Read the book: «Casa de oración nº 2»

Font::


MARK RICHARD, de ascendencia cajún-creole-francesa, nació en Luisiana y pasó buena parte de su infancia en hospitales para niños tullidos. Debido a la deformidad de sus caderas le dijeron que a partir de los treinta estaría condenado a vivir en una silla de ruedas. No fue así. El día que los cumplió le pilló haciendo autostop para mudarse a Nueva York y ser escritor. No lo tuvo fácil. Su padre, un hombre violento e impredecible, les abandonó una noche de borrachera. Sus motivos: la mala tierra, una mujer triste, varios bebés perdidos, un hijo «extraño» y la marcha del general Sherman. A los trece Mark se convirtió en el locutor de radio más joven del país. Abandonó sus estudios, se metió en problemas y se pasó tres años faenando en barcos pesqueros. Fue fotógrafo aéreo, pintor de brocha gorda, camarero e investigador privado. Asistió al taller literario de Gordon Lish, que le compró un gorro de artillero forrado de lana para sobrevivir al duro invierno de Nueva York y le publicó su primer libro de cuentos. El libro se vendió poco, pero después de que la editorial le transmitiera su poca fe, Norman Mailer le entregó el PEN/Hemingway Foundation Award y Barry Hannah le llamó para dar clases en Oxford, Mississippi. Por las noches se acercaba con su perro a la vieja casa de Faulkner y se asomaba a las ventanas esperando ver fantasmas. Un día, al volver de su paseo, se encontró a Larry Brown sentado en la mesa de la cocina, fumando y bebiéndose su bourbon. En el Sur nadie cierra la puerta de atrás. Al verle, Larry simplemente le dijo: «Hey». Actualmente vive en Los Ángeles con su mujer y sus tres hijos. El día de su boda se dio cuenta de que había conocido a todos sus amigos en bares. Es autor de dos colecciones de relatos, una novela y un libro de memorias.

CASA DE ORACIÓN Nº2

CASA DE ORACIÓN Nº2

El viaje a casa de un escritor

Mark Richard

Traducción Tomás Cobos


Título original:

House of Prayer No.2. A Writer’s Journey Home

Anchor Books Edition, 2012

Primera edición Dirty Works:

Septiembre 2017

© Mark Richard, 2011

© 2017 de la traducción: Tomás González Cobos

© de esta edición: Dirty Works S.L.

Asturias, 33 - 08012 Barcelona

www.dirtyworkseditorial.com

Traducción: Tomás González Cobos (con la generosa ayuda de Ione

Harris, Javier Lucini, Tracy Rucinski y Mark Richard: One Love!)

Diseño de cubierta: Nacho Reig

Ilustración: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento», 2017

Maquetación: Marga Suárez

Correcciones: Marta Velasco Merino

ISBN: 978-84-19288-08-0

Producción del ePub: booqlab

Esta obra ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.


A mi padre

Para mis hijos


«Despertó Jacob de su sueño y se dijo:

Ciertamente está el SEÑOR en este lugar y yo no lo sabía.»

GÉNESIS 28, 16

IMAGINA QUE NACE UN «NIÑO ESPECIAL», lo que en el Sur viene a ser algo entre síndrome de Down y dislexia. Tráele al mundo mientras su padre está fuera, de maniobras militares en los pantanos del este de Texas. Como única visita en el hospital militar, manda al padre de su padre, quien a veces trabaja de ferroviario, a veces de pistolero a sueldo para el gobernador Huey Long, con una placa de la Policía Especial de Luisiana. Llévate al niño a Manhattan, en el estado de Kansas, en pleno invierno, sin nadie que vaya a verlo aparte de un mirón chino, con su carita amarilla pegada a las ventanas en las frías noches. Asusta un poco más a la madre, que tiene veinte años, con convulsiones del niño. Hay algo «distinto» en este niño, dicen los médicos.

Traslada la familia a Kirbyville, en Texas, donde el padre transporta troncos por el río a través de bosques inmensos. Llena el porche trasero con cosas que el padre trae a casa: mapaches, perros de caza perdidos, serruchos amontonados y machetes. Para que el niño juegue, dale una caja de arena en la que anidan escorpiones. Cuando la madre pase el cortacésped, que deje tras de sí jirones de serpientes trituradas por todo el jardín. Haz que la madre llore y eche de menos a su madre. Aíslala de los vecinos porque es pobre y católica. De compañera de juegos, tráele al niño una chica con síndrome de Down que lo adora. Es hija del médico de la alta sociedad y le dan miedo los truenos. Cuando hay tormenta, se esconde, y solo el niño especial la puede encontrar. La mujer del médico llega desesperada. Por favor, ayúdenme a encontrar a mi hija. Aquí está, en este conducto; detrás de las estanterías; en el tipi de cartón de un vecino. Por favor, vengan a la fiesta, dice medio llorando la mujer del médico, abrazada a su hija. En la fiesta, todo va de maravilla para la nerviosa madre y el padre ingeniero forestal del niño especial hasta que su hijo muerde en el brazo a un invitado y en el hospital tienen que darle puntos y la vacuna del tétano al invitado. El niño especial no sabe explicar el porqué.

Traslada la familia a un condado tabaquero en la zona de Southside, en Virginia. Son los principios de los sesenta y todavía se ven familias negras con mulas y carretas. El maíz se alza junto a la trasera de las viviendas hasta en la ciudad. Se ven cruces en llamas en jardines de católicos y familias negras. Córtale el pelo al cero al niño en la barbería, donde no hablan más que de negros y de defensores de los negros. Dale al niño la responsabilidad de otro compañero de juegos, el vecino que vive dos casas más abajo, el señor al que llaman «doctor Jim». Cuando el doctor Jim tenía la edad del niño, el general Lee estaba rindiéndose en la batalla de Appomattox. A veces el doctor Jim se cae entre las hileras de los maizales donde siempre anda trabajando con la azada, y el niño tiene que correr a ayudarlo. A veces el niño se queda de cuclillas, sin más, junto al doctor Jim, despatarrado entre mazorcas, y escucha al doctor Jim, que conversa con el sol. A veces en el crepúsculo gris anaranjado, cuando se ha vaciado el mundo, el niño se tumba en la hierba fría del patio trasero y contempla nubes de millares de estorninos en torno a las chimeneas del doctor Jim, y el niño siente como si estuviera muriéndose en un mundo vacío.

El niño tiene cinco años.

En la planta baja de la casa que la familia comparte vive un paleto rudo, un hombre bueno que se trajo de Italia una novia de la guerra. La novia de la guerra pensó que el hombre era de la realeza norteamericana porque su nombre era Prince, nada menos que un príncipe, pensó. La novia de la guerra es guapa y ha dado a luz dos hijas, la más pequeña de la edad del niño especial. La mayor es una adolescente que morirá pronto de una enfermedad en la sangre. La guapa esposa italiana y la madre del niño especial fuman Salems y beben Pepsis y lloran juntas en los escalones de la parte de atrás. Las dos echan de menos a sus madres. Por la noche, Prince vuelve a casa de vender coches Pontiac y el padre guardabosques vuelve a casa del bosque, y beben cerveza juntos y hablan de sus mujeres, preocupados. Se turnan para cortar la hierba de los jardines.

La empresa para la que el padre trabaja está despejando la tierra de árboles y un día el padre empieza a trabajar en bosques junto a los campos de batalla de la Guerra Civil. Aún siguen allí las fortificaciones de tierra, se ven restos de la guerra por todos lados. El padre vuelve a casa con los bolsillos llenos de balas Minié. Compra un detector de minas en una tienda de saldos del ejército y la familia pasa fines de semana en la espesura del bosque. El padre y la madre se pasan un domingo entero cavando y cavando, hasta desenterrar una pieza de hierro y ágata del tamaño de un cañón. A partir de entonces la madre se queda en casa. Un domingo por la noche la madre llama a su madre, que vive en Luisiana, y le ruega que la deje irse con ella. No, dice su madre. Te quedas. Se lo dice en francés cajún.

LA NIÑA DE ABAJO se llama Debbie. El niño especial y Debbie juegan a la sombra de una gran pacana donde el maíz inunda el jardín. Un día el niño especial hace nudos corredizos y cuelga las muñecas de Debbie de las ramas más bajas del árbol. Debbie corre llorando a casa. Estelle, la corpulenta criada negra, grita desde la puerta de atrás al niño especial que descuelgue las muñecas, pero no sale al patio para obligarlo y él no obedece. Le da miedo el niño especial y él lo sabe. Si él se concentra mucho, puede hacer que lluevan cuchillos en la cabeza de la gente.

Quizá convendría hacer algo con el niño especial. La madre y el padre lo mandan a una guardería al otro lado de la ciudad, donde vive la gente bien. El padre ha ahorrado dinero y ha comprado un terreno para construir una casa allí, enfrente de la tienda de electrodomésticos de General Electric. Como el padre se ha gastado todo el dinero en el terreno, tiene que encargarse él mismo de desbrozarlo. Alquila una excavadora de la maderera y «toma prestado» un poco de dinamita. Un sábado prende fuego a la excavadora accidentalmente. Un domingo utiliza demasiada dinamita para arrancar un tocón y hace una grieta en los cimientos de la casa del encargado de la tienda de electrodomésticos. Al final el padre decide no construir una casa en ese vecindario.

En la guardería de esa parte de la ciudad hay discos y la profesora a la que el niño especial llama señorita Perk le deja ponerlos una y otra vez. Cuando los otros niños se tumban en alfombritas para la siesta la profesora le deja que hojee sus libros. En la hora de lectura se sienta tan cerca de la señorita Perk que ella tiene que tomarlo entre sus brazos para sujetar el libro. Los mejores cuentos son los que cuenta la señorita Perk a la clase. El de la niña cuya familia fue asesinada en un barco y los criminales intentaron hundirlo. La niña vio que entraba agua por las escotillas, pero pensó que eran los criminales fregando la cubierta chapuceramente. La señorita Perk también contaba la historia de un accidente de coche que vio, había tanta sangre que dejó caer un bolígrafo en el suelo del coche para que su hijo se agachara a recogerlo y no viera a aquel hombre con la coronilla desgarrada como si le hubieran arrancado la cabellera. Los viernes toca presentación y el niño especial siempre lleva lo mismo para su exposición: su gato, el señor Priss. El señor Priss es un felino macho muy grande y malo que mata a los otros gatos y solo deja que se le acerque el niño especial. El niño especial le pone al señor Priss los trajes de las muñecas de Debbie, sobre todo un chubasquero y un sombrero amarillos de pescador. Después el niño especial lleva al señor Priss durante horas en una maletita. Cuando su madre le pregunta si ha metido otra vez al gato en la maleta, el niño especial siempre responde:

—No, señora.

La señorita Perk dice que por la forma en que los otros niños siguen al niño especial, el niño especial va a ser algo algún día, pero no dice el qué.

El padre y la madre hacen nuevas amistades. Por ejemplo, el nuevo barbero y su mujer. El nuevo barbero toca la guitarra en la cocina y canta «Smoke! Smoke! Smoke that cigarette!». Es guapo y se echa tanto aceite en el pelo que mancha el sofá cuando echa la cabeza hacia atrás para reírse. Le gusta mucho reírse. Su mujer enseña a la madre a bailar el twist. Hay otra pareja nueva, un joven de la ciudad, él es una especie de oveja negra, de familia rural, que se fue al sureste de Asia para trabajar de médico de la aviación y ahora ha vuelto con su segunda o tercera esposa, nadie lo sabe con certeza. En el apartamento del médico casquivano beben cerveza, bailan el twist y escuchan discos de los Smothers Brothers. Encienden velas metidas en botellas de Chianti. El niño especial siempre va porque no hay dinero para pagar una canguro y Estelle se niega a cuidar del niño especial. Una noche el niño especial baja un libro de una estantería del médico y comienza a leerlo lentamente en voz alta. La fiesta se detiene. Es un libro académico sobre agentes químicos. Faltan dos meses para que el niño empiece primero de primaria.

AL PRINCIPIO, LA CLASE DE PRIMERO ESTÁ VACÍA. Casi todos los niños están en la cosecha del tabaco. Los que asisten van, en su mayoría, descalzos y sucios y duermen todo el día con la cabeza apoyada en el pupitre. Muchos tienen pulgas y piojos. La mayoría han estado despiertos toda la noche ensartando tabaco en varas y tienen las manos manchadas de negro por la nicotina.

Al principio, la clase de primero no tiene ningún sentido para el niño especial. El niño quiere empezar a trabajar con los libros, pero los libros son para más tarde, le dice el profesor.

—Primero tienes que aprender el abecedario.

Pero el niño ya sabe el abecedario; mientras los otros niños dormían, se sentaba en el regazo de la señorita Perk, junto a su mesa, y ella le enseñaba las letras, y él solo aprendió a encajarlas para hacer palabras sentado junto a la señorita mientras ella leía libros infantiles y la revista Life. Cuando vio el panorama de primero, el niño especial pensó que la estrategia de los niños del tabaco era acertada, de modo que se dedicó también a reposar la cabeza en el pupitre y a dormir cuando era la hora de las aes, las bes y las ces.

No va a aprender, no aprende, no puede aprender, le dicen los profesores a la madre. El niño responde a los profesores, intenta corregir su dicción. Se portó mal con el señor Clary, que vino a enseñar a la clase unos trucos de magia. Será mejor que le hagan pruebas. A lo mejor es retrasado. Y corre de una manera muy rara.

Se supone que el niño especial está jugando en casa del encargado de la tienda de electrodomésticos de General Electric con su hijo David. El hijo tiene un tubo por el que soplas y sale volando una cápsula de la misión Mercury que luego cae flotando con un paracaídas de plástico. El niño especial está pensando que quizá tenga que robar ese juguete, pero decide visitar primero a la señorita Perk. A lo mejor ella tiene un libro o algo así. La señorita Perk no le decepciona. Se alegra de ver al niño especial. Le dice que los rusos mandan hombres en naves como la cápsula Mercury y no los dejan volver. Dice que si sintonizas bien la radio, puedes oír cómo se para el latido del corazón de los rusos. Dice que si alguna vez ves una luz roja en el cielo por la noche, es un ruso muerto que da vueltas a la tierra eternamente.

—¿Puedo volver a su escuela, señorita Perk?

No, ahora eres demasiado mayor. Vete a casa.

Al volver a la casa del encargado de la tienda de electrodomésticos de General Electric no hay nadie. Su casa está demasiado lejos para volver andando, así que el niño se tumba en el césped frío y se queda mirando el crepúsculo gris anaranjado. Cuando oscurezca, su vida se habrá acabado. Se oye un disparo en un campo embarrado a cierta distancia y una especie de abejorro pasa zumbando a velocidad de cohete e impacta en el suelo junto al niño especial. Él se queda muy quieto por si acaso, pero no llega ninguno más. El niño está empezando a aprender que te pueden pasar cosas que, si hablaras de ellas, perturbarían al mundo. No le cuenta a nadie lo de la cosa que pasó zumbando e impactó en el suelo junto a su cabeza.

A ver si hacéis algo con ese niño, dice la gente. La madre lleva al niño a los Boy Scouts. Para el concurso de talento, la madre hace una peluca con un ovillo marrón y el niño especial memoriza el discurso inaugural de John F. Kennedy. En el concurso, se ríen del niño con la peluca, hasta que empieza a recitar el discurso. Después hay una charla en la que recomiendan beber agua de la cisterna del baño si cae una bomba atómica en tu ciudad y hacen un simulacro metiéndose a gatas bajo las mesas. Durante muchas semanas después, la gente para en la calle al niño y le pide que haga la cosa esa de Kennedy, hasta que alguien mata a Kennedy en Texas y el niño ya no tiene que imitarlo en fiestas cerveceras y delante del ultramarino.

La madre se echa a llorar al ver el funeral de Kennedy en la televisión grande que el padre ha comprado para que esté más alegre. Pero ella no para de llorar. La madre no sale de la cama salvo para llorar mientras hace ropitas con su máquina de coser. No deja de perder bebés y, aun así, su madre no la deja volver a casa. El padre manda que venga la hermana de la madre. Preparan un picnic el Día de Acción de Gracias y se van en coche a Appomattox a mirar los campos de batalla. Llueve y luego nieva y ellos comen pavo y beben vino en el aparcamiento del campo de batalla. La madre está feliz y el padre le compra al niño especial un sombrero confederado. Cuando la hermana se va, la madre pierde otro bebé. El padre le trae al niño especial otro cachorro de beagle. El primero, Charquito, se escapó en Texas después de que el padre lo llevara atado al techo del coche desde el lago Charles, en Luisiana, hasta Kirbyville, en Texas. Antes lo había sedado, según le intentó explicar en el camino a la gente que metía las narices donde no los llamaban. Cuando llegaron a Texas, el perro tenía bichos pegados en los dientes como si fuera la rejilla de un coche. Cuando el perro despertó del todo, se largó corriendo.

Al nuevo perro que tienen en Virginia el niño especial le pone el nombre de Hamburguesa. La madre llora cuando lo ve en la bolsa de papel. A lo mejor tendríamos que hacer más amigos, le dice el padre a la madre. Bueno, dice la madre, y se seca los ojos. Siempre hace lo que el padre le dice que haga. Trata de ser una buena esposa.

Está el alemán gigante, Gunther, con su marcado acento, y su esposa, que regentan una lechería en las afueras de la ciudad. Tienen un pastor alemán que se llama Blitz que hace todo lo que le dice Gunther. Al niño especial le dan miedo las tinajas de melaza que Gunther utiliza para alimentar a las vacas. Al niño le interesan más los dibujos que hay en el sótano de la vieja casa de Gunther. La vieja casa de Gunther era una taberna ilegal y alguien dibujó unos coloridos retratos de los bebedores clandestinos en la pared de yeso que hay detrás de la barra. Se parecen a gente de la ciudad, dice el niño especial. Es porque los dibujos son de los padres de gente de la ciudad, le dice su padre.

La mujer de Gunther se encuentra al niño especial tumbado en la hierba fría de un prado, mirando cómo se disuelve el sol en el crepúsculo gris anaranjado.

—No está bien que hagas eso —le dice.

Si se te mete una hormiga en la oreja, hará un nido, tu cerebro se convertirá en una granja de hormigas y te volverás loco.

Después, Gunther se cae a un silo y su cuerpo acaba triturado en tiras tan pequeñas que las vacas las pueden masticar como si fuera bolo.

La empresa maderera le da un socio al padre con quien replantar en los miles de hectáreas que han vaciado de árboles. Otro alemán. El alemán lo sabe todo, pregúntale, ya verás, dice el padre. El alemán y su mujer tienen dos niños con los que el niño especial se supone que tiene que jugar. El nombre del niño era Freddie. Una vez, cuando el niño especial estaba pasando la noche en su casa, llegó un huracán y Freddie mojó la cama y le echó la culpa al niño especial. Desde entonces, el niño especial rompió muchos coches y trenes de cuerda fabricados en Alemania, de los caros.

Desde el helicóptero que el padre utiliza para replantar los bosques que están más al sur, aún se ve el rastro de la marcha del general Sherman hacia el mar, las marcas de fuego en los árboles renacidos, las ciudades luminosas que han brotado de los pueblos que los federales borrachos incendiaron.

—Clarro, clarro, eso es agua pasada —dice el alemán—. Hay que olfidarr.

El padre y el alemán cortan madera en el fondo de un lago en Carolina del Norte; la presa para hacer el lago aún no está terminada. El padre y el alemán se han hecho muy amigos. A veces están trabajando en bosques remotos, lejos de los supervisores, y a veces entran en viejos caserones vacíos de fincas que la empresa ha comprado para explotar la madera. En los áticos encuentran libros raros, sellos viejos, dinero confederado. Un día mientras comen en el lecho del lago, el padre y el alemán se ponen a pensar en cuánta madera más tienen que cortar antes de que el agua llegue a la orilla.

—Quien sea capaz de calcular exactamente dónde va a comenzar la orilla y compre esa tierra, se puede sacar un buen dinero —dice el padre.

Los fines de semana, incumplen la promesa de llevar de picnic a sus familias a las cuevas indias que han encontrado y subirse todos en las motocicletas que utilizan para apagar incendios. En su lugar, el padre y el alemán aprovechan cada hora de luz que les sobra para abrir líneas de visión con machetes, arrastrar material de topografía «prestado» y medir los bordes del lago vacío con cadenas.

El dinero que le dan al viejo aparcero negro para comprar la orilla secreta es todo el dinero que rascan de sus ahorros y sus cuentas bancarias. El viejo aparcero negro acepta la primera oferta que el padre y el alemán le hacen por la tierra que le ha dejado su padre en herencia. La mayor parte de la propiedad en la orilla se la han adquirido a la empresa maderera, pero necesitan un camino de acceso a través del patio delantero del viejo aparcero negro, junto a su cabaña. Todo el mundo sabe que va a haber un lago, pero el padre y el alemán no le dicen al aparcero negro el tamaño de las tierras que han comprado en la orilla, de igual manera que el aparcero no les ha dicho que él también ha calculado dónde va a caer la orilla y va a utilizar el dinero para construir el primer puerto deportivo negro del estado, con gramolas y barbacoas, justo al lado de la parcela que tienen ellos. No les dice que el dinero que le acaban de dar es el capital inicial para construir el Puerto y Club Náutico de H. W. Huff.

Cuando se cierren las compuertas y el lago se llene habrá ocho hectáreas de ribera con dos puntas de tierra a los lados y, en medio, una caleta larga, arcillosa e inestable. El alemán se ha ganado el derecho a elegir qué mitad prefiere porque, por el motivo que sea, aportó un diez por ciento más del capital a última hora. Elige la punta más amplia, la que tiene las playas de arena. El padre se queda con la punta embarrada y la orilla de arcilla húmeda e inestable. El padre le dice a la madre que va siendo hora de que hagan nuevas amistades.

Entra en escena, al lado de casa, el comerciante de la American Oil Company, el de la mujer guapa de Coinjock, en Carolina del Norte, el de la sonrisa de oreja a oreja y actitud paternalista. En el sótano de su reluciente casa de ladrillos, el comerciante de la petrolera tiene, sobre una repisa de ladrillo, un barquito que montó cuando estaba en la universidad. La mayoría de la gente, si es que les da por fijarse en el navío, cuando están de pie junto a la chimenea, con un vaso de bourbon en la mano, cree que se trata de la maqueta de un barco vikingo. Pero no es un barco vikingo, pese a que hay hombres cubiertos con pieles a ambos lados de la embarcación, agarrados a los remos bajo una vela colorida.

—¿Quién es ese hombre atado al mástil? —pregunta el niño especial.

Arriba los adultos juegan al Monopoly en la cocina y beben cerveza hasta que al padre se le va la mano con la cerveza y comienza a quejarse de la campaña del general Sherman y de los alemanes, y llega la hora de volver a casa.

Después, el niño especial está protegiendo la casa con su sombrero confederado y su mosquete de madera mientras su madre y su padre están ocupados en el hospital dando a luz un bebé. El comerciante de la petrolera llega en su coche enorme y pasa la tarde con el niño especial. Tiene una bolsa de papel llena de soldaditos japoneses que se disparan al aire con un tirachinas y caen sobre los arbustos en paracaídas. Le enseña al niño especial cómo hacer una bomba arrojadiza con cabezas de cerillas y dos tornillos, pero lo mejor de todo es que le ha traído al niño especial el barquito de la repisa de ladrillo y le cuenta quién era Ulises. Es una buena historia. La única parte de la historia que el niño no se cree del todo es la de que, de algún modo, Ulises era más antiguo que Jesús. No le dice nada al comerciante de la petrolera, porque el comerciante de la petrolera está siendo muy majo, pero tendrá que preguntarle luego a la señorita Perk.

Toma estas piezas que se han caído del barco con los años, dice el comerciante de la petrolera. Son un par de hombres de Ulises que lleva en el bolsillo de su camisa. Gracias, dice el niño especial. El niño se pasa el fin de semana en casa del comerciante de la petrolera con su mujer y sus niños esperando a que su madre y su padre vengan del hospital con las manos vacías otra vez.

MÁS MALA SUERTE. Los encargados de la presa, a los que el padre califica de «imbéciles», no paran de subir y bajar las palancas del agua. Un día el padre y el alemán se llevan a sus familias a un picnic sorpresa para ver sus propiedades junto a la ribera del lago y desde arriba, desde sus tierras, pueden ver el lago, muy abajo, a kilómetros y kilómetros de barro. Pero un día vuelven y se encuentran al señor Huff sentando en el porche delantero de su cabaña de aparcero rodeada de agua.

—Toda su tierra está anegada —dice el señor Huff—. No hay nada que hacer. Ha venido un hombre a decirlo. Dice que está en las escrituras.

El padre y el alemán van a ver a un abogado. El señor Huff tiene razón.

Una noche mientras su madre prepara la cena, empieza la mala suerte para el niño especial. Está en el salón —donde había visto pasar a un ángel la mañana del domingo de Resurrección—, viendo el programa Los tres chiflados con el volumen muy bajo, porque a su madre no le gusta nada Los tres chiflados. Es uno de los episodios buenos de Los tres chiflados. Es ese en que Moe y los otros recorren los vagones de un tren y pasan muchas cosas y hay un león suelto que sale del vagón de los equipajes, pero la mejor parte es cuando Moe tropieza todo el rato con la maleta de alguien cada vez que pasa, hasta que al final abre la puerta del tren y arroja la maleta en plena noche. Pero a Moe no le basta; sigue tirando maletas por todo el tren, él solo, venga a tirar maletas del tren en plena noche, hasta que mira a su alrededor y ve que ha tirado todo lo tirable del tren, así que puede relajarse y volver a ser él mismo sin tener que seguir enfadado. El niño ha visto este episodio de Los tres chiflados antes pero es que este episodio es su favorito. El único problema es que, esta noche, mientras mira la tele con el volumen muy bajo mientras su madre hace la cena, antes de que el padre vuelva a casa, el único problema es que, a mitad del programa, el niño oye fuera el claxon de un camión que frena, y oye el chillido de un perro, y oye cómo los coches se paran y sale gente y los hombres hablan y alguien va llamando a las puertas del vecindario preguntando de quién es ese perro, y oye que la gente de abajo responde, oye a Prince que dice que sí, que cree que sabe de quién es el perro, y oye que Prince llama por la escalera a su madre por si puede bajar porque hay un perro que parece su perro al que le ha atropellado un camión cargado de troncos, y la madre dice: «Oh no», y la madre entra en el salón donde el niño ve a Moe que empieza a tirar maletas del tren con el sonido muy bajo, y dice: «Vamos a ver qué le ha pasado a Hamburguesa», pero el niño no se aparta de la tele junto a la que está arrodillado muy cerca, y la madre ahora lleva puesto el abrigo y dice: «¿Me oyes? A Hamburguesa le ha pillado un camión», y el niño sigue sin moverse, no hace ningún movimiento para levantarse, pese a que quiere a su perro y, si fuera verdad que su perro está muerto, entonces se querría morir también, pero el niño sigue arrodillado delante de la televisión y se concentra en Moe, que tira las maletas del tren, porque en el fondo de su ser sabe que puede concentrarse mucho, como cuando aprendió el discurso de Kennedy, como cuando pisó una serpiente cabeza de cobre y no le mordió, aunque hubiera sido lo lógico; el niño sabe que si puede concentrarse mucho, Moe seguirá tirándolo todo del tren y el tiempo se detendrá y nunca tendrá que morir, porque no tendrá que bajar a ver a su perro retorcido y esparcido por la calle, ni tendrá que oír a alguien, quizá sea el conductor nervioso del camión, quizá el mismo Prince, que bromea sobre el nombre que tenía el perro y su estado actual.

No baja nunca. Concentra su atención para que el episodio dure una eternidad y después ponen las noticias, y su madre vuelve de la calle y lo mira de una manera nueva, quizá como si pensara que es verdad lo que alguna gente y algunos profesores dicen de que habría que hacer pruebas al niño especial.

El padre llega tarde esa noche tras cavar con las manos, casi solo, un cortafuegos en algún condado remoto en el que los paletos se entretenían mirando cómo ardía una hilera de pinos de la empresa. Durante unas dieciocho horas el padre ha estado trabajando, junto con un comerciante de madera y su hijo cubierto de acné, para apagar un fuego que por momentos alcanzó quince metros de altura entre los árboles, muy por encima de sus cabezas, y los cercó por dos lados a unos cien metros de distancia, a veces más cerca. Era agradable no tener que pensar en los ahorros de toda una vida anegados bajo el agua, ni en su mujer triste con sus bebés perdidos, ni en su extraño hijo, ni en la marcha del General Sherman, mientras cavaba y sacaba tierra con la respiración entrecortada. El padre apenas reúne las fuerzas justas para subir las escaleras y llegar a la puerta de su casa. Lo único que quiere es una copa y un baño caliente. Hace poco ha adquirido el hábito de echarse un trago de whisky en lugar de cerveza. Tiene las manos en carne viva y le duelen los hombros. En las últimas horas el incendio prendió un tocón de trementina y brincaron unas cien serpientes del suelo que se deslizaron como un río sobre sus botas. Aún tiene los nervios crispados.

Al subir las escaleras se encuentra con su niño especial, que apenas puede recobrar el aliento de tanto llorar intentando no despertar a su madre. El niño especial se agarra a los pantalones de su padre por los bolsillos y le dice a su padre que quiere morirse porque su perro Hamburguesa se ha muerto, ¿no podrá hacer algo papá?, y lo único que puede hacer el padre al respecto es acariciar la cabeza del niño y volver a bajar, sacar de su camión la pala para el fuego, y confiar en reunir las fuerzas necesarias para enterrar lo que queda del perrito en una esquina del maizal detrás de la casa.

VAMOS CON OTRA HISTORIA SOBRE LA SUERTE del alemán y el padre. Un día están conduciendo la furgoneta Volkswagen del alemán por la carretera de un acantilado para comprobar unos terrenos que la empresa está despejando. Un camión cargado con troncos de la empresa aparece por la curva en medio de la carretera. El alemán iba, también, por el medio de la carretera. En la colisión, la furgoneta de morro plano se pliega atrapando las piernas del alemán, que se rompen por varios sitios. El padre tiene más suerte. Levanta el brazo para protegerse la cara justo a tiempo, antes de salir atravesando el parabrisas. Con su habitual suerte, tras atravesar el parabrisas se dirige al acantilado. Vuela por el acantilado y cae en unas vías férreas al fondo. Por suerte, el tren pasa tarde ese día. Encuentran sus gafas en perfecto equilibrio en un raíl, intactas.

Estas son algunas de las personas que consuelan a la familia: la esposa del doctor Jim, que vive a un lado de la casa. Los vecinos del otro lado, los Short, y junto a ellos, los Long. Más allá hay una colección de señoritas: la señorita Laura, la señorita Effie, la señorita Roberta y la señorita Henrietta, que era señora hasta que su marido sufrió un ataque al corazón y murió la primera vez que practicaron el sexo, según cuenta todo el mundo. La siguiente manzana también es de solteronas, más mayores, amargas hijas de la Reconstrucción tras la Guerra Civil; son demasiado mayores para acercarse a traer comida, pero envían unas criadas negras con bolsas de frutas malas de los árboles de sus jardines. Vienen el barbero y su mujer, y el médico con su tercera o cuarta esposa, y Prince y su mujer italiana siempre están allí. El padre, tumbado con la pierna rota, la cabeza descalabrada, varias costillas partidas y un brazo desgarrado, enseña a su hijo a jugar al ajedrez en un pequeño tablero plegable que tenía desde la universidad. La madre se sienta a los pies de la cama y observa. Todos están esperando que llegue el comerciante de la petrolera. El comerciante de la petrolera trae una bolsa de papel con cervezas frías, helado y chistes malos.

Le tengo que presentar a mi prima Ruth Ann, dice el comerciante de la petrolera a la madre. Es divertidísima y tiene una hija a la que también dicen que tendrían que hacerle pruebas.

EL NIÑO ESPECIAL NUNCA ANTES HA VISTO una película. Está estupefacto. Se trata de Misty: herencia salvaje, en un autocine con una pantalla kilométrica. Ruth Ann conduce su coche Rambler a toda velocidad por el medio de la autopista, con la madre en el asiento del copiloto y los dos niños especiales detrás. Christie, una niña con un pelo rojo increíblemente enmarañado, dice que Misty es para bebés. Christie dice que, si al niño especial le ha gustado tanto Misty, entonces tiene que venir a ver El hombre invisible en la tele el sábado. Dice que sabe cómo hacer que la casa se quede a oscuras incluso a media tarde. Dice que sabe cómo hacer que dé miedo. El niño aún está ebrio de poner toda su atención en Misty. Era casi mejor que Moe tirando maletas desde el tren. Mientras está pensando en ello, Christie le dice a su madre que va a vomitar. Ruth Ann sigue conduciendo a toda velocidad por el medio de la autopista, hablando a mil por hora con la madre, y tan solo le dice a Christie que lo haga por la ventanilla.

—Saca bien la cabeza y que no caiga nada dentro.

El niño especial le sujeta las piernas a Christie mientras saca la cabeza y vomita. Le da la sensación de que, si no la sujeta, se le va a salir todo el cuerpo por la ventanilla. Abraza las piernas de Christie con los brazos y aprieta la cara contra su culo. Cuando ella ha acabado, la mete dentro, con el pelo rojo convertido en una maraña compacta. El niño especial la ayuda a limpiarse la boca y la cara de palomitas y 7Up con una enagua negra engurruñada que por algún motivo se halla en el suelo de la tartana de Ruth Ann.

CUANDO EL PADRE SE ENCUENTRA MEJOR y camina con muletas, decide llevarlos en coche a Luisiana, y la madre prepara el equipaje ese mismo día, pese a que queda cerca de una semana para ir. El padre dice que irán de vacaciones, que visitarán algunos campos de batalla en el camino. Será una larga excursión en familia. Se llevará «prestado» un coche de la empresa, un sedán gris con radiotransmisor.

Antes de irse de vacaciones, el colegio los invita a que le hagan una prueba al niño especial el primer sábado después de que el colegio cierre por las vacaciones del verano. Primero de primaria ya ha acabado. Traigan lápices buenos.

Cuando el niño especial se presenta con la madre a la prueba, la madre está contenta de ver allí a Ruth Ann con Christie y Lynn, la prima de Christie. Van a hacerles las pruebas a los tres juntos. La mayor parte de la prueba es escrita y divertida, pero hay una parte de la prueba de la que se encarga una bruja. La bruja tiene cartas y bloques y cajas con engranajes. En un momento de la prueba, Christie tiene que vomitar. Lynn ni se inmuta cuando Christie se pone a vomitar. Christie siempre está vomitando. Es una de las razones por las que le hacen la prueba.

Cuanto más se acercan a Luisiana en las vacaciones, más alterado está el padre. Quizá sea por los campos de batalla. Quizá sea por todos los huesos rotos en su cuerpo. Quizá sea por toda su tierra anegada. Quizá sea por todo ese tiempo al volante, que le da tiempo para pensar en todo, por esas carreteras comarcales antes de que hubiera autovías interestatales entre Virginia y Luisiana. Quizá sea por volver a casa. Quizá sea porque toda la gente pensaba que llegaría muy lejos en la vida y debería estar viviendo allí ahora; estaba entre lo mejor de la clase en ingeniería química en la Universidad de Rice, la gente de la NASA estaba loca por contratarlo, pero en su último año le dio por cambiar y estudiar forestales en la LSU, en Luisiana, para poder estar en el bosque solo todo el tiempo. Quizá sea eso lo que subyace, mientras conduce durante días un coche recalentado sobre asfalto y alquitrán con una mujer temblorosa y un niño especial. Quizá sea que no le gusta nada la gente, quizá sea eso.

En casa de la madre, en Luisiana, tienen pollo picante y arroz y cerveza en neveras en la cocina, café y pan frito, y hermanos que vienen en los descansos de su trabajo en los yacimientos petrolíferos y las refinerías para ver a su hermana mayor, hermanos que lanzan al aire al niño especial y lo llevan a la parte de atrás para que vea cómo montan un coche de carreras. Vienen primos y tíos y tías, todos hablan francés, y el tío Comille con sus palomas y Buddy con sus cinco hijos. Solo el padre de la madre se sienta en una mesa lejos de todo el ajetreo, y juega al solitario y fuma cigarrillos sin filtro. A lo largo de su vida ha sido minero, panadero, armador, vaquero, fontanero. Para llegar a fin de mes, ahora conduce una segadora en un campo de golf y trae a casa cubos llenos de pelotas de golf gastadas. Quizá está cansado de todo.

La casa de la madre del padre, al otro lado de la ciudad, es un sitio tranquilo. Por toda la casa se oye siempre el tic tac del reloj de péndulo de la galería trasera. La comida siempre es a las doce en punto. No hay hermanos ni hermanas. Un primo, en algún lugar. Big Bill, el padre del padre, deja al niño especial, su único nieto, que se siente en su regazo y juegue con su anillo de shriner1 y toquetee sus verrugas. Antes de la comida al mediodía, pavo con bolas de masa, Big Bill hace equilibrios con un vaso de chupito colocado en cada brazo de su sillón, uno de ellos lleno de bourbon, el otro con agua helada. Al niño especial le gustan los momentos entre el bourbon y el agua, cuando el cuerpo contra el que está desplomado se relaja y un aliento profundo y cálido de aroma dulzón toca su coronilla.

La madre del padre es una mujerona de Sumrall, en Mississippi, que estaba acostumbrada a más de lo que su marido le ha proporcionado en los años que han estado juntos. El abuelo pasó mucho tiempo fuera trabajando para la Policía Especial del gobernador Huey Long y luego para el ferrocarril, y cuando llega a casa, se va los fines de semana a cazar y pescar con su mejor amigo, el doctor Goldsmith, un judío. A la madre del padre no le gustaba Huey Long y no le gustan los judíos. Tenía un negro protegido en casa llamado Scrap. Cuando Big Bill lleva la colada a la parte negra de la ciudad, a menudo se queda allí toda la mañana, escucha, habla y come bocadillos de ostras rebozadas al estilo de Nueva Orleáns. Ahora que Big Bill está jubilado y no sale nunca a trabajar, pasa la mayor parte del tiempo en su tienda del garaje arreglando los relojes rotos de la gente. El reloj grande del convento cercano siempre se está parando y cuando va a arreglarlo, las monjas le dan de comer y le piden que se quede todo el día.

En una excursión a Nueva Orleáns las mujeres van de compras con el padre, para que vigile sus bolsos, y Big Bill se lleva al niño especial a Jackson Square a dar de comer a las palomas. Hace calor y Big Bill se lleva al niño a unos bares junto a Bourbon Street, para refugiarse del sol y conocer a unos amigos suyos de los viejos tiempos. En los bares hay gente simpática con loros en el hombro, camareros grandullones de risa fácil con camisas blancas y pajaritas negras que sirven a Big Bill sus dos vasos de chupito y al niño le dan refresco de jengibre coloreado con jugo de guindas. Big Bill deja que el niño se siente en su regazo, en un taburete junto a la barra, y por las puertas abiertas del bar miran la vida pasar por la calle.

En una estantería de vasos de uno de los bares a los que van, el niño ve un juguete de cuerda iluminado desde abajo con luces verdes y rojas. El camarero lo baja, le da cuerda y lo pone sobre la barra. Es un monito con fez que toca el tambor, mueve la cabeza y da patadas con los pies. Es como Moe tirando las maletas, como Misty nadando en Chincoteague; mientras el mono siga tocando el tambor, moviendo la cabeza y pataleando, el tiempo se detiene para el niño especial. Dele cuerda otra vez, dele cuerda.

—¿Podemos darle cuerda otra vez, por favor, señor?

—Vamos, moquete —le dice Big Bill a su nieto, y Big Bill los saca del bar, para tomar un tranvía que lleva a Audubon Park.

En el tranvía, una mujer en bata adorna su pelo con una flor de plástico y lleva una barra larga de hierro forjado con punta, como una lanza. Parece que lo hubiera arrancado de la verja de alguien. Le pide a Big Bill una moneda de diez centavos y él le da un dólar. ¿Dónde van?, pregunta la mujer. Llevo a mi nieto al zoo. Muy bien, saluden a mi tío de mi parte, dice la mujer. ¿Trabaja en el zoo?, dice Big Bill. Le encerraron en la casa de los monos, dice la señora, «porque es el último mono». Con gusto le saludaremos, dice Big Bill, porque vamos a la casa de los monos. Al muchacho parece que le gustan los monos.

Es increíble, la casa de los monos. Un castillo enorme rodeado de un foso con millones de monos que juegan entre ellos como humanos, gritan a los turistas y en ocasiones tiran cacas a la gente que mira desde la valla.

Quiero quedarme aquí todo el día, dice el niño especial. Claro, dice Big Bill, nos quedamos, y se quedan hasta que es la hora de irse.

De camino a la salida, el niño especial ve a un hombre que camina alrededor de la casa de los monos y va recogiendo la basura con un clavo al final de un palo. Lleva un saco de arpillera colgado al hombro para meter lo que encuentra. Como tiene el clavo al final del palo, no tiene ni que agacharse para recoger las cosas.

—¿Ese es el trabajo de ese hombre? —pregunta el niño a Big Bill.

—Sí —dice Big Bill—, ese es su trabajo.

—¿Se pasa el día dando vueltas a la casa de los monos recogiendo cosas con un palo que tiene un clavo? —pregunta el niño.

—Sí —dice Big Bill.

En el trastero de la galería trasera de la casa de Big Bill el niño encuentra muchos tesoros. Están las revistas National Geographic desde que empezó a publicarse. Al niño le gustan sobre todo los números en los que hablan de castillos, barcos y monos. Allí encuentra el casco de cuando su padre estaba en el ejército. Pero hay una cosa que le gusta mucho más que las National Geographic y es una caja de fotografías viejas de personas despedazadas y caballos muertos en la nieve.

Cuando Big Bill era joven, lo sacaron de las profundidades de los pantanos para luchar contra los alemanes en la Gran Guerra. Algunos oficiales se llevaban a Big Bill con ellos a las poblaciones francesas, porque hablaba francés a su manera y porque Big Bill se llevaba bien con la gente francesa que conoció. A los franceses les caía bien Big Bill y disculpaban así el comportamiento más burdo de los demás estadounidenses, sus superiores en el ejército. Como regalo, un oficial le había dado a Big Bill una cámara de cajón sencilla. Con esa cámara de cajón sencilla, Big Bill sacaba fotos a sus amigos que pasaban calamidades con su artillería tirada por caballos y morían bajo las intensas nevadas del bosque de Argona. La única fotografía feliz la tomó un extraño en el barco de regreso de las tropas: un Big Bill muy flaco junto a otros dos soldados, los únicos que quedaban de su grupo.

Cuando el niño especial saca la caja de fotografías y pregunta por ellas, se la quitan y en posteriores visitas la caja ya no está.

—Aquí tienes algo con lo que sí puedes jugar —dice la abuela al niño especial, poniendo una máquina de escribir Royal en la mesa del comedor—. Escríbeme una carta, o una historia.

El niño intenta escribir la historia de Misty de Chincoteague en varias frases. Le lleva casi toda la tarde.

Cuando llega la hora de volver a Virginia, pasan una última noche en la casa donde vivía la madre, que se pone a llorar y a suplicar que la dejen quedarse. Toma, llévate esta comida que te he hecho para el viaje, le dice la madre de la madre, ignorando su llanto. La madre de la madre prepara comidas picantes y fríe algo de pan, lo que enfurece al padre porque odia que la ropa le huela a pan frito. Al niño lo aterra la posibilidad de tener que volver a Virginia solo con su padre.

Organizan una gran barbacoa de despedida para la madre y sus hermanos la atan en el patio trasero y lavan su pelo con una manguera hasta que ella dice «me rindo». Todo el mundo se ríe salvo el padre, que da sorbos a una cerveza y observa desde el garaje donde están el coche de carreras y las herramientas. Cuando el niño intenta salvar a su madre, uno de sus tíos lo coloca encima del tejado del garaje y después lo sube a un poni.

A veces, en el viaje de vuelta a Virginia, como el sedán gris de la empresa con el radiotransmisor parece un coche de policías de paisano, el padre se acerca por detrás a coches que conducen muy rápido, les da las luces y hace que aparquen a un lado, y entonces acelera y sale pitando. Deja de hacerlo cuando, en Georgia, para a un coche de policías de paisano sin darse cuenta y el policía se enfada mucho con el padre. Después, en Carolina del Norte, el padre está rabioso y conduce más rápido.

Ha hecho tanto calor mientras estaban en Luisiana que las velas que la madre había encajado en botellas de Chianti se han doblado sobre la repisa.

Tienen mucho correo. Hay una carta de la empresa de inventos a la que el padre ha enviado una de sus creaciones. Es un dispositivo que se engancha a la cuerda de una cometa y sirve para enviar aviones de papel hasta la cometa y, al llegar arriba, soltarlos para que caigan planeando hasta el suelo. Al padre se le había ocurrido la idea al ver al niño especial en el patio trasero cuando lanzaba con el tirachinas sus paracaidistas japoneses tan lejos como podía. En Luisiana el padre trató de explicarles la idea a sus cuñados y ellos fueron muy majos, pero se notaba que no entendían para qué iba nadie a querer un invento así. Justo entonces, los cuñados sacaron unas tuberías y soldaron un cañón que disparaba pelotas viejas de golf a noventa metros de distancia. Puedes llevártelo a Virginia, le dijeron al niño cuando se iban, dándole el cañón, y le desearon al padre buena suerte con su invento, y eso que no lo entendían. Cuando la familia volvió de Luisiana, la empresa de inventos decía que no quería ese invento que además ni entendía.

En el correo también llegan los resultados de dos pruebas. El resultado de una prueba dice que la madre muy probablemente esté embarazada de nuevo. El otro dice que el niño especial reúne las condiciones para ir a un colegio especial si el padre se lo puede permitir.

El padre baja a ver cómo andan sus tierras anegadas. Mientras él y su familia han estado en Luisiana, los imbéciles de la presa finalmente han ajustado como tiene que ser los niveles de agua del lago. La orilla está justo donde él y el alemán habían predicho. En las fluctuaciones de bajada el lago ha arrastrado toda la hermosa arena del alemán hacia la orilla del padre y ha dejado en su finca largas y amplias playas. Donde estaban las hermosas playas del alemán ahora hay feas extensiones de lodo rojo resquebrajado por todos lados por las raíces negras de árboles hundidos.

—Clarro, clarro, eso es agua pasada, hay que olfidarr —dice el padre al furioso alemán.

El alemán y su familia se mudan a otro sitio.

En el otoño el niño especial empieza segundo de primaria. Su profesora de segundo es la señorita Caroon. La señorita Caroon ha visto los resultados de su prueba, así que deja que pase tanto tiempo como quiera leyendo The Boxcar Children y Mark Twain en el guardarropa mientras el resto de los niños las pasa canutas para aprender a leer con los textos infantiles de Dick and Jane y Spot. La señorita Caroon le deja llevar el casco del ejército de su padre en la clase si así lo desea y le deja jugar con el fajo de dinero confederado que siempre lleva encima. El Día de Acción de Gracias, cuando el niño dibuja a los Peregrinos que llegan en un junco chino al Nuevo Mundo, donde los saludan unos indios que venden CEBOS vivos Y CERVEZA FRÍA, la profesora cuelga el dibujo en la pared junto al resto sin mayor comentario.

La señorita Caroon da a los niños de la clase una lista de palabras con las que tienen que escribir un cuento. En los cuentos que la clase entrega, los perros se suben a los sillones aunque se lo tienen prohibido o alguien encuentra una moneda. Del niño especial recibe «El castillo antiguo», donde un Rey Bueno se va a vencer a un enemigo y, mientras está fuera, llega un Rey Malo y asedia el castillo del Rey Bueno. Los hombres del Rey Malo escalan los muros y algunos de los hombres favoritos del Rey Bueno reciben muchos flechazos y son decapitados. Justo cuando parece que todo está perdido, todos miran hacia arriba y ven un destello brillante de luz en una colina distante. Es el sol que se refleja en el escudo del Rey Bueno. Llegan el Rey Bueno y sus hombres, que matan al Rey Malo y a todos los hombres del Rey Malo. La gente en el castillo del Rey Bueno está tan feliz que montan un banquete enorme con pato y pavo asado. Después de hartarse de comida, se ponen a cantar las canciones favoritas del Rey Bueno. La señorita Caroon lee el cuento del niño en alto a la clase. A la señorita le gusta sobre todo la última frase, que lee lentamente: «Y las canciones se oyeron durante días».

La señorita Caroon devuelve los cuentos y el niño recibe un sobresaliente bajo porque ha escrito mal «antiguo» en el título. Es una historia muy buena, le dice al niño. Cuando la madre va al colegio el día de visita de los padres, la señorita Caroon le dice que su hijo es un niño especial, que algún día podría ser escritor si quisiera. La madre niega tristemente con la cabeza y le dice a la señorita Caroon la verdad. Le dice a la señorita Caroon que el niño, cuando crezca, quiere ser el hombre que da vueltas a la casa de los monos con un clavo al final de un palo.

IMAGINA QUE ERES EL NIÑO ESPECIAL. Imagina que una de las razones por las que eres especial es que a tus piernas les pasa algo. No puedes correr. Las piernas no se mueven con la rapidez suficiente. Cuando intentas correr, las caderas crujen y chascan. Cuando hay una carrera, como en la fiesta de despedida en la casa de un médico en la ciudad anterior, cuando todos corrían hacia la casa del médico, que se quemaría hasta los cimientos el año siguiente, finges que te tropiezas y caes, de forma que no acabas la carrera. Evitas las carreras, evitas cualquier situación en la que haya que correr. Cuando ocurre algo malo y todos los demás corren, cuando tiran piedras a los cristales de un invernadero, cuando arrojan clavos a las ventanas del tren o desatan las barcas de pesca amarradas en el río, sabes que serás tú quien tenga que enfrentarse a quien quiera que venga hecho una furia a por ti. Aprendes la importancia de que no te pillen.

En la nueva y pequeña ciudad los profesores no dicen que eres especial como los profesores de la ciudad anterior. La palabra que utilizan es «lento». Y es que eres lento. Pero también dicen que eres lento cuando estás sentado ante el pupitre incapaz de colorear el pájaro del estado, un cardenal norteño. No das con la forma de pintar el cardenal de una manera que satisfaga a la profesora. Le has oído a tu padre que hay que andarse con ojo a la hora de firmar cualquier papel, así que no pones tu nombre en los deberes. Un profesor desconfiado ha dicho que, si es verdad que tus padres son de Luisiana, tendrás que hablar francés. Oui, dices. Intentas hablar con acento francés, todavía llevas el dinero confederado a todos lados y vas al colegio con el casco militar de tu padre puesto. Nadie entiende lo que dices y los chicarrones de pueblo hacen cola para pegarse contigo en el comedor. Te llegan por detrás y te quitan de un manotazo el casco, así que tienes que pelearte con ellos casi todos los días. Las peleas se acaban cuando le rompes la mano a un niño. Cuando tu madre se entera, se pone a llorar porque teme que sea el hijo de una nueva amiga suya. Te quedas con la sensación de que fue muy egoísta por tu parte romperle la mano al niño.

Una tarde que disfrutas a lo grande en la nueva ciudad es cuando caen dos rayos en la escuela. Todos los demás se ponen a llorar cuando descarga el primero en los columpios. Tú te quedas de pie junto a la ventana. Llueve a mares, se oyen truenos y cae un relámpago en el tejado, pero también brilla el sol, y has oído al padre de tu madre decir que cuando llueve y brilla el sol, quiere decir que el Diablo le está pegando a su mujer. Mientras los chicarrones de pueblo y todas las niñas lloriquean para que venga su mamaíta y el profesor grita que se metan todos en el guardarropa, tú das palmadas, ríes y gritas:

—¡El Diablo le está pegando a su mujer! ¡El Diablo le está pegando a su mujer!

A los niños y al profesor les dan miedo tus carcajadas, lo notas por sus miradas mientras se apelotonan en el guardarropa y tú, el niño especial, te quedas junto a la ventana abierta, empapado por la lluvia que trae el viento.

Una mañana no tienes que ir al colegio. Tu padre no se pone la ropa forestal —camisa caqui, vaqueros, pistola para serpientes, cuchillo de funda larga, botas con cordones de alambre que no prenden por si se queda atrapado en medio de un incendio en el bosque y tiene que atravesarlo a la carrera—. Se pone una chaqueta y una corbata y te metes en el coche con él. Te lleva a Richmond, atravesáis pantanos, bosques de matorrales, montoneras de cacahuetes y maíz. Ninguno de los dos habláis, no hay más sonido que el de los neumáticos en la carretera de tablones y su anillo del tigre volador al chocar con la ventanilla cuando levanta el cigarrillo para tirar la ceniza. Siempre estás alerta por el tigre, nunca se sabe cuando te va a aterrizar en la cara.

Tu padre conduce el sedán gris entre setos verdes por el largo camino de acceso a un lugar que parece un museo. Tu padre firma en el registro de entrada y subís en un ascensor. El sitio huele a cera para linóleo, medicina y pañales cagados.

Tú y tu padre os sentáis en sillas plegables en una sala larga y oscura, junto a otros padres y madres y lo que un niño raro que vive en el lugar después llamará «engendros del pecado»: niños con piernas atrofiadas, piernas de distintos tamaños, piernas torcidas hacia arriba, piernas encerradas en férulas de acero y cuero, niños con cojera que lloran y desprenden un olor a lugares donde el agua se saca de pozos y las necesidades se hacen en agujeros cavados en cobertizos. Mucha de la gente que espera tiene un pelo largo y grasiento que pide a gritos una visita al peluquero. Puedes ver que a algunos les faltan dientes cuando hablan, fuman o escupen en la lata metálica para la basura que hay junto a la puerta de la sala de los reconocimientos.

Una mujer con uniforme blanco sale con un papel sobre una carpeta y se lo da a tu padre. Alcanzas a leer la parte de arriba del papel y entiendes por qué eres especial cuando lees HOSPITAL DE NIÑOS LISIADOS.

El médico ha visto tus radiografías. Te retuerce las piernas y hace que crujan y chasquen sobre la mesa cubierta con papel blanco. El médico no responde a las preguntas de tu padre. El médico dice que probará a ponerte clavos en las caderas. Tu padre quiere saber si te pondrá él mismo los clavos en las caderas. El médico no responde a tu padre. Dice que los clavos son el mejor «remedio». Tu padre le pregunta si hay otro «remedio», y por la forma en que lo dice parece un listillo. El médico mira a tu padre y dice en voz alta:

—Con o sin clavos, su hijo seguramente estará en una silla de ruedas cuando tenga treinta años de todas maneras.

Para animarte, tu padre te lleva al Cementerio de Hollywood, donde están enterrados algunos de tus héroes: el presidente Jefferson Davis, los generales J. E. B. Stuart y George Pickett. Has pasado muchas tardes con tus amigos jugando al Ataque de Pickett en el parque al lado de la iglesia episcopal, corriendo entre cañonazos fulminantes y fuego de mosquetes, y por culpa de tus piernas siempre eres la primera víctima cuando las balas Minié te desgarran los brazos y la garganta; caes moribundo sobre la hierba y a veces te arrastras bajo los arbustos de azalea donde Robert E. Lee se sienta a horcajadas en Traveller, su caballo gris acero, y desde arriba te dice con tristeza: «Lo siento, lo siento, todo fue culpa mía».

Después de visitar la tumba del médico que amputó el brazo de Stonewall Jackson y atendió a Lee cuando le dio el ataque al corazón la víspera de la batalla de Gettysburg, vas a ver el gran perro de hierro negro que custodia la tumba de una niña. Al llegar a la tumba del hijo de cinco años de Jefferson Davis, Joe Davis, ya estás listo para volver a casa.

EN EL HOSPITAL TE DESNUDAN y, aunque ya te has bañado esa mañana antes de salir de casa con tu familia, te frotan con jabón para espulgar con olor a alquitrán, en un fregadero hondo de una sala con azulejos viejos llena de desagües. Una enfermera agarra la maleta verde de cartón que tu madre ha llenado para ti esta mañana y dice que se la entregará a tu padre en la oficina de recepción. Es la maleta verde de cartón en la que solías meter al gato. Aquí tienes tu nueva ropa, bonita y limpia, con el nombre de otra persona en la cinturilla gastada de los pantalones donados y en los cuellos de las dos camisas viejas de campamento de verano. Una de las camisas es buena, de madrás, amarilla, roja y blanca, y en los próximos meses tendrás que negociar para recuperarla cuando pase por lavandería y se la den a otro.

Aquí tienes la camiseta para dormir y aquí tienes una sábana fresca para la cama. Una vez a la semana pon la sábana de arriba abajo, y la sábana limpia arriba, y esta es tu cama, en la galería junto al ventanal. La sala de los niños está abarrotada en verano. Desde tu cama se ven la jarcia y los mástiles, las barras y cadenas de la zona de los columpios. Esa noche todo tendrá apariencia de naufragio a la luz gris de la calle cuando interrumpas tu llanto y mires a través de la barrera metálica de seguridad de la cama.

Esa tarde, tu madre se había sentado en el coche de tu padre, en el aparcamiento, a dar de mamar a tu hermanita. Porque la suerte de tu madre ha cambiado. Ha tenido un bebé y va a irse al infierno cuando muera. Un domingo por la tarde había entrado con otra mujer a una pequeña iglesia católica para poner flores frescas en el altar y salió el sacerdote de la sacristía con un cinturón de soga y aliento a whisky. Mujeres con falda pantalón profanando el altar. «¡Rameras!», dijo el sacerdote mientras ondeaba el cinturón de cuerda, y esa semana en su habitual conversación telefónica con su propia madre, tu madre dice que ha dejado la Iglesia para siempre.

—Entonces te vas a ir al infierno —le dice su madre—. Adiós.

Estás escuchando desde el otro teléfono y oyes la respiración rápida de alguien después de que tu abuela diga esto, y no sabes si es tu madre o la operadora de larga distancia, que a veces escucha a hurtadillas, como tú, y vive en tu calle, en una casa sumida en la pena con sus tres hijos que antes eran cuatro, hasta que uno se ahogó en el estanque helado detrás del cementerio como parece que le pasa a mucha gente, por ejemplo a la señora Richardson de la calle de al lado.

Desde tu cama junto al ventanal, esa tarde viste que tu padre volvía al coche con tu maleta verde y le decía algo a tu madre, y al parecer ella no lo entendió, pero después viste que estaba llorando mientras daba de mamar a tu hermanita.

Tu padre camina hasta el patio vacío donde no dejan entrar a ningún niño porque no es la hora del recreo y se sienta en uno de los columpios y lo observas mientras fuma un cigarrillo tras otro, hasta que ve que tu madre hace eructar a tu hermana y se mira el reloj. Un niño nervioso viene a decirte que esa mañana se ha muerto un niño. Supones que la cama que te ha tocado es la del niño muerto. Cuando vuelves a mirar fuera, tu padre se ha ido, solo queda un columpio vacío que se columpia en la zona de los columpios. Por la mañana sales al patio con los otros niños lisiados y localizas el columpio donde se sentó tu padre: colillas aplastadas sobre polvo ceniciento.

LOS SIGUIENTES DÍAS te sacan sangre y te toman la temperatura. Te hacen más radiografías y te olvidan en una sala hasta la hora de cenar. Te hacen andar desnudo delante de un auditorio de estudiantes de medicina y enfermería de una universidad.

—Anda. Corre. Para. Con una pierna en alto. Salta. Corre otra vez.

Entre el público también hay niños y niñas de tu edad. Ven tu incapacidad para correr desnudo, tu incapacidad para saltar desnudo, tu incapacidad casi hasta para andar desnudo. Al principio los niños y niñas se ríen, hasta que se dan cuenta de que varios minutos después una enfermera va a quitarles las batas, y van a hacerles, a ellos también, saltar, correr, andar y cojear desnudos.

Un día, después de comer, en lugar de la siesta una enfermera te lleva a ti y a su bolso hasta la puerta del hospital para esperar un taxi. El taxi os lleva a los dos a un laboratorio en el centro. Por la forma en que la enfermera te acaricia la cabeza, sabes que va a ser algo malo. Te ponen una inyección que te deja medio dormido y empiezas a soñar, pero no te quedas dormido del todo. Mientras estás medio dormido y empiezas a soñar, te ponen de costado y te clavan agujas largas en la columna. Alguien está gritando en tu sueño.

Eres tú.

Después, en el taxi de vuelta al hospital, la enfermera te sujeta entre sus brazos como una Pietà, la luz del sol te abrasa la vista y fuera los cables telefónicos cuelgan flácidos, oscilantes y flácidos. En el auditorio del hospital te habías fijado en estas palabras pintadas en letras enormes sobre el escenario: SUFRID QUE LOS NIÑOS SE ACERQUEN A MÍ.2

—¿Quién dijo eso? —le preguntas a la enfermera que te llevó al laboratorio, la enfermera que a veces te pasa a escondidas Coca Cola en la taza metálica con boquilla cuando los demás solo reciben agua del grifo. La enfermera Wilfong.

—Jesús. Jesucristo —dice.

¿Qué clase de imbécil querría que los niños sufrieran?, te preguntas.

La enfermera Wilfong dice que estás estreñido. Controlan las deposiciones de todos en un registro. Tú no sabrías que tenías que dar cuenta de cada deposición mientras aún caminabas, si no te hubieran mandado arriba para que los estudiantes de medicina practicaran desmontándote y montándote con clavos.

La enfermera Wilfong quiere que bebas un laxante arenoso, mientras tú insistes en hablar de lo imbécil que tiene que ser Jesús si eso es lo que dijo de los niños y el sufrimiento. Suena siniestro, como lo que cuentan los niños mayores de un chico en Carolina del Norte que fue al baño de unos grandes almacenes y un hombre le cortó el pene con una navaja. Los niños mayores dicen que salió en el periódico.

El hospital está lleno de niños de los montes Apalaches con rodillas que cortar y piernas que serrar. Son gente muy alegre. Les encanta tanto la comida que les das la tuya, porque de todas maneras tú no te la comes. La primera noche que fuiste al comedor, un niño negro se puso a estornudar mocos en su plato de comida justo antes de la bendición. La mujer encargada del comedor hizo que todos se desplazaran un plato para que cupierais, así que te tocó el plato con goterones de mocos en el borde, porque el resto de los mocos había desaparecido entre los tomates estofados con repollo y la carne cocida. Los niños de los Apalaches empiezan a comer de tu plato tan pronto como te lo ponen delante. A uno de los niños de los Apalaches le habían enviado a casa con una escayola muy larga en la pierna y cuando vuelve y le cortan la escayola, encuentran un nido de bichos.

El niño negro que roció de mocos tu comida ahora está conectado a un respirador artificial. Te quedas despierto en la cama, mirando cómo cambia la luz del semáforo en Brook Road, y te preguntas si en la única cucharada de los tomates estofados que tragaste había bastante de lo que fuera para que tú también te pongas a toser mocos con sangre. De noche la sala rebosa de deformidades y niños que lloran. Han pasado dos semanas, quizá se han vuelto a olvidar de ti.

Una noche se vuelven a acordar.

La enfermera de noche y el guarda nocturno arrastran y empujan tu cama hacia el foco carcelario de la lámpara de la enfermera de noche, para ver mejor y poner un cartelito con las palabras SIN DESAYUNO en tu cama. Por la mañana, los estudiantes de medicina estarán esperándote en la planta de arriba. Mandarán a Ben, a Howard o a uno de los otros camilleros negros a que baje a por ti. Tienes miedo de no volver vivo porque todo el mundo sabe, hasta los niños del otro extremo de la sala, que no todos vuelven de arriba. A veces los niños acaban tirados en una camilla cubierta de sábanas y batas médicas ensangrentadas en el sótano, a la espera de que venga una furgoneta del estado a llevárselos, dice Big Mike. Big Mike tiene quemaduras en el noventa por ciento de su cuerpo y lleva un condón en una cartera por lo demás vacía. Te pones a rezar a Dios directamente, pasando por alto al Cristo de la sala de los hombres siniestros que quiere que sufras, y esperas que alguien haya llamado a tus padres, porque a veces también se olvidan de eso.

NADIE TE HA DICHO que te vas a despertar en una escayola de cuerpo entero, así que es toda una sorpresa despertarte y encontrarte metido en una férula que te llega desde las axilas hasta la rodilla por un lado y hasta los dedos de los pies por el otro. Vomitas mucho al despertar de la anestesia mientras niños de labio leporino alborotan bajo tu cama jugando a vaqueros. Recuerdas haber intentado salir de la escayola como un insecto que muda de caparazón y lo único que te detenía es la quemazón ardiente al tensar los puntos que te han dado en la piel que recubre los clavos ensartados en una de tus caderas.

Te cuesta mucho dormir, de día por el calor del lugar y de noche por el miedo a que las cucarachas se te metan por la escayola. Las enfermeras te colocan en una galería más pequeña que tiene algunos libros que no merece la pena leer, la mayoría son libros de texto escritos antes de la Segunda Guerra Mundial. Durante un tiempo, hay dos niños que se llaman Jerry. A uno de los Jerry lo llaman Esqueleto Humano. Su ropa parecen los harapos de un espantapájaros. Se mueve de un lado a otro en su cama para ver si alguien se acerca lo suficiente y puede darle un mordisco con sus dientes de conejo. Tiene un testículo gigantesco que se bambolea como un péndulo cuando se acuclilla al pie de su cama y lanza dentelladas al aire. Después, cuando estás en una silla de ruedas y puedes ponerte junto a su cama y darle ceras de pintar para que las muerda, te deja que le acaricies la cabeza como a un perro, te da palmaditas en el brazo y aúlla.

El otro Jerry es de la región de los Apalaches. Tiene unas facciones suaves, serenas, una sonrisa confiada y los ojos como un pionero de esos que salen en los libros de texto, erguidos sobre una montaña, al frente de caravanas que se dirigen hacia un verde valle fértil al otro lado. Los médicos ya le han quitado una de las piernas. De día no parece molestarle demasiado. Pero de noche, cuando vigilas por si suben cucarachas por los barrotes de la cama para apartarlas con la mano, ves la silueta de Jerry contra la luz de Brook Road, y ves que mira hacia abajo, al lugar donde estaba su pierna. Te haces el dormido. Jerry se vuelve a tumbar agarrado a su almohada y Jerry llora, y sabes que está esforzándose por no llorar. Tú querrías decirle que no pasa nada, que por la noche aquí todo el mundo llora.

De repente, un milagro: encuentras un tablero y una caja con piezas de ajedrez, no falta ninguna. Le enseñas a Jerry a jugar al ajedrez. En la hora de la siesta, cuando todos tienen que estar callados, Jerry monta el tablero en una mesita junto a su cama. Toca cada una de tus piezas con la yema de un dedo, para ver si es la pieza que quieres mover. Le dices que sí con la cabeza. Mueve la pieza. Te aclaras la garganta para indicar el número de espacios, indicas con el dedo para corregir la dirección.

Cuando Jerry mueve sus piezas, ves que juega a la defensiva. El enroque lo confunde. Solo cuando está a punto de cometer los errores más letales chasqueas los dedos y levanta la mirada para ver cómo te tocas la sien, como para decirle: «¡Piensa!». No quieres ganarle siempre y él lo sabe y se esfuerza más. Una tarde, justo cuando estás a punto de darlo por imposible, te hace jaque, y si no fuera porque a él le falta una pierna y tú estás embutido en una escayola de cuerpo entero, os levantaríais los dos y chocaríais efusivamente las palmas. A falta de otra posibilidad, aplaudís los dos sin hacer ruido porque es la hora de la siesta y tenéis que estar callados.

LOS DOMINGOS POR LA MAÑANA, la familia de Jerry baja de las montañas, desde algún lugar cerca del desfiladero de Cumber-land. Salen de sus casas cuando todavía está oscuro y atraviesan el estado solo para estar con Jerry unas cuantas horas. Se quedan ahí de pie y le agarran de la ropa como si Jerry fuera a irse volando. La familia de Jerry no le trae nada de comer, y tú sabes que es porque no tienen nada que traer. Sus padres le miran la cara a Jerry y le agarran de la ropa y Jerry se mira la pierna que le queda, y tú estás al otro lado, con los dedos grasientos, comiéndote el pollo en la fiambrera que tus padres te han traído, y sabes que la familia de Jerry tiene hambre y se van a volver a casa cruzando el estado del tirón. Tu madre también te ha traído un juguete junto con la fiambrera del pollo frito, es un plato azul de plástico y un palo. La idea es hacer girar el plato en la punta del palo. La primera vez que intentas girar el plato azul de plástico en la punta del palo sale volando y le da en la espalda al padre de Jerry. El padre de Jerry agarra el plato azul de plástico y se lo entrega a tu madre, y ella sonríe y te lo devuelve y tú estás avergonzado.

Los domingos traen a jóvenes seminaristas, predicadores en prácticas que murmuran por los pasillos, van con sus zapatos de cuero a hacer el trabajo de Dios visitando a enfermos. Lucen amplias sonrisas, hasta que os huelen. No son capaces de controlaros alrededor de un piano con ruedas que han sacado de una clase, no son capaces de lograr que améis a Jesús, y fracasan cuando os amenazan con la historia violenta del profeta Eliseo, que llamó a dos osas para que despedazaran a cuarenta y dos muchachos que se burlaban de él, porque todos os echáis a reír, con risas de labios leporinos y fisuras en los paladares, risas de bastones y muletas, mientras empujáis a los seminaristas hacia las garras del Esqueleto Humano y Dennis, que tiene lesiones cerebrales, para que los muerdan y los estrangulen, y los predicadores en prácticas buscan con la mirada a las enfermeras y una puerta rápida de salida, como suelen hacer de un tiempo para acá todas las visitas.

¡Qué diferencia con los estudiantes de peluquería que vienen a cortaros el pelo! Se oye el repiqueteo de sus zapatos relucientes sin cordones cuando llegan por el pasillo, entre risas y bromas, con sonrisas resueltas cuando entran y os huelen, os miran, a esos chuchos sarnosos con los típicos cortes de pelo a tazón de las montañas, los cortes al cero de los valles, convertidos en pelambrera en el postoperatorio, las matas rizadas de pelo despeinado de apretarlo veinticuatro horas al día contra la almohada. Los peluqueros llegan silbando entre chistes, canciones y chicles, y os tocan, os acunan las cabezas entre sus manos mientras os cortan, os sujetan entre sus brazos para que podáis asomaros sin peligro por el borde de la cama en vuestras escayolas mientras os despejan la cara con sus tijeras, le cuentan a cada niño lisiado a quién se parece de las películas y las revistas de hombres, los peluqueros que cortan y recortan las lianas de pelo sucio que caen de las camas al suelo para que las barra Ben el camillero.

Los estudiantes de peluquería barren las camas con cepillitos que sacan de los hondos bolsillos de sus chaquetas blancas, donde miráis todo el rato para ver si hay más chicles, ¡y siempre hay más chicles! Y de los hondos bolsillos sacan frascos de colonia y agua refrescante coloreada que se echan en las palmas y os frotan en el cuello, en la cara y entre los pelos, como un bautismo sagrado que con su fragancia os abre los pulmones por vez primera en una eternidad, y os recuerda un mundo exterior que no huele a bacinillas, ni a calzoncillos meados, ni a sábanas sucias, que no huelen al fétido y mortal perfume de vuestros cuerpos podridos en yeso rancio.

Todos desearían que los peluqueros vinieran, como los predicadores en prácticas, todas las semanas, pero los peluqueros no vienen con tanta frecuencia. Lo único bueno que traen los predicadores en prácticas es la pornografía: libros con ilustraciones expresivas de mártires a los que arrastran atados hasta rocas, donde unos canallas les cortan las manos entre risotadas. A todos los niños les gustan tanto las imágenes que los predicadores en prácticas dejan de traerlas. Los predicadores en prácticas no aguantan que os riáis de los tipos con las manos cortadas, con esa forma de volver la cara hacia las nubes, con esos chorros de sangre que brotan de los muñones como si fueran tuberías rojas partidas, con esas lenguas de cordero degollado, con esas melenas sarnosas hasta el hombro, con esos ojos que miran embobados hacia el cielo.

VA A VENIR TU PADRE a recogerte en una furgoneta, te dice la enfermera jefe. Le dices adiós a la enfermera Wilfong, que te baña todos los días, le dices adiós a Big Mike, el niño con la cara desfigurada, y le das tu transistor. Le das a tu mejor amigo, Michael Christian, el niño negro que lleva férulas perpetuas en las piernas, todo tu contrabando: una lata vieja de Navidad con galletas secas y avionetas de madera con la punta de metal, propulsadas con tirachinas, que unos shriners repartieron y fueron confiscadas enseguida porque todos las tiraban al techo para que se quedaran pegadas en los paneles acústicos. Le das al Esqueleto Humano un camión de lata y el muñequito que sale disparado de un cañón que venía de regalo en una bolsa de palomitas. Lo rompe la primera vez que lo dispara. Le escribes una nota a la chica del ala de las niñas con la que hablaste en el césped, fue cuando vinieron los Héroes de Hogan, de la serie de televisión, y el coronel Klink te dijo que tenía un hijo que se llamaba Mark. Le dices a la chica que lo sientes mucho, que lo vuestro se ha acabado, que tienes que volver a casa. La enfermera joven que había estado pasando las notas entre vosotros la lee, se ríe y la tira. Le dices adiós a Ben el camillero, que durante la siesta siempre te daba una mantita que no olía a diarrea y siempre te guardaba un vasito de papel con zumo de piña para cuando se acababa la hora de la siesta. Le dices adiós a Jerry, que ahora no tiene ninguna pierna.

Durante las dos horas del camino a casa, todo va quedando atrás por la ventanilla de la furgoneta, mientras miras desde tu corsé de escayola, envuelto en mantas viejas: Richmond, las fábricas de tabaco, las señales que llevan al lugar de la Batalla del Cráter, los caminos de tablones, las montoneras de cacahuetes y los tramos oscuros de carretera de pantano. Un hombre del trabajo de tu padre, un hombre que sobrevivió a la playa de Omaha al contrario que el noventa y ocho por ciento de su compañía, el mismo que pierde a su único hijo en una complicación nimia de una operación menor, ayuda a tu padre a sacarte de la parte de atrás de la furgoneta. El hombre del trabajo de tu padre te lleva a tu casa como un mueble precioso que teme romper, inclinándote al pasar la puerta porque la escayola que recubre tus piernas es muy ancha, y durante un instante agarras la vieja aldaba de latón que tiene grabado el nombre de la familia que había vivido allí mucho antes que la vuestra, Livesay.

Tu padre ha alquilado una cama de hospital y la ha empujado contra la ventana de una habitación de abajo en la que no duerme nadie. Es el veranillo de San Miguel y todavía hace calor y tu casa no tiene aire acondicionado. Te pican las piernas porque el algodón de la escayola está caliente y te preguntas si las cosas que notas debajo del yeso, en las zonas donde no alcanzas con el alambre extendido de la percha, son gotas de sudor o algún insecto que ha anidado, como los que encontraron en la escayola del niño de los Apalaches. Sabes que hueles mal, y a veces tu madre pasa rociando el aire con una nube de espray desinfectante, mirando al techo como si el olor viniera de allí, y no de ti.

No quieres que venga nadie a visitarte y tu mejor amigo, David, lo entiende, y él y su perro Wolf vienen y hablan contigo por la ventana. David es el tercero de los cuatro hijos del Predicador que vive en tu calle, la vecina te advirtió que no te juntaras con él cuando os mudasteis aquí. Es un liante, había dicho la señora. Solo tenías que jugar con Jim, su hijo. Cuando el pelirrojo David pasó junto a tu jardín esa primera tarde para robar tus cajas, te hiciste su mejor amigo hasta hoy, cincuenta años ininterrumpidos. A veces Wolf, el gran pastor escocés, duerme en el matorral bajo tu ventana, se oyen sus placas al entrechocar por las noches mientras se coloca. El sonido de sus placas siempre te calma. El perro había dormido allí muchas noches el verano anterior, cuando vino David a jugar una partida de Monopoly que hicisteis que durara desde el Día de los Caídos hasta el Día del Trabajo,3 con fajos de papel pautado que documentaban los movimientos de jugadores fantasma, la construcción de hoteles triples y la alternancia de propiedad del banco.

Tu madre tiene que cuidar a tu hermana y además te tiene a ti. Tienes que enseñarle a tu madre cómo bañarte, cómo vaciar la cuña, cuándo traer un orinal, cómo darte la vuelta para que pueda cambiar las sábanas. Tu padre no entra mucho en tu habitación. Nadie está contento salvo tu hermanita cuando la suben al parquecito de tu cama de hospital y gatea por encima de ti, se sienta junto a tu cabeza y se ríe mientras te da palmadas en la cara y tú la dejas.

Hay dos posiciones con el corsé de escayola: boca arriba y boca abajo. Desde las dos puedes mirar cómo pasa la vida por la calle. Está Augie, el tipo que vive en la casa de la criada de enfrente. Se levanta al amanecer para ir a comprobar las luces en la torre de radiotransmisión, junto al cementerio, antes de dirigirse al pequeño estudio del centro comercial de clase baja, junto al río, para calentar el transmisor. En esa época Augie es la voz de la ciudad y todo el mundo escucha su programa de las mañanas: noticias, el tiempo, canciones para los que cumplen veinte años, aniversarios, desaparecidos y encontrados, los anuncios de eventos en la iglesia. Be Still and Know, el programa edificante con la intro del órgano de iglesia, los resultados deportivos, las amables reprimendas a la gente mayor de la ciudad cuando son necesarias, las dedicatorias de canciones cuando son necesarias para alguien, los recuerdos de las personas a las que es necesario recordar, la maratoniana recaudación de fondos en la ventana del concesionario Chevrolet propiedad del hombre cuya mujer enseñaba catequesis y era miembro de las Juventudes Hitlerianas, una recaudación para la estrella de fútbol americano, ese que había disparado a una ardilla y que, cuando subió al árbol a cobrársela, cayó y se rompió la espalda.

También pasa andando la mujer que trabaja en la compañía telefónica, muy menuda, siempre con el mismo jersey, incluso en verano, con el bolso apretado firmemente hasta casi tocarle el cuello, los hombros alzados como si siempre tuviera escalofríos. Todos los domingos por la noche tus padres llaman a los padres de tu madre en Luisiana. Para hacer una llamada de larga distancia, tienes que marcar el cero y pedir ayuda a una operadora. Hay solo unas cuantas operadoras y reconoces sus voces, como el de esta mujer con jersey que vive en tu calle, con sus cuatro hijos en esa casa medio derruida junto a la iglesia cristiana, con una hija mayor que es animadora en el instituto, dos gemelos que a veces se quedaban en casa de su abuelo mientras su madre trabajaba en la centralita, y una niñita. El invierno pasado, cuando el estanque en el que se ahogó la señora Richardson se heló, los dos gemelos y un amigo suyo del otro extremo de la calle fueron a jugar al hielo con una pelota y se cayeron. Uno de los gemelos logró salir y fue a pedir ayuda, pero para cuando todos llegaron solo estaba el agujero del hielo donde desaparecieron los dos niños. Más allá, sobre el hielo, estaba la pelota bajo el sol ardiente. Sacaron los cuerpos, pero nadie quiso adentrarse más sobre la fina capa de hielo a por la pelota. Al día siguiente el abuelo bajó con una escopeta y disparó a la pelota, y la disparó una y otra vez hasta que se volatilizó. Las dos familias se mudaron y la iglesia, que era propietaria de la casa medio derruida, la tiró abajo y la convirtió en el parking que sigue siendo a día de hoy.

Una vez, cuando tus padres llaman a Luisiana, escuchas por el teléfono secundario y la operadora es la señora que ha perdido a su hijo. Notas la tristeza de su historia desde el momento que dice: «Ya tiene conexión», y entonces tu abuelo responde al teléfono: «¿Allô?» y tu madre dice «¿Comme c’est va, cha?», y entonces tu abuelo, que echa de menos a tu madre, pues es su hija mayor y está muy lejos y además ha perdido la fe, entonces tu abuelo dice, y notas en su voz que tu abuela no se va a poner al teléfono: «Pas mal, no va mal, chérie, no va mal. ¿Et toi?». Y entonces oyes un leve llanto en la línea, en algún lugar, y no sabes si es tu madre, que sabe que su madre no la ha perdonado, o si es la señora de tu calle que está escuchando, con el micrófono apretado en un puñito contra su pecho envuelto en jersey y escalofríos.

Está también el ciego que pasa, un hombre que tapiza los muebles por el tacto, llega repiqueteando con su bastón blanco y rojo, ojos blancos bajo párpados rojos, media sonrisa, y aunque contengas la respiración, gira la cabeza y te mira por la ventana, alzando con cuidado su pie derecho para no chocarse en el lugar donde el nogal ha levantado la acera para hacerlo tropezar.

Ahí va una de las hermanas que solía cuidarte, las hermanas que compartían una habitación en una casa de la manzana de al lado, donde una noche apareció por la ventana una mano con un destornillador a través de la mosquitera perforada entre sus dos camas. Cuando la hermana mayor te cuidaba, solía dibujar a lápiz bocetos sombríos de viejas barcas podridas atadas con cadenas en un pantano de cipreses.

Está el padre de David, el Predicador, que se mete en su vieja furgoneta azul, con la pipa mordisqueada, casi ciego de un ojo, un hombre muy corpulento al que oyes canturrear himnos a dos casas de distancia desde el otro lado de la calle. «Señor, lleva mis pies a tierras más altas». Echas de menos la parroquia donde pasabas tanto tiempo como en tu casa antes de que acontecieran tus caderas, un lugar que siempre olía a tocino y café, a páginas viejas y a cuero de libros sobre Dios y los apóstoles, sobre la historia de Virginia y lugares en el mundo a los que el Predicador quería viajar. El Predicador y su mujer, Janet, son como unos padres para ti y tú eres el quinto hermano de sus cuatro hijos biológicos. El Predicador nunca os reprocha que seáis niños dados a las travesuras. A veces en la iglesia del Predicador el carrillón se pone en marcha de forma inesperada, a veces suena ese vals popular, «Chopsticks», el soniquete de «Shave and a Haircut» o las cuatro notas iniciales de la apertura de La dimensión desconocida. Una vez, uno de sus hijos mayores rebuscó entre su botín de guerra y colgó una bandera nazi de tres pisos de largo desde la ventana del ático en el Día de la Bandera, lo que hizo que la señora Butler, profesora de música del colegio, chocara con un poste de teléfono al verlo, mientras tú y David marchabais a paso de ganso en la acera y el hijo mayor gritaba «Sieg Heil» desde la ventana del ático. Y después, cuando tú y David empujáis a unos niños hacia un garaje y los disparáis en el culo con la nueva escopeta de aire comprimido de David, el Predicador viene a su casa, donde estáis David y tú sentados en el porche, y os dice con mucha calma que quiere ver el nuevo rifle, ese que con gran parsimonia ata a un árbol en el jardín antes de entrar en la casa a cenar. El Predicador dice que no creía en el concepto del Pecado Original hasta que tuvo hijos.

El sábado por la tarde, mientras tu padre sella tu ventana con plástico gris, el señor Panton está cortando su césped, dos puertas más abajo, con el único cortacésped eléctrico de la ciudad. Son los últimos días de octubre, el césped está frondoso y el sol se marcha pronto. En tu casa hace frío y hay corriente, y tu padre está grapando plástico en los marcos de las ventanas. Tu padre es una sombra negra proyectada a través del plástico en el exterior de tu ventana y estás contento de no tener que sujetar la escalera para que pueda subir hasta las ventanas del primer piso, porque nunca sujetas la escalera bien del todo. Una vez, cuando casi se cayó, soltaste la escalera para que no cayera encima de ti. La vista del señor Panton no es buena y ha pasado por encima del cable que va a su cortacésped eléctrico tantas veces que el cable está acortado y empalmado con cinta aislante. Ya no puede llegar a las esquinas de su jardín. Oyes que el señor Panton pasa otra vez por encima del cable al anochecer. La sombra de tu padre se aparta y tu ventana gris al mundo se vuelve negra.

La mañana siguiente será domingo y tu padre te meterá en la parte de atrás de la furgoneta y te llevará a Richmond.

CUANDO CORTAN la escayola para sacarte, te sorprende que no haya bichos, pero tus piernas se han atrofiado hasta convertirse en dos palillos peludos de carne podrida. Puedes raspar los pelos y quitar la piel muerta pegada al hueso con una uña. Tiempo después te enterarás de que los médicos piensan que dejar a niños metidos en corsés de escayola durante mucho tiempo no es una buena idea.

Te llevan en silla de ruedas a la sala de los niños, donde ha habido temporada de remendar fisuras en los paladares y labios leporinos. Se ven niños que corretean con intrincados puntos negros en sus labios superiores. Algunos parecen pequeños Hitlers, otros parecen gatos de mostacho negro. Te ponen en la galería grande con algunos de los niños negros más mayores y estás contento de ver a Michael Christian. La enfermera Wilfong viene a verte y dice que cuánto has crecido, será por la comida de tu mamá, y miras a la galería pequeña y preguntas dónde está Jerry. La enfermera pone tu cara entre sus manos, se agacha y te dice:

—Jerry murió.

En la galería grande hace frío por la noche. Los niños negros mayores son todos de Richmond. En la cama de la esquina está Dennis. Está todo el rato diciendo:

—Antes era listo, pero luego pillé un tumor cerebral y ahora soy idiota.

Los niños pequeños se meten con él y, si se acercan mucho, él los golpea con sus manos paralíticas y trata de estrangularlos. Michael Christian heredó su viejo transistor de Big Mike cuando Big Mike se fue, pero las enfermeras se lo han quitado. Está un niño negro que se llama Columbus Floyd que ya parece un viejo doblado con un bastón a la espera de que lo lleven arriba. Lo apodas Chris y le gusta. No quiere aprender a jugar al ajedrez, pero juega a las damas contigo durante horas y no le ganas ni una sola vez. Chris impide que los niños pequeños se acerquen a la cama de Dennis, tienen miedo a su bastón.

Te llevan a terapia física para enseñarte a caminar otra vez. No te quedan músculos en las piernas, y si no fuera por Charles, el ayudante negro de terapia física, que te sujeta con un cinturón enrollado bajo tus brazos, te caerías más aún. Hay un nuevo terapeuta físico que pone tu pierna atrofiada en el borde de una mesa acolchada y después la aprieta tan fuerte que desgarra algo en tu pierna, y gritas y le aporreas la espalda con los puños hasta que llega Charles y dice:

—¿Pero qué estás haciendo, hombre?

El nuevo no dura mucho. La mujer que lo sustituye hace un milagro con un niño de los Apalaches. El niño no ha caminado un paso en la vida. Vive en su silla de ruedas y ya tiene edad para masturbarse frenéticamente todo el rato bajo una manta, tras lo cual pide a una enfermera que lo limpie. Solo duerme en su silla de ruedas; cuando lo ponen en la cama, se queda congelado en la posición de la silla de ruedas y grita toda la noche, despertando a todos.

—Tengo las piernas más apretadas que un corcho en una botella —dice—. Tengo las piernas más apretadas que un corcho en una botella.

Así que la enfermera de noche y Ben tienen que bajarle a la silla de ruedas, donde se masturba frenéticamente hasta dormirse.

La nueva terapeuta y Charles ponen en remojo al niño en una tina de acero inoxidable con agua caliente y le masajean las piernas y la espalda durante horas. Charles pone de pie al niño sobre unas muletas y tiene una altura sorprendente. Habla de una manera que parece el alarido de una gata montada por un macho que le clava los dientes en el cuello. A todos les da un poco de miedo el niño ahora que va apoyado en muletas. Se acerca demasiado a la gente como si quisiera quitarles las muletas de una patada. Cuando por fin puede caminar, utilizando solo un bastón, vienen a recogerlo una mujer y dos hombres de los Apalaches. No resulta fácil adivinar si son parientes del niño ni si son parientes entre sí. Parece la gente que una vez intentó meter a David en un coche con matrícula de Carolina del Norte, un sábado por la tarde que estabais en una parte de la ciudad donde no os dejaban estar, y por eso no se lo dijiste a tus padres. Esa gente de los Apalaches viene a recoger al niño alto con una vieja silla de ruedas destartalada en la que se sienta tan contento cuando la ve. Cuando las enfermeras dicen que ya puede andar, que no necesita una silla de ruedas, que es un milagro, los tres se burlan de las enfermeras y se marchan del sitio empujando al niño, que va delante riéndose. Uno de los hombres mira hacia atrás y en su mirada hay un desafío a quien se atreva a seguirlos.

The free sample has ended.

Age restriction:
0+
Release date on Litres:
13 November 2024
Volume:
234 p. 7 illustrations
ISBN:
9788419288080
Publishers:
Translator:
Copyright Holder::
Bookwire
Download format:

Similar books