Read the book: «Teología en las periferias»
Índice
Portada
Portadilla
Créditos
Prólogo
Introducción
1. Sostenida por un misterio de Amor y relación
Creer más allá de las imágenes
Sentir y con-sentir al modo de Jesús
2. Periferias, fronteras y amor político
Convertir e invertir la mirada desde las periferias
En primera persona: transitar fronteras
De amor político y cuidados en tiempos de incertidumbre
Misericordia y acogida
3. Otras comunidades cristianas y otra vida religiosa están siendo ya posibles
Cristianas y cristianos sin Iglesia. Propuestas para un reencuentro
Acoger y anunciar al Dios de las periferias. Apuntes para una vida religiosa «en salida»
La vida religiosa apostólica: hacia una nueva sensibilidad y praxis
4. Mujeres e Iglesia. Una deuda pendiente
La revolución de los cuidados
Las nuevas Agar: mujeres migrantes como sujeto de liberación
La exclusión de las mujeres en la Iglesia
A modo de epílogo
Biografía de la autora
Notas

© SAN PABLO 2020 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)
Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723
secretaria.edit@sanpablo.es - www.sanpablo.es
© Pepa Torres Pérez 2020
Distribución: SAN PABLO. División Comercial
Resina, 1. 28021 Madrid
Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050
E-mail: ventas@sanpablo.es
ISBN: 9788428560863
Depósito legal: M. 26.414-2020
Printed in Spain. Impreso en España
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos –www.conlicencia.com).
A mi madre, que permanece viva en mí de tantas maneras.
A Maite, Carre y María, compañeras incondicionales en
la aventura de amar políticamente en tiempos de incertidumbre.
Prólogo
Recuerdo a menudo una noticia publicada por el portal de humor periodístico El Mundo Today, que hablaba de la posible asistencia de Dios a la Jornada Mundial de la Juventud que se celebraría (como así fue) allá por 2011 en Madrid, y las dificultades, y contradicciones internas, que eso podía entrañar para la organización del evento.
El libro que tenemos entre las manos recorre el camino inverso a esa pieza: su autora, la religiosa, teóloga y activista Mª José Torres, que es Pepa para cuantos recibimos el regalo de su amistad, se ha encontrado a Dios por las calles del barrio madrileño de Lavapiés. Lo ha conocido y tratado muy de cerca en las comunidades de migrantes, las mujeres que prestan el servicio doméstico, los manteros... Y solo a partir de esa experiencia vital que la ha traspasado y transformado, ha elaborado una teología sólida, audaz y profundamente fiel al Evangelio, que tiene a Dios Madre y Padre en el centro.
Como ella misma expresa en sus páginas, ha querido «dar cuenta del misterio de Amor y cuidado que nos sostiene partiendo de la vida más que del concepto. Una teología que más que especular narra, porque la reflexión teológica es siempre un momento segundo, ya que al misterio que llamamos Dios, primero se le contempla en la realidad, se empuja su dinamismo amoroso y solidario en la historia y solo después se le piensa».
Es indudable que la teología debe aprender a nadar en estos momentos en un contexto social y cultural que no le es propicio. La progresiva secularización de una sociedad que acota cada vez más el espacio reservado a lo religioso y recibe todo lo que tenga el sello de «católico» con prejuicios, en la que los creyentes (y por tanto las creencias) son «desechables»1, se suma al individualismo reinante y a la, en palabras del papa Francisco, cultura del descarte, que abandona en las cunetas a cada vez más personas y colectivos vulnerables.
Sin embargo, esta sociedad apresurada y a veces frívola, que se ha visto obligada por la pandemia del coronavirus a parar su ritmo en seco, recluirse y mirar qué había de verdadero en su interior, ha descubierto en muchos casos que tiene más necesidad que nunca de Dios y de Palabra con mayúsculas, que es más solidaria y acogedora de lo que parecía. El hombre y la mujer de hoy demandamos un mensaje que dote de sentido nuestras vidas y nos ofrezca alternativas al vacío, la ausencia de valores y la angustia que nos envuelve. Y esa es claramente una de las tareas principales de la teología. Pero, dado el clima de incertidumbre y cambio en que nos movemos hoy, esa tarea genérica debe hacerse en determinadas condiciones, que Pepa Torres cumple a la perfección.
La primera, en mi opinión, consiste en establecer un diálogo sincero con la sociedad contemporánea. Y al hacerlo, estar dispuestos a escuchar antes de responder. Escuchar las necesidades e inquietudes de la gente, que han variado con los profundos cambios sociales y culturales a los que estamos asistiendo. Escuchar para hacernos las preguntas adecuadas, y para intentar darles respuesta desde la humildad de sabernos una opción entre otras muchas, que se puede aceptar o rechazar. Escuchar para dejarnos transformar por el aliento del Espíritu que sopla entre las gentes de toda cultura, lengua o religión que pueblan un barrio como Lavapiés.
Esto implica atreverse a salir de nuestra zona de confort, como ha hecho Pepa. Asomarse al exterior, aunque pueda parecer cada vez más hostil con el hecho religioso. Y hacerlo con respeto, con prudencia, con disposición al diálogo y al encuentro de espacios comunes desde los que construir juntos un futuro mejor y más justo para todos.
Para hacer esto, la segunda premisa, pero no por eso menos importante, es renovar los lenguajes. De lo contrario, el maravilloso mensaje cristiano corre el riesgo de quedar encerrado en palabras obsoletas para las nuevas generaciones, carentes de significado. Es lo que hace Pepa Torres cuando inventa conceptos como «cuidadanía» o habla del «Jesús que se hace barra de pan», o de la teología del grito.
Nadie podrá acusar, sin embargo, a la autora de descafeinar el mensaje para hacerlo más digerible. Más bien al contrario: Pepa pasa cuanto aborda por el fino pero radical tamiz del Evangelio. La suya es una teología de amor y de cuidado extremos. Una teología que se decanta por los últimos, que casi siempre son las últimas. Eso supone, claro está, cuestionar en ocasiones lo establecido y no dejarse llevar por las inercias. Ser audaces, como nos conmina a hacer el papa Francisco.
Pasar la teología por el filtro del Evangelio implica, en definitiva, poner a Dios a pasear por Lavapiés. Bajarlo del mármol y el pedestal en que lo hemos subido y empeñarnos en descubrir su rostro a los hombres y mujeres de hoy en sus congéneres, en los acontecimientos presentes y en la cotidianeidad. Dejar que Dios hable a través de la solidaridad y la ternura.
E implica también, desde su experiencia personal y colectiva, practicar la reparación feminista luchando contra las distintas formas de opresión que se entrecruzan con las experiencias concretas de las mujeres y de cuantos seres humanos se ven igualmente subyugados2.
«Mujer de memoria y cicatrices», como ella misma se describe en las primeras páginas de este libro, tengo el inmenso privilegio de conocer el trabajo intelectual y social de Pepa Torres desde hace años, y sé que su lucidez y su compromiso no se agotan en este libro. Pero en él podemos vislumbrar el resumen de los principios que vienen guiando sus pasos y el horizonte hacia el que quiere caminar, siempre comprometida con su fe, su vocación y sus hermanas y hermanos de la hermosa y vibrante comunidad humana. Sin embargo, este no es un libro de memorias, ni un libro de teología al uso. Es una apuesta que podemos y debemos igualar si queremos ser coherentes con la fe en el Dios del Amor que decimos profesar.
Mª ÁNGELES LÓPEZ ROMERO
Introducción
Soy mujer de memoria y cicatrices. Por eso con este libro quiero hacer memoria agradecida de tanto como he recibido en estos últimos años en el trabajo de acompañar a personas y grupos en la tarea de la formación social y teológica. Quienes nos entregamos a este ministerio dedicamos mucho tiempo a la reflexión y a la elaboración de pensamiento, a la vez que buscamos cómo hacerlo pedagógico. Pero nuestro trabajo reflexivo siempre es en modo borrador, porque solo se va completando desde el contraste, el encuentro, la interlocución con otras personas, ya que el trabajo formativo y teológico nunca puede ser monológico, sino dialogal. Esa es precisamente la razón de este libro, que tiene un sentido de «recopilación», pues recoge algunas de las temáticas, conferencias o cursos que en estos últimos años he compartido con diversos grupos y personas y que tiene también una profunda vocación dialogal: seguir abierto a nuevas interlocuciones y encuentros.
“Si bien es cierto que vivimos tiempos de incertidumbre e impotencias también lo son de inmensas generosidades y dinamismos creativos empeñados en poner en el centro el sostén mutuo, la vida y la alegría más allá de toda frontera”.
Quizás para algunos y algunas no sea un libro de teología al uso, pero sí lo es tal y como muchas mujeres la concebimos: dar cuenta del misterio de Amor y cuidado que nos sostiene partiendo de la vida más que del concepto. Una teología que más que especular narra, porque la reflexión teológica es siempre un momento segundo, ya que al misterio que llamamos «Dios», primero se le contempla en la realidad, se empuja su dinamismo amoroso y solidario en la historia y solo después se le piensa.
El contexto en el que ha sido gestado este libro tampoco es habitual. Inicié su escritura el 7 de febrero del 2020, en el cuarto aniversario de las muertes de Tarajal1. Avancé algunos capítulos mientras miles de mujeres católicas en el mundo nos sumamos al movimiento Voices of Faith2, urgiendo a la Iglesia a una reforma estructural profunda desde la perspectiva de las mujeres, y que en muchos lugares del Estado español tomó el nombre de la «Revuelta de las mujeres en la Iglesia». Finalmente termino de escribirlo inmersa en este espeso túnel de sufrimiento y resiliencia que está siendo la crisis del covid 19 en el mundo y sus consecuencias. Tiempos de incertidumbre pero también de confianzas y alianzas incondicionales de quienes estamos convencidas de que el diluvio no tiene la última palabra sobre la historia, sino el arco iris (Gén 9,8-15). Pero para ello es imprescindible incorporar como personas y como sociedades aprendizajes y cambios radicales en nuestros estilos de vida, que pongan la sostenibilidad y el cuidado en el centro y que hagan posible que todas las vidas valgan lo mismo. De ahí también el título del libro que toma su nombre de uno de los textos que desarrollo en la segunda parte del mismo.
Pero si bien es cierto que vivimos tiempos de incertidumbre e impotencias también lo son de inmensas generosidades y dinamismos creativos empeñados en poner en el centro el sostén mutuo, la vida y la alegría más allá de toda frontera. Esta crisis es una oportunidad para aprender de golpe que somos inmensamente inter y ecodependientes, que el dolor de las familias que entierran a sus muertos en Guayaquil es de la misma categoría que el nuestro, que el hambre de las familias de Camerún y Senegal no puede sernos ajeno, que la exclusión sanitaria o el colapso no son accidentales ni en Estados Unidos, ni en Francia, ni en Chile ni en España, sino que son fruto de las mismas políticas neoliberales, sus privatizaciones y desmantelamiento de lo público. Una oportunidad para aprender que no podemos seguir produciendo ni consumiendo desde la lógica del hipercrecimiento, violentando los ciclos de la naturaleza porque esta protesta y se convierte en enemiga. Una oportunidad para aprender que necesitamos decirnos «te quiero, ¿cómo estás?, cuídate» muchas veces al día; que el humor, la belleza, la poesía, la música, los símbolos, los gestos de cercanía y vecindad entre balcones y ventanas son imprescindibles para atravesar la vida en tiempos hostiles. Una oportunidad para aprender que las personas mayores son un tesoro para nuestras sociedades, que su sabiduría y la dignidad de sus vidas no puede ser mercantilizable.
Una oportunidad para aprender que más que instalarnos en la queja o atrincherarnos en el miedo, la projimidad siempre nos salva y nos hace más fuertes. Una oportunidad para aprender que los trabajos más invisibles y peor pagados, como son el trabajo doméstico y de cuidados son esenciales para la vida y, por ello, es de justicia reconocer la dignidad y el valor de aquellas personas que dejan de cuidar a sus familias, en sus países de origen, para cuidar a las nuestras y no parar hasta que se reconozcan sus derechos laborales y sociales y se regularice la situación de todas las personas sin papeles.
Una oportunidad para aprender que el misterio que los y las creyentes llamamos «Dios» no es milagrero, ni castigador, ni interviene directamente en la historia, ni para causar el mal ni para evitarlo, sino que es aliento de vida, manantial de resiliencia, que sostiene, inspira, moviliza a la solidaridad y la creatividad. Un Dios, reciclador, dynamis, que nos empuja a rebuscar hasta encontrar, entre las cenizas del sufrimiento, la esperanza. Un misterio de Amor que no se identifica con los discursos, sino con los gestos y las acciones y que no distingue entre creyentes ni ateos, sino que es experto en periferias y en humanidad más que en moralidades. Un Dios Ruah alentadora, que nos mueve a salir de nuestros propios miedos e intereses y que nos hace experimentar que solo en la projimidad y en el asombroso poder de los encuentros y los abrazos podemos ser plenamente humanos y humanas y participar del misterio de su divinidad. Un Dios todo-cuidadoso, que nos habita y sostiene en toda circunstancia y que «la caña cascada no quebrará ni el pábilo vacilante apagará» (Mt 12,20).
Espero contribuir con este libro a que estos aprendizajes se consoliden en nuestras vidas.
1
Sostenida por
un misterio de Amor
y relación
Permanezco callada, habla tú,
que eres la razón de mis palabras.
RUMI
Creer más allá de
las imágenes
¿Cómo tener paciencia quienes vivimos del Amor
si nos precede en el camino y siempre se nos escapa?
(...) Amor exige al Amor más que lo que la inteligencia entiende...1.
La identidad incómoda, fronteriza y agradecida de mi existencia y mi fe
No puedo hablar del Dios en quien creo al margen de la mujer que soy, por eso con pudor me atrevo a presentarme en unas breves líneas. Soy una mujer que ha atravesado la barrera de los 50, con una identidad múltiple y heterodoxa: soy mujer, cristiana, monja y feminista. Una identidad arriesgada por su incomodidad y por su inclasificabilidad, que me hace de algún modo «forastera» en las propias tierras que me configuran. Soy lo que algunas y algunos consideran alguien imposible o inexistente, pero mi existencia, como las de otras muchas como yo, muestra que aunque a menudo se nos reduzca a la invisibilidad existimos y somos posibles. Existencias incómodas, contradictorias, pero felices y tercamente esperanzadas y resistentes, apasionadas por Dios y por su Reino. Un Dios que a lo largo de nuestra historia se nos ha hecho mutable. Nos ha ido desvelando destellos de su misterio encarnado y al calor del fuego con que nos ha impregnado el corazón, nos ha ido conduciendo y nos conduce, sostenidas en y por el pueblo de Dios, hacia transformaciones profundas, inéditas de nuestro ser más hondo y de nuestro modo de estar en el mundo y en la Iglesia. En este texto comparto con pudor algunas de mis imágenes del Dios en quien hoy creo, el Dios que fundamenta y sostiene mi existencia.
El Dios ético e irresistible de los pobres y un contexto privilegiado para descubrirlo: los barrios obreros y populares en la década de los 70-80
Hablar de mi fe es hablar de mis raíces. Soy hija del desarrollismo español y de la democracia. Chica de barrio, de origen obrero, mis primeras aventuras eclesiales nacen en esa Iglesia de finales de los 70 comprometida en los barrios y sus luchas vecinales y preocupada por que la gente joven encuentre alternativas de ocio y formación desde el análisis crítico, la pedagogía de Pablo Freire y el asociacionismo todavía «ilegal» o recién estrenado. Educada en un colegio religioso, en cuyos pasillos tejían complicidad con nosotras algunas monjas y profesoras a las que les brillaban los ojos cuando emocionadas nos decían que estaban llegando tiempos nuevos y teníamos que estar preparadas para ello, a la vez que nos hacían experimentar la fuerza y el compromiso de sabernos hijas de esa promesa. Los valores democráticos, la participación, el compromiso por el bien común, el interés por lo socio-político eran el humus que respirábamos tanto en el colegio, aunque de manera un poco velada, como en otro tipo de grupos juveniles en los que participábamos. Esa Iglesia es la que me da a luz en las búsquedas propias de la juventud y la entrada en el mundo adulto, la que acompaña mi despertar a la vida vinculando fe y compromiso socio-político, sin que haya contradicción, sino más bien al contrario. Esa Iglesia es la que me desvela el rostro de un Dios encarnado, a la luz de las teologías y las pastorales de José Antonio Pagola, Jon Sobrino, José Ignacio González Faus, José Ramón Urbieta, Alberto Iniesta o Samuel Ruiz, etc. Un Dios acercado por el testimonio de mártires como Óscar Romero, Lucho Espinal o las hermanas de Maryknoll violadas y asesinadas en El Salvador por su compromiso con los derechos humanos. Un Dios cuya desmesura de amor le lleva a identificarse con los más empobrecidos y, desde ahí, a ofrecérsenos como salvación-liberación universal, pidiendo nuestra complicidad e invitándonos a echarle una mano, a ser sus parteras. Es este Dios que se hace prójimo todo debilidoso2. Este Cristo nuevamente encarnado3, el que me atrae con cuerdas amor (Os 11,4) y me lleva irresistiblemente a enamorarme de la sacratísima humanidad de Cristo4, a vivir desde él y con él, a ser una mujer apóstol, compañera de Jesús en la misión y en la intimidad de su corazón. Es este Dios, para el que nada humano es ajeno, el que no nos quiere de rodillas, sino erguidas y con oído atento al murmullo de los pobres y al servicio generoso de su Reino, el que me seduce irresistiblemente (Jer 20,7) y el que sostiene mi vida desde mi juventud hasta mis primeros años de vida religiosa.
Del Dios ético al Dios compasivo: la huellas de su encarnación en las mujeres del cuarto mundo y el descubrimiento con ellas y desde ellas de la sophía de Dios y su aliento en la interioridad de las mujeres
En torno a la década de los 90 la vida compartida con mujeres del cuarto mundo, la injusticia de la feminización de la pobreza y la violencia contra las mujeres hecha rostro, historia, cuerpo en ellas, me devuelven una nueva conciencia de mí misma y de la deuda pendiente de la humanidad y de las Iglesias con nosotras las mujeres. Este despertar tiene como consecuencia una crisis: la caída de la imagen del Dios-Padre, construido desde un imaginario y lenguaje masculinos que ignoran las experiencias de las mujeres para nombrarle y «practicarle». Se me hacen intolerables textos como Ez 16,1-63; Lev 1,15-32; Gén 12,10-20; Núm 31,31-36; Jue 19,1-29; etc. Y, sin embargo, otros como Éx 20,15-21; Rut 1,1-22; Sam 2,1-8; Gén 21,17-19; Is 49,14-16; Lc 1,39-56 o Lc 8,1-3 se convierten en mi experiencia creyente, en suave caricia que me sostiene, ofrece seguridad y aliento para mantenerme «desarrimada y en pie», como diría Teresa de Jesús, ante el desconcierto y la perplejidad que esta nueva etapa de mi fe me produce.
Los encuentros de las mujeres del Evangelio con Jesús, especialmente el de la mujer que derramó el perfume (Mc 14,3-11), la encorvada (Lc 13,10-27), la samaritana (Jn 4,1-39) y María de Magdala (Jn 20,11-18) acompañan mi itinerario de fe en este momento. Mi comunicación y mi relación con el misterio de Dios pasan entonces por intensificar el silencio. Un silencio que, para mí, que soy mujer de palabras, me cuesta mantener. Un silencio ascético y creativo que no me sabe a vacío sino a barbecho, a preparación de la tierra fecunda de la interioridad que soy, para que de ella emerjan palabras nuevas con que nombrarme y nombrar el mundo y el misterio que lo habita y dinamiza. Las palabras del místico sufí Rumi5 identifican mi experiencia de este momento: «Permanezco callada, habla tú, que eres la razón de mis palabras».
La recreación de textos bíblicos como el salmo 3 desde la desnudez de mi experiencia me ayuda a atravesar este momento:
Tú me haces, Amor, levantar la cabeza,
vas haciendo de mí una mujer erguida.
Tú eres mi mismidad, mi yo más íntimo, mi mejor yo.
Tú eres, Amor, la fuente de mi autoestima
y empoderamiento.
Tu apuesta incondicional en mí y por mí
me da soporte y consistencia,
me mantiene en las horas dulces y en las amargas,
en las horas en que la soledad se hace herida
y en las horas de plenitud acompañada.
En los momentos en que mi corazón
se siente desbordado por tanto don recibido
y en la árida y muda intemperie.
Gracias Amor, por tu encarnación también en mí,
porque en medio del caos y la confusión que me habitan
tu Espíritu gime en mí.
Y al hacerlo va abriendo puertas oscuras
que te tienen prisionero en mis entrañas.
Libera, Amor, el pájaro que hay en mí.
Que no se quede preso en la soledad de su deseo.
El descubrimiento de las místicas medievales de la mano de mi maestra en ello, la historiadora María del Mar Graña, y de otras místicas contemporáneas como Etty Hillesum, Simone Weil o teólogas y filósofas feministas como Ivone Gebara, Elizabeth Johnson, Luisa Muraro, Adrienne Rich, Audre Lorde y la complicidad de monjas y laicas, compañeras y amigas en la búsqueda de un nueva espiritualidad, en cuerpo de mujer, como Dolores Aleixandre, Pilar Wirtz, Mercedes Navarro, Kochurani Abrahán, Carmen Torres o Pilar Yuste, me ofrecen nuevas claves interpretativas y referencias que me ayudan a perder el miedo a la libertad femenina en la historia y su modo de proceder en clave sexuada. Me ofrecen genealogía y raíces, una tradición espiritual e intelectual femenina, que me devuelven la imagen de la divinidad identificada con la pasión de las mujeres y su búsqueda de libertad y felicidad en un mundo y una Iglesia que silencia sus gritos y sus cuerpos, a la vez que les exige construir ideales de justicia y fraternidad a costa de ellas mismas.
De este silencio van emergiendo en mí nuevos nombres e imágenes del misterio:
▚ Dios compañera y su insobornable complicidad e identificación con los anhelos más hondos de las mujeres. Dios que como parturienta jadea y resuella (Is 42,14-17) por el alumbramiento de las mujeres libres y plenamente dichosas, que carga con nosotras, nos cuida y amamanta generosamente (Is 66,9-14), al que no le importan las biografías intachables sino la pasión y la autenticidad del amor (Mc 14,3-11).
▚ La Sophía compasiva que nos habita, más íntima a nosotras que nosotras mismas, que se ha hecho una en nosotras y con nosotras, que es nuestra hondura misma. Sophía, poder creativo, engendradora de esperanzas y experta en reciclar fracasos, otorgadora de la lucidez de la inteligencia y el corazón (Sab 6,7-28) y que se mantiene viva en nosotras como un fuego en el corazón que nada ni nadie puede apagar. Dios que no nos resuelve la vida, sino más bien nos lo complica todo y que nos invita, con otras mujeres, a pasar de la resistencia al empoderamiento y a hacer del mundo una fiesta popular, un banquete inclusivo donde el delantal, la danza y la palabra circulen con libertad entre todos y todas.
Dios sin orillas ni fronteras: danza en corro de Amor sobreabundante6, que se nos revela en la diversidad y la experiencia intercultural e interreligiosa
Dios tiene el empeño de acercársenos en los rostros e historias de una humanidad-muchedumbre, comunidad cósmica, experta en sobrevivir y en mantener esperanzas «a todo riesgo». Este rostro de Dios es el que hoy se me regala desde mi lugar de vida, el barrio de Lavapiés, territorio sagrado para mí y mi comunidad de vida inter7, donde el misterio se me revela y me empuja a reconocerlo y «practicarlo» como el Dios de la diversidad. Dios-Comunión, Trinidad santa, cuya entraña es circularidad y reciprocidad amorosa, misterio imposible de abarcar y agotar en ninguna religión ni cultura, pero experimentado y acariciado a ráfagas, en el encuentro, el diálogo, el abrazo con las y los diferentes en la hondura de lo cotidiano. Dios que no teme ni condena las diferencias, sino que se goza con ellas cuando están puestas al servicio de su Gloria: que la mujer y el hombre vivan y que lo hagan en abundancia (Jn 10,10). Dios inatrapable que se escapa de todo lenguaje, imagen y símbolo exclusivista y que en el reclamo que hacen hoy a nuestras sociedades e Iglesias las nuevas sirofenicias (Mc 7,26) nos urge a superar esquemas etnocéntricos y cerrados, que impiden la fraternidad y la sororidad del Reino. Dios que nos desafía a saltar fronteras y a engendrar con otros y otras la cultura del encuentro.
“Creo en la encarnación de Dios que se hace hermana, hermano: mantero, ilegal; vendedora de rosas por la calle...”.
Creo en Dios Al Fattah8 (Apertura), Dios Al-Razzâq9 (Sustento), Diosito que siempre nos acompaña, Dignidad humana, que es el nombre que le dan quienes lo practican aunque no lo confiesen. Creo en la encarnación de Dios que se hace hermana, hermano: mantero, ilegal; vendedora de rosas por la calle, vestida con sari, refugiada, y nos invita a invocarlo con diversidad de creencias y acentos y a practicarlo desafiando fronteras, levantando puentes en la sociedad y en las Iglesias (Ef 2,13-21) y nos susurra al oído y en las plazas:
Escucha, despierta, acoge, ponte en camino.
Ahonda en la dinámica de vida y diversidad que se te regala hoy.
Ábrete, explora nuevas formas de solidaridad y acogida.
Aprende otros lenguajes y modos de generar cultura del encuentro
en un mundo donde no todas las vidas valen lo mismo,
que genera exclusión y expolio sembrando el terror,
levantando muros y criminalizando
a los diferentes y a las empobrecidas.
Abre paso a la simplicidad y a los gestos más veraces.
Di «no en mi nombre» a la cultura de la violencia
económica y estructural
que nos rompe como humanidad y expolia la vida en el planeta.
Confía en el Espíritu de la diversidad que te ha engendrado
y en la fuerza creadora que te habita.
Atrévete a recibir al Dios diferente,
al Dios todo relación y cuidado, al Dios que se hace prójimo y prójima
y que llama a la puerta de tu tierra
reclamando la vida, para hacerla crecer en diversidad y abundancia.
Toma conciencia de tus posibilidades y ponlas en juego
en el tejido de la comunión y la eco-justicia.
Así se nos irá dando el camino en compañía de una comunidad
global y cósmica, engendradora de una nueva esperanza
desde la resiliencia y la ternura.
No pases de largo ante las buscadoras y los buscadores de la vida.
Si te dispones te mostrarán la vida desde nuevas perspectivas.
Te ensancharán entera e iremos entrando juntas
en la tierra nueva del corazón intercultural de Dios.
Creo y sigo abierta a su misterio.
Alhamdulillah. Amén.
Sentir y con-sentir
al modo de Jesús
Jesús: Cuerpo y sensibilidad
Jesús es la Palabra hecha carne, cuerpo, historia, pueblo. Es el nuevamente encarnado (EE 109). Necesitamos profundizar en una cristología que incida en lo corporal y lo relacional, porque a la espiritualidad y a la teología les siguen faltando cuerpo, mundo, barro. Sin embargo, como leemos en la Carta a Timoteo: «El misterio de nuestra religión se realiza corporalmente» (1Tim 3,16), «ha tomado forma y figura humana» (Flp 2,6-7), se ha hecho, carne, historia, cuerpo individual y cuerpo social en Jesús de Nazaret (Lc 4,14-30). Desde esta perspectiva me parece importante insistir en la importancia de la corporalidad en nuestro seguimiento de Jesús, a la luz también de la nueva conciencia que nos devuelven hoy las antropologías feministas. No tenemos un cuerpo, sino que somos un cuerpo y un cuerpo sexuado, que ha sido configurado y condicionado culturalmente, lo cual influye en nuestras opciones, comportamientos y relaciones. Somos un cuerpo con capacidad creadora y espiritual, y todo lo que acontece en la vida humana pasa por nuestra corporeidad. El cuerpo es el lugar desde donde nos relacionamos y desde donde nos trascendemos. Es el lugar de comunicación con Dios y con los otros. Nos permite ser seres en relación. Es la presencialización de la persona, de modo que los valores, deseos, proyectos, se hacen verdaderos cuando los acuerpamos, cuando se encarnan y se hacen piel de nuestra piel. Es entonces cuando el cuerpo se convierte en revelación, no solo de nuestros valores, sino del Dios que nos sustenta1.
Jesús de Nazaret, no solo reveló a Dios en su cuerpo y a través de él, sino que se comprometió con los cuerpos sufrientes y excluidos para devolverles la salud y recuperar su dignidad arrebatada, vinculando además el futuro absoluto de la humanidad al modo de situarnos en la historia ante las personas, pueblos y culturas más explotadas y violentadas en sus cuerpos (Mt 25,42-46). El cuerpo de Jesús fue la expresión de la libertad y de la compasión de Dios por los caminos. Las autoridades sociales y religiosas de su tiempo pensaron que no podían controlar esa libertad que emanaba y percibieron su cuerpo como amenazante, porque con él se solidarizaba y se ponía en el lugar de los cuerpos de las mujeres y los hombres más excluidos y malditos, poniéndoles en pie y empoderándoles.
El cuerpo es también la sede de los sentidos. Solo podemos relacionarnos y encontrarnos con nosotros mismos, con los demás y con Dios a través del cuerpo que somos y a través de la puerta de los sentidos. Nuestros sentidos son los captadores de la realidad, por eso nuestro modo de sentir la realidad es fundamental en nuestro modo de procesarla intelectual y afectivamente e implicarnos en ella. Por ello ser discípulas y compañeras de Jesús pasa por que nuestra sensibilidad quede impregnada, afectada por la suya. La Buena Noticia del Evangelio de Jesús se hace corporeidad y nos llega en el cuerpo a cuerpo de Jesús con las personas y colectivos más excluidos de su sociedad y del templo. Por eso es importante aproximarnos a la figura de Jesús desde su corporeidad y su sensibilidad, ya que ser compañeras y discípulas de Jesús hoy nos lo jugamos en sentir y con-sentir como él, en la puesta a punto de nuestra sensibilidad. Es decir, en ver, oír, tocar y gustar al modo de Jesús, y no en los aparatos ideológicos con los que a veces tendemos a defendernos o justificarnos. Por eso voy a hacer un pequeño recorrido por los sentidos en Jesús.
Ver y escuchar como Jesús
La mirada de Jesús tiene una dimensión de profundidad y de relacionalidad. Capta lo que está en lo hondo del corazón humano y, por eso, hace posible una relación con las personas que les abre caminos y horizontes insospechados, como le sucede a Natanael (Jn 1,47-51), a Leví (Mc 2,1314) o a la mujer pecadora (Jn 8,1-11). Es una mirada que convoca. Jesús ve a las personas no de manera neutra e impersonal, sino que establece con ellas un vínculo de relación y amistad, como cuando mira a Marta y María (Lc 10,38) o a Simón y Andrés y les llama (Mc 1,16-20). Su mirada es también contemplativa y crítica, por eso capta lo pequeño, lo que va más allá de los primeros planos, y descubre las potencialidades que hay en cada persona y en la realidad. La mirada de Jesús es capacitadora. No da nada ni a nadie por perdido, como cuando mira a Zaqueo (Lc 19,1ss), el lento emerger de los brotes de la higuera (Lc 21,29-33), el diezmo de la viuda frente al de los ricos (Lc 21,1-4) o el sufrimiento de la viuda de Naín (Lc 7,11-17). Pero la mirada de Jesús no es rutinaria ni naturaliza el sufrimiento o la injusticia, sino que le resultan intolerables. De ahí su actitud de denuncia frente a ella y su empeño en colocarla en el centro de la sociedad y el templo para visibilizarla (Mc 3,1-6).
“La mirada de Jesús es también universal, no excluye a nadie, aunque está ubicada desde una perspectiva concreta (...), los excluidos y excluidas de la sociedad y el templo”.
La mirada de Jesús es también universal, no excluye a nadie, aunque está ubicada desde una perspectiva concreta, un ángulo de visión determinado, los excluidos y excluidas de la sociedad y el templo: mujeres, ciegos, niños, enfermos, tullidos, muchedumbre hambrienta, etc. Desde ellos mira y comprende las situación de los demás, analiza la realidad, el sistema, la religión. Una mirada afectada y cuyo afectarse le lleva a movilizarse. Por eso la mirada de Jesús es también una mirada invertida, porque donde los dirigentes judíos ven pecadores y enfermos que había que excluir de la comunidad, Jesús ve hijos del Abba invitados a sentarse en el banquete del Reino (Mc 2,13-17; 7,31-37). Esta mirada escandaliza a los fariseos y a la gente de orden de su pueblo que todo lo juzga desde la ley y la ideología. Porque la ley y la ideología incapacitan la mirada, la endurecen, como vemos en tantos textos donde denuncia el embotamiento de los discípulos (Mc 8,17-21) o la ceguera de los fariseos y letrados (Mt 23,23-25).
La mirada de Jesús es una mirada siempre atenta, «vigilante», que urge a estar en vela, en atención suma al paso de Dios por la vida, una mirada contemplativa en la acción (Mc 13,35-37; 14,38) y así es también su escucha. Jesús está atento a la realidad, a los encuentros con las personas, los acontecimientos, las coyunturas y pasa todo ello por el corazón en diálogo con su Abba. Estos tiempos de intimidad son el espacio donde Jesús va clarificando y decidiendo su actuar. Se trata de momentos privilegiados donde va descubriendo el sentido de su libertad como una libertad relacional, una libertad para y no un fin en sí misma, una libertad que se entrega (Jn 12,25).
Para Jesús escuchar es obedecer: ob-audire. Escuchar significa literalmente escuchar al que está enfrente de mí, oír atentamente. Para Jesús obedecer no se identifica solo con los síes, sino también con los noes. La obediencia de Jesús, su escucha atenta al Dios afectado por el sufrimiento y las esperanzas de los empobrecidos y empobrecidas, está cargada de noes. Es en consecuencia una obediencia disidente, que se posiciona existencialmente, con gestos y palabras, frente a los mecanismos que impiden que el Reino sea. Por eso, obedecer y escuchar a Dios tiene siempre una dimensión conflictiva, de riesgo para quien la vive, y conflictuante para el sistema. Por eso ser discípulas y compañeras de Jesús hoy pasa por ser también mujeres de noes, porque los síes de Jesús estuvieron cargados de noes:
▚ No a una imagen de Dios y del culto en cuyo nombre los pobres y excluidos de Israel se sentían sin derecho a Dios ni a su salvación (Mc 3,1-6; 12,38-40).
▚ No al poder que daba primacía a la moral sexual frente al derecho a la vida de la persona que la infringía (Jn 8,11).
▚ No al poder económico (Lc 11,21-26), a la dictadura de los mercados.
▚ No al poder patriarcal que invisibilizaba a las mujeres y a los niños, negándoles su dignidad como personas (Mc 10,42-45).
▚ No a la complicidad con la injusticia (Lc 11,37-52).
▚ No a participar en juegos manipulativos entre el Estado y el templo (Mc 12,13-17).
▚ No a la idolatría del dios dinero, del dios poder, del dios prestigio (Mt 4,8-11).
Y todo ello porque hay que escuchar-obedecer a Dios y no a los hombres (He 5,29) y desde un profundo sí a la voluntad y al envío del Abba: «He venido para que tengan vida y vida en abundancia» (Jn 10,10). La escucha, la obediencia de Jesús es desobediencia al sistema. Su obediencia le lleva a la cruz, y la cruz, no lo olvidemos, tiene en el contexto histórico de Jesús un significado político, no moral ni sacrificial, que es en lo que la hemos convertido.
Tocar como Jesús
Haciendo un recorrido por el evangelio de Marcos descubrimos la centralidad de las manos y el sentido del tacto en la práctica liberadora de Jesús. Manos que al tocar y dejarse tocar sanan, liberan, devuelven dignidades. Manos que se manchan y quedan pringadas, salpicadas, por la realidad de aquellos y aquellas a quienes tocan y por quienes son tocadas. No olvidemos que en el contexto socio-cultural y religioso de Jesús los pecadores, los enfermos, las mujeres eran considerados malditos de Dios y entrar en contacto con ellos suponía quedar contaminados, hacerse impuros, quedar excluidos de la salvación. Jesús con sus relaciones trastoca, subvierte este orden. A través de sus manos ofrece relaciones que buscan y generan reciprocidad, relaciones que superan la verticalidad, la dialéctica del amo y el esclavo, la lógica del patriarcado, las relaciones donante/receptor que humillan a la gente, aun sin pretenderlo. Las relaciones de Jesús con las personas, especialmente con las más discriminadas de Israel, por su situación socio-económica, por su enfermedad-pecado, por su sexo, etc., generan liberación y no dependencia ni humillación.
Quizás la clave está en su modo de aproximarse, buscando la reciprocidad, la circularidad del Reino, relaciones sin taburete. El amor auténtico es bidireccional, tiene efecto boomerang de ida y vuelta, así lo practicó Jesús: tocando y dejándose tocar, queriendo y dejándose querer, aprendiendo y dejándose cuestionar por los excluidos y excluidas, como le sucedió en el encuentro con la mujer cananea que, con su reclamo, le ayudó a ampliar sus concepciones sobre la salvación (Mt 15,21-29). El cuerpo a cuerpo de Jesús con las personas y colectivos excluidos, la práctica de unas relaciones generadoras de liberación, les harán pasar de la experiencia de la exclusión a la experiencia de la integración, del griterío a la palabra, de la autolesión a la autoestima. Pero también por esta manera de tocar y ser tocado por los cuerpos más discriminados de Israel, Jesús transgredirá los límites de lo religiosamente correcto, cuestionará el statu quo y a sus representantes y el cuerpo mismo de Jesús pasará a ser percibido como amenazante y por tanto condenado como tal por los poderes establecidos: «Maldito el que cuelga del madero» (Gál 3,12-14; cf Lev 18,5).
En los relatos de los milagros las manos de Jesús desempeñan un papel fundamental. Las expresiones más habituales que se utilizan en los textos para referirse a la acción sanadora de Jesús a través de ellas son «tocar», «agarrar con fuerza», «poner sobre», etc. Sus manos son fuente de conocimiento y reconocimiento. Jesús toca y al tocar empodera. En sus relaciones con la gente más empobrecida y excluida les confirma como imagen y semejanza del Creador, como vemos en numerosos textos: la curación de la suegra de Pedro y la multitud que le busca para ser sanada (Mc 1,31-41; 5,41), el encuentro con la hija de Jairo y la mujer hemorroísa (Mc 5,21-43), la sanación de las personas enfermas que le buscan (Mc 7,31-37), en el encuentro con el ciego de Betsaida (Mc 8,22-25). Todas las personas tocadas por Jesús reflejan hambre de piel. Están ávidas de un contacto humanizante y vivificante que les es negado. Vive incluso una experiencia paradójica de culpabilización. No olvidemos que en casi todos los sistemas de dominación culpar a la víctima es un mecanismo que se utiliza muy eficazmente.
En este sentido es necesario subrayar que en una sociedad en la que estaba prohibido aproximarse a la impureza, la relación de Jesús con las mujeres constituye una auténtica subversión (Mc 5,21-43). El contacto y el tacto de Jesús con los «cuerpos malditos» los introduce en la pedagogía del amor, les devuelve la dignidad arrebatada y presencializa el Reino: «Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los pobres reciben una Buena Noticia» (Mt 11,5). Pero no todos entienden ni se abren a este lenguaje. El relato de la mujer que ungió a Jesús con perfume resulta enormemente significativo. En este texto Lucas nos presenta a Jesús comiendo en la casa de Simón, un fariseo, cuando en la escena irrumpe de repente una mujer pecadora que, al hacerlo, transgrede las normas de lo política y religiosamente correcto, echándose a los pies de Jesús y acariciándole y derramando sobre él un perfume (Lc 7,36-50). La escena resulta bastante provocadora. Sin embargo Jesús no solo no se escandaliza del gesto de reconocimiento y ternura de esta mujer, sino que se deja acariciar por sus cabellos y sus lágrimas, e incluso, según recoge Juan, Jesús la pone como ejemplo de la acogida e incondicionalidad de la fe, pues al ungirle lo está reconociendo como Hijo de Dios y Mesías. Este modo de proceder de Jesús desde su sensibilidad escandaliza a unos y, sin embargo, es precisamente lo que hace que otros reconozcan que alguien que se relaciona de esa manera con los pobres y pecadores no puede ser otro que el Hijo de Dios, su misericordia y su ternura en acción.
El tacto de Jesús, su modo de tocar la vida, de relacionarse con las personas y de dejarse tocar por ellas revela la compasión y la ternura de un Dios también femenino anunciado por los profetas:
Con vosotros he cargado desde que nacisteis, os he llevado desde que salisteis de mis entrañas. Yo os sostendré y os libraré (Is 46,3-5).
Yo enseñé a andar a Efraín, yo le llevé en brazos y él sin darse cuenta que era yo quien le cuidaba. Con cuerdas de amor lo atraía, con cuerdas de cariño. Fui para ellos como quien alza una criatura a las mejillas, me inclinaba y les daba de comer. Me da un vuelco el corazón se me conmueven las entrañas (Os 11,3-8).
Jesús, en sus relaciones y praxis liberadora y sanadora, es la misericordia de Dios hecha cuerpo, carne (Lc 10,33; 15,20). Para Jesús el amor a Dios y el amor al prójimo son una misma cosa, como narra la parábola del samaritano (Lc 10,25-37). La compasión hecha cuerpo en Jesús, hecha tacto y relación le va a resultar insoportable a los poderes dominantes del sistema religioso y político. Su misericordia en acción y relación va a desconcertar a quienes, como el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo, creen que Dios es más juez que padre y madre compasivo (Lc 15,1132). Porque tanto en la época de Jesús, como en otras épocas, la compasión es una relación no permitida a la hora de estructurar la legalidad. Sin embargo, la compasión practicada al modo de Jesús es una forma radical de crítica, que anuncia que todo dolor ha de ser tomado en serio, que ninguna injusticia ni sufrimiento ha de ser concebido como algo normal ni natural, sino que la injusticia y el sufrimiento que lo provocan es siempre una situación inaceptable para la humanidad. Los imperios nunca se construyen ni se sustentan sobre la base de la compasión. Las normas legales jamás se adaptan a las personas, sino que son las personas las que se adaptan a las normas, de lo contrario las normas se irían al garete y con ellas todo el sistema de poder. Por eso la compasión tiene también una dimensión política, de lo contrario no es más que un sucedáneo que los sistemas religiosos y políticos asimilan y convierten en instrumento para su mantenimiento. Por eso, desde el principio de su ministerio, la vida de Jesús se va a ver seriamente amenazada, «vigilada», precisamente por la transgresión que suponen sus prácticas compasivas, que son signos de que otro mundo es posible y por tanto se puede desmantelar el vigente. Por eso no es extraño, como nos narra Marcos en la curación en sábado del hombre de la mano paralizada, que desde ese momento los fariseos deliberaran con los herodianos sobre cómo acabar con Jesús (Mc 3,1-6).
Gustar como Jesús: la comensalidad abierta y sus consecuencias. El Jesús que se hace barra de pan
¿Cuál fue el gusto de Jesús, su alimento? Juan nos dice que el alimento de Jesús fue hacer la voluntad del Padre (Jn 4,3234). Una voluntad con la que fue entrando en afinidad más allá de los costes que esto le llevará (Mc 14,32-42). Gustar la voluntad del Padre le llevó a Jesús a pasar el trago de Getsemaní. Jesús gustó la experiencia de vivir seducido por Dios y su proyecto de tal manera que la vivió hasta el extremo (Jn 13,1-2). Pero la Eucaristía no fue un acto fortuito en la vida de Jesús, sino que fue gestándose a lo largo de toda su vida: a través de sus palabras, sus gestos, sus encuentros, sus actitudes. Fue gestándose en su deseo de dar vida, una vida que es entregada gratuita y libremente: «Doy la vida para recobrarla después. Nadie me la quita, la doy voluntariamente» (Jn 10,10; Jn 6,35). Fue gestándose en su implicación ante el hambre de la gente: Jesús se ofrece como pan de vida. Descubre las potencialidades de las personas, «lo que tienen» y no solo sus carencias (Jn 6,5-11). Fue gestándose en la interpretación de tantas dimensiones de la vida del Reino: la voluntad del Padre, su Palabra, su llamada, sus promesas en clave de alimento, banquete, saciedad (Mt 7,9-11; Lc 12,37; 16,19-20). El reino de Dios se parece a un banquete en el que los invitados se excusan y el banquete se llena de gente que anda por los caminos y que pasan a ocupar los primeros puestos (Mt 22,4-14). Fue gestándose en sus gestos y prácticas de inclusión: convocar, hacer mesa común con los más excluidos y excluidas (Lc 2,15; 15,2).
La comensalidad abierta de Jesús y su significado
La Eucaristía arranca del gusto de Jesús por comer con un tipo de gente, de su comensalidad abierta. En todas las sociedades las comidas constituyen la forma primaria de iniciar y mantener relaciones humanas y van unidas también a la acción de gracias y al ofrecimiento. En el estudio de una cultura, cuando los antropólogos descubren dónde, cuándo y con quién es ingerida la comida, prácticamente ya pueden deducir cuáles son las relaciones existentes entre los miembros de esa sociedad. Así sucedía también en la cultura judía contemporánea de Jesús. Por eso la mesa común entre judíos y paganos era condenada. Se consideraba impura puesto que los segundos no cumplían los rituales establecidos, al igual que los pobres, que no podían hacerlo por carecer de medios para ello. En la sociedad de Jesús la comensalidad dominante era una comensalidad cerrada. Sin embargo la comensalidad de Jesús va a ser una comensalidad abierta. Jesús no solo come con sus discípulos, con los puros y con los bien vistos, sino que come con paganos, pobres y malditos, come con los amigos de Mateo (Mt 9,10) o con Zaqueo, recaudador de impuestos, o acepta invitaciones que provocan escándalos de modo que es acusado de comedor y bebedor (Mt 11,1819; Lc 7,34), ofrece el banquete del Reino a los que andaban por los caminos, mandando a un criado que saliera a buscarlos (Mt 22,1-14). Las comidas de Jesús con los pecadores muestran que Dios es un Dios compasivo y misericordioso, cuyo Reino pertenece a los últimos, pese a las leyes políticas y religiosas que legitiman lo contrario. En este sentido las comidas de Jesús con los pecadores y malditos son un signo evangelizador mucho más fuerte que sus palabras. Por eso en la sociedad de la exclusión donde tanta gente vive de migajas, partir el pan de nuestra vida, tiempo, energías, afecto, ocio, propiedades, con las personas y colectivos excluidos, con los y las descartables, visibilizar su realidad, sentarnos a su mesa e invitarles a la nuestra, es un signo evangelizador suficientemente explicativo en sí mismo, que continúa desafiándonos como creyentes.
Las comidas de Jesús son un signo de la anticipación del Reino, de que el banquete mesiánico está ya aconteciendo (Is 25,6-8). La comunión de mesa implica participación, reconocimiento de la dignidad de las personas sea cual sea su apariencia y condición. La comensalidad consagra la vecindad, la igualdad, la amistad. Quienes comen juntos hacen causa común, entran en complicidad y es esa complicidad de vida, no de palabras, la que ningún sistema establecido tolera. A través de la comensalidad abierta se actualiza el Reino, se inaugura un orden nuevo, se hacen posibles unas relaciones distintas, inclusivas, sin primeros ni últimos. Que Dios reina significa que ya no han de reinar unos seres humanos sobre otros, unas clases sobre otras, unos pueblos sobre otros, un género sobre otro, una etnia sobre otra. Es decir, que a Dios solo podemos acogerlo como Señor, como Padre y Madre, si los hombres y mujeres nos sentamos a compartir como hermanos y hermanas la mesa de los bienes de la tierra, por eso la comensalidad de Jesús resultó muy incómoda para los poderes religiosos y políticos de su época. Hay un texto de las luchas zapatistas que siempre resulta muy evocador en este sentido:
En la globalización actual se está cuadrando el mundo y se le están asignando rincones a las minorías indóciles. Pero sorpresa, el mundo es redondo. Y una característica de la redondez es que no tiene rincones. Queremos que no haya más rincones para deshacerse de los indígenas, de la gente que molesta, para arrinconarla como se arrincona a la basura para que nadie la vea (El País, 25 de febrero de 2001).
Las comidas de Jesús hacen visible el gesto de que el mundo es redondo y no se puede arrinconar a nadie. Pero entre todas las comidas de Jesús hay una, la Última Cena, en donde Jesús fue a la vez anfitrión y servidor. La Última Cena no fue una comida más sino que tiene un carácter de memorial, de testamento. Jesús es consciente de que en torno a él se va cerrando un cerco y busca la intimidad con sus discípulos para compartirles los secretos de su corazón y para ratificar su deseo de entrega, de seguir adelante en la misión que el Abba le ha encomendado (Lc 22,7-23; Jn 13,1-15). La Cena es un compendio de lo que ha sido la vida de Jesús. Jesús es el que invita, el anfitrión y se presenta a la vez como el que sirve (Lc 22,27-28). Algo absolutamente inusual en Israel. El paralelo en Juan a la Última Cena de Jesús con los suyos es el lavatorio (Jn 13,1-20). Este gesto resume todo lo que ha sido la vida del profeta de Nazaret. Toda la vida de Jesús es diaconía, es servicio, al modo en que solo lo hacían las mujeres, los esclavos y los criados. Jesús, en el lavatorio, al situarse desde abajo rompe la verticalidad y la dialéctica de amo y esclavo.
Nos revela a un Dios identificado con los últimos y las últimas, que iguala y sostiene, sirviendo desde abajo y creando desde ese lugar y ese modo, la horizontalidad del Reino. Es tan provocador este gesto, que podemos decir que Jesús se mujerizó y resulta tan escandaloso que, en el arte sacro, son mucho más abundantes las imágenes de Jesús presidiendo la Eucaristía que agachado y lavando los pies a sus discípulos, ocupando el último lugar. Esa actitud y ese gesto continúan escandalizándonos hoy, porque si a algo le tenemos pavor es a quedarnos los últimos. En la Eucaristía Dios se nos presenta como la Palabra Expuesta de Dios. Un Dios que no salva imponiéndose sino exponiéndose y, por tanto, corre el riesgo de la acogida y el rechazo, el reconocimiento o la descalificación. Por eso celebrar la Eucaristía conlleva siempre una pasión y un riesgo, la de entregar la vida al modo de Jesús, la de partirla y repartirla con todos y todas las que se quedan fuera de los banquetes y se sienten sin derecho a ella, sin embargo la tentación que tenemos permanentemente es domesticar la Eucaristía, convertirla en una liturgia aséptica y rutinaria, en un acto de piedad individual o en un espectáculo (1Cor 11,23-28). Entrar en comunión con el Dios de Jesús, gustarle, es comer su Palabra Expuesta y por tanto conlleva siempre el «haced esto en memoria mía», seguir actualizando la existencia al modo de Jesús (Lc 22,19). El gusto de la Eucaristía no es un gustirrinín evasivo ni individualista ni una devoción particular, sino que conlleva disgustos, compromiso agradecido y gratuito, hasta que la creación entera y la humanidad toda ella sea eucarística, porque lo que ha salvado al mundo no es una liturgia celebrada en un templo, sino la ejecución de un hombre que se hizo inaguantable a los poderosos de este mundo por su amor a los pequeños y a los pobres. El Gólgota no es una liturgia eclesial, sino una porción de la vida humana2. Celebrar la Eucaristía por tanto es actualizar la memoria subversiva de Jesús, por eso la Eucaristía es siempre un riesgo, como escribió Óscar Romero en su homilía del 28 de mayo de 1978:
Si creemos de verdad que Cristo es el pan vivo que alimenta el mundo con la fe de los cristianos, no puede ser lánguida, miedosa, tímida, sino que de verdad, como decía Juan Crisóstomo, cuando comulgas recibes fuego, deberías de salir respirando la alegría, la fortaleza de transformar el mundo.
Un riesgo humilde, vivido en el marco de lo cotidiano, a la altura de la realidad de cada momento de nuestra existencia y siempre acompañado por la presencia incondicional del Cristo Vivo, que no nos ahorra, ni soluciona, ni suple en nada, aunque nos sostiene en todo y nos asegura que si buscamos el reino de Dios y su justicia lo demás se nos irá dando por añadidura (Mt 6,33).
2
Periferias, fronteras
y amor político
Para sobrevivir en la Frontera
debes vivir sin fronteras,
ser un cruce de caminos.
GLORIA ANZALDÚA
Convertir e invertir la
mirada desde las periferias
La necesidad de aprender a mirar para detectar en las periferias la encarnación del Hijo
Eduardo Galeano narra la peripecia de un niño que nunca había visto el mar y que cuando por fin llegó a conocerlo, al llegar a su orilla, emocionado ante tan inimaginable inmensidad y misterio le dijo con voz entrecortada a su padre: «Ayúdame a mirar»1. También acceder al mundo de los empobrecidos y empobrecidas no es posible si no es de su mano, sin que nos presten su mirada, sin que sean nuestros maestros y nos alfabeticen la sensibilidad desde las claves del reverso del sistema. Si no es así apenas nos quedaremos más que en la cáscara de la realidad y no en su entraña y pasará inadvertido para nosotros el misterio de ese torrente de vida sumergida, de resiliencia y de sacramentalidad que constituye el centro de la historia, aun cuando se los expulse a las periferias y se los invisibilice. Solo así, como le sucedió a Jesús, podremos experimentar conmovidos y conmovidas el agradecimiento ante el misterio de un Dios que elige ocultarse a los sabios y poderosos y revelarse a los pequeños y a los pobres (Mt 11,25).
También nosotros y nosotras hemos de hacernos conscientes de esta necesidad. Necesitamos pedir ayuda para aprender a mirar la densidad de las periferias, con todo su vértigo e intemperie, con toda su violencia y su ternura para reconocer el misterio paradójico que encierran. A saber, que justo en ellas y no al margen del espesor de lo humano y las dinámicas estructurales que encierran, el Dios de la encarnación nos cita para seguir haciendo historia, con Él y a su modo, a la mesa del Reino, entre todos los expulsados y expulsadas del banquete neoliberal que acontece hoy en nuestro mundo. Por eso necesitamos educar la mirada desde el reverso del sistema, que son las periferias, pues si no nuestra tendencia es a mirar hacia arriba, en lugar de hacia abajo, y mirar los primeros planos en lugar de los secundarios, los lugares de reconocimiento, prestigio y poder, en lugar de aquellos que son condenados a la invisibilidad, al olvido, a la insignificancia. Por eso necesitamos pedir la gracia de aprender a mirar al modo del Dios de Jesús y los profetas y profetisas que nos han precedido.
Los profetas y profetisas son aquellos que tocados por el páthos de Dios han convertido sus ojos en entrañas y han aprendido a mirar de un modo peligrosa y molestamente contracultural, a la vez que esperanzado y cantarino, y no quejumbroso ni plañidero. Son aquellos y aquellas que han hecho carne, y no mera declaración de principios, la revolución de los adverbios. Es decir, que han gozado y padecido hasta las máximas consecuencias el abajo y no el arriba, como lugar de la presencia de Dios, el afuera y no el centro, como cita desde donde somos convocadas para ser abrazadas por la ternura del Dios hermano y hermana. Ellos y ellas nos siguen recordando hoy que la experiencia de Dios no es una mística de ojos cerrados, sino una mística de ojos abiertos, no es una percepción relacionada únicamente con una misma, sino una percepción intensificada del sufrimiento ajeno. Nos siguen recordando que para encontrarnos con el Dios de Jesús no tenemos que cerrar los ojos, sino sobre todo abrirlos a la hondura del ser y el misterio que acontece en las periferias humanas y existenciales. Solo así podremos no quedar prisioneros en la cultura de la postverdad y la globalización de la indiferencia, que naturaliza el sufrimiento y la injusticia.
El movimiento zapatista denunciaba ya hace años que la globalización se empeña en convertir el mundo en una pantalla de cine, que nos presenta en imágenes simultáneas lo que sucede en el planeta. Pero este film no pone todas las imágenes y no porque falte sitio en la pantalla, sino porque se seleccionan cuidadosamente qué planos hay que poner y por dónde hay que cortar la película, de modo que muchos trozos quedan desechados y arrinconados en el cubo de la basura o simplemente no son filmados2. La globalización de la economía supone también la globalización de la cultura y de la información. Los medios de comunicación son el gran espejo no de lo que la sociedad es, sino de lo que aparenta ser. De modo que lo visible se convierte en lo real y en consecuencia lo que no sale en la pantalla queda reducido a irrealidad. Por eso necesitamos preguntarnos: ¿Qué pasa, dónde están los que no aparecen?, ¿en qué papelera se han quedado los cortes de la película de otras escenas cotidianas de la supervivencia y lucha por la vida que son amenazantes o vergonzantes para el sistema y por eso no aparecen en la pantalla?
Por ello necesitamos convertir e invertir la mirada desde las periferias. Recorrer quizás el mismo itinerario que hizo el ciego de Betsaida, conscientes de que para ir viendo con los ojos del Evangelio no bastan solo las buenas intenciones, ni los buenos análisis, ni la mera voluntad sino que hemos de dejar que sea Jesús quien nos tome de la mano, y nos saque de la ciudad (Mc 8,23). Porque la mirada del Evangelio se aprende de forma privilegiada e inaudita en las afueras y en los abajo de la historia, que constituyen las periferias sociales y existenciales. En ellas podemos experimentar que la pedagogía desconcertante de Jesús con nosotras, su modo de untarnos los ojos con saliva, como le sucedió al ciego de Betsaida, es la de aproximarnos a todos los orillados y expulsados, de manera que sean ellos, sus relatos, sus significaciones, los que vayan dándonos las instrucciones, las pistas, para aprender a mirar de manera nueva. Es este un aprendizaje lento que requiere paciencia, fidelidad y una gran confianza en Aquel que nos guía. Requiere perder el miedo al vértigo y la inseguridad inicial de no ver más que sombras, atreverse a soltar certezas y convicciones absolutas para adherirse a Aquel que se hizo periférico entre periféricos y que está empeñado en enseñarnos a mirar y ver lo que es invisible desde otros contextos y geografías, porque existe todo un complejo sistema de ocultamiento. En este aprendizaje sentimos a menudo el vértigo de una confusión que amenaza con paralizarnos y afincarnos en la ceguera. Sin embargo, la filósofa María Zambrano, experta en noches y en exilio y reducida a la invisibilidad durante tantos años, nos recuerda que:
“Hay una luz de un amanecer que solo cuando he perdido toda luz aparece”.
Hay una luz de un amanecer que solo cuando he perdido toda luz aparece. Se trata de una luz que no es cegadora al modo de las verdades absolutas sino más bien la luz de la aurora, la hermana de la noche que da a luz cada vez de nuevo su propio ser cuando anuncia el día3.
Acaso este momento de ver solo sombras que es necesario atravesar cuando nos adentramos en las periferias nos fuerce a la confianza, a la apertura y al abandono a la lógica del Reino que no es la del cálculo, el mercadeo, el mérito ni la apariencia, sino la gratuidad y la desmesura inmerecida de un Dios con entrañas compasivas.
¿Cómo mira Dios las periferias? (Éx 3,7-10)
El Dios de Jesús no es un Dios ajeno al mundo, sino que es el Dios de la encarnación al que nada de lo humano ni mundano le es ajeno. El Dios al que se le conmueven las entrañas ante el sufrimiento y el anhelo de plenitud y de felicidad de las criaturas. Un Dios con páthos, cuyo mirar no es expectante, sino actuante, de modo que al mirar queda afectado, movilizado y cuya actuación es siempre misericordia en acción, misericordia en relación. Un Dios que no se impone, sino que se expone a la libertad y acogida y por eso es siempre riesgo, propuesta, provocación. Un Dios que nunca suple lo humano, sino que cuenta con ello, como contemplamos en tantos textos, pero entre los cuales resulta siempre paradigmática la experiencia del Éxodo. Su mirada conmovida se moviliza en el proyecto histórico de liberación sostenido en muchos y muchas. Una liberación que no es mágica sino que cuenta con la precariedad y la posibilidad humana para poder llevarla a cabo. Así, adentrándonos en el Libro del Éxodo descubrimos que la liberación de las periferias requiere de la desobediencia civil de Sifrá y Fuá, primeras insumisas de la historia ante las leyes injustas, que anteponen la dignidad de la vida a los intereses de los imperios (Éx 1,15-22) porque la desobediencia es también una forma de profecía y de forzar lo inédito viable. El Dios implicado en la liberación de las periferias pide también la complicidad de la resistencia creativa de las personas y colectivos a quienes se les niega los derechos más fundamentales, como es la propia vida, como representan la madre y la hermana de Moisés, que hacen uso de sus sabidurías de resistencia, para salvar la vida del pequeño (Éx 2,1-8). Dios sigue hoy contando con la resilencia y la creatividad de quienes viven condenados a la exclusión, al límite de la supervivencia: migrantes organizados en las fronteras de Ceuta, Melilla o Tijuana, que desafían las políticas migratorias, personas y colectivos que empeñan su vida en que ningún ser humano pueda ser declarado ilegal.
Dios, en su proceso histórico de liberación, cuenta también con la sensibilidad de la hermana y la madre del faraón ante la vulnerabilidad de aquel niño abandonado en el río. Mujeres que más allá de los intereses de su estatus socio-económico, su clase, su raza, su religión o las diferencias ideológicas (Éx 2,4-10) se comprometen con el grito de las periferias, como tanta gente voluntaria hoy, que abandona sus zonas de confort y se deja configurar por ellas. También cuenta con «biografías imperfectas», como la de Moisés y su crisis de identidad, así como con los aprendizajes necesarios para sanar su rabia y canalizarla al servicio del pueblo (Éx 2,11-21). Cuenta con curriculums nada intachables, como los nuestros, pero que no son un inconveniente para el Dios de las periferias, sino una oportunidad de mostrar su misericordia y desmesura a prueba de todo. Cuenta también con el pueblo, un pueblo explotado (Éx 1,11) con duros trabajos, al que le cuesta ponerse en marcha, como a muchas de nuestras comunidades y colectivos hoy que viven ‒vivimos‒ la tentación permanente de la nostalgia de las cebollas de Egipto (Éx 16,1-4) prefiriendo la seguridad de los ídolos a la intemperie del Dios que trata personalmente, pero al cual solo se le puede ver por la espalda (Éx 33,12-22).
Dios, al mirar las periferias descubre no solo carencias, sino también oportunidades y al hacerlo despierta posibilidades inéditas. Su mirada no es criminalizadora, sancionadora ni victimista. No humilla sino que empodera y capacita. Por eso las periferias son lugar de su encarnación, tierra sagrada donde su Palabra se revela de forma privilegiada (Lc 2,1-11; Jn 1,14) asumiendo lo débil, lo despreciado del mundo y generando desde ahí otra humanidad, otras relaciones, otro mundo posible (1Cor 1,18-30).
¿Cómo nos mira Dios desde los ojos de quienes habitan las periferias?
Dios nos mira también a nosotros y nosotras desde los ojos de quienes habitan las periferias y al hacerlo nos desvela una realidad perversa: no todas las vidas valen lo mismo. Al mirarnos nos recuerdan que existe una diferencia fundamental en la humanidad: la de aquellos y aquellas que dan la vida por supuesto y la de aquellos y aquellas para quienes hacerlo cada día es un milagro de supervivencia y resiliencia. O dicho de otro modo, la de aquellos y aquellas cuyas vidas son apreciadas para la libertad del mercado, el consumo, el capital y el bienestar de unos pocos y los y las descartables, aquellos y aquellas cuyas vidas valen menos que la bala que los mata, que el banco que les desahucia o que el balance económico de la empresa que los despide con un ERE, para relanzarse de nuevo al mercado con otro nombre y contratar personal a más bajo precio y con menos derechos. Porque ser humano hoy se sigue historizando en según se pueda comer o no comer, circular libremente por el mundo con un visado sin ningún problema o alcanzando la muerte en cualquier frontera en el intento de cruzarlas o terminando en el infierno de la trata. Pero su mirada tiene también la capacidad de hacernos descubrir que las periferias no son solo lugares de carencia, sino también de creatividad y derroche. No solo realidades de violencia y bronca, sino también de sensibilidad, ternura, fiesta y banquete, aunque no se pueda asegurar, quizás, comer mañana, como nos recuerda la mujer que unge a Jesús con perfume, bajo la mirada escandalizada de quienes son esclavos de la ley y el orden y se resisten a la desmesura como lógica del Reino (Mc 14,1-6). Dejarnos mirar por quienes habitan las periferias nos abre a nuevas significaciones y claves de sentido. Nos recuerda que otro mundo es posible e imprescindible y que es urgente darlo a luz con la fuerza de la sophía de Dios, desde abajo, entre muchos y muchas y desde la diversidad de identidades y culturas. Por eso no sostener su mirada nos hace cómplices del ocultamiento de tanta vida sumergida y de oprimir la verdad con la injusticia (Rom 1,17). Desde los empobrecidos y empobrecidas, Dios nos desvela un futuro alternativo de justicia e inclusión que reclama nuestra implicación.
Los empobrecidos y empobrecidas nos desvelan un futuro alternativo que nos reclama
Escuchar este reclamo remite lo primero de todo a la urgencia de nuestra conversión como comunidades cristianas, a ir más allá de la tendencia a la justificación que frecuentemente nos amenaza y a no cansarnos de hacernos preguntas incómodas: ¿qué nos duele hoy a las comunidades, la falta de relevos históricos, el relativismo moral, el vacío de nuestras iglesias?, o preguntas como: ¿dónde dormirán los y las pobres esta noche?4 o ¿qué será de los manteros a los que vemos correr cada día criminalizados frente a las grandes marcas, que siguen operando de forma colonialista en sus países de origen, explotando sus recursos y obligándoles a migrar? ¿Nos atrevemos a hablar de Dios, incluso a orar, como si los y las pobres no existieran, como si las muertes de las mujeres por violencia de género y los feminicidios en el mundo no existieran, como si los campos de refugiados en Grecia y Turquía no fueran el grito de Dios urgiéndonos a una comensalidad abierta, a sentarnos juntos y juntas en la mesa de la vida, a la universalidad de los derechos y a una distribución equitativa de los bienes de la tierra?
Primer desvelamiento: los pobres nos desenmascaran en qué Dios creemos y a qué Dios practicamos: ¿al Dios seguridad, al Dios mercado, al Dios de lo políticamente correcto o al Dios encarnado en Jesús de Nazaret?
La encarnación de Dios se nos revela en un periférico, en alguien que nace y muere fuera de la ciudad, se desplaza con su familia como un refugiado huyendo de un genocidio (Mt 2,13-23). Un galileo, nacido en un lugar marginal y fuertemente estigmatizado, del que no se espera nada bueno (Jn 1,46). Alguien que es percibido como una amenaza desestabilizadora para el poder religioso y político (Mc 3,1-6) y juzgado injustamente y condenado a muerte como un antisistema (Mc 15,10-15), como ocurre en tantos procesos judiciales hoy en nuestro mundo. Somos hijos e hijas de una tradición que es profética pero que también es pecadora y que frecuentemente desliga a Dios del mundo, reduciendo lo religioso a puro espiritualismo o doctrina moralizante, desligándolo de la materialidad de la existencia separando a Dios de su propia carne y haciéndonos olvidar el vínculo inseparable entre la fe y los pobres (EG 198). Un vínculo que tiene un carácter intrínsecamente cristológico5. De ahí que nuestra forma de situarnos y relacionarnos con los y las pobres sea la forma con que lo hacemos con Dios mismo, pues los pobres son los vicarios de Cristo:
No desprecies a esos que yacen tendidos como si no valieran nada. Considera quiénes son y descubrirás cuál es su dignidad: ellos nos representan la persona del Salvador. Así es porque el Señor, por su propia bondad, les prestó su propia persona a fin de que por ella conmuevan a los que son duros de corazón y enemigos de los pobres (...). Los pobres son los despenseros de los bienes que esperamos (...). Ellos son a la vez que acusadores excelentes defensores (...). Toda obra que se haga con ellos grita delante de Aquel que conoce los corazones, con voz más fuerte que un pregonero (san Gregorio de Nisa)6.
Como cristianos y cristianas hemos de activar siempre la memoria peligrosa y desinstaladora de Aquel a quien seguimos. No podemos olvidar que el signo visible de que el Evangelio es verdad y de que las promesas de Dios se cumplen en el ya sí, pero todavía no del Reino inaugurado por Jesús es la liberación de los empobrecidos y empobrecidas: «los ciegos ven, los cojos andan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia» (Lc 7,22) y que las encorvadas y encorvados por el peso de las tradiciones que legitiman el sufrimiento de los últimos se ponen en pie y recuperan la dignidad negada (Lc 13,10-17).
Segundo desvelamiento: lo más opuesto a la fe es la instalación
Por eso la fe nunca puede ser un refugio ni una justificación, sino que la fe es siempre encarnación y riesgo. La fe en Jesús de Nazaret es una fe histórica y no una fe laboratorio. Seguir a Jesús por tanto es abandonarnos a la osadía de dar crédito a Dios, a que sus promesas de plenitud, inclusión y justicia se cumplen y que nos pide que le echemos una mano en ello, para encarnarlas y contextualizarlas. Lo propio de la vida cristiana es hermenéutica viviente del diálogo Dios-mundo7, o dicho de otra manera, ser parábola de su encarnación en las orillas de la historia y de la Iglesia, ser lugar de encuentro y humanización en periferias y fronteras, para significar que en el corazón de Dios nadie es descartable y no blindarnos por miedo a las diferencias o a la pérdida de privilegios.
Tercer desvelamiento: los pobres nos revelan la urgencia del ministerio y la teología del grito
En el contexto del desorden mundial del que somos contemporáneas y contemporáneos, como comunidades cristianas hemos de ejercer el ministerio y la teología del grito, porque los y las pobres sí tienen voz. Tienen voz y gritan. Gritan con sus bocas en diversidad de acentos y lenguas y cuando estas son acalladas siguen haciéndolo con la palabra de sus cuerpos. Lo que no tienen son micrófonos ni medios de comunicación al servicio de sus intereses. El sistema trata de sofocarlos porque su reclamo es percibido como una amenaza para el statu quo. Se trata pues de recuperar la vigencia del grito8, por políticamente incorrecto que parezca y sumar nuestra voz a la suya con decisión, sin tener vergüenza ante un sistema perverso que se escandaliza de tales gritos mientras machaca implacablemente a quienes no puede más, estigmatizándolos o criminalizándolos. Los gritos de los empobrecidos y las empobrecidas han de ser nuestra brújula porque son el grito mismo de Dios. Como leemos en el libro del Eclesiástico, el poder de los gritos de los pobres es tan fuerte e insistente que atraviesa los cielos, traspasa las nubes, llega hasta el mismo Dios y no cesa hasta ser escuchado, de modo que hace que Dios rompa toda su imparcialidad y tome parte, es decir, participe de sus luchas y sueños haciéndose parcial con ellos y ellas (Si 35,15-21). Por eso, como diría san Ignacio de Loyola, el seguimiento a Jesús nos lo jugamos en no ser sordos y sordas al llamamiento de los gritos de los y las pobres (EE 91). Este clamor es la brújula de la Iglesia de manera que cuando dejamos de ser compañeros y compañeras de vida, de luchas, de riesgos y sueños en común con los empobrecidos y las empobrecidas, la Iglesia deja de ser la Iglesia de Jesús.
Pero estos gritos no son solo de opresión y sufrimiento, sino también de júbilo y acción de gracias, como cuando ganamos un desahucio, unas medidas de alejamiento, impedimos una deportación o un grupo de subsaharianos salta la valla de Melilla al grito de «boza». Como escribía hace años Joaquín García Roca9, ser pobre es una manera de ser humano. Los empobrecidos y empobrecidas existen antes de ser mirados y antes de ser interpretados en función de otros intereses. Ser pobre es igualmente una manera de sentir, de conocer, de razonar, de hacer amigos, de festejar, de amar, de sufrir. Antes de ser una clase social explotada, antes de ser una raza marginada, una cultura oprimida, un género discriminado, ser pobre es sobre todo un mundo. Un mundo al que hoy hay que añadir, recogiendo la aportación del zapatismo, un mundo donde caben muchos mundos, dada la diversidad del sujeto al que nos estamos refiriendo y al cruce de subjetividades que se dan en ella.
Cuarto desvelamiento: los empobrecidos y las empobrecidas no son objeto de opción o evangelización, sino sujeto de liberación y cambio social y eclesial. Nuevos sujetos emergentes
Reclaman ser reconocidos también como nuevas identidades que se declaran en rebeldía frente a la exclusión e invisibilidad a las que el sistema intenta reducirles y reclaman reconocimiento, participación, derechos, a la vez que aportan, desde sus saberes compartidos y tradiciones, elementos alternativos para hacerlo. Las mujeres, los y las migrantes y refugiados, las comunidades indígenas, las personas marginadas por su orientación sexual o abusadas por la violencia patriarcal, las personas discriminadas por el color de su piel o su origen étnico son algunos de los rostros que toma la pluralidad del sujeto pobres hoy como lugar teológico, con especial atención a la raza, al género, al cuerpo, a la diversidad cultural. Esta emergencia de nuevas subjetividades reclama también nuevas comprensiones de la realidad de los empobrecidos y empobrecidas como lugar teológico y una nueva praxis liberadora, desde las periferias en las que los contextos y el lugar de enunciación resultan fundamentales. Como señalan las teorías decoloniales un lugar en el mapa es una forma de acceder al conocimiento. Así la geografía, un color en la piel, una identidad sexuada y construida culturalmente configura la manera en que pensamos, actuamos y concebimos las relaciones de dominación y la forma de enfrentarla. Por eso hoy la compresión de los empobrecidos y empobrecidas como lugar teológico se ha abierto a nuevas subjetividades y acentos. Podemos decir que hasta la irrupción y el reconocimiento de las diferencias los pobres no tenían raza, ni color, ni sexo. Se identificaban por los aspectos socio-económicos. En la realidad de los empobrecidos se incluían distintos aspectos de la marginalidad, se abarcaba la globalidad de la realidad de todas las personas que estaban fuera de los privilegios del capitalismo. Sin embargo, hoy no se puede detener la expresión de la diferencia y nuevos sujetos se han puesto en pie. Veamos algunos:
▚ Cuerpo, raza y género. El papa Francisco ha afirmado en numerosas ocasiones que los pobres son la carne de Cristo10. Sin embargo, aunque el cristianismo es la religión del cuerpo, el cuerpo ha sido el gran ignorado y devaluado, a la vez que objeto de opresión y violencia en base a la jerarquización de la raza y el género. Por eso un sentir que sigue siendo urgente para hacer teología desde el lugar teológico de los empobrecidos y empobrecidas es la opción a favor del cuerpo. El cuerpo individual, el cuerpo social y el cuerpo cósmico, la tierra como cuerpo de Dios. El cuerpo es el centro de todas las relaciones, con sus necesidades físicas, psicológicas y espirituales. El cuerpo como lugar de comunión o de fractura, como lugar de respeto al otro o de humillación y abuso, como lugar de éxtasis, amor y liberación o por el contrario de violencia y explotación.
Cuerpos marcados que llevan tatuados en la piel la violencia de las fronteras, el abuso sexual, la explotación laboral, la discriminación por ser negra o negro. Los cuerpos de las mujeres que siguen siendo concebidos en la mentalidad patriarcal dominante como cuerpos a disposición del varón e impuros para la representación de lo divino. Cuerpos violentados, discriminados por sus orientaciones sexuales o apaleados por las fuerzas de seguridad, bajo la legalidad injusta de la ley mordaza o la ley de extranjería. El cuerpo como lugar de Justicia, reconciliación, signo del Reino y resurrección. Cuerpos que vuelven a la vida tras pasar la noche de los infiernos humanos: cuerpos convertidos en campos de batalla, en botín de guerra, sometidos a tortura, hambre, pederastia, invisibilidad, trata, explotación laboral. Cuerpos que son lugares teológicos, carne de Cristo. Pero el cuerpo no es solo cuerpo individual, sino también cuerpo social, es clase, raza, cultura subalterna frente a la hegemónica, que impone lo que es bello o lo que no, lo que es sujeto de derechos u objeto de explotación y de conquista. La reivindicación del cuerpo en la teología significa la valoración del pluralismo, de su diversidad. La salida de un universalismo abstracto que en realidad no es más que el universalismo masculino, blanco y occidental, para entrar en la singularidad de cada ser humano y situación. Significa también la superación del miedo a la sexualidad, a la afectividad y al placer y su reconocimiento como bendición de Dios11.
También la tierra como cuerpo de Dios constituye un nuevo acento en la comprensión de los pobres como lugar teológico. La Madre Tierra es un sujeto oprimido, expoliado, abusado, hasta el punto de que el grito de la tierra es el grito de los y las pobres que nos reclaman con urgencia un cambio de rumbo, como la pandemia del covid 19 nos está señalando. Todo está interconectado y es la misma mentalidad depredadora que mata la biodiversidad la que masacra pueblos y comunidades enteras generando la cultura del descarte. En consecuencia, el deterioro del ambiente y el de la sociedad afectan de un modo especial a los más empobrecidos y empobrecidas. De ahí que un verdadero planteamiento ecológico tenga que ser necesariamente integral y estar vertebrado por la justicia12. Por ello la conversión a los empobrecidos y las empobrecidas desde las periferias hoy no puede ser por tanto concebida si no es también una conversión a la tierra. Esta conversión implica pasar de una visión antropocéntrica del mundo a una visión teocéntrica más amplia, una democracia cósmica, que sea capaz de incluir otras especies en el círculo de lo que consideramos religiosamente significativo. Para ello es necesario superar el dualismo jerárquico que divide en dos pisos la realidad, primando el elemento espiritual sobre la materia y en consecuencia separando a Dios del mundo, de lo terreno, de lo concreto. Como plantea la teóloga Elizabeth Johnson13, convertirse a la tierra implica descubrir a un Dios dador de vida en y con la comunidad ecológica de especies, que sostiene el fluir de la vida en toda su diversidad desde la creatividad y la sobreabundancia del Amor. La conversión ecológica significa enamorarse de la tierra como cuerpo de Dios, desarrollar una relación profunda con el dinamismo vital del cual es origen y comprometernos con Él en su cuidado desde las vidas más amenazadas.
▚ Diversidad e interculturalidad. Identificar hoy el sujeto emergente de los empobrecidos y empobrecidas desde las periferias pasa necesariamente por la adopción de la diversidad y la interculturalidad. En la historia y más aún en la de la Iglesia, la diferencia ha estado puesta bajo sospecha y vista como amenaza, quizás como lastre heredado de una teología trinitaria más al servicio de un Dios todopoderoso y controlador que del Dios-Relación, comunidad de amor, que asume e integra diferencias sin asimilarlas, como nos revela Jesús en los encuentros con la mujer sirofenicia o con la samaritana. Un Dios que rompe con todo exclusivismo religioso y cultural.
Por otro lado, la globalización y la movilidad humana nos desvelan una verdad que nos sigue costando reconocer y asumir: no somos hijos e hijas únicas ni nuestra cosmovisión es superior a otra. La identidad de un pueblo, una cultura, una religión no es una realidad estática sino dinámica y precisamente solo en el diálogo y el tejido de las diferencias desde el entramado de la vida compartida se pueden desarrollar aspectos inéditos que las culturas, los pueblos y las espiritualidades y las personas portamos seminalmente. Porque la diferencia es también algo que llevamos dentro. Es lo que todavía no ha sido escuchado profundamente, mirado, acogido. Es una posibilidad por estrenarse en la danza de la vida entendida como relación e interdependencia. Por tanto, la diversidad no es una amenaza para la comunión sino justo su condición. Dios es una realidad viva en el arco iris de la humanidad y del cosmos y no una verdad estática encerrada en un dogma. La verdad es siempre relacional y cada ser humano y cultura es una fuente ontónoma de autocomprensión. El mundo, la vida, el misterio en el que somos, nos movemos y existimos (He 17,28) no puede ser completamente visto e interpretado través de una única ventana. Somos contingentes y «contingencia» significa precisamente eso, que tocamos nuestros límites: tangere y que lo ilimitado nos toca tangencialmente cum tangere14.
Identificar a los empobrecidos y empobrecidas hoy como lugar teológico desde este acento es una llamada urgente a superar el etnocentrismo y a descolonizar la teología, la convivencia y la vida cristiana en general. Una provocación para vivir una fe que sea más católica en el sentido más original del término, precisamente no más romana y occidentalizada, sino más intercultural. La palabra «interculturalidad» es introducida por primera vez en las ciencias sociales en 1959 por Edward T. Hall, para referirse a la comunicación entre culturas. Con ella se pretende reaccionar frente a una concepción de la cultura centrada más en los valores abstractos que en los hechos y que se autocomprende a sí misma como universal y normativa en oposición a otro «subalterno», «no civilizado», «bárbaro» al que hay que educar, evangelizar, integrar, en definitiva asimilar. Hoy entendemos la interculturalidad como una forma de vida consciente en la que se va fraguando una toma de posición ética a favor de la convivencia con las diferencias. La interculturalidad es una actitud y un enfoque filosófico que a pesar de reconocer sus centros intenta ir más allá de todo centrismo, apostando por no conceder privilegios a priori a ningún sistema conceptual o tradición15. La interculturalidad reclama pues, hoy, de nuestras comunidades cristianas la promoción de la conciencia de igualdad y reciprocidad entre la diversidad de culturas, la interacción y comunicación simétrica, buscando diálogo entre iguales y sin jerarquizaciones previas. Su punto de arranque es por tanto la apertura a la pluralidad de textos y contextos, considerados todos ellos como fuente de conocimiento y sabiduría, y el atrevimiento de repensar de nuevo la propia tradición a la luz del diálogo crítico con otras tradiciones.
The free sample has ended.