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UN MATADERO
1

Mi madre —paralítica, con problemas graves de astigmatismo— no podía alcanzar los libros de la biblioteca y si los alcanzaba tampoco podía leerlos. Entonces llamaba a mi padre y le decía “Hoy quiero que me leas algo de Borges”. Mi padre le contestaba: “Bien, hoy leeremos algo de Borges”, sin embargo, bajaba de los anaqueles el Manual de Conducción Política de Perón y se lo leía empezando por cualquier parte. Mi madre, en su silla de ruedas, no podía ofrecer mayor resistencia que algunos insultos. Luego tenía que soportar la lectura hasta el final, es decir, cuando a él se le ocurría. También pasaba con otros libros y siempre se trataba de la misma lógica, mi madre le pedía uno y mi padre le traía otro. Ella decía: “A veces me pregunto si sos un idiota o lo haces a propósito, pero, pensándolo bien, no hay diferencia, si lo harías a propósito serías un idiota; en definitiva, pensar que podrías hacer algo a propósito es inútil, tengo que aceptarte como sos, es decir, como un idiota”.

Para elegir algo —decía mi padre— necesariamente tiene que existir alguna alternativa. Mi madre nunca le había dado ninguna. De la relación con esa mujer terminó aprendiendo algo que nunca olvidó: cuando la palabra promete la muerte —y todas las palabras prometen la muerte— inevitablemente se abre un espacio interminable en el que todas las palabras quedan en suspenso esperando su redención. En ese lapso las palabras significan cualquier cosa y las cosas cualquier palabra.

Cuando mi padre le hacía caso y le leía lo que le había pedido, mi madre lo trataba de cínico: “cuando me lees a Borges porque yo te lo pido, de ninguna forma lees a Borges porque yo te lo pido, sino porque vos tomás la decisión de no leer a Perón, entonces no me estás leyendo a Borges, simplemente no estás leyendo a Perón”. Mi padre podía explicarle que en verdad tenía ganas de leerle a Borges y no a Perón, pero ella insistía hasta alcanzar el borde de su propia argumentación: “Cuando decidís leerme a Borges porque así lo querés, en verdad no estás haciendo más que someterme a tus decisiones, y sólo por ello, sólo porque vos lo decidís, leer a Borges significa leer a Borges, pero del mismo modo, cuando a vos se te ocurre lo contrario, leer a Borges significa leer a Perón”.

Cuando mi padre se cansaba de escucharla le decía que iba a morir como a una perra. Pero ella nunca se cansaba y a las palabras de mi padre respondía: “crees decidir lo que a vos se te ocurre, pero no podés decidir qué significa ‘vas a morir como una perra’, y ¿sabés por qué?, porque sos un cagón, un conchita demente, y sólo porque sos un cagón y un conchita demente ‘vas a morir como una perra’ significa que de ninguna manera voy a morir como una perra”.

Mi padre nunca creyó que ella sufriera de una verdadera parálisis. Estaba seguro de que podía caminar y que no lo hacía sino para crearle los más altos e insalvables obstáculos en la realización de su obra: convertirse en escritor. Los libros que ella amaba, como los de Borges por ejemplo, estaban ubicados en la parte más alta de la biblioteca. Mi padre los dejaba allí para respetar el orden alfabético de la biblioteca, aunque posiblemente lo hiciera para que ella no pudiera tomarlos por sí misma. Sin embargo, solía ocurrir que los libros de Borges aparecieran en los anaqueles más bajos y por ende al alcance de mi madre. “¡Dejé los libros en la parte más alta y vos te subiste a un banco para agarrarlos!” —la acusaba mi padre. “¿No ves que estoy en silla de ruedas?, no toqué ningún libro, ¿y quién te crees que me dejó paralítica?” —respondía ella jugando siempre con la culpa. Enseguida, mi padre arremetía con mayor furia: “No sos más que una perra mentirosa que finge estar inválida sólo para echarme la culpa, un día me vas a obligar a que te pegue un tiro en la cabeza”. Entonces mi madre estallaba en carcajadas. “¿De qué te reís?, decíme, ¿de qué te reís?” —se defendía mi padre. “De vos me río, ¿de qué otra cosa me voy a reír?; sí, tenes razón, vivo esperando que me pegues un tiro en la cabeza, ¿y sabes por qué?, para corroborar en ese mismo momento que sólo sos un conchita que no puede hacer otra cosa que obedecerme”.

Porque todos los días, por más de veinte años, mi padre vistió una camisa que cerraba en el primer botón, apretándole la garganta de la forma que a mi madre le gustaba y lo exigía; mi madre lo insultaba y humillaba porque no podía elegir por sí mismo qué tipo de camisa quería usar. Pero también ocurría que cuando mi padre se presentaba con la camisa abierta en sus dos primeros botones, con el pecho descubierto, mi madre se reía a carcajadas diciéndole que no era más que un conchita demente que no podía elegir lo más mínimo e insignificante por sí mismo.

Cuando mi padre se encerraba en su cuarto para escribir y comenzar su carrera literaria, mi madre lo interrumpía diciéndole que se comportaba como un borrego snob que sólo intentaba justificar con la literatura su incapacidad para con la vida. Pero si mi padre dejaba de escribir diciendo que ya no quería ser escritor porque la literatura no le interesaba en lo más mínimo, mi madre volvía a reírse tratándolo de borrego idiota que no podía elegir nada por su propia cuenta.

Según mi padre, cuando se habla de ley se debería únicamente hablar de la estafa de la ley, porque cuando nos exigen elegir, en verdad, sólo nos muestran la imposibilidad de toda elección. Aun cuando pueda elegir no elegir, siempre lo haré dentro de la estafa de la ley —decía mi padre. Cuando mi padre se presentaba con la camisa cerrada hasta el primer botón, era humillado con el insulto de conchita demente, y a la vez, cuando se presentaba con la camisa abierta, el pecho descubierto, volvía a ser humillado como un conchita demente. Nunca se ha tratado de elegir libremente, decía mi padre, porque elegir libremente es parte de la farsa.

El día en que mi padre arrojó a aquella mujer desde el balcón del primer piso de la casa Rodenlan, no estaba eligiendo. Entender, según mi padre, que arrojar por el balcón a aquella mujer era un modo de elegir, es no entender nada. No sólo elegir, sino incluso elegir el modo de elegir, no es más que parte de la misma estafa. Acusarlo —como lo hacía mi madre— de haberla dejado paralítica, decir que pudiendo realizar algún tratamiento para volver a caminar él se lo impidió y terminó encerrándola en la casa con el fin de ocultar lo que había pasado, era, según mi padre, no comprender absolutamente nada. Ella nunca hubiese entendido qué significa no estar ahí donde estamos, no decir lo que estamos diciendo, no hacer lo que estamos haciendo, ni menos aún elegir lo que estamos eligiendo.

2

Con respecto a nosotros, mi madre lo acusaba de habernos adiestrado con la única finalidad de humillarla. Mi padre le respondía que si él no hubiese estado atento a cada gesto, movimiento y reacción de cada uno de nosotros, para en el momento indicado hacer sonar su silbato, entonces todos —mi madre, los asistentes de mi padre, incluso mi padre mismo— hubiesen sido atacados y despedazados, en cualquier instante, por cualquier mínima acción.

El silbato de mi padre no emitía ningún sonido que el oído humano pudiese captar. Sus órdenes nunca eran demasiado claras y en cierto sentido resultaban más bien inexistentes. Él soplaba su silbato pero ninguno de nosotros escuchaba ningún sonido. Lo único que sabíamos era que si se llevaba el silbato a la boca entonces estaba dirigiéndonos una orden que debíamos cumplir, pero no sabíamos cuál era esa orden. Parecía contentarse con el simple hecho de que realizáramos cualquier acción sin importar cuál. Soplaba su silbato y nosotros, cada uno por separado, hacíamos algo, cavábamos pozos con las manos, nos echábamos en la tierra, corríamos, nos tirábamos patas arriba, adoptábamos ciertas posturas de vigilancia, atacando determinado objetivo o deteniendo el ataque. Entonces anotaba en su libreta los movimientos y las acciones que ejecutábamos, y atendía al modo en que cada uno de nosotros siempre, ante el único y mismo sonido de su silbato, reaccionaba de forma diferente.

Sólo cuando mi madre se negaba a quedarse sola en medio del parque, mi padre nos dejaba entrar a la casa. Al ver a mi madre y su actitud negativa para con nosotros, nos poníamos nerviosos y alterados; sin embargo, en términos generales, ninguno la atacó sin la orden previa del silbato de mi padre.

Mi padre le decía que si él lo ordenaba, ella quedaría destrozada. Como mi madre se le reía, él hacía sonar el silbato obligándonos a abalanzarnos de modo violento sobre la silla de ruedas. Un mínimo instante antes de ser lastimada, mi padre volvía a emitir otro silbido de su silbato paralizando en el aire a los que se habían arrojado contra ella. En otras ocasiones —las menos—, el sonido del silbato no llegó a tiempo para detenerlos.

Sin embargo, porque era absolutamente necesario que mi padre estuviese atento a cada gesto, movimiento y reacción, porque era absolutamente necesario que hiciese sonar su silbato en relación a nosotros, no hacía sonar su silbato. Y a la vez, sólo porque era absurdo e inútil utilizar su silbato en relación a mi madre, utilizaba su silbato a cualquier hora, incluso a insólitas horas de la madrugada, en relación a mi madre.

En realidad, las veces que usó su silbato en relación a nosotros lo hizo porque era fundamental determinar de forma exacta si la ejecución del sonido de su silbato era anterior a nuestros aullidos, o si nuestros aullidos aparecían antes que el sonido del silbato. Tal interrogación definía de modo radical la posibilidad de su obra. Los aullidos invariablemente aparecían en un mismo instante, yuxtapuestos e indiferenciables al silbato; no obstante, debía existir una diferencia, al menos una milésima de segundo, entre uno y otro. Si el sonido del silbato era anterior a los aullidos, entonces su obra acerca de la Voz y las voces tenía sentido, ya que toda experimentación y observación durante esos años se habría entendido como una experimentación controlada por su voluntad (lo que implicaría a su vez nuestro absoluto sometimiento a sus decisiones). Sin embargo, si los aullidos eran anteriores a la emisión del sonido, él mismo habría estado sometido a nuestra voluntad, reaccionando ante el terror y el pánico que esos aullidos imponían en su existencia de forma automática, acaso como defensa, haciendo sonar su silbato (si verdaderamente esto último fuese así, se revelaría, según mi padre, el carácter demencial y ridículo de su obra).

Para mi padre, la vida se hacía en la batalla entre la boca y el cerebro, entre el órgano de las profundidades y el órgano de las alturas. En mi madre, la boca terminaría ocupando el lugar que su cerebro —el cráneo bien redondeado, gigante y maravilloso de mi padre— había sabido conquistar. Por eso mi madre no podía andar sino arrastrándose. Cuando mi padre le quitaba la silla de ruedas, le gustaba esconderse detrás de la puerta del comedor y ver cómo ella se arrastraba por el piso, porque con ello le parecía confirmar sus ideas.

La verticalidad impuesta por la jerarquía de su cráneo era el polo opuesto a la horizontalidad de mi madre. La misma que la de los gusanos cuando la boca se impone sobre el cerebro. Siempre le sorprendió la capacidad de aquella mujer para sobrevivir a la falta de alimentos que él mismo se negaba a ofrecerle. De pronto se olía en toda la casa un tufo mierdoso que todo lo invadía; pero, al rato, cuando mi padre le cambiaba los pañales, nunca encontraba ni un poquito de mierda. Entonces mi padre le recriminaba el haberlos lamido y mordido a escondidas, antes de que él se los sacara. Se cagaba encima a toda hora y en cualquier lugar, pero, según mi padre, nunca había mierda en sus pañales, era como si su ano y su boca se hubiesen liberado de los mandatos del cerebro, como si la boca y el ano hubiesen creado un sistema autónomo, arruinando toda jerarquía y control. Como en todo gusano, la boca se había impuesto como un sistema de cloaca, de introyección y extroyección, formando un único sistema boca-ano, por lo que lo defecado se repetía en lo tragado. Lo que en su vida era la línea vertical del pensamiento abstracto, en mi madre la línea se transformaba en el círculo del retorno de lo tragado y defecado. Lo que en su cerebro era la pura ontología de la Voz, indeterminada en su abstracción, indiferenciable de la nada, en mi madre se transformaba entonces en una ontología amorfa en la que la Voz, el ser, no difería de la mierda.

Según mi padre, sólo él sabía lo difícil que resultaba alcanzar ese lugar y encontrar los modos de sostener la renuncia al trato con la propia mierda de modo constante. La evolución, la escala y las jerarquías debían hacerse todos los días y a cada instante, decía mi padre. La batalla que libraba el cerebro contra la boca-ano, el puro pensamiento de la Voz contra el mero hundirse en la mierda, se daba en el campo del lenguaje. Una lucha que siempre estaba al borde de transformar la lengua en un alimento excremental. Por eso, según mi padre, siempre estamos amenazados por una afasia originaria, por eso no podemos sacarnos de encima el devenir gusano, la propia y constitutiva degradación hacia la invalidez y la postración.

El lugar que nosotros ocupábamos en la escala de la naturaleza que organizaba mi padre, no estaba ni en las alturas de la abstracción ni en las profundidades de un organismo que tendería a tragarse a sí mismo, sino en la evanescencia de las superficies. Entre un polo y otro, los perros eran el campo de la batalla entre la boca-ano y el cerebro. Siempre en el medio y por el medio, ni totalmente verticales como el hombre ni completamente horizontales como los gusanos y mi madre, sino más bien en el desfasaje de las coordenadas, como si el lomo siguiera la horizontalidad de la tierra que busca arrastrarse sobre ella, y el cráneo buscara la verticalidad del cielo. Como si ese extravío físico nos condenara a nunca terminar de librar la batalla animal entre la Voz y el murmullo, entre el ser y la mierda, entre el cerebro y la boca.

Para mi padre, los animales tienen voz. Hay un momento, decía mi padre, en que el animal que muere revela una voz y esa voz ya no es el ruido animal, más bien es la voz de su muerte. No dice nada, no tiene palabras, pero no es ruido, no es el aullido de un perro, no es el chillido del chancho. No dice nada, pero a la vez, así sin palabras, significa algo, significa muerte, aniquilación y nada. Es la lengua muerta, la pura intención de significar, el ya no del mero ruido animal y el todavía no del significado.

Mi madre le respondía que era ridículo que los chicos que mantenía en los jardines de la Casa Rodenlan hablaran. No pretendo que hablen, decía mi padre, sino descubrir la Voz del animal mudo. No son animales, decía mi madre, o sí son animales pero no tanto, no sé lo que son. Se necesita escuchar los aullidos de esos chicos, decía mi padre refiriéndose a nosotros, para comprender que si los animales no tienen palabras sin embargo tienen voz, no la voz del hombre sino ese agujero en el lenguaje por donde pasa todo el lenguaje.

3

Entiendo que mi padre estaba en lo cierto: cuando alguien ya siempre ha dejado su humanidad pero todavía no llega a ser otra cosa, sólo puede hablar de su propia naturaleza en términos de lo que no es. Voy a intentar ser claro. Lo verdadero y lo falso son fáciles, porque ya están establecidos de una vez y para siempre; en cambio, la ficción conlleva un trabajo constante, un esfuerzo desmesurado en sostener aquello que se da en el espacio evanescente del simulacro.

No se trataba de engaño alguno sino del esfuerzo de persistir, como si ser lo que nos era dado hubiese sido un trabajo más ligado a la destrucción que a la construcción. Digo esto porque la tarea de tener que ser lo que nos era dado remitía más bien a concentrarnos en nuestras incapacidades e impotencias que en nuestras capacidades o potencialidades. Esto se notaba constantemente en cada uno de mis compañeros, tanto al sostener la posición de cuatro patas como en la intención de ladrar, gruñir o aullar. Lo que fui comprendiendo es que todos los chicos que mi padre criaba podíamos hablar, teníamos una lengua. Desde la distancia, pero no muy alejados, si se hubiese prestado la suficiente atención cuando los niños perros aullábamos en el parque de la casa, habrían escuchado que cada aullido era una palabra, a veces también un nombre. Nadie lo hubiese escuchado del todo claro, pero habrían entendido perfectamente que los chicos aullaban palabras.

No sé cómo, quizá hubo quienes antes de ser entrenados como perros niños ya estaban atravesados por una lengua compartida, o bien simplemente el lenguaje se nos daba como una posesión biológica. No lo sé, pero lo que sí me resultaba evidente era que podíamos hablar y que algunos murmuraban cosas para sí mismos sin ni siquiera darse cuenta. Incluso cuando dormíamos, más de uno pronunciaba palabras y nombres claros pero sueltos. Hablábamos solos, más bien rumiando palabras incomprensibles pero que suponían alguna articulación. Si podíamos hablar, entonces nuestros ladridos no eran una capacidad, más bien lo contrario, nuestros ladridos eran el resultado de la tarea que nos habíamos dado a nosotros mismos: hacernos incapaces de hablar. Se trataba de concentrarnos en nuestra impotencia y esa concentración demandaba el esfuerzo de dejar de ser. Cuando se escuchaba a alguno de nosotros ladrar, lo que se escuchaba era un efecto tardío. Cuando se escuchaban los aullidos de los niños perros nadie podía omitir que esos aullidos eran palabras, pero dichas desde la impotencia alcanzada. Es fácil hacer como si aulláramos, lo difícil es aullar desde la impotencia de hablar, porque entonces el aullido no es un aullido, es otra cosa, no responde ni a una posibilidad ni a una capacidad, sino al trabajo de la renuncia.

Sé que ante situaciones de amenaza parecíamos gruñir como cualquier animal. Pero en el fondo el gruñido era una respuesta lingüística y acaso discursiva. Éramos perros y los perros nunca tienen palabras, pero los perros niños teníamos el instinto de decirlas y a la vez la incapacidad de pronunciarlas. El efecto de la negación de esas ganas de hablar era el gruñido. Se me ocurre comparar la situación con el miembro fantasma. De algún modo, ninguno de nosotros había perdido la intención, el hábito o el impulso de hablar; pero habíamos perdido la capacidad de hacerlo, tal como le ocurre al que perdió el brazo hábil y tiende constantemente a tomar los objetos que lo rodean con la mano que ya no tiene. Pero decir que perdimos la capacidad de hablar es reducir nuestro heroísmo antropológico a un mero accidente, ahí donde en verdad lo que descubrimos fue el resplandor de la impotencia (digo, la impotencia como trabajo, la impotencia que se aprende y se debe sostener cotidianamente). No es fácil dejar de hablar, no es fácil no hablar cuando se puede hablar, ni tampoco andar en cuatro patas cuando se puede alcanzar alguna verticalidad.

Entiendo también en este sentido el acto de comer los cadáveres de la especie o comer la propia mierda, porque, creo, no se trataba tanto de dejarnos atravesar por el goce sino de persistir cada instante un instante más en la propia náusea. Los perros en general hacen esas cosas, se comen los cadáveres y su propia mierda, pero lo hacen con alegría, la alegría de saber que no pueden hacer otra cosa. En cambio, nuestro esfuerzo de ser perros nos revelaba que no éramos perros y el trabajo de hacer de perros se volvía una tortura. No era el goce de la muerte ni de la propia mierda sino el goce de la propia náusea de la muerte y la mierda. Gozar del descubrimiento de la propia inhumanidad, lo que evidentemente era la aniquilación de la posibilidad del goce; era eso, era gozar de la aniquilación del goce. Lo sé, sé que nos comíamos entre nosotros con asco, sé incluso que los que se entregaban a la muerte lo hacían entendiendo de qué se trataba, entendiendo la necesidad de morir para el otro y morir para el asco del otro. En la dificultad estaba el goce, la dignidad de la tarea.

Sólo ahora lo entiendo cuando ha pasado tanto tiempo. Los hombres hablan y los perros ladran, pero los dos están absolutamente determinados a hacerlo como cualquier otro animal está determinado y por lo tanto humillado por la naturaleza. Lo que ahora entiendo es que nuestra lucha era una batalla contra la naturaleza entera, y que sólo nosotros en esa lucha podíamos saber qué es la libertad. Los perros ladran y los hombres hablan, y ninguno tiene la posibilidad de no hacerlo. Cuando nosotros ladramos no estamos ladrando, cuando hablamos no estamos hablando. Descubrir la posibilidad del no, simplemente de no, no hacerlo, no decirlo, no pensarlo, no vivirlo, es la lucha contra la naturaleza de la que hablaba, y en cuanto tal, en cuanto batalla contra todo lo que es, nuestro aprendizaje no ha sido otro que el de la ficción: vivir como animales siendo hombres, pero también vivir como hombres siendo animales. Visto de afuera todo resultaba una gran farsa, chicos haciendo de perros, incluso una farsa pobre donde a cada instante se escuchaba la palabra soplada, donde nos olvidábamos de dar el pie constantemente —visto de afuera hacíamos de perros y lo hacíamos mal, ladrábamos mal, mordíamos mal, cogíamos mal, pero visto de afuera no se ve nada, ni siquiera que no hacíamos de perros ni hacíamos de niños, simplemente porque no éramos perros pero tampoco éramos niños y sabíamos lo que no queríamos porque sabíamos no querer y sabíamos no poder.

Seguramente mi padre habría tomado nota de la posibilidad de que la conducta de sus perros niños no era consecuencia del adiestramiento sino más bien la revelación de cierta naturaleza desnuda. Pocas veces había golpes o castigos, simplemente actuábamos de esa forma, más bien copiándonos unos de otros. No sé cómo habrán sido los primeros adiestramientos pero seguramente una vez instalado cierto sistema de códigos y conductas su continuidad debió haber sido más sencilla. Se podría decir que sus imposiciones se limitaban a mantenernos encadenados la mayor parte del día. Para nosotros no resultaba violento sino la señal de que llegaba la hora de la comida y luego del descanso. Era un modo de cuidarnos, no lo entendíamos de otra forma. Se negaba a que sus asistentes nos dieran de comer y entonces él mismo lo hacía hirviendo pedazos de carne mezclados con arroz blanco en una enorme olla que traía (desde dentro) de la casa. Mi padre se detenía ante cada uno de sus perros niños, metía un cucharón en la olla y llenaba nuestro plato. Tirados en el pasto o parados en cuatro patas, mientras metíamos la cabeza dentro, mi padre acariciaba el lomo de cada uno de nosotros. Nos dejaba largo rato mordiendo la carne pegada a los huesos e incluso nos permitía cavar pozos donde enterrarlos y esconderlos, mientras él, casi siempre de noche, se sentaba en medio del parque contemplando el vaivén de las hojas de los árboles iluminadas por las luces de la casa. Cuando llovía nos ataba a todos juntos bajo el alero, y él mismo se quedaba con nosotros para calmar nuestros temores. Esa preocupación se manifestaba más claramente en Navidad y Año Nuevo, cuando nos llevaba al sótano y se quedaba toda la noche intentando preservarnos de los estallidos de los cohetes y los tiros que sonaban a lo lejos generando cierto terror acaso incomprensible por el que no dejábamos de gemir y aullar.

Seguramente la mayor preocupación de mi padre era que en el parque había pocas hembras y muchos perros niños que en tiempo de celo comenzábamos a perseguirlas lamiendo y olfateándoles la vagina. Se generaba una especie de obra teatral en la que la perra niña en celo era el centro que iba corriendo constantemente el escenario hacia donde ella se moviera, intentando ocultarse entre los matorrales o dando vueltas alrededor de la casa. El resto la seguíamos durante cinco o seis días, peleando siempre por una posición de privilegio. Eran los más grandes, los que ya habían cumplido once o doce años en la casa y habían desarrollado primero un instinto sexual focalizado y luego una envergadura corporal que les permitía defenderse del ataque de los demás, los que llevaban la vanguardia.

El resto, los más nuevos y los más chicos en la casa, preferíamos mantenernos al margen sin entender demasiado lo que estaba sucediendo. Veíamos cómo los más grandes buscaban imponerse unos sobre otros; sin embargo, cuando la perra niña cedía a la penetración de cualquiera de sus compañeros, luego también era penetrada por el resto, una y otra vez. Ella se mantenía inmóvil mirando algún punto fijo entre los árboles, mientras los chicos se montaban con las dos patas delanteras sobre su lomo manteniendo una verticalidad difícil. El resto nos dedicábamos a lamernos unos a otros las pijitas rojas y brillantes o a dar vueltas alrededor de la pareja. En general, cada perro niño terminaba de modo rápido y eficaz, entonces se retiraba a un lado de la jauría mientras otro la montaba sin que ella cambiara en algo su inmovilidad, su aspecto pasivo, casi indiferente a lo que ocurría.

A veces la perra desfallecía y otras, mi padre terminaba sacrificándola. Sólo algunas perras niñas eran reservadas para la reproducción. Eran las que vivían en el sótano. Llegado el momento, mi padre seleccionaba al perro niño que iría a preñarla y los llevaba a los dos a un cuarto de la casa donde los encerraba algunos días. El perro niño luego regresaba al parque junto a los demás, pero la perra niña se quedaba en la casa con los cuidados necesarios para llevar a término su embarazo.

Algunos de los que nacían eran abandonados en el parque; otros, algunos pocos, eran cuidados de modo especial por los asistentes de mi padre durante un par de semanas hasta que venían a retirarlos para no volver a verlos nunca más. Si bien las perras seleccionadas para vivir dentro de la casa llevaban una vida de mayores comodidades que los que vivíamos en el parque, sus vidas se reducían a ciclos de reproducción y gestación constantes. Comenzaban a reproducirse más o menos a los once o doce años, nunca alcanzaban más de cinco o seis embarazos y luego morían a los diecisiete o dieciocho años. Sin embargo, evidentemente estaban más protegidas que las niñas perras que mi padre dejaba libradas a su suerte conviviendo con el resto de los perros niños en el parque de la casa y amamantando a la cría que se prendía a las tetas. Ahí afuera nadie alcanzó nunca los quince años.

Las peleas comenzaban de un momento a otro. Se lanzaban sobre la cara o el cuello del rival hasta poder aferrarse con los dientes a algún pedazo de carne que no soltaban hasta no reconocer que el otro ya no podía responder. No siempre, pero en algunas ocasiones, algunos terminaron muriendo en las peleas. Los cadáveres quedaban abandonados y otros se acercaban para comer de ellos. Entonces las riñas comenzaban de nuevo. Sólo cuando de tanto ser tironeado el cadáver se rompía en pedazos que podíamos llevarnos a alguna parte del parque para comerlo en solitario, las disputas terminaban. Pensándolo bien, entiendo que aquello no respondía al hambre —mi padre no dejaba pasar más de tres o cuatro días sin traernos algo para comer—, sino a cierto impulso de autodestrucción de la especie en general proclive a la auto-aniquilación, tragándose a sí misma.

Mi padre no parecía preocuparse por las tendencias destructivas del grupo, ni hacía nada para impedirlas. Acaso las esperaba para lograr un equilibrio entre la reproducción constante de las perras dentro de la casa y el número de perros niños necesarios para la reproducción. Mi padre también necesitaba de nosotros para continuar sus estudios acerca de nuestra conducta, pero por otro lado, el número de perros niños excedía largamente las posibilidades que tenía de cuidarnos, alimentarnos y limpiarnos. Entonces el equilibrio se daba casi naturalmente, en el abandono a nuestro hambre de nosotros mismos.

Hubo fallas, avances y retrocesos en la política de adiestramiento de mi padre. Hubo un momento en que todas las perras niñas habían desaparecido, muertas de hambre o vencidas por la vida que llevaban. Parecía entonces que se abría un tiempo de paz y tranquilidad, pero la esperanza no duró mucho, digamos, duró el tiempo que cada uno tardó en aprender que la sangre que llenaba la cabeza de cada pijita no reconocía el género del agujero al que tendía. Por lo que cuando desparecieron las niñas, los perros niños más potentes se abocaron a la persecución y acorralamiento de los más chicos. La violencia volvía a repetirse tal como antes, agravándose cuando los perros niños más débiles comenzamos a asociarnos para defendernos del ímpetu sexual de los más grandes. Entonces se trataba de una verdadera guerra de todos contra todos. Sólo cuando mi padre ordenó que nuevas perras niñas regresaran al parque nos devolvió cierto orden y tranquilidad en la convivencia.

4

Así fue hasta que mi madre murió.

Mi padre había encomendado a sus asistentes que enterraran el cadáver en los jardines y luego sacaran de la casa cada una de las cosas de aquella mujer para enterrarlas junto a su cadáver —de mi madre no debía quedar ni el menor rastro. Sus asistentes comenzaron enterrando aquellas pertenencias —desde la ropa hasta sus libros. El trabajo fue extenuante, bajo los pastizales encontraron piedras que no los dejaron continuar. Mi padre entonces les ordenó que los objetos que no cabían en la profundidad de cada pozo fueran fragmentados en cuantas partes fuese necesario. Cortaron en dos, tres o cuatro partes, sillones, bibliotecas, mesas, jarrones, que pertenecían a mi madre, con el fin de hacer desaparecer de modo absoluto todo signo que remitiera a la existencia de aquella mujer. Al finalizar, el comedor de la casa tanto como la habitación de mi madre, habían quedado completamente vacíos. La tarea realizada había sido la de una devastación.

No pasó mucho tiempo para que mi padre comenzara a oír, mientras dormía, la voz de su mujer venida desde algún lugar de la casa. Adquirió el hábito de subir al cuarto del primer piso para sentarse en la mecedora y escuchar su voz venida desde algún lugar de la casa llamándolo “conchita demente”. Mientras escuchaba aquello, se decía a sí mismo que era imposible que estuviese escuchando esa voz. A sabiendas de que claramente ella estaba muerta, se levantaba de la cama o de la mecedora y recorría el comedor de la casa, el parque y las arboledas en plena oscuridad. Sólo por encontrar absurdo y ridículo el hecho de caminar en la noche entre los matorrales, entonces esa voz desaparecía de su mente. Sin embargo, cuando volvía a acostarse, la voz retornaba. Cada mañana mi padre les decía a sus asistentes más allegados que no había podido dormir en toda la noche. Cuando mi mujer vivía —decía mi padre— no podía dormir porque mi mujer vivía, ahora que mi mujer está muerta no puedo dormir porque mi mujer está muerta. Ese mundo —les decía mi padre a sus asistentes— es un mundo que no quiero habitar, un mundo que no puedo habitar sino en mi propia aniquilación.

No había pasado siquiera un mes del entierro y mi padre, cierta mañana, les ordenó a sus asistentes desenterrar el cadáver de esa mujer. Al principio, encontraron pedazos de madera, cuero, plástico, hierro. Por la tarde hallaron el cadáver, pero el cadáver estaba despedazado. Primero se toparon con una mano, el extremo de un codo, el pie derecho y uno de los pechos. Alejados sobre un mínimo terraplén que los pastizales cubrían, vimos cómo los asistentes de mi padre desenterraban un pene que dedujeron podía haber sido el pene de un perro muerto, aunque tampoco abandonaron la hipótesis de que mi madre hubiese sido un travesti.

Al anochecer todavía no habían encontrado la cabeza, apenas sino la nariz por un lado, la mandíbula por el otro, y sólo un ojo del que no podían determinar si se trataba del ojo derecho o del ojo izquierdo. Mi padre daba vueltas por el lugar, hablando en soledad pero en voz alta. Mientras continuaban las excavaciones, mi padre se dirigió a sus asistentes más allegados y les preguntó qué azar establecía que esas existencias autónomas formaran un cuerpo. Hay una imposibilidad de percibir esas existencias —dijo mi padre—, en cuanto lo que son; un ojo sólo como ojo, una mano sólo como mano. Desde siempre, dijo mi padre, he vivido la farsa de la unidad, cuando sólo se trata de pequeñas e insignificantes existencias monstruosas; sólo he vivido la farsa del nombre y la nomenclatura, impidiéndome a mí mismo comprender el ojo sólo como un ojo y no como parte de un conjunto. Y, sin embargo, esas pequeñas e insignificantes existencias monstruosas ya estaban ahí desde siempre; no era mi mujer la que hablaba, sino que era hablada por su boca. Nunca viví con mi mujer sino únicamente con el nombre de mi mujer, sólo absurdamente con el nombre de mi mujer, ridículamente con la nomenclatura “mi mujer”, por la total cobardía de enfrentar cada monstruosidad que conformaba lo que llamo mi mujer. Nunca quise ver, nunca quise oír ni saber, dejándome entonces llevar sólo por percepciones confusas y oscuras que nunca jamás se muestran sino como la ficción de una unidad que todo lo calma, para poder hablar, para poder dar nombres.

Rato después, uno de los asistentes cavadores encontró otra mano derecha. Al tomar las dos manos derechas, aun reconociendo diferencias entre ambas, mi padre no pudo identificar cuál correspondía a mi madre y cuál no. Lo mismo ocurrió con otras piernas, pechos y mandíbulas halladas posteriormente. El cuerpo de mi madre iba adquiriendo diversas formas que entendíamos como inequívocas formas del cuerpo de mi madre. Aunque quizás en ningún momento encontramos a mi madre.

En un momento, mi padre les dijo a sus asistentes que desde la muerte de aquella mujer no dejaba de soñar que era montado por un perro. Mi padre se encontraba con las rodillas y las palmas de las manos apoyadas sobre una superficie de barro, con el aliento y los jadeos del perro en la nuca, sintiendo las garras clavadas en su espalda. En esa situación tenía la certeza de que se trataba siempre del mismo perro, que era el que mi padre más amaba. Abraxas era su nombre. Mi padre no sabía por qué, pero el hecho de que en sus sueños fuera Abraxas el que se lo montaba, le facilitaba entregarse sereno a la pija endurecida del perro. Cuando Abraxas lo penetraba, el cuerpo de mi padre se relajaba y el ano parecía ceder. Cuando sentía la guasca caliente de Abraxas, a mi padre se le paraba la pija y acababa casi en el mismo momento que su perro. Sin embargo, según mi padre, Abraxas no terminaba de montárselo, sino que desde ese momento parecía que la pija de Abraxas atravesaba cierto umbral físico, cierto límite del dolor. Entonces mi padre, según mi padre, giraba la cabeza por encima del hombro esperando encontrarse con Abraxas. Sin embargo, en ninguno de sus sueños, mi padre, según mi padre, se encontraba con la cara de Abraxas. Siempre se trataba del mismo perro que cada vez presentaba un rostro distinto, a veces se trataba de rostros de distintos perros, otras de diferentes animales, pero también solía suceder que entonces mi padre se enfrentaba al rostro de la que había sido su mujer. En otras ocasiones el perro que se montaba a mi padre tenía la cara del presidente, otras veces la de Heidegger como también la de Perón, otras la de Juan Pablo Feinman y la de Firmenich, incluso rostros que no recordaba jamás haber conocido. A mi padre le sorprendía que el perro que se lo montaba cada noche fuese siempre un único y mismo perro y sin embargo que su rostro fuera diferente una y otra vez. Al parecer, mi padre creía soñar cada vez con una entidad diferente pero en el límite entre el sueño y la vigilia reconocía, para su extrañeza, que se trataba del mismo perro. Si bien había llegado a algunas conclusiones provisorias, no estaba seguro de cómo interpretar aquellos sueños —les decía mi padre a sus asistentes.

Durante las excavaciones, mi padre se sentía confundido. Si estábamos en el campo, les decía a sus asistentes cavadores que mi madre debía estar enterrada en el parque, pero si estábamos en el parque les decía que debía estar enterrada en el campo. Sin embargo, tanto en el campo como en el parque, cada vez encontrábamos a mi madre pero siempre despedazada en formas distintas, reuniendo cada parte en un único cuerpo que siempre era otro. Hasta que, desde luego, no encontramos ni en el campo ni en el parque el cadáver de mi madre, por lo que entonces dejamos de buscar el cadáver de mi madre. Detrás nuestro, el parque había quedado destrozado, lleno de pozos de más de uno y dos metros de profundidad.

Esa vez, antes de retirarse, mi padre le preguntó a uno de los asistentes cavadores si alguna vez había visto a aquella mujer en la casa Rodenlan.

5

Ese mismo día, aprovechando que ya no quedaba nadie en el parque para vigilarnos, nos escapamos en jauría.

Necesitábamos un afuera de la comunidad que formábamos, nuestras fuerzas y potencialidades excedían el límite del perímetro del parque. Resultó difícil seguir algún rastro u orientarnos por alguna dirección en la noche del desierto. Algunos se perdieron olfateando carne de vacas muertas en alguna parte, otros se retrasaron husmeando en bolsas de basuras dispersas a uno y otro lado. En general los que buscaron en la basura hicieron un recorrido más bien corto, tomaron las bolsas y las arrastraron de regreso al parque. En el camino dejaron un reguero de cáscaras de naranja, cajas de vino, yerba, pañales, latas, trapos. El resto marchamos lo más rápidamente posible hasta encontrarnos con los primeros ranchos.

Enseguida nos topamos con una perra en celo a la que algunos comenzaron a seguir. No era una perra niña de las que criaba mi padre. Era una perra, sólo una perra que parecía todavía mantener ciertas características de la raza ovejera alemán, aunque más bien lejanas. Lo que entonces me sorprendió fue la violencia del deseo de mi grupo sobre aquella perra, porque si bien antes en el parque no medían ningún impulso en relación a la perra niña que pretendían montar, esta vez parecía que el hecho de tratarse de una perra pura sin traza de humanidad encima, los arrastrara a una vorágine de sangre, mordiéndola en la cabeza y en todo el cuerpo mientras la penetraban en dos patas. La perra ya estaba muerta y las penetraciones todavía no habían terminado, incluso ciertas partes del cráneo y el lomo ya habían sido arrancadas a mordiscones mientras otros compañeros del grupo continuaban la penetración.

Lo mismo había sucedido antes, cuando para llegar a someter a la perra, nuestro grupo debió imponerse en la pelea que se había iniciado con los perros que ya estaban cortejándola. El hecho de tratarse de perros sin humanidad parecía enfrentarnos a una amenaza radical de lo que nosotros mismos éramos, sin poder responder de otra forma más que eliminando con la misma radicalidad la pregunta, la semejanza en cuanto perros y la diferencia en cuanto niños. Actuamos en grupo como nunca lo habíamos hecho, como si al enfrentar a perros que en nada diferían de nuestra condición —salvo por el hecho de que nosotros estábamos desnudos y ellos cubiertos de pelos, que nosotros todavía poseíamos dedos y ellos garras, una cola amputada o pelada y ellos una cola larga y peluda, y algunos otros detalles de ese tipo— nos enfrentáramos a lo que no podíamos ser. En la semejanza más clara —estar en cuatro patas, emitir los mismos gruñidos, repetir los mismos rituales, utilizar la boca como guía y motor de todo movimiento—, lo que se mostraba era la diferencia radical. Esa diferencia era nuestra humanidad pero era esa humanidad la que había que superar para ser lo que nunca llegaríamos a ser.

Nunca fuimos humanos pero tampoco fuimos gusanos ni ninguna otra cosa, no éramos pajaritos, lauchas, hipopótamos, jirafas, garrapatas, ni perros, no éramos nada. Lo más fácil fue hacer lo que hicimos: andar en cuatro patas, sostener nuestro gusto por la desnudez, insistir en el goce de comer la propia mierda, retener la fascinación ante la muerte de otros iguales a nosotros, comernos los cadáveres de nuestra especie, jugar con ramitas y huesos, aullar o gruñir ante determinada situación de temor o peligro. Eso implicaba habitar una incertidumbre, instalarnos de lleno en ese espacio entre lo que es y lo que no es, aprender a ser en el modo de no ser. Hablar de perros niños es una facilidad para entendernos. Parezco un ser humano pero no soy humano, actúo como un gusano pero no soy un gusano, más bien soy un zombi. Ni vivo ni muerto. No un sobreviviente, sino un sobre-muerto.

Cuando alcanzamos las zonas más pobladas nos encontramos con niños de nuestra edad y ante ellos actuamos con indiferencia, sin sorprendernos del hecho de verlos caminar en dos patas ni el escucharlos hablar articulando cada palabra, como si no reconociéramos en ellos ninguna amenaza pero tampoco ninguna relación. Nuestra amenaza eran los perros y no los niños porque de fondo los perros nos venían a mostrar la imposibilidad radical de ser aquello que no podíamos dejar de ser. En cambio los chicos que veíamos jugar en los descampados de los primeros villeríos, no nos exigían nada. Éramos niños como ellos, pero ya habíamos dejado de serlo. En cambio los perros eran lo que debíamos ser y todavía no éramos, o bien éramos perros en la forma de lo imposible. Por ejemplo, si bien la postura corporal fue acomodándose lentamente a la horizontalidad del lomo, nunca alcanzamos en el desplazamiento la suficiente velocidad como para divertirnos corriendo las ruedas de los carros que veíamos pasar. Otro ejemplo, si bien la cercanía de nuestro rostro con respecto al piso posibilitó cierta exacerbación del olfato, de ningún modo podríamos competir con ningún perro faldero que pudiera regresar a su hogar siguiendo los olores, nosotros perderíamos inmediata e inevitablemente cualquier rastro olfativo.

En aquel viaje nos encontramos también con otros perros niños como nosotros —o que me parecieron serlo. Vagaban por el barrio y los descampados, tirados al sol junto a las zanjas, incluso se los veía obedecer a algún amo que los llamaba. Los vi también dentro y también bajo el umbral de la entrada de algún rancho, compartiendo el espacio con sus amos humanos. La mayoría de los que vimos se encontraban semi desnudos. Algunos también estaban vestidos pero la postura física y el abandono en medio de los pastizales o contra las chapas de algún rancho revelaban su condición. Encontrarnos en un espacio externo al del parque fue tomar conciencia de la propia comunidad, descubrirnos como una multitud con tareas específicas y conductas autónomas. Formábamos un pueblo. Niños que desnudos vagaban en cuatro patas por el campo o se tiraban a lamerse la sarna bajo el sol. Perros que pelados y sin cola se metían en las casas buscando un amo que los cobijara.

Pasados algunos días, el resto de mis compañeros se había perdido por distintos rumbos y me daba cuenta de que estaba solo. No sé cómo regresé al parque, seguramente debieron haber pasado algunos días. Por entonces no tendría más de seis o siete años. Al entrar escarbando por debajo del alambrado, me sorprendió la devastación como si nunca la hubiese visto antes. Los pastizales crecidos dejaban ver solamente el lomo de los pocos perros niños que habían quedado, el resto de la extensión estaba cubierta por bolsas de basura despedazadas.

Al verme, mi padre me ató a un árbol y me tuvo durante una semana sin comer. Yo sólo pensaba con qué palabra demostrarle a mi padre que era un ser humano. La necesidad de mostrarle a mi padre quién era, me inquietaba. No sabía muy bien por qué pero lo que de fondo temía era la traición por la que ahí donde deseaba la palabra que suture el malentendido de haber sido tratado como perro, apareciera involuntario, desde más allá de mí mismo, el aullido definitivo.

Terminada la semana, mi padre me arrastró con una cadena hacia el sótano de la casa. Allí dentro, el castigo logró efectos épicos. A partir de esto no tengo nada demasiado claro. Puede ser, no estoy seguro, más bien imagino aquel castigo como variable marginal de la única certeza que me queda de aquel momento: el terror irracional de que mi padre me hubiera encerrado con el único fin de obtener alguna reproducción a los fines de vender la cría a alguna familia adoptiva. Tuve que haberle suplicado que no lo hiciera, quizás haya comenzado a llorar y a gritarle, pero, claro está, no hacía más que ladrar y aullar y mi padre no pudo comprenderme. Ahí comienzan mis dudas y confusión, sosteniendo una perfecta inmovilidad y manteniendo un silencio completo y radical, no sé cuántos días y noches sobreviví en aquel encierro, intentando resistir a mis delirios afiebrados y a las llagas de mi cuerpo, hundiéndome en esas lagunas de la existencia que omiten todo aquí y ahora.

OTRO MENARD
1

¿Entenderá usted de lo que le estoy hablando?, ¿entenderá lo que tuvo que haberme costado hacerme humano? Un día desperté en un cuarto cerrado bajo llave, con la ventana clausurada y constantes penumbras, en una ciudad que más tarde sabría que se trataba de Berlín. Al rato de despertar, un hombre y una mujer entraron, intentando comprender el cuadro con el que se encontraban. Usted me podrá decir que los gruñidos que entonces creí escuchar y eso que entendía como ladridos eran el alemán que mis instructores hablaban y con el que en ese momento se dirigían a mí diciéndome seguramente que no me asustara, que me quedara tranquilo, que desde entonces esa sería nuestra casa. Pero no estoy hablando de eso. Lo sé porque después, durante toda mi vida, no he dejado de vivir la misma situación, hombres y mujeres que se dirigían a mi persona gruñendo y ladrando como perros. No se trataba de un problema de incomprensión de la lengua alemana ni de una mala comunicación en cualquier otra, ni en ese momento ni después. El problema no es tanto la continuidad animal entre hombres y perros, ni qué hacer con esa conexión cuando las metáforas se gastaron. No, el problema es que los hombres hablan siempre como si estuviesen comiendo mierda, del mismo modo, exactamente de la misma forma que los animales que he conocido en mi infancia.

Fue ese el momento en que comprendí que hablar es en sí mismo una sutilización del acto de comer mierda, un mismo acto más o menos abstraído y alienado de sí mismo, que sólo puede remitir a la monstruosidad de los hombres lobos. Me dirá usted que para entenderlo hay que verlo. Pero sí, sí: todos lo ven cotidianamente, le respondo. Vemos a nuestros seres más cercanos, nos vemos a nosotros mismos masticando algo que de algún modo nos es robado, como si en verdad no fuese posible hablar sino habiéndonos sustraído en algún momento de nuestra antropología nuestra propia defecación, sin perder el hábito todavía de continuar moviendo la boca de la misma forma. Hablamos como si no pudiésemos borrar la dolorosa cercanía entre el acto de hablar y comer. Y a la vez, por ello mismo, como si no pudiésemos hablar y en el mismo acto dejar de comer. Ni yo ni nadie está liberado de esa condena, lo veo continuamente en mí, hablo como si hablar fuese en sí mismo el acto físico de comerme las palabras. Siempre tuve claro los motivos acerca de por qué ya no me atrevo a probar bocado como también por qué dejé de cagar, lo que no termino de comprender es si esas son las mismas causas que me impusieron durante toda mi vida este tartamudeo constante.

Desde el terror que sentí enfrenté la situación, aprendí a seguir el juego, no armé ninguna escena histérica, no grité ni pataleé, dejé que me sacaran del lugar, me bañaran y dieran algo para tomar. Siempre se comportaron conmigo como con un hijo al que amaron como propio, pero cómo actuar frente al abismo ontológico que me separaba de ellos. Hice lo que me decían que hiciera, actué como creía que ellos esperaban que actuara, pero siempre desde la distancia. Dijeron llamarse Beatriz y Daniel pero que preferían que los llamara tíos. Debía obedecer sus órdenes para que mi padre se mostrara satisfecho con mis progresos. Desde entonces viviríamos juntos y nuestra finalidad sería convertirme en un chico.

Lo primero fue ayudarme a vestir y a sostenerme parado en dos patas. Fue un aprendizaje lento y difícil. Por más ropa que llevara encima no podía dejar de sentirme desnudo. Si bien alcanzar una mínima verticalidad era sencillo, lo difícil eran las ganas de arrojarme y andar por el piso. Las presiones nunca terminaban, y aunque verdaderamente lo hubiese querido, aun renunciando a mis rituales más íntimos, todos mis esfuerzos hubiesen sido vanos y ridículos, ya que actuando como niño no dejaba de actuar como animal. Me pedían que me parara en dos patas como cualquier chico de seis años y yo me paraba en dos patas, me pedían que utilizara el cuchillo y el tenedor y yo usaba cuchillo y tenedor, y todo lo que me pedían lo hacía sin el menor esfuerzo, pero esa absoluta falta de esfuerzo significaba que no dejaba de ser lo que era, porque entonces nada cambiaba con respecto al que yo había sido en el parque junto a mis compañeros. Nada estaba aprendiendo, en nada podía progresar.

Un día me cansé de hacer de niño, pero entonces la revelación de mi propia estafa se me mostró en todo su esplendor. Quería mostrarles a mis instructores y a mi padre que no podía ni sabía cómo volver a ser niño, pero todo lo que hacía irremediablemente era interpretado por ellos como un avance en mi recuperación. Si me negaba a comer con los utensilios utilizando sólo la boca, si me quedaba dormido en el piso, si me negaba a vestirme para andar desnudo por la casa, si me la pasaba andando en cuatro patas, mis instructores decían: hay que dejar al niño hacer cosas de niños. Si defecaba en el comedor de la casa y luego comía mi mierda o si me escapaba a la calle persiguiendo alguna perra o entretenido con el cadáver de algún animal, mis instructores decían: pobre niño, pero no hay que preocuparse, tiene los problemas que tienen todos los niños.

Volverme imperceptible. Ese ha sido mi destino. De tanto decir “tío, tía, no puedo dejar de ser un perro” y que para mis instructores esas mismas palabras fuesen la prueba de mis progresos como niño, terminé comprendiendo que yo mismo como perro me había vuelto invisible. Hiciera lo que hiciera seguiría siendo un niño. Pero yo sabía de la estafa y hacía el esfuerzo de dejar de hacer cosas de perro. Eso: me había vuelto imperceptible, nadie notaba quién era y qué era aquel chico.

Lo único que terminaría aprendiendo es que nunca había tenido una infancia, pero cuando digo infancia digo mucho más que infancia. El hombre es el único capaz de infancia porque es el que debe aprender a ser lo que es. A diferencia de cualquier otro animal que ya nace determinado por cierto lenguaje natural, el hombre debe aprender a hablar y ese aprendizaje es la infancia. Sería un pasaje hacia la humanidad, un “todavía no”, un camino hacia la humanidad pero todavía no humanidad. En todo caso, los perros niños nos quedamos en la infancia. Pero en una infancia radical, digamos, una infancia incluso con respecto a la infancia, es decir, no la infancia del niño, sino en la infancia de la vida. Así, entonces, como tal, como infancia de la vida, esa infancia todavía no es vida, es lo que hace que después la vida pueda hacerse. Y si no es vida entonces esa infancia es la impotencia absoluta de vida. ¿Cómo iba a aprender una lengua de verdad, cómo dejar de ser aquello que no tiene ser?, si cuando digo que los perros niños no tuvimos infancia, digo que en verdad nunca tuvimos posibilidad para alcanzar ninguna humanidad.

En este sentido, lo más difícil fue aprender a hablar, no porque no emitiera palabra, sino al contrario, desde el primer momento, los ladridos, gruñidos y aullidos que emitía como perro niño eran palabras, oraciones y enunciados. Mis instructores se ponían contentos ante lo que creían que era un progreso formidable en mi formación. Me interpelaban y yo respondía en consecuencia, respetando siempre reglas básicas de comunicación y atento al contexto de enunciación. Visto desde fuera hablaba normalmente sin problema alguno. Pero el problema era que yo nunca había dejado de ladrar y que ladrar era para ellos lo que entendían como hablar. Me trataban como a un niño y yo parecía ser un niño, parecía hablar y responder como un niño, pero nunca había dejado de ladrar. Seguía siendo un perro, ahora oculto, ahora disfrazado, montando una farsa que excedía mi voluntad de armarla, pero que funcionaba perfectamente sin que nadie pudiera diferenciar el hecho de hablar del de ladrar. De alguna forma estaba condenado a una fabulosa simulación involuntaria. Pero el infierno recién comenzaba. Tarde o temprano debía darme cuenta de que si lo que yo hacía era ladrar entonces las palabras que los demás escuchaban no eran mis palabras. Mis instructores me habían enseñado una lengua que no era mi lengua, que no la había sido ni nunca la sería. Porque esa lengua era la lengua de mi padre. Y aprender esa lengua no fue otra cosa que instalar, como el cáncer se instala en un organismo, la lengua de mi padre en mi cerebro. Yo no hablaba, ladraba. El que hablaba dentro mío era mi padre.

Sabiendo que mi padre vivía en mi cerebro comprendí que moverme era morir, desplazarme era morir, respirar mal era morir e incluso, y lo recuerdo claramente, pensar significaba morir. Desde entonces todos mi esfuerzos estuvieron dirigidos a la exigencia de no moverme, no desplazarme, no respirar erróneamente, e incluso no pensar. Fue como una revelación, de un instante al otro me daba cuenta de que no importaba si mi padre se encontraba o no cerca mío, lo que importaba era que mi padre me estaba hablando y que las palabras de mi padre seguían siendo palabras de mi padre en mi cerebro. Estuviera mi padre en mi cerebro o fuera de mi cerebro, las palabras de mi padre siempre estaban dentro de mi cerebro. Esa revelación ha sido la marca que he llevado toda mi vida. Estuviera delante mío o a kilómetros de distancia las palabras de mi padre siempre provenían de adentro mío.

Recuerdo las constantes dificultades que aquello creaba en la comunicación con mis instructores, ya que invariablemente terminaba entendiendo que era mi padre el que hablaba por ellos. Aun cuando ellos manifiestamente se encontraran en silencio, yo escuchaba perfectamente la voz de mi padre, de modo claro y transparente. Por ello, solía responderles a mis instructores inquietudes que ellos nunca habían manifestado, respondiendo a preguntas que nunca habían preguntado o incluso realizando acciones que cuando me preguntaba por qué las hacía, yo les decía que obedecía órdenes de mi padre. Incluso escuchaba el silbato de mi padre sonando en mis oídos, agudo y constante. Cuando sonaba el silbato su voz parecía alejarse y desaparecer, para no quedar sino cierto murmullo acompañando cada uno de mis pensamientos, que de alguna manera se irían reduciendo a la súplica y al ruego de que dejara ya de hablar dentro mío y que dejara de hacer sonar su silbato. Otras veces lo escuchaba escribiendo mentalmente su obra, murmurando en voz baja cada oración y a veces también elevando la voz, demarcando y subrayando cada palabra, lentamente y luego a toda velocidad. Pasado el tiempo ya no pude distinguir si mi padre estaba escribiendo su obra en voz alta cerca mío o dentro mío.

Habría querido acostumbrarme a ese ruido y dejar de hablarme a mí mismo sobre la voz de mi padre hasta que la voz de mi padre fuera un modo de mi propio pensamiento. Pero no se trataba solamente de aniquilar la voz de mi padre en mí, sino de aprender a desaparecer en ella. Siempre es difícil aprender a no pensar, siempre aparece alguna palabra, un vestigio de sentido y residuos de la conciencia de estar escuchando ruido, el problema era demarcar en mi conciencia lo que me era propio y lo que me resultaba impropio. Esas dualidades aturden y bestializan. El error, pensaría después, había sido buscar que mi padre desapareciera y muriera en mí, querer encontrar un día mi mente en blanco ya sin conciencia de la voz de mi padre. Aprendí que esa búsqueda es siempre desesperación, que jamás se encuentra algo que no sean voces de otro, ruido de lluvia, gemidos de perros, capas paralelas y yuxtapuestas de sonidos ilegítimos, que aparecen ahí donde no deberían estar. Pero no se trataba de deber ni de legitimidad, se trataba simplemente de dejarlas acontecer como al relámpago le acontece su brillo o a las hojas el verdor porque entonces aparece la serenidad conquistada, ni silencio ni mente en blanco, sino un caos apacible en el que no hay voz que se dirija a alguien. Eso es lo que tardé tanto tiempo en comprender. Que no hay interpelación posible, que no existe una segunda persona que se dirija a nadie. Responder ha sido siempre un acto absurdo, una forma de suspender la voz del otro para acallarla y dar lugar a la voz propia. Pero porque no hay voz propia toda respuesta ha sido un acto demencial. Mis conquistas nunca fueron tan sencillas. Cuando escuchaba a mi padre llamarme y no podía diferenciar si su voz provenía de afuera o de adentro de mi cerebro, esa incertidumbre se traducía en esperanza y a la vez en desesperación. No respondas, no hay nadie, ni dentro ni fuera —me decía a mí mismo.

Todos comprendían las palabras con las que yo me comunicaba, pero esas palabras no eran mías, eran las palabras de mi padre en mi cerebro. Para mí no existía más que ruido, ruido animal, gruñidos, aullidos, chillidos. Yo era ese ruido incomunicable. Les decía a mis instructores que no podía dejar de escuchar esos ruidos en mi cerebro, que ese chillido animal en mi cabeza no me dejaba escuchar lo que mi padre decía en mi lengua. Mis instructores me decían que hablaba perfectamente, que no veían ningún problema en mi aprendizaje. El aullido estaba dentro mío, nadie más que yo podía escucharlo, estaba en mi cerebro, y era ese constante “auuuuuuuuuu” el que no me permitía concentrarme en las palabras.

Se trataba, entonces, de dos series distintas que cuando comenzaban a mezclarse entonces todo se hundía. Por un lado, las palabras de mi padre en mi lengua y por otro lado los aullidos en mi cerebro. Ése fue el origen de mi asma. Yo estaba de más en mi cerebro. Debía irme de mi cerebro, dejarlo a mi padre vivir en paz en mi cerebro, que sus palabras en mi cerebro sólo fueran palabras de mi padre, claras y transparentes, sin mí, sin ruidos ni chillidos ni nada, en mi cerebro.

Un día el ruido de mi cerebro se desplazó hacia mis pulmones, y yo ya no estuve nunca más en mi cerebro.

Así fue cómo actué: dejándome estrangular, facilitándome la asfixia, para que mi padre comprendiera que ya no quería vivir con él en mi cerebro. Sé que en el fondo se trataba de las ganas de morir estrangulado por mí mismo, o más bien, de las ganas de que el niño que comenzaba a ser muriera estrangulado por el animal que respiraba en mis entrañas. Cuando los aullidos mentales se desplazaron hacia mis pulmones, les dije a mis instructores que ya no los volvería a ver porque desde ese momento me iría a morir al fondo de mis pulmones. Mis instructores llamaron a cierto doctor, pero para mi sorpresa, ninguno de ellos escuchó absolutamente nada ni en mi cerebro ni en mis pulmones. Pero me estoy ahogando, les dije, pero escucho ese aullido que no me deja respirar. Ni el doctor ni mis instructores creyeron nada de lo que yo decía porque no había síntomas de asfixia, porque no había silbido en mi pecho, porque el aire entraba y salía de mis pulmones sin ningún tipo de obstáculo. Ya está, ya me había vuelto invisible —mis aullidos, el perro que todavía era se había vuelto absolutamente imperceptible. Pero también de esa forma secreta me estaba muriendo, de esa forma incomunicable me estaba ahogando. Así, aun delante de todos, fui desapareciendo para todos. Así, de esa forma fui desapareciendo de mí mismo. Sé que estuve internado en cierta clínica. Sé que atado a la cama pedía y rogaba que me trajeran un respirador artificial que nunca trajeron. Se los pido por la humanidad que todavía existe en ustedes, tráiganme un respirador, un nebulizador, un tubo de oxígeno, un Berotec, un Ventolín, un Salbutral, un paf genérico, tráiganme algo, me muero ahogado, me ahogo, no me dejen morir como un perro. Nadie hizo nada por mí, nadie trajo nada para que no muriera asfixiado. Yo les repetía: no me dejen matarme dentro mío, no me dejen morir como un perro. Así murió el niño Rodenlan, solo, imperceptible, sin que nadie se diera cuenta de que estaba muriendo.

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Release date on Litres:
22 October 2025
Volume:
152 p. 5 illustrations
ISBN:
9789871959969
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