Read the book: «Memoria del frío»

Font::

MEMORIA DEL FRÍO


MIGUEL MARTÍNEZ DEL ARCO

MEMORIA DEL FRÍO

PRÓLOGO DE EDURNE PORTELA


SENSIBLES A LAS LETRAS, 74

Primera edición en Hoja de Lata: septiembre del 2021

© Miguel Martínez del Arco, 2021

© del prólogo: Edurne Portela, 2021

© de las imágenes de la portada: archivo de Miguel Martínez del Arco

© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2021

Hoja de Lata Editorial S. L.

Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212 Xixón, Asturies [España]

info@hojadelata.net / www.hojadelata.net

Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu

Corrección: Tania Galán

ISBN: 978-84-18918-18-6

Producción del ePub: booqlab

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

A Miguelángel, mi cómplice. Y a quienes con él quiero.

A la memoria de mi madre y de sus amigas/compañeras que resistieron al franquismo y nos legaron la risa.

ÍNDICE

PRÓLOGO, Edurne Portela

Nada, 2020 25

1. Raíles chirrían. 1941. 1939

Madrid, 2019

2. Parker 51. 1941

Bilbao, 2006

3. Nocturno con acordeón. 1940. 1941

Madrid, 2020

4. Fumar calma el hambre. 1942. 1943

Madrid, 2019

5. Hay cena en los juzgados. 1943

Madrid, 2020

6. Polvareda de esparto. 1943. 1948

Madrid, 2019

7. Sin sed. 1948. 1952. 1956

Segovia, 2019

8. Tortitas con nata en Manila. 1956. 1960. 1961

Madrid, 2020

Donosti, 2019

9. Castaños asustan en la carretera. 1963. 1969

Lavapiés, 2019

Madrid, 1972

10. Estado de sitio. 1976

Final, 2020

NOTA DEL AUTOR

AGRADECIMIENTOS

PRÓLOGO

Mientras preparo este prólogo, Pablo Casado, dirigente del Partido Popular, afirma en el estrado del Congreso de los Diputados que la guerra civil española fue «un enfrentamiento entre quienes querían la democracia sin ley y quienes querían ley sin democracia». No pierdo el tiempo desmontando esta falsificación de la historia tan burda. Pero sí quiero reflexionar sobre las implicaciones que tiene que el líder del partido mayoritario de derechas de este país —un partido fundado con el nombre de Alianza Popular por el exministro franquista Manuel Fraga Iribarne y otros gerifaltes del régimen— aproveche la tribuna del Congreso para hacer semejante aseveración. No fue una boutade, no fueron palabras improvisadas. El discurso de Casado tiene como objetivo tergiversar la historia y transformar el campo semántico con el que buena parte de la historiografía y de la memoria democrática han nombrado el pasado franquista: levantamiento militar, golpe de Estado, represión sistematizada, fosas comunes, desaparecidos, tortura, campos de concentración, prisión, dictadura, exilio, expolio. La utilización de palabras pertenecientes al campo semántico de la represión y la dictadura está basada en el archivo y los hechos, en eso que se llama «verdad histórica» y que discursos como el de Casado niegan. Lo que pretende la derecha de este país es borrar de la historia las palabras que nombran el horror, que lo señalan y lo visibilizan, un horror que se desató el 18 de julio de 1936, que continuó en diferentes versiones y grados a través de la institucionalización de la violencia hasta la muerte del dictador y que no terminó ni con la transición ni con la llegada de la democracia. Para los cientos de miles de víctimas de la represión franquista y sus familias, la muerte del dictador, la transición a la democracia y las décadas de gobiernos democráticos no trajeron ni un atisbo de justicia, verdad y mucho menos de reparación. La represión y la persecución de la disidencia fue dando paso a un lento abandono y, sobre la experiencia de las víctimas, continuó imperando el eterno aliado de los vencedores: el silencio.

La transición no incluyó un proceso restaurativo que atendiera a las víctimas de la guerra ni de la dictadura; durante los cuarenta años de democracia siguientes se ha perpetuado el relato cainita sobre la guerra —«hubo víctimas en un bando y en otro», «fue una guerra entre hermanos»—, lo cual obvia que hubo una represión sistematizada y organizada que impuso como método de exterminio las violaciones, torturas y asesinatos masivos; se han desechado como «historias de abuelos» los relatos de los familiares de represaliados que en ocasiones servirían para señalar las fosas donde están enterrados sus muertos; se ha olvidado que hasta 1944 se hacían sacas de las cárceles casi a diario y se fusilaba en las tapias de los cementerios a hombres y mujeres condenados en juicios farsa; se desconoce que hubo mujeres y hombres que pasaron hasta veinte años en prisión por repartir propaganda o por ser familiar de un guerrillero; se ha perdido la pista de los cientos de bebés que robaron monjas franquistas para regalarlos a familias del régimen; se ha intentado borrar la memoria de los lugares de la violencia y aquellos que deberían convertirse en espacios pedagógicos de memoria sobre la represión se destruyen o se disfrazan con banderas institucionales, como la infame Dirección General de Seguridad, sede actual de la Comunidad de Madrid en plena Puerta del Sol y en la que ni siquiera figura una placa que recuerde a los miles de hombres y mujeres que fueron allí torturados. Quizá estos sean algunos de los motivos por los que es tan fácil hoy, en 2021, blanquear y tergiversar la historia de la sublevación militar, la guerra y la dictadura, ensalzar en tribunas públicas y sin pudor el falangismo, el nacionalcatolicismo y la dictadura. Pero no es mi intención analizar por qué estamos viviendo este preocupante revival del franquismo. Lo que pretendo con estas palabras introductorias es celebrar que, frente a los discursos de camisa azul de los Casado, Abascal, Olona, Smith, Ayuso, Almeida y compañía, existen libros como este, Memoria del frío, de Miguel Martínez del Arco.

Memoria del frío nos introduce, a través de los mecanismos de la ficción, en uno de los aspectos menos conocidos de la represión del régimen: la persecución, tortura y prisión de las militantes antifranquistas, las que los agentes de la represión llamaban por defecto «putas rojas». Ellas eran el reverso del modelo de mujer del franquismo basado en la sumisión al hombre en todos los aspectos de la vida (política, economía, moralidad, sexualidad) e institucionalizado gracias a la Sección Femenina, la Iglesia y las nuevas leyes que aniquilaban los avances de la Constitución de 1931 y condenaban a la mujer a una eterna minoría de edad legal. Pilar Primo de Rivera, fundadora de la Sección Femenina, concebía así la misión de la mujer en la nueva sociedad: «Cada uno tiene su manera de servir dentro de la Falange, y lo propio de la Sección Femenina es el servicio en silencio, la labor abnegada… Como es el temperamento de las mujeres: abnegación y silencio». Las mujeres de la «España Nacional» eran buenas madres y esposas, serviciales y piadosas, ángeles del hogar, descanso del guerrero, mientras que las «otras» eran mujeres monstruosas, encarnación del mal y el pecado, había que exterminarlas o redimirlas a través del sufrimiento, la tortura y la humillación. Como señaló Shirley Mangini en Recuerdos de la resistencia: la voz de las mujeres de la guerra civil española, «de los testimonios orales y de los textos memorialísticos se infiere que después de la guerra civil las presas recibieron el mismo trato que las mujeres “perdidas” de los siglos anteriores. Los sentimientos básicos no habían cambiado: estas mujeres habían transgredido y tenían que ser castigadas por “putas rojas”» (p. 116). El insulto «puta roja» condensa cómo la mujer disidente es doblemente perseguida: por sus ideas y activismo político y por el hecho de ser mujer que se rebela contra la norma moral. El castigo que los represores consideran purificador, el tratamiento como «perdidas» que diría Mangini, va desde el escarnio público (rapadas, aceite de ricino, paseos desnudas por los pueblos) hasta las torturas sexuales (violaciones, mutilaciones, quemaduras y golpes en vagina, ovarios, útero y pechos), a la «reeducación» nacionalcatólica en las cárceles de mujeres o al robo de sus recién nacidos. Cuenta Consuelo García en su introducción a Las cárceles de Soledad Real que mientras grababa el testimonio de Soledad para después transcribirlo, notaba que hablaba en voz bajita, como con miedo a que la escucharan. Un día le contó que el marido de su vecina era guardia civil y que «los niños, cuando la veían en el patio, decían en voz baja, de modo que casi solo la marcaban con los labios, la palabra puta. O con la cara pegada a los cristales de su ventana la repetían una y otra vez: Pu-ta, pu-ta» (p. 9). Era el año 1982, Soledad Real tenía sesenta y cinco años y llevaba más de veinte fuera de la cárcel.

Las experiencias de las mujeres antifranquistas que pasaron buena parte de sus vidas en prisión no entraron en el archivo histórico, aunque sí sus expedientes judiciales. Su sufrimiento, el intento de deshumanización al que fueron sometidas por parte de las instituciones penitenciarias y la Iglesia, las torturas, el hambre, las enfermedades, el hacinamiento, la explotación, no se recogieron en la ficha que de cada una guardaban sus carceleros, pero algo de ello se filtró en las cartas que enviaban a sus familias, mucho más en las clandestinas. No pudieron expresarse, denunciar su situación, apelar sus sentencias, reclamar derechos, si acaso alguna se acogió a un indulto, una conmutación de pena. De sus largos años en las cárceles quedaron unas pocas fotos, muchas cartas, expedientes incompletos. Y, sobre todo, quedó su memoria, su testimonio y su voz.

Durante finales de los años setenta y principios de los ochenta del siglo XX comenzaron a salir a la luz testimonios de «los vencidos». Nos han llegado muy pocos testimonios y memorias de lo que fue la experiencia de las mujeres en la guerra y la militancia antifranquista, de la tortura, la cárcel y la clandestinidad. Estamos, de nuevo, ante el problema de la invisibilidad de la experiencia femenina, ya que el relato de la resistencia antifranquista y la represión lo dominaron los hombres. Ellos fueron los protagonistas y los principales narradores, relegando a segundo plano tanto el compromiso político de sus compañeras de lucha y resistencia como la persecución y represión que sufrieron. Además, las propias mujeres se autocensuraron, a veces por miedo —recordemos a esos niños llamando puta a Soledad Real—, a veces por no considerarlo tan válido como el relato masculino, a veces por pudor, a veces por pensar que lo importante era el trabajo político y no lo que ellas consideraban un sufrimiento personal. Muchas, también, quisieron hablar pero no encontraron interlocutores. En 1978, Juana Doña, militante comunista, publicó la novela-testimonio Desde la noche y la niebla, en la que narraba, a través de su alter ego Leonor, su militancia y vivencias durante la guerra, sus dieciocho años en prisión, su compromiso en la clandestinidad. Doña había escrito el libro en 1967 pero no encontró quien se lo publicara, y la culpa no solo era de la censura oficial: «Se contaban las epopeyas de las cárceles masculinas y las heroicidades de sus protagonistas, se rompía el cerco de la censura y en la más negra clandestinidad se divulgaban acciones y sufrimientos protagonizados por luchadores-hombres. Rara vez se hablaba o escribía sobre las heroicidades de las luchadoras-mujeres» (p. 28). Los testimonios que nos han llegado están narrados con la necesidad y la urgencia (a pesar de los años transcurridos entre los acontecimientos y la escritura) de denunciar las injusticias que vivieron y de las que fueron testigos. Todas testimoniaron para describir unas vivencias que, si no fuera por ellas, serían olvidadas. También porque el hecho de testimoniar significaba reafirmar el compromiso, la lucha y la propia vida. Rebecca Solnit, en un contexto muy diferente, diría que «ser incapaces de contar nuestra historia es una muerte en vida» (p. 27). El testimonio de estas mujeres se alza contra el olvido, que es también una muerte en vida. Además de la obra de Juana Doña, es imprescindible el ya citado Las cárceles de Soledad Real, una transcripción de la larga entrevista que Consuelo García hizo a Soledad Real sobre su militancia en las Juventudes Socialistas, su participación en la guerra y sus casi veinte años de prisión. Son indispensables también los tres volúmenes que editó la militante comunista y expresa política Tomasa Cuevas y que bajo el título Cárcel de mujeres recoge los testimonios de presas políticas de toda la península. En todos los testimonios se narra el dolor, el hambre, la tortura, el miedo, la muerte, las enfermedades, los castigos, la humillación, el aislamiento, la experiencia de maternidad, y frente a ello la solidaridad, el ansia de vivir a pesar de las condiciones, la necesidad de seguir luchando y aprendiendo. Todas narran cómo los años pesan y pasan, cómo las cicatrices de la tortura y la desnutrición provocan amenorreas, menopausias tempranas, enfermedades crónicas. Y aun así, cuando salen a esa otra prisión que era la España franquista de finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, la mayoría continúa la militancia clandestina.

El testimonio, según el historiador Paul Ricoeur, «constituye la estructura transicional fundamental entre la memoria [individual] y la historia» (p. 21). Es también una forma de reorganizar la realidad, de desmantelar y transformar representaciones hegemónicas, una narración que abre la puerta a nuevas formas de representación colectiva (Narváez, 240). El testimonio, ese género que en los países latinoamericanos tiene una tradición mucho más arraigada que en España, es hacer pública la propia voz para hablar de una lucha colectiva y denunciar abusos de poder (Yúdice, 46). El yo del testimonio es un nosotras. La misma Soledad Real así lo expresa en su dedicatoria: «A todas las mujeres que, habiendo vivido una vida como la mía, no han sabido o no han podido hablar». También lo reconoce Tomasa Cuevas en sus agradecimientos: «Gracias queridas amigas por vuestra aportación, al dar a conocer vuestros testimonios vivos, jamás lo hubiera hecho para solo dar a conocer el mío, uno de tantos miles» (p. 18) y Juana Doña, cuya voz «testimonia el sufrimiento de miles de mujeres que fueron perseguidas, torturadas y ejecutadas» (p. 30).

Con este mismo corpus testimonial construyó Dulce Chacón La voz dormida, una novela en la que desplegó toda su potencia poética y narrativa y en la que resuenan las voces de estas mujeres. La obra se centraba en las vidas de un grupo de presas encarceladas en la prisión madrileña de Ventas y en la de sus familiares, algunos involucrados en la lucha clandestina y en el maquis. Esta novela desempolvó estos testimonios veinte años después de que se hubieran publicado y fue una contribución fundamental a la renovación del debate sobre memoria histórica de principios de siglo.

Hoy, otros veinte años después, se publica este libro excepcional, que entronca con los testimonios de las militantes antifranquistas y con la novela de Dulce Chacón. Lo hace de forma única y especial. Memoria del frío amplía el campo de nuestro conocimiento sobre la experiencia de las mujeres en las cárceles franquistas y sobre la relación entre los mecanismos de la ficción, la memoria y el trauma heredado. Miguel Martínez del Arco es hijo de Manoli, Manuela del Arco, un nombre que se repite en todos los testimonios citados anteriormente. El hijo intenta reconstruir el pasado de la madre y de sus compañeras de militancia y cárcel, también el de su padre y el suyo propio, el niño al que la policía política llevó a la Dirección General de Seguridad para presionar a la madre, el que visitó al padre en el penal de Burgos y que escuchó tantas historias como silencios. En las primeras páginas de esta novela, el autor, con el estilo fragmentado y escueto que caracterizará toda la obra, resume el mundo en el que estás a punto de entrar: «Hace mucho tiempo. Una mujer pasó diecinueve años en la cárcel. En el franquismo. Con otras muchas. Era mi madre. Mantuvo una relación con un hombre que pasó diecinueve años en otra cárcel. Con otros muchos. Era mi padre. Luego “salieron”. Y regresaron. A otra cárcel. Con otros. Esta es su historia. No. Claro que no. Esto es solo una exploración. Un viaje». En ese viaje, Miguel Martínez del Arco completa con la imaginación todo aquello que las huellas materiales —las cartas, los archivos, las fotografías— no muestran o, si acaso, solo dejan intuir: escribe los silencios y hace presentes las ausencias, narra la alegría y la esperanza, la solidaridad y la resistencia. Ese viaje también es un diálogo constante entre su yo presente de 2019 y 2020, que investiga, reflexiona y reconstruye, y el pasado narrado en tercera persona en el que Manuela del Arco, sus compañeras de prisión y, en segundo plano, su padre y él mismo como niño, son protagonistas. En el presente, el yo narrativo relee las cartas entre la madre y el padre durante esas casi dos décadas de prisión —«5 463 cartas. Cinco mil cuatrocientas sesenta y tres»—, visita los lugares en los que se ubicaron las cárceles y los centros de tortura, contempla las fotografías y las interpreta, dando vida a las mujeres que las habitan —como la que ilustra la cubierta—. Escribir, nos dice el narrador, es «Reconstruir. Rehacer. Revivir».

Para entender la excepcionalidad de una novela como Memoria del frío, creo útil reflexionar brevemente sobre el término «posmemoria», que se acuñó en el área de estudios académicos sobre memoria y trauma del holocausto para definir ciertas dinámicas de transmisión y representación de textos escritos por una «segunda generación», es decir, una generación que no vivió los eventos traumáticos de primera mano o que, si lo hizo, era demasiado joven para tener una participación activa en ellos. El primer estudio sobre las dinámicas de la posmemoria en el campo de la representación lo hizo Marianne Hirsch al analizar obras como Maus de Art Spiegelman, el famoso cómic que narra, a través de personajes encarnados en ratones (judíos) y gatos (nazis), la relación de un hijo con su padre superviviente de Auschwitz. Como señaló Hirsch, el trauma de la segunda generación no se vive en relación con el evento que lo provoca, sino en relación con la representación del evento, a partir de los testimonios orales, escritos y/o visuales que ha dejado tras de sí la primera generación. Es más, el trabajo de posmemoria no depende tanto de lo que se recuerda personalmente sino de cómo se pueden representar las huellas de memoria que otros han dejado. La prosa de Miguel Martínez del Arco es un claro ejemplo de este diálogo intergeneracional. Testigo infantil que escucha los silencios, vive con las ausencias, crece con narrativas en las que no se cuenta todo tal vez porque hay cosas que un hijo no debería saber, tal vez porque hay cosas que nunca se van a poder narrar. Solo él, como heredero de todos esos silencios, puede encarnar en su prosa el fantasma de esas vidas excepcionales, tanto en su resistencia como en su dolor. «Se borraron los agujeros que dejaron los adoquines levantados. Se construyeron paredes donde hubo ruinas. Nada de eso he vivido. Solo lo siento contado en mí. Trato de verlo». Este fragmento corresponde a uno de los momentos en los que el yo del presente lucha desesperado por «recuperar» una imagen del pasado que le lleve a imaginar la cárcel de Ventas y recorre el lugar esperando una señal, como si el espacio fuera un palimpsesto que en algún momento revelará la letra escondida. «Solo lo siento contado en mí» es una de las frases más certeras y poéticas que describe el trabajo de la posmemoria: la intuición de una vida no vivida pero sentida, el conocimiento y la memoria que le llena por dentro y que solo es traducible, solo se hace tangible, a través de la ficción. Y ahí reside, creo yo, la inmensa fuerza de esta novela: Miguel Martínez del Arco nos cuenta lo que ha sentido contado en él.

Si el testimonio es la figura transicional entre memoria individual e historia, la ficción de la posmemoria hace presente el pasado a través de una imaginación que se nutre de la memoria, el saber y los afectos heredados, que amplía la profundidad y aumenta la intensidad con la que entramos en la parte más desconocida y subjetiva de la historia, la de las vivencias íntimas que abarcan desde el dolor y el desamparo más radicales hasta la resistencia y la solidaridad más alegres. El ejercicio literario, imaginativo y reconstructivo de Miguel Martínez del Arco, su ficción poderosa, hace que en la esquina de Rufino Blanco con Marqués de Mondéjar hoy, en 2021, no veamos unos edificios lustrosos de ladrillos rojos, sino «Las rejas en todas las ventanas. Las tapias. La cárcel de Ventas» y revive, a través de su aliento poético, a las mujeres sonrientes que te miran desde la cubierta de este libro.

EDURNE PORTELA

Sierra de Gredos, julio de 2021

BIBLIOGRAFÍA

Cuevas, Tomasa. Cárcel de mujeres. Barcelona: Edicions Sirocco, 1985.

Doña, Juana. Desde la noche y la niebla (mujeres en las cárceles franquistas). Madrid: Ediciones de la Torre, 1993.

García, Consuelo. Las cárceles de Soledad Real. Madrid: Alianza Editorial, 1982.

Hirsch, Marianne. Family Frames: Photography, Narrative and Postmemory. Cambridge: Harvard UP, 1997.

—«Projected Memory: Holocaust Photograph in Personal and Public Fantasy». En Mieke Bal (Ed.). Acts of Memory: Cultural Recall in the Present. Hannover: UP of New England, 1999 (pp. 2-23).

—«Surviving Images: Holocaust Photographs and the Work of Postmemory». The Yale Journal of Criticism 14:1, 2001 (pp. 5-37).

Mangini, Shirley. Recuerdos de la resistencia: La voz de las mujeres de la guerra civil española. Barcelona: Península, 1997.

Narváez, Jorge. «El testimonio 1972-1982: transformaciones en el sistema literario». En (Eds.) Testimonio y literatura. Minneapolis: Society for the Study of Contemporary Hispanic and Lusophone Revolutionary Literatures, 1986.

Preston, Paul. «Introducción». En (Coord.) La memoria de los olvidados: Un debate sobre el silencio de la represión franquista. Valladolid: Ámbito, 2004.

Ricoeur, Paul. La memoria, la historia, el olvido. Trad. Agustín Neira. México: Fondo de Cultura Económica, 2000.

Solnit, Rebecca. La madre de todas las preguntas. Madrid: Capitán Swing, 2018.

Yúdice, George. «Testimonio and Postmodernism». Latin American Perspectives 18.3, 1991 (pp. 15-31).

«De nada somos dueños, ni siquiera de nuestro pasado».

JULIO RAMÓN RIBEYRO

NADA, 2020

Prisión de Segovia, 24 de mayo de 1950. Y cuando han pasado tantos años y cuando en realidad no hay grandes perspectivas de una mejora de vida, nos aferramos a estas pequeñas cosas, que tan grandes son para nosotros, porque nos ayudan a continuar, nos estimulan a vivir y a desear la vida con más ardor, pensando en el día que podamos resarcirnos plenamente de todos estos años de privaciones totales. No creas, querido mío, que me pesan estos años, nada más lejos de la realidad. Estoy satisfecha de ellos y una vez que lo he pasado sentiría no haberlos vivido, porque me han trasformado, me han hecho una mujer totalmente distinta, creo —y no quisiera equivocarme— que algo mejor, más real, más práctica, pero también con mayores sentimientos. Ahora bien, todas estamos cansadas, y es natural. Los años, la apatía de fuera tienen su repercusión y sin nada para estimularte cuesta mucho mantener una moral quebrantada por innumerables sufrimientos…

¿Te haces una idea de cómo será nuestro encuentro? ¿Recuerdas lo que me dijiste cuando nos despedimos en el camión? «Tú y yo hemos de hacer grandes cosas». No lo olvido y mil veces me he preguntado ¿cuándo? No encuentro la respuesta justa, así que siempre confío que será pronto. Más allá de la exigua realidad. Te abraza tu Manoli.

Atravieso la estancia. Avanzo en medio de las llamas. Protegida la cara con un trapo blanco. Corro por el pasillo hacia la habitación. Con las manos por delante como si fueran un escudo. Entro en el cuarto. Apenas veo. Solo escucho el crepitar de los muebles que se queman. La cama ardiendo. Bajo la cama, las cajas de cartón que atesoran los documentos. Protegidas aún por las sábanas que arden. Por la madera que comienza a prender sobre ellas. Tiro de las dos cajas hasta colocarlas junto a mis pies. Las levanto con dificultad, me doy la vuelta. Regreso por el corredor anegado de humo oscuro hacia la salida. Hacia el fondo. Hacia la luz.

Cierro los ojos. Me dejo guiar por el ruido. Un graznido. Un chillido de pajarraco. Como si fuera un faro. Que me orienta. Avanzo con las dos cajas en las manos. Pensando en no caerme, en que el fuego que me rodea no asalte el cartón. Cuando salgo a la calle pienso que puedo abrir los ojos. Me aquieto en la acera. Deposito con cuidado las cajas en el suelo. Solo entonces miro por fin. Hacia abajo. A los cartones junto a mis pies. Están chamuscados, negros. Ataúdes. Urnas. Arcas salvadas de las llamas. Luego tanteo hacia delante. No veo nada. Solo el vacío. Un espacio hueco. Más allá de la exigua realidad.

Prisión de Málaga, 15 de mayo de 1947. Mi queridísimo Ángel. Tanto afán como tenía por escribirte una carta larga, extensa y sin ninguna persona que viole nuestros sentimientos, y aquí me tienes esta noche, sin saber ni qué decirte de tanto como tengo acumulado. […] Este compromiso común que tenemos, que parece el gran estímulo, necesita también de alicientes particulares. Las mujeres parecemos predestinadas solamente a ser esposas, a ser novias, a ser madres amantísimas del hijo, del marido. Pero ¿sabes lo peor? La falta de oportunidades, la falta de cultura que tenemos por las sociedades que nos han precedido, claro está. Voy a acostarme, son más de las doce de la noche. Terminaré mañana. Muchos besos infinitos de tu…

Bajo la cabeza. Abro los cartones. Extiendo el botín frente a mi cuerpo. Los restos. Los abalorios. Los escombros. Un enjambre. Un reducto de insectos. Un hormiguero. La tela de araña. Las arañas que tejen la tela. Ahora están las arañas en el suelo. Las primeras pruebas.

Se me viene a la boca. Cuando deshago el paquete forrado con el solo aviso de su letra. Cartas. No pone otra cosa. Cartas. Llevo años durmiendo sobre este enjambre. Cojo el paquete dividido en fajos. Son cientos de cartas cada uno. En tinta negra. En tinta azul. En lápiz. Esa información cruzada entre las cárceles. Entre ellos dos. Abro por fechas, las de 1943, las de 1948, las de 1953, las de 1956. Las de después, en la primera libertad: las de 1961, las de 1968. Abro cada parte. Abro el último fajo. Veo la tinta verde con la que escribía cuando yo era niño. Veo mi letra de niño en una carta. Como si fuera la carta final.

Extiendo las cartas en el suelo vacío. Lejos del fuego que me precede. Cuento. Tardo. 5 463 cartas. Cinco mil cuatrocientas sesenta y tres. Calculo que es menos de la mitad de las que fueron. El resto no está. Se fue. Se perdió. La mayoría son las cartas oficiales. Las que pasaban la censura de cada cárcel. Apenas hay de las otras. Las clandestinas. Las que cuentan más. Leo frases sueltas. La lectura es invasiva. Me coloca fuera. Me coloca dentro. La letra de mi madre invadiéndome. Las palabras de mi padre en respuesta. Se repiten.

Las cartas son la historia de un cortejo. Cada una tiene respuesta en la otra. Son como espejos. Espejos con orificios. Con huecos. Con grietas. Por las grietas se cuela la luz. Una sucede a la otra en una maquinaria perfecta de doble vía. Parece que nada está perdido.

Buceo en las letras. Pero no me conviene. Usurpador. Como un detective impreciso.

Prisión de Alcalá de Henares, 22 de diciembre de 1959. Dentro de dos días vuelve a celebrarse Nochebuena y una más que las circunstancias nos mantienen separados, ¿será la última? Esta es mi esperanza y no puedes imaginar la cantidad de proyectos que formo, pensando que pudiera ser así.

Hace mucho tiempo. Una mujer pasó diecinueve años en la cárcel. En el franquismo. Con otras muchas. Era mi madre. Mantuvo una relación con un hombre que pasó diecinueve años en otra cárcel. Con otros muchos. Era mi padre. Luego «salieron». Y regresaron. A otra cárcel. Con otros. Esta es su historia. No. Claro que no. Esto es solo una exploración. Un viaje. Tras las palabras de unas cartas.

Prisión de Segovia, 14 de diciembre de 1950. Tengo las manos imposibles para hacer nada, y es un gran conflicto pues no se puede perder un minuto de trabajo. Aquí está nevando, hace muchísimo frío. ¿Tienes muchos sabañones? Yo tengo los suficientes para entretenerme. Pienso en el frío que tendrás y no sabes cómo me apena…

Urdir la trama. Reconstruir las cenizas. Salir a buscar las cartas perdidas. Las palabras. Las manos que se deslizaron por las hojas. Las estancias en las que fueron escritas. Los pensamientos que las animaron. Las oquedades. Los agujeros. Salir a las calles. A los archivos. A las voces que quedan. A las imágenes. A las ruinas de las prisiones. A las declaraciones de los verdugos. Buscar y poner nombre. Reconstruir. Rehacer. Revivir.

Busco entre las palabras las preguntas abiertas. Las preguntas. Las respuestas. Busco las respuestas. Qué. Cómo fue. Quién estuvo ahí. Quién persiguió. Cómo te encontró. Quién delató. Quién torturó. Cómo torturó. Cómo era la celda. El tiempo que pasaba. El momento detenido. Quién te dejó esa señal en tu rostro. Cicatriz. Herida. Sangre. Sabor a sangre. Mierda.

La información del infortunio. El relato de la alegría.

Prisión provincial de Carabanchel, viernes 23 de enero de 1963. Queridísimos de mi vida, mi compañera adorada y mi hijín de mi alma. Estas líneas, mis primeras noticias desde hace unos interminables diez días en el calabozo, van llenas de mi recuerdo y amor. Sé valiente, amor de mi vida. Estoy bien, lo mejor posible. Llegué aquí hace tres días y durante siete aún permaneceré en periodo de aislamiento. En la comida no traigas pan y con dos o tres latitas y unas manzanas me arreglo muy bien. Insisto en que yo puedo resolver muy bien la situación mía aquí y no quiero que tú y mi hijo carezcáis de lo esencial. Tú eres valiente y profundamente sensible y no quiero que te dejes vencer por el dolor. Un beso infinito de tu Ángel.

Todo ocurrió. Voy a contarlo. Voy a buscar. Saber qué pasó. Más allá de estas palabras mudas apretadas en las cartas. Sí, otro condenado relato sobre la memoria histórica. Memoria. Resistencia. Oculta en la maraña de voces que se han ido. Las voces. Las risas. En un lugar. En un momento. Un momento. Un momento que parece siempre. Siempre no es para siempre. Pero para una persona sí lo es. Es su tiempo.

Retorno la mirada atrás. Tras de mí solo quedan los escombros. Ruinas quemadas. Me apoyo en el suelo donde las cartas descansan. Cierro los ojos para ver mejor. Aprieto los párpados. Sigo apretando los párpados. Con mucha energía. Para ahogar las pupilas. Para que se callen. Para que se calmen. Pero al apretar descubro que siguen vivas. Como insectos. Insectos que vuelan.

Eso nos queda. Comprobar si nos mata. Ver si nos libera. O solo sucede. Sucedió. Mientras tanto.

Prisión de Segovia, 12 de noviembre de 1952. ¿Será la última vez que estemos separados?

«Soy la espuma que avanza y cubre de blanco el borde superior de las rocas, soy también una muchacha, aquí, en esta habitación».

VIRGINIA WOOLF

1. RAÍLES CHIRRÍAN. 1941. 1939

No puede ser. No puede ser.

Se ha levantado muy temprano. Algo nerviosa, quizá excitada. Ha elegido un vestido sastre color granate oscuro, unos zapatos de tacón alto, un bolso de piel de tonos marrones. Después de ducharse, con mucho cuidado de no mojarse el pelo que ayer peinó en la peluquería hasta convertirse en esa melena de reflejos caobas llena de suaves ondas, se maquilla con esmero. Se mira satisfecha en el espejo de su cuarto y sale.

En la cocina ya están Cony y Valeriano tomando el desayuno. A un lado reposa el saco de viaje, un enorme bolsón de piel que se cierra por arriba con un artilugio metálico. Lo mira con aprensión. «Eso debe pesar un mundo. No voy a poder con ello». «Habrá que intentarlo, yo te lo pondré en el portaequipajes de tu departamento en el tren y en Madrid tienes que tratar de llevarlo hasta el taxi tú sola. Luego será más fácil». «¿No hubiera sido mejor que me fueran a recoger a la estación directamente?». «Resulta muy peligroso, es mejor hacerlo como hemos acordado. ¿Tienes claro la dirección del bar y todo lo demás, no?».

Lo tiene claro. Tiene perfectamente estudiado el lugar donde está esa cafetería y todo lo que tiene que hacer para llegar a ella, entregar el saco de la mejor manera, salir a salvo. Y regresar a San Sebastián. El plan que ha habido que improvisar de repente lleva pensándolo horas con Valeriano. Preciso, determinado. Si luego hay imprevistos, confía en su suerte. En su suerte y en la experiencia. En su suerte y en la sagacidad que la clandestinidad aporta.

Toma el café con avidez. No es café, es achicoria con algo de café. Y leche. Con sopas de pan, como le gusta. Revisa de nuevo su bolso con sus cosas personales, se pinta los labios, se levanta y coge el saco de viaje, para probarlo. «Puedo con él, pesa mucho pero puedo, no te preocupes, Valeriano. Vamos».

El departamento de primera que tiene asignado en el tren correo a Madrid está aún vacío. Suben, mientras la gente revolotea por el andén, y se coloca en su sitio, donde indica el billete. Afortunadamente junto a la ventana. Mientras Valeriano coloca el saco de viaje en el portaequipajes sobre el asiento, Manoli mira por la ventanilla, en una mezcla de simple curiosidad y también de comprobación, aunque está segura de que nadie está sobre sus pasos.

—Me voy. Como máximo seréis seis aquí en este departamento, que para eso esto es primera. Te queda un buen rato para descansar.

—¿Para descansar? No estoy cansada, pero en ocho horas me leeré de cabo a rabo una novela. Eso me mantendrá con la cabeza ocupada.

—No estés nerviosa. Todo irá bien.

—Sí. Lo sé. Todo irá bien. Y, no creas, me hace mucha ilusión volver a Madrid después de dos años. Ver la ciudad, aunque no pueda ver a nadie conocido. Sentir cómo huele.

—No se te ocurra salirte de lo planeado.

—Que sí, hombre, pesado, me sé muy bien todo. Para ya.

Se abre la puerta del departamento y entra una pareja. Un hombre y una mujer de unos cincuenta años. Se saludan. Él coloca su maleta también sobre el portaequipajes y se sienta a su lado. Valeriano y Manoli salen entonces al pasillo y se dirigen a la puerta del vagón. «Ve tranquilo, atiende bien a tu mujer, que está muy nerviosa con el embarazo. No te preocupes, en un par de días estoy aquí». Le da un beso en la mejilla y él la abraza. La abraza como un padre despide a una niña. Ella se ríe por dentro pensándolo. Se desase y lo mira divertida. «Yo sé lo que os cuesta creerlo, pero las mujeres podemos. Podemos solas, no sufras. Saldré viva de esto, y tú también. No pongas esa cara…».

Cuando entra de nuevo a su departamento ya está todo el mundo sentado. Avanza hasta su sitio junto a la ventanilla y se acomoda. Pone su bolso sobre las piernas, saca un pañuelo y una novela. La montaña mágica, el primer tomo. Entonces levanta la vista y lo ve. Frente a ella.

Un hombre de unos cuarenta años, quizá alguno más, vestido con su camisa azul de la Falange, con el rojo bordado en el bolsillo con el yugo y las flechas. Ese bordado que parece una alimaña, una araña venenosa. En los hombros lleva galones, debe ser un gerifalte del régimen. Él la mira e inclina la cabeza levemente, ella hace una mueca que quiere parecer una sonrisa.

«Pero no puede ser. No puede ser…».

El tren se desplaza lentamente entre los valles. Mantiene el libro en las manos mientras mira por la ventana el torpe discurrir del vagón. Mira sin ver, pensando qué va a pasar. Qué va a pasar en unas horas, cómo va a discurrir el viaje con ese hombre frente a ella y la multicopista oculta en el saco de viaje de cuero sobre su cabeza. ¿Y si se bajara en la primera estación, o en alguna otra antes del destino? ¿Pero no resultaría sospechoso que fuera en primera clase y se bajara de repente, tan rápido? ¿Y si se bajara, qué haría? Todo el dispositivo se vendría abajo, tendría que buscar hotel, esperar otro tren, avisar antes mediante telegrama y que se montara otro operativo para recoger el aparato en Madrid.

Busca alternativas mientras sigue mirando por la ventana, como si no hubiera nadie frente a ella. Como si estuviera sola, o pudiera ocultarse en medio de la multitud, un soplo de viento que no se percibe. Tan abstraída está en su propio paisaje que no se da cuenta de que el tren se para, el chirrido del frenazo la saca de sí y mira el andén lleno de gente, gente que camina para entrar en los vagones de segunda y de tercera, mujeres con cántaros y con cestones de mimbre. Tolosa. Regresa con la vista ahora hacia delante y observa cómo él la mira fijamente, y cómo distrae rápido la mirada cuando ella lo mira. Se lleva de manera automática la mano al pelo, como queriendo evitar algún incordio no previsto, o un mechón fuera de su peinado en cascada. ¿Por qué la mira, le ve algo sospechoso? ¿Qué le ve? Aprovecha que él ha vuelto su atención hacia el pasillo por donde pasan algunos viajeros nuevos para fijarse mejor. El pelo engominado hacia detrás, oscuro, sobre unas facciones sin señales: la cara de un hombre moreno, bien afeitado pero con la sombra oscura casi azul sobre sus mejillas, la nariz recta y grande, los labios finos que no están apretados, sino entreabiertos, sin tensión. Un señor vasco del barrio de Aiete, un señor con dinero. Pero no va vestido de requeté, lo mismo no es vasco, estará de viaje. Algo en su gesto la tranquiliza, quizá los labios que no se aprietan entre sí, o una sensación de cuidado algo impostada, como no natural. Tan planchado, tiene la cara tan planchada como la camisa.

De repente, él se vuelve y la descubre mirándolo. Ella no retira la mirada, algo le dice que debe fijar el campo de juego. Cuando él sonríe, ella continúa observándolo sin más. Escudriña su sonrisa y no es capaz de decidir qué hay en ella, ni en esos dientes cuidados que se intuyen. Ese hombre podría ser su padre, por edad, seguro. Más que le dobla sus veinte años. Pensando en cómo debe protegerse, en qué hacer, no escucha lo que le dice.

—Perdone… no le he oído.

—Le preguntaba si iba usted también a Madrid.

Ha sido lenta, tiene que responder ya. ¿Se baja antes, dónde, en Valladolid, en Miranda, dónde?

—Sí voy también a Madrid, a ver a mi tía.

—¿Va para muchos días?

—Apenas tres o cuatro. Luego tengo que volver. Tengo permiso en mi trabajo.

La suerte está echada. A Madrid, jugarse el todo por el todo. Tanto meditar y la pregunta ha llegado de improviso. A Madrid, a ver a su tía. A su tía que en realidad murió en el 38, en plena guerra. Ya hace casi tres años. La tía Mariana. Su anillo aún está puesto en su dedo. Lo toca con la otra mano. Como aquel día.

Se toca el anillo que no le han quitado, que pensó que desaparecería en la celda. Mira a su alrededor como si fuera una forastera. Hace un esfuerzo por recordarse, por rememorar quién es y cómo era la vida hace apenas tres semanas. Contempla de nuevo y se ve rodeada de mujeres como ella que salen todas en fila india de la cárcel de Ventas, por la calle Marqués de Mondéjar. Escrutan su camino porque les resulta otro y huelen que todo ha cambiado. Observan a sabiendas de que la ciudad está llena de quintacolumnistas. Caminan hacia Manuel Becerra para tomar el metro. Avanzan, por decir algo, lo que hacen es deambular sin saber qué está pasando. Sin creerlo. Nunca hubieran imaginado que Madrid caería en manos de las tropas franquistas, que Madrid sería capital del enemigo. Que habrían perdido la guerra.

Van tomadas del brazo, pero no pasean. Han salido en el último minuto, tras mucho presionar a Pura de la Aldea, la jefa de servicio de la cárcel de Ventas, que esperaba una orden superior para sacarlas a la calle. Pobre Pura, aún esperando que la legalidad la apoyara. Todas sabían que la junta de Casado se había rendido sin más y que las tropas franquistas avanzarían ya sobre Madrid. Avanzarían tan rápido que encontrarlas encerradas, arracimadas en la prisión, sería un gran regalo. Por eso Pura debe liberarlas, y así lo hace: para que no sea una ratonera en manos del ejército de ocupación.

Cuando llegan a la boca de metro se separan. Son un grupo grande, ¿cuántas? Cien, doscientas. Por lo menos había quinientas en la cárcel de Ventas encerradas por la gente de Casado. La mayoría comunistas, o simpatizantes, o socialistas de la tendencia de Negrín.

Hubiera querido tomar el metro en Manuel Becerra y bajarse en su estación, en Chamberí. Pero salieron de la cárcel con lo puesto, a mediodía, y mientras avanzaban torpes por la calle solo les daba para pensar que la ciudad estaba siendo ocupada. Y que tenían que empezar a escapar. Eran desde el primer momento mujeres en fuga. Tomada del brazo de Pilar Valbuena, trataba de poner en orden sus ideas, adónde ir, dónde esconderse, cómo continuar. No tiene dinero. Se toca otra vez el anillo de su tía Mariana, mira a Pilar que está a su lado y la calle abierta en ese ambiente tupido. «¿Qué día es hoy?». «27 de marzo de 1939». «Sí, pero ¿qué día?». «Yo creo que es lunes». ¿Adónde ir? Los lunes los niños no tienen escuela, debería ir a casa de su prima Angelines; su casa, la casa de sus tíos, será una encerrona. Cualquier casa es un agujero negro. Pilar va hacia Puente de Vallecas, y se separa de ella con un abrazo. Le desea suerte, les va deseando suerte a todas, ese grupo enorme de mujeres que en la plaza empiezan a diseminarse como hormigas. Hormigas sin hormiguero.

Camina por la calle Alcalá, luego por Goya hacia Colón, y sigue mirando extrañada, la ciudad vacía, sin milicianos, aunque se oyen tiros y detonaciones a lo lejos. En esa observación desordenada ve ahora algunas banderas monárquicas colgadas de las ventanas altas del barrio. Se estremece, se arrebuja en sí misma, porque de repente es consciente de que tiene frío. Que ese lunes 27 de marzo aún hace frío en esa incipiente primavera madrileña.

Al llegar a la calle Génova ya sabe que va a pasar por casa de sus amigas de la calle Orellana. De Manola y de Feli. Sigue mirando asombrada y simplemente espera pasar desapercibida. Al llegar al edificio lo encuentra apagado, silencioso. Entra decidida y sube los cinco pisos muy rápido, no quiere encontrar a nadie. Toca con los nudillos en la puerta de aquella buhardilla tan conocida, pero nadie abre. Vuelve a tocar, y le parece que escucha algún ruido dentro, algo quedo. «Feli, Feli, Manola…», sin casi alzar la voz. Y la puerta se entorna y ve detrás a la madre. «Pero niña, niña, ¿de dónde sales? Niña, niña, entra». Se mete en medio de la sala y de repente un abrazo la recoge por la espalda. «Manoli, pero ¿cuándo has salido, de dónde vienes? Manoli, ¿cómo no has avisado?».

Mira a Manola, sus ojos enormes que la miran y la besan, esos besos sonoros que la hacen reír. La besa y le tira del pelo, como si no se creyera que estaba delante de ella. «¿Pero de dónde vienes, de dónde vienes?». Manola la acoge en su cuerpo grande, su cara como de muñeca, su voz de eco.

Cuando acaba el plato de caldo frente a Manola y su madre, trata de expresarse: «No me explico por qué cuando aquel miliciano me pidió la documentación al entrar a la puerta de la oficina fui tan tonta. Ni por un momento se me ocurrió pensar que había algo detrás, todo me pareció una rutina. Saqué el primer carné que encontré a mano. El del Socorro Rojo, o el Mujeres Antifascistas, no me acuerdo. O el del partido. Cuando me dijo aquel hombre con el traje del ejército republicano que tenía que acompañarlos seguí pensando que todo era un error. Había escuchado tiros por la noche desde mi cama, pero como todas las noches». Nada le hizo sospechar. Nada le hizo sospechar por última vez. Luego, siempre sospecharía. De todo, sobre todo de cualquier uniforme.

Se la llevaron al Colegio de los Salesianos en la Ronda de Atocha. Cuando llegó, ya con la mañana avanzada, allí había un montón de gente. Vio desde el patio a muchos milicianos encerrados en la parte de arriba, en el patio circundante, entre los escalones. Desarmados y como desvalidos, solo gritaban. Rodeados de otros milicianos con fusiles y de ametralladoras dispuestas alrededor. A ella la llevaron a un sótano bajo la iglesia, donde se encontró con muchas caras conocidas. «Pero ¿qué está pasando?». «Los de Casado han dado un golpe de Estado a Negrín y quieren entregar la ciudad a Franco». Tan extraño, tan imposible le pareció el planteamiento que ni lo registró. «¿Qué ha pasado?».

No recuerda haber tenido nunca tanta sed. Y tanta hambre. Cientos de mujeres dormían en el suelo del sótano de la iglesia, tiradas, sin nada, y apenas les daban alimentos, ni explicación, ni agua. Cada vez que se ponían a gritar o a exigir algo, las señalaban las ametralladoras y las empujaban con las puntas de los fusiles. Arriba y a los lados, sus compañeros, la mayoría milicianos, se quejaban como ellas. Aún no se explica por qué entraron en ese estado de languidez, por qué no se sublevaron, por qué no hicieron algo. ¿Tenían miedo? ¿Era miedo? Todavía era algo parecido a la sorpresa, un asombro viendo los uniformes de los milicianos frente a los uniformes de los milicianos.

¿Iban a entregar Madrid? ¿Madrid, que había resistido casi tres años? Lo hablaban y lo hablaban entre ellas, atontadas, seguras de que más temprano que tarde llegaría el ejército de verdad, el ejército leal, y pondría a estos niñatos en situación.

Hartas de estar sucias y con tanta hambre y sed, cada vez gritaban más. Cada vez se ponían más agresivas con sus vigilantes, y estos más agresivos y más nerviosos. A los seis días, llegaron camiones y empezaron a sacar a los hombres, que estaban en los otros recintos. Subían a los camiones y se marchaban. «Pero ¿qué pasa, qué pasa?». «No sabemos, nos llevan a otro sitio, no sabemos».

«Pues así fue, chicas. A nosotras también nos llevaron. Acabamos en la cárcel de Ventas. Después de los Salesianos, aquello fue un paraíso, teníamos celdas con camas y había agua. Y comida, mala, la verdad, pero comida. Eso sí, seguíamos como lelas, sin saber qué estaba pasando. Nos fuimos dando cuenta, y también vimos las celdas que tenían retratos de vírgenes y de José Antonio, imagínate. Quería decir que habían liberado a las presas franquistas cuando llegamos a Ventas. Quería decir que estábamos perdiendo la guerra, quería decir, no sé… El caso es que ayer o antes de ayer nos dimos cuenta de que estos sinvergüenzas iban a entregar la ciudad a Franco, así, por las buenas. Desde anoche hemos presionado mucho a la dirección, ayer casi nos amotinamos, no faltaba más que los franquistas entraran en Madrid y nos encontraran a nosotras dentro, ahí colocadas, como pajarillos en jaulas. Ni hablar. Nos dio por gritar y por dar golpes, y esta mañana un grupo de nosotras, con Pilar Valbuena, ¿te acuerdas, Manola?, se ha puesto a parlamentar con la jefa de las funcionarias, Pura de la Aldea, y al final esta ha cedido y nos han puesto en la calle. Hace un rato. Pero claro, ella esperaba órdenes. ¿Qué órdenes, ya me dirás tú? Y he venido hasta aquí como una autómata, porque ir a mi casa vacía, no sé, me daba miedo. Pensaba ir a casa de mi prima Angelines, pero lo mismo está vigilada, mejor ir más tarde, creo yo. En fin, que aquí os he caído como tantas veces».

Manola vuelve a darle esos besos sonoros, esos besos que son como un refugio. «¿Dónde está Feli?». «Con mi padre, viendo cómo conseguir comida para unos días, la cosa se va a poner mal. Imagínate, ya han salido los facciosos del primero, que ya sabíamos nosotras que andaban ahí escondidos y esta mañana han insultado a mi madre. Pero tú ahora no te preocupes. Te quedas aquí, esta noche me voy yo a acercar donde tu prima Angelines, averiguo cómo está la cosa y decidimos».

—Iré contigo.

Cuando escucha de nuevo la sirena del tren, están entrando en Vitoria. Lleva alejada de ese vagón un buen rato, dando vueltas al anillo, mirando por la ventana sin ver, evitando la mirada del falangista frente a ella, sin meditar qué hacer con su viaje, cómo acabar, cómo no provocar sospechas. El tren frena con brusquedad y, de repente, un rollo de multicopista cae desde su saco de viaje. Cae con un sonido seco en medio del departamento. Envuelto en tela blanca, que ella misma había dispuesto. Lo mira como quien observa una bomba, un pájaro muerto, algo que no quiere ver. Observa con cara embobada y no es capaz ni de levantarse para cogerlo. Ahora sí, la suerte se le ha venido encima, y no es capaz de recuperar algo que le indique cómo seguir. ¿Salir corriendo del departamento hacia el pasillo, tratar de huir? Ve al falangista cómo se levanta, se agacha frente a ella y recoge el rollo, ese rollo pesado de la multicopista, que va despiezada como un animal en el matadero dentro de su saco. La imagen de la pieza animal se le hace enorme, y casi puede ver la huella ensangrentada cuando él, con toda normalidad, le tiende la mano con el rollo y le dice: «Señorita, esto ha caído de su bolso de viaje».

Por fin reacciona, se levanta y muy sonriente, lo recoge y, dándose la vuelta y poniéndose de puntillas, vuelve a poner el rollo en su sitio, dentro del saco de piel, y lo cierra con empeño. Se vuelve exhausta:

—Muchísimas gracias por molestarse.

—Las que la adornan. No es molestia. Veo que pesa…

—Son rollos de una máquina de coser, para hacer distintos tipos de costura…

—Ah. No sabía. ¿Se dedica usted a la costura?

—No, son para mi tía. Se los llevo a Madrid.

—Pero usted no es de San Sebastián.

—Pero vivo aquí hace ya tiempo. Como si lo fuera.

—¿Le gusta vivir en San Sebastián?

—Me gusta mucho. La ciudad es tan hermosa. Me gusta mucho el mar, voy mucho a pasear por la Concha, cada vez que puedo.

—¿Vive usted cerca de la playa?

—Bueno, relativamente cerca sí… ¿Y usted?

—Yo no, yo vivo más a las afueras, por Aiete.

—Un precioso barrio, Aiete.

El falangista saca un paquete de tabaco del bolsillo de su pantalón, ofrece rápidamente al señor mayor que se sienta junto a él y se enciende un cigarrillo. A ella, claro, no le ofrece ninguno. Pero ella está tan nerviosa que le encantaría poder encenderlo. Tiene la sensación de estar sometida a un interrogatorio, de que él no se fía, de que no puede imaginar qué hace con ese bolsón. Vuelve a pensar cómo escapar, cómo salir ilesa de este embrollo. El tren sigue su lento discurrir y aún queda tanto viaje.

Decide levantarse y salir al corredor. Pero le da miedo que vuelva a caerse algo del saco y todo se venga abajo. Le falta el aire, mientras sigue poniendo cara de nada frente a la mirada de él, que parece escrutarla entre el humo. ¿De verdad la observa? ¿O simplemente mira sin más, y es ella la que concentra en su cara la curiosidad de él? Tiene la sensación de estar roja, de sofocarse. Se levanta sonriente, abre la portezuela y sale al pasillo de primera clase. Para no alejarse, por si acaso, simplemente se apoya en la ventana y mira hacia fuera.

El paisaje se ha aquietado. Van entrando en los llanos castellanos que están verdes en primavera. En esta continuidad sin aspavientos piensa en que no hay pasado ni presente alguno, solo el perpetuo cambio en el que se haya imbuida… Un cambio que quiere llevarla hacia el futuro, pero ¿llegará hacia él? ¿Adónde la conduce este tren que serpentea entre la nada, como si no hubiera peligro? Pero sabe que está amenazada. En realidad, siempre está amenazada.

Se da la vuelta y regresa a su sitio. Suavemente se sienta y saca de nuevo el libro para tratar de leer. De repente, el tomo primero de La montaña mágica le resuena a peligro. Y saca el otro, el que debería servirle de señuelo para su cita en Madrid, Alicia en el País de las Maravillas. Lo abre por donde está señalado y lee para sí: La cuestión es, dijo Alicia, si puedes hacer a las palabras significar cosas diferentes. La cuestión es, dijo Humpty Dumpty, quién va a ser el amo, eso es todo.

¿Cómo puede hacer para que las palabras signifiquen otras cosas? Levanta los ojos y mira al falangista que la mira. No es una figura inocente, no es un simple peligro en su camino. Ese hombre quiere ser el amo, ahora también. Representa justo todo aquello que ella aborrece: el orden, la misa diaria, las mujeres sometidas a dictados que no quieren, en el que son figuritas decorativas o sirvientas dóciles, o las dos cosas a la vez. Ese hombre no la dejará fumar. Ese hombre no es un enigma, ella lo sabe. Necesita saberlo ahora que tiene que llegar a su cita y entregar la multicopista en piezas. Necesita seguir. La cuestión es quién va a ser el amo, sí. Y no quiere amos. Quiere un cigarrillo.

Apagan el cigarrillo en la terraza de la azotea de Feli y Manola. Manoli y Manola lo han fumado como si fuera el último. Luego, ha ido con Manola hasta casa de su prima Angelines. Caminando casi escondidas, parapetadas bajo los muros de los edificios de la calle Santa Engracia. Las dos tocayas han avanzado sin apenas hablarse, cogidas del brazo, mientras a su alrededor hay un ambiente viscoso, gente como ellas que deambula sin ojos, huecas las cuencas mientras avanzan por la acera. Están tan asombradas que no son capaces ni de mirarse, y solo se aprietan con las manos y respiran esa tarde del 27 de marzo. Algunas detonaciones, más cercanas, más lejanas. Una tarde de lunes de Madrid con las tropas del ejército de ocupación a punto de entrar en sus calles.

Angelines la mira con tristeza. No sabe qué decirle. Intuye que todo está en peligro, intuye sobre todo que su prima está en peligro.

—Te esfumaste de tal modo que entramos en pánico. Luego nos dijo Manola, o Feli, no me acuerdo, que todo estaba muy revuelto y que había una asonada, que Casado y otros socialistas habían dado un golpe contra Negrín. Y que estaban deteniendo a los de Negrín y a vosotros. No sabíamos qué hacer, todo se puso peor porque te puedes imaginar los vecinos reaccionarios, se les oía respirar, nos miraban con rabia en la calle y en la escalera. Tú no estabas, yo sola con los niños, Justi aún en el frente. Estaba hecha un lío, solo se oían tiros por la calle. Se armó una que no te imaginas en la glorieta de Bilbao, pero no nos atrevimos a salir. Los nuestros contra los nuestros. No entiendo nada… Bueno, lo importante es que ya estás aquí, entera y verdadera.

No se oye nada desde la casa de Santa Engracia. No hay ruido, mira por la ventana y trata de ver los movimientos de las calles. Tiene que salir a averiguar, tiene que saber qué hacer. Su amiga Mercedes ha llegado casi de noche y le ha dicho que Pepe Suárez está desaparecido. En realidad ha venido para decirle que se va, que sale para Valencia o Alicante y que se vaya con ella. «Ven conmigo, Manoli. Esto va a ser una ratonera. Ven conmigo. Dicen que están llegando barcos ingleses y franceses y que podremos salir. Y luego ya veremos. Vámonos, yo me voy de madrugada, tenemos un furgón grande que nos espera en el Puente de Vallecas. Los muchachos están todos yendo para allá. Hay que salir, niña. Vente conmigo».

—Es demasiado tarde, Mercedes. Ya están aquí, están entrando, ya están en el Clínico, mañana estará esto plagado con la guardia mora. Hay que pensar en resistir aquí. Nos cogerán como a tontas en la carretera de Valencia, antes de que lleguemos a Arganda. Yo me quedo, aquí está mi gente. No sé…

Sentada en la cama, piensa en si se arrepentirá o no. No sabe aún que se pasará la vida pensando esto. Optando y dudando. Optar será el futuro, hasta el final. Será su gran herencia, su principal patrimonio, su bagaje fundamental. Pero aún no lo sabe, le faltan unas semanas para cumplir diecinueve años, y cuando repasa los últimos días le parece que algo se ha metido en su vida como una turbina, dándole energía al mecanismo, una energía incontrolable, una fuerza que la arrastra, que no controla. Como durante toda la guerra, pero la guerra se ha acabado. Se ha acabado y la ha perdido. ¿Se ha acabado?

Es sábado. Primero de abril de 1939. La ciudad está tomada, llena de banderas monárquicas y de gente en las calles que parecen celebrar. Lo observa desde la ventana de la cocina de la casa de su prima Angelines. Cree que allí escondida va a poder pasar de largo. Arrebujada en la silla, destemplada aunque no hace frío, mira por el único espacio del piso interior que asoma a la calle, por encima del cine de verano de Luchana. Mira gente lejos, y escucha en su cabeza los distintos consejos, cada sugerencia, cada mirada muda. «Quédate aquí, nadie va a venir a buscarte aquí, irían a tu casa». «Vete de aquí, vete hacia algún pueblo, cerca de Madrid y te iremos diciendo cómo trascurre todo. No paran de coger gente desde el día 28 cuando entraron, y todo el mundo dice que los matan, que los pasean, que los desaparecen». «¿Por qué no te vas al norte, al pueblo, a Carranza? Allí podrías estar segura». «Si todos se van, ¿cómo vamos a resistir? No podemos conformarnos».

Lleva tres días encerrada, pero hoy que es sábado va a salir, va a buscar a la gente, va a confundirse entre la multitud, va a esconderse en el metro… A través de una vecina ha quedado con Feli y con Manola para ir a la calle, buscar, encontrar, hablar al menos… En un rato, estarán juntas.

Suena la puerta. Imperioso el golpe, con los nudillos. No pueden ser ellas, es temprano aún, y no llamarían así. No pueden ser ellas. Pero los golpes no paran, cada vez más fuertes. Cuando se levanta, Angelines la empuja hacia el retrete, la puerta del fondo en la cocina, el único hueco posible, mientras Justi va hacia la puerta. Nadie habla, pero su prima lo ha entendido, están llegando.

Cuando la puerta se abre, entran en tropel. ¿Cuántos? Siete, ocho, diez. Alguno vestido de militar, algún civil, otros con la camisa oscura de la Falange. Gris, caqui, azul. Azul. «¿Dónde está, dónde está?». «¿Dónde está quién?«. «Imbécil, no te hagas la imbécil, venimos buscando a esa chica, tu sobrina, tu prima, a Manolita, a Manolita del Arco. Dinos dónde está, coño. Venga ya…».

Entran por el pasillo hasta la cocina. Angelines con sus tres hijos los espera apoyada en la pila. Los mira, y reconoce en uno de ellos al jovencito Espinosa, los del paseo del Cisne, el nieto o el sobrino del nuevo gobernador militar. Lleva años sin verlos, pero ya están aquí. En realidad nunca se han ido. Siempre les hicieron la vida imposible, molestando a su tío Pedro en la carbonería, y a su tía Mariana cuando iba con Manoli niña de la mano a las manifestaciones de la izquierda. Son ellos, ya han llegado. Va a hablar para proteger a Manoli, pero no le da tiempo.

La puerta del retrete se abre y Manoli sale. Los tipos se miran y van a por ella como si fuera una persona a punto de volatilizarse, como si pudiera esfumarse. La cogen de todas partes y, entonces sí, Angelines habla.

—Pero ¿qué quieren con mi prima? ¿Para qué la buscan? ¿No ven que es una muchachita?

—Manuela del Arco. ¿Eres tú? Aquí está, esta puta roja. Ya la tenemos. Revisar los cuartos, a ver qué encontráis. Y a esta nos la llevamos.

—¿Cómo que se la llevan, adónde? ¿Qué hacen, qué quieren?

El niño pequeño entre sus piernas se pone a llorar, mientras sus hermanas se encogen junto a él. Angelines lo toma entre sus bazos y ve cómo los hombres aprietan a su prima contra la pared, y tiran, revuelven, gritan, dan golpes, todo al tiempo. Uno de ellos encuentra su pequeño joyero con su reloj de oro, la cadenita del tío Pedro, la esclava de su tía. Sin más lo vacía y se lo echa al bolsillo entre risas. Hay un ruido de tumulto, un ronquido, un vuelo de manos y de piernas. Una jauría.

Manoli observa y grita. Grita que se estén quietos, que no hagan daño a los niños, que ella va con ellos. Angelines dice que no se la pueden llevar, se desase de sus hijos y la agarra de la chaqueta.

—Pero ¿quiénes son ustedes, dónde están sus papeles, quiénes son ustedes?

—Cállate, loca. Nosotros somos la ley, nosotros somos los amos, los amos, ¿te enteras?

—No pueden llevársela.

Caminando hacia la puerta arrastran a Manoli hacia el descansillo. La escalera en penumbra, nadie se asoma. «¿Adónde van, adónde se la llevan?». «Esta puta roja se viene. Esta puta roja se viene con nosotros».

El ruido punzante de botas y risas atraviesa la escalera mientas bajan a la calle. Gritos, estallidos. Jauría.

Lee los diálogos sorprendentes de Alicia y deja fijada la mirada en la ilustración de Lola Anglada. Ve a la niña tomando en sus manos al cerdo mientras el conejo la contempla. Levanta la cabeza y mira de nuevo al falangista, sentado frente a ella. Él también la mira. Ella sonríe. No va a ser el amo esta vez. A eso se agarra. Me ha costado tanto llegar hasta hoy que es demasiado tarde para ser mañana.

—¿Es usted maestra?

—Perdón. Estaba distraída…

—Siento interrumpirla. Le preguntaba si es usted maestra.

—No, soy contable, secretaria.

—Ah. Pero me dijo que trabajaba usted, ¿verdad?

—Sí, trabajo en Jugueterías Justiniano.

—Ah, la mejor de San Sebastián. Es un buen sitio para trabajar. Un sitio serio.

—Así es, una empresa muy buena, he tenido mucha suerte —y piensa para sí: Ay, si tú supieras, ganso. Y sonríe.

—Para una señorita antes de casarse es un buen lugar —y ahora es él el que sonríe.

¿Se le está insinuando? ¿O es una mera conversación sin más, pura cortesía? Tendrá que cuidarse, pero tiene cierta sensación de seguridad, tiene menos miedo. Lo observa de nuevo con más detalle, ese azul que se le trasluce también en la cara de barba cerrada. Unas manos grandes que reposan en su abrigo negro. Ahora que lo mira bien, repara en el bulto marrón a un lado, lleva pistola. Vuelve a mirarlo con expresión segura y le pasa como tantas veces, parece que sea un muñeco, un disfraz, una construcción de su cabeza. La encarnación del régimen como en un cuento. La camisa azul.

—¿Por dónde vamos?

—Estamos llegando a Valladolid, ya queda menos.

Y en ese momento otro frenazo. De nuevo, un rollo pesado cubierto de tela cae del saco de viaje al suelo frente a ella. Él vuelve a levantarse y ella también, casi chocan. No va a llegar a Madrid. Se va a descubrir. Esto no es un cuento, ella no es Alicia. Ni él el conejo.

Apenas ve el edificio al entrar, han llegado rápido. Es el número 36 de la calle Almagro. Tiene un portal monumental, inmenso, con una gran enrejada negra. La suben a trompicones por las escaleras a la segunda planta, abren la puerta sin más y dentro aparece una multitud. Una multitud que la acoge. Junto a la puerta hay una mesa y un montón de hombres con camisas azules que parecen ordenar papeles. La paran ahí. Un joven de civil y un falangista le piden los datos. Por detrás oye una voz. «La puta roja del PC, la sobrina de los de la carbonería de la calle Caracas. Que te dé los datos y para dentro».

¿De dónde han salido tantos falangistas, tanta tela azul? Los amos disfrazados de nuevos amos. No tiene miedo, está tan sofocada, tan excitada que no tiene miedo ahora. Solo queda expectación, curiosidad. Apenas da sus datos, los apuntan en un libro de registro. Pregunta dónde está y por qué la han traído. Nadie contesta. Vuelve a preguntarlo, entre los ruidos de gente dando vueltas y voces que se entrecruzan. «Estás aquí porque eres peligrosa, esto es una comisaría. Nosotros somos la policía del nuevo Estado».

Pero esto no es una comisaría, ella lo sabe. La empujan hacia dentro y llega a lo que habría sido el salón de la casa. No tiene un solo mueble, salvo un par de sillas en un lado. La chimenea preside el espacio y hay tanta gente que incluso en su embocadura ve a tres mujeres mayores. Trata de encontrar caras conocidas, rostros en los que descansar sus ojos. Gente tirada encadenada a los radiadores, otros sentados, otros parados junto a las paredes. Va de cara en cara y descubre que es un deambular de miradas. Todas las fisionomías le parecen cercanas, todas observan con expresión asombrada, todas son como ella.

El hombre con traje oscuro se sitúa en medio del gran salón. Habla con tono paternal, rodeado de otros cuatro en mangas de camisa, con las pistolas en la sobaquera. A su lado, ese montón de guardias y falangistas con los fusiles en ristre. Habla y habla sobre la justicia que llegará, la vida nueva que ha venido, que no hay nada que temer, que solo los asesinos tendrán castigo. Lo escucha sin atención, las palabras resbalan mientras sigue observando, de pie junto al radiador. La luz enorme de la primavera en la ventana, en la otra el albor contenido del patio interior.

Al otro lado del salón se abre un pasillo. Largo. Con puertas a los lados. La conducen hacia allí. Abren una puerta al lado derecho. Un cuarto lleno de mujeres. La empujan dentro.

Sentadas en el suelo de la habitación que hace de celda esperan que vuelva esa mujer a la que se llevaron hace más de una hora. Cuando la puerta se abre y la tiran en el suelo como un fardo, se vuelcan todas hacia ella. La acunan, viendo sus heridas abiertas en la boca y la expresión de desconsuelo. «Dejadme descansar». «¿Qué ha pasado, qué te han hecho?». «Dejadme descansar». Al cabo de un rato va volviendo a la vida, y las mira desde lejos. «No me han preguntado nada, nada de nada. Solo me pegaban. No me preguntaban, solo insultaban y me decían tú eres de Vallecas, de los del tren de la muerte. Pero nada más. ¿Por qué me pegaban así, sin preguntarme nada?». Para divertirse, piensa Manoli, por puro placer. Pero calla.

Cuando se vuelve a abrir la puerta, la llaman a ella. Se levanta y sale al pasillo, mira a cada lado y ve el revuelo constante del sitio, la gente amontonada, las puertas cerradas. Quiere ir al baño, pero no lo dice. La puerta de la habitación del fondo se abre y entra en un lugar con ventanas tapiadas con maderos informes y luz en el techo. Paredes sucias. «Hombre, esta es la secretaria de Mendezona, y de Pepe Díaz. De los asesinos, que se han largado y te han dejado aquí tirada. Mírate niña, ven, siéntate aquí». Cuando otro policía le aprieta el hombro y se sienta, solo tiene en los ojos la luz de la lámpara. Un destello. Y silencio.

Piojos. Y chinches. Se lo dice la de Vallecas. No sabía lo que eran, solo era rascarse, no los había visto hasta ahora. Luego los verá mucho más, aún no lo imagina. No hay ninguna higiene, dos minutos para lavarse las manos y la cara una vez al día, cuando las llevan al baño. Una manta que le ha traído Angelines es lo único que tiene, sobre lo que duerme. Como todas. Reparten lo que una vez a la semana traen las familias, las que pueden. Pero no están hundidas, no están desalentadas, ni siquiera después de las sesiones de golpes. Piensan que ya se va acabar. No puede durar. Van a salir indemnes. La de Vallecas, que es la mayor del grupo de catorce mujeres amontonadas en el cuarto, es la menos animosa. «Nos matarán aquí, o nos matarán fuera de aquí, vamos a envidiar a los que ya se murieron antes», dice de repente cuando ve a alguna de ellas llegar hecha un sudario tras algún interrogatorio. Pero luego pasan horas, incluso días sin que la puerta se abra salvo para ir al baño. Y entonces todas piensan que ese tiempo ha de acabar. Se cuentan sus vidas, algunas se conocen de vista, o conocen a gente común. Una malla que se teje y se desteje.

Se abre la puerta y otra vez llaman. Todas están en tensión. Se levanta de nuevo. Ya sabe.

Ve al hombre con la camisa sucia, el más mayor. En la mano sujeta una taza. Quizá de café, pero no logra verlo ni olerlo. Mantiene la taza en el aire sin probarlo mientras la observa en silencio. Sentada en una silla con tapicería color burdeos, una silla de patas torneadas, espera. Los primeros golpes llegan sin preguntas. Luego los dos que la golpean comienzan a hablar. No interrogan, solo hablan. Acusan. Desde el suelo al que ha caído, le parece imposible lo que escucha. «¿A cuánta gente matabais en tu oficina del partido, la escondíais allí mismo? ¿Dónde están los cuerpos de las monjas a las que habéis matado? ¿Dónde habéis enterrado a los niños?». Escucha, pero no escucha. Se dobla en el suelo tratando de protegerse de las patadas en la tripa, en los costados, en la espalda. La suben de nuevo a la silla. La boca le sabe a sangre. Tiene tanta sed. Desplaza los ojos y lo sigue viendo, frente a ella, con la taza suspendida en la mano.

«Dinos el nombre de tu jefe. Quién era tu jefe. ¿En la carbonería escondías las armas? ¿Mataste a gente en la carbonería?». Piensa en su tío Pedro, en su tía Mariana. Tan mayores, trabajando aún con el carbón para que ella estudiara. Por dentro se ríe. Es como una defensa. Escucha por primera vez la voz del hombre de la camisa sucia. «Atadla». Ve entonces cómo inclina la taza sobre su boca y se la bebe de un trago. Un solo trago. Sí, parecía café.

Cuando regresa al cuarto no es capaz de sentarse en el suelo. De apoyarse en la pared. Le han guardado un poco de agua en un frasco y se lo dan cuando se tiende. Sabe que tiene que esperar un rato. Aguardar. No dice nada. Con los ojos cerrados trata de imaginar lo que ha pasado. En medio del dolor, duerme.

Ya no tiene hambre. ¿Qué día es hoy? Ya no lo saben, pero ayer trajeron a cuatro mujeres nuevas, tres habían salido por la mañana. Vienen de la calle Jorge Juan, otro lugar como este. «Hay muchos lugares como este, chicas. Y las cárceles están llenas». ¿Qué día es hoy? Es miércoles. ¿Miércoles qué? Miércoles 19. 19 de abril de 1939. «Mañana cumplo diecinueve años», dice Manoli. «Lo vamos a pasar en grande, ya verás». Y se ríen.

La puerta se abre otra vez. Otra vez. Se callan. Silencio.

Modesta, la de Vallecas, está deshecha. «No puedo más. Firmaré lo que me pidan, por mis hijos. No puedo más». «Aguanta, aguanta…». «¿Para qué? Igual voy a salir con las piernas por delante. Ya no puedo». «Aguanta, aguanta…». «¿Para qué?». «Para no ser una chivata…». «¿Chivata?».

Modesta aguanta callada, pero aprovecha un descuido del tipo que la lleva al baño por la mañana, abre la pequeña ventana, se sube al alféizar. Y se tira al patio. Se desploma. Se vence en el espacio hueco y parece suspendida mientras cae. Así se siente. El ruido de los cristales rotos, el sonido de algo que retumba, un clac de un golpe seco. Ellas lo oyen desde su celda. No saben qué es. No se atreven a imaginar. Cuando el guardia abre la puerta por la noche le preguntan. «La de Vallecas se ha ido». «¿Se ha ido?, ¿cómo que se ha ido? ¿Adónde?«. «Se ha ido. A callar». Cuando cierra la puerta se miran pero no se dicen nada. No saben qué decir. Miran el suelo y la rubia jovencita que no ha dicho su nombre acaricia el dibujo de la baldosa y llora. Nadie se mueve. Todas miran el recorrido de sus manos en el suelo. «Se ha ido».

Esa mañana hay más movimiento del habitual. Se oyen ruidos en el vestíbulo, voces, gente que llega, golpes de puertas. Mira a Cloti y a Ciri en la penumbra, casi las adivina. Tiradas en el suelo. Tienen hambre y sobre todo tienen sed. Siempre tienen sed, porque no les dan agua. Esa mañana tienen mucha sed, porque desde el mediodía anterior no les han dado nada. Como cada mañana cuando se despiertan y un poco de luz se filtra entre las lamas cerradas de las ventanas, se ponen a patear. Rítmicamente, como si fuera un ensayo de un paso de baile. En un crescendo que no cesa hasta que entran y les gritan, las golpean, las arrastran. Pero finalmente traen agua. Hay algo incomprensible en la falta de agua, el agua que sale por los grifos de ese sitio improvisado. Agua en una ciénaga, un no-lugar.

«Levántate y sal. Y tú. Y tú. Y tú. Y tú…». Las empujan hacia otra habitación. La luz del sol que entra por las ventanas las deslumbra, una luz a raudales se come el escenario blanco, blanquísimo, de la estancia. Tres hombres con papeles las miran como si no estuvieran ahí, como presencias fantasmales. «Tu nombre». «A ver, Manuela. Pues hoy te vas para tu casa, tu domicilio es calle Caracas, 3, 2.º centro. Pero ahí no puedes volver, esa casa va a ser recuperada para el Estado, vete con tu familia. Este papel es tu salvoconducto. Tienes que presentarte en la comisaría de Hospicio, en la calle San Mateo, 25. Con este papel, para que te lo sellen, un día sí y otro también, hasta nueva orden. Sabrás de nosotros. Ahora, largo». Va con el papel hacia la salida y se detiene a esperar a sus compañeras. «Lárgate ya, ¿o prefieres que te dejemos?». En el vestíbulo, camina hacia la puerta. Con lo puesto, nada tiene que recoger, nada se ha llevado, nada trajo.

Un muchacho vestido de falangista se dirige con ella al descansillo. Ahí, la detiene y, entonces sí, otras cuatro o cinco mujeres se paran junto a ella. No ve a Cloti, ni a Ciri, ni a la chica rubita. «Andando». Bajan las escaleras del inmueble, la luz tamizada de las vidrieras modernistas que se asoman, la sensación del lujo, del buen gusto. ¿Puede ser que ese espacio de ausencia, ese espacio que no existe, se esconda allí y que nadie lo vea? Mientras baja piensa en los vecinos, en la gente que vive en esa finca, que escuchan los gritos de dolor, el trasiego de personas. Nunca sabrá que ese piso es enorme y lleno de recovecos con gente encerrada, a la que no ha visto, que en apariencia nunca estuvo allí. Un agujero negro en la realidad.

En la calle se despiden como autómatas. Se tocan y se desean suerte. Ella vive al lado, apenas a unas manzanas. El sol la calienta, la envuelve. Al llegar a la esquina de la calle Caracas, su calle, se mira en el reflejo de un portal y se ve con un aspecto deleznable, de abandono, como si llegara de un hospicio, de una batalla, de una guerra. Y de ahí es de donde llega. Con rapidez sube la calle, pasa por delante del portal de su casa, mira la oscuridad del zaguán y sigue de largo. ¿Será alguno de los vecinos de su escalera quien la ha denunciado? ¿Quién? ¿Alguien que también pretende quedarse con el piso? Junto al portal, la vieja carbonería de su tío está a medio abrir, con el cierre a la mitad. ¿Quién está ahí? Desde la muerte de su tío hace apenas un año, la carbonería está cerrada. No puede evitar agacharse y asomarse por debajo. Siente como un vómito en la garganta cuando ve a varios hombres dentro, hablando entre ellos, uno de ellos un primo suyo lejano, y también el portero de una finca del paseo del Cisne. Se incorpora rápida y sigue hasta Santa Engracia, cruza y se mete como una proscrita en el portal de su prima Angelines. Como una proscrita, porque es una proscrita.

Esta vez no puede perder el tiempo. Mientras sube la escalera empieza a maquinar. Quiere ver a Joaquín, a Mercedes, a Pilar Bueno, a la gente que pueda encontrar y que le digan cómo se están organizando. Se va a asear, sacarse los piojos, y va a ir a buscarlos. A Feli y a Manola, a ver cómo están. A pensar qué van a hacer entre todas. A pensar cómo sobrevivir.

—¿Cómo que te vas? ¿Que te vas adónde? —dice Angelines asustada.

—Me tengo que ir de Madrid. He dado vueltas todo el día buscando gente. Manuel está encerrado en el campo de concentración que han montado en el estadio Metropolitano, Joaquín en la cárcel de Torrijos, a Pilar se la han llevado a la cárcel de Quiñones o a la de Ventas, no lo sé. Pero he visto a otra gente. Tengo que salir, me parece lo más prudente ahora. Antes de que os ponga en un problema a los demás.

—Pero ¿has visto cómo estás? Con la cara señalada y el cuerpo lleno de moratones, Manoli. Así no puedes ir a ninguna parte. Te vas a enfermar. Tienes que recuperarte primero. Además, ¿y adónde vas a ir?

—Esta es la cosa, hay que pensar qué sitio sería el más adecuado, adónde puedo llegar y aparecer sin más. Estoy haciendo acopio de memoria. Mi amiga Fina, ¿te acuerdas?, que iba conmigo a clase, vive en Coruña desde el 36. Sería una posibilidad. O el tío Paco, que debe estar en Santander. Salir hacia algún sitio donde no se me imagine. Pero no puedo estar yendo cada día a presentarme a la comisaría de San Mateo. Todo el mundo me ha dicho que eso es ratonera segura. Además, quien me ha denunciado volverá a denunciarme, los que se quieren quedar con la casa y la carbonería, no sé.

—Lo de la casa y la carbonería son los Espinoza, los del paseo del Cisne. Se están quedando con medio barrio. Para eso su tío es el gobernador. Pero no puedo imaginar quién te ha denunciado, no me lo explico.

—La gente de Almagro eran los del servicio de información de Franco, los del SIPM. Alguien me ha denunciado, y volverá a hacerlo. Y entonces no me llevarán solo a mí, Angelines, caeremos todos. Y eso no puede ser.

Nunca sabrá Manoli quién la denunció, si esa denuncia existió, esa denuncia que no aparece en ningún sitio, que ningún archivo contiene. O era una pieza más de una gran batida. Como de caza.

—Manoli, te va a parecer una locura, pero ¿por qué no te vas a Bilbao? —dice Angelines de repente.

—¿A Bilbao? ¿Y qué voy a hacer yo en Bilbao?

—En Bilbao vive tu madre, tenemos su dirección, podrías quedarte en su casa, vive con su marido y con tu hermana.

—Pero Angelines, no conozco a mi madre, nunca la he visto en mis diecinueve años… Bueno, nunca no, desde los cuatro años. No me acuerdo de ella. Ni ella de mí. Es como que no exista.

—Quizá sea el momento de hacerla revivir. Quizá este sea el momento.

Absorta, pensando en Bilbao, sabiendo que no hay tiempo, pero con un sabor acre en la boca. Su madre, un agujero. Otro más. Una puerta cerrada desde siempre. ¿Hay que abrirla ahora? No le da tiempo ni a avisarla. Presentarse en su casa, a puerta fría. Y descubre asombrada que le falta valor, que prefiere quedarse, que no quiere afrontar esa herida.

—Mejor me quedo antes que ir a Bilbao. No quiero ir a Bilbao.

—Pues me parece que es la mejor opción. Piénsalo mejor, consulta a tu gente, pero si quieres hacerlo rápido… —Angelines la mira, se acerca y la toma de la mano. Luego da la vuelta.

Suena la puerta, los golpes de unos nudillos se agolpan en sus oídos. Se asustan. Pero son golpes suaves, quedos. Cuando se repiten, Angelines va hacia la entrada y pregunta. «¿Quién es?». «Somos Feli y Manola».

Se abrazan otra vez. Cada vez que se abrazan parece un universo que se abre. Feli está tan delgada. Es como la copia de su hermana en puros huesos. Pero toda su boca pinta alegría. Manola besa a Manoli con esos besos sonoros que tanto la reconfortan. La vida de las tres pende de un hilo. Lo saben, pero solo a medias. Estos días de torbellino no dan para mucho meditar, solo para sobrevivir. «Vete a Bilbao, Manoli. Es buena idea, y desde allí lo piensas mejor. Pero puede ser un buen refugio, nadie te va a relacionar con tu madre, al menos de momento». «Pero ¿y llego y me presento sin más, por las buenas, qué tal está usted señora, yo soy su hija, me persiguen, vengo a quedarme? ¿Así, alegremente? Es una locura». «La locura es esto, tienes que salir y no hay ningún sitio ahora en Madrid seguro para ti, ya lo has visto». «Me siento en medio de la niebla, sin saber adónde ir, cómo girar. Un marinero en medio de la niebla, con solo mar alrededor». «No seas tan literata, déjate de monsergas, ni que conocieras el mar. Hay que decidirse, y tirar, tirar, no dejarse engañar, hay que seguir…».

Juan, un camarada también de Chamberí, consigue el billete para esa noche, el tren nocturno que sale de la estación del Norte. En tercera, no tienen para más, pero al menos ha podido conseguirlo a través de un contacto en las taquillas, sin documentación. Y otro contacto en la estación que la auxilie para entrar. Angelines la ayuda a hacer una maletita, lo que queda de su ropa, unos pendientes pequeños de oro, el anillo de la tía Mariana. Están sin una peseta, han confiscado sus cuentas en la Caja de Ahorros. Rebuscando atesoran algunas monedas.

Cuando anochece sale a la calle. Junto a su primo Justi, que lleva la maleta, se dirige al metro de la plaza de Chamberí. En la propia boca se despide de Feli y de Manola. Se abrazan. No saben aún que no volverán a verse en años. No lo saben, pero se abrazan como si lo supieran, como si no fueran conscientes de que apenas tienen diecinueve años. Son ya unas viejas. Cargadas de cenizas.

Sale disparada con Justi escaleras abajo, hacia el andén. Va nerviosa, pero menos de lo que imaginaba. Recuerda las instrucciones. No te quedes sentada en el mismo asiento siempre, el tren irá muy lleno en tercera. Muévete, métete en el servicio del tren cuantas veces puedas y quédate allí. No tienes documentación en regla, ese salvoconducto destrúyelo cuando llegues a Bilbao, recuerda bien las direcciones, la de tu madre, la de los contactos del partido en Gallarta y en Bilbao, ve tranquila, observa a tu alrededor lo que pasa, mira los periódicos cada día, pon telegramas en sitios distintos, no des señas ni nada, come bien, busca cómo salir de Bilbao, no vuelvas a Madrid, vuelve cuando puedas…

En la estación hay un control a la puerta de los andenes. Pero tiene el contacto de un mozo de maletas que la espera en el lado derecho del vestíbulo. Se despide con un beso de Justi casi sin tiempo y observa a los mozos buscando alguno que lleve puesto en el brazo un pañuelo negro como si fuera de luto. No lo ve. Se acerca más. No lo ve. Alguien le toca el hombro por detrás y un señor bajito le sonríe, señalándose el trapo de luto. Le devuelve la sonrisa y lo sigue a toda prisa, él entra por una puerta donde se acumulan las sacas de correo, la atraviesan sin decir nada en medio de un montón de carteros, dan vueltas por unos pasillos y salen al andén. «Ese es el nocturno de Bilbao, niña». «Muchas gracias. Muchas gracias, y suerte». «Suerte tú, que la vas a necesitar».

Sube al tren en la sección de tercera. Está lleno, muy lleno, no hay asientos en los bancos de madera. Se coloca en una esquina esperando que el tren salga. Cuando el revisor aparece pidiendo los billetes, se dirige hacia atrás. El vagón comienza a moverse y ella se esconde en el servicio. El revisor aporrea la puerta. «Un momento, ahora salgo». Y deja pasar el tiempo, luego sale y va en sentido contrario. El primer peligro ha pasado. Le queda toda la noche para seguir burlándolo.

Sale y entra de los servicios cuando cree que alguien puede pedirle los papeles. No se da tregua, se mueve en la oscuridad del tren tratando de pasar desapercibida. Primero sonríe a la gente, sin hablar con nadie. Luego, cuando observa sus miradas opacas, sus bocas fruncidas, como cosidas, deja de sonreír. Una sonrisa ahora parece una provocación. Todo parece estar bien, el váter del tren cada vez más sucio, ella allí escondida empujando el tiempo para que pase rápido. Alguien amartilla la puerta, y ella calla. Espera que se aburra y se vaya a otro servicio. Pero esta vez no para, y ella abre y sale, rápida, y tira hacia la derecha. Una mujer la para en el pasillo y dice muy bajito, metiendo la cabeza en su oreja, «no des tantas vueltas, quédate un poco aquí conmigo, estamos a punto de llegar a Miranda de Ebro. Ahora nadie va a pasar, ven, siéntate». No ha pasado tan desapercibida. Duda, pero se sienta a su lado.

Cuando por fin el tren llega a Bilbao es de día. Lentamente entra en la estación. Sale por última vez del servicio y, sin pensarlo, da un salto al andén. La estación parece bombardeada, está a medio desmontar, llena de andamios, todo a medio caerse o a medio construirse. Se queda parada observando si hay control, pero ve cómo la gente salta por las vías y sale sin más a las calles aledañas. Y eso hace, sin mirar mucho, avanza, salta y está en una calle. Mira hacia arriba y lo ve todo gris, gris, gris. Parece que la ciudad esté envuelta en la bruma. Avanza por la calle, eligiendo a quien preguntar por la dirección donde vive su madre. Solo sabe que está cerca, que está en el centro. Una señora mayor que espera en la esquina le parece lo mejor y le pregunta. «Perdone usted, podría indicarme dónde está la calle Colón de Larreátegui».

Camina lentamente siguiendo las indicaciones que le ha dado. Ha regresado a la ciudad donde nació. Un lugar desconocido. Va como flotando, se siente de repente muy cansada. Una sensación de tristeza y de desazón, ese sabor amargo en la boca. No hay marcha atrás. Sí, es verdad, está perdida en la niebla, pero no en medio del mar como pensó, sino en la bruma pesada de esa ciudad oscura.

Vuelve el falangista a darle el rollo envuelto en tela y vuelve ella a colocarlo en el saco de viaje, tratando de nuevo de cerrar muy bien la apertura para que no vuelva a pasar. «Gracias de nuevo, es usted muy amable, siento molestar». «No se preocupe, siempre es agradable ayudar a una señorita como usted».

Se sienta y trata de volver sobre el libro. Está tensa, pero no quiere mostrarlo. Lo siente en sus manos y se ve perdida. Quizá él no sospeche nada, pero cuando llegue a Madrid tiene que poder alejarse de él, de la estación, seguir hacia su cita. Recuerda el viaje al revés, metida en el tren nocturno que la llevaba a Bilbao desde Madrid, la guerra recién perdida. Hace ya dos años. Aún sigue huyendo, porque esto es una huida. ¿O no? Quiere huir. ¿Quiere huir? ¿Qué es huir? Absorta mientras mira las páginas de Carroll sin leerlas, piensa en que podría escapar desde San Sebastián hacia Francia, y entonces se metería de bruces en otra guerra, en otro espacio ocupado, en otra andanza. O dejarse diluir en Madrid, quizá pasar desapercibida en la gran ciudad, olvidada de todo y de todos, a lo suyo. O bajarse del tren en la próxima estación, que debe ser Medina del Campo. Sonríe al pensarlo, en Medina, donde está la sede de la Sección Femenina de la Falange. Sonríe porque pensar en todo esto le resulta gratis, sabe que no lo hará. Porque no quiere, porque lo tiene claro, desde la guerra, desde antes, desde que aquel cura le dio una bofetada cuando con catorce años ella le dijo que no podía entretejer en su cabeza la presencia de un ser sobrenatural. Más claro lo supo cuando la golpeaban como a una estera los del SIPM en la comisaría de Almagro, y no entendía nada. Sabe que va a continuar porque le va la vida en ello. No la vida por perder, sino la vida por hacer. Algo que le corre por dentro, pero sobre todo algo que le permite vivir, algo que tiene que ver con la manera de entender el mundo.

Pero se cansa, le cuesta entender qué pasa. La idea de que este régimen no puede durar, que pronto va a acabar, que la guerra mundial la va a perder el fascismo. Aunque los partes de guerra de los aliados no son tan optimistas, los nazis no dejan de avanzar, y los italianos. Pero no lo puede imaginar. No puede imaginar todo reducido a cenizas, después de tantas llamas.

Mira a su alrededor en ese departamento de primera clase. Una mujer de unos treinta años está al frente en el extremo. Con los ojos entornados, ve cómo mueve los labios en silencio mientras maneja en la mano un rosario. Ausente, alejada, acunada por su propia salmodia. A su lado el que parece su marido, un hombretón rotundo, de traje, con chaleco, un maletín entre las piernas, el periódico que le oculta la expresión de fastidio. A su lado otra mujer, mayor, con un velito azul oscuro sobre la cabeza y que lleva dormitando un buen rato apoyando la cabeza en el hombro del que parece ser su hijo, peinado y repeinado, con una insignia del requeté en la solapa y que levantó el brazo arrobado cuando llegaron a Valladolid mirando al falangista.

El falangista. Frente a ella, que mira y no mira. La pistola al cinto. Por sus formas no parece uno de esos matones del régimen. Debería averiguar más de él, es ella la que debe preguntar y saber, eso quizá le dé pistas para salir de este tren ilesa. De ese departamento que explica por qué no puede huir, esa gente bien comida, bien vestida, a resguardo. Tan distinto del vagón de tercera que la trajo a Bilbao.

No puede escabullirse, no puede salir indemne. Vuelve de nuevo la mirada al libro de Alicia, las palabras son a menudo lo único a su disposición para afrontar la realidad, los sobresaltos de cada día. Por eso adora las palabras.

—Ya nos falta menos. Estoy deseando llegar. A ver si en Madrid hace bueno. ¿Va usted por mucho tiempo? —pregunta al falangista.

—Yo viví un tiempo en Madrid, hasta junio del 36. Estudiaba allí, pero justo cuando el alzamiento yo estaba en mi casa, en Pamplona. Afortunadamente. Pero vuelvo de vez en cuando para algunos trámites.

—Ah, entonces usted no es guipuzcoano. Es navarro.

—Sí, navarro, pero ahora vivo en San Sebastián, ya le dije. El deber me ha llamado ahí.

—¿A qué se dedica en San Sebastián?

—Uhmm, a Abastos y a Aduanas. Estoy en la Comisaría Central de Abastos y me ocupo sobre todo de los pasos aduaneros. Para servirla.

—Tendrá usted mucho trabajo, tan cerca como estamos de la frontera.

—Pues sí, y también por los puertos.

—¿Los puertos?

—Sí, me ocupo de las entradas y salidas de los puertos, sobre todo de Pasajes, y también de Bilbao.

Manoli se estremece.

—¿De Bilbao también? Pero está lejos…

—Sí, pero tengo que ir una vez a la semana, a Bilbao llegan grandes mercantes de América, y ahora con la guerra europea tenemos que estar muy vigilantes.

—¿Por qué?

—Porque puede haber mercancías de contrabando, o para actividades sediciosas, y tenemos que estar muy alerta.

—¿Actividades sediciosas?

—El enemigo no descansa, el enemigo nos odia porque hemos sido los primeros defensores de la civilización cristiana, de la nuestra. Ahora afortunadamente nos siguen nuestros amigos en Europa y vamos a ganar en todas partes, pero no podemos bajar la guardia, hay que estar muy atentos. Hay muchos marinos extranjeros de ideas liberales, o masones, o aun peor, y nuestra labor es saber qué ocurre en las aduanas».

A medida que hablaba, el falangista ha subido el tono, ha afinado alto y su voz suave se ha vuelto enfática, como en un púlpito, buscando la atención de todo el departamento. Y lo ha conseguido, hasta la joven del rosario se ha vuelto hacia él. Erguido hacia delante, mientras la sigue mirando intensamente, se sabe observado por todos. Sonríe, y se lleva la mano a la cartuchera en el lado derecho de su cinto, y luego al bordado de la camisa, al yugo y las flechas.

Satisfecho, baja de nuevo el tono, dirigiéndose solo a ella en tono suave:

—Pero no me he presentado. Soy Javier Salazar. Encantado, señorita…

—El gusto es mío. Yo soy Dolores García.

Cuando pronuncia el nombre y recuerda su cédula falsa en el bolso, se siente sin embargo segura. Es un parapeto. Es la impostura que la hace libre. Vuelve de nuevo la mirada al libro, y fija su atención en la ilustración de Alicia con el gato. ¿Podrías decirme, por favor, qué camino he de tomar para salir de aquí? Depende mucho del punto adonde quieras ir —contestó el Gato—. Me da casi igual dónde —dijo Alicia—. Entonces no importa qué camino sigas, dijo el Gato.

Alicia, Alicia. Se llama como su madre. Ve la cara de su madre mientras mira la ilustración, el camino que la llevó hasta ella. Que la salvó. ¿Qué milagro nos salvará esta vez? ¿Quién me va a salvar? Y recuerda su llegada, su primer encuentro con la madre desconocida.

Su primer encuentro con la madre. El edificio de la calle Colón de Larreátegui. Una buena casa de Bilbao. Sube las escaleras hasta el cuarto, el último piso. Unas escaleras arregladas, ostentosas, hasta el tramo final, el tramo de los sirvientes. Allí son oscuras, con olor a humedad, le mantienen los ojos entornados y las manos alerta. Cuando llega frente a la puerta, en el descansillo, se para, deja la pequeña maleta en el suelo y mira. Se mira. Se mira y se pregunta. Qué hace aquí, frente a esa puerta. Está huyendo. No está huyendo, está escondiéndose. No se está escondiendo, está buscando. Está apaciguándose. Esto durará poco, no es más que un mal sueño, un sueño tenso pero breve. La vida regresará. Entonces golpea la madera con los nudillos.

La puerta se abre. Aparece una cara de ojos grandes y rasgos suaves. Una mujer mayor, ajada más que mayor. Con el pelo oscuro corto peinado hacia atrás. Sin expresión. Esta mujer no debe ser su madre, nada de ella le resulta familiar. La mujer pregunta qué quiere y ella duda al contestar. Al fin dice: «Buenos días. Perdone que la moleste. Estoy buscando a Alicia del Arco». «Buenos días. Pues con ella habla…». «Vengo de Madrid». «Ah, pase usted, me traerá alguna noticia de mi familia y de mi hija. Pase, pase, vamos hacia la cocina, estoy cocinando».

La cocina es pequeña, muy pequeña, y huele a repollo, a verdura, a carbón. Parada a un lado, mira el fogón y mira a la mujer. ¿Cómo empezar? Mira sus pies y mira los pies de esa señora, observa sus botines negros con algo de tacón y las zapatillas oscuras de ella, bajas, ajadas. Observa el tamaño, le parecen unos pies pequeños; ella siempre ha tenido los pies grandes, buscar zapatos no le ha sido fácil. Pero es que ella es más alta.

—Vengo de Madrid.

—Sí, ya me dijo. ¿Cómo están las cosas por allí? ¿Viene usted de parte de mi familia? ¿De la tía Anselma, de Ángeles? Nadie me ha avisado. ¿Qué puedo hacer por usted?

—Yo… Sí, todos están bien. Todos le mandan saludos. La situación ahora es difícil allí, se podrá usted imaginar. La guerra… la guerra se ha acabado y…

—Pero ¿están bien? ¿Usted los ha visto?

—Le traigo una nota de Angelines, espere que la busque…

—Léamela usted, yo apenas sé hacer mi nombre, nunca aprendí. ¿Y usted cómo se llama?

—Yo… Yo, yo me llamo… —se detiene pensando que parece una mala escena de novelita, de las que le gustaban a su tío, una escena tonta, y no sabe seguir.

—¿Sí…? —dice Alicia vuelta hacia ella.

—Bueno, es que yo soy su hija Manolita. Soy yo su hija.

¿Había esperado la voz de la sangre? ¿Se imaginaba una escena llena de emoción y de lágrimas? ¿Creía que iba a reconocer sus ojos en los ojos de la desconocida, sus manos en sus manos, que se derrumbarían diecinueve años de ausencia simplemente al mirarse? ¿Que desaparecerían los miedos, las culpas, los reproches, las dudas?

Mientras toman ese líquido negro hecho de posos de café se observan, apenas se hablan, se sonríen, se callan y miran hacia el suelo. «No sé si me he explicado bien. En realidad no tengo ninguna nota de Angelines, no podía correr el riesgo de que me cogieran con una nota. No querría molestarla, ni a su familia, pero tenía que salir de Madrid, salir rápido para evitar que fueran a detenerme. Están metiendo presa a la gente, a toda mi gente. Algunos han desparecido, ya sabe que están dando el paseo a muchos. Y pensamos que podría estar aquí unos días, como le he dicho, hasta encontrar una mejor ruta. Yo creo, nosotros creemos que esto no puede durar mucho, la guerra en Europa está a punto de empezar, este régimen no puede durar, yo creo que será cuestión de semanas, o de meses, pero pronto pasará. Pero yo no quiero molestarla, ya sé que usted vive con su marido y con mi hermana, solo serían unos días. No quiero causar problemas, no podré decir quién soy. Siento que esté todo siendo así. Siento todo esto…».

No hay gestos, ni siquiera una mano que avance sobre la suya en la mesa. Un silencio denso, como si la niebla que percibe en todas partes desde que tomó el tren de Madrid se hubiera también metido en esa casa pequeña, en esa cocina, entre ellas dos. Una bruma que le impide ver. Habla mirándose las manos, con la voz queda, asustada de que la puerta se abra de pronto y penetre algún desconocido. El silencio abruma. «Puede que la policía me busque, la gente del SIPM me metió en una checa, en una comisaría, me tuvieron allí, y bueno, no fueron unos buenos días. Allí cumplí diecinueve años, ahora…». La madre la mira por primera vez, con ojos muy brillantes, como si fueran a explotarle en la cara, la mira y se lleva las manos a la boca y al pelo. «El 20 de abril es tu cumpleaños, ya lo sé, acaba de pasar. Ningún año lo he olvidado, yo lo sé bien, yo lo sé. No me mires así. No me hables de usted. Aquí puedes quedarte todo el tiempo que quieras, esta es tu casa, esta es tu casa, tu casa es donde yo esté. Nos arreglaremos. Yo trabajo asistiendo, por casas, y también cocinando. Nos arreglaremos. No me mires así, todo irá bien, no tienes que preocuparte. Soy tu madre, tú eres mi hija».

Soy tu madre, tú eres mi hija.

Cada día madre e hija van a trabajar asistiendo. Alicia limpia en casas, cocina, atraviesa el barrio de Abando de un domicilio a otro y luego baja hasta la ría y compra comida para ellos, compra los posos de café de algunos bares, compra y llega y cocina, y acompaña a su hija que también va a limpiar. Para no tener problemas, Manoli limpia escaleras, barre, friega, le da brillo a los pasamanos de madera, deja los cristales lustrosos, escaleras de mármol, escaleras de baldosas, escaleras de madera. Sube y baja y luego también va al puerto con su madre. Allí la madre ve que la hija se separa y habla con algunos hombres, vuelve hacia ella y no dice nada.

Llegan a casa y la madre cocina. La hermana pequeña ya ha llegado de la escuela, es una niña de doce años y se parece a Manoli. Es una niña que está asombrada, que de repente tiene a una desconocida a la que su madre también llama hija. Es una niña que mira, que observa, y que también cocina y ordena. Su padre, Maxi, casi cada día regresa borracho, no de caerse, pero subido de tono. Grita, refunfuña, se queja de la vida. Él también ha perdido la guerra, ha estado movilizado en un batallón socialista, ahora dice que no encuentra trabajo, tampoco lo busca. Mira a su nueva hijastra, la mira con desdén, o con deseo, o con admiración, o con extrañeza. Le habla suave mientras grita a su mujer, pero se calla luego. Y se va a la calle, al bar, tras pedir alguna moneda.

—Manoli, ¿es verdad que ibas a estudiar a la universidad? —pregunta su hermana.

—Sí, estaba matriculada, pero empezó la guerra.

—Pero las mujeres no van a la universidad. Me lo ha dicho la amatxu, las mujeres no vamos a la universidad.

—Las mujeres sí vamos a la universidad, lo que pasa es que siempre nos han condenado a cuidar a los hombres, a casarnos, a tener hijos, a estar en la casa y trabajar en las casas, pero las mujeres también podemos estudiar. Tú tienes que poder estudiar también. Es una cuestión de contar con posibilidades. Las mujeres podemos, claro que podemos.

—Manoli, pero en las casas adonde va a trabajar la amatxu tampoco las mujeres ricas van a la universidad.

—Nosotras sí iremos, tú irás, verás. Precisamente porque no somos ricas.

—Yo lo que quiero es casarme bien —dice la niña.

—¿Casarte? ¿Así por las buenas? ¿Sabes qué es casar? Hilar, parir y llorar. Mira la amatxu cómo vive… Tú tienes que formarte.

—Estás loca.

Lo ha escuchado cien veces en las reuniones de Mujeres Antifascistas. Ahora lo ve en su madre. Parir y llorar. Hablando con ella se ha enterado de que parió otros dos niños con Maxi, pero no sobrevivieron. Nunca lo supo, nadie le dijo. Como un folletín trata de entender qué pasó, pero aún no pregunta. No pregunta porque quizá no haya respuesta.

Sin decir nada, ha encontrado al contacto que traía desde Madrid y se ha puesto en relación con la organización comunista. Lo ha hecho muy discretamente, callada, en los descuidos de su madre, de la casa, en el puerto. Pero ahora tiene que ir a Artxanda a ver a un camarada. Subir al monte, y su madre tiene que saberlo.

«Amatxu, ¿cómo se llega a Artxanda?». «Pues andando, es ese monte que está al otro lado de la ría, cruzando por el puente del ayuntamiento hacia arriba. ¿Para qué quieres ir a Artxanda?». «Tengo que encontrar a un amigo allí». Y la niebla vuelve. Alicia deja lo que está haciendo, un remiendo de un pantalón. «Llevas aquí solo tres meses, la cosa sigue fatal, tú lo ves, cada vez más presos, tú lo ves. No quiero que te metas en líos, quiero que mantengas el tipo, que continuemos bien, que no te pase nada, hija. Eres una huida». «No soy una huida. No huyo, estamos a la espera. Amatxu, no tengas miedo. Pero no voy a quedarme aquí viendo cómo los días pasan mientras yo limpio escaleras. Esconderse no es vivir. Hay que seguir, hay que intentar, no desistir». «Ay, hija…».

El miedo es vecino de la culpa. «No te preocupes, madre, nada va a pasar».

Vuelve de Artxanda inquieta. No por seguridad, sino porque ha percibido que el camarada al que ha visto no ha terminado de fiarse de ella. Allí refugiado, en aquel caserío, no ha terminado de darle tareas. Le ha hecho muchas preguntas y la ha dejado ir, encomendándole que regrese la próxima semana. Pero sabe que todo son suspicacias, que él se siente inseguro, que no sabe qué pensar. Él, Realinos, un alto cargo del partido en el País Vasco, quizá el más, pero está ahí oculto en medio del monte, a tres pasos de la ría. No sabe cómo asegurarle que ella es quien dice ser. Por eso, saltándose la seguridad, le ha dicho que no se llama Dolores García, que no se llama Lolitxu. Le ha dicho su nombre real para que él compruebe.

Pero está incómoda. Entra en casa, saluda a su hermana y a su padrastro y pregunta por su madre. «Ha ido a la ría, a rebuscar…». Baja de nuevo la escalera y va a su encuentro. Camina por las calles hasta la ría, la busca y no la ve. Observa a su alrededor y por primera vez se siente insegura. Se sienta en un poyete frente al cauce, mira los humos que salen por un lado, los humos de la Babcock Wilcox, las aguas rojas, anaranjadas, el color oscuro del cielo, un cielo sin nubes, azul cobalto. Un cielo casi negro. Alguien la toca en el hombro y se asusta. Su madre, que le sonríe desde detrás.

Han pasado horas frente a la ría. Su madre hablaba y ella escuchaba en silencio. Tragaba, sin digerir. Parecía una película soviética, de las que ha visto en guerra en la Gran Vía, una película sobre una mujer pobre, la madre de Gorki, pero sin épica. Una película que es su historia. La deglute sin orden para poder ordenarla luego. Se da cuenta de que es una historia como tantas, que es la historia de una pobre mujer vasca, de una campesina de Carranza, una historia corriente. Solo que es su madre la que habla. Habla para que ella escuche.

Alicia no había cumplido diecinueve años cuando parió a Manoli. El joven con el que había pecado no debía ser mucho mayor. El padre de su madre, su abuelo, Manuel, la echó apenas se dio cuenta de que estaba embarazada: «Vete de aquí con tu bastardo». Y ella se fue. En realidad ya se había ido, había emigrado a Bilbao a los trece años para colocarse en una casa sirviendo. Aprendió a cocinar, aprendió a escribir su nombre en un papel, a ahorrar dinero, a mandarlo a su casa e ir una vez cada seis meses al caserío. Como sus hermanas, muchas hermanas en el caserío y pocos hermanos. Conoció a ese chico ferroviario, ese chico de la margen izquierda, que la llevó a un mitin de Facundo Perezagua. Le gustaron las palabras de ese hombre, que eran como las de ese chico: tenemos derecho a una vida mejor, los ricos nos quitan los derechos. Cuando se dio cuenta de que estaba embarazada se le vino el mundo encima. No sabía qué hacer. Regresó a Carranza buscando amparo de su padre, o de sus hermanas, o de sus tías.

Cada vez más gorda, la echaron de la casa en la que servía. Y se puso a asistir de casa en casa, a limpiar suelos, a limpiar escaleras, a cocinar en tabernas del puerto. Dice que el novio se había ido, ese ferroviario, que no había pensado casarse. Se había ido, la había dejado. Pariría sola. No era la primera, ni la última. Le dijeron que fuera a la parroquia de San Francisco, que allí la aconsejarían. La llamaron pecadora, pero eso ya lo sabía. Que iba a ser una desgraciada, y su hijo también. Que lo dejara en el hospicio, que lo dejara en la casa cuna de Santander, que allí nadie la conocía. Que se fuera a Santander, que pariera allí, que fuera a la inclusa.

Se dispuso a hacerlo. Dice que, poco antes de irse, el novio regresó y le dijo que quería apoyarla. Manoli procesa el dato: el padre vuelve, ese padre desaparecido vuelve para atenderla. Eso dice su madre. Eso dice. El parto llegó antes. La madre parió a su hija en el hospital de Bilbao, un martes de abril, y llovía. El jueves cogió a su niña y se fue a la estación. Tomó el tren con su hija en brazos, la amamantó para que no llorara y fue viendo pasar las estaciones. En Santander le fue fácil buscar la casa cuna. No sabe lo que firmó, no lo sabe porque no lee, pero le dijeron que la niña estaría bien, que la darían en adopción, que se la veía sana. Dejó el dinero que había ahorrado durante meses de miserias a la monja de la inclusa y tomó el camino de vuelta. De nuevo el tren, pero esta vez se bajó en Carranza.

En el caserío, nadie preguntó nada. Nadie habló. Bajó a la cuadra, ordeñó a las vacas y se ordeñó a sí misma, el pecho hirviente de la leche que su hija no tomaría. Con su primo Félix regresó a Bilbao. Él no indagaba, ella no decía. Cuando llegaron a la habitación que ella tenía alquilada en Zabala, la patrona le dijo que su novio andaba buscándola cada día. Esa noche llegó, esa noche ella lo miró y le dijo que sí, que había parido, pero que el niño murió al nacer. Eso le ha dicho su madre a Manoli. Que su padre fue borrado con esa mentira. ¿Por qué? ¿Qué dijo él, se dio la vuelta y se fue? ¿Así acabó todo, con un hijo muerto? Así acabó, eso dice ella. Eso dice. Dice que se llamaba Ángel. Que era un buen mozo, que ella tiene sus ojos. Y su nariz de vasca. Que aún lo sueña.

Pero su primo Félix la escucha. «¿Estás loca, has dejado a la niña en la inclusa de Santander? Pero si tú estás sana, llévala a Carranza». «Mi padre no quiere, me ha echado de casa, no me quiere allí, sin niña o con niña». Félix tenía dinero ahorrado para emigrar a México. Su madre le dice a Manoli que entre los dos lo pensaron. Eso dice. Decidió irse a México con él, en el barco que él había reservado, en tres semanas. Entonces hizo lo que tenía que hacer. Tomó el tren de vuelta a Santander, regresó a la inclusa y habló con la monja. Quiero a mi niña, me la llevo de vuelta. Eso no se puede hacer. Quiero llevarme a mi hija. Traigo dinero. Y se llevó a su hija de vuelta. Tomó el tren en Santander, con Manoli en un hatillo. Y se la llevó a Gallarta. Eso le cuenta su madre a Manoli.

En Gallarta negocia con un ama de cría. ¿Cómo se llamaba? No me acuerdo. Allí la deja, le da un dinero y le promete que le mandará más cada dos meses. Le enseña ahora una foto. Su primo y ella en el puerto a punto de coger el barco, ella con grandes sayas negras, como una campesina sin edad. Una joven de diecinueve años que se va a Veracruz. Parece una anciana. De luto. Iba de luto, eso le cuenta su madre frente a la ría.

No duró en Veracruz. Se regresó, con lo poco ahorrado. Manoli tiene el recuerdo del recuerdo. Su primer recuerdo, su madre que llega, el ama que se lo dice. Recuerda. Dice que recuerda. La niña se va a Carranza, la madre sigue en Bilbao sirviendo, ahorrando para mandar dinero, cocinando.

La tía Mariana, otra sirvienta, una sirvienta con suerte, llega a Carranza. Desde Madrid. Y se lleva a la niña con ella. Pone una única condición: esta niña me la llevo, pero no volverá a cruzarse con su madre. Es mi condición. Eso dice su madre, por eso nunca supo, nunca habló, nunca estuvo. Era su condición. Manoli lo recuerda, es su vida, es Madrid. ¿La salvó su tía? ¿Y ahora quién me salva, quién nos salva?

Eso dice su madre, que la salvó. A su madre no la salvó casarse con Maxi, un nuevo peso, tres nuevos partos, dos hijos muertos, una niña a la que criar, un alcohólico en casa. Una hija ausente, una señorita lejana en Madrid. ¿La salvó? ¿A quién salvó?

Está digiriendo. Está digiriendo al padre ausente. Ese hombre que siempre la ha acompañado, ese hombre sin apellido. Está rumiando, porque rumiar es más que digerir. Ha escuchado, ha tragado y ahora lo escupe sola, en la oscuridad de su cama. Se acuerda otra vez de ese hombre al que no conocerá y que llevaba a su madre a ver al comunista Facundo Perezagua. Que decía que los pobres tienen que pelear, que la vida está para vivirla feliz y sin miserias. Eso dice su madre.

¿Quién las salva a ambas? Rumia como las vacas, pensando en que no hay salvación. Porque no se puede construir la identidad desde el olvido.

El tren va entrando en la estación del Norte. Observa por la ventanilla y ve la estación tomada, un montón de policías de uniforme en el andén. ¿Qué pasa?

—Un control especial —dice el falangista frente a ella—. Algo malo que viaja en este tren. Habrá que tener paciencia.

—¿Un control especial?

—Sí, no se preocupe. Es lento, pero no pasa nada. Mirarán los equipajes y ya está, esté tranquila. Es por el bien de todos, los sediciosos no descansan.

Y ahora, ¿quién me salvará? ¿Cómo me salvaré? Ahora, ¿hay escapatoria?

El falangista se levanta y se estira la camisa, la acaricia como supremo bien, coloca la cartuchera y se observa embelesado sus zapatos negros, brillantes. Manoli permanece sentada, con la cabeza como una marmita, esperando que todos salgan del departamento para tratar de esconderse en el servicio del vagón y salir más tarde, aunque imagina que lo registrarán todo. También podría tratar de saltar hacia la vía por el otro lado. Pero no, qué locura. Entonces lo piensa: tiene que deshacerse del saco de viaje, esconderlo en cualquier sitio, y salir solo con su bolso, confiando en que su documentación amañada no levante sospechas. Sí, es lo mejor. Dejará el saco de cuero en el retrete y saldrá sola. Pero para eso tiene que esperar.

Impaciente, mira a sus compañeros de viaje, que van saliendo mientras se despiden. El falangista la mira, ella sonríe y decide levantarse para despedirse de él, tratando de que salga ya.

—Encantada de conocerle. Que tenga una buena estancia en Madrid.

—Igualmente para usted, que todo le vaya bien —y sonríe amigablemente.

—Eso espero, claro que sí.

Segundos, apenas segundos se enmarañan en el tiempo. Él con su maletín en la mano la mira y no sale. Ella parada frente a él, sin hacer nada. Una imagen helada. Manoli se vuelve hacia su equipaje y levanta las manos para tomarlo. Él espera. ¿Qué espera? ¿En realidad él siempre ha estado acechando, es este su minuto final?

«Pero yo la ayudo a bajarlo, no se apure, espere». «Muchas gracias, no se preocupe». «No faltaba más, ya está. Sí es verdad que pesa lo suyo. ¿Ha venido alguien a buscarla?». «No, nadie, me iré en un taxi». «¿Usted sola…?».

Sola sí, vete ya para poder salir. Sola, sola.

—No se preocupe entonces, yo la acompaño hasta el taxi. Mire, coja usted mi maletín que yo llevo su saco de viaje.

—No, no, por favor… Déjelo.

—No se hable más. No hay problema. Yo también voy a un taxi. Vamos, vamos.

Lo sigue por el pasillo del vagón como abierta en canal. Con su bolso y el maletín de él en la mano. Un buen maletín, que casi no pesa. Se estira la falda mientras camina, como si la tela pudiera protegerla. No puede pensar mientras lo sigue hasta la puerta del vagón, y desciende tras él, que le sonríe desde el andén mientras le tiende una mano. «Gracias de nuevo». «Vamos, pasamos el control y la acompaño al taxi».

Avanzan mientras ella trata de hacerse cargo de los efectivos allí dispuestos. No puede contarlos, le parecen cientos, miles de policías, solo ve policías alrededor, y muchachos vestidos de militares hasta que llegan al embudo del control. Un hombre mayor de civil se dirige al falangista con un gesto de su cabeza. «Buenas tardes, ¿qué pasa, inspector? ¿Sirviendo a la patria a estas horas?». «Ya ve». «¿Algo especial?». «Pues parece que llega una mujer con algún paquete de propaganda desde el norte». «¿Y saben quién es?». «Parece que tenemos una descripción aproximada. El comisario está en el control, ya le dirá».

La cola se ha ido estrechando y ya están a pocos pasos del control. A un paso. Nada que pensar, nada que hacer. Busca palabras en su cabeza que la ayuden, porque las palabras pueden saber de nosotros más de lo que nosotros sabemos de ellas. Palabras que la expliquen mientras observa a los tres policías que abordan uno a uno a cada pasajero, su documentación, el equipaje abierto en la mesita allí dispuesta, el cacheo en algún caso. Sin discreción, al contrario, ostentando ese poder. El mundo en sus manos. Busca palabras mientras sonríe, o cree que sonríe al falangista colocado a su lado, que es apenas un poco más alto que ella, que es más alta que la mayoría de las personas de la cola. Se estira pensando que desde arriba lo ve todo mejor, mientras sigue buscando palabras. Como Alicia en el libro, mojada y desconcertada rodeada de miniaturas. Como su madre Alicia, absuelta de sí misma.

Ya llegan. Se piensa enrojecida, se imagina con la expresión de la cara que delata, con el gesto que anticipa la peor suerte. Se siente en el fin. Sin palabras. Mantener la dignidad: pero la dignidad es un sentimiento frágil e inseguro, necesita señales y garantías, y no las tiene ¿Quién la salvará ahora, quién? ¿Y cómo? ¿O no hay salvación?

MADRID, 2019

Mantengo el teléfono frente a mí sin decidirme. Observo la pantalla iluminada. Una boca dentada. Una cueva. Un túnel. Por fin poso el dedo en cada número. Espero la respuesta. La voz se abre ante mí. Sostengo mi historia. Entre el balbuceo y la convicción. Apunto la cita, esta misma tarde.

Llego media hora antes de la hora fijada. Paseo alrededor del edificio. Le doy vuelta. Apoyo mi mirada en el blanco de su fachada. Blanco crudo, cuidado, dando volumen a sus adornos y sus formas redondeadas. A los miradores. La cerrajería negra. La puerta de hierro abierta de par en par como entrada de carruajes. Un edificio noble de una calle noble. El mejor sitio para una empresa de prestigio.

Llegan los agentes inmobiliarios. Un joven delgado, con un traje barato comprado en una gran superficie. Un traje que le está grande. Unos zapatos de punta negra gastados. Un portafolio de plástico azul en la mano. Una mujer algo más mayor, con ropa anodina y tacones altos. Maquillada apresuradamente, con desgana. La prisa que da levantarse rápido y poner su casa en marcha en las afueras. Luego llegar al centro de Madrid y trabajar en una inmobiliaria. Lacónico, me presento. Les acompaño por el portal inmenso tratando de acumular cada detalle. Como si cada detalle tuviera voz. Veo el mural informativo. Todos son empresas, ya nadie vive aquí. ¿Desde cuándo? Me conducen hasta el ascensor. Les sugiero subir las escaleras andando. Asciendo paso a paso, mirando el mármol del suelo y el pasamanos. Sosteniendo una conversación insustancial, hasta llegar al segundo. La puerta de madera de doble hoja bajo un arco redondo. La llave da vueltas y vueltas. El espacio se abre. Penetro tras ellos y me quedo parado. Rígido. De repente, dejo de distinguir lo que me explican. Sus voces se convierten en una música de fondo. Una música macabra.

El vestíbulo es inmenso. Paredes blancas. Impolutas. Suelos de madera recién barnizados. Luego se abren pasillos y estancias. Muchas habitaciones, salones. Ventanas a la calle principal. También al otro lado del edificio, a la calle Monte Esquinza. Recorro las piezas en estado de trance. Arropado por las voces que no me dicen nada. Cada cuarto blanco, con ventanas a las calles. Los pasillos entrecruzados. La antigua zona de servicio. Los baños que fueron celdas de tortura. El agujero del agua. Agujero. Agua. El salón del fondo se asoma al patio interior. Un gran patio. Pido abrir la ventana. Se abre y miro hacia fuera. El patio cubierto, una pérgola en buen estado. Regreso a un tiempo que no existe, a julio de 1939. Presencio cómo el doctor González Recatero, aquel joven amigo de mi padre, les dice con desprecio a sus carceleros: «No vais a seguir jugando conmigo». Y se tira en un gesto lento por la ventana de ese patio que yo ahora contemplo. Aplasta su cuerpo. Rompe el techo de aquella pérgola. Muere. Manda su ser hasta la nada. ¿Quién lo salva? Él se salva.

Cierran la ventana. Cuando saco el móvil para hacer fotos me dicen que no. Fotos no. Que su inmobiliaria me enviará. Vuelvo a internarme por cada estancia, seguido constantemente por ellos. Van conmigo. No me acompañan, me hostigan. Saco un metro y un cuaderno de mi bolso. Con amabilidad les comento que quiero medir. Apuntar algunas cosas. Entienden. Se quedan en uno de los salones centrales. Yo me aventuro solo por el piso.

Busco en mi móvil el anuncio. Calle Almagro, 36. Edificio exclusivo de oficinas en zona noble. Oficina muy luminosa. Superficie recién acondicionada. Ascensores. Conserje. Agua caliente. Aseos. Vistas privilegiadas. Luz natural. Techos altos. Calefacción. Aire acondicionado frío/calor. Transporte público. Estación de metro. Parada de autobús.

Mastico cada palabra y observo alrededor en la encrucijada de un pasillo blanco. Veo al menos dos habitaciones abiertas a mi mirada. Un baño de azulejos blancos y suelos en damero blanco y negro. Todo bien conservado. Reformado. Lo viejo parece nuevo.

Veo los cuerpos. Cuerpos. Cuerpos. Veo los cuerpos amontonados en los tres salones y en el vestíbulo. Las habitaciones como calabozos. Las otras estancias como salas de interrogatorio. Veo las cadenas que cuelgan de los radiadores de hierro con las que sujetan a la gente. Los cubos dispuestos junto a los váteres. Alicates. Navajas. Martillos. Hay muchos hombres. Algunas mujeres. Jóvenes. Viejos. Más jóvenes. En un espacio enmudecido por el blanco. El blanco como enemigo. Veo el gesto de los cuerpos de las mujeres, que desfallecen en el espacio constreñido. Las rodillas dobladas, incapaces de sostenerse en pie. Veo el espacio inmenso. Mi mirada se concentra en el dolor de los personajes ausentes. Y el dolor se hace rojo. Estridente.

Veo y escucho. Las voces se me hacen insoportables. Las voces que son quejidos. Que son clamores. Que son gritos. También susurros. Las palabras que salen de los cuerpos. Que imaginan, que inventan, que tiemblan. Las voces altas de los torturadores. Llamando. Gruñendo. Insistiendo. El tableteo de una máquina de escribir. Las voces apagadas de los torturados. Casi inaudibles.

También huelo. El sudor huele. La sangre huele. La mierda huele. Huele. El blanco de cloro que está por encima no esconde el hedor que impregna cada estancia. Deambulo, buscando olores. Vago por el pasillo. Los sonidos se me vuelven insoportables. Veo las caras, las miradas. Veo los cuerpos.

Luego los sonidos callan de repente. Se asustan, huyen. Silencio. Rumio el silencio. Es el mismo silencio. El silencio de mi madre al hablar de este lugar. Al callar. El silencio de todos esos lugares. No-lugares. No-expresión. No-ruido. No-luz. Me desplazo a otros espacios iguales, llenos de sombras de cuerpos. Estoy en la antigua ESMA, en Buenos Aires, silencio. En Mauthausen, en sus celdas, silencio. En Tuol Sleng, en la calle 113 de Phnom Penh, silencio. El mismo silencio se apodera de todos. Cuerpos en silencio.

Los agentes de la inmobiliaria me devuelven a la realidad. «¿Alguna duda, quiere saber algo más? ¿Qué le parece este piso, se adapta a sus condiciones?». «No lo sé, quizá se nos queda pequeño». «¿Pequeño…? Son mil metros cuadrados». Contesto firme. «Como le dije, represento a un importante estudio de arquitectura francés que quiere instalarse ahora en Madrid y quizá necesitemos un espacio más diáfano. ¿Este piso se puede reformar?». «No, es un edificio protegido». «Ya supongo». «¿Siempre ha sido así, está como el original?». «Creemos que sí, esta es una finca histórica, un sitio de prestigio, un privilegio tener aquí una oficina, un local con reputación…». «¿Ustedes saben quién estaba antes aquí?». «No, pero siempre ha sido un lugar distinguido. Excepcional. Por eso no se puede tocar».

No se puede tocar. No se puede enmendar. Un lugar poblado de sombras. Lleno de fluidos. Lleno de miasmas. Lleno de cuerpos. Estoy por explicarles a los agentes qué lugar es este. Pero me contengo.

¿Quién nos salva? Cuerpos anónimos que gritan y que sobreviven, que resisten. Cuerpos enfebrecidos que se amontonan. Se tocan. Se miran. Se consuelan. Almagro, 36, segunda planta. El Servicio de Información de la Policía Militar (SIPM) franquista abrió ese espacio cuando entró en Madrid, nada más llegar. Un centro de tortura. El 1 de abril de 1939 ya estaba abierto. Se cerró en agosto. Cinco meses. Mi madre cumplió en este sitio diecinueve años, en abril. Diecinueve años.

Salgo de nuevo a la calle tratando de recuperar el aire. Delante de la fachada, tres acacias despojadas como fantasmas. Sin hojas, amenazantes. ¿Estarían entonces, cuando llegaron los apresados por docenas, verdes porque era primavera? ¿Miraron sus ramas desde las ventanas después de los interrogatorios? ¿Se veía la luz azul de la ciudad desde el suelo donde se amontonaban?

Silencio. El silencio me aturde. Saco el móvil y los cascos. Me los pongo. Ligeti. Réquiem. Ligeti que estuvo en Auschwitz. La polifonía negra del réquiem me envuelve. Voces corales de fantasmas. Busco en internet. Almagro, 36, noble edificio construido en 1902 por el marqués de Aldama. Viviendas de carácter distinguido en una vía de prestigio de la ciudad, «la más lujosa casa de Madrid».

La segunda brigada del SIPM ocupó la primera y la segunda planta tras la guerra. La segunda devino en un depurado centro de tortura. Cuando se fueron, ahí quedó la Sección Femenina de la Falange. Ahora compañías de prestigio habitan los mismos espacios. Como El Laboratorio, que ocupó este piso. Se disolvió luego, involucrada en una trama de empresas dedicadas a falsear facturas para el Partido Popular de Madrid en 2007. La realidad como una farsa.

Espacio de silencio. De silencio impuesto. Nada. Ni una placa. Ni un letrero. Nada en la memoria de la ciudad indica que este no-lugar existió. Solo se deja ver por la presencia terca de los cuerpos. Por sus rastros. Por sus sombras. Recupero la referencia catastral de la casa para seguirle la pista. 1460203VK4716A0009TR. Eso queda. Un régimen que apuntó todo. Que anotó todo. Que registró cada cosa. Ahora no dice nada. Desaparecidos. Cunetas.

Sentado en un banco de la calle Almagro frente al edificio. Aquí estoy. El hijo de esa mujer que va en un tren con una multicopista escondida en un bolso de viaje. Ochenta años después. El dolor llega mientras uno desayuna. O cierra la ventana. O se sienta en un banco sin objeto. Desposesión.

¿Quién me salva ahora?

«Madre leía de pie o sentada / casi siempre entre tareas, / al hacerlo movía los labios en silencio».

ERICH HACKL

2. PARKER 51. 1941

Lleva un traje oscuro, pero se ha desprendido de la chaqueta que cuelga de su hombro. No disimula la pistola en la sobaquera. Está detrás del control, algo a la zaga de los guardias con los fusiles y de los demás agentes distribuidos en el andén de la estación del Norte. Desde ese atrás mira cada cara, cada mueca, apenas echa un ojo al contenido de los equipajes y con un leve gesto da el paso. Ella lo observa sabiendo que en su ojo está su escapatoria. O no. El falangista, apenas un poco adelantado junto a ella, con su saco de viaje en la mano con la multicopista dentro, de repente hace un movimiento con la mano. Un movimiento leve. Un gesto casi de duda. El hombre del traje oscuro se adelanta, se acerca y le da la mano. Hablan entonces muy bajo, apenas escucha. «Una mujer, dicen que se llama Isabel, pero quién sabe. Una mujer muy delgada, con trenzas y con gafas… Sí, de San Sebastián, debe ser propaganda. Peligrosa, todas son peligrosas…».

Un escalofrío. Saben mucho. Pero no todo. Ya llega al punto de control, el falangista se queda a un lado, avanza por el flanco con el hombre del traje, levanta el brazo hacia los agentes que también lo levantan. Nadie lo para, nadie lo mira. Ella sigue en la fila, enseña su documentación. Dolores García Santisteban. Abre el maletín. Lentamente. El agente se concentra y observa la loción para después del afeitado, el paquete de cuchillas de afeitar que reposa sobre una camisa azul, una brocha, una muda blanca, muy blanca. No lo mira. «Pase, señorita». Cierra el maletín, pasa, avanza sobrecogida. Al otro lado el falangista espera, se despide del comisario del traje con un gesto.

Sigue caminando a su lado hacia la salida, hacia la parada de taxis. Ante el coche negro, el taxista abre el maletero y el falangista coloca el saco de viaje dentro, con cuidado, como si pudiera romperse, como si se tratara de un objeto muy delicado para él. «Muchísimas gracias, ha sido usted muy amable, no puede imaginarse cuánto, muchas gracias, de verdad». «Por favor, señorita, no es nada, nada que usted no se merezca». «Pues encantada de haberle conocido, gracias de nuevo». «Que tenga una buena estancia con su familia en Madrid. Quizá nos encontremos de nuevo en San Sebastián. Cualquier día me dejo caer por la juguetería». Ella sonríe asintiendo ya sentada en el taxi. Se vuelve y le da la dirección al chófer con mucha seguridad y una vez más gira a su derecha y levanta la mano en señal de despedida.

Ya está. Ha atravesado la valla de espinas, el cerco de ametralladoras, las balizas. Se siente como una miliciana después de una batalla. Y se muere de risa. Tanto que no puede evitarlo y comienza a reírse dentro del taxi. De manera incontenible. Una risa que le sale de dentro, una risa de una muchacha de veinte años metida en un coche negro. Una risa que le deforma la cara y el cuerpo. Se disculpa con el taxista que calla, y sigue riendo. Ya está, ha salido viva con la multicopista en el maletero. Ya está. Ilesa, como Alicia en el País de las Maravillas. Sola, sana. Y salva.

Salgo del taxi aún riéndome, con castañuelas en la boca. El taxista me ha mirado todo el trayecto sorprendido, porque no podía parar de reír. Imagínate, cuando ya me veía esposada por la policía a la salida de la estación del Norte, la supuesta cortesía de ese falangista me salvó el cuello. Y así llegué hasta el taxi con él, colocó mi bolso en el maletero con dificultad, de lo que pesaba, y tomó su maletín y se largó. Yo había perdido el miedo que me atenazó las largas horas entre San Sebastián y Madrid. Pero tanta bulla me llenó de una extraña alegría, contagiosa. Por eso no podía parar de reírme en el taxi.

Ahora estoy con el bolso de marras frente a la cafetería. Cafetería Puente. Algo retrasada. Tengo que entrar ya. Sé que el camarada me espera sentado en una mesa lejos de la barra. Avanzo tras abrir la puerta y lo veo. No puedo evitar estremecerme: aunque lo sabía, él también va vestido con camisa azul de la Falange. No sé bien por qué. No sé si es el disfraz para las citas clandestinas, o que trabaje en una oficina de la Falange, no sé. Pero al verlo me da miedo.

Voy hacia él segura, recordando la contraseña, con el libro de Alicia en la mano, como se había convenido. Pero algo me produce desconfianza, no sé qué es. Se levanta al verme arrastrando el bolso, separa su silla y me ayuda a colocarlo a su vera. Le doy la mano y me la aprieta fuerte. Es moreno, más bajo que yo, como la mayoría, con un abundante pelo negro con muchas canas, aunque no tendrá más de 35. Me sonríe apenas y me observa curioso desde sus ojos oscuros. Por fin me dice: «¿Qué tal, cómo estás?». Y yo le contesto tratando de acordarme bien del diálogo del libro:

—¿Podrías decirme, por favor, qué camino debo tomar?

—Eso depende de adónde quieras ir.

—Lo cierto es que no me importa demasiado adónde…

—Entonces tampoco importa demasiado en qué dirección vayas.

—… Siempre que llegue a alguna parte.

—Te aseguro que llegarás a alguna parte si caminas lo suficiente.

Me sonríe y yo también.

Y con esto me siento ya más sosegada. Me miro las manos, y le miro las suyas. Lleva anillo de casado en la mano izquierda, pensé que había que llevarlo en la derecha. Las mueve rápidamente mientras me habla y llama al camarero, y finalmente deposita la mano derecha en el bolso que traigo, con delicadeza.

Me pregunta por el viaje mientras esperamos los cafés, el mío con leche, el suyo cortado. Me encantaría contarle cómo ha sido el viaje, que no he viajado sola, que una pléyade de fantasmas me ha salvaguardado para estar aquí con la multicopista. A fin de cuentas, gracias a la colaboración de un militante del fascismo. Que él, sí, viajaba solo.

Le pregunto por el tiempo en primavera en Madrid, y algo me dice, no me fijo mucho. En realidad estoy deseando irme y darme una vuelta. Ya estamos en abril de 1941, hace justo dos años que salí de Madrid, todavía con los agujeros de las bombas en las calles y los moros de Franco haciéndose ver en sus caballos. Me fui tan precipitadamente, tras salir de la comisaría de Almagro, tan desposeída, tan confusa, sin despedirme de casi nadie y sin saber cómo lograría esconderme de la policía que me seguía los pasos, que volver ha sido mi gran deseo. Al principio pensé que podría regresar pronto de vuelta, pues me imaginaba que Franco mucho no iba a durar, eso era imposible. Pero a medida que fueron pasando los meses y la guerra mundial avanzaba con las victorias de los nazis, como ahora, me fui dando cuenta de que la cosa iba para largo. Se acabó la improvisación.

Estoy aquí, en mi ciudad que no es mi ciudad, en pleno barrio de Salamanca, y no puedo evitar pensar en lo que echo de menos la vida de antes, y las clases, y que si todo hubiera sido como debiera seguiría siendo una becaria ocupada de asistir a la Facultad de Derecho.

Sé bien que no debo pasear por los lugares conocidos, que tengo que irme al hotel que he reservado y regresar mañana a San Sebastián. Pero me puede el antojo. Aunque no quiero tentar a la suerte, voy a ir hasta mi barrio y voy a tratar de ver a mi prima Angelines, aunque sea de lejos. Nadie me puede reconocer con el aspecto que tengo, parezco la madre de la chica que huyó, ni yo me reconozco en el espejo.

Pero estoy siendo una maleducada, mi camarada sigue hablando conmigo y apenas le escucho. Me sonríe amable. «Andas despistada». Y le contesto que no, que hacía tiempo que no estaba aquí y que los recuerdos me alcanzan. No debería decírselo, pero no puedo evitarlo.

Termino de tomar el café. No sé de qué seguir hablando y le pregunto por las películas que ponen en los cines de estreno en la Gran Vía. Me observa con la mirada juguetona, quizá asombrada, y me dice que no tiene ni idea. Sonríe y mira su reloj. Yo miro el mío.

—Tendríamos que pagar.

—Sí. ¿Cómo salimos?

—Juntos, y caminaremos hasta la segunda esquina a la derecha. Allí hay una farmacia. Nos despedimos y tú entra y compra algo.

—Bien, pues vámonos ya.

—Sí, esperamos las vueltas y salimos.

En la calle hace fresco. Se pone el gran bolso al hombro y me toma del brazo. Caminamos por este barrio, que la verdad siempre fue un barrio de derechas. Se me hace increíble caminar con un hombre vestido con la camisa azul, y que la exhibe bajo el abrigo. Observo gente que lo mira condescendiente, pero a medida que avanzamos veo miradas bajas, vacías, a su paso. Miradas sin expresión. O eso me parece. Estoy muy incómoda, pero sigo sin más.

Por fin llegamos a la esquina de la farmacia. Se para, deja el bolso en el suelo y me dice quedamente: «Ten mucho cuidado, la ciudad es una ratonera, todo es una ratonera. Mucha suerte». «Gracias, igualmente». «Pues entonces adiós, espero que pronto volvamos a vernos en mejores circunstancias». «Ojalá», le digo, y nos damos un beso.

En la puerta de la farmacia miro hacia atrás. Camina rápido y, como si supiera que lo observo, se vuelve apenas y me hace un pequeño gesto con la boca, no es exactamente una sonrisa, pero se parece.

Entro en la farmacia pensando en qué comprar. Mientras la empleada se dirige a mí inquiriéndome con la mirada, aún muda, pienso en eso de que nos volveremos a ver en mejores circunstancias. Quién sabe, lo normal es que no nos veamos nunca más. No sé su nombre. Pero realmente espero que las circunstancies mejoren.

—¿Tiene aspirinas Bayer? Quería un tubo.

Otra vez en este bar. La última vez estuve aquí con Tina, yo ya con la camisa azul y ella toda de negro, con un velo que le cubría la cabeza, parecíamos disfrazados para un carnaval. Después de la muerte de Tina, no he vuelto nunca. No por algo en particular, es que no ha coincidido. Yo creo que el camarero alto, que debe ser hijo del dueño, era simpatizante nuestro. Bueno, nuestro, o del Frente Popular. Por eso me mira con esa cara de desprecio, si él supiera…

Me siento a esperar. Saco el libro de Víctor Hugo, seguro de que está prohibido por estos curas de mierda, pero como es en francés y lo llevo yo, nadie se fija. Lo llevo siempre para no esperar en vano, me encanta Víctor Hugo, pero tengo últimamente la cabeza a pájaros. Estoy inquieto, la verdad. La gente no me lo nota, porque tengo siempre esa mueca como de chiste, según me dicen. Pero ando agitado, desde que anunciaron que nos mandarían refuerzos para el partido desde el exterior me da miedo. Toda la gente que se fue cuando se nos vino abajo la guerra y se instaló en Cuba, o en México, o en Argentina… no digo yo que no pongan buenas intenciones, pero me resultan muy sectarios. No paran de mandarnos consignas sin sentido, se creen que estamos en febrero del 36. No se imaginan lo que es esto, no entienden que cada día hay sacas desde Porlier, desde Yeserías, desde Ventas, desde todas las cárceles, y que siguen sin parar de fusilar a gente cualquiera, y a nuestros camaradas. Además, llegan confiados, sin darse cuenta de que aquí las reglas de la clandestinidad o se cumplen a cabalidad o estás frito.

Encima yo, infiltrado en la Falange, no lo entienden. Se creen que lo que quiero es vivir sin estrecheces, como si fuera mi gusto estar aquí metido, ir a misa diaria y cantar el caralsol, jugándome el cuello. Me dicen, mira el francesito, como un caballero parisino. Unos cojones. La cosa es que desde que pudimos empezar a introducirnos somos más de cincuenta jefes de casa, y eso nos permite un montón de cosas. Para empezar, acceder a las cartillas de racionamiento y sobre todo a las redes de estraperlo. Estos cabrones meapilas de la Falange son los campeones del chanchullo, se forran a cuenta de la pobre gente, todo el sistema de abastos está en sus manos. Los del partido de fuera se creen que acceder a las cartillas y a los abastos es una actividad menor, como un capricho pequeñoburgués. Me río yo del capricho pequeñoburgués, gracias a que estamos infiltrados podemos dar de comer a muchos, y meter en las cárceles comida, que nuestra gente está literalmente muerta de hambre.

Se me ha ido el santo al cielo y esta mujer no ha llegado aún. ¿Qué hora es? Se ha retrasado ya más de cinco minutos, espero dos más y me voy, a ver si la han cogido con la carga en la estación y ha cantado que ha quedado conmigo. Sí, voy a ir pidiendo la cuenta, no me arriesgo más. Se para un taxi, a ver si es ella. Sale una mujer y del maletero el taxista saca un maletón, debe ser ella. A ver.

Pues sí. Un mujerón. Es muy alta, parece una señorita de la burguesía. Como si viviera en París, pero a lo clásico. Muy sonriente, me gusta cómo me mira. A ver si me acuerdo bien de la consigna. No sé por qué han elegido ese diálogo del cuento de Alicia. Han elegido un diálogo en el que yo hago de gato.

—Hola. ¿Qué tal, cómo estás?

—¿Podrías decirme, por favor, qué camino debo tomar?

Repito con toda naturalidad. El texto, ¿lo habrá elegido ella? Para ser un cuento de niños, me parece que tiene mucho detrás.

¡Qué alivio!, la consigna correcta, todo está bien. Cojo el bolso y me doy cuenta de lo que pesa. Debe ser una multicopista de las grandes, por lo que veo. Nos viene de miedo.

Nos sentamos al unísono y pedimos café. Me extraña que ella no dude en pedir café conmigo. Casi hubiera pedido un aguardiente, pero me contengo. Debe ser una transacción rápida. Le hago algunos comentarios y le digo que tengo prisa, pero me parece que no me escucha, está como distraída, mirando a un lado y a otro. Me fijo ahora mejor en ella, en realidad debe ser mucho más joven de lo que parece a primera vista, bastante más joven que yo. Me gusta cómo sonríe y me gusta así tan poderosa, parece que está a sus anchas, divertida. Viene del norte, me han dicho, quizá allí la vida sea más fácil.

Me pregunta por los cines de la Gran Vía. Yo qué sé. Le digo entonces que tenemos que irnos y rápidamente se atusa el pelo rojizo y salimos. La tomo del brazo y me parece que se pone tensa, pero ir del brazo resulta menos sospechoso. Es más alta que yo. Me gusta ir de su brazo por la calle, yo creo que desde que Tina murió es la primera vez que voy con una mujer del brazo por la calle. La gente nos abre paso por la acera, mi camisa azul es infalible. Quizá ella no lo observe, pero la gente me mira con miedo, o peor, con odio. Yo lo noto, y me alegro, pero como la camisa la llevo yo también me produce canguelo, o no sé qué sensación innombrable, algo como vergüenza. Madre mía, cómo me iba yo a imaginar ejerciendo este papel, infiltrado entre los fascistas.

En la próxima esquina tendremos que separarnos. Demoro a propósito la marcha, pensando en que me agrada ir de su brazo. Aunque este bolso con la multicopista pesa un infierno. Entorno los ojos y me imagino la posibilidad de tener una vida normal, ir con mi mujer del brazo, pasear después del trabajo, llegar a casa y cubrirla de besos, sin miedo. Soñar no sirve mucho cuando estamos como estamos.

Me despido ya. Le doy un beso. No puedo evitar pensar que esta no será la última vez que la vea, que algo nos ha unido en este momento. No sé por qué lo pienso, cuando en realidad llevamos vidas de soldados o de monjes. El caso es que ella me sonríe y se da la vuelta.

Sigo adelante pensando en que mañana tengo que entregar la multicopista y que ahora debería esconderla en un sitio más seguro que mi propio cuarto. La voy a dejar en el almacén de la Falange, que se jodan. Me río por dentro, me gustaría habérselo podido contar a esta camarada. No sé ni su nombre. Me vuelvo un momento y la miro. Ella también se ha vuelto. Bueno, menos mal, aún me miran las chicas. Sonrío un poco sin que se me note y sigo pensándolo: raro será que nos volvamos a ver, pero lo haremos.

John llega al monte Artxanda acompañado de Luis Fernández. Han subido por la colina del monte desde la ría, refugiándose del sirimiri bajo los árboles. No han hablado nada, o casi nada. John preferiría no haber subido, solo va a estar una noche en Bilbao, el buque parte a la mañana siguiente y no quiere meterse en líos innecesarios. El verde y el gris lo acongojan, tanta tierra húmeda para un marino. Un lecho de cieno y de hongos lo cubre y se introduce debajo de su ropa, del gran chaquetón de piel negro, del jersey de lana, de la piel. Se siente un batracio. Abre la boca en Artxanda y bebe la humedad que le sabe a hierro. Rojo, pero de un rojo sucio. Hierro rojo en la garganta.

—Hay que esperar a Lolitxu, que baje con ella —dice Realinos cuando llegan al caserío.

—¿Por qué? Yo voy con él.

—No, Luis, tú te quedas, que baje con Loli. Ella sabrá qué hacer.

John sigue en la puerta. Les entiende, pero no dice nada. No sabe para qué ha venido. ¿Para hacerse real ante este hombre oculto en esa casa de la colina sobre la ría? ¿Quién es este hombre, para qué tanto misterio? La carga está en el barco, quiere sacarla, es un peligro que esté ahí. No van a poder partir a Saint-Nazaire, la guerra está empeorando. El buque zarpará de vuelta temprano.

Mira a su alrededor mientras les escucha hablar. Le cuesta entender el idioma, aunque sus padres lo mantienen intacto. Pero en Baltimore él ya nunca lo usa, solo en las reuniones cuando llega algún camarada español y tiene que traducirle entre sus compañeros del sindicato. Cada vez es más difícil, la guerra está avanzando, y no hay quien pare a los nazis. Por eso él aprieta. Aprieta, aprieta. En cada barco se consigue algo, alguien que trae o que lleva, para Vigo. O para Bilbao.

Loli. ¿Quién es Loli? ¿Cuándo llega? Masca la humedad roja. Tiene hambre. Tiene frío. Pero no hace frío. No ha oído los pasos cuando el hombre de la casa le dice: «Ahí está, baja con ella, ella recogerá. Habla con ella, ella puede hablar en inglés». Ella es Loli.

Loli es alta, lleva el pelo recogido bajo un pañuelo. Joven, vestida con una falda negra ancha y un capazo en la espalda. Una blusa blanca. «My English is very simple, very bad. I don’t know if I can understand you». «Come on». Ella lo mira y mira hacia dentro. Se vuelve seria, «come on». John no parece marino, es pequeño, rubio, con poco pelo y un rictus de tristeza en los ojos pequeños que no tienen color. Lo mira mejor. Tiene los ojos amarillos.

«Yo puedo hablar español, poquito, pero puedo. Mis padres son asturianos. ¿Por qué me habéis hecho subir aquí?». «Por seguridad». La mira asombrado. Pasear con un marino por ese monte lejos del puerto, eso sí es peligroso. Ella sabe lo que él piensa. Lo sabe, pero se calla. «El camarada quería conocerte, es eso». «¿Para qué? No me ha dirigido la palabra». Masca la humedad roja mientras baja por el camino con la joven. Es el humus. Algo que le inicia. Algo nuevo. Verde, gris. Agua.

Me llamo John. Sí. Todos os llamáis John. Yo Dolores, Loli, Lolitxu.

Me llamo John. Vivo en Baltimore, pero mi familia vive en Nueva York. Emigró allí desde Asturias, desde Cangas. Tuvieron allí sus hijos, somos seis hermanos. Trabajo desde pequeño en el puerto. Me gusta el mar. Primero como estibador. Ahora como marino. Desde que empezó la guerra. Esta guerra también afecta a Estados Unidos, a su gente, pero todavía están empeñados en que no. Pronto se darán cuenta. Soy del sindicato desde los quince años. De estibadores. Sindicato de estibadores. Es fuerte el sindicato, muy fuerte. Cuando empezó la guerra aquí yo quise alistarme en la Brigada Lincoln, pero se alistó mi hermano mayor. Yo me quedé. Mi hermano mayor no regresó. Murió. Aquí. Dicen que en el asalto al cerro del Mosquito, en Brunete. Pero no lo sé. Si tengo una hija la llamaré Bruna, y si es un hijo, Bruno. Para recordarle. ¿Que cuántos años tenía? Tenía veintitrés, como yo ahora, era mayor que yo. Se llamaba… se llamaba John. Se llamaba John y era de la Liga de Jóvenes. Yo también después. Nos mandaron una carta Pasionaria y Steve Nelson, diciendo que había muerto por la libertad. Pero no llegó nada de él, nada. Todo desaparecido. Mi madre aún cree que está vivo, hace cuatro años ya. Cuando regresaron los de la Brigada preguntamos por él, pero no dimos con nadie que lo conociera. Yo seguí en contacto con ellos, y en el sindicato. Luego llegó gente vuestra y empezamos a ver cómo ayudar. Nada fácil. Cómo ayudar, con los nazis avanzando. Pero esto no puede durar, el conflicto mundial nos va a favorecer. Lo sé. Hicimos un grupo, un grupo en el puerto, para poder embarcar las cosas. Otro grupo de marinos. Para poder transportarlas. No, no todos hablamos español, pero la mayoría sí, un poco, algo. Empezamos a traer dinero, ya lo sabrás, dólares para poder cambiar. Eso venía bien aquí. Luego también la propaganda, cuando se pudo empezar a imprimir en Nueva York. O cuando los barcos salen de Veracruz, o hacen escala. O en Puerto Rico. O en La Habana. Y después las máquinas de escribir, las multicopistas. No es fácil traer las multicopistas. Hay que traerlas en piezas. Luego no sabéis armarlas. Hacemos la traducción de las instrucciones en los días de travesía, pero no siempre sirven. Trajimos multicopistas, pero no trajimos tinta. Hay que traer tinta. Noticias, noticias y tinta. Lo del dinero no es fácil. Conseguimos dinero allí del sindicato, y de muchos emigrantes. Como mis padres, que estuvieron durante toda la guerra haciendo campaña en Nueva York por la República. Pero la guerra se perdió. Para nosotros también. Mi padre dijo: he perdido un hijo y he perdido un país, ya no tengo país al que volver. Y pidieron la ciudadanía americana. Yo también. Yo también la pedí. Ya soy americano. Pero no quiero quedarme sin país, como ellos. Nunca he estado en España, solo aquí. En el puerto, con las cosas. En otro puerto también. En Vigo. Allí conocí a… ¿Que me calle? ¿Por qué? Bueno, pero nadie va a detenerme a mí, nadie podría imaginar. Yo soy ciudadano americano, me llamo John. Y ya está. En Baltimore, cuando me acuesto, solo queda ruido. En el mar, tras el ruido de las máquinas, está el silencio. El mar no se oye. Solo el silencio. La soledad. Solo yo, en ese espacio, sin lugar al que agarrarme. Por eso estoy aquí, porque mi hermano me dijo «No perdamos las respuestas». No perdamos las respuestas. Hay que actuar. Ahora yo quería saber cómo había sido con la carga anterior. Si había servido. Por eso subí a ver a ese camarada al monte, para que me dijera si está funcionando. O me diera una carta con esa información. Tenemos que saber si fue una buena idea. Una idea buena. No sé quién la tuvo, quizá vosotros. Pero ¿os ha servido? ¿No sabes de qué se trata? Tenemos que ver a alguien que lo sepa. El otro que me subió hasta el monte sí sabe. No, la carga no la traje yo, la trajo otro camarada. Desde Nueva York. No, no era John. Era Stewart. Pero sabe poco español. Ahora quiero saber si seguimos mandando las cargas. ¿Cómo puedo averiguarlo? ¿Tú no tienes ninguna carta para mí? El barco sale mañana, tenemos que saberlo hoy. Sí. Lo sé. Pero tenemos que verlo hoy. Ya hemos llegado. Ese es el buque, lo ves. Ah, ya lo conoces, el Lehigh. Yo volveré y estaré allá, en la bocana. ¿Allí no? ¿Dónde entonces? ¿En el bar de Portugalete? Bueno, ¿vendrás tú? Aquí tengo los partes de guerra ingleses, guárdalos. Son los de noviembre. Lo pone aquí, ¿lo ves? Noviembre de 1940. ¿Por qué queréis estos partes de guerra? ¿Solo publican los alemanes? Bueno, está difícil la guerra. Los franceses se retiraron como gallinas. Pero vamos a ganar. Luego vuelves. Adiós, Loli. Me llamo John.

Manoli vuelve de nuevo en el tranvía. Piensa a quién acudir. No va a decírselo a Luis, la relación con él cada vez le resulta más compleja. No quiere hablar con él. Mejor es buscar a Jesús Ugalde. Irá al banco, lo esperará cerca de la plaza Moyúa. Pero antes tiene que ir a limpiar una escalera cerca de su casa. En la calle Henao. Se la consiguió una vecina.

Cuando baja del tranvía, el sirimiri es ya lluvia, lluvia de otoño, lluvia fría. Camina rápido, sujetando la falda negra con la punta de una mano y el capazo en la otra. Pasa por el bar de Onofre para ver si tiene posos de café a la venta. Posos de café. Con eso su madre hace un cocimiento con una leche aguada que consigue en una casa donde va a lavar y planchar. Desayunan y cenan esos posos con migas de pan negro. A veces un huevo. Hay días que puede ir al mercado con la asignación que le pasa el partido. Pero no siempre.

De rodillas en las escaleras blancas y negras, las manos se le ponen rojas. Muy rojas. Algo le produce esa reacción en las manos, debe ser el jabón tan fuerte con el que friega. Va limpiando cada peldaño con la bayeta y cada cinco o seis mete la bayeta en el cubo de agua con el jabón, la enjuaga, la retuerce con fuerza y vuelve a empezar. ¿Qué será el envío al que se refiere el marino? ¿Por qué les han hecho subir a Artxanda a ver a Realinos, luego bajar de nuevo al puerto, sin decir nada? ¿Por qué no le han dado la información a John? Necesita llevar los partes de guerra a sus contactos, los tiene guardados en el capazo, debajo del paquete con los posos de café. Pero estaba previsto que le diera también propaganda para reproducir, y no le ha dado nada. Baja cada peldaño y trata de ir cada vez más deprisa, para llegar a encontrar a Jesús. Jesús le da confianza, Jesús, que le dice que va a buscarle un trabajo de contable con él en el banco, Jesús, que es muy serio, muy callado. El día que ella lo llevó a la primera reunión con Valeriano, recién llegado de Madrid, Jesús estaba pálido. Como muerto. No entendía por qué. Luego, cuando lo comentó con Vale, se dio cuenta sola. Jesús tuvo miedo. Todos tenemos miedo. El miedo forma parte del día a día. Por eso va tan rápido, por eso mira constantemente hacia abajo, pensando que un guardia puede entrar de repente por la puerta y ella tendrá los partes de guerra ingleses escondidos en su capazo. Miedo tiene cada día cuando llega a su casa y ve a su madre y a su hermana. Ya no ve a su padrastro, que cuando estaba borracho era un imprudente. Cuando se trasladaron a la habitación en casa de Luis, su madre lo dejó en el camino. «Me llevo separando de él desde que lo conozco, desde que nos casamos». Ahora también se ha vuelto a separar, por la seguridad de ella, por la seguridad de todos.

Acaba de limpiar el portal, abre la puerta grande que da al patio, deja allí el cubo y las bayetas y sale a la calle. Antes, mirando el espejo del portal, se quita el pañuelo de la cabeza y se arregla el pelo. No le gusta llevar el pañuelo que su madre le coloca cada mañana. No se ve, no se siente parte de esa imagen. ¿Se avergüenza? ¿De parecer una obrera, una mujer que limpia escaleras? ¿Es por eso?

Se aleja de esta idea cuando sale a la calle en busca de Ugalde. Avanza rápido hasta la plaza y se aposenta en la esquina a la espera de la salida de los trabajadores del banco. Mira el reloj de la fachada y respira. Respira pensando cómo resolver la situación, que Jesús Ugalde sepa algo, que le dé las claves, que la acompañe a ver a John a Portugalete. Que salgan del entuerto y ella, además, consiga la propaganda. Y la tinta, la tinta de la multicopista que está en algún lugar escondida. Tiene frío, ese frío húmedo que te cala, aunque ahora ya no llueve. El frío gris de la ciudad. Un frío por dentro. Algo no le gusta, algo está fuera de su control, algo se le escapa. Quizá debería irse, por seguridad, por prudencia. ¿Pero irse adónde?

Al fin los oficinistas empiezan a salir por la puerta principal. Con su traje gris, la corbata negra, ni alto ni bajo, la expresión sin gesto, el pelo sin brillo, Jesús parece nadie. Luego en la distancia corta los ojos le brillan. Se adelanta un poco para que él la vea. La ve, sigue hacia delante y se para poco después. «¿Podemos hablar?». «Solo un momento». «El Lehigh está aquí, y necesita respuestas sobre la carga anterior». «¿Qué respuestas?». «Si fue útil…». Se hace el silencio, Ugalde mira hacia delante, hacia los lados, hacia sus zapatos y luego a ella. «¿A qué hora llega Valeriano de Madrid?», dice Jesús. «Ya llegó, creo yo». «¿Lo verás?». «No lo sé». «Tienes que verlo, yo estaré también».

Ella continúa caminando hacia su casa. Mirando a los lados, como de costumbre. Ugalde le resulta siempre misterioso, entre precavido y taciturno. Con Valeriano es diferente, es como hablar con un hermano, es un «hermano de guerra», como él dice. Necesita que Vale actúe, rápido. John necesita respuestas.

«Tengo demasiadas noticias que darte». Manoli lo mira divertida. Con Valeriano no hay tregua, cada vez que llega de Madrid se abre una espita. Una espita que la llena de actividad y le devuelve vida. Cuando habla con él parece que todo vaya a cambiar de repente, como si se dibujaran miles de personas avanzando junto a la ría rodeadas de banderas rojas. Un paisaje de película soviética. Con él puede discutir de la situación política con normalidad, sin necesidad de pedir permiso. Opinar, arriesgar, planear en común. Hay momentos que parecen volver al Madrid en guerra, esa sensación de que el mundo te protege, que estás refugiada en un lugar sin brumas, que ninguna de esas balas que oyes silbar a tu alrededor tiene nada que ver contigo. Vale es un hermano mayor lleno de pasión. Tan pequeño, apenas le llega al hombro. También es más bajo que Cony, su mujer. Pero es guapo, con cara de actor francés, dice él. Y esa expresión dulce que sirve de acogida.

—Tengo demasiadas noticias que darte.

—Sí, pero ahora lo urgente es qué hacemos con John. Jesús Ugalde me ha dicho que también llegará y en un rato hay que ir hasta Portugalete, juntarse con él, y alguien deberá estar en el puerto, recoger lo que sea, y llevarlo a sitio seguro.

Valeriano insiste. «Tengo demasiadas noticias que darte». Y le cuenta que en la dirección del partido de fuera, la de México, la de Francia, Dolores y Uribe, Carrillo, están inquietos con la organización del partido en España. Manoli oye por primera vez en su vida el nombre de Heriberto Quiñones. Mucho lo oirá a partir de entonces. Valeriano le cuenta que desde el exterior se tiene una idea muy distorsionada de la realidad de dentro, que les parece que la militancia siempre se expresa quejumbrosa y desanimada, mientras ellos desde fuera ven que con un pequeño empujón todo se resolvería rápido. La propuesta de la dirección quiñonista es abrirse a cuanta gente antifranquista esté a disposición, desde los libertarios hasta la derecha democrática. Lo han llamado unión nacional. Los del exterior no lo ven. «Nos toman por niñitos desde el exilio. Van a mandar gente a dirigirnos. Que venga gente de fuera me parece bien, la verdad, pero los que estamos aquí dando el callo algo tendremos que decir, ¿no?». «¿Y qué vamos a hacer?». «Eso digo yo, ¿qué?».

Ella se mira las manos. Recuerda. Recuerda el ruido de los obuses en la Gran Vía, los chatos volando sobre el cielo de Madrid haciendo cabriolas después de los bombardeos de los italianos, la escasez, la gente refugiada en el metro. Recuerda, y se recuerda saliendo asombrada de la cárcel de Ventas y viendo las banderas monárquicas colgadas de los balcones. Recuerda, recuerda el silencio de Almagro, el miedo, el pasillo que llegaba a la estancia de los interrogatorios, el sonido seco, el olor acre, la sed, la sed. De un manotazo, se quita algo que le sobrevuela junto a los ojos. Se lo quita de en medio, lo expulsa, lo esconde. «Los hombres tenéis mucha capacidad para liar las cosas y para reñir siempre por quién los tiene mejor puestos, ¿verdad? Olvídate. Estamos aquí para que esto cambie, vamos a lo nuestro. John nos espera en Portugalete, tengo que darle una respuesta y organizar la recogida de la nueva carga. Eso es lo que tiene que preocuparnos. No es momento para lo otro, hablaremos después. Dime qué, dime algo».

—Mira, Manoli, estamos organizando un salto enorme para la organización. Para eso tienes que venirte a San Sebastián cuanto antes.

—¿A San Sebastián? ¿A qué?

—Vas a trabajar en la administración de una juguetería muy importante. Te necesitamos allí.

—¿Una juguetería? ¿Haciendo qué…?

—Una juguetería que va a ser el centro de muchas cosas. Y tú desde la administración podrás facilitar mucho, todo.

—No te entiendo, Valeriano.

—Ahora no quiero contarte más. Pero este es el plan. Antes de que venga Ugalde quiero contártelo. Cuanto antes, debes estar en San Sebastián. Lo primero es alquilar una casa en condiciones, una casa decente en el centro. Una casa de tres habitaciones, en un buen lugar. Vete con tu hermana al principio si quieres, quizá pueda ayudarte. Antes cómprate ropa de calidad, vas a ser una profesional, necesitas cambiar de aspecto. Ponerte a nivel.

—¿Así de fácil? ¿Compro ropa, cojo a mi hermana por los hombros y me largo sin más? Necesito un poco de tiempo, Vale. Un poco de tiempo. Vivo con mi madre y mi hermana en casa de Luis, ya lo sabes. ¿Las voy a dejar solas ahí?

—A Luis, ni palabra, para empezar. Lo siento, Manoli, pero hay que actuar con rapidez. Dentro de una semana tendrás una reunión con un camarada que trabaja en la juguetería, es el sobrino del dueño. Él te tiene que poner al día de tus labores formales. Y yo del otro trabajo a hacer —y se ríe él solo—. Vas a combinar cosas, pero no es el momento de que te las diga. Mañana te voy a dar dinero, lo suficiente para que vayas holgada, y puedas ir haciendo todo. Pero hay que ir rápido, no podemos perder el tiempo ni la oportunidad.

—¿Y tú?

—Yo también voy a trabajar en la juguetería. A tus órdenes en realidad.

—¿Una juguetería? ¿Por qué una juguetería?

—Ya lo entenderás, ya te lo contaré. Es una oportunidad, es una gran oportunidad. En Madrid están como locos con la idea.

—Has llegado lleno de cosas, Valeriano. No me da tiempo a pensarlo.

—Y una cosa más, Cony va a venirse a vivir contigo a San Sebastián.

—Pero bueno, ¿y eso? ¿No está segura en Madrid? ¿Le pasa algo?

—Sí. Le pasa. Le pasa que vamos a tener un hijo.

—Toma ya, vaya noticia. Vas a ser padre, Vale. Qué noticia, qué noticia.

—Puf, ¿qué te parece? En medio de esto, en medio de esto, pero así es la vida. —Y vuelve a reírse mientras le toca el hombro y ella le acaricia la cara como si fuera un niño.

En medio de esto. Siempre es en medio de esto. Se queda mirando hacia la ría. La ría que está roja, roja el agua, roja alrededor. No rojo de sangre, rojo de hierro. En medio del rojo como hoguera. Así llegan los niños al mundo. Así llegó ella, también en medio de algo. Nunca es la oportunidad. No para ellos, en medio de esta brega. ¿Se imagina luego, más tarde, con más años? ¿Qué se imagina? Su figura recortada frente a la ría dentro de diez, de veinte años. Frente a la ría, rodeada de hijos. Alguno al menos. Frente a la ría, en un mundo diferente. ¿Diferente a qué? A este, a este que tiene las cárceles llenas, que solo parece arreglarse con los hombres matándose y las mujeres muertas. Pero huye también de la imagen del futuro como huyó de la imagen del pasado, la espanta de un manotazo junto a sus cejas.

—Valeriano, ¿tienes un pitillo?

—Sí tengo. Pero no pensarás fumar aquí, no puedes.

—¿Por qué no? No nos ve nadie, si llega alguien te lo doy.

—No se puede, no seas loca.

—Quiero un cigarro. Dame uno. ¿Me tomas por idiota?

—Manoli…

—Dame un cigarro. Y cerillas. Y vayamos a lo urgente. ¿Qué pasa con la carga?

John espera en el barco y vuelve a contar los paquetes. Son seis cajas, no muy grandes. Las ha envuelto en tela de saco y las ha atado con un bramante azul que ha encontrado en el camarote de cubierta. Dentro llevan serrín, para que la humedad no las estropee. Sabe de su valor, sabe que tienen que funcionar perfectas, que no pueden encasquillarse, que no se pueden parar a mitad de su función. Que deben ir finas, exactas, precisas. Por eso valen lo que valen.

Son muchas esta vez. Son muchas, pero no las han pagado aún, porque no sabían si el envío anterior había servido, no les han mandado información. Así que las ha traído a riesgo, con la posibilidad de devolverlo todo en Nueva York a la vuelta, a los contactos que allí las han conseguido. No ha sido fácil obtenerlas, están muy valoradas, con la guerra en Europa todo se ha vuelto complicado, más arduo, más peligroso. Demasiado apreciadas estas piezas, y todavía no han reunido todo el dinero para poder pagarlas. Pero si se quedan aquí, las pagarán rápido. Y traerán más. Muchas más. Al menos ahora hay quinientas. De distintos tipos, la mayoría de las normales, las que más se buscan. Cuando tiene una en la mano, el metal helado entre sus dedos, siente un escalofrío. Recuerda a su hermano antes de irse, a su hermano ahora agigantado, lo evoca como un referente, alguien que le acompaña, que lo tiene dentro, como si viviera en él. Lo recuerda mientras acaricia el metal. Como ahora, recuerda su recuerdo.

Sale del barco y camina hacia el tranvía. Portugalete está muy cerca. Ya es casi la hora.

El tranvía avanza junto a la ría. Manoli está dentro. Sola de nuevo, aunque luego otros irán a por las cosas. Está sopesando tanta información. Un nuevo cambio, otra ciudad, otra identidad, otra vida. ¿Adónde conduce? Sentada en el tranvía, mira la ría y mira las fábricas, que son como bocas de humo, de ruido, de gente del color del clima. ¿Adónde va? A Portugalete, sí. A por la carga. Pero ese tranvía parece que la lleva a otro lugar.

Sonríe sin mover la boca, por dentro, al recordarlo. Cuando Valeriano se lo dijo. «Pero claro que ha sido útil la carga. Díselo, dile que es perfecto, que es perfecto. Que las hemos colocado todas, y que con esto la organización ha dado un salto. Económico, al menos. Agradécele. Es una idea genial: dile que necesitamos más, hasta inundar el país. En cada provincia tienen que recibir una caja, por lo menos». «¿Pero qué es esta carga, qué nos mandan?». «No podrías imaginártelo». «¿Son armas, no? Pistolas, revólveres, artefactos…». «Sí, son bombas, bombas que nos llenan de pesetillas. Bombas, bombas». «¿Por qué te ríes? ¿Bombas?». «Tú misma las vas a ver, las recibirás en San Sebastián». «Qué locura, eso no me lo habías dicho. Eso me da miedo, Vale. Madre mía…».

—No tengas miedo, son bombas muy especiales. Son plumas.

—¿Plumas?

—Plumas, sí, plumas. Plumas estilográficas. Plumas Parker. —Y Valeriano suelta esa risa que desborda el mundo, mirando la boca abierta de ella.

Un universo de plumas, piensa mientras baja del tranvía al encuentro de John. Un mar de plumas. La venganza sobre el capital, comerciar con plumas. Comunistas haciendo estraperlo con plumas Parker. Franco cayendo gracias a unas plumas.

El barco con John se ha ido, las plumas a buen recaudo. Cruzando el puente del Arenal con su madre al lado, la ría parece una boca negra. El frío de invierno. Van hacia los juzgados, como han ido otros días. No lo cuenta a sus compañeros del partido, es como un juego, se salta las reglas. No es nada seguro ir a los juicios que se llenan de público solo con la idea de hacer bulto, de que la gente juzgada no se sienta asolada, perdida frente a los militares que preguntan y que no escuchan. La gente muda se agolpa en la sala y su presencia cambia el clima, lo hace menos hostil. Protege. Acompaña. Primero no entendió a su madre. Esa costumbre de ir cada tanto a los tribunales en el casco viejo, con encausados que ni siquiera eran gente cercana, simples conocidos de conocidos, nombres que su madre escucha en las casas donde lava, en las cocinas donde trajina, en las orillas de la ría, nombres de gente que va y que viene en medio de este constante bregar frente a los guardias. Dentro, en la sala oscura del juzgado, se sentía parte de una masa, una cara átona entre decenas de facciones sin expresión, el grito mudo que estallaba en la sala con cada sentencia proferida, un relámpago sin voz que detonaba en cada juicio y daba calor.

Lo entendió cuando le preguntó a su madre por qué ir, burlando el riesgo de su vida clandestina. «¿Por qué, hija? Qué pregunta. Porque somos vascas».

Porque somos vascas. Aún no sabe Manoli que habrá de recordarlo cada día de los días que le quedan, hasta el final. Recordando aunque duela, no dejando aflojar los sentimientos para no sentirse frágil.

A ese viejo sacerdote le pregunta el militar que hace de juez, y el cura anciano responde como si fuera un niño en su mal castellano: «¿Que si yo cuidar de los del monte? Claro, los cristianos viven en los montes, también. ¿Que si yo dar de comer a los huidos? No huidos, señor, ellos conmigo en la parroquia». «¿En la noche estaban en la parroquia?». «En la noche y en el día, dios está con nosotros». «¿Y no escuchaba los ruidos de la gente en la noche, no escuchaba que estaban disparando a la guardia givil?». «Gauez oihuak bakarrik entzuten dira. Oihuak». «¿Qué dice? Hable en cristiano». «Siempre hablo cristiano».

Al día siguiente les dirán la sentencia. El cura y el resto de aldeanos volverán al cuartelillo. Mañana los llevarán a la cárcel, saldrán acompañados de la gente. Los cubrirán todo el camino y los guardias no se atreverán a despacharlos. En silencio. Los gritos se quedan dentro.

Cuando suena el teléfono en su flamante escritorio, casi salta del susto. Es Valeriano. «Hoy llegarán dos para que les hagas contratos. Quizá los conozcas. Ahora él se llama Tomás Pérez. Y ella María Jiménez. Ya sabes. Formarán parte del equipo de viajantes. Él se hospedará en casa unos días. Ella irá donde el periodista».

La primera en llegar es la chica. Se conocen hace años, de Madrid, trabajaban juntas en el comité del partido. Era periodista, bastante mayor que ella. Con el gesto duro, pequeña, rotunda. La mirada honda. No pueden evitar abrazarse, nadie las ve. Sola en su despacho, Manoli se siente protegida. Ahora es Dolores García Santisteban, la responsable administrativa de Juguetería Casa Justiniano. En el centro de San Sebastián, en la calle Loyola.

Caminan las dos mujeres hacia la casa de la calle San Marcial, esa casa preciosa que ha encontrado cerca de la juguetería. Pasean por la que es para la recién llegada una ciudad desconocida. Saludan al portero y suben la escalera de madera rápidamente hasta entrar en el piso ahora vacío. Por el cristal del balcón se sumergen las primeras hojas en los plátanos, el runrún de la primavera adelantada. «¡Qué sitio precioso!». «Sí, es un piso precioso. Y nos sirve bien. Tiene cuatro dormitorios, uno para Vale y Cony y el niño cuando nazca, el otro mío, y el resto para todos los invitados como tú». Y se ríen como si aún estuvieran saliendo de la oficina del partido de la calle Serrano y se fueran caminando por Alcalá para ver una obra de teatro, una zancadilla en medio de la guerra. Parece otra vida. Algo lejano.

—¿Cómo ves todo esto?

—La juguetería nos ha permitido dar un salto total, la red de gente que trabaja como viajante nos permite muchas facilidades, te puedes imaginar. —Saca un cigarrillo del bolso y lo enciende. Con un gesto ofrece, pero su amiga no quiere.

—¿No te has movido de aquí?

—No, desde que llegué en mayo del 39. Entre Bilbao y San Sebastián. Encontré a mi madre, todo un novelón. Ya te lo contaré. Y solo he viajado por la zona.

—¿Tú no viajas como los viajantes?

—No, yo estoy aquí tratando de que vuestros viajes den sus frutos. Bueno, una vez he ido a Madrid, hace poco. Trasladando una multicopista. Una aventura. Tenía que llevarlo una camarada. La compañera de un dirigente de Madrid. Al parecer era una muchacha con aspecto como de adolescente, delgadita, con gafas, con trenzas. Y les pareció que no podía ser, que resultaría sospechosa. Fui yo, y menos mal, porque la estación estaba tomada buscándola a ella. Una aventura, pero salió bien.

—Pero ¿cómo ves la situación tú desde aquí?

—Me es difícil hacerme una idea, Concha… Perdona, María, tengo que acostumbrarme. En San Sebastián vivimos completamente sumergidos en nuestro papel. La información sobre la guerra mundial es más fácil aquí, estamos más cerca, tenemos acceso. Al principio parecía que nada se movía, o que Alemania iba a ganar sin más, pero de repente en estos meses todo es distinto, Hitler no ha conseguido desembarcar en Inglaterra, en África los ingleses han entrado en Etiopía, los fascistas italianos no han conseguido llegar a Atenas. Y esto nos pone en otra situación, eso discutimos aquí por las noches.

—¿Pero a nosotros eso qué nos importa? Estamos lejos de ahí, Manoli. Yo he estado escondida en casa de mi madre, en Mansilla. No te imaginas, perdida en medio de la provincia de León. Ha sido horrible, no solo porque parecía que había viajado a la Edad Media, no podía ni salir de casa, toda la gente en misa, y los franquistas han matado a medio pueblo, a medio pueblo. No te puedes creer el miedo, el miedo se come con la comida, solo hay miedo. Nada más llegar me encontré que habían puesto en la puerta de la iglesia a cuatro mujeres rapadas al cero, allí colocadas las pobres. ¡Qué vergüenza! La gente está agotada y tiene miedo, Manoli. Esto se va a hacer eterno.

—Concha, que no, que esto no puede durar. Yo sé cómo están reprimiendo, lo he sufrido en mis carnes. Si no hubiera huido de Madrid me hubieran liquidado también. Pero este régimen no puede durar. No hay de nada, la gente pasa hambre a raudales, salvo los señoritos que acceden al estraperlo. Pero la gente está harta, estoy segura. Lo veo, lo veo porque aquí encontramos apoyo, solidaridad.

—Esto es Euskadi.

—Bueno, pero los viajantes nos traen noticias, y seguimos organizando cosas. Gente que se suma. Claro que nos encarcelan y nos matan, pero… no sé, no se puede perder la esperanza. Este tiempo ha de acabar. Tú eres periodista, bien sabes que la situación internacional lo va a decidir, ya lo decíamos en la guerra cuando queríamos resistir…

—No te digo yo que no influya. Pero yo soy mayor que tú, estoy vieja ya.

—No digas tonterías.

—Sí, te digo. Estoy aquí porque no puedo vivir ahí escondida en casa de mi madre, en ese pueblo, ahí metida como una… como una alimaña. Pero no veo claro lo que dices. Además, la consigna soviética no es esa, ellos dicen que esta no es nuestra guerra, mira el pacto entre ellos y Alemania, es como cuando Lenin quiso abandonar la Gran Guerra. Esta guerra no es la nuestra.

—Mira, lo bueno de estar lejos de los postulados y las consignas aquí arriba es que no puedo darme la vuelta como un calcetín de un día para otro. Cuando supimos que Stalin y Hitler se habían puesto de acuerdo, no entendimos nada. Yo estaba en Bilbao, haciendo cosas de apoyo, recibiendo lo que nos llegaba de América en los barcos. No podía explicarme qué estaba pasando. Que no te engañen, los camaradas al principio se quedaron también patidifusos, luego empezaron a tratar de explicarse. Cuando yo me hacía cruces con el tema, me mandaban a callar. Joven y mujer, como si fuéramos tontas. Pero nos jugábamos el tipo para conseguir los partes de guerra ingleses que llegaban en los barcos mercantes. ¿A cuento de qué si no era nuestra guerra? Total, he optado por callarme, en realidad es un tema del que hablamos muy poco, porque no hay quien lo entienda. Y el resto nos lo restriega por la cara. A nosotros lo que nos interesa es que los aliados ganen y que luego liberen este país. Tenemos que defender la democracia, la libertad, lo mínimo. Que no nos maten. Que no nos encarcelen. Que la gente pueda regresar. No sé, yo te digo la verdad, cada fracaso de Hitler es una alegría para mí.

—Pero Stalin tendrá sus razones, seguro que las tiene.

—Seguro, pero la cosa para mí está clara, Concha. Nos están matando, matando, ya lo ves. Y no vamos a morir así por las buenas. Lo tengo claro, no nos podemos equivocar de enemigos.

—Bueno, bueno. A ver, cuéntame mi trabajo.

—Yo solo sé una parte, adónde enviarte y alguna cosa que tienes que llevar. Pero el trabajo concreto no lo organizo yo. Esta noche o mañana verás a quien te diga. Yo sobre todo tengo que hablarte de las plumas.

—¿De las plumas?

—Sí. No te lo vas a creer, pero están sirviendo mucho.

—¿Plumas?

—Plumas Parker, Concha. Sí. Verás…

The free sample has ended.

Genres and tags

Age restriction:
0+
Volume:
522 p. 4 illustrations
ISBN:
9788418918186
Copyright Holder::
Bookwire
Download format:

Similar books