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PEDRO CAYUQUEO

THE WALLMAPU


Cayuqueo, Pedro

The Wallmapu /Pedro Cayuqueo

Santiago de Chile: Catalonia, 2021

ISBN: 978-956-324-854-8

ISBN Digital: 978-956-324-855-5

GRUPOS RACIALES, ÉTNICOS, NACIONALES

305.8

Diseño e imagen de portada: Guido “Kid” Salinas, artista gráfico. www.guardianesdelsur.cl

Corrección de textos: Hugo Rojas Miño

Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco

Diseño y diagramación eBook: Sebastián Valdebenito M.

Composición: Salgó Ltda.

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Primera edición: mayo de 2021

ISBN: 978-956-324-854-8

ISBN Digital: 978-956-324-855-5

RPI: código de solicitud 8pb8q3 (8/4/2021).

© Pedro Cayuqueo, 2021

© Catalonia Ltda., 2021

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl – @catalonialibros

Índice de contenido

Portada

Créditos

Índice

Prólogo

El retorno del malón

The Wall Mapu

Un mapuche de selección

El día de la marmota

Making a murderer

Memorias

Un mapuche resiliente

Un antes, un después

El caso Catrillanca

Los políticos

La otra historia secreta

Incendios en Wallmapu

El comunero Ubilla

Un símbolo nacional mapuche

La manta de San Martín

Ineptos interculturales

Polvo de estrellas

El canto de Pichimalen

La Torre de Babel

Un hombre de otro siglo

El horno no está para bollos

Catrillanca 2

El gran rescate

Estamos (otra vez) solos

Varas y la autonomía mapuche

Un mapuche verde olivo

Los once del Fuerte Lumaco

Greta, una líder global

Chile despertó

Una ruca donde quepamos todos y todas

Un buen chiste

Temuco y su historia

El Pacto de Quilín

Testigo de una época

Huenchullán versus el Estado

Tocqueville en tierras indias

El mundo perdido

Winka kutran

Adiós a un contador de historias

El noble pewén de las tierras altas

Teodoro Schmidt I

Teodoro Schmidt II

Teodoro Schmidt III

Teodoro Schmidt IV

Teodoro Schmidt V

Pedestales y prontuarios

Recordar el cómo y el porqué

La ley del más fuerte

¿Qué debe hacer Víctor Pérez?

El modelo neozelandés

Volver a los parlamentos

El gran territorio del sur

Hacia una nueva Constitución

El triunfo del Apruebo

Rosendo Huenumán (1935-2020)

Justicia con guante blanco

Escaños y reparación histórica

¿Quién es indígena en Chile?

De guerreros a delincuentes

La voz libre

Repartir poder

Estado de sitio en Wallmapu

Mi respuesta a Pablo Ortúzar

Koz Koz, una tierra con historia

Caminar hacia un proceso de paz

Gracias totales

Glosario

En memoria del lonko Lorenzo Cejas Pincén (1938-2021), autoridad del territorio rankülche en Puelmapu.

White man came

Saw the blessed land

We cared, you took

You fought, we lost

Not the war but an unfair fight

Sceneries painted beautiful in blood.


Wandering on Horizon Road

Following the trail of tears

Once we were here

Where we have lived since the world began

Since time itself gave us this land


NIGHTWISH, Creek Mary’s Blood

Prólogo

A lo largo de su carrera, Pedro Cayuqueo ha intentado responder a una pregunta fundamental: ¿en qué momento surgió el conflicto entre el pueblo mapuche y el Estado chileno? La búsqueda de una respuesta lo llevó a incorporarse desde muy joven al movimiento autonomista como militante, luego creador de medios de difusión de ideas con los periódicos Azkintuwe y MapucheTimes, y más tarde programas de televisión como Kulmapu.

En los últimos años, la escritura ha sido su pasión y lugar de trabajo, develando historias sobre nuestra nación mapuche que han sido silenciadas por el sistema educativo.

Su trabajo le ha brindado como periodista un merecido reconocimiento nacional e internacional, convirtiéndose en uno de los exponentes, si no tal vez el único de su generación, que ha sido reconocido como tal. Son varias las razones, pero me inclino a sostener que es resultado, en primer lugar, de la dedicación por su trabajo, presente en cada uno de los textos que componen The Wallmapu, su noveno libro.

En otra variable complementaria diría que Cayuqueo, a diferencia de otras escrituras de nuestro pueblo, se caracteriza, principalmente, por “vivir” y luego por “escribir”. Esa experiencia vital le ha permitido fundamentar sus reportajes con fuentes en terreno, descripciones de los sitios, revisión de fuentes primarias y muchas entrevistas. Todas estas fuentes le permiten dotar a cada una de sus crónicas y reportajes de vida, de subjetividad, y sobre todo tener la capacidad de develar historias distorsionadas por múltiples capas de interpretaciones erradas sobre nuestro pueblo.

The Wallmapu —por si desean saberlo sus fans— mantiene algunas matrices de sus libros periodísticos anteriores: historias de despojo territorial, la violencia del racismo, la sobrevivencia de un pueblo y una cultura a la adversidad, su humor característico, las referencias al rock (de allí el título del libro, un guiño al clásico disco de Pink Floyd) y la personificación de sus protagonistas describiendo sus entornos y personalidades.

No es fácil este ejercicio, lograr no ser aburrido es un mérito y Cayuqueo lo consigue a partir de su sello, el que consiste en fusionar, en el momento preciso, el sarcasmo, la actualidad y su conexión con lo cosmopolita, con la cultura global. Lo último lo hace con algún episodio de sus viajes, las series de Netflix que comenta en redes sociales y, por supuesto, con sus abundantes lecturas. Esto último lo subrayo: Pedro es un gran lector, un devorador de libros. Lo fundamentado de sus crónicas, reportajes y entrevistas así nos lo confirma.

The Wallmapu comienza en Puelmapu, específicamente en la provincia de Chubut, actual Patagonia argentina.

Cayuqueo se dirige a dialogar con el lonko Facundo Jones Huala, en aquel tiempo con una tobillera policial electrónica en casa de sus abuelos, acusado de usurpación de tierras y atentados en ambos lados de la cordillera. Poco tiempo después el lonko sería trasladado desde Esquel a lado oeste de la cordillera, a la cárcel de Temuco, donde cumple condena hasta el momento de la publicación de este libro.

El reportaje, publicado en The Clinic, es revelador de su lucha y las convicciones que lo mueven.

Desde la perspectiva del movimiento mapuche, en las páginas del libro encontramos reflexiones de un amplio abanico de expresiones de nuestro pueblo: comunidades, lof, organizaciones, cada una con sus propias propuestas políticas. Está la voz de parlamentarios, alcaldes y líderes autonomistas. Todos y todas dan cuenta de sus variadas ópticas políticas que apuntan a subrayar —en la mirada del autor— que la diversidad es la fortaleza del pueblo mapuche.

Este libro, para quienes deseen adentrarse en la amplitud y heterogeneidad del movimiento mapuche, es un buen relato para iniciarse. A lo largo de The Wallmapu podrán leer entrevistas a dirigentes mapuche que desean construir la autonomía o bien a otros que apuestan por un Estado Plurinacional. Algunas voces están a favor de fortalecer las identidades cerradas, poniendo mayor énfasis en las tradiciones, y otras voces desean a lo menos discutir dichas posiciones por considerarlas conservadoras.

Varias de esas voces se sumergen en el debate sobre cuál vía es la más plausible para el país mapuche y su gente: ¿autonomía o plurinacionalidad? Ese debate, mejor dicho, estos laboratorios de creaciones políticas en perspectiva democrática, surgidas como tensiones creativas desde el Quinto Centenario, son fascinantes para cualquier sociedad que desea debatir y exponer ideas. Es un debate que por lo demás oxigena otras discusiones políticas y lo propio hace con nuestras democracias, a veces demasiado sofocantes con su monoculturalismo.

Como lo ha subrayado Cayuqueo en todos sus libros, las demandas indígenas surgidas a mediados del siglo XX han desembocado en la creación de nuevas institucionalidades a partir del nuevo siglo. Luego de veinte años de la emergencia indígena en América Latina, algunos casos han concluido en los Caracoles de Buen Vivir en Chiapas, a los que Cayuqueo hace referencia en este libro, el Estado Plurinacional de Bolivia o bien los experimentos de democracia inclusiva, como los municipios encabezados en Wallmapu por los alcaldes mapuche.

Citando las palabras del historiador inglés Eric Hobsbawm, es factible plantear que América Latina genera “laboratorios del cambio histórico”, un continente desde el cual se pueden desautorizar las verdades convencionales.

Pero The Wallmapu no trata solamente de los mapuche. Es también una crónica periodística del segundo gobierno de Sebastián Piñera, tal como su libro Esa ruca llamada Chile (2014) lo fue del primero. La actitud triunfalista del mandatario lo hizo prometer acabar con el conflicto y resolver los temas pendientes relacionados con los derechos de los pueblos indígenas. Nada de ello sucedió y las crónicas expuestas en este libro pueden ayudarnos a comprender algunas variables que explican su fracaso.

Operación Huracán, caso Catrillanca, el Comando Jungla, el fracaso del ministro Alfredo Moreno y la última huelga de hambre de presos mapuche son algunos de los episodios que Cayuqueo analiza en este libro. También, por supuesto, el posterior estallido social.

Al concluir The Wallmapu, la percepción de que conviven dos Araucanía al interior de una —por un lado, la mapuche y, por otro, la blanco-mestiza— se refuerza. No considero descabellado aplicar las tesis del pensador boliviano Fausto Reinaga para comprender la situación actual en la vieja Frontera. Como da cuenta su autor en sus reportajes de fundamentación histórica, en la creación de La Araucanía a fines del siglo XIX se encuentran las raíces del actual desencuentro.

Estas raíces se encuentran en el periodo pos Ocupación de La Araucanía y la creación de las reducciones mapuche. El problema —uno de los tantos— es la ausencia de conocimiento de cómo se forjó la propiedad de la tierra y la acumulación de la riqueza en la región. Cayuqueo va relatando este proceso, pero también fundamentando, sin afán de crear más divisiones, sino para que se pueda conocer cómo sucedieron en verdad los hechos.

Tal vez intuye que en la reconstrucción de los hechos históricos, en este relatar la otra versión de lo sucedido, está la clave para forjar un pacto de convivencia entre mapuche y no mapuche. Y de ese modo superar la percepción de dos ciudades, en que una, la que Pedro llama “Fuerte Temuco”, vaya convirtiéndose en lo posible en un sitio más amable y tolerante. Su anhelo pareciera ser que ambos Temuco no se encuentren solamente para agredirse, sino que también para convivir.

En definitiva, el nuevo libro de Cayuqueo nos va entregando una perspectiva desde lo mapuche en relación con la construcción del Estado a partir de las contingencias recientes. No obstante, con la emergencia de las escrituras mapuche y sus propuestas políticas para construir, como dice el autor de este libro, “una ruca donde quepamos todos”, aquello va cambiando. Si será la autodeterminación o un Estado Plurinacional la “madre de todas las batallas para los pueblos originarios en el actual proceso constituyente” —según Cayuqueo—, dependerá de la acción colectiva de los habitantes de Wallmapu.

Para conseguir ese objetivo, cito al autor: “Chile debe pasar del Estado-nación del siglo XIX a un moderno e inclusivo Estado Plurinacional del siglo XXI. De una mediagua estrecha, incómoda, a una ruca espaciosa y amable donde por fin quepamos todos y todas”.

Fernando Pairicán

Historiador

El retorno del malón

The Clinic, 7/septiembre/2018

Nunca antes pasó. No al menos en las últimas cuatro décadas. Que el tema mapuche lograra traspasar el restringido ámbito de la provincia y llegara a tocar las puertas mismas de Buenos Aires. No lo hacía tal vez desde la segunda mitad del siglo XIX, en los tiempos de la guerra argentina contra los míticos lanceros y weichafe de Tierra Adentro.

Calfucura, Pincén, Epumer, Namuncura, sus nombres por sí solos provocaban sendos zafarranchos en la capital. Y sus malones, verdaderas estampidas en toda la línea de fortines bonaerenses. Aquel es un miedo que perdura en aquella Argentina que todavía dice descender de los barcos.

El miedo al indio. Y al malón.

La élite trasandina pensó, equivocadamente, que el mapuche había sido borrado del mapa tras aquella larga guerra infame. Del mapa y de la historia. Aquella fue tarea de los ideólogos de la invasión. Y de los oficiales a cargo de las campañas. “Los indios son invasores y expulsarlos lo exige la propia virilidad argentina”, escribió Roca en 1878.

Y así lo hicieron. Armados con sus Remington limpiaron de “indios” las tolderías desde Leubucó hasta la Patagonia. Y de paso se hicieron de un botín de más de cuarenta millones de hectáreas. No fue poca cosa. Hablamos de la superficie terrestre de España.

Pero los “indios” —que así nos llaman todavía los blancos por esos pagos— no fueron derrotados del todo. Ni mucho menos borrados de la historia. Y allí donde pudieron se refugiaron y sobrevivieron. Y con ellos, una memoria, una porfiada identidad común que cada tanto despierta.

Uno de estos refugios de posguerra fue la llamada Colonia Pastoril Cushamen, en la actual provincia de Chubut, allí en medio de la estepa patagónica. Ubicada a noventa kilómetros de Esquel, fue fundada por el cacique Miguel Ñancuche Nahuelquir en 1899, luego de que el Estado le reconoció esas tierras tras varios intentos de estancieros por apoderarse de ellas.

Ese año Ñancuche y su hermano Rafael Nahuelquir viajaron hasta Buenos Aires a parlamentar con el gobierno.

Se cuenta lo hicieron a caballo y tardaron varios meses. Fueron recibidos por el presidente Julio Argentino Roca en su domicilio particular. Sus gestiones rindieron fruto: 125 mil hectáreas de un territorio donde, según el decreto, los indígenas que ya se encontraban ocupando el territorio “debían ser preferidos al efectuarse la adjudicación de los lotes”.

La generosidad de Roca no fue casual. Obedeció a consideraciones de seguridad nacional; el mandatario desconfiaba de los inmigrantes y de las ideas anarquistas y socialistas que desembarcaban con ellos. Tampoco los veía muy entusiasmados con su nueva patria. De allí su insólita valorización del indígena, los “argentinos originales”.

¡Si hasta fotografías se tomó con los Nahuelquir!

Sucedió también que Miguel Ñancuche no era cualquier cacique. Era lugarteniente de otro célebre líder mapuche de aquellos años, el gran Valentín Sayweke, señor de todas las comarcas al sur de Neuquén y bajo cuyo control estaban los pasos cordilleranos hacia Gulumapu, el territorio del oeste hoy ocupado por Chile.

Acorralado y diezmado por los ejércitos de ambas repúblicas, Sayweke fue el último jefe de la resistencia mapuche en rendirse. Lo hizo el 1 de enero de 1885 en Junín de los Andes ante el coronel Lorenzo Wintter. Mismo camino habían tomado los hermanos Nahuelquir. Ambos terminaron cumpliendo servicios de “baqueanos” para sus otrora enemigos winkas en las últimas expediciones militares argentinas al sur del lago Nahuel Huapi.

“Sufrían mucho, los corrían de lado a lado de la cordillera, venía la sangre blanca meta bala así que se entregaron para salvar a los suyos. Eran tres o cuatro hermanos y así salvaron sus familias”, consigna un testimonio recogido en el libro Memorias de expropiación. 1872-1943, del historiador y docente de la Universidad de Buenos Aires Walter Delrio.

Ante Roca tuvieron además el apoyo de un ilustre viajero de la época, el científico italiano Clemente Onelli, hombre cercano a Francisco P. Moreno y quien cumpliría destacada labor en la comisión que dirimió la cuestión limítrofe con Chile.

Onelli los visitó en sus tierras del valle de Cushamen, trabando con ellos amistad. Meliñé, cuatro ojos, lo bautizaron los Nahuelquir por sus anteojos redondos que no se quitaba ni para andar a caballo.

“Se trata de un jefe araucano de treinta familias muy laboriosas y agricultoras”, escribió Onelli a Roca en favor de Ñancuche Nahuelquir y los miembros de su lof.

“Tienen más aptitudes para el progreso que los otros sujetos colonizadores de la comarca, sean ingleses, galeses o criollos que, a pesar de disponer de campos más fértiles y de capitales más importantes, presentan una inmunidad a toda prueba contra los sueros de la civilización y el progreso”, apuntaría en su célebre libro Trepando los Andes, de 1903.

Si bien las colonias buscaban argentinizar a la población indígena allí radicada, en Cushamen las cosas rápidamente tomaron otro rumbo: se volvió un lof, esto es, un territorio bajo jurisdicción de un ñizol lonko, quien resolvía asuntos internos, parlamentaba con las autoridades y hasta dirigía el kamaruko, o ceremonia ritual.

Este ñizol, o lonko principal, no sería otro que el célebre Ñancuche, un jefe que “velaba por todos”, poseía “mucho ganado, buenos campos y una bella casa”, según se recuerda todavía en la zona.

Pero junto a la bandera argentina y sus efemérides ajenas llegaron también otros visitantes al territorio de los Nahuelquir. Pasa que el Estado comenzó a ofrecer condiciones muy ventajosas para atraer colonos e inversiones. Cushamen —un territorio dividido en 200 lotes individuales de 625 hectáreas— rápidamente se vio cercado de turbios personajes y estancias deseosas de correr sus alambradas.

Leleque, Maitén y Cholila eran tres de las colonias colindantes. Todas pasarían con los años a manos de un único propietario extranjero: la todopoderosa The Argentine Southern Land Company, de capitales británicos. Fue entonces cuando los robos de tierras, la pobreza y el hambre comenzaron a acorralar a los mapuche de Cushamen.

Este sería el comienzo de todo lo que vino después.

***

“Algunos me dicen Facundo Jones Wallace”, bromea el lonko en referencia a las dudas que despierta en cierto sector de la prensa su identidad étnica. “Entre galés y escocés”, agrega con una carcajada. “Indios truchos” los llegó a bautizar el polémico periodista Jorge Lanata cuando la desaparición de Santiago Maldonado copaba los titulares en Buenos Aires.

Argentina, de la noche a la mañana, cayó en cuenta que aún quedaban indígenas en el sur. Aquello no podía ser cierto. Lanata llegó a viajar a Esquel para entrevistar al lonko en la cárcel. La charla, disponible en Youtube, es de antología. Poco tuvo de entrevista. Es básicamente Lanata siendo Lanata. El personaje. No buscaba entender, menos profundizar en un conflicto en el que el argentino promedio brilla por su ignorancia. Lo suyo fue polemizar. Provocar. El rating.

Es miércoles y visitamos a Facundo en casa de su abuela paterna en un barrio de la periferia de Esquel, en calle Juan Manuel de Rosas. Allí cumple arresto domiciliario mientras la Corte Suprema decide su extradición a Chile. Se lo busca juzgar en Valdivia por incendio y porte de arma hechiza, cargos que el dirigente rechaza. Se trata del “Caso Pisu Pisue”.

Este data de enero de 2013 tras el incendio de una casa al interior de un fundo de Río Bueno.

Cinco mapuche fueron detenidos tras una investigación que incluyó —de manera irregular— la activa participación de la Agencia Nacional de Inteligencia (ANI). Tres de ellos fueron absueltos de todos los cargos en el juicio oral. Un cuarto, juzgado recién en 2015, también resultó absuelto.

Pero el lonko abandonó el país antes de ser llevado a juicio. De allí el pedido actual de la justicia chilena. Y un arresto domiciliario que incluye una tobillera electrónica que monitorea las 24 horas sus pasos.

Se sube el pantalón y nos la muestra.

—Podría ser un modem, les daría wifi a todos —bromea.

Es lo primero que sorprende del lonko. Su sentido del humor. Lejos de la figura del peligroso terrorista étnico —“El mapuche violento que le declaró la guerra a la Argentina y Chile”, llegó a titular un hiperventilado Clarín—, lo suyo es el nütram, la charla, el intercambio de opiniones que cada tanto matiza con alguna ocurrencia.

—¿Y cómo están los peñi del otro lado? —nos pregunta ya sentados en la mesa y mientras compartimos con su abuela una ronda de mates.

Le contamos. De las movilizaciones que nunca faltan, del machi en huelga que por fin pudo asistir a su rewe, de los juicios que finalizan, de los otros que comienzan, “lo de siempre”, agregamos. Escucha atento y ceba el mate.

—Y Piñera, ¿es verdad que quiere dialogar con la CAM? —lanza de improviso.

Nada se le escapa al lonko.

Lector de cuanto libro o noticia sobre los mapuche se le cruza por delante, sorprende con su agudeza. Reconoce estar al tanto de lo que acontece en Gulumapu, el actual lado chileno del territorio mapuche. Sigue las noticias. Más aún por estos días de relativa libertad tras un año tras las rejas en Esquel.

Por orden del juez federal Gustavo Villanueva el lonko solo puede recibir cuatro visitas de forma simultánea. Y no todos los días: solo lunes, miércoles y domingos. Tampoco puede realizar reuniones ajenas a su ambiente familiar o charlar —como cualquier líder social— con los medios. A menos que ello sea autorizado por el juez. Tal fue nuestro caso.

Su abuela Trinidad Huala (81) vive a un puñado de cuadras de la Unidad Penal 14, en un barrio de laburantes, obreros, migrantes del campo, muchos con un origen mapuche “todavía dormido”, nos dice Facundo.

Ella es la Wikipedia del clan de los Jones.

Su memoria es pródiga en datos, nombres y fechas. Lanata debió entrevistarla también a ella, concluyo mientras la escucho. Se habría enterado de varias cosas. Una de ellas, que los Jones poco y nada tienen de galeses. Y que sir William Wallace no es ancestro de nadie por estos lados. No al menos que ella sepa.

Cuenta Trinidad que el primer Jones fue Domingo, quien se asentó a fines del siglo XIX en la Colonia Pastoril Cushamen, en aquellos lotes bajo la protección del cacique Miguel Ñancuche Nahuelquir. Se dice que venía desde Azul, en la actual provincia de Buenos Aires, correteado por los militares.

“Muchos mapuche de otros territorios llegaron a Cushamen, allí fueron recibidos y con los años todas las familias se mezclaron”, nos relata. No pocos eran ex prisioneros de guerra, weichafe y sus familias liberados de los siniestros campos de concentración de Valcheta, Carmen de Patagones o Chichinales. “El desparramo de los mapuche fue grande”, agrega.

Trinidad creció precisamente en Cushamen.

Era una niña cuando su padre la dejó en casa de una tía, María Huanquelef, esposa del célebre Rafael Nahuelquir y figura consular en la vida de Trinidad. Un bello retrato de su “mamá” —como la llama con cariño— cuelga en el living de su casa.

“Mi recuerdo es que fui una niña feliz. Mi mamá me enseñó a trabajar el campo, criar animales y también a participar del kamaruko”, cuenta mientras su nieto lonko la observa y escucha atentamente.

Facundo sabe que no todo fue felicidad en la vida de su abuela. Sabe que de niña fue testigo del despojo de las tierras, del remate de los animales por deudas usureras contraídas con los winkas recién llegados y del avance de las alambradas.

También sabe que las mejores tierras de Cushamen nunca fueron aquellas donde el Estado radicó, precariamente, a los mapuche. Estas las reservó el fisco para los estancieros trenzados en Buenos Aires con el poder político. Y otras tantas para los inmigrantes que arribaron cuando Trinidad todavía era una beba. Siriolibaneses, varios de ellos.

Los “turcos” llegaban con una mano por delante y otra por detrás. Comerciantes al menudeo que recorrían la zona casa por casa, ofreciendo artículos de mercería, comestibles y baratijas de diverso tipo, “vendiendo por kilito” y haciendo “cambalache” por animales o cereales. Del menudeo a levantar almacenes o “boliches”, luego tomar tierras “en mediaría” y de allí a formar sus latifundios embargando animales con la fuerza pública y corriendo cercos a la mala.

Es el caso de los hermanos Breide, célebres por décadas en la zona por sus litigios y conflictos con la familia Jones-Fermín de la comunidad mapuche-tehuelche Vuelta del Río, allí en los bordes de la cordillera cerca de El Maitén y a 120 kilómetros de Esquel.

Llegados en 1904 desde Siria, los Breide se instalaron en Epuyén, Cholila y El Hoyo, los alrededores de Cushamen. Desde allí comenzaron un avance imparable. Lo mismo el colono Haikel El Khazen, socio comercial de los Breide y cuyos descendientes hasta hoy buscan desalojar a esta familia dedicada al pastoreo y la agricultura de subsistencia.

Son historias que se repiten por toda la zona. Casi calcadas. Y de emotivo recuerdo para Trinidad y los suyos, especialmente para su nieto Facundo, quien conoce de cerca aquella lucha: los Jones-Fermín son vecinos de la Pu Lof en Resistencia de Cushamen, comunidad formada por el lonko en tierras de otro célebre usurpador local: la familia italiana Benetton.

Pero no nos adelantemos tanto. Volvamos con Trinidad, su familia y los vínculos de los Jones Huala con las tierras de la Colonia Pastoril Cushamen. Aquellos de los cuales Jorge Lanata nunca se enteró en su viaje relámpago a Esquel. Ni buscó enterarse.

***

Martiniano Jones Huala (54) es uno de los 12 hijos que Trinidad tuvo con Sebastián Jones, peón de hacienda, buscavidas trotamundo y descendiente de aquel Domingo Jones venido desde más al norte. Junto a sus hermanos se crio en Mina de Indio, paraje de Cushamen donde el matrimonio en vano intentó echar raíces. La nieve, el hambre y tierras no aptas para el cultivo y la crianza los sacaron a todos de allí a comienzos de la década de los setenta.

“No se podía vivir en ese lugar, cazábamos liebres y cualquier bicho para llenar el estómago. Tampoco había leña para el fuego, vivíamos una pobreza muy grande. A nosotros nos corrió el hambre”, cuenta Martiniano mientras visita a su sobrino Facundo, el lonko bajo arresto.

Buscando una mejor vida la familia se trasladó en 1973 hasta la ciudad de Esquel, a una casa ubicada en el barrio Don Bosco. Pero la plata escaseaba. Martiniano y sus hermanos no tuvieron otra opción que salir muy jóvenes a ganarse el pan.

Nos relata que junto a Ramón, el padre de Facundo, desde niños destacaron como jinetes allá en el campo.

“Siempre tuvimos esa conexión especial con los caballos, tal vez por ser mapuche”, comenta. Y esa conexión era real. Así lo demostraron en el hipódromo de Esquel. Allí fueron contratados a poco de llegar. Primero para limpiar. Más tarde para montar.

Martiniano sería jockey hasta mediados de la década de los ochenta. Ramón, el padre de Facundo, lo sería todavía mucho más tiempo y con bastante éxito. Hasta hoy sigue vinculado a los caballos; trabaja en el haras La Pasión de Buenos Aires. Allí es un avezado cuidador y herrero de destacados finasangre.

Martiniano derivó con los años en hábil constructor de casas. Bellas casas de barro en Esquel y sus alrededores. Sixto, otro de los hermanos, trabajó largos años como mozo en el exclusivo Hotel Llao Llao de Bariloche. Buenos trabajadores los hermanos Jones Huala. Todos laburantes.

De vagos, como los retrató cierta prensa, absolutamente nada. Les sobra empeño.

Ramón también vivió en Bariloche, la turística ciudad argentina a orillas del lago Nahuel Huapi. Allí conoció a María Isabel Huala, la combativa madre de Facundo, luchadora incansable y habitual portavoz de la familia. Separados hace casi dos décadas, mantienen pese a ello fluida comunicación. No solo por el joven lonko y su posible extradición judicial a Chile. También por Fernando (29), Fausto (25) y Fiorella (27), sus otros tres hijos en común.

Fernando, mientras cursaba la secundaria, se fue a vivir con su padre a Buenos Aires. Fue incluso peón de caballos de carrera en el stud Rubio B. También fue flogger, algo que —curiosamente— escandalizó a quienes esperaban dar con un joven mapuche anclado en otro siglo y aislado completamente de las tribus urbanas y la cultura pop. Hasta lo acusaron de “falso mapuche” por ello.

Fernando hoy es werkén, mensajero, de la Pu Lof en Resistencia de Cushamen. En dicha función, propia de eximios oradores, destaca por su lucidez y templanza. Es la mano derecha de su hermano lonko.

Fausto, el menor de los tres hombres del clan, también sabe de luchas y persecuciones policiales. Actualmente está imputado por la justicia por “usurpación y atentado contra la autoridad”, tras participar de una ocupación de tierras en Villa Mascardi, ello en noviembre del año pasado.

El predio, bajo jurisdicción de Parques Nacionales, fue desalojado a balazos por efectivos del grupo Albatros de la Prefectura Naval Argentina. Allí murió baleado Rafael Nahuel, un joven laburante de los barrios pobres de Bariloche. Fausto Jones fue uno de los mapuche que aquel día bajaron su cuerpo en una camilla hasta la ruta. Fue detenido en el acto.

Pese a su reconocido bajo perfil, Ramón, el padre de los tres, también ha sacado la voz por la causa étnica que todos en su familia han abrazado. A fines de 2017, tras visitar al lonko Facundo en la cárcel de Esquel, fustigó duramente a los medios por toda la desinformación reinante.

“Nosotros nos criamos todos acá; da bronca cuando dicen que los mapuche no somos de acá, que somos vagos o que yo soy granjero británico como publicó Clarín. ¿Por qué no preguntan antes? En Esquel me conoce mucha gente. ¿Qué tengo yo de británico?... Dejen de hostigar al pueblo originario”, disparó molesto.

Martiniano cree que el reencuentro de su familia con sus orígenes es un proceso irreversible. Una primavera que ya nadie podrá detener.

“Yo tardé muchos años en tener la confianza para manifestar mi identidad mapuche. Uno cuando niño sufrió el racismo y la marginación, el propio sistema está diseñado para que sientas vergüenza, ‘indio de mierda’ era lo más suave que nos decían en la escuela”, comenta.

Martiniano es clave en la historia de Facundo.

Fue de los primeros en la familia en transitar el complejo camino del autorreconocimiento. Él debió ser el lonko, reconoce, pero miedos y dolores acumulados desde niño se lo impidieron. No tuvo las fuerzas. Y cedió la responsabilidad —y el honor— a su sobrino.

“Es un proceso largo reconstruir la propia identidad, hay que acercarse a los mayores, volver al territorio, sanar muchas heridas. A veces pienso que es como aprender a caminar de nuevo”, agrega Martiniano.

Caminar. Es lo que el lonko dice extrañar estando preso en la cárcel o aquí donde su abuela Trinidad. Caminar por la Pu Lof, aquel territorio a la vera de la Ruta Nacional 40, vecino de la Estancia Leleque y que un 13 de marzo de 2015 decidieron con su familia y un puñado de otros jóvenes disputar a la firma italiana Benetton.

Allí desapareció —el 1 de agosto de 2017— el artesano anarquista Santiago Maldonado tras una violenta carga de Gendarmería. Su cuerpo fue encontrado 77 días más tarde flotando en las frías aguas del río Chubut, afluente cordillerano que atraviesa zigzagueante las tierras en conflicto.

Su caso impactó a toda la Argentina. Movilizó a miles dentro y fuera de sus fronteras. Pero también visibilizó injusticias de más de un siglo que persisten. La principal de todas, la alta concentración de la propiedad de la tierra en Patagonia. De tierra mapuche-tehuelche en manos ajenas.

***

Atilio Curiñanco recuerda que nació y creció en las cercanías de la estación de trenes de Leleque. Allí trabajaba su padre, un mapuche desplazado de sus tierras como tantos otros en la zona. Ya mayor, casado con Rosa Rúa Nahuelquir, buscó trabajo en la ciudad de Esquel, en un frigorífico. Ella hizo lo propio en una fábrica textil. Allí criaron a sus cuatro hijos. Y vieron nacer sus primeros nietos.

Pero una de las tantas crisis económicas cerró la textilera y también el frigorífico. Corría el año 2002. Fue cuando decidieron, alentados por sus hijos, volver a vivir al campo. Y dejar atrás para siempre aquella vida de mapuche urbanizados a la fuerza.

Entonces averiguaron. Había un predio en teoría fiscal llamado Santa Rosa sobre la Ruta 40, frente a la Estancia Leleque. Eran tierras conocidas por Atilio desde su infancia. Allí cazó liebres con sus primos. Y cuidó animales.

Existía además otro dato relevante: una familia de apellido Tureo figuraba entre sus últimos pobladores hace más de medio siglo. Una familia indígena de la zona. Desde entonces que el predio estaba abandonado. Decidieron ocuparlo y transformarlo en su nuevo hogar. Hasta se dieron el trabajo de informar de ello a la policía de Esquel. No buscaban problemas, solo estar mejor. Y ganarse la vida con sus propias manos.

En eso estaba el matrimonio: construyendo una casa, sembrando, habilitando la huerta, cuando al poco tiempo apareció por Santa Rosa un trío infaltable en la zona: abogados de estancia, jueces y fuerza pública, todos trenzados en Chubut desde que se instaló el primer alambre.

Sería el comienzo de una larga batalla judicial contra Benetton, el mayor terrateniente de Argentina con novecientas mil hectáreas de patrimonio.

En este punto es necesario volver al inicio de este reportaje. A la Argentina Southern Land Company, los ingleses que a comienzos del siglo XX adquirieron todas las haciendas colindantes con la Colonia Pastoril Cushamen, aquel refugio mapuche de posguerra.

“La Compañía” —que así la conocen todos— nació en 1889 y vía testaferros logró una serie de gigantescas concesiones por parte del Estado entre las provincias de Río Negro, Chubut y Santa Cruz. Su historia la cuenta en extenso el periodista Ramón Minieri en el libro Ese ajeno sur. Un dominio británico de un millón de hectáreas en Patagonia. Los ingleses llegaron a poseer un territorio cuarenta veces mayor que Buenos Aires, un feudo repleto de vacas, ovejas, alambradas y un batallón de peones de hacienda viviendo y muriendo en sus dominios.

Fue el año 1991, bajo el gobierno de Carlos Saúl Menem, que su gigantesco patrimonio fue adquirido por la familia Benetton. Sí, los mismos italianos de la marca de ropa y las publicitadas campañas en pro de la diversidad étnica y cultural.

Hoy son un verdadero poder fáctico en Río Negro y Chubut. Sus directivos ejercen gran influencia en la Sociedad Rural, el poder judicial, partidos políticos, el gobierno y otros grupos de poder. Según la Dirección del Registro Nacional de Tierras Rurales, el 22,9 por ciento del total de las tierras del Departamento de Cushamen están hoy en manos de extranjeros. Los Benetton, uno de ellos.

Vuelta del Río es uno de los varios parajes de Cushamen. Allí está ubicada la Pu Lof en Resistencia, comunidad formada por el lonko Facundo Jones Huala en tierras precisamente en poder de Benetton. La Pu Lof se ubica a un costado de la Ruta 40, a 90 kilómetros de Esquel y a escasos 20 kilómetros —en línea recta— del paraje Mina de Indio, donde se criaron los tíos del lonko. También en pleno trazado del recorrido de La Trochita, el histórico Viejo Expreso Patagónico que realiza viajes turísticos desde y hacia Esquel.

Todavía más cerca de la Pu Lof, siguiendo hacia el sur la Ruta 40, se encuentra Santa Rosa de Leleque, comunidad formada por Atilio y Rosa tras aquel retorno al campo del año 2002. Allí han resistido desalojos policiales, un par de juicios y hasta ofrecimientos de tierras y dinero de los Benetton con tal de que abandonen la propiedad.

Aún estamos vivos y resistiendo, Petu Mongueleiñ y Territorio mapuche recuperado rezan los múltiples lienzos instalados en el acceso a Santa Rosa y que son visibles desde la ruta. También la bandera mapuche-tehuelche que flamea allí desde el día uno.

Es una porfía y una dignidad que aterrorizan a los miembros de la Sociedad Rural Argentina, varios de ellos descendientes directos de quienes financiaron el ejército de Roca y luego se repartieron Puelmapu como un botín. Más de uno ha llegado al gobierno con Mauricio Macri.

Es el caso de Patricia Bullrich, la flamante ministra de Seguridad de la Nación. Su ancestro familiar es Adolfo Bullrich, militar y rico comerciante que llegó a ser intendente de Buenos Aires durante el segundo mandato de Roca, su amigo personal. El viejo Bullrich hizo fortuna rematando las tierras arrebatadas a los ülmen y lonkos mapuche tras la mal llamada Conquista del Desierto.

—Su lucha es como el retorno del malón antiguo —le comentamos al lonko Facundo Jones Huala, mientras charlamos de todas estas historias presentes y pasadas en casa de su abuela Trinidad.

—Ellos, los winkas, hicieron cosas malas y las siguen haciendo. Aquí la cuestión de fondo es la propiedad de la tierra y los privilegios de una clase. Acá se da además la combinación entre latifundio y trasnacionales, que es el caso de Benetton. Allí está el temor de la Sociedad Rural, que al cuestionar nosotros al gran capital luego pasemos a cuestionarlos a ellos. Por eso nos persiguen —agrega.

—Si lo extraditan a Chile, ¿se detiene esta lucha? —preguntamos.

—Las comunidades se están reorganizando en los territorios y la identidad mapuche está cada día más viva. Peñi, esta primavera no la para nadie —nos responde.

The Wall Mapu

La Tercera, 31/octubre/2018

La noticia sorprendió a muchos: Roger Waters, el mítico fundador de Pink Floyd, anunció hace unos días que una banda de rock mapuche lo acompañará en sus próximos conciertos por la República Argentina. ¿Los elegidos para ello? Puel Kona, joven agrupación de la ciudad de Neuquén, el lado oriental del histórico país mapuche.

Pero si la noticia impactó en el mundo artístico y las redes sociales, el detrás de escena de cómo fueron elegidos bien vale la pena relatar. Cuenta la periodista Gaby Cociffi, directora del portal de noticias trasandino Infobae y a quien contactó Roger Waters, que todo surgió de un mail que ella recibió hace al menos un año. Allí el músico fue bastante explícito en su petición.

“Las discográficas me están proponiendo distintas bandas como grupo soporte, pero se me ocurrió una idea alternativa. He estado siguiendo los problemas de los mapuche en Argentina y Chile, así que me gustaría tener músicos mapuche en mis shows como acto de apoyo a su lucha. ¿Qué pensás?”, le escribió el músico desde su gira mundial Us+Them Tour.

“Nuestro show en La Plata es exactamente en siete semanas. Tenemos muy poco tiempo. Pero estoy feliz y conmovido con lo que vamos a hacer”, replicó en un segundo correo.

Fue entonces cuando Cociffi contactó a Verónica Huilipán, dirigenta y werkén de la Confederación Mapuche de Neuquén, una de las principales organizaciones del lado mapuche trasandino. En un extenso mail, la periodista le contó del interés de Waters y le solicitó el dato de alguna agrupación musical.

“Los Puel Kona”, fue la respuesta inmediata de Huilipán.

“Son músicos que fusionan mapuzugun y castellano en sus letras. Y cuentan con sabiduría la cosmovisión de nuestro pueblo y la lucha de resistencia que históricamente hemos llevado las comunidades”, agregó la dirigenta.

La propuesta de Huilipán fue entonces enviada a Roger Waters junto al último disco de la banda.

“Gracias por compartir la respuesta de Verónica, estoy conmovido. Me encanta esta banda / sonido, arpa judía, flautas, tambores de rock, excelentes ritmos, grandes voces. Ninguno de los clips de YouTube tiene imágenes, ¿hay algún video de ellos? Estoy muy emocionado”, respondió el músico.

No solo eso. Minutos más tarde Gaby recibió otro mail. “Estuve buscando en Google, ¿sabés que su nombre significa “Guerreros del Este”? Bien hecho por encontrar a Lautaro (voz del grupo), observo que toma su nombre de un líder mapuche del siglo XVI”, comentaba Waters.

“El genio que hace delirar al mundo y llena estadios se había sentado una tarde para googlear los nombres de los integrantes de la banda”, relató Cociffi, maravillada por el genuino interés del creador de obras maestras de Pink Floyd, como The Dark Side of the Moon y The Wall, entre otras.

“Deciles que definitivamente los necesitaremos para ambos shows en Argentina, los cuidaremos adecuadamente y me aseguraré de conectarme para discutir el contenido con ellos”, finalizó el músico. Genio y figura por donde se lo mire.

Nueve años antes, Cociffi había escrito al ex líder de Pink Floyd, solicitando su ayuda para que la causa por la identificación de los soldados caídos en las Malvinas —en la que ella trabajaba con algunos veteranos— tuviera por primera vez apoyo oficial.

El músico, por cierto, accedió conmovido.

“Hasta antes de que Roger Waters le llevase la causa a la entonces presidenta Cristina Kirchner nadie había querido escuchar el ruego de las madres de los soldados argentinos enterrados sin nombre en Darwin”, relata Cociffi.

Pero el músico inglés no solo le dio voz a la causa, también le puso el cuerpo: habló con embajadores, miembros de la Cruz Roja Internacional y hasta funcionarios de las islas. Hoy ya son 101 los combatientes que fueron identificados y cuyos restos fueron entregados a sus familiares.

Ello forjó una relación de mutuo respeto entre ambos.

“Fue también la llave que abrió la puerta para que Puel Kona sea la banda elegida como soporte en los dos conciertos que Roger Waters dará en el Estadio Único de La Plata”, agrega la periodista, emocionada.

***

Lefxaru, Amaru, Umawtufe, Malen, Ignacio y Juan Pablo son los integrantes de Puel Kona. Debutaron con su primer disco homónimo en 2014 bajo la producción de Goy Ogalde, líder del grupo rock trasandino Karamelo Santo.

En 2017 presentaron Kintu Newen (Buscando la fuerza), disco hoy disponible en las plataformas YouTube, Deezer y Spotify. Han compartido escenario con Manu Chao, Las Manos del Filippi, Illapu e Inti Illimani, entre otras bandas. Y recorrido con su música todo el país mapuche, desde el Atlántico al Pacífico, incluido un show en la última versión del Festival Rapa Maquehue de Temuco.

La banda combina rock, ska, hip hop, reggae, cumbia y otros géneros latinos con sonidos e instrumentos tradicionales mapuche. Pero esta combinación de géneros también tiene sus límites: Puel Kona no introduce en sus canciones el tayül, que es un canto propio de ceremonias.

“Queríamos contar otra forma de ver el mundo, nuestra propia cosmovisión”, dice Malen Nawel, la única mujer del grupo. “La música fue un hilo conductor de nuestro mensaje. Somos un pueblo intercultural y nuestra música también lo es. Hay que trabajar mucho para cambiar lo que se dice sobre los pueblos originarios. Sobre todo lo que dicen las voces de afuera”, agrega convencida.

Las letras de Puel Kona, en su mayoría en mapuzugun, hablan del renacer de la identidad mapuche, de una discriminación que aún persiste y también de aquellos conflictos territoriales pendientes en uno y otro lado de los Andes.

“Ayer las carabelas hoy son las petroleras / La codicia extranjera de nuevo en nuestra tierra / Gasoductos y pozos, sangra el Wallmapu abierto / No importan las regalías si nos dejan un desierto”, denuncian al ritmo del ska en la canción Malditas petroleras. “Clandestino en tu propia tierra / Extranjero en tu propio origen / es nacer y estar condenado, existir pero ser invisible”, cantan por su parte en Clandestino.

Gran parte de los músicos pertenecen además al lof urbano Newen Mapu, de activa participación en el movimiento mapuche trasandino. Su sede, ubicada en el corazón del Islas Malvinas, un populoso barrio neuquino, es desde hace al menos dos décadas un hervidero de activismo y militancia juvenil.

“La música es nuestra vida y surge de la espiritualidad mapuche. Nosotros aprendimos primero a tocar nuestros instrumentos mapuche y después, ya de más grandes, la guitarra”, cuenta Lefxaru, voz principal de la banda.

“Luchamos por el derecho de vivir en paz en una sociedad intercultural, en un Estado Plurinacional; somos ciudadanos argentinos pero nuestra nacionalidad es y sigue siendo mapuche”, agrega.

“Para nosotros esto que está pasando es como un sueño porque coincidimos y compartimos muchos valores con Roger Waters”, complementa Umawtufe Wenxu, bajista de Puel Kona y trabajador radial en Neuquén.

“Nosotros desde pequeños nacimos sabiendo que somos mapuche, que somos parte de un pueblo originario que forma parte de los más de treinta y cinco pueblos originarios que residen en la Argentina. Somos preexistentes a los Estados y luchamos para que se reconozca que dentro de este territorio coexisten y cohabitan diferentes naciones”, agrega.

Sobre los próximos dos conciertos con la leyenda de Pink Floyd, Umawtufe no tiene duda de que será “un encuentro maravilloso”.

“Vamos a poder compartir con miles de personas la lucha que llevamos adelante como pueblo. Y al mismo tiempo podremos encontrarnos en un lugar que es sumamente mágico, de diversión y de alegría como lo es la música”, comenta el músico. Tiene razón Umawtufe, se trata de un verdadero sueño. Para ellos y también para su pueblo.

Un mapuche de selección

CNN Chile / Kulmapu

Llegamos hasta la comunidad Andrés Coliqueo en la comuna de Freire, para conversar con el único futbolista chileno que ha marcado goles en dos mundiales de fútbol. Hablamos de Jean André Beausejour Coliqueo, campeón de América con La Roja, símbolo de la causa mapuche y deportista con lúcida opinión política y social.

En Huilio, la tierra mapuche donde se crio, Jean Beausejour nos relata cómo vive su identidad y el ser mapuche en pleno siglo XXI. El miembro ilustre de la generación dorada del fútbol chileno, en exclusiva con Kulmapu, se refirió a su familia, al orgullo por sus raíces y también a luchas sociales pendientes en Chile y en Wallmapu.

También, por supuesto, habló de don Andrés Coliqueo, su querido abuelo materno y a quien desde niño reconoce como un padre, así como de sus vacaciones de infancia entre labores agrícolas y largos paseos por el campo.

A continuación les presentamos el lado más íntimo de Jean Beausejour, su lado mapuche.

—Mari mari peñi Jean.

—Mari mari peñi Pedro.

—Aquí estamos en la comuna de Freire, una tierra que te remite a cosas bien especiales, esta tierra es la de tu origen familiar mapuche.

—Así es peñi, la comunidad lleva el nombre de uno de mis tatarabuelos, el cacique Andrés Coliqueo, el mismo nombre de mi abuelo materno, y hacer la entrevista aquí es para mí muy especial, creo que es la primera vez que yo abro este espacio para que alguien pueda hacerme aquí una entrevista. Me siento muy emocionado de estar acá en la comunidad mostrando al mundo parte de lo que soy.

—Hay gente que se sorprende de la vivencia mapuche que tú has manifestado en los últimos tiempos en tus declaraciones y entrevistas. Pero esa gente —siento— desconoce que gran parte de tus vivencias infantiles y adolescentes tienen que ver con este territorio, con tu comunidad.

—Sucede que a la vista yo soy un negro africano pero por dentro, sin desmerecer esa otra parte que también quiero mucho, lo que más me ha marcado y siento a fuego es mi sangre mapuche. Los valores de esta cultura son los que me ha dado mi familia, principalmente mi abuelo que fue con quien yo me crie. Y son mapuche también las vivencias que tuve muy de pequeño. Teníamos la oportunidad de ir a los molinos por la harina, todos en carreta de rueda de fierro; son cosas que uno recuerda con cariño y nostalgia. Eran quizás cosas rutinarias y cansadoras para la gente del campo, pero en nuestra memoria siempre queda la nostalgia. Ahora uno agradece que haya llegado la modernidad, la gente tiene vehículos y la vida se hace un poco más fácil.

—Cuando visitas la comunidad, tus familiares, tus tíos, tus parientes ¿te hacen sumergir en la cultura mapuche?

—Sí, pero más que sumergirme yo lo veo como algo cotidiano. No es que yo me disfrace de mapuche. A veces la gente forma caricaturas de la identidad, piensa que cuando uno va cruzando el Biobío hacia el sur se pone el poncho y empieza con el kultrún y el trompe, pero no, acá yo soy el mismo tipo que soy en Santiago, la única diferencia es que me llaman por mi apodo de niño y asumo las cosas que acá son diarias. Me encanta ir a dejar los animales al campo, comer una tortilla de rescoldo, salir a buscar mora y maqui con un tarro como hacíamos con mi primo en las mañanas para hacer mermeladas; me encanta hacer las actividades normales del campo. El otro día mi hermano Patricio me dijo algo que me quedó grabado: “Nosotros lo que exigimos no es que prevalezca nuestra cultura sobre la cultura winka, lo que exigimos es que las dos culturas tengan una relación de igualdad entre sí”. Yo le encuentro toda la razón, ojalá exista sobre todo en los niños la posibilidad de crecer viviendo su cultura, sin perder tampoco la chilena, a eso se refieren me imagino las demandas por reconocimiento y autonomía.

—Has tenido la posibilidad de vivir en diferentes partes del mundo, en varios países, en diversos contextos. ¿Sientes que Chile está atrasado en torno a eso, en aceptar, vivir y encariñarse con la diversidad?

—Te voy a dar un ejemplo deportivo, cuando nosotros jugamos con los paraguayos. Te lo voy a graficar con algo súper simple: en las pelotas detenidas, que son situaciones de táctica fija, ellos hablan en guaraní y nosotros no tenemos nada que hacer, no entendemos nada. Se pueden estar diciendo “yo me voy con esta marca, tú con esta otra”, y nosotros no entendemos nada. Allí te das cuenta de que hay países que no están a mucha distancia de Chile y que asumieron la interculturalidad, el reconocimiento a los pueblos indígenas, de mucho mejor manera que nosotros.

—¿Le transmites a tu hijo ese amor por su cultura?

—Sí y le digo a mi abuelo que le hable en mapuzugun. De hecho, mi abuela le regaló un trompe en la última Navidad. Le gusta. Trato también de acercarlo a mi lado mapuche para que se sienta orgulloso, para que no suceda lo que décadas atrás, cuando mucha gente lo veía como una carga y no como un orgullo.

—¿Desde cuándo tienes este interés intelectual de estudiar, de aprender y profundizar más sobre nuestra cultura, sobre nuestra lengua?

—Pasa que en mi casa siempre se hablaron estos temas, también otros más políticos, sociales, culturales; siempre mi familia ha sido muy opinante. El tema mapuche no fue la excepción y siempre estuvo metido en la sobremesa, en cualquier reunión familiar para nosotros fue y es importante. Mi hermano es un profesor intercultural con posgrados en el exterior, entonces siempre fue tema. Mis hermanos mayores, Patricio Coliqueo y Marcelo Coliqueo, que en verdad son mis tíos, son mis referentes de vida.

—Este perfil tuyo es muy particular dentro de un ambiente futbolístico en el que las lecturas y las discusiones político-sociales no son muy recurrentes. ¿Cómo ha sido en el fútbol la recepción de tus opiniones públicas?

—De todo, positivas, también negativas, pero cuando uno es un poco conocido yo soy de la idea de que no tiene que ser ambiguo. Quienes son conocidos deben tener opinión política, tienen que opinar sobre las cosas que están pasando en su país; por algo la gente te reconoce públicamente y hay que gastar el capital y el crédito de popularidad que uno pueda llegar a tener, no saca nada uno con guardarlo. Uno tiene que opinar, no ser ambiguo, y tengo muchos pares que también opinan pero se lo guardan quizás para no ser impopulares. Yo no soy así.

—Tenemos un país que está cambiando, hay una generación distinta que está impulsando cambios y discusiones que este país tiene pendientes hace demasiado tiempo. Ustedes tiempo atrás apoyaron desde la selección la lucha estudiantil. ¿Observas que hay allí una batalla digna de dar?

—Nosotros los futbolistas no estamos ajenos a lo que pasa en la educación chilena, yo soy un hijo de la educación pública al igual que gran parte de mis compañeros de selección. Hemos vivido en carne propia lo que significa haber recibido educación pública. Te doy un ejemplo súper gráfico: yo años atrás llegué a vivir a Inglaterra con una nula base de inglés. Entonces no es que a mí me contaron que la educación pública chilena es mala; me tocó vivirlo y sufrirlo, me costó un mundo desenvolverme en Inglaterra, y si hubiera tenido una educación de calidad como corresponde hubiera sido tal vez diferente. A mí me hubiera encantado de niño tener la lengua mapuche como primera lengua y después asumir el castellano, el inglés y el francés, eso sería para mí educación de calidad. Pero está surgiendo una nueva era en la que los mapuche están queriendo rescatar su cultura y una de las formas es aprender mapuzugun. Yo en el futuro próximo espero ponerme a estudiar nuestra lengua.

—Qué te pasa cuando recorres tu comunidad y te reencuentras con espacios como estas canchas de fútbol rural, que pueblan la geografía de muchos campos del sur y que cuentan con cero apoyo.

—Los niños de campo crecen y se crían en estas canchas y ni siquiera en estas condiciones. Se supone que el fútbol es un deporte popular, masivo, y tienen ellos las mismas oportunidades de desarrollarse que tiene un niño winka de una población en Santiago.

—Si tu madre se hubiera quedado aquí en la comunidad y no hubiera migrado a Santiago, ¿habrías tenido la posibilidad de ser un futbolista profesional?

—Imposible, la verdad es que hubiese costado mucho. Yo siempre digo que mis abuelos fueron visionarios en el tiempo que les tocó vivir, ellos tuvieron que migrar a Santiago, a Viña del Mar, para tener las oportunidades y ni siquiera para ellos, porque sabían que sus vidas ya estaban marcadas; ellos lo que en verdad esperaban era una mejor vida para sus hijos y posteriormente para sus nietos. Una de esas oportunidades me la dieron a mí.

—Cómo lidias con tu identidad tan marcada que tienes como afrodescendiente y mestizo mapuche a la hora de representar a Chile como seleccionado nacional. ¿Tú sientes que es una camiseta por la cual valga la pena dejar todo en la cancha?, ¿está en ti ese sentimiento chileno también presente?

—Nunca me habían hecho esta pregunta y debe ser de las mejores que me han hecho. Es difícil responderla, porque hay una mezcla de sentimientos tan potentes, tan importantes que me cuesta. Lo que sí te puedo responder es que una vez que me pongo la camiseta de Chile trato de hacer lo mejor y siempre doy el cien por ciento. Ahora me hubiese gustado tener la posibilidad de por qué no jugar por una selección de Wallmapu, sería mi sueño, sin dejar de jugar por la de Chile, como lo hacen los jugadores de Catalunya, de Andalucía; tener la posibilidad de jugar aunque sea una vez al año por la selección de Wallmapu, sin que esto sea una declaración de independencia ni nada, es solo ser un poco soñador.

—Tienes otro compañero futbolista profesional que es de origen mapuche, Gonzalo Fierro Caniullán.

—Espectacular es mi relación con Gonzalo, nos conocemos desde las selecciones menores. Pasa que cuando las familias migran desde el sur a Santiago se va perdiendo el origen, la cultura y muchas veces sin que ellos quieran. Pero él usa en la jineta de capitán de Colo-Colo la bandera de Wallmapu y me parece espectacular. Hay gente que critica eso, ve ánimos independentistas, y la verdad es que uno tiene el ánimo de que se integren más las dos culturas. Y esas cosas, esos gestos, van uniendo las culturas.

—Te agradezco peñi la gentileza de recibirnos en tu lof, en tu territorio, abrirnos también un espacio muy íntimo de tu historia personal y desearte éxito en tu carrera. Esperamos tenerte pronto de nuevo en los campos y las comunidades de Wallmapu.

—Me siento feliz de haber abierto este espacio a gente como tú peñi, a gente que estimo.

El día de la marmota

La Tercera, 25/septiembre/2018

Es imposible en Chile destapar champaña (o bien muday) por anuncios o propuestas del gobierno en materia de pueblos indígenas. Ayer lunes no fue la excepción.

Pasa que el denominado Acuerdo Nacional por el Desarrollo y la Paz en La Araucanía, del presidente Sebastián Piñera, recuerda mucho al fallido Plan de Reconocimiento y Desarrollo Araucanía, del segundo mandato de Michelle Bachelet.

Este fue dado a conocer con bombos y platillos en junio de 2017, y de sus propuestas —pendientes desde la década de los noventa— nunca más tuvimos noticias.

A los pies del cerro Ñielol, el actual mandatario chileno desempolvó e integró a su propio anuncio buena parte de las tareas inconclusas de su antecesora. Entre las más destacadas: nueva institucionalidad indígena, reconocimiento constitucional y participación política en el Congreso.

Honestamente, no hablamos de grandes novedades. Todas son propuestas posibles de rastrear en los gobiernos de Ricardo Lagos, Eduardo Frei e incluso Patricio Aylwin allá por los albores de la transición democrática e incumplidas hasta nuestros días.

Estos anuncios bien podrían ser bautizados como nuestro “Día de la marmota”, ello por la similitud de sus puestas en escena con el personaje de Bill Murray en aquella célebre película de 1993. En ella, Phil Connors, un meteorólogo y presentador de televisión bastante estúpido, repite una y otra vez las mismas 24 horas hasta que logra hacer lo que debe hacer. Atrapado en el tiempo, su vida es un eterno déjà vu, tal como nos pasa a los mapuche con este tipo de anuncios.

¿Correremos otra vez la misma suerte que Murray?

No me cansaré de repetirlo: Chile tiene la oportunidad histórica de ponerse al día con avances que en otros países hace rato cumplieron mayoría de edad. Fue en los noventa cuando gran parte de las democracias latinoamericanas avanzaron en reconocimientos constitucionales, participación política y legislaciones ad hoc para los pueblos indígenas. El caso colombiano es el más sorprendente de todos. Y también el menos estudiado. Tal es el atraso de Chile; al menos dos décadas respecto del vecindario.

¿Qué se debate hoy al respecto en Ecuador, Bolivia o Colombia? ¿Reconocimientos en deuda desde el Quinto Centenario?

En absoluto. Se debaten temas que Naciones Unidas califica como mínimos estándares de buena salud para un sistema democrático moderno; autonomías territoriales, plurinacionalidad del Estado, plurilingüismo y educación superior intercultural, pluralismo jurídico y nuevas categorías de ciudadanía e identidad nacional.

En Chile estos temas siguen siendo lejanos y casi inexistentes en el debate público. Basta señalar que habitualmente son caricaturizados como discursos “separatistas”, “radicales” e incluso “subversivos” por élites políticas, económicas y culturales que siguen ancladas en otro siglo, en aquel de la supremacía blanca y el menosprecio de nuestra diversidad cultural y étnica. Tal es nuestro subdesarrollo político y mental.

Pero a ratos suceden cosas que brindan esperanza de no seguir —como el personaje de Bill Murray— atrapados en el tiempo.

Permítanme mencionar dos de ellas. Por un lado, el diálogo político transversal y sin exclusiones odiosas que se atrevió a impulsar el ministro de Desarrollo Social Alfredo Moreno. Aquello requirió coraje y muñeca política. Y una buena dosis de pragmatismo; a estas alturas, uno de los principales “activos” de su liderazgo público en alza.

Pasa lo mismo con su inusitado despliegue en terreno, algo que el propio senador Francisco Huenchumilla (DC) reconoció como “nunca antes visto” en La Araucanía. “Fútbol total” le llamó el congresista en referencia a la mítica Naranja Mecánica de Johan Cruyff.

Otra señal esperanzadora son las pugnas desatadas al interior del oficialismo por el “tono” de la propuesta presidencial. Estas reflejan un saludable quiebre entre aquellos dispuestos a empujar una agenda de reconocimiento y quienes, por el contrario, desprecian profundamente aquello.

No solo la autorización al machi Celestino Córdova para salir de la cárcel golpeó duro a los segundos. También que el gobierno decidiera no incluir en su anuncio la “venta de tierras indígenas”, una verdadera obsesión del latifundio y los gremios sureños. Para usuarios de Netflix, hablamos de la familia Snell de la serie Ozark.

“Las diferencias y tensiones en la región se originan a mediados del siglo XIX con la decisión del Estado de Chile de ocupar las tierras del río Biobío al sur, con chilenos del norte y extranjeros europeos traídos para poblar la zona. A ello se sumó una política de Estado tendiente a integrar a los pueblos originarios a la sociedad occidental, sin respetar su cultura y tradiciones ancestrales”, señala parte del Acuerdo Nacional por el Desarrollo y la Paz en La Araucanía.

Es un texto impensado hace una década para la derecha, prueba de un incipiente cambio cultural en sus filas.

Nadie sabe cuánto tiempo estuvo atrapado el personaje de Bill Murray en aquella película. En el filme se muestran treinta y ocho versiones distintas del día de la marmota. Hasta que logró sacar las debidas lecciones y librarse de aquel fatídico bucle temporal.

Los mapuche llevamos treinta años atrapados en nuestro propio e interminable día de la marmota. Que este 2018 sea por favor el último.

Making a murderer

La Tercera, 17/octubre/2018

Octubre de 1986. Steven Avery es declarado culpable de agresión sexual e intento de asesinato de una mujer que trotaba cerca del lago Michigan, en Estados Unidos. Pese a alegar inocencia y las contradicciones en las pruebas —entre ellas, una confesión obtenida bajo presión policial—, el juez del condado de Manitowoc lo condenó a 32 años de prisión.

Sin embargo, dieciocho años más tarde nuevas pruebas de ADN demuestran no solo su inocencia. También que las instituciones que participaron en su detención y enjuiciamiento habían manipulado todo para que pareciera culpable.

El caso de Steven Avery es la trama de la exitosa serie Making a murderer (fabricando un asesino) de Netflix, pronta a estrenar su segunda temporada. La serie va de frente contra el sistema penal estadounidense, remeciendo la conciencia ética de un país en teoría orgulloso de su sistema de justicia.

¿Hasta qué punto la justicia puede ser manipulada por los encargados de administrarla? ¿Cuánta coerción puede darse en un interrogatorio policial? ¿Somos en verdad todos inocentes hasta que se demuestre lo contrario?

Cada episodio de la serie siembra más dudas que el anterior sobre estas interrogantes. Y revela cada uno de los errores de un sistema judicial que ha destrozado la vida de Avery y su familia, todos ellos blancos pobres y sin educación, la working-class de la América profunda.

Avery es inocente. Lo saben el público y los realizadores de la serie, pero personajes como el fiscal y los policías harán lo que esté a su alcance para regresarlo a la cárcel. Es lo que va documentando la serie capítulo tras capítulo. Y allí radica lo más aterrador; todo lo que vemos es real.

No he dejado de pensar en esta serie tras el reciente fallo de la Corte Suprema en el caso Luchsinger-Mackay. También daría para un programa de televisión. Un crimen de alto impacto público y sospechosos —como los miembros de la familia Tralcal— que incluso antes de ser llevados a juicio ya eran considerados culpables.

Lo eran para los dueños de fundo y descendientes de colonos que lo gritaban a coro en los noticieros. También para el gobierno (el anterior y el actual), para los fiscales del Ministerio Público y especialmente para la policía civil, los tres actores protagónicos de nuestro discriminatorio sistema de justicia.

Pero faltaban las pruebas. Faltaron durante largos años. Hasta que, de la noche a la mañana, aparecieron.

La confesión de José Peralino Huinca, obtenida por la PDI bajo apremios, manipulación y chantajes, como consta en el expediente judicial, permitió a las autoridades ratificar en tribunales una anticipada y racista condena pública.

Pocos recuerdan que un primer juicio oral absolvió a todos los acusados del crimen. Y que los jueces cuestionaron duramente la confesión de Peralino Huinca, por presentar “vicios de ilegalidad” y “contradicciones” flagrantes.

Se requirió un segundo juicio para —como me comentó un agricultor sureño— “poner por fin las cosas en su lugar”.

En abril de 2018, Jerome Buting, el abogado defensor de Steven Avery, visitó Chile invitado por la Defensoría Penal Pública. Lo hizo para exponer sobre la presunción de inocencia y su vulneración por parte de los sistemas de justicia. Su visita coincidió con el fallo de la Corte Suprema y el escándalo tras la Operación Huracán.

“Me hace recordar Making a murderer, es parecido a lo que hicieron los detectives de Manitowoc plantando evidencias contra Steven”, comentó Buting. “Una conducta tan fraudulenta por la policía solo exacerbará la fricción, lo que hará más difíciles las soluciones pacíficas al conflicto”, reflexionó en entrevista con La Tercera.

Dieciocho años de cárcel dictaminó la Corte Suprema para José y Luis Tralcal en el caso Luchsinger, ambos reconocidos líderes mapuche de Padre Las Casas y quienes desde el primer minuto han alegado inocencia. Es la misma cantidad de años que estuvo tras las rejas Steven Avery en Estados Unidos por aquel crimen que jamás cometió. Me temo que las similitudes no terminan allí.

Memorias

Austral de Temuco, 11/noviembre/2018

Esta semana tuve el honor de inaugurar la XII Feria del Libro Usado organizada por la Universidad Mayor, un espacio lamentablemente único en su tipo en la ciudad de Temuco.

Cuesta creer aquello. Que en la capital de La Araucanía, el territorio cuna de Jorge Teillier, Miguel Arteche y Juvencio Valle, pero también el suelo que cobijó a Neruda y la Mistral, exista apenas una actividad dedicada a las letras, los libros y sus autores. Un solitario oasis de cultura a los pies del emblemático cerro Ñielol. Créanme que no es trivial mi comentario.

Vivimos, todos lo sabemos, en una región con evidentes fracturas históricas y un conflicto que se hereda de generación en generación. Un conflicto que no solo es territorial —de hectáreas más o hectáreas menos— o de seguridad pública —de un camión más o un camión menos— o de desarrollo social —de un subsidio más o un subsidio menos—. Es, ante todo, un conflicto cultural, un choque de relatos.

Una confrontación entre memorias.

De ello trató mi charla ante los asistentes a la Feria del Libro, de las memorias en pugna en La Araucanía y cómo, desde muy antiguo, las escrituras locales las han retratado sin que pareciera existir mayor diálogo y contacto entre ellas.

Una memoria es la mapuche, rebelde y antigua.

Esta memoria hunde sus raíces en nuestra historia oral. También en heridas que todavía sangran y en dolores que pese al paso del tiempo aún persisten. Hablamos de una memoria prolífica que ha parido en la región a notables escritores y poetas, desde Manuel Manquilef a comienzos del siglo XX a Elicura Chihuailaf y Leonel Lienlaf en los tiempos actuales.

Sin olvidar, por supuesto, al primer autor en retratar en la lengua de Castilla nuestra historia como pueblo, el soldado-poeta don Alonso de Ercilla y Zúñiga. Nuestra región le debe nada menos que su propio nombre: La Araucanía. No es poca cosa.

Otra memoria es aquella de los colonos europeos que hicieron de esta tierra su segunda patria una vez finalizada la guerra al mapuche. Es una memoria también antigua, porfiada, que jamás ha dejado de añorar su origen y que cultiva el recuerdo tanto como los fundos heredados de sus abuelos.

Españoles, franceses, italianos, suizos y alemanes, la variopinta migración europea que a fines del siglo XIX transformó el Wallmapu en una verdadera Torre de Babel. Y también, para ser honesto con la historia, en un violento Far West donde los buenos modales y la ética nunca fueron la norma.

Y existe una tercera memoria. Es aquella del colono chileno que llegó a la Frontera junto a las tropas del Ejército para dar vida a los nacientes poblados. Son los González, los Pérez y también los Machuca, los habitantes criollos de una región incorporada ochenta años tarde al Estado y cuya memoria poco tiene que ver con las anteriores.

No son “indios”, porque aseguran descender de los españoles de la Colonia, y tampoco colonos, porque aquella categoría sería exclusiva del “patrón” con sus fundos, clubes sociales y apellidos raros. Son los chilenos a secas, los descendientes de peones, jornaleros y artesanos del valle central empujados hacia el sur por la pobreza. Ellos son los winkas, como los llamaba mi abuelo, muchas veces con indisimulado desprecio.

¿Con qué derecho los mapuche, que cultivamos la memoria con el mismo amor que nuestros campos, podríamos negar validez a estos otros dos relatos regionales?

No podemos. Y allí el gran desafío al que nos enfrentamos todos los escritores de La Araucanía, seamos mapuche o no, expliqué a los presentes en mi charla. Me refiero al desafío humanista, ético, democrático, de hacer que estas tres memorias dialoguen y se conozcan; lograr que estas tres memorias algún día se encuentren.

Ya va siendo hora de obrar juntos el milagro, les dije.

La confrontación y el desencuentro no pueden ser la única herencia a legar a nuestros hijos.

Un mapuche resiliente

Periódico Azkintuwe

A Francisco Llancaqueo se lo conoce por la televisión y el mundo de la moda. También por la farándula televisiva. Y es que, tras un autoexilio en Europa en la década de los ochenta, Llancaqueo se convirtió en uno de los mejores y más cotizados estilistas de Santiago. Del barrio alto de Santiago, valga la aclaración.

Desde entonces ha dedicado su vida a embellecer a modelos top, estrellas de televisión y a cuanta mujer y hombre ha pasado por sus manos. Pero no solo eso. En cine ha trabajado para varios reconocidos directores, entre ellos Andrés Wood, Sebastián Campos, León Errázuriz y Sebastián Silva.

En teatro fue responsable de diseñar los peinados de todas las creaciones teatrales del destacado dramaturgo Andrés Pérez, comenzando por la mítica Negra Ester. El cine y el teatro no eran mundos desconocidos para Llancaqueo: también cursó estudios de actuación en la Universidad de Chile previo al golpe militar y su posterior refugio en Barcelona.

Ahora, con la publicación de su exitoso libro De lo bueno mucho. Autobiografía de un mapuche resiliente (Catalonia, 2013), el estilista dio paso al escritor. Pero Llancaqueo tampoco es un aparecido en el mundo de las letras.

Por largos años fue colaborador del semanario The Clinic y el desaparecido diario La Nación. Llegó incluso a tener su propia columna en Diario Siete+7 dirigido por la destacada periodista Mónica González. Por si no bastara, también colaboró con Paula, principal revista femenina de Chile y en cuyo equipo inicial figuraba la escritora Isabel Allende.

Sus publicaciones en estos medios, cuenta Llancaqueo, fueron su inspiración para crear la obra de teatro El hijo de la peluquera, dirigida por la actriz Javiera Contador. En su extenso currículum se cuentan, además, colaboraciones para numerosas revistas papel cuché, participando en los equipos editoriales de Caras y Elle, entre otras publicaciones.

Pero pese a su vasta trayectoria como columnista de medios, De lo bueno mucho... es su primer libro. ¡Y vaya qué libro!

Cuenta que estuvo seis años trabajando en esta autobiografía, escribiendo con una caja de pañuelos desechables y un cojín. Los pañuelos, para las lágrimas que derramaba al revivir duros momentos de su vida; el cojín, para descargar la rabia que muchos recuerdos le generaban. Y en medio del dolor y la rabia, un diagnóstico de cáncer a la próstata.

Ya operado y en franca recuperación, tomó el cáncer como un llamado de atención; tenía que concluir su autobiografía.

A pocas semanas de su lanzamiento, la obra se convirtió en uno de los libros más vendidos en Chile en la categoría de no ficción. También permitió a sus lectores conocer al Llancaqueo mapuche, al hijo de una empleada doméstica del barrio alto, al niño discriminado en los sesenta por ser indio, gay y pobre. Y, pese a ello, un triunfador, como el mismo se define.

Conversamos con el peñi en Vitacura, en un café ubicado a pasos de la peluquería donde recibe a sus “pacientas”.

Lo que sigue son sus lúcidas reflexiones en torno a la identidad, la discriminación racial y el ser mapuche en los tiempos actuales.

—Francisco, tu libro trata sobre todo de la identidad, de la búsqueda de una pertenencia, del ser “che”, persona. Háblanos de ello.

—En relación a mi identidad mapuche, estas reflexiones parten en España y sobre todo tras mi regreso a Chile. Era un plus para mí en Europa. Todo el mundo, españoles, catalanes, tenía un interés enorme allá por mi cultura, por nuestra lengua. Era todo un personaje, pero no en el sentido de la curiosidad de zoológico, sino más bien de una valoración de lo que yo era y de mi origen. Ya supondrás que a mi regreso a Chile fue chocante el cambio. Acá, donde realmente debiera darse este reconocimiento, me encuentro con puras murallas, con puros obstáculos.

—Imagino un choque cultural tremendo.

—Lo fue. Acá ser mapuche, para atrás, y si podías esconder tu segundo apellido que era mapuche mucha gente lo hacía. Y la pasaban bien por la vida siendo solo Juan Pérez, sin su segundo apellido. Yo no culpo a las personas que hacían eso, al mapuche que sentía vergüenza de su origen, que aún los hay, porque yo entiendo lo que hay detrás. Fíjate en Marcelo Salas, siempre lo conocimos sin su segundo apellido Melinao, que es hermoso. ¡Yo que Marcelo me cambio el nombre y pongo Melinao primero! ¡Obvio!

—¿Dónde crees que está el origen de aquel racismo histórico de la sociedad chilena con los mapuche y el resto de los pueblos originarios?

—Yo estoy convencido de que es por un tema geográfico: tenemos desierto, la Patagonia con sus fiordos, el mar y la cordillera; somos en verdad una isla autorreferente, provinciana, temerosa de la diversidad y de todo aquello que sea distinto. Si a ello sumamos que los chilenos carecen de una verdadera identidad, de un quererse a sí mismos, el cóctel es intragable. El chileno, cuando está acá, mira para afuera, le gusta todo lo de afuera. Y cuando está fuera, mira nostálgicamente para acá. Eso tiene que ver con no saber qué o quién eres en definitiva. Es ser paria, tener una mente paria, un corazón paria. No tenemos, y aquí hablo también como chileno, la capacidad de identificarnos con nuestro verdadero origen, con nuestras raíces culturales. Y fíjate que el problema es Chile. Aquí al lado, en Perú mismo, es otra la visión que tienen de su identidad, cultura y origen. Los mexicanos ni hablar, orgullosos de su cuento indígena, de su mestizaje. Y yo insisto, esto obedece en Chile a un cuento geográfico, estamos encerrados en una isla. La chilena es una cultura muy extraña que a mí no me ha tocado ver en otros países. El chileno tiene poco mundo, es cierto que hoy se viaja más que antes, pero aun así el chileno promedio es pequeño, limitado. Me odian cuando yo digo esto, me doy cuenta de que la gallá se molesta.

—¿Pero notas un cambio en los últimos años respecto de esta visión tan estrecha y, como tú dices, algo pueblerina que caracteriza a los chilenos? Hoy pareciera existir una ciudadanía mucho más empoderada en estos temas.

—Sí, observo un cambio, eso es innegable. Yo creo que estamos siendo testigos de grandes cambios culturales, y puedo decir que desde la Revolución Pingüina en adelante algo comenzó a cambiar en Chile. Muchos no lo observan, pero yo creo que los jóvenes, las nuevas generaciones, son los que van a cambiar y están cambiando los códigos de este país. Yo tengo mucha fe en los jóvenes, ellos traen el cambio en el corazón, nosotros estamos ya bastante añejos, fracasamos como generación en la lucha por estos cambios; nos quedamos en la paja intelectual, en la revolución de café, grandes ideas, grandes conceptos y luego a seguir en la comodidad de nuestras vidas burguesas. Con una mano en el corazón, te reconozco que fuimos parte de una generación que no lo pudo hacer. Los cabros hoy traen un chip que nosotros no tenemos, y yo confío y creo que ellos son portadores de este cambio que necesitamos. Y en ese cambio, obvio que la mirada hacia los pueblos indígenas y hacia los mapuche debiese ser diferente. Yo lo veo en mis “pacientas” en la peluquería, yo veo el interés que ellas tienen preguntándome cosas, es real su interés en este personaje mapuche. Sí, yo me doy cuenta de que tienen otra mirada. ¡Ya era hora huevón!

—¿Te gusta Chile?

—Mira, me gusta Chile. También me gusta mucho viajar, estar fuera, pero siempre regresar es una bonita sensación. A pesar de todos sus defectos y las cosas que critico, me gusta este país. Tendría que ser un idiota para no darme cuenta de que detrás de muchas cosas que no me gustan existen intereses políticos, grupos de presión, etcétera.

—Mapuche, gay y pobre. Podrías ser el niño símbolo de la discriminación en Chile pero en tu libro te planteas no desde la queja y el lamento, sino desde la parada de alguien que, rescatando lo bueno de la vida, logró triunfar. ¿Cómo sobrellevas la carga de no transformarte en un referente, en un símbolo, sobre todo de un pueblo mapuche carente de voces como la tuya?

—Yo creo que todos los seres humanos estamos cumpliendo una misión acá. Soy súper consciente de que el pueblo mapuche es un pueblo sin voz, que no tiene mucha presencia en los medios y ante ello no puedo ser una voz para algunas cosas y esconder mi boca para otras. Si a mí me tocó por otros caminos llegar donde pude llegar, es un deber pronunciarme. Si yo no aprovecho las instancias que tengo para hablar de lo que sucede con nuestra gente no me sentiría bien conmigo mismo. No se trata de querer o no querer, se trata de un deber, Pedro, lo contrario sería ser un maricón.

Tiene que ver con la consecuencia, con ser leal contigo mismo. Y más que convertirme en un líder, que no es ni ha sido nunca mi intención, se trata de aprovechar cada espacio para pasar el aviso, para explicar que nuestros códigos culturales son otros, que nuestra cosmovisión es diferente, que la tierra, aquella por la que lucha nuestra gente en el sur, no es solo un medio de producción, también es memoria, espiritualidad, una forma de ver e interpretar el mundo. Y que este conflicto jamás se resolverá si no somos capaces de dialogar, chilenos y mapuche, de forma intercultural, reconociendo validez al otro, no negando su identidad y visión de las cosas.

—Este cambio cultural que señalabas hace un rato, por dónde parte.

—En la medida en que yo me pueda amar voy a ser amado. Ese es el orden de las cosas. En la medida en que yo sea un ser íntegro, desde esa integridad voy a ayudar a construir un mundo más íntegro. El cambio, siempre, parte por uno mismo. Puede muy bien existir una ley antidiscriminación y yo puedo estar muy de acuerdo con ella, pero le puede pasar a un chico hoy que su papá le diga: “Oye, no vayas a traer a ese Juanito Cayuqueo a la casa porque yo no quiero indios metidos aquí”. Ahí es donde yo creo que la única posibilidad de cambio real es el cambio cultural que está asociado a su vez a cambios generacionales. La clave es amarse. Amarse a sí mismo para que los demás nos vean. Yo soy Francisco Llancaqueo y me amo, me encuentro la raja, mi cultura es la raja, y eso el otro, el winka, créeme que lo ve.

—¿Y cuál es nuestra responsabilidad al respecto?

—Tenemos la responsabilidad de cambiar esta imagen que tiene el chileno de nosotros. No hay otro camino. Yo no puedo esperar un cambio cultural si no cambio también yo mismo de actitud, si yo no me amo, si yo no estoy contento con la grandeza de mi ser mapuche, indígena, gringo, japonés, lo que sea. Es tan fuerte el medio que ha logrado opacarnos, pero cuando tú estás consciente de lo que significa ser mapuche te sientes más entero que otras personas. Si nos seguimos pajeando con lo que piensa el otro de nosotros no llegaremos a ningún lado. Si nosotros no somos enteros, dignos, orgullosos para enfrentarnos a la vida, así nos van a tratar. Debemos romper ese círculo vicioso. Eso fue lo que, sin darme cuenta, hice con mi vida y así se desprende de mi libro. El cuento es desde uno, no hay otro camino. Para ser reconocidos primero debemos reconocernos nosotros desde el corazón. ¿Cambios desde la cabeza? Sigue concursando. En la cabeza está el ego, el prejuicio, el miedo; nada que hacer desde allí. Los cambios debemos hacerlos desde el corazón, desde los afectos.

—¿Eres optimista sobre este cambio?

—Estamos viviendo un momento en que ya no hay respuestas en la política, ya no hay respuestas en la religión, menos cuando te enteras de que el cura de tu barrio se tiró a media docena de cabros chicos. La vida te está diciendo que todo en lo que creías, ese orden social, es insuficiente para responder las preguntas vitales. Esa crisis es parte del cambio que se está produciendo, cambio que aflora por una sociedad enferma.

Lo que está pasando hoy en el planeta es una locura. Y cada día mucha más gente señala no querer ser parte de esta locura, no querer ser parte de esta sociedad enferma. Hay un retorno a lo espiritual y están surgiendo movimientos potentes de paz, de luz. Mientras más activos estén esos movimientos, mucho mejor.

—Sanar también desde la autoestima.

—Fíjate que en muchos momentos de mi vida sentí que no te dejaban vivir como indígena, que no te valoraban ni respetaban, pero rompí ese círculo de la queja. Yo invito a todos mis hermanos y hermanas mapuche a romper ese círculo vicioso, a salir del lamento y decir: “¡Yo puedo! ¡Soy capaz!”. Volver a querernos, esa es una gran tarea personal que tenemos los mapuche. Es súper cómodo culpar siempre a otros de lo que estamos viviendo, lo difícil es uno hacerse cargo.

Un antes, un después

La Tercera, 27/noviembre/2018

Han sido días de dolor en Wallmapu. Y de rabia y legítima indignación. El crimen policial de Camilo Catrillanca ha remecido muchas conciencias, impactado muchos corazones. Incluso más allá del mundo mapuche, como lo demuestran las marchas, cacerolazos y acciones de solidaridad, que van desde gestos de la selección chilena a homenajes de la Orquesta Sinfónica Nacional.

Repudio transversal y ciudadano ante un crimen que, siendo honestos, no concitó el mismo nivel de rechazo público en ocasiones anteriores. ¿Será que Chile está cambiando o todo se resume a que en esta ocasión es Piñera y no Bachelet quien gobierna? Quisiera creer que se trata de lo primero y no tanto de lo segundo.

En su faceta política, lo sucedido ha transparentado que no basta “el buenismo de Moreno” —como lo bautizó Carlos Peña en una reciente columna de El Mercurio— para resolver un conflicto histórico, ya centenario, en el que los intereses en juego son diversos y se trenzan de múltiples maneras.

Un ejemplo de ello es Luis Mayol, el renunciado intendente de La Araucanía. Fue jefe regional pero también portaestandarte del gremio agrícola sureño, acérrimo adversario de los mapuche y para quien nuestras luchas solo son inventos de comunistas reciclados en piqueteros étnicos. No son pocos en la región los que piensan como el ex mandamás de la Sociedad Nacional de Agricultura.

Los distingue una historia como inmigrantes europeos, posición social privilegiada y una adscripción política casi cultural a la derecha. Pero a cierta derecha; una todavía anclada a la propiedad de la tierra. Es la derecha de los dueños de fundo, de los patrones, de los futres, el propio Mayol uno de ellos.

Tras el crimen de Camilo Catrillanca, el gobierno debe asumir que hay un tipo de abordaje que hizo crisis. Me refiero a la estrategia de “cuerdas separadas”, aquella del garrote y la zanahoria para hacer frente a la reivindicación mapuche. Diálogo por un lado, represión desatada por el otro. ¿Qué podría salir mal?

Siendo justos, esto último no ha sido invento de Piñera; es la forma en que todos los gobiernos, desde el retorno de la democracia, han enfrentado torpemente el conflicto. Lo nuevo bajo la actual administración ha sido el Comando Jungla, aquella locura represiva que hoy insisten en hacernos creer que jamás existió. Pues bien, este abordaje hizo crisis en Ercilla y debe llegar a su fin.

Pasa que se equivocan quienes piensan que la lucha mapuche es posible de combatir con carabineros y fiscales. No lo fue en los noventa, cuando estalla en Lumaco, y no lo ha sido en tres décadas de continua y porfiada rebeldía. Todo lo contrario, si algo ha demostrado la represión es que se trata de un camino absurdo, inconducente.

La represión no termina con la protesta, la multiplica. No trae paz a la región, la convulsiona. Retroalimenta además la violencia política mapuche, el weichán, que también existe.

Prueba de ello han sido las jornadas de protesta tras el crimen de Catrillanca. Más de cien acciones —en menos de una semana— que demuestran la incapacidad del gobierno para hacerle frente. Y es que no se controla con apaleos o calabozos la legítima indignación de un pueblo. Mucho menos sus ansias de libertad.

La vía represiva debe terminar.

También porque es incomprensible en la lógica cultural mapuche dialogar y establecer acuerdos con una contraparte estatal capaz de avalar el asesinato policial por la espalda. Ello quiebra cualquier confianza, dinamita cualquier acuerdo. Hay que estar ciego para no verlo. ¿Qué sucederá en las semanas y meses venideros?

El pueblo mapuche y sus diferentes organizaciones y liderazgos, muchas veces distanciados entre sí, tienen un gran desafío por delante: consensuar una agenda de futuro que permita avanzar en las demandas políticas de nuestro pueblo. Es algo que a ratos se olvida por la vorágine de los acontecimientos; se olvida el carácter político de esta lucha centenaria heredada de nuestros mayores.

Hablamos de un desafío mayor que trasciende por lejos lo contestatario, la protesta social o las acciones rurales de los Órganos de Resistencia Territorial (ORT). Implica atreverse a retomar una rica tradición política, olvidada desde que cedimos nuestra representación a partidos winkas y oenegés. Volver al weupin, al nütramkan y el koyagtun, los pilares de nuestra rica tradición política.

Sin embargo, en el actual escenario, es obligación del gobierno y no de los mapuche allanar el camino hacia una paz social con justicia. Es la tarea del ministro Moreno, quien hasta antes de la crisis aparecía evaluado como el segundo hombre más poderoso de La Moneda. Sorpresivamente por sobre el ministro Chadwick y otros personajes claves del gabinete.

Moreno debe demostrar que no es un invento y que lo suyo dista mucho del buenismo pueril retratado por Carlos Peña. Y que puesto en la encrucijada es capaz de rearmar un diálogo político boicoteado a balazos por el Ministerio del Interior y los efectivos del GOPE. Ello requerirá mucho más que la astucia del management. Por lo pronto, espalda y muñeca política. Y también coraje para hacer frente a los extremistas de su propio sector, que no son pocos.

El crimen de Catrillanca ha marcado necesariamente un antes y un después. Hoy a la “agenda institucional” mapuche, aquella que hace décadas demanda reconocimiento, participación política e inclusión en el Estado, La Moneda debe sumar la “agenda autonomista” mapuche. Es la que Temucuicui, la CAM y la Alianza Territorial Mapuche, entre otros referentes, impulsan hace años, en sintonía con la experiencia comparada y los pactos de Naciones Unidas.

Bueno sería que el ministro Moreno tome nota de sus proclamas y planteamientos. Sospecho que aprendería varias cosas. Una de ellas, que autonomía y libre determinación no son pretensiones extremistas. Significan, básicamente, profundizar la democracia y atreverse con el traspaso de competencias a los pueblos originarios.

En simple, que el Estado chileno nos saque de una buena vez las manos de encima, ser tratados como adultos y no como interdictos. Kizungünewün, diría mi abuelo.

El caso Catrillanca

Austral de Temuco, 9/diciembre/2018

La caída del general de Orden y Seguridad, Christian Franzani, a quien el ministro de Interior solicitó su renuncia, es el último episodio del llamado caso Catrillanca, un crimen policial que ya se transformó en crisis política para La Moneda.

Las dudas sobre si el alto oficial tuvo o no contacto directo con los efectivos del GOPE responsables del asesinato, así como la posibilidad cierta de que sea llamado a declarar en calidad de imputado por la justicia, precipitaron su salida. Pero hay otros factores todavía no transparentados ante la opinión pública.

Por un lado la urgente necesidad del gobierno de dar un golpe de autoridad al interior de Carabineros de Chile, ello en medio de un carnaval de chambonadas institucionales y que tienen al propio General Director Hermes Soto pendiendo de un hilo.

Hoy la institución vive una seria crisis de legitimidad y el vergonzoso listado va desde millonarios fraudes y vínculos con el narcotráfico, al encarcelamiento de dirigentes mapuche con pruebas falsas, como aconteció con la Operación Huracán.

Esto ha dejado en evidencia el escaso control del poder civil sobre la institución policial, una grave anomalía del sistema democrático que pareciera —sobre todo tras el caso Catrillanca— comenzar a preocupar en serio en La Moneda.

Prueba de ello sería el rol jugado por el ministro Andrés Chadwick en la salida del general Franzani, el segundo hombre fuerte del Alto Mando. El sorpresivo retiro del GOPE de las zonas de conflicto —incluido los miembros del polémico Comando Jungla— apuntaría también en la misma dirección: demostrar ante la opinión pública quién manda a quién.

Otro factor no transparentado es la necesidad del gobierno de retomar cuanto antes el control de una agenda que extravió por completo en Temucuicui.

Lo sucedido en Ercilla posibilitó además la rearticulación de una oposición política hasta entonces inexistente y que hoy —de manera bastante indecorosa en el caso del Partido Socialista— rasga vestiduras y exige medidas que ellos mismos siendo gobierno jamás tomaron. Allí están los casos de Álex Lemún, Matías Catrileo y Jaime Mendoza Collío para demostrarlo.

El costo político del caso Catrillanca ya se hace notar incluso en los sondeos de opinión pública. Tanto las entregas semanales de Cadem como el sondeo mensual de Adimark dan cuenta de una baja sostenida en la aprobación del mandatario.

Esto vino a ser ratificado por la encuesta CEP publicada el pasado viernes: un escuálido 37% de aprobación, una cifra de-soladora. Es sabido que ningún gobierno puede hacer oídos sordos de las encuestas. Mucho menos un presidente que ha buscado por años el esquivo aplauso popular.

Pocas coyunturas relacionadas con el conflicto Estado-pueblo mapuche han golpeado tanto a un gobierno como el caso Catrillanca a la derecha. Hasta ahora, el conflicto nunca se había instalado como prioridad política en Santiago. Acontecía en el lejano sur y por ello siempre resultó más cómodo administrarlo que resolverlo. Ello explica el rol protagónico de Carabineros y el Ministerio Público en su abordaje.

Por otro lado, y siendo honestos, la causa mapuche jamás concitó en la sociedad chilena un alto grado de simpatía o adhesión popular. Primó siempre una mirada paternalista y cuando no despectiva con los “indios quemacamiones” y sus recurrentes conflictos en el sur.

Esto último pareciera estar cambiando y responsable de ello son las nuevas generaciones, adolescentes y jóvenes que de a poco comienzan a dibujar un nuevo Chile. Lo demuestra el caso Catrillanca. Marchas multitudinarias, emotivas velatones, cacerolazos, paros universitarios, todo un repertorio de acciones de solidaridad que han copado por semanas los medios.

Son ellos quienes han transformado a Camilo Catrillanca en un símbolo nacional de justicia y dignidad. Y propinado a Piñera un cierre de fin de año bastante amargo.

Los políticos

La Tercera, 25/diciembre/2018

Nadie duda a estas alturas que Carabineros de Chile vive una crisis de severas proporciones. Actos ilícitos como el megafraude, los montajes de la Operación Huracán, el tráfico de armas a bandas del narcotráfico y el uso de fuerza letal contra civiles son síntomas de una podredumbre institucional, orgánica y doctrinaria ya imposible de ocultar.

El fallido conato de insubordinación del general Hermes Soto ante La Moneda y la soterrada disputa de poder en el Alto Mando solo nos confirman un cuadro desolador: Carabineros definitivamente tocó fondo. Pero la responsabilidad no es solo de la institución.

El mismo poder político que hoy rasga vestiduras por el descontrol y la crisis tiene varias velas en este entierro. Por acción u omisión, han sido los sucesivos gobiernos —tanto de derecha como de centroizquierda— los que allanaron el camino para la actual debacle.

Son ellos los que desde el fin de la dictadura militar permitieron que la institución se gobernase prácticamente a sí misma, con reglas propias e inmune al control del poder civil. Por desidia, negligencia o temor, la clase política es otra de las grandes responsables.

En este punto resulta casi un chiste cruel que uno de los principales defensores de la autonomía de Carabineros haya sido por largos años el entonces senador Andrés Chadwick, actual ministro del Interior y uno de los principales damnificados políticos en el actual escenario.

Fue el propio Chadwick quien a regañadientes negoció el año 2004 el “decreto fundado” que hoy el presidente Piñera se vio obligado a enviar al Congreso para remover al general Hermes Soto. Cría cuervos y te sacarán los ojos, reza el dicho popular.

Este poder civil —“los políticos”, como diría mi madre de manera genuinamente despectiva— es el mismo que ha entregado a una institución enferma el abordaje del conflicto histórico en Wallmapu, uno que requiere más y mejor política, no más y mejor armamento de guerra o calabozos.

He allí un aspecto clave de la actual crisis de Carabineros y del conflicto en las regiones del sur; la responsabilidad de la clase política en nuestro paulatino tránsito hacia al despeñadero. De ello trata la renuncia que se exige del ministro Chadwick, el máximo responsable de la seguridad pública en el país.

Y es que tras el caso Catrillanca no solo existen responsabilidades penales y de mando en las filas de la institución uniformada. También existe la llamada responsabilidad política, solamente hecha efectiva hasta el momento con la salida del ex intendente de La Araucanía, Luis Mayol, cuyas torpezas comunicacionales sellaron su destino.

Hay quienes proponen refundar Carabineros, incluso con cambio de nombre, tal como se hizo en 2008 con la vieja Policía de Investigaciones de Chile, la actual y renovada PDI. Una idea para nada descabellada. Cual sea la salida a la crisis —refundación, intervención o reformas—, hay algo que nadie discute a estas alturas: se requiere un mayor control del poder civil sobre Carabineros.

Ello debiera volver obligatoria la responsabilidad política de los civiles en la cadena de mando. Pasa que enviar uniformados al choque y luego desentenderse de las consecuencias no debiera salir tan barato a los políticos.

La otra historia secreta

Revista Caras, 21/diciembre/2018

“Nadie puede pretender resolver en pocos meses un problema que tiene siglos”. Con esta frase, Alfredo Moreno, ministro de Desarrollo Social, resumió en entrevista con El Mercurio lo complejo del conflicto en las regiones del sur. Aquella es la creencia generalizada entre los chilenos y gran parte de la clase política: que el conflicto se arrastra por largos siglos, desde la Colonia. Que partió con Diego de Almagro y Pedro de Valdivia, poco menos.

¿Sospechará el ministro que hace poco más de un siglo los mapuche éramos una nación independiente, rica y próspera, con tratados diplomáticos vigentes con las repúblicas y límites territoriales que se extendían del Pacífico al Atlántico?

Hacia 1860, los mapuche éramos dueños desde el sur de la provincia de Buenos Aires a la costa de la actual provincia de Arauco. Un gigantesco territorio en manos de una descentralizada confederación de clanes y linajes territoriales.

El sur de Chile y Argentina, el Wallmapu de nuestros bisabuelos, fue por siglos nuestro territorio. Allí cabalgaron nuestros ancestros e hicieron fortuna arreando miles de cabezas de ganado hacia ambos lados de la cordillera. De Puelmapu, la tierra mapuche del este, a Gulumapu, la tierra mapuche del oeste.

Las vacas y los caballos fueron introducidos por los españoles. Dispersos por el Wallmapu se multiplicaron de manera casi infinita, siendo tempranamente incorporados por los mapuche como alimento y moneda de intercambio.

De allí viene kulliñ, palabra mapuche que hoy se traduce comúnmente como plata o dinero. Su real significado no es otro que “animal” y durante siglos hizo referencia a nuestra principal moneda: vacas, caballos y ovejas, los kulliñ más cotizados de nuestro sistema económico. También éramos una refinada sociedad de caballeros; es decir, de hombres y mujeres a caballo.

“Cada indio poseía su caballo sobre el cual pasaba una buena parte de su tiempo. No se concebía la calidad de jefe y de rico de un lonko si no contaba en sus posesiones por docenas o centenares las yeguas y los caballos, que le servían para la guerra, la alimentación y los negocios”, relata el historiador Tomás Guevara.

Al igual que para los guerreros mongoles, el caballo para el mapuche lo era prácticamente todo: alimento, transporte, armadura, poder, prestigio social y —en caso de muerte— una montura para viajar al Wenumapu, el cosmos azul de nuestros mayores.

La importancia del caballo llevó a algunos académicos a plantear la existencia de un complejo ecuestre entre los mapuche, similar al observado en las tribus de las llanuras norteamericanas. Y es que resultan innegables las transformaciones que el caballo produjo en la cultura e identidad de nuestro pueblo. Nos definen hasta hoy.

En la vestimenta (aparición de la bota de potro y la chiripa), en el armamento (adopción de la lanza y las boleadoras, en detrimento del arco y la flecha), en el comercio (arreo y crianza de animales, desarrollo de la orfebrería ecuestre, la cacería), en el transporte (los viajeros-nampulkafe, la vida en las tolderías), en la estructura social (surgimiento de castas de guerreros y de hombres ricos, ülmen) y, por supuesto, en la cosmovisión (ritos religiosos y funerarios).

Tal es parte del rico legado de nuestra cultura ecuestre, desconocida para tantos en nuestros días y que por largos siglos fue pieza clave de nuestra supremacía militar frente a los hispanos. Pasa que el conflicto actual nada tiene que ver con la corona española, ministro Moreno.

Tras un fiero contacto inicial, la diplomacia de las armas y el comercio fueron la norma, ello durante tres largos siglos. La llamada Guerra de Arauco disminuyó notablemente en intensidad a partir de 1641. Aquel año se firmaron las paces en el Parlamento de Quillín y se reconoció al río Biobío como frontera entre los mapuche y el Reino de Chile.

Muertos en batalla dos gobernadores —único caso en América— y destruidas en Curalaba (1598) las siete ciudades al sur del Biobío, más de treinta parlamentos regularon una convivencia que posibilitó una verdadera época dorada. Allí floreció el arte de nuestra orfebrería y la bella manufactura de nuestros textiles.

Hablamos también de una revolución cultural que implicó despedirse de viejas prácticas. La agricultura, por ejemplo, se volvió un trabajo doméstico y de escaso prestigio social.

Aquello fue observado con escándalo por historiadores y cronistas: mujeres mapuche trabajando la tierra y hombres dedicados —orgullosamente— a la guerra, los negocios y la política. La sociedad española, eminentemente agrícola en el valle central, jamás pudo comprender este desprecio cultural mapuche por granjeros y labradores. Allí nace el mote de “mapuche flojo”.

Tras la independencia de Chile el prejuicio se extendió entre poderosos hacendados, ansiosos por barrer con los indios dueños de tan fértiles campos. Sorprende lo actual de aquella idea entre los chilenos. Es recurrente oírla en Temuco entre dueños de fundo, líderes políticos y ciudadanos de a pie. Los mapuche “flojos y borrachos”. Y hoy por añadidura “terroristas y violentos”.

Si el conflicto nada tiene que ver con los españoles, ¿de qué trata entonces lo que acontece en el sur? Trata de aquel pueblo mapuche del cual les he contado y que a fines del siglo XIX —por medio de una guerra que a nadie le enseñan en el colegio— fue despojado de su territorio por las repúblicas de Chile y Argentina.

No hablamos de tantos siglos atrás. Hablamos de fines del siglo XIX, década de 1880, tiempo de mi tatarabuelo materno, el cacique Luis Millaqueo, de Ragñintuleufu. Él nació en un Wallmapu libre y murió viendo cómo su país era invadido por los winkas y rematado al mejor postor. Allí y no en la Colonia surge el conflicto.

De allí el reclamo y las controversias que persisten. Y las muertes de lado y lado que cada tanto nos golpean y entristecen. Resulta imposible volver el tiempo atrás, pero conocer esta historia puede que nos permita saber por dónde explorar posibles soluciones.

España supo parlamentar tres siglos con los mapuche. La República de Chile también lo hizo alguna vez. Aconteció en 1825 en el Parlamento de Tapihue, en las cercanías del actual Yumbel. Allí el gobierno del general Ramón Freire reconoció —ni más, ni menos— nuestras propias jefaturas y autonomía territorial.

El 2025 se cumplirán doscientos años de aquel solemne acuerdo entre dos naciones soberanas y que más tarde fue traicionado por Chile. ¿Y qué tal si volvemos, chilenos y mapuche, a parlamentar en Tapihue? Puede que sea allí, y no en los violentos operativos del GOPE, donde encontremos la paz.

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