Read the book: «La Palabra del Señor»

Alurralde, Pedro (osb)
La palabra del Señor ilumina nuestra vida / Pedro Alurralde (osb). 1a ed - Munro : Surco Digital, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-47923-1-0
1. Liturgia. 2. Monasterios. 3. Homilías. I. Contreras Boerr, Enrique (osb), ed. II. Título.
CDD 230
© 2021 SURCO Digital
Munro – Prov. Buenos Aires – Argentina
www.surco.org
Primera edición digital, enero 2021
ISBN: 978-987-47923-1-0

© Imagen de tapa: Particular de “Cristo Resucitado”. Escultura de madera tallada y policromada del S. XVII que se conserva en el Museo de Arte Jesuítico de San Ignacio Guazú, Paraguay.
Hecho el depósito que prevé la ley 11.723
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Índice
Presentación
JESUCRISTO, NUESTRA COMÚN ESPERANZA DE GLORIA
Domingos del Ciclo “A” ADVIENTO
DOMINGO 2º
DOMINGO 2º
DOMINGO 3º
DOMINGO 4º
NAVIDAD
MISA DE LA NOCHE
MISA DEL DÍA
DOMINGO DENTRO DE LA OCTAVA DE NAVIDAD
OCTAVA DE NAVIDAD
DOMINGO 2º DESPUÉS DE NAVIDAD
EPIFANÍA DEL SEÑOR
CUARESMA
DOMINGO 1º
DOMINGO 2º
DOMINGO 3º
DOMINGO 4º
DOMINGO 5º
DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR
PASCUA
VIGILIA PASCUAL
DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR
TIEMPO DE PASCUA
DOMINGO DE LA OCTAVA DE PASCUA
DOMINGO 3º
DOMINGO 4º
DOMINGO 5º
DOMINGO 6º
ASCENSIÓN DEL SEÑOR
DOMINGO DE PENTECOSTÉS
SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
TIEMPO DURANTE EL AÑO
DOMINGO DEL BAUTISMO DEL SEÑOR
DOMINGO 2º
DOMINGO 3°
DOMINGO 4°
DOMINGO 5°
DOMINGO 6º
DOMINGO 7º
DOMINGO 8º
DOMINGO 9º
DOMINGO 10º
DOMINGO 11º
DOMINGO 12º
DOMINGO 13º
DOMINGO 14º
DOMINGO 15º
DOMINGO 16º
DOMINGO 17º
DOMINGO 18º
DOMINGO 19º
DOMINGO 20º
DOMINGO 21º
DOMINGO 22º
DOMINGO 23º
DOMINGO 24º
DOMINGO 25º
DOMINGO 26º
DOMINGO 27º
DOMINGO 28º
DOMINGO 29º
DOMINGO 30º
DOMINGO 31º
DOMINGO 32º
DOMINGO 33º
NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO
Domingos del Ciclo “B” ADVIENTO
DOMINGO 1º
DOMINGO 2º
DOMINGO 3º
DOMINGO 4º
NAVIDAD
MISA DE LA NOCHE
MISA DEL DÍA
DOMINGO DENTRO DE LA OCTAVA DE NAVIDAD
OCTAVA DE NAVIDAD
DOMINGO 2° DESPUÉS DE NAVIDAD
EPIFANÍA DEL SEÑOR
CUARESMA
DOMINGO 1º
DOMINGO 2º
DOMINGO 3º
DOMINGO 4º
DOMINGO 5º
DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR
PASCUA
VIGILIA PASCUAL
DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR
TIEMPO PASCUAL
DOMINGO DE LA OCTAVA DE PASCUA
DOMINGO 3º
DOMINGO 4º
DOMINGO 5º
DOMINGO 6º
ASCENSIÓN DEL SEÑOR
PENTECOSTÉS
SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
TIEMPO DURANTE EL AÑO
BAUTISMO DEL SEÑOR
DOMINGO 2º
DOMINGO 3º
DOMINGO 4º
DOMINGO 5º
DOMINGO 6º
DOMINGO 7º
DOMINGO 8º
DOMINGO 9º
DOMINGO 10º
DOMINGO 11º
DOMINGO 12º
DOMINGO 13º
DOMINGO 14º
DOMINGO 15º
DOMINGO 16º
DOMINGO 17º
DOMINGO 18º
DOMINGO 19º
DOMINGO 20º
DOMINGO 21º
DOMINGO 22º
DOMINGO 23º
DOMINGO 24º
DOMINGO 25º
DOMINGO 26º
DOMINGO 27º
DOMINGO 28º
DOMINGO 29º
DOMINGO 30º
DOMINGO 31º
DOMINGO 32º
DOMINGO 33º
NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO
Domingos del Ciclo “C” ADVIENTO
DOMINGO 1º
DOMINGO 2º
DOMINGO 3º
DOMINGO 4º
NAVIDAD
MISA DE LA NOCHE
MISA DEL DÍA
DOMINGO DENTRO DE LA OCTAVA DE NAVIDAD
OCTAVA DE NAVIDAD
DOMINGO 2º DESPUÉS DE NAVIDAD
EPIFANÍA DEL SEÑOR
CUARESMA
DOMINGO 1º
DOMINGO 2º
DOMINGO 3º
DOMINGO 4º
DOMINGO 5º
DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR
PASCUA
DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN
TIEMPO PASCUAL
DOMINGO DE LA OCTAVA DE PASCUA
DOMINGO 3º
DOMINGO 4º
DOMINGO 5º
DOMINGO 6º
ASCENSIÓN DEL SEÑOR
PENTECOSTÉS
SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
TIEMPO DURANTE EL AÑO
DOMINGO DEL BAUTISMO DEL SEÑOR
DOMINGO 2º
DOMINGO 3º
DOMINGO 4º
DOMINGO 5º
DOMINGO 6º
DOMINGO 7º
DOMINGO 8º
DOMINGO 9º
DOMINGO 10º
DOMINGO 11º
DOMINGO 12º
DOMINGO 13º
DOMINGO 14º
DOMINGO 15º
DOMINGO 16º
DOMINGO 17º
DOMINGO 18º
DOMINGO 19º
DOMINGO 20º
DOMINGO 21º
DOMINGO 22º
DOMINGO 23º
DOMINGO 24º
DOMINGO 25º
DOMINGO 26º
DOMINGO 27º
DOMINGO 28º
DOMINGO 29º
DOMINGO 30º
DOMINGO 31º
DOMINGO 32º
DOMINGO 33º
NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO
Solemnidades y Fiestas
2 de febrero: PRESENTACIÓN DEL SEÑOR
24 de junio: NACIMIENTO DE SAN JUAN BAUTISTA
29 de Junio: SANTOS PEDRO Y PABLO
15 de agosto: ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
14 de septiembre: EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ
1º de noviembre: TODOS LOS SANTOS
2 de noviembre: CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS
8 de diciembre: LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA
Noticias biográficas de los Autores citados en las notas
Presentación
En el transcurso de su vida monástica el P. Pedro fue escribiendo sus reflexiones sobre los Evangelios dominicales de los tres ciclos que actualmente celebramos en la liturgia. Fiel a su estilo coloquial, breve y conciso, sus meditaciones “jugosas”, nos transmiten siempre un mensaje de esperanza, saliendo al encuentro de las preocupaciones de nuestro tiempo.
Cuando ya llevaba algún tiempo en esa tarea, me pidió que colaborara con él, agregando, a continuación del texto evangélico, algún aporte de los autores de los primeros siglos de la era cristiana. Acepté con gusto el ofrecimiento. Y así vio la luz la sencilla obra que ahora presentamos.
El plural presentamos no es un error porque, aunque el P. Pedro ya no está físicamente entre nosotros, siempre tuvo el deseo de que, concluida la tarea, el trabajo realizado pudiera estar disponible para el mayor número posible de fieles.
A las reflexiones sobre los Evangelios dominicales, en un segundo momento, el P. Pedro quiso añadir algunos aportes para las fiestas o solemnidades que, en determinados años, se celebran el domingo.
Esta obra tiene algunas limitaciones que no conviene silenciar. La primera, no están presentes todas las grandes fiestas de nuestro calendario, por ejemplo, faltan las meditaciones sobre la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Segunda, nunca se le puso un título a esta obra. El que ahora se ha escogido, por tanto, es un agregado póstumo. Finalmente, algunas de las meditaciones puede que se repitan, o sean muy parecidas entre las de un ciclo y otro.
Las limitaciones creo que en modo alguno le quitan valor a este gran esfuerzo de una vida entera, que está en plena consonancia con otra importante obra del Autor, e incluso emparentada por el título: Tomando por guía el Evangelio, que guía e ilumina nuestras vidas.
Enrique Contreras, osb
JESUCRISTO, NUESTRA COMÚN ESPERANZA DE GLORIA
En memoria del P. Pedro Eugenio Alurralde, osb (14.01.1933 – 24.04.2020)

¡Cuántas veces escuchamos al P. Pedro utilizar esa frase, especialmente en la celebración de la Eucaristía! Ella sintetizaba el sentido de su vida: Jesucristo; y la meta anhelada: llegar a la eterna felicidad anunciando la gloria del Resucitado1.
La vida monástica del P. Pedro se caracterizó por un deseo ferviente de dar a conocer el seguimiento de Jesucristo en la vida monástica, propagarla, irradiarla e implantarla en diversas regiones de América Latina.
Fue un monje extremadamente “móvil”; tal vez para el sentir de muchas personas: “un poco mucho”. Es muy posible que nunca hayamos comprendido ese secreto “ardor” que lo movilizaba, el mismo que experimentaron los discípulos de Emaús de camino con el Resucitado.
Poco tiempo después de su ordenación sacerdotal (10.12.1967), fue designado primer prior del Monasterio autónomo de Los Toldos (19.05.1968). Pero pronto comenzó a sentir que debía ponerse al servicio de otras Comunidades del Cono Sur: en 1974, fue a colaborar con los monjes de la Abadía de Cristo Rey (El Siambón, Tucumán); y en 1976, como prior de este Monasterio, inició la fundación del Monasterio de Nuestra Señor de la Paz (Calmayo, Córdoba); poco más tarde, en 1977, fue elegido primer abad del Siambón, concluyendo su servicio abacial el 13 de noviembre de 1978.
No habían transcurrido seis años, cuando, en 1984, fue designado prior de la nueva fundación de la Abadía de Los Toldos en Paraguay: Tupäsy María, donde trabajó con mucho empeño hasta 1992. En esta etapa su cuerpo comenzó a dar signos de cansancio y a pedirle que transitara un poco más despacio sus días en la tierra.
Sin embargo, todavía tuvo fuerza suficiente como para colaborar con el Monasterio de Calmayo, a partir de la segunda mitad año 2004. El esfuerzo y la entrega que puso en este nuevo servicio fue mucho mayor de lo que el P. Pedro dejó traslucir hacia afuera. Sin duda, el costo físico que tuvo que pagar resultaría determinante para los años que seguirían.
Durante estas “peregrinaciones”, que así las consideraba, casi espontáneamente surgía la pregunta de quienes lo rodeábamos: ¿son en verdad necesarias? Su respuesta, en cierta ocasión, fue: “Como encadenado por el Espíritu, voy sin saber lo que me sucederá. Sólo sé que, de ciudad en ciudad, el Espíritu Santo me va advirtiendo cuántas cadenas y tribulaciones me esperan” (cf. Hch 20,22-23). Lo llamativo es que lo dijo en el inicio de su peregrinación, en tanto que san Pablo lo afirmaba en su despedida de los presbíteros de Éfeso.
En los períodos que bien podríamos llamar de “sosiego”, fue escribiendo varios libros, más bien breves, en los que volcaba sus vivencias, sus experiencias personales y comunitarias. De entre ellos cabe mencionar su “versión extractada de la Regla de san Benito”, a la cual en un segundo momento añadió un comentario, y finalmente publicó en un pequeño libro: “Tomando por guía el Evangelio”, prologado por el Cardenal Eduardo F. Pironio. Esta obra conoció varias ediciones, y en cada una de ellas introdujo pequeñas modificaciones.
La muy especial atención que le dedicó al texto de nuestro Padre san Benito, es el signo preclaro de la preocupación constante, ya mencionada, y principal del P. Pedro, la motivación de su existencia: dar a conocer la vida monástica benedictina, propagarla, irradiarla; que hubiera más monjas, más monjes y más monasterios en nuestros países de América Latina.
Esa meta, si se me permite la expresión, lo “perseguía”. Y por ello siempre tuvo un aprecio del todo particular por la Conferencia de Comunidades Monásticas del Cono Sur, siendo uno de sus iniciadores, y su primer presidente.
Los últimos años de la existencia terrena del P. Pedro no fueron fáciles. La progresiva cuasi inmovilidad que le impuso su ajetreado físico fue onerosa para él, y por momentos le hacía sufrir, privándolo de su proverbial alegría y buen humor. Pero nunca le impidió seguir participando activamente en la vida comunitaria. Más bien fue como un gran retiro espiritual que lo preparó para el encuentro definitivo con el Señor.
Dejemos ahora que el mismo P. Pedro nos regale, a modo de herencia espiritual, la explicación de su pedagogía del camino:
«La vida del hombre es habitualmente un largo camino. El hombre es tierra que anda. Pero cuando este camino se encara con óptica de fe, se convierte entonces en peregrinación, y el cristiano en peregrino.
El camino de los peregrinos de Emaús tiene un carácter ejemplar para nosotros los creyentes. Y la presencia del Señor resulta iluminadora.
Somos una Iglesia pascual que peregrina en la fraternidad, y que se nutre de tres vivencias pascuales, claramente explicitadas por el Señor resucitado a través de sus palabras y de sus gestos.
La primera está relacionada con el sacramento de la palabra hecha letra. El discípulo tendrá que ser un hombre de la Palabra, primero por escucharla y conocerla, y luego, por anunciarla. “Les interpretó en todo las Escrituras lo que se refería a él”.
La segunda vivencia pascual, está íntimamente vinculada con la Eucaristía, sacramento pascual por excelencia; en donde nos alimentamos de la palabra hecha carne. “Tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio”.
La tercera está representada por el sacramento del hermano. “Nosotros sabemos que hemos pasado /pascua/ de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos”.
Al asumir a nuestro hermano como un sujeto amable y no como un mero objeto de consumo, estaremos experimentando también una vivencia pascual. “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”.
Cuenta el Papa Gregorio el Grande (siglo VI) en su vida de san Benito, que un sacerdote fue a visitar al monje en la solitaria ermita donde vivía; y recordarle que ese día era Pascua. El hombre de Dios, mirándolo le dijo: “¡Verte a ti hermano, ha sido pascua para mí!”».
1. Cf. Col 1,27; Ignacio de Antioquía, Carta a los Efesios 21,2.
Domingos del Ciclo “A”
ADVIENTO
DOMINGO 2º
«En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Cuando venga el Hijo del hombre, sucederá como en tiempos de Noé. En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca; y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. De dos hombres que estén en campo, uno será llevado y el otro dejado. De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada y la otra dejada.
Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor. Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo Hombre vendrá a la hora menos pensada» Mt 24,37-44
~ ° ~
«Si amamos a Cristo, también debemos desear su venida. Es perverso, y, por lo mismo, ignoro o no creo que tenga lugar que se tema que venga Aquel a quien amas; que pidas venga, tu reino, y temas ser oído. Pero ¿de dónde procede el temor? ¿De qué ha de venir el juez? ¿Por ventura es injusto, malévolo, envidioso? (...) ¿Quién ha de venir? ¿Por qué no te alegras? ¿Quién ha de venir a juzgarte sino el que vino a ser juzgado por tu provecho? No temas al acusador, del cual Él mismo dijo: El príncipe de este mundo fue arrojado fuera (Jn 13,31). No temas que ha de ser mal abogado, pues el que ahora es tu abogado, ha de ser entonces tu juez. Allí estará él, tú y tu causa; la manifestación de tu causa es el testimonio de tu conciencia. Cualquiera que seas el que temes al futuro juez, corrige ahora tu actual conciencia. (...)
Pongamos la mirada en él, ¿qué digo?, en Dios, que se dignó por su misericordia, bajo el amparo de su Espíritu, proporcionarnos estas palabras, conforme Él sabe lo que conviene a nuestras debilidades. Pues ¿qué enfermo se atreverá a dar un consejo al médico?»1.
ESPERANDO A ALGUIEN
En vísperas de la revolución francesa, había gente que seguía bailando el minué, mientras la Bastilla caía desplomada. Hoy en día podemos preguntarnos por qué tanta gente no se inmuta y permanece en apariencia indiferente, frente a los acontecimientos trágicos que sacuden a la humanidad.
Parecería existir en ellos una complicidad silenciosa, que los induce a continuar inmersos en el mundo de lo frívolo y de lo superficial.
Entonces, ¿cómo estar prevenidos para discernir ese sacramento de salvación que es la celebración de la Navidad?, en medio del estrépito de una sociedad capitalista que propone al hombre antivalores que lo deshumanizan?
Estar preparados, no significa andar en permanente búsqueda de señales o acontecimientos extraordinarios, como algunos lo suponen. Significa estar despiertos y lúcidos para poder interpretar los signos de los tiempos que se suceden en el gran teatro del mundo; sin dejarnos seducir por el torbellino de las emociones que pretenden apropiarse de nuestros corazones.
Podríamos resumir el mensaje del Adviento diciendo: “¡Dime a quién esperas, y te diré quién eres!”.
Tenemos que preguntarnos si todavía esperamos a Alguien que pueda cambiar nuestra vida, como cambia la vida de una familia, al nacer un niño.
Este Niño Dios podrá también cambiar la nuestra, siempre que estemos dispuestos a dejárnosla cambiar.
1. San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, 147,1 (trad. en: Obras de San Agustín, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, t. XXII, pp. 828-829 [BAC 264]).
DOMINGO 2º
«En aquel tiempo se presentó Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”. A él se refería el profeta Isaías cuando dijo: ‘Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos’.
Juan tenía una túnica de pelos de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. La gente de Jerusalén, de toda la Judea y de toda la región del Jordán iba a su encuentro, y se hacía bautizar por él en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.
Al ver que muchos Fariseos y Saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo: “Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan el fruto de una sincera conversión, y no se contenten con decir: ‘Tenemos por padre a Abraham’. Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero aquel que viene detrás de mí es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible”» Mt 3,1-12
~ ° ~
«Juan es la voz, Cristo es la Palabra. Cristo existió antes que Juan, pero junto a Dios, y después de él, pero entre nosotros. ¡Gran misterio, hermanos! Estén atentos, perciban la grandeza del asunto una y otra vez. (...) Juan representaba el papel de la voz en este misterio; pero no sólo él era voz. Todo hombre que anuncia la Palabra es voz de la Palabra. Lo que es el sonido de nuestra boca respecto a la palabra que llevamos en nuestro interior, eso mismo es toda alma piadosa que la anuncia respecto a aquella Palabra de la que se ha dicho: En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios; ella estaba en el principio junto a Dios (Jn 1,1-2). ¡Cuántas palabras, mejor, cuántas voces no origina la palabra concebida en el corazón! ¡Cuántos predicadores no ha hecho la Palabra que permanece en el Padre! Envió a los patriarcas, a los profetas; envió a tan numerosos y grandes pregoneros suyos. La Palabra que permanece envió las voces, y, después de haber enviado por delante muchas voces, vino la misma Palabra en su voz, en su carne, cual en su propio vehículo. Recoge, pues, como en una unidad, todas las voces que antecedieron a la Palabra y resúmelas en la persona de Juan. Él personificaba el misterio de todas ellas; él, sólo él, era la personificación sagrada y mística de todas ellas. Con razón, por tanto, se le llama voz, cual sello y misterio de todas las voces»2.
¡CADA VEZ MÁS CERCA!
Los cristianos no creemos en el mito del eterno retorno, y en que todo vuelva a repetirse. Sabemos que cada paso que damos, nos acerca más al encuentro pleno y definitivo con el Señor. Pero la condición que él nos exige es reanimar nuestro espíritu de conversión.
¿Pero qué es la conversión? La conversión es el esfuerzo que hacemos para retomar con corazón purificado el seguimiento de Cristo. Muchos piensan ingenuamente, que uno se convierte de una vez para todas; pero esto no suele suceder siempre así.
La conversión es una gracia que Dios nos regala. Hay que pedirla y recibirla “setenta veces siete”, por pura gratuidad.
Convertirnos, significa redimensionar nuestra escala de valores. Retomar un camino jalonado por momentos litúrgicos fuertes de iglesia, como puede ser el del Adviento. Convertirse implica practicar las virtudes y combatir los vicios de nuestra naturaleza humana.
Cuentan de un anciano monje que se cruzó con una famosa cortesana rodeada de su dorado séquito. Al verla, se quedó contemplándola un largo rato, deslumbrado por su hermosura. Sus discípulos estaban escandalizados. Pero él con lágrimas en los ojos les dijo: “Observen cómo esta mujer luce y se adorna con lo mejor que tiene, para seducir a los hombres. En cambio, nosotros, ¡con qué poco espíritu de conversión nos preocupamos por buscar agradar al Señor, y para llamar su atención!”.
2. San Agustín de Hipona, Sermón 288, 4 (trad. en: Obras completas de san Agustín, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1984, t. XXV, pp. 138-139 [BAC 448]).
DOMINGO 3º
«En aquel tiempo Juan el Bautista, oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”. Jesús les respondió: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no seré ocasión de escándalo!”.
Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud diciendo: “¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes. ¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta. Él es aquel de quien está escrito: ‘Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino’.
Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él”» Mt 11,2-11
~ ° ~
«¿Qué es lo que salieron a ver en el desierto? ¿Alguna caña que a todo viento se mueve? Lo cual insinuó, no, claro está, afirmándolo, sino negándolo. En efecto, en cuanto se levanta el viento, inclina la caña hacia el otro lado. ¿Y qué se significa por la caña sino el espíritu carnal, que, apenas le toca el favor o la detracción, en seguida se inclina a una o a la otra parte?; pues, si de la boca de los hombres sopla el viento del favor, se alegra y se engríe y totalmente se inclina como dispuesto al favor; pero, si de donde venía el viento de la alabanza surgiera el de la detracción, en seguida le inclina, como a la parte contraria, a la violencia del furor.
Pero Juan no era una caña movida por el viento, porque ni le ablandaba favor alguno ni le hacía duro la injuria de cualquiera detracción; ni lo próspero lograba envanecerle, ni abatirle la adversidad; no era, pues, una caña movida por el viento, Juan, a quien no desviaba de la rectitud de su vida variedad alguna de las cosas.
Aprendamos nosotros a no ser cañas agitadas por el viento; consolidemos el ánimo, expuesto .al viento de las lenguas; manténgase inflexible la firmeza del alma; no nos excite a ira detracción alguna, ni favor alguno nos incline a dispensar una gracia inútil; no nos engría la prosperidad, ni la adversidad nos conturbe; de suerte que los que estamos asentados en la solidez de la fe, jamás nos movamos por el cambio de las cosas pasajeras»3.
EL MENSAJE DE JUAN EL BAUTISTA
Juan el Precursor fue un auténtico “fronterizo”. Pasó su vida en la frontera del desierto, en los límites con la Palestina, al borde del río Jordán, y conformando una geografía espiritual. Desde ella bautizaba y llamaba con insistencia a la conversión del corazón.
Juan el Bautista fue un hombre humilde, y por eso fue un hombre veraz. Era la Voz que proclamaba verdades. Dijo la verdad sobre Cristo, la verdad acerca de él, y les dijo la verdad a los hombres necesitados de ella. ¡Y esto le costó la cabeza!
Cristo en cambio fue, es y será, la Palabra de Vida, anunciada a una humanidad vocinglera, saturada con voces vacías de contenido. Él vino a darle sentido a un mundo que había perdido la alegría de la esperanza.
Por eso, el tema de la Buena Noticia impregna el tiempo del Adviento, que está dedicado a actualizar la alegría de la salvación.
De este mensaje, fue Juan el Precursor, el portavoz. Anunciando el cambio de rumbo de la historia de la gran familia humana, que no encontraba salida.
Cuando en un hogar se está esperando un nacimiento, todos están atentos y contentos. Y en un clima de alegría serena y respetuosa, se rodea y se festeja a la que está por ser madre.
De igual modo, la iglesia en los inicios de este nuevo milenio, fija la mirada en Cristo, el esperado, no deja de contemplar sonriente y expectante a María, la agraciada, la tierra de Dios, la grávida de Cristo.
3. San Gregorio Magno, Homilías sobre los evangelios, I,6,2 (trad. en: Obras de san Gregorio Magno, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1958, p. 557 [BAC 170]).
DOMINGO 4º
«Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz a un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados”.
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: ‘La Virgen concebirá y dará a luz a un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel’, que traducido significa: “Dios con nosotros”.
Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa, y sin que hubieran hecho vida en común, ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús» Mt 1,18-24
~ ° ~
«El Verbo de Dios (...) se compadeció de nuestra raza y lamentó nuestra debilidad y, sometiéndose a nuestra corrupción, no toleró el dominio de la muerte, sino que, para que lo creado no se destruyera ni la obra del Padre entre los hombres resultara en vano, tomó para sí un cuerpo y éste no diferente del nuestro. Pues no quiso simplemente estar en un cuerpo, ni quiso solamente aparecer, pues si hubiera querido solamente aparecer, habría podido realizar su divina manifestación por medio de algún otro ser más poderoso. Pero tomó nuestro cuerpo, y no simplemente esto, sino de una virgen pura e inmaculada, que no conocía varón, un cuerpo puro y verdaderamente no contaminado por la relación con los hombres. En efecto, aunque era poderoso y el Creador del universo, prepara en la Virgen para sí el cuerpo como un templo y lo hace apropiado como un instrumento en el que sea conocido y habite. Y así, tomando un cuerpo semejante a los nuestros, puesto que todos estamos sujetos a la corrupción de la muerte, lo entregó por todos a la muerte, lo ofreció al Padre, y lo hizo de una manera benevolente, para que muriendo todos en él se aboliera la ley humana que hace referencia a la corrupción (...), para que, como los hombres habían vuelto de nuevo a la corrupción, él los retornara a la incorruptibilidad y pudiera darles vida en vez de muerte, por la apropiación de su cuerpo, haciendo desaparecer la muerte de ellos, como una caña en el fuego, por la gracia de la resurrección»4.
LA REINA DEL ADVIENTO
El Adviento nos visita al final de la primavera e inicios del verano, con un trasfondo de flores, de perfumes y de rumor de pájaros, que prestan el marco adecuado para celebrar en la alegría, una verdadera liturgia de la vida.
Adviento es un tiempo femenino. En las lecturas bíblicas previas a la Navidad, desfilan distintas mujeres que se preparan a ser madres. Algunas de edad avanzada, como Isabel; otras estériles, como las madres de Sansón y de Samuel.
Es todo un entorno femenino, que con fragancia a jazmines florecidos, centra la escena en la figura de María, la reina del Adviento. Aquella que le dijo al indio Juan Diego: “Acaso, yo no soy tu madre, ¿no soy la fuente de tu alegría?; ¿tienes necesidad de alguna otra cosa?”.
Esta dimensión femenina, le da a esta última semana una dimensión muy especial, la de una madre que está por dar a luz. Después vendrá el tiempo navideño, en que nuestra atención se desplazará hacia el Niño recién nacido.
En nuestras latitudes, llegando al fin del año, un ambiente de cansancio y nerviosismo conspira contra el espíritu del Adviento. Tendremos que rescatar su dimensión contemplativa.
En medio de sueños, silencios y misterios, como los que vivieron José y María, la esperanza lo madura, y lo convierte en tiempo de acogida y de escucha receptiva al don de un Dios que salva.
4. San Atanasio de Alejandría, La Encarnación del Verbo, 8 (trad. en: Atanasio. La Encarnación del Verbo, Madrid, Ed. Ciudad Nueva, 1989, pp. 45-46 [Biblioteca de Patrística, 6]).
NAVIDAD
MISA DE LA NOCHE
«Apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.
José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque donde se alojaban no había lugar para ellos.
En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: “No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres amados por Él!”» Lc 2,1-14
~ ° ~
«Al nacer el Hijo, un gran júbilo se levantó en Belén:
ángeles bajaban del cielo cantando himnos,
y sus voces eran truenos potentes.
Al oír los cantos de alabanza
vinieron los mudos a glorificar al Hijo.
¡Bendito sea el Niño por quien Eva y Adán
volvieron a su primitiva inocencia!
Llegaron también los pastores con los mejores regalos de sus rebaños:
queso, leche, tierna carne y hermosos cantos.
Dieron la carne, con sabia discreción, a José,
la leche a María, y los cantos al Hijo.
También dieron un cordero al Cordero de Pascua,
un cordero primogénito al Primogénito,
una víctima a la Víctima,
un cordero mortal al Cordero inmortal.
¡Feliz suceso: el cordero ofrecido al Cordero!
Balaba el cordero primogénito delante del Primogénito,
como si cantara alabanzas al Cordero
que suprimió el sacrificio de corderos y toros.
Cantan al Cordero pascual
que nos trajo la Pascua del Hijo.
Los pastores, cayado en mano, lo adoraron
y saludaron con proféticas palabras:
“¡Salve Pastor supremo!
El cayado de Moisés alaba a tu cayado
¡Tú eres el Pastor universal!”»5.
NOCHE DE REGALOS
Hoy nos ha nacido un Salvador, que nos sonríe con: ¡rostro de Niño y corazón de Dios!
La Nochebuena es la noche de los niños y de los que han venido esperando su llegada con corazón de niños.
Es la noche de los que hemos venido preparando el pobre pesebre de nuestro corazón. No teniendo otra cosa que ofrecerle más que pasto. Por eso, es la noche de los pobres, que agradecen recibiendo la salvación; porque saben que la gloria de Dios es el pobre.
Es la noche de los que vigilan despiertos, porque no pueden dormir. De los niños de la calle, de los enfermos, de los presos, de los desesperados y de los marginados.
Pero, sobre todo, la Nochebuena, ¡es la noche de los regalos! “¡Dime qué regalas, y te diré quién eres!”.
Cada uno de nosotros se manifiesta por lo que regala. A Dios le pasa lo mismo. No solo nos hace un gran regalo, sino que se nos regala en la persona de su Hijo muy querido, que se nos presenta como un niño envuelto en pañales y con aroma de pesebre.
Es un regalo difícil de rechazar. ¡Quién rechaza a un niño, por más que sepa que ese Niño le cambiará la vida!
5. San Efrén de Nísibe (o Nisibi), Himno V para Navidad, 1-3 (trad. de S. Huber, Los Santos Padres, Buenos Aires, Eds. Desclée de Brouwer, t. II, pp. 450-451 [nuestra traducción presenta modificaciones respecto de esta versión]).
MISA DEL DÍA
«Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron.
La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos Dios.
Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios.
Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, llena de gracia y de verdad» Jn 1,1-5. 9-14
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«¡Que todas las edades oigan lo que jamás se oyó! ¡Lejos toda inquietud! Jesucristo, la verdadera seguridad, ha venido a nosotros. ¡Lejos toda debilidad! hoy ha aparecido el Salvador. ¡No más guerras, lejos toda disputa! hoy ha descendido de lo alto del cielo la verdadera paz. ¡Lejos toda amargura! hoy los cielos han destilado miel sobre la tierra. ¡Huya la muerte! el cielo nos ha dado hoy la vida. Hoy cantan los ángeles en la tierra, exultan los arcángeles, dense parabienes los profetas, son invitados los santos, confundidos los malvados, se regocijan los buenos, recobran la vista los ciegos, los lisiados caminan, quedan limpios los leprosos, los desconsolados recobran la alegría, los enfermos la salud y resucitan los muertos...
Los ángeles anuncian a Dios, el Cordero es mostrado a los pastores. (...) Ellos son los primeros en contemplar al Autor de la luz; ante el Redentor de los creyentes envuelto en pañales, quedan cubiertos de asombro, al verle cómo acepta la indigencia de la condición humana. Quiso nacer por el hombre, por eso, era necesario que pasara por todas estas humillaciones. Los pastores proclaman por todas partes la noticia recibida de los ángeles, ellos que fueron los primeros en conocer por aviso del cielo, el milagro de este maravilloso nacimiento»6.
LUZ Y SONIDO
Cuando uno se encuentra sumergido en un ambiente oscuro, pierde la noción de la distancia y la del tiempo. Pero al accionar la llave eléctrica e iluminarse el recinto, todo cambia con la luz. En realidad, nada ha cambiado, las cosas siguen siendo las mismas, pero han adquirido una nueva dimensión.
Esto mismo se puede comprobar en los espectáculos llamados: “luz y sonido”. Con la iluminación y comentarios vocales y musicales, se recrean ambientes geográficos, históricos y culturales.
Todo esto resulta una vaga y pálida imagen, de lo que nos viene a narrar en esta Navidad, el prólogo de san Juan.
El prólogo de san Juan, es un grandioso espectáculo cósmico de “luz y de sonido”. Nos quiere hacer reinterpretar la historia de la humanidad, desde Cristo, la Palabra encarnada y Luz del mundo.
Por eso, al celebrar el misterio de la Encarnación y al recibir su luminoso mensaje, nuestra vida entona con vibrante tono festivo, un cántico nuevo. Porque: “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visita el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y sombras de muerte”.
6. San Pedro Crisólogo, Sermón para Navidad (PLS 2,180-182).
DOMINGO DENTRO DE LA OCTAVA DE NAVIDAD
DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ
«Después de la partida de los magos, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del Profeta: ‘Desde Egipto llamé a mi hijo’.
Cuando murió Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José, que estaba en Egipto, y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, y regresa a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño”. José se levantó, tomó al niño y a su madre, y entró en la tierra de Israel. Pero al saber que Arquelao reinaba en Judea, en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí y, advertido en sueños, se retiró a la región de Galilea, donde se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo que había sido anunciado por los profetas: ‘Será llamado Nazareno’» Mt 2,13-15. 19-23
~ ° ~
«Dios, amador de los hombres, mezcla trabajos y dulzuras, estilo que Él sigue con todos los santos. Ni los peligros ni los consuelos nos los da continuos, sino que de unos y otros va Él entretejiendo la vida de los justos. Así hizo con José. Si no, miren. Vio encinta a la Virgen, y esto le llenó de turbación y angustia suma, pues pudo sospechar que su esposa hubiera cometido un adulterio; pero inmediatamente se presentó el ángel, que le disipó la sospecha y quitó todo temor. Ve al niño recién nacido, y ello le procura la más grande alegría; pero bien pronto a esta alegría le sucede un peligro no pequeño: la ciudad se alborota, el rey se enfurece y busca matar al recién nacido. A este alboroto le sigue pronto otra alegría: la aparición de la estrella y la adoración de los magos. Tras este placer, otra vez el miedo y el peligro: Porque busca -le dice el ángel- Herodes el alma o la vida del niño. Y nuevamente el ángel da orden de huir y cambiar de sitio a lo humano, pues no era aún tiempo de hacer maravillas. Si el Señor hubiera empezado a hacer milagros desde su primera edad, no se le hubiera tenido por hombre. De ahí que tampoco se construye de golpe el templo de su cuerpo, sino que primero viene la concepción, luego la gestación por nueve meses, luego el parto luego la leche de los pechos, el silencio por todo aquel tiempo; en fin, el Señor espera la edad conveniente de varón a fin de que por todos estos medios sea fácilmente aceptado el misterio de la encarnación. ¿Por qué, entonces -me dirán-, se hicieron estos milagros desde el principio? Se hicieron en gracia a la madre, a José, a Simeón, que estaba ya para salir de este mundo; por los pastores, por los magos, por los judíos. Porque, si éstos hubieran querido atender con cuidado a lo que sucedió al principio, no hubieran sacado poco fruto para lo por venir»7.
UN DIOS FAMILIERO
La familia está padeciendo una grave crisis de identidad. Y la familia cristiana, está asediada por una sociedad que como en los tiempos de Herodes y Arquelao, desconoce o combate los genuinos valores del humanismo cristiano.
Nos estamos olvidando de que la familia sigue siendo el espacio libre para crecer en todos los aspectos, la célula vital de la sociedad, y el patrimonio espiritual de la humanidad. Ésta, al ignorarla, corre serio peligro de desencadenar un suicidio moral a escala mundial.
Frente a este momento histórico tan delicado, celebrar la fiesta de la Sagrada Familia, significa apostar una vez más a la vigencia y permanencia de la institución familiar como iglesia doméstica y verdadera obra de Dios.
El Adviento nos habló de una madre embarazada, María, y de su esposo José, que estuvo firme junto a ella. Y en la Navidad celebramos el nacimiento de Jesús, el Hijo Dios. Hoy, la iglesia festeja a los tres, como modelos de unión íntima con Dios y de estrecha comunión de amor entre ellos. Todo esto vivido en el mutuo respeto por el misterio de cada uno.
José, padre adoptivo de Jesús, hombre justo y soñador. No lo engendró, pero lo reconoció y le otorgó identidad filial, a través de la homilía de su vida. María, reflejo del rostro materno de Dios, que aportó como madre la ternura de un Dios cercano que nos acaricia el alma. Y Jesús, que obediente al proyecto del Padre, es el portador del insondable misterio de nuestra salvación.
7. San Juan Crisóstomo, Homilías sobre san Mateo, 9,3 (trad. en: Obras de san Juan Crisóstomo. I. Homilías sobre el Evangelio de san Mateo [1-45], Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1955, pp. 151-152 [BAC 141]).
OCTAVA DE NAVIDAD
SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS
«En aquel tiempo, los pastores fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores.
Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido.
Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se le puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Ángel antes de su concepción» Lc 2,16-21
~ ° ~
«El nacimiento de Cristo no ocurre por necesidad, sino por el poder de Dios... Es el sacramento de su amor que restablece la salud de los hombres.
El que hizo nacer al hombre de una tierra virgen, hizo, con su propio nacimiento, nacer un hombre de un cuerpo inmaculado. La mano que había tomado barro para modelarnos quiso tomar ella misma carne para renovarnos. Que el Creador esté en la criatura y Dios en la carne, es un honor para la criatura sin ser una vergüenza para el Creador. ¿Por qué, oh hombre, tienes tan poco valor a tus ojos, siendo de tanto precio a los ojos de Dios? ¿Por qué investigar de qué materia procedes y no el sentido de tu existencia? Toda esta morada del mundo que contemplas, ¿no ha sido construida para ti? Para ti, la luz rechaza las tinieblas que te rodean, modera la noche y mide el día. Para ti el cielo se ilumina con la variada claridad del sol, de la luna y de las estrellas. Para ti, la tierra se esmalta de flores, los bosques de frutos. Para ti fue creada en el aire, en los campos y en el agua una multiplicidad hermosa y admirable de seres vivientes...
Y, sin embargo, el Creador encuentra todavía con qué aumentar tu gloria. Imprime en ti su imagen para que esta imagen visible manifieste por toda la tierra la presencia del Creador invisible; te ha concedido su lugar en este mundo terrestre para que el vasto dominio de este mundo no se vea privado de un representante del Señor...»8.
MADRE DEL SEÑOR Y REINA DE LA PAZ
Cierta espiritualidad mariana, ha enfatizado de manera machacona y unilateral, la virginidad de María, sin completarla y enriquecerla con el título máximo que le otorga la iglesia, es decir la de Madre de Dios.
En el plano humano, toda criatura nace virgen, pero esa virginidad está en función de algo y de alguien. Ese algo es el matrimonio y ese alguien es la persona amada. Por tanto, con el matrimonio la virginidad no se pierde, sino culmina y se realiza plenamente.
Si la virginidad está habitualmente abocada al matrimonio. El matrimonio lo está en función de la maternidad, en donde fructifica. La virginidad sin matrimonio puede resultar frustrante; el matrimonio sin fecundidad, suele ser signo de esterilidad.
Análogamente en el plano de la fe, la Virgen María, cubierta por el manto del Espíritu, quedó grávida de Cristo. Llegando a ser la Madre del Señor y Madre de la Iglesia. Dice san Agustín: “Imita a María, que alumbró al Señor. ¿No era virgen María, y dio a luz, permaneciendo virgen? Así también la iglesia da a luz y es virgen. Y si lo consideras bien, da a luz al mismo Cristo, pues los que nos bautizamos somos miembros suyos”.
Celebrando a María en el misterio de su maternidad, en este primer día del Año Nuevo, no debemos olvidar otra advocación mariana, vinculada con el tema de la jornada mundial de oración por la paz del mundo. Es el de María Reina de la Paz, que conmemoramos el 24 de enero de cada año.
Sabemos que el fruto de la justicia es la paz. Ser constructores de la paz, significa convertirnos a Cristo nuestra paz, el Hijo de María y el Príncipe de la Paz.
8. San Pedro Crisólogo, Sermón 148; PL 52,596-598 (trad. en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Ed. Apostolado de la Prensa, 1973, B 19).
DOMINGO 2º DESPUÉS DE NAVIDAD
«Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.
La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.
Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Ellos no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.
Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad» Jn 1,1-5. 9-14
~ ° ~
«Entre todas las grandezas y maravillas que se pueden decir de Cristo, hay una que supera la admiración de que es capaz el espíritu humano; la fragilidad de nuestra inteligencia mortal no sabe ni comprenderla ni imaginarla. El que la omnipotencia de la majestad divina, la Palabra misma del Padre, la propia Sabiduría de Dios, en la cual fueron creadas todas las cosas -las visibles y las invisibles- se haya dejado encerrar en los límites de este hombre que se manifestó en Judea. Así es el objeto de nuestra fe. Pero hay más. Creemos que la Sabiduría de Dios entró en el seno de una mujer, que esta Sabiduría nació entre los sollozos y llantos comunes a todos los niños. Y después de esto sabemos que Cristo conoció la turbación ante la muerte hasta el punto de exclamar: Mi alma siente una tristeza de muerte (Mt 26,38), y que finalmente fue arrastrado a la muerte más vergonzosa que hay entre los hombres, aunque sepamos que resucitó al tercer día…
Nuestra contemplación debe hacerse con tanta reverencia y con tanto temor, cuanto que considera en el mismo Jesús la verdad de dos naturalezas, evitando atribuir a la inefable esencia divina cosas que son indignas de ella o que no le convienen, pero evitando también el ver en los acontecimientos históricos únicamente apariencias ilusorias. Verdaderamente, hacer escuchar tales cosas a oídos humanos, intentar expresarlas con palabras supera con mucho nuestras fuerzas, nuestro talento y nuestro lenguaje. Pienso que incluso supera la medida de los apóstoles. Más aún, la explicación de este misterio trasciende probablemente todo el orden de las potencias (celestiales)»9.
LA LUZ Y LAS TINIEBLAS
En una meditación de un escritor antiguo, puede leerse: “Mira: ¿si un rayo de sol fuera mandado a la profundidad del fango, queda por esto manchado? ¿O iluminar la suciedad desdice al sol?”.
La oscuridad es la ausencia de luz. La luz se puede estudiar, la oscuridad no. Incluso existe un prisma para descomponer la luz blanca. La oscuridad no.
La oscuridad es un término que el hombre ha desarrollado para describir lo que sucede cuando la luz no está presente.
El mal no existe al menos por sí mismo. El mal es simplemente la ausencia de Dios. Dios no creó el mal. No es como el amor que existe como atributo de Dios.
El mal es el resultado de que la humanidad no tenga a Dios presente en sus corazones. Hay oscuridad cuando en ellos no hay luz.
Cristo es la Palabra que ilumina y da sentido a nuestras vidas. Él es la Luz del mundo, porque en su palabra encontramos el sentido verdadero a nuestra historia. “En ti esta la fuente de la vida y tu luz nos hace ver la luz” (Sal 36,10).
“Luz gozosa de la gloria, Jesucristo, Luz serena de Dios Padre. Tú eres digno para siempre de los cantos de tu Pueblo” (de un himno del siglo II).
9. Orígenes, Tratado sobre los principios, lib. 2, cap. 6,2; PG 11,210-211 (trad. en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Ed. Apostolado de la Prensa, 1973, B 17).
EPIFANÍA DEL SEÑOR
«Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo”.
Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías. “En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito por el Profeta: ‘Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel’”.
Herodes mandó llamar secretamente a los magos y, después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella, los envió a Belén, diciéndoles: “Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje”.
Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría y, al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra. Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino». Mt 2,1-12
~ ° ~
«Reconozcamos, amadísimos, en los Magos que adoran a Cristo las primicias de nuestra vocación y de nuestra fe y celebremos con el alma alborozada el comienzo de nuestra feliz esperanza. Entonces fue cuando comenzamos a entrar en posesión de nuestra herencia eterna. Entonces se nos abrieron los misterios de la Escritura que nos hablan de Cristo, y la verdad (...) difundió su luz sobre todos los pueblos. Veneremos este día santísimo, en que se manifestó el autor de nuestra salvación, y adoremos omnipotente en el cielo al que los Magos veneraron recién nacido en la cuna. Así como ellos ofrecieron al Señor dones sacados de sus tesoros con una significación mística, del mismo modo saquemos también nosotros de nuestro corazón dones dignos de Dios. Aunque Él distribuye todo bien, sin embargo, busca el fruto de nuestro trabajo. El reino de los cielos no es de los que duermen, sino de los que velan y trabajan en los mandamientos de Dios. Si no invalidamos los dones hechos por Él mismo, mereceremos, por los bienes que nos ha dado, recibir los que nos ha prometido»10.
UNA TEOLOGÍA DE RODILLAS
Después de haber meditado en la “teología del pesebre”, sobre la que nos hablan las lecturas bíblicas del tiempo navideño, alzamos nuestra mirada de fe hacia el horizonte del firmamento, para contemplar admirados la lluvia de estrellas que lo pueblan.
Todos tenemos una estrella que marca un rumbo y da un sentido a nuestra propia existencia, a nuestro peregrinar por la vida.
En el Antiguo Testamento se nos habla de un personaje muy simpático, medio adivino y medio charlatán, a quien Dios convirtió en profeta de la esperanza; se llamaba Balaam. Con mirada penetrante y contemplativa, vio surgir el lucero brillante de la mañana, presencia anticipada del Mesías esperado.
Nosotros también debemos otear el horizonte de la vida, para poder como los reyes magos del evangelio, discernir los signos de los tiempos, y adorar de rodillas, el misterio de un Dios encarnado, que se nos manifiesta en la debilidad de un niño.
Dios habría podido entrar en la historia de muchas maneras. Como un gran sabio, un político triunfador, un gran hombre de ciencia, un artista o deportista famoso. Esto le habría suscitado admiradores, pero también detractores.
En cambio, qué hombre de buena voluntad, pobre o rico, puede rechazar la presencia de un Niño, que, con sus sonrisas y lágrimas, sin lugar a dudas cambiará nuestra vida y nos conducirá a partir de ahora, ¡por otro camino!
10. San León el Grande, Homilía tercera sobre la Epifanía de Nuestro Señor Jesucristo, 4 (trad. en: San León Magno. Homilías sobre el Año Litúrgico, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1969, pp. 128-129 [BAC 291]).
CUARESMA
DOMINGO 1º
«En aquel tiempo, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre. Y el tentador, acercándose, le dijo: “Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”. Jesús le respondió: “Está escrito: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.
Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole: “Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”.
Jesús le respondió: “También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios”.
El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: “Te daré todo esto, si te postras para adorarme”. Jesús le respondió: “Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto”.
Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo» Mt 4,1-11
~ ° ~
«Nuestra vida en este destierro no puede estar sin tentación, ya que nuestro progreso se lleva a cabo por la tentación. Nadie se conoce a sí mismo si no es tentado ni puede ser coronado si no vence; ni vencer si no pelea ni pelear si le faltan enemigo y tentaciones. El que grita desde los confines de la tierra se halla angustiado, pero no abandonado. Este también quiso prefigurarnos a nosotros mismos, que somos su cuerpo, en su propio cuerpo, en el cual murió, y resucitó, y subió al cielo, a fin de que confíen los miembros que han de ir a donde precedió la cabeza. Luego nos transfiguró en Él a nosotros cuando quiso que le tentase Satanás. Se lee en el evangelio que nuestro Señor Jesucristo fue tentado por Satanás en el desierto. Cristo ciertamente fue tentado por el diablo. Pero tú eras tentado en Cristo porque Cristo tenía para sí la carne de ti; y de sí tenía para ti la salud; de ti para Él, la muerte; de sí para ti, la vida; de ti para Él, los ultrajes; de sí para ti, los honores; luego de ti para sí, la tentación; de sí para ti, la victoria. Si en Él fuimos tentados, en Él vencemos nosotros al diablo. ¿Ves que Cristo fue tentado y no ves que Cristo venció? Reconócete a ti mismo tentado en Él y reconócete también victorioso en El. Podía haber prohibido que el diablo le tentase; pero, si no hubiera sido tentado, no te hubiera enseñado, al ser tentado, el modo de vencer»11.
EL SACRAMENTO DE LA CUARESMA
La cuaresma es un tiempo de cuarenta días en el que peregrinamos, impulsados por el Espíritu de Jesús, hacia la meta de la Pascua. No es un fin absoluto, sino un trampolín que nos zambulle en la alegría de la resurrección y en la comunión con el resucitado.
Aunque nos cueste comprenderlo, la cuaresma es un sacramento, es decir una fuente de bendiciones y de gracias, que nos introduce de forma gradual, en un mejor conocimiento del misterio de Cristo. Y desplazando el pecado de nuestras vidas “gota a gota”, nos va humanizando y cristianizando.
Este caminar cuaresmal presenta una dimensión comunitaria y solidaria. Son cuarenta días dedicados a aprender a amar, amando a nuestros hermanos.
Iniciando el entrenamiento de la cuaresma, el evangelio de hoy nos muestra a Jesús acosado por el demonio de las tentaciones.
En la primera tentación, frente a un mesianismo barato y muchas veces demagógico, el Señor nos invita a alimentarnos con el pan de la palabra de Dios, para convertirla así en pan de la solidaridad.
En la segunda tentación, asediado por un triunfalismo fácil y barato, Jesús apuesta con su vida a un Dios que no defrauda; misterioso, pero no mágico.
En la tercera tentación, en lugar del servilismo obsecuente de aquellos que venden su alma a cualquier precio, el Señor nos propone la actitud abnegada del servidor sufriente, que no vino a ser servido, y tampoco a servirse de un Dios de bolsillo.
“Dios todopoderoso, concédenos que el sacramento anual de la Cuaresma nos conduzca a un mejor conocimiento del misterio de Cristo y a una vida cristiana más digna”.
11. San Agustín de Hipona, Enarraciones sobre los Salmos, 60,3 (trad. en: Obras de san Agustín, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1965, t. XX, pp. 519-520 [BAC 246]).
DOMINGO 2º
«En aquel tiempo, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: “Levántense, no tengan miedo”. Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”» Mt 17,1-9
~ ° ~
«Hoy, en el monte Tabor, Cristo ha reelaborado la imagen de la belleza terrestre y la ha trasformado en icono de la belleza celestial. Por eso está bien que yo diga: ¡Este es un lugar terrible! Es nada menos que la casa de Dios y la puerta del cielo (Gn 28,17). Hoy el Tabor y el Hermón se han alegrado a la vez (cf. Sal 88 [89],13); han invitado a todo el universo a alegrarse. El país de Zabulón y de Neftalí se han unido a la fiesta y han bailado bajo el sol. Hoy, Galilea y Nazaret han participado en la danza y han animado la fiesta con coros. El Monte Tabor se alegra por la fiesta y arrastra a la creación hacia Dios, renovándola.
Hoy, en efecto, el Señor ha aparecido verdaderamente en la montaña. Hoy la naturaleza humana, creada al principio a imagen de Dios, pero oscurecida por las figuras deformantes de los ídolos, ha sido trasfigurada en la antigua belleza del hombre creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26-27). Hoy en la montaña, la naturaleza, que se había extraviado en la idolatría en las montañas, ha sido transformada sin dejar de ser la misma, y ha brillado con la claridad resplandeciente de la divinidad. Hoy, en la montaña, el que estaba vestido con sombrías y tristes túnicas de pieles, de que habla el Génesis (cf. 3,21), se ha puesto el vestido divino, envolviéndose en la luz como en un manto (Sal 103,2). Hoy en el monte Tabor ha aparecido misteriosamente la condición de la vida futura del Reino de la alegría. Hoy, de manera sorprendente, los antiguos mensajeros de la Antigua y Nueva Alianzas se han reunido junto a Dios sobre la montaña, portadores de un misterio lleno de paradojas. Hoy, en el monte Tabor se traza el misterio de la cruz que por la muerte da la vida: así como Cristo fue crucificado entre dos hombres en el monte Calvario, ahora se alza con divina majestad entre Moisés y Elías…
En el Sinaí los símbolos fueron diseñados prefigurativamente; en el Tabor resplandece la verdad. Allí la oscuridad, aquí el sol; allí las tinieblas, aquí la nube luminosa...»12.
MUERTE Y TRANSFIGURACIÓN
Los amantes de la música clásica tal vez hayan escuchado un hermoso poema sinfónico, compuesto por el compositor germano Richard Strauss y titulado: “Muerte y transfiguración”. En él, el autor se identifica con el drama de un artista, que recién durante su agonía, y en la última hora, alcanza a percibir la realización del ideal por el que había luchado toda su vida.
Esto puede ayudarnos, salvando distancias, a meditar en el misterio de la Transfiguración del Señor; sin olvidarnos que los misterios son más para ser contemplados que para ser penetrados.
Jesús, no les ocultó a sus discípulos el anuncio de la cruz; que asumió hasta las últimas consecuencias. Pero quiso en un cuarto intermedio, transmitirles un mensaje de consuelo; es decir, garantizarles que el fin no sería la cruz sino la luz. Avanzada del triunfo de Jesús sobre la muerte, y promesa de resurrección para los que aún peregrinamos.
Nosotros en el camino de la vida hemos tenido chispazos de luz o nos hemos sentido iluminados por personas que se nos han cruzado en diversas circunstancias. Ellas se convirtieron en mojones preferenciales de nuestra historia.
Cuentan que un joven novicio fue a visitar a un viejo monje para preguntarle qué debía hacer para progresar en la virtud. El anciano le habló largamente de las exigencias y sacrificios que tendría que asumir.
El novicio estuvo conforme con el desafío, pero le pidió un signo que lo motivara y le asegurara que valía la pena jugarse la vida. El monje, poniéndose de pie, y guardando silencio, abrió sus brazos en cruz, y abrazando el horizonte, se fue convirtiendo en una antorcha de fuego, radiante de luz. El joven entonces comprendió, que: “El Señor es como llama de fuego, que arde en la zarza sin consumirla”.
12. San Anastasio Sinaíta, Sermón para la Transfiguración de Cristo (trad. en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Editorial Apostolado de la Prensa, 1973, K 24).
DOMINGO 3º
«En aquel tiempo, Jesús llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José. Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía. Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: “Dame de beber”. Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos. La Samaritana le respondió: “¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”. Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos. Jesús le respondió: “Si conocieras el don de Dios y quien es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú misma se lo hubieras pedido y él te habría dado agua viva”.
Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?”. Jesús le respondió: “El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la vida eterna”.
“Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla”. Jesús le respondió: “Vé, llama a tu marido y vuelve aquí”. La mujer respondió: “No tengo marido”. Jesús continuó: “Tienes razón al decir que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad”. La mujer le dijo: “Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar”. Jesús le respondió: “Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque ésos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad”.
La mujer le dijo: “Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo”. Jesús le respondió: “Soy yo, el que habla contigo”. En ese momento llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno le preguntó: “¿Qué quieres de ella?” o “¿Por qué hablas con ella?”. La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: “Vengar a ver a un hombre que me ha hecho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?”. Salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro.
Muchos Samaritanos de esa ciudad habían creído en él por la palabra de la mujer, que atestiguaba: “Me ha dicho todo lo que hice”. Por eso, cuando los Samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días. Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra. Y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo”» Jn 4,5-42
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«Jesús fatigado del viaje, se sentó sobre el brocal del pozo. Era como la hora de sexta (Jn 4,5. 6). Ya dan comienzo los misterios. No se fatiga sin razón Jesús, no se cansa sin motivo la fortaleza de Dios; no se fatiga sin causa el que rehace las fuerzas de los fatigados; no se cansa sin razón Aquel cuyo abandono nos cansa y cuya presencia nos reconforta. Y, sin embargo, se cansa, y se cansa del viaje, y se sienta, y junto al pozo se sienta, y es la hora sexta cuando se sienta. Algo insinúan estas cosas, algo quieren decir. Nos hacen estar atentos, nos están exhortando a que llamemos. Que nos abra, pues, a mí y a ustedes Él mismo que ha tenido la dignación de exhortarnos diciendo: Llamen y se les abrirá (Mt 7,7).
Jesús se cansa del viaje por ti. Vemos en Jesús la fortaleza y vemos en Jesús la debilidad; vemos que Jesús es fuerte y al mismo tiempo débil. Es fuerte, porque en el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba en Dios, y la Palabra era Dios; al principio estaba con Dios (Jn 1,1-2). ¿Quieres ver qué fuerte es este Hijo de Dios? Todo se hizo por Él, y sin Él nada se hizo (Jn 1,3), y sin cansancio alguno lo hizo todo. ¿Qué fortaleza, por tanto, mayor que la de Aquel que lo hizo todo sin sombra de fatiga? ¿Quieres ahora conocer su debilidad? La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1,14). La fortaleza de Cristo te creó y la debilidad de Cristo te recreó. La fortaleza de Cristo hizo que lo que no existía existiese, y la debilidad de Cristo hizo que lo que existía no pereciese; su fortaleza nos creó y su debilidad nos buscó»13.
UN DIÁLOGO EN ESPÍRITU Y EN VERDAD
Cada persona y cada grupo humano desarrolla su identidad en el encuentro con el otro. Esta comunicación es necesaria para llegar no solo a una comunicación, sino a un paso más pleno: el de la comunión.
Junto al pozo de Jacob se encuentran Jesús y la Samaritana. El tema del agua, símbolo del Espíritu, lo impregna todo en este largo diálogo. Ambos están sedientos. Jesús sediento de dar la vida; la Samaritana, sedienta del agua viva. “Sacarán con alegría aguas de las fuentes de la salvación” (Is 12,3).
Todo diálogo y toda catequesis cristiana, tendrá que ajustarse a las “reglas del juego”, que magistralmente nos propone el evangelio de Juan.
El respeto con que Jesús trata a la mujer como sujeto. No se deja condicionar por prejuicios morales y religiosos; ni por los comentarios de los discípulos, asombrados de verlo conversar con una mujer.
Una sinceridad que a veces duele. El Señor no ignora la ambigua situación matrimonial de la Samaritana. Le dice la verdad, sin humillarla y con sentido del humor.
Un intercambio mutuo de frases densas y llenas de sentido; compartidas en una conversación que es la negación del monólogo autosuficiente.
Gracias a la receptividad de la mujer: Jesús se le manifiesta; y van surgiendo en luminoso consenso, los títulos de: “Profeta”, “Mesías”, y “Cristo”.
Jesucristo es el pedagogo y el catequista por excelencia. La Samaritana, como María Magdalena, se ha “diplomado” igualmente en catequesis. A través de su testimonio, los samaritanos podrán afirmar que Cristo es: “verdaderamente el Salvador del mundo”.
Otro tanto tendría que ocurrir con nosotros en este tiempo de Cuaresma. A partir de un diálogo orante con Jesús, lograr también ser misioneros entre los hombres de un mensaje de salvación.
13. San Agustín de Hipona, Tratados sobre el Evangelio de san Juan, 15,6 (trad. en: Obras de san Agustín, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1955, t. XIII, p. 411 [BAC 139]).
DOMINGO 4º
«Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. Escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé, que significa “Enviado”.
El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?”.
Unos opinaban: “Es el mismo”. “No, respondían otros, es uno que se le parece”. Él decía: “Soy realmente yo”.
El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. Él les respondió: “Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo”.
Algunos fariseos decían: “Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?”.
Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: “Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?” El hombre respondió: “Es un profeta”. Ellos le respondieron: “Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?” Y lo echaron.
Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: “¿Crees en el Hijo del Hombre?” Él respondió: “¿Quién es, Señor, para que crea en Él?” Jesús le dijo: “Tú lo has visto: es el que te está hablando” Entonces él exclamó: “Creo Señor”, y se postró ante Él» Jn 9,1-41
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«Al ciego de nacimiento el Señor le devolvió la vista no por medio de su palabra, sino por una acción. No lo hizo en vano ni al acaso, sino para mostrar la mano de Dios, la misma que al principio creó al hombre. Por eso, cuando los discípulos le preguntaron por qué motivo el hombre había nacido ciego, si por culpa suya o de sus padres, respondió: “Este no pecó, ni sus padres; sino para que se manifieste en él la acción de Dios” (Jn 9,3). (...)
Porque el Verbo de Dios nos plasma en el vientre, dice Jeremías: Antes de que te plasmara en el seno te conocí, y antes de que salieras del útero te santifiqué, a fin de ponerte como profeta para las naciones (Jr 1,5). Y Pablo escribe algo semejante: Cuando le plugo a aquel que me separó desde el seno de mi madre para que llevara su evangelio a las naciones (Ga 1,15-16). Por tanto, como el Verbo nos plasma en el vientre, el mismo Verbo remodeló los ojos del ciego de nacimiento. Así mostró que, siendo nuestro Plasmador en lo escondido, se manifestaba visiblemente a los seres humanos, a fin de enseñarles cómo antiguamente habían sido modelados en Adán, cómo éste había sido hecho, y qué mano lo había creado, mostrando el todo por la parte: porque el Señor que había formado la vista, es el mismo que plasmó todo el hombre, obedeciendo a la voluntad del Padre.
Y porque el hombre necesitaba el lavado de regeneración en la misma carne plasmada en Adán, después de que el Señor ungió sus ojos con el lodo, le dijo: “Ve a lavarte en Siloé” (Jn 9,7). De este modo le devolvió, al mismo tiempo, lo que le correspondía a la creación y al lavado de la regeneración. Por eso, una vez que se hubo lavado, volvió a ver (Jn 9,7), a fin de que al mismo tiempo conociera a su Creador, y reconociera al Señor que le dio la vida»14.
“EL COLIRIO DE DIOS”
En el ciego de nacimiento está representada la humanidad, sumergida en una oscuridad que solo podrá superar, gracias al paulatino conocimiento de un Cristo iluminador.
Es interesante observar el marcado contraste entre los dos tipos de cegueras. La de los fariseos, y las del ciego de nacimiento.
Los fariseos, aferrados a sus estructuras mentales y racionales, se van encegueciendo progresivamente, impulsados por los celos, las envidias y el rencor; haciéndose partícipes de las obras estériles de las tinieblas. Van así conformando el proceso contra Jesús, que se prolongará a lo largo de los capítulos siguientes del evangelio de san Juan; para desembocar finalmente en la apoteosis de la Pascua.
En la vida espiritual, también nosotros podemos padecer de una miopía espiritual, que nos impide contemplar desde la fe, los signos que realiza el Señor en nuestros hermanos. Esta miopía del corazón, afecta a todos aquellos que, partiendo de un esquema racional lleno de prejuicios, miran desde lejos, más con la cabeza que con el corazón.
Al contrario, el ciego de nacimiento, es iluminado por Cristo: “Luz del mundo”. Solo él puede curar nuestras cegueras; muchas de ellas arrastradas de generación en generación... “Que tu luz nos haga ver la luz” (Sal 36,9).
Por el sacramento de la Palabra y el sacramento del Agua, y en un proceso progresivo, Jesús se nos irá revelando y nosotros lo iremos reconociendo. Atravesando el umbral de la noche, viviremos como hijos de la luz: en la bondad, en la justicia y en la verdad.
Cristo se habrá comportado entonces como: “el Colirio de Dios”. Ungiendo nuestros ojos, nos hará recuperar la visión de una fe oscurecida. “Señor tú eres mi lámpara; Dios mío, tu alumbras mis tinieblas” (Sal 18,29).
14. Ireneo de Lyon, Contra los herejes, V,15,2. 3 (trad. en: San Ireneo de Lyon. Contra los Herejes. Exposición y refutación de la falsa gnosis, Lima, Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima, 2000, pp. 415-416 [Revista Teológica Límense. Vol. 34 – N° 1/2]).
DOMINGO 5º
«En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro enviaron a decir a Jesús: “Señor, el que tú amas está enfermo”. Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.
Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que éste se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: “Volvamos a Judea”.
Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en casa. Marta dijo a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá lo que le pidas”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta le respondió: “Sé que resucitará en la resurrección del último día”.
Jesús le dijo: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás ¿Crees esto?”.
Ella le respondió: “Sí, Señor creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo”.
Jesús, conmovido y turbado, preguntó: “¿Dónde lo pusieron?” Le respondieron: “Ven, Señor, y lo verás”. Y Jesús lloró.
Los judíos dijeron: “¡Cómo lo amaba!” Pero algunos decían: “Éste que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podía impedir que Lázaro muriera?”
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: “Quiten la piedra”.
Marta, la hermana del difunto, le respondió: “Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto” Jesús le dijo: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?”.
Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: “Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que Tú me has enviado”.
Después de decir esto, gritó con voz fuerte: “¡Lázaro, ven afuera!” El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.
Jesús les dijo: “Desátenlo para que pueda caminar”.
Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en Él» Jn 11,1-45
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«Es todo el hombre el que renace y se renueva en Cristo, para que, como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, nosotros vivamos también una vida nueva (Rm 6,4), en otras palabras, es necesario que rechacemos los errores de nuestra vida anterior (...) Y de la misma forma como hemos revestido la imagen de lo terrenal, debemos revestir también la imagen de lo celestial. Porque el primer hombre es salido del suelo, es terrestre, pero, el segundo hombre, ha venido del cielo (1 Co 15,49. 47).
Si actuamos de esta manera, queridos hermanos, no moriremos. Incluso si nuestro cuerpo se disgrega, viviremos en Cristo, tal como él mismo lo aseguró: Aquel que cree en mí, aunque muera, vivirá (Jn 11,25). Tenemos la certidumbre, gracias al testimonio del Señor, de que Abraham, Isaac, Jacob y todos los santos de Dios están vivos. El Señor ha dicho sobre este tema: Todos viven por Dios, este, en efecto, no es un Dios de los muertos, sino de los vivientes (Lc 20,38). Y el Apóstol dijo igualmente: Para mí, la vida es Cristo y morir representa una victoria. Deseo irme de aquí y estar con Cristo (Flp 1,21. 23). Y en otro lugar agrega: Estamos siempre llenos de seguridad, sabiendo bien que, permanecer en este cuerpo, es vivir en el exilio, lejos del Señor, pues nosotros caminamos en la fe, y no en la clara visión (2 Co 5,6-7).
Esa es nuestra fe, muy queridos hermanos: Si es por esta vida solamente que nosotros hemos colocado nuestra esperanza en Cristo, somos los más desdichados de todos los hombres (1 Co 15,19). Los animales domésticos, las bestias salvajes y los pájaros llevan sobre la tierra -lo constatarán por ustedes mismos- una vida tan larga o más que la nuestra. Pero el hombre tiene como propio aquello que Cristo le ha otorgado por su Espíritu Santo, es decir, la vida eterna, a condición de no pecar más. Pues la muerte, resultado del pecado, podemos evitarla por la virtud. Puesto que el precio del pecado es la muerte, pero el don gratuito de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor (Rm 6,23)»15.
“LA GLORIA DE DIOS ES QUE EL HOMBRE VIVA”
Marta frente a la muerte de su hermano Lázaro recurre a Jesús. Y como el ciego de nacimiento del domingo anterior, y en una reiterada confesión de fe, lo reconoce progresivamente de manera similar: Señor, Cristo, e Hijo de Dios, que debía venir al mundo. María en cambio, como lo hará más tarde María Magdalena en Getsemaní, se dirige rápidamente y llorando al encuentro de Jesús.
Es que en verdad, amar a alguien es decirle con convicción de corazón: “¡Tú no morirás; porque el amor es más fuerte que la muerte!”.
Avanzada la Cuaresma y acercándose la Semana Santa, san Juan nos presenta la persona de Lázaro. Solo él desarrolla en su evangelio este episodio; y no está de más recordar que el nombre de Lázaro significa: “Dios ayuda”.
Jesús quiere reafirmar con un gesto amistoso, y antes de su propia muerte, su clara opción por la vida. Estremecido; no se avergüenza de llorar por la muerte de su amigo. Y conmovido: lo devuelve a la vida. No sin dejar planteada la diferencia entre revivir, es decir, de volver a la vida habitual más acá del horizonte, y la de resucitar para una vida radicalmente nueva, pero más allá del horizonte.
El libro de los Salmos nos habla de un “tuteo” amistoso del salmista con Dios. En el Salmo 73, el poeta inspirado, concluye diciendo: “Si te tengo a ti en el cielo, a mí que me importa la tierra; tú eres mi herencia perpetua”.
La resurrección de los muertos, es a la luz del misterio pascual, una consecuencia lógica de ese pacto amistoso con Cristo. Él no nos puede abandonar. De hacerlo, dejaría de ser el amigo de los hombres.
Este es el mensaje que nos deja el evangelio de hoy. Una auténtica comunión de vida con el autor de la Vida, lo lleva necesariamente al amigo, a beneficiarse del don gratuito de la vida de Dios.
15. San Paciano de Barcelona, Sermón sobre el bautismo, 6-7 (trad. tomada de: El bautismo según los Padres de la Iglesia, Buenos Aires, Ed. Lumen, 1978, pp. 86-87).
DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR
«Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: “¿Seré yo, Maestro?”. “Tú lo has dicho”, le respondió Jesús» Mt 26,25
«Pedro le dijo: “Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré”. Y todos los discípulos dijeron lo mismo» Mt 26,35
«Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron» Mt 26,56
«Pilato sabía bien que lo habían entregado por envidia» Mt 27,18
«Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud diciendo: “Yo no soy responsable de la sangre de este justo. Es asunto de ustedes» Mt 27,24
«Los sumos sacerdotes junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo: “¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él”» Mt 27,41-42
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«(…) Debes creer en la pasión del Señor y confesar que Cristo ha padecido y ha sido crucificado…, según lo predicho por los profetas (ver Is 53,5). Y procura no avergonzarte de la pasión de tu Señor…
Acuérdate siempre de la palabra del Señor: A quien me confiese ante los hombres, también yo lo confesaré ante mi Padre que está en los cielos (Mt 10,32). Y no tienes por qué avergonzarte, si comprendes bajo qué misterios padeció Cristo: padeció no en la divinidad, sino en la carne… Padeció en la carne, como enseña el Apóstol (cf. 1 P 4,1), de modo que de su herida brotase la salvación del género humano, como también lo había predicho el profeta Isaías: Y Él padeció -dijo-, por nuestros pecados y con su herida hemos sanado todos (Is 53,5). Porque Cristo padeció por nuestro pecado, para que se nos diese la justicia.
Padeció bajo Poncio Pilatos… Se te enseña el tiempo de la pasión para que confieses que no ha padecido otro distinto excepto aquél que verdaderamente padeció bajo Poncio Pilato por la salvación del mundo, a saber, Cristo. Pues murió para destruir los derechos de la muerte.
Al tercer día resucitó vivo de entre los muertos, como dice el profeta: Libre de entre los muertos (Sal 88,6). En efecto, la muerte no podía retener a Cristo, que tiene toda la potestad sobre la muerte y sobre la vida»16.
LOS ÚLTIMOS CAPÍTULOS
En el Domingo de Ramos, la liturgia nos presenta una doble vertiente, no siempre bien iluminada y esclarecida entre los fieles que asisten a su celebración. La primera, corresponde a la celebración alegre y festiva de la procesión de los Ramos, y la segunda está representada por la evocación de los grandes temas vinculados con la Pasión; que nos ayudarán a preparar la celebración del Triduo Pascual. Vamos a reflexionar sobre la segunda vertiente.
El tema de las envidias y de los celos por parte de los fariseos, que decidieron matar a Jesús, porque la gente los abandonaba para seguir al Maestro, puede ayudarnos a comprender nuestras actitudes críticas y agresivas frente a la conducta de nuestros hermanos. Con frecuencia, responden a disimulados resentimientos y complejos de superioridad.
El tema de la traición de Judas, nos introduce en un misterio de iniquidad, del que no podemos quedar ajenos. La figura de Judas trasciende lo meramente individual, para asumir una dimensión corporativa. Él va a resultar “el chivo expiatorio” de los discípulos, que poco después van a abandonar y a renegar del Señor, por temor y cobardía.
Tenemos que ser suficientemente sinceros para reconocer nuestra corresponsabilidad, sobre todo, en lo que al pecado de omisión social se refiere.
El tema de la falta de compromiso, está bien reflejado en la persona de Pilatos. A menudo, nuestra búsqueda de la verdad se reduce a una aséptica especulación filosófica o ideológica. Y olvidamos que la Verdad tiene un Nombre, y es el de Cristo. Esa Verdad es la única que nos hará plenamente libres; y cada uno de los cristianos somos portadores de un fragmento de ella.
El tema del Servidor Sufriente, alcanza su sentido pleno en el árbol de la Cruz de Luz. El poder y la gloria que irradia el misterio pascual, está enraizado en el vaciamiento y en el anonadamiento de Jesús, que vino a servir y no a servirse de los demás. Por eso, los cristianos tendríamos que interrogarnos acerca de nuestra vocación de servicio. ¿Podríamos afirmar con convicción y de verdad, que es “porque servimos que existimos”?
16. Nicetas de Remesiana, Instrucción a los competentes. Sobre el Símbolo (trad. en: Nicetas de Remesiana. Catecumenado de Adultos, Madrid, 1992, pp. 83 ss. [Biblioteca de Patrística, 16]).
PASCUA
VIGILIA PASCUAL
«Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro. De pronto, se produjo un gran temblor de tierra: el Ángel del Señor bajó del cielo, hizo rodar la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el de un relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve. Al verlo, los guardias temblaron de espanto y se quedaron como muertos. El Ángel dijo a las mujeres: “No teman, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí porque ha resucitado como lo había dicho. Vengan a ver el lugar donde estaba, y vayan en seguida a decir a sus discípulos: ‘Ha resucitado de entre los muertos, e irá antes que ustedes a Galilea: allí lo verán’. Esto es lo que tenía que decirles”. Las mujeres, atemorizadas pero llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y fueron a dar la noticia a los discípulos.
De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: “Alégrense”. Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él. Y Jesús les dijo: “No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán”» Mt 28,1-10
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«Atravesado de un lado a otro, Cristo derrama agua y sangre.
La sangre es la victoria del martirio; el agua es el bautismo.
Los ladrones crucificados junto a Él a uno y otro lado están en desacuerdo:
uno niega que Cristo sea Dios, el otro recibe la corona.
A Cristo no le retuvo la piedra ni la concavidad del sepulcro.
Él venció la muerte y pisoteó el infierno.
Llevó al cielo a los justos que allí había
y dio a probar la verdad de su resurrección al tacto y a los ojos de muchos.
Cristo sube de nuevo al Padre desde la cima del monte de los Olivos,
dejando en la tierra las huellas de la paz;
del eterno follaje destila un líquido untuoso,
que demuestra cómo el regalo de la unción santa se ha infundido sobre la tierra»17.
“¿VENDRÁ O NO A LA FIESTA?” (Jn 11,56)
Esta pregunta podemos repetírnosla en este siglo y en este milenio.
¿Valdrá la pena que hayamos preparado una vez más la celebración de la Pascua de Resurrección? ¿No quedaremos frustrados en nuestras expectativas?
La humanidad está cansada de esperar contra toda esperanza. ¿Acaso no resultaría mejor aprovechar los días de la Semana Santa, para planear unas buenas vacaciones; distraernos y divertirnos con algo más gratificante?
Visto desde nuestro punto de vista, hasta podría resultar comprensible. Pero no desde la óptica de un Dios defensor de las causas perdidas. Él nos garantiza por la fe en la resurrección de su Hijo, que todo ha de terminar bien en nuestras vidas; siempre que aceptemos que él tendrá la última palabra en la historia de los hombres; y que esta palabra será de salvación.
Por eso, los cristianos seguimos celebrando la fiesta de la Vida, convertida en nuestra común esperanza de gloria. Y como gesto de gratitud por el triunfo de Cristo sobre la muerte, le cantamos a corazón abierto el Aleluya pascual, porque nos ha devuelto la alegría de la salvación.
Inmersos como estamos en una verdadera cultura de la muerte, que niega otra vida más allá del horizonte; Cristo, con su resurrección, viene una vez más a recordarnos que: “¡Tú no puedes morir!”.
Y esta Vida, recibida gratuitamente desde el momento del bautismo, nosotros debemos ser capaces de irradiarla a nuestros hermanos, repitiéndoles con s. Pablo: “¡Acuérdate de Jesucristo, que resucitó de entre los muertos!”.
17. Aurelio Prudencio, Dittochaeum (“doble alimento”), 42-44.
DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR
«El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”.
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; éste no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos» Jn, 20,1-9
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«El Hijo de Dios asumió al hombre, y en el hombre padeció todo lo humano. Esta medicina de los hombres es tan grande, que no podemos ni imaginarla. Porque ¿qué soberbia puede sanarse, si con la humildad del Hijo de Dios no se sana? ¿Qué avaricia podrá curarse si con la pobreza del Hijo de Dios no se cura? ¿Qué enojo puede curarse, si con la paciencia del Hijo de Dios no se cura? ¿Qué impiedad podrá curarse si con la caridad del Hijo de Dios no se cura? Finalmente, ¿qué debilidad podrá remediarse, si con la resurrección del cuerpo de Cristo Señor no se remedia?
Levante su esperanza el género humano, y reconozca la dignidad de su naturaleza; vea el lugar que ocupa en las obras de Dios.
No se desprecien a ustedes mismos, varones; el Hijo de Dios se hizo varón. No se desprecien a ustedes mismas, mujeres; el Hijo de Dios nació de mujer. Pero no amen lo carnal; porque en el Hijo de Dios no somos ni varones ni mujeres. No quieran amar lo temporal, porque si fuese bueno amarlo, lo hubiera amado el hombre asumido por el Hijo de Dios. No teman las afrentas, la cruz y la muerte: si dañasen al hombre, no las hubiera padecido el hombre asumido por el Hijo de Dios...
Si nos estimamos en mucho, dignémonos imitar a aquel que se llama Hijo del Altísimo; si nos estimamos en poco, osemos imitar a los publicanos y pecadores que le imitaron a Él. ¡Oh medicina que sirve para todo, que reduce todos los tumores, purifica todas las infecciones, corta todo lo superfluo, conserva todo lo necesario, repara todo lo perdido, corrige todo lo depravado!
¿Quién se enorgullecerá ya contra el Hijo de Dios? ¿Quién desesperará de sí, pues por amor nuestro quiso ser tan humilde el Hijo de Dios? ¿Quién pondrá la felicidad de la vida en lo que el Hijo de Dios enseñó que era despreciable? ¿Quién se rendirá a las adversidades, si cree que la naturaleza del hombre está bien custodiada, entre tantas persecuciones, por el Hijo de Dios? ¿Quién pensará que tiene cerrado el reino de los cielos, si sabe que los publicanos y las meretrices han imitado al Hijo de Dios? ¿De qué perversidad no se librará quien contempla, ama y cumple los dichos y hechos de aquel hombre, en que el Hijo de Dios nos presentó un modelo de vida?»18.
“¡A LOS TRES DÍAS RESUCITARÉ!” (Mt 27,63)
El hombre de nuestros días se muestra displicente y desconfiado frente al acontecimiento de la resurrección de Jesús. La ignora o distorsiona como si se tratara de una película de ciencia ficción. Así sucedió con Pablo cuando les habló sobre ella a los intelectuales atenienses, que lo tomaron por un charlatán y se burlaron diciéndole: “Otro día te oiremos hablar sobre esto”.
Es cierto, el momento exacto en que el Señor resucitó, nadie pudo conocerlo; está sumergido en el misterio. Solo llegó a contemplarlo la radiante y tres veces santa noche de la resurrección.
Ahora bien, entonces, ¿en qué y sobre quienes se apoya nuestra fe pascual? Lo hace en dos acontecimientos fundantes y objetivos.
El primero, es la constatación por parte de los discípulos del sepulcro vacío. El segundo, las multiformes apariciones de Jesús resucitado a sus discípulos y en especial a los Apóstoles, en distintos tiempos y circunstancias.
Por tanto, nuestra fe debe afirmarse en la fe apostólica, que nos viene siendo transmitida de generación en generación y a través de los siglos por la Iglesia: la comunidad pascual fundada por Cristo.
Esta fe pascual, los Apóstoles la proclamaron en forma unánime con su vida y sobre todo con su muerte. Anunciando que en verdad el Señor había resucitado y se les había aparecido ¡Aleluya!
18. San Agustín de Hipona, El combate cristiano, 11,12 (trad. en: Obras de San Agustín, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1973, pp. 437-439 [BAC 121]; la presente trad. corrige y completa la allí ofrecida).
TIEMPO DE PASCUA
DOMINGO DE LA OCTAVA DE PASCUA
«Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”.
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. los otros discípulos le dijeron: “¡Hemos visto al Señor!”. Él les respondió: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”. Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Luego dijo a Tomás: “Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”. Tomás respondió: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús le dijo: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!”» Jn 20,19-29
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«Después de la resurrección del Señor, que fue la de un cuerpo verdadero, porque no otro resucitó sino el que fue crucificado y sepultado, ¿qué otra cosa fue el hecho de los cuarenta días de espera, sino purificar de toda oscuridad la integridad de nuestra fe? Dialogando con sus discípulos, conviviendo y comiendo con ellos (cf. Hch 1,3. 4), dejándose tocar y palpar por la curiosidad diligente de aquellos a los que la duda apretaba (cf. Jn 20,27); entró por esta razón, estando las puertas cerradas, en medio de sus discípulos y por su soplo les dio el Espíritu Santo (cf. Jn 20,19. 22). Dándoles la luz de la inteligencia les abrió los secretos de las santas Escrituras (cf. Lc 24,45). Y de nuevo Él mismo les mostró la herida del costado, las marcas de los clavos y todos los signos de la recientísima pasión (cf. Jn 20,25. 27), diciéndoles: Vean mis manos y mis pies porque soy yo; toquen y vean, pues un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo (Lc 24,39), para que se conocieran las propiedades de la naturaleza divina y humana permaneciendo indivisas en Él, y así nosotros comprendiéramos que el Verbo no es lo mismo que la carne, confesando que el único Hijo de Dios es el Verbo en la carne»19.
UN COMPÁS DE ESPERA
El Señor resucitado es el Dios de los imprevistos. Siempre toma las iniciativas más insospechadas, en vista a suscitar o resucitar nuestra fe.
Todo había sido previsto por los apóstoles antes de la muerte de Jesús, menos que se les manifestaría como: “el Viviente”. Los relatos evangélicos atestiguan con transparencia, el escepticismo y la incredulidad de sus discípulos frente a esta inesperada realidad.
Sencillamente, no entraba en sus esquemas mentales, ni en las creencias religiosas de esa época, una resurrección antes del fin de los tiempos.
Pero las palabras y los gestos del resucitado se mostraron distintivos e inconfundibles. Por eso, ellos no se atrevieron a preguntarle quién era, porque sabían muy bien que era “el Señor”.
La fe pascual en el resucitado no es una realidad que habitualmente se evidencie de golpe. Necesita de tiempos y distancias, que el Señor programa con soberana libertad. No se pueden violentar las agujas de un reloj. Cada uno tiene su propio tiempo, y a cada uno le llega su propia: “hora de Dios”.
En todos nosotros se da como ocurrió con el apóstol Tomás, un compás de espera, entre la fe que proclamaron los discípulos el día de la resurrección, y la que nosotros como él asumimos, “ocho días más tarde...”.
Solo Cristo puede atravesar las puertas temerosamente cerradas de nuestros corazones, colmándolos de paz y de alegría en el Espíritu. Sólo él puede regalarnos la fe de su presencia resucitada y resucitadora.
Nosotros no hemos sido favorecidos con signos sensibles y palpables como los recibió el apóstol Tomás ocho días después, pero sí creemos en su tardío testimonio pascual; y con él repetimos cada día: “Señor mío y Dios mío”.
19. San León Magno, Carta a Flaviano, obispo de Constantinopla, 9.
DOMINGO 3º
«Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: “¿Qué comentaban por el camino?”. Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!”. “¿Qué cosa?”, les preguntó. Ellos respondieron: “Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron”.
Jesús les dijo: “¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?” Y comenzando por Moisés y continuando con todos los Profetas, les interpretó en todo las Escrituras lo que se refería a él.
Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba”. Él entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: “¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”.
En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y éstos les dijeron: “Es verdad ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!”. Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan» Lc 24,13-35
~ ° ~
«... Ellos preparan la mesa, presentan la comida, y Dios, a quien no le habían reconocido en la explicación de la Escritura, es descubierto en la fracción del pan. No fue escuchando los preceptos de Dios cómo ellos fueron iluminados, sino cumpliéndolos: No son justos ante Dios los que oyen la Ley, sino los cumplidores de la Ley, esos serán declarados justos (Rm 2,13). Quien quiera comprender lo que ha oído, que se apresure a poner en práctica lo que haya podido captar. El Señor no fue reconocido mientras hablaba; él se ha dignado manifestarse cuando se le ha ofrecido algo para comer. Amemos, pues, la hospitalidad, hermanos queridísimos; amemos la práctica de la caridad. De ella nos habla Pablo: Permanezca entre ustedes la fraternidad; no se olviden de la hospitalidad, pues por ella, algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles (Hb 13,1-2). Pedro dice también: Sean hospitalarios unos con otros sin murmuración (1 P 4,9). Y la Verdad nos habla de lo mismo: Peregriné y me recibieron (Mt 25,35)... Cuantas veces hicieron eso a uno de estos mis hermanos menores, nos dirá el Señor en el día del juicio, a mí me lo hicieron (Mt 25,40)... Y, a pesar de todo, ¡somos tan perezosos frente a la gracia de la hospitalidad! Midamos, hermanos míos, la grandeza de esta virtud. Recibamos a Cristo en nuestra mesa, a fin de poder ser admitidos en su festín eterno. Demos ahora hospitalidad a Cristo, presente en el peregrino, a fin de que el día del juicio no nos ignore como extranjeros, sino que nos reciba como hermanos en su Reino»20.
LA PEDAGOGÍA DEL CAMINO
La vida del hombre es habitualmente un largo camino. El hombre es tierra que anda. Pero cuando este camino se encara con óptica de fe, se convierte entonces en peregrinación, y el cristiano en peregrino.
El camino de los peregrinos de Emaús tiene un carácter ejemplar para nosotros los creyentes. Y la presencia del Señor resulta iluminadora.
Somos una iglesia pascual que peregrina en la fraternidad, y que se nutre de tres vivencias pascuales, claramente explicitadas por el Señor resucitado a través de sus palabras y de sus gestos.
La primera está relacionada con el sacramento de la palabra hecha letra. El discípulo tendrá que ser un hombre de la Palabra, primero por escucharla y conocerla, y luego, por anunciarla. “Les interpretó en todo las Escrituras lo que se refería a él”.
La segunda vivencia pascual, está íntimamente vinculada con la Eucaristía, sacramento pascual por excelencia; en donde nos alimentamos de la palabra hecha carne. “Tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio”.
La tercera está representada por el sacramento del hermano. “Nosotros sabemos que hemos pasado (pascua) de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos”.
Al asumir a nuestro hermano como un sujeto amable y no como un mero objeto de consumo, estaremos experimentando también una vivencia pascual. “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”.
Cuenta el Papa Gregorio el Grande (siglo VI) en su vida de san Benito, que un sacerdote fue a visitar al monje en la solitaria ermita donde vivía; y recordarle que ese día era Pascua. El hombre de Dios, mirándolo le dijo: “¡Verte a ti hermano, ha sido pascua para mí!”.
20. San Gregorio Magno, Homilías sobre los evangelios, II,3 (23); PL 76,1182-1183 (trad. en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Ed. Apostolado de la Prensa, 1972, i 4).
DOMINGO 4º
«En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: “Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. Él llama a cada una por su nombre y las hace salir. Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz”. Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir. Entonces Jesús prosiguió: “Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia”» Jn 10,1-10
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«Si uno entra por mí, estará a salvo: entrará y saldrá y encontrará pasto (Jn 10,9). Entrará, en efecto, abriéndose a la fe, y saldrá al pasar de la fe a la visión, de la creencia a la contemplación, y encontrará pasto en el festín eterno. Las ovejas encontrarán su pasto, porque cualquiera que le siga con un corazón sencillo es alimentado con pastos siempre verdes. Y ¿cuál es el pasto de estas ovejas, sino los gozos íntimos de un paraíso siempre verde? Sí, el pasto de los elegidos es el rostro de Dios siempre presente. Contemplándole sin fin, el espíritu se sacia sin fin del alimento de vida...
Busquemos, hermanos queridos, este pasto para gozarnos en él con los ciudadanos del cielo. La alegría de los que se gozan en él nos invita... Arriba los corazones, hermanos, que nuestra fe se reanime en lo que ha creído, y que de lo alto se inflamen sus deseos. Amar así es ya ponerse en camino. Que ninguna adversidad nos desvíe del gozo de esta fiesta interior, porque, si alguno desea verdaderamente llegar al término que se propone, las asperezas del camino no detendrán su fervor. Que ninguna prosperidad lisonjera nos seduzca. Sería estúpido el viajero que durante el camino se detuviese en contemplar magníficos paisajes y se olvidara del término de su viaje»21.
LA VOZ DEL PASTOR
En la Palestina de los tiempos de Jesús, la figura del pastor de ovejas, tenía mucho relieve en la Escritura, y respondía a un contexto geográfico y cultural, no siempre familiar al hombre urbano. Sin embargo, su simbología y el mensaje que transmite, mantendrá siempre actualidad.
Los textos del Antiguo Testamento que hablan de Yahveh como pastor de su pueblo, alcanzan ahora su plenitud a la luz de la pascua; presentándonos a Jesús como el buen Pastor. Y también como la Puerta, por donde entran sus ovejas al recinto de la iglesia: espacio de contención y de salvación.
Jesucristo muere por amor a sus ovejas, en un último y supremo acto de libertad. Su vida, libremente entregada y recuperada, se ha convertido para nosotros, en fuente de la que mana Vida en abundancia.
Años atrás una conocida empresa fonográfica, usaba como emblema la imagen de un perro frente a un antiguo gramófono, escuchando perplejo y asombrado la voz de su dueño reproducida en el disco de pasta.
Por eso, es bueno y necesario, recalcar la diferencia existente entre: el oír y el escuchar. Podemos estar oyendo distraídamente radio y al mismo tiempo estar hablando con una persona. Pero a la Sagrada Escritura no basta con oírla, sino que hay que escucharla; es decir, interiorizarla; obedeciendo de corazón el mensaje que nos transmite, y tratando de ponerlo en práctica.
María Magdalena, reconoció la voz del maestro en la mañana de la resurrección. Era la voz del amado; la misma del Cantar de los Cantares. De igual manera, como el rebaño conoce la voz de su pastor, nosotros escuchando con fe el sacramento de su Palabra, vamos pasando cada día de la muerte del pecado a la vida de la gracia.
21. San Gregorio Magno, Homilías sobre los evangelios, I,14,5. 6; PL 76,1129-1130 (trad. en Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Ed. Apostolado de la Prensa, 1973, P 1).
DOMINGO 5º
«“No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya reparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy”.
Tomás le dijo: “Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?”.
Jesús le respondió: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”.
Felipe le dijo: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”.
Jesús le respondió: “Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras. Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre”» Jn 14,1-12
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«Participarán en la vida los que ven a Dios, porque el esplendor de Dios es vivificador. Tal es el motivo por el cual el que es inasequible, incomprensible e invisible se ofrece a ser visto, comprendido y aprehendido por los hombres: todo con el fin de vivificar a los que le alcanzan y le ven. Porque si su grandeza es inescrutable, su bondad también es inexpresable, y gracias a ella se hace ver y da la vida a los que le ven. Es imposible vivir sin la vida, y solamente hay vida por la participación con Dios, participación que consiste en ver a Dios y en gozar de su bondad.
Así, pues, los hombres verán a Dios para vivir, llegando a ser inmortales por esta visión, y alcanzando a Dios. Esto era lo anunciado de una manera figurativa por los profetas, a saber, que Dios sería visto por los hombres que poseen su Espíritu y esperan continuamente su venida...»22.
TRES VIVENCIAS PASCUALES
Buscar a Dios, y encontrarlo, es el mayor deseo de todo creyente. Pero, para nosotros los cristianos, una auténtica experiencia de Dios, tendrá que estar necesariamente fundada en tres vivencias pascuales, de las que no podremos prescindir, a fin de no caer en el camino de la mistificación.
La primera está relacionada con el sacramento de la palabra hecha letra.
El cristiano tendrá que ser un hombre de la palabra, primero, por escucharla y conocerla, y luego, por anunciarla.
La segunda vivencia pascual, está íntimamente vinculada con el sacramento de la Eucaristía, sacramento pascual por excelencia, en donde nos alimentamos con el pan de la palabra hecha carne.
La tercera está representada por el sacramento del hermano. Nosotros sabemos que hemos pasado -pascua- de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos.
Por lo tanto, al asumir a nuestro hermano como un sujeto amable, y no como un mero objeto de consumo, estaremos experimentando también una vivencia pascual.
22. Ireneo de Lyon, Contra los herejes, IV,20,5-6 (trad. en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Ed. Apostolado de la Prensa, 1965, A 9).
DOMINGO 6º
«En aquel tiempo dijo Jesús: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece en ustedes y estará con ustedes.
Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y ustedes también vivirán.
Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes.
El que recibe mis mandamientos y los cumple, ése es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él”» Jn 14,15-21
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«Después que el hombre, creado en el principio por Dios y puesto en el Paraíso, hubo transgredido el mandamiento, fue sometido a la ruina y a la muerte. Luego, a pesar de ser guiado por la variada providencia de Dios de generación en generación, siguió progresando en el mal y, por las diversas pasiones de la carne fue llevado a desesperar de la vida. Por esto el Hijo unigénito de Dios, el Lógos (la Palabra) de Dios Padre, anterior al tiempo, la fuente de vida y de la inmortalidad, se nos manifestó a los que yacíamos en tinieblas y en la sombra de la muerte (Is 9,2; Mt 4,16) y, encarnándose del Espíritu Santo y de la Santa Virgen, nos mostró la conducta de la vida divina, dándonos los santos mandamientos, prometiendo el Reino de los Cielos a aquellos que viviesen de acuerdo con estos, y el castigo eterno a los transgresores. Y, sufriendo la Pasión salvífica y resucitando de entre los muertos nos concedió la esperanza de la resurrección y de la vida eterna, liberándonos, por medio de la obediencia, de la condena del pecado original, anulando con la muerte, el poder de la muerte (Hb 2,14), para que, así como todos mueren en Adán, de esa manera todos sean vivificados en él (1 Co 15,24). Y subiendo a los cielos, sentándose a la derecha del Padre, envió al Espíritu Santo como prenda de Vida, para iluminación y santificación de nuestras almas y para el auxilio de los que, a causa de su propia salvación, luchan por observar sus mandamientos»23.
EL ESPÍRITU DE LA VERDAD
Sólo en los escritos de san Juan encontramos el término: Paráclito; y con tres significados distintos: los de abogado, testigo y maestro de interioridad. Es que la misión que le ha encomendado el Padre al Espíritu Santo, es la de ser testigo de la Verdad de Cristo, que en realidad fue el primer Paráclito.
La interiorización del Espíritu de la Verdad, es más que necesaria en un mundo descreído e indiferente, que pone todo en tela de juicio y no acepta al mensaje de Cristo.
En este contexto, el Espíritu Santo nos da la fuerza y la sabiduría necesarias para poder ser testigos de la verdad, y no perder el rumbo en estos tiempos de crisis de valores y de deterioro de la trama moral social.
Nos encontramos con un mundo que nos pregunta con sonrisa escéptica, sin siquiera esperar una respuesta: “¿Qué es la verdad?”. Pero nosotros respondemos, que ignorar el contenido de la verdad, es arriesgar ponerla al servicio de la mentira.
La verdadera libertad consiste en permanecer constantemente en Dios. Y si Cristo es la Verdad, él es el único que puede hacernos auténticamente libres. Libres para servir a los demás.
Cuando olvidamos la verdad evangélica, corremos el peligro de perder la libertad de espíritu de los hijos de Dios. Dando un paso atrás, pasaremos del servicio a los hermanos, a la servidumbre de los esclavos.
Entonces sí, tendríamos que repetir la exclamación de aquella mujer víctima de la guillotina: “¡Ay libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”.
23. San Máximo el Confesor, Diálogo ascético, 1 (trad. de P. Argárate).
ASCENSIÓN DEL SEÑOR
«En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”» Mt 28,16-20
~ ° ~
«…Los santos apóstoles, aunque habían sido fortalecidos por tantos milagros, instruidos por tantos sermones, sin embargo, se atemorizaron por la atroz pasión del Señor y aceptaron con vacilación la verdad de su resurrección, pero sacaron tal provecho de la Ascensión del Señor que todo lo que antes les causaba miedo, después se convirtió en gozo. Desde aquel momento elevaron toda la contemplación de su alma hacia la divinidad de Aquel que está sentado a la diestra del Padre; y ya no les era obstáculo la vista de su cuerpo para que su espíritu, iluminado por la fe, creyera que (Cristo), ni descendiendo se había apartado del Padre, ni con su Ascensión se había apartado de sus discípulos»24.
UN FINAL QUE ES UN PRINCIPIO
El texto que acabamos de leer corresponde al final del evangelio de Mateo, con una sucesión de mensajes trascendentes: la aparición a los Once; la postración de ellos, todavía incrédulos, ante el Resucitado; la misión universal de evangelizar y dispensar los sacramentos; y finalmente, la garantía de la presencia y permanencia del Señor Resucitado a través del tiempo y la distancia.
En la vida humana se producen necesarios cortes y separaciones -¡vivimos despidiéndonos!- muchas veces dolorosas, que llevan al hombre a madurar y a terminar con dependencias especialmente afectivas; todo en vista al crecimiento armonioso y pleno de las personalidad.
Con la Ascensión del Señor ocurre algo semejante. Los discípulos habían compartido sus historias contrastantes, con la historia subyugante del Maestro de Nazaret. Pero ahora con su resurrección, se establecería en cierto sentido una solución de continuidad, una nueva etapa del crecimiento en la fe.
El regreso de Jesús al seno del Padre: “Salí del Padre y vuelvo al Padre”, conducirá a los apóstoles y también a nosotros, a entrar en contacto con el Cristo de la Pascua, a través de la comunión con su palabra, con sus sacramentos y con los hombres, a quienes somos enviados; todo esto activado y sellado por la presencia del Espíritu.
La fe del cristiano no puede limitarse a un pasado histórico, entreverado de nostalgias y sentimientos. A todos nos llegará la hora de pasar como diría San Pablo, de la leche: alimento de lactantes, al alimento sólido de los adultos. Nos encontramos, por tanto, ante ¡un final que es un principio!
24. San León Magno, Segunda homilía sobre la Ascensión del Señor, 74,3 (Sources Chrétiennes 74bis, Paris, Eds. du Cerf, 1976, pp. 280-281).
DOMINGO DE PENTECOSTÉS
«Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los Judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”.
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”» Jn 20,19-23.
~ ° ~
«Es necesario comprender que el Espíritu Santo es aquel por quien el amor ha sido derramado en nuestros corazones (Rm 5,5). Pues bien, dado que el amor debía reunir a la Iglesia de Dios por todo el universo, el don de hablar todas las lenguas, que entonces se otorgaba a un solo hombre, receptor del Espíritu Santo, se da a la Iglesia entera, que, reunida por el Espíritu Santo, habla ahora todas las lenguas. De ahí que, si se pregunta a uno de nosotros: “Tú has recibido el Espíritu Santo, ¿por qué, pues, no hablas todas las lenguas?”, deberá responder: “Es verdad que hablo todas las lenguas, puesto que yo formo parte del cuerpo de Cristo, la Iglesia, que habla todas las lenguas”. Y efectivamente, ¿qué otra cosa ha querido Dios darnos a entender con la presencia de su Espíritu Santo, sino a su Iglesia destinada a hablar todas las lenguas?...
Celebren, entonces, este día como los miembros del único cuerpo de Cristo. Porque no lo celebrarán en vano, si ustedes mismos son aquello que se celebra: si están todos juntos unidos en esta Iglesia que Dios llenó con su Espíritu Santo y que reconoce como suya, al mismo tiempo que ella le reconoce y se extiende por el mundo. A ustedes, establecidos por todas las naciones; a ustedes, es decir, a la Iglesia de Cristo, a los miembros de Cristo, a la Esposa de Cristo, el Apóstol dice: Sopórtense en el amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz (Ef 4,2-3). Fíjense bien: ha puesto la caridad allí donde nos manda soportarnos mutuamente; y donde habla de la esperanza de la unidad, muestra el vínculo de la paz. Tal es la casa de Dios, integrada por piedras vivas, donde este padre de familia desea habitar: la ruina de la división no debe ofender sus ojos»25.
EL BESO DE FUEGO
Para el evangelista Juan, el Espíritu Santo es claramente Alguien; es una persona, y esa Persona es la tercera de la Santísima Trinidad.
En la solemnidad de Pentecostés, el soplo del Espíritu ocupa el papel protagónico. Con rumor de aguas vivas, agita el agua bautismal depositada en la cisterna de nuestros corazones. Saciando así, la sed de oración que sentimos los que, sabiéndonos hijos en el Hijo, necesitamos invocar a Dios como Padre.
Los hombres solemos olvidar fácilmente las enseñanzas evangélicas recibidas, y nos cuesta testimoniarlas con la homilía de nuestras vidas. El Espíritu de la Verdad, comportándose como la memoria activa de Dios, viene en nuestra ayuda para curar nuestros olvidos.
La perfección de la ley de Cristo es el amor. Por esta razón, los monjes de la antigüedad, insistían en que para llegar a ser plenamente monje, había que convertirse en fuego, como la zarza ardiente de Moisés.
El Espíritu Santo es el Amor convertido en un beso espiritual de fuego. Él nos impulsa a los cristianos, en todo momento y desde cada vocación, a colaborar activamente en la anhelada construcción de la civilización del amor.
“Espíritu por el que he conocido a Dios, tú eres Dios y me haces Dios; ven, a suscitar nuestra oración” (Gregorio Nacianceno).
25. Fulgencio de Ruspe, Sermón sobre Pentecostés, 2-3; PL 65,743-744 (trad. en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Ed. Apostolado de la Prensa, 1972, H 2).
SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
«En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios”» Jn 3,16-18
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«Cuando tomamos la resolución de dar a conocer la divinidad -a la que los mismos seres celestiales no pueden adorar como se merece-, o de penetrar en los secretos de esta divinidad inmensa y del gobierno del universo, es como si nos embarcásemos en una diminuta balsa para hacer una larga travesía, o como si nos pertrechásemos de unas minúsculas alas con la intención de alcanzar el firmamento y sus astros...
Hay un solo Dios, sin principio, sin causa, que no puede ser limitado ni por cualquier otro anterior a él, ni por cualquier ser que venga después. Rodeado de eternidad, infinito, Padre excelente de un Hijo único, bueno, grande, a quien engendra sin que nada carnal tenga lugar, ya que él es espíritu. Dios único y otro, aunque no otro en su divinidad; tal es el Verbo de Dios. Él es la huella del Padre, el solo Hijo de aquel que no tiene principio, el único del único, su igual. Mientras el Padre permanece siendo Padre íntegro, él, el Hijo, es el autor y Señor del mundo, la fuerza y el pensamiento del Padre...
El tiempo existía antes que yo, pero no es anterior al Verbo, cuyo Padre está fuera del tiempo. Desde el momento en que existía el Padre sin principio, que no deja nada por encima de la divinidad, existía también el Hijo, que tiene por principio un Padre fuera del tiempo, como la luz del sol proviene del disco de este astro tan bello. No olvidemos, sin embargo, que todas las imágenes están por debajo de la grandeza de Dios... Como Dios y como Padre, el Padre es grande. Y si su grandeza consiste en no tener su adorable divinidad de ningún otro, no es menos glorioso para el Hijo venerable de un Padre tan grande, el tener un origen tal...
Estremezcámonos ante la grandeza del Espíritu que es igualmente Dios, y por quien yo he conocido a Dios. Él es manifiestamente Dios y hace nacer a Dios aquí abajo. Es todopoderoso, distribuye los diversos dones, inspira los cánticos del coro de los bienaventurados; da la vida a los seres celestiales y terrestres, se sienta en las alturas, viene del Padre; es la fuerza divina, actúa por iniciativa propia, no es Hijo -porque el Padre excelente no tiene sino un solo Hijo lleno de bondad-, pero no queda fuera de la divinidad invisible, disfrutando de igual gloria»26.
EN COMUNIÓN Y PARTICIPACIÓN
Hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad. En ella encontramos resumida y sintetizada nuestra fe cristiana. En los primeros siglos la teología de la Trinidad formaba parte de las discusiones a nivel popular. Hoy en día, en la religiosidad popular, queda muchas veces reducida a la triple invocación del Gloria y a la señal de la cruz; extendida entre los deportistas de manera más o menos mágica.
Dios es un misterio y los misterios son más para ser contemplados que para ser penetrados. Pero si se derrumba nuestra fe trinitaria, se viene abajo nuestra fe cristiana. ¿Qué puede entonces significar en nuestros días para los no versados, la fe en un solo Dios verdadero, en tres personas distintas?
Podríamos afirmar con todo respeto, que nuestro Dios es un Dios comunitario, un Dios sociable que se comunica hacia dentro y hacia fuera. Vive en familia; en la comunión y participación de tres personas. Un Padre que ama, un Hijo que salva, y un Espíritu que consagra ese amor. No hay padre sin un hijo, no hay un hijo sin padre, y a ambos los une el amor.
Creemos en un Dios que nos da la vida cada vez que nos persignamos. Esto significa que lo invocamos como Padre. La paternidad es la capacidad de dar vida. No hay Padre sin Hijo. “La vida eterna consiste en que te conozcan a ti Padre, el único Dios verdadero, y a tu Enviado Jesucristo”.
Creemos en un Dios que dialoga. No es un Dios incomunicado. No solamente habla, sino que se regala en su Palabra de Vida, que es su Hijo. Y que nos salva; porque: “Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación”.
Creemos en un Dios que es Amor. Ese amor entre el Padre y el Hijo, se irradia y se desborda para hacernos ingresar en la comunión y participación trinitaria, asegurándonos que “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, por el Espíritu Santo que se nos ha dado”.
26. San Gregorio de Nacianzo, Poemas dogmáticos, sect. I,I-II; PG 37,397-409 (trad. en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Ed. Apostolado de la Prensa, 1972, J 1).
SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
«En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”.
Los judíos discutían entre sí, diciendo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”. Jesús les respondió: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente”» Jn 6,51-59
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«… Nuestro Señor Jesucristo, la noche en que fue entregado, tomó el pan después de haber dado gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: “Tomen, coman, esto es mi cuerpo”. Y tomando la copa después de haber dado gracias, dijo: “Tomen, beban, eso es mi sangre” (cf. 1 Co 11,23-25). Si él mismo lo pronuncia y dice acerca del pan: “Esto es mi cuerpo”, ¿quién se atreverá a dudar en adelante? Y si él lo asegura y dice: “Esto es mi sangre”, ¿quién dudará alguna vez diciendo que no es su sangre? (…)
Por tanto, con toda certeza participamos del cuerpo y de la sangre de Cristo. En figura de pan se te da el cuerpo y en figura de vino se te da la sangre, para que, habiendo participado del cuerpo y de la sangre de Cristo, llegues a ser de su mismo cuerpo y de su misma sangre. Así también llegamos a ser portadores de Cristo cuando por nuestros miembros se distribuyen su cuerpo y su sangre. Y es por eso que dice san Pedro que somos hechos participantes de la naturaleza divina (2 P 1,4)...
No los tengas entonces como simples pan y vino, porque según la afirmación del Señor se convierten en cuerpo y sangre de Cristo. Si los sentidos te sugieren una cosa, la fe por su parte te convence de otra. No juzgues por el gusto, sino convéncete por la fe sin dejar lugar a ninguna duda, tú que has sido declarado digno del cuerpo y de la sangre de Cristo…
Habiendo aprendido estas cosas y estando convencido de que lo que aparece como pan no es pan, aunque así lo sienta el gusto, sino el cuerpo de Cristo, y que lo que aparece como vino no es vino, aunque lo quiera así el gusto, sino la sangre de Cristo, y que antiguamente David cantaba acerca de esto: El pan fortalece el corazón del hombre, para alegrar el rostro con óleo (Sal 104,15), fortalece tu corazón participando de este pan espiritual, y alegra el rostro de tu alma. “Que teniendo tu rostro descubierto” con una conciencia limpia, y “reflejando como en un espejo” la gloria del Señor, vayas avanzando “de gloria en gloria” (cf. 2 Co 3,18) en Cristo Jesús nuestro Señor, a quien sea dado el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén»27.
PRESENCIA Y PERMANENCIA
La adoración al Santísimo Sacramento forma parte de una antigua tradición de la Iglesia occidental. Cristo se aleja visiblemente de sus discípulos, pero permanece actuando a través del sacramento eucarístico, convirtiendo incesantemente a la humanidad en fraternidad. Hoy como ayer y como lo será mañana, el Cristo de la pascua sigue partiendo su muerte y repartiendo su vida.
A diferencia de los evangelios sinópticos, en que, para relatar la institución de la Eucaristía, utilizan la palabra cuerpo, el evangelio de san Juan prefiere usar de manera realista la palabra carne. Esto nos remite a su prólogo cuando dice que: “La Palabra se hizo carne”.
La insistencia reiterada en los escritos joánicos por el término carne, no es mera coincidencia. Por el contrario, revela la clara intención del evangelista en recalcar que el misterio eucarístico está vinculado íntimamente al misterio de la Encarnación.
Sin desconocer la dimensión sacrificial de la oblación de Cristo, Juan ha querido conducirnos al Padre, que ha comunicado la Vida al mundo a través del don de su Hijo. Por eso, la Eucaristía es el “memorial “de la Encarnación redentora, que alcanza plenitud cuando nos alimentamos de su carne y bebemos de su sangre.
Cristo toma siempre la iniciativa; es el anfitrión que se convierte en alimento de vida. Pero nos pone una única condición: la de compartirlo. No es posible honrar su cuerpo y su sangre, viáticos de inmortalidad, sin una sensibilidad comunitaria que nos induzca a compartir nuestros bienes materiales y espirituales.
En el mundo falta porque a unos pocos les sobra mucho, y no saben o no quieren compartir. Si todos compartiéramos, aunque más no fuera que de nuestra propia pobreza, seguramente alcanzaría y sobraría para muchos.
27. San Cirilo de Jerusalén, IV Catequesis mistagógica, 1. 3. 6. 9 (trad. en: San Cirilo de Jerusalén. Catequesis, Buenos Aires, Eds. Paulinas, 1985, pp. 301-304 [Col. Orígenes cristianos, 2]).
TIEMPO DURANTE EL AÑO
DOMINGO DEL BAUTISMO DEL SEÑOR
«En aquel tiempo Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él. Juan se resistía, diciéndole: “Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que vienes a mi encuentro!” Pero Jesús le respondió: “Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo”. Y Juan se lo permitió.
Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. Y se oyó una voz del cielo que decía: ‘Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección’» Mt 3,13-17
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«El Señor Jesús ha venido hoy a recibir el bautismo. Ha querido lavar su cuerpo con el agua del Jordán. Quizá alguno diga: “¿Por qué quiso ser bautizado, él que era Santo?”. Cristo se bautiza, no para ser santificado por las aguas, sino para santificar él las aguas y purificar con su acción personal las olas que toca. Se trata más bien de la consagración del agua que de la consagración de Cristo. Desde el momento en que Cristo se lavó, todas las aguas se volvieron puras con vistas a nuestro bautismo. Así quedó purificada la fuente para que se otorgara la gracia a los pueblos que vendrían después. Cristo va el primero al bautismo para que los pueblos cristianos le sigan sin vacilar.
Aquí se vislumbra el misterio. ¿No fue la columna de fuego por delante a través de todo el Mar Rojo para animar a los hijos de Israel a que la siguiesen? Atravesó la primera las aguas para abrir camino a los que la seguían. Según el testimonio del Apóstol (cf. 1 Co 10,1 ss.), este acontecimiento fue una figura anticipada del bautismo. Se trataba sin duda de una especie de bautismo en el que los hombres estaban cubiertos por la nube y llevados por las aguas. Todo esto se ha cumplido en Cristo nuestro Señor, que ahora precede en el bautismo a todos los pueblos cristianos en la columna de su cuerpo, lo mismo que había precedido a los hijos de Israel a través del mar en la columna de fuego. La misma columna que en otro tiempo esclareció los ojos de los caminantes, ilumina ahora el corazón de los creyentes. Entonces trazó sobre las olas una ruta firme; ahora vigoriza en este baño los pasos de la fe. Quien marcha con fe, sin titubear, lo mismo que los hijos de Israel, no temerá en absoluto la persecución de los egipcios»28.
POR ÉL, CON ÉL, Y EN ÉL
La humanidad desde hace tiempo y a lo lejos, se muestra portadora de algo así como una “rayadura de fábrica”. Con óptica teológica, podríamos definirla como el pecado original.
El pecado original se caracteriza por la inclinación a buscar lo que nos gusta, realizando lo que no debemos.
En este contexto de pecado habrá que situar el bautismo del Señor, que ajeno al pecado vino a borrarlo, padeciendo por nosotros un bautismo de sangre. “Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva”.
Es en el bautismo de Jesús que se manifiesta claramente la pedagogía de la salvación en perspectiva trinitaria. Contemplamos en el Jordán la solemne “presentación en sociedad” de las tres Personas divinas; y escuchamos la proclamación oficial de Cristo como el enviado y el ungido del Espíritu, que pasará por el mundo haciendo el bien.
En el misterio pascual de la muerte y de la resurrección del Señor, adquiere su sentido nuestro propio bautismo. Es por él, con él y en él, que los cristianos recibimos el carnet de identidad de hijos de Dios y la garantía de una vida inmortal.
Podemos entonces profesar con convicción, nuestra fe en un Dios que como Padre nos da la vida; por su Hijo carga con nuestra salvación; y en su Espíritu nos besa con el fuego de su Amor.
28. San Máximo de Turín, Sermón para la fiesta de Epifanía; CCL 23,398-400 (trad. en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Ed. Apostolado de la Prensa, 1971, C 4).
DOMINGO 2º
«En aquel tiempo, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: “Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije: ‘Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo’.
Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel”. Y Juan dio este testimonio: ‘He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo”. Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios» Jn 1,29-34
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«(…) La figura ha pasado y se ha manifestado la verdad. En lugar de un cordero, es Dios quien ha venido: en lugar de una oveja, un hombre; y en el hombre, Cristo, que todo lo contiene. El sacrificio del cordero, el rito de la Pascua y la letra de la Ley están contenidos en Cristo, por quien todo se ha cumplido en la antigua Ley, y más todavía en la Palabra nueva...
En efecto, la salvación del Señor y la verdad estaban prefiguradas en el pueblo de Israel, y las enseñanzas del Evangelio fueron de antemano proclamadas por la Ley. El pueblo era, por tanto, un esbozo y la Ley una parábola. Pero el Evangelio es la explicación y el cumplimiento de la Ley, y la Iglesia es el receptáculo de esta realidad. La figura, por tanto, era preciosa antes de la realidad, y la parábola admirable antes de su interpretación. Dicho de otra manera, el pueblo era estupendo antes de la aparición de la Iglesia, y la Ley admirable antes de la luz del Evangelio. Pero cuando surgió la Iglesia y el Evangelio fue proclamado, la figura se esfumó y dejó su fuerza a la realidad; la Ley se cumplió y su fuerza quedó en el Evangelio...»29.
UN TESTIGO DE MIRADA PENETRANTE
Juan el Bautista fue un profeta de mirada penetrante, con un buen ojo clínico espiritual. En las seis líneas del evangelio de hoy, aparecen en el original griego cuatro verbos, que ilustran con diferentes matices, una misma actitud: la de observar.
Su intención es dejar grabados en la retina del lector, los acontecimientos que considera de gran importancia. Por eso, clavando una mirada atenta sobre Jesús; contempla al Espíritu Santo descendiendo sobre él; da fe de su unción por el Espíritu; y termina afirmando haber visto al mismo Hijo de Dios.
Pero ¿qué es lo que nos quiere transmitir el Precursor con esta escena?
Al vincular a Jesús con el símbolo del Cordero, nos recuerda que evangélicamente hablando, la única violencia permitida es la de los pacíficos. Nuestra redención se ha realizado por la no violencia, representada aquí por la figura del Cordero.
Un aspecto en cambio no suficientemente subrayado, es el del Servidor. En la lengua hablada por Jesús, el arameo, la palabra Cordero significaba también, Servidor. En este sentido, Juan el Bautista reconoce el cumplimiento en la persona de Jesús, de las célebres profecías de Isaías relacionadas con el misterioso servidor sufriente.
Desde esta coincidencia, confirmamos una vez más nuestra fe en un Jesús que se hizo Servidor hasta las últimas consecuencias, es decir, hasta inmolarse como Cordero que quita el pecado del mundo. Porque: “Dios lleva nuestras cargas, él es nuestra salvación” (Sal 68,20).
29. Melitón de Sardes, Sobre la Pascua, 2-6, 39-42. 100-103 (trad. en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Ed. Apostolado de la Prensa, 1972, F 7).
DOMINGO 3°
«Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y de Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: ¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones!
El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, se levantó una luz.
A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”.
Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”. Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron.
Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó. Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron.
Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino, y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente» Mt 4,12-23
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«… Pedro y Andrés abandonaron sus redes para seguir al Redentor a la primera llamada de su voz... Tal vez alguno se diga por lo bajo: “Para obedecer a la llamada del Señor, ¿qué pudieron abandonar estos dos pescadores que no tenían casi nada?”. Pero en esta materia tenemos que considerar las disposiciones del corazón más que la fortuna. Deja mucho el que no retiene nada para sí; deja mucho el que lo abandona todo, por muy poco que sea. Nosotros conservamos con pasión lo que poseemos, y tratamos de conseguir lo que no tenemos. Sí, Pedro y Andrés dejaron mucho, puesto que tanto el uno como el otro abandonaron hasta el deseo de poseer. Abandonaron mucho porque al renunciar a sus bienes renunciaron también a sus ansias. Siguiendo al Señor renunciaron a todo lo que hubieran podido desear de no haberlo seguido.
Que nadie, pues, se diga al ver que algunos renuncian a grandes bienes: “Quisiera imitar a los que se desprenden así del mundo, pero no tengo nada a qué renunciar”. Hermanos, cuando renuncian a los deseos terrestres abandonan mucho. Nuestros bienes exteriores, aunque sean pequeños, bastan a los ojos del Señor. Él se fija en el corazón no en la fortuna. Él no pesa el valor comercial del sacrificio, sino la intención del que lo ofrece…»30.
UNA REACCIÓN EN CADENA
El Evangelio de hoy nos brinda abundante material para evaluar el protagonismo de Jesús en cuanto a iniciativas y llamadas.
Es necesario tener en cuenta que la conversión es una respuesta a un llamado gratuito por parte de él, y trae aparejada una doble actitud. En primer lugar, la de girar hacia el Señor; en segundo lugar, la de un cambio de rumbo, en vista a modificar un estilo de vida.
Jesús elige libremente a sus discípulos; al contrario de lo que suele ocurrir también hoy en día, en que los discípulos eligen a sus maestros. Y todo esto se desarrolla en un contexto comunitario. Es un llamado para algunos, pero en función de muchos.
Aunque pareciera lo contrario, hay una continuidad entre el trabajo de pescadores de peces, y el de pescadores de hombres. Solo se destaca la discontinuidad, en el corte que supone el seguimiento inmediato de Jesús y el abandono de su ambiente habitual.
La vocación auténtica, no destruye la naturaleza humana sino que la lleva a su plenitud. Los discípulos siguieron cumpliendo con lo esencial de su vocación de pescadores, que era el de echar las redes.
La conversión, la vocación, y la misión, son tres tiempos de una misma reacción en cadena. No podemos prescindir de alguno de estos tres tiempos. De lo contrario, nuestro cristianismo quedará a media máquina y a mitad de camino.
Finalmente, todo compromiso genuinamente cristiano, necesita de la contención de esa comunidad de creyentes, que es la iglesia. No podemos cortarnos solos en nuestra tarea misionera de evangelizadores de un Reino, que está prioritariamente destinado a aquellos que no se sienten dignos de recibirlo.
30. San Gregorio Magno, Homilía 5 sobre el Evangelio; PL 76,1093-1094 (trad. en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Ed. Apostolado de la Prensa, 1973, i 46).
DOMINGO 4°
«En aquel tiempo seguían a Jesús grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.
Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
“Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron”» Mt 4,25-5,12
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«(…) El Señor dijo: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados (Mt 5,6).
Ninguna cosa corporal apetece esta hambre ni ninguna cosa temporal anhela esta sed, sino que desea saciarse del bien de la justicia y, oculta a la mirada de todos, desea llenarse del mismo Señor. Dichoso el espíritu que ambiciona esta comida y arde por esta bebida, que no la desearía si no hubiese gustado ya esta suavidad. Al escuchar al espíritu profético que le dice: Gusten y vean qué suave es el Señor (Sal 33,9), recibió una porción de la dulzura celestial y se inflamó del amor hacia el casto placer, de modo que, abandonando todas las cosas temporales, anhela con todo su afecto comer y beber la justicia y abraza la verdad del primer mandamiento, que dice: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas (Dt 6,5; Mt 22,37; Mc 12,30; Lc 10,27), porque amar la justicia no es otra cosa que amar a Dios. Y, puesto que al amor de Dios se une el cuidado del prójimo, a este deseo de justicia se añade la virtud de la misericordia, y se dice: La misericordia nos asemeja a Dios.
Bienaventurados los misericordiosos, porque Dios será misericordioso con ellos (Mt 5,7). Reconoce, ¡oh cristiano!, la dignidad de tu sabiduría y entiende cuál ha de ser tu conducta y a qué premios eres llamado. La misericordia quiere que seas misericordioso; la justicia, que seas justo, a fin de que en la criatura aparezca el Creador y en el espejo del corazón humano resplandezca expresada por la imitación la imagen de Dios»31.
EL HOMBRE DE LAS BIENAVENTURANZAS
Las diez bienaventuranzas nos plantean un desafío de vida, que a nosotros, cristianos temerosos y mediocres, nos resulta un hueso duro de roer. Y en parte es cierto. Solo Jesucristo pudo en realidad vivirlas y abarcarlas en plenitud. ¡Él fue el Hombre de las Bienaventuranzas!
¿Qué queda para nosotros, servidores inútiles y con tantas incoherencias?
No tenemos que olvidarlas ni tampoco desesperar ante su desafío. Por eso, sería justo y necesario periódicamente, o cada vez que nos acercamos al Sacramento de la Reconciliación, releerlas y meditarlas, incorporándolas a nuestro examen de conciencia.
Como frente a un espejo, veremos reflejadas en ellas, de manera patética e impactante, las penurias y los quebrantos de la humanidad y de nuestra patria.
Para encarnar el mensaje de las bienaventuranzas, conviene recordar lo que recomendaban los antiguos monjes a los novicios que deseaban ingresar a la vida monástica. Les insistían en que imitasen las diferentes virtudes de los habitantes del monasterio. Unos eran más pobres, otros más mansos y pacientes, algunos más sacrificados, y otros más misericordiosos...
Con las bienaventuranzas sucede algo similar. Si bien debemos procurar vivenciarlas a todas ellas, habrá alguna que sentiremos de manera especial en “carne propia”; y nos sentiremos más identificados con ella. Pero también nos daremos cuenta, de que alguna otra nos resulta más lejana y difícil de practicar. Trataremos entonces de dedicarnos especialmente a ella.
Así, humildemente, sin prisa y sin pausa, iluminados por el ejemplo de Cristo y el de tantos cristianos anónimos, iremos recorriendo con corazón dilatado, el arduo pero gratificante ascenso al monte de las bienaventuranzas.
31. San León el Grande, Homilía 95,2 ss. (trad. en: San León Magno. Homilías sobre el Año Litúrgico, Madrid, 1969, pp. 369 ss. [BAC 291]).
DOMINGO 5°
«En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.
Ustedes son la sal del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo”» Mt 5,13-16
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«La lámpara colocada sobre el candelero, de que habla la Escritura, es nuestro Señor Jesucristo, verdadera luz del Padre, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Tomando de nosotros nuestra carne, se ha hecho y se ha llamado “lámpara”, es decir. Sabiduría y Palabra del Padre según su naturaleza, y es proclamado en la Iglesia de Dios por la piedad y la fe. Glorificado y manifestado entre las naciones por el ejemplo de su vida y la fidelidad a los mandamientos, brilla para todos los que están en la casa, es decir, para este mundo. Es exactamente lo que dice la misma Palabra de Dios: No se enciende una lámpara para ocultarla bajo un cajón, sino para ponerla sobre el candelero y que dé luz a todos los que están dentro de casa (Mt 5,15)... Nuestro Salvador y nuestro Dios nos libra de las tinieblas de la ignorancia y del mal, y por eso en la Escritura se le llama “lámpara”. Al disipar como una lámpara la oscuridad de la ignorancia y las sombras del pecado, se ha convertido para todos en el único camino de salvación. Por el conocimiento y la virtud, conduce al Padre a los que quieren recorrer con él, como un camino de justicia, la senda de los mandamientos divinos.
El candelero es la santa Iglesia. En su predicación reposa la Palabra luminosa de Dios, que ilumina a los hombres del mundo entero como a los moradores de su casa, y llena todos los espíritus del conocimiento de Dios...»32.
UNA CUESTIÓN DE BUEN GUSTO
Cuando en España se refieren a una persona diciendo de ella que es “muy salada”, están hablando de su chispa, de su buen humor y de su simpatía. Como la sal en las comidas, el “salado” contribuye también a darle buen gusto a la vida.
En el plano de la fe sucede otro tanto. El hombre sabio en la Biblia, saborea las cosas de Dios y las comparte con los hombres. Sin embargo, uno puede sentirse a dis-gusto, en ambientes en donde la fe ha perdido su sabor. Es que se la ha recibido de forma pasiva: más por tradición que por convicción; y solamente sobrevive convertida en rutina.
También puede ocurrir que el mensaje cristiano resulte soso y carente de esa “chispa” del Espíritu. Se ha dejado seducir, y se ha diluido un mundo materialista e indiferente, que embota el corazón y le impide paladear los valores espirituales.
La medicina en la antigüedad, llegó a la conclusión de que para el hombre “nada es más útil que la sal y el sol”: “nihil esse utilius sale et sole” (Plinio el Anciano). Y esta máxima, no ha perdido actualidad.
Cristo, el sol invicto, ilumina y da sentido a la humanidad. Nosotros, tenemos que irradiar esa luz con nuestra vida; aunque más no sea que como una débil lucecita.
En la noche, la pequeña luz de una colilla de cigarrillo o de la humilde lámpara de un rancho, puede servir en el lejano horizonte, como punto de referencia; señalando rumbos a los peregrinos de la fe.
“A ustedes, padres y padrinos, se les confía la misión de acrecentar esta luz, para que el niño, iluminado por Cristo, viva siempre como hijo de la luz” (Ritual del Bautismo).
32. San Máximo Confesor, Quaestiones ad Thalassium, 63; PG 90,667. 670 (trad. en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Ed. Apostolado de la Prensa, 1972, i 7).
DOMINGO 6º
«Dijo Jesús a sus discípulos: “Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos”. Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás, y el que mata será condenado por el tribunal’. Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano será condenado por el tribunal. Ustedes han oído que se dijo: ‘No cometerás adulterio’. Pero yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Ustedes han oído también que se dijo a los antepasados: ‘No jurarás falsamente, y cumplirás los juramentos hechos al Señor’. Pero yo les digo que no juren de ningún modo. Usen este lenguaje: ‘Sí, sí’. ‘No, no’. Todo lo que se dice de más viene del maligno”» Mt 5,20-22a. 27-28. 33-34a. 37
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“… Esto es lo que me entristece: que, viviendo entre hermanos, sintamos la necesidad de estar en guardia para que no se nos perjudique, y que tengamos que tomar tantas precauciones. La razón de todo esto es la frecuencia de la mentira y del engaño, la gran disminución de la caridad, las querellas sin tregua. Encontrarán muchas personas que tienen más confianza con los paganos que con los cristianos. Esto es un motivo de confusión, de lágrimas y de gemidos...
Respeten, por tanto, respeten esta mesa en la cual comulgamos todos; respeten a Cristo inmolado por nosotros; respeten el sacrificio que se ofrece... Después de haber participado de tal mesa y de haber comulgado con el mismo alimento, ¿vamos a empuñar las armas unos contra otros cuando deberíamos armarnos todos juntos contra el demonio? Esto es lo que nos hace débiles. En vez de juntar nuestros escudos en un solo frente contra él, nos unimos a él para combatir a nuestros hermanos; nos ponemos bajo sus órdenes en vez de hacerle la guerra. Repitámoslo: estamos dirigiendo nuestros tiros contra nuestros mismos hermanos. ¿Qué tiros?, me dirán. Los que lanzan las lenguas y los labios. No solamente hieren las flechas y las lanzas: algunas palabras producen profundas heridas.
¿Cómo poner fin a esta guerra? Pensando que una palabra pronunciada contra tu hermano es un veneno que vierte tu boca, y que tus calumnias afectan a un miembro de Cristo. Me dirás que te han ultrajado. Si tu prójimo te ha injuriado, pídele a Dios que tenga misericordia de él. Es tu hermano, uno de tus miembros; está llamado a la misma mesa que tú»33.
LAS VERDADERAS INTENCIONES
El hombre para luchar contra sus limitaciones conscientes o inconscientes, recurre a estructuras de apoyo puramente formales, para poder así disimular la ambigüedad de sus intenciones profundas.
Con actos o actitudes meramente exteriores, cree erradicar ese gran dilema existencial, tan bien expresado por el apóstol Pablo cuando dice: “Ni siquiera entiendo lo que hago, porque no hago lo que quiero sino lo que aborrezco” (Rm 7,15)
A esta dualidad tan vieja como el hombre, se la ha pretendido combatir recurriendo a conductas represivas meramente externas, como las que practicaban asiduamente los escribas y los fariseos.
Para no caer en la trampa de un fariseísmo cristiano, de la estricta observancia por fuera, pero profundamente incoherente por dentro, tendremos que aprender a transitar por la senda estrecha pero liberadora del Espíritu, en la verdad del autoconocimiento y del sinceramiento interior.
Purificando nuestra mirada interior, y siendo conscientes de nuestra doble realidad carnal y espiritual, trataremos de enfrentar y combatir con el poder del Resucitado, nuestras frecuentes incoherencias. Procurando revertir ese divorcio que existe entre nuestro verdadero ser y lo que aparentamos ser.
“Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones” (Mc 7,20-21).
33. San Juan Crisóstomo, Homilía 8 sobre la epístola a los Romanos, 8; PG 60,464-466. (trad. en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Ed. Apostolado de la Prensa, 1973, W 36).
DOMINGO 7º
«Dijo Jesús a sus discípulos: “Ustedes han oído que se dijo: ‘Ojo por ojo, diente por diente’. Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace el mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él. Da al que te pide, y no le vuelvas la espalda al que quiere pedirte algo prestado.
Ustedes han oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario?
¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”» Mt 5,38-48
~ ° ~
«¿Hay algo sobre lo que el Señor haya insistido tanto a sus discípulos, algo entre sus saludables avisos y celestiales preceptos, cuya guarda y custodia haya inculcado tanto como que nos amemos mutuamente también nosotros con el mismo amor con que Él mismo amó a sus discípulos? Y ¿cómo va a conservar la paz y la caridad del Señor quien, a causa de la envidia, no consigue ser ni pacífico ni amable? (…)
No podemos ser portadores de la imagen del hombre celestial si no nos asemejamos a Cristo desde los comienzos de nuestra vida espiritual. Lo cual implica dejar de ser lo que habías sido y comenzar a ser lo que no eras, para que en ti brille el nacimiento divino, para que tu conducta deífica corresponda a un hijo de Dios, que es tu Padre; para que en tu modo de vivir digno y encomiable sea Dios glorificado. Es Dios mismo quien nos exhorta y nos estimula a ello, prometiendo reciprocidad a quienes lo glorifican. Dice, en efecto: “Porque yo honro a los que me honran y serán humillados los que me desprecian” (1 S 2,30). Y para formarnos y prepararnos a esta glorificación, y para mostrarnos cómo hemos de asemejarnos a Dios Padre, nos dice en su Evangelio: “Han oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo’. Yo, en cambio, les digo: ‘Amen a sus enemigos y recen por los que los persiguen’. Así serán hijos de su Padre que está en el cielo” (Mt 5,43-45)»34.
UN HOMBRE EVANGÉLICO
Vino a visitarme anímicamente destrozado. Era un muchacho de unos 26 años que trabajaba cerca de nosotros.
Hacía un par de años que vivía en pareja con una chica. El año pasado, ella había quedado embarazada y había tenido un varoncito que era la alegría de Gustavo.
Pero esta alegría se había transformado súbitamente en lágrimas de bronca e impotencia, al enterarse de que él no era el padre de la criatura. ¡Y ella se lo había reconocido!
En un primer momento pensó recurrir a cualquier tipo de violencia, pero por el bebé, optó por enviarlos a los dos a la casita de los padres de la muchacha.
Estaba desesperado por la traición, pero reconocía que la seguía queriendo, y aunque no era su hijo, adoraba al crío.
Pasaron varios meses, hasta que al fin se decidió a hablar con el padre de la criatura, que tenía su propia familia. Este le respondió que no pensaba dejar a su esposa ni a sus hijos, y menos aún reconocer al niño adulterino.
Gustavo ese día respiró hondo y dio un gran suspiro de alivio…
Años después, vino a visitarnos, feliz de haberse reconciliado con su pareja y de haber recuperado el chico de cinco años a quien tanto quería.
34. San Cipriano de Cartago, Sobre los celos y la envidia, 12. 14-15 (Obras de San Cipriano, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1964, pp. 325. 327 [BAC 241]).
DOMINGO 8º
«Dijo Jesús a sus discípulos: “Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al dinero.
Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido? Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida? ¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe! No se inquieten entonces, diciendo:
¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos? Son los paganos que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan. Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción”» Mt 6,24-34
~ ° ~
«No estén preocupados por su vida, qué comerán, ni por su cuerpo, con qué se vestirán. En algunos códices se ha añadido: “ni qué beberán”. Por tanto, estamos liberados de toda preocupación con respecto a lo que la naturaleza concede a todos, a lo que es común al ganado, a los animales y a los hombres. Pero se nos manda no inquietarnos respecto al alimento porque preparamos nuestro pan con el sudor de nuestra frente. Debemos trabajar, pero debemos apartar la preocupación. Lo que dice: No estén preocupados por su vida, qué comerán, ni por su cuerpo, con qué se vestirán, hay que comprenderlo del alimento y del vestido del cuerpo. Por otra parte, debemos preocuparnos siempre respecto al alimento y al vestido del espíritu.
¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Con otras palabras, dice: el que ha otorgado lo que vale más, sin duda otorgará también lo que tiene menos valor.
Miren las aves del cielo; no siembran, ni cosechan ni recogen en graneros; y el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes más que ellas?… Hay que entender sencillamente que, si la Providencia de Dios alimenta a las aves, sin que éstas deban preocuparse o angustiarse, aves que hoy existen y mañana ya no existirán, cuya alma es mortal y que después de su muerte cesarán para siempre, ¿con cuánta mayor razón los hombres a quienes se promete la eternidad, serán gobernados por la voluntad de Dios?»35.
PREVISORES SÍ, PERO PREOCUPADOS NO
En este mundo en el que vivimos nos encontramos lamentablemente con mucha gente adicta a una filosofía que pregona: “comamos y bebamos, que mañana moriremos”.
Otros, por el contrario, viven angustiados por lo que podrá ocurrir mañana, aunque la mayoría de las veces nada sucede de lo que preanuncian preocupados.
La mayoría olvidamos que el pasado ya fue y que el futuro no existe, mal que les pese a los futurólogos que pretenden rastrear en el misterio de Dios.
El Evangelio nos recuerda que lo único de que en realidad disponemos es de este día que hoy Dios nos regala.
Esto no significa que nos desentendamos de lo que vendrá, que ciertamente estará en gran parte condicionado por el presente.
Lo importante es estrenar cada día en la esperanza de vivirlo en plenitud y apostando a la Providencia, con la confianza de que con sus desafíos, quebrantos y alegrías, merece ser vivido como si fuera el único de nuestra historia.
Por eso el pobre del Padre Nuestro, agradece recibiendo el pan de cada día…
El rico y autosuficiente vive en cambio programado un futuro lleno de seguridades y realizaciones. Pero olvidando que: «Ustedes, los que ahora dicen: «“Hoy o mañana iremos a tal ciudad y nos quedaremos allí todo el año, haremos negocios y ganaremos dinero”, ¿saben acaso qué les pasará mañana?» (St 5,13-14).
35. San Jerónimo, Comentario sobre san Mateo, I,6,24. 34.
DOMINGO 9º
«No todo el que me diga: “¡Señor, Señor!”, entrará en el reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre del cielo. Cuando llegue aquel día, muchos dirán: “¡Señor, Señor! ¿No hemos profetizado en tu nombre? ¿No hemos expulsado demonios en tu nombre?”. Y yo entonces les declararé: “Nunca los conocí, apártense de mí, ustedes que hacen el mal”.
Así pues, quien escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a un hombre prudente que construyó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, crecieron los ríos, soplaron los vientos y se abatieron sobre la casa; pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre la roca.
Quien escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a un hombre tonto que construyó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, crecieron los ríos, soplaron los vientos, golpearon la casa y ésta se derrumbó. Fue una ruina terrible» Mt 7,21-27
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«Hermanos míos, sepan que padecen una ilusión si han venido con apresuramiento a escuchar la palabra sin intención de poner en práctica lo que escuchan. Caigan en la cuenta de que si es cosa buena escuchar la palabra es todavía mejor ponerla en práctica. Si no la escuchas te despreocupas de entenderla y no construyes nada. Si la escuchas y no actúas, construyes una ruina… Escuchar y poner en práctica es lo mismo que edificar sobre roca. Sólo el hecho de escuchar es ya comenzar a construir.
… Edifica sobre arena el que escucha y no actúa; construye sobre roca el que escucha y lo pone en práctica; pero no edifica ni sobre la arena ni sobre la roca el que se niega a escuchar.
… Si edificar sobre arena es malo, tan malo es también no edificar. Podemos concluir: lo único que vale es edificar sobre roca. Es malo no escuchar, y malo también escuchar y no hacer nada. Pongan por obra la palabra y no se contenten solo con oírla, engañándose a ustedes mismos (St 1,22)»36.
“LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ”
El Evangelio de hoy nos alerta sobre la importancia de la Palabra de Dios en nuestra vida.
A menudo nos contentamos con oírla de manera distraída.
El que la oye y no la practica, dice la carta de Santiago, se parece a un hombre que se mira en el espejo, pero enseguida se va y se olvida de cómo es.
Muchos de nuestros planes son como castillos de arena, que se desmoronan y se los lleva el viento, cuando soplan las tormentas.
En cambio, cada vez que tomamos contacto con la Palabra y nos comprometemos en serio, ella nos va otorgando identidad filial y reconciliando con Dios.
Se va convirtiendo en nuestro “alter ego” en nuestro otro yo. “El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás” (Is 50,4-5)
Por esta razón, enamorados de la Palabra manifestada en la Iglesia, somos hombres y mujeres de la Palabra. No tanto porque la proclamemos sino, y sobre todo, porque la escuchamos. Y así nos vamos convirtiendo en iconos vivientes, con la homilía de nuestra vida.
Obedecer es comprometerse con lo que se escucha, es edificar sobre esa Roca que es Cristo.
Los cristianos somos aquellos que humildemente escuchamos La Palabra. Porque la escuchamos la obedecemos, y porque la obedecemos, nos ponemos a servir a nuestros hermanos.
36. San Agustín, Sermón 179,8-9; PL 38,970-971 (trad. en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Ed. Apostolado de la Prensa, 1972, i 39).
DOMINGO 10º
«En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió.
Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con él y sus discípulos. Al ver esto, los Fariseos dijeron a los discípulos: “¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?”. Jesús, que había oído, respondió: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: Prefiero la misericordia al sacrificio. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”» Mt 9,9-13
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«Se acusa a Dios de inclinarse hacia el hombre, de situarse junto al pecador, de tener hambre de su conversión y sed de su vuelta, de tomar el alimento de la misericordia y la copa de la benevolencia. Pero Cristo, hermanos, ha venido a esta cena; la Vida ha venido entre estos invitados para que, condenados a muerte, vivan con la Vida; la Resurrección se ha inclinado para que los que yacían se levantasen de sus tumbas; la Bondad se ha abajado para elevar a los pecadores hasta el perdón; Dios ha venido al hombre para que el hombre llegue a Dios; el Juez ha venido a la comida de los culpables para sustraer a la humanidad de la sentencia de condenación; el Médico ha venido a casa de los enfermos para restablecerlos comiendo con ellos; el Buen Pastor ha encorvado sus espaldas para cargar con la oveja perdida hasta el redil de la salvación. ¿Por qué come su maestro con los publicanos y pecadores? Pero ¿quién es pecador, sino el que rehúsa considerarse tal? ¿No es esto hundirse en su pecado, y verdaderamente identificarse con él, al dejar de reconocerse pecador? Y ¿quién es injusto, sino el que se estima justo? (…) Mientras vivimos en este cuerpo mortal, la fragilidad nos domina; aunque triunfemos sobre los pecados de obra, no podemos vencer los de pensamiento ni evitar toda injusticia; y si tenemos la fuerza de escapar materialmente, y si somos capaces de vencer toda falta consciente, ¿cómo podremos suprimir las faltas de negligencia y los pecados de ignorancia? (…) Confiesa tu pecado y podrás venir a la mesa de Cristo; Cristo se hará por ti Pan, ese Pan que se partirá para el perdón de tus pecados. Cristo se hará por ti Copa, esa Copa que se derramará para la remisión de tus culpas. Vamos, (…) participa en la comida de los pecadores y Cristo participará en la tuya; reconócete pecador, y Cristo comerá contigo; entra con los pecadores en el festín de tu Señor y podrás no volver a ser pecador; entra con el perdón de Cristo en la casa de la Misericordia, no sea que con tu propia justicia seas excluido de esta morada. Vamos, reconoce a Cristo, escucha a Cristo. Sí, escucha a tu Señor, escucha al médico de arriba, el que refuta sin apelación tus acusaciones falsas. Los que tienen buena salud no necesitan del médico, sino los que están enfermos (Mt 9,12). Si quieres ser curado, reconoce tu enfermedad... No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores (Mt 9,13)... Sí, hermanos, seamos pecadores en nuestra confesión para no ser pecadores gracias al perdón de Cristo»37.
EL MÉDICO DE LAS ALMAS
A un buen médico se le pide tener un ojo clínico que le permita hacer un diagnóstico presuntivo de la enfermedad que aqueja a su paciente. Lamentablemente, no todos los profesionales del arte de curar tienen “buen ojo clínico”. Y esto puede llevarlos a cometer serios errores en desmedro del enfermo.
Jesús no tuvo más que mirar al publicano Mateo y penetrar con su mirada lo más profundo de su corazón. Sabía que se trataba de un enfermo del alma; y tomando la iniciativa salió a su encuentro y sin dilación le pidió que lo siguiera. La respuesta de Mateo no se hizo esperar; con buenos reflejos y sin titubear se fue tras él.
La actitud de los fariseos, contrasta en cambio con la del publicano. Se sienten sanos y salvos; y por tanto, sin necesidad de tratamiento. Son algo así como los portadores aparentemente sanos de una temible enfermedad que se llama: el orgullo. Como no se sienten miserables, lógicamente no necesitan de la misericordia. Se mantienen atrincherados en el reducto de su perfección, y de allí no se los puede mover.
En medicina hay un dicho muy mentado que dice así: “No hay peor enfermo que el que no reconoce estarlo”. Los fariseos se cierran a la gracia. Y la gracia solamente puede penetrar en los corazones quebrantados y humillados.
Pero lo más triste de la situación, es que con sus esquemas puristas excomulgan a todos aquellos a quienes suponen contaminados y contaminantes. Privándolos así implícita o explícitamente, del derecho a la rehabilitación y a una nueva vida.
Una vieja historia cuenta que un anciano sacerdote había colocado en la puerta de su capilla un cartel que decía: “Si tienes algún pecado, ven a confiármelo. Y si no tienes ninguno, ven lo mismo a contarme cómo haces para no tenerlo”.
37. San Pedro Crisólogo, Sermón 30; PL 52,285-286 (trad. en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Ed. Apostolado de la Prensa, 1973, i 47).
DOMINGO 11º
«En aquel tiempo, al ver Jesús a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha”.
Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.
A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: “No vayan a regiones paganas ni entren en ninguna ciudad de los Samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el reino de los Cielos está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente”» Mt 9,36--10,8
~ ° ~
«Vayan, dice el Señor, y proclamen que el reino de los Cielos está cerca. Miren la grandeza del ministerio, miren la dignidad de los apóstoles. No se les manda que hablen de cosas sensibles, ni como hablaron antaño Moisés y los profetas. Su predicación había de ser nueva y sorprendente. Moisés y los profetas predicaban de la tierra y de los bienes de la tierra; los apóstoles, del reino de los cielos, y de cuanto a él se refiere. Pero no sólo por esto son los apóstoles superiores a Moisés y a los profetas, sino también por su obediencia. Ellos no se arredran de su misión ni vacilan como los antiguos. A pesar de que oyen que se les habla de peligros, de guerras y de males incomportables, como heraldos que son del reino de los cielos, aceptan lo que se les manda con absoluta obediencia. (…)
Luego, para conferir autoridad a su predicación, les dice: Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente. Miren cómo se preocupa el Señor de las costumbres de sus apóstoles no menos que de los milagros, dándoles a entender que éstos sin aquéllas nada valen. Así vemos cómo reprime su posible orgullo, diciéndoles: Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente. Con lo que juntamente los quiere limpiar de toda avaricia. No quería que pensaran que los milagros eran obra de ellos y se exaltaran orgullosamente al realizarlos. De ahí su palabra: “Han recibido gratuitamente. No le hacen ningún regalo a quienes los reciben, pues no han recibido sus poderes como una paga ni como fruto de su trabajo. Todo es gracia mía. De este modo, entonces, den también ustedes a aquéllos. Porque, por otra parte, tampoco es posible hallar precio digno de lo que sus dones merecen”»38.
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El término compasión utilizado por el Señor en los evangelios, esconde un significado de gran riqueza. En el original griego, se lo podría traducir como que: “se conmovió hasta las entrañas”.
En continuidad con el dolor que sufría Yahveh por el pecado de su pueblo, el nuevo testamento lo aplica ahora a Cristo en su relación con los pobres y miserables; incluyendo también ese matiz de ternura que siente toda madre hacia sus hijos. Frente a esta situación de orfandad y desamparo, el Señor nos recuerda una vez más la importancia del ministerio de la oración, en favor de su plan de salvación.
Para realizar su proyecto, Jesús convoca desde la gratuidad a un grupo de sus discípulos, a quienes envía a cumplir una misión; dotándolos de su poder salvífico.
Estos doce Apóstoles muestran la dimensión pluralista de la iglesia, en cuanto a los miembros que la integran. Hay lugar en ella para toda clase de genios y temperamentos, siempre y cuando comulguen con: un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo.
Pero esta iglesia, que es nuestra iglesia, tendrá que cuidar siempre de no ajustarse a esquemas de poder contrarios a los criterios evangélicos. “El don de Dios no se compra con dinero” (Hch 8,20). Su verdadera fuerza estará siempre en el amor; y como ha sido convocada gratuitamente por Dios, deberá también compartir gratuitamente la gracia recibida con aquellos que se le acerquen.
Porque una de las tentaciones que se nos presentan a los hombres y mujeres de iglesia: sacerdotes, religiosos y laicos, es la de pretender administrar la riqueza de la gracia indiscriminadamente; considerándonos dueños de un capital espiritual que no nos pertenece, y del que algún día tendremos que dar cuenta.
38. San Juan Crisóstomo, Homilías sobre san Mateo 32,4 (trad. en: Obras de San Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, Madrid, La Editorial Católica, 1955, vol. I, pp. 642-643 [BAC 141]).
DOMINGO 12º
«En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: “No les teman a los hombres. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas. No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena. ¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo. Ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros. Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres”» Mt 10,26-33
~ ° ~
«Si mediante la señal de la cruz y la fe en Cristo conculcamos la muerte, habrá que concluir, a juicio de la verdad, que es Cristo y no otro quien ha conseguido la palma y el triunfo sobre la muerte, reduciéndola casi a la impotencia. Si además añadimos que la muerte -antes prepotente y, en consecuencia, terrible-, es despreciada a raíz de la venida del Salvador, de su muerte corporal y de su resurrección, es lógico deducir que la muerte fue aniquilada y vencida por Cristo, al ser Él izado en la cruz.
Cuando, transcurrida la noche, el sol asoma e ilumina con sus rayos la faz de la tierra, a nadie se le ocurre dudar de que es el sol el que, esparciendo su luz por doquier ahuyenta las tinieblas inundándolo todo con su esplendor Así también, cuando la muerte comenzó a ser despreciada y pisoteada tras la venida del Salvador en forma humana para salvarnos y de su muerte en la cruz, aparece perfectamente claro que fue el mismo Salvador quien, manifestándose corporalmente, destruyó la muerte y consigue cada día en sus discípulos nuevos trofeos sobre ella»39.
“NO TENGAN MIEDO”
Estos tiempos en que vivimos están marcados por el signo del temor. El miedo por lo que hoy estamos sufriendo a distintos niveles, y por lo que pueda llegar a pasarnos en el futuro, nos angustia y nos deprime. Nos hace olvidar las palabras evangélicas: “A cada día le basta su propia aflicción”. Y esto ocurre no solamente en el plano individual, sino también a nivel colectivo.
Frente a lo imprevisible, la humanidad ha globalizado el temor. E ingenuamente, pretende olvidarlo, comportándose como esos chicos que cuando entran de noche a un cuarto oscuro: ¡se ponen a silbar!
En el evangelio de hoy encontramos el mejor antídoto contra el temor. Por cuatro veces menciona esta palabra en unos pocos renglones.
El fantasma del miedo, que es tan mal consejero, nos acecha de igual manera en la vida espiritual. A veces, nuestro cristianismo está impregnado de una visión pesimista y temblorosa. Olvidamos las palabras luminosas de Jesús resucitado a sus discípulos: “No tengan miedo”.
Si ponemos nuestra esperanza en Él, no quedaremos defraudados, y podremos llegar a superar las pruebas de nuestra historia, con la fuerza y el coraje del Espíritu.
Al miedo que paraliza, habrá que enfrentarlo con la confianza; y esa confianza tendrá que estar sustentada en el amor de un Dios que es el Padre de los pobres y el defensor de los débiles.
No se concibe una auténtica experiencia de Dios, que no vaya pasando gradualmente del temor y de la desconfianza, a la confianza y al amor. “Cuando el amor llegue a eliminar del todo el temor, el mismo temor se convertirá en amor” (Gregorio de Nisa).
39. San Atanasio de Alejandría, Tratado sobre la encarnación del Verbo, 29; Sources Chrétiennes 199, Paris, Eds. du Cerf, 1973, pp. 368-371 (trad. en: Leccionario bienal bíblico-patrístico de la Liturgia de las Horas. IV. Tiempo ordinario. Semanas VI-XXXIV, Zamora, Eds. Monte Casino, 1984, pp. 666-667).
DOMINGO 13º
«En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentra su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo. Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa”» Mt 10,37-42
~ ° ~
«El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí. Dado que antes había dicho: No he venido a traer paz sino espada (Mt 10,34) y enfrentar al hombre contra su padre, su madre, su suegra, para que nadie anteponga la piedad familiar a la religión, agrega: El que ama a su padre o a su madre más que a mí; también leemos en el Cantar de los Cantares: Ordena en mí el amor (Ct 2,4). Este orden es necesario para todo afecto. Ama a tu padre, ama a tu madre, ama a tus hijos después de Dios. (...) Por tanto no prohibió amar al padre y a la madre, sino que agregó expresamente: El que ama a su padre y a su madre más que a mí.
El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. En otro Evangelio está escrito: “El que no toma su cruz cada día” (cf. Lc 9,23). Para que no pensemos que el ardor de la fe puede bastar una sola vez se nos enseña que es necesario llevar la cruz siempre, para que siempre mostremos nuestro amor por Cristo.
(...) El Señor que escruta los corazones y los riñones, ve los pensamientos futuros de cada uno. Había dicho: Quien los recibe a ustedes, a mí me recibe (Mt 10,40). Pero los numerosos seudo profetas y falsos predicadores podrían impedir el cumplimiento de este precepto. También puso remedio a este escándalo diciendo: Quien reciba a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo (Mt 10,41). Pero otro podría excusarse diciendo: “Mi pobreza me lo impide, la indigencia no me permite ofrecer hospitalidad”. Él deshace esta excusa por medio de un precepto muy leve: ofrecer de todo corazón un vaso de agua fresca. Dice de agua fresca, no caliente, a fin de que aun para el agua caliente no busque la excusa de la pobreza, de la falta de leña. Algo semejante, como ya dijimos, prescribe el Apóstol a los Gálatas: El que es instruido en la Palabra comparta todos sus bienes con el que lo instruye (Ga 6,6) y exhorta a los discípulos a asegurar el mantenimiento material de sus maestros. Porque cualquiera podría pretextar la pobreza y eludir el precepto, se anticipa a esta objeción y dice: No se engañen; de Dios nadie se burla. Pues lo que uno siembra, eso cosechará (Ga 6,7). El sentido es: en vano alegas tu indigencia contra el dictamen de tu conciencia; puedes engañarme a mí que te exhorto, pero has de saber que tan sólo cosecharás lo que has sembrado»40.
TODO O NADA
En el primer mandamiento del decálogo del Antiguo Testamento, se nos pide amar a Dios con toda el alma, con todo el corazón y con todas nuestras fuerzas. Este mandamiento se prolongará en el amor al prójimo; que no supone desplazar a Dios; sino que conduce a completar y perfeccionar nuestro amor por él, amando a nuestros hermanos. No es un amor excluyente, sino incluyente. Podríamos afirmar entonces, que lo que Dios ha unido ¡no lo separe el hombre!
En la Sagrada Escritura se utilizan dos términos para definir el amor: el amor de amistad; y el amor divino. Ambos son complementarios y no se contraponen. El amor a Dios abraza también a toda la humanidad; y los primeros beneficiados suelen ser los padres.
Este amor por Dios nos exige vivirlo hasta las últimas consecuencias. La regla de los monjes benedictinos enseña que: “No se debe anteponer nada a Cristo”. Esto muchas veces cuesta; y hace doler el corazón; no solo el de los religiosos, sino el de todo cristiano.
En este contexto aparece por primera vez en los evangelios el tema de la cruz. Cristo lleva la cruz que es nuestra cruz, y nosotros cargándola, lo seguimos.
Por eso es bueno recordar una vez más, que, en el momento del bautismo, fuimos signados por el sacerdote, los padres y padrinos, con el signo de la cruz, que es el signo distintivo del cristiano; algo así como ¡nuestra marca de fábrica!
“Señor, fuego ardiente de amor, enciende nuestros corazones para que te amemos a ti sobre todas las cosas y a causa de ti a nuestro prójimo, en un mismo amor”.
40. San Jerónimo, Comentario sobre san Mateo, I,10,37-38. 42.
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