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PATRICIO MANNS

EL CORAZÓN A CONTRALUZ


MANNS, PATRICIO

El corazón a contraluz / Patricio Manns

Santiago de Chile: Catalonia, 2012

ISBN: 978-956-324-141-9

ISBN Digital: 978-956-324-870-8

NARRATIVA CHILENA

CH 863

Diseño de portada: Guarulo & Aloms

Fotografía de portada: Olivier Joly, del libro “Quatre saisons en Patagonie”.

Composición: Salgó Ltda.

Diseño y diagramación eBook: Sebastián Valdebenito M. Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco Representante del autor: Marcel Dupin Voisin, agente literario. marceldupinv@gmail.com

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información, en ninguna forma o medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin permiso previo, por escrito, de la editorial.

Primera edición: octubre 2012

Segunda edición: junio 2021

ISBN: 978-956-324-141-9

ISBN Digital:

Registro de Propiedad Intelectual N° 222.487

© Patricio Manns, 2012

© Catalonia Ltda., 2021

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl – @catalonialibros

Índice de contenido

I Nada se puede esconder

II Caballero solo

III La sombra de los hombres contra el ocaso

IV Periódica expulsión de los demonios

V Mil ochocientos noventa

VI Descripción de los soñadores de ciudades

VII El capataz tautológico

VIII El banquete de los perros de presa

IX El pórtico de la potencia y de la magia

X Abrió el libro al azar. Entregándoselo, le pidió que leyera. La voz de Drimys Winteri se alzó llenando el cuarto

XI El mediodía con Marién Andwanter Haverbeck

XII Cosmogonía de los olvidados y agonía de los redescubiertos

XIII Sin enemigos no se llega lejos

XIV La irreparable pérdida de sí

XV Mil ochocientos noventa y uno

XVI Proclamación de la fugacidad de la vida

XVII Canción de las piedras flotantes

XVIII Con el signo de fuego del infierno

XIX El hombre es un hábito de la muerte

XX Alegoría del galope

XXI Balada rusa

XXII Homo Textual I

XXIII Tragaleguas

XXIV Primera lección de tinieblas

XXV Como una visión

XXVI Chamana

XXVII Crítica de la razón chamánica

XXVIII Homo Textual II

XXIX El mismo es un pozo al que tiene miedo de asomarse

XXX Hombre que no consuma su deseo

XXXI Segunda Lección de tinieblas

XXXII Tercera lección de tinieblas

XXXIII Breve historia de la muerte

Uno de los caminos seguros que conducen

al futuro verdadero –porque también

existe un futuro falso– es

ir en la dirección donde

crece tu miedo

Milorad Pavic

DICCIONARIO JÁZARO

Este libro, más que ninguno otro

de mis libros, lleva tu sello,

Alejandra Lastra, y lleva el

sello de mi amor, a la vez

extenso como la estepa

de Siberia, y vasto

como la tundra de

Tierra del

Fuego

I
Nada se puede esconder

Mucho tiempo después se supo que había partido del número 27 de la calle Vacaresti, en Bucarest, Rumania. Ya en aquel entonces, la calle Vacaresti era una arteria de cierta amplitud, donde buhoneros y escupefuegos trabajaban frente a las puertas de las librerías, las droguerías, las tabernas, el pórtico de las iglesias o los jardines de una que otra sinagoga. En la calle Vacaresti, por la primavera, había conciertos de pájaros. Algunos cantaban en rumano, otros en ídish, y una docena de entre ellos lo hacía en latín litúrgico. El viejo Neftalí C. Popper, por razones que nunca reveló, llegó a la arteria Vacaresti desde Varsovia. Si bien durante el viaje, accidentado y casi secreto, fue confundido más de una vez con el jefe de una tribu zíngara que vagabundeaba entre el sur del Báltico y la costa norte del Mar Negro, lo cierto es que alcanzó su destino –si es que su destino se llamaba Bucarest–, y puso de inmediato manos a la obra. Lo primero que materializó fue un hijo, al que llamó Iuliu, y que vino a dar con sus cartílagos al mundo el 15 de diciembre de l857. Desde pequeño Iuliu fue sometido a la más estricta educación según la tradición hebrea askenazí. Al tomar partido por el reconocimiento público de su pertenencia a la raza hebrea, el viejo Neftalí decidió en gran parte el destino global de sus hijos, en particular Iuliu y Max: los principados de Moldavia y Valaquia, gobernados a la sazón por Alejandro Juan I, llamado también Alejandro Cuza, habían decretado medidas restrictivas contra los ciudadanos rumanos de origen judío, entre ellas, la imposibilidad de ingresar en institutos y escuelas militares, la administración pública y la diplomacia.

La segunda tarea a la que se abocó Neftalí C. Popper, fue redactar varios manuales en rumano y en hebreo. Nadie conoció nunca el contenido de tales escritos, o al menos, nadie reconoció jamás haber tenido acceso a ellos públicamente. Puede pensarse que se trató de un diario personal, o de evocaciones estrictamente privadas, que no destinó a la curiosidad de sus amigos ni a la más que probable malquerencia de sus enemistades. A causa de tales enemistades, es factible estimar que la gente que conoció esos manuales, no lo admitiera, simplemente para preservar su seguridad o proteger su carrera o sus asuntos de negocios, o su tranquilidad. O tal vez el futuro de sus hijos, cosa que, al parecer, al viejo Popper lo tuvo sin cuidado.

En 1859 dio un paso mayor y fundó Timpul (El tiempo), periódico redactado en rumano-hebreo, según el testimonio de especialistas en problemas atinentes a las cuestiones judías y al desarrollo de sus órganos de prensa. Desde el canto de los pájaros al susurro de la nieve, el vehemente Neftalí C. Popper trabajaba, sea componiendo los artículos para Timpul, sea traduciendo al rumano obras alemanas y hebreas. Esto puede explicar perfectamente el extraordinario conocimiento de las lenguas que mostraron todos los Popper de esta rama de la familia: un exégeta de Iuliu Popper sostuvo que este “poseía todas los idiomas vivos, y no pocos muertos”.

Pero aquello era nada más que el comienzo. Un día, el padre abrió las puertas del primer colegio hebreo de Bucarest, que logró funcionar hasta l867, esto es, año anterior al nacimiento de Max y el comienzo de la semicatatonia de Hannah Popper, –apodada familiarmente Peppi, diminutivo que se traduce como Perla– quien después de parir su cuarto vástago –entre Iuliu y Max nacieron dos mujeres– vivió sentada a una de las tres ventanas que daban sobre la calle Vacaresti, alimentando pájaros con migajas de pan, y susurrando viejas canciones aprendidas en el curso de su lejana infancia polaca. Hannah tenía una voz muy dulce, muy apaciguante, y un modo de mirar que iba siempre más allá del objeto fijado. Recordaba de cuando en cuando el nombre de su hijo Iuliu y de las dos hermanas que lo seguían, pero ignoraba completamente el de Max. Cuando con los años este se acercaba para hablarle o pedirle algo, ella comenzaba invariablemente por preguntar: “—¿Y quién eres tú?—” Es fácil imaginar el profundo impacto que tal pregunta –reiterada– puede tener sobre un niño de pocos años.

Al poner término a sus labores de periodista y profesor, Neftalí dio paso a sus tareas de librero. Su casa era vasta, de un piso, con tres puertas y tres ventanas a la calle. La tercera puerta en el extremo sur de la fachada, daba acceso a la antesala de la librería, la cual se prolongaba en un subsuelo bastante amplio, al que se llegaba por una escalerilla de hierro en espiral. Era una librería que los adictos a la lectura religiosa frecuentaban más bien al caer la noche. Notoriamente, muchos de ellos, antes de entrar, cruzaban dos o tres veces frente al dintel, provisto de escaso alumbrado. Era el clima característico de ciertas ciudades europeas en la segunda mitad del siglo XIX la gente parecía estar siempre temiendo o conspirando. En el subsuelo había café y pastelillos que el propio Neftalí servía obsequiosamente, con una sonrisa que borraba en parte su luenga barba roja. Algunos visitantes asiduos rehusaban quitarse los sombreros, y el patrón de los lugares hacía lo propio. Desde su estatura imponente saludaba a la clientela con una voz bronca de cantor de salmos o de rabino talmúdico. Entre barbados lectores que pasaban al peine fino los escaparates, y vocingleros bebedores de café –se hallaban en el subsuelo–, transcurrió la infancia de Iuliu Popper, a quien su padre permitía corrientemente quedarse hasta más allá de las ocho de la noche. En aquella cueva de Alí Babá comenzaron sus lecturas, allí se originaron sus sueños, allí fue forjándose su personalidad, pues abandonó la librería y la casa paterna solo en 1872, cuando contaba quince años y aparentaba veinte, en razón de su estatura elevada, su ancha frente y su ceño fruncido.

En aquel momento –la partida–, Iuliu Popper era capaz de hablar y de escribir en al menos media docena de lenguas. Quizás soñaba también en esas lenguas, y en los países que había tras ellas, en sus historias, en sus filosofías, sus culturas, sus razas, sus guerras.

Se narra todo esto porque, tras los múltiples misterios que oculta el caleidoscopio Popper, más de uno ha establecido en forma irrefutable que jamás, a lo largo de toda su vida, reconoció públicamente su origen hebreo. Aún más: se empecinó en ocultarlo con una secreta y complicada obstinación, contrariamente a su hermano Max, que se hizo miembro de la Congregación Israelita de Buenos Aires no bien pisó las calles porteñas, el año que conoció a Marién Andwanter Haverbeck. En apariencia, Iuliu consideró la actitud de su hermano como una forma de traición, o al menos, una actitud irreflexiva que podía contrariar enormemente sus proyectos. Esto produjo entre ambos una trifulca de tales proporciones, que por un instante, Iuliu Popper estuvo a punto de apretar el gatillo apuntando a la sien del otro de su sangre.

II
Caballero solo

La flecha voló desde el otoño hacia el otoño y se clavó vibrando entre los dos ojos del caballo. Este fue negro. Tuvo en la frente una estrella blanca y peluda, que además, era una estrella fácil: podía vérsela de lejos, incluso cuando la penumbra ocupaba el espacio que separaba al observador de aquel luminoso punto de referencia. Detrás se hallaba a todas horas el caballo, amarrado a ese vago tatuaje de cinco puntas improbables. El animal sintió primero que venía el zumbido. La flecha se incrustó ahí con exactitud y con violencia y un lento golpe de sangre borró la estrella metódicamente. Los cascos habían saltado hacia arriba y chapotearon en el aire. El jinete aulló apenas un instante después, reteniendo las bridas. El flechazo había perforado también la sombra movediza de sus cavilaciones.

Maniobrando con cuidado en el interior de un crepúsculo redondo, untado por el tenue rocío del sol agónico, que entraba ya al océano chirriando detrás de las montañas, alargó el brazo hasta que su mano se posó en el cuello trémulo, un cuello que palpitaba empapado de sudor y de miedo. Los dedos trajinaron primero dulces, compasivos, apaciguadores. Pero al cabo de un momento tropezaron con la cruel dureza de la flecha hundida en la piel, a medias incrustada en el hueso de la frente, entre las dos pupilas negras que relucían embargadas por un expresivo terror. Era ya una mano con vida propia, porque los ojos del jinete buscaban al mismo tiempo, muy alertas, el punto desde el cual la ráfaga de madera y su pequeño espolón de piedra rústica –en verdad de sílex– habían saltado en pos de su pecho. El brazo se encogió y arrancó sin impulso el cuerpo extraño, que por un momento había convertido al azabache en unicornio. Este brincó retrocediendo y arañó de nuevo el viento con los cascos delanteros. Ahogado de dolor, dilataba las fosas nasales relinchando su pregunta, su esfuerzo por comprender la razón de una tortura repetida, auspiciada esta vez por su propio jinete.

El caballero espoleó volviendo riendas y galopó para alejarse de un montículo recién descubierto, que se erguía a su derecha. Una sombra ancha avanzaba desde los pies de la cordillera Carmen Sylva y reptaba fúnebre y amenazante sobre la extensa tundra. Cien metros más lejos descendió de su cabalgadura arrojando las bridas al suelo por encima de la cabeza herida. El caballo tiritaba inquieto. Los belfos palpitantes se habían cubierto de espumarajos. Atrayéndolo hacia sí lo besó con ternura. Miró y palpó el punto del impacto: en el justo centro de la estrella que alumbraba la frente del caballo se había esparcido una diadema viscosa. Sin embargo la herida no era profunda.

—Tienes una cabeza de hierro, Moloch —dijo en alta voz. Limpió, escrutó, volvió a limpiar agregando—: Se te agradece. Si no pones la sesera ahí levantándote de patas, esa flecha me hubiera roto el complicado corazón.

Dijo “complicado corazón” con tanta naturalidad que el caballo pareció apartar de la trastienda de su herida toda presunción de sospecha retórica. No obstante, contrajo las corvas expulsando una trémula riada de excrementos humeantes y dilatando aún más las desconfiadas narices. Al delgado manto de la sombra azulosa se sumaban ahora ciertos cúmulos negros, pero hacia el oeste aún flotaba a media altura un fulgor rosado. Casi todo era silencio. Apenas el grito de los distantes pájaros marinos, el ulular del viento rodando por la tundra y el chasquido de los cascos arañando el suelo, impedían que aquel fuera absoluto. Las botas rodearon con paso airado su montura y las manos enguantadas desprendieron un rémington desde la funda.

—Vamos a defendernos —previno el atacado— no te muevas ni digas nada.

Por dos veces consecutivas hizo fuego. Las detonaciones agitaron todo el paisaje. Desde la hierba al aire un ganso salvaje emprendió la fuga gritando su terror y hendiendo con la eficacia de otra flecha el cielo algodonoso. A continuación una calma cargada de presagios se interpuso entre toda acción y todo sonido.

Caballero y caballo habían marchado a través de la tundra apartándose por principio de las altas lenguas de fuego que aquí y allá surgían de la tierra. Avanzaban atrapados en el centro de una vasta esfera en movimiento. Tales esferas son, por cierto, ilusiones ópticas en la llana superficie fueguina, o como a él le gustaba precisar, una representación menor de la fata morgana. El movimiento de la cabalgadura desplazó consigo la esfera a lo ancho de toda la tarde. La había incorporado a su ritmo isócrono, progresivo, oscilante, y el pastizal ahogó cada vez en su hirsuta blandura el sonido de los cascos. Oscilaba la sombra del caballo y oscilaba la sombra del jinete, difuso caballero a contraluz de las llamas. A ratos, la ausencia de otras huellas impulsó el desarrollo de la marcha a lo largo de un azimut invariable que buscaba el horizonte levantino, un punto preciso en esa línea semicircular y comba que es el horizonte en alta mar o en las tierras allanuradas. Porque, en tanto el andar se propaga, el círculo se propaga con él, alargándose un poco sobre los flancos del caballo o del barco, a babor y a estribor del caballo o del barco, para cerrarse por fin, lejos, atrás, al fondo de las ancas, a popa del viajero. La línea emergía, estuvo, pasó disolviéndose apenas quebrada por colinillas y altozanos esporádicos. Es que tal tipo de contorno no tendrá sino excepcionalmente otra consistencia que la de ese cerco desalentador, puro y sin embargo firme, que nada opone a los ojos de quien gira la cabeza buscando apoyos físicos para retener con exactitud su itinerario, y al cabo se resignará a la totalidad de la tundra desplegada, crepuscular o diurna, despojada de árboles y arbustos y remecida animalmente por la costumbre de los vientos perpetuos. Viniendo del cincho de horizonte que acababa de abandonar hacia el cincho de horizonte que le salía al encuentro, el caballo había obedecido a su jinete. Los ojos del caballero no habían cesado de hurgar en la infinita sabana, cubierta por la espesa y corta maraña del coirón, y en ciertos espacios, por extraños matorrales de color negro –aunque el negro se defina como ausencia de color– o pequeñas lagunas incrustadas en la tierra, como ojos sin párpados mirando enigmáticos el acontecer de las cosas en el azogue del cielo turbio.

Le fue necesario detenerse a menudo y explorar hasta donde alcanzaba su mirada en busca de movimiento, pero solo se agitaba la hierba. En los breves relieves circundantes, en el borde desamparado de las lagunas, tras los matojos secos, en las depresiones hinchadas hacia abajo, que rompen de un tajo la monotonía de las tierras planas ocultas por el pasto, los ojos no encontraron nada. Fue entonces que contuvo con impaciencia las bridas, sofrenando al caballo por los belfos para observar con mayor detención. No se trató de una rutina de la vigilia, pues había notado el temblor desconfiado de su montura, su respirar anhelante y nervioso. Sus duros ojos azules engancharon en rápido giro cuanto en ellos cabía del andurrial, apenas teñido a media altura por el reflejo compacto de los nimbos anaranjados. Azules percutaron bajo la visera de la gorra de piel, y, a pesar de la intensidad penetrante de sus rayos, nada vieron que pareciera anormal. (Cuando en la tundra solitaria el viajero solitario busca, es lo anormal que busca). El viento que soplaba desde el otro mar –avanzaba hacia un mar y a la espalda dejaba uno anterior– golpeó su rostro quemado por la resolana, el remolino atollador, el rayo sin circunspección, la grisalla terrestre, la levadura marítima de la espuma envuelta en las olas de la costa. Sacudió la estatura, los anchos hombros, las manos enguantadas. Vapuleó en sucesión los cabellos casi púrpura que asomaban por debajo de la gorra, las grandes orejas blancas estriadas de venillas azules, la frente amplia, la expresión vigilante, impasible y a la vez cruel, y vidrió la mirada de tal modo, que muchas veces a lo largo del camino, apenas el delgado olor de las sales marinas, impregnadas de yodo, fue tal vez perceptible al olfato, de toda evidencia casi abandonado por los otros sentidos.

Había lanzado una exclamación satisfecha, atravesando la pierna sobre el arción. Todavía el aire conservaba restos de luz, pero la noche juntaba ya sus bártulos espesos en todo el hueco espacio, y el tiempo, obligándola a madurar aprisa, cuajaba y apuraba su caída en tierra. Así, desde lejos, él debió en apariencia tomar conciencia de ello. En semejantes latitudes, cuando zambulle el sol, la cresta de la cordillera precipita sombras sobre el litoral del este –pues hay también un litoral al oeste–y la luz se queda un rato reverberando en la agitada superficie de este último océano. Las llamaradas de Tierra del Fuego, esparcidas por toda la tundra, hasta avecinar el contrafuerte de las montañas, se dibujaban mucho más visibles. Fue entonces que sucedió. No bien las espuelas clavaron los ijares para reanudar la marcha, los ojos del caballo percibieron la flecha que volaba, y la cabeza y el pecho del caballo se alzaron acicateados por el terror. El jinete –podemos solamente conjeturar– escuchó con claridad el susurro que vino del hueso. Pese a los disparos, ninguna muestra de vida parpadeó en el montículo. Tampoco el menor signo de muerte. Durante varios minutos, rodilla en tierra, el caballero observó sin pestañear, a todas luces calculando. Seguramente veía a media distancia el cúmulo de hierbas y los pedazos de matas negras, cortadas y dispuestas de tal manera que podían permitir a un hombre ocultarse y acechar a su antojo. Es así como los fueguinos aguardan su presa desde antes del nacimiento oficial de la memoria en Tierra del Fuego. Los guanacos, los ñandúes, las avutardas son cazados de ese modo. La flecha, además procedía de allí. El escondrijo, construido de prisa, trabando pequeñas ramas y cubierto por puñados de hojarasca, era muy endeble (Puede apreciarse bien en varias de las fotografías que él se hizo tomar por aquel entonces). El empleo de algo más sólido, como lo son la piedra y la madera, habrían conjurado esa extrema vulnerabilidad, y el jinete, que estaba contemplándolo, pudo evidenciarlo perfectamente. Apuntó de nuevo y oprimió el gatillo por tercera vez. Concentraba su acechanza y, sin embargo, la ausencia de señales vivientes era una realidad que sin ninguna duda lo dejaba perplejo.

—Moloch, ¿qué piensas tú? —Había alzado los ojos hasta clavarlos en los del caballo. Lanzó un puñado de pasto seco sobre su gorra para estudiar la dirección del viento y añadió—: El bastardo aquel ha atrapado al menos una esquirla de plomo. Ven, vamos a comprobarlo.

Irguió toda su estatura, afianzó la visera sobre la frente, trepó a la silla y taconeó los flancos del retinto. Ensayaba una aproximación al túmulo, pero su montura dilataba las narices y resoplaba acongojada por un terror sin nombre. El centauro sostenía las bridas con la rodilla derecha para conservar las manos libres sobre el rémington. Jinete y cabalgadura avanzaron una veintena de metros y luego frenaron mirando y escuchando. En el corazón estepario del paisaje toda vocación de ruido parecía muerta de nuevo.

—Ya ves —susurró— que le hemos dado. Nunca más atacará a mansalva a los viajeros.

Tuvo el tiempo justo para arrojarse sobre las crines del cuello de Moloch: la segunda flecha saltó hacia él sin que un movimiento, la sombra de una mano, el mínimo temblor de un brazo emboscado y en tensión le pusieran en guardia contra el ataque. Los cascos volvieron a chapotear en el aire imposibilitando la instantánea respuesta de plomo del jinete.

—¡Quieto, cabrón! —le gritó golpeando la cabeza en desbandada con la culata del arma.

Los belfos se habían cubierto de cenicienta baba y el soterrado relincho golpeaba como un sollozo. Se hallaban otra vez fuera del mortífero alcance del arquero. El rostro del atacado, bañado por una pátina glacial de altanería y dureza, secreto rictus que podía provenir del mismísimo fondo de su ser, o de una vindicativa conciencia de su vulnerabilidad, que optaba por salir al encuentro de los otros rostros con un villano espasmo en bandolera, comenzaba ahora a parecer estriado y ensombrecido.

—Óyeme bien —dijo, hablando como de costumbre al caballo— en este juego estoy apostando mucho, tengo que apresurarme y obligar a aquel felón a tirar sus propias cartas sobre el pasto.

El pequeño otero del agresor ocupaba el centro de un relieve en cuya superficie mezclaban sus áridas formas las rocas porosas, lavadas por la lluvia y gastadas por la constancia ululante de los cuatro vientos: el blanco, que trepaba desde el sur, el verde, que soplaba del Atlántico, el azul, que arreciaba desde el Pacífico, y el negro, que venía del norte. Las pardas agujas del coirón, el pasto-planta de la tundra patagónica y fueguina, duro y corto como un junco enano, crecía en los intersticios, de ahí que la rala gente del lugar lo conociera con el nombre de hierba intersticial. En estado tierno y húmedo, calafateaba también en forma rápida y durable los intersticios del hambre bovina, equina y ovina. Quienquiera que buscara resguardarse en el montículo, dispondría de una buena visión del contorno y estaría en situación de prevenir todo ataque por sorpresa. Al mismo tiempo, y en contrapartida, le sería imposible escapar sin ser visto, y más que nada, alcanzado por un disparo. Su acto había sido un acto presumido como final.

El cerebro del jinete trabajaba probablemente con fría rapidez. Para un eventual asedio, la ausencia de rocas y de considerables depresiones del terreno vedaban todo avance encubierto. Por la misma razón debió comprender que el arquero invisible se hallaba completamente bloqueado: agotadas sus flechas, no disponía de otro recurso que salir en tromba engranando el combate cuerpo a cuerpo. Y este era irrealizable: el caballo y el rémington bastaban para neutralizarlo como opción. El hombre del caballo supo entonces que el problema consistía en hallar el medio de provocar un rápido agotamiento del carcaj, aunque corriera el riesgo de recibir en todo momento impactos de incalculables consecuencias. Los dos proyectiles arrojados en su contra pudieron ocasionarle la muerte o una grave herida que la preludiaría.

—Pero tengo una idea. —El curso de sus reflexiones proseguía en voz alta, orientado hacia el caballo—. ¿Sabes tú por qué sus envíos tienen semejante fuerza y dirección? Porque el granuja se está apoyando en el viento, porque está tratando al viento como un río que arrastra rápidamente sus proyectiles contra nosotros. Esto significa que atacaremos desde el lado opuesto. Así, sus flechas se debilitarán apenas salidas del arco, se elevarán desviadas, y perderán toda su cabrona magia.

El azabache galopó describiendo un círculo mucho más vasto, y por ello manteniéndose fuera del alcance del arco, aunque por cierto, desde este nuevo punto de acecho tampoco era visible el enemigo. Lo que lo hizo escupir con gélida rabia y refregar sus labios utilizando el dorso del guante.

—Abre bien los ojos, Moloch —dijo, a lo mejor golpeado por esta constatación, en tanto palmeaba suavemente el cuello de su peludo interlocutor— que esta escoria humana está aprendiendo. Es evidente. Si aquel traicionero zascandil —señaló con el acusante dedo— contara con herramientas apropiadas, cavaría una trinchera, un foso, un escondrijo infinitamente más seguro. —Su mirada vagaba y se clavaba lejos. Murmuró—: Su covacha de hierbas es un lejano remedo, y así como lo ves, casi nos mata. Si la hubiera descubierto apenas cincuenta años antes su raza estaría todavía viva. Toda su raza exterminada ahora. Por eso me veo obligado a matarlo doblemente: ha nacido con ojos y con memoria y ello es siempre un peligro en un hombre como él, tan próximo de la bestia. ¿Me escuchas? —preguntaba con interés. Cambiando de tono, de intención y de humor, clavó los ojos en el túmulo y profirió un alarido que estalló dinamitando a la vez los labios duros y el callado paisaje—: ¡Ahora muéstrame tu horrible cara animal para hacerla saltar en pedazos!

Encumbró el arma y disparó. Pequeñas volutas de pasto levantaron el vuelo. Descendió de su encabritada montura y, caballero civilizado y cauteloso, acomodó la rodilla derecha sobre una mancha de grava húmeda para recargar la cámara de su fusil. Dijo un día que había detectado con esa rodilla la humedad del suelo, aún impregnado por la última lluvia. Porque en año normal allá hay días de lluvia, días de nieve, días de cenicienta mortaja que empuja un viento poderoso llamado Walaway por la raza primigenia, y días de sol, el sol austral tapado y destapado por pelotones de nubes montaraces. Entre las briznas de pación, apelmazadas y amarillas, diría, fulguraron los medallones de reducido barro oscuro, amasados con agua reciente. Apuntó y tiró. Cuerpo a tierra, activo y ostentoso, reptó. Lo hizo una decena de metros, maliciosamente transfigurado. Levantó el torso para reapuntar, el estampido se perdió sin eco, arrojó el pecho a tierra, todo en armónico despliegue físico y sin el menor escrúpulo, porque no podía aceptar que la mejor manera de acabar la lucha era montar su caballo y alejarse al galope. Y pese a todo, la tercera flecha no quería venir.

—¿Estás muerto? —gritó.

Como se sabe, en la tundra no hay eco. El eco es un invento de los montes y de las quebradas. Por tal motivo la soledad en la tundra es tan elocuente, aunque el excitado tirador no tenía tiempo de apreciarla. Sus ojos brillaban a causa del riesgo y de los fragores de su ríspido combate. Recogiendo el brazo izquierdo, abrió la cremallera de la bragueta y orinó una orina palpitante, una orina de cúbito dorsal, caliente, conmocionada, que cayó al suelo como un surtidor de rocío amarillo, a deshora y humeante. Cerró la bragueta, corrigió la posición de sus brazos, torció la cabeza por encima del hombro, para que el caballo lo escuchara, y vociferó:

—¡Última carga!

Oprimió numerosas veces el gatillo y se arrastraba cambiando a menudo de angulaje. Estuvo en eso bastante rato. Y se disponía a continuar gatillando cuando vio la mano inmóvil, abierta, con la palma vuelta hacia las sombrías nubes, difícilmente perceptible, caída sobre la maleza indiferente, el maléfico, el vulnerable escondrijo. El creyó de repente que dormía un esbelto sueño rudimentario, acantonada entre dos pedruscos, y a lo largo de un minuto la escrutó sin parpadear, suspendiendo el aliento. El nervioso Moloch también había visto. Fascinado, desconfiado y tenso sobre sus cuatro patas epilépticas, no supo resistir a la tentación: pasó junto al cuerpo de su desbravador y acercándose con mucho miedo, procuró oler el significado misterioso de esa presencia casi translúcida, secreta, apagada sobre la tierra, una quebrantada condición humana yaciendo allí, impenetrable y casta. El ceremonioso pero duro seductor de la muerte, abandonó el rémington a su lado y extrajo un pañuelo de seda con las iniciales “I.P.” bordadas en una punta. Con él limpió sus manos desenguantadas, satisfechas y temibles, y también caminó hasta detenerse junto al muerto. En la semipenumbra bañada de fantásticos efluvios, un vibrante brochazo rojo iluminaba esta vez el cielo, acentuándose de un modo brusco hacia el noroeste

—¿Por qué me atacaste? —preguntó con finura—. Mi caballo y yo pasábamos con el corazón mudo y el tranco cansado después de un largo día de trabajo y tú nos has tirado encima, sin decir agua va, tu minúscula lluvia de dos flechas.

Elevó el pañuelo como una copa de lino hasta los labios para limpiar allí. Limpió asimismo la bota derecha raspándola contra la izquierda. Desabotonó su rústico chaquetón de piel de chiporro.

—No me lo explico.

Podía vérsele aparentemente pensativo como si en verdad estuviera preocupado de indagar en los meandros de la conducta aborigen una prueba palpable de su malvado impulso atávico. —¿Creías poder matarme con dos flechas? Porque son bien dos flechas las que arrojaste contra nosotros. No hay más en tu carcaj y yo he contado pacientemente. ¿Has visto ya algo semejante? —inquirió, volviendo un cuarto de rostro hacia el caballo. Suspiró y dejó caer las nalgas en tierra sentándose al lado del cadáver adolescente. Estiraba al mismo tiempo, en el mismo movimiento, sus bulímicas botas de siete mil leguas. Recobraba poco a poco la calma. Tocó la primera herida –había dos– con las yemas de los dedos, untándolas en sangre tibia, y sonrió. Ese proyectil entró pegado a la clavícula izquierda, verticalmente, como si hubiera venido del espacio contra un hombre de pie, y penetró buscando el zigzagueo arterial del corazón indio. Allí devastó todo a su paso. Al cabo abrió un boquete de salida rompiendo algunas costillas a la altura del codo derecho. La bala había alcanzado su objetivo de frente, cuando el emboscado arquero se replegó tal vez a rastras para escamotear su cuerpo a los impactos que restallaban en torno.

—Imbécil —musitó el otro, más pasivo aún— ¿qué podías contra un rémington y un caballo? ¿Qué pudo tu arco miserable contra nuestra velocidad y nuestra tecnología? Yo represento en toda la extensión fueguina un alarde tecnológico desconocido al interior de estos cuadrantes, pero tu obscuro cerebro no comprendió nada. Si hubieras querido salvarte, bastaba que te ligaras a mí, no contra mí. Sólo a mi lado resguardabas tu vida y la vida de tu raza pero perteneces a los últimos componentes de un pueblo resignado a la extinción. Abolida la esclavitud, tu raza no tiene ninguna razón de ser, no puede ya cumplir ninguna misión circunstanciada. En cuanto a la extinción de tu sangre, no hay ninguna otra alternativa: nadie puede abolir la muerte.

El joven cuerpo yacía de espaldas, las piernas entreabiertas, los brazos en cruz, los ojos redondos, el duro pelo arremolinado, los labios juntos, el pecho en comba, el vientre hundido, las costillas perceptibles, el ombligo repleto de la única tierra que le quedaba, las rodillas rasgadas, el aire dolorido, la desnudez de apagado color oscuro, absoluta, compacta, primitiva y candorosa. Cerca de la mano izquierda también yacía muerto el arco.

—Y sin embargo eras hermoso, un muy hermoso y joven cazador de flecha fácil.

Con un impulso breve de la mano tocó la frente. Desde allí, el contacto descendió en longilínea caricia por el mentón, el pecho desvellado, el vientre, hasta concluir su viaje reposando sobre el sexo, también yacente al pie de su propia maleza ensortijada. Los dedos se cerraron oprimiendo con ternura, con húmeda armonía, transfigurados por una benéfica corriente gutural que quizás fluía desde los profundos y umbríos médanos del corazón caballeresco. Como el azabache piafara de repente, su señor levantó los ojos, sorprendido de sorprenderse, regresando de súbito a la espléndida tarde fría que sucedió al combate. Escrutó las pupilas de su cabalgadura y dijo en tono de recóndita advertencia:

—Tú no has visto nada, Moloch. —Rascó su pecho por sobre la guerrera añadiendo—: De todas maneras mirabas hacia El Páramo, y por eso no podías espiar en dos direcciones a la vez.

El caballo arañó el suelo con los cascos. Sacudió la cabeza. Y de repente corcoveó de nuevo, porque una silueta se dibujaba contra el túmulo. El ceñudo jinete desvió la mirada hasta allí y en la mirada se pintó el asombro: una adolescente desnuda lo miraba inmóvil. Podía deducir que era adolescente por el volumen recién nacido de sus pechos, y los pelos del pubis, cortos, enroscados y escasos. El rostro parecía corresponder al de una bella morena de quince años, aunque tenía el pelo blanco. Se miraron largamente. El caballero avanzó con el brazo estirado y ella siguió quieta. Tocó incrédulo el pelo blanco –ella vio su incredulidad y vivió para describirla–. Pareció admirar su elevada talla y su esbeltez, pues los grandes ojos lo fijaban apenas a un nivel inferior a los suyos, y el hombre era muy alto. Fue a buscar una manta a las ancas del negro y la cubrió. Montó, la recogió del suelo, la encajó a horcajadas en la montura, vuelta hacia él, permitiéndole que se apretara contra su vientre y amarrara los brazos en su cintura y sumergiera en su pecho estrepitoso la cabecita blanca. La silueta del hombre contra el crepúsculo, deformada a causa de las sombras creadas por las lenguas de fuego que surgían irreprimibles desde la tierra endrina, avanzó un poco colgándose de los estribos para atrapar el rémington. Lo enfundó cual un largo dedo tenebroso penetrando un guante. En seguida galopó un buen trecho hasta que, ya de noche, alcanzó el borde superior del acantilado. Todo el trayecto tuvo que sentir en la piel la tibieza adolescente. Bajó por un camino de fortuna hasta el nivel del mar. Desde allí miró hacia su fortaleza, El Páramo, y percibió la sombra de sus hombres recortadas contra el ocaso. Cruzó al pausado tranco del caballo el portalón. Una silueta de guardia lo saludó diciendo:

—¿Trae carne fresca, capitán Popper?

Repuso sin detenerse:

—Que ninguno la toque, Absalón. Si descubro que alguien la está soñando, así sea despierto, así sea dormido, yo dispararé.

III
La sombra de los hombres contra el ocaso

Todos tenían cicatrices: algunos en los rostros, otros en las manos, muchos en el cuerpo, no pocos en la memoria. Los había también con abundantes cicatrices en el alma, y era esa la rama del cicatrizal que dolía más: el alma está sumamente expuesta al efluvio ácido de todas las horas. ¡Ah! Y los tatuajes. El tatuaje es muchas veces un intento figurativo para plasmar (y retener) el origen de una cicatriz, contener el tiempo justo en el cósmico número diurno o nocturno en que aquella había sido fraguada y después acuñada. Así, ellos estaban también tatuados, en los brazos, en los hombros, en las espaldas. Parecían considerar indispensables los tatuajes, al mismo nivel que una cifra identificatoria o una carta de nacionalidad. Aunque los asuntos escogidos incidían sobre temas absolutos, tales las célebres agujas de ciertas catedrales, el reloj de la Torre de Londres, la Sirena de Copenhague, un gorro frigio, un pájaro raro, una pierna con bragas, las orejas de un perro, o diversos puentes cuyos arcos, balaustradas y suspensiones podría reconocer sin dificultad cualquier viajero dotado de buen ojo. Tal vez, y con el mismo espíritu, el frontis de un Pub ilustrado con alegorías sobre la cerveza y –qué duda cabe– la puerta de un prostíbulo brillando bajo las señales ondulantes de una lámpara roja. En otros casos, el trazado de una bahía universal que encerraba entre sus pliegues el esbozo de un puerto universal, porque los puertos pueden ser regionales, nacionales, transoceánicos o universales, según sus aptitudes y porfías para varar o anclar en las memorias, y según la procedencia de los materiales almacenados en estas memorias; una original caleta en el centro de la cual agonizaban los despojos de un bote destartalado, un sucucho alumbrado por una vela, debajo de la cual lloraba una cama inválida contemplada por un crucifijo, y por último, ciertas iniciales entrelazadas, que llevarían en derechura hacia un cuerpo amado otrora, como –extremo refinamiento de la brutalidad del tatuador– los delgados trazos que pugnaban por delinear dos o tres atributos esenciales de un cuerpo amado otrora. Más de uno se contentaba con sus propias iniciales, o dejaba constancia del simple apodo que lo humanizaba, estableciendo de paso el irrevocable lazo que los amarraba a la tierra madre dejada tan atrás: “El Cosaco”, “El Bachicha”, “El Gabacho”, “El Coño”, “El Gringo”, “El Teutón”. Cada día buscaban el instante en que, ocultos, secretos, besarían furtivos sus tatuajes, o besarían el espejo en que acababan de reflejarse, como los creyentes besan sus escapularios, saludando de esta manera el dolor ya ceniciento y sin potencia que esas figuras lacerantes encarnaban sobre la piel de cada uno. Porque el tatuaje era la raíz, el origen, y a la vez, el destino de sus vidas. Era la infancia, la madre, el padre, la familia, una astilla de la primera casa. Destilaba el acíbar de la totalizante mujer que abandonaba la partida huyendo en otros brazos, el último hijo perdido en un balbuceo de sangre, el olor vertiginoso del más reciente crimen. El tatuaje era la noche.

Aquellos tipos, cuando miraban, no lo hacían a los ojos del otro, ni a la boca: los ojos traspasaban al mirado escuchándolo hablar o guardar sus silencios, o también escrutando las coyunturas de los dedos en busca de las palabras, de una hilacha del tiempo ido, a veces tan difícil de recomponer, en medio de un callar cauto –ese callar alto en extroversión que se yergue de cuando en cuando entre dos o más hombres que se conocen bien–. ¿Y por qué no?, arrojando una carta grasienta o esperando la nueva botella, se iban más allá, al fondo de la espalda del otro en pos de lo extraviado (por lo tanto, inencontrable). Parecía que el presente les resultaba invisible y solo lo dejado atrás resplandecía con toda la dulzura de lo que ya no mata, de lo que ni siquiera puede herir, y era, en consecuencia, amistoso, inofensivo, y a veces, grato. Porque lo que llamaban pasado, a juzgar por el modo con que mordían, tosían o lamían la palabra, era de lejos lo mejor en sus vidas, el día de sus vidas, y no lo peor, la noche de sus vidas. Para sostener esa manera de mirar llena de humaredas enredadas en el cotidiano, fumaban y bebían desechando por regla general toda reserva. Las horas flotaban en la superficie de las copas, la remembranza yacía atascada en el fondo. Para toparse con la esencia misma de lo que se quería recordar, secar la copa en cada ocasión resultaba un imperativo categórico. Entre tales soñadores de ojos húmedos, los había silenciosos y recatados, como se ha visto, pero también exultantes y extrovertidos, malhumorados y violentos. Manejaban las palabras –y las invectivas que se trenzan en ellas– con la fuerza del segador empuñando la hoz, dispuestos a dejar las cosas en su sitio en un dos por tres. En buenas cuentas, hacer sangrar la espiga. Y sin embargo, una buena parte prefería manejar el silencio, el contemplar callado, opaco, hirsuto, calzaba la máscara indiferente del que finge no querer compañía, porque sabe bien que solo en compañía suelen desenfundarse los cuchillos para algo que no sea rebanar un humeante pedazo de asado de tira, quitarse la basura de las uñas, extraer de entre los dientes los restos del buey, o tender en el suelo un mapa volátil hecho de arena, imperfección y fierro.

Cuando la calma reinaba en los parajes y finalizaban sus tareas cotidianas en El Páramo, se allegaban a La Pulpería –institución que tomaba su nombre del pulpero, y este, del pulpo, por la cantidad de tentáculos que era capaz de desplegar para despojar a los trabajadores de su dinero–, y jugaban a las cartas, al cacho tapado, al dominó. Verlos jugar era contemplarlos tirando de una cuerda infinita, arrojada sin el menor cálculo ni la menor precaución, en un abismo donde había alguien colgando de una raíz, de la sombra de otro, de un gancho de la piedra que roían las lunas esporádicas o lamía la nieve inagotable en su momento. Recogían la cuerda, anudaban su suerte en el extremo, la dejaban caer de nuevo sin mirar al fondo, apenas concentrados en el lunar sonido de plumas manoseadas que segregan las cartas cuando tocan la superficie de la mesa o la plaqueta de hule. Los múltiples tatuajes se movían separados del soporte de la piel, bajo una intensa masa de humo pegándose a los rostros, difuminando las copas repletas de grapa o de cerveza, y luego vacías de grapa y de cerveza. Los ojos eran dos arrugas más entre las pardas arrugas de las caras pardas, máscaras recortadas de la piel de un paquidermo y pegadas a los huesos faciales. De repente un grito arrugado brotaba de la arruga sebosa de los labios. Solo entonces miraban con envidia los otros ojos para otear el guiño de la buena fortuna entre los dedos de alguno que había descolgado una estrella fugaz. De alguien que –oh, el ignorante– no sabía que era una estrella fugaz. El ocasional ganador podía sentir ahí mismo, físicamente, los ojos de los demás flechándolo. Con un lento reptar del brazo llevaba la mano a las costillas, rascaba allí, y luego, deslizándola un poco hacia el vientre, seguía la línea de la cintura y palpaba la empuñadura del facón, el pequeño alfanje cortador de orejas Selk’nam. Nunca se oyó silencios como ésos, tan agujereados por maldiciones inaudibles.

Sobreviniendo la mañana contemplaban el horizonte del mar o de la tundra con ojos sanguinolentos y rostro gris, y mataban la modorra a punta de cigarrillos, cigarros o café. El cuerpo es un hábito que se acostumbra a todas las empresas de la voluntad, y también a aquellas en que la voluntad no participa, sino apenas la aquiescencia, ese dejarse ir sin miramientos en el seno del rebaño plural. De todas maneras, aquellos que no debían cumplir ese día una tarea específica en El Páramo, saldrían a matar de cualquier modo, a cortar orejas Onas (“Selk’nam”, como insistía en definirse a sí mismo ese remoto pueblo de orejas tan inmoderadamente cosechadas), regresando, al cabo del día, para cambiarlas por una libra esterlina el par. Y tiempo después, cuando los Selk’nam se miraron inclinándose en la helada laguna de ese siglo, y vieron refractados por ella sus cráneos despojados de lóbulos, y levantaron en armas el pendón de sus irascibles cisuras perdidas, el cambio se modificó a libra esterlina la unidad. Tras cada cacería fructuosa, los rostros borrados merodeaban un rato cerca de las casas, allegándose poco a poco como paridos por la nieve revuelta con el viento, o distorsionados por las ráfagas de niebla, sobre el ondulante tic tac de los caballos. Ante la faz impasible del amo de los lugares, de sus amigos, de sus próximos, de sus paniaguados, de sus capataces irrespirables, alzaban el aro de alambre con su rojo racimo colgante de orejas desvalidas, a las que ningún reclamo o sonido alertaban ya. Nadie regateaba: las orejas no tenían el carácter de mercancías o de piezas de caza (aunque de algún modo lo eran). Constituían un artículo único y no existía eufemismo que remplazara su riguroso nombre. Pero el comercio con las orejas del pueblo Selk’nam había sido cubierto por un singular equívoco: el pago en libras esterlinas se efectuaba contra la entrega de ellas, y no de los cuerpos a los que pertenecían. Si bien los estancieros pagaban en silencio y aceptaban recibirlas como prueba irredargüible de la muerte de uno o más ocupantes originarios de aquellas tierras, frescamente reasignadas –objetivo admitido de toda la operación–, solía observarse beatíficamente que los cazadores de orejas no estuvieron nunca obligados a matar. Podían engañar a los estancieros limitándose a cortar las orejas de un hombre, una mujer o un niño Selk’nam, sin segar sus vidas. Pese a este caprichoso dilema –inaudito, para un oficio inaudito– ningún historiador encontró nunca el rastro de un Selk’nam que hubiera atravesado sin orejas, pero vivo, las crónicas del período. Y debe tomarse en cuenta que no pocos estancieros se hicieron historiadores. Por ello, semejante ausencia se considera como una prueba suplementaria de la acrecida crueldad de los cazadores de orejas, esos mismos que concluían su jornada atiborrados de grapa y arrojando naipes como cuerdas en un pozo sin fondo. Es verdad que muchos perecieron, no solo a causa de las mortales defensas erigidas por los Selk’nam en derredor de sus orejas –tras las cuales podía percibirse la conmovedora y desorganizada defensa de la tierra–, sino porque día a día, noche a noche, estaban obligados a combatir también contra los falsos buscadores de oro, venidos de los villorrios y los puertos próximos. Por estricto turno montaban guardia –guardia a veces mortal– en los lavaderos de oro, depósitos y fortines que se alzaban en la costa atlántica de la Tierra del Fuego. Había pues verdaderos cazadores de orejas y falsos cazadores de orejas. Verdaderos buscadores de oro y falsos buscadores de oro. Los segundos encomendaban invariablemente su sueño a la buena estrella, y se sabe que las estrellas, buenas o malas, suelen ser invisibles en aquellos parajes. Por el contrario, los primeros se contaban en los rangos de avanzada de los denominados “hombres de Popper”, en alusión al falso capitán y verdadero ingeniero, Julio Popper, alias “El Rey de la Tierra del Fuego”, “El Descubridor”, “El Explorador”, “El Geógrafo”, “El Exterminador”. O también apodado “El Viudo de Polvo y Paja”, “El Rumano”, “El Polaco”, “El Conquistador de la Tundra”, “El Bautizante”, “El Doctor Rémington”, “El Pedigüeño de Tierras”. Y en voz baja, “El Fanfarrón”, “El Que No Se La Puede”, “El Sangre Chica”, “El Penecortado”, “El Bien Puede Que Así Sea Para El Que Viaja Solo”.

IV
Periódica expulsión de los demonios

Julio Popper regresó de la ventana donde había estado mirando caer la nieve. Se hallaban en su cuarto, en la planta alta del edificio principal de El Páramo. Como sin duda escuchó la réplica, lo probable es que meditara en su significado exacto. Este había sido el caso también en lo que concernía a las extensas respuestas precedentes, a juzgar por las arrugas que cercaron sus ojos mientras la oía hablar mirando su boca. Inquirió a continuación por qué creía que se llamaba Walaway. Ella dijo que no, sacudiendo la melena blanca, que su nombre no era Walaway, sino Drimys Winteri, y que ese nombre –Drimys Winteri– le fue atribuido por los preceptores de la Misión Anglicana de Tierra del Fuego el año de su primera captura. Aclaró que a las muchachas les asignaban nombres de flores, y a los varones, nombres procedentes de la historia, de la política, de la cultura y de las tradiciones de la Iglesia Anglicana. Popper estaba mirando con detención el lomo de un libro, ordenado junto a otras centenas de libros, en la estantería mural de lo que constituía una probable biblioteca de trabajo. Tenía abierta la camisa sobre el pecho velludo y le volvía la espalda. Drimys Winteri había percibido ya la contracción constante de su ceño, gesto que no parecía inmutarla. En el acto de dar fuego a su pipa, le pidió que detallara un poco más aquello de los nombres. La joven cambió la postura de sus piernas –se mantenía casi en la oscuridad, en un rincón de la vasta cámara, sentada en el suelo–, y arregló sobre sus hombros la capa de piel de guanaco, única vestimenta que llevaba encima. Comenzó su explicación observando que los Anglicanos, contrariamente a los Salesianos, no se oponían a que su raza se llamara a sí misma Selk’nam, vocablo que significa Hombres o mejor aún, Los Hombres.

—¿Qué tiene que ver todo eso con mi pregunta? —inquirió ásperamente el hombre barbado clavándole los ojos.

—Tiene.

Drimys señaló que los Salesianos, por ejemplo, llamaban a los muchachos, “Blaise Pascal Ona”, o quizás, “Henri Frédéric Amiel Ona”. Pero “Ona” no es el modo castellano de “Selk’nam”, y no lo es en ninguna otra lengua, sino un toponímico que proviene de “Onasín”, el nombre que se atribuye corrientemente a la tierra Selk’nam. Por el contrario, los Anglicanos bautizaban a los nuevos venidos respetando la voz que identificaba a su raza: “Francis Drake Selk’nam”, “Thomas Cranmer Selk’nam”, “Allen Gardiner Selk’nam”, “Garland Phillips Selk’nam”, o el propio nombre de su hermano –que ella pronunció sin ninguna emoción particular–, “Edward Bouverie Pusey Selk’nam”. El ingeniero empujó dos gruesas bocanadas de humo, con aire sorprendido, y tosió. Se había parado frente a ella.

—Háblame de tu primera captura —dijo.

Asintiendo, Winteri contó que en cierta ocasión, cuando niña, su padre decidió conducir a la familia cerca de las montañas, donde el invierno es menos crudo y la caza fácil, pues los animales y las aves también hibernan allá. El lugar era conocido por los Selk’nam como Invernada. Atravesaron la tundra hostigados por los copos de la primera nieve. Su padre había mirado a lo lejos, estirando los ojos hasta asomarlos detrás del horizonte sudestal, y había visto que el invierno sería riguroso. Pero en el camino que conducía a la Invernada se hallaban algunas estancias de los blancos, las madrigueras de los que cazaban sus orejas. Marcharon mucho tiempo, uno detrás del otro, según la costumbre Selk’nam: cada uno de los que venía detrás pisaba sobre las huellas del precedente de modo que jamás un perseguidor podría establecer con verdadera certeza –pues también hay certezas falsas–, cuánta era la gente que marchaba. Añadió que a causa de este milenario ardid, era visible en el senderillo o la trocha un solo par de huellas muy profundas –el altísimo padre cerraba la marcha, porque a una columna Selk’nam no se la puede atacar jamás de frente–, como si por allí hubiera pasado apenas un hombre muy grande y muy sólido. Para eludir la acechanza de los cazadores de orejas, la familia avanzaba durante la noche y acampaba en el día. El día en Tierra del Fuego, a partir del otoño, es muy breve, y la noche, ancha y larga. Cuando las copas nevadas de las montañas se acercaron, el padre dispuso que a partir de ese momento marcharían debajo de la luz, pues debían atravesar dos ríos, uno de los cuales era de vena gruesa. Primero alcanzaron el río llamado Agua Paulatina, que traspusieron sin ninguna dificultad. Dos jornadas más lejos, la columna se topó con una pareja de guanacos, que fornicaba cerca de la ribera norte del gran río conocido como Agua Rauda. Absorto en la refleja preparación de su flecha, el padre no vio venir las balas que le astillaron la espalda. Otras balas siguieron el doloroso camino de la primera, y las de esa descarga torcieron rumbo para romper el vientre de la madre y los pechos de la hermana mayor. Edward Buverie Pusey Selk’nam no fue baleado, pues su edad se hallaba todavía lejos del límite de la oreja, como era también su propio caso. Fue por tal circunstancia –las balas a mansalva– que el padre no alcanzó a juntar las dos orillas del río Agua Rauda para que la familia saltara al otro lado y se pusiera a salvo. Los jinetes descabalgaron para cortar y ensartar en un aro de alambre seis orejas –las del padre, las de la madre y las de la mayor de las hermanas–. Aquellas de los otros dos Selk’nam no tenían todavía cotización en el Mercado de Orejas de la Patagonia y de la Tierra del Fuego. Un mestizo al retorcido servicio de los desorejadores, Wisne Anselmo, “Anselmo el Perro”, que por lo pronto ya no era un Selk’nam, condujo a Drimys Winteri, y a su hermano mayor, Edward Bouverie Pusey Selk’nam a la sede de la Misión Anglicana de Usuhaia. La dirigía entonces el Reverendo Thomas Bridge, quien se haría célebre a comienzos del siglo siguiente dando a las prensas, en Londres, su extraordinario Yámana-English: a dictionary. Allí fueron recibidos y albergados. Anselmo el Perro se abstuvo de detallar las circunstancias en que se produjo el asesinato de los padres y la hermana, pero no se abstuvo de recibir las cuatro libras esterlinas que los misioneros pagaban por cada oreja de indio vivo. Edward solo pudo describir la sangre que manaba del vientre de la madre. Mas ella, Drimys Winteri, recordaba todo el episodio, aunque esta era la primera vez que abría la boca: tal actitud, dijo, le había devuelto la fuerza, porque correspondía a la dignidad de una Selk’nam no menesterosa. Anselmo el Perro manifestó que los encontró cuando vagaban solitarios y abandonados en la tundra, con mucha desorientación en las pupilas. Edward alegaba que Anselmo no podía saber qué cosa era la desorientación, pues tampoco sabía orientarse bien. El sentido de la orientación en un territorio que estaba cubierto por la noche la mayor parte del invierno, y por el día la mayor parte del verano, era un atributo particular de los Selk’nam, y Anselmo no era un Selk’nam, por lo cual se probaba que le habían instado a decir eso para tender un velo sobre la manera salvaje en que los padres fueron asesinados y mutilados. En Tierra del Fuego, donde el dinero hace también la ley, todo ha sido siempre muy complicado, y así, nadie quería excederse nunca en sus declaraciones. Thomas Bridge lo sabía perfectamente. Por tal motivo, se limitó a escribir que Anselmo el Perro encontró a dos niños Selk’nam –un varón de doce años, y una niña de diez– al sur del río Agua Paulatina y al norte del río Agua Rauda, y decidió por su cuenta entregarlos a la Misión Anglicana, para lo cual marchó con ellos cuatro días en dirección del sur. Drimys concluyó su historia diciendo que la mañana siguiente recibieron en bautismo los nombres con los que probablemente morirían. En todo caso, Edward Bouverie Pusey Selk’nam.

—¿Tu padre podía juntar las dos orillas de un río?

—Apenas un momento.

—¿Con las manos? ¿Con los pies? ¿Llamaba a la orilla de enfrente para que se acercara? —Julio Popper se estaba transformando lentamente en un histérico polaco, en un histérico rumano, en un histérico parisino, en un histérico bonaerense, al cual las botas comenzaban a apretarle los pies.

—No, ya te he dicho que extendía la mirada hasta la orilla de enfrente, sus ojos se curvaban enganchándola. Luego la recogía para hacer que la orilla viniera hacia él. Todo pasaba muy rápido.

—¿Muy rápido? —Julio Popper sopló casi indignado, y su rostro había enrojecido algo más, presa de emociones súbitas—. ¿Te parece normal que un hombre junte las dos orillas de un río para saltar al otro lado?

—Iuliu, es que es así. Pero un hombre junta las dos orillas de un río solo cuando está en peligro. Si lo hace con el fin de mostrar a los otros su potencia, comete un error, pues los ríos suelen perturbarse y regresar a las montañas. Esto produciría una grave alteración en nuestra tierra. —Guardó un poco de silencio mirando la colérica incredulidad en la cara del otro. Explicó después—: Mi padre era un Kon.

—Muy bien: un Kon. ¿Y qué hago yo ahora con esa palabreja?

Levantando la mirada hasta que la aceitosa luz de las lámparas que colgaban de una viga del techo le anaranjó la piel, Drimys Winteri dijo:

—Un Wizard. Un Chamán. El hechicero —traduciendo.

Aquel que interrogaba regresó hacia la ventana. Robustos copos de nieve proseguían cayendo sobre los techos y encima de las luces adosadas a lo largo de las murallas espesas, madera y barro endurecido, que constituían el marco del fortín. Drimys observó desde la penumbra los movimientos de su captor, que fumaba contemplando la nieve. En ese instante, diría más tarde, vio por primera vez latir su corazón a contraluz. El humo semejaba una larga cordada inagotable. Una sombra de perpleja cólera arrugaba la frente extensa, al término de la cual lucían los últimos desfallecientes pelos púrpura de lo que otrora fue una cabellera juvenil. Probablemente esforzándose por controlar la voz, él manifestó que ella era todavía una niña, o al menos, no una mujer completamente adulta, a lo cual Winteri respondió apartando un poco su capa de guanaco para mostrarle los pequeños pechos erectos y desnudos. Mientras lo hacía, observó que durante su estancia en la Misión Anglicana no tenía pechos. Julio Popper derramó el contenido de la cazoleta de su pipa en un tacho de agua y sentándose en el piso frente a ella, adujo que solo ahora comprendía por qué hablaba el castellano. Le replicaron en el acto que, aparte del castellano, hablaba también francés, inglés, alemán y el idioma de los Selk’nam, lo que le permitía comprender la lengua de los Tehuelches, la lengua de los Qáwaskars y la desarrollada lengua de los Yámanas, que según el mencionado Diccionario de Thomas Bridge, estaba constituida por más de treinta mil vocablos.

—Es mucho mejor que comprendas que a causa de las sucesivas Drimys Winteri que soy, para mí hay muy pocos secretos —le dijo con una leve sonrisa.

Porque además, añadió, escribía, cosía a máquina, hilaba en rueca, trabajaba la lana, su pan era dorado, su pescado irreprochable. Hablaba con los animales e imitaba el canto de los pájaros. Podía caminar sobre el fuego, anunciar con anticipación una tormenta, seguir el rastro del guanaco, doblar a la carrera la velocidad del caballo y del ñandú, dormir sobre la nieve sin la capa, calmar la fiebre o la ansiedad de un hombre sorbiéndola desde un invisible agujero que ella sabía encontrar en la frente del enfermo. Y también aparecer y desaparecer. De todo ello, Julio Popper apenas estaba al tanto de que hablaba alemán (razón por la cual no la había matado, mintió un rato antes, al comenzar la tarde), pues conocía la existencia de Drimys Winteri a través de las historias que urdía el estanciero Rodolfo Stübenrauch, quien, desde un tiempo a esta parte, se ocupaba de los asuntos de Popper en Punta Arenas, capital de la Patagonia Chilena (pues también existe una Patagonia Argentina).

—¡Stübenrauch! —exclamó de pronto Drimys, y el cosechador de oro notó que ella le miraba la cabeza como si se tratase de un papiro en el cual la Chamana pudiera leer. Sus ojos negros tenían en el iris un diamante amarillo. El nombre del alemán parecía haberla excitado y una violencia inopinada le zarandeaba el corazón.

—Sí, Stübenrauch. ¿Qué captura fue aquélla? ¿La segunda? ¿La tercera?

—La tercera eres tú —dijo la cautiva.

El capitán saltó sobre el taco de sus botas y volvió a medir la habitación con grandes zancadas, aunque su gesto podía en realidad denotar ofuscación, o tal vez, incomodidad frente a la agudeza penetrante de los ojos Selk’nam.

—¿Qué significa Walaway? —preguntó.

—Viento salvaje de la tundra. Los Yámanas lo llaman Sofkyas kasta poyok, es decir, El viento que arranca los pelos.

—¿Y Drimys Winteri?

Ella no contestó directamente. Lo hizo así:

—¿Conoces a Darwin?

Julio Popper parecía esperar la contrapregunta. Regresó al anaquel de los libros, escogió, extrajo un volumen cuyo largo título Drimys pudo ver sin acercarse, con solo aguzar los ojos: Journal of Research into the Natural History during the Voyage around the World, lo abrió en una página desde la cual cayó al suelo un papel marcapausas, y leyó lentamente, casi con inquina, acentuando la voz en los epítetos: “...los innobles y asquerosos salvajes que hemos visto en la Tierra del Fuego”.

La agredida movió la cabeza asintiendo con cierta gravedad. Pero dijo sin inmutarse:

—Magnolia Salvaje de la Tierra del Fuego. Es el nombre que el «Schweindarwin» sugirió para la flor del canelo fueguino.

Volvió a cambiar la posición de sus largas piernas replegándolas bajo su cobertura de animal cazado y muerto. En efecto, era poco más que una adolescente, pero en la medialuz, su pelo blanco, lacio, recortado en la frente y alargado sobre la espalda, le confería el aspecto de una anciana que afirmaba ya un zapato en el crepúsculo y el otro en el sepulcro. Tal contradicción, muy visible, producía sin duda en Popper un malestar confuso que ella percibía claramente. Con suavidad, le informó que antes de su llegada, mucho mundo hablaba castellano allí, y el Polaco, enrojeciendo una vez más, levantó la voz para gritar que lo sabía, que estaba consciente de no haber traído nada nuevo, y por lo demás, el castellano era para él una lengua secundaria, pues desde su infancia se expresaba en rumano, y desde su juventud en francés y en otras lenguas cultas. Con mayor suavidad aún, ella retrucó que no era cierto que no había traído nada.

—¿Cómo es eso? —dijo Popper—. ¿Acaso no lo sé yo mismo?

—Has traído la muerte. La muerte por la muerte, y esto es algo nuevo aquí.

Él pareció huir hasta la ventana como si necesitara contemplar una y otra vez la inagotable caída de la nieve crepuscular. Aun a media tarde, en aquella época del año, allí es siempre de noche. Drimys lanzó la mirada en línea recta contra su pecho y vio de nuevo latir su corazón a contraluz. Era una luz que abría su corola detrás de la masa oscura agitándose reguladamente, pero que no venía por cierto de la noche. Eran latidos rápidos, latidos de un hombre que se enerva de repente y puede elegir, en consecuencia, una actitud agresiva.

—Te has fugado de los Anglicanos para prostituirte con Stübenrauch —murmuró despacio, pero como si el asunto le doliera en carne propia, como si ella no hubiera tenido jamás derecho a disponer de sí misma y su único deber fuera aguardarlo inmóvil en la soledad de la tundra, en una oquedad de la montaña—. Te has fugado para prostituirte —repitió, y hubo como un temblor en su barba roja—. Eres una pequeña putilla de la Tierra del Fuego, Stübenrauch tiene razón.

La pequeña putilla de la Tierra del Fuego sonrió misteriosa e indulgente, quizás porque él no estaba mirando. Fijaba con sus ojos entrecerrados la cantidad de nieve que se espesaba abajo, en el patio, la última luz yéndose, las sombras dejándose caer en el brasero apagado de la noche, una sombra de volutas, un humo diluido que bajaba del espacio y se iba apozando sobre el cercado rectángulo de El Páramo. Dijo algunas cosas sorprendentes, sin quitar los ojos del corazón de Popper que, tictaqueando, cortaba de través los infinitos testículos de la nieve. Empezó explicando que su cuerpo no tenía ninguna necesidad de relación con otro cuerpo, pues ella podía suplir en sí misma todo el conjunto de datos que derivarían de semejante contacto. Agregó con su voz ronca y lenta, la cual cobraba a ratos giros guturales, que no todos los Selk’nam eran idénticos, y algunos, como el padre muerto, aquel que juntaba las dos orillas de un río para saltar al otro lado, podía caminar también sobre el fuego, permanecer bajo el agua helada muchas horas, trepar por un árbol alto hasta perderse arriba, en la noche, y excavar peldaños en una cascada para remontarla hasta encontrar a Kuanip, el hijo de la montaña roja que queda al sur de la Isla de Haberton. Ese género de hombres se comportaba normalmente cuando lo quería, y anormalmente si lo consideraba necesario.

Julio Popper levantó la mano derecha deteniendo el lento torrente del discurso, rendido inquietante a causa de la luz y de la hora, y afirmó:

—Los Chamanes no existen, los Chamanes son un invento del medioevo, yo soy un ingeniero zapador, un hombre cartesiano, y a la vez, racionalista, y me considero para siempre a cubierto de esa clase de taumaturgias.

Por primera vez desde que había comenzado el interrogatorio –desde que Popper despertó, varias horas atrás, y la divisó en cuclillas, en un rincón oscuro, lejos de la luz, mirándolo–, Drimys Winteri se puso de pie y se acercó al capitán.

—Cada vez que vienes hasta la ventana yo puedo ver latir tu corazón a contraluz —dijo dulcemente.

El bautizador de ríos y montañas chasqueó los labios con profundo disgusto. Ella hizo notar entonces que incluso los Chamanes Selk’nam no podían nada contra ciertas armas de los blancos: un rémington, el aguardiente, la tuberculosis, la sífilis. El Selk’nam no poseía anticuerpos y a causa de ello podía ser asesinado con un beso. En el organismo de un Selk’nam ningún blanco hallaría jamás un bacilo en estado latente. Las razas patagonas y fueguinas que tuvieron contacto sexual con los blancos habían ido asegurando su propia exterminación. Los Selk’nam lo sabían y por eso evitaban toda relación física con extranjeros, los que solo podían matarlos disparándoles a distancia.

—Entonces vivirás en peligro perpetuo —dijo Popper, ahora burlón. Estaba encendiendo una nueva pipa y la miraba como una curiosidad—. Basta que te tosa sobre la chata nariz para matarte.

—He vivido entre blancos —respondió Winteri—, en Alemania, en Francia, en España, con familias de Punta Arenas, en Congregaciones Religiosas. Tu tos no puede matarme ya, ni tampoco tu beso.

—¿Beso? —dijo Popper—. Yo no beso, yo duermo solo. Aquí serás apenas una pieza de museo.

De una botella de greda sirvió una ración de aguardiente en una copa de greda y de un sorbo despachó el brebaje.

—Tu padre no puede haber sido Chamán —declaró—. Si los Chamanes existen, ellos viven sumamente lejos de tu toldo de pieles.

—Los Chamanes solo viven en toldos de pieles.

—Tendrías que probarlo. —Volvió a llenar su copa—. Tendrías que traer aquí mismo la prueba —golpeaba el piso de madera con el taco de su bota derecha—, ponerla aquí, ante mis ojos. En principio, un Chamán es un bárbaro que sabe. Tu pueblo se compone de bárbaros sin ninguna conciencia de las cosas. Yo conozco a las gentes de tu pueblo.

—Tú conoces a los muertos de mi pueblo.

—No: primero a los vivos. Han muerto después. En un comienzo, quise establecer contacto, traducir sus gruñidos horrendos en sonidos inteligibles, pero era como hablarles a guanacos descabezados. Sus mujeres se entregaban a mis soldados borrachos, entraban a El Páramo sin que las llamaran. —Bebiendo, la consideró con altanera mirada, en la que campeaba un poco de desprecio, pero murmuró como si el tema tuviera una importancia capital—: Por eso no creo en tu historia de virginidad. No puedes haber pasado entre tantos hombres hambrientos sin ser mordida por ninguno.

Drimys fue al rincón a buscar su capa y la echó sobre sus hombros con los pelos hacia afuera.

—Mi cuerpo no sueña con su historia porque yo tengo un cuerpo sin historia —dijo.

Un día, tiempo más tarde, Iuliu consignó esta frase sobre un papel, y agregó debajo que durante muchos meses, especialmente en el transcurso de algunos combates, pero asimismo en otras circunstancias en que su vida estuvo amenazada, en que su seguridad se tambaleó, en que la existencia podía írsele por el menor agujero abierto en su piel, recordó esas palabras, y recordó el movimiento de los labios de Drimys Winteri al musitarlas. Y el conjunto misterioso de aquel rostro serio y firme y esa sensual poesía salvaje, le amontonó en el corazón un hálito de piedad y una masa de celos, porque todo aquello era una cuestión inconfirmable. El drama estribaba en que él, Julio Popper –anotó– no podría saberlo nunca.

Ahora, intranquilo, le hizo notar que usaba la capa de guanaco con los pelos hacia afuera y ella replicó muy desenvuelta que también era esa la costumbre del guanaco.

Popper se había instalado en el escritorio, los dos codos apoyados en legajos de papeles sucesivos sobre los que la joven veía palabras o números.

—¿Por qué tienes el pelo blanco como el de una vieja puta, Winteri?

—Si vas a la ventana, podré ver de nuevo tu corazón.

—No puedes ver mi corazón. ¿Por qué tienes el pelo blanco?

—Ya lo ves: le temes a mis ojos.

Drimys Winteri cambió de postura frente al escritorio, creó una sombra sobre su rostro como cuando modificaba el ambiente para contar, pues su estilo narrativo envolvía un ceremonial, un pequeño rito que recordaba la autotensión del actor que se apresta a abordar un texto en escena. Popper ya lo había notado. Sus ojos brillaban y un rictus ligeramente socarrón torció la fina línea de sus labios crueles. Escuchó que cierta vez, tras su primera fuga y poco antes de su segunda captura, dos alemanes cazadores de orejas lograron tumbarla de bruces en plena tundra con un tiro que le atravesó el hombro derecho. Separando un poco su capa, mostró la cicatriz que había dejado la bala del rémington, cicatriz que Popper no había visto todavía, cosa que lo desconcertó visiblemente.

—¿Cómo sabes que eran alemanes?

—Mientras dormías, lo vi desde lo alto de esta ventana, cuando cruzaba abajo, y lo reconocí. Se llama Petro Schnabel.

—¿Petro Schnabel te disparó?

—No. Otro que iba con él.

La habían perseguido al galope gritándole que esperara, que no tuviera miedo, mientras espoleaban sus monturas y trataban de encerrarla entre los dos caballos, uno viniendo por la izquierda, el otro por la derecha. Los bosques estaban lejos, no existía el menor escondite, el día era claro y frío. De repente lanzaban interjecciones y amenazas porque no lograban acortar la distancia. Ella había comprendido que no podía detenerse: no solo perdería sus orejas de trece años, sino sería violada y asesinada. De cuando en cuando volteaba los ojos y veía a sus perseguidores con los rostros congestionados por la emoción y la intensidad de la cacería, por la inminencia de la captura, por la esbelta gacela desflorable, por las cuatro libras esterlinas. Percibió que los caballos eran mucho más resistentes de lo que creyó en un comienzo, y decidió redoblar la velocidad de su carrera. Lo hizo como los Chamanes: olvidó sus límites físicos y penetró en el éxtasis de la velocidad pura. Hasta entonces los tipos no habían disparado, pero cuando ella comenzó a perderse en el horizonte, dejando a los caballos muy atrás, uno de ellos se detuvo, apuntó con calma a través de su mira telescópica y tiró. Tiró varias veces hasta que una bala dio en el blanco. Un golpe violento la arrojó hacia adelante sumergiéndola en un oscuro pozo, del que comenzó a emerger con mucha lentitud. Comprendió que todo estaba perdido, pues la bala suprimió una mitad de sus facultades. Los hombres desmontaron y el otro, el que no era Petro Schnabel, se plantó a horcajadas encima de sus riñones. Había recobrado parte de la lucidez, pero como un recurso extremo, se fingía muerta. El hombre le hablaba en una especie de castellano arcaico diciendo:

—No os mováis, solamente necesitamos vuestras orejas, vais a continuar viviendo, ya os crecerán otras.

De una cantimplora sacó un poco de aguardiente vertiéndolo en el hueco de la palma de la mano e instilándolo en seguida, gota a gota, detrás del lóbulo de cada oreja, os evitará la infección, decía, mientras realizaba la abyecta operación con mucha técnica. Limpió además con grapa el filo de su cuchillo curvo, aquel que en Patagonia y Tierra del Fuego llaman facón. El otro, el que era Petro Schnabel, reía a carcajadas y bebía grandes tragos de su propia cantimplora.

—¡Una oreja para cada uno, Franz! —gritaba.

El que estaba sobre ella cogió el lóbulo de la oreja derecha apartándolo un poco de la cabeza y se preparó para darle una cuchillada lenta y certera. Entonces vino la flecha. Silenciosamente le partió la yugular, llenándole a Drimys la espalda de sangre, y a él, el pecho. Franz gritó aterrado cuando vio que la sangre se le estaba yendo con tanta diligencia. El otro, el que era Petro Schabel, atrapó su caballo, montó de prisa, miró en derredor y, pese a la severa extensión de la tundra, desierta y plana, que tenía por todas partes, no avizoró a nadie, no localizó una sola sombra, un solo movimiento que pudiera estar al origen del flechazo. Volviendo grupas, abandonó al agonizante y huyó a galope tendido. Drimys Winteri se deshizo del cuerpo del moribundo, que le había caído encima, y limpió la sangre ajena a su cuerpo utilizando un puñado de hierbas salvajes, que escogió con milenaria precaución. También, estancó la pulcra sangre de su propia herida abierta, amasando bolillas de un barro preciso, las cuales untaba con su saliva.

—¿Una flecha? —La voz del falso francés sonó quedamente inquieta.

—Del arco de mi hermano. Había corrido detrás del galope de sus caballos alcanzándolos.

—¿Cuál hermano, Winteri?

—Edward Bouverie Pusey Selk’nam. Lo mataste ayer.

—¿Era tu hermano aquel traicionero bastardo?

—Después de matarlo lo acariciaste como a un amante. Lo contemplabas con amor profundo, pero no sé si estabas amando la belleza de su cuerpo muerto, o el magnífico esplendor de su muerte.

—¡Y tú mirabas todo sin moverte! ¡Como espiándome a través del ojo de una cerradura!

—Yo veo a muchas leguas, yo escucho desde lejos, yo huelo las presencias a distancia. Es por todo esto que siempre reconocerás fácilmente a un Selk’nam.

El Descubridor de sus Descubridores retornó a la visión de la nieve, y luego rehízo el camino del escritorio con el ceño surcado por arrugas visibles e invisibles. Admitió que aquel salvaje lo había atacado primero, con salvaje alevosía, con desnuda perfidia, con toda su inconsciente alegría de morir, y que él, Julio Popper, se había limitado a organizar la propia defensa, un caso claro de legítima defensa, agregó. A esto, ella replicó que ambos –el hermano, la hermana– se hallaban en su tierra, en su mundo, bajo su propio cielo, cerca de sus inalienables océanos del sur del mundo, cazando guanacos, ñandúes, avutardas, vulpejas, caiquenes, pero no las orejas de los blancos, cuando él –Iuliu– apareció sobre la fría línea de la tundra cabalgando con su rémington en bandolera. Como sabían que había venido a Tierra del Fuego para exterminar la raza de ambos, el hermano lanzó sus dos flechas prodigiosas. Una fue a parar en la frente del caballo, la otra se clavó en el pecho del viento. Tuvo suerte –Popper–pues si el hermano hubiera dispuesto de una tercera flecha, la Muerte habría cambiado de elegido.

—Pero ¿por qué salió a cazar apenas con dos flechas?

Edward Bouverie Pusey Selk’nam jamás utilizaba la segunda. La prueba es que mató de un solo flechazo al que no era Petro Schnabel y así salvó sus dos orejas –de ella–, le salvó una vez más la vida, pero no pudo impedir que el momentáneo terror, el primero, y quizás el único en lo que llevaba de existencia, le dejara el pelo blanco para siempre. Desde ese día sintió cómo empezaba a caer en su cabeza la nieve de la muerte.

El Jinete Insomne afirmó que recordaba perfectamente el caballuno sonido restallando sobre el hueso caballar y que ella tenía razón, porque si el azabache no alza las patas, la flecha le habría partido el rudo corazón en bandolera.

—Y me odias con todas tus fuerzas por lo que consideras un asesinato y no un duelo, y te has dejado traer hasta aquí en espera del momento de la venganza a sangre fría.

Drimys Winteri manifestó entonces que su raza no conocía el odio, pero sí el honor. Un Selk’nam no atacaba jamás al enemigo desarmado o en inferioridad de condiciones. El verdadero deber de un Selk’nam era proteger al enemigo desarmado. En cambio, por las cuestiones relativas al honor, solo el macho tenía facultades para actuar en la hora de pedir cuentas, y por ese motivo, Winteri no utilizó su arco –que quedó abandonado en el montículo–, cuando Edward Bouverie Pusey Selk’nam se preparó para ajusticiar al verdugo de su raza. El Verdugo de su raza sugirió que, contra lo que ella fingía creer, él se hallaba armado en permanencia, y no había ninguna razón para estimar que debía protegerlo o perdonarle la vida. En cambio, sí estimaba su deber –de Popper– protegerla a ella de sus hombres, cosa que ya había dejado bien en claro la noche anterior, cuando Winteri entró por primera vez al recinto de El Páramo.

—A los trece años, tal vez, pero hoy no necesito protección —precisó Drimys.

Como parecía ser su costumbre, se explayó acerca del tema tocando, en particular, la época de su formación. El padre muerto solía ver a ojo desnudo lo que los blancos apenas ven al catalejo. Ella conocía las técnicas de la visión a distancia, las cuales, sin duda, constituían una excelente forma de protección: el ojo, abandonando el cuerpo del Chamán, se dirige en línea recta hacia el o los objetos que quiere mirar, o descubrir, pero guardando siempre contacto con el hombre-médico. Esta oculta potencia, afirman los fueguinos (pues hombres-médicos Selk’nam y Yámanas la tienen), hace que el ojo se estire como un hilo de goma, y ellos pueden entonces probar separadamente, que ven sin desplazarse, objetos situados a mucha distancia, pruebas que Drimys proporcionó en Europa en el curso de ciertos congresos especializados en el estudio del Chamanismo. Para Julio Popper –y entre sus escritos figuran numerosas notas alusivas a las revelaciones de aquella noche-día– la situación se había vuelto iniciática.

—Pero si es así, ¿cómo no me viste venir?

—Fui yo la que alertó a Edward Bouvery Pusey Selk’nam. Él no estaba todavía preparado para verte con anticipación. No solo sentí tu sombra cabalgando en nuestra dirección: también vi la sangre que manchaba tus manos, y reconocí esa sangre como sangre Selk’nam y supe tu nombre a causa de esa sangre.

Por primera vez la mano del acariciador de órganos sexuales masculinos muertos se estiró para tocar la piel desnuda de Drimys Winteri, a la altura de uno de sus hombros. No fue, sin embargo, un agasajo amoroso, sino un tanteo antropológico. (“La piel de los Selk’nam parece mórbida, delicada, suave al tacto –escribiría–, produciendo, cuando uno desliza la mano, un ruido semejante al de palpar o sobar trozos de seda o raso. Es una piel siempre cálida, no obstante las bajas temperaturas ambientales”).

—Escucha, Drimys Winteri: esta es una tierra árida, una tierra desértica, una tierra incultivable, el único hueco del mundo donde ningún dios puso nunca el pie. El sol está a muchos más años luz de aquí que de cualquiera otra región del planeta. Cuando uno habita parajes semejantes termina por olvidarse del calor y de la luz. Es una tierra árida por arriba, también, porque no tiene estrellas, no tiene sol, no tiene luna, no tiene norte, no tiene oeste, no tiene este: apenas tiene sur, y entonces solo puedes orientarte emboscando las auroras boreales. Cuando uno ve las cascadas que caen de las montañas, termina por creer que los verdaderos ríos son verticales y echan sus aguas en un océano que se halla debajo de la tierra. Yo he corrido mucho mundo en pos de un proyecto que diera sentido a mi vida: he vagado por calles policromas en las frágiles ciudades del Japón, he navegado entero el más grande de los ríos de China, he cabalgado por las riberas de los lagos de Siberia, he hecho y rehecho múltiples caminos de Europa, he dormido bajo los mosquiteros de la Nouvelle Orléans, he marchado calzando babuchas por las calles del Comptoir francés de Chandernagor, en la India, he contado los barcos entrando y saliendo del puerto de la Habana Vieja, en Cuba, he palpado el vasto desenfreno colonial europeo en los falsos imperios de México y Brasil, y he llegado por fin aquí, y es aquí donde por fin he intuido el verdadero cuerpo de mi proyecto. Si algo debo hacer, es en Tierra del Fuego donde puedo. Pero tu raza me rechazó como a un enemigo, asalta a sangre y fuego mis establecimientos, embosca a mis hombres, roba mi ganado, mis caballos, y jamás he logrado que uno solo de sus miembros me dirija la palabra, escuche mis argumentos, comprenda mis razones, salvo tú. Pero ahora me doy cuenta que has dejado de ser Selk’nam, o al menos, completamente Selk’nam, y que poco a poco has ido cortando las raíces con tu pueblo. Entretanto los estancieros los exterminan, cada día hay más estancias, menos Selk’nam, y a mí me cargan los muertos por los que ellos pagan y ni siquiera entierran. ¿Puedes comprender lo que te digo?

—Apenas te vio sobre el caballo, Edward Bouverie Pusey Selk’nam dijo que si nos mostrábamos, nos matarías a los dos. Nos matarías sin ninguna razón, porque antes de hablar, dijo, tú disparas. Y solamente con él podías comunicarte.

El Caballero Orófago fue informado que desde hacía años –l886– estaba exterminando la raza, que los mayores afirmaban haberlo visto matando ya la mitad de los restos de su gente. Y esa voz sombría enumerando las lentas cifras guturales del genocidio debieron arrancarle de sus casillas, pues propinó un puñetazo contra el dintel de la puerta, luego giró por enésima vez hacia la ventana y acechó de nuevo el exterior. La nieve continuaba insistiendo, muy espesa y muy atravesada. Ella diría que leyó, tras las arrugas del que pensaba: “Enormes plumas de cisne”. Había imaginarias armados en lo alto de las torretas, y detrás de la sólida cerca de barro y de madera. Y había ciudades negras suspendidas sobre las cabezas de los imaginarias, apenas delineadas por las trémulas burbujas de luz manando de las farolas, solo visibles desde el interior. El cuarto de Popper –que era a la vez dormitorio, escritorio, biblioteca, bar, y a ratos comedor– se situaba en el centro del piso alto, misteriosa atalaya desde la cual vigilaba buena parte del contorno, la actividad de los imaginarias, y las ciudades imaginadas, colgando al revés sobre las gorras de piel con viseras negras. Volviéndose masculló:

—Todo el mundo mata aquí. Mata la vulpeja, mata el águila. Mata el que busca oro y mata el que busca al buscador de oro. El mismo oro mata enormemente. Mata el mar a los marinos, los blancos se matan entre sí. Incluso los blancos, los rapiñadores de oro, los cazadores de orejas y los Selk’nam atacan El Páramo por turno. Y el único acusado soy yo. ¿Qué dices a eso?

—Que los Selk’nam no matan a los Selk’nam.

En seguida, la voz suave acumuló nuevos reproches diciendo que decían que llevaba la muerte entre las manos y el oro entre los dientes, y él dijo que el oro no era suyo, que jamás guardaba oro en El Páramo, que todo el oro –media tonelada cada año, producida por su cosechadora– se iba a Buenos Aires, a manos de empresas controladas por políticos enquistados en Ministerios, Tribunales, Catedrales, Regimientos, La Bolsa, las Estancias gigantescas. La suavidad gutural preguntó si era tan importante el oro para él, más importante, insistió, que la vida humana, y él tuvo que reconocer que la cosecha del oro le permitía cumplir con sus propósitos visibles: explorar el país de los Selk’nam, poner orden en el caos, bautizar los ríos, las caletas, las ensenadas, las montañas, los accidentes de la tundra, las bahías donde un día humearían los puertos. Y levantar cartas geográficas cada vez más detalladas, y tomar posesión de cada sitio en nombre del Gobierno argentino y la Sociedad Geográfica de Buenos Aires. A lo que se le formuló una sorprendente requisitoria:

—¿Tienes también propósitos invisibles?

—Como tú, como cualquier otro.

—¿Conoces, Iuliu, Bahía Blanca, Río Gallegos, Punta Arenas, Puerto-Por-Venir, Ushuaia, Santa Cruz, Puerto Williams, Bahía de las Voces, Caleta de Gente Grande?

—Mejor que a esta mano —él la extendió hasta ponerla debajo de una lámpara.

—Todo tenía nombre ya cuando aún no fundaban la ciudad en que naciste.

—Patrañas —gritó Popper, y había empuñado la mano blanca, casi pequeña, regordeta, como si quisiera golpear el rostro moreno que lo encaraba sin el menor esfuerzo, sin un mínimo rictus de temor ni de insolencia.

—Tú siempre tienes razón. ¿Por qué no te vas a tener razón a tu tierra?

Estas pálidas palabras colmaron el vaso de piedra. El Conquistador Alterable impuso la quietud y el silencio mediante un vasto gesto del brazo, apaciguante y ampuloso, un gesto que parecía revolotear con lentitud y autoridad natural sobre el lomo del mundo.

—Ven aquí, Winteri —murmuró.

Ella estaba cerca, de pie, y vino. Alzó el rostro mordido por los vientos salvajes cuyo nombre susurraba imprimiéndole tres inflexiones mágicas, un rostro de pómulos altos, nariz pequeña y recta, boca carnosa, bien dibujada, donde destacaban sin ambages la profundidad brillante de sus ojos negros y la albura de sus dientes. El pelo blanco, lacio, pero suave y joven, le cubría una parte de la frente, descendiendo por sus orejas y su cuello hasta cubrir la espalda desnuda. El metro noventa de Julio Popper la sobrepasaba apenas en diez centímetros.

—Extiende la palma de la mano derecha a esta altura —él mostró con su propia mano, —ponla boca arriba y no te muevas.

Drimys Winteri ejecutó el movimiento. El abrió su bragueta desabotonándola, extrajo el miembro –rosado, vetado por pequeñas manchas más oscuras, desproporcionado (en desmedro) tomando en cuenta su estatura y su corpulencia– y lo acomodó sobre la mano joven. Ella –probablemente contra lo que él esperaba, aunque jamás lo dijo ni lo escribió–parecía al margen de cualquiera emoción inopinada en lo que atañía a las cuestiones sexuales: su raza, toda su raza, hombres, mujeres, niños Selk’nam, vivía desnuda a la intemperie, vagaba desnuda por la nevada tundra, pescaba con las manos zambullendo desnuda en las aguas de hielo, corría desnuda tras el velocísimo ñandú sin jamás perderlo. Al despertar cada mañana debajo de una tienda de fortuna, armada con pieles de guanaco que sacudía el viento, lo primero que topaban sus ojos eran el miembro desnudo del padre, el sexo desnudo de la madre, los sexos desnudos de los hermanos y las hermanas, de los cazadores, de los caminantes, de los guerreros. El padre y la madre, adámicos e inocentes, poderosos y vulnerables, desnudos en el sueño y desnudos en la vigilia. Por lo tanto, su pregunta no podía resultar desconcertante sino para el desvalido Rey de Tierra del Fuego:

—¿Quién te ha hecho esa herida?

Popper vaciló un largo rato.

—Winteri: mi verdadero pueblo, mi verdadera raza —ella advirtió al punto que su voz se había vuelto ronca y tensa como la cuerda de un laúd—, preservan desde milenios una religión y practican ciertos ritos a los cuales no pude sustraerme cuando niño. Estoy para siempre marcado a fuego, y por eso me siento muchas veces como un león sin garras o un potro al cual hubieran arrancado los testículos. Todos los varones de mi raza, estén donde estén, portan consigo el signo. No es una herida ni un castigo: es un hábito de higiene y a la vez una señal de reconocimiento, que practican también los hijos de Abraham. ¿Tengo que explicarte quién es Abraham? ¿No? Muy bien. Y como mi raza es mirada con recelo, o simplemente odiada —su voz temblaba ahora sin discusión— muchos de nosotros, en múltiples circunstancias, debemos ocultar el signo del rito. Si vuelvo a mi tierra a tener razón, sería una especie de leproso vagando por las calles de Bucarest, o combatiría en una guerra colonial francesa –como ya ha sido el caso– muy lejos de París, o me confinarían en un gueto de límites precisos. Podrían expulsarme de un centenar de ciudades y asesinarme en decenas de países—. Guardó el sexo, cerró la bragueta, y recogió del escritorio la botella de grapa. Echó garganta abajo un largo trago y tosió. Se preguntó ella por qué el miembro de Iuliu no experimentó ningún desasosiego ante la tibia fricción de su mano joven. —En Buenos Aires— prosiguió el cercenado guerrero —existe una rama de la comunidad a la que pertenezco, pero jamás he ido a ella y no lo haré jamás.

Drimys Winteri sacudió la cabeza como diciendo “Malo, malo”, pero en realidad lo que musitó fue:

—Algunos pueblos hacen cosas crueles con los miembros de sus miembros.

—Algunos pueblos, Winteri —Julio Popper había retomado el tranco, y vagabundeaba botella en mano por la extensa habitación, cuyas paredes habían sido tapizadas con pieles de animales blancos —hacían tatuajes sobre los miembros de sus miembros. Tatuaban el pene del padre y reproducían el mismo tatuaje entre los pechos de las hijas. Como eran pueblos que vivían y morían a lomo de caballo, y se nutrían del pillaje, cuando violaban a la luz de los incendios, buscaban primero el tatuaje para no caer sobre el vientre de las hermanas o de las hijas. Era cada uno de ellos un tatuaje único y representaba el signo de la familia. Tatuaban también sus yeguas, sus camellas y sus perras, pues llevaban su lógica hasta un justo extremo total, el orgasmo hasta la imprudencia que aterra, el acto de vivir hasta escanciar el semen, la lágrima, la sangre, en una postrera cucharada de espuma, de ceniza o de agua.

V
Mil ochocientos noventa

La batalla de Wounded Knee termina con la última resistencia a la colonización blanca en los Estados Unidos. Alrededor de trescientos cincuenta sioux, comprendidos los guerreros, las mujeres y los niños, son masacrados en Dakota del Sur, por el fuego graneado, las bayonetas y los sables de más de quinientos soldados del ejército de la Unión. Este episodio marcará el verdadero nacimiento literario y la más excelsa inspiración del género llamado western, que más tarde constituirá una inagotable fuente para la industria cinematográfica, llamada también Séptimo Arte. En la isla de Java, donde diez años antes un poeta llamado Arthur Rimbaud vagabundeó por varios meses, el paleontólogo neerlandés Eugen Dubois, descubre los restos fósiles de un ancestro humano prehistórico en el sitio arqueológico de Kendung Brevus. Dubois trabaja como médico militar en las Indias Orientales. Los restos fósiles evidencian que el Pithecantropous Erectus existió en la Tierra desde el Alto Pleistoceno, más de 700.000 años antes de nuestra era. En Londres, la reina Victoria cumple 59 años en el trono, y ha dejado de embriagarse con sus cocheros. En cambio, inaugura el primer ferrocarril eléctrico, y pone fuera de circulación las viejas locomotoras a vapor que operaban desde l863. Se decide venderlas a los países pobres. El bacteriólogo berlinés Emil von Behring, produce por vez primera en la historia de la medicina occidental, el suero antitetánico y una antitoxina contra la difteria. Dos días después de poner la pincelada final a su último cuadro, el pintor Vincent Van Gogh se suicida en la ciudad de Anvers, Francia. Su muerte pasa inadvertida, como ocurría hasta entonces con su pintura: no logró vender un solo cuadro mientras vivió. El Teatro Maryinsky, de San Petersburgo, estrena el ballet La Bella Durmiente, de Peter Ilich Tchaikovsky. Este intentó sin éxito, durante toda su vida, integrarse en el grupo de compositores rusos llamado Los Cinco De San Petersburgo, a la sazón compuesto por Modest Petrovitch Moussorsgski, Nicolai Rimsky-Korsakov, César Cui, Mili Alexelevitch Balakirev y Alexander Borodin. Por su parte, el Teatro Constinzi, de Roma, pone en escena la ópera Cavalleria Rusticana, de Pietro Mascagni, con texto del escritor Giovanni Verga. El arquitecto Harry Sullivan termina en Saint Louis, Estados Unidos, el edificio Wainwright, de diez pisos de altura, unánimemente considerado como el primer rascacielos del mundo. Se inaugura en Panamá el servicio telegráfico del país. El Reino Unido devuelve la isla de Heligoland a la Alemania. El islote cobraría una extraordinaria relevancia veinticuatro y cuarenta y nueve años más tarde, épocas en que se convertiría en la más importante base de submarinos de Europa. Inglaterra recibe, en cambio, Zanzíbar y Pemba. Tanganyika se convierte en colonia alemana, y Gran Bretaña continúa su progresión protectoralista anexando el territorio de Uganda. Finalizan las obras del ferrocarril al Atlántico en Costa Rica, cuyos trabajos se habían iniciado en l871. Alphonse Bertillon publica en París su libro Fotografía Legal, que describe nuevos métodos para la oportuna identificación de asesinos, raptores, truhanes de diversa catadura, pirómanos, reincidentes y poetas. En España se restablece el sufragio universal, en medio de grandes conmociones populares, especialmente en regiones industriales como Cataluña. El gobierno federal suizo recibe plenos poderes para la implantación de la Seguridad Social, y el gobierno turco designa tres obispos búlgaros para regir la diócesis de Macedonia. Se organiza en Argentina el partido Unión Cívica Radical. Julio Popper tramita su incorporación. También en Argentina, una infortunada revuelta sin mayor trascendencia, impulsa al presidente Miguel Juárez Celman a renunciar al cargo, el cual es ocupado por el vicepresidente Carlos Pellegrini. Popper, que había bautizado el actual Río Grande, en Tierra del Fuego, con el nombre del presidente dimitido –Juárez Celman–, cambia inmediatamente este topónimo por el de Río Pellegrini. Francia lanza una campaña bélica contra el monarca de Dahomey, quien es derrocado y obligado a reconocer el protectorado de París. Se acentúa la expansión francesa en el interior del África. El continente negro rebalsa de protectores de todos los pelajes. El monarca Leopoldo, en un acceso de generosidad, concede al reino belga el derecho de anexar el Estado del Congo, propiedad personal del soberano. En La Plata, Argentina, funciona el primer alumbrado eléctrico del país. Cecil Rhodes asume las funciones de Primer Ministro de la colonia de El Cabo, en África del Sur. Gran Bretaña y Alemania reconocen el protectorado francés sobre Madagascar. La definición de protectorado encubre eufemísticamente términos mucho más precisos –colonia, colonialismo– derivados del apellido castellanizado de Cristóbal Colón, náufrago ítalo-judeo-español descubierto en las playas antillanas por un grupo de americanos originarios. Los estados más ricos del globo están empeñados en una salvaje competencia por acrecentar el número de sus protegidos, no solo en África. El gobierno del Estado de New York impone a los médicos la obligación de aplicar gotas profilácticas en los ojos de los recién nacidos. Otros estados de la Unión establecen la misma medida, cuyo objeto es combatir la ceguera producida por las infecciones gonorreicas, enfermedad de moda en la City de aquel tiempo. En el verano austral de l890, Julio Popper realiza a su turno, la tercera captura de Drimys Winteri, y mata en combate singular al hermano de esta, Edward Bouverie Pusey Selk’nam.

VI
Descripción de los soñadores de ciudades

No pocos mataban el tiempo en La Pulpería afilando su facón o limpiando su rémington. Para hacer esto se instalaban en los corredores, cercados por cajas de botellas de grapa, entre monturas y avíos de cuero con espeso olor a curtiembre o vaharadas de animal sudado. Ciertos cuchillos reverberaban como espejos, tanto, que algunos los afirmaban de canto en una ventana para afeitarse. Esta era la razón por la cual los afeitados usaban dos facones en el cinto: no podían manchar con sangre el que servía de espejo, aunque la sangre no refleja el rostro del muerto, sino el del matador, pero de una manera muy turbia.

No siempre los aguzaban: a menudo los limpiaban de aquellas sangres traídas de la tundra, pues ya lo han dicho: la sangre se seca en el cuchillo cubriéndolo con una pátina de laca. Esta laca morada es perceptible hasta a una legua de distancia y significa: “Paso, yo he matado”. Pero tanto la laca sanguínea como el aguzar les tomaban horas, porque no solo estaban obligados a cumplir esa tarea, sino que ella les complacía en extremo. Así, realizaban cada movimiento con mucha lentitud, aprovechando el tiempo. Inclinados, con un pitillo humeando bajo los mal cuidados mostachos –cuando los había– frecuentemente amarillos de nicotina, se empecinaban en concluir un callado trabajo que en uno u otro caso no podía producir sino remordimiento, aunque todos lo negaran levantando las voces. El remordimiento, entonces, parecía ser apenas una secreción estigmatizada de la conciencia de los débiles y de los cobardes. Aquellos de mirada dura, profundamente decididos a regresar un día a los lares perdidos, a la mágica tierra originaria que la distancia pintaba de nostalgia, limaban en cruz la punta de plomo de las balas para que al abrirse dentro de la carne enemiga, mataran con más anchura, más rapidez, más seguridad. La cuestión capital era la vida puesta en juego, primero la propia, luego la de los otros, vestidos o desnudos. El rito de la preparación matinal de las armas pasaba antes que nada por el amordazamiento de la conciencia, la congelación de la conciencia y de algunos otros sentimientos, afluentes de ella: la piedad, la sinrazón, el asco al contemplarse de repente las manos carniceras, la repulsión al considerar sus rostros ante el espejo –aun fuera el del cuchillo–, rostros que por dibujar un aprendido y permanente rictus de suma crueldad, deformaban el espejo, retorcían el cuchillo, y no al revés. Pues nadie viene a la vida matando: arrastradas por el viento de un tiempo maligno es que las manos de muchos hombres terminan volviéndose bermejas. Más de alguno intuyó tal vez que, ya de regreso, si escamoteaba su cuerpo a la muerte de la tundra, continuaría matando en su aldea natal, porque la muerte de los otros asume el carácter de una costumbre bien anclada en la siquis del cuchillero o del tirador, cada vez que se trenza en una disputa o un malentendido, una mujer o una mirada torva. La convocatoria de la muerte es una apuesta cuyo resultado dirime toda diferencia.

El aguardiente les entraba al cuerpo y les salía casi agua ardiente del cuerpo, calentándolo, para protegerlo de la soledad y el desamparo, y para dejarlo siempre apuntando hacia adelante, allí donde estaban los otros apuntando para acá. Una parte de la esperanza de vida suplementaria se nutría del acto de limar la punta de las balas o limpiar las entrañas de las armas de fuego con mortal rigor. La muerte era la muerte del otro, o todo estaba en juego por una sola bala atascada, por un solo silencio del gatillo.

Todos poseían el arte de reconstituir ciudades sobre sus cabezas –ciudades probablemente desaparecidas para siempre de la contigüidad física del soñador–a partir del humo de los cigarrillos, de las pipas, de la neblina que surge de las copas. Entre algunas de tales ciudades se estiraban ríos fortuitos, muy anchos y muy calmos, pues procedían de la memoria, y en la memoria, la violencia se estraga un poco, las olas se aplanan, el fuego se agazapa. Cuando lo que emergía del humo era un río, el efecto de los puentes intimidaba al aguzador de cuchillos, atolondraba al deshollinador de fusiles, allegaba temblores a la mano tatuada, la que esperaba degollar el juego de los otros con una carta de oro, esas cartas que caen de la mano y arrasan, que tienen el filo de una espada y portan consigo el polvo de la luna sobre los cementerios. A veces se estiraba también una calle encima, o un grupo de edificios, o casas solitarias irguiéndose en mitad de un campo de fresas, o al costado de un trigal o frente a una hortelanía de papas, repollos, rábanos, ajos y cilantro. Entre el portento de la luz de un mediodía apócrifo, corrían sombras de sonrisas negras, como las sonrisas impresas en el negativo de una fotografía, de las que cierto sedimento anodino fue captado y retenido para siempre en el cartón que sustituyó a la memoria, eternizado por un irresponsable dedo que suplantó a la memoria. Porque no siempre la memoria es un privilegio del intelecto. Las figuras, las casas, los prados aledaños trascendidos por los frutos salvajes o las manzanas domésticas, los descascarados edificios irreconocibles, los muelles vacíos, los pañuelos deshabitados, pasan como gotas de agua o coágulos de sangre a través de los intersticios de una piedra muy alta, una piedra que flota entre todas las piedras del universo y que, naturalmente, ignora lo que sucede con aquello que secreta sobre esa clase de ciudades que los sueños reconstruyen con nebulosa paciencia, con ahínco horizontal, incluidos los sueños de la vigilia. La arquitectura recreada por el soñante es una arquitectura que abruma su espíritu en forma regular, ya que es deforme, cambiante, lúdica, y por ello, imposible de retener, ni menos, de reconocer, reflejándose en el pozo del corazón como la transfiguración de un acto muy sombrío. Las ciudades son un espacio inhumano donde los hombres albergan la mayor parte de sus vidas. Solo una pequeña parte de sus vidas es hospedada en los desiertos, en las tundras, en las estepas, en las islas, en las montañas, en los valles solapados o abiertos. Pero las ciudades perdidas y recobradas por el sueño se parecen como dos gotas de sangre, y las gotas de sangre se parecen como dos o más ciudades hundidas en el pecho de los soñadores de ciudades. Acabado el trabajo diurno, y habiendo bajado sus andamios el crepúsculo, llegaba la hora natural de La Pulpería, de la grapa, la hora en que se reaguzaban los cuchillos mellados por aquel pesado trabajo de desollar corderos, de escarbarse los dientes, de cortar orejas, y se limpiaban los fusiles anegados con la sombra negra de la pólvora y de los presentimientos. Porque una vez, a Anatolio Seisdedos se le trancó el arma. Frente a él, sentado en el suelo, herido, había un falso buscador de oro, que le apuntó diciéndole:

—Me queda una sola bala verdadera. La tenía guardada para mí en caso de apuro sin vuelta. Ahora es tuya.

Y le disparó a sangre fría.

Así murió Anatolio Seisdedos, y todos tenían muy presente su circunstancia de entrevero. Los fusiles sustituían a las hachas para limpiar las tierras, no de árboles, porque allá los árboles forman parte de una antiquísima leyenda, sino de hombres. Las hachas, las hoces, desbrozarían a lo más la mala hierba, los bosques que no habían vuelto a nacer todavía. Los fusiles preludiaban en cambio la muerte de unos hombres que habitaban esos parajes mucho antes que la primera de las pirámides del mundo hurgara las entrañas del cielo con su cuerno de luz.

Pero solo una parte de los hombres subía hasta La Pulpería. Los otros quedaban de imaginaria, como en los viejos cuarteles de los viejos ejércitos. El capitán Julio Popper –que había sido efectivamente ingeniero de zapadores en alguna que otra misión del ejército francés, en particular durante su estadía en el Comptoir de Chandernagor, en la India, tras su paso por la Escuela Politécnica de París– había rescatado esa palabra compuesta “de imaginaria”. Porque no resultaba lo mismo decirle a esa marejada de gaznápiros desharrapados y malolientes, pero intensamente épicos y colosales soñadores de ciudades: “—Ustedes ocho se me quedan de guardia esta noche”, que asestarles con un aire de marcial complicidad: “—Esta noche, ustedes diez se me quedan de imaginaria—”. Así, el sufrimiento que cada uno había descifrado ya en incontables horas de soledad y miedo, se transmutaba en poesía. El imaginaria solía contar las estrellas y medir el volumen de las nubes cuando eran visibles, apoyado en los portones de la entrada principal de El Páramo. O bien, mirar hacia la noche cerrada desde cualquiera de las torretas construidas sobre el muro rectangular –mezcla de troncos, piedras, tierra gredosa y largas trenzas de coirón, para mantenerlo durable, sólido y útil–, escuchando los gritos, los denuestos, el eufórico sonido de los que se encontraban en La Pulpería, distante un par de kilómetros, a lo largo del camino empinado que partía de la fortaleza. Al mismo tiempo, capturaban con la mirada gruesas nubes preñadas de agua o de nieve, las que parecían volar al encuentro de las casas, de los talleres, de la Cosechadora de Oro, de los establos, de las bodegas, de la armería, del polvorín, bajando primero invisibles por las laderas de la invisible Cordillera Carmen Sylva. O todavía, castañeteando los dientes en las madrugadas glaciales de Tierra del Fuego, cuando el viento del invierno, desgajándose sobre la tundra, arrancaba las orejas, disolvía las fosas nasales, trituraba los labios, trizaba los dientes, si el hombre de imaginaria no abrigaba su rostro, su cráneo, su cuello, bajo la rústica capa maternal cosida con la piel de los chiporros muertos. De pie aguardaban los asaltos, a veces organizados en el acontecer inevitable de la modorra, a veces precedidos por un grito real del primer imaginaria caído tras una súbita descarga de flechas y venablos, o el mortífero vocabulario de los fusiles brotando de la sombra sin decir agua va. Porque Julio Popper mataba vestidos y mataba desnudos, y en consecuencia, El Páramo era el punto de anclaje de los furores convergentes de desnudos y vestidos. Metiéndose mucho en lo oscuro, pegándose a los postones en los que se enroscaban las lenguas del hielo, o dejando pasar con un esquive los brochazos de nieve que se acumulaban en el suelo, o se iban desperdigando en ráfagas violentas, destruida su inocencia aparente por la memorable revelación ciclópea de los ventarrones de fin de mundo, el imaginaria se acurrucaba gimiendo, maldiciendo, defendiendo su vida del abrazo parásito de la muerte, que nunca dejaba de rondar alrededor de su desvelo o su modorra, de su estar vivo o de su estar cansado. El imaginaria tosía entonces para escuchar la certeza de su vida, para preguntarles a los demás imaginarias si él estaba vivo y si los otros lo estaban todavía. Y a lo lejos, respondían sus compañeros de imaginaria con sus toses singulares: tosiéndose en la noche los unos a los otros, perros yertos ladrándose sin gozo para reconocerse, para comprobar que inmóviles, seguían marchando sin moverse hacia el alba, y que en la mesa suculenta del alba los esperaba humeando una taza inmortal de caluroso café con aguardiente.

Hasta los puestos de vigilia venían entonces, en mitad de alguna calma, las sombras incorpóreas de ciudades ya vividas, ya canceladas en la opción del soñador, convertidas en obsesión solo por irrecuperables. Bajo condiciones normales nadie hubiera vuelto a pensar en ellas, puesto que, a causa del tiempo transcurrido, no se podía retornar a ellas mismas. A lo sumo, lograrían ingresar a otra ciudad, que ocuparía entonces el sitio de la anterior, una ciudad reconstruida sobre la antigua, la que moraba en el recuerdo enfermo. En general, las ciudades entrevistas durante la vigilia tienen nombres, figuran en los mapas, y lo mismo sucede con los ríos, con los puertos, las calles, las colinas circundantes, los parques. Y los monumentos de Generales de hierro –solo en las estatuas– cabalgando caballos de hierro, cagados por muchas generaciones de palomas, erguidos sobre una gloria apócrifa, empuñando una apócrifa espada, contenidos al interior de un bélico gesto apócrifo, frente a apócrifos enemigos, lanzando un alarido apócrifo, remedo de la eternidad indiferente, eternidad también cagada por los pájaros. Si un hombre abandona un día aquello, en la memoria de este hombre resurgirá, pero apenas el todo hacinado como una nube de escombros. Las piezas que componen el pasado son nada más que rompecabezas de humo. Y es por tal motivo que el imaginaria veía desfilar bajo la luna o sobre la nieve, los restos petrificados de la totalidad de lo que creía atesorar como suyo, y que no era otra cosa que un empecinado desarrollo tumoral en el maduro espejismo del inconsciente.

—Oh Carcassone, oh Montmorency, oh Hemmebont, oh Nevers, oh Arràs —murmurarían los labios escarchados de los imaginarias galos. Al anca de los imaginarias cosacos, galoparían Dnieperpetrvsk, y Majach Kala, y Gómel, y Zitomir, y hundido en la frígida resaca ultramarina, adosado al costado occidental de la estepa siberiana, San Petersburgo, donde por aquel entonces Alexander Borodin componía sus óperas, sus sinfonías y sus poemas sinfónicos entre dos campañas militares sobre el Asia Central. A varios, que estaban cerca de allí, les caerían encima las escamas plateadas de Trabzón, de Bursa, de Esmirna, de Uskudar. Más lejos, soñolientos, inertes entre el abismo negro de arriba y el abismo blanco de abajo, se hallarían los que espejeaban con Mulhacén, Badalona, Zaragoza, Vigo o Motril. A cualquiera de ellos, Timisoara se le derrumbaba en el oeste del fortín, pegándose con algún arbitrio a Galatz o a Bucarest. Y esta ciudad –¿qué duda podría caber?– fantasmearía en la pipa de opio de Julio Popper, que vigilaba desde su cuarto la vigilancia de los imaginarias. Quizás por el este, fueron reconstituidas, desdibujadas y giratorias, bañadas por un sol obsceno de tan anacrónicas que resultaban al ser soñadas allí, Taormina, Agrigento, Siracusa, Foggia o Reggio di Calabria. Varios juraron un día que recordaban perfectamente Inveraray. Uno admitió que soñaba con Ayt, el segundo con Liverpool, el tercero con Reading, y el cuarto con Bournemouth. Los lentos pasos con que los imaginarias calentaban los pies hollando la nieve, repercutían como los pasos de otros hombres que marchaban en ese momento, calentando los pies sobre nieves parecidas, pero distantes, caídas en Groningue, Sarrebruck, Kiel, Erfurt, Wilhelmhaven, Hamburgo. O en Bjelovar, en Zadar, en Subótica, ¿y por qué no?, en Kecskomet, en Veszpren, en Nagykanzsa. Los imaginarias más callados parecían venir de Carinthia, de Graz, de Klagenfurt. Sus émulos, de Plovdiv, de Stara Yagora, de Varna. Sus competidores, de Brno, de Bratislava, de Tatras, de Maránske Lázné (también soñada por los de lengua alemana con el nombre de Marienbad). Los de voz dulce y puño duro, eran capaces de oler a distancia la primavera de Porto, o la lluvia tibia cayendo sobre Mondago, y el frío océano del Finis Terrae les recordaría, por contraposición, o una operación de analogía antipódica, el manso y caliente mar de Sétubal o El Algarbe. Habían llegado verdaderamente de lejos los imaginarias del capitán Julio Popper, los jugadores de cartas, los afiladores de cuchillos, los deshollinadores de la memoria, pero en manos del explorador eran una sola y misma entidad, un solo hombre múltiple, necesitado, rencoroso, defendiendo con ciega constancia sus postreros días a costa de los pavorosos postreros días de la raza fueguina, la raza primigenia del Onasín. Es decir, las tierras usurpadas por Popper. Es decir, la Isla Grande de Tierra del Fuego.

—No somos extranjeros en esta parte del mundo, soldados, los extranjeros son todos los otros. Aquí manda y hace tierra el que sabe leer, el que tira primero y mejor. Aquí manda el que enarbola la bandera del progreso como divisa. Yo reconozco América en estas cuatro palabras: Descubrimiento, Conquista, Colonización y Rapiña. Son los otros los que se han llevado todo. Yo lo gano para dejarlo aquí, y quien no está conmigo, está en mi contra.

Por tales razones había noches en que sobre El Páramo caía de repente una lluvia de balas o una lluvia de flechas, y los imaginarias, y los que reposaban en La Pulpería perdiendo sus magros jornales para atravesar una noche más, y los que dormían sobre camastros de hierro, corrían hacia la obscuridad perfectamente inhabitable y borraban las agudas voces de la memoria con el acento grave de los rémington.

No siempre morían. Las heridas eran a menudo atroces, sobre todo porque no existían medios para aliviarlas. Entonces algunos de los conocedores recurrían a la técnica del ungüento. Si la herida fue abierta por una flecha, untaban la flecha con una preparación especial. El preparado lo conservaban siempre dos hombres que habían llegado de Suffolk, uno de los condados orientales de Gran Bretaña, y sus principales componentes lo constituían dos gramos de moho de una calavera humana sin enterrar –lo que en Tierra del Fuego abundaba más que en ninguna otra parte–, un poco de grasa de la rabadilla de un ñandú hembra, y cuarenta miligramos de polvo de los mostachos de un lobo de mar quemados en una cuchara. El lobo de mar tenía que haber muerto sin ayuda del hombre. Los especialistas de las heridas de cuchillo fueron nativos del Condado de Essex. Su técnica consistía en buscar antes que nada el arma. Cuando no era posible encontrarla, sea porque se perdió en el campo de batalla, sea porque el heridor huyó con ella, echaban mano de un facón muy similar, lo engrasaban metódicamente con una porción de tocino entibiado, y lo colocaban atravesado en el lecho donde yacía el herido. Pero otros curanderos, originarios de Baviera, sostenían que el cuchillo debía ser envuelto en un trozo de lino engrasado y puesto cerca de la herida, cuidando siempre de conservar el filo del arma hacia arriba. Para curar la herida de bala se extraía el proyectil. El imaginaria que oficiaba de curandero, generalmente un tipo oriundo de la Baviera renana o de Hesse, metía el proyectil en su boca hasta limpiarlo completamente de sangre. Lo desinfectaba luego con una bocarada de grapa y lo envolvía en un pedazo de tela cortado de la vestimenta del herido, justo en el punto en que el proyectil había penetrado. El principio general de este tipo de medicina espontánea –vieja como el mundo– era el de curar el arma para sanar la herida.

Nunca se vio ojos como esos ojos. Estaban siempre enrojecidos, cargados de un sueño inatrapable, reblandecido el mirar por tantas noches blancas, secos porque no había nada que llorar, más habituados a la vigilia que al reposo, a espiar que a leer, a fisgonear debajo de la basura que a levantarse hasta el paisaje. Ojos que pasaban cada día de una errancia a otra, de una baraja a otra baraja, de una batalla a otra batalla, hasta que en una de esas se les quedaba el parpadear estacado en el sudario de la neblina. Unos por aquí, algunos por allá, se habían ido acercando. Y no bien oyeron hablar de El Páramo, o de las Estancias y sus libras esterlinas, o del oro que parecía cubrir todas las playas del litoral fueguino, atravesaban el Estrecho de Magallanes en la primera barcaza que se ponía a tiro, o en embarcaciones de fortuna, y cruzaban la tundra de la isla que algunos llamaron el Onasín, porque en ellas vivían los Onas, y otros, como Antonio Pigafetta, cronista oficial de la expedición de Hernando de Magallanes, la Tierra del Fuego. Pues nadie sabía explicar por qué motivo, y así hubiera viento, lluvia o nieve, ciertas llamas rompían la oscuridad con lenguas tan altas que su fulgor era perceptible a mucha distancia. Los primeros navegantes conocidos –históricamente otros les habían precedido sin dejar constancia en las bitácoras de su paso por el Estrecho–, atribuyeron estos fuegos a los indios. No obstante, cualquier pazguato de la región, o un marinero sabelotodo, acodado en un bar de Punta Arenas, juraría que aquellas hogueras crepitantes, delgadas y largas como un roble, flameaban ya cuando ningún Selk’nam había nacido aún, y la Tierra del Fuego estaba poblada, entre un sinnúmero de otras especies, grandes y pequeñas, marinas y terrestres y aéreas, por mastodontes, pequeños caballos de largo pelo rojo, y el llamado elefante peludo de la era glacial.

VII
El capataz tautológico

¿Jadearía la vulpeja con el hocico cazado entre dos barrotes de la jaula, la espuma sobre los colmillos, los ojuelos brillantes, mientras el rústico asno se ocupaba sin ningún complejo de su tafanario? ¡Hi! ¡Hi! ¡Hi! “Échate un poco más atrás”, dicen que pedía la vulpeja con un estrangulado hilo de voz. Ambrosio Comarcano, máster ès Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Chile, asesino de su mujer, capataz de El Páramo, y futuro abuelo de Olegaria Comarcano, la intelectual regente de un insólito prostíbulo de Puerto Natales, estaba de servicio esa mañana dominical, inspeccionando la totalidad de las instalaciones, como lo estipulaba el Manual administrativo del capitán Julio Popper. Mientras sus botas agujereaban el barro, imaginó un silencio muy largo, atravesado por jadeos, quejumbres, boqueadas de placer, por ese tipo de placer que, obtenido sobre un cuerpo sin su consentimiento, se va desenvolviendo poco a poco, venciendo sus propias reticencias, hasta que se le obliga a participar en él. El silencio sería solo una propiedad del asno, pues la vulpeja retorcería su carcasa sin poder ejecutar ningún otro movimiento que fuera más allá de sus rítmicas convulsiones. ¿Habría entrado a robar cándidamente el agua del asno, al cual, por la fuerza de sus cascos traseros y sus intempestivos furores debieron relegar en una jaula? Nadie lo había aclarado la noche anterior pero el cuento era bueno. ¡Hi! ¡Hi! ¡Hi! ¡Hi! El capataz Ambrosio Comarcano, oculto de la justicia en El Paramo desde un tiempo ya, puesto que llegó cuando acababa de cumplir los veintisiete años, reía bajito dirigiendo sus pasos hacia el galpón que abrigaba las habitaciones destinadas al personal técnico. La tienda y el almacén estaban cerrados.

“—Échate un poco más atrás, querido”, habría repetido la vulpeja con voz apenas audible. El capataz se detuvo ante las casas silenciosas del domingo, donde todos al parecer dormían, salvo los guardias.

“—Un asno dañaría horriblemente el tafanario de una vulpeja”, pensaba, no sin cierto placer. Naturalmente si aquello ocurriera alguna vez. Estaba a punto de decirse que allí no había nadie cuando divisó al cazador de orejas y brazo derecho de Julio Popper, Sam Hyslop, caminando hacia las cuadras. Parecía sobrio. ¿Cómo terminaría la escena? “—Échate un poco más atrás, por los cuatro demonios que me hicieron sedienta, y la irresponsable proliferación de tus centímetros —¡Qué digo! ¡De tu hectómetro!—” contaron que quiso gritar todavía la vulpeja. Aunque parecía maldecir y suplicar con un muslo entero de pollo atravesado en la garganta. “—Eso, eso— murmuró Ambrosio —una disputa en plena maniobra”. El asno, sordo como una tapia, continuaría empujando hasta que la zorra acabaría por sentir que una substancia espesa y caliente le caía sobre las corvas, y tan bien podía tratarse del esperma asnal, como de la sangre de las entrañas vulpejales. En la posición en que la tenían, no podía ver lo que acontecía alrededor, y menos atrás. Tenía la impresión de que la estaban confundiendo con un asado turco a causa del asunto del burro, cuya longitud sobrepasaba el cuerpo de la vulpeja, y cuya dureza, y cuyo sentido de la porfía facilitaba su penetración en no importa qué agujero. ¡Hi! ¡Hi! ¡Hi! ¡Hi! El capataz Ambrosio Comarcano saboreaba su chascarro intelectual mientras marchaba a lo largo del espacioso galpón situado al extremo norte de la fortaleza, más arriba de la casa de Popper, dotado con ochenta colchonetas y mantas, y destinado al sueño de los guardias. En el galpón del sur dormían los peones. Acto seguido cruzó la habitación de los segundos capataces a sus órdenes mirando distraído. En un altillo, defendido de las pupilas intrusas por una delgada pared, y al cual se ascendía empleando una escala móvil, se hallaba su propio lecho, sus fotografías clavadas en los tabiques, su lavatorio, su jarra de agua, floreada y de ancha boca, y detrás de la pata superior derecha del catre, la botella de grapa a medio vaciar con que entibiaba la soledad de los inviernos.

“—Queridito, sácalo una tercera parte te lo ruego, déjame participar, me estás convirtiendo en un trozo de carne que gira sobre el fuego, ¡en un miserable asado al viento que ni siquiera tiene el derecho de besar la llama que lo quema!” ¡Hi! ¡Hi! Besar la llama que lo quema. Los jadeos del asno propulsados contra su pequeña nuca le impregnarían de un maloliente agua sexual los pelos del cogote, pues estaba, según ellos, atracalada encima de un tronco, a cierta altura del suelo, y el entrante arremetía con todo su caudal. Ambrosio podía imaginar la situación de la vulpeja, mientras revisaba las instalaciones personalmente, tocando con sus guantes el hornillo donde se calentaba el café, y más allá, los motores a vapor, la fragua, el torno, el banco carpintero y los otros accesorios de trabajo. “—Domingo es día de guardar, y es lo que hizo el asno, guardando el mástil dentro de la vulpeja hasta hacerle sangrar las partes”. ¿Pero la escuchó por fin? “—Amorcito, no te salgas de ahí, solo échate un poquito para atrás”.

“—¿Qué mierda quieres? —gritaría el asno, súbitamente colérico— ¿No te basta que te acaricie el corazón por dentro y desde abajo?” “—Justamente”. “—¿Y para qué quieres entonces que lo saque?” “—No te pido que lo saques, te ruego que lo retires un poco, justo para doblar el cogote, pues ¡me matan las ganas de besarte!” ¡Hi! ¡Hi! Besarte.

Cuando se encierre leerá cosas como esa, pues ha trabajado en una recopilación de todas las historias más o menos escatológicas que ruedan por la noche de La Pulpería, en boca de los hombres solos. Se pasaría los día recogiendo y escribiendo literatura de pantano, o tal vez, clásicos de letrina. A propósito, ¿cuál es su vulpeja? ¿Quién? ¿Dónde? Nunca vista. ¿Lo pone de vez en cuando al abrigo metiéndolo en el salado asunto? A uno que se pavonea como macho, con su barba roja y su quepis, podrían lloverle las zorras, pero la pequeña mula blanca que se trajo duerme arrollada fuera de su puerta. No puedo dejar de pensar, viéndolo tan recio, con su dura cara de zapallo, que se comporta en buchipluma. ¡Oh! El capitán Buchipluma Popper. Las putillas que lo visitan siempre duermen solas. Él duerme solo. En alguna trifulca habrá perdido las cerezas. Una vez un italiano que ahora está completamente muerto me dijo: “—A este le dan por el botaguiso”. ¡Hi! ¡Hi! Tremendo cuerpo para que alguien le humedezca la retaguardia con algunas gotas de cuáquer. Aunque los europeos no se andan con miramientos cuando se trata de empaparle el agujero a un cristiano. Comarcano Ambrosio se encontró frente al pozo. Allí, el ingeniero Popper había hecho colocar una bomba centrífuga y un pulsómetro que comunicaba con las mareas bajas por un túnel, perforado a siete metros bajo el nivel de las crecientes. “— Por este conducto alquímico llega el oro. El rumano es un capo. ¿De dónde sacó este dorado invento? A ver: por si las moscas, busquemos alguna lenteja rezagada. I need money: tengo que ver a la Rosa Cruz. Últimamente no le he llevado el mástil. Aunque no me necesita con urgencia, claro está: se traga los arpones marineros como si fueran hostias. ¿Quién le puso El Capón a ese lupanar? Parece referencia a Buchipluma. Cuando tengo frío –¡brrrrrr!– me pongo melancólico pensando en la cama de Rosa Cruz. Apenas llego: “—Déjame ser tu «puta»—”, cuchichea en mi oreja. Como si no lo fuera. Pero no puedo quedarme a vivir allá. Se busca. Mi cara en las Comisarías. Seguirán heladas tus noches, Ambrosio Comarcano.

Parándose con las piernas entreabiertas miró allá abajo de las barrancas que protegían El Páramo por el oeste, y divisó al capitán general Buchipluma Popper galopando sobre Moloch a lo largo de la línea de la playa. Un caballo rápido como rayo negro. Por un súbito reflejo asociativo, levantó los ojos hasta la ventana del cuarto del rumano y percibió el rostro y los hombros desnudos de Drimys Winteri. Ella también controlaba el galope matinal del jefe. “-No lo deja ni a sol ni a sombra. Duerme arrollada delante de su puerta, se comporta como si lo amara, y sabe que él es el principal exterminador de su raza. Dicen que Popper le mató a su propio hermano. ¿Cómo se llama el amor de la víctima por su verdugo?” Un sol lleno de ceniza ceniceaba sobre la calma superficie del mar. Pájaros veloces almorzaban chillando. Sobre las torretas, los de imaginaria vigilaban perezosamente. Popper era ya un punto negro al fondo de la extensa superficie arenosa. “—¿Cómo que no está encerrado hoy con su cachimba? A veces pasa días invisible. Y cuando baja al patio su palidez nos pone los pelos de punta. Más de alguien sugiere que le da al opio, soñolienta costumbre que le pegaron los chinos cuando hizo una excursión comercial al Yang-Tsé-Kiang. Es curiosa la cantidad de contradicciones que puede caber en un cuerpo humano. Fanfarrón misterioso.” Se dio cuenta ahora, cuando bajaba a los galpones del sur, que Drimys Winteri estaba mirando a Sam Hyslop, pero que este parecía ignorar que ella lo observaba con la nariz pegada a los vidrios. “—Fue Hyslop el que la agarró y se la entregó a Stübenrauch. ¿Se lo introdujo? Difícil asegurarlo tratándose de un inglés. Él estaba más interesado en la caza. Se hace llamar “el mejor cazador de orejas de Tierra del Fuego”. ¿Por qué la dejó vivir? ¿Y por qué se la entregó a Stübenrauch cuando no trabajaba para él? En esta región la gente se comporta con cortés asimetría. Seguro que Stübenrauch la encargó para deshollinarla. Se la llevó a Europa. Es evidente que los Selk’nam ven muy lejos, pero no tenía por qué trasladarla al otro lado del mundo para ponerle el racimo en la canasta—.” Ambrosio Comarcano, sentimental asesino de su mujer, decano de la Facultad de Escatología Consuetudinaria, miró hacia el corral de los caballos, y más lejos, los bueyes del establecimiento, y más lejos aún, las mulas, los asnos, y a la derecha, debajo de redes de alambre, las aves de corral. “—Hay días en que el mundo está completamente en orden. El gallo se despacha en diez segundos. No tiene dónde perderse, porque por el de la gallina cabe un huevo. El suyo tiene el tamaño de un huevo, pero de picaflor. ¿Dónde habrá perdido Buchipluma las cerezas? Moriré con el misterio no resuelto. Hay hombres que vienen al mundo con muy pocos dedos de frente, otros con muy escasos pies de altura, y otros con solo algunos tacaños centímetros en la antropometría viril. Yo creo que Buchipluma Popper está muy desheredado en este punto capital. La naturaleza es injusta. ¿Fue feliz la vulpeja con tamaña masa adentro?”. Pateó una piedra y sintió ganas de beber un sorbo de grapa. Pronto llegaba el mediodía. Marchando hacia su buhardilla, Ambrosio Comarcano, futuro abuelo de la intelectual regente del futuro lenocinio La Heimskringla, de Puerto Natales –Olegaria Comarcano–, Doctor ès Letras de la U., asesino de su mujer, oculto en El Páramo de la policía chilena, recordó la noche en que Buchipluma llegó con la india arropada contra su pecho. Tal como el imaginaria de guardia que custodiaba el portalón central, en cuyo frontis podía leerse en grandes caracteres: “LASCIATE OGNI SPERANZA VOI CH’ENTRATE”, él también preguntó, con alguna jovialidad no exenta de respeto, si la caza había sido buena esa tarde. Y recordaba la respuesta de Popper, aunque no sabía que esa misma respuesta había sido ya asestada al imaginaria en la puerta principal:

“—Que nadie la toque nunca, Ambrosio. Que ni siquiera la sueñe. Si descubro que alguno la está soñando secretamente a mis espaldas, o lejos de mí, incluso dormido, incluso muerto, yo dispararé.”

—El perro del hortelano: no come ni deja comer. ¡Hi!

VIII
El banquete de los perros de presa

Los onas –que se llamaron en realidad selk’nam– fueron una raza parecida a la raza humana, sostuvieron los descubridores. Parecida pero no igual. Durante el invierno, el Onasín puede alcanzar ciertos días con sus noches, diez o quince grados bajo cero en las inmediaciones de las costas. Probablemente más. Un orinador al aire libre verá su orina convertirse en estalagmita. Las razas fueguinas no usaron botas. Quien las usa, bajo temperaturas semejantes, al quitárselas se arranca con ellas los dedos de los pies. No pocos descubridores hicieron la experiencia en carne propia y terminaron sin poder contar, esto es, realizar una operación aritmética muy simple para la cual necesitaban ayudarse de todos los dedos. Otros descubridores perecieron por defecar a tundra traviesa. El rectum no soporta fríos semejantes, y su repentina congelación atrae sin miramientos a la Parca, que sí mora a sus anchas en el hielo. Sonarse la nariz era un peligro.

Pero al interior de la Tierra del Fuego hay bosques perennes, en particular, sobre anchas oquedades llanas al pie de la cordillera Carmen Sylva –seudónimo literario de una reina rumana–. Estos bosques constituyen espacios cerrados, dotados de microclimas, tibios refugios para los flamencos, las avutardas, los caiquenes, y especies animales como la vulpeja, el guanaco y el ñandú, ave-animal, el avestruz americano. Sin embargo, hay todavía más: desde l584, los descubridores vieron papagayos verdes junto a hombres tan gigantescos, que los pillastres recién llegados tocaban un poco más arriba de la cintura con sus cabezas, y de pie, parecían arrodillados bajo los grandes senos grávidos de las mujeres Selk’nam. Aquellos gigantes desnudos conocían la sonrisa y la usaban.

Nadie ha comprendido nunca la razón por la cual el hielo que merodea sobre la tundra, se detiene al borde de los microclimas, no penetra jamás en el interior. ¿Reconoce el cerebro del hielo una marca, una señal, una frontera ante la cual termina invariablemente su avance? Apenas los selk’nam veían con la mirada de la piel que el hielo marchaba tundra adentro, corrían a la región de los microclimas y saltaban la barrera invisible. Año tras año contemplaban cómo los flamencos rosados y los cisnes de cuello negro, que no tenían tiempo de emprender el vuelo desde sus lagunas veraniegas y otoñales, quedaban con las patas aprisionadas, engrillados por una mano gélida que los amarraba al agua endurecida y los conservaba, enhiestos y gallardos, sobre el entumido pecho del invierno. Eran liberados ya bien entrada la primavera, y se dormían en las aguas de nuevo blandas, despeinados por la brisa con las muertas cabezas sumergidas. Drimys Winteri reveló a Popper que su raza llamaba Invernada la región de los microclimas, desde la cual los selk’nam medían el desarrollo del invierno sin ninguna necesidad de buscar alimento, pues su alimento venía también a refugiarse allí.

Pero fue la expedición de Magallanes la primera que abrió el fantástico camino de las revelaciones de un mundo globalmente inédito. El Capitán General Fernão de Magalhães –que siglo a siglo fue transformándose paulatinamente en Fernando de Magaglianes, Fernando de Magalhaes, Ferdinand de Magellan, Hernando de Magallanes–, decidió navegar hacia el sudeste el año 1519. Tenía el propósito de descubrir una vez más el Estrecho de Todos los Santos, que figuraba también con el nombre de Madre de Dios, y otros apelativos en antiguas cartas marítimas. Recibió la autorización expresa del monarca don Carlos, rey de España. Mantuvo a sus cuatro tripulaciones en la ignorancia más absoluta con respecto al verdadero objetivo y duración del viaje –que fue en realidad un periplo–. El navegante portugués era un tipo retaco, de trato difícil, presa de frecuentes estados depresivos, y cuidadosamente odiado por la oficialidad española que lo secundaba, probablemente a causa de su nacionalidad. Un médico de la época adelantó la hipótesis de que su estómago ulcerado estaba al origen de ese carácter agrio. Otro, que su irritabilidad procedía de la imposibilidad de fornicar, pues la sífilis le estaba carcomiendo el pene. Sin embargo el navegante resultó muy ducho en cosas de mar. A fin de que las cuatro naves que componían la expedición no se separaran bajo ninguna circunstancia, ideó una estratagema que puede describirse como sigue: dispuso que la nave capitana marchara de noche precediendo a las otras. En la popa conservaría encendida en permanencia una antorcha de leña que llamó farol. El Diario de a bordo lo llevó durante todo el viaje un escritor italiano, muy curioso, muy deslenguado y muy católico, llamado Antonio Pigafetta. Él es un auténtico precursor del realismo mágico. Anotó que obtenían otro tipo de fuego con una linterna o con un cabo de cuerda de junco, método que denominó strengue. Este consistía en sumergir durante muchas horas la cuerda de junco en el agua. Después la secaban al sol o al humo. Las otras naves respondían a esta señal con un fuego del mismo tipo. El brillar de dos fuegos simultáneos significaba cambio de azimut, y se viraba, según los fuegos marcaran babor o estribor, a derecha o izquierda. Tres fuegos indicaban que debía arriarse la boneta para acelerar la recogida de la mayor. El disparo de una bombarda prevenía la proximidad de tierra, de rocas sumergidas o de bajíos. Cada noche el capitán controlaba personalmente la organización de tres guardias sucesivas. La primera, denominada Lúcida, se instalaba al decidirse la obscuridad. La segunda, llamada Modorra, funcionaba durante la noche. La tercera, cuyo nombre era Modorrilla, duraba hasta el amanecer, hora en que tomaban su turno los vigías apostados en el palo mayor.

La expedición zarpó el l0 de agosto de l5l9, desde Sevilla. Al llegar al océano, ancló para terminar los últimos preparativos. En septiembre dejó atrás las islas Canarias rumbo al sur. Tres días después (el 26 de septiembre) constató la presencia de dos islas, una de las cuales tenía agua potable en abundancia y la otra no. En esta segunda isla existía un árbol, variedad mejorada de la palma. A su pie habían abierto un foso algunos siglos antes. Si se sangraba aquella palma –según el método con que se obtiene el látex del árbol del caucho–, escurría abundante un líquido que servía a la vez de agua potable, de vino, de medicina y de alimento. Moliendo sus hojas podía obtenerse harina de gusto salobre. Se la amasaba con el líquido hasta conseguir una masa espesa que, colocada sobre piedras planas al sol del mediodía, se transformaba en un pan que recordaba las modernas tortillas de rescoldo.

A la altura de Sierra Leona, en la costa occidental del África, la expedición puso rumbo al oeste. Un ejército de tiburones cubría la retaguardia retozando en la estela de los barcos. En noches oscuras brillaban sobre los mástiles las luces de San Telmo. Un día cayó sobre cubierta un pájaro que no tenía culo. Otro día se arrinconaron en una lancha de salvataje dos aves de alta mar. La hembra puso los huevos sobre la espalda del macho y los incubó allí. Cuando las naves cruzaban la línea ecuatorial –que en aquel tiempo se llamaba línea equinoccial–, un enorme pez espada, volando sobre el puente, se llevó al contramaestre de la nave capitana clavado por la barriga. Cuatro días más tarde avistaron la costa de la Tierra del Verzin, bajo dominio portugués, y que un día se llamaría Brasil. Allí comerciaron al trueque con los nativos. Por un Rey de Oro –carta de la baraja española– Pigafetta obtuvo seis gallinas. Esa noche cenaron una variedad de cerdo que tenía el ombligo en la espalda.

El piloto Ioanne Carvagio, de la Capitana, había vivido en el Verzin durante cuatro años Previno a sus compañeros de las costumbres caníbales de los lugareños, pero advirtió que no comían la carne humana porque les gustara, sino por una costumbre guerrera. Contó así esta historia: “—Una anciana, que tenía un solo hijo, se enteró que este había sido muerto en combate por una tribu rival. Pasados algunos días, su tribu apresó a uno de los que le habían matado al hijo, y lo llevaron donde se hallaba la vieja. Viéndolo, ella se acordó de su muerto, corrió hasta el muchacho como perra rabiosa, y lo mordió en la espalda. Aquél huyó despavorido y mostró a los suyos la mordedura dando a entender que habían querido devorarlo. Cuando su tribu, más tarde, capturó a un enemigo, los guerreros se lo comieron aplicando la ley del Talión. Y los parientes del comido se comieron a los que se lo comieron, de lo cual nació la costumbre”. Según Ioanne Carvagio, no se comían al contrincante de una vez: uno cortaba una rebanada y la llevaba a su vivienda para ahumarla. Volvía a los ocho días para comer asado otro pedazo, y esto, a fin de guardar en la memoria –y en la lengua– el recuerdo del enemigo.

El cronista se detiene en algunas costumbres locales, alaba la multiplicidad y el sabor de las frutas, y describe episodios que su religiosidad siempre ponderada no le impedía transcribir con singular desparpajo. “—Una hermosa joven subió un día a la nao capitana, donde me encontraba yo, no con otro propósito que de aprovechar alguna nadería de deshecho. Andando en lo cual, le echó el ojo, en la cámara del suboficial, abierta, a un clavo más largo que un dedo, y apoderándose de él, con gran gentileza y galantería, hundiólo entero, de punta a cabo, entre los labios de su natura. Tras ello, marchóse pasito a pasito, viéndolo todo perfectamente el Capitán General y yo—.” Las costumbres sexuales de los aborígenes que frecuentó durante el viaje, proporcionaron al relator un extraño y variado material que comentaba con evidente delectación. En algún punto de su peregrinaje encontró gente sexualmente muy avanzada:

“—Grandes y pequeños se han hecho traspasar el pene, cerca de la cabeza y de lado a lado, con una barrita de oro o bien de estaño, del espesor de las plumas de oca, y en cada remate de esa barra tienen unos como una estrella, con pinchos en la parte de arriba. Otros, como una cabeza de clavo de carro. Diversas veces quise que me lo enseñaran muchos, así viejos como jóvenes, pues no lo podía creer. En mitad del artefacto hay un agujero por el cual orinan, pues aquél y sus estrellas no tienen el menor movimiento. Afirman ellos que sus mujeres los desean así y que de lo contrario, nada les permitirían. Cuando desean usar de tales mujeres, ellos mismos pinzan su pene retorciéndolo, de forma que, muy cuidadosamente, puedan meter antes la estrella, ahora encima, y después la otra. Cuando está todo dentro, recupera su posición normal y así no se sale hasta que se reblandece, porque de inflamado, no hay quien lo extraiga. Estos pueblos recurren a tales cosas por ser de potencia muy escasa. Sus mujeres nos preferían ampliamente sobre ellos”. Algunos cautivos le contaron una vez que los mozos de cierta isla –esto no pudo examinarlo de cerca– cuando se enamoran, se amarran varias pequeñísimas campanillas al miembro, justamente entre glande y prepucio, hasta que la joven solicitada escucha el tenue tintineo, algo así como una serenata de grillos minúsculos y próximos. Porque los jóvenes campanilleros se acercan a la choza de la elegida, y fingiendo orinar, sacuden el pene desatando el sonido de la llamada. Inmediatamente ellas acceden a la incitación y se entregan sin rodeos al armonioso esperante, no permitiéndole que retire su campanilla porque a estas hembras mágicas les produce un gran placer el escuchar el campanilleo dentro de sí.

Magallanes permaneció trece días en las costas de la Tierra de Verzin. Entre sus constataciones y cuatro mediciones, cargaban agua y alimento para continuar el viaje hasta el Polo Antártico, como ellos mismos afirmaban. Después toparon con la boca de un gran río de agua dulce. (¿Habrán encontrado más de una vez un río de agua salada?) Esa llanura de agua –cuyo nombre actual es Río de la Plata– albergaba una raza de hombres que llamaron caníbales, pues sostenían que su alimento principal era la carne del prójimo. Para afirmar su aserto, describían cómo aquellos caníbales habían devorado a Juan Díaz de Solís y nueve de sus hombres a comienzos de l516. Invernaron dos meses en una ensenada que descubrieron muy al sur. No le dieron nombre. Tampoco supieron que ya se encontraban navegando a la altura de la Patagonia. Estos dos meses fueron marcados por la ausencia de vida en las colinas que rodeaban la ensenada.

Sin embargo, un día, al final de su estancia, y como tipos expertos en encontrar lo que no buscaban, descubrieron al primer pámpida. Era de estatura gigantesca, dirían, se hallaba desnudo en la ribera de la ensenada, bailaba, cantaba y vertía una suerte de polvo blanco sobre su cabeza. Uno de los marineros descendió a tierra y parándose frente al pámpida, imitó sus gestos en signo de paz y de amistad. Tan alto era que ningún español le pasaba de la cintura, e incluso, los portugueses que integraban la expedición, apenas asomaban la nariz por encima de su sexo. Tenía el rostro teñido de rojo, y sus ojos, circundados con un ungüento amarillo. En el centro de cada mejilla llevaba pintado un corazón, colorida corazonada de esa raza pedestre, andariega por excelencia. Pronto llegaron otros pámpidas. A la vista de los extraños, comenzaron a bailar y a cantar con un dedo en alto, ofreciéndose polvos blancos los unos a los otros. Un hombre puso frente al rostro del primer pámpida un espejo de acero bruñido. El acero se fabricaba en España desde la época romana. El pámpida saltó hacia atrás al contemplar sus trashumantes facciones, derribando a cuatro marineros y sus cuatro arcabuces, más sus cuatro sorpresas. El relator creyó ver que las mujeres pámpidas de más edad tenían tetas que les colgaban hasta la mitad del antebrazo, lo que podría sugerir la magnitud del poder de succión de un pámpida macho. Quince días después, hallaron cuatro gigantes sin armas, cada uno pintado de modo distinto. Les llenaron las manos de objetos sin valor, en especial, cuentas de vidrio, y luego, Magallanes hizo traer un par de grilletes de hierro. A causa de las cuentas de vidrio, los pámpidas no pudieron cogerlos y se mostraron desconsolados. El capitán hizo señas a un hombre para que se ofreciera a colocárselos en los pies. Al comienzo estaban inmóviles y parecían felices. Solo cuando quisieron partir se dieron cuenta que no podían separar los tobillos. Bufaron como toros. Se revolcaron. Pidieron a grandes voces a Setebos, un espíritu maligno, que les ayudara a liberarse. Uno comenzó a llorar por su mujer, pues había una extraña relación de amor profundo entre un pámpida y su pámpida. Otro dio de repente un puntapié al viento que pasaba y reventó los hierros. Corrió de modo tan vertiginoso que en pocos segundos desapareció de la vista de los navegantes. Estos “hirieron de manera leve a los otros tres en la cabeza para tenerlos quietos y obligarlos a que nos condujeran hasta sus mujeres”. Las divisaron un poco más lejos. Ellas, apenas vieron a los caníbales blancos que traían engrillados y sangrando a sus maridos, se perdieron a la carrera. Ningún español pudo darles alcance. Varios pámpidas que estaban con ellas dispararon algunas flechas contra los invasores. La cuarta atravesó un muslo hispano, y el infeliz murió en seguida, pues el dardo estaba untado con veneno. El religioso relator cierra el capítulo con estas palabras de beatitud prodigiosa: “—Los nuestros, aunque disponían de escopetas y ballestas, jamás pudieron herirlos, pues ellos, cuando pelean, no se están nunca quietos, antes saltan de acá para allá. Enterró a su muerto nuestra cuadrilla, e incendió cuanto abandonaron los fugitivos. Ciertamente, tales gigantes corren más que un caballo, y son celosísimos de sus esposas”.

Cuando a un pámpida le duele el estómago, no se purga: se mete por la boca dos palmos de flecha y vomita una masa verde mezclada con sangre. Ante un dolor de cabeza recurre a la sangría. Los españoles dijeron que uno de los dos cautivos que finalmente lograron retener, manifestó que aquella sangre no quería estarse allí, y por eso dolía. Llevaban el pelo largo y rodeaban su cabeza con una bincha de algodón, en el cual ajustaban los dardos cuando partían de caza. Amarraban el miembro viril a la rodilla derecha para preservarlo del grandísimo frío. Cuando aquel entraba inopinadamente en erección, no podían correr sino inclinados, a pesar de lo cual, su velocidad era todavía considerable. El segundo cautivo explicó que si muere un pámpida, surgen doce demonios pintarrajeados que bailan sobre su cadáver. A estos doce se une pronto un decimotercero, mucho más alto, más pintado, con aros en el labio inferior, quien aumenta la algazara multiplicando el volumen de sus gritos. Por este motivo los pámpidas pintarrajeaban su piel. El relator sostuvo que uno de los prisioneros le aseguró haber visto al demonio con dos cuernos en la cabeza y largos pelos que le cubrían las piernas, “lanzando fuego por la boca y por el culo”. Este mismo habría añadido que últimamente no estaban muriendo tanto como en el pasado a causa del frío, porque este parecía decrecer de invierno en invierno. En una época apenas pretérita, los pámpidas comían raíces blancas congeladas, bebían agua de hielo y cagaban nieve.

Magallanes abandonó su estrecho el 20 de noviembre de l520, hundiéndose en los fragores del Pacífico. Pasó junto a los islotes que siglos más tarde sustentarían la mole del Faro de los Evangelistas. En una isla encontró una raza de enanos que tenía las orejas más grandes que sus cuerpos. Para dormir, utilizaban la oreja izquierda como estera y se tapaban con la derecha. La carencia de vitamina C produjo grandes estragos entre los tripulantes. A los hombres les crecían las encías por sobre los dientes, así los superiores como los inferiores, razón por la cual no podían comer y morían. Dejaron atrás el Japón, que llamaban Cipango, y luego una isla conocida como Sundit-Pradit. En otra isla, todavía, Magallanes intentó un desembarco, pero los dueños del lugar robaron su esquife con insólita rapidez. Furioso, el capitán general descendió a tierra con cuarenta ballesteros. Los enfermos de a bordo rogaron a estos que si mataban a un hombre o a una mujer, les trajeran los intestinos, pues comiéndolos sanarían. Los atacantes incendiaron una cincuentena de chozas, mataron a siete insulares y recuperaron el esquife. “—Cuando a ballestazos traspasábamos alguno de aquellos indios por los ijares, tiraban de la flecha en un sentido o en otro, mirándola. Conseguían extraerla maravillándose mucho, y morían así”. (Maravillados). Aquellos que recibían la misma herida en el pecho, se consagraban con exquisito placer a maniobras similares.

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360 p. 1 illustration
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9789563248708
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