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La carpeta roja
Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico Dirección editorial: Ángel Jiménez
Edición en eBook: diciembre, 2021
La carpeta roja
© Miquel Casals
© Éride ediciones, 2021
Espronceda, 5
28003 Madrid
Éride ediciones
ISBN: 978-84-18848-52-0
Diseño y preimpresión: Éride, Diseño Gráfico
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Miquel Casals
Nacido en Sant Andreu de Llavaneres el 22 de diciembre de 1958, actualmente reside en Sant Iscle de Vallalta. Ambos municipios pertenecen a la comarca del Maresme (Barcelona). En el año 2015 publicó su primer libro, Abro mi espíritu, y en el año 2016 el segundo, Sin la Verdad todo es mentira.
Los dos libros (relatos), fueron donados por el autor a Cáritas y por consiguiente no fueron comercializados. En el año 2018 publicó su primera novela, ¿Quiénes Somos? , la primera entrega de su trilogía, Camino Empedrado.
Le sigue El Poder Oculto publicada en el año 2019. Por último, en el año 2020, ofreció la última entrega de dicha trilogía con la novela Complot Letal.
«A mi mujer Empar, a mis hijos Daniel, Axel y Pau, y a mis nueras Mónica y Berta. Mis seis razones para vivir, hoy.
Seguro que habrá más, mañana...»
1
Asier Fernández Garmendia. Treinta y cuatro años recién cumplidos.
Profesor de universidad en la Pontificia Comillas de Madrid. Imparte clases, en la calle Alberto Aguilera, de Filosofía y Humanidades en la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales. Conoce muy bien el centro.
Fue alumno del mismo desde el inicio hasta el final del programa establecido a los efectos. Su licenciatura, grado, postgrado, y doctorado fueron los reglamentarios pasos previos a su situación docente actual.
Alumno ejemplar en todo el recorrido prescrito para poder ejercer lo que soñó casi desde su adolescencia.
Este era su tercer año como profesor y no podía ocultar su satisfacción al recibir muestras de afecto, respeto y admiración por parte del rectorado. Pero lo que más le satisfacía era la evidente y homogénea respuesta recibida por parte de su alumnado del pasado y del presente.
Esperó a la finalización del curso académico para ejecutar su plan de emancipación. Seguía viviendo en casa de sus padres. Su padre, Jesús Fernández González, nacido en León. Abogado. Cursó sus estudios universitarios en Madrid… y ya no se movió de la capital. En la actualidad tiene 60 años.
Su madre, Abantza Garmendia Moreno nacida en San Sebastián, es Doctora en Medicina del aparato digestivo. También cursó sus estudios universitarios en Madrid… y, como su marido, ya no se movió de Madrid. Tiene también 60 años, 6 meses menor que él. Ambos se conocieron en la Residencia de Estudiantes Universitarios en la calle del Pinar y de allí surgió una amistad que fue madurando en otro estado al que ni uno ni otro quiso poner barreras. Aunque cada uno seguía caminos distintos durante la jornada y se impusieron de común acuerdo una disciplina para que nada les apartara del camino emprendido en Madrid desde hacía años, siempre encontraban su momento al anochecer para seguir conociéndose mejor. En la residencia congeniaban con todos los compañeros y compañeras, más con los que, como ellos, habían encontrado el amor en aquel recinto para almas necesitadas de realizar un sueño, buscadoras de futuro por y para su vocación. Cierta complicidad indisimulada entre los congéneres en su misma situación les suponía para ellos como para las demás parejas surgidas del mismo destino un plus de confortable situación y compañía. Contaban también con compañeros y compañeras que asistían a la misma facultad y a la misma clase. Futuros arquitectos, ingenieros, médicos, abogados… compartían, en sana convivencia, no solo el espacio sino mucho más, sus anhelos.
Muchos años después, Asier ocuparía un lugar en la misma Residencia Universitaria. Él, a diferencia de sus padres, no provenía de otras regiones de España. Hubiera podido, sin problema alguno, dirigirse a su domicilio al terminar las clases. Al domicilio donde se crio. En el laureado barrio de Salamanca de Madrid, concretamente en la calle de Serrano. Asier renunciaba en cierto modo, y solo en parte, de las comodidades en su etapa universitaria que le proporcionaba su barrio.
Un barrio de alto nivel que a su vez se divide en seis pequeños barrios: Castellana, Recoletos, Goya, Lista, La Guindalera y Fuente del Berro.
Su barrio cuenta con una superficie de más de 5 Km. cuadrados. Este glamoroso barrio disfruta de avenidas del S.XIX, de restaurantes de alta cocina y boutiques de conocidos diseñadores…, la maravillosa Milla de Oro, así como la reconocidísima Platea Madrid, exclusivo mercado gourmet ubicado en un antiguo teatro.
Cuenta con el Museo Arqueológico Nacional, con el Museo Lázaro Galdiano…y la inefable Plaza de Toros de las Ventas.
Este era el escenario de Asier con el que había compartido toda su vida y del que ningún mal recuerdo guardaba. Al contrario. Pero llegado ese momento de alumno universitario se decantó por cuidar más de su privacidad a una edad necesitada de ella. A pesar de que tuvo que vencer la reticencia de sus padres, sobre todo la de su madre, su decisión la entendía como algo sujeto e imprescindible para el buen desa rrollo de su carrera. Al fin y al cabo, les decía, se verían los fines de semana y cuando librara.
En el fondo, él pensaba, que sus padres temían que al igual que les ocurrió a ellos y a otros tantos, encontrara un motivo de alejamiento por causa de una mujer. Temían para él lo que no les importó a ellos a su edad. A Asier se le antojaba, de ser cierta su sospecha, un temor no necesariamente justificado pues nunca había entendido los comentarios surgidos en cualquier lugar y situación en los que predominaba la idea de que era incompatible el amor de pareja con la reciprocidad existente entre padres e hijos.
Y, no. No. No ocurrió, en la residencia, nada parecido a lo sucedido a sus progenitores. Y nada, hasta el momento, había surgido en aquel campo denominado enamoramiento. Quizá, del todo, no fuera así realmente. Según qué acercamientos no les daba mayor importancia.
No quería llamar amor a lo que, para él, eran desahogos sexuales por ambas partes. Asier en su forjada y desconocida formación interior, más allá de la académica, minuciosamente preparada por una desconocida, también para él, fuerza familiar (así hay que calificarlo…, iba adquiriendo poco a poco las formas y los fondos programados para su inmediato futuro. Sus formaciones eran compatibles, complementarias. Una necesitaba de la otra. Una de ellas era imperceptible para cualquier persona ajena o distanciada de él. Y se inició cuando aún no se tenía en pie. La otra, la académica, era pública. Habrá tiempo de escribir sobre ello.
Asier, desde muy niño, era muy celoso de su intimidad. Esa era una de las necesidades que se le inocularon de forma ajena a su conocimiento.
Quizá una de las principales. Hijo único, no le faltaron amigos y amigas en todas las etapas de formación. Era comunicativo y razonablemente social. Pero sin proponérselo, siempre guardaba su espacio y tiempo… que consideraba solo suyos e inviolables. Nunca, sin embargo, significó esta característica ningún problema ni para él ni para su entorno más próximo. Nadie en su familia quiso darle mayor importancia a sus tiempos que surgían cuando surgían. Todo era producto de lo planificado para él. Nada de ello entorpecía la formación de Asier. A ninguna de ellas… A ninguna de sus dos complementarias formaciones. Asier fue un niño primero, y un chico después, normal según marcaban los parámetros de una clase social, en la que vivía y compartía, alta. Su privacidad nunca la entendió como algo negativo, y estaba completamente seguro que con sus matices particulares de todo ser humano, no difería a la privacidad que todo el mundo necesitaba. Se equivocaba.
Al contrario. Sentía que había traicionado, durante más tiempo del que hubiera deseado, la suya propia al no darle el espacio y el tiempo que le demandaba. No es que no hubiera accedido a su llamada. Una consecuencia de su percepción al respecto de su celosa privacidad era que, en el fondo, temía por la reacción que pudieran tener sus padres a su emancipación, ahora ya, a una edad quizás, más necesitados de él.
Se equivocaba de nuevo. Asier comprendió, demasiado tarde según cómo lo veía él, que la reacción de cualquier persona, tenga el lazo que tenga con él, varía en función de las circunstancias y del tiempo. Y mucho más en su caso del cual desconocía sus inéditas particularidades.
No solo bendijeron su decisión; le empujaron a ella. Ellos estaban encantados de oír sus planes. La esperaban. Era el momento justo. Su particular programa impedía que fuera antes o después. Así pues, le animaron y le confesaron que habían hablado entre ellos sobre la cuestión. Jamás le hubieran invitado a ello bajo ninguna circunstancia no fuera que le hirieran y los malinterpretara… pero deseaban por su bien que se decidiera a dar el paso que acababa de anunciar. Su plan de emancipación, pues, no tenía ningún motivo para más retraso. En cuanto acabara este curso aprovecharía el verano para mudarse a su nuevo domicilio cuya búsqueda dejó a cuenta de profesionales, y que a mitad de curso le indicaron que habían encontrado para él un lugar perfecto según sus anunciadas preferencias. Un ático en alquiler en la calle Londres en el barrio La Guindalera, uno de los pequeños barrios del de Salamanca. Tras visitar el ático dio de inmediato su aprobación.
Sí. Encontraron lo que él buscaba, y el precio del alquiler se lo podía permitir con desahogo.
2
Los recuerdos que Asier tenía de su infancia estaban, todos ellos, presididos por un halo de felicidad, opulencia, amor, amigos, amigas, fiestas, viajes. Eran recuerdos de un todo del que, hasta hoy, se sentía enormemente agradecido a quienes lo hicieron posible. Recuerda que toda su familia, además de sus padres, lo colmaban de todos sus caprichosos deseos que, sin darse cuenta, o sí, hacía partícipes a toda la familia en cuanto tenía algún miembro de la misma cerca de él. Bien es cierto que no frecuentaban su casa. Su familia se contaba con los dedos de la mano y vivían dispersos por la geografía española.
A pesar de todo, Asier no era un niño que se percibiera, desde el exterior, repelente. Quizás fuera porque se movía siempre entre ambientes propios de su condición social, o simplemente porque él mismo sabía poner el límite de lo permisible en el punto justo. Jamás, recuerda, tuvo ningún roce negativo con nadie ni en casa ni en el colegio. Pero solo eran sus recuerdos… La labor de sus padres, en este sentido, era muy equilibrada. No dejarían que nada le faltase, pero no permitirían que creciera con soberbia e irrespetuosidad frente a nadie.
Eso era imprescindible para llevar a cabo, sin problemas ajenos a los conocidos, su minuciosa preparación.
Con el paso de los años, Asier seguía siendo fruto del ambiente en el que vivía y de su entorno prefabricado por Jesús y Abantza. Se llevaba perfectamente bien con la asistenta de la casa a la que respetó con suma educación desde que supo que Josefina no era un miembro más de la familia sanguínea pero que servía a sus padres desde muy poco antes de que él naciera y a la que le profesaban una estimación indisimulada.
Josefina entró en su casa a través de una agencia especializada. Fue tal la connivencia entre ellos y tan rápida, que le prepararon una habitación de su ático para que dejara el piso de alquiler donde vivía sola. Por aquel entonces, Josefina tenía casi 22 años quedando huérfana de padre un año antes, después de no poder superar un cáncer de estómago. De su madre nunca supo nada. Ni ella preguntó jamás ni su padre tuvo tampoco ninguna gana de contarle nada sobre ella. No hubiera podido decir la verdad…
Josefina, cuando Asier estaba ya en su primer curso como estudiante en Filosofía y Humanidades, se marchó tras encontrar un alma gemela de la que no se separó jamás, y no tardaron en hacer planes de una vida en común y propia. Asier supo por sus padres que Josefina era feliz y dichosa en su nuevo hogar. Casi diecinueve años daban paso a una nueva vida para la buena de Josefina.
Sí. Había sido educado, en casa, para un comportamiento intachable y respetuoso por y para todo el mundo, sin distinción de clases. No era suficiente poder ir al mejor colegio del barrio de Salamanca ni al mejor instituto. La función que debían hacer para con él, Jesús y Abantza, nunca quedó rezagada a un segundo término. Para el futuro de Asier era tan o más importante su formación académica como su formación personal, íntima… la que le daría derecho a formar parte del «clan familiar» a través de la desconocida y privada fuerza familiar y de la que él tardaría aún años en conocer en profundidad. Esa responsabilidad era única y exclusivamente de Jesús y Abantza.
Ahora, a punto de mudarse, Asier repasaba con suma rapidez todas las vivencias regaladas que obtuvo, todos los consejos y enseñanzas que le repetían sus progenitores para que el árbol jamás creciera torcido.
Siempre les estaría agradecido de que no permitieran que las facilidades materiales dominaran su escala de valores. A raíz de ello Asier siempre fue en cada etapa de su vida una persona responsable, empática, amable, respetuosa y de formas y fondo que estuvieran a la altura de una persona respetada y respetable.
* * *
Cuando Asier cumplió la mayoría de edad no tuvo que recordarles a sus padres nada que pudiera poner en cuestión su privacidad. Era consciente que había sido educado por y para su privacidad.
Recordaba el celo que pusieron Jesús y Abantza en ello, y no fueron contradictorios. Jamás le preguntaron nada sobre posibles amistades especiales. Se sintió siempre liberado de ello. Aunque bien es cierto que mantuvo una breve relación con una chica de su clase en el bachillerato y que residía cerca, nada trascendió en casa. Y pudo haberlo hecho, porque significó la primera prueba para su bien tratada alma desprovista de disgusto alguno hasta aquel momento. Supo sufrir a solas el descubrimiento de que otro chico se interpuso entre ellos.
Aunque jamás se propuso cerrar la posibilidad a un nuevo encuentro con otra chica, era verdad que la experiencia le supuso un exceso de desconfianza que le alejaba de cualquier posibilidad seria. Era su vida, y solo suya… supuestamente.
Su dedicación a los estudios era plena. Tanto es así que incluso se alejó algo de sus mejores amigos que arrastraba de niño y que, como él, cada año iniciaban un nuevo curso en el mismo colegio y después instituto.
Cuando empezó sus estudios universitarios se volcó por completo a ello. Por fin llegaba la hora de dar cuenta a su vocación que anidaba en él desde su adolescencia. La Filosofía. Esa era su vocación… de la que siempre dudó de su procedencia. Quedaban resquicios en el tiempo para amistades, para salir de vez en cuando con su grupo y los aprovechaba. Pero su prioridad era llegar a ser algún día profesor de universidad de Filosofía y Humanidades en la misma universidad donde había elegido hacer méritos para ello: Universidad Pontificia Comillas. Universidad privada, católica y dirigida por la Compañía de Jesús. El lema de la misma, «El valor de la excelencia», resumía perfectamente, y así lo entendió él siempre, su objetivo y la trascendencia del mismo… para él y para todo lo que surgiera en el futuro en su vida privada no profesional.
* * *
Alto y corpulento, Asier adoptó la costumbre de ir al gimnasio de la facultad cuando ya ejercía el primer año como profesor. Nada esclavo de su cuerpo, algún compañero de la docencia le aconsejó que se dejara ver por las instalaciones deportivas y que las utilizara. Le vendría bien para la desconexión, y su fortaleza no solo descansaría en un cuerpo joven si no que, quizás lo más importante, también en su mente.
Agradeció el consejo, y desde entonces Asier durante dos o tres días a la semana visitaba el gimnasio y se dejaba ver en las demás instalaciones deportivas donde, en ocasiones, participaba de algún partido de baloncesto, su deporte favorito. Sin duda, esto le ayudó a conservar su físico nada propenso, ni de pequeño, a la obesidad.
Aunque nunca se había privado de una buena comida, su cuerpo eliminaba con facilidad los excesos.
Nada presumido, le gustaba vestir bien. De jovencito era él quien pedía a su madre parecerse a papá en la indumentaria. Con la docencia, su deseo se convirtió en una necesidad pues era de rigurosa obligación para los docentes una presentación digna del puesto que ocupaban y digna del centro. Su sempiterna elegancia exterior casaba con su trabajada exposición ante los que convivían con él, en casa, en la universidad…
Era muy consciente que sus padres cuidaron siempre de su educación personal en las diferentes etapas de su vida, hasta que llegó la hora universitaria. Su hora. Jesús y Abantza siempre tuvieron muy claro que esa faceta les correspondía a ellos y no a los docentes, hasta que llegara el momento previsto y cronológicamente dispuesto. Asier, al recordarlo ahora, y sin conocer el abasto de lo que significaba realmente para él, repetía para sí lo mismo que siempre le habían recordado sus padres:
«Recoger los frutos de lo que me han inculcado allí donde vaya… allí donde resida». Ese era el objetivo. Siempre fue el objetivo de Jesús, Abantza… del clan familiar. Asier, en su momento, descubriría la grandeza que ignoraba.
3
Asier descubrió su afición por la filosofía cuando en el segundo curso de la ESO realizó un trabajo que debía versar sobre el Pensamiento en la Historia. Su instituto, Instituto de Educación Secundaria Ramiro de Maeztu, se hallaba en la misma calle de Serrano donde vivía. El instituto disponía de una biblioteca capaz de satisfacer todas las necesidades de sus alumnos y Asier siempre fue un asiduo de ella.
Le aconsejaron, los responsables de la misma, un libro de texto para empezar a familiarizarse con el temario. El libro versaba, entre otros, sobre fomentar el pensamiento crítico de los estudiantes, el diálogo, la reflexión filosófica y la argumentación en clase. El libro estaba adaptado para su edad.
Asier no solo supo utilizar el libro para su trabajo. También le supuso un aprendizaje en cuanto a comprensión lectora y despertó en él el placer de la lectura. Le vino bien. Porque a continuación le prestaron Preguntas de la filosofía antigua de Enrico Berti, una de las grandes autoridades sobre el filósofo Aristóteles. Las preguntas que se hacía Aristóteles fueron el aldabonazo definitivo que necesitaba Asier y que le condujo hasta su dedicación plena en, paralelamente a sus estudios académicos, su nuevo descubrimiento reflejado en un interés indisimulado con los pensamientos de los grandes filósofos griegos.
Aún se acordaba de aquellas preguntas que se hacía el gran pensador griego: ¿Qué es el ser? ¿Existe Dios? ¿Qué es el ser humano? ¿Dónde está la felicidad? ¿Qué hay más allá de la muerte?
Preguntas que aún hoy las consideraba absolutamente actuales, pues no dudaba que las mismas incógnitas habían sido y eran en la actualidad las cuestiones que poco o mucho se hacían, no solo los amantes del saber, si no también muchísima gente ante el innato, aunque a veces adormecido, instinto del poder de la pregunta.
En este trabajo, pues, nació el futuro profesional de Asier. Y siempre se lo agradeció, silenciosamente, al profesor que les encomendó esa tarea evaluativa. La casualidad hubiera podido señalar a cualquier otro segmento académico, y se acordaba bien que cuando les anunciaron sobre qué debía girar su tarea no obtuvo de su consciencia ninguna especial satisfacción. Lo que aún no sabía Asier es que de ello nacería un nuevo hombre, un nuevo Asier. Durante mucho tiempo aquellas preguntas del gran pensador griego siguieron con él, hasta mucho después del trámite académico. Y las respuestas a ellas no necesariamente debían coincidir con Aristóteles. En ello trabajarían con él, personajes que él conocía pero que jamás debería saber su verdadera identidad…
* * *
Y de este modo poco podía imaginarse, en ese momento de mudanza, la complicidad que le supondría ese trabajo académico, su posterior contaminación ignorada del mismo, y su influencia, eso sí, del conocimiento mucho más amplio de su admirado Aristóteles, con su inmediato futuro que iniciaría en cuanto aterrizara definitivamente en la calle Londres. Aunque en realidad su futuro no era más que un eslabón de una cadena de la que él no era consciente todavía.
* * *
Su entera disposición a la filosofía en general y su admiración indisimulada hacia Aristóteles y su escuela, forjaron un complemento básico y fundamental con la educación recibida en casa. Este complemento cogió fuerza a medida que pasaban los años y fue fundamental para crear un armazón muy bien definido y que materializaba todo lo que significaba Asier… para él mismo y para cualquiera que tuviera algún tipo de relación, por pequeña que fuera.
Tanto era así, que todo su entorno familiar, amical y profesional fueron descubriendo en él a un hombre ponderado, reflexivo, amable, comprensible, honesto... No se le escapaba que su evolución no pasaba desa percibida para nadie, sobre todo para aquellos que durante más tiempo habían convivido con él. Y él, en sus habituales viajes hacia su interior, se sentía enormemente orgulloso de lo que veía y percibía. Era una sensación que no quería exteriorizar por su celo a la intimidad y por su cuidadoso comportamiento para con los demás. La humildad era la guinda de un pastel que no parecía tener fin.
Aristóteles y su escuela. Sí. Eran sus inseparables amigos en los que se apoyaba cada vez más con el paso inexorable del tiempo. Más tarde le seguirían otros pensadores en su dilatada preparación. Una nueva característica que se fue formando en Asier, de forma nada espontánea, y por la cual era conocido también, hacía referencia a que solía analizar ciertos acontecimientos sociales contemporáneos y que se sucedían en el devenir del día a día trasladándose, para ello, al siglo IV antes de Cristo en la Grecia de la sabiduría, en la Grecia que de forma secreta hubiera viajado en el tiempo de haber sido posible. No se lo proponía en absoluto, pero de forma incontrolable relacionaba el acontecimiento, hecho, suceso… con su maestro y sus pensamientos.
No se lo proponía y así se lo hacía saber a quién le preguntaba, de forma jocosa, si era posible que dejara apartado su otro yo de vez en cuando. Su otro yo. Cuando lo oyó por primera vez y fue su madre quién lo pronunció, no le disgustó oírlo. Por su mente pasaron imágenes que parecía que surgieran de su memoria, aunque no entendía a qué podía ser debido. De todas las formas nada de eso le apartaba de su nuevo mundo. Al contrario. Asumía que parte de él se cimentaba en lo extraído de sus conocimientos sobre Aristóteles, y eso era un motivo más de orgullo. Jamás hizo ni hacía ostentación de ello.
Hubiera, de no ser así, traicionado la esencia misma de la filosofía.
Con estos recuerdos, que fueron recurrentes en muchas ocasiones en su pasado, era consciente que un nuevo contador virtual se ponía a cero en una nueva etapa de su vida. Estaba listo para ello en cuanto acabara el curso universitario. El tercero como profesor universitario de Ciencias Humanas y Sociales.
Todo estaba saliendo como, incluso él mismo, preveía y quería…
4. Asier
Una noche más tuve el mismo sueño de antaño que ya casi no recordaba.
Con una claridad diáfana. Como si estuviera despierto, con los ojos bien abiertos. Sintiendo la respiración de los que me rodeaban, sintiendo que no oyendo. Solo, como si estuviera en un círculo imaginario y rodeado de mucha gente. Mucha. Algunos rostros los reconozco. Otros no. Pero todos me miran con una amplia sonrisa. Reconozco mi casa y los rostros de mis padres. Felices, radiantes. Me señalan un rincón de la entrada de mi casa.
Es el lugar más estrecho de la casa. En él descansan muchos paquetes muy bien envueltos con un lazo. Unos muy grandes, otros no tanto, creo adivinar en ellos… regalos. ¿Cuál era el motivo? Me giro y veo a mi madre con lágrimas en los ojos sin dejar de sonreír. Me indica que me acerque a los regalos. Sin oír nada siento que mi madre me dice que todo es para mí.
Con la mirada le pregunto qué significa todo esto, ¿qué hace tanta gente en casa y que a la mayoría no conozco? Creo que quiere contarme algo… pero hay tanta gente que no puedo oir lo que me dice. El silencio, en el sueño, es agobiante. Me obliga a tener muchísima atención en un estado que despierto no lo soportaría. Busco a mi padre con la mirada. Está hablando con alguien y ambos beben de su copa. No logro descifrar qué liquido llena esas copas.
* * *
Como en anteriores sueños, aunque no en la misma secuencia del mismo… me despierto sobresaltado. Miro el despertador. Son las 5 de la madrugada.
Tengo 34 años me repito en voz baja. Sigo soñando, aunque cada vez más de vez en cuando, el mismo sueño que me desvelaba cuando tenía 8, 10, 12…
20, 30 años. Nunca comenté este sueño a nadie, y mucho menos a mis padres. ¿Por qué no lo hice? ¿Por qué seguiré sin hacerlo? Algo me lo impide, pero la sensación de que algún significado tiene ha ido creciendo conmigo.
Últimamente cuando este sueño desvela a Asier, piensa en la teoría de la lógica cuyo creador fue Aristóteles, pero no logra descubrir y construir un silogismo sobre este enigmático, para él, sueño. Sí, para él este sueño se le antojaba un acontecimiento, un suceso que encerraba un misterio o formaba parte de él.
* * *
En la primera semana de libranza vacacional, Asier la aprovechó para ordenar lo que iba a llevarse con él. Dudaba. «Esto lo utilizaré… Esto no lo utilizaré… Estos libros me los llevo… Esto lo dejo aquí…».
El Asier más metódico y meticuloso utilizó una libreta para anotar todas sus cambiantes decisiones sobre sus pertenencias. Todo quedaba anotado. Aunque al principio los borrones predominaban a consecuencia de sus continuos cambios de parecer, poco a poco logró dominar la situación dando, la libreta, un aspecto más decente.
Hasta que no encontró su método, le pareció que no había preparado suficientemente aquel momento. No quiso en ningún momento la ayuda de su madre que se había ofrecido a ello. Pará él este proceso era de exclusividad. De exclusividad de su cuidada privacidad.
Finalmente, después de un largo y minucioso proceso logró reunir seis cajas repletas de tamaño respetable como resultado, a día que pasaba, de ser más proclive a llevarse todo lo que le parecía suyo… no sin antes hacer un ejercicio memorístico importante y consultar a su madre. No tuvo bastante con saquear finalmente su habitación. También quiso llevarse algún objeto producto de obsequios que fueron utilizados como decoración en el salón de estar. Su traslado originó un cambio estético en el ático, mientras duró su irremediable desorden que él mismo producía.
Solo recordaba, cuando tenía unos catorce años, una ocasión en que tuvieron patas arriba el ático por el deterioro producido por una fortísima tempestad de granizo que ante tamaña fuerza de impacto agrietó parte del techo. Nunca jamás, fuera de este hecho, su memoria recordaba algo semejante con su mudanza.
—Asier. No sé dónde pondrás todo lo que te llevas… —le confesó su madre sonriendo.
—No te preocupes mamá. Sabré darle cabida. Recuerda que a donde voy está amueblado y con mucho armario por llenar —contestó correspondiendo con una sonrisa de satisfacción.
Asier estaba convencido que su madre quería hablar más de su despedida. Bien era cierto que ni ella ni su padre habían efectuado muchos comentarios al respecto. Al fin y al cabo, era una decisión tomada por él al que nunca objetaron prácticamente nada desde su mayoría de edad. Le sabían un hombre muy responsable y que fue precoz en esta vertiente. Nunca jamás le dieron ninguna importancia al hecho de que siguiera residiendo en donde se crio. Nada, ninguna circunstancia, le obligaba a cambiar de escenario. No era, por tanto, motivo ni tan siquiera de ningún comentario entre ellos.
Comprendían que su carrera de profesor iba configurando un futuro más complejo como único precio a pagar por sus más que anunciadas nuevas funciones en la universidad. Les había llegado algún rumor de fuentes muy creíbles sobre los planes que tenía para él el rector. Sería, por tanto, muy necesario que tuviera su propio espacio y que fuera concordante a sus necesidades profesionales futuras. Le sorprendió a Asier que sus padres tuvieran constancia de dicho rumor que a él le hizo llegar un compañero muy veterano y de la máxima confianza del rector. Sin embargo, no quiso preguntarles nunca de dónde lo habían sacado. En un día tranquilo de fin de semana en la sobremesa le confiaron que había llegado alguna información a sus oídos al respecto y que, sabiendo como sabían, que él también y con mucho más motivo estaba al día y enterado de los comentarios que corrían por los pasillos de la universidad, les extrañó que no lo hubiera comentado nunca en casa.
—No comento rumores. —Fue lo único que comentó, ante la leve sonrisa de su madre y el característico rictus facial de su padre con el que era muy difícil saber qué pensaba, cómo se sentía…
* * *
—¿Cuándo pasarán a recoger todo esto, Asier? —preguntó su madre, esperando que de ahí surgiera alguna conversación pendiente .
—Mañana por la mañana. Son una empresa familiar, pequeña pero que me causaron muy buena impresión. Solo debo indicarles en qué paredes quiero que figuren mis diplomas y alguna foto que me llevo.
—¿Cenarás en casa hoy?
—Sí, claro. Me iré mañana, antes de que ellos lleguen a mi casa … —
Asier notó que le producía, aún, cierta extrañeza al pronunciar «mi».
Ese mi posesivo le provocaba una mezcla de nuevas ilusiones y cierto pesar por una despedida, que aun siendo irrelevante por tratarse de recorrer una distancia muy pequeña entre donde residió hasta aquel momento y su nuevo hogar, no dejaba de ser un hito… pero que se repetía a diario en multitud de hogares.
Su madre no hizo el menor gesto y contrariamente a lo que pensaba Asier, no hizo ningún intento de seguir una conversación. Lo poco que cabía ya, hablar entre ellos sobre su partida , se hablaría en la cena.
5
Todo tal cual tenía previsto. Por fin se había hecho realidad su definitivo traslado a su nueva morada. No era para él, en absoluto, una liberación. No. Jamás dejó de sentirse bien en casa de sus padres. Su caso no era un caso de huida. Era un traslado normal y lógico, más si cabe y, sobre todo, por la anunciada a voces nueva función en la universidad. Estaba a la espera de lo que decidiera el rector y que lo llamara previamente, pues era bien cierto que a pesar de todo lo que se hablaba, no había habido aún ningún encuentro privado entre ellos.
Tal como indicó al equipo de mudanza, les reservó las dos cajas donde había anotado encima de ellas, «cuadros, fotos, decoración» para que con sus indicaciones los colocaran debidamente en los lugares donde Asier había elegido. Diplomas, cuadros que había adquirido a un compañero que se dedicaba en las horas libres a pintar unos paisajes extraordinarios al óleo, incluso alguno que su madre le animó a llevarse. El ático estaba perfectamente equipado y no faltaba de nada… pero las paredes estaban vacías.
Fueron muy rápidos y solventes en su trabajo y les correspondió con un sobrepago a lo establecido en el presupuesto.
Una vez solo, se limitó a contemplar lo que ya había hecho en las distintas visitas que había realizado antes de decidirse por ese ático, y después en visitas posteriores. No podía ocultar su satisfacción. Había sido una sensacional elección.
Poco después debía llenar la despensa y para ello disponía, al lado de su casa, de un gran supermercado en donde encontraría de todo. Y lo hizo. En esta ocasión no había anotado previamente lo que necesitaba… ¿Para qué?, la despensa estaba vacía. Necesitaría de todo.
¿Cocinar? Haría lo que podría. En el último año su madre le animó pisar la cocina para practicar platos de fácil elaboración. « Lo importante, Asier, es que te habitúes a la cocina. Que le pierdas el miedo y forzar una cierta predisposición para entenderte con ella» recordó que le había comentado su madre en cierta ocasión.
Pero… también disponía, y cerca, de pizzerías y restaurantes. No era cuestión de hacerse a la cocina de forma inmediata. «Poco a poco, Asier» se decía. Sin ir más lejos aquella primera noche, sin haber almorzado al mediodía por el trasiego a su nueva vivienda, visitó una pizzería. «Mañana será otro día».
Ya en casa dudó entre ver la televisión o ir a dormir. Se decidió por esto último. Allí, en su habitación, esperaba su almohada que se llevó bajo el brazo. El resto del juego de cama ya lo había dispuesto cuarenta y ocho horas antes, cuando fue a recoger el juego de llaves y se presentó al conserje. Un hombre que desprendía bondad, experiencia y entrega. De unos cincuenta años y con una pronunciada calvicie, se presentó como Antonio, nacido en Madrid y a su entera disposición.
* * *
Al día siguiente y después de desayunar se sentó frente a las cuatro cajas que le estaban esperando. Interrogándolas: « ¿A quién abro primero? », se dispuso a sacar, y ordenar después, los innumerables libros de que disponía. En su mayoría trataban sobre Filosofía, algunos de los cuales fueron de gran utilidad durante sus años de carrera.
Los separó del resto y los ordenó en la estantería más próxima al lugar de lectura que había dispuesto, cerca de la chimenea que haría las delicias de sus noches frías acompañando sus horas de ocio en las que el libro, el que fuere, sería su mejor amigo… hasta nueva orden.
* * *
Repasó y acarició unas carpetas y dossiers en donde guardaba muchísimos trabajos realizados en su época de instituto. Los observaba descansando su espalda en el sillón de despacho con ruedas que le había acompañado durante tantas horas de estudio. Le tenía especial cariño porque seguía protegiendo su espalda mientras laboraba en posición genuinamente dañina para la misma. En ocasiones llegaba a decirse él mismo que era más cómodo sentarse ahí que en el sofá…
Se fijó que también había unas carpetas rebosantes de papeles de cuando era más joven, en primaria. Dibujos, algunos de los cuales estaban calificados por el profesor de la asignatura. Sacaba uno a uno y algunos dibujos no figuraban en su pie el curso al que correspondía.
Los iba mirando mientras se le escapaba una breve sonrisa. Se daba cuenta que estaba ante su infancia y adolescencia… y que eso significaba que hacía muchos años que no los había visto. Así como a libros de texto de distintos cursos mezclados entre las distintas etapas de su preparación en el colegio y el instituto.
Lo depositaba todo en la mesa que había dispuesto como despacho, frente a su habitación. Al lado, una gran pared con estanterías que llenaría, o casi, ocupándolas de libros muy actuales que necesitaba para preparar las clases.
Sacó su portátil y apartando algo lo que había dejado encima de la mesa, lo depositó en un lugar seguro. Ahí había muchísima información docente, un auténtico y enorme archivo en el que figuraban los informes y expedientes de sus distintos cursos como profesor universitario e información de sus alumnos en los tres cursos cubiertos hasta ahora.
Siguió con otras cajas en las que también había innumerables paquetes de papeles. «¿Por qué este vicio de guardarlo todo?» se decía. Sin embargo, recordaba de forma inmediata su temor que había sufrido siempre en deshacerse de papeles, trabajos… aun a sabiendas que en la gran mayoría de casos no volvería a necesitarlos y ni tan siquiera saber de su existencia. Este mismo vicio lo sabía de su padre, aunque él lo circunscribiera a su profesión y no a su etapa de alumno en la Facultad de Derecho. Recordaba los comentarios de su madre riéndose de él, «te comerán los papeles, Asier…». Pero su costumbre predominó siempre a los comentarios de su madre, la cual no tenía problemas de este tipo.
Todo lo dejaba en su consulta en el Hospital Gregorio Marañón, el hospital público más valorado de España como le gustaba recordar a ella. Se había impuesto no llevarse a casa ningún papel, ni dossier ni… nada de nada.
En su domicilio era muy fácil advertir qué profesión era la de Jesús y, en los últimos años, la de Asier. Abantza, a pesar de ser una profesional de mucho prestigio en el mundo de la medicina, en su casa, podría haber pasado perfectamente como una distinguida ama de casa. No había rastro de su función profesional.
Ahí en medio de tanto papeleo permanecía una carpeta roja. El color denotaba que había sido, en el pasado, más roja de lo que presumía ahora. A diferencia de las demás que eran de cartón, esta estaba conformada de un plástico con un grosor que daba una sensación de una cierta consistencia, aunque no lo suficiente como para no mostrar deterioro en las esquinas de la misma. Otra salvedad respecto a las otras es que no contenía gran cantidad de papeles… y si bien es cierto que no recordaba la existencia de las otras, sí que las reconoció al poco de volverlas a ver, máxime cuando lo que encerraban en su interior era fácil de recordar. Esta, sin embargo, no le sonaba en absoluto. Al abrirla se percató de inmediato que no contenía nada parecido a trabajos, expedientes o dibujos de ninguna de sus etapas de alumnado.
Y no contenía nada que hiciera referencia a su profesorado.
Sin fijarse en detalle, fue extrayendo unos documentos que no había visto jamás. «¿ Serán documentos de mi padre traspapelados o de mi madre…? ¿ Algo referente a la casa? » Sacó todos los documentos. Hizo más sitio en la mesa. Lo más abultado lo dejó en el suelo. Se quedó frente a esos documentos de la carpeta roja.
Empezó a escudriñarlos. No adivinaba de qué se trataban. Parecían documentos oficiales. « Esto estaba en mi habitación, de lo contrario no lo hubiera puesto ahí, en esa caja» se decía Asier. Su extrañeza iba en aumento porque, aunque no era un dechado del orden, no acostumbraba a guardar en su amplia habitación nada que no fuera de su ámbito personal. Aquello…
Sus ojos iban más rápidos que su razón. « Jesús Fernández González y Abantza Garmendia Moreno se comprometen por voluntad propia y sin coacciones y es por ello que aceptan las obligaciones que aquí se detallan».
Sus ojos seguían leyendo, pero su razón se había detenido. Se quedó ahí. Pero pronto se puso en movimiento y cruzó información con lo que visionaba. Razón y visión coincidían, aunque eran conscientes las dos que deberían procesar más datos, más letras, más frases. Faltaba mucho por leer. Letras de tamaño normal, números claros. Todo escrito a mano en un papel, de color beige muy claro, muy bien conservado a pesar de la fecha que figuraba escrita al pie, al igual que una firma ilegible pero cuyo propietario de la misma sí figuraba con claridad. Se trataba de un doctor. Al nombre y apellidos no le dedicó ni un segundo.
Una palabra escrita en negrilla le quedó grabada en su mente:
« ADOPCIÓN»
6
« ¿Qué hago?» se preguntaba Asier para sus adentros. Evidenciaba una parálisis en su centro de decisiones, normalmente ágil. Era la reacción menos virulenta que podía adoptar ante el descubrimiento de una nueva identidad. La suya. Pero… albergaba cierta esperanza, llegada de ninguna parte, de que se tratara de un error, de un lamentable error fruto de habérsele traspapelado a alguien aquellos documentos que le estaban desafiando de frente y a los que él no podía dejar de mirar sin ver. Sin querer proponérselo no tardó en darse cuenta de la estúpida respuesta que se autosugestionaba para volver a su estado natural, a segundos antes de abrir la carpeta roja. No funcionaría. Y no estaba funcionando. Aquellos documentos eran tal y como los sentía. No había ninguna duda. Los nombres y apellidos de sus… adoptantes eran los que él conocía.
Siguió su inspección ocular. Una solicitud de adopción, fotocopias de los DNI de Jesús y Abantza, unos papeles grapados que eran unas fotocopias de un libro de familia y otra copia sellada pero que no lograba identificar a qué organismo pertenecía. Era un certificado de empadronamiento. Dedujo, pues, que el sellado borroso correspondería al Ayuntamiento de Madrid… o no. Dudaba de todo, aunque en segundos volvía a la lógica que le obligaba acudir hacia lo que hasta ahora conocía como verdad y que no podía de ninguna forma huir de ella por carecer de más evidencias. No había llegado el momento de hacer deducciones, ni inventariar sospechas. Era el momento de asumir una nueva identidad, en medio de muchos interrogantes que encerraban unas respuestas que llevaban a la verdad. A una nueva verdad. A la verdad, en definitiva, a la que se le había sustraído. Estaba, sin él imaginarlo, acabando un proceso y se iniciaba otro…
Otro documento estaba esperando ser rescatado de la carpeta roja. Se trataba de un certificado de idoneidad, sellado por el Instituto Madrileño del Menor y la Familia. Este certificado estaba firmado por otra persona. No era un doctor ni doctora. Se trataba de la Directora general del organismo que expedía la idoneidad. Le seguían documentos judiciales que no se molestó en escudriñar. Una resolución, entre ellos, en forma de auto judicial que otorgaba la adopción. Y por primera vez leyó su nombre y apellidos: Asier Fernández Garmendia en un documento del Registro Civil… por si le quedaba alguna duda de que se trataba de él. Con una fecha, la que dedujo sin base alguna, era la de su nacimiento. Y no era así. O ¿era la fecha del registro?
Todo, en perfecto orden, lo tenía en frente. Le chocaba el buen estado en que estaban todos los documentos, fechados algunos de ellos antes de que Asier naciera «¿Seguro?», se preguntaba. Documentos con una antigüedad de más de treinta y cuatro años. Pero no podía ser más preciso.
* * *
Con una gran fuerza de voluntad, continuó vaciando todas las cajas pendientes de abrir, y fingiendo que nada «había ocurrido» siguió depositando cada cosa en su lugar predeterminado. La carpeta roja, con todo su contenido, seguía descansando encima de la mesa. Merecía un trato especial… pero no quiso que le impidiera seguir con lo que estaba haciendo.
Sin embargo, aquello que debería ser motivo de ilusión, alegría… se estaba convirtiendo en algo inacabable. La fuerza de atracción que desprendía la carpeta roja, en ocasiones, parecía que le impedirían seguir con su labor. Pero lo logró. No estaba en absoluto seguro de haber dispuesto con todos los enseres de forma correcta. Pero eso no le producía inquietud alguna. Más tarde, quizás, no le debería extrañar que lo que él pensaba que estaba ordenando, en realidad lo que estaba haciendo era todo lo contrario. Pero ¿qué importancia tenía esto ahora? Se duchó, se arregló para salir y cuando estaba a punto de abrir la puerta, retrocedió y cogiendo la carpeta roja la guardó en el cajón de su mesita de noche. Se dispuso a seguir su camino. Almorzaría fuera de casa. Le convenía, lo necesitaba, que le tocara el aire. Después… después volvería a casa y pensaría. Algo le decía que antes de interrogar a sus…, y ahí empezaban sus dudas. Dudas de cómo debía denominarlos y que eran, al fin y al cabo, las menos importantes de las que le invadían y presionaban con fuerza su cabeza. Era consciente de que solo había hecho que empezar el que su nuevo reloj del tiempo se pusiera en marcha. Un «a partir de ahora» tremendamente inquietante.
Ya nada sería lo mismo para él. Estuviera pasando lo que estuviera pasando. Hubiera pasado lo que hubiere pasado en un pasado indeterminado. Lo ignoraba. Y el futuro, su futuro, estaba «dibujado».
Tardaría en averiguarlo. No podía ser consciente aún hasta qué punto su «ayer» era del todo inexacto…
* * *
Ya en casa se sirvió una copa. Su mirada se dirigía hacia su habitación.
«No. No la volveré a coger. De momento ya me ha contado lo suficiente. Ahora me toca mover ficha a mí». Se levantó y se dirigió hacia la mesa que hasta aquel momento había albergado desorden y que ya dispuso para lo que él la quería. Su mesa de trabajo, su despacho. Frente a su habitación. De pie, se encontraba de nuevo, muy cerca de aquella carpeta que le había cambiado, supuestamente, su identidad. Cogió una libreta y un bolígrafo. Inseparables compañeros cuando se trataba de recoger ideas o simples anotaciones. Volvió hacia el sillón de lectura y cogió nuevamente, de la mesa redonda y pequeña, su copa.
Entre sorbo y sorbo… escribía:
« No tengo ninguna duda que esta dichosa carpeta estaba en mi habitación junto con el resto de mis pertenencias. No toqué nada más que no estuviera en mi amplia habitación a excepción de algunas fotografías que estaban en el salón. No recuerdo haberla visto nunca ¿Quién la depositó en mi habitación y por qué? ¿Mis padres? ¿La colocaron ahí en cuanto supieron que mi intención era mudarme? ¿No se atrevían a contarme que era adoptado y preferían que me enterara así? ¿Por qué?»
Asier se interrogaba. Pensaba, pensaba y anotaba: « Con toda seguridad, si ellos colocaron esa carpeta roja en mi habitación ya habrán deducido que la he encontrado. Se imaginarán en qué estado estoy. Esperarán que les llame y les abrume a preguntas. Todas las que me hago yo. ¿Y si no les llamo? ¿Y si actúo con ellos como si nada hubiera encontrado? Entonces serán ellos los que no entenderán nada. No debo precipitarme. No debo tomar ninguna decisión ahora. Que duden un poco. Quizás si no me muevo serán ellos los que lo hagan. Pero… si han estado 34 años guardando el secreto quizás...
Pero no. Ahora saben que yo lo sé. Nadie más que ellos han podido colocar, sin que yo me diera cuenta claro está, toda esta documentación que cambia de un plumazo mi identidad. Qué difícil es entender que no dijeran nada nunca. Mi padre siempre tan abierto y elocuente. Un hombre de leyes que conocía que a mi mayoría de edad debía contarme la verdad. Hombre que nada temía, de ideas muy claras y constantes. La imagen que siempre tuve de él era la de un hombre sin ningún complejo. Pero quizás, se me escaparon detalles. Mi madre. Mi madre siempre encontraba tiempo para la familia a pesar de su responsabilidad profesional en el hospital de más prestigio de Madrid. Nunca daba señales de cansancio tras horas y horas de trabajo, de guardias que a él se le antojaban interminables en las ocasiones que de forma intermitente necesitaba de su presencia. Siempre me demostraron confianza. Pero… está claro que no los he llegado a conocer del todo. O nada. No. No puede ser».
Cansado de anotar y reflexionar, decidió darse un descanso, pero ganaba en su mente la decisión de no hacer nada de momento. Con su silencio, se preguntaba qué pensarán ellos. Le sorprendió, al hacerse esa pregunta, que él mismo se respondiera; que le daba igual. Ahora, y utilizando su forma de hacer las cosas, de las más banales a las más complicadas, desde que se sintió mayor y que no le había ido nada mal sobre todo en su etapa universitaria, sería él y solo él quien llevaría la iniciativa. « Me deben una explicación, muchas explicaciones» — se decía.
De repente surgió en su pensamiento una duda no menos trascendente: « ¿Quiénes son mis padres biológicos, o quiénes fueron?»
Calaba en su interior que toda su vida anterior, la más lejana y la más reciente, incluso la actual, pasaban a un segundo plano. En milésimas de segundo recibió un mensaje en su cansada mente que recogió al instante: «Paralízalo todo hasta encontrar todas las respuestas. Todas».
Significaba que comprendía que su vida académica sería incompatible con su ignorada nueva situación . Por alguna razón le era muy fácil deducir que nada sería coser y cantar. Sin saber qué sabía el cómo, y ese pasaba porque el tiempo correría más que él. No se equivocaba en absoluto.
Se abandonó en el sillón, terminó su copa y se dispuso a tomar otra.
Quería aprovechar una rara sensación de tranquilidad y de paz.
Sensación muy distinta a la que tuvo cuando tropezó con el contenido de… la carpeta roja. A partir de ahora la llamaría la ventana, concepto que repetía a sus alumnos cuando les animaba a ver más allá de lo conocido.
«Mirad por la ventana. Por la ventana de vuestra alma. Haced como los grandes sabios de la gran sabiduría griega. Mirad hacia fuera para encontrar respuestas y guardadlas en vuestro interior».
7
Asier dejó pasar una semana como si nada hubiera ocurrido. Estaba convencido que esta actitud por su parte dejaría descolocados a sus padres que, con toda seguridad, se estarían preguntando si de veras era posible que su hijo no hubiera encontrado aquella carpeta. Sabían lo ordenado que era y se les haría imposible aceptar que aún no hubiera dado cuenta de las cajas con sus pertenencias. Daría lo que fuera para ver a través de una rendija las caras de Jesús y Abantza en estos momentos. Su madre se preguntaría, «¿ cómo es posible que ni tan siquiera haya llamado para decirnos que estaba bien?» Más difícil era imaginarse lo que estaría pensando su padre, más frio y calculador que ella. Deberían, lógicamente, estar preparados desde hacía tiempo para responder todas y cada una de las preguntas que, seguro, él les haría una vez descubiertos todos aquellos papeles que confirmaban el proceso de una adopción normal en el que él, era el adoptado.
Transcurrida esa semana ya no se planteaba otra opción. Era absurdo buscar otra explicación que le conviniese más. Debía aceptar lo que parecía más evidente. Cualquier circunstancia que justificara aquella situación, de existir tal circunstancia, conseguiría saberla. Y entonces ya vería qué reacción tendría.
Mientras se imaginaba la situación en casa, no dejaba de sonreír estuviera donde estuviera. En la compra, cocinando, paseando o en una pizzería. Sin embargo y a pesar de todo, no dejaba de sorprenderse a sí mismo. Jamás se hubiera imaginado esa frialdad en él. Era consciente, eso sí, que tarde o temprano debería dar algún paso , de lo contrario Jesús y Abantza podrían sospechar cualquier cosa que en nada le beneficiaría, aunque a ellos se los imaginara impertérritos y siempre preparados a su llamada o visita.
Aquella noche de sábado sonó su móvil. Quien fuera que le llamara no le tenía en su agenda. Solo aparecía un número. Dudó durante unos segundos, pero finalmente contestó.
—Sí. Dígame. ¿Quién es?
—¡Asier!, cariño… ¿no me reconoces?» —Una voz de mujer demostraba una alegría casi contagiosa en su voz. No, no la reconocía. Y le sabía mal, porque parecía muy sincera en su expresión alegre, como de quien se reencuentra con un ser querido después de mucho tiempo sin verse y no saber nada de él.
—Lo siento de veras. No la reconozco. —En segundos pensó en la universidad, en sus compañeras de clase. Incluso pasó como un rayo, por su cabeza, la imagen de alguna chica en su etapa del instituto.
Pero… ¿cómo sabía su número de teléfono?, aunque ¿y por qué no?
—Me lo imaginaba. Han pasado muchos años, aunque en su día nos veíamos cada día en tu casa.
Le dejó esa pista . Aquella voz, « nos veíamos cada día», «en mi casa». ¡Claro!
—¡Josefina! —gritó Asier.
Era Josefina. Sí. Estaba seguro. La chica que en su día acogieron en su casa Jesús y Abantza, muy poco antes de que él naciera. Eso le habían contado sus padres y ella misma. Contratada a través de una agencia, no tardaron mucho en acomodarle una habitación para ella, que hasta aquel momento residía en un piso de alquiler. Era una más de la familia. Se ocupaba de todo lo concerniente a la vivienda y estaba al cuidado de él. Era una pieza fundamental. Sí. Cuidó de él durante años, liberando a Abantza de unas horas que se le hacían muy difícil de conciliar con sus obligaciones en el hospital. Jesús… Bueno, Jesús había jurado que en cuanto Asier se hiciera mayor se ocuparía de él muchas más horas. Así que… ¿cómo olvidarse de Josefina?
—¡Qué alegría Josefina! ¿Cómo estás? ¿Dónde estás? —De repente se dio cuenta que estaba ametrallando a preguntas sin dar ningún resquicio a respuesta alguna.
—Bien, Asier. Estoy bien, gracias a Dios. Soy madre de una preciosa pareja de gemelos. —Josefina no podía disimular su alegría.
Josefina se fue para empezar una nueva vida con su pareja Raúl. A Raúl lo recordaba muy vagamente. En alguna ocasión fue invitado a almorzar o cenar en casa. Era taxista y lo recordaba como una muy buena persona. Quería a Josefina. Incluso a los jóvenes ojos de Asier esa evidencia era innegable.
Cuando él tenía dieciocho años, Josefina ya había cumplido los cuarenta. Y aunque recordaba que le entristeció mucho su marcha, comprendía que algún día ella encontraría a un alma que la quisiera igual. En cualquier caso su marcha no significó jamás romper ningún tipo de lazo. Recordaba que llamaba a casa con frecuencia, e incluso era Abantza quien en ocasiones lo hacía.
—He llamado a tu casa y tu madre me ha contado dónde vivías desde hace unos días. Le he pedido el número de tu teléfono y no he tardado en llamarte, ya ves…
—Me haces muy dichoso, Josefina. ¿Por qué no venís a mi casa algún día? Tú, Raúl y por supuesto vuestra parejita . ¿Qué edad tienen? —se interesó.
—A punto de cumplir los 16. ¡Cómo pasa el tiempo Asier! Él se llama como su padre, Raúl. Ella María. Gracias a Dios nacieron sanos y así siguen. Son muy buena gente. Él trabajará pronto de mozo de almacén de una gran superficie. El estudio no se le daba muy bien, y su padre me convenció que no había que forzar la situación. Así que… buscó trabajo y tuvo la suerte de encontrarlo. Ella, María, quiere seguir estudiando. Si todo va bien quiere hacer Farmacia. Veremos cómo le va —afirmó orgullosa.
—Pues ¿cómo le va a ir? Bien Josefina, bien. Seguro que sí… —se dio un respiro. Josefina se dio cuenta de ello.
—Aún estás recuperándote de la sorpresa… —le ayudó Josefina.
—Sí, verás. Puede parecerte que soy oportunista. Pero te prometo que he pensado mucho en ti, en vosotros. Reconozco que no recuerdo haber sabido nada del nacimiento de tus hijos. Y estoy seguro que en casa, después de que tú les dieras la noticia me lo contaron, pero… —reconoció Asier.
Pero, en ese momento, sintió por primera vez que no todo su tiempo transcurrido le era reconocible. Esta sensación que duró unos segundos fue, sin saberlo aún, su «nuevo principio» su «nuevo reloj» puesto en marcha… Aquella extraña sensación ya no lo dejaría libre nunca.
—No te preocupes, cariño. Sí, les llamé en cuanto supe que estaba embarazada. Han seguido todo el proceso. Incluso vinieron a vernos a la clínica. Tú has estado muy ocupado con tus cosas. No te preocupes —repitió Josefina—, no te sientas mal. Tu madre siempre me decía que solo tenías la cabeza para tus estudios. Incluso me confesó que no sabía si debía preocuparle tanta obsesión —Josefina evidenciaba conocer muy bien la realidad de Asier.
—Sí. Supongo que no supe separar las cosas . —Quiso justificarse, sin que nadie se lo pidiera en ningún momento.
—Sé que te va muy bien en la universidad. Señor profesor — enfatizó Josefina con una sonrisa.
—Sí. Todo muy bien, y ahora empiezo una nueva vida. Solo. Veremos hasta cuándo. —Bromeó Asier. No sabía qué decir…
—No te faltarán pretendientas… y seguro que nunca te han faltado. —
Josefina ahí dejó un espacio para el silencio al que Asier no le dio importancia—. Ahora que ya estás suficientemente estabilizado profesionalmente en aquello que tanto habías soñado, según me contaba tu madre, seguro que sin querer llegará el momento de formar una familia. —El vaticinio de Josefina le puso incomprensiblemente nervioso. Josefina. Su llamada le parecía providencial en aquello que ahora ocupaba todo su tiempo. Josefina… ¿sabría algo?
—Josefina. Guardaré en mi agenda del móvil tu número de teléfono. Te llamaré muy pronto. Quiero invitaros a comer. No te preocupes, no cocinaré yo. Me ocuparé de que no nos falte una buena cena. Mejor una cena, ¿no?
—Como quieras. Sí. Un sábado iría bien. Raúl, durante la semana, llega a casa muy cansado. Libra los domingos. Yo, bueno yo… me dedico a lo que he hecho toda la vida. Soy asistenta de hogar en varios domicilios. —A Asier le pareció que a Josefina le avergonzaba no haber trabajado de otra cosa.
—Los dos trabajáis. ¿Sabéis qué significa eso hoy en día? Tu hijo trabajará pronto y María estudiará una gran carrera. —Pero a Asier le convenía llevar la conversación a otro terreno. Tenía que aprovecharlo.
—Josefina. Si no te importa me gustaría verte a solas antes de encontrarnos aquí en casa con toda tu familia si es de tu agrado. —Ella le interrumpió.
—No Asier. Raúl y María no vendrán a cenar. Les he hablado mucho de ti y estarán encantados de conocerte otro día, pero no son de ir con papá y mamá. Ya sabes.
—Vale, vale. Como queráis. Pero lo que te decía ahora es que me gustaría verte antes, a solas, por un asunto muy delicado que quizás tu conozcas. He de confesar que tu llamada me ha llenado de alegría por ser quien eres. Pero disculpa mi sinceridad que seguro entenderás, tu llamada parece haber sido una bendición… también por otro motivo.
—No sabes hasta qué punto me lo imagino.
8
Para Aristóteles, todo aquello que se mueve es movido a su vez por una causa, y así sucesivamente. Por tanto, ha de existir algún tipo de motor en el inicio, algo que no sea movido por nadie y que sea lo que desencadene el proceso. Este primer «motor inmóvil» es lo que él relaciona con algún tipo de ser divino, responsable, además, de la unidad del mundo y del orden y las reglas que lo rigen.
La última frase de Josefina a la cual no replicó ni supo preguntarle qué significaba, era consecuencia de una evidencia clara y transparente que parecía se le olvidaba. Pero se hizo a la idea rápidamente y entendió, muy probablemente, lo que encerraba el colofón de Josefina. Ella llegó a su casa antes de que él naciera. Esa premisa no debería desaparecer nunca de sus análisis sobre lo que le ocupaba día y noche desde que se marchó de casa de los que creía, hasta ahora, eran sus padres biológicos. Una adopción puede ocultarse al propio implicado cuando la misma se realiza en el momento que el niño o niña no puede tener capacidad para recordar nada. Si todo se realiza desde la más estricta y absoluta normalidad, la adopción no solo no tiene porqué ser escondida, sino que es motivo de una alegría inmensa en la familia adoptante y se hace saber a bombo y platillo, y no solo a la familia.
Compañeros de trabajo, amigos, conocidos… todos serían notificados convenientemente. Según la documentación que encontró, su caso parecía muy normal y dentro de la más absoluta limpieza y transparencia. Por tanto, Josefina, como miembro de la familia de la que era considerada, debió saberlo todo. Al menos lo más notorio. Ni más ni menos que el resto de la familia. Pero también era muy evidente que sobrevolaba una prohibición a comentar nada a Asier. Porque nadie nunca lo hizo en treinta y cuatro años. Tiempo suficiente hubo para comunicarle un hecho tan trascendente. Pero no había sucedido así, ni aún ahora que se había mudado a otra vivienda. ¿Por qué? ¿Su adopción no había sido tan normal como todo parecía indicar? ¿Cómo era posible que estos documentos aparecieran entre sus pertenencias cuando nunca los había visto? Y si no fue una adopción limpia y transparente… ¿por qué estos documentos no fueron eliminados? O… ¿eran documentos falsos?
Desistió hacerse más preguntas. Estaba a la espera de que algún día de esa semana Josefina le llamara para verse y hablar largo y tendido sobre este asunto que se le antojaba lo suficientemente complejo y, por el cual, no dudaría en pedir la excedencia en la universidad si fuera preciso. Opción más que probable e imprescindible porque cuanto más lo pensaba, y tal como se mostraba el enigma o enigmas, debería dedicar todo su tiempo en ello. Probablemente era prematuro pensar así y hubiera preferido no tener aún motivos para pensar negativamente, pero tenía muy claro que su verdadera identidad sería su prioridad pasara el tiempo que pasara hasta dar con ella. Todo lo demás quedaría en segundo lugar. Todo quedaría supeditado al tiempo que debiera dedicar para alcanzar saber qué ocurrió cuando nació. Si todo lo que había en aquella carpeta roja era cierto, significaba que no sabía quién era en realidad. No sabía quiénes eran sus padres biológicos. No sabía nada de su auténtico origen. Su vida, de repente, se le aparecía como una representación en la que él era el principal protagonista. Pero no sabía quiénes eran el director y el guionista de un film de muy mal ver según todas sus sospechas. Sin duda, si todo hubiera transcurrido por los cauces normales y habituales no sería en absoluto justificable este secretismo del que había sido objeto.
Secretismo roto por una ¿casualidad? No. Aunque no sabía dónde apuntar, la carpeta roja estaba ahí porque alguien quería que él descubriera la verdad o introducirlo en la mentira definitivamente. Y desde ahí, quizás, recorrer caminos que le llevarían a más novedades y realidades insospechadas. Josefina. Josefina, sospechaba Asier, era imprescindible. Aún resonaba en sus oídos: « No sabes hasta qué punto me lo imagino».
* * *
Josefina estaría a punto de llegar. Asier había encargado una cena al gusto de su invitada después de que ella le diera pistas sobre sus preferencias gastronómicas. Lo tenía todo a punto. Era sábado y cerca de que las agujas del reloj del salón comedor marcaran las ocho, hora convenida. Y Josefina fue puntual.
9. Asier
Josefina fue muy concisa en sus explicaciones. «Las reservamos para el final de la cena». La cena debía transcurrir y transcurrió con tranquilidad explicándonos nuestras vidas más recientes. Reímos, nos escuchamos atentamente. Tranquilidad. Como final, ambos tomamos un café muy cargado y le serví una copa. La mía no iba a faltar.
Resumo su disertación mezclada con alguna de mi cosecha como resultado de esa conversación con Josefina que me devolvió ciertos hechos a mi memoria, y que, juntándolo todo, se me antojó la revelación de que yo, queriendo o sin querer, había vivido una realidad paralela. Peor aún… una vida paralela. Mi sensación era difícil de describir. Era la segunda vez, en poco tiempo, que algo extraño se había despertado en mí. ¿Mi nuevo reloj? Empezaba a darme miedo pensarlo. Quizás todo era fruto de un extraño e inexplicable suceso que incluso para un filósofo se le hacía muy difícil analizar. Quién sabe. Quién sabrá. He de saber.
Cuando Josefina se fue de casa, mis padres contrataron a Catalina, a través de la misma agencia que a ella. Casi se me había olvidado. Mujer casada, era una empleada de hogar con la que yo no tuve apenas contacto alguno. Recuerdo que trabajaba en casa, en horario en que yo estaba en la universidad. Solía dejar preparado o bien el almuerzo o la cena en función de lo que le indicaba mi madre. Por lo demás no oí jamás ninguna queja sobre su trabajo. Aunque yo no sirva de referencia fiable, creo recordar que todo lo dejaba limpio y en perfecto estado y orden. Desde hace algunos años el puesto de Catalina lo ocupa Olga. Y, también, a través de la misma agencia que en los casos anteriores. Muy simpática, pero, aún, mucho más discreta. Discreción que en realidad esconde, creo, un carácter muy introvertido. Eso sí, muy eficaz. Ni ella, ahora, ni antes Catalina han pernoctado nunca en casa. Sus casos nada tienen que ver con la particularidad de Josefina.
Eso lo recordaba a poco que me esforzara. Olga, y así se lo comenté a Josefina, mantenía cierto distanciamiento hacia mis padres y hacia mí, aunque nunca le falta la corrección. Es una mujer que habla poco, cumple… y hasta mañana.
Josefina había sido testigo de fuertes discusiones entre Jesús y Abantza antes de que yo llegara a esa casa. Recuerda que le incomodaba oírlos porque era consciente de que sabían que los podía escuchar. Pero eso no les importaba en absoluto. Eran discusiones muy fuertes. Pero nunca adivinó de qué se trataba. Pronunciaban palabras poco conocidas por ella. En alguna ocasión oyó a Abantza llorar. Eso sucedía estando ella allí. Pero, ¿qué sucedía cuando ella iba a la compra? Siempre pensó, que fuera lo que fuera el motivo o motivos de tantas discusiones, el matrimonio se mantenía en pie gracias a que sus respectivos trabajos los mantenían alejados durante gran parte de los días. Los fines de semana, en algunos más que en otros, no había tregua. Algunas veces creía oír «México», pero jamás hizo mayores esfuerzos para alcanzar saber más del porqué de tanta ira de uno y de otra.
Le pareció muy curioso que en cierta ocasión Abantza le comunicara que en quince días vendrían a casa a almorzar, concretamente un domingo, toda la familia. Le dio las instrucciones debidas para tal efecto. Lo curioso para Josefina era que se trataba de una reunión familiar que no tenía precedentes. No recordaba haberlos visto juntos nunca. Aunque las visitas de la familia no eran en absoluto continuas.
Cuando estas se producían nunca coincidían todos. Lo más sorprendente, si cabe, fue que Abantza le comunicó que quería que ella, Josefina, almorzara con ellos. Era de la familia, le decía. Hubiera preferido que para aquella ocasión la eximiera de tanto honor.
En tal evento asistieron, la hermana de Abantza que vino de Rentería.
Soltera y sin compañía conocida. Los padres de Jesús. Los de Abantza habían muerto cuando ella era joven. Nunca se había comentado el motivo de su muerte, pero Josefina intuía, por alguna razón que ahora no venía a cuento, que fue cosa de un atentado de ETA. También estuvieron el hermano de Jesús y su esposa, que residen en Pamplona.
Ambos trabajan en la Seguridad Social. Josefina recuerda muy bien la impresión que les causó tenerlos a todos frente a frente: no se soportaban. No comprendía, al principio, como Abantza, con el consentimiento de Jesús, había organizado aquella extraña reunión.
Era evidente que solo la hipocresía hacía posible tal acontecimiento.
Estaba claro, según la percepción de Josefina, que la distancia era una bendición para aquella familia.
«Cuando estábamos —continuaba Josefina— en plena sobremesa, Jesús se levantó y con una leve sonrisa les pidió a todos que estuvieran atentos porque en su nombre y en el de Abantza querían comunicar algo muy importante y de gran alegría para ellos dos. Jesús dio por sentado de que todos sabían de la dificultad de engendrar un hijo que tenía Abantza. Yo, que es quien estaba más cerca a diario de ellos nada sabía al respecto.
Pero, me resultaba normal que Abantza no me contara esas intimidades, a pesar de que yo y ella teníamos cierta relación, muy parecida a una amistad incipiente. Las caras de cada uno de los invitados mostraron una indisimulable indiferencia. Un “no sabíamos nada”, que se escuchó y que no recuerdo —Josefina lo contaba como si estuviera aún en aquella mesa— de quién provino. Lo pudo decir cualquiera, porque sus caras eran de un “no sabía nada, pero no nos importa en absoluto”.
Sin tiempo para que nadie les interrumpiera, cosa que se me hacía imposible imaginar, Jesús sentenció: “Estamos a punto de adoptar un niño. Porque es un niño…”.
El niño aún no había nacido, continuó Jesús, mientras Abantza se mantenía en silencio con una sonrisa grabada en su cara. La madre biológica no podía hacerse cargo de él, y ya tramitó darlo en adopción meses antes de nacer la criatura. Bajo ningún concepto, se suponía, la madre pensó en abortar… y si lo pensó en alguna ocasión alguien, algo, o simplemente ella misma le hizo desistir.
Ni así se logró ninguna muestra de afectuosidad hacia Jesús y Abantza, aunque tampoco parecía que a ellos dos les hiciera alguna falta. Sí. Algún “enhorabuena” se oyó. Sintieran lo que sintieran, eso no fue impedimento para que me pidieran que descorchara otra botella de champagne francés.
Todo fuera por el niño que venía. Me sorprendió —señaló— , y mucho, la noticia. Nada se me había insinuado, ni tenían porqué hacerlo. No ya Jesús que casi no me dirigía la palabra, sino tampoco Abantza a pesar de su complicidad conmigo en otras cuestiones. Pero lo que más me sorprendió es que mientras a mí me causó una enorme felicidad la comunicación de Jesús a su familia, como si de un solo miembro se tratara, reaccionaron al unísono con más indiferencia de lo normal. Ahí —lo recalcó con vehemencia— y sin saber por qué, lo relacioné con las continuas broncas entre Jesús y Abantza. Mi mente reaccionó relacionándolo. Para entonces, sin embargo, me pareció absurda mi interpretación. No le di mayor importancia… yo también había bebido más de la cuenta y de lo que estaba acostumbrada. —Apuntó con una sonrisa.
Josefina continuó contándome que cuando brindaron, fue Abantza quien pidió/exigió hablar: «Nadie debe saber que es un niño adoptado.
Nadie salvo los que estamos aquí. Y por supuesto, al niño ya habrá tiempo de decirle lo que haya que decirle y esa tarea solo la haremos cuando lo decidamos Jesús y yo misma. ¿Lo entendéis, ¿verdad?»
Josefina lo entendió y le pareció muy correcto. Lo que pensarían los demás presentes, atendiendo a su impertérrito posado sería algo así como: «¿No os dais cuenta de que nos importa muy poco todo lo que nos contáis al respecto?»
Voy notando cierto cansancio en Josefina. Le pido que descanse. Le ofrezco una nueva copa que rechaza. Prefiere agua fresca. Me levanto, voy a la cocina y compruebo que sí, que tengo agua bien fría. Me dice que quiere continuar…
«El ambiente enrarecido en todo el almuerzo seguramente le hace pensar a Josefina más de lo que hubiera reflexionado en un ambiente normal y festivo. No sabría explicar qué sensaciones se respiraba en aquel salón y en aquellos instantes. Algo chirriaba, me decía. Se le acumulaban preguntas sin respuesta. No entendía aquel secretismo que había exigido Abantza. No entendía que se hubieran decidido a adoptar un niño, cuando sus discusiones eran casi habituales y su matrimonio no parecía ser el más idóneo para acoger un niño. Incluso, aunque no quiso asegurarlo porque entendía que era muy delicado… no descartaba malos tratos de Jesús sobre Abantza. Se refería a malos tratos físicos, porque psicológicos se los repartirían a partes iguales según deducía al escucharlos. En eso no fueron nada esquivos. Les importaba un pimiento que los escuchara. Jamás le prohibieron que nada saliera de allí. Eso, para Josefina, contrastaba mucho con la exigencia de no contar la verdad sobre el niño que estaba a punto de llegar. Se preguntaba si algo tendrían que ver aquellas fuertes discusiones con la adopción. Pero reconozco que pronto desistí en mi empeño de ver relación alguna». —Señaló con cierta dejadez.
Cuando, finalmente, llegué a casa no hubo aglomeraciones familiares para verme. Nada extraño, pensó ella. Al menos eran coherentes. Su papel, el de la familia, el día del anuncio coincidió bastante con sus modestas y precarias visitas posteriores. Eso sí, me colmaban con un montón de regalos, muchos de ellos deberían esperar a que creciera.
Los aniversarios se sucedían… y ahí Abantza siempre organizaba fiestas para que la familia, quizás maldiciéndola, se acercara. A medida que fui creciendo, aumentaba la cantidad de invitados por mi cumpleaños. Se añadían mis amigos y amigas del cole. Hasta que crecí lo suficiente para que las fiestas dejaran de organizarse.
Quizás esa era la explicación de aquel sueño… secuencialmente repetitivo, curiosamente siempre exacto, misterioso, jugueteando con alguna explicación racional, tan caprichoso que se presentaba sin avisar y sin ningún motivo aparente. Una vez más, y con Josefina ahí, ese sueño me visita un instante.
Una noche más tuve el mismo sueño de antaño que ya casi no recordaba. Con una claridad diáfana. Como si estuviera despierto, con los ojos bien abiertos. Sintiendo la respiración de los que me rodeaban, sintiendo que no oía. Solo, como si estuviera en un círculo imaginario y rodeado de mucha gente. Mucha. Algunos rostros los reconozco. Otros no. Pero todos me miran con una amplia sonrisa.
Reconozco mi casa y los rostros de mis padres. Felices, radiantes. Me señalan un rincón de la entrada de mi casa. Es el lugar más estrecho de la casa. En él descansan muchos paquetes muy bien envueltos con un lazo. Unos muy grandes, otros no tanto. Creo adivinar en ellos regalos. ¿Cuál era el motivo? Me giro y veo a mi madre con lágrimas en los ojos sin dejar de sonreír. Me indica que me acerque a ellos. Sin oír nada siento que mi madre me dice que todo es para mí. Con la mirada le pregunto qué significa todo eso, ¿qué hace tanta gente en casa y que no conozco? Creo que quiere decirme algo… pero hay tanta gente, que no puedo oír lo que me dice. El silencio en el sueño es agobiante. Me obliga a tener muchísima atención en un estado que despierto no lo soportaría. Busco a mi padre con la vista. Está hablando con alguien y ambos beben de sus respectivas copas. No logro descifrar qué líquido llena esas copas. Sueño del que despierto siempre muy sobresaltado.
Josefina me lo explicaba con todo lujo de detalles. Pero al igual que ella, me preguntaba: «¿Había algún sentido en todo ello? ¿Tanta capacidad de hipocresía cabía en aquella familia? ¿Qué pretendía Abantza? ¿Qué papel jugaba Jesús en eso? Debía estar de acuerdo en esos encuentros anuales con la familia (¿?), porque de lo contrario ella, Josefina, estaba segura, lo sabría. Y estaba claro que allí poco se hacía sin el consentimiento del padre». Y mientras oía eso de boca de Josefina me pregunté: «¿Tendría alguna relación mi sueño con esa familia?» Josefina proseguía:
« Me había preguntado muchas veces si todo aquel montaje era motivo de alguna razón que ella ignoraba y que ignoraría siempre. Se preguntaba si aquel evidente distanciamiento intrafamiliar tenía una base sólida.
Llegó a la conclusión de que sí. No podía ser comprensible que no hubiera alguna razón o justificación. Pero también era evidente que algo muy poderoso se le escapaba. Demasiada contradicción… ¿Qué les obligaba a seguir con aquella hipocresía? Finalmente zanjó sus dudas con una certeza: Seguro que no sabes de la misa la mitad y eso no es asunto tuyo.
Con tu llegada sus discusiones menguaron, al menos mientras yo estaba en casa. Y me ausentaba poco. Aunque una vez que conocí a quien hoy es mi marido, los domingos libraba con bastante facilidad y no descarté nunca que sus discusiones las reservaran para ese día de la semana». —
Josefina no podía reprimir una amplia sonrisa al recordar aquel detalle .
* * *
«En cierta ocasión —prosiguió— muchos años después, cuando tenías 13 o 14 años de edad, y a consecuencia de un fuerte temporal de granizo que ni los más viejos del lugar recordaban tan violento, se produjeron serios desperfectos en ventanas y parte del tejado del ático».
Recuerdo aquel día y Josefina aún mucho más por el trabajo que le supuso poner a salvo todo lo que pudo de la suite matrimonial, la más afectada del ático.
Las imprescindibles obras obligaron a una evacuación exhaustiva de objetos, libros, documentación indescifrable a primera vista y un largo etcétera. Josefina carga con todo este trabajo. Los dueños debían acudir al trabajo y el jovencito al cole. Lo amontona todo en el salón comedor de la mejor forma que se le ocurre. Las obras tardarán unos días en acabar, y debía dejar el salón habitable. Los operarios le piden que, por favor, también retire parte de los libros que están en el salón situados en la parte más cercana a la suite matrimonial. Josefina lo hace con más cuidado si cabe. A aquella biblioteca, Jesús, le tenía un cariño muy especial. Retira tantos libros como los operarios le indican y después cubren debidamente con sábanas la parte del mueble en el que se encuentra la biblioteca más preciada de la casa según, siempre, don Jesús.
Jesús le reclama a Josefina, una noche, después de regresar del trabajo y cuando Abantza no había llegado aún, que le entregue todos los papeles que estaban en su habitación. Así lo hace. Cuando Jesús observa que los libros objeto de la última evacuación están en el mismo lugar que todos los objetos y demás enseres, le ordena que no quiere aquellos libros mezclados con todo lo demás y que, por favor, …sí dijo «por favor», los habilitara en otro lugar. Solo se le ocurrió llevárselos a su habitación para no molestar mi espacio y mucho menos el de los señores. Este detalle será importante recordarlo más adelante.
Una vez hecha la operación del momentáneo traslado, cansada de tanto trajín y cuando acaba de preparar la cena, ella pide permiso para acostarse a lo que Jesús y Abantza, le contestan que por qué no cena.
«Estoy muy cansada. No tengo hambre. Prefiero dormir». Abantza le da las buenas noches y Jesús, aunque no lo juraría, una vez más parece no haberla oído. El abogado era un hombre muy variable, muy suyo, con gestos y actitudes que eran muy difíciles de prever.
Le pedí a Josefina que descansara. Que al hacerlo ella, yo también lo haría. Como era mi costumbre había tomado nota de todo lo que me había contado hasta aquel momento. Lo que seguía… merece un capítulo aparte.
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