Read the book: «¿El hombre apropiado? - Sorprendida con el jefe»
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
N.º 456 - noviembre 2020
© 2013 Natalie Anderson
¿El hombre apropiado?
Título original: The Right Mr. Wrong
© 2010 Natalie Anderson
Sorprendida con el jefe
Título original: Caught on Camera with the CEO
Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2014
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-934-6
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
¿El hombre apropiado?
Prólogo
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Sorprendida con el jefe
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
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Prólogo
Día de Navidad, cinco años antes
Estaba casi todo el mundo. Sus padres, la familia de Oliver, los amigos de Oliver. Solo faltaba Stella, su rebelde hermana, cuyo nombre no se mencionaba desde que se fue de casa, cuatro años antes.
Victoria Rutherford miró los regalos apilados al pie del árbol. Aunque no hubiera uno para Stella, confiaba en que sí lo hubiera para el amigo de Oliver. Victoria se acercó para poder leer los nombres de las etiquetas.
«Liam».
No tenía sentido que se preocupara. Después de todo, era el amigo de Oliver, y lo lógico era que los padres de este tuvieran un detalle para el hombre que había llegado aquella misma semana a Inglaterra.
–No pensarás sacudir cada paquete para adivinar lo que contiene, ¿verdad? –susurró una voz a su espalda.
Victoria se volvió sobresaltada al tiempo que una incontrolable sonrisa le curvaba los labios. Aunque sabía que no había motivo para ello, no podía evitar que sus comentarios le hicieran gracia; o que la inapropiada forma en que la miraba hiciera que un escalofrío le recorriera la espalda.
No era ese el caso en aquel momento. Pero sí la había mirado así la primera vez que se vieron, cuando él no sabía quién era ella. Victoria todavía se ruborizaba al recordar la vergüenza que había sentido cuando Liam entró en el cuarto de baño y la encontró envuelta en una toalla.
–Has hecho unas guirnaldas espectaculares –comentó Liam.
–Gracias.
Victoria tragó saliva, esforzándose por borrar la escena. No había pasado nada de lo que tuviera que sentirse culpable. Y sin embargo… Liam era el mejor amigo de Oliver, y su invitado durante las Navidades. La última persona en la que ella debiera fijarse.
Cuando repartieron los regalos, quedó una caja pequeña al pie del árbol, que Victoria asumió estaba destinada a la madre de Oliver.
Al cabo de un rato, cuando charlaban en diferentes grupos, Oliver se acercó a ella.
–Creo que esto es para ti –dijo, tendiéndole la caja.
–¡Pero si ya me has hecho un regalo!
Entonces Oliver se arrodilló y todos los presentes guardaron silencio.
–Victoria, sabes cuánto te quiero.
Victoria sonrió, pero estaba atónita. No era posible. ¿Estaba Oliver a punto de…?
–¿Quieres casarte conmigo?
Victoria se quedó mirándolo, muda, aunque consiguió mantener la sonrisa.
Oliver, su primer novio, al que tan bien conocía y en el que confiaba ciegamente. Delante de los padres de ambos y…
–¿Victoria? –intervino Liam.
Victoria se dijo que no debía mirarlo, pero no pudo resistirse. Liam la observaba fijamente, como si pudiera leer su mente, intuir sus dudas, sus deseos.
–¿Te importa? –Oliver miró a Liam contrariado, más sorprendido que molesto por la interrupción–. Acabo de hacerle una pregunta.
Pero Victoria no podía apartar la mirada de Liam, y percibió el nerviosismo en el grupo que los rodeaba. Alguien iba a decir algo en cualquier momento.
Oliver carraspeó. Oliver, el hombre perfecto al que no podía herir, ni avergonzar delante de todos los suyos.
–¿Victoria?
Ella lo miró y sonrió automáticamente. Quería lo mismo que él porque lo amaba. Quería aquello que él quería, lo que todos esperaban, ¿o no?
Oliver sonrió y repitió la pregunta:
–¿Te quieres casar conmigo?
Capítulo Uno
Ella dijo sí
–Por supuesto –contestó Victoria animadamente, a pesar de que tenía las manos doloridas.
Haría lo que fuera necesario. ¿No actuaban así los emprendedores? Se sacrificaban, trabajaban largas horas. Lo sabía porque había leído Cómo hacerse millonario hacía unos meses. Y eso que a ella le bastaba con ganar lo suficiente como para dejar de tener la cuenta en números rojos.
En cualquier caso, escribir otras cinco tarjetas con caligrafía ornamental no era nada comparado con las que ya había hecho. Lo importante era que tuvieran éxito. Su futuro dependía de ello.
Victoria observó hecha un manojo de nervios a su clienta, Aurelie Broussard. Era imposible no admirar a aquella mujer que, con un vestido blanco y un chal azul marino, parecía brillar con luz propia. El cabello le caía en tirabuzones hasta la mitad de la espalda, y tenía el mismo color que sus ojos, un sensual marrón oscuro. Atleta, modelo y mujer de negocios, y por lo que se podía deducir de la suave curva de su vientre, embarazada de unos siete meses. Victoria no había conocido ese detalle anticipadamente, pero tampoco sabía nada de la vida personal de la antigua campeona de surf, excepto que se iba a casar en cinco días. Victoria no prestaba atención a los deportes acuáticos porque le invocaban recuerdos que prefería olvidar.
Aurelie era la mujer más guapa que había conocido en su vida; y en aquel momento, también era la persona que podía determinar el éxito o el fracaso de su negocio. Y las novias eran muy quisquillosas, más aún aquellas a cuya boda acudían numerosas celebridades.
Victoria se movió con premeditada lentitud para disimular su nerviosismo a la vez que extendía sobre el escritorio algunas tarjetas. Aurelie las estudió en silencio. Victoria había trabajado durante horas, incluida la noche, para terminarlas a tiempo. La habían contratado a última hora, lo que dificultaba la labor de un calígrafo, cuya tarea requería tiempo y calma.
–Son preciosas –fue el veredicto final de Aurelie–. Precisamente lo que quería.
Victoria parpadeó para contener unas lágrimas de alivio. Doscientas treinta y cuatro primorosas tarjetas la habían dejado exhausta.
–Espero no haber cometido ningún error, pero supongo que alguien se cerciorará de que están todas bien –comentó. No podía correr el riesgo de que algún invitado descubriera que su apellido contenía faltas de ortografía.
–Lo hará mi secretaria –dijo Aurelie–. ¿Podrías hacer cinco más antes de marcharte?
Sacó una lista del primer cajón del escritorio.
–Sí, claro –Victoria tenía el material que necesitaba, pero saber que había cinco invitados nuevos la inquietó por otros motivos–. ¿Eso significa que has cambiado la distribución de las mesas?
Había tardado horas en distribuir las tarjetas de acuerdo a las mesas, cada una correspondiente a una playa de surf.
–Sí. ¿Supone un problema? –preguntó Aurelie.
–En absoluto –dijo Victoria, forzando una sonrisa. Si era preciso, estaba dispuesta a coserse los párpados a las cejas para mantenerse despierta.
Recordaba lo importante que había sido para ella, cuando preparaba su boda, que todo saliera a la perfección. Por eso estaba dispuesta a hacer lo imposible para que Aurelie tuviera todo lo que quería. Sin embargo, aunque ella había tenido una boda de cuento de hadas, su matrimonio con Oliver había estado lejos de la perfección. De hecho, había sido un sonado fracaso.
Trabajar en la boda de Aurelie le permitiría recuperarse, al menos económicamente. Iba a acudir tanta gente famosa que incluso podrían surgirle otros encargos. Y aunque resultase irónico que, a pesar de su experiencia, se dedicara a que otros tuvieran la boda ideal, lo cierto era que no se había convertido en una cínica. Para una buena pareja, una gran boda podía representar un magnífico comienzo. Con suerte, el prometido de Aurelie era un hombre decente. Victoria no sabía nada de él.
–Estoy segura de que no me fallarás –dijo Aurelie, sonriendo, aunque Victoria interpretó la sonrisa como «te mataré si cometes un error».
–Puedo hacer las tarjetas aquí, si quieres, pero para organizar las mesas tengo que ir casa. Traeré la nueva planificación en cuanto la acabe.
–¿Y cuándo será eso? –preguntó Aurelie con una tensa sonrisa.
Victoria titubeó. Quería agradarla, pero no tenía que evitar hacer promesas que no pudiera cumplir.
–A tiempo para la boda –dijo, obligándose a que su sonrisa no vacilara aun cuando Aurelie la miró durante un minuto que se le hizo eterno.
–Gracias –dijo esta finalmente.
¡Fantástico! Victoria sacó la pluma y la tinta del bolso. Podía satisfacer a Aurelie haciendo las cinco tarjetas. Luego descansaría en el tren y estudiaría la nueva distribución, y de camino a su casa, se abastecería de suplementos para mantenerse despierta.
–¿Te gustan las velas? –preguntó Aurelie súbitamente.
Victoria se volvió. Aurelie había abierto una gran caja que había junto al escritorio y sacó una preciosa vela blanca.
–Tiene perfume a tabla de surf –dijo Aurelie, riendo–. Mi olor favorito.
Victoria sonrió ante aquella pequeña excentricidad. ¿Casarse en un castillo francés bajo la luz de las velas, con encaje y seda por todas partes? ¿Tener fuegos artificiales y una orquesta? Aurelie no escatimaba detalles. Y a Victoria le parecía genial.
–Son preciosas, como la casa. Va a ser una boda maravillosa –dijo con sinceridad.
–¡Va a ser parfait! –dijo Aurelie, guardando la vela.
Victoria tomó aire y, cruzando los dedos, preguntó:
–El menú no ha sufrido cambios, ¿verdad?
–No –Aurelie rio–. Pero ya veo por qué te recomendaron. Se ve que no te amilanas y que dices que sí a todo.
Victoria sonrió a pesar de sentirse irritada. Aurelie había descubierto su punto débil. Toda su vida había dicho sí: a sus padres, a Oliver, a toda la gente a la que había querido agradar incluso contra sus propios intereses. Entonces se dio cuenta de lo que Aurelie había dicho.
–¿Me recomendaron? –¿quién podía haberlo hecho? Solo llevaba en París siete meses. Hacía apenas unas semanas había relanzado su propia línea de papelería personalizada y arte caligráfico. ¿Habría sido algún cliente del pasado, cuando su negocio prosperaba en Londres?
Pero en lugar de contestar, Aurelie se acercó a la ventana. Victoria también había oído crujir la gravilla. Había llegado un coche.
–Oh, no –exclamó Aurelie–. Está aquí. No puede ver nada de esto. Si entra, escóndelo todo –dijo, y con la agilidad propia de una atleta, salió corriendo.
Victoria se quedó sola. Asumió que se trataba del novio y, sin poder contener la curiosidad, se acercó a la ventana.
El coche aparcado ante la puerta estaba vacío. Un asistente uniformado se acercó a él para aparcarlo en algún lugar donde no estropeara la idílica imagen del castillo. Aunque comparado con otros no fuera especialmente ostentoso, era el edificio más grandioso que Victoria había visto en su vida. Estaba rodeado de jardines formales, con largas avenidas, románticos rincones y numerosa fuentes. Era una preciosidad.
Volvió a la mesa y, tras guardar las tarjetas terminadas, sacó algunas en blanco. Luego preparó la pluma y la tinta y practicó sobre una para calentarse los dedos y asegurarse de que la tinta corría con fluidez.
–Aurelie, ¿estás ahí?
Victoria se quedó paralizada. Hizo una mancha de tinta, pero no le importó, porque le inquietó mucho más aquella cálida y relajada voz que conocía bien.
Miró hacia la puerta, conteniendo el aliento, a la vez que él entraba Liam.
¿Liam? ¿El espectacular e inaccesible Liam?
Él hizo una leve pausa en la puerta antes de dirigirse hacia ella. A Victoria no le pasó desapercibido su magnífico y atlético cuerpo. Liam Wilson era peligrosamente competitivo, le gustaba ganar a costa de lo que fuera.
Y claramente había ganado a la mejor: Aurelie.
Sus ojos marrones se clavaban en ella. Llevaba el cabello, marrón oscuro, más corto que la última vez que se habían visto. Apenas sí fue consciente de que iba con vaqueros y una camiseta blanca, porque la intensidad de su mirada la mantuvo hipnotizada.
Liam Wilson. Victoria no daba crédito. Perpleja, bajó la mirada para serenarse. ¿Cómo era posible que estuviera aún más guapo? ¿Cómo era posible que le bastara mirarlo para desearlo?
–Victoria.
Esta fijó la mirada en la mancha de tinta, aunque fue consciente de que Liam se detenía a unos centímetros de su silla.
Liam carraspeó.
–Ha pasado mucho tiempo.
Victoria intuyó la sonrisa que siempre se percibía en su voz; aquella seguridad en sí mismo que le resultaba tan atractiva. Una confianza de la que ella carecía y que envidiaba.
Centrado, ambicioso, fascinante. Liam era distinto a todos los hombres que había conocido. Alto, fuerte y decidido, hacía lo que fuera necesario para conseguir lo que quería, destruía cualquier oposición. A Oliver. A ella.
Alzó la mirada. El peligro que en el pasado había atisbado en su mirada se había convertido en letal. Su expresión, a pesar de la sonrisa, se había endurecido.
Victoria no supo qué hacer para conseguir que el cerebro volviera a funcionarle.
–¿Qué tal te ha ido? –preguntó él.
Debía estar bromeando. Habían pasado cinco años desde que se habían visto la última vez, cinco años desde que había interrumpido la declaración de Oliver y, a cinco días de su boda, la saludaba como si fuera una compañera de colegio.
Victoria desvió la mirada hacia las tarjetas en blanco, contenta de haber guardado las que Aurelie no quería que él viera.
Aurelie Broussard iba a casarse con Liam Wilson. Liam era el padre del hijo de Aurelie.
¿Por qué le costaba tanto asimilarlo? Ella había tenido la oportunidad en una ocasión de darle el sí. No a casarse, pero el sí a algo. Sin embargo, se lo había dado a otra persona y la vida los había llevado por distintos caminos.
Victoria se irguió, luchando contra el torbellino de recuerdos y emociones que sentía. Ella era feliz, y así debía comportarse.
–Muy bien, gracias –dijo, sonando lo más natural posible.–. ¿Qué tal estás tú?
–Asombrado de verte.
Liam la recorrió con la mirada, deteniéndose en sus labios, bajando la vista hacia su figura, tal y como había hecho la primera vez. Pero entonces tenía la excusa de no saber quién era.
Victoria se tensó bajo su inspección, rogando que su cuerpo no reaccionara a la instintiva atracción que le despertaba.
–Ha pasado mucho tiempo –repitió él–. Y aunque parezca imposible, estás todavía más guapa.
A Victoria se le aceleró la respiración y sintió una corriente de calor recorrerla. Su cerebro se ralentizó, y tardó en recordarle que Liam acostumbraba a coquetear. Pero en aquella ocasión era totalmente improcedente, aunque no sería ella quien se lo recordara. Era el prometido de la mujer para la que trabajaba, así que actuaría con calma y profesionalidad.
–Tú también tienes muy buen aspecto –dijo con una educada sonrisa. Podía manejar la situación.
Él se apoyó en el escritorio, al lado de su silla, pero Victoria no se movió. No permitiría que Liam se diera cuenta de cuánto la perturbaba. No era la primera vez que jugaba con ella. Recordaba la misma expresión en su rostro cuando la había encontrado en el cuarto de baño. Entonces, como en aquel momento, parecía un gato observando a un ratón sobre el que estuviera a punto de abalanzarse.
Victoria Rutherford no tenía la menor intención de volver a ser un ratón.
–Gracias –dijo él.
Victoria entornó los ojos al sentir que el enfado atravesaba su armadura de cortesía. Liam no había cambiado. Ni siquiera cuando estaba a punto de casarse.
–Victoria –susurró él tal y como había hecho en otra ocasión. Y como entonces, ella sintió que el corazón se le paraba.
Él se inclinó peligrosamente cerca, y aunque ella contuvo la respiración, no se salvó de oler su aroma a aire de mar y libertad, una mezcla embriagadora que en una ocasión había estado a punto de volverla loca. La peor de las tentaciones. El mejor amigo de su novio.
Como prometido de su clienta, seguía siendo territorio prohibido, incluso más. Así que tendría que aplacar sus disparadas hormonas. Liam Wilson no sería nunca para ella.
–¿Qué estás haciendo? –preguntó alarmada, cuando él se acercó un poco más.
Sin apartar sus ojos de los de ella, Liam esbozó una sonrisa al tiempo que invadía su espacio. Ella se quedó atrapada en su mirada. Lo tenía tan cerca que podía ver cada una de sus pestañas.
–¿Te importa que te quite esto? –Liam le quitó la pluma de un tirón–. Parece un arma. Ya me apuñalaste en el corazón una vez, y no quiero arriesgarme a que lo hagas de nuevo.
Victoria lo miró, perpleja. ¡Como si ella le hubiera herido! En todo caso había sido al revés. Liam les había hecho daño a Oliver y a ella. Había roto el vínculo entre ellos y nunca habían logrado recomponerlo. Pero no pensaba decirle hasta qué punto había sido importante en su vida.
–¿Que yo te hice daño a ti? –preguntó. Y forzó una risa–. Ninguna mujer te ha hecho daño, Liam.
–¿Eso crees? –preguntó él, enarcando una ceja–. ¿No piensas que soy tan vulnerable como los demás?
–No –dijo Victoria.
–Vamos, sabes perfectamente que soy humano –dijo él en un ronroneo.
–¿Estás coqueteando conmigo? –susurró ella, atónita. Su novia estaba embarazada y se iba a casar en cinco días. Aurelie no necesitaba tarjetas personalizadas, sino un nuevo prometido.
–¡Liam!
Aurelie entró en la sala como una exhalación.
–Hola –Liam la abrazó, y alargando los brazos para mirarla a la cara, añadió–: ¡Tienes un aspecto maravilloso!
–Estoy enorme, pero no me importa –dijo Aurelie, riendo–. ¡Qué contenta estoy de que hayas venido!
Victoria sintió un nudo en el estómago. No había motivos para sentir celos. Ella estaba felizmente divorciada. Lo último que quería era no repetir errores pasados, y Liam Wilson entraba en esa categoría. Si Aurelie quería caer en la trampa, era su problema, aunque merecía que alguien la pusiera sobre aviso. Sin embargo, no sería ella quien lo hiciera. Victoria recogió las tarjetas y dijo:
–No te preocupes, no ha visto nada.
Aurelie y Liam se volvieron hacia ella.
–Lo he guardado todo a tiempo –añadió Victoria, preguntándose porqué la miraban como si fuera un alien.
Liam la miró contrariado antes de esbozar una de sus seductoras sonrisas.
–He dejado al novio abajo –dijo, indicando la puerta con la cabeza–. Pero has hecho bien, porque subirá en cualquier momento.
Aurelie, en cambio, no reaccionó.
–Me alegro tanto de que hayas venido… No estaba segura de que lo hicieras –dijo sin retirar la mano que apoyaba en su torso.
–No me lo habría perdido por nada del mundo.
–Eres un mentiroso –dijo ella riendo–. Pero gracias de todos modos.
–Haría cualquier cosa por ti –dijo él, guiñándole un ojo y acariciándole la barbilla con el dorso de la mano–. Será mejor que bajes o vendrá y descubrirá todas tus sorpresas.
Victoria observó a Aurelie salir, sumida en un abochornado estado de confusión.
–¿Creías que era el prometido de Aurelie? –preguntó Liam, aproximándose al escritorio con una amplia sonrisa que no contenía la menor calidez–. ¿Creías que iba a casarme con ella y que coqueteaba contigo?
Victoria intentó esquivar su mirada, pero Liam ocupaba todo su campo de visión. Solo le quedaba actuar con frialdad.
–¿Te extraña? –preguntó, enarcando las cejas.
–No pienso molestarme en discutir –dijo él, entornando los ojos–. Igual que hace cinco años, Victoria, estoy aquí como invitado.
La confirmación de que no era el prometido de Aurelie le hizo sentir un alivio a Victoria que prefirió ignorar. Le ardían las mejillas. En su imaginación, Liam siempre era el novio.
–Tu nombre no estaba en la lista de invitados –dijo a la defensiva.
–No pensaba que pudiera venir –explicó él–. Por eso estoy entre los confirmados a última hora –añadió, indicando la hoja que Aurelie había dejado sobre el escritorio.
Liam no había ido a la boda de Victoria, y esta nunca supo si, después de lo sucedido, había sido invitado. Jamás había visto a Oliver tan enfadado. Ella y el resto de la familia habían subido a la segunda planta para cambiarse antes de la comida mientras los dos hombres salían al jardín. Victoria los había espiado por la ventana.
Liam había recibido el puñetazo sin hacer ademán de defenderse, aunque insistió en que no había pasado nada entre Victoria y él, y se disculpó por una interrupción que había sido totalmente espontánea.
Entonces había alzado la vista y su mirada se había encontrado con la de ella.
Victoria bajó la mirada a la lista de Aurelie y, efectivamente, encontró a Liam en la tercera posición.
–Ah, he creído que…. –dijo, forzando una sonrisa animada.
–Ya sé lo que has pensado. Nunca has tenido muy buena opinión de mí, ¿verdad?
Eso no era verdad, pero Victoria no pensaba revelar lo que pensaba de él. Observó la lista. Los otros invitados compartían apellidos, de lo cual concluyó que Liam no llevaba pareja. Automáticamente, le miró los dedos en busca de una alianza, que no encontró, aunque sabía por propia experiencia que una alianza tampoco era obstáculo para algunas mujeres, o para maridos insatisfechos con su matrimonio.
Aun así, sintió que la sangre le fluía por las venas con una aceleración de adolescente a punto de ir a su primera fiesta.
Claro que, si los dos eran libres, ¿por qué no podían explorar la química que había entre ellos? La respuesta fue inmediata: porque ella cargaba con demasiado peso sobre sus hombros; y él, por mucho que proyectara una imagen relajada y sin preocupaciones, parecía protegerse con un chaleco a prueba de balas.
–Lo siento –dijo Victoria. Por lo que acababa de pasar, por lo de hacía cinco años. Por lo que nunca pasó ni podría pasar. Ella había avanzado y no volvería a ser un felpudo. Tenía planes y en ellos no encajaba nadie, y menos, un hombre.
Él le dedicó una de aquellas sonrisas que despertaban en ella un anhelante deseo, y antes de que se pudiera mover, le asió la muñeca.
–No estoy prometido a nadie, así que puedo coquetear con quien quiera –dijo.
–Conmigo, no –dijo ella con voz ronca.
–¿Por qué no? Ni estás casada ni prometida.
Así que sabía que se había divorciado.
–No estoy aquí para tontear –dijo Victoria con firmeza–, sino para trabajar –añadió, tanto para él como para sí misma.
Liam la observó detenidamente, como si estuviera decidiendo si era sincera. Le soltó la muñeca.
–Entonces, deja que te vea en acción –dijo, poniéndole la pluma en la mano.
–No puedo trabajar si me miras –dijo ella, que en aquel momento se sentía tan torpe como una niña de dos años.
–Siempre has tenido problemas con que te mire.
Victoria se tensó y rezó para que Liam no notara que temblaba.
–No me refiero a ti, sino a cualquiera –mintió.
–¿Por si te equivocas?
–No. No me da miedo cometer errores. He cometido muchos.
–Entonces puedes trabajar delante de mí. Escribe mi nombre –cuando Victoria negó con la cabeza, Liam añadió–. Sigues siendo una cobarde.
–Confundes la sensatez con cobardía –replicó ella.
–¿Te gusta esto de verdad?
–Quiero que Aurelie tenga lo que desea.
–¿Así que no odias las bodas y todo lo relacionado con ellas?
–Claro que no –dijo Victoria. Liam podía ser escéptico, pero ella no lo era–. ¿Crees que porque mi matrimonio no funcionó tengo que estar amargada?
–No. Solo me extraña que te dediques a ello.
–Me gustan las bodas ajenas –dijo Victoria, guardando la pluma en su estuche–. Pero se ve que tú sigues estando en contra.
Liam se encogió de hombros.
–Y sin embargo, aquí me tienes, dispuesto a disfrutar de la boda de Aurelie.
–Eso es una mejora respecto a la última vez que te vi. Entonces no parecía que quisieras que nadie se casara.
–¿Y no tenía razón? –Liam tomó una vela y la olió.
–No podías predecir lo que iba a pasar.
–¿Eso crees?
Victoria no estaba dispuesta a considerar esa posibilidad.
–Los dos sabíamos que no era la decisión correcta –añadió Liam, dejando la vela y mirando a Victoria fijamente–. Hasta Oliver lo sabía.
–Será mejor que me vaya a casa a trabajar –dijo Victoria entre dientes.
–¿Quieres que te lleve? –preguntó Liam con una de sus tentadoras sonrisas.
–¿No te alojas aquí?
Liam sacudió la cabeza y se cuadró como si entrara en acción.
–Tengo cosas que hacer en la ciudad.
Victoria ni quería ni podía permitirse ir con él. El tren era mucho más seguro.
Alzó la mirada y vio que él la observaba con sorna. Pero cuando estaba a punto de contestar, él le puso un dedo en los labios.
–¿Qué te preocupa tanto? –preguntó con picardía–. ¿Tienes miedo a estar conmigo menos de una hora?
Victoria intentó encontrar cualquier excusa. Claro que le preocupaba pasar una hora encerrada en un coche con el hombre que representaba pura tentación.
–¿Contigo al volante? –preguntó en tono de broma–. Siempre vas demasiado deprisa, Liam, así que puede pasar cualquier cosa.
–En ese caso –dijo él con indolencia–, ¿Por qué no conduces tú?
Capítulo Dos
–No hace falta que me acompañes a la puerta.
–Claro que sí –Liam no iba a dejar que Victoria volviera a desaparecer de su vida. O no tan pronto. Y antes de que acabara el día, conseguiría que admitiera que también ella lo deseaba.
–Tengo que trabajar.
–No te he pedido que me invites a dormir –aunque aceptaría la invitación si se produjera.
Con una noche le bastaría. No sabía qué tenía Victoria para producirle aquel efecto, pero lo cierto era que le había bastado verla para sentir que cada célula de su cuerpo se activaba.
Afortunadamente, ya no era el joven insensato que había decidido hablar tan inoportunamente.
Pero antes de que Victoria tuviera tiempo de recomponer su gesto, había visto en su rostro la misma reacción. Y era patente en los esfuerzos que hacía para no cruzar la mirada con él y para evitar cualquier contacto físico.
Subió las escaleras detrás de ella, intentando no fijarse en sus perfectas curvas y concentrándose en el entorno.
La entrada estaba escasamente iluminada y olía a comida recalentada. ¿Cuántos apartamentos habría encajados en aquel horrendo edificio? Pasaron junto a unas cuantas puertas. No era de extrañar que Victoria estuviera tan en forma con todas las escaleras que tenía que subir.
–¿Has decidido experimentar lo de la buhardilla bohemia en París? –bromeó.
–No es que no tenga dinero –dijo ella cuando finalmente llegaron al ático. Metió la llave en la cerradura y añadió–: Además, la caligrafía es un arte; así que estoy encantada.
–Me alegro –Liam pasó por alto el tono de despedida y entró tras de ella en el minúsculo apartamento–. Pero hay buhardillas con mejores vistas –continuó. Y miró a su alrededor. Una habitación con una ridícula cocina, y una puerta que debía dar la cuarto de baño. Era un espanto.
–No necesito vistas, sino buena luz.
Victoria había dispuesto un escritorio contra la ventana con una mesa en ángulo donde había un ordenador. En la pared del fondo, había una cama pequeña.
–¿Cómo puedes trabajar aquí? ¡Ni siquiera es un estudio! –dijo Liam. Era el sitio más feo e incómodo que había visto. Y desde luego, el menos apropiado para una preciosa rubia de ojos verdes.
–Claro que lo es –dijo ella, levantando la barbilla como si hubiera estado esperando la crítica.
Al ver su expresión, Liam decidió no censurarla. Era evidente que Victoria quería ser independiente. Y lo era. Mucho más que cinco años atrás. Pero por algún motivo que no comprendía, puesto que nadie entendía mejor que él el deseo de alcanzar éxito por uno mismo, esa actitud le irritaba.
–¿Por qué no vienes a trabajar a mi hotel? Tengo una suite tres veces más grande –antes de terminar, Liam supo que había cometido un error. Pero, por una vez, la oferta no era una excusa.
–Vamos, Liam, no seas tan poco sutil.
Victoria volvía a colgarle el sambenito de ligón.
–Esta vez no tendríamos que compartir el cuarto de baño –Liam se acercó a ella. Puesto que era lo que esperaba, ¿por qué no provocarla?–. A no ser que tú quieras –dijo, y le acarició la mejilla–. ¿Esto es más sutil?
Nunca olvidaría aquella escena. Afortunadamente, en lugar de salir corriendo, Victoria, como él, se había sentido mortificada. Él había bromeado para disimular. Pero, aunque la toalla cubría sus partes más íntimas, había quedado suficiente piel expuesta como para moverlo a cometer un error.
Hasta la mañana siguiente no supo que era la novia de Oliver, la mujer con la que salía desde hacía dos años y con la que todo el mundo asumía que se casaría. Y él era tan joven, que había confundido la intensidad de su deseo con amor a primera vista.
–Sutilísimo –Victoria movió la cabeza bruscamente para librarse de los dedos de Liam.
–No es un barrio seguro –dijo Liam.
–No finjas que te preocupa mi seguridad –dijo Victoria con sorna.
Liam se dio cuenta de que no iba a convencerla.
–¿Dónde esperas estar en unos años? –preguntó entonces Liam, indicando con la mano el escritorio.
–¿Te refieres a mis objetivos?
–Sí. ¿Qué perspectivas de crecer tienes trabajando tú sola? ¿Qué pasaría si te rompieras un brazo?
–Tengo un seguro de trabajo. En cuanto a crecer, ¿es imprescindible? Solo necesito ganar el dinero suficiente como para vivir cómodamente.
Una cama pequeña no era nunca cómoda. Era evidente que Victoria debía aumentar sus ingresos.
–¿Vas a poder tomarte vacaciones?
–¿Y tú? –preguntó Victoria, riendo.
–A mí me encanta mi trabajo. Trabajar es para mí como estar de vacaciones –navegar había sido y siempre sería su pasión. Adoraba el mar; era su hogar, el lugar donde se sentía a salvo. Y libre.
Victoria lo miró con un brillo de determinación en sus ojos verdes.
–¿Y no crees que yo pueda sentir lo mismo por mi trabajo? –preguntó.
–En un sitio como este, lo dudo. Pero quizá a ti no te importa dónde trabajas porque solo ves lo que estás haciendo –dijo él, acercándose al inmaculado escritorio.
Victoria se asombraba de su osadía. Ni siquiera había visto su trabajo y la halagaba. No tenía ni idea de si era buena o mala, pero… A no ser que… Una espantosa sospecha la asaltó.
–¿Me recomendaste tú a Aurelie? –al ver que Liam se tensaba, añadió–: Así que lo hiciste. Me buscaste en Google y…
Por primera vez, Liam pareció perder su aplomo. De hecho, parecía culpable.
Victoria apretó los dientes. Era demasiado tarde, pero de haber podido, habría abandonado el trabajo.
–No creía que fuera a llegar a la boda –explicó Liam–. Así que no pensé que fuéramos a vernos. Admito que quise ayudar.
Ayudar a quién. ¿A Aurelie o a ella?
Aunque no debía preocuparle, no quería deberle nada a Liam. Había estado tan orgullosa de conseguir aquel trabajo, se había sentido tan independiente al ser contratada por sus propios méritos… Oliver había insinuado que su éxito en Londres se debía a sus contactos, y no a la calidad de lo que hacía. Por eso mismo, aquel encargo había servido de antídoto a su herido orgullo.
–Le mencioné tu nombre un día que Aurelie estaba atosigándome con detalles de la boda –dijo Liam, toqueteando uno de los botes con lápices que había en el escritorio–. Ella te buscó en Internet y decidió contratarte.
Victoria tragó saliva. No debía dejarse llevar por el orgullo. El trabajo de Aurelie podía dar lugar a otros.
Liam la miró con expresión expectante.
–Estás enfadada conmigo –dijo.
–En absoluto –mintió Victoria–. Fuiste muy amable al mencionar mi nombre. No sé ni cómo lo recordabas.
–¡No digas tonterías, Victoria! –dijo él, aproximándose.
Ella retrocedió instintivamente por temor a lo que Liam veía en su mirada.
–Estás decidida a ser independiente, ¿verdad? ¿No quieres aceptar la ayuda de nadie, y menos la mía? –preguntó él, deslizando la mirada por el cuerpo de Victoria.
Ella se mantuvo firme, esforzándose por ocultar sus emociones. Pero una vez más, no sirvió de nada.
–¿A qué tienes tanto miedo? –continuó Liam–. No tienes nada que temer. Solo sería una vez.
Victoria sonrió con suficiencia.
–¿Por qué? ¿No sería lo bastante bueno?
Liam volvió la mirada a su rostro.
–Ya he probado a mantener una relación convencional y no funciona. En cambio una noche, sí.
–A mí no me van los rollos de una noche –dijo Victoria con total honestidad.
–Deberías probarlo. Al menos por una vez.
Victoria miró a Liam fijamente. La atracción era innegable, pero ella era mucho más fuerte y sabía mucho más de la vida que hacía cinco años.
–No te das por vencido, ¿verdad?
–No. Ya sabes que me gusta ganar.
–¿Se trata de eso? ¿De una competición que quieres ganar?
–Si no exploramos lo que hay entre nosotros, siempre nos quedará la curiosidad –dijo Liam, dando un paso más hacia ella en actitud seductora–. Sé sincera, te mueres de curiosidad, sientes ese anhelante deseo de saber que podría haber pasado.
–¡Qué poético!
–Me viene de mis antepasados irlandeses. Y los dos sabemos que tengo razón –Liam bajó la voz–. Como sabemos que sería maravilloso.
–Liam.
–Es inevitable –musitó él–. Siempre lo ha sido –concluyó. Y alargando la mano, le acarició el hombro.
–¿Dices que solo una vez? –preguntó ella, adoptando un tono liviano, decidida a hacerle pagar por referirse a ello tan superficialmente, como si no se tratara más que de curiosidad sexual.
–Estoy dispuesto a que me hagas cambiar de idea –dijo él con una sonrisa pícara–. Me encantaría que lo intentaras.
Victoria dio un paso atrás.
–No –se cruzó de brazos–. Convénceme tú. Vamos, compórtate tan mal como sabes.
Liam la miró, desconcertado.
–Victoria…
–¿Crees que esto es pura lascivia? ¿No quisiste destruir tu amistad con Oliver? ¿No querías romper una relación a cambio de un momento de pasión?
¿O ni siquiera era eso? Victoria dio otro paso atrás y se chocó contra la cama.
–¿No era más que tu obsesión por ganar? –continuó–. ¿Eres tan competitivo que estabas dispuesto a cualquier cosa por ganar a Oliver? ¿Fui solo un posible trofeo?
–No –dijo él con gesto contrariado.
La respuesta no satisfizo a Victoria.
–Entonces no trates esto como si fuera una baratija. O como si yo lo fuera.
Liam pareció enfadarse.
–No traicioné a Oliver. No te seduje –Liam estaba tan cerca de Victoria que esta podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, el aroma a mar que siempre lo envolvía–. Y eso que podía haberlo hecho.
–¿Eso crees?
–No puedo darte lo que quieres. Solo…
–No tienes ni idea de lo que yo quiero.
–Casarte, tener hijo, un perro… –dijo Liam, encogiéndose de hombros.
–Ya lo he intentado y no me va –Victoria necesitaba que Liam admitiera que lo que había entre ellos no era solo atracción sexual. Que por muy extraño que resultara, había una verdadera conexión entre ellos.
–Entonces, ¿qué quieres?
–Una carrera profesional –Victoria alzó la barbilla–. Antes del divorcio estaba teniendo mucho éxito, y Oliver lo odiaba –la crisis financiera no había sido su culpa. Cientos de personas habían perdido su trabajo; Oliver solo había sido una de ellas. Sin embargo, su pequeño negocio había ganado impulso. Tras el romance y el divorcio, ella se había hundido, pero estaba de vuelta y creía en sí misma–. Quiero tener un negocio próspero. Y para eso tengo que terminar el trabajo de Aurelie. Eso es lo que quiero, tener más trabajo del que pueda aceptar, para gente a la que le encante lo que hago.
Liam la observó en silencio durante unos segundos. Luego miró a su alrededor, contemplando la austera habitación y su mesa de trabajo.
–¿Eso es todo lo que quieres? –preguntó finalmente.
–Es a lo que quiero dedicar todo mi tiempo.
–¿No tienes hueco para nada más? –Liam sonrió súbitamente, provocativo–. ¿Ni siquiera para una noche?
–Típico –Victoria puso los ojos en blanco, aliviada de recuperar el tono distendido–. Te empeñas en conseguir a quien se resiste.
–¿Quieres decir que no te afecto? –preguntó él, risueño–. Veo cómo me miras –ignoró el gesto de impaciencia de Victoria y continuó–: Respeto lo que quieres y puede que no tengas tiempo, pero yo creo que deberíamos despejar el ambiente.
–¿En qué sentido? –preguntó ella, temiéndose lo peor por la expresión maliciosa de Liam.
–Un beso. Ni siquiera nos hemos besado –dijo él.
Victoria se separó de él. No lo había hecho en el pasado y no lo haría entonces.
Liam rio.
–No tienes de qué preocuparte. Puede que sea una desilusión.
–Dada tu fama de casanova supongo eso es imposible.
–Pero puede que tú me desilusiones a mí –la provocó Liam.
–¿Estás poniendo en duda mis habilidades? –Victoria se irritó por el tono agudo en el que le salió la pregunta.
La sonrisa de Liam fue tan letal, que sintió una descarga de calor en el vientre.
–¿Tan buena eres?
–Mejor que tú –fue la réplica automática de Victoria.
Liam sonrió como un felino, al tiempo que ella perdía su fingida seguridad. Solo había tenido un amante en toda su vida, y este se había buscado otra mujer.
–¿Victoria?
Liam ya no sonreía ¿La estaba mirado con preocupación? Victoria desvió la mirada. No quería despertar su lástima. No quería que la besara por compasión; ni decepcionarlo.
–No va a salir bien. Así que dejémoslo como una fantasía no realizada –dijo finalmente, carraspeando y sonriendo para hacerle creer que estaba bien.
Liam masculló algo que ella no llegó a entender. Victoria quería que se fuera. Tenía trabajo y empezaba a dolerle la cabeza. Liam la había sometido a una presión que le hacía sentir como si la hubieran centrifugado junto con recuerdos, deseos y anhelos que había querido olvidar.
Liam le tomó la barbilla y le alzó el rostro, pero Victoria no pudo mirarlo. Su actitud retadora se había desinflado y en su lugar había quedado un profundo vacío. Podía imaginar a Liam riendo ante su inexperiencia.
Liam dio un paso hacia ella.
–Mírame –ordenó.
Victoria consiguió sonreír para ahuyentar aquel bochornoso momento de autocompasión. Tenía que librarse de Liam con algún comentario ingenioso. No tenía por qué sentirse mortificada. No tenía por qué besarlo y exponerse a su desprecio.
–Liam, yo…
Liam le puso las manos en la cintura. Sus miradas se encontraron en un cargado silencio. El sol del atardecer envolvía a Liam en un resplandor dorado. Victoria supo que no podía escapar de su escrutinio. Y en su mirada se podía ver el deseo.
Ella parpadeó, pero no consiguió romper el contacto. Liam deslizó las manos por sus caderas mientras ella se quedaba paralizada, como un pajarillo a punto de ser asaltado por un depredador.
Liam deslizó una mano por su espalda y la empujó hacia sí. Victoria se estremeció al sentir sus caderas en contacto y la innegable prueba del deseo de Liam. El bulto que presionaba contra ella le borró parte de la duda. Entreabrió los labios para tomar aire mientras Liam mantenía la mirada clavada en sus ojos.
Victoria se sentía como si acabara de tirarse a una piscina de agua hirviendo; no podía apartar la mirada, se sentía imantada, propulsada hacia él.
La respiración se le alteró como si el oxígeno entre ellos se hubiera quemado; y al respirar más profundamente, su pecho se acercó al de él. Victoria alzó las manos y las apoyó en el torso de Liam. A través del algodón pudo sentir su piel ardiendo y el rítmico latir de su corazón. Apretó los labios como si con ello pudiera contener la sangre que se disparaba hacia las partes más sensibles de su cuerpo.
Liam se plantó sobre los pies, manteniéndola pegada a sí, sin decir nada; solo haciéndole sentir.
«Llevo todo este tiempo deseando besarte», oyó Victoria en su cabeza, aunque ni sus labios ni los de Liam se movieron.
Tenía la garganta seca. Solo era consciente del calor que iba asaltándola en oleadas, recorriéndole la piel, obligándola a acercarse más y más a Liam. Hasta que no aguantó más y alzó el rostro. Hasta que entreabrió los labios y se dio por vencida.
Liam reaccionó automáticamente, abrazándola con fuerza. Con una mano mantuvo sus caderas unidas y con la otra la sujetó por la nuca a la vez que presionaba sus labios contra los de ella con una mezcla de suavidad y firmeza. Luego se los abrió con la lengua y saboreó su boca.
Victoria se estremeció y una ardiente presión se acomodó en su vientre. Levantó las manos y le rodeó el cuello, acercándolo hacia ella. Había soñado tantas veces con sujetarlo así…
Sus senos se aplastaron contra su pecho; los pezones se le endurecieron y el pulso se le aceleró. Todo iba demasiado deprisa; el corazón le latía demasiado deprisa; hacia demasiado calor. No podía respirar. Pero tampoco quería romper el contacto de sus labios. Hasta que un gemido brotó desde un lugar profundo de su interior.
El beso se fue haciendo más apasionado, más caliente, más húmedo. Igual que ella. Su cuerpo se debilitó, se tensó, se relajó. Quería echarse en el suelo y enredar las piernas con las de Liam, quería sentir su peso sobre ella, dentro de ella. Por encima de todo, quería que aquello no tuviera fin.
Liam la estrechó con fuerza, alzándola del suelo, besándola con tal intensidad que Victoria pudo sentir las primeras contracciones del clímax. La piel le ardía de tal manera que pensó que iba a desgarrársele.
El único sonido en la habitación era el de sus jadeantes respiraciones y apagados gemidos. Deseaba a Liam. En aquel momento. Todo.
–Liam.
Él alzó la cabeza bruscamente y la miró directamente a los labios.
–¿Te he hecho daño?
En absoluto. Victoria adoraba aquella manera de ser besada. Solo quería más. Liam la observaba con los ojos muy abiertos y expresión desconcertada. Estaba pálido.
Tosió.
–Será mejor que me vaya –dijo.
–Vale –Victoria estaba confusa, no podía pensar, pero no quería que se fuera.
Liam carraspeó.
–Tienes que trabajar.
¿Trabajar? Ah, sí. Era verdad.
–Vale.
–Será mejor que me vaya. Si no… –Liam la miró fijamente.
–Vale.
–¿Victoria?
–Vale –Victoria se sentó en la cama. Le temblaban las piernas; sentía el cerebro como una masa amorfa.
Liam se inclinó y, mirándola a los ojos, le preguntó:
–¿Vale que me vaya o vale que me quede?
Victoria lo miró y luego dirigió la mirada hacia el escritorio. Entonces recordó que todavía le quedaban horas de trabajo por delante.
–Me voy –repitió él con voz ronca. Y se irguió.
–Vale –repitió Victoria mecánicamente.
De pronto sintió frío. De no haber reaccionado Liam, habría estado en aquel momento debajo de él, y habría olvidado su compromiso con Aurelie… Hasta que, al bajar de la nube y darse cuenta de lo que había hecho, se habría sentido fatal.
–Tu sentido de la oportunidad es desastroso –dijo con dulzura–. Siempre lo ha sido.
Liam se separó y tomó la bolsa que Victoria había colgado de una silla cuando habían llegado.
–¿Qué haces? –preguntó ella.
Liam sacó del bolso un teléfono y pulsó la pantalla.
–Si no quieres que la gente lo use, tienes que ponerle una contraseña.
–Me retrasa.
–¿Y no te gusta ir despacio? –Liam rio quedamente–. Tú y yo nos parecemos –continuó pulsando. Luego se acercó a ella y le tendió el teléfono desde una distancia prudencial.
Victoria lo tomó, pero mantuvo la mirada fija en su rostro. Con un suave suspiro, él dio un paso adelante y le pasó los dedos por los labios.
–Te llamaré.
–Vale.
Victoria dejó caer el teléfono sobre la cama. ¿Cómo iba a poder ponerse a trabajar? ¿Cómo iba a escribir con pulso firme cuando le temblaban los dedos? Apretó los puños.
Liam ya se había ido. Victoria podía oír sus pisadas bajando las escaleras. ¿Qué hacía ella sentada como una estúpida?
Todo lo que había dicho había sido: «Vale, vale, vale».
Se sacudió las piernas con las manos para librarse de la sensación de que eran de gelatina. Era tan patética como lo había sido siempre. Había retrocedido todo lo que había avanzado en los últimos años. No había sido capaz de resistirse y solo había sabido decir: «Vale»
¿Por qué no le había obligado a separarse? ¿Por qué no le había puesto fin? O, si decidía dejarse llevar, ¿por qué no había tomado la iniciativa y le había obligado a quedarse, a terminar lo que había empezado? ¿Por qué había dejado que él tomara la decisión?
Ya no era la chica maleable y ansiosa por satisfacer a los demás. Era mucho más madura y sabía mucho mejor lo que quería. Pero algo en ella le gritaba: «¡Pero ha sido tan maravilloso, tan maravilloso!».
«Pura fantasía», se dijo. Aunque había conseguido no pensar en Liam, en alguna parte de su subconsciente era obvio que había seguido fantaseando con él. Por eso, al estar finalmente en sus brazos, había tenido una sobrecarga emocional. Además, hacía tanto que nadie la besaba… Debía ser un caso de hiperactividad hormonal; su cuerpo pidiéndole más, exigiéndole que saliera de su cueva. O que al menos le diera un poco de sexo.
Cerró los ojos e hizo acopio de fuerza. Haría el trabajo. Solo entonces se preocuparía por tener una vida amorosa.
Y no vería nunca más a Liam Wilson.
Capítulo Tres
Duchas frías, muchas duchas frías: para espabilase, para mantenerse despierta, para evitar que sus pensamientos se adentraran en terrenos pantanosos. Pero la total ausencia de vida social necesitaba promesas de mejoría, así que mentalmente, Victoria hizo una lista de las discotecas a las que iba a ir cuando acabara el trabajo. El sábado, cuando Liam estuviera en la boda. Seguro que había muchos hombres todavía más atractivos que él.
Liam. Otra vez pensaba en él.
Victoria se inclinó sobre el escritorio, enfocando para escribir el nombre cuarenta y cinco en la mesa correspondiente. Acababa de separar la pluma del papel cuando sonó el teléfono. Sobresaltándose, Victoria se cercioró de que no había hecho un borrón y contestó con voz profesional:
–Victoria Rutherford Design.
–¿Cuántas has hecho?
Victoria apretó el teléfono para que no se le resbalara. Liam siempre se levantaba temprano y ya se intuía la sonrisa tras su tono.
–Unas cuantas.
–¿Cuántas?
–¿Quién te crees que eres? –preguntó Victoria, intentando tomar la iniciativa–. No tengo por qué rendirte cuentas.
Liam rio.
–Antes nunca discutías. Recuerdo que hacías cualquier cosa que se te pidiera. Obedecías a ciegas, siempre dispuesta a complacer.
Victoria pasó por alto la insinuación final, aunque tuvo la tentación de decirle que a él no le había hecho caso.
–Ya ves, desde entonces he madurado mucho.
Solo hacía lo que le pedían si quería, como el trabajo para Aurelie. Aun así, sabía que una parte de sí misma tendía a querer agradar a los demás. Por ejemplo, la noche anterior, en brazos de Liam. Había deseado agradarlo, y ser agradada.
Pero no sucumbiría. Victoria se irguió y giró el cuello para librarse del agarrotamiento de tantas horas inclinada sobre el escritorio.
–Estírate –la instruyó Liam.
–¿Perdona? –preguntó ella, desconcertada.
–Si no haces descansos regularmente, te vas a quedar rígida. Camina por la habitación mientras hablas conmigo.
Victoria se inclinó instintivamente sobre el escritorio.
–He dicho que ya no hago lo que me dicen los demás.
–Pero esto es por tu bien –dijo él en tono divertido–. No lleves tu idea de independencia demasiado lejos. Que alguien te sugiera algo, no significa que automáticamente debas rechazarlo.
Victoria intentó no dejarse ablandar por su cálido tono.
–No tienes por qué hacer esto –dijo.
–¿El qué?
–Actuar como si te importara.
–No es una actuación, Victoria –dijo él, riendo abiertamente.
Sí, pero le había dejado claro que solo le importaba para una noche. Victoria apretó los dientes.
–Pues ahora solo hay una cosa que me importe a mí: terminar el trabajo. Así que no me entretengas.
Victoria colgó y respiró profundamente. No quería que Liam volviera a distraerla, pero por otro lado, se alegraba de que hubiera llamado. De que pensara en ella. Y la deseara. Porque ella, estúpidamente, seguía deseándolo.
Hizo una mueca. No pensaba hacer nada al respecto. Debía concentrarse en lo que tenía entre manos, letra a letra.
Tres horas más tarde volvió a sonar el teléfono.
–Te toca otro descanso –dijo Liam antes de que ella terminara de decir su nombre.
Victoria se llevó el puño al pecho como si, presionándolo, pudiera evitar que el corazón se le acelerara.
–¿Qué te hace pensar que no he estado haciendo descansos periódicamente?
–Sé lo que eres capaz de hacer para contentar a los demás. Recuerdo que pasaste la noche en vela para que la madre de Oliver tuviera suficientes guirnaldas para decorar la casa.
Victoria no pudo reprimir la risa. Ella también lo recordaba. Los paquetes de papel pinocho habían estado a punto de acabar con ella. Al final, Liam había acudido en su ayuda.
Oliver, él y los demás habían ido a tomar unas copas. Volvieron tarde. Oliver, borracho, había subido a su dormitorio sin apenas despedirse, mientras que Liam se quedó a ayudarla. Ella había seguido con las decoraciones, fingiendo que no era consciente de su presencia, pero él había hecho lo posible para que no lo consiguiera.
No se había dado cuenta de lo agarrotada que estaba después de horas haciendo guirnaldas, hasta que se intentó mover de la silla. Fue entonces cuando Liam se acercó y le masajeó los hombros, cuando se le acercó demasiado y la tocó demasiado; y su dolor de espalda convirtió en un ardiente calor. Fue entonces cuando él le hizo darse la vuelta y la miró como…
Victoria cerró los ojos para borrar el recuerdo.
–He aprendido a cuidar de mí misma –dijo ella bruscamente–. Uso un temporizador.
–¡Qué eficiente! –dijo él con su habitual tono risueño.
Victoria no quería oír la tentación en su voz. Siempre había derribado sus defensas y le había hecho sonreír. Debería colgarle el teléfono, pero decidió darle un margen.
–¿Qué tal tus vacaciones? –preguntó con sorna.
–Muy frustrantes.
–¿De verdad? –Victoria sintió que el corazón se le aceleraba.
–No hay agua.
–¿Te ahogas en tierra?
–Bastante.
Victoria rio.
–¿Te inquietas cuando pasas un tiempo alejado del agua?
–Sí.
–¿Por qué?
Liam tardó en contestar, y Victoria supo que estaba planteándose qué decir.
–Es mi hogar.
–¿Eres un sireno, señor Atlantis? –bromeó Victoria.
–Es donde me siento libre, es donde puedo sentir que controlo mi propio destino.
–¿No puedes controlar tu destino en tierra, como la gente normal?
–En tierra hay más gente. En mi barco estoy solo.
El marinero solitario. Durante meses había navegado solo, dando la vuelta al mundo. Cuando navegaba con un grupo, era el capitán. Sí, confiaba en su tripulación, pero siempre era él quien llevaba las riendas.
–No quieres que nadie se entrometa en tu vida –afirmó ella.
–Soy así de egoísta, Victoria.
No quedaba rastro de su tono bromista. Era una advertencia, clara y rotunda. Pero Victoria no sabía si tomarla demasiado en serio. El Liam que había conocido hacía cinco años era fieramente competitivo, pero siempre había estado dispuesto a ayudar. Sí, permanecía en la periferia, observando a los demás, como había observado a la familia de Oliver y a la suya. Pero por otro lado, quería implicarse, echar una mano. ¿Sería solo por no estar inactivo?
–¿Por qué no le preguntas a Aurelie si puedes ayudarle en algo?
–Tiene una organizadora de bodas que me da miedo.
–¿Miedo? –Victoria rio.
–Mucho, mucho miedo. Mira esto.
Un segundo más tarde sonó el teléfono. Victoria pulso la pantalla y sonrió. Liam le había mandado una fotografía del castillo. Sirvientes uniformados montaban una gran carpa. Había sillas blancas por todos sitios. En medio, había una mujer con aspecto eficiente y una carpeta en la mano, un pinganillo en el oído y el cabello recogido. Resultaba muy atractiva dentro de su aspecto de severa institutriz.
–No da miedo –Victoria carraspeó–. Es guapísima. Y tiene pinta de hacer muy bien su trabajo.
–Es un robot –dijo Liam–. No me necesitan para nada.
–Va a ser una boda espectacular –dijo Victoria.
–Eso parece –Liam suspiró–. Así que será mejor que sigas escribiendo.
Victoria mantuvo el teléfono en la mano varios minutos después de que Liam colgara, preguntándose si el suspiro de Liam se debía a la melancolía que le causaba que Aurelie se casara con otro.
Unas horas más tarde, Liam no pudo reprimir el impulso de llamarla de nuevo para oír su voz. Su tono entre sensual y brusco lo excitaba.
–Deberías tomarte un descanso de veinte minutos y venir a verme –dijo, en cuanto Victoria contestó.
El día anterior había sido premeditadamente osado para conseguir que la mujer que conseguía volverlo loco con una sola mirada, reaccionara. Obligarla a admitir la química que había entre ellos.
Pero las cosas se le habían ido de las manos y había tenido que detenerlas cuando comprobó que Victoria no iba a hacerlo. Casi había acabado con él, pero aquella no era la ocasión adecuada. No quería que ninguno de los dos se arrepintiera. El momento llegaría, y cuanto antes, mejor.
–¿Te basta con veinte minutos? –preguntó ella con sorna.
–Para la primera tanda –contestó él–. Luego podemos quedar para el resto de la noche.
–¿Has estado bebiendo?
–Sabes que no.
¿Como su padre, que bebía hasta quedarse inconsciente? Nunca había sido violento físicamente, solo negligente. Pasaba el tiempo en el puerto o en el bar, y nunca mostró interés por su único hijo. Liam sacudió la cabeza para borrar ese recuerdo y centrarse en el presente.
–¿Por qué no aceptas que hemos sacado al genio de la botella?
Aunque no de palabra, Victoria ya le había dicho que sí. Hasta el final.
–Piensa en algo más original. Eso es un cliché –dijo ella.
Liam rio.
–¿Desde cuándo eres tan dura?
–Ya te he dicho que por fin he madurado.
Liam pensó en lo dulce y obediente que era cuando la conoció, y que sus padres exigían de ella la perfección. Miró por la ventana, preguntándose cómo se habrían tomado el cambio de su hija.
–¿Cómo están tus padres? ¿Los ves?
Hubo una pausa tras la que Victoria dijo:
–De vez en cuando.
–¿Están disgustados por la ruptura entre Oliver y tú? –Liam apretó el teléfono a la oreja para intentar captar cualquier cambio de tono.
–Mucho.
Liam sospechaba que la culpaban.
Oliver le había contado que una hermana de Victoria había huido de su casa en la adolescencia. Una rebelde que había acabado relacionándose con el tipo de gente con la que la familia de Victoria no quería tener nada que ver. Por eso habían roto toda relación con ella, habían prohibido hablar de ella y se habían desecho de todo objeto que la recordara. Luego, Liam había conocido a Victoria y se había dado cuenta de que evitaba hacer cualquier cosa que pudiera molestar. Mientras que cuando habían estado a solas había dado muestras de una personalidad fogosa y divertida, en público parecía anularse. Y eso había irritado a Liam enormemente. Solo de pensarlo, volvió a sentir lo mismo, e imaginar que sus padres la culparan del fracaso de su matrimonio disparó su indignación. Pero todavía debía hacer una pregunta más.
–¿Has vuelto a ver a tu hermana? ¿La has localizado?
La noche que se había quedado a ayudarla con las decoraciones, Victoria había mencionado de pasada a su hermana y el deseo de volver a verla.
Se produjo un silencio.
–¿Victoria? –dijo Liam.
–Sí, nos vimos hace poco –dijo finalmente en un tono que Liam encontró forzadamente animado.
–¿Qué tal fue?
–Bien.
–¿Seguís en contacto?
–Somos muy distintas. Le he mandado una tarjeta de Navidad –dijo Victoria, precipitadamente–. Escucha, mejor te dejo. Sigo retrasada.
Liam guardó el teléfono en el bolsillo y contempló el jardín, cuyo césped parecía fosforescer. Aunque habría preferido que le resultara indiferente, no podía evitar pensar que Victoria no debería estar sola.
* * *
El teléfono de Victoria sonó a las cinco y media de la mañana del día siguiente. ¿Cómo podía saber Liam que estaría trabajando de nuevo? Contestó al primer timbre con una sonrisa en los labios.
–Debes estar muy aburrido.
–Voy a por ti. Tienes que descansar un rato y comer algo.
–¿Quieres invitarme a comer?
–Pensaba más en desayunar. En la cama. ¿No te parece una gran idea?
–Eres incorregible.
–¿Verdad que sí? Si pienso en ti, inmediatamente pienso también en sexo. Vais unidos. Como fresas y nata; queso y pan; Victoria y sexo.
Victoria no pudo contener la risa.
–¿Por eso no paras de llamarme?
La pausa que siguió a su pregunta la incomodó. A ella le gustaba hablar con él, reír con él, mientras que para Liam no era más que la forma de conseguir lo que quería: acostarse con ella.
Sin embargo, ella no podía arriesgarse a acceder y luego perderlo para siempre. Quería más. Se dio cuenta de que desde que había llegado a Francia estaba sola, que quería reírse más… Y cada vez que hablaba con Liam, reía.
–Quiero que termines el trabajo –dijo él, sonando súbitamente serio.
¿Era eso lo que le importaba? Victoria se quedó paralizada. El trabajo era para Aurelie. Claro, Liam quería que su exnovia, con la que había pasado tres años, tuviera la boda de sus sueños. Coqueteaba con ella a la vez que se aseguraba de que hacía las cosas bien. Eso era todo; su principal preocupación era la ex a la que había dedicado tres años y no solo una noche.
–Entonces –dijo Victoria, sonriendo para que Liam no le notara la decepción en la voz–, será mejor que siga trabajando.
Liam guardó el teléfono en el bolsillo con el ceño fruncido. Por más que quisiera, no podía ir a distraerla. Quería que Aurelie tuviera las tarjetas que necesitaba, pero sobre todo, que Victoria fuera bien pagada y que su trabajo se diera a conocer. Quería lo mejor para ella.
Aunque lo que verdaderamente quería era que pasara el fin de semana y poder concluir lo que habían empezado. Victoria tenía razón: su sentido de la oportunidad era desastroso.
Liam recorrió la habitación. Solo le quedaban unos días antes de volver al mar, pero no quería marcharse antes de conseguir lo que quería.
Se odiaba por ello. Victoria no quería lo mismo. No quería que él subestimara lo que fuera que había entre ellos. Pero en realidad, todo lo que había era lujuria. Una química de potencial atómico como la que había estallado cuando se habían besado.
Debía reconocer que el anhelo insaciable que había despertado en él lo había tomado por sorpresa. El intenso deseo de perderse en ella y quedarse allí para siempre había sido tan poderoso que había huido de él. Porque él jamás se quedaba en ningún sitio. Y Victoria quería y necesitaba más de lo que él podía ofrecerle. Liam apretó los dientes y cerró los puños. El deseo seguía ahí, tan vivo como hacía un par de noches.
También recordaba la ansiedad que había percibido en ella antes del beso, la expresión de inseguridad en su mirada. La culpa era de Oliver. Él la había traicionado al irse con otra mujer. Oliver la había traumatizado mientras que él podía devolverle la seguridad en su propia sensualidad.
Hizo una mueca amarga dedicada a sí mismo. ¿Qué pretendía, enmascarar su deseo tras un supuesto favor a Victoria?
Le diría la verdad, que era egoísta y que la deseaba; que haría cualquier cosa por tenerla.
Se cambió y fue a correr para liberar parte de la energía que lo mantenía en tensión, pero no consiguió dejar de pensar. Victoria había sufrido, no solo por culpa de Oliver, sino también de sus padres y de su hermana. Seguro que también de sus amigos. No podía permitirse que volvieran a hacerle daño.
Pero él solo podía ofrecerle una noche. Y eso no era justo. Llamarla tantas veces había sido un error. La dejaría en paz. Cortaría todo contacto, igual que cinco años antes.
Había cosas en la vida que no podían ser.
Capítulo Cuatro
–Bien –dijo la organizadora de bodas.
Viniendo de ella era todo un elogio, y Victoria estuvo a punto de echarse a llorar de alivio.
Había trabajado sin parar, lo que le había servido de distracción para no pensar en Liam, que, por otro lado, había dejado de llamarla. Probablemente estaba entretenido con otros amigos, o habría conocido a otra mujer. Y para ella, eso era lo mejor que podía pasar. Cuanto antes se fuera, mejor.
–Puedes ir a ver cómo ha quedado la sala –dijo la mujer–. Pero no tomes fotografías, por favor.
–Por supuesto que no.
La tentación era demasiado grande como para no aprovecharla. No corría el riesgo de encontrarse con Liam y, por otro lado, después de cuatro días encerrada en casa, necesitaba dar una vuelta.
Al salir, dejó a un lado la carpa y tomó un sendero que llegaba a una pequeña gruta.
Cuando reconoció a la figura que caminaba hacia ella, sintió el corazón en la garganta.
–¿Estás ayudando? –preguntó animadamente, como si sus presencia no la afectara.
Liam sacudió la cabeza.
–No, la bruja tiene suficientes ayudantes y no necesita nada de mí.
Victoria percibió que Liam estaba incómodo.
–No creo que tú tampoco puedas ayudar –añadió él con brusquedad.
–He venido a entregar el plano de distribución de mesas –dijo ella, orgullosa.
–Me refiero a aquí y ahora –repitió Liam, frunciendo el ceño.
¿A qué se refería? ¿Estaba enfadado con ella?
Dejando escapar un gruñido ahogado, Liam le tomó la mano a Victoria y la arrastró fuera del sendero.
–Están probando las fuentes. Te vas a empapar.
Demasiado tarde. Tras oírse una especie de silbido, empezó a salir agua por todas partes.
–¡Qué preciosidad! –exclamó Victoria, contemplando la luz reflejada en las gotas que creaban un arcoíris en el aire.
Se volvió hacia Liam con una sonrisa, pero en cuanto sus miradas se encontraron, se quedó paralizada. Mientras que ella se había librado de mojarse, Liam estaba calado.
La camiseta se le pegaba al pecho y Victoria pensó que no había ninguna vista más espectacular. Se le secó la boca y sus dedos ansiaron tocarlo.
Habría querido susurrar su nombre, que sentía en la punta de la lengua. Llamarlo para que se acercara, echarse en la hierba a su lado, explorar por fin la química que siempre la había arrastrado hacia él.
–Victoria –dijo él en tono admonitorio.
Victoria salió de su ensimismamiento bruscamente.
–¿Qué?
–Es mejor que te vayas.
–¿Te estoy incomodando?
–Sabes que sí. Y no quieres lo que te ofrezco.
Victoria ya no sabía qué quería, pero sabía que necesitaba algo. Lo que fuera.
–¿Por qué no podemos pasar un rato juntos y pasear por este precioso jardín como viejos conocidos?
–¿Tan inocente eres? –preguntó Liam, mirándola fijamente
–¿Puedes ser amigo de una mujer a la que amaste –comentó Victoria, ofendida–, pero no de una a la que has besado en una sola ocasión?
Victoria vio la llama que iluminó los ojos de Liam, pero él la tomó por sorpresa al acercarse rápidamente, sujetarle el rostro entre las manos y plantarle un beso en los labios.
Al segundo siguiente, su cuerpo se pegó al de ella con tal ímpetu, que Victoria se tuvo que asir a su camiseta para no caerse. A pesar de que estaba mojada, su piel quemaba y Victoria sintió que la sangre se le aceleraba.
Liam deslizó la lengua en su boca, explorándola ansiosamente, y ella respondió con la misma voracidad. Oyó un gemido en la garganta de Liam antes de sentir su brazo rodearle la cintura y estrecharla contra sí con fuerza. Ella alzó las manos y enredó los dedos en su cabello, afianzando la presión de su boca. La humedad de la camiseta se trasmitió a su vestido, pero la piel de ambos ardía. Victoria separó las piernas para sentirlo más plenamente. Adoraba el roce de sus poderosas piernas enfundadas en vaqueros, y pronto quiso que la tela se desintegrara para sentir el sudor y el tacto de su piel.
Pero súbitamente Liam dio un paso atrás y alzó las manos como si lo apuntaran con un arma.
–Ahora son dos veces –masculló él, poniendo distancia entre ellos–. Dos veces de más. No, no podemos ser amigos hasta que…
¿Hasta que se acostaran y la tensión se diluyera?
Victoria lo observó, jadeante. La furia de Liam la desconcertó. El hombre risueño y bromista había desaparecido, sustituido por uno enfadado. Un hombre al que, súbitamente, supo que podía presionar.
–¿Qué pasa, no te crees capaz de poder conmigo? –preguntó, poniendo los brazos en jarras–. ¿Por qué pones tantos límites? ¿Por qué tienes que tener siempre el control?
Liam se metió las manos en los bolsillos bruscamente. Suspiró profundamente y poco a poco la sonrisa volvió a su rostro.
–A las mujeres les gusta que tenga el control –dijo.
Entonces fue el turno de Victoria de enfadarse. ¿De verdad Liam podía dejar ir tan fácilmente un deseo tan fuerte que se hacía irresistible? ¿Tan sencillo le resultaba? La furia le dio fuerza para actuar con una osadía de la que se desconocía capaz.
–Yo te prefiero cuando lo pierdes –dijo, provocativa, dando un paso hacia él.
El brillo que le iluminó los ojos a Liam bastó para que supiera que sí la deseaba, y eso aumentó su confianza en sí misma. Porque necesitaba desesperadamente sentir que la deseaba.
Liam apretó los labios y frunció el ceño.
–Victoria –dijo en tensión–, ten cuidado con lo que deseas.
Victoria podía ver sus pezones a través de la camiseta mojada. Deslizó la mirada y comprobó que el bulto que había sentido presionando contra su vientre no había bajado.
Sonrió.
Unos días antes le había asombrado que Liam fuera capaz de tomar la decisión de irse, pero no pensaba consentir que volviera a suceder.
Una incontrolable excitación pulverizó sus dudas. Dio otro paso adelante y apretó su pelvis contra la de Liam a la vez que describía pequeños círculos y lo miraba a los ojos con descaro. Ya no podía ponerse límites. Quería terminar lo que habían empezado.
Liam la tomó por el trasero con una mano y la apretó contra sí. Victoria se estremeció ante el estrecho contacto. Los ojos de Liam, que no apartaba de ella, eran como dos túneles en los que Victoria quería adentrarse.
Liam bajó la otra mano hacia su muslo, y lentamente fue dibujando círculos hasta meterse debajo de su falda. Pero Victoria quería más, y dejó que el peso de su cuerpo reposara sobre él. Entonces Liam la sujetó por las nalgas con ambas manos, una de ellas por debajo del vestido. Victoria quería que metiera sus dedos bajo su ropa interior, que la acariciara. Estaba dispuesta a echarse con él en la hierba, a satisfacer aquella primaria necesidad allí mismo, sin más demora.
Pero no se movió, no alzó la boca para besarlo, no posó las manos en su pecho. Estaba hipnotizada por su mirada y esta la paralizaba.
En ella podía ver el esfuerzo que Liam estaba haciendo para dominarse. Ella había tomado la iniciativa la noche anterior, así que le correspondía a él hacerlo. Lo miró con expresión desafiante, esperando. Hasta que algo recorrió el cuerpo de Liam, algo parecido a un estremecimiento. Y un segundo después, maldijo entre dientes y agachó la cabeza para besarla. Victoria había ganado.
–¿Victoria? –se oyó desde detrás de unos árboles la voz aguda de la organizadora de la boda–. ¿Ha visto alguien a la calígrafa?
Liam clavó los dedos en la piel de Victoria antes de soltarla con vigor.
–Justo a tiempo –mascullo él entre dientes.
–Li… –empezó Victoria.
–Tú quieres más que esto –susurró él precipitadamente–, pero esto es todo lo que hay.
–¿Victoria? –la organizadora sonó mucho más cerca.
–Estoy aquí. Ya voy –gritó Victoria.
Pero en lugar de moverse se quedó mirando a Liam, mientras este se alejaba, masajeándose la nuca. Todo su cuerpo irradiaba tensión y rabia.
Victoria sonrió con una mezcla de satisfacción y frustración. Quizá Liam había querido que terminara el trabajo para Aurelie; quizá todavía sentía algo por ésta; pero todavía seguía deseándola a ella, a Victoria. Y mucho.
¿Cómo había podido engañarse llegando a creer que era algo más que sexo? Lo que les atraía entre sí era puro fuego, hormonas hiperactivas, lascivia. Por alguna extraña razón sus cuerpos se atraían como imanes enfebrecidos.
Solo era sexo. ¿Y no era eso lo que ella quería? Puro sexo. No estaba preparada para una relación; no encajaba en su presente estilo de vida. Liam había tenido razón al ofrecerle una noche. Y, al contrario que ella, había sido honesto. Pero de pronto lo tenía claro, cristalinamente claro.
¿Quería pasar el resto de su vida preguntándose cómo habría sido? ¿Iba a dejar pasar la oportunidad de estar con Liam, aunque solo fuera por una vez?
Si quería tener un romance, podía tenerlo. Liam se iría en unos días, así que no corría el riesgo de encontrárselo en el futuro. ¿Qué mejor oportunidad podía presentársele para pasarlo bien, además de librarse de una vieja obsesión?
Fue hacia el castillo con la sangre en ebullición, impulsada por una nueva seguridad en sí misma.
–¿Hay algún problema? –preguntó a la organizadora.
–En absoluto, quería saber si tenías tarjetas contigo. Puede que en el futuro necesite tus servicios.
La seguridad de Victoria aumentó exponencialmente.
–Claro –dijo. Y le dio un puñado.
Luego entró en la carpa, donde las mesas ya estaban dispuestas, buscó la tarjeta que había tenido que escribir cinco veces hasta que le salió bien, Liam Wilson, le dio la vuelta y en la parte de atrás escribió un mensaje atrevido.
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