Read the book: «Destino Machu Picchu»
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Título original en inglés: Making Machu Picchu. The Politics of Tourism in Twentieth-Century Peru.
© 2018 The University of North Carolina Press
De esta edición:
© Universidad del Pacífico
Jr. Gral. Luis Sánchez Cerro 2141
Lima 15072, Perú
Destino Machu Picchu. La política del turismo en el Perú del siglo XX
Mark Rice
1.ª edición digital: septiembre de 2021
Traducción: Javier Flores Espinoza
Diseño de la carátula: Ícono Comunicadores
ISBN: 978-9972-57-476-4
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú: 2021-10852

BUP
Rice, Mark
Destino Machu Picchu: la política del turismo en el Perú del siglo XX / Mark Rice. -- 1a edición. --
Lima: Universidad del Pacífico, 2021.
258 p.
1. Turismo -- Perú -- Santuario Histórico de Machu Picchu -- Historia -- Siglo XX
2. Turismo – Política gubernamental -- Perú -- Santuario Histórico de Machu Picchu
I. Universidad del Pacífico (Lima)
338.4791 (SCDD)

La Universidad del Pacífico no se solidariza necesariamente con el contenido de los trabajos que publica. Prohibida la reproducción total o parcial de este texto por cualquier medio sin permiso de la Universidad del Pacífico.
Derechos reservados conforme a ley.
A 未来
Índice de mapas y figuras
Mapas
Mapa 1. El Perú y la región del Cusco
Mapa 2. El Cusco y la zona de Machu Picchu
Figuras
Figura 1. Arribo de turistas al Cusco, 1954-2000
Figura 2. Hiram Bingham, ca. 1923
Figura 3. Cubierta de Ciudad y Campo y Caminos, febrero de 1927
Figura 4. Fotografía de Machu Picchu de Martín Chambi, 1925
Figura 5. Cubierta de Turismo, julio de 1936
Figura 6. Hotel Cusco
Figura 7. Informe sobre la reconstrucción de Machu Picchu, década de 1950
Figura 8. Afiche de AeroPerú
Figura 9. El Comercio del Cusco, 1 de enero de 1974
Figura 10. Uno de los planos propuestos para el Hotel Machu Picchu
Figura 11. El Comercio del Cusco, 5 de septiembre de 1972
Figura 12. Caretas, cubierta sobre atentado contra turistas, 1986
Figura 13. Caretas, caricatura de turistas mochileros, 1988
Figura 14. Turismo contemporáneo en Machu Picchu
Siglas usadas
ANEA Asociación Nacional de Escritores y Artistas
APRA Alianza Popular Revolucionaria Americana
BID Banco Interamericano de Desarrollo
Canatur Cámara Nacional de Turismo del Perú
CCPT Comité Central de Propaganda Turística
Cenfotur Centro de Formación en Turismo
CIAA Coordinator of Inter-American Affairs, Coordinador de Asuntos Interamericanos, Estados Unidos
CNT Corporación Nacional de Turismo
Copesco Plan Turístico y Cultural Perú-Unesco
Corpac Corporación Peruana de Aeropuertos y Aviación Comercial
CoturPerú Corporación de Turismo del Perú
CRYF Corporación de Reconstrucción y Fomento del Cuzco
DGTUR Dirección General del Turismo
Dircetur Dirección Regional de Turismo
ELN Ejército de Liberación Nacional
Enafer Empresa Nacional de Ferrocarriles del Perú
EnturPerú Empresa Nacional de Turismo
Foptur Fondo de Promoción Turística
ICPNA Instituto Cultural Peruano-Norteamericano
INC Instituto Nacional de Cultura
Inrena Instituto Nacional de Recursos Naturales
Micti Ministerio de Industria, Comercio, Turismo e Integración
Mincetur Ministerio de Comercio Exterior y Turismo
MIR Movimiento de Izquierda Revolucionaria
MRTA Movimiento Revolucionario Túpac Amaru
OIAA Office of Inter-American Affairs, Oficina de Asuntos Interamericanos, Estados Unidos
ONG Organización no gubernamental
PMP Programa Machu Picchu
PromPerú Comisión de Promoción del Perú
PSC-CUNY Professional Staff Congress-City University of New York
Sinamos Sistema Nacional de Movilización Social
TACP Touring y Automóvil Club del Perú
Unesco Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura
Unsaac Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco
Agradecimientos
Si podemos considerar que escribir un libro es como viajar, entonces muchas veces me he sentido como un turista perdido. Afortunadamente, al igual que los viajeros en el Camino Inca a Machu Picchu, pude confiar en guías experimentados que conocían el territorio y que me ayudaron pacientemente a llegar a mi destino. Infortunadamente, las restricciones de espacio (y de tinta disponible) limitan mis agradecimientos a apenas unos cuantos de los muchos que me ayudaron directamente con este libro. En cuanto a aquellos a quienes no menciono formalmente aquí, ustedes saben quiénes son y que les estoy muy agradecido.
Debo agradecer a las talentosas personas que estudian la historia del Perú y del turismo peruano, que me dieron la bienvenida a su comunidad académica y me ofrecieron valiosos consejos acerca de la investigación y la redacción de este libro. De los muchos integrantes de este grupo, quisiera agradecer en especial a Magally Alegre-Henderson, Ying-Ying Chu, Paul Firbas, Norma Fuller, Christopher Heaney, Jaymie Heilman, Willie Hiatt, Cameron Jones, Adrián Lerner, Rory Miller, Martín Monsalve, Elizabeth Montañez-Sanabria, Javier Puente, José Ragas, Gonzalo Romero, Natalia Sobrevilla y Charles Walker
Muchos otros investigadores y amigos me brindaron su apoyo y sus observaciones críticas, y en ocasiones una muy necesaria dosis de estímulo. Deseo agradecer en particular a Eron Ackerman, Jennifer Anderson, Juan Pablo Artinian, Marisa Bálsamo, Michael Barnhart, Ashley Black, Adam Charboneau, Ray Craib, Brenda Elsey, Froylán Enciso, Andrés Estefane, Brian Gebhart, Carlos Gómez, Young-Sun Hong, Sung Yup Kim, Ned Landsman, Choonib Lee, Clive Linssen, Gary Marker, April Masten, Elizabeth Newman, Timothy Nicholson, Mary Beth Norton, Nicholas Ostrum, Raquel Otheguy, Raymond Pienta, Glen Short, Carmen Soliz, María-Clara Torres, Kathleen Wilson, Kevin Young, Aihua Zhang y Cristóbal Zúñiga-Espinoza.
Quisiera asimismo dar las gracias a los organizadores y asistentes a los paneles y reuniones en donde pude presentar versiones preliminares de este trabajo y recibir importantes comentarios. Esto incluye a los participantes en las reuniones de la American Historical Association, la Conference on Latin American History y la Latin American Studies Association, así como el New York City Latin American History Workshop. Dos conferencias sobre el Gobierno militar de Velasco me brindaron foros en los cuales contextualizar mi trabajo sobre el turismo en dicha época. Uno de ellos fue celebrado por el Institute of the Americas del University College, Londres. Martín Monsalve, Norberto Barreto Velásquez, el Instituto Francés de Estudios Andinos y la Universidad del Pacífico también fueron generosos al permitirme presentar mi trabajo sobre el Gobierno de Velasco. Quisiera asimismo agradecer a los estudiantes de historia de la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco (Unsaac) que me invitaran a presentar mi investigación; su entusiasmo augura un gran futuro para el estudio de la historia del Cusco.
Tuve la fortuna de escribir este libro como miembro del Departamento de Historia del Baruch College de la City University de Nueva York. T. J. Desch-Obi, Vincent DiGirolamo, Bert Hansen, Elizabeth Heath, Thomas Heinrich, Martina Nguyen y Andrew Sloin me dieron consejos con respecto a la preparación del manuscrito. El ambiente de buena voluntad del departamento debe mucho al trabajo de Katherine Pence, quien lo presidió la mayor parte del tiempo durante el que estuve redactando este libro, y de Ana Calero, la asistente administrativa del departamento. Sin embargo, debo un agradecimiento a todos mis colegas del mismo por haber creado un espacio con compromiso y apoyo, tanto para la escritura como para la enseñanza. Estoy asimismo en deuda con mis alumnos, especialmente con los del Seminario de Historia de la primavera de 2017 –sobre turismo–, porque me inspiraron y me desafiaron a reflexionar acerca de mi trabajo en nuevas formas.
El Research Award Program del Professional Staff Congress-City University of New York (PSC-CUNY) fue una fuente importante de financiamiento para completar el presente libro, y quisiera agradecer la ayuda prestada por el personal de la Office of Sponsored Programs and Research del Baruch College. La Fundación Tinker y el Bernard Semmel Award también proporcionaron fondos para la investigación, la cual contó con la ayuda del personal de muchos archivos y bibliotecas. Deseo agradecer en especial al personal del Archivo General de la Nación del Perú, el Archivo Histórico Riva-Agüero, la Biblioteca Central Luis Jaime Cisneros de la Pontificia Universidad Católica del Perú, la Biblioteca Nacional del Perú, la Biblioteca de la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco, la revista Caretas, el Centro Bartolomé de las Casas, el Departamento de Manuscritos y Archivos de la Biblioteca de la Universidad de Yale, el Archivo Fotográfico Martín Chambi, la Newman Library del Baruch College, la New York Public Library y los United States National Archives, y al de la Biblioteca Municipal del Cusco por el uso de su hemeroteca, así como por el acceso al Archivo Municipal del Cusco, que se encuentra almacenado como parte de su colección. Deseo agradecer en particular a los empleados del Ministerio de Comercio Exterior y Turismo (Mincetur) y del Ministerio de Cultura (de las oficinas tanto de Lima como del Cusco). Al no contar con archiveros oficiales, el personal de estos ministerios generosamente me brindó su limitado tiempo (¡y su igualmente limitado espacio de escritorio!) para que pudiera acceder a muchas colecciones importantes que hasta ahora jamás se habían usado.
La historia del turismo es un campo nuevo en el Perú. Para ubicar archivos y colecciones y concertar entrevistas frecuentemente busqué la ayuda de personas cuya propia carrera estuviese estrechamente ligada a esta actividad y a Machu Picchu. Quisiera agradecer especialmente a Donato Amado, Beatriz Boza, Jorge Flores Ochoa, José Koechlin, Vera Lauer, Mariana Mould de Pease, José Tamayo Herrera y Roger Valencia. Estas personas, que representan perspectivas diversas (y a veces contradictorias), me brindaron generosamente su tiempo para ayudarme a rastrear a personas y archivos, para que así pudiera seguir la historia moderna de Machu Picchu. Ellas, junto con otras que aceptaron ser entrevistadas para este libro, me proporcionaron información muy necesaria que frecuentemente ha quedado fuera de los archivos.
Agradezco a quienes leyeron todo el manuscrito o gran parte del mismo. Deborah Poole me hizo observaciones sobre la historia del Cusco. Eric Zolov prestó su pericia para muchas partes del libro, especialmente en lo que respecta a las relaciones entre los Estados Unidos y América Latina, así como a la historia de la contracultura. Brooke Larson me ayudó de diversas formas, y la estructuración del argumento del libro en medio de la historia social y política más amplia de los Andes se debe en gran medida a sus consejos. Carlos Aguirre, Paulo Drinot y los revisores anónimos de la Radical History Review también mejoraron el manuscrito con sus consejos acerca de otros proyectos de investigación relacionados con el turismo en el Perú. Me es imposible enumerar todas las formas en que los comentarios de Paul Gootenberg mejoraron este libro. Todo lo que puedo decir es que tengo una inmensa deuda con él por la ayuda prestada, por su papel como guía y por su amistad. La revisión del manuscrito se benefició tremendamente gracias a los consejos de dos anónimos evaluadores (uno de ellos reveló ser Paulo Drinot). Sus constructivos comentarios ayudaron a aguzar los argumentos de este libro, especialmente en lo que respecta a su uso de la teoría del turismo y a preguntas acerca de la formación del Estado y el cambio social en el Perú. Barbara Goodhouse revisó meticulosamente el manuscrito. Elaine Maisner, mi editora en la University of North Carolina Press, condujo todo el proceso con la paciencia y el aplomo que hicieron que escribir este libro resultara intelectualmente estimulante y gratificante. Estoy enormemente en deuda con todos en la University of North Carolina Press, por su buena voluntad y paciencia con la preparación del manuscrito, las imágenes, los mapas y la cubierta. Le agradezco a María Elena Romero, del Fondo Editorial de la Universidad del Pacífico, que haya coordinado la publicación de este libro en el Perú. Agradezco también a Javier Flores Espinoza por haberlo traducido y a Eleana Llosa por el trabajo de corrección.
Ninguna sección de agradecimientos queda completa si no se agradece a los seres queridos. Siempre he confiado en la amistad de Aditya Didolkar, Danielle Liebling Tepper y Jacob Tepper. Mis padres, Anna Marie y Charles Rice, siempre fueron una fuente de constante y cariñoso apoyo. Agradezco a mi esposa Weilai, cuyo talento intelectual y amor apoyaron este proyecto desde su inicio mismo. Este libro le está dedicado no solo como muestra de mi gratitud, sino también como un reflejo del papel central que tuvo para lograr completarlo.
Los resultados de este trabajo son un reconocimiento a la ayuda prestada por todos los que aparecen aquí nombrados, así como a la de muchas personas más que me brindaron sus consejos a lo largo de los años. Por supuesto que todo error u omisión es íntegramente responsabilidad de mi hija Sally. Le echo la culpa por dos razones. En primer lugar, es demasiado joven para poder realmente defenderse. En segundo lugar, ella nació mientras escribía este libro, con lo cual hizo que él pasara a segundo plano, mientras que ella se convirtió inmediatamente en mi nuevo proyecto favorito. No hubiera querido que fuera de otro modo.
Prólogo
Los historiadores siempre advierten que pronosticar el futuro es peligroso. Lamentablemente, no atendí el consejo de mis colegas cuando, en la edición original de este libro, publicado en 2018, concluí que: «El boom contemporáneo del turismo en el Cusco, que se inició a mediados de la década de 1990, no da señal alguna de ceder». Al revisar esta edición mientras el covid-19 suspendió el turismo no solo en el Perú sino en casi todo el mundo, no cometeré el mismo error al tratar de pronosticar cómo el turismo en el Cusco se transformará después de esta pandemia. En lugar de ello, quiero subrayar algunos temas importantes que se han desarrollado mientras realizaba esta edición del libro.
Obviamente, el hecho más importante a considerar es el colapso casi completo del modelo turístico en el Cusco debido al covid-19. En verdad, lo que ha pasado en esta región refleja las experiencias de otros destinos del turismo internacional que también han sufrido los efectos de una caída promedio de 74% en el número de viajes internacionales, lo que ha resultado en pérdidas de 1,3 billones de dólares (United Nations World Tourism Organization, 2020). La crisis mundial del turismo ha provocado la revaluación del turismo –a pesar de su influencia y de su crecimiento rápido en el siglo XX–, actividad que se basa en estructuras precarias que pueden colapsar fácilmente, genera empleos con salarios bajos –en comparación con sectores como la industria tradicional– y produce un impacto ambiental negativo. Así, muchos ya habían empezado a cuestionarse si las consecuencias negativas del turismo superaban sus beneficios para el mundo entero1.
Al mismo tiempo, la crisis reveló aspectos específicos de la economía turística cusqueña. En primer lugar, el colapso del turismo internacional en el Cusco subrayó el hecho que confirmo en mi libro: que, a pesar de todo, los beneficios del turismo son limitados en una economía regional todavía dominada por la agricultura y la minería y donde los recursos turísticos más importantes son controlados por intereses limeños e internacionales.
Dicho esto, no quiero negar el hecho de que en los focos turísticos de la región cusqueña los efectos negativos del covid-19 han sido devastadores para los residentes. Se estima que, por lo menos, 10 mil personas en el Cusco perdieron su empleo en turismo en el año 2020 y 40 mil artesanos dejaron de tener su flujo primario de ingreso. Notablemente, han sido las comunidades con enlaces limitados a la economía turística las que pudieron limitar el daño económico y reorientar su actividad laboral a la agricultura tradicional. Al mismo tiempo, las comunidades con economías centradas primariamente en el turismo han recibido un golpe fuerte por la crisis y han quedado con opciones limitadas (Cárdenas & Zea Díaz, 2020; Salcedo, Castellanos, & Zea Díaz, 2020). Estos hechos confirman el argumento de muchos antropólogos, que concluyen que el turismo –aun el turismo sostenible– no es garantía para la preservación de tradiciones andinas en el Cusco y, en muchos casos, disminuye la diversidad cultural y económica en los Andes2. Sin embargo, no quiero decir que el turismo no deba regresar al Cusco. Como los lectores verán en este libro, creo que ha generado muchos beneficios económicos, políticos y culturales para el Cusco en el siglo XX. No obstante, espero que, cuando el turismo regrese al Cusco, se desarrolle para complementar y no para reemplazar a la vida cusqueña rural.
El desafío de rehabilitar el turismo en el Cusco tendrá que enfrentar otras controversias en el futuro próximo –de las cuales, la más polémica es el proyecto del aeropuerto internacional en Chinchero–. Entiendo por qué muchos cusqueños respaldan un proyecto que puede brindar beneficios inmediatos. Sin embargo, se debe pensar en el daño que puede causar a largo plazo en el ambiente, la cultura y el turismo de la región. Como concluyo en mi libro, no tiene sentido correr este riesgo.
Pero el turismo en el Cusco nunca se ha tratado solo de la economía. En verdad, una de las conclusiones más sorprendentes de mis investigaciones es que, durante la mayor parte del siglo XX, el turismo tuvo más influencia como fuerza cultural en la formación de identidad regional y nacional en el Perú. Felizmente, otros historiadores han reconocido la importancia de esta actividad y también están investigando su rol histórico en el Perú3.
Me complace poder llevar a cabo esta edición nueva de mi libro en el año del Bicentenario del Perú. Muchas historias sobre el Perú republicano se centran en la falta de capacidad de forjar una identidad nacional. Obviamente, no quiero negar la importancia de investigar los fallos históricos en la creación del Estado nación en el Perú. Sin embargo, enfocarse solo en lo inacabado o fallido en la historia del nacionalismo peruano no puede explicar cómo Machu Picchu llegó a ser uno de los símbolos nacionales más notables y famosos en el mundo. Al igual que Machu Picchu, otros símbolos nacionales del Perú –la gastronomía, por ejemplo– han alcanzado conocimiento global y representan en forma poderosa (y problemática) a la nación peruana. Espero entonces que este libro pueda contribuir a una narrativa nueva que deje de enfocar solo el fracaso del nacionalismo en el Perú, sino, después de dos siglos, también los peligros de su éxito.
Mark Rice
31 de marzo de 2021
1 Por ejemplo, ver: De Bellaigue (2020).
2 Por ejemplo, ver: García (2018, pp. 275-285).
3 Por ejemplo, ver: Armas Asín (2019).
Introducción
En 1913, Hiram Bingham, el explorador renombrado por haber descubierto la célebre «ciudad perdida» de los Andes hacía menos de dos años, confesó, en un evento de gala de la National Geographic Society, que Machu Picchu «es un nombre espantoso, pero digno de recordarse»4. Millones de viajeros parecen haber seguido su consejo por más de un siglo. Cuando Bingham llegó a Machu Picchu por vez primera en 1911, este no era sino un conjunto de oscuras ruinas. Hoy es el eje de una floreciente economía del turismo que tiene su centro en la región del Cusco en el Perú. Un millón y medio de turistas visitó Machu Picchu tan solo en 2017. Es el atractivo central de una industria turística que cada año contribuye con 7,6 mil millones de dólares a la economía peruana y comprende 3,9% del PBI (Ministerio de Cultura, Dirección Desconcentrada de Cultura, 20175; World Travel and Tourism Council, 2017). A medida que Machu Picchu fue convirtiéndose en un destino de viaje, su prominencia cultural fue también transformándose. Considerado alguna vez una ciudad perdida, actualmente se le conoce a escala global. Acicateado por el turismo, Machu Picchu ha pasado a ser el tema central de numerosas outlets, que van desde serias investigaciones académicas hasta comerciales de televisión de teléfonos celulares. Su creciente importancia turística ha hecho que adquiera su papel contemporáneo más importante: es un poderoso símbolo del Perú, que conecta directamente su identidad nacional con un pasado andino e incaico. Este libro cuenta la historia de cómo Machu Picchu llegó a ocupar un lugar tan prominente en la identidad nacional peruana y el papel que el turismo tuvo en su transformación.
Resulta tentador pensar que el ascenso de Machu Picchu como uno de los destinos turísticos más célebres del mundo era algo que estaba predestinado desde el momento mismo en que Bingham llegó allí en 1911. La industria del turismo, que se especializa en presentar a ciertos lugares como sagrados y fantásticos, ciertamente ayudó a crear su imagen mítica de ciudad perdida, que el tiempo no había tocado. Pero, tal como nos lo recuerda la historiadora Donna Brown, «el turismo no es un destino impuesto a una comunidad o región» (1997, p. 205). Hasta el desarrollo de los lugares más sui géneris –incluido Machu Picchu– depende de la toma de decisiones pragmáticas para construir un consenso político, construir infraestructura y crear un significado cultural que resulte atractivo para los viajeros. Al analizar el desarrollo turístico del oeste de los Estados Unidos, Hal Rothman observó que incluso el Gran Cañón «no habría sido otra cosa que una remota rareza geológica» si no hubieran intervenido constructores, la población local y el Estado, que lo transformaron en un sitio turístico (1996, p. 526). Aunque el turismo promete a los viajeros un escape de la banalidad del trabajo, la política y las decisiones financieras, su éxito o fracaso, están determinados por estas mismas actividades. Al revelar la narrativa de cómo la población local y sus aliados globales construyeron el Machu Picchu moderno, el presente libro resalta el papel sustantivo que el turismo tuvo en el siglo XX en la creación de los símbolos nacionales del Perú.
Si bien es cierto que su ascenso refleja la narrativa de otros lugares famosos, Machu Picchu resulta, en varios sentidos, un estudio de caso singular cuando se le compara con otras atracciones culturales globales. En primer lugar, su paso de una oscuridad casi total a un renombre global es notable. A diferencia de la mayoría de los lugares históricos visitados por turistas, Machu Picchu se encuentra definido no por su prominencia en la historia peruana durante tres siglos, sino más bien por su ausencia relativa. Puede, en efecto, decirse que es más célebre por haber estado «olvidado» que por ser conocido. Incluso después de 1911, luego de que la mayoría de los peruanos tuvo noticia de su existencia, eran pocos los que sentían un vínculo directo con el pasado incaico que Machu Picchu simbolizaba. En segundo lugar, el solitario predominio de Machu Picchu como representación del Perú es también singular. Es cierto que está muy lejos de ser el único lugar histórico del Perú, y que los turistas internacionales también visitan otras zonas, pero ninguna de ellas tiene igual prominencia. Su estatus en el Perú sería comparable al de un universo alterno en donde toda la atención y los viajes internacionales relacionados con Gran Bretaña se concentraran únicamente en Stonehenge y consideraran a otros lugares en Londres o Escocia como algo adicional. Dicho estatus resulta aun más sorprendente cuando consideramos que, al iniciarse el siglo XX, la mayor parte de la élite peruana esperaba desechar los signos del pasado indígena nacional por considerarlos incompatibles con su visión de un país modernizador.
¿Cómo, entonces, fue que Machu Picchu pasó de ser un lugar tan oscuro que pocos –si alguno– recordaban su nombre original a ser una representación tan poderosa del Perú? Es más, ¿cómo fue que el Estado central decidió adoptar un símbolo que representaba al Perú como una nación indígena andina? La respuesta yace en la comprensión de la importancia histórica que el turismo tuvo para el ascenso de Machu Picchu. Los estudios recientes de este lugar se han concentrado fundamentalmente en los factores arqueológicos y culturales que le ayudaron a alcanzar renombre global (Burger & Salazar, 2004; Cox Hall, 2017; Shullenberger, 2008; Tamayo Herrera, 2011). Dichos trabajos en general asumen que el turismo surgió gracias a la creciente fama de Machu Picchu. Sin embargo, este libro sostiene que el desarrollo del turismo no se debió al ascenso y prominencia de Machu Picchu, sino que esta actividad tuvo un papel central en su reinvención moderna desde el principio mismo.
Para comprender por qué razón el turismo tuvo un papel tan importante en el ascenso de Machu Picchu, debemos resaltar a los actores transnacionales que guiaron su desarrollo. Estos actores –a los cuales Micol Seigel describió idóneamente como «unidades que rebasan, y se filtran a través de las fronteras nacionales, unidades que son al mismo tiempo más grandes y más pequeñas que el Estado nación» (2005, p. 63)– tuvieron un papel clave en el desarrollo de Machu Picchu, en tanto centro turístico y en tanto símbolo. Como veremos, en el Cusco el turismo dependía de los vínculos políticos, económicos y culturales que la población local estableció con actores que trascendían las fronteras del Estado peruano. En ocasiones, estos vínculos los forjaron instituciones transnacionales poderosas como Unesco o la banca de inversión. En otros momentos, las amistades personales, los movimientos culturales e incluso los mochileros hippies tuvieron papeles importantes en la promoción del turismo en Machu Picchu. Lo que se mantuvo constante a lo largo de su historia moderna fue la presencia de instituciones y lazos transnacionales que a menudo actuaron independientemente del Estado nacional.
En efecto, este libro le sigue la huella a cómo fue que la naturaleza transnacional del turismo tuvo un papel central en alentar al Estado nacional a adoptar a Machu Picchu y a la cultura indígena que este representa. Una razón clave de por qué fueron pocos los que predijeron que Machu Picchu habría de convertirse en un destino turístico se deriva del hecho de que, al comenzar el siglo XX, la élite nacional peruana encontraba escaso potencial político, económico y cultural en las regiones andinas del país. Para estos observadores, el Perú debía dejar atrás su pasado andino e indígena a cambio de la modernización, la urbanización y la industrialización en sus ciudades a orillas del Pacífico, en Lima en particular (Burga & Flores Galindo, 1980; Drinot, 2011; Kristal, 1987). No obstante, a medida que la industria del turismo iba promoviendo a Machu Picchu como lugar de interés internacional, el Estado central se halló más dispuesto a adoptar como símbolos nacionales a incas y signos andinos. El turismo fue –de varias formas– la fuerza más importante que transformó a Machu Picchu en lo que Mary Louise Pratt ha teorizado como una «zona de contacto transnacional»; esto es, en esencia, un lugar en donde las nociones globales y locales de la «peruanidad» se intersectaron, imbuyéndolo de significados y elevándolo a símbolo nacional (2008, p. 6). Esta zona de contacto transnacional no solo afectó la naturaleza del turismo en el Cusco, sino que contribuyó, además, a la difusión de Machu Picchu como símbolo empleado con numerosos fines, dentro y fuera del Perú, como representación de su cultura andina.
El papel que el turismo tuvo en el ascenso de Machu Picchu como símbolo nacional peruano plantea importantes interrogantes nuevas, referidas a la naturaleza entrelazada del nacionalismo y el transnacionalismo. Cuando los investigadores, encabezados por Eric Hobsbawm, Benedict Anderson y Pierre Nora, comenzaron a examinar críticamente los orígenes del nacionalismo y los símbolos nacionales, buscaron fundamentalmente fuerzas domésticas, tanto políticas como de mercado. Ellos sostuvieron que la «comunidad imaginada» del nacionalismo surgió a partir de la construcción de las estructuras domésticas modernas de la política, la instauración del Estado y la economía (Anderson, 2006; Hobsbawm, 1992). Siguiendo tal lógica, las sociedades que carecían de estas instituciones frecuentemente tuvieron problemas para crear un nacionalismo vigoroso. De este modo, las naciones postcoloniales como el Perú, cuya política y desarrollo económico se hallaban dominados por potencias extranjeras o imperiales, tuvieron que enfrentar obstáculos considerables a la hora de crear una identidad nacional (Centeno & Ferraro, 2014; Chatterjee, 1993). En efecto, los historiadores frecuentemente usan el caso peruano para ilustrar de qué modo la falta de instituciones políticas y culturales inclusivas ha frustrado el desarrollo de un fuerte sentir nacionalista en América Latina (Cotler, 1985; Mallon, 1995; Thurner, 1997). Sin embargo, otros han sostenido que, en este continente, las fuerzas y zonas de contacto transnacionales podrían resultar influyentes en la construcción del nacionalismo (Lomnitz, 2001; Tenorio Trillo, 1996). La historia de Machu Picchu respalda esta interpretación, pues resalta la estrecha relación existente entre el turismo y la construcción de símbolos nacionales en el Perú. En efecto, su notable ascenso sugiere que las fuerzas trasnacionales pueden evitar o evadir los obstáculos locales a la creación de una identidad nacional.
En el caso del Perú y de Machu Picchu, debemos asimismo considerar el papel de la región como parte de este proceso. Al igual que el nacionalismo, la identidad regional no es solo una creación geográfica sino también cultural y política, forjada a través de la performance y la invención (Bourdieu, 1991). Como veremos, la identidad regional del Cusco frecuentemente se formó en contraste con Lima, la capital del Perú. A medida que el poder económico y político quedaba centralizado en esta última ciudad, las élites regionales del Cusco afirmaban su identidad andina como el «auténtico» Perú. Dichos esfuerzos se vieron asistidos por el turismo y por el ascenso de Machu Picchu. Irónicamente, la falta de interés que las élites nacionales tenían por la economía del turismo dio la oportunidad a las élites regionales cusqueñas –en trabajo conjunto con contactos culturales y financieros transnacionales– de usar el turismo para afirmar su identidad regional como representación del Perú. No obstante, la dependencia del turismo generaba riesgos para el Cusco. Si bien es cierto que el turismo internacional ha popularizado el legado cusqueño, también ha obligado a la población local a crear y alterar sus narrativas, para así hacer que estas resulten atractivas para los mercados y los viajeros globales. Las fuerzas transnacionales globales del turismo –culturales y del capital– convierten cada vez más a Machu Picchu en una mercancía para que represente, no tanto al Cusco, sino una imagen del Cusco que se cree atractiva para turistas y visitantes. Al hacer esto, el simbolismo de Machu Picchu se ha transformado en lo que John L. Comaroff y Jean Comaroff (2009) llaman «Etnicidad, Inc.», esto es que la identidad queda marcada no solo por la historia, sino también por su capacidad para ser convertida en mercancía y consumida en la era de la globalización. El turismo ha vuelto a Machu Picchu un lugar famoso, pero, tal como veremos en este libro, es un lugar que cada vez más queda libre y a la deriva de las realidades sociales y culturales de la región y la nación a las que representa.
Resulta tentador identificar el ascenso y la conversión en mercancía de Machu Picchu como producto de los patrones de globalización y neoliberalismo vigentes desde las décadas de 1980 y 1990. Sin embargo, y tal como aquí se muestra, esta historia se extiende a lo largo de un siglo, y el proceso rara vez se vio motivado exclusivamente por la búsqueda de utilidades. Sostengo, en efecto, que la influencia cultural del turismo ha tenido la misma importancia en la reconfiguración de Machu Picchu, o tal vez más. Como veremos, su ascenso como símbolo nacional problemático no hace que sea menos poderoso o menos importante de entender. Resaltar el papel que el turismo ha tenido en su invención moderna nos ayuda a comprender su ascenso hasta alcanzar un renombre global. Aun más importante es que la historia de la transformación de Machu Picchu resalta el papel, antes ignorado, que el turismo en particular, y las fuerzas transnacionales en general, tuvieron en alterar las nociones de la identidad nacional peruana. El historiador Alberto Flores Galindo (2010) alguna vez anotó que los peruanos frecuentemente están «buscando un inca» para forjar los símbolos de un nuevo Perú. Tal vez sea hora de que prestemos atención a la influencia que los turistas, que también están buscando un inca, tuvieron en la construcción de Machu Picchu y de la identidad nacional peruana.
El lugar de Machu Picchu en la historia moderna
Este libro descubre la historia, antes desconocida, de la transformación de Machu Picchu en destino global de viaje y símbolo nacional del Perú. Machu Picchu ciertamente ha sido objeto de numerosas publicaciones6, las cuales tienden a caer dentro de dos categorías. El primer grupo examina su pasado arqueológico. La segunda categoría, mucho más amplia, incluye diversas publicaciones dirigidas fundamentalmente a viajeros interesados y lectores ocasionales; ellas lucen su actual belleza, atractivo y entorno ecológico. Es cierto que todas estas obras presentan información valiosa, pero ignoran la importante historia que se extiende entre el pasado precolombino de Machu Picchu y el presente. Algunos excelentes estudios académicos recientemente han vuelto a examinar el complejo legado de Bingham y las expediciones que condujo a Machu Picchu (Cox Hall, 2017; Heaney, 2010; Mould de Pease, 2003; Salvatore, 2016, pp. 75-104). Bingham ciertamente tiene un papel importante en la historia de este lugar; no obstante, concentrar nuestra atención únicamente en él, incluso de modo crítico, corre el riesgo de repetir la falsa narrativa turística que le pinta como el único protagonista en el ascenso de Machu Picchu a la fama7. Recurriendo a archivos en dos continentes que aún no se habían usado, este libro resalta el hecho de que las actividades llevadas a cabo por Bingham solo formaron parte de una narrativa histórica fascinante que se plasmó en los escenarios local, nacional y global. Aun más importante es que la historia moderna de Machu Picchu nos ayuda a rastrear giros políticos y culturales más amplios en el sur andino peruano y más allá.
Además de descubrir la historia moderna de Machu Picchu, el presente libro efectúa varias contribuciones importantes a las múltiples disciplinas que estudian temas relacionados con el turismo, el Perú y América Latina. En primer lugar, es una contribución al campo global de los estudios del turismo. Algunas de las primeras críticas académicas de este campo lo desecharon en general, caracterizándolo como un consumismo vulgar que distorsionaba y mercantilizaba la historia o que, en el mejor de los casos, era un pariente pobre de las ricas narrativas de viaje del Grand Tour del siglo XIX y temprano XX (Boorstin, 2012 [1962], pp. 77-117; Fussell, 1980). Sin embargo, a partir de la década de 1970, el sociólogo Dean MacCannell (1976) sostuvo que el consumismo del turismo no hacía que los significados que creaba fueran menos importantes. Los estudios sobre turismo afirmaban que la búsqueda de autenticidad por parte de los viajeros modernos y los esfuerzos realizados por la industria turística para presentar, crear y vender dichos deseos, eran algo crucial para la comprensión del mundo postmoderno y postindustrial (MacCanell, 1976). Los trabajos efectuados por otros sociólogos, liderados por John Urry (Urry & Larsen, 2011) y por antropólogos como Valene L. Smith (1989a), prosiguieron examinando las formas en las cuales los significados y narrativas se cuestionan, presentan e imaginan en las modernas economías del turismo. Dichos estudios hallaron que, si bien es cierto que los símbolos y narrativas del turismo son inventados, estos tienen una tremenda influencia sobre la forma en que tanto los anfitriones como los viajeros se ven a sí mismos. Considerando la creciente influencia que las economías del turismo tienen en el continente americano, no sorprende que los latinoamericanistas hayan examinado los efectos que los viajes internacionales tienen sobre la sociedad y la cultura de América Latina8. La región andina también ha brindado ricos estudios de caso etnográficos sobre los efectos locales del turismo (Gascón, 2005; Hill, 2007; Maxwell, 1992; Seligman, 2000; Silverman, 2002; Van den Berghe & Flores Ochoa, 2000; Zorn, 2004). No obstante, estos se concentran abrumadoramente en las consecuencias contemporáneas del mismo. El presente libro complementa el estudio etnográfico del turismo en los Andes porque nos brinda una perspectiva histórica más profunda.
En segundo lugar, este libro es una contribución al creciente campo de la historia del turismo en América Latina. Cuba, México y el Caribe vivieron algunos de los primeros auges turísticos significativos, y por ende captaron el grueso de la atención de quienes estudian la historia del turismo en Latinoamérica (Berger, 2006; Berger & Wood, 2010; Cocks, 2013; Fonda Taylor, 2003; Merrill, 2009; Ruiz, 2014; Schwartz, 1997; Skwiot, 2010; Strachan, 2002). De otro lado, se ha prestado escasa atención al desarrollo histórico de esta actividad en los Andes. Es más, los estudios históricos del turismo en Latinoamérica han analizado su crecimiento fundamentalmente a través del lente del Estado nación. Esto se debe principalmente a que en muchas repúblicas latinoamericanas, como México y Cuba, el turismo efectivamente apareció como un proyecto cultural o político nacional. Dichos estudios no han ignorado los factores transnacionales, en particular la creciente influencia económica y política que los Estados Unidos representan. Sin embargo, pocos trabajos académicos han analizado el desarrollo histórico y la influencia del turismo a nivel regional. Los historiadores del turismo en los Estados Unidos han sostenido la importancia que tiene el examen de cómo este influyó sobre la identidad, la política y las economías regionales (Brown, 1997; Capó, 2017; Cox, 2014; Gassan, 2008; Norkunas, 1993; Revels, 2011; Rothman, 1998). Y solo recientemente ellos comenzaron a examinar los efectos que tiene en Latinoamérica a nivel regional (Covert, 2017). Descentrando el Estado, este libro examina las conexiones existentes entre lo regional y lo global para así examinar los efectos que el turismo ha tenido en el sur andino.
Una tercera contribución de este trabajo es su examen de la relación entre regionalismo y transnacionalismo. Los investigadores han llamado nuestra atención tanto sobre la historia de la formación de la identidad regional como sobre la importancia que tiene entender la tensión existente en Latinoamérica entre región y nación (Applebaum, 2003; Romo, 2010; Vergara, 2015; Weinstein, 2015). Afortunadamente, la historia regional del Cusco hace tiempo ha captado el interés de los investigadores. Para estos, una pregunta clave es la formación de la política y la identidad regionales después de la Independencia (Glave, 2004; Walker, 1999). Los historiadores y los antropólogos históricos han investigado el estallido de movimientos culturales y proyectos folklóricos regionales en el Cusco durante el temprano siglo XX, el del indigenismo en particular (De la Cadena, 2000; López Lenci, 2007; Mendoza, 2008). El Cusco también fue un estudio de caso para el análisis de los retos del cambio político y el desarrollo en el sur andino peruano (Rénique, 1991; Tamayo Herrera, 2010). Este libro nos brinda una perspectiva regional clave de la historia de los efectos económicos y culturales del turismo, que pasaron a ser una de las fuerzas más importantes en el Cusco del siglo XX. De este modo, el libro contribuye también a un creciente campo de estudios, el cual llamó nuestra atención sobre la comprensión de la relación existente en los Andes entre las fuerzas regionales y globales9. La historia del turismo en el Cusco muestra cómo la formación de la identidad regional no es solo un proceso local, sino también transnacional.
Al ver más allá de las fronteras del Estado peruano, el presente libro no ignora su importancia. La última contribución que hace es usar al turismo para examinar los giros en las políticas y en la estructura del Estado nacional peruano en el siglo XX. Aunque el Estado peruano usualmente ejerció menos influencia sobre el turismo que muchos de sus pares latinoamericanos, jamás estuvo ausente de su desarrollo. En realidad, la historia del turismo en el Cusco a menudo reflejó los cambios políticos y económicos que se producían en Lima o reaccionó a ellos. En el Perú, las políticas turísticas pueden ilustrar estos giros más amplios en relación con las políticas regionales. Su examen asimismo ayuda a ampliar nuestra comprensión de la rivalidad histórica entre el Cusco y la capital nacional, librada en torno al lugar que la cultura indígena ha de tener en el Perú. El estudio de las herramientas y estrategias usadas por el Estado peruano para alentar el turismo en el Cusco puede ayudarnos también a rastrear el giro económico nacional de la ortodoxia liberal al desarrollo dirigido por el Estado y luego, en última instancia, al neoliberalismo. Además, y tal como lo mostraron las historias del turismo en Europa, el Estado frecuentemente es consciente tanto del potencial que el turismo internacional tiene para los debates en torno a la identidad nacional como de la amenaza que le presenta (Endy, 2004). El caso de Machu Picchu desarrollado en este estudio muestra la influencia que el turismo tiene sobre el nacionalismo en Latinoamérica.
Mapa 1 El Perú y la región del Cusco

Mapa 2 El Cusco y la zona de Machu Picchu

El elenco
La historia moderna de Machu Picchu es compleja e incluye un gran elenco de actores históricos. Antes de pasar a la narrativa, es importante hacer una breve presentación de algunas personas y lugares que figuran de modo prominente en esta historia.
Machu Picchu
El centro arqueológico inca al que se conoce como Machu Picchu se encuentra aproximadamente a 80 kilómetros al noroeste de la ciudad del Cusco (ver los mapas 1 y 2). Se alza a 2.430 metros por encima del nivel del mar, en la ceja de selva, ambiente de selva alta templada en la margen oriental de los Andes peruanos, entre 1.000 y 3.600 metros sobre el nivel del mar. Ocupa un nicho climático que se extiende entre los más altos y más áridos pastizales al sur y al oeste y el bosque lluvioso bajo de la cuenca amazónica, hacia el norte y el este. El río Urubamba corta la ceja de selva del Cusco y forma el fértil Valle Sagrado. El complejo arqueológico de Machu Picchu se encuentra a unos 450 metros por encima de una curva en herradura de ese río, sobre una pequeña meseta que se extiende entre dos montañas. La primera de estas se llama Huayna Picchu, que en lengua quechua quiere decir «montaña joven». Este pico, que se levanta dramáticamente al norte del sitio arqueológico, aparece en la mayoría de las fotografías de Machu Picchu. La segunda montaña, más alta, se alza al sur del complejo arqueológico y se conoce como Machu Picchu, o «pico viejo» (Wright & Valencia Zegarra, 2000). El historiador José Tamayo Herrera sostiene que Willkallaqta probablemente es el nombre quechua original de Machu Picchu. Sin embargo, en los tiempos modernos Machu Picchu tomó su denominación de la montaña vecina, puesto que hay escaso consenso en torno al nombre original del centro arqueológico (Tamayo Herrera, 2011, p. 41)10.
Muchos aspectos de la historia prehispánica de Machu Picchu son aún materia de debate. Las primeras teorías propuestas por Bingham le otorgaban un estatus casi mítico. Él creía que Machu Picchu era Tampu Tocco, el legendario lugar de origen de la civilización incaica; que era Vilcabamba, la última capital del imperio después de que sus élites huyeran del Cusco y de los españoles en 1536; y que fue el lugar en donde vivía la versión incaica de las vírgenes vestales (Bingham, 1913a, 1913b, 1915, 1916, 1922, 1930, 1948). Los arqueólogos han desmentido todas estas teorías. Creen, más bien, que las primeras construcciones se iniciaron en Machu Picchu alrededor de 1450 d. C., durante el reinado de Pachacuti, un líder que expandió enormemente el alcance económico y político de los incas. Probablemente fue una hacienda real, esto es, propiedad de un monarca inca. Parecería, a partir de su ubicación, arquitectura y traza, que Machu Picchu posiblemente tuvo un papel administrativo y ceremonial en el Imperio inca. Sigue siendo un ejemplo crucial del diseño arquitectónico y urbano incaico en una era en la cual el imperio había alcanzado el pináculo de su influencia política y cultural; y su intihuatana, un marcador ritual en piedra del movimiento del sol, es uno de los mejor conservados en el Perú. No obstante, Machu Picchu está lejos de ser el lugar históricamente más importante del reino de los incas. Siguió poblado hasta la década de 1550. Después de esto, la despoblación debida a las enfermedades y a los esfuerzos hispanos por reubicar a la población de la zona en nuevos centros poblados hizo que quedara mayormente deshabitado. Sin embargo, asentamientos rurales y el uso del lugar persistieron a lo largo de la época colonial y hasta el siglo XX (Amado Gonzales, 2016; Luciano, 2018, pp. 17-37; Reinhard, 2007; Rowe, 1990; Salazar, 2004; Wright & Valencia Zegarra, 2000, pp. 1-7).
Hiram Bingham
Son muchas las teorías formuladas por Bingham que perduran en la narrativa del turismo, no obstante los esfuerzos realizados por los arqueólogos para desvanecer los mitos sobre Machu Picchu. Otra de las afirmaciones frecuentemente repetidas por Bingham, esto es que él había descubierto Machu Picchu tras siglos de abandono, es también falsa. La zona a su alrededor estaba habitada por viejos residentes familiarizados con el lugar. Contamos con evidencias significativas de que cartógrafos y viajeros extranjeros lo habían visitado y mapeado mucho antes de que Bingham llegara allí (Greer, 2008; Heaney, 2010, pp. 83-96; Mould de Pease, 2003). Nada de esto le importó, pues su ambición personal tuvo un papel fundamental en el ascenso de Machu Picchu –y de él mismo– a la fama luego de la expedición que hiciera en 1911 a este lugar. Hiram Bingham III nació en Hawái en 1875, en el seno de una prominente familia de misioneros cristianos que había vivido en esas islas desde comienzos del siglo XIX. En 1898 se graduó de bachiller en la Universidad de Yale, donde perdió el interés por la tradición misionera de su familia y optó por las exploraciones y la historia. Hizo posgrados en las universidades de California en Berkeley y en Harvard, donde apareció como defensor de la expansión imperial estadounidense y de los ideales de una vida vigorosa. Bingham contrajo matrimonio dentro de la acaudalada familia Tiffany en 1900, y probablemente aprovechó su prominencia para conseguir un puesto como profesor en la Universidad de Yale en 1907. Al siguiente año, hizo su primer viaje a Sudamérica y asistió a la Primera Conferencia Científica Panamericana en Santiago de Chile. Bingham realizó su primera visita al Cusco en su viaje de retorno a los Estados Unidos. Esperaba entonces alcanzar la fama descubriendo Vilcabamba, la perdida capital final de los incas, a la cual la élite del imperio huyó luego de una fallida rebelión en contra de los españoles en 1536. En 1911 organizó una expedición al Perú auspiciada por Yale y financiada por un pequeño grupo de donantes privados. Fue en este viaje que Bingham llegó a Machu Picchu el 24 de julio de 1911, y rápidamente usó este descubrimiento para llamar la atención sobre el centro arqueológico y su obra. Él llegó otras dos veces al Perú con expediciones que contaban con el apoyo de Yale y de la National Geographic Society, una de ellas en 1912 y la otra en 1914-1915. Al final, Bingham partió del Perú en 1915 en medio de una serie de acusaciones delictivas, y no regresaría por más de tres décadas.
Tras su partida del país, Bingham se dedicó a otros intereses. En la Primera Guerra Mundial se alistó en el Ejército estadounidense, donde dirigió una unidad de aviación. Durante el resto de su vida se dedicó a promover el uso de la aviación en los campos militar y turístico. Entró a la política en Connecticut y con el tiempo llegó a ser senador de los Estados Unidos en 1924. En el Senado fue censurado en 1929 por tener un lobista como miembro de su personal. El incidente dañó su carrera política y en 1932 perdió la reelección. Durante el resto de su carrera, Bingham mantuvo un perfil bajo y trabajó en el sector privado. Fue solo en los años 1940, gracias a los esfuerzos por promover el turismo que tenían lugar fundamentalmente en el Perú, que comenzó a capitalizar nuevamente su vínculo con Machu Picchu. Bingham volvió a publicar acerca de los incas y sus expediciones, e incluso regresó al Perú en 1948 a promover el turismo. A su muerte, en 1956, Hiram Bingham fue cada vez más conocido por el público como el explorador que descubrió Machu Picchu11.
Cusco
Machu Picchu se encuentra en la región del Cusco, en los Andes meridionales peruanos. La ciudad capital y el área urbana más grande de la región, también llamada Cusco, está a unos 575 kilómetros al sudeste de Lima y a 3.339 metros por encima del nivel del mar. El Cusco fue la capital del Imperio inca, el cual dominó la mayor parte del territorio de las actuales repúblicas del Perú, Bolivia y Ecuador, así como una parte significativa de Argentina, Chile y Colombia. En 1533, la ciudad y el Imperio inca cayeron ante los invasores españoles. Con el establecimiento del dominio hispano, la capital política del Perú se desplazó a Lima, a orillas del Pacífico. El Cusco conservó una economía vibrante, que inició su declive solo en el tardío período colonial, en el siglo XVIII, cuando España implementó una serie de reformas administrativas y económicas que aislaron a la región de las lucrativas rutas comerciales y elevaron los impuestos. Estos cambios provocaron una masiva rebelión anticolonial que devastó la región en el decenio de 1780. El Cusco mantuvo una economía mayormente agrícola una vez que el Perú se independizó a comienzos del siglo XIX, en tanto que el poder político y económico fue concentrándose cada vez más en Lima y otras ciudades de la costa (Walker, 1999).
La mayoría de los habitantes del Cusco, a los que se conoce como cusqueños, estuvieron –y siguen así– empleados en la economía agrícola. La agricultura en las áreas semiáridas y de altiplano de las zonas central y meridional de la región está dedicada fundamentalmente al cultivo de papas, cebada y quinua. El pastoreo, en particular el de llamas, alpacas y ovejas, es también común en dichas áreas. En las zonas al norte del Cusco, a más baja altura en medio del húmedo clima de ceja de selva, surgió a finales del siglo XIX una agricultura que se especializó en la producción de coca, caña de azúcar, café y frutas. Una élite pequeña pero poderosa dominó la política regional cusqueña durante la mayor parte de los siglos XIX y XX. Ella obtenía su poder de grandes propiedades rurales, las haciendas. Frecuentemente, sus integrantes tenían casas en la ciudad del Cusco, y algunos también en Lima. Además de poseer haciendas, la élite cusqueña usaba sus recursos para invertir en otras empresas financieras y comerciales. Al comenzar el siglo XX, la mayor parte de la población del Cusco estaba conformada por indígenas hablantes de quechua. Originalmente llamados «indios», esta población indígena quechuahablante fue identificándose cada vez más como «campesina» en los años inmediatamente anteriores y posteriores a la Reforma Agraria de 1969. Estos campesinos o bien se ganaban la vida trabajando fundamentalmente como campesinos en las haciendas, o eran pequeños propietarios o habitantes de las aldeas indígenas dispersas por la región. Las condiciones en las haciendas frecuentemente eran duras para los trabajadores, en tanto que los pobladores de las aldeas indígenas y los pequeños agricultores a menudo llevaban una existencia precaria debido a los caprichos de autoridades indolentes, que frecuentemente actuaban a favor de los intereses de la élite y sus haciendas (Tamayo Herrera, 2010, pp. 1-158). La ciudad del Cusco era el centro urbano y el mercado más importante de la región. Al comenzar el siglo XX, la pequeña industria y el comercio surgieron en la ciudad. Según un censo levantado en 1912, la ciudad contaba con una población de casi 20 mil habitantes, 22% de los cuales eran blancos, 23% indígenas y 50% mestizos; y la mitad de la población seguía siendo analfabeta (Giesecke, 1913, pp. 12, 25-27). El centro urbano del Cusco creció durante el siglo XX, al igual que el de muchas otras ciudades latinoamericanas, alcanzando una población de casi 55 mil habitantes en 1940 y poco más de 350 mil en 2007. En 1940, el censo nacional peruano documentó 486.592 residentes en la región del Cusco. Para 2017, la población regional había crecido a 1.205.527 (Instituto Nacional de Estadística e Informática, s. f.). A pesar de estos cambios, que incluyen el crecimiento del turismo, las tensiones históricas entre la tradicional élite terrateniente de la región y la inmensa mayoría de habitantes rurales e indígenas siguieron siendo un factor histórico clave en el desarrollo del Cusco en el siglo XX.
Los turistas
A diferencia de los migrantes y otros viajeros, los turistas se ven movidos por la búsqueda del ocio y emprenden su viaje voluntariamente. Valene L. Smith identifica al turismo como un viaje definido por tres características: tiempo de ocio, ingreso discrecional y sanciones positivas locales (1989b, p. 1). Estos elementos han distinguido a los turistas en el Cusco de los viajeros llegados a la región no por motivos de esparcimiento, sino para completar escritos o a investigar. Este libro se concentra principalmente en los turistas internacionales que viajan al Cusco. Esto no quiere decir que no haya turismo doméstico. Sin embargo, se sostiene que, desde el principio mismo, el turismo cusqueño estuvo singularmente orientado a satisfacer un mercado internacional. Históricamente, los peruanos de élite y de clase media que conformaban el mercado del turismo doméstico pasaban sus vacaciones en la costa del Pacífico, a la que era más práctico llegar desde los principales centros urbanos donde la mayoría de ellos vivía y trabajaba. En consecuencia, los turistas internacionales frecuentemente han superado en número a los visitantes locales del Cusco (figura 1). Aun más importante es que la influencia del turismo internacional ha tenido un peso económico y cultural desproporcionadamente grande, a ojos tanto de los cusqueños como del Estado peruano. Muchos peruanos han viajado al Cusco y Machu Picchu, especialmente en los últimos años, a medida que la clase media crecía y que los sitios turísticos se fueron volviendo íconos nacionales. Pero el estatus de Machu Picchu y del Cusco sigue legitimado fundamentalmente por su atractivo para los viajeros internacionales. Este libro examinará por qué es esto así.
Ámbito y estilo
La narrativa de este libro abarca aproximadamente un siglo y sigue el desarrollo del turismo en Machu Picchu. Como veremos, lejos de haber sido algo predestinado, su moderna transformación siguió un largo camino histórico con muchas vueltas, que a veces terminaban en callejones sin salida. En lugar de seguir un modelo fijo, la economía del turismo cusqueño frecuentemente se vio influida por la inserción, a lo largo del tiempo, de sucesivas visiones del desarrollo y de la política cultural. Aunque improbable, este proceso no fue impredecible y a menudo reflejó las respuestas locales dadas a los cambios nacionales y globales. El presente libro sigue estos cambios para alcanzar una comprensión más amplia del turismo, de Machu Picchu y de su influencia en la identidad nacional peruana. En el Cusco, el turismo pasó por tres épocas. En la primera, de 1900 a 1948, que se examina en los capítulos uno y dos, el turismo sirvió a los intereses de la política cultural para validar la modernidad del Cusco y el folklore indigenista. En los capítulos tres y cuatro, se estudia la segunda época, entre 1948 y 1975, años en los que el turismo siguió siendo visto como una fuerza positiva y modernizadora. No obstante, la población local y el Estado central lo fueron adoptando cada vez más como una herramienta para el desarrollo y con la cual efectuar las reformas económicas necesarias en el Cusco. El período final, que corre de 1975 a 2011, se documenta en el capítulo cinco, así como en el epílogo. Machu Picchu surgió como el destino turístico y el símbolo clave del Perú. Sin embargo, en lugar de constituir una fuerza modernizadora, simbolizó cada vez más lo exótico y lo aventurero. Al mismo tiempo, el control sobre el turismo pasó de manos de la población local y el Estado a intereses privados que cada vez han sido más foráneos.
Figura 1 Arribo de turistas al Cusco, 1954-2000

Una última nota editorial. Los nombres de lugares y sitios arqueológicos del Perú han ido cambiando con el paso del tiempo. En aras de la claridad, uso el término contemporáneo más común para referirme a la ciudad del Cusco y al centro arqueológico de Machu Picchu, en lugar de otras grafías históricamente aceptadas como Cuzco o Qosqo, Machupijchu o Machu-Picchu. No obstante, en las citas directas y en las referencias he conservado la grafía original incluida en la fuente. Seguí la misma política con otros nombres en los cuales se emplean múltiples grafías, entre ellos: inca, Sacsayhuamán, Coricancha, Ollantaytambo. El pueblo al pie de Machu Picchu y sede del Gobierno local del distrito del mismo nombre también ha tenido múltiples denominaciones. Aunque la población local le conoce cada vez más como Machu Picchu Pueblo, aludo a este como Aguas Calientes para reflejar así el nombre principal usado durante la mayor parte del siglo XX y evitar confundirlo con el actual centro arqueológico. Los mismos cambios en las denominaciones valen para el estatus del Gobierno Regional del Cusco. Durante la mayor parte de su historia republicana, el Cusco fue un departamento. En la fallida reforma descentralista en las décadas de 1980 y 1990, se le fusionó con los departamentos de Madre de Dios y Apurímac para formar la Región Inka. Esta y las otras regiones del país fueron disueltas por la Constitución de 1993 y los antiguos departamentos, restaurados. Después de la creación de regiones –y gobiernos regionales– en 2002, es más común llamar al Cusco –al igual que a los otros 24 departamentos del Perú–, como Región Cusco. Entonces, mis referencias a esta corresponden a los linderos del territorio que antes se llamaba departamento y actualmente región.
4 YPEP (box 15, folder 239, «Speech copy with corrections», Washington, D. C., 11 de enero de 1913). El discurso y los eventos de la gala fueron publicados en National Geographic Magazine («Honors to Admundsen [sic] and Peary». 23, N° 1, enero de 1913, 113-130). Para más detalles de este evento, consúltese: Heaney (2010, pp. 163-166); Bingham (1989, pp. 291-292).
5 Agradezco a Roger Valencia que me haya proporcionado este documento.
6 Por ejemplo, consúltese: Recopilación bibliográfica del Santuario Histórico Machu Picchu (Fondo de Promoción de las Áreas Naturales Protegidas del Perú, 2000). Esta bibliografía, que tiene más de 15 años, enumera aproximadamente 1.140 publicaciones académicas sobre Machu Picchu, excluyendo los usos más extensivos de Machu Picchu que se encuentran en guías, propaganda y publicaciones comerciales.
7 Para un reciente ejemplo «malo» de esta narrativa, véase: Adams (2011).
8 Para una introducción a este creciente campo en América Latina, consúltese: Wilson (2008); Babb (2011).
9 Para un ejemplo del uso del análisis transnacional en la historia andina, consúltese: Gootenberg (2008).
10 Ese nombre probablemente es una combinación de las palabras quechuas willka, que se identifica con el valle del río Urubamba, y llaqta, que se traduce como lugar sagrado.
11 Para una excelente presentación de la vida y las expediciones de Bingham, consúltese: Heaney (2010). También hay análisis de la vida e influencia de Hiram Bingham en: Bingham (1989); Salvatore (2016, pp. 75-104).
Capítulo uno
Construyendo el destino «moderno», 1900-1934
Al regreso de su primera visita al Perú en 1909, Hiram Bingham señaló que «en realidad, el Cuzco hace tiempo es notorio por ser una de las ciudades más sucias de América, y su reputación está justificada» (1909, p. 234). Resulta extraño que Bingham haya presentado esta región a los lectores norteamericanos en términos tan despectivos, puesto que en general atribuye la fundación de la actual economía turística cusqueña a su exploración de Machu Picchu en 1911. Pero, tal como lo muestra este capítulo, Bingham hizo eco de un sentir común que las élites políticas e intelectuales nacionales peruanas, afincadas en Lima, tuvieron del Cusco durante las primeras décadas del siglo XX (Burga & Flores Galindo, 1980; Klarén, 2000, pp. 203-240). En efecto, para muchos viajeros peruanos y extranjeros, el Cusco y su legado indígena servían como la representación de una sociedad andina incompatible con el mundo moderno. Estos factores, así como las controversiales medidas que Bingham tomó en el transcurso de las expediciones que llevó a Machu Picchu, frustraron los primeros intentos de promover los viajes a este centro arqueológico. Veremos, sin embargo, que dichos retos no impidieron que los cusqueños buscaran desarrollar el turismo en su región. En efecto, ellos lo recibieron con los brazos abiertos porque les permitía representar su legado indígena como algo compatible con el mundo moderno. El turismo ganó popularidad en el Cusco mucho antes de que pasara a ser una cuestión de desarrollo económico porque la población local podía emplear el lenguaje del turismo moderno para afirmar la importancia que su región tenía para la nación.
El apoyo local que se presta al turismo durante sus primeros años frecuentemente es de importancia crucial para determinar su desarrollo futuro (Rothman, 1998, pp. 10-28). Su temprana adopción por parte del Cusco ciertamente siguió este patrón. Mientras que otras regiones de Latinoamérica frecuentemente vieron al turismo internacional con recelo, como una fuente de corrupción o vicio, en el caso del Cusco gozó de un amplio y sólido respaldo (Schantz, 2010; Schwartz, 1997, pp. 16-53). La razón clave detrás de esto fue que los cusqueños advirtieron el poder que el turismo tenía para crear o recrear una identidad regional. Aunque algunos académicos desestiman las narrativas del turismo como intervenciones comerciales y frecuentemente de mal gusto, otros historiadores han mostrado cómo es que en ciertos lugares, que se extienden desde Renania hasta Nueva Inglaterra, fue empleado para definir y popularizar una visión específica del pasado histórico y la identidad regional. En efecto, sus aspectos centrales –las guías de turismo, las imágenes escenificadas, los itinerarios planificados y las ceremonias coordinadas– resultaron singularmente útiles para la creación de una narrativa oficial de la cultura, identidad e historia regionales12. Los cusqueños advirtieron que era posible emplear las herramientas del turismo para crear una narrativa histórica y cultural oficial que enfatizara la importancia que su región tenía para los debates peruanos en torno a la identidad nacional.
Un elemento central en este esfuerzo fue el papel que la cultura indígena habría de tener en la narrativa cusqueña del turismo. Los esfuerzos realizados en el Cusco reflejaban la adopción hemisférica del indigenismo, un movimiento cultural y político amplio que afirmaba el lugar central que la cultura indígena tenía en el nacionalismo latinoamericano (Earle, 2007, pp. 184-212). Los indigenistas del Cusco interactuaron con dichos esfuerzos en formas variadas y complejas. De un lado, buscaban afirmar su fe en que la cultura andina tenía un lugar en el proyecto modernizador nacional del Perú. Sin embargo, del otro lado, estos mismos indigenistas debían resolver las feroces tensiones existentes entre las demandas políticas de base efectuadas por los indios y los intereses de las élites regionales y el Estado, que al mismo tiempo que daban la bienvenida a la cultura indígena se alzaban contra un cambio social más amplio13. Los estudios del indigenismo en el Cusco en general han ignorado el papel que el turismo tuvo en tan importante movimiento cultural14. Este capítulo analiza cómo fue que los indigenistas cusqueños emplearon el discurso turístico para elevar su visión de la cultura indígena por encima de movimientos rivales en el nivel local y nacional. El objetivo final de ellos era usar el turismo para producir una imagen idealizada de la cultura india, al mismo tiempo que promover la importancia de su región para un Perú moderno.
Una segunda tendencia importante que resultó influyente en los tempranos esfuerzos turísticos del Cusco fue su naturaleza inherentemente transnacional. Es claro que esta no fue la única región que usó al turismo para forjar y alterar las percepciones globales de naciones y regiones, tanto dentro como fuera de América Latina (Endy, 1998; Ruiz, 2014). Sin embargo, el temprano uso que el Cusco hizo de las redes transnacionales destaca como un caso singular, incluso cuando lo comparamos con otras regiones. La temprana promoción local del turismo dejó de lado al Gobierno nacional, el cual en general no estaba interesado en impulsarlo, de manera que dependió de actores transnacionales que sirvieron como interlocutores entre los cusqueños y el mundo. Aun más importante es que el Cusco se definió a sí mismo como un posible destino turístico a partir del atractivo que la región tenía fuera de las fronteras nacionales peruanas. El turismo internacional fue una influencia crucial en los debates referidos al lugar que la región del Cusco tenía en el nacionalismo peruano mucho antes de que este fuera un proyecto económico en dicha región. A decir verdad, la legitimidad del Cusco como la representación auténtica de la identidad nacional peruana se derivaba fundamentalmente de su pretensión de ser capaz de captar el interés de los viajeros internacionales. Durante las primeras décadas del siglo XX, el papel descomunal que las fuerzas transnacionales tuvieron en la promoción de la identidad regional del Cusco dentro del Perú inició un proceso que habría de definir la narrativa del turismo en los Andes.
Encontrando Machu Picchu y olvidándolo
Aunque Bingham presentó al Cusco como una ciudad atrasada en sus informes de 1909, la verdad es que las primeras décadas del siglo XX estuvieron signadas por un dramático cambio económico y social en los Andes del sur peruano. La ciudad celebró el arribo del Ferrocarril del Sur el 13 de septiembre de 1908, menos de un año antes de que Bingham llegase al Cusco. Su inauguración marcaba lo que los cusqueños esperaban fuera un importante punto de quiebre en lo que para muchos parecía ser una prolongada decadencia política y económica de la región. Alguna vez capital del poderoso Imperio inca, el Cusco vio cómo su influencia quedaba eclipsada con la fundación de Lima como el centro administrativo del sistema colonial hispano en Sudamérica. Aunque durante la mayor parte de la época colonial el Cusco se jactó de contar con una economía dinámica que tenía como base la producción agrícola y textil para el consumo regional y de los mercados de Arequipa, Lima y la floreciente región minera de Potosí (Mörner, 1978, pp. 63-108; Escandell-Tur, 1997, pp. 251-351), en el siglo XVIII, la nueva dinastía Borbón de España introdujo reformas administrativas y económicas que cortaron los lazos del Cusco con el lucrativo mercado de Potosí, erosionaron la economía regional e irritaron a la población rural indígena imponiéndole mayores impuestos. Con estas presiones, los indios se levantaron violentamente contra las autoridades coloniales en 1780 bajo el liderazgo de un jefe indígena local llamado José Gabriel Condorcanqui. Este tomó el nombre de Túpac Amaru II con la esperanza de restablecer una forma del Imperio inca y expulsar a los odiados y abusivos funcionarios coloniales hispanos (Stavig, 1999, pp. 253-317; Walker, 2014, pp. 23-29).
La rebelión de Túpac Amaru fue una de las más grandes en la historia latinoamericana y los historiadores debaten ferozmente sus metas políticas, raíces socioeconómicas y legado histórico. Recientes estudios históricos han enfatizado la tremenda violencia de la rebelión. El levantamiento y su supresión por parte de las fuerzas hispanas tuvieron como resultado casi cien mil muertes y devastaron la economía del Cusco15. Estos nuevos estudios asimismo enfatizan la severa represión de la cultura andina e indígena que se desató después del levantamiento. Las autoridades coloniales, que antes habían tolerado y reconocido los símbolos de la cultura inca e indígena, intentaron ahora eliminar violentamente los signos de la actividad política y cultural indias (Serulnikov, 2013, pp. 135-138; Walker, 2014, pp. 267-278). La fortuna del Cusco no mejoró después de la Independencia, período en el cual el poder económico y político se mantuvo concentrado en la costa peruana, no obstante los intentos regionales de contrarrestar la influencia de Lima (Tamayo Herrera, 2010, pp. 27-43)16. Esta tendencia se aceleró con la formación de la «República Aristocrática» en las décadas finales del siglo XIX, cuando el control sobre las lucrativas exportaciones peruanas concentró cada vez más la riqueza y el poder en manos de un pequeño grupo de élites costeñas. Con el inicio del siglo XX, la brecha existente entre la costa modernizadora y los Andes aparentemente atrasados solo pareció crecer17.
El arribo del ferrocarril en 1908, que conectaría al Cusco con el puerto de Mollendo en el océano Pacífico, prometía revertir el declive económico de la región. La economía regional cusqueña había comenzado a crecer y diversificarse ya en 1895. El servicio eléctrico se inauguró en diciembre de 1914. Aunque no era una potencia manufacturera, para finales de la década de 1920 el Cusco contaba con un robusto sector textil y había incluso superado a Arequipa en lo que al producto industrial respecta. Igualmente importante fue que la modernización económica creó una nueva clase industrial trabajadora, así como una pequeña pero influyente clase media de dependientes y profesionales. Más de 50 nuevos periódicos circularon en el Cusco en esta época. Nuevas asociaciones cívicas comenzaron a tomar parte en la política local, a las que se unieron las sociedades artesanas de trabajadores calificados y grupos de trabajadores más proletarios. Sin embargo, los conceptos de raza y etnicidad de la época colonial se mantuvieron tenazmente vigentes y las comunidades de indígenas quedaron mayormente excluidas de estos nuevos grupos. Ello no obstante, para 1930 la mayoría de los observadores concluía que el Cusco había experimentado un período de dramáticos cambios económicos y sociales (Hiatt, 2012; Krüggeler, 1999; Tamayo Herrera, 2010, pp. 107-111).
A medida que la élite cusqueña cifraba sus esperanzas en el nuevo acceso al océano Pacífico, también manifestaba su interés por expandir los vínculos económicos con los valles del interior hacia el noroeste. A partir de la década de 1880, la creciente demanda global de caucho y otras mercancías cultivadas en los trópicos movió a la élite económica del Cusco a explorar los húmedos valles al norte y oeste de la ciudad, situados en el clima de la ceja de selva. Con la esperanza de expandir sus inversiones fuera de la zona agrícola tradicional, pero relativamente árida, del altiplano, la élite del Cusco creía que la prosperidad futura de su región yacía en la explotación de las tierras en estos valles verdes (Tamayo Herrera, 2010, pp. 87-95)18. El creciente interés por tales valles cerca al Cusco llevó a la creación del Centro Científico de esta ciudad en 1897. Si bien solo operó durante 10 años, publicó varios estudios geográficos del área del Valle Sagrado, con la esperanza de alentar la construcción de un nuevo ferrocarril (Rénique, 1989; 1991, pp. 45-47; Tamayo Herrera, 2010, p. 93). Estos esfuerzos alcanzaron el éxito en 1910, cuando el Gobierno peruano aprobó la construcción del Ferrocarril de Santa Ana, el cual habría de unir al Cusco con el fértil valle de La Convención a través del Valle Sagrado. La ruta del ferrocarril pasaría directamente debajo de Machu Picchu. Para 1900 se había efectuado una limpieza significativa en antelación a esta ruta (Tamayo Herrera, 2010, p. 100), de modo que, en 1911, los alrededores de Machu Picchu no eran la selva no mapeada descrita en las relaciones de Bingham, sino una frontera económica clave del Cusco.
El Cusco también experimentó una era de tremendos cambios intelectuales en vísperas del arribo de Bingham a la región. Nuevas obras literarias comenzaron a cuestionar el discurso nacional dominante, que denigraba al Cusco como parte de la «mancha india» de la nación, a la cual se desdeñaba como algo incompatible con un país moderno. Ya en 1848 habían aparecido obras literarias que simpatizaban con los apuros de la población india peruana, y fue en ese año que Narciso Aréstegui publicó El padre Horán (Kristal, 1987, pp. 44-54). Sin embargo, a comienzos del siglo XX el interés por las condiciones y el pasado culturales de la población india del Perú comenzó a crecer, encabezado por el escritor limeño Manuel González Prada. Después de la victoria de Chile sobre el Perú en la Guerra del Pacífico (1879-1884), González Prada atribuyó la culpa de la derrota a que las élites nacionales no estaban dispuestas a incorporar a los indios al nacionalismo peruano. Clorinda Matto de Turner, una de sus seguidoras, nació en el Cusco y escribió Aves sin nido, novela que se publicó en 1889 y que muchos críticos literarios creen que es la primera obra literaria indigenista. Haciéndose eco de González Prada, la obra de Matto de Turner documentó el sufrimiento de la población indígena peruana y pidió su incorporación a la política y la cultura nacionales (Kristal, 1987, pp. 93-161). Aunque las primeras obras indigenistas se quedaron como un movimiento de base urbana, las de González Prada y Matto de Turner incrementaron la conciencia que los intelectuales tenían de la cultura y la historia indígenas en el Cusco19.
Estos cambios intelectuales afectaron a la Unsaac, el principal centro de enseñanza de la ciudad y la región. Su estructura administrativa y su currículo permanecieron mayormente sin cambios desde la época colonial hasta mayo de 1909, cuando los alumnos iniciaron una huelga pidiendo una administración universitaria democrática, un currículo moderno y pensiones más bajas. Los estudiantes se ganaron el respaldo de la prensa local y de sectores influyentes de la élite política regional, y el Gobierno nacional encabezado por el presidente Augusto Leguía accedió a sus demandas (Tamayo Herrera, 2010, pp. 116-122). En 1910, Leguía nombró como nuevo rector de la universidad a Albert Giesecke –un educador de Filadelfia de 27 años– con la misión de que la reformara y modernizara (Columbia University, Oral History Research Office, 1963, pp. 31-32)20. Para sorpresa de muchos, el nuevo rector se ganó la aprobación de los dirigentes de la huelga estudiantil, de la élite local y de los educadores. Además de ser rector de la Unsaac entre 1910 y 1923, Giesecke también participó en el gobierno de la ciudad y fue alcalde entre 1920 y 1923.
Giesecke sentó las bases para el desarrollo del turismo cultural en el Cusco. En primer lugar, las reformas educativas que implementó en la Unsaac ayudaron a formar una generación de estudiosos y dirigentes políticos a la que se conocería como la Generación de la Sierra. Giesecke y los jóvenes integrantes de esta generación –entre ellos José Gabriel Cosío, Luis E. Valcárcel, José Uriel García y Francisco Tamayo– tendrían un papel central en la promoción del folklore, el indigenismo y el estudio arqueológico del Cusco en el siglo XX (Tamayo Herrera, 2010, pp. 123-126). En segundo lugar, el conocimiento que Giesecke tenía de las instituciones políticas y académicas norteamericanas garantizaba que la Unsaac y el Cusco habrían de establecer lazos académicos y culturales cruciales más allá del Perú.
Las conexiones de Giesecke con los Estados Unidos le ayudaron a vincular a Bingham con Machu Picchu. Ansioso por fomentar la cooperación entre la Unsaac y las instituciones académicas estadounidenses, Giesecke asistió a Bingham durante su primer viaje al Perú en 1909. Tras lo cual, este regresó al Cusco en 1911 con una expedición que buscaba localizar Vilcabamba, el último refugio de la resistencia inca, que cayó ante las fuerzas hispanas en 1572. Gracias a su investigación en los Estados Unidos y Lima, Bingham sabía que la aún no mapeada Vilcabamba yacía en la ceja de selva de los valles noroccidentales del Cusco. Con la ayuda de Giesecke, Bingham habló con hacendados, autoridades regionales y alumnos de la Unsaac para saber más sobre posibles centros arqueológicos incas en el Valle Sagrado (Bingham, 1989, pp. 124-157; Heaney, 2010, pp. 79-82). Giesecke, junto con numerosas autoridades y hacendados locales, le sugirió que inspeccionara unas ruinas que yacían entre los picos mellizos Huayna Picchu y Machu Picchu21. En efecto, los mapas que identificaban a las ruinas incas en Machu Picchu se remontaban hasta la década de 186022. Viajar por el Valle Sagrado era difícil entonces, pero en absoluto imposible, puesto que la mayor parte de la ruta había sido limpiada en anticipación de proyectos ferroviarios y viales. Al llegar al pie del Huayna Picchu, inmediatamente al oeste del actual pueblo de Aguas Calientes, Bingham y un sargento del Ejército peruano apellidado Carrasco se toparon con Melchor Arteaga, un poblador local que confirmó la existencia de ruinas arriba, en la cumbre, y los acompañó en su ascenso al lugar el 24 de julio de 1911. Para sorpresa de Bingham, al llegar a la cima se topó con una familia apellidada Richarte, que vivía y tenía sus cultivos al costado de las ruinas. Uno de sus pequeños hijos, supuestamente llamado Pablito Richarte, guio a Bingham a través de las ruinas de Machu Picchu durante varias horas (Bingham, 1989, pp. 3-16; Heaney, 2010, pp. 79-89). A la luz de estos hechos, la reputación de Bingham como único descubridor de la ciudad perdida de Machu Picchu resulta notoriamente falsa. Pablito Richarte, en cambio, sí podría al menos reclamar el honor de haber sido el primero de muchos guías turísticos en estas ruinas.
Las expediciones de Bingham le hicieron célebre en los Estados Unidos a pesar de que los cusqueños estaban enterados de la existencia de Machu Picchu y de que en algunos casos vivían y trabajaban allí. Su habilidad manejando expediciones complejas, auspiciadores, prensa y conocimiento local, hicieron de Bingham una suerte de pionero en el campo de la exploración. Ricardo Salvatore ha descrito sus expediciones como «un momento en el cual los negocios y la investigación se unieron en la construcción del imperio informal de los EE.UU.» (2016, p. 77). La expedición de 1911 incluyó siete miembros. El ámbito y la escala de las expediciones crecieron cuando Bingham regresó a Machu Picchu en 1912 y en 1914-1915, puesto que Kodak proporcionó cámaras y la Winchester Repeating Arms Company, armas de fuego. Influyentes compañías de propiedad estadounidense en el Perú, como la W. R. Grace & Company y la Cerro de Pasco Mining Corporation, ayudaron a las actividades de la expedición. Gilbert Hovey Grosvenor, el editor de National Geographic Magazine, trabajó estrechamente con Bingham para despertar interés a través de la revista. El número de abril de 1913, que incluía el artículo de Bingham sobre sus hazañas y al cual se tituló «In the wonderland of Peru» («En la tierra maravillosa del Perú»), quebró el récord de circulación de la revista (Bingham, 1913a)23. Los reportes iniciales sobre Machu Picchu también ayudaron a Bingham a presentarse como una figura heroica, como alguien que descubrió por sí solo una ciudad que estuvo perdida durante siglos. A pesar de su dependencia del conocimiento y la mano de obra locales, las primeras publicaciones frecuentemente omitieron el papel que los cusqueños tuvieron en las expediciones de Bingham24.
El hecho de que Machu Picchu haya ingresado en la conciencia popular en el momento mismo en que aparecían los medios de comunicación de masas ayudó a su ascenso global a la fama (Heaney, 2010, pp. 166-167)25. El New York Times captó la fascinación del público con Machu Picchu en un artículo sobre las expediciones de Bingham aparecido el 15 de junio de 1913, en el cual se dijo que este era «el más grande descubrimiento arqueológico de la época». El New York Times observó:
Justo ahora, cuando pensábamos que prácticamente ninguna parte de la superficie terrestre quedaba sin conocer y cuando el descubrimiento de un único lago o montaña, o el mapeo de una remota franja costera bastan para darle a un hombre fama como explorador, un miembro del temerario arte de los exploradores se ha ganado el premio mayor.26
Los peruanos también advirtieron la nueva atención internacional que se estaba prestando a su país. Las noticias y fotografías de las expediciones de Bingham aparecieron en la prensa limeña mientras él llevaba a cabo su trabajo en el Perú27. Javier Prado Ugarteche, exprimer ministro y miembro de una de las más prominentes familias políticas del país, agradeció a Bingham en una carta de agosto de 1913, diciéndole: «Le debo mil felicitaciones por su trabajo, y agradecimiento, como peruano; por su labor de propaganda á fabor [sic] de mi tierra natal»28.
Bingham consiguió fondos adicionales de la Universidad de Yale y de la National Geographic Society para otra expedición a Machu Picchu en 1912, así como para un tercer viaje en 1914 y 1915. Sin embargo, cuando regresó al Cusco y a Machu Picchu en pos de mayor fama y más hazañas, sus ambiciones finalmente chocaron con la creciente toma de conciencia con respecto al patrimonio nacional. Aunque las proezas de Bingham han tendido a echar sombra sobre los esfuerzos previos, lo cierto es que las instituciones públicas y privadas peruanas contaban con una larga historia de actividad y conservación arqueológicas. La primera expedición arqueológica organizada localmente había llegado a Machu Picchu ya en enero de 1912, bajo la dirección de José Gabriel Cosío (1912a, 1912b). Desde la época de la Independencia, el Perú había aprobado leyes que protegían los sitios arqueológicos y artefactos prehispánicos. No obstante, al comenzar el siglo XX, el país efectuó reformas legales más coordinadas en relación con la protección arqueológica, las que hicieron necesario contar con permiso del Estado para poder excavar y prohibían la exportación de artefactos (Matos Mendieta, 1994, pp. 104-123; Tantaleán, 2014, pp. 24-41). Antes de sus expediciones de 1911 y 1912, Bingham recibió un permiso muy amplio de parte del Gobierno nacional para excavar en centros arqueológicos. Si bien las políticas frecuentemente cambiaban, el Perú sí impuso restricciones a la capacidad de Bingham de exportar cualquier artefacto y especificó que las piezas de Machu Picchu eran prestadas y debían ser devueltas. Sin embargo, Bingham dispuso la exportación ilegal y sin documentar de diversos artefactos prehispánicos comprados a coleccionistas independientes y huaqueros29.
Las actividades de Bingham durante su tercera expedición provocaron serios conflictos con la población local. A los indigenistas y a la prensa cusqueña les irritaba que el Gobierno peruano hubiese priorizado las expediciones de Bingham para excavar, no así las de los estudiosos locales. Corrían también rumores acerca de los abusos cometidos en contra de los sitios arqueológicos y de los trabajadores. El joven indigenista Luis E. Valcárcel presentó una acusación formal contra Bingham y su incumplimiento de la política de conservación. Aunque logró evitar ser procesado, a Bingham le indignaba que los peruanos osaran escudriñar sus actividades y se encontró cada vez más aislado a medida que en el Cusco la supervisión de sus expediciones se iba convirtiendo en una causa célebre. Obligado ahora a seguir la legislación peruana estrictamente, las excavaciones fueron supervisadas por arqueólogos locales, entre ellos por Cosío. Bingham canalizaba el sentir de la superioridad anglosajona común en ese entonces y encontraba que estas inspecciones eran a la vez molestas e insultantes. En agosto de 1915 detuvo repentinamente sus trabajos y dejó el Perú, pero no antes de organizar varios envíos ilegales más de artefactos a los Estados Unidos. Si bien pocos lo habrían sospechado entonces, Bingham no volvería al Perú por 33 años (Bingham, 1989, pp. 304-313; Heaney, 2010, pp. 189-198; Salvatore, 2016, pp. 75-104)30.
A pesar de que el Perú lo había rechazado, Bingham sí logró publicar un libro acerca de sus expediciones titulado Inca land (Tierra del inca; 1922). Este volumen presentaba un amplio panorama político y geográfico del Perú, así como los detalles de su expedición, pero sorprendentemente contenía poca información sobre Machu Picchu. Bingham justificó su decisión describiendo a Inca land como un primer volumen, al cual habría de seguir un segundo libro que se concentraría en Machu Picchu. El 12 de junio de 1922 escribió a los editores, prometiendo: «Mi siguiente libro, que espero sea un volumen complementario de este, se ocupará en muy gran medida de las ruinas de Machu Picchu y de las cosas allí encontradas»31. Sin embargo, él rápidamente se distrajo por su creciente interés por la política. Luego de servir en el Ejército durante la Primera Guerra Mundial, regresó a Connecticut para proseguir una carrera política y finalmente llegó a ser senador de los Estados Unidos en 1925 (Bingham, 1989, pp. 325-337; Heaney, 2010, pp. 199-207). Durante su campaña política, aprovechó la fama que sus expediciones le habían generado, aunque mostró sentir poca nostalgia por el Perú. En 1924 dijo al Boston Daily Globe: «[Los peruanos] no tienen una curiosidad absorbente por el pasado. En consecuencia recelaron de nuestra empresa, y sus esfuerzos, se lo aseguro, distaron de ser provechosos»32. Muchos cusqueños estaban más que felices de olvidar a Bingham. En 1926, la Unsaac rescindió un título honorario que le había otorgado33. En una entrevista dada en 1926, Cosío dijo: «Yo no lamento en lo absoluto la ida de Bingham […]. La comisión Yale nunca trabajó para el Perú; sus actividades en nuestro país se reducían a exportar en el mayor secreto»34.
Figura 2
Hiram Bingham, ca. 1923

Machu Picchu, claro está, jamás se desvaneció de la conciencia popular durante la década de 1920. Irónicamente, uno de los más importantes legados académicos de Bingham fue que la oposición local a sus expediciones pronto inspiró un renovado interés por el pasado prehispánico del Cusco (Salvatore, 2016, p. 101). Los arqueólogos que trabajaban y estudiaban en la Unsaac siguieron visitando y analizando el lugar en los años 1920 (Valcárcel, 1929). Una guía de turismo local, publicada en 1921, aún aconsejaba a los viajeros visitar Machu Picchu, pero advertía: «Si es posible un par de peones deberán adelantarse desde el día anterior para cortar las malezas por la senda» (Sociedad de Propaganda del Sur del Perú, 1921, p. 45). El general John Pershing, célebre por haber comandado las fuerzas expedicionarias de los Estados Unidos en México y durante la Primera Guerra Mundial, visitó el lugar junto con Giesecke en 1924. Sin embargo, incluso este admitiría posteriormente que visitar Machu Picchu era algo difícil e inusual hasta que el ferrocarril de Santa Ana quedó completado hacia finales de los años 192035. Cuando el escritor británico Anthony Dell viajó por el Valle Sagrado en 1925, decidió no visitar la alguna vez célebre ruina. «El lugar se encuentra hoy cubierto de vegetación y es frecuentado por serpientes y arañas venenosas», comentó Dell (1926, p. 200). Cortados los lazos culturales y políticos que le hicieron alcanzar una prominencia global, Machu Picchu nuevamente pasó a ser una ciudad perdida para la conciencia popular.
De lugar estancado a meca andina
El declive del atractivo global de Machu Picchu probablemente pesó poco en la mente de los cusqueños durante los años 1920. No obstante, la élite local sí manifestó preocupación con respecto a la influencia de las relaciones de viaje que describían su ciudad y su región. Las descripciones que Bingham hiciera del Cusco seguían una larga tradición de viajeros que visitaron y registraron sus experiencias en los Andes peruanos. Aunque estos autores y sus relaciones de viaje a menudo presentaban descripciones detalladas del Cusco, sus publicaciones hacían una semblanza problemática de los Andes. Los visitantes extranjeros llegados a esta región, y los de los Estados Unidos en particular, frecuentemente la veían desde la perspectiva del creciente alcance imperial de su país. Para ellos, el Cusco y los Andes representaban una América exótica y «otra», que resaltaba y a la vez justificaba la necesidad de la promesa modernizadora del creciente poderío de los Estados Unidos (López Lenci, 2007, pp. 36-79; Poole, 1998; 1997, pp. 58-84; Pratt, 2008; Salvatore, 2016, 2003).
Uno de los primeros libros en lengua inglesa que describió al Cusco detenidamente fue obra de Clements Markham, un geógrafo inglés. Basado en los viajes que hizo por el Perú en 1852 y 1863, Cuzco: A journey to the ancient capital of Peru (Cuzco: una jornada a la antigua capital del Perú) ofrecía a sus lectores una descripción detallada de los lugares históricos de la región y de su geografía. Markham, sin embargo, también coloreó sus observaciones con lamentaciones por el estado de la región. Dijo así: «Cuzco, alguna vez el escenario de tanta gloria y magnificencia, ¡cómo habéis caído! ¡Qué sufrimientos, miserias y degradaciones han sufrido tus infelices hijos desde los días de prosperidad!» Y señaló que la decadencia del Cusco se reflejaba en la vida de sus habitantes:
[…] vuestros hijos, alguna vez los felices súbditos de los Incas, han caído en la esclavitud. Tristemente caminan, con el cuello caído y la mirada abatida, por estas calles que alguna vez resonaron con los pasos orgullosos de sus indómitos y generosos ancestros. (Markham, 1856, p. 95)
La descripción que Markham hizo del Cusco como una reliquia decadente de su antigua gloria inca sentó un tono común a las futuras relaciones de viaje de la ciudad y sus habitantes.
A Markham le siguió E. G. Squier, comisionado de los Estados Unidos que viajó extensamente por el Perú en 1863 y 1864. En 1877, Squier publicó un libro de sus experiencias, titulado Peru: Incidents of travel and exploration in the land of the incas (Perú: incidentes de viajes y exploraciones en la tierra de los incas; 1877). Aunque las observaciones de Markham expresaban su pesar por el estado del Cusco decimonónico, no culpó a sus habitantes de su decadencia e incluso anotó que los indios eran «un pueblo de poco común interés e indudablemente capaz, como raza, de una mejora progresiva» (1856, p. 238). Squier, en cambio, fue mucho más crítico de los cusqueños y comentó: «Apenas si hay algo a lo cual pueda llamársele sociedad» (1877, p. 455). Contó apenas dos formas de recreo en el Cusco, las «procesiones religiosas y las peleas de gallos» (Squier, 1877, p. 460) y concluyó anotando: «De la suciedad del Cuzco, todo visitante debe tener recuerdos repugnantes. Ofende a la vista así como a la nariz» (Squier, 1877, p. 461).
Squier describió a la población indígena de Ollantaytambo, en el Valle Sagrado, como un grupo fundamentalmente incompatible con el mundo moderno. Dijo así: «Debo darles crédito por haber seguido a mis cajas fotográficas por la plaza con la cabeza descubierta, besándolas devotamente, con la errada idea de que contenían reliquias de los santos» (Squier, 1877, p. 505). Para él, los habitantes no indios de la ciudad del Cusco eran igual de ingenuos en lo que respecta a su fe. Criticó los rituales católicos públicos del Cusco como evidencia de su decadencia, mostrando así el mismo sentimiento de superioridad anglosajona que influiría en Bingham. Describió así una procesión fúnebre, diciendo: «Mientras pasaba por las diversas casas miserables de dicho cuartel, las mujeres salieron presurosas con los cabellos desarreglados, y acurrucándose detrás del féretro iniciaron los más fuertes y extravagantes lamentos de que los órganos humanos son capaces» (Squier, 1877, p. 459). 30 años más tarde, Harry Franck, otro viajero estadounidense, también criticó al catolicismo del Cusco en su libro de 1917, Vagabonding down the Andes (Vagabundeando por los Andes), donde opinó que «el último bastión del poder español en el continente americano probablemente sea también el último del papismo» (1917, p. 439).
Otro tema común en las tempranas relaciones de viaje al Cusco era la comparación de su glorioso pasado inca con su evidente miseria contemporánea. Escribiendo en 1908 acerca de su viaje al Cusco para National Geographic, Harriet Chalmers Adams alabó a la ciudad mientras la observaba desde la fortaleza inca de Sacsayhuamán, porque era «la antigua Meca de América». No obstante, advirtió a sus lectores de que el centro urbano «rivaliza con Constantinopla en hedores desagradables; a decir verdad, me parece que el Cuzco tiene el récord mundial» (Chalmers Adams, 1908, pp. 670-671). Annie Peck, otra viajera, dio a sus lectores una extensa descripción de las estructuras incas de la ciudad en su libro South American tour (Gira sudamericana), publicado en 1913. Sin embargo, Peck yuxtapuso dichas estructuras con el estado subdesarrollado actual de la ciudad: «¡Pero qué alterada [está con respecto a] sus días de gloria!» (1913, p. 114). Al narrar a sus lectores norteamericanos la visita que hizo al Cusco en 1909, Bingham también comparó las estructuras incas de la ciudad con su percibido atraso presente. «Resulta patético ver la suciedad y la miseria que rodean los muros de los magníficos edificios viejos», observó (Bingham, 1909, p. 234).
Las relaciones de viajes al Cusco sí señalaban el progreso de la ciudad. Hasta Franck –que con tanta frecuencia se mostraba crítico– alabó su belleza natural y anotó la introducción de tranvías (1917, pp. 427-428). No obstante, estos autores a menudo enfatizaban los retos que la región enfrentaba a medida que iba modernizándose. Peck sostuvo que, para la ciudad, el reciente arribo del ferrocarril al Cusco era una señal de progreso. Señaló, sin embargo, que «los hoteles, ¡ay!, dejan mucho que desear. La gente en verdad demora en darse cuenta de las necesidades que deben atenderse para que el poblado avance, para atraer turistas y empresarios» y, según él, solo uno de los alojamientos de la ciudad, el Hotel Comercio, «podía soportarse por una noche o dos» (Peck, 1913, p. 112). En su relación de viaje de 1908, Marie Robinson Wright alabó a la ciudad y anotó que «el Cuzco ha vivido un notable progreso en los últimos años, y está mejorando constantemente su desarrollo social y económico»; no obstante, señaló asimismo que «la ciudad moderna debe también pagar una penalidad por su pasada fama, con una lucha más dura por el reconocimiento actual de lo que las ciudades nuevas suelen experimentar» (1908, p. 403). Robinson Wright sostuvo que,
[…] en Perú, el cambio de las condiciones viejas a las nuevas es una transición en la cual el indio tiene poco que compartir, no porque se le impida, sino debido a su poca disposición a aprender nuevas costumbres y a su falta de capacidad para recibir y aplicar el conocimiento moderno. (Robinson Wright, 1908, p. 453)
En Inca land, que fuera publicado en 1922, Bingham también alabó la modernización del Cusco. «El teléfono, la luz eléctrica, los tranvías y las “películas” han llegado para quedarse», anotó; pero, al describir a los indios reunidos en el mercado del Cusco, pintó la escena para sus lectores como «una fuente interminable de entretenimiento para aquel que guste de lo pintoresco, y se interese por las costumbres y maneras extrañas» (1922, pp. 157-158). Aunque el Cusco había comenzado a modernizarse lentamente, los viajeros internacionales consideraban que su gente y su cultura seguían resultando exóticas y extrañas para los forasteros. Bingham no fue el único viajero que señaló que la población indígena del Cusco parecía quedar al margen del proceso de modernización. Franck describió a la población india del Cusco como «un enigma para el extranjero» y como «pasivamente silenciosa, taciturna y nada comunicativa […]. [El indio] carece de fuerza de voluntad, de perseverancia, de confianza en sí mismo y en otros» (1917, pp. 431, 433). Tras visitar Machu Picchu, él frecuentemente describió a la inca como una «raza perdida», casi incomparable con sus «descendientes ambiciosos» (Franck, 1917, p. 473).
De mayor preocupación para la élite y los intelectuales cusqueños, era la forma en que las relaciones de viaje extranjeras reflejaban y legitimaban las nociones ya existentes acerca del atraso del Cusco, que tenían su sede en Lima. A pesar de la modernización que estaba viviendo, la mayoría de los limeños consideraba que la región formaba parte de la «mancha india» peruana que estorbaba el progreso nacional. Si bien la élite limeña estudiaba la historia de los incas, pocos veían una conexión histórica entre el imperio y los Andes del siglo XIX y del temprano siglo XX (Gänger, 2014, pp. 114-144; Méndez, 1996). Muchos líderes nacionales cuestionaban abiertamente que el Cusco, o cualquiera de las regiones andinas del Perú, tuviera un papel en un país que cada vez concentraba más su actividad económica y política en la costa del Pacífico (Klarén, 1986, pp. 587-640; Larson, 2004, pp. 195-201)36. Al comentar la falta de interés que la élite nacional tenía por los Andes peruanos, Franck anotó: «Por cada limeño que ha visitado el Cuzco, la gema histórica del continente, cien han viajado a París» (1917, p. 426). Las relaciones de viaje al Cusco obra de peruanos resultaron ser igualmente críticas, o tal vez más, sobre el atraso percibido de la región. Hildebrando Fuentes, exprefecto del Cusco, publicó una guía de la región en 1905. Al describir a un típico cusqueño, Fuentes observó: «En artes y oficios es imitador, y tiene facilidad para aprender; pero no inventa: no tiene genio creador»; y prosiguió afirmando: «No creo que sea refractario a la civilización –como generalmente se piensa– pero sí es tardío para acomodarse a ella» (1905, pp. 186-187).
Tal vez la más preocupante para los cusqueños fue la relación de viaje obra del intelectual limeño José de la Riva-Agüero y Osma, quien, a diferencia de muchos de sus pares, sí decidió viajar por el interior del Perú en 1912. En los ensayos que compuso como resultado de sus viajes, a los que se conoce como Paisajes peruanos, Riva-Agüero presentó el consenso que muchos intelectuales limeños compartían. «La costa ha representado la innovación, la ligereza, la alegría y el placer», anotó Riva-Agüero, «y la Sierra, la conservación hasta el retraso» (1995, p. 225). Pero, a diferencia de otros observadores, Riva-Agüero sí veía una vía para un nacionalismo moderno en el Perú que abordara la cuestión indígena. Él proponía un proceso de mestizaje, en el cual las poblaciones indígenas se fusionarían lentamente con los blancos y otras razas, para producir un nacionalismo que celebrara un Perú mestizo. El nacionalismo mestizo adoptado por el Estado mexicano incluía a los indios en el nacionalismo moderno. Sin embargo, la postura de Riva-Agüero seguía asumiendo la inferioridad de las poblaciones indígenas e implicaba que el mestizaje finalmente reemplazaría a la identidad india. Aun más preocupante para los cusqueños era que el nacionalismo del mestizaje iba a contracorriente de su visión del indigenismo, que celebraba el lugar central de los indios en la identidad nacional peruana37.
Mientras se libraban estos debates, la política peruana sufrió un golpe populista. Augusto Leguía regresó a la presidencia por la fuerza en 1919 e implementó su Patria Nueva, que buscaba arrebatarle el poder político y económico a las élites nacional y regionales del Perú y colocarlo bajo el control de un autoritario Estado centralizado. Además de cortejar la inversión externa y la industrialización, Leguía esperaba llevar la modernización económica al interior andino del país. Para alcanzar estas metas, propuso una extensa campaña de construcción vial (Klarén, 2000, pp. 250-251). No obstante, aunque sus planes prometían incrementar los viajes al Cusco, la prensa limeñocéntrica siguió representando a los Andes como un espacio antimoderno. La cubierta del número de febrero de 1927 de la revista de viajes limeña Ciudad y Campo y Caminos, representó muy bien el contraste imaginado entre la modernización orientada al automóvil del Perú y el atraso percibido de los Andes. La figura 3 muestra a una familia acomodada que lucha por manejar su auto entre campesinos indios, llamas y la geografía rural. La prensa de Lima pintó la modernización como algo opuesto a la naturaleza tradicional de la ciudad andina, incluso cuando surgieron reportes de nuevas formas de viajar al Cusco. Documentando las mejoras en infraestructura que estaban dándose en julio de 1927, Ciudad y Campo y Caminos recordó a sus lectores que «El Cuzco es una ciudad que avanza lentamente con los progresos de los timpos [sic]»38.
Los cusqueños respondieron a estas denuncias con una gama de esfuerzos políticos, artísticos y literarios que valoraban la identidad y el folklore de la región como algo compatible con el mundo moderno (Mendoza, 2008). Como parte de esta campaña, adoptaron el discurso del turismo para reconfigurar su región a ojos de Lima y del mundo. Resulta interesante que el primer llamado para usar el turismo como una fuerza para la modernización del Cusco proviniera de Giesecke, quien había nacido en Filadelfia. En julio de 1920, él publicó un artículo titulado «El Cuzco: Meca del turismo de la América del Sur» (Giesecke, 1920) en el Mercurio Peruano, una revista influyente entre la élite y los círculos intelectuales de Lima. La Revista Universitaria de la Unsaac lo volvió a publicar en agosto de 1921. Allí, Giesecke decía:
Sin duda alguna, la región que ofrecerá al turista durante el Centenario [de la Independencia del Perú en 1821] más interés por sus antecedentes históricos es el Cuzco, sede del antiguo Imperio de los Incas; Roma de la América del Sur, o Meca del turismo en toda la América, como algunos lo llaman con justicia. (Giesecke, 1921, p. 3)
Al igual que las narrativas de viaje previas, el artículo de Giesecke resaltaba los muchos lugares históricos que el Cusco ofrecía al posible visitante. Sin embargo, en lugar de enfatizar la incompatibilidad de la ciudad con el turismo moderno, enfatizaba sus refinadas amenidades. Su artículo aseguraba a los lectores que «[t]ranvías y automóviles esperan la llegada de los trenes», los cuales podían rápidamente llevar a los visitantes a los modernos hoteles de la ciudad; y «[p]ara el té», aconsejaba, «el viajero puede ir al Maxim, en los bajos donde está el Hotel Colón» (Giesecke, 1921, p. 5). Giesecke resaltaba que, lejos de ser una ciudad sucia y anticuada, el Cusco podía alojar a un viajero moderno. Al sugerir que lo visitaran durante la celebración del centenario de la Independencia peruana, Giesecke asimismo enfatizaba la importancia que tenía para la narrativa nacional.
Figura 3 Cubierta de Ciudad y Campo y Caminos, febrero de 1927

Esta publicación representaba el sentir dominante entre la mayoría de los limeños, quienes pensaban que las regiones andinas eran incompatibles con el viaje moderno39.
El llamado de Giesecke para promover el turismo provocó un estallido de redacción y promoción de guías para turistas, gran parte de las cuales fueron obra de la Generación de la Sierra. El trabajo de estos autores cuestionó la visión establecida de que las guías para turistas eran de un grosero consumismo y las parientes pobres del género más tradicional de las narrativas de viaje. En realidad, la obra de Giesecke y sus pares respalda el argumento de que, si bien ciertamente eran consumistas, las guías cumplieron un papel crucial en la creación y recreación de narrativas históricas, lugares de importancia e identidades (Koshar, 1998, pp. 323-339). En efecto, las guías obra de cusqueños fueron utilizadas para presentar una contranarrativa eficaz de la literatura de viaje que había denigrado a los Andes. Sus autores no señalaron explícitamente quiénes eran los receptores deseados de tal mensaje, pero podemos asumir que esperaban atraer un público tanto nacional como internacional. Para la década de 1920, los ferrocarriles y el servicio de transbordador a través del lago Titicaca ofrecían un viaje internacional relativamente conveniente del Cusco a Bolivia y Argentina. La popularidad de los grupos folklóricos cusqueños en Buenos Aires durante dicho decenio mostró a los posibles viajeros argentinos el atractivo cultural de la región (Mendoza, 2008, pp. 21-34). Con todo, parecería que los autores de las guías esperaban usar sus descripciones para convencer a los lectores limeños del atractivo cultural del Cusco.
Cosío reconoció el doble papel comercial y cultural de las guías cuando en 1924 publicó una del Cusco para turistas. En su introducción, informaba al lector acerca de su publicación: «No es, pues, […] un grave libro de crítica histórica ni de erudición». Más bien había sido
[…] escrito para responder á una necesidad inmediata del turista, en forma de una guía sencilla, breve y clara, [que] llenará su objeto si el visitante del Cuzco puede, con su dirección y auxilio, conocer cuánto de importante y digno de admiración posee y guarda esta ciudad milenaria. (Cosío, 1924, p. 3)
Cosío insertó imágenes fotográficas tomadas desde encima del Cusco para mostrar así el tamaño de la ciudad y su traza. A pesar del tono modesto de su publicación, las guías publicadas por cusqueños en las décadas de 1920 y 1930 hicieron un serio esfuerzo por apoyar la narrativa indigenista y anunciaban que el legado y la identidad del Cusco tenían un papel central en el moderno nacionalismo peruano.
A fin de refutar la imagen del Cusco como un lugar atrasado, los autores de estas guías subrayaron la capacidad de la ciudad para satisfacer las demandas de los modernos viajeros cultos. En su artículo de 1921, Giesecke recomendaba que los turistas visitaran la Unsaac, no solo porque era una de las universidades más antiguas de América del Sur, sino también para que observaran una de las primeras instituciones educativas mixtas del Perú y visitaran su nuevo museo arqueológico (1921, pp. 9-10). En 1924, Giesecke sacó a luz: Guía del Cuzco: la meca de la América del Sur, en la tierra de los incas. Esta guía, publicada en Lima, repetía muchas de las afirmaciones previas de sus artículos de 1920 y 1921, e incluía fotografías modernas y más detalles para los posibles viajeros. Su autor repetía el tema de que el Cusco era un lugar ideal para un turista moderno y cultivado, y recomendaba que los visitantes compraran estudios de autores indigenistas acerca de la sociedad y la historia de la región, para que así la conocieran mejor. Sugería también que los turistas consiguieran ejemplares de las publicaciones de Clorinda Matto de Turner, el estudio de Cosío de la historia del Cusco, ejemplares de la Revista Universitaria, tarjetas postales y fotografías40. En 1925, García, Valcárcel y Giesecke publicaron otra guía, titulada Guía histórico-artística del Cuzco, que también recomendaba que, en esta ciudad, los posibles turistas visitaran los «centros de instrucción importantes, siendo los principales la Universidad, dos colegios nacionales y el seminario, cuya fundación se remonta al siglo XVI» (1925, p. 7). Esta guía asimismo recomendaba lugares en donde los visitantes podían adquirir ejemplares del arte local, recordando así a los lectores que «el Cuzco fue un centro de enorme y fecunda producción artística, como ninguna otra ciudad del Perú y aun de América meridional» (García, Valcárcel, & Giesecke, 1925, p. 68).
A diferencia de las narrativas de viaje anteriores, que enfatizaban el estado de abandono o decadencia de los sitios arqueológicos del Cusco, las guías obra de cusqueños valoraban la arquitectura inca, resaltaban su atractivo y sostenían que su construcción era comparable o aun superior a la de otros artefactos culturales globales. La Guía histórico-artística del Cuzco recomendaba una visita al pueblo de Ollantaytambo, donde «se puede contemplar las estupendas ruinas que todavía quedan de las grandes viviendas fortificadas que fueron construidas sobre las cumbres de los cerros próximos» (García, Valcárcel, & Giesecke, 1925, p. 41). Además, resaltaba los muros incas a lo largo de las calles Triunfo y Belén en el Cusco, afirmando que «revela[n] la precisión de los instrumentos empleados, como los grandes conocimientos matemáticos de los constructores» (García, Valcárcel, & Giesecke, 1925, p. 48). En 1927, Valcárcel publicó un artículo de turismo en Ciudad y Campo y Caminos sobre la visita al legado inca del Cusco. Una vez más, repitió las pretensiones locales de la superioridad y durabilidad de las estructuras incas y se jactó así de que «parece que la eternidad sellara cada muro de estos que el Inka levantó para la perpetua memoria de su raza»41. El concentrarse en los lugares arquitectónicos también permitía a los autores de las guías incluir muchas fotografías del Cusco.
Los cusqueños mostraron tener una aguda conciencia de la importancia que la fotografía tenía en la temprana promoción del turismo. John Urry ha señalado el fuerte vínculo existente entre la fotografía y el turismo moderno. Con ella, uno puede crear una nueva narrativa para el consumo turístico. Aun más importante es que las fotografías fácilmente reproducidas invitan a los consumidores a que se imaginen a sí mismos como viajeros en lugares lejanos, ayudando así a identificar un lugar como singularmente turístico (Urry & Larsen, 2011, pp. 155-156). Bingham tomó miles de fotos en sus expediciones y las empleó hábilmente para publicitar su trabajo en Machu Picchu (Cox Hall, 2017, pp. 69-85). Los indigenistas regionales se vieron atraídos por la fotografía, puesto que ella brindaba entornos controlados para que presentaran imágenes que reforzaban la modernidad del Cusco42. Martín Chambi, uno de los fotógrafos más prolíficos en el Cusco, trabajó extensamente con los indigenistas y los autores de las guías para captar visualmente las cualidades turísticas de la región. Chambi promovió los lugares turísticos del Cusco de modo independiente a través de sus producciones y de exhibiciones a través de su estudio. También tomó múltiples fotos de Machu Picchu (figura 4). James Scorer (2014) sostiene que fue Chambi y no Bingham quien estableció el encuadre actualmente popular de Machu Picchu. Mientras que las fotos previas fueron tomadas mayormente dentro del centro arqueológico o desde un ángulo al mismo nivel que este, Chambi más bien lo captó desde una perspectiva elevada. Este encuadre, que muestra la relación de Machu Picchu con el paisaje circundante y con el Huayna Picchu que se alza detrás, estableció la imagen icónica del lugar que sigue siendo recreada hoy en día en los selfies de los turistas (Scorer, 2014, pp. 383-388). Chambi también contribuyó a numerosos proyectos que promovían el Cusco. Cuzco histórico es un volumen que apareció en Lima en 1934. Se trata de un libro que, además de textos de prominentes indigenistas, incluyó numerosas fotos que Chambi tomó de la región. Los autores del libro agradecieron su contribución explícitamente, contribución a la que muchos atribuyen el despertar del interés limeño por el Cusco al comenzar los años 1930 (Coronado, 2009, pp. 134-162).
Figura 4 Fotografía de Machu Picchu de Martín Chambi, 1925

Esta es una de muchas imágenes que el fotógrafo tomó de este lugar. Su encuadre del centro arqueológico, con el Huayna Picchu alzándose al fondo, sería reproducido en imágenes turísticas durante todo el siglo XX. Aunque las áreas limpiadas por las expediciones de Bingham son visibles, vale la pena señalar la extensa vegetación que aún cubría Machu Picchu en la década de 1920 (imagen usada con permiso del Archivo Fotográfico Martín Chambi).
Además de resaltar la habilidad arquitectónica de los incas, las primeras guías establecieron vínculos entre la época prehispánica y la moderna al enfatizar el estudio académico de la arqueología. En los artículos iniciales, que publicó en 1920 y 1921, Giesecke recordaba a los visitantes los trabajos arqueológicos efectuados por las expediciones de Bingham (1921, p. 6). La guía de Cosío de 1924 invitaba a los lectores a que se vincularan con los lugares históricos del Cusco como arqueólogos. Por ejemplo, decía a los visitantes cómo caminar alrededor de la Plaza de Armas de la ciudad para que identificaran los cimientos de los antiguos palacios y estructuras incas que la habían rodeado (Cosío, 1924, p. 30). Cuando guiaba a los visitantes por la iglesia de Santo Domingo y el templo del Coricancha, la publicación de Cosío invitaba a sus lectores a que estudiaran el lugar dando instrucciones detalladas: «Saliendo al claustro, y á mano derecha, se ve una hermosa pared inca, bien cuidada, de casi dos metros de altura» (1924, p. 56). Otra guía, publicada por Valcárcel en 1934, también subrayaba los trabajos arqueológicos que estaban en marcha en el Cusco. Describiendo los recientes esfuerzos de restauración, señalaba a los visitantes:
[…] Debajo de la ciudad actual, quedan por descubrir muchas ruinas, restos de edificios, que datan de períodos remotos, que hoy serán enterrados para siempre, a menos que se pueda encontrar otro Mussolini que descubra estos maravillosos tesoros escondidos, como lo hizo el Mussolini de Italia en Roma. (Valcárcel, 1934, p. 12)
Valcárcel y sus pares indigenistas tenían poca simpatía por el fascismo. Más bien, él esperaba resaltar cómo el trabajo de restauración arqueológica del Cusco reflejaba los modernos esfuerzos globales por celebrar el pasado y estudiarlo.
Las instituciones cívicas locales también produjeron sus propios materiales de promoción turística, los que, si bien no eran de igual corte académico, sí se hacían eco de la narrativa que los indigenistas suscribían. Ya en 1921, la Sociedad de Propaganda del Sur del Perú había publicado su Guía general del sur del Perú, que incluía una sección sobre los atractivos turísticos del Cusco. Aunque alentaba a los turistas a que visitaran los lugares arqueológicos y coloniales, esta guía también invitaba a sus lectores a que la usaran para observar el «movimiento actual [del Cusco] bajo sus múltiples fases sociológicas y comerciales» (Sociedad de Propaganda del Sur del Perú, 1921, p. 49). En 1937, el municipio y la cámara de comercio publicaron una extensa guía de turismo titulada Guía general del Cuzco, la cual enfatizaba también su modernización y su atractivo internacional. Consciente de la reputación de la ciudad, esta guía se jactaba de que «[e]l saneamiento y canalización [i. e., el nuevo sistema de alcantarillado] de la ciudad le dan una fisonomía bien diferente de aquella sucia y vergonzosa con que la presenta el explorador Squier en 1863» (Guía general del Cuzco, 1937, p. 18). Junto con las descripciones de viaje e históricas, ambas guías enfatizaron la modernización y la vida cívica local. Los hacendados esperaban presentarse a sí mismos como protagonistas de la modernización del Cusco y compraron numerosos avisos en la de 1921 para resaltar las mejoras efectuadas en sus haciendas y también los fabricantes, comerciantes y hoteles del Cusco pusieron avisos que lucían su desarrollo urbano (Sociedad de Propaganda del Sur del Perú, 1921, pp. 14, 16, 20, 58). Las entradas en la publicación de 1937 listaban a los miembros del Rotary Club, así como sus recientes logros de caridad (Guía general del Cuzco, 1937, p. 131). Dicha guía contenía asimismo información referida a muchas organizaciones profesionales y cívicas modernas, entre ellas la Asociación Médica del Cusco, la Asociación de Ingenieros del Cusco, la Sociedad de Artesanos del Cusco y hasta el Club de Tennis de Sicuani (Guía general del Cuzco, 1937, pp. 133-143).
Las guías de turismo producidas localmente hicieron algo más que defender al Cusco del insulto del atraso. También fueron herramientas con las cuales los cusqueños presentaron su interpretación particular del indigenismo. Sin embargo, el Cusco no era el único centro del pensamiento indigenista. Durante la década de 1920, otros actores políticos rivales en el Perú sostenían ser los líderes del movimiento indigenista. El pensador socialista José Carlos Mariátegui, la populista Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) y hasta el Gobierno de Leguía buscaron todos colocar al indio en el centro de la reforma social y la modernización, pero diferían enormemente en cómo alcanzar dicha meta (Coronado, 2009; Kristal, 1987; Tamayo Herrera, 1981, pp. 9-19). Al mismo tiempo que lidiaban con los distintos movimientos indigenistas a nivel nacional, los cusqueños debían también enfrentar los esfuerzos realizados a nivel popular. A pesar del mensaje optimista que las guías de turismo transmitían, en el Cusco las décadas de 1920 y 1930 estuvieron colmadas de violentos conflictos sociales en torno a la raza. El arribo del ferrocarril, seguido por la construcción vial efectuada por Leguía, abrió las zonas agrícolas del Cusco a una mayor explotación económica. Los acaudalados hacendados compraban o confiscaban tierras a las comunidades de indígenas, las cuales no podían competir con las haciendas más grandes que estaban en condiciones de beneficiarse con las nuevas conexiones ferroviarias y viales (Rénique, 1991, pp. 31-42; Tamayo Herrera, 2010, pp. 95-102)43. En respuesta, los indios se unieron a los reformistas del Comité ProDerecho Indígena Tahuantinsuyo. Leguía había formado este movimiento –llamado así por el nombre en quechua del Imperio inca– como parte de sus esfuerzos por construir una base populista rural para la Patria Nueva. Los indios y los activistas rápidamente usaron esta organización para criticar a las abusivas élites rurales y a las autoridades gubernamentales. Aunque los levantamientos de los años 1920 fueron originalmente considerados un movimiento milenarista –sobre todo el movimiento Tahuantinsuyo–, los investigadores han reevaluado sus metas como un esfuerzo político concentrado de las comunidades indias, que buscaban una mayor inclusión en la política nacional y regional44. Las violentas revueltas agrarias y tomas de tierras efectuadas por las comunidades de indígenas remecieron el sur peruano a partir de 1921, hasta que el Gobierno de Leguía puso al movimiento fuera de la ley y encarceló a sus dirigentes en 1927 (Arroyo, 2004, pp. 1-24; Leibner, 2003, pp. 1-23).
Los estudiosos del indigenismo sostienen que, durante los levantamientos de los años 1920, los indigenistas cusqueños no lograron entender o apoyar las demandas políticas y sociales de los indios del campo (De la Cadena, 2000, pp. 88-89; Lauer, 1997, pp. 107-110). Los indigenistas, que frecuentemente contaban con el apoyo de la élite cusqueña, más bien alababan a los movimientos folklóricos y culturales andinos, al mismo tiempo que restaban importancia a las demandas sociales de la población india concreta de la región. Hacia finales de los años 1920 y comienzos de la década de 1930, los indigenistas fueron abrazando la posibilidad de crear lo que Uriel García llamó «nuevo indio» a través de la educación y la urbanización. Muchos investigadores llaman a este nuevo foco como «neoindigenismo»45. A diferencia de los intelectuales de Lima, que frecuentemente veían la raza a través de los rasgos físicos, en el Cusco se la definía en función a rasgos culturales asociados con la modernización y la urbanización. El ser mestizo fue asociado cada vez más con actos culturales tales como hablar español, abandonar la vestimenta de estilo indígena y vivir en áreas urbanas (De la Cadena, 2000, pp. 131-135). Las guías de viaje buscaban resaltar el crecimiento de los nuevos indios, que eran culturalmente mestizos. Ya en 1921, la Guía general del sur del Perú enfatizaba a sus lectores que los mestizos conformaban el grupo étnico más grande de la ciudad (Sociedad de Propaganda del Sur del Perú, 1921, p. 59). Al presentar el Cusco a los visitantes, la Guía general del Cuzco de 1937 informaba a los viajeros que «un 8 o 10 por ciento de la población, ha de ser seguramente de blancos, nativos y extranjeros; un 60 por ciento de mestizos, criollos; y el resto, algo más del 30 por ciento, de indios» (1937, p. 23). Esta guía asimismo predecía que «la población urbana será alfabeta en un cuarenta por ciento y la extraurbana permanece aún casi unánimente [sic] analfabeta, lo que no obsta para que contemporáneamente predomine una franca aspiración hacia la escuela, aun en los ayllus más pequeños» (Guía general del Cuzco, 1937, pp. 23-25). El progreso percibido con la creación de los nuevos indios mediante la modernización, la educación y el mestizaje permitió a la Guía general del Cuzco concluir que «[e]s solo en los albores del presente siglo que el Cusco, comienza a recobrar sus legítimos prestigios y a tomar su rol histórico de núcleo y centro de la nacionalidad» (1937, p. 15). A medida que los cusqueños afirmaban el papel de su región como la auténtica representación del nacionalismo peruano a partir del nuevo indio, buscaban también oportunidades para resaltar el atractivo nacional e internacional del Cusco. Afortunadamente para ellos, el año 1934 ofreció un importante aniversario cívico con el cual subrayar la promesa de su región como centro cultural y turístico.
El Cuarto Centenario del Cusco y el turismo
Para la década de 1930, los cusqueños habían usado al turismo para armar una narrativa que resaltaba la modernidad de la región y definía su visión del indigenismo. Ahora necesitaban contar con una plataforma que luciera el potencial turístico de su ciudad. Los partidarios del turismo encontraron la oportunidad perfecta en 1934, cuando el Cusco planeaba celebrar el 400 aniversario –el Cuarto Centenario– de la fundación española de la ciudad. Aunque este no tuvo el alcance de otras fiestas regionales cívicas celebradas en la historia latinoamericana, sí ofreció un momento importante con el cual afirmar la importancia cultural y turística del Cusco a nivel nacional46. Los planes de este evento se trazaron en medio de dramáticos cambios políticos en el Perú, que beneficiaron en última instancia la posición de las élites regionales y a los indigenistas del Cusco. La élite regional cusqueña, golpeada tanto por las revueltas agrarias como por la oposición del Gobierno de Leguía en los años 1920, entró en la década siguiente con bases políticas más estables.
Los efectos de la Gran Depresión debilitaron severamente el control que Leguía tenía del Perú. En agosto de 1930, el coronel Luis Miguel Sánchez Cerro encabezó un golpe de Estado exitoso que depuso a Leguía (Klarén, 2000, pp. 268-276). La postura antileguiísta de las élites y los intelectuales cusqueños permitió que muchos de sus integrantes y de los indigenistas de la región ascendieran en la burocracia cultural y política de Lima tras la caída de la Patria Nueva. Por ejemplo, David Samanez Ocampo, quien representaba al Cusco en el Congreso nacional, encabezó un Gobierno interino después de algunos meses del gobierno de Sánchez Cerro. Luego de varios años tumultuosos de cambios en la jefatura del Estado, de levantamientos y de asesinatos, un Congreso Constituyente del Perú nombró presidente a Óscar R. Benavides, con la esperanza de que este mariscal de campo, que ya había ocupado la presidencia entre 1914 y 1915, brindara un liderazgo estable y conservador al país. Benavides comenzó a restablecer los lazos políticos entre Lima y la élite regional cusqueña, los cuales se habían quebrado con Leguía. En consecuencia, los importantes líderes políticos y culturales del Cusco gozaron de mayor prominencia en Lima durante los años 1930 (De la Cadena, 2000, pp. 131-132; Klarén, 2000, pp. 276-280; Tamayo Herrera, 2010, pp. 149-150; Tantaleán, 2014, pp. 67-68). El 23 de enero de 1933 el Gobierno nacional aprobó la Ley 7688, que declaraba al Cusco «Capital Arqueológica de Sudamérica» como muestra de su apoyo a las campañas culturales encabezadas por los líderes regionales cusqueños (De la Cadena, 2000, pp. 73-74).
A medida que los lazos políticos entre el Cusco y Lima se restauraban en la década de 1930, el recuerdo de los levantamientos agrarios indígenas quedaba eclipsado por el trabajo cultural de los indigenistas del Cusco (De la Cadena, 2000, p. 128). Los cusqueños esperaban emplear las celebraciones del Cuarto Centenario para ayudar a solidificar estas dos tendencias positivas. Como parte de dichos esfuerzos, los partidarios de las celebraciones cívicas propuestas enfatizaron su potencial para atraer turistas al Cusco. El diario El Comercio del Cusco, que apoyaba los esfuerzos realizados para conseguir financiamiento en anticipación del Cuarto Centenario, anotaba que «se inaugurarían numerosas obras públicas que le dieran al Cosko legendario y maravilloso las nobles características de un pueblo culto, celoso de sus monumentos y capacitado para conservarlos y ofrecerlos a la veneración del tourismo [sic] internacional»47. Presionado por el político cusqueño Víctor Guevara, el 13 de septiembre de 1933 el presidente Benavides firmó la Ley 7798, que declaraba: «celébrese, con el carácter de fiesta nacional» el Cuarto Centenario del Cusco el 23 de marzo de 1934. Esta ley creó el Comité Central del Cuarto Centenario del Cuzco y le dio un presupuesto de 600 mil soles para preparar las celebraciones. Asimismo, proporcionó fondos para trabajos de restauración y un nuevo hotel de turistas en Machu Picchu. Otros beneficios prometidos para el evento de 1934 incluían un nuevo instituto arqueológico, mejoras cívicas y un nuevo hospital municipal48.
Desde el principio, la meta de atraer viajes internacionales al Cusco fue un tema dominante en los planes del Cuarto Centenario. El diario La Crónica de Lima publicó una sección especial en su edición del 29 de octubre de 1933 que urgía al Gobierno nacional a que, en preparación del evento, «[o]rganice la propaganda turística y con ella dé a conocer las excelencias de nuestro suelo y la obra gloriosa de nuestra raza, en el mundo civilizado»49. Una segunda nota, titulada «El Porvenir del Cuzco», resaltaba la necesidad de que el Estado peruano considerara a la región como un centro potencial para los viajes internacionales y señalaba que «[e]ste Cuzco arqueológico es en verdad una fortuna al alcance de nuestra mano, una bella y surgente mercancía que los turistas pagan y que a nuestro país le interesa vender»50. A medida que la fecha del evento cívico se aproximaba, la prensa peruana seguía de cerca la restauración de los sitios arqueológicos de la ciudad y de Machu Picchu. El Comercio de Lima comentó el progreso de las obras el 9 de marzo de 1934, al señalar con orgullo que «de seguro que las labores que se ejecutan actualmente han de permitir mayores atracciones para los turistas»51. El Touring y Automóvil Club del Perú (TACP), de Lima, también promovió fuertemente las celebraciones y su potencial para crear turismo en el Cusco52.
A medida que los Gobiernos nacional y local se preparaban para el Cuarto Centenario, diversos grupos usaron el lenguaje del turismo para presionar en pos de conseguir fondos adicionales. Por ejemplo, en 1933, el Concejo Provincial del Cusco presionó al Gobierno central para que incrementara los fondos de restauración del complejo arqueológico del Coricancha «a fin de que los turistas puedan tener acceso libre para admirar nuestro pasado glorioso i que también la Junta de Patronato Arqueológico de esta localidad pueda tener una inmediata vigilancia en su más perfecta conservación»53. Las instituciones locales no eran las únicas que esperaban beneficiarse con un posible auge del turismo durante el Cuarto Centenario. Varios inmigrantes estadounidenses se contactaron con el gobierno de la ciudad y preguntaron sobre posibles trabajos de promoción de las actividades del Cuarto Centenario o para su organización54. Hasta un repostero llamado Moisés Ponce de León se puso en contacto con el Comité del Cuarto Centenario para ofrecer sus servicios «en los ramos de confitería, pastelería fina y como cheff [sic] de cuisine» para las festividades55.
Mientras que algunos intentaban buscar oportunidades temporales durante el Cuarto Centenario, otros grupos esperaban usar el evento para promover un cambio de largo plazo en el Cusco. En marzo de 1934, Giesecke se había unido a varios prominentes líderes cívicos del Cusco para formar el Comité Central de Propaganda Turística (CCPT)56. En coordinación con el Comité Central del Cuarto Centenario, el CCPT organizó presentaciones musicales y exhibiciones para mostrar a los visitantes la cultura y la historia del Cusco y redactó informes sobre la necesidad de efectuar mejoras en el alojamiento57. En vísperas del centenario, el CCPT presentó un informe sobre las formas de «conseguir que el Cuzco se convierta en zona de atracción turística mundial». Este informe sostenía que el Gobierno nacional debía usar el Cuarto Centenario para organizar el desarrollo turístico en el Cusco y presentó 11 recomendaciones para impulsar dicha actividad, entre ellas, la coordinación de la preservación arqueológica, la creación de una oficina central de planificación del turismo, financiamiento estatal para la construcción de hoteles y mayor publicidad en el extranjero en la promoción del turismo en el Perú58. Un editorial, aparecido en El Comercio de Lima el 4 de abril de 1934, suscribió el informe del CCPT y recomendó que el Gobierno nacional adoptara todas sus recomendaciones59.
Si el CCPT promovía la planificación de largo plazo para desarrollar el turismo en el Cusco, el Comité Central del Cuarto Centenario había tomado ya medidas para alcanzar dicha meta, como contratar al arquitecto Emilio HarthTerré para que formulara un plano urbano de largo plazo para el Cusco. En 1934, Harth-Terré completó el plano regulador de la ciudad, su primera guía de planificación urbana. Valcárcel lo apoyó y dijo: «La magnitud de la obra del Plano Regulador de la Ciudad del Cuzco […] [es] la pauta a la cual tendrá que someterse el Concejo Municipal en [todo] cuanto se relacione con las modificaciones urbanas»60. Aunque el plano de Harth-Terré solo era un esbozo general con el cual regular la conservación y el desarrollo urbano del Cusco, muchas de las sugerencias que hizo en 1934 para el Cuarto Centenario seguirían conformando la base de la planificación cultural y turística de la ciudad durante el resto del siglo. Su plan sostenía que la supervisión técnica y una cuidadosa planificación ayudarían a desarrollar el Cusco, al mismo tiempo que se conservaría el legado arquitectónico de la ciudad para captar el interés global. El plan proponía que el Cusco fuera dividido en distintas zonas de planificación. La «zona arqueológica» esbozada en él comprendería la mayor parte del centro de la ciudad, en donde «se conservarán los restos arqueológicos y obras de mérito arquitectural e histórico», los cuales serían administrados por el Instituto Arqueológico del Cusco61. Además del centro histórico, el plano de 1934 aconsejaba la creación de áreas de comercio, industria y residenciales. El optimista plan de Harth-Terré proponía incluso que la futura planificación residencial debería «hacerse con discreta prolijidad para no perjudicar al elemento aborigen, trabajador de poco jornal y cuya vida es aún primitiva»62. Infortunadamente, el Comité Central del Cuarto Centenario carecía de los fondos necesarios para iniciar la implementación de esa extensa propuesta. Con todo, la recepción dada al plan de Harth-Terré mostró cómo el turismo, alguna vez usado para resaltar la modernidad del Cusco a los forasteros, había comenzado a convertirse en motor de la modernización y la planificación.
Sin embargo, mientras los cusqueños se preparaban para lucir su ciudad, persistía el temor de que los turistas que llegaran quedaran decepcionados con el estado actual de la modernización del Cusco, o la ausencia de la misma. Surgió la preocupación de que ellos encontraran que sus hoteles y alojamientos no fueran tal como lo proclamaban las guías y la publicidad. El Comité Central del Cuarto Centenario creó así un subcomité específico dedicado a preparar e inspeccionar los alojamientos con la esperanza de mantener un alto nivel. Este subcomité trabajó junto con un inspector municipal de hoteles y alojamientos en la emisión de licencias y la inspección de la seguridad y la limpieza de los establecimientos63. Infortunadamente para los planificadores del Cuarto Centenario, en 1934 el Cusco aún carecía de muchos alojamientos modernos. Una encuesta efectuada por la comisión de alojamiento halló que la ciudad solo contaba con 10 establecimientos calificados para recibir viajeros. De estos, solo el Hotel Ferrocarril acreditaba ser un establecimiento de primera clase. Muchos de los otros alojamientos tenían instalaciones menos que espectaculares. Por ejemplo, el Hotel Colón tenía 58 habitaciones, pero apenas 4 baños. En efecto, la comisión de alojamiento descubrió con su encuesta que los hoteles del Cusco solo tenían, en total, 128 habitaciones y 27 baños64. La comisión le pidió al Hotel Ferrocarril que duplicara su número de camas en preparación para el Cuarto Centenario, pero la respuesta que recibió fue negativa65.
En reacción a la falta de suficientes recursos y espacio en los hoteles establecidos en el Cusco, la comisión de alojamiento del Cuarto Centenario comenzó a pedir a vecinos individuales que brindaran alojamiento temporal a los visitantes esperados. A comienzos de 1934, los vecinos que vivían cerca del centro de la ciudad recibieron cartas de la comisión que decían:
[…] tenemos la grata satisfacción de dirigirnos a Ud., demandando su espíritu altamente cuzqueñista, para que, con motivo del cuatricentenario de la fundación hispánica de esta capital, quiera Ud. favorecer con la provisión de un alojamiento, consistente en _____ camas, a los numerosos visitantes que deberán aportar a partir del mes de marzo próximo.66
Asignando fondos proporcionados por el Gobierno central, la comisión de alojamiento organizó un programa de préstamos para ayudar a los vecinos a hacer los preparativos y toda renovación necesaria para los visitantes67. Los vecinos usarían las rentas pagadas durante las fiestas para pagar los préstamos y tendrían una modesta ganancia68. Por ejemplo, una solicitud calculaba que el préstamo de alojamiento quedaría cancelado con el 20% de las utilidades ganadas con la estadía de los huéspedes durante las festividades69.
Los vecinos respondieron al llamado movidos por la oportunidad financiera y la obligación cívica. Humberto Gil respondió a la comisión de alojamiento con una carta entusiasta: «Que, deseoso de cooperar a la celebración de las fiestas del 4to. Centenario próximas a realizarse en esta histórica ciudad», prometía que si la comisión asignaba 5.000 soles para la renovación de su propiedad en la calle Hatun Rumiyoc 18, él «instalar[ía] una casa-alojamiento para los visitantes, con desayuno i té; i reuna [sic] las comididades [sic] suficientes para el buen servicio de los alojados, con capacidad para 40 pasajeros»70. Manuel Ávila solicitó un préstamo de 3.000 soles para brindar «un servicio de alimentación i habitación confortables i bastante decentes»71. Enrique Santos, de la calle Hatun Rumiyoc 89, le escribió a la comisión de alojamiento prometiendo albergar 15 huéspedes si se le otorgaba un préstamo de 1.500 soles72. Algunos propietarios recibieron generosos estipendios para que renovaran su propiedad, con la esperanza de recibir huéspedes. Por ejemplo, Hermoza Santos recibió 10.000 soles de la comisión de alojamiento para que renovara su casa para los visitantes del Cuarto Centenario73. Sin embargo, no todos los residentes respondieron positivamente a las ofertas de la comisión. Wenceslao Cano respondió: «en mi casa no tengo posibilidad de disponer alojamiento, en razón de ser pequeña y abasteser [sic] solo para mi familia»74. A pesar de los esfuerzos realizados por el Comité del Cuarto Centenario para mejorar el alojamiento del Cusco, los informes de la prensa indican que la ciudad seguía sin contar con instalaciones adecuadas como para ser considerada un centro turístico75.
A pesar de los problemas de alojamiento, las celebraciones del Cuarto Centenario se iniciaron al mediodía del jueves 22 de marzo, cuando las iglesias de la ciudad hicieron sonar sus campanas para marcar la celebración. En Lima, el presidente Benavides saludó al Cusco en una misa de tedeum especial, celebrada en la Catedral metropolitana76. El Cusco inició el día con una salva de 21 cañonazos, seguida por la inauguración de obras públicas, un desfile militar que contó con la asistencia del prefecto y el coronel Jorge Vargas, y un concierto musical de canciones folklóricas en el teatro municipal77. A pesar del origen urbano y de élite del indigenismo, Zoila S. Mendoza (2008) ha señalado que en el Cusco también gozó de apoyo popular, especialmente entre los grupos folklóricos urbanos que esperaban usar el movimiento cultural para afirmar su pertenencia al Perú moderno. Esto ciertamente lo podemos ver en la amplia participación local con que el evento contó. Todas las noches, entre el 22 y el 25 de marzo, hubo un desfile en la Plaza de Armas, al que frecuentemente siguieron fuegos artificiales. Las noches del viernes y el sábado, el municipio ofreció proyecciones públicas de películas a los habitantes de la ciudad. Las celebraciones asimismo incluyeron actividades cívicas tradicionales, entre ellas, una misa de tedeum en la catedral del Cusco, una lectura del acta de fundación española y la entonación de los himnos nacional y cusqueño. Las ceremonias marcaron el término de las restauraciones históricas y de las nuevas obras públicas. Entre las atracciones más populares, figuraron la inauguración del nuevo aeropuerto del Cusco y la del recientemente restaurado complejo arqueológico de Sacsayhuamán. El Teatro Municipal celebró conciertos nocturnos que presentaban grupos musicales locales. El último, celebrado el domingo 25 de marzo, incluyó al célebre Centro Qosqo de Arte Nativo, el grupo folklórico musical y cultural más prominente de la región78.
Además de la creciente conciencia nacional, el gasto realizado en el Cuarto Centenario ayudó a inaugurar parte de la primera infraestructura turística permanente del Cusco. La apertura del nuevo aeropuerto hizo que surgiera la esperanza de que se programaran vuelos regulares a Lima79. Incluso después de completado el ferrocarril, el viaje a la capital requería de al menos dos días completos de viaje por tren hasta la costa, seguidos por dos días en barco para llegar a Lima. Cuando el primer avión llegó al Cusco en 1925, la celebración cívica de casi un mes de duración mostró cuán importante era unir la región con la comunidad nacional y global para la población local (Hiatt, 2007). El gasto efectuado en el Cuarto Centenario ayudó también a abrir un nuevo local para el Instituto Arqueológico, lo que permitió apuntalar el plan que los cusqueños tenían de promover la región como un centro de turismo histórico y cultural80. La inauguración de los sitios arqueológicos restaurados, Machu Picchu inclusive, prosiguió después de la fiesta cívica en el Cusco hasta julio de 193481. Gracias a los trabajos de rehabilitación efectuados en Machu Picchu, las visitas de campo a este lugar comenzaron a ser algo común después de entonces82. Luego de años de descuido tras la partida de Bingham, Machu Picchu nuevamente esperaba a los turistas.
Conclusiones
Parecería que el Cuarto Centenario del Cusco alcanzó muchas de las metas de los cusqueños, quienes usaron la promesa del turismo internacional para reinventar su región a ojos de la nación. El evento incluso atrajo a la prensa internacional. Un artículo publicado en la edición del 24 de marzo de 1934 del New York Times, se maravillaba de cómo «1,000 indios estuvieron trabajando en la restauración de las antiguas glorias de la ciudad capital de sus antepasados»; asimismo reportó que «el gobierno espera lograr que el Cuzco […] sea reconocido como la ciudad arqueológica destacada de América del Sur»83. Tal vez aun más impresionante fue el reconocimiento que la prensa limeña le otorgó. El Comercio de Lima alabó las celebraciones en su editorial del 23 de marzo de 1934, que decía:
En este homenaje solemne, la mente de la costa se confunde con la mente cusqueña y, de esa fusión compensadora de dos mundos del espíritu, surge el alma del Perú, síntesis de dos psicologías fundamentales que se completan y robustecen en el acervo común de la nacionalidad.84
Alguna vez difamada, la cultura cusqueña fue presentada cada vez más como un componente central de la identidad nacional peruana. Igualmente importante fue que el turismo prestó herramientas a los líderes políticos e intelectuales del Cusco para que definieran y difundieran una visión regional específica del indigenismo por encima de las narrativas indigenistas rivales. Este indigenismo permitió a los cusqueños sostener un discurso que resaltaba la compatibilidad de la cultura indígena de la región con la modernidad. Además, las narrativas históricas y folklóricas cuidadosamente empaquetadas, creadas para el turismo, también apuntalaron los esfuerzos del indigenismo cusqueño para distanciar su movimiento de las demandas más radicales de reforma social surgidas de las comunidades de indígenas contemporáneas de la región.
No obstante, si el Cuarto Centenario celebraba los logros del Cusco en la promoción del turismo, también resaltaba los retos vigentes. El Comercio de Lima reportó que «numerosos turistas» habían visitado el Cusco en dicho aniversario, sin embargo, el diario no pudo presentar estadísticas que apoyaran esto85. La falta de reportes sobre el número específico de visitantes sugiere que la mayoría de los que acudieron a los eventos del Cuarto Centenario eran del Cusco o de sus comunidades vecinas. Además, los apuros de último minuto que el Comité Central del Cuarto Centenario pasó para compensar el alojamiento de calidad inferior de la ciudad ilustran los muchos problemas estructurales que desafiaban los planes que la región tenía para desarrollar el turismo. Por último, aunque El Comercio de Lima apoyaba la celebración del Cuarto Centenario, esta siguió mostrando gran parte de la visión paternalista que los cusqueños esperaban que disminuyera con la reconversión del Cusco en un destino moderno. «El Comercio respald[a] el desarrollo del turismo en el Cusco en el año 1934», sostuvo su editorial del 22 de marzo de 1934, donde se reseñó las celebraciones del Cuarto Centenario, y también se preguntó: «¿Que mejor homenaje podemos ofrendarle al Cuzco que incorporar al ritmo grávido de la hora presente a los cuatro millones de parias que vegetan en las serranías del Perú?»86. No obstante los logros alcanzados en las décadas anteriores a este centenario, la percepción del Cusco como una región aislada y subdesarrollada persistía. Sin embargo, al mismo tiempo que El Comercio de Lima desestimaba a los supuestos parias de los Andes peruanos, giros políticos más amplios habían comenzado a crear las condiciones nacionales y hemisféricas para convertir al turismo en un proyecto nacional. Muy pronto, los lazos transnacionales que ayudaron a elevar la identidad regional del Cusco dentro del Perú comenzarían también a levantar su perfil a lo largo y ancho del hemisferio.
12 La denuncia más notable de la comercialización e invención del turismo es la de Boorstin (2012 [1962], pp. 77-117). Los estudios de Koshar (1998) y Brown (1997) son notables en su análisis del poder del turismo en la creación de la identidad regional.
13 Para el vínculo entre indigenismo y modernidad, consúltese: Coronado (2009); Hiatt (2007); López Lenci (2007). Para la tensión existente entre el indigenismo popular y el oficial, consúltese: De la Cadena (2000); Lauer (1997).
14 Una excepción clave es el maravilloso estudio de Mendoza (2008, pp. 65-91).
15 Los primeros estudios históricos que volvieron a examinar la rebelión frecuentemente la presentaban como un movimiento protonacionalista; entre ellos tenemos a B. Lewin (1957) y C. D. Valcárcel (1977). Un grupo posterior de investigadores enfatizó las raíces andinas de la rebelión, lo que la hizo algo distinto del nacionalismo peruano. Consúltese, por ejemplo, Burga (2005 [1988]); Szeminski (1984). Otros historiadores examinaron sus raíces sociales y económicas, así como sus consecuencias, en estudios tales como: Flores Galindo (1976); Golte (1980); O’Phelan Godoy (1985).
16 Tamayo calcula que la población de la ciudad del Cusco cayó en 65% entre la rebelión de Túpac Amaru II y 1900. Su subdesarrollo no significó inactividad. Para información sobre la cultura política en el Cusco decimonónico, consúltese Walker (1999).
17 Para un análisis de la República Aristocrática, consúltese Burga & Flores Galindo (1980). La ampliación de la noción de que durante la República Aristocrática los Andes fueron algo ajeno y antimoderno, la encontramos en Cotler (1985, p. 139).
18 La documentación de la explotación del caucho al este del Cusco se encuentra en: Brown & Fernández (1991, pp. 57-78); Stanfield (1998).
19 El limitado alcance del indigenismo está documentado en: Kristal (1987, pp. 1-25); Lauer (1997); Tamayo Herrera (2010, pp. 70-75).
20 Giesecke completó sus estudios de pregrado en la Universidad de Pennsylvania y los de postgrado en la Universidad de Cornell. El embajador peruano en los Estados Unidos le pidió a Leo Rowe, el asesor de Giesecke en la Universidad de Pennsylvania, que le recomendara un candidato para el puesto de rector. Giesecke llegó a Lima en 1909 y al Cusco en 1910.
21 Giesecke hizo un recuento del conocimiento que ya se tenía del sitio en el quincuagésimo aniversario de la primera visita de Bingham a Machu Picchu; consúltese: AG (D-033, «50th anniversary speech», ff. 1-3).
22 Los estudiosos han documentado extensamente la presencia de Machu Picchu y sus ruinas en los estudios geográficos que antecedieron a la expedición de Bingham de 1911 (Greer, 2008; Thomson, 2001; Mould de Pease, 2003).
23 Para más información acerca de la publicación y recepción que el artículo tuvo, consúltese: Cox Hall (2017, pp. 88-101); Heaney (2010, p. 166).
24 Con respecto a la mistificación de Machu Picchu y de Bingham, consúltese: Cox Hall (2012); Shullenberger (2008).
25 Consúltese también: Appleton (1916); Hayne (1919); Leroux (1915).
26 NYT («Lost city in the clouds found after centuries», 15 de junio de 1913, SM1).
27 Consúltese el análisis de la reacción en la prensa peruana en: Cox Hall (2017, pp. 103-110).
28 YPEP (box 8, folder 109, Javier Prado Ugarteche a Hiram Bingham, 19 de agosto de 1913).
29 Para detalles específicos del acuerdo entre Bingham y el Gobierno peruano en cada expedición, así como de las faltas cometidas por Bingham, consúltese: Heaney (2010, pp. 75-77, 115-116, 127-130, 155-156, 165-166, 171-173).
30 Los recuerdos personales de Valcárcel se encuentran en Memorias (1981, p. 187).
31 YPEP (box 17, folder 292, 9886, Hiram Bingham a F. H. Allen, 12 de junio de 1922; box 17, folder 292, 9889, Hiram Bingham a Ferris Greenslet, 15 de junio de 1922). Bingham le escribió a Grosvenor (de National Geographic) para indicarle que Inca land se ocuparía fundamentalmente de la expedición de 1911 y que un segundo volumen narraría las expediciones de 1912 y 1915. Consúltese: YPEP (box 17, folder 296, 9903, Hiram Bingham a Gilbert Grosvenor, 2 de octubre de 1922).
32 Boston Daily Globe («Climbed Andes on the way to the governor’s chair», 7 de diciembre de 1924, A10).
33 AG (0140, f. 25, Hiram Bingham a Albert Giesecke, 6 de mayo de 1926).
34 HBNP («Machupicchu», ECL, 10 de septiembre de 1926, 3).
35 AG (D-209, ff. 1-2, Albert Giesecke a Luis J. García, Panagra, 13 de febrero de 1961).
36 Un argumento central de Mallon (1995, pp. 176-219), así como de Thurner (1997, pp. 99-136), es el fracaso del Estado peruano en incorporar a las comunidades andinas durante la segunda mitad del siglo XIX.
37 Para el análisis del pensamiento de Riva-Agüero, consúltese: Drinot (2013); Vich (2002). Hay una buena sinopsis de la adopción del mestizaje por parte del Estado mexicano en Knight (1990). Con respecto a la oposición cusqueña al mestizaje, consúltese: De la Cadena (2000, pp. 20-29).
38 HBNP (CCC, N° 31, julio de 1927, 19).
39 HBNP (CCC, N° 26, febrero de 1927, cubierta).
40 IRA (A. Giesecke, Guía del Cuzco, 14).
41 HBNP (CCC, N° 31, julio de 1927, 17).
42 Poole (1997, pp. 168-197) señala el uso de la fotografía en la formación de un indigenismo oficial cusqueño.
43 Uno de los primeros estudios que evaluó los efectos negativos del ferrocarril sobre las comunidades rurales fue el de L. E. Valcárcel, «La cuestión agraria en el Cuzco» (1914, pp. 16-38).
44 Para estudios de los aspectos milenaristas del movimiento Tahuantinsuyo, consúltese: Burga (1986, pp. 463-517); Kapsoli (1984, 1982). Entre los estudios revisionistas que han resaltado las metas políticas de los levantamientos, tenemos: De la Cadena (2000, pp. 86-130); Heilman (2010, pp. 42-70); Jacobsen (1993, pp. 337-353).
45 El concepto de nuevo indio fue propuesto originalmente por José Uriel García, indigenista y autor de obras de viaje, en El nuevo indio (1930). A quienes seguían esta teoría frecuentemente se les denominaba neoindigenistas. Consúltese: Tamayo Herrera (1981, pp. 9-19). Lauer (1997, pp. 107-110), denominó «indigenismo 2» a esta siguiente generación del pensamiento indigenista. Para mayor información acerca del surgimiento del neoindigenismo y el conflicto entre neoindigenistas e indios, consúltese: De la Cadena (2000, pp. 44-176). Para la relación entre neoindigenismo y turismo, consúltese: Mendoza (2008, pp. 65-91).
46 Revísese, por ejemplo, la discusión en torno a la conmemoración del cuarto centenario de la fundación de São Paulo en Weinstein (2015, pp. 221-295).
47 HBMC («El congreso constituyente y el IV centenario del Cuzco», ECC, 24 de agosto de 1933, 2).
48 BCP (Ley 7798, 13 de septiembre de 1933).
49 HBNP («El turismo, riqueza que debe beneficiarnos», La Crónica, 29 de octubre de 1933, 2ª secc., 3).
50 HBNP («El porvenir del Cuzco», La Crónica, 29 de octubre de 1933, 2ª secc., 3).
51 HBNP («Las fiestas del cuarto centenario de la fundación española del Cuzco», ECL, 9 de marzo de 1934, ed. de la mañana, 1).
52 HBNP («La celebración del IV centenario del Cuzco», Revista del Touring Club Peruano, 8, N° 81, octubre de 1933, 7-10).
53 AMC (leg. 98, Concejo Provincial del Cusco al Señor Director de Enseñanza i Exámenes, 29 de agosto de 1933).
54 AMC (leg. 97, Robert A. Burns al alcalde provincial del Cusco, 8 de mayo de 1934; leg. 98, James McGrady al alcalde provincial del Cusco, 9 de marzo de 1934).
55 AMC (leg. 98, Moisés Ponce de León al señor presidente de la Comisión Organizadora de las Fiestas Pro-Centenario del Cuzco, 3 de marzo de 1934).
56 HBNP («Comisión Central de Propaganda y Turismo», ECL, 16 de marzo de 1934, edición de la mañana, 3).
57 HBNP («Comisión Propaganda y Turismo del IV Centenario Cuzco», ECL, 22 de marzo de 1934, edición de la mañana, 3).
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