Read the book: «Palermo Zombi»

Miguel Ortemberg


| Ortemberg, Miguel EnriquePalermo zombi / Miguel Enrique Ortemberg. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2019.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-599-562-81. Narrativa Argentina Contemporánea. I. Título.CDD A863 |
Diseño e ilustración de tapa: Camilo Rodríguez
© Libros del Zorzal, 2019
Buenos Aires, Argentina
Printed in Argentina
Hecho el depósito que previene la ley 11.723
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Índice
Introducción
Ocho Pérez, historiador urbano | 7
Recomendación inicial | 11
Consideraciones sobre un tiempo que ha dejado de existir | 14
Métodos de validación de la investigación histórica cuando algunos de los sujetos de la acción son zombis | 15
José Macarti, fiscal antizombi de Buenos Aires | 20
El Lobo Rocambole | 27
Palermo Zombi
La belleza de Leticia | 42
La canción de los números | 50
La rebelión | 59
La carta | 65
Curso de capacitación para postulantes, Fiscalía Antizombi de Buenos Aires | 69
La batalla de Palermo Viejo | 77
Siete veces siete | 95
A través de los cristales sucios | 103
Escapando de Lanús Oeste | 106
Primera Invasión Inglesa zombi a Buenos Aires | 118
El lobo estepario | 125
Terapia de vidas pasadas | 137
El rapto | 149
El pacto Rocambole-Macarti | 152
El plan J | 166
El gran desafío | 171
Segunda Invasión Inglesa zombi a Buenos Aires | 189
La reconquista | 194
El rescate | 201
El amor en los tiempos del corralito | 204
Epílogo
Posfacio
Palermo Zombi, de Miguel Ortemberg. Una crítica delirante en tiempos de farsas decadentes | 229
Introducción
Ocho Pérez, historiador urbano
He recibido un número como nombre porque fui el hijo número ocho de una familia española, y se ve que a esa altura de sus vidas a mis padres les costaba imaginar nombres de ancestros aplicables. Creo, por cierto, que yo no estaba en sus expectativas, pero nací.
Eso me relacionó con la casualidad y esta, con la causalidad. Hace algunos años, investigando mi árbol genealógico, llegué a la conclusión de que tal vez debíamos ser de origen sefaradí, o sea, provenir de una tradición judeoespañola obligada a convertirse para sobrevivir a la Inquisición. Mis padres trataron de no usar nombres bíblicos para sus hijos, y cuando en algún caso lo hicieron fue por respeto a sus antepasados. Las mujeres, mis hermanas, recibieron nombres de flores: Margarita, Rosa, Lila y Jazmín; los hombres, de héroes griegos, como mi hermano mayor, Héctor, o Aquiles, el tercero. El noveno fue llamado Henoc, hermoso nombre y la excepción a la regla.
En la escuela, para atemperar el impacto de un nombre que generaba risas y chascarrillos, algunos maestros empezaron a llamarme Octavo y, con el tiempo, mis amigos lo transformaron en Octavio, como el emperador romano, pero al fin y al cabo siempre fui un simple Ocho que rima con abrocho; se imaginarán ustedes el resto.
Número simétrico con una o por delante y otra por detrás, dos vocales iguales que podrían ser dos ceros, dos nadas. Así, el nombre queda reducido a una ce hache, letra compuesta, conformada por una ce, que si se observa bien es otro cero, pero abierto, y una hache, letra muda que debería suprimirse por irracional, oscurantista y contaminante, idea ya sólidamente expresada por el abuelo anarquista, personaje de Miguel de Unamuno en su novela Niebla.
¿Qué podría tener yo como vocación sino la historia, una de las maneras de acceder al misterio del tiempo?
La nada está en mi nombre, dos ceros más uno abierto y una letra muda. Y no es que quiera hablar de mí; esto viene a cuento porque lo que voy a contarles es una historia verídica con epicentro en la ciudad de Buenos Aires, ocurrida en un tiempo que dejó de existir. Un vacío temporal que, al igual que aquel del siglo xvi, sucedió realmente, pero ha desaparecido de la historia.
Soy historiador, pero me reivindico en este acto como memorialista. Los memorialistas no dudamos de lo que encontramos. Si una señora nos dice en la puerta de su casa que vio a un zombi comiéndose a un vecino, en principio le creemos. ¿Por qué no deberíamos hacerlo?
En cambio, la Academia duda por método: de lo que dicen las fuentes orales, de los vecinos, de los inmigrantes, de la veracidad de los documentos. Al dudar de todo, pierde el sentido de realidad, la vivencia, lo que los hechos significan para la gente que los vive. Luego no logra explicar un suceso o tarda décadas en hacerlo. Los academicistas construyen de manera consciente artefactos literarios, ficciones históricas para encontrar después, artificialmente, las pruebas que las sustenten. El relato sostiene y fundamenta su filosofía de la sociedad y la historia. Parten de sus creencias y usan el relato para darle valor a la manera de demostración de un teorema; así vista, la historia tiene fines instrumentales sin verdades propias que proclamar.
Prefiero, ante eso, la memoria viva, el sabor y el sentimiento de algo ocurrido que cambia la vida de la gente. Nosotros vamos a la realidad lo más desprovistos posible de todo, con cierta ingenuidad y una mirada llena de sesgos como la de cualquiera, pero no intentamos demostrar una verdad previa indiscutible.
Se sabe lo que socialmente desencadena la prohibición: la del sexo en la época de la moral victoriana llenó el mundo de reprimidos y perversos; la del alcohol durante la Ley Seca en Estados Unidos colmó ese país de borrachos; la actual de las drogas hace aparecer cada vez más adictos, instalando la doble moral como sistema; ese es el plan. La discusión no es si consumiremos drogas en el futuro, sino quién tendrá el control de su distribución ilegal.
La invasión zombi correrá tal vez la misma suerte, a pesar de las prohibiciones. O gracias a ellas.
No soy abogado, aunque me gano la vida desde hace años como ayudante en una escribanía. Ese hecho me ha conectado con el pasado del barrio de manera directa, he accedido a la historia de las propiedades y, por lo tanto, de las personas y familias, de sus títulos, sucesiones, herencias, usucapiones, traslaciones de dominio, subdivisiones, juicios, reyertas, acusaciones, negocios, fraudes y todo tipo de cosas donde se mezcla el territorio y su apropiación con la historia de la gente que lo habita. Durante siglos, fueron los curas párrocos los depositarios de la memoria de los barrios. Los sacramentos les permitían acceder a la vida de los fieles. Bautizaban, confirmaban, casaban, confesaban, cuidaban enfermos, auxiliaban huérfanos, alimentaban vagabundos, daban la extremaunción, acompañaban a los difuntos hasta las sepulturas rezando por sus almas... Toda la dimensión de la vida en significación y sentido se desplegaba ante sus ojos como una gran película que los encontraba comprometidos con la felicidad y el dolor que la vida proporciona. En cambio, lo mío fue accidental, el trabajo me conectó involuntariamente con la historia de Palermo y despertó en la juventud una fuerte vocación que he sostenido en el tiempo.
Como he utilizado la palabra barrio, se impone que explicite sus significados posibles. Por oposición, barrio es lo contrario a lo que no es barrio; por ejemplo, un barrio cerrado no es barrio, porque los barrios, por definición, no pueden ser cerrados, en ese caso son guetos. Los barrios de una ciudad amurallada no pueden ser cerrados. Las ciudades pueden estar protegidas por murallas; los barrios, no. El centro de la ciudad no es un barrio, porque los barrios son lo contrario a los centros, las acrópolis. Las villas miseria no lo son inicialmente, pero están llamadas a transformarse en barrios. Así empezó La Boca, como un humilde caserío de inmigrantes genoveses. Las áreas modernizadas artificialmente de manera violenta tampoco lo son. Los barrios se definen por la multiplicidad de contenidos yuxtapuestos: simbólicos, históricos, políticos, culturales, económicos, sociales, que hacen que alguien se sienta parte de algo llamado barrio de Palermo o barrio de Boedo.
Recomendación inicial
La narración se dispone alrededor de un conjunto de vórtices poderosamente románticos, con momentos abismales de los cuales resulta difícil recuperarse anímicamente. Un especialista lo definiría como un texto tardo-romántico, en el que lo histórico nos envuelve y afecta.
Abandonar el propio cuerpo y viajar al Hades en una búsqueda temeraria del otro no es una experiencia fácil de atravesar con la pretensión de salir ileso.
Deseo, por lo tanto, advertir a las personas impresionables y a los menores de edad, a las mujeres embarazadas y a todos aquellos que estén atravesando alguna situación emocionalmente riesgosa que posterguen la lectura. Puede parecer inofensivo y hasta remanido el hecho de contar una historia tremebunda en la que unos muertos vivos mal parecidos y peor vestidos invaden alguna ciudad, pero el escrito incluye contenidos conmovedores. Deben considerar que los zombis no suelen ser aristocráticos y elegantes como los vampiros.
Las voces en primera persona corresponden a fragmentos utilizados tal cual fueron encontrados, con el objetivo de que no perdiesen su frescura y veracidad.
Los hallazgos iniciales, producto de la casualidad, dieron lugar a la búsqueda sistemática de pruebas, documentos y trabajo de investigación.
Todo se exhibe como mosaico de discursos concurrentes; las anotaciones al margen explicitan su origen y metodología. Se trata, entonces, de una compilación en la que las partes, los extractos, las materias y los documentos han sido organizados en función de rescatar los hechos y registrar la memoria común sobre ellos.
El relato describe una invasión zombi que se inicia con una aparición traumática en el barrio de Villa Crespo, hacia fines de 2001, y que se desplaza luego para configurar su epicentro en el barrio de Palermo. Resulta obvio que para ustedes los zombis no existen, y que los consideran personajes de ficción. Sería apropiado que dejen ese prejuicio a un lado. Al finalizar la lectura, podrán replantearse sus ideas en relación con la existencia o no de los zombis y sobre los juicios de valor que nos llevan a distinguir entre el mundo de lo existente, al que llamamos mundo real, y el de lo inexistente, al que denominamos ficción, irrealidad, fantasía, metafísica.
Los zombis son un fenómeno anómalo y poco creíble; sin embargo, como podrán verificar, muchísimas cosas anómalas ocurren cotidianamente en la vida de las personas y deben ser aceptadas como parte de la realidad del mundo por el simple hecho, fatal e inevitable, de que les tocó vivirlas. Y así lo expresan: ¿sabés lo que me pasó?… ¡Increíble!
Increíble pero real, creíble pero irreal: así estaban las cosas por esa época en Buenos Aires. Resultaba difícil distinguir.
La invasión zombi sigue siendo negada oficialmente, pues las fuerzas oscuras así lo decretaron, destruyendo las pruebas y censurando de manera sistemática toda información relacionada.
Resultan importantes los vestigios. ¿Qué son acaso los zombis sino vestigios de una vida que ya no existe o que está dejando de existir?
Tal vez sean lo contrario: pruebas de una muerte que no puede terminar de morir, pues tiene alguna cuenta pendiente en el mundo de los vivos. Los vestigios son señales latentes de una realidad anterior, cenizas, ruinas, restos, escritos, cartas, ropaje, marcas que los que vivieron nos han dejado.
Las miniaturas, los microrrelatos, los he compuesto junto a fragmentos más largos, de los cuales algunos son de mi autoría. Inicialmente, tenían una gran dispersión. Con el tiempo y el trabajo de campo, he podido darles sentido y compaginarlos en una serie coherente.
Las numerosas entrevistas a testigos y actores de los sucesos me permitieron verificar los hechos, y las interpretaciones se suman a las pruebas documentales que han llegado a mis manos, algunas casualmente, otras luego de una perseverante búsqueda: cartas, material periodístico, trabajos de arqueología urbana, entrevistas y el hallazgo final de sitios y utensilios como el caloventor Aurora y la mesada de acero inoxidable en la carnicería de Rino en el Bajo Flores. Los zombis aparecen y desaparecen sin dejar señales, tomando y abandonando cuerpos muertos, pero no es lo único que aparece y desaparece en Buenos Aires.
Los zombis no existen, sin embargo allí estaban, caminando por las calles.
Consideraciones sobre un tiempo que ha dejado de existir
En 1582, diez días desaparecieron del almanaque: el 4 de octubre pasó a ser el 15 del mismo mes. El evento, decidido por el papa Gregorio XIII, corregía así las desviaciones del calendario juliano. Los que nacieron en esos días dejaron de existir; los que murieron debieron resucitar para morir luego; los matrimonios fueron anulados; las compras, las ventas, las leyes promulgadas, los actos administrativos, las condenas a muerte, los eventos deportivos y sus resultados, siempre discutibles; lo dictado en días inexistentes había perdido realidad. Lo anterior demuestra que la realidad es una cuestión convencional.
El nuevo calendario entró en vigor en esa fecha para las tierras que dependían de Roma, España y Portugal. Sin embargo, fue resistido en otras latitudes. Inglaterra lo aceptó en 1752; Alemania lo incorporó recién hacia 1700; Rusia, en 1918, y Grecia, por último, en 1923, a comienzos del siglo xx.
La anulación de un cronotopo, por infinitésima que sea, genera grandes consecuencias.
Métodos de validación de la investigación histórica cuando algunos de los sujetos de la acción son zombis
El hecho de que muchos de los personajes sean zombis no le quita valor al testimonio. Por el contrario, le suma sentido y lo hace más verdadero.
Las tradiciones de los pueblos cuentan historias míticas que reúnen en el escenario de los hechos personajes históricos con almas errantes, fantasmas, brujas, dragones, espíritus, ángeles y diablos, dioses menores, faunos, sátiros y todo tipo de actores que ayudan a comprender la realidad existencial de las sociedades, sus interrogantes, angustias y proyectos. Pero debo advertir que Palermo Zombi no es un relato que mezcla ficción y realidad, zombis con seres vivos, mito con sucesos históricos, sino que parte del hecho de que la presencia zombi es un fenómeno real, concreto y demostrable. Los zombis están y actúan, se expresan, son sujetos históricos y no personajes de ficción.
El libro más difundido en la historia humana, la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, reúne relato histórico, epifanía, poesía, sabiduría, escatología, milagros, guerras, fiestas y conmemoraciones, ritos, normas de higiene física, adivinaciones, profecías y recetas de cocina. Todo actuado por sujetos de diversa naturaleza y condición: pueblos, tribus, reyes, personas, ángeles, arcángeles, demonios y, por supuesto, el mismísimo Creador bajo sus tres formas. Nadie sensato puede decir que la Biblia está desconectada del mundo y de lo que en él sucede, ni que trata de una ficción.
Sin la menor pretensión de comparar este limitado escrito con una de las obras literarias colectivas más importantes de la historia de la humanidad, asumo libre y responsablemente la anomalía de contar hechos de difícil comprobación. Un historiador clásico jamás habría tomado semejante riesgo profesional. La marginalidad de los saberes que articulo y los métodos de trabajo con que he llegado a las verdades que la narración propone me distancian del academicismo. Estar lejos de lo académico no es garantía de verdad sino que puede ser la rebeldía de una persona contrariada con los formalismos del saber institucional. No es mi caso. Me considero un buscador más que un rebelde.
Nací en Palermo, lo conozco como la palma de mi mano: su gente, sus calles y en particular la esquina de Cabrera y Gurruchaga, donde paraba todos los días al menos un rato. Era un bar almacén en el que, desde 1953, Jesús y su esposa Lola se repartían para atender a los clientes, la mayoría, como en mi caso, reincidentes.
Los primeros documentos llegaron a mí de la mano del propio Jesús. Era un mediodía de verano; en el salón del bar había tres empleados del Automóvil Club Argentino. Solían dejar sus autos grúa de color amarillo estacionados frente al local y comían en la misma mesa sándwiches de pan francés cargados con fiambre y acompañados de cerveza helada. Era su almuerzo cotidiano. Jesús les cobraba siempre lo mismo, a diferencia de otros clientes, a los que nos facturaba lo que se le antojaba al momento, poco o mucho según sus humores. Hacía mucho calor ese día, y me senté a tomar una gaseosa con hielo.
Luego de traer la bebida, Jesús se acercó a mi mesa y con su acento español dijo: “Tengo una caja llena de escritos que tal vez le interesen, los encontró mi nietita en la pieza de la azotea, en el armario. Está llena de documentos de una fiscalía antizombi”. Y me preguntó, con una sonrisa en la boca: “¿Usted sabe qué son los zombis?”. Le respondí que eran personajes de historieta. ¡Qué boludez!... ¿no?, imaginé que contenía revistas del género. Fue lo que se me ocurrió en ese momento y llevé la caja a casa. Luego de cenar, la puse sobre la mesa, corté los hilos y levanté la tapa. Encontré un verdadero tesoro: relatos novelados escritos a mano por un tal Lobo Rocambole que decía ser un zombi, textos íntimos de una joven llamada Leticia y documentos membretados de la fiscalía antizombi de Buenos Aires. No tenía idea de que tal fiscalía existiese. Esa noche casi no dormí, me quedé hasta la madrugada leyendo y clasificando esos textos, que cambiaron el curso de mi vida.
Cuando volví al bar esa semana, Jesús comentó: “Yo iba a tirar todo, pero a Lola por suerte se le ocurrió entregárselos”.
Con el pasar de los días, comprendí que esos documentos, al igual que muchos otros que hallaría más tarde, habían formado parte de algo ocurrido delante de nuestros ojos. Como los milagros que presenciamos y no podemos creer, esa realidad nos había tenido de protagonistas.
La información había sido sumergida o negada por nosotros mismos. Vacío de recuerdos, pliegue en el tiempo, hueco en el espacio, hundimiento de capas en la memoria colectiva, la invasión zombi había dejado sus secuelas y enseñanzas.
El texto general me pertenece; muchos de los fragmentos que pondré a vuestra disposición son atribuibles a los actores concretos; están en primera persona, pues respeté su valor, pruebas rotundas de lo acaecido. En otros pasajes, el contenido toma la forma de diálogos. Debo aclarar que dichos diálogos son una recreación que he realizado a partir de escritos y testimonios de terceros, con la intención de hacer más vívido el relato.
El resto del material corresponde a entrevistas, algunas en profundidad, otras hechas a la manera de un detective privado o un comprador misterioso que no puede revelar ante el interlocutor su identidad y propósito.
Hasta el día de hoy, mucha gente tiene miedo de hablar de todo esto.
Tal cual lo testimoniado por Jesús, un tal Lobo Rocambole se adjudica el poder de contar la historia. En otros documentos, con membrete de la fiscalía o sin él, hay profusión de materiales atribuibles a José Macarti, fiscal antizombi de Buenos Aires. Los restantes son escritos de una joven vecina del barrio, llamada Leticia.
Realicé también relevamientos de ciertos lugares y reuní datos valiosos. Me documenté con información de medios y periódicos barriales, comisarías, guardias de hospitales, funerarias y cementerios.
Debo confesar que recientemente he logrado acceder al Continuo, hecho que cambió a último momento la sustancia de mi relato. Estación final de mi trabajo de investigador, no creía en la existencia de semejante sitio hasta que lo visité. Rino, un testigo clave, especie de Caronte, me permitió vivir esa experiencia.
Por lo tanto, deseo advertirles que el relato histórico que entrego me encuentra escribiendo desde adentro como nunca lo había hecho en mi vida. A la manera de un antropólogo que ha convivido durante años con aborígenes en la selva impenetrable, así estoy, atravesado, ablandado, enamorado de estos seres vivos y muertos vivos.
Cito a Paracelso: “Quien no conoce nada no ama nada. Quien no puede hacer nada no comprende nada. Quien nada comprende nada vale. Pero quien comprende también ama, observa, ve... Cuanto mayor es el conocimiento inherente a una cosa, más grande es el amor”.
Eso me ha sucedido. Creo que me enamoré; viví enamorado de Palermo, de Buenos Aires y ahora de estos zombis. Nunca me casé, si bien conocí el amor, pero eso no viene a cuento.
He trabajado más de diez años para llegar a este resultado. Al final de cada capítulo se presentan brevemente los materiales, su origen, aportes de colaboradores, los trabajos de investigación que realicé asociados directamente a ese contenido y algunas reflexiones y comentarios que me han parecido atinados y concurrentes.
La selección de las fuentes no se corresponde con un método ortodoxo de análisis, pues junto a las pruebas históricas se han incorporado materiales de origen metahistórico, y se le ha dado gran valor a los testimonios orales. Ha sido respetada, en todo momento, la cronología de los hechos.
Como dice el Lobo Rocambole: “Espero que sobrevivan a la lectura”, resulta conmovedora. Se trata de dar cuenta de la realidad.
Cuanto más grande es el conocimiento en relación con una cosa, más grande es el amor… De aquí en más, la crónica histórica que denominé Palermo Zombi.
Ocho Pérez, memorialista, compilador, cronista, historiador barrial.
José Macarti, fiscal antizombi de Buenos Aires
El escrito de Macarti justifica la creación de la novedosa fiscalía que preside. Dirigiéndose a un público indefinido y con el lenguaje propio de una arenga política, llama a la lucha contra los zombis; el Lobo Rocambole aparece como su principal obsesión. Resulta ambiguo el propósito del texto, si es que realmente busca colaboración o sólo le preocupa el consenso pasivo de sus interlocutores para avanzar sin condicionamientos en la extraña misión que le ha sido encomendada.
Imagino que les gustará la personalidad del Lobo Rocambole. Resulta encantador. Conozco las ideas del zombi, he tenido la oportunidad de estar frente a él, también he leído varios de sus deplorables escritos, soy fiscal. Espero que cuenten con sentido común, sensatez, racionalidad, no se dejen engañar fácilmente y sean personas de bien. Por lo tanto, tengan en cuenta que la voz que surge de los escritos y se atribuye la capacidad de iluminarlos, salvarlos, llevarlos a lo más recóndito de ustedes mismos hasta hacerlos estallar en un conjunto de hombres nuevos sin codicias ni egoísmos es un zombi. ¡Sí, un zombi! Y no cualquier zombi: el jefe de la insurrección zombi, un terrorista que propone el rock como camino de salvación. ¡El rock, los hippies, la droga, el sexo sin límites, los zurditos, los inmigrantes ilegales nos están destruyendo como sociedad!
Debería haber empezado de otra forma. Me llamo José Macarti y soy fiscal antizombi de Buenos Aires. Los fiscales denunciamos actos criminales en un determinado territorio. Ese es precisamente mi problema. Existe en la ciudad de Buenos Aires un conjunto de fiscalías con funciones diversas: la cpace, Mesa Receptora de Denuncias; la del Subte B, Unidad de Orientación y Denuncia; la cayt, Fiscalía de Cámara; otras que coordinan los cuerpos de investigación judicial, la fiscalía en sí con sus zonas geográficas asignadas: este, oeste, sud, sudeste y norte.
La que yo presido denuncia, al igual que las preexistentes, crímenes administrativos, fiscales o penales, defraudaciones de todo tipo, con la particularidad de que los sujetos a investigar son zombis. O sea, crímenes cometidos por zombis, o asociaciones ilícitas entre zombis y vivientes, modalidad que empezó después del corralito bancario aquel 2 de diciembre de 2001, cuando Cavallo dio su famoso discurso que nos sacó de la convertibilidad. Error tremendo del cual todas las personas de bien deberían estar arrepentidas.
He sido seleccionado para ejercer el cargo debido a que cuento con una sólida formación religiosa y por mis fuertes convicciones en pro de un mundo mejor, libre y democrático.
El problema más serio que tenemos en esta batalla es que la especie de zombis que combatimos es inmaterial. Son almas errantes que se apropian de un cadáver para participar de la vida por unas pocas horas y luego lo abandonan para volver al inframundo al que pertenecen. A diferencia de zombis de otras ciudades del mundo, no han sido infectados por radiación nuclear, agua llena de cianuro, como los zombis sanjuaninos, ni virus de laboratorio lanzados en la guerra química para suprimir poblaciones inadaptadas al mundo global. El único que ha podido retener un cuerpo estable es, precisamente, el Lobo Rocambole, y de allí su liderazgo. Ignoramos cómo lo ha logrado y dónde deja su cuerpo cuando vuelve al más allá. Seguramente, ha hecho un pacto con el Diablo.
Sí, déjense de pensar pavadas, el Diablo con mayúscula existe y opera en Buenos Aires. Dice mi joven ayudante Méndez que ese pacto se firmó en el Hueco de las Ánimas, en la esquina donde vivió Juan de Garay, luego funcionó por décadas un teatro y hoy opera el Banco de la Nación Argentina, en la esquina de Rivadavia y 25 de Mayo.
Los zombis son caníbales, se alimentan de seres vivos, ni siquiera se toman el trabajo de matarlos antes de hincarles los dientes. A un policía tucumano, de la Montada, le han devorado un brazo en la puerta del Banco de Boston, en Villa Crespo. Las pocas horas en las que invaden la ciudad tienen un apetito voraz, son despiadados. Luego desaparecen, vuelven a las tumbas, ocultan los cuerpos; ignoramos dónde. Hay quienes dicen que los abandonan en los cementerios más pobres y retirados del Gran Buenos Aires y luego parten hacia el más allá.
Algunos de mis colegas abogados, gremio injustamente mal considerado al cual quiero reivindicar, creen que mi trabajo es simple de ejecutar, pues en la ciudad hay tres o cuatro cementerios (Recoleta, Chacarita, Británico, Bajo Flores) y resulta fácil, por lo tanto, controlar sus repentinas apariciones y posteriores huidas. Se equivocan, desconocen la historia, no es así en absoluto: en Buenos Aires han existido más de cuarenta cementerios diseminados aquí y allá.
La mayoría se ha convertido en plazas, avenidas o permanecen sepultados en los alrededores de las iglesias. En torno al Obelisco y en el llamado Mercado del Plata han existido cementerios; también en Plaza de Mayo. Es conocido el caso de Perón y Pasco, bajo la plaza Primero de Mayo, y se sabe que en la plaza Ameghino, en Parque Patricios, funcionó uno importante durante décadas. Los zombis, por lo tanto, pueden llegar desde lugares inesperados o desaparecer hacia cualquier lado.
Historiadores de la ciudad han realizado un plano con todos los sitios donde han existido cementerios desde la época de la colonia. ¡Una gran ayuda para nuestro trabajo!
Rocambole, de lejos, tiene el aspecto de un humano común, mide más de un metro ochenta, figura atlética con abundante pelo negro, pero de cerca resulta inquietante, labios gruesos, piel cobriza llena de tatuajes –algunos, obscenos–, y su gran boca llena de dientes en punta que aterroriza. Usa invariablemente botas altas, pantalones de lona. Parece que nunca tiene frío, está siempre en camisa. Camina como marchando, seguro de sí, no tiene el andar torpe de los zombis de las películas. Los que lo han visto han descripto sus ojos con los más variados colores: marrones, negros, celestes, verdes, rojos. Es evidente que estaban en pánico, algunos incluso han sido mordidos por él. Resulta lógico: cuando alguien está a punto de ser comido vivo, no puede identificar el color de ojos del atacante.
Gracias a las descripciones de testigos, hemos realizado un identikit. Andrés Ferreira, el policía al que le mordió el brazo en Villa Crespo, sucumbió al terror cuando vio la imagen, por su increíble similitud.
Todos hablan mal del sistema, de la globalización, del orden establecido, de las deudas de la democracia, pero sin sistema viviríamos en la anarquía. Creemos que los anarquistas se han asociado a los zombis y hablan de autogobierno. “Que se vayan todos”, declaman. Sin ánimo de ofender, no saben lo que dicen. Son como chicos, gritan y gritan, patalean; las señoras golpean cacerolas, pero al final alguien les tiene que decir lo que deben hacer.
Tal vez piensen prejuiciosamente que soy un facho, pero comprenderán, a lo largo de mi relato, que la razón me asiste. Los zurditos son resentidos, como estos pibitos que se dicen peronistas. Si hubiesen vivido esa época… Unos perdedores que no saben ganarse la vida y se dedican al asambleísmo y la protesta. Se reúnen a tomar mate y decir hasta el hartazgo que el mundo está lleno de gente mala que quiere ganar plata. Su pasatiempo preferido es cortar el tránsito. A eso lo llaman resistencia. Se recubren de viejas frazadas ideológicas llenas de polillas para justificar su impotencia. Representan, con su progresismo conservador, el freno a cualquier emprendimiento y posibilidad de desarrollo. Se quejan del capitalismo sin darse cuenta de que el marxismo está muerto, basta con mirar el horroroso final del modelo cubano…, como los peronistas que combaten desde siempre el capital y después se lamentan en sus sindicatos porque no llegan las inversiones, qué paradoja… Son como ovejas confundidas. Sin capital no hay trabajo. Las actitudes facilistas y maníacas los llevan al infantilismo de maximizar sus derechos y minimizar sus obligaciones, entonces ven cualquier dificultad como una injusticia que los convierte en acreedores; en su eterno machaqueo reivindicativo, rechazan el progreso veloz y evolutivo que el mundo actual nos ofrece a través del desarrollo tecnológico, para instalarse en una resistencia absurda, anacrónica, propia de un subdesarrollo involutivo que los calcifica en el pasado, en el siglo que termina, en el siglo de las guerras. Se me escapó la pluma, disculpen. Habrán notado que me encantan los discursos. Apenas entré a la Facultad de Derecho, fundé una agrupación política. Hoy nuestro problema son los zombis.
Mi descripción sobre los hechos no es una versión más, sino que tiene un valor único. La cuestión no es quién soy, sino lo que represento: la ley, la justicia y el orden, el sistema. Sí, el maldito sistema al que atacan sin descanso. Sin embargo, no logran pensar siquiera lo que sería la realidad sin ese sistema. La vida en sociedad desaparecería, nos mataríamos entre todos como animales.
Se quejan de los americanos. Son ignorantes. ¿Imaginan acaso el mundo liderado por los chinos, los rusos o los norcoreanos?
Estaré con ustedes hasta terminar con el flagelo, les dejo mi mail: jmacarti@fiscaliaantizombi.com.ar. Si lo desean, pueden ayudar formando parte de nuestras brigadas antizombi. En el caso de estar involucrados en actos ilícitos, pueden declarar voluntariamente; integrarán nuestras listas de testigos protegidos. También es posible entrar a nuestra página en Internet y, con sólo un click, serán parte de esta apasionante lucha contra el crimen.
Los medios asignados para la justicia son siempre escasos.
Nota del redactor:
Los textos pertenecen a José Macarti. Llegaron a mí en la caja que me entregara Jesús, tal cual se relata en la introducción. Tienen un gran valor histórico, pues son una prueba irrefutable de la existencia de dicha fiscalía y del fenómeno zombi acaecido por esos años. En su contenido, Macarti realiza aseveraciones pontificias, mezclándolas con juicios de valor de todo tipo y tenor.
A través de la lectura, puede advertirse en él a una persona decidida, convencida de sus creencias, enfrentando un enemigo nuevo, desconocido e impredecible.
Dado lo novedoso de su rol, el de haber sido elegido como primer fiscal antizombi de la historia patria, me interesé en su psicología y personalidad como forma de comprender sus escritos y actuación. Decidí convocar a varios especialistas: un médico psiquiatra, una socióloga, un analista político, un periodista deportivo y una grafóloga matriculada. Si bien no conocía en ese momento la claridad que los estudios grafológicos pueden proporcionarnos sobre los rasgos de una persona, al recibir las primeras interpretaciones de los fragmentos manuscritos pertenecientes a Macarti quedé maravillado. Transcribo una apretada síntesis del extenso estudio de la licenciada Adelma Lopensino: “El texto fue confeccionado en hojas A4 rayadas. El autor es diestro y utilizó una birome Bic punta fina de color azul. Las palabras se apoyan de manera ordenada sobre los renglones. Las letras verticales, como la ‘p’ o la ‘t’, invaden los renglones inferiores o superiores. La escritura es pequeña, abigarrada, despareja e inclinada levemente hacia la izquierda. No se observan errores de ortografía. La firma de Macarti resulta muy significativa y confirma el carácter que se observa en la escritura.
Cuenta con una inteligencia muy superior a la media; tiene rasgos de frialdad; una mente racional y organizada; posee la capacidad de ocultar sus verdaderos sentimientos hasta límites insospechados. Macarti es un hombre con fuertes rasgos de doble personalidad. Eso no quiere decir que no tenga afectividad ni que esté desconectado de ellos como un psicópata: tiene una capacidad inusual para disimularlos. Debe, por lo tanto, ser un excelente negociador. La invasión de las letras hacia renglones superiores o inferiores nos habla de alguien prepotente. Su discurso, desde un punto de vista psicológico, muestra una tendencia marcada a lo epopéyico y grandilocuente, si no a lo mesiánico. Se comporta pendularmente, viajando en pocos segundos de la esquina del salvador a la del verdugo”.
El Lobo Rocambole
El zombi habla y escribe. Por lo tanto, rompe todo parámetro establecido. En el texto no se priva de casi nada, amenaza al lector… Es insólito. Se presenta bajo un seudónimo. Hace un largo alegato. Se sabe un monstruo, reivindica las deformidades propias y las ajenas. Esgrime afirmaciones sobre cuestiones ideológicas, políticas, morales, la mayoría de ellas inconexas, faltas de medida. Avanza en descripciones metafísicas, tiene sus motivos y experiencia: viene de la muerte.
Cada maldito día al amanecer me he preguntado si sería esa la última vez que vería el sol. Me llaman el Lobo Rocambole, los acompañaré durante la narración. Espero que lleguen vivos al final. Cuando se trata de novelas largas, mucha gente lee el primer y el último capítulo y abandona, muy segura de sus conclusiones. Debo darles un simple dato estadístico sin ánimo de amenaza ni de premonición: ese tipo de lectores suele morir prematuramente.
Les aconsejo no hacerlo en este caso, sólo superstición.
Mi verdadero nombre resulta intrascendente a los fines de la historia. Sería darles información inútil y poco pertinente de mi última vida. Por cierto, la única que recuerdo. Aunque de ella se me ha olvidado por completo el momento mismo de mi muerte, ese instante. Charlando con otros aquí en el Continuo, he verificado que a muchos les ha sucedido lo mismo.
Confieso que el sobrenombre que me han puesto mis amigos es de mi agrado. Se debe a dos cosas que acepto con alegría. Una es que el cuerpo que habito provisoriamente tiene una enorme boca llena de dientes, de allí lo de lobo. Si bien ser un bocón puede resultar antiestético en la vida ordinaria, en un zombi genera respeto entre los pares y pánico en las calles. Lo de Rocambole es por un héroe de fumettos del siglo xix creado por Pierre Alexis Ponson du Terrail. El lector, buscando en la red, podrá informarse rápidamente al respecto. No confundir el personaje de Terrail con Ricardo Cohen, alias “Rocambole”, dibujante de cómics, folletines, tebeos, amante del rock, residente en La Plata, provincia de Buenos Aires, quien dijo: “No me gusta que el arte se transforme en un objeto valioso que forme parte del mecanismo capitalista”.
Coincido con él. Odio el capitalismo, sobre todo cuando su espíritu codicioso y acumulativo se encarna en seres que se autoproclaman sensibles y espirituales. Sin duda, mucha gente en el mundo se cree especial, aunque, como todos, vaya de cuerpo dos veces por día. Es seguro que sus madres, desde la infancia, comentaban reiteradamente en reuniones familiares y círculos sociales: “Enrique, mi hijo menor, es un muchacho muy sensible, un chico especial”. De tanto decirlo, Enrique, convencido de su singularidad como consecuencia del bombardeo oral soportado en su temprana edad, se va transformando de a poco en un imbécil, un imbécil especial, un imbécil on demand.
Volvamos al tema que nos ocupa.
Si bien puede resultar extraño, la habitual voz omnisciente ha tomado en este caso la extraña forma de un zombi. ¡Soy un zombi! ¿Debido a qué? Por un lado, a una necesidad personal, incluso contractual, que más adelante aclararé y, por el otro, al hecho evidente de que, si vamos a ser testigos de una historia que involucra en igualdad de condiciones a muertos y vivos, esa voz debe ser la de alguien que conoce los dos territorios como la palma de su mano.
Una cosa es la teología, las suposiciones, y otra muy diferente es hablar sobre la experiencia propia. Por lo tanto, creo que como narrador puedo agregar algo único al relato, abriendo los secretos del Hades, lugar al que nosotros llamamos el Continuo y muchos de ustedes, el Purgatorio, aunque yo, que lo conozco, les aseguro que ese nombre no es el que describe mejor lo que sucede en ese sitio. Digo “ese” sitio y no “este” sitio porque el relato lo escribo en los intensos momentos en los que participo de lo que se llama vida, sentado en una mesa extrema del bar de Palermo que Leticia, su ideóloga y única propietaria, bautizó con el nombre de Palermo Zombi. Sólo algunos bares de Buenos Aires tienen mesas extremas, lugares en los que sentarse supone entrar en un canal cósmico de energía creativa, como la de Julio Cortázar en el London City de Florida y Avenida de Mayo, o la mesita para dos, aislada contra el mostrador, entre la ventana y la puerta de entrada del Carioca, en Córdoba y Lavalleja.
Leticia es muy especial, especial en serio (para nada una imbécil). Tiene un alma que se puede acariciar. Pocas personas tienen un alma que se siente al aproximarse. No hablo del aura, forma energética del cuerpo sutil, sino del alma de Leticia, inmaterial como la de todos nosotros. Su alma sobresale de su piel como finos hilos de seda. Siento sus bordes que traspasan mi fragilísima humanidad… Soy un zombi.
Ella me preguntó una noche por qué a ese sitio lo llamamos el Continuo. Es largo de explicar; la conversación entre vivos y muertos requiere algunas aclaraciones de diccionario muchas veces complicadas; en esto iremos avanzando. Sólo les anticipo que una de las propiedades de lo eterno es lo continuo; resulta obvio que lo eterno no termina ni empieza.
Lo increado existe y no existe al mismo tiempo y no tiene principio ni fin. En Él, el objeto, el sujeto y el conocimiento son la misma cosa.
Seguramente, la lógica cotidiana de un ser que respira preocupado por la posibilidad cierta de su muerte resulta distinta.
Valga este encargo como reivindicación a los profesionales zombis. Debo ser el primer muerto vivo con un contrato para la escritura de un texto; precario, pero contrato al fin. Hoy en día todo es muy precario; el neocapitalismo precariza todo, le quita raíces, lo debilita, lo adelgaza. Pero lo peor de lo peor que nos han hecho a los zombis en Hollywood es negarnos la palabra.
Los zombis de las películas jamás hablan.
Caminan como momias resucitadas, rígidos y desacompasados, muerden, pelean con movimientos lentos y hasta tienen inteligencia suficiente para tender alguna emboscada, pero nunca hablan. Al igual que a los pobres, los débiles, los refugiados o los que tienen una diferencia física evidente, se los denomina monstruos y se les niega la palabra. Su presencia molesta en el espacio público y mucho más en la propia casa. Contagian siempre lo peor: la deformidad, los virus, la radioactividad, la tristeza, los hongos en los pies (pie de atleta) y, por supuesto, la muerte.
Eso dicen: “Llenan de mala onda el ambiente”. El nuevo capitalismo sólo acepta la positividad del “me gusta”, el supuesto es que toda negatividad debe ser suprimida, queda mal. Aunque en realidad sabemos que a veces, muchas veces, no nos gusta.
Sin embargo, no es cool compartir lo negativo.
Obesos, defectuosos, luctuosos, depresivos, feos, pobres son excluidos de la comunicación, el empleo y el ámbito dirigencial. Racismo transparente, invisible, de la nueva cultura positiva. No se discrimina la raza ni la religión, todo lo contrario; se postula el pluralismo y la inclusión, hasta se puede ser gay, lesbiana, negro e incluso judío sin ser discriminado, pero se excluye laboralmente a aquel que no pueda ser seleccionado para el casting de una propaganda de gaseosas light: moderno, jovial, alegre, inteligente, divertido y, claro está, delgado. Cualquier gordura queda muy mal, pues expresa negatividad no conducida, angustia interna mal sublimada con ingestión excesiva de carbohidratos. Especie de manifestación externa de que al individuo le pasan cosas que no logra dominar, vida interior más allá de la permitida por el sistema de producción, demostración pública de un inconsciente que no tiene consentido estacionarse en esos lugares.
En definitiva, subversión pura que debe ser suprimida con delicadeza desde el monstruoso Departamento de Recursos Inhumanos, sitios donde hay zombis malos con mucho prana destructivo, la Banda Mala, como le decimos en el Continuo.
Las personas diferentes tienen prohibido ganar las calles, ser vistas en público. Se las tolera, en el mejor de los casos, pero no se las incluye. Si no me creen, intenten ir al cine, a un edificio público o a la cancha en silla de ruedas, o vayan a una pizzería del centro y orinen. Jamás lograrán llegar al baño.
Lo monstruoso nos horroriza.
¿Quién aceptaría cenar en un fino restaurante cerca de un señor con tres ojos o de una señora con nariz larga y peluda o dejar a su niño pequeño jugando en un pelotero junto a otro con una larga cola circular saliéndole de atrás del pantalón?
Hasta el día de hoy, jamás han sido reivindicadas por ninguna asociación humanitaria las deformidades físicas, aleatorias, extraordinarias y poco frecuentes en la replicación biológica natural. En el pasado, las explicaban como obras del demonio (endogamia de por medio). Los espartanos lanzaban a esos seres al precipicio apenas nacían. Nosotros, más crueles, escondemos a los monstruos, condenándolos a la soledad más absoluta, a la muerte social. Cadena perpetua de monstruo, representan lo inmostrable, de allí su nombre.
Tal vez sea porque conectan de manera directa, brutal y enloquecedora con la deformidad interior y la locura que nos acecha desde siempre como especie. Nos erguimos en dos piernas y alzando la vista decidimos preguntarnos: “¿Qué es esto de vivir y qué es esto de matar o morir, de vivir tratando de no matar, de simplemente morir?”.
El monstruo da cosa, repele y fascina; no sabemos si mirarlo o ignorarlo, si decirle: hola, monstruo, yo te quiero igual, somos iguales, aunque tengas cara deformada o piel de elefante. Tal vez deberíamos permanecer indiferentes, como si fuera uno más en la reunión. Pero no lo es: su monstruosidad es única en ese sitio y nos inquieta, nos asusta, nos fastidia, nos da curiosidad, nos llena de miedo pensar que podríamos haber nacido como él o que algún día tengamos un hijo o un nieto monstruoso y debamos aceptarlo y amarlo. Antes o después, el miedo nos lleva a la agresión. Lo distinto debe ser destruido. Tal vez, sólo tal vez, si los monstruos fueran estadísticamente más numerosos, podrían reclamar un lugar más digno, tener representantes en la legislatura. Si fuesen una población importante, habría maneras de que conozcan la Bombonera y tiren papelitos con los demás hinchas.
La monstruosidad interior, la de la psiquis, la del alma, conformada por legiones de enajenados, psicópatas, violadores, ladrones, asesinos y violentos, no es considerada socialmente como tal.
Soy un zombi: estoy definitivamente del lado de los monstruos.
Reivindico, en este acto, a todos los monstruos del mundo: microcefálicos, hombres y mujeres lobo (aprovecho, ya que están acá, para preguntarles: ¿por qué no hay mujeres lobo en el cine? ¿Acaso discriminación de género?), hombres mono y mujeres mona, hombres elefante, seres con varias extremidades, con tres ojos, treinta dedos, dos penes, cinco orejas, cola de perro... Los convoco a que ganen la calle con nosotros, los zombis.
Propongo el día mundial de la monstruosidad y los zombis como el más amoroso y humano de la historia.
¡Respeto! No se rían, es un muerto vivo quien les habla. Qué paradoja…, ¿no? Un muerto y algunos más que me acompañan tal vez estemos más vivos que ustedes, que cuentan con el privilegio de respirar y mirarse al espejo con naturalidad todas las mañanas.
Igual que un decorado, los zombis de Hollywood son similares a los ciudadanos que acompañan en los spots a los candidatos en el marketing político. Un soporte casi imprescindible de materia inanimada, que puede ser desactivada a voluntad según el libreto, sacada del escenario abruptamente si desafina, asesinada en primera o segunda vuelta sin culpa ni sentimiento, como una especie de remate o balotaje, muerte de segunda etapa donde las cabezas ruedan por el piso y el candidato se muestra sin el pueblo.
Los publicistas eligen la ciudad, el espacio, sea una casa, escuela o parque público, una vestimenta y un breve discurso. Luego seleccionan vecinos: unos pocos ciudadanos que deben recibir, admirar, besar afectuosamente, agradecer y, sobre todo, sonreír mirando al candidato.
La sonrisa es fundamental.
Son vecinos reducidos a extras, a bolos, escenografía humanoide que justifica y da sustento a las consignas y micromensajes segmentados previamente para el target elegido. Al igual que los zombis de las películas, se les niega la existencia real. El pueblo se convierte en decorado virtual, telón de fondo, material de estudio y manipulación, pero nunca en un objeto amoroso al cual servir. Lejos del sentimiento y de la voluntad de amar, los candidatos zombis del marketing político niegan al soberano, que ya no habla ni protesta ni resiste, sólo acepta, sonríe y repite su guion hasta que le sale bien. Lo premian entonces como a una foca amaestrada, con una foto junto al candidato y alguna promesa, acto lingüístico preferido.
Ese es el motivo real por el que soy intensamente buscado, al igual que los compañeros de la organización que hemos fundado y actúa en Buenos Aires, Orgazombi. No sólo contagiamos y mordemos, eso es lo de menos, incluso los chicos y algunos jugadores de fútbol en un momento de rabia suelen morder… ¡Nosotros hablamos!
Si los muertos hablan, el poder se conmueve.
Mis colegas zombis y yo, compañeros de muerte y precaria reencarnación, los infectados, contagiados, sobrevivientes de alguna guerra química o bacteriológica, los monstruos del futuro, los refugiados, no tenemos voz. Se nos ha negado el uso de la palabra. No deseo con esto quitar mérito al enorme valor artístico del cine mudo, pero creo que no es el caso. Se trata, claramente, de una discriminación de género hollywoodense. Entre el género infectado y el no infectado, según ellos. Para nosotros, en cambio, se trata de una división entre el género neocapitalista y el resto de la humanidad, un setenta por ciento, excluida de la planificación mundial de producción y consumo.
Resulta evidente que en la mayoría de las películas de zombis somos tratados con gran superficialidad. Si bien es un tema sindical, ningún zombi que haya participado en alguna de ellas ha cobrado un salario aceptable, somos considerados como extras. En otro momento, les comentaré cómo logré negociar bien mi contrato, a pesar de todo. Los patrones siempre tienen un punto débil que hay que descubrir si uno quiere buenos resultados. Lo aprendí tarde, ya estaba muerto, pero, como puede apreciarse, hasta muertos podemos aprender.
Es maravilloso lo que se aprende después de muerto.
En su inocencia, ustedes creen que la vida es para aprender, crecer y experimentar; y la muerte, sólo para sufrir o aburrirse, suspendidos sin cuerpo en un cielo blanco, plano e inexpresivo. Soy un zombi, hay cosas que yo sé y ustedes ignoran, deberán tener paciencia. Lo que no ha nacido no puede morir.
Comprendo la curiosidad sobre la muerte que los agobia día tras día, transformando su vida en un torrente de angustiosa incertidumbre; lo azaroso de la felicidad, el encuentro, la abundancia, confrontado a la posibilidad de la súbita desgracia, del sinsentido que produce el abandono, la pérdida irreparable que los enloquece llevándolos a la adicción. Saben que son esclavos de algo que los consume y no pueden evitar, así como algunos de nosotros no podemos impedir el hambre zombi y su crueldad. Pasé por la vida. ¡Sé de qué se trata!
Como licor de alta graduación, pócima salvadora según la dosis, sólo les digo por ahora que los muertos estamos en todas partes y en ninguna, porque nuestro lugar no es el de la materia ni la antimateria ni los agujeros negros ni la energía sutil ni nada de lo que estaba en el caos, en las tinieblas previas a la creación de Dios.
Las almas son inmateriales.
En eso, el Continuo se parece a la red: todos pueden entrar, expresarse sin prejuicios. Las mentes electrónicas se parecen a las almas, no tienen cuerpo ni territorio, existen sin la materia. Me gusta internet. Soy un zombi.
¡Ustedes se quejan del materialismo actual, mientras tiran cartones engrasados de comida rápida por la ventanilla del auto, adoración pornográfica de las cosas! ¡Ustedes no logran concebir la existencia de lo inexistente, que permite que lo existente exista!
Nuestras almas no transitan ni residen. No requieren un cronotopo, lo son en sí, paisajes con tiempos y espacios propios, con sentimiento de sí mismas. Ajenas a la temporalidad en la que consiste la vida, aprenden y recuerdan con cuerpo o sin él.
Disculpen… Voy demasiado rápido, soy exagerado, desaforado, falto de escala. Soy un zombi, me cuesta modular, muy intenso por momentos, frágil y quebradizo en otros. Con pulmones que no respiran, camino por el mundo apenas unas horas, mi cuerpo es prestado. Debo contarles muchas cosas, pero no sé si podré, me persiguen.
Los paranoicos deben creer que son muy importantes, porque si no… ¿para qué los persiguen? Tal vez piensan que poseen alguna virtud o cosa que los demás necesitan arrebatarles.
Mi abuelo decía, cuando yo de niño sufría temores nocturnos, que no debía tener miedo de la oscuridad, pues no nos podía hacer nada malo. El verdadero problema eran los monstruos que se escondían en lugares oscuros para devastar a las personas: zaguanes, placares, sótanos, desvanes, altillos y, por supuesto, las tumbas.
Algo más para esta breve autopresentación: la cuestión del hambre. En casi todas las películas de zombis nos muestran como seres hambrientos y caníbales.
La cuestión del hambre humana: apetitos reales o imaginarios, deseos, lo urgente y necesario, hambre y sed de justicia o si nos comemos unos a otros, seamos o no zombis.
Todos tenemos hambre.
Pero el hambre zombi es distinto, resulta por momentos incontrolable, como las atrocidades que solemos actuar en la vida, presos de las pasiones. A lo largo del texto lo comprenderán.
En el rock está la clave que permitirá resolver el enigma de la humanidad. Pensarán que deliro…, puede ser, pero creo que los que deliran son ustedes y más de lo que creen. Les habla un muerto, deben escuchar con más respeto. A los zombis en las películas nos faltan el respeto, y eso nos enoja.
Solicito, por lo tanto, un crédito de aproximadamente doscientas cincuenta hojas, equivalente al espacio y el tiempo de este libro. Sé que no es poco para la generación del “me gusta”, acostumbrada a lo vertiginoso. Supone un detenerse a leer y escuchar otras voces, incluso a retornar sobre ellas como se vuelve con ternura sobre el cuerpo de un amante luego del placer.
Extraño no tener un cuerpo totalmente vivo.
Quedan convocados. Se trata de uno de los viajes literarios más emocionantes de sus vidas. Se descubrirán a ustedes mismos compartiendo la mirada sobre el mundo y el más allá con los muertos vivientes. Hombro a hombro, respirando el mismo aliento. Podrán verificar en carne propia que el presente texto está lejos de la literatura de “autoayuda” y peligrosamente cerca de la de “autodestrucción” (género nuevo que se inicia a partir de la presente novela).
No se espanten, son ustedes los que asumen con naturalidad el alcohol, las pastillas de metanfetaminas, los antidepresivos, los ansiolíticos, el tabaco, porros, cocaína, cucumelos, la comida chatarra, grasas saturadas, dulces. El sexo duro, digital, anónimo y ácido sin afecto alguno y el resto de la interminable lista de mierdas que se meten en el cuerpo para soportar la vida, alejando los propios sentimientos que les resultan insoportables.
¡Superen el click! El miedo que genera la falta de dinero no debe paralizarlos, el neocapitalismo se especializa en meternos ese temor. ¡Sean libres! De ser necesario, tómense unos días en el trabajo de mierda que tienen y lean este libro hasta el final. Total, como decía John Maynard Keynes, si pensamos el tema económico en el largo plazo, se resuelve solo, pues estratégicamente estamos todos muertos.
Nota del redactor:
Luego de acceder a múltiples testimonios y documentos atribuibles a los principales actores de esta historia, doy fe como memorialista de que el Lobo Rocambole actuó en Buenos Aires, fue protagonista de la realidad cotidiana desde diciembre de 2001 y durante buena parte de 2002, para desaparecer luego sin dejar rastros. Su presencia en las calles junto a un grupo de cómplices, si bien esporádica, generó una gran conmoción. Después, la invasión de zombis fue masiva, descontrolada y estremecedora, hechos que excedieron por mucho lo actuado por él y su grupo. Este texto pertenece a él, que dice de sí mismo ser un muerto vivo, profanador de cadáveres. Como podrán verificar en la lectura completa, reivindica en todo momento su capacidad de hablar y escribir, incluso de tener un contrato profesional. Personaje exagerado y ampuloso que se atribuye la capacidad de contar la historia y la metahistoria por su condición de conocedor del inframundo.
He analizado los manuscritos de Rocambole durante años en soledad. Luego los compartí con un grupo de especialistas. Fue un antropólogo de Bernal llamado Diego Smith quien me ayudó a comprender el increíble valor del testimonio. Tras el aporte realizado por la grafóloga Adelma Lopensino en relación con Macarti, me resultó importante contar con su contribución en este caso tan particular. Ella, ante los documentos del zombi, emocionada, confesó que era la primera vez en su larga historia profesional que analizaba la escritura en puño y letra de un muerto vivo. Afirmó que aproximarse a la psicología de un especimen de este tipo era algo que ninguna escuela psicológica había realizado hasta el presente. De aquí en más, su análisis: “Utilizó un cuaderno anillado de hojas rayadas, tamaño oficio, tapas blandas; se evidencia el uso de un lápiz de grafito HB en las primeras páginas y de una birome de tinta negra con trazo normal hacia el final. El contenido que se analiza en este caso es de puño y letra del zombi, con discontinuidades y saltos, lo que indica que fue escrito durante varias sesiones.
Acerca de la escritura: el zombi escribe con letra grande, despareja e inclinada a la derecha, lo que nos habla de un ser extrovertido. Utiliza la mano izquierda; desconozco si en vida lo hacía con la derecha o, dicho de otra manera, si el sujeto empezó a escribir como zurdo al volver a la vida como zombi. La forma de las letras, con grandes ondulaciones y quiebres abruptos, refiere a una personalidad inestable. Por momentos, pierde la noción del espacio, pues su escritura no se apoya de manera continua en los renglones. Lo mismo sucede con la del tiempo: se reiteran las interrupciones, los argumentos quedan inconclusos y los retoma unas páginas después, cambia de material, de birome, de tipo de letra. Se trata de un ser con carácter errático, por momentos agresivo o depresivo, impredecible en su conducta, si bien no coinciden sus características con las de un psicópata. De la escritura se desprende una personalidad reflexiva, de alguien conectado intensamente con sus sentimientos, pero con gran dificultad para administrarlos. Los dibujos y algunas frases sueltas a la manera de poesías inconclusas me han llevado a fundar esa apreciación. Se intercalan aquí o allá, sin un orden establecido, dibujos de aves, horizontes infinitos y figuras de animales marinos”.
Palermo Zombi
La belleza de Leticia
Leticia habla de sí misma, de su cuerpo y las sensaciones que le provoca. Las continuas desavenencias entre sus padres la conmueven. El fracaso del viaje de egresados y la pérdida de su abuela configuran un contexto que la sume en la confusión. Expresa su tristeza pero responde, manifiesta con fuerza su voluntad de no ser espectadora de la historia que le toca vivir.
Comentarios sobre mi cuerpo, septiembre de 2001
Peso cincuenta y siete kilos, mido un metro setenta y cinco, tengo los pómulos demasiado marcados y grandes ojos marrones, como los que pintaba en sus cuadros Lino Enea Spilimbergo. Me gusta mi cuerpo bien formado, con musculatura suficiente, flexible y fuerte, me siento bien con él. Algunos dicen que mi rostro es muy bello; sin embargo, al mirarme al espejo veo facciones exageradas. Hay días en que odio mi cara, preferiría llevar una máscara y que no la pudiesen ver, ocultarla. Mis ojos cambian de color según el día, van del marrón al verde, y cuando fijo la vista en una persona, ésta suele decirme que la inquieto, que soy dura o inquisidora al mirar; también sensual, pero eso no es lo común. En otros momentos, al ver las fotos me da la impresión de que soy un animal salvaje con una belleza rara, o un caballo asustado cuyos ojos esféricos y enormes dicen: acá estoy para correr por el campo, porque no entiendo el mundo ni lo entenderé jamás, soy para el tacto y la temperatura, sé de las amenazas de los felinos y de los días agobiantes de sol y sequía, de la suavidad de los hocicos y las texturas del pasto, de los perfumes de las flores y la blandura del agua. También del cielo nocturno y de la noche mojada, de la niebla, de las sombras, de la soledad y la tristeza. Soy un animal sin palabra.
Llevo el pelo atado, es abundante y ondulado, castaño oscuro. Cuando lo suelto, me llega por debajo de los hombros. Siempre juego con la hebilla o el elástico con que lo ato, es un movimiento eléctrico, inconsciente. Creo que a veces me toco el pelo para llamar la atención, pero por lo general lo hago porque estoy nerviosa o insegura, es un tic.
Tengo los pies grandes, calzo cuarenta, pero como soy alta no se nota; me gusta estar bien plantada en el mundo. Los dedos de mis manos son largos y delgados, tengo las uñas lisas y transparentes, color rosado. No me pinto los labios, tampoco las uñas, los ojos sí, me encanta pintarme los ojos, alargarlos, y desde hace algún tiempo visto de negro. Tal vez por lo de la abuela Delia, pero no, el color negro se instaló en mi vida después de lo del viaje.
Mi piel es suave, no tengo lunares ni manchas, salvo una cicatriz en la rodilla izquierda producto de un corte que me hice andando en bicicleta a los seis años.
Me molesta cuando hablan de mi cuerpo, que digan que soy bella, sobre todo cuando hablan entre ellos, como si yo estuviese ausente y no sintiera nada. El deseo ajeno suele invadirme: las insinuaciones de extraños, sus miradas lascivas. Los viejos me dan asco. Por eso disimulo mi cuerpo, lo escondo. Desde muy chica me han gustado los manga japoneses, soñé muchas veces con tener las cualidades de Ranma: tocar agua caliente y convertirme en hombre, para luego y a voluntad sumergirme en agua fría y volver a ser mujer.
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