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Juventudes indígenas en México

305.8

C78

Juventudes indígenas en México. Estudios y escenarios socioculturales / Coordinadores Tania Cruz-Salazar, Maritza Urteaga Castro Pozo, Martín de la Cruz López-Moya.— 1a. Ed.-- Tuxtla Gutiérrez, Chiapas: Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas: El Colegio de la Frontera Sur, 2020.

1 recurso digital: ePub

E-ISBN ECOSUR: 978-607-8767-02-1

E-ISBN UNICACH: 978-607-543-118-5

1. Jóvenes indígenas – Condiciones sociales y culturales – México. 2. Jóvenes indígenas – Experiencias formativas – Identidad – México. 3. Antropología étnica – Jóvenes indígenas – México.

I. Cruz-Salazar, Tania, coordinadora. II. Urteaga Castro Pozo, Maritza, coordinadora. III. López-Moya, Martín de la Cruz, coordinador.

Primera edición en formato impreso, septiembre de 2020

Primera edición en formato digital, enero de 2021

D. R. © El Colegio de la Frontera Sur

Av. Centenario km 5.5, C.P. 77014

Chetumal, Quintana Roo, México

www.ecosur.mx

D. R. © Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas

1a. Av. Sur Poniente 1460, C.P. 29000

Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México

www.unicach.mx

Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica

Calle Bugambilia 30, Fracc. La Buena Esperanza, C.P. 29243

San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México

www.cesmeca.mx

Fotografía de portada: Jesús Hernández

Fotografías al inicio de secciones: Jesús Hernández

Los contenidos de esta obra fueron sometidos a un proceso de evaluación externa de acuerdo con la normatividad del Comité Editorial de El Colegio de la Frontera Sur.

Se autoriza la reproducción del contenido de esta obra para cuestiones de divulgación o didácticas, siempre y cuando no tengan fines de lucro y se cite la fuente. Para cualquier otro propósito se requiere el permiso de los editores.

Hecho en México / Made in Mexico

Índice

A modo de prólogo, tres momentos

Tania Cruz-Salazar

Estudios sobre las juventudes indígenas. Hacia una epistemología de lo juvenil étnico

Maritza Urteaga Castro Pozo y Tania Cruz-Salazar

MIGRACIONES

¿Americanizar, asimilar, aculturar? Incorporaciones subalternas de las segundas generaciones de migrantes desde la experiencia de jóvenes indígenas de Oaxaca

Susana Vargas Evaristo

Soy indígena y soy retornada. Configuración de la identidad étnica en jóvenes indígenas retornados de Estados Unidos a México

Lucía Ortiz Domínguez

Las configuraciones étnicas juveniles contemporáneas en el Área Metropolitana de Monterrey, Nuevo León

Luis Fernando García Álvarez

EDUCACIÓN Y TECNOLOGÍAS

Negación de las historias escolares de juventudes indígenas: punto ciego en el debate sobre educación superior

Gabriela Czarny

“Clases sociales” y etnicidad entre jóvenes universitarios en Chiapas, México. Discusión sobre la estratificación socioeconómica desde una metodología mixta

Juris Tipa

Prácticas comunicativas y de uso de tecnologías en jóvenes del sur de Yucatán, México

Inés Cornejo Portugal y Vicente Castellanos Cerda

Estar siendo joven universitario indígena: entre las prácticas en múltiples espacios y la apropiación de artefactos digitales

Jorge Alberto Meneses Cárdenas

MÚSICA Y CAMBIOS SOCIOCULTURALES

Rock, cultura y transcultura. El caso del etnorock en Chiapas

Juan Pablo Zebadúa Carbonell

De Tradición y Nuevas Rolas. Rock indígena, políticas culturales y etnicidad juvenil en transformación

Homero Ávila Landa

Activismo musical, juventudes y políticas culturales en torno al rock indígena en Chiapas

Martín de la Cruz López-Moya

EPÍLOGO

Zonas de frontera y producción de sujetos juveniles étnicos contemporáneos

Maritza Urteaga Castro Pozo, Tania Cruz-Salazar y Martín de la Cruz López-Moya

De las autoras y los autores

A modo de prólogo, tres momentos

Tania Cruz-Salazar

— 1 —

En la década de los sesenta la sociología institucionalizó lo que hoy se conoce como estudios de juventudes. Los movimientos estudiantiles, el trabajo, la escuela y la calle fueron los espacios de la sociabilidad juvenil que definieron sus problemáticas. Para la antropología fue distinto, eran los sujetos y sus subjetividades los que más interesaron y, en México, generalmente fueron los varones adultos o viejos —campesinos, líderes, shamanes, curanderos, rezadores y acasillados— los protagonistas de las etnografías; las mujeres, los jóvenes y los niños quedaron relegados (Feixa, 2005). Esto abonó al desconocimiento de ciclos vitales, roles y normas asociados a grupos de edad que quizás no estaban claramente diferenciados entre algunos pueblos indígenas como hoy en día.

Distintas miradas tomaron lugar en los noventa, a través de las que se entendía a las juventudes más allá de la edad y pluralizando sus identidades, lo cual dio pauta a definir esta etapa como una construcción sociocultural que explica varias maneras de ser joven desde una compleja producción cultural1 en diálogo con sus culturas parentales y sus grupos de pares (Margulis y Urresti, 1998). Bajo este enfoque, el de culturas e identidades juveniles, se condujo gran parte de las investigaciones en los últimos cuarenta años en México (Feixa, 1998; Nateras, 2002; Reguillo, 1991; Urteaga, 1998; Valenzuela, 2000). La mayoría de estos trabajos fueron primordialmente realizados con varones urbanos, estudiados por su condición gregaria, su sentido contestatario y, sobre todo, su capacidad de agencia. La relación de los estudios de juventudes con la cuestión étnica ha sido una discusión más reciente que produjo muchos cuestionamientos de variados niveles analíticos, tratando de explicar la juventud en los grupos indígenas como una etapa apenas re-conocida no solo por la academia, sino por las mismas etnias (Pérez, 2011; Urteaga, 2008). La perspectiva de las identidades o culturas juveniles en las grandes ciudades obvió el carácter étnico porque no fue central, y algunos autores usaron el “paraguas étnico” para la noción de “indianidad” como asidero étnico-nacional cargado de marginación por el pasado colonial.

Tres aspectos importantes que Pacheco (1999) señaló para el re-conocimiento de la juventud indígena en México fueron: el crecimiento demográfico de la población indígena, especialmente de la juventud, las fallas del sistema educativo enfocado en la castellanización de la población indígena en edad escolar y la nueva ocupación jornalera agrícola de los jóvenes indígenas debido a la reindustrialización mundial. Urteaga (2008) abonó a dicha discusión apuntando que el crecimiento demográfico juvenil en México era generalizado, que la migración se había afianzado y diversificado, que la participación de la juventud en la cultura de la migración era clave para entender y explicar los flujos étnicos y juveniles, que el curso de la secundaria se había vuelto obligatorio y que la llegada de la telesecundaria y los medios de comunicación —radio y televisión— a las comunidades indígenas había sido decisiva para la emergencia de “algo que puede denominarse período juvenil entre la población étnica que habita en los pueblos como en las ciudades” (Urteaga, 2008:7).

En 2002 Pérez abrió una discusión de orden epistemológico en la que señaló el reto central para los estudios de lo juvenil indígena: desnaturalizar la noción de joven indígena desde una visión histórica que evidenciara la carga heteroimpuesta por la Colonia. Los “indígenas” como una clasificación, a decir de la autora, definen una identidad homogénea que es asimétrica, desigual y discriminada. Si se traza la trayectoria de la categoría, se entienden las razones por las que la mayoría de los llamados pueblos indios o indígenas se desmarcan de esta, pues su autodenominación se edifica a partir de otros asideros étnicos: territorio, lengua, visión de mundo. Entender los contenidos semánticos y los significados culturales para cada pueblo ayuda a desenmarañar los tejidos que guarda la noción de joven indígena, permitiendo también usarla como categoría analítica para estudiar la diversidad juvenil y las prácticas que definen las identidades de las y los muchachos de cada pueblo.

En la misma tónica, Feixa y González (2005) señalaron que el sesgo etnocéntrico y la falta de enfoque diacrónico y transcultural con que se realizaron las investigaciones no permitieron dar cuenta de lo juvenil entre los pueblos indígenas. Los puntos que ellos encontraron cruciales fueron: 1) el supuesto de que la mayoría de la población latinoamericana inicia su vida laboral y sexual a temprana edad por su extracción socioeconómica, lo que explicaría la omisión sociohistórica de la infancia y la juventud, así como la ausencia de comunidades de estudios sobre infancia (infantólogos) y juventud (juvenólogos) de modo separado; 2) la emergencia de las juventudes urbano-populares y su estudio en los ochenta, como antesala de las juventudes indígenas y rurales de los noventa en los procesos de modernización e hibridación cultural, y 3) la desatención de los estudios socioculturales por la dimensión generacional debido a los enfoques utilizados para estudiar a las comunidades indígenas campesinas y rurales. La antropología latinoamericana, y en especial la mexicana, han reproducido el adultocentrismo, la gerontocracia, el estatismo,2 el sexismo, el racismo y el colonialismo, al no desnaturalizar la representación hegemónica de la juventud occidental masculina urbana de clase media no indígena. Por ser un constructo de la modernidad —siglos XVIII y XIX— la juventud necesita ser cuestionada, relativizada y superada para entonces acercarse a sociedades fuera de la lógica “moderna occidental” y desmantelar lecturas estáticas y estériles, como la del “indígena tradicional y cerrado” (Foley y Holland, 1996).

— 2 —

En los últimos veinte años, los trabajos sobre jóvenes indígenas en México usan la categoría “joven/es indígena/s” desde lo humano y social para estudiar la condición juvenil y étnica en la que transitan estos muchachos. Hablan de la marginación, la vulnerabilidad, la interculturalidad y la globalización (Pacheco, 1999). Emplazan al sujeto joven indígena en un entramado de condiciones estructurales desventajosas, luchando por integrarse a nuevos espacios socioculturales o por vivir en espacios comunitarios alejados de las ciudades y privados de salud, educación y medios de comunicación. La clásica asociación del campo o la comunidad al espacio cerrado y conservador reproduce la visión estática y paternalista sobre el grupo indígena.

Otros estudios documentan lo juvenil a partir de elementos que unifican y delimitan edades sociales entre los indígenas que habitan en las ciudades o que regresan de estas a sus territorios de origen, siempre comparando el antes y el ahora, o bien a las generaciones previas con las actuales. En esta reflexión aparecen la migración y la educación como experiencias detonadoras de juventud en las que regularmente la especificidad étnica se registra mediante la resignificación cultural (Urteaga, 2008; Cruz-Salazar, 2009; París-Pombo, 2010).

Otra línea de investigación reciente es la concerniente a procesos de “resiliencia o resistencia” juvenil frente a la violencia o esclavitud estructural. Fruto de este eje analítico fue la participación e intervención política que tomó y expuso a lo indígena como estandarte a través de movilizaciones sociales, producciones, resistencias, revitalizaciones e intervenciones culturales (Ruiz, 2015; López-Moya, Ascencio y Zebadúa, 2014). Las resistencias y las acciones políticas para la defensa de territorios y saberes ancestrales se nutrieron del orgullo étnico que resultó en la bandera para mostrarse y reclamarse un espacio como jóvenes con los mismos derechos que los demás no indígenas y no jóvenes (Aquino, 2009; Negrín Da Silva, 2015).

Estudios contemporáneos han documentado etapas, procesos, fases y transiciones juveniles sin ser estos los objetivos centrales de los trabajos. Desde la lingüística, la educación, la historia y la psicología existen estudios recientes que abonan a esta línea de investigación, en donde ciertos aspectos culturales, ritos de paso y elementos identitarios definen etapas del transitar juvenil indígena (De León, 2005). Lo anterior reafirma la necesidad que Feixa y González (2005) señalaron acerca del uso de enfoques diacrónicos y transculturales para reconceptualizar las infancias y juventudes latinoamericanas.

— 3 —

En 2008 Diana Reartes y mi persona coordinamos el primer seminario de estudios: “Jóvenes, Identidades y Culturas” en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS-Sureste), en el que entonces agrupamos a estudiantes de maestría que trabajaban sobre la temática. El resultado de aquel esfuerzo fue un conjunto de estudios pioneros sobre la materia. Entre ellos se encuentran la tesis de Ariel Corpus (2008) con jóvenes tseltales de El Corralito en Oxchuc, la de Pilar Muñoz (2009), que analiza los mundos de vida de jóvenes tseltales de San Jerónimo Tulijá, la de Micaela Álvarez (2009), que investiga los cambios generacionales en las mujeres indígenas tsotsiles después de la migración, y el trabajo de Irene Sánchez, que documenta, a partir de la figura paradigmática del Xut o el hijo más pequeño de la familia tseltal, el modo en que el campo chiapaneco se reconfigura a partir de la migración y el incremento de los medios masivos de comunicación. En 2012 coordiné la primera mesa de trabajo en la materia que tomó lugar en el 54 Congreso Internacional de Americanistas, en Viena, del 15 al 20 de julio, “Construyendo Diálogos en las Américas”. Producto de esa mesa fue el libro Juventudes en frontera. Tránsitos, procesos y emergencias juveniles en México, Chile, Nicaragua y Argentina, bajo mi coordinación y la de Yanko Gonzáles publicado por Abya Yala (Cruz-Salazar y González, 2014). Tanto en la obra como en el simposio tratamos sobre las maneras en que se cursa esta etapa de vida a partir de nuevas formas culturales, de liminalidades o desventajas que evidencian situaciones de exclusión social. En esos casos, las juventudes migrantes, indígenas, rurales y campesinas evidenciaron el cruce de procesos generacionales, educativos y migratorios para un tránsito juvenil en situaciones desiguales o de desventaja, pero sobre todo en espacios fronterizos donde los límites culturales les hacían replegarse. Esta visión cambiaría poco tiempo después al abrirse los diálogos con otras latitudes.

En septiembre de 2016 tuvo lugar el primer seminario Juventudes Indígenas. Investigación entre Fronteras, organizado por el Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica (CESMECA), El Colegio de la Frontera Sur (ECOSUR), la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH) y la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH). Un año más tarde, Juan Pablo Zebadúa nos propuso a Maritza Urteaga, a Martín de la Cruz López-Moya y a mí sacar a flote este proyecto editorial. En enero de 2017 coordiné el primer dossier sobre la temática de juventudes indígenas en la revista LiminaR. Estudios Sociales y Humanísticos, con aportaciones de Laura Kropff, Maya Lorena Pérez-Ruiz, Ariel García-Martínez, Juan Pablo Zebadúa, Martín de la Cruz López-Moya, Efraín Ascencio Cedillo y Laura Serrano, conjunto temático de artículos que actualizó y abonó a este campo de estudios cada vez más consolidado. En marzo de 2017, Iván Francisco Porraz coordinó el seminario de Juventudes: Violencia, Desigualdad y Resistencia en las Relaciones Sur-Sur, en el Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur (CIMSUR) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde interlocutamos sobre las realidades juveniles indígenas contemporáneas desde diferentes aristas de la violencia estructural, cultural, social y política. Otra obra que produjo miradas sobre la temática de juventudes indígenas fue el libro Género y juventudes, que salió a la luz en 2017, coordinado por Tania Cruz-Salazar, Angélica Evangelista y Abraham Mena Farrera. Ahí pudimos dar cuenta de los avances en las investigaciones a nivel nacional y de los vacíos en los enfoques y terrenos sociales que han sido cada vez más abordados por investigadores jóvenes.

La línea de investigación enfocada en estudios de juventud se ha afianzado en los últimos diez años hasta llegar a su institucionalización, con seminarios y cursos especializados de posgrado, así como por la proliferación de tesis de grado con este tema central. El Posgrado de Antropología Social de la ENAH ofrece el Seminario Jóvenes y Sociedades Contemporáneas desde el año 2008 bajo la dirección de Maritza Urteaga; El Colegio de la Frontera Norte (COLEF) cuenta con el seminario Juventudes en Frontera: violencias, cuerpos y cultura; la UNAM con el Diplomado en Políticas de Juventud y el Encuentro Nacional de Jóvenes que Investigan Jóvenes, celebrado anualmente; el CESMECA cuenta con un curso sobre juventudes en el programa de doctorado a cargo de Flor Marina Bermúdez; ECOSUR con un seminario especializado sobre infancias impartido por Saraí Miranda, y el CIESAS-Sureste también tiene una fuerte línea de estudios sobre jóvenes y adolescentes indígenas liderada por Gonzalo Saraví, María Bertely y Carolina Rivera. De ahí que, cada vez más, en la línea de estudios sobre juventudes indígenas se trabaje en tesis de distintos grados y el conocimiento en la materia sea cada vez mayor.

Este libro pretende mostrar desde disímiles aristas cómo se estudia lo juvenil “indígena” y cómo los jóvenes indígenas viven en el México actual. Ofrece un horizonte investigativo amplio con miradas particulares que documentan la emergencia y las vivencias de estas juventudes entre las etnias contemporáneas. Definitivamente es una propuesta que aportará a la consolidación de los campos de investigación interdisciplinarios, así como a las comunidades epistémicas. Aquí ensayamos una mirada centrada en su movilidad y agencia para re-conocer un nuevo modo de estar en el mundo a partir de la voluntad y pertenencia etnojuvenil. Los autores de este libro trabajan con jóvenes indígenas en distintos escenarios y con diferentes condiciones de México, y se enfocan en las transformaciones culturales, en sus anclajes juveniles y en sus vivencias.

Juventudes indígenas en México. Estudios y escenarios socioculturales es un libro que aborda tres ejes de estudio; las migraciones juveniles contemporáneas, la educación y las tecnologías, y la música y los cambios socioculturales, ejes que dialogan con la línea transversal de las resignificaciones identitarias. Se compone de once capítulos especializados en estas temáticas, la mayoría de ellos con base en trabajo de campo reciente, mientras otros reflexionan sobre su producción anterior en diálogo con nuevos planteamientos teóricos y con estudios recientes de investigadores del campo de las juventudes étnicas. Así, los autores ofrecen una panorámica importante: la llegada de nuevos grupos de edad organizados por otras temporalidades, filosofías y modos de vivirse jóvenes en un momento particular e histórico en México, en el cual sus pueblos indígenas y no indígenas tratan de hablarse frente a frente. Las coincidencias en los hallazgos de campo dejan ver que los espacios productores de juventudes étnicas como la escuela, el mercado y las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) son en la actualidad centrales para la edificación del ser joven, estar siendo joven (Meneses, en este texto), pues en y desde ellos surge la creación y la autoafirmación frente a los espacios como la comunidad y la familia, que al parecer fueron generadores, en muchas ocasiones, de su salida y su búsqueda por otras latitudes.

Nuestro objetivo es analizar las dinámicas, los procesos y las condiciones contemporáneas que contextualizan a las juventudes indígenas mexicanas en sus diferentes lugares o territorios con el interés de comprender sus vínculos, tensiones y negociaciones con sus pares, los adultos y las instituciones. Interesa lo que une a etnias distintas y crea espacios de diálogo, de contención o de lucha. Este libro invita a preguntarnos sobre los escenarios socioculturales y políticos que los jóvenes indígenas no solo viven, sino que además crean. Observar los modos de hacer y pensar-se en sociedad desde aspectos etnojuveniles lleva a centrar la mirada en la creación e innovación identitaria. La lógica de pertenencia y voluntad étnica que conforma a sujetos transculturales con múltiples repertorios agrupados en torno a estilos y prácticas que significan su juventud y que los promueve como sujetos en diálogo constante.

¿Qué ocurre con su identidad juvenil y con la étnica? ¿Existe o no resignificación identitaria? ¿De qué manera reivindican, adaptan, manipulan o negocian su situación con los elementos étnico-juveniles? Llama la atención la forma de ser y estar en las ciudades y la manera en que se posicionan de cara a las tensiones entre lo establecido y lo novedoso, entre los sentidos y valores instituidos de la tradición y lo inédito, cuestión que hace pensar en la apertura a las sociedades nacionales y a los procesos de globalización sin que ello implique el abandono de su adscripción étnico-cultural. Por el contrario, se observa que esta es recuperada, reivindicada y resignificada a través de sus prácticas culturales, entre las que se encuentran la música, el vestido, la creación o apropiación de espacios de confluencia, la organización de eventos político-culturales y el idioma, por mencionar algunos elementos. Es importante discutir sobre las innovaciones en los mundos juveniles indígenas (identidades, grupos, prácticas, estilos); lo inédito en la literatura, la fotografía, el performance y el teatro hecho por o consumido y resignificado por jóvenes indígenas con la intención de producir-se en términos identitarios en la actualidad.

¿Cómo los jóvenes indígenas de México viven su vida y cuáles son sus escenarios? Este libro conjunta doce miradas que giran en torno a este cuestionamiento y nos actualizan desde distintos ejes. Abre con un capítulo sobre la epistemología de lo juvenil étnico, el cual nos deja ver las maneras en que se ha abordado el estudio de los jóvenes de los pueblos indios y cómo se han reproducido categorías analíticas sin cuestionarlas. La reflexión contenida en este trabajo es una invitación a ello y a realizar un balance sobre la producción nacional y, en particular, de esta obra colectiva. Le sigue el eje de las migraciones juveniles, en donde se considera a los jóvenes como sujetos en transformación y reconfiguración identitaria al aprender no solo a vivir en otras ciudades y a relacionarse con otras normas culturales, sino también a ser indios o reetnizados como latinos en la migración internacional hacia Estados Unidos; así, algunos aprenden a transitar étnicamente de una a otra escala, y pasan de ser originarios de un pueblo e indios mexicanos a ser latinos en Estados Unidos, una marca cultural que muchas veces es de mejora en términos de estatus étnico.3 Otro de los espacios de aprendizaje en la migración es la indocumentación, lo cual crea también accesos a las comunidades de inmigrantes. Aquí los espacios urbanos detonan muchos modos de inserción laboral y comunitarios, marcados por la condición migratoria. No se cuestiona el ser o no joven, sino que este momento se vive en torno a la soltería, la juerga y todo aquello no permitido en la comunidad de origen.

Estas prácticas orientan los estilos de vida juveniles en los que la condición de clase y la condición étnica son fundamentales para el caso de las y los jóvenes indígenas migrantes, que regularmente han migrado por su condición de exclusión, marginación y pobreza. Para los jóvenes indígenas inmigrantes en Estados Unidos la condición de indocumentación se cruza, impacta e interfiere con el tránsito a la adultez; son cruciales estas variables para analizar sus procesos. La experiencia migratoria opera aquí en tanto “pase” a otra condición, a otra vida, a otro estatus y a otro país. Migrar es rito sustitutivo de la instrucción escolar a nivel preparatoriano o universitario, y vivir en Estados Unidos como migrante indocumentado los “prepara” para la vida que tendrán allá o de vuelta a México. Hay que incluir la reflexión de los bagajes culturales, los aprendizajes, los capitales sociales y simbólicos que se robustecen.

El eje “educación y tecnológicas” documenta las historias no escuchadas de jóvenes universitarios indígenas. La universidad y su modelo educativo forma a jóvenes en torno de la “interculturalidad”, al tiempo que crea a un sujeto étnico con plena conciencia de su desigualdad cultural e histórica: el joven indígena estudiante. En este eje de estudios también se analizan las prácticas comunicativas digitales y los usos tecnológicos de chicos y chicas preparatorianos y de secundaria, que en contextos de rezago educativo encuentran en lo digital anclajes a la cotidianidad. Esta línea manifiesta los escenarios juveniles y sus vínculos a través de los artefactos digitales y las redes sociales como prácticas de socialización secundaria que dan sentido a lo juvenil.

El último eje se centra en los modos de hacer, pensarse y presentarse en colectivos desde la producción musical, que hace de las juventudes indígenas grupos en movilización, creación e innovación identitaria. La lógica de pertenencia y voluntad étnica los conforma en sujetos transculturales con múltiples repertorios agrupados en torno a estilos y prácticas que significan su juventud. La participación y la creación musical son amplias, aunque el género más reconocido y estudiado es el rock indígena, aquí llamado indorock y etnorock.

Las lagunas teóricas y empíricas sobre los escenarios de los jóvenes indígenas mexicanos confirman los pendientes que tenemos como investigadores en la materia. Se requiere del trabajo transdisciplinario para comprender a las y los muchachos indígenas en su contexto contemporáneo, dejar de abordarlos en enclaves herméticos e incorporarlos en procesos dialógicos, para revisar los acercamientos clásicos y oxigenarlos a la luz de los procesos actuales. Aunque no es una tarea sencilla, esto permitirá entenderlos como nuevos sujetos históricos y desvincularlos de las miradas paternalistas y victimarias. Las distintas manifestaciones y acciones de jóvenes indígenas abren un horizonte investigativo en el cual el objeto de estudio, las juventudes étnicas, se defina como la construcción sociocultural de instituciones (familia, comunidad, autoridades) y de sujetos que identifican a grupos de edad asociados a roles, tareas, valores y normas. En su reconocimiento existen modelos vinculados a formas de ser, estar y hacer que comulgan con la cosmovisión del grupo indígena en cuestión, y muchos otros que no. Los tránsitos, pases y procesos particulares legitimados por cada grupo indígena dependen regularmente de los compromisos, negociaciones y responsabilidades para cada grupo de edad. Los sentidos, contenidos y significados otorgados a los jóvenes se construyen desde la auto y la heteropercepción. Estas son, en la actualidad, producto de una diversidad de ámbitos y actores entre los que se encuentran los de sus culturas de origen y, de manera particular, los actores y las normativas de sus culturas parentales. La pertenencia al grupo supone la priorización de la condición juvenil, y es su conjugación con la etnicidad lo que retroalimenta la identidad juvenil indígena. La condición juvenil indígena debe teorizarse puntualizando la salud, la educación y el empleo, pues a partir de esto se puede explicar la situación generacional dentro y fuera de las comunidades indígenas.

Nuestro texto es un esfuerzo a nivel nacional por brindar un espacio de diálogo entre los investigadores y funge también como plataforma de interlocución, llena de pendientes, sí, con grupos de investigadores en otras latitudes como, por ejemplo, los autores brasileños, australianos y africanos que han desarrollado enfoques integrales para el estudio de las juventudes étnicas. La decolonización del pensamiento invitaría a desarmar las nociones de juventud y etnicidad para reconstruirlas desde las lógicas indígenas de los jóvenes contemporáneos. Sea esta obra un pretexto más para ello.

San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, enero de 2020.

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 Zavella, Patricia (2011). I’m Neither Here nor There. Mexican’s Quotidian Struggles with Migration and Poverty. Durham: Duke University Press.

Notas

1 En diálogo con Willis (1998), aquí me refiero a la producción cultural que no discrimina el quehacer “ocioso” o, mejor aún, el quehacer “creativo” de los grupos juveniles, o lo que Brito Lemus (1996) llama “la praxis divergente” para hacer referencia a estos modos de hacer y pensar de colectivos juveniles fuera del statu quo: lo integrado.

2 Brettel y Hollefield (2000) argumentan que el entendimiento de lo étnico como cultura estática invisibilizó la participación indígena en los estudios de migración. La asociación de las etnias mexicanas a grupos culturales sin movilidad ni salida hacia otros espacios definió a las primeras como colectivos homogéneos sin cambio.

3 Se es mejor tratado como latino en Estados Unidos que como indígena en México, lo cual tiene que ver con el desempeño laboral de los indígenas en ese país, que son contratados por estadounidenses anglosajones y a quienes les pagan igual que a los mestizos mexicanos si trabajan “duro”, si no se quejan y obedecen. El término “patrón” sigue funcionando para los indígenas que trabajan a destajo y de modo flexible, por lo que el trato de “los blancos” hacia ellos es incluso mucho mejor que el trato recibido por la población afroamericana, latina, chicana y los mexicanos mestizos inmigrantes. Los reportes de mis estudios y de otros autores (De Genova, 2008; Gomberg-Muñoz, 2011; Zavella, 2011) lo constatan. La reetnización de los migrantes indígenas mexicanos en Estados Unidos radica en su conversión e identificación como latinos. Al ingresar al grupo de hispanos inmigrantes conformado por mestizos, ladinos o indígenas originarios del sur de América y en especial de México, los indígenas mexicanos son iguales a los demás. La historia de racismo cultural aquí se desvanece y se transforma o transfiere en otro tipo de racismo, pero este esconde u obvia la pertenencia indígena y el pasado colonial, algo que agradecen muchos de los migrantes indígenas mexicanos. De Genova (2011) lo llama la transnacionalidad mexicana.

Estudios sobre las juventudes indígenas. Hacia una epistemología de lo juvenil étnico

Maritza Urteaga Castro Pozo

Tania Cruz-Salazar

Introducción

El campo de estudio sobre “jóvenes indígenas” abierto entre fines del siglo XX y la primera década del siglo en curso por Pérez Ruiz (2002) ha recorrido varios momentos en función del tipo de preguntas realizadas al sujeto emergente, tales como: a) la identificación de su “invisibilidad” o supuesta “inexistencia” entre los grupos étnicos de México; b) su posterior “visibilización” en las grandes transformaciones del último cuarto del siglo XX e inicios del XXI, y particularmente en los flujos migratorios; y c) el momento actual, caracterizado por su “complejización teórica y metodológica” ante su visible presencia y el reposicionamiento de las “juventudes étnicas” en las ciudades y metrópolis dentro y fuera del país. Tales reposicionamientos se traducen en los flujos y movilidades multisituadas, en las creaciones de universidades interculturales y licenciaturas de orden multicultural, en las producciones culturales glocales etiquetadas como étnicas, en los despliegues tecnológicos y ciberculturas, en movimientos sociales y políticos en la defensa de sus territorios contra los megaproyectos extractivistas e inmobiliarios de corte neoliberal y en muchas otras prácticas socioculturales.

Una de las consecuencias más importantes de la apertura de este campo de indagación sobre jóvenes indígenas y del avance y desarrollo del conocimiento de/sobre este sujeto en la contemporaneidad mexicana y latinoamericana es el giro epistemológico en curso en los estudios que articulan ambos constructos socioculturales. Nos referimos a los desplazamientos en las formas de conocer lo juvenil y lo étnico en la contemporaneidad mexicana. ¿Cómo están siendo construidas las juventudes denominadas étnicas desde la academia?, ¿existen diferencias con las construidas desde la institucionalidad en la actualidad? Esto es, ¿qué es lo que venimos proponiendo como étnico en lo juvenil? Y, ¿qué proponemos en la actualidad como lo juvenil dentro de lo étnico? Ambas categorías exigen una revisión crítica que permita ampliar el debate y profundizar en el conocimiento de este segmento social. Las dos tienen sus propias historias que anidan en la modernidad eurocéntrica, pues connotan relaciones de poder y subordinación —si no marginalización— de los adultos hacia los jóvenes y de los colonizadores hacia los pueblos conquistados. También han seguido desarrollándose y cambiando de contenidos y usos al confrontarse con perspectivas teóricas cada vez más críticas debido a la movilidad y el empoderamiento (simbólico y material) de los sujetos juveniles “indígenas”, por ejemplo, en las oleadas migratorias, en su ingreso y permanencia en las universidades, en la producción cultural y musical, en las pandillas, en el consumo cultural, en los nuevos movimientos étnicos y sociales, o entre sus comunidades y familias mediante las remesas.

Las imágenes de “lo juvenil indígena” contemporáneo en la sociedad mexicana actual y más allá de las fronteras revelan un sujeto diverso, heterogéneo, dinámico, mucho más individualizado y en desplazamiento constante entre la institucionalidad de la modernidad mexicana (educación, profesión, empleo, mercado, consumo, organización sociocultural y política en defensa y realización de sus derechos y territorios como pueblos originarios, etcétera), los parámetros de socialización “tradicionales” y los nuevos escenarios de su supervivencia (migración, violencias, informalidad y, muchas veces, ilegalidad).

Como jóvenes y como etnias proyectadas a futuro tenemos que apuntar las maneras en que sus relaciones con las culturas parentales están cruzadas por la cuestión de la pertenencia étnica (cumplimiento de sus sistemas normativos y de compromisos materiales y rituales propios de pueblos), que para los jóvenes indígenas contemporáneos son asuntos de negociación y confrontación en nombre de su movilidad, porque para ellos significan autoría y agencia. Las tensiones en los actuales parámetros de socialización y autorreconocimiento nos exigen a los investigadores dar cuenta de estos nuevos fenómenos y renombrarlos.

El cuestionamiento epistémico a las categorías indígena y étnico

Es necesario exponer en este primer apartado algunos aportes importantes en el cuestionamiento crítico a los soportes epistémicos, ideológicos y políticos sobre los que están construidas la “indigeneidad” y la “juventud” de la categoría “joven indígena”, para avanzar en la producción intelectual de este campo de estudios y ampliar el conocimiento sobre la juventud en la contemporaneidad de los pueblos originarios de la sociedad mexicana.

Pérez Ruiz (2011, 2015, 2019) llama a “desnaturalizar la categoría indígena y preguntarnos por el sentido que le damos así como por sus implicaciones”. Para esta investigadora es necesario recordar que la categoría de indio/indígena fue generada externamente para imponer una identidad de origen colonial, ocultando las peculiaridades de identidad y cultura de los pueblos que incorporó a su dominación. Expresa, por tanto, la condición de asimetría, desigualdad y discriminación impuesta a los pueblos a los que etnizó, concibiéndolos como un “otro” diferente al resto de los integrantes de la sociedad” (Pérez Ruiz, 2019). Las investigadoras Aquino y Contreras (2016), en su artículo sobre la juventud de las comunidades ayuuk y zapotecas de la Sierra Norte de Oaxaca, observan que la categoría indígena no tiene un significado certero, pese a que durante el siglo XX la antropología mexicana y las políticas indigenistas realizaron esfuerzos para establecer criterios más adecuados con el objetivo de definir a los “indígenas”. Bonfil Batalla señala que si bien lo “indígena” no denota contenido específico alguno de los pueblos que abarca, sí señala una relación particular, la relación colonial y la condición de colonizado. En ese sentido, las investigadoras se preguntan si al usar esta categoría no se estaría reduciendo a los jóvenes a la figura de sujetos colonizados (Aquino y Contreras, 2016:466).

En sociedades racializadas como la mexicana, Pérez Ruiz (en Yaxcabá, Yucatán) y estas últimas investigadoras observan que ningún joven se autoadscribe como indígena, pero se descubren “indígenas” cuando migran a la ciudad al ser categorizados como tales por otras personas e instituciones públicas. En sus lugares de origen las identificaciones que existen son las comunitarias y la del pueblo o región a los que pertenecen. La negativa de los jóvenes a identificarse como indígenas es para Aquino y Contreras “una forma de resistir a la imposición de denominaciones externas que mantienen un sentido despectivo y una función clasificatoria que provoca su racialización, estigmatización y/o folklorización”. Por eso preguntan: “si los jóvenes no se identifican con esa categoría y resulta estigmatizante ¿tiene sentido seguir usándola? ¿No se contribuye así a su racialización?” (Aquino y Contreras, 2016:465).

La categoría étnico o grupo étnico también resulta problemática en la investigación, pues como categoría clasificatoria, sostiene Pérez Ruiz: “se ejerce desde las sociedades y grupos dominantes para designar a los ‘otros’ y sobre la base de esas diferencias culturales establece fronteras y justifica relaciones de dominación que se ejercen sobre ellos” (2007:35). La etnicidad se basa en grupos en situación de dominación que son considerados por el poder como culturalmente inferiores. Una implicación analítica importante que Aquino y Contreras observan cuando se usa la categoría “étnica” en la investigación sobre jóvenes es la tendencia a focalizar la atención en una sola dimensión identitaria, la étnica, en detrimento de otras dimensiones identitarias que “pueden ser más importantes para los jóvenes en esa etapa de su vida”, como la identificación con el pueblo de origen, la clase social, el género o la identidad juvenil, a las que nosotras agregamos la migración, los estudios, la sexualidad, la música, el consumo y otras producciones culturales.

Si bien aquí se plantean una serie de problemas analíticos en torno al uso de las categorías indio, indígena y étnico, tanto los investigadores como los adultos y los jóvenes de los pueblos originarios son bastante conscientes de lo que significa la lucha por legitimar social e históricamente la “identidad indígena” en México para la supervivencia —en términos de su proyección al porvenir— de los pueblos y culturas. Estas categorías han sido legitimadas como estratégicas en la lucha por la defensa y ampliación de los derechos de los pueblos “indígenas” en la sociedad mexicana y tienen un uso político importante por parte de los movimientos. Se han convertido en vocablos políticos. Aquino y Contreras consideran pertinente su uso en el caso de los estudios sobre las luchas políticas de los pueblos “indígenas” o “étnicos”, porque ellos comparten “una historia de despojo y opresión y tienen una demanda en común, el reconocimiento de sus derechos como pueblos indígenas”. También consideran su uso pertinente cuando se estudian las políticas públicas que el Estado ha dirigido a las poblaciones indígenas y que están relacionadas con el racismo y la discriminación.

Por ejemplo, las reformas constitucionales de 1992 y 2001 coadyuvaron a que muchos de los jóvenes hicieran visible su adscripción étnica, pero la mayoría, como observan estudios sobre los jóvenes indígenas en la ciudad (García Álvarez, 2018; Vázquez, 2019), tiende a disfrazar, si no a borrar, los rastros de su indigeneidad por las prácticas discriminatorias de la violencia racista en la que se desenvuelven en muchos de los ámbitos de su vida cotidiana.

Algunos otros prefieren autoadscribirse como indígenas en la medida en que disfrutan del apoyo de las redes comunitarias étnicas de influencia política, formas privilegiadas de reagrupación y defensa de los indígenas migrantes en la ciudad. Su acceso a las universidades, con cuotas y becas, ha transformado estas violencias en actitudes más sutiles; se les invisibiliza como agentes creadores (Czarny, 2012), y las instituciones se niegan a tocar el tema de la introducción de los saberes de los pueblos en la currícula universitaria (Sartorello y Cruz-Salazar, 2013). También, las expectativas y los estereotipos de “autenticidad indígena”1 exigidos por parte de la población mexicana cercan y obstaculizan las carreras y posibilidades de los y las jóvenes universitarios y profesionistas wixaritari (Negrín, 2015), a quienes se acusa de “oportunismo étnico” cuando hacen uso de ciertos beneficios.

La actitud de los jóvenes de los pueblos, militantes o no, es seguir caminando para superar mayores retos en la defensa y ampliación de su autonomía personal y colectiva; sea que se posicionen en los flujos migratorios o en las ciudades a las que arriban, o que estén en los pueblos, o como protagonistas en las redes digitales, hacen uso de las asignaciones identitarias étnicas esencializadas como recursos políticos en sus negociaciones con las instituciones para lograr más y mejores apoyos y derechos que les posibiliten reposicionarse de manera individual y comunitaria en la sociedad. Su desplazamiento en el presente, así como su proyección al porvenir, evidencia su activo involucramiento con la hechura del mundo contemporáneo y el desvanecimiento de las fronteras o distinciones teóricas que colocaban de un lado a los indígenas en sociedades “premodernas” y de otro a “los mestizos” en la sociedad moderna. ¿Cómo los investigadores sobrepasamos la trampa identitaria étnica o juvenil y nombramos el campo de estudio sin racializar, sin colonizar y sin sacar al otro de nuestro tiempo y espacio?

Una respuesta probable a la anterior pregunta puede ser: ampliando la propuesta de Aquino y Contreras bajo ciertas reservas. En primer lugar, reconociendo al “joven indígena como sujeto autor de su propia historia, [lo que] tiene un pasado reciente, aunque como actor social2 se puede ubicar mucho antes” (Cruz-Salazar, 2012:145). En segundo lugar, el enfoque de la agencia —constreñida por el pasado colonial y por su expulsión de la sociedad mexicana como el otro inferiorizado, racializado— permite visibilizar sus prácticas y reconocer un cambio en su subjetividad, como sujeto con mayor autonomía y en resistencia, si no en oposición constante a las nuevas formas de tutela jurídica del Estado y de sus instituciones, a la esencialización, exotización o folclorización y a la “totalización” de una teoría que hace de un rasgo específico, un fenómeno social total (Abélès, 2012:109). La propuesta de Aquino y Contreras, de “denominar a los jóvenes tal cual ellos y ellas se autonombran” (2016:464) en las investigaciones, es una salida concreta a los estudios de caso. En ese tenor, tomando en cuenta la necesaria ruptura epistemológica que como investigadores debemos realizar, es posible plantear que el campo de estudios de este sujeto hasta el momento puede seguir denominándose juventudes étnicas, en tanto que esos términos denotan la intención de visibilizar a jóvenes pertenecientes a los diferentes pueblos originarios de México que comparten una historia de despojo y opresión y que tienen una demanda común, el reconocimiento de sus derechos como pueblos indígenas en la contemporaneidad mexicana y el ejercicio del derecho a su diferencia; y, por otro lado, una manera de poner en cuestión la perspectiva dominante dentro del campo de estudio (Aquino y Contreras, 2016:464).

La pertenencia étnica, las transformaciones en la socialización primaria y las culturas parentales

Una de las tensiones más fuertes que atraviesa la vida de los jóvenes que migran de sus comunidades refiere a la relación con las culturas parentales entramada a su pertenencia étnica, en lo concerniente al cumplimiento de sistemas normativos de compromisos materiales y rituales comunitarios propios de los pueblos. Generalmente, estos sistemas normativos basados en cargos estaban relacionados con una suerte de sistema basado en la adquisición paulatina de responsabilidades, a través del cumplimiento de roles y funciones asignados para cada edad y cada género desde la tradición y la cosmovisión de cada pueblo. Estos sistemas prescriben las maneras correctas —verdaderas— de convertirse en hombre adulto y mujer adulta, con base en el desarrollo de la templanza, el respeto hacia las personas mayores y ciertos ritos de paso que marcan la transición de una etapa de vida a otra. Los cambios que agudizaron la pobreza de los campos y de sus poblaciones, que impulsaron a migrar masivamente a los jóvenes, fueron impactando y posibilitando otros escenarios dentro de las culturas parentales y los sistemas normativos de compromisos vinculados a la edad y la pertenencia identitaria dentro de los pueblos. Estos sistemas que fungían como claros parámetros de socialización y autorreconocimiento son, en la actualidad, puntos de negociación y confrontación entre jóvenes con mayor agencia y movilidad y adultos que en nombre de la tradición pugnan por el cumplimiento de los compromisos ligados a los roles y funciones asignados anteriormente a los solteros, sin ceder en el poder.

Las culturas parentales pueden considerarse como las grandes redes culturales, definidas en lo fundamental por las identidades étnicas y de clase, al interior de las cuales se desarrollan importantes procesos de subjetivación e identidad infantil y juvenil. Estas refieren a las normas de conducta y valores vigentes en el medio social de origen de los jóvenes, y no se limitan a las relaciones directas entre padres e hijos, sino a un conjunto más amplio de interacciones cotidianas entre miembros de generaciones diferentes al interior de la familia y las redes de parentesco, el vecindario, la escuela local, las redes de amistad, las redes asociativas, etcétera. Mediante la socialización primaria, niños y niñas interiorizan, vía las prácticas, elementos culturales básicos como el uso de la lengua, roles sexuales y genéricos, formas de sociabilidad, comportamiento no verbal, reglas de conducta, criterios estéticos y afectivos, así como los sistemas normativos de compromisos materiales y rituales de sus pueblos y de otros de la región, que luego usan en la elaboración de modos de vida propios.

Sin embargo, desde hace ya muchos lustros este ámbito está atravesado por otras instituciones (nacionales e internacionales) que también sirven como referentes culturales importantes en la configuración de niños y jóvenes de los diferentes pueblos originarios y en la construcción de sus expectativas de vida. Nos referimos a la escuela primaria, la obligatoriedad de la escuela secundaria (y el bachillerato en la actualidad), el ingreso de las carreteras, la televisión y actualmente los dispositivos electrónicos de comunicación, las migraciones de un cada vez mayor número de jóvenes (con edades cada vez menores) hacia las ciudades del país y al otro lado de la frontera en busca de empleo, de educación superior y de “aventuras”, las estancias más prolongadas en las regiones y países de destino, las remesas, el mercado y el consumo, así como el retorno de los migrantes.

La escuela secundaria no solo ofreció “estatus y posibilidades de sociabilidad inmediatas de pertenecer a una cultura joven” al incrementar sus relaciones con otras personas de su edad (Martínez y Rojas, 2005), sino que también fomentó una mayor individualidad y poder de decisión y elección permeando las percepciones juveniles sobre los roles tradicionales asignados. Emergió una etapa delimitada entre la niñez y adultez, la juventud, “con una connotación totalmente distinta y nueva para la comunidad”, que Ariel García Martínez (2003:59-60) definió como “período marcado en términos biológicos con la entrada a la pubertad y en términos sociales con la interrupción del tránsito del estado infantil al adulto de acuerdo con la trayectoria vital totonaca”, caracterizándose por el “desempeño de actividades que resultan incompatibles con el matrimonio tradicional campesino”, como la educación media y superior.

Las investigaciones también señalan la corta edad de los jóvenes que salen de sus pueblos, pues algunos no quieren esperar a terminar la escuela secundaria para emigrar. Esto habla de los profundos ajustes en la socialización secundaria de los jóvenes, sobre todo en ciertos aspectos que atañen a una subjetividad e identidad construida entre las fronteras de sus “nuevos” y “viejos” marcos de referencia y de vida, y que hoy los jóvenes viven como uno solo; sin embargo, los adultos y ancianos de la comunidad los viven separados.

Las prácticas de los jóvenes migrantes indican resoluciones muy diversas por parte de los sujetos ante las tensiones (negociaciones, rupturas) que viven en sus experiencias con los ámbitos modernos y con sus culturas parentales. En lo concerniente a este último ámbito, nos referimos a los sistemas normativos (comunales y de compromisos materiales y rituales) que prescriben desde los adultos las maneras correctas (verdaderas) de ser joven varón y joven mujer en una sociedad. Son códigos comunitarios de control social de la población, bajo los cuales cada edad debe cumplir un rol y una función. Algunos investigadores rescatan, si no justifican, estos sistemas de convertirse en hombre adulto y mujer adulta —de adquisición de responsabilidades paulatinas con su familia y con su comunidad—, al sostener que dichos códigos ayudan en el relevo generacional étnico. Sin embargo, muchos relatos de jóvenes que salen de sus comunidades de origen o que ya nacieron en las ciudades señalan esos mismos sistemas como obstáculos para vivir su momento presente, al que denominan juventud, en el que ellos y ellas puedan experimentar y seleccionar otras opciones que trasciendan el matrimonio, los hijos y los cargos comunitarios para los varones y la maternidad para las mujeres como única salida a sus vidas, y así poder opinar y decidir sobre la comunidad. Esta tensión aparece como una salida individualista que frustra el relevo generacional étnico, frente a la salida comunalista o comunitaria que obedece y cumple los mandatos de los adultos y ancianos, que deciden por los jóvenes qué debe hacerse y qué no. Y esta parece ser la salida buena y la primera, la mala en términos de continuidad de las etnias, que se confunde con “la tradición” y los “usos y costumbres de los pueblos”. Sin embargo, esta tensión o “problema” presentado por los investigadores en realidad es un problema epistemológico, una mirada que sofoca el cambio en la subjetividad del sujeto contemporáneo por enfocarse en la continuidad de la tradición en los jóvenes de los pueblos originarios.

Las categorías nativas (propias) rastreadas por Pérez Ruiz (2015, 2019) para nombrar lo que “podemos identificar en nuestros términos como jóvenes”, y necesarias, según esta autora, para conocer a los jóvenes, si bien no definen rangos de edad, connotan un conjunto de prescripciones (y proscripciones) de género, ancladas en el habitus comunitario que determinan diversas prácticas del ser hombre y del ser mujer (Oehmichen, 2019). Inscritas en la lengua, las categorías de género reproducen una cosmovisión en la que hay distinciones y prescripciones de género que, sostenemos nosotras, expresan relaciones de poder y dominación de los hombres hacia las mujeres de sus pueblos.

Oehmichen expone el caso de las redes de protección entre mujeres mazahuas en la Ciudad de México, quienes cobijan e impulsan a las jóvenes mazahuas que huyen por la violencia de género e intrafamiliar de sus pueblos en la defensa de sus derechos como mujeres. Pérez Ruiz (2019), Olvera (2016), Oehmichen (2019) y Cornejo (2016) observan que en la lengua maya el término chu’palech, que significa muchacha, define a la mujer que por su condición de género y edad representa un “peligro” para la comunidad, para ella misma y para los varones que se le aproximen. En la lengua que hoy practican los jóvenes se nombra a las muchachas con el término xlo´oboyan, asociado al daño, a la primera menstruación, al peligro en que se encuentra ella por estar en posibilidad de reproducir, que demanda de la comunidad su protección, esto es, el control de su sexualidad. Mientras táankelem paal, uno de los términos usado para los muchachos, los define como “el que ya tiene fuerza en sus hombros”; xi’ipal señala soltería, fuerza y vigor. Táankelem alude a su disposición física para laborar.

En tseltal y tsotsil, categorías nativas (propias) rastreadas por Cruz-Salazar (2017), ach’ix y kerem (muchacha y muchacho), son términos que refieren a un llegar a ser, reconociendo la maduración para el matrimonio y el desarrollo de actividades asignadas por los roles de género. Sin embargo, tanto en estas lenguas como en la ch’ol la autora encuentra que es el proceso de llegar a ser adulto que continúa y culmina cuando los varones alcanzan un estatus de “verdaderos”, no así las mujeres. Este estado se adquiere mediante el servicio comunitario, el matrimonio, la procreación, la jefatura familiar y el comportamiento contenido. Este es el verdadero hombre adulto que merece el respeto, la legitimación de la palabra y el poder. Aun así, se observa que la incompletud del ser y la dominación de la adultez sobre los jóvenes ya no son tan sólidas en la actualidad, y que en la cotidianidad de los jóvenes indígenas hay asuntos apremiantes que no son controlados por las culturas parentales, como la búsqueda de la aventura del norte u otras experiencias fuera del yugo comunal.

Los esfuerzos por recuperar las categorías propias para conocer a los jóvenes hablan de una búsqueda por encontrar los hilos de la continuidad de una cultura en la que “lo que podemos identificar en nuestros términos como jóvenes”; no tenían voz para decidir cómo querían vivir ese momento más que asumiendo los compromisos y responsabilidades que cada rol de género demandaba. Estas nominaciones originales para nombrar una situación de tránsito entre la niñez y la adultez para mujeres y para hombres no pueden confundirse con la categoría juventud tal como ahora la entendemos. Las definiciones propias ubican a los jóvenes en “una condición parcial de desarrollo con miras a entrar en una etapa más ‘formal’ como la reproducción y la labor, dejando de lado sus actuales capacidades”, señala Olvera (2016:118) en un estudio sobre los jóvenes y la migración en Mamita, Yucatán. En la perspectiva actual de juventud, se reconoce a los jóvenes como actores y agentes sociales activos en la creación e intervención de la realidad. Están involucrados en la construcción de sus propias vidas, las vidas de los agentes de sus entornos más inmediatos y de las sociedades en las que viven. Y, sobre todo, admite que los jóvenes son creadores y poseedores de culturas de juventud y otorga prioridad a las prácticas y formas expresivas y simbólicas a través de las cuales la sociedad es experimentada por la gente joven (Urteaga, 2019).

No se trata, por parte de los jóvenes actuales, de una oposición o confrontación con los usos y costumbres y la tradición en su totalidad; se trata, por ahora, de huir —vía la migración y el alargamiento del tiempo de estancia fuera— de lo que Cruz-Salazar (2017) denomina “panóptico comunitario”, que funge como controlador de la sexualidad y del movimiento personal y la búsqueda de horizontes diferentes por parte de las generaciones actuales, situaciones que se encuentran confundidas con los sentimientos que los hacen pertenecer a sus pueblos, a la comunidad, a sus parientes y familias. Las investigaciones actuales muestran el interés de los jóvenes varones por mantener los lazos de pertenencia comunitarios con sus pueblos de origen o con lo que saben de los mismos a través de sus padres (pagando sus multas para mantener la pertenencia, comprando tierra a su familia y para sí mismos, invirtiendo en sus casas, posibilitando con sus recursos la continuidad de los sistemas rituales), pero no quieren regresar a lo mismo porque no pueden realizar allí sus nuevas expectativas de vida y de trabajo.3 De ahí que por ahora nos preguntemos si la pertenencia contemporánea de los jóvenes indígenas está desgajándose de los aspectos de los sistemas normativos que rigen los roles y funciones de los géneros y las edades, pero no del conjunto de los mismos; pues, aunque parezca un contrasentido, simultáneamente ellos mismos están fortaleciendo en términos materiales y simbólicos los sistemas de cargos y compromisos comunitarios al pagar las multas por sus ausencias, solicitar permisos para migrar o buscar reemplazos para aceptar los cargos comunitarios y no ser expulsados a fin de continuar obteniendo los beneficios y las herencias de tierra. Es así como muchas y muchos jóvenes negocian su participación y, por tanto, su pertenencia al pueblo.

El nacimiento etnojuvenil y la transformación en la socialización secundaria

En “Mudándose a muchacha. La emergencia de la juventud en indígenas migrantes”, Cruz-Salazar (2009) documentó que las jóvenes tsotsiles y tseltales al migrar e integrarse a la ciudad de San Cristóbal de Las Casas encontraban muy atractivas las prácticas relacionadas con la representación del amor romántico: el cortejo, el noviazgo y el cambio de pareja. Después de migrar, la tendencia era postergar su maternidad y el matrimonio o flexibilizar los compromisos de pareja. Al mudarse de residencia también inauguraban su condición juvenil y, con ello, un nuevo ethos orientado por “la excesiva apertura personal”4 y visto como desacato e irreverencia por parte de los padres respecto a sus hijas.5

En “Los amores locos de una joven chamula. Simpatías materno-filiales y cambio social”, Neila Boyer (2013) encontró que ese otro modo de estar en la contemporaneidad de las jóvenes tsotsiles era un comportamiento fundado en una comprensión distinta del ser, es decir, autónoma. El nuevo tiempo de los tsotsiles, entendido por los no indígenas como modernidad, marcó la pauta para el desarrollo de la apertura personal y social que se observa más comúnmente entre las generaciones de jóvenes indígenas, y no entre los viejos que vivieron la opacidad y el hermetismo cultural como una clave étnica de su identidad. Decidir cómo ser por sí mismas y para sí mismas implicaba desacatar las prohibiciones de sus sistemas normativos de origen en torno a su sexualidad y su identidad de género: hablar con los varones, caminar al lado de ellos o comer con ellos. Lo que Neila Boyer (2013) expuso, aunque sin discutirlo a profundidad, es cómo lo tradicional comunitario condiciona la adscripción étnica de las mujeres y de las jóvenes; si ellas se alejan de los parámetros sociales y culturales de su pueblo, ponen en entredicho su inclusión en el nosotros étnico-comunitario. El nuevo ethos moral femenino, que provoca y reta la norma por querer ser solo muchacha y no ser muchacha casadera guardada en casa, se observa en los casos de las cientos de jóvenes chamulas que atraviesan la frontera entre México y Estados Unidos. Como lo dijera el líder comunitario Juan Gallo, “lo que no pudo hacer la comunidad [refiriéndose a los varones adultos y al consejo de ancianos en San Juan Chamula], lo hizo la migración. Las mujeres se quitaron la enagua tradicional para caminar por el desierto y ya están en Batik Chamu6 en ¡Florida! [Miami] Allá tienen novios y practican su sexualidad sin esconderse” (conversación personal con Tania Cruz-Salazar, 2017).

El nacimiento de lo etnojuvenil es reciente y representa una grieta generacional entre los adultos mayores y los jóvenes actuales, quienes ya no se someten ciegamente a los mandatos sociales ni a las prescripciones culturales, sino que más bien negocian su posibilidad de vivir de una forma en la que son más libres como individuos, mientras mantienen y alimentan el vínculo colectivo. Son los jóvenes mismos quienes conscientemente deciden construir y vivir su juventud lejos de los sistemas normativos en torno a la edad y el género comunales, “ancestrales” o antiguos, que sienten que les oprimen y coartan su presente. El derecho a tener novio o novia, el derecho a elegir a la pareja, el derecho a ejercer su sexualidad, el derecho al ocio y a la diversión, el derecho a trabajar para consumir culturalmente, entre otros más, son solo algunas de las reivindicaciones de esta nueva generación (Cruz-Salazar, 2017; Neila, 2013).

En las comunidades tsotsiles y tseltales tradicionales, como Chanal, San Juan Cancuc, Yut Osil, Oxchuc, San Pedro El Pinar y Amatenango del Valle, ubicadas en Chiapas, es común que la pertenencia étnica sea regulada por los adultos y adultos mayores, pues son estos quienes vigilan que sean acatadas las normas y costumbres comunitarias. Los viejos son los pilares de la cultura y del estatuto social; y es a ellos a quienes se les deposita el poder de decidir por el bien comunitario-colectivo. Además, dado que el sistema de normas y valores es avalado y promovido por los adultos, es a través de este como se filtra la visión hegemónica construida en torno al respeto y al buen comportamiento, no solo para cuidar el entorno natural (medio ambiente y entes celestiales), sino además el comunitario, y eso implica cuidar a los viejos del pueblo, a quienes por sus saberes y experiencia se les concede un rango alto, así como el poder de decidir y opinar por los demás. Esta visión del experimentado frente al carente de conciencia, en la lógica del desarrollo de la persona entre los tseltales y tsotsiles tradicionales de Chiapas, perpetúa la división entre jóvenes y adultos. El resultado es que la cultura gerontocrática permea muchos ámbitos de la vida cotidiana de manera impositiva y restrictiva, a grado tal que las relaciones intergeneracionales derivan en confrontación o conflicto. El consejo de ancianos se presenta como el grupo “protector” de los “menores” y oculta su lado controlador y punitivo por medio de la coerción juvenil e infantil; este es un tema reiterativo en los trabajos sobre migraciones juveniles y sexualidades de jóvenes indígenas (Álvarez, 2009; Muñoz, 2009).

El tema de las tensiones entre los proyectos personales juveniles vinculados a lo que es ser “hoy” joven y las proyecciones o expectativas comunales asociadas a los requerimientos de la comunidad representan un problema generacional porque se contraponen el “tiempo viejo” y el “nuevo tiempo”. Son tiempos que refieren a visiones de mundo “ligeramente” distintas entre los grupos de edad de una u otra etnia; sin embargo, los jóvenes los viven de modo yuxtapuesto priorizando el presente y la cotidianidad.

Lo etnojuvenil […] entre estos pueblos indígenas se define y practica en la transformación identitaria frente a “la costumbre”, es decir, en ese devenir espaciotemporal entre el namej kuxlejal o m’ol kuxlejal y el ach’ kuxlejal7 lo que influye si no es que condiciona el carácter y la personalidad del/la joven, alejándose o acercándose a los consejos comunales, mediante el respeto y la humildad como valores colectivos supeditados a los de la voluntad del corazón libre, entendida ésta como la agencia, una racionalidad más individualizada que aunque no desconoce los preceptos culturales y los órdenes sociales no se somete ciegamente a ellos y sí los cuestiona para sopesar los que conviene preservar. Asumiendo que dos conciencias habitan en cada persona, una se desarrolla y la otra se doblega, es prioritario reconocer que la agencia se expresa con una conducta exagerada, considerada irrespetuosa porque cuestiona el Mantal, Consejos de la comunidad, provocando conflicto y cambio generacional (Cruz-Salazar, 2017:55).

Es la conducta rebelde la desaprobada por las culturas parentales, y en ese marco la juventud conserva su distinción contestataria. Este nuevo ethos juvenil parte de la concepción del sí mismo como completa, de una autopercepción fijada en la entereza. En cambio, el adiestramiento al interior de las culturas parentales de los niños indígenas está encaminado al respeto y a la obediencia de acuerdo con el género, la edad, el estado civil, el parentesco y la procreación. Son prescripciones y proscripciones, por ejemplo, para solicitar permisos y obtener aprobaciones. La regulación normatizadora es en la costumbre el eje del equilibrio social y cultural.

La vergüenza, la sumisión y el respeto son características del joven que sigue los mandatos desde-hacia el camino adulto y la integración al orden cultural asociado a tareas, compromisos, roles y cargos que dicta la cultura parental. Gritar, bailar o caminar suelto son descomposiciones y desórdenes que hablan de un ethos fuera de la norma. Los rockeros de Sak Tzevul fueron los primeros en tocar en los tejados de la casa familiar de los Domínguez en la comunidad de Zinacantán, vestidos con sus trajes tradicionales y con los cabellos teñidos de verde y azul. Prácticas y estilos totalmente etnojuveniles. No solo es “la facha”, es sobre todo lo que una forma de pensar y expresarse generacionalmente diferente quiebra en el statu quo del pueblo (López-Moya, Ascencio y Zebadúa, 2014).

Este escenario puede compararse con los hallazgos de Virtanen (2012), quien desde un enfoque histórico-etnográfico da cuenta de los cambios en las generaciones de jóvenes machineri en el Amazonas, que son reconocidos como agentes de cambio en muchos aspectos de la vida comunitaria y en lo que atañe a su ingreso a la adultez. Estos chicos gestionan sus participaciones y relaciones con otros grupos de edad dentro y fuera de su propia etnia. De manera similar a muchos de los jóvenes tsotsiles de Chiapas, los jóvenes machineri se convierten en líderes por su repertorio cultural, lingüístico y social, que los hace representantes de sus grupos dada su capacidad política. El acceso al mundo del consumo cultural y a la producción simbólica es decisivo en los machineri jóvenes, tanto como su transformación identitaria una vez que han experimentado la vida urbana fuera de los territorios amazónicos. Lo interesante es que esto, a decir de Virtanen (2012), no representa amenaza ni castigo para estos jóvenes, pues la comunidad no lee estas prácticas como una traición o desarticulación identitaria, ya que prevalecen el orgullo indio y la lucha por el acceso a derechos y a garantías sociales.

En México, el trabajo de Aquino (2009) destaca el cambio de paradigma que experimentó la nueva generación de jóvenes tojolabales zapatistas al abandonar el proyecto comunitario y darse de baja en la lucha armada para irse “al norte”. Las autoridades adultas tuvieron que negociar con ellos, lo que puso de relieve los cambios en la visión de mundo dentro de las comunidades y los retos que a las generaciones adultas y conservadoras se les presentaban. El desafío a la costumbre y a las normas se alimentó por un desánimo juvenil comunitario y sus búsquedas de éxito en otros lugares (Aquino, 2009; Fuller, 2011; Mancina, 2011). Su salida representó una gran variedad de acomodos culturales en términos individuales y a nivel colectivo y la expansión de una moda por ir a conocer El Gabacho, por la experiencia de irse y hacer dinero. Un año más tarde, Aquino (2010) mostró el alto nivel de movilidad de los jóvenes tojolabales, quienes en el año 2000 migraron a la costa oeste estadounidense para ser contratados en Misisipi, y poco después esparcieron la voz para que otra oleada les siguiera y llegara a laborar. Se han convertido en nómadas laborales o migrantes de flexibilidad laboral, formando nuevas redes de apoyo y sostenimiento de sus vínculos comunales y, simultáneamente, viviendo su experiencia juvenil.

Esta “nueva” visión de mundo de los jóvenes indígenas se ha construido en diálogo con la educación, con la migración, con las tecnologías y con la lógica de consumo, en tanto que importan más las posibilidades de entrar a la escuela o migrar para obtener trabajos alejados de la agricultura que el ser campesino y heredar la tierra. Este estilo aleja a los jóvenes indígenas de las instituciones vigilantes, la familia y las autoridades comunitarias, y los acerca más a sus grupos de pares y a otras instituciones menos coercitivas.

La perspectiva de lo etnojuvenil permite recuperar el despliegue de creatividad y autoría de muchachas y muchachos indígenas a través de sus estilos y prácticas en situaciones de cambio acelerado. Esta mirada nace en un parteaguas espaciotemporal que nos posibilita el acceso a la producción de las juventudes étnicas actuales como fluctuaciones identitarias en el presente y como un punto de partida en el proceso de investigación. Partimos de reconocer situaciones clave que detonan sus vivencias desatoradas del yugo comunal y “tradicional”. Las nuevas generaciones están enfocadas en su juventud fuera del panóptico adulto y comunitario. Vemos que la adquisición monetaria y el distanciamiento territorial son pivotes para transitar su juventud lejos de aquello que ha sido definitorio de una etnicidad subyugada, controlada y empobrecida. De este modo, no hay mucha añoranza por los asideros étnicos previos, como tampoco existe mucho interés por reproducir conflictos o rencores interétnicos; en cambio, sí hay mucha ilusión por un devenir igualitario y, por ello se entiende, se les ve como otros jóvenes mexicanos ejerciendo el derecho de hacerse a sí mismos como les plazca. Esto sin negar o desconocer el pasado y presente de la lucha india que ha formado a estos jóvenes; por ello, nuestro enfoque observa la etnicidad encarnada y la recupera en los parámetros del accionar y actuar juvenil presente.

Las líneas de investigación contemporáneas

Antes de comenzar a desplegar una serie de temas y líneas de investigación —la mayoría en curso—, es necesario observar que la discusión epistémica en torno a la articulación de las categorías juventud e indígena/étnica recién inicia y sigue siendo una tarea pendiente de realizar en conjunto. Preocupa el que muchos estudios actuales se adentran en la temática y toman lo étnico y lo juvenil como meros escenarios para estudiar otros temas como la migración, la familia, los usos y apropiaciones de las redes sociales y otros. Nadie niega la riqueza de los datos conseguidos y expuestos, pero los niveles explicativos de las complejas relaciones entre jóvenes y adultos se pierden y el análisis social también pierde con ello (Chávez, 2014; Gracia y Horbath, 2019; Ruiz y Franco, 2017, entre otros). Ni lo joven ni lo étnico son problematizados en términos de su gran potencialidad teórica y metodológica. La perspectiva juvenil asume a los y las jóvenes como autores activamente comprometidos en la producción de sus mundos inmediatos en su presente, y es ahí donde se aquilatan los saberes construidos en las relaciones horizontales con sus pares y con actores de referentes más amplios. Se abrió en oposición a la perspectiva académica e institucional que los concebía como aprendices eternos de las enseñanzas adultas y pasivos reproductores de las mismas, en tanto se les enviaba al futuro “esperado” o impuesto por los adultos. Esta perspectiva, precisamente, fue capaz de ingresar en esos mundos juveniles dentro de los pueblos originarios, en las ciudades y en las olas migratorias, y revelar la enorme complejidad e incertidumbre de la construcción juvenil étnica en el curso de las grandes transformaciones económicas, políticas, culturales y tecnológicas que movilizaron a los pueblos (familias y jóvenes varones y mujeres) a salir de sus lugares de origen para sobrevivir. Problematizar la articulación juventud-etnia implica ingresar en los discursos normativos de cada uno de los ámbitos tradicionales y novedosos (culturas parentales, empleo, migración, consumo, indocumentación, ilegalidad, etcétera) que recrean los jóvenes indígenas en la contemporaneidad; en las tensiones en las que se ven involucrados y cómo construyen —desde su experiencia juvenil— discursos y prácticas culturales propios en sus negociaciones y adaptaciones.

No es lo mismo estudiar la relación entre padres e hijos, o las relaciones generacionales en los pueblos originarios, sin tomar en cuenta que la relación adulto/joven es una relación social de poder históricamente construida, que la división de las edades como dice Bourdieu (1990) es una cuestión de poder, de ubicar a cada quien en la estructura social, y que los sistemas normativos existentes en los pueblos originarios que norman las edades y los roles en cada edad por sexo, son parte de estas intricadas relaciones de poder y subordinación de los niños y jóvenes hacia los adultos y ancianos (Urteaga, 2009) y que estas se imbrican —reforzándose— con las relaciones de poder que los adultos mantienen sobre los jóvenes en la sociedad nacional y global.

Si bien cuando hablamos de juventud nos referimos a la relación de poder adulto/joven, el reto investigativo pasa por ubicar histórica y socialmente a los sujetos de la relación, esto es, emplazarlos en las condiciones que hacen a los sujetos: clase, género, edad, etnicidad, raza, generación, desigualdades sociales, violencias, procesos migratorios, interétnicos e interculturales, y muchos otros ordenadores sociales del siglo XXI. La juventud es una construcción teórica que ha cambiado a lo largo de la historia del pensamiento. La perspectiva de pensamiento dominante hasta los años setenta negó autoría a los jóvenes en su propia construcción de juventud (Urteaga, 2011 y 2019). Lo mismo sucedió con la construcción de las categorías etnia e indígena, se negó agencia a los pueblos conquistados y subordinados. En ese sentido, ambas categorías comparten desde su origen la subordinación hacia otros, y también ambas son en la actualidad subvertidas al dejar ingresar la agencia en los sujetos y en su categorización. El ingreso de la agencia juvenil a la discusión teórica se plasmó en la noción “culturas juveniles”, que lo introdujo como actor/autor de su propio discurrir, de las vidas de los agentes de sus entornos más inmediatos y de las sociedades en las que viven. No es fortuito que en la actualidad los movimientos juveniles y los étnicos coincidan en un punto: alejarse de la tutela jurídica de instituciones que les obstaculizan y niegan autonomía.

La costumbre, la tradición y otras normativas de los pueblos con respecto a la socialización y formación de niños y jóvenes no subvierten las relaciones de poder adulto joven; al contrario, refuerzan esta subordinación. Desde la perspectiva de los actores y autores juveniles de origen étnico involucrados en procesos contemporáneos de desplazamiento, estas limitaciones no son obstáculo para su salida o para resistir al poder adulto desde sus lugares de origen (Aquino y Contreras, 2016; Cruz-Salazar, 2012, 2015). El contenido de los mandatos (unos muy seductores) desde los dispositivos y ámbitos de la cultura mayor (nacional y global) han venido formando en los sujetos jóvenes de todo el mundo un ethos más autónomo en sus decisiones sobre el entorno inmediato, y más personal, priorizando el presente como estilo de vida, y con ello el consumo de bienes materiales y simbólicos que distingan a los individuos (Cruz-Salazar, 2017). Los jóvenes en migración, así como en sus pueblos de origen, no son la excepción. Muchos estudios señalan las tensiones, negociaciones y rupturas entre jóvenes y adultos de las etnias. Los investigadores que “se paran” en la visión adulta interpretan estos movimientos como “pérdida de valores”; para los que nos paramos en las prácticas y visiones presentes que los actores jóvenes construyen en interacción con sus pares, con otros segmentos de edad y en otras circunstancias sociales, lo que se ve es la emergencia de un ethos tercero.

Según el diccionario de la Real Academia Española, ethos es el “conjunto de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la identidad de una persona o una comunidad”.8 También refiere a reglas que se establecen para regular los comportamientos y modelar el carácter.9 En la discusión antropológica, Geertz (1995:89, 118) define el ethos como el tono, la calidad de vida, la disposición de su ánimo y el estilo moral y estético de un grupo. Pitarch (2000) lo explica como el conjunto de movimientos y actitudes corporales que componen a la persona y que aluden a la relación de cuerpo y alma entre los tseltales; comportamiento que moldea la figura personal, léase la compostura. Neila Boyer (2013) lo trabaja para explicar la ruptura del comportamiento sereno y respetuoso entre los tsotsiles, y Cruz-Salazar (2017) lo desarrolla para explicar el carácter del nacimiento de ese tercer ethos expresado en lo etnojuvenil contemporáneo, el comportamiento “desatado” de los jóvenes tseltales, choles y tsotsiles de Chiapas.

Ciertamente, pocos estudios (Virtanen, 2012) documentan la continuidad en el cambio generacional sin conflicto o confrontación y, sobre todo, respetando las subjetividades y mundos juveniles (Muñoz, 2009). La mayoría tienen una perspectiva antropológica adultocéntrica y etnocéntrica que defiende la solidaridad y armonía entre las culturas indígenas, sin considerar lo que esto implica para las y los jóvenes: la obediencia, o bien la doble moral o el manejo y la colaboración de su parte para que ese statu quo permanezca. Los y las jóvenes evaden, confrontan o negocian con las normas e imposiciones porque su opinión regularmente no es aprobada.10

La visión romántica de los grupos indígenas unidos en la lucha por la tierra y por su herencia y saberes culturales ignora la lucha interna de los grupos etarios por ser y hacer, siendo-perteneciendo al grupo; lo que nosotras cuestionamos en este texto es esa hegemónica verticalidad que no permite un acercamiento a la complejidad que guardan los mundos y visiones juveniles frente a las grandes lógicas y sistemas de poder reproducidas desde las culturas parentales (Scott, 1990).

Estas y otras discusiones se vuelven fértiles en la medida en que profundizamos en el conocimiento del sujeto joven con orígenes “indígenas” contemporáneo, y ampliamos así el horizonte de su lucha y reconocimiento social.

También es importante señalar que en los últimos años las miradas al sujeto joven indígena se han multiplicado y enriquecido con muchos temas e información nueva provenientes de líneas de análisis interdisciplinarias y campos de investigación como el educativo, la comunicación, la lingüística, la agroecología, los estudios de migración, de género, de salud y enfermedad, desde los cuales se están realizando discusiones teóricas y metodológicas importantes en torno a esta relación entre juventud y etnicidad (ver bibliografía).

En lo que atañe a la investigación antropológica y social sobre los jóvenes indígenas, otras líneas analíticas se encuentran en curso y están asociadas a las experiencias migratorias y las universitarias. De estas, la transformación, adaptación y recreación identitarias, la discriminación y el conflicto intercultural son temas subyacentes. Varios son los trabajos de estudiantes indígenas que desde sus propios pueblos y miradas han profundizado en las prácticas estudiantiles contemporáneas de tseltales oxchuqueros (Gómez, 2013), del conflicto y relevo generacional entre los bachajontecos tseltales (Bermúdez, 2012), así como de la práctica educativa y discriminatoria entre maestros mestizos y estudiantes tseltales (Hernández, 2012) y choles (Bastiani et al., 2012). Todos abonan al eje de las reconfiguraciones identitarias y del reconocimiento indígena, además de que decantan en los procesos de aprendizaje que valoran lo étnico y que, en los nuevos espacios tanto citadinos como universitarios, “transitan al orgullo indígena” con una plataforma firme, ya que aprender del “orgullo indio” les sirve para reivindicarlo (Ortelli y Sartorello, 2011).

Las bases de una fértil discusión sobre los cambios culturales entre jóvenes retornados indígenas han sido discutidas recientemente por Porraz (2015) y Jiménez (2018). Porraz destaca las contradicciones en la subjetividad del joven migrante y las expectativas de su comunidad una vez retornado: los estigmas, las nociones de éxito y fracaso, así como los quiebres que en materia económica y social su regreso representa. Jiménez (2018) discurre sobre la reinserción de estos jóvenes frente al sistema normativo, sobre los asuntos que detonan el conflicto y cambio generacional, así como sobre lo que significa para los retornados el haber incrementado su repertorio cultural fuera de lo que se espera en el espacio rural.

En la misma línea analítica están los trabajos de Carpena (2014; 2016) sobre los jóvenes nahuas que experimentan la migración transnacional. El debate de la autora trae a colación la agencia política y la movilidad en las trayectorias de vida que hacen navegar a los jóvenes entre diferentes formas de conocimiento. Después del despojo y de la dominación cultural y simbólica que implica la formación escolar, la experiencia migratoria con el sesgo de la indocumentación los convoca a su propio reconocimiento en términos culturales, insertándolos en un proceso de conciencia étnica y de lucha por mantener los campos agrícolas y sus productos. Una especie de reapropiación cultural y material que los reposiciona en las luchas étnico-políticas y de resignificación identitaria.

Las investigaciones sobre los y las jóvenes de origen indígena en las ciudades han penetrado otras zonas de la experiencia juvenil como la desigualdad y sus manifestaciones en el espacio urbano, su segmentación clasista y racista, el trabajo (y las prácticas discriminatorias), los estudios superiores y la invisibilidad a la que son sometidos en las universidades convencionales e interculturales (Ortelli y Sartorello 2011; Sartorello y Cruz-Salazar, 2013). Los y las jóvenes están vinculados a la reorganización étnica en las ciudades, y a partir de la defensa de sus derechos como pueblos indígenas es que se apropian de otros espacios y reivindican su identidad. Derechos y defensa legal y política frente a prácticas discriminatorias y racistas son temas de investigación y acción en curso. Estos derechos se intersectan con las políticas de acción afirmativa, inclusión educativa e interculturalidad desde el sistema educativo, así como con el cumplimiento de los derechos de los jóvenes en lo que atañe a la permanencia de los estudiantes en la educación superior, y han demandado formas organizativas juveniles que los sustenten, lo que está dando lugar a otros procesos organizativos (García Álvarez, 2018).

Los estudios de género, juventud y etnicidad en contextos citadinos están dando ya sus frutos en términos de la organización y las luchas que jóvenes y adultas de comunidades indígenas (interétnicas) están dando en la defensa y realización de sus derechos como mujeres con orígenes étnicos, así como en la propuesta y defensa de los derechos laborales en el servicio doméstico (López Guerrero, 2017). Esto marca una fuerte línea de investigación y acción con los jóvenes indígenas (Igreja, 2019).

El eje sobre sexualidades, homosexualidades, lesbianismos, intersexualidades y otros géneros entre los jóvenes indígenas ha sido trabajado en menor medida, En cambio, el papel del cortejo y el noviazgo, un tópico clásico en los estudios de mujeres indígenas jóvenes (Barrios y Pons, 1995; Collier, 1980), es recuperado por estudios actuales con enfoque de juventud (Cruz-Salazar, 2008, 2014). Por ejemplo, el tema de las modalidades de noviazgo a la distancia abre una veta de análisis fértil que renueva la investigación sobre las relaciones de pareja. El “pago de la novia” y la tradicional “pedida de la novia” coexisten en algunas comunidades con las nuevas formas de noviazgo y robos “acordados”, situaciones que hablan de los cambios negociados desde las migraciones juveniles y las acciones juveniles por elegir pareja.

Consideramos que el protagonismo de estas juventudes es decisivo en el presente y en el devenir de los grupos indígenas del mundo, porque son quienes están dialogando con los mestizos, con los kaxlanes, con los Otros, es decir, con quienes desde los años de la Colonia han sido enemigos y sin quienes no se podría construir un México diverso. Los jóvenes indígenas de las generaciones actuales tienen una visión desanclada de los protagonismos étnicos, poco les interesa preservar la idea de “autenticidad” basada en representaciones arcaicas y museográficas del indio puro; sus visiones están puestas en otros modelos de ser joven estudiante, migrante, moderno y transcultural (Negrín, 2015; Urteaga, 2017).

Problematizar la intersección de lo juvenil y lo étnico contemporáneos implica reflexionar conceptual y metodológicamente sobre los momentos históricos, sociales y académicos en los cuales se generan las categorías, su flexibilidad, los cambios de perspectivas. Cuando proponemos una epistemología de lo juvenil étnico nos referimos no solo a considerar la poderosa mediatización de las culturas de origen (“el costumbre”, la tradición), sino a desagregar esta en los aspectos que a los jóvenes atañen, como sus culturas parentales y las normatividades reguladoras de la edad y el sexo, y confrontarlas con los escenarios y discursos normativos que, en su salida a las escuelas, a las ciudades y a El Gabacho desde su experiencia juvenil, priorizan la visión y motivación de los jóvenes en desplazamiento. Esto nos permite terminar la discusión sobre la “aculturación” de las generaciones más jóvenes y ubicarnos en un tercer espacio de constitución del sujeto liderado por el mismo sujeto.

El sujeto juvenil étnico que está construyéndose entre las fronteras tradicionales y modernas transnacionales es interpelado, en el sentido de Stuart Hall (2003), desde contextos y discursos de unos y otros lados. Algunos pesan más que otros en el accionar individual y colectivo de los jóvenes, pero en la incertidumbre con la que viven las nuevas experiencias, las decisiones fundamentales se toman en situación, en acto, más que apelando a la fuerza de los sistemas normativos tradicionales, porque estos también tienen aspectos que los jóvenes interpelan y modifican en sus prácticas sociales y culturales (fuga, negociación, reconfiguración). Hemos dado ejemplos de cómo los jóvenes con orígenes indígenas no desobedecen a los mayores per se, sino a esa mentalidad arcaica que en nombre de la tradición homologa “indigeneidad” a pobreza de recursos, de vida y horizontes, a dominaciones internas que obstaculizan el desenvolvimiento de las y los jóvenes como seres humanos con derechos a participar en la reconfiguración étnica contemporánea. Esto habla de procesos de subjetivación que manifiestan la fuerte individuación en la constitución de la experiencia juvenil de los jóvenes indígenas.

Para Alessandro Baricco (2008), los cambios en las relaciones cultura/poder recientes forman parte de una mutación cultural necesitada de un pensamiento que evite situar al objeto de estudio en el mapa conocido definiendo “qué es”, y opte por intuir de qué maneras ese objeto modificará el mapa volviéndolo irreconocible (Martín Barbero, 2012). Las y los investigadores tenemos muchos retos por delante: uno es continuar las reflexiones epistémicas y metodológicas siguiendo a los autores de estos cambios. Plantearnos, por ejemplo, qué tanto para los investigadores, como para los sujetos implicados, el comprender tiene ahora menos que ver con el unificar que con el coser, esto es, el lidiar con las cicatrices y suturas para no “regresar” a los mapas analíticos conocidos.

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Notas

1 Visión que los ubica lejos, en el campo, en la pobreza y el aislamiento. Por ejemplo, el ingreso de los jóvenes indígenas a las universidades, por cuotas y con becas. y a trabajos en gobierno causa malestar entre los denominados “mestizos”, que sienten mermados sus derechos.

2 Coincidiendo con Queirolo Palmas (2017:61), quien estudia bandas juveniles, la clave de nuestro enfoque radica en el concepto de agencia como capacidad de protagonismo, de transformación creativa de las relaciones sociales, de resistencia política (aunque sea en lo micro) a su situación. El espacio de la agencia se sitúa entre la condición del actor (el que interpreta un rol asignado) y la condición de autor (el que transforma y establece el ritmo y el orden de los papeles del guion que hay que recitar).

3 “Lo mismo” implica regresar a la pobreza material y de horizontes de vida en los pueblos de origen, seguir replicando los roles de género y de edad establecidos por los adultos y las autoridades tradicionales, lo cual dice de la conciencia que tienen estos jóvenes con respecto de su falta de poder para decidir los cambios dentro de sus sistemas normativos y reguladores comunitarios. Una suerte de impotencia que habría que investigar con mayor profundidad. Lo que sí sabemos a través de muchos relatos es el temor de los jóvenes al desarraigo, esto es, a ser expulsados de su pertenencia al pueblo y a perder sus derechos de acceso a los recursos.

4 Ver el trabajo de Neila Boyer (2015) “Toj jamal ye’. La excesiva apertura personal y social en el ‘nuevo vivir’ tsotsil de Chiapas”.

5 En 2004, cuando realizaba trabajo de campo con familias migrantes en las periferias de San Cristóbal de Las Casas, los padres de varias jóvenes chamulas y tseltales se quejaban del comportamiento de sus hijas. Por ejemplo, el señor Anselmo decía que no entendía cómo su hija se iba a pasear y le dejaba a él y a su esposo a sus tres niñas, y remataba: “¡ya nadie la va a querer así!”. Otro padre me decía: “es que ya me la vinieron a devolver porque no sabemos qué pasó con otro hombre”. En estas expresiones no solo la visión adulta, sino también la patriarcalista, operan en tanto juicio del comportamiento de las mujeres.

6 El Pequeño Chamula.

7 Viejo tiempo y nuevo tiempo.

8 Diccionario de la lengua española, RAE, vigesimotercera edición.

9 En donde “carácter’” según la definición del diccionario de la RAE, remite al “conjunto de cualidades o circunstancias propias de una cosa, de una persona o una colectividad, que las distingue, por su modo de ser u obrar, de las demás” (Diccionario de la lengua española, actualización de 2017).

10 Cruz-Salazar dirigió trabajos de tesis de licenciatura realizados por estudiantes de la Universidad Autónoma de Chiapas, y encontró en ellos temas de conflicto generacional en Bachajón (Bermúdez, 2012); migración no negociada y cambio cultural en El Corralito, Oxchuc (Sánchez, 2009), y sustitución de la pedida de mano tradicional por el robo acordado entre los muchachos de Oxchuc, quienes al no tener voz ni voto en los noviazgos convenidos por los padres, algunos comenzaron a huir en pareja o a fingir robos y regresar al pueblo para “pagar” por el desacato casándose (Gómez, 2013).

Migraciones

¿Americanizar, asimilar, aculturar? Incorporaciones subalternas de las segundas generaciones de migrantes desde la experiencia de jóvenes indígenas de Oaxaca

Susana Vargas Evaristo

Introducción

En este artículo contrasto la experiencia de las migraciones de los pueblos originarios a la luz del bagaje teórico elaborado para otro tipo de contingentes migratorios no indígenas. Discuto que los Estados-nación de origen han contribuido a la jerarquización étnica de los grupos sociales del territorio nacional —particularmente de los pueblos originarios—, lo que ha impactado en la experiencia de incorporación de los sujetos en los contextos migratorios. Kissam y Jacobs (2004), estudiosos de la migración indígena, han destacado que esta población aparece como subnacional por su condición histórica en el marco del Estado-nación de procedencia, y posteriormente en el escenario de la migración internacional surgen como minoría de las minorías en la escala étnica del país receptor, en este caso, de Estados Unidos.

La discusión que propongo se basa en un estudio realizado con descendientes de trabajadores agrícolas en el estado de Baja California, México, y en Madera, California, Estados Unidos (Vargas, 2014). Las historias de vida de los y las jóvenes de origen oaxaqueño1 reflejaron narrativas de exclusión socioétnica, aun cuando las entrevistas se realizaron en dos contextos de migración diferenciados (interno e internacional). No obstante la posición geográfica, en ambos grupos de jóvenes se declaró fuertemente la presencia de actitudes racistas y discriminatorias efectuadas por diversos actores sociales a lo largo de su proceso de adaptación. A partir de ello me cuestioné: ¿qué implicaciones tiene el análisis de los procesos de migración e incorporación cuando se trata de pueblos indígenas?, ¿de qué sujeto histórico estamos hablando?, ¿los marcos analíticos en los estudios de integración dan cuenta de lo que ocurre con todos los grupos de migrantes?, ¿qué particularidades en los procesos de incorporación se muestran desde la experiencia de la población joven con ascendencia indígena? El análisis que se vierte en este artículo forma parte de una investigación más amplia en la que se realizaron 45 entrevistas con descendientes de trabajadores agrícolas bajo el método biográfico, debido a que se priorizó la construcción subjetiva del proceso de incorporación de las y los sujetos. En dicho estudio se mostró que las y los jóvenes indígenas están comprometidos con sus pertenencias étnicas, familiares, comunitarias e históricas concebidas como procesos cambiantes, no solamente por la experiencia de migración, sino porque de facto el sujeto comprendido desde su historicidad está en constante transformación (Vargas, 2014). La pertenencia de los y las jóvenes está asociada a sus pueblos, comunidades y territorios, pero es la familia la que media en el intercambio de informaciones, normas y obligaciones de las nuevas generaciones. En conjunto, estamos frente a una juventud que se encuentra en constante lucha, entre las implicaciones de crecer lejos de sus pueblos y comunidades ancestrales, de cara al largo proceso que ha significado incorporarse a las nuevas sociedades receptoras. Desde esta mirada cambiante retomo el concepto de incorporación que se descentra de ideales deterministas para pensarlo en un proceso en constante conflicto y dinamismo, siempre en movimiento (Levitt y Glick, 2004).

El capítulo se desarrolla en los siguientes apartados: en primer lugar, se contextualiza el perfil de los y las descendientes de trabajadores agrícolas en el Valle de San Quintín, Baja California, y Madera-Fresno, California. En un segundo segmento presento una revisión sobre los conceptos clásicos de integración. En seguida, trato la propuesta de los estudios transnacionales en su vertiente de estudio sobre las segundas generaciones de migrantes, en la cuarta sección realizo una propuesta acerca de la subalternidad de la incorporación de jóvenes oaxaqueños, y finalmente presento algunas conclusiones.

Recuento etnográfico y perfil de los hijos e hijas de trabajadores agrícolas oaxaqueños

Durante el periodo de 2003-2004 visité al Valle de San Quintín con el objetivo de abordar la problemática del trabajo infantil jornalero entre las familias provenientes de pueblos originarios de Oaxaca. En ese entonces, a través del Programa Nacional con Jornaleros Agrícolas (PRONJAG), visité un par de campamentos agrícolas en donde las condiciones de vida mostraban pobreza extrema para las familias y sus hijos; mucho se decía que el trabajo infantil había desaparecido desde los noventa por un boicot suscitado en San Diego, California, a propósito de la presencia de niños en los campos agrícolas. Esa narrativa parecía imperar de manera general tanto en los funcionarios de gobierno, como en los dueños de las agroempresas de mayor presencia en el valle. No obstante, la narrativa de las familias acerca del trabajo infantil era distinta; a pesar de las condiciones laborales, llevar a los y las niñas en los campos significaba la posibilidad de tenerlos bajo vigilancia. Algunas mujeres llevaban a sus hijos pequeños sin que se dieran cuenta los empleadores, y ya en los surcos se las arreglaban para acomodarlos y tenerlos cerca. Los niños de tanto en tanto se incorporaban al surco para cortar y ayudar a llenar más rápido los botes. Según los relatos de las familias, no siempre se podía hacer esto; había campamentos en los que se prohibía estrictamente llevar a menores a trabajar, por lo que temían ser sancionados por su presencia.

La jornada de las y los trabajadores agrícolas iniciaba a las 5:00 a.m., para aprovechar la temperatura fresca de la mañana y también para alargar la actividad productiva; al caer la tarde regresaban a sus casas en las colonias o campamentos. Estos últimos son uno de los múltiples tipos de alojamiento para los migrantes, también había cuartos y casas que rentaban en las colonias. Los niños que no podían ir al surco se quedaban en las instalaciones, expuestos a una diversidad de riesgos a la salud; la desnutrición era un signo evidente del abandono. Algunos campamentos contaban con guarderías o escuelas donde cuidaban a los menores hasta que sus familias regresaban del campo.

Las colonias representan otra opción de vivienda y un logro en el asentamiento de la población oaxaqueña jornalera, pues luego de movilizaciones y demandas lograron establecerse en terrenos firmes en los que paulatinamente construyeron un pie de casa, para después allegarse de servicios básicos como agua, luz, hospitales y escuelas. El cambio de residencia de campamento a colonia ocurrió entre las décadas de los ochenta y noventa, proceso que fue paradigmático en términos del acceso de los niños a la escuela, aunque muchos de ellos seguían sin asistir. Habrá que señalar que, aun cuando se trata de una migración considerada como rural-rural compuesta por población indígena, ciertamente es posible encontrar una importante diversidad de procesos migratorios y de asentamiento. En términos generales, podría asegurarse que la condición de los niños y niñas que crecieron en el Valle de San Quintín, vinculados al trabajo agrícola, atravesaron por procesos de explotación laboral, lo cual observé más tarde en el testimonio de los jóvenes a quienes entrevisté (en un segundo periodo entre el 2010 y el 2011). Sin embargo, el cambio de residencia marcó la posibilidad de mantener el proyecto escolar de manera permanente, debido a que su asistencia a los campos ya no estaba regulada por el empresario (dueño del campamento), sino que se habrían ganado una mayor autonomía aunque continuaran trabajando por jornal.

Aquellos jóvenes que lograron escolarizarse durante su infancia experimentaron situaciones de discriminación por sus características fenotípicas (estatura y color de la piel), de clase por su condición de hijos de trabajadores agrícolas, y étnicas por el uso de la lengua materna y la procedencia oaxaqueña. No obstante, la trayectoria educativa estaba en riesgo constante debido a las condiciones de pobreza que enfrentaban sus familias; muchos de estos jóvenes estudiaban por temporadas, y durante los periodos de vacaciones escolares iban al surco a pizcar para ahorrar dinero y poder pagar los pasajes del camión, los uniformes y útiles escolares. Otros más no lo lograban e interrumpían sus estudios para solventar algunos gastos de la familia, lo que ocurría cuando quien principalmente sostenía la familia se encontraba enfermo o indispuesto para laborar en los campos. Quienes tenían el impulso por continuar sus estudios, regresaban, pero había quienes desertaban.

En el otro lado de la frontera, en las ciudades de Fresno y Madera, en California, lo educativo representaba no solamente la posibilidad de desincorporarse del trabajo en los campos agrícolas. La educación para los estudiantes indocumentados significaba la promesa —o la esperanza— de lograr acceder al proyecto legislativo Dream Act o Acta de Sueño.2 Como es sabido, desde el año 2001 ocurrieron movilizaciones de distintos sectores de la sociedad civil, senadores y representantes estadunidenses, para convencer al Congreso sobre la necesidad de un mecanismo de regulación dirigido a aquellos jóvenes indocumentados que llegaron siendo niños. Es así como la iniciativa “Development, Relief and Education for Alien Minors (Dream Act)” fue presentada en 2006 con ese propósito, pero no fue aprobada.3 En 2012, el presidente Obama suscribió un memorándum en el que difería por dos años los procesos de deportación de jóvenes en condiciones similares a los llamados dreamers, y en junio de 2014 esta medida fue extendida otros dos años más.4

En pleno periodo de efervescencia a favor de una respuesta a los millones de jóvenes indocumentados conocí en Madera a Juan Santiago (2010-2011), joven universitario zapoteco de Coatecas Altas, comunidad localizada en los Valles Centrales de Oaxaca. Su discurso era claro. Su llegada a Estados Unidos tuvo que ver con la necesidad en la que se encontraban sus padres, por lo que recurrió como opción al mercado de trabajo agrícola para hacerse con recursos económicos. Así, trabajó primero con su familia en Sinaloa y posteriormente, a principios de los noventa, siguió la ruta migratoria trazada por sus paisanos hacia Madera, California. En este contexto el Frente Indígena de Organizaciones Binacional (FIOB) ha desempeñado un papel fundamental en la movilización de los jóvenes, particularmente oaxaqueños. El círculo de jóvenes a quienes me allegué estaba compuesto por distintos pueblos originarios de Oaxaca y otros mexicanos de diversos orígenes con los que compartían las mismas aspiraciones de lucha social. Muchos de ellos eran universitarios, pocos trabajaban en la pizca de algún producto, y podía encontrarme con jóvenes indocumentados o documentados, residentes, naturalizados y ciudadanos. Por ello, la gama de experiencias era sumamente rica. Pude observar lo importante que era pensar en las formas de concebir los procesos de integración desde las narrativas de los jóvenes universitarios oaxaqueños, hijos e hijas de trabajadores agrícolas. En el momento de mi acercamiento di cuenta de que una de las fortalezas de este grupo es la postura crítica que han ejercido frente a las distintas condiciones que los cruzaban: la migratoria, su pertenencia al contingente de los trabajadores agrícolas, el origen étnico común y las posiciones de género. Todas estas suponen categorías interseccionadas que en su conjunto perfilan a un joven cuya trayectoria de vida está articulada a experiencias políticas y de discriminación. Pablo relató lo siguiente:

Por lo mismo que si no eras de aquí [San Quintín] tú tenías que convertirte en alguien de aquí, de otra manera te discriminaban, se burlaban de ti, te decían tú eres de allá, tú estás bajito, tú estás moreno, tú no hablas bien el español […] Casi te obligan a igualarte a la cultura de aquí, a las costumbres de aquí, a las enseñanzas de aquí, a la ropa de aquí, todo lo que es el mundo de aquí (Pablo, pseudónimo, Valle de San Quintín, Baja California, 25 de agosto de 2011).

Los jóvenes oaxaqueños, desde su infancia más temprana, han lidiado con el cúmulo de categorías étnicas y raciales que han marcado a las generaciones antecesoras, tanto en los lugares de destino como en los de migración; en estos últimos, exacerbados por la condición de migrantes (indocumentados) y trabajadores agrícolas. Esta acumulación de categorías se reproduce en los ámbitos analizados, como el mercado de trabajo agrícola, las colonias/comunidades de asentamiento o campamentos y el espacio escolar.

En el Valle de San Quintín la escala étnica y racial prevaleciente afectó la trayectoria infantil de los jóvenes oaxaqueños. En el ámbito escolar las experiencias de discriminación se recrudecían mayormente si los niños provenían de un sector trabajador vinculado con la agricultura intensiva. Según la experiencia de Pablo, los jornaleros agrícolas y sus hijos eran vistos como “gente anormal” o gente de fuera. En Madera los jóvenes oaxaqueños experimentaron la estratificación étnico-racial reproducida al interior del sistema escolar, y la discriminación se intensificaba hacia la población de reciente arribo a la ciudad. En este contexto, los criterios de la lengua, la condición migratoria (documentado o indocumentado), el origen étnico y la apariencia física conformaban un conjunto de características que reforzaban la exclusión social. En el escenario escolar la población de origen mexicano mostraba actitudes de hostigamiento hacia los niños y niñas provenientes de Oaxaca. Por ello, y en repetidas ocasiones, en la literatura se menciona que las categorías étnico-raciales construidas en el marco del Estado-nación mexicano son reproducidas muchas veces por los mismos mexicanos en Estados Unidos.

De esta manera, los contextos de origen y las relaciones interétnicas las pensamos como factores que definen —en buena medida— la experiencia de incorporación de los migrantes, tanto en la sociedad sanquintense como en las ciudades de Madera y Fresno. La migración a la que se articulan los hijos de trabajadores agrícolas se adscribe a un contingente conformado por miembros de sociedades indígenas que han heredado memorias de subordinación étnica, conformándose como una minoría dentro de su propio Estado-nación y reproduciendo esta subordinación del otro lado de la frontera. En otros estudios sobre la segunda generación de zapotecas en Los Ángeles se ha documentado que, si bien durante la primera generación la identidad étnica era crucial para mantener la articulación entre los migrantes del mismo origen, ciertamente la segunda generación presenta una mayor complejidad en cuanto a su pertenencia, en la que se articulan diferentes intereses de orden político, social y cultural que derivan de experiencias de opresión y diferentes formas de racismo (Cruz, 2013).

Observamos que en estos contextos se da lugar a la categoría de subalterno, comprendida como un posicionamiento que el sujeto regula, como un pensamiento fronterizo que se apropia y se reinterpreta (Coronil, 1994; Mignolo, 2000), pero que sin duda está articulada a escenarios nacionales que imprimen experiencias en los distintos grupos humanos, en este caso migrantes e indígenas. En el caso de los trabajadores agrícolas inmersos en condiciones laborales precarias, no solamente enfrentan la discriminación étnica y racial, sino también de clase. Por su parte, las mujeres abren entre sus familias la disputa por mantenerse bajo las normas de la comunidad de origen o abrirse/dialogar/confrontarse con la realidad en los nuevos contextos de asentamiento.

[…] mis papás son parte de la comunidad y creo que, para mantener su estatus, tienen cierto prestigio dentro de la comunidad, entonces es de tener este estatus de una familia respetable, entonces es el pueblo y luego yo, yo siendo mujer y siendo hija de esta familia, tengo que conformar ciertos ideales ¿no? Entonces yo no puedo salir con tener un hijo por ahí, o salir con una pareja del mismo género. Entonces es estar consciente de ciertas cosas, pero tampoco no ser tan radical (Sonia, pseudónimo, Fresno, California, 1 de septiembre de 2010).

Las narrativas de los jóvenes muestran cómo, a pesar de sus esfuerzos por articularse a la sociedad de llegada, su condición se muestra como la de subnacional. Si bien en Estados Unidos y en México se han llevado a cabo discusiones sobre cómo integrar (aculturar, asimilar, americanizar) a los “otros” (migrantes, indígenas), el factor racial cumple un papel fundamental como criterio de incorporación a la dinámica nacional de las poblaciones. Por otra parte, la condición de subnacional implica derechos no reconocidos como ciudadanos/residentes en ambos países, que se conjugan con la experiencia subalterna entendida de manera interseccionada y sustentada en las categorías de “raza”, género, clase y generación, que vislumbran escenarios más específicos y que tienen funciones concretas en la incorporación. Este proyecto comienza desde la infancia en el momento en que las y los jóvenes se han tenido que enfrentar al cambio de vida entre su pueblo y el lugar de destino. Es muy notorio que aun cuando manejan el idioma (en el caso de quienes se fueron a California) o las formas culturales del lugar de destino, ellos hacen sus propios “nichos” de convivencia buscando siempre un perfil étnico-cultural común, persiguiendo formar organizaciones o ser parte de grupos que reivindiquen sus orígenes. Esta situación no exime que al mismo tiempo articulen vínculos y redes fuera de sus fronteras étnicas. Es interesante anotar que cuando les cuestionamos sobre su percepción de integración en los contextos migratorios, algunos prefirieron mencionarlo como adaptación y otros como un proceso de colonización o recolonización, en términos de subordinación de las culturas originarias o indígenas hacia las “blancas”. El “aquí y allá” es frecuente en las narrativas de los y las jóvenes, y lo interesante es que esto se remite a la escala del pueblo o la comunidad, y no a la estatal o nacional. Para los jóvenes asentados tanto en San Quintín como en Madera-Fresno, las alusiones a sus pueblos de origen fueron constantes, comprendían su pertenencia étnica como una identidad profunda, pero no negaban las ventajas de haber migrado o de lo aprendido en los nuevos territorios de asentamiento.5

El perfil de los descendientes de trabajadores agrícolas oaxaqueños puede ser diverso en términos étnicos, lingüísticos y de estatus migratorio. Sin embargo, tienen en común la experiencia de haberse desplazado desde una comunidad indígena que les permitió atravesar fronteras de clase, étnicas y de género que marcaron sus experiencias y trayectorias de integración a los nuevos territorios de asentamiento. En este sentido, me parece adecuado debatir sobre la literatura producida al respecto sobre las segundas generaciones de migrantes y su pertinencia para los casos que aquí he descrito.

Conceptos clásicos de la integración y el problema de la fijación de identidades en Estados Unidos y en México

La noción de asimilación podría considerarse como la más recurrente para atender los conflictos derivados de la interacción de grupos socioculturales en contextos nacionales. El término fue retomado a partir de la inmigración europea hacia Estados Unidos a principios del siglo XX, en el marco de la migración en la que preponderaba el flujo de personas provenientes de países del otro lado del Atlántico y de manera paulatina se construía el imaginario sobre la vida americana (American life). En este contexto, la discusión sobre la llamada americanización o asimilación (hasta la Segunda Guerra Mundial) consideraba únicamente a los migrantes europeos en términos se incorporarse como “blancos”, pero los no europeos se incorporaban dentro del sistema jerárquico racializado.

La idea de la “americanización” dotó de gran significado a las discusiones sobre la incorporación de los recién llegados, planteándose como la amalgama de razas a la vida nacional. Se entendía como un proceso indispensable de unificación de razas que diera como resultado un solo estilo de vida americano (Glazer, 2005). Se buscaba una “mezcla perfecta” que evitara las distinciones de unos grupos sobre otros.6 Sin embargo, había ciertos grupos que no estaban considerados —como apunta Glazer—, como la población negra. En su artículo “Is Assimilation Dead?”, Glazer plantea que, aun cuando el concepto de asimilación pueda producir controversias académicas7 y descontento entre algunos grupos sociales, su fuerza sigue afectando en muchos aspectos étnicos y raciales en Estados Unidos, en términos de la necesidad de continuar hablando de la vida americana (American life).

Conceptos como americanización y asimilación estaban permeados de las ideas conservadoras acerca de lo que una sociedad angloprotestante debía ser y de las formas sociales que debían adoptar los migrantes de las llamadas oleadas de los siglos XVII y XVIII (García, 2006). Como es sabido, en el siglo XIX la composición migratoria cambió en cuanto a sus orígenes étnicos. América Latina, y en particular México, encabezaron el envío de migrantes hacia Estados Unidos. Este giro en la estructura étnica de la población migrante dejó ver el desinterés por encontrar una fórmula de integración de la diversidad cultural de la población en términos de raza y etnicidad. Por un lado, la población afrodescendiente había sido sistemáticamente marginada de los ideales de una “amalgamación” de razas y, por otro, la población recién llegada no cumplía con el requisito de la “blancura” para ser llevada a participar de dicho proceso de integración.

Robert E. Park, fundador de la escuela de sociología en la Universidad de Chicago,8 se cuestionó sobre el gran problema que representaba el tema de la asimilación y sus efectos en la comunidad negra. De esta manera, en un trabajo publicado en 1930 sobre asimilación en la Encyclopedia of the Social Science, Park notaba que, aun cuando Estados Unidos representaba una “vasta, variada y cosmopolita sociedad tal como existe en América, el principal obstáculo para la asimilación no está asociado a las diferencias sociales, sino a los rasgos físicos” (Park, 1930 en Glazer, 2005:123).

El problema sobre la exclusión de los negros en este proceso de asimilación dio paso a diversas discusiones que en buena medida lideraba Park, de tal manera que durante los años cincuenta una visión resonó en los estudios sobre integración de minorías étnicas: la idea de aculturación. Tanto la asimilación como la aculturación se consideraron entonces los caminos adecuados para reducir la discriminación y los prejuicios raciales; sin embargo, estudiosos daban cuenta de la imposibilidad de incorporar a aquellas personas no blancas (Glazer, 2005). El factor fenotípico significaba un marcador ineludible de la diferencia, que se oponía a la posibilidad de asimilación de ciertos grupos raciales.

En Estados Unidos predominaba el valor de la blanquitud, y la ética protestante europea delineó con ello su configuración étnica. En realidad, el proyecto de nación apuntaba de una integración de múltiples poblaciones (meltingpot/crisol de razas), a un Estado-nación culturalmente angloamericano y protestante (Velasco, 2010). La importante presencia de los flujos migratorios en la constitución de la sociedad estadounidense hizo que el proceso de nativización jugara un papel fundamental en la configuración étnica de este país (Portes y Rumbaut, 2006; Ruiz, 2005; Sánchez, 1997 en Velasco, 2010).

El nativismo apareció bajo dos perspectivas: orientada una hacia los indios nativos, y luego otra hacia los afroamericanos; en la última se priorizaba la perspectiva de raza en el tratamiento de estos grupos (siglo XVIII y XIX). Mientras que en otro momento el proyecto nativista tomó fuerza en relación con la población migrante de Europa del sur, los asiáticos y latinoamericanos, aquí el concepto de lo étnico encontraba mayor énfasis (Velasco, 2010). El proceso de nativización tuvo dos efectos: por un lado, funcionó como mecanismo de exclusión y, por otro, alentó la solidaridad étnica basada en el origen nacional (Portes y Rumbaut, 2006, en Velasco, 2010).

Para el caso de México, el universo de categorías étnicas permeaba las relaciones sociales, y su origen databa en la conquista y colonización española. Durante esos periodos se creó una importante variedad de grupos raciales que fungieron como un instrumento de administración colonial de las diferencias sociales y económicas. Categorías como indio, negro, mulato y mestizo constituían un sistema étnico-racial de la época. En este caso, la administración colonial intentaba mantener fronteras étnico-raciales como una forma de sostener el orden étnico y racialmente jerárquico (Katzew, 2004, en Velasco, 2010).

Sin embargo, durante la independencia del Imperio español dio inicio un nuevo perfil cultural en la edificación del nuevo Estado-nación. A diferencia del periodo colonial, en el que se estimulaba la fragmentación y diversidad mediante la segregación espacio-racial, la independencia aparece como el momento histórico en el que se alentó la creación de un perfil mestizo de la población, con elementos culturales asociados a la lengua española y la religión católica (Velasco, 2010).

Durante el siglo XIX en México inició la construcción del Estado-nación; sin embargo, fue en el proceso de institucionalización posrevolucionaria, en las primeras décadas del siglo XX, cuando alcanzó su plenitud. En ese contexto surgieron la Secretaría de Educación Pública (SEP) y el Instituto Nacional Indigenista (INI) (Velasco, 2010). El marco institucional fue el que reforzó la necesidad de fusionar razas mediante el mestizaje cultural, y la propuesta del Estado se dirigió hacia lograr un cambio cultural y la constitución nacional que giraba en torno a la figura del mestizo. La dicotomía indígena-mestizo apareció entonces como una forma de administrar la diversidad étnica en el país.

En este contexto la aculturación9 era un camino necesario para la integración interétnica. En México, a lo largo del siglo XX se discutía sobre cómo incorporar a los indígenas a un proyecto de nación mestizo. Gonzalo Aguirre Beltrán observó que existían ciertas áreas donde permanecían relaciones de subordinación y nuevas relaciones de colonización; a tales regiones las denominó “regiones de refugio”. Ello dio paso a que este antropólogo promoviera un mecanismo institucional de integración regional de tales ámbitos duales para lograr los intereses nacionales de un Estado moderno (Aguirre, 1987). A partir de diferentes mecanismos —como la conversión de la lengua materna al castellano—, surgió la idea de una “aculturación planificada” promovida por los organismos institucionales indigenistas (Aguirre, 1982, en Castellanos, 1994). Este mecanismo redundaría en una subsecuente aculturación de la población indígena.

En México, uno de los principales indicadores sobre el proceso de la aculturación puede observarse en el uso de la lengua originaria proveniente de la matriz cultural10 frente al uso del español. Se sabe que el perfil demográfico de los grupos étnicos de México muestra la asimilación que durante los últimos dos siglos produjo una sociedad predominantemente homogénea en términos lingüísticos. Del 60 % de indígenas que existían en 1810, se estimó que un siglo y medio después quedaba solo el 9 % de la población total (Castellanos, 1994). Desde luego, el uso de las lenguas indígenas disminuyó al integrarse programas de enseñanza del español como lengua nacional, e incluso en algunas regiones del país las lenguas desaparecieron.

Por su parte, en los países europeos el concepto de integración ha tenido mayor resonancia, y para algunos autores se plantea como una forma de rechazo a las ideas asimilacionistas que básicamente han proliferado en Estados Unidos (Alba y Nee, 2003; Brubaker, 2004). Sin duda el concepto es controversial por su variabilidad semántica; sin embargo, comúnmente se ha utilizado para referir a la presencia de extranjeros en sociedades receptoras. Esta forma de exaltar al “otro” extranjero es la que algunos autores han preferido utilizar para resolver la ambigüedad del término. Según Herrera (1994), es bastante frecuente que el concepto de integración sea utilizado en el ámbito de las políticas sociales, e incluso puede ser central en los debates políticos, principalmente en los países europeos. Lo interesante es que en cada contexto nacional europeo este concepto es interpretado y aplicado de acuerdo con las necesidades de cada Estado-nación, como ocurre en los modelos asimilacionista francés y multicultural holandés y británico, a los que debemos añadir el modelo alemán centrado en el concepto étnico de nación (Moncusí, 2005).

En concordancia con la propuesta asimilacionista, el integracionismo ha sido visto bajo dos perspectivas: por un lado, designa un conjunto de grupos de origen extranjero que no significan problemas para la población autóctona, y de este modo el concepto se asocia con una idea de invisibilidad. Mientras, por otro lado, se plantea una noción de igualdad formal de los migrantes y sus descendientes respecto a la población autóctona (Oriol en Herrera, 1994).

El dilema que se observa a lo largo de la construcción de acciones de integración de migrantes (asimilación, aculturación, etcétera) redunda en imaginar no producirán conflictos a la sociedad receptora, lo que supone su invisibilización. Otro efecto que se plantea en este dilema es la exaltación de la presencia de los extranjeros en términos de la sobrevigilancia para evitar que transgredan el orden socialmente establecido (Stephen, 2007). En este sentido, algunas corrientes de pensamiento señalan que la integración no puede eludir la idea de conflicto, aun cuando el Estado promueva acciones que aseguren un orden étnico y cultural, lo que necesariamente supone la presencia de mecanismos de exclusión, segregación y racismo (Lapeyronnie y Jazouli, 1986 en Herrera, 1994).

Otras corrientes se han inclinado hacia la idea de comprender el problema de la incorporación atendiendo a la importancia del tiempo y el espacio como elementos fundamentales para observar el fenómeno migratorio, de tal suerte que se ha construido la noción de “ciclo migratorio” como un término útil para abordar el proceso de integración de los migrantes (Lapeyronnie, 1987 en Herrera, 1994). Bajo este enfoque, la integración se vería como un proceso de gran complejidad de acción colectiva que engloba a diversos actores sociales, tanto a los recién llegados como a los ya establecidos, en una disputa por el espacio público y los recursos.

No obstante que esta propuesta pone de manifiesto las condiciones de proceso y conflicto como características de la integración, habría que señalar en qué medida el Estado, manifestado en instituciones, participa en la conformación de marcos conceptuales para “elegir” a los migrantes que tendrán mejores condiciones de recepción y acogida en las sociedades y cuáles serán segmentados social y étnicamente. El tema de la incorporación no solamente puede ser planteado desde la perspectiva de la relación entre los actores sociales que llegan y los que ya están. En este proceso de convivencia social el nivel de lo institucional, en términos de las políticas migratorias que se designan para cada grupo étnico y de cada país, tiene resonancia en las formas de exclusión e inclusión elaboradas para cada grupo; las escalas raciales y étnicas cumplen un papel fundamental.

En esta discusión se observa que, en realidad, para cada concepto propuesto están presentes las miradas etnocéntricas y culturalistas según las cuales se considera la cultura (local) como un todo establecido, homogéneo y, por tanto, esencializado. Ambos fenómenos remiten a la crítica que otros autores han hecho al llamado nacionalismo metodológico, en el que se da por hecho que el Estado-nación es una unidad social y cultural homogénea y autocontenida (Wimmer y Glick, 2003). Desde este planteamiento, los mecanismos de aculturación, asimilación e integración redundan en el racismo que no “tolera la existencia de distintos modelos de vida colectiva”, sino que los subordina al propio en forma etnocéntrica, mientras el grupo dominante se ubica en una “posición superior sobre una escala de valor universal, única y absoluta” (Taguieff, 1990:323 en Castellanos, 1994:106-107).

Los estudios transnacionales y la teoría de la asimilación segmentada

Bajo la crítica hacia las formas clásicas de comprender las dinámicas migratorias de las personas, los estudios transnacionales aportaron a la comprensión de los circuitos y las simultaneidades que ocurren más allá de los Estados-nación. Las segundas generaciones han sido un tema central en esta perspectiva bajo la crítica a la asimilación lineal, que suponía que cada generación vendría a ser similar al mainstream, más americana y económicamente más exitosa (Waters, 1994). Esta perspectiva, considerada como clásica, asume que “los migrantes deben despojarse de su background [bagaje] cultural previo, incluida su identidad étnica y lenguaje para adoptar aquellos que se encuentran en la nueva sociedad” (Zhou y Bankston, 1994:822). Esta asimilación se comportará entonces como un proceso “natural” por el cual diversos grupos étnicos formarán una cultura común, con el propósito de ganar igual acceso en la estructura de una sociedad, para abandonar patrones de la vieja cultura y para adoptar otros de la nueva, proceso que conduciría inevitablemente a la asimilación (Zhou, 1997).

Para Iñaki García (2003), estos planteamientos tienen su origen en la legitimación de lo que se ha conocido como “el sueño americano”, el cual rezaba que cualquiera que llegara a Estados Unidos gozaría de libertades raciales, así como de la posibilidad de ascender en su posición económica; por tanto, acceder a mejores condiciones de aquellas que le ofrecía su lugar de origen. Esta forma de comprender la incorporación de las segundas generaciones supone dos cuestionamientos, que plantea García (2006): la sinécdoque epistémica, postura en la cual se considera que el “sueño americano” se cumplía; el problema es que solo se pensaba en la población del viejo continente, por lo que esta teoría presenta un sesgo eurocentrista; por otra parte, la infravisibilización epistémica implicaba no hablar del tema, sino dejar debajo de él, oculto, aquello que se destaca discursivamente: etnoestratificación.

La crítica principal a la teoría de la asimilación lineal tenía que ver con la utilización de ejemplos empíricos propios de la comunidad migrante de origen europeo, abandonando así el hecho de que los cambios en la composición étnico-racial y de clase que comenzaban a presentarse en la sociedad estadounidense comprendían un nuevo orden social. Este giro en la composición étnica de la inmigración hacia Estados Unidos significó, por un lado, una forma diferente de interacción entre los contemporáneos migrantes y, por otro, la necesidad teórico-metodológica de acercarse al estudio de estas poblaciones con orígenes étnicos que contradicen la ideología del “sueño americano”.

Durante 1942, el Programa Bracero fue fundamental en la atracción de migrantes mexicanos, quienes arribaron a Estados Unidos en el marco de una política migratoria “ordenada y controlada”, mientras en ese momento la migración proveniente de Europa tenía prácticamente cerrada la frontera. Aunque poco se menciona en la literatura, algunos autores han encontrado que la participación de población indígena mexicana cobró en este periodo un papel fundamental, lo que significa que la diversidad étnica era mucho más compleja de lo que se suponía, pues se trataba al mexicano migrante bajo la categoría de mestizo. Sin embargo, se tiene noticia de corrientes migratorias de indígenas mexicanos hacia Estados Unidos desde mediados del siglo XX. En la época de los braceros se registraron pequeños contingentes de indígenas provenientes del centro y suroeste del país. Los que primero se incorporaron a esta migración fueron grupos de purépechas y nahuas, y posteriormente continuó el flujo de mixtecos, zapotecos y triquis, quienes presentan mayor vitalidad demográfica y política en dicho país (Velasco, 2008).

De la misma manera, otros países latinoamericanos y del Caribe, así como asiáticos, se fueron incorporando a las filas de migrantes con destino a Estados Unidos. Tal situación condujo a ponderar la presencia de una nueva etapa de la migración y su consecuente diversidad étnica, la cual se presentaba como problemática en tanto no mantenía “el orden racial” sostenido por la migración blanca europea. Al mismo tiempo, estos movimientos forman parte de la continuidad de las relaciones de poder marcadas por el imperialismo, el racismo y el capitalismo, entendidos como un sistema interconectado (Hooks, 2017).

Este comportamiento migratorio trajo consigo una nueva generación de hijos de migrantes que, durante la década de 1980, incrementó el flujo proveniente de Latinoamérica y Asia, lo que condujo a un crecimiento en la diversidad étnica (Zhou, 1997). En este nuevo panorama se hace la distinción sobre la presencia de una nueva generación (the new generation) compuesta por los hijos de los migrantes contemporáneos.

En el libro América inmigrante, Portes, Rumbaut y Caballer (2010) señalan que, si nos basáramos en la experiencia de los hijos de grupos europeos llegados con anterioridad, se podría anticipar que el proceso de adaptación de la nueva segunda generación será relativamente fácil. Los niños abandonarán poco a poco las lenguas extranjeras y las identidades, adoptarán la cultura americana y reclamarán y obtendrán el lugar legítimo que les corresponde en la sociedad establecida.

Al realizar esta aseveración, los autores argumentan que la visión lineal que permeaba sobre la integración de los migrantes en el pasado, y analizada desde la perspectiva de la asimilación lineal, es una forma problemática de abordar la experiencia actual de las inmigraciones y las segundas generaciones. La centralidad de su planteamiento explica que, en el contexto actual, los miembros de la nueva segunda generación enfrentan la paradoja de que al asimilarse a su entorno americano pueden arruinar su adaptación con éxito, mientras que permanecer refugiados firmemente en las comunidades de migrantes y en las culturas de sus padres puede aumentar sus posibilidades (Portes, Rumbaut y Caballero, 2010).

Desde la propuesta sociológica sobre la asimilación segmentada se plantea la presencia de una estructura social del país que está segregada y que presenta segmentos desiguales, de tal suerte que los migrantes pueden integrarse de manera diversa. Por ello, para Portes, Rumbaut y Zhou lo importante es estudiar qué factores determinan las múltiples trayectorias que pueden seguir los migrantes y sus descendientes en el seno de la sociedad estadounidense. A partir de estos planteamientos se erige la importancia de entender las migraciones actuales desde el desarrollo de redes transnacionales, que desbordan ampliamente los territorios nacionales como marco de actuación en el cual los actores individuales y colectivos diseñan y llevan a cabo sus propias estrategias (Portes, 1999 en García, 2006). El campo de los estudios transnacionales ha sido muy fértil en el tratamiento de la integración de los migrantes. Uno de sus aportes ha sido demostrar que los vínculos de los migrantes con sus comunidades de origen no se rompen, aun cuando haya cruce de fronteras geográficas.

En el campo de la antropología cultural destaca el trabajo de Glick, Basch y Szanton (1995), en el que consideran las diferencias cualitativas entre los migrantes actuales y aquellos de finales del siglo XIX y principios del XX. En estos últimos, la ruptura con su tierra de origen mostraba un proceso de integración de configuraciones sociales y territoriales distintas a las que se observan actualmente en las migraciones contemporáneas, en las cuales se tejen redes y vínculos con la comunidad de origen.

A partir de este parámetro histórico, las autoras definen el concepto de transnacionalismo como el proceso a través del cual los migrantes construyen campos sociales en los que quedan unidos tanto el país de origen, como el de destino. De esta manera, el acercamiento teórico al campo social presenta una forma de comprender las nuevas conformaciones de los territorios a partir de la movilidad, en donde a la vez aparece la idea de simultaneidad, definida como el conjunto de múltiples redes entrelazadas de relaciones sociales a través de las cuales se intercambian de manera desigual, se organizan y se transforman las ideas, las prácticas y los recursos (Glick, Basch y Szanton, 1995).

En esta propuesta se busca encontrar los caminos que los transmigrantes11 producen en la vida diaria en más de un Estado, participando simultáneamente de actividades sociales, culturales, económicas, religiosas o políticas (Levitt y Glick, 2004). Bajo este enfoque se ha planteado que los campos sociales transnacionales conectan a los actores en relaciones directas e indirectas a través de las fronteras. Esto significa que una persona puede recibir ideas, información o recursos de un Estado-nación o de otro sin ni siquiera haberse movido de su lugar de origen. Sin embargo, en algunos estudios antropológicos se ha refutado que en realidad este exceso de información verdaderamente llegue a los miembros de las comunidades que se sitúan en lugares remotos (Stephen, 2007).

Es claro que en el núcleo discursivo del transnacionalismo se encuentra el rompimiento con los límites fronterizos de entender las realidades sociales y las formas de concebir la producción cultural. Esta mirada cuestiona cómo se trata el estudio de dichas comunidades en las distintas ramas de las ciencias sociales y cómo el Estado-nación aparece como un límite metodológico para su estudio.

En el marco de esta discusión, la asimilación segmentada se considera una contribución importante en el reconocimiento de la existencia de los vínculos transnacionales que atraviesan el proceso de integración de los migrantes. Asimismo, permite comprender cómo los modos de incorporación son segmentados y presentan distintas trayectorias. La literatura sobre migraciones indígenas es vasta y en las últimas décadas los jóvenes han aparecido como un actor social clave para comprender las múltiples trayectorias que los sujetos adoptan en el proceso conflictivo de integración. Básicamente, en los estudios se encuentran negociaciones, dilemas, resistencias y también experiencias de discriminación derivados del origen, particularmente cuando se trata de jóvenes indígenas. De esta manera, sostengo que los procesos de incorporación pueden ser entendidos desde la esfera política a través de las instituciones del Estado, cuya función ha sido la de regular las condiciones de acogida de los migrantes de manera diferenciada y, por tanto, excluyente. Pero además de las instituciones, otros actores, como las segundas generaciones o los jóvenes hijos de migrantes, convergen y divergen frente a la institucionalidad mediante procesos propios o localizados que forman parte del proceso de incorporación subalterna.

Algunos aspectos críticos de la teoría de asimilación segmentada

En este apartado muestro algunas consideraciones sobre la asimilación segmentada, a manera de matizar escenarios que pueden ser diversos y que en realidad se mantienen en constante conflicto ante los procesos de incorporación. En primera instancia, el proceso de integración visto desde la perspectiva de la asimilación segmentada muestra un carácter dicotómico que otros autores también han observado (García, 2006). Ello tiene que ver con la dualidad éxito y fracaso, entendidos ambos conceptos como indicadores de la calidad de la inserción de los jóvenes. Siguiendo en esta lógica, Portes a menudo concibe estas formas exitosas (o no) en términos de la movilidad de un estatus socioeconómico a otro según las oportunidades del mercado de trabajo. En este sentido, dicho autor pone particular énfasis en el capital humano con el que cuentan los jóvenes y en la relación de este con su contexto familiar. Asimismo, observo que, aun cuando Portes trata de reconceptualizar el término asimilación, lo retoma agregando situaciones particulares que determinan la ascendencia o la descendencia de la incorporación de los hijos de migrantes en dos direcciones: la primera en términos económicos y la segunda en términos educativos.

Manuel, un joven hijo de trabajadores agrícolas, se esforzaba por encontrar un lugar en el escenario migratorio en el que creció, y el rap significó para él una puerta para expresar su experiencia y una forma de abrir conciencia para sí mismo y sus paisanos:

El rap es una motivación en mi vida que me ayudó mucho a salir adelante, una motivación a seguir luchando, a seguir siendo positivo, y ahora lo quiero hacer para rescatar mi cultura, o sea, porque mi visión era, cuando un oaxaqueño como yo o alguien que venga de allá que vea que yo estoy rapeando y yo estoy hablando de eso, va a ser algo para que ellos digan, ¡oh, es alguien de Oaxaca!, ¡yo soy de ahí también! Para que ya no neguemos de dónde somos, verdad, como cuando escuchas un corrido de un michoacano o un sinaloense, te pones orgulloso. Pues yo quiero hacer eso mismo pero en mi rap […] Voy a hacer mi propio proyecto, voy a rapear hablando de mi pueblo. Cuando empecé era más personal, me enfocaba en mí mismo; cuando lo hice no estaba pensando en pasárselo a la gente, estaba pensando que yo lo escuche, mis familiares, pero mi próximo proyecto, pienso hacer doce canciones, como un álbum con instrumentales que yo bajé de internet y con letras que yo escribí, y les voy a mencionar de dónde soy, voy a rapear ese pequeño verso que hice (Manuel, pseudónimo, Fresno, California, octubre de 2011).

Es decir, aun cuando el postulado sea la existencia de una diversidad de modos de incorporación, el modelo de Portes continúa arraigado a un concepto de integración dual (éxito o fracaso), de acuerdo con los estándares que el contexto de llegada ofrece, pero no en función de la propia percepción de los migrantes.

En segundo lugar, coincido con algunos autores (Waldinger y Perlmann, 1999 en García, 2006) en considerar que Portes y sus colaboradores dan demasiada importancia a las redes étnicas y al contexto familiar como dos elementos decisivos para la inserción escolar. En su estudio han destacado la importancia de la existencia de “sólidas comunidades étnicas” y de su capital social como factor clave para una asimilación ascendente de la segunda generación (Portes, Fernández-Kelly y Haller, 2006). Para citar un ejemplo, en el caso francés, el estigma beur-banlieue12 constituye un obstáculo de primer orden para la inserción laboral, con independencia del grado de cualificaciones obtenido (Brun y Rhein, 1994; Avenel, 2004 en Pedreño, 2013). Pedreño señala que, en todo caso, los efectos de la pertenencia a una comunidad pueden ser positivos en unos casos, y negativos en otros, dependiendo de factores como la situación de cada grupo, el tipo de recepción negativa o positiva, los recursos familiares y el capital social del grupo, entre otros (Pedreño, 2013).

En este aspecto, es necesario pensar en lo que cada método de investigación permite registrar en relación con la forma de obtener los datos empíricos. Considero que Portes retoma las redes étnicas y familiares como indicadores demográficos a partir de los cuales puede determinar si lo que está ocurriendo es una asimilación ascendente o descendente. En un estudio con una propuesta metodológica de cohorte microsocial enfocada al sujeto, observaremos que estos factores son importantes. Sin embargo, el éxito académico de los jóvenes no está únicamente asociado a la familia y a la red étnica, sino que además intervienen otros actores sociales y culturales instalados en el mismo contexto de llegada, incluso situaciones que conflictúan la identidad individual del sujeto. Así tenemos que los jóvenes no solamente atienden a redes étnicas, sino también a las redes y relaciones sociales que tejen con sus contemporáneos en el contexto de llegada independientemente de la pertenencia étnica. El caso de Manuel ilustra este proceso, pues el rap significó una manera de comunicar el malestar que le producía no sentirse parte de una sociedad que lo excluía, pero que al mismo tiempo lo estimulaba, junto con sus pares, a detonar procesos de orden político para abrir la conciencia de sus paisanos en la misma situación.

En tercer lugar, respecto al estudio de las segundas generaciones en el marco de la teoría de la asimilación segmentada y los estudios transnacionales, observo que se hace énfasis en la importancia de la comunidad. En su análisis, Besserer, como otros autores, considera esta comunidad transnacional como una colectividad que se extiende y se consolida más allá de la frontera (Rouse, 1998; Kearney y Nagengast, 1988 y Glick Schiller et al., 1992). Estos investigadores buscaron estrategias metodológicas que confrontaran las formas localizadas de investigación para abrir el camino a estudios de comunidades “desterritorializadas y re-territorializadas”. En este sentido, las comunidades transnacionales aparecen como una respuesta de adaptación o integración a los contextos de llegada que encontraban a su paso los migrantes. Sin embargo, es pertinente preguntarse qué tanta homogeneidad presentan en su interior las comunidades transnacionales y qué conflictos intergeneracionales enfrentan. En términos de incorporación, ¿qué reacomodos ocurren entre la generación de los padres y la de sus descendientes? Argumento que, si bien los estudios sobre las comunidades transnacionales han dado paso a una mayor complejidad en el entendimiento de la integración de las segundas generaciones, cierto es que esta mirada poco ha dado cuenta de la heterogeneidad en las relaciones sociales que se crean al interior de las mismas comunidades transnacionales en términos de género, generación y etnicidad. Particularmente, se observan conflictos intergeneracionales entre abuelos, padres e hijos que marcan nuevas pautas de cambio, negociación e interpretación al interior de la misma comunidad étnica y del contexto familiar. Ahora bien, en la teoría el concepto de segunda generación se define a partir del criterio de los hijos nacidos en el país de recepción, pero también en el de aquellos niños que llegaron antes de su adultez y han vivido la mayor parte de su vida fuera de su lugar de origen (Zhou, 1997). A este último contingente se le ha llamado también generación 1.5 o generación intermedia (Gans, 1992; Portes, 1996).13 Sin embargo, pienso que la complejidad de este segmento de población debe ser matizada, ya que en el contexto de una sola familia puede haber distintas combinaciones de estatus migratorios y lugares de nacimiento, no obstante compartir una experiencia de vida, trabajo, relaciones étnicas y familiares en común que influye en la forma de incorporarse al nuevo contexto de llegada. Por ello, pensamos que es más atinado acudir al concepto acuñado por Mannheim de situación de generación, bajo el cual no solamente se utilizan criterios de edad, sino que también se considera el contexto histórico, en función de una experiencia compartida en un tiempo y espacio determinados (1952, en Leccardi y Feixa, 2011:4). Es decir, existe un vínculo generacional a partir de la presencia de acontecimientos que marcan un antes y un después del evento de la migración de ellos y sus padres; y, por otra parte, es importante valorar que estas discontinuidades son experimentadas por miembros de un grupo de edad en un punto formativo de su vida en el que el proceso de socialización no ha concluido. Según Mannheim, estas primeras experiencias históricas marcan las impresiones iniciales en la vida de los individuos.

La subalternidad en la incorporación de jóvenes de Oaxaca

El recorrido teórico muestra las contradicciones que aún quedan por resolver y seguir documentando a propósito de los procesos de incorporación de los migrantes indígenas. Nuevamente es importante situar en primer plano que las formas metodológicas de interlocución con los actores sociales también trazan los escenarios de lectura y análisis. En la investigación sobre jóvenes descendientes de trabajadores agrícolas oaxaqueños recurrí al relato biográfico, y a partir del análisis de los contenidos de sus historias di cuenta de dos ejes que cruzan sus narrativas: discriminación y resistencia. Dos constelaciones narrativas que hablan de lo que vivió una generación, independientemente de su posición geográfica y de los lugares de asentamiento, pero que comparten rasgos de clase, etnia y condición migratoria entretejidos por un contexto económico, social e histórico muy particular, como es el que dibuja el mercado de trabajo agrícola en las dos regiones de estudio. Es decir, la información de campo muestra que existe un claro conflicto intergeneracional que revela críticas de las nuevas generaciones hacia las formas de organización étnico-comunitaria-laboral de sus antecesores. Esto último como resultado de la convivencia con la sociedad en el nuevo contexto de llegada y con las nuevas redes a las que se articulan.

Los jóvenes y sus familias han estado inmersos en configuraciones étnicas mezcladas, con historicidades distintas. Se trata de migrantes comprometidos con múltiples lugares, inmersos en relaciones sociales constreñidas que los han colocado como subordinados en la dinámica interna de la nación mexicana, primero, y luego en el contexto internacional de migración (Velasco, 2008). Sin duda, esta es una de las características de la migración indígena mexicana: los múltiples compromisos que los migrantes adquieren con sus comunidades de origen y las alianzas a las que se integran en la sociedad receptora; particularmente, los y las jóvenes encuentran en sus familias uno de los principales referentes de su pertenencia social y cultural.

Es decir, por un lado han existido acontecimientos históricos coloniales y poscoloniales en el marco de un Estado-nación en los cuales el ser indígena ha sido construido como una categoría de subordinación, control y dependencia. En este marco, la producción de una identidad indígena, pobre y campesina aparece como forma de poder que subyuga y somete (Foucault, 1998 en Velasco, 2008). Por otra parte, situado el sujeto en el contexto de llegada, nuevas categorías identitarias se activan para interferir en el proceso de integración (migrante, indocumentado/documentado, trabajador agrícola, pobre). Desde mi mirada, estas características representan una particularidad del sujeto de este estudio que ha sido poco asumida en los abordajes de migración e incorporación de segundas generaciones. Los mecanismos de fijación de identidades tienen efectos en las formas en que se incorporan los jóvenes oaxaqueños a los contextos de llegada, y en que se ven transformados por su propia crítica, influenciada por factores como la presencia organizativa de distintos actores sociales y por el efecto que la educación y la convivencia con jóvenes de otras procedencias étnicas ha tenido en ellos.

La revisión de los conceptos sobre la teoría de integración, que implican también las nociones de asimilación y aculturación, nos ha conducido a plantear la necesidad de repensar marcos analíticos distintos a los clásicos debido a que, como he explicado, estos conceptos se circunscriben a contextos estatales y nacionales que oscurecen la complejidad y vitalidad de la migración indígena interna e internacional y la presencia de los descendientes de estos migrantes. Dichos conceptos constriñen lo novedoso, lo particular y la dinámica de las interacciones subjetivas y objetivas de los sujetos sociales en los contextos de llegada, aunque la teoría transnacionalista ha señalado este vacío y su marco analítico permite pensar en un campo social más amplio para comprender las dinámicas culturales, políticas, económicas y étnicas de poblaciones migrantes.

Besserer (1999), desde los estudios transnacionales, ha detectado la misma necesidad de replantear de manera crítica los conceptos con los que se analiza a los sujetos de estudio como un ejercicio constante de las ciencias sociales. En este sentido, propone una revisión sobre los estudios culturales, subalternos y poscoloniales, con la finalidad de encontrar un camino analítico propicio para reconsiderar el papel del sujeto como actor que participa de sus propios procesos sociales.

En el marco de los estudios subalternos, la polémica que permeó en diferentes ciencias, pero en particular en la historia y la antropología, es la que desató Gayatri Chakravorty Spivak al cuestionar si los subalternos pueden hablar. El término subalterno, para Spivak (1988), está asociado al potencial subversivo de lo marginal y los marginados; ella emplea esta noción de acuerdo con el planteamiento sobre la necesidad de que la historia descubra la contribución hecha por la propia gente, es decir, independientemente de la élite o de los grupos dominantes. Su cuestionamiento sobre la posibilidad de que los subalternos tengan voz para hablar y producir su propia historia mueve la discusión hacia dos direcciones. La primera tiene que ver con la posición de los intelectuales (historiadores, antropólogos) que abordan las sociedades marginales no desde el punto de vista de los subalternos, sino desde aquel que reclama la propia élite, digamos, la historiografía oficial, dominante y colonizadora. Desde esta perspectiva, Spivak sitúa al investigador como un sujeto que impide el pronunciamiento de los grupos dominados. Por otro lado, en la crítica de este autor destaca la necesidad de conocer la historia desde la voz de los sujetos (nivel micrológico) para desentrañar las contradicciones de la historia oficial (macrológica), en la que ciertos grupos sociales no están representados (Besserer, 1999).

Para Besserer los planteamientos de Spivak podrían ser interpretados como señalamientos hacia los investigadores sociales; sin embargo, también destaca la necesidad de que el investigador se cuestione a sí mismo acerca de las nociones que emplea en torno a sus sujetos de estudio. En otras palabras, si tomamos a esta autora como vocera de una posición entre los pensadores de los estudios subalternos, la preocupación que manifiesta es que podemos caer en la trampa de afirmar demasiado rápidamente que la condición “transnacional” es el mejor punto de vista para ver la realidad de los migrantes, tal como apunta Besserer (1999:159).

Por su parte, el poscolonialismo critica la posición que enfatiza al extremo el hecho de que cualquier punto de vista, en cierta forma, es una “representación” y por ello está sujeto a ser una imposición del discurso hegemónico. En todo caso, esta mirada conlleva que la voz de los subalternos se vea inferiorizada. A diferencia del posicionamiento de Spivak, los estudios poscoloniales buscan explicar la relación entre la formación de conocimiento sobre las colonias y excolonias, el ejercicio de poder hacia ellas y los distintos tipos de interpenetración que existen entre sociedades colonizadas y colonizadoras. Su objetivo principal es abrir un espacio desde el cual el individuo poscolonial pueda adquirir agencia como sujeto (Arreaza y Tickner, 2002).

Este planteamiento sobre la centralidad del sujeto mueve a considerar bajo qué conceptos y perspectivas abordamos a los individuos de estudio, en qué lugar queda su voz dentro de los procesos sociales por los que cruzan y son analizados por los investigadores. El tratamiento del proceso de incorporación de los descendientes de trabajadores agrícolas desde el relato biográfico nos ha marcado la pauta para repensar categorías analíticas que pretenden acercarse asertivamente al caso de estudio que representa la migración indígena oaxaqueña, y con ella la presencia de las generaciones jóvenes, como un ejemplo de la necesidad de replantear marcos analíticos para su entendimiento. Alcanzo la misma conclusión que Glick Schiller, en tanto que esta estudiosa observa que la incorporación, al ser entendida desde el punto de vista de los sujetos, presenta múltiples “matices y movimientos estables e inestables, algunas veces el proceso puede dar marcha atrás y hacia delante y con el tiempo cambiar de dirección” (2004:69). En este sentido, la llamada incorporación puede ser vista desde su forma más dinámica y conflictual; la pensamos en relación con la simultaneidad del vínculo entre los miembros de la propia comunidad y del país que los recibe, con los quiebres y conflictos con la propia comunidad étnica y las relaciones intergeneracionales.

Conclusiones

En este capítulo he discutido las formas en que los conceptos de integración (asimilación y aculturación) han sido parte de la discusión sobre las políticas de incorporación de los migrantes en los contextos de llegada, que básicamente exaltan las diferencias entre grupos raciales y étnicos articulados a la condición migratoria. Esto ocurre así debido a que en el proceso de conformación de los Estados-nación existe la necesidad de reforzar la identidad nacional, lo que supone el ejercicio de creación de identidades que se designa a ciertos grupos, pero también la invisibilización de otras múltiples identidades en el afán de administrar y controlar el orden social.

Los descendientes de los trabajadores cruzan por diversas categorías sociales de clase, género, etnicidad y estatus migratorio, que configuran una experiencia particular sobre el proceso de incorporación. Si bien los y las jóvenes buscan mantener sus lazos étnico-comunitarios, ciertamente se les presentan retos de adaptación e incorporación en los nuevos contextos de llegada. Es en este proceso en el que sus identidades entran en disputa, pero sobre todo permiten observar la herencia de discriminación que ha sido construida desde los lugares de origen. Los estudios de la subalternidad, en este caso, me permitieron pensar en la subordinación institucionalizada que el Estado y la sociedad mayor imponen hacia grupos particulares, pero también en las formas de autorreconocimiento y negociación que se desprenden de la experiencia de convivencia multiactoral y multiétnica que emprenden las y los hijos de los trabajadores agrícolas en los contextos de migración. En su lucha por permanecer en Estados Unidos, muchos de estos jóvenes fortalecieron redes políticas que implicaron ir más allá de sus redes étnicas para pertenecer a otros colectivos (migrantes, indocumentados, dreamers). En el caso del Valle de San Quintín, la clave para trastocar la experiencia de discriminación fue integrarse a la vida estudiantil y profesional como una negativa a permanecer inmersos en escenarios que los discriminan por su origen étnico y de clase. En este sentido, la subalternidad significa, para el caso que presenté en este texto, el transitar de una condición de subordinación étnica, clasista y de género, hacia otra que reivindica estas categorías como parte de su ser histórico-social y como una manera de integrarse a los nuevos escenarios que los reciben.

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474 p. 24 illustrations
ISBN:
9786078767021
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