Read the book: «Distopía»

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Versión impresa NUN ISBN: 978-607-99468-9-0

Versión digital NUN ISBN: 978-607-99522-0-4

Versión impresa CCM ISBN: 978-607-7905-98-1

Versión digital CCM ISBN: 978-607-7905-97-4

El contenido de este libro es responsabilidad del autor

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Dirección editorial y diseño de portada: Miryam Meza Robles

Cuidado de la edición: Felipe G. Sierra Beamonte

Corrección de estilo: Oscar Díaz

Edición digital: Carlos Papaqui

Impreso en México



Índice

Prólogo

Introducción

I. Familia

La oración de las familias

La maternidad en la encrucijada

Recuperar al padre

Dinkys

Ancianos y millennials

Heridas e ideales juveniles

Género: perspectiva, ideología y educación

II. Feminismo

¿Cuál feminismo?

La mujer y el cristianismo

Notas para un feminismo cristiano

¿Machismo en la Iglesia?

El feminismo de Francisco

Feminista y santa

Declaración Women of the World

Malala Yousafzai

De Femen a femenina

Vientres de alquiler

La trata de personas

Mamás vs. feministas

Revaluar la maternidad

Feminicidio

Instrumentalizar a la mujer

Desafíos del feminismo

Nuevos desafíos del feminismo

III. Aborto

Los nuevos mártires profesionales

Nonatos argentinos

Dictadura del aborto

Una batalla, no la guerra

Libertad de agresión

Netflix vs. Georgia

Globos, ¿de oro o de la muerte?

Planned Parenthood

Jugar a hacer Dios

Concepción y vida humana

Embarazo a los 12 años

¿Pro vida y pro mujer?

El impacto de un católico coherente

Trump y la Marcha por la Vida

Simplemente monstruoso

25 de marzo sin Marcha por la Vida

IV. Eutanasia

¿Cómo te gustaría morir?

Serenidad ante la muerte

Contemplación del ataúd

Espiral del sentimiento

La eutanasia de Brittany Maynard

La eutanasia de don Ovidio

Alfie Evans o ¿cuánto vale una vida humana?

Cuando el suicidio se pone de moda

Los millennials y la muerte

Noa Pothoven

V. Evangelio de la sexualidad

Reinventar el 14 de febrero

Amor en el velorio

Mártires afectivos

¿Sexo en el noviazgo?

¿Por qué es pecado el sexo?

¿Está mal la masturbación?

Día Mundial de la Salud Sexual

Homofobia y derechos humanos

Mensaje de la Marcha del Orgullo

La doctrina católica sobre la homosexualidad

¿Un santo gay?

VI. Fe y ateísmo

A mis amigos ateos

Ateísmo hoy

El Búho Rojo y la Semana Santa

Sinrazones del ateísmo

Ideología y religión

Reflexiones sobre una ética atea

Una ética atea

Estado, ¿laico o ateo?

El Papa, los católicos y la política

La coherencia de los políticos católicos

Evolución y ateísmo

La polémica del cadáver

Silencio, de Scorsese

En defensa del Halloween

Dios o los ovnis

Los millennials y los horóscopos

¿Castigo divino?

“Y que la covid los una”

VII. Signos esperanzadores

Prólogo

En los tiempos recientes hemos sido testigos de una gran escalada de fenómenos sociales y culturales que hace 30 o 40 años hubieran sido impensables. Fenómenos que adquieren una velocidad vertiginosa en la sociedad, gracias a multitud de vectores que invitan a su implantación y establecimiento. Fenómenos como el feminismo radical, el aborto libre, la eutanasia, la redefinición de la familia y el matrimonio o el ateísmo van claramente al alza en nuestra sociedad globalizada y uniformizada. En medio de este torbellino, auténtico huracán social y político, la Iglesia católica transmite un mensaje imperecedero, mientras lucha por adecuarse a los tiempos y modos, a las sensibilidades e ideas cambiantes del tiempo presente. ¿Lo conseguirá? Esta obra se propone ser testigo de tal encuentro, de tan apasionante desafío: ¿cómo se puede seguir pensando en clave cristiana en medio del mundo real, tantas veces postcristiano, en el que vivimos?

Los diferentes ensayos que componen el presente texto tienen como característica el pensar en clave cristiana los desafíos culturales actuales. Se proponen plantear las problemáticas desde una perspectiva cristiana y en dos dimensiones. Una temática, por medio del análisis de seis grandes temas: familia, aborto, eutanasia, feminismo, sexualidad y ateísmo; otra cronológica, pues los temas se hilvanan con el doble hilo conductor temático y temporal, es decir, responden a situaciones concretas que se han ido dando en nuestra sociedad. Su propósito, en consecuencia, es reflexionar desde una perspectiva cristiana sobre algunos de los hechos relevantes de la historia reciente.

¿Es posible pensar aún en clave católica o, por el contrario, el catolicismo está claramente superado, intelectualmente hablando? El presente texto muestra cómo el pensamiento cristiano está vivo y actuante en el caleidoscopio cultural hodierno. Más aún, goza de plena vigencia y puede mostrar la salida a múltiples interrogantes y problemas actuales. Sólo se necesita el esfuerzo de no descalificarlo antes de tiempo y tomarse la molestia de atender a sus recomendaciones y sugerencias. Distopía lo hace, y de ahí su interés para el debate cultural contemporáneo. Presenta en forma ágil y divulgativa una amplia gama de temas, abordados todos en diálogo con la cultura actual y desde una forma mentis cristiana. De ahí surge la actualidad y el interés de esta obra. ¿Consigue hacerlo? Toca al amable lector juzgarlo.

La génesis de muchos de los textos aquí compilados es el diálogo entre el autor y diversos grupos de jóvenes, ya sea en las aulas universitarias o de bachillerato. Es decir, no se trata de una elucubración teórica, abstracta, alejada de la vida. Distopía, por el contrario, surge de la vida misma, de las clases universitarias y de bachillerato, de las preguntas, que ya sea en clase o al final de ésta, los chicos formulaban al autor. Por eso Distopía tiene el mérito de surgir de la vida misma y expresar las inquietudes reales de muchos millennials y centennials. Ahí radica también gran parte del valor e interés de la obra.

Por eso mismo, Distopía vuelve accesibles temas en realidad muy complejos, tanto que constituyen muchas veces el alma del debate público y político contemporáneo. Acercar los grandes temas de manera accesible es mérito de los buenos trabajos divulgativos, pues dan una visión amplia y a la vez profunda, de las cuestiones en discusión. La obra tiene el afán de cubrir esta meta divulgativa y mantener una sana tensión entre la amplitud y la profundidad de las temáticas abordadas.

¿Qué le quedará al lector de Distopía? Un acervo importante de ideas y de argumentos para presentar de modo respetuoso y no beligerante el mensaje cristiano a las personas de hoy. Puede mostrar cómo los cristianos de hoy somos herederos de una gran tradición de pensamiento, y cómo el cristianismo no tiene miedo de abordar las cuestiones más embrolladas de la sociedad contemporánea. Le deja, en ese sentido, un santo orgullo de ser cristiano, si lo es; una invitación a conocer el cristianismo más a fondo, a tomárselo más en serio, si el lector no lo es.

En ocasiones los textos aparecen con tono polémico, precisamente como una forma de entrar de lleno en el debate público hodierno. Ello le otorga agilidad a su lectura y provoca una cierta reacción, apuesta a no dejar indiferente al lector, sino a involucrarlo directamente en las difíciles temáticas abordadas. El talante polémico es, en consecuencia, una herramienta retórica para captar la atención del lector e involucrarlo en el tema. Nunca tiene, en cambio, un carácter beligerante o agresivo, pues el autor sabe que las ideas no se imponen, sino que se dialogan y piensan, para finalmente, si convencen, hacerse propias.

No me queda sino desearles una feliz lectura a todos los que se atrevan a seguir esta aventura intelectual de pensar cristianamente los problemas contemporáneos y ofrecer una respuesta a las inquietudes, interrogantes y aspiraciones del hombre actual.

Padre Mario Arroyo

Introducción

¿Por qué los temas del feminismo, el aborto, la eutanasia o el sexo acaparan la atención mediática y la agenda pública? ¿En qué estriba su particular interés, su prioridad, el hecho de que capten la atención de los jóvenes? ¿Qué hay en esas realidades o por qué despiertan interés? En el presente libro se intenta hacer un recorrido, a manera de collage fotográfico, sobre estos temas y su desarrollo histórico reciente, mediante una colección de artículos periodísticos que los abordan. Pero, primeramente, en este breve ensayo introductorio, nos damos a la tarea de reflexionar acerca del motivo por el cual despiertan tanto interés.

Ahora bien, otro elemento disonante, que suele despertar alboroto al tratar esta temática, es la doctrina de la Iglesia Católica al respecto. Para muchos las posturas eclesiásticas oficiales resultan escandalosas. No se trata sólo de que muchas personas las consideren superadas, anacrónicas y obsoletas. Bastantes se consideran agredidos con su sola enunciación; es decir, no aparece únicamente como una doctrina trasnochada y superada, apta solamente para engrosar el arcón de la historia. No, se considera una realidad viva que ofende y provoca, levanta polémica, y por ello el interés de los medios, pues viven del escándalo. Pero el hecho de que todavía suscite incomodidad manifiesta que, pese a quien le pese, continúa siendo algo vivo, discordante con la opinión de la mayoría, o por lo menos, con la opinión oficial, canónica.

Quizá la clave del escándalo estriba en dos extremos que implícitamente cuestionan a la opinión dominante o, como se le denomina habitualmente, “políticamente correcta”. El primero es que no se trata en realidad de una posición superada, no es una reliquia del pasado, una pieza de museo que se contempla con indiferencia. En cambio, todavía es algo vital para muchas personas, presente en multitud de sociedades, con diversos grados de intensidad, pero vivo y operante. En segundo lugar, porque presenta un modelo de vida, sociedad, persona y cultura alternativos al generalmente aceptado. Es decir, se trata de un conjunto coherente de doctrina, que ofrece una visión completa y armoniosa de lo que es el hombre, la vida, la familia, la cultura y la sociedad, diferente del políticamente correcto y, por ello mismo, se puede comparar con él. Es, en definitiva, un modelo alternativo y las comparaciones son inevitables. Su viabilidad cuestiona a la visión canónica, políticamente correcta y las comparaciones resultan incómodas.

Son dos visiones alternativas del mundo. En muchos extremos antagónicas, en algunos complementarias. ¿Pueden continuar manteniendo vigencia ambos modelos? Parece ser que sí, pues muchas veces la vía para descalificar a uno de ellos es la violencia y la mentira, lo que manifiesta la falta de herramientas intelectuales de la posición políticamente correcta. Cuando elijo la violencia –quemar iglesias, vandalizar símbolos religiosos– significa que se me acabaron las razones o son menos sólidas que las de mi contraparte. Significa que estoy inquieto, pues se cuestionan legítimamente los fundamentos de mi cosmovisión y eso me incomoda.

Cuando existen unos cauces culturales y públicos civilizados, adecuados para el debate académico, y éstos no se utilizan, quiere decir que se carece de argumentos sólidos para esa discusión y se opta por abortarla con la violencia. Tanto en el lado cristiano en general, como católico en particular, ha estado siempre abierta la puerta y extendida la mano para sostener un debate público y racional sobre los fundamentos de la cultura y la sociedad.

Una muestra de ello, reciente, es la iniciativa promovida durante el pontificado de Benedicto XVI denominada “Atrio de los Gentiles”, donde se promovía positivamente un debate público con no creyentes, sobre los temas estructurantes de la sociedad y la cultura. El entero pontificado de Francisco puede verse como un continuo intento de tender puentes con los temas emergentes de la sociedad contemporánea. Muchas personas, en vez de recoger el guante y aceptar el desafío, han optado por el cobarde expediente de la violencia. Pero ello manifiesta que o no tienen razones sólidas para sustentar su postura, o no están muy seguros de ellas.

En cualquier caso, como todo mundo sabe, nunca ha sido buena idea prescindir de la historia, hacer como si todo comenzara el día de hoy, pues ello nos convierte en manipulables, proclives a repetir los errores de antaño. Estamos a mitad de un proceso cultural relevante, de consecuencias incalculables, es importante no perder conciencia de nuestra identidad, saber quiénes somos. Y, en este proceso, una parte fundamental de la construcción de nuestra identidad la constituye el ser conscientes de quiénes hemos sido. En este ámbito, resulta indispensable una madura reflexión histórica sobre los puntos y valores rescatables de nuestro común pasado cristiano. Sería irresponsable descartarlo todo, con las rápidas etiquetas de “pedofilia”, “inquisición”, “evangelización”, “colonización”, “cruzadas”, etc. Se requiere un ejercicio de discernimiento, donde se descarta lo superado y negativo, mientras se hace un positivo esfuerzo por mantener aquello que arroje luz acerca de quiénes somos ahora, y hacia dónde nos queremos dirigir.

Por lo pronto, el hecho es que el cambio de paradigma cultural nos ha conducido a una actitud revisionista y crítica con respecto a nuestra propia cultura, nuestras raíces y nuestra identidad. Nos encontramos a la mitad de un doloroso proceso a través del cual cambiamos el relato que nos da una explicación coherente sobre nosotros mismos. En el relato anterior, se partía de la visión según la cual occidente representa desarrollo, cultura y progreso. Sería el encargado de llevar la luz de la civilización al resto de la humanidad, como una especie de abanderado de la raza humana. Ahora, en cambio, se está adoptando, en ocasiones de forma traumática, un relato alternativo, donde Occidente, a lo largo de la historia, ha sembrado sólo opresión y violencia, pues desea exclusivamente su propio interés y el sometimiento de lo diverso.

En este relato alternativo, Occidente tiende a exculparse de sus pecados y busca un chivo expiatorio para tal efecto. Lo ha encontrado en quien, hasta hace no mucho tiempo, era el alma de la cultura occidental: la civilización cristiana. Sería el cristianismo el culpable de los excesos de Occidente, al desembarazarnos de él, todavía podemos rescatar algo del bagaje cultural de toda una civilización. El núcleo de la cultura suele estar constituido por la religión. El núcleo de la civilización occidental es el cristianismo.

Por lo tanto, dar un paso definitivo hacia el nuevo modelo cultural exige, como requisito previo, despojarnos de nuestra herencia cristiana, pues en caso contrario, todo sería, en última instancia, más de lo mismo. Pero desembarazarnos de esta herencia cultural requiere, por estar insertado en su núcleo, rechazar el cristianismo; no basta abandonarlo y cambiarlo por otro relato, se precisa su repudio público. Dicho repudio ha cristalizado, por ejemplo, en la recurrente quema de iglesias y destrucción de símbolos religiosos en Estados Unidos, Francia, Inglaterra y España. Se opta por un ejercicio agresivo de rechazo que exprese cabalmente y sin lugar a equívocos nuestro repudio por el pasado y la disposición para asumir un nuevo modelo de vida y de cultura.

Se trata, en definitiva, de realizar una revisión generalizada de la cultura, de sustituir un relato que da sentido a la vida por otro diferente. Para hacerlo, se modifican en sus raíces los fundamentos de la sociedad, como éstos eran religiosos, se ataca al fenómeno religioso como tal o, por lo menos, se le discrimina, intimida, controla y recluye.

No es para menos, pues se trata de modificar, por ejemplo, la noción de persona, sirviéndose de una antropología de referencia distinta de la utilizada hasta el momento, y que estaba “contaminada” por principios cristianos. La Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 es un buen ejemplo de los frutos de esa “antropología trasnochada”; de ahí los sucesivos intentos de reinterpretarla o de añadirle derechos de “segunda y tercera generación”, más acordes con la antropología en boga. Como es sabido, ya en su tiempo, dicha declaración fue tildada de excesivamente cristiana.

Recientemente, a modo de ejemplo, y en un tema que podría parecer marginal, y no lo es, la Comisión Teológica Internacional señalaba cómo la antropología de referencia en la actualidad no es cristiana y por ello no se puede dar por descontado que las personas, cuando se quieren casar, desean contraer “matrimonio natural”, como la tradición y la antropología cristianas lo consideraban. Es decir, por provenir de una antropología diversa, las nociones de persona, matrimonio y familia son diferentes. Ya no es, siquiera, que no se desee acceder al matrimonio religioso; es que por matrimonio se entiende algo distinto de lo que se ha entendido toda la historia, desde la Roma clásica hasta hace pocos años. Vale la pena citar por extenso el documento:

Sin embargo, sin caer en lamentaciones catastrofistas, una mirada sincera a nuestro contexto cultural no puede dejar de constatar cómo se van consolidando cada vez más, como axiomas incuestionables en la cultura posmoderna, aspectos que llevan a cuestionar en su raíz antropológica la base natural del matrimonio. Así, sin ánimo de exhaustividad, la tendencia predominante incluye como evidentes, por ejemplo, estas convicciones extendidas, arraigadas y en ocasiones sancionadas por la legislación, claramente contrarias a la fe católica.

a) La búsqueda de la autorrealización personal, centrada en la satisfacción del yo, como la meta mayor de la vida, que justifica las decisiones éticas más sustantivas, también en el ámbito matrimonial y familiar. Esta concepción se opone al sentido del sacrificio amoroso y la oblación como el logro mayor de la verdad de la persona, que la fe cristiana propone, alcanzando así de modo magnífico su sentido y cumplimiento.

b) Una mentalidad de tipo “machista”, que minusvalora a la mujer, dañando la paridad conyugal ligada al bien de los cónyuges, entendiendo el matrimonio como una alianza entre dos que no serían iguales por designio divino, naturaleza y derechos jurídicos, frente a la concepción bíblica y la fe cristiana. La postura contracultural de Jesús, en contra del divorcio (cf. Mt 19,3-8), supuso una defensa de la parte más débil en la cultura de la época: la mujer.

c) Una “ideología de género”, que niega cualquier determinación biológica de carácter sexual en la construcción de la identidad de género, socavando la complementariedad entre los sexos inscrita en el plan del Creador.

d) Una mentalidad divorcista, que mina la comprensión de la indisolubilidad matrimonial. Al contrario, lleva a considerar los vínculos conyugales, más comúnmente denominados “de pareja”, como realidades esencialmente revisables, en contradicción directa con la enseñanza de Jesús al respecto: Mc 10,9 y Mt 19,6 (cf. Gn 2,24).

e) Una concepción del cuerpo como propiedad personal absoluta, a libre disposición para la obtención del máximo placer, especialmente en el ámbito de las relaciones sexuales, desligadas de un vínculo conyugal institucional y estable. Pablo, sin embargo, afirma la pertenencia del cuerpo al Señor, excluyendo la inmoralidad (πορνεία), de tal modo que el cuerpo se convierte en cauce de glorificación de Dios (cf. 1Cor 6,13-20).

f) La disociación entre el acto conyugal y la procreación, en contra de toda la tradición de la Iglesia católica, desde la Escritura (Gn 1,28), hasta nuestros días.

g) La equiparación ética, y a veces jurídica, de todas las formas de emparejamiento. Así, se propagan no solamente las uniones sucesivas, las uniones de hecho, sin contrato matrimonial formal, y también las uniones de personas del mismo sexo. Las uniones sucesivas niegan de hecho la indisolubilidad. Las convivencias temporales o a prueba desconocen la indisolubilidad. Las uniones de personas del mismo sexo no reconocen el significado antropológico de la diferencia de sexos (Gn 1,27; 2,22-24), inherente a la comprensión natural del matrimonio, según la fe católica.

Aunque el documento se plantea propiamente la cuestión de la necesidad de la fe para recibir válidamente matrimonio como sacramento, deja constancia, para mostrar la profundidad del problema, de sus raíces antropológicas. Es decir, hemos cambiado de “antropología de referencia” para explicarnos las cosas más inmediatas y elementales, como lo es el matrimonio, pero, derivadamente, lo que significa familia, persona y, necesariamente, sociedad. El texto sirve entonces como atestación del cambio cultural que estamos viviendo, del cambio de paradigma, de lo que sucede cuando se abandona un relato de referencia para adoptar otro discordante y crítico respecto del anterior.

La actitud de repudio a lo precedente es lógica, nuevamente nos sirve el símil del matrimonio: es como preguntarle a una persona casada por segunda vez sobre cómo fue su primer matrimonio; normalmente tenderá a exaltar las deficiencias del primero, para enaltecer al segundo, pero ¡cuidado!, no nos vaya a salir como Enrique VIII o Liz Taylor, que terminaron cambiando de matrimonio como si se tratara de calcetines. Si comenzamos a experimentar con modelos antropológicos, cuando lo único que tenemos claro es que no queremos el anterior, el resultado puede ser desastroso, pues no es banal cambiar de paradigma de persona, familia y sociedad con ligereza y rapidez.

Por ejemplo, si se cambia la noción de persona, se adopta una antropología de referencia diferente. Tal modificación afecta profundamente la idea de los derechos humanos que tenemos, modifica lo que es socialmente aceptable y lo que no lo es. Para ejemplificarlo gráficamente, resulta socialmente aceptable practicarse un aborto, pero no resulta aceptable no recoger las heces de tu mascota por la calle. Es perfectamente moral, según este esquema, quien aborta a su propio hijo, pero recoge los excrementos de su perro en la vía pública. Resulta incluso algo maleable, pues probablemente, dentro de poco, resulte reprobable éticamente no ser vegano u oponerse a la eutanasia, por haberse modificado en su raíz lo que se entiende por derecho y moralidad.

El presente cambio de relato no supone solamente abandonar una noción de persona humana y sustituirla por otra. Es, en realidad, más profundo, pues implica el abandono del paradigma de la verdad, es decir, de considerar la verdad como uno de los bienes fundamentales de la sociedad, la vida y el mundo. Se cambia el paradigma de la verdad por otro antagónico, de la libertad sin responsabilidad y de los derechos sin obligaciones. No es solamente que ya no se entienda ahora a la verdad como valor supremo y que se sustituya por la libertad, finalmente otro bien fundamental, sino que actualmente se recela y se sospecha de la verdad, se la considera enemiga de la democracia, del pluralismo y de la tolerancia. Encierra en sí misma cripto-violencia, cerrazón e intolerancia. Ya no se puede disentir, ya no se puede corregir, ya no se puede aconsejar, pues todo ello supone la orgullosa posición de considerar que uno está en posesión de la verdad, mientras que los demás adolecen del error. Sería una postura orgullosa y poco cívica.

Obviamente, la postura de rechazar a la verdad y ensalzar la libertad y la diversidad es revisable. No resiste los mismos argumentos que se emplean para defender el principio de no-contradicción. Es decir, “es verdad que no hay verdad”. No se puede vivir ni pensar sin la aspiración a la verdad, supuesto de cualquier diálogo coherente. Pero resulta una sutil forma tendenciosa de manipular e imponer por decreto y sin el debate algún tipo de ideología subrepticia, en este caso, perfectamente identificable con los dogmas de lo políticamente correcto. Terminas siendo libre solamente de pensar como todos deben pensar. La disidencia es castigada con el linchamiento mediático o con la ley del hielo: nadie está dispuesto a escucharte ni a transmitir tu mensaje. Tu libertad queda reducida al estrecho espacio de tu interioridad, al mejor estilo de las dictaduras fascistas, nazistas o comunistas, sin nada del aparato de represión política. Se trata de una represión limpia.

Modificada profundamente la noción de “familia” y exaltado el individualismo, las personas deambulan excesivamente solas en la sociedad. El individuo ya no tiene intermediarios críticos frente al Estado o, más precisamente, frente a lo “políticamente correcto”. Toda la estructura de medios de comunicación y redes sociales ejercen un fuerte control sobre aquello que puede o no decirse. La dictadura de lo políticamente correcto termina por restringir drásticamente las libertades de expresión y religiosa. El individuo está solo, ya no tiene un hogar, es más controlable, si no por el Estado, sí por el algoritmo de la inteligencia artificial y el political correctness. Las formas de control superan ahora las fronteras de los países, sirviéndose de los medios tecnológicos de comunicación. Puedes ser despedido de tu trabajo por una publicación en Twitter o Facebook. O pueden borrarte de Twitter y Facebook si tus opiniones son excesivamente discordantes con el canon socialmente aceptado.

En efecto, los medios de comunicación, las redes sociales, los algoritmos propios de la Inteligencia Artificial, los monopolios tecnológicos pueden ejercer un fuerte influjo sobre los individuos, una especie de exhaustivo y extenuante marcaje personal, del cual resulta poco menos que imposible evadirse, dado que los necesitamos prácticamente para todo. De esta forma, ya no es el Estado quien te controla; de hecho, el sistema de control es supranacional.

Las temáticas abordadas en estas páginas atraen el interés de la opinión pública y de los jóvenes, porque representan manifestaciones de la crisis del cambio de paradigma. Son los puntos conflictivos, donde se evidencia la ruptura entre un modelo de hombre, familia, sociedad y cultura, que es sustituido por otro. Sencillamente, en estos temas aflora la factura dolorosa que deja el cambio de relato encargado de dotar de significado a la vida y el mundo. No se configura como algo inocuo, sino como una dolorosa metamorfosis. De alguna forma, la polémica pone en evidencia lo doloroso que suele ser tomar conciencia de abandonar una forma de vida y de ver al mundo, para ser sustituida por otra, y el proceso crítico que aquello comporta. Por eso, estos temas no suelen dejar indiferente al auditorio, pues de fondo se pregunta, más o menos conscientemente, si el nuevo modelo es realmente mejor que el anterior, y hasta dónde nos llevará todo este cambio.

¿Qué tan honda es la factura? ¿Son definitivamente irreconciliables los modelos? ¿Las narrativas son necesariamente antagónicas o cabe alguna mediación? En las páginas siguientes se exploran algunas líneas de sutura, se intenta proponer algunos puentes de diálogo entre las diversas versiones de la vida. No resulta sencillo, pero puede tomarse como punto de partida el valor de verdad que suele tener cualquier postura. Todo error, si busca convencer de alguna forma, tiene que adoptar la apariencia de verdad. Es decir, el cambio de paradigma obedece a algunos motivos más o menos serios, a diversas intuiciones, tiene detonantes. ¿Tienen algún valor de verdad? Parece ser que sí, si no, no serían capaces de convencer y cautivar.

Es decir, el presente texto busca, conscientemente, generar una empatía, intentar comprender las razones de quien no comparte nuestro punto de vista, ver si es posible encontrar un punto intermedio, un punto de unión, una causa común, un reclamo conjunto. ¿Por qué? Porque en la dimensión humana no solemos funcionar con un sistema binario: verdadero/falso, bueno/malo, correcto/erróneo; por el contrario, hay matices y un amplio margen de indeterminación. Es posible que quien no piensa como yo haya descubierto algún aspecto de verdad que yo desconozca y que felizmente podamos compartir y resultar finalmente enriquecidos ambos. En un debate no necesariamente hay vencedor y vencido, pues ambos contendientes pueden estar en búsqueda del único galardón común y compartirlo, la verdad.

Para tender puentes resulta de gran utilidad tener una sana autocrítica y una actitud abierta a comprender las razones diferentes de quien piensa distinto. Las líneas que siguen a continuación se proponen hacer ese esfuerzo. ¿Utopía? ¿Irenismo? ¿Sincretismo? ¿Ingenuidad? Lo podrá juzgar el amable lector al final del breve libro. De todas formas, adelanto una interesante observación crítica que se me ha hecho durante el proceso de redacción final. Un agudo intelectual me ha hecho notar que es vano todo intento de tender puentes entre ambas narrativas para llegar a una visión de consenso común, donde ambas visiones salgan ganando, y se mantenga una cierta vigencia de algunas perspectivas clásicas de la cosmovisión cristiana del mundo. ¿Por qué? Porque parten de dos visiones metafísicas y antropológicas inconciliables en la práctica.

La visión cristiana parte de una metafísica de la comunión, donde día a día cobra más relevancia el accidente “relación”. El hombre es un ser relacional, que encuentra su plenitud en el encuentro con los otros y alcanza su plenitud y felicidad con el don de sí, muchas veces generoso y sacrificado. Reconoce en consecuencia un valor ético y existencial a la renuncia, al sacrificio, a la entrega. En esta perspectiva el infierno es la soledad, el cerrarse a los otros, pues se clausura así la trascendencia y por tanto el sentido. Desde esta antropología, por ejemplo, la vida de una mujer que se ha gastado formando una familia numerosa, criando a sus hijos, es plena, está colmada de sentido y significado, es feliz, no a pesar de las renuncias y sacrificios, sino precisamente por ellos.

Por contrapartida tenemos la metafísica y la antropología de la narrativa ascendente. Es marcadamente individualista y subjetiva. El valor absoluto es la realización personal, a cualquier costo, la cual se va consiguiendo a través de experiencias, a ser posible intensas. El único criterio es evitar el sufrimiento, el dolor, el sacrificio. Se trata de una libertad pura, que no se vincula a nada, no se ata, conserva siempre su plena capacidad de decisión y determinación. Desde esta perspectiva sólo se admite el máximo placer, la máxima utilidad, la vivencia personal. Aquí no encuentra cabida la vida cargada de sacrificio que supone sacar adelante una familia, las renuncias que comporta, ni el vínculo que crea, porque finalmente resulta opresivo, odioso, impone obligaciones, crea lazos, limita la libertad. Se trata de un individualismo radical y de una libertad incondicionada; nada puede limitarla, ni nuestras propias palabras o decisiones anteriores, siempre está abierta a cambios. El sujeto no se concibe como relacional, la relación es un límite que se puede tornar opresivo, sino como un sujeto libre, una pura individualidad.

Como el punto de partida está en la raíz, finalmente serían visiones inconciliables. ¿Es posible tender un puente? ¿Se trata de una quimera? El lector lo juzgará. Considero valida la observación, no sé si la comparto plenamente, sin matices. De la perspectiva que se adopte se desprende el papel que se va a jugar frente a la narrativa imperante. ¿Es de radical rechazo?, ¿de denuncia persistente? ¿No se puede hacer nada en conjunto, no hay puntos en común? Nuestro papel en la sociedad sería entonces exclusivamente de crítica, denuncia y rechazo. Nos configuramos entonces como una resistencia cultural, impermeable, que progresivamente se convierte en un ghetto irrelevante, cada vez más estrecho. ¿Se configura acaso como una resistencia política, que sólo busca patear el tablero, porque en las condiciones actuales resulta imposible el diálogo?

En cambio, si se adopta la postura del diálogo, el desafío está en entender hasta dónde puedo llegar, sin perder mi identidad, y si finalmente ello resultará valioso para la sociedad, pues permitirá rescatar algunos elementos de la tradición precedente, así como crear una fecunda sinergia en otros ámbitos sociales. Al mismo tiempo, supone el aprendizaje de vivir en un mundo distinto respecto del que hasta ahora hemos tenido, con unas reglas que no dependen de uno, y muchas veces uno no comparte. Parece no quedar otra opción que aprender a manejarse con esas reglas nuevas o caer en el ámbito de lo aislado e irrelevante.

Corresponde al paciente lector hacer su elección de alternativa teórica y práctica. Lo que parece no depender de nosotros es el cambio de narrativa, lo que sí depende es nuestra posición y actitud frente a la nueva historia que da sentido a las distintas historias.

Ahora bien, el dolor y la crisis que suscita el cambio de modelo, pueden hacernos reflexionar sobre su carácter necesario. ¿Es la historia un proceso inexorable o se puede revisar y reconducir? El presente texto intenta formular una reflexión crítica acerca del ambiente que estamos viviendo, con el deseo de mitigar sus efectos nocivos, al descubrir sus legítimos reclamos, cribándolos de elementos menos idóneos, para configurar así el mundo en el que queremos vivir.

Se parte del presupuesto de que no se trata de un proceso necesario e inevitable, quedando todavía la capacidad en los individuos para reconducirlo, de la razón para criticarlo y de la libertad del sujeto para dirigirlo. No estamos inermes frente a un proceso impersonal y necesario. Podemos limitar los elementos nocivos del cambio de paradigma y rescatar aún los elementos positivos, útiles para la convivencia y para la vida, del esquema anterior, sin necesidad de ser calificados de reaccionarios o revisionistas, sino más bien, de humanistas.

Se busca discernir cuáles son los “signos de los tiempos”, los reclamos legítimos del cambio de paradigma, para asimilarlos desde una perspectiva cristiana y humanista de fondo. En este proceso, es fundamental el diálogo, la empatía, intentar comprender los motivos del cambio de perspectiva, para mostrar cómo la visión cristiana de la realidad puede ofrecer todavía respuestas reales. Es fundamental mantener abiertas las puertas del diálogo, no dar por zanjada la discusión, porque de esa forma la gente puede comparar y decidir cuáles elementos siguen siendo valiosos.

La vida misma nos muestra que es mejor la alternativa de la comunión, la relación, el don de sí, aunque incluya el ingrediente del sacrificio. El individualismo a ultranza no da más de sí y produce una sociedad desencantada y triste, cuyos macabros frutos maduros son la caída de la natalidad y la eutanasia, ambas realidades que manifiestan el hastío de vivir. Es preciso evidenciarlo, para que por ella misma la sociedad vaya, poco a poco, progresivamente, rectificando, sanando. Es verdad que siempre queda la duda, ¿cuál será el costo del error?, ¿estamos todavía a tiempo de rectificar? O si acaso el mal ya es irreparable. No nos queda sino confiar en la conciencia del hombre y en su capacidad de verdad, sin olvidar que “la verdad no se impone de otra manera, sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra suave y fuertemente en las almas” (Concilio Vaticano II, Dignitatis humanae, n. 1).

La intuición cristiana es que sólo Cristo “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 22). Es decir, el hombre de cualquier época, independientemente del paradigma o la narrativa vigente, encuentra en Cristo las respuestas más profundas para su existencia. Sólo Él comprende lo que hay en el fondo del corazón humano. En ese sentido, el paradigma puede cambiar, pero sea cual fuere, Cristo siempre podrá ofrecer una respuesta relevante al hombre concreto, en sus circunstancias históricas.

Por ello es de suma importancia mantener abiertas las puertas del diálogo e intentar una fusión de paradigmas, donde los nuevos problemas y las nuevas visiones del mundo puedan encontrar una respuesta oportuna en las verdades del evangelio. Ahora bien, cada persona debe descubrir si la luz del evangelio arroja luces a su vida; el presente texto intenta reflexionar sobre los problemas acuciantes de la realidad contemporánea desde una racionalidad cristiana. Jesús es el “Verbo”, el “Logos”, la “Razón”, y por ello, el camino del cristianismo es el de la racionalidad humana que se adecua a los reclamos de cada momento histórico. Aspira a ser, en consecuencia, un espacio de diálogo y un intento de tender puentes entre dos narrativas antagónicas en busca de una común verdad.

I

Familia

La familia es una de las instituciones más golpeadas en el mundo contemporáneo. Al mismo tiempo, paradójica y trágicamente, es de las más relevantes para que el individuo sea feliz y la sociedad funcione. Sin temor a exagerar, podemos decir que una familia enferma produce sociedades enfermas y es muestra de que las personas están enfermas.

En efecto, no es por ser pesimistas, pero las personas están enfermas de individualismo, lo que las hace estar heridas. De esta forma, se incapacitan para formar una familia, misterio de comunión, modelo de la relación. El resultado es una sociedad compuesta por individuos aislados, cual puntos autónomos, pendientes de su libertad, pero ineficaces para crear lazos estables y relevantes, de forma que van a la deriva en su soledad, incapaces de crear la necesaria comunión comunitaria. “El malestar en el Estado del bienestar y una epidemia de tristeza” es el resultado de tan hondas heridas.

Por eso, es fundamental ofrecer un análisis y una reflexión sobre la familia, pues nos va en ella el futuro de la sociedad y la felicidad de sus integrantes. Para eso es preciso señalar las causas de la crisis y resaltar el atractivo de una familia sólida, estable, bien constituida, tanto para los individuos como para las colectividades. No sobra, en este empeño, evidenciar también la componente de fe que puede animar a los hogares, o ayudarles a resolver sus crisis. Las siguientes líneas están encaminadas en esa dirección.

La oración de las familias

Poco se ha escrito acerca de la fuerza de la oración en familia. Mucho se habla, en cambio, de la batalla de la familia; es decir, del empeño decidido por defender la auténtica identidad de la institución familiar, aquella que ha mostrado su eficacia, biológicamente para la supervivencia de la especie, antropológica y psicológicamente para brindarle un hogar al ser humano, de forma que pueda desarrollarse plenamente y tenga menos obstáculos para alcanzar su felicidad. Dicha batalla es improrrogable y cada día más urgente, pues una estudiada campaña mundial difunde, continua y masivamente, una inmensa cantidad de mentiras al respecto, suficientemente bien urdidas, de forma que tienen apariencia de verdad. Es fácil dejarse engañar y ser víctima de la manipulación; no es sencillo descubrir, entre la abrumadora cantidad de datos equívocos, dónde está el engaño y dónde la verdad sobre el amor y la familia.

Pero, junto a esa necesidad que tiene la familia por defender su identidad y promoverla, es preciso difundir “El Evangelio de la Familia: Alegría para el Mundo”, lema del Encuentro Mundial de las Familias, celebrado en Dublín, Irlanda. Es decir, además de señalar los errores, de hacer oír nuestra voz sobre lo que no estamos de acuerdo, es preciso también ser propositivos. No basta quedarse en una crítica negativa, en general, no es bueno ser “anti-nada”. No podemos olvidar que tenemos una identidad precisa, que ofrecemos un producto probado y atractivo, que la verdad en el fondo es anhelada por todo corazón humano, y si bien a veces resulta ardua, dolorosa o difícil, siempre es bella y libera. Por ello, no podemos quedarnos en señalar los errores contemporáneos que amenazan con diluir la identidad de la institución familiar, es preciso también cantar la belleza de la familia y difundir, en forma atractiva, su verdad.

Esta última idea es fundamental: “decir la verdad, con caridad”, resaltar la belleza y el atractivo de la verdad, pues también puede hacerse de ella una herramienta arrojadiza para zaherir a quien no comparte la propia perspectiva. Sería una forma de traicionar la verdad sirviéndonos de ella misma; una sutil forma de prostituirla, haciéndola instrumento de violencia, división, o detentándola con orgullo y suficiencia, menospreciando a quienes la desconocen. Por eso la batalla de la familia se complementa con la evangelización sobre ella misma. Una estudiada forma de predicar el evangelio de la familia, el evangelio del amor, de forma atractiva, amable, de hacer que la belleza del ideal cristiano luzca por sí misma. Para ello ideó san Juan Pablo II los encuentros mundiales de la familia, para eso fue Francisco a Irlanda, a presidir su versión 2018.

Pero junto a la belleza del ideal familiar cristiano, ideal a la par realista, arduo y atractivo, a veces se soslaya la fuerza de la oración familiar. Si siempre ha sido “poderosa” la oración de las madres (de la Virgen Santísima a santa Mónica –el encuentro concluyó en la víspera de su fiesta– tenemos abundantes ejemplos), lo es más la oración de toda la familia unida. ¿Cómo será la fuerza de la oración de centenares de miles de familias reunidas en torno al Papa, para pedir por el santuario de la vida, que es la familia?, ¿cómo será la fuerza de esa oración para preservar la identidad de esa institución, absolutamente imprescindible para que el hombre pueda alcanzar su felicidad en esta vida y también en la otra?

Por ello, el Encuentro Mundial de las Familias, que tuvo lugar en Dublín del 21 al 26 de agosto, culminó con la santa Misa precedida por el Papa. La eucaristía sirvió para recordarnos: está muy bien todo lo que hacen por la familia, toda su lucha para preservar su identidad, todos sus esfuerzos cotidianos para vivir conforme a un ideal tan elevado, bello y atractivo; pero no olviden que lo principal no es lo que el hombre hace, sino lo que hace Dios. Por eso, para que el hombre de hoy redescubra la belleza de la familia, es fundamental difundir el evangelio de la familia, más importante vivirlo, pero lo esencial y definitivo es, y lo será siempre, rezarlo, la oración. Una oración que se enriquece exponencialmente si se realiza en familia, y cuyo efecto multiplicador y esperanzador es grandioso, si a los centenares de miles de familias, que en torno al Papa claman a Dios por defenderla, nos unimos, alrededor del mundo, todos aquellos que valoramos y aspiramos a preservar la belleza y el valor de tan maravillosa institución; mejor aún si lo hacemos en familia.

La maternidad en la encrucijada

Es lugar común considerar el Día de la Madre como una “pequeña Navidad”, por la impresionante actividad comercial que genera. En efecto, pienso que a todos nos da alegría poder celebrar a nuestra madre y, en general, si hay algo sagrado para nuestra cultura es la madre, de forma, por ejemplo, que nadie tolera, justamente, que le falten al respeto. La expresión comercial de ese fenómeno cultural cristaliza en la efervescencia consumista característica de estos días.

Sin embargo, la cultura contemporánea mantiene una actitud ambivalente, cuando no ambigua frente a la maternidad. Se da, en efecto, una paradoja: lo más valioso para alguien suele ser su madre, pero cada vez menos mujeres quieren ser mamás. O, formulado diversamente, siendo la maternidad en principio lo más grande, lo más reconocido, lo más querido (por lo menos cuando se acerca el Día de la Madre), para muchas mujeres viene a ser también, en ocasiones, “lo más temido”, un obstáculo para su “realización”.

La cultura hodierna ofrece dos mensajes discordantes sobre la maternidad: como algo invaluable, que debe aprovecharse en clave consumista, y como una limitación en el proyecto personal de una mujer, un límite a su “realización”. Esto último está lejos de ser una impresión subjetiva, sino que se materializa incluso en los usos del lenguaje. En efecto, actualmente cuando a una mujer le preguntan “¿te cuidas?”, “¿te estás cuidando?”, no se refieren a los ladrones, los violadores, los estafadores… La pregunta se refiere a los hijos. En realidad, es la expresión abreviada y eufemística de “¿te estás cuidando para no tener hijos y no ser madre?”.

Ese “cuidarse” de la maternidad y de los hijos va mucho más allá de un uso lingüístico generalizado, pues se convierte muchas veces en una presión social, familiar, profesional e incluso médica. La esquizofrenia social resulta patente: la madre es lo más sagrado y, a la vez, lo más temido, evitado, minusvalorado. Existen de hecho “estándares de maternidad” o, por llamarlo de algún modo, “criterios políticamente correctos de lo que debe ser la maternidad”. Entre estos criterios se pueden mencionar: no ser madre demasiado pronto, es decir, mejor en la década de los treinta. No ser demasiado fecunda, pues se ve mal tener más de dos hijos. Uno, o dos como máximo, mejor si es “la parejita”, y párale de contar, pues tener más puede ser calificado de “irresponsabilidad” (¡somos tantos en el mundo!, ¡hay tan poca agua!, ¡depredamos las otras especies!), olvidando que con tan estrechos estándares no garantizamos ni siquiera el relevo generacional que es de 2.1 hijos por pareja (suena horrible esta expresión, pero, en fin, es la que está en boga). Lo “políticamente correcto” en este tema nos conduce lenta, pero inexorablemente, a la extinción como especie.

Antes era normal celebrar un nuevo embarazo. Ahora puede dar lugar a burlas, comentarios irónicos o sarcásticos en el entorno familiar o social. Algunas empresas preguntan durante las entrevistas de trabajo a las mujeres si tienen pensado embarazarse, para descartarlas como candidatas al puesto si la respuesta es afirmativa; es decir, se da de hecho una auténtica discriminación laboral para la mujer que aspire a ser mamá. Los médicos no se quedan atrás, pues si la mujer ya cumplió con la “meta ideal” de los dos hijos, le preguntan insistentemente, muchas veces durante los trabajos del parto –es decir, en un momento claramente inoportuno, de gran vulnerabilidad y angustia– si no quieren aprovechar para ligarse, aun cuando antes hayan dicho expresamente que no, y la misma escena se repite cada nuevo parto. La presión médica a la maternidad suele servirse muchas veces de un terror provocado: se fomentan las cesáreas (más cómodas, mejor remuneradas), y después se amenaza con peligro de muerte a las mujeres si se vuelven a embarazar. Es como para tenerle terror a la maternidad, pues nadie quiere dejar una estela de huérfanos.

Por ello, al celebrar el Día de la Madre, más allá de la consabida invitación a comer y el regalo caro, quizá compense “recuperar culturalmente” el invaluable valor de ser madre y volver a proponerlo como “la más alta realización de la mujer” y el “mejor servicio a la sociedad”. Y lo ideal, obviamente, es que enarbolara dicha empresa a la par magnánima y contracultural, el auténtico feminismo, el feminismo verdadero que se interesa por la mujer y valora a la mamá.

Recuperar al padre

El eclipse del padre ha producido el eclipse de Dios en la sociedad. El resultado es un sentimiento de orfandad manifestado en la falta de referencias firmes, lo que vivencialmente se experimenta como un ir a la deriva. Cuando muchos individuos viven así, a la deriva, la sociedad entera se encuentra sin rumbo, presa del primer hábil que logre imponer su ley, su visión de la realidad.

No es una metáfora, es la conclusión a la que ha llegado el psicólogo Paul C. Vitz en su estudio: “La fe de los que no tienen padre. Psicología del ateísmo”, donde señala que un elemento común entre los grandes promotores del ateísmo de los siglos xix y xx, es una relación conflictiva o carencia de relación con su padre. La ausencia de la figura paterna o, peor aún, su encarnación perversa, conducen a dudar de Dios. Esa ausencia de lo sobrenatural nos deja sin criterios claros para orientar nuestra existencia en particular y la sociedad en general. La espiral del permisivismo se desenfrena, propicia el fracaso existencial de muchas personas, y el naufragio moral de sociedades enteras.

Por ello, a pesar de ir contracorriente, a pesar de ser “políticamente incorrecto”, a pesar de que finalmente sea sólo una excusa comercial para aumentar las ventas en junio, es muy conveniente revalorizar el papel del padre. Incluso para la fe cristiana, pues estamos acostumbrados a tratar a Dios como Padre, y ello no por capricho sino por revelación divina; sin embargo, al oscurecerse la figura paterna, uno no sabe finalmente qué significa eso. No comprendo a Dios porque no entiendo el papel y la función del padre en la vida. Y, a la inversa, nadie nace sabiendo ser padre. Es un arte que debe aprenderse y del que nunca se puede llegar a la cima, pues el modelo es Dios mismo. Para ser un buen padre, resulta muy conveniente tratar a Dios, hacer oración, pues ello ayuda a descubrir la envergadura de la misión recibida y la confianza depositada por Dios para hacer amable y accesible la figura divina.

Paternidad quiere decir origen, origen significa identidad. Saber quién soy y de dónde vengo es imprescindible para tener puntos de referencia estables y decidir, con conocimiento de causa, hacia dónde quiero ir, qué es lo mejor y más conveniente para mí. Carecer de esa referencia deja a las personas sin ese respaldo, ese suelo firme que les permite proyectar la propia existencia.

Pero, ¿cuál es la causa de la crisis de la paternidad? En realidad, es muy profunda, más de lo que podría apreciarse superficialmente. No es sólo resultado de la crisis de autoridad, por ver a la figura paterna como represiva e inhibidora de las propias potencialidades, llegando en casos patológicos a suplantar la personalidad del hijo por imponerle los propios valores y el propio ideal de vida. Ese paternalismo patológico conduciría a que los hijos no vivan sus vidas auténticas, sino que opresivamente cumplan un guion ajeno fijado por sus padres. Pueden darse abusos en este sentido, de hecho, se han dado, pero hacerlo regla general e incluso necesaria en el ejercicio de la paternidad es una falacia, un gran engaño.

Perdida la autoridad, se pierde la referencia y la orientación. La crisis de autoridad refleja la crisis de la verdad. No se acepta la verdad, pues se percibe como imposición; no tolero algo previo a mí que pretenda condicionar en modo alguno mis decisiones; no me agrada la realidad, prefiero mi capricho. La figura paterna es imagen de esa realidad que me precede y no depende de mis deseos; si quiero darle prevalencia a estos últimos, debo prescindir del padre, de la autoridad, de la verdad que condiciona mi libertad. Si hay verdad, mi libertad no es absoluta; la autoridad se percibe como límite de mi libertad. El error de esta visión es contraponer verdad con libertad, pues “la verdad nos hace libres” como reza el evangelio. Somos libres, pero nuestra libertad está situada, no es absoluta, aunque nos pese. La autoridad no necesariamente es represiva –puede llegar a serlo–, encauza muchas veces nuestra libertad para que no se malogre víctima del propio capricho. El padre es necesario para que sepamos armonizar ambos valores: libertad y verdad, y la autoridad unida al cariño imprescindible para hacernos amable, atractiva y asequible la virtud, como ejercicio pleno de nuestra libertad. Allí estriba el arte de ser padre.

Dinkys

No kids double income es el leitmotiv de un grupo creciente de profesionales jóvenes y no tan jóvenes que han renunciado a procrear para poderse dedicar más intensamente a su labor profesional y a su relación amorosa. Amor, trabajo y éxito, en definitiva, no serían compaginables con las onerosas tareas propias de la crianza. La difusión de este modelo social pone en evidencia un inquietante cambio de paradigma, cuyas consecuencias económicas, políticas, sociales, psicológicas y antropológicas apenas alcanzamos a entrever.

Obviamente, sin inmiscuirse abusivamente en la vida de los demás, como sociedad podemos reflexionar sobre la dirección que estamos tomando y adelantar algunas observaciones críticas en orden a mejorarla o, por lo menos, prever las consecuencias de las nuevas formas de organización.

Además, si uno es existencialista, como Sartre, sabe que sus propias decisiones no sólo lo deciden a uno mismo y su libertad, sino que en cierta forma elegimos a la humanidad entera, pues al elegirnos, señalamos aquello que consideramos mejor, valioso, excelente, rechazando en cambio lo que nos parece sin valor. Al elegirme, elijo a la humanidad entera y ofrezco un modelo y una escala de valores determinada. Si uno es cristiano sabe que no puede vivir de espaldas a la sociedad y a las grandes cuestiones de la humanidad. Nada ni nadie me debería resultar indiferente, deben encontrar acogida en mi corazón y en mi vida todas las legítimas inquietudes que anidan en el corazón humano, de forma que el corazón cristiano tome la forma del de Cristo. Es decir, sea un ateo existencialista o un cristiano coherente, debo interesarme por el rumbo que toma mi sociedad y ofrecer responsablemente mi libre contribución ciudadana al debate social.

Una primera observación al proyecto Dinky es que descansa en un error, tiene un punto de partida cuestionable. Antropológicamente es falso su presupuesto. ¿El fin de la vida es el éxito profesional? ¿Son los hijos enemigos del amor de la pareja? ¿La felicidad es algo exclusivamente personal, es decir, los otros son sólo o peldaños o estorbos? Interesantes estudios antropológicos, como la investigación de campo realizada por la Universidad de Harvard por más de 75 años, sobre una base de 724 hombres acerca de su vida y su felicidad, han mostrado cómo no es el éxito ni el dinero lo que hace felices a las personas, sino el tener relaciones estables de calidad. Entre más amplio sea mi entorno de personas relevantes, es decir, familia y amigos cercanos, más probabilidades tengo de tener una ancianidad feliz y, a la inversa, entre más solo me encuentro y con menos vínculos sociales, más proclive soy a la desdicha. El proyecto Dinky parece haber cedido acríticamente a un modelo individualista y consumista de felicidad, políticamente correcto, pero con graves inconsistencias.

El eslabón más débil dentro del proyecto Dinky es la mujer. El hombre puede replantearse su voluntaria esterilidad mucho más tiempo que la mujer. Si una mujer a los 40 años decide cambiar de paradigma, ya llegó tarde, o tendrá que recurrir a cuestionables prácticas, como a la congelación de óvulos o a vientres de alquiler. Al elegir este proyecto, en un momento de embriaguez, energía y vida, propias de la juventud, olvida los aciagos años en los que no tendrá tanta energía y padecerá en cambio una inmensa soledad.

Para la sociedad es también un problema esta elección, si se va difundiendo masivamente, pues no garantiza el relevo poblacional y crea situaciones injustas, porque finalmente serán los hijos de quienes no asumieron el modelo Dinky quienes carguen con el peso de los dinkys en su vejez.

La solución no es sencilla. Ha habido tantos años de propaganda en contra de la maternidad (Ahora los Ministerios de la Mujer eliminan el Día de la Madre, ¿a cuál mujer representarán?), que no resulta sencillo invertir la tendencia. Culturalmente nos hemos encargado de transmitir un mensaje claro: “los hijos son una carga”. Por ello, resulta indispensable volver a proponer la maternidad como una forma de auténtica realización femenina y un invaluable servicio para la sociedad. No hace mucho Carlos Slim sugería retribuir económicamente a las amas de casa. Es urgente dotar a la maternidad y a la familia de más apoyos económicos, políticos y culturales.

Ancianos y millennials

Todos nosotros hemos tenido abuelos y es probable que convivamos con personas ancianas. ¿Qué papel despliegan en nuestras vidas?, ¿qué valor otorgamos a sus vidas?, ¿qué riqueza y oportunidad esconde su existencia? El Papa Francisco se ha tomado muy a pecho rescatar la figura del anciano, del abuelo, defendiéndola de lo que expresivamente llama “cultura del descarte”. Y es que, efectivamente, pareciera que en la cultura contemporánea no hay lugar para ellos, más incluso, es como si estorbaran e hiciera falta alguien con el valor y la audacia suficientes para reclamar su eliminación. Si bien todavía no llegamos a tanto, con frecuencia podemos excluirlos o, simplemente, darles la espalda. ¿Es lo correcto? ¿No estoy cometiendo una tremenda injusticia y dejando pasar una maravillosa oportunidad si lo hago?

La presente reflexión surge del contacto directo con los ancianos. He tenido la fortuna de vivir, puerta a puerta durante varios años, con uno de noventa años. Me ha tocado acompañar a varios en la recta final de su vida, y acabo de disfrutar de la maravillosa compañía de uno, que estos días cumple 94 primaveras. Reflexionando un poco sobre estos hechos, he caído en la cuenta de lo muchísimo que me han aportado, de lo que he apren-

dido, de lo que me han humanizado. Ellos casi no se daban cuenta, al contrario, solían estar agradecidos por algún sencillo servicio material que les prestaba, sin darse cuenta del inmenso servicio espiritual que me aportaban, muchas veces reviviendo, literalmente, a mi alma que parecía muerta. Las pocas cosas en las que podía serles de utilidad colmaban de contenido la trama de unos días vacíos.

Ahora bien, la aportación invaluable que daban a mi vida, muy bien puede ser una enseñanza válida y perenne para la sociedad. Lo que individualmente me beneficia, puede también ser una valiosa aportación sobre el sentido de la vida y el reconocimiento de lo auténticamente humano, en una sociedad desbocada que ha perdido su brújula moral al caminar alegremente por la vía del nihilismo. La sociedad competitiva a ultranza, de la eficacia, de la apariencia, del culto al vigor físico y a la belleza superficial, del individualismo salvaje, nada tiene que decirle ni aportar a un anciano. Lo rechaza como a un cuerpo extraño, lo ignora, lo esconde en la nebulosa de lo que aparentemente no existe. Quizá se deba a que su sola presencia desmiente los postulados básicos sobre los que se edifica, muestra lo falaz de sus fines, pone en evidencia que, en realidad, se trata de una inhumana cultura construida por humanos.

El sentido de la vida, el valor inconmensurable de la misma, el descubrimiento de lo auténticamente humano son algunas de las cosas que, como por ósmosis, transmite el contacto cercano y habitual con un anciano. No es únicamente la extraordinaria ayuda que supone su sola presencia, como memoria viva, para saber quiénes somos, de dónde venimos, para así proyectarnos, de modo realista y con los pies en el suelo, a un futuro esperanzador. No es sólo el valor de su experiencia, que nos ayuda a no cometer los mismos errores o aprender de las oportunidades, confrontando nuestras proyecciones ideales con la agreste realidad. Es también, su ritmo vital, su forma de vida, su sola presencia la que nos impulsa a meditar, a cuestionarnos, a valorar…

Recientemente he tenido la fortuna de convivir estrechamente con el feliz anciano que estos días cumple 94 años. Subrayo lo de feliz, pues también es cierto que alguien puede sumirse en la amargura al llegar a la vejez y volverse un “viejo cascarrabias”. Tampoco se puede idealizar al anciano por ser anciano, pues los hay de todos los tipos, como existen personas de todo género, no siempre edificantes. Pero nada más maravilloso que un anciano feliz, alegre, optimista, pues su sola presencia grita que la vida vale la pena y es bella. Tanto este anciano de 94, como el otro de 90 con el que conviví largo tiempo, tienen esta característica fundamental: su carácter positivo, animante, el disfrutar con las historias y las vidas de los demás, sin darle importancia a las limitaciones propias. Quizá hago trampa, pues pienso que ambos no sólo son ancianos, sino también santos, y por ello transpiran alegría y deseos de vivir en medio de sus lógicas limitaciones.

Pero, volviendo al de 94, con su paso lento, sosegado; con sus limitaciones: casi no ve, casi no oye; con su empeño en participar de la vida y el esfuerzo de los demás por integrarlo y hacerlo partícipe, transmitía una sabiduría invaluable: Los ritmos de la vida, la paciencia, el valor de la espera, la felicidad en medio de la limitación. Eso nadie te lo enseña ahora, únicamente los ancianos buenos, si los sabes observar y acompañar; por eso es imprescindible redescubrir este tesoro y transmitirlo a millennials y generación Z, para que no equivoquen su camino en la vida, pues tenemos sólo una.

Heridas e ideales juveniles

Hemos sido testigos del incremento de protestas estudiantiles. Podemos estar en favor o en contra, indignarnos o secundar su causa, en cualquier caso, pienso que podemos sacar, por lo menos, dos cosas en claro: el incremento en el activismo supone necesariamente un resurgimiento de los ideales; grandes sectores de la juventud están heridos, comienzan la vida en un clima de conflicto y experimentan un enorme hueco en el corazón.

Podríamos cuestionarnos si los ideales que enarbola la juventud activista en la actualidad son correctos, podríamos sospechar que en realidad están siendo manipulados, piloteados a distancia, utilizados como tontos útiles por oscuros e inconfesados sistemas de poder político y económico. Es verdad. El tiempo lo dirá y pondrá en evidencia los sucios manejos, el teje y maneje, y quién sale beneficiado de todo este barullo. Pero, en cualquier caso, pienso que es mejor tener una juventud embriagada de ideales, aunque sean equivocados, que una masa abúlica de jóvenes, igualmente manipulados y domesticados, como dóciles consumidores, carentes de una visión crítica sobre la realidad. El ideal supone pensamiento, el pensamiento implica una actitud crítica, el activismo supone salir de la propia comodidad y descubrir que la vida tiene un sentido, que es preciso descubrirlo y que vale la pena luchar por algo.

Ahora bien, ¿cómo corregir el ideal equivocado? No hay recetas, algunos nunca saldrán de su error, otros lo abandonarán por cansancio, pero a muchos más la vida misma les dará experiencia, los despojará de su ingenuidad, los llevará a ser críticos también de su ideal y del modo de reivindicarlo. Podrán, en ese momento, corregir el rumbo, rectificar o de plano cambiar, si descubren que estaban absolutamente equivocados. Cuando enseñas a un joven a pensar y cuando éste descubre que la vida vale y se saborea si se tiene un compromiso y un ideal por el cual luchar, no puedes prever los resultados, pues entra en juego la creatividad de la libertad y lo indeterminado de la existencia.

Aunque la libertad es un riesgo, siempre es mejor que la pasividad. Se puede exagerar en el espíritu crítico, pero supone ejercitarse y pensar, y el resultado de ello es imprevisible. Ahora bien, los jóvenes que comienzan a despertar, que enarbolan ideales en la época de la post-verdad están heridos. Y no porque su vida haya sido muy difícil o hayan estado sometidos a profundas privaciones, más bien al contrario: porque han crecido solos y en un ambiente falso, ideologizado, artificialmente creado al servicio de intereses políticos, económicos y culturales soterrados. Se les ha desvinculado de su entorno natural, la familia y se les ha arrojado prematura e inmisericordemente a una sociedad de la apariencia, que los pisa y los corroe por dentro, y que aumenta ese dramático vacío interior.

¿Por qué afirmo esto? Cada vez es más frecuente encontrar jóvenes depresivos, medicados, que necesitan ir al psiquiatra o al psicólogo. Jóvenes que no pueden dormir, que sufren en soledad, que han crecido en un entorno familiar disfuncional, carentes de modelos cercanos de lo que significa ser padre, madre e incluso persona. Jóvenes que en su inmadurez han tenido que enfrentar decisiones dramáticas, y así, personas que no pueden comprar una cajetilla de cigarros en la tienda han tenido que decidir si abortan o no, o han aconsejado a sus amigos al respecto. Personas que no pueden viajar sin el permiso expreso de sus padres han tenido que decidir sobre la vida de terceros. Han contemplado el daño y los estragos que el alcohol y las drogas causan en ellos o sus amigos. Han sido inducidos prematuramente a la vida sexual sin que nadie les haya explicado su sentido, a lo más sus madres les han dado un par de condones para que tengan en su cartera. Chicas que han tenido que recurrir a la prostitución para pagar sus estudios universitarios, chicos que han sido testigos de la violencia en las calles o han enfrentado el suicidio de amigos cercanos, etcétera.

El resultado de todo ello es una juventud carente de un modelo claro de lo que significa ser persona, de lo que es la vida y la familia. Han crecido en un entorno hostil, donde sólo se busca hacer de ellos consumidores, dependientes de una multitud de productos superfluos. Les han prometido una felicidad espuria y sin sentido. Las protestas sacan a la luz algo que se cuece dentro, llevan a la superficie toda esa efervescencia interior, ese malestar del alma mal gestionado. Por ello, más allá del contenido concreto de sus reclamos, con los que podemos estar más o menos de acuerdo, quizá podamos poner atención en todo ese dolor reprimido e inconfesado, en la situación dramática y confusa en la que han comenzado a vivir, en intentar comprender lo que llevan dentro buscando crear empatía; esforzarnos por desmentir el refrán que sentencia: “árbol que crece torcido, su tronco jamás endereza”.

Género: perspectiva, ideología y educación

La Congregación para la Educación Católica, organismo de la Santa Sede que ayuda al Papa en la dirección y orientación de las universidades y colegios católicos, publicó, recientemente, el documento “Varón y Mujer los creó”, como una vía para dialogar sobre el tema del gender en la educación. Se trata del segundo documento magisterial que aborda expresamente la cuestión del género. En el año 2004 apareció la “Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la colaboración entre el hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo”. Un documento señala los límites teológicos y antropológicos de la ideología de género, el otro ofrece un discernimiento de sus elementos en orden a proporcionar una adecuada educación de la afectividad.

El texto se sitúa en la tradición del más genuino espíritu cristiano, desea “transformar positivamente los desafíos actuales en oportunidades”. En vez de descalificar en bloque, busca reconocer las aportaciones valiosas que las diferentes teorías pueden aportar, distingue con precisión los elementos que no son compatibles con la doctrina de la Iglesia o entrañan manipulación, error o engaño. Para ello se sirve del clásico esquema triple, al estilo Francisco: primero “escuchar”, después “razonar”, para finalmente “proponer”.

La sabiduría bimilenaria de la Iglesia sabe reconocer los elementos positivos y las legítimas demandas que laten en las diversas corrientes de pensamiento. En este caso, procura resaltar las aportaciones de la “perspectiva de género”. Esto supone un gran paso, ya que es el primer documento magisterial que la acepta como legítima. Distingue la “perspectiva de género”, que puede ser muy valiosa, de la perniciosa “ideología de género”. Mientras que la ideología se muestra dogmática, exclusivista e impositiva, la perspectiva se propone simplemente ahondar en las diferencias culturales que tienen su origen en el dimorfismo sexual, propio de la naturaleza humana.

¿Cuáles serían los elementos positivos de la “perspectiva de género”, compartidos por la visión católica de la persona? Fundamentalmente “luchar contra cualquier expresión injusta de discriminación”. Esto se concreta, en la tarea educativa, al enseñar a niños y jóvenes a “respetar a cada persona, de modo que nadie pueda convertirse en objeto de acoso”. La correcta “perspectiva de género” rescata los valores de la feminidad y los considera aportaciones fundamentales para la sociedad, como son la “capacidad de acogida del otro” y el “sentido y respeto por lo concreto”.

El texto también incluye un valiente examen de conciencia y reconoce las limitaciones que, en este tema, de alguna manera ha fomentado la visión religiosa a lo largo de la historia. Entre ellas están las “injustas formas de subordinación” de la mujer respecto del varón, las cuales han producido “cierto machismo disfrazado de motivación religiosa”.

A su vez tiene el valor de señalar con nitidez aquellos puntos incompatibles con la doctrina cristiana y con la recta razón y señala con claridad sus peligrosas consecuencias. El problema está no tanto en la distinción entre sexo y género, sino en su separación dialéctica, la cual supone una innecesaria contraposición entre naturaleza y cultura. El género sería más importante que el sexo, que termina por ser irrelevante. El resultado es una visión negativa del matrimonio entre un hombre y una mujer, de los vínculos y obligaciones que produce, por considerarlos herencia de una cultura patriarcal y un límite a la libertad. Ignora así que “la decadencia de la institución matrimonial está asociada a un aumento de la pobreza y de numerosos problemas sociales, los cuales afectan particularmente a las mujeres, los niños y los ancianos”.

El texto denuncia los peligros de la imposición por vía educativa de una forma de “pensamiento único”, la cual hábilmente manipula a la opinión pública: “A menudo, de hecho, el concepto genérico ‘de no discriminación’ oculta una ideología que niega la diferencia y la reciprocidad natural entre el hombre y la mujer”. Se instrumentalizan así los injustos sufrimientos de la mujer o de algunas minorías para imponer la propia agenda política. Al hacerlo, se priva a los padres de su legítimo derecho a educar la prole, y se otorga al Estado, desordenada y totalitariamente, un poder absoluto.

Para subsanar este abuso propone “reconstruir la alianza educativa entre la familia, la escuela y la sociedad” y brindar una auténtica educación de la sexualidad y la afectividad. Dicha enseñanza debe profundizar en “el significado del cuerpo” y del sexo, fomentar un sano “sentido crítico en niños y jóvenes ante la pornografía descarada y los estímulos que pueden mutilar su sexualidad”.

II

Feminismo

El protagonismo del feminismo en la sociedad contemporánea crece a pasos agigantados. La deuda histórica que tiene la sociedad con la mujer está todavía pendiente de saldar. Estamos, sin embargo, demasiado cerca de los problemas e involucrados en ellos, de forma que no resulta sencillo adquirir la perspectiva necesaria para juzgar las diversas manifestaciones de este movimiento, que involucra realidades disímbolas y heterogéneas. ¿Sucumbirá la feminidad en el altar del feminismo? ¿La única clave de interacción entre los sexos es antagónica, competitiva, dialéctica? ¿Debe la mujer imitar sistemáticamente todo lo que el hombre hace? ¿La noción de sexo será definitivamente superada por la noción del género? ¿Qué cuota de culpabilidad le compete al cristianismo en general y a la religión católica en particular en la opresión de la mujer? ¿La maternidad y el matrimonio realmente limitan y oprimen a la mujer impidiendo su desarrollo? Estas líneas intentan ofrecer un esbozo de respuesta a tan importantes cuestiones.

¿Cuál feminismo?

Hay un hecho evidente y lamentable, muy generalizado en Latinoamérica: el machismo, una de cuyas manifestaciones, tristemente frecuente, es la violencia en contra de la mujer. Por contraste, hay también otra realidad patente y esperanzadora, no sólo en Iberoamérica, sino en el mundo entero: el despertar de la mujer. Baste pensar que en un momento coincidieron Angela Merkel, canciller federal de Alemania; Theresa May, primera ministra de Gran Bretaña; Michelle Bachellet, presidenta de Chile; Janet Yellen, presidenta de la Reserva Federal de los Estados Unidos, Dilma Rousseff, presidenta de Brasil, y estuvieron cerca, Hillary Clinton en los Estados Unidos y Margarita Zavala en México. Estamos en el momento de la mujer.

La larga campaña de emancipación y equidad está dando frutos maduros de igualdad. Ahora bien, como toda realidad humana, el feminismo no es perfecto y tiene, ha tenido y seguramente tendrá adherencias extrañas que amenazan desvirtuarlo e incluso corromperlo. Cuando se extrapola o crece desmesuradamente, se vuelve monstruoso, agresivo, destructor. Puede producir, valga la metáfora, una especie de Uróboros (bestia mítica, en forma de dragón, serpiente o gusano que se devora a sí misma). Así vemos, por ejemplo, cómo el feminismo radical ha conseguido, entre otros “logros”, que los hombres puedan entrar en el baño de mujeres (y viceversa, aunque no creo que ellas tengan especial interés en hacerlo).

Estos extremos absurdos, consagrados por medio de leyes inicuas, impuestas sin ninguna especie de consenso, como manifestación de prepotencia, no son, sin embargo, extraños al feminismo. En efecto, varias corrientes feministas se caracterizan desde sus inicios por ser muy radicales. Pensemos en algunas de ellas, cuya herencia sigue viva y pujante en la actualidad. Margaret Sanger, fundadora del ippf (International Planned Parenthood Federation), la multinacional que promueve el aborto y lucra con ello, afirma que la mujer debe ser libre de “la esclavitud de la reproducción”. Para ella, “una raza libre no puede nacer de madres esclavas”; la familia oprime a la mujer, no la realiza. Nótese la “positiva” visión que tiene de la maternidad. Su pensamiento se ha prolongado a través de Shulamith Firestone que afirma taxativamente: “el objetivo final de la revolución feminista es la eliminación de la distinción de los sexos”. Por lo pronto ya eliminó la distinción de los baños en Estados Unidos. Otra gran mujer e intelectual, Hannah Arendt, prefiere mantener sus privilegios femeninos y ser objeto de la galante cortesía y atención masculina. Tristemente no ha prosperado su postura y ya nadie le cede el asiento a la mujer, nuevamente gracias al feminismo radical.

Sanger y Firestone desarrollaron su particular visión del feminismo en Estados Unidos, desde donde se ha exportado e impuesto al mundo entero. Gran Bretaña no se queda atrás con Marie Stopes, a caballo entre los siglos xix y xx, pero cuya presencia sigue viva y pujante a través de Marie Stopes International. En un curioso libro suyo Radiant Motherhood (Radiante maternidad) defiende una forma sofisticada de darwinismo social. Promueve la esterilización de los feos, deteriorados y enfermos, para desarrollar únicamente las “formas más elevadas y más hermosas de la raza humana”. Según ella, “la evolución de la humanidad dará un salto adelante cuando a nuestro alrededor sólo haya personas jóvenes bien parecidas y hermosas”. En algunos lugares ya están sacrificando, sin preguntarles, a los ancianos (Bélgica, Holanda). Si este tipo de feminismo progresa aún más, deberán ponerse a temblar los feos.

Pero la corrupción del auténtico y necesario feminismo no queda allí. Con frecuencia es utilizado con fines políticos. Se instrumentaliza el injusto sufrimiento de la mujer para alcanzar objetivos ideológicos, cotas de poder o atacar enemigos políticos. Muchas veces el feminismo se propone legalizar conductas nocivas para la mujer. Así, por ejemplo, tenemos el caso del juicio Roe vs. Wade, que abrió la puerta al aborto en Estados Unidos y de allí al mundo entero. Para conseguirlo, se instrumentalizó a Norma L. McCorvey, quien reconoció haber mentido sobre su supuesta violación. El que escribe ha escuchado muchas veces a mujeres que sufren trauma postaborto, también a muchos hombres que las han inducido a realizarlo. Curiosamente estos últimos no suelen manifestar ningún tipo de trauma. ¿A quién beneficia este feminismo?

Alguien podría objetarme: “eres bueno para la crítica, pero ¿y la Iglesia?, ¿veremos alguna vez a una “papisa”? La comparación, sin embargo, no es oportuna. Surge de aplicarle a la Iglesia esquemas sociológicos propios de la política. En realidad, el fin de la Iglesia no es el poder, sino la santidad. El más importante en ella no es el Papa, sino el santo o la santa, y dentro de este colectivo reluce en primerísimo lugar la Virgen María. Así, casi nadie recuerda quien era Papa en la época de santa Teresita, pero muchos le tienen devoción a esta última. Lo primero en la Iglesia no son entonces los cargos, sino la santidad, y muchas veces las mujeres (santa Teresa de Calcuta) nos dan muestras eximias de ella.

La mujer y el cristianismo

Es frecuente escuchar la crítica de que la religión en general y el cristianismo en particular han fomentado la sumisión de la mujer. En efecto, la revelación judeocristiana difundiría un modelo patriarcal de Dios que justificaba formas de conducta, roles sociales y familiares que oprimen al sexo femenino. Por ello, para estas personas, el paquete de la liberación femenina incluye, necesariamente, la liberación de una religión patriarcal y machista que ha hecho cristalizar estructuras sociales opresivas para la mujer, cimentándolas religiosamente, es decir, desde lo más profundo de la conciencia.

Como teoría suena bien, es sugestiva, engancha. Pero si uno vuelve la mirada a la humilde realidad, descubre que no es consistente. Es decir, es una afirmación gratuita, huera, falsa. Las causas del error suelen ser dos. Primero amnesia, es decir, poca memoria histórica, olvido. En segundo lugar, anacronismo. Juzgar a las personas del pasado con parámetros del presente, defecto bastante generalizado. Una vez conocida la historia es fácil señalar los errores, los cuales no eran evidentes a quienes la protagonizaron, con los elementos de juicio que tenían a su disposición. Es como pedirle a un niño de nueve años que resuelva ecuaciones diferenciales.

Es bueno refrescar la memoria para ver todo lo que la “religión patriarcal por excelencia” le ha aportado a la mujer. En los albores del cristianismo el mundo estaba bajo el dominio romano. En esta cultura estaba muy difundido el aborto y, principalmente, el infanticidio de niñas. Era dificilísimo tener hermanas, pues lo habitual era tolerar, como máximo, una mujer por hogar. Si nacían más, con mucha frecuencia se las dejaba morir. El cristianismo condenó esta práctica desde el principio y, cuando se implantó, acabó con ella. También condenó y en cuanto pudo acabó con la prostitución sagrada, muy frecuente entonces.

Las relaciones entre hombre y mujer no estaban basadas en la igualdad. Jesucristo fue en este aspecto revolucionario, incluso en el seno del judaísmo. Al prohibir no sólo la poligamia, sino también el divorcio y lógicamente el concubinato, le otorgaba a la mujer un estatuto de igualdad. El deber religioso le imponía al marido obligación de fidelidad, lo cual era revolucionario, en una cultura –la romana– donde, por ejemplo, era habitual tener intercambio sexual con las esclavas. En la evangelización de América sucedió otro tanto. Para recibir el bautismo, el cacique tenía que elegir, entre sus muchas mujeres, con cual se quedaba. También, curiosamente, la Inquisición defendía a la mujer al perseguir la bigamia; de hecho, ésa era la causa que más frecuentemente juzgaba tan temido tribunal. Actualmente sigue defendiendo la dignidad femenina al condenar la pornografía, la trata de blancas y los vientres de alquiler.

A Jesús le sigue un grupo de mujeres que escuchaban sus enseñanzas y le ayudaban. A ojos de sus contemporáneos, aquello resultaría escandaloso. De hecho, es una mujer la primera testigo de la resurrección (María Magdalena) y el Señor le da el encargo de avisar a los apóstoles, en una cultura donde no era aceptado el testimonio de la mujer (de hecho, no le creyeron). El cristianismo instauró la primera “seguridad social” (el imperio carecía de estas estructuras) al encargarse de las personas que estaban particularmente desprotegidas, como es el caso de las viudas, a las cuales, además, otorgó un importante papel dentro de la comunidad creyente. Esa amplia red de asistencia social continúa existiendo en la actualidad y son frecuentemente beneficiadas las mujeres, por ejemplo, en los hogares de acogida para mujeres con embarazos no deseados o las ancianas en los asilos.

Alguno puede objetar: “¡estupendo!, pero ¿cuándo veremos a una papisa, obispa, o por lo menos, sacerdotisa?” Buena objeción, pero improcedente por dos motivos. El primero consiste en aplicar a la Iglesia, realidad fundamentalmente espiritual, moldes propios de la sociedad política. El segundo es presuponer, erróneamente, el clericalismo; es decir, pensar que se es más cristiano por ser clérigo. Ambos son equivocados. El fin del catolicismo no es escalar la jerarquía, sino la santidad. De ahí el papel central, modelo de la Iglesia, que juega una mujer, María. Quizá se entienda con un ejemplo. Pocos católicos recordarán quién era Papa en la época de santa Teresita de Jesús, pocos ignorarán quién fue esta gran santa. Es decir, más importante que ser Papa, cara a la fe, es ser santo. En la Escritura, la Iglesia es descrita como mujer. María es la cumbre o modelo de la Iglesia, y ambas, María y la Iglesia, son mujeres.

Notas para un feminismo cristiano

¿Podrían resumirse en una breve síntesis los contenidos del “feminismo cristiano”? Es preciso aclarar que el adjetivo “cristiano” no es privativo ni excluyente. Podría llamarse también “feminismo de rostro auténticamente humano”, pues personas de otras religiones o sin ella pueden compartir sus principios, pero prefiero no llamarlo así porque supone descalificar de entrada otros tipos de feminismo.

¿Qué distingue entonces al feminismo cristiano? La piedra de toque bien podría ser valorar la maternidad como una forma, la más excelsa quizá, de realización femenina (no considero aquí el celibato por el reino de los cielos, pues tiene una componente sobrenatural). Es decir, muchas corrientes feministas, algunas de ellas en boga, consideran la maternidad y la familia como una forma de opresión de la mujer. Casi todas ellas son herederas de una hermenéutica izquierdista de la historia y la cultura y, por ende, de la familia y la persona.

En segundo lugar, el feminismo cristiano no ve la relación hombre-mujer como un enfrentamiento necesario. No existe tal contraposición dialéctica inevitable entre ambos sexos (prefiere usar la palabra sexo a género, por ser esta última ambigua y cargada de contenido ideológico). No niega que históricamente han existido abusos, vejaciones, sometimientos. Reconoce que hay que eliminarlos de raíz, y que todavía perviven en extensos extractos de la población sus lamentables secuelas, como pueden ser los casos de violencia contra la mujer, o sencillamente la diferencia en los sueldos y las oportunidades laborales para la mujer. Pero no siempre, ni en todos los casos, ni la mayoría de las veces la relación es de lucha, confrontación, enfrentamiento. Cabe, y se da de hecho, una auténtica relación enriquecedora entre ambos sexos.

Mujer y varón son iguales en dignidad, pero diferentes en cuanto al modo de ser. Varón y mujer constituyen dos formas de ser persona humana, distintas, complementarias. La diferencia no estriba solamente en el hecho de tener diferente aparato genital. Es mucho más profunda. Es física (morfología, musculatura, arquitectura cerebral) y, consiguientemente, espiritual: modos diversos de pensar, de sentir, de vivir los acontecimientos, de expresar los sentimientos. Es un clásico a este respecto el texto Los hombres son de marte, las mujeres de venus, de John Gray.

Por eso mismo, la diferencia no es sinónimo de discriminación o dominio, como afirman otros tipos de feminismo que desean eliminar de esa forma todo vestigio de “diferencia” y reducirla a mero constructo cultural. El feminismo, cuando cae en esta tentación, deviene ideología de género. Por el contrario, para el “feminismo cristiano”, diferencia equivale a valoración. Reconocer la auténtica aportación femenina a la familia, la sociedad y el mundo, la cual el hombre por sí mismo no puede proporcionar. Necesitan el hombre y el mundo de la contribución femenina. Daña a la identidad fémina el hecho de buscar emular o copiar a toda costa los moldes masculinos y supone tácitamente infravalorar lo propiamente femenino. Contra este error de percepción protestamos hombres (pues las necesitamos) y mujeres (que valoran su aportación personal, el toque femenino).

La diferencia entre hombre y mujer no está entonces en la cultura, sino en la propia estructura del ser humano, su modo natural de ser, mujer u hombre. Por el contrario, la cultura trabaja o se elabora sobre esta diferencia original y da lugar a formas más o menos logradas. La cultura se puede cambiar o mejorar, lo hace de hecho, y es preciso tener un olfato crítico, pues no necesariamente el cambio es para bien; puede ser, es y ha sido en ocasiones positivo, pero también, a veces, negativo. Lo que no puede cambiar, lo que no se puede cancelar, es la diferencia. Pretender hacerlo sí que es una vana construcción cultural, la cual caerá con el tiempo, por ser falsa, y por ello mismo insostenible, aunque la pregunta que está en el aire ahora es ¿a qué precio? Por ello, hoy es más necesario que nunca un auténtico feminismo cristiano; una valiosa muestra puede encontrarse en la carta “Mulieris dignitatem”, de san Juan Pablo II.

¿Machismo en la Iglesia?

Con cierta cadencia se formula un cuestionamiento incómodo para los católicos practicantes: ¿es machista la Iglesia?, ¿fomenta el machismo la fe? Parece haber abundantes pruebas de ello, comenzando por el término mismo “Dios”, que es masculino y siguiendo por los relatos de la Biblia, que parecen confirmar esta sospecha de forma irrefutable. Quizá el argumento más esgrimido para sostener esta tesis es excluir a las mujeres del sacerdocio y, por eso mismo, de los principales puestos de autoridad dentro de la institución. La Iglesia sólo podría dejar de ser machista cuando exista una “papisa” y edite una versión de la Biblia políticamente correcta, reajustando los roles de género (Diosa en vez de Dios), o utilizando el lenguaje inclusivo (x, @, e).

Ahora bien, habría que precisar más a que nos referimos con “machismo”. Si machismo implica no ser capaz de darle gusto a las feministas o, mejor dicho, al feminismo radical, la Iglesia no puede sino ser machista y no dejar de serlo. No es su función dar gusto a las modas culturales y muchas veces en la historia ha ido contracorriente, ha sido contracultural y lo seguirá siendo; de hecho, es parte de su atractivo, de su charm. Si por machismo entendemos, en cambio, menospreciar a la mujer, minusvalorarla o relegarla, habrá que responder decididamente que la Iglesia no es machista.

Para comprender mejor por qué afirmamos esto último, es preciso explicar la interacción entre tres conceptos: encarnación, historia y clericalismo. Por encarnación entendemos aquí la forma misteriosa, pero real, por la que lo humano y lo divino se entrelazan desde la perspectiva de la fe. El culmen de la encarnación es Jesucristo, perfecto Dios y perfecto hombre, pero siguen la misma lógica tanto la Iglesia como la Sagrada Escritura: tienen un elemento humano, limitado e insoslayable junto a otro elemento sobrenatural, divino.

Lo anterior supone, entre otras cosas, que tanto la revelación como la vivencia de la fe y la práctica de la religión, se dan en la historia, como no podía ser de otra forma, y siguen los cánones vigentes en la cultura de su tiempo. La fe no nos coloca en una aséptica esfera intemporal, no nos introduce directamente en la eternidad, sino que se enraíza en el tiempo prometiéndonos la eternidad. Esto quiere decir que, tanto la Biblia como los santos y las personas de fe en general, están colocados en un contexto histórico y cultural concreto. Dicho de otra forma: no es la Biblia ni la Iglesia quienes en determinado contexto pudieran ser “machistas”, es la cultura y el tiempo preciso quienes lo son. Como la revelación y las personas de fe están plenamente insertos en su tiempo vital, adolecen conjuntamente de este defecto. Ahora bien, este defecto no forma parte esencial de la revelación y atacar a la Biblia o a la Iglesia por ello es caer en un craso anacronismo, equivalente a culpar al hombre de las cavernas por no haber sido capaz de llegar a la Luna.

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24 February 2026
Volume:
273 p. 6 illustrations
ISBN:
9786079952204
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