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Índice
Portadilla
Luisa
Elbia
El viaje
Agradecimientos
| Severín, PatriciaTe quedan lindas las trenzas / Patricia Severín. - 1a ed. - Santa Fe : Palabrava, 2021.Libro digital, EPUB - (Rosa de los vientos ; 14)Archivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-4156-36-51. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.CDD A863 |

Te quedan lindas las trenzas
Patricia Severín
Editorial Palabrava
Diagonal Maturo 786
Santa Fe
editorialpalabrava@yahoo.com.ar
www.editorialpalabrava.com.ar
Colección Rosa de los vientos
Directora de colección: Patricia Severín
Coeditora: Viviana Rosenzwit
Diagramación: Álvaro Dorigo y Noelia Mellit
Diseño de Colección y Tapa: Álvaro Dorigo y Noelia Mellit
Santa Fe - www.sugoilab.com
Primera edición en formato digital: septiembre de 2021
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
ISBN 978-987-4156-36-5
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723
Dedico este libro a mamá (en todo diferente a Leah); a mis abuelas, Carmen y Catalina (que sólo en algo se parecen a mis personajes); a Adelia Perín y Ángela Paviolo, mujeres que también hicieron historia en mi corazón.
Y a mis nietas, Catalina Garber y Alfonsina Armando, que llevan el hilo invisible del linaje materno.
¿Quién no es un sobreviviente del naufragio de la niñez?
Nicol Krauss
Luisa
La abuela apoya la fuente de vidrio sobre su delantal arrugado. La agarra bien fuerte; con la otra mano hace girar el batidor de alambre. Remueve una crema espesa que se va volviendo amarillenta. De pie, dice, esto hay que hacerlo de pie. Sin dejar de batir se levanta y separa un poco las piernas para conservar el equilibrio. Mira la mezcla y sonríe. Los hilos de alambre apenas se ven: relucen cuando van hacia arriba con los flecos de crema que chorrean. La mezcla se vuelve pastosa, cada vez más, cada vez más, hasta que de pronto es un bloque amarillo que ya no se puede batir.
Inclina el recipiente y un delta de hilos de agua corre hacia el borde del vidrio.
¡Manteca!
Apoya la fuente sobre la mesa. El líquido forma ojitos transparentes sobre el mazacote irregular. Cuando inclina la fuente, el líquido busca escaparse hacia adelante. Lo junta en una jarra. Cuando tengo mucho de esto, me dice, se lo doy a los chanchos. Es el suero.
La miro. Se llama Luisa, pero le decimos Luli.
Sus manos están llenas de nudos donde los dedos se doblan; tiene las uñas cortas y cuadradas. Me pide que acerque el pan que acaba de hornear. Y también el azúcar que guarda en el estante de madera, dentro de una fuentecita con agua para que no le lleguen las hormigas. Minúsculos granitos se desparraman sobre el mantel; el sol de la tarde los ilumina y parecen cristalitos. Me pone una capa gruesa de manteca sobre el pan y por encima hago caer los cristalitos; a veces mojo un pedazo grande en el mate cocido, se infla, se desprende de la costra y se va hacia el fondo de la taza. Mientras tomo la leche ella coloca el bloque amarillo y pastoso en la mantequera; con un cuchillo le va dando forma hasta dejarlo rectangular. Toma otro poco de crema y cuando termino de tomar la leche, me la hace batir con un tenedor.
Me duelen los dedos. Rezongo.
—Si te sentás perdés la fuerza —me dice, y acomoda la fuente sobre mi cadera. El tenedor se me incrusta en la palma y me marca líneas rojas.
Me mira fijo.
—No, no, no, ¿qué es eso de renunciar? —y observa mis movimientos.
Me muerdo la mejilla por la pulpa de adentro para no pensar en el dolor que ya me sube por el brazo. La miro para darme ánimo, que no crea que me doy por vencida.
El abuelo entra corriendo a la cocina y dejo de batir. Nos comenta la última novedad. Saca del bolsillo unas pelotitas pequeñas y amarillas que se parecen un poco a las de paraíso. Las toco, son bien duras, van a servir para los canutos.
—Las trajo el correntino. Vino con el cuento de que ya la están sembrando más al norte. Y dice que del año 1965 nadie se olvidará jamás.
—¿Porque yo cumplo 10?
—No, cursientita. Porque este poroto nos salvará.
—¿Eso? —pregunta la Luli—. ¿Y qué es?
—Se llama soja —dice el abuelo—. Parece que dará de comer al mundo.
Los tres nos quedamos mirando el cuenco de su mano callosa, mientras los porotos ruedan desganados y caen sobre la mesa.
Mamá me trae al campo no bien terminan las clases. Estoy agotada, repite una, dos, tres veces, todo el tiempo; también en el viaje. Me arrodillo en el asiento de atrás, miro por la luneta y ya no la escucho.
Siempre es igual: nos subimos al auto, cargamos mi bolso, mis cuadernos y mis lápices, y las revistas y diarios que juntamos para la abuela. Cuando llueve y no se puede salir al campo, la Luli revisa las revistas hasta encontrar lo que ella necesita encontrar.
Por el vidrio de atrás veo pasar los árboles, los postes de teléfono, los carteles indicadores que siempre me dan la espalda, las vacas blancas con manchas negras que tienen pajaritos posados sobre sus lomos y les comen los bichitos que se les asientan. El abuelo me enseñó eso y me enseñó como se llama cada vaca. Las reconoce por las manchas y cuando les dice el nombre ellas vienen hasta donde él esta. En el piso del comedor tienen un cuero que hace de alfombra. Fue la vaca preferida del abuelo. Era la más lechera de todas las lecheras de la región: daba ochenta litros ella sola. Y si se descuidan, cien, dice el abuelo. Tenía las tetas largas e infladas, tan grandes, que se las pisó y se sacó un pedazo. Fue allí cuando enfermó y tuvieron que carnearla.
Cuando pasan más o menos dos horas desde que salimos de la ciudad, entramos a un camino de tierra por el costado de un pueblito que tiene pocas casas; en ese pueblo los abuelos hacen las compras, los mandados, y visitan a Anastasia y a la tía Lucrecia, que viven juntas. Hay un cartel despintado que dice La Constancia: así se llama el pueblo. Agarramos por ese camino de tierra y ya sé que estamos cerca del campo.
Llegamos.
Me bajo de un salto y corro a abrazar a la abuela. ¿Cómo andan ustedes?, pregunta mamá.
Dicen que la abuela y yo nos parecemos: las dos somos flacas y altas. ¡Qué estirón pegaste!, me dice cada vez que me ve, y hace un gesto con las manos por encima de mi cabeza. Después me besuquea. Tiene el pelo cortito peinado hacia atrás. Sin ninguna coquetería, la reta mamá. Ella no le hace caso y se acomoda los anteojos cuadrados sobre las mejillas huesudas. Quiere cortarme las trenzas y dejarme el pelo como el suyo; trata de convencerme, que es más práctico, más limpio, que me va a quedar bien. No la dejaré por nada del mundo. Mi pelo debe crecer hasta la cintura como el de Pame, la que pasa a primer año. Su mamá hizo una promesa y por eso no se lo corta. Pero la Luli me persigue con las tijeras. ¡Te va a crecer más fuerte y sano! ¡Ya vas a ver!
Mamá está empeñada en que los abuelos compren una casa en la ciudad. El tiempo pasa volando y no perdona, insiste, y mueve la cabeza de arriba hacia abajo. La Luli le dice que ese tema no está en discusión. Mamá se pone seria. Frunce los labios y los ojos se le agrandan. La vena que tiene sobre la frente se le empieza a hinchar.
Mis hermanos se quedaron en la ciudad porque la tía mayor, Lucrecia, la que vive en La Constancia, está grave, y por eso los abuelos no nos pueden cuidar a los tres. La Luli se lo explica a mamá y se le corta la voz. Un montón de rayitas rojas le aparecen adentro de los ojos. Se los refriega. Y que querés, con la edad que tiene, le contesta mamá. Y le pregunta cómo andan las cosas en el campo. Cuando se levanta para volver a la ciudad la abuela le acomoda en el baúl verduras, pollos, huevos, leche; y entonces se mete en el auto y se va. Cuando el auto está llegando a la tranquera, toca bocina y yo salgo corriendo para abrírsela.
[Lina, vos ya conocés la rutina de tu abuela: se levanta a la madrugada, mata los pollos, junta tomates, lechuga, pimientos, achicoria, espinaca. Siempre a las cinco, con el abuelo. Él trae del tambo la leche recién ordeñada y la coloca en bidones llenos hasta el tope. A tus hermanos, Lina, les gusta la leche fresca. Pero tu madre, que rezonga por todo, rezonga también porque tiene que hervir la leche y siempre se le vuelca; dice que basta con que se dé vuelta un minuto para que la leche crezca y se derrame y después le quedan las hornallas hechas un enchastre. Se queja también de que no tapan bien los bidones y se impregna el baúl de un olor agrio y podrido, que no lo saca con nada. Vos pensás que podría encargarse ella misma de taponar los bidones, en vez de Luisa, que ya es vieja, y va y viene acarreando mercadería sólo para que tengan verduras tiernas y pollos de campo criados a maíz.]
Le hago los mandados a la Luli: voy a la cremería y traigo la crema para que la bata y haga manteca. La cremería queda al lado de la escuela y por una chimenea finita y alta larga un humito asqueroso. Cuando el viento viene hacia aquí, yo me tapo la nariz y corro para llegar rápido. Cuando el viento va hacia allá, puedo ir tranquila mirando los pájaros que se apoyan en los alambres: Coloradito, Ciclón, Pequeñín, Nomeolvides. Arranco unas flores lilas que crecen en la cuneta y a la vuelta le digo a la Luli, Son para vos. Llena de agua el vaso alto de vidrio y acomoda el ramo. Una vez me corrió una culebra oscura que se puso mala cuando fui a cortar las flores. Las culebras son distintas de las víboras venenosas, tienen el cuero lustroso y brillante y te corren rápido. Si las venenosas te muerden, sonaste, no contás el cuento; con las otras se te hace una hinchazón roja y dura. Pero igual me asusté y por un tiempo largo no quise ir más a la cremería. Ahora voy de nuevo y llevo un palo por si la culebra aparece. Por las dudas camino por la huella del medio y no me acerco a la cuneta. Mi hermano Florencio le tira cascotes, también a las iguanas que toman sol y se quedan tiesas con el calor de la siesta; el año pasado se guardaba lagartijas en los bolsillos y a la noche las ponía bajo mis sábanas. Son verdes y frías, y se escabullen como un refucilo de hielo. Destendía la cama antes de acostarme y el corazón me traqueteaba a todo lo que daba. Las lagartijas eran rápidas y se escondían en el primer hueco que encontraban.
Las chicharras chillan desde temprano, tan fuerte que me tapo los oídos. Mañana hará más calor, dice la Luli, escuchá como aturden, ¡y encima, esta seca! Después de la limpieza entorna las celosías y me llama para acomodarme las trenzas. Me dice por centésima vez, Sería mejor que te las corte. Luego cierra las celosías para dejar el calor afuera. En la penumbra todo parece más fresco.
Florencio, cuando viene al campo, pone las chicharras en un frasco gordo y le hace agujeros en la tapa para que no se asfixien. Ellas baten con fuerza sus alas transparentes y comienzan a chillar. Para no aburrirme, ya que mis hermanos no vinieron, me escapo hacia el parque a jugar entre las tipas y miro el cielo. El sol es un globo naranja casi rojo; vienen nubes del oeste pero no se mueve ni una hoja. La casa está plantada en el rayo del sol. Si entorno los ojos, la veo oscilar como un barco en medio de un océano de pasto amarillento. Aprieto fuerte los párpados. Saltan estrellitas en el cielo oscuro de mis ojos cerrados. Los abro y me encandilo. La resolana aplasta contra el polvo las flores que aún resisten; la tierra es talco, como el que la abuela se pone entre los dedos de los pies después del baño de la noche; el polvo se pega a la ropa, a los marcos de las ventanas, a los zócalos, entra en la pajarera grande y no hay caso de quitarlo del piso de la galería. Si no llueve pronto…, dice el abuelo. Habla de catástrofes todo el tiempo: el gobierno es una calamidad, los precios de la leche son un desastre, la sequía nos arruinará la cosecha, y se fricciona las articulaciones para saber si hay cambio de tiempo. Después se rasca detrás de las orejas y ahuyenta las moscas que se vienen desde el tambo a cargosearnos. Mala señal, dice el abuelo, este calor… Mira hacia arriba y se vuelve demasiado serio. No me gusta nada, le dice a la Luli. Pero como él se lamenta de todo, nadie le lleva el apunte.
La Luli me explica que mamá salió como el abuelo, quejosa y malhumorada, y yo me río porque es cierto. Tiene su genio, la pobre, me dice y se tapa la cara para que no vea que ella también se ríe.
A la noche sale al parque y mira la luna. Cuando regresa me dice, Nena ayudame, y se persigna. Entro a la gata que se llama Hortensia, al perro que arrastra la pata y al canario. La Luli tapa con una lona la jaula en donde viven los tordos y la asegura contra la pared: le cruza una rienda que calza en dos ganchos gruesos. Ajustamos las celosías y trancamos las puertas.
El cielo comienza a ponerse negro, plomo. Baja presión y este calor…, dice el abuelo. El calor es tan pegajoso y espeso que puede tocarse. Espío por una hendija hasta que empieza el viento. Prendemos velas porque al campo aún no llegó la luz. Primero escucho una brisa fuerte que luego se hace feroz y comienza a rugir entre las tipas. ¡Es un tornado!, grita el abuelo. ¡Está buscando la salida, Pancho!, la Luli tiembla agarrada al aparador. Rezá, rezá fuerte, me dice y vuelve a persignarse.
Aún no calmó el viento y llegan las piedras. Repiquetean sobre el techo. Son tantas pero tantas que los tres nos llevamos las manos a la cabeza. Rezamos en voz alta cerca del marco de la puerta, ¡Que el viento no se lleve el techo!, chilla el abuelo. Rezá rezá, suplica pálida la Luli, ¡es la cola del diablo!
La abrazo. Las llamitas de las velas oscilan. No quiero llorar pero me sube un gusto feo hacia la boca. Eructo. La gata que se llama Hortensia araña la alfombra de cuero de la vaca que fue la preferida del abuelo; el perro que arrastra la pata aúlla y me hace llorar más fuerte.
[A la mañana temprano, Lina, Luisa te toma de la mano y salen a la galería. Miran con tristeza el campo. El espectáculo es desolador: los árboles amanecieron partidos. La ráfaga los agarró de lleno y los retorció hasta dejarlos hechos una piltrafa. Las ramas volaron por todas partes. Pancho se agarra la cabeza y dice que todos los males les llegaron juntos. Cientos de gajos cuelgan de los pocos árboles que quedaron en pie. El molino, detrás del chalet, se descabezó y el galpón se quedó sin chapas. Algunas se estrellaron contra la antena del teléfono. Los vidrios de las ventanas de la casa de tu tío, que vive por el largo sendero que lleva al tambo, amanecieron destrozados. Las sillas y la mesa de jardín de su galería se estamparon contra las aberturas; la caja de herramientas que dejó abierta está vacía: pinzas, tuercas y bulones, saltaron por el aire como papelitos. Ves a tu abuelo que pone los ojos en blanco, mira hacia arriba y hace un gesto con los dedos. Se va puteando, con la carretilla agarrada de ambas manos, a despejar el camino. Luisa te tapa los ojos y los oídos para que no veas sus gestos ni escuches sus palabrotas. Pero las escuchaste, y a la noche las repetís en silencio así no se te olvidan: se las vas a decir a tus hermanos cuando se burlen de vos. Luisa está convencida de que fueron sus rezos los que hicieron que el diablo escape, y que por eso las ramas no lograron agujerear las tejas. Pensás en el diablo y te da un escalofrío. Esas láminas que Luisa te muestra de un monstruo rodeado de fuego, con cuernos, cola y tridente, orejas en punta y barba triangular, se te aparecen en sueños y sentís sobre tu cuerpo el crepitar de las llamas, el olor a quemado que sale de vos, Lina, por tantos pecados cometidos, te susurra Luisa.]
—¿Cómo estará Lucrecia? —pregunta la Luli—. ¿Habrá sido fuerte la tormenta en el pueblo? Tengo que hablar con Anastasia.
Va hasta el comedor y marca el número de la tía mayor y ahí nos damos cuenta de que el teléfono está mudo. Entonces sale al parque y, con la mano sobre los ojos, mira si no viene el correntino para darle un recado y que lo lleve hasta el pueblo. Pero hoy no pasa nadie. Dice por lo bajo cosas que no entiendo y trae del galpón bolsas vacías. Los pájaros grandes, que duermen entre las tipas, se llaman chiflones y ahora están desparramados por el suelo. El pasto quedó regado de manchas blancas. Los chiflones, antes de volver a su refugio, van buscando bichitos en el alfalfar. El que va adelante es el vigía, y hace un ruido largo como un cacareo desafinado para que los demás lo sigan. Cuando llegan los chiflones sé que es hora de cenar aunque no se haya ido la luz. En el campo es así, dice la Luli, que no escucha mis rezongos, se aprovecha el día, se trabaja de sol a sol. Ahora abre la bolsa vacía y va juntando las manchas algodonosas desparramadas por el parque, el borde gris de las alas, los picos abiertos, las patas encogidas. Suspiro un poco mareada y empiezo a silbarle a los tordos para no mirar lo que la abuela está haciendo. Junta los chiflones y los mete ahí adentro. De reojo veo que cierra la bolsa con un nudo y la arrastra hacia el pozo en donde se tira la basura.
Y abre otra.

Sigo un poco mareada desde la tormenta y con ganas de llorar. La Luli me dice que agarre los cuadernos y dibuje mientras ella prepara mi comida preferida. ¿Sopa de letras? ¿Revuelto?, pregunta. Elijo sopa de letras con dados de pan tostados en manteca. El revuelto de huevo, queso y leche, me da un poco de asco. A veces la clara queda transparente y parece moco. Andá trayendo las cosas, me ordena, fideos, sal, orégano, pan, manteca, zanahoria, zapallitos y papas. ¿Querés rallarlos? Le digo que no porque me lastimo los dedos. Vení que te enseño. Pica las verduras y pone todo en el caldo. ¿Te acordás de la canción que te enseñé cuando eras chiquita? Se pone a tararear, Ralé ralé ralé para mi naré, y me hace circulitos sobre la palma de la mano.
Nos reímos.
Mañana, dice, vamos a buscar los huevos de la veteada. Te voy a mostrar dónde los esconde; será nuestro secreto, ¿eh? Y tenemos que ir pensando qué llevaremos a la feria del pueblo. Hay que engordar los pollos, regar la verdura, preparar manteca…. Voy a necesitar que me ayudes.
Sigue parloteando y yo inclino la cabeza en señal de que la escucho, aunque no lo hago. Me concentro en cortar los dados de pan y freírlos sin que me salte la manteca que chispea sobre la sartén. La sopa está lista. Rompe un huevo en el medio de cada plato y coloca encima el caldo. Con un huevo por día no habría desnutridos, me explica, y me parece que se pone triste. Elbia, mi otra abuela, cuando no quiero comer me dice que piense en los nenes de Biafra, esos negritos esqueléticos sentados en el suelo con la cara llena de moscas y de mocos. Y tengo que comerme todo lo que está en el plato. El huevo que me hace la Luli sí que me gusta y también los dados de pan que nadan en el caldo y que voy pescando de a uno. Crujen entre los dientes; hago ruido y la Luli no me reta. Ya se me pasó el mareo. Cuando entra el abuelo le cuenta que aún no tiene noticias de Lucrecia, y que mamá y las tías no se preocuparon por averiguar cómo estábamos, y que ni loca se va a ir a vivir a la ciudad.
—Leah estará ocupada —responde el abuelo—. Acordate de que se está mudando —se queda pensativo y agrega—. ¿Cómo querés que nos llamen si no anda el teléfono?
—Si quisieran averiguar se las ingeniarían —contesta la Luli, enojada.
El abuelo la mira sin entender, y yo me pregunto cuáles serían las otras maneras de averiguar, si el teléfono no funciona y el camino para llegar hasta el campo está hecho un pantano por el temporal.
La Luli junta los platos sucios y explica, como quien no quiere la cosa, que llevará sus productos a la feria. El abuelo se pone colorado, da la impresión de que los labios y los ojos se le quieren salir de la cara. Golpea el puño sobre la mesa. Salta la bandeja del pan, tambalean los platitos de postre y se escucha el hielo chocar contra el vidrio de los vasos. ¡Porca miseria! ¡Todo política! ¡No voy a permitirlo! ¡Propaganda de ése que se cree presidente!
Me asusto, el abuelo nunca se pone furioso. ¿Y si nos pega? Me quedo quietita en mi silla y ahí me acuerdo de lo que dijo el tío: que le tiene bronca al presidente de la comuna porque es su “adversario político”. No sé qué será esto, solo sé que la gente grande se pelea por cualquier cosa y muchas veces se desquitan con nosotros.
La Luli no se inmuta. Me mira:
—Hoy te toca lavar a vos.
El abuelo se levanta sin terminar el postre, resopla con una fuerza que parece que algo adentro se le rompe. Da un portazo y escucho que escupe en la galería.
—¡Vamos, vamos remolona! ¡No tenemos toda la noche!
La Luli hace como que no pasa nada y me acerca el banco gris; yo aún creo que puede volver y gritarnos de nuevo y miro hacia la puerta. La abuela me enseña a fregar los platos de a uno, a enjuagarlos para que salga todo el jabón. A los cuchillos hay que tomarlos desde el mango para no cortarse y deslizarlos bajo el agua sin apuro; los vasos se escurren boca abajo sobre el repasador. Meto las manos en el agua jabonosa y caliente que preparó en la olla grande. Escucho al abuelo resoplar en la galería. La Luli se va a arreglar los dormitorios y se lleva el sol de noche. De pronto, en la cocina, el día se corrió de lugar y todo queda en sombras. La llama de la lámpara a kerosene, que titila sobre la repisa, no alcanza para alumbrar. Me apuro. En el campo, a esta hora, hay tanto silencio que se me encoge el corazón. Miro de reojo las sombras que se alargan a mi espalda.
La Luli canturrea en las habitaciones. Hace lo mismo todas las noches: acomoda las almohadas, destiende la colcha, dobla en pico la sábana de arriba, prende la vela y coloca mis lápices y cuadernos sobre la mesa de luz: sabe que me gusta dibujar antes de dormirme.
El abuelo dice que sale una fortuna traer la luz al campo, que él se arregla bien con el sol de noche y la heladera a kerosene. Y a veces con el grupo electrógeno.
Corro a la habitación. Quiero prender las velas y ponerlas derechitas sobre el soporte de aluminio. La sombra de las velas se extienden alargadas sobre el suelo; paso el dedo sobre la llama. El que juega con fuego se mea en la cama, ojito. La Luli me cuenta que cuando yo tenía pocos meses dormía en un moisés. Mamá traía el mosquitero y lo colocaba por encima del soporte de madera. Pero una noche dejó muy cerca la vela encendida. A ella le agarró una intuición de golpe y fue a ver cómo dormía. El mosquitero se había prendido fuego. ¡Si no hubiera ido…!, y se agarra la cabeza con los dedos nudosos.
Mi camisón está doblado sobre la almohada. Me alcanza el cepillo para que me desenrede las trenzas. El que quiere celeste que le cueste, no rezongues, y me pregunta por centésima vez si no me las quiero cortar. Sería mucho más limpio y te quedaría precioso. Dejo de protestar y cambio de tema.
—¿Cuando vienen los primos?
Me dice que en carnaval.
—¿Cuánto falta para eso?
—Mucho.
Es aburrido pasar sola el carnaval en el campo, no hay a quién correr para tirarle bombazos. El año pasado, en la ciudad, me dieron un bombazo en la espalda y recién me había puesto la vacuna. La venda quedó hecha sopa y me dolió tanto que no me podía enderezar; quedé blanca como la luna, y mis hermanos en vez de burlarse me llevaron corriendo a casa. La vacuna se infectó y me pasé el carnaval encerrada.
—¿Puedo jugar mañana con agua?
—Sí, afuera.
Me tapa con la sábana y desliza la cobija sobre mi pecho; en el campo por más verano que sea refresca a la madrugada.
—Tenés la pelela bajo la cama. Cuando termines de dibujar apagá las velas.
Me da un beso sobre la frente y rezamos una oración al ángel de la guarda.
—Hoy no hay cuento, estoy cansada.
Entorna la puerta y se va por el pasillo sin hacer ruido.
Mañana, cuando me levante, la Luli ya habrá hecho la mitad del trabajo del día: darle el suplemento a los terneros, el suero a los chanchos y el maíz a las gallinas; sacar la primera horneada de pan calentito, enfrascar las conservas y refregar la ropa de trabajo con jabón blanco.
La ayudaré a regar. Cuando no me vea le apuntaré a la iguana que se llama Adelina y se esconde al costado del tanque australiano, entre esas plantas duras, las bromelias. En mitad del verano la iguana desaparece. Se cansa de que la corra de un lado para el otro.
—Lina, ¿no sabés nada vos de lo que pasó con la Adelina? No la encuentro por ninguna parte.
Yo me encojo de hombros pero el corazón me empieza a traquetear. Por unos días no riego las plantas. Cada año encuentro a la iguana más gorda, más larga, y en el mismo lugar.
—Es tenaz la iguana —dice la Luli.
¿Qué es ser tenaz?
La miro y me pregunto si mi abuela siempre ha sido vieja.
¿Ella es tenaz?
Casi nadie tiene teléfono en el campo. El tío hizo una instalación y levantó una antena más alta que los eucaliptos; esa antena mira hacia otra antena que está en el pueblo, en casa de la tía Lucrecia, y le manda la señal. Pero lo que se escucha cuando uno levanta el tubo son ruidos y en el fondo una vocecita que dice algo. Es la estática, dice la Luli. El teléfono se atiende por las noches. Es un aparato negro e inmenso, colgado en la pared; me subo al banco gris y lo alcanzo. De día el abuelo baja la campanilla para que no moleste. Aunque en verdad nunca suena.
Mamá llama los domingos. Las tías, cualquier otro día, y los demás, a la tardecita. Un día atiendo yo porque la chicharra no para de sonar. Te llama la estática, le digo a la Luli. Toma el tubo. Primero se queda callada, luego sube el tono. ¡Tu padre y yo nacimos en el campo y aquí nos vamos a quedar!, grita. Y después le echa en cara a la que llama, que resultó ser mi mamá, que no tuvo ninguna preocupación, ni siquiera por mí, ¡Por tu hija!, le dice ¡Pasó el tornado, nos destrozó el campo y casi nos morimos! Después cuelga y baja la chicharra. Me quedo pensando si estuvimos tan cerca de morir. Quizá el diablo nos había señalado y fueron nomás los rezos de la abuela los que lo espantaron.
De Cataluña vinieron los padres de la Luli con su único hijo varón. Las demás fueron mujeres y nacieron, una detrás de la otra, en un caserío al norte, en donde se establecieron. Su papá tocaba el violín y fabricaba ladrillos. Cuando vino la bonanza, me dice, pusieron el almacén. La verdad es que no nací en el campo, confiesa, cuando me casé con el Pancho nos vinimos para acá. No dice más nada, no le gusta mucho hablar del pasado. Le pregunto por qué Anastasia, la mujer que cuida a la tía mayor, es mi tía. Contesta, Porque lo es. Anastasia vive con la hermana de la Luli. A veces, cuando tiene quien la reemplace en el cuidado de la tía, se viene para el campo; si no puede, los abuelos van al pueblo. Pero no puedo saber bien de quién es hija. Se esconde de mamá y de las tías cuando están todas aquí. Es prudente, dice la Luli. Busco prudente en el diccionario: que denota prudencia. Busco prudencia: adecuar o modificar la conducta para no recibir o producir perjuicios. Sigo sin entender y no quiero preguntar, porque la Luli se molesta y me dice, ¿Qué te enseñan a vos en la escuela, eh?
El abuelo compra otro sol de noche para que podamos cenar en la galería. Y eso hacemos. Tapo la jaula del canario para que sepa que tiene que dormir; la grande, la de los tordos, se la dejo a la abuela. Miramos el parque y nos quedamos callados. Ya no vienen los chiflones. La Luli me dice que volverán, que ahora están asustados por lo que pasó, pero cuando los árboles larguen brotes nuevos, harán otra vez allí sus dormideros. Me pide que ponga sobre el sol de noche unas ramas de paraíso así engañamos a los bichos, se meten entre las hojas y no nos molestan mientras cenamos. Hoy el abuelo tuvo ganas de hacer un asado. Aún quedaba una tira de costilla del animal que carnearon. Me explica que la persona que planta un paraíso no ve su sombra, por eso él no plantó ninguno. Igual, los paraísos nacen guachos alrededor del campo. Tampoco se anima a sacarlos, manda al peón. Cuando vienen mis hermanos jugamos a que las bolitas son dardos venenosos y si te pegan, morís. Las flores forman ramitos, pequeños y olorosos como el jazmín, pero más dulces y suaves. La Luli los coloca en vasos petisos que desparrama por toda la casa. El abuelo dice que mañana saldrá con el aire comprimido a cazar loros. Que ese de la comuna, que se cree presidente, no mandó a nadie a liquidarlos, y que él los agarrará por su cuenta. Los desgraciados se están comiendo el maíz. Cuando traiga a los loros que cazó, si yo me animo a cortarles las patas, me dará una moneda por cada par. El abuelo sale a matar loros con la gata que se llama Hortensia y el perro que arrastra la pata. Cuando la abuela se va a la cocina para traer los duraznos al natural me dice, Los estoy entrenando como cazadores, hace un gesto con la mano y me los señala, vos chito, ni una palabra de esto. Sabe que la abuela no quiere que ande llevando a sus animales por ahí. Para las palomas compró un cebo en la veterinaria. Ojo con lo que hacés, dice la Luli cuando se sienta de nuevo a la mesa, si algo le pasa a mis bichos no te hago nunca más de comer. Yo me río y ella me mira seria. No me imagino al abuelo haciéndose de comer. Creo que ni siquiera sabe encender las hornallas. Para todo depende de la abuela. Me vuelvo a reír, y algo habrá visto porque me pide que abra la boca. Yo la abro. Me inspecciona diente por diente y me mueve el que está flojo. ¿No querés que te ponga una piolita y lo arrancamos? Le digo que no, que prefiero que se caiga solo. Lo que no le cuento es que mis compañeros me dicen lechita porque recién se me cayeron solo algunos y ya se me pasó la edad. Me pongo furiosa cuando me cargan, les saco la lengua y los escupo. Seré lechita, grito, pero no tengo esos agujeros asquerosos como ustedes.
Le pregunto al Pancho si mañana puedo ir a darles de comer a los terneros que destetaron; los más chiquitos me chupan los dedos porque creen que es la teta de la mamá. ¡No te ensucies con bosta! dice la Luli, mirá que aquí no hay lavarropas, ¡te pongo a fregar a vos!
Otra vez insiste en que abra la boca y sin preguntar nada me pega el tirón. Me saltan las lágrimas y un hilito de sangre cae sobre la mesa.
La Luli llora agarrada al respaldo del sillón. Cuando me ve se limpia rápido. Vení, sentate que tengo que decirte algo. Algo es que se murió la tía mayor. Las lágrimas se le escapan entre hipos ruidosos y se queda sin hablar. La abrazo. Hundo la cara en la tela de su batón. Huele a té de manzanilla y a yema de huevo. Me tranquiliza ese olor. A mí tampoco me salen las palabras, nunca antes se murió alguien que yo conozca. Quiero decirle que no esté triste, que le hago compañía… pero no puedo. La aprieto fuerte hasta que se va el nudo que no deja que se formen las palabras. Me revuelve el pelo en señal de que me entiende. Le agarro la mano. No me importa que sea nudosa y seca, es la mano más calentita del mundo. Se la doy vuelta y le hago sobre la palma, Ralé ralé para mi naré. Tiene los anteojos empañados y torcidos, las mejillas mojadas. Me animo y le paso los dedos para secársela. Se deja hacer y frunce los labios para no llorar. Ahora sonríe aunque no le sale muy bien. Sigue acariciando mi cabeza y me dice despacito, Te quedan lindas las trenzas.
A la tía Lucrecia la velan en su casa. Prepararon la sala y las vecinas ayudan a Anastasia a hacer la comida para poder pasar la noche en vela. No viene nadie de la familia, sólo el tío con la mujer y el bebé. La gente entra y sale, los hombres se sacan el sombrero, se les ve la raya en la frente que divide sus caras, coloradas por el sol, de la parte blanca que da contra el pelo. Las mujeres de esos hombres tienen las manos ásperas y llenas de grietas. Me corro de lugar cuando quieren hacerme una caricia. Anastasia coloca dos sillas enfrentadas porque no quiero quedarme sola en la habitación. Me acomodo allí y me duermo. Cuando abro los ojos, la Luli susurra algo entre dientes. Tiene el rosario entre las manos y lo hace girar cuenta por cuenta. Anastasia, al lado del cajón, limpia con un algodón la sangre desteñida que va desde la nariz hacia el cuello de la tía. Hay un olor fuerte y me dan ganas de vomitar. No llego al baño. Pero la Luli no me reta: me limpia la solera con su pañuelo blanco y húmedo. Cada persona que entra la saluda, le da un beso y le dice, La acompaño en el sentimiento. También llega la maestra con su hija. Desde el año pasado que no veo a Vera. La invito a jugar y miro a la Luli, me da permiso inclinando la cabeza. Salimos a la vereda, damos vueltas alrededor del árbol, una y otra vez. Vera transpira porque giró demasiado rápido. Volvemos a la sala y nos ponemos al lado de los ventiladores. El pelo se nos vuela hacia atrás. Ella se ríe fuerte. Después me da la mano, me hace agachar, y pasamos por debajo del cajón. Cuando volvemos a pasar, Vera se estira, golpea la cabeza en el cajón y lo hace tambalear. La maestra la saca de un tirón y la zamarrea. Me voy rápido al lado de la Luli y me quedo quieta.
—Nos vamos —dice la maestra—. Con esta no se puede ir a ningún lado —vuelve a zamarrear a Vera y se dirige a la abuela—. Después de las fiestas nos quedamos en la escuela… por si quiere mandarla a jugar —y me señala.
Llegan unos hombres de traje negro con una tapa alargada y lustrosa. Anastasia se acerca, se inclina y besa a la tía, le acomoda las flores en los pies y el tul alrededor de la cabeza. La Luli saca de la cartera un montón de papelitos y se los coloca debajo de las manos. Antes de que cierren el cajón me alza, me inclina sobre la tía, y me dice que la bese. Yo me paralizo pero no puedo hacer nada porque ya estoy sobre la muerta. Su cara es dura y fría. Me mareo y no me acuerdo más. Me despierto en el baño con la cara mojada. La canilla está abierta y las gotas del chorro me salpican. Conmigo está Anastasia, me seca rápido y dice, Vamos que se están yendo, nos van a dejar.
—¿A dónde vamos? —pregunto.
Hay una fila con muchos autos; nos metemos amontonadas en el auto del tío y su mujer, que también llevan al peón que llegó a última hora. El bebé llora.
—Tiene calor —dice la mujer, y le pone en la boca una mamadera con agua.
—Este es el cementerio —me explica Anastasia cuando estacionamos.
Me tiene agarrada fuerte de la mano. No se da cuenta de que me está haciendo doler. Miro para todos lados buscando a Vera. Se adelantan el tío, el abuelo y otros hombres, y bajan el cajón. En una casa chiquita que tiene un ángel pintado en el frente y las puertas abiertas, lo ponen sobre caballetes. Es una linda casita para jugar a las muñecas. Anastasia me suelta para hacer la señal de la cruz. Paseo por el cementerio. Hay muchas casitas diferentes pero parecidas, algunas rotas y llenas de yuyos, otras inmensas, podría vivir toda mi familia allí adentro. Sobre algunos tapialitos que aparecen desde la tierra hay fotos amarillentas y números. La gente que vino acompañando a la tía muerta se refugia bajo la sombra de los árboles. Están llenos de pájaros que empiezan a cantar todos a la vez.
—¡¿Dónde te metiste, nena?! —es la voz de Anastasia. Corro a su lado.
Veo una polvareda a lo lejos, luego un auto. Son mamá y papá que acaban de llegar. Se abrazan con la abuela.
Mamá le dice a la Luli por lo bajo:
—Como traés a la nena a todo esto.
—Todo esto es la muerte de Lucrecia, mi hermana.
[Cada noche después de esa noche, Lina, te despertás con la cara de la tía mayor sobre tu cara: te mira desde el cajón con los ojos abiertos; no hace ningún movimiento, sólo te mira y sigue tus pasos con su mirada. Intentás sacarla de tu cabeza contando las estrellitas que se esconden bajo tus párpados, pero una de esas estrellitas se empieza a agrandar y de pronto es un ojo abierto de la tía. El terror te hace gritar, y gritás tanto que llega Luisa y te sacude para que dejes de hacerlo. Se queda con vos hasta que te dormís de nuevo. Pero a la noche siguiente y a la otra, te vuelve a pasar, y escuchás que tu abuela habla por teléfono y se refiere a “los terrores nocturnos propios de la edad”. Quisieras decirle que sólo soñás con la muerta porque te obligó a besarla, pero aprendiste a callar, y eso es lo que hacés.]
A la tarde llega Anastasia. La trae el correntino de la provista. El correntino charla con el abuelo del tiempo y del precio de la leche. Anastasia se sienta en la galería junto a la abuela; saca de una bolsa de papel unas roscas dulces. Me convidan; comen calladas mientras se balancean en los sillones; de tanto en tanto espantan con las manos las moscas que dan vueltas sobre las roscas. El correntino toca bocina desde la tranquera y Anastasia se despide. El abuelo, antes de que se vaya, siempre le pregunta lo mismo, Cómo estás vos. Y ella le dice, Bien. La Luli trae jalea de membrillo, manteca, un pollo y verduras, y mete todo en una caja. Anastasia agradece y balbucea, Luisa acuérdese de mi dolor de cabeza. La Luli cura de palabra la bichadura (de humanos y animales), el mal de ojo (de humanos y animales), las quemaduras y el empacho. Me cura el asoleo cuando me escapo a la siesta sin la gorra. Para el empacho usa metros de cinta roja, para el asoleo un vaso con agua: lo pone sobre la cabeza y el agua del vaso empieza a hacer burbujas, Hierve, ya se te va a pasar. Conoce cada yuyo y para qué sirven. En vez de ir al médico, ella y el abuelo toman unos jugos que salen de esos yuyos. Para el catarro me pone cataplasmas y corta el hipo con la mirada.
Esta tarde le dijo a Anastasia, No es justo que pueda curar a todo el mundo y que no haya logrado aliviar a mi hermana.
Las otras hermanas de la Luli viven en una ciudad que queda lejos. Una está casada con el hermano del abuelo. Con esa no se hablan. Mamá dice que lo pretendía al abuelo y él la eligió a la Luli, entonces la otra para vengarse se casó con el hermano. Así fue como en la familia quedaron emparentados dos con dos. A la hermana que no le habla la abuela le manda igual naranjas y verdura. La hermana recibe todo pero sigue muda.
La Luli se sienta de nuevo en la galería al lado de la jaula de los tordos y los gatos comienzan a acercarse. Toman leche de unos potes de aluminio desparramados a lo largo de la pared. Gracias a mis gatos se acabaron las ratas, dice. La única que tiene nombre es la gata Hortensia, que me corre como si fuera un perro. Si no la dejo entrar maúlla cerquita de mi ventana. Salgo despacito, le abro la puerta y se esconde bajo mi cama. Es una gata rara, dice la Luli, se hizo amiga de estos. Y señala a los tordos, que son negros y malos; si abro la puertita de la jaula para darles huevo duro me picotean los brazos. El abuelo rezonga, Soltá esos bichos Luisa, no me gusta ver a los pájaros encerrados. Pero yo escuché cuando les silba bajito porque cree que no hay nadie a la vista. La Luli no le hace caso y sigue metiendo en la jaula los tordos que le atrapan los vecinos. Hortensia espanta a los otros gatos cuando la abuela deja que los tordos salgan un ratito de la jaula. Así aprenden lo que es la libertad, dice. Pero antes de soltarlos les corta las alas.
El abuelo me sacude: quiere que lo acompañe al tambo. Falta mucho para que salga el sol. La Luli no tiene ganas de ir desde lo que pasó con la tía mayor.
Hay tres banquitos apoyados contra la pared del tambo. Allí se sientan para ordeñar. Las vacas entran una detrás de la otra, como buenas alumnas. Si no alcanzan los banquitos para todos, dan vuelta un tacho. El abuelo les manea las patas de atrás; coloca sus colas, largas y sucias, entre las vueltas del lazo, Así no pueden moverlas hacia los costados, me explica.
La primera vez que quise ordeñar, me costó trabajo. Las ubres son duras, hay que estirar cada teta masajeándola por el medio, y ahí recién largan el chorro de leche, que no es un chorro, sino apenas un hilito blanco. Si se está práctico se ordeñan de a dos tetas por vez y el balde se llena pronto con una capa gruesa de espuma. La leche sale caliente y el abuelo me ofrece el primer vaso. Demoro en ordeñar; la vaca saca la cola de la manea y la levanta. No alcanzo a correrme. Decenas de lunares verdosos e irregulares me quedan sobre la remera, los pantalones, la cara. El abuelo me señala y se ríe a carcajadas.
Me vuelvo llorando al chalet. Parece que nunca llego y eso que corro y corro. Al lado del tambo vive el peón, y luego viene la casa del tío y su mujer, y mucho después la de los abuelos. Es una calle larga larga de tierra con paraísos a los costados. La Luli me ve y también quiere reírse, pero se contiene. Me da el jabón blanco y me indica que lo pase sobre cada lunar y que extienda la ropa sobre el pasto para que cuando salga el sol, se desmanche. Me enseña como hacerlo, se agacha y se le caen del bolsillo los porotos que hace días nos mostró el abuelo. ¿Para qué los habrá guardado? Los patea hacia el borde de la veredita con disimulo y caen rodando entre el pasto. Es difícil con la bosta, dice. Al otro día me hago la enferma. El abuelo saca el tema en el almuerzo y se ríe a carcajadas.
Me gusta jugar con los banquitos del tambo. Voy a la siesta por el camino largo, siguiendo la sombra de los paraísos. Si veo algún perro me desvío para que no ladre.

Me calzo las zapatillas aunque me transpiran los pies; si se llenan de tierra las uñas, la Luli se da cuenta y me pone en penitencia. Paso cerca de la casa del tío. Cuando llegué al campo había en su casa dos mujeres. Una tenía una panza inmensa y puntiaguda. En esa panza vivía un bebé que cuando salió se lo dejó a la otra mujer, a la del tío. El día del parto se fueron los tres volando al pueblo en el Renault 12, y volvieron también tres, pero uno era el bebé.
Ahora preparan el bautismo. Carnearán lechón, cordero, pollos y el abuelo dice que comprará vino Toro, su preferido. Para los chicos, jugo. También habrá torta de chocolate. La Luli quiere ponerle encima una pasta blanca y dura que se llama glacé. Le hará firuletes en los bordes, y sobre el glacé piensa colocar una paloma que se apoya en una estrella dorada de muchas puntas. La vio en una de las revistas que le trajimos y me la muestra.
El bebé tiene pelo hasta el borde de las cejas. El tío lo muestra con orgullo y pregunta a todo el mundo si se le parece.
Al final dejan el bautismo para más adelante, Hay demasiadas fiestas en el horizonte, dice el abuelo, y con el calor que hace nadie quiere venir al campo. Además los árboles tienen que reponerse de la catástrofe, opina la abuela. Mirá lo que es esto, y señala el parque con tristeza.
Para Navidad vamos a la casa del tío. Anastasia llega por la mañana. La Luli nos pide que la ayudemos a emborrachar el pavo. Le abre grande el pico y le echa dentro un vaso entero de coñac. El pavo aletea y se le escapa. Corremos a los gritos detrás del pavo hasta que se tropieza con la manguera que dejé sin enrollar cuando regué a la Adelina. Está mareado. Aprovechan las dos para agarrarlo. Lo llevan al lavadero y la Luli de un solo tirón le retuerce el pescuezo; el pavo queda con la lengua afuera y deja de aletear. Enrosca una tira alrededor de las patas y la pasa detrás de la canilla. Saca el cuchillo filoso y le da un tajo en el cogote: la cabeza del pavo queda colgando de un hilito. La sangre empieza a chorrear y Anastasia pone un frasco por debajo.
—Yo lo pelo, Luisa.
Trae una olla de agua hirviendo.
—Que no le queden canutos; si se te pasa alguno lo quemás en la hornalla.
La Luli prepara el relleno con pan mojado en leche, los menudos picados, ciruelas, nueces, pasas de uva. Riega el pavo con lo que quedó del coñac y lo pinta con la manteca que le ayudé a preparar. Corta el rabo y le pone una manzana verde entre las patas, como tapón, para que el relleno no se salga. Anastasia prepara puré de batata y ensaladas. El abuelo se rasca detrás de las orejas y controla el horno de barro donde se están cocinando los pandulces. La Luli me hace uno chiquito y sin frutas. A último momento Anastasia encuentra una barra de chocolate Águila, la pica sobre la tabla en pedacitos y coloca los trozos dentro de la masa. La ayudo a ponerla en un molde de papel enmantecado y me chupo los dedos. El abuelo me chifla. Voy a ver qué necesita. Me muestra los cinco loros que están sobre el piso de la galería. Si te animás te pago, y saca el cuchillo que lleva siempre debajo del cinto. Miro al primer loro mordisqueado por la gata Hortensia. Debajo de las plumitas verdes le sale un bulto oscuro. Parece que las patitas aún se mueven. Le digo al abuelo que la Luli me llama y empiezo a correr. Me escondo detrás del tanque australiano. Desde allí escucho las carcajadas del abuelo.
Estoy contenta. Pego saltitos alrededor de la abuela y de Anastasia, porque esta noche llega el Niño Dios. Me pongo la solera con rayitas de tres colores y las sandalias blancas. La Luli, el batón nuevo, y por debajo la polera de algodón. Aunque haga un calor de morirse ella no sale sin la polera debajo del batón. El abuelo se saca las bombachas de campo y le dice a la abuela que le alcance el pantalón de los casamientos y los velorios. Anastasia trajo la blusa de raso y me deja que le haga un peinado recogido con una hebilla de estrás que encontré en el fondo de la mesa de luz. Nos miramos y el abuelo dice, Qué lindas están mis mujeres. Vamos por el camino de los paraísos tratando de pisar el pasto y no la tierra. El abuelo alumbra con la linterna. Es noche sin luna y no se ve ni un metro hacia adelante. Las luces nos indican que la casa del tío está cerca. Una lechuza chista sobre el poste y pego un salto; bichitos de luz, como estrellitas, se mueven para todos lados y pasan por delante y por detrás de nosotros. La mano de Anastasia es calentita. Me pregunta qué me traerá el Niño Dios. Le cuento lo que pedí. Anastasia me señala cada una de las estrellas y me dice sus nombres. ¿Quién te los enseñó?, le pregunto.
En la casa del tío están el bebé y la mujer, el peón y su perra. El tío está chistoso, se agarra la barriga que se le sacude y le pregunta al peón quién preñó a la perra. La mujer lo mira, le hace un gesto que lo fulmina y señala, con la mano libre, las botellas vacías al lado de la puerta. El bebé llora sin parar, la perra se asusta y ladra. La mujer del tío lo hamaca, lo lleva en brazos de acá para allá, está despeinada, aún no tuvo tiempo de cambiarse. Da un portazo y se encierra en la pieza con el bebé que sigue llorando. La Luli va detrás de ella para curarlo del mal de ojo.
Anastasia y yo ponemos la mesa mientras los hombres charlan y toman el vino Toro que el abuelo había comprado para el bautismo.
Traemos el pavo y lo colocamos en el centro de la mesa. Anastasia prepara las ensaladas y después nos sentamos a esperar a las mujeres. La mujer del tío sale perfumada y la abuela con el bebé en brazos. El tío aplaude y se empina otro vasito. Saco la manzana que está entre las patas del pavo y el peón pide que le corte un pedazo de la pechuga. Hablan sobre el tema de la soja; el abuelo dice que estuvo investigando y que sería bueno probar en algunas hectáreas. La Luli parece que se encrespa, Siempre haciendo caso a las pavadas que te dicen los demás, vos. Pero el tío se pone del lado del abuelo: él se encargará de sembrarlas, que el progreso es el progreso. Anastasia trae los pandulces y la sidra y el peón abre la botella. Mi pandulce está muy rico, no tiene esas pasas negras que me dan asco. El abuelo me codea y me pone en el vaso un poco de sidra.
La Luli no habla. La cara se le arruga de golpe cuando brindan por los ausentes. Un montón de venitas rojas se le aparecen adentro de los ojos. Está aguantando para no llorar. La abrazo. Su batón nuevo huele a colonia y apresto. Tiembla. Anastasia se une al abrazo y nos largamos a llorar las tres.
El tío sintoniza un chamamé y pega unos sapucay. Pero la fiesta ya se arruinó. Quiere acercarnos al chalet con el auto para que no volvamos caminando. Le patina la lengua. El abuelo le dice, Andáte a dormir la mona, vos; el peón se ríe y sale con la perra hacia su casa.
Voy por delante; estoy impaciente por ver qué me trajo el Niño. El abuelo apunta hacia el frente el haz de luz de la linterna y por momentos, para embromarme, pone su mano frente al vidrio y quedamos a oscuras.
Por fin llegamos.
Abro la puerta.
¡La veo!
Es Roberta, ¡Roberta!
La saco de la caja, la miro, la toco, la beso.
¡Roberta!
Se la muestro a la Luli, a Anastasia. Salto, doy vueltas y más vueltas, me apoyo en las dos manos y levanto las piernas hacia arriba. Me río sin parar, abrazo a mi muñeca, fuerte, muy fuerte, y les digo que jamás de los jamases nos vamos a separar.
Nos sentamos en la galería, cerca de los gatos que duermen bajo la jaula de los tordos y al lado del perro que arrastra la pata. Al canario lo entramos antes de irnos. El abuelo se queja de que le duelen los tobillos, abre una sidra, convida a las mujeres y toma del pico lo que resta. Al rato cierra los ojos y apoya la cabeza en el respaldo de la silla. Empieza a hacer ruido; me acuerdo de las zzzz zzzzz zzzz que le salen a los dibujitos en las revistas que le traemos a la abuela. Tiene la boca abierta y algo le chorrea por el costado. La Luli dice, Siempre el mismo. La gata Hortensia se despereza. Sos mi empleada, le digo, vas a hacer lo que te ordeno, y la siento sobre una silla vacía.
La Luli le cuenta a Anastasia que tuvo un sueño: sabe que se va a morir y se lo explica a la enfermera que le está cambiando el suero. La enfermera responde, Pero doña Luisa, qué dice, piense en su marido, no querrá dejarlo solo. Solo no, dice ella, él también es viejo y ya es tiempo de que muera.
La Luli llama por teléfono a Anastasia. Escucho que le dice que no se preocupe por la casa, que nadie la va a sacar de allí. ¡Qué sucesión ni sucesión! Esa casa te corresponde, yo lo arreglo. Anastasia trabaja en la escuela del pueblo. Limpia los baños, ayuda en el comedor y a los alumnos con la tarea. Sos multiuso vos, le dice el abuelo. Anastasia es un poco más grande que mis tías, que el tío, que mamá; si está en el campo cuando ellas vienen, se va a la casa del peón a esperar que alguien la devuelva al pueblo. ¿De quién será hija? Le voy a pedir a Florencio que investigue, él siempre se las ingenia.
Mamá, papá y mis hermanos llegan de improviso después de año nuevo.
—¡Cómo no avisaron! —dice la Luli.
—Querían estar con la hermana, se ponen celosos —explica papá.
—Voy a matar un pollo.
—Estoy a dieta, para mí sólo ensalada —responde mamá, y agrega—. Sentáte y escuchá el plan que tenemos.
La Luli abraza a mis hermanos y los besa en la frente.
—¡Qué grandes están!
Saca el trapo que le cuelga del cinto del batón y empieza a fregar el auto de papá.
—¡Basta, que me lo raya! —grita papá.
Se da cuenta de que habló demasiado fuerte y baja el tono.
—Doña Luisa, mejor nos sentamos a tomar algo fresco. Aquí en la galería está perfecto —y acomoda las reposeras alrededor de la mesa de piedra.
Papá tiene asma, pero cuando llega al campo se le pasa; en cambio cuando va al campo de los otros abuelos, sus padres, le agarra más fuerte.
—¿Por qué será? —le pregunta a la Luli.
—¡Pará con el trapo! —se enoja mamá—. Sentate de una buena vez y escuchá.
—Sí, escuche doña Luisa.
Pero la abuela no se sienta, sigue parada al lado del auto.
—Estamos planeando hacer un viaje. A las Cataratas. Mis suegros, ustedes, los chicos. En dos autos.
La Luli se saca los lentes y se refriega los ojos. Se nota que la tomó de sorpresa.
—Voy a preparar una picadita —dice, y antes de que puedan detenerla se mete en la cocina. Corro detrás de ella para ayudarla. Saca de la despensa queso, salamines, aceitunas, lupines. En un santiamén armamos la picada y la llevamos a la galería. Me manda a buscar el pan que se dejó sobre la mesada.
—No se hubiera molestado, doña Luisa —dice papá, y agarra un pedazo de salamín. Con la boca llena cuenta que Elbia y Liborio, sus padres, están felices de que vayamos todos juntos a las Cataratas.
El abuelo llega del tambo. Lo sigue el perro que arrastra una pata. Lo primero que cuenta es que una vaca me bosteó cuando estaba ordeñando, que me dejó toda verde; me miran y se ríen.
Florencio me tironea de la remera. Jacintito nos sigue. Vamos hacia las tipas. Cada verano nos medimos. La muesca del año anterior casi no se ve. No fue profunda, dice Florencio; saca el cortaplumas que trajo escondido en el bolsillo del pantalón y cava en la corteza hasta que se ve la madera. Corta unas varas de cola de zorro. Me da algunas para que la abuela ponga en el florero de pie, a las otras les saca el penacho y les afila la punta. Me dice que pudo averiguar de quién es hija Anastasia, pero que no me lo va a contar porque soy un estómago resfriado. Me enojo, le ruego, me hago la buena…, pero no hay caso, no suelta la lengua.
Corro detrás de las pelusas blancas que se desprenden del penacho. Igual que los panaderos, vuelan entre las plantas, suben, bajan, cruzan el alambre, se posan en las bromelias. No logro alcanzarlas. Entonces soplo, soplo fuerte, para que se vayan muy alto y lleven mi pedido hasta los Reyes Magos.
Mamá sigue hablando mientras les saca el pellejo a los lupines.
—Vamos a ir a Cataratas en las vacaciones de invierno.
El abuelo la mira y afirma con la cabeza.
—Ya está organizado. Salimos el 9 de julio. Ustedes vayan juntando la plata, nomás.
Mis hermanos se quedan en el campo. Yo duermo ahora en la habitación con los abuelos. Tienen guardados varios catres de tela para cuando viene gente. A mí no me gusta dormir en el catre porque se hunde al medio. Protesto. Entonces me tiran un colchón en el suelo.
—¿Te fijaste que no haya alacranes? —pregunta mamá.
Me parece que algo se mete entre las sábanas y ya no quiero dormir en el suelo; me subo al catre. Aún veo los ojos abiertos de la tía muerta pero tengo menos miedo porque estoy acompañada.
En medio de la noche, la Luli se levanta y busca la pelela. Aún no pude dormirme. Miro la luna. Es grande y está llena de pozos. ¿Qué habrá dentro de esos pozos? Cuando era chiquita la María mala que trabaja en la casa de mi abuela Elbia me decía con voz gruesa, Laaaa luuuuna camiiiiiina cortiiiiiiinaaaa. Yo empezaba a temblar. Como ahora. ¿Si se aparecen los monstruos? Pueden ser transparentes y agarrarme de golpe sin que me de cuenta. Pueden ser de esos que atraviesan paredes y vidrios y puertas de metal.
Escucho algo como agua que chorrea. Me quedo quieta y me hago la dormida. La Luli está desnuda hacia abajo; tiene pelos allí donde yo no tengo nada; es muy flaca y el camisón le flota alrededor como una nube; el pis hace ruido como de burbujas. Empuja la pelela debajo de la cama. Me persigno. Rezo. Perdón Diosito, perdón, repito en mi cabeza, no tenía que mirar.
Cuando me levanto papá y mamá ya no están.
Los abuelos hablan en la cocina. No voy a ir, ¿por qué tengo que arruinar mis vacaciones con esa vieja?, dice la Luli. Nos invitaron, Luisa, y esa vieja es más joven que vos y además es nuestra consuegra. Será más joven, pero es mala como la sarna; mirá lo que hace con su propia hija, con esa pobre diabla de Trinidad. ¿Y eso qué tiene que ver?. ¿Quién atenderá el campo, a ver?, ¿quién va a ordeñar, a ver?, ¿y a cuidar los bichos?, ¿y mi quinta?, ¿eh?. Anastasia los va a cuidar, y el peón. No voy a ir, esa vieja es el diablo que anda suelto; acordáte del otro viaje: casi me llevó el viento porque se emperró en caminar por Río Gallegos; Dios me libre y me guarde. No podemos desairar a Elbia y a don Liborio, Luisa, ellos tuvieron la idea. La idea será de ellos pero la plata es nuestra. El viaje al sur no estuvo mal. ¡Fue un desastre! ¿Ya te olvidaste lo que pasó?. ¿Qué pasó?. Me tenía que agarrar de los postes, ¡acordáte!, los postes de las veredas; y no te rías, claro, a vos con esa panza no te lleva ni el tornado. Ni lo nombres, Luisa, ya sabés que lo que se nombra, llega; y no te encapriches, nos hará bien salir un poco. No con ellos. Luisa, vamos a ir, está decidido.
La Luli se levanta y corta la conversación. Pone huevos en una cacerola con agua hirviendo. Después busca tres potecitos de vidrio y cuenta cinco minutos; cuando están listos coloca cada huevo en un pote y le casca la punta. Me llama. Yo hago como que estaba lejos y no espiando detrás de la puerta, y me aparezco con Roberta.
—Lavate la cara, las manos y vení a comer.
Le hago caso. Siento a Roberta al lado mío. Con la cucharita termino de sacar la cáscara. El huevo es una montaña blanda y blanca; hundo la clara, luego el borde de la yema que asoma igual que gelatina amarilla.
Me quita el pote y me mira fijo.
—Con la comida no se juega. ¡Ya sabés que los chicos en Biafra se mueren de hambre! —y busca una de las revistas que trajimos y me señala al negrito—. ¿Ves? ¡Tenés que comerte hasta la cáscara!
¡Ella también con lo mismo!
Termino rápido el huevo. El horno no está para bollos, dice el abuelo, y agrega, Luisa no vamos a desairar a esa gente. Ya le dijimos que no al asunto de comprar la casa en la ciudad. ¡Quién la aguanta a tu hija si no vamos a las Cataratas!
—¡A la tuya, querrás decir! ¡Es igualita a vos! —y va hacia la sala a atender el teléfono.
Es mamá la que llama, pero la abuela corta y baja la chicharra.
Le cuento a la Luli que la culebra oscura me encontró. Dice que debe ser otra. Le digo que yo la conozco, que es la misma, y que me mira con esos ojos furiosos y amarillos y se me abalanza. No está en la cuneta junto a las flores lilas, sino en el patio entre las plantas, más o menos dónde se esconde la iguana, detrás de las bromelias. Es la siesta y los abuelos se fueron a dormir. Mis hermanos están en la casa del tío. Agarro la manguera y tiro agua. Aparece la culebra y me corre hasta la galería. Es rápida y gorda. Deja una huella en el suelo que parece baba. La gata Hortensia duerme debajo de la jaula de los tordos, se despierta, alza la cabeza, eriza los bigotes, pega un salto y me salva. La tiene apresada entre las patas. La culebra le tira un tarascón y la gata le clava las uñas. Cuando se cansa de molestarla la deja ir y la culebra desaparece rápido entre las plantas.

Salí sin permiso y por eso me corrió la culebra. La Luli dice que cuando hago una desobediencia es el diablo que se me entró al cuerpo. Me quedo quietita en el comedor para ver si el diablo se va. Busco mi carpeta y empiezo a dibujar; termino el dibujo y es ahí donde me viene la idea. En el primer cajón del aparador la Luli guarda el monedero.
A veces el abuelo me lleva al pueblo y cuando termina la recorrida de sus mandados, me compra un helado. Siempre es de un gusto y siempre me quedo con ganas. Abro el cajón con cuidado para que no haga ruido, saco unas cuantas monedas y vuelvo a guardar el monedero en su lugar. Sigo dibujando, después me canso y busco un libro. La Luli me tiene preparada una pila para que lea; dice que las mujeres debemos instruirnos. A la Luli le hubiese gustado estudiar, pero en su época no se usaba. Hasta peleó con el abuelo cuando las hijas fueron terminando la secundaria. Él no quería que se fuesen lejos; entonces la Luli dejó de hablarle, pero como para el abuelo eso era lo mejor que le podía pasar, también dejó de cocinarle, y fue allí cuando dio el brazo a torcer. Las mujeres tienen que buscar otros horizontes, me dice la Luli mientras conversamos, los libros no muerden. Y los da vuelta de arriba y de abajo para que vea que no tienen dientes.
[En una valija de cuero, vieja y grande, que está sobre el ropero, Luisa guarda fotos de gente de antes, que murió hace tiempo. Son los parientes que quedaron en España. Te cuenta a vos, Lina, y a tus hermanos, de los antepasados, y que hay que respetarlos. Ustedes miran las fotos pero les parecen extrañas: mujeres de cara alargada con vestidos largos y negros, bebotes gordos panza abajo sobre una tela con festones, varones altos y flacos, de bigotitos y trajes que parecen de cartón, con los puños blancos que se les aparecen por debajo de las mangas del saco. Luisa pasa una gamuza sobre cada foto y empieza a nombrarlos. Hay una diferente al resto, ovalada; alguien le fabricó un portarretrato de cartón. Preguntás quién es y Luisa responde que es el hermano menor de su papá, su tío, y que ya murió. Cuando llueve ustedes le piden que baje la valija. Además de las fotos hay tarjetas, invitaciones a casamientos, calendarios antiguos, cartas borrosas en sobres arrugados, guantes de seda y otros de cuero, tan duros, que no se enderezan ni siquiera cuando vos, Lina, intentás meter los dedos para colocártelos; hay flores secas entre las hojas biblia de un libro de misa, telegramas, un rosario, el sombrero de su boda, y una pila de recortes de diarios y revistas con frases mal escritas y corregidas encima. En la familia todos saben que Luisa tiene la manía de corregir los errores ortográficos y sintácticos. Corrige hasta letreros y carteles. A la dueña de la tienda de La Constancia le corrigió un cartel que decía: “Utilice la puerta para abrir de lo posible volver a arrimarla”; lo sustituyó por otro que ella escribió: UTILICE LA PUERTA PARA ABRIR Y LUEGO VUELVA A ARRIMARLA. Y le dice a la dueña que se fije bien pues está embruteciendo al que lee. En la heladería hizo bajar otro cartel que rezaba: “Limón con ceresas” para que le pongan la Z en vez de la S. En la casa corrige a todos, hasta a su marido que se ofusca y le grita. Pero ella insiste en que diga brote y no broto, aunque a él no le sale.
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