Read the book: «De la deconstrucción a la confección de lo humano»



De la deconstrucción a la confección de lo humano. Género y derechos humanos
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, sin autorización escrita del editor,
DERECHOS RESERVADOS © 2020, respecto a la primera edición en español por EDITORES DE TEXTOS MEXICANOS, S.A. de C.V.
Av. del Taller No. 202, 1er piso B
Col. Lorenzo Boturini
Alcaldía Venustiano Carranza, C.P. 15820
Ciudad de México
www.etmsa.com.mx
Miembro de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana.
Reg. Núm. 3235
ISBN 978-607-7817-54-3
1234567890 9876543120
Obra dictaminada por pares académicos bajo la modalidad de doble ciego.
Diseño epub:
Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Índice
Colaboradores
Prólogo
Introducción
Agradecimientos
Parte I
Ontología, hermenéutica y verdad: naturaleza humana y sociedad
Capítulo 1 La naturaleza humana como fundamento de los derechos humanos. Una interpretación desde la hermenéutica analógica
Mauricio Hardie Beuchot Puente
Capítulo 2 La oscura marcha de las sociedades actuales hacia un mundo sin verdad. Crítica a la noción de posverdad
Mauricio Urrea Carrillo
Parte II
Antropología filosófica y derecho: ideología de género y derechos humanos
Capítulo 3 Género vs sexo. Hacia una antropología de la sexualidad humana
Ramón Lucas Lucas
Capítulo 4 Viejos peligros, nuevos retos para los derechos humanos en la era de la globalización
Javier Saldaña Serrano
Capítulo 5 Más allá del posfeminismo de género: el modelo de la igualdad en la diferencia
Ángela Aparisi Miralles
Capítulo 6 La doctrina de género en México y los falsos derechos humanos. La construcción cultural de una ideología
Oscar Nicasio Lagunes López
Capítulo 7 ¿Sexo o género? Sexo, por supuesto
Benigno Blanco Rodríguez
Parte III
Bioética y genética: inicio de la vida humana, aborto y eutanasia
Capítulo 8 Valor vida y vida sin valor. Eutanasia: la muerte médicamente administrada
José Miguel Serrano Ruiz-Calderón
Capítulo 9 Impacto de la despenalización del aborto sobre la mortalidad materna en México
José Manuel Madrazo Cabo, Edith Jocelyn Hernández Sánchez, Mariana Azari Reyes Cruz, Grecia Ana León Durán, Jesús Luzuriaga Galicia, Martha Tarasco Michel
Capítulo 10 Vida humana y singularidad. Una aproximación desde la filosofía clínica
Rafael M. de Gasperín Gasperín y David de Gasperín del Río
Capítulo 11 Vida humana y las 12 semanas para justificar el aborto
Agustín Antonio Herrera Fragoso
Parte IV
Filosofía de la religión y teología. De la visión cristiana del hombre al transhumanismo
Capítulo 12 Transhumanismo. La deconstrucción biotecnológica de la naturaleza humana
Albert Cortina Ramos
Capítulo 13 Varón y mujer: anotaciones desde la antropología teológica
Julián Arturo López Amozurrutia
Capítulo 14 La aspiración religiosa del ser humano como un anhelo metafísico
Carlos Mario Jiménez Vargas
Capítulo 15 Un lugar en el infierno. Los cristianos frente al problema de la corrupción en las iglesias y en la sociedad (siglos I-VI)
Emanuela Prinzivalli y Jesús Ma. Aguiñaga Fernández
Epílogo
La situación de emergencia educativa. Un método eficaz y entusiasmante para superarla
Alfonso López Quintás
Notas al pie
Colaboradores
Jesús Ma. Aguiñaga Fernández
Sacerdote de la diócesis de San Juan de los Lagos. Doctor en Teología y Ciencias Patrísticas. Fue director del Instituto Francisco Orozco y Jiménez de Lagos de Moreno, Jal., y capellán del Templo del Rosario. Ha sido profesor en el Seminario mayor de San Juan de los Lagos, Jal., en la Universidad de Guadalajara Centro Universitario de los Lagos. Actualmente es profesor a tiempo completo en la Universidad Pontificia de México (UPM), decano de la Facultad de Ciencias y Humanidades. Forma parte del equipo del Centro de Investigación y Formación Interdisciplinar para la Protección del Menor (CEPROME) de la misma UPM. Miembro de la Association Internationale d’études patristiques (AIEP). Colabora en proyectos de investigación en la UNAM. Conferencista en México y el extranjero en temas patrísticos y educativos. Sus áreas de investigación son: exégesis, antropología y escatología patrística, y atención espiritual a sobrevivientes de abuso sexual.
Ángela Aparisi Miralles
Doctora en Derecho por la Universidad de Valencia. Catedrática de Filosofía del Derecho de la Universidad de Navarra y de Bioética en la Universidad del Istmo (Guatemala). Observadora española designada por la UNESCO para el International Bioethics Commitee of UNESCO (IBC). Ha impartido más de 300 conferencias en universidades y foros nacionales e internacionales. Ha dirigido y participado en 18 proyectos de investigación internacionales subvencionados. Es autora de más de 200 capítulos de libros y artículos en revistas científicas nacionales e internacionales. Entre sus libros destacan Género y persona, Estudios sobre Género y Derecho. Hacia un modelo de género de la igualdad en la diferencia, Los discursos sobre el género: algunas consecuencias en el ordenamiento jurídico español.
Mauricio Hardie Beuchot Puente
Doctor en Filosofía por la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México. Profesor en el Posgrado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universida Nacional Autónoma de México (UNAM). Investigador en el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, en el que fundó el Seminario de Hermenéutica. Ha escrito varios libros y artículos sobre historia de la filosofía y la hermenéutica filosófica. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, de la Academia Mexicana de la Historia, de la Academia Mexicana de los Derechos Humanos y del Seminario de Cultura Mexicana. Recibió el premio UNAM en Investigación en Humanidades el año 2000. Miembro emérito del Sistema Nacional de Investigadores (SNI). Es Fundador del movimiento denominado Hermenéutica Analógica, de presencia internacional.
Benigno Blanco Rodríguez
Licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo y pertenece al Ilustre Colegio de Abogados de Madrid. Actualmente es socio del Despacho de Abogados IURIS FAMILY OFFICE, S.L., con sede en Madrid. Ha sido, en el Gobierno de España, Secretario de Estado de Aguas y Costas del Ministerio de Medio Ambiente, Secretario de Estado de Infraestructuras del Ministerio de Fomento, presidente del Foro Español de la Familia y de la Federación Española de Familias Numerosas, vicepresidente de la Fundación Red Madre y patrono de la Fundación Familia. Ha recibido la Real Orden de Isabel la Católica otorgada por su Majestad el Rey Juan Carlos I de España. Miembro de la Real Sociedad Geográfica Española.
Albert Cortina Ramos
Abogado y urbanista. Director del Estudio DTUM. Máster en Estudios Regionales, Urbanos y Metropolitanos (Universidad Autónoma de Barcelona). Máster en Gestión Urbanística (Universidad Politécnica de Cataluña - Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona). Máster en Asesoría Jurídica y Fiscal de Empresas Constructoras e Inmobiliarias (Universidad Politécnica de Madrid — Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid). Diploma de Posgrado en Medio Ambiente Urbano y Sostenibilidad (Universidad Politécnica de Cataluña — Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona). Máster Oficial en Estudios Territoriales y de la Población (Universidad Autónoma de Barcelona). Profesor e investigador en la Universidad Autónoma de Barcelona y en la Universidad Politécnica de Cataluña en ética aplicada al urbanismo y a la ordenación del territorio. Consultor en inteligencia ambiental. Coautor y coordinador de la trilogía de libros ¿Humanos o posthumanos? Singularidad tecnológica y mejoramiento humano; Humanidad infinita. Desafíos éticos de las tecnologías emergentes y Singulares; Ética de las tecnologías emergentes en personas con diversidad funcional. Autor del libro Humanismo avanzado para una sociedad biotecnológica.
Rafael M. de Gasperín Gasperín
Posdoctorado en Filosofía y Doctorado en Filosofía por el UCIME en colaboración con la Fondation de Recherches et editions de Philosophie, Atenas, Grecia. Doctorado en Ciencias Humanas otorgado por Centro Universitario de la Ciudad de México. Tiene Maestría en Innovación Educativa y una Especialidad en Comunicación otorgadas por el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM). Licenciado en Pedagogía y en Filosofía por la Universidad Veracruzana. Profesor Titular de la Escuela de Humanidades y Educación del ITESM, Campus Monterrey. Fundador y Director del Departamento de Filosofía del ITESM, Campus Monterrey. Teórico en Filosofía Clínica por el Instituto Packter en Porto Alegre, Brasil.
David de Gasperín del Río
Ingeniero en Biotecnología por el Tecnológico de Monterrey (ITESM), Campus Monterrey, con Concentración en Biología Molecular, Intercambio internacional en la Universidad Tecnológica de Sidney, Australia, y Modalidad en investigación e innovación. Realizó estancias de investigación en las Cátedras de Biofármacos y Bioprocesos Ambientales del ITESM. Trabajó en NIC México en proyectos de mejora y en la actualización del Sistema de Calidad en base a la norma ISO 9001:2015. Actualmente se desempeña en Cartones Ponderosa, S.A de C.V. como Ingeniero de Proceso, enfocado al control de variables en la producción de cartoncillo recubierto para empaque. Colabora en la implementación del Sistema Integral de Gestión de dicha empresa con base en la norma FSSC 22000.
Edith Jocelyn Hernández Sánchez
Médico Cirujano por la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP). Certificada en Método Billings por World Organization Ovulation Method Billings en México. Ex coordinadora del grupo estudiantil EUVIDA. Coordinadora logística del Centro de Bioética, UPAEP. Actualmente realiza investigación para el Centro de Bioética, UPAEP.
Agustín Antonio Herrera Fragoso
Maestro y Doctor en Derecho por el Instituto de Ciencias Jurídicas de Puebla (ICJP). Cursó la especialidad en Derechos Humanos por la Universidad Complutense de Madrid y Doctorado en Bioética y Biojurídica por la Cátedra UNESCO de Madrid, España. Miembro del grupo de Axiología de Madrid, España, de la Academia Nacional Mexicana de Bioética, A.C., de la red de Derechos Humanos en la Economía del Conocimiento (DHEC). Autor de los libros: La nueva eugenesia, Bioética y Derechos Humanos, El cuidado en la bioética, La marihuana y su legislación en México, El derecho a la salud desde el derecho internacional de los derechos humanos, La legalización de la marihuana, posterior a la resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), Eutanasia: cuidados paliativos y atención al final de la vida, Objeción de conciencia sanitaria, y coordinador en El Embrión Humano. Actualmente es investigador en el ICJP y Research Scholar de la UNESCO Chair in Bioethics and Human Rights de Roma, Italia. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (CONACYT).
Carlos Mario Jiménez Vargas
Sacerdote incardinado a la Arquidiócesis de Hermosillo, Sonora. Licenciado en Filosofía por la Universidad Pontificia de México. Párroco de la comunidad María, Madre del Redentor. Encargado Diocesano para la Pastoral Profética y de la Dimensión de Evangelización y Catequesis. Actualmente cursa la maestría en Filosofía y Crítica de la Cultura en la Universidad Intercontinental.
Oscar Nicasio Lagunes López
Licenciado en Filosofía por el Instituto de Estudios Superiores Rafael Guízar Valencia del Seminario Mayor de Xalapa, Veracruz. Maestro y Doctor en Ciencias Sociales por el Colegio de Sonora, con mención en Teoría y Análisis de Asuntos Públicos. Ha sido docente en el Seminario Mayor de Hermosillo Juan Navarrete y Guerrero, en la Universidad de Sonora y en la Universidad Kino, Sonora. Ha publicado varios libros, el último de ellos titulado Los nuevos dilemas de la democracia en México; y artículos en revistas especializadas, entre los cuales destacan Omisión de conceptos en derechos humanos y Las candidaturas independientes en el proceso electoral 2017-2018 en México. Evolución, casos exitosos y problemáticas. En la actualidad, se desempeña como profesor-investigador en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP).
Grecia Ana León Durán
Médico Cirujano por la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP). Realizó investigación clínica en la Coordinación del Decanato de Ciencias de la Salud, UPAEP.
Julián Arturo López Amozurrutia
Sacerdote de la Arquidiócesis de México. Licenciado en Filosofía y en Teología por el Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos. Licenciado en Teología Dogmática y Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana, Roma. Ex Director General del Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos y Rector del Seminario Conciliar de México. Actualmente coordina la sección de Teología Dogmática en la Universidad Pontificia de México, donde es profesor estable, y es canónigo Teólogo de la Catedral Metropolitana de México.
Alfonso López Quintás
Sacerdote. Catedrático emérito de Filosofía (Universidad Complutense, Madrid). Miembro de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (España). Doctor H.C. por la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid). Cofundador del “Seminario Xabier Zubiri” (Madrid). Promotor del proyecto educativo Escuela de Pensamiento y Creatividad. Autor de 60 obras de filosofía y teoría de la creatividad. Autor y director de tres cursos en línea (“Experto universitario en creatividad y valores”), inspirados en su método creativo-relacional de formación humanística.
Ramón Lucas Lucas
Doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad Gregoriana, Roma 1987 (Summa cum laude: 10/10). Homologación Ministerio de Educación y Cultura 17 de Julio de 1996 Registro AA-N° 043372/31077. Tesis doctoral “Hacerse hombre” (1989) sobre la antropología de José Ortega y Gasset. Actualmente es catedrático de antropología filosófica y bioética en la Universidad Gregoriana, Roma. Profesor encargado en la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid. Profesor invitado en la Universidad Rey Juan Carlos, Madrid. Su línea de investigación es la antropología filosófica aplicada a la bioética sobre la que ha centrado sus publicaciones y participación en conferencias y congresos internacionales. Entre sus libros se cuentan El hombre espíritu encarnado, Horizonte Vertical, Explícame la persona y Bioética para todos.
Jesús Luzuriaga Galicia
Maestro en Salud Pública por la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP). Coordinador de programa académico. QFB por la Facultad de Ciencias Químicas, BUAP. Catedrático de la Facultad de Medicina, UPAEP.
José Manuel Madrazo Cabo
Médico Cirujano por la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP). Especialista en Ginecología y Obstetricia por el Instituto Nacional de Perinatología. Subespecialista en Urología Ginecológica por el Instituto Nacional de Perinatología. Maestro en Ciencias Médicas por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Doctor en Bioética por la Universidad Anáhuac. Estudió NaProtechnology en el Instituto Paulo VI de la Universidad de Creighton en Estados Unidos. Ha impartido más de 300 conferencias en congresos nacionales e internacionales y realizado más de 50 trabajos de investigación. Ex director de la Facultad de Medicina, UPAEP. Actualmente funge como Decano de Ciencias de la Salud, UPAEP. Jefe de la División de Ginecobstetricia del Hospital Ángeles de Puebla. Vocal de la junta de Gobierno de los Servicios de Salud del Estado de Puebla. Presidente y fundador del Centro de Bioética, UPAEP. También ha participado en foros por la vida y la familia en los estados de Baja California, Aguascalientes, Tlaxcala, en el Congreso de la Unión de la Ciudad de México, y en la Asamblea de la Organización de los Estados Americanos.
Emanuela Prinzivalli
Doctora en historia religiosa por la Sapienza Università de Roma, Italia. Profesora ordinaria de Historia del cristianismo y de las iglesias en la Sapienza, Università de Roma. Profesora invitada en cursos de patrología en el Instituto Patrístico Agustiniano de Roma. Socia de la Società Internazionale di Studi Francescani, la Association Internationale d’études patristiques (AIEP), la Associazione Italiana per lo Studio della Santità, dei Culti e dell’Agiografia (AISSCA), la Accademica ordinaria della Pontificia Academia Latinitatis, y socia corrispondente de la Pontificia Academia Theologica. Entre sus publicaciones están Questioni di storia del cristianesimo antico, y junto con M. Simonetti, Storia della litteratura cristiana antica. Se ha dedicado a las ediciones y al comentario de algunas fuentes literarias principales del cristianismo antiguo; su último trabajo fue publicado en el Corpus de Berlín (GCS), es la edición crítica de cuatro de las homilías sobre el Salmo 36 de Orígenes.
Mariana Azari Reyes Cruz
Médico Cirujano por la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP). Técnico en Urgencias Médicas por SOS Transmedic. Diplomado en Urgencias Médicas por Hospital Puebla, Clown (Risoterapia). Certificada y realiza investigación en el Centro de Bioética, UPAEP.
Javier Saldaña Serrano
Doctor en Derecho por la Universidad de Navarra, Pamplona, España. Investigador por oposición Titular “B” en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Profesor por oposición de la materia de Filosofía del Derecho en la Facultad de Derecho, UNAM. Investigador Nacional nivel II, Sistema Nacional de Investigadores, CONACYT.
José Miguel Serrano Ruiz-Calderón
Licenciado y Doctor en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Premio extraordinario de Doctorado. Profesor de Teoría del Derecho y Filosofía del Derecho en la Facultad de Derecho de la UCM. Ha sido profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Cantabria y de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense. Ha impartido Masters y Doctorados en la Universidad de Murcia, Universidad de Navarra, Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Universidad Autónoma de Madrid, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey, Universidad de Tucumán, Universidad Militar de Nueva Granada, Universidad de La Sabana de Bogotá, Universidad San Agustín de Arequipa, Universidad Santo Toribio en Lima y Chiclayo, Tecnológico de Antioquía, Universidad Panamericana de México, Instituto de Estudios Bursátiles, Universidad Francisco de Vitoria de Madrid, Universidad Pontificia de Salamanca. Es Miembro del Comité de Bioética de España.
Martha Tarasco Michel
Médico Cirujano por la Universidad Anáhuac. Residencia de la Comunicación Humana, Subespecialización de Foniatría, por la Universidad de Salamanca, España. Doctorado en Medicina por la Universidad de Santiago de Compostela. Especialización en Bioética en la Universidad del Sacro Cuore de Roma. Fundadora del Centro de Bioética Anáhuac. Coordinadora editorial de la revista Medicina y Ética.
Mauricio Urrea Carrillo
Doctor en filosofía por la Universidad Pontificia de México, donde se tituló con la tesis De la referencia objetiva a la verdad-lógico lingüística. Pragmática formal en J. Habermas (México, 2001). Fue profesor por tres años en la Facultad de Filosofía de la Universidad Pontificia de México. Ha sido profesor invitado en el seminario interdiocesano de La Habana, Cuba; en las universidades del Valle de Atemajac, Anáhuac Tampico, y en el Programa de Doctorado en Humanidades de la Universidad de Sonora. Publicaciones: El sentido del cristianismo. Reflexiones sobre la fe cristiana y sus razones para ser creída; Repensando la fe. Ejercicios actuales de filosofía cristiana. Ha participado en obras conjuntas: Filosofía actual en perspectiva latinoamericana; Alteridade peregrina; Concepciones del ser humano. Culturas de humanización y reconocimiento; Theologie und Diakonie. Glauben in der Tat; Enciclopedia latinoamericana de Derechos Humanos; Direitos humanos na América Latina; Los nuevos dilemas de la democracia en México.
Prólogo
Diversos intelectuales muy cualificados abordan en este libro temas complejos de gran actualidad, con el deseo de clarificar a fondo la vida humana y transmitir ideas lúcidas que puedan inspirar certeras pautas de conducta. Lo hacen con la debida altura académica y con una actitud de respeto hacia quienes sostienen posiciones distintas. Se advierte que, a su juicio, la verdadera tolerancia consiste en buscar la verdad en común. Aceptarlo todo con un simple afán irenista suele denotar indiferencia más que tolerancia.1
Al leer esta serie de trabajos cobramos conciencia de que la situación actual requiere análisis profundos de las cuestiones que agitan hoy las mentes y las conductas.
Tras una ponderada Introducción —en la que los coordinadores exponen el propósito y la orientación del libro—, diferentes especialistas tratan con esmero temas tan delicados y actuales como la naturaleza, fundamento de los derechos humanos; la posverdad, el poshumanismo y el posfeminismo; la sexualidad humana y la ideología de género, el aborto y la eutanasia.
Los autores han realizado, sin duda, una tarea apremiante y benemérita en orden a la clarificación de una serie de fallas características de la situación de emergencia educativa en que nos hallamos hoy. Dada la extrema importancia que tiene para la sociedad actual encontrar una salida airosa a dicha situación, quisiera aportar mi granito de arena, indicando, en el Epílogo, cómo podemos superarla de raíz, por vía de elevación, con sólo realizar algún cambio metodológico.
Alfonso López Quintás Madrid, invierno de 2020
Introducción
Todo verdadero discurso sobre el ser humano, hombre y mujer, debe originarse de una auténtica pasión por el hombre. Dicha pasión se nutre de una vivencia y de una convicción plenas de la grandeza humana y de la consecuente admiración hacia la humanidad, que todos portamos en nuestras personas. El motivo de esta admiración es el hecho de que nuestra humanidad da siempre de sí, permite más, crece continuamente en lo cualitativo, en una, es susceptible de permanente perfección.
A más de uno, las anteriores afirmaciones pueden parecer obviedades que no requieren explicitarse; sin embargo, en la actualidad, aparecen tantos y tan variados discursos que presumen verdadero interés en el ser del hombre, y hasta se postulan como auténticos emancipadores de antiguas ataduras que constriñen la libertad, pero, desgraciadamente, vistos de cerca acusan tener de fondo negras intenciones. Y el punto decisivo consiste, justamente, en el hecho de que la libertad esencial de la persona humana permite la formación de diversos códigos morales, formas de vida y la creación de cultura. Y es a partir de esa posibilidad plural que muchos en la actualidad, individuos y grupos, aprovechan para insistir en una radical transformación de la esencia humana.
Detectando esta última situación surgió el título de esta obra: De la deconstrucción a la confección de lo humano. Género y derechos humanos, indicando sin tapujos que, hoy en día, asistimos a un diseño del ser del hombre pensado desde los poderes globales, oculto bajo el tamiz de la emancipación, pero con claros intereses mercantiles. Característico del último siglo de la humanidad es la preponderancia del marketing en los negocios, esto es, la observación y el estudio de los intereses y necesidades de las mayorías en orden a detectar clientes potenciales; y si a dicho marketing se le asocia una buena campaña publicitaria, que no sólo divulgue contenidos, sino que principalmente cree mentalidad, las ganancias se recibirán por montones.
Así pues, con el término deconstrucción nos referimos en el título a la minuciosa y continua obra de desmonte radical, operada en el mundo de la vida de las personas, de toda idea que parezca aludir a la presencia en cada uno de una naturaleza humana común a todos, y que por lo mismo sea generadora de informaciones objetivas sobre lo que somos como especie y sobre lo que estaría o no permitido hacer. Como puede verse, detrás de esta primera obra de destrucción se halla la intención de derribar toda barrera que pueda detener el avance de intereses mercantiles a nivel global. ¿Los responsables? Básicamente, los hay en diversos niveles, esto es, unos más cerca de las mayorías, otros dirigiendo desde lejos las maniobras. Los primeros enarbolando banderas humanitarias o arropándose tras apariencias revolucionarias, acaso sin saber que se ponen al servicio de “global players” que operan a nivel mundial, y que poseen el capital y los medios para difundir poderosamente la ideología.
Precisamente por la clara dirección que llevan estos proyectos, el término confección hace referencia al diseño, bien cuidado y bien pensado, del nuevo ser humano que resultaría después de que la ola de ideología realice su devastación: un ser humano cuya apariencia superficial presuma respeto y tolerancia, libertad y diversidad, autorrealización y gozo, pero que, en lo más hondo, siga infeliz; mas ello no importa, porque ese “más hondo” no se ve, sólo se siente, y se siente a diario, aunque sólo pocos se atrevan a reconocer cuando ese “más hondo” existente en cada uno vive insatisfecho y clama por la verdadera libertad.
Ahora bien, por lo que toca a lo humano aludido en el título de esta obra nos referimos no a esa vastedad de mínimas diferencias existentes entre individuos, simplemente respetables y de naturaleza intrascendente, y que hacen que la vida sea para cada cual un conjunto de elecciones al gusto personal. Por el contrario, por lo humano de fondo en cada uno designamos a aquel conjunto de propiedades previas en cada cual que nos preceden incluso antes de irnos autoafirmando como personas conscientes y libres, y que nos asemejan a toda otra persona humana en capacidades y en dignidad. Nos referimos, pues, a todas esas cualidades de la persona sin las cuales no hay persona humana en cuanto tal y que, por lo mismo, son inmutables e imprescindibles para la auténtica realización personal.
Por lo mismo, la gravedad de nuestra era estriba en el hecho de que la pretendida confección, que hoy se promueve para la persona humana, se dirige hacia esas cualidades, esenciales a la especie, que nos anteceden como potencias que se pondrán al servicio de la felicidad de cada uno. Más aún, dicha confección promete falsamente poder cambiar las cualidades esenciales de las personas, especialmente aquellas con las que una determinada persona se sienta inconforme o insatisfecha. El error o, peor aún, la mentira, detrás de todo ello consiste en hacer creer que los individuos vienen, por así decir, imperfectos por naturaleza y es posible erradicar para siempre de ellos aquello que hace que sus vidas se sientan miserables, aunque ello incluya hasta eliminar partes del propio cuerpo o alterar el sexo mismo con el que la persona viene determinada a este mundo.
Ahora bien, a esa ingente cantidad de informaciones y promociones que difunden por doquier una mentalidad a favor de esta concepción del ser humano, la denominamos aquí ideología. El siglo XX se destacó por el perfeccionamiento de la propaganda y la publicidad, con el fin de imponer una mentalidad específica que congenie con los productos a ofrecer en el mercado del diseño humano global; la ideología de hoy en día se alza con aires de petulancia científica, pero atenta siempre contra el sentido común, con el que choca de continuo. El sentido común es entendido aquí, a partir de la tradición anglosajona, como ese cúmulo de experiencias recabadas por generaciones anteriores y por las experiencias de cada individuo, que se alista para cada cual como el trasfondo lleno de contenidos que se vuelve fundamento de cada nueva experiencia; es el respaldo que asistirá al individuo humano para sus rendimientos cognitivos y discursivos en la interacción social.
Pues bien, justamente contra ese respaldo fundamentador que es el sentido común chocan continuamente los mensajes y propuestas de la actual ideología de género, ya que ésta pretende diluir, por ejemplo, lo natural-previo de la sexualidad en lo confeccional-posterior de la sociedad mediante una especie de solución ácida que agita continuamente —con afán de disolver— todos los productos de la cultura, especialmente aquellos que se consideran tradicionales y/o naturales, es decir, los que anteceden a la persona de manera previa a sus realizaciones más elevadas, como son el conocimiento y la acción libre. Para esta ola ideológica, el sexo es menos determinante que el género, ya que éste implica la decisión que la persona toma sobre lo que quiere ser en sociedad. En la gastada sentencia “hombre —o mujer— se hace, no se nace”, se omite, cometiendo garrafal error, que para las realizaciones posteriores del individuo le antecede una determinación que es irrenunciable: su sexo.
Es verdad que en la citada sentencia se hace un subrayado de la libertad humana, condición que le permite a toda persona diseñar su existencia según su ingenio y arbitrio, pero jamás hay que olvidar que esa libertad es justamente humana, es decir, limitada. Y uno de los límites que de suyo trae la libertad humana es el sexo con y en el que el individuo se realizará a lo largo de su vida. Es verdad que hay una relación estrecha entre sexo, género y cultura, pero la hay en la medida en que esta última, precisamente porque advierte en el individuo su muy particular condición sexuada, lo reafirma como hombre o como mujer. Así pues, la tan fustigada cultura humana no hace otra cosa que reconocer lo que el individuo humano trae ya de manera previa. Hacer de ello una imposición o una falta a la libertad y dignidad del individuo nos parece claramente una exageración.
De lo anterior se desprende la relación, artificial, que hallamos entre género y derechos humanos, ya que éstos son invocados en los debates, en la educación y en la legislación como las nuevas garantías que asisten al individuo en una pretendida sociedad civilizada, que supuestamente se ha desarrollado al grado de que ya no se conflictúa con estos asuntos. Creemos, pues, que aquí se revuelven y confunden muchas cuestiones. De entrada, porque se hace de las situaciones particulares de formación de las personas concretas la base para una legislación universal que se impone a las mayorías. En segundo lugar, porque se confunde el tema de la dignidad de la persona y el respeto que merece con aquel otro de los comportamientos que le están o no permitidos. Y, sin ánimo de ser exhaustivos, porque se cree de manera ingenua que atender este tipo de problemas sociales consistiría simplemente en ponerse del lado de las personas implicadas y, en una actitud paternalista o maternalista, consentir sin más sus acciones —desconociendo que por esa vía en realidad se les está confinando aún más al sufrimiento de una vida desgarrada.
Todo lo anterior nos lleva a decir una palabra esclarecedora sobre lo que podría denominarse el espíritu de esta obra. La frase con la que iniciamos esta introducción viene aquí a colación, ya que, movidos por una sincera pasión por el ser humano, vemos con reiterada disconformidad lo que está aconteciendo en el mundo de la cultura y la sociedad actual. Para muchos, estos movimientos del pensamiento no son sino signos de que las cosas están cambiando para bien y mejor. Nada mejor que eso desearíamos también nosotros. Sin embargo, también vemos que, aprovechándose de dichos movimientos que tienen intenciones legítimas de mejoramiento de lo humano, los poderes globales se sirven al gusto, pero con intenciones diversas. Nada más triste e indignante que ser testigos de acciones de gobiernos de tercer mundo —nacionales, estatales y municipales— con serios problemas de pobreza e inseguridad, alistarse al lado de las campañas y propuestas de la ideología de género con la intención de redimirse públicamente y presentarse como gobiernos desarrollados, como cualquiera de los de primer mundo; nada más perturbador que ver el falso humanismo de las grandes firmas globales, difundir clientelarmente publicidad explícita a favor de asuntos de la ideología de género.
Como se ha dicho recientemente,2 este tipo de costumbres globales en nuestro siglo debe, de entrada, generar indignación, entendida ésta como el imprescindible punto de arranque de un nuevo pensar lo humano, y de nuevas formas de vivir la humanidad, intentando siempre rescatarla de las consabidas manipulaciones, manipulaciones que hoy lucran con el sufrimiento ajeno. Y es justamente este sufrimiento el que respetamos, junto con la dignidad de la humanidad de cada uno. Nos sentimos, pues, en plena sintonía con la expresión y la intención de fondo del programa “una preocupación por la humanidad del hombre”,3 esto es, cuidar esa dimensión sagrada que habita a la persona humana y de la cual todos debemos encargarnos con verdadera pasión; en una palabra, buscar por todo medio el “perfeccionamiento ético, espiritual o antropológico”.4 Así pues, la verdadera melancolía, la humanamente productiva, surge de la perenne añoranza de un estado mejor para nuestras sociedades y de un talante mejor para nuestras vidas.
Volviendo al tema del espíritu de esta obra, hemos de decir que desde una sincera pasión por el ser humano queremos, como profesionales de la investigación y la docencia universitaria, aportar lo propio al debate y al consecuente enriquecimiento que ello traerá. Abundan en los medios y en las redes las discusiones llenas de descartes mutuos y de ofensas. Nada más ajeno al espíritu de esta obra. Aquí, estamos convencidos de que toda provocación e insulto, toda intención oculta o fraudulenta, todo sentimiento de odio y violencia, son en extremo perniciosos para el discurso que debe procurarse en torno a estos temas. Ingresar juntos en un discurso fundamentado y fundamentador implica asumir y prolongar la firme determinación de mantener la calma, ponerse racionales y hablar con fundamentos, queriendo siempre escuchar y entender al que piensa diferente a nosotros. Estas actitudes discursivas son imprescindibles a la hora de sentarse a hablar sobre temas que involucran el sufrimiento personal y la aspiración legítima a una vida plena y feliz.
Imbuidos en este espíritu, los autores de las diversas contribuciones reunidas en esta obra presentan, desde su especialidad y experiencia docente e investigativa, reflexiones profundas, fundamentadas y actuales sobre los múltiples aspectos que el tema de lo humano asume en la hora presente. En sus contribuciones hallará el lector la apuesta por el renovado valor de la razón humana y la necesidad de un nuevo modelo para lo antropológico, lo epistémico y lo normativo; se le presentarán caminos para demostrar que la pretendida “falacia naturalista” con la que se alzó orgullosa cual trofeo la modernidad, es más falaz que aquello que quería denunciar; junto a ello se presenta el valor actual que tiene la verdad, y el uso manipulador que se le asigna hoy en orden a hacer negocios planetarios; igualmente aparecen como temas aquel de la importancia de que el ciudadano de hoy retome la “res publica” como asunto de responsabilidad común, espacio público que los organismos internacionales le han secuestrado a cambio de entretenimiento y en el que se le confina a ser sólo espectador y, cada que pueda, cliente; más adelante, hallará el lector una sana y llana ruta para ajustarse con la relación entre sexo y género, relación que en muchas versiones se presenta como opuesta y hasta antagónica.
Aunado a lo anterior aparece también el tema del papel que la mujer debe asumir hoy por hoy no sólo en la familia, sino también en la sociedad, y viceversa, el papel que el hombre debe asumir no sólo en la sociedad, sino también en la familia; todo ello condensado en la bella y certera sentencia “una familia con padre, y una cultura con madre” (Blanca Castilla); todo ello hará patente cómo muchos de los feminismos actuales, queriendo saldar una deuda pendiente con el ser y quehacer de la mujer, se han radicalizado generando nuevos problemas; no pudo faltar el enfoque detallado de las ciencias y de los datos duros de los estudios sobre el aborto y la eutanasia, mismos que dejan en claro cómo medidas radicales simplemente se ponen al otro extremo de aquello que querían combatir; hacia el final, el lector hallará una presentación de estos problemas desde la perspectiva de la filosofía de la religión, la teología y la historia de las religiones, con la intención de hacer justicia al mensaje que religiones como el cristianismo ofrecen sobre el misterio humano y los dramas que éste le presenta a cada uno.
El libro se cierra con una presentación detallada de los modos y actitudes con los que los cristianos de los primeros cinco siglos combatieron la corrupción y el pecado en sus comunidades. En los tiempos del combate al abuso infantil a todos los niveles y en todas las instituciones, creímos que una mirada a la historia será siempre ilustradora de las medidas urgentes que hemos de tomar en la actualidad.
Es nuestro deseo sincero que el lector-lectora interesado y paciente halle en estas reflexiones pautas para informarse, derribar prejuicios y hacer sus propias reflexiones. Por el camino de una ciudadanía crítica y dialógica nuestras sociedades contarán con mejor futuro que por aquellos derroteros inhumanos de la manipulación y el mero depósito de contenidos cognitivos confeccionados para un fin mercantilista. Que la lucha contra aquello que quiere robarnos humanidad comience por un uso continuo y excelso de aquellas que son nuestras mejores potencias: la razón y el corazón.
Los coordinadores
Agradecimientos
Queremos agradecer, en primer lugar, a la Fundación Conciencia Nacional por la Libertad Religiosa, a través de su Presidente del Patronato Dr. Sergio Cuevas Urrea y de su Director General Cristian Badillo Gutiérrez, quienes impulsaron el presente proyecto editorial.
Toda nuestra gratitud para el Dr. Agustín Herrera Fragoso, por su invaluable gestión para la realización de esta obra.
Por último, vaya nuestro agradecimiento cordial a la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) y al Centro de Bioética de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).
Parte I
1
La naturaleza humana como fundamento de los derechos humanos. Una interpretación desde la hermenéutica analógica
Mauricio Hardie Beuchot Puente
INTRODUCCIÓN
En este capítulo trato de reflexionar sobre la aportación que puede hacer la hermenéutica, y concretamente la analógica, a la fundamentación (o justificación) de los derechos humanos. Dicha fundamentación pertenece a la filosofía del derecho, pero se coloca en la relación del derecho con la ética y, de manera especial, con una antropología filosófica o filosofía del hombre, la cual depende de una ontología, que es lo más propio de la filosofía.
Por eso hablo acerca de esa conexión del derecho con la ética, y de ambos, con la antropología filosófica, que percibo como basada en la naturaleza humana. También analizo brevemente la llamada “falacia naturalista”, que era la objeción más fuerte a esa fundamentación iusnaturalista y que poco a poco ha dejado de serlo. Termino aludiendo a la necesaria interpretación de los derechos humanos en un ámbito intercultural, y es la hermenéutica analógica la que nos ayuda a hacer estas conexiones y nos da la percepción de la filosofía como un todo, en el que dicha hermenéutica ocupa un lugar de “pivote” y ejerce una función mediadora o conectiva entre todas las demás partes de la misma.
Primero, profundizo en la fundamentación filosófica de los derechos humanos en el derecho natural, el cual supone una naturaleza humana. Por eso, comienzo explorando la viabilidad de hablar, hoy en día, de una naturaleza humana. Para ello, me baso en el debate entre Noam Chomsky y Michel Foucault; aunque el primero es conocido por cierta naturalización de la filosofía del lenguaje, Foucault no es seguidor del naturalismo, pero acepta en cierta medida la naturaleza humana al menos en algún sentido. La viabilidad del derecho natural, que en la actualidad ha sido reivindicado por algunos pensadores, lo abordo más adelante, en el apartado sobre “Sosteniendo el derecho natural”, en el que menciono a Leo Strauss quien es un clásico de la filosofía política y jurídica. Por último, hablo del derecho natural (es decir, los derechos humanos) siguiendo a pensadores recientes, como Ronald Dworkin.
RESCATANDO LA NATURALEZA HUMANA
El célebre debate entre Foucault y Chomsky acerca de la naturaleza humana se llevó a cabo en la Universidad de Amsterdam, en 1971, y fue coordinado por el filósofo holandés Fons Elders. El evento ha tenido una gran repercusión y es un tema obligado para quienes desean conocer el pensamiento de esos dos filósofos.
Chomsky y Foucault aceptan la naturaleza humana, aunque de diferente manera y en diversa medida. Uno esperaría que no hubiera problema con Chomsky, pues recupera el racionalismo cartesiano, y que el problema se diera con Foucault quien manifestaba siempre una especie de nominalismo; no obstante, ambos la aceptan a su modo.
Chomsky postula estructuras lingüísticas innatas, a semejanza de las ideas que proponía Descartes para explicar el conocimiento, y tiene mayor facilidad para aceptar algo natural e innato en el hombre: la naturaleza humana. Este filósofo cree que es tan difícil asimilar la gramática de un idioma, incluso el materno, que debe haber una cualidad o capacidad natural y unas estructuras, aunque sean pocas, que son naturales del ser humano. Esto es, con un número muy limitado de palabras, que es el léxico que tenemos, realizamos con una creatividad notable una gran cantidad de oraciones o enunciados. Por eso, Chomsky habla de gramática generativa transformacional, la cual tiene estructuras sintácticas que desarrolla y que incluso, a nivel semántico, son extraordinarias. Tanto que sólo se explica si son connaturales al hablante quien posee esta competencia, que ejerce como actuación lingüística en la comunicación.
Apoyándose en ese carácter congénito de las estructuras del lenguaje y ciertamente con pocos elementos, como el léxico, con el que hacemos enunciados numerosos, y que captamos con un conocimiento de alguna manera instintivo, Chomsky dice:
Afirmaría entonces que este conocimiento instintivo o, si prefieren, este esquema que permite obtener un conocimiento complejo e intrincado a partir de información muy fragmentaria, es un constituyente fundamental de la naturaleza humana. En este caso, creo que se trata de un constituyente fundamental a causa del papel que el lenguaje desempeña no sólo en la comunicación, sino también en la expresión del pensamiento y en la interacción entre las personas; y supongo que debe ocurrir algo similar en otras esferas de la inteligencia humana, de la cognición y la conducta humanas. Es a ese conjunto de esquemas o principios de organización innatos que guían nuestro comportamiento social, intelectual e individual al que me refiero cuando utilizo el concepto de naturaleza humana.1
La naturaleza humana es entendida aquí como algo innato o congénito al hombre, que lo hace comportarse de una manera determinada en sociedad. Un aspecto de ese comportamiento es la comunicación mediante el lenguaje, que requiere un a priori, algo dado e independiente de la cultura, aunque se realiza y moldea mediante la cultura y en ella.
Foucault empieza poniendo sus reparos a la noción de naturaleza humana. Expresa:
Es cierto que desconfío un poco de la noción de naturaleza humana, y es por el siguiente motivo: creo que entre los conceptos o nociones que una ciencia puede utilizar no todos tienen el mismo grado de elaboración, y que en general no poseen la misma función ni el mismo tipo de uso posible en el discurso científico.2
Pone un ejemplo de la biología. El concepto de vida no es para él una concepción científica, sino un indicador epistemológico, algo que sólo sirve para orientar las discusiones científicas. Y agrega:
En mi opinión, el concepto de naturaleza humana es similar. No fue mediante el estudio de la naturaleza humana que los lingüistas descubrieron las leyes de la mutación consonántica, ni Freud los principios de interpretación de los sueños; ni los antropólogos culturales la estructura de los mitos. Creo que en la historia del conocimiento el concepto de naturaleza humana cumplió, ante todo, el rol de un indicador epistemológico para designar ciertos tipos de discursos vinculados o contrapuestos a la teología, la biología o la historia. Me resultaría difícil ver allí un concepto científico.3
No todos los conceptos tienen el mismo grado de cientificidad, sobre todo los filosóficos; pero hay ocasiones en que esto resulta de la misma condición de los conceptos. Por algo los empiristas siempre han visto los conceptos metafísicos como deleznables.
Chomsky defiende ese concepto diciendo que ni siquiera en física (y menos en biología) se alcanza esa cientificidad que se exige. Pero no por eso dejan de funcionar como conceptos organizadores, y con eso es suficiente. Lo cual acepta Foucault. Chomsky añade la capacidad del ser humano de usar su libertad y creatividad, aun dentro de reglas. Es lo que señalaba Wilhelm von Humboldt en el lenguaje. Pero Chomsky vuelve a Descartes para explicar la creatividad lingüística. Y Foucault dice estar de acuerdo, pero con una salvedad. Explica que él iría más bien a Pascal o a Leibniz, para encontrar esa base común. Dice:
[T]anto en Pascal como en la corriente agustiniana del pensamiento cristiano se encuentra la idea de una mente en profundidad, de una mente replegada en la intimidad de sí misma rozada por una suerte de inconsciente, y que puede desarrollar sus potencialidades a través de la profundidad del ser. Y ésa es la razón por la cual la gramática de Port Royal, a la que usted hace referencia, es según mi visión mucho más agustiniana que cartesiana. Es más, encontrará en Leibniz algo que sin duda va a gustarle: la idea de que en la profundidad de la mente hallamos incorporada una red entera de relaciones lógicas que constituye, en cierta medida, el inconsciente racional de la conciencia, la forma aún no clarificada ni visible de la razón misma que la mónada o el individuo desarrolla poco a poco, y con la que entiende el mundo en su totalidad.4
Por lo tanto, Foucault acepta algo innato en el hombre, que incluso explica la creatividad que muestra en su conducta, y si hay algo innato, hay algo que no depende del desarrollo cultural, que es de alguna manera, como señalaba Chomsky, la naturaleza humana. En eso, ambos pensadores están de acuerdo.
Como se ve, no se trata de negar la naturaleza humana sin más ni de defenderla gratuitamente. Una postura naturalista, univocista, la toman algunos filósofos analíticos, demasiado biologicistas, que naturalizan la filosofía. Una postura culturalista, equivocista, la adoptan algunos filósofos posmodernos, que todo lo reducen a la cultura y la historia. Una postura analógica ayuda a entreverar ambas cosas. Tan insostenible es que todo sea natural como que todo sea cultural en el hombre. Hay una naturaleza humana que se da encarnada en la historia y en la cultura, pero que va más allá de éstas. Decir que el hombre es producto de la historia es olvidar que la historia también es producto del hombre. Las dos cosas tienen que decirse, como en un quiasmo: la historia hace al hombre, pero también el hombre hace la historia. Natura y cultura se encuentran en él.
SOSTENIENDO EL DERECHO NATURAL
Uno de los que ha defendido más el derecho natural es Leo Strauss, filósofo alemán de familia judía nacido en 1899 en Hessen. Estudió en Marburgo y Hamburgo, en la última universidad se doctoró con un trabajo sobre Jacobi, dirigido por Cassirer. En 1922 estuvo en Friburgo, en cursos de Husserl y Heidegger. Con este último se inició en los griegos, sobre todo Aristóteles. En 1932 pasó a Inglaterra, Londres y Oxford, allí escribió un libro sobre Hobbes. Después se centró en el pensamiento clásico, especialmente de Platón y Aristóteles. En 1937 emigró hacia Estados Unidos y trabajó en Columbia, así como en la New School for Social Research; luego fue a Chicago, en cuya universidad enseñó filosofía política hasta que se jubiló en 1967. También enseñó en el Claremont Men’s College, en California, y en Saint John’s College, en Annapolis, donde murió en 1973.5
Entre sus obras sobresalen: Sobre la tiranía (1948), Derecho natural e historia (1953), Qué es la filosofía política (1959), La ciudad y el hombre (1964), Liberalismo antiguo y moderno (1968), El Sócrates de Jenofonte (1972) y Estudios sobre la filosofía política platónica (publicado póstumamente, en 1983).
Strauss ha sido célebre por sus estudios sobre el derecho natural, en un tiempo en que no era nada popular. Lo analizó sobre todo en los griegos (Platón y especialmente Aristóteles), además de los estoicos y otros clásicos de la filosofía política. Uno de ellos es Santo Tomás.6 Igualmente, estudió el derecho natural moderno (Hobbes y Locke).
Strauss defiende el derecho natural en contra del relativismo que había en su momento, y que es muy parecido al que tenemos en la actualidad. Entiende el relativismo como la tesis que sostiene la imposibilidad de que haya un conocimiento verdadero, objetivo y universal, no solamente especulativo, sino también práctico, ya sea de normas o de valores. Además, divide el relativismo en cuatro tipos: 1) liberal, como el de Isaiah Berlin; 2) historicista, como el del historicismo alemán del siglo XIX; 3) positivista, como el de Max Weber; y 4) nihilista, como el de Nietzsche y Heidegger.7
El relativismo liberal sacrifica la objetividad de valores y normas en aras de la libertad individual. Berlin distinguía entre la libertad negativa, que es la de sustraerse al control social, y la libertad positiva, que es la de participar en el control social. Además, señalaba la superioridad de la libertad negativa, arguyendo que no hay una jerarquía objetiva entre los fines del hombre y que, además, no todos son compatibles entre sí. De esta manera, la elección entre ellos será subjetiva y, por ende, relativa al que elige. Con ello piensa dar a la libertad un valor supremo, como fin en sí misma. Sólo intervendrá el control social cuando se afecte la libertad de otro individuo. Cualquier otra intervención será paternalismo.
Berlin señala que la diferencia entre un civilizado y un bárbaro estriba en que el primero pone límites al control social. La libertad tiene carácter sagrado, es el fin supremo. Pero Strauss le objeta que, entonces, también esa finalidad última de la libertad es definitiva, y no se deja sujetar a revisión crítica. Para ser consistente, el relativismo de Berlin exigiría no tener convicción alguna, lo cual es imposible.8
El relativismo historicista, del siglo XIX alemán, sostenía que no hay derecho natural, pues la historia demuestra que ha habido muchas nociones de derecho y de justicia.9 Todos los principios de la justicia han sido mudables. Pero eso mismo hace que el historicismo no pueda ofrecer un criterio empírico para la validez del derecho, como parece prometer. En efecto, nunca ha bastado para fundamentar la obligación de normas jurídicas ni regímenes políticos. Por lo tanto, tiene que haber un principio transhistórico, pues los principios historicistas no alcanzan para fundar la propia tradición a la que pertenecen. Más aún, Strauss sostiene que la misma variedad de nociones de lo correcto y lo incorrecto nos impulsa a buscar algo estable y objetivo. Buscar entre las costumbres el derecho natural.
En cuanto al relativismo positivista, el de Max Weber se basa en la separación de hechos y valores, realidades y normas.10 Así, se separa el conocimiento de los hechos, que pertenece a la ciencia, y el de los valores, que pertenece a la filosofía. La ciencia tiene que ser libre de valores. Strauss dice que Weber sostiene esto porque no cree en un conocimiento válido del deber. Depende de una elección irracional, arbitraria. Pero Strauss objeta que esa misma elección tiene para Weber un valor moral. Weber pide que la elección sea hecha con toda la fuerza del hombre, pero esto se reduce al nihilismo. Asimismo, lleva a inconsecuencias, pues implica que si un asesino comete sus crímenes con determinación, pasión y compromiso, está actuando bien. Además, cancela la cientificidad que el propio Weber quería, pues actuar con pasión sería correcto, mientras que buscar la objetividad no, siendo que es lo propio de la ciencia, que tanto le interesa. Pero lo más grave es la contradicción en la que incurre Weber, pues éste admite juicios de valor para seleccionar los temas, problemas y soluciones en la ciencia. La misma ciencia se hace con valoraciones, y no pueden ser todas irracionales, so pena de que se destruya la ciencia que tanto defiende Weber.
Por lo que hace al relativismo nihilista, el de Nietzsche y de Heidegger son la postura más radical, pues rechaza cualquier sentido. La transvaloración de todos los valores implica que todos los anteriores carecían de fundamento. Pero hacer lo que dice Nietzsche también carece de fundamento, es fabricar un mito. Se puede elegir arbitrariamente, tal vez movidos por el destino. Pero esto es perder la ética y la filosofía en su sentido tradicional.11
Al llegar a este callejón sin salida, Strauss propone hacer lo que cualquiera hace cuando se pierde: retomar el punto en el que se dio el extravío. Esto significa recuperar la filosofía clásica, sobre todo la del derecho natural. Es que la ciencia, como lo señaló Husserl, nos ha hecho perder el sentido del mundo de la vida, de lo natural. Por eso hay que regresar al punto en que surge la ciencia, en algo pre-científico, pero filosófico, que es la filosofía clásica.
Estas reconsideraciones de los pensadores clásicos, que conocieron y pensaron a partir de la realidad natural, sin mediaciones metódicas ni reduccionismos cientificistas, significa, en el orden de la praxis humana y sus instituciones, la reconsideración de la idea de derecho natural, i.e., de la existencia y normatividad de ciertos principios prácticos de valor universal, aprehendidos a partir del reconocimiento de la realidad natural y de la experiencia humana de lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, de la justicia y la injusticia y del mejor —o del peor— modo de gobernar a los hombres.12
Strauss señala tres modalidades del derecho natural: 1) la socrático-platónico-estoica, 2) la aristotélica y 3) la tomista. De esta última, Strauss anota que es la más firme y segura, pues no tiene las vacilaciones de las anteriores, y en su sencillez supera a las otras con su idea de la ley natural. Refuta el relativismo mejor que la versión aristotélica, porque ésta tiene titubeos en cuanto a la universalidad de sus principios.13
Lo principal que Leo Strauss nos ha brindado es una herramienta conceptual para superar el relativismo de nuestro tiempo, con la revisión del derecho natural. No rechaza el relativismo solamente por las incoherencias teóricas que hemos visto, sino por sus fatales consecuencias prácticas, sobre todo en la vida social. Cuando no elegimos con la razón, no podemos ser responsables, y la sinrazón nos lleva al oscurantismo fanático, que es lo peor para vivir en sociedad. Los totalitarismos que se dieron en el siglo XX han llevado a revitalizar el interés en el derecho natural.
Ya no se tiene ante el derecho natural el temor que fomentaron los cientificismos, que trataron de hacer pensar que, si se sostenía el iusnaturalismo, se estaba condenado a concebir al ser humano de una determinada manera y a no poder cambiarla. Pero se ha visto que el cambio se da por añadidura y no por sustracción de atributos del hombre. Mientras mejor se lo va conociendo, más se enriquece la noción de hombre que tenemos, nuestra comprensión de la naturaleza humana. Por eso se ha vuelto importante el iusnaturalismo, sobre todo frente a la cultura de los derechos humanos, que todos deseamos fomentar.
LOS DERECHOS HUMANOS TIENEN UN ESPÍRITU IUSNATURALISTA
Hay una base de los derechos humanos en el derecho natural, por su vocación a la universalidad, que tiene la intencionalidad de señalar derechos que son objetivos y universales, propios de la persona humana por el solo hecho de serlo, por haber nacido tal, por tener la naturaleza o esencia correspondiente.
Ciertamente, la fundamentación filosófica de los derechos humanos depende de lo que se entienda por filosofía. Algunos optan por una fundamentación pragmatista, breve y certera; pero yo prefiero una fundamentación ontológica, o de antropología filosófica, por eso necesito poner la naturaleza humana. Y todo depende de lo que se conciba como naturaleza humana, de la cual surge la dignidad que la caracteriza (y que es la fundamentación kantiana, la cual ahora es la más aceptada), así como las necesidades humanas (que son otra fuente de justificación).
Lo que ha fungido como principal objeción contra esta postura es la famosa falacia naturalista, según la cual no es válido pasar del ser al deber ser, del hecho al valor, etc. Se supone que no hay vínculo entre el hecho y el valor. Pero esto se ha desacreditado mucho últimamente.14
La hermenéutica ha servido para hacer ver que la falacia naturalista es más natural que falacia, pues es lo que hacemos siempre, y más bien se tendría que hablar de una falacia anti-naturalista. Continuamente presuponemos en moral o en derecho un conocimiento del ser humano, para poder darle normas morales o preceptos jurídicos, para ver qué derechos tiene y qué leyes le resultan convenientes o benéficas.
La hermenéutica misma no sólo nos permite, sino que nos obliga, a interpretar al hombre, tratar de ver la esencia o naturaleza del ser humano, para saber qué se le puede exigir que cumpla y qué derechos tiene. Mientras mejor comprendamos al hombre, es decir, mientras mejor antropología filosófica hagamos, mejor ética tendremos, mejor derecho y política. Casi parece una verdad de Perogrullo, pero es necesario recalcarla.
Una hermenéutica unívoca, aplicada al ser humano, nos da una antropología filosófica demasiado rígida, como la que se vio en el racionalismo, por ejemplo en Spinoza, que dejaba sin libertad al hombre, y que, sin embargo, hablaba de un derecho natural. Y es a este derecho natural racionalista al que le han tenido miedo los iuspositivistas; y tienen razón en temer a ese derecho natural unívoco, absolutista, completamente rígido, que va a dejar sin derechos a los que no se ajusten a ese concepto de ser humano que se profesa.
Una hermenéutica equívoca aplicada el ser humano, nos deja una antropología filosófica demasiado vaporosa, vaga, sin criterios claros, con demasiado libertinaje. Aquí no puede haber derecho natural, nos deja sin él, como supo verlo Strauss quien tanto atacó al relativismo extremo.
Una hermenéutica analógica, aplicada al ser humano, nos da una antropología filosófica moderada, con una idea de hombre que tiene esencia, pero dada en la existencia; que tiene naturaleza, pero encarnada en la historia y en la cultura. Nos proporciona un derecho natural analógico; no cerrado u obtuso, vago y volatilizado, que es como no tenerlo.
De esta manera, los derechos humanos, en una hermenéutica unívoca, se rigidizan y tienen que entenderse sólo al modo liberal y occidental. Mientras que, en una hermenéutica equívoca, tales derechos tienen que entenderse según cada cultura, sin nada que los una en algo transcultural, transhistórico o universal, con lo cual desaparecen. En una hermenéutica analógica, los derechos humanos pueden aplicarse con cierta atención a la cultura en la que se dan, pero siempre con esa vocación de universalidad que rebasa el ámbito cultural dado y alcanza algo de universal y objetivo que es lo que precisamente los hace derechos humanos.15 La phrónesis o prudencia (jurisprudencia de los derechos humanos) nos hará encontrar hasta qué punto puede fomentarse la realización particular o cultural sin que se pierda el carácter universal y necesario de tales derechos. Es parecido a lo que sostiene Boaventura de Souza Santos al hablar de una hermenéutica diatópica, en la que se trata de privilegiar el topos o lugar de la cultura concreta, pero sin perder esa posición de ir más allá de las culturas, o a través de ellas (dia), y alcanzar la universalidad que debe de contener.16
Esta vinculación de los derechos humanos con los derechos naturales la ha captado Ronald Dworkin. Dicho filósofo dice que si queremos tomar los derechos en serio, sobre todo los primordiales como son los derechos humanos, tenemos que darles la fundamentación que se merecen, es decir, el apoyo y la fortaleza ontológica que los haga subsistir como tales y no diluirse en la bruma de los buenos deseos. Al hablar de los derechos fundamentales que surgen de la tesis de John Rawls llamada “posición original” —porque supone que todos los que se congregan en el pacto social están en las mismas condiciones de igualdad—, dice:
Parece adecuado suponer, que la teoría profunda que respalda la posición original, debe ser algún tipo de teoría basada en derechos. Hay otra manera de expresarlo, que hasta ahora he venido evitando. Debe ser una teoría que se base en los conceptos de derechos que son naturales, en el sentido de que no son producto de ninguna legislación, convención o contrato hipotético. Si he evitado esta formulación es porque, para muchas personas, tiene asociaciones metafísicas que la descalifican. Tales personas piensan que los derechos naturales son atributos espectrales que los primitivos usaban a manera de amuletos y que se incorporan a la civilización para mantener a raya las tiranías.17
Pero no se trata de estos espectros, es una hipótesis tan válida como la que habla de conceptos fundamentales para una teoría jurídica y/o política. Es simplemente pensar que los derechos no surgen de una mera convención, sino que tienen un fundamento que los respalda, que pueden juzgar a la legislación y a las costumbres.
Podemos decir que nos acercamos a explorar la posibilidad de una naturaleza humana y vimos que era posible, aceptada no sólo por teóricos que han postulado estructuras innatas en el hombre, como Chomsky, sino también por filósofos que la han cuestionado, como Foucault, y que acaban aceptándola al menos en un sentido no demasiado exuberante.
Por eso pudimos conectar la naturaleza humana con el derecho y explorar la validez de un derecho natural, del iusnaturalismo, de derechos naturales del individuo o que éste tiene por el solo hecho de ser una persona, de haber nacido perteneciendo a la especie humana. Y hemos visto que no son rechazables, ya que algunos teóricos, como Leo Strauss, han renovado el derecho natural clásico en contra de los relativismos que nos corroen.
Por último, siguiendo a Ronald Dworkin quien defiende el derecho natural en su filosofía del derecho, hemos logrado poner los derechos humanos como derechos naturales y no como derechos subjetivos o individuales, característicos del liberalismo político, los cuales tienen su base en la teoría política de John Rawls.
Lo que hemos alcanzado me parece suficiente y debe dejarnos satisfechos. En efecto, ya está pasando el tiempo en que se tenía pavor a una teoría así respecto de los derechos humanos como naturales, y se la va aceptando cada vez más.
IUSNATURALISMO Y DERECHOS HUMANOS
Debemos reflexionar sobre la fundamentación filosófica de los derechos humanos. Hasta hace poco se veía esto como pérdida de tiempo, en vista de la positivación que han tenido. Pero ahora se tiene más conciencia de que si no los demostramos, desde el punto de vista filosófico, estamos defendiendo algo que no existe y serían meros buenos deseos.18 Es precisamente la fundamentación la que garantiza su existencia. El eminente jurista y filósofo mexicano Eduardo García Máynez hablaba de una razón suficiente de los derechos; de modo que no bastaba la positivación de un derecho, sino que se asentaba en la razón o razones suficientes para hacerlo.19 Y es lo que debemos aportar para los derechos humanos.
El principio de razón suficiente fue señalado por Leibniz, quien mencionaba que todo ente necesita algo que justifique su existencia. Es decir, todo lo que existe tiene una razón suficiente que lo hace existir. Esto lo aplicaba García Máynez al derecho, señalando que todo derecho y toda ley necesitan una razón suficiente para existir, para ser positivados. Esto es, no basta la mera positivación. En este sentido, los derechos humanos son los que más requieren de una razón suficiente de su existencia, la cual va más allá de su sola positivación. No por el solo hecho de que ya estén positivados muchos de ellos, se da por acabado el asunto. Es necesario profundizar más.
Ha habido muchas maneras de fundamentar los derechos humanos. Solía hacerse a través de supuestos ontológicos muy fuertes, a veces demasiado, en el iusnaturalismo, que consistía en postular una naturaleza humana en la que recaía la justificación de tales derechos. Esto causó muchos escándalos y dificultades, por eso se prefirió una fundamentación pragmática de tan importantes derechos, a veces tan pragmatista que le bastaba con aludir a la positivación, como si con ella los derechos humanos quedaran probados teóricamente.
Ahora asistimos a una fundamentación que usa la hermenéutica. Ésta tiene la ventaja de admitir la actitud pragmática o pragmatista, pero sin rechazar la ontología; sólo busca una ontología no tan fuerte y prepotente, como fue la de la modernidad. Se da a través de una antropología filosófica o filosofía del hombre, que tiene como núcleo una ontología de la persona. Buscar ese apoyo es el compromiso en el que coincidimos muchos autores que ahora nos afanamos en ello.
Y es que, atenta a las críticas que la tardomodernidad o posmodernidad ha hecho a la modernidad, la hermenéutica ha querido debilitar los llamados metarrelatos, entre ellos, la metafísica u ontología. Pero no se ha querido quedar sin nada, pues si perdemos totalmente la ontología, nos quedamos sin fundamento alguno; asimismo, cada vez más se ve la imposibilidad de que hagamos filosofía sin fundamentos, o al menos con uno analógico (no unívoco) en la ontología.
Sobre todo, hay que decir que no se sigue cualquier tipo de hermenéutica, sino una hermenéutica analógica que es compleja; esto es, estructurada por la noción de analogía, la cual es intermedia entre la univocidad y la equivocidad.20 Puede hacerse corresponder a la univocidad con ese ideal fuerte y monolítico de la modernidad, con su ontología fuerte, amparada en o justificada por una epistemología también fuerte. Pero, por otro lado, puede hacerse corresponder a la equivocidad con ese desencanto de hoy en día en varios ámbitos de la posmodernidad, con su rechazo de toda ontología y de toda epistemología para navegar en aguas peligrosas de un relativismo muy disolvente.
En cambio, una hermenéutica analógica evitará esa pretensión univocista de la modernidad, que quería justificar a ultranza todo y precisamente en una naturaleza humana unívoca, absolutista e impositiva, pues el que no la llenara como lo hacían algunos pueblos europeos, no merecía el nombre de ser humano. Por otra parte, también evitará el desplome equivocista de la posmodernidad, que ya ha mostrado que conduce a muy poco, y muchos de los discípulos de los principales posmodernos tratan de dar marcha atrás y buscar otros derroteros. Será, pues, una fundamentación de los derechos humanos hermenéutica, con un lado pragmático, pero sin dejar de lado la base ontológica, un fundamento ontológico en la naturaleza humana. Sólo que no entendida ésta como algo unívoco, sino como algo abierto en la línea de la analogicidad; porque tampoco podemos abandonarnos a la equivocidad y quedarnos sin naturaleza humana, pues nos quedaríamos sin algún asidero para referirnos al hombre y, en definitiva, sin derechos humanos.
La hermenéutica analógica permitirá, por ser hermenéutica, basarnos en un conocimiento del ser humano para poder saber qué derechos le convienen, qué derechos necesita tener como inherentes a lo que es, a su condición humana. Y, por ser analógica, nos instruirá para no hacer de la naturaleza humana algo cerrado y definitivo, sin historia, cultura y proceso. Sobre todo nos ayudará a ver las diferentes aplicaciones que tienen los derechos humanos en las diversas culturas, en el multiculturalismo, y poder comprender esas prácticas, pero también enjuiciarlas a la luz de los derechos humanos para denunciar a aquellas que van contra ellos. Y para eso necesitaremos discernir a partir de qué momento se están afectando tan importantes derechos y cómo podemos protegerlos y defenderlos contra los que los conculcan.
Todo eso nos lo dará la filosofía, y ahora trata de hacerlo a través de la orientación hermenéutica que es la más reciente en filosofía; en este caso, ha querido hacerse con una hermenéutica analógica, abierta pero resistente, segura. Con eso tendremos un iusnaturalismo analógico, en la línea del iusnaturalismo histórico de Ignacio Ellacuría, según lo ha compilado Jesús Antonio de la Torre Rangel.21
La hermenéutica analógica puede conservar la base ontológica de los derechos humanos: la naturaleza humana, pero sin esa rigidez que ha vuelto sospechosa en la actualidad a esa noción. Y es que hace pasar a la naturaleza humana por la interpretación; no sabemos dogmáticamente y a priori qué es el hombre, sino que hay que interpretarlo, aprender a posteriori y en el estudio de su historia qué es, qué necesita, qué desea. La naturaleza humana se plasma y se manifiesta en la historia y la cultura. En esto consiste pasar la ontología por una saludable hermeneutización, y pasar la hermenéutica por una necesaria ontologización. Es salvaguardar la fundamentación ontológica de tan importantes derechos en una idea del hombre, de la naturaleza humana, pero con una apertura hermenéutica que nos haga no endurecer dicha naturaleza, sino mantenerla abierta para advertir sus vicisitudes histórico-culturales e integrarlas de alguna manera.
Esto es hacer una aportación teórica, de capital importancia, para la defensa y promoción de los derechos humanos, tan necesarios para la paz que todos deseamos. Y lo teórico repercute en la práctica, por lo que no podemos negar la relevancia y atingencia de esta fundamentación filosófica, es decir, teórica, de los derechos humanos para su defensa y promoción en la práctica.
ÉTICA Y DERECHOS HUMANOS
El iusnaturalismo ha tenido como principal enemiga la acusación de cometer falacia naturalista, es decir, pasar del ser al deber ser, de la descripción a la valoración, del hecho a la norma. Sin embargo, la fundamentación filosófica de los derechos humanos toca a la filosofía del derecho y, también, tiene una conexión con la ética. En el ámbito de la filosofía del derecho, la fundamentación de los derechos humanos fue vista como la conexión con la ética y con la antropología filosófica o filosofía del hombre. En efecto, un fundamento próximo de los derechos humanos es la ética, y en ese sentido se les ha llegado a llamar “derechos morales” (Moral Rights), porque son una exigencia de la ética al derecho. No se pueden basar en la sola positivación, hay una demanda de la misma ética para que se positiven esos derechos. Y un fundamento remoto pero no menos decisivo es la antropología filosófica u ontológica, el estudio de la naturaleza o esencia del hombre. De hecho, la misma ética se basa en una idea de hombre, en una antropología filosófica. De otra manera haríamos una ética sin tomar en cuenta al hombre mismo, para el cual se construye. Ya ha pasado el tiempo en que la filosofía analítica llamaba a esto “falacia naturalista”; más bien se ve como falacia culturalista el no tomar en cuenta la naturaleza humana para fundar la ética y el derecho.22
En la propia filosofía analítica, que ya no es positivista, sino pospositivista y pragmática (p. ej., como se ve en Hilary Putnam), ésta ha dejado de ser falacia. Se ha derrumbado desde el aspecto semántico-pragmático del lenguaje, más allá del sintáctico. Se decía que no es válido, sino falaz, pasar del ser al deber ser, de lo descriptivo a lo valorativo o a lo normativo. Pero se puede ver la caída de esta falacia desde el nivel de la argumentación, desde el nivel de los enunciados. Desde el nivel del argumento (Kalinowski y Finnis) se trata de un silogismo práctico y no de uno teórico, por lo que no se está pasando de lo descriptivo a lo valorativo, sino de lo valorativo a lo valorativo, como es la condición del silogismo práctico. Incluso, basta con que tenga una premisa valorativa para que deba considerarse como conclusión valorativa (o prescriptiva), y no meramente descriptiva. Pero también se puede eliminar la pretendida falacia naturalista desde el nivel de los enunciados, como lo hace la escuela pragmatista del lenguaje. John Searle, quien aprovecha la distinción de John L. Austin entre los aspectos locucionario, ilocucionario y el perlocucionario de los enunciados, hace ver que en muchos casos hay un contenido ilocucionario valorativo en los enunciados descriptivos, el cual se puede explicitar y pasar del ser al deber ser sin falacia alguna. Y otra es la estrategia de Putnam, también pragmatista del lenguaje de la escuela filosófica analítica, que indica que la pretendida falacia naturalista se autorrefuta con una petición de principio y reducción al absurdo, pues el que niega que se pueda pasar de lo descriptivo a lo valorativo está valorando, y el que prohíbe pasar del ser al deber ser ya está dando ese paso.23 Por todo eso, se ha abandonado la falacia naturalista al ver que es un paso que damos continuamente en la práctica; en la vida cotidiana, muchos enunciados que parecen descriptivos son en realidad valorativos. Por ejemplo, cuando decimos “Hitler quemaba judíos” sólo con un sarcasmo muy grande, podemos pretender que sea un enunciado meramente descriptivo y no contenga una carga valorativa. Pues bien, esto ha movido a la filosofía analítica reciente a buscar la reincorporación de la ética en el derecho, como mencionan Dworkin y otros.
También los derechos humanos se relacionan con la filosofía política, ya que es precisamente el cumplimiento de los derechos humanos lo que da legitimidad a un estado, más allá de la sola legalidad, como lo sostiene Habermas. Es decir, la legalidad se salva con la positivación que hace el legislador, de parte del gobernante, pero la legitimación se da por la justicia del gobierno y de las leyes, exactamente como sostenía antes el iusnaturalismo. Habermas ha insistido mucho en que la legitimidad de un estado o de un gobierno viene del ejercicio ético del poder, esto es, la realización de los valores éticos en el derecho y la política.24
La experiencia ha mostrado que donde mejor se pueden ejercer los derechos humanos es en una sociedad democrática, esto es, un estado que permita la libertad, que dé la libertad para poder vivir en sociedad, donde los límites serán precisamente los derechos de los demás. Asimismo, en la democracia, en un ámbito de libertad, es donde mejor se puede buscar la igualdad, la equidad, y también la solidaridad entre los ciudadanos.
ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA Y DERECHOS HUMANOS
Lo que toca al filósofo, delante de los derechos humanos, es su fundamentación filosófica. Pero ésta no es otra cosa que rastrear (y develar) su conexión con la ética y sus raíces en la ontología, en el ser. Esto se hace a través de la antropología filosófica que parte de la ontología de la persona y que está detrás de la ética, y sobre todo del derecho; una muestra de ello son los derechos humanos.
En cuanto a la filosofía del hombre u ontología de la persona, el filósofo tiene que tener algo para descubrir y construir significados, sentidos. Ser capaz de ver por dónde va el camino y también por dónde debe ir. O, si se prefiere, ser capaz de ver que si se sigue por el camino por el que se va, va a pasar esto o lo otro; y tal vez convenga intentar otro. Para eso debe conocer bien la experiencia histórica del hombre, y poder barruntar ese núcleo de sentido que es lo que llamamos naturaleza humana.
Es lo que señala Michel Serres de la manera siguiente: “La naturaleza se reduce a la naturaleza humana que se reduce, sea a la historia, sea a la razón. El mundo ha desaparecido. El derecho natural moderno se distingue del clásico por esta anulación”.25 Como se observa, no se excluye la historia, no se simplifica la naturaleza humana de modo abstracto.
La falacia naturalista, si de verdad existiera, se daría máximamente en la utopía: allí se pasa del ser al deber ser, pero con rebeldía; negando que lo que es deba ser y aspirando a que lo que no es deba ser. Lo que se piensa que debe ser se opone a la buena marcha del ser.
Pero es en la utopía donde el hombre se muestra como trascendente a la mera situación dada. Es producto de la crítica, del darse cuenta de que lo que es no alcanza a ser bueno, a estar bien. Y entonces se trasciende lo que es y se piensa lo que puede o debe ser. Y de este modo se trasciende lo dado, lo que está ahí, y se pasa a lo que deseamos, a lo que es objeto de nuestro deseo, que tiene que ser, que debe ser. Y así se pasa del ser al deber ser.
Esta utopía tiene lugar en los derechos humanos, que a veces parecen meros ideales. Pero, con el fin de hacerlos cumplir, hay que educar para que se atienda a las personas, no solamente a la ley. La educación en derechos humanos es lo que va a posibilitar ese ideal.
Se ha pensado que en el hombre europeo la historia se hace consciente de sí misma; Hegel es paradigmático en esto. En efecto, además de que ha sido Europa la que ha comandado el curso de la historia, incluso para los otros continentes, se cree que es la que reflexiona sobre el hombre, lo explica o lo comprende. La universalización se desata desde ese continente, por eso es la que define cuál es el sentido de la historia universal (desde una historia particular o local). Pero también lo hemos asumido los latinoamericanos y buscamos en la historia la naturaleza humana, la esencia del hombre, que es donde se asientan los derechos humanos o fundamentales. Por eso se requiere pensarlos en un ambiente multicultural.
INTERCULTURALIDAD Y DERECHOS HUMANOS
En nuestros países o estados hay varias culturas interactuantes, por lo que debe haber una aplicación equitativa de la justicia y de los ideales de vida de las mismas. Por eso se habla de una ética de la justicia y una del bien o de los bienes (ideales de realización y de felicidad) que deben conjuntarse para el desempeño de la política. Asimismo, se ha insistido en la educación para el compromiso político de los ciudadanos, esto es, de la sociedad civil, más allá del estado. Ya no se deja todo en manos de este último, sino que se procura una concientización de la ciudadanía en la solidaridad, la tolerancia y el respeto. Y cada vez se avanza de manera más clara hacia la edificación de una ciudadanía multicultural y cosmopolita. De manera parecida al ideal de los estoicos como Panecio de Rodas, Posidonio de Apamea y Cicerón.
Ya no se habla de identidad, sino de identidades, de las cuales hay varias. Pero una de las más decisivas es la cultural. No basta la identidad estatal, se requiere la nacional: Estado y nación. En la actualidad, se toman muy en cuenta las diferencias (género, religión, etc.), y sobresale la diferencia cultural correlativa a la identidad cultural. Hay que partir de la identidad cultural que se basa en usos, costumbres, creencias, arte, etc.
La identidad cultural tiene como elemento primordial los símbolos, que son más activos. No bastan los límites o fronteras, ya que tras estos últimos se encuentran las acciones simbólicas que van más allá y los traspasan. Asimismo, influyen las fronteras estatales (que no nacionales).
Hay que evitar relativismos y ubicar los centros de tensión de esa identidad, que son los que la amarran o evitan que se diluya o atomice. Es decir, ver la nación más que los límites del estado.
La conformación política del estado es unívoca; pone límites, fronteras y leyes. Asegura la paz y la justicia. Pero se necesita el sentido, que es lo que da la cultura, la cual va más allá de lo estatal, es más compleja. Si, como han dicho Rawls, Dworkin y otros analíticos, la identidad estatal o política nos da la justicia, falta la parte del bien, de la buena vida, que es en la que insisten MacIntyre y Taylor. Según Adela Cortina, los mínimos de justicia permiten los máximos de buena vida (culturales) que son los más difíciles de acordar, los que dan sentido a los mínimos. Y se interpretan de manera diferente según las culturas.26
Así, la hermenéutica analógica permite navegar suponiendo una dignidad humana, que es ontológica y antropológico-filosófica, responder a la identidad y a la diferencia o diversidad, que son epistemológicas.
HERMENÉUTICA DE LOS DERECHOS HUMANOS
Dada la multiplicidad de culturas que se da en los estados, con diferentes ideales de vida, se impone la interpretación de los derechos humanos para hacer posible su cumplimiento en esos ámbitos culturales diferentes. En efecto, por más que se aleguen diferencias culturales a la hora de interpretarlos, no pueden darse interpretaciones demasiado divergentes, pues eso sería aniquilar los derechos humanos, hacerles perder su universalidad y su radicación en la naturaleza humana. Por eso caemos en la huida de la univocidad impositiva y de la equivocidad relativista en exceso. Nuevamente, se ve la necesidad de analogía, de una hermenéutica analógica.27
Aquí nos ayudan las principales ideas de Aristóteles sobre la hermenéutica, en la línea de la analogía, para ser aplicadas a nuestro campo del derecho. Es verdad que algunas de ellas pueden hallarse en el De interpretatione, pero otras se encuentran en la Retórica. Por eso se trata la hermenéutica aristotélica en conexión con su arte retórica. En ella se cumple la idea de que aquello que sirve para codificar, también es útil para decodificar, y así como la retórica enseña a hablar y a escribir, también enseña a leer o a interpretar. De manera muy clara puede ejemplificarse esto con la teoría de los tropos, sobre todo la metáfora y la metonimia, que los enseña la retórico-poética y son peculio de la hermenéutica.
Un ejemplo de esta herencia de Aristóteles para la hermenéutica es la phrónesis o prudencia. Es algo típicamente aristotélico que ha recogido la hermenéutica contemporánea. Si tratamos de vincular la virtud de la phrónesis con la interpretación, encontramos que es algo que ya ha hecho H.G. Gadamer, el gran hermeneuta del siglo XX. Él dice que la hermenéutica tiene la estructura o modelo de la phrónesis, porque el acto interpretativo también involucra una deliberación, en la que se ponderan los pros y los contras de las interpretaciones rivales, para elegir la mejor o las mejores (esto es, las que se acercan más a la verdad del texto), y llegar así a un juicio o consejo.28 Pero, además, la phrónesis tiene el modelo o estructura de la analogía, la cual es proporción, moderación o equilibrio. De modo que ser prudente viene a ser, para Aristóteles, ser analógico, proporcionado, moderado o equilibrado. De esta manera, la analogía se vincula con la hermenéutica a través de la phrónesis. Con ello tenemos como resultado la presencia de la analogía o proporcionalidad en el acto interpretativo, como virtud de la sutileza. También se observa la pertinencia de una hermenéutica analógica, en la línea de Gadamer y Ricoeur.29
La phrónesis se aplica mucho al derecho y, especialmente, a los derechos humanos. No en balde hay un aspecto de la cultura jurídica que es la jurisprudencia. La prudencia es una virtud sumamente analógica y se tiene que aplicar en la interpretación del derecho. Aristóteles también alude a otra virtud analógica que se aplica en el derecho, la equidad (epeikeia), que da la habilidad de aplicar justamente la ley al caso particular sin lesionar a los interesados o involucrados. Es algo totalmente hermenéutico y analógico a la vez.
Este papel de la prudencia lo trata Kant en el juicio reflexionante, más propio de su estética, pero que también se puede llevar a la ética y, en nuestro caso, a la filosofía del derecho, a la hermenéutica jurídica. En Kant, la analogía trasciende los límites del conocimiento empírico; hace pasar de lo particular a lo universal, de lo sensible a lo inmaterial, de lo trascendental a lo trascendente.
CONCLUSIÓN
En la analogía predomina la diferencia, vivimos, pensamos y somos gracias a ese espacio de diferencia que hay en ella. Aquello en lo que diferimos es lo que nos identifica, lo que nos crea un ámbito, un lugar en el infinito de lo indiferenciado. Lo indiferenciado, lo unívoco, impide la existencia de cualquier cosa, precisamente por falta de esencia, de algo constitutivo; asimismo, la sola diferenciación, la diferencia pura, impide la existencia de cualquier cosa precisamente por exceso de esencia, de algo constitutivo. En cambio, lo que es idéntico y diferente a la vez, como es lo análogo, es lo que sí permite la existencia de algo; sin embargo, lo hace en el intersticio en el que predomina la diferencia.
Es por eso que la analogía, en la hermenéutica analógica, sirve para fundamentar los derechos humanos con la ontología y la antropología filosófica. Y, sobre todo, nos ha ayudado a plasmarlos en un ambiente multicultural que exige una interacción entre las partes de un modo vivo y dinámico. La hermenéutica analógica está pensada para interpretar la diversidad, ya que en la analogía predomina la diferencia sobre la misma identidad. Eso le da a la hermenéutica analógica una capacidad de dar a los derechos humanos una cierta amplitud en su aplicación y cumplimiento, según las diversas culturas en las que se realiza. Pero siempre salvaguardando algo de la mismidad, de la universalidad que debe de tener, so pena de perder su carácter de derechos humanos.
Bibliografía
Beuchot, M. (2019). Tratado de hermenéutica analógica. Hacia un nuevo modelo de la interpretación. México: UNAM, 5a ed., 1a reimpr.
____ (2009). Interculturalidad y derechos humanos. México: UNAM–Siglo XXI, 9, 1a. reimpr.
____ (2007). Phrónesis, analogía y hermenéutica. México: UNAM.
____ (2005). Interculturalidad y derechos humanos. México: Siglo XXI.
____ (2000). Derecho y moral. El caso de los derechos humanos. En M. Beuchot & J. Saldaña (eds.). Derechos humanos y naturaleza humana (pp. 29-47). México: UNAM.
____ (1995). La ley natural en Santo Tomás de Aquino y Leo Strauss. Convivium (Barcelona) n. 8, 12-23.
Cortina, A. (2002). Ciudadanía intercultural. En J. Conill (coord.). Glosario para una sociedad intercultural (pp. 35-42). Valencia: Bancaja.
Chomsky, N & Foucault, M. (2006). La naturaleza humana: justicia versus poder. Un debate. Buenos Aires: Katz Editores, reimpr.
De Souza Santos, B. (2003). La caída del Angelus Novus: ensayos para una nueva teoría social y una nueva práctica política. Bogotá: ILSA/UNC.
de la Torre Rangel, J. A. (2011). Iusnaturalismo histórico analógico. México: Ed. Porrúa.
Dworkin, R. (2003). Los derechos en serio. Barcelona: Planeta–Agostini.
García González, D.E. (2007). Perspectivas y aproximaciones a los derechos humanos desde la hermenéutica analógica. México: Ed. Ducere.
García Máynez, E. (1984). El derecho natural y el principio jurídico de la razón suficiente. En E. García Máynez. Ensayos filosóficos jurídicos, 1934-1979 (pp. 217-224). México: UNAM.
Gadamer, H.G. (1994). Verdad y método II. Salamanca: Sígueme, p. 317.
Hudson, W.D. (1969). Editor’s Introduction: The Is-Ought Problem. En W.D. Hudson. The Is/Ought Question. A Collection of Papers on the Central Problem in Moral Philosophy (pp. 11-31). London: MacMillan.
Mardones, J.M. (1994). Teorías de la legitimación del poder hoy. J. Habermas y la teoría del discurso. Sistema, (120): 39-58.
Massini, C.I. (2010). Ley natural y relativismo. Consideraciones a partir de las ideas de Leo Strauss. En VV. AA. (ed.). Estudios sobre Leo Strauss (pp. 179-197). Mendoza (Argentina): Centro de Estudios de Filosofía Clásica, Universidad de Mendoza.
____ (1995). La falacia de la falacia naturalista. Mendoza: Edium.
Moulines, C.U. (1991). Hechos y valores: falacias y metafalacias. Un ejercicio integracionista. Isegoría, 3, 26-42.
Putnam, H. (2004). El desplome de la dicotomía hecho-valor y otros ensayos. Barcelona: Paidós.
Serres, M. (1990). Le contract naturel, París: Eds. François Buron.
Strauss, L. (1959). Natural Right and History, Chicago, Ill.: The University of Chicago Press, 3a. reimpr., pp. 9-34.
Tarcov, N. & Pangle, R.L. (1996). Epílogo: Leo Strauss y la historia de la filosofía política. En L. Strauss & J. Cropsey (comps.). Historia de la filosofía política (p. 851). México: FCE, reimpr.
2
La oscura marcha de las sociedades actuales hacia un mundo sin verdad. Crítica a la noción de posverdad
Mauricio Urrea Carrillo
INTRODUCCIÓN A LA PROBLEMÁTICA
Con paso taciturno se dirige el hombre contemporáneo hacia un mundo incierto y riesgoso. Ello se constata en el voluntario e insistente tornar la espalda a la luz de la verdad, y en la obstinada marcha hacia la tenebrosa región de las afirmaciones, las acciones y las decisiones ciegas, realizadas en la penumbra cada vez más oscura de un mundo sin verdad.
Como se ve, esta decisión se hace en nombre de la libertad de acción que con ello se ganaría, ya que, según se cree, no pesando sobre los propios hombros la fastidiosa carga de la verdad del mundo, uno podría moverse con toda libertad prácticamente hacia donde mejor convenga, siendo libre y soberano de la propia vida y sus impulsos. Una situación ‘privilegiada’ que ha sacado el oleaje de los nuevos tiempos y sus desarrollos a las costas de nuestra cultura.
Es común oír en las conversaciones que giran en torno a temas epistémicos y normativos, en general, expresiones como “lo dice ¿quién?”, o en inglés, “says who?”, desafiando la credibilidad de cual fuere la fuente epistémica o moral, en nombre de la propia convicción o experiencia. Estos enfoques se listan dentro del mismo grupo de todas aquellas visiones actuales que buscan descartar la verdad por inconveniente y poco práctica, y se lanzan tras la búsqueda de nuevos recursos para la resolución de problemas; recursos, se cree, más incluyentes, menos ofensivos o políticamente más correctos y, sobre todo, más realistas, sencillos y prácticos. Por ese derrotero va la actual noción de posverdad en muchas de las sociedades del presente.
Ahora bien, es interesante no sólo advertir cómo tantas personas con esas y otras expresiones encarnan este tipo de actitudes, y más aún, preguntarnos ¿cuándo comenzó el hombre contemporáneo a otorgarse la autoridad para cuestionar radicalmente la verdad de las tradiciones morales en las que fue criado? O también, ¿cuáles han sido los factores históricos, sociales o culturales que han hecho girar la mentalidad actual hacia esas posturas ‘soberanas’ respecto de la verdad y el mundo normativo?
Los candidatos comunes a respuestas para estas preguntas son: a) la falta de un razonamiento moral correspondiente a cada norma, en orden a hacer patente su fundamentación, importancia y obligatoriedad en la vida diaria; b) la falta de testimonios creíbles en la vida concreta de los adultos, la generación transmisora de verdades e instructora de leyes morales; c) las formas violentas, y hasta crueles, con las que la generación instructora impuso sus tradiciones morales a la generación que los iba a suceder; d) la convicción, de cara a la propia vida y sus experiencias, de que es imposible vivir a la altura de las verdades morales que se nos transmitieron; e) el prejuicio de que todo lo que proviene del pasado es, por lo mismo, vetusto e ineficiente para las nuevas condiciones de vida de las sociedades actuales; f) la convicción, con determinados y variables fundamentos históricos, de que las verdades de la tradición han sido formas de dominación social perpetradas por las clases dominantes, instituciones o grupos de poder; g) la completa ignorancia de los principios de las tradiciones morales debido a la falta de instrucción en el hogar (por la ausencia de padres o tutores) o en la escuela (por no asistir, o por el tipo de instrucción de las nuevas orientaciones escolares); h) la conveniencia, y urgencia, de despacharse las tradiciones a causa de particulares estilos de vida de las sociedades actuales que chocan con determinados principios; i) la total disparidad, y desconexión, entre el mundo cognitivo y el mundo ético de las acciones.
Sea uno de estos factores en especial, sea la suma de todos ellos, lo cierto es que han ido perfilando la cosmovisión, y la correspondiente actitud ante sus decisiones, de muchas de las personas con las que se convive a diario. Esta situación cultural hace que muchos se ubiquen, acaso sin saberlo, en la región de la posverdad, esto es, en ese territorio humano entregado a la sola libertad y arbitrio de cada cual, en ese “más allá de la verdad” donde ésta se ha dejado atrás, por decisión o por desconocimiento, pero se ensaya a vivir sin ella. Puesto como lugar, se habla del “mundo de la posverdad”; visto como tiempo, se dice estar en la “era de la posverdad”.
NOCIÓN Y USOS DEL NEOLOGISMO POSVERDAD (POST-TRUTH)
En el año 2016, el término más utilizado en los medios de comunicación y en las publicaciones fue el de posverdad, por lo que en la edición del año correspondiente se incluyó en el Oxford English Dictionary como “palabra del año”.1 Posverdad se definió como un adjetivo concerniente a “circunstancias en las cuales los datos objetivos son menos influyentes, a la hora de dar forma a la opinión pública, que las apelaciones emocionales y personales”.2 En su momento, el editor del Diccionario (Casper Grathwohl) dijo que el término bien podría ser una de las palabras clave para definir nuestro tiempo. Al margen de afirmaciones tan comprehensivas, lo cierto es que posverdad se ha usado en asuntos acaecidos en los ámbitos sociales, culturales, políticos, económicos y hasta tecnológicos.
Asimismo, se informó que, aunque el término había aparecido ya a principios de la década de 1990, en el año 2016 su uso se incrementó un 2000%. La explicación a este aumento es el desmedido manejo de los hechos por parte de los medios, lo cual fue generando la desconfianza en torno a los mismos, que hoy por hoy priva en muchos. En una, la idea de posverdad se alcanza cuando se observa cómo en la actualidad se toman aquellos aspectos de los hechos que sirvan para presentar una idea que se quiere transmitir y, eventualmente, imponer en el entramado social. Se sabe que las mejores mentiras son las más verosímiles, y éstas serán aquellas que en su confección contengan ciertos datos objetivos, aunque interpretados o presentados de manera distorsionada.
Y aquí se llega al núcleo de lo que en sí es la posverdad y la aplicación que se le da al método que está detrás de dicha noción, ya que en el prefijo “pos” se incluyen las interpretaciones, giros y matices que puede soportar un grupo de hechos objetivos para lograr torcerlos hacia otra significación. En las “Anotaciones a nuevas palabras”, correspondiente al año 2017, el Oxford English Dictionary señala que el término posverdad evidencia un uso emergente del prefijo pos (post), formando palabras que denotan que un concepto específico se ha vuelto intrascendente o irrelevante”.3
Con la emergencia de este nuevo adjetivo se manifiesta que nuestro mundo, en una nueva versión del “mundo administrado” del que hablaba la Escuela de Frankfurt a fines de la década de 1940,4 es ahora un “mundo interpretado”, esto es, un mundo en el que lo que se nos ofrece como información, especialmente información relevante, viene previamente interpretada de manera sagaz, maquillada con ciertos tonos atenuantes o agravantes que hacen que la mente se precipite —diría Descartes, siguiendo a Bacon— y llegue pronto a una conclusión programada.
Ahora bien, aunque el asunto de la posverdad sea presentado como novedoso, sólo lo es en la medida en que, en esta ocasión, ha impactado en las masas por causa del uso desmedido de su método por parte de los medios. Pero en realidad pertenece a esos casos, numerosos, pero del mismo género, en los que la verdad de las cosas es tomada desde este u otro aspecto y, visto un tema en términos generales, termina significando realmente otra cosa. Por lo mismo, dicha cuestión tiene que ver con esa especial prerrogativa que posee el ser humano respecto de la verdad: plantarse ante ella, reconocerla y asumirla como pauta de vida, o ignorarla supinamente, cuando no dedicarse por todo medio a negar su contenido, trastocarla y combatirla por sentirla enemiga de la vida y de su desarrollo pleno.
En el mundo de la filosofía académica ya había aparecido desde tiempo atrás esta temática, bajo la forma del uso que se le da a la verdad en las diferentes esferas de la vida humana: histórica, social, política, económica, moral y religiosa. Por ello mismo, tres pensadores servirán aquí como pretexto para repensar las condiciones generales de la verdad respecto de la vida humana, y para poner en relevancia la posibilidad de despacharla realmente por inconveniente o de aferrarse a ella como ruta de escape a una situación peligrosa.
TRES CASOS PARADIGMÁTICOS
Se tratan aquí las ideas al respecto de F. Nietzsche (1844-1900), M. Heidegger (1889-1976) y R. Rorty (1931-2007). Una de las razones de esta elección específica se debe a la clara unidad de programas filosóficos presentes en los tres pensadores, a saber: desarrollar un modo de pensar y de vivir concebido, en general, como anti-platonismo; otra razón es que en los tres aparece una nomenclatura y enfoques muy similares que permiten ver con claridad la evolución de una misma temática; por último, hay una acusada influencia de Nietzsche en Heidegger, y de ambos en Rorty. Por lo mismo, tomar de ellos ciertos textos concernientes a este tema, compararlos y hacer un análisis crítico permitirá descubrir no sólo la temática común, sino principalmente el alcance que tengan sus propuestas para representar una tentativa de solución al anti-platonismo del que se tilda en todos ellos a toda postura tradicional de la verdad, entendida como verdad del mundo.
Nietzsche
a) Ya desde un texto proveniente de su juventud, el primero de sus Cinco prólogos para cinco libros no escritos, titulado “Sobre el pathos de la verdad”, escrito en diciembre de 1872, Nietzsche conecta el deseo de verdad de los filósofos con la intención, siempre frustrada, de perdurar y superar así la finitud; en pocas palabras, con el deseo de fama, un tema típico de Schopenhauer. El autor comienza afirmando: “con la exigencia de que la grandeza debe ser eterna, se enciende la terrible lucha de la cultura”.5 Y tratándose de este deseo de perdurar después de la muerte, esto es, de esta avidez de fama, dice Nietzsche: “Los filósofos son los más temerarios, ya que no sabiendo dónde apoyarse en el escarpado camino, se valen de las alas desplegadas de todas las épocas, ya que ‘el desprecio por lo presente y momentáneo reside en la naturaleza de la contemplación filosófica’”.
Por esto mismo, Nietzsche concluye: “El filósofo tiene la verdad; la rueda del tiempo puede rodar hacia donde quiera, pero nunca podrá escapar de la verdad”.6
Se advierte aquí la oposición entre verdad cognitiva y dinamismo real; para Nietzsche, esta oposición genera una disparidad entre verdad y realidad, que es ahondada en escritos posteriores.
Además, Heráclito es presentado aquí como el modelo del filósofo que en su autoestima, que no es sino estima por la verdad, desprecia la fama del mundo. Pero, “puesto que el mundo necesita eternamente la verdad tiene eterna necesidad de Heráclito, aunque Heráclito no necesite del mundo”. Con todo, concluye Nietzsche: “¡La verdad! ¡Ilusión apasionada de un dios! ¿Qué importa a los hombres la verdad? ¡Y qué era la ‘verdad’ de Heráclito! Y ¿dónde fue a parar? ¡Un sueño fugaz, borrado del semblante de la humanidad, junto con otros sueños! —¡Y no fue el primero!”7
Y asumiendo conscientemente la figura de “un demon sin sensibilidad”,8 Nietzsche remata con la fábula del “apartado Rincón del universo centelleante” (que inicia también el texto de 1873), aunque ampliada con lo siguiente: aquellos hombres que creyeron inventar el conocimiento, “finalmente se dieron cuenta con gran malhumor de que todo lo que habían conocido era falso. Perecieron, y al morir maldijeron la verdad”.9
Hacia el final de este texto de juventud, Nietzsche describe la condición del ser humano en este mundo material:
Al hombre, sin embargo, sólo le conviene la fe en la verdad que se puede alcanzar, la fe en la ilusión, la fe en la ilusión a la que se acerca confiado. ¿No vive en realidad mediante un continuo ser engañado? ¿No le oculta la naturaleza la mayor parte de las cosas, más aún, lo que precisamente le es más cercano, por ejemplo su propio cuerpo, del que solamente tiene una ‘conciencia’ engañosa?10
Metafóricamente, presenta al hombre “montado en sueños sobre los lomos de un tigre”.11 Y justo en esta condición aparecen las dos opciones que Nietzsche presentará siempre en torno a la temática de la verdad: el arte y la filosofía. En esta disyuntiva aparecen dos gritos: “‘Dejadle que siga montado’, exclama el arte. ‘Despertadle’, exclama el filósofo, en el pathos de la verdad”. El final del texto presenta la continua convicción de Nietzsche ante estas dos “actitudes” humanas: “El arte es más poderoso que el conocimiento, porque quiere la vida, mientras que el conocimiento alcanza como última meta sólo la aniquilación”.12
b) Al año siguiente, en verano de 1873, Nietzsche prosigue estas reflexiones en el escrito Sobre verdad y mentira en sentido extramoral,13 en el que delineó los trazos de su particular teoría del conocimiento, y sostuvo que la verdad es una mera imposición generacional en la especie humana, nada que ver con la presunta relación de adecuación entre el entendimiento humano y el mundo real que sostenía la tradición. En sus propias palabras, dice en torno a la supuesta “percepción correcta” de un objeto por parte del sujeto:
Me parece un absurdo lleno de contradicciones: porque entre dos esferas absolutamente diferentes, como son el sujeto y el objeto, no hay causalidad, exactitud ni expresión, sino, a lo sumo, una relación estética, quiero decir una extrapolación indicativa, una traducción balbuciente a un lenguaje completamente extraño.14
De lleno en esa particular acentuación subjetiva, el joven Nietzsche se pregunta: “¿qué es para nosotros, en suma, una ley de la naturaleza?… en realidad, de ellas tan sólo conocemos lo que nosotros aportamos, el tiempo, el espacio, es decir, relaciones de sucesión y números”.15 Como puede notarse, la influencia de Schopenhauer y, por ende, de Kant, es notoria y consistente en el futuro pensador de la “voluntad de poder”.
Más aún, para Nietzsche, el impulso humano hacia la verdad no tiene mayor origen que ese “tratado de paz” que los hombres celebraron alguna vez en aras de evitar la soledad y el hastío: “en ese momento se fija lo que desde entonces deberá ser ‘verdad’, esto es, se inventa una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, y la legislación del lenguaje proporciona también las primeras leyes de la verdad, pues aquí aparece por primera vez el contraste entre verdad y mentira”.16 Así pues, aparece lo que Nietzsche ve como el origen del uso que se le da a la verdad, creada ésta por los hombres como una especie de plataforma, meramente convencional, sobre la cual fluyen las conversaciones y acciones humanas.
Adentrándose en la misma dirección, Nietzsche pasa a describir lo que sucede en realidad con las esencias, el material presuntamente más abstracto y espiritual del conocimiento humano: “creemos saber algo de las cosas mismas cuando hablamos de árboles, colores, nieve y flores y no poseemos, sin embargo, más que metáforas de las cosas que no corresponden en absoluto a las esencialidades originarias”.17 No se necesita mucha sagacidad para preguntarse de inmediato: si así de incapaces son las potencias del entendimiento, ¿cómo podría entonces saberse eso mismo que Nietzsche afirma?, es decir, ¿quién de nosotros sustentaría esa pretendida “God’s-Eye-View” (Quine) que nos pudiera garantizar que en verdad los conceptos y las abstracciones humanas no se corresponden con la cosa en sí?
Pero volvamos al texto, ya que Nietzsche está listo para concluir. Llegado a este punto, y habiendo asentado las bases de una crítica de la sensibilidad y de la abstracción, en tanto formación de conceptos, se pregunta:
¿Qué es, pues, la verdad? Un ejército de metáforas, metonimias, antropomorfismos en movimiento, en una palabra, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas, adornadas poética y retóricamente y que, tras un prolongado uso, a un pueblo le parecen fijas, canónicas, obligatorias: las verdades son ilusiones que se ha olvidado que lo son, metáforas que se han quedado gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su imagen y que ahora ya no se consideran como monedas, sino como metal.18
Para muchos es patente que Nietzsche presenta una idea muy desencantada de la esencia humana y de las capacidades trascendentales del entendimiento. En su definición, la verdad queda reducida a un “sentimiento de la verdad”, esto es, aquel que surge en el individuo cuando cumple con “emplear las metáforas usuales… cuando miente según una convención fija… borreguilmente, en un estilo obligatorio para todos”.19
De hecho, en la segunda parte del mismo escrito de 1873 se percibe un evidente descreimiento de las capacidades del entendimiento humano respecto de la realidad, proponiendo como complemento al “hombre intuitivo” frente al tradicional “hombre racional”;20 este último produce el “gran columbarium de los conceptos, necrópolis de la intuición”,21 esto es, esa especie de fosilización del fluir de la vida humana que sólo la intuición logra seguir en adecuada sintonía. A fin de cuentas, concluye Nietzsche, ambos modos humanos de existir, el racional y el intuitivo, “desean dominar la vida”; el racional “sabiendo afrontar las necesidades más esenciales mediante previsión, prudencia y regularidad”; mientras que el intuitivo lo hace “sin ver esas necesidades, como un ‘héroe súper alegre’, tomando como real solamente la vida fingida en apariencia y en belleza”.22
c) En agosto de 1888, año que sería el último en el que gozaría de lucidez mental, Nietzsche redacta una síntesis apurada de lo que él consideraba como sus más originales e importantes pensamientos. Sin descartar aún la posibilidad de redactar una obra definitiva que desarrollara la intuición que mejor compendiaría todo su sistema, la voluntad de poder, se da prisa en esquematizar una pequeña obra anticipadora. Ése es el origen del libro Crepúsculo de los ídolos. Cómo se filosofa con el martillo.23
De importancia para nuestro tema es la sección: “Cómo el ‘mundo verdadero’ acabó convirtiéndose en una fábula. Historia de un error”, ya que ahí Nietzsche resume claramente, hacia el final de su producción filosófica, lo que a lo largo de su vida fueron sus convicciones en torno a la verdad, el conocimiento y el Ser. De los seis breves temas que el escrito incluye, convendría destacar los aspectos más representativos, por ejemplo, el primero que afirma: “El mundo verdadero, alcanzable para el sabio, el piadoso, el virtuoso —él vive en ese mundo, él es ese mundo”.24 En este mismo sentido avanza la segunda proposición: “El mundo verdadero, inalcanzable por ahora, pero prometido al sabio, al piadoso, al virtuoso (‘al pecador que hace penitencia’)”. Acto seguido de declararlo “inalcanzable”, Nietzsche le añade nuevas caracterizaciones en la tercera proposición: “El mundo verdadero, inalcanzable, indemostrable, imprometible, pero, ya en cuanto pensado, un consuelo, una obligación, un imperativo”.25 Más grave es la reflexión de la cuarta proposición, pues ahí se tilda ese “mundo verdadero” de inalcanzado, de desconocido pero, sobre todo, “tampoco consolador, redentor, generador de obligaciones: ¿a qué podría obligarnos algo desconocido?”.26
Sin embargo, destructivas y declarando la guerra a toda la metafísica occidental y al cristianismo son las últimas dos proposiciones. En la penúltima de ellas concluye diciendo: “el mundo verdadero —una idea que ya no sirve para nada, que ni siquiera ya obliga—, una idea que se ha hecho inútil, superflua, por consiguiente, una idea refutada: ¡eliminémosla!”27 Así que por este derrotero Nietzsche ya está listo para rematar con la sexta proposición: “Hemos eliminado el mundo verdadero: ¿qué mundo ha quedado?, ¿quizá el aparente?… ¡No, de ningún modo!, ¡al eliminar el mundo verdadero hemos eliminado también el aparente! (Mediodía; instante de la sombra más corta; final del error más duradero; punto culminante de la humanidad)”.28
El espíritu de estas afirmaciones contundentes rezuma superación y gozo, inicio de lo verdadero mediante el descarte total de lo equivocado, liberación definitiva de los antiguos vínculos de la tradición filosófica, moral y religiosa. Pero antes de precipitarse a afirmar tales veredictos, es necesario conocer otros comentarios que se han hecho sobre sus posturas en torno a este tema. Basten por ahora estos tres textos como ejemplo de su doctrina sobre la verdad. En la obra, planeada y hasta esquematizada, pero nunca del todo realizada, La voluntad de poder, Nietzsche pretendía llegar a una mejor expresión de sus doctrinas. Heidegger la comenta en la edición que hicieron la hermana de Nietzsche, E. Förster-Nietzsche y P. Gast, discípulo del filósofo (1901 y 1906); edición que hoy por hoy se considera probadamente alterada y manipulada.
Heidegger
Influidos por Nietzsche, muchos otros pensadores en el siglo XX tomaron el sendero de una concepción de verdad, cuya dinámica interna ofrecía un modelo diferente al de la tradición antigua, escolástica y moderna. Heidegger es quizás el siguiente pensador que desarrolla un modelo epistemológico que, al igual que Nietzsche, va en rumbo distinto a los tradicionales. Así pues, para esclarecer las controversiales cuestiones que saltan de las ideas de Nietzsche, hay que recurrir a Heidegger quien se ocupó ampliamente durante el curso de su vida académica y, después como escritor, hasta su edad madura, de las ideas del primero.
a) Desde 1930, Heidegger dictó cursos sobre la filosofía de Nietzsche en la Universidad de Friburgo. Todos esos cursos fueron recogidos hasta 1961 en la obra general Nietzsche. La intención de Heidegger en estos años académicos era ubicarse en confrontación con el pensamiento de Nietzsche o, como lo expresa él mismo, “con la causa de Nietzsche”,29 para esclarecer el propio camino de pensamiento. En el semestre de verano de 1939, Heidegger dictó un curso con el título “La voluntad de poder como conocimiento”,30 en el que se detiene minuciosamente a analizar los diversos aforismos nietzscheanos en torno al tema de la esencia de la verdad.
Heidegger inició su curso afirmando que “Nietzsche es la transición desde el periodo preparatorio de la modernidad —calculado historiográficamente, la época entre 1600 y 1900— al comienzo de su acabamiento. La extensión temporal de este acabamiento nos es desconocida”.31 La razón de esta afirmación, y que es desarrollada por Heidegger a lo largo de un lapso que va de 1936 hasta 1943, es que, según el profesor de Friburgo, Nietzsche representa el inicio del acabamiento de la metafísica, esto es, del pensamiento metafísico de occidente que, desde los presocráticos, y principalmente en Platón, dividió este mundo en “realidad” y “apariencia”, categorizando al primero como el verdadero y más digno mundo, y al segundo como el irreal y caduco. De ahí que el proyecto entero de Nietzsche pueda verse como un poderoso intento de superar el dualismo interno al pensar occidental bajo la problemática que plantean los temas de la esencia del conocimiento, la esencia de la verdad y la esencia del hombre mismo. Como se verá, esta triada de problemas se resolverán en Nietzsche a la luz de su gran tema metafísico: la voluntad de poder.32
Contrastando continuamente la obra póstuma de Nietzsche (La voluntad de poder, ediciones de 1901 y 1906) con la obra completa del pensador, Heidegger va citando las sentencias de Nietzsche y va entresacando su contenido en orden a exponer el particular sistema metafísico del filósofo de Röcken.
En las lecciones de Heidegger, la comprensión del anti-platonismo de Nietzsche se inicia con la frase de éste: “la veneración de la verdad es ya la consecuencia de una ilusión”.33 En consonancia con sus ideas juveniles antes expuestas, Nietzsche da por sentado el carácter irreal de la verdad y afirma, en contra, que “el arte tiene más valor que la verdad”.34 En su comentario, Heidegger abunda que la objeción inmediata que se antoja referir a Nietzsche, rezaría: “también la frase de Nietzsche sobre la verdad es una ilusión y, por lo tanto, no precisamos seguir ocupándonos de él”; pues bien, prosigue Heidegger, a dicha frase “los artificios refutativos de la mera sagacidad no sólo no la conmueven, sino que ni siquiera la tocan”,35 antes bien, remite a un fundamento que “exige que se ahonde en él de manera más profunda”,36 y que pone a la metafísica de Nietzsche en conexión de prosecución y liquidación de la metafísica que se inició con Heráclito.
Dicho fundamento secreto, oculto en el pensar de Nietzsche, se va mostrando cuando se mira a otras sentencias similares del filósofo: “la verdad es la especie de error sin la cual una determinada especie de seres vivientes no podría vivir”.37 Con esta última frase, abunda Heidegger, se entra de lleno en la temática nietzscheana de la verdad como valor. Y es aquí justamente, en el ámbito del tener por verdadero algo, donde se halla la respuesta de Nietzsche a la pregunta por la esencia de la verdad. A continuación, el texto que Heidegger cita:
La estimación de valor ‘creo que esto y esto es así’ como esencia de la “verdad”. En las estimaciones de valor se expresan condiciones de conservación y crecimiento. Todos nuestros sentidos y órganos de conocimiento están desarrollados exclusivamente en referencia a condiciones de conservación y crecimiento. La confianza en la razón y sus categorías, en la dialéctica, o sea la estimación de valor de la lógica, sólo demuestra su utilidad para la vida demostrada por la experiencia: no su “verdad”.
Que tenga que haber una serie de creencias; que esté permitido juzgar; que falte la duda respecto de todos los valores esenciales: esto es presupuesto de todo lo viviente y de su vida. O sea que es necesario que algo tenga que ser tenido por verdadero, no que algo sea verdadero.38
Heidegger explica el párrafo haciendo hincapié en que el giro de lo epistémico a lo volitivo lo da aquí el pensamiento occidental, al asumir la problemática de la esencia de la verdad dentro del tema de la voluntad de poder.39 Y el núcleo de la convicción de Nietzsche se halla en la dislocación existente entre “tener por verdadero” y “mundo en devenir”. Y precisamente porque, según Nietzsche, el mundo real es un mundo en devenir, la verdad es un error, una ilusión y, a fin de cuentas, un saber aparente. Justo, pues, lo contrario de lo que la metafísica occidental siempre quiso. De esta manera, la pretendida adaequatio medieval o la ομοιωσις clásica quedan aquí rebasadas por el flujo continuo del devenir del mundo. De cara a la inestabilidad superante del devenir del mundo, el hombre hace una estimación de valor y establece una creencia: “tener a esto y esto por algo que es de tal y cual modo”.40 El conocer es un creer, tener por verdadero algo.41
Ahora bien, en el texto antes citado, Nietzsche aclara que dicha estimación de valor la realiza el ser humano en función de la conservación y aumento de la vida misma; eso que él llama entonces verdad es, más que verdad objetiva pura o meramente epistémica, una verdad-para la vida. Heidegger lo dice así:
La verdad y la captación de la verdad no sólo están al servicio de la ‘vida’ en cuanto a su uso y su aplicación, sino que su propia esencia y el modo en que surgen, y por consiguiente también el modo en que se llevan a cabo, son impulsados y dirigidos desde la ‘vida’.42
Entonces, lo que aquí Nietzsche está defendiendo es la concepción del ser mismo del conocimiento, y de su ejercicio concreto, como un acto interesado que la vida despliega a través de las facultades del sujeto. Aparece, pues, una primera versión del binomio activo conocimiento e interés. Aunque en la perspectiva de Nietzsche no son sino una y la misma cosa, todo conocimiento es en sí mismo interesado o, el interés de la vida por auto-conservarse y auto-incrementarse es cognitivo.
Prosiguiendo este desarrollo, el párrafo de Nietzsche, citado anteriormente, añade que precisamente porque requerimos “ser estables en nuestras creencias para poder prosperar, lo hemos convertido en que el mundo ‘verdadero’ no es un mundo cambiante y en devenir, sino un mundo que es”.43 Y por esta necesidad básica, la vida misma pone valores o, con más exactitud, dispone valores en orden a la conservación y aumento de sí misma. Por esta razón, Heidegger comenta que a eso se debe que la vida “implante una creencia de ese tipo en algo a lo que se atendrá, de manera estable y en toda ocasión”.44 Como se ve, la vida, que es en sí cognitiva, parcializa la realidad y toma a cuenta partes de la misma que le interesan. En suma, lo que la tradición llamó ente, como exterior y objetivo, asume aquí otro matiz radical: “ente quiere decir lo tomado como consistente y fijo… y así asegurar la existencia consistente de la vida misma.”45
Al final de este recorrido puede comprenderse el enfoque de Nietzsche: la “verdad” es la ilusión de que algo es consistente y fijo en el continuo devenir del mundo. Importa resaltar cómo Nietzsche siempre pone la palabra verdad entre comillas, ya que con ello quiere destacar que “no puede ser lo más elevado de la vida porque niega el carácter vital de la misma, su querer ir más allá de sí, su devenir”.46 Abundando en este aspecto, Heidegger añade una aclaración medular:
Nietzsche expresa con frecuencia este pensamiento de un modo extremo y exagerado en forma sumamente equívoca: «no hay verdad» (n. 616). Pero también aquí escribe verdad entre comillas. Esta ‘verdad’ es, por su esencia, una ‘ilusión’, más en cuanto tal ilusión es una condición necesaria de la ‘vida’. ¿Pero entonces hay «verdad»? Ciertamente, y Nietzsche sería el último en querer negarlo. Con ello, su sentencia de que no hay «verdad» dice algo más esencial: que la verdad no puede ser lo primaria y propiamente determinante.47
Así pues, toda esta meditación conduce a la conclusión nietzscheana, muy presente en sus últimos años de lucidez, de que “lo verdadero no puede ser el valor supremo”,48 ya que dicho sitio lo ocupa, por primacía, la vida misma del sujeto cognoscente. De ahí la frase de Nietzsche: “no ‘conocer’, sino esquematizar, imponer al caos regularidad y formas suficientes de manera que satisfaga nuestra necesidad práctica”.49 Aparece aquí con claridad un criterio pragmático de verdad que conecta al conocimiento con la satisfacción y conservación de la propia vida.50 Por su parte, Heidegger destaca también que Nietzsche ha vuelto a entrecomillar el término conocimiento,51 al igual que lo ha hecho con el término verdad, indicando así que lo que el conocimiento enfrenta es el caos real, mismo al que le pone orden bajo la forma de verdad, y así puede regular el hombre su comportamiento práctico.
Ahora bien, Nietzsche ha declarado que, de cara a la vida, la verdad no es el valor supremo, sino sólo aquello que fomente, cuide y aumente la vida: el arte. La razón de esta sustitución está, en opinión de Heidegger, en que: “El arte no copia lo que está allí delante ni lo explica desde otra cosa que esté allí delante, sino que transfigura la vida, la eleva a posibilidades superiores, aún no vividas, que no están suspendidas ‘por encima’ de la vida, sino que, por el contrario, la despiertan nuevamente desde ella misma a su estado de vigilia.”52
Inspirado por estos textos, Heidegger completa por su cuenta: “El arte es así el experimentar creador de lo que deviene, de la vida misma, y también la filosofía —pensada de modo metafísico, no estético— no es, en cuanto pensar pensante, otra cosa que ‘arte’”. Y la razón de este ensalzamiento del arte estriba en que éste “llega más cerca de lo real, de lo que deviene, de la ‘vida’, que lo verdadero, lo que ha sido fijado e inmovilizado.”53
Al respecto, aclara más adelante Heidegger, se ha prejuzgado a menudo que Nietzsche lucha contra la ciencia en favor de la vida, “mientras que, en verdad, lucha en favor del saber en honor de la ‘vida’ originariamente comprendida y de su meditación… (y esto sólo se entenderá cuando logremos) una captación más originaria del conocer en su unidad esencial con la vida”.54
Ahora bien, estas ideas tienen a la base una particular doctrina sobre el ente y la realidad, que Nietzsche elaboró a lo largo de los años. Hacia el final de su vida lúcida, en el cuaderno de otoño de 1887 presenta su revolucionaria doctrina de “la suposición del ente”, según la cual el principio de no contradicción de Aristóteles es puesto copernicanamente, esto es, en una forma completamente distinta a como lo entendió siempre la tradición. Nietzsche inicia el tema asentando que “la suposición del ente es necesaria para poder pensar e inferir: la lógica maneja sólo fórmulas para lo que permanece igual”.55 Teniendo como trasfondo la convicción de la permanente fluidez de lo real, Nietzsche completa: “hay en nosotros un poder que ordena, simplifica, falsifica, separa artificialmente. ‘Verdad’ —voluntad de dominar la multiplicidad de las sensaciones… crear la ilusión del ente”.56
En este sentido, el tema de la verdad asume de igual manera una caracterización totalmente distinta a la tradicional; y justo por su carácter parcial, el mundo moral construido sobre ella es falso:
La voluntad de verdad es un hacer-fijo, un hacer-verdadero-permanente, un quitar-de-la-vista aquel carácter falso, una reinterpretación del mismo como ente. La verdad no es, por lo tanto, algo que estaría allí y que habría que encontrar, que descubrir, sino algo que hay que crear y que da el nombre a un proceso, mejor aún, a una voluntad de subyugar que en sí no tiene fin: introducir verdad como un processus in infinitum, un determinar activo, no un volverse consciente de algo que fuera en sí fijo y determinado. Es una palabra para la “voluntad de poder”.57
Más adelante, aparece un fragmento que Heidegger también comenta, y que incluye la presentación de la inversión del principio de no contradicción:
La lógica sería en todo caso un imperativo, no para el conocimiento de lo verdadero, sino para poner y arreglar un mundo que debe llamarse verdadero para nosotros. En resumen, queda abierta la pregunta: ¿los axiomas lógicos son adecuados a lo real, o son criterios y medios para crear previamente para nosotros lo real, el concepto de ‘realidad’?… Por lo tanto, el principio no contiene un criterio de verdad, sino un imperativo acerca de lo que DEBE valer como verdadero.58
En opinión de Heidegger, aquí el principio de no contradicción implica la: “posición (Setzung) de una medida… La posición del criterio para lo que debe poder valer como ente, que se encuentra en el principio de no contradicción, es un ‘imperativo’, o sea una orden. De este modo, nos vemos trasladados a una región completamente diferente”.59
El texto de Nietzsche, muy proclive a ser interpretado de subjetivismo radical, es presentado por Heidegger en conexión con las ideas vitalistas y pragmáticas del pensador de la “voluntad de poder”, en estos términos:
El conocer, sin embargo, en cuanto re-presentar del ente, de lo consistente, es, en cuanto aseguramiento de la existencia consistente, una constitución esencial necesaria de la vida misma. Por lo tanto, la vida tiene, en sí, en su vitalidad, el rasgo esencial de ordenar. El aseguramiento de la existencia consistente de la vida humana se lleva a cabo, por consiguiente, en una decisión sobre lo que deba valer en general como ente, sobre lo que quiera decir ser.60
La idea general del párrafo, en la visión de Heidegger, es echar luz sobre la urgencia que tiene la vida humana de controlar el flujo real y de avenirse exitosamente en toda situación hipotética, mediante el recurso darwinistamente presentado, del concepto básico del ente como dato inmediato que se presenta ante la sensibilidad y el entendimiento con aspecto desafiante y apremiante. La vida no puede esperar y tiene que resolverse ante el reclamo real, y así el ser humano echa mano de sus habilidades de supervivencia como especie. Ahora bien, más que un simple y llano “conocer para vivir”, el de Nietzsche es, según Heidegger, “una consecuencia de una constitución esencial”.61 Con ello, Heidegger desmarca las ideas nietzscheanas sobre el conocimiento de las doctrinas meramente pragmatistas de la verdad. Aquí, el ordenar del conocimiento es “esencial, y es el primero en poner el hacia dónde y el para qué”.62 En su comentario, Heidegger añade que de fondo yace aquí una doctrina sobre la libertad, la cual asume ahora el profundo sentido del verbo inventar.
Ahora bien, aclara Heidegger, cuando Nietzsche habla de no poder contradecir el principio, y usa expresamente el término “incapacidad”,63 expresión ciertamente equívoca, en realidad “ello se explica por la intención de conseguir la contraposición más extrema al concepto tradicional de verdad, para que de este modo su interpretación del conocer y del tener-por-verdadero sea tan llamativo que se vuelva casi un escándalo… El peso de la contraposición radica en destacar el carácter de posición, invención y orden, a diferencia de la copia que reproduce algo que está allí delante.”64 En una, se trata de destacar suficientemente el papel activo del sujeto cognoscente en el entero proceso del conocer.
Cuando en las lecciones de este semestre de 1939 llega Heidegger al nuevo tema, “La verdad y la diferencia entre mundo verdadero y mundo aparente”, parte de una explicación sucinta de todo el pensamiento nietzscheano desde la frase que afirma que la verdad es un valor necesario en el proceso vital, pero no es el valor supremo. Y lo hace en estos términos:
La interpretación que hace Nietzsche de la esencia de la verdad resulta, por cierto, una disminución de su rango, lo que puede evidentemente resultar sorprendente si se mira el anterior predominio metafísico de lo verdadero como lo que es y vale en sí y eternamente. Sin embargo, el proyecto metafísico de Nietzsche está ante nosotros con claridad y de modo no forzado: la verdad, en cuanto volver consistente, forma parte de la vida. La vida misma, integrada en el caos, le pertenece propiamente a éste, en cuanto sobrepujante devenir, en el modo del arte. Aquello de lo que no es capaz la verdad, lo lleva a cabo el arte: la transfiguración de lo viviente hacia posibilidades más altas y, por su intermedio, la realización y el ejercicio de la vida en medio de lo propiamente real, del caos.65
Se incorpora ahora la temática de la contraposición o complementación entre verdad y arte que, a fin de cuentas, es la distinción entre mundo aparente y mundo verdadero. Y ya que la verdad fija con su esquematismo el caos, mientras que el arte lo sigue en su fluidez libre, se introduce entonces la inversión del platonismo: “el mundo verdadero es lo que deviene, el mundo aparente es lo fijo y consistente”.66 Sólo por este camino es posible entender cabalmente la “ambigüedad” que aparece en Nietzsche cuando habla sobre la esencia de la verdad, pues al calificarla como “esa especie de error”, no hace sino alusión a lo que Heidegger aclara:
En la inequívoca determinación de la esencia de la verdad como error se piensa necesariamente la verdad dos veces, y en cada caso de modo diferente, es decir, se la piensa de manera ambigua: por un lado como fijación de lo consistente, y por otro como conformidad con lo real.67
Consecuentemente, y aludiendo Nietzsche claramente al tema de la ομοιωσις o adaequatio, se entiende ahora a qué se refiere con la atribución del término “error” a la esencia de la verdad: “Sólo sobre la base de esta esencia de la verdad como conformidad puede ser un error la verdad como consistencia… (así pues), la conformidad no tiene que interpretarse necesariamente en el sentido de una concordancia que copia y reproduce”.68
Más interesante aún, para los fines de nuestra temática, es la siguiente observación de Heidegger:
Cuando Nietzsche rechaza, y con razón, el concepto de verdad en el sentido de una adecuación reproductiva, no necesita por ello repudiar también la verdad en el sentido de conformidad con lo real. Y, efectivamente, no repudia de ningún modo esta determinación tradicional, que pareciera ser la más natural, de la esencia de la verdad. Ésta sigue siendo, por el contrario, el criterio para poner la esencia de la verdad como fijación en oposición al arte que, en cuanto transfiguración, es una conformidad con lo que deviene y sus posibilidades y, precisamente en base a esa conformidad con lo que deviene, constituye un valor superior.69
Ahora bien, estrictamente hablando, ni siquiera el arte logra fijar o aprehender del todo el flujo real, pues en la visión de Nietzsche las creaciones artísticas no son “verdad”, sino apariencia. En conclusión, y poniendo claridad en toda esta inversión, Heidegger explica: “La verdad en cuanto tener-por-verdadero es error, aunque un error necesario. La verdad en cuanto a conformidad con el devenir, el arte, es apariencia, pero una apariencia transfiguradora. No hay un ‘mundo verdadero’ en el sentido de algo que permanezca igual.”70
Por este camino, el punto que resta enfrentar es el de la oposición, real o ficticia, de mundo verdadero y mundo aparente. Siguiendo a Nietzsche, Heidegger acepta que dicho pensamiento: “Tiene que ser abolido; entonces sólo queda como resto el mundo aparente, el mundo como una apariencia en parte necesaria y en parte transfiguradora: verdad y arte como formas fundamentales en las que hace aparición el aparecer del mundo aparente… ¿No es entonces el mundo aparente por sí sólo el único mundo?”71
Con este giro radical no desaparecen verdad y apariencia, conocimiento y arte, pero sí que se ha transformado la esencia de la verdad. Ingresan aquí “los inmoralistas”, entre los que Nietzsche se cuenta. Heidegger se refiere al siguiente párrafo:
Los príncipes europeos tendrían que meditar realmente acerca de si pueden prescindir de nuestro apoyo. Nosotros, inmoralistas, somos hoy el único poder que no necesita aliados para llegar a la victoria: por eso somos, con mucho, los más fuertes entre los fuertes. Ni siquiera necesitamos la mentira: ¿qué otro poder podría prescindir de ella? Una fuerte seducción lucha por nosotros, quizá la más fuerte que haya: la seducción de la verdad… ¿de la “verdad”? ¿Quién me ha puesto esta palabra en la boca? Pero ya la vuelvo a sacar, desdeño la orgullosa palabra: no, tampoco la necesitamos a ella, llegaríamos al poder y a la victoria también sin la verdad. El encanto que lucha por nosotros, el ojo de Venus que cautiva y enceguece hasta a nuestros enemigos, es la magia del extremo, la seducción que ejerce todo extremo: nosotros, inmoralistas, somos los extremos.72
La hermenéutica de Heidegger en este texto es inmejorable, ya que ubica con claridad los elementos, los protagonistas y los destinatarios del texto. Aquí “los inmoralistas” son ahora los que ya han descubierto esta “verdad” que ha dejado atrás la ομοιωσις, y muy diferente a lo que puedan parecer como gente sin buenas costumbres o sin moral, son quienes han abandonado lo suprasensible como medida de lo sensible. Por eso añade Heidegger:
En la medida en que toda metafísica se funda en la distinción del mundo suprasensible como mundo verdadero y el mundo sensible como mundo aparente, toda metafísica es ‘moral’. El inmoralista se opone a la distinción ‘moral’ que funda toda metafísica, niega la distinción de un mundo verdadero y de un mundo aparente y el orden jerárquico puesto en ella.73
Por ello, el “inmoralista”, o propiamente “extremista”, es aquel que se ha orillado al extremo de ya no permitirse ir en busca de criterios y fines para este mundo tomados de “otro mundo”. De ahí la razón de los aludidos en el texto, “los príncipes europeos”, ya que siendo responsables del destino de sus pueblos deberían juzgar si pueden prescindir del apoyo de los primeros. Dice Heidegger:
Esto quiere decir: deberían tener claro si las metas que proponen o admiten como válidas para sus naciones son aún verdaderas metas, si las hipócritas apelaciones a la moral, a los valores culturales, a la civilización y el progreso, no tienen como fondo una metafísica hace tiempo derrumbada.74
Volviendo al núcleo de interés de esta temática, vale la pregunta que más adelante en sus lecciones se plantea Heidegger: “Pero si se derrumba el “mundo verdadero” de lo en sí ente, y con él también la distinción respecto de un mundo sólo aparente, ¿no es arrastrada por ese derrumbe también la esencia más general de la verdad en el sentido de la ομοιωσις? La respuesta de Heidegger: “De ninguna manera, antes bien sólo ahora llega esta esencia de la verdad a una exclusividad sin obstáculos”.75 De manera gradual, y complementaria, son necesarios conocimiento y arte en esta dinámica:
El arte y el conocimiento se necesitan recíprocamente en su esencia. Sólo en su relación recíproca, el arte y el conocimiento proporcionan el total aseguramiento de lo viviente como tal. Ambos son, en esencia, una sola cosa: “asimilación y ordenación de la vida humana al caos: ομοιωσις. Esta asimilación no es una igualación a lo allí presente que lo imita y lo reproduce, sino transfiguración que fija, ordenante-inventiva, perspectivista-horizontal.76
Finalmente, llega para Nietzsche la hora de hablar, con propiedad, de “justicia”. Esta palabra, explica Heidegger, es “el nombre metafísico para referirse a la esencia de la verdad, al modo en el que en el final de la metafísica occidental tiene que pensarse la esencia de la verdad”.77 A partir de entonces, concuerdan ambos pensadores, la ομοιωσις es pensada en su justa manera, luego de años de dogmatismo epistémico que se había olvidado del ente mismo. En 1886, Nietzsche dice que al respecto estaba “profundamente desconfiado frente a los dogmas de la teoría del conocimiento”,78 y Heidegger, por su parte, ve el entero proceso de una nueva visión de la esencia de la verdad como parte medular de la historia occidental del olvido del ser. Así pues, y explicando la dinámica de estos nuevos ajustes, la “justicia es la esencia de la verdad, entendiendo ‘esencia’ de modo metafísico como fundamento de posibilidad”;79 según esto, la posibilidad de la verdad radica en el fundamento que le da la nueva relación existente entre arte y conocimiento.
Abundando sobre el concepto de “justicia” de Nietzsche, Heidegger afirma que: “es un modo de pensar ‘a partir de las estimaciones de valor’”, y éstas no son sino un “poner condiciones de la vida”. Así pues, lejos de tratarse aquí de meras decisiones arbitrarias, “valor” es aquí “el nombre que designa las condiciones esenciales de lo viviente… equivale aquí a esencia en el sentido de posibilitación, de posibilitas… no significan las valoraciones llevadas a cabo en el dominio del cálculo cotidiano de las cosas… sino aquellas decisiones que se toman en el fondo de lo viviente”.80
Ahora bien, “justicia” alude aquí no sólo a la nueva estructuración de conocimiento y arte que Nietzsche ubica a la base o esencia de la verdad, sino también a su funcionalidad o dinamismo. Pues el pensar es enjuiciador, en el sentido de que hace estimaciones de valor que se abren paso, por decirlo así, en medio del caos del mundo. Dicho pensar es constructivo, ya que levanta lo que aún no está constituido; es eliminador, porque se abre paso por medio de decisiones sobre qué poner y quitar; y es aniquilador, pues aparta todo lo que estorbe a dicha constitución.
Junto a lo anterior, en el pensamiento de Nietzsche —prosigue Heidegger— el concepto “poder” es unido al de “justicia”, ya que aquel dinamismo de conocimiento y arte que constituye la justicia, se vuelve además “un mirar lejos en torno… un ver más allá de las pequeñas perspectivas, y por lo mismo es también él mismo, y con más razón, un mirar perspectivista, es decir, un mirar que abre perspectivas”.81
La justicia implica, pues, un mirar empoderado frente al caos del mundo. Consecuentemente, esta justicia empoderada mira más allá del bien y del mal, metafísicamente entendidos, ya que eliminada la distinción mundo verdadero y mundo aparente, elimina frente a sí las antiguas distinciones de la moral, y abre para sí una nueva perspectiva, un nuevo orden de prioridades, de valores.
Hacia el final de su curso de 1939, Heidegger avizora la llegada al núcleo sintético de toda la doctrina de Nietzsche en torno a la esencia de la verdad; dicho núcleo sintético estaría conformado por el sintagma “voluntad de poder”. Encaminándose hacia la explicación de dicho asunto, Heidegger se pregunta primero si la justicia empoderada, de la que se habla antes, no corre el riesgo de lanzarnos a una mera arbitrariedad que no garantice la captación y consecución de lo recto (das Rechte).82 En coherencia con los propósitos de Nietzsche al pretender desbancar la metafísica tradicional, Heidegger reconoce: “ya no podemos preguntar de ese modo, pero al mismo tiempo tampoco tiene que volver todo a degenerar en la arbitrariedad”.83
Para lograr una respuesta, Heidegger inicia especificando y subrayando que “el poder al que aquí se alude, es la voluntad de poder”.84 E inmediatamente hay que aclarar, continúa, que ni es el simple tomar la voluntad como poder ni el poder como voluntad, ya que por ese rumbo han ido “interpretaciones políticas… que alimentan el odio hacia lo alemán o estén al ‘servicio’ del amor por lo alemán”. Antes bien, lo decisivo aquí es, al enfocar el sintagma como “voluntad de poder [Wille zur Macht], el ‘de’ [zur]”.85 El impulso que pretende reflejarse detrás de este sintagma es el de una “sobreelevación, llevar a mayor altura la propia esencia, de tal manera que la propia esencia consiste en esa sobreelevación”. De este modo, se percibe cómo “voluntad y poder son lo mismo en el sentido metafísico de que se copertenecen en la esencia, originariamente una de la voluntad de poder… (así que) dar poder (quiere decir aquí) dar poder [Ermächtigung] para la sobreelevación de sí mismo”.86
Al realizar una síntesis para la conclusión del curso, Heidegger asienta que la voluntad de poder debe ser, pues, pensada “como justicia, a la justicia como fundamento de la verdad en el sentido de la ομοιωσις, y a ésta como el fundamento de la relación recíproca entre conocimiento y arte”. Por este camino, prosigue Heidegger, Nietzsche “lleva a su acabamiento la metafísica occidental”.87 Ahora bien, lo que se impone al final del recorrido es plantearse las preguntas: “¿Qué sucede, sin embargo, con la verdad de este proyecto? ¿Qué sucede con la verdad de los proyectos metafísicos y de todos los proyectos pensantes en general?”88
Heidegger reconoce que no se está en el momento histórico para responder con cabalidad, ya que todavía faltan los presupuestos esenciales; aún más, no pueden plantearse estas preguntas de manera suficiente ni dentro de la metafísica ni dentro del sistema de Nietzsche. Antes bien, todo aquí suena aún a proyecto. De ahí que Heidegger cite la siguiente frase de Nietzsche, en la que se advierte su propósito fundamental: “Humanizar el mundo, es decir, sentirnos en él cada vez más como señores” (Voluntad de poder, n. 614). Con este giro, el pensamiento de Nietzsche renuncia al ser y su tendencia permanente a la fijación, en nombre del devenir. Por esto último, Heidegger percibe que más que acabamiento de la metafísica, la propuesta de Nietzsche sea su negación más determinada, su superación mediante la preponderancia del devenir. En esta nueva visión, el devenir es visto ahora “como lo que permanece, como lo propiamente ente”.89 De ahí, la sentencia final de este curso de 1939: “Imprimir al devenir el carácter del ser, ésta es la suprema voluntad de poder”.90
La última lección del semestre, interrumpido por el inicio de la Segunda Gran Guerra, incluye una anotación importante de Heidegger. La metafísica toca aquí su acabamiento, que es un final; depende de las generaciones futuras que dicho final sea visto como necesario; eso sí, cierra Heidegger: “No nos está permitido explotar a Nietzsche para cualquier tipo de falsificación espiritual contemporánea, ni tampoco podemos, supuestamente en posesión de la verdad eterna, dejarlo de lado”.91 En pocas palabras, no es posible servirse superficialmente de este pensar pensante, y tampoco obviarlo en nombre de antiguas posesiones que con él han quedado removidas en sus cimientos.
b) A lo largo de cinco semestres, de 1936 a 1940, Heidegger siguió ocupándose de la obra de Nietzsche; esa fue la base para que, en 1943, pronunciara en círculos reducidos las ideas que terminaron en el texto “La frase de Nietzsche ‘Dios ha muerto’”, publicado en la obra Caminos de bosque, de 1950. En dicho libro, cada tema es tratado con la profundidad de quien se ha ocupado de él por años; además, la concatenación continua de temas y el remate final hacen que este texto se valore, no tenga desperdicio.
El propósito del texto es averiguar qué lugar ocupa Nietzsche en toda la historia de la metafísica occidental, y cómo enfocó el camino para una revolución de lo suprasensible (νοητον) en favor del mundo sensible (αισθητον).92 De fondo, sigue siendo el tema de la esencia de la verdad el que yace bajo el discurso de Nietzsche. La historia de la metafísica es presentada como historia del ser y la tensión entre éste y su dominio sobre el ente; de ahí que diga que en cada parte del camino histórico “el destino del ser va ganando sobre lo ente en bruscas épocas de la verdad”.93 En opinión de Heidegger, la metafísica de Nietzsche concierne a “la situación y el lugar del hombre actual, cuyo destino, en lo tocante a la verdad, ha sido escasamente entendido”.94
Así pues, y para iniciar la comprensión de la particular metafísica de Nietzsche, hay que recordar que ésta se halla bajo el signo del nihilismo que él compendió dentro de la frase “Dios ha muerto”. Según Heidegger, esta frase de Nietzsche “nombra el destino de dos milenios de historia occidental”.95 Consignada por vez primera en La gaya ciencia,96 y alusiva al Dios cristiano, hay que aclarar, no obstante, que en Nietzsche: “los nombres Dios y dios cristiano se usan para designar al mundo suprasensible en general. Dios es el nombre para el ámbito de las ideas y de los ideales… y desde la interpretación de la filosofía platónica llevada a cabo por el helenismo y el cristianismo, el único mundo verdadero y efectivamente real… mientras que el mundo sensible es el aparente, irreal”.97
Asumiendo la realidad de dicho veredicto, se mantiene en el aire la pregunta sobre aquello que vinculaba las acciones, sobre lo que despertaba y construía en los hombres todo tipo de proyectos. Éste es el estado primero del nihilismo, una nada que se extiende e inquieta a todos. Más aún, agrega Heidegger: “el nihilismo, pensado en su esencia, es el movimiento fundamental de la historia de occidente. Muestra tal profundidad, que su despliegue sólo puede tener como consecuencia catástrofes mundiales.”98 Y es que, mucho más allá de ser la expresión de un ateísmo vulgar, el nihilismo “reflexiona sobre lo que ha ocurrido ya con la verdad del mundo suprasensible y su relación con la esencia del hombre”.99
En este proceso histórico ha habido una sustitución de lo divino, lo cristiano, lo eclesiástico en nombre de la propia conciencia y la razón; y la huida del mundo sensible se vuelve ahora de interés por el progreso histórico, asumiendo el hombre la acción creadora, propia del Dios bíblico. Y lo que importa para los fines de este escrito es notar lo que Heidegger afirma al respecto: “La metafísica es el espacio histórico en el que se convierte en destino el hecho de que el mundo suprasensible, las ideas, Dios, la ley moral, la autoridad de la razón, el progreso, la felicidad de la mayoría, la cultura y la civilización, pierdan su fuerza constructiva y se anulen”.100
Para Heidegger, todo esto está a la base del término “nihilismo”, y toda visión superficial del mismo, a favor o en contra, pierde la profundidad y el impacto que el fenómeno histórico ha tenido en Occidente. De ahí que, en su opinión, haya que preguntarle a Nietzsche mismo qué entiende por “nihilismo”: “que los valores supremos se desvalorizan… falta la meta; falta la respuesta al ‘¿por qué?’”.101 Al respecto, el comentario de Heidegger es que “los valores supremos ya se desvalorizan por el hecho de que va penetrando la idea de que el mundo ideal no puede llegar a realizarse nunca dentro del mundo real. El carácter vinculante de los valores supremos empieza a vacilar. Surge la pregunta: ¿para qué esos valores supremos si no son capaces de garantizar los caminos y medios para una realización efectiva de las metas planteadas en ellos?”.102
Desde esta perspectiva, se ve cómo en Nietzsche el nihilismo no es sólo una decadencia, sino también una legitimación de dicha decadencia, la cual busca una “transvaloración de todos los valores”. Esta versión activa del nihilismo lo presenta no ya como destructor, sino como constructor de una nueva valorización del mundo. La dinámica de este proceso histórico se origina cuando se observa que “la realización efectiva de los valores hasta ahora supremos no se cumple. El mundo parece carente de valores. Por otro lado, en virtud de esta concienciación, la mirada escudriñadora se orienta hacia la fuente de la nueva instauración de valores, sin que el mundo recupere por eso su valor”.103
Ahora bien, es precisa aquí una aclaración: no se trata sólo de quitar de su sitio los antiguos valores y sustituirlos por unos nuevos que, suplanten, por así llamarlo, el sitio de los antiguos; más aún, el nihilismo busca eliminar también ese antiguo sitio valorador de toda la vida humana y del mundo, el lugar suprasensible desde el que se regía y juzgaba al mundo sensible. Íntimamente ligado al concepto de “vida”, el nuevo concepto de “valor” desplaza la importancia, y hasta aniquila (reduce “ad nihil”), el anterior sitio de las ideas antiguas, sustituyendo de manera positiva el mundo metafísico o suprasensible.104
Centrándose en la frase de Nietzsche, de que el valor supone un “punto de vista de las condiciones de conservación y de aumento con respecto a formaciones complejas de relativa duración de la vida en el seno del devenir”,105 Heidegger observa cómo en lugar de las ideas rectoras del viejo platonismo, ahora aparece “un mirar” que es, a la vez, sujeto valorador y beneficiario mismo de sus valoraciones.106 El valor es, entonces, un nuevo ordenamiento “dispuesto” por ese “mirar”, o por ese punto de vista. La que está detrás de ese mirar es la vida misma, que quiere crecer y conservarse. Frente al embate del devenir, la vida pone valores en orden a su conservación y aumento. En esta dinámica aparece patente cómo la vida es, en sí misma, voluntad de poder; voluntad de conservarse y crecer, “ser señor”, “dar órdenes, ordenar”, “la voluntad se reúne consigo misma”, se pliega en un “autorrecogimiento”, “se quiere a sí misma”.107 Este movimiento incesante es el eterno retorno de lo mismo, pues en ese querer de aspiración infinita “la voluntad quiere la superación de su propio poder, no descansa por muy rica que sea su vida”.108
Dentro de este marco doctrinal en torno al tema del valor, la antigua concepción de verdad tiene un nuevo lugar, ingresa ahora como condición dispuesta por la voluntad de poder; por lo tanto, “la verdad es, en cuanto tal condición, un valor… el estable aseguramiento de las existencias del círculo a partir del que la voluntad de poder se quiere a sí misma”.109 Más allá de la manifestación, más allá de la adecuación, y también más allá del deseo de certeza, la verdad es una afirmación, un poner en firme algo: para, a partir de ahí, comenzar a crear (arte).
Ahora bien, como ya lo había dicho en el curso de 1939, esta nueva cualidad de la verdad no basta para las necesidades todas de la vida, ya que ésta precisa, en medio del caos del devenir, abrir posibilidades y proveerse con ellas. Como sabemos, esta “creación de posibilidades de la voluntad, las únicas a partir de las cuales la voluntad de poder se libera hacia sí misma, es la esencia del arte”. Por eso la frase de Nietzsche: “el arte como el gran estimulante de la vida”.110 He aquí de nuevo la razón por la que, para Nietzsche, el arte tiene más valor que la verdad, como se dijo antes.
De esta manera, tanto el tema de la verdad como el del arte identifican a Nietzsche como un pensador plenamente moderno, ya que de esta manera la vida aparece como aquella que muestra una “exigencia de seguridad” y que, en la forma de instaurar valores, “se hace justicia constantemente a sí misma y en este devenir es justicia”.111 En este nuevo ritmo, los antiguos valores sufren una desvalorización y aparece una transvaloración de todos los valores reflejada en la frase “Dios ha muerto”. Ello indica la aurora de una nueva época en la que la voluntad de poder es incondicionada y en la que “la decadencia de los valores normativos toca a su fin… y una figura esencial del hombre pasa por encima del hombre anterior… el nombre para esta figura esencial es el ‘transhombre’”.112
Heidegger desarrolla ahora el tema del transhombre o Übermensch, y afirma que este término “nombra la esencia de la humanidad que, en tanto que moderna, empieza a penetrar en la consumación esencial de su época. ‘El transhombre’ es el hombre que es hombre a partir de la realidad efectiva determinada por la voluntad de poder y para dicha realidad”. De ahí la conclusión de Heidegger: “El hombre cuya esencia es la esencia querida a partir de la voluntad de poder, es el transhombre”.113 La consecuencia de dicha autoafirmación del hombre al final de la modernidad es que, “sin previo aviso y, sobre todo, sin estar precavido, el hombre se encuentra situado, a partir del ser de lo ente, ante la tarea de asumir el dominio de la tierra.”114
Adivinando todo posible desbande del arbitrio humano ante semejantes afirmaciones, Heidegger hace una aclaración pertinente:
La esencia del transhombre no es la licencia para el dominio desordenado de lo arbitrario. Es la ley, fundada en el propio yo, de una larga cadena de las mayores autosuperaciones, que son las que hacen madurar al hombre para lo ente, el cual en cuanto tal ente pertenece al ser, un ser que hace aparecer su esencia volitiva en cuanto voluntad de poder, y por medio de esa aparición hace época, concretamente la última época de la metafísica.115
Ahora bien, la razón de semejante afirmación por parte de Heidegger se debe a que
Lo que antes condicionaba y determinaba al modo de meta y medida la esencia del hombre, ha perdido su poder operativo incondicionado e inmediato y, sobre todo, infaliblemente efectivo en todas partes. Ese mundo suprasensible de las metas y medidas ya no despierta ni soporta la vida. Ese mundo ha perdido a su vez la vida: ha muerto. Habrá aquí y allá algo de fe cristiana, pero el amor que reina en ese mundo no es el principio eficiente y efectivo de lo que ahora ocurre… ese es el sentido metafísico de la frase metafísica: ‘Dios ha muerto’.116
Ante esta constatación, Heidegger pregunta si seguiremos evadiendo la verdad que contiene dicha frase; si podrá el hombre de hoy y de mañana hacer frente al “destino que surge de su esencia en vez de recurrir a toda suerte de medidas aparentes”. He aquí la razón, prosigue Heidegger, de la frase de Nietzsche que cierra la primera parte de su Zaratustra: “Muertos están todos los dioses: ahora queremos que viva el superhombre”.117
Central se vuelve aquí una aclaración más; dice Heidegger: sería muy superficial creer que simplemente el hombre está asumiendo por usurpación el lugar de Dios. La verdad es que dicho sitio puede quedarse vacío, ya que el punto aquí es asumir plenamente la propia subjetividad, como el ámbito efectivamente real. En esta revolución, “el sujeto es sujeto para sí mismo. La esencia de la conciencia es la autoconciencia. Por eso, todo ente es objeto del sujeto, o bien sujeto del sujeto. En todas partes, el ser de lo ente reside en el poner-se-ante-sí-mismo y, de esta manera, im-ponerse… El hombre accede a la subversión”.118
De mayores vuelos es la siguiente consecuencia:
El mundo se convierte en objeto. En esta objetivación subvertidora de todo ente, aquello que en principio debe pasar a disposición del representar y el producir, esto es, la tierra, es desplazado al centro de toda posición y controversia humana.
De ahí que Heidegger traiga aquí a colación la conocida frase de Nietzsche: “Vendrá el tiempo en que se conducirá la lucha por el dominio de la tierra en nombre de doctrinas filosóficas fundamentales”.119 Heidegger precisa que:
Dichas doctrinas “no aluden a las doctrinas de los eruditos, sino al lenguaje de la verdad de lo ente como tal, verdad que es la propia metafísica bajo la figura de la metafísica de la subjetividad incondicionada de la voluntad de poder… Con el inicio de la lucha por el dominio de la tierra la era de la subjetividad se encamina hacia su consumación.120
De ahí que Nietzsche hable continuamente del “gran mediodía”121 o del “desencadenarse enormes poderes”,122 pues desde su perspectiva “el ‘gran mediodía’ es el tiempo de la claridad más clara, la de la conciencia, que se ha vuelto consciente de sí misma de manera incondicionada”.123
Pero el proceso histórico de la “muerte de Dios” no termina aquí, se agudiza aún más, ya que afecta incluso al ser mismo, pues también se ha degradado y “se ha convertido en valor”. Y aquí radica el último golpe contra Dios y contra el mundo suprasensible, pues desde una óptica luterana, Heidegger comenta la frase de Nietzsche con estos términos: Ya no importa si Dios pueda ser conocido o si su existencia pueda ser pensada, pues “Dios, lo ente de lo ente, ha sido rebajado a la calidad de valor supremo”. Y curiosamente, dicho golpe ha sido asestado no por los increyentes, sino por “los creyentes y sus teólogos, que hablan de lo más ente entre todos los entes sin que jamás se les ocurra pensar en el propio ser, con el fin de darse cuenta de que ese pensar y ese hablar, vistos desde la fe, son la blasfemia por excelencia en cuanto se mezclan con la teología de la fe”.124
Entrando en la categoría de un valor, tanto Dios como el ser quedan al arbitrio no de una demostración, sino al de la afirmación o negación de una determinada valorización. Han quedado atrás las viejas disputas sobre si hay Dios; ahora permanece el hecho de que “han matado a Dios”, “nosotros lo hemos matado”, “todo el horizonte (normativo) ha sido borrado”, ha comenzado el tiempo de “pensar según valores”,125 esto es, de pensar según lo que se decide como importante o valioso; el verdadero aniquilar de la metafísica de la voluntad de poder es que “no deja en absoluto que el propio ser haga su aparición… impide que se presente en su verdad”.126
En opinión de Heidegger, esto ha sucedido porque la metafísica de las eras anteriores a Nietzsche no pensó al propio ser en su verdad: y en toda la historia anterior “no encontramos en ningún lugar semejante experiencia del ser mismo… (esto es) no se piensa la presencia (del ser) como presencia a partir de su verdad. La historia del ser comienza, y además necesariamente, con el olvido del ser… y esta extraña carencia sólo depende de la metafísica en cuanto metafísica”.127
A la luz de esta incapacidad de captar el ser mismo, propia de la metafísica, Heidegger explica la razón que originó al nihilismo:
En la manifestación de lo ente como tal en su totalidad, no se toca para nada al ser mismo y su verdad, de tal modo que la verdad de lo ente como tal vale para el ser porque falta la verdad del ser.
En resumidas cuentas, prosigue Heidegger, el “nihil” del término “nihilismo” implica simple y llanamente “que no pasa nada con el ser. El ser no llega a la luz de su propia esencia. En la manifestación de lo ente como tal, el propio ser queda fuera. La verdad del ser no aparece, permanece olvidada… Y es que lo propio del ser es sustraerse. El ser mismo se sustrae en su verdad. Se oculta en ella y se cobija en ese refugio”.128
Con esto se llega al núcleo más íntimo y sorprendente del nihilismo de Nietzsche presentado por Heidegger, ya que la presencia misma de este fenómeno histórico de la metafísica occidental no nos ha puesto a pensar en algo muy escondido, “sino en algo muy próximo, lo más próximo, y que, precisamente por ser sólo eso, pasamos siempre por alto. Al pasar por encima de ello damos constantemente muerte, sin darnos cuenta, al ser de lo ente”. No en balde, prosigue Heidegger, en la “Historia del loco” que presentó Nietzsche en La gaya ciencia, el loco gritaba incesantemente: “¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!”129
En una conclusión sorprendente, Heidegger comenta que ese hombre trastornado:
No tiene nada que ver con ese tipo de maleantes públicos ‘que no creen en Dios’. En efecto, esos hombres no son no creyentes porque Dios en cuanto Dios haya perdido su credibilidad ante ellos, sino porque ellos mismos han abandonado la posibilidad de creer en la medida en que ya no pueden buscar a Dios. No pueden seguir buscándolo porque ya no piensan. Los maleantes públicos han suprimido el pensamiento y lo han sustituido por un parloteo que barrunta nihilismo en todos aquellos sitios donde consideran que su opinar está amenazado. Esta deliberada ceguera frente al verdadero nihilismo, que sigue predominando, intenta disculparse de este modo de su miedo a pensar. Pero ese miedo es el miedo al miedo.130
En clara interpelación a sus lectores y a su época, Heidegger cierra diciendo: el loco termina siendo manifiestamente “aquel que busca a Dios clamando por Dios. ¿Tal vez un pensador ha clamado ahí verdaderamente de profundis? ¿Y el oído de nuestro pensar? ¿No oye todavía el clamor? Seguirá sin oírlo durante tanto tiempo como no comience a pensar”; acto que se inicia cuando se sabe que “la razón es la más tenaz adversaria del pensar”.131
RORTY
a) En uno más de sus embates destinados a desbancar la verdad y la objetividad de su milenario trono, Richard Rorty sostuvo en el año de 2002, en La Sorbona de París, un debate con Pascal Engel en torno al “uso” que hoy por hoy pudiera asumir el término “verdad”. Los textos que ambos presentaron entonces fueron compilados en el libro What’s the Use of Truth?132
Rorty inicia su ponencia, muy a su estilo, con un reto a Pascal Engel, filósofo analítico, al compartirle que también él alguna vez pensó que la filosofía analítica era “la ola del futuro, pero ahora me parece poco atractiva y sin objeto”.133 Más bien, Rorty mismo se posiciona como un pensador que tiene “una visión del lenguaje un tanto más suave e indiferenciada”; en una, es “una red suave que puede ser entendida de un modo mejor si abandonamos las distinciones tradicionales”.134 Junto a ello, hay que decir que “no hay discurso, debate, teoría o vocabulario que esté desprovisto de significado… Cualquier expresión lingüística tiene un significado si se lo das… y ello se consigue si usas una expresión de una manera más o menos predecible”.135
Pero mejor aún, según Rorty, los pragmatistas se interesan sólo en saber si la solución de un debate tendrá un efecto en la práctica, si será útil. Por lo mismo, el punto que Rorty quiere objetar al debate “realismo vs anti-realismo” es que la solución a estos debates no tendrá apoyo alguno en la práctica. Más bien, dice, “veo los debates de este tipo como ejemplos de un estéril escolasticismo… y ya es hora de dejar atrás dichas cuestiones”.136 De ahí que el propio Rorty se adscriba a la tradición de pensadores como Dewey, Davidson y Brandom, o Nietzsche, Heidegger, Sartre y Derrida; la razón es que son pensadores menos expuestos al escolasticismo.
En la visión de Rorty, estos pensadores, especialmente Davidson y Brandom, rechazan “que haya discursos, o algunas partes de nuestra cultura, que están en contacto más cercano con el mundo, o se ajustan mejor al mundo, que otros discursos”; antes bien, “si un discurso tiene la capacidad de representar el mundo, entonces todos los discursos tienen esa capacidad; si algún discurso se ajusta al mundo, entonces todos los demás lo hacen también”.137
Por esto mismo, Rorty se pregunta por la utilidad de alguna parte de nuestra cultura que, en vez de explicar su utilidad social o de determinar el grado de consenso que se obtiene con ella, se aboca a considerar su relación con la realidad. Justamente ésta es la razón por la que, dice Rorty, para filósofos “posmodernos”, entre los cuales se cuenta él mismo, “los problemas tradicionales de metafísica y epistemología pueden ser abandonados porque no tienen utilidad social… sus vocabularios no tienen uso práctico”.138
Igualmente, y ahora en lo concerniente a los cambios que, por ejemplo, pensadores como Kant y los demás ilustrados introdujeron en las ideas, “la única cuestión que hay que preguntarnos es: ¿fue dicho cambio útil socialmente, o no? De esta manera, se le pondría final a debates puramente escolásticos, y hasta el momento bastante aburridos, entre los filósofos. El beneficio social de dichos cambios es obvio”.139
Ahora bien, por este camino, el punto central es aquel que versa sobre nuestras responsabilidades: “los pragmatistas piensan que es hora de dejar de creer que tenemos obligaciones, ya sea con Dios o con algún subrogado divino. El pragmatismo de James, como el existencialismo de Sartre, es un intento por convencernos en orden a dejar de inventar dichos subrogados”.140
Pasando ahora al escabroso tema de la diferencia entre verdad y justificación, Rorty reconoce que le hacen justicia cuando presentan su doctrina entre verdad y creencias que nos parecen justificadas, en términos de audiencias futuras y audiencias actuales. En teoría, una audiencia futura tendrá a su disposición “más datos, explicaciones alternativas, o simplemente mayor sofisticación intelectual. Y esta forma de enfocar el asunto entona con mi convicción de que nuestras responsabilidades son exclusivamente hacia otros seres humanos, no hacia la ‘realidad’”.141
Ahora bien, dice Rorty, Engel recomienda virtudes morales como la “sinceridad”, la “exactitud” o la “confianza”, pero ello puede lograrse “de cara a nuestras prácticas de justificación, en vez de seguir insistiendo en la importancia de la verdad”. Y contra todo temor infundado asegura: “yo no creo que la gente vaya a volverse menos sincera o les interese menos el ser precisos sólo porque se hagan pragmatistas… por lo mismo no veo por qué la separación de la noción de ‘verdad’ de aquella otra de ‘realidad en sí misma’ produzca una mayor falta de sinceridad o un deseo de ser engañado”.142
Finalmente, Rorty se ocupa del sintagma “verdad normativa”: si por ello se entiende que simplemente hay que tener convicciones verdaderas, no hay problema; pero si se piensa, en cambio, “que la verdad es un bien intrínseco que posee un valor intrínseco, entonces la cuestión parece que es imposible de disputar, porque yo no tengo la más pálida idea de cómo determinar qué bienes son intrínsecos y cuáles son sólo instrumentales… para los pragmatistas, ‘intrínseco’ es una palabra de la que se puede prescindir fácilmente”.143
El ideal pragmatista es, pues, “simplemente hacer nuestro mejor esfuerzo para justificar nuestras convicciones ante nosotros o ante los otros”. A fin de cuentas, “la distinción filosófica entre justificación y verdad parece no tener consecuencias prácticas”. Y en orden a concluir, Rorty sostiene que “desde Platón, los términos bueno, justo y verdadero han sido problemas sólo para los filósofos”. Y que, aunque los conceptos de verdad y justificación no se identifiquen, “ello no es razón suficiente para concluir que la naturaleza de la verdad sea una cuestión importante o interesante”.144
b) En el año de 2004, Rorty tuvo a cargo las conferencias universitarias “Page-Barbour” de la Universidad de Virginia, publicadas póstumamente bajo el título de Philosophy as Poetry en 2016. De ahí proviene el texto siguiente, que él tituló “Deshaciéndose de la distinción apariencia-realidad”.145
Como se ve ya desde el título, en ésta, que fue la primera de tres conferencias, Rorty se ocupó del tema que aquí nos interesa. Su punto de partida es reconocer que, “al margen de la utilidad que pueda haber tenido, la distinción platónica entre Realidad (con R mayúscula) y Apariencia (con A mayúscula) ha sobrevivido, y es asunto que sólo los filósofos se toman en serio. Y debemos hacer cuanto podamos para deshacernos de ella”.146 La promesa a cumplirse si esto se logra será, en opinión de Rorty, que:
Ya no deberemos preguntarnos si la mente o el lenguaje representan la realidad de manera adecuada. Dejaremos de pensar que unas partes de nuestra cultura están más en contacto con la realidad que otras. Expresaremos nuestro sentido de finitud no mediante la comparación de nuestra humanidad con algo no-humano, sino comparando nuestro modo de ser humanos con otros modos, mejores, que puedan ser adoptados por nuestros descendientes. Y al acercarnos a nuestros antepasados, no diremos que ellos estaban menos en contacto con la realidad que nosotros, sino sólo que su imaginación era más limitada que la nuestra. Presumiríamos el poder hablar sobre más cosas que ellos.147
Pues bien, en la historia occidental, prosigue Rorty, fue Parménides el primero que introdujo la noción de Realidad, con R mayúscula. Después, Platón enseñó que sólo unos cuantos mortales lograrían acceder a lo “realmente real” si sustituían la opinión común por el conocimiento. Y desde entonces hay quienes se preocupan por saber si es posible acceder a la Realidad o si nuestras facultades cognitivas nos impiden tal acceso.
Lo irónico de todo esto, comenta Rorty, es que nadie en absoluto se preocupa en saber “si tenemos acceso cognitivo a los árboles, las estrellas, la crema o los relojes de pulsera. Ello porque al respecto sabemos distinguir una convicción justificada de otra que no lo sea. Si la palabra ‘realidad’ se usara simplemente como nombre para la suma de todas esas cosas, no se habría armado problema alguno en torno al acceso a ella, y la palabra nunca se habría puesto en mayúscula”.148
La sustitución que Rorty propone consiste en advertir que, de manera práctica, cuando aprendemos a usar la palabra “árbol”, “automáticamente adquirimos una gran cantidad de convicciones verdaderas sobre los árboles”. En este sentido, lo que se denomina sentido común nos hace ver que antes de que aparezca un error en lo que sabemos en torno a, un árbol por ejemplo, ya hemos adquirido una gran cantidad de convicciones verdaderas; antes de que se genere un error, ya le preceden muchas verdades comúnmente aceptadas.
Pero cuando se trata de Realidad, dice Rorty, no hay algo así como el sentido común, pues no hay plataformas comúnmente aceptadas por el vulgo y los instruidos: “y la razón por la cual los debates entre los metafísicos son tan ridículos se debe a que cada uno se siente libre para elegir algunas de sus cualidades favoritas y reclamar para ellas un privilegio ontológico… y a pesar de los mejores esfuerzos de los positivistas, los pragmatistas y los deconstruccionistas, la ontología es tan popular como lo fue en tiempos de Demócrito y Anaxágoras”.149
Según Rorty, la razón de esta popularidad estriba en el rechazo de los filósofos a reconocer que la imaginación poética le establece los límites al pensamiento humano. Los filósofos siguen buscando un “acceso directo” a la realidad, esto es, sin la mediación del lenguaje. Y antes de deshacernos de la ontología, hay que deshacernos de la idea de un acceso no-lingüístico a la realidad. Y el camino para llegar será asumiendo que, “más que una buscadora de verdad, la razón es una práctica social”:150 usar palabras, en lugar de golpes, para conseguir lo que se quiere.
De este modo, se ve cómo la imaginación, que es una combinación de novedad y suerte, permite “hacer algo nuevo y ser lo suficientemente afortunado como para hacer que esa novedad sea adoptada por nuestros semejantes, incorporada a sus prácticas sociales”.151 Esta última capacidad hace que se distinga imaginación de fantasía. Y el criterio para lograr introducir novedades no se halla en la distinción entre lo concreto y lo abstracto, sino en la distinción existente entre “palabras usadas para hacer reportes perceptivos y aquellas no aptas para ese uso”.152 Rorty sintetiza su postura en el siguiente párrafo:
Lo que nosotros llamamos ‘conocimiento acrecentado’ no debe pensarse como acceso acrecentado a lo Real, sino como una acrecentada habilidad para hacer cosas —tomar parte en prácticas sociales que posibilitan vidas humanas más ricas y plenas. Esta riqueza acrecentada no es el resultado de una atracción magnética ejercida sobre la mente humana por lo real verdadero, ni por la habilidad innata de la mente para penetrar el velo de la apariencia. Es una relación entre el presente humano y el pasado humano, no una relación entre lo humano y lo no-humano.153
Así pues, por el camino de Emerson y James, Rorty llega a Nietzsche, quien, haciendo eco de Schiller y Shelley, enuncia la sentencia: convertirse en “los poetas de nuestras vidas”.154 Fundamental considera Rorty la doctrina nietzscheana sobre la imaginación: “Nietzsche dijo una y otra vez que no sólo las vidas humanas, sino incluso el mundo en el que esas vidas humanas viven, son una creación de la imaginación humana”. Acto seguido cita la frase: “nosotros los pensantes-sintientes, somos los que hacemos real y continuamente algo que aún no existe: todo el mundo”.155 En este pasaje, junto con otros que cita de los Fragmentos póstumos,156 halla Rorty la fundamentación para afirmar que Nietzsche nos enseñó a deshacernos de la distinción apariencia-realidad, ya que fuera de “nuestro mundo”, no hay otro mundo.
Con estas bases, Rorty puede expresar su visión del mundo: “la naturaleza en sí misma es un poema que nosotros los seres humanos hemos escrito, y la imaginación es el vehículo principal para el progreso humano”.157 A esto le añade: “la imaginación es la fuente de la libertad porque es la fuente del lenguaje”.158 Y fuera de éste, no hay otro acceso a la realidad.159 Con estos recursos puede optarse, dice Rorty, por la visión de Nietzsche, según la cual el mundo es nuestro poema, en lugar de aquella otra, según la que el mundo es algo que de alguna manera nos comunica cómo es en sí mismo. Y en dicha opción, el progreso humano es visto en relación directa con el expandir nuestra imaginación, y no con una acrecentada habilidad de representar la realidad de modo preciso. El progreso consiste, pues, en “logros poéticos”.160
En una conclusión que acusa claramente la enseñanza de Nietzsche sobre la verdad y el arte, sobre la vis contemplativa y la vis creativa, Rorty asegura que filosofía y poesía pueden coexistir pacíficamente si renuncian a la presunción de trascender la finitud humana.161
REUNIENDO LOS ELEMENTOS
A juzgar por el calado de las reflexiones de Nietzsche, Heidegger y Rorty, y del tema mismo en cuestión, puede verse con claridad que el argumento actual en torno a la naturaleza, uso y validez de la verdad no es algo en absoluto sencillo de resolver. Precisamente por el talante representacional del conocimiento, por lo cambiante de la realidad, por la libertad a la que está entregada en lo humano el tema de la verdad, y por la presencia continua del error y la mentira, la cuestión actual de la posverdad exige reflexiones que van más allá de una simple apelación al sentido común; y requieren un mínimo de conocimientos sobre los alcances y los límites del saber humano para, a partir de ahí, enfocar la cuestión de la posverdad desde un grupo de exigencias que, si se quebrantan, indican claramente un desconocimiento de la verdad o, en el peor de los casos, una manipulación deliberada de su contenido.
Los textos de Nietzsche, Heidegger y Rorty que se han analizado contienen una serie de núcleos temáticos que pueden suministrar elementos útiles para enfocar el controvertido tema de la verdad en el enclave social contemporáneo. A continuación, un resumen apurado sobre sus aportes para después aspirar a realizar una serie de reflexiones en orden a examinar qué tanto hallan eco las actuales posturas de la posverdad en las ideas de dichos pensadores.
Nietzsche
El primer elemento que resalta de su aportación es la voluntad de verdad, presente en todas las épocas humanas; según dicha voluntad, el ser humano, hombre y mujer, aspira —porque lo necesita— a captar con éxito y permanencia cualidades y situaciones que le presenta, desafiante, el mundo en devenir permanente. De la mano con esta temática, aparece aquella otra que podríamos designar como la historicidad de la verdad, ya que este mismo saber que el ser humano consigue en su trato con el mundo, es amenazado con ser dejado atrás, por así decir, por la continua marcha del mundo en devenir. Un elemento más es aquel de la participación activa del sujeto humano en la consecución de la verdad, esto es, no se presenta al ser de la realidad solamente como el guía de la mente hacia su verdad, sino que también la mente humana asume aquí plenamente su papel configurador en la consecución de conocimientos. Otra nota característica de la doctrina de Nietzsche es aquella de la finitud humana, presente en todo momento en el proceso, misma que redimensiona la antigua estatura que asumía el entendimiento del hombre. Crucial es, además, la introducción de la relación entre verdad y arte, como una forma de defender la libertad humana que, sobre la base “real” que le brinda la verdad, construye activamente “su mundo humano”. Igualmente notoria es la importancia que asume la relación de la verdad con el lenguaje y el mundo social, destacando cómo los contenidos verdaderos se anidan en la red tejida por el lenguaje y sirven para la interacción humana. Un asunto final aparece en la convicción de Nietzsche de la inexistencia de otro mundo, el “mundo verdadero”, demostrada ésta por los adjetivos: inalcanzable, inalcanzado, indemostrable, desconocido y refutado.
Heidegger
Según este pensador, Nietzsche es el comienzo del acabamiento de la modernidad, esto es, el inicio de un nuevo modo de ser y de concebirnos como seres humanos. Además, dicho acabamiento tiene como eje central la superación del dualismo de mundos propagado y defendido por el platonismo y su versión popularizante, el cristianismo. Una tercera contribución: lo que está en juego es el dar nuevas respuestas a las profundas preguntas sobre la esencia del conocimiento, la esencia de la verdad y la esencia del hombre. Otra aportación: basándose en Nietzsche,162 se reconoce que la verdad es un valor que la vida establece para su propia conservación y aumento. Un elemento capital es decir que la verdad, presentada como “ilusión”, no implica un descarte de la verdad objetiva, aunque dicha verdad se presente ahora “humanizada”. Igualmente pertinente es la explicación de Heidegger en torno a la complementación —no oposición— entre verdad y arte, en orden a conseguir una adaptación de la vida al flujo del devenir. Asimismo, importa rescatar la complementación de una teoría de la verdad como simple adecuación que Heidegger ve en el concepto nietzscheano de “justicia”: que “pone”, “inventa” y “ordena”. Otra doctrina importante a retomar de Heidegger es la atribución del término “Dios” al mundo suprasensible y su relación con el hombre, así que el “Dios ha muerto” no es llanamente la expresión de un ateísmo vulgar, sino la no realización de dichos ideales. En conexión con esto, comenta que la frase “asumir el dominio de la tierra” no es licencia para todo tipo de arbitrariedad, sino un “madurar para lo ente” en este mundo. Finalmente, destaca la designación de maleantes públicos a los que no creen en Dios porque no pueden buscar a Dios, y no lo buscan porque no piensan.
Rorty
En primer lugar, resalta de él la insistencia pragmática reflejada en la pregunta por el uso de la verdad en los contextos sociales. En continuidad con ello, se establece un criterio pragmático-social para determinar si un debate merece la pena realizarse, de lo contrario merece dejarse atrás con la historia. Un tercer elemento a tener presente es la afirmación de que todo discurso está en contacto con el mundo, sin excepción. También: los cambios propuestos por los diversos pensadores son aceptados por causa de su beneficio social. Por otra parte, las obligaciones no se tienen con Dios ni con otra entidad divina, sino con uno mismo y los demás. Otro asunto es que el progreso epistémico está garantizado por el futuro a las nuevas generaciones, pues contarán con mejores recursos de resolución que nosotros. La sinceridad y la confianza son virtudes propias de las prácticas de justificación, no de una doctrina sobre la verdad. Otro tema es la negación de verdades normativas en tanto verdades con contenidos intrínsecos. En consecuencia, la distinción Realidad-Apariencia debe desaparecer, ya que todas las partes de nuestra cultura están en contacto con la realidad. Además, hay una apuesta ciega al valor del sentido común y de la imaginación para resolver nuestros problemas filosóficos y sociales. Central en su pensamiento es la negación de accesos no-lingüísticos a la realidad. Asimismo, la imaginación es una combinación de novedad y suerte para salir airosos en nuestros proyectos: acrecentada habilidad para hacer cosas. Finalmente, la convicción de que fuera de “nuestro mundo” no hay otro mundo.
VERDAD HUMANA, VERDAD DEL MUNDO. REFLEXIÓN CRÍTICA
Llegados a este punto de la temática, es posible echar a andar algunas reflexiones críticas de cara a la relación actual de la verdad con cada ser humano, y con la sociedad en su conjunto. El objetivo es ver la posibilidad de presentar un concepto más dinámico y adecuado de verdad para el mundo de hoy y, a la vez, a partir del mismo, buscar fundamentos que sostengan nuestra interacción desde una plataforma firme y común a todos.
Mundo cognitivo y mundo en devenir. Lo primero que hay que asentar es que la satisfacción o el éxito que la voluntad humana de verdad consigue, presente en tantos logros humanos en el mundo y la cultura, origina en el ser humano la “creación de un mundo”, el mundo cognitivo, la esfera del saber que, naturalmente, se ubica por su fijación, en oposición con el mundo en devenir. Y no obstante tener este carácter de consolidado, y hasta de incompleto, ello no es indicador directo de su completa inadecuación real ni de un reiterado carácter desechable en lo tocante a sus contenidos. Lo cual nos conduce al siguiente punto.
La historicidad del saber. Ciertamente, el nuestro es un mundo en continuo movimiento, y dicha movilidad hace que el ser humano sienta siempre amenazada de caducidad la vigencia de su saber. Por ello mismo, hay que entender bien el punto de Nietzsche cuando dice que el entendimiento quita de su vista el carácter “falso” de lo real, esto es, el carácter episódico de los conceptos, los juicios y los razonamientos, ya que si en todo momento estuviera pensando en su provisoriedad, respecto del verdadero flujo de lo real, se quedaría catatónico, algo así como aquella célebre suspensión de todo juicio que pretendió Descartes en el capítulo III de su Discurso. Pero esta limitación interna del saber humano tiene que ser redimensionada de cara a un nuevo realismo.
El problema del realismo de nuestro saber. Que su doctrina se refiera a un aspecto del entero proceso de verdad del conocimiento, el propio Nietzsche lo aclara cuando dice que verdad es el nombre de un “proceso”.163 En dicho proceso, no hay, pues, que diluir en el carácter participativo del sujeto, todo el contenido que recaba el proceso; porque así, la verdad termina siendo enteramente una creación humana, y no sólo el proceso, las categorías y esquemas que el hombre pone, sino también todo aquello que concibe sustantivamente como verdadero, se vuelve creación. A fin de cuentas, ese “hervidero de sensaciones” del que Heidegger habla citando a Kant,164 ha sido provocado en la sensibilidad por “algo distinto” a ella misma. De hecho, Nietzsche muestra su conformidad con esta doctrina clásica al aducir, como prueba del realismo, el éxito pragmático del proceso cognitivo: “la apariencia (Scheinbarkeit) es un mundo arreglado y simplificado en el que han trabajado nuestros instintos prácticos: para nosotros es perfectamente correcto: es decir, vivimos en él, podemos vivir en él: prueba de su verdad para nosotros”.165 Que haya que ajustar el alcance de este realismo, es asunto siguiente.
Realismo “con rostro humano”. En el enfoque de los tres pensadores aquí presentados, aparece siempre la intención de trazarle un límite humano a las pretensiones o aspiraciones infinitas del entendimiento. Como se sabe, esas pretensiones se sobrepasaron en la Modernidad y se tornaron autosuficientes y dominadoras. Ahora bien, desde una perspectiva antropológica, dicha aspiración al infinito, presente en el ejercicio del entendimiento y de la voluntad libre, se corresponde con el estatuto de la esencia humana, marcada por la infinitud. Así que, en esa su infinita aspiración, el entendimiento debe a la vez reconocer su finitud, su límite. No hay espacio aquí para extenderse al respecto, pero el camino de un realismo que reconoce en sí mismo su finitud ha sido recorrido por la filosofía del siglo XX, y ha encontrado formas actuales y convincentes en los modelos de, por ejemplo, H. Putnam o J. Habermas,166 bajo la forma de un “realismo con rostro humano” o con “r” minúscula. La razón de estas expresiones aparece a continuación.
El grado de objetividad de las percepciones. Aunque con acentos diferentes, en los tres pensadores expuestos aparece la propuesta firme de una disolución de la antítesis entre Apariencia y Realidad, y la conclusión de que sólo hay un mundo: el mundo humano. Desde este enfoque, se ve muy pronto el riesgo de la aparición de un subjetivismo enclaustrado dentro de los límites del individuo que conoce, y surge el peligro de perder el mundo como plataforma común de las afirmaciones y las acciones. Nietzsche tiene varias críticas a Darwin,167 pero no deja de exhibir su influencia al presentar el dinamismo del entendimiento como una habilidad para ajustarse con el desafío real, justamente en la forma en la que cualquier otra especie viva lo ha hecho al propio modo. Siguiendo con este enfoque darwinista para el entendimiento, habría que suponer que en millones de años la evolución, así como lo muestra en otras especies, ha perfeccionado este potente “órgano” de la especie “hombre” de modo que logre su cometido, y no se vea permanentemente envuelto en un processus in infinitum, condenado a jamás atinar en su propósito. Ello nos conduce al tema siguiente.
El mundo objetivo. Este antiguo tema de la filosofía del conocimiento está a la base de todo el saber y el actuar humano. Pero su relación con los mismos ha sido siempre objeto de debate. El tema de la doctrina de la verdad como “error” de Nietzsche implica, a final de cuentas, el tema del realismo posible o esperable para los contenidos del saber. Y de nuevo, por la vía evolucionista tendría que hacerse patente que, ubicado al final de la cadena evolutiva, sería un contrasentido, contestado por todos los éxitos evolutivos del mundo natural, que el ser humano fuera el único poseedor de un órgano erróneamente desarrollado: sus potencias cognitivas.168 Por lo mismo, hay que comprender que el punto de Nietzsche tiene que ver más bien con la afirmación de una “no-totalidad real” del contenido a recabar en los actos cognitivos, pero no con una total inadecuación; a la vez, dicho saber no es tampoco una total creación humana; existe pues, independiente de nosotros un mundo real. Como alguna vez lo puso Peirce, un contemporáneo de Nietzsche: hay “flores en el desierto que nadie cruzó… y presencia de gemas en el fondo del mar”.169
Hacia un realismo pragmático. La fenomenología de la percepción y las neurociencias actuales han estudiado profusamente el tema del umbral percepcional de nuestros sentidos. Según esto, fuera del límite perceptivo mínimo y máximo de cada sentido, “sigue habiendo mundo” por percibir, mismo que, por ejemplo, otros animales sí perciben, u otros instrumentos de medición creados por el hombre. Más que optar por un derrotismo respecto de las capacidades de la sensibilidad humana, el tema sugiere que el hombre puede conocer de las cosas aquello que necesita saber para determinarse a la acción: un color, un sabor y un olor, p. ej., le indican si un alimento parece o no saludable. Sus sentidos no ven la actividad y presencia de microorganismos, ni la íntima constitución molecular del tejido de algo comestible, pero sí que perciben aquello que es necesario para decidirse. Desde una perspectiva práctica, como en la que insiste Rorty, más no se necesita. Si se quisiera, por algún motivo, saber más, se sirve de un animal (como los perros en las aduanas) o de algún instrumento (como los rayos X) para averiguarlo. Esta versión del realismo ingresa en la antropología con ímpetu enriquecedor, como se verá en seguida.
El dinamismo humano en el mundo. La doctrina de Nietzsche sobre una nueva “justicia” —que Heidegger suscribe—, entendida como una presentación dinámica y sincrónica entre hombre y mundo, surge como antítesis a todo platonismo, y se presenta como un nuevo modelo en el que se piensa lo humano en su unidad indisoluble consigo mismo y con el mundo. A fin de cuentas, el análisis extremo que, por mor de la intelección, practicó siempre la metafísica occidental separó tanto, y “congeló” tanto los elementos en juego, que terminó no sólo atomizando el conjunto, sino fosilizándolo y presentándolo falto de dinamismo; y así resultó una imagen dislocada de mundo y hombre, que tanto Nietzsche como Heidegger, y a su modo Rorty, ven como el fin de la metafísica occidental. La aurora de una “nueva metafísica” está en relación directa con el modelo antropológico que en ella se presente. En ella habrá de aparecer, con igual claridad, el papel del hombre en la historia, explicado a continuación.
El nuevo hombre y la visión de la historia. Superando el esquematismo antropológico, los tres pensadores apuestan por un modelo humano implicado completamente en el mundo; el mundo es sólo punto de arranque de lo que el hombre hace de él, pues su dinamismo epistémico pone en acto procesos que consiguen la verdad; mas, sobre esta base, apenas se inicia la vida humana, ya que la creación que permite el “arte”, abre y eleva la vida a posibilidades siempre nuevas que se sintetizan en la palabra “libertad”. Con este empoderamiento sobre el mundo y su verdad, el hombre construye de manera creativa (imaginativamente) su tiempo y hace historia. El mundo se le abre ahora como inmenso ámbito de posibilidad y realización. Ahora todo apunta a una vida sin límites: “se desencadenan enormes poderes” (Nietzsche).
Muertos están todos los dioses. Con este canto de guerra, el Zaratustra de Nietzsche vislumbra la aurora de una nueva era humana, aquella en la que fuera del “mundo del hombre” no hay nada no-humano, ni sobre-humano, que dirija la acción. La idea de la frase alberga la convicción de que la tradición (religiosa, moral y metafísica) ha sojuzgado al hombre con productos anti-humanos obtenidos de cualquier fuente, menos del mundo del hombre. El tema pone a pensar en la razonabilidad de lo moral y de lo religioso, y desafía a las tradiciones a mostrar con claridad su “logos explicativo” en lo tocante a sus contenidos. Si la nuestra es la época del sentido, las tradiciones religiosas y morales han de saber exponer, clara y convincentemente, la familiaridad y humanidad que incluyen sus mejores contenidos, esto es, mostrar claramente el sentido que tienen dentro de la vida humana.
La vida, un universo complejo. Hacia el final de estas reflexiones, no puede obviarse el dato de que toda esta problemática, más que una manía propia de las escuelas de filosofía en toda la historia, como afirma Rorty, se origina en la enorme complejidad ontológica de la relación mundo y hombre. Al decir de G. Scholem, “hay un misterio en el mundo”,170 esto es, el estatuto de lo ente (Heidegger) rebasa continuamente la captación completa y perfecta a la que aspira la mente del hombre. Por ello mismo, proyectos como el de Rorty, de fomentar “prácticas sociales que posibiliten vidas humanas más ricas y plenas”, no dejan de verse como hermosos ideales emprendidos con pobres recursos; representando un cierto pragmatismo estadounidense,171 Rorty cree resolver mucho al despacharse, por su acusada inutilidad práctica, temas y vocabularios filosóficos. Ello no restará, sin embargo, complejidad a la vida humana, que siempre dará más de sí para la reflexión y la creatividad.
CONCLUSIÓN: LA AFIRMACIÓN Y NEGACIÓN DE LA VERDAD
Los temas que han aparecido en este recorrido han involucrado una gran cantidad de elementos que entran en juego al explicar y examinar la dinámica cognitiva del entendimiento humano. A partir de ellos se alza la enorme complejidad que el proceso presenta, y que muchos toman de pretexto para justificar una invitación a deshacerse de todo por inútil y confuso o, en el peor de los casos, aprovechan para confundir a las mayorías, esgrimiendo argumentos como la incapacidad del entendimiento humano respecto de su propósito, o la relatividad de cada perspectiva individual, o la permanente caducidad de todo lo que aspira a presentarse como verdadero y bueno en la cultura humana.
Esta situación trae ante nosotros el tema de la verdad como una oferta que el mundo y el saber humano hacen al individuo racional. Como bien asentaron Nietzsche y Heidegger, ello apenas es el inicio o plataforma de la creatividad posterior que realiza la vida. No obstante, dicha creatividad, a la manera de las piruetas que ejecutan los acróbatas, requiere siempre de puntos de apoyo que ofrezcan resistencia y firmeza, so pena de precipitarse vertiginosamente al vacío.
Por lo mismo, en cierto sentido, la verdad quedará siempre a merced del hombre, aunque también éste quede siempre a merced de la verdad. Con esto se quiere decir que la verdad se ofrece en su objetividad y conveniencia a la libertad del individuo, que puede o no aceptarla como conveniente o inconveniente. Y aquí entra la temática adyacente de la posverdad. “Es cierto que el mundo es de esta y aquella manera —se dice petulante el practicante de la posverdad— pero yo decido qué hacer con esa información y qué tanto de ella asumir como verdadero”. Pues sí, dicha negación de la verdad es una posibilidad que la libertad concede, de forma que el individuo sea, y se sienta, siempre autónomo. El único costo es que ello tiene repercusiones prácticas, justamente de esas en las que tanto se interesaba Rorty.
Y precisamente porque el hombre es del mundo, de él procede y en él se desarrolla, nada más práctico que ajustarse a los datos que nuestro entendimiento en su ejercicio reporta sobre ese mundo. Naturalmente, se puede vivir como se quiera —eso es enteramente otra cuestión— pero la adaptación del individuo a los datos del mundo produce directamente éxito o frustración en sus acciones. Uno podría beber gasolina, en vez de agua, y nadie se metería a una discusión en torno a que no le dejan a ese tal hacer como mejor le plazca, pero lo cierto es que las consecuencias prácticas de esa acción muy pronto se verán reflejadas en la humanidad de esa persona. Pues lo mismo sucede con el resto del universo de información que el entendimiento recaba del mundo y que ha quedado plasmado en la tradición: se ofrece al individuo racional como poderoso e importante recurso, pero siempre queda a merced de su libertad, esto es, de su afirmación o negación libre.
Ahora bien, este margen humano que siempre deja la verdad, en orden a ser afirmada o negada, da pie al uso que de la verdad muchos hacen en las sociedades actuales, tan complejas por los recursos de difusión y diseño que afectan siempre a la verdad. Esto nos introduce en la temática de la verdad y el uso político-mercantil de la misma. Ya desde Nietzsche, el uso político de la verdad, en la forma de su declaración o encubrimiento, aparece desde el célebre fragmento “Los príncipes europeos tendrían que meditar si pueden prescindir de nuestro apoyo”;172 es manifiesta la convicción de lo útil que puede ser el “difundir conocimiento”, indistintamente de que sea verdadero o no, pues importa especialmente el “conocimiento conveniente”. Con ello queda abierta la posibilidad de que la verdad entre en la agenda política para diseñar espacios públicos y crear mentalidad, especialmente mentalidad clientelar que prepare la recepción de los diversos productos a ofrecer.
Sobre el “uso de la verdad” habría de decirse que, al ver las proclamas de las pancartas que la gente porta en las marchas ciudadanas en pro de sus derechos inalienables como mujeres o personas con preferencias sexuales diferentes, por ejemplo, lo que queda manifiesto es el prejuicio generalizado contra la religión y las tradiciones, presentadas en la forma de poderes que buscan colonizar al individuo y su libertad, sin advertir que quienes por eso luchan, ya han sido colonizados previamente por otros poderes, y que éstos no son en modo alguno poderes que buscan samaritanamente la emancipación del individuo, sino su estatuto clientelar.
Desafortunadamente, detrás de la ideología (“verdades convenientes” propaladas) hay negocios globales a la espera, mismos que una vez conquistados sus territorios en el mundo de la vida de las personas, desatarán sus poderes y, con ello, sus infinitas ganancias. Cada vez sabemos más, y con más detalle, del negocio planetario de todo lo que se llama anticoncepción, clínicas abortivas, suplementos hormonales de las grandes farmacéuticas; y, por el contrario, rara vez se echan a andar programas para educar con la verdad a los jóvenes en su sexualidad, para fortalecer los lazos de la familia nuclear o para buscar darle sentido a la vida de tantos individuos que se sienten perdidos en su mundo. Esto nos lleva a ahondar lo más posible en la expresión de Nietzsche, que Heidegger presenta en todo su dramatismo: “¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!”
Esta frase se presenta, a menudo, como el grito de guerra del hombre de hoy, externado por aquí y por allá con diferentes tonos, de lo dramático a lo satírico, y con diferentes formulaciones. Sin embargo, dicho grito de guerra es, primero y más profundamente, un grito de llanto. Llanto del hombre por lo que le ha pasado de malo, llanto porque no ha podido superarlo, llanto porque se siente solo en la titánica tarea de ser mejor. Desconocer que esto se halla a la base de los gritos actuales es tanto como estar atendiendo los síntomas de una enfermedad que ni se conoce; por lo mismo, los remedios aducidos serán siempre analgésicos o paliativos, pero nunca terapéuticos. Así, la verdadera pregunta a plantear es si en sí mismos son inalcanzables los antiguos valores, o si ha sido el hombre moderno el que se ha minimizado en su autoconcepción como sujeto de valores.
Esto último nos conduce a una reflexión sobre la convicción de Nietzsche, Heidegger y Rorty en torno a la imposibilidad de una vida según la moral de antaño. Se trata, pues, del tema de la verdad y el correspondiente descreimiento del hombre contemporáneo en torno a sí mismo. Vistas de cerca, la crítica a la metafísica y la lucha anti-platónica de muchos se debe al auto-convencimiento de la incapacidad de ser mejores personas que priva en ellos. Y es que el problema se halla en que, presentada la vida humana como gimnasio moral, al estilo de los Cínicos de la antigüedad, a cualquiera se le antoja imposible una superación personal que logre vencer, a base de disciplina personal, las pasiones, las inclinaciones y las tendencias. Y es por ello que la religión, por lo menos la cristiana, presenta la gracia como la ayuda justamente sobre-humana, adecuada y oportuna, para las luchas humanas contra la maldad que nos habita.
Bibliografía
Habermas, J. (2011). Verdad y justificación. Ensayos filosóficos, Madrid: Trotta.
Heidegger, M. (2001). Caminos de bosque. Madrid: Alianza.
____ (2007). Nietzsche. Barcelona: Ariel.
Horkheimer, M. & Adorno, T. (2016). Dialéctica de la ilustración. Fragmentos filosóficos. Madrid: Trotta.
Nietzsche, F. (2015). Fragmentos póstumos (1885-1889). Madrid: Tecnos, vol. IV.
____ (2014-2018). Obras completas. Madrid: Tecnos.
Oxford English Dictionary (OED). (2016) Oxford: Oxford University Press.
Peirce, C.S. (1963). Collected Papers. Cambridge: Harvard University Press.
Putnam, H. (1992). Realism with a Human Face: Cambridge: Harvard University Press.
Rorty, R. & Engel, P. (2007). What’s the Use of Truth? New York: Columbia University Pressork.
Rorty, R. (2016). Philosophy as Poetry. Charlottesville-London: University of Virginia Press.
____ (2011). An Ethics for Today. Finding Common Ground Between Philosophy and Religion. New York: Columbia University Press.
Scholem, G. (2006). Hay un misterio en el mundo. Tradición y secularización. Madrid: Trotta.
Parte II
3
Género vs sexo. Hacia una antropología de la sexualidad humana
Ramón Lucas Lucas
INTRODUCCIÓN
El agudo y sabio Chesterton decía: “llegará el día en que se blandirán espadas por demostrar que las hojas son verdes en verano”.1 Profeta con sentido común. Hoy esas espadas se han desenvainado para defender lo obvio: “que en verano las hojas son verdes”, que la gran mayoría de los seres vivos, sean vegetales o animales, son heterosexuales y así se reproducen. Pero no se blanden las espadas para defender la heterosexualidad de plantas y flores, como tampoco de perros y gatos. ¡Ah! Pero qué lucha cuando se trata del ser humano, que también la biología lo clasifica entre los animales. Hay quien blande la espada para defender y quien para atacar. Hoy, las espadas de ataque a la heterosexualidad de los seres humanos chorrean sangre y hacen correr mucho dinero. En la descripción que el editor Laertes hace del libro de Oscar Guasch Andreu,2 dice textualmente:
La heterosexualidad es un problema social grave, que limita la vida de millones de seres humanos. Esta obra explica que la heterosexualidad es un invento médico-burgués del siglo XIX. Y es que la heterosexualidad no es natural ni instintiva, y tampoco genética.3
Así de claro. El combate de espadas no es sobre las decisiones libres de las personas, sobre si dos varones quieren convivir o dos mujeres casarse. Es sobre la naturaleza humana. La genética y la biología no tienen ya cabida en la definición de la persona humana; ésta queda reducida a la sola dimensión psíquica expresada en la decisión individual. El editor Laertes continúa presentando el libro así: “La heterosexualidad se aprende, cambia y se transforma; la de ahora ya no es la de antes”. El panta rei de Heráclito torna en la forma más radical.
Para la biología y para el sentido común, la verdad salta a la vista; dos más dos dan cuatro, no es discutible, aunque a veces desearíamos que fueran cinco, otras tres; sin embargo, la naturaleza de las cosas no depende de los deseos o decisiones. Pero en la cultura contra-natura, esta evidencia no es cierta y hay que blandir la espada de la argumentación para “demostrar que las hojas son verdes en verano” y que la heterosexualidad es un dato estructural de la persona humana, tanto a nivel biológico como psicológico y espiritual. La ideología de género presenta un mundo utópico y es una verdadera revolución cultural,4 que pretende imponer que las hojas en verano no son verdes, que la dualidad sexual no existe en los seres humanos, que el matrimonio entre un hombre y una mujer es invención de la cultura occidental, que es un derecho para las madres matar a los hijos en su seno, y un acto de amor eliminar al anciano. Voy a exponer brevemente los puntos esenciales y hacer después una valoración crítica, recuperando lo positivo que hay en el fondo de ciertas posiciones y evidenciando, al mismo tiempo, los elementos más problemáticos.
IDEOLOGÍA Y CULTURA DE GÉNERO
La sexualidad ha sido siempre una dimensión humana controvertida: fuente de unión y de discordia. No cabe duda que en un pasado no muy lejano, y todavía hoy en no pocos países y culturas, el paradigma dominante ha sido la inferioridad, subordinación y dependencia de la identidad femenina respecto a la masculina. A cada sexo corresponderían, por determinación biológica, unas funciones sociales y unos comportamientos culturales que serían fijos e invariables. Esto ha conllevado discriminación y violación de los derechos fundamentales de las mujeres. Quien es sensible a los derechos de las personas no podía no reaccionar. La cultura occidental, sobre todo, lo ha hecho presentando una separación tan radical entre sexo y género, que ha llevado a muchos estudiosos a denominarlo “ideología de género”.
Definición de género
El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua define el género, desde el punto de vista lingüístico, como “categoría gramatical inherente en sustantivos y pronombres, codificada a través de la concordancia en otras clases de palabras y que en pronombres y sustantivos animados puede expresar sexo”. Según esto se aprecian tres géneros: masculino, femenino y neutro. El término “género” proveniente del campo de la lingúística se aplicó, a partir de la década de 1960, a la psicología y a la antropología. Mientras el sexo es biológico, el género sería una construcción cultural correspondiente a los roles o funciones que en cada sociedad se asignan a los sexos. De hecho, el mismo Diccionario así lo recoge: “grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico”. Este paso de la lingüística a la antropología ha comportado, para el uso de la lengua, no pocos debates.
La Real Academia ha publicado el Libro de estilo de la lengua española;5 en su primer capítulo insiste en rechazar el uso del “lenguaje inclusivo”; no debemos confundir sexo y género. Lo primero es “una condición orgánica de un ser vivo”, mientras que lo segundo “es una propiedad de los sustantivos y de algunos pronombres”. Asimismo, insiste en que “el carácter no marcado del masculino hace innecesario el desdoblamiento” en la mayor parte de los casos. Desde un punto de vista lingüístico, “no hay razón para pensar que este género gramatical excluye a las mujeres”.
Según la nueva acepción impulsada por la ideología de género, se da una separación y una independencia entre la dimensión biológica y la psíquico-cultural de la persona, por lo que se puede decidir la propia identidad sexual y a qué género pertenecer, independientemente del sexo biológico que se posea. En palabras de sus impulsores, el género es una construcción radicalmente independiente del sexo:
El género es una construcción cultural; en consecuencia, no es el resultado casual del sexo ni tan fijo como éste […]. Al decir que el género es una construcción radicalmente independiente del sexo, el género mismo es un artificio libre de cualquier vínculo; en consecuencia hombre y masculino podrían significar tanto un cuerpo femenino como uno masculino; mujer y femenino, tanto un cuerpo masculino como uno femenino.6
“Aunque muchos creen que el hombre y la mujer son la expresión natural de un plano genético, el género se produce por la cultura y por el pensamiento humano, es una construcción social que crea la verdadera naturaleza de cada individuo”.7 El sexo está determinado biológicamente y constituye “lo dado”, lo no elegible. El género es la orientación sexual y la conducta sexual que depende de la elección personal; se hace con base en factores como la educación, los estereotipos, la cultura y el propio comportamiento. La decisión personal y la “soberanía absoluta” de la voluntad es el único criterio a tener en cuenta.8
Se presenta así una identidad personal basada en el transformismo de las diferencias sexuales. La sexualidad es un continuum de identidad de género; en sus extremos están macho-hembra, heterosexual-homosexual. Entre los dos extremos hay muchas situaciones mezcladas. Cada persona puede oscilar entre diversas situaciones y polos considerando la propia identidad (más allá del sexo y del género) como múltiple, móvil, indefinida, cambiante, en relación a cualquier estática y sofocante fijación.
Objetivo de la ideología de género
Se podría hablar de muchos objetivos, pero en realidad creo que todos se centran en uno según sus promotores:
El final de la familia biológica eliminará también la necesidad de la represión sexual. La homosexualidad masculina, el lesbianismo y las relaciones fuera del matrimonio ya no se verán como opciones anormales […] La humanidad podrá retornar a su sexualidad poliforma natural […] la igualdad feminista radical significa, no simplemente igualdad bajo la ley y ni siquiera igual satisfacción de necesidades básicas, sino más bien que las mujeres —al igual que los hombres— no tengan que dar a luz. La destrucción de la familia biológica, que Freud nunca vislumbró, permitirá el surgimiento de mujeres y hombres nuevos.9
Se trata de una deconstrucción de la familia que implica varios aspectos, que progresivamente se han ido implementando. Siempre se ha dicho que la familia es la célula de la sociedad. Rediseñar la familia, mediante una deconstrucción de la misma, significa rediseñar la sociedad. Por eso, el objetivo es deconstruir las propiedades fundamentales de la familia: unidad, indisolubilidad, heterosexualidad, fecundidad, autoridad. En la década de 1960 se promovió el amor libre contra la unidad y se difundió el divorcio contra la indisolubilidad; en la década de 1970, la anticoncepción y el aborto contra la fecundidad; a partir sobre todo de la década de 1990 el “matrimonio” homosexual contra la heterosexualidad.
Desmontar en la sociedad y en las conciencias de las personas la idea de la familia heterosexual y sustituirla por la de “familias abiertas” es el objetivo de la ideología de género, porque:
La familia nos da las primeras lecciones de ideología de clase dominante y también le imparte legitimidad a otras instituciones de la sociedad civil. Nuestras familias son las que nos enseñan primero la religión, a ser buenos ciudadanos, tan completa es la hegemonía de la clase dominante en la familia, que se nos enseña que ésta encarna el orden natural de las cosas. Se basa en particular en una relación entre el hombre y la mujer que reprime la sexualidad, especialmente la sexualidad de la mujer.10
Para lograr este objetivo, hay que acabar con la dualidad sexual de los seres humanos fundada en la heterosexualidad. Si el género es una construcción cultural radicalmente independiente del sexo, hay que eliminar la bipolaridad sexual: “La meta no es sólo la de terminar con el privilegio masculino, sino con la distinción sexual: las diferencias genitales no tienen importancia cultural”.11 Esta ideología intenta suprimir la diferencia natural entre hombre y mujer12 y afirmar que no existe una “forma natural” masculina o femenina. Suprimiendo la forma natural de la sexualidad se intenta llegar a la plena liberación sexual en la que todos los géneros son iguales, es decir, son modos de comportamiento sexual. Cada uno puede elegir el tipo de género al que desea pertenecer, y el Estado debe dar el reconocimiento jurídico de la igualdad de todos los géneros. “Desde el momento en que las diferencias entre hombre y mujer deben abolirse, la masculinidad o feminidad, que son propias de cada ser humano, no tienen ya nada que expresar respecto de la persona”.13
Se trata de liberarse “del yugo de la familia tradicional” entendida como represión de la sexualidad de las parejas y educadora de los hijos.14 En realidad no se niega la familia, sino que se redefine, rediseña como “lugar de afectos” o “unión de individuos” prescindiendo de la identidad sexual (heterosexuales, homosexuales, bisexuales, etc.), sin limitación de número (poligámicas, poliándricas), con o sin hijos (adopción homosexual, fecundación in vitro y transferencia de embriones [FIVET]), etc.).
Raíces de la ideología de género
No cabe duda que una tendencia de esta envergadura y duración posee múltiples causas. Sin duda, el movimiento feminista en su poliédrica diversidad es una de ellas. Se podría definir el feminismo como la toma de conciencia de la subordinación de la mujer respecto al varón, y la búsqueda de la superación de la inferioridad para mejorar las condiciones de vida de la mujer. El feminismo ha evolucionado y pasado por etapas muy diversas. Si tomamos como punto de arranque la publicación del libro de Mary Wollstonecraft, Reivindicación de los derechos de las mujeres, tenemos que remontarnos a 1792. Llegó después el feminismo liberal de Harriet Taylor, La emancipación de las mujeres (1851), y John Stuart Mill, La subordinación de las mujeres (1869). Un influjo notable lo marcó el feminismo marxista y socialista con la reivindicación de la igualdad en el trabajo. A partir de las últimas décadas del siglo XX se difundió el feminismo de género, que ha sufrido una notable transformación, que se puede sintetizar en cuatro etapas: 1) feminismo de la igualdad sexual: de la diferencia a la igualdad: reivindicación de la igualdad de derechos por la igualdad de identidad. 2) Feminismo de la diferencia sexual: de la diferencia de identidad sexual a la especificidad de los derechos femeninos: derechos “para” las mujeres y “de las” mujeres. 3) Feminismo de género: de la diferencia a la indiferencia mediante la categoría de “género”: el género más allá del sexo, con la irrelevancia de la diferencia sexual para la propia identidad, el matrimonio, la familia y los nuevos derechos. 4) Feminismo total: de la indiferencia sexual de género al multigénero proponiendo el dinamismo y transformismo de las diferencias sexuales y la fluidez del género.
Otra causa puede reconducirse a una interpretación neomarxista de la historia. El sexo implica clase, la clase presupone desigualdad, la desigualdad genera alienación, discriminación y opresión. No me parece aventurado decir que Friedrich Engels estableció los fundamentos de la ideología de género cuando en su libro El origen de la familia, la propiedad y el Estado escribió: “El primer contraste de clase de la historia coincide con el desarrollo del contraste entre el hombre y la mujer unidos en el matrimonio monógamo, y la primera forma de opresión de clase es la del sexo femenino por parte del sexo masculino”.15
El análisis marxista y la lucha de clases es la base de la dialéctica género vs sexo. Hoy, la lucha de clases no es la social-obrera, sino la de los sexos. El sexo (varón) es el nuevo capitalista opresor que debe ser combatido por la clase oprimida del género (mujeres, homosexuales, bisexuales, etc.). El equilibrio humano (comunismo) se alcanzará cuando desaparezcan completamente las diferencias basadas en el sexo y cada uno, liberado de esta alienación, haya elegido su género y orientación sexual, pudiendo cambiarla según las circunstancias. Simone de Beauvoir es un claro testimonio cuando afirma: “hasta que la familia, el mito de la familia, el mito de la maternidad y el instinto materno no desaparezcan, las mujeres estarán oprimidas.”16 Más cruda y marxista aún es su afirmación: “Cuando esos mismos médicos “bien pensados” exaltan la maternidad, afirman que el feto forma parte del cuerpo materno, que no es un parásito que se alimente a sus expensas. Se ve cuán vivo es todavía el antifeminismo en ese encarnizamiento que ponen algunos hombres en rechazar todo cuanto podría manumitir a la mujer”.17
Está claro que no pocos promotores y defensores de la ideología de género se encuentran en ambientes liberales alejados de concepciones y visiones marxistas de la historia; pero también es verdad que son más bien raras las posiciones marxistas que no les ofrecen su apoyo. Estamos ante un coctel de marxismo y liberalismo, cuyo resultado es la imposición de un pensamiento único que aplasta, como ya lo hicieron los carros armados, a todo aquel que no se alinea. El libro de Michel Onfray, Théorie de la dictature,18 es paradigmático porque salido de la pluma de un filósofo ateo, de izquierda y “come curas”, pone de manifiesto que la ideología de género ha creado una sociedad totalitaria, que niega la naturaleza humana y destruye la libertad. Una sociedad que “mantiene un control continuo”, que “uniforma la opinión pública”, que “borra el pasado y reescribe la historia”.
DUALIDAD SEXUAL: ANÁLISIS CRÍTICO DE LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO
El análisis crítico que sigue no pretende desconocer los puntos positivos y las justas reivindicaciones que subyacen en algunas posiciones de la ideología de género. Simplemente trato de responder a la pregunta ¿qué bases biológicas y psicológicas tiene la ideología de género? Esto es lo que voy a tratar de hacer mediante un análisis crítico,19 tomando en cuenta las diversas dimensiones de la persona en una unidad-totalidad.
El ser sexuados es para el hombre y la mujer un dato original de su constitución psico-somática.20 Desde el punto de vista antropológico, la persona es una realidad uni-dual, porque la sexualidad de cada individuo implica intrínsecamente una irreducible correlación unificadora hacia las demás. Si cada persona puede considerarse “totalmente” humana, en cuanto que cada una tiene todas las características propias de la naturaleza humana, no puede tener, sin embargo, la pretensión de ser el “todo” humano, porque por su especificidad sexuada está diversificada del otro y carece de las características peculiares de la otra modalidad sexuada.21
El mismo término “sexo” se ha formado del latín secare, que significa separar, distinguir lo que estaba unido. La etimología indica ya esta dualidad, esta diferencia de dos que estando “separados”, tienden a reconstruir la unidad original. Éste es también el sentido de los mitos griegos, y a él hace también alusión el primer capítulo del Génesis. Pero, a diferencia de los mitos, el relato del Génesis: “Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios los creó, varón y mujer los creó” (Gn 1, 26-27), pone en evidencia que el dato original es la unidad en la diversidad: “serán los dos una sola carne”. La perfección homo se realiza en la doble polaridad sexual, de lo masculino y lo femenino. Esta dualidad sexual es un dato bueno ligado a la naturaleza humana; es el modo original de ser homo.
En la mitología griega se da otra explicación: la dualidad es la consecuencia de un castigo. El Banquete de Platón se dedica completamente al tema del amor y el núcleo lo constituye el conocido mito relatado por Aristófanes:
Pero, primero, es preciso que conozcáis la naturaleza humana y las modificaciones que ha sufrido, ya que nuestra antigua naturaleza no era la misma de ahora, sino diferente. […] la forma de cada persona era redonda en su totalidad, con la espalda y los costados en forma de círculo. Tenía cuatro manos, mismo número de pies que de manos y dos rostros perfectamente iguales sobre un cuello circular. Y sobre estos dos rostros, situados en direcciones opuestas, una sola cabeza, y además cuatro orejas, dos órganos sexuales y todo lo demás como puede imaginarse a tenor de lo dicho. Caminaba también recto como ahora, en cualquiera de las dos direcciones que quisiera […] Eran también extraordinarios en fuerza y en vigor y tenían un inmenso orgullo, hasta el punto de que conspiraron contra los dioses. Y lo que dice Homero de Esfialtes y de Oto se dice también de ellos: que intentaron subir hasta el cielo para atacar a los dioses. Entonces, Zeus y los demás dioses deliberaban sobre qué debían hacer con ellos y no encontraban solución. Porque no podían matarlos y exterminar su linaje, fulminándolos con el rayo como a los gigantes, pues entonces se les habrían esfumado también los honores y sacrificios que reciben de parte de los hombres, ni podían permitirles tampoco seguir siendo insolentes.
Tras pensarlo detenidamente dijo, al fin, Zeus:
Me parece que tengo el medio de cómo podrían seguir existiendo los hombres y, a la vez, cesar de su desenfreno haciéndolos más débiles. Ahora mismo, dijo, los cortaré en dos mitades a cada uno y de esta forma serán a la vez más débiles y más útiles para nosotros por ser más numerosos. Andarán rectos sobre dos piernas […]. Dicho esto, cortaba a cada individuo en dos mitades, como los que cortan las sebas y las ponen en conservas o como los que cortan los huevos con crines. Y al que iba cortando ordenaba a Apolo que volviera su rostro y la mitad de su cuello en dirección del corte, para que el hombre, al ver su propia división, se hiciera más moderado, ordenándole también curar lo demás. Entonces, Apolo volvía el rostro y, juntando la piel de todas partes en lo que ahora se llama vientre, como bolsas cerradas con cordel, la ataba haciendo un agujero en medio del vientre, lo que llaman precisamente ombligo. […] Así pues, una vez que fue seccionada en dos la forma original, añorando cada uno su propia mitad se juntaban con ella y rodeándose con las manos y entrelazándose unos con otros, deseosos de unirse en una sola naturaleza, morían de hambre y de absoluta inacción, por no querer hacer nada separados unos de otros. Y cada vez que moría una de las dos mitades y quedaba la otra, la que quedaba buscaba otra […]. Desde hace tanto tiempo, pues, es el amor de los unos a los otros innato en los hombres y restaurador de la antigua naturaleza, que intenta hacer uno solo de dos y sanar la naturaleza humana. Por tanto, cada uno de nosotros es un símbolo de hombre, al haber quedado seccionado en dos de uno solo, como los lenguados. Por esta razón, precisamente, cada uno está buscando siempre su propio símbolo.22
El mito resuelve así el hecho de la dualidad sexual. La heterosexualidad no contradice la identidad fundamental; si, por una parte, el dato biológico constituye el punto de partida de la diferenciación sexual, por otra parte, muestra la identidad constitutiva de ambos sexos: individuos de la misma naturaleza. “La connotación sexual de cada sujeto atañe no ya a la naturaleza humana que es una e idéntica en cada uno, sino a la caracterización en dos modalidades fundamentales distintivas de su ser, la de la masculinidad y la de la feminidad, que constituyen los dos polos sexuados que fundan lo humano”.23 La identidad de la persona no es sólo biología; implica también la dimensión psicológica y espiritual; pero para entenderla no se puede ignorar la dimensión biológica.
Diferencias genético-biológicas: el sexo biológico
Desde el punto de vista de la ciencia biológica,24 pertenecer al sexo masculino o femenino está determinado, desde la concepción, por factores genéticos, gonádicos, hormonales y morfológicos. En biología se habla de:
Sexo cromosómico. Éste se constituye por la presencia o ausencia del cromosoma Y en el patrimonio genético del individuo. El sexo femenino, además de otros 44 cromosomas, está determinado por dos cromosomas iguales, que se indican con la letra X; en la especie humana, la mujer se constituye con la fórmula 44+XX. El sexo masculino, además de los otros 44 cromosomas tiene un cromosoma igual a la X de la mujer y otro diverso indicado por la letra Y. “El sexo nace antes que nosotros. Hemos sido varones o mujeres desde el día de la concepción y lo hemos sido de modo irreversible. El desarrollo hormonal, la centralización neurológica, el ciclo fisiológico y la configuración morfológica de nuestra sexualidad no son sino fenómenos subsiguientes, pero también consecuentes, al fenómeno de la determinación genética del sexo”.25
Sexo gonádico. El sexo cromosómico orienta el desarrollo de las gónadas en sentido masculino (testículos) o femenino (ovarios). El cromosoma Y o X activa algunos genes que dan origen a la diferenciación de las gónadas. El crecimiento y diferenciación de las glándulas sexuales se realiza sucesivamente sobre una base de tejidos diferentes, bajo la influencia de genes encargados del mecanismo de diferenciación gonádica en sentido masculino o femenino. El sexo gonádico está, por lo tanto, basado en las características histológicas de las gónadas: el varón posee tejido testicular, la mujer posee tejido ovárico. Las gónadas producen células germinales aptas para la reproducción; los espermatozoides para el varón y los óvulos para la mujer. Las gónadas, además, producen determinadas hormonas que influyen en la sucesiva formación y fisiología de los órganos genitales, lo que hace hablar de sexo hormonal, es decir, la testosterona producida por los testículos, y los estrógenos y progesterona producidos por los ovarios.
Sexo ductal. Está formado sobre la base de los genes y las gónadas; en el varón se compone del epidídimo, conductos deferentes, vesículas seminales, próstata, glándulas bulbouretrales y parte de la uretra. En la mujer comprende el útero, trompas de Falopio y parte de la vagina.
Sexo fenotípico o genital. Está determinado por las características anatómicas en el nivel de genitales externos. Mientras el sexo interno (cromosómico y gonádico) deriva de las estructuras diversas en los dos sexos, los genitales externos tienen un esbozo embrionario común, que después, bajo el influjo genético y de las hormonas sexuales masculinas y femeninas, se desarrolla de modo diferente: glande, pene y escroto en el varón; clítoris, pequeños y grandes labios (que forman la vulva) en la mujer. Sobre la base de este nivel de referencia se da, en el momento del nacimiento, la atribución legal y social del sexo.26 El desarrollo sucesivo lleva, en la pubertad y en la madurez, al crecimiento de los órganos sexuales internos y externos según las características propias de cada uno de los dos sexos.
Diferencias genético-biológicas. Sobre la base de estas precisiones terminológicas y conceptuales, se puede decir que el individuo crece y se desarrolla a partir del patrimonio genético, bajo la acción de sustancias excitantes e inhibidoras, llamadas hormonas. En la formación del organismo, respectivamente masculino o femenino, tienen importancia fundamental las hormonas sexuales producidas por las gónadas testicular u ovárica, que a su vez dependen de los genes X y Y. En condiciones normales, el organismo se plasma en sus componentes genéticos, anatómicos, morfológicos y fisiológicos de modo diverso y complementario. El femenino de manera que sea un día apto a todas las funciones de la maternidad. El masculino para desarrollar las funciones de la paternidad. La diversidad-complementariedad atañe, por lo tanto, dos caracteres cromosómicos (presencia de X o Y en la última pareja de cromosomas), y caracteres endocrino-neurológicos, los caracteres fenotípicos y los fisiológicos.
Desde el punto de vista anatómico-morfológico, la diferenciación se refiere a los órganos genitales y la forma general del cuerpo. Además de las diferencias estrictamente conectadas a los órganos de reproducción, se dan las morfológicas generales: estatura, esqueleto, piel, pelo, etc. Alexis Carrel, autor del célebre libro La incógnita del hombre, en relación con el problema femenino, escribe:
Las diferencias que existen entre el hombre y la mujer no provienen de la forma particular de sus órganos, de la presencia del útero, de la gestación o del modo de educación. Son de naturaleza más fundamental, determinadas por la estructura misma de los tejidos y por la impregnación de todo el organismo de sustancias químicas específicas secretadas por el ovario. La ignorancia de estos hechos fundamentales ha llevado a las promotoras del feminismo a creer que ambos sexos debían tener la misma educación, los mismos derechos y las mismas responsabilidades. En realidad, la mujer difiere profundamente del hombre. Cada una de las células de su cuerpo lleva la marca de su sexo. Lo mismo ocurre con sus órganos y, sobre todo, con su sistema nervioso. Las leyes fisiológicas son tan inexorables como las del mundo sideral. No pueden ser sustituidas por los deseos humanos. Estamos obligados a aceptarlas como son.27
Toda la corporeidad en su morfología, desde la más externa hasta la más íntima, queda señalada por la diferencia sexual. Fisiológicamente, el metabolismo basal desde el nacimiento es más bajo en la mujer; la temperatura es inconstante, disminuye antes de la rotura del folículo ovárico, sufre después un incremento. El andar es más sutil, el ritmo fluctuante. El desarrollo de la mujer sigue un ritmo diverso al del hombre. Alcanza la pubertad una media de dos años antes. La madurez sexual se acompaña de fenómenos más intensos; la producción de óvulos es cíclica, con los fenómenos que hacen posible la anidación del embrión. La concepción y el desarrollo de una nueva creatura ocurren en el vientre, durante un periodo de nueve meses. El parto es propio de la mujer.
Estados de intersexualidad biológica
En la sexualidad física normal hay armonía y concordancia entre los componentes antes mencionados. Sin embargo, existen situaciones genéticas anómalas, como el síndrome de Turner en el que se tiene sólo un cromosoma X, o en el síndrome de Klinefelter que tiene “XXY”. Pueden darse otros casos como “XXX” o “XXXY”. Como se puede comprobar empíricamente, donde está la Y, aunque haya más X se da un fenotipo prevalentemente masculino, aunque sea anormal; en cambio, cuando falta la Y el fenotipo es prevalentemente femenino. Existen, además, estados de intersexualidad biológica; el más relevante, aunque muy raro, es el hermafroditismo donde hay tejidos ováricos y testiculares simultáneamente; el caso más común es el que presenta un fenotipo prevalentemente masculino, incluso con genitales externos rudimentarios, alguna vez con el acompañamiento de menstruaciones después de la pubertad, debidas a la presencia de un útero rudimentario.
Es necesario distinguir estas diversas formas de anomalías, que bien pueden ser patologías clínicas recogidas todas ellas en libros de medicina, y que atañen a los componentes físico-biológicos del sexo, del transexualismo verdadero donde los elementos biológicos se entrelazan con los psíquicos. El transexualismo es la situación de inadecuación y discordancia entre el sexo físico-biológico en sus componentes mencionados, y la tendencia psicológica que se percibe en sentido opuesto. Esta inadecuación a menudo se manifiesta en forma de conflicto entre la dimensión biológica y la psicológica. El rasgo distintivo del transexual es la percepción consciente de sentir su pertenencia al sexo opuesto al genético, endocrino, fenotípico y, obviamente, también anagráfico que posee. En el transexual verdadero, este sentirse “otro” puede surgir de una disconformidad orgánica (sobre todo de tipo hormonal y fenotípica) y va acompañado de una tendencia a identificarse física, psíquica y culturalmente con el “otro sexo”. En el análisis del fenómeno transexual, el caso más frecuente sucede en personas de sexo físico masculino que psicológicamente se sienten mujeres y tienden a identificarse con el sexo femenino, tanto en las características biológicas como en las psicológicas y culturales. Tendencia que a menudo se asocia con el deseo obsesivo de librarse de los atributos genitales/hormonales que se poseen y adquirir los del sexo opuesto. Si esta tendencia y comportamiento arraigan profundamente en la persona, se llega a una cierta irreversibilidad que le lleva a pedir la intervención quirúrgica correctiva.
Diferencias psíquicas: el sexo psicológico-cultural
Las diferencias biológicas profundamente ligadas a la constitución masculina o femenina, no pueden sino incidir en la vida psíquica del hombre y de la mujer.28 Cualquier parte del cuerpo de la mujer, incluso la menos diferenciada del hombre, manifiesta la feminidad. Porque:
No son las formas corporales que luego vamos a calificar de peculiarmente femeninas las que nos señalan un extraño modo de ser humano profundamente distinto del masculino y que llamamos feminidad, sino más bien al contrario: todas y cada una de las proporciones del cuerpo nos co-presentan, nos hacen entrever la intimidad de aquel ser que desde luego, nos es la Mujer, y esta feminidad interna, una vez advertida, rezuma sobre su cuerpo y lo feminiza. La advertencia es paradójica, pero me parece innegable: no es el cuerpo femenino quien nos revela el alma femenina, sino el alma femenina quien nos hace ver femenino su cuerpo.29
Este texto de Ortega y Gasset define bien el concepto de sexo psíquico como dimensión constitutiva de la sexualidad humana. Si por sexo biológico se entiende el formado por los caracteres cromosómicos, gonádicos, ductales y fenotípicos; el sexo psicológico es la conciencia o percepción de pertenecer a un determinado sexo (masculino o femenino); ocurre en los primeros años de la infancia. Se forma en base al desarrollo infantil, educación, medioambiente. Suele coincidir con el sexo biológico. Es muy importante que el niño o niña encuentre su identidad sexual y se identifique con ella en los primeros años de la infancia. Como todo lo psicológico, esta dimensión de la sexualidad humana se aprende. Como los niños, en los primeros años de desarrollo, aprenden las cosas fundamentalmente por imitación, el niñito aprende que es varón y la niñita que es mujer; por eso la figura paradigmática para ellos es importante.
Esta identidad sexual psíquica impregna la vida de la persona y tiene un específico modo de expresarse. De todos es conocido el diferente modo de ser y manifestarse del hombre y de la mujer. La raíz no es sólo la diversa constitución biológica, sino también la psíquica y espiritual. En el campo biológico hay elementos que uno posee y otro no (útero, testículos, etc.); otros que ambos poseen en diversa medida o proporción. En el campo psíquico y espiritual no se trata de presencia o ausencia de varias dotes, sino de variaciones de intensidad y de tonalidad en cada uno de los dos sexos. No hay que olvidar que las diferencias entre los individuos son importantes, y lo que en general se dice del varón o de la mujer, puede ser contradicho por individuos concretos en los que se encuentra una realización diversa. Desde el punto de vista psíquico se puede decir que en la masculinidad está presente la feminidad, pero predomina la masculinidad, y por eso una persona es masculina. Del mismo modo, en la feminidad está presente la masculinidad, pero predomina la feminidad, y por eso una persona es femenina. Varón y mujer tienen un modo típico y diferente de vivir las características psíquicas comunes. Dicho esto, hay algunos aspectos más acentuados en uno u otro sexo.
La mujer es, en general, más sensible, atenta a los detalles pequeños, advierte más cosas que para el hombre pueden parecer insignificantes. Ortega y Gasset describe esta diferencia en algunas páginas que pueden ser criticables.30 Aunque Ortega no está en la estela filosófica de Tomás de Aquino, al contrario, es muy crítico y distante de él, me parece que la idea de fondo es la misma que la tomista de la unidad sustancial entre cuerpo y espíritu, por la que hay una influencia recíproca de las dos dimensiones en la unidad de la persona. La mujer tiene una relación más intensa con el propio cuerpo que trasciende las sensaciones orgánicas y toca la dimensión psíquica:
[…] el cuerpo de la mujer está dotado de una sensibilidad interna más viva que el del hombre, esto es, que nuestras sensaciones orgánicas intracorporales son vagas y como sordas comparadas con las de la mujer. […] La relativa hiperestesia de las sensaciones orgánicas de la mujer trae consigo que su cuerpo exista para ella más que para el hombre el suyo. […] Las consecuencias son claras: toda la vida psíquica de la mujer está más fundida con su cuerpo que en el hombre.31
Nada más natural entonces, dice Ortega, que la tendencia femenina al cuidado, ornato y embellecimiento del propio cuerpo.32
La mujer es más afectiva y emotiva. Todos tenemos emociones y experimentamos cada día su influencia en nuestro comportamiento. La emotividad no es exclusiva de la mujer, sino que está fuertemente presente en todas las personas y se manifiesta según su carácter y temperamento. Sin embargo, en general se puede decir que la mujer se conmueve con más facilidad que el hombre. Expresiones típicas de la emotividad, como la sonrisa, el llanto, el cambio del estado de ánimo, son más dominantes en las mujeres. La afectividad emotiva tiene la gran ventaja de la empatía, lo que lleva a la mujer a ser más compasiva, más tierna que el hombre. A causa de la afectividad, existe en la mujer la inclinación a dar prioridad a las razones del corazón más que a las de la razón.33
Pero como es bien sabido y probado por estudios reconocidos por su seriedad, la sensibilidad y la emotividad influyen en las facultades intelectivas34 y la inteligencia de la mujer se explica generalmente de modo diverso de la del hombre.
La inteligencia de la mujer es más intuitiva, la del hombre más discursiva. En correlación con el punto precedente, se encuentra también éste de la inteligencia intuitiva. La capacidad de comprender las cosas se puede explicar de dos modos: por intuición y por razonamiento discursivo. El razonamiento discursivo necesita a menudo de una elaboración larga y atenta. La intuición es una especie de relámpago y fulguración intelectiva, por la que se capta con un solo acto y en un instante la causa en el efecto. Hombre y mujer gozan de ambos modos de aprehender; pero la mujer parece más rica de intuición. La inteligencia, ayudada por el amor, quema etapas y llega enseguida a donde la inteligencia discursiva llega mucho más tarde.
Toda la vida de Miguel de Unamuno es una lucha entre la razón y la emotividad; él había puesto en evidencia la importancia de la inteligencia emotiva en el inicio de su obra Del sentimiento trágico de la vida: “El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se haya dicho que es un animal afectivo o sentimental”.35 Se puede definir la inteligencia emotiva como la capacidad de comprender la realidad a través de la gestión de nuestra emotividad. No hay duda de que en esto la mujer tiene capacidades mucho más desarrolladas que el hombre.
La mujer es alocéntrica, el hombre es egocéntrico. Esta característica parecería a primera vista en contraste con la “hiperestesia de las sensaciones orgánicas” femeninas de la que hablaba antes. Lo que intento decir está bien descrito en el libro de Gina Lombroso, El alma de la mujer,36 y que se puede resumir así: la mujer tiene un centro de interés fuera de sí, en una persona distinta de sí, a la que puede comunicar y manifestar su afectividad. Quien ha tenido un poco de experiencia con matrimonios sabe que el amor en la mujer sobrepasa generalmente el problema del placer, para entrar por completo en el dominio psíquico; y la unión moral, sentimental y espiritual con aquel a quien ama, quita fácilmente el puesto principal en su ánimo y supera el placer físico sexual. La misma estructura biológica femenina evidencia esta estructura psicológica de recepción y acogida.
Esto me permite concluir que la identidad sexuada de la persona no puede reducirse a su estructura biológica; al mismo tiempo, hay que afirmar que no puede prescindir, separarse, o peor, contraponerse a ella. La identidad sexuada no depende sólo de la “soberanía de la voluntad”, sino de la naturaleza de la persona humana, que es biología, psique, espíritu. Ya lo decía bien claro Cicerón:
Si los derechos se fundaran en la voluntad de los pueblos, en las decisiones de los príncipes y las sentencias de los jueces, sería jurídico el robo, jurídico el adulterio, jurídica la suplantación de testamentos, siempre que tuvieran a su favor los votos, o los plácemes, de una masa popular […]. Y es que para distinguir la ley buena de la mala no tenemos más norma que la naturaleza, con la que se discierne lo justo de lo injusto […]. Pensar que esto depende de la opinión de cada uno y no de la naturaleza, es cosa de locos.37
Estados de intersexualidad psíquica
Ya hablé del transexualismo precisando que tiene componentes biológicos y psíquicos. Ahora me voy a referir a la homosexualidad. A diferencia del transexual, aquí los aspectos de la sexualidad no se sienten en sentido ambiguo y conflictivo; más bien es la atracción erótico-afectivo-sentimental a personas del mismo sexo. El homosexual no desea cambiar de sexo, sino simplemente tener relaciones sexuales y afectivas con personas del mismo sexo.38
El vocablo “homosexualidad” es la traducción del término alemán homosexualität, neologismo que une la palabra griega omoios (semejante, igual) y la latina sexus (sexo). El vocablo fue acuñado en 1869 por el doctor prusiano Kertbeny, para indicar las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo. La intención de Kertbeny era usar un término neutro para indicar las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo, dado que los términos usados hasta entonces (pederastia, sodomía) tenían una fuerte connotación negativa. Desde el punto de vista del análisis existencial humano, la homosexualidad es tan antigua como el hombre. Ya la filosofía griega intentaba darle explicación con el famoso mito del andrógino.39 Hombres ilustres, como Julio César, y emperadores, como Adriano, practicaban la homosexualidad. La homosexualidad (mejor bisexualidad) de César la describen Cicerón, Plutarco y Suetonio. Adriano tenía como amante preferido al joven esclavo Antinoo. Cuando el amante murió, Adriano lo transformó en un dios, erigiendo multitud de estatuas en todo el imperio. Desde el punto de vista social-político, la historia muestra un vaivén entre tolerancia y represión. Hubo aceptación y exhibición pública, en el arte, cultura, etc., en la Atenas clásica, el imperio romano, el renacimiento, y parte de la cultura occidental actual. Dura represión en el medioevo, la contrarreforma, la segunda guerra mundial, y aun no pocos países hoy día.
La cultura actual ha focalizado la atención de los medios de comunicación y de la política sobre ella. La filosofía, sin embargo, no puede contentarse con la constatación del fenómeno, sino que tiene la tarea de hacer una reflexión seria sobre sus causas.40 De ahí que sea necesario hacer algunas distinciones conceptuales fundamentales.
La primera es distinguir entre tendencia homosexual y comportamientos homosexuales.41 Hay homosexuales “no-practicantes”, que rechazan la etiqueta de “gay”, se abstienen de comportamientos y actos homosexuales; sin embargo, experimentan la tendencia hacia personas del mismo sexo como un aspecto innegable de su psicología y personalidad. Estas personas viven un contraste entre los valores en los que creen y sus tendencias sexuales. El otro grupo son los homosexuales “practicantes”, los que se reconocen gay, viven como tales, practican actos homosexuales, y —sobre todo— reivindican para este comportamiento y estilo de vida un reconocimiento de paridad con el heterosexual, incluso en el plano jurídico del matrimonio. En este grupo se trata de vivir y hacer valer una identidad sociopolítica y un estilo de vida homosexual, típicamente representado en los días del orgullo gay. En lo que sigue dejo de lado el segundo grupo, porque su análisis ya se ha hecho en la primera parte de este trabajo, y tiene muchos aspectos de tipo psicológico, social, político, ideológico, económico, etc., que concurren en su práctica y difusión. Más pertinente es la clarificación del primer grupo, es decir ¿cómo explicar la tendencia homosexual?
En la comprensión de la tendencia homosexual hay que tener en cuenta los diversos aspectos implicados: biológico, psicológico y sociológico. Desde el punto de vista biológico, un atento análisis de los datos científicos revela que los factores genéticos y hormonales no desempeñan un papel determinante en el desarrollo homosexual, si bien puede haber algunos factores que predispongan a ello. Queda ciertamente excluido el factor hereditario a nivel genético. Estudios serios, aún no superados, como los de Masters, Johnson y Kolodny, afirman que hoy “la teoría genética de la homosexualidad está casi totalmente descartada”;42 y Karlen concluye que “la realidad de los hechos demuestra cada vez más decisivamente que los genes no causan la homosexualidad”.43 Se puede admitir la existencia de algunos factores fisiológicos que pueden predisponer a carencias sexuales, y en consecuencia a la homosexualidad, pero no de factores predeterminados y mucho menos del “gen de la homosexualidad”. En este sentido, un desequilibrio hormonal podría tener cierto influjo en la predisposición si se dan las verdaderas causas de tipo psicológico.
Superada la explicación biológica, hay que reconocer la influencia causal de factores psicológicos y sociales. Un hecho es claro para los psicólogos y educadores: es muy importante que el niño o la niña encuentre su identidad sexual y se identifique con ella en los primeros años de la infancia. Una falta de realización en este campo no quedará sin consecuencias. En el homosexual resultan evidentes carencias de la identidad sexual. La identidad sexual sustancial se conserva intacta —y en esto se distingue del transexual— pero hay una percepción subjetiva de incompleta identificación sexual que se repercute en la psicología de la persona. Esta carencia de identidad sexual se refiere a una situación interior asincrónica en relación con el propio sexo, que hace percibir su inadecuación en la expresión del propio Yo. Dicha inadecuación se manifiesta prevalentemente en la psicología y en la personalidad, y no necesariamente se hace explícita en rasgos de afeminamiento o masculinidad. La carencia de identidad sexual es frecuentemente un problema del desarrollo, ligado a relaciones familiares problemáticas, sobre todo con la figura masculina/femenina importante para el niño/niña.
Dicho así, parecería que toda relación familiar conflictiva conduce necesariamente a la homosexualidad, mientras la realidad de los hechos nos muestra situaciones de conflicto que no han generado esta tendencia. Por eso, la causa primaria no es tanto el conflicto o la ausencia de la figura paradigmática, cuanto la incapacidad del niño/niña para identificarse con la propia sexualidad a causa de un rechazo psicológico-emotivo hacia —o por parte de— una figura paradigmática. Si el infante es receptivo hacia la influencia paradigmática, el conflicto puede ser superado y la figura sustituida por otra, como hermanos, hermanas, familiares, educadores, etc.; pero cuando este impulso se frustra, la tendencia homosexual emerge como “esfuerzo reparador”.44 En psicología y en los centros de especialización se ha constatado que una actitud materna hiperprotectora, un excesivo autoritarismo paterno, conflictos entre padre-hijo —incluso inconscientes— no resueltos, la ausencia paterna/materna no sustituida por otra figura paradigmática, pueden ser los principales factores para que surja la tendencia homosexual.
Esta perspectiva evidencia que “el planteamiento determinista” de la homosexualidad, según el cual se nace homosexual y no hay nada que hacer, puede ser superado por “el planteamiento reconstitutivo” basado en la recuperación de la identidad sexual. La recuperación de las relaciones familiares auténticas, la autoaceptación y la eliminación de los sentimientos de culpa, el cultivo de una sana autoestima, el desarrollo de buenas amistades, son elementos fundamentales en este planteamiento. Reconstruir se puede, sobre todo, cuando la persona toma conciencia de que esto no es una fatalidad determinista que atenaza, sino un camino abierto.
COMPLEMENTARIEDAD EN LA DIFERENCIA E IGUALDAD DE DERECHOS FUNDAMENTALES
Concluyo el análisis con una reflexión sobre la igualdad de derechos de las personas. Las diferencias entre varón y mujer no tocan solamente la dimensión biológica, sino también la psíquica y cultural. Esta diversidad, sin embargo, se da en una igualdad de dignidad y derechos derivados de la misma naturaleza humana. Las personas, cualquiera sea la condición, orientación y situación, somos iguales y dignas de respeto absoluto. Entre los sexos se da interdependencia, correspondencia, corresponsabilidad y complementariedad.
Sobre la base de la unidad psicofísica de la persona se puede afirmar que masculinidad y feminidad son el resultado de la naturaleza humana, que no es sólo biológica, sino también psíquica y espiritual. El hombre no es únicamente un ser natural, sino también cultural. Hoy, la mayor parte de los estudiosos considera que la interacción entre naturaleza y cultura, entre factores biológicos y psico-sociales, contribuye a la estructuración de la identidad, incluso cuando no se conoce bien cuál es el equilibrio entre los unos y los otros. La identidad sexual es, por lo tanto, un hecho de naturaleza y de cultura juntamente. Angelo Serra, genetista, en un estudio sobre el tema afirma:
En realidad, en un análisis completo de la naturaleza e intensidad de esta fuerza en el hombre —análisis que no puede prescindir de una lógica meta-biológica que considera la totalidad de la persona— incluso admitiendo que el origen y la orientación están inscritos en ella en el nivel biológico, se debe reconocer que su naturaleza no es sólo de orden biológico, y su intensidad no es cuantificable teniendo presente sólo este nivel. En efecto, puede bien demostrarse que, al constituirse en su totalidad, al caracterizarse y al expresarse, intervienen simultáneamente, durante todo el desarrollo, otros componentes de orden psicológico y mental, derivados de las relaciones que se establecen entre el sujeto singular humano y el ambiente familiar y sociocultural, en el que es concebido, nace y crece, y por el ejercicio de la propia capacidad racional y volitiva, que se desarrolla a través del aprendizaje y la educación.45
Se puede sostener que la afirmación: “la mujer es igual al hombre” no es del todo precisa, pues, después de lo dicho, es patente que la mujer no es igual al hombre. Otra cosa es decir que la mujer tiene los mismos derechos que el hombre. Esto es verdad, porque los derechos siguen a la naturaleza; el hombre y la mujer tienen la misma naturaleza. En el Génesis se narra que cuando Dios creó al hombre dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza […] varón y mujer los creó” (Gn 1, 26-27). Ambos tienen la misma naturaleza humana, la misma dignidad, los mismos valores. Por eso tienen los mismos derechos, porque éstos se derivan de la naturaleza ontológica. Pero puesto que tienen diversa personalidad (varón y mujer), tienen el derecho de que se observe y respete su personalidad diversa. La dualidad hombre-mujer es una completa paridad, si se trata de la dignidad humana y una maravillosa complementariedad si se trata de los atributos, de las propiedades y de los deberes, unidos a la masculinidad y a la feminidad del ser humano. Se podría afirmar que: “la humanidad está realizada en el nivel del individuo. Pero está completa en nivel de la reciprocidad sexual. La masculinidad realiza una versión esencial de lo humano. Como la feminidad es una modulación fundamental suya”.46
La dualidad y diferenciación sexual masculina y femenina es importante, pero no indica una diferencia de valor entre el uno y el otro sexo. Influyen en el desarrollo de la personalidad, sellan las peculiaridades propias de las actividades masculinas y femeninas, pero no son el uno superior al otro. Hombre y mujer están proyectados como seres correspondientes el uno al otro, en el mismo plano; se confrontan en el diálogo, en las actividades, en el sufrimiento y en la alegría, en el conocimiento y en el amor. En el mito que narra Aristófanes, en El Banquete de Platón, es precisamente el amor lo que recrea la antigua unidad.
[Si Hefesto] les preguntara: “¿qué es, realmente, lo que queréis, hombres, conseguir uno del otro?”, y si al verlos perplejos volviera a preguntarles: “¿Acaso lo que deseáis es estar juntos lo más posible el uno del otro, de modo que ni de noche ni de día os separéis el uno del otro? Si realmente deseáis esto, quiero fundiros y soldaros en uno solo, de suerte que siendo dos lleguéis a ser uno, y mientras viváis, como si fuerais uno solo, viváis los dos en común y, cuando muráis, también allí en el Hades seáis uno en lugar de dos, muertos ambos a la vez. Mirad, pues, si deseáis esto y estaréis contentos si lo conseguís”. Al oír estas palabras, sabemos que ninguno se negaría ni daría a entender que desea otra cosa, sino que simplemente creería haber escuchado lo que, en realidad, anhelaba desde hacía tiempo: llegar a ser uno solo de dos, juntándose y fundiéndose con el amado. Pues la razón de esto es que nuestra antigua naturaleza era como se ha descrito y nosotros estábamos íntegros. Amor es, en consecuencia, el nombre para el deseo y persecución de esta integridad. […] digo que nuestra raza sólo podría llegar a ser plenamente feliz si lleváramos el amor a su culminación y cada uno encontrara el amado que le pertenece retornando a su antigua naturaleza.47
La dualidad hombre y mujer es una uni-dualidad-complementaria. La partícula copulativa y que se pone entre los dos componentes de lo humano “hombre y mujer; varón y fémina”, tiene valor ciertamente “disyuntivo” en cuanto que indica la existencia de dos distintos seres humanos, poseedor cada uno de su propia personalidad aunque con una misma naturaleza, pero también y sobre todo tiene un valor de “conjunción”, en cuanto que las dos modalidades de lo humano están hechas para ponerse en íntima e irremovible relación dual, conyugal, con el fin de realizar, a través de la íntima unión e integración de las dos personalidades sexuadas, la totalidad y plenitud de lo humano.48
Esta uni-dualidad y complementariedad se manifiesta en la “conyugalidad”, es decir, en la unión física, psíquica y espiritual con la identidad opuesta. La unión interesa a la totalidad de la persona y no solamente a una parte suya. En el acto de amor conyugal, cuando es plenamente humano, está implicado el cuerpo, la psique y el espíritu de la persona. Reducirlo a una de estas dimensiones significa empobrecerlo, hacerlo incompleto y objetivamente falso, porque el cuerpo humano no tiene sentido sino como dimensión integrante de la totalidad de la persona. Porque el hombre no es la mujer, porque el uno no es igual al otro, en cuanto que no tiene las características correlativas del otro, cada uno debe ponerse frente al otro como un “tú”. Ahora bien, el “tú” dice siempre relación al “Yo” y viceversa. En la unión conyugal, cada uno se pone en el otro, se dona a sí mismo al otro y, por esta donación recíproca, el uno hace ser al otro, da valor al otro, realiza y perfecciona al otro. Por este recíproco ser en el otro cada uno en sí, los elementos de la realización conyugal, es decir, las dos personas sexuadas, llegan a ser una sola cosa, el unum de lo humano, realizando el “hagamos al hombre” del Génesis, entendido como unidad totalidad del “varón y mujer los creó”.
En este contexto, la dualidad sexual adquiere un significado diverso:
La distinción sexual, que aparece como una determinación del ser humano, supone diferencia, pero en igualdad de naturaleza y dignidad. La persona humana, por su íntima naturaleza, exige una relación de alteridad que implica una reciprocidad de amor. Los sexos son complementarios: iguales y distintos al mismo tiempo; no idénticos, pero sí iguales en dignidad personal, son semejantes para entenderse, diferentes para completarse recíprocamente.49
La estructura propia del ser humano es la dualidad para la unidad. Nacidos diversos como hombre y como mujer, han nacido para la unidad, y es precisamente a través de la propia identidad masculina o femenina que esta unidad se realiza.
La feminidad realiza lo “humano” tanto como la masculinidad, pero con una modulación diversa y complementaria. […] Feminidad y masculinidad son entre sí complementarias, no sólo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico. Sólo gracias a la dualidad de lo “masculino” y de lo “femenino” lo “humano” se realiza plenamente.50
CONCLUSIÓN
En el análisis presentado he realizado una argumentación racional, basada en los datos biológicos y psicológicos que tenemos a disposición, dentro de una visión integral de la persona. Para poder dialogar con personas ajenas a argumentaciones inspiradas en concepciones religiosas, me parece que este modo de proceder es el adecuado. Quiero terminar con un texto del Papa Francisco, que sigue esta misma línea de argumentación, racional, pero que se presenta como una llamada de atención seria para la fe católica fundada en el dato primordial del Génesis: “Varón y mujer los creó”. Sin esta identidad humana fundamental, ninguna evangelización es posible.
Otro desafío surge de diversas formas de una ideología, genéricamente llamada gender, ‘que niega la diferencia y la reciprocidad natural de hombre y de mujer. Ésta presenta una sociedad sin diferencias de sexo, y vacía el fundamento antropológico de la familia. Esta ideología lleva a proyectos educativos y directrices legislativas que promueven una identidad personal y una intimidad afectiva, radicalmente desvinculadas de la diversidad biológica entre hombre y mujer. La identidad humana viene determinada por una opción individualista, que también cambia con el tiempo’. Es inquietante que algunas ideologías de este tipo, que pretenden responder a ciertas aspiraciones a veces comprensibles, procuren imponerse como un pensamiento único que determine incluso la educación de los niños. No hay que ignorar que ‘el sexo biológico (sex) y el papel sociocultural del sexo (gender), se pueden distinguir pero no separar’.51
Como el Papa dice en el mismo número, “el reto hoy día no es defender una fe o una moral, sino custodiar nuestra humanidad”. No caigamos en el pecado de pretender sustituir al Creador. Somos creaturas, no somos omnipotentes. Lo creado nos precede y debe ser recibido como don. Al mismo tiempo, estamos llamados a custodiar nuestra humanidad, y eso significa ante todo aceptarla y respetarla como ha sido creada.52
Bibliografía
Beauvoir, S. (1975). Sex, society and the female dilemma. A Dialogue between Simone de Beauvior and Betty Friedan. Satuday Review, 13, 14 de junio.
____. (1982). El segundo sexo. Madrid: Siglo Veinte.
Bellone, F. & V. Bruni. (1990). Ginecologia dell’infanzia e dell’adolescenza: Roma: Seu Societa Editrice Universo.
Boiardi, G. (1983). Sessualità maschile e femminile tra natura e cultura. Medicina e Morale 1.
Bonomi, G. (2004). Piacere sessuale. En G. Russo (ed.). Enciclopedia di bioetica e sessuologia. Turín: Elle Di Ci, Leumann.
Butler, J. (1990). Gender trouble: feminism and the subversion of identity. New York: Routledge.
Carrel, A. (1935). L’Home, cet inconu. París: Plon. Trad.: La incógnita del hombre: el hombre, ese desconocido (versión de María Ruiz Ferry). Barcelona: Iberia, 1994.
Cicerón. (2016). De las leyes. Trad.: de Julio Pimentel Álvarez: México: UNAM.
Congregación para la Doctrina de la Fe. (1986). Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales (1.10.1986, www.vatican.va).
Congregación para la Educación Católica. (1983). Orientaciones educativas sobre el amor humano, 25 (1.11.1983; www.vatican.va).
_____. (2019). “Varón y mujer los creó”. Para una vía del diálogo sobre la cuestión del gender (género) en la educación, 10 de junio.
Chesterton, G.K. (2006). Herejes. Barcelona: El Cobre Ediciones, p. 51.
De Marinis, L., Barbarino, A., Serra, A. (1984). Biologia della differenziazione sessuale. Medicina e Morale.
De Unamuno, M. (1958). Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos. Obras Completas, vol. XVI. Madrid: Afrodisio Aguado.
Engels, F. (1894). Der Ursprung der Familie, des Privateigenthums und des Staats. Stuttgart: Dietz.
Ferre Bodí, R. (2015). La educación de los hijos: ¿Misión de los padres o tarea del Estado? Sevilla: Punto Rojo Libros.
Firestone, S. (1970). The dialectic of sex. New York: Bantam Books.
Francisco. (2016). Amoris laetitia. México: Buena Prensa.
Gilber, L. & Wesbster, P. (1994). The Dangers of Feminity, en Gender Differences: Sociology or Biology? New York: Routledge.
Goleman, D. (1995). Emotional intelligence. New York: Bantam Books. Trad.: Inteligencia emocional (versión de David González Raga y Fernando Mora). Barcelona: Kairós, 1996.
Guasch, O. (2007). La crisis de la heterosexualidad. Barcelona: Laertes.
Jaggar, A. (1977). Political Philosophies of Women’s Liberation. M. Vetterling-Braggin et al. (eds.), Feminism and Philosophy. Totowa, New Jersey: Littlefield, Adams and Co.
Juan Pablo II. (1996). A vosotras, mujeres, 7 (19-06-1995). Madrid: PPC.
_____. Catequesis sobre la antropología bíblica, de las Audiencias generales de los miércoles, desde septiembre 1979 a mayo 1981.
Karlen, A. (1971). Sexuality and homosexuality: a new view. New York: W.W. Norton.
Lacalle Noriega, M. & Martínez Peroni, P. (2009) La ideología de género. Reflexiones críticas. Madrid: Ciudadela.
Lombroso, G. (1926). L’anima della donna. Bolonia: Nicola Zanichelli.
Llanes, M.I. (2010). Del sexo al género. La nueva revolución social. Pamplona: EUNSA.
Lucisano, A. & Di Pietro, M.L. (1994). Sessualità umana. Una guida per conoscere e per capire. Milán: San Paolo, Cinisello Balsamo.
Masters, W., Johnson, V, Kolodny, R. (1985). Human sexuality. Boston: Little, Brown.
Moberly, E. (1983). Homosexuality: A New Christian Ethic. Greenwood, SC: Attic Press.
Onfray, M. (2019). Théorie de la dictature. París: Robert Laffont.
Ordóñez Maldonado, A. (2012). Ideología de género, utopía trágica o subversión cultura. Guadalajara: APC.
Ortega y Gasset, J. (1983). El hombre y la gente. Obras completas, vol. VII. Madrid: Alianza Editorial/Revista de Occidente.
____. La percepción del prójimo. Obras completas, vol. VI. Madrid: Alianza Editorial/Revista de Occidente.
Palumbieri, S. (1996). Antropologia de sessualità. Turín: SEI.
Pascal, B. (1954). Pensées. Oeuvres complètes. París: Gallimard. Trad.: Pensamientos (versión de Mario Parajón, sec. ed. Lafuma, Cátedra, Madrid.
Platón. (1999). El Banquete, 189d-191d. Diálogos, vol. III. Madrid: Gredos.
Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. (2018). Libro de estilo de la lengua española según la norma panhispánica. Madrid: Espasa.
Riddiough, C. (1981). Socialism, Feminism and Gay/Lesbian Liberation. En L. Sargent (ed.). Women and Revolution. Boston: South End Press.
Schooyans, M. (1997). L’Évangile face au désordre mondial. París: Fayard, c. 2.
Serra, A. (1994). Sessualità: natura e cultura. N. Gall (ed.), L’educazione sessuale nell’età evolutiva (pp. 23-66). Milán: Vita e Pensiero.
Vecchi, T. & Cattaneo, Z. (2006). Psicologia delle differenze sessuali. Roma: Carocci.
Vila-Coro, M.D. (2003). La bioética en la encrucijada. Sexualidad, Aborto, Eutanasia. Madrid: Dykinson.
VV.AA. (2008). Mujer y varón ¿Misterio o autoconstrucción? Madrid: CEU-UFV-UCAM.
Zuanazzi, G. (1997). La condizione omosessuale: definizione e fattori causali. VV.AA. (ed.). Antropologia cristiana e omosessualità, L’Osservatore Romano, Città del Vaticano.
4
Viejos peligros, nuevos retos para los derechos humanos en la era de la globalización
Javier Saldaña Serrano 1
INTRODUCCIÓN
En este trabajo me propongo advertir cuáles son las principales amenazas que enfrentan hoy los derechos humanos en la era de la “globalización”, las cuales provienen de instancias internacionales que en vez de protegerlos y garantizarlos se encargan de violentarlos, cuando no definitivamente de hacerlos desaparecer. Me refiero a la fuerte influencia que la ONU va ejerciendo en muchas instancias y gobiernos estatales para imponer una serie de “nuevos derechos”, en detrimento y menosprecio de los auténticos derechos humanos.
El escrito se ha dividido en tres partes. En la primera, trataré de ofrecer una reseña de algunos aspectos que hoy identifican el discurso de la Globalización; para ello, utilizaré como referencia el libro del profesor español Jesús Ballesteros, Postmodernidad: decadencia o resistencia,2 por ser éste uno de los primeros textos que se adelantó a denunciar los riesgos y amenazas referidas. En segundo lugar, intentaré mostrar algunos rasgos y características de la globalización que hoy están impactando fuertemente en la manera en que el Estado y el Derecho piensan. En la tercera intentaré mostrar cómo en el debate actual sobre la globalización se percibe un conjunto de intereses que, a través de distintos argumentos y diferentes instancias, pone en riesgo los derechos humanos más esenciales de la persona. Con esto pretendo advertir las actuales amenazas que los derechos humanos vienen sufriendo en el contexto ideológico, político y cultural que nos ha tocado vivir; y, al mismo tiempo, señalo los graves problemas que para estos derechos acarreará subvertir la tradicional forma de entenderlos.
CRÓNICA DE UNOS RIESGOS ANUNCIADOS
Como se señaló anteriormente, algunas de las principales características y riesgos de lo que hoy se identifica bajo el nombre de globalización habían sido ya destacados por Ballesteros en importantes trabajos académicos de hace más de veinticinco años.3 No me interesa referirme a cada una de estas notas y riesgos, pero sí quiero llamar la atención sobre un punto que considero fundamental para lo que se dirá después. Es decir, lo que el profesor valenciano advirtió, hoy lo estamos experimentando crudamente, a saber: el fuerte y despiadado economicismo que identifica a la sociedad capitalista; un ecologismo mal entendido que prioriza la naturaleza por encima de lo humano; el desplazamiento del ciudadano en la participación política; y la reducción moderna de los derechos humanos a simples derechos subjetivos.
Críticas al economicismo
Entendiendo que entre los riesgos anunciados hay una estrecha vinculación, es preciso decir también que todas estas amenazas parten de la que quizá pueda ser la principal denuncia contra los tiempos modernos: el economicismo.
A propósito de esto, dice Ballesteros:
La negación de diferencias y jerarquías entre las necesidades humanas conduce a la confusión entre verdadera necesidad y deseo desmesurado. Ello origina la aparición del homo oeconomicus. Lo que cuenta es el enriquecimiento indefinido de los individuos, abstractamente considerados, ya que de él se genera el bienestar general gracias a la famosa “mano invisible” (…).4
Es claro que detrás de este señalamiento está la crítica no sólo a la pretensión del consumismo hedonista, sino también y sobre todo, al enriquecimiento ilimitado que permea el mundo de hoy a través del mercado, “única institución social a defender con energía”.5
Qué duda cabe que hoy asistimos al incremento y ampliación de grandes y poderosas industrias, cuyo poder financiero y económico han cambiado radicalmente todo un sistema de valores y formas de ver el mundo,6 piénsese, por ejemplo, en los fuertes intereses económicos de empresas tan poderosas, como la de los medios de comunicación, que suministran los insumos a las redes sociales, con tecnologías cada vez más eficaces y más sofisticadas, pero con un objetivo muy claro: influir en el mundo para cambiar mentalidades.7
Crítica a un ecologismo mal entendido
En estrecha relación con el punto anterior, se encuentra otro argumento igualmente significativo: el tema del ecologismo. En Postmodernidad: decadencia o resistencia, el autor señala:
El avance del economicismo como interpretación hegemónica de la realidad humana y social va acompañado en el plano de la realidad fáctica de la degradación del medioambiente, de la depauperación del tercer y cuarto mundo, del aumento del riesgo de una guerra nuclear y de la generalización de la anomia y la alienación.8
Sin duda, la preocupación por el medioambiente encuentra su reflejo en el discurso de la globalización, recibiendo el nombre de “desarrollo sustentable”, pero esta expresión, como en casi todas las expresiones del nuevo lenguaje que el mundo global admite —como señala Ballesteros— hay diferentes interpretaciones y no parece ser que todas ellas sean las más adecuadas. Así, criticando un antropocentrismo mal entendido, no parece exagerado señalar que en esta globalización los esfuerzos contemporáneos a favor de la protección de la naturaleza excluyen al hombre. Así, “la defensa de la biodiversidad lleva a presentar al ser humano como cáncer de la biosfera proponiendo la drástica reducción de sus efectivos”.9
Sin embargo, no sólo es la denuncia del amor por la naturaleza y el odio por el hombre lo que imputa Ballesteros a la Deep ecology, sino también establece una fuerte crítica a la equiparación de la especie humana con otras especies,10 como hoy también se defiende en la globalización. De este modo, en nombre de un presunto cientificismo —que iguala las especies— se esconde un rechazo frontal a un cabal entendimiento de la persona humana en el centro de la reflexión ética.11
Crítica a la participación política
Especial preocupación para Ballesteros lo ha constituido el tema de la participación política del ciudadano en la Modernidad, específicamente el relativo a la democracia. Así, de las dos variantes de participación política que reseña, a saber, libertad sin igualdad (económica) e igualdad sin libertad (política), la primera ha sido la más seguida.
Reconociendo lo ventajoso que ha resultado este sistema para evitar los totalitarismos, dada la inclusión de la división de poderes y de pesos y contrapesos que lo han impedido, no termina por ser el sistema perfecto, al menos por dos argumentos: primero, debido a la grave desigualdad económica que aún persiste y que se va enfatizando cada vez más en países en vías de desarrollo; y segundo, porque esta visión de participación política también hoy corre fuertes y peligrosos riesgos.
Quizás el más importante de estos riesgos sea, como en el caso del ecologismo, que el hombre común esté dejando de ser el protagonista de la vida pública, esto es, el centro de la democracia, para convertirse en un simple espectador. Qué duda cabe que la presencia —al parecer inevitable— de empresas y organismos trasnacionales en los Estados está suponiendo en los hechos un retroceso de la participación política de los individuos en la toma de decisiones fundamentales para la vida pública.
Sobre este punto, no debemos olvidar que, en la democracia tradicional, los gobiernos sólo fueron los voceros de la voluntad popular, la cual, al participar en la vida política, buscaba una serie de bienes y valores comunes a todos los ciudadanos, aquí fue donde radicó la legitimidad de dichos gobiernos.12 Hoy, muchas de las decisiones que directamente afectan al ciudadano escapan a éste, siendo tomadas por organismos internacionales que muchas veces actúan por completo al margen de la voluntad general: ¿qué tan lejos es posible y deseable llegar a la aceptación de estos intereses y, sobre todo, hacerlos compatibles con la democracia?
Crítica a la concepción moderna de los derechos humanos
De los muchos argumentos tratados y de las diferentes denuncias hechas, hay uno que destaca por su importancia: el relativo a los derechos humanos. Para Ballesteros, éstos son el más importante logro de la modernidad, pero aún no se encuentran exentos de riesgos y malas interpretaciones. Por ejemplo, los derechos humanos emergidos de la Revolución Francesa fueron derechos muy limitados, pues al haber propuesto como paradigma de tales derechos el derecho de propiedad, esto implicaba dejar de lado en la titularidad de los mismos a quienes no la poseyeran, siendo tratados por el poder como menores de edad e impidiendo el reconocimiento de la justicia distributiva.13
Señalada la visión economicista de los derechos humanos, Ballesteros enuncia dos de los más graves problemas y amenazas a los que se enfrentan estos derechos. El primero de ellos es reducir su comprensión a la de ser puros derechos subjetivos, incrementando el principio de autonomía de la voluntad a criterio angular de los derechos humanos.14 El segundo se desprende del anterior, y es que si sólo son titulares de los derechos humanos quienes gozan de autonomía, hay millones de seres humanos que no disfrutan de dicha autonomía, con lo cual se puede disponer libremente de ellos.15 A este riesgo Ballesteros lo ha calificado como “personismo”, entendido como aquella ideología que distingue entre seres humanos y personas, discriminando a millones de seres humanos por no considerarlos precisamente así, y con esta puerta abierta violentarles sin remordimiento jurídico alguno sus derechos más esenciales.16
Pero como muchos autores han reconocido, junto al profesor Ballesteros: “El principio kantiano de la autonomía de la voluntad como fundamento de la dignidad humana sigue dejando sin protección jurídica a los ‘no autónomos’, a los incapaces de elección, con la admisibilidad creciente del aborto, eutanasia, e infanticidio”.17
Un poco más de optimismo asume el profesor valenciano en el caso de los derechos de la tercera generación, pues con éstos se supera la falsa disyuntiva entre libertad e igualdad, reconociendo que estos derechos entroncarían con el paradigma de la posmodernidad como resistencia. Pero aun en este caso, no deja de señalar los peligros presentes en la defensa de derechos como el de un ambiente ecológico sano, el patrimonio común de la humanidad, el derecho al desarrollo o a la paz.18
GLOBALIZACIÓN Y DERECHOS HUMANOS
Ahora bien, ¿esta serie de denuncias hechas hace tiempo encuentran algún asidero en lo que hoy se conoce como globalización? ¿Es posible encontrar en el nuevo orden internacional que se está fraguando estas amenazas contra el derecho y contra los derechos humanos? Las anteriores preguntas obligan a reflexionar sobre el impacto de la globalización en el sistema nacional e internacional de protección de los derechos humanos y, en definitiva, pensar cómo dicho impacto está cambiando la manera de comprenderlos. Para ello, es necesario ofrecer una explicación —aunque sea somera—, de algunas notas que identifican a la globalización.
Willian Twining, en un conocido libro titulado Derecho y Globalización, ha señalado acertadamente lo complejo y muchas veces confuso que resulta el término globalización. Dice el citado profesor: “la literatura acerca de la globalización es casi tan confusa como los procesos que busca interpretar”.19 Según Twining, hay diferentes posturas asumidas hacia la globalización, igual las posiciones escépticas que entusiastas, pasando, por supuesto, por las críticas exageradas a las mismas. Él enuncia las siguientes: las hay de inspiración marxista, aquellas otras de corte posmoderno, las hay que celebran el triunfo del libre mercado, las de corte religioso y libertario, etc.20
Características de la globalización y sus problemas
No hay, como parece, unanimidad a la hora de conceptualizar la globalización. Lo que sí es posible encontrar son algunos rasgos característicos de ésta, que la mayor parte de los autores aceptarían. Por ejemplo, Göran Therborn, citado por José María Serna, identifica cinco argumentos que él llama “discursos” y que son los que caracterizarían a la globalización. Éstos son: 1) el discurso de la economía y la competitividad, “cuyo centro de atención es la identificación de la competencia económica mundial y sus consecuencias para las empresas, los trabajadores y el Estado”;21 2) el discurso sociocrítico, que como su nombre indica, critica las consecuencias negativas de la globalización; 3) el discurso de la importancia del Estado, que reseña cómo a través de la globalización el Estado va perdiendo capacidad de gobierno; 4) el discurso cultural, a través del cual se presentan flujos globales de información que tienden a modificar culturas; y 5) el discurso de la ecología planetaria.22
Por su parte, José María Serna ha establecido también cinco características que identificarían la globalización: 1) la intensificación de las relaciones sociales a escala mundial; 2) el surgimiento de una cierta forma de organización de la actividad económica; 3) el surgimiento de nuevos actores de la política internacional; 4) la formación de redes trasnacionales de generación, flujos e intercambio de patrones culturales; y 5) la emergencia de problemas de dimensión planetaria.23
Como se observa, en ambas caracterizaciones hay un dato que es común: estamos ante un proceso nuevo de carácter global que afecta a la sociedad, al Estado y a sus instituciones, y en el que se involucran elementos económicos, políticos, jurídicos y culturales a escala mundial, reflejando de este modo un mundo cada vez más interdependiente.
Es verdad que el proceso de globalización no es nuevo, tiene, como dice Twining, al menos dos siglos de historia, pero los problemas a los que se enfrenta sí son nuevos. Algunos de éstos se reflejan en la caracterización que Therborn y Serna de la Garza hacen, y serían: 1) el crecimiento y aumento de la población, 2) el problema ecológico motivado por el galopante deterioro del medioambiente, 3) el terrorismo a escala mundial, 4) el problema energético y de alimentación mundial, etc.
La complejidad de estos problemas ha ido generando, en forma gradual, una intervención compartida entre el Estado nacional y la comunidad internacional. Pero este tratamiento plantea importantes problemas y fuertes limitaciones, sobre todo al Estado, al extremo de que con la globalización se ha llegado a proponer un replanteamiento del Estado moderno, el cual tendría que pasar, al menos, por repensar el poder y autoridad estatal, la soberanía del Estado, su legitimidad y, evidentemente, su derecho.
Repensar el poder y la autoridad estatal
Por lo que se refiere al poder y la autoridad estatal, no hay que olvidar que el Estado moderno fue al que le correspondió en exclusiva el ejercicio del poder político, y que “toda la teoría y la dogmática constitucional de la modernidad se ha construido alrededor de este presupuesto”;24 pero con la globalización dicho poder se está transformando, y en algunos casos se encuentra fuertemente debilitado, enfrentándonos con nuevas instancias de poder distintas a las propias del Estado mismo.
Replanteamiento de la soberanía
El ejercicio de un poder absoluto y exclusivo sobre un territorio condujo al tema de la soberanía estatal, expresada ésta en dos de sus principales formas: la política y la jurídica. En la primera, el poder pasó del monarca al pueblo, manteniendo el monopolio de las decisiones políticas más trascendentales. En la segunda, el propio pueblo mantuvo en exclusividad la producción jurídica del derecho estatal. Ambas ideas —como sabemos— estuvieron igualmente en la base del Estado constitucional.25
Pero con la globalización, en la actualidad, ambos presupuestos se encuentran fuertemente cuestionados. En el caso de la soberanía política, es posible encontrar otras instancias de poder que también toman decisiones,26 y en el caso de la segunda, porque sin duda es posible pensar que mucha de la normatividad estatal se ha diseñado fuera del Estado por parte de organismos internacionales.27
Dice José María Serna:
(…) la complejidad del mundo jurídico actual requiere de nuevas explicaciones y de nuevas fórmulas normativas para hacer frente a los problemas que enfrentan los operadores jurídicos. Hoy día, los órdenes jurídicos nacionales coexisten con otros órdenes a nivel supra o internacional; ocurre también que estos órdenes jurídicos entran en complejas y múltiples interacciones verticales y horizontales, formales e informales; asimismo, cada vez se da con mayor fuerza una práctica jurídica internacional en gran escala, que implica desde servicios de asesoría, transacciones y mecanismos de resolución de disputas, hasta la estructuración y operación de redes trasnacionales de defensa en el ámbito de los derechos humanos; además, ha habido una gran expansión del llamado “soft law” (no vinculante pero muchas veces eficaz), en cuya producción suelen participar actores no estatales; y finalmente, la interpretación constitucional en el mundo está tomando un carácter cada vez más cosmopolita.28
INTERNACIONALIZACIÓN DE LOS DERECHOS HUMANOS
Para el caso que aquí importa, quiero destacar el tema de la protección e internacionalización de los derechos humanos, porque, según parece, es posible apreciar que este proceso de internacionalización ha pasado por dos grandes momentos. El primero de ellos iniciado después de la Segunda Guerra Mundial y en el que puede perfectamente observarse una real preocupación por la protección de los derechos fundamentales de la persona a través del derecho internacional, teniendo como respaldo el conjunto de instrumentos jurídicos que los estados convinieron.
La segunda fase iniciada en la década de 1990 (aunque con antecedentes en la década de 1970), ha sido impulsada por instituciones y organismos identificados en la gobernanza global —fundamentalmente económica y financiera— y que están llegando a tener un fuerte impacto sobre las decisiones internas de los países, presentándose bajo una presunta protección de los derechos humanos, pero —lo más grave— que no se están dando por vía del derecho, o por el camino señalado por el derecho internacional, sino por rutas distintas a los tratados internacionales signados entre estados nacionales.
Como se comentó, el primer momento de la internacionalización de los derechos humanos no planteó problemas y, sin duda, hubo un amplio consenso de la comunidad internacional.29 Los dilemas vinieron después, porque el material normativo creado por este tipo de organismos globales, influye ahora de manera determinante y significativa en el contenido de normas jurídicas de todo tipo, igual reglamentarias que constitucionales a nivel nacional.
Lo más grave —para lo que aquí se mostrará— es que esta segunda forma de internacionalización tiene el potencial necesario para afectar derechos fundamentales de las personas y, para ello, emplea el propio poder del Estado. Como ha sostenido Gavin Anderson, citado por Serna de la Garza, estamos ante el surgimiento de nuevas formas de autoridad y de poder que no se ajustan al paradigma del Estado-nación —y nosotros agregaríamos, tampoco se ajustan al derecho—. Por sólo mencionar un caso, se encuentra el dominio de las corporaciones multinacionales como actores políticos con gran poder para influir la agenda de debate sobre política pública, movilizar recursos, incluso con capacidad de oprimir individuos, y poner límites a la acción del Estado, e incluso generar regímenes normativos para gobernar áreas clave de la vida social.30
¿Cuáles fueron los rasgos generales con los que se inició la protección internacional de los derechos humanos? ¿Es coincidente con la manera en la que se pretenden defender éstos en la era de la globalización? A continuación seguiremos la obra de Marguerite A. Peeters titulada Marionética.31
Primer momento de protección internacional de los derechos humanos
Como sabemos, la Carta de la ONU de 1945 tuvo distintos propósitos. Algunos de éstos tuvieron que ver con el mantenimiento de la paz por obvias razones; otro fue el de defender la seguridad internacional y el principio de igualdad de derechos, preocupándose por la solución de los problemas de carácter económico entre las naciones; uno de los más significativos fue el del desarrollo y estímulo de los derechos humanos y de las libertades públicas a nivel mundial.32
Uno de los redactores de la Declaración, Jacques Maritain, decía al respecto: “Entre las tareas encomendadas a la Organización de las Naciones Unidas, una de las que podrían, y deberían alcanzar mayor resonancia en la conciencia de los pueblos es la elaboración de una declaración internacional de los Derechos Humanos”,33 para establecer después que a pesar del horizonte de distintas culturas y escuelas de pensamiento antagónicas es posible un acuerdo, “no sobre la afirmación del idéntico concepto del mundo, del hombre y del conocimiento, pero sí sobre la afirmación de un mismo conjunto de convicciones respecto a la acción”,34 “una especie de ley común no escrita, en el punto de convergencia práctica de las ideologías teóricas y las tradiciones espirituales más distintas”.35
¿Cómo fue posible llegar a este acuerdo práctico? ¿Cómo el derecho del Estado y el derecho internacional pudieron llegar a plasmar ese ideario común?
Los miembros de la Sociedad de Naciones tuvieron la obligación de asumir ciertos compromisos básicos para la protección de aquellos principios y derechos humanos que la ONU se había propuesto como fines, así fue que el principal medio para alcanzar y concretar dichos fines y tales derechos fue llevarlos a normas de derecho positivo; la primera fue la Declaración Universal de Derechos Humanos, y más adelante —en el avance de la ruta de los derechos—, los Pactos Internacionales, tanto de derechos civiles y políticos como los económicos, sociales y culturales, ambos de 1966. Por lo que al continente americano respecta, el Pacto de San José de Costa Rica de 1969. Todos estos instrumentos jurídicos obligatorios para quienes manifestaron su consentimiento. De este modo, fueron las Declaraciones primero y los Pactos después los documentos jurídicos por los que los Estados se obligaban a respetar su contenido y, en consecuencia, a promover todas aquellas políticas que los favorecieran.36
Mónica Pinto nos reseña el ABC de la protección jurídica de los derechos humanos establecidos en los primeros y más importantes tratados internacionales protectores de estos derechos:
Las Naciones Unidas son el foro de debate, discusión y adopción de tratados internacionales sobre derechos humanos, normas vinculantes para todos aquellos que manifiesten su consentimiento en obligarse por ello. Estos tratados no sólo consagran derechos humanos protegidos sino que también aportan un sistema de protección. Cada uno de ellos establece un órgano de control, un comité de expertos que actúan bajo el título propio y cuya función consiste en verificar el cumplimiento por parte de los estados de sus obligaciones de respetar, garantizar y adoptar medidas para hacer efectivos los derechos protegidos.37
Según se observa, el sistema de protección de los derechos humanos radicados en la Declaración y los Pactos se compone de diferentes instancias, esto es, existe todo un conjunto de mecanismos internacionales para el control y reclamo de las obligaciones asumidas en los tratados, es lo que se conoce como un sistema internacional de protección, el cual va desde los mismos comités de expertos, hasta el establecimiento de tribunales internacionales, con lo cual estamos delante de una diáfana juridicidad de los derechos humanos.38
La importancia jurídica de los tratados quedó expresada también en el documento más importante de esta materia signado a nivel internacional: la Convención de Viena sobre el derecho de los tratados, la que en su introducción, específicamente en el número 2, señala que “se entiende por tratado, un acuerdo internacional celebrado por escrito entre Estados y regido por el Derecho Internacional, ya conste de un instrumento único o en dos o más instrumentos conexos y cualquiera que sea su denominación particular”.
The free sample has ended.