Read the book: «Watson & Cía. Código V»

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Agradecimientos:


A Nicolás Colombo, investigador de la ciudad oculta que prestó su nombre y apellido. A Sergio Ricaldoni, nieto del genio de Tebaldo Ricaldoni.

Para los pequeños lectores de Watson: Lorenzo Martínez Antenao, Morena Balleto, Michal Broczkowski, Lola Rambaldo, Fabrizio Costanzi, Benjamín Berdini, Amparo Muñoz y muchos otros que me escribieron preguntando por una segunda parte.

A mis hijos Ulises y Aldana, en quienes están inspirados los personajes, sin los cuales no hubiera podido salir ileso de las trampas que surgieron en esta aventura.

A Sergio Sandoval, o tío Watson, que siempre está aportando su ingenio en el diseño.

Y finalmente a Amira Villarreal, mi Watson en esta historia.


INTRODUCCIÓN


Leyendas urbanas

Pareciera que fue ayer cuando descubrimos que nuestro vecino era un vampiro; el carnicero del pueblo, un hombre lobo trabajando de incógnito para el servicio secreto del Reino Unido, y que debajo de Oriente, nuestro pueblo, existía una intrincada red de cavernas que conducía a un mundo completamente distinto del nuestro, habitado por seres fantásticos, de esos que aprendimos a conocer en libros o bestiarios de la mitología.

Pareciera que fue ayer que nuestro trabajo escolar de verano transformó nuestra vida y la forma en que veíamos al mundo.

En marzo, cuando comenzaron las clases nuevamente, solo pudimos publicar parte de los acontecimientos vividos. Como recordarán, todo comenzó como un trabajo escolar de verano, que consistía en crear un emprendimiento, y nosotros elegimos abrir una agencia de detectives.

La guía de nuestro abuelo, policía retirado, resultó indispensable. Él nos enseñó a observar e implementar el método deductivo de investigación. El resultado: descubrimos que nuestro vecino de toda la vida, don Vandeschu, era un traficante de obras de arte.

Aquella fue la primera parte de nuestro informe escolar. Pero por la magnitud de los acontecimientos, lo realmente fantástico o importante de lo vivido, no pudimos darlo a conocer, por lo que decidimos archivarlo con la esperanza de que algún día pudiera ver la luz. De haber contado los hechos tal y como sucedieron, nos habrían arrastrado indefectiblemente hacia un manicomio y hubiésemos sido considerados “los locos del pueblo” por el resto de nuestra vida.

Nuestro trabajo no terminó en el verano. Junto a Ágatha, mi hermana mayor y socia de Watson & Cía., decidimos continuar investigando. Mirar hacia otro lado cada vez que una misteriosa y errática esfera de luz atraviesa la noche o cerrar los ojos con fuerza cuando una sombra se desplaza con vida propia por una habitación, no es una opción para los hermanos Watson.

Lo improbable y lo fantástico se convirtieron, desde entonces, en parte de nuestra vida. Y en este punto, comienza una nueva etapa de Watson & Cía.

Como recordarán, semanas después de destruir la base submarina y de que don Vandeschu se convirtiera en un mal recuerdo, recibimos una carta que el abuelo nos envió desde Río de Janeiro. En ella nos alertaba acerca de que el temible nosferatu rondaba la ciudad carioca, y nos pedía estar preparados en caso de necesitar nuestra ayuda.

Como si se tratara de una llave o un conjuro, la carta del abuelo despertó un gran número de avistamientos de extrañas criaturas y apariciones paranormales en el resto de la provincia de Buenos Aires.

Capítulo uno


S.O.S.
desde la ciudad de los brujos

Estábamos estudiando unos informes sobre unas “criaturas sombras” vistas en el Cementerio de la Recoleta, en la ciudad de Buenos Aires, mientras la Luna llena, blanca y sorprendentemente brillante, nos espiaba a través de la ventana. Habían pasado unos minutos de la medianoche cuando, de pronto, el macabro tono de llamada del WhatsApp de Ágatha retumbó en la habitación: “Tam tam tann”.

–¡Me vas a matar de un susto con esa tonada del demonio! –le grité a mi hermana.

Ágatha sabía bien cuánto odiaba y me aterraba esa melodía, pero a pesar de mis ruegos para que la cambiara, seguía sonando en su teléfono celular.

La pantalla del teléfono se iluminó mostrando la característica 221, correspondiente a la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires.

–Es Luana. Dice que entremos urgente a su canal de YouTube –me notificó Ágatha.

Luana era amiga de mi hermana, un año mayor que ella, y junto a dos amigos, Uriel y Caetano, tenían el canal Urbex. En la serie “No apagues la luz” investigaban casas abandonadas y lugares extraños.

Nuestros youtubers tenían cierta predilección por los antiguos palacetes de frentes decorados con bajorrelieves y figuras ornamentales, de esos que abundan en nuestra ciudad, de corte europeo.


La primera parte del video mostraba lo habitual: las presentaciones de cada uno de los integrantes y una breve historia sobre la casa elegida. En esta ocasión, se trataba de una edificación enorme de varias plantas. Ya encendidas las cámaras, ingresaron al salón principal y, al igual que un laberinto mitológico, el recibidor se abría a muchas habitaciones y pasillos que se esfumaban en la oscuridad. Caetano iba al frente del grupo y avanzaba con pisada sigilosa hacia una pequeña puerta disimulada debajo del descanso de la escalera principal.

–Sin dudas, es la entrada al sótano –dijo Caetano susurrándole al micrófono mientras abría la puerta con suavidad.

La luz de la cámara iluminó el recorrido. Los escalones descendían hasta desaparecer en la negrura.

–Veo un leve resplandor al final de la escalera –murmuró Caetano, apenas con un perceptible hilo de voz...

Luana y Uriel, que lo escoltaban un par de metros atrás, se detuvieron abruptamente ante el comentario. Caetano giró haciendo señas para que se acercaran en silencio.

Ágatha y yo estábamos expectantes, conteniendo el aliento, como si nos encontrásemos ahí, junto a ellos, a pesar de saber que en este formato de programas las escenas se exageran y, hasta cierto punto, se teatralizan, para crear tensión y así generar mayor audiencia. Pero la realidad es que en la mayoría de las incursiones, por no decir en todas, nunca sucedía nada realmente extraordinario.

Caetano comenzó a descender lentamente. Luana y Uriel permanecieron inmóviles.

Al final del recorrido, sobre el rellano de la escalera, la cámara captó el confuso movimiento de unas sombras zigzagueantes que se retorcían y giraban con asombrosa rapidez, como si se tratara de una danza macabra.

Los tres sabían sobre los riesgos que corrían al entrar a una casa abandonada. Existe el peligro de derrumbes, ya que se trata de casas viejas y sin mantenimiento, o de encontrarse de personas deshonestas que aprovechan la posibilidad de albergue que brinda una casa sin dueño. Muchos delincuentes o gente del submundo las eligen como refugio. Por eso, antes de ingresar a cualquier lugar, nuestros amigos realizaban un estudio minucioso del edificio. Solo entraban si consideraban que el lugar era cien por ciento seguro. Pero podían equivocarse…

–Escucho tambores, voy a bajar unos escalones más –dijo Caetano susurrando nuevamente al micrófono.

Paralizados ante la inesperada decisión, Luana y Uriel intentaron detenerlo utilizando un procedimiento ensayado para casos de peligro, pero su amigo lo estaba ignorando por completo.

–Caetano, el perro a la cucha… El perro a la cucha, el lugar no es seguro. ¡Sube inmediatamente! –ordenó una inquieta Luana a través el micrófono.

En las profundidades, la luz de la cámara de Caetano se desvaneció, solo algún sonido devolvía algún rastro de él.

–Es una especie de ritual –balbuceó mientras sus palabras se mezclaban con el ritmo acompasado de los tambores que ahora se escuchaban con nitidez.


–¡Caetano…! Estás violando las normas de seguridad, si hay personas nos vamos… –se desesperó Uriel–. Regresa, fin del programa –insistió.

El micrófono de Caetano se enmudeció durante algunos minutos, mientras la cámara de Luana mostraba cómo un aterrado Uriel se alejaba de su lado, hacia la puerta que comunicaba con el sótano. Apenas la abrió, se encontró con el rostro pálido y desencajado por el miedo, de Caetano.

–Salga-a-a-mos de este... lu-lugar –balbuceó, intentando inútilmente dominar sus emociones.

Uriel, sin dudarlo, lo tomó del brazo. La cámara apuntaba ahora hacia un costado. Con tanto movimiento se hacía difícil distinguir algo, solo se escuchaban los gritos de Luana pidiendo salir cuanto antes entre estruendosos pasos.

Esa fue la última transmisión de “No apagues la luz”.


Capítulo dos


El primer encuentro con un hombre sombra

Apenas terminó el video, intentamos comunicarnos con ellos, pero nos fue imposible, no respondían a los llamados. Al fin, recibimos un escueto mensaje de texto de Luana:

Los necesitamos, ¿pueden viajar?

Tardamos un par de días en prepararnos y además debíamos convencer a nuestros padres para que nos permitieran viajar. Pero no perdimos el tiempo, aprovechamos cada instante previo al viaje para analizar una y otra vez el video.

Lo habíamos descargado en nuestra computadora portátil y fue una decisión acertada, ya que el video fue borrado horas después.

Fue un arduo trabajo analizarlo cuadro por cuadro, pero el esfuerzo rindió sus frutos. Un brillo de triunfo resplandeció en los ojos de Ágatha. Segundos antes del final de la película, se detuvo en una imagen. Una silueta oscura surgía sobre el margen derecho de la pantalla; era más bien una sombra que se recortaba en un haz de luz proveniente, seguramente, de la cámara. Pero se podía observar, apenas perceptible, un rostro pálido que sonreía...


–Creo que se trata de la cara de una muñeca antigua –exclamé asombrado por el descubrimiento de Ágatha, ya que por lo general la tecnología es mi territorio.

–A menos que la muñeca pueda caminar… Segundos antes, cuando Caetano descendió por las escaleras, el lugar se encontraba limpio –dijo Ágatha señalando la captura de pantalla del mismo sector en distintos tiempos.

Una semana después de recibir el mensaje de Luana, arribamos a la terminal de ómnibus de la ciudad de La Plata. La humedad y el frío se hacían sentir.

–Lindo clima para unas vacaciones –bromeé mientras me subía el cuello de la campera.

–Espero que no sea nada tan serio y podamos disfrutar de la ciudad, siempre quise recorrerla –respondió Ágatha–. Solo tengo un vago recuerdo de cuando la visitamos con la escuela, hace años.

–¿Sabías que algunas personas la llaman “la ciudad de los brujos” por la gran cantidad de elementos esotéricos escondidos en su arquitectura? Y, hasta donde sé, una maldición pesa sobre ella –dije demostrando que había hecho mis deberes.

Luana y Uriel nos esperaban en una de las dársenas de la terminal de ómnibus.

Dos años habían pasado desde que se fueron de Oriente para estudiar en la Universidad de La Plata. Eran unos de los pocos amigos que conservábamos fuera del pueblo y que conocían nuestra historia completa; su afinidad por lo oculto nos mantenía en estrecho contacto.

A pesar de la alegría del encuentro, sus rostros demostraban cansancio y sufrimiento. Caetano no vino a recibirnos, hacía días que no salía de su habitación. A pesar de ser el más valiente del grupo, ahora se negaba a salir y dormía con la luz encendida.

Después de recordar viejos tiempos, nos sentamos en ronda, conectamos nuestro grabador para no perder detalle y Luana comenzó su relato sobre lo sucedido aquella noche.

–No sé por qué razón estaba inquieta, el clima en el lugar no era diferente del de otras casas que hemos investigado –comenzó, frotándose las manos–. Le transmití mi inquietud a Caetano, pero sabes cómo es, nunca acepta advertencias, siempre quiere ir por más.

Ágatha asintió tomando sus manos.

–Apenas habíamos avanzado unos metros en el interior, cuando sentí que una brisa de aire frío nos envolvía y pude escuchar, a lo lejos, una risita suave.

–En el video no se oye nada –dije y tomé nota del hecho.

–Pero fue así, Ulises. Ambos la escuchamos. ¿No es así, Uriel? –le preguntó Luana a su amigo, que asintió en silencio–. Quedé paralizada –continuó Luana dirigiendo una mirada al vacío, como si estuviera reviviendo el momento–. Y vi que Caetano desaparecía por una puerta por la que se descendía al sótano.

Luego escuchamos el relato de Uriel; siempre es bueno tener dos puntos de vista sobre los sucesos. Uriel se acomodó como si estuviera tomando coraje para enfrentar nuevamente el peligro.

–Estaba molesto porque Caetano no respondía a mis llamados, por eso me dirigí a la puerta del sótano. No pude ver qué era lo que había escaleras abajo; apenas me asomé, choqué con él y me dio un susto terrible –dijo hablando deprisa–. Luego sentí que algo, o alguien, se acercaba, era como un lejano golpe de martillo… “¡Tam Tam!”. Con cada golpe esa cosa se acercaba más y más. Luego, algo me rozó, fue como una sensación de chocar con aire caliente. Como cuando abrimos un horno con rapidez y el calor escapa con fuerza.

–Bueno, alguien dejó encendido el aire acondicionado frío-calor, la cuenta de luz será terrible… –dije con una sonrisa, creyendo ser gracioso. Pero a Luana no le hizo gracia mi comentario y me miró molesta.

–Siempre bromea cuando está nervioso, es su forma de asimilar los hechos –me defendió oportunamente Ágatha.


–Y también estaba ese perfume –continuó Uriel, que seguía como en trance, describiendo los hechos ahora con los ojos cerrados como para concentrarse mejor.

–¿Perfume? –preguntó Ágatha extrañada.

–Sí, una fragancia floral muy fuerte, como la de las florerías del cementerio –respondió Uriel–. Solo puedo agregar que sujeté a Caetano por el brazo, intentando llevarlo fuera de la casa, pero algo tiraba de él en sentido contrario, me costó mucho arrancarlo del borde de la escalera. Pensé que se había atorado, pero al mirar sobre su hombro vi la sombra de un hombre, pero a nadie que la proyectara. Entonces, Luana nos iluminó con su linterna y, al igual que un vampiro cuando recibe la luz del sol, la figura retrocedió y se volvió a las profundidades de la casa.

–Este detalle es para tener en cuenta –observó Ágatha, recordando cómo la luz del sol ahuyenta a algunos seres de la oscuridad.

Tres días después de nuestra llegada, Caetano comenzó a mejorar, ya podía hablar sin castañetear los dientes y nos acompañaba en nuestros pequeños recorridos por la ciudad. Muchas veces, mientras caminábamos, se paraba de pronto mientras su mirada se fijaba en un punto, como si alguien le hablara y él le prestara atención. A veces teníamos que sacudirlo para que saliera del trance; otras, volvía por sí mismo, como si alguien presionara un interruptor.

Teníamos un misterio y debíamos resolverlo, y para ello era necesario trazar un plan de acción. Pero antes teníamos que ayudar a nuestro amigo, estaba claro que no podía continuar de esa manera y se lo expresé a mi hermana en privado:

–Ágatha, si bien Caetano va mejorando, todavía duerme con la luz prendida. Si solo se trató de un susto y el asunto no tiene nada de sobrenatural, ¿no deberíamos primero consultar a un médico?

–¿Dices que debería ir a un psiquiatra? –me preguntó Ágatha–. ¿Y el rostro del hombre sobre la pared, los tambores y la risita que escucharon? ¿Acaso fue una alucinación colectiva?

–Era solo una conjetura. No debemos descartar nada. Pero ¿y si solo se trató de un simple susto o se encuentran sugestionados? –insistí.

–Entonces debemos prepararnos e ir a esa casa y ver qué encontramos. Pero solo nosotros, no creo que nuestros amigos se encuentren en condiciones como para poder ayudarnos.


Capítulo tres


El último, que apague la luz

La vida continuaba. Uriel y Luana se preparaban para rendir algunos exámenes en la facultad. Caetano, salvo por nuestros pequeños paseos, seguía sin salir de su habitación y siempre con la luz encendida.

Con Ágatha aprovechamos una hermosa noche de Luna llena para realizar un trabajo de campo. Preparamos un equipo básico para nuestra primera misión: bolsas para recolectar muestras, una cámara de fotos, dos linternas tipo vincha, algunos metros de soga, unas pequeñas bombas de estruendo que funcionaban a su vez como bengalas, por si fuera necesario pedir auxilio, gas pimienta en caso de que se tratase de una persona real y no de un ser sobrenatural, y un artilugio que preparé modificando un flash de una vieja cámara de fotos, a pedido de Ágatha.

–Está listo y funcionando –exclamé en el estado de euforia e intranquilidad que siempre me invadía en situaciones parecidas.

El edificio era un enorme caserón de estilo francés, en el que no quedaban restos de pintura en la fachada, pero que conservaba los ornamentos intactos, aunque algo manchados por verdín, lo que le otorgaba al conjunto un aspecto un tanto siniestro. Desde las alturas, frente al umbral de ingreso, nos daba la bienvenida la cara de un enorme sátiro, que nos sacaba burlonamente la lengua.

–La puerta todavía se encuentra abierta –dije empujándola con suavidad–. Al parecer, desde aquella noche nadie ha entrado.

–El suelo mantiene el rastro de sus pisadas –observó Ágatha–. Esta vez no hace falta que te subas a mis espaldas –bromeó mientras hacía una reverencia, dándome a entender que debía ir por delante.

–El piso es de madera, si hay alguien en el sótano ya está enterado de nuestra intrusión –comenté al escuchar que la madera crujía bajo nuestros pies.


–Si solo ha sido sugestión, no tenemos por qué preocuparnos, y si todo fue real, lo sabremos en unos minutos –dijo acomodando la intensidad de la luz de la linterna.

–Vamos, hermana, que comience la acción.

Mantuvimos distancia uno del otro, la suficiente como para no ser emboscados y la justa como para poder prestarnos ayuda en forma inmediata.

–¿Todo bien, Ulises? –La pregunta de Ágatha sonó fuerte y clara en el audífono.

–Sin novedad. La escalera llega hasta un descanso, al parecer continúa unos metros más –respondí mientras seguía avanzando con cautela.

Luego de unos minutos que parecieron eternos, nos encontrábamos en el sótano. La construcción era más antigua de lo que parecía. El techo era abovedado y no muy alto. Las paredes, algo estropeadas por el paso del tiempo, contenían cientos de grafitis brillantes.

–Al parecer, fue, o es, el refugio de alguna tribu urbana –deduje iluminando el muro más cercano.

Ágatha asintió, señalando una pared en particular por el grado de detalles que contenía el dibujo. Como una moderna pintura rupestre, la escena representaba a un grupo de personas danzando alrededor de un hombre vestido de negro, con galera, bastón y cara de calavera. Tomé varias fotos.

–Esto es muy interesante, se parecen a las pinturas mexicanas que celebran el día de los muertos –agregó Ágatha.

–Observa, hermana: los grafitis respetan una secuencia, como si se tratara de un cómic –dije, emocionado por el descubrimiento.

Pero esa no era la primera. Hacia un costado, en otra pared, podíamos ver una secuencia que marcaba el inicio de la historia a través de un recorrido de imágenes similares. En una reconocimos la silueta de la antigua casona recortada bajo una enorme Luna llena y a nuestros tres amigos frente a sus puertas.

–¡Imposible! –exclamamos al unísono viendo la imagen de Luana, Uriel y Caetano en el gran salón de entrada. Y luego vimos a Caetano dirigiéndose escaleras abajo, la escena que precedió al ritual que tanto pavor le provocó.

La historia continuaba en otra habitación, que se encontraba atravesando un pequeño arco. Ahora veíamos a nuestros amigos intentando huir, mientras una mano espectral aferraba a Caetano. Ambos observábamos incrédulos, al tiempo que seguíamos avanzando al ritmo de la secuencia de imágenes.

–Es de no creer –dije con un suspiro, mientras Ágatha buscaba, en medio de una multitud de grafitis, la siguiente secuencia.

–Es por acá –anunció de pronto, mirando una imagen que surgía de una enorme pintura fluorescente.

Ahora se veían dos figuras fácilmente reconocibles: se trataba de las siluetas de Luana y Uriel.

–Quien las haya pintado es un gran artista, el parecido es asombroso.

Uriel tiraba con fuerza del brazo de su amigo, intentando arrastrarlo hacia la salida. En la siguiente sucesión de cuadros vimos cómo Luana dirigía el haz de luz de su linterna sobre el “hombre sombra”. La última escena representaba la fuga de la veloz criatura hacia la protección de la oscuridad del sótano.

–Uriel tenía razón. Algo mantenía amarrado a nuestro amigo –dije sin darme cuenta de que ese “algo” todavía podía estar en el lugar.

Una mancha negra representaba el final del relato.


–¿Eso es todo? ¿Así termina la historia? –pregunté mirando confundido a Ágatha.

Pero apenas terminé la frase, el grafiti comenzó a transformarse ante nuestros ojos. Lo colores empezaron a mezclarse y a fusionarse en un remolino multicolor.

–¿Esto está sucediendo realmente? –cuestionó Ágatha, absorta, sin poder despegar sus ojos del muro.

El caos de colores se fue acomodando y cobrando sentido. Ahora veíamos de nuevo la imagen de la casona, como la primera que vimos, solo que eran dos las siluetas que se veían frente a las puertas del edificio. La siguiente secuencia de esta nueva historia que se iba dibujando se encontraba en la habitación contigua. A esta se sumaba una nueva imagen y otra y otra más. Cada nuevo grafiti nos internaba más hacia el interior del sótano.

–Ágatha… Ágatha, parece que llegué al final –dije emocionado, como si estuviera leyendo nuestras propias aventuras–. Salimos bastante parecidos, aunque no soy tan bajo, ¿o sí? –pregunté mientras examinaba la pintura de cerca.

Ágatha no respondió. Miraba el dibujo que representaba una puerta cerrándose con fuerza.

De pronto retumbó un estampido por toda la casa.

–¡¿Qué fue eso?! –grité asustado, mirando en la dirección por la que habíamos venido. Un sudor helado recorrió mi espalda al ver cuán lejos nos encontrábamos de la salida.

–Esto no puede estar pasando, se supone que estábamos solos –dijo Ágatha con voz apagada, señalando la última imagen: en una habitación oscura los intrusos observaban la última pintura de un mural. Detrás de ellos, una figura de ropajes negros y ojos vacíos extendía los brazos en actitud amenazante.


Pasaron unos segundos que parecieron horas hasta que Ágatha, saliendo del estupor, gritó:

–¡El último, que apague la luz!

Era nuestra señal en caso de emergencia para huir sin hacer preguntas.

Pero era imposible hacerlo por donde habíamos venido. Si la imagen y el estruendo correspondían a la puerta cerrada del sótano, debíamos encontrar una salida alternativa.

–¡Hacia el fondo! –gritó Ágatha, pero era tarde. Una figura oscura, con un rostro antiguo surcado por arrugas, surgió de la oscuridad y se abalanzó sobre nosotros.

Una mano esquelética se cerró como una garra de acero sobre el cuello de la campera de mi hermana. Ella colgaba a unos centímetros del suelo, mientras el cordón de la capucha la estaba asfixiando.


Usando el cuerpo de mi hermana como escudo, logré esquivar la otra mano. No fue muy heroico, pero esa maniobra me permitió escabullirme y poder tirar del cierre de la campera de Ágatha que, a pesar de estar medio aturdida, con un ágil movimiento se deslizó fuera de su abrigo. La criatura permaneció unos minutos inmóvil, viendo cómo la prenda colgaba vacía de su mano.

–¡Corra… corra… mos! –llegó a decir Ágatha, mientras tosía y se masajeaba el cuello.

No tuvo que repetírmelo. Ayudándola a ponerse de pie, la tomé del brazo y comenzamos a correr.

–¿Qué era eso? –pregunté sin mirar hacia atrás.

–Creo que un zombi; solo los he visto en películas, pero estoy convencida, porque sus ojos eran blancos y sin vida. Qué estúpidos hemos sido, hermanito, dejarnos sorprender de esta manera. Espero que el sótano sea lo bastante grande –agregó recuperando de a poco la voz.

–Saldremos de esta, debe de haber una salida, una casa de estas dimensiones siempre cuenta con una salida posterior –arriesgué intentando no perder por completo las esperanzas. Ya habíamos pasado por situaciones parecidas con seres mucho más aterradores que un zombi.

–Salida posterior, sí, pero estamos en el sótano –respondió Ágatha sin dejar de correr.

–¡El techo, mira! ¡El techo es un tubo de calefacción! –grité emocionado, como si fuera el descubrimiento del siglo–. Estas casas se calefaccionaban con calderas a carbón. ¿Te son familiares?

Un caño oscuro y algo podrido nos marcaba el trayecto a seguir. Pronto nos topamos con la caldera y, a un costado, el tan anhelado túnel por donde bajaban el carbón que la alimentaba. Miramos hacia el interior del pasaje.

–Suerte de principiantes –dije triunfal–. La tronera no ha sido tapiada, pero el ángulo de ascenso es muy pronunciado, húmedo y cubierto de verdín, no será fácil trepar.

Nuestro misterioso atacante se aproximaba. Sus pasos eran lentos y de ritmo pausado, parecía no tener apuro al sabernos atrapados.

–Es un buen momento para hacer funcionar la bomba de luz –propuse–. Necesitamos tiempo para trepar.

Ágatha colocó nuestro pequeño invento en la boca del túnel cubriendo la retirada.

–Espero que este juguete lo detenga lo suficiente como para permitirnos escapar –dije preocupado, mientras comenzaba a trepar.

Como supuse, la humedad y el musgo acumulado durante años hacían que nuestro ascenso fuera difícil. Solo cuatro metros nos separaban del exterior, pero avanzábamos con dificultad. Un solo resbalón y tendríamos que comenzar de nuevo.

Por fin pude palpar el borde del exterior. Estaba a centímetros de quedar libre cuando una explosión de luz y un grito estremecedor me hicieron perder el equilibrio.

–¡Nooo, me resbalo, intenta sujetarte de…! –grité sin terminar la frase, mientras comenzaba a deslizarme hacia abajo.

Mi cabeza se llenó por un instante de imágenes y gritos. Me veía cayendo sobre Ágatha, arrastrándola hacia las manos del zombi. La frase “algo peor que la muerte” retumbó en mi cabeza.

Estiré los brazos hacia adelante, intentando aferrarme a alguna grieta o saliente, pero las paredes eran completamente lisas. En un último esfuerzo por salvarnos, clavé las uñas en el cemento; mientras gritaba del dolor, un par de manos surgieron de la nada y me sujetaron por las muñecas.

Levanté la cabeza y vi el rostro de Uriel, rojo como un morrón por el esfuerzo, y detrás de él a Luana, tirando de su cintura con todas sus fuerzas. Creo que fue la mejor postal que he visto en mi vida.

–No te preocupes, ya te tengo –dijo Uriel entre dientes.


Capítulo cuatro


Un zombi que no es un zombi

Amanecía. La ciudad despertaba de a poco. La gente se trasladaba somnolienta a sus respectivos trabajos. Nosotros estábamos a salvo, no teníamos por qué temer.

Nos sentamos en un banco de la parada del ómnibus que estaba frente a la casa de la que casi no salimos vivos. Nos acomodamos lo mejor posible para montar guardia por un par de horas.

Uriel y Luana comenzaron a contarnos cómo habían detectado la señal enviada por las cámaras que llevábamos en la cabeza. Si bien tenían miedo de volver al lugar, al ver en la situación en la que nos encontrábamos, decidieron actuar. Ingresaron por el fondo de una casa contigua, perteneciente a un centro de estudiantes.

Pero de pronto Uriel y Luana enmudecieron. La puerta de la misteriosa casa se abrió y una mano huesuda y sucia apareció apartándola con lentitud. Nos pusimos de pie instintivamente y retrocedimos unos metros. Un anciano de rostro esquelético, cubierto con harapos, salió del lugar. Empujaba un carrito cargado de bolsas y cacharros de cocina.

–Un linyera… nos ha perseguido un linyera, un vagabundo –dije extrañado.

–Lo que me sujetó por el cuello puedo asegurarte que no fue un viejo –replicó Ágatha y caminó decidida hacia él, cortándole el paso. Ante la atónita mirada del anciano, le preguntó–: ¿Usted pasó la noche en esa casa?

–Puede ser… ¿Por qué me preguntas? No robé nada, solo quería dormir en un lugar tranquilo –balbuceó el viejo, asustado al ver que también nos acercábamos.

–¿Durmió toda la noche? ¿No vio ni escuchó nada extraño? –volvió a preguntar Ágatha en un tono más conciliador.

–En realidad no fue una buena noche, tuve una pesadilla terrible.

–¿Puede contarnos el sueño? –preguntó Luana.


–¿Por qué están tan interesados? ¿Quiénes son ustedes? –preguntó el hombre desconfiado–. Les dije que no rompí nada, solo quería un lugar donde dormir.

Uriel se dio cuenta de que hacía falta cambiar de estrategia; sacó un billete de uno de sus bolsillos y se lo extendió al viejo.

–Si nos hablas sobre tu pesadilla…, es tuyo –dijo haciendo flamear el papel delante de sus narices.


–Bien… Bien… Veamos, estaba cocinando algo cuando un hombre muy elegante apareció frente a mí. Primero me asusté, no sabía de dónde había salido, pero me ofreció algo para beber. Era licor y muy bueno. Luego me dio un puro, lo encendí. “Estos habanos son de los mejores, es tabaco cubano”, me dijo, arrojándome el humo a la cara. El humo comenzó a invadir la habitación, pero no me desagradó, era dulce y con olor a flores. No podía ver nada e intenté disipar el humo con las manos. De pronto todo se volvió confuso, porque no recuerdo cuándo me dormí.

Yo iba tomando nota para no perder ningún detalle que fuera importante.

–Cuando el humo se despejó, me encontré en el sótano persiguiendo a unos chicos, creo que eran dos. No podía detenerme y oía una voz en mi cabeza que no me dejaba tranquilo y me decía que debía atraparlos. Luego, una luz muy blanca iluminó la habitación donde me encontraba y ya no recuerdo más. Desperté con la cabeza dándome vueltas… Pero… los niños… son… ¡Son ustedes! –dijo claramente perturbado al mirar a Ágatha de cerca.

–Tranquilo, solo fue un mal sueño –ensayó mi hermana, intentando calmarlo al ver cómo se alteraba.

–¡Aléjense de mí, mocosos del infierno! –gritó visiblemente asustado al reconocernos como los chicos de su pesadilla. Tomó el carrito y nos apartó de un empujón, pero no sin antes agarrar el dinero que Uriel todavía sostenía en su mano.

–¿Viste la cara que puso cuando los reconoció? –preguntó Luana.

–Nuestras bellas caras son difíciles de olvidar –bromeé, mientras pegaba mi mejilla a la de Ágatha como si nos tomaran una foto. Pero ella estaba demasiado intranquila como para festejar la humorada.

–Un zombi que no es un zombi –reflexionó Ágatha–. ¿Quién o qué puede dominar la mente de una persona para convertirla en un autómata? Esto es más grande y peligroso de lo que pensaba.

–Además, tenía un teléfono celular –agregó Uriel.

Los tres lo miramos extrañados, como si el detalle no tuviera nada que ver con la investigación. Días después nos daríamos cuenta de que la observación de nuestro amigo no era un dato menor.


Capítulo cinco


Una pequeña pista amarilla

A la mañana siguiente, Ágatha, Caetano y yo decidimos recorrer la zona de las santerías de la ciudad, cerca de la estación de trenes, en busca de información sobre los ritos que convierten a un hombre en un zombi. No sabíamos si era lo indicado, pero fue lo único que se nos ocurrió por el momento. Caetano nos acompañaba como parte de sus paseos obligatorios para intentar sacarlo de su ostracismo. Si bien su aspecto había mejorado, aún dormía con la luz encendida.

Locales con grandes vidrieras multicolores exhibían una infinidad de ornamentos y objetos de las más variadas formas: velas rojas para mal de amores y amarres de personas, amarillas para espantar espíritus y proteger viviendas, negras para formular hechizos mal intencionados. También se acumulaban por docenas pequeñas estatuillas que representaban, según la religión, distintos santos o santones.


Nunca les habíamos prestado atención a estos comercios y tampoco entendíamos cómo algunas personas sentían devoción, adoración o temor a simples muñequitos de cerámica.

Mientras nuestra vista se perdía en estos objetos, Caetano dio un grito de espanto. Fue al quedar frente a una espigada figura oscura, de rostro pálido. De un salto se ocultó detrás de Ágatha buscando su protección.

–¿Caetano, estás bien? –gritó ella alarmada.

–¿Qué has visto? –pregunté.

Caetano, con mano temblorosa, señaló la imagen de una estatuilla, una figura que me resultó familiar. Se trataba de la representación de un hombre vestido con un traje oscuro, galera y bastón. Su cara era una especie de máscara blanca, simulando una calavera. Los ojos eran dos orificios oscuros en cuyo interior brillaban con fuerza dos piedritas rojas que, con el reflejo del sol, ostentaban un brillo maligno, como si la escultura tuviera vida.

–¿Se encuentran bien? ¿Hay algo en lo que pueda ayudarlos? –exclamó una mujer de unos cuarenta años, que permanecía oculta detrás de un mostrador atestado de imágenes paganas.

–Les tiene miedo a los esqueletos, un trauma de la niñez –aclaré como restando importancia al asunto.

–¿A quién representa la escultura? –preguntó Ágatha mientras le tomaba una foto.

–¡Fotos no! La dueña no lo permite –notificó de inmediato la mujer.

–No hay problema –respondió Ágatha a modo de disculpas, mientras guardaba la cámara de fotos.

–Se trata del barón Samedi y es mejor que no sepan nada más, son muy pequeños para ciertas cosas.

–Hemos visto a un hombre disfrazado de igual forma y estábamos intrigados de qué o de quién se trataba –insistió Ágatha.

La mujer se puso pálida y sin decir nada dio media vuelta y desapareció detrás de una cortina de colores.

Escuchamos voces. La cortina se abrió sorpresivamente, dando paso a una anciana de aspecto desaliñado. Un pañuelo a lunares le sujetaba la cabellera blanca. Su nariz en forma de gancho, que se destacaba en su rostro redondo y arrugado, y su cuerpo delgado y cubierto por un chal la hacían parecer una gran ave de presa.

–No sabes de lo que estás hablando, pequeña –dijo sujetando a Ágatha con fuerza, mientras nos conducía hacia la salida–. Si en verdad se encontraron con quien dicen que se encontraron… Será mejor que abandonen la ciudad y vuelvan a su pueblo. Y en cuanto a su amigo, debe romper el vínculo o se perderá para siempre.

–¿Cómo supo que somos de un pueblo? –me asombré–. ¿De qué vínculo habla? ¿A qué se refiere con perderlo?

La anciana oprimió aún más el brazo de Ágatha, llevándola hacia la salida con prisa.

–¡Suéltame que me lastimas, vieja del demo…! –rumió conteniéndose.

–Ya les he dicho lo que deben saber –dijo la gitana, cerrándonos la puerta en la cara, no sin antes volver a advertirnos sobre el peligro que corríamos si continuábamos con nuestras investigaciones.

–Me ha dejado el brazo dolorido, en vez de mano tiene una garra –se quejó Ágatha frotándose la zona del dolor. Un diminuto papel amarillo se dejó ver pegado a su brazo.

–¿Qué es esto? –señalé tomándolo con rapidez–: “La Nacional, libros nuevos y usados… No todo lo encuentras en internet”, se leía en él y concluía con una dirección: “Calle 42- casi esquina 3. Tel: 0221-4242083”.

Nos encontrábamos cerca y decidimos ir a visitarla. Pero antes dejamos a Caetano en el departamento. La imagen que había visto lo había perturbado más de lo que ya estaba.

Capítulo seis


Libros nuevos, libros usados, libros ocultos

Tras dejar a Caetano y ya rumbo a la librería, la última frase de la gitana golpeaba con fuerza nuestros pensamientos: “Debe romper el vínculo o se perderá para siempre”.

–¿El vínculo con quién? ¿Con El Calaveras? –Así es como comenzó a llamar Ágatha al extraño personaje.

–¿Cómo rompemos un vínculo del que no sabemos su origen o cómo está conformado? –me pregunté en voz alta.

La Nacional se encontraba en un viejo edificio restaurado con un frente pintado de azul. Nos intimidaba su interior repleto de estantes, superpoblados de libros, que trepaban hasta el techo. Volúmenes nuevos y usados convivían en perfecto orden. Agrupados por temas, encontramos tomos de historia, geografía, espiritualidad, filosofía y una extensa lista que no viene al caso detallar ahora.

De inmediato nos sumergimos con voracidad entre los cientos de volúmenes que conformaban la sección de “mitos y leyendas, espiritualidad y ciencias ocultas”.

Parecíamos sabuesos en busca de una presa escurridiza. En el límite entre la sección de “Historia y Ocultismo”, llamaron mi atención unos diminutos volúmenes de modesta impresión: Historia oculta de la ciudad de La Plata, de Gualberto Reynal, de 1993.

–¿Coincidencia? –dije con un tono de voz cómicamente lúgubre, mientras hojeaba las pequeñas páginas percudidas por el tiempo.


Le pedimos información al encargado sobre este tal Reynal, dado que era oriundo de la ciudad. Resultó ser que Reynal había fallecido hacía ya unos años, pero el librero nos dijo que si estábamos interesados en profundizar sobre el tema, Nicolás Colombo, un investigador independiente, tenía varios títulos publicados, que ampliaban la información de Reynal. El encargado nos comentó que Colombo y él eran amigos de toda la vida y que podría asesorarnos en caso de necesitar alguna información puntual.

Con estos datos decidimos comprar los libritos de Reynal y también los de Colombo. La idea era cotejar el material recogido de ambos autores y llegar a nuestras propias conclusiones. Antes de salir del local, sobre un margen poco iluminado del amplio mostrador, Ágatha descubrió una imagen familiar en la portada de un libro: se trataba de un hombre maquillado como una calavera, que alzaba con su mano, a modo de saludo, su galera. El título rezaba Vudú Congo.

–También lo llevamos –dijo Ágatha.

Mientras ella agarraba los libros, pude ver cómo la puerta del fondo del local se entreabría mostrando, en la penumbra, la silueta de una vieja gitana de ojos amarillentos. Quise advertirle a mi hermana, pero para cuando volví a mirar, la puerta ya estaba cerrada y no supe si había sido mi imaginación o si había sucedido realmente.


Capítulo siete


Un ejército de zombis

Los libros de Reynal y Colombo nos brindaron mucha información. Salvo por algunas discrepancias, ambos aportaban datos sobre simbología e informes sobre el origen masón y esotérico que se oculta en cada construcción y monumento de la ciudad. Coincidían también en la existencia de una red de túneles que enlazaba a la mayoría de los edificios públicos fundacionales, incluyendo a la necrópolis de la ciudad. Algunos de estos túneles llegaban incluso hasta el Río de la Plata, mientras que otros se ramificaban hasta unir a la ciudad de La Plata con el cementerio ubicado en el barrio porteño de Recoleta.

Al atardecer nuestros amigos regresaron de la facultad y la investigación que veníamos realizando se hizo más distendida. Caetano permanecía en su habitación.

Luana estudiaba Antropología Social y Uriel, Lenguas Muertas. Sus conocimientos fueron de gran ayuda en los acontecimientos por venir.


Dejamos el libro Vudú Congo sobre la mesa, y Uriel y Luana coincidieron en que el personaje de la portada era el mismo que se veía en el video. Mientras tomábamos unos mates, les contamos lo sucedido durante el día, sobre la advertencia de la gitana y la pista pegada en el brazo de Ágatha. También pusimos sobre la mesa el resto de los libros que habíamos comprado, cuyos contenidos mencionaban al vudú como religión y sus orígenes y ritos, entre los que se describía la forma de crear o transformar personas en zombis, en esos seres sin voluntad a merced de un brujo o un tercero.

También informaban sobre los últimos descubrimientos en la materia, sobre experimentos con base científica que corroboraban el mito de los “no muertos” o “caminantes nocturnos”.

“La mente humana puede ser manipulada y transformada mediante la ingestión de preparados basados en hierbas, que afectan directamente el sistema nervioso –se leía en un pasaje sobre los preparados mágicos del antiguo ritual vudú y la forma en que privaban de voluntad y discernimiento a sus víctimas. Y continuaba–: Sin embargo, investigaciones recientes mencionan que distintos estímulos u ondas moduladas de baja frecuencia o con una frecuencia específica, que solo registra el oído interno, son capaces de anular la voluntad o el razonamiento de las personas”.

–Mi profesor de Antropología Social es una eminencia en lo que se refiere a estos temas –acotó Luana y siguió–: La clase de hoy, por ejemplo, trató sobre cómo antiguos vestigios de culturas o conocimientos ancestrales permanecen latentes, ocultos en las comunidades modernas. Permanecen al margen incubándose hasta que llegue el momento de manifestarse e imponerse. Muchas veces, al hacerlo, destruyen la cultura o el pueblo que los relegó al olvido.

Como la escuchábamos en silencio, Luana continuó:

–Mi profesor explicó que el vudú es uno de los tantos ritos o religiones que afirman poder someter a las personas arrebatándoles su voluntad, sometiéndolas a la voluntad de otra persona. Algunos de mis compañeros afirmaban que solo se trataba de un mito.

”–“Entonces, según ustedes, es imposible someter la mente de un individuo a la voluntad de otra mente –dijo el profesor y tras un silencio, continuó–: Si piensan que es imposible, también debería serlo dominar y manipular las mentes de una multitud y someterlas a la voluntad de una sola persona… Creando, por ejemplo, un ejército de zombis”.

”Dicho esto se creó un fuerte debate e intercambio de ideas, pero la mayoría de mis compañeros insistieron en que era imposible. A lo que el profesor respondió:



”–“Entonces ¿cómo se explica que en el pasado hayan existido personas y movimientos políticos que llevaron a pueblos enteros a realizar las peores atrocidades contra sus propios hermanos?”.

”Y puso como ejemplo el Partido Nazi en Alemania, que desencadenó la Segunda Guerra Mundial.

Nos miramos con Ágatha, mientras nos pasábamos un mate sin dejar de escuchar a Luana, que siguió relatando lo que había dicho su profesor:

–“¿Como es que un solo individuo puede dominar y manejar a un pueblo entero? ¿Cómo se puede dominar a una multitud y que esta obedezca ciegamente? ¿No es como crear a gran escala un ejército de zombis?”.

–“La sugestión, el miedo, la promesa de poder, son las peores drogas para dominar el espíritu humano. Quien sepa combinarlas poseerá un arma terrible” –interrumpió mi hermana, leyendo unas líneas de un informe sobre control mental.

–Creo que tu profesor nos sería de mucha utilidad. ¿Cómo se llama? –pregunté interesado.

La respuesta nos dejó a Ágatha y a mí con la boca abierta:

–Nicolás Colombo.


Capítulo ocho


Los tambores no son de carnaval

Mientras Luana se comprometió a presentarnos a su profesor, en los siguientes días recorrimos junto a Ágatha la ciudad de una punta a la otra. Tal y como mencionaban los libros de Reynal y Colombo, encontramos un sinfín de símbolos ocultos: sátiros, gárgolas, estatuas de místicas ninfas haciendo el símbolo del mal de ojos en dirección al gigantesco templo cristiano. Pero ver la imagen de un Cristo cubierto por una túnica de calaveras en las alturas de la mismísima Catedral fue algo que no se nos hubiera ocurrido jamás.

–Qué extraña representación –observó Ágatha, mientras miraba como hipnotizada la imagen de Jesús cubierta, en parte, por cráneos humanos–. Parece que en esta ciudad las calaveras son moneda corriente.


Seguimos nuestro recorrido tomando notas y corroborando la información de ambos investigadores. La noche nos sorprendió y junto a ella, el hambre. En realidad, yo tenía hambre, ya que Ágatha podía pasar horas sin probar bocado.

Nos dirigimos al Paseo del Bosque, muy cerca del departamento de nuestros amigos. Para aquellos que no lo conocen, el bosque es un amplio parque, en cuyo interior, además del Observatorio Astronómico, se encuentra el Jardín Zoológico, que alberga uno de los museos más importantes de Sudamérica, fundado por Francisco Pascasio Moreno, más conocido como Perito Moreno.

En el bosque hay, además, un lago y la representación de una pequeña montaña o gruta. Y a ese sector específicamente me dirigía, ya que el lugar está lleno de “chiringuitos” de comida. Nuestro recorrido por la ciudad nos llevó más tiempo del pensado, por lo que llegamos al bosque cerca de la medianoche.

Una garúa helada comenzó a caer y, para mi decepción, los carritos de comida estaban cerrados.

–¡Dios no existe! ¡Esto no puede ser cierto! –grité molesto ante la imagen de una colosal hamburguesa que se desvanecía en mi cabeza y con la que esperaba matar el hambre y terminar el día.

–Otra vez será. En casa te espera un rica ensalada de lentejas y arroz –dijo Ágatha con una sonrisa socarrona. Ella había abandonado el consumo de carne para convertirse en una flamante vegetariana.

Le respondí con una sonrisa más parecida a un gruñido, semejante al que hacía mi estómago, que se retorcía del hambre.

–Si atravesamos la gruta, llegaremos antes y antes pedimos unas empanadas –quiso animarme.

No había un alma en el lugar. Subimos a lo alto de la montañita y descendimos por una de las escaleras, desde la que se divisaba el anfiteatro del lago en toda su extensión.


“Qué lástima que está abandonado”, pensé observando cómo las enredaderas aprisionaban silenciosamente las columnas que custodiaban el escenario del teatro.

–Parece un antiguo templo griego –dije deteniéndome a mirar los ornamentos que decoraban el lugar.

De pronto un pequeño resplandor iluminó el escenario. Un grupo de personas estaba reunido allí. Instintivamente, como un acto reflejo, ambos nos ocultamos detrás de un pequeño muro. Una tupida enredadera sobre nuestras cabezas nos protegía de la helada llovizna. Era un lugar excelente para observar sin ser observados.

–Odio mojarme y odio estar con el estómago vacío –me quejé mientras me acomodaba lo mejor posible en un rincón.

–Si al menos tuviéramos nuestros pequeños binoculares, pero alguien olvidó traerlos… –murmuró Ágatha mirándome.

–Ahórrate el sarcasmo, teníamos demasiado peso y, además, es de noche, no tienen visión nocturna –respondí con mal humor.

Una nuevo destello nos permitió ver cómo las personas reunidas en el centro del escenario danzaban en círculos alrededor del fuego.

–¿Estarán practicando una obra de teatro? –pregunté en voz baja.

–¿Con este clima y a esta hora? No lo creo –razonó Ágatha, concentrada en el espectáculo que teníamos frente a nuestros ojos.

Entonces se sumó a la danza el repiquetear de unos tambores. Pequeños gritos y exclamaciones comenzaron a escucharse en un idioma que no comprendíamos.

Una de las personas arrojó algo a las llamas y un nuevo fogonazo iluminó el lugar, permitiéndonos ver mejor la escena. Un grupo de mujeres continuaba dando brincos y se movía realizando extrañas contorsiones, mientras otro grupo, más reducido, ponía ofrendas en un diminuto altar, donde podían adivinarse flores, cigarros, botellas de licor, comida y un par de pollos tumbados de costado y atados por las patas. También pudimos ver una enorme silueta blanca de algún animal, tal vez un perro o algún animal de corral, no podíamos precisarlo.

–Parece una escena de la película La serpiente y el arcoíris. ¡Estamos presenciando una ceremonia vudú en vivo! –exclamé acercándome un poco más para ver mejor lo que sucedía.

Sobre el centro de altar se veía un traje de noche junto a una galera y un bastón.

El lamento de un hombre se filtró entre el repiquetear de los tambores.

–¿Van a sacrificar a una persona? –preguntó Ágatha angustiada.

–Primero está el pollo –dije, mientras escuchamos cómo el cacareo de la pobre ave llegaba a su final.

“Tan-tan-tun-huuu”.

La noche abrió más el grifo que ahora dejaba caer con fuerza la lluvia. El estruendo del diluvio al chocar sobre el lago silenciaba los tambores y los gritos de las mujeres. Sus cuerpos, cubiertos con extrañas pinturas y símbolos, se retorcían en incomprensibles movimientos.

“Tan-tan-tun-hui”.

–¡Barón Samedi! –gritó una de ellas, la más anciana, arrojando algo a un recipiente con los restos del pollo. Luego, lanzó algo a las llamas en medio del altar. Un fogonazo provocó una estela de humo de distintos colores que ascendió rápidamente.

Dos mujeres sujetaban a un individuo que hacía esfuerzos por liberarse. A juzgar por sus ropas, parecía tratarse de un indigente.

–Ágatha, es el viejo de la casa –dije sorprendido.

La mujer volvió a repetir la misma acción anterior y una humareda de colores surgió en medio de un centelleo de pequeñas luces. Una franja de humo negro y otra blanca brotaron con fuerza. Pero en vez de ascender, ambas se pegaron al suelo y, como si se tratara de los tentáculos de un pulpo, serpentearon hasta el pobre viejo, envolviéndolo por completo.


La postura del indigente cambió radicalmente. Estiró su espalda y se miró las manos durante un momento.

–He tenido mejores cuerpos –opinó moviendo apenas los labios; sin embargo, la frase retumbó en el ambiente con una voz profunda y gutural.

Luego, se despojó de los harapos y se vistió con la ropa que estaba en el altar. El anciano se había transformado por completo. Ahora se trataba de una figura alta, de porte elegante. Su rostro anguloso mostraba una palidez cadavérica y en el lugar de sus ojos, se veían dos cuencas oscuras.

–¡¿Don Vandeschu?! –gritamos asombrados. Pero al ponerse la galera y tomar el bastón, nos convencimos de que se trataba de otro ser, igualmente oscuro.

–Barón Samedi. Barón Samedi. Barón Samedi –repetían como un mantra las mujeres, ahora postradas ante la extraña figura que sonreía.

El hombre tomó un enorme cigarro del altar, lo encendió con calma, exhaló una bocanada de humo, como si saboreara el puro o la vida que ahora fluía en su cuerpo. Hizo un movimiento con su cabeza y el grupo de mujeres que había permanecido inmóvil, rompió el círculo y se lanzó a la carrera hacia donde nos encontrábamos.


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Release date on Litres:
27 March 2025
Volume:
235 p. 176 illustrations
ISBN:
9789500211406
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