Read the book: «Reclamada por el multimillonario»

Font::



Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2018 Pippa Roscoe

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Reclamada por el multimillonario, n.º 167 - agosto 2020

Título original: A Ring to Take His Revenge

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-628-4

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

Londres…

ANTONIO Arcuri le hizo un gesto a la joven, menuda y morena, para que se montara en la limusina antes que él. Estaba acostumbrado a acompañar a mujeres que acababa de conocer hasta su limusina, pero no por motivos de trabajo. Jamás por trabajo.

Sin embargo, no había tenido otra alternativa. La reunión de la mañana se había alargado insoportablemente y no podía ni cancelar esa última entrevista para seleccionar a su secretaria personal ni llegar tarde a la reunión con los otros dos integrantes de El Círculo de los Ganadores; un grupo de propietarios de caballos de carreras en el que participaba.

Llevaba casi un año esperando para ver a sus amigos Dimitri y Danyl, que también eran sus hermanos en más de un sentido. Le habían obligado a hacer más de una cosa a la vez y no podía soportar que le obligaran a hacer algo.

La morena, la señorita Guilham, arqueó una ceja ante el inesperado cambio de escenario para la entrevista y eso le pareció un buen augurio. Sin embargo, no se lo pareció tanto su manera de recolocarse el díscolo dobladillo de la falda, que se le había subido por los tersos muslos al sentarse en el mullido asiento de cuero. Esa falda que le había parecido desmesuradamente conservadora cuando la vio de pie y que, en ese momento, era una distracción que, sinceramente, no deseaba.

Se sentó a su lado y observó a Emma Guilham por el rabillo del ojo. Comprobó que era menuda y hermosa, hasta que archivó los datos y se olvidó de ellos. Daba igual que su próxima secretaria fuera atractiva o no. Aunque, al menos, había dejado de tirar del dobladillo de la falda.

La limusina salió del oscuro aparcamiento de sus oficinas y se mezcló con el agobiante tráfico del centro de Londres. Maldijo su suerte para sus adentros y dominó las ganas de mirar el reloj. Sabía que tenía muy poco tiempo.

–Su conductor debería tomar St. James y Pall Mall. Navidad y la calle Regent es una combinación espantosa.

Ella clavó los ojos color avellana en los de él, que sintió un repentino vuelco en el pecho. Su mirada no transmitía ni una necesidad imperiosa de agradar ni una emoción fervorosa, ni tenía el brillo sensual que solía captar en las miradas de las mujeres. Sabía que era atractivo y se aprovechaba todo lo que podía, pero no con las empleadas.

Sin embargo, y lo que era más importante de todo, no había doblez en su mirada, algo que era inusitado y que, para él, no tenía precio.

Comparada con las otras tres candidatas que había entrevistado, era la menos impresionante. Emma Guilham, con veintidós años recién cumplidos, era joven. Sin embargo, parecía la más imperturbable, aunque las otras iban de los veintimuchos años a los cincuenta y pocos.

No hacía falta que mirara su currículum porque recordaba toda la información pertinente y procedió a entrevistarla.

–Se graduó en estudios de mercados internacionales, en la Universidad de Londres, con cuatro sobresalientes, puede teclear ciento veinte palabras por minuto y le gusta viajar y leer –le desconcertó que color avellana de sus ojos fuera tomando un tono verde mar–. Es muy trabajadora, algo que me ha confirmado repetidamente el director financiero de mi oficina en Londres, donde ha trabajado a jornada completa durante los meses pasados y a tiempo parcial el año anterior, mientras terminaba los estudios, algo en lo que también me ha insistido repetidamente el director financiero.

Emma se limitó a asentir levemente con la cabeza y él frunció el ceño. Normalmente, las candidatas resaltaban sus virtudes cuando él les daba la oportunidad. Él le dio un instante para que ella hablara, pero se quedó en silencio.

–El trabajo es en Nueva York. Apuesto a lo grande, adquiero empresas y espero mucho trabajo, entrega plena y discreción absoluta tanto en los asuntos laborales como en los personales. Yo no estoy siempre en la oficina de Nueva York, pero usted sí tendrá que estar a todas horas.

–Claro.

Él siguió esperando algún cambio en su expresión, por mínimo que fuera. Ella todavía tenía que expresar la emoción o el mal disimulado asombro maravillado que, fastidiosamente, había presenciado en las otras entrevistas.

–Señorita Guilham, no parece muy interesada en esta entrevista.

No tenía paciencia cuando le hacían perder el tiempo y tampoco quería una mujer que le dijera «sí» a todo, pero, aun así, eso era… insólito.

–Todavía tiene que hacerme una pregunta, señor Arcuri –replicó ella en un tono que no tenía nada de acusatorio u ofendido–. ¿Puedo hablar con claridad?

Él contestó con un gesto de la mano para que lo hiciera.

–Señor Arcuri, ya he pasado por tres entrevistas previas para conseguir ese puesto; una con Recursos Humanos de Reino Unido, otra con Recursos Humanos de Estados Unidos y la tercera con su anterior secretaria personal. No me hago ilusiones en cuanto a mi poca experiencia si se compara con la de las candidatas más veteranas y solo puedo considerar que su decisión de llevarme en su… desplazamiento es toda una cortesía por su parte… y se lo agradezco –entonces, la morena dio unos golpecitos en la mampara de cristal que los separaba del conductor–. Por aquí a la izquierda y, luego, la segunda a la derecha –le indicó ella antes de volverse hacia él–. Creo que, llegados a este punto, su elección se reduce a la personalidad y, en lo relativo a usted como mi jefe, no tengo por qué darle ninguna explicación respecto a eso. ¿Quiere a alguien que solo viva y respire por Arcuri Enterprises? Yo puedo serlo. ¿Quiere a alguien que se ocupe de una agenda internacional? Puedo hacerlo con los ojos cerrados. ¿Quiere a alguien que le despeje el camino y lo libre de todo lo que pueda impedirle emplear su valioso tiempo en lo que quiera? Soy la que está buscando. El resto, puede saberlo por mi currículum o no tiene por qué saberlo. Quiero trabajar con usted porque es el mejor, así de sencillo.

La limusina de detuvo delante del club Asquith de Londres mientras Antonio estaba intentando asimilar ese discurso bastante impresionante y no menos sorprendente.

La señorita Guilham esbozó una sonrisa afable y Antonio notó que él también elevaba ligeramente las comisuras de los labios.

–Tengo una pregunta, señorita Guilham.

–¿Cuál?

–¿Qué se llevaría si fueran a abandonarla en una isla desierta?

–Un teléfono por satélite.

Él había oído todo tipo de respuestas, desde la música de Mozart o las obras completas de Shakespeare, a un piano. Sin embargo, solo había oído la respuesta de ella una vez, y se la había dado él a sí mismo.

Él asintió inexpresivamente con la cabeza.

–Señor Arcuri –siguió ella–. Le agradezco que me haya dado la oportunidad de hablar con usted. Esperaré a que Recursos Humanos se ponga en contacto conmigo y deseo que disfrute con el almuerzo. Yo volveré a la oficina.

Dicho eso, Emma Guilham lo dejó en el coche. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan atónito… y no era el único a juzgar por cómo la miraba el conductor mientras se alejaba.

Se bajó de la limusina y se dirigió hacia el reservado del club donde lo esperaban Dimitri Kyriakou y Danyl Najem Al Arain mientras intentaba borrarse de la cabeza cómo había contoneado las caderas ella de camino a la estación de metro de Picadilly Circus.

Con una eficiencia implacable, volvió a concentrarse en El Círculo de los Ganadores.

Los tres se habían conocido cuando eran estudiantes y su amistad se había forjado en lo más profundo de sus momentos más sombríos, gracias a todo lo que se habían respaldado los unos a los otros, y a todo lo que habían celebrado juntos. Además, Dimitri, Danyl y su abuelo materno habían sido los primeros inversores cuando necesitó capital para poner en marcha su negocio. Él, naturalmente, les había devuelto todo el dinero, con intereses y en la mitad del tiempo acordado. Sin embargo, no había olvidado en ningún momento la deuda que había contraído con sus amigos.

Sabía, y tenía muy presente, que sin ellos no habría llegado a ser lo que era, y ellos dirían lo mismo de él. En ese momento, al cabo de un año, esos tres hombres, que solían aparecer en los periódicos como unos de los más grandes empresarios vivos, volverían a reunirse por fin en la misma habitación.

Mientras se dirigía hacia la mesa del comedor privado, una pequeña rubia se cruzó apresuradamente con él y lo miró con el ceño fruncido.

–¿Qué me he perdido? –preguntó Antonio mientras observaba el aspecto de sus amigos.

El encarcelamiento injusto de Dimitri le había pasado factura, pero sus imponentes rasgos griegos todavía hacían que las mujeres giraran la cabeza a su paso. Danyl, por su parte, no tenía que depender de su título de jeque heredero del trono de Ter’harn. Irradiaba una intensidad melancólica, como había comentado la última secretaria de Antonio.

Solo el implacable sistema legal de Estados Unidos había conseguido impedir que se reunieran todos los trimestres, lo único inamovible en su agenda cada vez más repleta. Sin embargo, se había demostrado la inocencia de Dimitri y por fin se habían juntado otra vez.

–Una proposición –le contestó Dimitri a Antonio.

–¿En público y a estas horas? Caballeros, mi escandalosa reputación está quedando como un juego de niños.

–Una proposición profesional –gruñó Danyl entre dientes.

–Ella… –Dimitri señaló con la cabeza hacia el sitio por donde había salido la rubia–. Ella quiere correr con nosotros en la Hanley Cup.

–Ya tenemos jockey –intervino Danyl.

–Ella dice que puede ganar las tres carreras.

–Eso no lo ha hecho nadie desde… –empezó a decir Antonio sin disimular la curiosidad.

–Desde que su padre entrenó al caballo y al jinete hace veinte años –terminó Dimitri.

Antonio empezó a darle vueltas a lo que había oído.

–¿Era Mason McAulty?

Danyl dejó escapar un gruñido desabrido, pero Antonio pensó en las repercusiones, en las ganancias para el ganador y en la atención de la prensa de todo el mundo… Las noticias sobre su club habían ido menguando a lo largo de los años, pero nadie podía discutir todo lo que habían conseguido. Lo crearon poco después de haber salido de la universidad. Había sido el proyecto perfecto para tres hombres que adoraban las apuestas altas, los caballos y la adrenalina.

Antonio podría haber llegado a ser un jugador de polo de nivel internacional, pero eso fue antes de que todo lo que hizo Michael Steele hubiese estado a punto de destrozar a su familia. Contuvo la rabia que le producía acordarse de ese hombre y volvió a centrar su atención en la proposición.

–¿Y ella puede hacerlo?

Dimitri se encogió de hombros, pero pareció como si Danyl lo pensara más detenidamente.

–Es probable –acabó reconociendo.

–Yo acepto –afirmó Antonio encogiéndose de hombros con un estilo muy italiano.

Si Mason McAulty lo conseguía, las ganancias serían increíbles. Si no… Bueno, ¿acaso había mala prensa? A Antonio le encantaba vivir en el filo de la navaja.

–¿Por qué no?

Dimitri también aceptó y Danyl asintió con la cabeza a regañadientes y con los labios apretados con firmeza. Antonio no sabía por qué Danyl había mirado con esa furia a Mason McAulty cuando salía, pero sí esperaba que ella supiera que estaba jugando con fuego.

–¿Whisky? –preguntó Dimitri cuando Antonio se sentó por fin.

–Desde luego –Antonio se dejó caer sobre el respaldo y observó a sus amigos–. Me alegro de volver a veros.

–Repítelo y sabré que te has ablandado –replicó Dimitri en un tono tenso.

–Si quisiera oír cotilleos de mujeres, me habría quedado con mi harén –añadió Danyl.

–No tienes ningún harén –se burló Antonio–. Si lo tuvieras, no te veríamos el pelo.

Sin embargo, en vez de complacerse con la relación familiar que tenía con sus dos mejores amigos, Antonio dejó que su cabeza volviera a pensar en la mujer que, como acababa de decidir, iba a ser su nueva secretaria personal.

Emma Guilham…

Capítulo 1

Dieciocho meses después…

EMMA, con rapidez y eficiencia, se recogió los mechones de pelo oscuro que se le habían escapado y se hizo un discreto moño. Aunque no hubiese visto que Antonio Arcuri fruncía el ceño cuando algún mechón de pelo se le escapaba de las horquillas, ella sabía, intuitivamente, que eso era lo que quería su implacable jefe; rapidez, eficiencia y discreción.

Mientras comprobaba su aspecto en el espejo del cuarto de baño de las oficinas en Nueva York de Arcuri Enterprises, se fijó en la «A» y la «E» grabadas que había en una esquina de todos los espejos y sintió una punzada de emoción y satisfacción.

Había llegado muy lejos desde la pequeña, pero cómoda, casa de su madre en los alrededores de Hampstead Heath. Se acordó de la entrevista tan extravagante que le había hecho Antonio en la limusina mientras se abrían paso entre el tráfico navideño de Londres. Creía que había estado descarada, pero la verdad era que había creído que no tenía ni la más mínima posibilidad de conseguir el empleo y, como no había tenido nada que perder, había dicho la verdad.

Había creído sinceramente todas y cada una de las palabras que había dicho y se había ceñido estrictamente a todas durante los dieciocho meses que llevaba allí. Había peleado mucho para estar allí, para estar en Nueva York y ser la secretaria personal de Antonio Arcuri… y no iba a permitir que esa llegada atípica, imprevista y cada vez más inminente la alterara.

Desde que le sonó el teléfono, a la una de la madrugada, para comunicarle que Antonio volvería de Italia y estaría en la oficina en menos de seis horas, había estado dominada por algo parecido al pánico… aunque se hubiese dicho a sí misma que ya no sentía pánico. Aun así, se había levantado de un salto de la cama y había comprobado en la agenda que Antonio no tenía ningún motivo para volver tan precipitadamente. No sabía qué esperar de su hermético jefe.

Había empezado a anhelar esas ausencias de Antonio. Fuera porque tenía que acudir a sus inamovibles reuniones con El Círculo de los Ganadores o porque tenía que visitar las oficinas de Londres, Hong Kong o Italia, agradecía tener que tratar con él mediante correo electrónico o videoconferencias. Agradecía esos respiros porque en realidad, palpablemente, la presencia de Antonio era… abrumadora.

No se trataba solo de su belleza clásica. Sus ojos color chocolate, sus pómulos prominentes y su mentón firme serían devastadores en cualquier hombre. Además, el bronceado italiano de su piel contrastaba sensualmente con los labios color vino y todo su cuerpo transmitía una energía depredadora, pero sabía que lo que la atraía de verdad era la vitalidad, la autoridad que rezumaba todo su ser.

Aun así, había aprendido a sofocar esa atracción y no iba a permitir que interfiriera en su trabajo. Estaba allí para hacer su trabajo, no para que se le cayera la baba con su jefe. No iba a caer en la misma trampa en la que habían caído muchas mujeres. Además, tenía sus objetivos, sitios que quería conocer y cosas que quería hacer, y Antonio Arcuri no entraba en ninguno de ellos.

La puerta del amplio cuarto de baño se abrió de golpe y unas mujeres entraron armadas hasta los dientes con bolsas de maquillaje. Emma las observó mientras sacaban todo tipo de herramientas destinadas a seducir y se aplicaban con delicadeza un millón de productos, como también había hecho ella a los diecisiete años para disimular los estragos de la quimioterapia.

Sin embargo, hizo un esfuerzo para dejar esos recuerdos a un lado. A Antonio le importaba muy poco su aspecto, solo le importaba su capacidad. Sonrió con cierto abatimiento ante esa fila de empleadas de Arcuri. Antonio tenía ese efecto en las mujeres, pero no en ella. Podía parecerle que su jefe era devastadoramente atractivo, pero eso no iba a trastocarla.

Ningún hombre iba a trastocarla.

Sentada al ordenador, en la antesala del despacho de Antonio en la última planta, dejó que una sensación de control y calma se adueñara de ella. Esos eran sus dominios y le encantaba.

Ese despacho en el piso veinticuatro de un rascacielos de Manhattan era mucho más de lo que había podido llegar a imaginarse en toda su vida. Las cristaleras le permitían tener una vista increíble de Central Park y del famoso perfil de la ciudad. La decoración y todo ello transmitía una sensación de poderío que ella disfrutaba durante el día, antes de volver, todas las noches, a su minúsculo piso en Brooklyn. Ir a Nueva York había sido el primer objetivo cumplido de su lista de objetivos en la vida. Después de cinco años curándose, por fin había puesto punto final a esa enfermedad espantosa que le había arrebatado tantas cosas. Aunque se había quedado más tiempo del que había previsto como secretaria de Antonio y había tenido que renunciar a algunos de sus objetivos en la vida… prefería pasarlo por alto. Estaba contenta y siempre tendría tiempo en el futuro, en su futuro.

–¿Sabes por qué viene?

Emma levantó la mirada y vio a James, un ejecutivo de nivel bajo que estaba muy nervioso, casi presa del pánico. Él se quitó las gafas y la miró con unos ojos hinchados por el sueño mientras otros empleados, igual de nerviosos, miraban desde el pasillo.

La noticia de la inminente llegada de Antonio debía de haber corrido como la pólvora porque si bien no era raro ver a algunos empleados trabajando como locos a esa hora de la mañana, sí lo era verlos a todos. Sin embargo, eso era lo que conseguía Antonio Arcuri. Él no pedía nada, lo esperaba todo. Él no exigía, no hacía falta.

–¿Ha llegado ya? –volvió a preguntarle James sin esperar a que hubiese contestado la primera pregunta.

–El señor Arcuri tiene que ocuparse de ciertos asuntos, eso es todo.

–Es que… Dada la situación actual…

–Arcuri Enterprises es lo bastante fuerte como para sobrevivir a cualquier situación.

La voz con acento italiano de Antonio le interrumpió en un tono cortante.

A Emma le espantaba que entrara sigilosamente en las habitaciones, como una pantera, y sintió lástima por el pobre James, que, antes de salir corriendo, había pasado de estar pálido por el miedo a estar rojo por la humillación.

–¿Por qué parece como si todo el mundo creyera que voy a despedirlo? –le preguntó Antonio con rabia a Emma.

Ella contuvo las ganas de suspirar. Evidentemente, estaba de ese humor, un humor que le facilitaba contener también las ganas de comerse con la mirada ese metro noventa de musculatura fibrosa.

–Es un poco raro que interrumpas tu estancia en Italia.

–Necesito una videoconferencia con Danyl y Dimitri inmediatamente. También necesito un informe completo sobre Benjamin Bartlett. Todo lo que puedas saber sobre él y su empresa.

Lo último lo dijo por encima del hombro mientras se dirigía a su despacho.

–Se lo diré inmediatamente al equipo de investigación.

–No –Antonio se paró a mitad de camino–. Nadie puede saberlo. Quiero que te ocupes tú personalmente.

Dicho lo cual, Antonio llegó a su despacho, entró y cerró la puerta dando un portazo. Emma volvió a suspirar y cerró la carpeta que tenía abierta encima de la mesa. Era sobre la gala benéfica de la Fundación Arcuri, un asunto al que ya había dedicado mucho de su tiempo libre, pero supo que tendría que llevársela a casa. Mientras marcaba los números de Dimitri y Danyl, que ya se sabía de memoria, se preguntó quién sería Benjamin Bartlett y por qué sería tan importante.

Antonio Arcuri quería que se le apaciguara la adrenalina que le corría por las venas. Se quitó la chaqueta del traje, la tiró sobre el sofá y, en vez de sentarse, fue hasta el ventanal.

Había decidido que le asignaría a Emma la investigación de Benjamin Bartlett durante el vuelo de vuelta de Italia, de la casa de su madre en Sorrento. Le había impresionado, durante los últimos dieciocho meses, que su secretaria fuese tan tranquila e imperturbable. Dieciocho meses en los que había reprimido sin contemplaciones ese interés sensual y no deseado que se le había despertado desde el mismo momento en el que se montó en aquella limusina que lo llevó al club Asquith de Londres.

Naturalmente, también le había ayudado que ella se vistiera como si fuese la fundadora de una orden religiosa y no mostrara el más mínimo interés hacia él, aparte de su relación profesional. Había tenido otras secretarias y habían arqueado las cejas con incomodidad cuando les había encargado ciertos cometidos indiscretos, como que rechazara a examantes o que comprara regalos de… despedida. Emma, a pesar de lo que indicaba su apariencia conservadora, los había llevado todos a cabo sin rechistar. Lo único que le había pedido había sido que aprobara el presupuesto.

En resumen, Emma Guilham hacía muy bien su trabajo.

Por eso precisamente había confiado en ella para que se ocupara de la investigación de Benjamin Bartlett. No podía arriesgarse a que se filtrara su interés antes de que hubiese podido concertar una cita con él. Sin embargo, su objetivo no era el propio Benjamin Bartlett. Podría haberse quedado su famosa e histórica empresa, él no tenía ninguna necesidad de añadirla a su cartera de inversiones. No. Su objetivo era el otro posible inversor, el inversor al que quería aplastar hasta que no quedara ni rastro de él.

Una vez allí, detrás del ventanal, no veía ni un milímetro de ese vergel que había en medio del bullicio de Nueva York, solo veía la victoria al alcance de la mano. Por fin, tenía la oportunidad de doblegar a Michael Steele, de destrozarlo de una vez por todas. Había pasado mucho tiempo investigando las operaciones empresariales de Steele y quedándose con lo que creía que le correspondía a su madre y a su hermana. No olvidaba la devastación que había llevado a su familia con una eficiencia despiadada, el dolor que casi había acabado con su madre y las cicatrices emocionales que su hermana se había dejado en el cuerpo hasta que no había quedado casi nada de ella.

Él se había pasado años ascendiendo en la escala social para eso, para tener la oportunidad de hundir a Michael Steele para siempre.

Oyó el zumbido del intercomunicador y salió del ensimismamiento cuando Emma le informó de que ya tenía a Danyl y Dimitri conectados.

–¿Qué pasa? –le preguntó Danyl.

Cualquiera podría haber pensado que había captado rabia en su voz, pero Antonio sabía que era preocupación.

–No pasa nada, al contrario.

–Son las… las seis en Nueva York, ¿no? –le preguntó Dimitri–. Ni tú sueles empezar tan pronto.

–Son las siete.

–Compadezco a tu secretaria –comentó Danyl–. Ha tenido que pelearse con mi ayudante para no tener que llamar al ministerio de Asuntos Exteriores de Ter’harn.

–No la compadezcas –replicó Antonio–, admírala.

–La admiro –reconoció Danyl–. Cualquiera que pueda sacar a mi ayudante de los asuntos de Estado vale su peso en oro.

–Ya sé cómo acabar con Steele de una vez por todas.

No hacía falta que explicara de quién estaba hablando ni por qué era tan importante. Danyl y Dimitri habían sabido lo que significaba para él desde que tenía dieciséis años.

–¿Cómo? –le preguntó Dimitri.

–Según informadores de toda confianza, Benjamin Bartlett está buscando una inversión sólida en su empresa. Sería la última oportunidad para que Steele consiguiera seguridad económica. Tiene dinero para invertirlo, pero no tanto como para sobrevivir sin él.

–Y piensas ser tú el inversor, hacer lo que haga falta para serlo.

–No será necesario –Antonio sonrió–. Puedo mejorar cualquier oferta de Steele.

–He conocido a Bartlett y tengo que reconocer que me sorprende que esté buscando un inversor. Nunca ha tenido problemas económicos.

–¿Lo conoces? ¿Por qué? –le preguntó Antonio mientras empezaba a maquinar cómo podría aprovecharse.

–Le gustan mucho las carreras de caballos y se le ve con frecuencia por los hipódromos de todo el mundo.

Antonio frunció el ceño mientras rebuscaba en la memoria, que solía ser perfecta, para acordarse de alguna vez que lo hubiera visto en alguna de las muchas carreras a las que había asistido como integrante de El Círculo de los Ganadores.

–Aunque normalmente es muy discreto –siguió Dimitri–. Suele quedarse al margen de las zonas más concurridas y animadas a las que vamos nosotros. Seguramente, irá a Argentina para ver la primera carrera de la Hanley Cup. ¿Sabes por qué está buscando un inversor?

–Da igual el motivo. Haré lo que haga falta para serlo yo y no Steele.

Se hizo el silencio y Antonio temió, durante un instante, que se hubiese cortado la comunicación.

–Antonio, ten cuidado –le advirtió Dimitri–. La desesperación hace que un hombre sea peligroso y yo lo sé mejor que nadie.

–Puedo lidiar con él –gruñó Antonio.

–No me refería a él.

Llamaron a la puerta y Emma apareció con un café espresso que necesitaba muchísimo en ese momento. Les pidió a Danyl y Dimitri que esperaran un momento mientras Emma le dejaba el café en las mesa… y él ganaba tiempo. La advertencia de Dimitri no había caído en saco roto, pero él llevaba mucho tiempo esperando la ocasión. Sabía que ese empeño en vengarse entristecería a su madre. Ella le había pedido infinidad de veces a lo largo de los años que pasara página, que dejara atrás el dolor, que todos lo dejaran atrás, pero él no podía.

Mientras Emma volvía a su mesa, detrás de la puerta que daba a su despacho, él se preguntó si ella lo entendería. Algunas veces, su secretaria, de aspecto conservador y de mirada fría, había mostrado un brillo desafiante, algo parecido al conflicto que sentía él en ese momento. Sin embargo, ella cerró la puerta y él dejó esa idea a un lado antes de retomar la llamada.

–Antonio, ese podría no ser el único problema con el que te encuentres –siguió Danyl.

–Puedo afrontarlo sea el que sea.

–No estoy tan seguro. Bartlett es muy… tradicional y tu reciente relación con una modelo sueca, ampliamente divulgada, podría disuadirlo.

Él, inmediatamente, volvió a ver en la cabeza la imagen de la rubia que honró su cama durante meses. Todo había transcurrido sin alteraciones durante casi todo el tiempo. Habían sido encuentros muy gratificantes cuando sus respectivas agendas se lo habían permitido, hasta que ella empezó a pedirle más, a pedirle cosas que ya le había dicho que no entraban en la relación.

Cuando él dio por terminado todo, ella dejó de ser una acompañante equilibrada, fría y sofisticada para convertirse en una amante despechada, furiosa e increíblemente dada a airearlo todo en público.

–Yo no tengo la culpa de que acudiera a la prensa. No le prometí nada ni mentí. Sabía las condiciones y debería haber encajado el final de nuestro… trato con más… elegancia.

–El caso es que no lo hizo y a Bartlett no va a gustarle lo más mínimo. Impone una cláusula de comportamiento muy estricta a todos los integrantes de su consejo de administración. Según he oído, él último que la incumplió, hacer dos años, sigue buscando trabajo.

–¿Qué quieres decir exactamente, Danyl?

–Bueno… Es posible que tengas que… retirarte del mercado, por decirlo de alguna manera.

Antonio, perplejo, apretó tanto los dientes que no pudo emitir sonido.

–Danyl, lo has dejado mudo y vas a tener que explicárselo con más claridad –intervino Dimitri entre risas.

–Una boda –le aclaró Danyl.

–Que tú estés buscando una esposa no quiere decir que esté buscándola yo.

Antonio solo oía un «no» rotundo y estruendoso por dentro. Todas las mujeres con las que había estado sabían cuál era el trato, hasta la modelo sueca, aunque se hubiese olvidado.

El placer físico, a corto plazo, era importante para él, era un hombre que no quería renunciar a la satisfacción sexual, pero nada más. No quería ni necesitaba que algo más permanente le trastocara la vida.

Dio un sorbo de café para quitarse el regusto amargo por haber pensado en el matrimonio. Rebuscó en la cabeza para encontrar algún ejemplo de parejas duraderas y no encontró ninguna. Dimitri y Danyl tampoco eran muy partidarios del matrimonio, aunque Danyl, como heredero del trono de Ter’harn, ya sentía una presión considerable.

La prensa, cuando se ocupaba del éxito de El Círculo de los Ganadores en el mundo de las carreras de caballos, se había aferrado más de una vez a su vocación de solteros, lo que hacía que un montón de mujeres hermosas llamaran a sus puertas. ¿Estaba él dispuesto a cerrar esa puerta a lo único que se tomaba muy en serio, aparte de su empresa?

–¿Qué hizo de malo? –preguntó él a sus amigos.

–¿El consejero del que he hablado? Ni siquiera tuvo una… aventura. A Bartlett le bastó un rumor.

–A lo mejor no hace falta que… ¿Cómo se dice? ¿Qué te tomes todo el marrón?

–Que te comas, Dimitri, Que te comas todo el marrón –le explicó Danyl.

–Por favor, estamos hablando de una esposa. ¿No podríamos olvidarnos de los marrones y de comer?

–A eso me refería. A lo mejor no hace falta que sea una esposa.

Emma había terminado de archivar los informes trimestrales, había tranquilizado a infinidad de empleados y les había dicho que no creía que la repentina aparición de Antonio significara que iba a recortar la plantilla, y también había sonreído para consolar a toda una serie de empleadas que no habían podido ver a Antonio antes de que se encerrara en su despacho. Además, había recopilado toda la información que había podido sobre Benjamin Bartlett… y por fin se había sentado para comerse el almuerzo que no se había comido hacía tres horas.

Naturalmente, tenía la boca llena con el sándwich de aguacate y beicon cuando Antonio Arcuri decidió presentarse delante de su mesa y pedirle algo tan disparatado que tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no atragantarse.

–Emma, necesito que me busques una novia… formal.

La cabeza de Emma, que solía estar muy despierta y concentrada, se paró en seco. Su jefe era complicado y le había pedido de todo, pero nada como eso.

–¿Ha pensado en alguna persona concreta o puede ser cualquiera?

Había conseguido tragar el sándwich a pesar de que el pasmo le había atenazado la garganta y esperó que no se le hubiese notado todo el sarcasmo que sentía, que solo hubiese transmitido esa eficiencia inalterable que tanto apreciaba Antonio.

Le encantaba ser una secretaria personal. Sabía que había personas que lo consideraban un puesto de poca categoría, pero para ella era muy importante que el día a día de su jefe, su vida, transcurriera sin sobresaltos. Le gustaba sentirse indispensable, le gustaba formar parte de algo que estaba muy por encima de lo que habría podido conseguir ella sola y le gustaba solucionar cosas.

Si era sincera, le gustaba porque sabía lo espantoso que era no poder solucionar algo para sí misma, lo aterrador y desesperante que podía llegar a ser. Le había devastado la impotencia absoluta que había sentido por su cáncer de pecho y por la posterior ruptura del matrimonio de sus padres. Si bien no había podido solucionar el matrimonio de sus padres, si podía encontrarle una novia formal a Antonio.

Él le clavó una mirada que habría apagado la testosterona de muchos de sus empleados y despertado las feromonas de sus empleadas.

–¿He captado cierto sarcasmo?

–No –aseguró Emma con la esperanza de que el ligero rubor no la delatara–. Solo me preguntaba si habría… echado el ojo a alguien concreto.

–No –contestó él con el ceño fruncido.

–Entonces… –ella intentaba asimilar esa situación tan disparatada–. ¿Tiene algunos requisitos? Situación económica, situación matrimonial previa, grado de atractivo…

Estaba intentando encontrar la manera más discreta de preguntarle por la talla del sujetador cuando se dio cuenta, con cierta sorpresa, de que Antonio estaba desorientado. Evidentemente, no había pensado en nada de todo eso.

–La reputación. Que no le haya salpicado ningún escándalo.

Emma tuvo que contener un resoplido muy poco femenino. Era como si quisiera comprar una ternera de primera clase con todas las garantías sanitarias, lo que hizo que se preguntara, con horror, si obligaría a esa pobre mujer a que le entregara su historial médico.

–Además, la necesito antes de dos días.

–Antonio, no soy Amazon Prime. No puedo sacarme una novia de la manga –Emma lo susurró por miedo a que pudieran oírla y que la acusaran de… conseguidora para su jefe–. Si pudieras explicarme el… contexto, a lo mejor podría entender un poco mejor lo que… necesitas.

Ella sabía que estaba balbuciendo, pero, dado el humor de él, tenía que elegir muy bien las palabras.

–Voy a concertar una cita con Benjamin Bartlett, quien está buscando inversores para su empresa y yo tengo que ser el único inversor. Sin embargo, Bartlett, que es muy tradicional, podría tener reparos a asociarse con Arcuri Enterprises por…

–¿Por tu asunto con Inga la sueca…?

–Sé muy bien lo que era –le interrumpió él.

–De acuerdo. Entonces, necesitas una pantalla.

–¿Una pantalla? –preguntó él sin disimular la perplejidad.

–Sí –ella tuvo que contener la sonrisa–. Una novia falsa que enmascare tus indiscreciones previas y que haga que le parezcas más aceptable a Bartlett, que te acepte como inversor.

–En resumen, sí.

–Y supongo que todo esto tiene que mantenerse en secreto, que nadie puede saberlo, como la investigación sobre Bartlett.

–Así es. Hay otro inversor interesado en Bartlett y esa persona no puede saber lo que estoy haciendo.

El tono sombrío de su advertencia era desconocido para ella y le indicó claramente que no podía tomarse todo aquello a la ligera. Enseguida captó lo esencial de su petición.

–De acuerdo. Voy a tener que vaciarte la agenda para mañana por la noche.

Eso era lo que le gustaba de Emma. Aparte del sarcasmo de antes, que atribuiría a la sorpresa, era eficiente y directa cuando acometía una tarea y no tenía las dudas en sí misma que había visto en otras empleadas que le doblaban la edad.

Él sabía que ese cambio de planes para el día siguiente encajaría, al cien por cien, en la tarea que le había asignado. Una tarea que había aceptado sin rechistar y sobre la que solo había hecho preguntas pertinentes, casi todas.

–Muy bien.

–Mandaré tu esmoquin azul a la tintorería para que esté preparado para la gala.

–¿Qué gala? –preguntó Antonio.

–La gala benéfica anual de la Fundación Arcuri. Sueles estar en Italia durante estas dos semanas y por eso no te mandan nunca una invitación.

–¿Celebramos una gala benéfica?

Antonio se sorprendió al ver, por primera vez en dieciocho meses, algo parecido a un brillo de rabia en los ojos de Emma.

–Sí –contestó ella en un tono tajante aunque intentó disimular lo que sentía con su habitual frialdad–. Además, será el sitio perfecto para que encuentres una novia.

Capítulo 2

SE HABÍA pasado las últimas veinticuatro horas repasando la información que había conseguido Emma sobre Bartlett… y la otra información que también le había facilitado.

Si había algo que le parecía rastrero por mirar las fotos y breves biografías que había reunido Emma sobre las solteras que iban a asistir esa noche a la gala, lo pasó por alto sin inmutarse. Tenía una meta y esa noche iba a dar el primer paso para alcanzarla.

Sonó el intercomunicador y Emma le informó de que ya había llegado el coche que iba a llevarlos al hotel Langsford. El hotel solo estaba a quince minutos andando de la oficina y él había estado dispuesto a darse el paseo, pero Emma se había negado, había dicho que quedaría muy mal que el consejero delegado de Arcuri Enterprises llegara andando a la alfombra roja delante de la prensa de todo el mundo. Al fin y al cabo, había añadido ella, parecía que también tenía que velar por su reputación.

Él había contenido una sonrisa. Estaban empezando a divertirle esos esbozos de ironía británica que le había ocultado hasta ese momento. Se estiró las mangas de la chaqueta del esmoquin para ajustárselo bien, abrió la puerta del despacho… y se quedó petrificado.

Emma estaba sentada en un extremo de su mesa y se inclinaba sobre el teléfono… y no se parecía nada a la que había sido hasta ese momento.

Seguía llevando el monótono negro y blanco que llevaba siempre y el vestido suelto solo permitía hacerse una idea muy leve de su figura, pero el pelo oscuro, recogido en lo alto de la cabeza, tenía unos reflejos rojos y dorados que él no había visto nunca. Enmarcaba perfectamente su rostro ovalado y resaltaba el tono verdoso de sus ojos. Además, llevaba los labios pintados de un color claro que lo alteró mucho más que lo que habría hecho otro color más llamativo. Parecía espontánea y natural, y muy distinta a la mujer con la que solía pasar el tiempo.

–Sí, no te preocupes, los camareros saben lo que tienen que hacer. Como la señora Cherie entró en la lista de invitados en el último momento, no sabíamos su… dieta. Los cocineros siempre hacen tres raciones de más, puedes decirle que esté tranquila, que tendrá un menú vegano.

Antonio la miró mientras colgaba el teléfono y vio, cosa rara, una pantorrilla larga, blanca y torneada.

–¿Vegano…?

Emma se dio la vuelta con una sorpresa evidente por verlo allí.

–¿Es motivo suficiente para tacharla de la lista de candidatas?

–Todavía no –contestó Antonio haciendo un esfuerzo para contener la libido.

Durante el día, con su vestimenta habitual, no era un problema, pero, aunque iba tapada de los pies a la cabeza, haber vislumbrado esa piel tersa y suave como el mármol había bastado para captar toda su atención. Entonces entendió por qué la Inglaterra victoriana había considerado que los tobillos eran lo más peligroso para la sociedad después de la viruela.

Sacudió la cabeza para librarse de esos pensamientos tan improcedentes sobre su secretaria y se dirigió hacia el ascensor que los llevaría hasta la limusina que los esperaba en el aparcamiento. Una vez dentro del habitáculo metálico, con Emma a su lado, se dio cuenta de que iba a ser una noche muy larga.

Estaba deseando que pasara esa noche. Ni siquiera habían llegado a la gala y ya estaba agotada. Había tenido que aprovechar todos y cada uno de los minutos que había estado despierta no solo para ordenar la investigación sobre Bartlett y para reunir los informes sobre las candidatas a novia de Antonio, aunque ellas no sabían que lo fueran, sino también para ocuparse de que el mismo hombre que estaba organizando la gala de la fundación no fuese el que la arruinara.

Marcus Greenfeld era un anciano rancio con ideas rancias sobre cómo había que llevar una organización benéfica y la había vuelto loca. Había ojeado su discurso de apertura en la fotocopiadora del piso veintitrés y había comprendido que había que hacer algo.

Lo había rescrito apresuradamente, le había dicho a la secretaria de Greenfeld que Antonio había querido verlo, una mentira descarada, y lo había mandado al teleprompter antes de que Greenfeld hubiese podido opinar siquiera… o cuestionar las tres invitaciones nuevas que había cursado para las candidatas cuatro, cinco y seis.

Antonio le habría dicho lo que quería de su novia, pero su gusto con las mujeres era tan variado que no sabía qué camino tomaría. Aunque le parecía que la candidata número dos, Ella Cherie, estaba perdiendo posibilidades.

Cuando la limusina se puso en camino, se acordó de que tenía que contarle a Antonio que había otra invitación de última hora.

–Dimitri va a asistir –le dijo cuando empezaron a detenerse–. Danyl… no ha podido.

–Bueno, gobierna un país…

Ella no estaba tan segura de que ese fuese el motivo. Había oído voces airadas de fondo cuando llamó a su ayudante. Había oído «¡no volveré a ese hotel ni aunque me paguen!» y se había quedado preocupada al pensar que quizá se hubiese equivocado al proponer el escenario de la gala.

Sin embargo, en Internet solo había visto alabanzas sobre ese hotel de fama mundial, un hotel del que había oído hablar incluso cuando estaba en Londres, cuando había leído las noticias sobre su grandiosa inauguración. Nunca podría permitirse ser clienta de un hotel así, pero sí podría conocerlo un poco gracias al trabajo.

–¿Por qué? –preguntó Antonio.

–Por qué ¿qué? –pregunto a su vez Emma.

–¿Por qué los has invitado?

–Pensé que podría venirte bien algún consejo independiente sobre tu elección.

Antonio la miró fijamente, pero no pudo adivinar lo que estaba pensando.

–He pensado que podrías necesitar algo así como un mediador –intento aclararle ella.

–Emma, jamás he necesitado un… mediador –replicó él en un tono de censura evidente.

Ella sintió un estremecimiento por todo el cuerpo que le indicó que él tenía toda la razón.

Como hacía en casi todos los actos a los que acudía con Antonio por trabajo, se quedó discretamente detrás de él durante las presentaciones y le susurró la información que necesitaba, como los nombres de los invitados y sus parejas. Había habido veces en los que esa información lo había salvado del bochorno más absoluto, como cuando estuvo a punto de confundir a la amante de un hombre con su esposa.

Le sorprendió ver tantas caras conocidas y tuvo que reconocerse que nunca había pensado lo más mínimo en esa gala. Si no servía para hundir a Michael Steele, le daba igual. Marcus Greenfeld, el hombre que había heredado con la fundación hacía muchos años, nunca le había pedido nada y a Antonio le había parecido muy bien. Jamás había competido con él.

–Natasha.

La voz de Emma se abrió paso entre sus pensamientos. Se dio la vuelta y la vio recibiendo a una mujer negra majestuosa y hermosa que se acercaba a él.

–Qué alegría volver a verte –la saludó Emma dándole un beso en cada mejilla.

La sonrisa de la otra mujer le indicó que eran amigas y que era la candidata a novia número uno.

–Natasha, te presento a Antonio Arcuri. Antonio te presento a Natasha.

Emma la ofreció casi como un regalo y desapareció inmediatamente para dejarlos solos.

Antonio no tardó nada en olvidarse de que Emma había escrito a mano en el informe de Natasha que era su favorita. Natasha era elocuente, inteligente, hermosa y, en resumen, prácticamente perfecta. Ella podía cumplir sus requisitos, pero tuvo la extraña sensación de que él no cumplía los de ella.

–Me parece que mi tan pregonado atractivo está de capa caída esta noche –comentó él para comprobar su teoría.

–Lo siento, señor Arcuri –Natasha sonrió como si quisiera disculparse–. Emma me ha explicado el motivo tan… delicado de su… interés –replicó Natasha eligiendo las palabras con mucho cuidado.

Él sintió un escalofrío de pánico, pero ella siguió para tranquilizarlo.

–Le aseguro que solo sé que está buscando una novia, no la razón, y no voy a decírselo a nadie. Sé que Emma no se lo ha dicho a nadie más, pero…

–¿Estás saliendo con alguien? –le preguntó él para darle una salida.

–Sí. La mujer que elija, sea la que sea, será una mujer afortunada, pero me temo que no voy a ser yo.

–Lo mismo digo, Natasha, sea quien sea la persona con la que sales, es una persona afortunada.

Una sonrisa resplandeciente y espectacular iluminó el rostro de la mujer.

–Gracias. ¿Me permite que le diga algo, señor Arcuri?

Él asintió con la cabeza y ella siguió.

–A lo mejor no hace falta que busque muy lejos.

Natasha desapareció entre la multitud y Antonio se quedó pensando algo que encajaba con una sospecha cada vez mayor. Sin embargo, se oyó el tintineo de una copa de cristal anunciando que el discurso del señor Greenfeld estaba a punto de empezar, y se olvidó de la idea.

Se había preparado para pasar los quince minutos más aburridos de su vida, pero se quedó sorprendido al oír la introducción cálida y sincera del anciano mientras detallaba resumidamente las funciones más importantes de la fundación. Aunque la voz era un poco forzada, las palabras estaban llenas de compasión y fuerza, eran, en cierto sentido, una llamada a la acción.

Miró a los asistentes y vio que estaban tan emocionados como él mismo. Lo único que impedía que el discurso fuese más estimulante era el hombre que lo pronunciaba.

Antonio también vio, por el rabillo de ojo, que se acercaba su director financiero, David Grant, y se saludaron con un gesto de la cabeza.

–Tengo que reconocer –le murmuró Antonio en voz baja– que Greenfeld está haciéndolo mucho mejor de lo que recordaba.

Su director financiero frunció el ceño antes de sonreír.

–Ah… Había oído decir que habías sido tú, pero empiezo a creer que tu secretaria ha tocado el discurso con su varita mágica, como toda la gala.

Antonio se quedó perplejo. ¿Qué tenía que ver su secretaria con todo eso? David dejó escapar una risotada.

–Emma, durante los dos últimos meses, ha estado resolviendo cosas para Greenfeld y haciendo todo lo que estaba en su mano para cerciorarse de que la gala era un éxito. Tú siempre estabas fuera en esta fecha, la gala era cada vez más aburrida e insulsa. Emma decidió celebrarla en el Langsford y hacer pequeños regalos a los invitados, por no mencionar que ha rescrito el discurso. Ha hecho maravillas.

Había hecho maravillas desde luego. Antonio estaba a punto de expresar su frustración porque su secretaria había estado pluriempleada, pero se quedó mudo cuando oyó lo que siguió diciendo David.

–Supongo que es lo natural dada su experiencia personal. La investigación sobre el cáncer es una de los objetivos principales de la Fundación Arcuri y eso hace que ella sea la más indicada para apoyar el acto.

Antonio miró fijamente a su director financiero. ¿Emma había tenido cáncer? Oyó un estruendo, pero tardó un momento en darse cuenta de que era una ovación de los asistentes.

Emma había escuchado el discurso del señor Greenfeld desde el fondo del salón que estaba en lo más alto del Langsford. Había fingido que comprobaba las bolsas de los regalos para cerciorarse de que estaban todos los paquetes para hombres y mujeres con las botellitas de champán que había donado una bodega local. Otras empresas también habían colaborado con pulseras hechas a mano y perfume para las mujeres y con gemelos y loción para después del afeitado para los hombres.

Sabía que había utilizado el nombre de Antonio como si fuera una moneda de cambio, pero había merecido la pena. Además, si su jefe se quejaba, lo pondría en su sitio. Estaba previsto que la gala de esa noche recaudara más dinero que las dos últimas galas juntas.

Una vez más, estaba haciendo algo grande y esa vez podía hacer algo bueno de verdad. Ese dinero llegaría más allá de Arcuri Enterprises y ayudaría a personas, ayudaría de verdad a personas que lo necesitaban y por eso… Sí, por eso se pelearía con su jefe si hacía falta.

Sin embargo, mientras pasaba las manos por las bolsas de tela rosas y azules, la voz de Greenfeld la había devuelto las palabras que había escrito ella y lo había maldecido por no conmoverse, porque había una barrera entre las palabras que pronunciaba él y las emociones que sentía ella en el pecho. Sencillamente, ese hombre no sabía hacer su trabajo.

Sin embargo, se regañó a sí misma. No podía hacerlo todo y esa noche debería ocuparse de la… misión de Antonio.

Aunque le gustaba la selección de candidatas que había conseguido reunir para la gala en el último momento, había visto que Natasha dejaba de hablar con Antonio y había sentido un alivio que le había horrorizado. Natasha le caía muy bien, era una mujer brillante e inteligente que había participado en distintos actos de la fundación, pero no había podido evitar la punzada de celos que había notado en el pecho al verlos hablar.

Antonio sería un playboy incorregible y ella habría tenido que aplacar a sus examantes, pero nunca había tenido que verlo con sus propios ojos. Gracias a las manidas expresiones de la prensa internacional que lo perseguían casi a todas horas, había podido ver solo a un hombre increíblemente atractivo que disfrutaba con mujeres hermosas con naturalidad y sin falsas promesas.

Si era tan ridícula como para preguntarse que se sentiría al ser una de esas hermosas mujeres, eso era asunto suyo.

Hacía mucho tiempo que no se hacía ilusiones de ser una mujer despampanante del brazo de un hombre imponente. Su experiencia con el cáncer se había ocupado de eso. Le había privado de los pechos, algo para lo que estaba preparada, pero lo que había tenido un efecto de verdad en su concepto de sí misma había sido la idea de tener que reconstruirse los pezones. Incapaz emocionalmente de someterse a otra operación, se había decidido por el tatuaje médico. El tatuador había sido muy amable y había hecho maravillas. Los tatuajes significaban que, al mirarse al espejo, no echaba algo de menos inmediatamente. Podía soportar los implantes y sobrellevar las cicatrices, pero eso último había sido lo más difícil.

Además, aparte de que hubiera ganado la batalla al cáncer, no le había arrebatado solo carne y tiempo. Le había arrebatado el matrimonio de sus padres y su sensación de feminidad. Había sido una niña a los diecisiete años y en ese momento, a los veintitrés, todavía tenía que sentirse como una mujer. Ni quería ni podía ponerse a buscar alguien a quien confiar su frágil concepto de sí misma.

Su mirada se dirigió hacia Antonio, que estaba en el extremo opuesto del salón. Como sacaba casi veinte centímetros a la mayoría de los invitados, siempre era fácil localizarlo. Lo vio riéndose con la candidata número cuatro, una de las incorporaciones de última hora, y se dio una ligera bofetada mental.

Encerró los sentimientos bajo siete llaves y fue a comprobar los preparativos de la cena.

¿Alguna vez había visto algo más irritante que la risa de esa mujer?

Ella dejó escapar otra risa histérica después de un comentario insulso y él tuvo que contestarse que no.

Sin embargo, no podía reprochárselo a Emma. Amber, aunque para él era la candidata número cuatro, estaba bien… sobre el papel. Tenía dos títulos universitarios, estaba en el consejo de administración de la empresa de cosmética de su madre, era hija de un diplomático… Sin embargo, en persona, era una atrocidad. Era ruidosa y tenía una risa espantosa, y qué apariencia… Evidentemente, era una mujer impresionante, pero su ceñido vestido estaba a punto de estallarle y él solo podía sentir desagrado.

–Entonces, ¿estás metido en el mundo de los caballos? Me encanta apostar de vez en cuando. ¿Vas a estar en Buenos Aires la semana que viene para la primera carrera de la Hanley Cup?

Él se limitó a mascullar algo ininteligible, pero eso no la disuadió. Sin embargo, le recordó que tenía que ponerse en contacto con John, el entrenador que había conseguido para El Círculo de los Ganadores de entre los empleados que había tenido que despedir su familia.

Trabajar con ese arisco inglés del norte de Inglaterra había sido una bendición y una maldición a la vez. Todavía, en ese momento, era incapaz de librarse del control que el pasado ejercía sobre él. Se preguntó si Mason McAulty seguiría aferrada a ese calendario tan estricto que se había impuesto…

Entonces, Amber puso en su brazo una de sus manos con unas uñas interminables y tuvo que hacer un esfuerzo para no dar un respingo.

–¿Es verdad que tienes una amazona para montar tu caballo? ¡Es sencillamente apasionante!

Eso dio pie a más risas y él tuvo que preguntarse qué ironía se le habría ocurrido a Emma…

Emma, la mujer con la que había trabajado dieciocho meses sin saber su historial médico. No era tan bárbaro como para pedírselo a sus empleados y tampoco habría sido tan necio como para haberla tratado de otra manera, pero miró de arriba abajo esa vestimenta que embutía a Amber y se dio cuenta de lo que, inconscientemente, siempre le había dado vueltas en la cabeza sobre la figura de Emma.

Implantes de pecho. No los había notado al principio… Mejor dicho, acababa de darse cuenta de que eran implantes. No eran evidentes, eran increíblemente sutiles, y la ropa que se ponía los disimulaba más todavía.

Además, en un acto que solo podía considerarse como instinto de conservación, cada vez que empezaba a pensar en los atributos de su secretaria, se paraba en seco. Por eso, aunque se consideraba muy versado en la belleza de las formas, se le había pasado por alto.

No tenía un concepto más bajo de Emma por esa información, al contrario, lo tenía más elevado y añadía un grado más de complejidad a una mujer que ya estaba ocupando demasiado lugar en sus pensamientos para ser una empleada.

–Y entonces fue cuando…

–Lo siento –la interrumpió Antonio aunque no sentía nada–. Acabo de ver a alguien y tengo que hablar con él.

Dejó a la rubia dando patadas en el suelo y fue a buscar… Cualquier cosa sería preferible a ella.

Hasta que se dio de bruces con Marcus Greenfeld.

–¡Señor Arcuri!

Antonio no pudo escabullirse y el otro hombre se quitó las pringosas gafas y empezó a limpiarlas con la corbata.

–Gracias por haber venido. Naturalmente, no estaba obligado… Espero que no le haya importado el… el despilfarro, pero, claro, fue idea suya y claro… Gracias, yo…

–Lo ha hecho increíblemente bien.

Esa mentira le daba un mérito que no tenía, pero tenía que cerciorarse de que se notara plenamente la acertada intervención de Emma.

–Esta gala ha despertado muchos sentimientos positivos –siguió Antonio en una voz lo bastante alta para que la oyera Emma, que estaba acercándose.

¿Se había sonrojado ligeramente ella?

–Señor Greenfeld… Señor Arcuri… La cena se servirá enseguida –les comunicó Emma.

La miró penetrantemente de los pies a la cabeza. Eclipsaba por completo a Amber a pesar de esa ropa que llevaba, y que ya sabía que utilizaba como una armadura.

–Estaba diciéndole a Marcus lo bien que estoy pasándomelo en la gala. Un acto maravilloso de verdad. Por eso, he decidido doblar lo que se recaude esta noche. Marcus, por favor, ¿te importaría comunicarlo antes de que empiece la cena? A ver si así se anima la gente…

Eso puso punto final a la conversación, pero Greenfeld tardó un momento en darse cuenta de que había llegado el momento de que se marchara.

Emma estaba mirándolo con los ojos como platos, con los mismos ojos que le llamaron la atención la primera vez que la vio en Londres. Tenía que apartar la mirada de su secretaria y dirigirla hacia la siguiente candidata. Tenía que concentrarse. No había ido allí por la causa benéfica, había ido para intentar garantizarse la operación con Bartlett.

–Es… Es maravilloso, Antonio –balbució ella–. Muchas gracias…

–No tienes que darme las gracias. En definitiva, es una organización benéfica mía y una publicidad muy buena.

–No me lo creo –replicó ella con una mirada que veía demasiado y una voz cargada de optimismo–. Creo que lo haces por la bondad de tu corazón.

–No te hagas ilusiones conmigo, Emma. Te aseguro que me queda muy poca bondad.

–Bueno, entonces, tendré que avivar esa poca que te queda.

Ella desapareció entre el gentío y él se quedó dándole vueltas en la cabeza a qué más podría avivarle… Hasta que se maldijo a sí mismo sin contemplaciones.

Cuando los invitados empezaron a formar una caótica fila para dirigirse hacia donde se servía la cena, vio que Dimitri surgía de entre un grupo de mujeres muy atractivas.

–¿Estás pasándotelo bien? –le preguntó Antonio mientras se apartaban y observaban a la gente.

–Mucho. No me lo habría perdido por nada del mundo –contestó su amigo entre risas.

–Me alegro de que veas algo gracioso en todo esto.

–Y en tu… objetivo –Dimitri chocó la copa de champán con la de Antonio–. ¿Ya le has echado el ojo a alguna?

Antonio fue mirando a los invitados, todos de punta en blanco, en consonancia con el entorno, y acabó fijándose en Emma otra vez.

–Emma me ha dejado ver la lista de candidatas y, aparte de esa tal Amber, tengo que decir que ha elegido muy bien. Si la candidata número uno no te interesa especialmente, estaré encantado de quitártela de las manos…

–¡Qué dices! –exclamó Antonio mirando a Dimitri con el ceño fruncido.

–¿Tú…?

–Natasha Eddings, la candidata número uno, ni se quita ni se deja. Esto no es un mercado de ganado, Dimitri. Esto es importante. Si Bartlett acede a reunirse conmigo, necesito una novia para contrarrestar el efecto negativo de mis otras… amigas.

–¿Así las llaman ahora?

–No te rías, es un asunto muy serio.

–Ya lo sé –reconoció Dimitri con un brillo comprensivo en los ojos–, pero, Antonio, no puedes conocer a una mujer, ofrecerle que sea tu prometida falsa, esperar que ella no espere nada más y presentársela a Bartlett envuelta con un lazo.

Antonio tuvo que contener un juramento. Dimitri tenía toda la razón. La necesidad apremiante había hecho que fuese torpe y lento cuando solía ser rápido y listo. Vio inmediatamente que su plan tenía muchos fallos.

¿En qué había estado pensando? Necesitaba cerrar el trato con Bartlett y poner de rodillas a Steele, necesitaba una novia que lo entendiera y respaldara.

Se fijó en Emma, que estaba riéndose con una empleada del hotel. Luego salió a la terraza que rodeaba el hotel por fuera. Había hecho una barbaridad. Le impresionaba la cantidad de cosas que había hecho, había conseguido que la gala fuese un éxito sin precedentes sin haber descuidado lo más mínimo sus funciones de todos los días. Era concienzuda y se expresaba muy bien, pero, sobre todo, era profesional. En resumen, era perfecta.

–Umm… –Emma se apartó un poco el móvil para ver la hora–. Es la una en Londres, ¿qué haces levantada?

–Me he quedado atascada con un cuadro y lo siguiente que he sabido ha sido que era medianoche.

The free sample has ended.