Read the book: «La ciencia de la meditación»

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Perla Kaliman

LA CIENCIA

DE LA MEDITACIÓN

De la mente a los genes


© de la edición en castellano:

2017 Editorial Kairós, S.A.

www.editorialkairos.com

© 2017 by Perla Kaliman

© Dibujos: Virginia Alfonso Calace

Composición: Pablo Barrio

Primera edición en papel: Noviembre 2017

Primera edición en digital: Julio 2021

ISBN papel: 978-84-9988-578-0

ISBN epub: 978-84-9988-922-1

ISBN kindle: 978-84-9988-923-8

Todos los derechos reservados.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita algún fragmento de esta obra.

ÍNDICE

1  Prólogo

2 1. Epigenética, la plasticidad de los genes en respuesta al entornoEl dilema de DarwinLa ilusión del trópico de CáncerLa danza de los genes y las experiencias

3 2. La ciencia de la contemplaciónEl estrés, gran escultorEl potencial de la menteMonjes en HarvardLa revolución del mindfulness

4 3. La memoria biológica del estrésEl blues de las neuronasLa importancia de un buen comienzoLos cuidados maternales y la epigenéticaLos cuidados de papá y la epigenética

5 4. Las huellas biológicas de la vida de los ancestrosLamarck, Darwin y el cuello de las jirafasLa vida infinitaLa naturaleza de la interdependenciaHistorias de familiaLa herencia del miedo

6 5. La neurofisiología de la meditaciónEl cerebro de los meditadores¿Medicación o meditación para prevenir la ansiedad y la depresión?La neurociencia de la compasiónNiños de hoy, adultos de mañana

7 6. Estrés, meditación y envejecimiento celular¿Jóvenes? Quizás, quizás…Meditación y telómerosEl reloj epigenético de los meditadores

8 7. La meditación y el ADNSi no te calmas, te inflamasRegulando los genes en el aquí y ahoraEpigenética y estilo de vida

9  Epílogo

10  Para los curiosos de la biología

11  Referencias bibliográficas

Todo puede ser arrebatado al ser humano excepto la última de sus libertades: elegir su actitud frente a las circunstancias, elegir su propio camino

VIKTOR FRANKL

PRÓLOGO

«No nos perturban las situaciones sino nuestra percepción de las mismas».

EPICTETO

¿Por qué es importante reducir el estrés y cultivar emociones positivas? La respuesta es tan simple como contundente: porque las secuelas del estrés crónico y de las emociones negativas son profundas. Se instalan en el cerebro, perturbando su estructura y sus funciones. Se depositan sobre los genes, encendiéndolos o apagándolos.

Los datos de la Organización Mundial de la Salud y del Centro de Prevención y Control de Enfermedades revelan que, en las sociedades desarrolladas, el 80% de los casos de diabetes de tipo 2 y de enfermedad cardiovascular y el 40% de los casos de cáncer podrían prevenirse con cambios sencillos en tres factores totalmente dependientes del estilo de vida: el tabaquismo, el sedentarismo y la alimentación. El estrés crónico suele ser la éminence grise en esta lista. Se trata, sin duda, de uno de los factores de riesgo modificables que más influye en la salud física y mental, en los hábitos y en el comportamiento; de ahí la importancia de encontrar estrategias efectivas para aprender a gestionarlo. En este sentido, hace unos 40 años, una gran variedad de prácticas de entrenamiento mental originarias de Oriente comenzaron, poco a poco, a hacerse un sitio en Occidente, hasta el punto de dar nacimiento a un área nueva de la investigación científica, las neurociencias contemplativas. Las pruebas científicas sobre los beneficios de las prácticas meditativas están permitiendo desde hace unos años su integración en algunos de los segmentos más conservadores de nuestra sociedad, entre ellos los ámbitos sanitarios y educativos.

Hoy sabemos que la información contenida en nuestro material genético, durante tantos años considerada como nuestro ineludible destino biológico, es maleable en gran medida. La ciencia que estudia estos procesos se llama epigenética. Durante el transcurso de la vida, el estrés psicológico, las emociones negativas y los traumas van dejando huellas sobre la genética que heredamos de nuestros padres, en muchos casos con consecuencias negativas sobre nuestra salud y la de nuestros descendientes. Sin embargo, la información epigenética es potencialmente reversible incluso años después de haber sido adquirida. Nuestras investigaciones más recientes están comenzando a demostrar que la reducción del estrés a través de prácticas basadas en la meditación podría ser una forma de influenciar positivamente algunos mecanismos epigenéticos.

En este libro, mi intención es divulgar, de forma simple y a la vez rigurosa, los conocimientos científicos más recientes sobre los riesgos del estrés crónico y los beneficios de las prácticas meditativas, abarcando desde la salud del cerebro hasta la modulación de la expresión génica. Espero que algún día no lejano, estos descubrimientos inspiren el desarrollo de programas sanitarios, sociales y educativos, más éticos y altruistas que, además de proteger nuestra salud y bienestar personal, cuiden del legado biológico que dejaremos a las futuras generaciones.

1. EPIGENÉTICA, LA PLASTICIDAD DE LOS GENES EN RESPUESTA AL ENTORNO
EL DILEMA DE DARWIN

Ciertos descubrimientos, hoy ampliamente aceptados por la ciencia moderna, le habrían ahorrado muchas horas de incertidumbre al mismísimo Darwin. Por extraño que parezca, las abejas representaron una verdadera pesadilla para su teoría de la evolución y de la selección natural de las especies.1 En el mundo de las abejas, las reinas son las únicas capaces de reproducirse, llegando a poner miles de huevos por día. Entonces, se preguntaba Darwin, ¿por qué razón las abejas obreras, todas ellas estériles, no habían desaparecido por selección natural dentro de su propia especie? Ahora sabemos que esta aparente paradoja se debe a factores totalmente independientes del ADN y de la evolución. Cuando nace una abeja, su destino no está definido. Sus genes, sin variar un ápice, pueden generar una obrera o una reina. Hacia dónde se dirijan dependerá de los cuidados y alimentación que reciba en sus primeros estadios de vida.

Hasta hace unas pocas décadas, la ciencia desconocía hasta qué punto la actividad de los genes es sensible a factores ambientales, sociales y psicológicos. Tampoco existían pruebas científicas sobre la memoria celular de las experiencias vividas, que puede acompañarnos durante años, incluso décadas, decorando nuestro ADN. Aún menos se sospechaba que los óvulos y espermatozoides pueden almacenar un registro histórico de ciertos factores del entorno y experiencias, potencialmente heredable por futuros hijos, nietos y quizás más generaciones. Todos estos hallazgos forman parte de lo que hoy conocemos como la ciencia de la epigenética.

La epigenética, que en el caso de las abejas tiene la capacidad de influenciar espectacularmente en el aspecto, la capacidad de reproducción y la longevidad, también actúa sobre las células humanas. El prefijo epi viene del griego y significa literalmente «por encima de». Como indica su nombre, la epigenética es un mecanismo biológico que no reemplaza a la genética sino que se basa en ella y la complementa para regular la mayoría de las funciones biológicas. Básicamente, se trata de un conjunto de mecanismos que tienen la capacidad de encender o apagar diferentes genes de forma dinámica, heredable y potencialmente reversible, a través de nuevas capas de información que no alteran en lo más mínimo las secuencias de ADN heredadas de nuestros padres. Una analogía que se suele utilizar para explicar estos mecanismos es que el genoma equivale al disco duro de un ordenador y el epigenoma a los programas instalados en él. Los gemelos monocigóticos constituyen un ejemplo gráfico para entender fácilmente cómo los procesos epigenéticos influyen sobre la genética. A pesar de poseer una información genética idéntica en todas sus células, los gemelos que se originan de una misma célula (cigoto) pueden adquirir a lo largo de los años distintas características físicas y sufrir distintas enfermedades. Esto se debe en gran medida a que, durante sus respectivas vidas, cada uno de ellos se va exponiendo a condiciones y estilos de vida particulares que dejan huellas divergentes «por encima de» la genética que comparten.

Los descubrimientos científicos en el campo de la epigenética son cada vez más asombrosos; demuestran que el estrés psicológico, las emociones y los traumas dejan señales moleculares con consecuencias significativas sobre nuestra salud. En algunos casos, las marcas epigenéticas pueden transmitirse a través de las sucesivas generaciones. Curiosamente, este concepto ha estado presente durante siglos en las más diversas culturas. Por mencionar un ejemplo, en un libro sobre las costumbres de los nativos navajo de Nuevo México,2 una madre cuenta que poco después del nacimiento de su hija, la familia realizó una ceremonia ritual con la idea de proteger a la pequeña de una experiencia traumática vivida por su padre justo antes de concebirla. Según sus creencias esa experiencia debía haber afectado cada parte del cuerpo del futuro padre, incluyendo las semillas con las que poco después había creado a su hija. El fenómeno descrito por la tradición navajo coincide con descubrimientos científicos muy recientes realizados en modelos animales. El estrés traumático, en efecto, genera modificaciones epigenéticas en el esperma del futuro padre que pueden transmitirse y afectar la salud de los hijos en la edad adulta. Un aspecto asombroso de la transmisión epigenética es que este tipo de información adquirida es potencialmente reversible incluso años después de haberse incorporado a las células. Estos y otros ejemplos que describo en los siguientes capítulos forman parte de lo que hoy conocemos como epigenética multigeneracional.

LA ILUSIÓN DEL TRÓPICO DE CÁNCER

Quizás fue la única vez en la historia en que el borrador de un descubrimiento científico en biología cobró una dimensión política. Sucedió en junio del año 2000, cuando Bill Clinton anunció los primeros datos de la secuencia del genoma humano en la Sala Este de la Casa Blanca junto a los científicos Francis Collins y Craig Venter y con la presencia virtual del primer ministro británico Tony Blair. Seis años más tarde se publicó la secuencia completa de ADN del cromosoma 1 humano, que representa aproximadamente el 8% de toda la información genética humana.3 Una combinación intrigante de 223.875.858 letras a, c, t y g definía el más grande de nuestros cromosomas, compuesto por más de 3.000 genes que de algún modo participan en 350 enfermedades, como el cáncer, el Alzheimer, el Parkinson y hasta de la porfiria, responsable de la llamada «sangre azul» de reyes y princesas. Según Clinton, el esfuerzo científico y tecnológico había dado vida al «mapa más importante jamás producido por el ser humano», que provocaría entre otras cosas «que para nuestros hijos la palabra cáncer solo represente el nombre de una constelación de estrellas». Evidentemente, los políticos son más aventurados en sus afirmaciones que la mayoría de los científicos. Si bien es cierto que el proyecto genoma representó un hito en el estudio de nuestra compleja biología, las expectativas que creó en términos de salud y bienestar para la humanidad de momento no se han cumplido. Y esto es debido, en gran medida, a una realidad actualmente muy clara para científicos y no científicos: el ADN en solitario no marca nuestro destino biológico.

La idea de que las experiencias y el estilo de vida influyen profundamente en la mente y en el cuerpo constituyó uno de los pilares de la medicina de algunas de las culturas más antiguas. Entre los siglos VI y IV a.C., se creó en Grecia una escuela de medicina y filosofía basada en el principio de que el comportamiento y el entorno son determinantes esenciales de la salud y la enfermedad. De hecho, los sabios occidentales y orientales, tales como Hipócrates de Cos (médico griego, siglo IV a.C.) y Patañjali (filósofo indio, siglo II a.C.), hicieron hincapié en que el mantenimiento de una buena salud estaba íntimamente ligado al entorno social, a la dieta, al ejercicio físico, y tan o más importante aún, a la actividad de la mente. Miles de años después, la ciencia moderna ha comenzado a confirmar algunas de estas antiguas observaciones mediante el uso de tecnologías sofisticadas. En las últimas décadas, hemos comprobado que numerosas patologías crónicas son causadas o agravadas por factores de estilo de vida que trabajan en equipo con la información genética.

La interacción entre los genes y el entorno suele resumirse en inglés mediante la expresión nature and nurture («naturaleza y cuidados»). En esta frase, el término «naturaleza» se refiere a la información heredada en forma de genes, que difiere entre individuos debido principalmente a ligeras variaciones en la secuencia del ADN (polimorfismos genéticos). Estas variaciones pueden provocar cambios en la actividad de los genes y son responsables en gran medida de las características propias de cada individuo. Por ejemplo, son factores importantes en la definición de rasgos físicos como el color de los ojos, pero también están implicados en establecer la sensibilidad de cada persona al entorno y a su susceptibilidad frente a diversas enfermedades. Por su parte, los «cuidados» se refieren al impacto de las experiencias personales (incluyendo las exposiciones ambientales y el estilo de vida) sobre la salud y el bienestar.

LA DANZA DE LOS GENES Y LAS EXPERIENCIAS

Algo que hemos aprendido de la era de la genómica, gracias a la secuenciación del ADN de cientos de miles de personas, es que la mayoría de las enfermedades no se deben a un defecto en un gen determinado, sino que se asocian a pequeños cambios en un conjunto genes. Si tenemos la mala suerte de heredar una combinación poco auspiciosa de varios polimorfismos en distintos genes y a ello le sumamos, a lo largo de nuestra vida, la exposición a factores de riesgo procedentes del entorno, los efectos combinados de la genética y la epigenética pueden desencadenar diversas patologías, desde un cáncer a una depresión grave. Por ejemplo, la presencia de determinados polimorfismos genéticos junto con el consumo de tabaco es lo que desencadena muchos de los casos de cáncer de pulmón.4 Lo contrario también es cierto, numerosos estudios sobre longevidad indican que un elevado porcentaje de personas centenarias con buena salud no se destacan por haber llevado un estilo de vida saluble, sino porque tienen polimorfismos genéticos protectores. Tal es el caso de los cuatro hermanos Kahn, famosos sedentarios y fumadores, cuyos genes son tema de estudio ya que vivieron en plena forma hasta los 110, 109, 103 y 101 años. Lamentablemente, no todas las personas tenemos los maravillosos genes de esta familia de centenarios, y por ello resulta importante que prestemos un poco de atención a nuestro entorno y a nuestras elecciones de estilo de vida.

Los trastornos relacionados con el estrés, como la depresión y la ansiedad, tampoco han podido explicarse por causas puramente genéticas, a pesar de que estudios epidemiológicos han demostrado que existe una predisposición genética a la depresión grave. En su conjunto, cinco grandes estudios en más de 10.000 pares de gemelos idénticos muestran que el trastorno depresivo grave tiene una contribución genética del 37%, y este porcentaje aumenta cuanto más grave es la historia de depresión en la familia (la gravedad se mide por el número de recaídas y la edad al sufrir el primer episodio depresivo).5 Pero, evidentemente, 37% no es 100% y para que ese porcentaje de contribución genética pueda manifiestarse, los principales aliados son los factores de riesgo procedentes del entorno. En el caso de la depresión y la ansiedad, uno de los principales factores de riesgo es el estrés.

Durante las últimas décadas, se ha comenzado a descubrir que el estrés y las experiencias adversas depositan nuevas capas de información alrededor del ADN dando lugar a cambios estables en la actividad de los genes e influyendo en la estructura y las funciones del cerebro tanto en adultos como en niños.6 Por el contrario, condiciones psicosociales favorables que permiten una mejor gestión del estrés pueden beneficiar la salud a largo plazo, y esto también se asocia a mecanismos epigenéticos, como revelan algunos estudios recientes realizados en roedores y en seres humanos que describiré más adelante.

A partir de estos descubrimientos en diferentes especies resulta claro que, en cualquier etapa de la vida, la calidad del entorno físico, psicológico y social que navegamos día tras día puede dejar marcas epigenéticas en las células. Esta memoria epigenética puede llevarnos tarde o temprano hacia el terreno de la salud o de la enfermedad.

2. LA CIENCIA DE LA CONTEMPLACIÓN
EL ESTRÉS, GRAN ESCULTOR

A principios del siglo pasado, nadie utilizaba la palabra «estrés» para describir un estado psicológico. La popularización de este término comenzó con los trabajos de dos fisiólogos, Walter B. Cannon y Hans Selye, los primeros en describir que un organismo responde a los desafíos físicos y psicológicos que se le plantean a través de adaptaciones químicas en sus células y de cambios significativos en su comportamiento. Cannon habló por primera vez de homeostasis, el proceso que permite mantener constantes, a través del sistema nervioso autónomo, los niveles de algunos factores tan importantes para la supervivencia como la temperatura del cuerpo. Cannon también inventó el famoso concepto de «pelear o huir»7 para describir que un factor psicológico puede gatillar estos mismos mecanismos bioquímicos con el fin de mantener la adaptación y el equilibrio del organismo. Por su parte, Selye describió el síndrome de adaptación generalizada que explica por qué enfermedades muy diferentes pueden presentar un conjunto de síntomas similares. Selye propuso, hace casi un siglo, que los períodos prolongados de estrés pueden provocar una gran variedad de patologías físicas y mentales a través de alteraciones inmunitarias, inflamatorias y otras, algo que hoy en día está ampliamente aceptado.

El estrés es lo que le sucede a un organismo cuando se siente amenazado y lucha por recuperar el equilibrio. Lo curioso del tema es que aquello que nuestro cerebro interpreta como una amenaza puede tener un origen físico o psicológico, puede ser una situación real o imaginada, puede ocurrir durante la vigilia o mientras dormimos. Aún recuerdo la sensación de vértigo, pánico y falta de aire que sentí en el laboratorio de Mel Slater, en la Universidad de Barcelona, cuando un aparato de realidad virtual me hizo creer que estaba subiendo a un rascacielos altísimo dentro de un ascensor de velocidad supersónica. ¿Y quién no ha despertado alguna vez en su vida estremecido por una pesadilla, como si habitara realmente sus sueños? Nuestro cuerpo reacciona de manera similar en cualquiera de estas situaciones, para adaptarse a lo que nuestro cerebro percibe como un peligro en un momento dado.

A pesar de su mala fama, la reacción de estrés es una respuesta fisiológica esencial para la vida. Por ejemplo, acelera nuestro corazón y envía más sangre a los músculos para escapar rápidamente si nos persigue un agresor. O nos beneficia durante un examen, ayudando a mejorar nuestra atención y concentración. También contribuye a regular las funciones más básicas y esenciales, desde la respiración hasta la presión arterial. Pero la intensidad y duración de la respuesta al estrés frente a una misma situación pueden ser muy variables entre diferentes personas ya que dependen de la compleja interacción entre la información genética, el estado de salud, las experiencias personales, los recuerdos, los hábitos y el contexto cultural y social. En particular, el estrés psicológico de cada individuo frente a una misma situación está influenciado por su propia interpretación subjetiva de la realidad. El cerebro es el principal órgano del estrés, donde se integra la información del medio interno y externo y se decide qué situaciones constituyen una amenaza. Y ello, para cada persona, está influenciado por el abanico de factores que antes mencioné. Frente a un estresor, sea cual fuere su naturaleza, se produce la liberación en unos pocos segundos de un torrente de señales bioquímicas que en su conjunto se conocen como «respuesta alostática». Este mecanismo tiene por objetivo resolver el problema en cuestión y volver al equilibrio. Pero si la respuesta al estrés es excesiva, descontrolada o persistente, estamos frente a lo que llamamos una «sobrecarga alostática», situación de estrés crónico que provoca una fatiga creciente, puede desencadenar las más variadas patologías y, en casos extremos, pone en peligro la supervivencia. En algunas situaciones, sin embargo, el estrés crónico cumple un papel adaptativo o evolutivo, por ejemplo en los osos salvajes que acumulan cantidades excesivas de grasa con el objetivo de sobrevivir al invierno. O en el caso del salmón, que migra nadando a contracorriente enormes distancias hasta el agotamiento para aparearse, y después muere. Por el contrario, un ejemplo extremo de estrés crónico más destructivo que adaptativo en el ser humano es el fenómeno conocido en Japón como karoshi, que significa literalmente «muerte por exceso de trabajo». Se trata de un estrés prolongado, en general en adultos jóvenes sin signos previos de enfermedad, que sacrifican sus horas de sueño, su alimentación y su vida emocional, familiar y social por las presiones del entorno laboral, situación que termina por desencadenar un fallo cardiovascular súbito y mortal. Pero sin llegar a un desenlace de este tipo, el estrés crónico genera alteraciones físicas, emocionales, cognitivas y de comportamiento. Se hace notar a través de señales fácilmente reconocibles: puede ser que la mandíbula se tense y duela, que aparezcan con más frecuencia resfriados y otras infecciones, que las digestiones sean difíciles y los dolores de cabeza recurrentes, que el estado de ánimo esté salpicado de irritación y frustación, que la memoria falle y que la organización y toma de decisiones sean más difíciles. Puede ser que el estrés crónico lleve a descuidar las relaciones afectivas o a provocar aislamiento; puede ser que catalice comportamientos de riesgo como el consumo excesivo de alcohol, tabaco u otras sustancias adictivas. Lo insospechado, sin embargo, son los efectos silenciosos del estrés crónico, los que se van instalando poco a poco en las neuronas, sobre los genes y que corroen paulatinamente los cromosomas.

EL POTENCIAL DE LA MENTE

«Durante los últimos años, la ciencia moderna ha descubierto secretos del cerebro humano. Durante siglos, las prácticas contemplativas han desvelado el potencial de la mente. Imaginad las posibilidades si ambas se unieran para crear un nuevo campo de la ciencia, para brindar soluciones a un mundo en sufrimiento». (Mind and Life Institute)

Pocas cosas nos resultan más difíciles que experimentar la realidad directamente, sin pasarla por el tamiz de nuestras experiencias, recuerdos y conocimientos. Esta interface en constante evolución es la principal responsable de la percepción que cada persona tiene de sí misma y del mundo que la rodea. Pero según las filosofías milenarias, el ser humano tiene la capacidad de afinar mucho su mente para lograr una relación más saludable con la realidad.

Durante los años de la Guerra Fría, coincidiendo con la guerra de Vietnam, las prácticas contemplativas comenzaron a llamar la atención de artistas, pensadores y científicos. Muchos jóvenes, sensibilizados por la realidad sociopolítica de aquella época, buscaban maneras de promover el bienestar y la paz en el mundo. Por aquel entonces, llegaban algunos maestros de meditación y yoguis desde Asia a América y Europa, enseñando métodos para cultivar la paz interior, la sabiduría y la compasión. Estos maestros traían enseñanzas de más de 2.500 años. Por ejemplo, las instrucciones condensadas de forma clara y concisa en las Cuatro Nobles Verdades del budismo, que suelen describirse como el diagnóstico y el tratamiento de la enfermedad más universal del ser humano, el sufrimiento. En cuatro escuetas frases, estos principios explican que la vida en sí misma es inseparable del sufrimiento. Sin embargo, el sufrimiento no tiene entidad propia, sino que es causado o emerge de deseos, expectativas e insatisfacciones varias. La buena noticia es que hay maneras de liberarnos del sufrimiento y, para ello, la cuarta Noble Verdad propone un tratamiento basado en cambios en el estilo de vida. Sobre todo recomienda un método, el cultivo de la plena consciencia y de las emociones positivas a través de la meditación.

La frase citada al comienzo de esta sección resume en unas pocas líneas el origen y el objetivo de las neurociencias contemplativas, un terreno en que la ciencia y las tradiciones milenarias se vienen encontrando desde hace unos 40 años. El Mind and Life Institute nació en 1987, cuando un grupo de científicos, filósofos y contemplativos comenzaron a reunirse en privado con Su Santidad el Dalái Lama en su residencia de Dharamsala para tratar de investigar juntos qué es la mente, cuál es la naturaleza de la realidad y de qué manera se podría promover el bienestar en el planeta. Uno de sus fundadores fue el neurocientífico Francisco Varela, doctor en Biología por la Universidad de Harvard. Algunas cosas no coincidían en los mundos que le interesaban a Varela, a la vez científico y meditador. Las tradiciones contemplativas describían ciertas cualidades de la mente, por ejemplo en lo que respecta a la regulación atencional y emocional, muy superiores a las aceptadas por las neurociencias cognitivas. En efecto, las prácticas contemplativas, especialmente las de la tradición budista, brindan instrucciones detalladas sobre numerosos métodos que permiten un entrenamiento fino de la atención y una extraordinaria alquimia de las emociones a través de la meditación. Fue en gran medida a raíz de los diálogos con contemplativos, iniciados por Varela, cuando estas observaciones comenzaron a intrigar y desafiar a los científicos occidentales. En aquel momento, se emprendieron los primeros estudios para poner a prueba el grado de flexibilidad de ciertas funciones psicológicas y cognitivas que hasta entonces se tomaban por componentes fijos de nuestra estructura mental. La meditación, que durante la mayor parte del siglo pasado fue considerada en Occidente como un tema místico y opuesto a los paradigmas de la ciencia, empezó a integrarse poco a poco en nuestra sociedad hasta dar nacimiento a un área nueva de la investigación científica y hacerse un sitio cada vez más reconocido en los ámbitos sanitario, educativo y social. Estas primeras reuniones entre científicos y contemplativos, fueron la cuna de grandes conferencias públicas donde actualmente se analizan, desde una amplia perspectiva, temas de diversas disciplinas como las neurociencias, la psicología, la educación, la economía, el altruismo y la ética.

MONJES EN HARVARD

La curiosidad científica por las filosofías y prácticas orientales comenzó sobre todo en los Estados Unidos de América en la década de los setenta, cuando aún no se había popularizado el concepto de medicina «mente-cuerpo». Uno de los pioneros de esta aventura de fusión Oriente-Occidente fue el doctor Herbert Benson. Hacia finales de 1960, el entonces joven cardiólogo se interesaba por los efectos del estrés en la hipertensión arterial. Benson desarrollaba sus investigaciones en el mismo departamento de Fisiología de la Universidad de Harvard donde Walter B. Cannon había realizado sus estudios sobre homeostasis y estrés. Una mañana, Benson recibió en su laboratorio una visita inesperada. Se trataba de un grupo de personas practicantes de meditación trascendental, un método de moda en aquella época efervescente y que contaba con adeptos tan famosos como los Beatles. Estos meditadores habían oído hablar de las investigaciones de Benson y se ofrecían como cobayos de laboratorio ya que sospechaban que podían regular su presión arterial a través de la práctica meditativa. Benson rechazó la original propuesta temiendo por su reputación y su puesto de trabajo en un ámbito académico tan riguroso y elitista como Harvard. Pero su curiosidad científica fue más fuerte que su prudencia y terminó recibiendo a esos monjes con túnicas rojas en su laboratorio. A través de estas primeras investigaciones con meditadores, Benson caracterizó la respuesta de relajación, una contrapartida fisiológica a la respuesta de estrés. Observó que la respuesta de relajación inducía una disminución del metabolismo, del ritmo respiratorio, del ritmo cardíaco y de la presión arterial.8

A diferencia de la reacción de estrés que se desencadena automáticamente y sin decisión voluntaria, para encender la respuesta de relajación necesitamos motivación, voluntad y acción. Benson describió un ejercicio muy sencillo que permite poner en marcha este mecanismo. Sorprendentemente, estas simples instrucciones pueden hacer disminuir en menos de cinco minutos el ritmo respiratorio en la mayoría de las personas aunque no tengan experiencia previa en técnicas meditativas. Esto último es una medida objetiva de la activación fisiológica del sistema nervioso parasimpático, encargado de equilibrar la respuesta al estrés. Años más tarde, el grupo de investigación que inició Benson en Harvard dio lugar a algunos descubrimientos pioneros sobre otros efectos neurofisiológicos de este tipo de prácticas. Entre ellos se encuentra el famoso estudio publicado por Sara Lazar y colaboradores9 en el año 2005, que identificó por primera vez cambios estructurales en el cerebro de meditadores expertos y aportó las primeras pruebas sobre los posibles efectos protectores de la meditación frente a la pérdida de masa cerebral asociada al envejecimiento (veáse capítulo 5). También surgió de Harvard el primer estudio que mostró cambios masivos en la expresión de genes a través de la práctica de la respuesta de relajación, publicado por Dusek y colaboradores10 en el año 2008 (veáse más adelante).

Unos 50 años más tarde, el mecanismo neurofisiológico que relaciona el ritmo respiratorio y la calma psicológica se ha demostrado elegantemente en modelos animales. En el número del 31 de marzo de 2017 de la prestigiosa revista Science, un grupo de investigadores de la Universidad de Stanford publicó el descubrimiento de un pequeño grupo de neuronas en el cerebro de los ratones que comunica el centro de la respiración con regiones que modulan la respuesta al estrés, la atención y la ansiedad.11 En los seres humanos, las prácticas contemplativas comprendieron hace miles de años que un ritmo respiratorio agitado se relaciona con estados de tensión, mientras que una respiración suave nos calma. Pero el mecanismo celular y molecular que permite la conexión entre estas funciones no se conocía. Esta discreta red neuronal que comunica la respiración y la relajación se ubica en el tronco encefálico, sitio por donde pasan los principales nervios que comunican el cerebro y el resto del cuerpo. Los investigadores de Stanford silenciaron un grupo específico de 175 neuronas en esta área del cerebro de los ratones y comprobaron, a los pocos días, que los animales estaban remarcablemente tranquilos y presentaban un ritmo respiratorio relajado. Pudieron comprobar que las neuronas que habían silenciado en el marcapasos respiratorio del cerebro estaban directamente en contacto con otras estructuras que regulan las emociones y la agitación mental. Este estudio propone que se trata del mismo mecanismo que activa la respuesta de relajación en los seres humanos a través de las prácticas meditativas, sin necesidad de la tecnología molecular empleada para crear estos ratoncitos zen.

Instrucciones para encender la respuesta de relajación 16

1 Elija una palabra que le resulte neutra o agradable, por ejemplo «uno», «paz», etc.

2 Siéntese tranquilamente en una posición cómoda.

3 Cierre los ojos o, si lo prefiere, dirija la mirada hacia abajo, con los ojos entreabiertos y sin tensión.

4 Relaje sus músculos progresivamente desde los pies hasta la cabeza, pasando por pantorrillas, muslos, abdomen, hombros y cuello.

5 Respire naturalmente y mientras lo hace repita en su interior al final de cada espiración la palabra que haya elegido.

6 Adopte una actitud pasiva y no se preocupe por si lo está haciendo bien o mal. Si surgen pensamientos en su mente, simplemente suspire y vuelva a concentrarse en la repetición de la palabra elegida al final de cada espiración.

7 Continúe entre 5 y 20 minutos.

8 Cuando decida terminar el ejercicio, siga sentado tranquilamente durante un minuto escuchando los sonidos que llegan desde el exterior. Luego, abra los ojos con suavidad y permanezca sentado otro minuto antes de ponerse de pie.

Volviendo a la historia de las neurociencias contemplativas, mientras Benson medía la presión arterial de los meditadores trascendentales, tres jóvenes investigadores en las proximidades de su laboratorio también se interesaban por estos temas y publicaban en 1976 un estudio no demasiado bien recibido por la comunidad científica. Para risa y frustración de sus autores, la única revista que aceptó ese manuscrito firmado por Richard J. Davidson, Daniel Goleman y Gary Schwartz fue The Journal of Abnormal Psychologies (revista de las psicologías anormales).12 Los autores describían que la práctica de meditación se asocia a un aumento en la capacidad de atención y a una disminución de rasgos de ansiedad. Con este estudio, Richard Davidson comenzaba a orientar su futura y brillante carrera en neurociencias hacia la convergencia de las tecnologías científicas más actuales con las tradiciones meditativas milenarias. Impulsor de las neurociencias afectivas y contemplativas, Davidson creó más tarde, en el año 2008, el Center for Healthy Minds13 en la Universidad de Wisconsin Madison. Desde su laboratorio han surgido y continúan surgiendo algunos de los descubrimientos más relevantes sobre los efectos de la meditación en la estructura y las funciones del cerebro y sus posibles aplicaciones clínicas y educativas. Investigadores de la talla de Clifford Saron y Antoine Lutz formaron parte del equipo que contribuyó a la creación de este centro único en el mundo, dedicado a aportar nuevas ideas y herramientas para mejorar el bienestar de las personas de todas las edades y que hoy reúne a más de un centenar de investigadores y colaboradores del mundo entero, entre quienes tengo el honor de contarme.

Simultáneamente, en el hospital de Massachussets, muy cerca de Harvard donde Benson, Davidson y otros investigadores realizaban sus estudios pioneros en este campo, un joven biólogo molecular, llamado Jon Kabat-Zinn, publicaba en 1982 un artículo científico describiendo los resultados prometedores de un programa basado en un tipo de práctica de meditación llamada «mindfulness» o atención plena para el tratamiento del dolor crónico en pacientes no hospitalizados.14 Kabat-Zinn diseñó uno de los programas mejor estructurado de entrenamiento mental basado en técnicas meditativas, que más tarde fue adaptado para su aplicación en diversas condiciones clínicas y no clínicas. El programa es conocido mundialmente como Mindfulness-Based Stress Reduction (MBSR), y se traduce al español como Programa de Reducción del Estrés Basado en la Atención Plena. Se trata de una formación práctica de ocho semanas de duración en la que los participantes asisten a una clase grupal de dos a tres horas de duración por semana y se comprometen a practicar las técnicas que aprenden durante unos 40 minutos cada día de esas 8 semanas; reciben material grabado y manuales para ello. El programa también incluye una jornada de práctica grupal intensiva de unas ocho horas de duración.

Kabat-Zinn propuso una definición de la práctica de la atención plena desprovista de toda connotación oriental o religiosa, es decir, cien por cien secular, lo que facilitó la integración de su programa en el ámbito clínico. La definición describe los aspectos principales de la práctica: «prestar atención, de una manera particular, voluntariamente y sin juzgar la experiencia». Esta habilidad de conectar con el momento presente a través de la atención plena es efectiva para disminuir significativamente el estrés y la ansiedad. Desde su creación, los efectos neurofisiológicos del programa diseñado por Kabat-Zin son el tema central de centenares de investigaciones científicas en el mundo entero.

La definición de mindfulness de Jon Kabat-Zinn

«Prestar atención al momento presente de un modo particular,

ATENCIÓN PLENA

 Seleccionar un objeto interno o externo (por ejemplo la respiración o los sonidos que nos llegan desde el exterior).

 Mantener la atención en el objeto seleccionado y a la vez vigilar la aparición de distracciones (pensamientos, sensaciones, emociones).

 Desconectar de las distracciones que puedan presentarse sin darles mayor importancia.

 Redirigir la atención de inmediato al foco seleccionado.

»voluntariamente,

INTENCIÓN

Se trata de una práctica voluntaria por definición, no puede ser impuesta.

y sin juzgar la experiencia.»

CULTIVO DE LA ACEPTACIÓN

Mantener una actitud abierta sin dar lugar a juicios de tipo “yo no sirvo/ esto no sirve/lo estoy haciendo bien o mal”.

LA REVOLUCIÓN DEL MINDFULNESS

En su número del 23 de enero de 2014, la influyente revista Time dedicó su portada a un fenómeno emergente, que bautizó como la mindful revolution («la revolución de la atención plena»). La portada anunciaba con un cierto sesgo social, bajo la foto de una mujer rubia, joven y atractiva con los ojos cerrados y expresión apacible, una nueva ciencia para ayudar a encontrar el equilibrio dentro de nuestra sociedad estresada y nuestra cultura multitareas. Lo cierto es que los sondeos realizados por el Centro Nacional de Salud Complementaria e Integrativa (NCCIH), dependiente de los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de los Estados Unidos de América, revelaron ya en el año 2004 que más de 20 millones de personas adultas practicaban o habían practicado algún tipo de técnica de meditación para promover el bienestar personal.15 Según informes más recientes, se trata de una tendencia que sigue en aumento. ¿Pero la atención plena tiene verdaderamente una base científica o es un producto de marketing? ¿Es una burbuja más de nuestra sociedad de consumo? En realidad, hay mucho de cada uno de estos aspectos. Encontramos empresas que nos venden aparatos para lograr en dos sesiones cortas las mismas ondas cerebrales del Dalái Lama en meditación. Existen instructores de mindfulness sin suficiente formación o práctica personal propia y que, sin embargo, se sienten preparados para enseñar estas técnicas. Existen aplicaciones de móvil que nos prometen la iluminación express sin ningún tipo de contacto humano. Nos rodean miles de libros, revistas de divulgación, gurus y métodos que tienen más en común con la fast-food que con el bienestar a largo plazo. Actualmente, la oferta del mindfulness no difiere de la de cualquier otro artículo de consumo en una sociedad materialista. El escenario es complejo y el boom comercial del mindfulness puede que vaya apaciguándose poco a poco en los próximos años. Pero hay un elemento clave que a mi modo de ver poco tiene que ver con las modas. Se trata de la explosión en la investigación científica acerca de los efectos positivos de las prácticas meditativas sobre la regulación emocional y atencional y su impacto a múltiples niveles, por ejemplo, en la estructura y la función del cerebro, en el sistema inmunitario y procesos de inflamación, en el envejecimiento celular y en la regulación epigenética. Tan solo en los últimos 5 años se han realizado más de 300 ensayos clínicos para explorar las aplicaciones terapéuticas de intervenciones basadas en la meditación y también durante dicho período se han publicado más de 1.800 artículos científicos acerca de distintos aspectos, efectos y aplicaciones de la meditación. Evidentemente, no todos estos estudios son de la misma calidad científica ni aportan pruebas del mismo peso estadístico, como en cualquier área de la ciencia. Pero muchas de estas investigaciones son de un nivel excelente y, por ello, se publican en revistas de alto impacto y especializadas en el ámbito biomédico.

Ningún científico riguroso ni ningún maestro de meditación comprometido con su práctica dirá que las técnicas de mindfulness, ni la meditación en general, son adecuadas para prevenir o curar todos los males. Tal cosa no existe y afirmaciones de este tipo son simplemente estrategias de marketing. Pero lo que sí es cierto es que la práctica de la meditación, poco a poco, nos entrena para percibir la realidad de una manera menos dolorosa, para detectar y aceptar las situaciones que no podemos cambiar, para ser proactivos sobre las que sí podemos cambiar y para cultivar emociones positivas. Como describo a lo largo de este libro, entre los beneficios de integrar este tipo de prácticas a nuestros hábitos cotidianos encontramos mejoras en la resistencia al estrés, transformaciones en el cerebro y también cambios más microscópicos que se instalan en las células y adornan nuestro ADN.

3. LA MEMORIA BIOLÓGICA DEL ESTRÉS
EL BLUES DE LAS NEURONAS

Haciendo cálculos, nuestro cerebro no tiene nada que envidiarle a las posibilidades de conexión de las redes sociales. En el cerebro hay más de 100.000 millones de neuronas, células nerviosas altamente especializadas que conducen y transportan múltiples señales eléctricas y bioquímicas. Cada una de estas neuronas emite ramificaciones cortas llamadas dendritas que contienen entre 10.000 y 200.000 puertas de entrada para recibir mensajes provenientes de otras neuronas. Cada neurona también emite una única ramificación de mayor longitud llamada axón, con múltiples puertas de salida de mensajes hacia otras células. A diferencia de lo que se creía hasta hace pocas décadas, esta inmensa red neuronal del cerebro tiene la capacidad de modificarse y transformarse durante toda la vida en respuesta a diferentes factores, entre ellos el entorno, las experiencias y el estilo de vida. Este proceso se denomina neuroplasticidad o plasticidad cerebral y permite que ocurran cambios en la regulación emocional, el aprendizaje y la memoria, entre otras de las múltiples funciones del cerebro. Este tipo de cambios neuroplásticos pueden ser beneficiosos o perjudiciales, dependiendo de los estímulos que los originen. Mientras que, por ejemplo, practicar ejercicio físico o aprender un nuevo idioma o música da lugar a cambios neuroplásticos positivos, las noticias no son buenas si el detonante de la remodelación neuronal es el estrés.

¿Qué sucede en el cerebro frente a una situación de estrés crónico? En el año 2006, el equipo de neurocientíficos del laboratorio de neuroendocrinología de la Universidad Rockefeller en Nueva York, liderado por Bruce S. McEwen, reveló las primeras evidencias sobre el impacto del estrés en el cerebro y algunas de sus funciones a través de procesos neuroplásticos.17 Si hay algo que verdaderamente estresa a los roedores es que no les dejen moverse. Por ello, estos investigadores estudiaron el cerebro de ratas de laboratorio después de mantenerlas inmóviles 6 horas cada día durante 21 días seguidos. Al cabo de esas 3 semanas, pudieron observar una disminución muy considerable del número y la longitud de las ramificaciones de las neuronas de la corteza prefrontal medial del cerebro de los animales estresados comparados con un grupo de animales no estresados. También observaron que cuanto más disminuía la densidad de la red neuronal en la corteza prefrontal, los animales presentaban más dificultades en su capacidad de mantener la atención, una de las funciones dependientes precisamente de dicha zona del cerebro. Este estudio demostró que el estrés crónico provoca la poda de neuronas necesarias para la atención y dio paso a investigaciones que confirmaron este mismo mecanismo en seres humanos revelando que tan solo un mes de estrés psicosocial provoca una alteración en nuestra capacidad de procesamiento prefrontal y en la atención.18 Estos datos explican a nivel neuronal por qué el estrés crónico va muchas veces acompañado de dificultades en funciones cognitivas como la concentración y la toma de decisiones.

En modelos de estrés crónico en roedores, se ha visto una atrofia en las dendritas del hipocampo acompañada de una hipertrofia de las de la amígdala.19 El hipocampo y la amígdala son dos regiones del cerebro esenciales para regular la respuesta al estrés. Ambas estructuras se comunican entre sí y con otras zonas del cerebro. El hipocampo ayuda a apagar la respuesta al estrés cuando ya no es necesaria. La disminución de su volumen asociada a situaciones de estrés crónico afecta a importantes funciones, como la memoria y la regulación emocional. La amígdala, por su parte, es una región que permite integrar emociones, comportamiento y motivación. Una actividad excesiva de esta región del cerebro se relaciona con estados de ansiedad y agresividad.

El estrés y los acontecimientos traumáticos tienen un impacto importante sobre la estructura del cerebro y sus funciones durante todas las etapas de la vida, incluidos ancianos y niños. Se ha descrito en personas mayores de 70 años que el aumento de cortisol (una de las principales hormonas del estrés) durante períodos prolongados provoca una reducción del tamaño del hipocampo y, como consecuencia, una disminución de la memoria.20 En niños, el estudio de Hanson y colaboradores, realizado en la Universidad de Wisconsin, demuestra que el volumen de la corteza orbitofrontal del cerebro se encuentra reducido cuando hay una historia de maltrato físico en el entorno familiar. La corteza orbitofrontal participa en la adaptación a nuevas situaciones y desempeña un papel importante en el control de las emociones y la motivación. En el caso de niños maltratados, las alteraciones estructurales que se observan en la corteza orbitofrontal son probablemente en parte responsables de sus dificultades de adaptación y autorregulación en contextos sociales.21

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Age restriction:
0+
Release date on Litres:
08 October 2025
Volume:
148 p. 14 illustrations
ISBN:
9788499889221
Publishers:
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Bookwire
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