Read the book: «Guía práctica para tener bebés tranquilos y felices»
Título original: The Baby Whisperer Solves All Your Problems
© Tracy Hogg y Melinda Blau, 2009.
© de la traducción: Elena Martí Segarra.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO305
ISBN: 9788491871187
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
AGRADECIMIENTOS
INTRODUCCIÓN: RESOLVER PROBLEMAS ESCUCHANDO AL BEBÉ
1. E. A. S. Y. NO ES NECESARIAMENTE FÁCIL (¡PERO FUNCIONA!)
2. LOS BEBÉS TAMBIÉN TIENEN EMOCIONES
3. LA DIETA LÍQUIDA DEL BEBÉ
4. LA COMIDA ES MÁS QUE ALIMENTO
5. ENSEÑAR A DORMIR AL BEBÉ
6. P. U./P. D.
7. EL BEBÉ TODAVÍA NO DUERME LO SUFICIENTE
8. CÓMO EDUCAR A LOS NIÑOS PEQUEÑOS
9. CON E. E. A. S. Y. LO CONSEGUIRÁS
10. JUSTO CUANDO CREAS QUE YA LO HAS CONSEGUIDO… ¡TODO CAMBIA!
NOTAS
Para mis hijas Sara y Sophie, que tanto amor me profesan (TH), para Henry, mi precioso nieto (MB), y para todos los bebés y niños pequeños que nos permiten amarlos y ser menos que perfectas.
Agradecimientos
En primer lugar quiero agradecer a todos los padres de «mis» bebés y niños pequeños sus historias, su colaboración y sus continuas aportaciones a mi página web.
Me gustaría dar las gracias especialmente a Melinda Blau y a su hijo Henry, no sólo por ser un bebé angelical, sino por haberse convertido además en nuestra especial mascota. ¡Pero que nunca se diga que fue nuestro conejillo de Indias!
Por último, dar las gracias a mi familia y fieles amigos, en especial a mi abuela, cuyo amor, consejos y fortaleza continúan sorprendiéndome cada día.
Tracy Hogg
Los Ángeles, California
Cuando en otoño de 1999 bajé de un avión para conocer a Tracy Hogg en Los Ángeles, ella me condujo a una modesta casa en el Valle Central de California, donde nos recibió una joven madre. Iba desaliñada y lo primero que hizo, literalmente, fue poner en brazos de Tracy a un bebé de tres semanas que no paraba de berrear. «Los pezones me están matando. No sé qué hacer», le dijo con lágrimas deslizándose por sus mejillas. «El niño quiere que le dé el pecho cada una o dos horas.» Tracy acercó el bebé a su cara, susurrándole «ssst… ssst… ssst» al oído, y en cuestión de segundos, el bebé se tranquilizó. Luego se dirigió a la madre y le dijo: «Ahí tienes, esto es lo que tu hijo te está diciendo».
A lo largo de estos últimos cinco años, he presenciado decenas de escenas similares: he visto cómo Tracy entra majestuosamente en un hogar, conecta con el bebé o el niño de uno o dos años y consigue dar con el quid del problema. Observar el trabajo de Tracy y estudiar la forma de explicarlo por escrito ha sido una delicia y un motivo de asombro constante para mí, así como llegar a conocerla durante el proceso. Gracias, Tracy, por invitarme a tu universo y por permitirme ser tu voz. Tres libros después, nos hemos hecho amigas y yo misma me he convertido en casi una experta a la hora de comunicarme con los bebés: justo a tiempo para poner en práctica mis conocimientos con Henry.
Este libro no habría sido posible sin la sensatez y la inteligencia de Eileen Cope de Lowenstein Literary Associates, nuestra intrépida agente, quien una vez más nos ha ido guiando desde la propuesta inicial hasta la obra terminada. Y tampoco sin la ayuda de Barbara Lowenstein, siempre entre bastidores, aconsejándonos, estimulándonos y, a veces, aguijoneándonos a todas para hacerlo aún mejor.
También estoy en deuda con nuestra editora en Atria Books, Tracy Behar, la cual compartió nuestra visión para este libro y lo mejoró; y con Wendy Walker y Brooke Stetson, quienes nos ayudaron a estar al día.
Y por último, aunque no menos importante, doy las gracias de corazón a mis numerosos parientes y amigos, que siempre están a mi lado a lo largo de todo el trabajo. Vosotros ya sabéis quienes sois.
Melinda Blau
Northampton, Massachusetts
Introducción
RESOLVER PROBLEMAS ESCUCHANDO AL BEBÉ
MI SECRETO MÁS IMPORTANTE
CÓMO ME CONVERTÍ EN «LA SEÑORA ARREGLALOTODO»
Queridas mamás y papás, bebés y niños pequeños, con alegría y humildad os ofrezco lo que en muchos sentidos es mi secreto más importante: cómo solucionar cualquier problema. Siempre me he sentido orgullosa de mis dotes para ayudar a los padres a entender y cuidar de sus hijos pequeños y me siento honrada cada vez que una familia me pide que entre en su vida. Es una experiencia muy íntima y sumamente gratificante. Al mismo tiempo, convertirme en autora ha hecho de mí un personaje popular. Desde la publicación de mis dos primeros libros en 2001 y 2002, he vivido una serie de aventuras y sorpresas que jamás hubiera podido imaginar de jovencita en mi Yorkshire natal. Aparte de mis habituales consultas privadas, he sido invitada a distintos programas de radio y televisión. He viajado por todo el país y por todo el mundo y he conocido a algunos de los padres e hijos más maravillosos, los cuales me han abierto sus hogares y sus corazones. Y a través de mi página web, también me he relacionado con miles de padres más, leyendo y respondiendo a sus mensajes de correo electrónico y uniéndome a ellos en mis sesiones de chat.
Pero no os preocupéis. A pesar de mi recién adquirido éxito público, continúo siendo la misma persona de siempre, aún sigo ahí abajo, trabajando en las «trincheras». No obstante, en cierto modo, sí he cambiado un poco: ya no soy sólo «la mujer que susurra a los bebés». Ahora además me he convertido en «la señora Arreglalotodo». Y todo ha sido gracias a vosotros.
En mis viajes, en mi página web y en mi buzón de correo, he recibido muchas cartas y mensajes de agradecimiento de madres y padres que han seguido mis consejos. Pero también me he visto inundada de peticiones de ayuda de aquellos de vosotros que comprasteis mi primer libro demasiado tarde. Quizás estáis tratando de acostumbrar a vuestro bebé a una rutina estructurada, como yo os sugiero, pero no estáis seguros de si los mismos principios son igualmente válidos para los bebés de ocho meses y para los recién nacidos. Quizás estáis confundidos y os preguntéis por qué vuestro hijo no está haciendo lo que hacen otros niños y niñas de su edad. O puede que tengáis que afrontar una alteración del sueño profundamente arraigada, dificultades a la hora de alimentar a vuestro bebé o algún otro problema relacionado con su comportamiento; o bien, pobres de vosotros, las tres cosas a la vez. Sea cual sea el dilema, la cantinela angustiada es casi siempre la misma: «¿Por dónde empiezo, Tracy? ¿Qué debo hacer primero?». Y seguro que también os preguntáis por qué algunas de las estrategias que propongo en el libro parecen no funcionar con vuestro bebé (véanse las páginas 17-21).
Hasta el día de hoy, he estado sorteando este tipo de preguntas y he atendido a algunos de los casos más difíciles con los que me he encontrado nunca: un gemelo de tres meses que padecía un reflujo tan agudo que apenas podía comer sin vomitar y jamás dormía más de veinte minutos seguidos, de día o de noche; una niña de diecinueve meses que no quería ingerir alimentos sólidos porque se despertaba prácticamente cada hora para tomar el pecho; un bebé de nueve meses cuya angustia al separarse de sus padres era tan extrema que su madre no podía dejar de sostenerla en brazos ni un segundo; un niño de dos años, con la costumbre de golpearse la cabeza, cuyas rabietas eran tan frecuentes que a sus padres les daba miedo salir de casa. Fue resolviendo casos de este tipo como me gané el apodo de «la señora Arreglalotodo»; y por eso ahora sé que debo ayudaros más allá de las estrategias básicas que expuse en mis libros anteriores.
En esta obra, por tanto, quiero llevaros de la mano, calmar vuestros temores y mostraros cómo hacer uso de vuestro poder de padres. Quiero enseñaros lo que he aprendido a lo largo de toda una vida de escuchar a los bebés y responder a todas las preguntas que se me han hecho. Quiero enseñaros a pensar como yo. Huelga decir, sin embargo, que aunque yo intente ofrecer una lista de todos los problemas que os podéis encontrar, cada criatura y cada familia son distintas. Por eso, cuando una pareja de padres se dirige a mí con una problemática concreta, a fin de establecer qué está ocurriendo realmente en aquel hogar y con aquel bebé o niño pequeño, siempre les hago como mínimo una pregunta y a menudo una buena retahíla de ellas, tanto sobre su hijo como sobre lo que han estado haciendo hasta el momento con respecto a su situación. Entonces es cuando puedo elaborar un plan de acción apropiado. Mi objetivo es haceros entender mi forma de pensar y que vosotros mismos os acostumbréis a plantearos las preguntas adecuadas. Con el tiempo, vosotros también sabréis escuchar a los bebés y además os convertiréis en unos ases a la hora de resolver cualquier problema: o sea que seréis un señor o señora Arreglalotodo, por derecho propio. A medida que continuéis leyendo, quiero que recordéis este importante punto:
Un problema no es más que un tema que ha de tratarse o una situación que requiere una solución creativa. Hazte las preguntas adecuadas y obtendrás las respuestas correctas.
APRENDER A CONECTAR
Si has leído mis libros anteriores, sabrás que para saber lo que nos está diciendo un bebé primero hay que observarlo, respetarlo y comunicarse con él. Esto significa que eres capaz de ver a tu bebé como él o ella es realmente: con su personalidad y sus rarezas particulares (por favor, no te lo tomes como un insulto; todos las tenemos), de manera que adaptarás las distintas estrategias que propongo a su carácter específico.
Con frecuencia me han dicho que soy de las pocas especialistas en recién nacidos que adopta el punto de vista del bebé. Bien, es que alguien tiene que hacerlo, ¿no te parece? Ha habido padres que se han quedado mirándome como si estuviese loca cuando me he presentado a su bebé de cuatro días. Y padres de niños más mayores me han contemplado boquiabiertos cuando, por ejemplo, les he «traducido» los tristes lloros de su hijita de ocho meses porque de repente ha sido desterrada de la cama de sus padres, ya que ellos —sus padres— han decidido de la noche a la mañana que ya era suficiente: «Eh, mamá y papá, en primer lugar fue idea vuestra que yo durmiera con vosotros. Y ahora lloro porque ni siquiera sé lo que es una cuna y mucho menos cómo dormirme sin dos cuerpos grandes y cálidos a mi lado».
Otro de los motivos por los cuales suelo traducirles el «benguaje» (lenguaje de los bebés) a los padres es para que tengan siempre presente que la pequeña criatura que tienen entre los brazos o que corre alocadamente por la habitación, también tiene sentimientos y opiniones. En otras palabras, no se trata sólo de lo que nosotros, los adultos, queremos. ¡Cuántas veces he presenciado una escena como ésta!: una madre le dice a su pequeño: «A ver, Billy, deja eso, tú no quieres el camión de Adam, ¿verdad?». El pobre Billy todavía no habla, pero si pudiera, respondería: «Pues claro que lo quiero, mamá. Si no, ¿por qué crees que le he quitado el dichoso camión a Adam?». Pero su madre no lo escucha. Ella simplemente le arrebata el juguete de las manos o bien intenta convencerlo de que lo devuelva voluntariamente: «Vamos, sé buen chico y dale el camión a Adam». Y llegados a este punto, ¡casi puedo empezar a contar los segundos antes de que Billy explote y comience a berrear!
No me entiendas mal, no estoy diciendo que el mero hecho de desear el camión le dé derecho a Billy a usurpárselo a Adam —¡nada más lejos de mis intenciones!—. Yo detesto a los matones pero, créeme, no será culpa de Billy si al final acaba convirtiéndose en uno (ampliaré este tema en el capítulo 8). Lo que quiero decir es que debemos escuchar a nuestros hijos, incluso cuando dicen cosas que no queremos oír.
Las mismas técnicas que enseño a los padres de recién nacidos —observar el lenguaje corporal del niño, escuchar sus llantos, aminorar la marcha a fin de poder descubrir realmente lo que está ocurriendo— son igualmente importantes a medida que tu bebé crece hasta convertirse en un niño de entre uno y tres años e incluso mucho después. (No olvidemos que, de hecho, los adolescentes no son más que niños en cuerpos grandes, por tanto, cuanto antes aprendamos la lección, mejor.) A lo largo de este libro, te recordaré algunas de las técnicas que he desarrollado para ayudarte a conectar con tu bebé y para que aprendas a tomarte tu tiempo. Quienes ya me conocéis sin duda os acordaréis de mi afición por los acrónimos, tales como E. A. S. Y.1 (comer, un rato de actividad, dormir y tiempo para ti) y S. L. O. W.2 (parar, escuchar, observar y averiguar qué está ocurriendo), ambos de mi primer libro; y H. E. L. P.3 (reprímete, fomenta la exploración, pon límites y elogia a tu hijo) del segundo, por nombrar unos pocos.
No pienses que me invento estas cosas para exhibir mi ingenio. Y tampoco lo hago porque crea que acuñar una serie de expresiones o acrónimos facilite la tarea de criar a un hijo. Sé de primera mano que ser padres lo es todo menos «E. A. S. Y.», fácil. Para los padres primerizos es especialmente difícil saber distinguir qué le está pasando al bebé, sobre todo para las madres primerizas, tan privadas de sueño; pero, en realidad, todos los padres, primerizos o no, necesitan ayuda. Yo únicamente intento proporcionaros recursos para que podáis usarlos cuando estéis mentalmente agotados. Así, por ejemplo, el acrónimo E. A. S. Y. (el tema del capítulo 1) os ayudará a recordar la secuencia de una rutina diaria estructurada.
También sé que la vida aún se complica más a medida que los bebés empiezan a gatear y la familia aumenta. Mi objetivo es mantener a vuestro hijo bien encarrilado y vuestra propia vida estable o, al menos, tan estable como sea posible, teniendo en cuenta que hay niños pequeños alrededor. En medio de una pelea con tu hijo o hijos, es fácil olvidar los buenos consejos y recaer en antiguas conductas. Lo que pretendo decir es, ¿cuán lúcido se puede estar cuando tu bebé grita hasta desgañitarse porque su hermano de dos años, que sonríe orgulloso, ha decidido que la cabeza de su hermanita recién nacida era un sitio tan bueno como cualquier otro para poner a prueba la puntería de su pequeño miembro? Lógicamente, yo no puedo estar presente en todos vuestros hogares, pero si tenéis en mente mis prácticos acrónimos, tal vez parecerá que estoy ahí, a vuestro lado, recordándoos lo que debéis hacer.
Infinidad de padres me han comentado que, de hecho, mis acrónimos les ayudan a centrarse y a recordar varias estrategias para calmar a su bebé, al menos en la mayoría de situaciones. Así pues, ahí va otro para vuestra despensa de trucos: «P. C.».
SED UNOS PADRES «P. C.»
No, no me refiero a políticamente correctos. (Que no cunda el pánico: ¡la mujer que susurra a los bebés no tiene ninguna intención de presentarse a las elecciones al congreso!) Los padres P. C. son pacientes y conscientes, dos cualidades que os serán útiles, independientemente de la edad de vuestro hijo. De manera invariable, cuando conozco a padres obsesionados por algún problema concreto, habitualmente relacionado con uno de los tres grandes temas: el sueño, la alimentación o el comportamiento, mi consejo siempre incluye uno de estos dos elementos, o ambos. Sin embargo, no sólo los problemas requieren paciencia y conciencia, también nuestras interacciones diarias. Jugar con el niño, una excursión al supermercado, estar con otros chicos y una gran cantidad de actividades cotidianas mejoran enormemente si papá y mamá son pacientes y conscientes.
Ningún padre es P. C. todo el tiempo, pero cuanto más practiquemos, más fácil será que se convierta en una forma natural de actuar. Mejoramos con la práctica. A lo largo de este libro, os iré recordando que seáis unos padres P. C., pero ahora dejad que os explique el significado de cada letra:
PACIENCIA. Educar bien exige paciencia, porque es un camino duro, difícil y aparentemente interminable; un proyecto que requiere una perspectiva a largo plazo. Un gran problema de hoy se convierte en un lejano recuerdo al cabo de un mes; no obstante, tenemos tendencia a olvidarlo cuando lo estamos viviendo. Queridos míos, he observado este fenómeno una y otra vez: padres que, en el fragor del momento, optan por lo que entonces les parece un camino fácil y luego se dan cuenta de que eso les ha conducido a un peligroso callejón sin salida. Y así es como empiezan los errores de crianza (ampliaré este tema más adelante). Por ejemplo, hace poco trabajé con una madre que solía consolar a su hija dándole el pecho; a los quince meses la criatura no tenía ni idea de cómo dormirse sola y pedía el pecho de su madre de cuatro a seis veces por noche. La pobre mujer, completamente exhausta, insistía en que estaba preparada para destetar a su bebé, pero a veces querer algo no es suficiente. Se debe tener la paciencia de hacer frente al periodo de transición.
Además, tener un hijo puede generar un gran caos. Por tanto, también necesitarás paciencia (y fortaleza interior) para tolerar el desorden, los líquidos que se derraman y las marcas de dedos por todas partes. A los padres que no tengan paciencia les resultará muy duro superar «las primeras veces» de sus hijos. ¿Qué niño pequeño consigue beber de una taza de verdad sin verter primero litros de líquido al suelo? Al cabo de poco, sólo se le escaparán unas gotas por las comisuras de los labios y, finalmente, logrará tragárselo casi todo. Sin embargo, esto no ocurre de la noche a la mañana y menos aún sin reveses y recaídas a lo largo del camino. Enseñar a un hijo a utilizar los cubiertos, a servir bebidas o a ir al baño y permitir que ande por un salón-comedor lleno de objetos que quiere tocar mientras se le repite «no-no» son cosas que exigen la paciencia de los padres.
De forma inconsciente, los padres que no poseen esta cualidad pueden llegar a provocar conductas obsesivas incluso en niños muy pequeños. Tara, una niña de dos años que conocí en uno de mis viajes, obviamente había aprendido bien las lecciones de su madre, Cynthia, una mujer ultraescrupulosa con la limpieza. Al entrar en casa de esta mamá, era difícil adivinar que allí vivía una niña que todavía gateaba. Cynthia pasaba la aspiradora a todas horas y constantemente perseguía a su hijita con un paño húmedo en la mano, limpiándole la cara, fregando las manchas de los líquidos que derramaba o volviendo a guardar los juguetes de Tara justo en el instante en que ella los dejaba. Pues bien, como dice el refrán, de tal palo tal astilla, así que «susio» fue una de las primeras palabras que pronunció la niña. Lo cual podría haber sido una monería, de no ser por el hecho de que Tara tenía pánico de aventurarse demasiado lejos ella sola y lloraba si la tocaban otros niños. Un caso extremo, diréis. Quizás, pero realmente somos muy injustos con nuestros pequeños cuando no les permitimos comportarse como los demás niños: ensuciarse un poco y hacer alguna que otra travesura de vez en cuando. Una maravillosa madre P. C. que conocí me explicó que, de forma regular, ella solía organizar una «noche guarra» con sus hijos, es decir, una cena sin cubiertos. Y ahí va una ironía sorprendente: cuando les damos a nuestros hijos permiso para que se desmadren, normalmente no van tan lejos como podríamos imaginar.
Tener paciencia es de vital importancia, sobre todo a la hora de intentar cambiar malos hábitos. Naturalmente, cuanto mayor sea el niño, más tiempo costará conseguirlo. Sin embargo, independientemente de la edad, se debe aceptar que los cambios requieren tiempo: el proceso no se puede acelerar. Pero te diré una cosa: es más fácil ser paciente ahora y tomarse el tiempo necesario para enseñarle a tu hijo lo que esperas de él, que hacerlo más adelante. A fin de cuentas, ¿a quién te sería más sencillo pedirle que limpie lo que ha ensuciado: a un niño de dos años o a un adolescente?
CONCIENCIA. Ya desde el momento en que una criatura respira por primera vez fuera de la matriz, sus padres deben tomar conciencia de quién es. Y tener siempre en cuenta la perspectiva de su bebé. Y lo digo tanto en sentido figurado como literal: sentaos en cuclillas a la altura de los ojos de vuestro hijo. Fijaos en cómo se ve el mundo desde su punto de vista. Pongamos, por ejemplo, que lleváis a vuestro hijo por primera vez a la iglesia. Agachaos; imaginad el panorama desde el asiento de vuestro hijo o desde su cochecito. Oled el aire. Intentad imaginar el impacto del incienso o las velas en la sensitiva nariz de un bebé. Escuchad. ¡Qué ruidoso es el vaivén de la gente, los cantos del coro, el retumbar del órgano! ¿No será demasiado para los oídos de vuestro niño? No os estoy diciendo que deberíais evitar los lugares nuevos. Más bien al contrario, es positivo exponer a los niños a nuevas experiencias, sonidos y personas. Pero si vuestro bebé llora repetidamente en entornos desconocidos, en tanto que padres conscientes sabréis que os está diciendo: «Es demasiado para mí. Por favor, id más despacio», o bien «Volved a intentarlo dentro de un mes». El hecho de ser conscientes os permitirá sintonizar con vuestro hijo y, con el tiempo, conocerlo y confiar en vuestros instintos a la hora de averiguar qué le ocurre.
Tener conciencia también implica pensar detenidamente las cosas antes de hacerlas, así como planificarlas con antelación. No esperes a que se produzca la catástrofe, sobre todo si ya has vivido la experiencia con anterioridad. Por ejemplo, si tras varias citas para jugar con otro niño ves que tu hijo y el hijo de tu amiga se pasan el rato peleándose y la mañana siempre acaba en sollozos, organiza una nueva cita con otro niño, aunque su mamá no te caiga tan bien. Una cita para jugar es una cita para jugar. Cuando quieras «salir» con tu mejor amiga, en lugar de obligar a tu pequeño a estar con un niño que no le gusta o con quien no se lleva nada bien, mejor que llames a una canguro.
Ser consciente también consiste en prestar atención a las cosas que le dices a tu hijo y a lo que haces con él y en ser coherente. Las incoherencias confunden a los niños. Así, si un día le adviertes: «En el salón no se come», y al día siguiente no le dices nada mientras engulle una bolsa de patatas en el sofá, a la larga tus palabras no tendrán ningún significado. Tu hijo te ignorará, ¿y quién podrá culparlo?
Por último, la conciencia es simplemente esto: estar alerta y ahí para ayudar a tu hijo. Me duele cuando veo que los padres no hacen caso de los llantos de sus bebés o niños pequeños. El lloro es el primer lenguaje de los niños. Si les damos la espalda, les estamos diciendo: «Tú no importas». Y al final, los bebés desatendidos acaban por dejar definitivamente de llorar, pero también de desarrollarse con normalidad. He visto a padres que no atendían a los llantos de sus hijos argumentando que así se les fortalecería el carácter («No quiero que sea un niño mimado» o «Le hará bien llorar un poco»). Y he visto a madres encogerse de hombros y decir: «Su hermanita me necesita… así que él tendrá que esperar». Pero entonces todo se complica y el niño tiene que esperar y esperar y esperar. No existe ninguna buena razón para ignorar a un niño.
Nuestros hijos nos necesitan, necesitan que estemos a su lado y que seamos fuertes y sabios para mostrarles el camino. Somos sus mejores maestros y, durante los tres primeros años, prácticamente los únicos que tienen. Tenemos que ser unos padres P. C. por ellos: para que puedan desarrollar lo mejor de sí mismos.
PERO ¿POR QUÉ NO FUNCIONA?
«¿Por qué no funciona?» es, con mucha diferencia, una de las preguntas que más suelen hacer los padres. Tanto si una madre está intentando que su hijo duerma más de dos horas seguidas, que su bebé de siete meses tome alimentos sólidos o que su pequeño de tres años deje de golpear a otros niños, con frecuencia oigo un: «Sí, pero…» como respuesta. «Sí, ya sé que me dijiste que tenía que despertarla durante el día para que pudiera dormir por la noche, pero…» «Sí, ya sé que me dijiste que esto requería tiempo, pero…» «Sí, ya sé que me dijiste que tenía que sacarlo de la habitación cuando empezara a ponerse agresivo, pero…» Estoy segura de que has captado la idea.
Mis técnicas de comunicación con el bebé funcionan. Yo misma las he utilizado con miles de bebés y las he enseñado a padres de todo el planeta. No hago milagros. Simplemente conozco bien mi trabajo y tengo muchos años de experiencia a mi favor. De acuerdo, es cierto que algunos bebés son más complicados que otros, igual que ocurre con los adultos. Y también es cierto que hay periodos de desarrollo, como cuando al niño le empiezan a salir los dientes o está a punto de cumplir los dos años, que pueden resultar algo difíciles para los padres, así como el hecho de sufrir alguna enfermedad inesperada (bien vosotros o vuestro hijo). No obstante, casi cualquier problema se puede resolver retrocediendo a los puntos básicos. Cuando los problemas persisten, normalmente es por culpa de la actitud de los padres o por algo que han hecho. Puede que esto suene cruel, pero recordad que yo siempre abogo por vuestro bebé. Por tanto, si estás leyendo este libro porque quieres cambiar un mal hábito y recuperar la armonía en tu familia, pero nada parece funcionar —ni siquiera mis sugerencias—, pregúntate con toda sinceridad si alguna de las afirmaciones siguientes responde a tu caso. Si te identificas con alguno de estos puntos, tendrás que modificar tu comportamiento o tu forma de pensar para poner en práctica las estrategias que yo te propongo.
TE ADAPTAS AL RITMO DE TU HIJO EN LUGAR DE ESTABLECER UNA RUTINA. Si has leído mi primer libro, sabrás que creo firmemente en seguir una rutina estructurada. (Si no, te pondré al día rápidamente en el primer capítulo, donde se explica detalladamente el plan E .A. S. Y.) Lo ideal es comenzar el día que sales del hospital y llevas a casa a tu pequeño retoño. Aunque, por supuesto, si no empezaste entonces, también puedes introducir una rutina a las ocho semanas, a los tres meses o incluso después. Sin embargo, es algo que a muchos padres les cuesta y, cuanto mayor es el bebé, más difícil resulta. Por eso, a través de una desesperada llamada de teléfono o de un correo electrónico como éste, suelen ponerse en contacto conmigo:
Soy una madre primeriza y mi hija Sofia tiene ocho semanas y media. No consigo que siga una rutina, ya que es una niña muy incongruente. Lo que me preocupa es su errática conducta a la hora de comer y de dormir. Por favor, aconséjeme.
Éste es un caso típico de padres que se adaptan al bebé. La pequeña Sofia no es «incongruente»: simplemente es un bebé. ¿Y ellos qué saben, pobrecitos? Acaban de aterrizar en este mundo. Apuesto a que el comportamiento de la madre sí es incongruente, puesto que se está adaptando a su hija de ocho semanas y media: ¿y qué sabe una criatura tan pequeña sobre horarios de comer y dormir? Sólo lo que nosotros le enseñemos. Esta madre asegura que está intentando establecer una rutina, pero en realidad no está asumiendo la responsabilidad. (En el próximo capítulo hablaré de lo que se debe hacer en estos casos.) Mantener una rutina estable es igualmente importante para bebés y niños de más edad. Somos nosotros quienes tenemos que guiar a nuestros hijos, no adaptarnos a ellos. Nosotros debemos decidir a qué hora tienen que cenar y a qué hora tienen que acostarse.
QUIZÁS SIN QUERER, HAS ESTADO COMETIEND O ERRORES EN LA CRIANZA DE TU HIJO. Mi abuela siempre me decía: «Empieza tal como tengas intención de continuar». Desafortunadamente, cuando surge un problema, los padres tienden a hacer lo que sea a fin de conseguir que su bebé deje de llorar o su niño se calme. A menudo, ese «lo que sea» se convierte en una mala costumbre que más adelante tendrán que erradicar y esto es un error de crianza. Por ejemplo, cuando el pequeño Tommy, de diez semanas, no logra conciliar el sueño porque mamá no ha estado atenta al momento en que él quería dormir —al momento óptimo para acunarlo y que echara una cabezadita—, su madre empieza a pasear con él arriba y abajo, a mecerlo y a zarandearlo. ¿Y qué sucede? Pues que el invento funciona y el niño se duerme en sus brazos. Al día siguiente, a la hora de la siesta, cuando Tommy se revuelve un poco inquieto en la cuna, su madre vuelve a tomarlo en brazos para sosegarlo. Puede que incluso ella misma se sienta reconfortada por este ritual y que la sensación de esa dulce criatura acurrucada contra su pecho le resulte deliciosa. Pero tres meses más tarde, si no antes, os garantizo que mamá estará desesperada, preguntándose por qué su hijo «odia la cuna» o «se niega a dormirse a menos que me ponga a mecerlo». Y no va a ser culpa de Tommy. De forma accidental, su madre ha hecho que él asociara los movimientos de mecerlo y el calor de su cuerpo con irse a dormir. Ahora él cree que esto es normal. No puede viajar al país de los sueños sin la ayuda de su madre y no le gusta su cuna, porque nadie le ha enseñado a sentirse cómodo en ella.
NO ESTÁS INTERPRETANDO LAS SEÑALES QUE TE MANDA TU HIJO. Una madre me llama angustiada: «Mi bebé solía seguir la rutina, y ahora ha dejado de hacerlo. ¿Cómo consigo que vuelva a cumplir sus horarios?». Cuando oigo cualquier versión de la frase: solía hacer tal o cual cosa y ahora no la hace, no sólo significa que los padres están permitiendo que el niño domine la situación, sino que además implica que están prestando más atención al reloj (o a sus propias necesidades) que al bebé en cuestión (más información sobre este tema en las páginas 29-30). No están leyendo el lenguaje corporal de su hijo ni sintonizando con sus llantos. Incluso cuando los niños comienzan a decir sus primeras palabras, es fundamental observarlos. Por ejemplo, un niño propenso a la agresividad no entra simplemente en una habitación y empieza a pegar a sus compañeros. Más bien se va alterando hasta que al final explota. Un padre o una madre atentos aprenderán a detectar los primeros síntomas de nerviosismo y a reconducir la energía del niño a fin de evitar la explosión.
NO ESTÁS TENIENDO EN CUENTA QUE LOS NIÑOS CAMBIAN CONSTANTEMENTE. También escucho la frase, «él/ella solía…» cuando los padres no se percatan de que ha llegado la hora de hacer un cambio. Un bebé de cuatro meses que continúa con una rutina diseñada para los primeros tres meses (véase el capítulo 1) se volverá irritable. Una robusta criatura de seis meses que acostumbraba a dormir la mar de bien quizás empezará a despertarse por la noche si sus padres no introducen alimentos sólidos en su dieta. La verdad es que la única constante en la tarea de ser padres es el cambio (más información sobre este tema en el capítulo 10).
ESTÁS BUSCANDO UNA SOLUCIÓN FÁCIL. Cuanto mayor es un niño, más difícil es romper un mal hábito causado por un error de crianza, tanto sea despertarse por la noche y pedir el pecho o el biberón, como negarse a sentarse en una trona para tomar una comida apropiada. Muchos padres, sin embargo, esperan que sus deseos se cumplan por arte de magia. Por ejemplo, Elaine me consultó acerca de cómo empezar a dar el biberón a su hijo, hasta entonces alimentado exclusivamente con el pecho y, más adelante, insistió en que mi estrategia no había funcionado. La primera pregunta que siempre hago es: «¿Durante cuánto tiempo lo has estado intentando?». A continuación, Elaine reconoció: «Sólo en la toma de la mañana, luego lo dejé». ¿Por qué abandonó tan pronto? Seguramente esperaba obtener resultados inmediatos. Entonces yo le recordé la «P» de P. C.: sé paciente.
REALMENTE NO ESTÁS DISPUESTA /O A CAMBIAR. Elaine tenía además otro problema: no estaba dispuesta a perseverar hasta el final. «Tenía miedo de que Zed se muriera de hambre si continuaba con el biberón», ésa fue la explicación que me dio. No obstante, había más motivos y, a menudo, uno de ellos es el siguiente: dijo que quería que su marido también pudiese alimentar al pequeño Zed de cinco meses, pero en realidad no deseaba ceder esa competencia exclusiva. Si estás intentando resolver un problema, has de querer solucionarlo y tener la determinación y el tesón de seguir hasta el final. Trázate un plan y sé constante a la hora de ejecutarlo. No retomes tus hábitos anteriores y no empieces a probar técnicas diferentes a cada momento. Si te mantienes constante con una opción, funcionará… siempre y cuando continúes perseverando en ella. Sé persistente. Insistiré tanto como haga falta: debes mostrarte igual de constante y coherente con el nuevo método como lo fuiste con el anterior. Es indudable que el temperamento de algunos niños los hace más reacios al cambio que otros (véase el capítulo 2); sin embargo, cuando les alteramos la rutina, al principio la mayoría se resiste (¡como los adultos!). Pero si somos constantes y no cambiamos las normas cada dos por tres, los niños acaban acostumbrándose al nuevo sistema.
Los padres a veces se engañan a sí mismos. Insisten en que han estado intentando una técnica determinada durante un par de semanas —pongamos, por ejemplo, mi método pick up / put down4 o P. U./P. D. (véase el capítulo 6)— y no les ha funcionado. Yo sé que esto no puede ser verdad, puesto que, tras una semana o incluso menos, P. U./P. D. funciona con cualquier bebé, tenga el temperamento que tenga. Y ciertamente, cuando les pregunto y les digo que sean sinceros, descubro que, efectivamente, probaron la técnica unos tres o cuatro días y funcionó; pero unos días más tarde, cuando el bebé se despertó a las tres de la madrugada, no siguieron con el plan original. Exasperados, recurrieron a alguna otra cosa. «Decidimos dejarlo llorar, hay gente que lo recomienda.» Yo no; hace que el bebé se sienta abandonado. La pobre criatura entonces no sólo está confundida porque le han cambiado las normas, sino que además tiene miedo.
Si no vas a seguir un método hasta el final, no inicies el proceso. Y si no puedes hacerlo sola, recluta a gente para que te ayude: tu marido, tu madre, tu suegra o una buena amiga. De lo contrario, someterás a tu hijo a la tortura de llorar desconsoladamente y, al final, te lo llevarás contigo a la cama para que se calme (más sobre este tema en los capítulos 5-7).
ESTÁS INTENTANDO ALGO QUE NO CONCUERDA CON TU FAMILIA O TU PERSONALIDAD. Cuando sugiero una rutina estructurada o alguna de mis estrategias para romper un mal hábito, normalmente suelo intuir de antemano si funcionará mejor con mamá o con papá: uno es más disciplinado, el otro más blando o, aún peor, una víctima del síndrome del «pobre bebé» (véase la página 243). Algunas madres (o padres) me dicen: «No quiero que mi hijo llore». Y la verdad es que yo no estoy a favor de forzar a ningún bebé a hacer nada y tampoco creo en dejar que los niños lloren hasta la desesperación. No creo en exiliar a los niños a un solitario tiempo muerto, por corto que sea. Los bebés y los niños necesitan la ayuda de los adultos y debemos estar ahí para prestársela; especialmente cuando se quieren eliminar los efectos de un error de crianza, por muy costoso que sea. Si no te sientes cómoda implementando alguna técnica en concreto, no lo hagas, o bien procúrate refuerzos: haz que tu marido te releve por un tiempo o pide ayuda a tu madre, a tu suegra o a una amiga de confianza.
NO ESTÁ ROTO Y, EN REALIDAD, NO NECESITAS ARREGLARLO. No hace mucho recibí un correo electrónico de los padres de un bebé de cuatro meses: «Mi bebé duerme durante toda la noche pero sólo pesa siete kilos. En su libro dice que debería pesar nueve. ¿Cómo puedo conseguir que engorde los dos kilos que le faltan?». ¡Cuántas madres darían su brazo derecho por tener un hijo que durmiera la noche entera! El supuesto problema de esta madre era que su hijo no encajaba en mi libro. Es posible que tuviera una constitución más menuda que la media. ¡No todo el mundo crece en una familia de Shaquille O’Neals! Si el peso de la criatura no preocupaba a su pediatra, mi consejo fue que se calmara y se limitara a observar a su hijo. Quizás en un par de semanas más empezaría a despertarse por la noche y eso sería un indicio de hambre y de que debería ingerir más comida durante el día; pero, por el momento, no había ningún problema.
TUS EXPECTATIVAS NO SON REALISTAS. Algunos padres no son nada realistas acerca de lo que significa tener un hijo. Con frecuencia, son personas de mucho éxito en su trabajo, buenos líderes, inteligentes y creativos y contemplan el paso a la paternidad como otra gran transición en sus vidas y, sin duda, lo es. No obstante, también se trata de una etapa muy distinta a las demás porque conlleva una responsabilidad inmensa: cuidar de otro ser humano. Una vez se es padre, no se puede volver atrás; uno no puede volver a su vida anterior como si nada hubiese cambiado. Los bebés a menudo necesitan tomar el pecho o el biberón por la noche. Los niños pequeños no se pueden tratar con la misma eficiencia que los proyectos de trabajo. Ellos no son pequeñas maquinitas que se puedan programar. Exigen cuidados, una vigilancia constante y toneladas de tiempo y cariño. Incluso si se dispone de ayuda, se necesitará conocer bien al niño y eso requiere tiempo y energía. Además, no importa en qué etapa se encuentre actualmente tu hijo, sea buena o mala, siempre debes tener en cuenta que dicha etapa pasará. De hecho, tal como reza el último capítulo, «justo cuando creas que ya lo has conseguido, todo cambia».
SOBRE ESTE LIBRO… Y LAS OLIMPIADAS DEL DESARROLLO
Este libro es una respuesta a vuestras peticiones. Habéis pedido que os aclare con más detalle algunas estrategias sobre las que estáis confundidos, así como que os dé soluciones a una extensa variedad de problemas. Además, muchos de vosotros me habéis solicitado pautas específicas para cada edad. Aquellos que habéis leído mis libros anteriores sabéis que no soy una gran aficionada a las tablas por edades, nunca lo he sido. Los retos a los que se enfrentan los bebés se pueden clasificar en categorías bien definidas. Por supuesto, es cierto que los bebés y los niños pequeños generalmente dan los grandes pasos en su desarrollo en momentos estipulados, pero lo normal es que no ocurra nada malo con aquellos que no siguen las pautas marcadas. Con todo, en respuesta a vuestras peticiones de mayor claridad y especificación, aquí he adaptado varias técnicas según distintos grupos de edades: del nacimiento a las seis semanas, de las seis semanas a los cuatro meses, de los cuatro a los seis meses, de los seis a los nueve meses, de los nueve meses al primer año, de uno a dos años y de los dos a los tres años. Mi intención es proporcionaros una mejor comprensión de cómo piensa vuestro hijo y de cómo ve el mundo. En cada capítulo, no describo necesariamente todas las categorías por edades, sino que dependerá del tema que estemos tratando. Por ejemplo, en el capítulo 1, que explica el método E. A. S. Y., hablo solamente de los primeros cinco meses, porque entonces es cuando los padres tienen dudas sobre la rutina, mientras que, en el capítulo 4, que trata acerca de gatear y dormir, empiezo a los seis meses, que es cuando comenzamos a introducir los alimentos sólidos.
Os habréis dado cuenta de que los tramos de edad son bastante amplios. De esta manera, se contemplan variaciones entre los distintos niños. Además, no quiero que mis lectores entren en lo que yo denomino las «olimpiadas del desarrollo»; es decir, comparar los progresos o los problemas de un niño con los de otro o sentir inquietud si su pequeño o pequeña no encaja en los parámetros de un perfil de edad determinado. He presenciado con demasiada frecuencia reuniones de madres que quedaban para que sus hijos jugaran juntos y que tenían bebés nacidos aproximadamente en la misma época. De hecho, muchas de ellas se conocieron en la sala de espera de la clínica o en las clases de preparto. Aparentemente, las mamás se sientan a charlar, pero yo puedo ver cómo observan a los bebés de las demás, haciendo comparaciones y preguntas. Aunque una madre no diga nada en voz alta, casi puedo oírla cuando piensa: «¿Por qué mi Claire, que es sólo un par de semanas más joven que Emmanuel, es más pequeña que él? Y mira a Emmanuel, encima ya está intentando ponerse de pie..., ¿por qué Claire no lo hace todavía?». En primer lugar, en la vida de un bebé de tres meses, dos semanas son mucho tiempo ¡representan una sexta parte de su vida! En segundo lugar, leer tablas de edades, en general, suele elevar las expectativas de los padres. Y tercero, los niños poseen diferentes habilidades y puntos fuertes. Quizás Claire camine más tarde que Emmanuel (o no; es demasiado pronto para saberlo), pero también puede que empiece a hablar antes.
Os recomiendo que leáis todas las etapas, puesto que ciertos problemas que se presentan al principio pueden persistir más adelante; no es inusual que un problema propio de un bebé de dos meses aparezca a los cinco o seis. Y, por otro lado, vuestro hijo puede estar más avanzado en algún aspecto que no corresponda a su edad; por eso es una buena idea que tengáis ciertas nociones de lo que os espera.
También creo que existen los «momentos óptimos»: las mejores edades para enseñarle al niño alguna habilidad en particular, como dormir toda la noche; o para introducir un nuevo elemento en su vida, por ejemplo el biberón, si hasta ahora le has dado exclusivamente el pecho, o hacer que se siente en una trona para darle de comer. Precisamente, a medida que los bebés crecen hasta ser capaces de gatear, es cuando debes estar más atenta a los momentos óptimos para empezar cosas nuevas; si no, probablemente luego tendrás que pelear con él. Has de hacer planes con antelación. Si no has convertido algunas de las tareas que deben hacer los niños en un juego o en una actividad agradable, por ejemplo, vestirse solos e ir al lavabo, es muy posible que tu hijo se muestre reacio a la nueva experiencia.
HACIA DÓNDE VAMOS A PARTIR DE AQUÍ
En este libro se trata un amplio abanico de temas, ya que he intentado incluir todas las dificultades que cualquier madre/padre podría encontrar, lo cual no es fácil de condensar de forma compacta y ordenada. Todos los capítulos tratan una serie de problemas, pero cada uno de ellos es diferente, y está estructurado de forma que os ayude a ir más allá de las consideraciones básicas y a comprender mi manera de enfocar varios de los retos que tendréis que afrontar. En cada capítulo, encontraréis muchos elementos específicos: mitos sobre la crianza de los hijos, listas de control y recuadros que resumen puntos de información importantes, además de ejemplos extraídos de la vida real: historias desde las trincheras. En todos los casos de estudio, así como cuando he reproducido correos electrónicos y mensajes enviados a mi página web, los nombres y detalles que pudieran permitir la identificación de la persona en cuestión han sido modificados. He intentado atacar las cuestiones que más preocupan a los padres y compartir con vosotros el tipo de preguntas que suelo hacerles a fin de averiguar qué está sucediendo realmente. Al igual que una «apagafuegos», una consultora experta contratada por una empresa para analizar por qué los negocios no fluyen como debieran, tengo que imaginarme quiénes son los protagonistas, cómo actúan y qué ocurrió antes de que surgiera el problema en cuestión. A continuación, debo proponer una forma distinta de hacer las cosas, lo cual provocará una reacción diferente a la que los padres han estado obteniendo. Al descubriros mi manera de pensar sobre las dificultades que afectan a los bebés y niños pequeños y al mostraros cómo les encuentro una solución, también vosotros podréis convertiros en los «apagafuegos» de vuestra propia familia. Tal como he comentado anteriormente, mi objetivo es conseguir que penséis como yo, de manera que seáis capaces de resolver los problemas por vuestra cuenta.
A lo largo de todo el libro, las preguntas que hago aparecerán destacadas en negrita, de manera que enseguida salten a la vista.
A lo largo del libro, he procurado presentar un mismo número de referencias de niños varones y de niñas. Al hablar de padres y madres, sin embargo, resultó del todo imposible, ya que la mayoría de llamadas telefónicas, correos electrónicos y mensajes a mi página web proceden de madres y ese desequilibrio se refleja en estas páginas. Papá, si estás leyendo este libro, piensa que no te ignoré deliberadamente. Reconozco que (afortunadamente) hoy en día muchos padres se ponen manos a la obra y colaboran en todo; y alrededor de un 20 % incluso están en casa. ¡Espero que, gracias a vosotros, algún día ya no digamos que los padres no leen libros sobre el cuidado y la educación de los hijos!
Podéis leer este libro de principio a fin o bien consultar únicamente aquellas cuestiones que os preocupan y continuar desde ahí. No obstante, si no habéis leído mis dos libros anteriores, os recomiendo encarecidamente que, al menos, leáis los dos primeros capítulos enteros, puesto que resumen mi filosofía básica respecto al cuidado infantil y os ayudarán, además, a analizar por qué los problemas surgen a determinadas edades. Desde el tercer capítulo al décimo, se tratan en profundidad los tres grandes temas que más inquietan a los padres: la alimentación, el sueño y el comportamiento.
Muchos de vosotros me habéis dicho que, incluso más que mis buenos consejos, lo que más valoráis es mi sentido del humor. Os prometo que también encontraréis grandes dosis de humor a lo largo de estas páginas. Al fin y al cabo, si nos olvidamos de reír y de apreciar esos momentos tan especiales de calma y conexión con nuestros hijos (aunque no duren más de cinco minutos seguidos), ser padres, ya de por sí una tarea dura, podría resultar demasiado abrumador.
Quizás os sorprendan algunas de mis sugerencias y puede que no creáis que sean efectivas, pero a través de numerosos ejemplos veréis el éxito que han tenido en otras familias. Así que, ¿por qué no probarlas también en vuestro caso?
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E. A. S. Y. NO ES NECESARIAMENTE FÁCIL (¡PERO FUNCIONA!)
ESTABLECER UNA RUTINA ESTRUCTURADA PARA TU HIJO
LOS BENEFICIOS DE E. A. S. Y.
Probablemente tú sigues una rutina cada mañana. Te levantas más o menos a la misma hora, quizás lo primero que haces es ducharte, tomarte el café, puede que te lances inmediatamente a la carretera para ir al trabajo o que salgas a dar un corto paseo con tu perro. Hagas lo que hagas, seguramente es casi lo mismo cada mañana. Y si, por casualidad, algo interrumpe esa rutina, puede estropearte el resto del día. Además, apuesto a que también existen otras rutinas a lo largo de tu jornada. Seguro que tienes la costumbre de cenar a una hora concreta. Y también que, al final del día, sueles realizar una serie de rituales propios, como arrumacos con tu almohada favorita (¡o con tu compañero/a!), deseando tener un buen descanso nocturno. Pero pongamos por caso que tu hora de cenar cambia o que debes dormir en una cama lejos de casa. ¿Verdad que te inquieta un poco y te sientes algo desorientado/a al levantarte por la mañana?
Naturalmente, cada persona es distinta en su necesidad de orden y rutina. En un extremo están aquellos cuyos días son absolutamente predecibles. En el otro, los espíritus libres, que tienden a vivir más a lo loco y sin horarios. Aunque, normalmente, incluso los más «imprevisibles» siguen algún tipo de rutina en su día a día. ¿Por qué? Pues porque los seres humanos, igual que la mayoría de animales, se desarrollan adecuadamente si saben cómo y cuándo se van a satisfacer sus necesidades y lo que les espera después. A todos nos gusta que haya cierto grado de certeza en nuestras vidas.
Pues bien, lo mismo les ocurre a los bebés y niños pequeños. Cuando una mamá primeriza sale del hospital y lleva a su bebé a casa, yo le sugiero que imponga una rutina en su vida de inmediato. Yo la llamo «E. A. S. Y.», un acrónimo que representa una secuencia previsible de acontecimientos que refleja, más o menos, la forma de vida de los adultos, aunque dividida en fases más cortas: comer (Eat), un rato de actividad (Activity) y dormir (Sleep), lo cual te deja un poco de tiempo para ti (You). No se trata de un horario, porque la vida de un bebé no puede ajustarse a ningún reloj. Es más bien una rutina que sirve para estructurar el día y dar coherencia a la vida familiar, lo cual es importante, ya que a todos nosotros, niños y adultos, así como a los bebés y a los niños más pequeños, lo previsible nos hace prosperar. Todo el mundo se beneficia de ello: el bebé sabe qué va a ocurrir a continuación. Los hermanos, si los hay, tienen más tiempo para estar con mamá y papá y sus padres no están tan agobiados, puesto que también tienen tiempo para ellos mismos.
De hecho, yo ya practicaba el E. A. S. Y. mucho antes de darle nombre. Hace más de veinte años, cuando empecé a dedicarme al cuidado de neonatos y bebés de corta edad, una rutina estructurada me pareció lo más lógico. Los bebés necesitan que les enseñemos cómo funcionan las cosas y que les demos la mano mientras ellos lo intentan. El aprendizaje más efectivo se logra mediante la repetición. También expliqué a los padres con quienes trabajaba la importancia de una rutina estructurada, de manera que ellos la pudieran continuar en casa cuando yo me hubiese marchado. Les advertí que se aseguraran siempre de que el bebé hiciera algún tipo de actividad en lugar de irse directamente a dormir; así, su pequeño no asociaría el hecho de comer con el de dormir. Dado que las vidas de «mis» bebés eran tan predecibles y calmadas, prácticamente todos comían bien, aprendieron a jugar solitos durante periodos de tiempo cada vez más largos y se dormían sin necesidad de mamar, succionar el biberón o ser arrullados y mecidos por sus padres. A medida que estos bebés se iban convirtiendo en niños pequeños y preescolares, yo mantuve el contacto con sus padres, los cuales me informaron de que sus hijos no sólo se estaban desarrollando con toda normalidad en sus rutinas diarias, sino que además tenían mucha confianza en sí mismos y sabían que sus padres estarían con ellos si se los necesitaba. Los padres mismos aprendieron rápidamente a conectar con sus hijos y a interpretar sus mensajes, observando atentamente su lenguaje corporal y escuchándolos cuando lloraban. Y puesto que podían «leer» la mente de sus hijos, se sentían mejor equipados para sobrellevar cualquier dificultad que surgiera en el camino.
Cuando estuve preparada para escribir mi primer libro, mi coautora y yo inventamos «E. A. S. Y.», un sencillo acrónimo pensado para ayudar a los padres a recordar el orden de mi rutina estructurada. Comer, un rato de actividad, dormir —el curso natural de la vida—, y luego, como extra, tiempo para ti. Con E. A. S. Y., no es el bebé quien marca el ritmo, sino que eres tú quien asume la responsabilidad. Lo observas con atención e interpretas sus señales, pero tú tomas las riendas, animándolo suavemente a seguir una rutina que sabes que lo ayudará a crecer y a desarrollarse satisfactoriamente: comer, luego unos niveles apropiados de actividad y, por último, un buen sueño reparador. Tú eres quien guía a tu hijo. Tú marcas el ritmo.
El plan E. A. S. Y. proporciona a los padres, especialmente a los primerizos, la seguridad de saber que entienden a su bebé, porque enseguida aprenden a distinguir los distintos tipos de llanto de su hijo. Tal como me escribió una mamá: «A mi marido, a mí y a nuestra pequeña Lily, de seis meses, se nos considera un enigma entre nuestros compañeros de las clases de educación maternal, porque dormimos toda la noche y nuestra hija es un bebé de lo más agradable». Continúa contándome que iniciaron el plan E. A. S. Y. con Lily cuando ésta tenía diez semanas. Y como consecuencia, dice la mamá: «Ahora entendemos sus mensajes y tenemos una rutina —no un horario— que hace que nuestra vida sea previsible, fácil de controlar y divertida».
Lo he visto una y otra vez. Los padres que establecen mi rutina E. A. S. Y. tardan muy poco en saber qué necesita y qué quiere su hijo en cualquier momento determinado del día. Pongamos por caso que acabas de alimentar a tu bebé (la E de eat, comer), y que lleva despierto unos quince minutos (la A de activity, actividad), y luego empieza a mostrarse un poco nervioso e irritable. Lo más probable es que esté listo para irse a dormir (la S de sleep, dormir). De lo contrario, si ha estado durmiendo durante una hora (S) mientras tú (la Y de you, tú), con un poco de suerte, has aprovechado para descansar o dedicarte un tiempo a ti misma, cuando se levante no habrá nada que adivinar. Incluso si no llora (aunque si tiene menos de seis semanas, probablemente lo hará), la apuesta más segura es que tenga hambre. Y así, el ciclo E. A. S. Y. comienza de nuevo.
¿POR QUÉ INSTAURAR LA RUTINA E. A. S. Y.?
E. A. S. Y. es una forma sensata de afrontar el día, tanto para ti como para tu hijo. Es una rutina que consta de ciclos repetitivos de cada letra. La E (comer), la A (actividad) y la S (dormir) están relacionadas entre sí: normalmente los cambios en uno afectan a los otros dos. A pesar de que, durante los próximos meses, las necesidades de tu bebé irán cambiando a medida que crezca, el orden de las letras se mantendrá igual:
Eat (comer). Tu bebé empieza el día con una comida, que pasará de ser exclusivamente líquida a incluir alimentos sólidos a partir de los seis meses. Es menos probable que alimentes en exceso o de forma insuficiente a un bebé que sigue una rutina.
Activity (actividad). Los bebés se entretienen haciendo sonidos y gorgoritos a las personas que los cuidan, así como contemplando ensimismados las ondulaciones del papel pintado que decora la pared del salón. Sin embargo, a medida que tu bebé crezca, interactuará cada vez más con su entorno y empezará a explorarlo. Una rutina estructurada contribuye a evitar que los bebés se sientan sobreestimulados.
Sleep (dormir). El sueño ayuda a crecer a tu bebé. Además, si duerme varias siestas durante el día, conseguirá dormir cada vez más horas seguidas por la noche, porque los bebés necesitan estar relajados a fin de dormir bien.
You (tiempo para ti). Si tu bebé no sigue una rutina estructurada, cada día será diferente e imprevisible. Y aparte de que la pobre criatura se va a sentir deprimida, tú apenas si tendrás un segundo para ti.
¡ANOTADLO!
Los padres que registran los progresos diarios de su bebé anotándolo todo tienen menos problemas a la hora de mantener una rutina o de establecerla por primera vez. También son mejores observadores. Anotar los avances del bebé, aunque resulte tedioso en el momento de hacerlo (¡Dios sabe que tenéis muchas otras cosas que hacer!), os dará una perspectiva mucho más amplia. Detectaréis los patrones con más facilidad y veréis lo relacionados que están el hecho de dormir, de comer y de realizar un poco de actividad. Los días que vuestro bebé se alimente mejor, estoy segura de que estará menos alterado durante el tiempo que permanezca despierto y de que también dormirá mucho mejor.
CUANDO E. A. S. Y. PARECE DIFÍCIL
Cuando me documentaba para escribir este libro, examiné los expedientes de miles de bebés con los que había trabajado, así como las numerosas preguntas de padres que me habían contactado recientemente por teléfono, por correo electrónico o a través de mi página web. Mi objetivo era identificar las dificultades con las que habitualmente suelen encontrarse padres bienintencionados y comprometidos a la hora de intentar establecer una rutina estructurada. La mayoría de ellos no tiene dudas sobre la rutina en sí. Sus preguntas tienden a centrarse en alguna de las letras de E. A. S. Y. Me preguntan, por ejemplo: «¿Por qué las comidas de mi bebé son tan cortas?» (la E), «¿Por qué está irritado y no muestra ningún interés por sus juguetes?» (la A), o «¿Por qué se despierta varias veces durante la noche?» (la S). En este libro trataré diversas cuestiones de este tipo y ofreceré sugerencias para solucionar problemas específicos; los capítulos 3 y 4 están enteramente dedicados a temas de alimentación y del capítulo 5 al 7 se trata el tema del sueño. Pero también debemos analizar cómo se relacionan entre sí las tres grandes áreas y éste es el tema del presente capítulo. La alimentación afecta al sueño y a la actividad; la actividad afecta a la alimentación y al sueño; el sueño afecta a la actividad y a la alimentación y, naturalmente, todo ello te afectará a ti. Sin una rutina predecible, todo en la vida de un bebé puede convertirse en un caos, a veces de forma repentina. La solución es casi siempre E. A. S. Y.
No obstante, los padres me dicen que E. A. S. Y. no es necesariamente fácil. A continuación reproduzco un fragmento de la carta de Cathy, la madre de Carl, un bebé de un mes, y de Natalie, una niñita de veintidós meses. Sus palabras reflejan la confusión y las dificultades que acostumbran a experimentar los padres:
Mi hija mayor, Natalie, duerme muy bien (de un tirón de las siete a las siete, se acuesta ella sola y hace sus siestas durante el día). No recuerdo cómo conseguimos que adquiriera estos hábitos y necesitamos algunas pautas para guiar a Carl, desde ahora y en los próximos meses. Le doy el pecho y me temo que, sin querer, hago que se duerma cuando lo amamanto; además, a veces no sé distinguir si está cansado, si tiene hambre o si le duele la barriga por gases. Me hace falta un ejemplo de estructura básica que me ayude a saber qué le pasa, ¡ya que su hermana exige mucha energía y atenciones cuando está despierta! El [primer] libro de Tracy habla en términos generales sobre los periodos de tiempo que requieren las distintas etapas comer/actividad/dormir, pero me está resultando difícil adaptarlas a las horas del día y de la noche.
Cathy tenía ventaja en un aspecto. Al menos se daba cuenta de que su problema era la falta de consistencia y su poca habilidad para interpretar las reacciones de Carl. Sospechaba, con bastante tino, que la solución era una rutina. Y al igual que muchos padres que han leído acerca de E. A. S. Y., lo único que necesitaba era un poco de confianza y algunas aclaraciones. No le costó demasiado aplicar el plan E. A. S. Y. después de hablar conmigo, puesto que Carl tenía sólo un mes, era lo suficientemente pequeño para adaptarse rápidamente a una nueva rutina. Además, cuando me enteré de que había pesado 3 kilos y 200 gramos al nacer, supe que no tendría ningún problema para realizar sus tomas cada dos horas y media o tres (ampliaré este tema más adelante). En cuanto Cathy instauró la rutina para su hijo, le fue mucho más fácil anticiparse a sus necesidades. (En la página 35 encontraréis una rutina de muestra para un bebé de cuatro semanas.)
Todos los bebés se desarrollan mejor cuando siguen una rutina, pero algunos, debido a su temperamento, se adaptan a ella más rápido y con mayor facilidad. Natalie, la primera hija de Cathy, que ahora ya gatea, fue una criatura sumamente tranquila y flexible; a este tipo de bebés yo los llamo «angelitos». Esto explicaría por qué Natalie dormía sus siestas y tenía un sueño tan sólido por las noches y también por qué Cathy no recuerda cómo lo logró. El pequeño Carl, sin embargo, era un tipo de bebé mucho más sensible, lo que yo llamo un bebé «susceptible», que con tan sólo un mes podía alterarse a causa de una luz demasiado brillante o porque su madre le sostenía la cabeza ligeramente más abajo al amamantarlo. Tal como explico con más detalle en el capítulo 2, el temperamento afecta a la forma en que un bebé reacciona prácticamente ante todo en su vida. Algunos necesitan más tranquilidad mientras comen, actividades menos estimulantes o una habitación más oscura para dormir. De lo contrario, estarán sobreexcitados y rechazarán entrar en una rutina.
E. A. S. Y.:
UNA RUTINA DIURNA
En el caso de bebés menores de cuatro meses, también pueden surgir problemas si los padres no tienen en cuenta que deben adaptar la rutina E. A. S. Y. a los niños nacidos en circunstancias especiales, como los prematuros (véase el recuadro lateral de la página 37), los que sufren ictericia (recuadro lateral de la página 38) o tienen un peso menor de lo normal (véanse las páginas 37-39). Además, muchos padres malinterpretan cómo tienen que aplicar el plan E. A. S. Y. Por ejemplo, interpretan «cada tres horas» literalmente y se preguntan cómo aprenderá su hijo a dormir toda la noche si lo despiertan para alimentarlo y qué clase de actividad es adecuada en plena noche. (Ninguna: debéis dejar dormir al bebé; véase el recuadro lateral de la página 29).
A los padres también les cuesta implementar E. A. S. Y. cuando piensan en un «horario» y suelen concentrarse más en el reloj que en leer las señales que envía su bebé. Una rutina estructurada no es lo mismo que un «horario». Es importante repetir esto: la vida de un bebé no puede ajustarse a las agujas de un reloj. De hacerlo, tanto la madre como el bebé se sentirán frustrados. Merle, una madre de Oklahoma, me escribió desesperada tras haber «intentado sin éxito aplicar el horario E. A. S. Y.». Me saltó la alarma de inmediato, porque Merle había utilizado la palabra horario, que yo nunca uso. «Tengo la impresión de que cada día seguimos un horario diferente», escribió. «Sé que estoy haciendo algo mal pero ¿qué?»
E. A. S. Y. no debe seguirse por la noche. Cuando bañes a tu hijo y lo acuestes, asegúrate de que le has aplicado mucha crema protectora en el culito antes de ponerle los pañales. No lo despiertes para que haga ninguna actividad. Si el hambre lo desvela, dale de comer, pero vuelve a acostarlo enseguida. Ni siquiera le cambies los pañales a menos que hayas oído que ha hecho caca o (si el niño toma el biberón) que lo hayas olido.
Una rutina estructurada no es lo mismo que un horario. Un horario consiste en fraccionar el tiempo, mientras que E. A. S. Y. consiste en mantener un mismo patrón diario (comer, un poco de actividad y dormir) y en repetirlo varias veces cada día. Con esta rutina no estamos tratando de controlar a los niños, sino de guiarlos. La forma de aprendizaje de los humanos —al igual que la de otras especies— es hacer algo una y otra vez; y una rutina estructurada refuerza esta dinámica.
Como Merle, algunos padres malinterpretan lo que quiero decir con «rutina», a menudo porque ellos mismos tienden a vivir según un horario determinado. Así pues, cuando sugiero una rutina de tres horas para bebés menores de cuatro meses —digamos de siete de la mañana a diez, de diez a una, de cuatro a siete y de siete a diez de la noche—, las madres acostumbradas a regirse por el reloj quizás tendrán esas franjas horarias grabadas a fuego. Y tal vez incluso les dé un ataque de pánico si un día su bebé echa una cabezada a las diez y cuarto y el siguiente a las diez y media. Pero la vida de un bebé no puede ajustarse al ritmo de un reloj, sobre todo durante las seis primeras semanas. Habrá días en que todo saldrá bien y el niño seguirá la rutina sin problemas y otros en que no. Si estás demasiado ocupada controlando el reloj, en lugar de observar a tu bebé, te perderás señales importantes (como el primer bostezo a las seis semanas o la primera vez que a los seis meses se refriegue los ojos, gestos que indican que el pequeño tiene sueño: encontrarás más información acerca de los indicios de sueño en la página 182). Y entonces tendrás un bebé agotado que no conseguirá dormirse porque no se han respetado sus necesidades físicas.
El aspecto fundamental de E. A. S. Y. es leer las señales que te envía tu hijo —de hambre, de fatiga o de sobreexcitación—, lo cual es mucho más importante que cualquier horario. De esta manera, si un día tiene hambre un poco antes o parece cansado antes de que sea «hora» de ponerlo en la cuna, no dejes que el reloj se imponga. Utiliza el sentido común. Y créeme, querida, cuanto más eficiente seas a la hora de interpretar los llantos y el lenguaje corporal de tu bebé, más fácil te resultará guiarlo y superar cualquier obstáculo que se interponga en tu camino.
LA TABLA E. A. S. Y.
Cuando los padres regresan del hospital e inician la rutina E. A. S. Y., suelo aconsejarles que rellenen una tabla, como la que aparece a continuación (también os la podéis descargar de mi página web), de manera que puedan saber exactamente cuánto está comiendo su bebé, qué hace, cuántas horas duerme y cuánto tiempo le queda libre a mamá. Para bebés de más de cuatro meses, tal vez prefiráis adaptar esta tabla, eliminando las columnas de «evacuación intestinal» y «micción».

EMPEZAR CON LA RUTINA: PAUTAS PARA DIFERENTES EDADES
Establecer una rutina por primera vez es más difícil cuanto mayor es el bebé, sobre todo si antes nunca había seguido ningún tipo de programa. Y dado que mi primer libro se centra principalmente en los primeros cuatro meses de E. A. S. Y., algunos padres de niños de más edad se encuentran perdidos. Al menos la mitad de las consultas que recibo provienen de padres que o bien han intentado algún otro método menos estructurado, como alimentar al bebé «a demanda», o bien han seguido un tipo de rutina distinto y no les ha satisfecho. Entonces descubren el plan E. A. S. Y. y se preguntan cómo empezar.
El E. A. S. Y. es diferente con bebés más mayores, y de la página 49 a la 55 expongo un plan diario que funciona con bebés de cuatro meses o más. Si bien es verdad que las dificultades de cada bebé no siempre pueden clasificarse en categorías perfectamente definidas, tal como expliqué en la introducción, he descubierto que ciertos problemas aparecen en grupos de edad determinados. En esta revisión de E. A. S. Y. me centraré en las siguientes etapas:
• Del nacimiento a las seis semanas.
• De las seis semanas a los cuatro meses.
• De los cuatro a los seis meses.
• De los seis a los nueve meses.
• De los nueve meses en adelante.
CÓMO SE DESARROLLAN LOS BEBÉS
Tu bebé pasará de ser una criatura totalmente dependiente a ser una personita capaz de controlar mejor su cuerpo. Su rutina cambiará a medida que vaya creciendo y desarrollándose, lo cual ocurre, de la cabeza a los pies, en este orden general:
Del nacimiento a los tres meses: de los hombros y la cabeza hacia arriba, incluyendo la boca; la cabeza se irá reforzando permitiéndole sostenerla, levantarla y sentarse con ayuda de algún apoyo.
De los tres a los seis meses: de la cintura hacia arriba, incluyendo el torso, los hombros, la cabeza y las manos, permitiéndole darse la vuelta, alcanzar y tomar objetos y sentarse casi sin ayuda.
De seis meses a un año: de las piernas hacia arriba, lo cual incluye los músculos y la coordinación, que le permitirán sentarse solo, darse la vuelta, estar erguido, gatear y, finalmente, al cabo de un año o más tarde, caminar.
Os ofreceré una descripción general de cada etapa, además de un listado de las quejas más frecuentes y de sus probables causas. Incluso cuando las quejas parecen girar en torno a la alimentación o el sueño, al menos parte de la solución comporta siempre el establecimiento de una rutina si el bebé no sigue ninguna o el ajuste de la rutina que haya estado siguiendo hasta ese momento. Los números que aparecen entre paréntesis en la columna titulada «causas probables» indican las páginas del resto de capítulos donde podréis encontrar aclaraciones más detalladas sobre qué hacer en cada caso (de manera que no se repita la información).
No importa lo mayor que sea vuestro bebé; de todos modos os recomiendo que leáis enteras todas las secciones, puesto que, como os recordaré repetidas veces, no podéis centrar vuestra estrategia exclusivamente en su edad. Los niños, al igual que los adultos, son individuos. En ocasiones, vemos aparecer en bebés de seis meses problemas más propios de los de tres, especialmente si nunca han seguido una rutina. (Además, si no insisto constantemente en este punto, cuando este libro se publique recibiré cartas de padres que me dirán: «Pero mi bebé tiene cuatro meses y no está haciendo lo que usted describe en…».)
LAS PRIMERAS 6 SEMANAS: EL MOMENTO DE ADAPTARSE
Las primeras seis semanas son la época ideal para iniciar el plan E. A. S. Y., que por lo general suele comenzar como una rutina de tres horas. Tu bebé come, juega un poco después de sus comidas y luego tú preparas el ambiente para que duerma un buen rato. Mientras él duerme, tú también aprovechas para descansar y cuando se despierta, el ciclo vuelve a empezar. Durante las primeras seis semanas, además, tu bebé vivirá un proceso de enormes cambios y tendrá que adaptarse a él. Tan sólo unas semanas atrás, esta criatura permanecía imperturbable en un entorno confortable, cálido, donde comía las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, recluido en tu útero; y ahora ha ido a parar a un hogar lleno de ruidos y de gente yendo de un lado a otro. Y se supone que debe alimentarse a través de un pezón o de una tetina. A ti la vida también te ha cambiado de forma drástica; y, sobre todo si eres una mamá primeriza, ¡a menudo te sentirás tan confundida como tu bebé! Si se trata de tu segundo o tercer hijo, seguramente tendrás a sus hermanos alrededor, quejándose sobre esa «cosa» llorona que de repente parece haber monopolizado el tiempo de todo el mundo.
PREGUNTAS PARA CUANDO EL BEBÉ LLORA
Cuando un bebé de seis semanas o menos llora, siempre será más fácil determinar qué necesita si uno sabe en qué momento de su rutina diaria se encuentra. Hazte las siguientes preguntas:
¿Es hora de darle el pecho o el biberón? (hambre)
¿Tiene los pañales mojados o sucios? (incomodidad o frío)
¿Ha estado sentado en el mismo sitio o en la misma posición sin ningún cambio de escenario? (aburrimiento)
¿Ha estado despierto más de 30 minutos? (agotamiento)
¿Has recibido muchas visitas o ha habido mucha actividad en tu casa? (sobreexcitación)
¿Está haciendo muecas y levanta las piernas hacia arriba? (gases)
¿Llora desconsoladamente durante sus comidas o durante la hora siguiente a la comida? (reflujo gastroesofágico)
¿Está escupiendo? (reflujo gastroesofágico)
¿Hace demasiado calor o frío en su habitación, está muy abrigado o muy ligero de ropa? (temperatura corporal)
En este momento, el bebé no controla prácticamente nada, excepto su boca y la utiliza para mamar y para comunicarse. Toda su existencia consiste en comer, succionar y llorar. El llanto es su voz, su única forma de hablar. De las veinticuatro horas del día, los bebés lloran una media de entre una y cinco. Y a la mayoría de padres cada minuto les parece que dura cinco. (Lo sé porque he pedido a muchos padres que cerraran los ojos mientras les hacía escuchar una cinta de dos minutos con los llantos de un niño; y al preguntarles, a continuación, cuánto tiempo creían que había durado, ¡casi todos me respondían que el doble o el triple!)
Nunca deberíamos ignorar los llantos de un bebé ni, en mi opinión, dejarlo llorar hasta que se canse. Lo que debemos hacer es intentar descubrir qué nos está diciendo. Cuando los padres de niños pequeños tienen problemas con la rutina E. A. S. Y., normalmente es porque no interpretan correctamente el llanto de sus bebés. Es comprensible: ahí tenéis a ese pequeño extraño cuyo único lenguaje es llorar, un idioma que los adultos no hablamos. Por eso, al principio, es tan duro para vosotros entender qué quiere deciros vuestro hijo.
Habitualmente los llantos llegan a su punto álgido a las seis semanas, momento en que los padres atentos y observadores ya suelen haber aprendido este lenguaje. Dado que prestan una gran atención a los movimientos del bebé, a menudo actúan antes de que éste comience a llorar. Pero también saben cómo suena el llanto por hambre —un ligero sonido como de tos que sale de la parte trasera de la garganta, es corto al principio y luego se va haciendo más continuado, con un ritmo tipo uaa, uaa, uaa— comparado con uno de agotamiento, que comienza con tres alaridos cortos, seguidos por un llanto fuerte y después dos respiraciones cortas y otro llanto más largo y, a menudo, más fuerte. Asimismo, conocen bien a su propio bebé: al fin y al cabo, algunos lloran menos que otros para expresar que tienen hambre. Hay bebés que sólo se agitan ligeramente o enrollan un poco la lengua; en cambio, otros se desesperan y se ponen absolutamente frenéticos con la primera punzada de hambre.
Si enseguida aplicáis el método E. A. S. Y. con vuestro bebé, os garantizo que aprenderéis a leer sus señales más rápidamente y seréis más eficientes a la hora de averiguar por qué llora. También os será útil echar un vistazo a vuestra tabla diaria. Digamos, por ejemplo, que el bebé ha comido a las siete de la mañana. Si empieza a llorar unos diez o quince minutos después y no lográis apaciguarlo, podéis estar casi seguros de que no es hambre. Lo más probable es que se trate de algún trastorno digestivo (véanse las páginas 114-120) y que sepáis que tenéis que hacer algo para calmarlo que no sea darle más comida, lo cual haría que se sintiera aún peor. En la página 36 encontraréis las quejas más comunes.

NOTA: Tanto si el bebé mama como si toma el biberón, recomiendo esta rutina —con variantes según las ocasiones— hasta los cuatro meses. El tiempo destinado a la actividad será más corto en bebés más pequeños y, a medida que crezcan, irá aumentando progresivamente. También recomiendo, a las ocho semanas, fusionar las dos «comidas de refuerzo» en una sola (entre las 17.30 y las 18 h). Y continuar con la toma nocturna hasta los siete meses, a menos que el bebé sea muy dormilón y no se despierte. (Las comidas de refuerzo y las tomas nocturnas se explican en la página 99.)

E. A. S. Y. SEGÚN EL PESO
Cuando la madre de un bebé de menos de seis semanas tiene problemas con el programa E. A. S. Y., normalmente le pregunto: ¿Tuviste un embarazo normal y a término? Incluso aunque la respuesta sea «sí», le pregunto también: ¿Y cuánto pesó el niño al nacer? El método E. A. S. Y. está pensado para recién nacidos con un peso normal —2 kilos y 900 gramos—, es decir, para bebés generalmente capaces de aguantar tres horas entre comida y comida. Si tu bebé tiene un peso superior o inferior, la rutina tendrá que ajustarse a sus necesidades. Tal como indica la tabla «E. A. S. Y. según el peso» de la página 39, un bebé de peso medio tarda de veinticinco a cuarenta minutos en tomar sus comidas (dependiendo de si mama o se le da el biberón y de si engulle la leche o ingiere a un ritmo más pausado). El tiempo destinado a actividades (que incluye un cambio de pañales) es de treinta a cuarenta y cinco minutos. Y el rato que debería dormir, teniendo en cuenta que necesitará aproximadamente quince minutos para conciliar el sueño, es de una hora y media a dos. Un bebé de estas características recibiría sus comidas, por ejemplo, a las 7, a las 10, a la 1, a las 4 y a las 7 de la tarde durante el día y a las 9 y a las 11 por la noche (una estrategia que ayuda a prescindir de la toma de las 2 del mediodía; véase «Llenarle la tripa», páginas 99 y 195). Este horario es sólo una sugerencia. Si tu bebé se despierta a las12. 30 en lugar de a la 1 y reclama su comida del mediodía, dale de comer.
Los bebés que al nacer tienen un peso superior a la media —de 3 kilos y 700 a 4 kilos y 600 gramos, por ejemplo— suelen comer de forma más eficiente y tomar más alimento en cada comida. Pero, aunque pesen más, deben seguir la rutina de tres horas indicada anteriormente. La edad y el peso son cosas distintas: un bebé puede pesar unos 3 kilos y 700 gramos o más, pero en cuanto al desarrollo aún es un recién nacido que necesita comer cada tres horas. Yo adoro trabajar con ese tipo de bebés, porque puedo conseguir que duerman periodos más largos por la noche desde las dos primeras semanas.
CIRCUNSTANCIAS ESPECIALES: NACIMIENTOS PREMATUROS
La mayoría de hospitales someten a los bebés prematuros a una rutina de dos horas hasta que alcanzan los 2 kilos y 300 gramos, el peso mínimo para poder llevar al bebé a casa. Esto es una buena noticia para los padres, porque significa que cuando llega a casa, la criatura ya está acostumbrada a ese horario. Sin embargo, dado que sus diminutos sistemas internos son tan pequeños y no están del todo desarrollados, los bebés prematuros son más propensos a padecer otros problemas, entre ellos reflujo gastroesofágico (lo que corresponde a ardores de estómago en el bebé, véanse las páginas 116-118) e ictericia (véase el recuadro lateral de la página 38). Además, los bebés prematuros son, por definición, más frágiles. Y más incluso que los recién nacidos con bajo peso, los prematuros tienden a dormirse mientras maman, así que tienes que estar muy alerta y despertarlos si ves que se duermen. Asimismo, tienes que proteger su sueño creando unas condiciones similares a las del útero materno: envolviéndolos y dejándolos dormir en una habitación tranquila, cálida y a oscuras. Recuerda que se supone que estos niños no deberían estar todavía aquí y quieren, además de que lo necesitan, dormir.
No obstante, algunos bebés, dado que son prematuros o bebés simplemente más pequeños, pesan menos al nacer. Y no están preparados para una rutina de tres horas. Cuando los padres vuelven a casa del hospital e intentan que el bebé siga una rutina E. A. S. Y., la queja más habitual es: «No consigo que haga ni veinte minutos de actividad seguidos», o bien: «Se duerme durante las comidas». Estos padres quieren saber cómo mantenerlos despiertos. La respuesta es sencilla: no deben hacerlo, al menos no para realizar ninguna actividad. Si fuerzas a un bebé de poco peso a estar despierto, lo estarás sobreexcitando y entonces empezará a llorar. Y tan pronto logres calmarlo, lo más probable es que vuelva a tener hambre porque habrá estado llorando, lo cual consume parte de su energía. Llegado ese punto, tú estarás totalmente confundida sobre la causa de sus llantos. ¿Tiene hambre? ¿Está cansado? ¿Tiene gases?
CIRCUNSTANCIAS ESPECIALES: ICTERICIA
La ictericia, al igual que el bajo peso al nacer, también cambia el modo de introducir la rutina E. A. S. Y. La ictericia es una enfermedad por la cual la bilirrubina del bebé —el principal pigmento amarillo anaranjado de la bilis— no se elimina. A causa de esta acumulación de pigmentos biliares en la sangre, el cuerpo del bebé adquiere un color amarillento: la piel, los ojos, las palmas de las manos y las plantas de los pies. Su hígado es como el motor de un coche que no ha acabado de arrancar y le cuesta unos cuantos días comenzar a funcionar. Mientras tanto, tu bebé estará muy cansado y querrá dormir mucho. No te engañes creyendo que te ha salido un hijo «dormilón». En lugar de dejarlo dormir, despiértalo cada dos horas a fin de que obtenga el alimento necesario para expulsar la ictericia de su organismo. La enfermedad suele desaparecer al cabo de tres o cuatro días: cuando el bebé toma leche materna tarda algunos días más que si toma leche artificial. Sabrás que el bebé ya está bien cuando su piel recupere el tono rosado y no queden rastros de la pigmentación amarillenta en sus ojos.
Por la noche, los bebés pequeños sólo aguantan sin comer unas cuatro horas como máximo; por tanto, durante las primeras seis semanas, por las noches se los ha de alimentar normalmente dos veces. Aunque si únicamente aguantan tres horas, tampoco pasa nada. Necesitan comer. Y es que, de hecho, los bebés han de comer y dormir mucho al comienzo de su vida, porque queremos que engorden y crezcan. Pensad en los cerditos recién nacidos: se alimentan, emiten unos cuantos bufidos y luego vuelven a dormirse. Todas las crías de animales lo hacen, ya que necesitan ganar peso y ahorrar energía.
Si tu bebé pesa menos de 2 kilos y 900 gramos, al principio haz que siga una rutina de dos horas: dale de comer durante treinta o cuarenta minutos, reduce el tiempo de actividad a unos cinco o diez minutos y luego deja que duerma una hora y media. Cuando esté despierto, no esperes que te sonría o te haga gorgoritos y ofrécele los mínimos estímulos. Si se alimenta cada dos horas y duerme el tiempo que necesita para crecer, sin duda irá ganando peso. Y a medida que tu bebé vaya engordando, seguramente aguantará más tiempo entre comidas y tú podrás mantenerlo despierto más rato, de manera que sus periodos de actividad sean cada vez más largos. Si al poco de nacer sólo podía resistir diez minutos despierto, cuando alcance los tres kilos serán veinte, y con medio kilo más ya podrá estar despierto hasta cuarenta y cinco minutos. A medida que tu bebé vaya aumentando de peso, tú alargarás gradualmente la rutina inicial de dos horas, de forma que al llegar más o menos a los tres kilos ya seguirá la rutina E. A. S. Y. de tres horas.
LA RUTINA E. A. S. Y. SEGÚN EL PESO: LOS PRIMEROS 3 MESES
Esta tabla muestra cómo el peso al nacer condiciona la rutina de tu bebé (pasados los cuatro meses, incluso los bebés de menor peso son capaces de comer cada cuatro horas). Ahora tendrás que hacer un poco de matemáticas para sacar tus cálculos. Apunta la hora a la que suele despertarse tu hijo y anota periodos de tiempo aproximados basados en su peso y en la información de la columna titulada «con qué frecuencia». Deja margen para las variaciones: más que la franja horaria en sí, lo que realmente importa es la previsibilidad y el orden. La columna «cuánto tiempo» te indica qué puedes esperar de cada letra; «con qué frecuencia» hace referencia a cada nueva repetición del ciclo E. A. S. Y.
A fin de simplificar, he omitido la letra «Y», de tiempo para ti. Si tu bebé pesa más de 3 kilos y 700 gramos, recuperarás tu descanso nocturno mucho antes que los padres con bebés más pequeños. Si tu bebé pesa menos de 2 kilos y 900 gramos, no tendrás demasiado tiempo para ti misma, sobre todo durante las primeras seis semanas. Pero que no cunda el pánico: esta fase se supera en cuanto el bebé alcanza los 3 kilos y 200 gramos y, a partir de entonces, la situación mejora muchísimo, porque tu hijo aprende a entretenerse solito y tú también dispones de más tiempo para hacer cosas en casa mientras él está despierto.

DE LAS 6 SEMANAS A LOS 4 MESES: CUANDO EL BEBÉ SE DESPIERTA INESPERADAMENTE
En comparación con las primeras seis semanas en casa —el clásico periodo posparto—, aproximadamente durante los dos meses y medio siguientes la situación se estabiliza para todo el mundo. Te sientes más segura y, con suerte, menos estresada. Tu hijo ha ganado algo de peso —a estas alturas, incluso los bebés de bajo peso han llegado a su peso normal— y es menos probable que se duerma durante las comidas. Durante el día, el bebé aún necesita alimentarse cada tres horas; sin embargo, a medida que se acerque a los cuatro meses, irá espaciando más sus tomas (y a partir de entonces, comerá cada cuatro horas; véase la siguiente sección, página 43). Ahora tu hijo puede soportar periodos más largos de actividad y también es probable que duerma más horas seguidas por la noche, de las 11 de la noche a las 5 o 6 de la madrugada, por ejemplo. Y a lo largo de los próximos dos meses y medio, los llantos, que posiblemente llegaron a su punto más alto alrededor de las seis semanas, lentamente habrán empezado a disminuir. A continuación expongo una lista de las quejas que suelo escuchar con más frecuencia en esta etapa:

Como podéis ver, el problema que se presenta normalmente en bebés de esta edad es una interrupción repentina, e inexplicable (al menos para los padres), de la parte «S», dormir, de su rutina. Dormir de día y de noche puede ser caótico y muy pesado, sobre todo si el bebé no sigue una rutina estructurada. Los padres se preguntan si alguna vez podrán recuperar su descanso nocturno. Naturalmente, hay ocasiones en que el bebé se despierta de noche porque está hambriento —suelen hacerlo cuando tienen el estómago vacío—, pero no siempre es así. Dependiendo de lo que hagan los padres cuando sus hijos se despiertan por la noche o durante las siestas, sus bienintencionadas acciones pueden sembrar las semillas de futuros errores de crianza.
Pongamos por caso que tu bebé se despertó una noche y lo tranquilizaste dándole el pecho o el biberón. Funcionó como por encanto y por eso ahora piensas: «Mmmm, ésta es una buena estrategia». A tu bebé también le gustó. Pero, sin querer, le estás enseñando que necesita succionar para que consiga volver a dormirse. Créeme, cuando tenga seis meses, pese mucho más y aún quiera mamar o tomar el biberón varias veces cada noche, te arrepentirás de aquel rápido apaño. (Y tendrás suerte si rectificas entonces: he asesorado a unos cuantos padres cuyos hijos ya tienen casi dos años ¡y todavía se despiertan varias veces en plena noche para que mamá les proporcione un reconfortante tentempié!)
¿HAS VUELTO AL TRABAJO?
Entre los primeros cuatro y seis meses, muchas madres vuelven a su anterior empleo o bien empiezan a trabajar a media jornada. Algunas lo hacen porque lo necesitan, otras porque quieren. Sea como sea, el cambio puede causar problemas técnicos en la rutina E. A. S. Y.
• Antes de que volvieras al trabajo, ¿tu bebé estaba ya acostumbrado a la rutina? Cuando se trata de bebés, una buena norma general es no hacer nunca demasiados cambios de golpe. Si sabes que vas a regresar al trabajo, instaura la rutina E. A. S. Y. al menos un mes antes. Si ya has comenzado a trabajar, quizás tendrás que pedir un par de semanas libres para estabilizar la situación en casa.
• ¿Quién se hace cargo del bebé durante tu ausencia? Y esa persona, ¿entiende la importancia de una rutina y hace que tu hijo la siga? El comportamiento de tu bebé, ¿es diferente con la persona que lo cuida o en la guardería que cuando está contigo? El método E. A. S. Y. no funciona si no se mantiene con rigor. Puede que no sepas con certeza si tu canguro o la persona que se encarga de tu pequeño cumple la rutina que le has especificado, excepto si el bebé parece «pachucho» cuando vuelves a estar con él. Por otro lado, también puede que esa persona sea más estricta que tú con la rutina de tu hijo. Algunas madres, sobre todo cuando les da un ataque de culpa, hacen que la estructura se tambalee; por ejemplo, piensan: «Ya sé que no le toca… pero lo dejaré despierto un poco más y al menos así podré pasar un ratito con él».
• ¿Cuánto se involucra papá? Si estás intentando hacer algunos cambios en la rutina de tu hijo, ¿hasta qué punto estás dispuesta a permitirle a tu pareja que se implique? Me doy cuenta de que muchas madres me dicen que quieren seguir un plan estructurado pero, en realidad, luego no lo llevan a cabo. Sus compañeros, en cambio, que quizás son los que menos están en casa, son más disciplinados a la hora de aplicar una rutina.
• Aparte de tu regreso al trabajo, ¿se ha producido algún otro gran cambio en tu hogar? Los bebés son seres muy sensibles. Sintonizan con su entorno más inmediato de un modo que nosotros todavía no alcanzamos a comprender. Sabemos, por ejemplo, que los bebés de madres deprimidas también tienen tendencia a llorar más. Por tanto, un cambio en el trabajo, un traslado, una nueva mascota, alguna enfermedad en la familia o, en definitiva, cualquier cosa que perturbe el equilibrio del hogar, también puede provocar un trastorno en la rutina de tu hijo.
DE LOS 4 A LOS 6 MESES: «4/4» Y LOS PRIMEROS ERRORES DE CRIANZA
Ahora el nivel de conciencia de tu bebé ha aumentado e interactúa más con el mundo que le rodea que hace unos meses. Recuerda que los bebés se desarrollan de la cabeza hacia abajo, aprendiendo a controlar primero la boca, después el cuello y la columna vertebral, los brazos y las manos y, por último, las piernas y los pies (véase el recuadro de la página 32). Así, al cumplir los cuatro meses, tu bebé no tendrá problemas para mantener erguida la cabeza y empezará a comprender algunas cosas. Además, también está aprendiendo a darse la vuelta o tal vez ya pueda hacerlo. Con tu ayuda, puede sentarse bastante recto, de manera que su perspectiva también va cambiando. Se da más cuenta de los patrones y la rutina. Su sentido de la percepción se ha ido agudizando y cada vez distingue mejor de dónde provienen los sonidos. Asimismo, va entendiendo la relación causa y efecto de las cosas y, por eso, le atraen tanto los juguetes que se mueven y reaccionan cuando los toca. Su memoria también ha mejorado considerablemente.
A raíz de estos progresos en su desarrollo, la rutina diaria de tu bebé naturalmente también debe modificarse, y de ahí mi regla general «4/4», es decir, «cuatro meses / rutina E. A. S. Y. de cuatro horas». Llegado este punto, la mayoría de bebés están preparados para pasar de una rutina de tres horas a una de cuatro. Es lógico: de día, el bebé puede jugar durante periodos de tiempo más largos y, de noche, dormir más horas seguidas. Si antes solía despertarse por la mañana porque tenía hambre, ahora lo hace principalmente por costumbre —su propio reloj interno—, y no necesariamente porque quiera comer. Muchos bebés se despiertan de forma espontánea entre las 4 y las 6 de la madrugada, hablan solos un rato, juguetean un poco y luego se vuelven a dormir. Esto si sus padres no se apresuran a entrar en la habitación, que es como suelen empezar la mayoría de errores de crianza.
Ahora vuestro hijo también come de manera más eficiente y vaciar un biberón o un pecho le cuesta sólo entre veinte y treinta minutos aproximadamente. Por tanto, con un cambio de pañales incluido, la fase E, de comer, dura como máximo unos cuarenta y cinco minutos. Y la fase de actividad también es diferente: ahora el bebé es capaz de permanecer despierto mucho más tiempo, por lo general una hora y media a los cuatro meses y dos horas a los seis. Muchos pequeños dan una cabezada de un par de horas por la mañana, pero aunque tu bebé se despierte al cabo de hora y media, lo más normal es que pueda continuar despierto esa media hora que le falta mientras lo preparas para su próxima toma. Sobre las 2 o las 2.30 h, tu bebé querrá otra siesta, que acostumbra a durar una hora y media.
En la página siguiente, podrás comparar, a través de dos columnas, cómo cambia la rutina E. A. S. Y. cuando tu bebé cumple los cuatro meses de edad. Podrás eliminar una comida, ya que ingiere más alimento en cada toma, y concentrar las tres siestas en dos (manteniendo siempre la cabezadita de última hora de la tarde); de este modo alargarás las horas de vigilia de tu bebé. (Si tienes problemas a la hora de cambiar de una rutina de tres horas a una de cuatro, encontrarás un plan detallado para llevar a cabo esta transición en las páginas 52-55.)

Estas dos muestras de rutina corresponden a días ideales. Lógicamente, tu bebé no seguirá de manera exacta los horarios indicados. Su rutina puede verse afectada por el peso: es probable que, a los cuatro meses, un bebé más pequeño sólo sea capaz de adaptarse a una rutina de tres horas y media, pero casi seguro que a los cinco o, como máximo, a los seis meses ya podrá seguir la de cuatro horas, dependiendo también de sus características en cuanto a temperamento, ya que hay bebés que duermen más y bebés que tardan menos tiempo en ingerir sus comidas. Puede que tu hijo haga variaciones de quince minutos aquí y allí en su propia rutina. Un día quizás dormirá menos en la siesta de la mañana y más en la de la tarde, otro lo hará al revés o bien irá alternando entre las dos opciones. En cualquier caso, lo más importante es que tú sigas siempre el esquema: comer / un rato de actividad / dormir (ahora a intervalos de cuatro horas).
No es de extrañar, pues, que la mayoría de quejas que escucho en esta fase estén relacionadas con problemas a la hora de seguir la rutina:

Además de lo mencionado anteriormente, también es posible ver que persisten ciertas dificultades que no habían sido consideradas anteriormente: semillas de negligencia en la crianza plantadas hace un tiempo que empiezan a florecer y se manifiestan tanto en problemas a la hora de comer como de dormir (por tanto, no olvidéis leer la sección anterior «De las seis semanas a los cuatro meses», si os la habéis saltado). Los padres deben afrontar un gran número de problemas y no ven las cosas claras en medio de tanto caos. En algunos casos, es porque no adaptaron la rutina E. A. S. Y. a la vida de su hijo, cuando su nivel de desarrollo había avanzado. No se percataron de que tenían que pasar de alimentarlo cada tres horas a cada cuatro, que los periodos de vigilia del bebé debían ser más largos o que las siestas eran tan importantes como el sueño nocturno. En otros, las dificultades se deben a incoherencias de los padres. En este caso porque han ido recopilando un sinfín de consejos contradictorios de libros, amigos, Internet o la televisión y fueron probando distintas estrategias cada vez, cambiándole constantemente las normas al bebé, con la esperanza de que alguna de ellas al final funcionara. Además, puede que mamá haya vuelto a trabajar a tiempo completo o parcial (véase la página 42). Éste y otra clase de cambios en el hogar pueden perturbar la rutina del bebé. Sean cuales sean las circunstancias, el problema normalmente se agrava a esta edad porque hace tiempo que se arrastra y, en muchos casos, porque el niño nunca ha seguido ningún tipo de rutina. De hecho, yo siempre hago la misma pregunta clave a los padres de bebés de cuatro meses (e incluso mayores): ¿Vuestro bebé ha seguido alguna vez una rutina estructurada? Si la respuesta es «no», o «antes sí», les digo que deben comenzar a aplicar el método E. A. S. Y. Al final de este capítulo, de las páginas 49 a 55, os expongo un plan detallado, paso a paso, para ayudar a vuestro hijo a hacer esa transición.
DE LOS 6 A LOS 9 MESES: ELIMINAR LAS INCONGRUENCIAS
En esta etapa, la estructura E. A. S. Y. cambia de forma importante, aunque todavía sigamos con la base de una rutina de cuatro horas; y los padres acostumbran a quejarse de los mismos problemas que afectaban a bebés ligeramente más pequeños. Sin embargo, a los seis meses, el bebé también da un gran estirón de crecimiento. Es el momento óptimo para introducir alimentos sólidos y, más o menos a los siete meses, suprimir la toma nocturna (véase la página 127). Ahora se necesita más tiempo para dar de comer al bebé —y la operación es mucho más sucia—, ya que él debe aprender una forma completamente distinta de alimentarse. Los padres tienen montones de dudas y preguntas sobre la toma de alimentos sólidos (a las cuales respondo en el capítulo 4). Y es perfectamente natural: al principio, los bebés son como máquinas de engullir, pero al llegar a los ocho meses su metabolismo empieza a cambiar. Acostumbran a volverse más delgados porque pierden la grasa típica del bebé, que servía para proporcionarles la fuerza necesaria para moverse. En este momento es más importante que calibréis la dieta de vuestro hijo por la calidad, no por la cantidad.
En esta fase también desaparece la siesta del final de la tarde y la mayoría de criaturas reducen sus cabezadas a dos al día, las cuales, idealmente, deberían durar de una a dos horas. Para los bebés de esta edad, echar un sueñecito ya no es su pasatiempo preferido. Tal como lo expresó la mamá de un pequeño de siete meses: «Creo que es porque ahora Seth es consciente del mundo que lo rodea y es capaz de moverse más, por eso no quiere dormir. ¡Quiere verlo todo!». Y es bien cierto, puesto que ahora el desarrollo físico asume un papel central. Tu bebé ya puede mantenerse erguido —a los ochos meses incluso podrá sentarse solito— y cada vez coordina mejor sus movimientos. También será mucho más independiente, sobre todo si has fomentado en él esa actitud, permitiéndole jugar por su cuenta.
Las quejas más frecuentes en esta etapa son prácticamente las mismas que vimos en los padres de bebés de cuatro a seis meses; excepto, lógicamente, que los hábitos están mucho más arraigados y cuesta más cambiarlos. Trastornos relacionados con la comida o el sueño, que en épocas anteriores se podían remediar en pocos días, pueden ser bastante complejos de tratar, pero nunca imposibles de corregir. Simplemente, ahora se necesita algo más de tiempo para solucionar los problemas.
Aparte de eso, el gran tema que aparece a esta edad es la falta de coherencia. Habrá días en los que tu bebé dormirá una larga siesta por la mañana, otros lo hará por la tarde y, otros, incluso decidirá prescindir totalmente de una de sus dos cabezadas. Un día comerá con deleite y al siguiente más bien preferirá saltarse las comidas. Algunas madres se adaptan tranquilamente a estos altibajos, mientras que otras se tiran de los pelos. La clave para sobrevivir es doble: si tu bebé no sigue la rutina, al menos tú sí puedes hacerlo. Y, además, debes tener presente este dicho: Justo cuando creas que ya lo has conseguido, todo cambia (véase el capítulo 10). Como señaló la madre de un bebé de siete meses (que siguió el método E. A. S. Y. con su hijo desde que regresó a casa del hospital): «Si algo he aprendido, es que prácticamente todos los bebés que siguen esta rutina son distintos; de hecho, es sencillamente cuestión de hacer lo que os vaya bien a los dos».
Al leer algunos de los mensajes que llegan a mi página web, me doy cuenta de que a menudo lo que para una madre es una pesadilla a otra le parece una situación ideal. En una de las páginas dedicadas a E. A. S. Y., una madre canadiense se quejaba porque su hija de ocho meses se había «desmadrado». Explicó que la pequeña se despertaba a las 7, tomaba el pecho, comía cereales y fruta a las 8, se bebía un biberón a las 11, dormía hasta la 1.30 del mediodía y entonces comía verduras y fruta. A las 3.30 de la tarde tomaba otro biberón, dos horas después cenaba (cereales, verduras y fruta), un último biberón sobre las 7.30 y una siestecita hasta las 8.30 al anochecer. El problema de la madre: su hija sólo hacía una siesta al día. «He perdido el control de la situación», exclamaba, y acto seguido suplicaba a otras madres del foro: «¡Necesito que me ayudéis! ¿Qué hago?!».
Tuve que releer aquel mensaje un par de veces porque, por mucho que me esforzara, no entendía dónde estaba el problema. Sí, su hijita estaba creciendo y cada vez aumentaba su capacidad de permanecer despierta durante periodos más largos de tiempo. Pero comía la mar de bien, hacía una siesta de dos horas y media durante el día y, por la noche, dormía sus buenas diez horas y media de un tirón. Recuerdo que pensé: «Algunas madres darían un ojo de la cara por estar en tu situación». Lo cierto es que los bebés de nueve meses o más, al poder mantenerse despiertos cada vez más horas, pueden empezar a prescindir totalmente de la cabezada de la mañana y hacer una siesta larga —de hasta tres horas—por la tarde. Comen, juegan, comen de nuevo, juegan un rato más y luego se van a dormir. En otras palabras: «E. A. S. Y.» se convierte en «E. A. E. A. S. Y.». Saltarse una siesta puede ser un desajuste momentáneo o puede significar que a partir de ahora a tu bebé le basta con una sola siesta al día. Si únicamente con una cabezada tu bebé parece irritable y malhumorado, puedes introducir otra siesta o bien alargar siestas demasiado breves mediante el método P. U./P. D. (páginas 244-247).
En mi página web, también recibo muchas consultas de padres con bebés de esta edad que intentaron aplicar E. A. S. Y. o algún otro tipo de rutina, cuando su bebé eran más pequeño. Y cuando tiene más de seis meses deciden volverlo a probar. Aquí tenéis un mensaje típico:
Cuando mi hija tenía un par de meses, intenté hacer que siguiera la rutina E. A. S. Y., pero me costaba tanto hacer que durmiera las horas y las atenciones eran tan constantes que lo dejé correr. Ahora que es más mayorcita me gustaría intentarlo de nuevo y también quisiera ver ejemplos de horarios de otros bebés.
Sólo por curiosidad, busqué en la página web mensajes de otras madres con bebés que tuvieran entre seis y nueve meses para comparar sus rutinas E. A. S. Y. Al ponerlas unas al lado de otras, surgió un patrón asombrosamente parecido. La rutina que seguían la mayoría de estos bebés era, más o menos, como muestro en el recuadro de la izquierda.

Este esquema es típico pero, por supuesto, existen muchas variaciones sobre el mismo tema: algunos bebés, a esta edad, todavía se levantan a las 5 de la madrugada y necesitan un chupete o un biberón extra para volverse a dormir. Otros hacen siestas mucho más breves de la hora y media o dos que sería deseable o echan sólo una cabezada al día, lo cual puede provocar que el periodo de actividad que sigue sea realmente irritante y agotador para los padres. Y, lamentablemente, algunos bebés aún se desvelan varias veces en plena noche, incluso pasados los seis meses. Así pues, no debemos fijarnos solamente en las horas del día. Seguiré insistiendo en esta idea: E. A. S. Y. no consiste en franjas horarias.
E. A. S. Y. UNA VEZ TRANSCURRIDOS 9 MESES
En algún momento entre los nueve meses y el primer año, tu bebé podrá aguantar cinco horas entre comida y comida. Comerá tres veces al día, igual que el resto de la familia, y tomará un par de refrigerios para entretener el hambre. Podrá estar activo de dos horas y media a tres y, habitualmente, alrededor de los dieciocho meses —antes en algunos niños, más adelante en otros—, ya pasará el día con una única siesta larga por la tarde. Llegados a este punto, técnicamente ya no estamos siguiendo E. A. S. Y., sino que el bebé más bien sigue la variante E. A. E. A. S. Y., que continúa siendo una rutina estructurada. Es posible que no todos los días sean exactamente idénticos, pero los patrones son igual de predecibles y repetitivos.
EMPEZAR CON LA RUTINA E. A. S. Y. A LOS 4 MESES O MÁS
Si tu bebé tiene cuatro meses o más y nunca ha seguido una rutina, es hora de empezar a estructurarle la jornada. No obstante, ahora que el bebé ya es mayor, el proceso es diferente por tres razones importantes:
1. SE TRATA DE UNA RUTINA DE CUATRO HORAS.
A veces los padres no se dan cuenta de que han de ajustar la rutina al paulatino desarrollo de su hijo. Ahora su pequeño come de manera más eficiente y puede estar activo durante periodos de tiempo cada vez más prolongados; en cambio, siguen alimentando a su bebé cada tres horas y el efecto de eso es el retraso de su reloj biológico. Por ejemplo, Harry, el hijo de seis meses de Diane y Bob, de repente comenzó a despertarse por la noche, aparentemente hambriento. Y, con las mejores intenciones del mundo, le dieron de comer por las noches. Sabiendo, además, que necesitaba más alimento durante el día, en lugar de darle de comer cada cuatro horas, empezaron a alimentarlo cada tres, como en los primeros meses, creyendo, bastante acertadamente, que Harry estaba dando un estirón. Pero ésta es una solución para un bebé de tres meses, no para uno de seis, que debería comer cada cuatro horas y dormir toda la noche seguida. (Lo que tendrían que hacer sus padres es darle más comida en cada toma; explico cómo hacerlo en el capítulo 3, páginas 120-122.)
2. SE UTILIZA MI MÉTODO PICK UP /PUT DOWN (P. U./P. D.) PARA HACER CAMBIOS.
Con bebés de más de cuatro meses, los problemas para dormir forman parte invariablemente de las razones que impiden seguir una rutina diaria, eso sí, no son la única causa. En este momento es cuando yo presento la técnica P. U./P. D. a padres atribulados y escépticos, un método que raramente aconsejo para bebés más pequeños (una descripción detallada de esta estrategia clave para dormir es el tema del capítulo 6).
3. ESTABLECER UNA RUTINA ESTRUCTURADA UNA VEZ CUMPLIDOS LOS CUATRO MESES ES CASI SIEMPRE BASTANTE COMPLICADO, SOBRE TODO POR CULPA DE CIERTOS ERRORES QUE LOS PADRES HAN COMETIDO SIN QUERER.
Dado que ellos ya han probado otros métodos o una mezcla de varios, su bebé está confundido. Y en la mayoría de casos, ya ha adquirido algún mal hábito, como dormirse mientras toma el pecho o despertarse repetidamente durante la noche. Por tanto, hacer que un bebé de más edad siga la rutina E. A. S. Y. siempre implica más trabajo y compromiso, un poco de sacrificio y una gran dosis de coherencia. No olvidéis que esos malos hábitos tardaron al menos cuatro meses en desarrollarse. Sin embargo, si sois constantes en la implementación del plan, no os costará, ni mucho menos, tanto tiempo libraros de ellos. Evidentemente, cuanto mayor sea el niño, más difícil será cambiar su rutina, sobre todo si aún se despierta por la noche y no está acostumbrado a ninguna clase de estructura durante el día.
Dado que los bebés son individuos y que lo que ocurre en cada uno de sus hogares es distinto, necesito averiguar exactamente qué han estado haciendo los padres, a fin de poder adaptar mis estrategias de la forma más adecuada. Si habéis leído hasta aquí, ya deberíais suponer el tipo de preguntas que les haría a aquellos padres cuyo hijo nunca ha seguido una rutina:
ACERCA DE LA «E» (comer): ¿Con qué frecuencia dais de comer a vuestro hijo? ¿Cuánto duran sus comidas? ¿Cuántos mililitros de leche artificial o de leche materna toma durante el día? Si está a punto de cumplir los seis meses, ¿habéis introducido también alimentos sólidos en su dieta? Aunque se trate solamente de una guía, comprobad dónde se sitúa vuestro hijo en las tablas «E. A. S. Y. según el peso» (página 39) y «Alimentación» (página 100). Si come cada tres horas o menos, no es suficiente para un bebé de cuatro meses o más. Si sus comidas son demasiado breves, puede que se haya habituado a picar; y, si son demasiado largas, puede que esté utilizando a su mamá como chupete. Además, los bebés que a los cuatro meses todavía no siguen ninguna rutina, a menudo comen demasiado poco durante el día y se despiertan por la noche para tomar el alimento que les falta. Y si tienen más de seis meses, suelen necesitar más sustento del que proporciona una dieta líquida. Antes de introducir la rutina E. A. S. Y., quizás queráis leer también el capítulo 3.
ACERCA DE LA «A» (actividad): ¿Está más alerta que nunca? ¿Ha empezado a darse la vuelta? ¿Qué tipo de actividades realiza vuestro hijo durante el día: juega encima de una alfombra, se reúne con otras madres y niños, se sienta frente al televisor? A veces resulta más difícil establecer una rutina con bebés más activos, en especial si nunca han seguido ninguna. También debéis aseguraros de no estar haciendo demasiados juegos y actividades con vuestro hijo, puesto que entonces os costará tranquilizarlo a la hora de las siestas y de ir a la cama y, además, también os resultará más complicado darle las comidas.
ACERCA DE LA «S» (dormir): ¿Duerme como mínimo seis horas seguidas cada noche —cosa que ya debería hacer a los cuatro meses— o aún se despierta para que le deis de comer? ¿A qué hora se despierta por la mañana? Y vosotros, ¿qué hacéis: entráis enseguida en su habitación o lo dejáis que juegue independientemente en la cuna? ¿Duerme bien sus siestas y cuánto tiempo duran? ¿Soléis acostarlo en la cuna para las siestas o simplemente dejáis que caiga rendido y se duerma allí donde esté en ese momento? Las preguntas sobre los patrones de sueño del bebé me sirven para evaluar si le habéis permitido a vuestro hijo que aprendiera a relajarse solito y a dormirse por su cuenta, si os habéis encargado vosotros de sus hábitos al dormir o bien si habéis dejado que él llevara la voz cantante. Esto último, obviamente, acarrea problemas.
ACERCA DE LA «Y» (tiempo para ti): Mamá, ¿últimamente has estado más estresada que de costumbre? ¿Has estado enferma? ¿Deprimida? ¿Recibes apoyo de tu pareja, de tu familia, de tus amigos? Hace falta mucha energía y dedicación para implantar una rutina si hasta ahora tu vida ha sido más bien caótica. Si no estás preparada para acelerar el ritmo, antes de hacer nada, asegúrate de cubrir tus necesidades de persona adulta. Será prácticamente imposible que puedas atender a tu hijo si sientes que eres tú quien necesita cuidados. Si no tienes ayuda, consíguela. Tener a alguien al lado que te eche una mano y te dé un respiro es fantástico, e incluso un hombro sobre el que llorar es mejor que nada.
A la hora de introducir una rutina por primera vez, lo más importante a tener en cuenta es que raramente ocurren milagros de la noche a la mañana; el proceso puede tardar tres días, una semana, dos quizás, pero nunca tendrá lugar de un día para otro. Siempre que intentes instaurar un nuevo régimen en la vida de un bebé de cualquier edad, vas a encontrar resistencia. He asesorado a suficientes padres en mi carrera para saber que algunos de vosotros realmente esperáis que se produzca magia. Decís que queréis que vuestro hijo siga la rutina E. A. S. Y., pero, para lograrlo, debéis emprender ciertas acciones. Debéis controlar y guiar a vuestro bebé, al menos hasta que haya asumido el nuevo esquema de vida. En el caso de que vuestro hijo nunca haya seguido una rutina, es muy posible que durante algunas semanas tengáis que renunciar a algo: a vuestro propio tiempo. A muchos padres les cuesta aceptarlo, como a una madre, que me insistió en que haría «lo que fuese» para empezar con su hijo el plan E. A. S. Y., y mientras tanto me bombardeó a preguntas del tipo: «¿Tendré que estar en casa cada día a fin de que siga la rutina? ¿O puedo salir con él y que haga las siestas en el asiento del coche? Y si tengo que quedarme en casa, ¿cuándo podré salir con él? Por favor, ayúdeme».
¡Ten un poco de perspectiva, querida! Una vez que tu hijo se haya acostumbrado a la rutina E. A. S. Y., no tendrás por qué sentirte como una prisionera. Haz tus recados adaptándote al horario de tu bebé. Por ejemplo, le puedes dar de comer y destinar su tiempo de actividad a que te acompañe en el coche a hacer recados. O también puedes darle la comida y hacer un poco de actividad con él en casa y, luego, dejar que haga la siesta en el asiento del coche o en el carrito. (Aunque quizás tu hijo no dormirá durante mucho tiempo si es de los que se despiertan cuando el motor del coche arranca; más información sobre factores que entorpecen la rutina en las páginas 180-181.)
No obstante, si estás intentando implantar una rutina por primera vez, lo ideal sería que tú y tu pareja permanecierais en casa durante un par de semanas; así le podréis dar a vuestro hijo la oportunidad de habituarse a la novedad y, si no es posible que sean dos, por lo menos una semana. Debéis dedicar un tiempo a realizar el cambio. Durante esta crítica fase de introducción, procurad que sus comidas, sus ratos de actividad y sus cabezadas tengan lugar en un entorno familiar. Son sólo una o dos semanas, no el resto de vuestra vida. Y sí, es verdad que tendréis que soportar un poco más de irritabilidad y mal humor, incluso de llantos, mientras el bebé se adapta a los cambios. Los primeros días serán especialmente duros, porque vosotros ya lo habíais acostumbrado a otra manera de funcionar y ahora debéis deshacer sus antiguos patrones. Pero si sois perseverantes, E. A. S. Y. funcionará. Tal como indica el dicho: «Funcionará si tú haces que funcione».
Planteároslo de este modo: al principio de marcharos de vacaciones, ¿verdad que no estáis plenamente de «humor vacacional»? ¿Y no os cuesta unos días reducir la marcha y dejar atrás las preocupaciones y responsabilidades del trabajo? Pues para los bebés es lo mismo. Sus mentes están fijadas en el antiguo orden de cosas. Por eso, cuando intentéis cambiárselo, vuestro hijo os va a decir (con sus llantos): «Pero ¿se puede saber qué estáis haciendo? ¡Nosotros nunca lo hacemos así! ¡Grito con todas mis fuerzas, pero no me escucháis!».
La buena noticia es que la memoria de los bebés es relativamente corta. Si sois igual de persistentes con el nuevo sistema como lo fuisteis con el anterior, al final el niño acabará por acostumbrarse. Y tras algunos días o semanas, ciertamente difíciles, comprobaréis que ha valido la pena: no habrá más comidas erráticas, ni noches en vela, ni días frustrantes en que no entendáis qué os está pidiendo vuestro bebé.
Yo siempre sugiero que los padres se reserven un mínimo de cinco días para introducir E. A. S. Y. (véase el recuadro inferior para valoraciones específicas de cada edad). Y si fuera posible, uno de los dos debería tener la semana libre. A medida que leáis el siguiente apartado, «El plan», puede que os sorprenda que os recomiende seguir los horarios sugeridos con bastante rigidez, cuando en repetidas ocasiones os he dicho que no os guiarais por el reloj. Sin embargo, sólo a fin de superar este periodo de readaptación, deberéis ser muy estrictos con los horarios y mucho más inflexibles de lo que yo aconsejaría en circunstancias normales. Cuando vuestro hijo ya siga una rutina estructurada, no tendrá ninguna importancia que hagáis modificaciones de media hora aquí y allá. Pero al principio, haced un esfuerzo para que el bebé se ajuste a los horarios que os recomiendo.
EL PLAN
DÍAS UNO Y DOS. En este primer momento, no intervengáis; limitaros a observar a vuestro hijo durante dos días enteros. Prestad atención a todo lo que haga. Releed las preguntas que suelo hacer (página 50) e intentad analizar los efectos de no tener una rutina estructurada. Tomad nota de cuándo come, de cuánto duran sus siestas, de la hora a la que se duerme, etc.
INTRODUCIR E. A. S. Y.: ¿QUÉ ES LO QUE ME ESPERA?
Estas previsiones son estimativas; a algunos bebés les cuesta más tiempo, a otros menos.
De los cuatro a los nueve meses: aunque los bebés suelen avanzar a grandes pasos durante este periodo, la mayoría necesitará una fase de observación de dos días y luego se tardará de tres a siete días en reprogramar su jornada.
De los nueve meses al primer año: dos días de observación, dos días de gritos y llantos mientras tú intentas reprogramar su jornada, dos días de: «¡Oh, Dios mío, lo hemos conseguido!»; y al quinto día puede que te sientas como si hubieses vuelto al principio. Continúa con el proceso y al final de la segunda semana ya estarás salvada.
La noche del día dos, como preparación para el día tres, debéis iros a dormir después de acostar al bebé y hacer lo mismo durante las noches sucesivas. Necesitareis estar descansados para resistir los días (o semanas) que se avecinan. Puesto que al menos uno de los dos se ha organizado para quedarse en casa esa semana —pongamos que ha sido la madre—, lo ideal es que aproveche para dar una cabezadita mientras el bebé hace la siesta. La mayoría de cosas en la vida se pueden posponer por un tiempo. Y a pesar de que los días siguientes serán algo duros, agradecerás el sacrificio cuando veas lo maravillosamente bien que tú y tu hijo os sentiréis al seguir una rutina.
DÍA TRES. El día comienza oficialmente a las 7 de la mañana. Si tu bebé está dormido, despiértalo, incluso si normalmente duerme hasta las 9. Si se despierta a las 5, aplica el método P. U./P. D. (páginas 224-225) para intentar que vuelva a dormirse. Si tiene la costumbre de levantarse tan temprano y, sobre todo, si tú lo sueles sacar de la cuna a esa hora para jugar un rato con él, ten por seguro que va a protestar. Es posible que acabes aplicando P. U./P. D. durante una hora o más, porque él insistirá en mantenerse despierto. En ningún caso lo lleves a tu cama, un error que muchos padres cometen cuando sus hijos se despiertan tan pronto.
Sácalo de la cuna y dale el desayuno. A continuación, un rato de actividad. Generalmente, un bebé de cuatro meses puede jugar de una hora y cuarto a una hora y media sin cansarse; uno de seis meses, aguantará perfectamente hasta dos horas; y un bebé de nueve meses, podrá estar activo de dos a tres horas. Tu hijo debería encontrarse en algún punto de esta escala. Algunos padres insisten: «Mi bebé no podrá permanecer despierto tanto rato», y yo les digo que hagan lo que sea para que no se duerma, bailarle flamenco, si hace falta. Cantadle canciones, haced muecas divertidas, llamad su atención con montones de silbidos y ruidos varios.
De acuerdo con la rutina de cuatro horas de la página 44, empieza a preparar a tu bebé para la siesta de la mañana unos veinte minutos antes de la hora a la que realmente quieras que se duerma; a las 8.15 h, por ejemplo. Si eres extraordinariamente afortunada y tu bebé es de los que se adaptan con facilidad, tardará los típicos veinte minutos en ponerse cómodo y luego dormirá una hora y media o dos. Sin embargo, la mayoría de bebés que no han seguido una rutina jamás se resisten a echar una cabezada, así que tendrás que recurrir a P. U./P. D. para hacer que se duerma. Si te esfuerzas y lo haces correctamente —volviendo a poner al niño en la cuna justo en el instante en que deja de revolverse—, transcurridos entre veinte y cuarenta minutos acabará sucumbiendo al sueño. Sí, es verdad, a algunos bebés les cuesta más; yo misma he tenido que hacerlo durante una hora u hora y media, gastando casi todo el tiempo que, en su rutina, el bebé tenía destinado a dormir. Pero recordad aquel antiguo dicho: «Nunca es más oscuro que un minuto antes de amanecer». El método requiere resolución y paciencia, y un poco de fe también: funciona, te lo garantizo.
Si has tenido que aplicar la técnica P. U./P. D., tu bebé no dormirá más allá de cuarenta minutos (ten en cuenta que has invertido prácticamente esa misma cantidad de tiempo para lograr que conciliara el sueño). Si se despierta antes, regresa a su habitación y vuelve a la carga con el método P. U./P. D. Quizás pensarás que esto es de locos. Si ha dormido durante cuarenta minutos y se supone que su siesta debe durar una hora y media, tal vez te costará otros cuarenta minutos conseguir que se duerma de nuevo, y entonces sólo le quedarán diez minutos. Confía en mí: estás cambiando su rutina y así es como debes hacerlo. Aunque haya dormido diez minutos, despiértalo a las 11, a tiempo para que tome su tentempié; de esta manera, tú no te desorganizas y sigues adelante con el programa previsto.
ES UN MITO: LAS CABEZADAS NO DEJAN DORMIR POR LA NOCHE
Entre los cuatro y los seis meses, muchos bebés hacen una pequeña siesta de unos treinta o cuarenta minutos por la tarde, incluso cuando ya son las 5 de la tarde. Los padres temen que esa cabezadita extra no los deje dormir por la noche. No obstante, ocurre justamente lo contrario: cuanto más descanse el bebé durante el día, mejor dormirá por la noche.
Tras haberle dado de comer, realiza alguna actividad y, de nuevo, lleva a tu hijo a su dormitorio alrededor de las 12. 40 h, veinte minutos antes de la siesta de la 1 del mediodía. Esta vez puede que sólo tarde esos veinte minutos en dormirse. Si no duerme como mínimo una hora y cuarto, vuelve a utilizar el método P. U./P. D. Quizás permanecerá dormido más tiempo, pero asegúrate de despertarlo a las 3 de la tarde, cuando le toca comer.
El día resultará bastante agotador para los dos y es posible que, al llegar la tarde, tu bebé esté más cansado que de costumbre. Después de que haya comido y jugado un rato, presta atención a cualquier síntoma de somnolencia. Si bosteza, deja que eche una siestecita entre las 5 y las 6 de la tarde. Si en lugar de bostezar ves que está jugando la mar de feliz, ponlo en la cama más temprano, a las 6 o 6.30 (no a las 7, como indica la rutina). Si se despierta a las 9, aplica la técnica P. U./P. D. Dale una toma nocturna entre las 10 y las 11 de la noche (las tomas nocturnas se explican detalladamente en las páginas 99 y 195-196).
Es bastante probable que el bebé vuelva a despertarse a la 1 o a las 2 de la madrugada. Te tocará recurrir al método P. U./P. D. de nuevo. Tal vez te cueste una hora y media y luego él duerma sólo tres horas seguidas. Continúa insistiendo toda la noche si es necesario, hasta las 7 de la mañana. Entonces habrás llegado al cuarto día.
DÍA CUATRO. Aunque a las 7 de la mañana tu hijo esté durmiendo y tú absolutamente exhausta, despiértalo. Pasarás por el mismo proceso que el día tres, pero ahora en lugar de tardar cuarenta minutos o una hora con el método P. U./P. D. para que tu hijo se duerma, seguramente te costará sólo treinta minutos. Y además es probable que duerma más. Nuestro objetivo es que duerma siestas de, al menos, una hora y media cada vez. De todos modos, sé razonable: si ha dormido una hora y cuarto y se lo ve feliz al despertarse, sácalo de la cuna. De lo contrario, si sólo ha dormido una hora, mejor volver a practicar el método P. U./P. D., porque la mayoría de bebés experimentan un rápido retroceso al acostumbrarse a hacer siestas más cortas. Si está cansado, acuérdate de dejar que duerma la siesta de las 5 de la tarde.
DÍA CINCO. Al llegar al quinto día, la situación debería haber mejorado considerablemente. Quizás aún tendrás que recurrir a la técnica P.U./P.D., pero ahora será por mucho menos tiempo. Con un bebé de seis meses, el proceso puede durar siete días en total: dos de observación y cinco para cambiarle los hábitos. Cuando el bebé ya tiene nueve meses, establecer la nueva rutina se podría alargar hasta dos semanas (el peor caso que he visto), ya que el bebé está tan acostumbrado a la suya propia que, al intentar modificársela, se mostrará mucho más intratable que un bebé de menor edad.
El escollo más grande es que los padres temen que el caos pueda durar para siempre. Tras dedicar cuatro días a cambiar la rutina del pequeño Sam, de cinco meses, Verónica, su madre, expresó su asombro ante el hecho de que ella y su marido ahora pudieran tomarse una copita de vino tranquilamente después de cenar, sin miedo a que su hijo les estropeara la noche. «No puedo creer que nos costara tan poco tiempo», me comentó. Y yo le dije, como les digo a todas las madres: «El plan funcionó porque fuiste igual de coherente a la hora de imponer la nueva rutina que con el sistema anterior». También advertí a Verónica que a veces, especialmente en el caso de los niños varones (los cuales, según he observado con los años y, tal como también indican las investigaciones de género, tienden a tener un sueño más frágil), un bebé se portará de maravilla durante una semana y luego hará un retroceso y empezará a despertarse de nuevo en plena noche o a dormir siestas demasiado breves. Cuando esto ocurre, muchos padres creen erróneamente que mi plan ha fallado. Pero debéis ser tan coherentes al seguir esta nueva rutina como lo fuisteis en la época del caos. Si el bebé sufre una regresión, volved a aplicar el método P. U./P. D. Os aseguro que, puesto que el bebé ya lo ha experimentado antes, cada vez que reapliquéis la técnica, ésta tardará menos tiempo en surtir efecto.
La rutina es la clave. Seguiré recordándoos la importancia de E. A. S. Y. a lo largo de todo el libro. Si le dedico tanto tiempo y atención es porque detrás de la mayoría de problemas que suelen tener los padres para criar a sus hijos se encuentra, muy a menudo, una gran falta de orden y coherencia. Esto no quiere decir que, con una buena rutina, desaparecerán por completo los problemas del bebé a la hora de comer, dormir y comportarse (los cuales trato en mayor profundidad en los capítulos 3-8). Con todo, es mucho más fácil encontrar soluciones si la jornada de tu hijo está estructurada.
2
LOS BEBÉS TAMBIÉN TIENEN EMOCIONES
RECONOCER ESTADOS DE ÁNIMO DURANTE EL PRIMER AÑO
VISITA A UNA VIEJA AMIGA
El pequeño Trevor, de ocho meses, está tumbado de espaldas jugando felizmente sobre una alfombra en el salón, mientras su mamá, Serena, y yo charlamos, sobre todo de cómo ha crecido Trevor y de cómo cambian los bebés en tan sólo seis meses. Los conocí a los dos cuando el niño tenía sólo un día. En esa época, mi trabajo consistía en enseñarle a Serena cómo darle el pecho a su hijo. Hacer que Trevor empezara enseguida con la rutina E. A. S. Y. fue relativamente sencillo porque era lo que yo llamo un bebé «de libro», una criatura fácil de tratar y de las que hacen con bastante exactitud aquello que los manuales indican para las distintas edades (más información sobre los bebés «de libro» y otros tipos de bebés, en las páginas 63-69). A lo largo de los siguientes seis meses, Trevor fue superando en el momento preciso cada uno de los estadios predecibles de su desarrollo físico y mental. Y tal como ilustra la pequeña estampa que incluyo a continuación, su vida emocional también iba desarrollándose como corresponde a un bebé de su edad.
Mientras Serena y yo hablamos, Trevor se entretiene con los juguetes que cuelgan encima de su alfombra de colores. Transcurren diez minutos y entonces el niño comienza a emitir pequeños ruiditos del estilo: «ñe, ñe»; no llegan a ser llantos propiamente dichos, pero son lo suficientemente expresivos como para hacerle saber a su madre que necesita un cambio de escenario. Y como si le hubiera leído el pensamiento, Serena dice: «Oh, vaya, ¿te estás aburriendo, cariño?». (De hecho, Serena simplemente interpreta las señales que le manda su hijo.) «A ver, ahora vamos a sentarte aquí.» Trevor levanta la vista hacia su madre, feliz por las atenciones recibidas y, después de haber sido reubicado, continúa jugando igual de contento con otro juguete. Serena y yo retomamos nuestra conversación mientras el pequeño, situado cerca de nosotras, experimenta lleno de curiosidad con los extraños crujidos que surgen de la pelota multicolor que tiene delante.
Serena me pregunta si me apetece una taza de té, una oferta que yo, inglesa hasta la médula, jamás podría rechazar. No hay nada como una buena taza de té caliente, decimos siempre nosotros. Serena se levanta para dirigirse a la cocina y, justo cuando llega a la puerta, Trevor comienza a lloriquear. «¿Ves, Tracy? Esto es lo que te quería decir», me comenta su madre, refiriéndose al verdadero motivo por el cual me había llamado. «De repente, es como si todo su mundo girara alrededor de mí. No puedo irme de la habitación donde él se encuentra sin que se disguste», añade, casi pidiendo perdón.
En efecto, entre los siete y los nueve meses, el mundo de un bebé gira alrededor de la persona que cuida amorosamente de él la mayor parte del tiempo y que, normalmente, es mamá. La mayoría de niños desarrollan un sentimiento de miedo ante la marcha de su madre, algunos sólo en un grado menor, mientras que a otros les afecta de un modo terrible. De nuevo, en esto Trevor también cumple con lo que señalan los libros. Sin embargo, esta breve historia no trata únicamente de la ansiedad que sienten los bebés al separarse de sus madres (tema que explico en mayor detalle en las páginas 8790). Trata de un fenómeno mucho más importante, del cual la ansiedad por separación es sólo una pequeña parte: la vida emocional de tu hijo.
¿MI BEBÉ TIENE VIDA EMOCIONAL?
Muchos padres se sorprenden cuando les hablo de estadios emocionales del bebé durante su primer año de vida. Llevan el control de lo que comen sus hijos y de cuánto duermen, y son conscientes y a veces se preocupan por los momentos en que alcanzan los diversos niveles de desarrollo físico e intelectual. No obstante, parecen tener menos conciencia —y en consecuencia, menos interés— por la salud emocional de su bebé; por las habilidades que lo ayudan a controlar sus estados de ánimo, tener empatía hacia los demás y mantener buenas relaciones. La salud emocional no es algo que los padres debieran dar por sentado, sino que es algo que ha de enseñarse. Y tenemos que empezar a hacerlo pronto.
Enseñar a un bebé a ser sano emocionalmente es igual de importante que enseñarle cómo ir a dormir, controlar su dieta, alentar sus logros físicos o enriquecer su mente. Estamos hablando de los estados de ánimo y de la conducta de vuestro hijo: de su «inteligencia emocional», para usar el concepto que popularizó el psicólogo Dan Goleman en su libro del mismo nombre, publicado en 1995. El libro de este autor resumía los resultados de distintas investigaciones llevadas a cabo en las últimas décadas, durante las cuales los científicos han estado explorando los muchos tipos de «inteligencia» que existen, no sólo el que produce genios académicos. Y de todos los tipos, tal como han demostrado numerosos estudios, el más importante sea quizás la inteligencia emocional, la base sobre la que se construye cualquier otra habilidad y aptitud. No obstante, no necesitáis ojear todas esas investigaciones ni ser psicólogos para daros cuenta de la importancia que tiene la inteligencia emocional. Simplemente, mirad a vuestro alrededor. Pensad en los adultos que conocéis. ¿No habéis conocido nunca a nadie cuyo coeficiente intelectual se sale del baremo habitual y, sin embargo, es incapaz de conservar un empleo porque tiene «problemas emocionales»? ¿No hay muchos artistas excepcionales o científicos brillantes que no saben cómo relacionarse con otras personas?
Espera un segundo, Tracy, te estarás diciendo a ti misma justo en este momento, mientras observas a tu bebé que está al otro lado de la habitación, tenga seis semanas, cuatro u ocho meses. Sin duda querrás preguntarme: «¿No crees que es algo pronto para estar hablando de las emociones de mi bebé?».
En absoluto. Nunca es demasiado pronto. Cuando nació, tu hijo expresó sus emociones con aquel primer y enérgico llanto en la sala de partos. A partir de entonces, su desarrollo emocional —la forma en que reacciona ante los acontecimientos, su estado anímico general, su capacidad de autorregular y tolerar la frustración, su nivel de actividad, hasta qué punto se excita y cuánto cuesta tranquilizarlo, su sociabilidad, su reacción frente situaciones nuevas— irá avanzando al mismo ritmo que su desarrollo mental.
LOS SENTIMIENTOS DE LOS BEBÉS
La vida emocional de los bebés, exactamente igual que la nuestra, está regulada por el sistema límbico, una pequeña parte del cerebro que también se conoce como «cerebro emocional». No te preocupes, cariño, no pretendo darte una lección de anatomía. De hecho, la verdad es que las explicaciones científicas detalladas me marean. Todo lo que debes saber es que, al nacer, tu bebé tenía aproximadamente la mitad del circuito neuronal necesario para empezar a experimentar emociones. Dado que el sistema límbico se desarrolla de abajo a arriba, lo primero que madura son sus estructuras límbicas más bajas. Esta parte más baja del cerebro incluye la amígdala, con forma de almendra, que es como la oficina central de nuestras emociones. La amígdala alerta a otras partes del cerebro de que hay algo contra lo cual merece la pena reaccionar. En otras palabras, es la responsable de generar emoción pura: la espontánea respuesta al estrés agudo en el cerebro que provoca una aceleración del pulso y una descarga de adrenalina. El sistema límbico superior comienza a desarrollarse entre los cuatro y los seis meses, que es cuando la mente toma conciencia de las emociones. Aunque el cerebro de tu hijo continúa madurando hasta bien entrada la adolescencia, consideremos lo que ocurre sólo durante el primer año (en el capítulo 8 analizaremos los años de la infancia y las etapas posteriores):
MENOS DE CUATRO MESES. Incluso cuando tu bebé es una criaturita diminuta, su cerebro primitivo lo controla todo. Las emociones al nacer son espontáneas y algo incontrolables, tales como una mueca en respuesta al dolor por tener gases, por ejemplo. Sin embargo, al cabo de unas pocas semanas, el bebé sonreirá y también empezará a imitarte y eso es un síntoma de que ya está conectando con tu estilo emocional. Llorará para expresar que está incómodo o cansado y sonreirá y hará gorgoritos y ruiditos cuando se sienta feliz o excitado. Empezará a sostenerte la mirada cada vez durante más tiempo, desarrollará una sonrisa social y hará asociaciones simples pero importantes: si lloro, alguien vendrá a tomarme en brazos. Entonces el bebé comenzará a darse cuenta de que mediante llantos y expresiones faciales puede hacerte reaccionar para que satisfagas sus necesidades. Cuando tú respondes a esas señales, él aprende a confiar y cuando tú sonríes y lo imitas, él aprende a interactuar.
Recuerda, querida, que llorar es la única forma que tiene tu bebé de manifestar sus emociones y necesidades. Cuando tu hijo llora, no significa que seas una mala madre. Sencillamente es su manera de decir: «Necesito tu ayuda porque soy demasiado pequeño para hacerlo solito». El llanto, que a los padres primerizos les suena bastante ambiguo, es especialmente intenso de las seis a las ocho primeras semanas. Puede que tardes algunas de ellas en comprenderlo, pero pronto sabrás distinguir entre los llantos de hambre, aburrimiento, agotamiento y dolor. Si además conectas con el lenguaje corporal de tu hijo, te resultará más fácil interpretar esas señales. Y, tal como expliqué en el primer capítulo, aún mejor si el bebé sigue una rutina; en ese caso, tanto la hora del día como el momento de la rutina en que se encuentre te dirán mucho sobre sus emociones.
No obstante, a pesar de todo su encanto y sus cualidades absolutamente cautivadoras, de todos sus llantos y de todas sus quejas, los científicos sospechan que, de hecho, tu bebé al principio todavía no siente las emociones en su interior. En un experimento realizado con bebés de dos y tres días, se les administraron pequeñas cantidades de agua mezclada con vinagre o azúcar. Las expresiones faciales de los bebés mostraban claramente repugnancia (nariz arrugada, ojitos entrecerrados, lengua hacia afuera) o agrado (boca abierta, cejas elevadas). Sin embargo, mediante el uso de escáneres cerebrales los investigadores pudieron ver que había muy poca actividad en la corteza límbica, la zona del cerebro donde realmente se sienten las emociones.
Tal vez te sirva de consuelo saber que cuando tu bebé llora, sus llantos son un acto reflejo y más adelante no recordará el dolor. Esto no quiere decir que yo abogue por dejar llorar a los niños. No, de ninguna manera. Eso va contra mi filosofía del cuidado infantil. Más bien defiendo todo lo contrario, creo que mientras respondas a las llamadas de tu bebé y prestes atención a su «voz», los llantos no le causarán ningún daño duradero. También por esa misma razón a menudo recomiendo el uso de chupetes para los niños (véase la página 198), ya que los ayudan a calmarse por sí solos, una habilidad emocional clave. De todos modos, el factor más importante es tu respuesta a los llantos de tu hijo. Diversos estudios han demostrado que cuando los padres saben interpretar y reaccionar ante los diferentes tipos de llanto, sus bebés pasan sin apenas dificultades a lo que los expertos denominan «comunicación sin lloros», lo cual tiene lugar en algún momento entre las doce y las dieciséis semanas. A esa edad, la mayoría de bebés se han tranquilizado y lloran menos tiempo al día. También resulta más fácil saber qué quieren y sosegarlos.
ENTRE LOS CUATRO Y LOS OCHO MESES. Cuando el sistema límbico superior entra en acción, el cerebro de tu bebé da un gran paso adelante. Empezará a reconocer rostros familiares, lugares y objetos e interactuará mucho más con su entorno; incluso disfrutará de la compañía de otros niños. También se percatará de la mascota de la familia. Dependiendo del temperamento de tu bebé, de lo cual hablo en las próximas páginas, en esta etapa suele haber más alegría y risas que angustia y lágrimas. Te darás cuenta de que comienza a sentir y a comunicar sus emociones a través de sus expresiones faciales y de sus balbuceos y no sólo a través de sus llantos.
Ahora la vida emocional de tu bebé es más compleja. Algunos niños, a esta temprana edad, incluso empiezan a mostrar signos rudimentarios de que son capaces de controlar sus emociones. Por ejemplo, si acuestas a tu bebé para una siesta y él se revuelve un poco en la cuna, habla un rato consigo mismo, succiona su chupete o se abraza a su peluche o manta favorita hasta que se duerme solito, significa que ya ha aprendido a consolarse y a apaciguarse. Esto acostumbra a suceder antes en bebés de temperamento estable, pero la capacidad de calmarse por sí mismos, al igual que otras habilidades emocionales, se aprende. De la misma manera que coges a tu hijo de las manos para ayudarlo a caminar, también puedes ayudarlo a dar sus primeros pasos emocionales.
Incluso aunque tu bebé no parezca controlar sus sentimientos, ahora probablemente te será más fácil consolarlo. Tal vez llore de aburrimiento si lo dejas demasiado tiempo en la misma posición o en el mismo sitio, o muestre enfado cuando se le quita un juguete o cuando se lo cambia de postura. En algunos pequeños también pueden detectarse signos de una testarudez que se va intensificando. Un bebé de seis meses ya puede chillar y darse puñetazos en el pecho. Además, también es capaz de manipular a aquellos que lo rodean. Puede «flirtear» con los adultos a fin de atraer su atención, observar una cara para ver si la persona responde a sus quejidos y mostrarse satisfecho y casi orgulloso cuando finalmente consigue que lo aúpen.
Cada vez más, tu bebé se convertirá en una presencia social y emocional. Te hará saber cuáles son sus preferencias en cuanto a los alimentos, las actividades y las personas. No sólo imitará sonidos, sino también las inflexiones de tu voz. Se retorcerá ostensiblemente si lo dejas en lugares confinados e incluso puede que se muestre reacio ante la mera perspectiva de que lo sujetes en el carrito o en la trona. Aunque de hecho aún no juegue con ellos, ahora se interesará más por otros bebés. Dependiendo de su temperamento, puede que tenga miedo de niños más activos o de gente que no conoce. Al esconder la cabeza en tu hombro (o llorar), te estará diciendo: «¡Sácame de aquí!». Ahora tu hijo no sólo experimenta sus sentimientos (si hasta el momento tú has sido receptiva), sino que espera que los demás reaccionen ante ellos.
DE OCHO MESES A UN AÑO. A esta edad, los bebés sienten y comunican más de lo que pueden expresar, pero si observas atentamente a tu pequeño verás cómo giran esas minúsculas ruedecitas y cómo sus emociones —negativas y positivas— van y vienen a lo largo de su jornada. Es una presencia real en tu hogar y disfruta enormemente con tu compañía. Puedes llamarlo desde el otro lado de la habitación y él se girará como diciendo: «¿Qué pasa?». Tu bebé ha adquirido un nuevo sentido de sí mismo. Seguramente le encanta que sostengas un espejo delante de él: sonreirá, dará palmaditas o besará su propia imagen. También sentirá una conexión más profunda contigo y con las personas que cuidan de él con asiduidad; y quizás se muestre reticente ante los extraños, hundiendo la cabecita en tu hombro hasta sentirse más confiado.
Conoce la diferencia entre adultos y niños. Es un gran imitador. Y su memoria es mucho mejor porque, entre los siete y los diez meses, esa parte de su cerebro, el hipocampo, ya está prácticamente formada del todo. La buena noticia es que se acuerda de varias personas en su vida y de los libros que le habéis leído. Y la mala es que, si le cambias la rutina ahora, tendrá una reacción emocional muy fuerte ante cualquier novedad. Además, algunos niños se frustran porque sus habilidades comunicativas están bastante por detrás de su actividad mental y no pueden expresar aquello que necesitan. Puede que a esta edad se vuelvan algo agresivos o autodestructivos (que se den golpes en la cabeza, por ejemplo). A partir de ahora las quejas también se convierten en un hábito frecuente y, seguramente, no querrás fomentarlo.
¿QUÉ QUIERES?
La fase de desarrollo del «benguaje» (lenguaje de los bebés) puede resultar frustrante tanto para los padres como para el hijo. Siempre es buena idea animarlo a que te muestre qué es lo que le hace falta. Sin embargo, seguir una rutina elimina mucha incertidumbre del proceso. Si se está dando golpes enfurecido contra la puerta del frigorífico y ya han pasado cuatro horas desde el desayuno, ¡lo más probable es que tenga hambre!
Así pues, es bastante obvio que hacia el final del primer año tu hijo ya posee una rica vida emocional. Pero los niños no llegan a este mundo sabiendo cómo manejar la frustración, cómo tranquilizarse o cómo compartir con los demás; todas estas habilidades forman parte de una competencia emocional que debe desarrollarse. Y es tarea nuestra enseñarles conscientemente cómo hacerlo. Algunos padres esperan demasiado y entonces los malos hábitos, como los berrinches crónicos, son más difíciles de erradicar. Otros, ignorando hasta qué punto su propio comportamiento enseña al niño justo lo contrario de lo que ellos quieren conseguir, tienden a elegir la opción que suponga una menor resistencia. Se rinden y piensan: «¿Y qué más da?». Éste es el inicio de los errores de crianza.
Pensad en el perro de Pavlov, que salivaba cada vez que el científico hacía sonar una campana porque la había escuchado cada vez que le daban de comer. Los bebés también funcionan así. Asocian rápidamente vuestra reacción con sus acciones. Por tanto, si hoy te pones a reír cuando tu frustrado bebé de nueve meses tira al suelo su bol de cereales porque está aburrido y no quiere comer más, te prometo que mañana volverá a hacerlo, esperando verte reír de nuevo. La segunda vez que lo haga, seguro que no te parecerá nada gracioso. O bien digamos que estás intentando que tu pequeño de un año se lave las manos, pero mientras lo acompañas al lavamanos él rompe a llorar. Entonces te dices a ti misma: «¡Bueno, qué más da! Hoy no nos lavaremos las manos». Puede que tú no relaciones ambos hechos, pero al cabo de uno o dos días, cuando te encuentres en la cola de la caja del supermercado y tu hijo alargue la mano hacia esos caramelos tan estratégicamente colocados, le dirás: «No», y él ya sabrá que puede utilizar un truco ante el que cederás. Empezará a llorar y, si no le haces caso, llorará cada vez más fuerte hasta que finalmente te rindas.
Ayudar a tu bebé a que desarrolle su competencia emocional es tan importante como alentar sus primeras tentativas de gateo o sus primeras palabras. De hecho, la forma en que respondas a los llantos, quejas y otros estados emocionales de tu hijo va a determinar, hasta cierto punto, el tipo de emociones que te esperan cuando crezca. Pero no esperes que tenga una rabieta en toda regla para convencerte. Ten presente lo que solía decir mi abuela: «Empieza tal como tengas intención de continuar». Dicho de otra manera, procura que tu bebé no adquiera malos hábitos que luego tendrás que corregir. Ya sé que esto es más fácil de decir que de hacer. Algunos bebés son más difíciles que otros, pero a todos se les puede enseñar. El truco es conocer bien a tu bebé a fin de poder adaptar las estrategias a sus necesidades. En la sección que sigue, estudiaremos el delicado equilibrio entre temperamento y educación.
NATURALEZA: EL TEMPERAMENTO DE TU HIJO
Al menos en parte, la configuración emocional de cada bebé está predeterminada por su herencia biológica: por los genes y la química cerebral. Si analizas tu propio árbol genealógico, verás cómo el temperamento se hereda de una generación a otra, como si fuera una especie de virus emocional. ¿Verdad que alguna vez has dicho que tu bebé era «tan tranquilo como yo» o tan «tímido como su padre»? O quizás tu madre haya comentado: «Esta conducta tan agresiva de Gretchen me recuerda a tu abuelo Al» o «Davy es tan gruñón como la tía Sue». Sin lugar a dudas, el temperamento de un bebé es innato: ésta es la parte natural de la ecuación. Sin embargo, la cosa no acaba ahí. Tras haber estudiado a gemelos univitelinos, con exactamente los mismos genes pero rara vez con la misma personalidad al llegar a la edad adulta, los científicos han concluido que el entorno —la educación— ejerce una influencia igual de importante que la genética. Así pues, veamos tanto el papel de lo innato como de lo adquirido.
Las niñeras, puericultoras, pediatras y aquellos que han tratado a tantos niños como yo, están de acuerdo en que los bebés son diferentes desde que nacen. Los hay que son muy sensibles y lloran más que otros y los hay que apenas se inmutan por lo que ocurre a su alrededor. Algunos parecen recibir el mundo con los brazos abiertos y, en cambio, otros observan su entorno con recelo.
En mi primer libro definí cinco grandes tipos de temperamento: angelito, de libro, susceptible, movido y gruñón. Algunos profesionales e investigadores que han clasificado los distintos temperamentos de los niños citan tres o cuatro tipos, mientras que otros afirman que existen al menos nueve. En otros casos, contemplan el carácter de los bebés a través de una lente particular, como su capacidad de adaptación o su nivel de actividad. Y también utilizan diferentes denominaciones para distinguir los tipos. Pero la mayoría de observadores coinciden en el concepto básico: el temperamento —a veces también llamado «personalidad», «naturaleza» o «disposición»—, es decir, la materia prima con la que los bebés llegan al mundo. El temperamento afecta a su manera de comer, de dormir y de reaccionar ante los estímulos del mundo que les rodea.
El temperamento es una realidad. A fin de poder trabajar con el temperamento de vuestro bebé, antes debéis entenderlo de verdad. Rebuscando en mi archivador mental, he encontrado a cinco niños que ejemplifican a la perfección cada tipo y les he dado un seudónimo que empieza con la misma letra: Alicia (angelito), David (de libro), Susana (susceptible), Manuel (movido) y Gabriela (gruñón). Y a continuación encontraréis una breve descripción de cada tipo. Ciertamente, unos tipos son más fáciles de manejar que otros (en el próximo apartado especifico además en qué forma los cinco tipos difieren a lo largo del día y cómo les afectan —a ellos y a ti— sus estados de ánimo). Ten en cuenta que estas descripciones destacan características y conductas dominantes. Quizás reconozcas a tu hijo en un tipo concreto o quizás te parezca que es una mezcla de dos de ellos.
ANGELITO. Alicia, que ahora tiene cuatro años, es justo lo que sugiere su etiqueta: un encanto, una niña que se adapta con facilidad a su entorno y a cualquier cambio que surja en su camino. De bebé, raramente lloraba y, cuando lo hacía, era fácil interpretar sus señales. Su madre apenas recuerda las típicas rabietas de sus dos años; en resumidas cuentas, no es difícil de tratar porque su estado emocional predominante es apacible y estable (no es de extrañar que algunos investigadores hayan calificado a estos niños como del tipo «fácil»). Tampoco es que Alicia nunca se enfade; pero, cuando lo hace, no cuesta demasiado distraerla o calmarla. Y cuando contaba solamente unos meses, nunca la alteraban los ruidos estridentes o las luces brillantes. Además, siempre se la ha podido llevar a todas partes; su madre podía recorrer una tras otra todas las tiendas del centro comercial, por ejemplo, sin preocuparse de que su hija pudiera romper a llorar y montar un numerito. Desde que era una criatura diminuta, Alicia dormía la mar de bien. A la hora de ir a la cama, su madre simplemente la acostaba en la cunita y ella se dormía felizmente con su chupete, sin necesidad de más tácticas. Y por la mañana, al despertarse, hablaba con sus peluches hasta que alguien entraba en la habitación. Cuando cumplió los dieciocho meses, se adaptó fácilmente a una cama de niña mayor. Ya de bebé, Alicia era un ser muy sociable y sonreía a cualquier persona que se le acercara. Hasta el día de hoy, se adapta sin problemas a las nuevas situaciones, a los grupos de juegos o a otros escenarios sociales. Incluso cuando nació su hermanito el año pasado, ella asumió el cambio con tranquilidad. Adora ser la pequeña ayuda de mamá.
DE LIBRO. David, de siete meses, ha superado cada etapa con la precisión de un reloj. A las seis semanas experimentó un estirón de crecimiento, a los tres meses ya dormía toda la noche sin despertarse, a los cinco aprendió a darse la vuelta y a los siete, a sentarse. Y apuesto a que, al cumplir el primer año, ya estará caminando. Como es un niño tan previsible, a su madre le resulta muy sencillo interpretar sus señales. La mayor parte del tiempo, su temperamento es sereno, aunque también tiene sus momentos de irritabilidad, tal como describen los libros. No obstante, sosegarlo es una tarea poco complicada. Siempre y cuando su madre introduzca los cambios y las novedades de forma lenta y gradual —una buena regla general para todos los bebés—, David se deja llevar. Todas sus «primeras veces» hasta ahora, como su primer baño, la primera vez que probó alimentos sólidos o su primer día en la guardería, han tenido lugar sin apenas incidentes. David tarda veinte minutos en dormirse para hacer una siesta o para pasar la noche —el tiempo «estándar» para un bebé—, y si está inquieto, con darle unas palmaditas de más y susurrarle un tranquilizante shhh…shhh… al oído será suficiente. Desde que tenía ocho semanas, David se entretenía con sus propios deditos o con cualquier juguete sencillo y, desde entonces, a cada mes que cumplía se ha vuelto un poco más independiente, jugando por su cuenta durante periodos cada vez más prolongados. Dado que solamente tiene siete meses, todavía no «juega» con otros niños, pero no le intimida estar con ellos. Se porta bastante bien en los lugares nuevos y su madre ya se lo ha llevado en un viaje de punta a punta del país para visitar a sus abuelos. Al regresar a casa, le costó algunos días volver a orientarse, pero eso es normal cuando un bebé viaja a través de distintas zonas horarias.
SUSCEPTIBLE. Susana, de dos años, pesó sólo 2 kilos y 750 gramos al nacer, un peso ligeramente por debajo de la media, y se mostró ultrasensible desde el principio. Tres meses después, había aumentado de peso, pero emocionalmente era un bebé muy nervioso y se excitaba con facilidad. Se estremecía al oír el menor ruido y parpadeaba y giraba la cabeza ante las luces brillantes. Lloraba con frecuencia y sin motivo aparente. Durante los primeros meses, sus padres tenían que arroparla y asegurarse de mantener su dormitorio lo suficientemente cálido y oscuro para que ella pudiera dormir. El más leve ruido la perturbaba y luego le costaba mucho volver a conciliar el sueño. A esta niña, cualquier novedad se le debe presentar con extrema lentitud y muy gradualmente. Se han realizado numerosas investigaciones sobre bebés como Susana. Con calificativos como «cohibidos» y «altamente reactivos», representan alrededor del 15 % de todos los niños. Diversos estudios indican que, de hecho, su sistema interno es diferente al de las demás criaturas de su edad. Al poseer una mayor cantidad de hormonas del estrés, el cortisol y la norepineprina, que activan el mecanismo de respuesta al estrés agudo, indudablemente estos bebés experimentan el miedo y otros sentimientos de manera más intensa. Susana encaja a la perfección con este perfil. Tímida ante los desconocidos, de bebé enseguida escondía la cabeza en el hombro de mamá. Y ahora, de niña, es vergonzosa, temerosa y prudente. Tiende a aferrarse a las faldas de su madre ante cualquier situación nueva. En su grupo de juegos, cada vez se siente más cómoda con el resto de compañeros, un conjunto de niños de carácter sosegado cuidadosamente seleccionado; aunque a su madre aún le cuesta abandonar la sala sin que ella se inquiete. Con ayuda, Susana sale de su cascarón, pero esto les exige mucho tiempo y paciencia a sus padres. Es un hacha con los puzzles y los juegos que requieren concentración, una característica que probablemente conservará cuando empiece a ir a la escuela. Los niños susceptibles se convierten a menudo en buenos estudiantes, quizás porque las tareas solitarias les resultan más llevaderas que correr con sus compañeros de clase por el patio.
MOVIDO. Manuel, de cuatro años, es un gemelo bivitelino. La gente que conoce a ambos hermanos diferencia a David como «el más salvaje». Su nacimiento ya anticipó su naturaleza: un sonograma previo al parto mostró a su hermano en la posición más baja; sin embargo, David, de alguna manera, logró abrirse paso por delante de Alexander para emerger primero. Y lo ha continuado haciendo desde entonces. Es agresivo y muy gritón. De bebé, y cuando empezó a gatear, sus fuertes gritos siempre hacían saber de inmediato a sus padres: «Os necesito… ¡ahora!». En situaciones sociales, tales como reuniones familiares o grupos de juego, él tiene que protagonizar la acción. Siempre quiere el juguete con el que su hermano o cualquier otro niño está jugando en ese momento. Le encantan los estímulos y se siente atraído hacia los objetos que hacen ruidos estrepitosos, brillan o provocan alguna sorpresa. Nunca ha dormido bien e incluso ahora, con cuatro años, sus padres deben persuadirlo cada noche para que se acueste. No tiene problemas para comer y es un niño robusto, pero no consigue estar sentado ante una mesa durante demasiado tiempo. David se sube constantemente y de forma temeraria por donde puede. Por eso, no es de extrañar que a menudo se encuentre en situaciones peligrosas. A veces muerde o da empujones a otros niños. Y monta berrinches cuando sus padres no le dan lo que desea o no se lo dan tan rápido como él quiere. Se estima que un 15 % de los niños son como David. Los investigadores se refieren a ellos como «agresivos», «desinhibidos», como niños «hiperactivos» o «altamente reactivos». Si alguien tiene la impresión de que las criaturas movidas representan un reto para sus padres, es así. No obstante, tratados adecuadamente, también son líderes natos. Pueden convertirse en capitanes de equipos deportivos en el instituto y, de adultos, en exploradores o empresarios sin miedo de aventurarse allí donde otros nunca se atrevieron. Lo más duro es conseguir que canalicen toda esa maravillosa energía.
GRUÑÓN. Gabriela parece estar resentida contra el mundo, y eso que sólo tiene tres años. De bebé, costaba horrores hacerla sonreír. Vestirla y cambiarle los pañales ha sido siempre una labor complicada. Ya desde que era pequeñísima solía ponerse rígida en el cambiador y luego se mostraba nerviosa e irritable. Durante los primeros meses, odiaba que la envolviesen y acostumbraba a llorar furiosa mucho rato cada vez que sus padres lo intentaban. Afortunadamente, ellos hicieron que siguiera una rutina tan pronto como llegó a casa del hospital, pero cuando se producía algún cambio o imprevisto, Gabriela expresaba su disgusto llorando y berreando con fuerza. Darle de comer también ha sido difícil desde el principio. Su madre la amamantó, pero le costó mucho lograr que se prendiera bien al pecho y que se mantuviera ahí el tiempo suficiente. A los seis meses abandonó porque, sencillamente, era demasiado duro darle de mamar. Gabriela también tuvo dificultades para adaptarse a una dieta sólida e incluso hoy en día come poco. Se impacienta si no tiene la comida delante cuando le apetece comer y si no se la preparan exactamente como a ella le gusta. Es muy caprichosa con la comida y prefiere ciertos alimentos a todos los demás, negándose a probar ninguna otra cosa, por mucho que sus padres se empeñen en persuadirla. Es sociable cuando quiere, pero tiende a mantenerse al margen hasta que ha valorado cada nueva situación. La verdad es que prefiere jugar por su cuenta y no suele agradarle que otros niños ocupen su espacio. Cuando miro a Gabriela a los ojos, veo un alma vieja; es como si hubiese estado aquí antes y no le entusiasmara la idea de haber vuelto. Sin embargo, esta niña es también todo un carácter; sabe lo que quiere y no duda en manifestarlo. Los niños gruñones enseñan a sus padres a tener paciencia. Y también saben marcar fronteras y defender su propio espacio. Simplemente, es imposible presionarlos, un rasgo que más adelante les hará perseverar ante los problemas. Tanto de niños como de adultos, suelen ser muy independientes y saben divertirse y cuidar bien de sí mismos.
MOMENTOS COTIDIANOS: LOS CINCO TIPOS
El temperamento es un factor fundamental en la manera en que pasa el día vuestro bebé o vuestro niño. Las sucintas descripciones que aparecen a continuación son fruto de años de observarlos. Os ofrezco esta información sólo a modo de guía, no porque vuestro hijo deba comportarse de una manera concreta.
ANGELITO
COMER: Por regla general, de bebés suelen comer bien; si se les da la oportunidad, se muestran abiertos a probar nuevos alimentos (sólidos).
ACTIVIDADES: Son moderadamente activos; juegan de forma independiente desde muy pequeños. Estos bebés poseen una alta tolerancia al cambio; se los puede llevar a todas partes. También son muy sociables, les gusta interactuar y saben compartir, a menos que se sientan abrumados por la agresividad de otro niño.
DORMIR: Se duermen con facilidad y solos; a las seis semanas ya duermen varias horas seguidas. Cumplidos los cuatro meses, harán una buena siesta de un par de horas por la mañana, otra de hora y media por la tarde y, hasta los ocho meses aproximadamente, una cabezadita de cuarenta minutos a última hora de la tarde.
ESTADO DE ÁNIMO: Normalmente son tranquilos y optimistas y ni los estímulos ni los cambios suelen afectarles demasiado. Su humor es estable y predecible. A los padres les resulta sencillo saber lo que necesitan, ya que sus señales emocionales son muy evidentes. Por tanto, en el caso de estos bebés, el hambre no suele confundirse con la fatiga.
DESCRIPCIONES FRECUENTES: Más bueno que el pan. Ni me enteré de que tenía un bebé en casa. Podría tener cinco hijos más como él. Fuimos realmente afortunados.
DE LIBRO
COMER: Son muy parecidos a los bebés angelito, aunque quizás los alimentos sólidos deban introducirse más lentamente.
ACTIVIDADES: Son moderadamente activos. Dado que alcanzan todas las etapas en el tiempo estipulado, es fácil escogerles juguetes apropiados a su nivel. Algunos son auténticos emprendedores; otros se rezagan un poco.
DORMIR: En general necesitan los veinte minutos de rigor para dormirse, el tiempo estándar que tarda un bebé en pasar desde un estado de cansancio hasta el de sucumbir al sueño. Si están especialmente sobreexcitados, tal vez uno de los padres tendrá que arrullarlo un poco más.
ESTADO DE ÁNIMO: De manera similar a los bebés angelito, también son poco reactivos. De hecho, siempre y cuando alguien preste atención a sus señales de hambre, sueño, sobreexcitación, etc., se muestran bastante imperturbables.
DESCRIPCIONES FRECUENTES: Lo hace todo en el tiempo que indican los libros. Es apacible a menos que necesite algo. Un niño fácil de criar.
SUSCEPTIBLE
COMER: Tienden a frustrarse enseguida y cualquier cosa puede hacerles perder el deseo de comer: reflujo, la posición corporal, el estado de la habitación. Si toman leche materna, pueden tener problemas a la hora de prenderse al pecho y quizás les cueste adquirir un buen ritmo de succión. Si se les habla demasiado alto, serán reacios a cualquier tipo de cambio. Y al principio rechazarán los alimentos sólidos: no queda más remedio que ser perseverante.
ACTIVIDADES: Son muy cautelosos respecto a todo lo nuevo: juguetes, situaciones, gente; necesitan mucho apoyo para adaptarse en esos momentos, así como para superar cualquier fase de transición. Sus niveles de actividad acostumbran a ser bajos y se les ha de animar para que participen en los juegos. Suelen estar menos sensibles por la mañana y prefieren jugar de forma individual a hacerlo en grupo. Mejor evitar las citas para jugar con otros niños por las tardes.
DORMIR: Es sumamente importante envolver bien a estos bebés y evitar cualquier factor que pueda excitarlos. Si no os dais cuenta de que les ha entrado sueño y no los acostáis de inmediato en la cuna, acaban tan agotados que cuesta al menos el doble de tiempo conseguir que se duerman. Durante el día, tienden a dormirse de nuevo un buen rato a media mañana y hacer sólo una siesta corta por la tarde.
ESTADO DE ÁNIMO: A veces se ponen nerviosos en la sala de partos, donde la intensidad de las luces parece abrumarlos. Se irritan con mucha facilidad, enseguida reaccionan ante los estímulos externos y, a menudo, les disgustan.
DESCRIPCIONES FRECUENTES: Un verdadero llorica. A la mínima explota. No le gustan los desconocidos. Siempre acaba sobre mi falda o aferrándome la pierna.
MOVIDO
COMER: En lo que respecta a la comida son muy parecidos a los bebés angelito, aunque los que toman el pecho pueden ser muy impacientes. Si la leche de mamá baja demasiado lentamente, soltarán el pezón como diciendo: «¡Eh! Pero, ¿qué pasa?». A veces, es necesario darles un suplemento con el biberón hasta que la leche comience a fluir realmente.
ACTIVIDADES: Desbordan energía, son luchadores y muy activos. Están preparados para lanzarse a actuar en casi cualquier situación y, cuando lo hacen, controlan muy poco sus impulsos y no son nada precavidos. También son altamente reactivos y pueden ser agresivos con sus iguales. Dado que suelen mostrarse más cooperativos por las mañanas, mejor evitar los grupos de juego por la tarde, para que puedan calmarse.
DORMIR: De bebés, detestan que los envuelvan, pero es absolutamente necesario bloquear cualquier estímulo visual. Suelen resistirse a hacer la siesta o a los rituales para ir a dormir, porque no quieren perderse nada. Con un poco de suerte, aunque no duerman mucho por la mañana, seguro que harán una larga siesta por la tarde; esto último es clave para que estos niños tengan un buen descanso nocturno.
ESTADO DE ÁNIMO: Cuando quieren algo, lo quieren ¡ya! Muy suyos, tremendamente gritones y, con frecuencia, testarudos; su humor es voluble y pueden pasar con rapidez de la alegría a la tristeza y de nuevo a la alegría. Adoran la acción, pero tienen tendencia al exceso, lo que puede desembocar en un berrinche. Una vez empezadas, sus pataletas son muy difíciles de frenar. Las etapas de transición también pueden resultar bastante duras.
DESCRIPCIONES FRECUENTES: Un terremoto. Siempre anda metido en algún lío. No tengo la energía suficiente para seguirla. Esta niña no le tiene miedo a nada.
GRUÑÓN
COMER: Son muy impacientes. Si toman el pecho, no les gusta esperar que a mamá le baje la leche; a veces resulta más conveniente darles el biberón. Sin embargo, en ambos casos, las comidas pueden durar bastante tiempo, cosa que acostumbra a fatigarlos. No se adaptan fácilmente a una dieta sólida y, cuando finalmente lo consiguen, insisten en tomar los mismos alimentos una y otra vez.
ACTIVIDADES: La actividad no es su fuerte y prefieren jugar por su cuenta y usar los ojos y las orejas más que el cuerpo. Si están enfrascados en alguna actividad u ocupados con algún juguete, no soportan que los interrumpan y les cuesta terminar una cosa y empezar otra.
DORMIR: Para estos bebés es complicado conciliar el sueño. Al ser tan resistentes, a menudo acaban agotados y están nerviosos antes de irse a la cama. En lugar de dormir largamente, también tienden a hacer siestas más bien cortas, de unos cuarenta minutos como máximo, lo cual pone en marcha un círculo vicioso.
ESTADO DE ÁNIMO: Como solemos decir en Yorkshire, estos bebés están a menudo «a punto de explotar». Igual que una olla hirviendo a fuego lento, que debes vigilar continuamente para impedir que el contenido se derrame, tienes que observar siempre sus señales emocionales. La más ligera variación en su rutina les puede provocar una rabieta: perderse una siesta, una actividad estimulante, demasiadas visitas. Sin una rutina, sus vidas son un torbellino constante y, al final, pueden acabar acaparando todo tu tiempo.
DESCRIPCIONES FRECUENTES: ¡Vaya cascarrabias! Al parecer, prefiere jugar solo. Me siento como si a cada momento estuviera esperando su próximo berrinche. Siempre tiene que salirse con la suya.
EDUCACIÓN: CÓMO PUEDEN LOS PADRES MEJORAR EL TEMPERAMENTO DE SUS HIJOS
El temperamento no es una sentencia de por vida. A pesar de que la naturaleza proporciona a los bebés el carácter con el que vienen al mundo, sus experiencias —la educación que reciben, empezando desde la infancia— los condicionan justo en la misma medida. Dicho de otra manera, la vida emocional de vuestro bebé estará determinada tanto por su temperamento, que se manifestará ya en los primeros días después del nacimiento, como por su historia vital: acontecimientos, experiencias y, lo más importante, la gente que cuida de él. Los padres pueden tener un efecto beneficioso en el temperamento de los niños o bien todo lo contrario, ya que sus jóvenes cerebros todavía son moldeables. Esto lo sabemos porque diversos estudios han demostrado que el comportamiento de los padres puede modificar las conexiones cerebrales del bebé. Por ejemplo, los bebés de madres deprimidas se vuelven irritables y retraídos ya desde el primer año de vida y les cuesta más sonreír que a los bebés de madres no deprimidas. Del mismo modo, el sistema límbico de los bebés maltratados es diferente del que tienen los niños que no han sufrido malos tratos.
Éstos son ejemplos extremos de las formas en que sabemos que el entorno puede afectar al temperamento. Sin embargo, esta plasticidad del cerebro también puede funcionar de maneras más sutiles. Durante mi trayectoria profesional, he conocido a bebés susceptibles que han superado su timidez y se han convertido en adolescentes sociables y desenvueltos. Y también he visto cómo niños gruñones, al crecer, encontraban su propio lugar en el mundo. Además, sé de muchos niños movidos que, de adultos, se transforman en líderes responsables y no en alborotadores. No obstante, lo opuesto también es cierto. Cualquier tipo de niño, independientemente de lo buena que sea su disposición innata, está en peligro, si sus padres no atienden a sus necesidades y deseos. Un bebé angelito podrá convertirse en un refunfuñón, y un niño de libro, en un auténtico terror.
Constantemente recibo mensajes de correo electrónico que comienzan con la frase: «Mi hijo era un bebé angelito, pero ahora…». Así pues, ¿qué ocurre con estos niños? ¿Por qué cambian? Bien, analicemos el triste caso de Yancy, un bebé sano que pesó 3 kilos y 700 gramos al nacer. Su madre, Amanda, es una abogada del mundo del espectáculo de cerca de cuarenta años. Al igual que muchas mujeres de hoy, al terminar sus estudios Amanda luchó por labrarse una carrera profesional; estaba tan decidida a establecerse y triunfar en su especialidad que de los veinte a los treinta y tantos años se concentró exclusivamente en su trabajo. Tras alcanzar el sueño de montar su propio despacho, con algunas de las mayores estrellas de Hollywood como clientes, conoció a Matt, un compañero de profesión. Después de casarse, ambos sabían que querían tener hijos «algún día»; así que cuando a los treinta y siete años, Amanda descubrió que estaba embarazada, decidió dejar las dudas a un lado y se dijo: «Supongo que es ahora o nunca».
Amanda aplicó las mismas técnicas de gestión a su nuevo «proyecto», tal como había hecho con los casos que llevaba en su bufete. Cuando Yancy nació, su madre ya había conseguido plaza en una guardería y tenía un armario lleno de leche maternizada y biberones. Había planeado darle el pecho pero quería flexibilidad…, sólo por si acaso. Tenía intención de regresar al trabajo después de una baja de seis semanas.
Afortunadamente, Yancy resultó ser un bebé muy cooperativo. «Bueno como el pan», era la frase que se escuchaba más a menudo en su casa durante aquellos primeros días. El niño dormía bien, comía bien y se lo veía siempre feliz. Al reincorporarse al trabajo, tal como había previsto, Amanda continuó amamantando a Yancy por las mañanas, dio instrucciones a la niñera para que le diera el biberón durante el día y volvía a darle el pecho al regresar de la oficina. Sin embargo, cuando su hijo tenía unos tres meses, Amanda estaba fuera de sí. «No sé qué ha sucedido», me dijo un día por teléfono llorando. «Ya no duerme tan bien como antes. Solía dormir de un tirón de las 11 de la noche a las 6 de la mañana, pero ahora se despierta dos o tres veces cada noche. He tenido que volver a las tomas nocturnas porque parece tener hambre y no quiere que le dé el biberón de ninguna manera. Así que ahora yo estoy exhausta y él totalmente descontrolado.»
Como Amanda había vuelto a trabajar tan pronto, se sentía culpable por no pasar más tiempo con su hijo. Y en lugar de hacer que Yancy cumpliera la estructurada rutina que había seguido desde que nació, le había ordenado a la niñera que mantuviera al niño despierto hasta más tarde, de modo que ella pudiera estar con él al regresar a casa y darle la última toma de pecho. La mayoría de los días, en lugar irse a la cama a las 7 de la tarde, Yancy estaba despierto hasta las 8 o las 9. Si antes le habían dado una comida de refuerzo y luego una toma nocturna antes de acostarlo, ahora, a medida que su rutina había empezado a modificarse, estas estrategias de llenar su barriguita se habían abandonado por completo. Su sueño ya no era apacible porque se iba a dormir excesivamente cansado. Y cuando Yancy se desvelaba por la noche, Amanda recurría a la solución más a mano —su pecho— porque no sabía qué otra cosa hacer. Lo que comenzó como un arreglo rápido se convirtió en un flagrante caso de error de crianza. De repente, su bebé angelito se comportaba más bien como un bebé gruñón, puesto que lloraba inconsolablemente. Estaba «descontrolado» porque le habían alterado su rutina. Y en cuanto su madre había empezado a ocuparse de él por la noche, Yancy enseguida se acostumbró a esperar que lo hiciera. Durante el día, mientras Amanda estaba fuera trabajando, también comenzó a rechazar el biberón. Él quería solamente el pecho de su madre (de hecho, algunos bebés emprenden verdaderas huelgas de hambre; véase el recuadro de la página 132).
Dado que la disposición natural de Yancy era tan tranquila y acomodaticia, no fue difícil que recuperara el ritmo de su rutina anterior. A fin de que pudiésemos remediar las consecuencias de aquel desbarajuste, Amanda accedió a volver de la oficina a casa antes, al menos durante un par de semanas. Puesto que el niño se despertaba de forma errática, deduje que estaba dando un estirón. Sin embargo, en lugar de que esperara recibir sus comidas por la noche, yo quería incrementar las calorías que ingería durante el día, así que añadimos 30 gramos de leche a cada uno de sus biberones diurnos y retomamos la costumbre de juntar comidas a las 5 y a las 7 de la tarde y la toma nocturna de las 11. También le adelantamos la hora de irse a la cama, fijándola en las 7 de la tarde. Además, nos aseguramos de que Yancy no hiciera siestas de más de dos horas y media durante el día, para que no le robaran tiempo a su descanso nocturno.
La primera noche fue un poco infernal, ya que le hice prometer a Amanda que no le daría de comer a Yancy cuando se despertara. Le expliqué que, aumentando sus calorías como estábamos haciendo, su hijo se acostaba con más alimento en el estómago de lo que era habitual y que, por tanto, no se moriría de hambre. Yancy se despertó tres veces y cada vez Amanda lo tranquilizó con el chupete y con mi método de susurrarle «shh» al oído y darle palmaditas suaves en la espalda (véase la página 185). Nadie pudo dormir mucho aquella noche. Pero la segunda, tras un día de comidas abundantes y sólidas siestas, el niño se despertó solamente una vez y, en lugar de tardar cuarenta y cinco minutos en volverlo a dormir, a su madre le costó sólo diez. La tercera noche durmió de un tirón. ¿Y sabéis qué?, volvía a ser el bebé angelito de Amanda y Matt y la calma había regresado a su hogar.
Porque, por supuesto, de la misma manera en que unos padres pueden «arruinar» el buen temperamento de su hijo, lo contrario también es cierto, afortunadamente. Podemos hacer muchísimo para ayudar a nuestros hijos a superar la timidez, canalizar la agresividad, autocontrolarse y mostrarse más predispuestos a implicarse en situaciones sociales. Por ejemplo, Betty sabía y aceptaba que su tercer retoño, Ilana, era una mezcla entre bebé susceptible y bebé gruñón. Cuando Ilana soltó su primer grito en el paritorio, miré a su madre y le dije: «Me temo que tenemos a un bebé gruñón entre manos». He estado en tantos partos y he acompañado a tantas criaturas a casa, que sé perfectamente que las diferencias se establecen ya desde el nacimiento: los bebés susceptibles y los bebés gruñones actúan como si no quisieran nacer.
A medida que Ilana fue creciendo, se cumplió mi profecía inicial. Se convirtió en una niña vergonzosa, a menudo malhumorada y a punto de coger un berrinche en cualquier momento. Betty, que tenía experiencia con sus otros dos hijos, se daba cuenta de que Ilana nunca sería una niña alegre y feliz. No obstante, en lugar de lamentarse por lo que su hija no era o intentar cambiar su naturaleza, ella se concentró en lo que Ilana era realmente. A partir de ahí, se esforzó para que siguiera una buena rutina, protegió sus horas de descanso y prestó mucha atención a sus altibajos emocionales. Nunca la forzó a sonreírle a los extraños ni insistió para que realizara alguna actividad. No se preocupó por el hecho de que Ilana siempre fuese la última en probar nuevas cosas o que a veces ni siquiera quisiera intentarlo. Por otro lado, también se percataba de que su hija era una niña creativa y brillante y procuró fomentar esas cualidades. Jugaba a numerosos juegos de fantasía con ella, le leía cuentos a todas horas y, en consecuencia, Ilana enseguida adquirió un vocabulario sorprendentemente amplio. La paciencia de Betty valió la pena. Con la gente que conocía y, siempre y cuando se le concediera el tiempo suficiente para «entrar en calor», Ilana podía mostrarse incluso muy comunicativa.
Actualmente, esta niña está a punto de ir al jardín de infancia. Todavía es una pequeña de personalidad muy introvertida, pero en el ambiente adecuado consigue salir de su cascarón. Además, tiene la suerte de que su madre sigue esforzándose por allanarle al máximo el camino. Betty ya ha tenido una charla con la nueva maestra de Ilana, aconsejándole sobre las mejores formas de aproximarse y tratarla. Al conocer perfectamente el carácter de su hija, Betty es consciente de que, como mínimo, la primera semana en su nueva clase va a ser un gran cambio y todo un reto para Ilana. Pero con una mamá tan comprensiva y cariñosa, estoy convencida de que se adaptará con éxito al nuevo entorno.
He visto incontables ejemplos más de padres cuya paciencia y concienciación han ayudado a suavizar un tipo de temperamento que quizás en otras familias hubiese sido problemático. He aquí otro caso: antes incluso de que Katha naciera, su madre, Lillian, ya sabía que el bebé que llevaba en su vientre era una pequeña muy activa y decidida. En su útero, Katha daba patadas sin cesar, como si quisiera mandarle un mensaje a su madre: «Aquí estoy y mejor que te vayas preparando». Una vez en el mundo, Katha no decepcionó a nadie. Era el típico bebé movido que exigía el pecho de su madre y lloraba inmediatamente si la leche tardaba demasiado en comenzar a fluir. Al parecer más interesada en mantenerse despierta que en dormir —no fuera a ser que se perdiera algo—, Katha se resistía a meterse en la cuna y normalmente se las apañaba para librarse de la mantita en que la habían envuelto. Afortunadamente, Lillian instauró una rutina estructurada desde el primer día. A medida que su pequeña fierecilla crecía, se aseguró de que Katha, que a los nueves meses ya andaba, tuviera sobradas oportunidades de descargar su energía por las mañanas. Ambas pasaban mucho tiempo fuera de casa, al aire libre, cosa que sin duda resulta mucho más fácil en el soleado sur de California. Y por las tardes, dado que su madre sabía cuánto le costaba a Katha serenarse, realizaban actividades más tranquilas. Más adelante, cuando la hermanita de Katha apareció en escena, la situación fue particularmente delicada. Como era de esperar, a esta niña no le hacía ninguna gracia compartir las atenciones de mamá. Pero Lillian lo solucionó creando lugares especiales en casa para ella, espacios que eran «sólo para niñas grandes» («y donde el bebé no podía entrar»). Además, también se organizó para poder pasar ratos a solas con su energética hija mayor. Hoy, a los cinco años, Katha continúa siendo una niña valiente y aventurera, pero también es educada y bastante dócil, porque sus padres siempre la han vigilado y han puesto freno a su temeraria conducta cuando ella era incapaz de controlarse. Katha es también una atleta precoz, lo cual, indudablemente, es fruto de todas las escaladas y juegos de pelota a los que su madre la había animado. Lillian nunca se hizo ilusiones de que su primogénita cambiara de temperamento. En lugar de esperar milagros, trabajó a conciencia para sacar lo mejor de la naturaleza de Katha; una estrategia que aconsejo a todos los padres.
POR QUÉ ALGUNOS PADRES NO «VEN» CÓMO SON REALMENTE SUS HIJOS
Está claro que criar a niños como Katha supone un reto mucho mayor que criar a otro tipo de pequeños. Pero, en cualquier caso, todos ellos evolucionan mejor con padres pacientes y conscientes (P. C.), como Lillian, que entienden y aceptan el temperamento particular de sus hijos y que, por tanto, son capaces de estructurarles la jornada adecuadamente y de disciplinarlos cuando es necesario. Ésta es la situación ideal, por supuesto. Sin embargo, muchos padres no siempre llegan a ver y, en algunos casos no quieren, lo que tienen justo delante de los ojos.
Cuando, por primera vez, llevan a su retoño a casa, la propia percepción que tienen del bebé está a menudo ensombrecida por las expectativas que se habían creado. Prácticamente todas las parejas que esperan un hijo, ya sea el primero, el segundo o el tercero, tienen ideas preconcebidas sobre cómo será esa criatura y de lo que él o ella será capaz de hacer. Normalmente nuestras fantasías reflejan quiénes somos. De modo que la que es deportista se imagina en pleno campo de fútbol o golpeando pelotas de tenis con su hijo. En cambio, el abogado de éxito piensa en lo inteligente que va a ser su niño, la escuela donde estudiará y en las importantes cuestiones que ambos van a discutir.
Con frecuencia, no obstante, los hijos de verdad no se parecen en absoluto a los que los padres habían soñado. Puede que hubiesen fantaseado con una criatura angelical, pero luego la realidad los golpea con un pequeño demonio, revoltoso y chillón, que les interrumpe las cenas y los despierta a media noche. En tales casos, yo suelo recordarles: «Bien, tenéis un bebé. Los bebés lloran. Es su única manera de comunicarse». Incluso un bebé angelito o uno de libro necesita periodos de adaptación y eso no ocurre en unos pocos días.
A medida que tu bebé vaya creciendo y algunos rasgos emocionales de su carácter se vuelvan más evidentes —sensibilidad, mal humor, belicosidad—, seguro que te hará pensar en tu vieja tía María o en un abuelo muy cascarrabias de tu pareja. Así pues, digamos que tu hijo es un bebé movido. Si eres una persona luchadora y te gusta la gente con mucha energía, puede que te jactes de ello: «Mi Charlie es tan decidido y enérgico como yo». En cambio, si las características típicas de los niños movidos más bien te agobian o te intimidan, probablemente tu reacción será justamente la opuesta: «Vaya, espero que Charlie no desarrolle un talante tan agresivo como su padre. Aunque me temo que va a convertirse en un matón». No hay duda de que nuestros hijos heredarán algunos rasgos de personalidad presentes en nuestras familias; sin embargo, tampoco disponemos de una bola de cristal. Incluso aunque tu hijo te recuerde una parte de ti mismo, de tu pareja o de algún pariente que aborreces y que preferirías que no se repitiera, de hecho, no tienes ni la menor idea de cómo va a ser finalmente tu hijo. Él o ella es una persona diferente, con influencias diferentes y un camino totalmente propio por recorrer. Y lo que es más importante, si enseñas a tu hijo movido a controlar sus emociones y a canalizar su energía, no tiene por qué convertirse en un matón.
El problema con los miedos y las fantasías es que cuando no nos dejan ver lo que realmente tenemos delante, nuestro hijo en la vida real sufre. Por tanto, uno de mis primeros mandamientos para tener un bebé feliz es el que se puede leer a la izquierda. Grace, una mujer muy tímida, me llamó porque estaba preocupada por la ansiedad que a Mack le producían los extraños. Por teléfono me contó que su bebé, Mack, de siete meses, se estaba volviendo «exactamente como ella» a esa edad. Sin embargo, cuando conocí al pequeño, descubrí a un bebé de libro que simplemente se ponía un poco nervioso en presencia de gente desconocida. Pero, transcurridos unos minutos de adaptación, yo ya tenía a Mack felizmente sentado en mi regazo. «No puedo creer que esté sentado en tu falda», me dijo Grace boquiabierta. «Nunca quiere ir con nadie más que conmigo.»
Tras pedirle a Grace que analizara honestamente su propio comportamiento, surgió la verdad: ella nunca permitía que Mack se acercara a otras personas. Estaba continuamente encima de él y alejaba a todo el mundo de su hijo porque creía ser la única que entendía lo doloroso que era ser tan sensible. En su mente, ella era la única persona que podía protegerlo y que sabía cómo tratarlo. Incluso el papá de Mack estaba siendo apartado de su bebé. Y para agravar aún más la situación, Grace hacía lo que acostumbran a hacer muchos padres angustiados: expresar sus preocupaciones delante del niño.
Concéntrate en el hijo que tienes delante, y no en la fantasía del que te hubiera gustado tener
Bueno, pensaréis, pero si Mack es sólo un bebé. Es imposible que comprenda lo que Grace quiere decir con: «Nunca quiere ir con nadie más». ¡Pamplinas! Los bebés aprenden escuchando y observando su entorno. Ni siquiera los investigadores pueden determinar con exactitud a qué edad los niños empiezan realmente a entender las cosas. No obstante, lo que sí sabemos es que captan los sentimientos de las personas que los cuidan y que comprenden cosas mucho antes de poder hablar. Siendo así, ¿quiénes somos nosotros para dar por sentado que esas pequeñas orejitas no lo están percibiendo todo? Cuando Mack oye: «Nunca quiere ir con nadie más», interpreta que no estará seguro, salvo con su madre.
Otra trampa en la que suelen caer los padres que no respetan la auténtica forma de ser de sus hijos es que a veces intentan forzarlos a comportarse como ellos quieren. Esto sucede a menudo cuando los bebés se vuelven más independientes. El siguiente mensaje, extraído de mi página web, representa un buen ejemplo:
Mi Chloe no soporta que la cojan en brazos. En cuanto la aúpo, empieza a retorcerse para que la baje al suelo, donde le encanta hacer exploraciones. Ahora ha perfeccionado su técnica de gateo, así que siempre quiere estar probándola. A veces me gustaría que me abrazara, o al menos que se me sentara en la falda y pudiéramos escuchar juntas una canción o mirar algún libro; pero lo cierto es que no tiene ningún interés. Definitivamente no es una niña «pegajosa», más bien todo lo contrario. Es muy independiente y prefiere ir a la suya. ¿Alguien más tiene un bebé independiente que odia que lo cojan?
Diría que Chloe tiene entre nueve y once meses. Es obvio que se trata de un bebé movido. El problema es que, mientras que a los bebés movidos no les importa que les hagan cuatro arrumacos cuando son más pequeños, en cuanto son capaces de moverse por su cuenta, los abrazos los asfixian. Esta madre debe aceptar que a su hija no le bastará con quedarse quieta en su falda y observar el mundo sentada desde ahí, como sí hacen algunos de los bebés de sus amigas. Puede que ansíe esa clase de proximidad y quizás consiga acercarse a ella unos minutos, cuando su bebé movido se muestre más receptivo: antes de acostarla, por ejemplo, cuando Chloe se relaje y esté más predispuesta a escuchar un cuento. Mientras tanto, sin embargo, lo mejor es que su madre reconozca y admire lo que su hijita es capaz de hacer, sobre todo cuando está en plena actividad, enfrascada en explorar el mundo.
Una mamá de Tennessee tenía un problema similar con su bebé susceptible, que tenía sólo cinco semanas cuando ella me escribió: «Mi esposo y yo somos muy sociables y nos gusta ir a casa de amigos. Sin embargo, Keith no se adaptó nada bien cuando lo hicimos. Incluso lo tuvimos un buen rato en el cuarto de los niños de nuestros amigos, intentando calmarlo, pero él no paró de llorar. ¿Alguna sugerencia?». Bueno, querida, tal vez tu hijo sea demasiado pequeño para sobrellevar tanto ajetreo. Desde su punto de vista, ir de visita a casa de otras personas supone un «gran» trajín: un viaje en coche y luego pasar la tarde-noche en una casa extraña, con todos esos adultos haciéndole mimos y achuchones todo el tiempo. A veces es inoportuno y en cierta manera os limita, pero tenéis que aceptar que él es así, al menos de momento. ¡Por el amor de Dios, tiene sólo cinco semanas! Dadle un poco de tiempo para situarse. Y luego, gradualmente, trabajad con él; fomentad y ayudadlo a desarrollar sus puntos fuertes y centraros en aquellos aspectos positivos que deseéis reforzar. No obstante, hay niños que simplemente son más sociables que otros y siempre lo serán.
Determinados tipos de padres, además, se toman personalmente la naturaleza de sus hijos, y entonces sus emociones también se añaden al problema. Todavía recuerdo a Dora, una madre que me llamó porque cada vez que intentaba coger en brazos a Evan, un bebé gruñón, su hijo le soltaba una bofetada. Dora lo interpretaba como un signo de rechazo y se sentía herida. Algunos días, cuando eso ocurría, Dora, que era bastante sensible, aún deseaba con más fuerza abrazar a su niño; otros, en cambio, le entraban ganas de devolverle el bofetón a ese pequeño ingrato (que, de hecho, tenía solamente siete meses).
«¿Cómo puedo corregir ese comportamiento?», me preguntó. La verdad es que, a los siete meses, el cerebro de los bebés todavía no está lo suficientemente desarrollado para entender la relación causa y efecto. La bofetada de Evan era su forma de decir: «Déjame bajar». Pero tampoco estoy diciendo que Dora deba ignorar el bofetón. Lo que tiene que hacer es frenarle la mano y decirle: «No pegues a mamá», aunque él no va a «entender» lo que eso significa realmente hasta que pasen otros seis meses (más información acerca de este tema en el capítulo 8).
COMPATIBILIDAD EMOCIONAL
La historia de Evan y Dora no es inusual. Con frecuencia, la visión que tienen los padres de la vida emocional de sus hijos se distorsiona cuando el temperamento de su bebé choca con su propio estilo emocional. En el caso de la madre de Chloe, por ejemplo, ella misma parecía un poco necesitada de afecto y su deseo de proximidad física le impedía ver el verdadero carácter de su hija. Lo cierto es que tú, querida lectora o lector, así como cualquier otro progenitor que lea este libro, tienes un temperamento único e irrepetible. También fuiste un bebé una vez y encajabas en alguna de las cinco categorías que he definido antes; o bien, eras una mezcla de dos o más. Una serie de experiencias te han ido influenciando desde entonces, pero tu temperamento —tu estilo emocional— continúa siendo un factor importante en la forma en que te relacionas con la gente y las situaciones.
Stella Chess y Alexander Thomas, dos reputados psiquiatras pioneros en el estudio del temperamento de los bebés, en el año 1956 ya acuñaron el término goodness of fit, beneficios de la compatibilidad, para describir el grado de compatibilidad existente entre los padres y sus bebés. En otras palabras, un desarrollo sano no depende exclusivamente del temperamento de tu bebé; también tiene que ver con tus propias exigencias y expectativas; es decir, con tu capacidad de ver a tu bebé como es en realidad y poder adaptar tus estrategias a sus necesidades, no sólo a las tuyas. A pesar de que no dispongo de ninguna investigación basada en los siguientes tipos de padres, mi experiencia al haber trabajado con miles de ellos me ha proporcionado una idea bastante clara de lo que sucede cuando una madre o un padre con determinado estilo emocional interactúa con cada uno de los tipos de bebé:
LOS PADRES CONFIADOS y seguros de sí mismos son tranquilos y flexibles, por lo que encajan bien con todos los tipos de bebé. Cuando son padres por primera vez, tienden a adaptarse a los cambios que se producen en su vida y a los altibajos que implica serlo. No suelen agobiarse por el trabajo; se dejan guiar por sus instintos «naturales», confían en sus intuiciones y se les da muy bien interpretar las señales de su hijo. Puesto que acostumbran a tomárselo todo con calma y son pacientes, no tienen problema con los bebés gruñones, están predispuestos a dedicar a los bebés susceptibles el tiempo extra que éstos necesitan y disponen de la energía y la creatividad que requiere criar a un bebé movido. Los padres confiados suelen ver lo mejor de las personas y, por eso, también buscan el lado más positivo del carácter de sus niños. Aunque tienen sus propias opiniones sobre diversos aspectos de la paternidad, también están muy abiertos a nuevas ideas y enseguida se dan cuenta cuando sus propias motivaciones están implicadas en algo que hace su bebé.
LOS PADRES AL PIE DE LA LETRA lo hacen todo literalmente… «al pie de la letra». A veces se exponen a mucha frustración porque esperan que su bebé no se desvíe de la norma. Cuando surgen los problemas, este tipo de padres consultan ávidamente libros y revistas y buscan como locos en Internet, a fin de encontrar una situación exactamente igual a la suya y una receta para enderezarla. Acuden a mi página web quejándose de que su bebé no hace esto o aquello. Intentan que su hijo se adapte a lo que es típico, no necesariamente porque sea bueno para él, sino porque es «lo normal». Para estos padres, lo ideal es un bebé de libro que vaya superando las distintas etapas justo en su tiempo. También les va bien con los bebés angelito, ya que son niños con una gran capacidad de adaptación. No obstante, puesto que los padres al pie de la letra desean tan desesperadamente seguir un horario, es muy posible que se les pasen por alto las señales que su hijo les envía. Por tanto, no son del tipo más adecuado para los bebés susceptibles, que son sumamente sensibles, ni para los movidos, que no son nada conformistas. Los padres al pie de la letra suelen dar vueltas en círculo, probando diferentes horarios y estrategias según el libro o experto al que hayan decidido seguir aquel día. Probablemente la peor combinación sea con un bebé gruñón, al cual cada nuevo cambio le disgusta más. El punto fuerte de esta clase de padres estriba en su habilidad para investigar y solucionar problemas. Además, están totalmente abiertos a cualquier tipo de sugerencias.
LOS PADRES TENSOS son muy sensibles. Puede que sean tímidos y, por tanto, para ellos es difícil acercarse a otros padres en busca de compañía o apoyo. Durante los primeros días de su reciente maternidad, las madres tensas lloran con frecuencia y se sienten incompetentes. Por su lado, los papás tensos tienen miedo de coger al bebé. Con un bebé angelito o de libro, este tipo de padres suele llevarlo bien, pero si la criatura tiene un mal día, como les ocurre de vez en cuando a todos los bebés, piensan que es culpa suya. No toleran demasiado bien los ruidos y les molestan enormemente los llantos, así que un bebé susceptible o gruñón raramente será lo más adecuado para ellos. Es probable que la mayor parte del tiempo se sientan frustrados y con las lágrimas a flor de piel. Si tienen un bebé gruñón, posiblemente se tomarán de forma personal sus cambios de humor. He conocido a parejas que me han llegado a decir: «El niño nunca sonríe porque nos odia». Los padres tensos tienden a sentirse abrumados, sobre todo, por los bebés movidos, los cuales enseguida se dan cuenta de que tienen la sartén por el mango. Aunque su extrema sensibilidad también tiene un lado positivo: les resulta muy fácil sintonizar con el bebé.
LOS PADRES DINÁMICOS y ambiciosos siempre están activos, siempre andan metidos en algún proyecto u otro. Son padres que no pueden quedarse quietos; y tal vez tengan problemas con el hecho de que un bebé los obligue a bajar el ritmo. También puede que tengan bastante genio. Los padres dinámicos acostumbran a ignorar los consejos. A pesar de que muchos de ellos me llaman para preguntarme qué deben hacer, si les diseño un plan, es probable que me salgan con un montón de «Sí, pero…», o de preguntas del tipo «¿Y qué pasa si…?». Dado que normalmente arrastran al bebé con ellos a todas partes, estos padres podrían agotar incluso a un equilibrado bebé angelito o a uno de libro; o peor, los podrían hacer sentir inseguros en medio de tanto caos. Y en el proceso, a menudo se pierden lo que tienen delante: la alegría de haber tenido un bebé que ya les gustaría a la mayoría de padres. Los padres dinámicos pueden enfadarse con un bebé susceptible, sentirse ofendidos por el mal humor o la falta de flexibilidad de un bebé gruñón y chocar con un bebé movido. Tienden a ser algo rígidos y a actuar de forma más bien drástica, como dejar llorar al bebé hasta el agotamiento, por ejemplo, en lugar de adoptar una solución más gradual y compasiva para los trastornos del sueño de su hijo. Empujados por sus propias necesidades, son muy estrictos y, en consecuencia, tienden a verlo todo en blanco y negro. La rutina E. A. S. Y. no les convence, ya que cuando oyen la palabra «rutina», piensan inmediatamente en un horario. Por otro lado, son padres muy creativos que exponen a sus hijos a un amplio abanico de experiencias y los animan a probar cosas nuevas y a asumir riesgos.
LOS PADRES TESTARUDOS parecen creer que lo saben todo y se sienten contrariados cuando su bebé no reacciona como ellos piensan que debería hacerlo. Se aferran con fuerza a sus ideas, a menudo son muy obstinados y les cuesta comprometerse. Este tipo de padres siempre se están quejando. Incluso aunque tengan un bebé angelito o uno de libro, encontrarán y se obsesionarán con la única cosa que su hijo no hace o, según su opinión, hace mal. A los padres testarudos les resulta difícil tolerar los llantos de un bebé susceptible. No les gusta la molestia de tener que estar continuamente calmando o persiguiendo a un bebé movido. Y se enfadan al descubrir lo terco que es su bebé gruñón y lo poco que sonríe, quizás porque les recuerda a su propio carácter. En definitiva, estos padres siempre encuentran la manera de criticar y censurar a todas horas a su hijo, independientemente del tipo de bebé que sea. Y para empeorar más las cosas, hablan mal de sus hijos y se quejan ante otras personas en presencia de sus bebés; y al hacerlo, estos padres convierten a sus pequeños precisamente en aquello que constantemente les dicen que son. Lo bueno de los padres testarudos es que tienen mucho aguante y tesón. En cuanto reconocen un problema, se muestran abiertos a escuchar sugerencias y están dispuestos a perseverar, incluso cuando el camino se pone difícil.
Tened en cuenta que los estilos emocionales descritos anteriormente son retratos llevados al extremo. Nadie encaja perfectamente en ninguna de estas categorías; la mayoría de nosotros podemos ver rasgos de nuestro propio carácter en cada una de ellas. Sin embargo, si somos sinceros, sabemos quiénes somos la mayor parte del tiempo. Con esto no estoy insinuando que los padres no puedan cometer errores. Sencillamente son humanos. Sus propias necesidades bullen siempre bajo la superficie y también tienen una vida e inquietudes, además de sus hijos (lo cual es muy positivo). Mi objetivo a la hora de mostraros estos posibles escenarios de «incompatibilidad» es agudizar vuestras conciencias, a fin de que tengáis un poco más presente cómo vuestra forma de ser y comportamiento puede afectar a la salud emocional de vuestro hijo. Desafortunadamente, cuando los padres son incapaces de ver a través del velo de sus propios intereses personales y cuando sus exigencias y expectativas no son compatibles con el temperamento y las aptitudes de sus hijos, su actitud puede dificultar seriamente la salud emocional del niño, especialmente el desarrollo de la confianza.
LA CONFIANZA: FACTOR CLAVE PARA LA SALUD EMOCIONAL
Inicialmente, la vida emocional de tu bebé se expresa mediante emociones puras, mayoritariamente a través de su repertorio de llantos y de su forma de interactuar contigo; éstas son sus primeras experiencias de comunicación y contacto, su creciente vinculación afectiva contigo. Al emitir gorgoritos y ruiditos, tu bebé intenta relacionarse y entablar una conversación para atraer tu atención y conectar (los científicos llaman a esta estrategia «protoconversación»). Sin embargo, hacen falta dos para que se produzca este baile social y emocional, por eso tu respuesta es crucial. Cuando tu bebé te sonríe o balbucea y tú le devuelves esas sonrisas o consuelas sus llantos, él sabe que estás ahí para ayudarle y ése es el comienzo de la confianza. Visto de esta forma, seguro que entiendes por qué llorar es algo positivo: significa que tu hijo espera que respondas a sus llantos. En cambio, un buen número de estudios han demostrado que los bebés a quienes se ignora acaban finalmente por dejar de llorar. Es inútil llorar si nadie acude a consolarte o a satisfacer tus necesidades.
La confianza establece las bases para la salud emocional de tu hijo en los siguientes años; es fundamental para que aprenda a comprender sus emociones, a controlarlas y a respetar los sentimientos de otras personas. Y dado que las emociones pueden estimular o inhibir las capacidades intelectuales y las aptitudes especiales de tu bebé, la confianza es también la base del aprendizaje y de las habilidades sociales. Varios estudios, realizados a largo plazo, han puesto de manifiesto que los niños que mantienen relaciones formativas no sólo tienen muy pocos problemas luego en la escuela, sino que además muestran confianza en sí mismos, desarrollan un sentido de la curiosidad acerca del mundo y están motivados a explorarlo (ya que se sienten seguros al saber que tú estarás ahí para socorrerlos si se caen). A diferencia de los niños a quienes les han faltado unos vínculos afectivos fuertes desde el principio, éstos también disponen de una mayor capacidad para interactuar con sus iguales o con personas adultas, puesto que sus primeras relaciones les han demostrado que pueden fiarse de los demás.
El desarrollo de la confianza empieza con la comprensión y aceptación del temperamento de tu bebé. El umbral de las reacciones emocionales de cada criatura seguramente será diferente. Por ejemplo, ante una nueva situación, un bebé angelito, uno de libro o uno movido es probable que se adapten rápidamente, mientras que un bebé susceptible o uno gruñón podrían disgustarse. Los bebés movidos, los gruñones y los susceptibles tienen las emociones a flor de piel y te hacen saber de forma clara y contundente lo que sienten. Los bebés angelito y los de libro necesitan relativamente poco para calmarse; sin embargo, los susceptibles, movidos y gruñones a veces parecen inconsolables. Como quiera que sea la manera en que tu hijo manifiesta sus emociones, no trates nunca de empujarlo a sentir de otra forma («Oh, vamos, no hay nada de qué asustarse»), ni de persuadirlo para que no las exprese. Lo que ocurre en realidad es que a los padres les incomodan las intensas emociones de sus hijos y, por eso, intentan convencerlos de que las repriman.
En lugar de negarle a un niño sus sentimientos —o a un bebé— descríbeselos («Vaya, cariño, debes de estar cansado, por eso lloras»). No te preocupes si tu bebé te entiende o no; con el tiempo, comprenderá lo que le dices. Luego, y esto es igual de importante, adapta tu respuesta a lo que él necesita en ese momento; si tu hijo es un bebé susceptible, tendrás que envolverlo y ponerlo en la cunita, pero no debes hacer eso si se trata de uno movido o gruñón, porque este tipo de bebés odian la sensación de reclusión. Con cada momento emocional y cada respuesta adecuada, irás construyendo una reserva de confianza.
Todos los bebés necesitan que respondamos a sus llantos y atendamos a sus necesidades; sin embargo, los bebés susceptibles, los movidos y los gruñones, en especial, son más complicados que el resto. A continuación expongo lo que tienes que recordar de cada uno de estos tres tipos:
SUSCEPTIBLE. Protege su espacio. Observa su entorno e intenta imaginar el mundo a través de sus sensibles ojos, oídos y piel. Cualquier clase de estimulación sensorial —una etiqueta en la ropa que le pique, el volumen del televisor demasiado alto, una luz deslumbrante en el techo…— puede ponerle los nervios de punta. Proporciónale muchísimo apoyo ante las situaciones nuevas, pero no lo sobreprotejas porque eso podría reforzar sus temores. Explícale todo lo que te dispongas a hacer —desde cambiarle los pañales hasta prepararlo para un viaje en coche—, incluso aunque pienses que aún no te entiende. En toda nueva situación, tranquilízalo asegurándole que estarás ahí para ayudarle. No obstante, deja que sea él quien tome la iniciativa; a veces tu hijo susceptible te sorprenderá. Al principio, socializa sólo con uno o dos niños (de carácter apacible).
MOVIDO. No esperes que permanezca quieto durante mucho tiempo. Incluso de muy pequeños, estos niños necesitan cambiar de postura y escenario con más frecuencia que otros bebés. Ofrécele numerosas oportunidades para que juegue activamente y realice exploraciones seguras, pero procura que no se sobreexcite. Recuerda que cuando está demasiado cansado, es más probable que sus propias emociones lo abrumen. Observa cualquier signo de agotamiento e intenta evitar las rabietas, ya que en el caso de los bebés movidos son casi imposibles de frenar. Si distraerlo con algo no funciona cuando está a punto de explotar, mejor que te lo lleves a otro sitio hasta que se calme. Asegúrate de que tus parientes y otras personas que lo cuidan entienden y aceptan la intensidad de sus emociones.
GRUÑÓN. Acepta el hecho de que probablemente no sonreirá ni reirá tanto como otros bebés. Ofrécele ocasiones de usar la vista y el oído, no únicamente el cuerpo. Mantente al margen cuando se ponga a jugar y déjalo escoger los juguetes con que quiere entretenerse. Puede que se frustre o se enfade ante situaciones o juguetes que no le resultan familiares. Ten cuidado durante las transiciones. Si está jugando y es hora de hacer la siesta, avísale («Ya casi es hora de guardar los juguetes») y luego dale unos minutos para que se haga a la idea. Al principio, socializa sólo con uno o dos niños.
ROMPER EL VÍNCULO DE CONFIANZA
Una tarde, fui invitada a observar a un grupo de niños durante una de sus sesiones de juegos; por lo visto, sus madres, que hacía muy poco habían decidido reunirse dos veces por semana, estaban preocupadas porque creían que sus hijos «no parecían llevarse bien». Las tres mamás, Martha, Paula y Sandy, eran amigas y los niños, Brad, Charlie y Anthony, tenían entre diez y doce meses. Los bebés, por supuesto, no «jugaban» realmente unos con otros. Más bien se divertían mientras sus madres charlaban. Este tipo de grupos son como minilaboratorios para mí, ya que me permiten contemplar cómo interactúan los niños y cómo se relacionan sus madres con ellos.
Brad, un bebé susceptible de diez meses, no quería unirse a los otros dos niños, un «problema» del cual su madre ya me había hablado. No paraba de levantar los brazos hacia Martha, deseaba claramente estar en su regazo. Y cuanto más intentaba ella disuadirlo («Vamos, Brad, con lo que te gustan Charlie y Anthony. Mira qué bien se lo están pasando con ese juego»), más fuerte lloriqueaba el pequeño. Martha, con la esperanza de que Brad finalmente se diera por vencido y se uniera a los otros dos niños, decidió ignorarlo. Y se puso a charlar de nuevo con las otras madres. Sin embargo, ninguna de sus tácticas funcionó. Brad continuó lloriqueando y al final empezó a llorar. Martha tuvo que ponérselo en la falda, pero, llegado ese punto, ya era imposible consolarlo.
SABOTEADORES DE LA CONFIANZA
Aquí tenéis una lista de los errores más comunes que suelen cometer los padres con sus bebés (y niños más mayores) y que pueden dar al traste con la confianza.
• No respetar —o peor, negar— los sentimientos del niño: «Pero si a ti te encantan los perritos. Venga, deja de llorar».
• Forzar a un bebé o a un niño pequeño a comer cuando está lleno: «Sólo una cucharadita más».
• Persuadir a un niño para que cambie de idea: «Vamos, cariño, Becky ha venido aquí con Billy para que jugarais juntos los dos».
• No comunicarse: antes incluso de que tu bebé hable, deberías mantener un diálogo continuado con él.
• Introducir situaciones nuevas sin avisar, como llevarlo a un grupo de juegos, por ejemplo, y dar por sentado que tu bebé o tu niño se sentirá a gusto.
• Escabullirte furtivamente de casa para evitar una escena (cuando te marchas a trabajar o a cenar fuera).
• Decir una cosa: «No puedes comer caramelos» y hacer otra: ceder cuando se pone a llorar.
Al otro lado de la habitación, Charlie, un bebé movido, estaba entusiasmado, gateando de un juguete a otro. Al cabo de un rato, se encaprichó de una pelota que tenía Anthony e intentó quitársela, mientras el pobre Anthony se aferraba a ella con todas sus fuerzas. Finalmente, Charlie le dio un empujón a Anthony, que se cayó al suelo y se añadió al coro de llantos de Brad. Al aupar a su hijo del suelo para consolarlo, Sandy lanzó una mirada inconfundible a las otras dos madres: nunca más.
Paula, la mamá de Charlie, estaba mortificada. Era evidente que la escena le resultaba familiar. Trató de retener a Charlie en sus brazos, pero él se resistió. Cuanto más intentaba Paula que no se soltara, más gritaba el niño en señal de protesta y más se retorcía para librarse del abrazo de su madre.
¡Hablando de romper la confianza! En primer lugar, empujar a Brad a jugar con una multitud de niños (a un bebé como Brad, tres niños le parecen una habitación llena) fue como lanzar a la piscina a un niño que no sabe nadar. Y, en segundo lugar, intentar frenar o hacer entrar en razón a un bebé movido como él y sobreexcitado además, ¡fue echar más leña al fuego!
¿Qué podía haber hecho cada una de estas madres para lidiar con la situación y, al mismo tiempo, crear confianza en lugar de destruirla? Tal como le expliqué a Martha, ella debería haberse dado cuenta enseguida —incluso antes de llegar— de que el «problema» de Brad no iba a desaparecer simplemente por arte de magia. Ella debería haber comprendido y apoyado a su hijo («Está bien, cariño, no tienes por qué jugar si aún no te sientes preparado»). Tendría que haberle permitido que se sentara en su regazo hasta que estuviese preparado. No estoy diciendo que no tendría que haberlo presionado un poco; pero en lugar de empujarlo a jugar o ignorarlo, como hizo, debería haberlo animado con mucho tacto a unirse al resto de bebés. Podría haberse sentado con él en el suelo, señalándole quizás un juguete con el que ella supiera que a Brad le gustaba jugar. Aunque Martha hubiese sospechado que su hijo podría tardar seis meses en saltar a la palestra, tendría que haberlo dejado avanzar a su propio ritmo.
También le comenté a Paula que debería haber previsto con antelación lo que iba a pasar. Sabiendo que Charlie era un niño tan activo y propenso a excitarse, ella debería haber intervenido en el momento en que notó que su hijo empezaba a desmadrarse. Los signos de aviso de una pataleta empiezan normalmente con una subida del tono de la voz del niño, sus brazos y piernas se agitan nerviosamente y luego arranca a llorar. En lugar de dejar que Charlie diera rienda suelta a sus emociones, Paula debería habérselo llevado de la habitación antes para que se tranquilizara un poco y así, posiblemente, habría podido evitar la escena. Cuando un niño explota, especialmente uno movido, no sirve de nada razonar con él ni intentar controlarlo. Insistí en que sacarlo de la habitación no era un castigo, sino una manera de ayudarlo a dominar sus emociones. A esta edad, cuando el cerebro de los bebés es incapaz de relacionar causa y efecto, ¡no podemos pretender hacerlos entrar en razón! Si en vez de eso Paula hubiese salido con él de la habitación, cogiéndole suavemente de la mano en lugar de intentar sujetarlo a la fuerza, le podría haber dicho: «Venga, vamos al dormitorio y te leeré un cuento. Luego, cuando te sientas más calmado, podrás volver a jugar con los otros niños».
¡QUE NO ESTÉ SOLO!
Nunca dejes solo a un bebé (o niño) emotivo. Los bebés no pueden controlar sus propias emociones, por eso debemos ayudarlos. Si tu bebé está llorando, dando golpes, sacudiendo los brazos y las piernas o fuera de control en algún otro sentido, un cambio de escenario casi siempre ayuda, especialmente si hay otros niños alrededor. Eso lo aleja del centro de la acción y lo distrae, que es una de las formas más efectivas de diluir las emociones de un bebé. Explícale siempre lo que siente en cada momento, aunque creas que no pueda entenderte. Tal vez hoy no entenderá lo que le dices, pero con el tiempo lo hará.
¡HORROR, LA TEMIDA CONSULTA DEL MÉDICO!
Muchos bebés empiezan a llorar en el instante en que llegan a la puerta del pediatra. Y quién puede culparlos. Los pequeños asocian la consulta con que los desnuden en medio de una habitación demasiado iluminada y encima luego ¡les claven una aguja! No seas una de esas madres que se disculpa cuando su hijo chilla al ver al médico: «Perdone, doctor, él no suele comportarse así. En realidad, usted le gusta mucho». Mentiras como ésta niegan los sentimientos del bebé. Sería mejor adoptar otro tipo de actitud, por ejemplo:
• Intenta concertar pocas citas antes de la primera inoculación.
• Sé sincera: «Ya sé que no te gusta estar aquí, pero no me separaré de ti».
• Pregunta cuándo vendrá el doctor a examinar a tu hijo y desvístelo en el último momento. Cógelo en brazos hasta que el médico llegue.
• Quédate al lado de tu bebé mientras el médico lo examina y habla con él.
• Si es hora de ponerle una inyección, no le digas: «Oh, vaya, qué doctor tan malo».
• Dile la verdad: «Cielo, tenemos que hacerte esto porque no queremos que te pongas enfermo».
• No tengas miedo de cambiar de pediatra si tienes la sensación de que el médico trata a tu hijo como un objeto; por ejemplo, si no le dirige la palabra ni lo mira directamente a los ojos.
Poco a poco y a su ritmo, el susceptible Brad se irá haciendo más valiente, más extrovertido y, más adelante, aprenderá a interactuar con los demás, aunque sólo cuando se sienta cómodo y seguro de sí mismo. El movido Charlie aprenderá que no es bueno avasallar a otros niños, pero no lo hará a menos que se lo contenga cuando está fuera de control. Tendrán que pasar algunos meses más hasta que Charlie pueda comprender lo que significa «calmarse», pero no es demasiado pequeño para empezar a aprender. Martha y Paula deben actuar como una red de seguridad para sus hijos, no como un par de agentes de policía. Incluso cuando los niños son demasiado pequeños para regular sus propias reacciones, se sienten más seguros cuando sus madres los ayudan a comportarse. Entonces ven que pueden confiar en mamá si la situación los asusta o abruma.
Y muy importante: les dije a las tres madres, en especial a Martha y a Paula, que tenían que aprender de esta experiencia lo que desencadenaba las reacciones emocionales de sus hijos y aquello que los apacigua. Con un poco de suerte, la próxima vez ellas intervendrán antes de que sus dos hijos se alteren demasiado y monten una escena. No obstante, la lección fundamental es que no pueden penetrar en las emociones de sus bebés. Tienen que saber verlos a través de ellas y explicárselas a sus hijos, sin dramatismos y sin tener también reacciones por sí mismas.
En lugar de reunirse por la tarde, también podrían considerar la posibilidad de quedar por la mañana, después de la siesta; a aquella hora, es más probable que los niños estén bien descansados. También pueden quedar una vez por semana en lugar de dos, que es mucho para los bebés que no han cumplido aún el primer año. Además, por muy buenas amigas que sean las madres, tendrían que prestar atención a la química existente entre sus niños y preguntarse a sí mismas: «¿Es ésta la mejor situación social para mi hijo?». Puede que Charlie se tranquilice, pero entretanto su temperamento básico tal vez sea demasiado impetuoso para un bebé como Brad. Incluso puede que tampoco sea la mejor compañía para Anthony, un niño de libro. Aunque es cierto, reunirse por la mañana seguramente ejercerá una influencia tranquilizadora en Charlie, que por las tardes no se encuentra precisamente en su mejor momento. Sin embargo, también por su bienestar, lo más adecuado sería que se relacionara con un grupo de niños más activos; y que, por ejemplo, se reunieran en un gimnasio o en un parque. En ese caso, él no sería el único niño movido y ese otro tipo de entorno le permitiría desahogar parte de su exceso de energía.
12 CONSEJOS PARA CREAR CONFIANZA
En el capítulo 8, explico cómo los padres pueden ayudar a sus hijos a evitar lo que yo llamo «emociones desbocadas»: sentimientos que arrasan con todo y que pueden anular los rasgos positivos de su carácter y sus mejores aptitudes. Sin embargo, una buena salud emocional, que permita al niño comprender sus emociones y ser capaz de dominarlas, requiere una sólida vinculación afectiva. Ya desde la más tierna infancia, el sentimiento de confianza se construye mediante doce estrategias diferentes:
1. CONECTA CON ÉL . Interpreta sus llantos y su lenguaje corporal de manera que puedas comprender por qué llora y de qué «humor» está. Si tu bebé está llorando, pregúntate: «¿Sé cuál es el temperamento de mi bebé?». ¿Es activo, sensible, de humor variable, de lágrima fácil y está irritable y malhumorado la mayor parte del tiempo? ¿Es inusual en él esta reacción? Si no eres capaz de describir la naturaleza emocional de tu hijo, es porque no estás prestando suficiente atención a sus señales y también puede significar que sus necesidades no están siendo satisfechas.
2. SIGUE UNA RUTINA E. A. S. Y. (VÉASE EL CAPÍTULO 1). Todos los bebés prosperan cuando su vida es predecible y tranquila; sin embargo, una rutina estructurada es especialmente importante en el caso de niños susceptibles, movidos y gruñones. Utiliza rituales predecibles para las transiciones cotidianas —comidas, siestas y hora de ir a la cama, baño, recogida de juguetes— de modo que tu bebé pueda saber qué le espera.
3. NO TE LIMITES A HABLAR A TU BEBÉ, DIALOGA CON ÉL. A mí me gusta pensar que mantengo un diálogo fluido con los bebés y no una conversación unidireccional. Establece contacto visual cada vez que hables con tu hijo, no importa lo pequeño que sea. Aunque no podrá contestarte hasta pasados unos cuantos meses, un año o quizás más, él lo va percibiendo todo y habla contigo a su manera, con sus gorgoritos y sus llantos.
AYUDA A TU BEBÉ A DESARROLLARSE
Criar y educar a un hijo siempre implica conseguir ese frágil equilibrio entre estar ahí para proteger al niño y darle libertad para que pueda explorar el mundo por su cuenta. A fin de recordarles a los padres que busquen ese punto medio, yo les sugiero «H. E. L. P.». 5
Reprímete: No acudas inmediatamente. Concédete unos minutos para averiguar por qué llora tu bebé o por qué se aferra a ti como si le fuera la vida en ello.
Fomenta la exploración: Deja que tu bebé o tu niño descubra por sí solo la maravilla que son sus dedos o el nuevo juguete que acabas de colocar en su cunita. Si necesita tu ayuda, ya te lo hará saber.
Pon límites: Probablemente tú conoces el umbral de resistencia de tu bebé. Limita la cantidad de estímulos que recibe al día, el tiempo que está despierto, el número de juguetes que lo rodean y las opciones que se le presentan. Intervén antes de que sufra un exceso de estimulación.
Elógialo: Desde que es un bebé, empieza a aplaudir los esfuerzos de tu hijo, no los resultados («¡Mira qué bien! Estás metiendo el brazo en la manga del abrigo»). Sin embargo, tampoco te pases (Tu hijo no es «el chico más listo del mundo», ¡por muy inteligente que a ti te parezca!). Un elogio adecuado no sólo incrementa la autoestima de tu hijo, también le sirve de acicate.
4. RESPETA EL ESPACIO FÍSICO DE TU BEBÉ. Incluso aunque creas que él no entiende tus palabras, explícale lo que estás a punto de hacer. Por ejemplo, cuando vayas a cambiarle el pañal, dile: «Ahora voy a levantarte las piernecitas y a ponerte un pañal limpio». Si te dispones a salir con él de paseo: «Ahora vamos a ir al parque y como hace frío voy a ponerte el abrigo». Y sobre todo, cuando lo lleves al pediatra, cuéntale lo que está pasando y tranquilízalo: «Cariño, ahora el doctor Schneck tiene que examinarte. No te preocupes, yo estaré aquí contigo». (Véase el recuadro de la página 83, «¡Horror, la temida consulta del médico!»)
5. NO IGNORES JAMÁS LOS LLANTOS DE TU BEBÉ Y EMPIEZA A DESCRIBIR SUS SENTIMIENTOS MUCHO ANTES DE QUE CREAS QUE ÉL PUEDE COMPRENDERLOS. Tu bebé intenta decirte algo sobre cómo se siente. Tú puedes hacer que se familiarice pronto con el lenguaje de las emociones dando nombre a sus distintos tipos de llantos («Tienes hambre: claro, hace tres horas que no comes» o «Ahora estás cansado y tratas de dormir un poco»).
6. DEJA QUE LOS SENTIMIENTOS DEL BEBÉ GUÍEN TUS ACCIONES. Por ejemplo, si cada vez que conectas el móvil cerca de tu bebé susceptible él se pone a llorar, significa que te está diciendo: «Esto es demasiado para mí». Deja que mire el aparato, pero sin la música.
7. AVERIGUA CON QUÉ MÉTODOS LOGRAS SOSEGAR A TU BEBÉ. Aunque envolver a los bebés es casi siempre una técnica efectiva, los de tipo movido y gruñón todavía se ponen más nerviosos cuando se sienten atados. Del mismo modo, a pesar de que el método palmadita con susurros (página 185) suele ayudar a dormir a un bebé, a uno de tipo susceptible probablemente le parecerá demasiado invasivo. El hecho de distraerlos funciona con casi todos los bebés, pero es posible que a los de tipo movido, gruñón o susceptible sea necesario alejarlos de una situación demasiado estimulante para que puedan calmarse.
8. TOMA MEDIDAS PARA ASEGURARTE DE QUE TU BEBÉS E ESTÁ ALIMENTANDO BIEN, YA DESDE EL PRINCIPIO. Si tienes problemas a la hora de darle el pecho a tu hijo y los consejos de este libro no te ayudan, contacta de inmediato con una especialista en lactancia. Sufrir durante la fase de aprendizaje de su madre puede hacer que un bebé angelito o uno de libro se vuelvan desagradables, pero es particularmente perturbador para los bebés de tipo susceptible, movido y gruñón.
9. HAZ QUE NO SE SALTE SUS SIESTAS Y DUERMA LAS HORAS NECESARIAS POR LA NOCHE. Un bebé que duerme lo que necesita está más preparado emocionalmente para enfrentarse a lo que se le presente. Si tu bebé es del tipo susceptible, ten especial cuidado en ubicar la cuna en un lugar tranquilo y seguro y en apagar todas las luces a la hora de la siesta.
10. NO SOBRE PROTEJAS A TU HIJO ; DEJA QUE EXPLORE Y DISFRUTE DE SU INDEPENDENCIA. Recuerda mi acrónimo H. E. L. P. (véase el recuadro de la página anterior) cuando mires jugar a tu bebé. Observa qué clase de actividades le gusta hacer y respeta su ritmo. Si quiere volver a sentarse en tu regazo, deja que lo haga. En el caso de un bebé susceptible o gruñón, es más probable que se atreva a descubrir cosas nuevas si sabe que tú estás ahí para ayudarlo si te necesita.
11. PROGRAMA LAS ACTIVIDADES PARA LOS MOMENTOS EN QUE TU BEBÉ ESTÉ MÁS PREDISPUESTO. Agotar o sobreestimular a un bebé es casi siempre garantía de provocarle emociones desbocadas. Ten en cuenta el temperamento de tu hijo y la hora del día cuando hagas planes para hacer recados, visitar a parientes o quedar con otras mamás. No planifiques un encuentro para jugar con otros niños cuando a tu bebé le falte poco para la hora de la siesta. Si los bebés son más mayorcitos y, por tanto, ya pueden dar golpes, empujones y moverse de un lado a otro, evita juntar a un bebé susceptible con uno movido.
12. ASEGÚRATE DE QUE QUIENES SE ENCARGAN DE CUIDAR A TU BEBÉ, ADEMÁS DE TI, COMPRENDEN Y ACEPTAN SU TEMPERAMENTO. Si has contratado a alguien para que cuide de tu hijo, pasa unos cuantos días con esa persona para ver cómo reacciona tu bebé. Puede que a ti te encante una niñera, pero no pretendas que tu hijo la acepte sin un periodo previo de adaptación (véase el apartado «Ansiedad ante los extraños», página 374).
ANSIEDAD PROLONGADA POR SEPARACIÓN: CUANDO EL APEGO ES CAUSA DE INSEGURIDAD
Infundirle confianza y saber interpretar las necesidades de tu bebé son habilidades vitales. Sin embargo, muchos padres confunden la sensibilidad con una vigilancia extrema, sobre todo aquellos que acuden a mí porque sus bebés sufren ansiedad por separación. Cuando les pregunto cómo es un día típico en su vida, enseguida me doy cuenta de que creen que ser unos buenos padres significa que deben cargar a todas horas con el niño, dejarlo dormir con ellos en la cama, y nunca, jamás, permitirle que llore. Responden inmediatamente al más mínimo balbuceo de su pequeño, sin esperar a comprobar si se trata sólo de un ruido normal de bebé o de una llamada de angustia. Y cuando no llevan a su hijo en brazos, están prácticamente encima de él, vigilándolo constantemente. En consecuencia, no pueden abandonar la habitación donde está el bebé sin que éste padezca una crisis. La mayoría de las veces, cuando contactan conmigo, ya han perdido el sueño, la libertad y los amigos. No obstante, racionalizan lo que les está ocurriendo diciendo: «Pero nosotros creemos en la crianza de apego»,6 como si hablaran de una religión.
Sin duda, a fin de aprender cómo empatizar con sus propios sentimientos y leer las expresiones faciales de otras personas, los bebés necesitan sentir conexión y seguridad. Sin embargo, esta difusa noción de la crianza de apego o vínculo paternal a veces se sale de madre. Los bebés sienten apego cuando se los comprende. Podrías llevar a su hijo en brazos todas las horas del día, dejar que se durmiera en tu pecho y compartir la cama con él hasta que fuera un adolescente. Pero si no reconoces su especificidad, su carácter único, si no conectas con él ni le das lo que necesita, no va a sentirse seguro por mucho que lo mimes y lo cojas en brazos. Las investigaciones han demostrado que, de hecho, los bebés con madres asfixiantes se sienten menos seguros que aquellos cuyas madres reaccionan de forma oportuna, pero no inmediata ni excesiva.
Este hecho se ve de manera más clara en algún momento entre los siete y los nueve meses, una época en la cual prácticamente cualquier niño siente una ansiedad por separación normal. Se encuentran en un punto de desarrollo en que su memoria les permite darse cuenta de lo importante que es su madre, pero su cerebro todavía no está lo suficientemente maduro como para entender que cuando mamá se marcha, no significa que se haya ido para siempre. Si se tranquiliza adecuadamente al bebé, en un tono de voz animado y optimista («Tranquilo, no pasa nada. Vuelvo enseguida»); y si se tiene un poco de paciencia, este sentimiento de ansiedad normal desaparecerá al cabo de uno o dos meses.
Considerad, en cambio, lo que le sucede a un niño cuyos padres se muestran demasiado solícitos y sobreprotectores. Al bebé nunca se le permite sentir frustración y nunca se le ha enseñado a calmarse solito. Tampoco aprende a jugar de manera independiente porque sus padres creen que es tarea suya entretenerlo. Cuando empieza a experimentar la ansiedad por separación propia de su edad y llora reclamando la presencia de sus padres, éstos acuden corriendo a su rescate, reforzando sin querer sus miedos. Nerviosos, le dirán: «Estoy aquí, cariño, no te preocupes. Mamá está aquí»; y su tono de voz reflejará el pánico del bebé. Si esto dura más de una o dos semanas, lo más probable es que se convierta en lo que yo llamo un trastorno de ansiedad prolongada por separación.
Uno de los ejemplos más contundentes de este fenómeno fue Tia, una niña inglesa de nueve meses, cuya madre necesitaba ayuda desesperadamente, y cuando conocí a esta familia, comprendí por qué. En todos mis años como asesora de padres y madres, éste fue el caso más serio de ansiedad prolongada por separación que yo había tratado nunca. Decir que Tia era dependiente sería quedarme muy corta. «Desde el momento en que me levanto, me explicó Belinda, tengo que cargarla conmigo a todos lados. Juega sola dos o tres minutos como máximo. Y si no la cojo enseguida, empieza a gritar hasta el punto de hacerse daño o ponerse enferma.» Entonces, la madre recordó el día en que volvió a casa en coche, tras hacerle una visita a la abuela. Tia, que se sentía abandonada porque estaba en el asiento del coche y no en los brazos de su madre, rompió a llorar. Belinda trató de consolarla, pero los gritos de la niña continuaron subiendo de volumen. «Decidí que no podía seguir parando el coche a cada momento. Pero cuando llegamos a casa, vi que había vomitado.»
Con ayuda de varias de sus amigas, Belinda había hecho tímidos intentos de salir de la habitación mientras una de ellas sostenía a Tia en brazos. Una ausencia de tan sólo dos minutos podía provocar en su hija la histeria más exagerada. Invariablemente y aunque sus amigas estaban ahí para darle apoyo, la madre sucumbió y recurrió a su remedio habitual: «Tan pronto la cojo, deja de llorar al instante».
Para complicar aún más la situación, la niña todavía se despertaba durante la noche. En aquella casa, cuando se despertaba únicamente un par de veces, se consideraba que había sido una «buena noche». Martin, que en los últimos seis meses había intentado compartir la carga con su mujer, no lograba sosegar a Tia, que sólo quería a su mamá. Durante el día, con ella constantemente en sus brazos o chillando a pleno pulmón cuando no lo estaba, Belinda estaba exhausta. Además, le resultaba imposible hacer nada en casa y, menos aún, pasar un tiempo razonable con Jasmine, su hija mayor, de tres años. Y, por supuesto, había tenido que olvidarse de su pareja. Belinda y Martin apenas tenían un momento de paz para estar a solas.
A los pocos segundos de hablar con Belinda y de observar cómo interactuaba con Tia, vi claro que, sin darse cuenta, ella estaba reforzando los peores temores de su hija cada vez que se abalanzaba sobre ella y ponía fin a sus lágrimas. Al cogerla tan a menudo era como si le dijera: «Tienes razón: aquí abajo hay muchos peligros, es normal que tengas miedo». Además, también estaba el problema del sueño, pero antes había que solucionar la grave ansiedad por separación que sufría la niña.
Le dije a Belinda que dejara a Tia pero que continuara hablando con ella mientras terminaba de lavar los platos en el fregadero. Y que, si tenía que salir de la cocina, gritara un poco para que la niña pudiera oír su voz. También tuve que asegurarme de que Belinda no empleara más ese patético tono de «pobre bebé» para dirigirse a su hijita. Tenía que sustituirlo por un alegre y enérgico tono tranquilizador: «Vamos, vamos, Tia. ¿No ves que no me he ido a ningún sitio?». Cuando Tia, efectivamente, empezó a llorar, le sugerí a Belinda que en lugar de cogerla se agachara hasta estar a su mismo nivel. Podía consolarla y mimarla, pero no cogerla en brazos. Esta actitud era otra forma de decirle: «No te pasa nada, cariño, yo estoy aquí mismo». En cuanto el bebé comenzó a calmarse, aconsejé a su madre que la distrajera con algún juguete o cantándole una canción: cualquier cosa que le hiciera olvidar el miedo.
Les dije que regresaría al cabo de seis días. Me llamaron al cabo de tres. Al parecer, mis sugerencias no acababan de funcionar. Belinda estaba más exhausta que nunca y enseguida se le agotaron las ideas para distraer a Tia. Jasmine, sintiéndose aún más desatendida, había empezado a hacer pataletas, una manera de pedirle unas migajas de atención a su madre. En mi segunda visita, aunque Belinda y Martin no vieran muchos progresos, yo noté que Tia estaba un poco mejor, sobre todo en el salón. En la cocina, en cambio, donde Belinda realizaba la mayor parte de sus tareas, todavía se sentía bastante infeliz. Me di cuenta de cuál era la diferencia: en el salón, Tia se entretenía jugando sobre la alfombra rodeada de juguetes —las distracciones eran múltiples—, mientras que en la cocina permanecía sentada en un gimnasio de bebé. Por eso a la madre le resultaba mucho más difícil distraer a su hija, ya no le divertían los distintos chismes y artilugios que contenía el gimnasio y se aburría. Además, la niña se sentía recluida. No sólo tenía que soportar la separación de su madre —aunque fuera de menos de dos metros—, sino que encima no podía moverse.
CONSOLAR Y DISTRAER
Si tu bebé tiene entre siete y nueve meses y de repente comienza a llorar si te marchas de la habitación, o a tener problemas a la hora de dormir por la noche o de hacer la siesta, puede que sea el principio de la ansiedad normal por separación. Les ocurre a muchos bebés cuando se dan cuenta por primera vez de que sus madres pueden separarse físicamente de ellos. Este sentimiento de ansiedad normal no tiene por qué convertirse en un trastorno de ansiedad por separación prolongada si:
• Cuando tu hijo esté triste o enfadado, te agachas hasta estar a su altura y lo consuelas con tus palabras y abrazos, pero nunca aupándolo.
• Respondes a los llantos de tu hijo de forma optimista y relajada.
• Vigilas tu tono de voz: que no refleje pánico ni nerviosismo.
• En cuanto tu bebé se haya calmado un poco, lo distraes con algún juego, canción, etc.
• Nunca recurres a controlar de lejos el llanto de tu bebé para resolver trastornos del sueño. Rompe la confianza del niño y le transmite la idea de que, al fin y al cabo, él tenía razón: Tú lo habías abandonado.
• Juegas con él al cucú, así verá que aunque desaparezcas un momento, luego regresas.
• Das una vuelta a la manzana para que tu bebé experimente cortos periodos en los que estás ausente.
• Cuando salgas de casa, haces que tu pareja o la persona encargada de cuidar a tu hijo lo acompañe a la puerta para que allí tú le digas adiós con la mano. Puede que llore todo el rato que estés fuera, lo cual es normal si el bebé se ha vuelto dependiente de ti. No obstante, debes crearle un sentimiento de confianza.
Lo que le sugerí entonces a Belinda fue que comprara una gran alfombra de juegos para la cocina y que pusiera en ella algunos de los juguetes favoritos de Tia. Mamá además encontró una nueva mesa de actividades, con teclas de piano y un montón de botones y Tia estaba entusiasmada. La novedad hizo que a Belinda le resultara más fácil distraer a su hija. Y ahora, aunque su madre se negara a cogerla en brazos, la niña al menos podía acercarse gateando a ella. Poco a poco, Tia logró concentrarse en otras cosas durante más tiempo y su capacidad para jugar de forma independiente también aumentó.
No obstante, aún teníamos que trabajar para solucionar el problema del sueño. Tia nunca había dormido bien y, al igual que muchas madres, Belinda había optado por el camino más fácil durante meses, permitiendo que se quedara dormida en su pecho. Ahora, era la única manera de conseguir que su hija conciliara el sueño. Cuando había comprobado que la niña estaba completamente dormida, Belinda se levantaba muy despacio y se la llevaba a la cuna, que estaba… ¿lo adivináis?: en el dormitorio de sus padres, naturalmente. Así pues, ahora tenemos a esta niña, que durante el día se angustia si su madre no está permanentemente con ella, despertándose en su cunita en plena noche. Su pequeña mente de bebé le está diciendo: Pero, ¿cómo he llegado hasta aquí? ¿Dónde está mamá y su pecho tan confortable? Seguro que nunca va a volver.
Pusimos la cuna de Tia otra vez en su habitación y, a fin de que papá volviera a «pintar» algo en todo aquello, le enseñé cómo aplicar el método P. U./P. D. (véanse las páginas 224-225). Cuando Martin puso en práctica el método, le recomendé que le susurrara continuamente a su hija: «No pasa nada, ahora tienes que dormir, sólo eso». Al padre le costó unas cuantas noches de llantos y mucho empeño, pero perseveró.
Tras unos días de serenar a Tia, enseñándole a dormirse solita y ayudándola a pasar la noche entera en su cuna (más información sobre este tema en el capítulo 6), el bebé acabó despertándose sólo una vez por noche y, a veces, para asombro de sus padres, incluso dormía de un tirón. Por la mañana y por la tarde, sus siestas también mejoraron. Ahora que ya no estaba tan agotada, la ansiedad por separación disminuyó considerablemente.
Un mes más tarde, fue como visitar a otra familia. Al no tener que estar sosegando a Tia las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, Belinda pudo dedicar más tiempo a su otra hija Jasmine. Y Martin, que antes se sentía impotente, ahora formaba parte del equipo, contribuyendo junto a su mujer a la crianza de las niñas. Y no sólo eso; además, finalmente, había empezado a conocer a su hija pequeña.
JUGAR DE FORMA INDEPENDIENTE: E L PRINCIPIO BÁSICO DE LA SALUD EMOCIONAL
Los padres, con frecuencia, me preguntan cómo pueden divertir y entretener a sus hijos. Para los pequeños, el mundo en sí es una gran maravilla. Los niños, por naturaleza, raramente se aburren, a menos que los padres, sin querer, les enseñen a depender de los adultos para divertirse. Dada la inmensa cantidad de juguetes que existen hoy en día, que se agitan, traquetean, vibran, silban, cantan y les hablan, yo veo más bebés sobreestimulados que aburridos. De todos modos, es importante encontrar un equilibrio: asegúrate de que tu hijo recibe la dosis y el tipo adecuado de estimulación, pero también procura crear momentos de calma y periodos de descompresión. Al final, el niño sabrá ver cuándo se está pasando o cuándo está demasiado cansado para jugar, lo cual es un aspecto muy importante de su salud emocional; sin embargo, al principio eres tú quien debe guiarlo.
A fin de que tu hijo desarrolle el vigor necesario para jugar por su cuenta, debes ayudarlo, pero sin estar demasiado encima de él. Lo ideal es crear un ambiente en casa que le ofrezca al niño la posibilidad de explorar y experimentar de forma segura; al mismo tiempo, evita asumir el papel de «director de juegos». A continuación tienes una serie de pautas, diseñadas según las distintas edades, que te ayudarán a encontrar ese delicado equilibrio entre ayuda y sobreprotección:
DE RECIÉN NACIDOS A SEIS SEMANAS. A esta edad, las únicas actividades que deberías esperar de tu bebé son comer y dormir: su cuerpecito no da para más. Mientras le alimentas, háblale suavemente para que no se duerma. Intenta mantenerlo despierto durante unos quince minutos tras cada toma, de manera que aprenda a delimitar los periodos de las comidas y los de descanso. Pero que no te dé un ataque si ves que se duerme enseguida. Al principio, algunos bebés no aguantan más de cinco minutos despiertos; más adelante ya podrán prolongar su tiempo de vigilia. Por lo que se refiere a los juguetes, un bebé tan pequeño lo que quiere básicamente es ver tu cara y las de otras personas. Una gran «actividad» puede consistir en ir a visitar a la abuela o simplemente dar una vuelta con él y mostrarle cosas fuera y dentro de casa. Háblale como si comprendiera todo lo que le dices: «¿Ves? Éste es el pollo que voy a cocinar hoy para cenar» o «¡Mira que árbol tan bonito tenemos en el patio!». Guarda todos esos preciosos libros con dibujos que te regalaron cuando nació. Es mejor que lo sitúes cerca de una ventana para que pueda observar el exterior o que lo pongas en la cuna y pueda contemplar sus coloridos móviles.
DE SEIS A DOCE SEMANAS. Ahora tu pequeño ya puede jugar solito durante unos quince minutos o más, pero ten cuidado de no sobreestimularlo. Por ejemplo, no lo dejes dentro de un gimnasio para bebés más de diez o quince minutos. Le encantará sentarse en una silla de bebé, pero no actives ese dichoso mecanismo vibrador; sencillamente deja que se siente y observe lo que le rodea, sin que nada lo agite ni haga ruido. Y no lo pongas frente al televisor, que es exageradamente estimulante. Llévatelo contigo cuando vayas a hacer la colada, a cocinar o a tu escritorio para leer mensajes de correo electrónico y siéntalo cerca de ti. Continúa con la costumbre de hablarle; cuéntale lo que te dispones a hacer y reconoce también su presencia («Así pues, ¿qué estás haciendo ahora, cariño? Vaya, me parece que empiezas a estar un poco cansado»). Haz que comprenda bien pronto que el descanso es algo bueno.
DE TRES A SEIS MESES. Si no has estado demasiado encima de él, ahora tendrás un bebé que puede permanecer despierto aproximadamente una hora y veinte minutos (incluyendo el tiempo de las comidas). Debería ser capaz de jugar por su cuenta unos quince o veinte minutos seguidos y luego empezará a mostrarse irritable. Llegado ese punto, le faltará poco para necesitar una siesta, así que lo más conveniente será ponerlo en la cuna para que se vaya relajando. Si a estas alturas todavía no puede jugar por sí solo, normalmente significa que, de forma inconsciente, has hecho que dependiera de ti para recibir estímulos. Esto no sólo va a limitar tu libertad, sino que además le roba independencia a tu hijo y, en última instancia, le puede hacer sentir inseguro.
Sigue evitando un exceso de estimulación. En esta etapa tanto tú como tu pareja, los abuelos, los tíos y la vecina de al lado vais a disfrutar de su receptividad y capacidad de reacción. La abuela le sonríe y le hace muecas divertidas y, en un santiamén, el bebé también empieza a sonreír y a reír. Sin embargo, de repente, puede romper a llorar. En ese caso, estará intentando decir: «Por favor, ahora dejadme solo o ponedme en la cama. ¡Ya no quiero ver más las amígdalas de la abuela!». A esta edad, tiene un mayor control sobre su torso, puede mover la cabeza solo y coordinar el movimiento de sus brazos; de manera que, en lugar de limitarse a estar tumbado en su gimnasio, ya puede alcanzar cosas con la mano. Pero esta nueva energía física también tiene su inconveniente: puede que intente comerse su propia mano y le vengan arcadas, que se tire de las orejas o se arañe la piel. Todos los bebés se golpean a sí mismos. El problema es que los padres tienden a dejarse llevar por el pánico. Acuden corriendo y lo cogen tan rápidamente en brazos que, además del dolor del golpe, el pobre se asusta de que lo alcen de esa manera. Para él, es como subir de Ground Zero7 al Empire State Building a la velocidad de la luz. Así pues, no caigas en el síndrome del «pobre bebé» (véase la página 243). Consuélalo por el daño que se ha hecho pero, al mismo tiempo, quítale importancia: «¡Uy, mira que eres bobo! Apuesto a que eso duele, ¿verdad?».
DE SEIS A NUEVE MESES. Al cumplir el medio año o un poco después, tu bebé ya podrá mantenerse despierto alrededor de las dos horas, incluyendo el tiempo de las comidas. Debería ser capaz de entretenerse por su cuenta durante media hora o más, pero acuérdate de cambiarlo de posición: por ejemplo, de la silla de bebé a su cuna, tumbándolo de espaldas para que contemple su móvil. Cuando pueda sentarse él solito, ponlo en un gimnasio. Les encanta manipular objetos. También le gustará meterse en la boca todo lo que encuentre, incluida la cabeza del perro. Éste es el mejor momento para mostrarle los libros de ilustraciones y cantarle canciones infantiles.
A esta edad es cuando los niños comienzan a establecer una conexión entre su propia conducta y los hechos que acontecen a continuación; por tanto, será fácil que en esta etapa se arraiguen los malos hábitos. Cuando las madres me explican que su hijo de entre seis y nueve meses llora para que lo aúpen tras cinco o diez minutos de actividad, les digo: «No lo cojáis». De lo contrario, le estáis enseñando que cuando hago ese ruidito, mamá viene y me coge en brazos. No es que vuestro hijo esté pensando: «Vaya, ya sé cómo meterme a mamá en el bolsillo». No te está manipulando conscientemente…, al menos de momento. Mi consejo es que no corras para alzarlo, sino que te sientes a su lado y lo calmes: «Venga, venga, tranquilo, no pasa nada. Estoy aquí contigo. ¿Por qué no juegas un ratito tú solo?». Distráelo con algún peluche que suene al apretarlo o con una caja sorpresa.
Asegúrate también de comprobar que el niño no llora porque está cansado o porque hay demasiado ajetreo a su alrededor: la aspiradora, otros hermanos, la televisión, su mesita de actividades y todos sus juguetes. Si se trata de lo primero, acuéstalo. Si es lo segundo, llévatelo a su habitación. Si no tiene habitación propia, crea un espacio seguro en el salón o en tu dormitorio donde pueda refugiarse cuando esté demasiado alterado. Otra forma de serenarlo es salir a pasear con él y hablarle suavemente y con cariño («Mira esos árboles. ¿A que son bonitos?»). No importa el tiempo que haga, llévatelo a respirar aire fresco. Y en invierno, ni siquiera te molestes en ponerle el abrigo; simplemente envuélvelo bien en una manta.
Ahora también debería dar comienzo su vida social. Aunque es verdad que a esta edad los bebés todavía no «juegan» juntos, es un buen momento para empezar a reunirse con algún grupo de niños por las mañanas. Lo cierto es que muchas madres norteamericanas ya salen de la clínica de maternidad como miembros de un «grupo de mamás» o bien se unen a uno cuando el bebé cuenta tan sólo unas semanas. No obstante, estos grupos son más para las madres que para el bebé. A los niños les encanta observarse unos a otros, y el hecho de que se vean y se dejen ver, es positivo para ellos. Pero no esperes que tu hijo se relacione activamente con los demás. Eso vendrá más adelante.
DE NUEVE A DOCE MESES. A estas alturas, tu hijo ya debería ser muy independiente, capaz de jugar por su cuenta como mínimo unos cuarenta y cinco minutos y de acometer tareas más complejas. Tendrás la impresión de que su capacidad de aprendizaje da un salto gigantesco. Podrá colocar anillos en un palo o meter un cubo en un agujero. Los juegos con agua o arena también son recursos maravillosos en estos meses. Las cajas grandes y los cojines gigantes les divierten enormemente, así como las ollas y las sartenes. Cuanto más tiempo juegue tu hijo independientemente, más ganas tendrá de estar solo, confiado de que tú estás ahí, entre bastidores, y de que, aunque no te vea, al menos volverás enseguida si él te llama. A esta edad, los niños no tienen ninguna noción del tiempo; así pues, una vez se sienten seguros, no les importa si desapareces durante cinco minutos o durante cinco horas.
Cuando una madre me dice: «Mi hijo no quiere jugar solo» o «Me obliga a sentarme con él y no puedo terminar mis tareas domésticas» e incluso «No deja que me acerque a otros bebés», entonces sospecho de inmediato que se ha producido algún error de crianza involuntario que probablemente empezó meses antes. El bebé lloró y su mamá lo debió de coger al instante, en lugar de animarlo a jugar por su cuenta. En esencia, la madre ha estado siempre pegada a su hijo y nunca le ha permitido realmente desarrollar su independencia. Puede que no lo haya llevado a jugar con otros niños; por tanto, el bebé nunca ha salido de la protegida y segura esfera de su familia y le dan miedo otros niños. O también puede que mamá trabaje fuera de casa y, sintiéndose culpable por dejar a su hijo en manos de alguna otra persona, haya propiciado sin querer esta situación de dependencia. Su sentimiento de culpa al marcharse le hace decir cosas como: «Lo siento, tesoro. Mamá debe irse a trabajar. ¿Vas a echarla de menos?».
Si tu hijo ha cumplido un año y continúa sin poder jugar sin tu ayuda, inscríbelo en un pequeño grupo de juego. También será el momento de eliminar sus juguetes de bebé. A los niños no les gusta seguir jugando con juguetes que ya conocen y cuyo funcionamiento han llegado a dominar. Un niño aburrido de sus juguetes tiene más tendencia a depender de un adulto para divertirse. Si tu hijo aún padece ansiedad por separación, pasa a un segundo plano y toma medidas para lograr que sea más independiente (véase el recuadro «Consolar y distraer», página 89). Reflexiona también sobre tus propias actitudes. Cuando dejas a tu hijo a cargo de otra persona, ¿le presentas a papá, a la niñera o a la abuela como alguien divertido y competente o de alguna manera le transmites la sensación de que el resto de adultos son sustitutos inferiores a ti? Tal vez te haga sentir importante ser la única a los ojos de tu hijo, pero a la larga a ambos eso os costará caro (emocionalmente).
Recuerda, además, que jugar es un asunto serio para los bebés. Las semillas del aprendizaje se desarrollan a partir de la salud emocional. Éstas se plantan en la infancia y, a medida que incrementas gradualmente el tiempo que tu hijo juega de forma independiente, estarás mejorando sus habilidades emocionales: su capacidad de entretenerse y divertirse solo, de explorar su entorno sin temor, de experimentar cosas nuevas. Jugar enseña a los niños pequeños a manipular objetos. A través del juego, aprenden la relación causa y efecto. Y aprenden también a aprender: a tolerar la frustración de no lograr que algo funcione al primer intento, a tener paciencia y a realizar las tareas una y otra vez. Si animas a tu hijo a jugar y luego te haces discretamente a un lado, seguro que se convertirá en un aventurero o un científico, un niño capaz de entretenerse solo y que jamás te dirá: «Mamá, me aburro».
3
LA DIETA LÍQUIDA DEL BEBÉ
LA ALIMENTACIÓN DE LOS PRIMEROS SEIS MESES
COMIDA, ¡GLORIOSA COMIDA!
Durante los primeros seis meses en la vida de tu bebé, la parte de las comidas dentro de la rutina E. A. S. Y. se refiere a su dieta líquida: leche materna, leche artificial o bien una combinación de ambas. Obviamente, es una perogrullada decir que la alimentación es importante para tu bebé. Todos sabemos que cualquier criatura viviente necesita comer para sobrevivir. Por tanto, no es de extrañar que, cuando rebusco entre mis llamadas, mensajes de correo electrónico y consultas a mi página web, los problemas relacionados con la alimentación sean prioritarios; y sólo se sitúan secundariamente cuando hay complicaciones del sueño. Y si has leído hasta aquí, sabrás que los problemas a la hora de dormir también pueden tener mucho que ver con la alimentación y viceversa. Un bebé descansado, come mejor; y un bebé adecuadamente alimentado, duerme mejor.
Si eres una de las madres afortunadas, tu hijo es de los que tienen un buen comienzo desde los primeros días de su vida. Al principio, los bebés son pequeñas máquinas de comer; necesitan ser alimentados a cada momento. Normalmente, la mayoría de bebés empiezan a tomar menos líquidos a partir de los seis meses. Algunos padres me comentan: «Mi bebé solía comer cada tres horas» o «Antes mi hijo tomaba más de 1.000 mililitros de leche, pero ahora sólo toma unos 600 o 700 mililitros». Bueno, querida, ¡es que el niño está creciendo! Y el crecimiento también conlleva un cambio de rutina. Recuerda, la regla general de los «4/4» significa que a los cuatro meses las comidas, en la rutina E. A. S. Y., pasarán a ser cada cuatro horas durante el día (véase la página 44).
Tanto las madres que dan el pecho como las que han optado por la lactancia artificial expresan el mismo tipo de preocupaciones (sobre todo en los primeros tiempos): ¿cómo sé que mi bebé está comiendo lo que necesita? ¿Con qué frecuencia debo alimentarlo? ¿Cómo puedo saber si tiene hambre? ¿Qué cantidad de leche se considera suficiente? Si parece hambriento una hora después de haber comido, ¿qué significa? ¿Voy a confundirlo si le doy el pecho y el biberón? ¿Por qué llora tras las comidas? ¿Cuál es la diferencia entre cólicos, gases y reflujo y cómo puedo saber si mi bebé padece alguna de estas molestias? En este capítulo encontraréis respuesta a éstas y a otras preguntas relacionadas con la alimentación. Aquí (y en los próximos cuatro capítulos) veréis muchas de las quejas más comunes que introduje en el primer capítulo. Pero ahora os enseñaré cómo atacar el problema y a descubrir qué es lo que va mal. A continuación, os ofreceré un buen número de estrategias y consejos sobre cómo actuar.
LIBERTAD DE ELECCIÓN
La manera en que las madres deciden alimentar a sus hijos es algo de su elección. Aunque yo apoyo a cualquier mujer que quiera dar el pecho y creo firmemente en los beneficios de la leche materna, todavía creo con más firmeza en la libertad de elección a la hora de tomar una decisión meditada, informada —y sin sentimiento de culpa— sobre cómo criar al bebé; ninguna madre debería forzarse a intentar nada que la hiciera sentir infeliz o incluso frustrada. Algunas madres no pueden dar de mamar porque tienen diabetes, toman antidepresivos o por cualquier otra causa física. Para otras, es una cuestión de no querer hacerlo. Puede que dar el pecho no encaje con su temperamento, que les resulte demasiado estresante o una pesadilla logística, dada su situación particular. Otras tal vez tuvieron una mala experiencia con su primer bebé y no desean probar de nuevo. Sean cuales sean sus razones, estarán perfectamente justificadas. Hoy en día, la leche artificial contiene todos los nutrientes que un bebé necesita.
Dicho esto, no hay duda de que actualmente amamantar a los hijos está de moda. Un estudio realizado en el año 2001 por la revista Pediatrics mostró que, al abandonar el hospital, el 70 % de las madres daban el pecho. Alrededor de la mitad lo dejan a los seis meses; otras continúan hasta que el bebé cumple un año o más. (En la página 113 también explico por qué opino que es una buena idea hacer ambas cosas: dar el biberón y el pecho.)
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