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MÓNICA ELENA COUCEIRO

Ansiado rescate


Couceiro, Mónica Elena

Ansiado rescate / Mónica Elena Couceiro. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: online

ISBN 978-987-87-1670-1

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

A mi esposo

A mis hijos

A mi nieta

A la llegada de Galo

1

La extraña pareja permaneció en la playa hasta que los barcos fueron solo tres pequeños puntos en el horizonte, manteniéndose impávidos uno al lado del otro, como compañeros silenciosos de una situación angustiante que sabían irreversible.

¡Cuánto dolía la decisión tomada! Si bien racionalmente sabían que había sido correcta, ello no menguaba la opresión que Obus sentía en su pecho; por el contrario, la angustia iba apoderándose de todo su ser al sentir que había perdido a su pequeña y bella Iris para siempre. ¡Sí!, ese orco de enormes dimensiones y aterradora figura, que representaría una feroz amenaza para cualquiera que se topase con él, sentía un fuerte dolor en su pecho que le dificultaba la respiración provocándole literalmente un dolor físico, palpable, profundamente objetivable en su corazón.

Mientras tanto, Bogul a su lado, lo miraba en silencio.

Ese pequeño ser que tanto había contribuido al éxito de la campaña elfa, lo miraba con profunda preocupación. Esa diminuta hada como él se llamaba, si bien no respondía a ninguno de los cánones de belleza relacionados con seres de luz como ellas, había ayudado para que el diezmado ejército elfo avanzase por territorios oscuros, permitiendo que tanto ellos como la bella Iris pudiesen regresar a salvo a sus barcos, con el tesoro que la flor de la arcadiola significaba para la vida de la bella Agnes, la elfa protectora de Bellitania.

En el escaso tiempo que llevaban conociéndose jamás lo había visto en una situación semejante, derrotado y sin fuerzas para asumir la decisión que ambos habían tomado y que les permitiría intentar salvar a Sarlo de las garras de Dearg Due.

—¡Vamos Obus!, ¡Ánimo amigo!, no podemos dejarnos abatir por la situación. Hemos contribuido a que nuestros amigos pudiesen regresar sanos y salvos a Bellitania, llevando consigo el tesoro de la arcadiola para salvar la vida del ama Agnes. Ello debe darnos el valor necesario para proseguir con nuestra misión.

Preocupado por la inacción de Obus, quien parecía querer alcanzar esos barcos utilizando su amor por Iris como puente intangible que le permitiese atravesar el gran mar, intentó empujarlo para sacarlo de su ensimismamiento, pero su pequeño tamaño impedía que el orco siquiera notase que lo estaba tocando.

Si bien estaba conmovido por su angustia, debía lograr sacar a su nuevo amigo de la situación en la que se encontraba sumergido, con el objeto de ponerse en marcha para intentar rescatar a Sarlo, recordando que ese había sido el objetivo por el cual decidieron quedarse en ese maldito lugar.

—¡Obus!; ¡Obus! – gritaba mientras saltaba sobre sus pies sin ningún resultado positivo.

–¡Escúchame pedazo de carne con ojos!, no te quedes ahí parado como estatua de barro, debemos rescatar a Sarlo.

Ningún efecto lograba producir en Obus con todo lo que estaba haciendo; nada sacaba al orco de su estado de inacción.

—¡Escúchame Obus! ¿Quieres volver a ver a Iris? ¡Se lo has prometido; no puedes fallarle! Lo único que la mantendrá con esperanzas y ganas de vivir es que cumplamos nuestra palabra y regresemos con Sarlo a Bellitania. Se lo debes a ella y a la elfa protectora Agnes. Sabes que no puedo hacerlo solo, pero… juntos hemos probado ser una buena dupla por estos lares. Vamos amigo; ¡reacciona!, ¡te necesito!

Nada ocurría en el rostro de Obus, quien seguía con su vista perdida en el horizonte del gran mar. Bogul derrotado, comenzó a alejarse de su lado cuando de pronto escuchó:

—¿A dónde crees que vas enano? – ¿Acaso piensas que me dejarás solo con esto?

Bogul no podía dar más saltos de alegría.

—Ven Bogul, alejémonos ya de la playa; nada podemos hacer aquí parados. Volvamos por donde vinimos, por las tierras altas, no debemos adentrarnos nuevamente en este bosque maldito. Por más que sea tu hogar, no tengo ganas de atravesarlo nuevamente.

—De acuerdo amigo, pero… ¿a dónde iremos?

—En primer lugar, a buscar un sitio seguro donde descansar del largo viaje que acabamos de hacer; reponer fuerzas, comer y dormir para poder pensar con claridad.

—¿Y luego?

—Luego… luego Bogul, intentaré encontrar a mi familia.

—¡Pero eso puede ser peligroso! – dijo muy temeroso.

—Espero encontrarlos y convencerlos de lo que me ha ocurrido. Es la única oportunidad que tenemos de poder salvar a Sarlo de las garras de esta maldita bruja de Dearg Due – dijo Obus comenzando a caminar a grandes pasos, decidido a emprender esta nueva empresa.

Bogul intentaba alcanzarlo, pero era imposible seguir los pasos de su amigo, quien, al darse cuenta y sobreponiéndose a su angustia comenzó a reir a carcajadas. – Ven amigo, olvidé que eres un enano – y tomándolo por los brazos lo sentó a horcajadas sobre su cuello para proseguir el camino.

Bogul sintió un mareo terrible mientras Obus lo revoleaba por el aire para subirlo a su cuello.

—¡Calma Obus!; ¡por favor! Si me das vueltas así en el aire vomitaré sobre tus espaldas.

—¡Más te vale que no lo hagas y te aguantes enano! No me conoces cuando me enojo – dijo simulando fastidiarse. Sin embargo, ubicó mejor a Bogul sobre su cuello y con una palmada que casi lo tira al suelo le dijo:

—¡Vamos Bogul! ¡es una broma! Te cuidaré amigo, no lo dudes.

Y así, comenzaron la travesía alejándose de la playa y de la imagen de los barcos que ya habían desaparecido del horizonte.

A pesar de haber perdido de vista las naves que llevaban a su amada Iris, el alma de Obus comenzó a tranquilizarse pues sabía que ello significaba que, tanto ella como el precioso tesoro de la arcadiola llevado por los elfos, estaban próximos a llegar a territorio seguro, Bellitania, a donde la sola idea de poder regresar, sosegó su alma y a cada paso cobraba coraje para seguir adelante.

Caminaron por la playa, teniendo especial cuidado de no acercarse al tenebroso bosque donde ingresaron al llegar; no querían volver a toparse con ninguno de los seres oscuros que tantas vidas de bravíos elfos se habían llevado.

Anduvieron largo rato por las blandas arenas que dificultaban el paso de Obus, ya que su enorme tamaño hacía que se enterrase más y más.

—Puedo bajarme si quieres Obus.

—¿Es un chiste Bogul? ¿Acaso crees que si bajas de mi cuello el peso disminuirá? ¡No me hagas reír!

—¡Tampoco es para que te burles de mí! Yo solo estoy tratando de encontrar la manera de hacer esta travesía un poco más cómoda – dijo Bogul fastidiado con las palabras del orco.

—No te enojes amigo; es solo una broma. Ya pronto llegaremos al lugar donde podremos abandonar esta playa para adentrarnos en terrenos que nos permitirán ascender hasta los territorios altos.

—¿Falta mucho para eso?

—Más o menos una hora u hora y media creo, tal vez un poco más. Pero no está más lejos que eso. ¿Te sientes cansado? ¿Quieres que nos sentemos un poco? Aquí hay unos arbustos que nos protegerán.

—Protegernos – se dijo Bogul, – ¿de qué amigo?

—¿Ves esos nubarrones negros que vienen de tierra adentro?

—Si los veo.

—Pues están avisando una fuerte tormenta, por lo que si no estás demasiado cansado sugiero que sigamos avanzando hasta llegar al lugar donde adentrarnos; la playa no es buena consejera cuando una fuerte tormenta se avecina, sobre todo si hay amenaza de rayos tal como parece que ocurrirán.

—¡No me asustes amigo! Mi miedo es mayor a mi cansancio, asique sigamos nomás. Pero sugiero que camines más cerca del agua, allí la arena es más dura y podremos desplazarnos a mayor velocidad.

—Bien pensado enano, tu inteligencia es inversamente proporcional a tu tamaño. Jajajajajajaja.

—Deja ya de burlarte de mí y apuremos el paso, esas nubes cada vez son más negras y están acercándose peligrosamente – dijo Bogul enojado con los chistes de Obus que ya lo tenían bastante cansado. Ante esa reacción el orco no pudo evitar una gran carcajada y acercándose a la orilla comenzó a correr sujetando a su amigo en su cuello, ya que este, en cada salto, sentía que iba a desplomarse al suelo.

—¡No es para tanto Obus! ¡Si no te fijas, llegarás tú solo pues me habrás perdido por el camino!

—No te perderé amigo – dijo Obus sujetándolo con sus brazos sobre el cuello, – no podré lograr nada sin ti.

Bogul se sintió reconfortado por las palabras de Obus, pues sabía que, a pesar de las diferencias de tamaño entre ambos hacían una muy buena pareja para enfrentar a los seres oscuros con los que pudieren toparse.

De ese modo, la “despareja” dupla de amigos aceleraron el paso convencidos de que juntos, por qué no, podrían lograr el objetivo que se habían planteado cuando decidieron no regresar con sus amigos y permanecer en esas tenebrosas tierras para intentar liberar a Sarlo de su maldita victimaria.

2

Sarlo se encontraba en el exterior del oscuro y tenebroso castillo, mirando hacia donde muchas leguas más allá se encontraba Bellitania. Se paraba allí por horas todos los días intentando calmar la congoja de su alma; necesitaba saber que su sacrificio no había sido en vano, y que la vida de su hermana ya se encontraba fuera de peligro.

Sabía que había perdido a su esposa y a su hija, puesto que a esas alturas del tiempo su ausencia sería más que manifiesta. No soportaba la idea de imaginar el caos que su desaparición habría provocado en su hogar intuyendo que debió haber sido terrible; solo esperaba que, con el tiempo, el sufrimiento de sus amadas mujeres: Eloísa y Clara hubiese ido mutando desde la desesperación inicial hasta el rencor, aunque le doliese terriblemente que sus amadas lo odiasen, pero sentía que ese odio sería el motor necesario para reencausar sus vidas y proseguir el camino.

Hora tras hora, día tras día, se paraba en ese mismo lugar elevándose en puntas de pie, como tratando de encontrar que ese odio había dado paso a nuevas vidas deseando profundamente que encontrasen la paz. Si bien sabía que nada bueno nace del odio, este podría ser el impulso necesario para movilizar sus emociones, dándoles fuerza para buscar un nuevo camino en sus vidas.

Necesitaba creer en ello, necesitaba terriblemente tener esperanzas de que habían comenzado un camino, aunque lleno de lágrimas y rabia, que las ayudase a poder cambiar sus vidas hacia un lugar que les permitiese seguir solas adelante.

¡Sí! ¡Necesitaba creerlo!

Necesitaba confiar, ya que eso y solo eso, le permitiría soportar compartir su vida de ahora en adelante con la perversa Dearg Due, quien no dudó ni un instante en tomar la vida de su amigo Marco y apropiarse de la suya. Nunca imaginó envidiar la suerte de su amigo, ya que hubiese preferido mil veces morir a tener que soportar la idea de verla todos los días en un horror constante que lo acompañaría hasta el fin de su vida.

—¿Qué haces aquí? – escuchó con repulsión.

—Tomo aire.

—¿Todos los días?

—Sí, todos los días.

—Podrías hacer un esfuerzo por disimular tu actitud hacia mí.

—¿Por qué?

—Porque estás cansándome con tanta indiferencia y desprecio.

—Nuestro arreglo fue que debía quedarme aquí contigo para asegurar que mi ejército volviese sano y salvo a Bellitania; y lo estoy cumpliendo. Nada quedó establecido sobre la forma en que debía actuar. Debes darte por bien servida con mi presencia, ya que estoy cumpliendo la palabra empeñada, aunque… nada me asegura que hayas cumplido con la tuya. Nunca tuve la certeza de que la arcadiola haya llegado a Bellitania y mi hermana se encuentre fuera de peligro.

—Si tuvieses el convencimiento de que esto hubiese ocurrido, ¿cambiarías de actitud?

—Jamás.

—¡Pues entonces vivirás con la incertidumbre! ¿Quién te has creído que eres maldito elfo? Si yo quisiese desaparecerías con un abrir y cerrar de mis ojos, o lo que es peor, podría ocuparme de que tu vida sea un constante sufrimiento.

—Acaso no entiendes que mi vida ¡YA ES UN CONSTANTE SUFRIMIENTO! ¿Has creído por un mísero instante que al lado tuyo podría encontrar la felicidad? Date por bien servida que haya cumplido mi palabra manteniéndome aquí todo este tiempo; ¡no pidas nada más!

Dearg Due se mantuvo en silencio, extremadamente molesta por las palabras de Sarlo. No estaba dispuesta a seguir soportando su insultante indiferencia matizada por un insolente desprecio toda vez que ella le recriminaba su actitud. Debía pensar en cómo actuar de ahora en adelante ya que estaba visto que si seguía manteniendo las mismas formas nada iba a cambiar, y, por ende, nada bueno podría llegar a ocurrir.

Decidió entonces retirarse de la presencia de Sarlo dejándolo ensimismado en sus pensamientos, tomar distancia para poder pensar con claridad cómo mejorar la situación; esto que estaba pasando no la satisfacía para nada siendo por lejos todo lo opuesto a lo que se había imaginado cuando, meses atrás, había planeado apropiarse de su vida.

Ingresó con pasos acelerados al lúgubre castillo demostrando su extremo fastidio por el trato que recibía constantemente de parte de Sarlo. Subió con rabia las escaleras deteniéndose de golpe en el descanso, dándose vuelta para mirar desde lo alto el gran salón. De pronto notó lo espantoso del lugar, lúgubre, frío, más parecido a un sarcófago que a un cálido y hermoso castillo que una vez había sido. Una vez cuando era joven, bella y sobre todo felizmente enamorada de Pedro, el joven caballerizo de su padre.

Un muchacho pobre en bienes materiales, pero extremadamente rico de corazón. Un corazón bello que le pertenecía solo a ella, cuando era una jovencita de rizos negros ordenados en una hermosa y brillante cabellera. Se habían conocido una tarde en que, yendo a buscar a su yegua Altamira para dar su consabido paseo diario luego del almuerzo no podía encontrar su silla de montar para colocarle.

Comenzó a buscar por todas partes sin éxito hasta que, entrando a una de las caballerizas encontró a un hombre de espaldas limpiándola.

—¿Qué haces con mi silla?; ¿dónde está Héctor? – refiriéndose al cuidador de Altamira.

Sobresaltado, el joven se volteó para mirar hacia la puerta cruzando ambos sus miradas. Él quedó tan ensimismado que no pudo articular palabra, abrumado por tanta belleza; y ella, Cristina (como se llamaba en su vida real) trató de disimular el embrujo que había sentido ante esos maravillosos ojos grises que, un tanto asustados, la miraban con admiración.

—¡Contéstame! ¿Acaso eres mudo? – dijo insolente, tratando de disimular lo turbada que había quedado por la presencia del joven.

Juntando coraje por fin el muchacho pudo contestar.

—Perdón mi señora, soy el nuevo caballerizo. Héctor ha ido a buscar al veterinario porque uno de los caballos está enfermo y me encomendó acicalar todas las sillas para que estuviesen listas para cuando las requiriesen. Sabía que esta era suya, pero no imaginé que montaría a Altamira ahora. Si me lo permite, solo me faltan unos pocos minutos y estará lista.

—¿Cómo te llamas? – preguntó Cristina en un tono un poco más amable.

—Soy Pedro, mi señora – contestó el joven mientras continuaba con su trabajo tratando de acelerar al máximo lo que faltaba por hacer.

—No te había visto nunca por aquí – dijo Cristina rodeando al muchacho observando todo lo que estaba haciendo.

—Es que soy nuevo; llevo tan solo veinte días en el castillo. Héc-tor me ha reclutado en el pueblo sabiendo que amo los caballos. Aparentemente va a haber una cacería muy importante en unos meses y necesita gente que se ocupe de ayudar en la preparación de los caballos, así como también de todos los implementos necesarios para el evento.

Cristina recordó la cacería anual que ofrecía su padre a los grandes terratenientes de la comarca, dándose cuenta que faltaban poco más de dos meses para ella.

—¡La cacería anual! – pensó Cristina, se había olvidado por completo.

—Pero…en la otra caballeriza están los implementos que mi padre tiene para las visitas y para los caballos que ellos utilizan, ¿tenías que comenzar justamente con la mía?

—Lo lamento mi señora, no pensé que iba a necesitarla tan temprano. La verdad es que todos los días desde que he llegado, la he visto cabalgar sobre Altamira a la distancia; nunca pude ver su rostro, solo notar que cuando cabalgan, ambas demuestran disfrutar enormemente de ese momento. Por eso cuando entré y vi la silla en su lugar, pensé que hoy no saldría y me tomé el atrevimiento de prepararla como creo que tan magnífica jinete se merece. Le pido mil disculpas por mi atrevimiento; no volverá a pasar.

Cristina quedó muy sorprendida por las palabras de Pedro, a tal punto que inmediatamente dulcificó su voz y le agradeció su trabajo.

—Discúlpame tú por mis malos modales. Tu actitud no solo merece mis disculpas sino todo mi agradecimiento por tu preocupación.

—Gracias mi señora por tus palabras; son muy importantes para mí.

—Cristina – le dijo ella.

—Mi señora… no podría dirigirme a vos de esa manera.

—¡Tonterías! dijo Cristina, - a partir de ahora seremos Pedro y Cristina – le dijo tocando el pecho de ambos con sus guantes de montar.

Pedro sintió como una caricia en su alma y sus ojos grises agrandaron sus pupilas, mientras un molesto rubor subía por su rostro. No quería que Cristina notase sus sensaciones por lo que rápidamente se volvió de espaldas para continuar su trabajo.

—Si no os molesta, seguiré con mi trabajo para que puedas montar a Altamira rápidamente.

—Si no “te molesta” – le dijo Cristina, recordándole que quería tener de ahora en adelante un trato menos acartonado, que se pareciese más al habitual entre dos jóvenes cualesquiera de su edad, sin tener en cuenta las diferencias sociales.

De pronto Pedro, dándose vuelta y mirándola a los ojos le dijo.

—Si eso quieres mi señora, así será. ¿Querrías ayudarme… Cristina?

—Me encantaría – dijo ella entusiasmada.

—Pues entonces toma este cepillo y mientras yo termino de preparar tu montura, cepilla el cuello y el lomo de tu yegua para que pueda colocársela sobre su cuerpo ya preparado.

—Yo creía que eso se hacía cuando uno desmonta los caballos para alivianar el cansancio de su cuerpo.

—La mayoría cree eso… Cristina, pero el secreto está en hacerlo tanto cuando vas a montar al animal como cuando vuelve de la travesía. El cepillado de su cuerpo le provoca gran placer, y por lo tanto tu yegua estará mucho más animada para el viaje y predispuesta a hacer de tu paseo un disfrute total en agradecimiento al trato que le has prodigado.

—¡Nunca lo hubiese pensado Pedro, pero ¿sabes qué? Tiene mucho sentido. No lo olvidaré de ahora en adelante, gracias por el dato.

Así los jóvenes se mantuvieron en silencio uno al lado del otro cada uno enfrascado en sus tareas, aunque se miraban por el rabillo del ojo cuando creían que el otro no se daba cuenta, pero ambos sabían muy bien que algo hermoso acababa de nacer entre ellos, y Altamira era la fiel testigo de esa incipiente relación.

Cuando terminaron las tareas Pedro acomodó la silla sobre la yegua ubicando los estribos para que Cristina pudiese subir. Condujeron al animal hacia fuera de la caballeriza utilizando un cajón para que Cristina pudiese montar. Pedro la ayudó ubicando sus pies a ambos lados de Altamira ajustando la altura de los estribos a la estatura de Cristina, y así, ella azuzó a la yegua la que en un primer momento se alejó a pasos acompasados, hasta que, viendo el prado abierto que circundaba el castillo comenzó un suave trote convirtiéndose en un galope elegante que hacía que tanto los cabellos como la capa que llevaba Cristina flameasen al viento, como fieles custodios de su camino.

Pedro las vio alejarse con su corazón henchido de admiración ante tanta belleza y elegancia, deseando profundamente que algún día pudiese cabalgar a su lado. Sabía que ello era casi una utopía, pero, como toda utopía, sería el motor que lo alentaría de ahora en adelante para intentar lograr que el corazón de Cristina llegase a pertenecerle, ya que se había dado cuenta que se había enamorado locamente de ella, y no había ocurrido ese día. ¡No! Estaba enamorado de ella desde el primer momento en que la había visto.

Y así, su corazón palpitó aceleradamente acompañando el galope majestuoso de aquella dupla entre esa hermosa mujer y su maravillosa compañera, amalgamadas en una sola imagen de perfección belleza y libertad.

3

Muy lejos de allí, y sin saber que estaba haciendo lo mismo que su padre, Clara estaba en la veranda de la terraza de su cuarto mirando hacia donde ella creía que debían estar las tierras oscuras, más allá del gran mar que tan valientemente había cruzado su padre para tratar de salvar la vida de su hermana Agnes.

¡Cuán equivocada había vivido, y qué poco había disfrutado de la familia maravillosa que supo tener de niña! Vivió hasta ese momento con un gran resentimiento hacia su padre por creer que las había abandonado y con enorme dolor en su alma por no haber llegado a ver con vida a su madre… hasta que todo había quedado claro ante sus ojos.

Luego de un tiempo supo entender y perdonar ese dolor a quienes, con buenas intenciones, habían simulado la muerte de Eloísa para poder llevarla sana y salva a Bellitania pudiendo así ocuparse de su recuperación.

Vivían en su interior una mezcla de sentimientos encontrados, de dolor por los años de felicidad perdidos y de esperanza por volver a reencontrarse con su padre y traerlo de regreso para unirlo a su madre Eloísa quien seguía perdida en sus recuerdos.

Clara la visitaba todos los días encontrándola siempre en el banco debajo de los grandes robles del bosque, con su cabellera perfectamente ordenada en un recogido alto del que escapaban algunos cabellos grises mecidos por el viento. Siempre sentada con sus manos entrelazadas sobre su regazo vestida con su túnica blanca inmaculada y los ojos perdidos en el horizonte, como esperando ver llegar a su amado en cualquier momento.

Los ojos de Eloísa se iluminaban por unos instantes todos los días mientras acariciaba su rostro llamándola “mi pequeña”, para luego perderse nuevamente en sus recuerdos donde solo ella podía estar. Esos pequeños momentos en los que observaba a su madre día tras día, le mostraban con total convicción que la decisión de quedarse en Bellitania había sido la correcta. Eran el motor que la mantenía con la esperanza de encontrar a su padre y traerlo de nuevo al lado de su familia, para que el sueño de recuperar la felicidad que había conocido de niña pudiese ser cumplido.

Estaba volviendo por el camino del bosque cuando encontró a Alfredo quien la había estado observando en silencio desde un lugar alejado para no interferir en un momento tan íntimo de su amada.

—¿Cómo estás mi bella señora?

—¡Ya te he dicho mil veces que no me llames así! – le respondió Clara simulando enojo.

—Eres preciosa cuando te enojas, aunque sea de mentira como ahora – dijo tomando su rostro entre sus manos para besarla suavemente en los labios.

—¡No tienes remedio Alfredo! – riendo ambos al unísono y tomados de la mano siguieron caminando por el bosque que circundaba el castillo de Agnes.

—Me duele mucho ver la tristeza con que observas a tu madre; es como si haberte enterado que está sana y salva no fuese suficiente para aminorar el dolor que sufriste cuando creías que la habías perdido.

—Es muy difícil de explicar Alfredo ya que tengo sensaciones encontradas. Por un lado, me siento inmensamente feliz por haberla recuperado, pero por otro…

—¿Por otro qué mi amor?

—Por otro, la felicidad de tenerla es tan fugaz que me duele el corazón toda vez que la veo sumirse en sus recuerdos nuevamente. Es como si no la hubiese recuperado realmente.

—Pero sabes que sí lo has hecho. Tu madre está aquí entre nosotros y está sana.

—¿Estás seguro Alfredo? ¿Está verdaderamente entre nosotros? ¿Acaso sabe quién soy?

—Por unos instantes sabes que sí, que te reconoce y te acaricia como lo hacía cuando eras una niña.

—Es verdad, pero… sus ojos, ¡por Dios sus ojos!

—Sus ojos ¿qué mi amor?

—Sus ojos muestran tanta tristeza y dolor que me cuesta mantener su mirada. Si bien es cierto que me reconoce por unos instantes, pensé que, con el paso de los días, el tiempo en que lo hace iría creciendo de a poco, pero en realidad siempre es lo mismo; me ve, me acaricia, pero mi presencia no es suficiente para desear mantenerse conmigo por más tiempo. Y eso me duele mucho.

—¿Por qué te duele tanto Clara?

—Es muy duro para una hija saber que no eres lo suficientemente importante en la vida de tu madre como para que quiera seguir viviendo.

—No seas tan dura contigo Clara.

—No lo soy Alfredo, solo soy realista. Recuerda que aún soy una científica y la evidencia muestra que mi presencia no alcanza para que mi madre tenga ganas de vivir. No lo fue antes mientras estábamos juntas y tampoco lo es ahora. Por eso debo hallar a mi padre si es que aún está con vida, y traerlo de nuevo a Bellitania, para que ella nuevamente vuelva a vivir.

—Pero… ¿y tú? ¿dónde quedas tú? ¿dónde quedan tus deseos y necesidades?

—Recuperar a mi padre, pedirle disculpas por haberlo odiado durante tanto tiempo de una manera tan injusta creyendo de él lo peor, lograr su perdón y devolverlo a su tierra, a mi madre y a toda su familia, es mi mayor deseo y mi mayor necesidad.

Notó que Alfredo se separaba de ella mirándola con ojos incrédulos mezclados con gran tristeza y decepción. Entonces, rápidamente y sin dudarlo agregó:

—Obviamente que esto no lo podré lograr si tú no estás a mi lado.

—¿Solo por eso?, ¿porque me necesitas en esta nueva empresa que implica una peligrosa aventura que tienta tus motivaciones más profundas?

—¡No solo por eso, tonto! Te necesito, no por esta empresa, sino simplemente porque ¡TE AMO! –dijo tomándolo de la mano.

—Y ni esto, ni nada que decida emprender de ahora en adelante, peligroso o no, tendrá sentido si tú no estás para siempre a mi lado.

Esas fueron las palabras que sosegaron el corazón de Alfredo; era lo que necesitaba escuchar para saber que estaba ante el único ser con el que quería compartir su vida y planear un futuro posible. La única elfa/mujer que había despertado en él la necesidad de proyectar un futuro en común para completar su vida y prepararse para lo que vendría.

—Como te dije el día que llegaste aquí y decidiste quedarte, te lo repito una vez más: ¡CUENTA CONMIGO PARA SIEMPRE!

4

Al promediar la tarde Cristina y Altamira regresaron a las caballerizas agotadas pero felices por tan agradable paseo. Durante el mismo, no pudo dejar de pensar en esos maravillosos ojos grises, casi transparentes como veía que era el alma de ese joven al que acababa de conocer.

No sabía bien por qué, pero sentía que lo conocía de toda la vida y que podía confiar plenamente en él. Ella era una joven que podía ser catalogada como rebelde para la época, debido a que no comulgaba con lo que se esperaba de una joven de la sociedad. Detestaba lo acartonado de su padre, así como a todas sus amistades aburriéndose tremendamente con las conversaciones vacías que escuchaba toda vez que había reuniones en su casa.

Lo único que se esperaba de las mujeres era lograr un prometedor matrimonio que no solo consolidase el poder familiar, sino que lo acrecentase con el paso del tiempo. No importaba el amor, eso era una tontería que no conducía a nada bueno. Por el contrario, el amor era considerado el enemigo de un buen matrimonio pues la mayoría de las veces nublaba el entendimiento y la razón.

Por ello, las jóvenes eran prometidas casi desde el momento de nacer o en su niñez temprana con muchachos provenientes de las familias más prominentes de la comarca, los cuales eran presentados en el momento de anunciar sus compromisos para evitar que lo que sus padres habían arreglado de antemano pudiese verse frustrado por algo tan poco racional como el amor.

Cristina detestaba esa situación. Su madre era la única que la entendía y apañaba ya que sabía muy bien el dolor que provocaba casarse con alguien sin amor, por haberlo vivido en carne propia. Por ello, cada vez que su padre arreglaba una reunión para presentarle un joven casadero, ella se confabulaba para disculparla diciendo que se encontraba indispuesta. Esto no satisfacía a su padre en absoluto, pero entre las dos armaban una escena propia de grandes actrices donde Cristina simulaba delirar de fiebre y su madre una gran preocupación. Todo con la ayuda de Gertrudis, su nana, quien desde pequeña secundaba a su madre en estas decisiones.

Las tres constituían un grupo sólidamente pertrechado contra las ideas retrógradas de su padre, con un accionar tan bien organizado, que había dado muy buenos resultados hasta aquella trágica noche.

Cristina llevaba varias horas acostada cuando los gritos de su padre la despertaron. Sentándose en la cama intentó escuchar a qué se debían, y pudo así darse cuenta que, una vez más sus padres discutían acaloradamente.

Ante su desesperación intentó salir al pasillo, pero fue retenida por Gertrudis quien dormía enfrente tal como lo hacía desde que Cristina había nacido.

—¡Mi niña, no salgas!

—¡Quiero estar con mi madre Gertrudis!

—No es conveniente que te entrometas cuando tu padre se pone de esta manera. No es lo que tu madre quisiera que presenciases.

—¡Pero es justamente por ella que quiero intervenir! ¿No escuchas acaso que le está gritando de una forma terrible?

—Confía en mí mi niña. Sé que tu madre no quisiera verte mezclada en algo tan desagradable.

—¿Acaso crees que alguien puede permanecer ajeno a esta discusión? le está gritando de una manera espantosa. Si él no quisiese que yo escuchase no gritaría de la forma que lo hace.

—Bien dices mi pequeña, ¡él!, pero tu madre no quiere que presencies una situación tan desagradable.

—¡Pero es que no puedo permitirle a mi padre que la trate de esta manera; mi madre no se lo merece Gertrudis! ¿Acaso no escuchas la forma en que le habla? Da miedo escucharlo.

—Ya pasará Cristina, te lo aseguro, tu madre querría…

Las palabras de Gertrudis fueron interrumpidas por un grito terrible de su madre que provocó que Cristina corriese hasta la puerta de su cuarto, siendo detenida por su nana.

—¡Espera aquí pequeña; yo iré!

—Pero…

—¡Prométeme que esperarás aquí! Iré a ver lo que pasa y vendré a contarte.

Cristina asintió con la cabeza y Gertrudis abandonó la habitación, pero un nuevo grito de su madre seguido de un ruido fuerte y seco, hizo que Cristina saliese corriendo de su habitación.

Al llegar al final del pasillo de los dormitorios donde comenzaba la balaustrada que daba al salón principal pudo ver a Gertrudis sollozando de rodillas. Más allá, su padre miraba perplejo hacia el salón. Gertrudis al verla intentó detenerla tomándola de las piernas, pero Cristina, de un rápido movimiento eludió los brazos de su nana y al llegar al lado de su padre pudo ver con horror el cuerpo de su madre yaciendo en el piso del gran salón.

Primero quedó paralizada, sin poder articular palabra ni mover alguno de sus músculos. Solo atinó a mirar inquisidoramente a su padre quien evitó cruzarse con sus ojos. En un momento comenzó a ver como una creciente mancha de sangre se esparcía más y más debajo de la cabeza de su madre.

Fue en ese momento en que se dio cuenta de la horrible verdad. Su madre, su querida madre había perdido la vida en esa espantosa noche, y de algo estaba segura, su padre había tenido mucho que ver.

—¡Madre! ¡Madre! – comenzó a gritar desesperada mientras corría escaleras abajo, al llegar e intentar arrodillarse a su lado fue retenida por su padre, quien, sosteniéndola por la cintura intentó evitar que se arrojase sobre su cuerpo.

—¡Cristina!, ¡déjala hija!, no podemos hacer nada.

—¡No! ¡Mamá! ¡Déjame! – gritaba intentando desprenderse infructuosamente de los fuertes brazos de su padre.

—¿Qué ha pasado padre?

—Tu madre… tu madre se ha quitado la vida.

—¿Qué estás diciendo?

—Sé que es muy doloroso hija mía, pero… tu madre ha tomado esta terrible decisión.

—Pero… ¿por qué? Esta mañana entró radiante a mi habitación cuando Gertrudis me trajo el desayuno, y estuvimos conversando animadamente de que la señora Brennan, en su tienda del pueblo había recibido hermosas telas e iríamos mañana para encargar algunos vestidos. ¡No mostró ninguna señal que permitiese aventurar semejante actitud!

—Hace tiempo que tu madre estaba muy deprimida hija.

—¡Eso no es cierto!

Su padre, Mac Eoinn, era un hombre muy fuerte y malhumorado al que no recordaba haber visto jamás sonreír, al menos en su presencia; como tampoco guardaba en su memoria ningún gesto galante con su madre. Si bien con su hija era un poco más amable, tampoco podía decirse que fuese un amante padre, ya que no recordaba haberla sentado en sus rodillas para contarle alguna historia, ni tomarla de la mano para caminar por los jardines que rodeaban la casa.

Sin embargo, esa sí era una actitud frecuente en su madre Elena a la que veía y escuchaba reír cuando estaban juntas, o cuando charlaba con Gertrudis quien también había sido su propia nana.

Elena amaba profundamente a Gertrudis encontrando en ella a la madre de cuyos brazos había sido arrancada cuando apenas tenía catorce años para casarse con su padre, ya que su abuelo O` Brien, había arreglado su matrimonio cuando ella apenas caminaba. Por suerte su abuela había logrado negociar con su abuelo que Gertrudis acompañase a Elena en su nueva vida.

Era terrible observar cómo se reproducía generación tras generación la opresión de las mujeres por parte de padres primero y esposos después.

Con ayuda de Elena, Cristina había escapado hasta entonces de tan cruel mandato, pero… ¿qué ocurriría ahora? Todo esto pasaba por su cabeza a una velocidad vertiginosa y solo entendía que, a partir de ese momento estaría sola para enfrentar los terribles designios pergeñados por su cruel padre.

Todo esto pensaba mientras intentaba deshacerse de los brazos de ese hombre hasta que logró zafar y arrodillarse al lado de su madre notando como su blanco camisón comenzaba a teñirse de rojo en la medida que la sangre de su madre fluía por la herida.

Lejos de impresionarse por ello, se recostó sobre su pecho permaneciendo así mientras aún podía sentir el calor materno que tanto la había reconfortado toda su vida. Nada existía a su alrededor; no dejó que nada se interpusiese entre su cuerpo y el de su madre, como tratando de grabar a fuego en su alma y su corazón ese binomio amoroso que habían construido y que juró vengar.

—¡Juro ante ti madre que descubriré lo que ha pasado y me vengaré del culpable! ¡Sea quien sea, aunque haya sido mi propio padre! – pensó en silencio.

Pedro despertó abruptamente por los ruidos que provenían de la casa. Se levantó de su cama armada en el ático de la propia caballeriza para estar cerca de donde descansaban los caballos.

Subido a un arcón para poder mirar por la ventana que se encontraba casi en el borde de la pared con el techo, pudo reconocer el carruaje del doctor Benton, el médico de la comarca, por lo que intuyó que algo grave estaba pasando.

Se vistió rápidamente y bajó por la escalera de madera que llevaba al piso de la caballeriza, y cuando estaba por abrir el portón fue detenido por Héctor.

—Pero, ¿qué haces muchacho? ¿Acaso estás loco?

—¡Algo debe haber pasado Héctor!

—Por supuesto que algo debe haber pasado, pero lo que haya sido no te incumbe en lo absoluto– ¿Quién te crees que eres?

En esos momentos Pedro se dio cuenta que no podía explicar sus actos sin demostrar sus sentimientos hacia Cristina, lo que no conduciría a ningún buen puerto. Por ello decidió no insistir, permaneciendo callado donde estaba intentando dar alguna explicación racional que disimulase sus actos.

—Es que tal vez el señor Mac Eoinn nos necesite.

—Acaso crees muchacho que si el amo nos necesitase ¿no nos lo habría hecho saber personalmente? Si no lo ha hecho, es porque no quiere. ¿Te queda claro?

—Sí Héctor, ¡me queda claro! – expresó Pedro de mala gana.

—Entonces vuelve a tu cama que debemos levantarnos antes del amanecer para cumplir con todo el trabajo necesario.

Así Pedro subió nuevamente a su lugar intentando ver por la ventana del ático algún movimiento en la casa que diese alguna idea de lo que estaba pasando; sin embargo, todo parecía tranquilo no pudiendo darse cuenta de lo que estaba ocurriendo.

En lo más profundo de su alma sabía que Cristina lo estaba necesitando, pues percibía en carne propia la congoja que estaba oprimiendo el corazón de su amada. No podía explicarlo, pero se le dificultaba la respiración, sentía su pecho latir descompasadamente con una gran angustia que iba apoderándose de a poco de todo su ser. ¡Sabía que algo terrible había pasado! ¡Estaba seguro de ello!, y lo peor de todo era que él no podía hacer nada.

Quedó recostado en la cama sin mudar sus ropas para estar listo por si Cristina lo necesitaba, no pudiendo conciliar el sueño ya que su cerebro y su corazón estaban preocupados por lo que en aquella casa pudiese haber ocurrido.

5

Esa mañana llovía a cántaros en la Universidad; Ana llegó temprano como todos los días antes que tanto el director como el resto de los investigadores hiciesen su aparición. Por ser lunes solían llegar un poco más tarde de lo habitual, como respuesta a la modorra propia que sigue a un fin de semana largo ya que el viernes había sido feriado.

Pasó por su escritorio para dejar su bolso antes de dar la consabida vuelta por las oficinas revisando que todo estuviese correcto. Si bien María, la nueva ordenanza, llegaba media hora antes que ella para encender las luces y limpiar las partes comunes del Instituto, sentía que debía dar un vistazo previo a que llegasen los investigadores para revisar el correo, preparar los documentos que debía repartir a cada uno y porque sentía que debía estar antes que todos como corresponde a toda buena secretaria.

Habían pasado más de seis meses desde la tragedia en que el doctor Dumas había perdido la vida, junto a Clara…

Lamentó lo ocurrido al ex director, el doctor Dumas; si bien era bastante cascarrabias ella sabía que era solo una coraza, ya que debajo de esa actitud se escondía además de un gran investigador una gran persona. Recordó todo lo que había aprendido a su lado y lo orgullosa que estaba por pertenecer a un instituto científico tan prestigioso.

Recordó también que Dumas estaba siempre en la búsqueda de la excelencia y por ello exigía de todos en general el mayor espíritu de superación como grupo de investigación, sin olvidar requerir de cada uno en particular, por más pequeño espacio que ocupase en la organización, que se esforzase al máximo para hacer de su tarea el mejor trabajo.

Con él habían aprendido que no había trabajadores de primera y de segunda; si bien descansaba y mucho sobre los profesionales investigadores, también se ocupaba de hacer capacitar a todos los que allí trabajasen fuesen del área de la administración, de soporte técnico o bien de maestranza.

Dumas sostenía que los investigadores trabajaban mejor cuanto más eficiente fuese el personal auxiliar alivianándoles las tareas en las que no era necesario que perdiesen tiempo; por ello se ocupaba muy bien de que fuesen realizadas con calidad. Eso generaba en todo el grupo el espíritu de cuerpo necesario para que la excelencia alcanzada fuese resultado del esfuerzo de todos.

—¡Qué diferencia con el doctor Hopkins! – pensó.

El pobre se encontró de golpe, al ser el vicedirector del Instituto en el momento del accidente, con la obligación de hacerse cargo de algo de lo cual siempre había estado ajeno ya que su nombramiento había sido una formalidad; un requisito para cumplir con las estructuras, pero nunca había tenido necesidad de reemplazar a Dumas en ninguna de sus actividades ya que este se las arreglaba muy bien para no dejar nada fuera de su área de gobernabilidad.

Si bien Hopkins era una buena persona y muy buen profesional en su campo carecía totalmente del carisma de Dumas, así como de su capacidad de gestión para que la organización del Instituto siguiese como si nada hubiese ocurrido. Se notaba y mucho, su ausencia.

¡Ni que hablar de cuánto extrañaba a su amiga Clara!; si bien esta le llevaba unos años pues Ana recién acababa de cumplir veintisiete, esa diferencia no pesó a la hora de haberse convertido en excelentes amigas habiendo encontrado en ella la hermana mayor que nunca había tenido.

Recordó cuán devastada estaba al creer que la había perdido para siempre, pero también lo reconfortada que se sintió cuando aquella extraña pareja conformada por el doctor Fermín Thomas y su esposa Marta le entregaron la carta de Clara; ya que, al leerla, supo que no había corrido la misma suerte de Dumas sino que se encontraba sana y salva en… Bellitania.

Repasó en su memoria algunos párrafos de aquella carta…

Mi muy querida Ana:

“Sé que cuando leas esta carta creerás que se trata de una broma de muy mal gusto, pero te aseguro que no lo es. Soy Clara; Clara Frers, tu amiga, y lo primero que quiero decirte es que estoy bien y no me ha pasado nada. Lamentablemente no puedo decir lo mismo sobre el doctor Dumas, quien ya no se encuentra entre nosotros”.

Se alegró de ser la única persona que lo supiese porque en el fondo de su corazón estaba feliz por ella, y porque no tenía que dar explicaciones a nadie de lo sucedido; no sabría cómo hacerlo pues tampoco lo tenía claro. Estaba segura de que así era y eso le bastaba.

Recordó las noticias que habían llegado diciendo que tanto ella como el doctor Dumas, junto a los doctores O’Neill y Collins, habían caído al mar en un accidente de automóvil en los acantilados de Moher, aunque jamás habían sido encontrados.

Desde el día en que ellos le habían entregado la carta y… la cruz, no se separaba nunca de ella llevándola puesta todos los días debajo de la ropa para que nadie pudiese observarla, dado que, por su extraño diseño llamaría la atención de cualquiera que pudiese observarla.

Recordó entonces lo que la carta le revelaba sobre ella:

“Te envío una antigua cruz celta que me ha regalado mi hada protectora Heras. Sí Ana; las hadas existen, no estoy loca. Me ha salvado de difíciles situaciones; úsala todos los días ya que yo aquí, por suerte, no la necesitaré más.

Cuando tengas alguna duda sobre la clase de persona que tengas enfrente, solo voltéala y encontrarás escrita en ella dos palabras: “confía” o “cuídate”. Hazle caso; entrégate completamente si la cruz te dice que confíes, y ¡apártate! sin dudarlo si encuentras la palabra “cuídate”.

Pero… ¿qué haría en el verano cuando usase ropa menos cubierta? ¿cómo haría para evitar que cualquiera pudiese verla? Tendría que pensar en ello y rápido, ya que el invierno estaba por terminar dejando paso a la primavera, y con ella días soleados y cálidos que la obligarían a mostrarse menos abrigada con posibilidad de que pudiese ser vista por cualquiera.

Pasó por delante de la puerta de la oficina de Clara sintiendo la necesidad de entrar como forma de sentirla más cerca.

Buscó las llaves e ingresó. Levantó la persiana y pudo ver como la lluvia que no había aminorado de intensidad, golpeaba contra la ventana comenzando a mojarla rápidamente. Con la mirada fija en las gotas que se deslizaban por el vidrio se dejó llevar hasta los días que había compartido con su amiga, repasando los momentos de alegría vividos tanto dentro como fuera de la Universidad.

Sin embargo, recordó también aquellos turbios, sin explicación racional, que las habían hermanado aún más como mecanismo de defensa contra esas fuerzas desconocidas que las acechaban, uniéndolas más y más haciendo nacer una hermosa amistad que jamás hubiese sospechado.

Y así, mimetizándose con el tiempo exterior permitió a sus lágrimas correr por sus mejillas dejando tanto a la lluvia como a su alma amalgamarse en un abrazo por un lado triste y agobiante por haber perdido la oportunidad de compartir a diario con ella, pero por otro, feliz por saber que a pesar de todo lo ocurrido Clara estaba viva, protegiéndola con esa cruz que le había enviado.

Comenzó a sobreponerse de esos sentimientos enjugando sus lágrimas y luego de unos instantes salió de la oficina lista para comenzar un nuevo día de trabajo. Cuando llegó a su escritorio para revisar la correspondencia hizo su aparición Hopkins.

—Buenos días Ana.

—Buenos días doctor.

—¿Puedes venir a mi oficina?

—¡Enseguida!

—Revisó rápidamente los papeles en su escritorio como para seleccionar aquellos que debía llevarle al director aprovechando su llamado.

—Permiso doctor Hopkins. Aquí le traigo los papeles que necesitan su visado.

—Gracias Ana, pero…no te llamaba por eso, aunque te lo agradezco. Siéntate por favor.

Ana se sentó en uno de los sillones del otro lado del escritorio de Hopkins extrañada de hacerlo ya que jamás, ni siquiera en la época de Dumas, se había sentado en aquella oficina. Quedó callada, mirándolo, esperando lo que tenía para decirle, imaginando sería diferente a lo que estaba acostumbrada a escuchar.

El silencio era abrumador.

—¿Pasa algo doctor?

—No sé cómo comenzar esta conversación Ana.

—¿Acaso está disconforme con mi trabajo?

—¡No Ana! ¡Todo lo contrario!, lo que tengo para decirte si bien es laboral, sé que también es personal para ti, y no sé cómo decírtelo.

—¡Por Dios, me está asustando doctor! ¿Seguro no peligra mi trabajo?

—¡Para nada Ana! Por Dios no he querido asustarte. Tú eres muy importante para este Instituto y no tiene nada que ver con tu desempeño del cual todos estamos muy satisfechos. Es… otra cosa.

—¡Dígamelo doctor; por favor!

—Está por llegar la persona que reemplazará a la doctora Clara Frers.

Ana se sintió desfallecer; no había pasado por su mente ni por un instante que el Instituto pudiese pensar en reemplazarla; aunque ahora que lo estaba escuchando se daba cuenta que nadie seguía las investigaciones de Clara, las cuales eran muy importantes para la institución.

Si bien le partía el alma escuchar lo que Hopkins le estaba comunicando, era lógico pensar que el Instituto necesitase de una persona que retomase sus investigaciones. Ana permaneció callada sin saber qué decir, mientras lágrimas de profunda tristeza comenzaron a rodar por sus mejillas.

Hopkins no sabía qué hacer; reconocía que lo que le estaba comunicando la destrozaba por dentro, pero también sabía que Ana era la secretaria del grupo y como tal, debía estar al tanto del tema.

Le acercó un vaso de agua y esperó en silencio que se recobrase de semejante noticia sabiendo que era muy difícil para ella.

—Sé que Clara y tú se convirtieron en muy buenas amigas, y por lo tanto imagino lo difícil que debe ser esto para ti. Pero, por otro lado, la institución debe recobrar su normal funcionamiento y ocuparnos de recuperar el personal necesario para seguir adelante.

—Perdone mi insolencia doctor, pero creo que la palabra “recuperar” no es la más adecuada. Jamás recuperaremos a Clara ni al doctor Dumas.

—No me malinterpretes Ana. Lo que quise decir es que necesitamos profesionales que se ocupen de las actividades que llevaban a cabo. Sé muy bien que la silla del doctor Dumas me queda extremadamente grande, pero… debo hacerlo.

Ana se dio cuenta que con sus palabras había ofendido al nuevo director.

—No quise ofenderlo doctor. Sé que lo acontecido hace meses lo ha tomado a usted también por sorpresa y debió hacerse cargo del Instituto de un día para el otro. Han sido años al lado de ellos y a todos nos costará reemplazarlos tanto en el trabajo como en nuestros corazones. Sé que usted está haciendo los mayores esfuerzos para que sigamos adelante; cuente conmigo.

—Gracias Ana, no esperaba menos de ti.

—¿Qué debo hacer doctor?

—Me han dicho desde el rectorado que la nueva investigadora llegará la semana próxima, por lo que necesito te ocupes de preparar la oficina de la doctora Frers para cuando llegue.

—Y eso, ¿qué significa?

—Pues…tu sabes tan bien como yo que nadie ha ingresado allí en todo este tiempo.

—Se equivoca doctor; todos los días María ingresa y limpia la oficina de manera que esté presentable a pesar de… – Ana tragó saliva, – a pesar que Clara no haya vuelto, pero está todo en condiciones como cuando ella la dejó ese viernes previo a irse de viaje con el doctor Dumas.

—Justamente por eso te lo digo Ana.

—No lo entiendo doctor Hopkins.

—Tú misma lo estás diciendo. Está todo listo como para que Clara regrese tanto sus pertenencias laborales como también personales, aquellas que todos tenemos en nuestras oficinas cuando trabajamos muchas horas en un mismo lugar. Por algo dicen que nuestros lugares de trabajo son como una extensión de nuestras casas pues la mayoría de las veces pasamos más horas del día despiertos en nuestro trabajo que en nuestros domicilios particulares.

—Desde enceres para el arreglo personal, por si tenemos que prepararnos para alguna reunión no prevista, como también ropa por si tenemos alguna actividad que nos sorprende por salir de la rutina, amén de efectos personales como fotografías, etcétera etcétera. Al menos eso me ocurre a mí, y supongo que les ocurre a todos o casi todos. En ese caso, me parece que eres la persona indicada para ocuparte de que las cosas personales de Clara no sean manipuladas por alguien que ni siquiera la ha conocido como es el caso de María.

—Tú eres la persona indicada para esta tarea, por todo lo que ha significado Clara en tu vida y porque sé que ella estaría muy feliz de que así fuese. Además, no conocemos ningún familiar de Clara por lo que me parece que debes ser tú la depositaria de sus enceres personales. Eso…si estás de acuerdo, por supuesto– dijo Hopkins mirándola como solicitando su autorización.

Luego de unos instantes volvió a la carga – Estarás de acuerdo conmigo en que nadie mejor que tú para manipular sus cosas con el cariño y respeto que ella se merece. Si bien no es de mi incumbencia ¿sabes qué ha ocurrido con la casa de la doctora?

Era demasiada información toda junta por lo cual Ana se sintió terriblemente abrumada. Por un lado, estaba de acuerdo con el hecho de que nadie mejor que ella para hacerse cargo de las cosas de la oficina de Clara, pero… no tenía ninguna idea de lo que había ocurrido con su departamento. Nunca pensó en ello tal vez porque nunca lo había conocido. Siempre dijeron que se invitarían mutuamente a comer en sus casas, pero nunca llegaron a hacerlo.

Ni siquiera conocía su dirección, y al pensar en ello se dio cuenta de algo muy extraño. Jamás habían recibido un llamado de su casa para averiguar algo sobre ella, ¿acaso sabrían lo ocurrido? ¿cómo se habrían enterado?; supuestamente el accidente había ocurrido durante un viaje por trabajo. ¿Qué mejor lugar que la Universidad para averiguar lo que había ocurrido? Realmente era muy extraño ese silencio.

Como Ana era la única que sabía la verdad, se dijo que sería ella quien se encargaría de averiguar qué había pasado con su casa. Buscaría en el archivo de Clara su dirección y en cuanto tuviese tiempo se llegaría para averiguar qué sabían en ese lugar.

—Ana… ¡Ana! ¿no vas a responderme nada?

Las palabras de Hopkins la llamaron a la realidad.

—Perdón doctor, me dejé llevar por los recuerdos. Sí, despreocúpese que seré yo quien se ocupe de las pertenencias de Clara.

—Le diré a María que se ponga a tus órdenes para ayudarte.

—¡No doctor, por favor! prefiero hacerlo sola si no le parece incorrecto.

—Por supuesto que no Ana, como tú prefieras; solo imaginé que te vendría bien la ayuda de María, pero si prefieres hacerlo sola está perfecto para mí.

—Gracias doctor, prefiero hacerlo en una hora en que no haya nadie como para estar tranquila y poder dar rienda suelta a mis sentimientos sin tener que mostrarme ante nadie – dijo pensando que de esa manera no iba a tener que dar explicaciones de lo que hacía y de las cosas que pudiese encontrar.

—Muy bien Ana solo te recuerdo que debería ser esta misma semana, no vaya a ser que nos veamos sorprendidos por la llegada de la nueva investigadora y la oficina esté ocupada. Confío en ti.

—Gracias doctor Hopkins, quédese tranquilo que así será.

Al retirarse de la oficina de Hopkins y pasar delante de la de Clara decidió que esa misma tarde, cuando todos se retirasen, procedería a revisar lo que debería llevarse para evaluar la necesidad de algunas cajas que traer de su casa o del propio Instituto para hacerlo lo más pronto posible, buscando en el expediente de Clara su dirección para ocuparse de todo sin más dilación.

Eran las siete y media de la tarde cuando Hopkins se retiró de la oficina.

—¿Aún aquí Ana?

—Es que voy a ocuparme de su pedido con respecto a la oficina de la doctora Frers, ¿lo recuerda?

—Ah, cierto Ana, pero no hay tanto apuro. Si tienes algo previsto para hoy puedes esperar un poco.

—Es que justamente no tengo nada previsto, por lo que prefiero hacerlo hoy y al menos revisar para saber el volumen de cosas que debo retirar. Por otra parte, revisar ciertos papeles que creo pueden serle de interés a la nueva investigadora si es que están estrictamente ligados a las investigaciones de Clara.

—Como te parezca Ana, ya te he dicho que manejes el tema como consideres más conveniente. De todos modos, no te retires muy tarde; recuerda que cierran el edificio en una hora aproximadamente. Avisaré en portería que te quedas un tiempo más, no vaya a ser que te dejen aquí encerrada si piensan que nadie se encuentra dentro.

—Gracias doctor, no se preocupe que el día de hoy solo será para revisar. Buenas noches.

—Buenas noches Ana.

Así esperó que Hopkins se retirase y entró en la oficina de Clara. Todo estaba como lo había dejado a la mañana con las persianas levantadas, por lo que al abrir la puerta se encontró con un ambiente ligeramente iluminado por las luces del campus ya encendidas. De todos modos, encendió la luz para revisar con comodidad cerrando así las persianas para que nadie pudiese observar desde el exterior sus movimientos.

Tomando coraje comenzó por su escritorio; en primer lugar, la bandeja donde tenía sus papeles encontrando solo unos pocos, puesto que ella misma le había preparado el portafolios para que llevase todo lo necesario en su viaje a Galway. Al revisarlos decidió que no era necesario retirar ninguno dado que no existían notas personales.

Abrió cada cajón encontrando solo elementos de librería tales como lápices, biromes, resaltadores, papeles de señalización, gomas de borrar, correctores, etc. Nada que perteneciese a la intimidad de Clara, por lo que los dejó juntos en un cajón del escritorio por si la nueva investigadora los necesitaba.

Encontró un paquete vacío de medias, lo que le hizo recordar el día en que Clara había regresado empapada de su almuerzo y tuvo que cambiarse para la reunión con Dumas; fue entonces al placard para revisar si había algo de ropa, encontrando el traje que se había puesto para la reunión. Obviamente Clara había llevado la ropa mojada a su casa para volver a dejar el traje en su oficina para cualquier otra situación en que lo necesitase.

—Debo llevarlo – pensó. – No debo dejarlo aquí, mañana me ocuparé de traer una caja para guardarlo junto con sus enceres personales que como son pocos, un solo viaje me alcanzará, pero…

—¿A dónde lo llevaré? – pensó, era fundamental averiguar qué había ocurrido con su departamento.

Miró su reloj y estaba por cerrar ya el Instituto, por lo que era también tarde para ir al departamento de Clara. Mañana a última hora retiraría las cosas de su oficina para cumplir con el pedido de Hopkins, y temprano en la mañana del siguiente día iría por su casa para averiguar qué sabían de ella.

Cerró la oficina de su amiga, sacó sus cosas de su escritorio y se retiró saludando al guardia que ya se encontraba en la puerta esperando poder cerrar hasta el día siguiente.

6

Pedro se despertó sobresaltado por el zamarreo de Héctor; se había quedado finalmente dormido vencido por el cansancio de todo un día de trabajo y por las horas de vigilia en que vestido, estuvo presto a responder por si Cristina lo necesitaba.

—¡Apúrate muchacho! el amo nos llama. Primero intentas levantarte cuando no debes, y ahora que nos necesitan estás hecho un holgazán. ¡Apúrate!

Pedro intentó levantarse algo aturdido y perdió pie en el intento. Recordó que no había comido en muchas horas y se sentía un poco mareado, por lo que se dirigió a gatas hasta la ventana del ático y desde allí observó la casa principal que seguía en silencio. Solo podía ver al amo Mac Eoinn hablando con Héctor y cómo este, haciendo una reverencia, estaba volviendo a las caballerizas.

Casi se tiró por las escaleras para estar parado a la entrada cuando Héctor abriese los portones para ingresar.

—Aquí estás muchacho. ¡Por fin!

—Debes ir al pueblo inmediatamente.

—¿Qué ha pasado Héctor? ¿La señorita Cristina está bien? ¿por qué estaba el doctor Benton tan temprano? ¿Acaso?…

—¡Deja ya de hacer tantas preguntas! El amo necesita que vayas urgentemente al pueblo a buscar a Olson.

—¿Olson? Preguntó aterrado sabiendo que era el enterrador del pueblo.

—¡Por Dios Héctor! Dime qué ha ocurrido, ¡te lo imploro!

—Ama Elena ha muerto.

—¿Muerto? Pero… ¿cómo?

—Eso no nos incumbe, debes ir inmediatamente al pueblo para avisar a Olson que prepare todo y venga rápidamente. Eso sí, el amo ha dicho que disponga su mejor servicio, el más caro, todos los vecinos de la comarca vendrán y deben ver lo mejor.

—¿Ver lo mejor? ¿De qué estaba hablando Héctor? – ¿Acaso eso era lo importante? ¿Las apariencias? Pedro solo pensaba que debía ver a Cristina, y cuánto antes. Sabía cuánto amaba a su madre por lo que asumió cuan desesperada debía estar.

—Prepara la yegua del ama Cristina, es la más veloz para que puedas llegar al pueblo más rápido.

Al escuchar esas palabras Pedro encontró la oportunidad que estaba buscando para poder ver a su amada.

—Si monto a Altamira necesito el permiso de la señorita Cristina.

—¿Estás loco? ¡La señorita Cristina no está como para ser molestada por tonterías!

—Discúlpame Héctor, pero yo soy quien se ocupa de Altamira y recibo las órdenes de la señorita, y ella me ha exigido que nadie monte a su yegua sin su permiso y no puedo ser justamente yo quien desoiga sus órdenes en este momento.

Héctor quedó pensativo unos instantes que a Pedro le parecieron eternos.

—Tienes razón, no podemos agregar una molestia más en estos momentos. Llévate a Rayo de Sol entonces.

Pedro se sintió desfallecer al ver que la oportunidad que tenía de hablar con Cristina se desvanecía entre sus manos.

—¡Apúrate muchacho! Ve a ensillar a Rayo de Sol.

Pedro se retiró de mala gana hacia el lugar donde se encontraba el caballo tratando de encontrar en su cabeza una excusa para montar a Altamira. Fue entonces en que pensó en algo…

Mientras caminaba y fuera de la vista de Héctor, tomó de unas alforjas un clavo largo y grueso, y al entrar a la caballeriza de Rayo de Sol le dijo:

—Perdóname amigo, más tarde lo arreglaré – y así introdujo el clavo entre la herradura y uno de sus cascos delanteros, con el suficiente cuidado de no lastimarlo, pero con la seguridad que ello obligaría al caballo a renguear. De esa manera lo ensilló y lo sacó de su ubicación teniendo especial cuidado de que Héctor lo pudiese observar.

—Pero, ¿qué pasa con Rayo de Sol? ¿por qué está cojeando?

—No lo sé Héctor, algo le pasa en una pata, me parece poco conveniente que el caballo corra antes de revisarlo. No sería bueno agregar un problema más al amo Mac Eoinn y se enoje con nosotros ¿no te parece?

Pedro sabía que sus palabras harían pensar a Héctor quien de inmediato le dijo.

—Devuelve a Rayo de Sol a su lugar, quítale la montura para que descanse y ve rápidamente a preguntar a la señorita Cristina si puedes llevarte a Altamira.

Pedro lo obedeció con la mayor rapidez posible, aprovechando para quitar la montura a rayo de sol junto con el clavo que le había puesto en una de sus patas de manera de reconfortar al caballo y no dejar evidencias de lo que había hecho por si Héctor decidía revisarlo en su ausencia. Lo hizo a una velocidad como nunca antes había empleado para salir corriendo ante los ojos sorprendidos de su jefe.

Recorrió la distancia que lo separaba de la casa como si sus pies no estuviesen en contacto con la tierra, decidiendo acercarse por la puerta de servicio cuando de pronto, pasando por una de las ventanas de la cocina vio a Gertrudis cerca de una de las hornallas. Golpeó la ventana llamando la atención de la nana de Cristina, quien al verlo le hizo señas de que se alejara.

Pedro no podía hacerlo, debía imperativamente saber lo que estaba pasando. Volvió a golpear la ventana y cuando Gertrudis muy molesta levantó nuevamente la vista le hizo señas que iría por la puerta trasera. Se quedó allí parado esperando que la nana le abriese, pero como pasaba el tiempo y no lo hacía, volvió hacia la ventana de la cocina viendo con desesperación que Gertrudis ya no estaba allí.

No sabía qué hacer; caminaba de un lado al otro pensando qué debía hacer para poder hablar con Cristina. Sabía que no podía entrar por sí solo a la casa sin correr riesgos de ser encontrado por el señor Mac Eoinn y no poder explicar lo que estaba haciendo allí. Estaba entrando en desesperación cuando de pronto vio que la puerta de la cocina se abría.

—¿Qué haces aquí muchacho? – escuchó mientras se le helaba la sangre. Dio la vuelta lentamente agradecido de encontrarse con Gertrudis.

—¡Te hice señas de que te alejases! ¿Por qué insistes?

—Es que Héctor me ha pedido que lleve a la yegua de la señorita Cristina para ir al pueblo para buscar al señor Olson por… por…

—Habla muchacho, ¿acaso eres tartamudo?

—No me animo a decirlo por si Héctor se ha equivocado o ha entendido mal la orden del amo Mac Eoinn.

—Ha entendido correctamente muchacho; debes ir a pedir que Olson venga de inmediato y cumplir así la orden del amo Mac Eoinn.

—Pero… entonces ¿es verdad?

—Si muchacho, ama Elena ha muerto. Debes partir urgentemente.

—Pero… es que yo no puedo montar a Altamira sin el consentimiento de la señorita. Ella siempre me ha exigido que nadie la monte sin su consentimiento, y… como usted sabe señora Gertrudis yo soy el responsable del cuidado de su yegua. ¿Cómo puedo entonces ser yo mismo quien desoiga el deseo de la señorita?

—No es momento para molestar a Cristina con este tema no está en condiciones de hablar con nadie, y mucho menos con alguien que no es de la familia.

Esas palabras le dolieron a Pedro en el fondo de su alma, pero no podía explicar a Gertrudis la excelente relación que se había instalado entre ellos, y obviamente, no era el momento para hacerlo.

—Pero… – volvió a insistir.

—Llévate a la yegua bajo mi responsabilidad, si Cristina pregunta o se enoja, le diré que yo te autoricé a hacerlo y te aseguro no habrá problemas.

Pedro permaneció inmóvil en la puerta viendo como la oportunidad de estar cerca de Cristina en esos momentos se le esfumaba de las manos.

—¿Qué estás esperando muchacho? ¡Ve a cumplir la orden que se te ha dado y deja de perder tiempo! Mi señora necesita ser preparada lo más pronto posible para poder descansar en paz.

Viendo que ya no quedaban excusas que justificasen su demora, Pedro agradeció a Gertrudis y se alejó rumbo a las caballerizas para preparar a Altamira, sintiendo el corazón acongojado por no poder acompañar a Cristina en esos momentos de desesperación.

Preparó la yegua de su amada con premura y dejando atrás las caballerizas para cumplir con el mandato del amo Mac Eoinn, levantó la vista hacia la casa viendo a Cristina observarlo desde una ventana del piso superior. Jinete y caballo permanecieron inmóviles bajo una ligera pero persistente llovizna que comenzaba a caer; esperando un gesto, no sabía bien qué, algo en ella que le demostrase que lo había visto. Fue entonces que Cristina, apoyó su mano en la ventana siendo lo que Pedro necesitó para azuzar a Altamira, emprendiendo un potente galope para cumplir con lo que estaban necesitando.

7

Ana estacionó su automóvil un poco más allá del número 248 de la calle Bristol, domicilio declarado en el expediente de recursos humanos de Clara. Eran alrededor de las siete de la mañana, por lo que había mucho movimiento en las calles debido a las personas que se movilizaban para ir a sus trabajos. No vio a nadie salir del edificio durante los pocos minutos que permaneció dentro de su auto mirando si alguien aparecía por la puerta del palier.

El departamento estaba en el piso siete identificado con la letra A, pero no se animaba a bajar y tocar el portero eléctrico temerosa de con qué podía encontrarse del otro lado del teléfono. No fuese a ser que el departamento estuviese ya ocupado por otra persona y eso le provocase una angustia mayor a la que de por sí ya sentía esa mañana.

Con esas elucubraciones estaba cuando por el espejo retrovisor vio abrirse el portón del garaje del edificio y salir a quien supuso sería el portero, ya que llevaba una larga manguera y artículos de limpieza presto a lavar las veredas.

—¡Claro! Es la hora en la que suelen hacerse estas tareas.

Dudó unos instantes, pero decidió descender y conversar con él para enterarse si ya habían dispuesto del departamento o si algún familiar de Clara había aparecido. Le preguntaría para saber que podía hacer con sus cosas ya que si había algún familiar podría dejar allí las pertenencias de Clara, pero... si no era así, y alguien totalmente desconocido había ocupado el departamento sería ella quien conservaría las cosas de su amiga.

Convencida de que era la mejor decisión bajó del auto dirigiéndose hacia donde el portero estaba comenzando su día de trabajo.

—Buenos días –

—Buenos días – respondió Juan, – ¿qué necesita señorita?

—Mire… no sé cómo comenzar esta conversación…

Entre sorprendido y preocupado detuvo sus actividades y mirándola a los ojos dijo:

—¿Se siente mal señorita? ¿puedo ayudarla en algo? – ¿necesita que llama a alguien?

—No no, no he querido molestarlo con mis palabras, pero… verá…

A esas alturas Juan ya comenzaba a inquietarse no sabiendo qué actitud tomar ante esa joven mujer que se le había presentado de esa manera y que no lograba expresar lo que necesitaba. Dejando la manguera en el piso, se le acercó entre preocupado y desconfiado, no fuese a ser una trampa para distraerlo y que ladrones se metiesen en el edificio, por lo que se alejó inmediatamente de ella y dijo:

—si quiere llamo a la policía – creyendo que si se trataba de un hecho potencialmente delictivo la joven desestimaría el intento.

Al escuchar sus palabras Ana se dio cuenta que no estaba generando ninguna buena impresión en ese hombre sino todo lo contrario, ya que podía leer en sus ojos la desconfianza por lo que inmediatamente se dijo que debía ser clara.

—Verá, mi nombre es Ana Seller; soy la secretaria del Instituto de Historia antigua y medieval de la Universidad donde trabaja… trabajaba la doctora Clara Frers.

—Ah – expresó aliviado, – discúlpeme señorita, pero su cara me hizo asustar – encantado de conocerla. ¿Cómo anda la doctora Frers?

Ante esas palabras Ana quedó de una pieza no sabiendo cómo proseguir con la conversación. ¿Acaso este hombre no sabía nada de lo ocurrido; ¿o, mejor dicho, de lo supuestamente ocurrido? Por suerte, Juan evitó que Ana no supiese cómo proseguir la conversación pues inmediatamente agregó:

—¿Cómo le están yendo las cosas por Irlanda a la doctora? La extrañamos un montón mi esposa Laura y yo, pero nos alegramos mucho que esté trabajando tan bien en la Universidad Nacional de Irlanda. ¿Dónde era que estaba? – dijo mirando sin ver, como tratando de encontrar en su memoria un nombre que había olvidado.

—Galway – agregó Ana.

—¡Cierto; Galway! – respondió.

—Entonces…

—¿Si? – preguntó Juan; – ¿Entonces… qué señorita Seller?

—Entonces… ustedes la están esperando.

—Por supuesto que la estamos esperando. Ella se comunica con nosotros todos los meses. Bueno, en realidad se comunica con los señores Thomas, sus vecinos, y a través de ellos sabemos que está muy bien y que fue contratada por este año para trabajar allí. Mi esposa se ha ofrecido a mantener limpio el departamento, pero la señora Thomas le dijo que no se preocupe, que ella se encargaría.

—¿Los señores Thomas?

—Sí, el doctor Fermín Thomas, y su esposa Marta, quienes viven en el piso de arriba de la doctora Frers. Ellos se hicieron muy buenos amigos y le están cuidando el departamento.

—O sea que la están esperando…

—Por supuesto; perdón señorita Seller, ¿acaso le ha pasado algo a la doctora? preguntó a esas alturas de la conversación un poco preocupado.

—¡No! Por supuesto que no. Está todo muy bien con la doctora, bueno, con Clara. Si bien soy su secretaria nos hemos hecho muy buenas amigas.

—Entonces usted está al tanto de todo esto que le he dicho.

—Por supuesto – titubeó Ana.

Mucho más tranquilo Juan le dijo:

—Discúlpeme señorita Seller, pero… ¿qué es lo que la trajo aquí y la llevó a decirme que no sabía cómo comenzar esta conversación?

Ana debía encontrar una respuesta convincente para no llamar la atención de Juan. No podía decirle que traía pertenencias de Clara si estaban hablando de que volvería a trabajar en unos meses.

—Verá señor…

—Juan Vozz – agregó – pero dígame Juan por favor.

—Juan… Dudaba en cómo decirle si… podía buscar unos papeles en el departamento de Clara que me ha pedido le envíe a Irlanda. Creía que estaban en la oficina, pero allí no están, por lo que me ha dicho que tal vez los haya dejado aquí en su departamento.

Juan quedó pensativo.

—Lo lamento si lo he puesto en una situación incómoda. No se preocupe, le diré que no puedo entrar – dijo tratando de alejarse de aquella situación por demás incómoda y de una conversación que ya no le era fácil sostener.

—No señorita Seller… pero usted comprenderá que recién la conozco y siendo los Thomas quienes se ocupan del departamento de la doctora, creo que ellos debieran autorizarla. Espero no se moleste señorita.

—Para nada Juan, tiene usted toda la razón. Volveré en otro momento para hablar con los Thomas– dijo aliviada al haber encontrado una excusa para alejarse de allí. Le dio la mano y se estaba subiendo a su automóvil cuando ve que Juan le golpea la ventanilla.

—¿Si Juan?

—Señorita Ana, ¿puedo llamarla así?

—Por supuesto que sí, ¿qué necesita?

—La acompañaré al departamento de los Thomas, les avisé por el portero eléctrico y el doctor me ha dicho que suba; que la están esperando.

Ana no podía creerlo. Quería salir huyendo de allí, pero sabía que ya no podía hacerlo sin generar sospechas. Pero… ¿qué haría ahora? ¿cómo hablar con esta gente? ¿qué les diría? ¿por qué le sonaba el apellido Thomas?

En todo eso iba pensando mientras subía en el ascensor con Juan los ocho pisos que la separaban de tener que enfrentar a esta gente que no entendía qué estaban haciendo en el departamento de su amiga, si en la Universidad todos la creían fallecida.

Elucubraba en su cabeza con quienes se iba a encontrar, qué les diría; qué le dirían, y todo delante de Juan. ¿Cómo hacer para disimular lo que pasaba ya que la conversación con esas personas podría delatarla delante del portero?

Se abrió la puerta del ascensor en el piso ocho y Juan la escoltó hasta la puerta del departamento; cuando tocó el timbre y Ana sentía que estaba a punto de desfallecer, se abrió la puerta escuchando:

—¡Cómo está señorita Seller! ¡un gusto volver a verla! Clara nos adelantó su visita, estábamos esperándola. Gracias por guiarla Juan, no te distraeremos más de tus tareas. Pase Ana por favor, justamente estábamos por desayunar. ¿Haría el honor de acompañarnos?

Ana no podía dar crédito a sus ojos; delante de ella estaba la extraña pareja que le había entregado, seis meses atrás, la carta de Clara con la cruz celta, por lo que, recordando las palabras de su querida amiga entró sin dudar.

Fermín terminó de despedir a Juan cerrando la puerta tras de sí mientras Ana, sumamente nerviosa esperaba parada al lado de Marta no sabiendo muy bien qué hacer ni decir. De pronto la pareja volvió sus miradas a Ana y con un gesto cariñoso, Marta la tomó de un brazo y la escoltó hasta un sillón del living.

—Siéntese Ana, creo que lo está necesitando.

La joven lo hizo sin quitarles los ojos de encima a cada uno de ellos, como tratando de encontrar las respuestas que necesitaba; sin embargo, a pesar de sentirse sumamente extraña y sorprendida, de algo estaba segura, y era que en aquel lugar nada malo le podría pasar ya que una gran paz rodeaba aquella sala y estaba decidida a dejarse abrazar por ella.

—Ustedes… ustedes… – no sabía cómo seguir.

—Tranquila querida, nosotros somos Fermín y Marta Thomas, amigos de Clara y fuimos quienes la visitamos en la universidad unos meses atrás llevándole la carta y…

Marta interrumpió sus palabras al ver que Ana, abriendo el botón superior de su blusa, dejó ver la cruz celta que la pareja le había llevado junto a la misiva de su amiga. Al verla ambos sonrieron, y mirándose a los ojos se tomaron de las manos en señal de alivio.

—¡La está usando! ¡Qué alegría y tranquilidad para Clara y para todos nosotros!

—Perdón, pero… ¿quiénes son “todos nosotros”? No entiendo.

—Verá querida Ana, es una larga conversación, ¿dispone usted de tiempo? Sabíamos que su venida era inminente, asique nosotros estábamos esperándola dispuestos a mantener esta charla. Ahora bien, la pregunta es ¿está usted dispuesta a escucharla?

Luego de unos instantes y sin decirles nada, Ana tomó su móvil y marcando un número esperó al teléfono sin quitarles la mirada de los ojos.

—Disculpe doctor Hopkins que lo haya llamado al celular, pero… no me siento bien esta mañana. Me he levantado con mucha jaqueca y necesito quedarme en cama hasta que ceda el dolor. Trataré de ir pasado el mediodía. Despreocúpese que anoche dejé todos los papeles que llegaron para usted en su escritorio, por lo que creo no necesitará nada más salvo el servicio de café, aunque de eso puede ocuparse muy bien María.

Luego de unos instantes en los que obviamente estaba escuchando la respuesta del actual director agregó:

—¡Muchas gracias por su comprensión doctor! Espero poder ir esta tarde.

Mirando a la pareja, apagó su teléfono y dejándolo dentro de su cartera les dijo:

—Tengo todo el tiempo del mundo para escucharlos.

—Voy por ese café; nos hará falta a los tres – dijo Marta.

8

Pedro cabalgó a una velocidad inusitada. Altamira galopaba como si supiese que debía llegar rápidamente a cumplir la misión que estaba necesitando su ama Cristina. Ella y el jinete parecían una dupla endemoniada capaz de enfrentar y sortear cualquier obstáculo que se presentase en su camino, amalgamados en una única voluntad de llegar lo más rápido posible al pueblo.

Pedro la condujo por el camino más corto alejándose del tradicional, por lo cual debieron desplazarse a campo traviesa adentrándose en el bosque, por lo que, tanto yegua como jinete sortearon varios obstáculos antes de salir intempestivamente de la tupida arboleda para empalmar con el camino principal de entrada al pueblo.

Su llegada al camino fue tan sorpresiva que una caravana que estaba abandonando el pueblo debió sosegar a los caballos que tiraban de las carretas, asustados ante esa dupla enajenada que apareció de la nada desde el bosque. Pedro y Altamira no tenían tiempo que perder por lo que no se detuvieron a pedir disculpas, desoyendo los gritos e insultos de quienes conducían los carromatos.

Entraron al pueblo sin aminorar la velocidad por lo que a su paso la gente corría despavorida, tratando de evitar ser embestidos por ese caballo que seguía corriendo esquivando cuanto objeto se interponía ante su paso, fuese este humano o no. Cuando por fin llegaron a lo de Olson, Pedro detuvo a Altamira de un solo movimiento arrojándose al piso para golpear la puerta con todas sus fuerzas, ya que Olson, aún no había abierto.

—¡Qué son esos ruidos! – se oyó vociferar desde el interior.

—¡Ábrame Señor Olson!

—¡No abriré nada si no me dices quién eres! ¡Aún no estamos abiertos! ¿No sabes la hora qué es?

—¡Soy Pedro, el caballerizo del señor Mac Eoinn! Mi señor está necesitando sus servicios.

Luego de unos instantes de total silencio, Olson abrió la puerta.

—¿Qué necesita el señor Mac Eoinn? – dijo cerrándose su bata.

—Tiene que venir enseguida a la mansión, ¡la señora Elena ha muerto! – dicho lo cual Olson abrió la puerta de par en par e hizo entrar a Pedro dentro de su casa.

—Pasa, pasa muchacho, parece que te traen mil demonios. Dime, ¿qué ha pasado?

—No lo sé bien señor Olson, solo sé que me han encargado que vaya usted a la mansión lo más pronto que pueda con su mejor servicio para preparar a la señora Elena. Lo esperan con urgencia ya que quieren dar aviso a toda la comarca por lo que mucha gente vendrá a dar su último adiós a la señora.

—De acuerdo muchacho. Recupérate del viaje y vuelve a salir llevando el mensaje de que estaré por allí en poco menos de dos horas, que es el tiempo que me llevará preparar todos los implementos que necesito para el servicio fúnebre para tan magnífica dama. Dile a tu amo que se despreocupe que no lo haré quedar mal ante los ojos de sus vecinos.

¿Quedar mal ante los ojos de los vecinos? ¿Qué importancia tendría eso? ¿Acaso lo relevante era dar una buena impresión? ¿Lo más importante acaso no era la desaparición de tan maravillosa dama, y el dolor que su partida producía en su esposo y su querida hija Cristina?

¡Qué cosas importaban a los ricos! Definitivamente Pedro no los entendería nunca, aunque sabía que eso no era lo que verdaderamente le importaba a su amada; ¡obviamente que no!

Luego de recuperarse un poco de su alocada carrera emprendió el regreso a un paso menos agitado sin dejar de ser veloz, ya que quería llegar rápido para avisar que todo estaría listo tal cual lo habían solicitado. Cuando llegó a las caballerizas y fue a dejar a Altamira en su pesebrera se sorprendió con una sombra que salió a su encuentro.

Tomando rápidamente un rastrillo largo como para defenderse de un artero ataque, se detuvo al ver que la sombra no era otra que Cristina quien, al verlo salir corriendo unas horas atrás montando su yegua, había decidido esperarlo para poder hablar con él a solas.

—¡Por Dios Cristina; he podido lastimarte! ¿Qué haces aquí escondida?

La joven no podía articular palabra, sus ojos estaban tan hinchados de llorar que casi no podía abrirlos para mirarlo. Aún sollozaba desolada y solo atinó a abrazarse fuertemente a él y dar rienda suelta a sus sentimientos llorando profundamente durante varios minutos que a Pedro le parecieron una eternidad, sintiendo que no debía interrumpirla.

Solo la abrazó fuertemente permitiéndole soltar sus lágrimas mientras acariciaba su cabeza como si fuese una niña demandando protección y cobijo; estuvieron así por varios minutos hasta que aminoraron sus sollozos. Sin moverse ni dejando de acariciar su cabeza, esperó pacientemente a que Cristina reaccionase rogando que Héctor no apareciese en el lugar, lo que habría provocado una situación muy incómoda y difícil de explicar.

Poco a poco la joven fue recuperando el aliento y en un momento separándose de Pedro, tomó el rostro del joven entre sus manos y poniéndose en puntas de pie lo besó muy suavemente en los labios; un beso inocente, cálido, casi infantil, desprovisto de erotismo, pero lleno de una inmensa ternura y entrega total.

Pedro lo devolvió de la misma manera. No quería destruir ese mágico momento forzando una situación que entendía Cristina no estaba buscando. Sus labios devolvieron exactamente la misma intensidad que estaban recibiendo, y supo de esa manera, que un puro pero férreo amor se estaba consolidando entre ellos.

Permanecieron así unos instantes hasta que sus labios se separaron y quedaron uno al lado del otro mirándose a los ojos, esos ojos hinchados de Cristina, pero llenos de un adolescente y sincero amor por ese joven que, no perteneciendo a su misma escala social representaba para ella la persona con quien quería compartir su vida para siempre.

No eran necesarias las palabras. Quedaron abrazados rodeados por un halo de ternura y sinceridad que les brindó todo el calor que esa terrible mañana les estaba privando de sentir.

—No quiero alejarme de ti – le dijo Cristina con su rostro apoyado contra su pecho. – Cuando te vi partir esta madrugada montando a Altamira supe que ibas a encargarte de algo que mi padre te había encomendado; sintiendo que en realidad lo estabas haciendo por mí, y por… por mi madre. ¡Gracias por ello!

—Mi amada Cristina – le dijo Pedro, aunque sintiendo miedo por la reacción que la joven pudiese tener ante esas palabras, calló abruptamente pensando que podría malinterpretar sus dichos y pensar que quería aprovecharse en estos momentos de debilidad y fragilidad extrema.

—¿Por qué te has detenido Pedro? ¿Qué quieres decirme?; por favor no te detengas, ¡te necesito!

—Es que no quiero que me malinterpretes Cristina. Mi corazón late por ti desde el primer momento en que te vi, pero temo que sientas que quiero aprovecharme de tu situación de vulnerabilidad en estos momentos de enorme tristeza por la pérdida de tu madre.

—¡Asesinato!

—¿Qué dices?

—No me hagas caso – dijo Cristina separándose de él.

—¿Asesinato has dicho?

—No importa. No te preocupes por lo que digo. La muerte de mi madre es un problema que debo atender personalmente.

—Pero…

Cristina puso su dedo índice sobre los labios de Pedro indicándole que callase.

—Por favor, escúchame un instante; te pido que no me interrumpas pues es muy difícil para mí expresar lo que estoy por decirte. ¿prometes que no me interrumpirás escuches lo que escuches?

—Pero… – Nuevamente lo interrumpió Cristina.

—¿Lo prometes sí o no?

—Lo prometo –

Cristina se alejó unos pasos acercándose a la puerta de las caballerizas, mirando hacia la casa con la vista perdida en sus más espantosos recuerdos de la noche anterior. Permaneció callada unos instantes como buscando las palabras adecuadas, mientras Pedro la observaba intranquilo tratando de imaginar lo que estaba pasando por su cabeza y su corazón.

De pronto, la escuchó expresar con voz firme.

—Creo que mi padre es el responsable de la muerte de mi madre. Los oí discutir fuertemente esta noche, mucho más de lo habitual. Es evidente que mi madre no era feliz en su matrimonio, aunque ella tratase siempre de esconder tal situación ante mí, también sospecho que Gertrudis estaba al tanto de todo.

—Mi madre siempre trató de disimular ante mí para que creciese tranquila amando tanto a mi padre como a ella, pero… él nunca fue un padre amoroso conmigo, como tampoco lo fue como esposo. Ahora que he crecido y que siento en mi corazón lo que es el amor verdadero me doy cuenta de todo.

Dándose vuelta caminó hacia Pedro y tomándolo de la mano le dijo.

—Sí Pedro, amor verdadero. Yo también te amo y creo que lo hago desde el momento en que te vi por primera vez al igual que tú.

Pedro sintió su corazón galopar a una velocidad inusitada al escuchar las palabras de Cristina que le recordaron la loca carrera que había emprendido con Altamira rumbo al pueblo. Sintió que no debía interrumpirla, por lo que solo atinó a apretar fuertemente sus manos entre las suyas demostrándole que su corazón sentía lo mismo.

—Solo te pido me ayudes a descubrir lo que ha pasado.

—Por supuesto te ayudaré en lo que creas necesario. Cuenta conmigo siempre mi amor.

—¡Gracias! dijo Cristina mientras se escuchó a Gertrudis llamándola a viva voz.

—Debo volver a la casa de inmediato, pero no quiero que Gertrudis me vea salir de aquí. No quiero dar explicaciones complicadas ni siquiera ante ella. No todavía.

—Ven; sígueme arriba, puedes bajar por la ventana trasera del ático hacia la parte de atrás de las caballerizas. No podrá verte nadie desde la casa – dijo tomándola de la mano.

Sin dudarlo Cristina decidió seguirlo. Una vez que hubieron subido, Pedro recogió la escalera y caminando hacia atrás del ático corrió unos fardos de alfalfa que estaban bloqueando la ventana trasera que no se utilizaba. Una vez despejada, sacó la escalera por la ventana y la deslizó hasta tocar la tierra.

—¿Te animas a bajar sola?

—Por supuesto dijo Cristina, de esa manera será menos complicado dar explicaciones a Gertrudis por si te encuentra conmigo.

Entonces la joven salió por la ventana y ubicó sus pies en el primer peldaño de la escalera que Pedro sostenía contra la ventana para evitar cualquier corrimiento de la misma. Cuando sus dos pies se encontraron en el segundo peldaño Cristina tomó entre sus manos el rostro de Pedro besándolo suavemente en los labios, aunque pudo sentir cierta intensidad diferente al primer beso entre ambos.

—Te amo Pedro.

—¡Yo también mi amor! Ahora vete y baja con cuidado.

Así lo hizo Cristina, bajando rápidamente con total seguridad. Cuando llegó al suelo lo saludó con la mano y salió corriendo hacia la casa. Él recogió con premura la escalera ubicándola nuevamente en su lugar justo al tiempo en que Héctor entraba a la caballeriza. Al escucharlo se apuró a correr nuevamente los fardos de alfalfa para que no notara lo que allí había ocurrido.

Lo que allí había pasado solo el interesaba a Cristina y a él mismo; nadie más debía ser testigo de ese amor que se habían jurado.

—¡Cristina! ¿qué haces viniendo de allí?

—Necesitaba salir de esa casa que me estaba ahogando Gertrudis. Allí adentro no podía respirar.

—Pero, ¿acaso estás loca mi niña? ¿Qué pasó por tu cabeza para abandonar la protección de la casa y adentrarte en el bosque?

—¿Protección de la casa? ¿De qué estás hablando Gertrudis? ¿Acaso esa enorme mansión le ha dado protección a mi madre o ha sido un permanente calvario a punto de encontrar entre esas supuestas seguras paredes su propia muerte?

Gertrudis no pudo contestarle pues sabía que lo que la joven estaba diciendo era exactamente así.

—Vamos, vamos mi niña, debes cambiarte, el servicio para tu madre está listo y la gente debe estar próxima a llegar.

—No tengo ganas de cambiarme Gertrudis.

—Debes hacerlo; tu padre ha pedido que te vistas apropiadamente para el servicio.

—¡Apropiadamente! Siempre pensando en el “qué dirán”.

—Te entiendo Cristina, pero tu madre así lo hubiese querido.

—¡Tú sabes bien lo que mi madre hubiese querido! Y dista mucho de satisfacer las expectativas de mi padre y sus abominables amigos – Además no tengo ningún vestido apropiado a los deseos de mi padre, mi madre nunca me ha comprado un vestido negro, ella siempre ha querido vestidos de colores alegres para mí. ¿Cómo haré para vestirme apropiadamente ante los ojos de mi padre?

—Te pondrás un vestido de tu madre, ella tenía uno que usó para el funeral de su tío -

—¿Crees que me quedará bien?

—Te quedará perfectamente; ¡eres tan parecida a tu madre! Vamos mi niña, apresúrate.

Cristina tomó la mano de Gertrudis para caminar hacia la casa volteando dos veces hacia las caballerizas esperando encontrar los ojos de Pedro, aunque… él ya no estaba allí.

—Espérame en tu cuarto Cristina, volveré con el vestido de tu madre y te arreglaré los cabellos, los tienes hechos un desastre.

—Te dije que no me importa lo que mi padre ni ninguno de sus invitados piense sobre mi aspecto personal.

—Y yo te he dicho que lo harás por tu madre. Ella querría que estuvieses muy bien y que nadie te viese flaquear en estas circunstancias. Te ha criado para que seas una mujer libre con convicciones fuertes y así debes mostrarte, no por tu padre, sino por ella. ¿entendido?

Luego de unos instantes en los cuales Cristina comenzó a encontrar sentido a lo que Gertrudis le estaba diciendo le dijo:

—Tienes razón, aquí te esperaré.

Estaba sentada en su dresuar mirándose al espejo cepillando su cabello, cuando de pronto sus lágrimas comenzaron a desaparecer dejando una mirada de rencor profundo en sus ojos mientras pensaba.

—Te lo he prometido madre, no descansaré hasta hacer pagar por lo que te ha ocurrido – diciéndose que ese rencor sería el motor que la impulsaría de ahora en adelante para alcanzar su venganza.

Cuando Gertrudis entró con el vestido de su madre lo dejó sobre la cama, luego la ayudó a terminar de cepillar sus cabellos, a vestirse y peinarse, hasta que viéndola parada frente al espejo no pudo menos que exclamar:

—¡Por Dios Cristina, estás idéntica a tu madre!

—¿Si? Pues no hay nada que me dé más placer que parecerme a ella.

—¿Lista Cristina? Ya han llegado muchos de los amigos y vecinos de tu padre.

—¡Lista!... ¡vamos!

Cuando llegó a la balaustrada pudo ver la capilla ardiente de su madre en la biblioteca a un costado del gran salón, y en éste, a un nutrido grupo de personas charlando distendidamente como si de una reunión social se tratase. Con horror identificó a su padre entre ellos pareciéndose mucho más a un anfitrión de una fiesta que a un viudo acongojado por la pérdida irreparable de su esposa.

Sintió ganas de salir corriendo de allí y volver a sumergirse en los brazos de Pedro, donde tanta calidez y seguridad sentía, pero… recordó la promesa hecha a su madre cuando yacía entre sus brazos y logrando sobreponerse comenzó a bajar las escaleras.

De pronto se hizo un silencio en el salón cuando los rostros de los presentes giraron hacia ella. Tan profundo fue, que pudo sentirse claramente la copa de su padre estrellándose contra el piso al verla bajar.

Cristina era la copia fiel de su madre, con su cabellera negra ondulada finamente recogida sobre su cabeza, y al verla en ese vestido negro que tan bien conocía su padre, no pudo menos que sentirse sobresaltado al verla descender. A medida que bajaba cada escalón Cristina sentía más y más seguridad guiada por la promesa hecha a su madre.

—Buenas noches a todos, muchas gracias por acompañarnos a mi amado padre y a mí en estos difíciles momentos – dijo hipócritamente, pues debía disimular el rencor en sus ojos para no llamar la atención de nadie. A medida que se acercaba a su padre la gente se abría para darle paso, ensimismados por la belleza de esa joven en la que jamás habían reparado, pero que esa noche pareció haber despertado.

Decidida se acercó a su padre y tomándolo del brazo le pidió que la acompañara a la biblioteca donde descansaba su madre.

—Acompáñame padre por favor, debemos estar cerca de mi madre.

Michael Mac Eoinn no podía articular palabra al ver a Cristina igual a Elena, su esposa, a quien él había asesinado en la noche.

—Ve tú querida, yo debo atender a los presentes.

—¡Querida! – pensó Cristina. Cuánta falsedad sintió en esas palabras. No recordaba un momento, ni siquiera de niña en que Mac Eoinn se hubiese referido a ella con esos términos. ¡Cuánta actuación! En esos momentos, mirándolo a los ojos se dio cuenta de la terrible verdad. La muerte de su madre no había sido por su propia decisión sino provocada por ese hombre al que no podía siquiera llamarlo padre.

En esos instantes en que ambos se miraban a los ojos se acercó un hombre mayor, mucho mayor que su padre quien le dirigió unas palabras que casi ni entendió.

—¡Señorita Mac Eoinn! – insistió el hombre allí parado.

—Cristina – dijo su padre, – permíteme presentarte al señor O’ Sullivan – Cristina seguía sin poder quitar sus ojos de los de su padre tratando de escudriñar en esa terrible mirada la confesión que estaba buscando.

—¡Cristina! ¡Hija!

En esos momentos reaccionó.

—Discúlpeme ¿Señor?…

—O’ Sullivan; Mark O’ Sullivan. Soy el dueño de “Las Rosas”, la propiedad que rodea la parte norte de sus tierras señorita Mac Eoinn, o… si me permite… ¿puedo llamarla Cristina? – Y sin esperar la respuesta de la joven tomó su mano entre las suyas diciéndole – quisiera expresarle mis más sinceras condolencias ante tan irreparable pérdida.

Cristina retiró su mano de las del hombre tratando de disimular el malestar que el contacto con su piel le produjo, pero reponiéndose inmediatamente le dijo:

—Muchas gracias señor… O’Sullivan. Si me disculpan, quisiera estar un momento a solas con mi madre.

—Por supuesto señorita –

Inmediatamente abandonó la sala rumbo a la biblioteca cerrando la puerta tras de sí pues no quería ser vista por ninguna de las personas que habían venido. Acercándose al ataúd de su madre pudo ver que el señor Olson se había encargado muy bien de su aspecto final. Sus cabellos negros estaban perfectamente ordenados a los costados de su rostro con sus mejillas ligeramente coloreadas para disimular lo grisáceo de la brutal muerte y sus manos entrelazadas. ¡Qué hermosa era! Y ¡qué injustamente joven había muerto!

Su abuelo la había casado con su padre a los catorce años, habiendo quedado embarazada al año de la boda, por lo que al momento de su muerte contaba tan solo con treinta y tres años de edad. Elena había hecho lo imposible para evitar que ella corriese la misma suerte, por lo que era un milagro que Cristina estuviese por cumplir dieciocho años estando aún soltera, hecho impensado para la época.

Cuánto tenía para agradecerle a esa mujer que yacía en esa fría caja como lujosa cárcel para su eterno descanso.

—Descanso – pensó – Y sí; tal vez su madre al fin estaba descansando de las garras de su padre que la habían condenado a una vida sin amor viviendo en una jaula de oro de la cual no podía salir, encontrando en su hija la única razón para seguir viviendo.

—Te prometo madre mía; te prometo que no cejaré hasta hacer pagar al culpable de tu muerte. Le haré pagar por ello y por cada uno de los instantes en que te haya hecho infeliz a lo largo de todos estos años. Ahora descansa mi bella paloma, descansa que seré yo de ahora en adelante quien te cuide y vele por tu eterno descanso, que juro se consolidará una vez que haya hecho pagar al culpable. ¡Te lo juro madre!

—Ven querida Cristina, salgamos un momento de esta sala; necesitas aire fresco. Tu madre querría que no sufrieras por ella – las palabras de Gertrudis la volvieron a la realidad. – Tu padre te llama al salón.

Cristina no quería dejar a su madre sola en ese lugar.

—Ven querida, tu madre por fin está descansando en un lugar donde la congoja y el miedo no existen. Ella es ahora una hermosa alma que protegerá tu vida hasta el fin de los tiempos.

Cristina debía encontrar las fuerzas para seguir, y de pronto se dio cuenta de que las encontraría en la memoria de su madre y en el rencor contra su padre que minuto a minuto crecía dentro de su corazón.

—Tienes razón Gertrudis. Vamos.

Mientras salía se dijo a sí misma que no volvería a llorar, que las lágrimas contenidas serían el fuego que alimentaría su venganza y la transformarían en una magnífica actriz, para que nadie, absolutamente nadie sospechase jamás que en ese momento comenzaba a pergeñar la forma en la que un día su madre Elena descansaría por fin en paz.

9

Obus y Bogul avanzaban por las arenas duras de la playa para desplazarse con mayor velocidad, pues la tormenta amenazaba con volcar toda su furia sobre ellos en cualquier momento. A lo lejos pudieron ver como fuertes y potentes rayos descendían de los cielos de manera preocupante, por lo que Obus comenzó a correr sosteniendo a Bogul sobre su cuello.

—Sostente bien hermano, debemos adelantarnos y llegar al sitio donde podamos ascender ya que si alguno de esos rayos toca el agua o la arena mientras estemos caminando caeremos fulminados de inmediato y no podremos hacer nada al respecto.

—Apúrate entonces Obus, no te preocupes por mí, tus brazos alrededor de mí suplen lo corto de mis piernas ya que su longitud no me permite asirme a tu cuello con fuerza. No me sueltes amigo. ¿Falta mucho?

—¿Ves ese acantilado al final de esta línea de bancos de arena?

—¡Sí! lo veo.

—Debemos llegar allí lo más pronto posible. Si la tormenta se desata no podremos comenzar a ascender pues seremos presa fácil de cualquier rayo que pueda caer sobre las piedras, pero en su base, hay unas profundas cavernas donde guarecernos. Solo debemos esperar que no se encuentren inundadas.

—¿Inundadas has dicho?

—Si amigo, inundadas. Cuando crece la marea tapa las cavernas de agua y no podremos entrar, o lo que es peor, si logramos entrar y posteriormente la marea comienza a subir, quedaremos atrapados y no sé si dentro de ellas encontremos algún promontorio donde poder subir para evitar morir ahogados.

—¿Acaso quieres seguir matándome de miedo orco?

—Claro que no amigo, estoy siendo todo lo sincero que puedo ser.

—¿Qué haremos entonces?

—Pues no tenemos escapatoria, o bien volvemos y nos adentramos en el maldito bosque, o seguimos y confiamos en que los dioses guiarán nuestro camino. ¿Qué dices?

—¡Sigamos Obus! y confiemos en que éstos nos protegerán.

Y así la pareja continuó su carrera hacia ese pétreo y gris acantilado que se perfilaba en el horizonte, donde la playa y el plomizo cielo se fundían en una misma imagen atemorizante.

Obus corrió durante media hora sin parar, sosteniendo a su amigo con todas sus fuerzas mientras las gotas caían con furia sobre su cuerpo y el del pequeño Bogul. La lluvia lastimaba sus ojos como látigos punzantes con cada ráfaga de viento, pero en lugar de atemorizar más a la pareja les daba el coraje necesario para proseguir su camino, sabiendo que si se detenían sus vidas estarían en peligro y con ello se desvanecería la posibilidad de rescatar a Sarlo de las garras de Dearge Due.

Los rayos caían cada vez más cerca cuando de pronto uno de ellos tocó tierra a pocos metros delante de ellos arrojándolos contra la dura arena. Mientras caía Obus quiso sostener a Bogul, pero la onda expansiva ya lo había arrancado de su cuello rodando varios metros hacia el mar embravecido.

Aturdido, no se dio cuenta que su amigo estaba siendo arrastrado por las olas mar adentro, y sus gritos de auxilio eran acallados por la furia de la tormenta. Permaneció unos instantes como perdido hasta que un halo de sol pudo colarse entre los nubarrones y por obra de los dioses la furia de la tormenta se acalló el tiempo suficiente para oír los gritos desgarradores de Bogul clamando auxilio.

Entonces levantándose rápidamente de la arena y sin perder tiempo se introdujo en el mar en busca de su amigo en el momento justo en que el cielo se cerraba nuevamente dando lugar a un frente cada vez más oscuro y atemorizante. Su altura le permitió llegar sin problemas hasta Bogul, y asiéndolo fuertemente por los brazos lo colocó nuevamente sobre sus hombros emprendiendo el regreso exigiendo a su cuerpo una fuerza inusitada para poder vencer la maldita corriente que intentaba llevárselos hasta las más negras profundidades.

Lograron llegar a la playa nuevamente y sin permitirse un minuto de respiro corrió lo más rápido que pudo para llegar a la entrada de las cavernas en la base del acantilado. La marea no había subido, aunque las olas golpeaban con fuerza sobre las rocas de la entrada.

—¡Es muy peligroso entrar Obus!

— ¿qué propones? ¿Quedarnos aquí fuera y morir en cualquier momento? O bien ¿intentar observar la cadencia de las olas y saltar en el momento oportuno en que estas se retiren?

Bogul pensaba en silencio.

—No tenemos todo el día amigo.

—No sé… yo… – No tuvo tiempo de terminar la frase cuando de pronto se vio sobre su amigo quien se había lanzado al mar intentando llegar a la entrada de la cueva. Solo pudo asirse de los cabellos de Obus y tratar de sostenerse como pudo, ya que este necesitó de sus dos manos para aferrarse a las rocas con todas sus fuerzas.

Las olas los bañaron y taparon más de una vez, y cuando creyó que iban a ahogarse se vio resurgir sobre su amigo quien había logrado aferrarse a una gran roca y usarla de trampolín para dar un largo salto que los depositó dentro de la caverna. Avanzaron agazapados arrastrándose por las piedras hasta un lugar de la caverna donde las olas ya no entraban, y allí, exhaustos, se abandonaron sobre el suelo para reponer fuerzas.

—¡Casi no lo logramos! ¿Estás loco Obus?

—Loco sería si hubiese permanecido allí afuera esperando tu respuesta. Ya que estaríamos intentando infructuosamente sobrevivir entre las olas del mar.

Bogul quedó pensativo.

—Perdóname amigo, tienes toda la razón. ¡Gracias! – le dijo arrojándose a su cuello en un abrazo que sorprendió muchísimo al orco quien intentó sacárselo de encima – Basta enano, ¡ya es suficiente! Descansemos mientras arrecia la tormenta.

Así dejaron de luchar contra el cansancio, abandonándose a un necesario reposo que sin saber cómo ni cuándo, los dejo dormidos.

Bogul soñaba que estaba nadando en una playa cálida, pero tenía la sensación que a pesar de la tranquilidad de la misma algo pasaba pues sentía que corría riesgo de ahogarse. Fue entonces cuando se despertó y se dio cuenta con horror que el agua de la marea había subido entrando a la caverna y estaba llegando a sus fosas nasales. Se sentó inmediatamente para protegerse y miró a Obus, quien debido a su gran porte ni se había enterado de la situación.

Se arrojó sobre el pecho del orco gritando ¡Obus despierta! ¡La cueva se está inundando! Este estaba tan cansado que no reaccionaba.

Entonces Bogul comenzó a saltar sobre el estómago de su amigo.

—¡Que te despiertes digo!

Obus reaccionó y pudo ver con preocupación que la marea estaba subiendo rápidamente dentro de la caverna; poniéndose de cuatro patas y colocando a su amigo sobre la espalda dijo:

—Nuestra única oportunidad es adentrarnos y rezar a los dioses para que encontremos alguna elevación donde el agua no pueda llegar. ¡Vamos, no tenemos tiempo que perder!

Así se arrastró sin pausa lastimándose sus rodillas y manos con las filosas piedras, que no podía ver con claridad dada la escasa visibilidad dentro de la caverna. Haciendo caso omiso de su dolor, continuó avanzando hasta que llegaron a un lugar donde sintió que podía pararse, pues de algún lado se filtraba cierta claridad permitiéndole ver que la caverna era allí muy espaciosa. Por el mismo motivo pudo avanzar más cómodo, aunque vio con preocupación que el agua también subía casi a la misma velocidad.

No quería avisar a Bogul, quien no podía percatarse de la situación ya que ahora estaba adherido con todas sus fuerzas a su cuello. Sin embargo, en un momento en que Bogul miró al piso se dio cuenta del peligro que se cernía sobre ellos y sin mediar palabra se sujetó con todas sus fuerzas al cuello de su amigo.

—Tranquilo, te prometo que te sacaré de aquí.

Así siguieron avanzando hacia la claridad que se manifestaba más adelante hasta que llegaron a un lugar donde un túnel ascendente permitía ver el tenebroso cielo por el cual caía la lluvia con furia, pero… lejos de preocupar a Obus, le dio la pauta de que por allí podían ascender, ya que cuando los feroces rayos iluminaban la cueva podían observarse salientes piedras a lo largo de esa chimenea, por lo que pensó que con Bogul sobre sus espaldas intentaría ascender para que así tal vez poder escapar de una muerte segura cuando la cueva quedase totalmente inundada por la marea.

No tenían mucho tiempo, puesto que a pesar de la gran altura del orco el agua ya se encontraba por arriba de sus rodillas subiendo con gran rapidez; la escena horrorizaba a Bogul ya que sabía que sin Obus, se hubiese ahogado mucho tiempo atrás.

El orco no se permitió elegir por donde comenzar pues el tiempo claramente conspiraba contra ellos por lo que, sin dudarlo, y aprovechando cada rayo observó las filas de piedras salientes que se recortaban como negros fantasmas a contraluz.

—Aquí vamos amigo, saldremos de aquí.

Bogul no contestaba, ya que entre el frío que sentía y el miedo que lo abrazaba temblaba de pies a cabeza no pudiendo articular palabra. Obus comenzó el ascenso necesitando de ambas manos para asirse con fuerza de cada piedra y con sus pies impulsarse hacia arriba sobre aquellas que iba dejando atrás, por lo que Bogul nuevamente se asió con fuerza de sus cabellos y con sus cortas piernas trataba infructuosamente de rodear el ancho cuello del orco.

En un momento miró hacia abajo dándose cuenta que si caían por cualquier motivo morirían ambos ahogados ya que no podía verse el suelo de la caverna, indicando claramente que el agua entraba con fuerza pugnando por ascender por aquella chimenea que representaba su única escapatoria. Solo rogaba a los dioses que el agua no subiese hasta donde ellos se encontraban, y a su vez le infundiesen a Obus toda la fuerza que ambos estaban necesitando.

Sus manos y pies sangraban profusamente por los cortes que había sufrido al arrastrase por el suelo de la caverna, y el agua salada no hacía más que exacerbar el ardor en sus heridas, pero no podía darse el lujo de detenerse ya que el tiempo era su peor enemigo; si salvaban sus vidas podría ocuparse de curarlas.

Cuando estaban más o menos a mitad de camino de la abertura de la chimenea Obus encontró un orificio en la roca que conducía a un pequeño pasadizo lateral. Al llegar se sentó sobre el piso y gateando lo recorrieron viendo que este terminaba en un desfiladero sobre la ladera del acantilado. Allí agazapados podían ver por la apertura en la roca toda la furia de la tormenta y cómo el mar embravecido bramaba con horror sobre las piedras.

En un momento pensó que quedarse allí sería la solución hasta que la tormenta amainase y la marea comenzase a bajar. Bogul aliviado le dijo:

—¡Lo logramos amigo! ¡Gracias!

Pero algo no le gustaba a Obus, por algún motivo no se sentía tranquilo. Miraba hacia el horizonte y desde ese lugar no se podía ver otra cosa que un mar enloquecido golpeando con toda su furia, mientras rayos poderosos iluminaban el cielo y caían como espadas sobre las olas.

Fue entonces que entendió.

El agua estaba comenzando a inundar el pasadizo. Había llegado hasta ellos. Bogul gritaba enloquecido:

—¡Moriremos Obus, moriremos aquí!

En un principio se contagió de su desesperación, pero luego se dio cuenta que esa misma agua que estaba entrando al pasadizo simbolizaba su salvación.

—¡Tranquilo amigo, tienes razón nos hemos salvado!

—¡Ya lo decía yo! ¡Moriremos aquí y tú estás delirando! – dijo mientras se trepaba a la cabeza de Obus como tratando de mantener sus pies fuera del agua que rápidamente comenzaba a subir por el pasadizo.

—Tranquilo Bogul, que el agua haya llegado hasta aquí es la muestra de nuestra salvación.

—¿Estás delirando orco?

—No amigo, escúchame. Solo tenemos que volver rápidamente a la chimenea y seguir subiendo, este pasadizo será nuestra salvación pues funcionará como vertedero compensador y el agua no subirá hasta el tope, ¿entiendes Bogul?

—No mucho, pero si tú estás seguro te seguiré amigo, no perdamos tiempo.

Así Obus volvió a poner a su amigo sobre sus hombros agarrado una vez más fuertemente de sus cabellos y volviendo a la entrada del pasadizo esperó a que un rayo volviese a iluminar la chimenea para poder ver la primera roca de la cual asirse.

Comenzaron a ascender nuevamente entendiendo entonces Bogul lo que su amigo le había querido decir. El agua que irremediablemente subía por la chimenea, al llegar al pasadizo, se deslizaba a través de él permitiendo así caer el agua como furiosa cascada nuevamente hacia el mar, lo que les permitió seguir ascendiendo no sin dificultades, pero sí sabiendo que ya no correrían el riesgo de morir ahogados.

El ascenso fue duro puesto que las heridas de Obus le molestaban mucho, pero no quería asustar más a su pequeño amigo. De pronto un rayo muy potente y luminoso le permitió darse cuenta que la salida estaba a poco más de diez metros de donde se encontraban dándole la fuerza necesaria para seguir ascendiendo hasta que, con horror, otro rayo le permitió notar que ya no había ninguna saliente rocosa de la cual asirse. Sintiéndose desfallecer se detuvo apoyando su espalda contra la fría roca.

—¡Cuidado Obus! ¿Acaso quieres que después de todo lo pasado muera aplastado por ti?

—Perdón amigo, solo necesito un descanso – respondió tratando de desdramatizar la situación para evitar que Bogul se diese cuenta del terrible fin que sobre ellos se cernía como irónica crueldad del destino.

Allí permanecieron mientras la furia de la tormenta comenzó a amainar, dejando paso al amanecer con su incipiente y tibia luz solar. Bogul se había quedado dormido sobre el cuello de Obus, agradeciendo este que así hubiese sido para que su amigo no notase que, a pesar de todos los esfuerzos realizados, esa chimenea sería su macabra sepultura.

Estaba tremendamente cansado, pero no podía darse el lujo de quedarse dormido pues corrían riesgo de caerse; entonces con mucho cuidado, evitando que su amigo despertase, se agachó sobre la roca saliente para sentarse a horcajadas sobre ella y permitirse así dormitar un poco.

—¡Eh tú!

—¡Oye tú!

Obus sentía voces entre sueños sin poder entender qué le decían, cuando de pronto algo golpeó su cabeza provocando que se despertara completamente. Pudo notar un objeto colgando frente a sus ojos; si bien la tormenta había dejado paso a una fuerte luz del sol, esta lo enceguecía al intentar mirar hacia arriba, por lo que rápidamente bajó sus ojos y en unos pocos instantes pudo ver con más claridad lo que parecía ser una soga colgando frente a él.

Se encontraba a poco más de un metro de dónde él estaba por lo que con mucho cuidado para no voltear a Bogul con un brusco movimiento, pudo tomar con su mano esa soga gruesa que terminaba en un fuerte nudo.

—¡Eh tú! – sintió nuevamente Obus quien, al intentar mirar hacia arriba de dónde claramente provenía la voz pudo ahora observar unas siluetas oscuras que contrastaban con la potente luz solar.

—¡Agárrate de ella y te sacaremos de allí!

Entusiasmado ante el impensado ofrecimiento y agradeciendo a los dioses por esos seres que estaban tratando de ayudarlos, despertó a Bogul quien seguía profundamente dormido.

—¡Bogul! ¡Bogul! ¡despierta amigo! ¡estamos salvados.

Frotando sus ojos con una de sus manos mientras se mantenía aferrado al cabello de Obus con la otra, le dijo:

—¿qué pasa amigo?

—despierta, vamos a salir de aquí.

Bogul intentó mirar para arriba encontrándose sus ojos con las mismas oscuras siluetas que Obus había visto.

—¿Estamos muertos amigo? – ¿Esos son los dioses que vienen a buscarnos?

—¡No!; no sé quiénes serán, pero… son nuestra única posibilidad de salir de este lugar con vida.

—¡Apresúrense! ¡No tenemos todo el día!

—Vamos Bogul, tómate fuertemente de mis cabellos, necesitaré mis dos manos para poder trepar por esta soga.

—¿Soga? ¿Acaso no podemos seguir trepando por las rocas?

—¿Qué rocas amigo? Solo quedan diez metros de lisas paredes hasta llegar a la cima, si estos seres no nos hubiesen encontrado y arrojado la soga jamás hubiésemos podido salir.

—¡Y no pensabas decirme nada!

—¿Para qué Bogul? ¿Acaso algo hubiese cambiado la situación si te lo hubiese contado? Por lo menos hemos descansado unas horas y he recobrado fuerzas para poder trepar. ¡Agárrate fuerte!

—¿Qué te hace pensar que esos seres podrán sostenerte a ti y a mí?

—Querrás decir a ¡mí!; si tú no pesas nada ¡enano!

—¡Ya deja de insultarme pedazo de bruto!

—¡Oigan ahí abajo! No tenemos toda la mañana, si no suben ahora mismo nos iremos de inmediato y que los dioses se ocupen de vosotros.

—¡Subimos inmediatamente! - dijo Obus apurado.

Asiendo fuertemente a Bogul de sus manos lo sujetó alrededor de su cuello. – ¡Agárrate y cállate de una vez! – y sin darle tiempo a nada tomo la soga y se arrojó al vacío. Con un movimiento de sus piernas se asió fuertemente a ella mientras comenzaba a subir ante un Bogul horrorizado que no hacía otra cosa que mirar hacia abajo no pudiendo encontrar el fondo, ya que al haberse vaciado la caverna de agua por la baja de la marea resultaba imposible ver nada con tanta oscuridad.

—No vayas a caerte Obus o moriremos aplastados.

Este no pudo contestarle ante el asombro que sentía porque a pesar de que estaba trepando por la soga se daba cuenta que desde arriba los estaban levantando como si fuesen tan livianos como una pluma.

—¿Qué está ocurriendo?

En pocos instantes llegaron a la cima de la chimenea y Obus pudo asirse de unas ramas y salir al exterior donde el sol brillaba tan alto que lo cegaba completamente. Tuvo su rostro escondido por un tiempo hasta que sus ojos se acostumbrasen después de tantas horas de oscuridad profunda.

De pronto sintió que Bogul saltaba sobre sí gritándole.

—Por todos los dioses Obus, abre tus ojos amigo, no me dejes solo con… con…

Sobreponiéndose a la luz pudo ver cómo esas siluetas oscuras empezaban a hacerse visibles, y con Bogul colgado de su cuello temblando como una hoja empezó a ver con claridad como media docena de orcos los miraban con extrema desconfianza.

10

Clara estaba sentada en el banco bajo los grandes robles con la mirada puesta en el horizonte, cuando de pronto su tía se acercó.

—Querida, ¿en qué estás pensando? no puedo dejar de sentir la profunda tristeza que embarga tu alma.

—No tía Agnes, estoy bien – dijo sin mucho convencimiento ni firmeza en sus palabras, hecho que no fue ajeno a la elfa protectora de Bellitania.

—Mi querida, no puedes ocultarme tus sentimientos, ¡eres tan parecida a tu padre! siempre tratando de tranquilizar a los demás mientras su alma se sumergía en las oscuridades de su desesperación al no poder regresar a casa contigo y tu madre, ¡y todo por defenderme a mí! Por ello estaré permanentemente en deuda contigo con Eloísa y fundamentalmente con él quien lleva años en manos de esa maldita.

—Tú no tienes la culpa tía, nadie la tiene. El sintió que debía salvar a todo el reino y jamás pensó en las consecuencias. Simplemente hizo lo correcto; yo me siento culpable por haber pasado toda mi vida odiándolo con toda mi alma creyéndolo un ser despreciable, cuando en realidad solo debía sentir orgullo por lo que hizo. Pero…

—Pero ¿qué cariño?

—Temo no poder volver a verlo jamás perdiendo la única oportunidad de poder decírselo mirándolo a los ojos, y con ello dejar a mi madre sumida en su inconmensurable tristeza hasta el fin de los tiempos.

—¿Acaso no habías decidido quedarte aquí en Bellitania, con la condición de intentar rescatarlo de las garras de Deargue Due?

—Pero no sé por dónde comenzar tía – dijo mientras Alfredo se acercaba para sumárseles.

—Mi señora – dijo a Agnes con una profunda reverencia.

—Bienvenido Alfredo, creo que es oportuno que mantengas una charla con Clara, tal vez así descubra lo que debe hacer. Si me permiten… – dijo Agnes mientras se alejaba.

—¿A qué se refiere? – le preguntó Alfredo.

—Estábamos charlando sobre el miedo que tengo a no poder encontrar a mi padre y traerlo de vuelta a donde pertenece.

—¿Por qué lo dices?

—Porque no tengo idea por dónde comenzar.

—¿Ese es el problema verdaderamente?

—¿Qué quieres decir? – preguntó molesta.

—Digo que debes estar en condiciones de responderte si el problema es que no sabes por dónde comenzar, o si…

—¿O si qué?

—O si estás arrepentida de la decisión que tomaste al quedarte con nosotros.

Clara lo miró con sus ojos llenos de furia.

—¿Cómo te atreves a decirme esto?

—¿Qué cómo me atrevo? ¿acaso estás jugando conmigo? ¡Sincérate de una vez Clara! debes estar en condiciones de poder responder esas preguntas sin dudar. Si aún no estás segura, obviamente que mientras más tardes en poder respondértelas más tardarás en intentar rescatar a tu padre y con ello cada día correrá más riesgo su vida disminuyendo las posibilidades de traerlo de regreso a donde pertenece. ¿Por dónde comenzar? ¡Pues por el comienzo! Pidiéndole a tu tía que inicie tu entrenamiento sin más dilación. Debes ya dejar de jugar a la triste princesita y convertirte en la elfa que estás destinada a ser. Yo te he conocido como una mujer extremadamente fuerte, está en ti decidir si deseas o no traspasar esa fuerza a la elfa que tu padre, tu madre y todo el reino necesita. ¡Nadie más que tú puede contestar esa pregunta! El día que estés en condiciones de responderla sabrás sin ninguna duda lo que debes comenzar a hacer – dijo Alfredo alejándose y dejándola sin palabras.

Clara quedó paralizada por las palabras de Alfredo. Por un lado, quería alcanzarlo y abofetearlo con todas sus fuerzas por lo que acababa de decirle, pero por otro, muy en el fondo de su corazón sentía que la ira que había despertado en ella obedecía a que Alfredo había dicho la pura verdad y ello la devastó. Había pasado más de un mes desde su llegada a Bellitania y aún no había emprendido ninguna actividad conducente a traer a su padre de vuelta.

Permaneció sentada mirando el horizonte dando rienda suelta a su tristeza tratando que las lágrimas limpiasen el desasosiego que sentía desde lo profundo de su alma; soltando su congoja comenzó a sollozar con fuerza a viva voz cuando de pronto sintió unas suaves manos posarse en sus hombros para abrazarla desde atrás.

—Mi niña; ¡mi bella niña! ¿qué te ocurre?

Clara levantó sus ojos y vio a su madre mirarla con ojos piadosos y amorosos acariciando sus cabellos; sentándose a su lado y tomando sus manos entre las suyas.

—Dime pequeña, ¿qué te ocurre? ¿qué hechos oprimen tu corazón a tal punto que necesitas lloras de esa manera? Dímelo querida, puedes confiar en mí.

Clara no podía hablar, lloraba de tal manera que se le dificultaba poder expresarse con palabras, solo sabía que la presencia de su madre le permitía liberar su dolor con total franqueza, por lo cual, apoyando su cabeza en el regazo de su madre, dio rienda suelta a sus emociones dejando salir todo aquello que había perturbado su alma todo este tiempo más todos los años en que había vivido sin su padre primero y su madre después.

Eloísa solo la acariciaba entendiendo su dolor, permitiendo que este se canalizase libremente a través del corazón de Clara sin ningún límite. Entendía que su deber era simplemente hacerle saber con sus abrazos que no estaba sola, sino que ella estaba allí para acompañarla en cualquier decisión y actitud posterior que tomase.

Con el paso de los minutos se fue tranquilizando sintiendo que su alma se había vaciado de tanto dolor. Lentamente fue bajando su frecuencia respiratoria permitiendo a sus pulmones respirar libremente a un ritmo tal que favoreciese la entrada del aire del bosque hasta la última de sus células. Así comenzó a pensar mejor.

De pronto se incorporó y mirándola a los ojos con todo el amor posible le dijo:

—¡Gracias mamá!

—¿Mamá? ¿Necesitas a tu mamá? Dime cómo se llama para que pueda ir a buscarla querida. ¿Sabes?, yo también tengo una hija, pero trabaja tanto que hace mucho tiempo que no la veo. Te pareces un poco a ella, aunque… no se lo digas, tú eres más bonita – dijo acariciándole el rostro. – Una joven tan bella no debería llorar así, tu madre sufriría mucho si te viese. Ven, seca tus lágrimas para que ella no las vea cuando venga por ti. ¿Cómo te llamas?

—Me llamo Clara.

—¡Clara! ¡qué bello nombre!

—¿Cómo se llama tu hija? – preguntó tímidamente Clara.

—¡no lo recuerdo!, pero… me gusta Clara ¿no te molesta si la llamo así?

—¡Sería un honor!

—¡Sea entonces! mi hija se llamará Clara como tú. ¿Te sientes mejor… Clara?

—¡Mucho mejor!

—¿No quieres que busque a tu madre? no me has dicho su nombre.

—Contigo estoy muy bien, es como si con tu presencia no me hiciese falta mi madre; ¿espero no molestarte?

—¡Claro que no! Para mí también será un honor que me sientas como tu madre.

—¿Te parece que nos veamos aquí todas las tardes?

—¡Hecho mi querida Clara! Aquí nos veremos todas las tardes, cuando el sol comience a perderse en el horizonte. ¿Sabes? Mi esposo está de viaje, no sé bien cuándo regresará, pero vengo aquí todos los días a esperarlo porque… sé que volverá.

—Haces muy bien en esperarlo, estoy segura que en cualquier momento lo verás llegar.

—¿Tengo miedo que no me reconozca sabes?, hace mucho tiempo que no nos vemos y no quisiera que se llevara una mala impresión mía cuando nos veamos.

—¿Por qué lo dices?

—Porque no soy la misma mujer de antes, mira mis cabellos, son un desastre – le dijo mientras trataba de ordenar su cabellera en una actitud que llenó de ternura a Clara quien, tomando sus manos entre las suyas las besó y se paró ubicándose delante de su madre comenzando a dar forma a los cabellos de Eloísa que el viento mecía libremente.

—Si me lo permites, todas las tardes cuando nos encontremos aquí, te propongo peinarte para que sientas todo lo bella que eres y de esa manera estarás todos los días lista para cuando vuelva mi pa… tu esposo – le dijo corrigiéndose inmediatamente.

—¿Harías eso por mí Clara?

—Haría eso y mucho más.

—No te he preguntado cómo se llama tu madre querida Clara.

Dudando unos instantes qué contestarle le dijo con voz firme – se llama Eloísa – Creyó ver una reacción en el rostro de su madre al escuchar su verdadero nombre.

—¿Te resulta conocido?

—Tal vez…– respondió dudando.

—No te he preguntado cómo te llamas tú.

—mmm… no lo recuerdo.

—Si quieres, puedo llamarte Eloísa.

Meditando unos instantes, esta le dijo – ¿sabes qué? prefiero que me llames mamá. Tú necesitas a tu madre y yo necesito a mi hija, te propongo entonces que desde ahora seré Eloísa, como tu madre, y tú serás mi Clara ¿te parece?

—Me encanta la idea – dijo Clara besándola en la frente.

—Ahora vete mi niña, yo me quedaré unos momentos más aquí esperando a mi esposo.

—Por supuesto, te veré mañana y prometo traer todo lo necesario para arreglar tu cabello como hemos quedado.

—Aquí estaré, ahora vete pequeña, debes tener mucho qué hacer.

Clara se quedó mirando a su madre pensando en las últimas palabras que le había dicho… “debes tener mucho qué hacer”. Fue entonces que entendió. Fue entonces que los dichos de Alfredo cobraron sentido al escuchar a su madre. ¡Claro que tenía mucho qué hacer!

Y así se alejó de su madre con la tranquilidad de saber que todas las tardes iba a encontrarla esperándola ansiosamente, y al sentir esa seguridad corrió hacia el interior del castillo buscando a su tía; tenía mucho que aprender, tenía que prepararse rápido sólida y competentemente con el propósito de estar lista para hacer lo que debía.

11

Ana permanecía callada bebiendo su taza de café mientras escuchaba el relato pormenorizado de todo lo que había ocurrido en la vida de Clara desde que había abandonado el Instituto para trasladarse a Galway.

Escuchó palabra por palabra con la máxima atención posible tratando de imaginarse cada escena que su amiga debió vivir, azorada por el relato de los Thomas acerca de los seres oscuros que debió enfrentar.

Por suerte, siempre acompañada por Alfredo y el doctor Collins, quien en verdad no era otro que su abuelo, el gran Dellos elfo jefe de toda Bellitania.

Ante cada escena peligrosa Ana abría sus ojos como tratando de introducirse en ella y así, sintiéndose partícipe de la misma poder entender lo que su amiga debió haber tenido que soportar.

Sintió azorada el terror en su fuero interno, pero orgullosa de la valentía demostrada por Clara y el coraje al decidir abandonar todo lo conocido para enfrentar un futuro incierto, aunque ahora sabía que la decisión había sido la correcta.

A pesar de extrañarla profundamente, el relato de los Thomas aminoraba su melancolía sabiendo que se encontraba felizmente acompañada por su familia y por el amor de Alfredo que tanto bien le había hecho enseñándole a confiar.

—Si no hubiese recibido la carta y la cruz, sinceramente no creería una sola palabra de lo que me están contando. Espero no se ofendan por mis palabras, pero estoy siendo absolutamente sincera.

—Por supuesto no nos ofendemos querida; entendemos perfectamente todo lo que debe estar pasando por tu cabeza, y agradecemos que te encuentres aquí con nosotros y fundamentalmente que, a pesar de toda esta locura que estás escuchando, hayas decidido creer en nuestro relato. Te aseguro que lo valoramos muchísimo y estoy segura que Clara también cuando le contemos este encuentro.

—Por otra parte, queremos que te quedes absolutamente tranquila ya que se encuentra muy bien preparándose para desempeñar el papel de futura elfa protectora en reemplazo de ama Agnes.

—Y eso… ¿qué significa realmente? ¿Qué alcance tiene?, y ¿qué es lo que se espera de ella?

—Como te hemos explicado, ama Agnes es la actual elfa protectora de Bellitania, y antes que ella lo fue su madre Belice quien, por una treta maliciosa de alguien importante, debió abandonar su puesto antes de tiempo no sin antes preparar a su hija para reemplazarla.

—Esto es una tradición en nuestra tierra, las elfas protectoras delegan en sus hijas su mandato cuando llega la hora de su merecido retiro. Por ello Agnes fue preparada años atrás para desempeñar esta función.

—Y ¿por qué Clara debe tomar su lugar, acaso Agnes no ha tenido hijas?

La pareja se miró entristecida siendo Marta quien tomó la palabra para explicar con mayor claridad.

—Mira querida Ana, sé que es muy difícil de entender, pero trataré de ser lo más explícita posible. Tu sabes que nuestro apellido es Thomas y que nuestros nombres son Fermín (dijo señalado a su esposo) y yo soy Marta. Pues nuestros nombres bellitanos son Homos y el mío Salex.

—Si bien yo soy completamente humana, con el tiempo descubrieron un mecanismo por el cual los humanos podemos cruzar al plano bellitano sin peligro. Ello fue estudiado con éxito para poder llevar a Eloísa, la madre de Clara, a territorio seguro.

A esa altura del relato los ojos de Ana parecían querer salirse de las orbitas ante tanta información desconocida y tan difícil de asimilar, hecho que no escapó a la percepción de la pareja.

—Me parece querida que iré por más café mientras prosigues tu relato con la señorita Ana, creo que lo está necesitando – dijo Fermín partiendo rumbo a la cocina.

—Pero… Clara siempre me dijo que su madre había muerto mientras ella estaba estudiando, y que había llegado tarde para verla con vida, por lo que solo pudo ir a visitar su sepultura. ¿Cómo es posible? ¿Por qué me mintió?

—No te mintió querida, Clara siempre creyó que eso fue lo que ocurrió porque fuimos nosotros (Fermín y yo) los que armamos todo esto para poder llevar a Eloísa con nosotros a un lugar seguro, y poder prodigarle todos los cuidados necesarios en Bellitania.

—¿Fraguaron su muerte?…

—Era la única opción que teníamos para que nadie sospechase de la desaparición de Eloísa. Fermín es médico y manejó todo el tema.

—Pero… ¿no pensaron en el dolor que le causarían a Clara con ello? Ella siempre me relató lo mal que se había sentido por no haber podido llegar a tiempo teniendo que vivir con ese remordimiento.

—Lamentablemente tuvimos que elegir el mal menor para poder restituir a Eloísa a un lugar seguro y brindarle todo el cariño que necesitaba para tratar de encarar su recuperación. De todos modos, estamos convencidos que esta dependerá de que pueda volver a reencontrarse con Sarlo.

—¿Quién es Sarlo? – preguntó Ana, cada vez más perdida.

—Perdón querida, Sarlo no es otro más que Iván, el padre de Clara – A esa altura del relato ingresó Fermín con más café que fue bebido intensamente por Ana, como intentando dar más sosiego a la angustia que sentía por no poder dimensionar en su totalidad lo que había vivido y debía aún seguir viviendo su amiga.

—Pues bien, retomemos el tema. Sarlo, el padre de Clara vivía inmensamente feliz con su esposa y su hija…

—Pero…– dijo Ana interrumpiendo, – ¿cómo fue que Sarlo, siendo bellitano vivía en este mundo junto a una familia como todos los humanos?

Los Thomas relataron pormenorizadamente la forma por la cual Sarlo o Iván, había llegado a este mundo conocido, y los motivos para hacerlo, y cómo sin quererlo, se había enamorado de Eloísa, – quien de hecho es mi hermana – agregó Marta.

Aclarado el tema, prosiguió con el relato.

—Un día, las fuerzas del ama Agnes comenzaron a flaquear y fue entonces que los elfos eruditos del reino decidieron que la única forma en que podrían salvarle la vida era consiguiendo la flor de la arcadiola que nacía entre las raíces de los grandes árboles de las tierras altas. Era la última alternativa hasta esperar que Clara tuviese la edad suficiente para trasladarse a Bellitania y tomar el lugar de Agnes.

—Pero… sigo sin entender la desaparición del padre de Clara de sus vidas.

—Es que, un día Sarlo recibió en su casa la visita de su padre Dellos, quien le explicó lo difícil de la situación de Agnes, siendo entonces que él decidió partir para dirigir la expedición que tuvo por objetivo la búsqueda de la arcadiola.

—Pero… ¿Por qué no les avisó?

—Por una simple y justificada razón. Sarlo jamás le había contado la verdadera historia a su esposa Eloísa. Nunca encontró el valor necesario para relatarle quién era, y por ende no supo explicarle que alguna vez, el más preciado tesoro que ambos tenían, Clara, iba a tener que trasladarse definitivamente a Bellitania.

—Pero… ¿cómo nunca se lo dijo a su esposa?

—Llámalo cobardía si quieres; nosotros preferimos aceptar y comprender que no supo encontrar las palabras ni el momento para explicarle algo que, a ti, sin tener ningún sentimiento involucrado te está costando tanto entender.

Al escuchar esas palabras, Ana supo que no tenía ningún derecho de criticar a nadie desde el lugar en el que se encontraba.

—Él pensó que podría regresar con su familia antes de que se diesen cuenta, ya que entre Bellitania y el plano humano, si bien los tiempos son paralelos, no transcurren a una misma velocidad. Pero todo se complicó, la travesía fue extremadamente peligrosa y prolongada, cobrándose la vida de valientes elfos, y entre ellos Marco, el lugarteniente de Sarlo y prometido de Agnes. Esto explica los motivos por los cuales no ha tenido hijos, ya que su corazón jamás ha dejado de llorarlo.

—Por último, para lograr que los que sobrevivieron a la expedición pudiesen regresar con la arcadiola, Sarlo tuvo que hacer un último y terrible sacrificio, quedar retenido forzadamente por la maldita Deargue Due, unos de los seres oscuros más temibles quien exigió tomar su vida a cambio de dejar ir al resto de elfos.

—Desde ese entonces no hemos sabido nada de él, solo esperamos que se encuentre aún con vida. Enterarse de esta verdad ha sido el motivo por el cual Clara decidió quedarse en Bellitania para convertirse en la elfa más bravía, con el objetivo no solo de ocupar el lugar del ama Agnes, sino lograr lo que más desea: rescatar a su padre de las garras de esa maldita y reunir nuevamente a sus padres. Solo espera que no sea demasiado tarde.

Ana estaba estupefacta con la mirada perdida en un contexto imaginario donde, como escenarios fantasmagóricos, circulaban seres desconocidos acechados por enormes peligros, y en el medio su amiga tratando de vencerlos para volver a unir a su familia.

—¿Qué puedo hacer yo? ¿En qué puedo ayudar?

—Lamentamos decirle que lo que necesitamos es que mantenga todo esto en secreto, sabiendo que significa tener que ocultar la verdad de todo a sus superiores. No podemos permitir que se sospeche que Clara está viva. Los hechos deben permanecer como han creído hasta ahora.

—Entiendo – dijo Ana. – Nadie sabrá lo que hemos conversado. Le diré al doctor Hopkins que he dejado las pertenencias de Clara con una familia conocida de ella cuya dirección me fue dada por el portero del edificio. Eso será suficiente no se preocupen.

Ana tomó sus cosas, y acercándose a la puerta de salida les dijo: – hay algo que no entiendo.

—¿Si? – dijeron los Thomas al unísono.

—¿Por qué ustedes siguen aún aquí?

Mirándose a los ojos decidieron que era necesario contarle todo, y que podían confiar en ella:

—Porque creemos que aún el peligro no ha acabado.

—¿A qué se refieren?

—A que tú sabes demasiadas cosas, y tanto Clara como nosotros tememos que puedan venir por ti.

En esos momentos la cartera de Ana cayó al piso y casi se desvanece, por lo que Fermín la retuvo fuertemente entre sus brazos.

—Ven pequeña – le dijo Marta, –sentémonos unos minutos más –. Así Ana dejándose conducir nuevamente al sillón se desplomó aterrada por lo que acababa de escuchar.

—Tienes que prometernos, y prometer a Clara que nunca te apartarás de tu cruz celta, y que siempre confiarás en sus palabras. Nunca te sientas tentada a desoírlas por más que creas que esté equivocada. ¡Debes hacerle caso sin ninguna duda!

—Pero… ¿por qué yo correría peligro?

—Porque fuiste su amiga, su confidente, por lo que has vivido con la doctora Andrews; porque has tenido encuentros con seres oscuros.

—¿Yo? ¿Cuándo?

—Recuerdas tu experiencia con el encapuchado cuando ibas a llevar las muestras al laboratorio?

—¡Sí! lo recuerdo; pero jamás me ha pasado nada desde que Clara se ha ido.

—¡No importa! Sabemos que siguen por aquí.

—¿Por aquí?, pero… ¿por qué?

—¡Por ti mi niña! eres el último eslabón que les queda por desarticular. No queremos asustarte, pero, debes estar alerta y no dudes en comunicarte con nosotros.

—Pero, ¿cómo haré para comunicarme con ustedes?

—No será necesario querida, así como Clara fue nuestra prioridad, ahora lo eres tú. Siempre estaremos cuando nos necesites, no lo dudes. Solo debes prometernos que siempre, pero siempre, llevarás la cruz contigo como la tienes ahora.

Ana abrió el cuello de su camisa sacando la cruz celta, y sin dudarlo, la volteó para leer que tenía escrito “confía”. Y así abrazándose fuertemente con la pareja salió del departamento acompañada por ellos hasta el ascensor.

Jamás se alejaría de ella, tranquilizándose al saber que los Thomas estarían siempre que los necesitase. Sin embargo, no pudo evitar sentir un escalofrío atravesando su espina al recordar esas terribles palabras “ahora pueden venir por ti”.

12

Obus y Bogul permanecían en silencio rodeados por aquellos atemorizantes orcos que instantes atrás los habían ayudado a abandonar la peligrosa caverna salvándolos de lo que hubiese sido una oscura y húmeda sepultura por toda la eternidad.

Estos los miraban con extrema desconfianza atentos a cualquier actitud belicosa de Obus dado que ostentaba un gran porte semejante a cualquier otro del grupo. Todos se miraban desconfiadamente, y dado el pequeño tamaño de Bogul, nadie se detuvo en él a pesar de que se aferraba con todas sus fuerzas a la pierna de Obus.

Las miradas eran desafiantes y ninguno emitía sonido alguno ni hacía el más mínimo movimiento que pudiese desatar cualquier ataque pasando así algunos minutos que a Bogul, estando a escasos centímetros del suelo, le parecieron una eternidad por sentirse terriblemente vulnerable.

Como siempre hacía cuando quería llamar la atención de su amigo comenzó a saltar sobre sus pies, aunque nuevamente sin éxito. Fue entonces que uno de los orcos que lo sacó de aquel agujero le dijo:

—¿Qué le pasa al enano que te acompaña? ¿Qué no ves lo que está haciendo?

Otro del grupo se acercó y tomó del cuello a Bogul arrojándolo contra un árbol, provocándole una terrible contusión que lo dejó aturdido.

—¡No lo toques! ¡Es mi amigo! – dijo Obus abalanzándose sobre el orco y tomándolo del cuello. En ese instante el resto del grupo se abalanzó sobre él comenzando a golpearlo mientras unos lo inmovilizaban.

Si bien Obus era muy fuerte la lucha era terriblemente desigual, sin embargo, pudo deshacerse de algunos de sus atacantes arrojándolos contra los árboles que se encontraban cerca dejándolos atontados.

La situación se estaba saliendo de control cuando Bogul comenzó a volver en sí, y agarrándose la cabeza tanteando el tremendo chichón que le habían provocado con el golpe, se sobrepuso a su situación, y levantándose como pudo corrió hasta donde se encontraba su amigo aferrándose a las piernas de los orcos para asestarles terribles mordidas con sus afilados dientes, que como delgadas agujas se clavaban en los dedos de los pies de las bestias haciéndolas trastabillar.

Ellos trataban de patearlo para sacárselo de encima pero su pequeño tamaño lo hacía muy ágil para escabullirse entre esos monstruos.

Fue entonces cuando, sin percatarse de ello, uno del grupo lo sujetó por el cuello y cuando estaba por quitarle la cabeza Bogul comenzó a gritar – ¡Obus! ¡Obus! – sin parar.

En el momento en que lo peor estaba por ocurrir y su amigo se encontraba inmovilizado por cuatro de los orcos del grupo, uno de ellos que no había participado de la pelea se acercó y dijo:

—¿Qué has dicho enano? – y como el orco que lo tenía sujetado estaba por cometer su crimen, le gritó con una atemorizante y potente voz:

—¡Detente!

—¡Suéltalo!

—¡Sí mi señor! – dijo dejándolo lo caer al suelo sin ningún cuidado, por lo que el pequeño quedó nuevamente aturdido provocando la reacción de Obus quien seguía sin poder moverse ante la sujeción a la que estaba sometido por cuatro de los orcos.

—¡No lo toquen malditos! ¿No ven acaso que no puede hacerles daño alguno?

Entonces el orco que parecía ser el jefe se acercó a Bogul quien comenzó a arrastrase por la tierra alejándose de él hasta que quedó apoyado contra el tronco de un árbol sin poder moverse.

—¿Qué has dicho?

—Yo…yo…no he dicho nada – dijo temblando. Solo quería defenderme y defenderlo como pude. Nosotros no empezamos esta pelea. No somos enemigos ni peligrosos, solo estábamos tratando de escapar de esa terrible cueva donde creímos que moriríamos hasta que por la gracia de los dioses ustedes nos sacaron. Si han hecho ese esfuerzo, ¿por qué ahora quieren matarnos?

El orco se acercó más y más.

—Te lo preguntaré una vez más, ¿qué es lo que has dicho?

—Yo no he dicho nada, solamente he llamado a mi amigo para que me defienda de ustedes.

—¿Lo has llamado?

—¡Si! ¡Solo lo he llamado!

—¡Repite entonces su nombre!

—¡Obus! ¡Obus es su nombre!

—¡Mientes!

—¡Te juro que no miento!

Entonces el orco jefe se dirigió al resto de sus compañeros y les ordenó: – ¡suéltenlo! Pero te advierto que si haces un solo movimiento peligroso morirás al igual que tu amigo.

Los orcos obedecieron de inmediato sin alejarse demasiado de Obus para poder responder ante cualquier intento de ataque.

Bogul fue corriendo hacia Obus y aferrándose a sus pies le pidió que lo levantara y fue así que este lo ubicó alrededor de su cuello haciendo que el pequeño se sintiese más protegido.

—¡Dime tu nombre!

—Me llamo Obus.

—¿De dónde vienes?

—Es una larga historia.

—¿Prefieres contarla o prefieres morir al igual que tu amigo?

—Pertenezco a las tierras altas, pero…

—Pero ¡qué! – gritó el jefe.

—Hace poco más de dos años, casi tres, formé parte de una avanzada hacia la tierra de Bellitania.

—Eso está muy lejos de aquí; el gran mar nos separa.

—Así es, pero teníamos naves que, aunque rudimentarias, nos permitieron cruzarlo y llegar así a esas tierras.

—¿Y qué pasó?

—Entre las cosas que no sabíamos, fue encontrarnos con un territorio bellitano muy boscoso y difícil de atravesar, además de desconocer que los elfos son magníficos arqueros por lo que fuimos emboscados.

—Continúa.

—Fui alcanzado por varias flechas en mis piernas y pies, por lo que caí al suelo golpeándome la cabeza con una piedra perdiendo el conocimiento. Cuando desperté estaba solo y había sido atado de manera tal que no pude soltarme.

—¿Entonces?...

—Me trasladaron a una fortaleza donde fui recluido durante todo este tiempo.

—¿Fuiste torturado?

—¡Claro que no! Fui muy bien tratado.

—¡Eso no puede ser cierto! Los elfos son seres malvados que solo buscan prevalecer y la peor de todos es esa maldita Agnes, su elfa protectora.

—¡Te equivocas!, ama Agnes es maravillosa, al igual que los elfos cuando llegas a conocerlos.

—¿Ama Agnes? ¿Cómo te atreves a llamarla así delante de nosotros? Seguramente has traicionado a tu pueblo para salvar tu vida, delatando nuestra posición.

—Te equivocas, jamás me han pedido ningún tipo de información. Me han mantenido con vida bien cuidado y alimentado, me enseñaron su idioma y he sido muy bien tratado por mis carceleros hasta que se convencieron que podían confiar en mí permitiéndome moverme con mayor libertad, dentro de los límites de la fortaleza.

—Y... ¿qué ha pasado con el resto de tu expedición?

—Me han dicho que pudieron escapar, no los han seguido para exterminarlos (aunque hubiesen podido) por lo heridos que estaban, simplemente se aseguraron que llegasen a la costa para poder volver aquí.

—¿Y tú les crees?

—Por supuesto que les creo, ama Agnes me lo ha asegurado, sobre todo cuando supo que en la expedición estaban mi padre y mi hermano.

—¿Quiénes?

—Mi padre, el rey Hores y mi hermano mayor Farus. No espero que me crean, pero si nos ayudan y nos llevan ante ellos, seguramente confirmarán lo que les acabo de decir.

Se estableció un silencio profundo, abismal, que podía palparse, los orcos se miraban entre sí como no entendiendo lo que estaba ocurriendo, fue entonces cuando Obus comenzó a desesperarse y preguntó:

—¿Acaso mi padre y mi hermano no han vuelto? ¿Acaso han…han… muerto?

—Aún falta que nos digas cómo has llegado aquí de vuelta y, sobre todo…, si tan bien te han tratado estos elfos, dinos entonces por qué; para qué y, sobre todo, ¿¿¿cómo has regresado???

—Es una larga historia.

—¿Acaso están apurados por llegar a alguna parte? Nosotros tenemos todo el tiempo del mundo para escucharte.

—Está bien; les relataré absolutamente todo, pero…

—¿Pero?…

—Solo les contaré si prometen llevarme a mi aldea junto a mi padre.

—Mira bien a tu alrededor “Obus”, si es que verdaderamente ese es tu nombre y de verdad eres quien dices ser. ¿Ves algo que te indique que puedes establecer condiciones?

Entonces, pensando en su amigo Bogul que lo miraba con ojos suplicantes, decidió comenzar su relato.

—¿Podemos sentarnos en algún lugar? Estamos verdaderamente muy cansados.

El jefe les pidió a algunos de sus subordinados que trajesen unas piedras para sentarse y prendiesen fuego, pues se venía la noche y estaba seguro que lo que iba a escuchar demandaría mucho tiempo.

Sentados alrededor de la fogata y mientras tres de los orcos vigilaban el lugar, todos se sentaron dispuestos a prestar atención al relato de Obus quien ahora sostenía a Bogul sobre su regazo.

En un momento, mirando a los ojos a cada uno de los orcos, tomó con dificultad los brazos de Obus poniéndolos a su alrededor. Eso lo hizo sentirse más seguro entendiendo que era una señal de que hacerle daño no iba a ser algo tan fácil, ya que deberían pasar primero por su amigo y sabía que eso iba a ser muy difícil para cualquiera.

Recién en ese momento Bogul se permitió relajarse para escuchar también el relato de su amigo.

Obus continuó desde donde había quedado, es decir, a partir de la visita de Sarlo y Marco en la cueva. Omitió deliberadamente mencionar a Iris; no creía que sus sentimientos fuesen algo importante para estos orcos, y de esa manera la mantendría al margen como mecanismo de preservarla de quienes podrían en algún momento, no sabía cómo, utilizarla como su punto débil.

Además, así sería ya que depondría cualquier actitud por importante que fuese si ello pudiese poner en peligro la vida de Iris.

¡¡Sí!! Debía mantenerla al margen de todo esto.

Relató pormenorizadamente el encuentro con los elfos, la propuesta que le hicieron, y cómo trabajaron codo a codo con él en el armado de la estrategia para que la expedición a través del gran mar fuese exitosa.

El orco jefe le preguntaba los pormenores de la travesía y cómo habían pertrechado los navíos para enfrentarla. Quedó sorprendido ante la organización que tuvieron los elfos y lo bravíos que habían sido al enfrentar a las bestias marinas que tantas vidas se habían llevado.

Llamó su atención la valentía manifestada por los capitanes y sus tripulaciones para llevar a los sobrevivientes, a pesar de todo, a tierra firme. Pidió le hiciese un mapa en la tierra marcando específicamente la ubicación de la isla donde habían hecho noche, ya que no la tenían registrada en ninguna cartografía orca. Eso hizo Obus, explicándole pormenorizadamente cómo los monstruos marinos habían encantado a los elfos y habían sucumbido, a pesar de sus consejos.

—¡Te lo dije! ¡No nos toleran! Si te hubiesen escuchado no hubiesen muerto. Todos nosotros sabemos la existencia de estos monstruos, pero… creíamos que obedecían los mandatos de los elfos. Esto que nos estás relatando hecha por tierra nuestra teoría de que son demonios controlados por ellos para que nadie se acerque a Bellitania.

—Por supuesto que no lo son. Los elfos son seres pacíficos que no quieren la guerra en absoluto.

—¡¡Pero no te escucharon!!

—Con las creencias que como pueblo orco hemos tenido hasta ahora acerca de ellos, ¿tú los habrías escuchado si te hubieses encontrado en la situación contraria, o los hubieses desoído creyendo que se trataba de una mentira para mandarnos a una muerte segura?

El jefe quedó pensativo ante las palabras de Obus.

—Continúa – le dijo.

Prosiguió detallando cómo entraron al maldito bosque donde tantas bestias oscuras habían provocado la muerte de más elfos durante la expedición.

—Fue justamente allí donde yo aparecí – interrumpió Bogul.

—Y a ti ¿quién te ha pedido que abras la boca? – dijo el jefe, ante lo cual Bogul se trepó con miedo a la cabeza de Obus, quien hacía esfuerzos por sacárselo de encima.

—Tranquilo amigo, yo lo explicaré.

—Tiene razón mi amigo, fue precisamente él quien nos ayudó a atravesar ese maldito bosque minimizando los peligros que tuvimos que enfrentar de ahí en adelante

—Y tú; ¿quién eres? – dijo el jefe fijando sus ojos en él.

—Soy Bogul.

—No me interesa tu nombre enano, digo ¿qué eres?

—Soy un hada del bosque.

En ese momento él y todos los orcos comenzaron a reír a carcajadas, hasta que de pronto el jefe calló y, acercándose temerosamente le dijo:

—¡No te atrevas a tomarme por idiota enano! Te aseguro que no te conviene.

—¡Cálmate!… –le dijo Obus, intentando dirigirse a él por su nombre.

—Discúlpame, pero… no sé cómo debo dirigirme a ti. No sé tu nombre.

—Y tampoco necesitas saberlo, ¡continúa! – agregó el jefe.

—Entonces Obus prosiguió el relato sobre cómo Bogul había ayudado al diezmado grupo de elfos a continuar y poder atravesar ese bosque sin mayores inconvenientes.

Agregó además cómo los condujo a las tierras más altas donde, además del frío, debieron soportar el ataque del maldito Dullahan, el jinete sin cabeza.

—Te has enfrentado a Dullahan? – preguntó interesado el jefe.

—La verdad no nos hemos enfrentado, simplemente apareció de la nada arrojando las cabezas de tres elfos que habíamos enviado como avanzada para encontrar un lugar mejor para guarecernos del frío. No pudimos hacer nada y simplemente desapareció. Lamentablemente no fue nuestro último maldito encuentro.

—¿A qué te refieres?

—A que perdimos a nuestros valerosos comandantes, Marco primero y Sarlo después, en las garras de Dearg Due.

Ante ese relato el jefe les dio la espalda y se alejó unos metros del grupo, mientras fijaba su vista en el horizonte. Obus y Bogul no sabían qué hacer, no entendían si debían seguir con el relato o si debían esperar a que el orco regresase y les pidiese hacerlo, por lo que optaron por quedarse callados y esperar para dar respuesta a cualquier otro requerimiento.

Pasaron varios minutos hasta que el orco volvió. Ambos se dieron cuenta que el relato lo había movilizado; sus ojos estaban enrojecidos, haciendo dudar a Obus si era por ira o por tristeza.

Aunque pensó que ello era imposible, ya que semejante ser tan corpulento no podía sentirse conmovido ni triste por ese relato por lo que le parecía ilógico pensar en ello.

El jefe volvió a sentarse y les pidió le relatasen la situación en la cual los comandantes habían perdido la vida. Fue Bogul el encargado de explicar que en realidad Marco había sido asesinado por ella y que Sarlo, el elfo jefe, había intercambiado su vida por la de ellos para que pudiesen seguir en la búsqueda de la arcadiola y así poder regresar a Bellitania para salvar a la señora Agnes.

—Pero… – intentó comentar Obus.

—¿Pero? – interrogó el jefe.

—Decidí que no podíamos dejar a Sarlo en manos de esa maldita por lo que tomé la decisión de quedarme para intentar salvarlo de sus malditas garras, y mi amigo Bogul quiso acompañarme en esta locura. Así, llegamos con el grupo hasta la costa para aseguramos que nuestros compañeros regresasen sanos y salvos; fue entonces que pensé en buscar a mis compañeros, mi pueblo, en busca de ayuda.

—Yo no estaba seguro – afirmó Bogul.

—¿Por qué enano?

—Porque me preocupaba que no le creyesen y que ocurriese lo que justamente está pasando, que nos tomen prisioneros por creer que Obus fue en realidad un espía de los elfos, y ya ven que no es cierto.

—Luego, intentando salvarnos de la crecida del mar nos internamos en la maldita cueva del acantilado y el resto… el resto ya lo conocen.

Se hizo un gran silencio durante el cual todos los orcos se miraban entre sí como esperando ver la reacción de su jefe quien una vez más se alejó del grupo para meditar.

—¿Sabes algo de mi pueblo? ¿Puedes ayudarme a reencontrarme con ellos? Quisiera explicar personalmente a mi padre y mi hermano todo esto.

Entonces el jefe regresó acercándose a Obus mirándolo fijamente a los ojos, escudriñándolo tratando de encontrar en él algo que no le hubiese dicho.

—¿Conoces a mi familia? – le preguntó.

—La conozco – respondió el jefe.

—¿Me ayudarás a encontrarlos? Necesito verlos.

—¿Por qué los necesitas después de tanto tiempo?

—Porque somos familia; porque nunca he dejado de pensar en ellos, y porque quiero relatarles esto que te acabamos de contar, y…

—¿Y? – preguntó el jefe.

—Y pedirles ayuda para recuperar a Sarlo.

—¿Qué te hace pensar que está vivo?

—La maldita bruja lo quería vivo; lo deseaba para ella, por lo que debe haberlo mantenido con vida, y él debe haber hecho lo imposible para sobrevivir, si con ello aseguraba que dejase de intentar destruir a su hermana Agnes.

Se hizo un gran silencio que a la pareja de amigos le pareció una eternidad.

—El tiempo te ha hecho olvidar Obus – dijo el jefe.

—No te entiendo.

—Ya no reconoces a tu propio hermano.

Bogul quedó boquiabierto y Obus no podía dar crédito a lo que estaba escuchando.

—¡No puede ser! – ¿Farus? ¡No te reconozco; eres muy diferente a como te recuerdo!

—No hermano, no soy Farus, soy Fedor, tu hermano menor.

—¡Fedor!, pero si eras solo un jovenzuelo cuando partimos en la avanzada con Farus y nuestro padre.

—Es cierto, me llevas tres años y yo no tenía edad aún según nuestro pueblo para participar – Y así ambos orcos se fundieron en un abrazo estrecho, fuerte y largo.

—¡Hermano, qué alegría verte así convertido en un gran orco! ¡Qué orgullosos deben estar nuestro padre y hermano!

El grupo de orcos se miraban nuevamente entre sí desconociendo cómo seguiría la conversación.

—¿Qué pasa hermano?

—Te llevaré con nuestro pueblo, estos también son tus orcos, y así cada uno de ellos se inclinó ante Obus en señal de respeto.

—Gracias hermanos, agradezco vuestra actitud como así también agradezco a los dioses haberme permitido reencontrarme con mi hermano menor convertido en un gran orco. Ahora, no puedo esperar reencontrarme también con mi padre y mi hermano mayor.

—Debemos apurarnos Obus, para preparar un gran grupo de orcos guerreros que nos acompañen en el rescate. Te ayudaremos a rescatar a tu amigo, y de paso…

—De paso… ¿qué hermano?

—De paso podré vengarme junto a ti de esa maldita bruja.

—¿A qué te refieres?

—A que esa Dearg Due ha matado a nuestro padre y nuestro hermano.

—Fue hace unos meses, en una avanzada en busca de alimentos para enfrentar el crudo invierno, una columna encabezada por el gran Hores y Farus, se toparon con esa maldita disfrazada de una orca en peligro.

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Volume:
421 p. 3 illustrations
ISBN:
9789878716701
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