Read the book: «La mano en la pared (El caso Vermont)»

Título original: The Hand on the Wall (Truly Devious Book 3)
Editado por HarperCollins Ibérica, S.A., 2022
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
harpercollinsiberica.com
© del texto: Maureen Johnson, 2020
© de la traducción: Sonia Fernández-Ordás, 2022
© publicado por primera vez por Katherine Tegen Books, un sello de HarperCollins Publishers
© de las imágenes de la cubierta: Shutterstock | Dreamstime
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
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Diseño de cubierta: Elsa Suárez
Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.
ISBN: 978-84-18774-12-6
Índice
Créditos
Oficina Federal de Investigación (FBI)
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Agradecimientos

Para Dan Sinker, por lo que me ha enseñado sobre fabricar, copiar, el punk, Disneyland y tacos.
Nos vemos en la Mansión Encantada, colega.

OFICINA FEDERAL DE INVESTIGACIÓN (FBI)
Imagen fotográfica de la carta recibida en la residencia de los Ellingham el 8 de abril de 1936.


15 de diciembre, 1932
LLEVABA HORAS NEVANDO, LOS copos revoloteaban sin rumbo ante los cristales, posándose en los alféizares y formando paisajes en miniatura que recordaban a las montañas en la lejanía. Albert Ellingham estaba sentado en un mullido sillón tapizado en terciopelo color ciruela. Ante él, encima de una mesita, un reloj de mármol verde dejaba oír su tictac despreocupado. Aparte del tictac y del crepitar del fuego, todo estaba en silencio. La nieve amortiguaba el mundo.
—Ya deberíamos haber tenido noticias, creo yo —dijo.
Se lo decía a Leonard Holmes Nair, que se encontraba tumbado en un sofá al otro lado de la sala, tapado con una manta de piel y leyendo una novela francesa. Leo era pintor y amigo de la familia, un libertino alto y desgarbado vestido con un batín de terciopelo azul. El grupo llevaba dos semanas recluido en la clínica privada de su retiro alpino contemplando la nieve, bebiendo vino caliente, leyendo y esperando…, esperando el acontecimiento que se había anunciado en plena noche. Después, los médicos y enfermeros entraron en acción y se llevaron a la futura madre al lujoso paritorio. Cuando se es uno de los hombres más ricos de los Estados Unidos, se puede disponer de una clínica para uno solo ante el nacimiento de su hijo.
—Estos misteriosos asuntos de la naturaleza llevan su tiempo —dijo Leo sin levantar la vista.
—Han pasado casi nueve horas.
—Albert, deja de mirar el reloj. Tómate una copa.
Albert se puso en pie y se metió las manos en los bolsillos. Se dirigió a una ventana cercana, después a otra más alejada, luego de vuelta a la primera. La vista era impresionante: la nieve, las montañas, los tejados a dos aguas de las casitas alpinas del valle.
—Una copa —repitió Leo—. Llama y pide una. Toca… el timbre. El chisme ese. ¿Dónde está?
Albert volvió a cruzar la sala en dirección a la chimenea y tiró de una borla dorada que colgaba de un cordón de seda. Desde algún lugar en la distancia se oyó un tintineo suave. Instantes después, las puertas se abrieron y entró una mujer joven que llevaba un vestido de lana azul, un delantal de enfermera almidonado y una cofia blanca.
—¿Sí, Herr Ellingham? —dijo.
—¿Alguna novedad? —preguntó el hombre.
—Me temo que no, Herr Ellingham.
—Necesitamos Glühwein —dijo Leo—. Er braucht etwas zu essen. Wurst und Brot. Käse.
—Ich verstehe, Herr Nair. Ich bringe Ihnen etwas, einem Moment bitte.
La enfermera salió de la sala y cerró las puertas.
—Quizá algo ha salido mal —dijo Albert.
—Albert…
—Voy a subir.
—Albert —repitió Leo—. Recibí instrucciones de sentarme encima de ti si lo intentabas. Y puede que no tenga un cuerpo demasiado atlético, pero desde luego soy más grande que tú y peso lo mío. Pongamos la radio. ¿O prefieres que juguemos a algo?
En circunstancias normales, la sugerencia de un juego bastaría para tranquilizar a Albert Ellingham de inmediato, pero siguió paseando de un lado a otro de la sala hasta que la enfermera volvió a aparecer llevando una bandeja con dos vasos de vino caliente de color rubí, además de embutido en lonchas, pan y queso.
—Siéntate —ordenó Leo—. Cómete eso.
Albert no le hizo caso. Por el contrario, señaló el reloj.
—El otro día —dijo— compré este reloj a un anticuario de Zúrich. Es antiguo. Del siglo XVIII. Dijo que había pertenecido a María Antonieta.
Colocó las manos a ambos lados del reloj y lo miró con atención, como si esperase que fuera a hablarle.
—Probablemente no sea más que un cuento —dijo al tiempo que lo levantaba de la mesita—. Pero por el precio que pagué, debería ser un cuento de lujo. Y tiene un pequeño secreto muy interesante: un cajón oculto debajo. Se le da la vuelta. Hay una pequeña muesca, se aprieta y…
Se oyó movimiento arriba. Un grito. Unos pasos apresurados. Un chillido de dolor. Albert depositó el reloj sobre la mesa con un golpe seco.
—Parece que se ha pasado el efecto del tranquilizante —comentó Leo con la vista puesta en el techo—. Madre mía.
Más alboroto: los gritos agudos de una mujer a punto de dar a luz.
Albert y Leo salieron de la acogedora sala hacia el vestíbulo al pie de la escalera, mucho más frío.
—Qué sonido tan desagradable —comentó Leo, con la vista puesta en la escalera oscura y mirada de preocupación—. Seguro que hay mejores maneras de traer una nueva vida al mundo.
Cesaron los gritos. Durante unos breves instantes reinó el silencio, roto a continuación por el llanto de un bebé. Albert saltó como impulsado por un resorte, subió los escalones de dos en dos y resbaló en el rellano con las prisas. Arriba, la joven enfermera estaba a la puerta del paritorio, esperando su llegada.
—Un momento, Herr Ellingham —dijo con una sonrisa—. Todavía hay que cortar el cordón.
—Dígame qué ha sido —jadeó el hombre.
—Una niña, Herr Ellingham.
—Una niña —repitió Albert, volviéndose hacia su amigo.
—Ya —repuso Leo—. Lo he oído.
—Una niña. Presentía que sería una niña. Sabía que sería una niña. ¡Una niñita! Le compraré la casa de muñecas más grande del mundo, Leo. ¡Hasta se podrá vivir en ella!
La puerta se entreabrió y Albert apartó a la enfermera a un lado y entró a toda prisa. La sala estaba a oscuras; las cortinas corridas impedían ver la nieve. Se percibía un cálido efluvio a vida —sangre y sudor— mezclado con el olor acre del antiséptico. El médico colgó la máscara de oxígeno de un gancho de la pared y ajustó el nivel de la bombona. Una enfermera vació el agua rosada de una palangana de esmalte en un lavabo. Otra retiró las sábanas húmedas de la cama, mientras que una tercera las reemplazó con ropa limpia, extendiendo la nueva sábana en el aire antes de dejarla caer con suavidad sobre la mujer. Las enfermeras se movían de un lado a otro de la sala para descorrer las cortinas y cambiar las bandejas de instrumental por centros de flores. Una danza armoniosa y perfectamente ensayada con la cual, en cuestión de minutos, el paritorio adquirió el aspecto de una alegre suite de hotel. Al fin y al cabo, era la mejor clínica privada del mundo.
Albert Ellingham fijó la vista en su esposa, Iris. Tenía en los brazos a un bebé envuelto en una mantita amarilla. La emoción del hombre era tan fuerte que veía la habitación distorsionada; las vigas del techo parecían combarse hacia él, preparadas para recogerlo si se caía al dirigirse hacia su mujer y la niña que tenía en brazos.
—Es preciosa —dijo Albert—. Es extraordinaria. Es…
Se le quebró la voz. La niñita tenía la cara muy sonrosada, los puñitos apretados, los ojos cerrados y emitía unos delicados gemidos que delataban que se daba cuenta de lo que ocurría a su alrededor. Era la vida personificada.
—Es nuestra —murmuró Iris.
—¿Me la dejas? —preguntó alguien desde el otro extremo de la sala.
Albert e Iris se volvieron hacia la mujer acostada. Tenía el rostro enrojecido y bañado en sudor.
—¡Por supuesto! —respondió Iris, dirigiéndose hacia ella—. Claro que sí, cariño. Claro que sí.
Iris depositó a la niña con delicadeza en los brazos de Flora Robinson. Flora estaba débil, todavía bajo el efecto de los fármacos, con el pelo rubio pegado a la frente. Las enfermeras la taparon con las sábanas y la manta y arroparon al bebé que tenía en brazos. Parpadeó de asombro al ver a la personita que acababa de traer al mundo.
—Dios mío —dijo sin dejar de mirar la carita del bebé—. ¿Esto lo he hecho yo?
—Y lo has hecho divinamente —repuso Iris mientras apartaba los mechones húmedos de la frente de su amiga—. Cariño, te has portado de maravilla. Pero de maravilla.
—¿Nos dejáis un momento a solas, por favor? —preguntó Flora—. Para tenerla en brazos.
—Buena idea —contestó la enfermera—. Para tenerla en brazos. Es bueno para el bebé. Enseguida tendrá que darle el pecho. Herr Ellingham, Frau Ellingham, ¿pueden salir? Solo un momento.
Iris y Albert abandonaron la sala. Leo había vuelto a la planta baja, así que estaban solos en el pasillo.
—No ha dicho nada del padre, ¿verdad? —preguntó Albert en voz baja—. Creí que quizá durante el…
Hizo un gesto con la mano para indicar las nueve horas de dilatación y parto.
—No —susurró Iris.
—No importa. No importa nada. Si alguna vez aparece, lo solucionaremos.
La enfermera salió al pasillo con una carpeta de pinza y unos papeles que parecían documentos oficiales.
—Disculpen —dijo—. ¿Ya han decidido el nombre del bebé?
Albert miró a Iris, que hizo un gesto de aprobación.
—Alice —respondió el hombre—. Se llama Alice Madeline Ellingham. Y va a ser la niña más feliz del mundo.
EXTRACTO DE ATENTAMENTE PERVERSO. LOS ASESINATOS DEL CASO VERMONT DE LA DOCTORA IRENE FENTON
Desde el secuestro de su esposa y su hija, desde el asesinato de Dolores Epstein, durante lo que duró el juicio de Anton Vorachek, Albert Ellingham nunca abandonó la búsqueda. El asesinato de Vorachek en los escalones de entrada al juzgado no frenó a Albert Ellingham, aunque la única persona que parecía saber el paradero de Alice estuviera muerta y enterrada. Alguien tenía que saber algo. No reparó en gastos. Apareció en todos los programas de radio. Habló con todos los políticos. Albert Ellingham fue a todas partes y habló con todas las personas que pudieran saber dónde podría encontrar a su hija.
Pero el 1 de noviembre de 1938, la policía y el FBI estaban dragando el lago Champlain en busca de los cuerpos de Albert Ellingham y George Marsh. Ambos habían salido a disfrutar de una tarde a bordo del barco de Albert, el Wonderland. Justo antes de la puesta de sol, una terrible explosión destrozó la tranquilidad de la tarde de Vermont. Los pescadores de la zona salieron en sus barcos hacia el lugar del accidente. Cuando llegaron, encontraron fragmentos del malogrado barco: pedazos de madera carbonizada, cojines chamuscados que habían volado por los aires, pequeñas aplicaciones de bronce, trozos de cabo. También encontraron algo mucho más inquietante: restos humanos en el mismo estado que el propio barco. Los cuerpos de Albert Ellingham y de George Marsh no pudieron ser recuperados en su totalidad, pero se hallaron restos suficientes para declarar muertos a ambos hombres.
Inmediatamente, se abrió una investigación. Todo el mundo tenía su propia teoría sobre la muerte de uno de los hombres más ricos e ilustres del país, pero, al final, no hubo caso. La hipótesis más probable fue que Albert Ellingham había sido asesinado por un grupo de anarquistas; de hecho, tres grupos distintos reivindicaron la autoría. Con la muerte de Albert Ellingham, el caso de Alice empezó a languidecer. No había una voz paterna pronunciando su nombre, ningún magnate repartiendo dinero y haciendo llamadas. Un año más tarde estalló la guerra en Europa, y la triste saga de la familia de la montaña palideció ante una tragedia mucho más dramática.
Con el paso de los años, se presentaron ante la policía docenas de mujeres que aseguraban ser Alice Ellingham. Algunas fueron descartadas desde el principio; no tenían su edad ni sus características físicas. Las que pasaron las primeras cribas se entrevistaban con Robert Mackenzie, el secretario personal de Albert. Robert investigó a fondo a cada candidata. Todas resultaron falsas.
Con los años, se ha reavivado el interés en el caso; no solo sobre Alice, sino también sobre el secuestro y lo sucedido aquel aciago día en el lago Champlain. Con los avances en los análisis de ADN y las técnicas modernas de investigación, quizá seamos capaces de dar con las respuestas.
Todavía se podría encontrar a Alice Ellingham.
PROFESORA FALLECIDA EN TRÁGICO INCENDIO
Burlington News Online
4 de noviembre
La profesora residente en Burlington, doctora Irene Fenton, del Departamento de Historia de la Universidad de Vermont, con domicilio en Pearl Street, era miembro del claustro universitario desde hacía veintidós años y autora de varios libros, entre ellos Atentamente Perverso. Los asesinatos del caso Vermont. El fuego se declaró alrededor de las 9 p. m. y se cree que tuvo su origen en la cocina.
El sobrino de la doctora Fenton, que vivía con ella, resultó herido leve a causa del incendio.

1
LOS HUESOS ESTABAN ENCIMA de la mesa, desnudos y blanquecinos. Las cuencas de los ojos vacías, la boca con una mueca laxa, como diciendo «Sí, soy yo. Pero te estarás preguntando cómo acabé aquí. La verdad es que es una historia curiosa…».
—Como veis, al señor Nelson le falta el primer metacarpo de la mano derecha, que ha sido sustituido por uno ortopédico. En vida, por supuesto, tenía…
—Pregunta —dijo Mudge, con la mano a medio levantar—. ¿Cómo se convirtió este tipo en esqueleto? ¿Aquí, quiero decir? ¿Sabía que iba a terminar en una clase?
Pix, la doctora Nell Pixwell, profesora de anatomía, antropóloga forense y responsable de la Casa Minerva, hizo una pausa. Su mano y la del señor Nelson estaban levemente entrelazadas, como si estuvieran considerando una delicada proposición de bailar juntos en la fiesta.
—Bien —respondió—. El señor Nelson fue donado a la Academia Ellingham cuando abrió. Creo que llegó a través de un amigo de Albert Ellingham que tenía alguna relación con Harvard. Hay varias vías por las cuales llegan cuerpos para utilizarse en las clases prácticas. Hay gente que dona su cuerpo a la ciencia, por supuesto. Quizá fuera eso lo que ocurrió, pero sospecho que en este caso no sucedió así. Basándome en algunos de los materiales y técnicas de articulación, creo que el señor Nelson probablemente date de finales del siglo XIX. En aquella época había cierta laxitud a la hora de conseguir cuerpos para la ciencia. Habitualmente, se utilizaban los cuerpos de los presidiarios. Parece que el señor Nelson estaba bien alimentado. Era alto. Tenía todos los dientes, lo cual era algo excepcional en aquellos tiempos. No tenía ningún hueso roto. Mi hipótesis (y es solo una hipótesis)…
—¿Se refiere a los saqueos de tumbas? —preguntó Mudge con interés—. ¿Fue robado?
Mudge era el compañero de prácticas de laboratorio de Stevie Bell, un chico de casi dos metros con estética death metal que llevaba lentillas de color púrpura y con pupilas de serpiente y una sudadera negra con capucha decorada con cincuenta insignias de Disney, entre ellas algunas muy raras que exhibía con orgullo y de las que Mudge hablaba a Stevie mientras diseccionaban ojos de vaca y otras cosas igual de espeluznantes con el propósito de adquirir una buena formación. Stevie no conocía a nadie tan fan de Disney como Mudge; soñaba con convertirse en ingeniero de imágenes y dedicarse a la animatrónica. La Academia Ellingham era el tipo de sitio donde los Mudges eran comprendidos y muy bien recibidos.
—Era habitual —respondió Pix—. Los estudiantes de Medicina necesitaban cadáveres. Los llamados «resucitadores» (¿lo captáis?, quienes los hacían resurgir de entre los muertos) robaban cuerpos para vendérselos a los estudiantes de Medicina. Si era un viejo esqueleto utilizado en Harvard, sí, creo que probablemente haya sido víctima de los ladrones de tumbas. Y esto me recuerda que tengo que mandarlo a que le arreglen las articulaciones. Necesito un metacarpo nuevo y hay que reparar el alambre aquí, entre el hueso piramidal, el hamato y el grande. Es duro ser un esqueleto.
Por un instante esbozó una sonrisa, pero se le borró rápido y se frotó la pelusilla de la cabeza.
—Y eso es todo sobre el metacarpo —dijo después—. Hablemos del resto de los huesos de la mano y el brazo…
Stevie sabía bien por qué Pix se había refrenado. La Academia Ellingham ya había dejado de ser un lugar donde se pudieran hacer chistes sobre lo duro que era ser un esqueleto.
CUANDO STEVIE SALIÓ, EL aire frío le abofeteó la cara. La espléndida capa de tonos rojizos y dorados que cubría la vegetación de Vermont se había caído de repente, como en un desmedido striptease del follaje.
Striptease. Follaje. ¿Striptease? Dios, estaba cansada.
Nate Fisher la esperaba delante del edificio de las aulas. Estaba sentado en uno de los bancos, con los hombros caídos y la vista puesta en el teléfono. Ahora que empezaba a refrescar, por fin podía forrarse alegremente —o todo lo alegremente que se podría esperar tratándose de Nate— con jerséis oversize, pantalones anchos de pana y bufandas hasta parecer un revoltijo andante de fibras naturales y sintéticas.
—¿Dónde has estado? —preguntó a modo de saludo.
Le puso en las manos una taza de café, así como un dónut de sirope de arce. O Stevie dio por hecho que era de sirope de arce. En Vermont, era frecuente que todo fuera de arce. Bebió un largo sorbo de café y dio un mordisco al dónut antes de contestar.
—Necesitaba pensar. Estuve dando un paseo.
—Llevas la misma ropa que ayer.
Stevie se miró perpleja los pantalones de chándal y las Converse negras. Llevaba también una sudadera dada de sí y su impermeable de vinilo rojo.
—Dormí así —dijo mientras caía una pequeña lluvia de migas de dónut.
—Hace dos días que no comes con nosotros. Nunca logro dar contigo.
Era cierto. Llevaba dos días sin pisar el comedor ni probar una comida de verdad, y había subsistido a base de puñados de cereales secos de los dispensadores de la cocina, normalmente en plena noche. Se acercaba a la encimera a oscuras, ponía la mano debajo de la pequeña espita y tiraba de la palanca para servirse otra ración de Froot Loops. Tenía una vaga noción de haber comprado y comido un plátano el día anterior, sentada en el suelo de la biblioteca, metida entre las estanterías. Había rehuido a la gente, conversaciones y mensajes para concentrarse por completo en sus pensamientos, porque eran muchos y necesitaba ponerlos en orden.
Tres sucesos importantes habían provocado esa actividad monacal y peripatética.
Uno: David Eastman, su (quizá) novio, había recibido varios puñetazos en la cara en Burlington. Lo había hecho a propósito, pagando a su atacante. Subió un vídeo de la paliza a internet y desapareció sin dejar rastro. David era el hijo del senador Edward King. El senador King había conseguido que los padres de Stevie la dejaran volver a la academia con la condición de que mantuviera a David bajo control.
Bueno, en eso no había tenido éxito.
Solo aquello habría bastado para tener la mente ocupada si no hubiera sido porque, aquella misma noche, la asesora de Stevie, la doctora Irene Fenton, había muerto en el incendio que se declaró en su casa. Stevie no había tenido demasiado trato con la doctora Fenton, o Fenton a secas, como prefería que la llamaran. Aquel suceso terrible tenía un lado positivo: el incendio había sido en Burlington. Burlington no estaba allí, en Ellingham, y Fenton había sido identificada como profesora de la Universidad de Vermont. Eso significaba que la muerte no había sido atribuida a Ellingham. Probablemente, la academia no podría sobrevivir si se producía otra muerte. En un mundo donde todo siempre salía mal, que tu asesora muriese lejos del campus era uno de los poquísimos «pero el lado positivo es…» de su confusa nueva vida. Era una forma terrible y egoísta de ver las cosas, pero llegados a este punto, Stevie debía ser práctica. Si querías resolver un crimen, había que distanciarse.
Afrontar todo aquello habría sido más que suficiente. Pero el remate final, lo que no paraba de darle vueltas en la cabeza como una noria, fue…
—¿No crees que deberíamos hablar? —preguntó Nate—. ¿Sobre lo que está ocurriendo? ¿Lo que va a pasar ahora?
Una pregunta cargada de implicaciones. ¿«Lo que va a pasar ahora»?
—Vamos a dar un paseo —propuso Stevie.
Se volvió para alejarse del edificio de las clases, de la gente, de las cámaras instaladas en las farolas y en los árboles. Lo hacía para poder hablar en privado, pero también para que nadie viera los estragos que iba a causar al dónut. Estaba hambrienta.
—Errovuelgogazo —dijo al tiempo que se metía un buen trozo de dónut en la boca.
—¿Quieres un copazo?
Hizo una pausa para tragar.
—He resuelto el caso —siguió—. El caso Vermont.
—Lo sé —dijo Nate—. Eso es de lo que tenemos que hablar. De eso, del fuego y de todo lo demás. Por Dios, Stevie.
—Tiene sentido —reconoció Stevie mientras caminaba despacio—. George Marsh, el hombre del FBI, el que protegía a los Ellingham…, alguien que conocía el plano de la casa a la perfección, los horarios, cuándo llegaba el dinero, las costumbres de la familia…, alguien que podría haber organizado un secuestro con facilidad. Escucha, esto es lo que ocurrió…
Agarró a Nate del brazo con delicadeza y cambió de dirección, virando hacia la Casa Grande. Esta era la joya del campus. En la década de 1930 había sido el hogar de la familia Ellingham. Hoy era el centro administrativo de la academia y escenario de bailes y eventos. En la parte de atrás había un jardín cercado. Stevie se dirigió como con piloto automático a una puerta que conocía bien en el muro y la abrió. Era el jardín hundido, llamado así porque en su día fue un lago artificial y la gigantesca piscina de Iris Ellingham. Albert Ellingham había ordenado que lo drenaran después de la desaparición de su hija porque alguien dijo que creía que el cuerpo estaba en el fondo. No ocurrió, pero no volvieron a llenar el lago. Así quedó, como una enorme hondonada cubierta de hierba. Y en el centro, en una extraña y pequeña elevación que en otro tiempo fue una isla en medio del lago, había una cúpula geodésica de cristal. Fue en aquella cúpula donde Dottie Epstein había encontrado su triste final y donde, justo debajo, Hayes Major había terminado sus días.
—Así que —dijo Stevie al tiempo que señalaba la colina— Dottie Epstein está allí sentada, leyendo su novela de Sherlock Holmes, sin meterse con nadie. De repente, aparece un hombre. George Marsh. Ninguno de los dos esperaba encontrar al otro. Y, de todos los alumnos de la Academia Ellingham con los que pudo haberse tropezado, George Marsh se topa con la más brillante, que además tiene un tío en la policía de Nueva York. Dottie sabe quién es Marsh. Todo el plan se viene abajo en un segundo, porque George Marsh se encuentra a Dottie en esa cúpula. Dottie sabe que algo malo está a punto de suceder, así que hace una marca en el libro de Sherlock Holmes, hace lo que puede para comunicar a quién ha visto, y después muere. Pero Dottie delata al hombre. Salto hacia delante en el tiempo…
Stevie se volvió hacia la casa, hacia el patio enlosado y la cristalera que se abría en lo que había sido el despacho de Albert Ellingham.
—Albert Ellingham se pasa dos años intentando encontrar a su hija, cuando algo… algo le refresca la memoria. Piensa en Dottie Epstein y en la marca hecha en el libro. Saca la grabación de su entrevista con ella (sabemos que lo hizo, estaba encima de su escritorio el día que murió) y la escucha. Se da cuenta de que Dottie pudo haber reconocido a George Marsh. Se pregunta…
Stevie se imaginaba perfectamente a Albert Ellingham paseando nervioso por el despacho, sobre las alfombras de pieles de animales, del sillón de cuero al escritorio, con la vista puesta en el reloj de mármol verde de la chimenea, intentando decidir si sus suposiciones eran ciertas.
—Escribe un acertijo, quizá para ponerse a sí mismo a prueba, para comprobar si de verdad lo creía: «¿Dónde buscas a alguien que en realidad nunca está cerca? Siempre en una escalinata, pero nunca en la escalera». Indica que hay que sacar la palabra nata de escalinata. ¿Quién es la flor y nata del cuerpo de Policía? Un detective. ¿Quién «nunca está» en realidad? La persona que contratas para investigar, la que siempre estuvo a tu lado. En la que nunca piensas ni te fijas…
—Stevie…
—Y luego, esa misma tarde, sale a navegar con George Marsh y el barco explota. Siempre se pensó que habían sido los anarquistas, porque ya habían intentado asesinarlo antes, y todos creían que era un anarquista quien había secuestrado a su hija. Pero es imposible. Uno de los dos hizo explotar el barco. O George Marsh sabía que todo había terminado y decidió que fuera el fin de ambos, o Albert Ellingham se enfrentó a él y decidió lo mismo. Pero no termina ahí la cosa. Y sé que el secuestrador de Alice, quienquiera que fuese, no pudo ser Atentamente Perverso, porque sé que esa nota la escribieron unos alumnos de la academia, probablemente para gastar una broma. Todo el asunto no fue más que una sucesión de cosas que se les fue de las manos. La nota era una broma, después el secuestro salió mal y murió toda esa gente…
—Stevie —insistió Nate para devolver a su amiga al presente, a la hierba húmeda y fría que estaban pisando.
—Fenton —siguió Stevie—. Creía que en el testamento de Albert Ellingham había un codicilo, algo que especificaba que quien encontrara a Alice se llevaría una fortuna. Es todo como de teoría conspiranoica, pero ella lo creyó. Dijo que tenía la prueba. Yo no la vi, pero afirmó que la tenía. Estaba completamente paranoica…, solo guardaba documentos en papel. Tenía un esquema relacional en la pared. Dijo que estaba haciendo encajar algo muy gordo. Llamé para contarle lo que había averiguado, pero me dijo que no podía hablar y repitió algo como «Está aquí, está aquí». Después, su casa ardió.
Nate se rascó la cabeza despacio.
—¿Puede haber alguna posibilidad de que fuera un accidente? —preguntó—. Por favor, dime que sí.
—Tú ¿qué crees? —preguntó ella en voz baja.
—Yo ¿qué creo? —repuso Nate, sentándose en uno de los bancos al borde del jardín hundido.
Stevie se sentó a su lado y notó el frío de la piedra a través de la ropa.
—Creo que no sé qué pensar —respondió el chico—. Normalmente no creo en las conspiraciones, porque la gente no suele organizarse lo suficiente para concluir con éxito tramas importantes y complejas. Pero también creo que, si en un lugar y momento determinados se dan una serie de circunstancias extrañas, quizá sea porque estén relacionadas. Por ejemplo, Hayes murió mientras estabais grabando el vídeo sobre el caso Vermont. Luego murió Ellie cuando se escapó después de que descubrieras que había escrito los guiones de Hayes. Ahora tu asesora está muerta (a la que estabas ayudando a estudiar el material de Ellingham), y murió justo cuando dijiste que habías averiguado quién cometió el crimen del siglo. Ha sido una sucesión de terribles accidentes, o quizá no, pero no se me ocurre nada y necesito conservar mis energías para poder flipar mejor. ¿Te he ayudado algo?
—No —respondió Stevie con la vista puesta en el cielo gris rosáceo.
—¿Y si…, y escúchame bien, y si comunicaras a las autoridades todo lo que sabes y te desentendieras ya del tema?
—Pero es que no sé nada —protestó ella—. Ese es el problema. Necesito saber más. ¿Y si todo está relacionado? Tiene que estarlo, ¿no? Iris y Dottie y Alice, Hayes y Ellie y Fenton.
—¿En serio?
—Necesito pensar.
Stevie se pasó la mano por el pelo corto y rubio. Se le había quedado de punta. No se había cortado el pelo desde su llegada a Ellingham a primeros de septiembre. Una vez lo había intentado, en su cuarto de baño a las dos de la madrugada, pero cuando llegó a la mitad ya no veía bien el resto. El resultado fue un corte descuidado que caía más sobre un ojo que sobre el otro y que a menudo se elevaba hacia el cielo como el copete de una cacatúa asustada. Se había mordido las uñas hasta llegar a la carne y, aunque la academia disponía de servicio de lavandería, llevaba la misma sudadera casi a diario. Estaba perdiendo la consciencia de su aspecto físico.
—Entonces, ¿qué plan tienes? ¿Deambular por ahí todo el tiempo, sin comer y sin hablar con nadie?
—No —respondió—. Tengo que hacer algo. Necesito más información.
—Muy bien. —Nate se dio por vencido—. ¿Dónde puedes encontrar información que no sea peligrosa ni equivocada?
Stevie se mordió una cutícula, pensativa. Buena pregunta.
—Volviendo al presente —siguió Nate—, Janelle nos va a enseñar un prototipo de su máquina esta noche. Está preocupada por si no vienes.
Por supuesto. Mientras Stevie se perdía por aquellos pequeños derroteros de su mente, la vida seguía su curso. Janelle Franklin, su mejor amiga de la academia y vecina de cuarto, había pasado todo su tiempo en Ellingham construyendo una máquina para la competición Sendel Waxman. Ya la había terminado y quería hacer una demostración a sus amigos. A través de la nebulosa de su mente, Stevie fue capaz de recordarlo… «Esta noche, a las ocho. Ver la máquina».
—De acuerdo —dijo—. Iré. Claro que iré. Ahora necesito seguir pensando.
—Quizá necesites volver a casa y dormir una siesta, o ducharte, o algo. Porque no me parece que estés bien.
—¡Eso es! —exclamó, levantando la cabeza de repente—. No estoy bien.
—Un momento, ¿qué dices?
—Necesito ayuda —dijo con una sonrisa—. Necesito ir a hablar con alguien a quien le encantan los retos.
Febrero, 1936
—NO HA LLEGADO, QUERIDA —dijo Leonard Holmes Nair mientras limpiaba la punta del pincel con un trapo—. Hemos de tener paciencia.
Iris Ellingham estaba sentada ante él en un sillón de mimbre que solía usar cuando hacía mejor tiempo. Se estremeció en su abrigo blanco de angora, pero Leo sospechaba que no era a causa del frío. Hacía un día relativamente templado para encontrarse a mediados de febrero en la montaña, con la temperatura justa para poder trabajar en un cuadro de la casa y la familia al aire libre. A su alrededor, los alumnos de la recién creada Academia Ellingham iban de un edificio a otro a paso ligero, enfundados en abrigos, bufandas y mitones y con los brazos cargados de libros. Sus charlas rompían el antaño silencio cristalino de aquel lugar de retiro en la montaña. Aquel palacio —la obra de arquitectura y paisajismo—, aquel prodigio de ingeniería y determinación… ¿todo para una academia? Era, en opinión de Leonard, como preparar el más exquisito de los festines para después sacarlo y contemplar cómo lo devoraban los mapaches.
—Seguro que tienes un poco —dijo Iris, revolviéndose en su asiento—. Tú siempre tienes algo.
—Debes tener cuidado. No querrás que el polvo se apodere de ti.
—Basta ya de sermones, Leo. Dame un poco.
Leo suspiró, metió la mano en el bolsillo de la bata y sacó una pequeña caja esmaltada con forma de zapato. Ayudándose de una uña, depositó una pizca de polvo en la mano abierta de la mujer.
—Es lo único que me queda hasta que reciba otro pedido —dijo—. El género bueno viene de Alemania y tarda su tiempo.
Iris volvió la cabeza e inspiró con delicadeza. Cuando lo miró de nuevo, mostraba una sonrisa más amplia.
—Mucho mejor —dijo.
—Me arrepiento de haberte metido en esto. —Leo volvió a guardar la cajita en el bolsillo—. Un poco de vez en cuando no está mal. Consúmelo con asiduidad y te dominará por completo. Ya he visto algún caso.
—Así tengo algo que hacer —repuso la mujer mientras observaba a los alumnos—. No podemos hacer otra cosa aquí arriba ahora que parece que dirigimos un orfanato.
—Háblalo con tu marido.
—Casi tendría más suerte hablándolo con la montaña. Todo lo que a Albert se le antoja…
—… lo compra. Una situación terrible, estoy seguro. Pero hay mucha gente a la que no le importaría nada estar en esta situación. El país está viviendo una crisis.
—Soy consciente de ello —le espetó—. Pero deberíamos estar en Nueva York. Podría abrir una cocina solidaria. Podría dar de comer a mil personas al día. Y, sin embargo, ¿qué hacemos aquí? ¿Formar a treinta alumnos? La mitad son hijos de amigos nuestros. Si sus padres quieren librarse de ellos, podrían mandarlos a un internado.
—Si pudiera explicárselo a tu marido, lo haría —dijo Leo—. Pero solo soy el pintor de la corte.
—Eres bobo.
—Eso también. Pero soy vuestro bobo. Ahora no te muevas. Tienes el mentón en la posición perfecta.
Iris se quedó inmóvil unos instantes, pero después se hundió un poco en el sillón. El polvo había empezado a relajarla. La posición perfecta se deshizo.
—Dime una cosa… —añadió—. Ya sé tu opinión al respecto, pero… Alice se está haciendo mayor. En un momento dado, será bueno saber…
—Deberías saber que no debes preguntármelo —repuso el hombre mientras impregnaba el pincel de pintura con delicadeza y daba un toque de gris a un azul muy vivo—. Te he dado algo bueno. Esa no es manera de agradecérmelo.
—Lo sé, querido. Lo sé. Pero…
—Si Flora hubiera querido que supieras quién es el padre, ¿no crees que te lo habría dicho? Y yo no lo sé.
—Pero a ti sí te lo diría.
—Estás poniendo a prueba mi amistad —se quejó Leo—. No me pidas cosas que no puedo darte.
—Mi día ha terminado —dijo la mujer al tiempo que sacaba la pitillera de plata—. Voy a darme un baño caliente.
Se puso en pie arrastrando el abrigo a su espalda al atravesar el césped de camino a la puerta principal. Leo le había proporcionado el polvo que la ayudaba a sobrellevar su aburrimiento; pequeñas dosis de vez en cuando, las mismas que tomaba él. Últimamente, el hombre había notado un cambio en el comportamiento de su amiga; se mostraba impaciente, reservada, con cambios de humor. Conseguía más por otro lado, consumía a menudo y se ponía nerviosa cuando estaba sola. Se estaba enganchando. Albert no sabía nada, por supuesto. Ahí radicaba buena parte del problema. Albert gobernaba su reino y se lo pasaba bien, e Iris se hundía en picado al no tener apenas nada en qué ocupar su ágil mente.
Quizá podrían regresar a Nueva York. Flora, Iris y Alice y él. Era lo único sensato. Llevarla de vuelta a un lugar que la estimulaba, visitar a un médico que conocía en la Quinta Avenida y que solucionaba ese tipo de problemas.
Albert se opondría. No podía soportar estar lejos de Iris y Alice. Una sola noche le parecía demasiado. Su devoción hacia su esposa e hija era admirable. La mayor parte de los hombres de la posición de Albert tenían múltiples aventuras, una amante en cada ciudad. Albert parecía un hombre leal, lo que significaba que probablemente solo tuviera una. Quizá en Burlington.
Leo levantó la vista hacia el modelo que tenía delante, la casa melancólica con su telón de piedra que se alzaba tras ella. El sol de la tarde de finales de febrero era de lavanda blanca, los árboles desnudos estaban grabados en el horizonte como sistemas circulatorios visibles de criaturas enormes y misteriosas. Retocó la pintura del lienzo y retrocedió. Las tres figuras del cuadro lo miraban expectantes. Había algo que desentonaba, algo que no podía comprender en aquel modelo.
Existe la idea errónea de que la riqueza satisface a los hombres. Normalmente, ocurre todo lo contrario. Provoca ansia en muchos de ellos; no importa cuánto coman, nunca se sacian. Como si tuvieran un agujero en alguna parte. De pronto, Leo lo vio todo claro en el sol a punto de ponerse, en los rostros de sus modelos y en el color del horizonte. Examinó su paleta unos instantes, concentrado en el azul de Prusia y en cómo crear con él un cielo moribundo.
—¿El señor Holmes Nair?
Dos alumnos se habían acercado a Leonard mientras contemplaba el cuadro, un chico y una chica. Él tenía un rostro hermoso, su pelo era de auténtico color dorado, ese color que los poetas describen tan a menudo pero que tan pocas veces se ve. La sonrisa de ella era como una pregunta peligrosa. Lo primero que le llamó la atención era lo vivaces que parecían ambos. En contraste con lo que los rodeaba, se les veía radiantes y pletóricos. Hasta mostraban rastros de sudor en la frente y bajo los ojos. El leve desorden de la ropa. El pelo revuelto.
Acababan de hacer algo, y no les importaba que se notara.
—Usted es Leonard Holmes Nair, ¿verdad? —dijo el chico.
—Lo soy —respondió Leo.
—Vi su exposición «Orfeo Uno» en Nueva York el año pasado. Me gustó mucho, más incluso que la de «Hércules».
El muchacho tenía buen gusto.
—¿Te interesa el arte? —le preguntó.
—Soy poeta.
Por lo general, a Leo le gustaban los poetas, pero era muy importante no dejarlos sacar el tema de su trabajo si uno quería seguir disfrutando de la poesía.
—¿Le importa que le saque una foto? —preguntó el chico.
—Supongo que no —contestó con un suspiro.
Mientras el chico sacaba la cámara, Leo se fijó en su compañera. El muchacho era hermoso; la chica, atractiva. Sus ojos mostraban una inteligencia chispeante. Apretaba un cuaderno contra su pecho de una forma que daba a entender que su contenido, cualquiera que fuese, era muy valioso y probablemente contravenía alguna norma. Su ojo de pintor y su alma pervertida le dijeron que era con la chica con quien había que tener cuidado. Si en la Academia Ellingham había alumnos como aquellos, quizá el experimento no fuera un completo despilfarro.
—¿Tú también eres poeta? —preguntó Leo a la chica con cortesía.
—De ninguna manera —repuso—. Pero me gustan algunos poemas. Me gusta Dorothy Parker.
—Me alegro. Dorothy es amiga mía.
El chico trasteaba con la cámara. Una cosa era esperar a que Cecil Beaton o Man Ray encontraran el ángulo adecuado, y otra muy distinta esperar por aquel muchacho, por muy buen gusto que tuviera. La chica pareció darse cuenta y también empezó a perder la paciencia.
—Hazla ya, Eddie —dijo.
El chico sacó la foto al instante.
—No pretendo ser grosero —dijo Leo, pretendiendo ser tan grosero como deseaba—, pero es que me voy a quedar sin luz.
—Vamos, Eddie, es mejor que volvamos —dijo la chica dirigiendo una sonrisa a Leo—. Muchas gracias, señor Nair.
Los dos prosiguieron su camino; el chico en una dirección, la chica en otra. Leo la observó unos instantes mientras corría hacia el pequeño edificio llamado Casa Minerva. Tomó nota mental para hablarle de ella a Dorothy, que enseguida extravió en una mesita auxiliar también mental atiborrada de papeles. Se frotó el entrecejo con el paño encerado. Había perdido la visión de la casa y sus secretos. El momento se había esfumado.
—Hora del aperitivo —anunció—. Ya está bien por hoy.

2
—QUIERO HABLAR SOBRE LA marcha de mi trabajo —mintió Stevie.
Stevie se sentó delante del enorme escritorio que ocupaba buena parte de la estancia, una de las más hermosas de la Casa Grande. En un principio, había sido el vestidor de Iris Ellingham. La seda gris paloma seguía tapizando las paredes. Hacía juego con el color del cielo. Pero en vez de una cama y tocadores, la habitación ahora estaba llena de estanterías que llegaban hasta el techo.
Intentó no mirar directamente a la persona que se sentaba al otro lado de la mesa, el hombre alto con su camiseta de Iron Man, su americana entallada, sus gafas estilosas y su mechón de pelo rubio que le caía sobre la frente. Así que se concentró en el cuadro que colgaba entre las ventanas, el dibujo enmarcado de la pared. Lo conocía bien. Era el plano de la Academia Ellingham. Estaba impreso en los papeles de admisión. Había incluso carteles a la venta. Era una de esas cosas que siempre estaban ahí y en las que uno no se fijaba. No era del todo preciso; se trataba más bien de una representación artística. Para empezar, los edificios eran enormes y estaban sumamente embellecidos. Había oído que era obra de un antiguo alumno que después se dedicó a ilustrar libros infantiles. Aquella era la fantasía de la Academia Ellingham, el cuadro amable dibujado para el mundo.
—Me alegro mucho de que hayas venido a hablar conmigo —dijo Charles.
Stevie lo creyó. Al fin y al cabo, todo en Charles sugería que quería ser divertido y cercano, desde los letreros de la puerta del despacho que decían CUESTIONA TODO; RECHAZO TU REALIDAD Y SUSTITUYO LA MÍA, y otro más grande, hecho a mano y colgado en el medio en el que se leía ¡RÉTAME! También había muñequitos Funko Pop! apiñados en los alféizares de Iris Ellingham junto a fotos de lo que Stevie supuso que eran de los equipos de remo de Charles en Cambridge y Harvard. Y es que, por muy dinámico e inquieto que fuera, Charles tenía una excelente formación. Todos los miembros del claustro de Ellingham la tenían. Llegaban, cargados de títulos, premios y experiencia, a dar clase en la montaña.
La cuestión era que no había ido hasta allí a hablar de sus sentimientos. A algunas personas no les importaba lo más mínimo, eran capaces de sincerarse con quien fuera y de soltar todo lo que tenían dentro. Stevie prefería cualquier cosa antes que compartir su frágil ser interior con otra persona, ni siquiera quería compartirlo consigo misma. Tenía que caminar sobre la fina línea que separaba parecer vulnerable y mostrar sus emociones delante de Charles, porque mostrar sus verdaderas emociones le parecía una ordinariez. Stevie no lloraba nunca, y menos aún delante de los profesores.
—Estoy intentando… procesar —dijo Stevie.
Charles hizo un gesto de aprobación. Procesar era un buen término, de esos a los que una persona que se dedicaba a administrar podía aferrarse y manejar… y lo bastante clínico como para evitar que Stevie se quedara sin saber qué decir.
—Stevie —empezó el hombre—. Ya casi no sé ni qué decir. Ha habido mucho sufrimiento aquí este año. Y buena parte de él te ha tocado de cerca, de algún modo. Has sido increíblemente fuerte. No tienes ninguna obligación de serlo. Que no se te olvide. No hay necesidad de ser siempre valiente.
Las palabras casi la taladraron. No quería seguir siendo valiente. Era agotador. La ansiedad se arrastraba continuamente por el interior de su piel, como una criatura extraña que pudiera romperla en cualquier momento. Stevie se dio cuenta del sonoro tictac que se oía en el despacho. Se volvió hacia la chimenea, donde reposaba un gran reloj de mármol verde. En otro tiempo, el reloj había estado en la planta baja, en el despacho de Albert Ellingham. Era un modelo refinado, obviamente muy valioso, de color verde bosque con vetas doradas. Se rumoreaba que había pertenecido a María Antonieta. ¿Sería solo un rumor? ¿O, como tantas cosas en aquel lugar, era una realidad poco probable?
Ahora que Charles estaba preparado y atento, era el momento de conseguir lo que había venido a buscar: información.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Por supuesto.
Stevie miró el reloj verde mientras las agujas antiguas y delicadas se movían con precisión sobre la esfera.
—Es sobre Albert Ellingham —añadió.
—Probablemente sepas tú más que yo sobre él.
—Es sobre una cosa de su testamento. Se dice que hay algo en él, algo que dice que, si alguien encuentra a Alice, se llevará todo el dinero. O mucho dinero. Una recompensa. Y que, si no aparece, el dinero se destinará a la academia. Siempre creí que era un rumor…, pero la doctora Fenton así lo creía. Usted está en la junta directiva, ¿no? Debería saberlo. Y ¿no se comenta que la academia va a recibir mucho dinero muy pronto?
Charles se recostó sobre el respaldo y se puso las manos detrás de la cabeza.
—No quiero hablar mal de nadie —confesó—, y menos aún de alguien que ha fallecido recientemente en circunstancias tan trágicas, pero parece ser que la doctora Fenton tenía algún problema del que no éramos del todo conscientes.
—Tenía problemas con la bebida. Eso no significa que estuviera equivocada.
—No —admitió él con un gesto de asentimiento—. No hay nada en el testamento sobre algún tipo de recompensa si alguien encuentra a Alice. Hay depósitos que habría heredado Alice si siguiera con vida. Esos depósitos van a vencer. Por eso estamos reformando el granero y construyendo nuevos edificios.
Así de claro y de simple. De repente, las ideas improbables de Fenton parecieron convertirse en humo.
Como su casa.
—Y ahora, ¿puedo hacerte yo una pregunta? David Eastman fue a Burlington y no volvió al campus. No quería involucrarte en esto. Ya has pasado lo tuyo. Pero el padre de David…
—… es el senador King.
—Supuse que lo sabías —continuó el hombre con gesto serio—. Es algo que llevamos con mucha discreción. Uno de los motivos es la seguridad; el hijo de un senador requiere cierto grado de protección. Y este senador…
—… es un monstruo —concluyó Stevie.
—… es una persona con ideas políticas muy controvertidas con las que no todos estamos de acuerdo. Pero tú lo has expresado mejor.
Stevie y Charles compartieron una leve sonrisa.
—Estoy siendo franco contigo, Stevie. Sé que el senador King tuvo algo que ver en tu regreso a la academia. Me imagino que no te habrá sentado nada bien.
—Se presentó en mi casa.
—¿Tienes una relación estrecha con David? —preguntó Charles.
—Somos…
Visualizó cada uno de los momentos. La primera vez que se besaron. Rodando en el suelo de su cuarto. La vez que estuvieron los dos en el túnel. El tacto de su pelo entre los dedos. Su cuerpo, fuerte y esbelto y cálido y…
—Vivimos en la misma casa —dijo.
—¿Y no tienes ni idea de dónde está?
—No —respondió. Lo cual era cierto. No tenía ni idea. No había contestado a sus mensajes—. No es… muy comunicativo.
—Seré sincero contigo, Stevie: estamos en la cuerda floja. Si ocurre algo más, no sé cómo vamos a poder mantener la academia abierta. Así que, si se pone en contacto contigo, ¿te importaría decírmelo?
Era una petición justa, planteada de modo razonable. Asintió.
—Gracias —dijo el hombre—. ¿Sabes que la doctora Fenton tenía un sobrino? Está estudiando en la universidad y vivía con ella.
—Hunter —repuso Stevie.
—Bien. Pues se ha quedado sin casa. Así que la directiva ha decidido que, ya que la doctora Fenton era tutora de una de nuestras alumnas y estaba tan interesada en Ellingham, puede quedarse aquí hasta que encuentre un sitio donde alojarse. Y como tu casa está más vacía de lo normal…
Era verdad. La casa crujía y crepitaba de noche con la mitad de sus ocupantes muertos o desaparecidos.
—Irá a la facultad cuando lo necesite. Pero me pareció lo mínimo que podíamos hacer como institución. Se lo ofrecimos y aceptó. Creo que, igual que su tía, está muy interesado en este lugar.
—¿Cuándo viene?
—Mañana, en cuanto le den el alta en el hospital. Está mejorando mucho, pero lo ingresaron para tenerlo en observación y para que la policía pudiera hablar con él. Lo perdió todo en el incendio, así que la academia va a contribuir con lo más imprescindible. He tenido que cancelar las salidas a Burlington por David, pero podría autorizar una salida para que compres algunas cosas que necesita. Supongo que se te dará mejor a ti escoger cosas que le gusten que a un viejo como yo.
Abrió su cartera y sacó una tarjeta de crédito que entregó a Stevie.
—Necesita un abrigo nuevo, botas, ropa de abrigo, como forros polares, calcetines y zapatillas. Procura no gastar más de mil dólares. Puedo pedir a alguien de seguridad que te lleve a L. L. Bean y pasar una hora en la ciudad. ¿Crees que te vendrá bien un viaje a Burlington?
—Desde luego —respondió Stevie.
Era un giro de los acontecimientos inesperado y muy bien recibido. Quizá abrirse al mundo fuera el modo correcto de proceder.
En cuando salió, Stevie sacó el teléfono y tecleó un mensaje.
«Me voy a Burlington. ¿Podemos vernos?»
La respuesta no se hizo esperar.
«¿Dónde y cuándo?»
Era el momento de obtener información real.

3
BURLINGTON, EN EL ESTADO de Vermont, es una ciudad pequeña situada a orillas del lago Champlain, una masa de agua que separa Vermont y Nueva York. El lago es vasto y pintoresco y se extiende hasta Canadá. Con buen tiempo, se puede salir a navegar. De hecho, fue en esta extensión de agua donde Albert Ellingham realizó su fatal salida. La ciudad fue en otro tiempo importante e industrial; en los últimos años había adquirido un tinte más artístico. Había estudios de arte, muchos centros de yoga y tiendas new age. Por todas partes había referencias a los deportes de invierno. Pero sobre todo en los enormes almacenes L. L. Bean, sus existencias de calzado y bastones de nieve, esquís y botas y anoraks gruesos voceaban el mensaje: «¡Vermont! ¡No tienes ni idea del frío que puede llegar a hacer! ¡Es una locura!».
Stevie se bajó del coche delante de los almacenes, aferrando la tarjeta de crédito que había recibido apenas una hora antes. Era un tanto extraño ir a comprar ropa para un chico a quien apenas conocía. Hunter era agradable. Vivía con su tía durante el curso universitario. Estudiaba Ciencias Medioambientales. Era rubio, pecoso y estaba interesado en el caso Vermont. Quizá no tanto como su tía o Stevie, pero bastante. Incluso había permitido a Stevie consultar los archivos de su tía. Stevie no había visto gran cosa, pero gracias a ellos había obtenido la idea de la grabación.
El resto, literalmente, se había convertido en humo. Todo el trabajo de Fenton, todo lo que había recopilado, todo lo que sabía.
En cualquier caso, Stevie tenía que darse prisa en comprar varias cosas para un chico al que apenas conocía. Charles le había dado una lista con las tallas, encabezada por un abrigo. Había un montón de abrigos negros, todos ellos costaban bastante más de lo que Stevie había gastado en cualquier prenda. Después de unos instantes de confusión y de ir de un perchero a otro, mirando precios y grados de aislamiento, terminó decidiéndose por el primero. Las zapatillas siempre le habían parecido algo bastante innecesario hasta que llegó a Ellingham y entró descalza en el cuarto de baño el primer día de invierno de verdad. En cuanto su piel tocó las baldosas y parte de su ser quedó petrificado, supo para qué servían las zapatillas. Eligió unas forradas de borrego que casi parecían zapatos con suela antideslizante; a veces Hunter utilizaba muletas a causa de la artritis, así que serían más seguras si contaba con algo de tracción. Lo llevó todo a la caja registradora, donde una dependienta muy amable intentó entablar conversación sobre el esquí y el invierno, y Stevie se quedó mirándola con cara de no estar enterándose de nada hasta completar la transacción. Quince minutos y varios cientos de dólares después, salió de los almacenes con una bolsa extragrande que chocaba con sus rodillas al andar. Le quedaba poco tiempo para lo que había venido a hacer.
Aunque era poco más de media tarde, las farolas de Burlington fueron cobrando vida entre parpadeos. La zona peatonal de Church Street estaba adornada con farolillos. Había puestos de sidra caliente y palomitas de sirope de arce. Por todas partes había perros tirando de sus dueños. Stevie se abrió paso entre la gente para llegar a su destino, un café pequeño y alegre junto a una de las muchas tiendas de yoga y deportes de exterior. Larry ya estaba allí cuando llegó, sentado ante una mesa con su chaquetón de franela a cuadros rojos y negros y expresión indescifrable.
Larry, o, para usar su nombre completo, Larry Seguridad, era el antiguo responsable de seguridad de la Academia Ellingham. Lo habían despedido tras la aparición del cadáver de Ellie en el sótano de la Casa Grande. Desde luego, lo que le ocurrió a Ellie no había sido culpa de Larry, pero alguien tenía que pagar por ello. En su vida anterior, antes de Ellingham, había sido detective de homicidios. Ahora estaba en paro, pero conservaba una expresión seria y decidida. No tenía ninguna bebida ante él. Larry, supuso Stevie, era un hombre que nunca había tenido que pagar más de dos dólares por una taza de café, y no iba a empezar ahora. A Stevie le daba vergüenza ocupar una mesa y no tomar nada, así que se acercó al mostrador y pidió el café más barato que tenían: solo y en taza normal, sin espumita ni tonterías.
—Bien —dijo Larry en cuanto ella se sentó—. La doctora Fenton.
—Sí.
—¿Estás bien?
A Stevie no le gustaba el café solo, pero bebió un sorbo de todas formas. Ocasiones como aquella requerían bebidas calientes y amargas que no tenían por qué gustarte. Solo necesitabas estar despierta.
—No la conocía mucho —confesó Stevie tras una pausa—. Solo nos vimos unas cuantas veces. ¿Qué pasó? Sé que usted debe saber algo.
Larry inspiró ruidosamente y se frotó el mentón.
—Empezó en la cocina —contestó—. Parece que una de las espitas de gas de la cocina había quedado abierta. La estancia se llena de gas, la mujer enciende un cigarrillo… Dicen que la cocina estalló como una bola de fuego. Fue muy fuerte.
Larry nunca se andaba con paños calientes.
—Habría sido difícil no fijarse en una cosa así —prosiguió—, pero se sabía que la doctora Fenton tenía problemas con el alcohol. Por el montón de botellas vacías que se encontraron en el porche, no lo había superado.
—Me lo contó Hunter —apuntó Stevie—. Y vi las botellas. Además, dijo que el tabaco la había dejado sin sentido del olfato. Su casa apestaba y ella no era capaz de olerlo.
—El sobrino tuvo suerte. Estaba en el piso de arriba y al otro lado de la casa. Bajó cuando olió el humo. Las llamas se habían propagado por la planta baja. Intentó entrar en la cocina, pero fue imposible. Sufrió quemaduras, inhaló humo. Salió dando tumbos y se desplomó. Pobre chico. Pudo haber sido peor, pero…
Se quedaron en silencio unos instantes, imaginando aquel horror.
—Tenía gatos —añadió Stevie—. ¿Están bien?
—Los encontraron. Salieron por la gatera.
—Qué bien —repuso Stevie haciendo un gesto de aprobación—. Bueno… qué bien, no. O sea…, qué bien por los gatos. Pero no…
—Ya te entiendo —dijo Larry.
Se recostó en el respaldo, cruzó los brazos y la observó con aquella mirada glacial capaz de helar la sangre de cualquier sospechoso durante dos décadas.
—La suerte no dura eternamente —continuó por fin—. Ya han muerto tres personas: Hayes Major y Element Walker en la academia, y ahora la doctora Fenton. Tres personas relacionadas con Ellingham. Tres personas que conocías. Tres personas en tres meses. Son muchas muertes, Stevie. Voy a volver a preguntarte una cosa: ¿has considerado la idea de irte de Ellingham?
Stevie clavó la vista en la espiral grasienta de la superficie de su café. El grupo sentado en otra de las mesas se reía demasiado alto. Tuvo las palabras en la punta de la lengua: «Lo he resuelto. He resuelto el crimen del siglo. Sé quién lo hizo». Las palabras se acercaron a sus labios, tocaron la cara interior de sus dientes y después… retrocedieron.
Porque no era una cosa para decir en voz alta. No se le decía a un miembro de un cuerpo policial que sabías quién había cometido uno de los crímenes más horrendos de la historia de los Estados Unidos porque has encontrado una antigua grabación y tienes unas cuantas corazonadas importantes. Así echabas a perder tu credibilidad.
—¿Qué? —preguntó Larry—. ¿Qué me estás ocultando?
Ya que iba a guardarse la información más valiosa, Stevie buscó otra cosa, algo que mereciera la pena. Su mente eligió el dato más inmediato y lo soltó antes de que le diera tiempo a sopesar si quería compartirlo o no:
—David —respondió—. Hizo que le pegaran. Se ha ido.
—Ya vi el vídeo —dijo el hombre.
—Ah, ¿sí?
—Tengo un teléfono —repuso—. Puede que sea un viejo, pero sigo todas las noticias que tengan que ver con Ellingham. ¿Qué quieres decir con «hizo que le pegaran»? ¿Y «se ha ido»?
—Quiero decir que pagó a unos chicos que andaban por allí con los monopatines para que lo hicieran. Lo grabó. Lo subió a la red él mismo, en aquel preciso momento. Yo estaba allí. Lo vi todo.
Larry se pellizcó la nariz, pensativo.
—O sea que… ¿me estás diciendo que hizo que le dieran una paliza y colgó el vídeo allí mismo?
—Sí.
—Y desapareció en Burlington.
—Sí.
—Quieres decir, justo cuando ardió la casa de la doctora Fenton.
—Estas dos cosas no tienen nada que ver —indicó—. Ni siquiera conocía a la doctora Fenton.
Justo cuando pronunciaba estas palabras, se le ocurrió una idea. Si no hubiera estado tan preocupada, lo habría relacionado antes. Aunque David no conociera a la doctora Fenton, sí había conocido a su sobrino, Hunter. Hunter y ella estaban paseando juntos. «No pierdes el tiempo», había dicho. «Tu nuevo chico. Me alegro mucho por los dos. ¿Cuándo pensáis anunciar el gran día?».
¿Estaba celoso? ¿Lo suficiente para… quemar la casa de Hunter?
No. Lo había dicho con indiferencia, como si pensara que tenía que decir algo sarcástico. ¿O no?
Larry se puso las gafas de leer y sacó su teléfono. Vio el vídeo de David y lo paró casi al final.
—Stevie —dijo Larry enseñándole una imagen de David con la cara cubierta de sangre—, alguien que (tal como me has dicho) paga a otra persona para que le haga esto y después sube el vídeo a internet es capaz de cualquier cosa. Los King… —Bajó la voz inmediatamente—, esa familia, son un gran problema.
—Lo hizo —Stevie señaló el teléfono— para dar a su padre en las narices.
—No estás ayudando a su situación —se quejó Larry—. Mira, lo siento por el hijo. No es mal chico. Creo que el problema es el padre. Pero siempre se portó mal. Sé que era muy amigo de Element Walker. Debió de ser un golpe muy duro cuando apareció muerta y ser él quien encontró el cadáver. Eso afecta mucho a una persona.
Lo había sido. David se había venido abajo y ella, incapaz de procesar lo que estaba pasando, se había puesto muy nerviosa. Le había fallado porque no podía controlarlo todo. Comenzó a notar el sentimiento de culpa por todas partes: en el sabor del café, el olor del local y el frío que entraba por la ventana. Culpa y paranoia. Notó el martilleo en el pecho, el motor de la ansiedad rugiendo, haciéndola saber que estaba allí.
—¿Tienes idea de dónde puede estar?
Negó con la cabeza.
—¿Habéis estado en contacto?
Volvió a negar.
—¿Estás dispuesta a enseñarme tu teléfono y demostrármelo?
—Es la verdad.
—Tienes que prometerme una cosa ahora mismo: si se pone en contacto contigo, avísame. No estoy diciendo que haya tenido que ver con el incendio…, solo digo que puede suponer un peligro para sí mismo.
—Sí —aceptó Stevie—. Se lo prometo.
El local estaba empezando a latir, los contornos de los objetos a agitarse ante sus ojos. Un nuevo ataque de pánico acechaba, y no tardaría en producirse. Rebuscó en su mochila disimuladamente hasta encontrar el llavero. En él guardaba un frasquito con tapón de rosca. Lo destapó con una mano temblorosa y volcó su contenido sobre la otra por debajo de la mesa. Un Ativan de emergencia, siempre encima por si era necesario. Respira, Stevie. Inspira hasta cuatro segundos, retén hasta siete, espira en el ocho.
—Tengo que volver —anunció al tiempo que se levantaba de la mesa.
—Stevie —dijo Larry—. Prométeme que vas a tener cuidado.
No hizo falta que le indicara con qué debía tener cuidado. Era con todo y con nada. Con el espectro de los bosques. Con el crujir del suelo. Con cualquier cosa que se ocultara detrás de aquellos accidentes.
—Seguimos en contacto —se despidió Stevie—. Le avisaré si tengo noticias de David. Prometido. Tengo que ir al lavabo.
Alcanzó la mochila y se dirigió a trompicones hacia los lavabos. Una vez dentro, se introdujo la píldora en la boca y metió la cabeza debajo del grifo para beber un trago de agua. Se irguió, se limpió el agua que le goteaba de la boca y miró su imagen pálida en el espejo. El aseo estaba latiendo. La pastilla no tenía un efecto inmediato, pero no tardaría en hacerlo.
Salió del baño, pero esperó en el pasillo hasta que Larry se fue. Mientras esperaba, echó un vistazo al tablón de anuncios, con tarjetas de instructores de yoga, fisioterapeutas, clases de música, talleres de alfarería. Estaba a punto de darse la vuelta y marcharse cuando algo en el folleto azul de la esquina inferior derecha despertó su interés. Se detuvo y lo leyó con más atención:
CABARET DE BURLINGTON VON DADA DADA DADA DADA
Ven a no ver nada. Haz ruido.
Bailar es obligatorio y está prohibido. Todo está delicioso.
Centro de Acción Colectiva de Artes de Burlington
Todos los sábados a las 9:00 p. m.
Tú eres tu propia entrada
Había un dibujo de una persona pintada de azul y dorado tocando un violín con un cuchillo de trinchar, otra persona con cajas de cartón en los pies y los puños, y, al fondo, con un saxofón en la mano…
Estaba Ellie.
4 de abril, 1936
LA ACADEMIA ELLINGHAM ERA rica en dinamita.
Había un montón de cajas apiladas, preciosas, cartuchos de un color beis apagado con señales de advertencia. Dinamita para volar rocas y allanar las superficies montañosas. Dinamita para los túneles. La dinamita gobernaba su corazón. No Eddie. La dinamita.
Al llegar, Albert Ellingham bromeó con ella, la dejó sostener un cartucho en la mano y después se rio del interés que mostraba. Desde entonces, se mantuvo alerta. Como ya se había construido la mayor parte del campus, no quedaba tanta dinamita, pero de vez en cuando oía a alguno de los operarios pronunciar la palabra y lo seguía. Fue durante uno de esos paseos cuando oyó que alguien preguntaba qué debían hacer con unos tablones.
—Tíralos al agujero —respondió su compañero.
Observó al hombre acercarse a una estatua. Un instante después, se sentó en el suelo y se metió por un hueco abierto en la tierra.
Inmediatamente, Francis se puso a investigar cuando no había moros en la costa. Tardó cierto tiempo en descubrir por dónde había desaparecido el hombre. Justo debajo de la estatua había una zona rocosa. Estaba segura de que era una trampilla encubierta. Tardó cierto tiempo en descubrir cómo abrirla; a Albert Ellingham le encantaban los juegos y los trucos arquitectónicos. Lo averiguó y la roca cedió, revelando una abertura y una escalera de madera para facilitar el descenso.
El espacio donde había entrado tenía la apariencia de un proyecto inconcluso; a Francis le recordó mucho a cuando su madre había decidido que quería una sala de música antes de darse cuenta de que ni tocaba ningún instrumento ni era particularmente aficionada a la música. La idea a medio terminar, los primeros golpes de cincel antes de que el escultor decidiera que ni el tema ni el material eran de su agrado… Los ricos hacían cosas así. Dejaban cosas a medias.
Este proyecto era de una escala mayor que la sala de música de su madre. La primera parte del espacio estaba excavada y con las paredes de roca irregular, para darle la apariencia de cueva. Más adelante, el espacio se estrechaba y describía una curva. Había un umbral hecho de roca. En cuanto lo cruzó, se encontró en un mundo fantástico subterráneo: una gruta artificial. Había una gran zanja excavada de casi dos metros de profundidad. En su interior, se apilaban sacos de cemento y ladrillos a la espera de ser utilizados. En la pared del fondo, había una pintura al fresco que más tarde Eddie identificaría como las valquirias. En el rincón opuesto, un bote en forma de cisne pintado de verde, dorado y rojo que descansaba sobre uno de sus costados. Vio unas hileras de estalactitas y estalagmitas a medio construir que daban la apariencia de una boca llena de dientes rotos. Había basura desparramada por toda la gruta: latas de cerveza, palas rotas, paquetes de cigarrillos.
La roca había estado congelada durante meses, pero ahora la tierra cedía y Francis pudo enseñar el escondrijo a Eddie. Se escabullían al interior de la gruta varias veces por semana para llevar a cabo sus actividades secretas. Entre ellas, las físicas, por supuesto; pero la intimidad que les proporcionaba la gruta también resultaba muy útil para trabajar en su plan.
El día que decidieron dejar Ellingham para siempre, Eddie se encargaría de recoger las pistolas. Era muy fácil conseguir armas de fuego; había un montón almacenadas en el recinto. Francis se ocuparía de la dinamita. Robarían uno de los coches del garaje de detrás de la Casa Grande para la primera etapa de su fuga, pero inmediatamente se agenciarían uno nuevo en Burlington. Compraron mapas y los desplegaron en el suelo de la cueva para diseñar la ruta de escape de Vermont. Se dirigirían hacia el sur cruzando Nueva York, Pensilvania, West Virginia, Kentucky…, atravesarían la región minera. Empezarían por ciudades pequeñas. Entrarían de noche; volarían la caja fuerte. Sin derramamiento de sangre si podían evitarlo. Seguirían hasta llegar a California y luego…
… quizá sería momento de retirarse. Hasta Bonnie y Clyde llegaron al final de su viaje en Luisiana, cuando la policía les tendió una emboscaba y acribilló su Ford Deluxe hasta que hubo más agujeros que coche. Bonnie y Clyde lo entendieron. Eran poetas, decía Eddie, y escribían con balas.
Todo su plan quedó recogido en el diario de Francis: posibles rutas, explosivos caseros, trucos que había aprendido en las revistas de crímenes reales.
Aquella tarde de abril, Francis y Eddie habían vuelto a bajar a su escondrijo secreto. Eddie colocó un círculo de velas y dibujó un pentagrama en el suelo. Siempre hacía cosas así, jugaba a ser pagano. Aquella petulancia irritaba a Francis; era una guarida, no una especie de templo subterráneo. Pero Eddie tenía que disfrutar de su momento de diversión si ella quería disfrutar del suyo, así que se lo permitía.
—Hoy jugamos —propuso la chica mientras dejaba en el suelo una bolsa con material.
—Oh. Me gusta. —Eddie se dio la vuelta, tumbado en el interior del círculo y levantándose un poco la camisa—. ¿Qué juego tienes en mente?
—Hoy vamos a jugar a Cómo asustar a Albert Ellingham.
—Vaya. —Eddie se incorporó sobre los codos—. No es lo que yo esperaba, pero te escucho.
—Fue muy grosero conmigo cuando me enseñó la dinamita —dijo Francis—. Se rio de mí, como si no pudiera manejar material explosivo por ser mujer. Así que vamos a utilizarlo para divertirnos un poquito. Le escribiremos un acertijo. A él le gustan mucho los acertijos. Solo uno como este.
Buscó en la bolsa y sacó un fajo de revistas. Eligió una de las de arriba llamada Historias policiacas reales y la abrió por la página con una esquina doblada y una fotografía de una nota de rescate hecha con letras recortadas. Eddie se puso bocabajo para examinar la revista.
—Un poema —dijo.
—Una advertencia en forma de poema.
—Todos los buenos poemas son advertencias —puntualizó él; Francis contuvo un gesto de hastío—. Podíamos empezarlo con «Adivina, adivinanza, ya es hora de jugar…».
Francis sacó su cuaderno y lo escribió. «Adivina, adivinanza, ya es hora de jugar». Un comienzo perfecto. A Eddie se le daban muy bien esas cosas.
—Luego podríamos hacer algo parecido al poema de Dorothy Parker, «Resumé» —continuó Eddie—. Es una lista de distintas formas de morir. Podemos poner formas de morir.
—Soga o pistola, ¿qué debemos usar? —sugirió Francis.
Fueron añadiendo versos… «Los cuchillos tienen filo y brillan como estrellas… El veneno es más lento, vaya, qué pena…». Sogas, accidentes de tráfico, cabezas rotas… La firma: «Atentamente, Perverso», que incluía a los dos.
Luego venía la segunda parte. Francis desplegó las revistas y los periódicos sobre el suelo. Llevaba semanas guardándolos, rescatando cosas de la basura, sacando artículos de la biblioteca, escamoteándoselos a Gertie: Photoplay, Movie News, The Times, Life, The New Yorker. Sacó las tijeras de costura que había robado a la sirvienta de su madre cuando estuvo en casa por Navidad y unas pinzas de depilar. El papel y el sobre eran de los almacenes Woolworth. Revistas, tijeras, papel, pegamento. Todo muy simple e inofensivo.
Trabajaron con cuidado, eligiendo cada letra y cada palabra, aplicando el pegamento con delicadeza, depositándolas en el papel de manera impecable. Tardaron varias horas en hallar las letras adecuadas, en colocarlas en el ángulo correcto. Francis insistió en que utilizaran guantes. No era probable que dejaran sus huellas dactilares en las letras, pero lo más inteligente era tomar precauciones.
Cuando terminaron, lo dejaron para que se secara y endureciera y se dedicaron tiempo el uno al otro, estimulados por la emoción de haber concluido su obra. Por supuesto, había más parejas que mantenían relaciones sexuales en Ellingham (una o dos). Pero lo hacían con reparo y precipitación, muertos de miedo. Eddie y Francis se unían sin temor ni vacilación. Cuando el plan que tienes en mente es una sucesión de crímenes, no importa si te pillan juntos, y su escondite estaba literalmente bajo tierra, bajo una roca. No podía haber sitio más privado.
Cuando terminaron, y aún sudando, Francis recogió su ropa y la sacudió antes de ponérsela.
—Hora de irse —dijo.
—Me niego.
—Levántate.
Eddie se levantó. Aunque de mala gana, hizo lo que Francis le decía.
Cuando acabó de vestirse, Francis volvió a guardar el material. Después se puso los guantes y dobló el papel.
—Encargaré a alguien que lo envíe —propuso mientras lo metía en el sobre con cuidado—. Llevará matasellos de Burlington.
—¿Cómo sabremos que lo ha recibido?
—Probablemente se lo contará a Nelson. Se lo cuenta todo. Hablando de Nelson, tengo que volver ya. Nelson no me quita el ojo de encima. No se fía de mí.
—Y hace bien.
La pareja salió de nuevo a la luz del día. Francis pestañeó y miró el reloj.
—Llegamos tarde —dijo—. Nelson ya debe de estar pendiente de mí. Más vale que nos demos prisa.
—Otra vez —murmuró Eddie agarrándola por la cintura—, ahora de pie contra el árbol, como animales.
—Eddie…
Era tentador, pero Francis lo apartó de un empujón. Él refunfuñó y la persiguió entre risas. Francis corrió riéndose, sujetando la bolsa de material debajo del brazo. El aire era fuerte y fresco. Todo iba cobrando forma. Pronto se habrían ido de allí, ella y Eddie, a vivir su aventura. Lejos de Nueva York, lejos de la sociedad; hacia la carretera, hacia la libertad, hacia la pasión y la locura, donde los besos jamás se agotarían y las armas escupirían ráfagas.
Una vez en la parte más poblada del campus, Eddie se paró a saludar a unos chicos de su misma casa. Francis continuó su camino hacia Minerva. A pesar de que en Ellingham había más igualdad que en la mayoría de los sitios, seguía habiendo más normas para las chicas. Tenían que regresar más temprano para descansar, leer, arreglarse para cenar.
Francis abrió la puerta de la casa y encontró a la señorita Nelson sentada muy digna en el sofá, con un gran libro en el regazo. Gertie van Coevorden también estaba allí con su sonrisa bobalicona, hojeando una revista de cine, lo único que parecía leer. Si Gertie van Coevorden tuviera dos neuronas, cada una de ellas se asombraría al enterarse de la existencia de la otra. Sin embargo, sí había desarrollado un asombroso sexto sentido que le decía cuándo alguien estaba a punto de meterse en líos, y se aseguraba de estar presente cuando sucediera.
—Llegas un poco tarde, ¿no, Francis? —dijo la señorita Nelson a modo de saludo.
—Lo siento, señorita Nelson —repuso ella en un tono de no sentirlo en absoluto. Era físicamente incapaz de hablar en tono de disculpa—. Perdí la noción del tiempo en la biblioteca.
—La biblioteca está mucho más sucia de lo que yo recuerdo. Tienes hojas en el pelo.
—Estuve leyendo fuera un rato —explicó Francis, pasándose la mano por la cabeza—. Voy a asearme para la cena.
Lanzó una mirada a Gertie al pasar junto a ella que insinuaba que más le valía borrar aquella sonrisita de suficiencia de la cara si quería conservar su lustrosa melena rubia. Gertie volvió a enfrascarse en su revista inmediatamente.
Ya segura en su cuarto, Francis dejó las cosas encima de la cama. A pesar de que Albert Ellingham se había preocupado de que las habitaciones estuvieran bien amuebladas, el mobiliario era muy austero. La familia de Francis la había enviado a la academia con una furgoneta entera de enseres personales: ropa de cama de los lujosos almacenes Bergdorf, un biombo de seda, espejos de cuerpo entero, un chifonier francés, un pequeño armarito de cristal y madera de nogal para el maquillaje y los aceites de baño, un juego de tocador de plata y una cómoda donde colocarlo. Las cortinas estaban hechas a mano, igual que el cubre canapé de encaje. Se quitó el abrigo, lo tiró encima de la mecedora y se miró al espejo. Sudorosa. Sucia. Tenía la blusa toda arrugada y los botones mal abrochados. No podía estar más claro qué había estado haciendo.
Eso la agradó. Que lo supieran.
Se volvió hacia las cosas que había dejado encima de la cama. Se aseguró de que las revistas estuvieran bien escondidas en la bolsa de papel. Las quemaría más tarde. La metió debajo de la cama. Lo más importante era el cuaderno. Siempre tenía que estar a buen recaudo. Echó un vistazo a su trabajo de la tarde; revisó el acertijo con satisfacción y examinó el sobre que había metido entre las páginas. Pero… faltaba algo. Hojeó el cuaderno, presa del pánico.
—¡Francis! —la llamó la señorita Nelson.
—¡Ya voy!
Siguió pasando hojas, frenética. Sus fotos estaban en ese cuaderno. Las que había sacado Eddie posando como Bonnie y Clyde. Sus imágenes secretas. Se habían desprendido de los marcos y habían desaparecido. Debían de haberse caído entre los árboles cuando echó a correr. ¡Maldita sea, estúpido Eddie! Por eso tenía que ser ella quien estuviera al mando. Él no tenía sentido de la disciplina. Cuando se anda con prisas, se cometen errores.
—¡Francis!
—¡Sí! —gritó Francis a su vez.
Ahora no tenía tiempo. Abrió la puerta del armario, se agachó y desprendió un trozo de zócalo. Metió el cuaderno en su sitio, en el interior de la pared, y volvió a hacer encajar la pieza de madera. Después se arregló la ropa y el pelo como pudo y volvió a enfrentarse al mundo.

4
EL CENTRO DE ACCIÓN Colectiva de Artes de Burlington estaba a diez minutos andando del café de Church Street, o a siete minutos corriendo y cargada con una bolsa gigantesca llena de abrigos y botas. Stevie se cuidó mucho de no mirar cuánto tiempo tenía, porque inevitablemente sería muy poco. No tenía un motivo claramente definido para ir, excepto que había que hacer algo, así que, cuantos menos impedimentos (como el sentido práctico y el instinto básico de autoprotección), mejor.
No le hizo falta mirar el número de la casa para saber que había llegado al sitio correcto. El centro estaba en la misma zona que la casa de Fenton, un barrio de grandes casas victorianas en distintas fases de restauración, algunas propiedad de la universidad, otras convertidas en apartamentos. Aunque el tamaño, la forma y el estilo del Centro de Acción Colectiva estaban en consonancia con los de los edificios vecinos, todo lo demás la hacía diferente. La casa estaba pintada de un intenso color lila algo sucio, con rayos de sol en tonos púrpura sobre el tejado a dos aguas. El porche delantero se encontraba combado. Más de una docena de móviles colgaban de las vigas de la cubierta del porche; estaban hechos de latas, trocitos de barro y cristales rotos, trozos de engranaje y piezas de maquinaria oxidados y, en un caso, de piedras. Había un portamacetas de macramé del que pendía una cabeza de maniquí que giraba impulsada por la brisa. La parte de las piernas del maniquí se hallaba en un rincón del porche y se usaba como soporte de un cenicero. Una caja de madera junto a la puerta contenía una pala de nieve y un arenero de gatos.
Stevie abrió la puerta mosquitera y llamó a la puerta interior, que estaba pintada de color vino tinto. La abrió un chico con el torso desnudo, unos pantalones hechos de retales y un gigantesco gorro de lana.
—Hola —saludó Stevie, quien por un momento estuvo a punto de quedarse en blanco al darse cuenta de que había ido a una casa muy extraña para hablar con desconocidos extraños sobre algo que no tenía nada definido en la mente. Al no haber pensado de antemano lo que iba a decir, sacó el folleto y señaló a Ellie en la foto.
—Ellie era amiga mía, creo que vino aquí…
El chico no dijo nada.
—Me preguntaba si… Yo… solo quería averiguar…
El chico retrocedió un paso y sujetó la puerta para dejarla pasar.
El Centro de Acción Colectiva de Artes de Burlington era muy grande. Una pared estaba cubierta de estanterías desde el suelo hasta el techo, repletas de libros. Al fondo había un pequeño escenario con un piano y otros instrumentos. Había cosas miraras donde miraras: boas de plumas y sombreros de copa, piezas de cerámica sin terminar, tambores, alfombras de yoga, libros de arte, una solitaria flauta dentro de una pecera vacía… A un lado se veía un colchón en el suelo con la ropa revuelta; alguien debía de utilizar aquella zona como dormitorio. La primera planta era diáfana y tenía una gran galería con una barandilla blanca de hierro forjado de la cual colgaban varias sábanas pintadas. El olor a salvia se había adueñado del lugar.
Además, había un árbol dentro de la casa. No parecía un árbol vivo, más bien talado y traído al interior solo Dios sabía cómo. Dominaba un rincón de la planta baja e invadía también el primer piso. Stevie no albergó duda alguna de que aquellos eran los amigos de Ellie. Así debía de haber sido la mente de Ellie.
—Bueno, yo…
El chico señaló el piso superior. Stevie ladeó la cabeza algo desconcertada.
—¿Quieres que…?
Él volvió a señalar.
—¿Ahí arriba? —preguntó Stevie.
Asintió en silencio.
—¿Subo? ¿Quieres que suba?
El chico asintió de nuevo y esta vez señaló una pequeña escalera de caracol al fondo de la sala; luego se acercó a una de las paredes e hizo el pino. Mientras subía la escalera, Stevie se fijó en que de las ramas del árbol colgaban notitas de papel con mensajes como «Piensa el cielo» o «Este no es el momento; es el momento». En la planta de arriba, sentada sobre una pila de cojines, estaba una chica. Por un momento, Stevie la confundió con Ellie. Tenía el pelo recogido en pequeños moños. Llevaba una camiseta muy dada de sí en la que se leía Withnail y yo y unas mallas de Mickey Mouse desteñidas. Cuando Stevie se acercó, levantó la vista de su ordenador y se quitó los auriculares.
—Hola —saludó Stevie—. Perdona.
—Nunca saludes pidiendo perdón —repuso la chica.
Buena observación.
—El chico de abajo me ha dejado entrar. Me dijo que subiera. O, bueno, más bien me lo indicó…
—Paul está en una fase de silencio —dijo la chica, como si eso lo explicara todo.
—Ah. Me llamo Stevie. Soy… Era… amiga de Ellie…
Apenas había terminado de pronunciar aquellas palabras cuando la chica se levantó como impulsada por un resorte y la abrazó con fuerza. Olía a una mezcla dulzona de incienso y olor corporal. Tenía el cuerpo tonificado, probablemente por exhaustivas sesiones diarias de yoga. Era como estar envuelta en una manguera cálida y maloliente.
—¡Has venido a vernos! ¡Has venido! ¡Qué feliz se sentiría Ellie! ¡Has venido!
Stevie no tenía ni idea del recibimiento que la aguardaba en el Centro de Acción Colectiva, pero desde luego aquel no entraba dentro de los que podía esperar.
—Soy Bath —se presentó, deshaciendo el abrazo.
—¿Bath? ¿Como bañera en inglés?
—Bathsheba. Pero todos me llaman Bath. Siéntate. ¡Siéntate!
Era muy curioso, porque cuando Stevie conoció a Ellie, esta se había metido vestida en la bañera para teñir la ropa de rosa, probablemente para aquel cabaré. Las palabras bath y bañera siempre le recordarían a Ellie.
Bath señaló otra pila de cojines en el suelo. Parecían desteñidos, sucios y con una ligera apariencia de estar llenos de chinches, pero Stevie se sentó de todos modos. Una vez en el suelo, se fijó en una fila de botellas vacías de vino francés con velas derretidas alineadas a lo largo de casi toda la pared del piso superior.
—De Ellie —dijo Bathsheba al tiempo que se sentaba en el suelo desnudo con las piernas cruzadas—. ¿De quién iban a ser si no? Vino francés. Poesía francesa. Teatro alemán. Esa era mi chica.
Con aquellas palabras, Bathsheba rompió a llorar. Stevie se revolvió incómoda sobre los cojines y jugueteó con su mochila durante unos instantes.
—Me alegro de que hayas venido —continuó Bath después de sorberse la nariz y tranquilizarse un poco—. Te apreciaba mucho. Nos contó todo sobre ti. Tú eres la detective.
Stevie notó al instante un nudo en la garganta. Desde el primer momento, Ellie la había tomado en serio cuando le dijo que era detective. Ellie parecía tener mucha más confianza en Stevie de la que ella tenía en sí misma. La había acogido, le había ofrecido su amistad en cuanto se conocieron, prácticamente como ahora estaba haciendo Bathsheba. Ahora que Stevie miraba a Bath, se le ocurrió que quizá Ellie le había copiado la imagen, así como alguna de sus actitudes.
—¿Cómo es que Ellie terminó aquí? —preguntó Stevie—. Esto forma parte de la universidad, ¿no?
—No es parte de ella —respondió Bath—. La mayoría de los que vivimos aquí somos universitarios. La casa pertenece a un mecenas que quiere apoyar las artes de la zona. Es un espacio abierto a los artistas. Ellie nos encontró la semana siguiente de su llegada a Ellingham. Se presentó en la puerta y dijo: «Yo creo arte. ¿Vais a dejarme pasar?». Y la dejamos, por supuesto.
—Yo he venido porque intento averiguar… —Menudo error de principiante. Ten siempre las preguntas preparadas. Aunque lo cierto es que, como detective, no siempre puedes saber de qué vas a terminar hablando. «Así que habla», pensó. «Sigue hablando y el resto ya vendrá solo»— algo más sobre Ellie. Cómo era y…
—Era auténtica —dijo Bathsheba—. Era dadaísta. Era espontánea. Era divertida.
—¿Te habló de Hayes? —preguntó Stevie.
—No —respondió la chica frotándose los ojos—. Hayes es el chico que murió, ¿verdad? ¿No se llamaba así?
Stevie hizo un gesto afirmativo.
—No. Dijo que lo conocía, pero nada más. Y que estaba muy triste.
—¿Te comentó alguna vez que lo había ayudado a hacer un programa?
—¿Lo ayudó a hacer un programa? ¿Como un número de cabaré? Oye, ¿has visto alguna vez nuestro cabaré?
—No, yo…
Bath ya tenía de nuevo el ordenador en las manos y estaba buscando un vídeo.
—Tienes que ver esto —dijo—. Te va a encantar. Una de las mejores actuaciones de Ellie.
Stevie vio obedientemente diez minutos de imágenes oscuras y confusas de saxofón desafinado, poesía, acrobacias y percusión. Salía Ellie, pero estaba demasiado oscuro como para reconocerla.
—Pues sí —añadió Bath cuando terminó el vídeo—. Ellie. No he sido capaz de hacer gran cosa desde que murió. Intento trabajar, pero apenas salgo de aquí. Sé que ella querría que crease algo artístico sobre el asunto. Lo he intentado. Sigo intentándolo. No querría decepcionarla.
«Yo tampoco», pensó Stevie.
—Pero cada vez que pienso en ella… —continuó Bathsheba—, en cómo murió, no puedo.
Stevie tampoco. La idea de quedar atrapada bajo tierra y a oscuras, sin que nadie pudiera oírte…, era demasiado espeluznante. Debió de entrarle pánico cuando recorrió a tientas aquel túnel, negro como boca de lobo, y se dio cuenta de que no había salida. En un momento dado, debió de ser consciente de que iba a morir. Stevie dio gracias por el Avitan que corría por su torrente sanguíneo y mantenía a raya las náuseas latentes y la avidez de aire que sentía cada vez que conjuraba aquella imagen en su mente.
La muerte de Ellie no había sido culpa suya. En absoluto. ¿No? Stevie no tenía ni idea de la existencia de un pasadizo en la pared ni de un túnel en el sótano. Y, desde luego, no había sellado el túnel. Lo único que hizo fue exponer los hechos sobre la muerte de Hayes, y lo había hecho en público, en un lugar que le parecía completamente seguro.
Bath extendió el brazo y le dio la mano. El gesto pilló a Stevie tan desprevenida que a punto estuvo de retirarla.
—Es bueno recordarla —dijo Bath.
—Sí —corroboró Stevie con voz ronca.
Buscó en la sala un punto donde centrar su atención. ¿Qué se veía? ¿Qué información podía obtener? Salpicaduras de pintura, luces de Navidad, una guitarra, purpurina, ropa sucia en un rincón, lienzos apoyados contra la pared, un montón de botellas de vino…
Allí habían celebrado fiestas. Igual que David. Eso es. Le había contado que solía visitar a los amigos de Ellie en Burlington. Estos eran sus amigos. ¿Sabrían algo sobre su paradero? Stevie se aferró a aquella posibilidad.
—Creo que otro de sus amigos también venía por aquí. David.
—Últimamente, no —respondió Bath—. Antes solía venir con Ellie.
—¿Pero no últimamente?
—No —repuso Bath—. No desde el año pasado.
Bueno, pues ninguna pista sobre Hayes ni rastro de David. Lo único que había conseguido era hacer llorar a aquella chica y retrasarse.
—Gracias por tu tiempo —dijo Stevie, levantándose y sacudiendo la pierna que se le había quedado dormida—. Me alegro muchísimo de haberte conocido.
—Y yo —dijo Bath—. Vuelve cuando quieras, ¿quizá para vernos actuar? O cuando te apetezca. Eres bienvenida.
Stevie hizo un gesto de agradecimiento y recogió sus cosas.
—Siento todo por lo que has tenido que pasar —comentó Bath mientras Stevie se dirigía a la escalera—. Con todas esas desgracias. Y lo de tu pared.
Stevie se paró y se giró hacia Bath.
—¿Mi pared? —repitió.
—Alguien puso un mensaje en tu pared, ¿no? Qué horror. Ellie estaba cabreadísima.
Si Bath hubiera dicho «¡Mira, puedo convertirme en mariposa!», Stevie no se habría quedado más sorprendida. La noche anterior a la muerte de Hayes, Stevie se había despertado en plena noche y vio algo brillando en la pared de su cuarto, una especie de adivinanza escrita al estilo del acertijo de Atentamente Perverso. Stevie sintió que su cuerpo temblaba, en parte debido al recuerdo del extraño mensaje que había aparecido aquella noche.
—Fue un sueño —explicó Stevie sin hacer caso al teléfono que vibraba en su bolsillo.
—Pues a Ellie no debió de parecerle un sueño. —Bath se reclinó hacia atrás y su camiseta de tirantes dejó al descubierto con toda naturalidad parte de un pecho y el vello de la axila—. Dijo que estaba cabreada con la persona que lo había hecho.
—¿Sabía quién lo hizo?
—Sí, daba esa impresión.
—Creí… —La mente de Stevie empezó a trabajar a toda velocidad—. Creía que, si había ocurrido de verdad, quizá había sido ella. Para gastarme una broma.
—¿Ellie? —Bath sacudió la cabeza—. No. Por supuesto que no. Rotundamente no. El arte de Ellie era participativo —dijo—. Nunca trabajaba con el miedo. Su arte era complaciente. Su arte era cordial. Jamás habría puesto nada en tu cuarto, y menos aún para asustarte o burlarse de ti. No sería propio de ella.
Stevie pensó en Ellie arrancando lamentos a Roota, su querido saxofón. No describiría el sonido como cordial, pero tampoco era agresivo. Era tosco y sin técnica. Divertido.
—No —admitió Stevie—. No, supongo que no.
—Eso de la pared es muy retorcido —dijo Bath—. Es como el banquete de Baltasar.
—¿Cómo?
—La mano en la pared. Ya sabes… el mensaje escrito. De la Biblia. Me llamo Bathsheba. Si tienes un nombre como el mío, terminas leyendo un montón de libros de la Biblia. Se está celebrando un gran festín y aparece una mano en la pared que empieza a escribir algo que nadie entiende.
Los conocimientos de Stevie sobre la Biblia no eran demasiado amplios. Había ido a catequesis cuando era pequeña, pero consistía sobre todo en colorear dibujos de Jesús y cantar mientras la catequista tocaba al piano «Jesús me ama». Y había un niño que se llamaba Nick Philby al que le gustaba comerse puñados de hierba y sonreír con sus grandes dientes teñidos de verde. Pero apenas recordaba nada sobre palabras escritas en una pared.
—Rembrandt lo utilizó como tema para uno de sus cuadros —explicó Bath mientras tecleaba en su ordenador.
Lo giró hacia Stevie y le enseñó la imagen de un cuadro; la figura central era un hombre levantándose de la mesa de un salto, aterrorizado y con los ojos casi fuera de las órbitas. Una mano surgía de una nube de niebla y grababa unos resplandecientes caracteres en hebreo sobre una pared.
—La escritura en la pared —dijo Bath.
El teléfono de Stevie volvió a vibrar. Puso la bolsa con las compras sobre el bolsillo para amortiguarlo.
—¿Y no te dijo quién lo había hecho? —preguntó Stevie.
—No. Solo que estaba furiosa con una persona que intentaba jugar contigo.
Otro zumbido.
Alguien proyectó un mensaje. Había ocurrido de verdad. Y, si no había sido Ellie, ¿quién? ¿Hayes? ¿El vago de Hayes, que no hacía nada sin ayuda? ¿Qué otra persona se habría molestado en intentar atraer su atención de aquella forma?
Solo David. David podría haberlo hecho. Y ahora había desaparecido.
—Sí —afirmó Bathsheba, como dándose la razón a sí misma—. Ellie siempre hablaba de las paredes.
—¿De las paredes?
Otro zumbido.
En aquel momento, el teléfono bien podía haber salido del bolsillo para acercarse a su cara. O haber explotado. No le habría importado lo más mínimo.
—Sí. Dijo que había chorradas extrañas en las paredes de Ellingham. Cosas y espacios huecos. Chismes. Había encontrado cosas. Chorradas. En las paredes.
Chorradas. En. Las. Paredes.
Ahora tenía una pista, un punto en el que centrarse. ¡Había cosas en las paredes! No estaba segura qué significaba ni de lo que debía buscar. Pero gran parte de todo aquel asunto tenía que ver con las paredes. Como escribir sobre ellas. O desaparecer en su interior.
Y, en algún momento, una mano sí había escrito en su pared.

5
EXISTE OSCURIDAD Y LUEGO está la oscuridad. En lo alto de la mon- taña, era del segundo tipo.
Fue algo que Stevie tuvo que asimilar cuando el otoño se convirtió en invierno en Ellingham. En Pittsburgh, siempre había alguna luz de ambiente en algún sitio: una farola, coches, televisores en otras casas… Pero cuando estás en lo alto de una roca que casi puede tocar el cielo, rodeada de árboles, la oscuridad te envuelve. Ese fue uno de los motivos por los que Ellingham suministraba una linterna de gran potencia a cada alumno. Caminar por el exterior de noche podía resultar una experiencia complicada. Esa noche el cielo se estaba nublando, así que solo se veían unas cuantas estrellas; nada se interponía entre Stevie y el olvido mientras se acercaba al caserón del arte. Apenas se apartaba de los senderos e incluso agradeció el inquietante resplandor azul de las cámaras de seguridad y puestos de vigilancia que había instalado Edward King por todo el recinto.
La vuelta al campus se le había hecho algo incómoda. Había ido a la ciudad con Mark Parsons, el encargado de las instalaciones y mantenimiento. Mark era un hombre corpulento y serio, con la cabeza cuadrada, que vestía una cazadora John Deere. Conducía un monovolumen con un soporte para el teléfono en el salpicadero para poder supervisar y responder una retahíla aparentemente interminable de mensajes sobre tuberías, materiales o gente que llegaba o salía de trabajar. La tardanza de Stevie le había fastidiado el día, y ella intentó hacerse lo más pequeña y pesarosa posible en el asiento del pasajero.
Stevie justificó su tardanza con la excusa de que un impulso emocional la había empujado a acercarse a la zona donde vivía la doctora Fenton. Era desagradable y absurdo mentir de aquella forma, pero es que tampoco aquellos tiempos tenían demasiada lógica. Tuvo que hacer lo que juzgó necesario. Casi como Rose y Jack al final de la película Titanic. La puerta no era una balsa segura, pero cuando tus únicas alternativas son la puerta o el océano profundo y frío…, te aferras a la puerta. (La otra gran afición de Stevie, aparte de los crímenes, eran las catástrofes, así que había visto Titanic un montón de veces. Ella tenía clarísimo que en aquella puerta había sitio de sobra para dos personas. Jack había muerto asesinado.)
Así que, durante los veinte minutos que duró el viaje, Stevie intentó mostrarse triste hasta que Mark no pudo soportar por más tiempo la incomodidad que se palpaba en el interior del coche y encendió la radio. Había avisos de nieve. Mucha nieve. Ventisca y baja visibilidad.
—La tormenta que llegará dentro de unos días va a ser tremenda —dijo al enfilar la pista empinada y sinuosa que conducía a la academia a través del bosque—. Una de las peores de los últimos veinte años.
—¿Qué ocurre aquí arriba cuando hay una tormenta gigante? —preguntó Stevie.
—A veces nos quedamos cierto tiempo sin electricidad —respondió el hombre—, pero por eso tenemos chimeneas y raquetas de nieve. Por eso he tenido que bajar a la ciudad a por material extra y por eso tenía que volver ya.
El final de la frase incluía un implícito «Y ahora llego tarde».
Mark dejó a Stevie en la carretera de entrada, desde allí la chica echó a andar hacia el caserón del arte, donde Janelle iba a mostrarles la prueba de su prototipo. Había sonidos nocturnos a los que Stevie aún no se había acostumbrado —crujidos a ras de tierra y en lo alto, el ulular de los búhos—, sonidos que apuntaban a que allí arriba había mucha más actividad por la noche que durante el día. (Y, sin embargo, aún no había visto la única criatura que una sucesión de carteles a los lados de la carretera prometía poder observarse, los que ponían ALCE. Un alce. Eso era lo único que quería. ¿Acaso era demasiado pedir? En su lugar, se había encontrado con indicios de la existencia de búhos, y lo único que Stevie había oído sobre los búhos era que les gustaban los objetos brillantes y que eran capaces de comerte los ojos si se les presentaba la ocasión.)
Estaba tan ensimismaba en las ideas que se arremolinaban en su mente sobre Ellie, paredes, búhos y alces que no se dio cuenta de que alguien se acercaba por detrás.
—Hola —dijo una voz.
Stevie se apartó del sendero de un salto y se dio la vuelta, alzando los brazos como en posición de defensa. Tras ella había una persona que se parecía bastante a un búho, con los ojos muy abiertos e inquisitivos y la expresión dura y crispada.
—Así que ha muerto tu tutora —dijo Germaine.
Germaine Batt no se andaba con sutilezas. Stevie tenía un caso que resolver; Germaine tenía historias que seguir. Entró en Ellingham gracias a su interés en el periodismo y su página web, El Informe Batt. Esta había dejado de ser un blog modesto para adquirir mucha más importancia debido a la solidez de las historias contadas desde dentro sobre las muertes de Hayes Major y Element Walker, también la mala suerte que parecía conjurarse contra la Academia Ellingham. Ella, como los búhos, cazaba en la oscuridad y las sombras, buscando alguna novedad que pudiera traducirse en más visitas a su página.
—Fue un accidente —repuso Stevie.
—Eso mismo se dijo de Hayes hasta que tú dijiste lo contrario. Cuántas cosas pasan a tu alrededor, ¿no?
—A nuestro alrededor —puntualizó Stevie—. Y sí. Pasan muchas cosas.
Continuó hacia el caserón del arte y Germaine caminó a su lado. Aunque no le apetecía nada que Germaine la mareara a preguntas, debía reconocer, aunque solo ante sí misma, que era reconfortante tener compañía entre la arboleda.
—He oído que vais a tener un nuevo compañero en la casa —dijo Germaine.
—¿Eso has oído? ¿Dónde?
Germaine se encogió de hombros como dando a entender que a veces no sabe uno cómo le llegan las noticias. Quizá con el viento.
—Un chico. Pero que no es alumno.
—Se llama Hunter. Era el sobrino de Fenton.
—¿Fenton? —preguntó Germaine.
—Así se llamaba. La doctora Fenton.
—Y ¿por qué viene a vivir aquí este chico si no es alumno?
—Porque la academia se siente fatal —respondió Stevie.
—¿Las academias se sienten fatal?
—Esta, sí —dijo Stevie—. La doctora Fenton escribió un libro sobre este lugar. Y creo que es bueno que apoyemos a la comunidad o hagamos algo después de…
—¿… de que aquí arriba no pare de morir gente? —acabó Germaine.
Stevie hizo oídos sordos y se concentró en las luces cálidas del caserón del arte que tenía enfrente.
—¿Quieres una historia? —preguntó—. Janelle va a probar su invento. Escribe sobre eso.
—No me dedico al interés humano —repuso Germaine—. ¿Y David? Todo el mundo dice que se ha ido a casa por un asunto familiar, pero me parece una chorrada. Estáis saliendo juntos o algo así, ¿no? ¿Dónde está?
—Creí que habías dicho que no te dedicabas al interés humano —replicó Stevie, apurando el paso.
—Y es verdad. Le dieron una paliza y ahora ha desaparecido, además nadie sabe dónde está a ciencia cierta. Mira, eso podría significar algo. La última persona que desapareció acabó muerta en el túnel. A ver, ¿dónde está? ¿Lo sabes?
—Ni idea —contestó Stevie.
—Y era amigo de Ellie. ¿Crees que David también podría estar en un túnel?
Stevie tecleó su código de identificación en el panel de la puerta y la empujó para entrar en silencio en el caserón del arte, dejando a Germaine en la oscuridad.
EL TALLER DEL CASERÓN del arte albergaba ahora un artilugio grande y extraño. Vi estaba colgando un letrero de madera que decía EL CAFÉ DE RUBE mientras Janelle no paraba de moverse y de hacer comprobaciones con un nivel. Janelle había gastado todo el presupuesto que le había concedido la academia y además había hecho una incursión entre las cosas que se habían tirado en el comedor para crear su máquina. Las varas habían sido colocadas para construir una estructura que enmarcaba unas estanterías con una suave inclinación, sobre las cuales se habían pegado pilas de tazas y platos en una alineación cuidadosamente calculada. Había mesas pequeñas y sillas colocadas en un ángulo determinado con más pilas de platos y tazas en equilibrio. Había varias tostadoras viejas y un tablón con un dibujo que representaba un dispensador de refrescos. Todo estaba conectado mediante unos tubos de plástico que parecían el sistema circulatorio de un monstruo de Frankenstein en versión café.
Nate levantó la vista de su ordenador.
—Pues sí que fue larga la conversación —dijo.
—Fui a Burlington.
—¿Cómo? Suspendieron el servicio de autobuses desde la paliza y la fuga de David.
—¡Perfecto! —exclamó Janelle—. ¡Lista para empezar!
Vi se acercó y se sentó junto a Nate y Stevie. Nate miró a su amiga con insistencia, pero Stevie centró su atención en lo que tenía ante ella.
—Bien —dijo Janelle, retorciéndose las manos muy nerviosa—. Voy a soltaros mi discurso y después probaré el aparato. Bueno. Allá voy. El propósito de la ingeniería es convertir algo complejo en algo simple. El propósito de una máquina de Rube Goldberg es convertir algo simple en algo complejo…
—¿Por qué? —quiso saber Nate.
—Para pasar el rato —repuso Janelle—. Porque sabes cómo hacerlo. No me interrumpas. Tengo que explicároslo. El propósito de la ingeniería es convertir algo complejo en algo simple. El propósito de una máquina de Rube Goldberg es convertir algo simple en algo complejo. La máquina de Rube Goldberg empezó como una serie de viñetas. Rube Goldberg era dibujante, también ingeniero. Creó un personaje llamado profesor Butts… Creo que alguien va a reírse al escuchar esto, ¿a que sí?
Vi hizo un gesto de asentimiento.
—Vale, pues aquí, pausa para risas. Un personaje llamado profesor Butts que diseñaba máquinas absurdas que hacían cosas como limpiarte la boca con una servilleta. A la gente le gustaron tanto esas historietas que las máquinas de Rube Goldberg se convirtieron en su distintivo, y, más tarde, en una competición pública…
La mente de Stevie ya se estaba desviando del tema. ¿Un asesinato era eso? ¿Algo simple que se convertía en complejo?
—… las dimensiones no pueden exceder de tres por tres metros y solo pueden tener un mecanismo hidráulico…
¿Quién había puesto aquel mensaje en la pared? ¿Cuál era su propósito? ¿Solo reírse de ella? Si lo habían hecho Hayes o David y Ellie lo sabía, ¿por qué no se lo había dicho?
—… y el reto de este año es cascar un huevo.
Con cuidado, Janelle colocó un huevo en una hueverita que estaba encima de una mesa arrimada a la pared del fondo, de la que colgaba una sábana blanca de plástico.
—Muy bien —dijo Janelle, situándose de nuevo delante de la larga y sinuosa máquina—. ¡Allá vamos!
Bajó la palanca de una de las tostadoras, que saltó un segundo después disparando una rebanada de pan de plástico. Esta hizo inclinarse una palanca de madera situada encima, que a su vez disparó una pequeña bola de metal que rodó por una serie de pequeñas tuberías cortadas longitudinalmente sujetas a la tabla del menú. La bola siguió rodando y recorrió una bandeja hasta llegar a la mano de una figurita de un chef. De allí cayó a un cuenco que se hallaba en uno de los platillos de una balanza. El peso hizo que se elevara el platillo opuesto, lo cual provocó el lanzamiento de otra bola.
Todo en aquella máquina tenía lógica. Un disparador, aparentemente sin sentido, desencadenaba una serie de hechos. La bola echaba a rodar y hacía que entrara en juego cada una de las pequeñas piezas que golpeaba. «Hayes preparando un vídeo sobre el caso Vermont. El hurto de la tarjeta identificativa de Janelle para robar el hielo seco. El mensaje en la pared. Hayes dándose la vuelta en el último momento el día del rodaje, diciendo que tenía que volver a hacer una cosa para no regresar. Stevie dándose cuenta de que Ellie había escrito el guion del programa. Ellie huyendo por la pared para después meterse en el túnel del que nunca saldría.»
Salió disparada otra bola, que rodó sobre el borde de una pila de tazas y terminó en el dispensador de refrescos. Este empezó a verter líquido en tres jarras de plástico. Estas ejercieron fuerza sobre la superficie y…
Stevie parpadeó sobresaltada cuando tres pistolas de paintball dispararon a la vez, las tres apuntando al huevo, que estalló en una explosión de rojo, azul, amarillo y albúmina.
Vi lanzó una exclamación de alegría y saltó para abrazar a Janelle.
—Buenísimo —comentó Nate.
Stevie asintió con la mente en otra parte. Por supuesto, se había perdido el dispositivo que disparó las pistolas. Algo que estaba delante de sus narices, pero que no podía ver. «¿Dónde buscas a alguien que en realidad nunca está cerca?…»
En algún momento, el arma que aparece en el primer acto se dispara, normalmente en el tercero.
Esa era una de las partes más importantes de ser detective: no perder de vista el arma.
4 de abril, 1939
DOTTIE EPSTEIN NO TENÍA intención de empezar a vigilar a Francis y a Eddie aquel día. Había estado absorta en sus cosas en la concavidad formada por las ramas de lo alto de un árbol, arrebujada en su grueso jersey marrón tejido por su tía Gilda, con un libro abierto en el regazo. El tiempo de abril suponía que aún no hiciera calor, pero que la montaña ya no estuviera helada. Se podía estar de nuevo en el exterior y era agradable estar en el bosque, al aire libre. El árbol era un lugar perfecto para leer, para pasar un rato con Jasón y los argonautas.
Y allí estaba, tranquila y apartada de todos, cuando se acercaron Francis y Eddie. Caminaban juntos, pegados el uno al otro, de manera que sus cabezas casi llegaban a tocarse (¿cómo era posible andar así, con las cabezas tan juntas? Era fascinante, como un número de circo). Además, había algo especial en su forma de moverse: en silencio, sonriendo, a paso ligero, pero no demasiado rápido. Una forma de moverse que delataba que no querían ser vistos.
A diferencia de las demás compañeras ricas, Francis era muy amable con Dottie. No era como Gertie van Coevorden, que la miraba como si fuese un saco de harapos con patas y se quedaba observando con descaro cada zurcido de su ropa. (La madre de Dottie había realizado un trabajo concienzudo al coser aquellos remiendos de su abrigo. «¡Mira, Dot, casi ni se ven las puntadas! Mira qué bien va el color de este hilo con la tela. Lo compré en Woolworth. ¿A que le va muy bien? Me he pasado la noche entera haciéndolo».) Gertie descosía las costuras de la madre de Dottie mientras juzgaba a toda su familia, el motivo por el que estaba al alcance de la mirada escrutadora de sus pequeños ojos azules.
—¡Dios mío, Dottie! —decía—. Debes de pasar mucho frío con eso. La lana no abriga ni la mitad que las pieles. Tengo un abrigo viejo que puedo prestarte.
Quizá habría sido distinto si efectivamente Gertie le hubiera prestado el abrigo. Pero eso era parte de la forma de ser de aquellas chicas. Mencionaban cosas y después se olvidaban. Era casi una burla.
La amabilidad de Francis, sin embargo, era sincera: la dejaba tranquila. Eso era lo que Dottie de verdad deseaba. Cuando hablaban, lo cual no ocurría muy a menudo, era sobre cosas interesantes, como las historias de detectives. A Francis le encantaba leer, casi tanto como a Dottie, y su pasión era el crimen. Lo cual era, en opinión de Dottie, un noble interés. Y a Francis también le gustaba escabullirse. Dottie la oía moverse por la noche y asomaba la cabeza para verla recorriendo el pasillo sigilosamente, o a veces saliendo por la ventana.
Fue esta cualidad lo que provocó que Dottie, casi de forma mecánica, bajara del árbol sin hacer ruido y los siguiera a una distancia prudente. Quizá, pensó, por lo que decía siempre su tío el policía:
—A veces lo sabes, Dot. Confía en tu instinto.
Francis y Eddie se internaron en la zona más escabrosa y agreste del recinto, donde solo los senderos más tortuosos atravesaban la frondosa arboleda. Dirigieron sus pasos hacia el terreno donde aún estaban dinamitando las rocas de la superficie de la montaña. Había enormes montones de piedras, algunas de las cuales parecían aguardar ser despedazadas para utilizarse como material de construcción. El camino era tremendamente irregular, con zonas que se cortaban de repente. Dottie los siguió haciendo el menor ruido posible y valiéndose de los árboles para impulsarse y salvar las zonas más rocosas. Francis y Eddie eran dos destellos de color en el paisaje hasta que… desaparecieron.
Así, de golpe. Desaparecieron. Desaparecieron entre los árboles, las rocas y la maleza.
Era evidente que se habían escabullido hacia uno de los pequeños escondites del señor Ellingham que la propia Dottie aún no había encontrado. El temor del descubrimiento y la emoción del misterio la invadieron a partes iguales. Consideró la opción de volver a su rincón de lectura, pero sabía que no sería capaz. Así que retrocedió unos pasos hasta un punto por el que sabía que no habían podido desaparecer y se ocultó detrás de un árbol.
Esperó allí más de dos horas. Había vuelto a enfrascarse en la lectura cuando oyó el crujido de sus pasos y se agachó justo a tiempo. Emergieron entre susurros, risas, prisas. Francis llevaba un libro bajo el brazo.
—Dios mío, qué tarde es —oyó decir a Francis.
—Otra vez, ahora de pie contra el árbol, como animales.
—Eddie…
Francis lo apartó de un empujón con una carcajada y se escapó. Con las bromas, se le cayeron unas cosas del libro, pequeñas, del tamaño de las hojas de los árboles. En cuanto se fueron, Dottie se acercó y las recogió. Eran fotografías. Una era de Francis y Eddie posando. Dottie reconoció al instante lo que estaban haciendo; todo el mundo había visto aquella pose alguna vez. Era como la famosa foto de Bonnie y Clyde, los forajidos. Francis posaba como Bonnie, sujetando lo que debía de ser un rifle de juguete (¿o sería un rifle auténtico, de alguien del equipo de seguridad?) que apuntaba directamente al pecho de Eddie. Tenía el brazo extendido hacia él, con las yemas de los dedos casi rozándole la camisa. Eddie mostraba una media sonrisa extraña, llevaba un sombrero echado hacia atrás y la miraba con deseo. Se parecía tanto a la foto de verdad que las pequeñas diferencias destacaban como si estuvieran esculpidas en relieve. No eran Bonnie y Clyde, pero deseaban tanto serlo que Dottie pudo percibirlo.
La otra fotografía era de Leonard Holmes Nair, el pintor, posando sobre el césped, pincel en mano y quizá algo molesto con la interrupción. Ante él había un cuadro de la Casa Grande en un caballete. Las fotos estaban algo pegajosas. Parecía que había un poco de pegamento en los bordes.
Dottie se apoyó en el árbol y observó las imágenes durante varios minutos, asimilando todos los detalles. Aquellos indicios titilantes de las vidas de otras personas eran lo que le marcaban el camino. Adónde, aún no lo sabía.
Ya era hora de irse. Pronto servirían la cena. Se metió las fotos en el bolsillo y echó a correr hacia Minerva. Una vez allí, pensó en metérselas a Francis por debajo de la puerta. Eran suyas.
Pero no. Habría parecido extraño. Lo revelaría todo. Y por algún extraño motivo… las necesitaba para su colección. Entró en su cuarto y cerró la puerta; después se sentó en el suelo y tiró del zócalo.
Francis le había hablado sobre la utilización de las paredes para guardar cosas que no querías que viera nadie. La moldura cedió con facilidad. Era allí donde sus compañeras ricas escondían la ginebra y los cigarrillos. Dottie atesoraba allí su lata, su colección de hallazgos maravillosos. Las metió en la lata y volvió a guardarla en su sitio.
Le devolvería las fotos en algún momento, decidió. Pronto. Quizá antes de acabar el curso.
Siempre habría tiempo.
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