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DE LA MEMORIA A LA REFLEXIÓN
ENTREVISTAS A: MARÍA LUISA CARRIÓ PASTOR - MONTSERRAT CASTELLÓ BADÍA - FABIO JURADO VALENCIA - GLADYS STELLA LÓPEZ JIMÉNEZ - GIOVANN E. PARODI SWEIS - ÓMAR SABAJ MERUANE - ADA AURORA SÁNCHEZ PEÑA - ADRIANA SILVESTRI
Ocho entrevistas a reconocidos investigadores de la escritura se agrupan en el presente libro para abonar a la reflexión sobre la importancia de este proceso en la vida universitaria. Cada texto despliega una superestructura definida a partir de dos momentos discursivos: el de la memoria y el de la reflexión. En el primero, los entrevistados evocan algunas de sus experiencias escritoras en la infancia, la adolescencia y la edad adulta. Esta parte de las entrevistas –que opera como una autobiografía escritural– presenta sus prácticas de escritura en diferentes etapas de escolarización (primaria, secundaria y universidad). Tras este viaje discursivo por el pasado, se presenta el segundo momento discursivo –el de la reflexión–, desplegado a partir de preguntas y respuestas sobre las representaciones y prácticas de escritura en la universidad. Los interrogantes permiten abordar diversos asuntos acerca del papel de la escritura en la escena universitaria: las concepciones sobre la escritura, sus funciones en los procesos de enseñanza y aprendizaje, las políticas institucionales sobre este proceso, las dificultades escriturales, el plagio, el papel de la literatura en la universidad, las estrategias y secuencias didácticas, la toma de notas, los géneros discursivos académicos y la relación entre educación básica, media y superior en torno a la escritura.

OSCAR IVÁN LONDOÑO ZAPATA Licenciado en Lengua Castellana y magíster en Educación por la Universidad del Tolima. Cursa la Maestría en Lingüística de la Universidad Tecnológica de Pereira. Profesor asociado del Departamento de Estudios Interdisciplinarios del Instituto de Educación a Distancia de la Universidad del Tolima. Recibió el reconocimiento a la Excelencia Académica y fue distinguido con el Grado de Honor por sus estudios de pregrado. En 2014 la Universidad del Tolima le otorgó la Medalla al Mérito Académico. Investiga sobre el análisis del discurso en América Latina y el Caribe y los discursos sociales desde perspectivas interdisciplinares. Es autor de Horizontes discursivos: miradas a los estudios del discurso (2011), Poliedros discursivos: miradas a los estudios del discurso (2012), Los estudios del discurso: miradas latinoamericanas I (2012), Discurso en sociedad: entrevista a Teun A. van Dijk (2013, 2019), Acercamientos discursivos latinoamericanos y del Caribe: la subversión de los discursos (2016), Balada a 22 voces: memorias de la balada romántica en la Argentina (2019), Tejiendo memorias: la balada romántica en español (2019), Gestiones discursivas: acercamientos desde el análisis del discurso (2019). Además, es coautor de Comunicación, discurso y poder (2017) y coeditor de Métodos de Análisis del Discurso: perspectivas argentinas (2019).
OSCAR IVÁN LONDOÑO ZAPATA
DE LA MEMORIA A LA REFLEXIÓN
La escritura en la universidad

Índice
Cubierta
Acerca de De la memoria a la reflexión
Portada
Prólogo. De la historización del vínculo con la escritura a la reflexión del proceso en la universidad, por Elvira Narvaja de Arnoux De la memoria De la reflexión
Introducción Referencias bibliográficas
María Luisa Carrió Pastor: experiencias con la escritura La lengua con sangre entra Nuevos horizontes Escribir en la universidad Los usos de la escritura Escritura y aprendizaje colaborativo Investigaciones sobre la escritura
Montserrat Castelló Badía: usos de la escritura en la universidad Memorias sobre la escritura Escritura y motivaciones: los Juegos Florales Escribir para demostrar Escritura y universidad Escritura y secuencias didácticas La escritura como proceso colaborativo Entre políticas educativas e investigaciones
Fabio Jurado Valencia: pensar la escritura con la escritura Sobre el interés “¡Miren cómo lee Juradito!” El mundo de las copias Entre cartas de amor y acrósticos De la educación media Experiencias en la universidad Escritura y literatura: Ascenso al Páramo de Letras La escritura: hacer para deshacer La escritura: representación de representaciones Entre las teorías y el plagio Sobre investigaciones
Gladys Stella López Jiménez: la escritura como proceso integral del aprendizaje disciplinar Una tarea muy escolar La alegría de leer La escritura como registro del saber “Los profesores nos ponían a leer y escribir, pero sin mayor orientación” Universidad y escritura académica Políticas sobre lectura y escritura Géneros discursivos y escrituras de los profesores Escritura, lectura y metacognición
Giovanni E. Parodi Sweis: la escritura como proceso multidimensional Escritura a máquina Relaciones entre lectura y escritura Cuando era niño “Hasta que descubrí la lingüística” La escritura como proceso multidimensional
Ómar Sabaj Meruane: la escritura en el desarrollo académico El niño poeta La escritura en la universidad La escritura a través de currículo Entre el placer y la apatía Los artículos de investigación
Ada Aurora Sánchez Peña: la revisión de la escritura en la universidad La i de la ratita La escritura como juego Experiencias Escribir en la universidad Enseñar a escribir Sobre la literatura Investigación y escritura La revisión de la escritura Pautas y rúbricas de revisión ¿Un portafolio para evaluar la escritura? La revisión de la revisión
Adriana Silvestri: escribir en la universidad, ¿gusto, interés o deber? Entre escrituras Enseñando la escritura a los niños “Es responsabilidad de una educación deficiente” La escritura en la universidad El placer no es obligatorio La evaluación de la escritura Escritura y nuevas tecnologías Poliedros
Créditos

PRÓLOGO
De la historización del vínculo con la escritura a la reflexión del proceso en la universidad
Elvira Narvaja de Arnoux
La escritura en la universidad es la propuesta convocante para la realización de entrevistas a prestigiosos especialistas del ámbito hispánico. Como es una problemática relevante, en distintos países encontramos experiencias significativas y una reflexión cada vez más sostenida desde finales de la década de 1980, ya iniciada la nueva etapa democrática. Si bien en el primer tramo de la puesta en marcha de las universidades en el período de la posdictadura la preocupación se centró en quienes ingresaban a las instituciones de nivel superior, particularmente en las de admisión masiva, desde la segunda mitad de los años 90 –con el desarrollo de posgrados y las dificultades presentadas en la escritura del trabajo final– se comenzó a pensar en los apoyos institucionales para la redacción de tesis y se visibilizaron los requerimientos disciplinares.
En la actualidad, se trata de atender la lectura y la escritura en los primeros años de estudio para desarrollar aspectos discursivos generales que les permitan a los estudiantes ejercer un buen desempeño en las tareas propias de la vida universitaria y sentar las bases para que puedan enfrentar las diversas situaciones comunicativas que encontrarán en su vida profesional, las cuales difícilmente podemos prever ahora. Por otro lado, se considera el apoyo a los docentes de diferentes disciplinas del pregrado para que trabajen con sus estudiantes los modos de decir del propio campo y los puedan orientar respecto del tipo de tarea que solicitan y los criterios de evaluación.
De igual modo, se implementan instancias en el posgrado que acompañen la articulación entre el trabajo de investigación y la textualización de los tesistas, y atiendan a las expectativas propias de cada carrera. Las estrategias pedagógico-institucionales son variadas y pueden incluir, entre otras, talleres de lectura y escritura, cursos sobre distintos aspectos de la escritura que los estudiantes eligen según sus necesidades, tutorías, módulos en diferentes asignaturas, apoyos informáticos, seminarios de producción de textos académicos y centros o programas de escritura con ofertas variadas.
Aunque las intervenciones que este libro presenta plantean la escritura en la universidad como tema, las hábiles preguntas del entrevistador, Oscar Iván Londoño Zapata, también siguen otros derroteros, particularmente aquellos que llevan a hacer memoria de las propias prácticas de lectura y escritura, y de las estrategias pedagógicas que implementaron los sistemas y niveles educativos que los especialistas recorrieron; de ahí la inclusión del título De la memoria a la reflexión. El segundo sintagma, la escritura en la universidad –necesariamente abierto–, da cuenta del abordaje de asuntos diversos de indudable interés: el papel de la literatura en la enseñanza de la escritura, la especificidad de las escrituras disciplinares, las orientaciones para una pedagogía de la escritura, las estrategias de revisión, la formación de los docentes, la escritura en la conformación de las identidades, los vínculos entre escritura y oralidad y entre lectura y escritura, la incidencia de las tecnologías de la información y la comunicación en la producción textual y las actitudes posibles respecto del plagio en la universidad.
De la memoria
Sobre sus experiencias escolares, muchos de los expertos recuerdan más las prácticas de lectura que las de escritura; infieren de ello que la educación recibida se dirigió más a un desempeño que al otro. En relación con la escritura aprendida en los primeros años, lamentan la reiteración de tareas en las que dominaban la copia de palabras y frases y la imitación de modelos, por lo que la preocupación del profesor se centraba en la caligrafía, la ortografía y la gramática. El aprendizaje inicial partía, en general, de la correspondencia fonema/grafema; así se conformaban sílabas, luego palabras y, finalmente, frases cuyo propósito era combinar las letras aprendidas.
No obstante, algunas situaciones podían ser lúdicas y otras integraban lo oral en el aprendizaje de la escritura: de las leyendas y los dichos populares se extraía alguna frase o exposición breve que sería incluida en un escrito. Lo habitual era el ejercicio pautadamente repetido del cual el cuaderno a doble raya, que contenía el trazo, era un actor destacado. En algunos casos, por influencia familiar o decisiones del maestro, se copiaban textos como poesías, fábulas o cuentos, que le daban otro sentido a la tarea de ejercitación mecánica de la escritura.
Cuando avanza la escolaridad, los entrevistados recuerdan la demanda de textos propios, en los que dominaban los temas “trillados” y la creatividad no era estimulada ni se reflexionaba sobre la composición escrita. Estas situaciones generaron la representación de una escuela primaria que no desarrollaba estrategias específicas para la enseñanza de la escritura y en la que la corrección del maestro tendía habitualmente a aspectos ortográficos y gramaticales. En este contexto, el dictado constituyó una pieza importante.
Una perspectiva distinta, que valoriza la enseñanza tradicional de la lectoescritura inicial reseñada por la mayoría de los especialistas, es la de Adriana Silvestri, quien al evocar su propia experiencia y al apoyarse en la perspectiva de Lev Semiónovich Vygotski llama la atención sobre la importancia de la imitación en la automatización del código, adquisición necesaria para volcar luego los recursos cognitivos que, como sabemos, son limitados a las tareas de mayor envergadura requeridas para la redacción de un texto. Esta investigadora resalta el hecho de que, en una etapa temprana, la repetición e imitación de modelos –fundamental, como señala, para aprender a emplear cualquier instrumento social– permite posteriormente explotar el potencial que, en este caso, la escritura puede alcanzar. A su criterio, la escuela argentina a la que asistió logró que los niños pudieran escribir con autonomía y fluidez –si se lo proponían– textos ficcionales extensos e ilustra lo planteado con un relato escrito por su hermana melliza de nueve años, similar a los que ella producía en esa etapa de escolaridad.
En relación con la escuela secundaria, los entrevistados no le asignan, en general, un papel decisivo en el aprendizaje de la escritura, proceso que en sus recuerdos tiene un rol subordinado al registro de conocimientos adquiridos en las asignaturas y a la aplicación de conceptos y categorías desarrollados en las clases de lengua y literatura. En ambos casos, más que el escrito en sí, se evaluaban los aprendizajes de los contenidos propios de las materias. Los participantes destacan que no había instrucciones específicas respecto del texto requerido, las tareas se presentaban descontextualizadas y orientadas solo por el tema, la escritura se realizaba en soledad sin una revisión que permitiera mejorar los textos.
Sin embargo, la secundaria constituyó una etapa en la que, por diversas razones –encuentro con un profesor excepcional que se involucraba con la escritura más allá de los requerimientos del aula, realización de actividades extracurriculares, descubrimientos amorosos, entusiasmos políticos, apoyos a periódicos murales y revistas escolares–, la escritura adquirió valor y pasó por momentos al frente de la escena escolar en la apreciación de los entonces jóvenes, consultados ahora como expertos.
La universidad a la que asistieron varios de nuestros especialistas exigía la toma de notas en los cursos debido a que las tecnologías de la palabra no tenían el desarrollo actual. Esta situación implicaba un tipo de entrenamiento precario en la escritura, pero habitual. Asimismo, los estudios superiores implicaron para la mayoría una exigencia más grande y una significativa complejidad de las tareas requeridas, que generaron frustración y sensación de fracaso cuando no habían recibido un apoyo anterior en su formación como escritores. Señalan, además, la falta de seguimiento de la escritura por parte de los profesores porque ellos la consideraban innecesaria debido a que suponían que los estudiantes la habían adquirido en los niveles anteriores, o no percibían la especificidad de su enseñanza.
Las evaluaciones podían ser reguladoras de la propia producción si implicaban observaciones sobre el texto, aunque habitualmente se centraban en los contenidos que la escritura vehiculizaba. No obstante, los entrevistados coinciden en la importancia de la universidad para modelar un ejercicio escritural más personal, en algunos casos definido en el pregrado gracias al desarrollo de una escritura ensayística y otra científica, cuyas diferencias facilitan la comprensión de los rasgos genéricos y permiten que el joven escritor pueda desplegar su punto de vista a la vez que atiende a la precisión terminológica.
Las otras lenguas minoritarias también aparecen en la historización del vínculo con la escritura, como el valenciano, por ejemplo, expulsado del ámbito escolar español en una larga etapa y, por tanto, ausente de los aprendizajes como lengua escrita. Lo anterior implicó que los hoy adultos que no la dominan se perciban como analfabetos en su lengua materna. Y el inglés, la lengua enseñada y estudiada a partir de la cual –y en contraste con el castellano– se les plantearon a algunos de los entrevistados las inquietudes primeras acerca de la comprensión y producción de textos, los lleva ahora a interrogarse sobre las modalidades de la comunicación escrita internacional.
Los libros de texto utilizados son evaluados como expresión de las teorías pedagógicas, de las posibilidades tecnológicas y de las perspectivas acerca de la escritura y el niño. Las cartillas usadas en los primeros años se centraban en el reconocimiento de las letras, para lo cual empleaban estrategias diversas como la asociación de la letra con el sonido propio de un objeto (la u con el trencito). En zonas alejadas constituían el único material de lectura que establecía un vínculo intergeneracional en la medida en que se reiteraban oraciones consagradas. La distancia con los libros actuales –más allá de los aspectos pedagógicos y de diseño– tiene que ver con el paso de los textos antiguos de mano en mano. Eran escritos que se heredaban y guardaban, frente a aquellos que hoy tienen múltiples respuestas escritas de su usuario, lo cual hace que no puedan ser transmitidos a otro.
Algunos recuerdan las largas copias de frases como forma de correctivo por un mal comportamiento, aunque esta medida era más soportable que el castigo corporal todavía vigente en el franquismo. Las vivencias individuales nos ubican así en espacios y tiempos nacionales que en algunos casos se aproximan y en otros se diferencian notablemente debido al peso de las circunstancias políticas o a los universos sociales involucrados. María Luisa Carrió Pastor, quien es la especialista que se refiere al valenciano, muestra el contraste entre la escuela franquista, preocupada por la unidad lingüística y religiosa de la nación española con su rígida impronta disciplinaria, y la escuela de la apertura democrática por la que transitó, en la cual el impulso a la creatividad y la confrontación de opiniones alcanzaban un lugar significativo y de la que recuerda con placer las lecturas de relatos de amigos que realizaban hazañas diversas y los trabajos escolares grupales, aunque no estuvieran demasiado pautados.
Fabio Jurado Valencia, por su parte, señala los escasos materiales de lectura que existían en su pueblo y el interés con el que eran recibidos y devorados, primero, los cuentos de hadas rifados en las comuniones o que llegaban en las piñatas de los cumpleaños y, segundo, las historietas, sobre todo de luchadores y vaqueros, que nutrían la imaginación adolescente.
Al evocar su recorrido como escritores, los entrevistados aluden a experiencias particulares que estimularon su desempeño en distintos momentos: escribir cuentos para intercambiarlos con un compañero, participar en concursos de oratoria y juegos florales en los que se partía de géneros determinados (adivinanza, poesía, relato, ensayo), iniciarse en la escritura con una maestra particular antes del ingreso escolar, poder leer los mejores trabajos a lectores de otras clases, redactar un diario personal, componer poemas y cartas amorosas que nunca llegarían a su destino, escribir a máquina los borradores y pasar luego las correcciones de un investigador experto.
También se refieren a cómo se manifestó la vocación por el estudio del lenguaje escrito: fascinación por los universos que la palabra puede construir y que encuentran su expresión en la literatura, introducción en un espacio discursivo amplio gracias al estudio de la carrera de Letras, intercambio con docentes y compañeros a partir del escrito propio, confrontación con textos en una lengua extranjera, reconocimiento del juego entre lo sistemático del lenguaje y su variación, necesidad de escribir textos académicos. Del mismo modo, al describir las experiencias iniciales aparecen los lugares de escritura, esto es, los establecidos formalmente y aquellos habituales, los individuales y aquellos compartidos: el cuaderno borrador y el cuaderno en limpio que marcaban la distancia entre una escritura privada y otra más pública. En el paso de la escuela media a la universidad surgió otro objeto precioso, la máquina de escribir, como apoyo y estímulo a la escritura.
Estos recuerdos muestran, además de la importancia de la biografía escolar en el desempeño adulto, el interés de historizar las prácticas de lectura y escritura no solo por lo que develan las experiencias relatadas sino también porque permite reflexionar con mayor profundidad respecto de las modalidades actuales. Creemos, por ello, que la distancia comprensiva y crítica que se desarrolla a partir de la consideración de la dimensión histórica debe ser contemplada en los programas que se ofrecen a los estudiantes de diferentes ciclos.
De la reflexión
En las entrevistas se valora la literatura como el universo textual que permite una apropiación diversa de la escritura, debido a que explora las potencialidades del lenguaje, juega con sus distintos niveles, expone los complejos mecanismos de construcción del sentido y permite entrever la variedad de trabajos posibles con el significante. Los mismos entrevistados se presentan como escritores de poesías o textos ficcionales, lectores literarios apasionados o sujetos en los cuales el gusto por la escritura fue desencadenado por un comentario literario. Algunos enfatizan la importancia de la lectura literaria en la formación ciudadana debido a que es un estímulo a la deliberación tanto oral como escrita. Muestran, asimismo, cómo desde el lugar del docente recurren exitosamente a los textos literarios para orientar el aprendizaje o insisten en la importancia del ingreso de la literatura en los materiales de las asignaturas y en la reflexión sobre los modos de leer y escribir.
En la articulación que plantean entre lectura y escritura y sus implicancias pedagógicas, estos procesos se vinculan más a la literatura que a la escritura académica. Esta relación evidencia en cierta medida la larga tradición educativa de la primera frente a la segunda, más reciente. Aquello que sostiene las apreciaciones es la convicción según la cual los modos de leer literarios son entrenamientos importantes para otras lecturas.
Los especialistas convergen en una concepción de escritura como proceso sociocognitivo situado, es decir, enmarcado en una circunstancia comunicativa que da origen y sentido a la tarea y en un contexto histórico y social amplio que define –como hemos anticipado– los ámbitos y los modos de ejercicio de la palabra escrita. Resaltan, entonces, la importancia de que el docente comprenda su complejidad y exigencia, y pueda reflexionar con sus alumnos respecto de por qué o para qué se escribe, de las actividades que la escritura implica, de los recursos que cada uno posee para encararla, de la necesidad de regular y controlar los subprocesos involucrados, de las características y potencialidades de los soportes, de los géneros adecuados a cada situación, de los aspectos propios de la textualización (construcción de oraciones extensas, inclusión de citas, uso de conectores, por ejemplo), del reconocimiento del destinatario, de la dimensión emocional o lúdica que puede estar implicada en el acto de escribir.
Sostienen, además, que el docente debe estar preparado para analizar los textos de sus estudiantes, reconocer y explicar las dificultades y fundamentar los juicios positivos. La retroalimentación aparece como una pieza didáctica insoslayable, que para Ada Aurora Sánchez Peña debe ser, particularmente en la enseñanza media, puntual, clara, total o completa, específica, sugerente, motivadora y positiva. La entrevistada también insiste en la importancia de la revisión y la reescritura en la universidad, ese imprescindible acto de volver sobre el texto y recurrir a diferentes instrumentos didácticos que pueden ser administrados por los mismos estudiantes como las pautas de autorregulación, las guías de revisión, los portafolios, tanto los que exponen borradores o distintas versiones como los que seleccionan las producciones mejores, con o sin reflexión metacognitiva expuesta. Lo fundamental es implementar estrategias variadas de devolución de la lectura hecha sobre el texto del otro, desde el diálogo cara a cara hasta el programa informático, desde el trabajo con pequeños grupos hasta la puesta en común frente a la clase en su conjunto, desde la revisión del profesor hasta la de los pares.
Todo lo señalado anteriormente lleva a nuestros especialistas a reiterar la necesidad de la formación permanente de los profesores y su entrenamiento en diversas prácticas de escritura. Para ellos, las instancias de actualización deben fortalecer la competencia escrita tanto de los docentes de lengua como de otras disciplinas, y suministrar los instrumentos teóricos y metodológicos que permitan orientar a los estudiantes. Así, podrán elaborar propuestas didácticas para cada fase de la escritura y generar espacios de intercambio para analizar las dificultades que los alumnos enfrentan respecto de las tareas solicitadas.
En todos los casos se plantea que la representación asumida de la escritura y de la tarea específica requerida incide en las prácticas. En algunas entrevistas se señala la importancia de internet en la construcción de representaciones acerca de la escritura que pueden afectar la tarea educativa: el tipo de lector previsto y la inmediatez de la recepción lleva a una simplificación discursiva que puede incidir negativamente en el momento de la elaboración de textos académicos.
En las entrevistas se apela a la perspectiva bajtiniana del dialogismo y se insiste en la relación con otras voces que todo texto promueve, así como en la apertura a posibles intercambios futuros. El dialogismo interviene en las decisiones didácticas y se dirige a estimular una escritura colaborativa que permite producir textos de autoría colectiva, asistida o no por ordenador, establecer actividades previas a la escritura de un texto (como leer documentos o conversar sobre el tema que será objeto del escrito), lograr la participación de diversos lectores en el comentario del texto de un estudiante o poner en común los hallazgos y las dificultades presentes en los trabajos evaluados.
A la escritura en la universidad se le asignan las funciones tanto de registrar, integrar y relacionar información como de elaborar, transformar y comunicar el conocimiento. Su dominio posibilita la participación en las comunidades discursivas en las que el saber se produce y circula. Así, se destaca la importancia de la apropiación que realizan los estudiantes de los modos de decir de los distintos campos y la necesidad de que los docentes de cada disciplina puedan orientarlos para facilitar su ingreso en las comunidades académicas específicas. Es indudable que, si la tarea está a cargo del experto en la disciplina, deberá especializarse en temas propios de la escritura académica, o si la asume el experto en escritura, deberá interiorizar los géneros de la disciplina abordada.
En las clases que se destinen a la reflexión sobre la escritura, sean estas específicas o en el ámbito de las diversas disciplinas, el estudio de los marcos teóricos y el análisis de los discursos que se producen y circulan en las comunidades científico-académicas pueden alcanzar mayor amplitud y profundidad que en otros niveles. Un tema central es la relación entre lengua oral y escrita (recordemos, además, la importancia de la oralidad secundaria en el desempeño académico y profesional). Giovanni E. Parodi Sweis señala en su entrevista que esta articulación debe ser considerada, más que como una distinción dicotómica, un continuum con dos polos prototípicos. También, el especialista citado enfatiza la necesidad de continuar la reflexión sobre otro vínculo, el establecido entre la lectura y la escritura, que se plantea pedagógicamente articulado en los diferentes niveles educativos y cuya conexión, a su criterio y a partir de numerosas investigaciones empíricas, se sitúa en esencia en el nivel psicológico, es decir, en los procesos cognitivos.
De las diferentes intervenciones surge la necesidad de orientar los modos de escribir propios del ámbito universitario, sin limitarse a los géneros evaluativos (respuestas a cuestionarios, informes de lectura, parciales, monografías), sino también avanzar en relación con los géneros ligados a la investigación o a la vida profesional del futuro egresado. Este planteamiento abre de forma notoria el abanico de prácticas de escritura que deben considerarse, pero también muestra la importancia de adquirir conocimientos lo suficientemente amplios como para que el estudiante pueda enfrentar con solvencia la multiplicidad de situaciones y los nuevos géneros que aparecen relacionados con las transformaciones tecnológicas y sociales.
Cuando los especialistas se refieren a las carreras que corresponden a una formación más profesional, insisten en trabajar, además del lenguaje académico, los géneros propios (correos electrónicos, cartas, informes, memorias) en los que el fin práctico sea evidente y se reflexione sobre un estilo que aliente al lector en un mundo donde los estímulos abundan y la dispersión amenaza. De ahí que la enseñanza debe tender a desarrollar también, como señala Gladys Stella López Jiménez, un comportamiento metacognitivo que le permita al aprendiz tomar decisiones sobre las estrategias más adecuadas en cada situación. En las carreras más académicas, un género en el que se insiste es el artículo científico. Al respecto, Ómar Sabaj Meruane señala que las dificultades expuestas en los trabajos de los estudiantes son tanto de microrredacción (ortografía, estilo o vocabulario) hasta aspectos más complejos de macrorredacción, como la jerarquización de la información, la adecuación funcional de sus secciones o la pertinencia del diseño investigativo.
Las tareas en la universidad, como en los otros niveles educativos, deben ser planificadas y dar lugar a secuencias didácticas que encadenen adecuadamente las actividades respecto de la escritura. En ese sentido, Montserrat Castelló Badía plantea como exigencia que dichas tareas deben garantizar la contextualización, asegurar la funcionalidad y el sentido del texto producido, y contar con una evaluación formadora vinculada al propio proceso de enseñanza y aprendizaje. Los libros de texto deben atender a ello y abrirse a complementos electrónicos, pero no ser el único instrumento didáctico debido a que el mundo contemporáneo posibilita el uso de variados materiales y facilita la creatividad del docente.
Lo anterior ha llevado a experiencias significativas en las cuales los estudiantes, con orientación del docente, construyen sus propios libros de texto al recopilar y ordenar escritos de diversa procedencia vinculados con un proyecto pedagógico. También, en la universidad se han puesto en marcha programas informáticos que permiten a los alumnos, en diálogo con los docentes, seleccionar el material que se utilizará en clase. A criterio de algunos entrevistados, reducirse al libro de texto empobrece la práctica pedagógica. Un paso importante consiste no solo en la investigación sobre la didáctica de la lectura y la escritura sino también en su llegada al aula de clase y su incidencia en la producción de materiales.
Al abordar las tecnologías de la información y la comunicación, los expertos destacan su influencia positiva en la medida en que apoyan el trabajo de escritura con los procesadores de textos, indagan en nuevas posibilidades expresivas, amplían la presencia social de la cultura escrita y facilitan la participación en comunidades notablemente extensas. Las proyecciones indeseadas a los géneros académicos se resuelven con el desarrollo de la capacidad para contextualizar las producciones escritas al reconocer sus características composicionales y estilísticas. Aquello que se percibe como necesidad frente al cúmulo de informaciones circulantes es orientar en la identificación, selección y categorización de contenidos.
La respuesta a la problemática del plagio en el sistema educativo que la tecnología facilita es, para los especialistas, proponer, por un lado, tareas que hagan difícil el corte y pegue, es decir, elaborar consignas que exijan una reflexión personal y una estructura específica. Por otro lado, se insiste en propiciar situaciones de lectura y escritura significativas para los estudiantes que generen en ellos el deseo de realizar las tareas desde sus propias competencias.
Este recorrido por los diferentes aspectos compartidos sobre la escritura que surgieron de la lectura de las entrevistas presentadas en este volumen desea ser un estímulo para reflexiones y debates sobre problemas centrales de nuestro campo. Creemos que en los profesores, investigadores, estudiantes y especialistas de diversas áreas, a los que esta obra está destinada, el descubrimiento de otras experiencias escolares activará la propia memoria de conformación de sus identidades lectoras y escritoras. Por otra parte, las reflexiones reseñadas aquí sintéticamente les impondrán tomas de posición y renovadas evaluaciones de sus prácticas docentes e investigativas. Este libro se inscribe en el continuo diálogo que impulsa y exige toda actividad científica y pedagógica.

Introducción
La escritura en la universidad es el asunto que motiva la realización de entrevistas a ocho investigadores destacados en este campo: María Luisa Carrió Pastor y Montserrat Castelló Badía de España, Fabio Jurado Valencia y Gladys Stella López Jiménez de Colombia, Giovanni E. Parodi Sweis y Ómar Sabaj Meruane de Chile, Ada Aurora Sánchez Peña de México y Adriana Silvestri de la Argentina. Estos especialistas en el estudio de la lectura y la escritura son reconocidos por sus logros académicos tanto en su país de origen como en otros territorios de América y Europa. Es por ello que sus investigaciones son referentes en las actuales discusiones sobre estos procesos.
Este libro, destinado a profesores y estudiantes interesados en el papel de la escritura en la formación universitaria –y también en la primaria y secundaria– permite leer a los expertos invitados de una manera más cercana. En mayor o menor proporción, quienes se forman en escritura –sobre todo académica y científica– han recorrido las voces de los entrevistados al escucharlos hablar acerca de este proceso sociocognitivo, cultural e histórico privilegiado, desde los géneros discursivos más tradicionales que configuran la cultura escrita de la academia, esto es, a través de artículos, capítulos, monografías, entre otros. En esta oportunidad, las entrevistas –aun inscribiéndose en el dominio académico– permiten que estos autores apreciados por la comunidad internacional sean leídos en una dimensión más directa y personal, en un estilo sencillo, pero no por eso menos abstracto y complejo.
Las entrevistas presentadas en este trabajo no se inscriben en lo que se podría llamar un “periodismo de la academia”, sino en lo etnográfico. Por tal razón, estos textos no constituyen entrevistas de entretenimiento; su intención se mueve entre lo académico y lo informativo, entre lo etnográfico y lo histórico, con el fin de respetar esa geografía personal y científica de cada investigador. De tal modo, este libro también abona a la reflexión sobre la importancia de la entrevista académica, no solo en el abordaje de diversos asuntos disciplinares, sino también en la divulgación de los conocimientos científicos.
En este orden de ideas, las entrevistas presentadas en De la memoria a la reflexión: la escritura en la universidad integran los datos recolectados en una investigación que tiene como propósito construir la memoria histórica de las prácticas de escritura en académicos expertos en ese proceso. El foco de este estudio se ubica, entonces, en la historización de las experiencias escriturales tanto de la infancia como de la adolescencia y la adultez de investigadores con reconocida trayectoria en el campo de la escritura. De igual modo, la investigación indaga por los planteamientos que los entrevistados han podido elaborar sobre este proceso en la universidad desde sus prácticas de formación académica y su experiencia investigativa. Cabe aclarar que, por decisiones editoriales, en este libro únicamente se presentan las entrevistas; los hallazgos de la investigación antes referenciada se dan a conocer a través de otros medios.
En concepto de Janet Holland y Caroline Ramazanoglu (1994: 135), la entrevista se designa de diversas formas: como naturalista, autobiográfica, profunda, narrativa, dirigida, entre otras: “Cualquiera sea el rótulo, la entrevista se ciñe al modelo conversacional y, como la conversación, constituye un hecho social que en este caso tiene dos participantes. En cuanto acontecimiento social, posee sus propias reglas de interacción, más o menos explícitas, más o menos reconocidas por las partes. Además de su carácter social, la entrevista es también un proceso de aprendizaje donde los participantes descubren, ocultan o generan las reglas por las cuales intervienen en este particular juego”. De tal modo, este instrumento de recolección de datos –aplicado sobre todo en las investigaciones cualitativas– permite obtener respuestas a los interrogantes planteados sobre un determinado problema. Sus preguntas pueden basarse en conceptos derivados de la literatura, de la experiencia o del trabajo de campo preliminar (Strauss y Corbin, 2016).
Las entrevistas de este libro fueron construidas a través de comunicación electrónica escrita durante los últimos años. La revisión documental llevada a cabo a partir de la producción académica y científica de los informantes (artículos, capítulos y libros) facilitó la elaboración de los cuestionarios que estructuran cada texto. Es por ello que la fundamentación teórica realizada permitió la construcción de los guiones que, una vez elaborados, fueron enviados a los investigadores para ser resueltos. Las primeras versiones de los escritos permitieron retroalimentarlos con nuevas preguntas y respuestas que fortalecieron el desarrollo temático. En suma, el trabajo colaborativo facilitó la configuración de estas memorias y reflexiones que en algunos puntos se encuentran y en otros se distancian, debido a los contextos sociales en los que crecieron los participantes, a las tradiciones teóricas que sobre el lenguaje han asumido, a sus formas de comprender la escritura y a la potencialidad y creatividad del discurso para construir la realidad.
Cada entrevista despliega una superestructura definida a partir de dos momentos discursivos, el de la memoria y el de la reflexión. En el primero, los entrevistados evocan algunas de sus experiencias escritoras en la infancia, la adolescencia y la edad adulta. Este apartado de la entrevista –que opera como una autobiografía escritural– presenta sus prácticas de escritura en diferentes etapas de escolarización (primaria, secundaria y universidad). A través de este primer apartado, los entrevistados se trasladan al pasado para revivir experiencias sobre las formas en las que aprendieron a escribir. Las remembranzas hacen emerger sus vivencias con los maestros, así como los ejercicios en clase, los castigos, los libros de texto que empleaban, los escritos que construían, las rutinas de refuerzo en casa, entre otras actividades.
Los expertos no habían realizado antes ejercicios retrospectivos sobre sus historias de escritura, por lo cual es la primera vez que reconstruyen de manera escrita sus aprendizajes escriturales de aquellas épocas:
En mi caso, no había rememorado por escrito mis experiencias como escritora, a pesar de que suelo pedir a mis estudiantes que lleven diarios de escritura (y yo también los he escrito). Sin embargo, no había realizado ese ejercicio retrospectivo acerca de mi historia y mis aprendizajes como escritora. Esta parte de la entrevista ha sido ilustrativa e interesante. (Montserrat Castelló Badía)
No había recordado tan profundamente mi formación y vivencia de la escritura. Sí tuve oportunidad de comentar algo al respecto en entrevistas previas para periódicos, pero de forma general. Mi tesis de maestría me llevó también a autoanalizarme, pero –a diferencia de tu entrevista– la reflexión solo se centró en un aspecto: la retroalimentación de textos. Con tu entrevista, la mirada fue más larga y abarcadora; permitió hacer memoria, recordar con la cabeza y el corazón, pues, al recuperar la imagen en la que el lápiz se anida en la mano, podemos identificar el origen de una alegría que da sustento a lo que hoy hacemos. En este sentido, dialogar contigo y con nosotros mismos ha sido una experiencia muy grata. (Ada Aurora Sánchez Peña)
Tras este viaje discursivo por el pasado, se presenta el segundo apartado, el de la reflexión, desplegado a partir de preguntas y respuestas sobre las representaciones y prácticas de escritura en la universidad. Los interrogantes permitieron abordar diversos asuntos acerca del papel de la escritura en la escena universitaria: las concepciones sobre la escritura, sus funciones en los procesos de enseñanza y aprendizaje, las políticas institucionales sobre este proceso, el plagio, las dificultades escriturales, el papel de la literatura en la universidad, las estrategias y secuencias didácticas, la toma de notas, los géneros discursivos académicos, la relación entre educación básica, media y superior en torno a la escritura, entre otros temas.
De tal modo, tras la lectura de los textos, los lectores podrán conocer cómo aprendieron a escribir los entrevistados, qué experiencias escriturales de la infancia logran evocar, qué prácticas de escritura eran recurrentes en las escuelas de aquellos años, cómo fue el desarrollo de la escritura en la adolescencia, qué desafíos impuso la universidad para el mejoramiento de los procesos de producción textual, qué plantean los entrevistados acerca de la escritura en la universidad, cuáles son los retos para el mejoramiento de la escritura en este ámbito educativo, entre otros asuntos.
Aunque la lectura no ha sido abordada en este trabajo, no se desconoce su importancia en los procesos de formación no solo en la universidad sino, además, en la primaria y la secundaria. Es por ello que convendría la elaboración de un libro de entrevistas a expertos de la lectura. Una tarea por realizar.
Esperamos que este libro sea de utilidad tanto para los profesores como para los estudiantes universitarios de diferentes campos de conocimiento. Aunque el asunto central del libro sea la escritura en la universidad, los docentes de primaria y secundaria también están invitados a leer el texto, puesto que les permite conocer elementos importantes de sus prácticas de enseñanza y los aprendizajes de sus alumnos, futuros universitarios y profesionales.
Referencias bibliográficas
HOLLAND, J. y C. RAMAZANOGLU (1994), “Coming to conclusions: Power and interpretation in researching young women’s sexuality”, en M. Maynard y J. Purvis (comps.), Researching Women’s Lives from a Feminist Perspective, Londres, Taylor & Francis, pp. 125-148.
STRAUSS, A. y J. CORBIN (2016), Bases de la investigación cualitativa: técnicas y procedimientos para desarrollar la teoría fundamentada, Medellín, Editorial de la Universidad de Antioquia.

María Luisa Carrió Pastor: experiencias con la escritura
La lengua con sangre entra
–¿Qué recuerdos tiene sobre sus experiencias con la escritura tanto en la infancia como en la adolescencia?
–Aunque la lectura fue el proceso más potenciado en la escuela, siempre me sentí atraída por la escritura. En la primaria, las profesoras exaltaban mis redacciones y me conducían de clase en clase para que leyera mis escritos. Las sensaciones que experimentaba con esas lecturas se quedaron grabadas en mi memoria. En aquellos años no era consciente del esfuerzo que estas maestras realizaban para difundir la escritura y mejorar la expresión de los alumnos.
¿Cómo olvidar la fecha anotada en la pizarra, las clases de caligrafía y las filas que formábamos para que la maestra nos preguntara las tablas de multiplicar? Los nervios que sentías cuando te pedían la lección y no te la sabías, la ansiedad que causaba estar en el último puesto de la fila por no responder de manera acertada o la alegría que recorría tu cuerpo cuando respondías correctamente son sensaciones que difícilmente se diluyen de la memoria. Aunque no existían los recursos con los que ahora contamos, los maestros nos formaban con métodos que ellos creían adecuados.
Como la obediencia era habitual en España, teníamos que cumplir aquello que las profesoras nos ordenaban sin cuestionarlas. Ahora bien, si consideramos esta relación de sometimiento, es improductiva para los alumnos debido a que los conduce a que no participen apropiadamente del ambiente escolar ni valoren las conductas de sus maestros. La sumisión no potencia la creación ni el desarrollo del individuo, aspectos que sí se incentivan en nuestro sistema educativo actual.
Sin embargo, en el presente también vivimos el caso contrario, es decir, algunos estudiantes no respetan a sus profesores; incluso se ha llegado a plantear que esta situación les causa a los docentes ansiedad y depresión. Los maestros se quejan de los alumnos, de su falta de respeto y de sus actitudes violentas. Por tal razón, se ha de potenciar el respeto por los profesores y por su enseñanza, actitud que se cultiva desde el hogar porque la familia también debe inculcar valores.
No recuerdo esa época como una etapa que incentivara la producción textual. Simplemente memorizábamos categorías gramaticales como artículos, sustantivos, adjetivos o verbos, rellenábamos espacios vacíos con palabras “correctas”, repetíamos frases que la profesora escribía en la pizarra y copiábamos los textos que ella nos proporcionaba, sobre todo para perfeccionar la caligrafía. Con el aprendizaje a través de la práctica y la repetición se pretendía que reforzáramos las estructuras que subyacían en nuestra mente. Asimismo, era usual que la profesora comparara las redacciones de los alumnos.
La escasa escritura comunicativa se realizaba a partir de redacciones que la maestra corregía, aunque únicamente consideraba las reglas gramaticales, como las morfológicas y sintácticas. No se tenía en cuenta el contenido como un aspecto importante a ser evaluado. La evaluación, entonces, se centraba en la corrección de errores gramaticales y en la nota de clase como incentivo.
En aquellos años, no se aprendía el valenciano en la escuela, aun siendo nuestra lengua materna; solo se enseñaba el castellano. En esta segunda lengua nos dirigíamos a la profesora, contestábamos en clase, leíamos y escribíamos, aunque teníamos un escaso uso oral, en contraste con el que hacíamos del valenciano porque lo empleábamos para comunicarnos con nuestros compañeros y amigos en el recreo y la calle. Las profesoras se centraban en que los alumnos no confundieran las dos lenguas para evitar préstamos lingüísticos. En ese momento considerábamos que esos usos eran “normales”; no obstante, con el paso del tiempo nos dimos cuenta de las consecuencias que han tenido en las formas de comunicación de estas generaciones; incluso, la conciencia sobre estos usos ha generado el desarrollo de movimientos sociales que rechazan por completo la lengua castellana.
Como no aprendimos a escribir en valenciano, en general desconocemos nuestra propia lengua. En mi caso, pude estudiarla en la universidad porque se ofrecían asignaturas de catalán, aunque la mayoría de mis congéneres no lograron aprenderla; de ahí que la hablen con castellanismos y no puedan escribirla de manera apropiada. Además, no conocemos nuestras raíces ni la historia de nuestros pueblos ni nuestra literatura, entre otros elementos fundamentales de la cultura. En la actualidad, los niños tienen la fortuna de poder aprender cada día la lengua y la cultura que viven. Por consiguiente, cuando interactuamos con las generaciones actuales nos sentimos ignorantes porque no dominamos todos estos conocimientos que ellos aprenden a diario.
La enseñanza se basaba en la memorización de datos, actividad generalmente premiada. De ahí que no se incentivaran la creatividad ni la iniciativa ni el trabajo colaborativo, entre otras prácticas impensables en aquellos años.
En escasas ocasiones se realizaban actividades grupales y no se potenciaba la interacción entre compañeros, por lo que se privilegiaba el trabajo individual. Al respecto, el trabajo colaborativo es esencial. La escritura grupal –aquella que implica compartir ideas, información y experiencias– constituye un proceso mediante el cual se potencia la creatividad. En la actualidad, gracias al desarrollo de las mediaciones tecnológicas, se incentiva la escritura colaborativa debido a que los alumnos trabajan en plataformas que les permiten interactuar con sus compañeros y construir socialmente el conocimiento. Por tal razón, es fundamental motivar la producción de la escritura colaborativa para que la forma de escribir, el vocabulario, el estilo y la estrategia discursiva se compartan entre los estudiantes.
Por otra parte, sobre los castigos recuerdo algunas experiencias. La profesora de cuarto año de primaria creía que la lengua con sangre entra, por lo que solía castigarnos si no sabíamos la lección. Ella nos hacía responder por escrito en la pizarra aquello que preguntaba: categorías gramaticales y tiempos verbales, entre otros conocimientos. Recuerdo que a una compañera le destrozó una regla en la cabeza porque no respondió su pregunta. A otra alumna la tomó del cabello y le pegó contra la pared. Fueron experiencias desafortunadas que te enseñan aquello que nunca harás en la vida. Copiar cincuenta veces una frase o una palabra por equivocarte era también un castigo habitual, así como estar de rodillas de cara a la pared o escribir alguna palabra en nuestra lengua materna. En suma, debíamos permanecer callados en clase y obedecer a la profesora para que fuéramos considerados “buenos alumnos”.
Estas prácticas generaron serias consecuencias en aquellos niños, hoy adultos. El miedo a la enseñanza y a asistir a la escuela fueron las principales. Todavía sigo en contacto con mis compañeros de primaria y solo seis de cuarenta hemos superado una titulación universitaria. Cuando recordamos estas experiencias, aún nos sentimos indignamos al pensar en el temor que provocaban algunos profesores. La enseñanza de cualquier conocimiento no debe realizarse a partir de acciones violentas o del temor por el castigo. Estas situaciones afectan negativamente a los alumnos debido a que asocian la formación escolar con el miedo.
Cuando los estudiantes les comentaban a sus padres sobre los actos violentos de las maestras, acudían de inmediato a la escuela para dialogar con ellas, quienes se defendían aduciendo que “lo hacían por el bien de los niños”. Finalmente, no se emprendían acciones contra las profesoras que habían maltratado a los alumnos, en razón a que no eran considerados parte crucial en la formación escolar; el profesor constituía la “pieza clave”.
Utilizábamos libros de texto generalmente heredados de los hermanos mayores debido a que no se cambiaban con la frecuencia con que ahora se hace. Estos materiales eran cortos, concretos y con pocas ilustraciones, acordes con los medios disponibles en aquel entonces. Las tareas eran simples, directas y no implicaban actividades que retaran a los alumnos a superarse, aunque permitían igualar los aprendizajes. Recuerdo, por ejemplo, los Cuadernos Rubio.
Los libros de texto actuales son variados e incluso difíciles de comprender, y proponen actividades que el alumno ha de desarrollar en el mismo texto. Por ello, son más interactivos, aunque inservibles una vez se han utilizado. No se basan en la transmisión de conocimientos, sino en la práctica de destrezas; entonces, ya no es indispensable saber de memoria tantos contenidos sino más bien administrarlos y utilizarlos con propiedad. De tal modo, los libros de texto actuales se basan en la práctica de habilidades, mientras que aquellos que yo utilicé en la primaria durante la década de 1960 se orientaban hacia la memorización de datos.
Cabe afirmar, además, que en los procesos de enseñanza y aprendizaje de lenguas los libros de texto deben potenciar la práctica de destrezas inherentes a la comunicación; han de ser prácticos y reflejar la cultura de la lengua que se aprende. De lo contrario, el estudiante no experimentará el aprendizaje como un proceso práctico y se formará más lentamente. Por ello, son cada vez más populares los libros de texto provistos de recursos tecnológicos que articulan el aprendizaje con la realidad que le interesa al alumno, aunque sea virtual. Con ello, los libros con complementos digitales se convierten en incentivadores de la formación de lenguas porque una vez usados activan el aprendizaje colaborativo entre los escolares mediante chats y foros de opinión, entre otros recursos.
Nuevos horizontes
El paso de la formación primaria a la secundaria se vio influido por un suceso que contribuyó a transformar la situación sociopolítica del país: la muerte de Francisco Franco Bahamonde en 1975, que propició el advenimiento de la democracia y la apertura social y cultural de España a otros países. En ese contexto, los contenidos de la educación secundaria experimentaron cambios acordes con los nuevos horizontes sociales y políticos. Se dio el inicio de una nueva etapa en la historia educativa del país que, en términos de los procesos de producción textual, permitió enfatizar la importancia del contenido en la escritura. En otras palabras, durante este nivel escolar se prestó más atención a la información que desplegaban los textos, además porque se suponía que los aspectos gramaticales se aprendían en la primaria.
Nuevas actividades fueron propuestas para mejorar el aprendizaje de la lengua, que implicaban la discusión de temas y la escritura colaborativa, entre otras. Para mí representaron un cambio fundamental porque aquello que escribíamos se corregía desde el punto de vista comunicativo, es decir, desde las estructuras usadas, la conexión de palabras y oraciones, la exposición de puntos de vista, la persuasión, entre otros asuntos.
La educación propuesta por Franco buscó básicamente la consolidación de la nación española, de ahí que la formación para el respeto, la obediencia, la sumisión y los valores morales y religiosos se constituyó como el ideal educativo. Rezábamos cada mañana antes de iniciar las clases, aprendíamos y hablábamos una sola lengua –como he comentado antes– y no se toleraba la falta de respeto hacia los profesores y compañeros. El sistema educativo potenció la formación en valores tradicionales en lugar de facilitar la construcción crítica del conocimiento; buscó que los españoles se aferraran a las raíces de la nación española de aquel entonces. Al virar la mirada hacia atrás, podemos comprender que el sistema educativo también contribuyó a eliminar partes de nuestra historia, que desaparecieron porque no se quería tener memoria de aquello que para Franco era inapropiado. El aprendizaje de lenguas fue relegado, aunque se estudió francés por la proximidad geográfica con el país galo e, incluso, en el inicio de la dictadura, alemán por la relación que España estableció con Alemania en aquel entonces.
Respecto de los textos que más me solicitaban escribir en el colegio, predominaban aquellos que presentaran temas de opinión e intercambio de conceptos. Pocos adolescentes estaban atentos a los asuntos políticos. Si comparamos esa época con la actual, podemos observar que la información se difundía a través de otros medios, no era de libre acceso como sucede ahora. No existía internet para indagar sobre cualquier tema, con lo cual escribir acerca de un asunto concreto requería ir a la biblioteca municipal y consultar las enciclopedias y monografías. Actualmente, la dificultad radica en saber seleccionar la información apropiada, puesto que disponemos de tal cantidad de datos que es difícil comprenderlos de manera crítica.
Mientras que en la primaria leíamos cuentos infantiles, en la secundaria abordábamos obras cuyos personajes realizaban hazañas de acción y misterio, siempre con un final feliz, como las de la inglesa Enid Blyton. Eran textos que motivaban la creación de un mundo ideal en el que los problemas fundamentales no eran mayores a descubrir el sexo o cuestionar las ideas religiosas. Las lecturas académicas giraban en torno a las obras de Rafael Alberti, Camilo José Cela o Gabriel García Márquez, aparte de los clásicos españoles.
Creo que nuestra inquietud por la literatura cambia a medida que crecemos. En la actualidad suelo leer libros contemporáneos y no demasiado filosóficos porque mi trabajo me obliga a leer demasiado. Continúo leyendo cualquier libro que llega a mis manos, aunque últimamente me he interesado por las obras de Stieg Larsson y, por supuesto, abordo textos sobre lingüística.
Al ser crítica con esa etapa de mi vida, considero que no se potenció suficientemente la escritura con sentido. Sí nos incentivaron para que escribiéramos acerca de temas concretos, pero básicamente la escritura servía para contestar preguntas sobre textos o realizar exámenes. Cuando un estudiante aprende a leer y a escribir solo para realizar tareas y resolver exámenes, la creatividad es nula. Por tanto, no aprende para crear sino para repetir patrones que ha adquirido. Esta situación genera que no sea creativo, sino repetitivo y sin iniciativa. Los alumnos aprenden porque entienden que han de hacerlo, pero sin ningún interés en lo que realizan. Como consecuencia de ello, las mentes creativas se ven frustradas y necesitan buscar otras alternativas que no provee el aula de clase.
En la universidad, la experiencia escritural fue mucho más independiente y se incentivó a través de actividades grupales. Los profesores que nos solicitaban trabajos escritos, en general, preferían que se hicieran de manera colectiva. Se nos indicaba la finalidad del escrito, así como los aspectos que teníamos que incluir, pero no se nos daban pautas de escritura o de aquello que se nos iba a evaluar positivamente. Fue una etapa en la que tuve que madurar por mi cuenta debido a que, como los grupos eran numerosos –alrededor de cincuenta estudiantes–, se dificultaba el contacto con los profesores y la atención personalizada de las dudas; de forma esporádica dialogábamos con ellos y siempre nos dirigíamos a los compañeros para solucionar inquietudes sobre la escritura. Aunque se ofertaban asignaturas con menos alumnos, en la mayoría de las clases se debía llegar más temprano para poder situarse en un lugar del aula en el que se pudiera escuchar al profesor.
Mi generación también vivió el llamado baby boom, esto es, el fenómeno demográfico desarrollado después de la Segunda Guerra Mundial y caracterizado por un incremento notable de la natalidad. Por tal razón, eran habituales las familias de tres o más hijos. Esta situación, sumada a la ayuda que brindó el Estado para la formación universitaria, generó que las titulaciones universitarias tuvieran muchos alumnos. En otros términos, la alta densidad demográfica y la igualdad de oportunidades produjeron que la formación universitaria fuera más accesible, situación que no ocurre en la actualidad.
Nuestras prácticas de escritura se remitían a tomar notas de lo dicho por los profesores, puesto que no disponíamos de apuntes previos o libros de texto. No recuerdo que se nos formara desde el uso de la escritura, es decir, el énfasis se daba en conocer la lengua en sí misma. Sin embargo, poco a poco fui adquiriendo los conocimientos necesarios para escribir de forma clara y concisa, seguir una planificación textual y saber cómo responder a las preguntas.
Sobre mis prácticas de escritura, recuerdo un texto que me costó mucho trabajo producir: dos compañeras y yo debíamos construir un escrito sobre las diferentes expresiones culturales y exponerlo en clase. Se nos dificultó redactarlo con coherencia y tardamos bastante en recopilar la información adecuada debido a que nuestra forma de expresarnos era distinta. Rememoro este texto en concreto porque no pude exponerlo apropiadamente el día de la sustanciación. Habíamos puesto tanto énfasis en la redacción que no logramos interiorizar el contenido ni explicarlo.
Escribir en la universidad
–¿Cuáles son las principales representaciones que se construyen sobre la escritura en la universidad?
–Algunas de ellas giran en torno a la virtualidad debido a que internet despliega un contexto que está cambiando la forma de comunicarnos y el tipo de lector que esperamos. La inmediatez característica de este medio influye en nuestra forma de elaborar un texto y cuidar la escritura; de ahí que las producciones escritas tanto formales como informales se diferencien. En la universidad, enseñamos a los estudiantes a expresarse formalmente, los preparamos para desenvolverse en el entorno profesional, mientras que en su cotidianidad el contexto se transforma por completo y están en contacto con abreviaciones de palabras y frases donde no existen los acentos ni las eñes. Aún no somos conscientes de los cambios que hoy sufrimos y avanzamos cada vez más hacia una simplificación del lenguaje escrito, hacia la pérdida de palabras porque es más sencillo utilizar los términos frecuentes o reducirlos a expresiones lingüísticas mínimas.
Debido a la rapidez en la comunicación, a la gran cantidad de textos informales y no revisados en internet y a las nuevas tendencias abreviadas de la escritura, se observa que el proceso se empobrece cada vez más y los formalismos están destinados a desaparecer, como ocurre en el correo electrónico.
–¿Por qué escribir implica algo más que registrar el conocimiento?
–La escritura refleja quiénes somos, de qué manera nos formamos, qué hemos leído y en qué clase social nos ubicamos. Podemos haber adquirido gran cantidad de conocimiento y, a pesar de ello, no ser capaces de comunicarnos adecuadamente. Cuando escribimos, debemos tener en cuenta cómo articulamos las ideas, de qué forma explicamos la información, cómo persuadimos a los que nos leen y, sobre todo, de qué manera adecuamos nuestro mensaje para que no sea vulgar o demasiado especializado. En suma, debemos tener presente el tipo de lector que esperamos. La forma de escribir y, con ello, lograr la atención de los lectores, es también una capacidad que se ha de dominar.
Como en la actualidad tenemos a nuestra disposición gran cantidad de textos, los leemos con apuro porque deseamos “capturar” rápidamente su “esencia”. En consecuencia, debemos mejorar las prácticas de comprensión lectora, porque permiten llevar a cabo procesos de producción textual más eficientes. De tal modo, podemos adaptar nuestra escritura para que sea más directa, conquiste la atención del lector y lo seduzca con palabras que no aburran o desconcierten.
Habitualmente formamos a los estudiantes para redactar correos electrónicos, cartas, informes o memorias, entre otros géneros discursivos; planteamos la escritura con un fin práctico, esto es, para comunicarnos con los demás compañeros y con empresas y clientes. Nos basamos principalmente en la comunicación, en el mensaje y en la forma en que lo estructuramos. Intentamos propiciar debates sobre múltiples asuntos para que la lengua fluya y se pueda aprender nuevo vocabulario, así como otras formas de expresión.
–¿A qué se debe que la escritura no solo sea un proceso cognitivo sino también una actividad social?
–Cuando nos comunicamos con otras personas, además de explicarles nuestros conocimientos y demostrarles nuestra inteligencia, les decimos quiénes somos. Las creencias, las visiones de mundo, las ideologías, los valores, las normas morales se vehiculan a través de cualquier acto comunicativo. Pareciera que, por ser fruto de la reflexión, la escritura no es tan espontánea como el habla ni deja traslucir nuestras convicciones y sentimientos; sin embargo, al analizar un texto escrito podemos interpretar los posicionamientos de su autor. Los rasgos culturales también se transmiten a través del texto; por ello, es importante ser conscientes de este hecho y potenciarlo si deseamos fomentar nuestras costumbres.
–¿Cuál es su posición frente a la transversalidad de la escritura en el currículo?
–Con este planteamiento se corre el riesgo de pensar que la escritura no ejerce un papel central en la formación del alumno, sino que simplemente opera como un apoyo. No debemos considerarla como un complemento del conocimiento, sino como su forma privilegiada de construcción. Aunque sepamos mucho acerca de un tema, si no logramos comunicarlo, la información es inútil. La expresión escrita constituye la forma idónea para que los demás comprendan nuestras ideas.
–¿Qué posición debe asumir la universidad frente a la enseñanza y el aprendizaje de la escritura?
–Tanto en la primaria y la secundaria como en la universidad, la enseñanza y el aprendizaje de la escritura se han de potenciar significativamente. En la actualidad existen métodos –como el comunicativo– que fortalecen la práctica oral de la lengua, aunque no podemos olvidar que la escritura puede verse afectada por la relevancia que se le dé al discurso oral. Es importante realizar una entrevista de trabajo de forma apropiada, pero si te contratan y no eres capaz de elaborar un informe, el esfuerzo no habrá sido suficiente. En este sentido, se debe potenciar la escritura como un medio de comunicación internacional, que no solo atiende al despliegue de contenidos sino, además, al uso de estructuras discursivas. En ocasiones, nos centramos tanto en la comunicación que dejamos de lado los aspectos formales que, aunque se deberían haber perfeccionado en la primaria y la secundaria, aún no son dominados por los alumnos universitarios. Y viceversa: cuando el énfasis se ubica en la estructura, restamos fuerza al contenido semántico.
En todos los programas universitarios se ha de incluir la producción textual como un componente central para construir y comunicar conocimientos, aunque la titulación cursada por el estudiante dicte que el tipo de asignaturas que adelantará es diferente. Si el alumno cursa una especialización en diseño gráfico, la producción textual quedará subyugada a la gráfica, pero aun así el componente de producción escrita siempre ha de estar presente. Los estudiantes deben formarse en la escritura para que puedan adaptarse de mejor manera a una sociedad internacional cuyo conocimiento de otras culturas se construye fundamentalmente a través de los discursos.
–¿Cómo incentivar a los programas académicos para que se interesen por el desarrollo de la escritura en sus currículos?
–Este asunto constituye una problemática vigente en las universidades de mi país. La adaptación de las titulaciones españolas a los nuevos grados –conforme a la Declaración de Bolonia para adecuar el contenido de los estudios universitarios a las demandas sociales– ha conllevado a que la formación en escritura no sea un tema relevante para algunos programas, que han reducido los créditos en sus titulaciones. Estas carreras forman a los alumnos en conocimientos, mas no en competencias útiles para desempeñarse laboralmente. La forma de cambiar esta situación es concientizar a las comisiones académicas sobre la necesidad de formar en la escritura. En la actualidad, la educación por competencias no es una prioridad para las universidades españolas, aunque se produzcan memorias docentes donde se simula que sí son tenidas en cuenta. La enseñanza en conocimientos detenta un gran peso en las universidades de mi país.
–¿Cómo deben ser planificadas las asignaturas en función de la escritura?
–Debemos tener en cuenta varios factores: por un lado, aquellos aspectos imprescindibles de la lengua que permiten comunicarse adecuadamente, por ejemplo, partes esenciales de la gramática mediante las cuales el alumno puede comprender aquello que aprende y reflexionar para qué le sirve. Por otro lado, debe considerarse la terminología adecuada al nivel que vamos a enseñar; asimismo, definir objetivos de vocabulario apropiado que permitan ampliar el léxico. Finalmente, es necesario considerar los temas de interés para el estudiante y qué contextos le serán más atractivos. En resumen, también se debe planificar la docencia desde el punto de vista del estudiante: es preciso preguntarnos qué quiere saber el educando y qué podemos ofrecerle para que lo aprenda significativamente.
–¿Por qué para algunos estudiantes escribir no es una actividad placentera?
–Generalmente, suele asociarse la escritura con la realización de exámenes, es decir, con la respuesta de preguntas concretas, por lo que no se vincula con la creación, la expresión o la belleza de las palabras. Aún existen profesores que obligan a los alumnos a copiar tareas, transcribir las preguntas del libro, actividades que contribuyen a que ellos aborrezcan escribir.
El desarrollo de la virtualidad también contribuye a que los estudiantes consideren que la escritura no es una actividad placentera. La tecnología posibilita que no tengamos que pensar, imaginar, crear o comprender en profundidad. Creemos en aquello que podemos observar, pero no hemos hecho el esfuerzo para crearlo. A diferencia de la era pretecnológica, en la que no teníamos tantos discursos visuales, hoy en día no debemos apresurarnos por imaginar, simplemente tenemos que preocuparnos por interpretar aquello que se nos pone en frente. Esta situación repercute en la escritura y por ello escribir supone cada vez más un mayor trabajo.
–¿Los maestros también son responsables por la apatía de los estudiantes frente a la escritura?
–Los profesores no son responsables de esta problemática. La apatía es fruto de un cambio social y cultural, aunque ellos sí lo serán si no son capaces de adaptarse a este cambio e idear nuevas estrategias que incentiven a los alumnos a la escritura. Como estamos condicionados por estímulos visuales y abreviaciones del código escrito, la escritura no se promociona de forma apropiada. Por este motivo, es necesario contribuir a que los alumnos comprendan que este proceso no solo sirve para trabajar, sino que es una actividad vital para comunicarnos adecuadamente y transmitir nuestros pensamientos y sentimientos. Si no se potencia la escritura, es probable que la comunicación visual desplace este proceso.
–Sin embargo, también es importante que los estudiantes aprendan a interpretar discursos visuales.
–Todas las formas de comunicación son importantes para el ser humano. Los alumnos han de saber comunicarse a través de diferentes medios, aunque debido a la actual influencia de internet muchos de ellos prefieren comunicarse visualmente, esto es, a través de emoticones, memes, fotos, caricaturas, entre otros discursos, en lugar de hacerlo por medio de textos escritos. Por consiguiente, se debe potenciar todo tipo de comunicación, sin que el abuso de uno lleve al detrimento del otro.
–¿Cómo formar escritores críticos en la universidad?
–Principalmente, los escritores se forman a través de la lectura, el debate y el cuestionamiento de ideas. Como los alumnos se informan, sobre todo, por medio de internet, debemos hacer uso de la tecnología para abordarla en función de la formación en escritura. La interpretación de los discursos que circulan en la web es vital para escribir de forma autónoma y crítica. Los profesores podemos emplear herramientas de las tecnologías de la información y la comunicación en nuestras asignaturas con el propósito de potenciar este proceso. De tal modo, existen actividades mediante las cuales estimulamos a los estudiantes para que sean reflexivos y se puedan desenvolver en un proceso educativo que ha de estar complementado con el autoaprendizaje.
–¿Cuáles son las estrategias más apropiadas para formar este tipo de escritores?
–La estrategia más conveniente es enseñarles a que diferencien la escritura adecuada de aquella que no lo es, aunque no necesariamente esta labor debe ser realizada por el profesor. Los mismos compañeros, a través de actividades de coevaluación, pueden contribuir en el mejoramiento de los procesos de producción textual. Los intercambios entre universidades de estudiantes que cursan asignaturas de escritura también tienen un papel importante en la formación de escritores críticos, debido a que ellos aprenden a comprender que la realidad se construye desde distintos puntos de vista. El apoyo del docente en ese punto es esencial. Los estudiantes deben tener claro que alguien les puede señalar el camino a seguir, aunque una vez aprendido ellos deben convertirse en expertos.
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