Read the book: «La librería»













Créditos


Título original: The Bookshop

Primera edición en Impedimenta: marzo de 2010

Originally published in the English Language
by HarperCollins Publishers Ltd. under the title The Bookshop
Copyright © Penelope Fitzgerald, 1996
Copyright de la traducción © Ana Bustelo, 2010
Copyright del posfacio © Terence Dooley, 2017
Copyright de la presente edición © Editorial Impedimenta, 2017
Juan Álvarez Mendizábal, 34. 28008 Madrid

http://www.impedimenta.es

Diseño de colección y dirección editorial: Enrique Redel
Maquetación: Nerea Aguilera
Corrección: Susana Rodríguez

ISBN epub: 978-84-17115-38-8
IBIC: FA

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a
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A un viejo amigo
1
En 1959, Florence Green pasaba de vez en cuando alguna noche en la que no estaba segura de si había dormido o no. Se debía a la preocupación que tenía sobre si comprar Old House, una pequeña propiedad con su propio cobertizo en primera línea de playa, para abrir la única librería de Hardborough. Probablemente era esa incertidumbre lo que la mantenía despierta. Una vez había visto volar por encima del estuario a una garza que intentaba, mientras estaba en el aire, tragarse una anguila que acababa de pescar. La anguila, a su vez, luchaba por escapar del gaznate de la garza, y se le veía un cuarto, la mitad o, en ocasiones, tres cuartos del cuerpo colgando. La indecisión que expresaban ambas criaturas era lastimosa. Se habían propuesto demasiado. Florence tenía la sensación de que si no había dormido nada —y la gente a menudo dice esto cuando quiere decir algo muy diferente— debía de haber sido por pensar en aquella garza.
Florence tenía buen corazón, aunque eso sirve de bien poco cuando de lo que se trata es de sobrevivir. Durante más de ocho años, a lo largo de media vida, había subsistido en Hardborough con la pequeña cantidad de dinero que su marido le había dejado al morir, y últimamente se había empezado a preguntar si no tendría la obligación de demostrarse a sí misma, y posiblemente a los demás, que ella existía por derecho propio. A menudo se consideraba que lo único que se podía exigir en el frío y claro aire del este de Inglaterra era llegar a sobrevivir. Muerte o curación, pensaban sus vecinos; una vida longeva o el envío inmediato a la tierra salina del cementerio.
Era pequeña de aspecto, delgada y huesuda, un poco insignificante vista desde delante y completamente insignificante por detrás. No se hablaba mucho de ella, ni siquiera en Hardborough, donde los amplios espacios permitían ver a todos los que se acercaban, y donde todo lo que se veía era objeto de comentario. Hacía pocos cambios estacionales en su atuendo. Todo el mundo conocía su abrigo de invierno, que era de esos que quizá estuvieran pensados para durar siempre un año más.
En Hardborough, en 1959, uno no podía tomarse una ración de Fish and Chips, ni había tintorería, ni siquiera cine, excepto un sábado por la noche de cada dos. En cierto modo, se sentía la necesidad de todas estas cosas, pero a nadie se le había ocurrido —y, desde luego, nadie pensó que a la señora Green se le hubiera ocurrido tampoco— abrir una librería en el pueblo.
—Lo cierto es que no puedo comprometerme de una forma definitiva en nombre del banco en este momento (la decisión no está en mis manos), pero creo que puedo aventurarme a decir que no habrá ninguna objeción, en principio, para un préstamo. La consigna del gobierno hasta ahora ha sido que se restrinja el crédito a los clientes privados, pero hay señales evidentes de relajación, y no es que yo esté desvelando ningún secreto de Estado. Claro, que tendría poca competencia. O ninguna (alguna novela que otra, que me han dicho que prestan en la tienda de lanas Busy Bee). Nada que merezca destacarse. Y usted me asegura que tiene una experiencia considerable en el ramo.
Mientras se preparaba para explicar por tercera vez lo que quería decir con eso, Florence se vio a sí misma y a su amiga, veinticinco años atrás: dos jóvenes ayudantes en Müller’s en la calle Wigmore, con el pelo ondulado al estilo Eugène,1 y los lápices colgándoles del cuello con una cadena. El inventario era lo que mejor recordaba, cuando el señor Müller, después de pedir silencio, leía con una calma calculada la lista de las jovencitas y sus compañeros, elegidos por sorteo, que se encargarían de la revisión del día. Era 1934 y no había suficientes chicos, pero ella tuvo la suerte de que la emparejaran con Charlie Green, el comprador de poesía.
—Aprendí todo lo que hay que saber sobre el negocio cuando era una niña —dijo—. No creo que lo fundamental haya cambiado mucho desde entonces.
—Pero nunca ha desempeñado un puesto de gestión. Bueno, hay dos o tres cosas que quizá merezca la pena señalar. Digamos que se trata más bien de un consejo.
Había muy pocos negocios en Hardborough, y la idea de tener uno más, igual que la brisa marina que llega tierra adentro, movía ligeramente la pesada atmósfera del banco.
—No me gustaría robarle su tiempo, señor Keble.
—Ah, deje que sea yo quien juzgue eso. Creo que se lo plantearé de esta manera. Cuando se vea a sí misma abriendo una librería, pregúntese cuál es su verdadero objetivo. Esa es la primera pregunta que uno debe hacerse antes de embarcarse en cualquier tipo de negocio. ¿Espera dar a nuestro pequeño pueblo un servicio necesario? ¿Espera obtener unos beneficios considerables? ¿O quizá, señora Green, va usted un poco a remolque, sin comprender del todo el mundo completamente distinto que los años 1960 pueden tener preparado para nosotros? A menudo pienso que es una pena que no haya unos estudios homologados para el pequeño empresario, o empresaria…
Evidentemente, había estudios homologados para los directores de banco. Inmerso como estaba el señor Keble en una corriente discursiva que dominaba a las mil maravillas, su voz adquirió ritmo, amparada por la experiencia de muchas navegaciones previas. Se explayó entonces sobre la necesidad de llevar la contabilidad de una forma profesional, sobre sistemas de préstamo y pago, sobre posibles descuentos.
—… me gustaría insistir en un punto, señora Green, que lo más probable es que a usted se le haya pasado y que, sin embargo, es muy evidente para quienes estamos en una posición desde la que podemos disfrutar de una perspectiva más amplia. La cuestión es esta: Si durante un determinado período de tiempo los ingresos no son equiparables a los gastos, se puede predecir con bastante tino que las dificultades monetarias no se harán esperar.
Florence sabía esto desde el día en que recibió su primera paga, cuando a los dieciséis años había empezado a ganarse la vida por sí misma. Contuvo el impulso de responder de forma grosera. ¿Qué había sido de los buenos propósitos que se había hecho mientras cruzaba por el mercado hasta el edificio del banco, cuyos sólidos ladrillos rojos desafiaban la persistencia del viento, de ser prudente y obrar con tacto?
—En cuanto a los fondos, señor Keble, ya sabe que se me ha brindado la oportunidad de comprar prácticamente todo lo que necesito a Müller’s, ahora que van a cerrar. —Logró decir esto con seguridad, aunque, en realidad, se había tomado el cierre de Müller’s como un ataque personal a sus recuerdos—. No tengo una estimación al respecto todavía. Y, en lo que se refiere a las instalaciones, usted estaba de acuerdo en que 3500 libras era un precio más que justo por Old House y por el cobertizo de ostras.
Para su sorpresa, el director vaciló.
—La propiedad lleva mucho tiempo vacía. Por supuesto que es una cuestión entre su agente inmobiliario y su abogado… Thornton, ¿no? —Esto era una floritura artística, una especie de debilidad, ya que solo había dos abogados en Hardborough—. Pero yo habría deseado que el precio bajara algo más… La casa seguirá ahí si decide esperar un poco… Ya sabe, el deterioro… La humedad…
—El banco es el único edificio en Hardborough que no tiene humedades —respondió Florence—. Quizá trabajar aquí todo el día le haya hecho a usted demasiado exigente.
—… y he oído hablar de la posibilidad… Creo que puedo decir que se ha mencionado la posibilidad de que la casa se destine a otros menesteres. Aunque, claro, siempre se puede realizar una reventa.
—Naturalmente, mi intención es reducir los gastos al mínimo.
El director se preparó para sonreír de forma comprensiva, pero se ahorró el esfuerzo cuando Florence continuó tajante:
—No tengo la más mínima intención de revender —dijo—. Sé que es un tanto peculiar dar un paso así a mi edad, pero, una vez hecho, no tengo intención de dar marcha atrás. ¿Para qué otras cosas se cree la gente que se puede utilizar Old House? ¿Por qué nadie ha hecho nada al respecto en los últimos siete años? Los grajos han anidado en la casa, se han caído la mitad de las tejas, huele a rata. ¿No es mejor que sea un sitio donde la gente pueda dedicarse a hojear libros?
—¿Está usted hablando de cultura? —dijo el director, con una voz a medio camino entre la pena y el respeto.
—La cultura es para aficionados. No puedo permitirme llevar una tienda que tenga pérdidas. ¡Shakespeare era un profesional!
Hizo falta menos de lo previsto para que Florence se alterara, pero, al menos, tenía la suerte de contar con un argumento que le importaba de verdad. El director respondió suavemente que leer requería de una cantidad enorme de tiempo:
—Me gustaría contar con más tiempo para mí. ¿Sabe?, la gente se equivoca acerca de los horarios que tenemos en los bancos. Personalmente, dispongo de muy poco tiempo por las tardes para dedicarme a mis propias aficiones. Pero no me malinterprete. Creo que un buen libro de cabecera tiene un valor incalculable. Cuando por fin puedo retirarme, no hago más que leer unas cuantas páginas y me entra un sueño incontrolable.
Florence calculó que, a ese ritmo, un buen libro le duraría al director más de un año. El precio medio de un libro era de doce chelines y seis peniques. Suspiró.
No conocía bien al señor Keble. De hecho, poca gente en Hardborough le conocía realmente. Aunque la prensa y la radio no parasen de proclamar que eran años de gran prosperidad para Gran Bretaña, en Hardborough casi todos seguían pasando apuros y, si podían, evitaban tener que ver al director. La pesca del arenque había disminuido, la demanda de marineros estaba en uno de sus momentos más bajos y había muchas personas retiradas que vivían de un único ingreso fijo. Personas que no le devolvían la sonrisa al señor Keble, ni el saludo desde la ventanilla bajada a toda velocidad de su Austin Cambridge. Quizá por eso habló tanto rato con Florence, aunque, ciertamente, la conversación estaba resultando muy poco profesional. Es más, en opinión del propio banquero, había llegado a un nivel personal totalmente inaceptable.
Se podía decir que Florence Green, al igual que el señor Keble, era de natural solitario, pero esto no les hacía personas excepcionales en Hardborough, donde muchos de sus habitantes lo eran también. Los naturalistas locales, el encargado de cortar los juncos, el cartero, el señor Raven, el hombre de los pantanos, iban en bicicleta solos, inclinándose contra el viento, observados por los observadores, que podían saber qué hora era por su aparición sobre el horizonte. Algunos de estos seres solitarios no se dejaban ver siquiera. El señor Brundish, descendiente de una de las familias más antiguas de Suffolk, vivía tan encerrado en su casa como un tejón en su guarida. Cuando salía en verano, con su atuendo de tweed de un color entre verde oscuro y gris, parecía un matojo andante entre los tojos, o tierra entre el aluvión. En otoño se ponía a cubierto. Su mala educación molestaba de la misma forma que lo hace el tiempo, cuando empieza despejado por la mañana, para nublarse después, rompiendo las promesas que parecía traer consigo.
El propio pueblo era una isla entre el mar y el río, que murmuraba y se plegaba sobre sí mismo en cuanto sentía que llegaban los fríos otoñales. Cada cincuenta años o así perdía, como por un descuido o por indiferencia hacia semejantes asuntos, algún medio de transporte. En 1850 el Laze había dejado de ser navegable, y los muelles y los ferris se habían ido pudriendo hasta desaparecer. El puente colgante se había caído en 1910, y desde entonces había que hacer diez millas más por Saxford para cruzar el río. En 1920 cerró el viejo ferrocarril. Casi ningún niño de Hardborough, todos excelentes nadadores y buceadores, había subido a un tren. Miraban la desierta estación de la lner2 con una admiración supersticiosa. En ella, unas placas de acero oxidadas, con anuncios de Fry’s Cocoa y Iron Jelloids, colgaban al viento.
Las inundaciones de 1953 llegaron hasta el muro de contención y lo derribaron, de modo que era peligroso cruzar la boca del puerto, excepto cuando la marea estaba muy baja. Un bote de remos era ahora la única forma de cruzar el Laze. El hombre del ferri escribía el horario del día con una tiza en la puerta de su cabaña, pero esta quedaba en la otra orilla, así que nadie en Hardborough podía estar seguro de las horas a las que podrían cruzar.
Después de su entrevista en el banco, y resignada a la idea de que todo el mundo en el pueblo supiera que había estado allí, Florence se dispuso a dar un paseo. Cruzó pisando los tablones de madera que atravesaban los diques, precedida por crujidos y chapoteos de pequeñas criaturas, no sabía de qué tipo, que se lanzaban al agua a su paso. Por encima de su cabeza, las gaviotas y los grajos navegaban seguros de sí mismos sobre las mareas del aire. El viento había cambiado súbitamente y ahora soplaba hacia el interior.
Más allá de los pantanos se divisaba la cima del basurero y luego empezaban los ásperos prados, que no eran ni siquiera lo suficientemente buenos como para que los granjeros los vallaran. Oyó que gritaban su nombre, o más bien lo vio, porque las palabras se las llevó el viento al instante. El hombre de los pantanos le estaba pidiendo que se acercara.
—Buenos días, señor Raven.
Esto tampoco se pudo oír.
Raven hacía las veces, cuando no había otro tipo de ayuda a mano, de veterinario supernumerario. En aquellos momentos estaba en el prado que pertenecía al Consejo, donde cualquiera podía dejar pastar su ganado por cinco chelines a la semana. En el extremo opuesto había un viejo caballo castrado de color castaño, un Suffolk Punch, cuyas orejas se le movían como clavijas sobre la frente en dirección hacia cualquier humano que se adentrara en su territorio. Se había quedado clavado, con las patas tiesas, contra la valla.
Cuando estuvo a unos cinco metros de Raven, Florence entendió que le estaba pidiendo que le prestara la gabardina. Su propia ropa estaba rígida, una capa sobre otra, y no le iba a resultar fácil quitársela rápidamente.
Raven nunca pedía nada a no ser que fuera absolutamente necesario. Aceptó el abrigo con un movimiento de la cabeza y, mientras ella se quedaba de pie intentando abrigarse al socaire del seto de espino, él cruzó tranquilamente el prado hacia la bestia que lo observaba todo con gran ansiedad. El caballo siguió cada uno de los movimientos del hombre con las aletas de la nariz bien abiertas y, satisfecho de que Raven no llevara consigo un ronzal, pareció negarse a intentar entender nada más de lo que allí sucedía. Al final tuvo que decidir si entender o no, y un escalofrío profundo acompañado de un suspiro le atravesó el cuerpo desde la nariz hasta la cola. Entonces dejó la cabeza colgando y Raven le enroscó una de las mangas de la gabardina alrededor del cuello. Con un último gesto de independencia, el caballo volvió la cabeza hacia un lado e hizo como si buscara hierba nueva en una parte húmeda bajo la valla. No había nada, así que siguió al hombre de los pantanos torpemente por el prado, lejos del ganado indiferente, hacia donde estaba Florence.
—¿Qué le pasa, señor Raven?
—Come, pero no le saca provecho a la hierba. No tiene los dientes afilados, esa es la razón. Rompe la hierba, pero no la mastica.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó ella con amable disposición.
—Puedo arriesgarme a afilárselos —respondió el hombre de los pantanos.
Sacó un ronzal del bolsillo y le devolvió la gabardina. Ella se puso de cara al viento para poder abotonársela con más facilidad. Raven guió al viejo caballo hacia adelante.
—Ahora, señora Green, si pudiera usted sujetarle la lengua… No se lo pediría a cualquiera, pero sé que usted no se asusta.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó ella.
—Dicen por ahí que está usted a punto de abrir una librería. Eso significa que no le importa enfrentarse a cosas inverosímiles.
Metió el dedo bajo la carne suelta, horriblemente arrugada, por encima de la quijada del animal, y la boca se le abrió gradualmente en un bostezo extravagante. Quedaron expuestos unos imponentes dientes amarillentos. Florence agarró con las dos manos la lengua oscura y resbaladiza, suave por arriba, rugosa por debajo y, como un viejo ballenero, la sujetó de forma que no le cubriera los dientes. Ahora el caballo estaba quieto y sudaba copiosamente, a la espera de que llegara el final de su tormento. Solo movía las orejas de forma espasmódica en señal de protesta por lo que la vida había permitido que le ocurriera. Raven empezó a raspar con una lima grande las coronas de los dientes de un lado.
—Aguante, señora Green. No se relaje. Es más resbaladiza que un pecado, lo sé.
La lengua se retorcía como si fuera un ser independiente. El caballo fue pateando el suelo con una pezuña detrás de otra, como si quisiera asegurarse de que todavía tenía las cuatro patas plantadas sobre tierra firme.
—No puede dar coces hacia delante, ¿verdad, señor Raven?
—Puede, si quiere.
Recordó que un Suffolk Punch es capaz de hacer cualquier cosa, menos galopar.
—¿Por qué cree que abrir una librería es inverosímil? —le gritó al viento—. ¿La gente de Hardborough no quiere comprar libros?
—Han perdido el deseo por las cosas raras —dijo Raven mientras seguía limando—. Se venden más arenques ahumados, por ejemplo, que truchas que están medio ahumadas y tienen un sabor más delicado. Y no me diga usted que los libros no constituyen una rareza en sí mismos.
Una vez le soltaron, el caballo dejó escapar un suspiro cavernoso y se quedó mirándoles como si estuviera tremendamente desilusionado. De las profundidades de su noble tripa llegó una nota cínica, que sonó más como una trompeta que como un cuerno, y que fue desapareciendo hasta convertirse en una risita. Salieron nubes de polvo de su cuerpo, igual que de un felpudo cuando se sacude. Luego, abandonando por completo todo el asunto, trotó a una distancia segura y bajó la cabeza para pastar. Al instante vio un trozo muy verde de angélica y empezó a comer como un poseso.
Raven afirmó que el viejo animal no se daría cuenta, pero que sin duda se encontraría mejor a partir de entonces. Florence, honestamente, no podía decir lo propio de sí misma, pero alguien había confiado en ella, y eso no era algo que ocurriera todos los días en Hardborough.
2
La propiedad que Florence había decidido comprar no había recibido su nombre por nada. Aunque prácticamente ninguna casa —menos las de la urbanización de protección oficial a medio construir que se alzaba hacia el noroeste del pueblo— era nueva, y muchas databan de los siglos xviii y xix, ninguna se podía comparar con Old House. Solo Holt House, propiedad del señor Brundish, era más antigua. Construida con tierra, paja, palos y vigas de roble quinientos años atrás, Old House había sobrevivido gracias a un sótano al que se descendía por una escalera de piedra. En 1953 el sótano había aguantado dos metros de agua de mar hasta que bajó el nivel de las últimas inundaciones. Aunque, a decir verdad, todavía quedaba algo de agua.
El interior estaba conformado por una gran habitación en la parte de delante, una cocina en la parte de atrás, y arriba un dormitorio de techo inclinado. No adosado a este edificio, sino dos calles más allá, junto a la playa, estaba el cobertizo de ostras que era parte de la propiedad y que ella esperaba utilizar como almacén para las reservas de libros. Pero resultó que, por una cuestión de comodidad, cuando lo construyeron se había mezclado yeso con arena de la playa, y la arena del mar no se seca nunca. Cualquier libro que dejara allí se arrugaría por la humedad en pocos días. Su decepción, sin embargo, le granjeó la simpatía de los tenderos de Hardborough. Todos conocían la situación y podían habérselo dicho. Sintieron un cambio en la balanza del poder intelectual y empezaron a desear que le fuera bien.
Quienes llevaban tiempo viviendo en Hardborough también sabían que esa casa estaba embrujada. No era un tema que se evitara, todos hablaban de ello con normalidad. Por ejemplo, había veces que en la plataforma del ferri, alrededor de la hora del crepúsculo, se veía la figura de una mujer que esperaba a que regresara su hijo, que se había ahogado hacía más de cien años. Pero Old House no estaba embrujada de una forma tan conmovedora. Estaba invadida por un poltergeist que, junto con el húmedo asunto sin resolver de las cañerías, había dificultado bastante la venta de la finca. El agente inmobiliario no tenía ninguna obligación legal de mencionar el poltergeist, aunque quizá hizo alguna alusión al respecto cuando habló de una «atmósfera de una época inusual».
En Hardborough a los poltergeists se les llamaba rappers.3 Podían estar ahí, en el mismo sitio, durante años, y de pronto desaparecer de un día para otro sin dejar rastro. Pero era poco probable que alguien que hubiera escuchado alguna vez ese ruido, que expresaba de una manera tan precisa una furiosa frustración física, como si lo que hubiera detrás quisiera salir, lo confundiera con otra cosa.
—Su rapper ha estado tocando mis alicates —dijo sin rencor el fontanero cuando ella fue a ver cómo avanzaban los trabajos.
Su caja de herramientas estaba dada la vuelta y todo lo que contenía se había desparramado; había unos baldosines azul pálido con un bonito dibujo de nenúfares tirados por las escaleras. El cuarto de baño, con su instalación de agua a medio terminar, tenía el aspecto alerta de quien ha sido testigo de algo. Cuando el bienintencionado fontanero se tomó su descanso para el té, ella cerró la puerta del cuarto de baño, esperó un momento y volvió a mirar dentro rápidamente. Cualquiera que la estuviera viendo, pensó, creería que estaba loca. En Hardborough la expresión que se utilizaba en esos casos era «no estar bien del todo», igual que cuando uno estaba «muy enfermo» se decía que lo estaba «moderadamente».
—Si esto sigue así, a lo mejor termino no estando bien del todo —le dijo al fontanero, mientras pensaba que preferiría que este no lo llamara «su rapper».
El fontanero, el señor Wilkins, estaba convencido de que lo superaría.
Era en ocasiones como esta cuando más echaba de menos a los buenos amigos de sus primeras épocas en Müller’s. Cuando entró y se quitó el guante de gamuza para mostrar su anillo de compromiso, adornado con un brillante, había una larga y alentadora lista de nombres para contribuir a comprarle un regalo. Cuando Charlie murió de neumonía en un campo de recogida improvisado al principio de la guerra, la lista era prácticamente la misma. Había perdido el contacto con casi todas las chicas de los departamentos de Correos, Envíos y Mostrador. Además, aunque tuviera sus direcciones, se sentía incapaz de admitir que se habían hecho tan mayores como ella.
No es que le faltaran conocidos en Hardborough. En Rhoda’s, la tienda de ropa, por ejemplo, le tenían mucho cariño. Pero apenas respetaban su intimidad. Rhoda —es decir, Jessie Welford—, a quien le había pedido que le hiciera un vestido nuevo, no dudó en hablar de ello alegremente con los demás, e incluso les mostró el material:
—Es para la fiesta del General y la señora Gamart en The Stead.4 No sé si yo habría elegido un color rojo… Tienen invitados que van a venir desde Londres.
Después de varias colectas de caridad, Florence conocía a la señora Gamart lo suficiente como para saludarla con un leve movimiento de cabeza y como para recibir de ella una sonrisa, pero jamás habría esperado que la invitaran a The Stead. Lo tomó, a pesar de que todavía no había llegado su stock de Londres, como un cumplido al inmenso poder de los libros.
En cuanto Sam Wilkins terminó de arreglar el cuarto de baño a su gusto, y las tejas quedaron colocadas de nuevo en el tejado, Florence Green dejó su piso y se instaló valientemente, con sus escasas pertenencias, en Old House. En conjunto, incluso con los azulejos de nenúfares firmemente colocados, no era un lugar que inspirara confianza. Los ruidos extraños que se atribuían al embrujo continuaron oyéndose por la noche, mucho después de que las mal instaladas tuberías hubieran quedado en silencio. Sin embargo, el coraje y la perseverancia son inútiles si no se ponen a prueba. Florence solo deseaba que no se produjera ninguna interrupción cuando viniera Jessie Welford con el vestido nuevo para probárselo. Pero no se llegó a dar esa circunstancia. Recibió una nota en la que se le pedía que se lo probara en Rhoda’s, que estaba en la casa de al lado.
—Creo que después de todo no es mi color. ¿Cómo lo llamaría usted? ¿Rubí?
Fue un alivio cuando Jessie dijo que era más bien un granate o un cobrizo oscuro. Pero había algo muy poco satisfactorio en el reflejo rojo, o cobrizo, que parecía moverse con pocas ganas en el espejo.
—No me queda nada bien en la parte de atrás. Quizá si intento andar pegada a la pared todo el tiempo…
—Se irá haciendo a él a medida que lo lleve puesto —dijo la modista con firmeza—. Necesita un poco de bisutería para desviar la atención hacia otro lado.
—¿Está segura? —preguntó Florence.
Parecía que esta prueba se estaba convirtiendo en una conspiración para evitar que alguien se fijara en su vestido nuevo.
—Bueno, a fin de cuentas, yo diría que estoy más acostumbrada que usted a arreglarme y a salir por la noche —dijo la señorita Welford—. Juego al bridge, ¿sabe? Aquí no hay donde jugar, así que voy a Flintmarket dos veces a la semana. Un penique cada cien puntos por las mañanas, y el doble por las tardes. Y vamos de largo, por supuesto.
Dio unos pasitos atrás, haciendo sombra en el espejo, y luego volvió para coger unos alfileres por aquí y hacer unos ajustes por allá. Ningún cambio, Florence lo sabía muy bien, haría que pareciera cualquier cosa menos pequeña.
—Ojalá no tuviera que ir a esa fiesta —dijo.
—Pues a mí no me importaría ir en su lugar. Es una pena que a la señora Gamart le parezca que lo más adecuado sea encargarlo todo en Londres. Pero estará bien organizada. No habrá que andar contando los sándwiches. Y una vez que esté usted allí, no tendrá que preocuparse de su aspecto. Nadie se fijará en usted y, además, pronto se dará cuenta de que conoce a todo el mundo.
Florence estaba segura de que no sería así, y no lo fue. The Stead, en cualquier caso, no era uno de esos sitios donde los sombreros y los abrigos se dejan en la entrada para que uno pueda adivinar, antes de lanzarse a hacer su entrada, quién había llegado ya. En el recibidor, forrado con madera de olmo barnizada, se respiraba la calidez de una casa en la que nunca se ha pasado frío. Se vio de reojo en un espejo mucho más brillante del que había en Rhoda’s, y deseó no haberse puesto de rojo.
Más allá de la puerta se oían voces desconocidas que llegaban desde una habitación preciosa, pintada de un verde pálido que en aquella época todavía era muy del gusto de la sociedad georgiana. Las fotografías enmarcadas en plata sobre el piano y sobre varias mesitas ofrecían un atisbo de la red de parentescos que le daban a Violet Gamart acceso al poder más allá de las fronteras de Hardborough. Su marido, el General, andaba abriendo cajones y armarios con el objeto de no encontrar nada y tener así una excusa para deambular de una habitación a otra. En los años cincuenta había muchas obras de teatro en Londres en las que los personajes hacían numerosas entradas y salidas por diversas puertas, y después volvían a aparecer en el segundo acto, tres horas más tarde. El General habría encajado bien en una obra de ese estilo. Se cernía sobre los refrescos, en permanente estado de alerta, mientras hacía experimentos con su sonrisa, a la espera de que se solicitara su ayuda, aunque solo fuera por unos instantes, ya que abrir el champán no era cosa de mujeres.
Allí no había ningún director de banco, ningún vicario, ni siquiera estaba el señor Thornton, su abogado, ni el señor Drury, el abogado que no era su abogado. Florence reconoció la espalda del deán y nada más. Era una fiesta para el condado y para los visitantes que habían venido de Londres. Supuso, correctamente, que en algún momento se enteraría de por qué la habían invitado precisamente a ella.
El General, aliviado de ver a una mujer más o menos pequeña, que no parecía ser intimidante ni tampoco pariente de su esposa, le sirvió una gran copa de champán de una de las doce botellas que él mismo había abierto. Mientras no estuviera emparentada con su mujer no había muchas posibilidades de cometer un error, pero, aunque estaba seguro de haberla visto antes en alguna parte, solo Dios sabía quién era exactamente. Florence le leyó el pensamiento, que resultaba transparente en su arduo avance de una duda a otra, y le dijo que ella era la mujer que se disponía a abrir una librería.
—¡Eso es, claro! Ahora caigo. Está pensando en abrir una librería. Violet estaba realmente interesada en el asunto. Quería cruzar con usted una o dos palabras de las suyas sobre el tema. Supongo que luego le dedicará un minuto.
Como la señora Gamart era la anfitriona, podía dedicar un minuto a quien quisiera en cualquier momento. Pero Florence no se engañaba a sí misma sobre su propia importancia. Bebió un poco de champán, y las preocupaciones más nimias del día parecieron elevarse como pinchazos diminutos de alfiler a través de los sorbos dorados, y romperse antes de desaparecer.
Supuso que el General daría por terminada su labor, pero se quedó con ella.
—¿Qué clase de cosas va a tener en su tienda, me decía? —preguntó.
Ella apenas sabía qué responder.
—No hay muchos libros de poesía en estos tiempos ¿eh? —insistió—. Al menos, yo no veo demasiados.
—Tendré algo de poesía, por supuesto. No se vende tan bien como otras cosas, y además me llevará un tiempo aprenderme los títulos.
El General se quedó sorprendido. Él nunca había necesitado mucho tiempo, cuando era subalterno, para conocer por su nombre a toda su tropa.
—«Es fácil estar muerto. Decid solo esto: están muertos.» ¿Sabe quién escribió eso?
Le habría encantado poder decir que sí, pero no podía. El brillo titubeante de expectación en los ojos del General se apagó por completo. Era evidente que ya había intentado demostrar algo con esa misma frase en otras ocasiones, quizá en demasiadas. En una voz tan baja que ella le oyó a duras penas entre el ruido que les llegaba procedente de la fiesta, continuó:
—Charles Sorley…
Florence se dio cuenta en seguida de que Sorley debía de estar muerto.
—¿Cuántos años tenía?
—¿Sorley? Veinte. Estaba en los Swedebasher —los Suffolk, ya sabe—. Noveno batallón, compañía B. Le mataron en la batalla de Loos, en 1915. Tendría sesenta y cuatro años si aún estuviera vivo. Yo tengo sesenta y cuatro. Eso hace que me acuerde del pobre Sorley.
El General se alejó arrastrando los pies hacia los demás invitados, que cada vez hacían más ruido. Florence estaba sola, rodeada de personas que charlaban con familiaridad, algunas de las cuales tenían su réplica exacta en los marcos de plata. ¿Quiénes eran? No le importaba; al fin y al cabo, todos ellos se habrían sentido igualmente perdidos si hubieran terminado, como ella, en el Departamento de Envíos en Müller’s. Escuchó la voz suave de un hombre joven justo detrás de ella:
—Yo sé quién es usted. Debe de ser la señora Green.
No diría eso, pensó Florence, si no estuviera seguro de que ella sí que le iba a reconocer. Y así fue: le reconoció. Todo el mundo en Hardborough podría haber dicho quién era, y, además, con cierto orgullo, ya que todos sabían que trabajaba en Londres y que hacía algo en la televisión. Era Milo North, de Nelson Cottage, en la esquina con Back Lane. Nadie sabía del todo qué era lo que hacía exactamente, pero en Hardborough estaban acostumbrados a no estar muy seguros de lo que hacía la gente en Londres.
Milo North era alto y pasaba por la vida sin hacer demasiados esfuerzos. Decir: «Yo sé quién es usted. Debe de ser la señora Green» suponía para él un gasto de energía poco corriente. Lo que podía parecer una delicadeza por su parte, normalmente no era más que una forma de evitar líos; lo que parecía simpatía era en realidad el resultado de su instinto para esquivar cualquier problema antes de que este se originara. Era difícil imaginar lo que supondría hacerse viejo para una persona así. Sus emociones, a base de no ejercitarlas, casi habían desaparecido. Había descubierto que la capacidad para adaptarse resultaba tan adecuada para salirse con la suya como la propia curiosidad.
—Yo también le conozco, por supuesto, señor North —dijo ella—. Pero nunca me habían invitado a The Stead. Supongo que usted viene a menudo.
—Sí, me invitan a menudo —dijo Milo.
Le sirvió otra copa de champán a Florence y, como ella había pensado que se quedaría sola indefinidamente tras la retirada del General, se sintió agradecida.
—Es muy amable.
—No mucho —dijo Milo, que rara vez decía algo que no fuera cierto.
La docilidad no es lo mismo que la amabilidad. Su personalidad líquida iba tanteando el terreno, y se introducía sigilosamente por los puntos más vulnerables de los demás hasta encontrar un lugar apropiado en el que instalarse y sacar de él el máximo provecho.
—Vive sola, ¿no? —prosiguió—. ¿Se acaba de mudar a Old House, usted sola? ¿Nunca ha pensado en volver a casarse?
Florence se sintió desconcertada. Con este joven le resultaba fácil estar en calma, como en un remanso de agua, mientras que las elevadas voces que se oían a su alrededor se iban haciendo cada vez más y más incoherentes. Allí el tiempo parecía transcurrir más rápido. Las bandejas, que habían estado llenas de sándwiches y coronadas con perejil cuando ella entró, ya no tenían más que migas.
—Estuve muy felizmente casada, ya que me lo pregunta —dijo Florence—. Mi marido y yo trabajábamos en el mismo sitio. Luego entró en el antiguo Departamento de Comercio y Exportación antes de que lo convirtieran en un ministerio. Me hablaba de su trabajo cuando volvía a casa por las noches.
—¿Y era usted feliz?
—Le quería, e intentaba entender su trabajo. A veces pienso que el hombre y la mujer no son precisamente lo más adecuado el uno para el otro. Aunque algo debe de haber, por supuesto.
Milo la miró con detenimiento.
—¿Está usted segura de que no es una imprudencia tomar las riendas de un negocio? —preguntó.
—No le conocía a usted, señor North, pero pensé que por su trabajo quizá agradeciera que hubiera una librería en Hardborough. Probablemente en la bbc conocerá a escritores y a pensadores, y a todo ese tipo de gente. Supongo que vendrán a visitarle de vez en cuando y a respirar algo de aire puro.
—Si vinieran, no sabría qué hacer con ellos… Los escritores van a cualquier parte. No estoy tan seguro de que los pensadores hagan lo mismo. Pero Kattie se encargaría de ellos, supongo.
Kattie debía de ser la chica morena con medias rojas —o quizá fueran mallas, que ahora se podían conseguir en Lowestoft y en Flintmarket, pero no en Hardborough— que vivía con Milo North. Eran los únicos en el pueblo que vivían juntos sin estar casados. Pero Kattie, que también era conocida por trabajar para la bbc, solo bajaba a Hardborough tres noches a la semana, lunes, miércoles y viernes, lo que hacía que la cosa pareciera un poco más respetable.
—Es una pena que Kattie no haya podido venir esta noche.
—¡Pero si es miércoles! —exclamó la señora Green sin poder contenerse a tiempo.
—No he dicho que no esté aquí, solo que es una pena que no haya podido venir. Y no lo ha hecho porque yo no la he traído. Pensé que algo así solo causaría problemas, y no merece la pena.
La señora Green pensó que él debería tener el valor de defender sus propias convicciones. Pensaba que se trataba de una pareja joven luchando contra el mundo. Ella, por su parte, era ya mayor y tenía, por tanto, derecho a estar agobiada.
—En cualquier caso, tiene que venir a mi tienda —dijo—. Cuento con usted.
—De ninguna manera —respondió Milo.
La cogió por los codos, tocándola apenas, y la zarandeó un poco para dar énfasis a sus palabras.
—¿Por qué se ha puesto de rojo esta noche? —le preguntó.
—¡No es rojo! ¡Es granate, o cobrizo oscuro!
La señora Violet Gamart, patrona por naturaleza de todas las actividades públicas de Hardborough, se encaminó hacia ellos. Aunque Florence estaba de espaldas, pudo advertir el temblor, pero pensó que se trataba de algo indicativo de la libertad de las Artes y, por lo tanto, no estaba fuera de lugar en su salón. Sin embargo, había llegado el momento de tener unas palabras con la señora Green. Le dijo que llevaba toda la noche intentando acercarse a ella, pero que se la habían llevado una y otra vez. Había venido tanta gente… Pero a la mayoría los podría ver en cualquier otro momento. Lo que realmente quería decirle era lo agradecidos que debían estarle todos por esta nueva aventura, por semejante previsión y tamaña empresa.
La señora Gamart hablaba con una especie de urgencia generosa. Tenía unos ojos oscuros y brillantes, que parecían mantenerse abiertos gracias a algún tipo de mecanismo que se encontraba al límite de sus posibilidades.
—¡Bruno! ¿Le han presentado a mi marido? Ven y dile a la señora…, la señora…, lo encantados que estamos.
Por un momento, Florence sintió algo extraño, como una vocación, como si estuviera dispuesta a dedicar su vida a servir voluntariamente a la señora Gamart.
—¡Bruno!
El General había estado intentando atraer la atención de todos hacia una herida que se había hecho en la mano con el alambre retorcido de uno de los corchos del champán. Se iba acercando uno por uno a todos los grupos de invitados, con la esperanza de arrancarles una sonrisa al decir de sí mismo que era un herido capaz de seguir andando por su propio pie.
—Hemos estado rezando todos por que hubiera una buena librería en Hardborough, ¿verdad Bruno?
Contento de que se solicitara su presencia, se acercó a ella.
—Por supuesto, cariño, rezar no es malo. Probablemente deberíamos hacerlo más a menudo.
—Solo hay una cuestión, señora Green, una sin importancia en cierto sentido; todavía no se ha mudado a Old House, ¿o sí?
—Sí, llevo allí más de una semana.
—¡Ah, pero si no hay agua!
—Sam Wilkins me arregló las cañerías.
—No olvides, Violet —dijo el General, agobiado—, que has estado en Londres mucho tiempo últimamente y no has podido mantenerte al tanto de todo.
—¿Por qué no debería haberme mudado? —preguntó Florence con toda la suavidad de que fue capaz.
—No se ría de mí, pero soy tan afortunada que tengo algo parecido a un don, o quizá sea un instinto, para unir personas y lugares. Por ejemplo, recientemente… Claro, que me temo que no va a significar mucho para usted si no conoce las dos casas de las que estoy hablando…
—Quizá podrías decirme en cuáles estás pensando —dijo el General—. Y yo podría explicárselo todo con calma a la señora Green.
—Bueno, volviendo a Old House: eso es exactamente a lo que me refiero. Creo que puedo ahorrarle muchas decepciones y quizá incluso algo de dinero. De hecho, quiero ayudarla, y esa es mi excusa para decir todo que le estoy diciendo.
—No es necesaria ninguna excusa, por supuesto —dijo Florence.
—Hay muchísimas propiedades en Hardborough más adecuadas, más apropiadas en todos los sentidos para una librería. ¿Sabía, por ejemplo, que cierran Deben?
Efectivamente, sabía que Deben, el pescadero, estaba a punto de cerrar. Todo el mundo en el pueblo sabía cuándo quedaba vacía una propiedad, quién tenía problemas financieros, quién necesitaría un poco más de espacio en nueve meses y quién estaba a punto de morir.
—Nos hemos acostumbrado de tal forma, me temo, a que Old House estuviera vacía, que hemos ido retrasándolo todos estos años… Nos ha avergonzado usted bastante con sus prisas, señora Green… Pero la cuestión es que estamos todos algo alterados por la repentina transformación de nuestra Old House en una tienda; somos tantos los que teníamos la idea de convertirla en algún tipo de centro… Quiero decir, un centro artístico… para Hardborough.
El General escuchaba con gesto tenso.
—Habría que rezar por eso también, ya sabes, Violet.
—… música de cámara en verano… No podemos dejarlo todo en manos de Aldeburgh… Conferencias en invierno…
—Ya tenemos conferencias —dijo Florence—. La serie del vicario sobre el Suffolk pintoresco se repite cada tres años.
Eran unas tardes con mucho encanto, ya que no había necesidad de prestar demasiada atención y, ante las caras somnolientas de la primera fila, se sucedían las filminas sin orden aparente y sin que obedecieran a la voz del vicario.
—Deberíamos ser bastante más ambiciosos, en especial si pensamos en la gente que nos visita en verano y que probablemente viene desde muy lejos. Y es que, sencillamente, en el pueblo no hay otra casa antigua que tenga un ambiente tan apropiado. Piénselo un poco, ¿de acuerdo?
—He pasado seis meses negociando esta venta, y no me puedo creer que hubiera alguien en todo Hardborough que lo ignorara. De hecho, sé que todo el mundo estaba al tanto.
Miró al General para obtener una confirmación por su parte, pero este tenía los ojos clavados en las bandejas vacías.
—Y, por supuesto —continuó la señora Gamart con el mayor énfasis—, la gran ventaja, que sería casi un pecado desaprovechar, es que ahora contamos justo con la persona adecuada para hacerse cargo. Quiero decir, hacerse cargo del nuevo centro, y ponernos a todos al día sobre libros y cuadros y música, y animar las cosas, y asegurarse de que todo marcha por el buen camino.
Le lanzó a la señora Green una sonrisa muy expresiva, que decía mucho más de lo que parecía. Había regresado a ese momento de intimidad perturbadora, aunque, mientras pronunciaba esta última frase, la señora Gamart se había ido retirando con todo tipo de gestos y saludos en dirección a su protectora horda de invitados.
Cuando se quedó sola, Florence se dirigió hacia la pequeña habitación que había junto al recibidor para buscar su abrigo. Mientras revisaba metódicamente los montones, llegó a la conclusión de que, después de todo, no era demasiado mayor para tener dos trabajos; quizá habría que buscar un gerente para la librería, y ella tendría que apuntarse a algún tipo de curso sobre Historia del Arte, o sobre Apreciación de la Música —la música siempre se aprecia, mientras que el arte tiene una historia—, que, se imaginaba, le supondría tener que ir a menudo a Cambridge.
Fuera, la noche estaba clara y había visibilidad por encima de los pantanos hasta el Laze, enmarcado por las luces de los botes de pesca que esperaban a que bajara la marea. Pero hacía frío y el aire le cortó la cara.
«Fue muy amable por su parte invitarme», pensó. Sin duda les habrá parecido extraño hablar conmigo.
En cuanto se marchó, los invitados se reagruparon, igual que el ganado cuando Raven se llevó al viejo caballo hacia un lado. Ahora eran todos de la misma clase, y todos miraban hacia el mismo lado, mientras pastaban juntos. Entre ellos podían arreglar muchos asuntos, aunque, a menudo, cuando conseguían arreglar algo se debía más bien a la intervención del puro azar. A medida que se acercaba la hora de empezar a pensar en irse a casa, la señora Gamart iba sintiéndose algo inquieta por lo que ella consideraba un punto negro en su plan para Old House. Esta señora Green, aunque sin duda muy discreta, no había terminado de aceptarlo todo al momento. No tenía demasiada importancia. Pero entonces Milo le puso un poco más de champán, y su mente empezó a dar unas vueltas vertiginosas y se lanzó a hablar con todos: con el segundo marido de su prima, que tenía algo que ver con el Consejo de las Artes; con su tío segundo, que no tardaría en ocupar un alto puesto de la Administración Territorial; con su brillante sobrino, que se presentaría a las elecciones por el municipio de Longwash, en West Suffolk, y que ya se había hecho un nombre como perseverante Secretario de la Sociedad para Ofrecer Acceso Público a los Lugares de Interés y Belleza; y con Lord Gosfield, que se había aventurado a venir desde su castillo en las marismas, porque si las fiebres aftosas le atacaban de nuevo no podría viajar en meses. Con todos ellos habló del Centro para la Música y las Artes de Hardborough. Y en las mentes de su brillante sobrino, de su tío y de todos los demás, se instaló la vaga noción de que quizá habría que hacer algo porque, de lo contrario, Violet podría acabar siendo una lata. Hasta lord Gosfield se sintió conmovido, aunque no había dicho nada en toda la noche y, de hecho, había conducido más de cien kilómetros precisamente para no decir nada en compañía de su viejo amigo Bruno. Todos procuraban ser amables con su anfitriona, porque eso les hacía la vida más fácil.
Había llegado la hora de marcharse. No estaban seguros de dónde habían dejado las llaves del coche, ellos o sus mujeres. Remolonearon en la puerta diciendo que no había que dejar que entrara el aire frío, mientras el viejo perro del General, que vivía con la sola expectativa de que se abriera la puerta, meneaba débilmente la cola sobre el lustroso suelo; luego los coches no arrancaban y la perspectiva de que algunos de ellos regresaran para pasar la noche se hizo peligrosamente real; al final se encendió el último chispazo y todos se pusieron en camino, gritando palabras de despedida y moviendo las manos, y, en el silencio que quedó después de todo aquello, se pudo oír de nuevo el viento de los pantanos.
3
A la mañana siguiente, Florence se preparó arenques —no tenía mucho sentido vivir en East Suffolk si uno no sabía cómo cocinarlos—, dos rebanadas de pan con mantequilla y un té. La cocina estaba en la parte trasera de la casa. Era el cuarto más acogedor de Old House, con las paredes encaladas, y sin más ruidos que los suspiros del viejo pozo tapiado bajo el suelo. Los anteriores inquilinos sabían que eran muy afortunados de no tener que salir fuera para bombear agua; y se sintieron más afortunados aún cuando les instalaron el enorme lavabo pulido y lacado, hondo como un sarcófago. Un grifo de latón, que brillaba orgulloso, escupía agua helada desde una altura considerable.
A las ocho en punto desenchufó la tetera eléctrica y enchufó la radio, que inmediatamente empezó a hablar de disturbios en Chipre y Malawi, y luego anunció, con un leve cambio de entonación, que la esperanza de vida ahora era de 68,1 años para los hombres y de 73,9 para las mujeres, frente a los 45,8 para los hombres y los 52,4 para las mujeres que había a principios de siglo. Intentó que esto la animara. Pero el Aviso a las Embarcaciones —Mar del Norte, vientos ciclónicos del noroeste de fuerza variable rolando a más fuertes o temporal con mar gruesa o muy gruesa— hizo que se sintiera algo avergonzada. Avergonzada de estar allí sentada en su casa, de sus arenques del piélago y de lo inútil que era sentirse avergonzada. Por la ventana que daba al este divisó cómo la tormenta anunciaba su llegada, instalada sobre los guardacostas y contra un cielo de un color verde amarillento pálido.
Al mediodía aclaró. El cielo se había despejado desde una punta del horizonte hasta la otra, y una elevada nube blanca se reflejaba milla tras milla en el agua transparente del dique, de modo que los pantanos parecían sobresalir entre las nubes. Después de hacer los recados de la mañana, tomó un atajo de vuelta por el parque. Los alumnos de primaria estaban en su segundo recreo. Los chicos separados de las chicas, excepto los de la clase de los mayores, que rondaban los once años y que estaban dando vueltas unos alrededor de los otros. Una niña pequeña lloraba, completamente sola. La habían sacado de casa bien pertrechada, con una bufanda cruzada sobre el pecho y abrochada por detrás con un imperdible, y con unos guantes de lana enganchados a un elástico que pasaba bajo el cuello del abrigo. Saltaba a la vista que no encajaba en ningún grupo, ni con los chicos ni con las chicas. Florence intentó calmarla.
—Eres del jardín de infancia. No deberías estar fuera ahora. ¿Te has perdido? ¿Cómo te llamas?
—Melody Gipping.
Florence sacó un pañuelo limpio y le sonó la nariz. Una figura con aspecto poco cuidado y un pelo fino como la hierba seca se separó del grupo de las niñas.
—Está bien, señorita. Soy Christine Gipping, yo me ocupo de ella. Tenemos Kleenex en casa, son más higiénicos.
Se marcharon juntas. Los chicos se estaban pegando tiros; las chicas botaban viejas bolas de tenis en un círculo mientras cantaban:

Uno, dos, Pepsi-Cola,
Tres, cuatro, Casanova,
Cinco, seis, péinate,
Siete, ocho, da la vuelta,
Nueve, diez, hazlo otra vez.

Florence miró hacia el sur, donde una franja de bosque de pinos oscurecía el horizonte. Era una reserva de garzas, pero, en 1953, cuando el mar anegó las tierras del bosque con sal, las aves volaron y dejaron de hacer sus nidos allí.
Cuando llegó a la verja del parque vio que se aproximaba, casi acechándola y con la mirada esquinada de un comerciante que ha fracasado, el señor Deben, de la pescadería. Seguro que la había seguido; de hecho, prácticamente admitió que lo había hecho.
—Se trata mi propiedad, señora Green. Va a salir a subasta, aunque eso no será hasta abril, o quizá más tarde. Pero preferiría que llegáramos a un acuerdo antes. Ahora, como usted ha mostrado interés por la propiedad… —no le dio tiempo a que ella respondiera que no había hecho nada parecido, sino que continuó hablando a toda velocidad—. Si no se va a quedar usted en Old House y tampoco se va a marchar del pueblo (se dará cuenta de que estoy demasiado ocupado para hacer caso de todos los rumores que llegan a mis oídos), lo lógico sería que hiciera una oferta para comprar otro local.
Debía de estar alterado por sus preocupaciones financieras, pensó ella. Había salido directamente de su tienda con el sombrero de pescadero puesto, hecho de paja, y con unos horribles pantalones de peto viejos. Mientras tanto, su astuto y embrollado discurso le había traído a Florence una idea repentina, pero no extraña, que reconoció inmediatamente como la verdad. Una verdad que le había llegado en forma de advertencia, y por la que debería estarle muy agradecida.
—Ha debido de haber un malentendido, señor Deben. Pero no tiene la menor importancia, y me gustaría ayudarle. La señora Gamart fue extraordinariamente amable al hablarme de su plan para montar en el pueblo un Centro para las Artes, que nos beneficiaría a todos aquí, en Hardborough. Está buscando un lugar, y ¿qué mejor ubicación que una tienda de pescado vacía?
Sin darse tiempo a sí misma para reflexionar, salió precipitadamente por la puerta del parque, que, como de costumbre, estaba atascada de una forma bastante engorrosa, mientras intercambiaba despedidas con Deben. Cruzó High Street, giró a la derecha en la tienda de maíz y grano, y a la derecha de nuevo en dirección a Nelson Cottage. Por la ventana del piso de abajo pudo ver a Milo North, junto a una mesa cubierta con un mantel hecho a mano. Estaba allí sentado, sin hacer absolutamente nada.
—¿Por qué no está en Londres? —preguntó Florence al tiempo que golpeaba la ventana. Le molestaba ligeramente lo poco predecible que era su día a día.
—He mandado a Kattie a trabajar esta mañana. Pero pase, por favor.
Milo abrió la diminuta puerta de la entrada. Era excesivamente alto para aquella casa, que estaba alquitranada y pintada de negro, como las chozas de los pescadores.
—¿Le apetece un Nescafé?
—Nunca lo he probado —dijo ella—. Aunque he oído hablar de él. Me han dicho que no se prepara con agua hirviendo. —Se sentó en una mecedora de madera muy delicada—. Estas cosas son demasiado pequeñas para usted —dijo.
—Lo sé, lo sé. Me alegro de que haya venido esta mañana. No hay nadie que me haga enfrentarme así a la verdad.
—Pues es una suerte, porque he venido a preguntarle algo. Cuando la señora Gamart hablaba, en su fiesta, de la persona ideal para llevar el Centro para las Artes, era usted, evidentemente, en quien estaba pensando, ¿no?
—¿La fiesta de Violet?
—Esperaba que yo me mudara —es más, probablemente esperaba que me fuera a vivir a otro pueblo— con la idea de que usted se instalara en Old House y así dirigirlo todo.
Milo la miró con sus ojos de un gris transparente.
—Bueno, si se refería a mí, no creo que hubiera utilizado la palabra «dirigir».
Florence se acusó a sí misma de ser una vanidosa, de autoengañarse y de hacer interpretaciones erróneas con premeditación. Era la dueña de un comercio: ¿por qué iba a suponer alguien que ella pudiera saber una sola palabra de Arte? Curiosamente, durante los días siguientes estuvo tentada de ofrecerse a abandonar Old House. La sospecha de que se quedaba simplemente porque habían herido su vanidad se le hacía insoportable. «Por supuesto, señora Gamart, a quien nunca llamaré o me referiré como Violet, era a Milo North a quien tenía usted en mente… Que se instale inmediatamente. Mi pequeño negocio de los libros se puede reubicar en cualquier otro lugar. Solo le pido que no se salten las convenciones sociales demasiado deprisa. East Suffolk no está todavía preparado. Kattie tendrá que vivir, durante los primeros años al menos, en el cobertizo…»
En momentos más tranquilos pensaba que si la señora Gamart y sus secuaces pudieran obtener algún tipo de subvención del gobierno y permitirse pagar el precio que ella pediría por su finca, más los gastos de mudanza y un beneficio justo, estaría abierta a nuevas oportunidades, quizá no en Suffolk, ni en Inglaterra siquiera. Así, además, tendría esa impagable sensación de quien comienza de nuevo; una sensación que ya no podía esperar sentir muy a menudo a su edad. No había duda de que era absurdo imaginar que la estaban echando y que el brazo de los privilegiados la empujaba hacia la húmeda pescadería del señor Deben.
Resumiendo, se había engañado a sí misma al dejarse convencer, por un momento, de que los seres humanos no se dividen en exterminadores y exterminados, y que los exterminadores tienden a colocarse en la situación dominante en cuanto pueden. La fuerza de voluntad es inútil si no se va a algún lado. Y la suya estaba en unos niveles tan bajos que ya no era capaz de darle las instrucciones necesarias para poder sobrevivir.
No obstante, esa voluntad resurgió sin esfuerzo alguno por su parte, y en cuestión de diez minutos, un martes por la mañana a finales de marzo. El tiempo estaba raro, y le recordó al día en que vio pasar la garza que intentaba tragarse la anguila. Mientras la ropa tendida se agitaba en dirección oeste con la brisa marina, el molino de los pantanos se había adueñado de la brisa del interior y se movía hacia el este. Dejó su pequeño coche en el garaje, al lado de los guardacostas, lo más cerca que podía de Old House, y tomó el camino corto, casi un pasadizo, que comunicaba la playa con su puerta de atrás.
El pasadizo era estrecho y, cuando el viento soplaba fuerte, las casitas de ladrillo y azulejo parecían agarrarse unas a otras, como decía el refrán, igual que el hijo de un marinero. Había que abrir la puerta de atrás con cuidado porque, si no, la llama piloto de la cocina se apagaba con la corriente. Giró la llave en la cerradura, pero la puerta no se abrió.
No desperdició más que un momento en pensar en bisagras oxidadas, madera deformada y cosas por el estilo. La fuerza hostil que empujaba contra su empuje iba y venía, siempre con un poco de ventaja sobre ella, con la sagacidad de los dementes. La puerta temblorosa esperó a que lo intentara de nuevo. Desde el interior de la casa se oyó una sucesión de golpes. No sonó como si una cosa golpeara contra otra, sino más bien como una serie de explosiones diminutas, y todas seguidas. Entonces, cuando se dejó caer contra la puerta para recuperar el aliento, esta se venció violentamente, girando hacia delante y hacia atrás como una mano que aplaudiera en un espectáculo cómico, y ella cayó de rodillas sobre el suelo de ladrillo.
Estaba segura de que todo el mundo en Score Lane la había visto estrellarse, de cabeza, contra el suelo de su propia cocina. Pero más poderosa que la vergüenza, el miedo y el dolor, era la sensación de injusticia. Al rapper le encantaba el cuarto de baño y el pasillo de arriba. Florence nunca había oído ni visto señales de su malicia en la parte de atrás de la casa. Los acuerdos tácitos existen incluso con los entes metafísicos, y el rapper no los había respetado. Su fuerza de voluntad, que Florence sintió en forma de indignación, fue creciendo hasta situarse al mismo nivel que el dolor de sus heridas. Lo Oculto, como lo llamaban las chicas de Müller’s, ya podía meterse en sus propios asuntos tanto como lo no oculto. Ninguno de los dos evitaría que ella abriera su librería.
En consecuencia, el señor Thornton recibió instrucciones claras de resolver el asunto lo antes posible, lo cual significó que siguió procediendo al mismo ritmo que hasta el momento. Thornton & Co. llevaba muchos años en activo. El trabajo de los juzgados podía dejarse en gran medida en manos de Drury, el abogado que no era Thornton, pero Thornton era absolutamente de fiar. Había oído, por supuesto, que a su cliente la habían visto caerse por la calle, sujetar la cabeza de un caballo para ese viejo canalla de Raven, y visitar a Milo North, a quien el propio Thornton observaba con recelo. Por otra parte, la habían invitado a una fiesta en The Stead, un lugar donde él mismo no había sido invitado nunca, aunque todavía tenía esperanzas de que algún día los Gamart entraran en razón y retiraran la administración de sus asuntos de las manos de Drury, quien, por lo demás, no estaba preparado para manejar cuestiones familiares de importancia… Así que la señora Green conocía a los Gamart. Bien, pero, incluso en ese aspecto, creía él, debían actuar con cierta prudencia.
Mientras sacaba la documentación sobre Old House, explicó que se les había presentado una pequeña dificultad en lo que se refería al cobertizo de ostras. Podría alegarse que la comunidad de pescadores, por derecho propio desde tiempos inmemoriales, podía atravesarlo cuando iban hacia la orilla y, posiblemente, dejar secar las velas en la galería.
—Si se pasa por el cobertizo no se llega a la orilla —señaló ella—. Se llega a la oficina del gas. De todas formas, ahí no se puede secar nada; las paredes están húmedas por la condensación. La galería está destrozada, y ninguno de los pescadores sale ya al mar con barcos de vela. Sin duda, ese tema no tardará en solucionarse.
El abogado explicó que los derechos no se veían afectados de ninguna manera por la imposibilidad física de ponerlos en práctica. Los asuntos de compra y venta, añadió, no son tan sencillos como la gente se imagina.
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