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COLECCIÓN PRIMEROS LIBROS
CAJA CONTINUA DE VOCES I
Serie heterogénea
PABLO MARTÍN RUIZ

Ruiz, Pablo Martín
Caja continua de voces I : serie heterogénea / Pablo Martín Ruiz. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Tenemos las Máquinas, 2020.
(Colección primeros libros)
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-3633-26-3
1. Literatura Argentina. I. Título.
CDD A860
© Pablo Martín Ruiz, 2020
© Tenemos las Máquinas, 2020
Primera edición: junio de 2020
Edición en formato digital: agosto de 2020
EDICIÓN
Julieta Mortati y Edgardo Dieleke
DISEÑO
Julián Villagra
CORRECCIÓN
Martín Vittón
RETRATO DE CUBIERTA
Ana Carucci
EDITORIAL TENEMOS LAS MÁQUINAS
www.tenemoslasmaquinas.com.ar
Hecho el depósito que establece la Ley 11.723.
Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito de los titulares del copyright
ISBN 978-987-3633-26-3
Conversión a formato digital: Libresque
A los otros, de donde nos llega el lenguaje
Ya agregados en un todo, la diversidad de naturalezas
por las que unos son opuestos a otros los separaría y
dispersaría si no hubiera un ser que los mantuviera unidos.
BOECIO, La consolación de la filosofía. 3, 12, 6
… porque en los libros cabía todo, y por su misma naturaleza
atraían la mayor diversidad de contenidos.
CÉSAR AIRA, El mago
I believe it’s a mistake to have a style.
CÉSAR PELLI
Nada es más poético que las transiciones y
las mezclas heterogéneas.
NOVALIS
¿Qué es esto?
EZEQUIEL MARTÍNEZ ESTRADA
Índice
Cubierta
Portada
Créditos
Dedicatoria
Epígrafe
Prólogo
Pitagórica en doce mayor
Reflexión errante sobre islas. E-mail a un amigo cubano que me proponía las islas como tema
Palabras de cuatro letras que no existen
El arte del retrato
Descripción del corto de animación Tango (1980) del polaco Zbigniew Rybczyński
Breve nota biográfica para el libro Viajar para contar
Beckettiana
Shea Stadium, 1965
El Genji monogatari: el último avatar de la novela
Círculos: un caballo de ajedrez sueña su geometría
Cien libros en blanco
Oda al diminutivo
El paseo de Fedor
De Turquía a Siria: seis días de un viaje alrededor del Mediterráneo
Buenos Aires: superficies de contacto
Notas en cuadernos y libretas (1992-2017)
Arte poética (canción)
Escollo. Traducción del poema en prosa «Achoppement», de Irène Gayraud
Achoppement, de Irène Gayraud
La letra X y la traducción puramente oulipiana
Palíndromos
Música escrita
Monos letrados
Noticia sobre el bostezo
Lista de títulos imaginarios
Fragmentos de cartas (1992-1997)
Procedimientos de traducción
Notas para un arte del superlativo
Trece vistas de la nieve en Japón
Mis lecturas
Página moderadamente redactada
Álamos cantan a la mosca
Diario 2016 de libros, conciertos, películas, discos (primer cuatrimestre)
Ugetsu monogatari – multitraducción. Intento de agotamiento de un título japonés
Cosas que consisten en sonido, que están hechas de sonido
Otros títulos de la colección Primeros Libros
Sobre este libro
Sobre el autor
Prólogo
No me acuerdo si fue mirando mi biblioteca, caminando por Buenos Aires o pensando en la canción, que tuve la idea que ahora se concreta: hacer un libro que incluya textos que difieran entre sí todo lo posible. En términos de forma, género, contenido, estilo, tono, extensión, etc. O sea, lo contrario de un libro de cuentos o de poemas o de ensayos. Lo contrario de un libro que tuviera una unidad, o que fuera escrito con un estilo, o del que emanara algo reconocible como una voz. Lo primero que hice con esa idea fue descartarla. Me dije que era una idea tan simple que seguramente la habían tenido muchos antes que yo, y que si nadie la había concretado es porque era una mala idea. Y sin embargo fue una idea que se repitió con persistencia y que tuve que seguir descartando, hasta que de tanto descartarla la terminé adoptando. Porque los motivos que hacían de ese libro posible una mala idea (resumibles en un puñado de calificativos inmediatos: caótico, amontonado, desordenado, un rejunte, deforme, sin rumbo, descentrado), cada uno de esos motivos podía darlo vuelta y usarlo de justificación, transformarlo en virtud. Después de todo, lo que más me atrae de la literatura no es tanto tal o cual autor o libro o género sino la coexistencia de tantos autores, libros y géneros que leo, que me dan placer y que son muy diferentes entre sí. Entonces me propuse, tal vez insensatamente, reproducir esa variedad, ser yo mismo mi propia diversidad. Además, me dije, tal vez mejor que acumular textos redundantes que se confirmen unos a otros en su prolija uniformidad es acumular textos divergentes que abran entre ellos fisuras de sentido y legibilidad.
Me pasó en seguida que la idea me resultó estimulante para escribir. Se puede pensar como una forma de escritura con procedimientos o restricciones formales, el tipo de escritura que el Oulipo puso en el centro de su práctica creativa y que los autores de sonetos practican desde hace siglos. Con la importante diferencia de que se trata de un procedimiento que no se aplica a textos individuales sino a la relación que establecen entre sí: solo tiene sentido para un conjunto de textos. Es, para decirlo de alguna manera, un procedimiento relativo, definido por contraste. Obviamente se trata de un método que aspira a un efecto, como sea que se lo defina, que se hará más visible y tal vez más interesante a partir de cierto número de textos, ya que vive de la acumulación. Y que, bien mirado, no es más que una versión particular de algo que la literatura hizo desde siempre: escribir textos con la memoria de otros textos. Ya sea para imitarlos, para atacarlos, para negarlos, para continuarlos, para entenderlos, para desviarlos.
El resultado es este libro. Un libro que incluye cuentos, ensayos, poemas, seudopoemas, emails, crónicas de viaje, entradas de diario, cartas, listas, palíndromos, imágenes y anotaciones, entre otros géneros con y sin nombre. Muchos de los textos fueron escritos específicamente para este libro, otros lo preexisten. Algunos son buenos, otros son malos, algunos son livianos, otros son serios, algunos son irónicos, otros son inocentes. A veces creo saber qué texto es qué, otras veces no. A veces pienso que no es un procedimiento de escritura sino de lectura. Tal vez sea ambas cosas al mismo tiempo.
En general, leer un libro es adaptarse a un tono, a un registro, a un formato. A todo lo que este libro no propone. O sea que la de este libro es una legibilidad casi invertida que funciona por diferencia y choque. Los textos hacen chirridos de fricción entre sí, se miran unos a otros con desconfianza, no encajan armónicamente, casi en un sentido buscan refutarse. Lo que no quita que no formen una posible armonía de otro tipo, una especie de armonía de segundo grado que es también una armonía beligerante.
Si tuviera que pensar en antecedentes, se parece al tipo de libro póstumo que usualmente se publica de un autor célebre del que no quiere perderse nada: notas en cuadernos, cartas, borradores, proyectos, etc. Yo empiezo prescindiendo no solo de la celebridad (y de la muerte) sino también de todo reconocimiento. E invirtiendo la cronología, como si este libro dependiera de publicaciones futuras que lo justifiquen. Por qué no definirlo así: es una antología de libros futuros que no se van a publicar.
Puede también verse como una novela negativa, una novela por ausencia. Es un libro que incluye muchos géneros conocidos y otros nuevos y sin nombre. Excepto la novela. Pero justamente por eso. ¿No es la novela el género hecho de otros géneros, que absorbe y se apropia de la narración, del ensayo y hasta de la poesía? Este es un libro hecho de elementos heterogéneos, polifónico, como una novela. Se pone en escena una totalidad pero también de algún modo un vacío, ya que cada texto puede verse como parte de una serie incompleta o ausente. Es un libro que es la apoteosis y el absurdo de la novela, hecho de una unidad fragmentada que a cada paso se niega a sí misma. Es más: por qué no verlo como una novela de aventuras protagonizada por una heroína llamada Diferencia, que se pasea entre las nadas de significado que separan los textos, convencida de que su nombre alegórico es también el de una virtud de potencia poética.
Pablo Martín Ruiz, marzo de 2020
Pitagórica en doce mayor
Ofrenda en tanto vela, encendida
de la sonora intemperie a través
lluvias atestaban que el ronco canto
Testigo es alta la llama encendida
del sonido en solo viento a pesar
de mis manos a pesar sin cubrirla
Recobrado ese fuego, encendido
más allá mar de sonoros posibles
de lo que alzarse en la noche pudiera
Deletreado ese fuego, encendido
firmes son mis encima lentos pasos
de ardiente la distancia sumergida
Reflexión errante sobre islas
E-mail a un amigo cubano que me proponía las islas como tema
Una vez escuché decir que el camino más corto hacia la literatura fantástica es la expresión «en realidad». En realidad no hay más que islas, ¿no es cierto? Rodeadas de mar azul o de tundra blanca o de ajados desiertos de algún color aislado. Qué curioso que nuestra palabra para conjunto de islas, archipiélago, quiera decir, como diría el gran Isidoro de Sevilla, piélago entre los piélagos, mar de mares. Y el Helesponto, el ponto griego, el otro nombre para el mar de mares, ¿no era puente sólido en el origen de su deriva toponímica? Puente de agua que une islas que son un mar entre los mares, todo termina disuelto en lo que nunca pudo ser. ¿Y los límites? Primera lección: el lenguaje no desespera de límites sino que los devuelve a su nulidad original, a su desierto. ¿Y la huida? Qué más quiere la isla que desplazarse y huir, islas lanzadas a una deriva hecha isla en su movimiento, aislada, qué ironía, ambiciosas de probar inútilmente que la isla no es la unidad a la que aspira la ontología del insular cosmos. No hay que creer en ningún libro de metafísica en el que no aparezca la palabra isla. Heidegger decía. Me entero de que el frío que alienta los cuentos del siempre aislado Piñera no es el frío límite, irreal, insular, imaginado, cubano, aislado, caribeño, más amenazante aún y más siniestro que un huracán caribeño, sino el frío mío, el frío argentino que él conoció y vivió en Buenos Aires, el mismo frío que me acompañaba a la escuela primaria cuando resbalaba en la escarcha de las vías del tren en las frías mañanas del junio austral. Fría familiaridad, que conecta la literatura cubana en su extremo de sinrazón con mi extremo de recuerdos y calidez de memoria. Segunda lección: el frío, como el Helesponto, descubre una solidez en medio del mayor de los líquidos, y nos abraza desde el Cono Sur hasta la tundra boreal, claramente detestando la isla, dando batalla al brillo de los límites, enceguecido de uno. Heidegger decía. Percibo que el énfasis es el enemigo de la síntesis, porque siempre convoca a la redundancia gratuita, e incluso, hasta donde yo puedo ver, «redundancia gratuita» también es una redundancia, por cierto que gratuita, enfática. El énfasis, te decía, nos lleva directamente a la anulación de la síntesis. Yo lo vi con mis propios ojos. Hay algo bello en esa torpeza, en esa ceguera reiterativa del énfasis, que vuelve al lenguaje sobre sí mismo, lo sacude y lo despierta a la poesía.
La ceguera que aísla al barroco del clasicismo y que le da vida como retórica isla enfática. Redundancia, pleonasmo, batología: proliferan los nombres para dar más énfasis, nada más. Pero lo que quería decir, y no podía porque se me acaba de ocurrir, es justamente que el énfasis es tal vez la figura retórica que más explica, revela, exhibe, descifra de la historia universal de la literatura cósmica. ¿Qué es Virgilio, acaso, sino un Homero enfático? ¿Qué es Dante, acaso, sino un Virgilio enfático? ¿No es acaso Góngora un estallido de énfasis en medio de la lengua española? Y ahí viene Sor Juana, y contra todas las leyes de la probabilidad, y en una de las máximas muestras de genio disponibles, ¡enfatiza a Góngora! Heidegger decía.
Traedme, Musa, el verso de Caetano Veloso: «Y yo, menos extranjero en el lugar que en el momento». Eso: yo, menos aislado en el espacio que en el tiempo, menos fragmentado en el mundo que en la historia, me despido.
2001
Palabras de cuatro letras que no existen
| Taro | Bene | Odón | Pafo | Mado |
| Arol | Tene | Noro | Pefo | Bedo |
| Olar | Tine | Nopo | Pifo | Bodo |
| Doda | Pona | Sopo | Difo | Dobo |
| Tada | Cona | Opós | Fodo | Mobo |
| Onar | Gona | Asor | Fedo | Tobo |
| Doco | Gopa | Arso | Fera | Tibo |
| Pado | Goca | Saro | Fira | Tebo |
| Pamo | Guna | Sulo | Fral | Teno |
| Pemo | Gena | Suno | Tros | Leno |
| Relo | Gera | Nedo | Oche | Leto |
| Bera | Dera | Deno | Code | Leta |
| Bito | Reda | Nalo | Core | Leca |
| Namo | Rade | Nelo | Reco | Elta |
| Mite | Meba | Cafa | Teco | Alte |
| Edal | Moba | Feco | Neco | Olte |
| Edán | Nola | Faco | Daco | Itel |
| Dena | Nolo | Fapo | Gaco | Atel |
| Bena | Olón | Pofa | Gado | Alén |
El arte del retrato
Viéndolo como atónito le preguntó: «¿Qué le parece?».
Y le dijo: «Señor, esta es la Teología de la Pintura».
ANTONIO PALOMINO, El museo pictórico y escala óptica
Testimonio
No es la primera vez que me preguntan cómo escribí ese cuento ni es la primera vez que lo contesto. Di respuestas diferentes, es cierto, pero no contradictorias. Digamos que de pronto pensé que una planta crecía dentro de mí. Digamos que sentí que tenía que lograr determinado efecto y que todo lo demás lo deduje, casi matemáticamente, en función de ese efecto. Digamos que fue como si el cuento mismo, transformado en una especie de ángel sin cara, me hubiera poseído durante tres días hasta que salió de mí, alumbrado con la luz oscura y viscosa de lo que ha pasado de la nada al cosmos. La verdad es que cuando llegué a la casa después del ataque, los padres me preguntaron si podía transformar lo que había pasado en un cuento. Les dije que sí, que podía. Les aclaré que no iba a ser un cuento realista. Les repetí lo que ellos ya habrían leído en algún lado:
—La realidad es el origen y el destino de toda literatura. El realismo es su enemigo.
—La literatura tiene más enemigos de los que usted cree —me respondió, enigmática, la madre—. Pero por favor escríbalo. Hágalo por ella.
Fragmento
Todos somos nuestra cara, pero no ella. No porque ella fuera hermosa o porque yo la quisiera. Quién sabe si la quise realmente, quién sabe si realmente la quiero. La alucinación es la verdad del amor. Nada lo pide más que una cara que lo pide. Y nada está más lejos de la literatura que una cara, que existe como para burlarse del lenguaje. Todo lo visual, me dirán, los colores, los innumerables blancos de la luz, me dirán, las cascadas de sombra de un cuerpo que se mueve. Y sin embargo nada como una cara escapa, como una bruma, de las manos impotentes del lenguaje. No hace falta inventar una esferita cantoriana, ni sótanos ni licores alucinatorios para llegar a la de-sesperación de escritor, porque toda cara ya lo es. Veo en tu cara un cristal que no deja de verme. Veo en tu cara un eco de constelaciones marinas, el zumbido de insectos de oro, la estela de los astros babilonios. Veo en tu cara las aguas de lluvias futuras, las máscaras de otras caras, el cristal que me mira mirándote. Veo en tu cara tu cara y el reflejo de tu cara y los espejos del vacío de tu cara, que colma el espacio. Veo en tu cara la disolución de tu edad, la caricia intangible de tu sexo, la precisa distorsión del retrato de tus padres. Veo en tu cara un abismo, una niña que se acuesta, el fruto de un árbol maduro, las lenguas ininteligibles de Babel, el martillo de un zapatero. Veo manos de ocho dedos, veo círculos de ángulos perfectos. Veo millones de sordos tapires, veo un iceberg derritiéndose hacia el sol. Veo en tu cara el universo que incluye tu cara que incluye el universo que incluye tu cara. Veo tu amorosa letra manuscrita, veo la amorosa carta con tu letra manuscrita, veo el amoroso sobre con la carta con tu letra manuscrita. Veo una moneda de veinte centavos que ya olvidé y veo una letra cercenada y extirpada de una lengua. Veo la víbora elegante y nupcial del Panchatantra, veo la gota de una lámpara de aceite que despertó al amante secreto en una noche remota imaginada en Asia Menor. Me dispongo a cantar la unión inalcanzable de tu cara simultánea y mi lenguaje sucesivo, el negro y el blanco de un ajedrez que no acaba, la bella y la bestia de mi cuento.
Notas en un cuaderno
1. «Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de la cara de la amada.»
2. «El arte debe ser como un espejo que nos revela nuestra propia cara. Destrozada.»
3. «Destrucción inquisitiva de la cara: partir un diente, cortar la encía, perforar los ojos, recortar los párpados, taladrar la frente, agujerear el paladar, despedazar los labios, horadar las mejillas.»
4. «Cuando miramos el espejo vemos nuestra cara pero no vemos el enigma. La esfinge procedía de modo inverso, escondiendo el espejo detrás del enigma. La lucidez de Edipo consistió en identificar el enigma con el espejo y ver que la respuesta era el hombre, él mismo. Ahí empezó su perdición.»
5. «No puedes ver mi cara, porque nadie puede verme y seguir vivo. No podrás ver mi cara, porque no me verá hombre y vivirá. Mi cara no podrás verla, porque no puede verme el hombre y seguir viviendo.»
6. «La cara difiere radicalmente del cuerpo, es otra cosa. Es su espejo ennegrecido, es su gramática extranjera, es su camino de fuga, es el canto entre los muertos. Y por su posición adelantada, por su exponerse al mundo, por su aspiración de altura, parece hacer todo para liberarse, para dejar de ser confundida con su lastre. Hemos buscado en vano el alma dentro de los cuerpos. No hay más alma que la cara.»
7. «Éxodo 33.»
8. «Faceless the sultry and overpowering lion / Faceless the stricken slave, faceless the Queen.»
Ella
Era la menor de tres hijas. Se llevaba muy mal con sus hermanas mayores, que le envidiaban su belleza. Y era la favorita de sus padres, a quienes adoraba. Desde la adolescencia, Francisca se dedicó con pasión y disciplina a la pintura. Sus cuadros abstractos reunían casi incoherentemente la geometría directa de Mondrian y la fuerza material de Tàpies, incoherencia que era quizás un buen resumen de ella misma. En la ceremonia en que su madre, buena escritora de mediocridades, recibió el segundo premio en un concurso de novela, conoció a Paulo, que había ganado el primer premio con una novela demasiado borgeana. Su romance sólo se interrumpió cuando ella ganó una beca para estudiar bellas artes en París. Él tenía planes de ir a visitarla a su estudio de la Rue St. Pierre, pero en la primera carta que ella le mandó desde París le decía, en una única frase administrativa, que no quería verlo más.
Policiales
Cuando se produjo el ataque que le deformó la cara, las primeras sospechas recayeron en sus hermanas. Ambas estuvieron demoradas, pero las liberaron muy pronto porque ninguna prueba las señalaba. Hacía un año que Francisca había vuelto de París, y hacía tres que no estaba en contacto con Paulo, que siguió amándola con tenacidad y en secreto. A pesar de la insistencia con que la madre le exigía a la policía que hicieran lo posible para encontrar al culpable, durante meses no hubo novedades en la investigación. Pero cuando Paulo publicó el cuento, la madre se comunicó con la policía porque creía ver en ese texto la materia apenas velada de una confesión. Era un cuento que algunos elogiaron y que le dio a Paulo una temporaria notoriedad, al menos dentro del ámbito algo estrecho de las letras. Cuando los investigadores le dijeron a la madre que no veían nada necesariamente incriminatorio o confesional en el cuento, si bien era cierto que trataba de la cara y de su destrucción, la madre hizo pesar su autoridad como escritora y como lectora (mencionó un vago doctorado y un viejo ensayo sobre un muerto en un laberinto) para insistir en que había indicios que no se podían desatender, y que ella conocía muy bien lo que escondían las palabras de un escritor. Cuando la policía finalmente allanó su casa, Paulo terminó por confesar. En un cuaderno que tenía la palabra «novela» escrita en la tapa encontraron unas notas que fueron usadas como prueba adicional para culparlo. Francisca había enmudecido desde el día del ataque y ahora pintaba retratos hiperrealistas, grandes retratos fragmentarios que muestran no una cara completa sino una parte de la cara. Quien mira de cerca las telas descubre que ese retrato parcial está hecho de muchísimas caras pequeñas, cada una de ellas completa pero deformada.
En el café “Los Bojaríes”
—Me acuerdo muy bien. Salió en todos los diarios.
—¿Pero alguien la vio a ella sin cara?
—No, su encierro fue permanente y doble: dejó de hablar y dejó de salir. Nadie la vio durante esos meses.
—En el cuento Paulo sugiere que nunca pasó.
—Como deseo. De hecho, eso es lo más flojo del cuento.
—Es que ni siquiera es un buen cuento. Es un pastiche, ¿no? La vieja técnica del centón.
—Una mezcla fallida de policial y cuento de hadas, género negro y género blanco. Y encima trata de ser fantástico.
—No sé si es malo. Tal vez sea como el amor: su valor es absoluto para quien lo vive, pero puede ser ridículo para quien lo contempla.
—O como la desesperación.
—Digan lo que quieran. Lo que es innegable es que fue absoluto al menos para alguien, que moldeó al menos un lector. Si ese fuera el criterio, sería uno de los cuentos más grandes de la literatura.
—También son innegables su convicción y su exceso de patetismo. Yo prefiero imaginar que es un borrador de novela futura.
Reconstrucción de los hechos
La beca fue un invento de los padres, que querían alejarla de él. Consiguieron que la admitieran a una escuela de bellas artes de París porque ellos pagaron todo, incluido el estudio de la Rue St. Pierre. En cuanto Francisca se instaló en París, ellos le dijeron que a Paulo lo habían visto con otra. La madre siempre lo detestó, entre otras cosas por lo del premio, que ella había vivido como una humillación. Lo que es inexplicable es lo del ácido en la cara. No se sabe si el padre fue cómplice, o las hermanas, pero Francisca seguramente enmudeció porque hablar era condenar a la madre, era poner en el mundo una verdad intolerable. Fue la madre la que hizo que alguien le avisara a Paulo. Cuando él fue a ver a Francisca no lo dejaron pasar. La madre le pidió que escribiera el cuento porque sabía que podría usarlo para acusarlo a él, el sospechoso natural. ¿Pero por qué él, que era inocente, confesó? Porque lo único que le importaba era que el cuento le llegara a Francisca, y pensó que darle notoriedad al caso aseguraría que ella lo leyera. Y eso es lo que pasó, como todo el mundo sabe y con las consecuencias inverosímiles que seguiremos tratando de explicar.
El arte del retrato
Pero mi verdadera desesperación de escritor es otra. No es la imagen sino la cosa. No es la palabra que dice luz sino la palabra que hace luz. Esa es la palabra por la que desespero y que tengo que buscar, entre términos arcaicos y páginas de viejas gramáticas, entre las exclamaciones de la historia y la sustancia del dolor. Tengo que revolver entre las letras y desnudarlas de su habla, conjurar lenguas que sean una música y un número, lenguas para hechizar a las cebras y a los osos, para hacer que bailen los árboles y se desvíen las aguas, para que salten las piedras que hemos sido y que seremos, hasta que el tiempo sea una leyenda que hayamos refutado y tú hayas regresado de lo oscuro. Recuperar para esta página el murmullo que Teofrasto Filipo susurró a las cenizas de una rosa para que la rosa fuera nuevamente, hacer que el astrum in faciem sea la doctrina de este canto hecho verdad, recobrar para mi prosa las glosolalias abismadas de los cabalistas enfebrecidos de divinidad. ¿Y qué sacra sintaxis? ¿Qué retóricas profanas? ¿Qué declinaciones y etimologías? Con la lengua del fin de los tiempos, con la lengua inaudible de los ángeles, con la lengua bautismal de los animales del edén, con inmensas lenguas bárbaras y rotas es que escribo. Léeme, léeme con los gestos de tu cara devastada, léeme con el escalofrío de tus ojos. Lee conmigo, acompáñame en esta lectura. Si no puedo llegar hasta tu cara con el soplo de mi verbo, si no puedo llegar hasta ti con el reparador canto de las sirenas que es mi canto, o con el destructor silencio de las sirenas que es mi silencio, si no llego hasta ti con lo que escribo, si lo que escribo no es a la vez el enigma y la solución del enigma de tu cara, si no es la plenitud y el vacío de tu cara, entonces no es nada y es menos que nada.
Apelo a lo profético que hay en mí, abro el diccionario de los mares y entonces canto y vaticino mi palabra. Esta palabra se arrastrará y tocará las raíces subterráneas de las tumbas, penetrará los surcos de maderas envueltas en savia y barro, descenderá y escarbará las vetas minerales y las sales de cavidades sumergidas. Esta palabra se elevará y tocará la matriz ardiente de los planetas, se elevará y tocará las órbitas elementales del sol y los espectros de los ciclos estrellados y la gracia salvaje de las galaxias, que serán los rasgos de tu cara entre mis manos para que los modele y los regrese hasta su origen, trocados por mi palabra. Mi palabra que se alimentará de las pulsaciones de los pájaros, de la exégesis cambiante de los sueños, del silogismo fiel de lo que muta, y como el fuego barrerá las sombras, y como el aire absorberá toda memoria y todo olvido, y tu cara por fin será tu cara, tu fénix cara, tu rosa cara, tu renacida cara intacta, devuelta al remolino insaciable y legendario de los siglos.
Descripción del corto de animación Tango (1980) del polaco Zbigniew Rybczyński
La primera imagen muestra una habitación vacía de la que se ven la pared de la derecha, la pared de la izquierda, la pared del fondo y el piso. Hay una puerta en cada pared y una ventana abierta en la pared del fondo. A la izquierda, contra la pared, hay una especie de armario sin puertas con estantes a la vista. Hay en medio de la habitación una mesa redonda con tres banquetas y en primer plano, hacia la derecha de la imagen y a lo largo de la supuesta cuarta pared desde la que vemos la habitación, hay una cama. En el rincón que forman la pared de la derecha y la pared del fondo, al lado de la ventana, hay una cuna. Sobre el armario de la izquierda hay un paquete.
Por la ventana del fondo entra a la habitación una pelota de fútbol. Enseguida se asoma desde afuera un niño que mira hacia el costado como si quisiera verificar que no hay nadie en la habitación, salta hacia adentro, recupera la pelota, la tira hacia afuera y a continuación él mismo, con una elegante pirueta, salta por la ventana. Por un brevísimo instante la imagen es la de la habitación vacía del comienzo. Pero de inmediato aparece la primera sorpresa, porque en cuanto la imagen del niño desaparece por la ventana, la pelota vuelve a meterse en la habitación, exactamente como al comienzo. De nuevo el niño se asoma por la ventana y la secuencia se repite, idéntica a la primera vez.
Aparece ahora un segundo personaje. Una mujer con un bebé en brazos entra por la puerta de la pared del fondo. Al mismo tiempo, se repite la caída de la pelota dentro de la habitación y el niño que se asoma. Y ahora, la segunda sorpresa: el niño se asoma pero no ve a la mujer, o al menos actúa como si no la viera, repitiendo exactamente los mismos actos que ejecutó en la habitación vacía. La mujer también actúa como si no viera al niño, primero sentándose a la mesa y amamantando al bebé que llora y en seguida llevándolo a la cuna, para después cruzar la habitación y salir por la misma puerta por la que entró. Pero en cuanto sale por esa puerta vuelve a entrar, otra vez llevando en brazos al mismo bebé que acababa de poner en la cuna (¿o es otro?), otra vez sentándose en la mesa para amamantarlo y otra vez poniéndolo en la cuna para volver a salir por la misma puerta por la que entró. Para de inmediato volver a entrar con el bebé en brazos, que sigue llorando, y repetir los mismos actos exactamente iguales. El niño y la mujer no interactúan. Están simultáneamente en el mismo espacio pero se comportan como si estuvieran en distintos tiempos.
Durante la segunda aparición de la mujer, y mientras el niño está saliendo por la ventana por tercera vez, por esa misma ventana asoma un tercer personaje. Es un hombre vestido de negro, con anteojos oscuros y guantes negros, que se mueve con el sigilo de quien no quiere ser visto ni escuchado. Entra en la habitación por la ventana, se dirige cautelosamente al armario, toma el paquete que desde el comienzo está arriba del mueble y sale de la habitación por la ventana por la que entró. En cuanto este hombre de negro se descuelga de la ventana hacia afuera, un cuarto personaje aparece por la puerta de la derecha. Es un hombre vestido con un abrigo rojo y un sombrero rojo, que lleva en la mano un paquete que colocará sobre el armario, idéntico al que el hombre de negro acaba de llevarse. Una novedad se introduce. Los dos hombres, el de negro (que ya está entrando por la ventana por segunda vez) y el de rojo, no interactúan ni parecen verse, pero cada uno necesita del acto del otro para poder seguir repitiendo lo que hace. Sus tiempos están separados pero de algún modo se anudan. El tiempo, pronto notamos, es un personaje más, uno de los protagonistas de este corto. Podemos distinguir en él tres tiempos diferentes. El tiempo cíclico y repetido de cada uno de los personajes, que una y otra vez ejecutan los mismos actos sin variaciones. El tiempo lineal en el que se acumulan los distintos personajes que pasan por la habitación. Y un hipotético tercer tiempo, que es en realidad múltiple, y que son los tiempos en los que cada personaje está en la habitación, que si bien son simultáneos en la imagen para el espectador, tenemos que suponer que no coinciden para los personajes ya que ninguno interactúa con ningún otro, como si fueran espectros o fantasmas. Tiempos que además, como en la dupla del hombre de negro y el hombre de rojo, son a la vez autónomos y dependientes.
El quinto personaje es una niña en uniforme escolar que entra por la puerta del fondo, va hasta el armario, agarra un cuaderno de uno de los estantes, se sienta a la mesa, abre el cuaderno y con una de sus hojas arma un avioncito de papel, que parada sobre la banqueta en la que se había sentado (y que es la misma en la que la madre amamanta al bebé), arroja por la ventana. Se baja de la banqueta, agarra el cuaderno de la mesa y sale por la puerta de la derecha. El sexto es una señora mayor que entra por la puerta de atrás (la misma por la que entran la mujer con el bebé y la niña escolar) llevando un plato con comida. Lo apoya en la mesa, lo deja y sale por la misma puerta. Enseguida entra el séptimo personaje, que es un hombre mayor que se sienta a la mesa y empieza a comer del plato que acaba de dejar la señora. El hombre se levanta y sale por la puerta de atrás, por supuesto que llevando el plato en la mano, de modo que cuando enseguida vuelve a entrar la señora, puede dejar nuevamente el plato con comida en la mesa vacía. Como con los dos hombres de negro y de rojo, estos otros dos personajes también necesitan uno del otro.
Se suceden los personajes: un deportista en pantalones cortos que hace una vertical sobre una de las banquetas; una señora que pone unos paquetes dentro del armario; un hombre que se sube a la mesa aparentemente para cambiar una lamparita pero falla y se cae dando un pequeño grito; una cocinera; una mujer joven desnuda que se viste en la habitación; un hombre que entra llevando un caño y un inodoro; un policía; un borracho; una trabajadora de limpieza que pasa por el piso lo que parece ser una escoba; una pareja que se besa y se tira en la cama a hacer el amor; un hombre con un perro; una madre con un niño al que pone en la cama para cambiarlo; una pareja de hombre y mujer gordos con otro bebé; una señora que lee el diario; una mujer mayor que se recuesta en la cama.
El niño, en los ocho minutos y quince segundos de cámara fija que dura el corto, entrará y saldrá de la habitación treinta y seis veces. Las repeticiones le dan al corto una textura no sólo cíclica sino rítmica y musical. Desde el comienzo se escucha una música, hecha con percusión, piano y cuerdas, a la que se irán sumando vientos, con un ritmo que tal vez recuerda al tango del título y que en sus acentos repetitivos refuerza las repeticiones de las imágenes y las hace aún más musicales y sobre todo danzantes. Pero hay otro detalle de construcción importante. El movimiento del niño de la pelota dura un total de doce segundos. El de la mujer que entra con el bebé, en cambio, dura dieciséis. Esta diferencia crea un desfasaje que da vida a las repeticiones, porque si bien los movimientos de cada personaje se repiten exactamente, no se repiten las relaciones que establecen con los otros (relaciones puramente visuales, ya que no interactúan entre sí). El movimiento del tercer personaje, el hombre de negro, dura dieciocho segundos, idéntico en duración al de su doble necesario, el hombre de rojo que lleva el paquete que el otro roba.
Los personajes van saliendo progresivamente de la habitación. Esto quiere decir no que deciden salir o que alteran sus movimientos para salir sino que una vez completado el ciclo de sus movimientos, que empiezan con la entrada y terminan con la salida de la habitación, estos movimientos ya no se repiten. El último personaje en salir es la señora que se recuesta en la cama. Cae la pelota una vez más y cuando está en el piso, como si fuera una lámpara, se enciende. La señora se despierta, ve la pelota en el piso, la levanta (un instante antes de que la levante la luz de la pelota se apaga), mira algo desconcertada como preguntándose de dónde salió o a quién pertenece, y sale por la puerta de la derecha con la pelota en la mano. (Cuando levanta la pelota, en el minuto siete con cincuenta segundos, deja de sonar la música.) Nótese que esta última secuencia quiebra la lógica que el corto tenía hasta este momento: la señora es el único personaje que rompe con la repetición mecánica y modifica sus movimientos. ¿Y si el corto es el sueño de esa señora, como si lo que vimos fuera la consecuencia de una causa que solo aparece al final? ¿Y si esa señora soñó con la pelota que ahora cuando despierta encuentra en la habitación? Es una solución que tendría la elegancia de ser un sueño que incluye al mismo soñador soñando, ya que la señora también participa de la danza cíclica, aunque su movimiento, al ser el último personaje que se incorpora, se repite sólo dos veces. La tercera vez ya no es repetición sino su despertar.
La habitación, que también es el mundo, es el escenario en el que se representa la acción de personajes que se suceden y se repiten, como las generaciones, en un baile de propósito esquivo. El corto termina con la misma imagen de la habitación vacía con la que empezó, excepto que sobre el armario ya no está el paquete. Y esta es otra descripción posible de esta intrincada red de personajes mudos y de tiempo sonoro, y una posible explicación de su eficaz belleza: el corto puede verse como una máquina de Rube Goldberg, como un complejísimo dispositivo mecánico y conceptual, musical y coreográfico, hiperbólicamente diseñado para sacar un paquete de una habitación.
Breve nota biográfica para el libro Viajar para contar
Pablo Martín Ruiz nació a orillas del Pacífico, pero pronto contrarrestó esa lejanía. Creció y se educó en los suburbios de Haedo y Morón, al oeste de la ciudad de Buenos Aires. Comenzó e interrumpió, sucesivamente, estudios de ingeniería, de antropología y de música. Ya refutada toda idea de vocación, sí completó la carrera de Letras, tal vez en la creencia ilusoria de que la literatura incluye todos los destinos. Dio clases de semiología en la Universidad de Buenos Aires, clases en las que trató de comunicar su asombro ante el lenguaje hablando menos de Saussure y de Peirce que de escritura china y de lenguas perfectas. Actualmente hace un doctorado en Literatura Comparada en la Universidad de Princeton.
2007
Beckettiana

Ilustración: Daniel Ponce
Y
u n
d í a
p a s ó.
L l e g ó
m u e r t o.
I n t e n t ó
r e d a c t a r
f a n t a s í a s.
F i n a l m e n t e,
d e s a l e n t a d o,
l a m e n t á n d o s e
r e s i g n a d í s i m o,
c a n s i n a m e n t e
e n t r e m e z c l ó
t e n t a t i v a s
o r a c i o n e s.
S o s e g a d o
p o n d e r ó.
C u e n t o?
P o e m a?
N a d a.
‘S o y
u n
0’.
Shea Stadium, 1965
Es noche de concierto y el estadio está completo. Hay muchos chicos y sobre todo chicas que van a escuchar. La expectativa es absoluta, la espera es un acontecimiento en sí. Salen los músicos y empiezan a tocar. Las chicas gritan. Uno diría que la música las impacta de tal modo, o tal vez es que esperaron tanto ese momento, que no pueden evitar gritar. ¿Empezaron a gritar todas simultáneamente o empezó una y después otra y después otra y después otra? El hecho es que pareciera que gritan todas. No sólo cuando empieza la primera canción sino que ya lo hacían desde antes, y lo siguen haciendo durante la canción. Y durante la siguiente canción y la siguiente y la que sigue a la siguiente. Los policías se tapan los oídos para protegerse de los gritos. Todo gira en torno a la escucha. Pasan las canciones y los gritos permanecen. Casi parece que fuera posible escuchar dos veces el mismo grito, y que las dos veces fueran la misma. La paradoja empieza a ocupar el centro de la escena, todo se disloca. Fueron a escuchar y gritan porque escuchan. Y porque gritan no escuchan lo que fueron a escuchar. Es como si quien mira una película cerrara los ojos de admiración. O como si quien lee un libro tachara las páginas que le faltan leer de tanto que le gustaron las que ya leyó. ¿Qué es lo que hace que alguien que lo que más quiere y espera es escuchar sabotee la escucha de ese modo violento y hasta grotesco? ¿Qué fuerza imparable y burlona hace que el grito sea preferible a escuchar lo que fueron a escuchar y desean escuchar? ¿Es esa la misma fuerza que vence a los guardianes del Infierno, como nos habían contado hace tanto tiempo? Las cámaras enfocan a los músicos, pero pronto perciben que el verdadero interés está en las plateas, en esas chicas trepadas a los alambrados, o agarradas de sus propios pelos, o que se tapan los ojos con las manos como si algo las desesperara o las horrorizara, y que mientras hacen lo que hacen gritan. Son los marineros de Ulises. ¿O son las sirenas? ¿O son el propio Ulises, atadas a sus mástiles? Tal vez los gritos son las sogas que las atan. Sogas paradójicas que les permiten escuchar al impedirles escuchar. Otra manera de verlo, y que tal vez sea lo que las chicas que gritan están pensando o han pensado, es que lo que quieren con sus gritos es contrarrestar el poder destructivo de la música que aman y escuchan, o que escucharían si no gritaran. Y en el mismo movimiento, hacer de los músicos escuchas. Eso es lo brillante de su decisión. Los músicos tocan la música que las chicas escuchan o quieren escuchar, pero las chicas gritan para que sean los músicos los que escuchen y no haya más diferencias entre ellos. Porque es evidente que esas chicas no gritan cada vez que escuchan esa música. No gritan cuando la escuchan en discos que ponen en sus casas, o cuando la escuchan por la radio desde sus habitaciones. En esos casos solo escuchan. Y hasta es posible que sea justamente porque pueden escuchar esa música a través de los discos o de la radio que cuando están en el estadio gritan. Por eso en realidad sus gritos no son comparables con la ceguera voluntaria de quien ve una película o con quien tacha las páginas del libro que admira. Se trata de un don: les regalan los gritos a los músicos para que ellos también puedan escuchar. Los roles no se invierten, se hacen simultáneos. La situación pura sería que las chicas sólo escucharan la música que tocan los músicos y los músicos sólo escucharan los gritos que las chicas gritan. Observemos algo más: el deseo de las chicas de producir el máximo volumen posible (ya que sus gritos tienen un volumen muy superior al que usarían para cantar) infunde una asimetría en la escena. Los músicos tienen amplificadores, es verdad. Pero no parecen tener el volumen al máximo ni cantan al máximo volumen que pueden. Las chicas sí. Los músicos podrían elevar el volumen pero no lo hacen. Las chicas, en cambio, gritarían más fuerte si pudieran. Hay dos masas sonoras que se encuentran y se estrellan: una que proviene de los parlantes del escenario y la otra que proviene de las plateas. Es un combate, ya lo hemos visto. Es un duelo, y el arma es la voz.
No todo es frenesí entre las chicas. Una de ellas, sentada en la platea, está absolutamente tranquila. Como si sus oídos estuvieran suspendidos, como si hubiera conseguido un escudo sónico que la aísla. Descubrió que tiene un arma más eficaz que sus gritos, a saber, el olvido y la imposibilidad de su silencio. Y con esa arma se defiende de aquello que solo ella percibe como una amenaza. Es una batalla que se libra en la escucha, entre lo que es y lo que no es silencio, entre lo que era y lo que no era sonido. ¿O se puso cera homérica en los oídos? Tal vez previó los gritos y se protegió. O tal vez previó todo lo contrario, que la música en sí era peligrosa y temible, y se protegió. O tal vez lo hizo por error. ¿Proserpina? ¿Ekathé? Lo cierto es que está en calma, domina sus pulsiones. Entonces los músicos son los que repentinamente se sienten amenazados, porque ese silencio olvidado es el que termina de invertir los roles. Los obliga a escuchar. A diferencia de los gritos, que sólo los hace escuchar, sin obligarlos. ¿Acaso no escuchan lo que tocan? ¿Acaso no escuchan los gritos que los ensordecen y les hacen dejar de escuchar? Entre todo ese abultado rumor, sin embargo, hay un silencio que los descoloca. ¿Qué hacer con ese silencio imposible instilado en el estadio y en la noche, en medio de los gritos? Lo que hacen es dejar de tocar, pero sin dejar de hacer los movimientos que hacían, como si tocaran y cantaran. Del escenario llega a las plateas el más poderoso silencio sonoro. Y ahora todo tiene sentido, porque lo único que suena son los gritos. La gente cree que los músicos tocan, porque los gritos se sobreponen a todo. Los músicos se abandonan a la percepción, porque su música se transformó en efecto puro. Los argonautas siguen remando con vigor, aceleran el ritmo. La esperanza es que el peligro vaya quedando atrás, que sólo quede el eco de la escucha. Sólo que las sirenas son y seguirán siendo también el barco y ya no hay manera de olvidarlas.
El Genji monogatari: el último avatar de la novela
I
De las múltiples causas de atracción que ofrecen las artes y las letras de Japón, tal vez ninguna sea más merecedora de asombro que el Genji monogatari. Escrito a comienzos del siglo XI por una mujer de la corte imperial, casi de inmediato se transformó en lo que sigue siendo: el gran clásico de la literatura japonesa, y seguramente su incuestionable obra maestra.
El libro cuenta la historia de un príncipe que no llega a ser emperador. Hijo de emperador y de una mujer sin suficiente abolengo, el destino del príncipe Genji (se pronuncia aproximadamente «guenshi») está marcado por el signo de esos ancestros contrariados. Dotado de especial belleza, de superior talento para la danza, la música o la caligrafía, y de gran carisma personal, es llamado desde su infancia Hikaru, «resplandeciente», «luminoso». La historia, como el personaje, no carece de rasgos excepcionales: en una narración en la que predomina el realismo psicologista, delicadamente marcado por cierto tono melancólico ante el paso del tiempo y la fugacidad de las cosas, y en la que se cuentan los amores sucesivos, y sobre todo simultáneos, del héroe, además de sus avatares en la vida de la corte, su exilio por razones políticas o su maestría en el arte de hacer perfumes, no faltan los sueños proféticos, los espíritus vengadores o las predestinaciones anunciadas.
No menos novelesco es el ámbito en el que el libro fue escrito: la corte imperial del período Heian, alrededor del año mil, con sede en lo que hoy es la ciudad de Kyoto. Como los comentaristas suelen recordar, esta fecha es muy anterior al zen, a la ceremonia del té, al surgimiento de los samuráis, al desarrollo del kabuki o del noh y a casi todo lo que hoy identificamos como tradicionalmente japonés. Pero sí coincide con otro hecho no menos japonés: la existencia de una clase dominante que ya profesaba con aplicación el culto de la estética y que entrenaba a sus hombres, y también a sus mujeres, en la inteligencia y el ejercicio de las artes. A una de estas mujeres, que conocemos por el nombre de Murasaki Shikibu (nombre del que en realidad ella está ausente, ya que deriva de la combinación del de la heroína de su libro y del cargo administrativo de su padre), debemos este libro inagotable, que empieza con el tono de los cuentos tradicionales y las narraciones populares y termina más de mil páginas después como si hubiera recorrido la historia de la literatura.
En el origen podemos postular el pudor. El modo de comunicación entre los hombres y las mujeres de la corte consistía casi exclusivamente, contra toda verosimilitud, en el intercambio de poemas escritos. Limitadas a puestos secundarios en la vida política y social, recluidas en cámaras del complejo palaciego a las que entraba poca luz, ocultas detrás de series de biombos opacos y debajo de varias capas de vestimenta, con las caras maquilladas de blanco y los dientes pintados de negro, esas mujeres sólo podían interactuar con el mundo masculino mediante el manejo de un complejo código de convenciones retóricas. A partir de un vocabulario limitado y de estrictas normas de versificación, esos poemas breves, muchas veces improvisados, debían ser capaces de comunicar todas las circunstancias de la vida cotidiana. Previsiblemente, esas prácticas derivaron en sofisticados mecanismos verbales de alusiones, sugerencias y sobreentendidos, de verdades apenas indicadas que dependían de la habilidad interpretativa del destinatario, habilidad que a su vez se basaba no sólo en el manejo de las convenciones de ese código sino también en el conocimiento del vasto repertorio de poesía china y japonesa, al que potencialmente se abría cada línea de esas composiciones pintadas a pincel.
Estos hábitos son una condición para entender el prodigio. Pero desde luego no son suficientes. Cientos de mujeres durante más de trescientos años los practicaron, pero sólo una escribió el Genji monogatari. Tal vez no haya análogos en la literatura del resto del mundo de una obra tan radicalmente nueva con respecto a lo conocido hasta entonces en el ámbito de su lengua. Ningún título es excesivo para la comparación. La Divina comedia, el Quijote o el Ulises proponen en sus literaturas mundos verbales novedosos, de vastedad y riqueza no mayores a las que propone el libro de Murasaki Shikibu. Un libro que, como el Quijote, parece anticipar y hasta parodiar las obras que serán su descendencia. Abundantes páginas se escribieron para comentar la maestría de sus proustianas observaciones psicológicas, de la caracterización minuciosa de decenas de personajes, de la sutileza y humor de los comentarios de la narradora, o de la ambigüedad irónica en el tratamiento de las virtudes morales del héroe. En las notas que siguen me propongo analizar, de sus muchos méritos técnicos, dos que considero particularmente relevantes, además de haber sido inatendidos por la crítica.
II
Debería escribirse una historia de la autoexégesis en literatura. Es decir, una historia de los mecanismos por los cuales obras literarias de diversas épocas y tradiciones se explican o interpretan a sí mismas, o al menos ofrecen indicios para hacerlo. Obras que incluyen, digámoslo así, indicaciones para su propia exégesis. Parece un recurso esencialmente moderno: lo encontramos en Kafka, que hace leer e interpretar a un personaje de El proceso el texto, incluido en la misma novela, de «Ante la ley»; lo encontramos en varios textos de Borges, por ejemplo en la primera página de «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius»; lo encontramos muy explícitamente en Pálido fuego de Vladimir Nabokov, y muy elípticamente en La Disparition de Georges Perec. También lo vemos en cierto pasaje memorable, protagonizado por Humpty Dumpty, de las aventuras de Alicia. Pero por cierto hay antecedentes muy anteriores: Dante, el Arcipreste de Hita, los autores del Roman de la Rose, San Juan de la Cruz, entre otros, han recurrido al comentario o a la exégesis incluida o incorporada a los propios textos comentados. El Genji monogatari, seguramente a causa de la conciencia que su autora tenía de la novedad de su invención, abunda en indicaciones, directas o indirectas, de lectura.
Podemos empezar por un episodio del capítulo veinticinco, que arroja luces y penumbras sobre el resto del libro. Tamakazura, ávida lectora y recién llegada a la mansión de las mujeres de Genji, está en su habitación leyendo. Genji entra, la interrumpe, y empiezan a hablar de literatura. El disparador es un tópico literario retomado y popularizado por Flaubert más de ochocientos años después: las mujeres como lectoras crédulas que toman por verdades las fantasiosas invenciones de los escritores. «Las mujeres parecen haber nacido para ser engañadas», dice Genji. «Saben perfectamente que en esas viejas historias no hay un ápice de verdad, y aún así se dejan hipnotizar por esas colecciones de trivialidades, y hasta a veces después ellas mismas escriben otras.» El Genji monogatari, digamos de paso, nos hace notar cuánto habría ganado Madame Bovary si Flaubert hubiera sido mujer. Antes de que Tamakazura pueda contestar, Genji modera su comentario y admite el placer que muchas veces encuentra en la lectura de monogatari, aunque los atribuye a personas que, supone, estarán acostumbradas a mentir. Tamakazura contesta que esa seguramente es la opinión de alguien que miente, y que ella, por su parte, los acepta en lo que tienen de verdad. Con gran habilidad, Murasaki Shikibu lleva la discusión hacia donde le interesa: Genji, como Aristóteles, compara los monogatari, es decir la ficción, para mejor entenderlos, con las crónicas históricas. «Las crónicas de la historia de Japón son sólo un fragmento de la verdad; son tus novelas las que completan los detalles», dice el héroe después de admitir lo injusto de su comentario anterior. Un tercer género aparece inmediatamente: las parábolas del Buda, que abundan en la literatura mahayana o del Gran Vehículo, y que, según la observación de Genji, apuntan oblicuamente a la verdad. Los encantos de la escena siguen: Genji especula sobre la posibilidad de que uno de los dos escriba la historia de ellos mismos, que juzga particularmente interesante, y Tamakazura responde que de todos modos el mundo la notará, aún si ellos no se toman el trabajo de escribirla. Pero el efecto de la escena ya está logrado y el Genji monogatari ya estableció su relación de similitud y diferencia con otros tres géneros: los viejos monogatari, las crónicas históricas y las parábolas budistas.
Las referencias a estos géneros y sus características en el resto del libro son numerosas. A veces los personajes se ven en situaciones que les resultan inverosímiles y comentan que es como si estuvieran protagonizando historias de viejos monogatari. Otras veces la narradora afirma que no va a presentar la historia completa de determinados episodios y que no contará los detalles, como si se tratara de crónicas. Estos comentarios empujan al Genji monogatari, que nunca deja de ser tal, hacia el realismo de las crónicas históricas, hacia el relato de hechos verdaderos. El resultado es un monogatari que pareciera tratar de no serlo, de absorber las características de sus géneros vecinos y que pide ser leído de un modo diferente y nuevo. Hay otro recurso, tal vez aún más importante, que pone en juego mecanismos de autocodificación. Me refiero al rol de la poesía en el libro.
Si en una cultura el intercambio de poemas es un hábito cotidiano, no sorprenderá encontrarlos en las obras en prosa que esa cultura produzca. Y en la prosa japonesa previa al Genji de hecho abundan. En la Historia del cortador de bambú (Taketori monogatari, el más antiguo que se conserva), los poemas aparecen en la narración como un elemento más de la realidad, indiferenciados en ese rol de muebles, árboles o jóvenes enamorados, y su función se limita, como en la realidad, al diálogo entre personajes. En los así llamados uta monogatari o historias de poemas (de los cuales el Ise monogatari, conocido en español como Los cuentos de Ise, es el más famoso), los poemas se transforman en algo así como personajes textuales, ya que las prosas que los acompañan cuentan la historia de su origen y composición, además de proveer un contexto de interpretación.
Una cierta relación entre prosa y poesía, aunque implícita, está ciertamente presente en el Kokinshu, la primera antología imperial de poesía japonesa (aclaremos que ya existía una antología no imperial de poesía japonesa, el Manyoshu, y por lo menos tres compilaciones de poesía china). Completado unos cien años antes de la composición del Genji, el Kokinshu incluye más de mil poemas escritos por decenas de poetas. Su autoridad, tanto formal como temática, fue inmediata, y es el modelo, vigente hasta fines del siglo XIX, del que surge la literatura japonesa de los siguientes mil años. La compilación está dividida en veinte partes temáticas. Las más importantes, por cantidad de poemas asignados, son las dedicadas a las estaciones del año y al amor. A su vez, dentro de las partes, los poemas están organizados siguiendo una suerte de criterio cronológico, de modo que los poemas sobre las estaciones siguen el orden de calendario, y dentro de cada estación están a su vez ordenados desde el comienzo hasta el final de la estación. La sección de poemas de amor sigue el ordenamiento narrativo que corresponde al de una relación amorosa, desde los primeros signos de enamoramiento hasta la declinación y el fin del amor. De modo que el resultado es una estructura cuidadosamente armada que hace de la antología una unidad consistente mediante criterios de la narración.
En el Genji, versos y prosa, poesía y narración, establecen una relación que se descubre progresivamente compleja. Vemos a los personajes intercambiar sus poemas, y los vemos también interpretarlos. A veces aparecen comentarios de la narradora sobre los poemas: «Un poema improvisado, si es dicho musicalmente, con una cadencia al principio y al final como de algo no dicho, puede parecer que transmite un mundo de significados, aún si después de una reflexión detenida no parezca haber dicho casi nada». Hay comentarios similares sobre las conversaciones entre los personajes, como cuando To no Chujo escucha hablar a una de sus hijas y la narradora comenta: «A su padre le encantaba el modo en que ella hacía que pareciera que quedaba mucho sin decir». Los comentarios sobre interpretación y significado como el siguiente no son infrecuentes: «No había trazos de ambigüedad en la carta, pero estaba redactada de un modo tan discreto que alguien ajeno a la situación no la habría entendido». No hace falta demasiada imaginación para entender que estos comentarios y otros similares podrían aplicarse a la novela misma, narrada de un modo frecuentemente elusivo y que a veces deja al lector preguntándose si no será él mismo quien es ajeno a la situación. La prosa y la poesía, que en los antecedentes de la tradición se mantenían separadas sin interferencias, ahora parecen querer borrar o debilitar esos límites. Es decir que el Genji, mientras se presenta y se define en términos de la tradición, también se diferencia de esa tradición y se propone como algo nuevo. Requiere ser leído de un modo novedoso y ofrece para ello una serie de elementos de autocodificación en forma de comentarios sobre literatura y sobre géneros afines, y sobre poesía y sobre su significado y propósito. El Genji, digámoslo así, a medida que progresa va inventando a su lector.
¿Hasta dónde llegará esta invención de sí mismo?, se pregunta curioso el lector. Y sigue leyendo. Y lee que el príncipe Genji, el Resplandeciente, no mucho después de la mitad de la novela, muere. Después de su muerte, la narración se centra en dos de sus descendientes, Kaoru y Niou, mencionados como sus posibles sucesores. Ambos son bellos y talentosos, y uno y otro comparten distintas características de Genji, como si la novela los presentara como sus dos mitades. Nombre que participa también de un nivel simbólico, Genji es llamado el Resplandeciente, es decir que su nombre corresponde a una imagen visual. Los nombres de Kaoru y Niou significan, respectivamente, «fragante» y «perfumado». Lo visual ha sido reemplazado por lo olfativo. Hay otras instancias de esta yuxtaposición de lo visual y lo olfativo, y están dadas por la poesía. En una ocasión, Kaoru es convocado para recibir a un mensajero: «La nieve, que se había acumulado, era tenuemente iluminada por las estrellas. La fragancia que Kaoru dejó a su paso hacía pensar que “la oscuridad de la noche de la primavera” se esforzaba inútilmente en eliminarla». Lo que está marcado entre comillas es una alusión al poema cuarenta del Kokinshu:
En vano la oscuridad de la noche de la primavera cubre al ciruelo.
Destruye el color pero no el aroma de sus flores.
Los colores y los aromas están unificados en las flores de primavera, lo que a su vez los vincula a las estaciones y al paso del tiempo. En el mismo pasaje hay también otra alusión, pero esta vez a la novela misma. En el caso que acabamos de ver se trata de Kaoru recibiendo un mensaje de su amante Ukifune. Cuatrocientas páginas antes, Genji sale a visitar a su amante Murasaki. También se describe a la nieve apenas iluminada, esta vez por el primer resplandor que anuncia el final de la noche, y también se menciona la fragancia que él deja a su paso. Y en la descripción de la escena, el mismo poema cuarenta del Kokinshu es aludido. En la misma página en la que Kaoru deja su fragancia cuando pasa, hay un pasaje que es casi idéntico a otro muy anterior. Ambos cuentan la celebración de concursos: en uno, Kaoru y Niou participan de un concurso de poesía china; en el otro, Genji participaba de uno de perfumes, al que había enviado dos perfumes hechos por él, como si la novela estuviera previendo a las dos figuras que lo sucederán. Estos paralelismos, premoniciones, autoalusiones, sugieren una construcción cuidadosamente concebida y ejecutada.
En ese concurso de perfumes, en el que Genji es también juez, hay una alusión a otro poema, el treinta y ocho del Kokinshu:
¿Quién juzgará el color, el aroma del ciruelo?
¿Quién si no tú? El que sabe es el que sabe.
Este poema introduce lo estético en el mundo de significaciones asociadas al color y al aroma de la flor del ciruelo. Hay en realidad toda una tradición del uso de estos elementos en función del juicio estético, que puede verse también en el prefacio del Kokinshu (el primer texto de crítica literaria escrito en Japón), en el que Ariwara no Narihira, figura central a quien se atribuyen numerosos poemas del Ise monogatari y en quien parece estar modelado su personaje principal, es evaluado en estos términos: «En su poesía el sentimiento excede a las palabras. Sus poemas recuerdan a las flores que ya no tienen color, pero que aún retienen la fragancia».
También en esta línea simbólica pueden verse los últimos capítulos del libro, conocidos como los capítulos de Uji, nombre de una región algo al sur de Kyoto donde transcurre buena parte de los episodios amorosos de los aromáticos Niou y Kaoru. La palabra uji significa algo entre oscuro y lúgubre, por lo que esos capítulos podrían verse, en relación con aquellos en los que reina el luminoso Genji, como la noche de la primavera que elimina el color pero no el perfume. Para decir lo que ya es obvio, la historia de Genji, los muchos años que van desde su nacimiento hasta su perduración en sus sucesores, es también la de la breve vida de una flor de primavera, y la novela completa, con sus decenas de capítulos, personajes y episodios es también, o quiere ser, un breve poema.
En un sentido, el Genji es a la prosa lo que el Kokinshu es a la poesía: mientras la antología de poemas se organiza con criterios cronológicos propios de la narrativa, la novela en prosa adquiere su estructura y su unidad mediante recursos simbólicos propios de la poesía. La autoría de estos capítulos posteriores a la muerte de Genji fue puesta en duda por críticos que los creían obra de manos espurias, convencidos de que un libro carece de sentido una vez que su héroe ya murió. No están del todo equivocados, pero esa convicción prueba en este caso lo contrario: que esos capítulos fueron seguramente escritos por la misma persona que muchas páginas antes los había preparado, presentando la supervivencia en forma de aromas que permanecen aún cuando la luz ya no está. Capítulos que son la larga despedida de Murasaki Shikibu de su héroe y la culminación de su novela-poema, su flor de ciruelo verbal.
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