Read the book: «El amor vive al lado»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1998 Marion Lennox

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

El amor vive al lado, n.º 1057 - octubre 2020

Título original: Dr Mciver’s Baby

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-888-2

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

LA DOCTORA Annie Burrows se pasaba la vida evitando a las mujeres y a los perros de Tom McIver, que parecían una maldición.

El bebé debió de llegar justo antes de la medianoche. Pero ni Annie ni Tom lo oyeron llegar.

Annie había estado levantada hasta las doce, escribiendo cartas médicas. Pero tenía que dormir en algún momento. Y eso pasaba por llamar a la puerta de Tom McIver y pedirle encarecidamente que se callara de una vez.

Había aislamiento contra ruidos entre el apartamento de Tom y el hospital, pero no en el tabique que separaba su casa de la de Annie. Así es que se oía a los perros ladrar y la mujer de turno reírse como una endemoniada.

–¡Callaos todos de una maldita vez! –murmuró Annie, mientras abría la puerta y salía al pasillo que comunicaba las dos puertas.

De pronto, tropezó con algo y, antes de que pudiera darse cuenta, estaba en el suelo.

No se hizo daño, pero se puso aún más furiosa de lo que ya estaba.

Durante diez segundos se quedó allí y juró con todas las expresiones prohibidas que existían.

–¡Voy a asesinarlo! –decía–. ¡Voy a terminar por ponerme violenta!

¿Tendría que terminar por marcharse de Bannockburn? No podía soportarlo.

Pero la idea le hacía ponerse aún más nerviosa. ¿Por qué tendría que sacrificar su vida? Le gustaba aquella pequeña ciudad del Sur de Australia.

El modesto hospital de sólo doce camas necesitaba dos médicos para atenderlo: Annie y Tom.

Tom McIver era cirujano, gran médico y tremendamente responsable en lo que a su trabajo se refería. Pero inmensamente irresponsable en su vida. Le gustaba jugar. Mucho. Le gustaba jugar con sus dos perros y sus múltiples mujeres.

No había ni una sola cara bonita en todo el distrito que no hubiera pasado por su cama. Tom se aprovechaba de lo guapo que era.

¿Y Annie?

Tenía veinticinco años y era siete más joven que Tom. Llevaba ocho meses en Bannockburn. Era estudiosa y tranquila.

Tom y ella hacían un buen tándem profesional. Pero en lo personal a Annie la desquiciaba aquella vida mujeriega de su colega.

Así que Annie tendida en mitad del corredor se sentía como una auténtica necia.

De pronto, el bulto con el que se había tropezado comenzó a moverse. Anna se apartó como si quemara. ¡Estaba vivo!

Agarró el paquete entre los brazos. Estaba calentito y mullido. Apartó ligeramente las ropas. De la profunda cavidad que formaban las mantas surgió un lloro.

¡Era un niño!

Los perros de Tom habían oído el ruido así es que se pusieron a ladrar como endemoniados al otro lado de la puerta. Ésta se abrió.

Allí estaba Tom, de pie, observando a una Annie patética, caída en el suelo con un bulto en los brazos.

Una voz femenina irrumpió.

–¿Quién es Tom? ¿Qué es eso que hay en el suelo?

–Es Annie –dijo Tom desconcertado–. ¿Qué haces ahí?

Annie no respondió. Con una mano trataba de defender al bebé de las babas de los perros y con la otra intentaba apartar las ropas para ver si estaba bien. Se había tropezado con él y podía estar herido.

–¿Te has hecho daño? Annie, ¿qué es eso? –de pronto reparó en lo que llevaba en los brazos–. ¿Qué demonios…?

–¡Aparta a los perros! –exigió Annie–. Ahora.

Casi no había acabado de decirlo cuando los perros y la mujer que lo acompañaban ya estaban detrás de la puerta cerrada.

–¿Qué ocurre, Annie? ¿Qué está pasando aquí?

–No lo sé –murmuró Annie, mientras abría sucesivas capas de mantas y sábanas.

El bebé llevaba un pijamita. Estaba congestionado y empezó a llorar. Movía las piernas y los pies a toda velocidad. Pero estaba perfectamente, nada le había sucedido. La ropa lo había protegido del impacto.

–Annie… –Tom se había sentado en los talones y miraba anonadado.

–¿Sí? –Annie levantó la mirada un segundo y luego volvió a centrarse en el bebé–. Está bien. Voy a llevarlo a algún sitio caliente para desvestirlo…

Tom estaba realmente desconcertado. Llevaba unos vaqueros y una camisa abierta hasta la cintura, lo que dejaba ver su impresionante torso.

Había incluso alguna huella de carmín sobre su piel. La visión de aquel cuerpo escultural dejó sin respiración a la pobre Annie. La verdad era que siempre había tenido la capacidad de sacudirla de los pies a la cabeza. Pero su mejor defensa era concentrarse en su trabajo y aquella no iba a ser una excepción.

–Annie, ¿te importaría explicarme qué significa todo esto?

–No tengo ni idea –dijo Annie. Le desabrochó la parte de abajo del pijama–. Es una niña. Doctor McIver, esta niña estaba a su puerta. ¿Será de la amiga que tiene dentro?

–¡Estás loca! Si dejamos los perros dentro, ¡cómo vamos a dejar un bebé fuera! –la sonrisa de Tom era, sencillamente, magnética. De pronto se dio cuenta de lo que Annie acababa de decir–. ¿Dónde has dicho que estaba?

–Delante de tu puerta.

La sonrisa desapareció.

–¿Te tropezaste con…?

–Si no pertenece a tu amiga, ¿de quién demonios es? Es demasiado pequeña para haber venido gateando. Esta niña no tiene más de dos meses.

Miró al pequeño paquete, que lloraba desconsolado.

Levantó la vista. Ambos estaban desconcertados.

Annie se levantó. Y, de pronto, un papel cayó de entre las mantas.

Tom lo agarró y lo abrió. Comenzó a leer. El color de sus mejillas se desvaneció.

–¿Tom?

No respondía. Miraba al papel como si se tratara de una pesadilla.

–¿Qué ocurre? –insistió Annie.

Sólo entonces Tom levantó la cabeza. Pero no estaba viendo a Annie.

No era nada nuevo para ella. Annie era diminuta, llevaba siempre su espesa mata de rizos castaños recogida en una coleta. Escondía sus ojos gris claro tras el denso cristal de unas gafas y su gesto era más determinado y honesto que seductor.

Comparada con las bellezas con las que se codeaba Tom McIver, Annie era, simplemente, vulgar.

Annie se decía a sí misma unas diez veces al día que le daba exactamente igual ser como fuera.

Después de todo, siempre había sido así y a aquellas alturas ya debería haberse acostumbrado.

–¿Qué dice la nota? –le preguntó ella curiosa.

Tom se recompuso y cerró el papel.

–Ya te la enseñaré –Tom respiró profundamente y se estiró, para recobrar la compostura que por breve espacio de tiempo había perdido.

–¿Estás segura de que no es de Sarah? –preguntó Annie.

Tom la miró anonadado.

–No… Melissa… –Tom levantó una mano y se pasó la otra por el pelo–. No, no es de Sara… Quédate con la niña y hazle un chequeo, Annie, por favor. Iré para allá en cuanto pueda…

El hospital de Bannockburn estaba muy tranquilo aquella noche, con cuatro de sus doce camas vacías.

No había ningún niño hospitalizado aquella noche, pero Helen Bannockburn, la enfermera de noche, llegó casi al mismo tiempo que Annie.

Se quedó a ayudarla y pronto comprobaron que la niña estaba muy sana y tenía dos pulmones muy potentes. A eso se añadía esa incipiente sonrisa que los bebés de seis semanas comienzan a esbozar. Helen le preparó un biberón de leche maternizada.

–¿Quién es? –preguntó la mujer.

Annie no quería dar explicaciones. Necesitaba hablar con Tom antes de decir públicamente que la niña había sido abandonada.

–Tom me pidió que la chequeara –respondió Annie ambiguamente.

Agarró el biberón y comenzó a dárselo.

Las ganas y el vigor con que la pequeña succionaba demostraban que estaba muy sana. Annie sonrió. Helen la miraba con curiosidad. Pero estaba claro que sabía lo que estaba pensando.

Desde que Annie había llegado, la enfermera parecía haberla puesto bajo su protección y siempre cuidaba de ella.

–¿Sabemos su nombre? –preguntó Helen.

–No.

–Pero… –Helen se quedó pensativa–. Si no lo he interpretado mal, el doctor McIver le pidió que se ocupara de ella… y el doctor no está de servicio esta noche.

–Yo creo… –Annie dudó unos segundos–. Me parece que será mejor que no diga lo que pienso.

–Ya –Helen miró a Annie de arriba a abajo–. Doctora Burrows, ¿cuándo va a hacer algo con esa ropa? Vestida así parece que tiene catorce años. Podría ser muy atractiva si se arreglara un poco más.

–¿Usted cree? –Annie sonrió. Estaba sentada en el mostrador de la consulta y balanceaba las piernas como una colegiala. Después de todo, la mujer podía tener razón. Los vaqueros y las camisas gigantes que solía llevar no eran el tipo de ropa que resaltara mucho el físico. Tampoco era el atuendo adecuado de un doctor.

Pero, ¿cómo solucionar aquello? Se imaginó a sí misma con el tipo de ropa que llevaba Sarah y sonrió por dentro. ¡Se vería ridícula! Y las faldas no eran precisamente de su agrado. Se sentía incómoda con ellas.

Helen la miraba interrogante.

Annie continuaba pensativa, pero su cabeza ya había saltado de un lugar a otro.

–Helen, ¿conoces a alguna Melissa? –le preguntó.

–Bueno, está Melissa Fotheringay. Tiene cinco años.

–No es la edad adecuada.

–¿Qué edad estamos buscando?

–Alguien que pudiera ser la madre de esta criatura.

Helen se quedó en silencio.

–¿Quieres decir… –frunció el ceño–. ¿Realmente no sabes quién es la madre de esta criatura? ¿Y el doctor McIver tampoco lo sabe?

–No sé lo que el doctor sabe o no sabe. Pero, por favor, no diga nada, sobre todo por el bien de la niña. Piense en todas las Melissa que pueda haber.

–No hay ninguna otra Melissa en la ciudad. La única que se me ocurre es Melissa Carnem. Fue enfermera aquí. Vino de Melbourne y se marchó antes de que usted llegara. Pero…

–¿Pero?

–Era muy rubia, con los ojos claros y esta niña es completamente morena.

–Sí… Pero podría parecerse al padre.

Las miradas de las dos mujeres se encontraron. El mensaje tácito que se pasaron era inconfundible.

Helen miró incrédula al bebé y vio exactamente lo que Annie estaba viendo.

–No pensará… –los ojos de Helen estaban abiertos de par en par–. No puede…

–¿Eran amigos el doctor y la enfermera?

Helen casi se atraganta.

–¡Dios santo! –Helen no podía apartar los ojos del bebé–. Melissa salió con el doctor, pero…

–¿Por qué se marchó Melissa?

–Se fue a Israel. Vivía en una burbuja y era muy inquieta. Decía que quería encontrarse a sí misma y decidió irse a vivir a kibbutz. Vino aquí porque pensaba que la vida del campo era lo que buscaba. Pero se aburrió a los dos meses. Y hace unos diez meses que se marchó…

Hubo un silencio.

Diez meses. Todo cuadraba.

La campana interrumpió la amena conversación.

–Debe de ser Robert Whykes. Querrá un analgésico y que le asegure que pronto estará bien.

–Coméntale que mañana viene el fisioterapeuta y que eso lo aliviará.

–Ya se lo he dicho. Pero él no quiere nada que lo alivie. Él quiere estar bien ya. No entiende que una vértebra dañada en el cuello tarda cierto tiempo en corregirse –Helen se volvió hacia la puerta–. Creo que el doctor viene hacia aquí. Estoy impaciente por saber qué es todo esto.

–¡No eres la única!

Tom entró en la sala y la conversación se vio interrumpida.

Helen lo miró mientras salía. Trató de sonreír, pero no pudo.

El paso largo y decidido del doctor se trocó en parada brusca al ver a Annie con la niña en brazos. La pequeña estaba terminándose el biberón y miraba a Annie con los ojos muy abiertos.

¡El parecido era increíble!

–Te ha costado librarte de Sarah, según veo –comentó Annie.

Como siempre, Tom la ignoró por completo. Estaba claro que desde su punto de vista, Annie era como una hermana pequeña.

Tom se aproximó a ella, sin apartar la vista del bebé.

Ciertamente, era delicioso, uno de esos bebés que uno quiere llevarse a casa sin pensárselo dos veces.

Tom continuaba atónito, mirando al bebé. El único sonido que se oía era el succionar de la niña.

Sin pensárselo dos veces, Annie decidió romper el silencio.

–Tom, ¿es tu hija?

Al oír la pregunta, Tom retrocedió, pero sus ojos permanecieron fijos en el rostro de la pequeña. Era como si estuviera viendo un milagro.

–¡No!… bueno…

–¿Puedo leer la nota?

Tom se metió la mano en el bolsillo de la camisa, pero no llegó a sacar el papel.

Annie se levantó, se acercó a él y le puso la niña en los brazos.

El parecido era increíble.

Tom miró durante unos segundos la carita sonriente de la criatura. El bebé sonreía y sonreía, sin importarle la cara de susto del doctor. Finalmente una mueca se esbozó en su rostro. ¿Cómo podía resistirse?

El parecido fue aún mayor.

Annie metió la mano en el bolsillo de Tom. Él estaba demasiado perplejo para protestar por nada.

Tenía una amiga que tenía un bebé y se marchó a vivir a un kibbutz y me sonó tan bien que decidí hacer lo mismo. Por eso me quedé embarazada de ti. Pero luego me di cuenta de que era una estupidez, porque los niños te atan y acabo de conocer a un tipo estupendo que no quiere un bebé. Así es que si tú no la quieres, dala en adopción. Si quieres que firme los papeles, mi madre me los mandará. Envíaselos a ella.

No le he puesto nombre. Me parecía una tontería si no quería quedármela.

Sé que te engañé para quedarme embarazada y seguramente tú tampoco la querrás. Pero mi madre me dijo que debía darte la oportunidad de tomar esa decisión.

Annie leyó y releyó la nota una y otra vez. Luego miró a Tom.

Estaba realmente sorprendido, en estado de shock.

A pesar de la grave situación en que se encontraba la pobre pequeña, la imagen que tenía delante le arrancó una sonrisa.

Tom lo vio.

–Doctora Burrows –dijo con una voz profunda, peligrosa–. Doctora Burrows, si sigue sonriendo de ese modo, acabaré por estrangularla.

–¿Quién está sonriendo? –dijo ella sin modificar un ápice su gesto. Al ver el ceño gravemente fruncido de su jefe, decidió cambiar la sonrisa por un intento de seriedad–. No creo que la situación de esta pequeña sea para tomársela a risa.

Desde luego, Tom McIver no tenía ningún motivo para reírse. La niña, sin embargo, parecía feliz.

–Annie…

–Lo siento, Tom –Annie trató de mantener la compostura.

En realidad, tenía razón. No era, en absoluto, una situación divertida.

Pero había algo de novedoso y agradable para ella: por primera vez se habían invertido los papeles.

Tom siempre había estado al control de todo.

Llevaba seis años a cargo de aquel hospital. Desde el primer momento, a Annie le había quedado claro que lo que el doctor buscaba era alguien que hiciera lo que a él no le gustaba y que le permitiese tener tiempo para divertirse.

Y así lo había hecho durante los seis meses que ella llevaba allí. Eso sí, nunca se divertía con Annie.

En una ocasión, poco después de llegar, había escuchado un comentario que Tom le hacía a otra persona.

–Es competente y ordinaria. Si tenemos un poco de suerte, se convertirá en una agradable médico solterona, dedicada en cuerpo y alma a su trabajo. La ciudad obtendrá un beneficio de su dinero.

Annie había estado a punto de dejar el hospital después de aquello. Pero le gustaba el trabajo y el lugar.

Bueno, había otra razón.

Desde el instante mismo que había visto a Tom McIver se había enamorado de él.

¡Estúpida, estúpida, estúpida!

No debería haber ido nunca a aquella maldita ciudad.

Pero lo había hecho y ya no quería marcharse.

Durante las noches, mientras ella estudiaba, él se dedicaba a divertirse con sus múltiples amigas.

Y, precisamente, aquella noche, había salido de casa decidida a decirle que no lo aguantaba más y que dejaba su trabajo.

Pero aquel inesperado bulto con el que se topó, cambió completamente su ánimo.

–Asumo que no tenías ni idea de la existencia de esta pequeña.

–¡No! –respondió él con una mezcla de rabia e indignación.

–Ya veo… –Annie apretó los labios y miró a padre e hija–. ¿Qué vas a hacer con ella?

Eso era, exactamente, lo que él se preguntaba insistentemente. Tom miraba con ansiedad a la pequeña.

–No tengo ni la más remota idea de qué hacer –Tom continuó mirándola–. ¿La has examinado? ¿Está bien?

–Perfectamente bien –dijo Annie–. El cuerpo está en perfectas condiciones, las fosas nasales limpias. No tiene rozaduras de pañal y está muy bien alimentada. La han cuidado bien.

–Seguro que la ha cuidado la madre de Melissa –dijo Tom y abrazó al bebé con fuerza–. La hija es una irresponsable a la que no le importa nadie.

–¿No te gusta Melissa?

–¡No!

–¡Perdón por preguntar! –dijo Annie–. Pero, ¿por qué la dejaste embarazada si no te gustaba?

La ira y la rabia se reflejaron claramente en su rostro.

–¡De acuerdo! No es asunto mío –dijo ella comprensivamente–. Me voy a la cama. Buenas noches.

–¡Annie!

Fue un grito desesperado y el bebé se sobresaltó. Tom se dio cuenta y acarició a la pequeña. Ésta sonrió de nuevo.

Annie levantó una ceja.

–¿Sí?

–No puedes irte así.

De pronto la rabia se había convertido en pánico

–¿Por qué? ¿Tienes algún problema?

–¡Claro que tengo un problema! Yo no puedo cuidar a un bebé.

–¿No puedes cuidar a tu propia hija?

Silencio.

–Mi hija –Tom dijo las palabras despacio, como si fueran mágicas. El pánico desapareció, pero fue reemplazado por el desconcierto.

–Es tu hija –repitió Annie–. Me di cuenta mucho antes de ver la nota. A veces el parecido entre padre e hijo habla por sí solo. A menos que tuvieras la certeza absoluta de que no puedes ser el padre, yo no perdería el tiempo en hacerme una prueba de ADN.

–Pero fue sólo una noche –Tom agitó la cabeza como si tratara de despertarse–. Debió de ser después de aquella maldita fiesta… No había salido desde hacía mucho. Bebí demasiado. Melissa no hacía más que servirme aquel maldito licor. Me llevó a casa y allí… ¡Maldita enfermera! Fue ella la que me obligó a que la embarazara.

–Puedes estar todo lo furioso que quieras con Melissa –dijo Annie–. Pero la niña que tienes en brazos no es culpable de nada y es tu hija. Necesitas tomar una decisión.

Tom la miró horrorizado.

–¡Yo no sé qué hacer! ¡No puedo cuidarla!

–¿Por qué no?

–Porque…

–Todo lo que necesita es que le den de comer y que le cambien el pañal. Soy yo la que está de guardia esta noche, así que nadie te va a molestar. Te puedes dedicar en cuerpo y alma a ella.

–¡Admitidla en el hospital!

Annie se negó.

–La niña no está enferma. El hospital está muy tranquilo. No hay ningún otro niño, tú lo sabes, y con el dinero que recibe el hospital no podemos permitirnos gastos innecesarios. ¿Esperas que llame a Helen, que despierte a alguien en mitad de la noche para que cuide a tu bebé?

–¡No es mi bebé!

–¿Y entonces de quién es? –le preguntó indignada–. Eres la única familia que esta personita tiene en el mundo.

–Annie… tienes que ocuparte de ella.

¡Aquello ya era demasiado!

–Tom, yo me voy a la cama –le dijo–. Helen te dará leche y pañales para toda la noche. Sé algo de procedimientos de adopción. Si quieres, mañana te lo cuento.

–Annie, detente ahora mismo –exigió Tom sin conseguir nada–. No eres un maldito doctor de guardia, eres mi amiga.

Ella se volvió.

–Y como amiga quieres que me responsabilice de tu hija hasta que decidas qué hacer con ella.

–Sí –dijo Tom–. Eso es exactamente lo que quiero que hagas. Tú sabes de niños… Yo no he hecho nada.

Annie estuvo tentada a aceptar la oferta. Pero, por una vez, el sentido común prevaleció. Ya estaba bien.

–Sí, si lo has hecho, Tom. Eres el padre de esta criatura. Ella necesitaba un papá y te tiene a ti. Bienvenido a la paternidad, doctor McIver. Por primera vez tiene usted responsabilidades, suyas, no mías.

–Pero Annie…

–Buenas noches, Tom. Cuida de tu hija. Yo me voy a la cama.

Capítulo 2

LE HABÍA resultado más sencillo de lo que esperaba decirle a Tom que la niña era responsabilidad suya. Pero, otra cosa muy distinta era dejar de preocuparse.

Annie no tenía más remedio que reconocer que la niña le había derretido el corazón.

Se fue a su habitación y se desvistió.

¿Qué había hecho Melissa? Había seducido a Tom y después le había dejado el paquete a la puerta, como si se tratara de un kilo de chuletas de oferta. Sencillamente, no quería el regalo de una noche de desenfreno. Más aún, lo había incitado a dejarla embarazada. No se había tratado, ni siquiera, de algo accidental.

Annie se miró al espejo. Si hubiera sido ella la privilegiada, si el niño hubiera sido suyo… Si Tom le hubiera hecho el amor.

Cerró los ojos y, al abrirlos de nuevo, su imagen le dijo con total honestidad que sus esperanzas eran vanas.

Era demasiado bajita, los ojos demasiado grandes para su cara y la cara llena de pecas. Eso, sin contar una nariz excesivamente respingona.

«Afronta la realidad: comparada con Sarah o con cualquiera de sus novias eres simplemente nada».

Su madre se había pasado toda la vida diciéndoselo.

–¡No sé cómo me ha podido salir una hija así! –le había dicho desde niña–. Tendrás que cuidar de tu padre y hacer una carrera en la que no importe ser guapa o fea. Vístete siempre sin llamar la atención, para que no estés ridícula.

Annie hizo una burla a su madre y hermana ausentes. A pesar del tiempo que había pasado, aquellas palabras todavía dolían. La ropa sexy era para mujeres como Sarah y Melissa. Y los hombres como Tom, también.

Y el bebé.

¿Cómo sería eso de tener uno para ella?

Sueños. Con lo corriente y poco atractiva que era, difícilmente encontraría a alguien que le diera la oportunidad de saberlo.

Annie se metió en la cama y apagó la luz, con la intención de dormir.

Pero la voz de Tom se oía clara y alta.

–Lo siento, chicos, pero vais a tener que bajaros de mi cama. Tres ya es multitud, cuatro resulta ridículo. Algún día encontraréis un par de perras y lo comprenderéis.

Los perros hicieron su reproche a coro.

–Está claro. Pero no os preocupéis, esto es sólo por una noche.

¿Qué planes tendría Tom en mente?

Después de un rato, la voz del médico volvió a sonar.

–Son las dos y media de la mañana. Se supone que los bebés de tu edad duermen veinticuatro horas al día.

Pero la hija de Tom no parecía estar de acuerdo con esa rutina.

Por lo que Annie podía oír, la pequeña estaba feliz siempre que su padre la llevara en brazos.

Varias veces Tom le dijo a la pequeña que se durmiera. La luz se apagaba pero, poco después, se volvía a encender.

Poco a poco, se fue escuchando el ligero ronquido de la pequeña, hasta que perros y bebé se quedaron dormidos.

Tom, sin embargo, no hacía más que pasearse arriba.

A eso de las cuatro, dio de comer a su pequeña y, por fin, todo quedó en silencio.

Cuando Annie se levantó a la mañana siguiente, todo estaba en silencio.

Eran las ocho de la mañana del sábado.

Annie se vistió para ir al trabajo. Se decidió por una falda y una camisa vulgares, pero que le daban un aspecto un poco más formal.

Todo estaba muy tranquilo. Y lo único que había alterado la rutina de un sábado por la mañana era la noticia de la llegada del bebé.

Robbie, el administrador del hospital –o la «matrona» como él mismo se llamaba con sorna– se paró ante ella.

–Annie, cuéntamelo todo –irrumpió él, sin previo aviso.

Ella lo miró realmente sorprendida, incapaz de comprender a qué se refería.

Robbie medía un metro noventa y era grande como un tanque. Era muy amable y considerado con sus pacientes, pero cuando quería que Annie le contara algo utilizaba todo su peso y talla para conseguirlo.

–Doctora Burrows, no consigo que nadie me cuente nada –protestó–. ¿Es verdad que Melissa Carnem dejó al bebé a la puerta del doctor McIver anoche?

–Rob, eso no es asunto tuyo.

–Tampoco es asunto tuyo y, sin embargo, sabes lo que ha pasado. Así que cuentamelo todo. Pete, mi primo, el que trabaja en el garaje, también lo sabe y Helen. Todos excepto esta alma cándida y miserable.

–Rob, se supone que deberías tratarme con respeto, no obligarme a permanecer inmóvil contra un pared. Coacción.

–Pues entonces lo que tiene que hacer, mi querida doctora, es crecer un poco. ¿Cómo voy a tratar con respeto a medio metro de mujer que parece una adolescente de catorce años?

Annie hizo un gesto cómico.

Robbie era uno de los mejores profesionales con los que se había topado, un enfermero eficiente, amable y trabajador.

Eso sí, no tenía para nada marcada la línea entre médico y enfermero. Pero nadie la tenía en Bannockburn. Y, precisamente, ese era uno de los motivos por los que le gustaba tanto a Annie trabajar allí.

–Bueno, cuéntame primero qué sabes tú –le dijo Annie.

–Melissa llenó el tanque de gasolina antes de llegar aquí –comenzó a explicarle Robbie con exagerada paciencia–. Mi primo trabaja en la gasolinera por las noches. Ella se lo contó todo. ¡Te lo puedes creer! Mi primo ha informado ya a todo el valle.

Así que a aquellas tempranas horas de la mañana ya el distrito entero conocía las andanzas del doctor McIver.

–¿Melissa está todavía en la ciudad?

Robbie dijo que no con la cabeza.

–Según mi primo iba a irse en el primer avión de la mañana. Ahora te toca a ti soltar todo lo que sabes. ¿Melissa le ha dejado o no le ha dejado el bebé al doctor?

No tenía sentido negar nada. Robbie terminaría enterándose tarde o temprano.

–Sí –respondió Annie.

–¿Y es suyo?

–Eso tendrás que preguntárselo al doctor –dijo Annie.

Robbie sonrió de oreja a oreja. A Robbie le encantaban los bebés. Era padre de tres niños. Desde su punto de vista, todo el mundo debía de estar feliz de ser padre.

–¿Dónde está el bebé ahora?

–Con el doctor McIver –a Annie le resulto imposible reprimir la carcajada. La mueca de Robbie era demasiado cómica–. ¿Dónde si no? Bueno, supongo que tendremos que echar un vistazo a la úlcera del señor McKenzie. Si no está mejor, tendremos que considerar la idea de operar.

–Yo me ocuparé de los pacientes del doctor McIver. Seguramente estará muy ocupado esta mañana.

–Si es realmente su bebé, va a estar ocupado el resto de su vida.

Durante la hora de descanso, Annie trató de poner al día sus papeles, luego quiso leer el periódico, pero, finalmente, acabó haciendo lo que realmente quería hacer.

Preparó una taza de té y se la llevó al apartamento de Tom.

Llamó a la puerta, pero no hubo respuesta. Annie dudó unos segundos. Por fin, se decidió a abrir y a entrar.

Los perros estaban en el salón. Levantaron, sin demasiado entusiasmo, las orejas al oírla entrar. Estaban cansados. No estaban dispuestos a demostrar nada a nadie.

Annie se dirigió a la habitación. Dio unos ligeros golpes, pero no obtuvo respuesta.

Nada.

Abrió la puerta.

Tom y el bebé estaban dormidos.

Había una cuna del hospital junto a la inmensa cama. Pero estaba vacía.

Padre e hija dormían el uno junto al otro.

Annie se quedó sin respiración al ver la escena.

Como siempre, Tom McIver tenía la capacidad de conmoverla. Lo había hecho desde la primera vez que lo había visto.

Había sido años atrás, cuando ella era aún estudiante. Había ido a darles una charla sobre la profesión y la responsabilidad en los ámbitos rurales. La había sorprendido francamente. Su base era la entrega absoluta. Según decía, cuando se trae un niño al mundo, la vinculación del médico a la familia es total. Ya no se puede separar ni despreocupar jamás.

A pesar de la vida privada tan azarosa del doctor, demostraba en el día a día del hospital su entrega absoluta.

Tom McIver, por eso mismo, no habría podido dejar al bebé llorando en la cuna. Lo había metido en su cama, para reconfortarlo. Y Annie lo amaba por todo eso.

Annie miró al padre y a la hija.

¡Cómo habría deseado haber sido Melissa, la madre de la hija de Tom!

–Pero sólo puedes serlo en tus sueños –murmuró ella.

Tom abrió los ojos en ese momento.

Annie sonrió.

–Te he traído una taza de té.

–¡Eres un ángel! –respondió él y se incorporó.

Annie avanzó tres pasos.

–¡No muerdo! –dijo Tom y ella se ruborizó.

–He venido a preguntarte si necesitas algo. ¿Qué vas a hacer? –trató de mantener su voz carente de toda emoción–. Si quieres contactar con alguien de los servicios sociales, sería mejor que lo hicieras ahora. Los sábados por la tarde es completamente imposible.

–Bueno… he estado pensando. Quizás no necesite hablar con nadie. Si encuentro a Melissa, tal vez lo podamos solucionar de otro modo.

Annie negó con la cabeza.

–Lo dudo.

–¿Por qué?

–Porque Melissa iba a tomar el primer avión de la mañana. No creo que siga aquí.

–¿Quién te lo ha dicho?

–El primo de Robbie trabaja en la gasolinera. Melissa paró a repostar gasolina y le contó toda la historia.

–Ya… así que a estas alturas ya se ha enterado todo el valle.

–Supongo que sí.

Tom dejó el té en la mesilla y se sentó mejor. Su hija seguía completamente dormida y pegada a él.

–Bueno, pues no sé qué hacer. Sé que la madre de Melissa no se responsabilizaría de la pequeña, porque de otro modo no estaría aquí.

–¿Y tus padres?

Tom soltó una carcajada.

–¡Estás loca!

–Pues entonces sólo quedan dos posibilidades. O se queda contigo o la das en adopción.

–No sería tan duro si no se pareciera tanto a mí –dijo Tom.

–Si tú lo dices –respondió Annie muy poco convencida.

Annie se quedó allí, de pie, esperando.

A lo largo de su carrera como médico, se había tenido que enfrentar en más de una ocasión con padres a los que consumía el dolor de ver a sus pequeños marcharse de este mundo.

Tom sólo acababa de empezar a intuir lo que ser padre podía significar.

Tom dio un sorbo de té y miró a Annie.

–¿Sabes algo sobre los procedimientos de adopción?

–¿Nunca hasta tenido una paciente que quisiera dar a su hijo en adopción?

–Por suerte, no.

–Bueno, pues yo sí. Cuando te decidas, te ayudaré si es necesario… –Annie no pudo continuar. Miró al hombre y a la niña. Eran perfectos, la pareja ideal de padre e hija.

Algunas decisiones eran realmente duras.

–Cuando tú me digas, llamaré a la oficina de adopciones. Ellos encontrarán una familia adoptiva provisional. Eso puede hacerse ya, hoy mismo, si llamo antes del mediodía.

–¿Provisional? ¿Por qué no se la pueden dar a los padres adoptivos de inmediato?

–Porque hay un período de adaptación de seis semanas. Tanto tú como Melissa tenéis que estar de acuerdo entonces y se considera que seis semanas es el período mínimo imprescindible para que los padres recapaciten sobre lo que van a hacer.

–¡Qué cantidad de problemas!

–Los bebés son algo complicado en sí. Son personas. Tu hija, por pequeña que sea, tiene los mismos derechos que tú, Tom McIver. A pesar de lo que Melissa ha hecho, esta pequeña merece algo más que ser tratada como un desperdicio que nadie quiere.

–¡No hace falta que te pongas así! Lo que busco no es desprenderme de ella a toda costa y a toda velocidad…

–¿Seguro?

Hubo un silencio. Duda.

Tom suspiró.

–No sé, estoy realmente confuso –dijo honestamente. Miró a la pequeña y le tocó suavemente la nariz. Ella ni se inmutó–. Eso quiere decir que mi hija tendrá que pasar seis semanas en un hogar provisional.

«Mi hija»… Aquella expresión estaba cargada de dolor.

–Las familias adoptivas son cuidadosamente seleccionadas, Tom –le dijo Annie.

–Lo sé, pero… –se quedó en silencio.

El bebé seguía dormido. No se había movido ni aún cuando Tom se había incorporado para beberse el té.

–Ni siquiera tiene nombre –dijo Tom tremendamente dolido–. Tiene seis semanas de vida y carece de nombre.

–Pónselo tú –dijo Annie.

–Si se lo pongo yo…

–Ya. Entonces no tendrás más remedio que quedarte con ella –Annie trataba de no transmitir nada, ni emoción, ni opinión…–. Tom, sé que todo esto ha sido un verdadero shock para ti. Pero o te desvinculas de ella y se la entregas a gente que la puede cuidar y amar o vas a tener que empezar a tomar decisiones.

–¿Decisiones?

–Sí. Por ejemplo, si quieres o no ponerle un nombre, si quieres verla cuando vaya creciendo.

–Si la viera, sabría que no la había querido, que la había entregado a unos extraños.

–Si la das en adopción, lo sabrá igualmente.

Tom miró a Annie durante un rato. Después se dejó caer sobre las almohadas.

Annie miró a la pequeña. Seguramente se pasaría todo el día durmiendo y decidiría despertarse por la noche.

Sabía que aquel asunto no la atañía, pero, por algún motivo, sentía lo que Tom sentía.

Tenía que salir de aquella habitación antes de agarrar al bebé y echarse a llorar desconsoladamente.

–Tom, me tengo que ir. Ya he visto a todos tus pacientes, pero hay gente esperando en la clínica. No hace falta que trabajes hoy. Me las puedo arreglar yo sola. ¿Quieres que llame a los servicios sociales o prefieres esperar hasta el lunes?

Tom abrazó con más fuerza a la pequeña.

–Gracias por hacer mi trabajo… Todavía no he decidido que voy a hacer respecto a la niña.

–Bien. ¿Estás preparado para cuidar de ella este fin de semana?

–No sé si podré o no.

Annie se mordió el labio.

–Tom, si quieres que vaya con una familia provisional hoy mismo, se puede hacer. Pero tendría que llamar antes de las once y media.

Sin obtener ninguna respuesta, Annie se dio media vuelta y se marchó.

Tom la miraba con la misma confusión que ella sentía.

Annie estaba con Henry Gilles en la consulta y a punto de quitarle la escayola, cuando Tom entró como un torbellino. Había tomado una decisión.

–¡Annie, se queda!

Annie bajó el pie de Henry cuidadosamente.

Tom se había duchado, afeitado y vestido y su aspecto era bastante menos caótico que la última vez que lo había visto.

No obstante, no había recuperado su autocontrol.

–¿Quieres que salgamos fuera y hablemos?

–No –dijo Tom. Se acercó a Henry y miró su pie cubierto con interés–. Todo el valle debe de saber ya lo que está sucediendo y Henry es un amigo. Rebecca me dijo que era él el que estaba aquí, por eso me decidía a entrar. ¿Cómo demonios te has hecho eso?

–Una maldita vaca se sentó en mi pie –le dijo Henry–. Eso fue la semana pasada. Tú estabas por ahí, con alguna mujer, y la doctora Burrows fue la que me puso la escayola. Ahora dice que me va a quitar esta, pero que me tiene que poner otra. Seguro que si me la hubieras puesto tú se habría quedado ahí hasta el final.

Tom sonrió al granjero.

–¿No confía en la doctora?

–No está mal, para ser una mujer…. pero esa maldita escayola…

–Tiene que quitártela. La doctora tiene toda la razón, Henry. Yo habría hecho exactamente lo mismo. La herida necesita diez días para curarse. Pero si te dejamos la misma escayola hasta el final, te llevaran los demonios del picor…

–Es verdad que pica –protestó Henry.

Fue entonces cuando Henry vio a Annie agarrar la sierra.

–¡Por todos los diablos, muchacha! ¡No sé yo…! ¿Una sierra eléctrica para la escayola? ¿Qué pasa si se escapa?

–Ya me las arreglaré para volver a unir el pie a la pierna –Annie se rió–. No te preocupes, Henry. Es una sierra especial, sólo vibra y remueve la escayola. Si te toca la piel a penas si la notas.

–Quieres decir que no voy a notar nada cuando se me caiga el pie, ¿verdad? ¡Maldita sea! ¿Tú te fías de ella? –le preguntó a Tom.

–Sí.

–¡Mujeres con armas! ¿Qué más nos puede pasar? –suspiró–. Ataque ya. Si me quedo sin pie, al fin y al cabo tengo otro.

Se puso las manos detrás de la cabeza y se apoyó, en un gesto de resignación. Miró a Tom.

–¿Qué decías? ¿Te vas a quedar con la niña de la que habla todo el mundo?

–Bueno, sólo durante las seis semanas antes de entregarla a los padres adoptivos –Tom miró a Annie de reojo.

Annie estaba concentrada en lo que hacía y tardó unos segundos en darse cuenta de lo que acababa de decir Tom.

–¿Quieres decir que te vas a quedar con ella en lugar de mandarla con una familia provisional? –preguntó.

–Eso es.

–¿Y después dejar que se la lleven sin más?

–Es más sencillo.

–No, ni hablar.

El ruido dificultaba la conversación.

–¿No? –Tom levantó las cejas.

–Sujete bien el pie, doctor McIver –le pidió Annie–. Aunque Henry tenga dos pies, seguramente preferirá quedarse con los dos.

–Eso era lo que yo le decía, doctora –Henry sonrió–. Esto sí que es una mujer, no todas esas muñequitas bobas con las que suele salir el doctor Burrows. Ninguna tendría lo que hace falta para decirle las cosas claras.

–Gracias, Henry –dijo Tom secamente.

No continuaron hablando hasta que quitaron la escayola. Tom comenzó a limpiar la pierna, mientras Annie preparaba las vendas para una nueva escayola.

–¿Por qué no se puede quedar? –preguntó Tom en un tono casi de conversación–. He estado dándole vueltas. Se puede quedar en la unidad pediátrica y yo pagaré los gastos de la enfermera cuando no haya ningún otro niño. Así no tendrá que irse a casa de unos extraños.

–Tom, para tu hija, tú eres el primer extraño.

–Ya se ha acostumbrado a mí –dijo Tom–. Se ha puesto a llorar cuando se la he pasado a la cocinera.

–¡Vaya suerte que ha tenido la mujer!

Así es que ya había convencido a la señora Farley para que la cuidara. Estaba claro que ninguna mujer era capaz de negarle nada. Excepto Annie.

–Tom, si quieres dar a tu hija en adopción, tiene que ir primero a una familia. El período de seis semanas de adaptación no empieza hasta que tú no pierdes la custodia de la niña.

–Eso quiere decir que, aunque me quede seis semanas con ella, el período de adaptación tendría que volver a empezar.

–Eso es.

–Ya –Tom le secó la pierna a Henry y le echó polvos de talco. Agarró las vendas y comenzó a envolver el pie de Henry.–. Pero podríamos hacerlo si la admitimos en el hospital. Entonces ya no estaría bajo mi custodia.

Annie lo miró sorprendida.

–¿Crees que si haces eso, los servicios sociales se van a creer que no te estás ocupando de ella?

–Bueno, no sería así exactamente. Si eres tú la que la admites aquí, entonces estaría bajo tu tutela… –Tom lanzó una de sus persuasivas sonrisas.

–¡La está enredando, doctora! –comentó Henry que hasta entonces se había limitado a mirar boquiabierto la escena–. No deje que la convenza para hacer algo que no está bien. Ya sabe como es. Puede convencer a cualquiera de cualquier cosa.

–Sí, está claro que es capaz de cosas imposibles –afirmó Annie y miró a Tom–. Suele funcionarle. Pero lo que me está pidiendo ahora es demasiado. Quiere que mienta a los servicios sociales.

–No es una mentira…

–El período de adaptación son seis semanas en que los padres no pueden tener acceso a los hijos. ¿Me garantizarías que ni siquiera vas a mirar por la ventana?

–¡Annie…!

–No lo voy a hacer –le dijo Annie–. Protesta todo lo que quieras.

Por supuesto que una parte de ella pensaba que, tal vez, si Tom se quedaba con la niña seis semanas, acabaría por no darla en adopción. Pero su parte profesional y ética le decía que ese no era modo de hacerlo.

–Tom, en cuanto el período de adaptación empieza, los servicios sociales se ponen en contacto con los padres adoptivos, les cuentan cómo es tu hija y les preguntan si la quieren. Les advierten de la posibilidad de que puedas cambiar de opinión. Pero si nada cambia, el bebé será suyo en seis semanas.

–¿Y qué hay de malo en que yo disfrute de la niña durante ese período? –miró a Annie con un gesto desafiante.

–Porque la razón de que se haga así es que el paso más duro debe darse antes de que los padres adoptivos sean informados. Suelen ser gente que lleva años esperando un bebé y no es justo que se les creen falsas expectativas.

El rostro de Tom se oscureció.

–¿Qué diablos es esto, doctora Burrows? ¿Una lección sobre moral o algún tipo de castigo superior?

–No –dijo Annie con firmeza–. Pero no veo porqué otros tengan que sufrir injustamente. Las parejas que se deciden por la adopción suelen ser gente desesperada por ver su vida iluminada por un niño.

–¿Asumes que hay una posibilidad de que no quisiera darla después de seis semanas?

Annie respiró antes de continuar.

–Si se queda aquí, es posible que así sea.

–¡Eso no tiene sentido! La única solución es la adopción.

–Entonces, ¿por qué, sencillamente, no te desprendes de ella ahora?

–Porque acabo de conocerla y…

–Y quieres conocerla mejor.

–Eso es.

–Así que, cuando ya sepas cómo es, la darás.

–Sí.

–¡Vaya, vaya! –Henry, que hasta entonces no había intervenido, no pudo más. Parecía estar divirtiéndose francamente–. Si piensa eso es porque no conoce a los bebés, doctor. Cuando el mío nació, pensé que era la cosa más fea que jamás había visto. Pero, de pronto, te miran a los ojos y ya estás perdido.

–Henry….

–No importa cuántas noches te quedes sin dormir –continuó Henry, haciendo caso omiso a la interrupción–. La casa se convierte en un caos, la esposa se pasa todo el día ocupada, se acaban los guisos y las tartas. Pero nada de eso importa, porque los has tomado en tus brazos y te han sonreído. Te dicen que es una mueca, que todavía no saben lo que es sonreír. Pero lo que tu ves va más allá y estás perdido.

Henry lo miró fijamente.

–Y me atrevería a decir que todo eso ya le ha sucedido a nuestro doctor. ¿Qué opina usted, doctora Burrows?

Annie vio lo mismo.

–Bueno… la verdad es que… Creo que tiene usted toda la razón –Annie consiguió esbozar una sonrisa–. Y creo también que necesitaba oír eso de un hombre. Resulta que las mujeres pueden usar sierras sin cortar lo que no deben y los hombres se pueden enamorar de sus bebés.

La mirada que Tom dirigió a Annie hizo que se decidiera por una pronta retirada.

–Henry, tengo mucha gente esperando. Así es que, como el doctor está aquí, le voy a dejar que le ponga toda la escayola.

Annie salió de allí, antes de que Tom pudiera decir nada.

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