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PEDRO DARÍO ZAPATA

CÓDIGO MEGAS
El fin y el principio


Zapata, Pedro Darío

Código Megas : el fin y el principio / Pedro Darío Zapata. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-1732-6

1. Literatura. 2. Narrativa Argentina. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com

info@autoresdeargentina.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Índice de contenido

Índice

Cambridge, noviembre de 1962

Quintana Roo, abril de 2003

Judea, diciembre de 1946

Oslo, octubre de 2003

Yucatán, junio de 1952

Oslo, febrero de 1976

Harvard, mayo de 1890

Hampshire, Inglaterra, febrero de 1908

El Cairo, noviembre de 1922

Oslo, abril de 2020

Nassau, abril de 2012

Poseidonia, julio de 2023 a. C.

Oslo, febrero de 1951

Nueva Atlantis, noviembre de 2019 a. C.

Oslo, enero de 1961

Nueva Atlantis, noviembre de 2005 a. C.

Giverny, mayo de 1946

Londres, julio de 1950

Notodden, junio de 2011

Nueva Atlantis, diciembre de 2005 a. C.

Notodden, septiembre de 2019

Oslo, octubre de 2019

Ullern, Oslo, diciembre de 2019

Nueva Atlantis, enero de 2004 a. C.

Ullern, Oslo, diciembre de 2022

Oslo, septiembre de 1960

Nueva York, febrero de 1998

Montaña de las Ánimas, Antártida, febrero de 1983

Base Militar Área 51, Arizona, mayo de 1984

Washington, febrero de 1986

Río de Janeiro, agosto de 1997

Oslo, mayo de 1998

Ullern, Oslo, septiembre de 1997

Base Militar Área 51, Arizona, abril de 1985

Cambridge, abril de 1998

Poseidonia, septiembre de 2065 a. C.

Poseidonia, abril de 2041 a. C.

Atlantis, febrero de 2021 a. C.

Ullern, Oslo, febrero de 2050

Poseidonia, junio de 2022 a. C.

Poseidonia, junio de 2022 a. C.

Costa de Fenicia, junio de 5022 a. C.

Costa de Portugal, abril de 22.500 a. C.

Costa de Somalia, mayo 72.150 a. C.

Atlántida, mayo de 2021 a. C.

Ullern, Oslo, septiembre de 2030

Nueva Atlantis, septiembre de 2000 a. C.

California, febrero de 1957

Ullern, Oslo, octubre de 2030

Nueva Atlantis, octubre de 1029

Boston, julio de 2020

La Serena, Chile, noviembre de 2025

Ullern, Oslo, marzo de 2031

Área 51, Arizona, enero de 2021

Sídney, Australia, marzo de 2026

Washington, mayo de 2031

Ullern, Oslo, agosto de 2035

Nueva Atlantis, abril de 1999 a. C.

Ullern, Oslo, febrero de 2060

Notodden, 10 de febrero de 2070

FIN

Dedicado a Iván...

Cumple tus sueños sabiendo que no hay frontera ni límites más de los que nos imponen nuestros propios pensamientos.

Cambridge, noviembre de 1962

James Watson y Francis Crick brindan con sus amigos de la Cambridge University en The Eagle por su gran acierto, la publicación de la estructura del ADN, publicada diez años atrás, el 15 de abril de 1953, y que les valía una visita a Estocolmo el próximo 10 de diciembre para recibir el Premio Nobel de Fisiología y Medicina.

Días antes de la ceremonia de premiación, una fría mañana en Estocolmo, James y Francis fueron recibidos por el presidente de la Fundación Radovedneži, Martin Radovedneži, y su director ejecutivo Mohammed ed-Dhib. Martin estaba sumamente enfermo, sin embargo, a pesar de ello, mantuvo una extensa charla con ellos. En el intercambio, les reveló datos confidenciales que su fundación había obtenido financiando otras líneas de investigación y les propuso una importante suma de dinero para investigaciones futuras, si lograban relacionar estos datos con la estructura y función del ADN. Martin falleció días después sin poder asistir a la ceremonia de premiación, pero su amigo Mohammed cumplió sus deseos y acompañó con su presencia e importantes recursos financieros a James y Francis, iniciando así la etapa más ambiciosa y secreta del proyecto generado por la Fundación.

Francis Crick siguió su camino en Cambridge, mientras que James Watson viajó a Nueva York en 1968 donde fundó y dirigió el Laboratorio de Biología Cuantitativa de Cold Spring Harbor tomando como premisa visible seguir con los estudios del ADN y de manera secreta revelar aquel misterio compartido por Martin y Mohammed varios años antes.

Veinte años después la Oficina de Energía de los Estados Unidos inició los estudios de prefactibilidad para la secuenciación total del ADN dirigida por el propio James Watson, y solo 10 años después, el 15 de abril de 2003 se publicaba de manera simultánea en las dos revistas más prestigiosas del mundo la conclusión final del proyecto, denominado HUGO, que describió los aspectos generales de la escritura de nuestro propia esencia: el ADN. Sin embargo, las investigaciones no hacían más que empezar, ya que en las instalaciones privadas de la Fundación Radovedneži ubicadas en las Somerville, cerca de Boston, y en Ullern, cerca de Oslo, un grupo selecto de biotecnólogos, biólogos, físicos, químicos y matemáticos profundizaban en la búsqueda de asociaciones entre manuscritos antiguos y datos biométricos presentes en el ADN. En diciembre de 2010, luego de exhumar la tumba de Lord Carnarvon, se produjo un gran vuelco en las investigaciones al encontrar una pista que permitía organizar las otras preexistentes.

Basados en los hallazgos sobre edición de genomas de Francis Mojica en la Universidad de Alicante, y de sus seguidores Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna, la Fundación decidió abrir su propia línea y apoyar financieramente al grupo en el desarrollo de la tecnología CRISPR. En agosto de 2011 Mohammed, presidente de la Fundación Radovedneži, firmaría un acuerdo secreto con una de las empresas más grandes del mundo en software, para proveer en solo 5 años la tecnología necesaria para alcanzar una capacidad ilimitada de almacenamiento y análisis de datos utilizando el ADN como librería.

Entre 2011 y 2015 la Fundación reclutó más de 200 investigadores a través de contratos posdoctorales en término, bien pagos y con un minucioso acuerdo de confidencialidad. Sin embargo, algunos desertaron desapareciendo en el vertiginoso mundo de la ingeniería genética y fueron olvidados por la Fundación. En julio de 2017, un biólogo del Colegio de Medicina de Harvard, Seth Shipman, publicó un hito que aceleraría vertiginosamente las investigaciones secretas que se llevaban a cabo principalmente en Boston. Seth logró por primera vez insertar un GIF animado de 36 x 26 píxeles en el ADN de un organismo vivo gracias al uso del sistema CRISPR.

Entre 2017 y 2020, lo investigadores de la Fundación incrementaron su trabajo y por primera vez, luego de 130 años del descubrimiento de Alfred Maudslay y Anne Cary en Palenque a fines de 1890, Jean Paul ed-Dhib, hijo de Mohammed ed-Dhib y actual presidente de la Fundación Radovedneži, comprendió la compleja asociación entre los grabados y manuscritos, celosamente guardados en las arcas de la Fundación, y el código biológico más importante de la historia, el ADN.

En noviembre de 2020 la Fundación Radovedneži junto a varias empresas multinacionales de software y tecnología digital crean la corporación MEGAS, con el único fin de descifrar las últimas variables del código embebido dentro del mismísimo ADN, y simultáneamente alcanzar una tecnología que permita utilizar dicho código. Ese mismo año Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna ganaron el premio Nobel de Química por el desarrollo de la tecnología de edición CRISPR.

De repente, era sorprendentemente notorio cómo todos los hallazgos tenían algo en común, un código sencillo, pero misteriosamente encubierto entre los textos que explícitamente se mostraban. Una serie de simbolismos relacionados con el ADN y a lo que él mismo alberga a través de cientos de generaciones. Un grabado místico que más que un acúmulo de saberes parecía un mapa, un sendero a través de alguna desconocida variable que al momento del hallazgo era imperceptible.

Jean Paul sabía que los hallazgos provenientes de la tumba de Tutankamón, los pergaminos del mar Muerto, y el pergamino M-55, junto a otros hallazgos provenientes de diversas culturas esparcidas por la tierra a través de la historia, mostraban algo mucho más prometedor y más misterioso; algo que él ya había vivido hacía un par de años cuando fue invitado a recorrer los recientes hallazgos arqueológicos de Quintana Roo, conocidos actualmente como Río Secreto. Pero Jean Paul era un hombre de palabra, y fiel a lo prometido a su padre guardó en secreto aquellos recuerdos. Mohammed le había pedido… “no reveles nada de lo que has hallado hasta que la humanidad esté preparada, busca el camino que nos guíe en esa dirección, pero recuerda que develar algunos misterios descubiertos por azar podría llevarnos al caos, ya que la humanidad aún no está lista para saber toda la verdad… solo estará lista para emprender ese camino cuando las pruebas se hagan visibles a los ojos de los expertos del mundo. Han quedado muchas pruebas, solo debes guiarlos y ellos las encontrarán. Serán difíciles de demostrar, pero el ingenio los llevará en esa dirección y allí sí será seguro saber qué fue lo que realmente ocurrió”.

Sin embargo, a pesar de la incongruencia en las fechas versadas en la línea temporal, todo dio inicio en 2003 cerca de las hermosas y turquesas aguas del Caribe, en la ciudad de Cancún.

Quintana Roo, abril de 2003

Jean Paul ed-Dhib, su hermano Dominique y su padre Mohammed, junto a Piero Valentino Bichierri arribaron al aeropuerto de Cancún pasada las 15 horas. El sol de la tarde generaba un ambiente húmedo que obligaba a los turistas a sumergirse en los ambientes climatizados. Los miembros de la familia ed-Dhib no eran turistas comunes, habían arribado especialmente para sumarse al grupo de arqueólogos y espeleólogos que incursionaban por primera vez en unas cuevas recientemente descubiertas en Quintana Roo, cerca de Playa del Carmen.

Estas cavernas se hallaban ubicadas en terrenos privados. La misión del grupo era analizar el valor científico del hallazgo para justificar su protección y, simultáneamente, verificar la posibilidad de su explotación arqueológica y turística, ya que el dueño de la propiedad era la Fundación Radovedneži, una corporación privada dedicada a la preservación de patrimonios históricos relacionados con culturas extintas como la maya.

La Fundación nació como una colección privada y paulatinamente fue acumulando un patrimonio único no solo en objetos históricos, sino en datos generados por diversas líneas de investigación. Su presidente fundacional, el arquitecto y millonario noruego Martin Radovedneži, había dedicado toda su vida a resguardar una amplia colección de objetos relacionados con diversas culturas que existieron en el mundo y que, según su presidente, tienen aspectos comunes que los relacionaban con un pasado ancestral similar. Martin tomó la iniciativa de involucrarse, proteger y financiar investigaciones en todos aquellos lugares que pudieran estar relacionados y arrojasen pruebas a su impetuosa teoría. Su actual presidente, Mohammed ed-Dhib, fue muy amigo de Martin y le prometió perpetuar su obra y darle un impulso moderno acorde a los tiempos actuales. A sus 80 años ya había preparado el terreno para que su hijo Jean Paul, su mano derecha, lo siguiera al frente de la Fundación y esta sería su última misión al frente de la entidad.

El Beathless Riviera Cancún era un complejo hotelero ubicado cerca de Playa del Carmen y ofrecía la ventaja de tener sus ambientes separados según el deseo de su público. Mohammed había invertido en él hacía tiempo en busca de tranquilidad y cercanía a sus lugares favoritos. El hotel tenía reservada una habitación doble en un ala preferencial, lejos del bullicio y de los turistas con familias que acudían anualmente al lugar.

Cansados por el viaje se trasladaron al hotel para descansar hasta el próximo día, cuando iniciarán las tareas. Sus hijos junto a Piero se alojaron en las habitaciones contiguas para facilitar las reuniones nocturnas y las largas charlas de café a la luz de la luna.

Piero Valentino Bichierri era un joven arqueólogo especialista en espeleología y en biología que se había graduado de la Universidad de Bologna junto a su hijo Dominique, y a través de la amistad que compartía con aquel se había acercado a la Fundación, prosperando hasta hacerse cargo del Departamento de Arqueología Biológica. Pocos, a excepción de Dominique, sabían exactamente el cometido de este departamento y más aún cuando su presupuesto era tres veces superior al del resto de las áreas de la Fundación.

Al día siguiente amaneció diáfano, con un sol que únicamente podría reflejar las míticas creencias mayas e invitaba a sumarse a una aventura por Yucatán y sus innumerables atracciones arqueológicas. Pero Jean Paul, Dominique y Piero ya tenían planes, visitar el lugar de la excavación, mientras Mohammed arreglaba los términos del acuerdo con los representantes del dueño de los terrenos en donde se habían descubierto las cavernas. Años después pondrían al emprendimiento el seductor nombre de “Río Secreto”.

Una combi polarizada los recogió temprano del hotel y los llevó al sitio arqueológico en donde se sumaron otros 3 miembros al equipo.

Los datos preliminares indicaban una extensión importante de los pasadizos y cavernas que podrían extenderse varios kilómetros bajo tierra. A pesar de ser escasos los datos al momento, se podía intuir que eran más de 20 kilómetros.

Se generaron tres equipos de dos personas cada uno, contando siempre un experto en espeleología. Piero como experto encabezó un equipo junto a Dominique, su amigo inseparable. Sobre el plano, todos examinaron lo conocido hasta el momento y tomaron tres direcciones para las incursiones: noroeste, oeste y suroeste. En realidad, los grupos solo habían elegido la orientación de ingreso, ya que las cavernas no tenían una orientación definida y se extendían en múltiples direcciones, por eso en cada encrucijada tomarían la dirección inicial. Cada grupo llevó implementos de orientación subterránea, provisiones para cinco días. Tomaron como referencia la cámara central y a las nueve de la mañana iniciaron la travesía. Piero y Dominique eligieron dirigirse al oeste.

Las cavernas de Río Secreto están provistas de una maravillosa colección de estalactitas, estalagmitas y columnas de muchas formas y tamaños, de períodos nuevos y antiguos, con aguas cristalinas y desechos rocosos que invitan a sumergirse en una experiencia inolvidable. En aquel momento de exploración solo eran conocidos algunos pasadizos y cinco accesos diferentes a la cámara central. Piero y Dominique, junto al equipo completo, recitaron las místicas oraciones de protección y larga vida en idioma maya y se introdujeron en la cámara principal eligiendo cada uno su sendero. Junto a una gran bóveda cubierta por estalactitas puntiagudas de más de cincuenta centímetros y sumergida casi por completo en una gran piscina acuática de cuatro metros de profundidad se ubicaba el ingreso al sendero oeste, apreciable al fondo de la caverna como una garganta cuya úvula estaba remedada por una gran estalactita de un pálido amarillo.

Los amigos nadaron los ocho metros de agua que los separaban de la garganta y se introdujeron por ella cuidadosamente para no dañar las formaciones. Inmediatamente después el sendero se volvía angosto, de casi un metro de ancho, y serpenteaba suavemente introduciéndose entre las rocas hacia adelante. Paulatinamente el agua disminuía y el estrecho sendero se volvía un camino sinuoso seco entre las rocas, ahora de solo un metro de ancho, para terminar 500 metros más adelante en una recámara cubierta por formaciones rocosas y raíces de árboles que la atravesaban en busca de agua. La caverna no era muy grande y poseía varias subcavernas, como si fueran capillas radiantes que circunscriben un gran altar central. Piero y Dominique exploraron cada una de ellas confeccionando un mapa detallado de lo que observaban. Solo 2 de ellas poseían una salida posterior que continuaba el camino uno hacia el oeste y otro hacia el suroeste. Luego de registrar fotográficamente todo tomaron el camino hacia el oeste metiéndose en una abertura de escasos cincuenta centímetros ubicada entre dos rocas al fondo de la caverna menor. Pronto el sendero se ensanchaba y continuaba sinuoso en dirección oeste. Luego de cuatro horas habían recorrido aproximadamente seis kilómetros. Avanzaban lentamente debido al sinuoso camino y la gran cantidad de formaciones por sortear.

La jornada continuó lenta y tranquila, tomando notas y registrando fotográficamente todo lo observado. Pronto habían pasado seis horas más de recorrido y el sendero había girado ligeramente hacia el norte tomando un curso ONO.

La noche llegó de la mano del cálculo del tiempo transcurrido y del cansancio que ambos sentían luego del agotador recorrido. Hicieron bromas de las locuras que habían realizado en sus años de universidad y recordaron que los grandes desafíos surgen así, de repente, casi sin anuncios y solo siguiendo tus instintos. Piero sentía una gran admiración por su amigo, lo quería con fervor, pues estaban juntos desde el primer año de la universidad. Dominique era alto y sus rulos colgaban por entre sus cejas sin por ello tapar sus ojos verdes y su mirada inquisidora cuando pensaba y sacaba conclusiones. Su tez tostada y brillante al sol dejaba a sus admiradoras rendidas a sus pies. Para Piero era una terrible carga llevar dentro de sí esa admiración por su amigo y verlo cambiar de damisela como de bermuda. Piero era un joven solitario, de finas cejas, piel morena y rasgos típicos del sur italiano. Era tímido y, si bien había logrado abrirse a sus amigos, llevaba pesadamente su carga homosexual. Le fue difícil superar el embelesamiento que sentía por Dominique para transformarse en su amigo confesándole sus sentimientos. Sin embargo, ya hacía años que ambos habían superado esos días en la universidad. Se había transformado en su mejor amigo, conocía sus miedos y cuidaba celosamente de él.

Ambos charlaron largo tiempo de las pasiones compartidas por la espeleología y los misterios de los mayas, y pronto cayeron rendidos en lo profundo de una oscuridad que facilitaba perder todo sentido del tiempo. Piero apoyó su cabeza sobre el hombro húmedo de Dominique. “¡Hasta mañana, Domi!... ¡que descanses!...”. Dominique lo abrazó y ambos se quedaron dormidos.

Durmiendo profundamente en un sueño de fantasías de caminos que recorrerían juntos, la corriente los atrapó de golpe, intentaron comprender qué ocurría, pero la fuerza del agua fue mayor y ambos resultaron arrastrados por la voraz corriente de agua dulce, helada y transparente. La cabeza de Dominique dio contra una de las rocas y perdió el conocimiento. Piero, que en su mano llevaba una linterna, alcanzó a encenderla y alarmado gritó llamando a su amigo. Con un pie soportó el peso de su cuerpo incrementado por la presión del agua que intentaba llevárselo río abajo. De un manotazo tomó un casco, se lo puso e intentó incorporarse. Sin embargo resbaló, dio un giro, chocó contra una de las paredes y se sujetó de una roca. Quince minutos duró aquella feroz corriente y lentamente disminuyó, como si alguien hubiera abierto un grifo solo por un instante y luego lo hubiera cerrado. Recuperó el equilibrio y con la luz empezó a buscar a Dominique acompañado de gritos que se perdían en las oscuras fauces de las cuevas que los rodeaban. Nada, ni un sonido, ni restos, nada. De pronto, un casco brilló incrustado contra una roca. Se acercó, tomó el caso y no pudo evitar dejar escapar una lágrima, pues intuyó lo peor al ver sangre en su interior.

Piero buscó a Dominique por tres días y no halló nada. Exhausto, hambriento y con la moral partida, retomó el sendero en sentido contrario y caminó por dos días. Luego el cansancio lo venció y se rindió en un rincón de piedra de una de las cámaras.

La tropilla lo encontró delirando y con fiebre. Lo entablillaron pues tenía un brazo quebrado. Al séptimo día de aquel evento Piero volvió a ver la luz del día. Era un día hermoso, soleado y cálido, sin embargo para él todo seguía siendo gris y sombrío, había perdido a su amigo, su mentor, su hermano. Ya nunca lo recuperaría… o al menos eso creyó en ese momento.

Judea, diciembre de 1946

Jum’a y su primo Mohammed iniciaron temprano la jornada para vigilar el rebaño y elegir una de las cabras para el banquete de Nochebuena. Habían heredado esa tradición de sus padres. Junto a sus hermanos, esposas e hijos realizaban una pausa en la jornada y recordaban el nacimiento de Jesús, uno de los hombres más grandes de la historia y un ejemplo para seguir, dicho de las mismas palabras que el maestro Mahoma. Pero, ese día, el destino les deparaba un camino muy diferente.

Pasado el mediodía se levantó un fuerte viento acompañado de negros nubarrones que anunciaban fuertes lluvias y ráfagas de arena. Los primos solían llevar el rebaño al pie de la montaña porque las pasturas eran mejores y además había cuevas por toda la ladera que les permitían acampar por días y descansar al abrigo del frío de la noche. Jum’a, el mayor, señaló a su primo una de las cuevas en la parte media de la montaña, y le pidió que buscaran refugio, ya que se avecinaba una fuerte tormenta. Junto a Mohammed reunieron el rebaño y lo llevaron hacia las cuevas; estas solían ser grandes espacios donde un pastor podía refugiarse junto a su ganado y ellos lo sabían.

El viento sopló implacable, con ráfagas de 40 km/h, produciendo roncos silbidos en la abertura de la montaña. Pero los pastores y su ganado estaban bien acomodados en el interior de un gran recinto que habían hallado. No eran las cuevas conocidas por ellos, ya que esta vez habían ido mucho más al norte buscando mejores pasturas para el ganado. Mohammed, el menor de los dos, era un joven entusiasta y de espíritu explorador, más arriesgado y curioso que su primo. Con sus 23 años había experimentado la labor de pastor, pero soñaba con poder viajar y conocer sitios lejanos. Su primera esposa, Yadira, lo alentaba a ello, juntos compartían la idea de conocer la vida del hombre occidental.

Habían pasado dos horas de fuertes vientos y la tormenta no parecía cesar. Mohammed tomó una lámpara de aceite y anunció que se iría a explorar, perdiéndose en la oscuridad de la caverna ante la mirada atónita y desaprobadora de Jum’a. La negrura se tragó a Mohammed y el fulgor de la lámpara se perdió en las profundidades de la caverna.

Qumran es un valle rodeado de montañas pobladas de cuevas y galerías subterráneas en donde los antiguos habitantes de la ciudad que llevaba el mismo nombre solían refugiarse. No era raro encontrar restos de vasijas y hasta huesos de moradores perdidos en sus pasadizos que sucumbieron al rigor del desierto y la falta de agua. Jum’a sabía perfectamente que si la tormenta continuaba debían buscar agua que les permitiera subsistir. Encargó de un grito a su primo que busque agua, y Mohammed asintió con un grito perdido en la negrura de la caverna que sonaba lejano y llegaba como un eco a los oídos de Jum’a.

La tormenta seguía recia y firme, las cabras se habían reunido en el centro de la cueva formando una gran maraña blanca amarronada y estaban tranquilamente echadas como sabiendo que solo la paciencia de esperar que el tiempo arrecie las sacaría de allí. Ya había pasado hora y media y Mohammed no había regresado. Jum’a, preocupado, tomó la otra lámpara y decidió explorar las cuevas circundantes para tranquilizarse. La noche se acercaba y no quería dejar todo para el último minuto. Lejos habían quedado las intenciones de festejos y ahora se disponía a evaluar la situación para pasar la noche. Solo había caminado unos cuantos metros cuando en la lejanía, desde las profundidades de la cueva, oyó los gritos de su primo. Su voz se oía alterada, como emocionada, y se incrementaba rápidamente; Mohammed corría hacia su primo. Visiblemente conmocionado, Mohammed le explicó a Jum’a que la caverna se extendía varios kilómetros en la montaña y que en una de las cámaras más alejadas había encontrado un gran número de pergaminos.

Los primos ed-Dhib se hicieron famosos por su hallazgo, los pergaminos perdidos del mar Muerto. Mohammed pudo viajar a París con su esposa e inició sus estudios de arqueología gracias a una beca del gobierno francés. En ese tiempo se convirtió en la mano derecha del director de la Biblioteca Nacional de Francia. En 1952, durante una velada organizada por amigos de la biblioteca conoció a Martin Radovedneži, un brillante y acaudalado ingeniero noruego de 56 años, propietario de la mayor colección de objetos y documentos arqueológicos privados en el mundo. Mohammed y Martin se hicieron grandes amigos, y tras largas charlas de café firmaron un acuerdo de colaboración entre ambos. Mohammed se trasladó con su familia a Oslo, donde se dedicó a reorganizar y estudiar la amplia colección de manuscritos y textos antiguos, entre los que figuraban varios escritos que databan de 5300 años de antigüedad, incluyendo los treinta y cinco pergaminos que junto a su primo hallaron en la cercanías del mar Muerto.

Cuando Martin Radovedneži murió en 1962 dejó claras indicaciones para que Mohammed pudiera seguir su trabajo. Mohammed se trasladó a Hampshire para que sus hijos pudieran estudiar mientras él proseguía con su investigación. En 2010, con 87 años, a pesar del peso de su edad no había disminuido su entusiasmo y seguía acompañando en cada hallazgo. Estuvo presente cuando su hijo Jean Paul junto a su equipo abrió la sepultura de Lord Carnarvon y recogieron los escritos secretos de la tumba de Tutankamón. Durante años había estudiado el pergamino clasificado como M-55 y sus extraños relatos; los había cotejado con aquel antiguo libro de cinco mil años y una gran cantidad de textos arameos antiguos, egipcios, mayas, y otras culturas extintas del Asia. Todo parecía confluir en un hecho similar que involucra una ceremonia espiritual común a varias culturas. Había escuchado historias de famosos arqueólogos de finales del siglo XIX y principios de siglo XX, pero nunca había hallado pruebas, solo narraciones vagas que parecían indicar una relación entre los hallazgos reunidos por Lord Carnarvon, apasionado de Egipto y financiador de las mayores expediciones de la historia.

Oslo, octubre de 2003

Mohammed ed-Dhib estaba sentado en el sillón de su oficina en silencio, absorto en sus pensamientos sujetaba una copa de brandy. Jean Paul ed-Dhib y Piero Valentino Bichierri habían permanecido junto a él todo el día, asegurándose de completar todos los papeles del seguro y de la Fundación Radovedneži. El silencio y las acciones pensadas caracterizaban ese particular luto. Mohammed se había negado a llevar adelante un funeral, a pesar de los consejos de su terapeuta. Jean Paul respetó esa decisión y aunque sufría en silencio la pérdida de su hermano llevaba con calma la necesidad de darle sepultura y un cierre al caso. Las pruebas no eran concluyentes y a pesar de que ninguna de las expediciones logró encontrar su cuerpo era probable que nunca lo hicieran, ya que las cuevas subterráneas de Río Secreto se estimaban en cientos y alcanzaban fácilmente los veinte kilómetros vinculándose con otros sistemas propios de la península. Los reportes ampliaban cada vez los túneles sin encontrar pruebas. Habían pasado seis meses desde su desaparición y era necesario cubrir los huecos legales, ya que Dominique era uno de los vicepresidentes de la Fundación y debía ser reemplazado.

“¡Padre!... Aquí tienes los papeles, es necesario que los firmes y demos un corte a esta locura”, exclamó en voz baja Jean Paul.

Mohammed bajó la mirada, tomó los papeles, los inspeccionó hoja tras hoja, y se detuvo en la penúltima… firmada por Dominique ed-Dhib aceptando el cargo propuesto… donde claramente se leía su nombre de puño y letra y al final un símbolo particular:


Una lágrima recorrió su mejilla y recordó a aquel niño de 12 años con el que jugaban a inventarse nombres en maya, diciendo cómo se llamarían si hubiesen sido mayas. Sus recuerdos daban vueltas en su mente…

—Dominique Balam Iktan será mi nombre y seré famoso entre los reyes mayas —decía entre risas Dominique—, ¡y mi firma serán las tres iniciales de mi nombre maya!

—Si vivieses entre los mayas serías un sacerdote —le decía Mohammed—, ¡ya que ellos eran sus científicos!

Su mente divagó un instante y cuando estaba a punto de firmar… bajó la pluma y llamó la atención de Jean Paul.

—¡Mira esos símbolos!... ¡Los he visto antes!... Recuerdas la piedra de Lhuillier, la lápida T514. ¡¡Búscala!!

Ambos enmudecieron e incrédulos miraron los símbolos, y sin salir de su asombro fue la primera vez que aquel triste luto se cortó con una sutil sonrisa.

—¡Cómo llegó allí el hijoputa! —dijo esbozando una sonrisa burlona Jean Paul—. ¡¡¡Será posible!!!

Yucatán, junio de 1952

Alberto Ruz Lhuillier y una tropilla de jóvenes arqueólogos mexicanos exploraban la inconmensurable selva que rodeaba a Palenque. Lhuillier, jefe de la expedición, seguía atentamente sus notas y se dirigía al extremo occidental de la pirámide mayor. Aún recordaba las palabras de su mentor, Alfred Maudslay, un viejo arqueólogo que no dejaba de alimentar sus imaginaciones con relatos de sus hallazgos en Palenque y de las semejanzas con otras culturas. Todo lo había registrado en su diario, alimentando la ilusión de ser un día el continuador de la misión de aquel enamorado de la cultura maya y su esposa, Anna Cary.

De repente, entre la maleza y las ramas de un viejo ceibo hallaron una entrada, cubierta por una piedra rectangular de treinta y cinco centímetros de espesor. Con la fuerza de cinco hombres corrieron la fabulosa piedra y destaparon aquella fosa oscura. El descenso se hizo interminable, y mientras bajaban los 80 escalones que los llevaban directo a la cámara mortuoria, sintieron un intenso aroma a almizcle y lavanda, entremezclado con un rancio aroma a vinagre. Estaban respirando por primera vez el aire encerrado por miles de años.

Al llegar a la cámara mortuoria hallaron una inmensa lápida, grabada finamente con la figura de un viajero maya, que tiempo después el propio Lhuillier atribuyó al gobernante maya “Pacal el Grande” (K'inich Janaab Pakal). Las características del grabado alimentaron la imaginación de muchos, creyendo haber hallado las pruebas de viajes interestelares y contactos con culturas extraterrestres. Sin embargo, pocos repararon en las tumbas anexas, que a escasos metros rodeaban la principal, quizás pensando en que se trataba de sirvientes, ya que del conocimiento de los antiguos rituales mortuorios mayas se sabía que estos “acompañaban” en su camino a la transición entre mundos al gobernante. A la derecha de Pacal, la última tumba estaba cubierta por un glifo enigmático, con una rara inscripción en maya y un subtítulo que indicaba su morador. Pasarían varios años para que Bernal Romero, seguidor del trabajo de Lhuillier, descifrara el escrito como “La Casa de las Nueve Lanzas Afiladas es el nombre de la tumba de K’inich Janaahb’ Pakal, sagrado gobernante de Palenque”.

Estos hallazgos hicieron famoso a Alberto Ruz Lhuillier y a través del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) conoció a mucha gente e intercambió sus hallazgos con una infinidad de arqueólogos del todo el mundo. Una tarde de agosto de 1975 recibió una invitación de la Fundación Radovedneži, para viajar a Oslo y presentar sus últimos hallazgos a la luz de nuevas evidencias procedentes del mar Muerto. Al llegar lo recibió Mohammed ed-Dhib, enseñándole junto a Jean Paul ed-Dhib la amplia colección de la Fundación e invitándolo a un debate sobre el origen y significado de las inscripciones halladas en El Palenque. Él nunca lo supo, pero sus hallazgos contribuyeron a encajar cada pieza en su lugar.

Oslo, febrero de 1976

Alberto Ruz Lhuillier llegó a las oficinas de la Fundación Radovedneži. Al descender del auto una corriente de aire lo dejó helado. Esto estaba muy lejos de El Palenque y su cálido México. Mohammed ed-Dhib y su hijo Jean Paul lo recibieron con una amplia sonrisa. Le enseñaron la colección de la Fundación y compartió con ellos los interesantes hallazgos de su incursión en El Palenque.

La lápida clasificada como T514 les llamaba especialmente la atención, lápida de Pakal. Esta representa el momento en que Pakal inicia su viaje hacia el inframundo para derrotar a la muerte y renacer como dios del maíz ascendiendo al plano divino. Sin embargo, las figuras talladas en la lápida tenían una extraña similitud con artefactos que podrían encontrarse en una nave espacial. La pregunta que Alberto y sus colegas se hacían era si la interpretación era correcta o la representación realmente indicaba un viaje explícito a algún lugar en particular. Sobre la figura de Pakal aparece un árbol en forma de cruz dividiéndose en 4 rumbos, con el símbolo del Dios maya Itzamnaaj K'inich Ajaw en la cima. Alrededor de la figura central se hallaban representados los símbolos astronómicos de Venus, Marte, la Luna y el Sol. En una esquina aparecía “kin” (el día) y “akbal” (la noche) junto a varios personajes que parecen estar hablando o rezando, estos eran los “nahb'atow-ilob”, nobles cercanos a Pakal que lo ayudaban durante las ceremonias. En la banda perimetral se observaba el cuerpo de la serpiente bicéfala (Itzamnaaj) y llamativamente había una inscripción al pie como una firma de tres símbolos conocidos, pero sin una significación conjunta, como si fueran iniciales:


Los símbolos se clasificaron como un misterio sin descifrar en las cámaras de la Fundación por muchos años hasta poder describir su significado y su relación con la frase encontrada en la tumba de Pakal. Las iniciales estaban seguidas de 2 series numéricas con 8 números cada una que se corresponden con los símbolos de “kin” y “akbal”, indicando que el uno sin el otro no puede existir.

Mohammed y su equipo contaban con datos de la Fundación Carnarvon procedentes de hallazgos en Egipto y en el mismo Palenque, a través de Anna Cary y su esposo, Alfred Maudslay. Intrigado Lhuillier se sumó al equipo, e iniciaron una búsqueda extensa de pruebas relacionadas con el hallazgo de la lápida de Pakal o T514.

En 1988, casi diez años después de la muerte de Lhuillier, lograron descifrar las escrituras mayas de Palenque, luego de comparar los textos hallados en Egipto y en el mar Muerto, y a la luz de los últimos hallazgos de las costas de la isla de Japón, Yonaguni, y de una red de construcciones que datan de 8000 a 10.000 años de antigüedad. Sin embargo, con estas nuevas pruebas solo algunas palabras cambiaron su significado; ahora podía leerse: “Portal de los Nueve Reinos Enlazados en el nombre de K’inich Janaahb’ Pakal, sagrado gobernante de Palenque”. Sin embargo, los símbolos y la referencia adjunta permanecieron sin ser descifrados. Pasarían 10 años más para encontrar la primera coincidencia de esos datos, y la interpretación cambiaría completamente la visión de los hallazgos.

Harvard, mayo de 1890

Era una tarde primaveral en Harvard, Alfred Maudslay y su prometida Anne Cary analizaban los hallazgos sobre la cultura maya en el sitio arqueológico denominado “Palenque” en México. Hacía tiempo que Alfred había dejado su puesto de cónsul británico en Samoa para volver a su viejo amor, la arqueología. Su vida académica se había visto truncada después de que su amigo y mentor John Willis Clark, miembro de la Cambridge Antiquarian Society, lo convenciera de trasladarse a Trinidad, impulsado por su afán de conocer otras culturas. Ahora había retomado sus sueños y de la mano de su esposa Anne emprendería una emocionante aventura para redescubrir sus anhelados misterios.

Cuando trabajaba para el Museo Británico le había llamado la atención el trabajo que Désiré Charnay desarrolló en el “Palenque” entre 1858 y 1882. Durante una conferencia en Cambridge en 1870, Désiré le enseñó unas fotografías y bocetos de sus primeras expediciones, y llamó su atención un portal en particular, por las raras inscripciones halladas en él, ya que no se semejaban a nada que hubieran visto antes en las inscripciones mayas descubiertas durante esa época.

Las piedras colocadas en forma de arco mostraban al mismo personaje despojándose de lo terrenal al ingresar a un portal. Esto parecía indicar un viaje espiritual a otro mundo. Los arqueólogos del momento habían sospechado un ritual previo al sacrificio, aunque nunca se hallaron pruebas de esto. Las referencias al sol, la luna y las estrellas eran reconocibles en las inscripciones, pero aparecían además como símbolos dos líneas entrecruzadas con curva y contracurvas opuestas entre sí. Sobre estos símbolos aparecía un gran arco pintado con rayos fulgentes que salían de él y que cubrían todos los demás. Alfred recordó que las antiguas culturas solían representar diferentes planos de una estructura tridimensional uno sobre el otro, como si fueran cortes de una maqueta. Sin embargo, este conjunto parecía representar una visión integrada de algún tipo en donde los elementos inferiores debían atravesar juntos el portal para alcanzar algún grado de elevación.

Anne tenía una imaginación sin igual y había cautivado a Alfred en largas charlas académicas que pronto terminaron en un reducido cuarto de Harvard junto a libros y manuscritos, tácitos testigos de su amor y de la pasión que seguía a las profundas reflexiones sobre el curioso portal. Ella solía hacer muchas referencias a la trascendencia espiritual alcanzada por los mayas, mientras que Alfred era un soñador, pero mucho más atado a lo concreto que su amada. Ambos buscaron incansablemente pruebas de su teoría, contrastándolas con otros hallazgos de la época en varias ciudades de México.

En 1905, tras el hallazgo de Sir Arthur Evans en la isla de Creta, planificaron una visita a Oxford para reunirse con él y analizar los hallazgos. Sir Arthur había localizado el gigantesco palacio de Cnosos en el que habría reinado el poderoso rey Minos. Durante la visita a Oxford, una fría mañana de otoño, Sir Arthur les enseñó grabados que había guardado en secreto por no haberles encontrado ninguna explicación. Para sorpresa de ambos se trataba de símbolos similares a los que yacían junto al portal en Palenque, aunque estaban indicando un supuesto pasadizo por donde los penitentes podían ingresar para entregar sus tributos a Minos, alcanzando la gracia y el perdón de Zeus. El pasadizo asemejaba la entrada a un palacio con cuatro columnas talladas y una piedra angular situada justo encima de las columnas. El pórtico estaba situado en el extremo más alejado del palacio de Cnosos, ala norte, como un portal de ingreso posterior a las cámaras reales. Sin embargo este portal, al igual que en Palenque, no conducía a ningún lugar, y estaba ubicado justo sobre el muro posterior de las cámaras reales. Para Anne aquellos símbolos representaban la ascensión a un nivel superior de conciencia, la integración de partes del alma que confluyen en un “yo” superior. Sin embargo, ella falleció en 1926 sin saber lo cerca que estaba con sus ideas. Con su amada muerta, los sueños de Alfred quedaron sepultados en incansables rondas de melancólicas copas que no hacían más que promover su abstracción del mundo. El 28 de diciembre de 1908 un terremoto de 7,2 grados en la escala Richter sacudió Sicilia y sus repercusiones produjeron un derrumbamiento de la parte posterior de la cámara real del templo, tapando con él todo hallazgo del portal. Alfred abatido por los años y la muerte de Anne, y preocupado por las implicancias de sus teorías omitió referencias directas a estos hechos en sus memorias publicadas antes de su muerte en 1931, aunque añadió algunas pistas a modo de referencia en Life in the Pacific Fifty Years Ago para que algún ojo entrenado y una mente abierta pudieran seguir su labor. Pasarían 100 años antes de que alguien lo notara.

Hampshire, Inglaterra, febrero de 1908

El fuego ardía en la chimenea de la gran sala del Castillo de Highclere, como intentando despejar los fantasmas taciturnos de la fría noche. George Edward Stanhope Molyneux Herbert, V conde de Carnarvon, conocido en la sociedad como Lord Carnarvon tomaba su té matutino y aguardaba ansioso a su visita, Howard Carter, un joven londinense de 34 años, que parecía tener eso que buscaba en todos sus expedicionarios: juventud, pasión y conocimiento.

Hacía mucho tiempo que guiado por su entusiasmo en redescubrir tesoros y mitos de los antiguos egipcios buscaba, en Cambridge y Oxford, jóvenes talentos apasionados por la arqueología que estuvieran dispuestos a contribuir con su conocimiento a la causa, a cambio claro de una buena suma de libras y un lugar memorable en la historia de la arqueología moderna. Anne y Alfred, a quienes conoció en Cambridge, le enseñaron sus hallazgos en América, proponiendo desafiantes teorías sobre el alma y el destino, que aparentemente estaban grabadas sutilmente en los jeroglíficos mayas de Palenque. Además, conocía el trabajo de Sir Arthur Evans en Creta a través de sus conferencias en Oxford.

Howard llegó al castillo puntualmente a las 12 de la mañana. El frío y la lluvia londinenses no lo detuvieron y el carruaje que Lord Carnarvon le había enviado llegó puntualmente a destino. Las 5 horas de viaje lo pusieron a meditar y a planificar, después de todo, su sueño de conseguir un patrocinador adinerado lo tenía muy entusiasmado.

El mayordomo anunció la llegada de su visita y a continuación comunicó que el almuerzo estaría listo en una hora, para darle tiempo al visitante a que descanse del largo viaje. Sin embargo, Lord Carnarvon pidió que hicieran pasar a su invitado directamente a la biblioteca.

Luego de la cortés recepción, y de un sustancioso almuerzo, Howard expuso a su anfitrión su trabajo, primero como joven entusiasta y luego como inspector de antigüedades de su majestad en Egipto. Seducido por el entusiasmo y el conocimiento del joven, Lord Carnarvon, le anunció su intención de financiar la expedición, aunque le pidió reserva de un cometido secreto que esperaba que se cumpla con diligencia y confidencialidad.

El Cairo, noviembre de 1922

Howard, gracias al financiamiento conseguido por Lord Carnarvon, y luego de haber excavado muchas tumbas en el Valle de los Reyes, consiguió despejar el ingreso a una misteriosa tumba, que según las inscripciones perteneció a un joven faraón fallecido con tan solo 19 años, denominado Tutankamón. La tumba se encontraba en excelentes condiciones y era una de las pocas que al momento de su hallazgo no había sido saqueada. Junto a la tumba había curiosas inscripciones que parecían explicar la repentina partida de este faraón. El 23 de febrero de 1923 Lord Carnarvon junto a Howard abrieron la tumba e ingresaron a la cámara funeraria, donde se encontraron un sarcófago intacto y junto a él las ofrendas de la ceremonia religiosa que implicaba acompañar al monarca con sus objetos más preciados. Sin embargo, además del sarcófago del faraón, había un sarcófago adicional que se encontraba a su derecha y junto a él unas extrañas inscripciones en las que aparecían representados el sol, la luna, las estrellas y dos líneas superpuestas con curva y contracurva, todas incluidas en un arco radiante que las contenía por encima. La figura del dios Amón se encontraba consecutiva y de frente hacia los símbolos indicando su inicio y final. Ambos separaron estos hallazgos y los remitieron en barco a Londres para ser analizados por separado junto a los hallazgos de Creta y Guatemala. Lord Carnarvon solo pudo ver la caja y el sarcófago embalados, ya que murió sorpresivamente el 5 de abril de 1923. Algunos atribuyeron su muerte a una supuesta maldición por la apertura de esta tumba.

Howard, conmovido por la muerte de su amigo, propuso su traslado a Hampshire en donde fue enterrado en la colina de Beacon Hill, en donde tantas veces caminaron al sol y tuvieron largas charlas sobre los hallazgos arqueológicos.

Lord Carnarvon fue uno de los principales financiadores de los hallazgos de Egipto y un gran promotor de la arqueología moderna. Howard continuó su trabajo para la Corona británica catalogando muchos hallazgos del antiguo Egipto, pero en secreto continuaba con la misión que le encomendó Lord Carnarvon.

Durante una soleada tarde de primavera en Oxford se había reunido con Anne Cary y Alfred Maudslay para comparar sus hallazgos en Creta, Guatemala y Egipto; pero la muerte repentina de Anne, primero, y de su amigo Alfred más adelante lo dejaron pasmado. Perdió interés en sus trabajos y se centró casi exclusivamente en la teoría de Anne. En 1931, solo dos meses después de fallecer Alfred, anunció que iniciaría una campaña al Asia Menor, donde intuía encontrar más pruebas de su teoría. Pero Howard jamás reveló la encomienda de Lord Carnarvon y las teorías de sus amigos Anne y Alfred, llevándoselas a la tumba en 1939.

Muchos años después aparecieron pruebas de ADN y hallazgos de nuevos arqueólogos, que a la luz de la tecnología, comenzaron a descifrar el misterioso camino del portal que aparecía en estos grabados. En 2010 exhumaron en secreto la tumba de Lord Carnarvon y encontraron junto al ataúd de piedra una cámara secreta que contenía todos los manuscritos de Howard referidos al portal hallado dentro de la cámara mortuoria de Tutankamón.

Oslo, abril de 2020

Las oficinas de la Fundación Radovedneži estaban colmadas de empleados que corrían de un lado a otro dejando a punto todos los detalles del gran encuentro. Jean Paul ed-Dhib y el equipo que conducía la Fundación habían planeado este evento por varios meses; y en solo tres días estarían allí los representantes de las empresas de software y de tecnología digital más poderosas del mundo. La inversión que se firmaría aseguraría el avance en el campo de la informática, nanotecnología y biotecnología por cincuenta años más, con cifras millonarias que permitirían experimentar al más alto nivel.

En los preparativos intervenían los jefes de investigación que la Fundación tenía en Europa y EE. UU. Sus principales responsables eran Joná Balktan y Katrina Hidden, directores del área “Comunicación Espacial”; pero en realidad se ocupaban de descifrar los códigos ocultos en los escritos de Tutankamón, los pergaminos del mar Muerto, y el pergamino M-55 descubiertos hacía un par de años junto a la tumba de Lord Carnarvon. Además, habían logrado relacionar estos hallazgos con un código encriptado dentro de algunas secuencias de ADN humano y en el objeto clasificado como XP-477, hallado a principios de 2012 en las profundidades del mar de los sargazos, a dos mil metros de profundidad, cubierto por corales y algas.

A la reunión asistieron los jefes de todas las líneas de desarrollo tecnológico de la Fundación, y firmaron al entrar un documento de confidencialidad en donde se comprometían a no revelar nada de lo conversado en dicha reunión y comprometiéndose a formar parte del equipo durante los próximos 20 años. Obviamente, el pago era uno de los principales motores de atracción, ya que difícilmente otra compañía en el mundo podría ofrecerles un acuerdo tan prometedor, que además establecía primas por objetivos concretos que se percibían cuando el equipo alcanzaba sus metas.

La reunión dio comienzo con la presencia de Jean Paul, quien rememoró las palabras de su fundador, Martin, y de su padre, Mohamed, y motivó a los jóvenes presentes a apropiarse del proyecto que, según expresó, determinaría el futuro directo de la humanidad en el próximo milenio. Tomó un marcador y escribió una fecha en la pizarra: julio de 3100.

Incrédulos, todos se miraron entre sí, y uno de ellos exclamó…

—¡Pero faltan siglos para esa fecha!... —A lo que Jean Paul le respondió:

—Justamente por eso es importante, porque tenemos mucho tiempo y eso nos va a permitir anticiparlo. Estamos ante la revelación del misterio más grande de la historia humana. Estamos a las puertas de descifrar lo que nos ha sido anticipado en el apocalipsis. Es nuestra decisión hacer algo, ¡¡y yo he decidido hacerlo!!

El silencio se apoderó de la sala y lentamente fue desplazado por rumores en voces muy bajas, bajas, medias y cuando se hizo con la sala entera Jean Paul carraspeó y miró a todos hasta que los rumores cesaron.

—Hace un par de años realizamos un hallazgo sorprendente luego de exhumar los restos de uno de nuestros benefactores más importantes, Lord Carnarvon. Este proyecto, encabezado por mi propio padre, nos ha revelado una serie de datos, algunos que ya hemos comprendido y otros aún en etapa de ser descifrados. Pero lo más sorprendente de todo es la unidad que existe entre esos hallazgos, algunos símbolos de amplia distribución entre muchos pueblos antiguos de nuestra historia y la mismísima secuencia de ADN que forma parte de nuestro cuerpo. No entendemos cómo, pero los datos indican que la información necesaria para la protección de nuestro futuro está grabada en nuestro código genético. Aun así, no logramos descifrar ni recuperar toda la información y al parecer podría tratarse de una localización o de una referencia ubicada dentro de nuestro propio planeta o dentro de algún otro planeta similar al nuestro ubicado dentro de la vía láctea u otras galaxias cercanas.

La sala quedó en éxtasis y alguien exclamó:

—Pero cómo puede ocurrírseles algo tan rebuscado.

Jean Paul se levantó con paciencia y prosiguió con su relato:

—En 2012 recuperamos del Atlántico un curioso objeto que disponía de tecnología alienígena y poseía enclavado códigos escritos en maya. El mensaje concreto expresaba: “mira dentro de ti y verás la verdadera naturaleza de tu procedencia”. Este mensaje estaba acompañado por una serie de números, que sumados al mensaje y a otros símbolos incluidos en él, parece hacer clara referencias al ADN. Aunque aún desconocemos el significado y no pudimos descifrarlo completamente. Su misión es descifrar el código y encontrar la tecnología para poder utilizarlo… Estimado equipo: ¡¡¡bienvenidos al Proyecto Código MEGAS!!! ¡El futuro de la humanidad estará en sus manos! ¡Demostremos por qué debemos sobrevivir!

Nassau, abril de 2012

El equipo de expedicionarios se reunió temprano para evaluar las condiciones de navegación y preparar todo lo necesario para alcanzar el objetivo. Las indicaciones eran claras, rastrillar la posición 28°28'N 71°29'W en busca de un objeto de tamaño mediano, circular y metálico. El destino estaba ubicado en el medio del mar de los Sargazos, donde las leyendas y los mitos superan la realidad, y a pesar de que la ciencia había arrojado varias hipótesis y explicaciones, que cada vez se volvían más sofisticadas, ninguna había logrado explicar el fenómeno.

John Fisher, el capitán de la excursión, tenía en sus manos una bitácora sumamente detallada de la posición del objeto, clasificado como XP-477, con una descripción del estado y de la profundidad en la que se encontraba. Dos mil metros, y seguramente cubierto por corales, algas y una infinidad de polvo y escombros que lo enmascaraban y lo hacían invisible a los escáneres de todo tipo, y que por años incursionaron buscando “algo” en las profundidades del mar y nunca lo habían hallado.

Formaban parte de la expedición un astrofísico español, Santiago Colás Escudero, y un arqueólogo especialista en espeleología, Piero Valentino Bichierri, ambos empleados de la Fundación. Estos, a diferencia de los escasos datos que tenía el capitán del navío, parecían saber perfectamente qué y dónde buscar.

Las bitácoras estaban incluidas en una especie de memorias y a John, si bien no representaba problema alguno, el origen de esos datos le resultaba sospechoso. Embebidos en un programa digital de búsqueda orientada por palabras clave, cualquier consulta referente al objeto arrojaba referencias claras y precisas. Pero a John le llamaba la atención la firma digital de cada referencia, pues la numeración, si bien se asemejaba a una fecha, no podía corresponder a esto por lo incoherente de esta. La última referencia, ubicación posible del objeto, contenía latitud y longitud con una aproximación del minuto y estaba firmada y fechada “DBI-16/7/2025”; era evidente que la fecha estaba mal, o él desconocía algún dato. Sin embargo, la misión continuaba sin titubeos, las condiciones del trabajo eran claras, cumplir la misión, no cuestionar y no comentar.

Las olas golpeaban con fuerza la nave que se agitaba a su compás. A medida que la expedición se acercaba a las coordenadas indicadas, más fuerte eran las corrientes, e incluso el propio John, que poco les temía a las marejadas y tormentas, empezaba a preocuparse por la seguridad de su nave. Por su memoria pasaron naves perdidas, aviones desaparecidos sin dejar rastro y marineros que describían historias sin sentido. El triángulo de la muerte, triángulo de las Bermudas o clásicamente el mar de los Sargazos era conocido por las interminables historias de ficción que ubicaban la Atlántida en ese lugar, visitas de extraterrestres, y mitos de todo tipo. Pero como buen marinero y fiel a su historial, John no se amedrentaba fácilmente, y solo fue cuestión de omitir esos pensamientos y centrarse en la misión. En su cabeza resonaban las palabras del presidente de la Fundación… “no detengas la misión, vuelve con el objeto o no vuelvas. Si cumples, la suma del premio la pondrás tú”. La simple visión de un futuro sin preocupaciones para él era suficiente para ignorar todos los mitos y leyendas y avanzar sin miramientos. Las olas eran cada vez más grandes y las nubes aparecieron casi sin anunciarse, rayos y vientos embravecidos le siguieron, y casi sin sentirlo, la embarcación se vio envuelta en un infierno en el mar. ¡Había que resistir!

Cuando llegaron a la posición indicada los vientos cesaron, y como si fuera el ojo de un huracán, todo se mantenía en calma, por lo que fue relativamente sencillo anclar el navío e iniciar las tareas de inmersión. El equipo de robótica con gran experiencia en trabajos a grandes profundidades inició los preparativos. Santiago y Piero chequearon sus cálculos, las condiciones del lugar, la posición de la nave y dieron su conformidad para iniciar el descenso. El submarino robótico Ultram, propiedad de la Fundación, había sido diseñado específicamente para esta misión. Por cuestiones que pocos conocían, los cálculos de profundidad esperada y niveles de presión eran conocidos con gran precisión; pero también lo eran algunas condiciones de resistencia a ondas electromagnéticas y radiactivas. El material del que estaba construido Ultram era único, y garantizaba la estabilidad ante condiciones extremas, incluso ante explosiones nucleares. Era inerte a la mayoría de las sustancias conocidas y no permitía la acumulación de energía, sino que la disipaba en su estructura.

La inmersión duró cinco horas y Ultram descendió exactamente dos mil metros. A medida que se acercaban los sensores que tenía incluidos mostraban un incremento de la energía electromagnética de casi diez veces cada metro, como si estuviéramos metiendo un lápiz metálico en una gran bobina magnética. Sin embargo, fiel a sus materiales y a su construcción, Ultram permaneció estable y fue poco afectado por las adversas condiciones. A los dos mil metros chocó contra una estructura rígida cubierta de coral muerto. Un rayo de quince megajulios golpeó el lecho del océano y generó una vibración que se sintió en la superficie del océano sobre el navío.

—¡Otro golpe más! —exclamó Santiago—. ¡Necesitamos otro golpe más!

Una segunda y una tercera descarga chocaron contra el fondo del océano y repercutieron de igual manera sobre la superficie… y al cabo de diez segundos, una gran descarga subió desde el fondo del océano y golpeó con fuerza la nave, paralizando las comunicaciones y dejando en negro los sensores.

—¡Lo tenemos!, amarrad el objeto y subidlo.

Una gran pinza neumática accionada a distancia abrió los dedos como si fuera una mano y rasgó la superficie del lecho oceánico, cargando en su estructura el objeto que emitía las descargas. No era un objeto pesado, más bien liviano, pero que emitía grandes cantidades de energía electromagnética y afectaba la estabilidad del navío que lo esperaba arriba. Cuando la “mano” colocó el objeto sobre la superficie de Ultram, una estructura secundaria se desplegó y se cerró generando una estructura externa del mismo material que recubría toda la nave y al objeto, aislando las emisiones electromagnéticas.

—¡Vaya que lo tenían todo pensado! —exclamó John y con una sonrisa indicó la partida.

El regreso fue sencillo, tal vez fue el cansancio de la larga jornada o la extraña quietud del océano, pero casi como un abrir y cerrar de ojos ya habían llegado nuevamente a Nassau, en donde los esperaba un transporte para llevar el Ultram y su carga directamente al aeropuerto.

El objeto fue trasladado a Oslo y cada miembro de la expedición recibió una suma generosa de dinero como recompensa, a la vez que se le solicitó la firma de un contrato de confidencialidad in-eternum.

Santiago y Piero, encomendados por el mismo Jean Paul ed-Dhib, conocían la verdad y durante los siguientes doce meses reafirmaron una gran cantidad de hipótesis e ingeniaron una estructura para aprovechar el gran potencial energético del objeto, generando energía limpia para todo el complejo. Sin embargo, lo más sorprendente era el mensaje encriptado y escrito en maya en la base del objeto: “mira dentro de ti y verás la verdadera naturaleza de tu procedencia”. Además, contenía una serie de coordenadas cuyo significado se debían descifrar, pero esa era la gran tarea que seguía.

La primera parte de la misión se había cumplido y los hermanos levantaron la copa en nombre del hermano ausente.

—¡¡Gracias, hermano!!, ¡donde quiera que estés! —Con un suspiro y lágrimas en los ojos chocaron sus copas e hicieron una reverencia por los ausentes—. ¡¡¡No te fallaremos!!!

Poseidonia, julio de 2023 a. C.

Dominique se despertó temprano y exploró su entorno. La histeria colectiva iba en aumento y se profundizaba cada vez más con los continuos y diarios sismos que azotaban la isla. Muchos de los edificios más antiguos estaban resquebrajados y a punto de colapsar. La pirámide central se mantenía firme, por su característica arquitectura, y en su interior se debatía el futuro de los habitantes.

Itzel Batún Iktan, el joven gobernante de la isla, escuchaba con calma los debates y se recluía a meditar en su recámara, en donde contados asesores tenían cabida. Uno de ellos era Dominique Balam Iktan, sumo sacerdote y consejero principal del monarca.

—¿Qué haremos, Dominique?... El senador Camal quiere dejar a toda esta gente a su suerte y escapar por el portal. Pero tú sabes bien que me debo a mi pueblo y no los abandonaré.

—Entonces Camal gobernará… —sentenció Dominique—… ya que cuenta con el apoyo del Supremo Consejo y si no das tu bendición mucho me temo que te traicionarán. Ya he visto mucho en la historia de este pueblo y recuerdo la revuelta de hace cincuenta años, cuando llegué a este lugar, y vi a tu padre pulseando por el trono con su gemelo.

—¡Yunuen se lo merecía! Era un soberbio y la verdad no sé a quién salió, pues mis abuelos nunca fueron así.

—¡Claro!... —exclamó Dominique—… pero en ese momento el apoyo del Consejo a Ikal me pareció lo más sensato, y además fue también lo mejor para mí. Tu padre fue un gran amigo, y no estaría aquí si él no hubiera sido el gobernante. Siempre lo recordaré y siempre tendrá su hijo, tú, todo mi amor y mi apoyo.

—¡¡¡Tío!!! Eres el hermano que padre nunca tuvo, eres mi sangre, mi conciencia… ayúdame a decidir lo mejor para mi pueblo.

—He hablado con Mentuhotep II, tu primo, y él está dispuesto a ayudarnos. Tal vez algunos pobladores podrían ir a sus tierras y otros escapar por el portal. Tú deberías ir a esas coordenadas que te enseñé y refundar tu pueblo, guiándolo y mostrándole que de las flaquezas siempre se sacan fuerzas. Pero sabes bien que esta situación no soportará mucho y no tendremos tiempo de trasladar a muchas personas.

—¡Hazlo, Dominique!, ¡organiza todo y convence al Consejo!

Dominique Balam Iktan era un hombre mayor cubierto de canas, que con el paso de los años había aprendido mucho de aquella cultura. Era solo un joven de treinta y dos años cuando llegó y ahora, con sus sesenta y dos años, se había ganado el respeto del pueblo y sobre todo del Consejo. Pero Dominique no solo tenía el respeto de todos, ya que su posición como sumo sacerdote y consejero principal del monarca le daba la posibilidad del veto y la influencia del pueblo, profundamente arraigado a sus costumbres. El sumo sacerdote incluso podía contradecir la voz del monarca y, si no era traicionado en un arrebato nocturno, incluso podría generar una revuelta y forzar la sucesión. Pero Dominique era parte de esa familia, ya que se había casado con la hermana de Ikal Batun Iktan y habían generado una familia numerosa, con cinco preciosos hijos. Sin embargo, más allá de todo, el legado de Dominique fue la estabilidad de su amigo Ikal, gobernante por más de cincuenta años de la isla y supremo representante en la tierra de su cultura. Ahora, con Ikal ausente, debía apoyar a su primogénito, Itzel, y encaminarlo hacia una nueva era.

Cuando Dominique llegó a la isla, arrastrado por una corriente submarina, inconsciente y sin fuerzas fue encontrado por Itzayana, la hermana menor de Ikal, gobernante de Atlantis II y fundador del primer asentamiento maya denominado “Cuello”, donde posteriormente desplazaría parte de la población de Atlantis II. La familia Batun Iktan era la primera generación de atlantes nacidos en la tierra e hijos de Hunab Ku. Cuando sus padres llegaron a este planeta fundaron una nueva civilización en la creencia de que sus influencias en las culturas terrestres debían ser lentas favoreciendo la evolución de las culturas. Itzel y su hermano Mentuhotep (primer faraón egipcio de la XI Dinastía) fueron enviados a dos puntos distantes del planeta para cumplir con esta misión. Sin embargo, a pesar de conocer la tecnología que permitía abrir un portal multidireccional entre mundos, tenían un estricto mandato de pocas comunicaciones y solo en caso de extrema emergencia hacer uso del portal.

El portal ocupaba una gran cantidad de energía, que se obtenía del centro magnético de la tierra y era canalizado por una estructura traída de Atlantis que se hallaba ubicada en el interior de la pirámide central para facilitar la resonancia de la señal. Luego de cincuenta años de la primera oleada, que había traído a los padres de Itzel Batún Iktan a través del portal, el receptáculo estuvo listo para reabrir teledireccionadamente el portal. La llamada permitió retomar los vínculos con su planeta nativo, Atlantis, y confirmar la presencia de un nuevo asentamiento: Atlantis II. Durante esta etapa, se generó la segunda oleada para facilitar el traslado de material para la agricultura y un nuevo generador magnético de energía, que tomando la energía magnética de la corteza terrestre y enfocando las secuencias genéticas guías, presentes en todos los descendientes de Atlantis y heredadas por generaciones, permita la apertura unidireccional del portal. Esto facilitó las comunicaciones entre las colonias terrestres que lograron prosperar y definió un ciclo de diez años para cada reporte y comunicación a Atlantis, pues la idea de los atlantas nunca fue invadir, sino establecer colonias que perduren y faciliten el mestizaje con los nativos terrestres. Pero el momento se había tornado crucial. Las condiciones apremiaban y el futuro dependía de un hilo.

“Se acerca el momento de trascender el tiempo y el espacio y dar muestras de templanza”, pensó Dominique, y a la distancia recordó aquel día, en las cavernas, y a su amigo Piero. En ese momento tomó la decisión más difícil de esos tiempos, una decisión que le permitiría dejar a la humanidad un sendero, uno que él esperaba que supieran usar, un sendero hacia la luz, hacia la inmensidad del espacio y hacia el engrandecimiento y superación de lo que recordaba de su mundo.

Sentado en su mirador, en lo alto de la pirámide central, planificó cada ruta, uniendo los enclaves de la civilización maya en la tierra con nuevos asentamientos a través de senderos terrestres y marítimos. En cada punto seleccionó la simbología, el lugar de la escritura y una forma de llegar a ella en el futuro. Sabía que la intuición es, sin duda, uno de los motores más importantes de avance de nuestra cultura, y él estaba dispuesto a dejarles un sendero de migas que los lleve hacia adelante en el tiempo y el espacio.

Durante el siguiente año, Dominique y sus hijos mayores, Jean Paul, Francis y Ana, planearon la ruta de escape e hicieron arreglos con Mentuhotep II, para trasladar parte de la población al alto Egipto a través del portal ubicado en el templo Hat Ka Ptah (casa del espíritu de Ptah o Aegyptos). Los científicos, algunos observadores y la mayoría de los miembros del Consejo, retornarán a su planeta nativo y de allí iniciarán, posteriormente, una nueva etapa de asentamiento terrestre.

Este era un motivo especial, el centro de la civilización de los atlantes en la tierra se desmoronaba y restaban pocas alternativas. La primera comunicación con Atlantis confirmó las directivas primarias dadas por Dominique, la población principal se desplazaría a Egipto donde se sumaría a la colonia de Mentuhotep II, fortaleciendo la conquista del Alto Egipto. Un pequeño grupo expedicionario sería trasladado a la costa del golfo de México, en la zona denominada Cuello, donde fortalecerían el asentamiento local reemplazando el emplazamiento actual para un nuevo inicio, que históricamente se conocería como el primer asentamiento de la cultura maya. Posteriormente, cuando la nueva ubicación fuera restablecida, una expedición se dirigirá al sur del continente, siguiendo la línea montañosa mayor de Los Andes, y establecerá nuevas ubicaciones a mitad del continente sur, El Dorado, llamada así siglos después por su pujante desarrollo y la gran cantidad de estructuras recubiertas en oro, uno de los metales nobles fundamentales para canalizar las resonancias magnéticas de la tierra hacia el artefacto energético.

La primera expedición partió hacia el alto Egipto a través del portal ubicado en el tempo Hat Ka Ptah a fines de 2022 a. C. y significó el traslado de casi el setenta por ciento de la población activa, conformada por jóvenes familias con niños y adolescentes. Se llevaron consigo semillas, herramientas para la agricultura, libros y escritos, y una importante cantidad de “quantonium”.

El quantonium es un metal semilíquido que los atlantes trajeron a la tierra y que posee propiedades temporales si es estimulado a través de la exposición a campos magnéticos. Cuanto más fuerte es el campo magnético más energía logra acumular el quantonium, incrementándose su capacidad para curvar el espacio y generar desplazamientos temporales interdimensionales. La clave de su uso era encontrar una zona en donde la energía magnética fluya de manera natural y potencie el aprovechamiento de las propiedades físicas de este mineral. Hacía mucho tiempo, los primeros atlantes en visitar la tierra habían sondeado el planeta en busca de estos centros de energía magnética (CEM) disponibles en todos los cuerpos celestes, pero variables de acuerdo a la conformación de cada planeta o estrella, ya que no solo se generan por la disposición de las masas continentales sino también por la influencia de las radiaciones emanadas desde la estrella regente y desde el centro de la galaxia. Este último genera cambios cíclicos en la ubicación de los CEM que en cada galaxia tienen un determinado período. Para la Vía Láctea es de 5125 años y esto condiciona muchas de las acciones. Los atlantes habían aprendido a controlar la energía canalizada por el quantonium a través de estructuras resonantes recubiertas en oro que canalizaban la energía magnética para generar agujeros de gusano y facilitar los viajes a grandes distancias interplanetarias y las comunicaciones entre estos puntos. Sin embargo, los últimos descubrimientos atlantes mostraban que no solo era posible este tipo de comunicaciones, sino que podían generarse agujeros unidireccionales vinculados a la posición específica de personas en diferentes momentos del continuum temporal de manera similar a un viaje en el tiempo. Pero este tipo de comunicaciones requería tecnología inexistente en la tierra del pasado y aún en desarrollo en la Atlántida, por lo que su uso estaba monitoreado y restringido para evitar paradojas con fines imprevistos, y para evitar su uso bélico.

Dominique había estudiado durante años los ciclos energéticos de la tierra y de la galaxia, y había tropezado con un hallazgo alarmante; a medida que transcurrían los períodos de 5125 años, se producían pequeños cambios que se traducían, a lo largo del tiempo, en emisiones de energía como resultado de una acumulación secundaria de energía potencial que terminaba en un incremento sustantivo de la energía magnética planetaria luego de 25.625 años, y lo llamó fin del día galáctico. Pero lo más alarmante de su descubrimiento no era la suma de períodos, sino el incremento de casi un millón de veces en la potencia de las emisiones magnéticas en ese momento. La conclusión era una predicción alarmante con futuros cambios que sufriría el planeta y que obviamente interferirían con el desarrollo de la vida en cada uno de sus rincones. Cada 5125 años los CEM cambiarían y deberían modificarse todas las comunicaciones, pero cada 25.625 años se produciría un desplazamiento catastrófico de los polos magnéticos del planeta y de las estrellas generando movimiento de las masas continentales de los planetas y grandes emisiones energéticas en las estrellas. Sus cálculos permitían predecir que el 2025 a. C. parecía ser la fecha del cambio de localización de los CEM, pero se trataba del cuarto dentro de un día galáctico, es decir, posteriormente y luego de otros 5125 años se produciría el fin del día galáctico, y con él, de toda la vida como la conocía, y el futuro se terminaría, salvo que se anticipen medidas extremas.

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0+
Release date on Litres:
26 September 2024
Volume:
191 p. 3 illustrations
ISBN:
9789878717326
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Bookwire
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