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MAYRA POTENZA

La Gestante


Potenza, Mayra

La Gestante / Mayra Potenza. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-2238-2

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Índice

1  Capítulo 1

2  Capítulo 2

3  Capítulo 3

4  Capítulo 4

5  Capítulo 5

6  Capítulo 6

7  Capítulo 7

8  Capítulo 8

9  Capítulo 9

10  Capítulo 10

11  Capítulo 11

12  Capítulo 12

13  Capítulo 13

14  Capítulo 14

15  Capítulo 15

16  Capítulo 16

17  Capítulo 17

18  Capítulo 18

19  Capítulo 19

20  Capítulo 20

21  Capítulo 21

22  Capítulo 22

23  Capítulo 23

24  Capítulo 24

25  Capítulo 25

26  Capítulo 26

27  Capítulo 27

28  Capítulo 28

29  Capítulo 29

30  Capítulo 30

31  Capítulo 31

32  Capítulo 32

33  Capítulo 33

34  Capítulo 34

35  Capítulo 35

36  Capítulo 36

37  Capítulo 37

38  Capítulo 38

39  Capítulo 39

40  Capítulo 40

41  Capítulo 41

42  Capítulo 42

43  Capítulo 43

44  Capítulo 44

45  Capítulo 45

46  Capítulo 46

47  Capítulo 47

48  Capítulo 48

49  Capítulo 49

50  Capítulo 50

51  Capítulo 51

Landmarks

1 Table of Contents

Para Sol,

mi motor constante,

y Eva, mi madrina,

sin cuyo apoyo y guía este libro no hubiera visto la luz.

Las amo a ambas, profundamente.

Para Yani,

que siempre quiso que alguien le dedique un libro.

Y para todas las Laras,

con el deseo genuino de que encuentren

aquella felicidad posible,

tenga el rostro que tenga.

A ellas les dedico esta historia.

Capítulo 1

La esencia de la lucha humana es el conflicto

entre quienes somos y quienes queremos ser.

Debbie Ford

Embrión: 1. En los seres vivos de reproducción sexual,

óvulo fecundado en las primeras etapas de su desarrollo.

2. Aquello que constituye el origen de una cosa antes de crearse o constituirse

o que está en su fase inicial y todavía no tiene

las características que lo conformarán definitivamente.

Diccionario de la RAE

Madrid, España

Amanece gris, a juego con el humor de perros que arrastro hace dos días.

Al asomarme por la ventana, veo el cielo plomizo y una parte de mí se alegra, hallando un placer casi morboso en regodearse en su miseria.

Hay algo atractivo en la tormenta. El modo en que el cielo parece suspendido, a punto de desplomarse. Desearía que cayera y acabase con todo, conmigo incluida.

Mañana terminará la semana laboral y podré esconderme hasta el lunes. Si la suerte me acompaña, para ese entonces, en la oficina se habrán olvidado del asunto y no tendré que explicar lo mismo una y otra vez, como un recordatorio macabro de aquello que necesito olvidar.

Toda mi vida se reduce a desear un deseo imposible e intentar olvidarlo. He perdido la cuenta de las veces que conviví con este dolor. Cualquiera pensaría que ya me he acostumbrado, pero no. Duele lo mismo cada vez. Incluso, tal vez un poco más.

Me visto pausadamente, sin prisa, porque mi humor hoy no permite otra cosa. Siento que, si me detengo, comenzaré a llorar y ya no podré detenerme.

Llevo tanto tiempo conteniéndome, siendo fuerte, que ya no recuerdo cómo soy en realidad. Pero no soy esta.

Salgo de casa y camino las pocas cuadras que separan mi apartamento de la estación de metro. El aire plomizo me hunde un poco más. Si el clima acompañara, iría caminando, pero el cielo está oscuro y amenazante. Además, voy con el tiempo justo.

Cojo el metro, apurándome por subir antes que toque la alarma y las puertas se cierren.

Miro a la gente que viaja conmigo. Apenas si se miran entre sí, ignoran que tienen a su lado un corazón roto.

“Ya no. Ya no”. Es una música constante, dolorosa, en mi mente.

Me siento dañada.

Una parte de mí se siente como una media mujer. Una cáscara vacía. Una higuera seca.

Consigo bajar del metro a tiempo antes de saltarme la parada. Un hombre me empuja al pasar y solo atino a mirarlo con odio. Tal vez con más del que su torpeza amerite.

Llego al mundo, a la ciudad. Trato de respirar, en un intento de que el aire llegue al alma y traiga alivio.

¡Maldición! Otra vez, las lágrimas asoman, ajenas a mi voluntad. Parecen empecinadas en revelar un secreto que yo oculto.

Las ganas de llorar me ahogan. La tristeza es un mecanismo del que hace mucho tiempo que no puedo salir, pero se ha agudizado a raíz de todo esto.

Pensar en otra cosa, en algo más, no funciona conmigo. La idea instalada es una obsesión circular, como un perro que persigue su propia cola y vuelve a empezar.

Camino apresurada y llego a mi empleo. Un conservado edificio de oficinas que alberga una decena de empresas, entre ellas, la agencia de publicidad en la que trabajo. Vuelvo a mirar el reloj, solo para angustiarme, mientras apuro el paso.

El espejo del ascensor delata los estragos de la noche pasada en mi rostro. A duras penas, intento mejorar en algo mi aspecto, pero no puedo hacer milagros en los quince segundos que le lleva al ascensor ir desde la planta baja hasta el quinto piso, la agencia de publicidad.

Antes de entrar, respiro profundo e intento no traslucir en mi rostro nada del desborde interior que amenaza ahogarme.

—¡Buenos días! —saludo en voz alta, sin poder evitar que se trasluzca el cansancio en la voz.

—¡Hola, cielo! —saluda Sandra. Mi única amiga en este lugar.

Respiro profundo y acomodo mis cosas, dispuesta a trabajar. Por ocho horas: alivio, distracción, propósitos.

Me gusta mi trabajo. Es, tal vez, lo único de mi vida que no cambiaría. Le estoy agradecida. Profundamente agradecida. El trabajo me mantiene en pie, me contiene, le da un marco al desorden en el que se transformó mi vida. Me brinda un propósito.

Me mantuvo a flote cuando todo se hundía y amenazaba con tragarme.

—¿Viste a la nueva? —pregunta Sandra, asomándose por el cubículo de mi escritorio —. ¿Cuánto tiempo le das antes de que Iñaki intente ligar con ella?

Miro a Sandra con ganas de decirle que no me moleste, pero veo su rostro esperanzado. Desea distraerme de alguna manera, y es lo mejor que se le ocurre. La amo por eso.

Hago un gesto de fastidio dirigido a mi amiga,

—Sandra, estoy trabajando. No tengo tiempo para esas cosas —le digo pomposamente—. Antes del viernes, sin duda —agrego a desgana, con un guiño.

Sandra se ríe y vuelve a su lugar. No sin antes darme una ojeada evaluadora, decidiendo que estoy bien.

Iñaki es el director y el dueño de la agencia. Está convencido de que es la octava maravilla en lo que refiere a la opinión de las mujeres y, desde que se separó, no deja pasar ninguna oportunidad de ligar con las empleadas nuevas. Afortunadamente, Sandra y yo fuimos contratadas unos años antes de su divorcio, y nunca se animaría a hacerse el galán con nosotras.

Iñaki es brillante en su trabajo y, a pesar de lo gilipollas, es buena gente.

Aún no ha llegado. Nunca lo hace antes de las diez y media, pero no tiene límite para volver a casa. Trabaja más que cualquiera de nosotros y carga toda la responsabilidad sobre sus hombros. Por eso, todos lo respetamos.

Hace seis años que soy empleada de esta agencia de publicidad y aún no siento el techo. Me gusta el trabajo que hago y el ambiente de nuestra oficina es cálido para tratarse de una empresa exitosa. Todo eso me gusta, excepto..., bueno, me prometí no pensar más en ello y enfrentarlo solo si alguien vuelve a preguntarme.

No lo hacen. Yo paso el día en una fría eficiencia que no da lugar a comentarios de ningún tipo. Evito incluso volver a hablar con Sandra, porque no quiero que haga preguntas. La buena de Sandra lo intuye porque no lo hace, y Dios sabe qué hay poca gente en este mundo a la que le guste más que a ella un buen chisme. Sin embargo, respeta mi silencio, al igual que todos.

El día pasa rápido. Antes de que me dé cuenta, debo volver a casa.

Recojo mis cosas con rapidez y saludo informalmente al aire, a nadie en particular, luego salgo de allí casi huyendo.

En la calle siento alivio. Nadie me preguntó por la llamada y yo no tuve que dar explicaciones una y otra vez, como temía que ocurriese. El alivio, sin embargo, dura poco, sabiendo que en casa estaré sola con toda la noche por delante para pensar y esa consciencia me genera ansiedad.

Salgo a caminar aprovechando el tumulto de la hora pico. Las caras anónimas me hacen sentir invisible por un rato. Todos parecen apurados por volver a casa.

Yo no... Alargo los pasos mirando a la gente, distrayéndome. Estirando el camino, que incluso así, resulta corto.

En Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, Jim Carrey descubre que Kate Winslet ha hecho un tratamiento para borrar de su mente todos los recuerdos de su tormentosa historia con él, de modo que el protagonista busca al doctor y se somete al mismo procedimiento. Sin embargo, no puede olvidarla y lucha contra el tratamiento. Es una historia intensa y dramática, pero todos los que hemos vivido un amor tormentoso desearíamos encontrar a ese doctor y arrancarnos del alma los recuerdos.

Cada vez que siento que no puedo más, recuerdo esa película, deseando que alguna vez alguien invente una pastilla que permita perder selectivamente los recuerdos. Hoy me conformaré con alguna que me haga dormir.

Si no puedo olvidar, por lo menos, trataré de no soñar.

Me despierto con la boca seca y pastosa. Hace tres años, me recetaron unas pastillas para poder conciliar el sueño solo en casos extremos. Anoche fue uno.

Estoy segura de que esa medicación podría dormir a un caballo. Nunca la tomo, asustada por sus efectos. La última vez que lo hice dormí durante dieciséis horas seguidas. Fue la noche posterior a la última audiencia de divorcio y la pena no me dejaba pensar.

Me levanto como puedo y me visto, consciente de que llegaré tarde a la oficina, pero sin poder hacer nada para evitarlo, de modo que llamo por teléfono y aviso que voy con demora.

Mi mente está lenta y lo agradezco. La bruma de mis pensamientos adormece el dolor producto de los pensamientos. Tan ajena a mi, tan ajeno a mi esencia, pero transito estos días como puedo.

Salgo a la calle y el sol me hiere en los ojos. Me siento como un murciélago expuesto a la luz.

¡Maldición! Sé que todo esto pasará y seré más fuerte, pero, mientras ocurre, amenaza con tragarme.

Llego a la oficina y rezo mentalmente para que nadie me haga preguntas. Acerca de nada.

Sé que se mueren por hacerlo, pero ninguno de mis compañeros es tonto y comprenden perfectamente mi lenguaje corporal. Silenciosamente, todo mi cuerpo dice: “pregúntame y te clavaré un tenedor en la yugular.”

El día lunes a última hora, cuando yo ya me había ido, recibí una llamada de una clínica de fertilidad a mi trabajo porque no podían localizarme en ningún sitio. A la persona que atendió le dijeron expresamente que la llamada era para saber qué quería yo hacer con los embriones congelados.

Mis compañeros saben que estoy divorciada, que no tengo pareja, lo que no saben es que soy estéril, que me divorcié porque no puedo tener hijos, que ese llamado era para preguntarme qué quería hacer con los embriones que me quedaban. Si quería descartarlos o intentar una última vez.

Me sentí expuesta y desnudada frente a todos. Humillada.

Uno elige qué mostrar de su mundo interior. Tiene el derecho de elegir qué revela y qué no, qué parte de sí mismo se resguarda para la intimidad. Yo guardo casi todo (lo bueno y lo malo) para mis íntimos y, seguramente por mi crianza, especialmente me reservo la propia miseria, convencida de que las heridas se lamen solas.

Casi no uso Instagram, no tengo Facebook ni Twitter. No me exhibo, no expongo mi vida... Así que esto, para mí, fue como arrojarme encima un balde de agua helada.

Cuando recibí al móvil el llamado de la oficina para pasarme el recado, literalmente se me cayó el bolso de las manos y se aflojaron mis piernas.

La vergüenza y el embarazo que sentí fueron tan grandes que, por un momento, deseé nunca más volver allí.

Llamé a la clínica, entre ofendida y asustada, y desde allí me explicaron que llevaban un mes buscándome por diferentes sitios sin éxito. Lo cierto es que, luego del divorcio, me mudé dos veces y nunca pensé en informar al banco de óvulos. Ni siquiera pensé en el tema.

De cualquier manera, me pareció una maldad revelar tanto a una persona que no era a la que se buscaba por teléfono, y se los hice saber.

—Manejé el tema siempre con discreción y prudencia cuando estaba casada ¡y ahora que no tengo pareja, tengo que exponer el asunto en mi trabajo por una llamada de ustedes!

Se disculparon, pero se desligaron del tema, aduciendo que la empleada que hizo el llamado era nueva. De cualquier modo, el daño ya estaba hecho. Me propusieron entrevistarme con un especialista en fertilidad para evaluar mi caso y ver la posibilidad de utilizar los embriones. Tal vez en deferencia a la indiscreción cometida o, simplemente, a que había pocos pacientes, me ofrecieron programar una cita para cualquier día de la semana en curso.

El miércoles a primera hora me vio el doctor Fuentes, especialista en fertilidad y reproducción asistida, para volver a escuchar lo que ya sabía: que soy infértil.

Durante cinco años, busqué un hijo obsesivamente, sometiendo mi cuerpo a tratamientos médicos que rayaban con la tortura, hasta que uno de los médicos se dignó a decirme que dejemos de gastar dinero y pensemos en la adopción porque yo tenía nulas posibilidades de tener un hijo biológico.

Ese día, y también los siguientes, sentí un vacío y un dolor tan grandes que amenazaban con partirme en dos. Alex, por entonces mi marido, me convenció de no desistir, de no quedarnos con un único diagnóstico, y yo me dejé convencer porque necesitaba creer que ese doctor estaba equivocado, porque la vida no podía ser tan cruel con una mujer que aún no tenía treinta años. Ahí, en ese momento, comenzó el verdadero calvario. Por dinero y falta de ética, falta de humanidad, ausencia de empatía, no sé por qué, pero los otros especialistas que visitamos nos convencieron de seguir intentando. Pero ya no fertilizaciones de baja complejidad, sino cosas más complejas. FIV, ICSI, palabras nunca oídas se convirtieron en prácticas cotidianas, torturas usuales.

Para Alex era fácil insistir: él ponía solo una parte del dinero, yo ponía dinero y mi cuerpo.

Me pincharon hasta ser un alfiletero humano, hasta que ya no había una porción de mi cuerpo que no estuviera cubierta de moretones. Y luego, ese primer positivo que terminó en tragedia. Posteriormente, los abortos... No era solo concebir, sino concebir y llegar a término. Se volvió una odisea. Una travesía imposible.

Pasaron tres años desde que dije “nunca más” y aún estoy juntando los pedazos.

Ahora, una llamada telefónica me volvió a sumergir en ese infierno.

El miércoles, en la consulta del doctor Fuentes, en la misma clínica que recuerdo, blanca impoluta, aséptica hasta de emociones, reviví todo el dolor pasado hasta sentirlo arder.

Todo eso que creí tener elaborado por el tiempo, por terapias, por todo lo que hice como mujer para poder superar lo que pasé, volvió para golpearme.

Sentarme frente a un extraño para contarle todo aquello. Tener que poner en palabras todo eso que yo trato de no revivir.

—No es viable hacer un intento. Los embriones congelados son de baja calidad y tu matriz es hostil. Sería perder tiempo y dinero, además del costo emocional y físico.

Era lo que esperaba oír, pero esperarlo no impidió que doliera tanto como un golpe físico.

—Le agradezco la sinceridad, doctor.

—Hay otros métodos nuevos que sería interesante evaluar en este caso.

Niego enfáticamente con la cabeza y alzo la mano, cortando su discurso en seco.

—Yo he terminado hace tres años, doctor. Las condiciones son las mismas y ni siquiera tengo pareja, como en ese entonces. Doy por terminado el tema.

—¿Qué desea hacer con los embriones?

Respiro profundo, con un nudo en las entrañas. Embriones..., vida congelada fuera de mi cuerpo, sediento de engendrar y, aun así, estéril.

¡Lo siento tan antinatural y tan injusto!

La única opción viable es dolorosísima. Aun sabiendo que es así, que no podría implantarlos, por lo que dijo el medico, por lo que yo también sé, por todo lo que ya pasé, porque no tengo pareja ni tampoco cuento con ese dinero para gastar en algo con casi nulas posibilidades de concretarse, tomar la decisión me quiebra internamente.

Juntando fuerzas como puedo, con la voz quebrada, decido cerrar el capítulo más horrible de mi vida y quemar las naves, para que nunca se me ocurra volver.

—Dispongan de ellos. Úsenlos si quieren.

Pasó febrero, que quedará marcado para siempre (o, al menos, durante mucho tiempo) en mi calendario personal como un mes doloroso. Le dio lugar a marzo, con otro aire, con otro alivio y la sensación de que, poco a poco, puedo volver a respirar.

Madrid tiene un encanto particular en esta época del año, cuando nace la primavera. La ciudad me enamoró desde que puse un pie en ella.

Nací en Buenos Aires y viví allí toda mi vida, hasta que en diciembre del 2001 Argentina explotó por los aires con una crisis económica y política como nunca se había visto y que derivó en un estallido social de dimensiones impensadas. En unos meses, literalmente, se nos hundió el suelo que nos sostenía. E hice lo que hicieron todos los que podían: vine a Europa. Tomé mi título de comunicadora social, puse en orden mis papeles, me casé a las apuradas y nos subimos, Alex y yo, al primer avión que pudimos. Alex venía con una oferta de trabajo concreta. Yo lo seguí porque no había nada que me retuviera en Buenos Aires.

Eso nos unió como pareja. Dos contra un mundo desconocido que se nos hacía tremendamente hostil, a pesar de que todas las personas que conocíamos eran amables con nosotros. Los primeros dos años fueron durísimos.

Uno extraña cosas que nunca imaginó extrañar. Extraña gente, lugares, sonidos, olores. Sabores. Pasé dos años soñando con volver a pisar las baldosas de la casa de mi infancia. Desarraigo es eso: arrancar las propias raíces e intentar plantarse en otro sitio, aunque el suelo no te quiera.

Extrañar. Vivir extrañando hasta que un día vuelves y te das cuenta de que el lugar que añoras existe solo en tu mente. Y de que ya no perteneces allá.

Regresé a Madrid con la sensación amarga de haber perdido el refugio. Cada vez que algo se ponía feo en mi vida aquí, mi mente se refugiaba en Buenos Aires, en las calles del recuerdo, en los lugares que frecuentaba, en las amistades que dejé allí. Y ese lugar era una construcción mental, un lugar en ningún sitio.

Probablemente vivir sea eso: una sucesión de pequeños duelos que terminan por enseñarte a no aferrarte a nada.

Marzo también trajo otras cosas. Retomé las clases de yoga, luego de no asistir por más de un año. Cuando creí enloquecer, el yoga fue un ancla a la cordura. Algo tan simple como respirar para vivir se me había olvidado y necesité que me lo recuerden. Ahora, otra vez, me siento ahogada y necesito respirar.

En aquel entonces, igual que ahora, traté de llenar las horas. Cuando estaba con Alex, todo era más fácil y, al mismo tiempo, más difícil. Somos seres de costumbre, y yo me acostumbré a Alex. Era más simple ocuparme de él que pensar en mí misma. Podía obviar todo aquello roto en mí mientras hacía la cena y escondía la tristeza debajo de las palabras de una charla cotidiana. Luego, al empezar a vivir sola..., fue difícil. Muy difícil.

La soledad entonces se convirtió en un monstruo agazapado que esperaba saltar sobre mí. Los fines de semana eran lo peor.

Quería distraerme para no pensar, pero nada lograba llamar demasiado mi atención. Cuando comencé a superar el duelo (todos los duelos), empecé a necesitar llenar el tiempo de actividades, porque esa quietud de no hacer nada, de no tener ningún propósito, era casi como la muerte.

Con Alex peleamos juntos tantas guerras. Siempre uno sostenía al otro, nos alternábamos, nos conteníamos. Esa primera vez sentados frente a un doctor, tomados de la mano, luego de ser diseccionados y analizados como marcianos en la NASA, fue devastadora: infertilidad.

Ese diagnóstico me dolió más que nada en el mundo. Y nos destrozó a ambos.

Los dos nos repartimos culpas, tácitamente, por los ojos y luego a los gritos. Yo lo culpaba a él, él me culpaba a mí por hacerlo perder tiempo.

Me criaron para alimentar, para acunar, para cuidar. Mi primer juguete fue un bebé.

En mi calle, todas las niñas jugábamos a la mamá. Será cultural, y en algunas culturas pesa más que en otras, pero tener hijos es un mandato inherente a ser mujer.

Nunca imaginé la importancia que tenía para mí tener hijos hasta que comenzamos a buscar el embarazo y se volvió una odisea.

Me sentía diseccionada. El cadáver de nuestra pareja fue desmembrado en la consulta médica, y ahí mismo supimos que nuestra pareja había muerto.

Se hacen preguntas propias de la intimidad, pertenecientes a la pareja. Es violento tener a un extraño hurgando en tu vida íntima. Al mismo tiempo, el deseo de traer un hijo al mundo es tal que uno aguanta y consiente esa invasión.

Sentía la incomprensión por parte de Alex y de todo el sistema. Yo sola ponía el cuerpo: era yo quien era vejada, hurgada, manoseada. Quien se ponía en riesgo cada vez. De mí dependía el fracaso o el éxito. La sensación de culpa. El miedo constante, la incertidumbre.

El deseo de traer un hijo al mundo era tan inmenso que bordeaba la obsesión, arañaba la locura. La mente estaba invadida por un monopensamiento, una única idea.

Para Alex todo era más fácil. Él prendía la televisión y se desconectaba de toda esa basura. Se desconectaba también de mí. En cambio, yo no podía pensar en otra cosa. Ni de día ni de noche.

Alex no quería hablar más de ello, y yo no podía hablar de otro tema. Necesitaba poner en palabras ese tormento que me dolía adentro. Quería hacerlo partícipe de lo que sentía, saber lo que sentía él, lo que pensaba. Y su negativa a hablar era un dolor más que yo asimilaba, con mayor o menor éxito, según el mes.

Pasado el tiempo, no teníamos nada en común más que el deseo de ser padres.

No voy a decir que terminé odiándolo, no. Pero el amor ya no estaba.

Nos gritábamos, descargábamos la frustración el uno en el otro. Yo sentía que él me culpaba, tácitamente, por cada fracaso, por cada frustración. También yo me culpaba.

Fuimos a terapia, de parejas e individual. Me senté frente a esa mujer y tuve que decirle la verdad: Alex era un medio para lograr un fin. Ya no había nada que me uniera a ese hombre más que una historia llena de dolor. Y que, sin embargo, me resistía a soltar, porque separarme de Alex era renunciar a la idea de ser madre. Aun con el diagnóstico nefasto, aun sabiendo que no iba a serlo, Alex me acercaba a la maternidad. De algún modo, retorcido y patológico, me sentía unida a él por esa búsqueda, y soltarlo a él era soltar todo.

Era renunciar a todo lo pasado y perder al único testigo, al único partícipe que validaba ese sufrimiento. Lo sé, parece inentendible, si apenas yo lo entiendo. ¡Me costó tanto tomar esa decisión! Sí, yo fui quien la tomó, en un rapto de cordura en medio de tanta tragedia.

Alex estaba tan herido como yo y nunca se habría animado a dejarme. De haberlo hecho, yo habría sentido alivio, o quizás no, quizás aún estaría culpándolo y exigiendo su cabeza.

Ser la que decide romper una pareja, incluso en situaciones como esta, permite ser magnánimo. Nuestra pareja estaba muerta y enterrada desde hacía tiempo.

Lloré como una condenada cuando nos divorciamos. Lloré por no haber podido tener hijos, por no tener una familia, a pesar de haber hecho tantos intentos. Pero ya nada me unía a Alejandro Monserrat.

Separarnos fue un acto de misericordia del uno con el otro.

Me quería separar de él para reencontrarme a mí. Yo me había convertido en una bruja amargada y tremendamente triste. Una cáscara vacía.

Capítulo 2

Las heridas que no se ven

son las más profundas.

William Shakespeare

Nací en Argentina, en la ciudad de Buenos Aires, al otro lado del mundo cruzando el océano.

Mis padres eran una familia de clase media acomodada, cuyos padres habían venido, a su vez, de Europa. Sangre italiana por parte de padre, española por parte de madre.

En el año 2001, Argentina explotó por los aires, de un modo tan literal que vimos al por entonces presidente abandonar la Casa de Gobierno y la presidencia a bordo de un helicóptero. Esa imagen nos quedó grabada a muchos a fuego en la retina como el epítome de la crisis sociopolítica. El país se cayó a pedazos, todas las instituciones colapsaron, los bancos se quedaron con los ahorros de la gente y tuvimos una sucesión de cinco presidentes en diez días. Para que se entienda cómo es mi país: en Argentina las crisis son cíclicas, pero nunca habíamos llegado a imaginar un desastre como el que estábamos viviendo. Era el caos absoluto.

Todo aquello derivó en una crisis social, política y económica como nunca se había visto en el mundo hasta ese entonces.

Lo que siguió a ello fue... inexplicable. Realmente inexplicable, porque incluso para quienes lo vivimos resulta difícil de entender, y no voy a ahondar en ello ahora. Pero ante la falta de dinero, la gente empezó a intercambiar sus cosas de valor por otras para cubrir sus necesidades. El colapso económico tocó todos los bolsillos.

En ese entonces, yo estaba cursando el último año de la carrera de Comunicación Social. Me recibí al año siguiente.

Ya había empezado a salir con Alex, que cursaba un posgrado en Ciencias Económicas en otra sede de la misma universidad. No fue amor a primera vista, pero empezamos a buscarnos y, antes de darnos cuenta, estábamos planeando irnos a vivir juntos.

Es extraño, pero ese tipo de crisis hace aflorar lo más primario en las personas. Nosotros acabábamos de salir a la vida, estábamos enamorados, teníamos fechas de exámenes, promesas de futuro. El caos nos pasaba por al lado, pero no llegaba a rozarnos.

Un año más tarde, yo, apenas recibida, y Alex ya con su título de posgrado debajo del brazo, emigramos a España. Él tenía una oferta concreta en una empresa de Madrid, y yo aún no tenía nada, pero podría conseguir trabajo con más posibilidades que en Buenos Aires.

Nos casamos a las corridas, casi un trámite.

En el mes de enero, estrenando el año 2003, nos subimos a un avión camino a Madrid.

Fue durísimo emigrar siendo tan joven, pero creo que es la única manera de hacerlo. Hoy no podría, no sé si por la edad o por la conciencia de saber a lo que me enfrento. En ese entonces, no lo sabía y fue una decisión con una inconsciencia casi adolescente.

Nada indicaba que las cosas acabarían así para nosotros. Sin embargo, elijo no pensar en eso. Revisar lo pasado siempre me hace sentir una tristeza que no puedo procesar, que me queda largo tiempo anclada en el pecho. De manera que el pasado es algo que dejo allí, con el que tenemos una suerte de tregua: ni él quiere saber de mí ni yo de él.

Pasaron cuatro semanas desde que tuve la cita con el doctor Fuentes. Cerrar aquella puerta, para mí, fue doloroso, pero necesario. Aquellos embriones eran nuestros niños, de Alex y míos. Sin querer, saber de su existencia me daba alguna suerte de esperanza. No digo de un modo consciente, no. Sino de un modo retorcido y patológico, mutilado por tantos tratamientos, de una manera extraña y casi enferma, aquello me unía a Alex y a la maternidad.

Fue un corte necesario, pero me afectó más de lo que podía pensar. Resuenan las palabras del doctor, que aniquiló de raíz cualquier esperanza que se atreviera a asomarse.

Oír la verdad, cuando esta es cruel, duele. Como dice la canción, “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.

Estéril. En el diccionario de la RAE, la palabra figura como ‘la incapacidad de reproducir cualquier forma de vida’. Ser estéril es estar muerta por dentro. Aunque lo digan de una manera socialmente menos cruda. Así me siento en mi interior: incompleta, muerta, seca.

De vuelta del trabajo, evito pasar por el supermercado porque caminar las cuatro cuadras que separan mi casa de la tienda se me antoja demasiado. Una ola de frío golpea a Madrid, ignorando que la primavera nos pisa los talones.

Necesito llegar a mi casa, encender la calefacción a tope, cambiar las botas por pantuflas y hacerme el café más fuerte y caliente que soporte mi lengua.

Desciendo en la estación Bilbao de la línea 1 del metro y bajo por Fuencarral hasta mi calle. Siempre que camino por esta calle recuerdo el cuento de Alfonso Sastre. ¿Quién hubiera dicho, cuando lo leí en aquella adolescencia, tan lejana en tiempo y en distancia, que acabaría viviendo a unas pocas calles de la mentada bruja de Sastre? Mi edificio está entre la calle que da nombre al barrio (Manuela Malasaña) y la calle Ruiz. Vivo en Malasaña.

Llego a los pies del edificio naranja en el que tengo el apartamento. No puedo decir que el mío fue amor a primera vista. No, era un apartamento más bien feo, pero en buenas condiciones. La ubicación del barrio, también lo pintoresco de sus calles, me decidieron a quedármelo. Me gusta vivir aquí.

Malasaña fue famoso por sus bares y sus noches en la década del 70 y el 80. Actualmente, es un barrio hipster, lleno de cafés y de gente paseando. Original y moderno, repleto de edificios naranja, con balcones. Luego de mudarme, al salir a pasear, debía mirar la altura de las calles porque siempre me parecía estar cerca.

Busco en el bolso la llave con el frío del invierno colgado en mi nariz. En mi interior, siento alivio por llegar a casa.

Mi casa... Me llevó mucho tiempo sentir que este apartamento lo era. Tal vez el mismo tiempo que me llevó reconstruirme a mí misma.

Estuve casi un año viviendo con mis cosas en cajas de embalaje, con ropa en las valijas. Un día, miré a mi alrededor, la casa blanca y deprimente, aséptica, con muebles prestados o comprados en IKEA y puestos juntos sin ningún sentido, sin identidad, como yo, y me decidí a decorarla. Poco a poco, el espacio se llenó de alma. Pasó de ser una cueva a convertirse en un hogar, el mío, y aquello me conforta.

Nunca había vivido sola. Conviví con mis padres primero y con Alex después. Siempre había tenido que ceder, nada había sido propio, de manera que luego tuve que pensar cuáles eran mis gustos, porque no lo sabía. Ir descubriendo aquello que me gustaba fue sanador.

Alex era tan demandante y yo tan complaciente, que nunca había tenido tiempo para pensar en mis preferencias.

Llené mi casa de mí. Llené mi espacio de flores, de plantas, de colores que me gustan, de muebles que hablan de mis preferencias, mis propios gustos. Siento con ella una suerte de pertenencia, es mía, yo la hice, la formé. Aquí me siento a salvo.

El departamento está pintado en una paleta de colores neutros. Grises, marrones muy claros, color arena y blanco, contrastan con los muebles y las cortinas. La casa está decorada con buen gusto y sobria elegancia.

Invertí en muebles caros. Pocos y buenos. Preferí que prime la calidad por sobre la cantidad. Todo en la casa habla de mí: las plantas, los muebles, las toallas. Todo lo elegí yo, como parte del proceso de sanación luego del divorcio.

Al igual que muchas mujeres, el divorcio lo viví como un fracaso personal.

Me repuse a eso. Me reconstruí a mí misma luego de todo aquello, que en su momento lo sentí como lo peor a lo que podría enfrentarme, y sobreviví. Podré superar también todo esto.

Mi madre ha vuelto a llamar esta semana, bastante molesta porque es la segunda vez que intenta comunicarse conmigo sin éxito. No me siento aún capaz de poder lidiar con ella.

Las comunicaciones con mi madre son..., no, no podría definirlas. Me genera tantos sentimientos juntos que no podría identificarlos con solo una palabra. Alegría, enojo, me pone a la defensiva, me da pena, me hace sentir culpa y, al mismo tiempo, cada vez que corto la comunicación, reafirmo mi convicción de haberme ido.

Con mi hermano he dejado de hablar luego de la muerte de mi padre. Ahora no sé de qué hablaría con él. Nos fuimos alejando.

Es cierto que la distancia no ayuda a las relaciones en general, pero hay otro tipo de distancia entre nosotros, que se suma a los 13 000 km que nos separan y que ninguno de los dos sabe bien cómo romper.

No nos conocemos, a pesar de haber compartido la infancia, los padres, la familia, la casa. Por momentos, siento que somos dos extraños con una historia en común y un rótulo de familiares puesto encima.

Gastón no sabe nada de mí ni yo de él. Y, sin embargo, si me pasara algo, él es quien dispondría de mis cenizas.

Ninguno de los dos intenta un acercamiento y, si alguno lo hiciera, no sabríamos por dónde empezar a acortar la distancia.

No tener relación con un hermano genera un vacío que nada más llena, porque es un vacío con conciencia de sí mismo, con nombre, apellido y la propia sangre corriendo por sus venas. Me pregunto a veces si él también lo siente. Si siente esa pena instalada en el pecho por aquello que debía ser y no es.

En un mundo ideal, un hermano es la persona más cercana, el donante seguro de riñón y de médula, la garantía de ser casi una mitad con uno, cómplice y amigo. En la vida real, que tanto difiere de lo que uno quisiera, a veces ni siquiera te gustan tus hermanos. Uno no elige.

Son gente que, por una conjunción de óvulo y esperma, está en este mundo compartiendo genes, apellido, padres y crianza en el mejor de los casos.

Cada vez que me lamento por la falta de relación con mi hermano, pienso en toda aquella gente que está peor que yo con sus vínculos fraternos. Y los hay.

Después de todo, Caín mató a Abel, y fueron los primeros hermanos del mundo.

Viernes, otra vez. Si hay una cualidad que valoro de este tiempo triste que me toca atravesar es su capacidad de transcurrir rápido. Los días se amontonan a trompicones con hambre de primavera. También yo siento nostalgia del sol. Aún parece casi de noche cuando salgo camino al trabajo.

Los viernes son caóticos en la oficina. Todos quieren tratar de terminar lo antes posible para irse temprano, aunque se deje el trabajo a medias.

También yo, sin querer, entré en esa vorágine, aunque no haya nadie que me espere en casa. Pero también tengo planes. Tengo dos series en cola, esperando una maratón. Planeo arrancar esta noche y aterrizar el lunes. Durante el fin de semana, seré una espía del Mossad.

Netflix me permite olvidarme de aquella vida que no tengo y vivir otras. Es un opio al dolor del vacío existencial, tremendamente efectivo.

Pienso internarme en el fondo del sofá a comerme un kilo de Häagen-Dazs y, como cena, jamón serrano con un paquete grande de papas fritas como toda guarnición. Esa es mi idea de un gran fin de semana, que, incluyendo en el plan alguna copa de vino, bordea la perfección.

Cerca de mi casa está el mercado de Don Pepe. El original murió hace tiempo, pero su nieto continúa el legado. Antiguamente era un almacén y ahora es un minimarket gourmet en toda regla. La yerba mate argentina convive allí con las donas americanas y delicatessen de cualquier parte de Europa. El kosher se codea con los productos keto y el café colombiano.

Me detengo allí de camino a casa para comprar quesos, jamón serrano, algo de fruta, bebidas, siempre teniendo en mente la idea de cenar esta noche frente al televisor. El plan de comer estos manjares a solas me emociona un poco. Es casi como tener una cita conmigo.

En la góndola me gusta leer las etiquetas de los quesos e ir probando nuevos sabores. Hoy me decido por uno de cabra con hierbas y otro con miel, una pieza de Ementhal y, a último momento, agrego también una burrata para la cena de mañana.

Con la bolsa de tela de la compra en mano, doblo por la góndola buscando galletas saladas. De pronto, comienzo a sentir malestar y una ascendente rigidez en las extremidades al divisar al hombre detenido en la góndola siguiente, a un par de metros de distancia.

Es como si mi cuerpo hubiera percibido su presencia antes que yo, porque mi corazón comenzó a latir con fuerza y el cuerpo acusó de pronto los síntomas de la ansiedad.

Lo vi. Lo reconocería en cualquier parte, entre cualquier multitud. Esa es la figura que veo cuando cierro los ojos, en cada pesadilla, en cada recuerdo triste.

Alejandro. Mi Alex. El que estaba a mi lado en la cama del hospital mientras me sometían a un raspaje. Aborto terapéutico, lo llamaron. Terapia de muerte.

El que esperaba conmigo los resultados de un análisis de laboratorio, y de otro, y de otro. El que soportaba mi malhumor, invariable, cada mes, y al cabo de un tiempo, cada día. El que estaba, el que compartía, el que soportaba. El que me llevó corriendo a la guardia envuelta en sangre, sabiendo ya lo que nos dirían: ya no hay latido, no hay bebé. Otra vez.

Y luego, invariablemente, malhumor, ganas de morirme, literalmente, de seguir a ese bebé que no pude sostener dentro de mí.

Mi cuerpo... Malo. Sucio. Estéril.

Los sonidos del lugar se apagan, como si los oyera desde lejos. Es como ver a un fantasma de cuya presencia creí haberme librado. Sigue tan apuesto a su manera, tan igual a ese que era, que me parece volver atrás el tiempo, a un tiempo al que agradezco no volver.

Alex abre los ojos con sorpresa y luego con terror (estoy segura de que es eso) al divisarme y reconocerme. ¿Cómo podría no hacerlo? ¿Cómo no reconocerme, aun entre tanta gente?

8 años... 2922 días, con sus noches, los que transitamos juntos.

Veo desfilar tantas cosas juntas en su rostro. Supongo que él verá lo mismo en mí, si siempre dijo que yo era demasiado transparente, demasiado fácil de descifrar.

Nos separan dos metros y cuatro o cinco personas. Estamos demasiado cerca como para fingir que no nos vimos, a pesar de que la tentación es grande.

Alejandro se apresura a venir a saludarme, mirando con ansiedad a los costados. Quisiera esconderme, pero sé que no es posible. Mientras se acerca, lo inspecciono.

Sigue tan elegante, tan igual a ese que era que, por un momento, yo también me siento igual. A pesar de que pasaron tres años y algunos meses desde que nos separamos.

Viste un saco negro con una bufanda color camello de cashmere, de una marca inglesa. Recuerdo que yo se la regalé para un aniversario. Esa consciencia me golpea. Lo familiar resulta absurdo en el contexto.

—¡Hola, Lara!

Dice mi nombre completo, como queriendo marcar distancia entre ambos. Como se saluda a un viejo conocido con el que no se compartió nada trascendente.

—¡Hola, Alex! —digo con timidez a mi vez, emocionalmente golpeada. Me siento incómoda por la distancia entre ambos, mientras los recuerdos desfilan en mi mente.

—¡Qué sorpresa verte por aquí!

—Vivo aquí cerca.

—Yo también. Nos hemos mudado hace poco. —Creo que se le ha escapado, porque abre con sorpresa los ojos al notar sus palabras.

Hago como si no hubiera notado lo que implica ese nosotros.

Tengo la urgencia de despedirme, de escapar de Alejandro y de todo lo que me remueve. Mi exesposo busca en mi rostro algo que no sé qué es. Tampoco deseo saberlo, deseo irme.

—¡Hola! —interrumpe una mujer castaña, vestida de negro, con un bebé en brazos—. Tú eres Lara, ¿verdad? —pregunta con falsa simpatía—. Alex me ha hablado de ti.

Lo que más me llama la atención respecto a esa mujer es la expresión de pánico de Alex cuando ella se acercó.

—Yo soy Carolina, la casi esposa de Alex —dice con un orgullo en el que no dejo de notarle agresividad— y este es el pequeño Tomás —añade, exhibiendo triunfante al querubín gordo que tiene en brazos.

Desencajada, lo miro a Alejandro. De pronto, siento como si hubieran pateado el tablero de mi vida y desparramado todas sus fichas.

—Lo siento —musita Alex, advirtiendo mi terror.

—Está bien. Los felicito —murmuro y me voy, dejándolos.

Abandono la góndola y me marcho del lugar, desesperada por huir. Una bocina suena a lo lejos y un señor grita. Yo solo quiero irme, para encajar este golpe en casa.

—¡Señora! ¡Señora! —Un guardia me toma del brazo, y yo me vuelvo sorprendida—. Olvidó pagar —dice señalando las cosas que tengo entre los brazos aferradas.

—¡Oh, lo siento! —me disculpo avergonzada—. ¡Lo lamento! No lo noté. ¿Cuánto es?

—Debe pagar en las cajas. Por allí —señala el hombre. Veo a la gente mirándome.

—No puedo volver allí. ¡Tome! Le dejo todo. Volveré otro día.

Pongo mi compra en los brazos del guardia y salgo de allí. Como una posesa, corro por las calles sin ver, sin oír, pero sintiendo..., sintiendo romperse de nuevo todos los pedazos de mí, clavados con saña en mi carne.

Tomás, un bebé de tres meses. El hijo del padre de todos mis hijos no nacidos. El hijo que debería haber sido mío. El bebé que nunca tendré.

Llegué a mi casa totalmente descompuesta, pero esperé a cerrar la puerta del apartamento antes de llorar a los gritos.

Me dormí llorando, si es que dormí. Soñé toda la noche con bebés, con abortos, con una mujer que se llevaba corriendo al hijo que yo había parido y me dejaba llorando en el suelo cubierta de sangre. Cuando desperté, la sensación del sueño era real. En mis sueños, Alex me robaba a mis hijos.

Despertar así es seguir sumergida en una pesadilla. Abrir los ojos y entender que el sueño expresa sin matices lo que mi mente siente que pasó.

Alguien redujo mi habitación a un espacio en el que yo no quepo y en el que no puedo respirar.

Una y otra vez, en una suerte de slowmotion macabro, revivo mi encuentro con Alex y la que se ha llamado “su casi esposa”. Un varón me rompió el corazón de la peor manera, aunque tiene solo tres meses de vida y nunca será mío.

Me siento estafada, defraudada, dolida. ¿Por qué esta mujer puede ser madre solo con desearlo y yo, que busqué durante seis años, por todos los medios humanos y científicos concebir, y después de concebir, retener, no he podido?

Mi recuerdo se llena de detalles que no sé si existieron o imagino: la malicia triunfante de esa mujer (Carolina, creo que dijo) al exhibir al niño, el orgullo apenas disimulado de Alex, teñido de lástima por mí, la inocencia dolorosa de los ojos preciosos de Tomás. Y Tomás... tan igual a Alex, que podría haber sido físicamente igual si fuera nuestro.

Siento que algún dios macabro se burla de mí y se frota las manos. No sé qué mal he hecho en esta vida —o en las pasadas, si es que estas existen—, pero parece como si la vida estuviera empecinada en hacerme tropezar. “Las leyes del karma”, diría Sandra. En alguna vida pasada, debo haber sido una reverenda perra, y me lo están cobrando en esta con intereses, sin ningún tipo de piedad.

Me duelen los ojos de tanto llorar. No sé cuándo fue que me quedé dormida anoche, pero en algún momento antes de dormir sentí que perdería la cordura frente a tanta tristeza.

Y ahora tengo que salir a la vida como si nada pasara, como si yo no estuviera desgarrándome por dentro. Ir a trabajar, devolver los saludos a los conocidos por la calle, mantener la fachada de civilización cuando me siento trizada, rota para siempre de una manera irremediable.

La tentación de encerrarme y dejarme morir de inanición, de dolor, de tristeza, de dejadez, es inmensa.

Debería alegrarme por él. Por Alex, pero no. Eso es lo que más me duele.

Estábamos juntos en esto. Esa búsqueda que nos separó como pareja, pero que nos unió para siempre, era de ambos.

Yo no tendría a mi bebé, pero él tampoco. Y ahora...

Me siento mezquina, pero que él sí haya podido ser padre me duele más que nada. Más que ninguna otra cosa. Y me siento despreciable por eso.

Con Alex tuve tres años hermosos y cinco terribles. Al terminar esos años, yo ya no era yo, sino que era otra cosa. Una obsesión viviente, un dolor constante.

Solo una mujer puede conocer el dolor de una pérdida de este tipo. El terror a esa fecha del mes en el que el sangrado llega y se lleva todas las ilusiones que una, como mujer, se atrevió a acunar. De pronto, me volví amargada y taciturna, casi sin querer. De un plumazo, el no poder ser madre me impidió también ser mujer.

Ser... Como si el mundo de pronto para mí se dividiera en dos grandes grupos: las que pueden y las que no, y yo estuviera entre estas últimas.

«¿Para cuándo los hijos?”, era la pregunta obligada de todos nuestros conocidos.

«Ya vendrán”, respondía él con una sonrisa, y yo me encogía por dentro sintiéndome fallada, como una media mujer. Como una cáscara vacía a la que no le quedaría nada cuando se acabe su belleza.

De pronto veía, en mi mente, a nosotros convertidos en dos viejos amargados a los que nadie visita, a los que nadie ve. La mujer octogenaria que se pelea con los taxistas o con las operadoras, la que discute por centavos con la cajera del supermercado, porque no tienen a nadie en su vida, porque no pueden ocupar en nada trascendente su tiempo, ¡si no lo tienen!

Así acabaría mis días... Vieja y sola, rodeada de gatos y con un perro tan malhumorado como yo.

No era solo la imposibilidad de concebir, sino de poder retenerlo. Endometriosis severa. El problema era mío. Era yo. Yo estaba fallada.

De alguna manera, ponerle un nombre, poder clasificarlo, fue un alivio dentro del dolor. En algún momento de esos años que parecieron eternos por lo duro que fue transitarlos, llegué a pensar que era algo psicológico, que había algo mal en mí que me impedía concebir. Encontrar una causa me aligeró un poco el ánimo y luego me hundió irremediablemente.

Es un dolor descarnado. Como bordear la orilla de la vida sin llegar a aferrarla.

Hay días en que siento que el dolor podría trastornarme, que nadie puede cruzar el infierno y salir bien parado, y otros, los menos, en que creo, al decir de Shakespeare, que atravesar ese fuego forja el acero más resistente. Si sobrevivo a esto, nada podrá quebrarme.

Es como estar sin estar. Atravesar los días como una autómata, un ser sin vida, al que la vida que la animaba le fue arrancada de cuajo. Me siento insensibilizada a todo aquello que alguna vez me hizo feliz. Y no parece algo pasajero. Parece un estado permanente, donde las cosas bellas, las cosas alegres, todo aquello que hace sonreír y cerrar los ojos para poder saborearlo, me roza, choca contra mí y cae. Nunca llega a penetrarme.

Los verdaderos zombis son personas como yo, a los que la vida se les escapó del cuerpo y tienen que seguir viviendo. Se lavan los dientes por las mañanas, se visten, van a trabajar, comen, pagan sus cuentas... y, en realidad, están muertos.

Capítulo 3

Nadie me dijo jamás que el duelo

se siente como el miedo.

C.S. Lewis

Crisis: 1. (F.) cambio profundo,

y de consecuencias importantes en un

proceso o una situación, o en la manera

en que estos son apreciados.

Diccionario de la RAE

En algún momento, oscureció. Se fue el día como se fueron tantos años, sin apenas darme cuenta. Un reloj marca las horas que pasan con una lentitud dolorosa. Hoy no he salido siquiera a sacar la basura.

Me siento morir por dentro. Los pensamientos se agolpan, se entremezclan, de una manera casi irracional.

Lo único que he comido en todo el día han sido papas fritas de paquete y helado de pote, frente al televisor, intentando sin éxito concentrarme en algo, en cualquier cosa que me saque de este pozo. Siento la tentación de abrir una botella de vino, pero sé que eso acabaría fatal, probablemente conmigo marcando algún número que no debería y diciendo cosas que no debo decir. No, hoy no es noche de vino.

Abro un paquete de galletitas Oreo y las como sin hambre, por inercia. Todo lo que me hace daño hoy me hace bien.

Me siento miserable. Tomo conciencia de la soledad y la siento un flagelo. Hay una edad en extremo vulnerable en una mujer, en la que uno toma conciencia de que ya no es joven, de que la vida pasa independientemente de lo que una quiera y es como un tren que no espera a nadie. Que pasa y se va, y si una no corre y lo coge, lo pierde.

Si pienso en cuántos trenes no tomé, la depresión bordea orillas peligrosas.

Me levanto para ir al baño y, de regreso al sillón, tomo de la alacena la botella de vino. La descorcho, lleno una copa hasta la mitad y vuelvo al lugar frente a la tele, donde la frazada con la que me tapé yace en el suelo como una mortaja.

Galletitas Oreo y vino. Con el estomago casi vacío como lo tengo, el olor del vino me provoca un asco creciente. Sin embargo, bebo, porque deseo dormir y olvidar.

¿No dicen los borrachos que el alcohol ahoga las penas? Las mías parecieran ser como las de Frida. No parece ser una buena idea, pero bebo de todas formas, porque hay en mí un impulso autodestructivo que necesita expresarse.

Con asco, apuro la copa y vuelvo a llenarla hasta la mitad.

Me siento bebida y miserable, no mejor, como esperaba sentirme.

Movida por un impulso suicida, enciendo el ordenador y busco su nombre en Instagram. Allí aparecen al menos cuatrocientos resultados para Alex Monserrat y comienzo a navegar, a mirar esas vidas, en busca de Alex, de mi Alex.

Finalmente lo veo en uno de esos perfiles, irreconocible por la alegría que expresa, junto a esa mujer y al pequeño Tomás, abrazados y sonrientes.

Esa estampa familiar es un cuchillo. Como una enferma, comienzo a navegar por sus fotos, sorprendida por la falta de privacidad de su cuenta. Voyeur de una felicidad ajena y lejana. Vacaciones, cenas, el nacimiento del niño, su primer baño. Y comienzo a llorar, otra vez, como si nunca fuera a detenerme, mientras maldigo el impulso idiota de espiar esa vida que no es mía.

No sé cuánto tiempo permanezco así, hecha un ovillo en el sillón, frente al ordenador portátil cerrado con furia de un golpe. Cuando logro levantarme, veo que afuera es noche cerrada y se han encendido las luces de la calle.

Tomo el teléfono y hago lo que no debería hacer. Lo que nunca se debe hacer. Aquello que me juré a mí misma que nunca haría.

Suena el tono de llamada, pero no me detiene. Una voz del otro lado saluda.

—Hola... ¿Lara?

—Iñaki.

Estoy en un bar de mala muerte a la una de la mañana de un sábado. Con mi jefe.

—No tenía a quién llamar —le digo, excusándome.

Esto es un error con mayúsculas.

—No. Has hecho bien. —Está tan descolocado como yo.

—Te juro que me pareció una buena idea. Ahora que estoy aquí, me siento fuera de lugar, y comprendo que hice una completa estupidez. —Él abre la boca, pero yo lo interrumpo antes de que diga nada—. No me acostaré contigo, si se te cruzó por la cabeza.

Él sonríe, entre divertido y avergonzado.

—No sería mala idea, pero ya que no, ni modo. ¡Venga, desembucha! Ya que no acabaremos liados, por lo menos entrénenme con la historia completa.

No sé por dónde empezar. Me siento ridícula, desubicada. Me excuso por decimoctava vez, pero Iñaki desestima mis palabras con un gesto de la mano.

—¡Lara, de verdad! ¡Está bien! Estaba en casa viendo un partido. No había ninguna chica ardiente a la que dejé plantada por venir a ver a una amiga con la que trabajo.

Sonrío ante sus palabras.

—¡Que bonito! Una amiga con la que trabajo.

—Bueno, una caña un sábado de madrugada para contarnos nuestras miserias excede ser colegas de oficina. —Me sonríe y levanta el puño para chocarlo con el mío.

Comienzo avergonzada a contarle lo de Alex y, para cuando llego al punto álgido, estoy llorando. Ahora sí me siento patosa, pero no puedo evitarlo.

—Hace tres años que me separé, Iñaki. ¡Ese niño tenía, por lo menos, tres o cuatro meses! Seis, tal vez. Súmale a ese tiempo los nueve meses de embarazo y da más de un año. —Subo la voz, molesta—: ¿La conoció y qué? ¿La embarazó a los 4 minutos? ¿Le dijo “Hola”, fueron al baño e hicieron un bebé?

—No me molestaría, excepto por la parte del bebé. —Le clavo la mirada, furiosa, y él ríe divertido.

—¿Sabes el dinero que gasté? ¿La fortuna que pagué en tratamientos, en estudios, en médicos que me aseguraban que ese tratamiento funcionaria? ¡Dios sabe lo ilusionada que estaba, con cuánta desesperación me aferraba a las palabras o a la confianza de cuanto médico inescrupuloso me aseguraba un tratamiento exitoso! Y luego... la culpa era mía. Funcionaba en casi todas, excepto en mí. Eso decían. Y me decían que no me habían dado garantías. ¡Claro que no lo habían hecho, eran profesionales! Habían dicho lo necesario para que yo me sintiera confiada e ilusionada y luego, yo misma había hecho el resto. Eran tantas las ganas de concebir, de ser madre, que hubiera robado un banco si no lo hubiera podido pagar. —Hago una pausa para respirar en medio de mi neurosis verborrágica, sabiendo que estoy hablando de más, pero sin poder detenerme—. Todos esos adelantos que te pedí en aquellos años eran para eso.

Iñaki da un pequeño silbido.

—Siempre me lo pregunté. Pensé que tenías algún problema grave, luego, al tiempo, cuando te divorciaste de Alex, pensé que tenía más que ver con aquello.

—Y así era, pero de un modo diferente.

En este momento, no somos un jefe y su empleada, Iñaki es una oreja y yo soy una mujer profundamente necesitada de escucha.

Una cerveza sigue a otra y luego un café. Iñaki, en una sensibilidad inusitada para alguien tan bruto como él suele serlo, ni siquiera mira el reloj. Me deja hablar, me escucha. Solo interrumpe de a ratos con alguna pregunta. Y me deja escupir la tristeza mezclada con la ira hasta que mi voz se va apagando.

Entonces, noto que las mesas a nuestro alrededor están vacías y que el camarero que nos atendió durante toda la noche nos mira con cara de pocos amigos.

Son las 3:52 a. m. y yo estoy demasiado bebida, demasiado aturdida (y no por el alcohol) para notar el mundo circundante.

Los ojos de Iñaki están en los míos y reflejan una preocupación que no me deja indiferente.

—¿Estás mejor?

—Sí, gracias —le digo.

Pero la verdad es que no. Una profunda vergüenza me invade.

Sé que el lunes no podré mirarlo a la cara.

Estoy un paso más allá de la vergüenza. Me doy cuenta de que difícilmente se puede caer más bajo de lo que yo caí y, extrañamente, eso me da el coraje que necesito para salir de mi casa camino al trabajo.

Pasé una línea que nunca me creí capaz de cruzar y he ido aún más abajo en mi propia humillación: llamé a mi jefe la noche de un sábado para usarlo de paño de lágrimas, dejando así en evidencia el fracaso que es mi vida y, lo que es peor..., lo que me había ocupado muy bien de disimular todos estos años: lo sola que estoy.

Me digo a mí misma que no se puede caer más bajo que eso, de manera que cuadro los hombros y me dirijo al trabajo.

Cuando llego a la oficina, me siento momentáneamente sin aire, de manera que respiro una, dos, tres..., cinco veces hasta serenarme lo suficiente antes de entrar.

Nada...

Los saludos de siempre, la misma rutina de lunes. Nada se ha alterado. Excepto un detalle apenas perceptible. En mi escritorio hay un pequeño paquete de papel madera con mi nombre escrito con rotulador. Lo abro con curiosidad y veo un bollo de chocolate adentro.

“¿Sandra?”, me pregunto. Miro alrededor y veo a Iñaki dentro de su oficina.

Como si presintiera mi mirada, alza la vista y me sonríe haciéndome un gesto. Yo le devuelvo la sonrisa, extrañamente confortada. Sí, estoy sola, pero hay gente a mi alrededor acompañando la soledad. Y eso también es algo.

Siento ganas de abrazarlo, pero eso sería aún más extraño que lo del sábado, de modo que me limito a coger el móvil y enviarle un mensaje de texto.

“Gracias”.

“No hay de qué”, me responde en menos de un minuto. “Se te quiere mucho, Lara”.

Sonrío. Es su modo de decirme que él me quiere.

Envío un corazón como respuesta porque me quedo sin palabras y me desentiendo del móvil, porque en cualquier momento podría echarme a llorar.

Este invierno ha resultando ser más duro de lo que esperaba, en todos los sentidos. Me arrastro por los días, los transito a duras penas, como puedo. Unos mejores que otros.

Estoy intentando hacer mi mejor esfuerzo, poner lo mejor de mí para superar el duro golpe que supuso ver a Alex convertido en padre.

De alguna manera, era un acuerdo tácito. Nunca lo hablamos, pero siempre lo di por supuesto. Ni él ni yo lo lograríamos nunca. No tendríamos hijos. Que él si los tenga era una posibilidad en la que siempre elegí no pensar.

En algún punto lo siento como una traición, aun sabiendo que no lo es y que no tiene sentido. Pero es lo que siento. La última traición de Alex, su coup de grâce. Nada, ninguna otra cosa me hubiera dolido más.

Me digo a mí misma que no llegué a los treinta y seis años sin haber superado cosas mucho peores, pero esa conciencia no impide que sienta ganas de llorar cada vez que lo recuerdo.

Tomo el metro alegrándome de escapar del frío. La calle gris, la gente gris, a juego con mi tristeza. Contemplo el horizonte de días que se extienden ante mí y me encojo interiormente. La angustia es una bestia voraz que devora todo lo que toca y que está anidada en mi pecho.

“Los muertos vivos”, pienso de nuevo. Ahora que los zombis, por alguna incomprensible razón, se han puesto de moda, yo me siento casi cercana a ello. Una muerta en vida que transita los días como puede.

Hay algunos días que son menos malos que otros. Igualmente todos tienen el mismo sabor, el mismo tono grave, la misma ausencia de color. Todos saben a desidia, a una tristeza sorda que araña por dentro y con la que no sé cómo lidiar.

Ahora es cuando debería buscar ayuda, ahora es cuando necesitaría una escucha atenta, poner todo este dolor en palabras para poder empezar a sanarlo. Sin embargo, en el pasado tuve experiencias tan pobres en materia de terapias que siento que al último lugar al que iría ahora es a una consulta psicológica.

Finalmente, llego a casa. Siento en simultáneo paz y desasosiego, en partes iguales. Es como si una parte de mí se alegrase por haber regresado y otra parte temiese a la soledad que se despliega frente a mí. No hay sonidos ni presencias, no hay obligaciones que reclamen mi atención y me impidan pensar una y otra vez en lo mismo.

Al salir por la mañana, he debido dejar la luz del baño encendida, porque así la encuentro cuando llego. Pongo la televisión en cualquier canal al azar para ahuyentar el silencio y enciendo todas las luces porque la penumbra me deprime últimamente. Hace eco de aquella oscuridad que llevo por dentro.

La noche que se anticipa se presenta aterradora.

Desde hace algunas semanas, no puedo conciliar el sueño y cuando se acerca la hora de dormir mi cuerpo genera ansiedad y la padece. Todo aquello en lo que me cuido muy bien de no pensar durante el día se amontona y viene a enfrentarme cual patota cada vez que intento dormir. No, no son tiempos fáciles para mí.

La cena consiste en una pequeña ensalada con una lata de atún. El televisor a viva voz, para ahuyentar el silencio que amenaza con tragarme. Nada retiene mi interés ni en la televisión ni en los días.

No sé cómo lidiar con este desgano. Pasado el dolor agudo de la semana pasada, me queda este desgano por vivir con el que no sé cómo lidiar. Es como si la tristeza surgiera y me engullera por oleadas.

Lavo los platos, apago el televisor, las luces, abro el cajón de la cocina donde guardo las pastillas y voy a mi cuarto.

Al lado de mi cama, en la mesita de luz, hay una botella de agua mineral caliente que está desde la noche anterior. Saco del blister una pequeña pastilla, abro la botella y la trago con agua, bebiendo directamente del pico.

Necesito dormir otra noche sin sueños.

Mi madre decía que todo era mejor luego de dormir. Los treinta y seis años que llevo vividos me hicieron darme cuenta de que mi madre no tenía la menor idea acerca de cómo afrontar los problemas. Nada mejoró luego de amanecer, y eso que dormí diez horas.

El domingo entero se extiende frente a mí generándome aprehensión.

Hacia la tarde, llamo a mi madre por teléfono. Me comenta que en Buenos Aires apenas pueden respirar del calor.

Mi tono de voz es monocorde y apenas demuestra emociones.

Tengo ganas de decirle a mi madre que no puedo más; sin embargo, me contengo.

—¿Cómo va todo ahí, cariño?

—Normal. Como siempre —le digo, sin ahogarme con las palabras.

—No te oigo muy bien. ¿Estás cansada?

—Sí, mamá. Estoy cansada.

Dice que ella también y luego comienza a soltar una letanía de comentarios intrascendentes acerca de personas a las que no recuerdo.

—¿Te acuerdas de Marta, la señora de la otra calle?

—No, mamá.

—Claro, se mudó cuando tú ya no vivías aquí, bueno, resulta que ella...

Me pierdo mirando por la ventana mientras oigo el arrullo de su voz, sin prestarle atención, y dejo que ella conduzca la conversación hacia esos derroteros que nada me importan.

Siento la tentación de decirle que estoy destrozada, que apenas puedo respirar, que Alex tuvo un hijo y que yo nunca podré. Que además hace un frío horrible en Madrid, que hasta ha habido muertos por el frío en España.

—Mamá, hablamos después —le digo.

—¿Hablaste con Gastón?

—No.

No hablo con mi hermano, al menos, desde la Navidad pasada.

—Bueno, te llamará en estos días.

Eso despierta mi atención.

—Ha pasado algo. —No es una pregunta.

—No, sí. Bueno, que te lo diga él.

—¿Va a tener otro hijo? —pregunto con la voz aguda por la sorpresa.

—No, por Dios, si ya son viejos. No. Van a ir a Madrid por unos días. Bueno, que te cuenten ellos.

Respiro aliviada, antes de comprender lo que ha dicho.

—¿Cuándo, mamá?

—No sé, no sé. Ya he hablado de más. Hablamos otro día, querida. Te mando muchos besos. Debo irme.

Corta la comunicación sin darme tiempo a pensar o a digerir nada de lo que ha dicho.

Más allá de la distancia entre nosotras, se genera otro tipo de distancia. La intrascendencia de nuestros diálogos, las conversaciones que no significan nada, más que no soltarnos del todo, que no perdernos la una de la otra.

A veces pienso que nos separa la edad y la cultura, que lo indisoluble del vínculo favorece las fricciones, si somos tan diferentes como la noche del día.

Mi madre pertenece a otra generación. Su historia condiciona sus acciones y la mía, las mías. Nunca conocimos a nuestro abuelo. Mi madre fue una hija no reconocida y, sin querer, aquella culpa tóxica, producto de la vergüenza, se extendió a toda su vida y nos la inculcó a nosotros.

En aquel desamor creció mi madre. Para ella, la familia que conformó con mi padre era su mayor logro, su revancha personal. Así como mi divorcio fue una afrenta.

Argentina tiene el crisol de razas y culturas. Las olas de inmigrantes llevaron sus costumbres, que el país terminó adoptando.

En menos de 50 años, la población argentina se multiplicó de una manera desproporcionada gracias a la inmigración transoceánica. En el año 1869, la población total era menor a los dos millones de habitantes. En 1895, ya había casi cuatro millones. En 1914 la cifra se multiplicó hasta bordear los ocho millones. Todos inmigrantes, con pedazos de su tierra a cuestas, para poblar un país casi vacío. Esto generó un crisol de razas que enriqueció intensamente la cultura, la forma de comer, de vivir. También de sufrir. Otros países tienen el Carnaval, Argentina adoptó el tango.

En menos de medio siglo, el país pasó de tener 1 737 676 habitantes a tener más de cuatro veces esa cantidad.

Creo que nunca me sentí tan Argentina como cuando me fui de allí. Sin querer, la tierra resuena en uno. Aunque no piense en volver, la cargo conmigo. Oír su himno me emociona hasta las lágrimas.

Uno termina por acostumbrarse a extrañar, hasta que acaba formándose una cicatriz sobre la herida y ya no duele más que algunas veces, en fechas especiales, en días concretos. Sin querer, uno acaba repitiendo la historia de sus ancestros. Dejar todo atrás, buscar otra vida, romper con la vieja historia. Y acabar dándose cuenta de que lo uno está haciendo es exactamente lo que hicieron los abuelos, lo que hicieron tantos otros y que uno lleva en la sangre.

Nunca más voy a volver a vivir allí. Cuando me divorcié de Alex, podría haber vuelto, pero hacerlo era rendirme y volver derrotada. No lo hubiera hecho por nada del mundo.

Mi padre, como casi todos los hijos de inmigrantes de mi país, pasó necesidades que se ocupó muy bien de que sus hijos no pasemos, aunque él debiese trabajar el doble. Como resultado de ello, mi infancia fue rica en cosas materiales, pero mi padre nunca estaba allí.

Mi madre..., no sé cómo describirla. Mi madre es difícil. Había decidido cómo sería su hija y no sé si alguna vez me miró realmente a mí. Me miraba a través de su propio cristal.

Irme fue un escape de supervivencia.

Capítulo 4

Estoy solo y no hay nadie

en el espejo.

Jorge Luis Borges

Marzo y abril han pasado en el calendario hasta ser solo palabras. Tengo la esperanza de mirar atrás y poder olvidar este tiempo transcurrido, pero no lo creo. Cada día transitado fue una herida.

Con abril llegó la primavera, aunque aún hace mucho frío en Madrid, pero los días de sol, poco a poco, van aligerando la sensación de pesadez del ánimo.

Siento que uno arrastra mecanismos aprendidos y apenas puede lidiar con ellos. Desaprenderlos es un camino largo, que se transita lentamente.

Llegué a adulta sin tener recursos para manejar este tipo de conflictos. El estrés, la frustración, la angustia, el dolor. Poco a poco, voy intentando aprender a manejarlos de grande. Ensayo y error. Como se pueda, a los tumbos.

Mayo comienza con la sensación de que, en algún momento, podré volver a dormir sin tomar pastillas, y eso me da esperanzas.

El dolor cubrió mi vida como un manto y yo estoy intentando rearmarme desde entonces. Me siento profundamente frágil, como un objeto astillado a punto de quebrarse. Cualquier dolor, cualquier comentario oído al pasar, una película que trate algún tema conflictivo. Todo me afecta de una manera particular. Todo me daña, todo me vulnera, haciéndome sentir profundamente frágil. Veo una luz, pero está muy lejana.

—Lara, ¿podemos hablar? —Sandra asoma la cabeza por mi oficina. El cabello rubio peinado en un moño alto hace resaltar las arrugas de preocupación en su frente.

—Claro, Sandra. ¿En que puedo ayudarte?

—No, cariño. Yo en qué puedo ayudarte. No te veo nada bien. —Se acerca hasta mí y apoya una mano helada entre las mías.

Sonrío con tristeza.

—Estoy mejor. Ya pasó lo peor.

—¿Quieres contarme?

—No, Sandra. Agradezco de verdad tu preocupación, pero prefiero no hablar de ello. Aún está muy fresco. Lo superaré, pero voy despacio.

—¿Es un tío, verdad? —Aguza los ojos.

—Siempre es un tío —le digo sonriendo cansadamente, sabiendo que con esa respuesta me dejará tranquila.

—¡Habría que colgarlos de su miembro y dejar que su propio peso los desgarre! Así se darán cuenta de que su miembro no pesa más que un hombre, por mucho que ellos crean otra cosa —dice con vehemencia.

Me hace sonreír. Me sirvo té de un termo, deseando romper la intimidad entre nosotras. No quiero hablar. Como le he dicho, todavía está muy fresco, aún me duele en carne viva.

—Conozco gente, ¿sabes? Podría ocurrirle algún accidente si es necesario —añade en voz baja.

—No creo que lo sea, Sandra, pero gracias por el ofrecimiento. Es lo más bonito que alguien me ha ofrecido —digo riendo por primera vez desde hace mucho, mucho tiempo.

Sandra se va y me quedo sola. Respiro hondo por la nariz, inflando el abdomen, y espero que el aire llegue a todo mi cuerpo.

Reír de nuevo también se sintió como respirar.

Me observo con frialdad en el espejo mientras maquillo mi rostro. Los ojos verdes, enormes en un rostro que resalta por su palidez, me devuelven la mirada. Quisiera borrarme de ellos la tristeza.

Me peino el cabello en una cola alta, mientras barajo la idea de cortármelo por encima de los hombros. Desde que puedo recordarlo uso el cabello igual. El mismo largo y corte desde que entre a la edad adulta, el mismo color. Quisiera cortarlo. Verme diferente a como me veo siempre, dejar de percibirme como esta mujer amargada que me devuelve la mirada en los espejos. Ser distinta, ser otra.

La idea toma forma, aun cayendo en el cliché de mutilar mi cabello para sentirme diferente, al menos por un rato.

Todo aquello, externo, que no habla de nada. Mi imagen siempre igual, aunque yo ya no sea la misma.

El cabello largo, oscuro. La melena en ondas que caen hasta debajo de los senos, sin flequillo y con el mismo color castaño de siempre. Con el mismo corte, inmutable, desde hace muchos años.

Cansada de ser yo, busco ser otra. Esa misma semana voy al salón de belleza a cortarme el cabello. A la peluquera le pido un cambio radical, buscando ser otra persona, alguien diferente a Lara Cipriani. Alguien que ya no esté triste, a quien la vida no la haya golpeado con tanta dureza, alguien que ría fácilmente y llore con dificultad. No como yo, que hago a la inversa.

Cuando la peluquera se acerca con las tijeras, comienzo a entrar en pánico cual Sansón frente a Dalila. Finalmente, luego de más de media hora de intenso debate, la peluquera me pone el color en el cabello que impedí que corte.

Entré con la idea de un cambio radical y salí con el cabello castaño oscuro. Entiendo que para el común de la gente no es un gran cambio, pero yo lo vivo como un verdadero cambio de imagen.

Siento que así resalta el color de mis ojos y el cutis blanco y terso, que aún no presenta arrugas. Salgo del salón sintiéndome más guapa.

La experiencia me sirvió para que note cuán apegada estoy a mis viejas estructuras, aun las que no me gustan.

En la calle veo que el cielo se despejó lo suficiente como para recordarme que estamos en primavera. No quiero aún volver a casa. Por encontrarme cerca, me arrastro despacio hasta la calle de los libreros. Una vieja calle que conoció tiempos de gloria y ahora se encuentra casi perdida en el mapa de Madrid. Ciertas librerías de antaño ya no están, pero la mayoría aún perviven. Su existencia es casi un secreto de los muchos que guarda la ciudad, que los amantes de los libros compartimos.

Las visito de a una y aquel olor rancio a libro viejo me recibe al entrar, dándome la bienvenida. Podría perderme en cada librería de esta calle, paseando entre sus góndolas. Leo los títulos que exhiben, susurrando el secreto que esconde su interior. Y, sin poder evitarlo, concluyo el paseo cargada de libros. Por la noche, al llegar a casa, pongo una playlist de Dua Lipa, pero termino oyendo Adele. Abro una botella de Rioja, me sirvo una copa y me siento a elegir con qué libro comenzar. Ceno una baguette de pan con paté de foie y una bandeja de jamón serrano con un trozo de queso.

Por primera vez en este último tiempo, tuve algo cercano a un buen día. Luego de dos copas de vino, me dormí sin necesidad de pastillas.

Hacia mitad de semana, Sandra y Kate consiguen arrastrarme a beber unas cañas luego del trabajo. Las dos parecen haber decidido distraerme. Sandra, madre y esposa abnegada, no suele salir nunca, por lo que huelo su intención detrás de la propuesta y aquello me convence del todo.

Terminamos yendo a un pequeño bar que le recomendaron a Kate, cerca de la calle Serrano. Sin exagerar, creo que hace tres años desde la última vez que visité un bar y posiblemente solo haya entrado para usar el sanitario.

Kate es malagueña. Tiene treinta y dos años y hace cinco que vive en Madrid. Está dispuesta a encontrar al príncipe de su vida, aunque para ello deba besar a todos los sapos de la ciudad. Y en eso anda.

—¡Imagina mi rostro cuando descubrí que mi novio tenía esposa!

Se corre el cabello cobrizo hacia un costado, dejando ver sus pendientes grises de perla que se balancean con cada movimiento de su rostro.

No sé si reír o llorar por las historias que cuenta.

—Anda, Lara. ¡Ahora tú! Cuenta qué hizo el cerdo —dice iracunda, señalándome—. ¿Con qué gilipollada ha salido para dejarte?

Miro a las dos mujeres, indecisa.

No quiero hablar de mí. No quiero contar mi historia. Sin embargo, la frase sale en pedazos, a borbotones, como si las palabras tuvieran su propia voluntad.

—Tuvo un hijo con otra.

Oigo con satisfacción la exclamación ahogada, como un coro y, a conciencia, no me explico.

—¡Hijo de perra!

—¡Amén! —dice Sandra, molesta, con los ojos brillantes de furia.

No quiero contar todo el calvario, todo lo que sufrimos juntos, Alex y yo, y dejo que cargue con la culpa de ser un cerdo infiel.

—¿Hacía mucho tiempo que salían juntos?

—No quiero hablar de él. Al diablo los hombres —digo, alzando la copa para brindar.

Kate se une enseguida, y Sandra lo hace después, riendo.

—¡Eso! Al diablo los hombres!

—¡Sí! ¡Todos menos Juan! —dice Sandra, y nosotras lo repetimos chocando los chupitos.

Creo que estoy bebiendo demasiado últimamente. Pasé de no hacerlo nunca a beber dos o tres veces por semana. ¿Cuándo debería empezar a preocuparme?

Se lo comento a mis amigas y responden que debería preocuparme cuando comience a ir bebida a la oficina.

—No creo que lo haga nunca.

—¿Ves? Entonces no hay de qué preocuparse —opina Kate con una lógica aplastante que yo sigo a pies juntillas, seguramente a consecuencia de las rondas de chupitos.

—Me he cambiado el color de cabello —les cuento. Las dos se acercan a examinarlo y me miran como si estuviera chiflada —. Necesitaba un cambio.

—Cariño, ¿no será que cambiaste de marca de tinte? —pregunta Sandra, deseando entender.

—No, me oscurecí el cabello.

Se miran entre sí y luego a mí otra vez. “Si tú lo dices”, parecen decir sus rostros.

Cansada y alegre (y más bebida de lo que quisiera), llego a casa a las diez de la noche, luego de una caña, chupitos y varias rondas de tapas. Hemos hablado durante más de tres horas.

Siento que fue terapéutico. No sé si es el alcohol o el cansancio, pero coincido plenamente con Lacan. Tal vez, también un poco con Freud, no demasiado. Hablar libera la angustia.

Me siento más liviana.

Estoy profundamente agradecida a Sandra y a Kate, con la que apenas había intimado fuera del trabajo y que parece ser una dulzura de mujer.

Nunca armo planes para salir. Me cuesta horriblemente dejar el cascarón, la seguridad de mi casa, e intimar con gente nueva. Antiguamente yo no era así, pero luego de mi divorcio... muchas cosas cambiaron.

—¡El próximo jueves cumplo años! —grita Elena a viva voz, entrando al despacho donde estamos reunidos bebiendo café. Elena es la niña del trabajo. Toda su juventud exhibida en su frescura y en el pelo rojo fuego que resalta su cutis de niña.

—Dichosa tú. Yo no quiero cumplir más —contesta Sandra.

—Eso es porque ya tienes muchos, Sandra. Elena aún es una cría —le digo, ganándome un codazo de parte suya por mi comentario.

—Deja de alardear que tus cuarenta ya están a la vuelta de la esquina.

—Iremos a un after-office luego de la oficina. ¿Quién se apunta? —pregunta Elena, con los ojos turquesa brillando de excitación—. Solo mujeres —aclara cuando Jordi promete sumarse.

—¡No es justo! —protesta.

—Sí, lo es, porque es mi cumpleaños y yo soy quien invita. Luego bebo de más, me enrollo con alguien de aquí y echo a perder el único buen empleo que he conseguido en mi vida.

—Ese es un buen argumento, Jordi —le digo abriendo los ojos.

—Cariño, me encantaría ir, pero Paco me mata si no tengo la cena lista para cuando él regresa de su trabajo —dice Marta, del sector de Legales, a lo que Sandra adhiere y se suma.

—Por favor, es solo una tarde —suplica Elena.

—No, muñeca. No puedo por los niños. Vayan las solteras —dice Sandra mirándome.

No quiero. En verdad no quiero. Pero entonces Elena me mira con sus ojos color turquesa, demasiado grandes para su rostro, y dice algo que me desarma.

—¡Por favor, Lara! Ven conmigo. Bosco me dejó.

Claro que iré. Porque en Elena, sola y desamparada, me veo a mí, igual de sola y desamparada. Nadie merece pasar sola un cumpleaños. No dejaré que el idiota de Bosco se lo arruine.

—Claro que iré, Elena. Me encantará pasar tu cumpleaños contigo —digo abrazándola.

La semana pasa con velocidad, tal vez porque pequeños cambios en la dinámica de trabajo, sumada a mi creciente amistad con el grupo, hicieron que ir a trabajar sea algo que espero con ansias.

No me apena admitir que soy bastante buena en mi trabajo.

Soy la encargada de traducir y dar forma a los brainstormings desordenados del grupo de creativos, y encauzarlos. Como también hablo perfecto inglés, eso me da una cierta ventaja sobre muchos colegas, ya que, además, hago las traducciones.

En Buenos Aires es usual tener un buen manejo de inglés en el ambiente corporativo. En España, eso es diferente, es decir, no es un condicionante para obtener un empleo de este tipo.

Con Iñaki la relación siguió con una creciente intimidad. No sé si me explico bien. Es extraño cómo se fueron dando las cosas. Por ejemplo, voy a almorzar y cuando vuelvo, encuentro en mi despacho un café comprado con mi nombre escrito o un chocolate sobre los papeles por revisar. Y sé que fue él por pequeños gestos o me lo confirma luego por mensajes de texto.

Aquellos pequeños gestos entibian el corazón y me hacen sonreír.

Comencé a devolverlos sin querer. Empecé yo también a comprarle comida, a dejarle en la pequeña heladera que tiene en la oficina el yogur que le gusta o algo para comer.

Esa llamada de madrugada aquel sábado, de alguna manera, creó un lazo entre los dos, en vez de generar las situaciones incomodas que yo temía.

Pero es algo tácito, como una corriente subterránea de intimidad, mientras que en el exterior la relación sigue exactamente igual que antes a los ojos de todos, nuestra dinámica cambió.

—Lara, dependemos de ti en este proyecto —me dice Kate —. ¡No tengo la menor idea de cómo hacer que esto tenga sentido!

Me acerca un montón de planillas y papeles escritos, fotos e imágenes en su tableta sin ningún sentido de cohesión.

—¿Qué es esto?

—Espero que tú me lo digas. Es lo de la cuenta Chapman.

“¡Maldición!”, pienso riendo. No sé qué hacer con esto si no puedo comprenderlo.

—¡Por favor! —suplica.

Kate es diseñadora gráfica. La única mujer que trabaja en el sector, dominado por un grupo de hombres. Aquello, que debería darle una cierta ventaja a la hora de expresar sus ideas, no lo hace. Kate piensa en imágenes y yo, en palabras. Juntas somos un equipo imbatible... si logramos entendernos.

—De acuerdo. Empápame del tema. ¿Qué se supone que hagamos?

—No lo sé. Hacer que les guste —dice extendiendo las manos con naturalidad, como si lo que pide fuese lo más fácil del mundo.

—¿Jordi no puede hacerlo? —Jordi se especializa en marketing y hace lo relacionado con mercadotecnia de la agencia.

—No está. Iñaki lo quiere para hoy, porque mañana se reúne con el cliente y no tiene nada para mostrarle.

¿Por qué me hacen estas cosas?

—¿Hicieron un FODA, tienen algún sondeo de opinión? —pregunto para saber, al menos, por dónde ir.

El único problema de trabajar con gente sumamente creativa es que les cuesta cumplir plazos, porque lo olvidan hasta que el día se acerca. Entonces, todo aquello que podía hacerse bien, con tiempo, debe estar para mañana en el ordenador de Iñaki.

—Sondeo ninguno aún, el FODA puede hacerlo Elena, que conoce el producto.

—Que lo haga.

—¡Gracias, mi amor! —dice acercándose a mí y envolviendo en un abrazo mis hombros.

—Hoy, por lo visto, me iré tarde.

—¡Lo siento, Lara!

—No te preocupes. No tengo a nadie esperándome en casa. Ni hoy ni mañana. Nadie me espera.

Desamparo. Había olvidado eso: el desamparo. Mi madre estaba tan pendiente de mi padre primero, de mi hermano después, que ya no quedaba tiempo para mí. Yo debía ser buena y no crear problemas.

No tengo recuerdos de ternura con mi madre. Tampoco de violencia. Había abrazos, sí. Y besos. Pero nada que me marque con su ternura.

De algún modo, yo me alineaba a los enojos de mi madre sin percatarme. No hubo abuelos. La abuela paterna molestaba a mi madre y, por ende, también a nosotros, por la lógica infantil.

Un comentario por aquí, otro por allá, vertidos al pasar por mi madre, y nosotros, como esponjas, evitábamos encariñarnos demasiado con esa abuela que incomodaba tanto a nuestra madre cada vez que venía a vernos.

Mi madre castigaba por medio del silencio. A mi padre, a mi hermano, a mí. Y se castigaba también a sí misma.

Eran silencios pesados, que ella se ocupaba en cargar de culpas. En aquella casa, respirar era difícil.

Mi padre era un hombre débil que, si nos miraba a Gastón y a mí, nunca nos vio. Era un buen hombre, pero no necesariamente un buen padre.

Mirar atrás parece obligatorio. Necesito entender qué me trajo hasta aquí.

Pensar tanto..., tanto parloteo mental que el afuera se desdibuja. Se pierde la vida real, el supermercado, la cola del banco, y quedo sumergida en la nada, en una nebulosa de dolor y hablar conmigo misma.

Miro hacia atrás en el tiempo, preguntándome cómo llegué hasta aquí.

Camino hasta el pasillo que lleva al comedor. Un pasillo amplio, con una cajonera y un espejo. Mi vida también está escondida en los rincones. En los dos cajones de abajo está concentrado mi pasado. Treinta años condensados en dos cajones de 40 x 30 cm. Fotos impresas, cartas, DVD de imágenes.

Hay una foto, una en particular que siempre recuerdo, que veo en mi mente cada vez que me pregunto qué pasó.

Busco esa fotografía, que guardo suelta en la última página del álbum de mi infancia. En ella poso feliz junto con mis padres cuando me otorgaron el diploma de la carrera. Veo tanta frescura en mi rostro. Los ojos verdes brillaban como estrellas, condensando la luz de todos los sueños que tenía.

Veo en mí todo aquello que no veía entonces. Belleza, frescura, fe, una fe ciega y absoluta en la vida. Inocencia. En aquel tiempo, la vida no me había golpeado... Como toda adolescente, me sentía invulnerable.

Más que la imagen, es la evocación de un estado lo que trae la fotografía. Esa mañana en las paredes de mi casa se respiraba la emoción de mis padres. Sus dos hijos se habían recibido, habían estudiado —algo que ninguno de ellos había podido hacer— y tenían “un futuro”. Yo no había podido dormir en toda la noche por la excitación.

Miro en la foto el traje rojo de dos piezas y me provoca una sonrisa el recuerdo de los dos meses que pasé eligiendo ropa hasta decidirme por aquel conjunto. Finalmente fue Alex quien decidió por mí (como después haría tantas veces más adelante). Pero en ese momento, todo era perfecto. Era un instante, un nudo del tiempo donde había culminado con éxito una etapa de mucho sacrificio y esfuerzo, y se abría una nueva vida para mí.

¿Qué le diría a esa chica de la foto? Si me viera ahora, ¿qué le diría? Que no se case, que viva esos años, de los 23 a los 26, porque son los únicos años felices que puedo recordar de toda mi vida.

Acaricio con pena a cada una de las personas de la fotografía. Mi padre, que sentía que tocaba el cielo con las manos por haber podido pagar la educación de su hija, me abrazó con un nudo en la voz, tan emocionado como cuando me vine a vivir a España, pero por otros motivos. Mi madre, más dura, pero visiblemente orgullosa. Y yo... entera. Aún no me había partido.

Beso la fotografía de mi padre y la guardo. Me pongo de pie y miro mi reflejo en el espejo. Envejecí. La vida no solo transcurrió, sino que me atropelló a su paso. Me dejó tendida en el suelo.

Aquella joven que era tendría lastima de esta mujer en la que me convertí.

Con un nudo en el pecho y ahogada en autoconmiseración, tomo un cardigan para salir de casa. Estas cuatro paredes me ahogan y necesito irme. Salgo de la casa para salir del estado.

Uno a veces carece de recursos e intenta lo más obvio.

Tomo mi cartera, apago las luces y salgo. El aire fresco en el rostro es bienvenido. Comienzo a caminar sin rumbo fijo.

Malasaña... ¿Cuántas veces salí a caminar llorando por estas calles? Y sus rinconcitos, llenos de encanto, me secaron las lágrimas hasta hacerlas pena.

¿Qué tengo en realidad? ¿Qué me ata a este mundo y a la cordura? Nada. Apenas un empleo. Un trabajo que me permite pagar puntualmente el alquiler. Tres amigos, cuatro tal vez. Una familia al otro lado del mundo, una suscripción a la revista Vogue que me hace sentir del otro lado del espectro al mostrar vidas tan vacías de sustancia como la mía, pero mucho más brillantes. Prefiero el vacío de una vida como aquellas y no la mía.

Hay un momento en el que creo (y siento, con cada fibra de mi ser) que no voy a volver a ser feliz, que no voy a poder sentir nuevamente que el aire expande toda mi caja torácica llenándola de oxígeno.

Los días se llenaron de un gris insoportable. Lidio con esto como puedo, como me sale. Con mayor o menor éxito según el día. Con unas ganas tremendas de mandar todo (y a todos) al diablo, incluyéndome a mí, de autodestruirme, de dejarme morir de inanición, de no bañarme más hasta que las moscas aniden en mí, o de bañarme hasta que el agua y el jabón laven la pena y la angustia.

Sí..., lidio como puedo y cuando puedo. Cuando no, la pena me engulle en oleadas que no puedo explicar, que emergen desde adentro y me arrastran a una orilla donde apenas si soy yo, donde me aferro como puedo a la cordura.

No sé cómo explicarlo. Esto fue un tsunami, un terremoto, un atentado..., algo externo que irrumpe y me destroza, me triza..., me rompe.

No lo puedo evitar, no lo puedo ignorar. Los ojos de ese niño, tan iguales a los de Alex, fueron un puñal sin piedad en el pecho, que aún siento clavado.

Como dicen los de Alcohólicos Anónimos, un día a la vez. Por hoy, con pasar la noche me conformo.

Un día a la vez... Tal vez, si tengo suerte, así pueda pasar la vida.

Capítulo 5

Una sonrisa es su espada

Charles Reade

Jueves. Desde hace ya unos años a esta parte, los jueves me generan aprehensión, porque, a contramano del mundo, los viernes me causan una cierta angustia.

La soledad del fin de semana me enfrenta a sentir el dolor sin distracciones, sin nada que me permita mitigar la angustia. Sola. Haciéndome un ovillo en la cama, paseando la tristeza por la casa.

He dejado de llorar. La crisis aguda dio paso a una angustia sorda, un letargo perenne.

Los jueves no traen un pronóstico feliz. Mi deseo siempre es pasar el fin de semana lo más pronto posible, distraerme con series para matar el tiempo. Matar el tiempo, sí. Destruirlo antes de que él me destruya a mí. Sin embargo, hoy mis planes son otros.

Me he propuesto aceptar invitaciones y lo estoy cumpliendo. Salir de mi zona de confort, de la seguridad que me confiere mi casa. Dejar de ser como la tortuga y ser un ser humano. Salir, divertirme. O, al menos, distraerme. Obligarme a hacer cosas nuevas, que me impidan ahogarme en los mismos pensamientos, como quien se ahoga en una piscina por no saber nadar. ¿Cuándo me pasó todo esto? ¿Cuándo dejé que la vida me noquee?

Ahora que comencé a atisbar la luz, me aferraré a lo que pueda para no volver a hundirme.

Elena insiste en ir de copas por su cumpleaños luego de la oficina. Yo me obligo a aceptar, a plantar buena cara a pesar de mis reparos. Nunca me he sentido a gusto en ese tipo de lugares, aunque tampoco es que haya ido muchas veces antes.

“Salir de la zona de confort”, me repito mentalmente, como una suerte de mantra a la vez que un desafío. Abrir el juego, distraer la mente del pensamiento circular. Ir, porque no tengo nada mejor que hacer, hacerlo por Elena y por mí. Y porque hasta puede que me lo pase bien. Ir, precisamente porque preferiría quedarme y lo único que he logrado en estos años de encerrarme para sentirme segura no fue protegerme, sino aislarme. Quedarme completamente sola.

Con desgano y un poco de aprehensión, me cambio el pantalón que usé en el trabajo por una falda lápiz y una blusa de seda, ambas de color blanco.

Frente al espejo me siento guapa. Me maquillo suavemente, me aplico perfume y unos zarcillos sencillos de oro blanco como único accesorio.

A medida que me voy acercando a los cuarenta, voy puliendo mis gustos. Prefiero tejidos nobles, naturales, alguna alhaja simple y elegante. A esta edad he aprendido que la elegancia sutil es otra forma de sensualidad, y me siento sexi insinuando y no exhibiendo.

Quedo conforme con el modo en el que la tela de la falda moldea mi silueta. Mis piernas parecen más largas enfundadas en unas sandalias altísimas color crema. El conjunto es sofisticado y muy favorecedor.

Mis compañeras se sorprenden al verme y no escatiman en elogios.

Salgo poco, pero me alegra ver que aún sé cómo arreglarme para hacerlo. Cuando salimos hacia el club, me prometo a mí misma no pensar mucho en nada.

Miro el reloj por cuarta vez. A esta hora estaría lavándome los dientes para ir a dormir. Me resulta un poco agobiante estar en ese tipo de sitios. Preferiría estar en casa mirando series, tapando mis arterias comiendo embutidos y helado en vez de aquí. Siento que no encaja mi estado de ánimo con el de esta gente, que se la pasa genial con la música fuerte y la pose constante.

A pesar de todos mis prejuicios (bien fundados, por cierto), al cabo de un rato me encuentro disfrutando bastante. Me pido una copa de vino, luego otra y, pasada media hora, le sonrió hasta al portero del bar. Siento el cuerpo más flexible, el ánimo más ligero, producto del vino o de la música.

Elena eligió un restaurante de moda en pleno centro de Salamanca, diseñado por un arquitecto famoso con una estética similar a los bares de Nueva York. Según Kate, la carta de tragos también fue diseñada especialmente por un bartender famoso. A juzgar por los precios, veo que cobran el honorario del arquitecto y el bartender junto con los tragos a cada cliente. Intento no calcular la botella de excelente Ribera del Duero que me compraría en el supermercado con lo que pago aquí una copa.

Unas amigas de Elena se sumaron a la partida y, a pesar de ser tres chicas encantadoras, me hacen sentir grande y bastante fuera de lugar. Tienen una frescura y un ánimo que no cuadran conmigo. El DJ sube la música y yo deseo dar por terminada la noche, aunque no digo nada por no aguar la fiesta.

Elena y sus amigas se perdieron por allí, Kate está a la caza de un tío apolíneo con pinta de ser extranjero, y Marta, que también ha venido con nosotras, hace más de media hora que ha ido al baño, pero parece que soy la única a la que eso le preocupa, así que debe ser algo usual.

Más por hacer algo que por otra cosa, me pido unos pinchos de gambas con otra copa de vino y me instalo en una banqueta a un costado de la barra.

Un poco aburrida, comienzo a buscar a mis amigas con la mirada.

—¿Se te perdió algo? —La voz grave me sobresalta un poco.

“Los últimos diez años de mi vida”, podría decirle, pero creo que no es eso lo que preguntó.

—Sí, y tú no lo tienes —respondo cortante, casi sin voltearme.

Miro con atención al hombre que me pregunta y las palabras se amontonan en mi boca. Es un moreno increíblemente apuesto.

—Podría ayudarte a buscarlo.

—No lo creo —respondo, ya sin agresividad, pero sin ganas de ligar.

—¿Cómo te llamas?

—Lo siento, estoy acompañada.

—¿Ese es tu nombre? ¡Vaya nombre extraño!

—Para ti, sí.

Me sonríe y la blancura de sus dientes reluce en contraste con la piel, con un moreno de sol llamativo al principio de la primavera.

—Morena, ¿siempre eres tan simpática?

—Tengo días peores. Hoy soy amigable.

—Déjame invitarte un trago.

Niego con la cabeza, para que no se haga ilusiones.

—Estoy acompañada.

Sonríe con pesar y vuelve a asombrarme lo bello de su sonrisa. No suelo toparme con hombres así en mi vida diaria.

—¡Lástima! —Sonríe con pesar antes de alejarse.

Me guiña un ojo y camina, perdiéndose entre la multitud. Mientras se va, no puedo evitar admirar lo guapo que es.

Alto y moreno, sobresale entre la gente. Lo observo a gusto porque hace rato que un hombre no llama mi atención. Viste una camisa informal, pero indudablemente cara. Las costuras de su camisa hablan en italiano, y apuesto lo mismo de sus zapatos.

Se acerca Kate por detrás y me palmea el hombro.

—¡Por favor, dime que lo enviaste a buscar tragos! —dice excitada.

—Tragos y otra compañía.

Su expresión de disgusto me hace reír.

—¡Podría golpearte! ¡No supe qué más hacer para llamar su atención y tú lo despachas sin más!

—¿Quién es? —pregunto intrigada.

—Mi futuro marido. ¡Qué sé yo quién es! Si lo supiera, ensayaría su apellido con mi nombre.

Me hace reír.

—Vamos, no quise monopolizarlo. ¡Ve por él!

La noto indecisa, pero no deja de mirarlo. El hombre nos mira y sonríe. Alza su trago por nosotras y vuelve a mirar a otro punto del salón.

Kate me mira con fastidio mientras toma su pequeño bolso. Me señala con él, acusadora.

—¡Vale! Hay algo mal en ti, Lara. Siempre lo pensé, pero esto lo confirma. —Se aleja en dirección al moreno mientras mi risa la acompaña—. ¡No serás mi dama de honor después de esto!

—Organizaré tu despedida en Ibiza. Solo mujeres —le digo gritando para que me oiga—. ¡Ya verás cómo luego no te casas!

La miro alejarse hacia el moreno y confieso que un poco me molesta. Reconozco que debe ser como lo que sienten los perros cuando orinan en un rincón. ¡Bueno, el moreno era mi pasto!

Desecho el sentimiento con un sacudón mental y saco el móvil, más para hacer algo que porque alguien vaya a llamarme un sábado a las dos de la mañana. Si tuviera veinte años, podría ser, pero ahora pienso que me daría un infarto si me entrase cualquier llamada a esa hora. A mi edad, y con mi vida actual, las llamadas de madrugada son disgustos.

Kate regresa, acompañada del moreno de infarto. De cerca resulta aún más guapo. Lo observo sin tapujos.

—Esta es mi amiga, Lara —dice Kate, radiante. La reconozco en modo “cazadora”. Se vuelve dulce y seductora. Siempre admiré esa capacidad camaleónica suya.

El moreno tiene una mirada azul que parece desnudarme. Sonríe divertido, y su sonrisa impacta como un relámpago blanco en mi interior y me provoca sensaciones en el vientre.

—Me había dicho otro nombre. —Se agacha para besarme y hundo sin querer mi nariz en su cuello.

¡Maldición! Así debe oler un hombre.

Cuando se aparta, le dedico una sonrisa y corro mi cabello para un costado. Kate me lanza una mirada asesina y yo aparto la mirada de ambos.

—¿Cómo que te dijo otro nombre? ¡Lara Cipriani!

—Desde que entré al lugar me pregunté quién era la morena de piernas infinitas que pasaba de todos. —Me sonríe a los ojos y no puedo evitar devolverle la sonrisa.

Hace mucho, mucho tiempo, que un hombre no me hace ser consciente de mi cuerpo.

Kate está divertida y, al mismo tiempo, un poco molesta.

—Sí. Lara es la figurita difícil que llama la atención.

David la mira a Kate y vuelve a clavar su mirada penetrante en mí.

—Por eso resulta tan atractiva. Los hombres adoramos los desafíos.

No puedo evitar divertirme por sus palabras, pero me da un poco de pena por Kate. Sus palabras la dejan mal parada con sutileza.

—¿No te parece un comentario machista?

—En lo absoluto. ¿Por qué lo crees?

—Pareces creer que el hecho de que una tía pase de ti es un desafío.

—No dije eso.

—Lo diste a entender.

Sonríe, seductor, y dos hoyuelos se le forman en las mejillas.

—¡Diablos! Qué guapa eres.

Me echo a reír, divertida.

—Apuesto a que te dijeron que a las chicas les gustan los cumplidos.

—¡Lo sabía! —dice casi gritando—. ¡Eres argentina!

Sonrío, divertida. Es muy fácil sonreír con este hombre.

—¿Qué hay con eso?

—Nada, si Messi lo es y aquello redimió a todo el país.

Me echo a reír, para nada ofendida.

Un español tal vez se sentiría ofendido por semejantes palabras, pero en verdad, los argentinos tenemos un sentido del humor oscuro y un poco ofensivo.

Me resulta muy fácil coquetear con él. Parece salido de la publicidad de algún perfume y huele exactamente como eso.

Kate se aleja sin que lo note, mientras le acepto una copa, aunque no debería seguir bebiendo.

No logro recordar su nombre. Sus ojos sobre mí parecen tener el efecto de desdibujar todo lo demás. “David”, me recuerda, percibiendo mi dificultad.

Pide mi número de teléfono y, notando mi reticencia, me da su tarjeta. David Ortiz Olaya. Arquitecto, dice debajo, y eso hace que la conversación gire hacia esos lares.

—Tienes mi tarjeta. Esperaré que me llames. —La mirada con la que acompaña esa frase incluye promesas.

Digo que sí, no muy convencida, pero me alegra que David no insista pidiéndome mi teléfono.

Cuando miro la hora, apenas puedo creer que casi sean las cuatro de la mañana. El tiempo voló y ni siquiera lo noté.

De vuelta en casa, me quito el maquillaje y la ropa. La falda de color blanco óptico está completamente sucia y percudida de todos los lugares en los que me senté y apoyé. Miro el reloj con angustia pensando en que voy a dormir solamente cuatro horas. Y, a pesar de todo ello, una sensación nueva, prácticamente desconocida, revolotea en mi interior.

Me duermo con la excitación dibujando una sonrisa en mi rostro.

Agradezco al cielo que sea viernes. Ni siquiera el maquillaje excesivamente caro y espeso que guardo para ocasiones como esta, en las que es menester minimizar los estragos, pudo cubrir las ojeras.

Tengo un mal humor galopante que reconozco como producto de no dormir y que, pasado el mediodía, va en aumento. Apenas puedo concentrarme en el trabajo que se supone que debo hacer y no es mucho lo que avanzo.

Hacia las tres de la tarde, entra Kate a mi oficina dando un portazo.

—¡Si no lo llamas, juro que te golpearé!

A pesar de mi fastidio, me echo a reír.

—Debería preguntar a quién, pero asumo que hablas de anoche.

—¡Sí! Hablo de ese hombre absolutamente espléndido que me quitaste de las narices. No vas a dejar suelto a un espécimen semejante para que se lo agarre una fulana cualquiera. ¡Si va estar con alguna fulana que no sea yo, mejor que seas tú!

—No sé qué tan bien se me da ser una fulana —digo ácidamente.

—Bastante bien, por lo que pude ver anoche.

—¿Estás enojada conmigo por lo del tío?

Hace una mueca y sonríe.

—Pues no mucho. Ya me he acostumbrado a que me den calabazas. Pero, de verdad, Lara, ese tío es un monumento al hombre. ¡Explícame por qué no le has dado tu número!

—No lo sé, Kate. Me falta aceite. Aún no sé cómo ligar.

—Bueno, la suerte de principiante te ha sentado de maravillas. —Se acerca a palmearme con cariño el hombro—. Llámalo tú.

—Ni de broma. ¿Qué le diría?

—¡No sé tú, yo le diría un millón de cosas irreproducibles frente a niños!

—¡Kate!

Se echa a reír.

—En el fondo, eres tan inocente que da gusto verte.

—Y si lo llamo, ¿qué pensará?

—Que eres una tía adulta que llama a alguien que le interesa.

Me sonrojo ante la idea.

—Nunca he llamado a un hombre para salir.

—Recuérdame tu estado civil, cariño. —Hace una pausa elocuente—. ¡Ah, ya! Claro, estás sola.

“Sí, pero con mi orgullo intacto”.

—No quiero llamarlo. —Me siento una niña, pero no puedo evitarlo.

—De acuerdo. Dame su número y lo llamaré yo.

“¡Qué! ¡Ni de coña!”

—¡No! —La negativa me sale con tanto énfasis que Kate se echa a reír.

—Si no comes el pastel, deja comer... ¡o sincérate contigo y rompe alguna norma de esas a las que solo tú les haces caso! —me dice—. Así seguirás sola mucho tiempo.

—No me molesta estar sola, Kate.

Mi problema es otro.

—Cariño, tienes treinta y seis años. Si a esta edad no haces las cosas por vergüenza, y no rompes alguna maldita regla, no vas por buen camino. Lo que te mantiene segura es también lo que te hace inaccesible.

No soy inaccesible... ¿O sí?

—No soy inaccesible.

—Lara, ayer has salido con nosotras no porque te hayamos invitado por primera vez, sino porque por primera vez aceptaste. De pronto hablas con nosotras, te ríes, te escuchamos hablar de algo que no sea lo estrictamente profesional. Y vemos otro aspecto muy bonito de ti. Pasabas por soberbia y eras inalcanzable.

¿Así me percibían? ¿Todos? Tengo ganas de preguntarlo.

—Yo no soy así —digo emocionalmente afectada por sus palabras.

—Ya lo sé. Ahora que me he acercado a ti, no, me corrijo: que tú has dejado que me acerque, veo que no eres así en absoluto. Pero te proteges tanto detrás de una armadura tan rígida que te vuelves inabordable.

Me quedo emocionalmente golpeada por las palabras de Kate. Si lo pienso, veo que en lo que dice hay mucho de verdad.

—Prométeme que lo llamarás.

Lo pienso un momento.

—De acuerdo, pero no hoy.

—¡Maldición, Lara! No vas a llamarlo y nos quedaremos sin ese hombre.

—Kate, te aclaro que no me van los tríos, ni siquiera con coloradas guapísimas como tú.

Se echa a reír.

—Tampoco a mí, no te preocupes. ¡Promete que lo llamarás!

—Vale. El lunes lo llamo. Tampoco deseo parecer desesperada.

—Te tomo la palabra.

—Lo prometo.

En mi interior, no estoy muy segura.

Capítulo 6

De tus ojos no sabré volver.

Luis Alberto Spinetta

Me gusta levantarme temprano, cuando apenas comienza a amanecer. Afuera la calle aún está desierta y en silencio. Entonces, preparo un té o un café y miro por el balcón, disfrutando aquella sensación de que el mundo aún duerme y yo estoy a solas con mis pensamientos. A solas conmigo misma.

El desayuno se convierte entonces en un ritual, largo y lento, así el día comienza de otra manera, porque yo tuve esa pausa solo para mí antes de salir a enfrentar al mundo.

Poco a poco, el día se llena de sonidos, como si lentamente la ciudad fuera despertando. Salir despacio de la bruma del sueño a la realidad de la vorágine de Madrid es un pasaje necesario.

Hoy llueve. La lluvia que cae furiosa trae consigo esa sensación de refugio y de recogimiento, de sentirme a salvo entre estas paredes. La lluvia me trae añoranza, inevitablemente. Por la ventana, el intenso aguacero esconde el paisaje. Entonces, miro dentro de mí misma.

Un extraño desasosiego me invade al pensar en mi edad. Treinta y seis años que apenas he vivido, que al menos los últimos diez han sido herida y lucha descarnada.

No soy más fuerte por haber transitado todo eso. Soy infinitamente más débil, más vulnerable. ¿Cuánto se puede golpear una vida hasta quebrarla? ¿Hasta que dice: “ya no más” y se tira vencida al piso?

¡Maldición! Yo no estaba así. Me había recuperado bastante. Y todo esto, toda esta basura de los embriones y lo de Alex (lo de esa criatura, Tomás) me sumergió de nuevo en ese espiral descendente del que apenas había logrado salir. Y me odio a mí misma por ello.

Quisiera sacudirme la pena como se sacude el polvo. Con esa intención, me levanto de la mesa, recojo las sobras del desayuno y voy a bañarme.

Bajo el agua tibia, en la ducha, no puedo evitar seguir pensando. Mis pensamientos tienen un ciclo difícil de romper una vez puesto en marcha.

La charla con Kate me afectó bastante e hizo que me replantee las cosas de otra manera. De aquella soledad que siento, ¿cuánta no es generada por mí? ¿Cuánto de ello no lo provoqué yo con mi actitud, sin ser consciente? Incluso con mis amigos fui perdiendo el contacto. Alejándome.

La cotidianidad hace las relaciones. Si uno deja de compartir, de ser parte de la vida de esas personas, las relaciones se enfrían. La confianza se va perdiendo y uno transita el camino inverso de la amistad, de amigos cercanos a simples conocidos.

Poco a poco, me fui aislando de la gente. Estar sola era un peso fácil de cargar, si implicaba no necesitar dar explicaciones. Era más fácil y menos doloroso. Hablar de lo que me pasaba actualizaba el dolor y lo acentuaba. Además, tampoco era fácil encontrar entre mis amistades una escucha atenta, que me haga sentir mejor luego de haber hablado. Me sentí juzgada.

Durante esos años, las veces que me abrí con nuestras amistades y los dejé asomarse a todo aquello que estábamos viviendo, me topé con un muro de incomprensión. Tal vez simplemente era ignorancia al respecto, pero a duras penas podía lidiar conmigo misma (y con Alex) como para lidiar también con las opiniones de otra gente.

Sin quererlo, el dolor acaba por volvernos egoístas. Uno mira solo su ombligo y trata apenas de sobrevivir, como para ser un buen amigo para nadie.

Vulnerable. Eso era… Tremendamente vulnerable al dolor que producía una crítica, una opinión de lejos vertida con absoluta inconsciencia sobre un alma golpeada a carne viva. Me dolía escucharlos decir que debíamos relajarnos, que ya llegaría, que aún éramos jóvenes. Decían, con una liviandad de tardes de té, que si era para nosotros, sería, y que si no, no, que no debía obsesionarme con el tema.

Desde la vereda del frente, es fácil hablar. Desde mi lugar, la historia era diferente: un monopensamiento, como un monstruo voraz, devoraba todo lo que yo era, lo que yo sabía, mis relaciones, mi matrimonio, mi propia esencia.

Yo vivía mi infierno personal, con los propios demonios, los propios fantasmas. No quedaba mucho tiempo para las relaciones sociales. No quedaba espacio para las apariencias, cuando toda la energía estaba puesta en no hundirme.

Cada vez que iba a las clínicas (fueron tres en total), me sentía violada. Me percibía emocionalmente subestimada y físicamente maltratada por esos hombres y mujeres con batas blancas y aires de superioridad.

Necesitaba algún tipo de consuelo, algo que me hiciera relacionar esa experiencia tan fría, tan deshumanizada, con mi anterior idea de la concepción, de dos personas haciendo el amor y dando vida a un pequeño ser.

Entrar a una sala con un profesional que no me dirigía más de tres o cuatro palabras, que apenas me miraba, para quien yo, evidentemente, era solamente un útero y una vagina recostada en una camilla de tortura, a la que pinchaban sin piedad.

¡Me dolían tanto esas experiencias! Interiormente, el eje de mi dolor radicaba en que la falta de belleza y de ternura no era suplida siquiera por la más mínima amabilidad. Una sonrisa amable, una palabra de ternura mientras me implantaban aquellos preciosos embriones, hubiera significado una experiencia menos traumática para mí. Porque para mí, esas personas eran los ángeles que harían realidad mi sueño de ser madre, y ellos insistían en portarse como seres fríos, carentes de empatía. Terminé por odiarlos.

La última vez que fuimos lo dije en medio de un ataque de nervios. Mi tolerancia había llegado al límite en que una palabra de más, o de menos, provocaba el desborde.

Después de aquello, sin querer y sin darme cuenta, me convertí en una ermitaña. Me acostumbré a estar sola. La soledad se convirtió en amable. Y yo, en autosuficiente.

En algún momento, se me pasaron los años, volaron, y me encontré sola, perdida, una adulta que jamás llegó a crecer, jamás llegué a sentirme grande. Pasé de niña a vieja sin haber madurado nada.

A pesar de esa apariencia de independencia que todos ven, de mi aparente dureza, lo cierto es que aprendí a no esperar nada de nadie. Las manos amigas fueron puños de los que no podía asirme. Tal vez, en el fondo, todos los autosuficientes hayamos sido heridos por el entorno antes de desarrollar nuestras capacidades.

No quiero seguir lidiando con esto. Necesito sentir que hay una vida más feliz, o al menos, menos miserable, menos sacrificada que esta.

No quiero aislarme del mundo, de la vida. No quiero sentir que la vida pasa por mi costado, pero nunca me toca. Siento tantas cosas juntas. Tantas emociones dentro que no sé cómo expresar y que parecen capaces de tragarme.

Me seco las lágrimas con la punta de la toalla que tengo en la cabeza a modo de turbante. Envuelta en mis cavilaciones, perdí la noción del tiempo y ya ha pasado el mediodía. Me había prometido intentar no llorar más, como me he prometido tantas otras cosas. Alguna vez oí que cuando uno llora, no llora por lo que cree que llora, sino por antiguas penas.

Tengo tantas heridas abiertas que ni siquiera puedo contarlas.

—Mara, ¿dirías que soy estructurada? —pregunto a la mujer de uniforme azul mientras ella riega las plantas de la oficina.

Hace seis años que Mara trabaja haciendo la limpieza y sirviendo el café en la compañía. Es uruguaya, país vecino al mío, y eso creó, de su parte, una relación un poco más cercana conmigo que con otras empleadas de la oficina.

Mara me mira con sorpresa y rompe a reír.

—Digamos que sí, y me quedo corta.

Me sorprendo por sus palabras. No es que me crea la reina de la espontaneidad, pero vamos, no pensé que los demás me verían como alguien tan... rígida, lo ha llamado Kate.

—Eres previsible. Llegas a las nueve en punto, a las nueve y diez comienzas a hacer tu café, y a responder los e-mails. Casi sin variaciones.

Cuando me quedo sola, medito sus palabras.

La rutina me ordena. Es lo que me ha salvado cuando la vida se transformó en un caos, cuando no podía levantarme de la cama. Incluso ahora, me refugio en esos pequeños rituales que le dan un marco a mi vida.

Me rebelo internamente ante sus palabras. No quiero ser rígida. Lo rígido se rompe, se quiebra cuando la vida se pone difícil. No quiero... tantas cosas.

Pienso en David y cojo su tarjeta de mi bolso.

Un impulso de valentía me hace llamarlo. Corto en cuanto suena porque no sé qué decirle y vuelvo a marcar, casi muerta de ansiedad, sintiéndome estúpida. Vuelvo a cortar, pero entonces me doy cuenta de que le quedó mi número marcado en el móvil.

Tomo aire, aprieto los dientes y lo llamo. Sí, por tercera vez.

Me digo a mí misma que esta es la vencida, mientras ensayo qué decirle.

Suena el móvil, una, dos, tres veces. Mi corazón late tan fuerte que creo que él podría oírlo por el teléfono. Decidida a cortar al siguiente ring, me siento aliviada y decepcionada por partes iguales.

—¡Hola!

¡Maldición!

—¡Hola! —digo—. ¿David?

—¿Quién habla? —pregunta con voz grave—. ¿Acaso una morena increíblemente guapa que conocí esta semana?

Me hace sonreír. Me lo pone fácil.

—No sé a cuántas morenas hayas conocido.

—Llevo un registro y ninguna te haría sombra. Ninguna era tan guapa.

—Apuesto a que les dices lo mismo a todas. Y todavía no estoy segura de que sepas quién soy.

—Claro que no, estoy haciéndote hablar a ver si logro adivinar quién eres antes de quedar en evidencia. —Se echa a reír con una risa cálida y seductora y me hace acompañarlo—. Lara Cipriani. La morena de piernas infinitas.

—¿Así me tienes agendada? ¿Morena de piernas largas?

Vuelve a reír. Maldición, lo estoy pasando bien.

—Solo en mi fichero mental. Ahora que tengo tu número, así lo pondré en la agenda. ¿Y bien?

—¿Y bien, qué? —Sin saber por qué, estoy sonriendo.

—¿En cuánto tiempo salgo a buscarte? Me cambio en tres minutos y saco el auto camino a donde tú digas.

—¡Epa! ¿Nos saltamos toda formalidad?

—Hermosa, marcaste mi número. Eso significa luz verde para avanzar.

No es modesto. No necesita serlo, con lo apuesto y agradable que es. ¡Maldición! Siento el calor en la piel del rostro y no sé cuánto sea vergüenza y cuánto excitación.

—Ya que te gustan las metáforas, siento que vas a 220 km/h y yo tengo puesto el freno de mano —respondo calmada, a pesar de mis sensaciones.

Estoy sin depilar, despeinada, con poco maquillaje. No voy a ver a nadie así en una primera cita.

Oigo en el teléfono su respiración, en lo que parece ser un suspiro.

—De acuerdo, lo haremos a tu modo. ¿Cuándo quieres que pase por ti?

Eso está mejor. Necesito tiempo para arreglarme. Tengo el cabello con raíces de crecimiento.

—¿El jueves? —aventuro.

—De ninguna manera, faltan tres días. ¿Esta noche?

Ni de coña. Necesitaría un hada madrina para llegar a estar decente.

—No puedo. ¿Mañana a la noche?

—¡Hecho! Mañana en la noche. ¿Copas y cena?

No puedo evitar sonreír.

—De acuerdo.

—Paso por ti a las nueve, por donde tú digas. ¿Está bien ese horario?

Cuando corto la llamada, permanezco un buen rato sonriendo feliz. Siento un nudo de excitación y trato de recordar cuándo fue la última vez que salí con un hombre.

No puedo decirlo con exactitud, pero hubo una época, cuando llevaba más de un año separada, en la que mis amistades comenzaron a insistir en que debía salir con alguien y me organizaron un par de citas que fueron un completo fiasco.

Con un chico salí algunas veces, más por intentar que por interés, por aquello del clavo que saca a otro. En ese caso, no funcionó. Y en el medio, me quitó las ganas de volver a intentarlo.

Me sacudo esos pensamientos mientras decido entre pedir un turno en la peluquería o teñirme yo misma en casa esta noche. Mirando las puntas de mi cabello me decido por un profesional.

Reconozco que estoy excitada. Ya no recuerdo cuántos años hace que no salgo con alguien que me guste.

Anoche al volver de la oficina me rasuré las piernas, me pinté las uñas de los pies y me puse en el rostro una mascarilla japonesa de esas que prometen milagros en quince minutos.

Hoy desperté con la sensación de novedad. No sé qué pase hoy, ni sé si este hombre no resultará ser un completo idiota, pero, por primera vez en mucho tiempo, la idea de una cita se me antoja excitante.

Me visto temprano para ir al trabajo porque a primera hora tengo turno en una peluquería trendy que está a un paso de la oficina. Dos horas más tarde, salgo de allí sintiéndome hermosa. ¡No sé por qué no hago esto más a menudo! “Sí, sí sé”, me respondo a mí misma, “porque me gasté una pasta enorme en solo dos horas y sin moverme de la silla”. ¡Esperemos que David valga el esfuerzo!

—¡Qué guapa! —dicen mis compañeras cuando me ven llegar a la oficina media hora más tarde de lo que debería.

Yo sonrío y le hago un gesto a Sandra para que se acerque, mientras voy a la cocina esperando que me siga.

—¿Qué pasó? ¿De dónde vienes tan peinada? —pregunta entrando detrás de mí.

Le hago un gesto de silencio con un dedo para que baje la voz.

—Tengo una cita.

Sandra abre la boca emocionada y comienza a saltar como una cría.

—¡Ya! Quiero todos los detalles.

Niego con la cabeza.

—Lo único que sé es que es muy guapo y que saldremos esta noche, pero no quiero hablar más del tema hasta mañana, cuando te daré todos los detalles.

Abre y cierra la boca, mientras decide si protestar o respetar mis deseos. Se decide por esto último y me abraza.

—¡Qué feliz me hace esta noticia, Lara!

Sonrío y devuelvo el abrazo, sintiendo su cariño sincero. Volvemos a trabajar y durante el resto del día Sandra me hace guiños y bromas cómplices. Alrededor de las tres de la tarde, veo un mensaje en el móvil de parte de David para recordarme la cita de esta noche. Después de escribir y borrar varias respuestas, me decido por algo neutral pero con un detalle cálido. Simplemente contesto con un “Ok” pero le pongo un emoji con un beso para no parecer enojada. ¡Nadie diría que soy comunicadora social y me gano la vida escribiendo las ideas de otros para hacerlas comprensibles!

Vuelve a sonar mi WhatsApp y otra vez es él.

“¿Ese beso planeas dármelo?”

Sin poder evitarlo, lanzo una carcajada.

“Veremos...”

No pasan ni 5 segundos hasta que David responde.

El resto del día se me pasa volando.

Creo que miré la foto de su perfil de WhatsApp al menos cien veces. En la foto está guapísimo, moreno y sonriente en lo que parece ser un barco o algo similar. Como una idiota me encuentro devolviéndole la sonrisa a la pantalla de mi móvil cada vez que lo miro.

A las cinco de la tarde, salgo corriendo para mi apartamento repasando mentalmente (por décima vez) mi guardarropas pensando en qué ropa ponerme que dé la impresión correcta: ni muy sexi, para que no piense que voy regalada, ni muy mojigata, ni tan arreglada que parezca que le di mil vueltas al asunto, ni demasiado casual y que piense que soy una desastrada. Llego a la casa sintiendo que no tengo qué ponerme y comienzo a revolver el armario encontrándole un “pero” a todo.

Finalmente, me decido por un vestido envolvente azul marino que queda por la mitad de los muslos (corto, pero no demasiado, sexi de una manera elegante). Me pruebo al menos seis pares de zapatos, antes de decidirme por unos peep toe en color crudo que quedan estupendos con el color del vestido.

Con la ropa decidida, comienzo a ordenar la casa para matar el tiempo. Intento mirar televisión, pongo música, hablo por teléfono con Sandra, llamo a mi madre a Buenos Aires y, cuando termino de hacer todo eso, apenas son las 7 de la tarde.

Dos horas por delante que pueden ser eternas. Si bien me bañé por la mañana, antes de comenzar a vestirme lleno mi cuerpo de crema humectante. Otra cosa más que no suelo hacer y que mi piel pide a gritos.

Me maquillo a conciencia, con cuidado de no excederme. No quiero parecer una pared pintada, sino solo resaltar los rasgos y los ojos. Elijo con cuidado un labial neutro por si hay besos y sonrío de anticipación pensando en lo agradable que es esto de vestirme para salir, teniendo ganas de hacerlo, con música agradable y un chico guapo que pasará a recogerme.

Me perfumo y, por último, me pongo el vestido, para que el maquillaje o la crema no lo manchen. Para cuando termino, son casi las 9.

Me miro en el espejo conforme con mi imagen, sintiéndome guapa. Me acomodo el cabello que sigue estupendo, con las ondas prácticamente intactas, y las desarmo un poco con los dedos porque no quiero que sea evidente para David que estuve en la peluquería. ¡Qué difícil es ser mujer y querer estar guapa!

Suena el móvil y mi corazón comienza a latir deprisa.

Más nerviosa de lo que quiero admitir, atiendo a David.

—¡Hola, morena! Estoy en la puerta y no sé qué timbre tocar.

—Ya bajo —le digo y corto, demasiado nerviosa para darme cuenta de lo grosero del gesto.

Tomo el pequeño bolso del mismo color que los zapatos, vuelvo a echarme perfume, me miro en el espejo que tengo junto a la puerta y salgo.

Cuando bajo del ascensor, lo veo por detrás del vidrio de la puerta de calle. Se ve guapísimo.

Demasiado nerviosa, y sin saber qué hacer para que no se note, respiro profundo mientras abro la puerta con la llave.

David me dedica una sonrisa que desarma y me mira apreciativamente. Se corre hacia atrás en la puerta para dejarme salir y me extiende la mano.

—¡Maldición que eres bonita! —dice sonriendo, sin dejar de mirarme.

—Gracias —respondo ruborizada.

—¿No vas a saludarme?

Me acerco incómoda, sin saber cómo saludarlo y planto un beso en su mejilla. Huele a hombre. Exactamente a como un hombre así de atractivo debería oler y eso hace que su encanto se intensifique por cien. Su perfume es amaderado. Intenso, ligeramente especiado y definitivamente masculino.

—¿Dónde planeas llevarme? —le pregunto, sintiéndome contenta de que no se trasluzca mi nerviosismo.

—He hecho dos reservas, según lo que quieras comer. Pero primero vamos de copas. Te llevaré a un bar de cavas.

Comenzamos a caminar hacia su coche. Un deportivo negro y reluciente, alemán. El equivalente masculino a las joyas femeninas.

—Bonito coche —silbo impresionada.

—Gracias. Lo he pedido prestado para llevarte a pasear —Guiña el ojo y su sonrisa me desarma.

Caballero, abre la puerta del acompañante, pero aprovecha a mirarme las piernas mientras subo al carro. David da la vuelta para subir. Adentro, el coche es reluciente y huele a cuero.

Me pregunta si me gusta la música, a lo que yo asiento mientras él busca una playlist. Pone Maroon5 a un volumen agradable. Me alegra ver que no es de esos tíos que van en el auto oyendo música a todo volumen, como en una disco.

Hablamos de nuestros gustos musicales y notamos que coincidimos bastante, excepto que a él le chifla Iron Maiden y a mí, Pablo Alborán, como el colmo de la cursilería.

Al cabo de unos minutos, estaciona en una esquina, desciende y me ayuda a bajar del coche.

—¿Te he dicho que te ves guapísima? —pregunta cerca de mí.

—Tú tampoco estás mal —le digo, avergonzada.

La verdad es que está como un tren. Viste una camisa azul, a juego con sus ojos y con la piel bronceada, denim clásico de buen corte y zapatos de gamuza color camello, a juego con el cinturón.

Tiene muy buen gusto. O le va muy bien o se gasta todo el dinero en ropa.

—Me encanta el color azul —dice sin apartar la vista del escote de mi vestido, que deja expuesto el nacimiento de mis senos,

—Se nota, ni que nos hubiésemos puesto de acuerdo.

Con una sonrisa, me conduce un par de metros hasta un bar con portero en la puerta.

El lugar está decorado con buen gusto. Dos de las paredes están cubiertas de cavas vidriadas, con botellas desde el piso al techo y las otras dos pintadas en color bordó. Mesas de roble con banquetas de diseño, cortinas de grueso terciopelo color gris plomo y enormes floreros llenos de lirios y orquídeas de blanco níveo con follaje verdes completan la decoración. La barra del lugar forma una V de roble rústico en el centro del salón y es atendida por un chico y dos chicas que podrían ser modelos de cualquier portada de revista.

Al lado del ventanal que está junto a la puerta, hay tres mesas bajas con unos sillones italianos en color negro y plateado, que reconozco haberlos visto en una revista de decoración. Cada una de las mesas tiene arreglos florales y velas encendidas que hacen el lugar muy agradable. David habla con una camarera que nos acompaña a una de esas mesas y dice que enseguida nos enviará a nuestro camarero.

La música chill out deja un poco que desear, pero no es mala.

—¿Te gusta el lugar?

Asiento.

—Me gusta mucho.

—Quería impresionarte —me dice con un guiño.

—No me impresiono fácilmente. Deberás esforzarte.

—Así como ves, estos brazos pueden remar hasta en la arena. —Es muy fácil sonreír con David.

Pedimos unas copas de cava con unos pinchos de gambas y el espumante enseguida se me sube a la cabeza

Estoy a gusto con él. Me siento nerviosa por lo mucho que me gusta, por la tensión que hay entre nosotros y que no sé cómo manejar. Pero estoy cómoda y, cuánto más me relajo, más sencillo se hace charlar con David, reírme. Estar a gusto.

¿Cuánto tiempo hace que no hacía esto? Estar con un hombre, seduciéndolo y dejándome seducir. Sintiendo volar el tiempo. Queriendo gustarle.

Pasada más de una hora, pide la cuenta y salimos para el restaurante. Me consulta acerca de qué quiero comer porque dice que hizo reservas en dos restaurantes diferentes.

—No sabía qué te gusta comer o si hay algo que no comes. No eres vegetariana o vegana, ¿o sí? —pregunta y, por su expresión, infiero que, de serlo, para él sería un problema.

—Siento la tentación de decirte que sí solo para asustarte, pero no. Como de todo —le digo sonriendo.

David me devuelve la sonrisa. Tiene unos dientes perfectos y eso es algo que siempre me atrajo de los hombres. La sonrisa dice mucho acerca de las personas, y la de él es encantadora.

—No serías capaz de ser argentina y no comer carne. —Entrecierra los ojos, divertido.

—No me gustan los estereotipos. Estoy a punto de volverme vegana en este mismo momento. —Su risa es cálida, y descubro que me encanta oírla.

Finalmente me decido por uno de los restaurantes que propuso cuando comenta que está en la terraza de un décimo piso.

Cuando llegamos al lugar, silbo bajito, impresionada. Realmente se esforzó en esta cita y ello me habla del interés que tiene en mí.

Un poco intimidada por los precios de la carta, me decido por un atún rojo, liviano, sintiendo que los nervios no me dejarán comer mucho. Cenamos y bebemos vino. Hacia la mitad de la velada, cada vez me siento más cómoda con él. David es una compañía sumamente agradable, hablar con él es muy fácil y no hay silencios incómodos entre los dos.

Me habla de su profesión, de lo mucho que la disfruta, y se nota la pasión que invierte en ello.

Es arquitecto, de ahí su fijación con los lugares bonitos, comprendo.

El camarero nos ofrece la carta de postres.

—No me digas que estás a dieta. —Suena como una advertencia.

Alzo la cabeza y lo miro desafiante.

—¿Insinúas que debería dejar de comer?

—No, insinúo que, por lo poco que pude ver, no te sobra ni te falta un gramo.

Sonrío, incómoda, pero complacida al mismo tiempo.

—Me pierde lo dulce.

Me decido por una crema catalana. David, en cambio, opta por un volcán de chocolate con frutos rojos que me hace dudar de mi elección. Me deja probarlo, y sé que debería haber pedido el chocolate, sin dudas.

—¿Cuánto tiempo llevas soltera? Me refiero a la última relación seria —pregunta como al pasar, aunque me doy cuenta de que su tono casual es estudiado.

Sin querer, me pongo a la defensiva, pero no puedo pasar por alto la pregunta. Además, él hizo de toda la velada una cita perfecta.

—Tres años. —No puedo evitar que mi tono sea seco.

Silba al oír mi respuesta.

—¿Tú? —le preguntó rápidamente, más para no darle lugar a preguntas que por verdadero interés.

—Casi dos. Años, me refiero.

Podría bromear con él acerca de ello. Podría decirle que el dos puede indicar meses, días, horas, que ha hecho bien en aclarar. Y así le quitaríamos hierro. Pero no lo hago. Es un asunto que escuece. Asiento con un gesto cortante, deseando que no insista, y no digo nada para dejar morir el tema. Me dedico a explorar la crema catalana, buscando con la cuchara al fondo del cuenco algún misterio escondido.

—¿Te incomoda el tema? —pregunta, entre curioso y solícito.

—Sí. No es algo de lo que suela hablar. El pasado es pisado.

Aunque te choque de frente con su nueva familia para cagarte el día y el año.

—Mejor así —dice David, aunque yo ya dejé de oírlo.

Me maldigo mentalmente por dejarme arrastrar así hacia otro estado, cuando la pregunta de David fue lógica y válida. Aparto el plato casi vacío con un gesto sutil, como poniendo distancia entre la curiosidad de David y yo.

—¿Quieres que pida la cuenta? —pregunta David, solícito, notando mi incomodidad.

Quisiera darme patadas a mí misma, pero no puedo evitar ser transparente.

—No, quiero un café.

La sonrisa que me dirige es deslumbrante, y no puedo evitar responderla.

Se apresura a llamar al camarero y pide dos cafés.

—Cuéntame, ¿cuánto tiempo hace que vives aquí?

Me lleva a un terreno seguro, que yo transito como si fuera un campo minado, cuidando no nombrar a Alex, evitando mayores referencias a él.

Sin embargo, David, como un sensitivo, nota mis estados de ánimo y me lleva por donde quiere, evitando ahondar en preguntas que me incomoden.

Me llama la atención esa capacidad de saber leerme e interpretarme, que habla de una gran sensibilidad por parte de él.

—¿Sabes que hay, al menos, cien restaurantes en azoteas, solo en Madrid? —comenta siguiendo mi mirada, perdida más allá de las luces de la ciudad.

—No, no lo sabía, pero siempre descubro algo nuevo en ella.

—También yo. Acabo de descubrir que había una mujer como tú escondida en sus calles.

Sonrío por sus palabras, sintiendo que con la labia se lleva la palma.

—Me encantó este restaurante.

Le agradezco también la cena y los tragos. Se tomó muchas molestias para que yo lo pase bien y lo logró.

Al cabo de un rato, manda al camarero a pedir el auto y nos trae la cuenta con dos chupitos digestivos. Bebo en tres sorbos el mío, incómoda con su sabor fuerte, mientras me siento un poco decepcionada porque no quisiera que la noche termine. En el ascensor, el silencio es incómodo por primera vez en lo que va de la velada.

Me acompaña hasta el auto con la mano apoyada con suavidad en mi espalda baja, y ese simple contacto me altera más de lo que debiera. Me ayuda a subir y cierra la puerta del acompañante antes de sentarse de su lado.

Me hace preguntas que yo respondo sin prestarle verdadera atención, porque estoy pensando cómo rechazarlo sutilmente si me pide subir a mi departamento o llevarme al suyo. Pienso que intentará besarme, pero también fue muy correcto durante toda la noche, de modo que no sé.

—Llegamos —dice. Y recién entonces me percato de lo callada que estuve durante todo el trayecto. Qué incómodo para él.

Estaciona, se baja y pasa por delante para abrirme la puerta. Me ayuda a descender dejándome muy poco espacio, de modo que estamos de pie a pocos centímetros. Me mira con una intensidad que me revuelve las entrañas de los nervios y no atino a decir nada para romper el hielo.

—Llevo toda la noche deseando besarte.

Sus palabras generan una calidez que se extiende por mi cuerpo.

—¿Y qué esperas? —digo antes de poder pensar.

¡No puedo creer haber dicho eso! Afortunadamente, la vergüenza quedó opacada por el beso de David.

Inconscientemente, creo que estuve esperando este momento desde que concertamos la cita. Me besa de un modo que me afloja todo el cuerpo y, antes de darme cuenta, tengo los dedos enredados en sus cabellos.

Se separa de mí visiblemente tan afectado como yo me siento.

—No me invitarás a subir, ¿verdad?

—No —respondo, sonriendo sin saber por qué.

—Sé leer las señales. Está bien —dice sencillamente, volviendo a besarme—. Déjame abrirte la puerta.

Antes de despedirnos, me da otro beso, y otro, y otro. Toma mi rostro entre las manos mordiendo mis labios y luego me empuja suavemente hacia adentro.

—Vete ya, o no te dejaré subir. En cinco segundos, te subo a mi coche y te llevo a mi casa o subo contigo —lo dice con tanta intensidad que no puedo menos que creerle.

Sonriendo, nos despedimos con un último beso.

En el ascensor, miro a la mujer que me devuelve la mirada en el espejo y no puedo reconocerme. Despeinada, con los labios hinchados de besos y el brillo vibrando en la mirada.

Sin dejar de sonreír, entro a mi casa, me quito los zapatos, el maquillaje, el vestido, me recojo el cabello en un moño flojo, me pongo una playera limpia y me voy a dormir sintiendo aún los besos en los labios.

Capítulo 7

Todos estamos en la cloaca,

pero algunos estamos mirando a las estrellas.

Oscar Wilde

Por la mañana, revivo la noche pasada, con la sensación de estar aún inmersa entre sueños. Había olvidado cómo se sentía ser besada. ¡Y esos fueron besos con mayúsculas! Lo que todo beso que se precie aspira a ser. Con cosquillas en el vientre y los dedos de los pies abiertos por la impresión del beso, con todas las terminaciones nerviosas del cuerpo abiertas a sentir y activadas.

Reviví la velada mil y una veces y cada vez sentí la misma calidez, la misma dulce sensación que tuve con David.

No sé cómo siga esta historia de aquí en más. Hace tanto tiempo que no salgo que ya no sé lo que se estila, pero no creo que hayan cambiado tanto las cosas.

Si hay interés de su parte, va a buscarme. Yo no pienso mover ninguna ficha del tablero antes que él lo haga. Soy una mujer chapada a la antigua. Eso, y bastante cobarde también.

Voy a trabajar como un día cualquiera; sin embargo, se siente diferente. Yo me siento así.

Sandra me acosa con preguntas que respondo sin querer revelar de más. La noche pasada es algo propio, que no quiero profanar. Necesito saborear a solas ese recuerdo, como un niño que no desea compartir sus dulces.

Hacia última hora, cuando estoy por salir de la oficina, me llega al móvil un mensaje de David que me pregunta cómo estoy y el corazón me da un vuelco.

“Bien”, contesto por escrito.

“¿Estás ocupada? ¿Te puedo llamar?”

El corazón echa a latir de anticipación, como si fuera una colegiala nerviosa en su primera cita. Me siento así, ligeramente tonta y bastante inexperta. Respondo que sí y, al momento, entra al móvil su llamada.

—¡Morena! Qué placer oírte.

—Has llamado tú —le digo, como el colmo de la idiotez.

David se echa a reír, festejando mis pocas luces como una gracia.

—¿Es muy pronto para volver a vernos?

No.

—No lo sé.

—Vamos, te lo pregunto diferente: ¿quieres verme? Porque en lo que a mí respecta, me muero de ganas.

—Vale, pero solo lo hago por ti —le digo sin poder dejar de sonreír.

—No, si es por mí no lo hagas. Quiero que me veas porque tú también lo quieres. —Su voz grave me provoca un hormigueo de anticipación en la piel.

—Vale. Me has convencido.

Se echa a reír.

—¿Paso mañana a recogerte?

“¿Por qué hoy no?”. Ligeramente desencantada, encajo el golpe con gracia.

—De acuerdo. Tienes mi dirección.

—Dirección y teléfono. Ahora cuéntame algo. ¿Qué tal tu día?

Hablamos durante todo el viaje en metro hasta que llego a la calle de mi apartamento y comienzo a pasear de un lado al otro mientras sigo al teléfono.

Cuando corto, entro a casa con la sensación de que el aire es más liviano que hace unas horas atrás, que también yo soy más liviana, y es gracias a David.

No quiero ir rápido. Necesito sentir que tengo el control, aunque no lo tenga en absoluto. Sin querer y a pesar de mí misma, me estoy ilusionando. Y eso me asusta de una manera tremenda.

Me permito disfrutarlo como una pausa, como algo pasajero destinado a no durar, y por eso mismo, cargado de intensidad.

La noche del sábado se instala con gusto a novedad y siento la excitación trepando por mi vientre. Es la segunda vez en la semana que veo a David. De algún modo, se está colando en mis días y no sé cómo tomarlo. De momento, no pienso y me dejo arrastrar por los días, por los planes que él entreteje casi sin dejarme pensar.

“Nos estamos conociendo.” Esa frase tan manida, casi tan gastada, toma otro cariz y se renueva frente a esta circunstancia. Nos estamos conociendo, descubriéndonos.

Hablamos sin parar, como viejos amigos, como nuevos amantes. Sin embargo, esa línea no la cruzamos. Él se muere de ganas; yo, de miedo.

De momento, se pliega a mis deseos. Hasta que se canse. Yo necesito sentir que manejo la distancia. David no me presiona, y lo valoro profundamente, como un caballero cuya especie creía en extinción.

No sé qué excusa darle, pero parece intuir, por mis expresiones, que si presiona, me retraigo.

Hoy siento que no tengo qué usar, a pesar de tener montones de ropa. Mejor dicho, no tengo algo que me haga sentir del modo correcto para lo que pretendo de la noche. Haciendo una revisión mental de mi armario, me pruebo al menos cinco conjuntos. Finalmente, y no del todo convencida, me decido por un pantalón de lino en color burdeos y una musculosa de rayón color visón, solo porque tengo un jersey de cashmere con botones del mismo color que hace un conjunto fantástico. Lo combino con sandalias de cuero color gris topo y una cartera de un gris ligeramente más claro. Completo el conjunto con un brazalete dorado y zarcillos colgantes de oro amarillo, muy delicados. Me maquillo suavemente, en una paleta similar a la ropa que uso y quedo bastante conforme con el resultado final. Sin querer, luego de tantos años de trabajar con publicistas y con tanta gente intensamente visual, una termina aprendiendo algo.

Me preparo un té mientras doy vueltas por la casa, con anticipación, muerta de ganas de verlo. Antes de que sienta que estoy lista, suena el timbre del departamento. Suelto una maldición mientras me pongo perfume, tomo el bolso, apago las luces y bajo.

Lo observo disimuladamente mientras abro con la llave la puerta de la calle. David está aún más impresionante de lo que recuerdo. Tiene puesto un jersey negro de hilo de seda combinado con jeans azules y zapatos negros de charol. Y huele tan bien como siempre.

Lo saludo con una gran sonrisa que él devuelve y me acerca suavemente a sí para besarme.

—Guapísima —dice en voz baja para sí, dejando que yo lo oiga.

—Tú tampoco estás mal —le digo con una media sonrisa provocándole una carcajada.

—¿Quieres cenar?

—Supongo que sí, ¿tú?

—No lo sé. Estaba loco por verte —dice, acercándome hacia sí y plantando un beso en mis labios. Me toma la cabeza y me besa con dulzura.

Siento que me derrito en sus brazos. Me acerco hacia él y David profundiza el beso.

Aún me siento muy tímida frente a él. Una parte de mí desea arrancarle la ropa y la otra parte se muere de vergüenza ante sus propios deseos.

—Iba a llevarte a beber unas copas, pero hay un restaurante cerca de mi casa que te encantará.

—¿Quieres llevarme a tu territorio?

—Tal vez —dice riendo—. Tal vez te convenza de tomar un café en casa.

—¡Wooo! No tan rápido, chico. Apenas te conozco y acordamos ir poco a poco.

Levanta las manos proclamando inocencia.

—De acuerdo —se disculpa con una sonrisa culpable—. No perdía nada con intentar.

Caminamos unos metros más hasta su coche y abre la puerta para que suba.

—Te gustará este sitio, verás. No es nada comparable a mi casa, pero ni modo. Tendremos que conformarnos.

Terminamos en una mesa en un restaurante oscuro y bohemio, con una atmósfera de estudiada intimidad.

Ver a David es siempre como ir a una fiesta. Como tomarme un fin de semana de vacaciones en medio de una rutina demoledora. Es una pausa feliz. Logra distenderme hasta un punto en el que el aire se aligera, la luz se vuelve más brillante y yo puedo recordar cómo era antes. Cómo era reír livianamente, como me brillaban los ojos en las fotos, cómo respiraba sintiendo que el aire llegaba a todo el cuerpo y no solo a la garganta, como habitualmente lo siento.

Todo lo que dice David me hace sonreír, y no es que él sea el nuevo Jerry Seinfeld, sino que su presencia me genera alegría. No dejo de sonreír, me acomodo el cabello, cruzo y descruzo las piernas, mis gestos se tornan infinitamente femeninos. Apenas puedo creer que yo esté seduciendo y dejándome seducir. Nuestras palabras están coronadas de miradas cargadas de intenciones.

David me vuelve tremendamente consciente de mí, de mi cuerpo y mis reacciones. En sus brazos me siento una adolescente, cargada de hormonas y de deseos. Me pone nerviosa la forma en que me mira. Me devora con los ojos, hasta que los siento sobre mi piel como una caricia.

David despierta mi deseo y eso lo vivo secretamente como una amenaza, una amenaza a mi paz, una amenaza a mi cordura. Este hombre me pone a la defensiva. Quiero gustarle y eso me mantiene en guardia para no revelar de más, para no mostrar mi miseria. No me siento cómoda con él, me siento viva. Reaccionó a él, a su presencia, a su cercanía. Me basta oler su perfume para que la química de mi cuerpo se altere.

Me besa, me acaricia, y yo me convierto en una mujer apasionada. Respondo a sus caricias sin siquiera pensarlo. Eso solo, por sí mismo, bastaría para que él me guste, sin tener en cuenta lo mucho que me atrae.

De lo poco de David que conozco, me gusta todo. Y no hablo solo de su estampa, que cualquiera con ojos puede ver. Hablo de su trato, del modo en que se preocupa de que yo disfrute, de la capacidad de interpretarme que tiene, de las charlas infinitas que mantenemos. Un hombre culto e inteligente… y, además, guapísimo.

La noche transcurre entre música, comida, risas y besos, muchos besos. Yo respondo a ellos. Toco su piel por debajo de la camisa y David cierra los ojos, tan afectado como yo.

La intensidad de su mirada tiene una promesa que me pone a temblar de anticipación, al tiempo que me asusta. Me besa hasta casi hacerme perder la cabeza. Casi.

—¿Qué más necesitas, Lara? Eres grande, yo también, parece que te gusto, tú me vuelves loco. ¿Qué otra cosa necesitas? —pregunta, frustrado, aún sin perder la educación.

No lo sé. Perder el miedo. Sentir ganas de desnudarme, no tener este temor a no disfrutar, a decepcionarlo y decepcionarme también yo, de él y del acto. Pasarla mal en la cama y no poder disimularlo, que David lo note. No sé. Son tantas cosas las que no quiero que pasen que no sé qué responderle.

Eso es lo que más me asusta. No disfrutar, no sentir nada. Querer sacármelo de encima de mí pronto y olvidar todo el asunto, y que esto tan bonito que él me hace sentir se convierta en un rechazo velado entre nosotros que no podamos remontar. ¡Las respuestas a su pregunta son tantas! Y como no sé qué responderle, no digo nada. En cambio, lo beso.

—Dame tiempo —le susurro.

Tiempo para poder disfrutar esto antes de que se termine.

David protesta con un suspiro. Sin embargo, no insiste.

Se aparta sutilmente de mí y, propio de mi neurosis de deseo, vuelvo a besarlo, extrañando su contacto.

Cuando me besa, por un momento olvido mis miedos. Se acalla la conciencia y mi cuerpo comienza a tener su propia voz, a exigir. Gratamente sorprendida, me dejo llevar.

La boca de David, sus caricias, la apasionada dulzura de su cuerpo me arrastran hacia una orilla que desconozco.

Su respuesta me vuelve más audaz; sin embargo, hay una línea que no me permito cruzar. Yo misma la he marcado.

No lo dejo avanzar. Es un “no” para él, pero principalmente para mí.

Siento que subí a una montaña rusa que me lleva a una velocidad que no controlo. Me da vértigo y me excita al mismo tiempo. Me aterra bastante, también.

—Está bien —dice, concediendo, con un suspiro cansado—. Lo haremos a tu modo.

Vuelve a besarme.

Nunca pensé que en esta jungla de cemento que es Madrid encontraría un caballero semejante. Quisiera decirle en verdad todo lo que esto significa para mí, explicarle que mi temor a avanzar tiene unas raíces tan profundas que no puedo ver dónde terminan. Pero me da miedo. Y, otra vez, como no sé que decir, no digo nada.

Creo que tengo una relación. Asombrosamente, David no me mandó a freír espárragos. No parece pensar que yo sea una histérica. O sí, lo piensa, pero se guarda muy bien de decírmelo, y eso también habla de su caballerosidad.

Volvemos a vernos. Él parece tan atraído hacia mí como yo hacia él, lo cual no deja de sorprenderme. No sé qué ve en mí, prefiero no preguntarme demasiado acerca de nada entre nosotros, porque cualquier paso podría ser en falso y romper la magia. En cambio, me dejo guiar.

David teje una magia diferente en cada encuentro, y yo siento tan natural esto de ser cortejada, tan habitual esto de besarlo y ser besada.

Me siento cómoda con esto, cómoda de verdad. Casi como si no fuera yo. Pero jugando a ser otra, me encuentro a mí misma. Suena extraño, lo sé, pero es cierto.

Los labios de David, sus besos, la calidez de su cuerpo y —cómo no— su perfume, me llevan a otra galaxia, me sacan de mí.

Separarme de él y romper el encanto es difícil, muy difícil. Sin embargo, a lo largo de mi vida, se me ha dado bien negarme a mí misma los placeres.

Como no hacemos el amor, hablamos. Construimos el puzzle de la imagen del otro con palabras.

Es tan fácil hablar con David, tan natural. Voy descubriendo retazos de él, de su vida. Me entero de que tiene dos hermanas y de que él es el hijo del medio, único varón. Que sus padres viven en las afueras de Madrid, pero se ven bastante a menudo.

—Seguro eres el mimado.

—No queda bien que yo lo diga.

—Pero es cierto —infiero por su expresión de complacencia.

—Por supuesto.

Me atrae de un modo que no creí posible. Lo recorro con los ojos como si fueran caricias. Y, otra vez, me reprimo. Me retraigo.

—¿Quieres ir al cine? —Su pregunta me saca del trance, pero hago que la repita antes ser capaz de responder.

—¿Para meterme mano sin tener que oírme?

Larga una carcajada que hace voltear la cabeza de la pareja que camina unos metros delante de nosotros.

—¡Me vuelves loco! —dice parándose a besarme—. Te dejaré elegir la película.

—¡Uhh! —replico con fingida pena—, ¡vas a arrepentirte de eso! Te haré ver una película de tías. Alguna con todos los clichés.

—Tú mira la película que yo te miraré a ti. Si la película es mala, encontraré cómo entretenernos.

Me hace creerlo.

¿Cómo será ser así de libre? Poder decir lo que uno siente sin miedos, sin reparos.

¡Yo me reprimo tanto a mí misma! Ahora, por ejemplo, lo abrazaría en plena calle y le daría un largo beso, le mordería los labios, hundiría mi nariz en su cuello y la dejaría allí hasta que las narinas se impregnen de su perfume, pero si lo hiciera me sentiría ridícula y demasiado expuesta.

David me mira y ve una mujer de piernas largas, joven y atractiva. Yo, en cambio, al mirarme veo una mujer a la que la vida la aporreó hasta hacerla papilla.

Un cascarón vacío. Un despojo.

Tengo un creciente terror a quererlo, a esto que está naciendo, que me estoy permitiendo vivir y que, de alguna manera, se convirtió en el motor de mis días, porque si se trunca..., mejor dicho, cuando lo haga…

Él no comprende, nadie que no haya pasado por la cantidad de cosas que yo pasé podría entenderlo. No es que tenga miedo a ser feliz, no, no es eso. No soy idiota, no le temo a la felicidad, le temo a la pérdida que invariablemente viene luego de esa felicidad. Le temo al dolor de perderla.

Elijo conscientemente no exponerme a lo que causa sufrimiento, aunque deba vivir aletargada. Porque algo que aprendí en los treinta y seis años que llevo vividos es que los momentos felices son escasos y después la vida se los cobra con saña. ¡Ojo por ojo, donde más te duela!

Y David, con su sonrisa, con sus ojos, con su porte, tiene un sello que promete montañas de dolor cuando se vaya.

Prefiero cortar la relación antes de que surja el cariño, prefiero dejar de verlo, aunque ahora duela. No podría soportar que me diga un día que conoció a alguien más, o que decidió que quiere tener hijos, pequeños Davides como él, y que se va a tenerlos con cualquier tía fértil que pase, que hay a montones lejos de aquí. Y yo no podría resistirlo.

La cordura a la que me aferré fuertemente no podría superar otro golpe así. Sería el golpe de gracia que la vida me aseste. Yo ya no puedo soportar ninguno más. Parte de crecer es aprender los propios límites. Yo reconozco el mío, lo siento doler.

Sin querer, uno termina generando anticuerpos al dolor emocional y evitando hasta la poca alegría que la vida puede ofrecer. Es como una fobia: uno sufre con el temor anticipatorio, sufre con el hecho y sufre después, mientras intenta juntar los propios pedazos. No, no temo ser feliz. Le temo al precio que esa felicidad me cueste.

Llevo demasiado tiempo sola. Demasiado tiempo el que llevo siendo fuerte, intentando resistir los embates con donaire, cuando lo que en verdad deseo es sentirme frágil, que alguien se ocupe de mí, que me diga que está bien ser débil, al menos por un rato. Que fragilidad no es romperse, aunque haya tantas partes de mí irremediablemente rotas.

La soledad es una compañera arisca. Estar sola es para mí una costumbre, no un placer. Simplemente aprendí a no pelearme con la soledad. Como en el síndrome de Estocolmo, aprendí a tenerle cariño. A ver su lado amable. Sin embargo, la cambiaría sin dudar por una verdadera compañía.

Una vez oí a alguien decir que el hombre finge amor para conseguir sexo y la mujer concede sexo para conseguir amor. Tal vez sea así.

A esta altura de mi vida, el erotismo es otra cosa. Tiene poco que ver con la piel y las hormonas y mucho con las palabras, con la presencia, la atención vertida en los detalles. Erotismo es estar, hacerme un té cuando estoy enferma, ir a hacer la compra juntos para cargar las bolsas entre dos. Hacerme compañía. Preguntarme qué tal el día. Ir a buscarme con el coche al trabajo los días que nieva.

¿Es David esa persona? No lo creo. Es un hombre para correr por la ruta en un convertible caro, para ir a un cóctel de su mano y que las cabezas de las demás mujeres volteen con envidia. Para hacer el amor y arder en un fuego que a mí me falta.

Estoy en un momento de mi vida en el que no necesito impresionar. Mis ambiciones se han ido encogiendo con los años. De querer comerme el mundo he pasado a pedirle al universo que lo que me ocurra no duela.

Como todo, durará lo que dure, independientemente de mis deseos. Quiero vivirlo, a pesar de mí misma, a pesar del miedo. No me queda mucho por perder, a estas alturas, ni siquiera ya la dignidad, de modo que arriesgo.

Corro a coger el teléfono de mi casa, convencida de que es David. No lo es. Es mi madre.

—¡Mamá! ¡Hola!

—Ibas a llamarme anoche.

—Lo sé, es que salí a cenar y volví tarde.

Oigo a mi madre contener una exclamación.

—¿Sola?

Puedo oír los engranajes de su mente correr a toda velocidad y me apresuro a frenarlos.

—Con una amiga.

No lo nombro, no cuento una sola palabra acerca de David. Con mi silencio, nos preservo a ambos.

—¿Qué les pasa a los hombres de Madrid? ¿No hay solteros allí o es que tú los espantas?

—No quiero conocer a nadie de momento, mamá. —Aunque se lo diga una y otra vez, cae en saco roto.

Mi madre no concibe una vida sin un hombre, sin hijos, sin el modelo familiar que nos inculcó y que tanto daño me hace no cumplir, aun siendo consciente de que no es el único modelo, ni que sea el que a mí me sirva.

Me pregunta qué comí, qué he hecho, qué planes tengo para mañana y, pasados unos momentos, cortamos, con la conciencia de haber cumplido nuestra cuota materno-filial, y ahora podemos ignorarnos por otra semana.

Siempre, al colgar el teléfono luego de hablar con mi madre, me queda un regusto amargo. Tal vez alguna palabra atravesada en la garganta. No sabría decir si buena o mala, solo sé que está atravesada entre nosotras.

Con David, mis días se llenan de luz, de una hermosa incertidumbre que borra de un plumazo la rutina insoportable que llenaba mis días. Todos los días me pregunto si llamará, si nos veremos.

Por la noche pasa a recogerme, como habíamos acordado. Mi corazón echa a latir de anticipación al verlo. Siento que llevo esperándolo todo el día, anticipando el encuentro, deseándolo.

Huele exactamente como debería oler un hombre. Me besa y me derrite, como un armazón que se desintegra con el fuego. Me desmadeja.

Me pregunto cuánto tiempo aguantará sin pasar a otro nivel, sin que me presione o que la situación le resulte insoportable, incluso ridícula. Llevamos un par de semanas viéndonos cada dos o tres días, hablando por teléfono a diario. Es todo tan incipiente que parece de cristal por lo frágil y, sin embargo, el vínculo existe.

Luego de aparcar su coche, caminamos juntos por la calle Serrano, camino a un bar con fama de exclusivo. Antes de que pueda hacer algo para evitarlo, cruzamos en la acera a una mujer joven paseando mellizos, rubios, pequeñitos, vestidos prácticamente iguales, con la particularidad de que son un niño y una niña. Ambos con denim y camisa blanca, pero la niña tiene coletas y tenis rosas, y las de niño son azules.

Son dos niños preciosos, casi de publicidad. Su madre es una mujer infinitamente afortunada. Tal vez ella tiene el niño que a mí me falta.

David se detiene a verlos, dice “hola”, les conversa, sonríe. El niño es encantador con David; la niña, en cambio, nos mira con ojos grandes y se esconde detrás de su madre.

Yo observo la escena con pánico creciente. Ver a David con niños me genera malestar.

Detesto estar tan nerviosa. Verme a mí misma en esta situación, sintiéndome tan vulnerable y con el nerviosismo en evidencia, me hace desear huir.

—¡Qué niños tan chulos! ¡Pero pobre mujer! Imagina tener mellizos —dice una vez que la mujer se aleja.

No puedo imaginarlo. De hecho, la sola idea es ridícula en mi caso.

Gruño un sonido a modo de respuesta. Ininteligible aun para mí. David parece no notarlo mientras caminamos, él a paso vivo, yo velozmente, tanto por la frustración como por la prisa por alejarme de esos niñitos.

—¿Quieres tener hijos?

La pregunta, hecha con total naturalidad, es una espada de hielo que me paraliza.

—No —respondo fríamente, monocorde.

David se muestra sorprendido.

—¿No o no por ahora?

—No, no quiero. ¿Es un crimen? —Soy más agresiva de lo que quisiera y me doy cuenta en cuanto lo digo.

—No, no... Por supuesto que no.

No dice nada y yo tengo ganas de patearme a mí misma.

Me siento frágil. Tan frágil que cualquier cosa podría romperme.

No sé cómo decírselo. Por dentro estoy muerta de miedo.

Contarle. Exponer mi vida, mis miserias, mis enormes carencias a alguien que me gusta tanto (tanto) y que, posiblemente, no las entienda y no las comparta, me da tanto miedo que me paraliza y hace que no sepa qué hacer.

A sus ojos seré menos deseable cuando lo sepa. No soportaría eso.

—Lo lamento si hace un rato respondí de mala manera con aquello de los niños. Es que continuamente me siento cuestionada por ese tema y exageré mi exabrupto, pero no tiene que ver contigo.

—No, yo lo lamento. Siento haberte incomodado. Fue una pregunta al pasar, y todas las opiniones me parecen respetables. Nunca juzgaría a un adulto por las elecciones que hace conscientemente sobre su vida, sin perjudicar con ellas a otros.

Admirable... Si le creyera, sería admirable.

Me acerco a besarlo, seducida a la par que molesta. Queriendo borrar con nuestros besos las palabras. David me aparta el cabello del rostro, poniendo con dulzura los mechones detrás de mis orejas. Me mira con reverencia, con algo rayano al embeleso.

—Eres tan hermosa —dice a media voz.

Hace tanto que no oía aquello. Hace mucho tiempo que dejó de importarme.

En el medio de aquel desastre en el que se transformó mi vida, perdí también aquello. Simplemente, dejó de ser importante, dejé de creerlo. Dejé de verme, de mirarme en los espejos y en las fotografías, dejé de sentirme bella, de quererme. Suena tan crudo y, sin embargo, es tan real.

No fue de un día para el otro. Fue un proceso lento, paulatino. La despersonalización en la que caí se llevó también mi imagen, desdibujó la belleza.

Y ahora David me dice estas cosas, me mira así…, casi que puedo creerle. Casi. No lo hago, por supuesto.

Lo oigo como lo hago con los chicos de la agencia. Iñaki le vendería hielo a un esquimal y David también parece ser de esos. Es demasiado perfecto para ser real. Pero, como a los dulces, no puedo negarme a él.

Me da tanto miedo mostrarle esta que soy. Hace tanto tiempo que no dejo que alguien se acerque. Manteniendo las distancias es más fácil evitar el dolor del rechazo. Uno puede convencerse siempre de que el rechazo es a la superficie, porque en verdad no mostró su esencia. Y así las personas salvamos el orgullo.

Los adultos somos expertos en contarnos mentiras, en adecuar la verdad a aquello que nos cabe.

Otra vez nos vemos. De algún modo, estoy empezando a contar el paso del tiempo según nuestros encuentros. David se está volviendo demasiado importante. Pasó de ser la nota de color a ser el único punto, lo único que marco en el recuento del día. Me da miedo comenzar a depender, empezar a anularme. Y sin embargo, ya no puedo parar.

Pasa a recogerme por mi casa y yo lo espero con la ansiedad de una niña en la víspera de su cumpleaños. Verlo me produce una alegría que enseguida me apresuro a ocultar. Contenerme es lo que mejor sé hacer, de manera que no me supone un esfuerzo.

Me lleva a un bar muy serio, tal vez demasiado, decorado al estilo de los años 40. El promedio de edad de los clientes se acerca a la suma de mis años con los de David.

En el bar suena una música exquisita, pero demasiado formal. Piano y cuerdas, en una mezcla realmente profunda. Inconfundible.

—¡Qué agradable!

“Rachmaninoff”, me digo a mí misma, reconociéndolo.

—Concierto para piano.

Lo miro, asombrada.

—No me digas que también tocas el piano.

Se echa a reír.

—No, pero mi madre es muy aficionada a la música clásica, y ello ha empeorado con los años. En algún sitio, ha leído que es bueno para el cerebro porque previene el Alzheimer, de modo que imagina nada más lo que oye todo el día.

—Tiene buenos gustos.

—Exquisitos.

—¿Te gusta la música clásica?

—Me gusta la música. Siento que es el idioma más elevado del hombre.

—El idioma universal.

—Más que eso. La música le habla al alma. A esa parte de uno que todos tenemos y no siempre sabemos expresar. La música dialoga con esa parte del hombre y la eleva.

Lo miro asombrada.

—Eso lo has leído en alguna parte y estabas esperando cuando poder utilizarlo, ¿no?

Se echa a reír, asombrado, pero me sigue la broma.

—Siempre impresiona a las chicas.

—Ya lo creo: arquitecto, citas en lugares de lujo, Rachmaninoff.

—Soy casi un cliché, ¿verdad?

Adoro los clichés.

—Diría que eres un niño pijo. Muy pijo —enfatizo.

David se echa a reír, divertido.

—No te he impresionado mucho. Tendré que esforzarme.

—No me impre… —El beso que me da no me deja terminar la frase.

—¡Vamos! —Me toma de la mano sacándome del lugar.

—Acabamos de llegar.

—El Niño Pijo te llevará a otro lugar.

Me echo a reír.

—¡Oh, Dios! Te lo has tomado en serio.

—¡Claro que me lo he tomado en serio! Soy un cliché. Tengo la literalidad muy desarrollada.

—¡Oh, cariño! Me gustaba este lugar.

—El otro te gustará más.

—No lo creo. Vas a llevarme a un antro de mala muerte para demostrarme que no eres pijo, ¿verdad? Y beberás la cerveza más negra y barata que encuentres.

Se echa a reír mientras salimos del edificio.

—¿Todas las argentinas son tan irreverentes como tú?

—¿Preguntas si soy también yo un cliché? No, soy bastante especial.

David menea la cabeza, incrédulo. Y sonríe.

Me dejo arrastrar por él. Me dejaría llevar por él a cualquier sitio, de modo que, sin preguntar demasiado, me subo al auto.

David conduce hasta una zona bastante oscura de la ciudad y mete el coche en un estacionamiento.

—¡Oye, si planeas pelearte con una pandilla para demostrar que eres guarro, no es necesario! —David ríe, pero no responde, lo cual me obliga a preguntar—: ¿Dónde me estás llevando?

—Al mejor club de jazz de la ciudad.

—¡Pi-jo! —canto en voz baja con voz de falsete.

—Te encantan los niños pijos —dice empujándome suavemente, para besarme contra el auto.

—Parece que sí. Los pijos, los clichés… o, simplemente, parece que me gusta todo lo que eres. —Lo abrazo, pegada a él.

—No hay manera de que me pueda sentir ofendido por eso.

Me besa otra vez. Cierro los ojos, embriagada de David y su dulzura. Podría llevarme a cualquier sitio, que me daría absolutamente lo mismo si voy con él.

—Mañana te llevaré a un sitio fantástico.

—¿Adónde?

—Ya verás.

La curiosidad me pica como pequeñas pulgas por todo el cuerpo.

—Sabes que no me llevo bien con la intriga…, ¿verdad? —insisto con sutileza.

—Mañana.

Por la sonrisa de David, infiero que no dirá más nada del tema.

Capítulo 8

En todo encuentro erótico hay un personaje invisible

y siempre activo: la imaginación.

Octavio Paz

No sé cómo logró engatusarme, pero cuando me doy cuenta de lo que acepté, estoy entrando con David al garaje de su casa.

Vive en Salamanca. Probablemente es el barrio más caro por metro cuadrado de todo Madrid.

Por lo poco que pude ver desde el coche, el suyo es un edificio moderno con un diseño impresionante, la fachada de piedra gris contrasta con el interior en mármol negro y acero cromado. Todo muy fálico, muy grandioso. Sin dudas, a Freud le encantaría opinar al respecto.

Subimos por el ascensor hasta el piso 20, donde vive. No cuento los segundos que tarda desde el subsuelo hasta su departamento, pero parecen milésimas. Tal vez me lo parezca así debido a la ansiedad que me genera la situación. Toda objetividad me la he dejado en el coche.

—Tengo al chico del penthouse —bromeo, para lidiar con el nerviosismo que siento.

Apenas llega a abrir la puerta cuando una bestia peluda de más de un metro se echa encima de él y comienza a dar saltos. ¡Vale, posiblemente mida sesenta centímetros, pero se comporta como si midiera el doble! Es un pequeño matón, peludo y poco agraciado.

Sin darme cuenta, grito de la impresión, deseando con toda el alma que esa bestia no decida saltar sobre mí.

—¡Por favor! —dice David, tocándose el pecho con ambas manos, con actitud suplicante—. No me rompas el corazón diciendo ahora que no te gustan los perros.

—Ah... ¿Es que eso es un perro? Creí que era un oso por el tamaño —bromeo, apartándome con un poco de miedo.

La bestia feroz se acerca a olisquearme y se tira a mis pies exigiendo caricias en el vientre.

—¡Mira, le agradas!

—Ojalá pudiera decirte lo mismo acerca de él.

—Se llama Fred y es mi roommate —dice, acariciando a esa mutación de caballo con golden retriever—. Ella es Lara, la chica de la que te hablé —le dice en voz baja, haciéndome sonreír.

—¿Le hablaste de mí al perro?

—Por supuesto —le planta un beso por encima del hocico al perro y me mira expectante—. ¿Vas a pasar o te vas a quedar ahí sosteniendo la puerta todo el rato?

—En cuanto te descuides, me escapo y llamo a Zoonosis.

Se echa a reír, pero yo no me muevo de mi zona segura, cerca de la puerta de salida.

—¡Vamos! Es un cachorro que adora jugar. —Mira mi expresión escéptica—. De acuerdo, haremos lo siguiente: solo por hoy, lo encerraré en el balcón.

Quisiera decirle que no se moleste, pero la emoción de Fred me asusta un poco. Si salta encima de mí como hace con David, podría matarme. Vale, tal vez no tanto, pero seguro que me hace unos cuantos morados.

—No te enojes, muchacho, ya sabes lo que uno hace por las chicas. Sé bueno y mañana tendrás tu recompensa —baja la voz para susurrarle—: tal vez yo la tenga esta noche.

A mi pesar, me hace soltar una carcajada. David la oye y me guiña un ojo mientras conduce a un manso Fred al balcón llevándolo por la correa. El chucho comienza a llorar no bien su dueño cierra la puerta, dejándolo afuera.

—¡Perdón! —digo juntando ambas manos en señal de plegaria a la altura del corazón.

—No te preocupes. Aún es un cachorro de apenas un año, pero debe aprender desde ahora a sacrificarse por las damas.

—¿Tú lo practicas? —le pregunto divertida.

—Te lo resumiré en una frase: tú estás marcando el tiempo de la intimidad, y yo me limito a esperarte.

Riendo, barro el entorno con la mirada, mientras él se aleja para encender las luces del resto de la casa.

—Creo que mi límite de tamaño de perros es hasta los cuarenta centímetros.

—¡Vamos, entra! Me pone nervioso verte con la mano tan cerca del picaporte.

La casa de David me sorprende. No se parece a lo que esperaba y, al mismo tiempo, encaja perfecto con su dueño. Elegante, sobria, pero al mismo tiempo, cálida y confortable. Masculina y práctica.

Me echo a reír al ver la televisión de pared a pared. No podía ser de otra manera.

Yo observo su casa, y él me observa a mí, atento a mis reacciones. Lo entiendo porque yo soy igual de recelosa de mi intimidad. Las casas hablan de sus dueños y esta, en particular, habla muy bien.

La paleta de colores abarca todos los tonos tierra y los amalgama de una manera perfecta, creando una sofisticada armonía. En el centro de la sala, bordeada de un sofá en L color caoba de cuero que simula ser piel de lagarto, hay una mesa baja de madera tallada, cubierta por un vidrio y con una gran fuente de cobre encima. Una pieza artesanal bellísima, elegante de un modo muy personal.

—¡Adoro esa mesa! —digo espontáneamente, fascinada con sus líneas.

—La he hecho yo —comenta con orgullo—, son viejos durmientes de tren tallados.

Puedo divisarlos cuando él me los muestra, aunque les haya cambiado el color de la madera natural por un tono más rojizo.

—No sé si te creo. ¡Es preciosa!

—Créeme. Afuera tengo la mesa de tallado —señala la terraza, donde Fred sigue protestando por su exilio—. Me gusta hacer muebles, reciclarlos. Me resulta relajante. Me ayuda a pensar cuando necesito ideas acerca de algún proyecto.

Paso la mano con suavidad por la madera pulida, admirando el trabajo de David. Puedo imaginar el tiempo que le dedicó hasta hacer de un despojo un mueble tan bello y personal.

Cuero y madera. El living es una muestra perfecta de texturas y colores que amalgaman y se potencian.

Me lleva a recorrer la planta empezando por el cuarto, lo cual me hace reír mientras él bromea al respecto.

¡El dormitorio es simplemente perfecto! Color habano, con la pared principal, la de la cabecera del lecho, en madera de acacia roja, bellísima. La cama es una obra de arte de carpintería en sí misma. En una de las mesas de luz tiene dos jarrones negros de fina porcelana, uno mayor que el otro, colocados decorativamente. Sobre una pequeña cajonera tiene ubicados simétricamente unos pocos adornos y perfumes.

El baño merece un capítulo aparte. Mármol negro combinado con pequeños detalles en gris humo. La ducha espaciosa, alemana, de vidrio ahumado, y un gran hidromasaje cuadrado presidiendo el baño, de cara al ventanal, cuya función principal dudo que sea la higiene.

Silbo impresionada.

—¿Traes aquí a los clientes para convencerlos de que te contraten?

Sonríe, entre satisfecho y halagado, mientras observo la grifería y los accesorios de baño en color cobre, en un bello contraste con el mármol oscuro. Mezclas impensadas, que amalgaman de maravillas.

—Es como cagar en un mausoleo —digo antes de poder evitarlo.

Abre los ojos sorprendido y luego se echa a reír a mandíbula batiente.

Hay hoteles cinco estrellas que podrían venir aquí a inspirarse para la decoración de sus baños.

Me dirige hasta el ventanal que lleva hacia la terraza y enciende las luces para enseñármela. Fuera, Fred llora al vernos, haciéndome sentir culpable, pero David no le hace caso. En cambio, continúa mostrándome las modificaciones de la terraza. Me impresiona lo bien aprovechado del espacio, así como la lograda sensación de intimidad, aun estando en medio de la ciudad. Dos grandes canteros al nivel del suelo están repletos de plantas de hojas verdes, sin flores, y un jardín vertical en una de las paredes, junto al ventanal. El efecto del conjunto es bellísimo. Toda su casa lo es. Parece salida de una revista de decoración, pero claro, tiene sentido porque él se dedica a ello.

Me lleva a la cocina y contengo el aliento al ver la isla del desayunador que cumple al tiempo de mesada y la campana de cobre que colocó encima de la cocina de seis fuegos. Es el sueño hecho realidad de toda ama de casa.

Lo comparo mentalmente con los tres metros que forman mi cocina, convencida de que entra seis veces en esta.

—¡Acabo de decidir que no conocerás mi casa!

—Me encantará conocer tu casa. —Oigo la risa contenida en su voz cuando se acerca por detrás y me abraza. Yo no me doy vuelta porque mis ojos siguen hechizados, sin dejar de mirar los pequeños detalles que me rodean.

—Pues es un departamento común, usual. No es como esta casa de Arquitectural Digest. En mi nevera hay comida, en la lavadora hay ropa. Es una casa de verdad.

—También la mía —dice, riendo.

—Yo sospecho que es el showroom de algún edificio que has tomado prestado para impresionarme. ¡Vamos, no hay comida en ningún lado! Estoy segura de que te echarán una bronca por lo del perro, pero vale, es tu problema.

David se echa a reír con una carcajada profunda, vibrante y, dándome vuelta, me besa.

—¿Sabes que las mujeres que van con un hombre a la casa es porque en su interior decidieron que la cosa pasaría a mayores?

Ahogo una risa al oír su intento.

—¿Es una especie de máxima? ¿Dónde has leído eso?

—Lo he visto en todas las películas.

—El canal triple X no cuenta como referencia a la realidad.

Vuelve a reír cálidamente.

—Entonces será por eso que nunca me han atendido en la sala de urgencias doctoras ninfómanas con poca ropa.

—¡Tonto! —digo empujándolo suavemente antes de besarlo.

Sin saber cómo ni detenerme a pensarlo, acabo subida a la isla del desayunador, con las manos de David en el trasero y él de pie entre mis piernas.

Quiero detenerlo cuando siento sus manos sobre la piel de mi vientre desnudo, pero no lo hago. Siento el aire acariciar mi piel desnuda y alzo los brazos cuando David me saca la blusa por arriba. Me dejo hacer, como una muñeca, con la voluntad anulada por sus intenciones.

David me ayuda a bajar de la mesada y me conduce al dormitorio. Mis alertas se encienden, pero él no me deja pensar, no me da tiempo.

Comienzo a temer el momento en que mi cuerpo se desconecte y mi mente comience a gritar deseando que todo termine; sin embargo, aún no ocurre. David me embota tanto que yo también lo deseo. También yo siento esa urgencia en la sangre.

Deseo, ansiedad por lo que ocurra y temor se trenzan en mí, me anudan y me dejan emocionalmente aletargada. Mientras tanto, David me besa.

Se aparta de mí para contemplarme con reverencia. Me siento acariciada por sus ojos oscurecidos de deseo.

Me miro en sus ojos, me mojo los labios con la lengua y David fija en ellos su mirada. Mi boca se seca mientras otras partes de mí se humedecen. Sudo, nerviosa.

Hace tanto que no estoy de pie frente a un hombre. Hace tanto, tanto tiempo, que no me siento una mujer. Y ahora, de pronto, frente a David, me siento femenina hasta los dedos de los pies, hasta esas uñas que pinté de rojo disfrutando el contraste con mi piel blanca. Quizás secretamente anticipándome a este momento. Porque aunque mi mente decía que no, mi cuerpo, mis ganas decían que sí.

“¿Por qué no?”, pregunta una voz en mi conciencia,

David se acerca muy lentamente, apoya una mano en mi cintura y baja hacia mí su boca. Su aliento cálido, el perfume que desprende su piel y que logra seducirme por sí mismo, casi independientemente del monumento de hombre que lo lleva y que, sumado a él, logra intoxicarme hasta el punto en que no se me ocurre una sola objeción.

Abro los labios y acerco mi boca hasta la de David. Finalmente, soy yo quien lo besa. Su lentitud dio paso a mi impaciencia.

Cierro los ojos, embriagada. Los besos de David son exquisitos.

Cuando se aparta de mí, suspiro y, con los ojos cerrados, apoyo la frente en su pecho.

David me aparta y continúa besándome. En solo un momento, sin darme tiempo a pensar, sus manos están por todas partes mientras mi pantalón yace hecho un trapo en el suelo.

Se aparta para mirarme y yo deseo cubrirme, apagar la luz, hacer saltar la térmica.

—Déjame verte —pide con voz suave y se aleja dos pasos de mí, de modo que yo dejo de intentar cubrir mi cuerpo con los brazos.

Sus ojos oscuros de deseo me recorren, y yo siento un rastro de fuego allí donde se posan.

Se muerde el labio inferior y me sonríe mirándome a los ojos.

—Eres perfecta —murmura.

Me toma de los antebrazos y me acerca hacia sí, besándome, haciéndome perder la poca cordura que tengo, y sí toda la vergüenza.

David me gusta tanto que podría pasarme toda la noche tocándolo, para cerciorarme de que sea real. Siento que no hay en él una sola cosa que no me agrade.

El deseo hace en mi vientre nudos que yo me apresuro a destejer. No quiero ir tan rápido y, sin embargo, con David bajamos por una rampa. Ninguno de los dos controla ya las cosas.

Ya no puedo detener lo que va a ocurrir y, aunque una parte de mí está aterrada, esperando, otra parte —la que tiene ahora el control— lo desea tanto como este hombre.

Su boca siembra besos en mi cuello, más abajo, y la piel parece encendida. Quiero que se detenga y, al mismo tiempo, no lo quiero.

Tanto tiempo me sentí muerta. Tanto tiempo sentí que mi cuerpo se volvió frío y rígido, como se torna el cuerpo con la muerte. ¡Tanto tiempo...! Tantos años, sentí y creí que nunca más volvería a sentir pasión, urgencia, esta excitación que hace borbotear la sangre como una cantata en las venas. Tanto tiempo... y ahora que siento todo eso, y algunas cosas más que no puedo siquiera definir, por primera vez me siento viva.

Tengo ganas de llorar y de reír. David me escucha reír a grandes carcajadas, como si hubiera perdido la cordura, y yo sonrío sin poder evitarlo, entre beso y beso.

No le puedo decir que me siento sanada. Que por primera vez en más de diez años mi cuerpo me provoca alegría y se lo debo a él.

Hacemos el amor, como algo inevitable a tanta urgencia, y mis temores acerca del acto se calcinan bajo el fuego de semejante pasión. Luego me acurruco al lado de David y lloro como una niña. Es la primera vez que después de hacer el amor lloro de alegría, de alivio. Un llanto de luz.

Me levanto raudamente para ir al baño, para no tener que dar explicaciones. Murmuro alguna incongruencia a su pregunta y cierro la puerta del baño, dejando a David fuera. Me abrazo a mí misma, mientras me apoyo en la puerta dejándome caer sentada hasta el frío mármol del suelo y me quedo allí un momento, respirando hondamente, mientras la emoción me embarga.

Para cualquier persona que vea esta escena, parecería una chica un poco desquiciada que llora después de hacer el amor. Yo me siento una mujer redimida por la vida.

Por primera vez en casi diez años, me amigué con mi cuerpo. Y fue gracias a David.

Más conmovida de lo que quisiera estar, me enjuago los dientes con Listerine, peino mis cabellos y salgo del cuarto de baño.

David alza la vista al verme y me pregunta si todo está bien. Se levanta, solícito, para besarme y vuelve a la cama. Está mirando futbol en la tele, como si esto fuera algo habitual entre nosotros.

La normalidad con la que él toma el hecho de que intimemos me obliga a naturalizarlo también a mí, al menos exteriormente. En cambio, por dentro... David alza la mirada y me dedica una media sonrisa de niño travieso.

—¡Maldición, sí que eres guapa! —dice, mirándome apreciativamente.

Se levanta del lecho desarmado hasta adonde yo estoy y comienza a besarme.

—¡Me encantas! —dice, palmeándome el trasero.

Me deja de pie en medio de la habitación y se va hacia la cocina.

Me siento más vulnerable de lo que podría decir. Necesito ovillarme y pensar, intentar calmarme y procesar todo lo que acaba de ocurrir en esta casa. Quisiera que se vaya para poder pensar, para hablar un poco conmigo misma acerca de todo esto. De este nuevo estado, de este descubrimiento. De esta epifanía disfrazada de sexo.

Necesito irme, estar sola, sin David invadiendo todos mis sentidos, impidiéndome pensar. Necesito una pausa para poder rearmarme a mí misma.

Comienzo a juntar mis ropas y a vestirme.

—¿Qué haces, muñeca?

Intento sonar despreocupada.

—Voy a casa. Dejé las luces encendidas y la puerta del balcón abierta.

David se pone de pie y en un segundo está a mi lado.

—Lara, ¿estás bien? ¿Por qué vas a irte?

—Por lo que te he dicho —replico sencillamente.

Él se agacha para fijar sus ojos en los míos.

—Maldición, Lara. ¿Estás loca? Son casi las dos de la mañana.

—Sé qué hora es. Descuida, llamaré un taxi.

—¡Estás tan desesperada por irte de aquí que no te importa siquiera la hora! —Su tono revela enojo.

—No es eso. — “Sí, sí es eso”.

La cara de David es una máscara de piedra.

—¿Te ofendí de algún modo?

—No, para nada —le digo besándolo—. Es solo que no podré dormir en otra casa. Prefiero ir a la mía, no lo tomes a mal.

Suspira, derrotado, y tal vez, aplacado por mi explicación, y baja la mano que tenía en mi hombro.

—De acuerdo. Aguarda que me vista y te llevaré.

—No te molestes. Puedo ir en un taxi.

—De ninguna manera, mi cita no viaja en taxi a estas horas de la noche —dice, visiblemente molesto.

No, él no podría entenderlo. Para él, estoy un poco loca por irme a estas horas de su casa, pero necesito refugiarme en lo conocido, volver a poner el mundo en un eje que no me asuste.

Pasado un momento, lo veo salir del cuarto con un chándal negro y el pantalón a juego, y sonrío por lo apuesto que se ve con un atuendo tan común.

¿Quién hubiera creído que los príncipes azules usaran ropa deportiva?

Cuando finalmente estoy en mi casa, me echo a llorar. Lloro por lo bello de la noche y también con enojo, por ser incapaz de disfrutarlo, por no ser capaz de dejarme arrastrar por los sucesos sin que el pánico se apodere de mí. Pasado un momento, puedo calmarme.

Me tranquiliza estar en casa, entre mis cosas.

El viaje fue incómodo. David deseaba acercarse a mí, me hablaba de cosas y yo lo único que deseaba era llegar. Volver a sentirme a salvo.

La cáscara con la que me enfrento al mundo se agrietó, y me siento indefensa. Es como si me hubiese enfrentado a tantas emociones juntas que estoy emocionalmente agotada. Sin pensarlo demasiado, me duermo.

Por la mañana, me despierta el sonido del teléfono móvil. Aún dormida, miro la pantalla y veo el nombre de mi jefe.

“Iñaki”.

¡Maldición!

Miro la hora y me doy cuenta de que debería haber llegado a la oficina hace veinte minutos. Lo atiendo frenética y me invento una historia de migraña para justificar que no puse el despertador.

En cinco minutos, estoy en la calle camino al metro, con un yogur y una cuchara en la cartera dispuestos a ser mi desayuno en cuanto se pueda.

Subo al metro y saco un espejo para terminar de maquillarme, intentando ser prolija a pesar del movimiento. Mentalmente, me reprocho una y otra vez semejante descuido con respecto a algo tan importante como lo es mi empleo para mí.

No, las tragedias personales no alteran mi rutina, pero basta una gota de felicidad para hacer que toda mi eficiencia se vaya al garete.

Durante el día, sonrío a pesar mío, muchas, muchísimas veces. Imágenes de David me asaltan de improviso mientras trabajo, generándome calidez. Hacia mitad de la tarde, le escribo al móvil un mensaje de buenos días, y tarda en responderme. Recién antes de que termine el trabajo me pregunta por mensaje si puede llamarme. Sin dudarlo, respondo que sí.

—¡Buen día! —le digo sonriendo con dulzura cuando entra su llamada.

—No sabía cómo ibas a responder, luego de que te fueras así anoche.

Siento subir el calor por mi rostro.

—¡Lo siento! —digo con sencillez, minimizando así el asunto—. No puedo dormir en otra cama.

Oigo silencio del otro lado del teléfono y, al cabo de un rato, lo oigo suspirar.

—¡De acuerdo! La próxima vez dormiré yo en tu casa. —Me toma por sorpresa con esa declaración.

—Estás molesto conmigo, ¿no? —Es una obviedad que merece la pena preguntar.

Suspira, cansado.

—Sí. Ahora ya no, pero estaba muy molesto.

—¡Lo siento!

—Está bien —dice y se echa a reír—. ¡Maldición! Ni siquiera quería llamarte. Me propuse a mí mismo ver cuánto aguantaba sin hacerlo y para cuando entró tu mensaje ya había escrito y borrado al menos cuatro veces un mensaje para ti.

Luego de eso, la charla se descomprime y quedamos para vernos de nuevo. Cuando corto el teléfono, estoy sonriendo como una boba.

Este hombre no es bueno para mi salud mental y, al mismo tiempo, es justo lo que necesitaba.

Aire... Siento como si alguien hubiera abierto las puertas y las ventanas y hubiera entrado con toda su fuerza la luz del sol y el aire de primavera.

Capítulo 9

Hazme inmortal con un beso.

Christopher Marlowe

La barrera imaginaria que había trazado con David comienza a desdibujarse y se torna permeable. La noche pasada fue una bisagra, y ya no hay vuelta atrás. Sin darme cuenta, estoy enrollada con un tío, metida casi sin querer en una relación y aquello me encanta al tiempo que me aterra.

Siento que estoy hecha de pequeños fragmentos pegados. Mi vida se hizo añicos contra el suelo muchas veces, y los fui uniendo como supe, como pude. Las personas como yo (las estériles, las dañadas) sobrevivimos como podemos y luego avanzamos a base de protecciones.

Una regla tácita es no esperar. No se decepciona el que nada espera, el que no se ilusiona. Las ilusiones son un enorme globo de helio que termina por bajar y, una vez en el piso, se destruye.

No soporto que David marque el paso. Me hace ir a una velocidad que no controlo, como un coche a 250 km por hora. Imposible detenerse y bajarse a esa velocidad. Así me siento: David conduce la relación y yo voy aterrada al lado esperando el impacto. Sin embargo, no quiero que se detenga.

Es como ver una película de suspenso, donde lo mismo que te aterra es lo que te mantiene en vilo, sin poder dejar de mirar. Así me siento, como en una película de David Lynch.

¿Cuándo me volví tan celosa de mi intimidad? Deseo tanto que se acerque como rechazo la invasión. Una neurosis de querer y temer. De preferir que salga fuera de mi vida si no va a entrar del todo.

Lo deseo, deseo esta intimidad, deseo que se acerque, que se quede. Y al mismo tiempo, no soporto la invasión de toda su hombría en mi casa.

Quiero que se sienta cómodo entre mis cosas, pero no tan cómodo como para querer quedarse. O que sí, que se quede, pero un ratito. Que no pase la noche conmigo. O que, si la pasa, que no quiera irse él, sino que él quiera quedarse y que yo lo eche, porque me dolería que hagamos el amor y no quiera la intimidad de pasar la noche. Y me fastidiaría también que lo quisiera. Sí, no hay manera de empatar.

No puedo sentirme bien, porque ni siquiera tengo en claro lo que deseo como para poder alcanzarlo. Estoy más femenina que nunca. Neurótica, lunática e histérica. Pienso que, si además de eso, fuera fértil, sería perfecto, pero no. Tengo solo la parte mala de la feminidad.

Sí, ya lo sé. Parezco neurótica, pero me digo a mí misma que neurótica está bien. Neuróticos somos todos un poco, en mayor o menor grado… Vale, tal vez no tanto como yo, pienso con una mueca. Sin embargo, no puedo evitar sentir que la locura es perderse de vivir esta historia con David. ¿Qué tan a menudo los dioses griegos se enrollan con tías comunes y corrientes, con vidas ordinarias?

En honor a las miles de películas rosas deplorables que vi a lo largo de mi vida, quiero vivirlo. Quiero saber cómo termina esto.

No sé qué es lo que ve David cuando me ve, pero yo cuando me miro en los espejos veo una mujer cansada, una vida golpeada, frustraciones. Más pena en los ojos de la que quisiera cargar.

Parece ridículo, pero que David conozca mi espacio en el mundo (es decir, mi casa) me genera tanta aprehensión como hacer el amor con él por vez primera. Es mostrarme de un modo en el que ya no podré ocultarme.

¿Cómo le digo que me siento invadida con una facilidad pasmosa?

Mi casa se convirtió en mi santuario, mi refugio. El lugar desde donde reúno fuerzas para salir a enfrentar a la vida y sus demonios, donde me reconstruyo luego de un día agotador. Yo la hice. Habla de mí de un modo claro.

Intento ver mi casa a través de sus ojos y no puedo. Nunca ningún pretendiente vino a mi casa. ¿Cómo le puedo explicar lo íntimo que es para mí dejarlo entrar a mi casa, a mi vida?

Y sin embargo, luego de lo pasado entre nosotros, es impostergable.

Limpio a fondo, acomodo. Me impresiona ver la cantidad de papeles y basura que se junta en una casa. La última limpieza profunda fue hace algunos meses, y eso no evita que en este tiempo haya juntado basura y folletos inútiles suficientes para llenar las tres bolsas de residuos que están en medio del living y una cuarta que parece que seguirá el mismo camino.

Me sobresalta el sonido del móvil y veo en la pantalla que es David.

No me resulta fácil esto, todo esto, pienso mirando alrededor, pero cada vez que él llama o que lo veo, o que apenas pienso en él, me genera algo tan cálido, tan alegre dentro de mí que no puedo evitar que el corazón eche a latir.

—¡Hola!

—¡Hola, morena! —Oigo la sonrisa en su voz cálida y un sinfín de duendecitos alegres corren por mi cuerpo.

—Iba a llamarte.

—Mentira. Nunca me llamas —dice. Aun así, por su tono sé que no está molesto—. Comienzo a pensar que lo haces a propósito, para que yo esté todo el día pensándote.

Me hace reír.

—¿Y funciona?

—Claro que sí. ¿No ves que te he llamado? —Oigo la diversión en su voz y hace una pausa—. ¿De verdad ibas a llamarme?

—Sí.

—Nunca me llamas.

—Te llamé la primera vez —le recuerdo.

—Porque eres tan desconfiada que no me has querido dar tu teléfono y, entre paréntesis, agradezco a Dios por que hayas llamado. Nunca más lo has hecho.

—Bueno, tampoco es que llevemos mucho tiempo juntos —me justifico.

—Es cierto. Estás perdonada. Te llamo para decirte que estoy loco por verte.

—¿Y eso justifica los reclamos?

—¡Claro que sí! —dice y se echa a reír—. Te he hecho una escena, ¿verdad? —La carcajada suave de David me genera cosquilleos en la columna.

No dejo de sonreír hablando con él.

Me pregunta qué estoy haciendo, respondo que estoy leyendo, para no revelarle lo mucho que su visita a mi casa me trastorna.

Él me cuenta que salió del estudio y está yendo a ver una obra. Un piso reciclado en Moncloa.

—¡Te gustaría! La señora quería un jardín de invierno y le he diseñado un pequeño invernadero.

—¡Qué bello, David! —Miro con pena las cuatro macetas que hay en mi balcón.

—Te llevaré a verlo cuando esté más avanzado.

—Me encantará, estoy segura.

—¿Estarás lista a las nueve? Pasaré por casa a bañarme y luego voy a recogerte. —El cambio brusco de tema me toma por sorpresa, pero respondo que sí, mientras calculo mentalmente cuánto tiempo me llevará acomodar este desorden.

Me despido de él lidiando entre el deseo feroz de verlo y la aprehensión por que venga a mi casa.

Como una posesa, me pongo a limpiar, ordenar, sacudir, barrer y meter todo lo que desentona en cajas, y las cajas en un armario. Dos horas más tarde, la casa está inmejorable y yo salgo corriendo a comprar esencias aromatizantes y velas perfumadas.

Luego de gastar una pequeña fortuna en velas y flores, paso por el supermercado a comprar vinos, quesos franceses, jamón de bellota, pan, agua con y sin gas, y condones.

Llevo todo al departamento y comienzo a distribuirlo. Velas y esencias aromatizantes en los dos baños, canela y naranja, y verbena con té verde. En mi cuarto, aceite perfumado de lavanda y romero, y velones con aroma de cedro y jazmín. Las sábanas blancas fueron reemplazadas por unas color azul claro de muchos hilos que compré en una liquidación en El Corte Inglés, y en una de las mesas de luz coloco el ramo de calas y nardos. El arreglo floral que adorna el living es de gerberas, rosas y crisantemos en amarillos y naranjas, muy colorido, y para los baños, pequeños ramitos de nardos blancos y alelíes, por el aroma. El resultado de todo es muy agradable a la vista. Puse toallas nuevas en todos los baños, he guardado los adornos viejos, distribuí mejor algunas cosas y, sintiendo que mi casa tiene la mejor cara posible, entro a bañarme para comenzar a ocuparme de mí.

El baño se alarga, porque la sensación del agua caliente sobre mi piel es tan agradable que la dejo correr, acariciando mi piel, lavándola de tantas cosas, aunque mi idea inicial fuese hacerlo aprisa. El baño es un placer. Disfruto enjabonar mi cuerpo, recientemente despierto de un largo letargo. ¡Ayer al despertarme se sentía tan raro! Me escocían partes de mí en las que hace mucho que siquiera pensaba.

Finalmente, luego de muchos devaneos mentales, comienzo a vestirme. Lencería negra de encaje, más pequeña que la que suelo usar, pero increíblemente sexi sobre la piel, y un vestido camisero de seda, también en negro, cuyo largo queda por encima de las rodillas y que abrocho solo a partir del tercer botón, dejando el escote al descubierto. Anudo el lazo y contemplo mi imagen en el espejo de cuerpo entero que tengo en el cuarto, conforme con el efecto. Sensual sin estridencias y, precisamente por eso, sofisticado.

Por costumbre, me pongo antes el perfume que los accesorios. Elijo una cadena de oro con un pequeño solitario de citrino tallado, con zarcillos colgantes a juego, y eso es todo. Sintiendo que me falta algo más, agregó una pulsera de madera con detalles en dorado, antes de decidir que estoy lista. Me maquillo poco, resaltando con sombras en colores cobre los ojos, que brillan con una excitación especial.

Toda esta preparación para que venga David me hace estar desesperada por verlo. Es un preludio que se alarga insoportablemente.

Suena el timbre y mi corazón echa a latir a mil por hora. Pequeñas mariposas revolotean en el pecho y en el vientre mientras tomo el ascensor. No me detengo a pensar, pero esto se parece tanto a algo que ni siquiera recuerdo, que no quiero ni pensar y que no nombraré para no conjurarlo. Un sentimiento cuya dulzura destroza.

Bajo por el ascensor con el corazón martilleando, marcando el ritmo de mis pasos, y lo veo detrás de la puerta de vidrio que da a la calle. Abro la puerta con un nudo en las entrañas tratando de mostrar naturalidad, aunque dudo de mi éxito en ello. Lo saludo con calidez y David me estrecha por la cintura para besarme. El tiempo se detiene cuando lo hace. Se ve tan bien que parece un modelo de publicidad de algún perfume para hombres.

En el ascensor el tiempo se alarga y yo no puedo disimular mis nervios. David me mira como si quisiera devorarme.

—Bienvenido —le digo cuando abro la puerta del departamento, deseando que se sienta así.

Al entrar con David a mi casa, siento romperse la última frontera. La barrera que lo mantenía fuera de mi vida, que me mantenía alejada. La distancia que podía regular.

Me asusta tremendamente el poder que tiene este hombre sobre mí.

David entra a la casa y se para en el medio, antes de volverse a observar todo con ojos ávidos. Parece un actor buscando el centro de la escena para tener mejor acústica, David en cambio, usa ese centro para mirar mejor. Sus ojos se posan en mis cosas y yo me siento extraña. Ligeramente invadida, pero de un modo no desagradable.

—Había comenzado a pensar que vivías con alguien y no querías decírmelo —dice divertido, mirando alrededor.

Me gustaría hacerle alguna broma, decirle que me llevó tiempo esconder las fotografías de mi marido o algo por el estilo, pero no puedo. Tengo la boca seca. La ansiedad que me genera su presencia es algo real, y no puedo obviarla.

David parece no notarlo. Está entretenido barriendo con los ojos todos los rincones. El arquitecto y el amante están en su salsa.

Como yo hice antes con él, siento que mira mi casa armando con esta pieza el puzzle que yo le represento. Estoy tan nerviosa como si me desnudara por primera vez frente a él. Intento mirar la casa a través de sus ojos, aunque es difícil hacerlo. Es como una despersonalización en la que yo veo mi morada como el refugio que es para mí y, al mismo tiempo, intento verlo a través de sus ojos.

—Me gusta tu casa —dice al cabo de un momento—. Se parece a ti, es elegante y poco recargada, pero a la vez, muy femenina. Si sacaras las fotografías y me mostraras el apartamento, enseguida diría que vive una mujer, de más de treinta años, sin dudas, con muy buen gusto.

No puedo evitar sonreír por sus palabras.

—Dices todo eso para que te muestre el cuarto —le digo bromeando.

—He cruzado todo Madrid en coche especialmente para verlo —replica siguiéndome el juego, sin embargo, la intensidad de su mirada lo hace parecer una pantera a punto de saltar sobre su presa.

Con las mejillas sonrojadas, más por su mirada y por mis propios pensamientos que por lo que decimos, le pregunto a qué se refería cuando dijo que el departamento era de una mujer de más de treinta años.

—Sonó ofensivo.

—Pues fue un elogio. Tienes pocos adornos, pero has invertido en ellos. Los colores de la casa, el tejido de las cortinas, los sillones de firma, eso habla de un buen gusto refinado por los años.

—Igual iba a acostarme contigo, ¿sabes?

Se echa a reír.

—Entonces, no quiero ver nada más. Anda, muéstrame el cuarto.

—De acuerdo, pero no toques nada. Cambié las sabanas hace un momento. No se te ocurra desarmarlas.

—No te preocupes, cariño. Te haré el amor en el sofá.

Me besa. Se demora mordiéndome los labios.

En mi mente, David iba a conocer mi casa, íbamos a ir a cenar, luego íbamos a hacer el amor y él se iría. Esos eran mis planes. Aparentemente, el orden se ha echado por tierra, porque mi urgencia pronto se parece a la suya. David me desabrocha el vestido y gime al ver mi ropa interior. Hunde la cabeza en mi cuello y comienza a besarme.

—Hueles a gloria.

—¿Quién es Gloria? —pregunto, mareada por sus besos.

Él se echa a reír y vuelve a gemir. No tengo el brassier. David lo ha arrojado lejos, y allí yacen también mis inhibiciones. Tal vez sea su expresión o el darme cuenta lo mucho que lo afecto, pero no siento ningún pudor.

A pesar de lo paradójico de la escena, David completamente vestido y yo cubierta únicamente por las bragas y con las sandalias aún puestas, me siento absolutamente poderosa frente a él.

Lo provoco, lo busco. Una y otra vez, David cierra los ojos, como si mi contacto lo quemara, y cuando los vuelve a abrir veo mi pasión reflejada en sus ojos oscurecidos de deseo.

Siembra besos y mordiscos en mis tobillos y mis piernas y va subiendo, subiendo, y yo creo enloquecer.

Es tan natural todo lo que sigue, tan perfecto. Con David es tan fácil no pensar en nada, sino tan solo sentir. Sentir la pasión que nos quema, las oleadas que nos arrastran hacia un lugar donde no queda lugar para nada más, solo él y yo y esto que sentimos juntos.

Todo con este hombre es como un sueño. En algún momento despertaré, pero no será ahora.

—Lara, me vuelves loco. Nunca creí que me gustaras tanto. —Siento que quiere agregar algo más, pero no lo hace. En cambio, planta un beso en mi hombro desnudo con una naturalidad pasmosa, como si esta intimidad entre nosotros fuera algo usual, o como si el terremoto que acabamos de vivir y que a mí me dejó vaciada como la cáscara de una nuez, a él, en cambio, lo hubiese llenado de vida.

Yo sonrío y no digo nada. Quisiera decirle tantas cosas, pero, como siempre con David, no digo nada porque no sé qué decirle. Yo, que vivo de las palabras, de pronto me olvido de lo que significan o de cómo entretejerlas para que digan lo que yo quiero.

Soy lingüista, de profesión y de alma. Las palabras importan, y mucho.

La palabra “nimio”, que significa algo ínfimo, insignificante, en su origen, el latín, se usaba para decir justamente lo contrario. “Nimio” era algo gigante, monstruoso. Esto es una nimiedad entre nosotros, en el sentido antiguo.

Las palabras mutan en la boca de la gente. En la boca de Alex eran basura, en la de David, les creo a todas ellas.

—¿Quieres salir a cenar o prefieres quedarte en casa conmigo? —pregunta David, ya vestido, frente al espejo de pie que tengo en el cuarto mientras se abrocha los últimos botones de la camisa.

Sin mirarme, toma el calzador de metal que está apoyado de la cómoda para ponerse los zapatos, como si fuera suyo. Actúa con una naturalidad pasmosa.

Se siente como en su casa. En cambio, yo me siento como una extraña con él recorriendo mis cuartos, mis cosas.

David se acerca y planta un beso en mis labios. Cierro los ojos y respondo el beso como si mi vida dependiera de ello. Lo oigo gemir contra mis labios.

—¡Maldición! Si me besas así, no saldremos nunca del cuarto.

—¡Qué mal, porque me habían prometido una cena! —le digo sonriendo en sus labios, sin dejar de besarlo.

Gime, pero esta vez de dolor.

—De acuerdo, iremos adonde tú quieras. ¿Qué quieres comer?

Cenamos en un restaurante italiano que hay cerca del apartamento, al que nunca había ido y siempre había querido hacerlo.

Apenas pruebo bocado. David me genera una tensión en el estomago que quita el hambre. No necesito comer, me alcanza y sobra con sus besos.

De vuelta en mi casa, descorchamos la botella de Rivera del Duero que he comprado a la tarde y la bebemos mientras intentamos mirar televisión, si los besos nos dejan. Me siento como una colegiala…, una colegiala que bebe vino y paga sus cuentas. Luego volvemos a hacer el amor, y yo estoy tan cansada por el día, por el amor y el vino, que me duermo inmediatamente después.

Pasado un tiempo imposible de precisar, David me despierta para preguntarme dónde tengo toallas y si tengo más almohadas, despabilándome del todo con esa cuestión. ¡Realmente él piensa dormir aquí!

Afortunadamente, la cama es grande, aunque perdí la costumbre de compartirla. Todo el apartamento se ve pequeño con David en él.

Disimulo mi incomodidad ante sus planes, sabiendo que no es correcto que le pida que se marche. En el peor de los casos, me tomaré una pastilla que me ayude a conciliar el sueño.

Una vez acostados, no puedo dormir con él en la cama. David, en cambio, se da la vuelta y duerme. Sonrío al oírlo roncar suavemente y, finalmente, el sueño me gana.

Me despierto muchas, muchísimas veces durante la noche. Finalmente, una de esas veces me levanto y voy hasta la cocina a hacerme un té.

Por la ventana, el día comienza a despuntar en rosa y celeste. Me siento extraña, muy extraña, y no podría definirlo. Me escuecen esas zonas del cuerpo que habían sido totalmente ignoradas por mí hasta hace unos días y ahora se hacen sentir nuevamente. Por lo visto, a este ritmo recuperaré el tiempo perdido. Pero no se trata solo de mi cuerpo, no. Soy yo.

David está en la habitación contigua, saberlo me reconforta y me asusta al mismo tiempo. Odio lo que no puedo controlar, me asustan los imprevistos, todo lo que escapa de mí. Y esto no lo controlo en absoluto. Ni a él, ni a mí, ni lo que siento.

No sé cómo reaccionar, no sé lo que se supone que deba hacer o decir. O sentir. Desearía tomarme este asunto con la misma naturalidad con la que David lo hace.

Cierro los ojos al pensar en él. David…, un Dios griego salido de mis fantasías más locas y aterrizado directamente en mi cama.

En un rapto de cordura, dejo a un lado mis cavilaciones junto con la taza vacía y vuelvo a la cama. No vaya a ser que, en vez de David, sea yo quien despierte, y todo esto no sea más que un sueño.

Miro su silueta morena, la espalda desnuda con mis sabanas arremolinadas en sus caderas. La luz se filtra por una de las cortinas, y me apresuro a cerrarla mejor, dejando el cuarto a oscuras. Sonriendo, me meto en la cama y dejo que su respiración acompasada me arrulle hasta volver a dormirme.

Capítulo 10

La esperanza es esa cosa con plumas

que se posa en el alma y canta sin parar.

Emily Dickinson

Un lunes diferente. A contramano del mundo, no puedo dejar de sonreír camino al trabajo.

Me sonrojo solo de pensar en algunas cosas que hicimos y que repetiría sin dudar. Despertar el domingo, con David deambulando en calzoncillos por la casa, mientras intentaba hacer un desayuno con huevos y tostadas, fue extraño. Más extraño aún fue compartirlo en la pequeña mesa del comedor.

No he podido disfrutar del todo lo ocurrido. Fue como visitar por primera vez una gran tienda, llena de cosas, y salir de allí sin comprar nada por no poder decidirse. Demasiados estímulos juntos. Una procesión de emociones que me dejaron emocionalmente agotada, pero feliz a la vez.

No pretendo entender lo que me está pasando, me basta con aceptarlo. Sin embargo, una vez cruzada esa frontera, me siento contenta con lo ocurrido. Mi casa es mi pequeño santuario. ¡Hay tanto de mí en ella! Es mi refugio, pero compartirlo con él me ha dado mucho más placer de lo que hubiera esperado.

En la oficina, mi rendimiento es óptimo. Trabajo codo a codo con Iñaki y Sandra y terminamos la presentación un día antes de lo previsto, ganándome una efusiva felicitación por parte de mi jefe.

—Si sigues rindiendo así, deberé aumentarte el salario —dice riendo.

—Si sigo rindiendo así, no podrás pagarme. —Le guiño un ojo, mientras voy a la cocina por un café.

—¡Lara! —llama Iñaki, haciéndome voltear la cabeza—. Me alegra verte tan entera y de buen humor.

Sonrío con dulzura.

—Sé que es así, Iñaki.

—¿Quieres ir más tarde por una copa?… Digo, si no tienes planes. —Lo veo tan incómodo con el ofrecimiento que siento el impulso de aceptar, solo para ahorrarle el mal momento.

Precisamente hoy, que deseaba dormir.

—Una copa pequeña, que mañana trabajo. —Asiento con una sonrisa.

La sonrisa de Iñaki es genuina.

—Quédate hasta última hora, y vamos andando.

Me muestro conforme con sus planes, pero en mi interior me pregunto si no se verá raro frente a mis colegas. Decido que no me importa.

A las cuatro, Iñaki les dice a Sandra y a Kate que pueden irse antes, ganándose tal mirada de odio de mi parte que termina riendo.

—¿La única vez en el año que nos dejas salir temprano y es justo el día que acordé ir a tomar algo contigo?

En cuanto lo digo, se me ocurre que es posible que precisamente esa sea la razón para que los deje salir temprano, pero me parece pretencioso por mi parte y desecho la idea.

—No te quejes. Tú irás a tomar algo con tu jefe, y él invita.

Meneo la cabeza, riendo asombrada.

—¡Vaya que eres bueno como publicista, que te has creído que eres la última Coca-Cola del desierto!

Abre la boca, sorprendido, y se echa a reír a mandíbula batiente.

—Me gusta esta nueva Lara, aunque al parecer me considere un poco gilipollas.

—¡No te preocupes, Iñaki! —digo con fingida dulzura—. La vieja también lo hacía.

La expresión de su rostro es para hacer un cuadro.

Antes de las cinco de la tarde, salimos. Me lleva a un bar de cañas en Chueca, a un par de calles de la oficina. La charla es tan amena y me siento tan cómoda con Iñaki que pronto olvido que es mi jefe y nos portamos como viejos amigos. Hay un par de momentos incómodos entre ambos en los que me parece percibir algo más de parte de él, pero pronto lo desecho. Iñaki es correcto y no da indicios de tener alguna intención errada.

Le cuento que estoy con alguien y parece alegrarse, de modo que descarto totalmente algún interés romántico por parte de él.

Pide otra copa de vino para cada uno, e intentó rechazarla.

—Iñaki, mañana llegaré tarde. Nunca bebo entre semana. Además debo coger el metro y no quiero ir ebria y sola de noche.

—¿Estás loca? Te llevaré a tu casa —dice sorprendido, como si la idea de que piense ir en metro lo ofendiera.

—Y si planeas darme vino para aprovecharte de mí, tampoco funcionará.

Hace una mueca.

—¡No dudo de que no funcione! Hoy me has dicho gilipollas y que me creo la última Coca-Cola el desierto. —Niega con la cabeza, sonriendo a su pesar—. Aunque no lo creas, yo sí creo que se puede ser amigo de una mujer guapa. Aunque yo intente ligar, ella va a rechazarme, y finalmente seremos amigos.

A pesar del ruido del lugar, oigo el móvil. Antes de verlo, sé que es David. Me genera un poco de incomodidad decirle que estoy bebiendo con mi jefe, de modo que dudo entre atenderlo o esperar y devolverle la llamada más tarde. En deferencia a Iñaki (y también por cobardía, por supuesto), no respondo la llamada hasta estar de regreso en casa.

En el departamento quedan restos del fin de semana. Aún siento la presencia de David, como una estela alrededor de mis cosas.

Impaciente por oírlo, lo llamo mientras acomodo la casa.

No parece contento al oír que he ido a un garito con un amigo luego del trabajo. No lo dice, pero, por lo poco que lo conozco, puedo notarlo.

—No es algo que suela ocurrir. Pero nos debíamos una charla.

—Eres grande, Lara. No necesitas que te diga cómo debes vivir tu vida —dice con despreocupación, pero percibo su molestia—. Iba a invitarte a cenar, pero es muy tarde. Lo dejamos para otro día.

La decepción me corta un poco y, sin querer, respondo con dureza.

—Como quieras.

—¡Anda, Lara! No estoy molesto, tampoco lo estés tú. Háblame de ese AMIGO —remarca el masculino de la palabra y se echa a reír.

A pesar del planteo, su tono es ligero, y sé que no está enojado.

—¿Tú no tienes amigas? —preguntó sonriendo, divertida, pero interesada en saberlo.

—No. —La respuesta me sorprende—. Tengo tías con las que he salido, tías con las que me gustaría salir y tías con las que no saldría. Pero no tengo amigas. Tengo amigos.

—¡Qué lastima que no consideres amigas a las mujeres!

—No dije que no considere amigas a las mujeres, sino que no tengo ninguna que considere una verdadera amistad. Si te dijera que sí, mi idea de la amistad sería muy pobre. Mis amigos pueden llamarme desde cualquier parte de Madrid, de madrugada con un problema, y sin dudarlo, cojo el coche y voy a por ellos. Y ellos harían otro tanto por mí. No hay juicios en la amistad. No hay entre nosotros ganas de impresionar, ninguno quiere acostarse con ninguno. Bueno, tal vez Carlos salga del closet pronto, pero aún no lo cuenta —dice riendo.

—¿Quién es Carlos?

Oigo su risa suave por el teléfono.

—Un viejo amigo. Los conocerás en breve a todos ellos, seguramente.

—Me encantará —digo sonriendo, feliz y distendida.

Las dos copas de vino aún se dejan sentir.

—No me desvíes del tema, habla tú. Ibas a contarme quién es ese AMIGO —vuelve a remarcar la palabra y se echa a reír— con quien has salido.

—Iñaki, mi jefe.

Oigo un silencio del otro lado de la línea.

—¿Fueron entre muchos? ¿Toda la oficina? —pregunta finalmente, con aparente liviandad.

—No. Me invitó a ir por un café, quería hablar de algo puntual. —Omito decirle lo de las copas de vino y la charla personal—. Le he hablado de ti —se me escapa.

Cierro los ojos con espanto. Desearía patearme.

—¿Le has hablado de mí? —repite. Lo oigo complacido.

—Le he contado que estoy viendo a alguien.

—¿Y por qué le contarías eso a tu jefe? ¿Se ha insinuado?

—¡No, David! Te he dicho que es un amigo.

—Vale, mejor dejémoslo ahí. ¿Qué planes tienes para mañana? ¿Quieres ir a cenar?

—Sí —digo con sencillez.

—Morena, ¡llevamos quince minutos al teléfono y aún no dejas ver si me has extrañado!

Ahora sí, ni siquiera mi madre podría sacarme la sonrisa de los labios.

—¿Por qué? ¿Tú me has extrañado?

—Pasé el fin de semana contigo y hoy, lunes, quería verte de nuevo. ¿Es necesaria la pregunta? —El calor se extiende por todo mi cuerpo—. ¿Qué hay de ti?

—Yo también pasé el fin de semana contigo y el lunes le he hablado de ti a mi jefe. ¿Qué dices a eso?

—Que esa relación con tu jefe es muy rara. Al margen de eso, no me dice mucho. —Me provoca reír—. No vas a decirlo, ¿verdad? —El tono grave de su voz me eriza la piel.

—¿Qué cosa?

—Que tú también me extrañas.

Suspiro, feliz.

—Sí, te extrañé.

—Casi te atragantas al decirlo, ¿no?

Me echo a reír.

Cuando corto el teléfono, permanezco sonriendo ensimismada.

Mi buen humor es tal que le devuelvo la llamada a mi madre. La llamo para oír reclamos e, inconscientemente, me pongo a la defensiva luego de que lanza el primero como un dardo.

—Nunca sé qué decir cuando me preguntan si te has vuelto a casar.

Respiro profundo, con el deseo de mandarla a freír espárragos ardiendo en la punta de la lengua.

—Podrías decir la verdad.

—¿Cuál es? Yo me pregunto lo mismo..., ¿por qué no te has vuelto a casar?

Respiro profundo, una, dos, tres veces…, cinco veces, mientras me arde la sensación de soledad por una incomprensión tan profunda. No nombra a los hijos, y sé que debería estar agradecida por ello.

Se me han ido las ganas de hablar con ella. Guardo mi intimidad con un cerrojo y arrojo lejos la llave. Le invento que me duele la cabeza (en verdad, me duelen otras cosas, para las que no hay analgésicos) y voy cerrando la conversación.

—Bueno, descansa, querida. Espero que ya estés preparando todo. Gastón y Mary están muy emocionados.

¿Preparando qué cosa?

—¿Emocionados por qué?

—Por el viaje, claro. El 4 llegan a Madrid. ¿No te lo ha dicho?

—No hablé con Gastón.

—Bueno, te lo habré dicho yo.

—No, mamá. Me has dicho que venían a Madrid, pero no que era el 4. —Mi voz es más alta y más aguda de lo que quisiera, pero no la controlo. Al igual que no lo hago con la situación.

¡Estamos a 25 y hasta el 4 faltan menos de 10 días!

—Bueno, son solo unos días. Los niños pueden dormir en el sofá.

—¡No pueden quedarse en mi casa, mamá! —ahora grito, en breve comenzaré a dar alaridos.

—Yo les había dicho que sí, que estarías encantada. ¡Bueno, no te preocupes! Les voy a decir que se busquen un hotel. Es una lástima, contigo viviendo allí —lo dice como si no comprendiera.

Lo peor de todo es que estoy segura de que no lo hace.

—¡Mamá, no tengo espacio! ¡No puedo tener a cuatro personas viviendo en una casa para uno!

—Lara, ellos no son pretenciosos. En el sofá estarán bien. Es una vergüenza que hagas que entren en un gasto del todo innecesario.

Tengo ganas de llorar. Deseo gritarle como una desquiciada y llorar, al mismo tiempo. ¡Y me vale madres que no lo entienda!

—¿Cómo pudiste decirles que se quedarían en mi casa?

—¿Cómo van a gastar en un hotel, con lo caro que está el cambio del euro y con solamente el sueldo de Gastón manteniendo la casa? Bueno, si es lo que quieres, veremos cómo resolverlo.

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612 p. 4 illustrations
ISBN:
9789878722382
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