38; IX 11; X 2-20, 34-40; XI 24-33. También la conquista de la Galia cuyo texto no ha sobrevivido. De otra parte, se insertan narraciones, sin duda exigidas en el plano cronológico, sobre la ruina de Hierón, las rebeliones en Egipto y acerca de la ambición de Antíoco y Filipo.
8. Como puede observarse, Polibio, en un primer propósito, polariza su quehacer histórico en torno de Roma y su contexto más próximo hasta la batalla de Zama: los libros III al V presentan los hechos que sitúan a Roma en una situación límite. El libro VI pone en primer plano el vigor y la excelencia de la constitución romana que salva esa situación límite, y los libros VII al XV —excepción hecha del XII— narran los acontecimientos triunfales de Roma hasta la batalla de Zama que son consecuencia de la excelencia de la constitución romana.
9. Mas la victoria sobre Cartago entraña un punto de partida para trazar una nueva dirección historiográfica. Al comienzo del capítulo 51 tercero del libro III, Polibio anuncia que cambiará el escenario histórico hacia Grecia y sus contornos, lo que, en verdad, implica la realización del propósito universalista romano: hasta aquí Roma tenía puestas sus ambiciones en Occidente; ahora, asegurada su posición, mira con fuerza hacia Oriente. Y como no podía ser menos, esta realización se distribuye en tres momentos bien diferenciados. En primer lugar, la segunda guerra macedónica entre Roma y Filipo, habida entre los años 200-197, por la que la hegemonía de Macedonia sobre Grecia se pierde. Su expresión histórica se encuentra en el libro XVI, donde da comienzo; en el libro XVIII 1-12, 16-27, 33-39, donde se narra el período de acción bélica, y en XVIII 42-48, que cuenta el final de dicha guerra.
10. En segundo lugar, la guerra contra Antíoco, entre los años 192-187. En tomo a esta guerra se narra una serie de acontecimientos por los que los romanos adquieren indiscutible supremacía en Asia Menor. Esta guerra y sus acciones paralelas debieron ocupar, en cuanto expresión literaria, los libros XV al XXV. Por último y en tercer lugar, se registra la tercera guerra macedónica con el triunfo sobre Perseo en la batalla de Pidna y la ruina total de Macedonia, entre los años 171-168. Esta última realidad histórica habría sido narrada en los libros XXVII al XXIX. El libro XXX se dedicó a la celebración del triunfo de Paulo Emilio por los propios griegos.
11. Estos tres momentos, en su conjunto, ocuparían, pues, los libros XV al XXX. Y, con ello, termina el programa que había sido trazado en el libro III: en una primera travesía, Roma, en Occidente, logra la victoria sobre Cartago; en una segunda, Roma, en Oriente, logra la victoria sobre Perseo. Y, así, se cum plió «el que los romanos en cincuenta y tres años no completos pusieron bajo su dominio el mundo habitado» 52 .
12. Mas la obra polibiana no termina con la narración de los acontecimientos que cierran el año 168. Polibio decide ampliar su obra hasta el año 146, con diez libros más, hasta el XL. Y da razón del porqué de esta ampliación: de un lado, para explicitar la conducta del vencedor absoluto; de otro, porque fue testigo ocular de los hechos y participó en muchas de las acciones 53 . Sin duda, son razones que la capacidad historiográfica de Polibio no podía dejar de aprovechar. Si bien, desde un punto de vista objetivo, esta tercera travesía implica como el resultado sintético del dinamismo dialéctico de las dos primeras travesías. Pues ahora, en ese período, tanto Occidente como Oriente quedan absorbidos dentro del poderío romano: Cartago es totalmente destruida y Corinto —y, con ello, toda Grecia pierde su libertad— saqueada y arrasada. Roma se torna dueña y señora del mundo conocido. Mas ello lleva una responsabilidad y es, quizá, el modo como se comportó Roma lo que más interesó a Polibio.
13. Sin embargo, esta parte de las Historias ha llegado muy fragmentaria y se vuelve difícil descubrir su estructura originaria. Con todo, parecen seguros los siguientes momentos: que el libro XXXIV constituía una monografía dedicada a describir los lugares conquistados 54 , y que el libro XL, del que no se conserva fragmento alguno, recopilaba toda la obra de las Historias. Y no resulta aventurado aceptar que el libro XXXIV serviría para dividir este período en dos vertientes: la primera, de dominación tranquila por parte de Roma de los estados conquistados, durante los años 168-151; la segunda vertiente, de nuevas alteraciones y alborotos, lo que pudo influir en el cambio que se observa en Polibio respecto a la excelencia de la constitución política romana.
14. He aquí, de manera muy apretada, de un lado, la realidad histórica y, de otro, su conformación historiográfica; un período que va desde el año 265 hasta el 146. Su expresión literaria recorta dicho período en varias facetas: los dos primeros libros, a modo de introducción, los años 265-220; los libros III-XXX, los años 220-168, en dos momentos claros: el primero hasta la batalla de Zama, libro XV, y el segundo, hasta la batalla de Pidna, libro XXX 55 . Y, por último, los libros XXXI-XL, los años 168-146, con la destrucción total de Cartago y Corinto.
B) Fecha de composición de las «Historias»
1. Se trata de un problema difícil y complejo, pues al no disponer de notificación explícita, su análisis debe partir de los datos que la obra proporciona. Y estos datos se encuentran en las alusiones a hechos históricos, en general bien fechados; a los viajes de Polibio y en las descripciones geográficas 56 .
2. Pues bien, la postura que hoy es más aceptada al respecto podría resumirse así: a) Que Polibio comenzó a escribir las Historias en el exilio y, con más probabilidad, hacia su final, b) Que los quince primeros libros los compuso antes del año 146. c) Que los restantes los redactó después del año 146.
3. Esta postura, en líneas generales, puede ser defendida con los siguientes hechos. Respecto al aserto a), de que Polibio no comenzó a escribir su obra antes del año 168, queda claro por el pasaje I 1, 5, donde se dice que el objetivo de la obra es narrar cómo Roma en cincuenta y tres años se hizo dueña de casi todo el mundo habitado. Pero esos cincuenta y dos años terminan con la destrucción del reino de Macedonia. En cuanto al aserto b), que los quince primeros libros fueron escritos antes del 146, parece probado porque, de un lado, se habla de la Confederación aquea como floreciente aún 57 y, de otro, porque, en IV 74, 8, Polibio aconseja a los eleos qíle procuren recobrar su inmunidad al saqueo. Asimismo, porque, en XV 30, 10, se cuenta que los niños en Cartago y Alejandría participan en los tumultos ciudadanos no menos que los hombres. Y, claro es, se vuelven difíciles estas apreciaciones en una Grecia sometida a Roma y en una Cartago destruida. A su vez, en lo que respecta al aserto c), esto es: que los libros restantes, XVI-XL, fueron compuestos después del año 146, se apoya, de una parte, en que no hay indicio alguno de que fueran compuestos antes y, de otra, en que, en XVIII 25, 9 y en XXIX 12, 8, se alude a la destrucción de Cartago. Por lo demás, el hecho es meridiano para los diez últimos libros conforme a lo que hemos dicho 58 .
4. Con todo, debe aceptarse una vez más que esta tesis es admisible en líneas generales. Porque surge una dificultad en la claridad del razonamiento. Me refiero al hecho de que se producen varios pasajes que contradicen esta tesis. De éstos sólo voy a citar cuatro, en la medida en que por oposición esclarecen el razonamiento. Contradicen el aserto b) los pasajes III 4, que presentan las razones por las que se amplía la obra hasta el ciño 146; III 5, que adelanta el programa, y sobre todo, III 32, 2, donde Polibio habla de su obra compuesta de cuarenta libros. Contradice el aserto c) XXXI 11-15: aquí se narra el episodio de la huida de Demetrio. Su descripción es tan viva que no se tiene dudas de que fue escrito al tiempo de su realidad. Ésta sucedió en 162. Pero, según la tesis general, el libro XXXI fue escrito después del año 146.
5. Ahora bien, puesta en parangón la tesis general con estos pasajes que perturban la propia tesis general, la solución que aportan los estudiosos es que dichos pasajes han sido insertados una vez que la obra había sido terminada. Es, desde luego, la solución tópica en este tipo de problemas. Sin embargo, mi opinión 59 , ya expuesta en otra ocasión, difiere en parte. Para mí —y me apoyo sobre todo en el episodio de Demetrio— la elaboración definitiva de la obra no tuvo lugar antes del año 146. Seguro, por supuesto, para los diez últimos libros. Los anteriores, en cambio, y a excepción hecha de I-II, habían ido siendo redactados por partes conforme a la información y las circunstancias de los hechos y, sobre todo, desde la perspectiva del cómputo por olimpíadas. Así Polibio dispuso de un material ya ordenado y en parte redactado. Mas la redacción definitiva, con el ensamblaje de toda la labor previa, tuvo lugar después del año 146. Por tanto, los pasajes que hay que considerar como inserciones tardías no son tales, sino producto de una elaboración total y definitiva. La explicación propuesta no contradice, en realidad, la tesis general, sino que la apoya y da sentido a los numerosos pasajes considerados como inserciones 60 .
C) Concepción historiográfica de Polibio
1. Polibio, dentro de la historiografía antigua, ocupa un lugar destacado por su concepción del fenómeno histórico y su manera peculiar de interpretarlo. Ya desde el comienzo mismo de su obra propia 61 define su posición: «el trabajo y objeto de nuestra empresa consiste única y exclusivamente en escribir el cómo, el cuándo y el porqué todas las partes conocidas del mundo habitado vinieron a caer bajo la dominación romana». Roma, pues, significa la realidad energética que genera las acciones históricas, pero es misión del historiador no sólo captar esa realidad, sino el dar cuenta razonable de los hechos históricamente dados. Para ello, Polibio configura, quizá conforme a modelo peripatético 62 , una especie de categorías que, de forma constante, enmarcan los fenómenos de suerte que éstos se encuentren encuadrados en esas categorías y, a la vez, expliciten su razón de ser. Y esas categorías o dimensiones son modo, tiempo y causa.
2. Cabe, sin embargo, una observación urgente, pues podría parecer que las tres categorías se encuentran en el mismo plano de importancia e, incluso, que se trata de tres dimensiones discretas. Y no es así. La dimensión de causa trasciende a las dos primeras, pues no basta decir cuándo un hecho sucedió, ni tampoco cómo, sino que se hace necesario aclarar el porqué ese cuándo y el porqué ese cómo. El cómo y el cuándo son como los moldes en que se insertan los fenómenos históricos; la causa, por el contrario, no sólo explícita el acontecimiento en sí, sino la forma que toman tales moldes: «afirmamos 63 que los elementos más necesados de la historia... son sobre todo los relativos a las causas».
3. Mas la dimensión de causa se relaciona con otras dos dimensiones, la de inicio y la de pretexto. Su análisis, pues, requiere un enfoque global y no por separado. En efecto, el texto que mejor refleja el pensamiento polibiano al respecto se encuentra en III 6-7. Polibio comenta que algunos historiadores de Aníbal, cuando exponen las causas de la guerra entablada entre Roma y Cartago, aducen como primera causa el sitio de Sagunto por los cartagineses y como segunda el paso del río Ebro. Polibio observa aquí que estos dos hechos son los inicios, pero no las causas. Es como si se admitiera —añade el historiador— que el paso de Alejandro a Asia hubiera sido la causa de la guerra contra los persas. «Éstas son cosas —cito textualmente— propias de hombres que no han descubierto en qué se diferencia y cuánto se contrapone el inicio de la causa y del pretexto. Porque la causa y el pretexto son lo primero de todo, y el inicio, en cambio, la última parte de las mencionadas. Yo sostengo —continúa Polibio— que los inicios de todo son los primeros intentos y la ejecución de obras ya decididas; causas, en cambio, lo que antecede y conduce hacia los juicios y las opiniones; me refiero a nuestras concepciones y disposiciones y a los cálculos relacionados con ellas.»
4. El texto es explícito y no necesita de un comentario exhaustivo. Basta deducir las conclusiones. Y éstas son: a) Que lo más relevante es la noción de causa y que ésta se diferencia del inicio no sólo porque, paradójicamente, es anterior, sino porque está en la base de toda acción, b) Que la causa la constituye una serie de operaciones mentales, ideas, razonamientos, sentimientos, que, apoyándose en la realidad, abocan a una decisión que determina el fenómeno histórico: el que los griegos pudieran retirarse de Asia sin encontrar oposición y el paso cómodo de Agesilao, permiten a Alejandro conformar un plan razonado de marchar contra los persas. La causa, pues, es una operación mental pero no gratuita ni utópica. El inicio, por el contrario, se mueve en el plano de la acción y de lo real; la toma de Sagunto es el comienzo de la segunda guerra púnica. La causa hay que buscarla en las consideraciones de todo tipo que se hacen en tomo al poderío de Cartago y a las aspiraciones romanas. En este nivel teórico se encuentra, asimismo, la noción de pretexto que es el otro término que aparece en el pasaje citado. La noción de pretexto se descubre, ciertamente, en el plano intelectual, al igual que la causa, pero frente a la noción de principio.. Mas la causa da lugar a la acción, mientras que el pretexto justifica la causa y el inicio a la vez: adquiere un carácter axiológico evidente. Alejandro formula como pretexto de la guerra contra Asia el castigar las injurias 64 de los persas contra los griegos.
5. Asi pues, la concepción historiográfica de Polibio se ve teñida de gran dosis de intelectualismo, en la medida en que la dimensión de causalidad reposa en el plano de las ideas y de los razonamientos. Sin embargo, este intelectualismo no implica una formulación tan abstracta como del texto citado podría conjeturarse. Polibio tiene gran cuidado en dejar claro que se trata de una formulación, fruto de su pensar historiográfico, sin duda, y que, en cuanto tal, le sirve de categoría acusadora y explicativa para preguntar a la realidad histórica. De tal suerte que esa formulación recibe contenido concreto e histórico, ya mediante los personajes y protagonistas de los acontecimientos que encaman y proyectan ese plano intelectual, ya mediante las constituciones que permiten que ese plano intelectual se realice.
6. La atribución, pues, de un excesivo intelectualismo a Polibio no es correcto. Lo que acontece es que Polibio es un historiador que, no sólo descubre lo que constituye el contenido del cuándo y cómo, sino que interpreta y, para ello, necesita de categorías formales de pensamiento que, en dialéctica real, encama en los personajes históricos y en las instituciones políticas.
7. En efecto, el individuo, como personaje histórico, es el forjador de un conjunto de operaciones mentales que conforman la dimensión de causa. Se explica que sea llamado «causante» y «responsable» de la acción 65 y se explica, asimismo, que grandes acontecimientos históricos reciban el nombre del agente histórico principal: la segunda guerra púnica es llamada con el nombre de «guerra 66 de Aníbal». Y se habla, igualmente, de la guerra de Cleómenes 67 , de la de Filipo 68 y de la de Perseo 69 . No debe extrañar, por tanto, que un estudio de los personajes históricos en Polibio coincida necesariamente con el análisis de la causalidad histórica, en cuanto que aquéllos son forjadores y encarnan el plano intelectual.
8. Si se opera con inteligencia y con previsión 70 , es probable acertar en el éxito: Antígono es para los lacedemonios causante de los mayores bienes 71 , y Filipo, el hijo de Amintas, es el que da origen a la grandeza del reino de Macedonia 72 . Y, por supuesto, es igualmente válido el caso contrario: si se opera con ignorancia e irreflexión, el fracaso es casi seguro. Claudio 73 fracasa en Drépana porque actúa al «azar y sin cálculo». Perseo emprende sus acciones sin congruencia y con falta de cálculo, y ello le conduce al fracaso total.
9. De otra parte, la causalidad histórica alcanza también su plasmación real en las constituciones políticas. Polibio concede, en su obra, particular atención a este tema, si bien deben distinguirse dos aspectos fundamentales. El primero, la constitución como plasmación de causalidad y su mutua interacción. El segundo, la constitución política en sí, en cuanto se analiza su origen, su composición, perfección y evolución, aspecto este último tratado de forma original en el libro VI.
10. Tocante al primer aspecto, el capítulo segundo del libro VI (y en concreto los parágrafos 8-10) es revelador. Dice textualmente: «lo que atrae y reporta utilidad a los estudiosos es precisamente el estudio de las causas y la elección de lo mejor en cada caso. Pues ha de considerarse en todo asunto como causa suprema tanto para el éxito como para el fracaso la estructura de la constitución política, pues de ella, como de una fuente, no sólo surgen todas las intenciones y proyectos de los actos, sino también el resultado». Este texto 74 desmiente de raíz la opinión de Hercord 75 de que Polibio es poco explícito respecto a la interacción entre constitución política y causalidad. Aquí, por el contrario, Polibio defiende que la constitución política es no sólo causa histórica, sino causa suprema, en la medida en que es fuente de la que surge el plano intelectual, donde se forjan las operaciones mentales de que hemos hablado. El resurgir de Roma después del desastre de Cannas se debió a la constitución romana, y la Liga aquea logra la adhesión de todo el Peloponeso gracias a sus leyes.
11. Mas tampoco la constitución es una formulación abstracta. Pues «los fundamentos 76 de toda constitución son las costumbres y las leyes. Porque —se añade 77 más adelante— cuando observamos que las leyes y costumbres de un pueblo son acertadas, juzgamos sin temor que por ellas sus hombres también serán rectos y su constitución acertada.» De nuevo se observa en Poübio esa dialéctica real de relación entre plano intelectual y realización concreta. Es más, Polibio llega a puntualizar que una constitución casi perfecta como la romana, si no hubiera dispuesto de hombres como Escipión que la proyectaran con su virtualidad en la realidad histórica, habría rendido muchos menos éxitos a Roma 78 . El hecho queda demostrado por las derrotas de Roma ante Cartago hasta la llegada a escena dé Escipión.
12. Tocante al segundo aspecto, esto es, al análisis de la constitución política en cuanto a origen, composición y evolución, Polibio le dedica el libro VI de su obra. El tema es complejo y aquí sólo lo esbozamos. Para un estudio más detallado remito a K. von Fritz 79 , cuyo trabajo, pese al título, está dedicado casi enteramente a Polibio. También a K. F. Eisen 80 y a un artículo mío 81 , donde hago un estudio de tipo filológico concreto. Pues bien, Polibio dedica la parte central del libro VI a la descripción de la constitución política romana. Pero observa que dicha constitución es una resultante a partir de estadios anteriores y de combinaciones de regímenes más simples. Al estudio de estos estadios y elementos simples, a su devenir cíclico y a la constitución mixta se dedican los diez primeros capítulos del libro. En primer lugar, el autor presenta y discute el número de elementos simples que habrán de intervenir en el proceso cíclico y ofrece 82 como constituciones simples y originarias, «la realeza», «la aristocracia» y «la democracia». Todas ellas históricamente documentadas. Sin embargo, Polibio se hace una objeción: que, de un lado, las tales constituciones no son las mejores y más perfectas, pues la constitución óptima resulta del sincretismo de lo más pertinente de las tres mencionadas. Se refiere, por supuesto, a la constitución mixta. De otro lado, que tampoco son las únicas, porque se realizan otras, semejantes en apariencia, pero que objetivamente conforman su degradación, como «la tiranía», «la oligarquía» y «la oclocracia». Se trata, pues, de dos series paralelas, cada una en su nivel ético, que se corresponden en sentido vertical: a la realeza corresponde la tiranía; a la aristocracia, la oligarquía, y a la democracia, la oclocracia o gobierno desordenado de la muchedumbre. Y es en esta correlación donde se produce el fenómeno cíclico de las constituciones y en la que se reproduce, no obstante, la posibilidad de que el fenómeno cíclico, casi de tipo natural, se interrumpa. Esta interrupción se efectúa —observa Polibio— bajo presión racional, y entonces provoca la constitución mixta: ésta viene a ser una selección racional de lo mejor de las constituciones consideradas perfectas 83 .
13. Polibio habla también de otro tipo de constitución que llama «monarquía» o gobierno de uno solo y que tiene lugar «espontánea y naturalmente». En ella se constituye jefe el hombre que sobresale en fortaleza física y en valor. Mas este tipo de constitución queda un tanto desligado de la serie de seis y sirve para abrir y cerrar el fenómeno cíclico. Polibio es muy claro en este sentido: «la monarquía es el primer sistema que espontánea 84 y naturalmente se establece». Y en otro pasaje 85 , una vez que ha sobrevenido la oclocracia, afirma: «se mantiene ésta —la oclocracia— hasta que, sumida en una total degeneración salvaje, encuentra de nuevo un amo y monarca». Es evidente que así el ciclo se cierra: el final, el sistema de uno solo, es, a su vez, el principio y viceversa y, en medio, un proceso rítmico que consiste en la degradación de un régimen simple seguido de la ascensión de otra forma simple originaria. Y si se da la posibilidad de que este ritmo, casi biológico, sea interrumpido por la razón, entonces surge la constitución mixta.
D) Historia pragmática y método apodíctico
1. Polibio habla con frecuencia de historia pragmática. Y es de observar que no ha resultado fácil delimitar con exactitud este sintagma. Los estudiosos parten, en general, del pasaje IX 1, 2, donde se hace referencia a tres tipos de narraciones históricas: un tipo que trata de genealogías, otro que trata de fundaciones de colonias y otro que versa sobre las acciones de los pueblos, los estados y personajes políticos. Este último tipo es el que más atrae al hombre que se ocupa de cuestiones de estado.
2. Pues bien, de los tres tipos, Polibio ha elegido el último, y sobre él versa su quehacer histórico. De suerte que por historia pragmática ha de entenderse la narración de las acciones que han llevado a cabo los distintos pueblos y los distintos dirigentes. Y, claro es, desde este punto de vista, la historia es útil, pues enseña cómo han actuado los personajes históricos y cómo se han comportado los estados, tanto bajo el aspecto de éxitos como de fracasos. Por ello, resulta extraño —comenta Polibio 86 — que «los que escriben de fundaciones callen la educación de los hombres que manejaron los asuntos en general».
3. De nuevo observamos en Polibio un historiador, no tanto descriptivo cuanto intérprete de la interacción entre agente histórico y sus realizaciones, lo que permite, a mi modo de ver, centrar y definir lo que Polibio entiende por historia pragmática: «la narración de los hechos políticos y militares encuadrados en cuanto hechos, en la triple dimensión de modo, tiempo y causa y bajo la dirección 87 de una mente rectora».
4. De otra parte, el concepto de método apodíctico también ha sido muy discutido. En principio hay que decir que no se trata de historia apodíctica 88 , sino de método apodíctico. Pero, además, dicho método es aplicado en la historia propia y ni siquiera en los dos primeros libros que le sirven de introducción, pues en éstos sólo se recuerdan por encima los acontecimientos 89 . En cambio, en el libro III 1, 3, cuando comienza la verdadera historia, tras señalar cuál fue la función de los dos primeros libros, dice que ahora intentará exponer los hechos «con demostración». Por lo tanto, la historia en su sentido más estricto requiere demostración, no las biografías ni las narraciones someras. Y si la verdadera historia consiste en enmarcar los hechos en las categorías de tiempo, modo y causa y, además, bajo un plano intelectual en cuanto operaciones mentales y bajo qué tipo de constitución, parece congruente deducir que el método apodíctico consiste en demostrar que ese cómo y ese cuándo y esa causa y esas operaciones mentales y esa constitución política son las dimensiones que realmente dan razón y demuestran el fenómeno histórico.
E) La noción de Fortuna en la historiografía polibiana
1. Nuestro intento de presentar la concepción historiográfica de Polibio como fruto de elaboración coherente y lógica parece derrumbarse con la noción de Fortuna. Pues sorprende que, dentro de una dimensión pragmática, apodíctica y etiológica de la historia, tenga cabida un contenido como el de Fortuna que apunta a una vertiente no racional. Sin embargo, la cuestión no es tan sorprendente.
2. Mucho se ha discutido sobre este tema y desde todos los ángulos. Aquí podríamos resumir las distintas posturas a tres: a) La que sostiene 90 que Polibio atribuye a la Fortuna una entidad objetiva y personal y determinante del destino humano. Casi un ser supremo; algo parecido, como anticipación, al Dios cristiano que rige el universo. Esta postura, sin duda radical, es suavizada por Von Scala 91 en el sentido de que, si bien admite ese poder personal de la Fortuna, lo circunscribe a la influencia de Demetrio Falereo, pero que después, bajo influencia romana, la noción de Fortuna queda relegada a un azar caprichoso, b) La segunda postura defiende el extremo opuesto: que para Polibio la Fortuna no es más que un término de expresión 92 cómoda o, a lo sumo, representaría lo contingente y desconocido del fenómeno histórico 93 o, con palabras de A Rover 94 , «sería la X de la historia», c) Por último, se da una tercera postura, la más moderna y que, en realidad, es una postura de compromiso y dualista. Se apoya esta postura en un pasaje de Polibio del libro XXXV 17, donde se dice que debe atribuirse a la Fortuna y a la Divinidad lo que queda fuera de la mente y de la previsión humanas. Y se ofrecen dos ejemplos: uno, los fenómenos naturales, y otro, la rebelión de los macedonios bajo un falso Filipo. El propio Polibio, quizá sin percatarse de ello, provoca un dualismo en la noción de Fortuna.
3. Así lo interpreta Mioni 95 cuando habla de la Fortuna como naturaleza de un lado, y de la Fortuna como lo desconocido, de otro. Igualmente, Siegfried 96 , al distinguir el automaton absoluto y el automaton relativo. En la misma línea, Walbank 97 sostiene que unas veces la Fortuna significa azar y casualidad, y otras, un poder superior que determina los hechos históricos. Por último Pédech 98 , con más finura, observa que, en unas ocasiones, la Fortuna adquiere una función finalista 99 y, en otras, adquiere la misión de llenar los vacíos que las otras formas de causalidad, individuos y constituciones, dejan en la argumentación de los hechos. Se carga, entonces, del contenido de «causa 100 adyuvante».
4. Como puede observarse, los distintos análisis no presentan una solución convincente de la noción de Fortuna. Por mi parte 101 , he desarrollado un intento de síntesis y de explicación. En resumen, mi tesis es la siguiente: en primer lugar, que hay que partir de la propia opinión de Polibio sobre la Fortuna, cuando dice que «quiere tratar sobre la cuestión de la Fortuna en cuanto el género de historia pragmática lo permite». Y añade en el texto citado 102 que es lícito recurrir a la Fortuna sólo cuando el hombre, en cuanto tal, no puede captar las causas de un hecho o, con otras palabras, cuando la explicación de los acontecimientos caen fuera de las operaciones mentales. Luego la Fortuna no contradice el principio de causalidad sino, por el contrario, lo presupone.
5. En segundo lugar, el contenido de la Fortuna puede manifestarse en forma adjetival. Esto es, que en una empresa bien calculada y meditada, por tanto bajo el análisis racional, un pequeño accidente o suceso puede aparecer «inesperadamente» y «de forma casual». Aníbal, un personaje que opera racionalmente y prototipo histórico para Polibio, sitiaba Capua; de repente, levanta el asedio y marcha sobre Roma y acampa cerca de la capital 103 . Pero en el día fijado para atacar la ciudad, entran Gneo Fulvio y P. Sulpicio con una legión. De este hecho dice Polibio que «fue una coincidencia inesperada y casual». Aníbal había sopesado los mínimos detalles y en función de sus operaciones mentales se desarrollaban los hechos históricos. Mas una sombra en esa claridad racional hecha por tierra sus propósitos y su realización. Luego también ese hecho casual, inesperado, no calculado, desde el punto de vista objetivo, funciona como causa. La Fortuna actúa, pues, aquí como factor histórico, pero de forma adjetiva y no total.
6. En tercer lugar, que la Fortuna puede realizarse no en un suceso aislado y, por tanto, adjetival, sino que puede trascender el proceso histórico en su conjunto. En ese caso, la Fortuna se substantiva y adquiere misión totalizadora de causa indeterminada de la realidad, que el hombre no acaba de comprender. La empresa de Roma en su total complejidad, incluida la propia existencia de Roma y por qué en ese tiempo y no en otro, queda fuera de la causalidad humana pero no, obsérvese, de la realidad histórica.
7. La Fortuna, pues, sustituye la imposibilidad racional del hombre, ya de forma adjetival, ya substantiva. Pero del hecho de que el agente histórico o el historiador ignoren la razón de la presencia de un acontecimiento, no se desprende que ese acontecimiento no funcione como causa en el plano objetivo de la realidad. La noción de Fortuna, por tanto y aunque parezca paradójico, sólo tiene sentido en una concepción intelectualista de la historia. Es el caso de Polibio.
F) El concepto de historia universal
1. Polibio plantea, en varias ocasiones, la distinción entre historia universal e historia particular, como puede ser la de las monografías. Y, por supuesto, considera de mayor utilidad y más científica la historia universal. El autor 104 lo expresa con un símil: así como no es posible contemplar la belleza y lozanía de un cuerpo viviente, viendo sólo sus miembros, del mismo modo el conocimiento de las partes de la historia sólo procura una noción, no una ciencia. No es extraño, pues, que Polibio critique a los autores de crónicas locales e, incluso, a aquellos que, pese a extenderse en el tiempo y en el espacio, presentan los hechos desconexos y aislados.
2. A mi modo de ver, deben distinguirse dos nociones básicas en el concepto de historia universal en Polibio. De una parte, lo universal en cuanto los propios acontecimientos abarcan la zona espacial conocida o, al menos, influyente en ese momento y se entretejen mutuamente. De otra, lo universal en cuanto categoría formal histórica y propia de la sagacidad del historiádor para descubrir aquellos factores que proporcionan unidad y conexión.
3 Respecto al primer aspecto de realidad objetiva, el propio Polibio es consciente. Observa 105 que antes del año 220 a. C. los acontecimientos del mundo habitado se producen desligados, pues en Occidente se enfrentan Roma y Cartago, mientras que en Oriente se producen la guerra de los aliados y la lucha por la Celesiria. Son dos zonas espaciales que tienen su órbita propia, aunque se da una primera aproximación cuando Roma pasó a Iliria 106 . Con todo, dentro de cada órbita, Polibio procura encadenar los acontecimientos: la primera guerra púnica tiene su origen 107 en la conquista de Italia por Roma; ésta, a su vez, produce la guerra de los mercenarios en Cartago y ésta, asimismo, incita a los romanos a conquistar Cerdeña, lo que enciende el odio que desemboca en la segunda guerra púnica.
4. En Grecia, mientras tanto, la rivalidad entre ambas Ligas, la de aqueos y etolios, da lugar a la guerra de Cleómenes, y ésta obliga a una alianza entre aqueos y macedonios 108 . Mas, a partir de aquí, ambas órbitas se cruzan y los acontecimientos se entretejen como «un todo orgánico». La expresión de esta conexión se encuentra en el discurso de Agelao en la conferencia de Naupacto 109 . Advierte Agelao que los griegos deben «evitar las luchas intestinas y percatarse del peligro que se avecina desde Occidente, pues sea el vencedor Roma o Cartago, no se conformará con sus límites». Estas palabras iban dirigidas fundamentalmente a Filipo de Macedonia y tuvieron la virtud de adivinar los puntos concretos en los que había de producirse la conexión histórica y universal del momento.
5. Respecto al segundo aspecto, Polibio capta, desde muy pronto, que los acontecimientos que se producen en el período narrado en su obra penden de dos factores básicos que le permiten contemplar de «forma sinóptica» 110 los hechos históricos. De un lado, la Fortuna, la voluntad ciega de la propia realidad histórica, que dirigió casi todos los acontecimientos hacia una sola parte y a todos inclinó hacia un único y mismo fin 111 . De otro, Roma, que, dotada de una constitución política excelente y con hombres reflexivos y llenos de ideas, camina casi inexorablemente hacia el éxito total. Conexión, pues, de los hechos históricos y mirada sinóptica constituyen las dos características fundamentales del concepto de historia universal en Polibio.
G) Las fuentes de la historiografía polibiana
1. Esta cuestión es harto difícil. Parece evidente que Polibio utilizó fuentes literarias, documentos oficiales y archivos. Pero cuáles y en qué medida, es tema en el que no hay ni seguridad ni unanimidad entre los estudiosos. Como observa Walbank 112 , «la vasta literatura que existe sobre las fuentes de Polibio es quizá desproporcionada respecto a los resultados conseguidos».
2. Mas de lo que no cabe duda es de que Polibio tenía, incluso, un criterio personal en el uso de esas fuentes. Un pasaje del libro XII es elocuente en este sentido. Dice 113 así: «como la medicina, la historia pragmática comprende también tres elementos: el primero consiste en la información por las fuentes escritas y la yuxtaposición del material de las mismas; el segundo, en la visita a las ciudades y a los países para conocer los ríos y los puertos y, en general, las peculiaridades y la distancia de tierra y mar, y el tercero se aplica a la actividad política».
3. Se me antoja que así es como procedió Polibio y así es como se debe enfocar el análisis de las Dientes polibianas. Que Polibio utilizó fuentes literarias es claro y, sobre todo, para los dos primeros libros. Sin duda Arato de Sición, fundador de la Confederación aquea y que escribió sus Memorias en treinta libros, así como Filarco, autor de una historia de Grecia y Asia en veintiocho libros y que abarcaba el período que va desde 272-220, constituyeron una fuente para los asuntos de Grecia 114 . Igualmente, Fabio Pictor, que muestra una predilección por la tradición romana, y Filino de Agrigento que, por el contrario, descubre simpatía por Cartago, debieron servir de antecedentes históricos para la narración de los asuntos de Occidente. Desde luego, Polibio se inclina más por Fabio que por Filino. No obstante, se torna difícil saber, con exactitud, lo que Polibio toma de uno o de otro. Los autores 115 , en este punto, difieren mucho, aparte de que casi todos admiten que Polibio utilizó otras fuentes literarias.
4. Porque, en efecto, no resulta sorprendente el que tomara noticias e información de Timeo, sobre todo en lo relativo a Hierón 116 , pese a que Polibio muestra cierta aversión hacia él. En la misma línea pudo utilizar a Éforo, de quien tomó, al menos, la idea de historia universal y la de dedicar un libro a la geografía 117 .
5. A partir del libro II y, concretamente, respecto a la segunda guerra púnica, se acepta que, por el lado romano, siguieron siendo fuente principal 118 Fabio Pictor y L. Cincio Alimento que, pretor en Sicilia en 210/9 y prisionero 119 de Aníbal, escribió una historia de Roma desde sus orígenes. Por el lado cartaginés, además del ya citado Filino, también Sósilo 120 de Lacedemonia, que, según Diodoro 121 , narró en siete libros las empresas de Aníbal. Quizá Sileno de Calacte, como testigo ocular de las hazañas de Aníbal, pudo informar directamente a Polibio 122 .
6. De otra parte y ahora no referente a la guerra anibálica, cabe suponer que Polibio conoció la obra de C. Acilio, que escribió en griego una historia romana desde sus comienzos 123 hasta el año 184, pese a los reparos de Walbank 124 . Asimismo, A. Postumio Albino, autor de una historia pragmática 125 . Éstas son las líneas principales de las fuentes literarias. Mas debe observarse que Polibio asume, frente a las fuentes, una postura crítica y nunca de yuxtaposición textual. Baste comparar las opiniones de Fabio y también las de los historiadores de Aníbal sobre las causas de la segunda guerra púnica, para comprender su modo de operar. Para aquéllos, la causa fundamental fue el ataque a Sagunto y la ambición de Asdrúbal y Aníbal. Para Polibio, en cambio, es precisamente la primera guerra púnica, con sus secuelas de odio en los cartagineses y de ambición en los romanos, sobre todo con la toma de Cerdeña 126 .
7. De otro tipo son las fuentes de los diversos tratados, grabados en placas de bronce. Se hallaban éstas en el tabularium de los ediles curules sobre el Capitolio. No debe dudarse de que Polibio consultó estos tratados, pues son los únicos textos oficiales que cita literalmente 127 . Cierto es que, al respecto, ha surgido la dificultad de que el tratado de 212 entre romanos y etolios, cuyo texto se ha encontrado en Acarnania, no coincide con la versión que trasmite Livio, tomada al parecer de Polibio 128 . La dificultad sería, en verdad, grave, si el texto fuera el del propio Polibio.
8. Igualmente puede aceptarse que Polibio consultó los Anuales Maximi del pontífice Máximo, pese a que su publicación, a cargo de P. Mucio Escévola, debió de ser hecha entre 131-114. Y, por supuesto, pudo examinar los archivos privados 129 de los Escipiones: Polibio cita 130 la copia de dos cartas del Africano, una enviada al rey Filipo y otra al rey Prusias 131 .
9. Mucho más dudoso resulta el que Polibio consultara los archivos aqueos. El pasaje XXII 9-10, donde se describe con demasiado detalle una asamblea de la Liga aquea, podría apoyar una respuesta afirmativa. Son muchos los autores 132 que defienden esta tesis. Sin embargo, el argumento a favor es débil; pues, de un lado, ese calor en la descripción, tratándose de la Liga aquea, puede explicarse de la propia vida familiar de Polibio 133 y, de otro, una respuesta afirmativa obligaría a admitir que Polibio escribió su obra después del año 146, lo que contradice lo defendido anteriormente 134 .
10. Más problemático todavía resulta aceptar que el historiador griego consultó los archivos rodios y los archivos del Senado romano. En el primer caso, el pasaje XVI 15, 8, donde Polibio critica a Zenón y a Antístenes por considerar éstos que fueron los rodios los vencedores en la batalla de Lade, «según —dice— se conserva en el Pritaneo de los rodios», no permite, sin más, claro es, una postura positiva. Respecto al segundo caso, la información de las sesiones del Senado podría haberla recibido Polibio del círculo de los Escipiones sin necesidad de una consulta directa. Que ésta le estuviera permitida, no es extraño, pero no hay indicio alguno que lo pruebe.
III. TRANSMISIÓN DEL TEXTO DE LAS «HISTORIAS» DE POLIBIO
A) Tradición manuscrita
1. De Polibio, como es normal en una obra de la antigüedad, se dispone de citas de autores clásicos, algunas de interés, como la de Ateneo, porque indican el número del libro del que han sido tomadas. De otra parte, los papiros han sido poco generosos con Polibio: el más importante es el Pap. Berlin 9570, editado por U. Wilcken y que apoya conjeturas antiguas. Pero el texto de la obra histórica de Polibio nos ha llegado fundamentalmente a través de manuscritos. Y se impone señalar que sobre la tradición manuscrita de Polibio se cuenta con un libro de J. M. Moore 135 , que analiza todos los problemas al respecto, con especial atención a la mutua relación entre las distintas familias y, dentro de éstas, de los diferentes manuscritos.
2. Pues bien, dentro de la tradición manuscrita cabe conformar tres grupos diferenciados, no ya por su contenido, sino también por su procedencia. El primer grupo lo constituyen los manuscritos que contienen íntegros los cinco primeros libros. Los más importantes son: Vaticanas Gr. 124 (A), del siglo X : se trata de un magnífico manuscrito en pergamino; Londinensis Gr. 11728 (B), del siglo XV , y procede directamente del anterior; Monacensis Gr. 157 (C), que, sobre base paleográfica, ha sido fechado en el siglo XV y gusta de correcciones propias; Monacensis Gr. 388 (D), del siglo XIV , que fue colacionado con la edición príncipe; Parisinus Gr. 1648 (E), de hacia finales del siglo XIV ; Vaticanas Gr. 1005 (Z), de finales del siglo XIV , del que he colacionado 136 la parte dedicada al libro I, y lo he utilizado en mi edición; Vindobonensis Phil. Gr. 59 (J), un manuscrito excelente del siglo XV : sólo contiene el libro I y no completo, y la parte final del V 94, 9-111-10. También lo he colacionado 137 y ha sido utilizado en mi edición. Este grupo, del que existen otros manuscritos muy recientes 138 , es dividido en dos secciones: una, los manuscritos A y B, con escolios, y otra, C D E Z J, sin escolios, y que recibe el nombre de tradición bizantina.
3. El segundo grupo lo forman aquellos manuscritos que derivan de un florilegio antiguo con extractos de los dieciocho primeros libros. A todo este grupo se le denomina excerpta antigua. Entre todos los códices sobresale el Urbinas 102 (F), quizá del siglo X , que es el único manuscrito que contiene extractos de los libros I-XVIII. Ninguno de los demás transmite fragmentos de los cinco primeros libros, y de aquí que el nombre de excerpta antigua se aplique, en general, a aquellos manuscritos que contienen fragmentos a partir del VI hasta el XVIII 139 . Con todo, no existe homogeneidad en este grupo, hasta el punto de que se lo divide en tres apartados: a) los manuscritos que contienen extractos de los libros VI-XVIII. Entre ellos, por citar algunos 140 , además del Urbinas 102, ya mencionado, están el Monacensis Gr. 338 (D), que tiene la particularidad —y, por eso, fue incluido en el primer grupo— de que transmite íntegros los cinco primeros libros. Lo mismo ha de decirse del Mediceus Laurentianus Gr. 699 (G). La diferencia entre el D y G consiste en que el D está escrito de la misma mano, mientras que el G presenta distinta mano a partir del VI. Por último, debe añadirse el Parisinus Bibl. Nat. Gr. 2967, posiblemente del siglo XV . b) Este apartado lo componen aquellos códices que transmiten extractos de los libros VII-XVIII, pero omiten 141 los del libro VI. Son un total de trece y se les asigna la letra G con subíndice numérico. Entre ellos se encuentra un Matritensis Gr. 4741, del siglo XVI . c) El tercer apartado lo forman los manuscritos que ofrecen extractos de los libros VI, XVIII y X, por este orden. Son un total de trece. Se los designa con la letra H seguida de subíndice numérico. Los más básicos son Mediceus Laurentianus 80, 13 (H), Marcianas Gr. VII (H) y Leidensis Gr. 2 (H).
4. Como se sabe, la edición príncipe de los libros VI-XVIII fue publicada por Hervagen, en Basilea, en el año 1549. Se admite, aunque con ciertas dificultades, que esta edición tuvo como fuente un manuscrito escurialense, numerado VIB6, perdido en el incendio de 1671. Si es así, lo que es previsible, la edición hervagiana sería un superviviente del manuscrito escurialense. De otro lado, conviene señalar que existen manuscritos 142 que contienen pequeñas partes de los excerpta antiqua. Entre ellos se cuenta con un Scorialensis Y-III-10, posiblemente del siglo XVII y que presenta tres manos diferentes, correspondientes a los distintos extractos.
5. Finalmente, llegamos al tercer grupo, denominado excerpta constantiniana. Es la fuente principal para los libros XX-XXXIX, pues del XIX y XL no queda nada, salvo citas de autores antiguos. Estas compilaciones se hicieron por encargo de Constantino Porfirogéneta y abarcaban a los historiadores antiguos. Se dividieron en cincuenta y tres títulos, de los que sólo han sobrevivido seis: De uirtutibus et uitiis, De sententiis, De insidiis, De síratagematis, De legationibus gentium ad Romanos y De legationibus Romanorum ad gentes. Cada uno de esos títulos está representado por uno o varios manuscritos: a los extractos De uirtutibus et uitiis los representa el manuscrito Turonensis 980 (P); a los extractos De sententiis, el Vaticanus Gr. 73 (M), un palimpsesto descubierto a principios del siglo pasado por Angelo Mai, del siglo X . Es muy importante, porque también contiene extractos de todos los libros anteriores, lo que permite configurar, en comparación con los otros códices, toda la tradición manuscrita de Polibio. Los extractos De insidiis los transmite el Scorialensis 111 (Q), de primera mitad del siglo XVI : para la edición de este título sólo se cuenta con este manuscrito, pues el otro, un Parisinas, está muy incompleto. Los extractos De stratagematis se encuentran en un Parisinas Gr. 607 (T), de hacia el siglo X .
6. Mayor complejidad ofrecen los extractos De legationibus. Se acepta que tanto los manuscritos de «las delegaciones de los romanos ante los pueblos» como de las de «los pueblos ante los romanos» proceden de un manuscrito Scorialensis I(¿4, perdido en el incendio ya mencionado de 1671. Aparte esta noticia, varios son los manuscritos 143 que contienen los extractos De legationibus gentium ad Romanos: entre ellos un Scorialensis RIII21, que debe ser completado con el Scorialensis RIII13, pues transmite lo que falta a aquél. Asimismo, son varios los que ofrecen los extractos De legationibus Romanorum ad gentes, y también aquí se dispone de un Scorialensis RIII14.
B) Ediciones y traducciones
1. Dada la complejidad en la transmisión manuscrita de la obra de Polibio, no es de extrañar que a la edición completa de las Historias, precedieran ediciones parciales, acompañadas de todo tipo de dificultades y deficiencias. En realidad, hasta la edición de Isaac Casaubon, dada en París, en 1609, no puede afir marse que Polibio dispone de una edición más o menos completa.
2. Antes, en 1530, Vicente Heinecker, más conocido con el nombre de Obsopeo, editó los cinco primeros libros y añadió, al final, la versión latina que había confeccionado Nicolás 144 Perotti. Años más tarde, en 1549, en Basilea, Juan Hervagen amplió el texto de edición hasta el libro XVII. Hasta el XV lo tradujo Nicolás Perotti. Por primera vez se editan los extractos antiguos y, según hemos indicado, el manuscrito que sirvió de base fue el Scorialensis VIB6. Poco después, comienza, en parte, la edición de los extractos constantinianos, por separado, según los títulos: los primeros fueron los De legationibus, a cargo de Fulvio Orsini. Debe decirse que los manuscritos sobre los que Orsini se basó pertenecieron al arzobispo de Tarragona, Antonio Agustín, en los que éste había anotado al margen importantes observaciones y que Orsini utilizó sin mencionarlo.
3. Por entonces aparece la edición de Casaubon, que aprovecha las ediciones parciales anteriores, añade una nueva versión latina y confecciona una sinopsis cronológica. Pero lo importante es señalar que, para los extractos antiguos, utiliza el manuscrito Urbinas 102 (F). Con todo, Polibio no era editado completo: faltaban otros títulos de los extractos constantinianos. Henri de Valois publicó los de De uirtutibus que luego recoge Jacob Gronov en una edición en tres volúmenes, publicada en 1670 y reimpresa en Leipzig en 1764. Por la misma fecha, 1763-4, ve la luz la edición de Ernesti, sin novedad textual alguna, aunque sí con un interesante glosario. Mas mención aparte merece la edición de Schweigháuser, en ocho volúmenes, publicada en Leipzig en 1789-1795. Lleva traducción —la de Casaubon corregida—, un amplio comentario y un léxico que, aunque no completo, ha sido el único hasta estos años en que está en vías de publicación el excelente de Mauersberger. En honor de Schweigháuser hay que hacer notar que todos los estudios posteriores que sobre Polibio se han hecho dependen en gran medida de esta edición.
4. Todavía la edición de Schweigháuser no es completa. Posteriormente a ella se editan los extractos De sententiis, De insidiis, y De stratagematis. Estas ediciones parciales despiertan la conciencia de que Polibio necesita una edición íntegra y total. Primero aparece la de F. Dübner, patrocinada por la casa Didot, en París y en 1839. Luego, la de Bekker, en Berlín, en 1841. Poco más tarde, la de Dindorf en la colección Teubneriana, en cuatro volúmenes, Leipzig, 1866-68. Esta edición, corregida y muy mejorada por Büttner-Wobst, aparece de nuevo en cinco volúmenes en 1882-1905, y todavía los volúmenes I-II son perfecccionados en su aparato crítico en 1922-24. Para Weidmann, Hultsch realiza una edición en cuatro volúmenes, Berlín, 1867-72, que a mí me parece un modelo de trabajo. Con observaciones muy pertinentes se reeditan los volúmenes I-II en los años 1888 y 1892, respectivamente.
5. A partir de las ediciones de Büttner-Wobst y de Hultsch, el texto de las Historias de Polibio ha quedado fijado en su totalidad en relación, naturalmente, con la transmisión de los manuscritos. Pese a ello, ha de añadirse, dentro de la Loeb Classical Library, la de W. Patón, con traducción en seis volúmenes y que ya lleva tres ediciones: la primera apareció en 1922. El texto griego sigue el elaborado por Büttner-Wobst. En vías de publicación, la fundación Budé lleva a cabo la edición de la obra polibiana a cargo de dos especialistas, P. Pédech y J. de Foucault. Esta edición utiliza ya el manuscrito Vaticanas Gr. 1005 (Z). En España, la Fundación Bernat Metge ha editado con traducción en catalán los cinco primeros libros, a cargo de A. Ramon y Arrufat, en 1929. Esta edición continúa hoy día bajo la responsabilidad de M. Balasch, que ya ha publicado hasta el libro XII. El texto sobre el que se apoya es, asimismo, el de Büttner-Wobst. Por último, la Colección Hispánica, Alma Mater, ha iniciado una edición a cargo de Díaz Tejera, de la que sólo ha sido publicado un tomo que contiene parte del libro I. Esta edición utiliza por primera vez el manuscrito Vindobonensis Phil. Gr. 59 (J).
6. En cuanto a traducciones, dejando a un lado las ya citadas por ser a su vez ediciones, indicamos la de Evelyn S. Shuckburgh, The Historiae of Polybius, dos vols., Bloomington, 1889. Esta traducción se ha reeditado en 1962 con una introducción de Walbank. En París, y en 1921, Pierre Waltz ha traducido a Polibio en cuatro volúmenes. En Italia, G. B. Cardona, en dos volúmenes y en los años 1948-49, ha realizado una buena traducción acompañada de numerosas noticias sobre la transmisión manuscrita. En Alemania se cuenta con la de Hans Drexler, en dos volúmenes, editada en Zurich en 1961; aparte la traducción en sí, que es excelente, al final se ofrece un índice de los aspectos históricos más interesantes. En España existe una traducción de Ambrosio Ruy Bamba, helenista del siglo XVIII , cuyo título es así: Historia de Polibio Megapolitano, traducida del griego por D. Ambrosio Rui (sic) Bamba, Madrid, en la Imprenta Real, MDCCLXXXVIII. Se reeditó en 1914. La traducción sigue la edición de Juan Pablo Krauss, hecha en 1764.
A. D ÍAZ T EJERA

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1 Para un análisis de los problemas en detalle, así como para una discusión bibliográfica, cf. A. D ÍAZ T EJERA , Polibio, I, Madrid-Barcelona, 1972. (En adelante, citado D ÍAZ T EJERA , Polibio.)
2 P OLIBIO , XXIV 6, 3-5.
3 P OLIBIO , XVIII 6, 9.
4 No así K. NITZSCH , Polybius. Zur Geschichte antiker Politik und Historiographie, Kiel, 1824, pág. 118.
5 P OLIBIO , XXI 38.
6 E. M IONI , Polibio, Padua, 1949, pág. 4. En adelante, citado M IONI , Polibio.
7 F. W. W ALBANK , A historical Commentary on Polybius, I-III, Oxford, 1957, 1967 y 1979, pág. 7. En adelante, citado W ALBANK , Commentary.
8 Macrobioi 23.
9 T. LIVIO , XXXV 29, 1.
10 Cf. P. P ÉDECH , La Méthode historique de Polybe, París, 1965, pág. 554. En adelante, citado P ÉDECH , La Méthode.
11 P OLIBIO , II 67-69.
12 P OLIBIO , II 40, 6.
13 P OLIBIO , X 22, 6.
14 Cf. H OFFMANN , «Philopoemen», RE 21, cois. 76-95.
15 P OLIBIO , IV 20, 3.
16 P OLIBIO , XII 2, 1.
17 P OLIBIO , VIII 1, 1.
18 P OLIBIO , VI 45, 1.
19 Cf. R. H ERCORD , La Conception de Vhistoire dans Polybe, Lausana, 1902, págs. 76-94, donde se discute la tesis de Hirzel. En adelante, citado H ERCORD , La Conception.
20 P OLIBIO , V 93, 8.
21 Cf. aquí págs. 24 y sigs.
22 Cf. A. D ÍAZ T EJERA , «Concordancias terminológicas con la Poética en la historia universal: Aristóteles v Polibio», Habis 9 (1978), 33-48.
23 P OLIBIO , XXVIII 13.
24 P OLIBIO , XXX 13, 1.
25 Cf. aquí págs. 23 y sigs.
26 P OLIBIO , XXXI 23-24. D IODORO , XXI 26, 5.
27 P OLIBIO , XXXI 14, 3; 15, 2; 29, 8.
28 P OLIBIO , XXXI 11, 15.
29 P OLIBIO , XII 5, 1-3.
30 La Méthode, pág. 528.
31 Cf. H. N ISSEN , «Die Oekonomie des Geschichte des Polybios», RhM. 26 (1871), pág. 271; M IONI , Polibio, pág. 13, y W ALBANK , Commentary, pág. 4 y pág. 383 a III 48, 12.
32 D. C UNTZ , Polybios und sein Werk, Leipzig, 1902, págs. 46-49.
33 P OLIBIO , XXXVIII 19, 1.
34 POLIBIO , XXXIX 2, 2.
35 POLIBIO , XXXIX 8, 1.
36 PAUSANIAS , VIII 37, 2.
37 PAUSANIAS , VIII 30, 9.
38 XVII 1, 12.
39 XVI 15, 8.
40 La noticia transmitida por CICERÓN , Ad Fam. V 12, 2, de que Polibio escribió una Numantinum Bellum, sigue siendo extraña. Es la única noticia, y si es verdad que esta obra fue compuesta, debió de serlo después del año 133.
41 P. PÉDECH , «Polybe et I’Éloge de Philopoemen, REtGr. 64 (1951), 82-103.
42 Cf. A. SANCHO ROYO , «En torno al Bellum Numantinum de Apiano», Habis 4 (1973), 23-41. Cf. también nota 40.
43 POLIBIO , III 32, 2.
44 Cf. más adelante, págs. 46-47.
45 POLIBIO , I 1, 8.
46 POLIBIO , III 1, 3.
47 POLIBIO , III 26, 5.
48 POLIBIO , III 2, 1.
49 POLIBIO , III 2, 3.
50 POLIBIO , III 2, 6.
51 POLIBIO , III 3, 1.
52 POLIBIO , I 1, 5.
53 POLIBIO , III 4, 6 y 4, 13.
54 Cf. P. P ÉDECH , «La géographie de Polybe: structure et contenu du livre XXXIV des Histoires», REtCl. 24 (1956), 3-24.
55 Recuérdese que éste estaba dedicado al triunfo de Paulo Emilio.
56 Como ya practicó R. HARTSTEIN , «über die Abfassungszeit der Geschichten des Polybios», Philologus 45 (1886), págs. 715 y siguientes.
57 POLIBIO , II 37, 8-10.
58 Cf. lo dicho aquí en pág. 20.
59 DÍAZ TEJERA , Polibio, págs. LXIX y sigs. Al respecto, reseña y opinión de PÉDBCH , Rev. Philologie 52 (1978), 169-170.
60 Cf. PÉDECH , La Méthode, págs. 563-572, y WALBANK , Commentary, I, pág. 296.
61 POLIBIO , III 4.
62 Cf. aquí nota 22 y art. cit. en dicha nota.
63 POLIBIO , III 32, 6. Asimismo, PÉDECH , La Méthode, págiñas 432-495, y WALBANK , Commentary, I, pág. 35. También DÍAZ TEJERA , Polibio, pág. LXXVI, donde se practica un análisis filológico.
64 POLIBIO , III 6, 12; DIODORO , XVI 89, 2.
65 POLIBIO , I 43, 2.
66 POLIBIO , I 3, 2.
67 POLIBIO , I 13, 5, y II 46, 7.
68 POLIBIO , III 32, 7.
69 POLIBIO , III 3, 8.
70 POLIBIO , IX 12, 4.
71 POLIBIO , V 9, 9.
72 POLIBIO , V 10, 1.
73 POUBIO , I 52, 1-2.
74 Cf. para una interpretación, más detallada, A. DIAZ TE JERA , «La Constitución política en cuanto causa suprema en la historiografía de Polibio», Habis 1 (1970), 31-43.
75 La Conception, pág. 142.
76 POLIBIO , VI 47, 1.
77 POLIBIO , VI 47, 2.
78 POLIBIO , XVIII 28, 6-11.
79 The theory of the mixed constitution in Antiquity. A critical analysis of Polybius’ political ideas, Nueva York, 1954.
80 Polybiosinterpretationen, Heidelberg, 1966.
81 A. DÍAZ TEJERA , «Análisis del libro VI de las Historias de Polibio respecto a la concepción cíclica de las Constituciones», Habis 6 (1975), 25-34.
82 POLIBIO , VI 3, 5.
83 Cf. DÍAZ TEJERA , art. cit., pág. 29.
84 POLIBIO , VI 4, 7-11.
85 POLIBIO , VI 4, 9.
86 X 21.
87 DÍAZ TEJERA , Polibio, pág. LXXXIX. Y para más detalle, cf. K. E. PETZOLT , Studien zur Methode des Polybios und zu Hirer historischen Auswertung, Munich, 1960, págs. 3-20.
88 Este sintagma sólo aparece una vez en II 37, 3, y en un contexto problemático.
89 Cf. WALBANK , Commentary, I, pág. 8.
90 Cf., entre otros, HIRZEL , Untersuchungen zu Cicero's philosophischen Schriften, Leipzig, 1881, II, págs. 847-907, y E. G. SHILER , «Polybius of Megalopolis», AJPh. 48 (1927), 31-81.
91 R. VON SCALA , Die Studien des Polybios, Stuttgart, 1890, páginas 174 y sigs.
92 G. DE SANCTIS , Storia dei Romani, III, 1: La Fortuna secondo Polibio, Turin, 1907-1923, págs. 213-215.
93 HERCORD , La Conception, págs. 121-122.
94 «Tyche in Polibio», Convivium 24 (1956), pág. 286.
95 POLIBIO , pág. 145.
96 Studien zur geschichtlichen Anschauung des Polybios, Leipzig, 1928, págs. 28 y sigs.
97 Commentary, págs. 16-26.
98 La Méthode, págs. 337-343.
99 POLIBIO , I 4, 1.
100 POLIBIO , XXXI 25, 10.
101 DÍAZ TEJERA , Polibio, pág. XCVIII.
102 POLIBIO , XXXVI 17.
103 POLIBIO , IX 5, 6-9.
104 POLIBIO , I 4, 7, y III 1, 7.
105 POLIBIO , I 4, 2.
106 POLIBIO , II 12, 7, y sobre todo, K. E. PETZOLT , ob . cit ., páginas 93-100.
107 POLIBIO , I 6, 7; 12, 7.
108 POLIBIO , II 37, 8.
109 POLIBIO , V 104.
110 POLIBIO , I 4, 2.
111 POLIBIO , I 4, 1.
112 Commentary , I , pág. 26.
113 POLIBIO , XII 25 e.
114 POLIBIO , II 56, 2; 47, 11.
115 M. GELZER , «Rómische Politik bei Fabius Pictor», Hermes 68 (1933), 129-166. P. PÉDECH , «Sur les sources de Polybe: Polybe et Philinos», REtAn 54 (1952), 246-266.
116 POLIBIO , I 8, 3-9.
117 POLIBIO , V 33, 2.
118 POLIBIO , III 8, 1.
119 T. Lmo, XXI 38, 3.
120 POLIBIO , III 20, 5.
121 XXVI 4.
122 Cf. WALBANK , Commentary, I , pág. 28, y MIONI , Polibio , página 121.
123 CICERÓN , De los Deberes III 32, 1, 5; T. LIVIO , XXV 39.
124 Commentary, 1 , pág. 29.
125 POLIBIO , XXXIX 1.
126 POLIBIO , III 6, 1 y 9, 6.
127 A. DÍAZ TEJERA , «En torno al tratado de paz de Lutado entre Roma y Cartago», Habis 2 (1971), 109-126.
128 Cf. discusión en PÉDECH , La Méthode, pág. 383.
129 R. LAQUEUR , Polybius, Leipzig, 1913, págs. 126-146.
130 X 9, 1.
131 XXI 8.
132 Cf. MIONI , Polibio, pág. 123 y bibliografía.
133 Cf. aquí págs. 7 y sigs.
134 Cf. pág. 22.
135 The manuscript tradition of Polybius, Cambridge, 1965. Al respecto, cf. mi reseña en Emérita 34 (1966), págs. 219 y sigs. Asimismo, mi artículo «Análisis de los manuscritos polibianos Vaticanas Gr. 1005 y Vindobonensis Gr. 59 y de sus aportaciones al libro I de las Historias », Emérita 35 (1968), 121-147.
136 Cf. DÍAZ TEJERA , art. cit., pág. 121.
137 DÍAZ TEJERA , art. cit.
138 Cf. S CH WEIGH AEUSER , Polybii « Historiarum » quidquid superest, Oxford, 1822, pág. 109.
139 MOORE , oh. cit., pág. 55.
140 La lista completa, en MOORE , ob. cit., págs. 56 y sigs.
141 Cf. MOORE , ob. cit., pág. 74.
142 Cf. MOORE , ob. cit., págs. 109 y sigs.
143 Cf. MOORE , ob. cit., pág. 140.
144 Cf. SCHWBIGHAEUSER , ob. cit., pág. 74.
LIBRO I
Elogio de la historia como ciencia 1
Si los autores que me han precedido [1] hubieran omitido el elogio de la historia 2 en sí, sin duda sería necesario que yo urgiera a todos la elección y transmisión de tratados de este tipo, ya que para los hombres no existe enseñanza más clara que el conocimiento de los hechos pretéritos. Pero no sólo algunos, ni de vez [2] en cuando, sino que prácticamente todos los autores, al principio y al final, nos proponen tal apología; aseguran que del aprendizaje de la historia resultan la formación y la preparación para una actividad política; afirman también que la rememoración de las peripecias ajenas es la más clarividente y la única maestra que nos capacita para soportar con entereza los cambios [3] de fortuna. Es obvio, por consiguiente, que nadie, y mucho menos nosotros, quedaría bien si repitiera lo [4] que muchos han expuesto ya bellamente. Porque la propia originalidad 3 de los hechos acerca de los cuales nos hemos propuesto escribir se basta por sí misma para atraer y estimular a cualquiera, joven y anciano, [5] a la lectura de nuestra obra. En efecto, ¿puede haber algún hombre tan necio y negligente que no se interese en conocer cómo y por qué género de constitución política fue derrotado casi todo el universo en cincuenta y tres 4 años no cumplidos, y cayó bajo el imperio indisputado de los romanos? Se puede comprobar [6] que antes esto no había ocurrido nunca. ¿Quién habrá, por otra parte, tan apasionado por otros espectáculos o enseñanzas que pueda considerarlos más provechosos que este conocimiento?
[2] La originalidad, la grandeza del argumento objeto de nuestra consideración pueden comprenderse con claridad insuperable, si comparamos y parangonamos los reinos antiguos más importantes, sobre los que los historiadores han compuesto la mayoría de sus obras, [2] con el imperio romano. He aquí los reinos que merecen esta comparación y parangón: en cierta época los persas consiguieron un gran reino 5 , un gran imperio, pero siempre que se arriesgaron a cruzar los límites de Asia pusieron en peligro no sólo este imperio, sino sus propias vidas. Los lacedemonios pugnaron largo [3] tiempo para hacerse con la hegemonía sobre [todos] los griegos, y cuando, al fin, la consiguieron, lograron conservarla indiscutidamente doce años escasos 6 . Los [4] macedonios dominaron Europa desde’ las orillas del Adriático hasta el río Danubio, lo que, en su totalidad, parecería una pequeña parte del territorio aludido. Pero, posteriormente, aniquilaron el poderío persa y [5] se anexionaron el imperio de Asia. Sin embargo, aunque dieron la impresión de que se habían apoderado de muchas más regiones y estados, dejaron la mayor parte del universo en poder de otros, porque no se lanzaron 6 nunca a disputar el dominio de Sicilia, ni el de Cerdeña, ni el de África, y en cuanto a los pueblos occidentales de Europa, belicosísimos, digámoslo escuetamente: ni tan siquiera los conocieron. En cambio, los romanos [7] sometieron a su obediencia no algunas partes del mundo, sino a éste prácticamente íntegro. Así establecieron la supremacía de un imperio envidiable para los contemporáneos e insuperable para los hombres del futuro. Por descontado: estos temas se entenderán [8] mejor, en su mayor parte, por medio de esta obra mía, la cual hará ver también más claramente, por su propia naturaleza, hasta qué punto las características de la historia política 7 ayudan a los estudiosos 8 .
[3] En cuanto a la cronología, el inicio de nuestro trabajo lo constituirá la olimpíada ciento cuarenta 9 . Los hechos históricos comenzarán, entre los griegos, por la llamada Guerra Social 10 , la primera que Filipo, hijo de Demetrio y padre de Perseo, emprendió contra los etolios, apoyado por los aqueos; entre los habitantes del Asia, por la guerra de Celesiria, que se hicieron mutuamente [2] Antíoco y Ptolomeo Filopátor 11 . En lo tocante a los países de Italia y de África [el principio de este estudio], lo formará la guerra que estalló entre romanos y cartagineses, llamada por la mayoría guerra Anibálica 12 . Estos hechos son continuación de los últimos que se narran en el tratado de Arato de Sición 13 . [3] En las épocas anteriores a ésta los acontecimientos del mundo estaban como dispersos, porque cada una de las empresas estaba separada en la iniciativa de conquista, en los resultados que de ellas nacían y en otras circunstancias, así como en su localización. Pero a [4] partir de esta época la historia se convierte en algo orgánico, los hechos de Italia y los de África se entrelazan con los de Asia y con los de Grecia, y todos comienzan a referirse a un único fin. Por esto hemos [5] establecido en estos acontecimientos el principio de nuestra obra, porque en la guerra mencionada los romanos [6] vencieron a los cartagineses, y, convencidos de haber logrado ya lo más importante y principal de su proyecto de conquista universal, cobraron confianza entonces por primera vez para extender sus manos al resto: se trasladaron con sus tropas a Grecia y a los países de Asia.
Si estos estados que se disputaron la soberanía [7] mundial nos fueran familiares y conocidos, no sería necesario, naturalmente, que nosotros escribiéramos los sucesos anteriores, y que describiéramos el propósito o el poder con que se lanzaron y emprendieron acciones tan grandes e importantes. Pero como la mayoría [8] de los griegos desconoce el poder que antaño tuvieron romanos y cartagineses, e ignoran sus hazañas, hemos creído indispensable redactar este libro y el siguiente como introducción a nuestra Historia. Así el [9] que se dedique a la investigación de los hechos actuales se evitará dificultades en cuanto al período anterior, y no deberá indagar las resoluciones, las fuerzas y los recursos que usaron los romanos cuando se lanzaron a esas operaciones que les convirtieron en señores —me refiero a nuestra época— de todo el mar y de toda la tierra. Bien al contrario: los que usen estos [10] dos libros y la introducción que contienen, verán muy claro que los romanos se arrojaron a tales empresas con medios sumamente razonables, y que por ello lograron el imperio y el gobierno de todo el mundo 14 .
La peculiaridad de nuestra obra y la maravilla de nuestra época consisten en esto: según la Fortuna 15 ha hecho inclinar a una sola parte prácticamente todos los sucesos del mundo, y obligó a que tendieran a un solo y único fin, del mismo modo también <es preciso>, valiéndose de la historia, concentrar bajo un único punto de vista sinóptico, en beneficio de los lectores, el plan del que se ha servido la Fortuna para el cumplimiento [2] de la totalidad de los hechos. Lo que acabo de notar es lo que nos ha impulsado y estimulado más a dedicarnos a la historia, y también, además, el hecho de que nadie, entre nuestros contemporáneos, haya emprendido la confección de una historia general. De ser así, yo no habría puesto tanto empeño en una obra [3] de estas características. Pero ahora me he dado cuenta de que muchos investigan guerras particulares 16 y hechos ajenos a ellas; sin embargo, nadie se dedica, al menos por lo que nosotros sabemos, a dilucidar la estructura general y total de los hechos ocurridos, cuándo y de dónde se originaron, y cómo alcanzaron su culminación. [Por ello] he creído absolutamente necesario [4] no omitir ni dejar pasar, sin detenerme en ello, la obra más bella, y al mismo tiempo más útil, de la Fortuna. Ésta, ciertamente, realiza muchas cosas novedosas e [5] interviene de continuo en las vidas de los hombres, pero, francamente, no había realizado jamás una obra semejante ni había propugnado un conflicto como el actual. Y esto es lo que resulta imposible de captar en [6] los autores de monografías, a no ser que se viaje a todas las ciudades más ilustres, recorriéndolas una por una, o bien, ¡por Zeus!, que se contemplen por separado, pintadas, y se suponga en el acto, por ello, que se ha visto el mapa de todo el universo, la disposición global del mundo y su ordenación, lo cual resulta absolutamente inverosímil. Porque, en general, [7] los que están convencidos realmente de que a través de las historias monográficas tienen una adecuada visión del conjunto, creo que sufren algo parecido a los que han contemplado esparcidas las partes de un cuerpo antes dotado de vida y de belleza, y ahora juzgan que han sido testigos oculares suficientes de su vigor, de su vida y de su hermosura. Pero si alguien recompusiera [8] de golpe el cuerpo vivo y consiguiera devolverle su integridad, con la forma y el bienestar de su espíritu, y luego, ya conseguido esto, mostrara de nuevo el cuerpo a aquellos mismos, estoy seguro de que todos confesarían al punto que antes habían quedado muy lejos de la verdad, y que habían sido parecidos a los que sufren visiones en sueños. Es verdad que la parte [9] puede ofrecer una cierta idea del todo, pero es imposible que proporcione un conocimiento exhaustivo y un juicio exacto. Por eso hay que considerar que la [10] historia monográfica aporta poca cosa al conocimiento y al establecimiento de hechos generales. Sin embargo, [11] a partir del entrelazamiento y la comparación de todos los hechos entre sí, y además de su semejanza y su diferencia, sólo así uno lograría y podría alcanzar, al propio tiempo, el goce y el provecho proporcionados por la historia.
Introducción al libro I. Origen de la primera guerra púnica
Estableceremos como punto inicial de este libro la primera travesía que los romanos efectuaron fuera de Italia. Este comienzo sigue inmediatamente a los sucesos en los que se detuvo Timeo 17 y cae en la olimpíada [2] ciento veintinueve. Convendría, pues, explicar cómo y cuándo los romanos, que ya habían resuelto satisfactoriamente sus problemas en Italia, se lanzaron a cruzar el mar hasta Sicilia, y aclarar con qué medios lo hicieron. Tal isla fue el primer territorio exterior a [3] las regiones italianas que los romanos invadieron. La causa de esta travesía debe ser expuesta sin más, evitando así que al indagar la causa de la causa, el comienzo y la investigación de todo lo expuesto, llegue a [4] carecer de fundamento. Debe escogerse como principio un momento reconocido y aceptado por todos, que permita por sí mismo la visión de los acontecimientos. Incluso si es preciso, remontarse algo en el tiempo y hacer una recapitulación que abarque los momentos [5] intermedios, porque si se ignora el momento inicial o, ¡por Zeus!, se discute, será imposible pedir aceptación y crédito para lo que siga, mientras que si se ha dispuesto de un principio reconocido acerca del punto inicial, todo el desarrollo subsiguiente resultará aceptable para los lectores 17bis .
Había empezado el año decimonono después de la [6] batalla naval de Egospótamos 18 , que es el decimosexto anterior a la que se libró en Leuctra 19 En este año [2] los lacedemonios firmaron con el rey de los persas la paz llamada de Antálcidas 20 , y Dionisio el Viejo, tras derrotar a los griegos de Italia en la batalla habida junto al río Eléporo 21 , asediaba Regio. Por su parte, los galos 22 habían tomado, y retenían por la fuerza, la ciudad de Roma, a excepción del Capitolio. Los romanos [3] concertaron treguas y un cese de hostilidades satisfactorio para los galos, y dueños de nuevo de su país contra toda esperanza, consideraron tal circunstancia como principio de su desarrollo, y en los tiempos siguientes guerrearon contra los limítrofes de su ciudad. [4] Se convirtieron en señores de todos los pueblos latinos 23 tanto por su valor como por su buena estrella en los combates; después lucharon contra los tirrenos, seguidamente contra los celtas, y a continuación contra los samnitas, colindantes [éstos] con el país de [5] los latinos por el Norte y por el Este. Pasó cierto tiempo; los tarentinos, que habían tratado con insolencia a unos legados romanos, se atemorizaron por ello, y se atrajeron a Pirro; fue en el año anterior al de la expedición de los galos que fue aniquilada en Delfos, y ellos se vieron forzados a navegar hacia Asia. [6] Los romanos, tras someter a los etruscos y a los samnitas, tras haber vencido, además, en muchas batallas a los celtas de Italia, atacaron entonces por primera vez las partes restantes de ella. No era su intención hacer la guerra por un territorio extranjero, sino, en la mayoría de las veces, por algo que ya era suyo y les pertenecía. Sus contiendas contra samnitas y galos habían convertido a los romanos en verdaderos campeones [7] en las acciones de guerra. Sostuvieron bravamente estas hostilidades, y acabaron por desalojar de Italia a las fuerzas de Pirro; guerrearon de nuevo y destrozaron a los que habían hecho causa común con [8] él. Se convirtieron, pues, en dueños de todo, contra lo que cabía esperar, ya que sometieron a todos los habitantes de Italia, excepción hecha de los galos. Y a continuación emprendieron el asedio de los romanos que entonces dominaban en Regio 24 .
Mesina y Regio, ciudades fundadas a ambos lados [7] del estrecho, habían sufrido una suerte singular y semejante. Por lo que atañe a Mesina, en una época no [2] muy anterior a los hechos de que ahora nos ocupamos, los campanos, que actuaban como mercenarios a las órdenes de Agatocles 25 , y que antes se habían visto cautivados por la belleza y por las demás ventajas de la ciudad, así que se les presentó una ocasión favorable resolvieron de inmediato violar las treguas; entraron [3] como amigos, se apoderaron de la población, expulsaron a unos ciudadanos y degollaron a otros. Después [4] de hacer esto, tomaron a las mujeres y a los hijos de aquellos a quienes habían desposeído tal como la Fortuna 26 se los distribuyó en el momento mismo del crimen; luego se repartieron las riquezas restantes, y todo el territorio, y se quedaron con ello. Como se apoderaron [5] rápida y fácilmente de un hermoso país y de una bella ciudad, no tardaron en encontrar imitadores de su fechoría. En el tiempo en que Pirro 27 había [6] cruzado el mar hasta Italia, los reginos, sobrecogidos por tal expedición y temerosos de los cartagineses, que eran la primera potencia marítima, consiguieron de los romanos [7] una guarnición y ayuda. Llegaron, pues, y durante cierto tiempo guardaron la ciudad y la confianza depositada en ellos; eran cuatro mil en número, mandados [8] por Decio Campano. Con todo, acabaron por emular a los mamertinos, a los que tomaron por colaboradores. Estos romanos, codiciosos de la estratégica situación de esta ciudad y de la prosperidad de los reginos, debida a sus propiedades, traicionaron el pacto que les unía a ellos, arrojaron del país a unos ciudadanos, degollaron a otros, y se adueñaron de la ciudad; no de otra manera habían procedido los campanos. [9] Todo ello enojó a los romanos, pero de momento no pudieron hacer nada, porque estaban embarcados en [10] las guerras antedichas. Cuando se vieron libres de ellas cercaron y bloquearon la ciudad de Regio, tal [11] como arriba indiqué. Y lograron el triunfo. Durante la misma acción mataron a la mayor parte de los asediados, que se defendían encarnizadamente porque preveían el futuro. Pero cogieron vivos a más de trescientos, [12] que enviaron a Roma. Los cónsules los condujeron hasta el foro, les mandaron azotar y los decapitaron a todos con hachas, según es uso entre los romanos. Con aquel castigo pretendían levantar en lo posible la confianza [13] que sus aliados habían puesto en ellos. Y devolvieron, al punto, a los reginos su país y su ciudad.
[8] Los mamertinos 28 (pues los campanos que se habían apoderado de Mesina se habían aplicado a sí mismos este nombre), mientras se beneficiaron de la alianza pactada con los romanos que retenían Regio, no sólo dominaron con seguridad su territorio y su ciudad, sino que inquietaron cada cierto tiempo la frontera de los cartagineses y de los siracusanos, y se hicieron pagar tributos en muchas partes de Sicilia. Mas cuando [2] se vieron sin la ayuda mencionada porque los que dominaban en Regio estaban asediados, fueron empujados inmediatamente por los siracusanos a su ciudad. Las causas de ello fueron, entre otras, las siguientes:
No mucho tiempo antes, las tropas de los siracusanos, [3] apostadas en Mergane 29 , rompieron con los que residían en la ciudad, y en Mergane misma nombraron sus propios generales: Artemidoro, y el que después de estos hechos fue tirano de Sicilia, Hierón 30 , quien entonces era muy joven, desde luego, pero a quien su noble linaje dotó de capacidad para reinar y actuar. Hierón, pues, recogió el mando, con la ayuda de algunos [4] íntimos entró en la ciudad, logró dominar a sus adversarios políticos, y dispuso con tanta prudencia y magnanimidad los asuntos que los siracusanos, que nunca aceptaban que los soldados eligieran a sus jefes, en aquella ocasión acordaron por unanimidad tener a Hierón como general en jefe. Ya en sus primeras decisiones [5] Hierón evidenció a los buenos observadores que abrigaba aspiraciones superiores a las del generalato.
Veía que los siracusanos, cada vez que mandaban [9] fuera a sus tropas, y a sus magistrados con ellas, se peleaban entre sí, y siempre maquinaban cambios políticos. Se dio cuenta, además, de que Leptines 31 [2] sobresalía mucho, en prestancia y en crédito, del resto de los conciudadanos; el pueblo tenía de él una opinión excepcional. Traba, pues, parentesco con él, ya que quería dejarle en la ciudad como lugarteniente cada vez que él debiera salir personalmente con las [3] tropas para alguna acción. Efectivamente, toma por mujer a la hija del mencionado Leptines, y tras comprobar que sus antiguos mercenarios le eran desafectos, además de levantiscos, los conduce en expedición militar, dirigida en apariencia contra los bárbaros, dueños [4] de Mesina 32 . Acampó cerca de Centóripa, frente al enemigo, estableció la línea de combate a lo largo del río Ciamosoro 33 , y él personalmente mantuvo la caballería y la infantería nacionales a una cierta distancia, como si quisiera entablar batalla con el enemigo en otro lugar. Puso en la vanguardia a los mercenarios y permitió que murieran todos abatidos por los bárbaros. [5] Mientras éstos eran masacrados él efectuó sin peligro la retirada, junto con sus conciudadanos, hacia [6] Siracusa. Tras poner fin a este asunto de modo efectivo, alejados ya de su ejército los elementos turbulentos y revoltosos, reclutó personalmente un número suficiente de mercenarios, y ya ejerció con seguridad el [7] mando militar. Al observar que los bárbaros, debido a su éxito, se revolvían con más audacia y temeridad, armó y entrenó enérgicamente a las tropas ciudadanas, las hizo salir y entablar combate con el enemigo en la [8] llanura de Milea, junto al río llamado Longano 34 . Infligió una severa derrota al adversario, y logró coger prisioneros a sus generales; así atajó la osadía de los bárbaros, y tras su regreso a Siracusa fue aclamado rey 35 por todos los aliados.
Los mamertinos, privados primero del apoyo de los [10] de Regio, como dije más arriba 36 , estaban entonces, debido a las causas aducidas, en la más completa de las bancarrotas en sus propios recursos. Unos buscaron refugio entre los cartagineses, y les cedieron su ciudadela y sus propias personas, en tanto que otros [2] enviaron a los romanos embajadores que les ofrecieran la ciudad y demandaran ayuda, fundándose en que eran hermanos de raza. Los romanos vacilaron mucho tiempo, [3] porque, en su opinión, saltaba a la vista lo absurdo de la ayuda: pues el hecho de que quienes poco tiempo [4] antes habían ejecutado con el suplicio mayor a sus propios ciudadanos por haber traicionado los pactos establecidos con los reginos, ahora ayudaran a los mamertinos, que habían cometido algo semejante no sólo contra la ciudad de Mesina, sino contra la de Regio, era en sí un error difícilmente justificable. Pero sin [5] dejar de ver, en último término, las claras objeciones, veían también que los cartagineses habían sometido no sólo los territorios de África, sino además muchos de España 37 , que eran dueños de todas las islas del[6] mar de Cerdeña y del mar Tirreno. Los romanos consideraban con razón que, si los cartagineses se apoderaban, por añadidura, de Sicilia, les resultarían vecinos temibles y excesivamente gravosos, pues les tendrían rodeados y ejercerían presión sobre todas las regiones [7] de Italia. Resultaba claro, en consecuencia, que si los mamertinos no alcanzaban la ayuda, los cartagineses [8] someterían al punto Sicilia. Porque en cuanto se adueñaran de Mesina, que ahora se les entregaba, en breve plazo iban a destruir Siracusa, porque dominaban prácticamente [9] todo el resto de Sicilia. Previendo esto los romanos, y considerando que no podían abandonar Mesina ni permitir que los cartagineses tendieran un puente para sus incursiones contra Italia, hicieron largas deliberaciones.
El Senado rechazó categóricamente la petición por [11] las causas antedichas: las ventajas de prestar esta ayuda se veían contrapesadas por lo absurdo del auxilio a los mamertinos. Pero la plebe, que estaba arruinada [2] por las guerras anteriores y clamaba por una recuperación, fuera la que fuera, decidió finalmente la ayuda, ello tanto por lo que se acaba de exponer en cuanto al interés común que presentaba esta guerra, como porque los generales andaban señalando, a cada uno en particular, las grandes y evidentes ventajas. El pueblo [3] aprobó por votación el decreto, y los romanos nombraron general a uno de los cónsules, a Apio Claudio. Le enviaron con la orden de pasar hasta Mesina y prestar allí ayuda. Los mamertinos lograron expulsar al [4] general cartaginés, que ocupaba ya la ciudadela, en parte con intimidaciones y en parte con engaños, llamaron a Apio y pusieron la ciudad en sus manos. Los cartagineses [5] crucificaron a su general, convencidos de que había evacuado la ciudadela por negligencia y cobardía. Luego tomaron posiciones: con su flota junto al cabo [6] Peloríade 38 , y con su infantería en las llamadas Sines, establecieron un enérgico bloqueo sobre Mesina. Fue [7] entonces cuando Hierón, persuadido de que las circunstancias actuales eran las más indicadas para arrojar totalmente de Sicilia a los bárbaros que retenían Mesina, pactó con los cartagineses, tras lo cual salió [8] de Siracusa y se puso en marcha hacia la ciudad mencionada. Acampó frente a ella, junto al monte llamado Calcidico 39 , y cerró por allí la salida, a los de la ciudad.
[9] El general romano Apio cruzó de noche y por sorpresa [10] el estrecho, y llegó hasta Mesina. Al ver que el enemigo ejercia por todas partes gran presión sobre la ciudad, pensó que sería para él un deshonor y además un riesgo dejarse asediar, ya que el enemigo dominaba [11] mar y tierra. Empezó, pues, por enviar legados a ambos bandos, con la intención de apartar de la guerra [12] a los mamertinos. Pero como nadie le atendió, al final decidió, obligado por las circunstancias, afrontar [13] los peligros y atacar a los siracusanos. Hizo salir su ejército y lo dispuso en orden de combate; por su [14] parte, el rey de Siracusa bajó presto a la pelea. La pugna duró largo tiempo, pero Apio logró superar al enemigo y persiguió a todos sus contrarios hasta sus [15] trincheras. Despojó a los cadáveres y se replegó hacia Mesina, mientras que Hierón, que empezó a recelar del éxito final del intento, cuando sobrevino la noche se retiró a toda prisa hacia Siracusa.
[12] Al día siguiente, cuando Apio se dio cuenta de la retirada de los antedichos, cobró ánimo, y decidió no [2] diferir el ataque contra los cartagineses. Ordenó a sus soldados que la comida se hiciera en el momento adecuado, y salió del campamento al amanecer.
[3] Trabando combate con los adversarios, les infligió gran número de bajas, y al resto Ies obligó a huir en [4] desbandada a las ciudades cercanas. Apio explotó estos éxitos, levantó el cerco de Mesina, y desde entonces hacía marchas impunemente, en las que se dedicaba a talar los territorios de los siracusanos y también los de aquellos que se les habían aliado, sin que nadie se le opusiera en campo abierto. Finalmente, acampó en los alrededores de Siracusa e inició su asedio.
Ésta fue la primera expedición de los romanos fuera [5] de Italia con un ejército, y fue por las razones y en el tiempo indicados. Considerando que era el comienzo [6] más adecuado para el conjunto de la exposición, la establecimos como principio, remontándonos un poco más en el tiempo, para no dejar ninguna duda en cuanto a la explicación de las causas. Saber cómo y [7] cuándo los romanos, que habían tropezado con dificultades en su propio país, empezaron a progresar, conocer cómo de nuevo, dueños ya de la situación en Italia, se lanzaron a empresas fuera de ella, lo supusimos necesario para los que van a seguirnos. Así dispondrán de una apropiada visión de conjunto de aquello en que se cifra la actual supremacía romana. Por esto, tampoco [8] hay que extrañarse en lo que sigue, si alguna vez, al tratar de las naciones más famosas, nos remontamos en el tiempo. Lo haremos para alcanzar unos principios, [9] a partir de los cuales se perciban con claridad los puntos de partida, cómo y cuándo se lanzó cada una para llegar a la situación en la que actualmente se encuentra. Es precisamente lo que acabamos de hacer con los romanos 40 .
Pero ya es hora de que abandonemos esto, y exponga [13] yo mis propósitos. Voy a señalar, de manera breve y resumida, los hechos que comprenderá esta Introducción 41 . Los primeros, por orden, serán los ocurridos [2] entre romanos y cartagineses en la guerra de Sicilia 42 . [3] Conectada con ella estará la guerra de África, y enlazada con esta última la de Amílcar en España; seguirá [4] la que hicieron Asdrúbal y sus cartagineses. Por el mismo tiempo que éstas fue la primera expedición de los romanos hacia Iliria 43 y estas partes de Europa. Además de las dichas, pertenecen a esta época las campañas de los romanos contra los celtas de Italia. [5] Paralelamente a todo ello se producía en Grecia la llamada guerra de Cleómenes, con la que pondremos fin al conjunto de la Introducción y al libro segundo.
[6] No nos ha parecido necesaria, ni útil para nuestra audiencia, una enumeración detallada de los hechos [7] mencionados. En efecto, no nos proponemos historiarlos, pero hemos decidido mencionarlos de forma resumida como preparación adecuada a los hechos de los [8] que vamos a hacer la historia. Por ello, de todo lo dicho tocaremos lo más importante, en su orden cronológico, y nos esforzaremos en enlazar el final de esta Introducción con el principio y el objeto de nuestra [9] Historia. Con un método así, la exposición será seguida, y en nuestra opinión enlazaremos de manera satisfactoria las cosas ya relatadas antes con las otras. Haremos accesible y fácil de comprender para los estudiosos, por medio de esta disposición, el camino hacia [10] lo que está aún por decir. Intentaremos exponer algo más cuidadosamente la primera guerra que surgió entre [11] romanos y cartagineses por Sicilia; es difícil encontrar otra guerra más prolongada que ésta, con preparativos más completos, con acciones más seguidas, con un número mayor de batallas y de peripecias que las que en la citada guerra afectaron a los dos bandos. [12] En aquella época los dos estados conservaban intactas sus instituciones, no les había favorecido demasiado la Fortuna 44 , y sus fuerzas eran muy semejantes. Por [13] eso, los que quieran comprender bien la peculiaridad y la pujanza de cada uno de ellos deberán formar su juicio no tanto por las guerras que siguieron a éstas como por ella misma.
Crítica de los historiadores Filino y Fabio Píctor
No menos que todo lo aducido [14] me ha incitado a detenerme en esta guerra el hecho de que los que parece que han escrito con más conocimientos de ella, Filino y Fabio 45 , no nos han transmitido la verdad como hubiera debido de ser. No supongo que estos hombres [2] hayan mentido a propósito, a juzgar por sus vidas y sus ideas. Pero creo que les ha ocurrido aproximadamente [3] lo que a los enamorados. Debido a sus ideas y simpatías, Filino cree que los cartagineses lo hicieron todo con prudencia, con nobleza y con valor, y los romanos, todo lo contrario; Fabio piensa exactamente al [4] revés. En los demás aspectos de la vida esta inclinación no debe, seguramente, rechazarse. El hombre cabal debe ser amigo de sus amigos y de su país; debe también compartir con los amigos el odio a los enemigos [5] y el amor a los amigos. Pero cuando se toma conciencia del carácter propio de la historia, debemos olvidar todo esto 46 . Con mucha frecuencia nos tocará alabar a los enemigos y exornarles con los máximos elogios, cuando sus actos así lo requieran, y muchas veces también reprochar y despreciar vergonzosamente a los más allegados, cada vez que lo exijan sus faltas de [6] conducta. Pues lo mismo que un ser viviente privado de la vista es totalmente inútil, así lo que queda a la historia, una vez eliminada la verdad, resulta ser un [7] relato inservible. No debe, pues, el historiador dudar en recriminar a los amigos ni en elogiar a los enemigos, ni debe asustarse, tampoco, de encomiar ahora y vituperar después a los mismos, ya que es imposible que aquellos que se mueven en empresas acierten siempre, ni es tampoco verosímil que yerren continuamente. En las obras históricas debemos prescindir [8] de los protagonistas, y debemos adaptar las afirmaciones y los juicios que sean precisos sólo a los hechos. En lo que sigue se puede comprobar la justeza de [9] nuestra aseveración.
Cuando da comienzo a los hechos, en su segundo [15] libro, Filino afirma que cartagineses y siracusanos habían empezado la guerra y asediaban militarmente Mesina. A continuación explica que los romanos, nada [2] más llegar por mar a la ciudad, hicieron una salida contra los siracusanos, y que, al sufrir grandes pérdidas, se replegaron hacia Mesina. Con todo, salieron de nuevo, esta vez contra los cartagineses, y sufrieron un duro golpe, pues perdieron bastantes soldados, que cayeron prisioneros vivos. Tras explicar esto afirma [3] que Hierón, después de este choque, perdió de tal manera la cabeza, que no sólo pegó fuego, al instante, a su propio atrincheramiento y a sus tiendas y huyó de noche a Siracusa, sino que además abandonó a su suerte a todas las guarniciones distribuidas por el territorio de los mesinenses. E igualmente dice que los [4] cartagineses tras la refriega dejaron inmediatamente sus trincheras y se diseminaron por las ciudades, sin atreverse a presentar combate en campo abierto. Entonces sus comandantes, conscientes de que la masa de sus hombres se había acobardado, determinaron no decidir la confrontación por las armas. Los romanos, [5] prosigue Filino, les persiguieron, y no se limitaron a talar el territorio de cartagineses y siracusanos, sino que tomaron posiciones junto a la propia Siracusa, y se dispusieron a emprender el asedio. Todo esto, a mi [6] modo de ver, está lleno de absurdos de todo tipo, y no necesita en modo alguno de discusión. En efecto: presenta [7] como fugitivos que rehuyen el campo abierto, que acaban asediados y acobardados en su espíritu a los mismos que nos había mostrado como sitiadores [8] de Mesina y vencedores en aquellos combates. En cambio, los que había señalado como derrotados y asediados, luego nos los exhibe como perseguidores y dueños inmediatos del campo abierto, y, finalmente, como sitiadores de Siracusa. Es - totalmente imposible que esos hechos concuerden entre sí; ¿cómo podrían hacerlo? Por el contrario, es preciso que sean falsas o bien las primeras suposiciones, o bien los resultados [10] de los sucesos. Lo que responde a la verdad es lo último, porque los cartagineses y los siracusanos se retiraron de los lugares abiertos, y los romanos hostilizaron al punto Siracusa, como este historiador declara, [11] y atacaron también Equetla 47 , plaza situada en el límite de los dominios cartaginés y siracusano. Es preciso, pues, reconocer que son falsos los comienzos y las premisas, y que, a pesar de la inmediata victoria de los romanos en los encuentros librados cerca de Mesina, [12] Filino nos relató que ellos habían sido derrotados. De este historiador se puede constatar que procede igual a lo largo de toda su obra, y lo mismo cabe señalar [13] de Fabio, como se demostrará oportunamente 48 . Tras exponer las razones que han aconsejado esta digresión, volveremos a los hechos y procuraremos, componiendo una narración seguida, conducir a los lectores, mediante pocas palabras, a hacerse una idea concreta, en lo que se refiere a la guerra citada.
Prosecución de la guerra. Alianza de Roma y de Hierón
[16] Cuando, procedentes de Sicilia, llegaron a Roma las noticias de los éxitos de Apio y sus legiones, Manió Otacilio y Manió Valerio, nombrados ya cónsules, fueron enviados a la isla como generales, y con ellos, el ejército [2] íntegro. Los romanos tienen, además de las legiones de los aliados otras cuatro formadas totalmente por ciudadanos, que son reclutadas anualmente 49 . Cada legión cuenta con cuatro mil soldados de a pie y trescientos de a caballo. Cuando los romanos comparecieron [3] en Sicilia, la mayor parte de las ciudades desertaron de siracusanos y de cartagineses, y se les pasaron. Hierón, al observar la agitación y el estupor de los [4] sicilianos, así como el número y la fuerza de las legiones romanas, calculó, por todas estas razones, que era más seguro depositar las esperanzas en los romanos que en los cartagineses. Sus reflexiones le llevaron a [5] este partido, y envió una embajada a los cónsules con vistas a un tratado de paz y de amistad. Los romanos, [6] por su parte, no lo despreciaron, mucho menos teniendo en cuenta su propio avituallamiento: en efecto, [7] los cartagineses dominaban el mar, y preocupaba a los romanos que les interceptaran por todas partes los avituallamientos, pues padecían grave escasez de víveres ya antes de que las legiones efectuaran la travesía. Los romanos, pues, aceptaron satisfechos la amistad [8] de Hierón, ya que consideraron que iba a serles muy útil en el aspecto citado. Hicieron un pacto, en virtud [9] del cual el rey devolvería sin rescate los prisioneros a los romanos, y, además, añadiría cien talentos. Desde entonces los romanos comenzaron a tratar a los siracusanos como amigos y aliados. El rey Hierón, una [10] vez confiado a la protección de los romanos, fue proporcionándoles suministros según sus necesidades, y desde entonces reinó sin temor sobre los siracusanos, sin otra ambición que las coronas y los honores que [11] le tributaran los griegos. En efecto, es opinión general que él ha sido el más ilustre de todos, y el que se aprovechó por más tiempo de su propia perspicacia, tanto en su vida privada como en su actividad política.
[17] Cuando estos acuerdos fueron transmitidos a Roma, y el pueblo aceptó y ratificó los convenios con Hierón, los romanos decidieron no enviar, en adelante, todas [2] sus tropas a Sicilia, sino dos legiones únicamente. Pensaban que, gracias a la alianza con el rey, aquella guerra ya les era menos gravosa, y suponían, además, que sus fuerzas dispondrían con más holgura de lo preciso. [3] Los cartagineses, al ver que Hierón se les había convertido en enemigo, y que los romanos, por otra parte, se habían comprometido a fondo en la empresa de Sicilia, pensaron que era precisa una preparación más completa, con la que fueran capaces de afrontar [4] al enemigo y seguir con sus posesiones en Sicilia. Por eso reclutaron mercenarios de la región que se halla frente a Sicilia, muchos figures y galos, iberos en número aún mayor que el de éstos, y los enviaron todos a Sicilia.
Toma de Agrigento
[5] Observando los cartagineses que la ciudad de Agrigento era la más adecuada para sus preparativos y, al mismo tiempo, la plaza más fuerte que tenían en sus dominios, concentraron en ella sus aprovisionamientos y sus tropas, pues habían decidido utilizar la ciudad como base de operaciones para esta guerra. [6] Los cónsules romanos que habían establecido los acuerdos con Hierón habían regresado a Roma, y los nombrados para sucederles, Lucio Postumio y Quinto Manilio, [7] acudieron a Sicilia con las legiones. Comprobaron las intenciones de los cartagineses y los preparativos que se hacían en Agrigento, y decidieron acometer con más audacia la empresa. Por eso se desentendieron de [8] la guerra en los demás frentes, llevaron su ejército íntegro contra la ciudad misma de Agrigento y la hostilizaron; habían acampado a ocho estadios 50 de ella y bloquearon dentro de sus muros a los cartagineses. Como estaba entonces en su apogeo la recolección del [9] trigo 51 , y el asedio se presentaba largo, los soldados romanos se lanzaron con un afán imprudente a la recogida del cereal. Los cartagineses, al ver que el enemigo [10] se había esparcido por su territorio, efectuaron una salida y atacaron a los recolectores. Tras ponerlos en fuga con facilidad, unos cartagineses se dirigieron a saquear el campamento; otros, contra los puestos de los centinelas romanos. Y la excelencia de sus instituciones 52 [11] salvó, entonces como en otras muchas ocasiones, la causa de Roma. Pues la pena decretada entre los romanos para que el que abandona su puesto es la capital, y también para el que acaba por huir y dejar su sitio de centinela. Por eso los romanos se opusieron [12] tenazmente a los enemigos, y aunque perdieron a muchos de los suyos, mataron a un número todavía mayor de cartagineses. Al fin lograron rodear a los [13] adversarios, que estaban a punto de arrancar ya el atrincheramiento, dieron muerte a unos, y, atacándole e infligiéndole bajas, persiguieron al resto hasta Agrigento.
Después de todo esto los cartagineses fueron más [18] precavidos en sus ataques, y los romanos, por su parte, fueron a forrajear con una mayor cobertura. Puesto [2] que los cartagineses salían sólo para pequeñas escaramuzas, los cónsules romanos dividieron su ejército en dos partes. Una quedó junto al templo de Asclepio 53 , delante de la ciudad; la otra acampó en los distritos [3] de ella orientados hacia Heraclea. Los romanos fortificaron el espacio intermedio entre sus dos campamentos, a ambos flancos de la ciudad, y por la parte interior trazaron un foso que les proporcionó seguridad contra los que salieran de la población; por la parte exterior abrieron un segundo foso que les resguardaba de los ataques procedentes de fuera, e interceptaba, además, la entrada en la ciudad de lo que habitualmente [4] se introduce en las plazas asediadas. Los espacios vacíos entre los fosos y los campamentos, los ocuparon con puestos de guardia, tras fortificar, a distancias [5] fijas, los lugares que eran estratégicos 54 . Todos los demás aliados iban juntando para los romanos vituallas y el material restante, y lo transportaban a Herbeso 55 ; personalmente desde esta ciudad, no muy distante, los romanos llevaban y traían sin cesar sus mercancías, y así, llegaron a disponer copiosamente [6] de todo lo necesario. Cartagineses y romanos permanecieron unos cinco meses en las misma situación, sin lograr obtener unos encima de otros una ventaja decisiva, excepto las ocasionales que sucedieran en las propias escaramuzas. Pero los cartagineses llegaron a [7] pasar hambre por el número de hombres encerrados en la ciudad, no menor a los cincuenta mil, y Aníbal, el general de las tropas sitiadas, ya en situación apurada, enviaba continuamente mensajes a Cartago que anunciaran tal circunstancia, y demandaran ayuda. Los [8] cartagineses llenaron sus naves con los soldados y elefantes que lograron reunir, y enviaron con las naves hacia Sicilia, a Hannón, el otro general, quien, tras [9] concentrar en Heraclea los bagajes y las tropas, primero conquistó, tomándola por sorpresa, la ciudad de Herbeso. Así privó a las legiones enemigas de los mercados y avituallamientos necesarios. Con ello ocurrió [10] que, en realidad, los romanos fueron a la vez sitiadores y sitiados, y llegaron a tal punto de falta de alimentos y de escasez de lo necesario, que pensaron con frecuencia en levantar el asedio, cosa que habrían [11] acabado haciendo si no hubiera sido porque Hierón puso todo su empeño y astucia en disponer para los romanos el avituallamiento adecuado y necesario.
Con todo ello, el ya citado Hannón se dio cuenta [19] de que los romanos estaban debilitados por las enfermedades y por las privaciones, puesto que vivían en un ambiente pestilente; a sus tropas, en cambio, el cartaginés las creía en buena disposición para la batalla. Recogió sus elefantes, que eran unos cincuenta [2] en número, y el resto de su ejército. Avanzó a toda prisa desde Heraclea; había ordenado previamente a la caballería númida que avanzara por delante y, una vez cerca del atrincheramiento enemigo, lo hostilizara e intentara provocar a la caballería romana. Después volverían grupas y se replegarían hasta reunirse con él. Los númidas ejecutaron estas órdenes y atacaron [3] uno de los campamentos, pero los romanos hicieron al punto una salida con su caballería y acometieron con ardor a los númidas. Éstos siguieron sus [4] instrucciones y se replegaron hasta reunirse con Hannón y sus hombres, pero luego se revolvieron, se desplegaron y atacaron al enemigo matándole muchos soldados y [5] acosando al resto hasta el atrincheramiento. Realizado ya esto, los de Hannón acamparon encima de los romanos, a irnos diez estadios de distancia de ellos, tras [6] apoderarse de una colina llamada Toro 56 . Y así estuvieron dos meses en esta situación, sin hacer nada decisivo, sino limitándose sólo a escaramuzas diarias. [7] Pero Aníbal transmitía señales de fuego 57 , que hacía continuamente desde la ciudad, y enviaba constantes mensajes a Hannón advirtiéndole que la masa ya no podía soportar el hambre, y que muchos de los suyos, empujados por la necesidad, estaban desertando hacia el enemigo. El general cartaginés decidió arriesgarlo todo, y, por su parte, los romanos no estaban menos [8] dispuestos por las causas ya señaladas. Los dos bandos, pues, sacaron sus tropas al lugar que separaba los [9] campamentos y trabaron combate. La refriega duró largo tiempo, pero al final los romanos lograron poner en fuga a los mercenarios cartagineses que luchaban [10] en vanguardia. Éstos mercenarios se precipitaron contra sus propios elefantes y contra las demás formaciones, que estaban situadas detrás, y entonces se produjo la confusión en el ejército entero de los cartagineses 58 . [11] El repliegue fue general; la mayor parte de sus hombres sucumbió, y algunos consiguieron refugiarse en Heraclea. Los romanos se apoderaron de casi todos los elefantes y de la totalidad del equipo. Al llegar la noche, [12] como los romanos, por la alegría del éxito, y también por la fatiga, descuidaran algo sus guardias, Aníbal, que desesperaba de su situación y estaba convencido, además, por lo que acabamos de decir, de que disponía de una buena ocasión para salvarse, hacia medianoche salió de la ciudad con sus fuerzas mercenarias. Había mandado rellenar los fosos con capazos [13] repletos de paja, y sacó sin ningún riesgo a sus fuerzas sin que el enemigo se apercibiera. Al día siguiente los [14] romanos se dieron cuenta de lo ocurrido, y después de establecer algún contacto con los de la retaguardia de Aníbal, se lanzaron en masa hacia las puertas. No [15] tropezaron con ninguna resistencia, cayeron sobre la ciudad y la saquearon, hicieron gran número de prisioneros y se adueñaron de un gran y variado botín.
Primera creación de una flota romana
Llegó al Senado romano la noticia [20] de los hechos de Agrigento, que suscitaron una gran alegría; las aspiraciones de los romanos fueron a más, y ya no se limitaron a lo que al principio habían calculado. No les pareció suficiente haber salvado a los mamertinos y el provecho que habían extraído de esta misma guerra 59 . Tenían la esperanza de ser capaces de arrojar por completo [2] a los cartagineses de Sicilia, y de que, logrado esto, sus intereses iban a experimentar un gran auge, y se dedicaron por entero a estos proyectos y a los planes que a ellos se referían. Veían que sus fuerzas [3] terrestres progresaban razonablemente, puesto que los [4] generales que habían nombrado, Lucio Valerio y Tito Octacilio, para suceder a los que habían procedido al cerco de Agrigento, daban la impresión de tratar satisfactoriamente [5] las acciones de Sicilia. Pero los cartagineses eran dueños absolutos del mar, y por esto la [6] guerra, a los romanos, les resultaba indecisa. Si bien inmediatamente después, dueños ellos de Agrigento, muchas ciudades del interior se les pasaron, temerosas de las fuerzas de tierra romanas, un número todavía mayor de poblaciones costeras desertó de los [7] romanos, por miedo a la flota cartaginesa. Por todo esto, los romanos veían cada vez más que la guerra se inclinaba ya hacia un lado, ya hacia el otro, y ello por las causas citadas. Veían, además, que las fuerzas navales cartaginesas devastaban con frecuencia Italia, y que África, finalmente, quedaba siempre indemne; por todo lo cual, se lanzaron al encuentro con los [8] cartagineses también por mar. Y no es este detalle el que menos me ha empujado a confeccionar una memoria algo más prolija de la guerra en cuestión. Así no se desconocerá el origen 60 , el cómo y el cuándo, y las causas por las que los romanos se lanzaron por primera [9] vez al mar. Fue porque vieron que la guerra se Ies alargaba; entonces, y no antes, emprendieron la construcción de naves, de cien quinquerremes y de [10] veinte trirremes 61 . Pero como sus armadores no tenían la menor práctica en la armadura de quinquerremes, porque por aquel entonces ningún pueblo de Italia usaba de tales embarcaciones, esta parte de su programa les causó grandes dificultades. Por ellas principalmente [11] se puede echar de ver el coraje y la audacia de la decisión tomada por los romanos, ya que sin [12] tener, no ya unos recursos razonables, sino desprovistos en absoluto de ellos, sin haber tenido antes nunca un programa marítimo, sino pensando en él entonces por primera vez, emprendieron la cosa con tal arrojo que aun antes de adquirir experiencia en la materia, atacaron sin dilación a los cartagineses, quienes, recibido de sus antepasados, ejercían un dominio marítimo indisputado. Como prueba de la verdad de mis [13] afirmaciones y de lo increíble de su atrevimiento puede servir esta consideración: cuando emprendieron por primera vez el transporte de sus fuerzas hacia Mesina, los romanos no disponían ni de una sola nave ponteada, ni tan siquiera de naves largas, ni aún de esquifes 62 . Se sirvieron de quinquerremes y de [14] trirremes de los tarentinos y de los locrios, e incluso de los eléatas y de los napolitanos, y en tales navios transportaron [15] temerariamente sus tropas. Y fue en esta ocasión, concretamente, cuando los cartagineses les atacaron en el estrecho, y una nave suya protegida por puente se acercó tanto, debido a su ardor, que encalló y cayó en manos de los romanos 63 . La usaron como [16] modelo, y según ella construyeron toda su escuadra. Si no hubiera ocurrido esto, es notorio que sus desconocimientos les hubieran frustrado enteramente la empresa.
[21] Mas no fue así: mientras unos se preocupaban de la construcción de las naves y trabajaban en su puesta a punto, otros reclutaban sus dotaciones, y, en tierra, [2] les enseñaban a remar del siguiente modo: hacían sentar en los bancos de remeros dispuestos en el suelo, a los hombres ordenados según luego estarían en los asientos de las naves, colocaban al cómitre en el centro, y habituaban a todos a echarse hacia atrás mientras movían los brazos hacia sí mismos y luego se inclinaban hacia delante extendiendo los brazos. Debían cesar o iniciar los movimientos según las instrucciones [3] del cómitre. Cuando éstos estuvieron entrenados, al mismo tiempo que terminaban las naves, las botaron; se ejercitaron durante poco tiempo con maniobras reales en el mar; luego zarparon, bordeando la costa italiana según las órdenes del cónsul. El almirante que [4] los romanos habían nombrado para su fuerza marítima, Cneo Cornelio, pocos días antes había ordenado a los capitanes que, así que la flota estuviera dispuesta, zarparan con rumbo al estrecho; él personalmente se hizo a la mar con diecisiete naves y se adelantó hacia Mesina, con el afán de preparar lo que la escuadra necesitaba con más urgencia. En Mesina se le presentó una 5 oportunidad de tomar la ciudad de Lípari, y él, con esta esperanza, mantenida con excesiva ligereza, fue navegando con las naves antedichas y fondeó frente a la ciudad. Aníbal, el general de los cartagineses, enterado [6] de lo que había ocurrido en Palermo, envía a Boodes, un miembro del Senado cartaginés 64 , con veinte naves. Boodes zarpó de noche y rodeó en el [7] puerto a los de Cneo. Al sobrevenir el día, forzó a las dotaciones romanas a huir hacia tierra, y Cneo, atónito, sin poder hacer nada, acabó por entregarse al enemigo. Los cartagineses, dueños de las embarcaciones [8] y del almirante contrario, regresaron al punto hacia Aníbal. Y pocos días después, a pesar de haber sido [9] tan claro y reciente el infortunio de Cneo, a punto estuvo el propio Aníbal de caer de plano en un error semejante. Efectivamente, enterado de que la escuadra [10] romana, que costeaba Italia, estaba cerca, quiso averiguar el número y la disposición general del enemigo. Tomó cincuenta naves y se hizo a la mar. Dobló el cabo [11] de Italia y cayó sobre el enemigo que navegaba en orden y en formación de batalla; perdió la mayoría de sus naves, y él logró escapar inesperadamente y contra toda lógica con las que le quedaron.
[22] Después de todo esto los romanos, que se habían aproximado a las costas de Sicilia, enterados del desastre ocurrido a Cneo Cornelio, establecieron contacto inmediatamente con Cayo Duilio, jefe de las fuerzas [2] de tierra, y le esperaron. Conocedores igualmente de que la escuadra cartaginesa estaba cerca, hicieron los [3] preparativos para una batalla naval. Pero las naves romanas eran de construcción deficiente y muy poco marineras, por lo que alguien propuso a los romanos para el combate el uso de un ingenio, los llamados después «cuervos» 65 , cuya disposición era la siguiente: [4] estaba colocada de pie en las proas una viga cilindrica, de cuatro brazas de longitud, de un diámetro de tres [5] palmos. Este mástil tenía en su extremo superior una polea, y tenía además, adosada a él, una pasarela formada de tablas clavadas con clavijas transversales; esta pasarela tenía cuatro pies de anchura y seis brazas de longitud. Estas tablas tenían un orificio longitudinal [6] en el que se instalaba el poste, a dos brazas de la extremidad de la pasarela. Ésta disponía de dos barandas, una a cada lado, a la altura de la rodilla, en toda su longitud. En el otro extremo de la pasarela se ajustaba [7] una pieza parecida a un majadero de hierro, acabada en punta, que en su ápice tenía una argolla, de manera que el conjunto parecía un trillo de molienda. A esta argolla se sujetaba un cable, mediante el cual, 8 en el abordaje de los navios, se levantaban los cuervos por la polea del mástil y los soltaban contra la cubierta de la nave enemiga, unas veces por la proa, y otras virando para hacer frente a los ataques que se producían por los flancos 66 . Cuando los cuervos 9 conseguían aferrar las tablas de la cubierta y juntar así las dos naves, si éstas se embestían entre sí de flanco, los soldados saltaban por todas partes; si se había realizado por la proa, pasaban por parejas por el mismo cuervo. Los soldados que iban en cabeza protegían [10] el frente descubierto de la tropa oponiendo sus escudos a los tiros enemigos; los que seguían aseguraban los flancos, apoyando sobre las barandas los bordes de sus rodelas. Los romanos, pues, preparados de este [11] modo, aguardaban el momento de una batalla naval.
[23] Cayo Duilio, así que tuvo noticia del revés sufrido por el almirante de la fuerza naval, confió el ejército de tierra a los tribunos y él se trasladó personalmente [2] hasta la flota. Informado de que el enemigo talaba la región de Mileíte, navegó hacia allí con toda su armada. [3] Cuando los cartagineses lo observaron, se hicieron a la mar gozosos y a toda prisa, con ciento treinta naves. Despreciaban la inexperiencia de los romanos, y así navegaron de frente, enfilando las proas del enemigo, por considerar que el riesgo no merecía una formación, sino que pensaban dirigirse a un botín evidente. [4] El mando lo ejercía Aníbal, aquel que había conseguido sacar de noche las fuerzas cartaginesas de Agrigento; tenía una heptera 67 que había pertenecido [5] al rey Pirro. A medida que se iban acercando, al ver los cuervos que se levantaban en las proas de cada nave, los cartagineses vacilaron algún tiempo, extrañados por la construcción de aquellos ingenios; pero al cabo desdeñaron al adversario, y las naves delanteras [6] avanzaron audazmente para iniciar el ataque. Los barcos que trababan combate quedaban firmemente enlazados por estos ingenios, los romanos pasaban inmediatamente a través del propio cuervo y entablaban batalla sobre las cubiertas. De los cartagineses, unos murieron, y el resto se entregó, atónitos ante lo ocurrido, pues la refriega acabó siendo casi como un combate en [7] tierra. También por eso los cartagineses perdieron, con sus dotaciones, las treinta primeras naves que habían efectuado la embestida, entre las que se contaba la del propio almirante, Aníbal, que de manera extraña e inesperada [8] logró huir en un bote. El resto de las naves cartaginesas navegaba de frente, como para el abordaje, pero cuando, en su aproximación, vieron lo ocurrido a las naves que les precedían, viraron y evitaron la acometida de aquellos ingenios. Confiados en la rapidez [9] de sus naves, esperaban efectuar la acometida, sin riesgo, unos por los flancos, y otros, adelantándose, por la proa. Pero los ingenios se erguían frente a ellos [10] por todas partes y se abatían todos a la vez, de manera que las naves que se acercaban se veían cogidas sin solución posible; al final, los cartagineses se retiraron y huyeron, estupefactos por la novedad de lo ocurrido y tras haber perdido cincuenta navíos 68 .
La guerra entre los años 260 - 256
Contra lo que hubieran podido [24] creer, los romanos habían visto coronadas por el éxito sus esperanzas navales, lo cual duplicó su ardor y su empuje en aquella guerra. Fue entonces cuando desembarcaron en Sicilia [2] y rompieron el cerco de Egesta, cuyos habitantes estaban ya en situación extrema. Después dejaron Egesta y capturaron por la fuerza la ciudad de Macela 69 .
Después de la batalla naval, Amílcar 70 , el general [3] de los cartagineses, nombrado jefe de las fuerzas de tierra, estaba en las proximidades de Palermo. Supo que en las legiones romanas había desavenencias entre los romanos y sus aliados, surgidas porque todos pretendían ocupar las primeras filas en las batallas. Informado [4] también de que los aliados habían acampado en solitario entre Paropo y las termas de Hímera, cayó por sorpresa sobre ellas con todas sus fuerzas cuando aún movían su campo, y mató casi cuatro mil hombres. [5] Después de esta operación, Aníbal, con las naves que había conseguido salvar, zarpó hacia Cartago, y, transcurrido poco tiempo, levó anclas desde allí hacia Cerdeña; había tomado consigo más naves y algunos [6] de los trierarcos más notables. No mucho más tarde los romanos, en Cerdeña, le encerraron en un puerto. Tras perder muchas naves, los cartagineses supervivientes [7] le detuvieron al punto y le crucificaron. Pues los romanos, al tiempo de lanzarse al mar, al punto comenzaron a intervenir en los asuntos de Cerdeña.
[8] En el año siguiente las legiones romanas de Sicilia [9] no hicieron nada digno de mención; únicamente, por aquel entonces, tras recibir a sus nuevos comandantes recién nombrados, Aulio Atilio y Cayo Sulpicio, se lanzaron contra Palermo porque allí pasaban el invierno [10] las tropas cartaginesas. Los cónsules se aproximaron a la ciudad con su ejército íntegro, y lo formaron en orden de combate. Pero el enemigo no salió de la ciudad a su encuentro, y los romanos dirigieron entonces [11] su arremetida contra la ciudad de Hipana 71 , y en la primera embestida la tomaron por la fuerza. Conquistaron también Mitístrato 72 , que resistió largo tiempo el asedio porque está situada en territorios muy [12] abruptos. Se apoderaron, además, de la ciudad de Camarina, que no hacía mucho había desertado de ellos, aproximando al muro sus máquinas de guerra y destruyéndolos. Igualmente se adueñaron también de Enna y de otros muchos villorrios dominados por los cartagineses. [13] Cuando hubieron culminado todo esto se dispusieron para el asedio de Lípari.
Al año siguiente, el general romano Cayo Atilio fondeó [25] frente a Tindáride 73 y observó que la flota cartaginesa navegaba en desorden. Ordenó a sus propias dotaciones seguir a los cartagineses que iban delante, y él personalmente, con diez naves que le acompañaban en la navegación, se lanzó por delante de las otras. Al ver los cartagineses que parte del ejército enemigo [2] estaba todavía embarcado, que parte había ya dejado el puerto, en tanto que los primeros estaban ya muy lejos de los suyos, dando media vuelta les afrontaron, y consiguieron cercar a estas diez naves, y las destruyeron, [3] a excepción de la del almirante, a la que poco faltó para que la aprisionaran con su dotación, pero esta embarcación destacaba por su cuerpo de remeros, y era además muy marinera, por lo que se salvó inopinadamente del peligro. El resto de las naves romanas, [4] que había zarpado después, se concentró rápidamente. Formaron un frente y cargaron contra el adversario; aprisionaron diez naves con sus tripulaciones, y hundieron ocho más. El resto de la flota cartaginesa se retiró hacia las islas llamadas de Lípari.
Después de esta batalla naval, convencidos los dos [5] bandos de que habían luchado con un riesgo sensiblemente igual, se dedicaron más de lleno a la organización de sus fuerzas marítimas y a organizar un programa naval. En este período las fuerzas de tierra no [6] hicieron nada digno de mención, sino que pasaron el tiempo en pequeñas acciones ocasionales. Preparándose, [7] como apunté, para el verano inmediato, los romanos botaron trescientas naves largas ponteadas 74 , y [8] tocaron tierra en Mesina. Zarparon de allí y navegaron dejando Sicilia a su derecha, doblaron el cabo Paquino 75 y pasaron de largo hacia Écnomo, porque también el ejército romano de tierra estaba en aquella misma región. Los cartagineses se hicieron a la mar con trescientas cincuenta naves ponteadas. Primero se detuvieron en Lilibeo 76 , zarparon de allí y fondearon su flota cerca de Heraclea de Minos.
Batalla de Écnomo
[26] El plan de los romanos consistía en navegar hacia África y desplazar la guerra allí; así, a los cartagineses les peligraría no sólo Sicilia, sino también sus vidas y [2] su propio país. Los cartagineses habían decidido lo contrario, porque habían comprobado que África es muy susceptible de ser atacada, y que toda la población de sus territorios se convierte en manejable una vez éstos han sido invadidos. No podían, pues, diferir la batalla, sino que tenían prisa por correr el riesgo y presentar combate naval. La intención de unos era [3] obstruir el paso, y la de los otros la de forzarlo, lo cual hacía palmario que el choque inminente surgiría de tales voluntades contrapuestas. Los romanos organizaron [4] sus preparativos para las dos eventualidades, para una acción naval y para un desembarco en territorio enemigo. Por eso escogieron la flor y nata de sus [5] fuerzas terrestres, y dividieron en cuatro cuerpos las fuerzas que se disponían a utilizar. Cada cuerpo tuvo [6] una doble denominación, pues el primero se llamó «legión primera» y «división naval primera», y así el resto, por este orden. Y el cuarto adoptó todavía una tercera denominación, pues sus soldados fueron llamados «triarios», según el uso de las fuerzas terrestres 77 . En su conjunto, esta fuerza naval venía a contar con [7] unos ciento cuarenta mil hombres; cada nave estaba tripulada por trescientos remeros y ciento veinte soldados. Los cartagineses se prepararon principalmente, [8] si no exclusivamente, para una acción naval. En número rebasaban los ciento cincuenta mil hombres, número deducido por el de sus naves. Por todo ello, no sólo [9] quien hubiera estado presente y lo hubiera visto con sus propios ojos, sino quien sólo lo supiera de oídas, se habría quedado atónito ante las proporciones de la batalla, y ante la potencia y la abundancia de recursos de las dos naciones, a juzgar por el número de hombres y naves.
[10] Los romanos, como veían que habrían de navegar por alta mar y que el enemigo disponía de naves muy veloces, intentaron por todos los medios encontrar una formación segura e impenetrable. Disponían de dos hexeras 78 , en las que navegaban los dos jefes, Marco Atilio Régulo y Lucio Manlio 79 ; las situaron en cabeza y [12] a la misma altura. A continuación de cada una fueron colocando las naves en hilera, disponiendo la primera agrupación tras una, y la segunda tras la otra. La distancia entre las naves paralelas de cada agrupación de la flota era progresivamente mayor. Las naves tenían las proas orientadas hacia el exterior 80 y se cubrían [13] mutuamente. Luego de ordenar las dos formaciones así, sencillamente, en forma de cuña, añadieron a las anteriores la tercera legión con frente de una sola nave, y cuando éstas estuvieron colocadas también 81 , la figura total de la formación resultó un triángulo. A [14] continuación colocaron las naves encargadas del transporte de caballos, y las pusieron a remolque de las naves de la tercera formación. Y detrás de estos transportes [15] establecieron aún una cuarta formación, la de los llamados triarios, que extendieron con una nave de fondo, de manera que rebasara por las dos alas las naves de ambas agrupaciones. Y una vez combinados [16] todos según la manera indicada, la configuración total de aquella formación fue la de una cuña cuya parte superior era hueca y su base, en cambio, maciza. El conjunto resultó eficaz y práctico, y al mismo tiempo difícil de romper.
Por este mismo tiempo los comandantes de los cartagineses [27] arengaron brevemente a sus tropas, y tras señalar que si triunfaban en la batalla naval pelearían después en una guerra por Sicilia, pero que si perdían pondrían en peligro su propia patria y sus familiares, les ordenaron el embarque en las naves. Todos cumplían [2] las órdenes con celo, porque preveían el futuro por lo que se les había dicho, y se hicieron a la mar llenos de confianza y suficiencia. Al ver los almirantes [3] cartagineses la formación del enemigo se acomodaron a ella; dispusieron las tres cuartas partes de su flota en una hilera de una sola nave de fondo, extendieron su flanco derecho hacia alta mar, con la idea de rodear al adversario, y situaron todas sus naves enfilando de proa al enemigo. La cuarta parte la colocaron a la [4] izquierda de toda la formación, orientada en sentido oblicuo a la costa. Mandaba el ala derecha de los cartagineses [5] Hannón, el derrotado en la lucha por Agrigento; disponía de naves con espolón y de quinquerremes, más veloces para la maniobra de rebasar las alas [6] enemigas. Al cuidado del ala izquierda estaba Amílcar, el que había combatido en la batalla naval de Tindáride, que, en esta ocasión, luego de entrar en combate en el centro de la formación, recurrió a la siguiente estratagema [7] en el transcurso de la batalla. Como los romanos se apercibieron de que los cartagineses se habían desplegado en formación poco compacta, lanzaron su ataque [8] por el centro; y así comenzó la batalla. Pero en seguida los cartagineses formados en el centro, según se les había ordenado, se retiraron huyendo, para quebrar así la formación romana. Se replegaron, pues, precipitadamente, y los romanos les acosaban con ardor. De este modo las dos primeras formaciones se lanzaron en persecución de los fugitivos, y quedaron separadas de ellas las formaciones tercera y cuarta que remolcaban las naves del transporte de caballos, y la de los triarios, que permaneció con ellas para protegerlas. [10] Cuando los cartagineses creyeron que las dos agrupaciones primeras se habían alejado lo suficiente de las otras, a una señal dada desde la nave de Amílcar, todos se revolvieron a la vez y trabaron combate [11] contra los atacantes. En el violento combate que se entabló los cartagineses llevaban la mejor parte, porque gracias a la rapidez de las evoluciones de sus naves atacaban fácilmente y se retiraban a toda velocidad. [12] Pero por la energía que ponían en el combate, por el hecho de haber amarrado, con sus cuervos, las naves cartaginesas que se les aproximaban, y al mismo tiempo porque luchaban con ellos ambos generales, a cuya vista entraban en liza los soldados, los romanos gozaban de esperanzas en nada inferiores a las de sus oponentes. [13] Tal era el desarrollo de la batalla en esta zona.
[28] Entretanto Hannón, que mandaba el ala derecha y que en el primer momento del choque se había mantenido a distancia, pasó al mar abierto y arremetió contra las naves de los triarios, a las que puso en grave situación y aprieto. Los cartagineses que se habían alineado [2] paralelamente a la costa modificaron su alineación anterior y formaron frontalmente, orientaron sus proas contra el enemigo y atacaron a las naves que remolcaban los transportes de caballería; estas cortaron las amarras, aceptaron el combate y peleaban contra el adversario. En su conjunto, el choque presentaba [3] tres frentes, y se desarrollaban tres combates navales muy separados entre sí por lo que al lugar se refiere. Al inicio del encuentro las fuerzas de ambos bandos [4] eran muy igualadas, lo que hacía el choque indeciso. Sin embargo, el desenlace de esta batalla fue el más razonable [5] en cada frente, como es natural en todos los casos en que los efectivos de los que luchan son muy igualados: los que iniciaron el combate señalaron ya [6] su desenlace 82 . Los hombres de Amílcar, efectivamente, acabaron por verse rechazados y se lanzaron a la fuga. Lucio Manlio iba amarrando las naves apresadas, y [7] Marco Régulo, que veía la lucha entablada en tomo a los triarios y a los transportes de caballos, se lanzó con gran empeño a ayudarles con las naves que todavía estaban intactas de la segunda formación. Estableció [8] contacto y trabó combate allí mismo con los hombres de Hannón. Los triarios se rehicieron rápidamente, a pesar de que ya escapaban vergonzosamente, y redoblaron su coraje en la batalla. Los cartagineses se vieron [9] atacados por los que tenían delante, y asaltados además por la espalda, con lo que se vieron en apuros. Rodeados inesperadamente por aquellos romanos que acudían en socorro de los suyos, se retiraron y se replegaron [10] a alta mar. En aquel mismo momento Lucio Manlio ya navegaba de regreso y, además, veía que la tercera agrupación romana se veía asediada contra la costa por el ala izquierda de los cartagineses; Marco Régulo, por su parte, había dejado ya en seguridad a los triarlos y a los transportes de caballos. Ambos se lanzaron [11] a prestar socorro a los que corrían peligro. Lo que pasaba se parecía a un asedio; y los romanos habrían sucumbido con seguridad desde mucho tiempo antes si no hubiera sido porque los cartagineses, temerosos ante los cuervos 83 , se habían limitado a mantener a los romanos junto a la costa cogidos por una barrera pero sin atacar y abordar sus barcos por miedo a quedar [12] trabados. Los generales 84 romanos acudieron al instante, cercaron a los cartagineses y apresaron cincuenta naves enemigas con sus dotaciones; unas pocas naves [13] lograron escapar escurriéndose junto a la costa. El choque, en sus partes, tuvo la disposición descrita; el fin del combate naval se inclinó a favor de los romanos, que perdieron veinticuatro naves, por más de treinta 85 los cartagineses. Ninguna nave romana cayó en manos de éstos con su dotación; en cambio, a la inversa, sesenta y cuatro de los cartagineses cayeron en poder de los romanos.
Marco Régulo, en África
Después de este triunfo los romanos [29] completaron su avituallamiento, repararon las naves capturadas al enemigo, prodigaron a las dotaciones los cuidados merecidos por su victoria y se hicieron a la mar con rumbo hacia África. Las naves que singlaban a vanguardia [2] tocaron el cabo llamado de Hermeo 86 , que está situado delante del golfo de Cartago, y que se adentra en el mar en dirección a Sicilia. Allí esperaron a las restantes, que les seguían detrás. Los cónsules concentraron toda la flota y navegaron a lo largo del país, hasta llegar a la ciudad llamada Áspide 87 . Allí desembarcaron, [3] vararon en tierra las naves, las rodearon con un foso y una trinchera, y se dispusieron a asediar a la ciudad, que sus gobernantes se habían negado a entregársela voluntariamente. Los cartagineses supervivientes [4] del desastre naval navegaban de regreso, y seguros de que el enemigo, crecido por el éxito logrado, iba a navegar en seguida contra la propia Cartago, vigilaban con sus fuerzas terrestres y marítimas los lugares cercanos a la ciudad. Enterados de que los romanos [5] habían desembarcado sin encontrar resistencia, y de que asediaban Áspide, renunciaron a vigilar un posible ataque por mar, reunieron sus fuerzas y se dedicaron a proteger la ciudad y el país. Los romanos [6] se apoderaron de Áspide, dejaron una guarnición en la plaza y en el territorio, y enviaron mensajeros a Roma que dieran noticia de lo ocurrido y pidieran instrucciones sobre qué debía hacerse en el futuro, cómo debían emprenderse las operaciones. Tras ello levantaron con diligencia el campo y con todas sus tropas [7] se lanzaron a devastar el país. No surgió nadie para impedírselo, y ellos derribaron muchas quintas lujosamente edificadas, se apoderaron de un botín cuantiosísimo de cuadrúpedos, y condujeron a sus naves más [8] de veinte mil esclavos. Entonces llegaron de Roma irnos mensajeros que expusieron que uno de los cónsules debía permanecer con tropas suficientes, mientras que [9] el otro debía reintegrar la flota a Roma. Y se quedó Marco Régulo, al que confiaron cuarenta naves, quince [10] mil soldados de a pie y quinientos de a caballo. Lucio Manlio recogió las tripulaciones y la gran masa de prisioneros, costeó Sicilia con toda seguridad y se presentó en Roma.
[30] Los cartagineses, al ver que los preparativos del enemigo duraba bastante tiempo, primero eligieron de entre ellos a dos generales, Asdrúbal 88 , hijo de Hannón, y Bóstar; después enviaron legados a Amílcar 89 , que se encontraba en Heraclea, que le llamaran a toda [2] prisa. Amílcar recogió quinientos jinetes y cinco mil soldados de a pie, y se presentó en Cartago. Fue nombrado tercer general, y deliberó con Asdrúbal sobre lo [3] que cabía hacer en aquellas circunstancias. Acordaron defender su territorio y no permitir que fuera devastado [4] impunemente. Marco Régulo ya hacía bastantes días que andaba en correrías, saqueando las ciudades no amuralladas según entraba en ellas, y asediando a las amuralladas. Al llegar a Adi 90 , población de cierta [5] importancia, acampó en sus cercanías y emprendió con suma diligencia los trabajos de asedio. Los cartagineses, [6] presurosos por prestar socorro a la ciudad, decidieron disputar el campo abierto, por lo que sacaron a sus tropas de la población y ocuparon una colina que [7] dominaba, ciertamente, al enemigo, pero que resultaba inadecuada a sus fuerzas, y acamparon en ella. Además, [8] como habían depositado sus principales esperanzas en su caballería y en sus elefantes, al abandonar las llanuras para encerrarse a sí mismos en lugares escarpados y poco transitables, no iban a hacer otra cosa más que enseñar a los enemigos cómo debían actuar contra ellos. Que fue lo que realmente ocurrió. Los [9] jefes romanos, efectivamente, con su experiencia se dieron cuenta de que, debido a aquellos parajes, los elementos más eficaces y temibles del enemigo se habían convertido en inútiles, y así no aguardaron a que los cartagineses descendieran hasta la llanura y formaran en ella. Aprovecharon su propia oportunidad, y [10] a las primeras luces escalaron la colina por ambas laderas. A los cartagineses los caballos y los elefantes [11] les fueron totalmente inservibles. Sus mercenarios acudieron en su ayuda con empeño y valor, y lograron rechazar y poner en fuga a la primera legión romana, que se replegó. Pero cuando avanzaron para caer sobre [12] ellos, se vieron rodeados por los romanos, que escalaban la otra ladera, por lo que retrocedieron, y, a continuación, todos los cartagineses huyeron al punto del campamento. Los elefantes y la caballería en cuanto [13] alcanzaron la llanura se retiraron sin peligro de ninguna clase. Los romanos persiguieron a la infantería [14] breve trecho, y tras destrozar la trinchera del campamento cartaginés, recorrieron todo el país e iban de [15] vastando impunemente las ciudades. Tras adueñarse de la ciudad que se llama Túnez 91 , población muy estratégica para proyectar ataques, y situada también muy favorablemente contra Cartago y su comarca, acamparon en sus proximidades.
[31] Los cartagineses, derrotados poco antes por mar y ahora por tierra, no por culpa de cobardía en sus tropas, sino por la incapacidad de sus jefes, cayeron en una situación difícil desde todos los puntos de vista. [2] En efecto, a lo ya dicho se sumaba que se veían atacados por tribus númidas, que causaron a sus tierras daños no inferiores, sino superiores a los que les habían [3] causado los propios romanos. Los que por miedo huían del campo a la ciudad causaron en ella un hambre atroz y un desánimo grande, en parte porque eran muchos, y en parte también ante la perspectiva de un [4] asedio. Marco Régulo, por un lado, veía a los cartagineses derrotados por tierra y por mar, y pensaba que no le faltaba mucho para apoderarse de su ciudad, pero por otro, se temía que el nuevo general mandado desde Roma llegara demasiado pronto, y así fuera él quien recogiera el honor de la campaña. Entonces invitó a [5] los cartagineses a concluir una paz. Éstos atendieron gustosamente su invitación y le enviaron a sus prohombres, que, una vez se reunieron con el cónsul romano, distaron tanto de inclinarse a hacer nada de lo que se les proponía, que ni tan siquiera consintieron [6] en escuchar unas exigencias tan gravosas. En efecto: Marco Régulo, como si su victoria fuera ya total, creía que los cartagineses debían aceptar todo lo que él les [7] concediera como simple gracia y favor. Pero los cartagineses consideraron que aun cuando llegaran a verse sometidos, no se seguiría de ello nada más duro que las imposiciones de entonces. De modo que se retiraron no sólo disgustados por las proposiciones, sino además ofendidos por la dureza de Marco Régulo. El senado [8] cartaginés escuchó las proposiciones formuladas por el general romano, y aunque ya casi había renunciado a todas las esperanzas de salvación, con todo se mantuvo tan viril y noble que prefirió soportarlo todo y tantear cualquier empresa, cualquier oportunidad a condición de no tolerar nada ruin o indigno de sus hazañas pretéritas.
Jantipo
Por aquel entonces navegó hacia [32] Cartago un reclutador de mercenarios, uno de aquellos que habían sido enviados antes a Grecia; llevaba consigo [a la ciudad cartaginesa] un gran número de soldados, entre los cuales estaba un cierto Jantipo, lacedemonio, individuo que había recibido una formación espartana y la experiencia militar correspondiente. Al enterarse [2] este hombre de la derrota sucedida, del cómo y del cuándo se produjo, después que vio lo que quedaba de los preparativos de los cartagineses, así como la cantidad de caballos y de elefantes, hizo al punto sus cuentas y demostró a sus amigos que los cartagineses no habían sido vencidos por los romanos, sino por la impericia de sus generales. Las circunstancias hicieron [3] que las palabras de Jantipo llegaran pronto a las tropas y a los generales mismos. Los gobernantes decidieron llamarle para hacer una prueba con él. Jantipo [4] visitó a los magistrados y les expuso sus argumentos: por qué habían fracasado ahora, y cómo, si le hacían caso y utilizaban las llanuras en sus marchas, en sus acampadas y en sus confrontaciones, podrían procurarse seguridad fácilmente y derrotar al enemigo. Los [5] generales 92 aceptaron aquellas palabras, y convencidos, al punto le confiaron el mando de sus fuerzas.
[6] Según se iba divulgando esta opinión de Jantipo, se producían en el pueblo rumores y conversaciones lleñas [7] de esperanza. Y cuando sacó el ejército delante de la ciudad y lo dispuso en orden, y empezó a hacer maniobrar a la formación, a transmitir órdenes según las reglas militares, evidenció una diferencia tan enorme respecto a la impericia de los generales anteriores, que el gentío aplaudía y clamaba que se apresurara al máximo el choque contra el enemigo, convencido de [8] que nada malo ocurriría si mandaba Jantipo. Ante esto los generales, al comprobar que, de forma inesperada, la masa había recobrado la moral, la exhortaron en términos adecuados a aquella oportunidad, y al cabo de pocos días reunieron a las tropas y salieron en campaña. [9] Su ejército se componía de doce mil soldados de infantería y de cuatro mil jinetes. El número de elefantes se aproximaba al centenar.
[33] Los romanos, al ver que los cartagineses hacían marchas por lugares llanos y que establecían sus campamentos en parajes abiertos, estaban extrañados y confundidos por el hecho en sí; sin embargo, se dieron [2] prisa por aproximarse al enemigo. Tomaron contacto con él, y el primer día acamparon a unos diez estadios [3] de distancia de los enemigos. Al día siguiente, los jefes de los cartagineses deliberaron sobre las medidas a [4] tomar en aquellas circunstancias, mientras que los soldados, ansiosos por combatir, formaban corros, gritaban el nombre de Jantipo y creían que se les debía sacar al punto. Los generales, al ver el ardor y el empuje [5] de la tropa, y cómo, además, Jantipo les advertía con juramentos que no dejaran pasar aquella oportunidad, ordenaron a los soldados prepararse y autorizaron a Jantipo para que dispusiera las operaciones como le pareciera conveniente. Con este permiso. Jantipo [6] hizo salir a los elefantes y los dispuso en hilera de a uno al frente de toda la fuerza; colocó detrás, a una distancia prudente de ellos, la falange cartaginesa 93 . Situó a unos mercenarios en el ala derecha, y a [7] los más ligeros los colocó en la vanguardia de ambas alas, junto con los jinetes. Los romanos, cuando vieron [8] al enemigo en formación, le salieron animosamente al encuentro. Temiendo y previendo la carga de los elefantes, [9] colocaron a los vélites en vanguardia, y detrás situaron muchos manípulos 94 de fondo; en cuanto a la caballería, la distribuyeron en ambas alas. Al adoptar [10] una formación general más estrecha que antes, pero más profunda, habían intuido con acierto su lucha contra los elefantes, pero fallaron totalmente en sus cálculos contra la caballería cartaginesa, muy superior a la romana. Cuando ambos bandos hubieron dispuesto [11] la formación conforme a sus planes, tanto en su conjunto como en todas sus partes, aguardaron en orden vigilando el momento de la arremetida.
[34] En el instante en que Jantipo ordenó a los conductores de los elefantes avanzar y romper las filas enemigas, y a la caballería rodear al adversario por las dos [2] alas y atacar, entonces el ejército romano comenzó a entrechocar sus armas, según es uso entre ellos, y tras lanzar el grito de guerra se lanzó contra los enemigos. [3] Pero la caballería romana huyó en seguida de ambas alas, porque la cartaginesa era muy superior en número. [4] En cuanto a la infantería, los alineados en el ala izquierda esquivaron la acometida de las bestias y, llenos de menosprecio por los mercenarios, embistieron el ala derecha de los cartagineses, a los que, después de forzarles a la huida, acosaron y persiguieron hasta [5] su trinchera. En cuanto a los que se oponían directamente a los elefantes, los primeros cayeron ante la violencia de las bestias, y rechazados y pisoteados, perecieron a montones ante aquella fuerza descomunal; sin embargo, gracias a la profundidad de las líneas que estaban detrás, la formación resistió compacta en [6] su conjunto, un cierto tiempo. Pero, cuando los que ocupaban las últimas filas, rodeados por todas partes por la caballería, se vieron forzados a revolverse y a luchar contra ésta, y cuando los que intentaban abrirse paso hacia adelante a través de los elefantes y se reagrupaban en la formación, a la espalda ya de las bestias, chocaron con la falange cartaginesa todavía [7] ordenada e intacta, fueron aniquilados. Entonces, puestos en aprieto por todas partes, los romanos fueron en su mayoría pisoteados por la fuerza extraordinaria de las fieras; el resto fue acribillado, en el mismo lugar de la formación, por la gran masa de jinetes; unos pocos, [8] finalmente, lograron darse a la fuga. Pero como huían por lugares llanos, también de éstos unos murieron ante las fieras o a manos de la caballería cartaginesa, y quinientos aproximadamente que huían con su general, el cónsul Marco Régulo, cayeron poco después en manos del enemigo, y fueron capturados vivos todos, incluso el propio cónsul. Allí murieron unos [9] ochocientos mercenarios cartagineses, los alineados contra el ala izquierda de los romanos. De éstos se salvaron unos dos mil, a quienes no alcanzó la persecución efectuada por los que hemos citado; éstos quedaron a salvo del peligro. Pero la masa restante del [10] ejército romano pereció, a excepción de Marco Régulo, el cónsul, y los que huían con él. Los manípulos romanos [11] que se salvaron consiguieron llegar, por un golpe de suerte, a Áspide. Los cartagineses, tras despojar [12] a los cadáveres, se llevaron al general junto con los prisioneros y se retiraron a su ciudad, exultantes de gozo por los hechos entonces acaecidos.
Quien considere correctamente este episodio puede [35] deducir de él muchas cosas que contribuirán a corregir la vida de los hombres. Por lo ocurrido al cónsul Marco [2] Régulo se hizo evidentísimo a todos que se debe desconfiar de la Fortuna 95 , sobre todo en los éxitos. El [3] hombre que poco antes no sentía ni compasión ni misericordia para con los vencidos, un momento después se vio obligado a pedirles su propia salvación personal. Aquella sentencia de Eurípides, que ya [4] antiguamente parecía muy sabiamente formulada, de que «una decisión sabia vence las manos de muchos» 96 , entonces [5] se vio confirmada por los hechos. Un solo hombre y una sola inteligencia aniquilaron a una muchedumbre que parecía invencible y aguerrida, y levantaron al máximo un estado totalmente caído, y los ánimos de irnos soldados que ya se habían resignado al dolor. [6] He recordado esto para que aproveche a los que lean [7] libros de historia. Todos los hombres disponen de dos métodos para perfeccionarse: o bien mediante lo que les ocurre a ellos mismos, o mediante lo que ocurre a los demás. El método más eficaz es el de las peripecias [8] personales, pero el más inofensivo el de las ajenas. Poreso, el primero no debe ser elegido voluntariamente jamás, puesto que logra la corrección a base de grandes sufrimientos y peligros; hay que perseguir siempre el otro, porque en él es posible ver lo mejor sin [9] sufrir daño. Quien considere este asunto desde esta perspectiva deberá juzgar que la mejor educación para las realidades de la vida es la experiencia que resulta [10] de la historia política: ella es lo único que, sin causar perjuicio, produce en toda situación y circunstancia jueces correctos de lo mejor. Y baste con lo dicho hasta aquí acerca de este tema.
Desastres navales romanos
[36] Los cartagineses, a quienes todo había resultado conforme a sus planes, no hubo exageración que omitieran en su gozo, ni en la acción de gracias a la divinidad [2] ni en las demostraciones de mutua amistad. Y Jantipo. que había proporcionado tan gran contribución y esfuerzo a la causa de los cartagineses, no mucho tiempo después embarcó y se marchó. Su decisión fue razonable y prudente, porque las acciones notables e inesperadas [3] engendran profundas envidias y punzantes calumnias, que los nativos, ciertamente, son capaces de soportar porque tienen parientes y muchos amigos. Pero los extranjeros se ven pronto abrumados por unas y otras, e incurren en peligros. Hay también [4] otra explicación acerca de la marcha de Jantipo, que intentaremos exponer en detalle cuando tengamos una oportunidad más adecuada que la presente 97 .
Los romanos, cuando se les anunció lo que en Africa [5] había sucedido tan inesperadamente, se dedicaron al punto a reponer su flota y a recoger a los soldados que habían podido salvarse en Africa. Después de esto, [6] los cartagineses acamparon junto a Áspide y la asediaron, con el propósito de apoderarse de los hombres que habían logrado escapar de la batalla, pero no pudiendo [7] tomarla en modo alguno por el coraje y la audacia de aquellos romanos, acabaron por desistir del cerco. Entonces les llegó la noticia de que los romanos [8] disponían su flota y de que estaban a punto de realizar otra vez una navegación hacia África. Unos cartagineses, pues, se pusieron a reparar naves, mientras que otros construían embarcaciones totalmente nuevas. Dotaron [9] rápidamente doscientas, con las que zarparon para vigilar la incursión del enemigo. Al comienzo del [10] verano 98 los romanos botaron trescientos cincuenta bajeles, nombrando comandante a Marco Emilio y Servio Fulvio, y les ordenaron zarpar. Ellos se hicieron a la vela, y navegaron costeando Sicilia, con la intención [11] de dirigirse a África. No lejos del cabo Hermea se tropezaron con la flota cartaginesa, la pusieron fácilmente en fuga a la primera arremetida y apresaron [12] ciento catorce naves con sus tripulaciones. Recogieron de Áspide a los jóvenes que habían permanecido en África y pusieron de nuevo rumbo hacia Sicilia.
[37] Ya habían cruzado sin riesgos el estrecho 99 y se acercaban al país de los camarinenses, cuando se abatieron sobre ellos un temporal tan fuerte y unas calamidades tales, que no se alcanzan a describir adecuadamente, [2] a causa de la magnitud de lo sucedido. De las trescientas sesenta y cuatro 100 naves sólo se salvaron ochenta. En cuanto al resto, unas naufragaron, y otras, estrelladas por el mar embravecido contra los bajíos y los promontorios, llenaron la costa de astillas [3] y de cadáveres. La historia no constata una catástrofe marítima mayor que ésta, ocurrida de una sola vez. Pero la culpa debe atribuirse no tanto a la Fortuna [4] como a los comandantes. Los pilotos, en efecto, habían aducido muchas pruebas de que no se debe navegar a lo largo de la costa de Sicilia bañada por el mar africano, porque allí está llena de acantilados y carece de buenos fondeaderos. Además, la navegación se efectuaba [5] entre las subidas de Orion y del Perro 101 , es decir, todavía no había desaparecido una constelación y ya se elevaba la siguiente. Pero los jefes no repararon en nada de lo que se les advertía, y salieron de alta mar: con la exhibición del éxito conseguido querían intimidar a algunas de las ciudades situadas a lo largo de su derrotero, y así hacérselas suyas. Pero por unas [6] pequeñas esperanzas tropezaron con catástrofes enormes. Entonces los jefes romanos reconocieron su ignorancia.
En general, los romanos utilizaban la violencia para [7] todo, creídos de que sus propósitos deben forzosamente llevarse a cabo, y de que nada es imposible para ellos una vez lo han acordado. En muchas empresas tienen éxito debido a este arrojo, pero en otras fracasan claramente, principalmente en lo tocante al mar. En tierra realizan sus empresas contra hombres [8] y contra obras de hombres, y logran coronar muchas de ellas debido a que utilizan su fuerza contra semejantes; con todo, alguna vez también ven sus acciones frustradas. Pero cuando se lanzan a luchar [9] con el mar y los elementos y los violentan, caen en los mayores desastres. Lo cual ya muchas veces, y entonces [10] en particular, les ocurrió, y les ocurrirá hasta que lleguen a corregirse de su violencia y de la audacia que les lleva a creer que ellos en cualquier época pueden correr y navegar por todas partes 102 .
Enterados los cartagineses del desastre de la armada [38] romana, y creyendo que infundían respeto por tierra a causa de su éxito anterior, y por mar, debido al mencionado desastre de los romanos, se dedicaron con más afán a sus preparativos terrestres y marítimos. Enviaron inmediatamente a Asdrúbal 103 a Sicilia, confiándole [2] las tropas que ya tenía y las que acababan de llegar de Heraclea, y, con todas ellas, ciento cuarenta elefantes. Le enviaron, pues, y a continuación [3] equiparon doscientas naves, y dispusieron todo lo que, [4] además, se precisa para una navegación. Asdrúbal navegó sin ningún riesgo hasta Lilibeo 104 , donde entrenó a sus tropas y a los elefantes. Era evidente que se [5] proponía disputar el campo abierto. Los romanos se enteraron con detalle de lo ocurrido por los supervivientes del naufragio, y quedaron muy dolidos, pero, como no querían ceder de ningún modo, decidieron construir otra vez, con las maderas astilladas, ciento [6] veinte naves. Las acabaron totalmente en tres meses, lo cual apenas si es creíble. Entonces los que habían sido nombrados comandantes, Aulio Atilio y Cneo Cornelio, [7] dispusieron la flota y zarparon. Cruzaron el estrecho, recogieron en Mesina los buques salvados del naufragio, y con trescientas naves pusieron rumbo hacia el puerto de Palermo, ciudad de Sicilia que era la plaza más fuerte del dominio cartaginés 105 . Y emprendieron [8] su asedio. Concentraron sus trabajos en dos lugares, y tras disponer todo lo restante, aproximarón [9] las máquinas de guerra. Una torre que estaba junto al mar cayó fácilmente y los soldados romanos forzaron esta posición, tomaron por la fuerza la llamada Ciudad Nueva y, como al ocurrir esto peligraba ya la llamada Ciudad Antigua, sus habitantes la rindieron [10] inmediatamente. Una vez dueños de ella, los romanos zarparon de regreso a Roma, tras dejar una guarnición en la ciudad.
[39] A continuación, al llegar el verano, los cónsules nombrados, Cneo Servilio y Cayo Sempronio 106 , zarparon con toda la flota, pusieron rumbo a Sicilia y desde [2] ella se dirigieron a África. Fueron navegando a lo largo de la costa y efectuaron muchísimos desembarcos, en los que no lograron nada digno de ser tenido en cuenta. Y llegaron a la isla de los lotófagos, llamada Meninge 107 , no lejos de la pequeña Sirte. Allí, desconocedores [3] del lugar, cayeron en unos bajíos, sobrevino la marea baja, los barcos encallaron y se vieron en un gran apuro. Pero después de algún tiempo el mar creció [4] de una manera totalmente inesperada. Los romanos arrojaron toda la carga y a duras penas lograron aligerar las naves. Tras esta operación zarparon de [5] una manera muy parecida a una fuga. Tocaron Sicilia, doblaron Lilibeo y fondearon en Palermo. Desde allí [6] navegaron temerariamente por alta mar, hacia Roma, y sufrieron de nuevo una tempestad tan enorme que perdieron más de ciento cincuenta naves.
Los de Roma, a la vista de todo esto, a pesar de [7] que en cualquier empresa eran excepcionalmente celosos de su prestigio, entonces, por la enormidad y la frecuencia de las calamidades, renunciaron a reunir otra escuadra, forzados por las circunstancias. Depositaron [8] las esperanzas que les quedaban en sus fuerzas de infantería, y enviaron a Sicilia a los cónsules Lucio Cecilio y Cayo Furio con las legiones. Equiparon únicamente sesenta naves para transportar los víveres a las legiones. Las peripecias mencionadas de los romanos [9] convirtieron en más esclarecidas las gestas de los cartagineses: en efecto, dominaban sin temor el mar, [10] ahora que los romanos se habían retirado de él, y tenían grandes esperanzas en sus fuerzas de tierra. Y era razonable que sintieran así, pues los romanos, esparcida [11] la fama de que en la batalla de África los elefantes habían roto sus filas y habían liquidado a la mayoría de sus hombres, estaban tan aterrorizados [12] ante estas bestias, que en los dos años siguientes a estas acciones, cuando estaban ya alineados frente al enemigo en la región de Lilibeo o en la de Selinunte, a cinco o seis estadios de él, no se atrevieron jamás a iniciar la batalla ni a descender a lugares llanos, temerosos [13] de la acometida de los elefantes. Durante este período sólo tomaron, tras asediarlas, a Termo 108 y Lípari, manteniéndose en parajes montañosos y poco [14] accesibles. Por ello, al ver los romanos el abatimiento y el terror de sus ejércitos de tierra, cambiaron de [15] parecer y resolvieron probar suerte en el mar. Eligieron cónsules 109 a Cayo Atilio y a Lucio Manlio, construyeron cincuenta naves, enrolaron dotaciones y concentraron una escuadra, desplegando gran actividad.
Batalla de Palermo 110
Asdrúbal, el jefe de los cartagineses, había notado, en las confrontaciones anteriores, la desmoralización de los romanos. Sabedor de que uno de los cónsules había regresado a Italia con la mitad de las fuerzas, y de que Cecilio continuaba en Palermo con la otra para proteger las cosechas de los aliados, pues ya era [2] el tiempo de la recolección 111 , recogió a las tropas de Lilibeo, avanzó y acampó junto a los límites del territorio [3] de Palermo. Cecilio le vio confiado, y quiso provocarle al ataque, por lo que contuvo a sus fuerzas dentro de las puertas de la ciudad. Asdrúbal, lleno de osadía [4] ante esto, y creyendo que Cecilio no se atrevía a salirle al encuentro, se puso en marcha audazmente con todo su ejército y descendió hacia el territorio de Palermo a través de los desfiladeros. Taló las cosechas [5] hasta llegar a la ciudad, pero Cecilio persistió en el propósito adoptado, hasta provocar a Asdrúbal a cruzar el río 112 que fluye por delante de la población. Cuando [6] los cartagineses hubieron hecho pasar a sus bestias y a sus tropas, Cecilio envió a sus tropas ligeras para que las hostigaran. Con ello forzó que el ejército cartaginés íntegro se dispusiera en orden de batalla. Cecilio [7] comprobó que sus planes se iban cumpliendo. Situó a algunos vélites ante el muro y el foso, con la orden de que cuando los elefantes se les aproximaran, les acribillaran con una nube de dardos. Si llegaban a [8] verse presionados, debían refugiarse detrás del foso, para hacer salidas desde allí y disparar contra las fieras que se les acercaran. Dispuso que los obreros del [9] ágora transportaran los proyectiles y que los depositaran fuera de la ciudad, junto a los cimientos de la muralla. Él personalmente se había apostado, con los [10] manípulos, en la puerta que daba al ala izquierda del adversario, y enviaba cada vez más hombres a las escaramuzas. En el momento en que el choque se hizo ya [11] más general, los que conducían a los elefantes quisieron emular a Asdrúbal. Con el deseo de lograr por sí mismos el éxito, se lanzaron todos contra la primera fila romana, que pusieron en fuga fácilmente y persiguieron hasta el foso. Pero al llegar allí, los elefantes [12] fueron heridos desde el muro por los arqueros y acribillados por los eficaces y nutridos disparos de jabalina y de azagaya que lanzaban las tropas de refresco que [13] se hallaban alineadas ante el foso. Agobiados por las flechas y llenos de heridas, se desordenaron rápidamente, se revolvieron y se dirigieron contra los suyos, pisoteando y matando a muchos cartagineses, desbaratando [14] las formaciones y destruyéndolas. Al verlo Cecilio hizo una enérgica salida con sus hombres, que arremetieron de flanco sobre los enemigos ya confundidos; las suyas eran tropas de refresco y en buen orden. Infligió una severa derrota a los adversarios, mató a muchos de ellos e hizo huir el resto a la desbandada. [15] Capturó diez elefantes con los indios 113 que los guiaban y, después de la batalla, cercó a las restantes fieras, que se habían deshecho de sus guías, y se [16] apoderó de todas. Después de llevar a buen término esta operación, nadie dudó en reconocer a Cecilio como causante de que las tropas de tierra recobraran el ánimo en beneficio de Roma, y de que éstas volvieran a dominar el campo abierto.
Asedio de Lilibeo
[41] La noticia de este éxito llegó a Roma, y los romanos se llenaron de gozo, no tanto por aquella derrota del enemigo, que se vio despojado de los elefantes, como porque los suyos habían cobrado ánimo, tras haber [2] superado a las fieras. Ello hizo que los romanos se confirmaran en su proyecto inicial, el envío de los generales, con la flota y las fuerzas marítimas, al teatro de operaciones, con el afán de acabar como fuera [3] con esta guerra. Hechos los preparativos para la expedición, los generales zarparon, con doscientas naves, y pusieron rumbo a Sicilia. Era el año decimocuarto [4] de esta guerra. Fondearon junto a Lilibeo, y tras reunirse allí con sus ejércitos de infantería, emprendieron el asedio, porque si triunfaban aquí podrían extender fácilmente la guerra al Africa. Los jefes de los cartagineses [5] opinaban prácticamente lo mismo, y hacían los mismos cálculos que los romanos. Por eso, considerando [6] que todo lo demás era accesorio, se dedicaron por entero a prestar ayuda a la plaza, a combatir y a soportar todo por la ciudad citada, puesto que ya no les quedaba ninguna otra base, a excepción de Drépana 114 , y los romanos dominaban todo el resto de Sicilia.
DIGRESIÓN SOBRE SICILIA
Para evitar que la narración resulte poco clara a [7] los que no han estado en este país, intentaré ofrecer a los lectores una idea acerca de la orientación de su emplazamiento.
En su conjunto, por lo que se refiere a su orientación, [42] Sicilia 115 tiene, si se la relaciona con Italia y su extremidad, un emplazamiento paralelo a la situación del Peloponeso respecto al resto de Grecia y sus promontorios; la única diferencia que existe entre ambos [2] es que Sicilia es una isla y el Peloponeso una península. El espacio que le separa del resto de Grecia se recorre a pie, mientras que el que hay entre Sicilia e Italia, por mar. La figura de Sicilia es triangular, y [3] los vértices de cada ángulo toman la disposición de un [4] promontorio. El primero, orientado hacia el Sur y que se adentra en el mar de Sicilia, se llama cabo Paquino; [5] el segundo tiende hacia al Norte y limita el estrecho en su parte occidental. Este cabo, que se llama de Peloríade, [6] dista de Italia unos doce estadios. El tercero se enfrenta al mismo continente africano y, gracias a su situación favorable, domina las puntas avanzadas 116 de Cartago, a unos mil estadios de distancia de ellas. Se llama el cabo Lilibeo 117 ; está orientado en dirección [7] Sudoeste, y separa el Mar Africano del de Sicilia. En él hay una ciudad que tiene el mismo nombre que el lugar, y que estaba entonces asediada por los romanos. Sus muros la aseguraban excepcionalmente, y la rodeaba un foso profundo; además el mar tiene allí bajos, y la entrada en el puerto debe hacerse a través [8] de ellos, lo cual requiere gran práctica y habilidad. Los romanos establecieron dos campamentos cerca de la ciudad, uno a cada lado, y fortificaron el espacio intermedio entre ambos con un foso, una estacada y un muro. Luego empezaron a hacer obras contra la torre [9] más cercana al mar, que daba al Mar Africano. A fuerza de añadir constantemente nuevos preparativos a los anteriores y de extender los equipos de las obras, los romanos terminaron por derrumbar las seis torres contiguas a la citada, y empezaron un ataque simultáneo [10] contra las restantes por medio de arietes. Como el asedio se hacía enérgico y pavoroso, y diariamente había torres que se derrumbaban y otras que amenazaban ruina, y como las obras romanas penetraban [11] cada vez más en la ciudad, entre los asediados reinaban consternación y confusión terribles; dentro de la plaza había, además de la masa de la población, unos diez mil mercenarios. El general cartaginés Imilcón no [12] omitía nada que fuera factible, o levantando contramuros 118 o excavando contraminas, y no era pequeño el apuro que proporcionaba al adversario. Además, [13] efectuaba salidas diariamente, y atacaba las máquinas de asedio, por si lograba incendiarlas. Para ello lanzó muchos e inesperados golpes de mano, tanto de día como de noche, de manera que a veces hubo más muertos en estos choques de los que habitualmente hay en las batallas campales.
Así estaban las cosas, cuando algunos de los oficiales [43] de mayor rango de entre los mercenarios conspiraron entre ellos con la intención de entregar la ciudad a los romanos 119 . Persuadidos de que sus subordinados les harían caso, salieron de noche de la ciudad hacia el campamento romano y entablaron conversaciones con el general. Pero el aqueo Alexón, que ya en [2] una ocasión anterior había salvado a los de Agrigento, cuando los mercenarios siracusanos urdían traicionarles, también entonces fue él el que primero se enteró de lo que se tramaba, y lo denunció al general de los cartagineses. Éste, al oírlo, reunió al instante a los oficíales [3] restantes y les exhortó encarecidamente, les prometió grandes dones y mercedes si se le mantenían leales y no participaban en la conspiración de los que habían salido. Ellos acogieron bien sus palabras, e [4] Imilcón inmediatamente después envió con ellos para que se presentaran ante los galos a Aníbal, hijo de aquel Aníbal muerto en Cerdeña, ya que durante la campaña había surgido gran familiaridad entre ellos. A los restantes mercenarios les envió a Alexón, porque le eran leales; él era hombre muy aceptado por ellos. [5] Aníbal y Alexón reunieron y arengaron a la masa de mercenarios garantizándoles, a la vez, las recompensas prometidas a cada uno por el general, y lograron persuadirles fácilmente de que fueran fieles a lo tratado. [6] Por esto, cuando los que habían salido se aproximaron a la muralla y pretendieron arengarlos y decirles algo acerca de los ofrecimientos de los romanos, los mercenarios no sólo se negaron a atenderles, sino que ni tan siquiera quisieron oírles; por el contrario, empezaron a tirarles piedras y dardos hasta que se alejaron [7] huyendo de la muralla. Poco les faltó, pues, a los cartagineses, debido a la causa citada, para perder su [8] empresa, traicionados por los mercenarios. Si Alexón antes había salvado, por su lealtad, no sólo a la ciudad y al país de Agrigento, sino también sus leyes y su libertad, en esta ocasión fue la causa que evitó que los cartagineses cayeran en un desastre total.
[44] En Cartago 120 , aunque no sabían nada de esto, pensaban en las dificultades de un asedio, por lo que llenaron cincuenta naves de soldados, exhortaron con palabras adecuadas a esta operación al hombre a quien habían conferido el mando, Aníbal, hijo de Amílcar, trierarco y primer amigo 121 de Adérbal, y le enviaron con urgencia, con la orden de no retardarse y de socorrer a los sitiados gracias a un oportuno golpe de audacia. Aníbal zarpó con diez mil hombres, fondeó en las [2] islas llamadas Egusas 122 , situadas entre el cabo Lilibeo y Cartago, y aguardaba el momento oportuno para la navegación. Aprovechando un viento favorable bastante [3] fuerte, desplegó todas las velas y a favor del viento de popa fue navegando hacia la misma boca del puerto con los hombres armados y dispuestos para el combate sobre las cubiertas. Los romanos, en parte por lo súbito [4] de la aparición, y en parte atemorizados por la posibilidad de que el viento les empujara hacia dentro del puerto enemigo, renunciaron a impedir la entrada de los refuerzos y se quedaron en la costa atónitos por la audacia de los enemigos. Toda la población, corriendo [5] desde la ciudad a congregarse sobre los muros, se angustiaba por lo que fuera a suceder, y al mismo tiempo se llenó de alegría por aquella esperanza imprevista; incitaba con aplausos y griterío a los que ya navegaban enfilando la bocana. Aníbal, que se había [6] introducido en el puerto de manera tan peligrosa y temeraria, fondeó dentro de él e hizo desembarcar sin riesgo alguno a sus tropas. Todos los habitantes de la [7] ciudad rebosaban de gozo, no tanto por la presencia del auxilio, aunque gracias a ellos concibieron grandes esperanzas y aumentaron sus tropas, como por el hecho de que los romanos no se habían atrevido a obstaculizar la entrada de los cartagineses.
Imilcón, el general de la plaza, al ver el ardor y el [45] buen ánimo tanto de los que estaban en la ciudad, gracias a la presencia de los refuerzos, como de los recién llegados, que desconocían las desgracias que les rodeaban, deseoso de aprovechar íntegramente el brío de [2] unos y de otros para pegar fuego a las obras enemigas, los convocó a todos a una asamblea; hizo una larga [3] arenga con palabras adecuadas a aquellas circunstancias, y les contagió un ardor extraordinario, tanto por la magnitud de las promesas hechas a los que se distinguieran personalmente por su valor, como por los dones y recompensas que recibiría de los cartagineses [4] todo el ejército. Hubo aplausos generales y un clamor de que no se difiriera la acción, antes bien, debían ya mandarles. Imilcón les alabó, agradeció su gran empeño y les despidió con la orden de que se retiraran a descansar por el momento, y de que obedecieran a los [5] oficiales. No mucho más tarde convocó a éstos, asignó a cada uno los lugares apropiados para el asalto, les indicó el santo y seña y la hora del ataque y ordenó a los comandantes estar en sus posiciones con todos sus [6] hombres al despuntar el día. Éstos obedecieron, e Imilcón sacó sus fuerzas al amanecer y atacó al punto [7] las obras por muchos lugares. Los romanos ya preveían lo que iba a ocurrir, de modo que no permanecieron ni inactivos ni impreparados, sino que dispusieron las defensas allí donde se requerían, y lucharon [8] corajudamente contra los adversarios. En poco tiempo todos entraron en la liza, y se empeñó un duro combate alrededor del muro; los de la ciudad eran no menos de veinte mil, pero los de afuera les superaban [9] en número. Y en el mismo grado en que los hombres luchaban no alineados, sino revueltos y cada uno a su manera, la lucha se hizo más terrible, como si dentro de tan enorme muchedumbre se hubiera entablado un duelo y una rivalidad propios de quienes cómbaten [10] en lucha singular o de unidad contra unidad. Pero el griterío y apelotonamiento se dieron al máximo junto [11] a las obras de los romanos. Los que, en los dos campos, habían sido situados en este lugar desde el principio, unos para poner en fuga a los defensores de las obras, los otros para impedirlo, desplegaron tal brío y encarnizamiento, aquéllos en su intento de ahuyentar al enemigo, éstos en su enérgica resolución de no ceder, que acabaron por morir todos en sus puestos del principio. Al mismo tiempo se mezclaban con [12] ellos portadores de teas, de estopa y de fuego, quienes se lanzaban por todas partes y atacaban con tal audacia las máquinas de guerra, que los romanos se vieron en el apuro más extremo, pues no lograban rechazar la acometida adversaria. Pero el general de [13] los cartagineses, observando que en la batalla le morían muchos hombres sin conseguir apoderarse de las obras, que era el objetivo propuesto, ordenó a los trompetas tocar retirada. Los romanos, que estuvieron a [14] punto de perder todo su material, al final quedaron dueños de sus obras y retuvieron todas sus posiciones con seguridad.
Después de estos hechos, Aníbal zarpó, todavía de [46] noche, con sus naves, sin que los enemigos lo advirtieran, y se dirigió a Drépana, al encuentro de Adérbal, el general de los cartagineses. Lo estratégico del lugar [2] y la belleza del puerto, que está junto a esta plaza habían inducido desde siempre a los cartagineses a poner un especial interés en su custodia. Este lugar dista [3] de Lilibeo unos ciento veinte estadios.
En Cartago querían saber qué ocurría en Lilibeo, [4] pero no lo conseguían, porque unos estaban sitiados y los otros sometidos a una vigilancia estrecha. Un hombre perteneciente a la nobleza 123 , Aníbal, llamado el rodio, les anunció que se adentraría, navegando, en el puerto de Lilibeo, que lo inspeccionaría todo con sus propios ojos y que se lo expondría. Los cartagineses [5] oyeron con agrado este ofrecimiento, pero no le dieron crédito porque los romanos bloqueaban con su escuadra la boca del puerto contra cualquier intento de penetración. [6] Mas Aníbal el rodio aparejó su propia nave, se hizo a la mar y puso rumbo hacia una de las islas que hay delante de Lilibeo. Al día siguiene, aprovechando un viento favorable que se levantó en el momento oportuno, y hacia la hora cuarta, ante la sorpresa de todo el enemigo que contemplaba su audacia, [7] entró en el puerto. Y dispuso sin dilación su marcha [8] para el día siguiente. El cónsul romano pretendió vigilar con más cuidado el paraje de la bocana, y dispuso por la noche las diez naves romanas más marineras; él mismo, situado junto al puerto, iba observando lo [9] que ocurría, así como todo su ejército. Las naves de la bocana estaban al acecho por ambos lados, y se habían arrimado a los escollos lo más posible, con los remos en alto para atacar y capturar la nave que iba [10] a salir. El rodio hizo su salida a alta mar a la vista de todos; con sus maneras desafió al enemigo por su audacia y por la velocidad de su singladura. En efecto; no sólo salió con la nave y sus hombres intactos, pasando [11] rápido por entre las naves romanas, inmóviles, sino que, tras adelantarse algo, se detuvo e hizo que sus hombres levantaran los remos en señal de provocación [12] al enemigo. Remaba a un ritmo tan vivo que nadie se atrevió a zarpar en pos de él. Y se alejó tras insultar con una sola nave la flota adversaria íntegra. [13] Desde entonces hizo esto muchas veces, lo cual resultó muy útil a los cartagineses, pues siempre les aclaraba lo que era urgente, e infundía ánimo a los asediados; a los romanos, les aturdía con su osadía.
[47] Contribuía mucho a su audacia el hecho de que su experiencia le había señalado muy exactamente la entrada [2] del puerto a través de los bajíos. Hecha la travesía, desde la parte de Italia enfilaba de proa la torre que está junto al mar, de manera que cubría toda la línea de las torres de la ciudad orientadas hacia el Africa; sólo de esta manera es posible, si se navega con viento favorable, dar con la bocana del puerto. Muchos cobraron ánimo por la audacia del rodio, y conocedores [3] también de aquellos parajes, se animaron a hacer lo mismo. Y los romanos, enojados con lo que sucedía, empezaron a terraplenar la bocana del puerto. Pero en la mayor parte de los puntos su intentó fracasó, [4] debido a la profundidad del mar y a que nada de lo que arrojaban lograban que cuajara ni prendiera. Lo que echaban, el oleaje y la fuerza de la corriente lo esparcía en el acto, y se les desparramaba. En un [5] punto donde había un bajío lograron, tras muchas fatigas, que se les sostuviera un terraplén, en el que encalló una cuatrirreme que había hecho una salida nocturna. Los romanos la capturaron: sobresalía por la construcción de su estructura. Los romanos, una vez [6] se hubieron apoderado de ella, la dotaron de una tripulación escogida, y acechaban a todos los que entraban navegando, principalmente al rodio. Precisamente [7] éste había penetrado de noche, y después se hizo a la mar a la vista de todos. Vio que la cuatrirreme le atacaba con toda intención, reconoció a la nave y se alarmó. Primero intentó vencerla en velocidad, pero cogido [8] por la habilidad de la otra tripulación, al final viró y se vio obligado a trabar combate con el enemigo. Superado [9] por el número y la selección de la dotación de la nave romana, el rodio cayó en manos del adversario. Los romanos, dueños entonces también de esta [10] nave, muy bien equipada, la dispusieron según sus necesidades, y así anularon la audacia de los que navegaban hacia Lilibeo.
Los asediados activaban enérgicamente sus defensas, [48] pero habían renunciado a derrumbar y a destruir los dispositivos del enemigo, cuando he aquí que se [2] levanta un viento, contra los mismos soportes 124 de los ingenios de guerra, de tal fuerza e ímpetu que hacía tambalear las galerías y, con su violencia, se llevó las torres protectoras. En este momento unos mercenarios griegos advirtieron que aquel cambio les era propicio para destruir los ingenios romanos, y comunicaron su [4] observación al general cartaginés. Éste la acogió, y al instante dispuso las medidas necesarias para la operación. Aquéllos jóvenes, entonces, formaron grupos compactos, y desde tres lugares pegaron fuego a las obras. [5] Y como sus aparejos eran muy combustibles, porque eran viejos, y la fuerza del viento arreciaba y hacía trastabillar los soportes de las torres y de los ingenios bélicos, la acción devoradora del fuego resultó fuerte y eficaz, mientras que la defensa y el auxilio de los romanos terminaron siendo tan difíciles como inútiles. [6] En efecto, tal era el desconcierto que producía la catástrofe a los que intentaban salvar las obras, que eran incapaces de comprender y ver lo que se estaba desarrollando. Cegados por el hollín que les caía encima, por las centellas y por la densa humareda, no pocos caían y perecían sin lograr acercarse al lugar donde [7] debía efectuarse la defensa. Y cuanto más embarazosa era la situación para los romanos por las causas ya dichas, tanto más fácil lo era para los incendiarios. [8] Pues todo lo que cegaba y dañaba era llevado por el soplo del viento y empujado contra los enemigos, mientras que los disparos o las teas destinadas a los defensores y a la destrucción de las obras daban en el blanco, porque los que los tiraban veían bien los lugares que tenían delante, y sus proyectiles eran eficaces: los golpes resultaban devastadores, ya que la fuerza del viento ayudaba a los que los lanzaban. La [9] destrucción acabó por ser tan completa, que el fuego inutilizó los soportes de las torres y las estructuras de los arietes. Todo esto hizo que los romanos renunciaran [10] a seguir el asedio con ayuda de máquinas. Excavaron un foso en torno a la ciudad, la rodearon de una trinchera circular, envolvieron su propio campamento con un muro y confiaron la operación al tiempo. Los [11] de Lilibeo reconstruyeron su muralla, que había sido destruida, y soportaron el cerco ya con confianza.
Batalla de Drépana
Llegó a Roma la noticia de este [49] estado de cosas, y después fueron muchos los que anunciaron que la mayor parte de las dotaciones de la flota se habían perdido en las obras y en el asedio en general. Entonces, los romanos [2] reclutaron con todo celo marineros, juntando unos diez mil, y los enviaron a Sicilia. Cuando atravesaron [3] el estrecho, y llegaron a pie al campamento de Lilibeo, el cónsul romano, Publio Claudio 125 , reunió a los tribunos 126 y les manifestó que era el momento de navegar hacia Drépana con toda la flota, porque Adérbal, [4] el general cartaginés que detentaba allí el mando, no estaba preparado para tal eventualidad. Ignoraba, en efecto, la presencia de las tripulaciones romanas, y estaba convencido de que la flota enemiga no podía navegar por la pérdida de hombres sufrida durante el [5] asedio. Los tribunos asintieron sin poner dificultades, y Publio Claudio hizo embarcar al punto las dotaciones ya veteranas y también las recién llegadas; pero en cuanto a las tropas encargadas de los abordajes, escogió de todo el ejército a los mejores que se habían presentado voluntarios porque la navegación era corta [6] y el lucro les parecía seguro. Realizados todos estos preparativos, se zarpó a media noche sin que los enemigos lo notaran. Los romanos emprendieron la navegación agrupados al principio, con la costa a su derecha 127 . [7] Las primeras naves aparecieron en Drépana al amanecer, y Adérbal, al verlas, primero se extrañó [8] ante cosa tan inesperada. Sin embargo, se recobró pronto, y al observar el ataque naval de los romanos, decidió intentar y soportar todo antes que permitir [9] verse sitiados y sufrir el asedio previsible. Con este fin concentró inmediatamente a sus dotaciones en la costa y por medio de una proclama reunió a los mercenarios [10] de la ciudad. Ya congregados, les imbuyó en breves palabras la idea de que podían esperar la victoria si se atrevían a una batalla naval, y les recordó las penalidades de un asedio si se mostraban remisos al considerar [11] el peligro. Los mercenarios se declararon dispuestos con prontitud a la batalla, y clamaban que se les condujera sin tardanza a ella. Adérbal alabó y aceptó su ardor, ordenó que embarcaran a toda prisa, que observaran su nave y que le siguieran, a popa de ella. [12] Aclaró, pues, lo dicho con toda diligencia, y él mismo fue el primero en iniciar la navegación. Salió casi rozando las rocas, por el lado de la rada opuesto a aquél por donde penetraba el enemigo.
[50] Publio Claudio, el cónsul romano, vio que, contra lo que él esperaba, los enemigos ni cedían ni se quedaban inactivos ante aquella arremetida naval, sino que estaban prestos a combatir. De sus naves, unas se [2] encontraban ya dentro del puerto, otras en la misma bocana, mientras que las restantes estaban ya muy próximas a ella. Ordenó a toda su escuadra virar en redondo y navegar de nuevo hacia fuera. Pero este viraje [3] hizo que las naves que estaban ya en el puerto chocaran contra las de la bocana, lo cual ocasionó una gran confusión entre las tripulaciones, y, además, al entrechocar unos navios con otros, se quebraban mutuamente las hileras de remos. Con todo, los trierarcos iban [4] alineando paralelamente a la costa los buques que iban saliendo, e inmediatamente les disponían de manera que presentaran la proa al enemigo. Publio Claudio [5] había navegado desde el inicio detrás de toda la escuadra; entonces, en plena navegación, viró hacia alta mar, y se situó a la izquierda de su formación. Adérbal, [6] por su parte, rebasó en aquel mismo momento la izquierda adversaria con cinco naves de gran calado, y situó la suya de proa contra el enemigo, desde alta mar. Y al tiempo que iba navegando, transmitía órdenes, [7] por medio de sus oficiales, a las que establecían contacto con él, para que se unieran a su alineación e hicieran lo que él mismo. Situadas ya todas de frente, [8] dio la señal por medio de la consigna, y empezó el ataque frontal. Los romanos permanecían junto a la costa, porque iban recogiendo las naves que salían del puerto, de lo que les resultó una gran desventaja, [9] porque iban a librar la batalla pegados a la tierra firme.
Cuando estuvieron a poca distancia, las dos naves [51] capitanas dieron la señal, y ambas escuadras se arremetieron mutuamente. Al principio la pugna fue indecisa, [2] porque ambos bandos echaban mano, como si fueran soldados de marina, de lo más escogido de sus tropas terrestres. Pero, poco a poco, los cartagineses [3] se iban imponiendo, porque en el conjunto de la refriega tenían muchas ventajas. Eran muy superiores en velocidad por la sobresaliente construcción de sus naves y por el entrenamiento de sus tripulaciones; además, les favorecía mucho el paraje, pues habían dispuesto [5] su formación en alta mar. Si algunas de sus naves se veían acosadas por el enemigo, retrocedían a [6] alta mar con toda seguridad, por su gran rapidez; después se revolvían contra las naves atacantes que les perseguían, navegaban en torno suyo, arremetían contra ellas de refilón cuando también viraban, y las romanas se veían en apuros debido a su pesadez y a la impericia de sus dotaciones. Recibían una lluvia de impactos [7] y se hundían en gran número. En cambio, si una nave de la formación cartaginesa corría peligro, la ayudaban prestamente desde sitio seguro y la sacaban del riesgo; para ello navegaban desde el mar abierto junto [8] a la popa de la nave amenazada. Naturalmente, a los romanos les ocurría todo lo contrario. Los acosados no podían retroceder, ya que libraban la batalla junto a la tierra firme; cada vez que una de sus naves se veía acorralada por las que tenía enfrente, o bien caía en los bajíos y encallaba de proa, o bien se estrellaba, empujada contra la costa. La impericia de las dotaciones romanas y la pesadez de sus naves hacía imposible algo que proporciona grandes éxitos en las batallas navales: navegar entre los navios enemigos y salir [10] por detrás contra los que pelean contra la formación propia 128 . Ni siquiera podían todavía socorrer por la popa a los que lo necesitaban, porque los que querían prestarles ayuda se encontraban pegados a la costa y [11] no disponían ni de un mínimo espacio. Al ser tal el desastre general de la batalla, y como unas naves habían encallado en los bajíos y otras habían naufragado, el cónsul romano, al ver lo ocurrido, se lanzó a la fuga desde el flanco izquierdo, bordeando la costa, y con él treinta naves, las que tenía más cerca. Los cartagineses [12] se apoderaron de los navios restantes, noventa y tres en número, y también de sus dotaciones, a excepción de aquellos hombres que lograron escapar por haberse estrellado sus naves contra la costa.
Librada esta batalla naval, Adérbal alcanzó un gran [52] prestigio entre los cartagineses, puesto que gracias a él, a su previsión y audacia, se había llegado a un término feliz. Publio Claudio, por el contrario, se vio entre [2] los romanos muy desacreditado y acusado, porque se había lanzado de una manera irracional e impremeditada a aquella empresa, y por su culpa había infligido un daño no pequeño a la ciudad de Roma. Por eso, a [3] continuación le sometieron a juicio y le impusieron una fuerte multa y duras condenas. Sin embargo, los [4] romanos, a pesar de estos sucesos, como ambicionaban el dominio universal, encajaron el desastre sin descuidar sus posibilidades, sino que se aplicaron a la prosecución de las operaciones. Por eso, llegado el tiempo [5] de la elección de los magistrados, y nombrados los cónsules, a uno de ellos, Lucio Junio 129 , le mandan sin dilación a abastecer de víveres a los que asediaban Lilibeo, y de las demás mercancías y provisiones para el ejército; como escolta dotaron sesenta naves. Lucio [6] Jimio, al llegar a Mesina, recogió las naves que le salieron al encuentro desde el campamento y desde otras partes de Sicilia y se trasladó rápidamente a Siracusa con ciento veinte naves de guerra y casi ochocientas naves de carga que transportaban las mercancías. Desde [7] allí, después de entregar a los cuestores la mitad de los barcos de carga y algunas de las naves de guerra, les mandó zarpar de inmediato, pues tenía gran interés [8] en avituallar al ejército de lo que necesitara. Él se quedó en Siracusa para recoger a los que en la navegación desde Mesina habían quedado rezagados y para recibir la entrega de trigo que le harían los aliados del interior.
Más desastres navales romanos
Por el mismo tiempo, Adérbal remitió a Cartago los hombres aprisionados en la batalla naval, y también las embarcaciones capturadas. Entregó a su colega en [2] el mando, Cartalón, treinta naves, además de las setenta [3] que él mismo había traído, y le destacó con la orden de caer de improviso sobre la flota enemiga fondeada en Lilibeo, apoderarse de las naves que pudiera [4] e incendiar las restantes. Cartalón cumplió las instrucciones, se hizo a la mar al rayar el alba, pegó fuego a unas naves enemigas y remolcó otras, con lo que so brevino una gran confusión en el campamento de los [5] romanos. En efecto, mientras corrían a proteger sus buques entre un gran griterío, Imilcón, el que defendía Lilibeo, cuando ya se hizo de día observó lo ocurrido, [6] y mandó allí, desde la ciudad, a los mercenarios. Y los romanos, como los peligros se cernían sobre ellos por todas partes, cayeron en un desánimo no pequeño [7] ni vulgar. El almirante cartaginés, que había logrado tirar de algunos navios e incendiar otros, una vez realizado todo ello se apartó algo de Lilibeo en dirección a Heraclea y quedó al acecho, con la intención de cerrar el paso a los que navegaran hacia el campamento. [8] Cuando los vigías le avisaron de que naves de todo tipo se dirigían, en gran cantidad, hacia allí y ya estaban cerca, levó anclas y se hizo a la mar, movido por el afán de trabar combate, porque a causa de su [9] anterior victoria, menospreciaba a los romanos. Entonces mismo los laúdes que habitualmente navegaban al frente de la formación anunciaron a los cuestores, mandados desde Siracusa a los puestos avanzados, la aproximación de los enemigos. Los cuestores 130 no se [10] creyeron con efectivos suficientes para una batalla naval, por lo que fondearon delante de un villorrio 131 de los que habían sometido. No tenía puerto, pero disponía de atracaderos, y unos brazos de tierra le resguardaban frente a la costa. Los siracusanos desembarcaron [11] allí, montaron las ballestas y las catapultas que sacaron de la ciudad y aguardaron la llegada del adversario. Cuando los cartagineses se aproximaron, [12] inicialmente se dispusieron a bloquearlos porque estaban convencidos de que los hombres, aterrorizados, se retirarían hacia el villorrio, y ellos podrían apoderarse sin riesgo de las naves. Pero, como su esperanza [13] no prosperaba, sino que, por el contrario, los romanos se defendían con entereza, y como el paraje presentaba dificultades de toda especie, arrastraron unos pocos transportes cargados de vituallas y se retiraron hacia un río, fondearon allí, y así aguardaban la salida de los romanos.
El cónsul que había quedado en Siracusa, cuando [54] hubo cumplido sus propósitos, dobló el cabo Paquino con rumbo hacia Lilibeo; ignoraba totalmente lo ocurrido a los que habían zarpado con anterioridad. Los [2] vigías señalaron al almirante cartaginés la reaparición del adversario, por lo que navegó velozmente a alta mar, con la intención de entablar combate contra estos romanos a la mayor distancia posible de la otra flota enemiga. Jimio había avistado de lejos la escuadra [3] de los cartagineses, con su gran número de navios, y no se atrevió a establecer contacto. Pero tampoco podía ya huir, por la proximidad del enemigo. Viró, pues, hacia unas aguas agitadas y peligrosas desde todos los puntos de vista, y fondeó en ellas; prefería sufrir lo que fuera preciso, a dejar que el enemigo se apoderara de su ejército íntegro. Dándose cuenta de la situación, el almirante cartaginés renunció a exponerse y a acercarse a aquellos parajes, y ocupó un promontorio, delante del que fondeó, y observaba a las [6] dos flotas, apostado entre ambas. Pero, como sobrevino un temporal y el estado del mar presagiaba una mar arbolada más general, los pilotos cartagineses que, por su conocimiento de aquellos parajes y el cariz del tiempo preveían lo que se avecinaba y predijeron lo que sucedería, convencieron a Cartalón de huir de la [7] tempestad y doblar el cabo Paquino. Cartalón, efectivamente, aceptó con buen juicio el consejo, y los cartagineses, tras muchas penalidades, rebasaron a duras penas el cabo, y lograron fondear en lugar seguro. [8] Mientras tanto, cuando sobrevino la tormenta, las flotas romanas, como aquellos parajes no disponían en absoluto de abrigos, quedaron destrozadas de tal modo, que ni siquiera de los restos del naufragio quedó nada aprovechable, pues ambas resultaron inutilizadas por completo por este desastre imprevisto.
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