Read the book: «Reina de conveniencia. Un romance en la realeza»

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2020 Natalie Anderson
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Reina de conveniencia, n.º 2813 octubre 2020
Título original: Shy Queen in the Royal Spotlight
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-910-0
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
FI?
Hester oyó cómo la puerta principal se cerraba de un portazo y se quedó quieta.
–¿Fifi? Maldita sea, ¿dónde estás?
¿Fifi? De pronto cayó en la cuenta de a quién pertenecía aquella voz. Como asistente de la princesa Fiorella en Boston, había conocido a algunas de las personas importantes con las que se relacionaba, pero solo se había encontrado en presencia de su hermano en una ocasión. Por supuesto no había hablado con él pero sabía, como todo el mundo, que era un hombre desvergonzado, arrogante y petulante, lo cual no era sorprendente, dado que gobernaba la maravillosa isla mediterránea que era el lugar de esparcimiento favorito del mundo.
–¿Fifi?
Nadie le hablaba con esa familiaridad a la princesa, y mucho menos con aquella inconfundible impaciencia. Por un instante valoró la posibilidad de quedarse callada y esconderse, pero no tardaría en localizarla en su habitación, así que decidió salir al salón.
Y allí estaba el Príncipe Alek Salustri de Triscari, haciendo de aquel salón que la princesa y ella compartían una habitación liliputiense, ya que no solo era un príncipe poderoso, sino un hombre físicamente perfecto, como quedaba patente gracias al traje y la camisa negros y hechos a medida que llevaba en aquel momento. Con las gafas de aviador en la mano, desprendía impaciencia y peligro, no solo por el lujo y la calidad de su ropa, sino porque se le veía perfectamente cómodo con el lugar que ocupaba en el mundo, tremendamente seguro y confiado porque lo poseía todo. Todo.
Pero en aquel momento estaba enfadado, y cuando su mirada de ojos negros como el carbón se clavó en ella, su ira creció todavía más.
–Ah. Eres la secretaria.
–Alteza –lo saludó, inclinando la cabeza. Imposible ejecutar una reverencia–. La princesa Fiorella no está.
–Ya lo veo –contestó entre dientes–. ¿Dónde está?
Entre sus obligaciones estaba la de proteger a la princesa de interrupciones no deseadas, pero el príncipe ocupaba el lugar más alto de esa lista. Era el depredador alfa.
–En una práctica. Volverá en media hora más o menos, a no ser que se vaya a tomar un café en lugar de volver directamente a casa.
–Maldita sea… ¿Está con gente? –preguntó, y volvió a pasearse por la habitación.
Hester asintió.
–¿Y no se ha llevado el móvil?
–Su guardaespaldas sí, pero la princesa prefiere no llevárselo a clase. ¿Quiere que le dé algún mensaje de su…
–No –espetó–. Tengo que verla a solas. La esperaré aquí.
Parecía tan enfadado que Hester sintió la tentación de enviarle un mensaje a Fiorella, aunque desobedecer tan a las claras una orden recibida no parecía buena idea. Siguió yendo y viniendo por la habitación, esquivando el escritorio de Hester, escrupulosamente ordenado.
–¿Puedo ayudarlo en algo? –se ofreció, nerviosa. Con la princesa nunca se sentía así, pero es que no sabía bien cómo manejar a aquel hombre. Bueno, ni a aquel, ni a ningún otro.
Él se detuvo y la miró atentamente, como si la viera por primera vez y Hester se sintió atrapada por sus ojos negros. No podría decir si eran enternecedores o estremecedores, pero sí que no podía apartar la mirada de ellos. De pronto cayó en la cuenta de lo absurdo de su pregunta. ¿Ella… ayudar al príncipe Alek… el príncipe de la noche, del pecado, del escándalo?
Su teléfono vibró y contestó con impaciencia.
–He dicho que no –espetó un instante después–. Ya he dicho que nada de boda. No voy a…
Y lanzó una parrafada en italiano.
Hester clavó la mirada en su mesa y deseó poder desaparecer, aunque era obvio que a él le importaba un comino su presencia.
El mundo llevaba esperando su coronación desde que el anciano rey falleciera diez meses atrás, pero el príncipe playboy Alek había mostrado escaso interés en buscarse la esposa necesaria para que la coronación pudiera tener lugar. Ninguna de los cientos de listas de Las Diez Mejores Novias que se habían publicado en el mundo entero parecía haberle inspirado, como tampoco la impaciencia creciente de su pueblo. Aun así, el príncipe Alek no había reducido lo más mínimo su vida social. Más bien, al contrario. En el último mes, había sido fotografiado cada día con una mujer distinta, como si estuviera desafiando esa vieja ley que lo obligaba a sentar la cabeza.
Mientras intentaba desesperadamente encontrar algo que decir, un ruido sordo salió del dormitorio del que ella había salido.
–¿Qué ha sido eso? –preguntó él, ladeando la cabeza como el depredador que ha percibido el sonido inconfundible de una presa–. ¿Por qué no me ha permitido entrar en su habitación?
–No ha sido nada…
–Soy su hermano. ¿Qué me está ocultado? ¿Es que está ahí con algún hombre?
Antes de que pudiera moverse, el príncipe abrió de par en par la puerta, como si aquel lugar fuera suyo. Se había detenido justo al otro lado de la puerta.
–¿Qué demonios es eso?
–Un gato aterrado –contestó, adelantándose con cuidado para no asustar más al animal que ya bufaba como una criatura salvaje.
–¿Y qué hace aquí?
–Cenar –lo tomó en brazos y abrió la ventana–. Al menos antes de que se abriera la puerta.
–No me puedo creer que Fi tenga un gato como ese –dijo, contemplándolo con desprecio–. No es precisamente un Ruso Azul de pura sangre.
Claro… ¿cómo iba a ver más allá del pelaje de aquel animal medio salvaje de capa grisácea y orejas desfiguradas?
–Puede que no sea bonito, pero está solo y es vulnerable. Cena aquí todos los días –dijo, depositándolo en el alféizar.
–¿Y cómo narices se baja de ahí? –preguntó, acercándose a la ventana para ver cómo el animal se desplazaba hasta el último escalón de la escalera de incendios para luego prácticamente volar los tres metros que lo separaban del suelo–. ¡Impresionante!
–Sabe sobrevivir –respondió, pero de manera incontrolable la nariz comenzó a picarle y aunque parpadeó rápidamente, no pudo evitar su reacción habitual.
–¿Ha estornudado? –se sorprendió–. ¿Es alérgica a los gatos?
–¿Iba a dejarlo pasar hambre porque yo no sea adecuada para él?
Y sacó un pañuelo de papel de la caja que había en la mesilla para sonarse la nariz. Pero al parecer el príncipe había perdido ya el interés porque estaba estudiando el estrecho dormitorio.
–No tenía idea de que a Fi le gustase tanto el suspense –dijo, tomando uno de los libros que había junto a los pañuelos–. Creía que lo que más le iba eran los animales. ¿Cómo puede moverse en este espacio?
La habitación, vista con sus ojos, debía ser una caja estrecha y blanca con una cama estrecha y blanca. Una pila de libros. Un gato. Un absoluto cliché.
–¿Dónde tiene todas sus cosas? –preguntó, pasando la mano por la caja de madera que era el único objeto decorativo de la alcoba.
–Es que no es el dormitorio de la princesa Fiorella. Es el mío.
–¿Y por qué no lo ha dicho antes? –espetó, apartando el dedo con el que estaba recorriendo el dibujo labrado en la madera de la caja.
–Porque entró antes de que tuviera ocasión de decir nada. Supongo que está acostumbrado a hacer lo que le da la gana –espetó, molesta.
Pero cuando se dio cuenta de lo que había dicho, entrelazó las manos y mantuvo la cabeza alta. Ya no podía retirarlo, y hacía tiempo que había aprendido a no demostrar que sentía miedo ante personas que tenían poder sobre ella para que la dejaran en paz. Ya no mostraba una fachada de serenidad y seguridad, aunque fuera solo eso, fachada.
El príncipe la miró sorprendido y en silencio, pero de pronto su expresión se transformó y se acompañó de una risa grave. Entonces fue Hester quien se sorprendió. Hoyuelos. En un hombre adulto. Unos hoyuelos preciosos.
–Así que le parece que soy un malcriado, ¿eh? –le preguntó.
Había pasado del mal humor a la risa en un abrir y cerrar de ojos.
–¿Y no es cierto?
–Yo diría que verse obligado a buscar esposa no es precisamente la definición de hacer lo que a uno se le viene en gana –contestó sin dejar de sonreír, y aquel gesto transformaba un rostro perfecto, haciéndolo pasar de hermoso a cálido y humano.
–¿Se refiere a la coronación?
No podía fingir no haber oído la conversación.
–Sí, a mi coronación –repitió al tiempo que salía de la alcoba con parsimonia y tranquilidad–. No están dispuestos a cambiar esa estúpida ley.
–Es tradición –contestó, y pasó junto a él para detenerse en el centro del pequeño salón–. Puede que haya algo atractivo en la estabilidad.
–¿Estabilidad?
Algo en aquella palabra le sonó pícaro y se volvió a mirarlo. ¡Le estaba examinando el trasero! Sintió una oleada de calor que le irritó no poder evitar, ya que ella no le interesaba en absoluto, pero aquel hombre tenía un impulso sexual tan fuerte que no podía evitar examinar a cualquier mujer que pasara a su lado.
–La estabilidad de tener un monarca que no se distraiga por andar persiguiendo faldas.
Él sonrió.
–No constantemente. Me gusta descansar los jueves –replicó, apoyándose en la puerta.
–Así que hoy es día de descanso.
–Por supuesto –rápidamente la miró de abajo arriba y cuando volvió a su cara, todo rastro de humor había desaparecido–. ¿De verdad le parece bien forzar a alguien a casarse antes de permitirle ejercer el trabajo para el que lleva toda la vida preparándose? ¿O piensa que debo sacrificar mi vida personal por mi país? –añadió, ladeando la cabeza.
Nunca se había parado a pensar tal cosa, pero ella sola se había metido en aquel rincón discutiendo con él.
–Creo que pueden encontrarse algunos beneficios en una unión acordada.
–¿Beneficios? –repitió, enarcando las cejas–. ¿Qué beneficios podría haber en algo así?
Claro. ¿Cómo iba a querer que le cortaran el suministro incesante de mujeres?
–Si llegara a un acuerdo adecuado con una mujer adecuada… los dos sabrían dónde se estaban metiendo, y sería una decisión lógica y razonaba por el bien de su nación.
–¿Lógica y razonada? ¿Pero qué es usted? ¿Un androide?
Ojalá lo fuera en aquel momento. Era insoportable encontrarlo atractivo sabiendo lo mucho que le gustaba flirtear. Cuando un hombre estaba tan bendecido como él por los dioses de la belleza, los meros mortales como ella carecían de defensas ante él.
–Cuando sea rey, podrá pedir un cambio –sentenció, intentando cerrar una conversación que nunca debería haber empezado.
–Desde luego. Pero para ser rey, parece que tengo que casarme.
–Es una encrucijada para usted.
–Que carece de peso sobre mi capacidad para hacer mi trabajo. Es un anacronismo.
–Entonces, ¿por qué no llegar a un acuerdo con alguna de sus muchas amigas? –sugirió–. Estoy segura de que todas estarían encantadas de llevar el peso de ser su esposa.
Él volvió a reír.
–No crea que no me lo he planteado. El problema es que todas se lo tomarían demasiado en serio y esperarían un final feliz.
–Sí, imagino que eso debe ser un problema –se burló con sarcasmo.
–No para alguien como usted –replicó él, acercándose.
–¿Perdón?
–Usted entendería el arreglo perfectamente bien y tengo la impresión de que lo último que desearía sería un final feliz conmigo.
Demasiado sorprendida y dolida por sus palabras, respondió:
–No me imagino que eso pueda ser posible.
–¿Con alguien en particular o solo conmigo?
De pronto cayó en la cuenta de a quién acababa de insultar.
–Lo siento –dijo, y apretó los labios.
–No lo sienta. Tiene razón –contestó él, riendo de nuevo–. Lo difícil es encontrar a alguien que comprenda la situación y sus limitaciones, y que tenga la discreción necesaria para lograrlo.
–Una ardua tarea.
Ojalá se marchara. O la dejase marcharse a ella, porque aquello estaba empezando a ser peligroso. Él era peligroso.
La miró un momento antes de volverse a examinar de nuevo su mesa.
–Es usted la viva imagen de la discreción.
–¿Porque tengo la mesa ordenada?
–Porque es lo bastante lista como para comprender cómo sería un acuerdo semejante –se irguió para mirarla con arrogancia–. Y no tendríamos historia romántica que viniera a complicar las cosas. De hecho, creo que usted podría ser mi esposa perfecta.
Parecía estar disfrutando con aquello, desafiándola a sonreír y a que se uniera al chiste, pero a ella no le estaba resultando divertido en absoluto.
–No.
–¿Por qué no?
El humor desapareció de sus facciones, dejando solo fría especulación.
Peligroso, sin duda. Mucho más implacable de lo que su fachada relajada sugería.
–No habla en serio.
–Yo creo que sí.
–No –repitió, cruzándose de brazos a la altura de la cintura para no empezar a moverse con nerviosismo, para impedir que la tentación escapase a su control.
Porque ella nunca sentía tentaciones. En realidad, nunca sentía. Había estado muy ocupada intentando sobrevivir durante… durante mucho tiempo.
–¿Por qué no se toma un momento para pensarlo? –sugirió él sin dejar de mirarla.
–¿Qué es lo que tengo que pensar? Esto es absurdo.
–Yo creo que no –replicó con toda tranquilidad–. Creo que podría funcionar perfectamente.
–¿De verdad no le parece que debería tomárselo un poco más en serio, en lugar de proponérselo a la primera mujer con la que se ha encontrado hoy?
–¿Por qué no debería proponérselo a usted?
Hester respiró hondo.
–Nadie se creería que deseaba casarse conmigo.
–¿Por qué?
–Porque no me parezco en nada a las mujeres con las que suele salir.
Él volvió a mirarla de arriba abajo.
–No estoy de acuerdo. Es solo cuestión de ropa y maquillaje. De hacer un paquete atractivo.
–¿Humo y espejos? –se tragó la bilis que le había subido por el esófago porque sabía lo poco que al mundo le gustaba su envoltorio–. Yo no pertenezco a su mundo. No soy una princesa.
–¿Y? Eso no importa.
–Ni siquiera soy de su país –continuó–. No es lo que se espera de usted.
Él miró más allá, como si hubiera algo interesante en la pared.
–Haré lo que me obligan a hacer, pero no pueden dirigirlo todo. No quiero casarme con nadie, y menos aún con una princesa. Elegiré a quien yo quiera –sentenció y volvió a mirarla con arrogancia–. Será como un cuento de hadas.
–Lo que sería es increíble –replicó. No podía creerse que estuviesen teniendo aquella conversación.
–¿Por qué? ¿Cuánto tiempo lleva trabajando para Fi?
–Doce meses.
–Pero la conocía de antes.
–Sí. Tres meses antes.
Hester había sido asignada como compañera de habitación de la princesa Fiorella cuando se trasladó a Estados Unidos a estudiar. Hester era cuatro años mayor que ella y ya estaba cursando sus estudios de posgrado, de modo que su papel era más de apoyo. Resultó que Fiorella era una joven inteligente y no necesitó mucha tutoría, pero Hester no tardó en empezar a ayudarla con la montaña de correspondencia que recibía, hasta el punto de que Fiorella le pidió que empezase a trabajar para ella. A Hester ese trabajo le había permitido dejar otras tutorías que llevaba, había podido terminar su tesis y ahora estaba centrada en su trabajo como voluntaria en el centro social de la ciudad.
Organizaba la agenda de Fiorella, respondía a mensajes y correos y organizaba casi todo sin tener que salir del apartamento que ocupaban en el campus. Era perfecto.
–Entonces ha pasado todos los controles de seguridad y ha demostrado ser capaz de satisfacer las demandas de mi familia.
Dio otro paso hacia ella.
Hester lo miró sin poder dar crédito.
–Además, es perfectamente plausible que nos hayamos conocido detrás de los muros de palacio –añadió–. Nadie puede saber lo que ha estado ocurriendo en la intimidad.
–Siento ser yo la que señale los fallos de su narrativa, pero nunca he estado en el palacio –puntualizó. No había ido a Triscari. De hecho, jamás había salido del país–. Y además, hemos compartido el mismo aire solo en otra ocasión, aparte de esta.
El príncipe Alek había acompañado a Fiorella a la universidad en lugar de su padre.
–Y esta es la primera vez que hemos hablado –concluyó, lo que en su opinión demostraba la imposibilidad de su proposición.
–Me halaga que haya llevado la cuenta –respondió con su sonrisa lobuna–, pero no es necesario que lo sepan los demás. Para la galería bien podría ser que las veces que he llamado, o venido a ver a Fi, haya sido una tapadera para venir a verla a usted –asintió despacio y se acercó todavía más–. Podría funcionar muy bien.
El enfado de Hester comenzó a crecer como la espuma. ¿Cómo podía creer ni por un segundo que aquello podía resultarle tan fácil? ¿Acaso estaba convencido de que se iba a plegar a sus deseos al instante? ¿Que incluso iba a sentirse halagada? Era un príncipe, sin duda acostumbrado a que la gente hiciera reverencias ante él y que se desviviera por satisfacer todos sus deseos. ¿Alguna vez le habrían dicho que no? Pues iba a ser interesante ver su reacción.
–Le agradezco la proposición, Alteza, pero la respuesta es no. ¿Le digo a su hermana que la esperará en su hotel de costumbre?
–No, porque no estoy allí sino aquí, y no se va a deshacer de mí… –frunció el ceño–. Discúlpeme, pero he olvidado su nombre.
¿En serio? ¿Le hablaba de casarse y ni siquiera sabía cómo se llamaba?
–Creo que nunca lo ha sabido. Hester Moss.
–Hester –dijo, y lo repitió un par de veces más, como si le estuviera dando vueltas en la boca para decidir su sabor–. Muy bien –otra sonrisa–. Yo soy Alek.
–Sé muy bien quién es, Alteza.
El príncipe la estaba observando como si se tratara de una nueva yegua para su famosa cuadra. Aquella condenada sonrisa no se desdibujaba, lo mismo que los hoyuelos que se le marcaban en las mejillas y, algo dentro de ella, una minúscula semilla que llevaba una eternidad aplastada por el peso de la pérdida y la presión germinó en un diminuto deseo de aventura.
–Yo creo que podría funcionar muy bien, Hester.
Oírle pronunciar su nombre fue como sentir su aliento en la piel. Estaba tan acostumbrado a salirse siempre con la suya… tan guapo, tan encantador, tan malcriado.
–Me da la sensación de que le gustan los chistes, pero a mí no me gusta ser el chiste de nadie –le dijo con la voz algo ahogada.
–Y no lo serías, pero lo que te propongo podría ser divertido.
–No necesito divertirme.
–¿Ah, no? ¿Y qué necesitas? –miró a su alrededor–. Necesitas dinero.
–¿Ah, sí?
–Todo el mundo normal lo necesita.
–Yo no. Tengo el suficiente –mintió.
La miró fijamente, y el escepticismo que le habían suscitado sus palabras se reflejó claramente en su mirada.
–Además –continuó–, tengo trabajo.
–Trabajas para mi hermana.
–Sí –contestó. Había percibido un tinte peligroso en su tono de voz y ladeó la cabeza–. ¿O es que va a hacer que me despida si no accedo a sus deseos?
Su sonrisa desapareció.
–Lo primero que debes aprender, y vas a tener que aprender muchas cosas, es que no soy un cerdo integral. ¿Por qué no escuchas mi propuesta completa antes de sacar conclusiones?
–No se me ha pasado por la cabeza que estuviera hablando en serio.
–Pues sí, lo estoy –dijo despacio, casi como si no pudiera creerse lo que estaba diciendo–. Quiero que te cases conmigo. Yo seré coronado Rey y tú llevarás una vida de lujo en el palacio –miró de nuevo su habitación antes de volverse a ella–. No carecerás de nada.
¿Tan miserable le parecía aquella habitación? ¿Cómo se atrevía a asumir que tenía carencias, cuando en aquel momento no deseaba absolutamente nada, ni en personas, ni en cosas? Era la verdad… aunque no toda la verdad, y aquella semillita engordó un poco más.
–¿No quiere pararse un poco y pensar lo que me está diciendo?
–Ya lo he pensado todo, y es un buen plan.
–Para usted quizás lo sea, pero a mí no me gusta que me digan lo que tengo que hacer.
Como tampoco la promesa del lujo le gustaba, o la idea de formar parte de algo que iba a involucrar a tantas personas.
Pero el príncipe se echó a reír.
–Mi hermana te dice constantemente lo que tienes que hacer.
–Eso es distinto. Ella me paga.
–Y yo te pagaré más. Te pagaré muy bien.
De algún modo, eso hacía que la proposición fuese mucho peor, pero por otro lado era el único modo en que podía haberse hecho: adquiriendo la forma de una propuesta de trabajo repulsiva.
–Estoy hablando de un matrimonio solo de nombre, Hester –le aclaró. Parecía estarse divirtiendo–. El sexo no es necesario. No te estoy pidiendo que te prostituyas.
Aquella sinceridad tan brutal la sorprendió, lo mismo que el calor que inesperadamente le corrió por las venas junto con un torrente de confusión y otras cosas que prefirió no examinar.
–¿Un heredero no forma parte de la ecuación?
–Afortunadamente ese no es otro requisito legal. Podemos divorciarnos transcurrido un tiempo. Para entonces habré cambiado esa estúpida ley y podré volver a casarme si es mi deseo. Tendré años para decidir en ese sentido una vez haya sido coronado.
Hester tragó saliva. Obviamente no estaba interesado en tener hijos, o en casarse de verdad. Ni siquiera había intentado ocultar el disgusto que le producía la idea. Peor para él, porque un heredero era algo de lo que iba a tener que ocuparse, pero no era asunto suyo.
–Estaremos casados como máximo un año –decidió–. Sería como estar en comisión de servicio. Un año, y vuelta a la normalidad.
¿Vuelta a la normalidad? ¿Como ex de un rey? No podría haber nada normal después de eso. O después de pasarse un año en su presencia y fingiendo ser su esposa. ¡Si a duras penas estaba sobreviviendo a los últimos diez minutos!
Ni siquiera se le había ocurrido preguntarle si estaba soltera. Con echarle un vistazo, todo lo demás lo había dado por sentado. Y tenía razón, lo cual lo empeoraba todo.
–¿Puede usar el dinero de su país para comprarse una esposa? –espetó con amargura.
–El dinero saldrá de mi fortuna personal –replicó, áspero–. Quizás no sepas que soy un hombre de éxito por mis propios logros.
Lo que no quería era pensar en todo lo que sabía sobre él. En su reputación.
–Hay un problema mayor.
–Que es…
–Tiene usted una vida social muy activa –dijo, bajando la mirada. No podía mirarlo mientras trataba aquel tema–. ¿Se supone que yo tendría que haberlo aceptado sin más?
–No sabía que hubieras leído mi diario personal.
–No hace falta. Está en todos los periódicos.
–¿Y crees todo lo que lees?
–¿Me está diciendo que no es cierto?
–No he sido un monje –admitió–, pero tampoco me he aprovechado de ninguna mujer, del mismo modo que ellas tampoco se han aprovechado de mí –respiró hondo–. A lo mejor tú has sabido mantenerme a raya. Igual yo he venido ocultando mi corazón destrozado.
–¿Acostándose con todas las mujeres que tiene alrededor?
–No con todas –respondió, riendo–. Ni siquiera yo tengo tanto vigor.
–¿Y va a poder privarse de esa… intimidad durante todo un año?
La miró muy quieto.
–Mucha gente puede hacerlo. ¿Por qué vamos a pensar que yo sea incapaz de controlarme?
Las mejillas se le encendieron todavía más.
–No es el estilo de vida al que está acostumbrado.
–Te sorprendería lo que puedo soportar. ¿Y tú? ¿Podrías soportarlo?
–Imposible.
El príncipe, inesperadamente, se echó a reír.
–Tranquila incluso cuando mientes. Cásate conmigo. Hazme el hombre más feliz de la Tierra.
–Si aceptara, le estaría bien empleado –murmuró.
–Entonces adelante, señorita Moss –la desafió–. Ponme en mi sitio.
Una tentación casi insoportable se le materializó ante los ojos, pero no podía dejarse arrastrar a la locura solo porque aquel hombre fuese terriblemente atractivo y tuviera un sentido del humor de las mismas proporciones.
–Es imposible.
–Yo creo que podrías hacerlo –replicó–. Y si tú no necesitas el dinero… –dejó que la voz se cubriera de incredulidad–, puedes dárselo a alguien que sí lo necesite. ¿Cuál es tu ONG favorita?
Hablaba como si tratase un asunto meramente práctico, pero Hester sintió que describía círculos en torno a ella como un tiburón al acecho, cada vez más cerca. Había presentido una debilidad y estaba a punto de lanzar su ataque.
–Haré una gran donación. Una donación millonaria. Piensa en todas las causas a las que podrías contribuir. A toda esa gente. ¿O preferirías involucrarte con los animales? Los gatos, por ejemplo. O el planeta. Tú eliges. Podrías dividir el dinero entre todos ellos. A mí me da igual.
–Porque es un cínico.
Pero el corazón le latía desaforadamente porque podría darles todo aquel dinero a unas personas que sabía que lo necesitaban con desesperación.
–En absoluto. Si estamos en una posición que nos permite ayudar a los demás, o dejar el planeta en mejor estado del que nos lo encontramos, deberíamos hacerlo, ¿no crees?
Y le clavó la mirada.
–A eso no puedes decir que no, ¿verdad? –la desafió.
Estaba poniendo en tela de juicio su humanidad, su compasión. Le devolvió la mirada con la misma intensidad porque él no tenía ni idea de su historia y, sin embargo, había decidido atacarla con aquello.
–Si tú no lo necesitas, habrá alguien en tu vida que sí.
Había muy, muy pocas personas en su vida, pero él lo había visto. Había encontrado la grieta en su armadura, y aunque quería seguir negándose, solo porque alguien le dijera que no por una vez en su vida, ¿cómo podía hacerlo?
En el centro social en el que colaboraba, había conocido a Lucia y su hija Zoe, una madre adolescente que había sido rechazada por su familia y a quien le quitarían la custodia de su hija si alguien no la ayudaba. Había intentado buscarle un lugar en el que pudiera vivir temporalmente y la había ayudado económicamente con lo que había podido, pero ella sabía bien lo que era estar asustada, sin seguridad de ninguna clase y sin hogar.
–Esto es chantaje emocional –dijo.
–¿Ah, sí? ¿Y funciona?
Sabía lo importante que era que Lucia y Zoe siguieran juntas. Sus padres habían luchado por seguir juntos y tenerla con ellos, pero cuando fallecieron, descubrió lo horrible que era que te pusieran en manos de familiares que no querían hacerse cargo de ti. Con el dinero llegaban los recursos, el poder y la libertad.
–Vamos, Hester –sonrió–. ¿De verdad no te parece que sería un poco divertido?
–Le encanta hacer lo impredecible –analizó, entrelazando las manos y apretando fuerte–. Le produce verdadero placer.
–Yo creo que a todos nos gusta desafiar las convenciones de vez en cuando, y no conformarnos con el estereotipo en el que nos meten los demás.
Era demasiado astuto. Estaba haciendo que recordase a todos aquellos abusadores, sus primos y las chicas del colegio, que atacaban su aspecto físico, su escasa habilidad en los deportes, su carencia de padres…
–Ya le he dicho antes que no quiero ser objeto de burla.
Porque ya lo había sido y estaba convencida de que así se iba a considerar su matrimonio. Una burla. Nada que se pudiera tomar en serio.
–Y yo vuelvo a decirte que no soy un cerdo. Te tomaré en serio y me aseguraré de que todo el mundo lo haga. Firmaré un compromiso contigo para un año, y te prometo lealtad, sinceridad, integridad y fidelidad. A cambio solo te pediré lo mismo. Podríamos hacer un buen equipo, Hester –miró su mesa de nuevo–. Sé que trabajas bien. Fi está encantada contigo.
Sí, sabía que hacía un buen trabajo, y que era fácil que se sintiera halagada, pero aquello era distinto. Era ponerse voluntariamente en una posición vulnerable. Toda aquella gente de su pasado volvería a verla. Sería más visible que nunca, y más vulnerable.
Pero ¿no había jurado impedir que volviesen a hacerle daño?
–Trabajar para la princesa Fiorella es un buen trabajo para mí, y después no podría volver a desempeñarlo.
–No tendrías por qué hacerlo. Estarías en una posición que te permitiría hacer lo que quisieras. Tendrías independencia total. Podrías comprarte tu propia casa, llenarla de gatos y libros sobre asesinos en serie. Lo único que te pido a cambio es un año.
Un año era mucho tiempo, pero con ello podría cambiar la vida de Lucia y Zoe para siempre. ¿Y si alguien hubiera hecho eso por sus padres, o por ella?
Respiró hondo. Si había sobrevivido a lo que había tenido que pasar, también podría con aquella situación. Y quizás, con algún pequeño cambio en el envoltorio, podría revertir el estereotipo en el que la habían encajado los demás. Y ¿cómo no? También iba a ser divertido.
Aquella semilla enterrada durante tanto tiempo formó un incontenible bulbo, un deseo irresistible de aventura. No podía decir que no cuando le estaba ofreciendo el poder para cambiar todo para unas personas en tal estado de vulnerabilidad. Y el suyo propio.
–Te gustará Triscari –dijo él–. El clima es maravilloso y tenemos muchos animales. Somos conocidos por nuestros caballos, pero también tenemos gatos…
El príncipe había presentido que iba ganando la partida.
–Está bien –suspiró–. Un trabajo de un año de duración.
La satisfacción del depredador brilló en su mirada. Sí, le gustaba salirse con la suya, pero también era lo bastante inteligente como para no pasarse en la celebración de la victoria.
–Con un coste –añadió rápidamente, y sintió el vértigo del peligro.
–¿Dinero? –sonrió.
–Sí. Mucho dinero.
–Tienes planes –comentó sin mostrar demasiada curiosidad–. ¿Qué vas a hacer con él?
–Usted quiere mantener su intimidad y yo la mía –espetó–. Si lo que quiero es bañarme en un montón de dólares recién salidos del horno, así lo haré.
No iba a contárselo ni a él, ni a nadie.
–Espléndido. Hazme saber cuándo quieres que te los lleven –parecía divertido–. ¿Lo sellamos con un apretón de manos?
Muy seria Hester le ofreció la mano conteniendo el temblor que sentía por dentro y que no quería que él notase. Él la estrechó, pero no la soltó hasta que consiguió que ella alzase la mirada, y de inmediato quedó cautivada por la mezcla de precaución, curiosidad y preocupación que vio en sus hermosos ojos.
–Casémonos, Hester –dijo él con una despreocupación que no cuadraba con la intensidad de su mirada–. Cuanto antes, mejor.
Capítulo 2
ALEK no se podía creer lo que acababa de hacer, pero lo único que podía sentir en aquel momento era euforia. Allí estaba el modo de satisfacer a cortesanos y parlamentarios que llevaban meses hostigándolo. El medio por el que recuperaría la libertad y alcanzaría su destino al mismo tiempo.
La señorita Hester Moss.
Asistente personal. Autómata inmutable. Esposa perfecta. Sí, iba a darle a su país una reina inofensiva y manejable. Con aquellos pantalones azules, su blusa blanca inmaculada, las gafas de montura grande y el pelo recogido sin más en una coleta, nada más lejos de la imagen de una novia de la realeza. Ni alta ni particularmente esbelta, ni con grandes dosis de estilo y, desde luego, sin esa capa de sofisticación a la que él estaba acostumbrado. En ese sentido, ella tenía razón: no se parecía nada a las mujeres con las que solía salir. Y eso era perfecto, porque no quería salir con ella. Y ella le había dejado bien claro que tampoco quería salir con el. Lo suyo iba a ser un acuerdo puramente funcional. Nada de sexo. Nada de complicaciones.
Tenía algo mejor que ofrecerle: era comedida, precisa, enérgica y cumplidora, además de eficiente, discreta y cortés, lo que permitiría una coexistencia pacífica en aquellos doce meses. De hecho, incluso parecía demasiado controlada, demasiado cuidadosa y con muy poca sangre, aunque se había permitido el lujo de juzgarlo a él. Bueno, ¿y quién no? Pues rascaría esa superficie hasta encontrar algo. Todo el mundo tenía defectos y debilidades. ¿Por qué tanto interés en el dinero en grandes cantidades?
Podría pedir que los de seguridad elaborasen un informe, pero mejor no. Su padre nunca habría permitido que alguien inadecuado se acercase a Fiorella, así que no podía haber nada inquietante en su pasado. Iba a satisfacer su curiosidad, a romper el cristal de su fachada, al modo antiguo. Cara a cara. La idea le resultaba sorprendentemente atractiva. La única pregunta era cómo iba a proceder.
Tenía aún su mano estrechada, y se había quedado mirando sus ojos. A pesar de las gafas de montura demasiado grande, vio que tenía unos iris del color del oro más puro, y un calor inesperado le recorrió la espalda.
–¿Alek?
Parpadeando, miró hacia atrás.
–Fi.
Su hermana contemplaba la escena boquiabierta. Muy despacio soltó la mano de Hester, que parecía manifiestamente incómoda.
–¿Qué haces aquí? –le preguntó su hermana, sorprendida–. ¿Qué ocurre?
Respiró hondo y tomó una decisión. Iba a manejar la situación con discreción absoluta. Nadie, excepto Hester y él, sabrían la verdad y si eran capaces de superar la prueba que era Fifi, el resto del mundo lo haría también.
–No queríamos sorprenderte así –dijo–, pero Hester y yo estamos comprometidos.
–¿Comprometidos? ¿Estás comprometido con Hester? –los ojos se le salían de las órbitas–. No puede ser.
–Fi…
–¡Pero si ni siquiera os conocéis!
–En eso te equivocas. Nos conocemos mucho mejor de lo que tú crees.
–Pero… –Fi miró a Hester y frunció el ceño–. No puede ser.
Alek miró a Hester y la vio pálida.
–Hester… –pronunció Fiorella–, sé que últimamente has estado distraída y no tan dispuesta como…
Vio que palidecía todavía más. ¿Qué la habría distraído?
–Trabaja para mí, y no quiero que la incomodes –dijo, volviéndose a su hermano.
–Ya no soy una niña, princesa Fiorella –dijo, y de pronto sonrió. La suya era una sonrisa llena de luz–. Sé cuidarme sola.
Alek cayó en la cuenta de que lo que Hester temía era que la desaprobase a ella como elección, y que había experimentado un alivio inmenso al ver que no era así.
–Sé que no tenía ni idea –añadió–, pero hemos tenido nuestras razones para actuar así.
Sin pensar, Alek le dio la mano, y un estremecimiento de posesividad lo recorrió de la cabeza a los pies. Por puro instinto, entrelazaron los dedos y apretó con más fuerza. Solo para demostrarle algo a Fifi, por supuesto.
–¿Es por ese estúpido requerimiento?
Fiorella no había tardado en imaginárselo, e hizo la pregunta mirando dolida a su hermano.
–Es porque tanto su hermano como yo lo deseamos. Siento haber tenido que ocultárselo, pero ha sido bastante… duro.
–Y yo siento decírtelo con tan poca antelación, pero me llevo a Hester conmigo.
–¿A Triscari? ¿Ya? ¿Pero esto es de verdad?
Alek se lo confirmó y Hester enrojeció aún más.
–Es como un cuento de hadas –suspiró Fifi–. ¡Alek, es maravilloso!
Sintió que Hester temblaba, y apretó con más fuerza su mano.
–¿De verdad os vais a marchar ahora mismo?
–Ha sido difícil –contestó Alek–, y lo mejor sería que nos volviéramos a Triscari. Es mucho lo que Hester tiene que asimilar.
La preocupación empañó la alegría de Fi.
–Todo está al día. En la agenda está todo, y siempre puede escribirme si hay algún problema –se explicó Hester–. Puedo seguir contestando su correspondencia. Es lo que da más trabajo, y no hay razón para que no pueda seguir ocupándome de ello.
–¿Estás segura?
El alivio de Fi era palpable.
–Hester puede enseñar a alguien para que la sustituya –intervino Alek–. Al fin y al cabo, enseguida va a estar muy ocupada con su propia correspondencia.
–Bueno –contestó Fi, sin darse cuenta de la alarma que había aparecido en los ojos de Hester–, tengo que irme, que llego tarde. Solo había venido para decirle a Hester que necesitaba… no importa. Puedo hacerlo yo. Os dejo para que podáis… iros. ¡Sigo sin poder creérmelo!
Alek abrazó a su hermana, y solo cuando Fi se hubo marchado, soltó la mano de su futura esposa… con una sorprendente desgana.
–Gracias –le dijo–. Se te da bien mentir.
–Se me da bien decir lo que es necesario para sobrevivir –replicó–. Es una habilidad distinta.
¿Sobrevivir? ¿Por qué decía eso?
–¿De verdad quiere que mantengamos la farsa de esta relación con la princesa Fiorella? –le preguntó con toda tranquilidad.
–Por ahora –asintió–. No quiero que puedan hacerse revelaciones que escapen a nuestro control, y tampoco quiero preocuparla.
–Es su hermana, y se va a preocupar por su felicidad.
–Yo diría que le preocupaba más la tuya que la mía.
–Por mí no tiene que preocuparse. Estoy bien. Puedo enfrentarme a cualquier cosa.
Alek tenía la sensación de que decía la verdad.
–Todo está en marcha. Esta es tu última oportunidad para echarte atrás.
Hester se quedó callada un instante, pero enseguida lo miró con absoluta serenidad.
–No. Sigamos adelante. Debe ser coronado.
¿En serio? No se metía en aquello por su beneficio, sino para ganar dinero. Esa era la verdadera razón, ¿no? ¿Qué pensaría hacer con sus ganancias?
Frunció el ceño. No era asunto suyo, pero ¿qué la habría tenido tan distraída últimamente? No creía que se tratara de otro hombre. Y, por otro lado, ¿por qué viviría en aquella habitación estilo celda, con tan solo un gato callejero, una caja de madera rota y una pila de libros de segunda mano?
Además, tenía la sensación de que, parte de la sorpresa de Fi se debía a haberlos visto de la mano. Hester no la había abrazado al despedirse. Estaba claro que era estricta a la hora de marcar los límites profesionales, algo que también dejaba bien claro la ropa que más bien parecía un uniforme de servicio de los años cuarenta.
Aquella mujer era un rompecabezas al que le faltaban varias piezas. Afortunadamente a él le gustaban los rompecabezas y tendría todo un año para resolverlo.
–Deberíamos hacer planes –le dijo, acercándose a su mesa–. Tengo que hablar con el palacio, y tú tienes que hacer las maletas.
–¿Cómo haremos cuando llegue el momento? –preguntó, pensativa–. Dentro de un año. ¿Qué diremos?
–Yo cargaré con la culpa.
–No. Mejor que lo haga yo. Usted es el rey.
–Imposible. Te vilipendiarían sin piedad.
No iba a permitir que sufriera por aquello. Al fin y al cabo, le estaba haciendo un gran favor.
–No quiero que parezca que me pisotean. Prefiero pisotear yo. Usted tiene una reputación que mantener. Yo no.
–¿Lo sacrificarías todo? –inquirió. Estaba más quieta que nunca, más distante.
–No sacrificaré nada porque no me importa lo que puedan decir de mí.
Eso no era posible. No había una sola persona a la que no le importara, pero prefirió no discutir.
–Ya decidiremos cómo hacerlo cuando se acerque el momento. Por ahora centrémonos en la boda, que querrán que tenga toda la pompa y ceremonia del mundo. Toda la parafernalia –resumió, haciendo un gesto de aburrimiento. Quería que volviera a sonreír.
–No le importan demasiado sus tradiciones, ¿verdad?
–Lo cierto es que mi país, mi pueblo y la mayoría de mis tradiciones me importan, pero encuentro que las plumas del uniforme son un poco incómodas.
–¿Plumas? –repitió, divertida, y su sonrisa volvió a asomar.
–Es que es un poco ridículo, la verdad, pero no es que esté mal.
–Vale. Plumas. ¿Cree que todo el mundo sabrá que la boda es solo para que pueda ser coronado?
–No si nosotros los convencemos de lo contrario.
–¿Y cómo vamos a hacer eso?
–Acabamos de convencer a Fi, ¿no?
–Es que ella es una romántica.
–Entonces, les daremos romance. Confía en mí, Hester. Conseguiremos que sea creíble. Brillante, incluso. Creo que con un poco de trabajo podemos llegar a parecer una pareja de enamorados.
Ella abrió los ojos de par en par.
–Pero no tendremos que tocarnos, ¿no? –parecía horrorizada–. Seremos muy circunspectos, ¿verdad?
Alek contuvo las ganas de reír. A sus oficiales les iba a encantar, dado lo mucho que detestaban lo poco circunspectas que solían ser sus relaciones. Si presentaba a aquella novia tímida y que se sonrojaba fácilmente, les derretiría el corazón.
–¿Quieres decir que no tengamos muestras de afecto en público?
–Exacto.
–¿Ninguna?
Alek se dio cuenta de que intentaba mantener la compostura, pero el rojo subido que adquirió su piel echó a perder el intento. ¿Y las muestras en privado?
El deseo de provocarla apareció de repente y le sorprendió. ¿Cómo hacer que se sonrojara de la cabeza a los pies? La tensión y el calor se adueñaron de su cuerpo. ¿Y conseguir que sonriera, que suspirara o que gritara?
O sea, que no quería que la tocase. Pues bien, sin problema.
Pero no podía ser que solo él estuviera sintiendo aquella química. La atracción era demasiado fuerte. Hester enrojeció todavía más a medida que el silencio se fue haciendo más largo y más denso. Por supuesto ella también lo sentía. Esa era la razón de aquel rojo furioso.
Hester siguió mirándolo durante una eternidad. Sentía el cuerpo entero en llamas, lo cual no podía darle más vergüenza, pero aquel punto no solo tenía que aclararlo, sino estar completamente segura de que quedaba reflejado en su acuerdo. De pronto le pareció que era esencial.
–Está bien –cedió él–. Tampoco iba a sugerir que practicásemos.
–Bien –suspiró ella–, porque sería una estupidez.
–Desde luego. No necesito practicar para besar.
Hester no supo qué responder. No estaba preparada para admitir que carecía por completo de experiencia.
–Pero quiero que sepas que tendremos que besarnos, al menos dos veces. Durante la boda, que además será televisada. Tendremos que besarnos después de la ceremonia del compromiso y luego otra vez cuando estemos en las escaleras de la iglesia.
–¿Televisada? –los pulmones se le encogieron–. ¿En una iglesia?
–En la capilla de palacio, sí. Es el papel que vamos a interpretar, Hester.
¿La capilla de palacio? Desde luego era como un cuento de hadas. Siempre y cuando no olvidara que era precisamente eso, un cuento. Siempre y cuando tuviera presente lo que iba a poder hacer por Lucia y Zoe.
–Dos besos –le concedió.
Serían besos castos, dado que lo que ocurriera iba a transmitirse en directo. Ni siquiera el libertino príncipe Alek querría dar un escándalo con su esposa. No tenía por qué saber que iba a ser la primera vez que la besaran.
–¿Crees que podré darte la mano en el banquete? ¿O mirarte? ¿Sonreírte, quizás?
La estaba tomando el pelo.
–Según las circunstancias, puede que incluso te devuelva la sonrisa.
–¿Según las circunstancias? –repitió–. Acabas de desafiarme.
Se sentó a su mesa y, en un folio en blanco, comenzó a escribir. ¿Una lista de prioridades? Quién lo iba a decir. Después de un momento, le vio releer la lista, sacar el móvil y marcar algo en la pantalla.
–Buenas noticias, Marc. Al final me voy a casar. Sé que hace meses que lo tienes todo planeado, así que ya puedes presionar la tecla y ponerlo todo en marcha. Esta tarde volveremos a casa –hizo una larga pausa–. ¿Crees que podría ser? ¿Es tiempo suficiente para…? –otra pausa–. Me halagas, Marc, pero si estás seguro… –un momento más y colgó–. Nos casaremos dentro de diez días, y la coronación tendrá lugar una semana después.
–¿En diez días?
–Lo sé. A mí también me ha sorprendido que sea tan pronto, pero parece ser que estaba planeado incluso desde antes de mi nacimiento. Va a ser fiesta nacional –escribió varias cosas más en su lista–. Tiene planes para todo: procesiones, funerales, bautismos… incluso mi obituario está escrito ya –se rio–. Simplemente lo actualizan de vez en cuando.
–Estarás de broma… me parece tan…
Iba a decir triste que tuvieran su vida tan meticulosamente planeada, documentada y limitada. No era de extrañar que se hubiera rebelado contra todo aquello.
–¿Acaso no tienes tú todas las eventualidades cubiertas en la correspondencia de Fi? –preguntó, abarcando con un gesto la mesa inmaculada–. Seguro que eres una persona de listas y contingencias.
–Bueno, sí, pero…
–Simplemente ellos tienen más listas que tú –contestó, y miró la que acababa de confeccionar–. Necesitarás un vestido de novia, y estaría bien visto que escogieras un modelo de algún diseñador de Triscari. ¿Crees que podría ser?
–Por supuesto –contestó en voz baja, porque el miedo empezaba a hacer mella. ¿En qué estaba pensando? ¿Cómo iba a poder fingir una boda retransmitida en directo y con millones de espectadores siguiéndola? Todo el mundo criticaría no solo su vestido, sino todo su aspecto. Ella no era una morenaza de piernas largas como la princesa Fiorella, sino una chica de estatura media y porte corriente, como su tía no dejaba de repetir al compararla con sus primas, esbeltas como gacelas.
Respiró hondo y echó los hombros atrás. Daba igual. Hacía tiempo que había decidido que no iba a importarle, porque el hecho era que jamás iba a poder estar a la altura de sus expectativas, ni complacer a ninguno de todos ellos.
–Mi asistente hará que te lleguen algunos al palacio.
Escribió rápidamente un reglón más en su lista.
–Diez días no es mucho tiempo para coser un vestido de novia –dijo. No era mucho tiempo para casi nada.
–Tendrán un equipo. Y ensayaremos un poco cómo posar para las fotos y esas cosas.
–¿Me vas a llevar a una escuela de princesas?
–Sí –se rio, pero ella parecía descorazonada–. Habrá un montón de cámaras y, al principio, puede resultar cegador.
–Quizás la princesa Fiorella podría ayudarme.
–Yo lo haré. Fi tiene que ocuparse de sus obligaciones aquí. Se unirá a nosotros a tiempo para la ceremonia.
–¿Pero está bien que la deje así, tan de repente?
–Tus obligaciones para conmigo y Triscari son más importantes.
Y añadió otra cosa más a aquella lista interminable.
Miró a su alrededor y de pronto todas las cosas de las que iba a tener que ocuparse se le vinieron encima.
–Tendré que…
–Buscar a alguien que le dé de comer al gato –dijo, y lo anotó también.
–Sí –murmuró. Había sido un gesto conmovedor.
–A mi cargo, por supuesto –añadió–. ¿Tienes otras obligaciones laborales de las que haya que ocuparse?
–Puedo ocuparme yo.
No se engañaba creyéndose indispensable. Nadie lo era. Podía desaparecer de la universidad y muy pocas personas se darían cuenta. Ya había desaparecido antes sin problemas. Pero de Lucia sí iba a tener que ocuparse.
–Mm… voy a necesitar…
–¿El dinero? –inquirió, sacudiendo el bolígrafo entre el índice y el pulgar–. ¿Quieres tener ya la primera bañera llena de dólares?
La intensidad de su mirada era difícil de mantener.
–Un poco me vendría bien.
Arrancó otra hoja del cuaderno y se la puso delante.
–Escribe aquí los detalles y me ocuparé. ¿A qué parientes querrías invitar? Pueden asistir tantos como quieras. Escríbeme una lista y yo organizaré invitaciones, transporte y alojamiento.
Hester se quedó petrificada. ¿Familia?
Él había dejado de escribir y la miraba aguardando con una paciencia infinita. Había pronunciado aquellas palabras tantas veces que no tendría por qué ser distinto en aquella ocasión, pero lo era.
–Mis padres murieron cuando yo era pequeña.
Él ni pestañeó.
–¿Padres de acogida, entonces? ¿Padres adoptivos? ¿O parientes más lejanos?
Tragó saliva para intentar controlar la ansiedad.
–¿Es necesario que los invite?
La mirada de Alek permanecía directa y serena.
–Si no invitas a nadie, habrá comentarios. Yo estoy acostumbrado a ello, así que no me molestará, pero puede que a ti sí, así que te sugeriría que invitases a algún familiar y que lo mantengas a distancia. Esa sería la forma más diplomática que preferiría la corte.
–¿Y qué preferirías tú? –quiso saber.
–Yo quiero que hagas lo que te ayude a pasar mejor el día.
Esa empatía le hizo sentir la tentación de confiarse a él, pero lo de su familia era complicado. Apenas pensaba en ellos. No podía soportarlo. Y hacía años que no los veía.
–Si vinieran, ¿tendría que pasar mucho tiempo con ellos?
Él sonrió.
–Puedo ser muy posesivo y dictatorial.
–¿Y abusarías de tu poder? –sonrió ella también.
–Desde luego –su sonrisa era desvergonzada y encantadora–. Es lo que esperas de mí, ¿no?
–Las prerrogativas de ser un príncipe.
No había tenido intención de volver a ver a esas personas, pero dado que iba a ser una boda pública, llamaría mucho la atención que no los invitara, y los periodistas husmearían y las viejas heridas se reabrirían. De todas formas, nada le gustaba más a su familia que el estatus, de modo que si los invitaba a la boda real de la década, estarían encantados y jamás admitirían que la habían recogido tras el accidente solo por el qué dirán. O que no habían permitido que olvidara que era la basura inesperada que había echado a perder la vida perfecta que tenían planeada para su hijo.
–¿Hay alguien que te gustaría que te acompañase hasta el altar?
–No es necesario. Lo haré sola –miró el papel que tenía delante–. Pero quizás a la princesa Fiorella le gustaría ser mi dama de honor.
No estaba segura de si sería apropiado, pero es que no había nadie más.
–Sería perfecto.
–Perfecto para la narrativa nupcial, ¿no?
–Los medios se van a abalanzar sobre esto en cuanto salga la noticia, y rebuscarán en tu vida privada, Hester. ¿Estás preparada para ello?
–No pasa nada –bajó la mirada–. Pueden decir lo que quieran.
–¿No hay esqueletos en el armario? –preguntó con delicadeza–. No me importaría que los hubiera. Dios sabe que yo tengo unos cuantos, pero no me gustaría que te hicieran daño.
Ella negó con la cabeza y siguió sin mirarlo.
–No pasa nada.
–¿Nada de antiguos novios que vayan a vender su historia contigo a la prensa?
Sintió que enrojecía, pero siguió con la mirada baja.
–Son más duros con las mujeres –añadió.
–No hay esqueletos. Fui una adolescente solitaria. No había nadie a quien me sintiera muy unida –casi sin querer alzó la mirada, y quedó atrapada en las profundidades negras como el carbón de sus ojos–. Mi vida hasta la fecha ha sido bastante aburrida. No hay nada sobre lo que escribir. ¿Puede ser un problema?
–En absoluto.
Aquel matrimonio iba a ser unos cuantos meses de aventura. Tenía que enfocarlo así. Si había estado lo bastante loca para decir que sí a semejante proposición, al menos tenía que proponerse disfrutarlo.
–¿Podría buscarme una peluquera tu asistente? –le preguntó, e incluso pasó por alto su eterna independencia para pedirle ayuda–. También necesitaría algo de ropa…
–¿Te gustaría?
–¿Toda la parafernalia? –sonrió–. Lo que me gustaría es contar con toda la ayuda necesaria para que esto salga bien.
–Haré que se organice. Dime tu talla y pediré que lleven algo al avión.
Lo escribió y le tendió la nota.
–Creo que eso es todo.
–Bien. Ponte con el equipaje. Tengo que hacer varias llamadas.
Hester, aliviada, entró en su pequeño dormitorio, llamó al centro social en el que colaboraba y explicó que se marchaba. Luego metió aquella cajita de madera que Alek había tocado en el fondo de la pequeña mochila que utilizó tanto tiempo atrás para escapar. Su ropa cupo en una pequeña maleta.
–¿Eso es todo? –preguntó él sorprendido cuando la vio salir con tan poco.
–No necesito mucho.
–Esta vez, vas a necesitar un poco más que eso –dijo, y le quitó la maleta de la mano–. Mejor que nos vayamos antes de que vuelva Fi. Así nos libramos de preguntas.
Pero antes de salir, Hester se detuvo.
–¿Está usted completamente seguro de esto, Alteza? –preguntó con reverencia.
–Por supuesto –contestó con toda la arrogancia de un príncipe–. Y tú tienes que empezar a llamarme Alek.
–Lo haré.
Pero no se apartó para dejarla pasar, y Hester sintió un estremecimiento mezcla de peligro, provocación y reconocimiento.
–Di «Alek es maravilloso». Dilo.
–Alek es un mandón –contestó, mirándolo.
–Vale –replicó y dio un paso atrás. Hester pudo respirar–. Por ahora –añadió con una sonrisa picarona.
The free sample has ended.