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Nunca nunca nunca quisiera volver a casa
Martín Villagarcía

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Nunca nunca nunca quisiera volver a casa Buenos Aires Madrid Andalucía París Berlín Bavaria Berlín Madrid
There’s no place like home that’s why I left Buenos Aires Nueva York / Seattle San Francisco Seattle Los Ángeles Lima
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NUNCA NUNCA NUNCA QUISIERA VOLVER A CASA
BUENOS AIRES
17 de febrero
Odio los aeropuertos. Para todo hay que hacer fila y esperar. La puerta que me corresponde todavía no está abierta. Me siento cerca de la ventana, pongo a cargar el teléfono y abro el Grindr. Enseguida me escribe un español que espera el mismo vuelo que yo. Intercambiamos un par de fotos y acordamos encontrarnos en el baño. Desenchufo el celular y miro en esa dirección. Me parece verlo. Adentro está haciendo pis en uno de los mingitorios. Es morocho, algo musculoso y un poco más alto que yo. Debe de tener unos cuarenta años. Estamos solos, no hay nadie más. Me pongo al lado y saco la pija. Enseguida pasa de gomosa a dura. Los dos estamos al palo. Nos miramos y me la agarra. Mientras me la acaricia, mira para todos lados y me la chupa un toque. Solo la cabeza. Un par de lengüetazos y entra alguien a limpiar. Volvemos rápido a nuestra posición original. “Esto no pasa en Madrid”, me dice en voz baja. Sacude la pija, se sube el pantalón y sale. Yo espero un poco y hago lo mismo. Cuando me vuelvo a sentar, recibo otro mensaje suyo: “en el avión la seguimos”.
Nuestros asientos están cerca. Yo voy un poco más adelante, él va atrás con otro tipo que entiendo que es su pareja. Deben de tener una relación abierta porque todo es muy obvio. Durante el viaje miro tres películas: I, Tonya, Ladybird y Jumanji: Welcome to the Jungle. Cada tanto me doy vuelta, pero nuestras miradas no se cruzan. Cuando se atenúan las luces, voy al baño que está cerca de su asiento, pero parece dormir. Entro y enseguida escucho que tocan a la puerta. Abro y es él. Se mete y traba la puerta. Yo ya estoy con la pija al aire con una gota de pis que le cae y al toque se me pone dura. Se da vuelta, se llena de saliva el culo y se la mete. Se siente espectacular. Sorprendentemente dilatado, lubricado y cálido. No hay mucho espacio para moverse. Estoy tan excitado que acabo enseguida. Sin decir nada, se vuelve a levantar el pantalón y sale. Yo me quedo limpiándome un poco. Cuando vuelvo a mi asiento, lo veo abrazado a su novio con los ojos cerrados.
MADRID
18 de febrero
Llego a Madrid. Buenos Aires parece un sueño lejano que apenas puedo recordar. A diferencia de otras veces, no me preguntan nada en migraciones. Lo tomo como una buena señal. El universo quiere que esté acá. Entre que espero la valija y llego a la estación del Metro, se hacen las seis de la mañana. No entiendo si estoy cansado o no, ni qué hora o día es. Tomo la línea 8, bajo en Nuevos Ministerios y combino con la línea 10 en dirección a Puerta del Sur, me bajo en Plaza de España y combino otra vez con la línea 3 en dirección a Villaverde Alto y bajo, finalmente, en la estación Lavapiés. Es de madrugada, el cielo está oscuro, pero igual se ve distinto. El aire también es distinto. Estoy lejos. Estoy donde quiero estar. Camino y en la madrugada el único sonido que se escucha es el de las ruedas de mi valija girando contra el piso.
A las siete llego a la casa de Marcelo. Me recibe Alejandro, a medio vestir y a punto de irse a trabajar. Me cuenta que él y Marcelo van a casarse. Temen que la extrema derecha gane las próximas elecciones y que deje a la comunidad LGBT sin derechos. Me muestra un poco la casa y me lleva a mi habitación. Apenas se va, caigo rendido en la cama. Tomo media pastilla de Clonazepam y, antes de dormir, dejo el Grindr abierto.
Me despierto al mediodía a la misma hora que Marcelo. Me siento espléndido. Pablo nos espera para almorzar en un pequeño restaurante que está a unos diez minutos a pie. En el camino conversamos sobre el casamiento y su relación con Pablo. Me cuenta que Alejandro y él están pasando por una situación financiera un poco delicada y que, además, él está sufriendo de hipertensión. Nunca vi a Marcelo así, el eterno Aries que se lleva el mundo por delante. Pablo se ve igual que siempre. Se hizo un tatuaje nuevo con unos versos de Alejandra Pizarnik en el pecho “miedo de ser dos / camino del espejo”. Cada tanto se acaricia la barba de chivo. Conversamos como tres argentinos expatriados. Marcelo es el primero que se fue, a fines de los ochenta. Pablo se fue a fines de los noventa. Fantaseo que soy uno de ellos, recién exiliado. La generación perdida. El que acaba de llegar. Hablamos sobre el avance de la extrema derecha en Europa y en el mundo. La Argentina les resulta un país de avanzada en materia de derechos humanos por haber juzgado a sus propias dictaduras, cuando en países como Chile y España se sigue adorando a Pinochet y a Franco. Les advierto que las cosas cambiaron mucho en Argentina, que los derechos humanos pasaron a ser “un curro” y que hay gente que sale a marchar para pedir que vuelvan los militares, niega a los desaparecidos e insulta a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.
Después de comer, Pablo me vende un poco de marihuana y se despide. Paso por un kiosco y compro un pikachu de metal de tres pisos con filtro, como siempre quise, y sedas. Marcelo y yo paseamos por el centro y nos perdemos por las calles de Madrid. No me preocupo porque él conoce bien el camino de regreso. Yo ya lo olvidé. Caminamos hasta la Plaza de la Villa y después vamos a ver el Palacio Real desde afuera. Volvemos por la Plaza de Oriente y la Plaza Mayor. En el camino pasamos por un local de gafas vintage que tiene un mostrador original de Paloma Picasso de los ochenta. Los quiero todos. Están hasta los lentes de Javiera Mena de “Otra era”. Seguimos caminando y conversamos sobre la muerte de nuestras madres y cómo experimentamos la orfandad. Coincidimos en que lo peor es haber perdido esa contención incondicional que solo una madre es capaz de brindar. Su sol y mi luna en Aries dialogan. Paramos a tomar un chocolate con churros y volvemos a su casa a cenar con Alejandro.
19 de febrero
A la mañana voy de compras a Gran Vía. A pesar de la devaluación del peso argentino, la ropa sigue resultando barata. No entiendo por qué la ropa es tan cara en Argentina, especialmente la de hombre. Paso por H&M, Zara, Pull & Bear y Primark.
Al mediodía regreso y almuerzo con Marcelo, que se acaba de despertar. Alejandro trabaja.
Por la tarde quedo en encontrarme con un ruso con el que vengo hablando desde que llegué. Tiene mi edad. En las fotos parece lindo, aunque la mayoría son del culo y no se le ve bien la cara. Se distingue que es rubio y grandote. Tomo el metro y llego en unos pocos minutos. Vive en pleno Chueca. En persona no me resulta muy atractivo. Hay algo en la cara que no me gusta, pero ya estoy ahí. Me invita a pasar y nos sentamos en su sillón a charlar mientras escuchamos Fangoria y La Prohibida. En el living no hay la más mínima decoración. Solo una mesa con la computadora. No puedo evitarlo y le pregunto por la situación de la población LGBT en Rusia, teniendo en cuenta que las noticias siempre son terribles. Para mi sorpresa, se molesta conmigo. Ahí me doy cuenta de que lo que no me gusta de su cara es la expresión de disgusto permanente. Dice que ya abandonó Rusia hace mucho tiempo, que es parte de su pasado y afirma que él ya se siente español. Me resulta curioso el tema de las nacionalidades y las pertenencias a un colectivo. Me cuesta sentirme parte de algo porque siempre me sentí rechazado. Para evitar que se siga enojando, le mando mano adentro del pantalón y le empiezo a acariciar el culo. Funciona. Se tranquiliza y le cambia la cara. En silencio, acerca su boca a la mía para besarnos. Me encantan sus besos siberianos. Le bajo el pantalón y descubro que tiene puesto un suspensor azul eléctrico. Alto contraste con su piel de porcelana. Es totalmente lampiño. Me encanta acariciarlo. Despacio se va acomodando sobre el sillón y se pone en cuatro. Un culo así de lindo es una invitación a chuparlo imposible de rechazar. Tras unos lengüetazos, ya tiene el ojete bien húmedo y dilatado. Ayudado por mi propia saliva, le voy metiendo los dedos de a uno hasta comprobar que está listo. Su culo no ofrece ninguna resistencia. Mientras tanto, me voy sacando la ropa y reemplazo la lengua por mi pija. Sin hacer esfuerzo, se desliza directamente hacia dentro. La sensación es hermosa. Gime en voz baja y balbucea unas palabras en ruso para las que no me hace falta traducción. Voy acelerando el movimiento, cada vez más duro, más fuerte y más adentro hasta que acaba. La contracción de su culo en la pija me hace acabar a mí también. Nos limpiamos y antes de irme me explica cómo descargar el mapa de Madrid al Google Maps para poder usarlo en la calle sin conexión. Camino de regreso y paseo por Chueca. Me encantan las calles, los bares, la gente. Me encanta viajar. Me encanta estar en otro lado. Quiero que este momento sea para siempre.
A la noche, después de la cena, me escribe otro chico que anda por el barrio y me invita a dar una vuelta y fumar porro. Cuando lo encuentro me da un beso en la boca de una. Apesta a tabaco. Por el acento descubro enseguida que no es español. Es argentino, de Río Gallegos. Tiene veinte años, es alto y delgado, sin vello facial, y dice que estudió Psicología en Córdoba. No tengo ganas de estar con argentinos. No me gusta la boina que tiene puesta ni tampoco sus pantalones oxford de corderoy. Nos sentamos un rato en la plaza del Museo Reina Sofía y empiezo a pensar en excusas para irme. Es pasada la medianoche y ya no anda mucha gente por la calle. No tengo nada de sueño. Nos paramos y me lleva a un recoveco cerca del ascensor que sube por afuera del museo y me chupa la pija. Lo mejor que puedo hacer para irme es acabar rápido, así que uso mi imaginación para estimularme y le lleno la boca de leche.
20 de febrero
Me levanto temprano y me voy a hacer un tour por la ciudad. Camino con la ayuda del Google Maps hasta el punto de encuentro: la Plaza Mayor. Mientras espero que se haga la hora, fumo un porro que llevé armado. No me gusta estar solo, pero tampoco tengo muchas ganas de interactuar con nadie. Cuando el guía nos pregunta de dónde somos, varios decimos que venimos de Argentina. Una pareja va tomando mate durante el camino. Estoy a punto de pedirles que me conviden en varias oportunidades, pero no me animo. El recorrido dura unas tres horas. Paso la mayor parte del tiempo entumecido. Odio hacer turismo. No me interesa transitar la ciudad de esta manera.
A la tarde, Marcelo y yo vamos a hacer fotos al Parque del Retiro. Necesito dos retratos para los libros que Ezequiel está a punto de publicarme. Los almendros están en flor y el ambiente es más primaveral que invernal. Bajo el sol vespertino descubro la Fuente del Ángel Caído. No la recordaba del viaje anterior. El ángel se ve hermoso con la luz del atardecer. Luego de caminar un rato llegamos al Palacio de Cristal, inundado por los últimos rayos del sol. Es un lugar maravilloso. Quisiera quedarme acá para siempre.
A las 18 Marcelo se va a encontrar con Alejandro para asistir a un concierto de música clásica. Yo me voy al Prado a aprovechar las dos horas de entrada libre para visitar a mis amigos Goya y El Bosco. No tengo mucho tiempo, así que voy directamente a sus respectivas salas. Los cuadros negros de Goya son tan espeluznantes como los recordaba. Allí están las brujas, los aquelarres, el diablo y, mi obra favorita: “Saturno devorando a su hijo”. Aprovecho el rato que me queda y voy rápido a la sala del Bosco. De pronto estoy inmerso en el “Jardín de las delicias”. Es mucho, mucho más grande de lo que me acordaba. Por algún motivo pensaba que era una pintura casi en miniatura en una caja de madera. No sé si es el porro, el síndrome de Stendhal o qué, pero siento que todas esas figuritas adorables y macabras se mueven en el cuadro. Antes de irme, me despido también de la “Extracción de la piedra de la locura”.
A la vuelta, Marcelo y Alejandro todavía están en el concierto. Estoy solo en casa. Me escribe al Grindr un chico que está libre por la zona. Ya hablamos más temprano e intercambiamos fotos. Tiene treinta y ocho años, es bajo y delgado y tiene el pelo ondulado. Me gusta porque me hace acordar a un periodista y dramaturgo de Buenos Aires que me encanta. Tiene lugar, pero está trabajando, así que podemos hacer algo rápido. Llego enseguida y me mete a su habitación. Nos besamos y desvestimos con desesperación. Quiero coger, pero me dice que no está preparado. ¿Saben los europeos de lo que se pierden por no tener bidet? Me chupa la pija y acabamos mientras franeleamos y nos besamos.
Marcelo y Alejandro vuelven unas dos horas más tarde y cenamos casi a las doce. Es mi última noche en Madrid hasta el regreso, así que quiero aprovecharla al máximo. Mientras termino de armar la valija, me invita a su casa otro chico que vive a unos quinientos metros. Tiene treinta años, es un poco menos alto que yo, delgado y morocho. Me recibe en plena oscuridad y cuando lo toco me doy cuenta de que ya está desnudo. Me saco la ropa y nos acariciamos. Ninguno de los dos avanza como para darnos un beso. Mientras me chupa la pija, le acaricio el culo y se lo voy embadurnando de saliva con los dedos. Me lleva de la mano hasta su cama, se acuesta boca arriba, me envuelve el cuello con los pies y se da un buen saque de popper. Me ofrece, pero no quiero. El olor es tan fuerte que es como si hubiera inhalado yo también. La posición le queda perfecta y mi pija le entra enseguida. A medida que aumenta nuestra calentura vamos rotando hasta quedar cogiendo de costado. Con las manos le mantengo el culo abierto y con la pelvis se la voy metiendo y sacando cada vez más rápido y más a fondo hasta que acaba. Dejo la pija afuera y me pajeo mientras le acaricio el culo hasta acabar. Cuando nos volvemos a vestir conversamos un poco. Me cuenta que es italiano, de Roma, y que está en Madrid haciendo un máster en Lingüística. Le cuento que soy egresado de Letras de la UBA y me dice que le gustaría hacer un doctorado en Buenos Aires. Pienso en las dificultades académicas que hay en Argentina y en el estado crítico de las ciencias, pero prefiero no decir nada. Buenos Aires no existe.
ANDALUCÍA
21 de febrero
Viajamos a Córdoba en auto. Alejandro maneja, Marcelo y yo dormimos. En el camino escuchamos Absolutamente, de Fangoria. Ninguno de ellos soporta a Alaska, como la mayoría de los gays de izquierda de España. Le dicen “la gorda fascista”. Estoy un poco cansado, así que duermo la mayor parte del trayecto. Cuando abro los ojos, ya llegamos. Andalucía nos recibe con sol y flamenco. Dejamos el auto y cargamos con el equipaje hasta el Airbnb que alquilamos en plena judería, dentro del casco histórico de la ciudad. No se parece a ningún lugar que conozca. Estoy en la Edad Media, un viaje en el tiempo, es algo de otra era. La arquitectura me parece una mezcla entre romana y árabe y todas las calles son irregulares. Buscamos un lugar para comer. Ya es media tarde, así que no tenemos muchas opciones. Luego de caminar un buen rato, encontramos un restaurante andaluz abierto y pedimos salmorejo, berenjenas fritas y flamenquín de cerdo con patatas fritas. No entiendo cómo nunca se me ocurrió cocinar así las berenjenas. Todo me resulta delicioso, especialmente el flamenquín. Después de comer, salimos a recorrer el casco histórico. Las calles están llenas de pequeños palacios con patios y jardines. Algunos se pueden ver desde afuera y a otros se puede entrar. Queremos ir a la mezquita, pero ya está cerrada. Visitamos en su lugar el Cristo de los Faroles en la Plaza de los Capuchinos. Poco a poco se va haciendo de noche y el paisaje irreal de Córdoba se vuelve todavía más increíble con la luz violeta del crepúsculo. Regresamos al departamento y preparamos la comida. Alejandro se va a dormir y, pasada la medianoche, Marcelo y yo salimos a pasear. Todavía tengo jet lag, así que mis horas de sueño están totalmente alteradas. Son casi las dos de la mañana y no hay un alma en la calle. Siento que estamos en un pueblito de alquimistas y que, tras las puertas y ventanas, se ocultan magos y brujas en busca de la piedra filosofal. Lo que más me impresiona es la mezquita. Por fuera se ve enorme, imponente, mágica. No puedo esperar a visitarla por dentro.
22 de febrero
Cuando nos despertamos, Alejandro no está. Se fue a su pueblo a resolver un asunto familiar que involucra la herencia de un abrigo de piel. Marcelo y yo visitamos el Alcázar de los Reyes Cristianos y la Mezquita-Catedral por dentro. El Alcázar tiene una cantidad de jardines impresionantes que poco tienen que envidiar al Palacio de Versalles. Me encanta respirar el perfume de todas esas plantas. La mezquita por dentro conserva su mística exterior, multiplicada por el hecho de contener una catedral en su interior, justo en el centro. Pasamos de las columnas árabes a la arquitectura gótica y renacentista en unos pocos pasos. Entre los relieves, los metales preciosos y la música del órgano, empiezo a sentir otra vez el síndrome de Stendhal. La belleza es excesiva. Se me acelera el pulso y empiezo a sentir ansiedad. Tengo que tomar la medicación. Desde que llegué a Europa perdí la costumbre de tomar el antidepresivo y el ansiolítico todas las mañanas. Por momentos siento que el viaje en sí mismo es mi fármaco y que no necesito de la ayuda de los químicos para estar bien.
A la tarde nos encontramos con Alejandro y partimos rumbo a Sevilla en el auto. Llegamos a media tarde y nos sentamos a comer en la Alameda antes de ir al departamento. Se nota que seguimos en Andalucía, pero hay algo distinto. Marcelo y Alejandro se sienten nostálgicos de su vida aquí, antes de mudarse a Madrid. A la noche, mientras se hace la comida, arreglo para encontrarme con un chico. Las calles de Sevilla, como las de Córdoba, son serpenteantes y me resulta imposible pensar en llegar de un punto al otro sin perderme. Por eso le pido a mi cita que me pase a buscar. Tiene mi edad. Caminamos un poco, fumamos marihuana y vamos a su departamento, que queda al otro lado de la Alameda. Antes de llegar pasamos por debajo de las columnas de Hércules. Siento que es una buena señal del universo. Aunque esta vez no voy a pasar por Grecia o Italia, mis queridos dioses igual me acompañan. Cuando llegamos a su casa me dice que, por ser la primera vez, solamente vamos a mirarnos. Tengo un imán para la gente rara. Nos bajamos los pantalones y nos pajeamos. Hay algo en el límite que me excita y la pija se me pone re dura de solo mirarlo. Está claro que se muere de ganas de hacer algo más, así que le agarro la mano y se la llevo a mi entrepierna. Al principio solo me la acaricia, pero enseguida me empieza a masturbar y yo aprovecho y hago lo mismo. Me calienta que no me deje hacer más. Los dos movemos las manos cada vez más rápido hasta que acabamos. No tengo idea de cómo volver al departamento, así que le pido que me acompañe. En el camino va tomando una lata de Coca-Cola que saca de su heladera. En ningún momento me convida ni un sorbo.
23 de febrero
Sevilla se parece a Córdoba, pero en otras dimensiones. Más dorado, más ornamento y más gente. Nuestro departamento está en el Casco Antiguo. Por la mañana, Alejandro y Marcelo duermen. Me escribo con un chico y, aprovechando que tengo un cuarto propio, lo invito. Es puertorriqueño. Le cuesta un poco encontrar la dirección porque todas las calles avanzan en zigzag y se entrecruzan. No es fácil ir de un punto al otro sin perderse. Me recuerda a Ámsterdam. Mientras lo espero, me escribe otro chico que está en el mismo edificio que nosotros. Se ve superlindo, pero no puedo dejar al otro plantado después del tiempo que perdió buscando la dirección. Finalmente llega y bajo a abrirle. Subimos las escaleras y le pido que no haga ruido para no despertar a nadie. Tiene veintiocho años, es delgado y de estatura media. No se ve tan bien como en las fotos que me mandó más temprano, pero me gustan sus besos. Nos desvestimos, franeleamos y, sin que me dé cuenta, se mete mi pija en el culo. Como si nada. Me calienta tanto tenerla ahí adentro que no le digo nada. Me lo cojo un rato, pero no puedo dejar de pensar en el otro chico. No quiero estirarla más. Para sacármelo de encima simulo un orgasmo y le pido disculpas por no haber aguantado. Mientras bajamos las escaleras no deja de tocarme la pija, como comprobando si realmente acabé o no. Una vez que se va, vuelvo al departamento y le contesto al otro chico. Me dice que vaya y bajo de nuevo. Vive en la planta baja, al lado de la entrada. La puerta ya está entreabierta y él me espera desnudo en la cama. Es hermoso, mucho más lindo que en foto. Tiene veintidós años y el cuerpo fibroso. Me saco la ropa y me meto debajo del edredón con él. Es un dulce. Nos besamos y abrazamos como si quisiéramos fundir nuestros cuerpos en uno solo. También es puertorriqueño y estudia Ciencias Políticas en la Universidad de Sevilla. Hacemos un 69 y yo le paso la lengua de la pija al culo y viceversa, mientras él se retuerce de placer y se mete mi pija cada vez más adentro de la boca hasta tragársela toda entera. Volvemos a ponernos frente a frente y lo recuesto boca arriba sobre la cama. Aprovecho la saliva que le dejé en el culo y le voy colando los dedos. Me lleno de saliva la pija y trato de metérsela, pero no está lo suficientemente dilatado. No insisto y me recuesto al lado de él nuevamente. Nos besamos y pajeamos hasta acabar.
A la tarde salgo a pasear solo y voy a la Casa de Pilatos. Me impresiona la arquitectura entre renacentista y árabe, con arcos y mosaicos y también esculturas griegas. En el patio central del palacio hay dos estatuas de Pallas Atenea, copias de originales griegos. Siento que el universo quiere que esté acá. Más tarde me encuentro con Marcelo y Alejandro en la Plaza San Francisco y paseamos hasta el anochecer.
24 de febrero
Me despierta el mensaje de un chico que quiere que le haga fist fucking. Es un poco temprano, pero no quiero perder la oportunidad. El camino hasta su casa es bastante directo, algo raro en Andalucía, y enseguida llego a nuestro punto de encuentro. De lejos veo que se asoma y con la cabeza me indica que lo siga escaleras arriba hasta su departamento. Acaba de pasar toda la noche en un sex club. Se le nota en la cara de pasado y en lo acelerado que está. Tiene treinta y siete años, pero a simple vista parece de treinta. Es delgado, un poco más bajo que yo y tiene ojos claros y el pelo rapado. Nos besamos un poco y enseguida se saca la ropa y se pone en cuatro a chuparme la pija. Mientras, me alcanza una botella de lubricante. No un pomo ni un envase pequeño, una botella enorme. La abro y saco un poco. Es mucho más viscoso que el que uso siempre. Se acuesta boca arriba, me embadurno bien la mano derecha y le meto de a uno los dedos en el culo hasta que tengo toda la mano adentro. Empujo un poco más y llego hasta la muñeca. Mientras tanto, él gime de placer e inhala popper. El culo se le abre todavía más y me pide que siga entrando. Continúo empujando y llego hasta la mitad del antebrazo. Inhala otro poco de popper y me pide que saque y vuelva a meter el brazo despacio. Cada vez siento menos resistencia por parte de su cuerpo. Es como si quisiera absorberme o asimilarme. Saco la mano para lubricarme un poco más y me pide que me acueste boca arriba. Sin decirme más nada, me llena el pie izquierdo de lubricante y se lo mete poco a poco hasta tenerlo casi todo adentro. Es una sensación de lo más extraña, pero me gusta. Aparentemente, a él también porque llega al orgasmo y eyacula enseguida, llenándose la panza, el pecho y el cuello de semen. Yo sigo caliente, pero no quiero acabar. Después de lavarme y limpiarme bien la mano y el pie, me voy. Cuando llego al departamento, me encuentro con Alejandro. Le cuento sobre mi experiencia con el chico del fist fucking y me dice que sabe quién es. Se llama Víctor y él también le metió el puño y el pie. Acá todos se conocen.
Paso el resto del día paseando. A la mañana voy al Real Alcázar. Camino siguiendo las indicaciones del mapa hasta que llego. Hay un montón de gente, la fila es larguísima y da vueltas como una víbora enroscada. Disimuladamente, me ubico justo en la última curva de la cola antes de la entrada, al lado de un hombre que va solo. Continúo como si nada y entro a los pocos minutos. El Alcázar por dentro es hermoso. Me impresionan sobre todo los azulejos y la forma de las ventanas y puertas. Si tuviera más tiempo y dinero me encantaría seguir hasta Marruecos, pero va a tener que ser en otro viaje. Después de caminar un rato me empiezo a cansar y aburrir. Quisiera poder compartir la experiencia con alguien. Les pido a otros turistas que me tomen fotos, pero salen todas torcidas y mal encuadradas. De regreso paso por un pequeño local de comida argentina y me compro una empanada para el camino por un euro cincuenta.
Por la tarde salgo a caminar con Marcelo. Recorremos los rincones que más le gustan de Sevilla: paseamos por la Maestranza, el Arenal, Triana, el Palacio de San Telmo y terminamos al anochecer en la Plaza de España. El lugar es increíble: un museo viviente de cerámica y ladrillo. Noto mejor a Marcelo. Por un momento parece que sus problemas de dinero y salud desaparecen y vuelve a ser el de antes. Se ríe a carcajadas, algo que no es muy usual, y aprovecho para sacarle fotos.
25 de febrero
Último día en Sevilla. A la mañana voy a la Catedral. Otra vez una fila larguísima de gente. Otra vez me cuelo. Por dentro el templo es hermoso, como el de Córdoba, pero más grande y opulento. Al mediodía me encuentro con Alejandro y Marcelo con la intención de almorzar juntos para despedirnos de Andalucía, pero entre que recogemos las valijas y buscamos el auto se hace demasiado tarde. No queda tiempo más que para darnos un abrazo hasta pronto y me dejan en el aeropuerto.
PARÍS
25 de febrero
Al anochecer llego a París. A pesar de que es mi tercera visita a esta ciudad, siento que es como la primera vez. No recuerdo nada del recorrido hasta la casa de Diego. Salgo del aeropuerto y camino lo que parece una eternidad hasta la estación del tren. En mi francés rudimentario me comunico como puedo y compro una tarjeta Navigo. Tomo primero el RER B, que va directo a la Gare du Nord, combino con la línea 5 del metro en dirección a Palace D’Italie hasta la estación Oberkampf, ahí vuelvo a combinar con la línea 9 en dirección Mairie de Montreuil y bajo en la estación Voltaire.
Afuera es de noche y está todo cerrado, no encuentro ninguna de las referencias que me dio Diego para reconocer su calle: no veo el Monoprix y, por la hora, la verdulería de la esquina ya está cerrada. Apelo a mi escasa memoria y empiezo a caminar hasta que me topo con la rue de Godefroy Cavaignac: estoy en el camino correcto. Empiezo a reconocer las fachadas de los edificios y los locales, especialmente la del bar Paris-Texas, con los dos bustos de David sobre columnas jónicas de yeso y enmarcados por cortinas de terciopelo rojo.
Finalmente, unas dos horas después de mi aterrizaje, llego a lo de Diego. Él y Harry me esperan con pavo al curry con arroz y champagne para brindar. Ya me quiero quedar acá para siempre. Cuando terminamos de comer, fumamos porro mientras conversamos sobre la situación en Argentina. Diego cree que ya no hay a dónde escapar porque Europa está siendo asediada otra vez por la extrema derecha. Las próximas elecciones parecen un caso perdido y el impulso inicial de los chalecos amarillos se diluyó en una alianza con los sectores más conservadores. A la medianoche, los dos se van arriba a dormir y yo me quedo solo acomodando mi ropa en la habitación que me dieron abajo. Abro el Grindr y me escribe un chico en francés. Le pregunto si habla inglés o español y me contesta que no. No me queda otra y abro el traductor del celular. Tiene veintiséis años. Está cerca y tiene lugar. Ya es tarde, pero estoy muy de la cabeza y no me quiero perder la oportunidad. Según el mapa, está en frente cruzando la calle. Acordamos encontrarnos en la puerta. El corazón me va a mil mientras bajo los cinco pisos por escalera. Respiro hondo y salgo. Es hermoso. Realmente bello. Es árabe, apenas más bajo que yo, algo musculoso y con pelo oscuro y barba. Por chat no me había querido mostrar la cara y la sorpresa es más que para bien. No tenemos idioma en común, así que me invita a pasar con señas. No sé si es por su cara de bueno o qué, pero hay algo en él que me da confianza. Entramos en silencio y me indica con la mano la puerta de su habitación. Una vez adentro no necesitamos decir más nada y enseguida nos besamos con pasión. Tiene la piel suave, morena y lampiña. Nos vamos sacando la ropa prenda por prenda mientras nos acariciamos y franeleamos hasta que lo pongo en cuatro y le empiezo a chupar el culo. Es delicioso. No tiene un solo pelo, como a mí me gusta. Cuando se la apoyo, ya está completamente dilatado. Busco rápido un preservativo en el bolsillo y se la pongo. Se siente increíble. Cálido, suave, envolvente. La química que hay entre nosotros es innegable. Todo él es hermoso y está acá conmigo. Cogemos en cuatro, acostados uno encima del otro, de costado, patitas al hombro y de parado. Cuando estoy por llegar al orgasmo se la saco y acabo encima de su vientre y él hace lo mismo. Nos quedamos un rato tirados en la cama, abrazados, sin decir nada, jadeando. Antes de despedirnos, le escribo con el traductor de su teléfono que me voy a quedar una semana y que me gustaría volver a verlo. Me sonríe y me dice que sí con la cabeza.
26 de febrero
Por la mañana desayuno con Diego y Harry. Diego se va a quedar todo el día escribiendo, tiene que terminar su libro de ensayos sobre Mario Levrero. Harry se va a trabajar. Yo quedo en encontrarme con Gareth afuera de la estación Voltaire, pero antes hago una parada rápida en la casa de un vecino del barrio con el que hablé por Grindr más temprano. Es parisino, tiene veintiséis años y trabaja en una biblioteca. Su departamento está lleno de cajas y ropa tirada por todos lados. Dice que solamente me la quiere chupar, pero enseguida nos estamos besando y franeleando en el sillón. Me muero de ganas de coger con él, pero no tengo mucho tiempo, así que me siento en el piso atrás de él y le chupo el culo mientras me pajeo hasta que acabo.
Cuando llego a la esquina de la estación, veo a Gareth que me está esperando. Acaba de llegar a París como yo. Hace tres años que no nos vemos y me da un poco de ansiedad no saber qué decirle o resultarle aburrido, pero se me pasa apenas nos saludamos. Nos conocemos desde los diecisiete años y, a pesar de que nos vemos poco, siempre pegamos buena onda. Caminamos sin rumbo fijo mientras nos ponemos al día y llegamos al cementerio de Père-Lachaise. Es una buena oportunidad para visitar a los amigos Oscar Wilde, Edith Piaf y Marcel Proust. Nos toma un buen rato, pero encontramos las tres tumbas. Al mediodía tomamos el metro y vamos en dirección al Barrio Latino y a caminar por el Sena. Hace un calor inusual para esta altura del año en París. Poco a poco nos vamos sacando el abrigo y nos quedamos los dos en remera. Almorzamos un sándwich con té helado y torta a la orilla del río y seguimos camino bajo ese sol tremendo.
A la tarde paseamos por Champs-Élysées y vamos a tomar una cerveza al bar Quetzal en el Marais. Afuera hay varios tipos fumando y mirando sus celulares. Nadie habla con nadie. Adentro nos sentamos en la barra. Intercambio miradas con uno que lleva sombrero de cowboy. Aprovecho que Gareth se distrae con el teléfono y subo al baño. Al rato se abre la puerta y es el del sombrero. Se para al lado de mí, saca la pija y se pone a mear. Estamos solos, se la agarro y lo pajeo mientras él sigue orinando. Me calienta sentir cómo se le va poniendo dura y me moja la mano con el pis. Seguimos solos y no se oye que nadie esté subiendo, así que me agacho y se la chupo. Sabe a pis y a sudor. Me encanta. Se la dejo bien limpia, le doy un beso y me voy. Vuelvo a buscar a Gareth en la barra y seguimos conversando como si nada, bebiendo nuestras cervezas y comiendo papas fritas. Cuando salimos ya es de noche. Nos despedimos frente a Notre Dame y vuelvo a lo de Diego a comer con él y Harry. Después de la comida viene el porro, seguido del té con torta. Puedo acostumbrarme a este estilo de vida.
27 de febrero
Me encuentro con Gareth a las 8:45 en la estación Voltaire. Tomamos el Metro, combinamos con el tren en Gare de Lyon y vamos a Eurodisney. Ninguno de los dos fue nunca, así que estamos igual de entusiasmados. A las diez nos encontrarnos con un conocido de Facundo que trabaja ahí y nos vende las entradas a mitad de precio. En el horizonte se alza el castillo de La bella durmiente y en el agua navega el barco de Peter Pan. Las orejas de Mickey se asoman desde todos los rincones. Siento que mis expectativas están alcanzadas y superadas. Tenemos casi todo el día por delante, así que aprovechamos para ir a todas las atracciones que nos interesan. Primero vamos a Frontier Land y sacamos turno con el fastpass para subirnos a Big Thunder Mountain, supuestamente la mejor montaña rusa del parque. Mientras esperamos que se haga la hora, vamos a Adventureland, que es como una réplica de Ágraba de Aladdin, y subimos al juego de Piratas del Caribe y a la montaña rusa de Indiana Jones, mi primera montaña rusa en la vida. Siento terror y excitación al mismo tiempo. Apenas arranca, el corazón se me acelera. Bordeamos un templo y, cuando caemos en círculos, grito con todas mis fuerzas mientras siento que el corazón se me va a salir por la boca, pero el miedo no me vence. Quiero más. Sacamos turno con el fastpass para Hyperspace Mountain, la montaña rusa de Star Wars, y volvemos a Big Thunder Mountain. Realmente es una montaña rusa increíble. Subimos por una especie de cueva hasta salir a la superficie y caemos en círculos a toda velocidad. Las subidas, por más largas y lentas que sean, no dan el suficiente aliento para recuperarse de las estrepitosas caídas al vacío, llenas de curvas a los costados y saltos, uno atrás del otro. A la salida vamos a Star Tours, una simulación de vuelo en el Halcón Milenario de Star Wars, hasta que se hace la hora para ir a Hyperspace Mountain. Enseguida se convierte en mi atracción favorita. Combina el vértigo, violencia y velocidad de las montañas rusas con la oscuridad del espacio. Es pasado el mediodía y nos morimos de hambre, así que regresamos a Adventureland y comemos algo de comida árabe. A la tarde visitamos todas las atracciones más tranquilas de Fantasyland: el castillo de la Bella durmiente, el bosque encantado de Blanca Nieves, el circo de Dumbo, el laberinto de Alicia en el país de las maravillas, el barco de Peter Pan y los viajes de Pinocho. Terminamos el recorrido en It’s a Small World, un espectáculo delirante y enloquecedor con muñecos que representan distintas culturas del mundo. Al atardecer Gareth se tiene que ir para tomar el tren de regreso a Bruselas. No es nuestra despedida, nos vamos a volver a encontrar en Berlín dentro de una semana. Me quedo a ver los fuegos artificiales y regreso a lo de Diego justo a tiempo para la cena.
28 de febrero
Primer día en París a solas. Tomo el metro y voy a pasear por Champs-Élysées. Cuando salgo de la estación me encuentro con el Disney Store. No puedo evitarlo y entro. Todavía sigo con el subidón de ayer y necesito más. Luego voy a Zara, H&M y Fnac. Antes de que se largue a llover, regreso a casa. Almuerzo con Diego y Harry y a la tarde me encuentro con Pedro en la puerta del lugar donde vivió el Conde de Lautréamont. Como ya me había advertido, no hay ningún cartel distintivo ni placa, solamente un graffitti en la pared hecho por un admirador como nosotros. Paseamos por las galerías Vivienne, que aparecen en los Cantos de Maldoror, y decidimos pasar el resto de la tarde lluviosa en las Catacumbas de París para cerrar nuestro encuentro de la manera más gótica posible. La fila para entrar es larga, pero vale la pena. Descendemos por una escalera que parece eterna como si estuviéramos yendo al mismo infierno y salimos a un pasillo hecho de esqueletos humanos, restos provenientes de diferentes cementerios y osarios de ya hace varios siglos. El paisaje es macabro e increíble. Nunca estuve en un lugar tan tétrico. Me encanta. Para mi sorpresa, no siento nada de claustrofobia, aunque estamos varios metros bajo tierra rodeados de huesos. Nos tomamos fotos y hacemos chistes de humor negro. A la salida comemos unas crepes y nos despedimos en la entrada del Metro. Él regresa a su casa y yo me voy a lo de Juan Darío.
Cuando llego, digito en el portero eléctrico el código de acceso que me dio y subo hasta su piso. Hay cuatro departamentos y no tengo idea de cuál es el suyo. Toco timbre por timbre, hasta que me abre una señora y me indica que Juan vive al final del pasillo. Su casa es un museo de la cultura pop. A donde mire hay libros de arte, juguetes, afiches, películas y toda clase de memorabilia. Mis objetos preferidos son la muñeca de Boy George original de los ochenta, conservada en su caja de plástico y cartón, y la figura de Columbia de Rocky Horror Picture Show. Mientras tomamos el té con galletitas, me muestra dos libros: uno sobre homoerotismo entre los soldados de la Segunda Guerra Mundial y otro de fotos de Kate Bush tomadas por su hermano. Son una más hermosa que la otra. Conversamos sobre el estado de las cosas en Argentina y me pregunta por Peter. Me dice que se siente asustado por lo que le cuenta su familia y que no piensa volver por un tiempo. Antes de irme, me regala un libro gigante de fotos de David Bowie. En el camino de regreso compro una botella de vino blanco para cenar con Diego y Harry, de alguna manera tengo que retribuir su hospitalidad.
1 de marzo
No tengo planes y Diego sigue encerrado en su estudio escribiendo. Un italiano me escribe al Grindr y me invita a su casa. No habla inglés ni español, así que recurro al traductor, mi proxeneta en este continente. Vive cerca y el mapa por suerte funciona bien sin internet. No me queda claro de qué manera trabaja el GPS. ¿Es satelital? ¿Cómo sabe dónde estoy? Como Virgilio a Dante, me va llevando por la ciudad. Cuando llego me pide que me saque el calzado. En una mezcla extraña de italiano, inglés y español, me explica que comparte el departamento con un amigo, pero que ahora está solo. Tiene cuarenta y dos años, el pelo canoso, los ojos claros y la piel muy blanca. Una vez que me saco las zapatillas, vamos a su habitación. Nos acostamos en la cama y nos besamos despacio, mientras nos sacamos los pantalones. Hay algo en él que no me termina de cerrar. No quiero quedarme mucho tiempo ahí, pero no me puedo ir así nomás. Le pido que me chupe la pija, con la idea de terminar rápido, pero se pone en 69 y no me queda otra que chupársela yo también. Trato de tocarle un poco el culo, pero no me deja. Es el colmo. Me quiero ir. Le saco la pija de la boca y me pajeo, concentrándome en el árabe del primer día. Le acabo en la boca, mientras que él lo hace en su vientre. Me visto y me voy.
A la tarde voy a Lulu Berlu, un local de juguetes vintage que me recomendó Juan Darío. Me quedo horas mirando vidriera por vidriera las distintas colecciones: Ositos cariñosos, Star Wars, DC, Marvel, Star Trek, Jem, Barbie, He-Man, She-Ra. De ahí me encuentro con Eric en la puerta del Petit Palais para ver la muestra de Lequeu, un dibujante y arquitecto francés. Desde que llegué a París que veo los carteles de su exposición en todos lados. No lo conozco, pero apenas entro a la sala se transforma en uno de mis artistas favoritos. Tiene un estilo que parece de cómic europeo contemporáneo, pero produjo su obra entre los siglos XVII y XVIII. Eric mira por su lado y yo por el mío. Más tarde se nos une Diego y vemos los tres juntos la sección de dibujos eróticos. Luego volemos a casa de Diego para cenar con Harry.
Antes de la medianoche ya se fueron todos a dormir. Un oso me invita a su casa a unas pocas cuadras. Tiene cuarenta y siete años. Todas sus fotos son en cuatro y con el culo abierto. Su única foto de cara es rústica, pero agraciada. Cuando llego descubro que esa foto no es actual. Sin embargo, hay algo de la situación que me da morbo y me quedo. Me recibe en suspensor, me da un beso y enseguida se pone de rodillas a chuparme la pija. Me la chupa increíble, suave, con delicadeza, de la cabeza hasta los huevos. Me deja el glande bien rojo e hinchado y me lleva de la mano hasta su habitación. Se pone en cuatro en la cama y se empieza a colar los dedos de a uno. Yo no doy más de la calentura. Apenas me acerco y se la apoyo. Ya tiene el culo tan dilatado que mi pija entra sola sin que la empuje. Antes de llegar al fondo, inhala un poco de popper y me pide que siga. La sensación es fabulosa: el culo, las piernas, el pecho, sus besos, todo me calienta. Entro y salgo cada vez más rápido. Se la saco toda y se la vuelvo a meter. El culo no se le cierra nunca, le queda abierto con la forma de mi pija. Sigo así hasta que acabo y se lo lleno de leche. Con los dedos se mete la guasca que queda afuera.
2 de marzo
Por la mañana temprano quedo con otro vecino que tampoco habla inglés ni español. Luego de copiar y pegar varios textos en el traductor, llego a su casa en un complejo de edificios. Tiene cuarenta y cuatro años y es encantador. Tratamos de mantener una conversación, yo en mi francés rudimentario y él en su inglés escaso, pero lo único que conseguimos es reírnos. La química entre los dos es buena. Dejo mi abrigo y zapatillas y me lleva a su habitación. Apenas nos miramos, comenzamos a besarnos. Me encanta su boca, la forma en que mueve su lengua y la sensación de su cuerpo contra el mío. Le meto la mano por el calzoncillo y le agarro el culo y él hace lo mismo con mi pija. Nos terminamos de desnudar y nos tiramos en la cama a hacer un 69: él me chupa la pija y yo le chupo el culo. No tiene un solo pelo, tal como a mí me gusta. A fuerza de lengüetazos se lo voy abriendo más y más hasta dejárselo bien dilatado. Me calienta tanto que le muerdo los cachetes y le paso la lengua por todo alrededor. “Tu aimes?” me pregunta y yo le contesto entusiasmado “J’aime beaucoup”. Cogemos en todas las posiciones habidas y por haber. Él sentado encima cabalgando, en cuclillas, del derecho y del revés, yo encima, los dos de costado, de parado, en cuatro, perpendicular, uno encima del otro boca abajo, hasta que acabamos. Los dos quedamos exhaustos. Mientras nos vestimos, me cuenta que está trabajando en la semana de la moda y que está en pareja. La casa donde nos encontramos no es de él, sino de su familia. Le explico que en breve me voy de París y me propone volver a vernos antes de mi partida.
Por la tarde me quedo escribiendo en lo de Diego y después me voy a lo de Pedro a juntarme con él y sus amigos a dibujar. Cuando llego no encuentro el timbre, pero puedo verlos a través de la ventana. Les pido a unos niños que están adentro del edificio que toquen la puerta para llamar la atención de Pedro y funciona. Está con un solo chico, un dibujante francés. Ponemos Nine Inch Nails y nos sentamos en la mesa a trabajar. Yo me dedico a dibujar escritores en el cuaderno que me regaló Angie: el Conde de Lautréamont, Arthur Rimbaud, Antonin Artaud, Alejandra Pizarnik, Silvina Ocampo y Virginia Woolf. Más tarde llegan la roommate de Pedro, una chica italiana, y una pareja de amigos, la chica es argentina y él no me queda claro de dónde viene. Pedro quiere que lo ayude a explicar el caso Nisman a sus amigos europeos. Lo intento, pero me doy cuenta de que hay algo que se pierde en la traducción. La Argentina me resulta cada vez más absurda.
A la noche cuando vuelvo a lo de Diego, él y Harry ya están durmiendo. Tengo un poco de sueño, pero aún no me quiero acostar. Me escribe otro vecino con el que vengo conversando desde el primer día y me dice que está solo en su casa y me la quiere chupar. Junto todas las fuerzas que me quedan y vuelvo a salir. Tiene mi edad, es un poco más bajo que yo y tiene el pelo canoso. Nos sentamos en el sillón a conversar un rato, nos besamos e, inevitablemente, me lo termino cogiendo. Cuando acabamos me cuenta que es italiano, de Padua, y que vive ahí con su pareja.
3 de marzo
Último día completo en París. Ya empiezo a sentir nostalgia. Me despierto y me quedo un rato largo mirando la planta que hay en la ventana recortada por el cielo gris. París es una ciudad muy difícil de abandonar. No quiero dejar de respirar ese aire, mirar esa gente, caminar por esas calles. Me gusta cómo me siento acá. Me encanta que el metro venga del lado izquierdo, en vez del derecho. Empiezo a sentir un vacío en el pecho. No me quiero ir.
Al mediodía van a venir Eric y Gilles a almorzar. Después de desayunar, Diego y yo vamos al mercado. Compramos algunas verduras para el almuerzo y queso. Elijo mis favoritos: roquefort y queso de cabra. En medio de la marea de gente que va y viene, veo al italiano de anoche. Me pasa por al lado, pero no me mira ni me dice nada.
Mientras Harry prepara la comida, me voy a un hotel cercano a encontrarme con un chico de Estados Unidos que está de visita en París como yo. Tiene veintiocho años, el pelo corto, barba pelirroja y es enorme, como a mí me gusta. Más alto que yo. Por su acento me doy cuenta enseguida de que es sureño. En su habitación hay pilas de ropa, zapatillas y toallas tiradas por todos lados. Le pregunto si está solo y me dice que viaja con un amigo, que duerme en la habitación de al lado. Me recibe desnudo, así que me saco la ropa y me meto en la cama con él. Pasamos la mayor parte de la mañana acostados, abrazados y besándonos como si nos conociéramos desde hace mucho tiempo. Es muy muy dulce. Me besa mirándome a los ojos y me acaricia la cara y el cuerpo. Nos reacomodamos y hacemos un 69. Tiene una pija hermosa y deliciosa, no me la quiero sacar de la boca. Me encanta tenerla adentro, lamerla y sentir el sabor. Por cómo me la chupa, creo que a él le pasa lo mismo con la mía. La lame de arriba abajo mientras me mira de manera amorosa y libidinosa al mismo tiempo. Poco a poco, se va moviendo con la lengua. Primero me chupa los huevos. Se los mete en la boca y los lame por fuera. Después, baja por el periné dando lengüetazos cada vez más largos hasta llegarme al culo. Se siente increíble. Hacía mucho que no me chupaban tan bien la cola. Pasa la lengua por fuera y de a poco me lo va haciendo dilatar y se va metiendo cada vez más adentro. Estoy muy caliente y siento que voy a estallar. Antes de llegar al orgasmo, me pide que le acabe en la boca. Me vuelvo a acomodar y me siento encima de su cara para que me siga chupando un poco más el culo. No hace falta que me pajee mucho, al toque ya siento que los huevos me están por reventar. Rápido le meto la pija en la boca y le acabo uno, dos, tres, cuatro, cinco chorros de guasca caliente directamente en la garganta. Al mismo tiempo, él acaba sobre su vientre. Los dos nos reímos, exhaustos, y nos quedamos tirados un rato charlando. Me cuenta de su viaje por Egipto y me muestra fotos en su celular. También me dice que anoche viajó en crucero por el Sena. Nunca hice eso, pero ya no creo que lo haga esta vez. Tendrá que ser la próxima. Se me hace tarde para llegar al almuerzo, así que me visto y me despido. Me acompaña hasta abajo para fumar un cigarrillo afuera del hotel. Le paso mi Facebook y antes de irme, me invita a visitarlo a su casa en Florida.
Vuelvo a lo de Diego justo a tiempo para poner la mesa. Eric y Gilles llegan juntos y traen pan, vino y postre. Aunque la idea original era hablar en inglés, la única lengua que tenemos en común, enseguida están todos hablando en francés. No me molesta. Me gusta escuchar el idioma y verme forzado a prestar atención para entender más o menos de qué hablan. Gilles me tira onda descaradamente y me escribe por Grindr mientras estamos en la mesa. Me limito a reírme y le digo que estoy dispuesto a casarme a cambio de obtener una ciudadanía europea y poder quedarme. Harry se va después de comer. Tiene que tomar un avión a Estados Unidos. Gilles, Harry y Diego discuten sobre la eficacia de la PReP y los avances científicos en torno al VIH. Diego no puede creer que en todo el tiempo que pasó desde el brote del VIH no se haya descubierto todavía una cura. Tampoco confía en el uso de la PReP, especialmente porque no bloquea el ingreso de otras enfermedades de transmisión sexual y porque es culpable de nuevos brotes de sífilis, gonorrea, HPV y VIH. Eric se va a encontrar con su novio y Diego sube a su habitación a dormir un rato. Gilles se queda conversando conmigo y al rato se despide y se va.
Al atardecer me encuentro de nuevo con Juan Darío. Paso por su casa y volvemos a tomar té con galletitas. Cuando ya está oscuro, salimos a dar una vuelta y caminamos hasta el canal Saint-Martin. Conversamos sobre sus planes para viajar a Marruecos por su cumpleaños. Me pregunta si no me gustaría quedarme y le digo que sí. Nada quiero más en este mundo que quedarme. No me quiero ir.
4 de marzo
Últimas horas en París. Un marroquí me invita a su casa. Parece que está cerca, pero en realidad está bastante lejos. Me bajo mal del metro y me pierdo. No me puedo encontrar en el mapa. Me pregunto si no es una señal del universo. Quizás ya tuve suficiente. Quizás debería ahorrarme este encuentro. Finalmente, después de volver a tomar el metro y retroceder un par de estaciones, encuentro el camino a su casa. Afuera llueve y hace frío. Apuro el paso y llego hasta la dirección que me dio. Es un complejo de edificios altísimos. Me cuesta entender cuál es y dónde digitar el código para abrir, pero lo consigo. En persona no es muy lindo. Las fotos que me envió más temprano no eran muy claras tampoco, pero hay algo que me atrae y entro. No está solo. Se escucha ruido de otras personas hablando en un idioma que no conozco. Imagino que es árabe. Cuando caminamos por el pasillo, la puerta entreabierta de la cocina deja ver a tres chicos más ahí adentro, todos en suspensores. Me lleva hasta un cuarto lleno de aparatos de gimnasio y me pregunta si quiero tener sexo con todos o solo con él. Le contesto que prefiero que empecemos él y yo. Además de los aparatos, hay pilas de ropa sucia por todos lados y la ventana está cubierta por una persiana que literalmente se cae a pedazos. En medio del caos nos besamos. Voy bajando despacio con las manos hasta llegar al culo. Es hermoso, redondo y prominente. Le meto la mano abajo del pantalón y el calzoncillo y se lo toco. Totalmente lampiño, me calienta todavía más. Nos sacamos la ropa y me chupa la pija. Me la llena de saliva y me pide que me lo coja a pelo. No me da confianza. Le digo que prefiero cuidarme y busco el forro que tengo en el bolsillo interior de la campera. Me recuesto sobre el colchón que hay tirado en el piso y él se sienta encima. Cabalga un rato hasta que se escucha un ruido afuera. Se para y se va. Me quedo quieto. No sé si levantarme y vestirme o qué. Enseguida vuelve y se pone en cuatro para que me lo siga cogiendo. Tiene un culo realmente hermoso. Me lo cojo hasta bien adentro y acabo. Él no se toca ni nada. Me visto y me voy. Llamo el ascensor y cuando abro la puerta, salen dos chicos que van al mismo departamento.
Al mediodía vuelvo a lo de Diego para almorzar con él. Comemos los restos del almuerzo de ayer y salgo para el aeropuerto sin grandes despedidas, en breve él y Harry van a viajar a Buenos Aires y nos vamos a volver a ver.
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