Read the book: «En la encrucijada»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2015 Michelle Smart

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

En la encrucijada, n.º 170 - noviembre 2020

Título original: Talos Claims His Virgin

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-928-5

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

TALOS Kalliakis bajó la cabeza y se frotó la nuca. La palabras del especialista le habían llegado a lo más profundo de su ser.

Volvió a mirar a sus dos hermanos y vio la tristeza en sus rostros. Astraeus Kalliakis, su abuelo, el rey de Agon, estaba muriéndose. Helios, el mayor de los tres hermanos y heredero del trono, cruzó los brazos y tomó aire antes de romper el silencio.

–Tenemos que adelantar la celebración del aniversario.

Todo Agon estaba deseando celebrar los cincuenta años del rey en el trono. Todo estaba previsto para dentro de seis meses, para después del verano, pero el oncólogo había dicho con toda claridad que no duraría tanto.

Talos se aclaró la garganta, nunca había notado tan agarrotadas las cuerdas vocales.

–Propongo que nos concentremos en la gala del cincuentenario y cancelemos el resto de celebraciones. Son superfluas.

–Estoy de acuerdo –Teseo, el hermano intermedio, asintió con la cabeza–. Deberíamos fijar la fecha en abril, dentro de tres meses. Habrá que hacer un esfuerzo, pero podemos hacerlo entre todos y hacerlo bien.

Era muy posible que su abuelo no llegara si se retrasaban más. Dos meses de quimioterapia les daría un poco de tiempo y contendría los tumores que le corroían los órganos, pero no le curaría, ya era demasiado tarde para eso.

Dos meses más tarde

Talos Kalliakis recorría los pasillos del teatro que albergaba la Orquesta Nacional de París y se fijaba en el papel despegado de las paredes, en la moqueta deshilachada y en las goteras del techo. No le extrañó que fuesen a demoler el edificio. De todas las sedes de orquestas que había visitado los dos últimos meses, esa era, con mucha diferencia, la que tenía peores instalaciones.

Sin embargo, no estaba allí por las instalaciones, había ido por intuición, porque le habían decepcionado los violinistas de las demás orquestas de Francia como le habían defraudado los de las orquestas más importantes de Grecia, Italia, España e Inglaterra.

Estaba quedándose sin tiempo.

Lo que le había parecido una tarea sencilla estaba convirtiéndose en una prueba de resistencia muy ardua.

Solo quería encontrar ese músico especial que con solo pasar el arco del violín sobre las cuerdas le emocionara como hacía su abuela cuando estaba viva. No se atrevería a decir que tenía buen oído, pero sí sabía que lo distinguiría en cuanto lo oyera.

El violinista elegido tendría el honor de interpretar la última composición de su abuela durante la gala de celebración del cincuentenario de su abuelo.

En ese momento, unos doce violinistas de la Orquesta Nacional de París estaban en fila para que él fuera escuchándolos uno a uno… y él solo quería que eso acabara de una vez.

La parte débil e impaciente de sí mismo le decía que eligiera a cualquiera. Todos lo que había escuchado hasta ese momento eran violinistas profesionales y sus instrumentos de madera emitían un sonido que deleitaría el oído de cualquiera. Sin embargo, ninguno le había emocionado el corazón y, por una vez en su vida, sabía que tenía que elegir a la persona adecuada siguiendo su corazón, no su cabeza.

Era la gala del cincuentenario de su abuelo y solo elegiría al mejor. Su abuelo no se merecía menos y la memoria de su abuela tampoco.

Acompañado por los directores de orquesta, un ayudante y su intérprete, entraron en fila india en un pasillo especialmente estrecho. Era como estar en una versión de interior de los maravillosos laberintos que había en los jardines del palacio de Agon.

Los violinistas estaba alineados entre bastidores y el resto de los músicos estaban en el patio de butacas. Él también estaría en la primera fila de ese patio de butacas si las obras en la calle no hubieran obligado al conductor a dejarle en la puerta trasera del teatro.

Tenía la cabeza llena con una docena de cosas y tenía que ocuparse de esa, que había tenido abandonada durante los dos últimos meses. Era un abogado experto que supervisaba todas las ventas, fusiones y compras del imperio empresarial que había levantado con sus dos hermanos, aunque no siempre empleaba sus conocimientos legales para salirse con la suya.

Teseo, el hermano mediano, había encontrado una empresa nueva de Internet que buscaba financiación. Si las previsiones eran acertadas, cuadriplicarían la inversión en menos de dos meses. Él sin embargo, recelaba de los propietarios…

Sus pensamientos sobre empresarios tecnológicos sin escrúpulos se vieron interrumpidos por un sonido muy delicado que le llegaba por una puerta que tenía a la izquierda.

Levantó una mano para pedir silencio, aguzó el oído y pegó la oreja a la puerta. Era la única pieza de música clásica que conocía por su nombre.

Se le formó un nudo en la garganta, un nudo que iba creciendo con cada compás.

Como quería oírlo mejor sin molestar al violinista, abrió la puerta con muchísimo cuidado. Bastaron un par de centímetros para que esa música, solemne e inquietante a la vez, cobrara vida.

Unos recuerdos agridulces se adueñaron de él.

Tenía siete años cuando murieron sus padres y las noches siguientes, las que pasaron hasta que sus hermanos volvieron del internado en Inglaterra, le habían dejado inconsolable. Su adorada abuela, la reina Rhea Kalliakis, lo había tranquilizado de la única forma que sabía. Había ido a su cuarto, se había sentado en el borde de la cama y había tocado Méditation de la ópera Thaïs de Jules Massenet. Llevaba más de veinticinco años sin pensar en esa pieza musical.

El tempo era algo más lento que el que empleaba su abuela, pero el efecto era el mismo, doloroso y apaciguador, como un ungüento que entraba en una herida y la curaba de dentro afuera.

La interpretación tenía «eso» tan especial y al alcance de muy pocas personas.

–Ese es el que quiero.

Talos se dirigió a los directores de la orquesta y el intérprete se lo tradujo al francés. La mujer con rostro afilado que tenía a la izquierda lo miró con los ojos entrecerrados como si quisiera adivinar si hablaba en serio, hasta que se le iluminó la expresión y abrió la puerta de par en par.

Allí, en un rincón, había una chica… una mujer alta y esbelta que todavía tenía el violín debajo de la barbilla, pero que sujetaba el arco en el aire con la mano derecha. Parecía un conejo paralizado por los faros de un coche a toda velocidad.

Fueron aquellos ojos.

No había visto nunca algo parecido, tan intenso. Los tenía clavados en ella como rayos láser que la atrapaban.

Se estremeció al pensar en ellos y volvió a estremecerse cuando salió del teatro y entró en un aparcamiento nevado. Agarraba con fuerza el estuche del violín con una mano y se tapó las orejas con el gorro de rayas grises y rojas con la otra. Entonces, un coche negro muy largo y con los cristales oscuros entró en el aparcamiento y se paró al lado de ella.

Se abrió una de las puertas traseras y salió un gigante.

Su cerebro tardó un momento en comprender que no era un gigante, que era Talos Kalliakis.

Esos ojos intensos y penetrantes se clavaron en ella por segunda vez en una hora… y el efecto fue igual de aterrador y vertiginoso.

Cuando se abrió la puerta de la sala de ensayos y vio todas esas caras que la miraban fijamente, quiso que se la tragara la tierra. No se había presentado a la audición, pero le habían dicho que tenía que ir por si se necesitaba toda la orquesta. Se había encerrado en esa sala detrás del patio de butacas, estaba, pero no se la veía.

Esos ojos…

La habían mirado tanto tiempo que se había sentido como aislada de todo. Hasta que dejó de mirarla y desapareció sin saludarla ni despedirse. No tuvo tiempo para apreciar el verdadero tamaño de ese hombre.

Era alta para ser mujer, medía algo más de un metro setenta, pero Talos era mucho más alto, como una masa de músculos y estatura que no podía disimular ni la vestimenta invernal.

Se le secó la boca.

Llevaba el pelo, moreno y tupido, un poco largo, revuelto por delante y con unos rizos por detrás que le llegaban hasta el cuello del abrigo negro. La barba incipiente, también espesa, le cubría la mandíbula cuadrada.

A pesar de la ropa exclusiva y de los zapatos hechos a mano, tenía algo primitivo, como si pudiera estar en una selva, colgado de una liana y dándose golpes en el pecho. Parecía peligroso y la cicatriz que le dividía en dos la ceja derecha confirmaba esa sensación.

También parecía tener las ideas muy claras.

Dio un par de zancadas y se acercó a ella con una mano tendida y la cara seria.

–Amalie Cartwright, encantado de conocerle –le saludó él en un inglés perfecto.

Había estado segura de que era bilingüe. Además, era enorme, tenía que medir cerca de los dos metros.

Amalie tragó saliva para humedecerse la boca, se pasó el estuche del violín a la mano izquierda y tendió la derecha. Él la tomó inmediatamente con su mano fuerte y bronceada. Fue como si se la hubiese tragado una zarpa gigante. Ella, a pesar de los guantes de lana, notó la calidez de su mano desnuda.

–Monsieur Kalliakis… –murmuró ella.

Se soltó la mano y también agarró con ella el estuche del violín.

–Le ruego su atención. Por favor, móntese en el coche.

¿Le ruego su atención? Si no hubiese estado tan alterada por él y por su voz, una voz grave y gutural que encajaba perfectamente con su aspecto, se habría reído ante ese formalismo.

Entonces, se acordó de que era un príncipe, de la realeza. ¿Tenía que hacer una reverencia o algo así? Él había desaparecido de la sala de ensayos antes de que los hubiesen presentado.

Se aclaró la garganta y retrocedió un pasito.

–Lo siento, monsieur, pero creo que no tenemos nada de qué hablar.

–Yo le aseguro que sí. Móntese en el coche. Hace demasiado frío para tener una conversación aquí.

Él hablaba como solo hablaría un hombre muy acostumbrado a imponerse.

–¿Se trata del solo? Ya le expliqué a su ayudante que tengo un compromiso previo para el fin de semana de la gala y que no voy a poder asistir. Lo siento si no le ha llegado el mensaje.

El ayudante, un hombre de mediana edad con aire implacable, no pudo disimular su asombro cuando ella le dijo que no podía hacerlo. Los directores de orquesta se limitaron a mirarla con ojos suplicantes.

–El mensaje me ha llegado y por eso he vuelto desde el aeropuerto, para hablarlo con usted en persona.

El fastidio era evidente, como si ella tuviera la culpa de que sus planes se hubiesen frustrado.

–Tendrá que cancelar ese compromiso. Quiero que toque en la gala por mi abuelo.

–A mí también me encantaría –mintió ella, que estaba acostumbrada a tratar con personas autoritarias, y ninguna como su madre–, pero no puedo cancelarlo.

Él frunció el ceño como si jamás hubiera oído la palabra «no».

–¿Sabe quién es mi abuelo y la oportunidad que supondría para su carrera profesional?

–Sí, es el rey de Agon, y me doy cuenta del honor que supone que me elijan para tocar ante él…

–Y la mayoría de todos los mandatarios del mundo que asistirán…

–Sin embargo, hay muchos violinistas en esta orquesta –siguió ella como si él no le hubiese interrumpido–. Si los escucha, como había pensado hacer, comprobará que la mayoría tiene más talento que yo.

Claro que sabía el acontecimiento que iba a ser esa gala. Sus compañeros de orquesta no habían hablado de otra cosa desde hacía semanas. Se había avisado a todas las orquestas de Europa de que el príncipe Talos Kalliakis estaba buscando un violinista solista. El día anterior, cuando se confirmó que iba a hacer una audición de violinistas de la Orquesta Nacional de París, todas las músicas de la orquesta salieron corriendo a los salones de belleza para que las acicalaran.

Los tres príncipes de Agon estaban considerados los solteros más codiciados de Europa, y los más guapos.

Ella había sabido que no iba a presentarse a la audición y no había tenido que salir corriendo a ningún lado. Si hubiese sospechado siquiera que él iba a estar escuchando detrás de la puerta de la sala de ensayos, habría dado mal todas las notas que hubiese podido sin llegar a sonar como el maullido de un gato. Era imposible, completamente imposible, que pudiera salir al escenario de la gala del cincuentenario y tocar para todo el mundo. Le entraban sudores fríos solo de pensarlo.

Empezaba a notar el viento gélido y la nieve estaba filtrándose por las finas costuras de las botas y estaba mojándole los calcetines. El asiento trasero del coche de Talos parecía cómodo y cálido, aunque no iba a comprobarlo en su propio cuerpo. Los ojos gélidos de él no desentonaban en el clima que los azotaba.

–Lo siento, monsieur, pero tengo que irme a casa. Esta noche tenemos un concierto y tengo que volver dentro de unas horas. Le deseo suerte y que encuentre el solista que busca.

Sus rasgos se suavizaron levísimamente, pero sus ojos, que eran de un marrón casi transparente, se mantuvieron inflexibles.

–Volveremos a hablar el lunes, despinis. Hasta entonces, le aconsejo que piense bien a lo que renuncia si no acepta la oferta.

–El lunes es nuestro día libre. Vendré el martes si quiere hablar conmigo, pero no tendremos nada de qué hablar.

–Lo veremos –él ladeó la cabeza–. Por cierto, la próxima vez que nos reunamos puede emplear el tratamiento que me corresponde: alteza.

Ella esbozó una sonrisa sin poder evitarlo.

–Pero, monsieur, estamos en Francia, en una república. Incluso cuando teníamos una familia real, los herederos al trono recibían el tratamiento de «monsieur», así que estoy dirigiéndome correctamente a usted. Además, creo que debería recordarle lo que les pasó a quienes presumían de tener sangre real: les cortaron la cabeza…

Amalie ocupó su sitio en el escenario, en la segunda fila empezando por detrás, cómodamente rodeada por los demás violines segundos. Justo donde quería estar, alejada de los focos.

Mientras esperaba a que Sebastien Cassel, el director invitado, les diera la entrada, notó un cosquilleo en la piel. Miró al patio de butacas y comprobó que las previsiones habían sido acertadas, que estaba medio vacío.

¿Hasta cuándo podía durar eso?

París era una ciudad que había aplaudido a sus orquestas durante siglos, pero las otras orquestas no tenían la sede en un agujero lleno de pulgas como el Théâtre de la Musique, una sala de conciertos que tuvo su momento de esplendor, pero que años de abandono y de falta de inversión la habían dejado al borde de la ruina.

Una figura enorme en un palco de la derecha, donde estaban las localidades más caras, hizo que parpadeara y lo mirara fijamente. Aunque entrecerró los ojos para enfocar mejor, los latidos acelerados del corazón le dijeron quién era y comprendió el cosquilleo en la piel.

Pensó inmediatamente en el príncipe Talos. Ese hombre, y el peligro que transmitía, tenían algo que hacía que quisiera salir corriendo más deprisa que si hubiesen dirigido cien focos hacia ella. Su imponente físico, el rostro maravilloso con la cicatriz que le cruzaba la ceja, la voz que había hecho que la sangre le hirviera como si fuera lava…

Juliette, la violinista que tenía al lado, le dio un codazo en las costillas. Sebastien estaba mirándolas con la batuta en alto. Amalie miró la partitura, se colocó en posición y rezó para que los dedos le respondieran.

Estar sentada detrás de unos ochenta músicos solía hacer que se sintiera invisible, solo era una cabeza más dentro de esa multitud y alejada de los focos. No podía soportar tener un foco apuntado hacia ella y los había evitado por todos los medios desde que tenía doce años.

No podía verlo con claridad, ni siquiera sabía con certeza que fuese él quien estaba en el palco, pero no podía evitar la sensación de que había alguien entre el público que tenía los ojos clavados en ella.

Talos observó cómo transcurría la velada. La orquesta era un grupo profesional que tocaba con una elegancia que hasta el más inculto, en el sentido musical, podía apreciar. Sin embargo, no había ido para escucharla.

Una vez que hubiese terminado el concierto, tenía una cita con el propietario de ese destartalado edificio. En un principio, había pensado tomar el avión para volver a Agon y visitar a su abuelo con el alivio de haber dado por terminados esos dos meses buscando un violinista. Sin embargo, la obstinación de Amalie había tirado por tierra sus planes.

Al mirarla en ese momento, cuando los dedos de la mano izquierda volaban sobre las cuerdas del violín, no podía creerse que hubiese sido tan descarada. Su cara afilada y con pecas en la nariz daba la impresión de que era alguien frágil y delicado, una imagen completada por un cuerpo tan esbelto que cualquiera podría pensar que iba a llevársela una ráfaga de viento. Tenía esa elegancia que parecía natural en muchas mujeres parisinas. Lo había percibido antes, aunque hubiese tenido el precioso pelo castaño oculto bajo un gorro de lana que se había puesto para protegerse del frío.

Sin embargo, las apariencias podían engañar.

Se había negado a tocar en la gala de su abuelo y, por extensión, había ofendido al apellido Kalliakis. Además, se había pasado de la raya con la burla sobre la decapitación de la familia real francesa.

Amalie Cartwright tocaría de solista. Él se ocuparía de que lo hiciera. Talos Kalliakis siempre conseguía lo que quería.

Capítulo 2

AMALIE se tapó la cabeza con la almohada y no hizo caso del timbre de la puerta. No esperaba visitas ni ninguna entrega. Su madre, francesa, no se presentaría sin avisar a esa hora de la mañana, ella opinaba que cualquier hora antes de mediodía era plena noche, y su padre, inglés, estaba de viaje en Sudamérica. Fuera quien fuese, podría volver en otro momento, aunque estaba claro que fuera quien fuese no tenía intención de volver en otro momento.

Siguieron llamando al timbre y empezaron a aporrear la puerta.

Se levantó de la cama entre maldiciones, se puso una bata y bajó las escaleras para abrir.

–Buenos días, despinis.

Dicho lo cual, Talos Kalliakis se metió en su casa.

–¿Puede saberse…? Disculpe, pero no puede entrar en mi casa sin más.

Ella lo siguió apresuradamente mientras él recorría su estrecha casa como si le perteneciera.

–Le dije que hoy hablaría con usted.

Él lo dijo sin inmutarse, como si la furia y el asombro de ella le dieran igual.

–Y yo le dije que hoy es mi día libre. Me gustaría que se marchara.

–Cuando hayamos hablado –replicó él entrando en la cocina.

Para que no cupiera duda, dejó el maletín en el suelo, se quitó el abrigo negro, lo dejó en el respaldo de una silla y se sentó a la pequeña mesa de cocina.

–¿Qué hace? No lo he invitado a entrar…Si quiere hablar conmigo, tendrá que esperar hasta mañana.

–Ocuparé diez minutos de su tiempo y luego me marcharé –él agitó una mano–. No tardaremos mucho en hablar lo que tenemos que hablar.

Amalie se mordió la lengua e hizo un esfuerzo para conservar la calma. Él pánico no la llevaría a ninguna parte.

–Es mi casa y usted ha entrado sin permiso. Váyase o llamaré a la policía.

Él sabía casi con toda certeza que su teléfono móvil estaría en la mesilla de noche.

–Llámela –él encogió sus inmensos hombros–. Para cuando lleguen, habremos terminado nuestra conversación.

Ella lo miró con cautela para no parpadear, se frotó los brazos con las manos y retrocedió hasta que se topó contra la pared. ¿Qué podría utilizar como arma?

Ese hombre era un desconocido y el hombre más imponente, físicamente, que había visto en su vida. La cicatriz que le partía la ceja solo terminaba de completar le sensación de peligro que transmitía. Si él fuera a… Ella no podría defenderse solo con su propia fuerza, sería como un ratoncillo campestre contra una pantera.

Él esbozó una sonrisa de desagrado.

–No tiene nada que temer, no soy un animal. He venido para hablar con usted, no para… atacarla.

¿Acaso le diría la pantera al ratoncillo campestre que pensaba comérselo? Claro que no. Repetiría una y otra vez que era lo último que haría y entonces, cuando el ratoncillo se hubiera acercado lo bastante… ¡Zas!

Miró sus impresionantes ojos y vio que aunque eran fríos, no eran amenazantes. Se desvaneció una parte minúscula de su miedo. Ese hombre no le haría daño, al menos, físicamente. Bajó la mirada y se frotó los ojos, que le escocían de no parpadear.

–De acuerdo. Diez minutos, pero debería haber llamado antes. No puede irrumpir en mi casa cuando estaba dormida.

Entonces, cayó en la cuenta de que él estaba recién duchado, afeitado y vestido y ella llevaba un pijama viejo de algodón y una bata, además de estar despeinada y recién levantada de la cama. Se sentía en franca desventaja.

–Son las diez –comentó él mirando el reloj–. Una hora muy prudencial para visitar a alguien un lunes por la mañana.

Para colmo, ella sentía el calor en la piel. No era asunto de él que ella casi no hubiese dormido, pero sí era su culpa. Daba igual lo mucho que hubiese intentado alejarlo de su cabeza, él aparecía cada vez que cerraba los ojos. Había pasado dos noches con su arrogante rostro pegado detrás de los párpados, su arrogante y atractivo rostro. Asombrosa y perversamente atractivo.

–Es mi día libre, monsieur. Es asunto mío lo que hago o no hago –se le había secado tanto la boca que las palabras le salieron como un graznido–. Necesito un café.

–Yo tomaré el mío solo.

Ella no replicó, cruzó la cocina y apretó el botón de una cafetera que había dejado preparada la noche anterior.

–¿Ha vuelto a pensar en mi oferta? –preguntó él mientras ella sacaba dos tazas.

–Ya sé lo dije; no tengo nada que pensar. Estoy ocupada ese fin de semana.

Ella vació una cucharada de azúcar en una de las tazas.

–Me temía que esa sería su respuesta.

El agua empezó a caer, gota a gota, a través del filtro y se olió el aroma a café recién hecho.

–Voy a apelar a sus mejores instintos –siguió Talos mirando fijamente a Amalie, quien estaba observando el goteo del café–. Mi abuela era música y compositora.

–¡Rhea Kalliakis! –exclamó ella después de una breve pausa.

–¿La conoce?

–No creo que haya ningún violinista vivo que no la conozca. Compuso unas piezas preciosas.

Talos sintió una punzada de orgullo al saber que esa mujer apreciaba los talentos de su abuela. Amalie no podía saberlo, pero que los apreciara solo servía para confirmar su decisión de que era la violinista perfecta para ese cometido, de que era la única violinista.

–Terminó su última composición dos días antes de que muriera.

Ella se dio la vuelta para mirarlo.

Amalie Cartwright tenía unos ojos almendrados preciosos, y no era la primera vez que se fijaba. El color le recordaba al anillo de zafiro verde que había llevado su madre. En ese momento, ese anillo estaba a buen recaudo en la caja fuerte del palacio de Agon y esperaba a que Helios eligiera una esposa adecuada que lo custodiara. Después del diagnóstico de su abuelo, ese día tendría que llegar antes de lo que Helios había deseado o esperado. Helios tenía que casarse y engendrar un heredero.

La última vez que él había visto ese anillo, su madre había estado peleándose con su padre y dos horas después, estaban muertos.

Dejó a un lado aquella noche catastrófica y volvió al presente. Volvió a Amalie Cartwright, la única persona que podía hacer justicia a la última composición de Rhea Kalliakis y, además, reconfortar a un hombre moribundo, a un rey moribundo.

–¿Es la pieza que quieres que se interprete en el homenaje a tu abuelo?

–Sí. Durante los cinco años que han pasado desde su muerte, hemos mantenido a salvo la partitura y no hemos permitido que nadie la interprete. Nosotros, mis hermanos y yo, creemos que ese es el momento adecuado para que todo el mundo la oiga. ¿Qué momento iba a ser mejor que el cincuentenario de mi abuelo? Además, creo que usted es la persona idónea para que la interprete.

Él, intencionadamente, no dijo nada sobre el diagnóstico de su abuelo. No se había comunicado nada sobre su estado y no se haría hasta después de la gala por decisión de su abuelo, el rey Astraeus.

Amalie sirvió las tazas con el café recién hecho y añadió leche a la suya, las llevó a la mesa y se sentó enfrente de él.

–Creo que lo que están haciendo es maravilloso –comentó ella en un tono mesurado–. A cualquier violinista la perecería un honor ser el elegido, pero, desgraciadamente, ese violinista no puedo ser yo, monsieur.

–¿Por qué?

–Ya se lo he dicho. Tengo un compromiso previo.

–Duplicaré lo que vayan a pagarle –replicó él mirándola fijamente–. Veinte mil euros.

–No.

–Cincuenta mil. Es mi última oferta.

–No.

Talos sabía que su mirada podía ser intimidante, tanto o más que su imponente físico. Había puesto esa mirada infinidad de veces delante de un espejo para ver lo que veían los demás, pero no lo había distinguido. Fuera lo que fuese, le bastaba con esa mirada para salirse con la suya. Las únicas personas inmunes eran sus hermanos y sus abuelos. Su abuela, cuando le había visto poner esa cara, como lo había llamado ella, le había dado un cachete.

La echaba de menos todos los días.

Sin embargo, aparte de esos familiares, nunca se había encontrado con nadie inmune a esa mirada, hasta ese momento.

Amalie ni parpadeó, negó con la cabeza y su melena, que necesitaba con urgencia que la peinaran, le cayó sobre los ojos antes de que ella se la apartara.

Talos suspiró, sacudió la cabeza y se frotó la barbilla para mostrar su decepción.

Ella tomó la taza con las dos manos y dio un sorbo de café con la esperanza de que su penetrante mirada no captara sus nervios.

Toda su vida había tenido que lidiar con personalidades descomunales y vanidades mayores todavía. Eso le había enseñado lo importante que era enmascarar sus emociones. Si un enemigo percibía su debilidad, se abalanzaría sobre ella, y podía notar que Talos era un enemigo en ese momento. No había que ponérselo fácil, no había que darle ventaja.

Nunca le había costado tanto quedarse de brazos cruzados. Jamás desde que tenía doce años y los nervios que había intentado contener por todos los medios se adueñaron de ella. El miedo y la humillación le parecían tan fuertes en ese momento como le parecieron entonces.

Sin embargo, ese hombre tenía algo que le alteraba la cabeza y los sentidos, era como si tuviera una caldera bullendo por dentro.

Talos tomó su maletín y ella, por un instante, creyó que había ganado y que se marcharía. Hasta que lo dejó encima de la mesa y lo abrió.

–He intentado apelar a sus mejores sentimientos y a su codicia. Le he dado muchas oportunidades para que lo acepte por las buenas… –Talos sacó unos documentos y se los dio a ella–. Son las escrituras del Théâtre de la Musique. Puede leerlas si lo desea. Comprobará que me confirman como el nuevo propietario.

Amalie, muda por el pasmo, solo pudo sacudir la cabeza.

–¿Le gustaría leerlas?

Ella volvió a sacudir con la cabeza y miró los documentos que tenía en la mano antes de mirar su serio rostro.

–¿Cómo es posible? –susurró ella intentando hacerse una idea de lo que supondría para ella y la orquesta.

–El sábado por la noche hice una oferta y la compra se ha rematado hace unas horas.

–¿Cómo es posible? –repitió ella–. Estamos en Francia, la patria de la burocracia y el papeleo.

–Dinero y persuasión.

Volvió a guardar las escrituras en el maletín y se inclinó hacia delante hasta que tuvo la cara a unos centímetros de la de ella. Casi podía notar su aliento en la cara.

–Soy un príncipe –siguió él–. Tengo dinero, mucho dinero, y tengo poder, mucho poder. Haría bien en recordarlo.

Entonces, él se dejó caer otra vez en el respaldo de la silla y se bebió el café mientras la taladraba con el rayo láser de los ojos.

Ella agarró la taza con todas sus fuerzas como si, de repente, le hubiese dado miedo que se le cayera. Las consecuencias iban ordenándosele en la cabeza.

–Ahora que soy el propietario del teatro, me preguntó qué voy a hacer con el edificio y la orquesta. Al anterior propietario le cegó tanto la codicia por la oferta que le hice que no puso condiciones… –Talos se acabó el café y empujó la taza hasta que quedó al lado de la de ella–. Acepta tocar en la gala, despinis, y meteré tanto dinero en el teatro que volverán las multitudes y tu orquesta será la más conocida de París. Recházalo y lo convertiré en un hotel.

Ella dejó de darle vueltas a la cabeza. Las consecuencias quedaron clarísimas entre sirenas de alarma.

–Está chantajeándome –replicó ella en tono tajante–. Mejor dicho, está intentando chantajearme.

Él se encogió de hombros y empujó la silla hacia atrás.

–Llámelo como quiera.

–Lo llamo chantaje y el chantaje es ilegal.

–Dígaselo a la policía –él le mostró unos dientes blanquísimos–. No obstante, le advierto, antes de que les llame, de que tengo inmunidad diplomática.

–Eso es rastrero.

–Puedo ser mucho más rastrero y lo seré. Verás, pequeño ruiseñor, puedo hacer que no vuelvas a tocar el violín profesionalmente. Puedo borrar tu nombre y el de todos los que tocan contigo de tal manera que no os llamará ni una orquesta aficionada de provincias.

La caldera bullendo se le pasó a la cabeza y le pareció que el cerebro le hervía con veneno. Jamás había sentido un odio parecido hacia ninguna persona.

–Márchese de mi casa.

–No te preocupes, pequeño ruiseñor, voy a marcharme en este instante –él miró el reloj–. Volveré dentro de seis horas y entonces podrás darme una respuesta meditada.

¿Una respuesta meditada? Estaba dispuesto a acabar con su carrera profesional y la de sus compañeros y amigos y ¿quería una respuesta meditada?

La caldera se desbordó, la abrasó por dentro y se levantó para ponerse a su lado. La diferencia física era evidente aunque ella estuviese de pie y él sentado. El miedo y la rabia hicieron que lo agarrara del brazo como si su fuerza de voluntad pudiera arrastrarlo fuera de su casa.

–¡He dicho que se marche! –gritó ella tirando de su brazo aunque fuera tan inamovible como un peñasco–. ¡Me da igual que sea un ridículo príncipe y su inmunidad diplomática! ¡Márchese!

Talos, con unos reflejos que harían palidecer de envidia a un gato, le agarró las dos muñecas con una de sus inmensas manos.

–Vaya, de modo que hay fuego debajo de esa piel tan blanca –murmuró él–. Estaba preguntándomelo.

–Suélteme inmediatamente.

El pánico se adueñaba de ella y aumentó más todavía cuando él le dio un giro y la sentó en sus rodillas sin soltarle las muñecas. Amalie, instintivamente, levantó una pierna y le dio una patada. El talón de su pie descalzo conectó con su espinilla… y sintió un dolor lacerante.

Para Talos, ella podría haber sido como un mosquito. No se inmutó lo más mínimo, se limitó a rodearle la cintura con el brazo que le quedaba libre para sujetarla mejor.

–Me parece que te ha hecho más daño a ti que a mí –él le levantó las manos para mirárselas–. Qué dedos tan elegantes… ¿Serás una niña buena y te portarás bien si te suelto?

–Si vuelve a llamarme niña buena…

–¿Qué? ¿Me darás otra patada?

Ella se revolvió, pero fue inútil. Era como si sus brazos fueran unas tenazas de acero.

Sin embargo, no era acero, era un hombre y sus dedos se hundían en su cintura… y no era nada desagradable.

–Está asustándome.

Era verdad en parte. Había algo que la asustaba, que la aterraba.

–Lo sé y te pido disculpas. Te soltaré cuando me asegures que te has serenado y que no volverás a atacarme.

Asombrosamente, su voz grave tuvo el efecto deseado. La calmó lo bastante como para que dejara de resistirse. Apretó los labios y tomó aire, e inhaló un olor viril y sombrío, el olor de él.

Tragó la saliva que le había llenado la boca cuando notó la calidez de su aliento en el pelo. Todos sus sentidos se habían avivado y no podía volver a tomar aire. El corazón le latía con tanta fuerza que podía oír su eco. En medio de silencio que se hizo, notó que él también se ponía rígido, desde los poderosos muslos en los que estaba sentada a las inmensas manos que la agarraban.

Ya no podía ni sentir el aliento de él, solo podía oír el zumbido de la sangre en los oídos.

Entonces, se soltó las manos, se levantó de un salto y fue hasta el extremo opuesto de la cocina con las piernas temblorosas.

Ya podía respirar, pero tenía la respiración entrecortada y le dolía el pecho por el esfuerzo.

Talos, por su parte, se puso tranquilamente el abrigo, se rodeó el cuello con una bufanda azul marino y tomó el maletín.

–Seis horas, despinis. Respetaré tu decisión, pero tienes que saber que si tu respuesta sigue siendo negativa, las consecuencias serán inmediatas.

El teléfono de Amalie vibró.

–Mamá…

–Chérie, he averiguado algunas cosas.

Eso era típico de su madre, iba directamente al grano. No existía el más mínimo silencio que no pudiera llenar su madre.

–No he podido hablar directamente con Pierre.

Parecía indignada, como si Pierre Gaskin hubiese tenido que estar pegado al teléfono por si Colette Barthez, la cantante clásica más famosa del mundo, se dignara a llamarlo.

–Sin embargo, he hablado con su encantadora secretaria y me ha contado que esta mañana había llegado tarde a la oficina, que les había dado un billete de quinientos euros a cada empleado y que les había dicho que iba a tomarse libre el mes que viene. Lo último que se supo de él es que estaba dirigiéndose al Charles de Gaulle –añadió su madre.

–Entonces, parece que sí lo ha vendido –murmuró Amalie.

Solo hacía dos meses, Pierre Gaskin, el propietario del Théâtre de la Musique o, mejor dicho, su antiguo propietario, había tenido problemas para pagar la calefacción.

–Eso parece, chérie, pero ¿por qué lo ha comprado el príncipe Talos? No sabía que fuera mecenas de las artes.

–No tengo ni idea –contestó Amalie.

Notó un cosquilleo al oír su nombre y frunció el ceño al darse cuenta de que debía de ser la décima mentira del fin de semana.

Era un jaleo.

No le había contado a su madre lo que había pasado ese fin de semana, no había tenido fuerzas para aguantar su reacción además de todo lo demás, y solo le había pedido que utilizara todos sus contactos para saber si era verdad que el príncipe Talos Kalliakis había comprado el teatro.

Ya sabía la respuesta.

Talos no se había tirado un farol y, en realidad, ella tampoco había creído que lo hubiera hecho. Había acudido a su madre por la sensación de que tenía que hacer algo, no porque tuviera alguna esperanza.

–Conocí a su padre, el príncipe Lelantos…

La voz de su madre adoptó un tono soñador. Era un sonido que Amalie conocía porque había sido la confidente de su madre desde que tenía doce años.

–Canté una vez para él, era… –su madre buscó la palabra adecuada–. Todo un hombre.

–Mamá, tengo que dejarte…

–Claro, chérie. Si vuelves a ver al príncipe Talos, dale recuerdos.

–Lo haré.

Amalie apagó el teléfono, lo dejó en la mesa y se llevó las manos a la cara. Solo podía hacer una cosa más, iba a tener que contarle la verdad a Talos Kalliakis.

Capítulo 3

CUANDO Talos llamó al timbre de la puerta, sabía que Amalie tenía que estar esperándolo. Ella la abrió casi antes de que él pudiera retirar la mano y lo miró sin inmutarse, como si no hubiera pasado nada entre ellos, como si ella no hubiera perdido la calma.

La siguió hasta la cocina sin haberse cruzado ni dos palabras.

Vio una bandeja de pastas y dos platos en la mesa, y olía a café recién hecho. Amalie se había vestido para representar su papel, se había puesto unos vaqueros negros que se ceñían a su esbelto cuerpo y un top plateado de cuello abierto. Se había recogido el pelo liso y oscuro en un moño que le cubría la delicada nuca. No se había maquillado lo más mínimo y la implacable luz que llegaba del techo le iluminaba las pecas.

Él tuvo claro que había entrado en razón, como era natural. Era violinista profesional. No debería haber recurrido al chantaje.

Estaba quedándose sin tiempo. La quimioterapia estaba debilitando mucho a su abuelo. Entonces, volvió a acordarse de que había previsto volver después de la audición del sábado y pasar el resto del fin de semana con su abuelo, pero, en cambio, se había visto obligado a comprar, deprisa y corriendo, ese edificio espantoso de París porque la única violinista que podía hacer justicia a la última composición de su abuela estaba poniéndose muy terca

Nadie se ponía terco con Talos Kalliakis, absolutamente nadie. Que esa criatura esbelta le plantara cara…Sin embargo, había entrado en razón y eso era lo único que importaba en ese momento. Esbozó una leve sonrisa victoriosa y se sentó en la misma silla donde había estado sentado hacía seis horas. En ningún momento había pensado que no iba a salirse con la suya. Lamentaba haber tenido que recurrir al chantaje, pero esa vez había sido inevitable. Solo faltaba un mes para la celebración del cincuentenario, pero había tiempo para que ella aprendiera la parte solista y para que la orquesta aprendiera el acompañamiento. Quería que todo estuviera perfecto antes de que salieran al escenario del palacio.

Amalie le rozó el brazo cuando dejó la taza en la mesa y a él le llamaron la atención sus dedos, como le había pasado antes, cuando los tenía en su mano. En realidad, lo que le llamaban la atención era las uñas que remataban esos elegantes dedos. Las uñas de la mano izquierda eran cortas y romas, pero las de la derecha eran mucho más largas y recortadas. Esas uñas lo habían desconcertado durante todo el día, también le había desconcertado su reacción cuando la había sentado en sus rodillas después de que ella hubiese dejado aflorar su rabia.

Le gustaba estar con mujeres hermosas y a las mujeres hermosas les gustaba estar con él. Había mujeres hermosas que lo miraban a los ojos durante un rato más largo de lo normal. Cuando se enteraban de quién era, sus miradas no se apartaban y tenían un brillo… sugerente. No había conocido a ninguna mujer a la que no le hubiese gustado. No había conocido a ninguna persona, hombre o mujer y al margen de su familia, que le hubiese negado algo que él quería.

Amalie Cartwright era una mujer hermosa a su manera. Su actitud desafiante con él le enfurecía e intrigaba. ¿Qué pasaría si le avivaba, en una situación más íntima, ese fuego que había vislumbrado esa mañana? ¿Qué tendría que hacer para que ese fuego de rabia se convirtiera en fuego de pasión?

Había percibido el cambio en ella cuando se había quedado completamente quieta y se le había entrecortado la respiración antes de que se le hubiese cortado por completo. A él también se le había cortado la respiración. Había estado mirándole los dedos con desconcierto y, acto seguido, había sentido una excitación tan fuerte por todo el cuerpo que se había quedado sin aire.

Jamás había tenido una reacción así.

En ese momento, cuando la miraba sentarse donde se había sentado esa mañana, volvió a notar esa excitación que se adueñaba de él. El mes que se avecinaba prometía mucho.

–Monsieur, antes apeló a mis mejores sentimientos…

–Y a ti te dio igual –le interrumpió él.

Ella bajó la cabeza, reconociéndolo.

–Tenía mis motivos y voy a contárselos con la esperanza de poder apelar también a sus mejores sentimientos.

Él la observó con detenimiento, pero se quedó en silencio para que ella dijera lo que pensaba. ¿No estaría intentado rechazar su oferta con otros argumentos?

–Lo siento, pero le mentí. No tengo un compromiso previo –ella se mordió el labio inferior–, tengo miedo escénico.

A Talos le pareció una idea tan absurda que sacudió la cabeza y se rio.

–¿Tú? –le preguntó él sin disimular la incredulidad–. Tú, la hija de Colette Barthez y Julian Cartwright, ¿tienes miedo escénico?

–¿Sabe quién soy?

–Lo sé perfectamente –él se cruzó de brazos y se esfumó todo rastro de jovialidad–. Me he ocupado de saberlo.

Ella entrecerró los ojos verdes con un brillo de indignación, el primer indicio de que la serenidad que aparentaba solo era una fachada.

–Tu madre, francesa, es la mezzosoprano más codiciada del mundo. Tengo que reconocer que no sabía nada de tu padre, pero tengo entendido que es un famoso violinista inglés. También me he enterado de que tu padre tocó con mi abuela en el Carnegie Hall cuando empezó a tocar en solitario –él se inclinó hacia delante con la barbilla en las manos–. Se te consideró una niña prodigio hasta los doce años, cuando tus padres te apartaron de los escenarios para que te concentraras en los estudios. Te hiciste profesional a los veinte años, cuando entraste como segundo violín en la Orquesta Nacional de París, y sigues en el mismo puesto cinco años después.

Ella se encogió de hombros, pero mantuvo una expresión tensa.

–Lo que ha dicho es algo que cualquiera puede encontrar en Internet en cuestión de treinta segundos. Mis padres no me apartaron por mis estudios, eso fue lo que dijo mi madre, lo hicieron porque no podían soportar el bochorno de tener una hija que no podía tocar en público.

–Si no puedes tocar en público, ¿cómo explicas que sí toques en público una vez a la semana con tu orquesta?

–Soy segundo violín y me siento al fondo de la orquesta. Normalmente, somos unos ochenta músicos tocando. El público no me mira a mí, sino al conjunto de la orquesta. Son dos cosas distintas. Si tocara en la gala de su padre, todo el mundo me miraría a mí y me paralizaría. Me humillaría a mí, a mi madre y a su abuelo. ¿Eso es lo que quiere? ¿Quiere que todo el mundo vea que su invitada estrella se queda paralizada en el escenario y no puede tocar ni una nota?

La única persona que no se abochornaría sería su padre. Ella había dicho que había sido una decisión conjunta de sus padres, pero le verdad era que su padre había sido quien había ido contra los deseos de su madre y la había alejado de los escenarios. Él la había tranquilizado, le había dicho que no pasaba nada por tocar solo por el amor a la música aunque fuera en la soledad de su dormitorio.

Talos entrecerró los ojos con expresión perspicaz.

–¿Cómo puedo saber que no me estás mintiendo ahora?

–Yo…

–Has reconocido que mentiste cuando dijiste que tenías un compromiso previo.

–Fue una mentira por necesidad.

–No hay ninguna mentira necesaria. Si no puedes soportar que te miren cuando tocas, ¿cómo entraste en la orquesta?

–Fue una audición a ciegas. Todo el mundo tenía que tocar detrás de un biombo para que no hubiera prejuicios o preferencias. Además, y antes de que lo pregunte, claro que ensayo con mis compañeros, pero eso no tiene nada que ver con estar en un escenario con cientos de miradas clavadas en ti.

Él sacudió lentamente la cabeza con una expresión indescifrable.

–No sé qué pensar. No sé si estás diciendo la verdad o si estás contando otra mentira.

–Estoy diciendo la verdad. Tiene que buscarse otro solista.

–No lo creo. Los nervios y el miedo escénico pueden superarse, pero encontrar a otro violinista que haga justicia a la última composición de mi abuela es otro asunto.

Daba igual que se hubiera quedado casi sin tiempo. Podía pasarse el resto de su vida buscándolo, pero no encontraría a nadie que pudiera conmoverlo como lo había hecho Amalie en los pocos minutos que la había escuchado. Jamás se había conformado con los segundones y no iba a empezar en ese momento.

–¿Qué sabes de mi isla? –le preguntó él.

Ella se quedó desconcertada por el cambio de conversación.

–Poca cosa. Esta cerca de Creta, ¿no?

–Creta es nuestro vecino más cercano. Nosotros, como los cretenses, descendemos de los minoicos. Agon ha sido atacada durante siglos por los romanos, los otomanos y los venecianos, entre otros. Los hemos repelido a todos ellos. Solo los venecianos consiguieron ocuparnos, pero durante muy poco tiempo. Mi pueblo, a las órdenes del Ares Patakis, de quien soy descendiente directo, se sublevó contra los ocupantes y los expulsó. Desde entonces, ninguna otra nación ha pisado sus costas. La historia cuenta nuestra historia. Nadie oprimirá a los agonitas, lucharemos hasta el último aliento por nuestra libertad –Talos hizo una pausa para dar un sorbo de café–. Seguramente, te preguntarás por qué te cuento todas estas cosas.

–Efectivamente, estoy intentando entender a qué viene… –reconoció ella.

–Es para que sepas de qué pasta estamos hechos mi familia y mi pueblo. Somos guerreros. ¿Miedo escénico? ¿Nervios? Eso solo son contratiempos que hay que combatir y derrotar. Con ayuda, tú también los derrotaras.

Amalie podía imaginárselo perfectamente. Talos Kalliakis, solo con una coraza y una espada en la mano, se pondría al frente en cualquier batalla. Sencillamente, había tenido la mala suerte de que hubiese decidido batallar contra ella. Sin embargo, su miedo escénico no era una batalla, era parte de sí misma y algo que había aceptado desde hacía mucho tiempo.

Su vida era agradable, sencilla, sin altibajos. Había impedido que la agitación de su infancia se abriera paso hasta su vida adulta.

–He acordado con tus directores que vengas a Agon dentro de un par de días y te quedes hasta la gala. Tu orquesta empezará inmediatamente los ensayos y llegará una semana antes de la gala para que puedas ensayar con ellos.

–Perdone, ¿pero qué es lo que ha hecho? –preguntó ella olvidándose de su intención de ser afable.

–Te daré un mes para que te aclimates a Agon.

–No tengo que aclimatarme. Agon no está en medio del desierto.

–También tendrás un mes para que prepares perfectamente tu parte solista –siguió él sin hacer caso de su interrupción y dirigiéndole otra mirada de advertencia–. No tendrás distracciones.

–Pero…

–Superarás el miedo escénico –aseguró él con la firmeza de un hombre que nunca había cedido ante algo tan nimio como los nervios–. Yo me ocuparé de ello personalmente.

Él se calló y se hizo un silencio que ella sabía que tenía llenar, pero solo podía pensar en las ganas que tenía de tirarle algo, de maldecir a ese hombre odioso que estaba intentando desbaratar esa vida cómoda y tranquila que se había creado al margen del cualquier protagonismo.

–Despinis…

Ella levantó la mirada y se encontró esos ojos como rayos láser que la taladraban otra vez como si pudiera entrar en ella y saber lo que estaba pensando.

–¿Aceptas el encargo o voy a tener que despedir a un centenar de músicos? –preguntó él en un tono inflexible–. ¿Voy a tener que destrozar un centenar de carreras incluida la tuya? Lo haré, no lo dudes, os destrozaré a todos.

Ella cerró los ojos y tomó aire para intentar dominar el pánico que le atenazaba la garganta. Ella lo creía, sabía que no era una amenaza vana. Podía destrozar su carrera. No sabía cómo lo haría, pero sí sabía que podía.

Si no lo detestara tanto, se preguntaría por qué estaba dispuesto a llegar tan lejos para que ella aceptara, pero si no cedía, él le arrebataría lo único que sabía hacer.

Sin embargo, ¿cómo iba a aceptar? La última vez que toco sola, estaba rodeada por los amigos artistas de sus padres; músicos, escritores, actores, cantantes… Se había humillado y había humillado a su madre delante de todos ellos. ¿Cómo iba a salir al escenario delante de mandatarios y jefes de Estado y que no le atenazaran los mismos nervios? Eso, si conseguía llegar hasta el escenario.

La última vez que lo intentó después de aquel incidente acabó hospitalizada. Lo que recordaba con más claridad de aquel momento atroz era la furia de su padre contra su madre por haberla obligado. La había acusado de egoísmo y de haber utilizado a su única hija como un juguete.

Se le formó un nudo en la garganta cuando se acordó de que se separaron pocas semanas después y de que su padre se quedó con su custodia.

Sin embargo, era afortunada. Si las cosas se ponían complicadas, sabía que podía contar con sus padres para que la ayudaran a salir del apuro. No pasaría hambre y tampoco perdería su casa. Sus compañeros no podían decir lo mismo, casi ninguno tenía unos padres adinerados. Pensó en la encantadora Juliette, que estaba embarazada de siete meses y era el tercer hijo. Pensó en Louis, que acababa de reservar unas vacaciones ruinosas con toda su familia a Australia. Pensó en el quejoso Giles, que se quejaba todos los meses cuando tenía que pagar la hipoteca…

Todos ellos eran músicos o administrativos y todos ignoraban que su porvenir estaba pendiente de un hilo.

Miró fijamente a Talos como si quisiera que percibiera cuánto lo odiaba.

–De acuerdo, acepto, pero tendrá que sufrir las consecuencias durante el resto de su vida.

Amalie miró por la ventanilla y vio Agon por primera vez. El avión empezó a descender y pudo ver unas playas de arena dorada rodeadas de vegetación, montañas y pequeñas poblaciones con unas inmaculadas casas blancas. Entonces, tomaron tierra y rodaron por la pista de aterrizaje hasta que se pararon con suavidad.

Ella, agarrando el violín con fuerza, bajó por la escalerilla con los otros pasajeros de primera. Después del frío de marzo en París, se agradecía esa temperatura templada.

No se había imaginado que iba a una isla turística que era un destino muy apreciado tanto por familias como por entusiastas de la historia. Se había imaginado que Agon sería como una mazmorra, tan oscura y tenebrosa como el hombre que la había llevado allí.

Había estado en más de treinta países a lo largo de su vida, pero nunca había estado en un aeropuerto tan acogedor como el de Agon. Los trámites de entrada fueron muy rápidos y la llegada de su equipaje por la cinta transportadora fue más rápida todavía.

Un hombre la esperaba con un cartel con su nombre. Después de unas presentaciones de cortesía, él tomó el carrito con su equipaje y fue hasta un coche largo y negro que estaba aparcado en lo que, evidentemente, era un sitio preferente.

Todo estaba transcurriendo como le había explicado la secretaria personal de Talos en un correo electrónico que le había mandado el día anterior.

Mientras el conductor se abría paso por las carreteras, pudo hacerse una idea mejor de cómo era la isla.

Había vestigios del patrimonio griego de Agon por todos lados, desde la arquitectura a las señales de tráfico, que estaban en el mismo idioma. Agon, sin embargo, era una isla independiente con sus leyes propias. Lo que más le llamó la atención fue lo cuidado que estaba todo, desde las carreteras a los edificios que veía al pasar. Estiró el cuello cuando pasaron por un puerto y vio los yates atracados, algunos tan grandes como un transatlántico. Enseguida salieron de la ciudad y empezaron a ascender por colinas y montañas. Se quedó boquiabierta cuando vio de lejos el palacio encaramado en lo alto de una colina, como los griegos antiguos habían construido muchos de sus templos. Era inmenso y tenía un aire oriental, como si lo hubiesen construido hacía siglos para un sultán.

Sin embargo, no se encaminaron hacia el palacio. El conductor redujo la velocidad en cuanto lo perdió de vista y una verja de hierro se abrió muy despacio. Luego, la llevó hacia una villa tan grande que podría haber sido un hotel. Llegaron a lo alto del camino, rodearon la villa y recorrieron algo más de un kilómetro hasta una casa más pequeña que la villa, pero de buen tamaño.

Un hombre mayor, con una mata de pelo canoso alrededor de una calva, salió por la puerta principal para saludarlos.

–Buenas tardes, despinis –le saludó él con amabilidad–. Me llamo Kostas.

Le explicó que él se ocupaba de la villa principal de su alteza el príncipe Talos y le enseñó la casa de invitados que sería su residencia durante un mes. La cocina, aunque pequeña, estaba muy bien surtida y todos los días le llevarían fruta fresca, pan y lácteos. Si quería comer en la villa principal, solo tendría que descolgar el teléfono y llamarle, lo mismo que si quería que le llevaran las comidas a la casa de invitados.

–La villa tiene gimnasio, piscina y spa y, naturalmente, puede usarlos cuando lo desee –añadió él antes de marcharse–. También hay toda una serie de coches que puede utilizar si quiere ir a algún sitio o, si lo prefiere, podemos proporcionarle un conductor.

Entonces, ¿Talos no quería tenerla prisionera en la casa de invitados? Agradecía saberlo. Se había imaginado que la recogería en el aeropuerto, que la encerraría en una mazmorra y que no le dejaría salir hasta que dominara a la perfección la composición de su abuela… y hubiese superado todos sus miedos.

Sintió un escalofrío en la espalda solo de pensarlo.

Se preguntó qué maravilloso psiquiatra emplearía Talos para… arreglarla. Se reiría si no le aterrara todo ese asunto. Fuera quien fuese, haría bien en darse prisa. Faltaban cuatro semanas y dos días para que tuviera que salir el escenario en la gala por el cincuentenario del rey de Agon. Tenía treinta días para aprenderse una composición completamente nueva, para que su orquesta se aprendiera el acompañamiento y para vencer unos nervios que la habían paralizado durante más de la mitad de su vida.

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