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Descubriendo una Argentina infinita
Estamos nuevamente aquí, subidos a este curioso globo aerostático que se eleva por los cielos del país y lo mira desde las alturas para revelar sus historias escondidas. Hace algunos años, Mario Markic nos invitó a realizar un primer viaje titulado Misteriosa Argentina. Diario de viaje (El Ateneo, 2013), recorriendo extensas llanuras y lagos inmensos, altas montañas y ríos caudalosos, sierras antiguas y cavernas misteriosas. De su mano iniciamos con este libro un segundo y apasionante periplo; es que la Argentina es, de algún modo, insondable. Sus desafíos son interminables y, a pesar de suponerse que tiene una historia “corta” –muchas veces se habla solo de los últimos doscientos años−, la riqueza de sus paisajes, sus climas y sus biomas; la variedad de sus habitantes y culturas la convierte en una tierra, si se quiere, infinita. ¿Cuántos otros países comparten posesiones cerca del Polo Sur, con selvas subtropicales y punas desérticas; qué otros disponen de mares amplísimos, ríos y cataratas de los más imponentes del mundo, una pampa pródiga y casi excesiva y, trazando una frontera natural en el horizonte, la cadena montañosa más alta del continente?
La Argentina goza de eso y mucho más porque los pueblos originarios que la poblaban hace casi diez mil años, y los millones de inmigrantes del siglo xix y principios del xx, así como los más cercanos en el tiempo −negros, “indios”, mestizos, “blancos” y criollos; italianos, japoneses, rusos, españoles, polacos, ingleses, gitanos y ahora, también, chinos y coreanos, bolivianos y peruanos, senegaleses y caboverdianos−, nutren con sus “músicas” y sus “aires”, sus creencias y costumbres, puras o imbricadas, una tradición nacional que, como todo en la vida, nunca termina de conformarse, de hallar un perfil identitario. La Argentina es un país en construcción y recoger sus pasados es parte de la búsqueda de su futuro.
Mario Markic, que parece en ocasiones un científico que escudriña en los territorios con interés y pasión por revelar historias ocultas, pero que lo hace con el interés del periodista, para compartirlas con su público, nunca deja de transmitir placer y amor por sus “descubrimientos”, y por el respeto a las tradiciones de quienes recogen esas historias, las transmiten de boca en boca, las hacen suyas. Siempre apela a dos fuentes: aprovecha las contribuciones de historiadores e investigadores que aportan sus conocimientos académicos y, a la vez, ausculta los recuerdos vívidos que portan de memoria los personajes de la región. Algunos de ellos son ya gente muy anciana y, por lo tanto, testigos únicos de algún episodio casi olvidado. Markic reverdece así una disciplina hoy en boga, la historia oral, y la deja por escrito para que su difusión sea aún más amplia y perdure en el tiempo.
De este modo, el autor de tantos guiones televisivos, notas de ocasión y textos de divulgación, transforma leyendas orales en palabras indelebles e historias reales, en relatos novelescos. Porque todo en este libro de viajes transcurre en ese delgado hilo que hay entre la “verdad” y la “ficción”, que solo para algunos representan campos enfrentados. Markic, por el contrario, descubre fantasmas y monstruos que existen y viven siglos, y también devela animales y personas que, después de muertos, se convirtieron en verdaderos fantasmas. Ese amor por los “cuentos” es el mismo que en uno de los relatos profesa el jinete por sus heroicos protagonistas de la aventura en común: “Mis dos caballos me querían tanto que nunca debí atarlos –dice el señor Aimé Tschiffely, uno de los tantos protagonistas de este libro−. Hasta cuando dormía en alguna choza solitaria, sencillamente los dejaba sueltos, seguro de que nunca se alejarían más de algunos metros y de que me aguardarían en la puerta a la mañana siguiente, cuando me saludaban con un cordial relincho”. También es el espíritu que animó a Clemente Onelli cuando organizó la expedición en busca del plesiosaurio, otra de las perlas de este libro. Uno de los encargados de su organización dio cuenta de la repercusión insólita que tuvo en su momento: “De todas partes me llovían cartas entre las que había las cosas más notables: un tango ‘El plesiosaurio’, una caja de cigarrillos marca ‘Plesiosaurio’, lápices hechos por los presos con la efigie del presunto monstruo…”. Y el mismo Onelli se permitía increpar a los descreídos de la empresa, que la calificaban de “aventurera” y “mítica”, preguntándoles a su vez si no era acaso más fantástico que buscando agua en las costas patagónicas se hubiera descubierto petróleo. Una vez más, las historias rescatadas por Markic muestran que la realidad y la fantasía se mezclan y conjugan en todo tiempo y lugar.
Por eso es casi imposible definir al autor y su obra. Mario Markic es lo más parecido que hay a un verdadero cazador con sombrero y todo –porque lo usa−, montado sobre una camioneta 4 x 4: cazador de historias, dedo atento en el gatillo del lente de instantáneas, retratista de imágenes pasajeras que el tiempo desvanece, observador innato de eventos curiosos, rastreador de leyendas y cuentos, recopilador de fábulas, indagador sistemático de relatos singulares, buscador incansable de misterios y, también él, por excelencia, fino narrador de anécdotas y episodios. Y si no avanzo más en esta descripción de su estilo es porque la infinitud de sus rastreos por distintas geografías y épocas acaba con los sinónimos; sencillamente su mirada se puede posar sobre detalles “pequeñísimos”, que a otros podrían parecer intrascendentes, como su interés volar hacia los grandes problemas de la física, la astronomía o la filosofía. Markic resume todas esas visiones, que se enriquecen porque sus buenas y variadas lecturas y su curiosidad insaciable le permiten transmitir sus vivencias con belleza y fluidez, con rigor y estilo ameno, con respeto y humildad por sus intercesores y, también, en ocasiones y cuando cabe, con sutilezas y hasta dejos de ironía.
Anticipemos desde este avistaje introductorio algunas de las figuras que desfilarán: Aarón Castellanos, el pionero –casi− de la inmigración europea; Jean Durando, un autoproclamado “hijo de Dios”; Domingo Penizzi, capitán de barcos pesqueros que fundó una dinastía marplatense; el suizo Tschiffely, organizador de una travesía insólita; el “Tata Dios”, un asesino poseído por quién sabe qué ímpetu irrefrenable; la enamorada de un imposible, la bella Camila O’Gorman; la maestra de maestras Elizabeth King; el ingeniero Cipolletti, que hizo posible que, cada año, crezcan las exquisitas manzanas y peras de Río Negro; Carlos Gesell, un porfiado en convertir sueños en realidades; las tres marquesas pontificias y los consejos de una de ellas a Evita; el “santito” Ceferino Namuncurá; el misterioso griego Acoglanis, que decía poder visitar ciudades de extraterrestres; Clemente Onelli, el pionero de la criptozoología argentina; y −¿frutilla del postre?− Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El Principito, uno de los libros más leídos en el mundo.
Además, hay historias que nos acercan, desde ángulos curiosos, a algunas de las principales figuras políticas de la Argentina, como el prolífico y generoso Justo José de Urquiza y su mansión “de novela”; el circunspecto Arturo Frondizi, devenido en constructor de modestas casitas playeras y, desde distintos lugares visitados de la Patagonia, el común “lugar en el mundo” de dos personajes tan disímiles como Ernesto “Che” Guevara y “Juancito” Perón.
¿Y los grupos humanos que buscaban destinos propios? Claro, también revistan en este libro la orden de los caballeros templarios, los anónimos integrantes del falansterio entrerriano –una especie de cooperativa filoanarquista−, los esotéricos que siguen las huellas de Fabio Zerpa, el iniciador del estudio de los ovnis en la Argentina; los pirquineros de San Luis, que aún hoy destilan ríos en busca de pepitas de oro; y los pescadores-marineros de Mar del Plata, toda una cofradía con códigos propios que develar.
¿Les anticipo algunos de los lugares que van a recorrer? ¡Con todo gusto!: Moisés Ville, en Santa Fe; la meseta de Somuncurá, en Río Negro, cerquita de Las Grutas; la plácida y bella Tandil, que fue fundada como “Fuerte Independencia”; el fértil Alto Valle del Río Negro –también Carmen de Patagones, en su desembocadura−; el enigmático cerro Uritorco, allá por Capilla del Monte, en el norte cordobés; y el rincón de La Pampa, en el que creció como médico René Favaloro y ese monte Pena donde esparcieron sus cenizas doloridas.
Claro, entre tantas historias no faltan algunas en las que los protagonistas son animales, desde los mencionados plesiosaurios, monstruosos como el “Nahuelito”, hasta caballos andantes –Gato y Mancha− y desde Purvis, perro guardián al que Sarmiento temía más que a su dueño, hasta terosaurios, los verdaderos dinosaurios voladores puntanos.
Enigmas, misterios, fantasmas, secretos guardados entre pocos, incógnitas que todavía no han sido reveladas, preguntas que tal vez no tienen respuesta cierta…, ese fino hilo que separa la ciencia de la ficción irrumpe una y otra vez en estas páginas originales, que traen al papel retazos del país y sus hombres y mujeres. Entonces, con la obsesión siempre de intentar definir las cosas, al prologarlo nos preguntamos: ¿es este un libro de crónicas? Tal vez sea así y estemos teniendo el gusto entonces de editar las mil y una crónicas argentinas o, quizás, una singular selección de “crónicas de la Argentina y los argentinos”.
De lo que sí estamos seguros es de que usted, que tiene en sus manos Misteriosa Argentina 2, comenzará una asombrosa excursión, desde el primer capítulo de este segundo “diario de viaje”, con el placer de conocer rincones nuevos de la Argentina. Permítase, en consecuencia, no solo leer sus narraciones, sino también poner en juego sus sentidos: saborearlas, olerlas, recibir sus fragancias y texturas, palpar cada una de sus singularidades. Decíamos en el primer volumen que Misteriosa Argentina era como la “gira mágica” que inmortalizaron Los Beatles.
La Argentina es infinita y, si se quiere, eterna, y no es siempre sencillo contar para recorrerla con un guía de excepción. Nuevamente le proponemos que ajuste su cinturón y, suavemente, ponga primera, para disfrutar de estas páginas.
Ricardo de Titto
Historiador
1
La Jerusalén argentina
Cada vez que veo la impresionante fachada del ex Hotel de los Inmigrantes en el barrio de Retiro, compruebo que estoy en la puerta de entrada de la Argentina moderna, la que se hizo con los sueños de nuestros bisabuelos y abuelos, que bajaron de los barcos con solo el equipaje a cuestas. Y que, con defectos y virtudes, vinieron a hacerse la América y terminaron haciendo… la Argentina.
Lo que más impresiona del hotel son los peldaños de las escaleras de mármol, gastados por el trajinar de los miles de personas que convivían durante una semana, como mucho. Había “cama caliente”; después, a la calle, a buscar trabajo.
Ningún otro país en el mundo, incluidos los Estados Unidos, recibió en menos de cincuenta años un aluvión inmigratorio semejante. Una idea que nos aproxima a la fantástica Babel en que se convirtió Buenos Aires es esta: en 1914, circulaban ocho diarios de distintas colectividades en la ciudad. Es que, por entonces, el treinta por ciento de los habitantes del país era extranjero.
Si bien la española y la italiana fueron las colectividades que aportaron más inmigrantes al país de los argentinos, las colonias agrícolas más definidas de la época estuvieron constituidas por suizos y alemanes en Santa Fe y Entre Ríos, y lo mismo puede decirse de los judíos, que se adaptaron tan bien a la tierra que dieron origen a pueblos enteros y a nuevas leyendas, como la de los gauchos judíos.
El objetivo de buena parte de aquella inmigración era labrar la tierra y ocupar los espacios vacíos y, la verdad, eso dio –como todo lo que pasa en la Argentina− un resultado a medias. Es más: casi la mitad de los cinco millones de extranjeros que llegaron al puerto de Buenos Aires entre 1880 y 1913 volvieron desencantados a su tierra.
Modelo de adaptación a aquel país fue “la pampa gringa”. He vuelto una y otra vez a Santa Fe y a sus campos fértiles. Refresco así mi memoria que está alimentada en gran parte por la historia de mi país.
Esperanza era la palabra mágica. Y a Esperanza, esta pampa rasa e infinita, es adonde ellos llegaron; más exactamente, “Colonia Esperanza”. En el Museo de la Colonización, todo en su interior nos recuerda el esfuerzo, el trabajo, la vida doméstica de los primeros mil doscientos inmigrantes que formaron una comunidad −la primera colonia organizada del país− e impulsaron la epopeya.
Roberto Leonardi, entre el economista y el sociólogo, me traslada al pasado de Esperanza y me explica la razón por la que se formaron aquellas primeras colonias agrícolas. “Era el tiempo de Urquiza presidente –rememora−. Después de la batalla de Caseros, la Confederación Argentina, que tenía sede de gobierno en Paraná, necesitaba recursos financieros. ¿Y quién los tenía? El puerto de Buenos Aires. Por eso, una de las cuestiones geopolíticas fue crear una serie de colonias agrícolas que permitieran generar recursos. Este proyecto nace en 1853 y se concreta en 1856”.
En Europa había un excedente de población y una crisis agrícola acentuada. Y nuestra constitución, como está clarito en su Preámbulo, abría los brazos a todos los que quisieran venir a trabajar. Había un contexto, entonces. Y apareció un hombre de negocios, un comerciante, llamado Aarón Castellanos, capaz de traer inmigrantes para una provincia que necesitaba de manos laboriosas. El gobierno aportaba la tierra, un rancho para vivir, herramientas, semillas para cultivar y ganado. Los gastos del viaje, desde Europa hasta Santa Fe, pasajes, alimentos y vestimentas los pagaba el empresario; a cambio, recibía una extensión de tierra en la provincia para establecer una estancia ganadera.
¿Y los colonos? Debían devolverle a Castellanos el dinero que él había gastado en el traslado. Para esto, tenían que entregarle un tercio de la cosecha anual durante cinco años. El gobierno provincial también les exigía el cultivo de la tierra y la devolución en dinero de lo que había gastado en ellos. Luego de cinco años, las familias colonizadoras se convertían en propietarias de la tierra que ocupaban, siempre que hubieran cumplido con las obligaciones. Así fue que llegaron suizos, franceses, alemanes, algunos belgas, algunos luxemburgueses. Eran muy pocas las familias, unas doscientas.
Me subí a un avión solo para comprobar claramente en la geografía algo distintivo, que Roberto Leonardi se ocupó de clarificar. “Es un paisaje muy particular, una geometría que no vas a encontrar en otra parte del país. Ves el dibujo de pequeñas propiedades, parcelas simétricas, todas iguales, ese capitalismo agrario donde el pequeño productor tiene un rol fundamental: la creación de una identidad”.
Y es cierto: Santa Fe, a diferencia de Buenos Aires, no albergó latifundios, aunque tuvo sus estancieros de vieja data, ni se hizo con terratenientes: sus tierras están trabajadas, sobre todo, por pequeños y medianos propietarios.
Naturalmente, no fue un lecho de rosas. Los inmigrantes vinieron a pelear el pan. Hombres, mujeres y niños de distintas regiones de Europa confluyeron en esta pampa desierta, incluso, con sus diferencias a cuestas. Eso me lo contó en la plaza de Esperanza, donde hay una curiosa fuente de agua de color púrpura, el historiador José Iñiguez: “Esperanza fue un experimento que sirvió de madre de colonias. Había católicos y protestantes. Había una calle central, de tierra, claro. Los del lado oeste hablaban alemán; los del lado este, francés. Después de Esperanza se fundaron otras colonias de la misma forma. Lo cierto es que, en tiempos de Rosas, Santa Fe estaba entre las provincias más pobres. Con la llegada de los inmigrantes se transforma rápidamente en el segundo estado argentino”.
Muchos inmigrantes se fueron, hasta que el Estado intervino como un estímulo para retenerlos. Dice Roberto: “A los colonos los salvó el esfuerzo constante y la ayuda estatal. Muchas veces el Estado promueve clases sociales. El setenta por ciento de los family farmers era propietario. Aquí el conflicto que se daba en otros lugares de la pampa húmeda, como el sur de Santa Fe y Buenos Aires, estaba minimizado. Allí había conflicto entre el terrateniente y los arrendatarios”.
Justo José de Urquiza salvó a la colonia con su ayuda constante. Padecieron sequía y plagas –invasión de langostas, por ejemplo−, pero en 1862, a los cinco años, todos recibieron su título de propiedad. Y los hijos de esos inmigrantes ya fueron clase media. Y cuando las familias se agrandaban y las treinta y tres hectáreas quedaban chicas, entonces los hijos se iban a fundar otras colonias.
Fue un motor muy fuerte y rápidamente se produjo la movilidad social. En el museo vi los retratos de parejas, de matrimonios entre colonos allá lejos y hace tiempo. Y viéndolos, y pensando en la historia de las dos iglesias, de la calle que dividía las nacionalidades y las creencias, fue que se me ocurrió preguntar qué pasaba en aquel tiempo si un joven católico gustaba de una chica protestante. O al revés. Digamos, si el amor formaba a una pareja más allá de la división de la calle.
En 1867, Alois Tavernig, un herrero austríaco tirolés, católico, padre de tres niñas, había quedado viudo. Pero no estaba hecho para la soledad y decidió buscar una compañera. “Este señor se pone de novio con Magdalena Moritz, alemana y protestante −rememora Iñiguez, con pasión–. Él ya tenía treinta y ocho años; ella, veintiuno. Y deciden casarse. El problema se armó porque ni el sacerdote quiso aceptarla a ella, ni el pastor quiso aceptarlo a él. Los dos religiosos querían imponer su credo”.
El novio no era de andar con chiquitas y ella, al parecer, tampoco. Un domingo a las cinco y media de la tarde apareció Alois llevando del brazo a su novia. Entre amigos y curiosos, se subió a un banquito y habló: contó las causas por las que no los dejaban casarse y pidió que los presentes fueran testigos de su decisión y asegurando que los hijos que nacieran serían considerados legítimos y reservándose de celebrar en la iglesia el acto de casamiento tan pronto lo permitiese el señor cura: “Yo vengo para explicarles esta situación y para decirles que tomo por esposa a Magdalena Moritz y quiero que ustedes sean mis testigos y que la reconozcan como tal a partir de este momento”, dice Iñiguez que dijo Alois.
Ninguno de los dos sabía la importancia de lo que estaban haciendo y cómo quedarían en la historia… Hasta ese momento, las dos religiones prohibían el casamiento mixto. Pero este hecho es tomado después como un antecedente del matrimonio civil, que todavía no estaba institucionalizado. Tanto es así que el gobernador de Santa Fe, Nicasio Oroño, liberal entre los liberales de su época, había querido establecer el matrimonio civil, pero el intento le costó el gobierno, cuando una revolución fogoneada por sectores vinculados a la Iglesia lo tumbó.
Esta historia resultó clave para organizar la vida de un país que estaba en formación y viviendo profundos cambios todos los días. “Es el resultado de una historia de amor −subraya Iñíguez−. Cuando se discutió la Ley de Divorcio en 1985, el miembro informante de Santa Fe recordó este episodio, porque el divorcio es también una cuestión del matrimonio civil, y esta historia de amor era el antecedente más lejano”.
A Tavernig y a su compañera les dijeron que estaban locos −muy especialmente el cura y el pastor−, pero resulta que el episodio sirvió de inspiración inmediata a Dalmacio Vélez Sarsfield, que estaba redactando su Código Civil.
El de “los gauchos judíos” es otro capítulo de la “pampa gringa”.
No lejos de Esperanza, el pueblo al que estoy llegando, después de diez años de ausencia, se llama Moisés Ville. Está en el corazón de Santa Fe, viven allí ahora algo más de dos mil seiscientas almas y sigue en retroceso demográfico. Pero solo Dios y ellos saben de la importancia histórica y cultural que aun así atesora, pues se trata de la primera colonia judía del país.
Cómo lo hicieron y cómo siguió la historia es algo que sabe muy bien Eva de Rosenthal, la directora del Museo Histórico Comunal, una mujer que ha consagrado su vida a proteger ese legado. ¿Por qué? Ya vamos a ver cuánto de importante es Moisés Ville. “‘Moisés Ville’, dijo el rabino Goldman cuando Palacios, el terrateniente que los trajo le vino a preguntar cómo iban a llamar al pueblo, porque así como Moisés sacó a los judíos de Egipto y los llevó a la tierra prometida, ellos huyeron de la Rusia zarista para llegar a la libre Argentina que los recibió con los brazos abiertos y que era, que iba a ser la nueva patria”.
Se asentaron a lo largo de una calle, una casa al lado de la otra, con las quintas o la pequeña huerta detrás. Esta traza responde a la necesidad de autodefensa y vida en comunidad, basada en principios solidarios y de ayuda mutua.
Santa Fe era su destino final, pero cuando llegaron a la desierta estación de tren nadie los recibió. Nadie los alimentó, quedaron a la buena de Dios. Las familias judías quedaron abandonadas a su suerte. A veces les tiraban un bocado los obreros italianos que estaban construyendo el ferrocarril.
Eran 824 personas, 136 familias, que habían llegado en el vapor alemán Wesser el 14 de agosto de 1889. Murieron sesenta niños por una epidemia y de inanición durante aquel tiempo de zozobra en ese monte hostil. Eso fue en octubre, tal vez, noviembre; no se sabe con exactitud.
Moisés Ville no tiene fecha de fundación. “Sobrevivieron en pajonales, sin que nadie que les diese una mano. Ellos hablaban el ídish, sabían muy bien el hebreo, nadie era analfabeto, pero no conocían el idioma local. Con ellos vino el rabino Goldman, que fue el primer rabino de la Argentina, que además era circuncidador y matarife. Esta es la primera colonia judía de la Argentina. Agraria, independiente, un grupo organizado, una comunidad que comienza en Europa. Y que se trasladó con sus rabinos, sus libros sagrados. Todo esto va a ser la base de lo que es la comunidad israelita”.
Hasta 1891, la colonización tenía más de tragedia que de épica.
Los salvó la alfalfa, que da varias cosechas anuales.
Y trajeron retoños de paraísos y eucaliptus que todavía adornan este pueblo enteramente querible y raro: pequeño y enorme a la vez para la cultura judía.
Es importante destacar que en aquella torre de Babel que era la Argentina, donde había más extranjeros que nativos, los judíos de Santa Fe cambiaron la vestimenta que traían de Europa. Así aparecen en escena los gauchos judíos. Notaron que la vestimenta europea era muy pesada para el trabajo de campo. La vestimenta del gaucho, que aún hoy se sigue usando, era bárbara. Y el inmigrante judío que no dice una palabra en castellano y ni siquiera conoce los colores de la bandera del país que habita, ni sus fechas patrias, aprende del gaucho a manejar la hacienda y la tierra, a cultivar, a tomar mate, por ejemplo, aunque ellos lo tomaban a la europea, con un pedacito de azúcar en la boca.
Aún hoy uno se cruza un fin de semana frente a la plaza con rabinos y judíos con vestimenta gaucha en Moisés Ville.
En la recorrida que hacemos con Eva de Rosenthal por el museo, observo la evolución de la colonia en documentos amarillos, en planos ajados, en fotografías que han perdido el color, pero no la fuerza testimonial. Los judíos gauchos vivieron finalmente de trabajar la tierra. Y fueron agricultores y lecheros. Fundaron la primera cremería en 1897 y con ella surgió la primera cooperativa. En general, Moisés Ville está lleno de singularidades. Como eran familias numerosas y no había tierras suficientes para heredar, los padres hicieron estudiar a los hijos, como lo intentaron la mayoría de los inmigrantes.
Por eso, la historia de M’hijo el dotor se hizo carne entre los judíos de Moisés Ville a tal punto que en el pueblo se acuñó el dicho: “Sembramos alfalfa y cosechamos doctores”.
No vamos a creer que para los inmigrantes fue llegar al paraíso y ya. Al contrario, también hay una historia negra.
Entre las penurias y crueldades que debieron atravesar los colonos hay otra, de la que poco se habla, y que está vinculada a una serie de crímenes que tuvieron por escenario esta comarca durante los primeros años del asentamiento.
Una serie de asesinatos que el joven periodista de investigación Javier Sinay fue sacando a la luz después de años de buscar y rebuscar hasta construir lo que es casi una novela policial con trasfondo de la primera oleada de inmigrantes judíos, al tiempo que la misma búsqueda lo lleva también a explorar su propia historia. “Mi bisabuelo –viaja en el tiempo con la mirada− fue periodista y vivió algunos años en Moisés Ville. Ya viejo, en 1947, escribió un artículo periodístico que es una especie de memoria titulada ‘Las primeras víctimas judías de Moisés Ville’, donde hace un repaso de los veintidós homicidios cometidos entre 1889 y 1906”.
Sinay hizo una investigación apasionante. “Son veintidós víctimas en diecisiete años, asesinadas en la mayoría de los casos por gauchos bandidos que pasaban por esta colonia. Roban y matan, algo bastante común en la época. Pero no hay expedientes”. La historia merece indagarse: visito el cementerio, observo sus lápidas, muchas de ellas antiquísimas. Sinay ha hecho buena parte de su tarea detectivesca en este sitio. Como todo cementerio, guarda enigmas y se nos presenta como algo inquietante.
Moisés Ville ya tiene su primera novela testimonial, su primera obra de no ficción, y también, su primera novela policial. Y Javier ha entablado una relación especial con el pueblo. “Sí, la verdad es que Moisés Ville es una especie de secreto mejor guardado. Hoy es un pueblo típicamente argentino, uno más en la zona, en la región. Pero permanecen como testimonio de aquellos años de pioneros, los edificios importantes que construyó esa gente: un teatro con cuatrocientas butacas para un pueblo que hoy no pasa de dos mil quinientos habitantes, pero donde llegó a haber cinco mil, cuatro templos, dos bibliotecas y el cementerio, que es el más antiguo de los cementerios judíos de la Argentina. Todo es testimonio de un pueblo que fue esplendoroso. Me generan mucha admiración esos colonos”.
En ese cementerio, por ejemplo, hay una tumba, a la que llaman “la tumba larga” y que sirve de referencia para los guías del cementerio cuando tienen que indicar locaciones a los visitantes. Dicen: “A tantas lápidas de la tumba larga”, cosas así. Como cuenta Javier, un desprevenido puede pensar que es la tumba de un gigante. Y no. El padre, la madre, la hija adolescente y un niño fueron colocados en línea recta, tocando los pies de uno la cabeza del otro. Allí yacen los Waisman desde 1897.
Es costumbre colocar piedras sobre la tumba en lugar de flores. No sé por qué. Tal vez por aquello de “polvo eres y en polvo te convertirás”.
Recibir inmigrantes no fue fácil. Porque, además, desde 1860 el gaucho estaba siendo tironeado y sometido por la potenciación de los campos y su modernización como recurso económico.
Al gaucho errante sólo le quedaba convertirse en peón de estancia jaqueado por las restricciones a sus libertades, siempre a riesgo de quedar como “vago y malentretenido” y terminar alojado a su pesar en un fortín fronterizo o, peor, con sus huesos arrojados en una cárcel. Porque el que no acataba el nuevo orden que imponían las alambradas era considerado un marginal. Y, por eso, muchos se convirtieron en bandidos rurales.
Gracias a mis recorridas –a veces, un poco obstinadas, lo reconozco− pude traer al presente, desde el fondo de los tiempos, esa epopeya brutal, aquellas tierras hirsutas, esos años ásperos, donde un mundo venía y otro se iba.
Y así fue cómo, en el gran escenario de la pampa gringa, había encontrado otras historias, que con el amor y el crimen como protagonistas, me habían acercado de otro modo a esa gran epopeya de la inmigración que nos marcó a los argentinos –y a “nuestra” Argentina− para siempre.
2
De cuando Perón era Juancito
Dicen que la infancia es lo que más uno recuerda, y así parece que es, por lo menos en esta historia circular. El último invierno, en uno de mis largos viajes por la costa patagónica se me ocurrió conocer un lugar porque recordé, como una iluminación, que allí había pasado su infancia Juan Domingo Perón.
Como buen personaje destacado de la historia, el General, amado y odiado con la misma intensidad, dejó una marca tan profunda en el país de los argentinos que ya no se sabe bien cuál de las biografías que lo describen es la real, cuál lo acerca más al hombre de carne y hueso que fue y menos a la leyenda que lo inmortalizó.
En Chubut, después de una larga recta de setenta kilómetros que lo aparta de la ruta 3, la columna vertebral de las carreteras de la Patagonia, la tentación de pasar por el legendario Cabo Raso y ver ese caserío sin gente es irresistible.
Sé que nada queda aquí, pero siempre es bueno oler el mar antes de seguir adelante. Era un lugar chato, sin alturas, con algunas casas derruidas… parecía un pueblo, pero estaba muerto.
Cabo Raso había crecido como posta entre estancias, desde antes de 1900, y en su buena época había levantado un almacén, que también era bar, hotel y estafeta, y algo así como la casa de alguna autoridad.
El mar iba y venía; pensé que no había en ese lugar otra voz que no fuera la del viento, y el sonido de piedra arrastrada del perpetuo embate de las olas sobre las playas desiertas.
Y después de atravesar ese pueblo fantasma, llegué a Camarones, una pequeña ciudad recostada sobre el Atlántico, en el sur de la provincia de Chubut. El tiempo estaba variable, y de tanto en tanto llovía. Pero a veces salía el sol y alumbraba las aguas azules de la bahía.
Los ojos de Juan Domingo Perón habían visto lo que yo estaba viendo ahora, pero muchos años antes. Estaba allí el enigmático Perón de la infancia, el territorio menos explorado de su existencia.
En pleno centro de Camarones, me acerqué al solar donde se había edificado la casa donde vivió Perón.
La casa paterna se quemó en 1970 y por muchos años fue un baldío, con un simple muro de cemento, solitario, en medio de la nada. Pero ahora alguien hizo un museo, dicen que replicando lo que era la vieja casa familiar.
Me recibió Gerardo “Titi” Roberts, cuyo padre fue amigo de Juan Domingo, cuando ambos eran unos chicos de apenas diez años jugando en la interminable meseta patagónica, ajenos al destino que les reservaría la vida.
Titi Roberts me guio hasta la estancia El Porvenir, el lugar donde Perón pasaba sus vacaciones de verano cuando era apenas un cadete militar y su padre administraba ese campo. “Los dos chicos −me dijo Roberts− jugaban a ver desde las colinas la llegada del barco que los llevaría de regreso a Buenos Aires al final de las vacaciones”.
Juan Domingo fue hijo natural de Juana Sosa y Mario Tomás Perón.
Lo sé porque vi una vieja foto de marzo de 1895 donde, en el frente mismo de una pobre choza, Juana muestra el embarazo de cinco meses: Juan nacerá en octubre en esa humilde casa de Roque Pérez −y no de Lobos, como cuenta la historia oficial−. Las teorías más modernas indican que Perón fue hijo natural y que los padres se casaron cuando él ya tenía dos años. Y en su primera fotografía, a los cinco meses de edad, ya se denotan los rasgos que lo acompañarán hasta su muerte.
Pero el pasado poco difundido del hombre que llegó a concentrar mayor poder que ningún otro presidente en el país está ligado a la Patagonia.
La primera incursión del padre de Perón para cuidar un campo de ovejas fue entre Cabo Raso y Camarones, en la estancia La Maciega, a partir de 1901.
Entre 1902 y 1904 la familia estuvo en la estancia Chankaike, en el sur de Santa Cruz –soportando temperaturas de hasta 25 ºC bajo cero−, cuando su padre quiso trabajar un campo que no prosperó. Era una patriada, pero él estaba convencido de que el mito de la Patagonia cruel e inhóspita se desvanece cuando se tiene espíritu de lucha.
Allí no había caminos: solo huellas, dibujadas por el rodaje de los carros. Y muchos pumas. Tantos, que hasta atacaban de día. “En Chankaike el capataz era un escocés marinero y la mayoría de los peones tenía origen chileno −recordará Perón muchísimos años después−. Pero eran también gente de primera, porque de uno y otro lado de la cordillera los hombres son los mismos. Cuando era chico, mi ambición era ser como ellos: seres extraordinarios en lucha continua con la naturaleza”.
Hombres dados a comparar la acciones de los seres humanos con las de los animales que los rodean. En ese ámbito, “Juancito” cultivó el cariño por perros y caballos, animales que pasaron a formar parte de la iconografía peronista. “Sin embargo, creo que toda la familia recibió en la Patagonia una lección de carácter. Yo doy gracias a Dios por eso: he comprendido que esos cinco años en los que se formó mi subconsciente ejercieron una influencia favorable sobre el resto de mi vida. Yo siempre tuve perros ovejeros, porque en la Patagonia un perro vale más que un peón. […] Yo también tenía galgos, para cazar guanacos y avestruces. Y de los caballos, ni se hable. Para alguien que, como yo, ha andado por el desierto, el caballo es parte de la vida”.
Pero la vida era insoportable, no hubo negocio, y en 1905 volvieron a Chubut.
En Camarones recorrí las calles amplias y solitarias, y me paré frente a un viejo edificio de madera y chapa donde el padre de Perón fue juez de paz.
Fue entonces que pensé: sin dudas, el desarrollo de los sentidos en el campo, ver lejos, oler la presencia no visible del animal, escuchar un ruido a la distancia que nadie oye, seguir una huella que nadie ve, le resultaron de suma utilidad a Juancito para vincularse en el futuro con los demás desde un lugar de privilegio.
A su tiempo, Perón sabrá echar mano de todas las personalidades que construyó: el citadino que seduce con su verba y su sonrisa gardeliana, muy seguro de sí mismo; el rígido e implacable militar que conduce, y el hombre de campo, sentencioso, campechano, humilde, benefactor y astuto. A veces, todo al mismo tiempo.
“El hombre se forma hasta los ocho años, en que actúa sobre el inconsciente −le contó al periodista Esteban Peicovich en su libro ¡Hola, Perón!−. Después se prepara. Mi vida en la Patagonia gravitó siempre. El primer regalo de mi padre fue una carabina 22. Hasta los nueve años me crié con los indios y cazando guanacos. Recuerdo que hasta se me congelaban los dedos de los pies a veces en el campo. Más tarde, en Buenos Aires, me hicieron un cajetilla. Pero aquello inicial quedó. Cada vez que necesité al indio aquel de la niñez, lo tuve”.
De su infancia y pubertad, Perón contó algunas anécdotas referidas a la gente humilde que lo rodeaba. También aparece el indio en los relatos. Perseguidos y al borde de la extinción, quedaban por entonces muy pocos tehuelches puros.
Perón pudo haber nacido de vientre tehuelche, según afirma uno de sus biógrafos, Hipólito Barreiro, médico y embajador en Liberia, África, durante su tercera presidencia. En el sur, donde vivió hasta su muerte, Juana Sosa decía que era santiagueña. Para Barreiro, era india.
Además, sugestivamente, Perón escribió un libro sobre Toponimia indígena en la Patagonia de etimología araucana –en el que rescató muchas voces recopiladas en otros libros sobre el tema, pero que le otorgó cierto prestigio− y nunca habló despectivamente de ellos.
Una vez recibido de oficial, Juan Domingo dejó de ir al sur durante una década, en la que se casó y vivió la vida itinerante del militar.
Volvería a la Patagonia –la tierra de las vicisitudes de su vida− años más tarde, ya hecho un hombre. Ese ámbito desértico será un bálsamo para reponerse de la muerte de su primera esposa, María Aurelia Tizón. También ella, como después Evita, murió joven: fue en septiembre de 1938, cuando tenía apenas treinta años.
“Otra de las experiencias que me permitieron aliviar el dolor –dijo− fue la realización de un viaje a la Patagonia. Recorrimos alrededor de 18.000 kilómetros desde Comodoro Rivadavia, donde llegamos en barco, hasta los lugares más insospechados por la imaginación humana. Este afán por la naturaleza que tenemos algunos hombres transforma lo que para la generalidad no deja de ser un simple esparcimiento, en una salida que mayormente se torna en un retiro espiritual”.
La Patagonia estará presente una vez más en un episodio decisivo de su vida, cuando en la semana previa al 17 de octubre de 1945 creyó que se esfumaba su rutilante carrera política y soñó que la Patagonia sería el refugio para vivir lejos del protagonismo nacional junto a Eva Duarte, la actriz de radio y cine que acompañó su vida desde 1944.
Perón se había hecho famoso desde que se hizo cargo de la estratégica Secretaría de Trabajo y Previsión de la dictadura militar que gobernaba la Argentina a partir de junio de 1943. Desde ese lugar, muy astutamente y gracias a las formidables ganancias que dejaban las exportaciones, favoreció a las clases más humildes hasta que se hizo muy popular y su fama provocó recelos entre sus pares, que se lo quisieron sacar de encima y lo confinaron detenido en la isla Martín García, la mañana del 13 de octubre de 1945.
Se sentía traicionado por el jefe del Ejército, Edelmiro Farrell, y por otro amigo, el general Eduardo Ávalos. Y escribió cinco cartas que son demostrativas de ese estado de ánimo.
En la primera, Perón se dirige a su fiel amigo Domingo Mercante y anticipa sus pensamientos: “Le encargo mucho a Evita porque la pobrecita tiene sus nervios rotos y me preocupa su salud. En cuanto me den el retiro me caso con ella y me voy al diablo”.
Dos datos. Se trata de la única carta de amor que se conoce de Perón. En segundo lugar, ya asoma la frágil salud de Evita.
De repente, Perón ha sustituido el poder por el amor.
Aparentemente devastado, Perón creyó concluida su carrera política y solo ansiaba el retiro de su estado militar para casarse con Evita. ¿Qué le ofrece? Una huida de ese poder ingrato. ¿Hacia dónde? Lejos, al sur conocido donde vivió, arropado, la infancia. Le escribió:
Mi tesoro adorado:
Desde el día que te dejé allí, con el dolor más grande que puedas imaginar, no he podido tranquilizar mi triste corazón. Hoy sé cuánto te quiero y que no puedo vivir sin vos.
Hoy he escrito a Farrell pidiéndole me acelere el retiro; en cuanto salga nos casamos y nos iremos a cualquier parte a vivir tranquilos.
Te encargo le digas a Mercante que hable con Farrell, para ver si me dejan tranquilo y nos vamos a Chubut los dos.
Otro misterio en la vida de Perón es su madre, un misterio que también pertenece a la misma geografía.
Está menos difusa su condición de mujer sufrida y acostumbrada a la rígida vida de campo.
En aquellos tiempos de la infancia de Juancito, doña Juana Sosa cocinaba, solita ella, para toda la peonada; pero, además, podía curar la sarna de las ovejas con acaroína como esquilarlas a tijera en el verano. No sabía leer ni escribir, usaba siempre alpargatas, y se hizo conocida en la comarca por ayudar a las parturientas. “Mi madre, nacida y criada en el campo, montaba a caballo como cualquiera de nosotros, e intervenía en las cacerías y faenas de la casa con la seguridad de las cosas que se dominan. Era una criolla con todas las de la ley. Veíamos en ella al jefe de la casa, pero también al médico, al consejero y al amigo de todos los que tenían alguna necesidad”.
Diez años después de la muerte de su marido, se juntó con uno de los peones de la estancia La Porteña, Marcelino Canosa. Perón no aprobó esta relación, por lo que ella casi perdió contacto directo con su hijo, aunque este nunca le hizo faltar nada. En su casa cerca del cerro Chenque, en Comodoro Rivadavia, tenía un pequeño busto de oro de su hijo. Era toda su riqueza. Y esa casa, en los años en que duró el esplendor de Perón, entre 1945 y 1955, fue una especie de santuario, al que concurrían vecinos y hasta forasteros en busca de favores.
La madre de Perón murió en Comodoro Rivadavia en 1952.
En Camarones, el vaivén del mar alisa las formas agresivas de las piedras de la costa, como una eterna ceremonia de purificación.
El todopoderoso Perón no se olvidó de aquel niño Roberts cuando un día de diciembre de 1973 obtuvo una audiencia en la Casa Rosada. Más aún: lo recibió como un amigo cercano y permanente pese a que habían pasado medio siglo sin verse.
Corre 1974 y Perón, viejo y con el cuerpo estragado por varias dolencias, ya está discurriendo sobre la cercanía de la muerte. También en esos momentos, sus pensamientos se van lejos de Buenos Aires.
Va por su tercera presidencia, pero su movimiento de masas está envuelto internamente en una lucha a muerte entre sectores de izquierda y derecha que ya no puede controlar.
Tiene setenta y ocho u ochenta años −eso nadie lo sabe− y, de tanto fumar, los pulmones deshechos. Una neumonía complica el cuadro clínico, del que ya no se repondrá.
Su cielo se vetea de penumbras. Son los momentos en que el ser humano presiente el final y vuelve a los afectos más queridos e inocentes. Al principio de todo.
En su lecho de enfermo recibe a aquellos que contarán su historia. Descorre las brumas de la memoria y dice a Enrique Pavón Pereira, su biógrafo, sabiendo que le queda poco tiempo de vida…
–Y bueno, m’hijo. Ya va siendo hora de pensar en volver a nuestros pagos…
–¿A qué se refiere? ¿Cuáles son nuestros pagos, general?
–¡Cómo! ¿Usted no sabe acaso que nosotros somos de la Patagonia?
Al irme de Camarones, ese pueblito costero arrullado por el mar frío de Chubut pensé: de todos los hombres que hacen historia se cuenta la gloria y el ocaso con lujo de detalles. La exaltación y el escarnio están a la venta en todas las librerías y son suficientemente conocidas bajo la forma de libros o películas.
Pero Camarones me había dado la historia viva de un hombre. . . en la edad de la inocencia.
3
Redes en el mar
Mar del Plata es una ciudad de dos mundos: el del ocio y el del trabajo. Ambos conviven en el verano. En esos días, uno ve, cualquier madrugada, en la banquina de los pescadores, las lanchas amarillas que parecen desperezarse. El sol todavía no ha aparecido; por el contrario, algunas estrellas se demoran en la agonía de la noche cuando para los pescadores el trabajo ya ha comenzado.
Embarcar en esas lanchas es todo un desafío. Eso es lo que hice, una mañana fresca, con el cielo todavía con su tinte azulado en evolución. Las otras lanchas se mecían en la banquina. Los inconfundibles hombres de mar se metían en sus asuntos: asuntos simples, como arreglar las redes para salir de cacería.
Miraba, antes de la partida, unas doscientas embarcaciones pintorescas, de noble madera, veteranas de mil tormentas. Sus capitanes italianos habían pasado más tiempo sobre ellas que en sus hogares.
La vida de estos hombres es un misterio a desentrañar.
En mis apuntes, rescaté algunas singularidades. Por ejemplo, cómo el mar con sus tempestades y su calma condiciona sus vidas. Y eso se refleja en sus estados de ánimo.
El mar tranquilo y sereno frustra al pescador, porque su incursión se convierte en apenas un paseo. Ese es el momento en que los primeros italianos que recalaron en el puerto −napolitanos y sicilianos, la gran mayoría− manifestaban su nostalgia por la tierra lejana con sus cantos.
Pero cuando el mar demuestra bravura, entonces, tensos y atentos, aprovechan su oportunidad.
A río revuelto, ganancia del pescador.
Miraba los nombres de las lanchas. Grandes, en las proas: allí estaba el origen italiano y la acendrada religiosidad de sus capitanes. El mar exige respeto y ellos invocan protección.
La lancha que me lleva a rescatar las redes que la tripulación desplegó el día anterior a unos quince kilómetros de la costa está pronta: todos confían en que habrán quedado atrapados muchos tiburones.
El joven capitán prepara la partida. Uno a uno, semblanteo a mis personajes. Daniel y Carlos, los más jóvenes, parecen serios y reservados, pero solo lo parecen. Esmeraldino Correa, el portugués, es la clase de hombre que dio la vuelta al mundo de los oficios. Manejó cámaras de cine en Lomas de Zamora, fue mecánico, chofer de micros de larga distancia y camionero. Hasta que, ya casado, llegó a Mar del Plata en 1970 y vendió galletitas hasta que no le quedó más remedio que hacerse a la mar.
Domingo Pennisi (o Penizzi), el joven capitán, heredero de una dinastía que empezó en Sicilia, cuando aún existía la Atlántida, se dice: hijo de pescador, nieto de pescador, navega desde hace seis años y desde hace dos está al frente del timón.
Y Giacomino. Giacomino Penizzi (o Pennisi), tío del capitán. Su rostro está marcado por la sal del Mediterráneo, tiene tantas estrías que parece un mapa carretero. Su vida es el mar. Quien no conoce al festivo y, de a ratos, melancólico Giacomino de la banquina del puerto, no conoce a los pescadores de Mar del Plata.
Fue uno de los últimos inmigrantes italianos en llegar a la Argentina, en 1947, cuando Italia todavía estaba arrasada por la Segunda Guerra Mundial y el padre, que ya vivía en Mar del Plata, mandó a buscar a sus hijos: ninguno de ellos, se juramentó, volvería a sufrir otra guerra.
Allí voy, a navegar paralelo a sus ansias, a sus sueños, a sus desventuras.
El día despierta. Y el barquito, más frágil que una sombra, abandona el puerto.
El perfil de Mar del Plata se hunde en el Atlántico. No es que uno sienta verdadera aprensión al mar, pero no es menos cierto que la sombra de la tragedia ronda en torno de esas frágiles embarcaciones de madera: “Acá sabés que salís −recalca el portugués− y nada más. A mi mujer siempre le digo que salgo, pero no sé si vuelvo”.
La tragedia rozó de cerca a Giacomino en el invierno de 1985, cuando volvían, un atardecer, y el barco embistió un banco de arena y empezó a hacer agua. “Éramos ocho personas, y tuve mucho miedo –rememora–. No sabía qué hacer, así que me subí al palo para salvarme. Mis compañeros, que ya habían tirado una balsa al agua, me llamaban desesperados para que los acompañara. Es que yo estaba paralizado, porque no sabía nadar. Al final me rescataron a la fuerza y fuimos remando hasta el faro de Punta Mogotes. El mar es traicionero acá. Salimos con tiempo bueno y de repente se pudre todo y volvemos como podemos, en medio de una tormenta. Acostumbrarse a esto es jodido, conozco a muchos que después de una noche mala no quieren volver a embarcarse”.
A todos los tripulantes de mi barco la cotidiana travesía marina los convierte en personas que, después de los consabidos mates, se ensimisman: uno los observa y ellos permanecen callados, encerrados en sus silencios; vaya a saber por dónde andan sus pensamientos.
El mar… un abismo insondable. Fosas abismales que inspiran poesía. Pero a ellos, ¿solo el mar los enamora?
La ciudad que dejamos atrás está llena de inmigrantes italianos.
Mar del Plata creció con el puerto. Mientras navegamos, el barco se balancea y la ciudad desaparece en el horizonte, arriba de la popa, Giacomino se deja arrullar por el vaivén del agua, que no está hoy, precisamente, en uno de sus días mansos y reposados.
De repente, todos desaparecen de la cubierta. Se echan a dormir en lugares recónditos de esa mínima nave. Mientras la lancha se hunde en el océano nervioso, Giacomino vuela hacia territorios de la infancia.
Hacia el mar de Sicilia, hacia la minúscula aldea Santa María de las Hadas, donde nació y creció, entre barcas que iban y venían.
Piensa ahora: “Si fuera más joven, volvería a Sicilia para trabajar diez años y después solo quedarme todo el día mirando el mar. Si fuera más joven, porque ahora si vuelvo, no encuentro a nadie. ¿Quiénes podrían reconocerme? ¿Uno, dos amigos? Los demás ya murieron. Volvería, claro, una vez más, para divertirme un rato, en verano. Eso sí. Pero volvería a Mar del Plata después, porque el invierno allá es malísimo, hay mucha humedad, ya no me gusta. O sea, vuelvo a Sicilia, pero con mis pensamientos. Porque en realidad, desde que vine, nunca volví”.
Solo converso con el joven capitán, de tanto en tanto.
Vuelvo a repasar a mis personajes. Voluntades marinas que cargan, como todo ser humano, con sus historias, sus amores, sus dolores.
¿Con qué carga el portugués Esmeraldino, el hombre de los mil oficios? Y el portugués, detrás de su jovialidad, carga. Carga con ese rostro curtido por la sal, con las canas que le cubren la cabeza, por no haber hecho pie en ninguno de los oficios que tuvo, con los hijos grandes que estudian para que no les toque vivir lo que a él, con tener que salir al mar de última, porque no hay otro trabajo y no le quedan muchos años activo. Entonces, su jovialidad, su risa pronta parece ser un trabajo de supuesta vitalidad, la simulación de un espíritu joven en un cuerpo ya estragado por los años. “La vida del pescador es muy dura –subraya–. Hay que levantarse a las tres de la mañana. Salís al agua, empezás a agarrar el pescadito, pero muchas veces no hay pescadito. Y uno se viene como se fue, con las bodegas vacías y ahí te quiero ver. Porque en este oficio se va ‘a la parte’. Tiene cuatro partes la lancha: dos partes de red y dos partes de bodega; eso olvidate: se lo lleva el patrón. Lo demás lo tenemos que repartir entre nosotros. Y yo soy uno entre dieciocho marineros. Imaginate”.
Domingo, atento, da leves toques al acelerador y maneja el timón como un viejo pirata. Giacomino sigue adormilado. Los recuerdos del pasado le atraviesan el corazón. Él nunca está aquí, dicen los demás. A veces lo ven clavar su vista al este, más allá del brumoso horizonte. En un instante supera las veinte mil millas marinas que lo devuelven a Sicilia. “Era pintoresco Santa María, chiquito sí, pero pintoresco”, me cuenta, con el alma lontana.
De repente, se acaba el silencio y la ensoñación: todos los tripulantes, sin que el capitán les dijera nada, han reaparecido en la cubierta. Calzan sus botas, sus guantes y delantales de goma y el capitán reduce la velocidad para encontrar la primera bandera, el señuelo que dejaron veinticuatro horas atrás para empezar a recoger las redes.
La tarea es pesada: la red se va enrollando en dos cilindros dispuestos sobre estribor. A medida que la red va subiendo, los peces son desenredados y quedan sobre cubierta, coleando, semiasfixiados y en la agonía final: cada uno de ellos cae con el vientre abierto por un certero tajo del cuchillo de los pescadores. Cuando la red termina de ser levantada, es doblada y prolijamente depositada en la bodega.
Todo el trabajo se hace sin pérdida de tiempo. El capitán vigila las tareas y apura a su gente. El cielo se ha vuelto borrascoso y no quiere tener problemas antes de terminar el trabajo. Y mucho menos a la vuelta.
Primero una bandera, después otra y así. “Tiramos cinco tramayos, con cinco anclas para que vayan al fondo y señaladas por cinco banderas que flotan para saber dónde están. Y al otro día −dice el portugués− volvemos rezando porque haya pescaditos… pero a veces no hay pescaditos y el viaje de regreso parece un cortejo fúnebre”.
Pero hoy sí hay pesca.
Frenéticamente, vamos por el mar, bandera tras bandera.
Aunque el sol intenta rasgar las nubes, empieza a llover. Un leve arcoíris se insinúa, como queriendo abrirse paso entre los grises de allá al fondo. El capitán apura cada vez más a la tripulación, a los gritos, porque la lancha empieza a bambolearse peligrosamente, las olas vienen más altas y Pennisi cada vez tiene que maniobrar más rápidamente: timón y acelerador, acelerador y timón.
Ya está arriba la última red, ya está llena de peces la bodega y los cajones de la cubierta. “¡Nos vamos! ¡Nos vamos!”, grita el capitán anunciando el regreso.
El mar se transforma en un gran baldío gris.
Entre hoyadas, navegamos bajo la lluvia. Allí vamos, empujados por el viento en una especie de rapidez melancólica.
Otras lanchas volvían. Parecían ser tragadas por el mar, pero en la medida que trepábamos, las olas volvían a aparecer, mínimas, sobre la superficie. Para ellas, a nosotros nos pasaba lo mismo.
El perfil neblinoso de Mar del Plata se hundía también al frente y volvía a aparecer, cada vez más definido, cada vez más gratificante.
Yo miraba por los bordes de la embarcación, hacia abajo.
Esas montañas líquidas convertían a nuestra lancha en un dibujo de historieta y pensé en el mar, en lo que siempre estuvo.
Tal vez, antes que la nada.
El mar, algo propicio para las abstracciones.
El mar, lo que no volverá a pasar, lo que ya no sucederá más a partir de este mismo momento. Me sentí un soñador a plena luz del día, mientras Mar del Plata ya no se hundía.
En tierra, el efecto de la navegación se hacía sentir no bien la lancha atracó en la banquina. Todavía mareado por el vaivén, caminé mirando las lanchas que regresaban a casa.
Los pescadores estaban felices, descargando los peces, hablando a los gritos, silbando, cantando. Otros seguían tejiendo redes sobre la banquina. Las lanchas estaban mudas, apenas cabeceando sobre el agua oscura. Emergían de tanto en tanto lobos marinos reclamando comida. Todavía, una vez más, después de despedirme, me di vuelta.
Esmeraldino, el portugués, todavía me saludaba. Giacomino andaba lejos de aquí, de donde podía verse su figura, acaso en su añorada Sicilia, sonreía.
Una llovizna fina caía sobre el puerto.
4
Los templarios de la Patagonia
Esto que les voy a contar es, digámoslo así, medio loco: hay una cofradía que sostiene que el cáliz de la Última Cena, en el que Cristo dio de beber a los apóstoles −también llamado Santo Grial− está escondido en algún lugar cercano a las costas de Río Negro.
Para más datos: el misterio involucra especialmente a la enigmática Orden de los Caballeros del Temple, que habrían sido los custodios de esa reliquia de la cristiandad y que la trasladaron cruzando el Atlántico desde Europa, mucho antes de que Cristóbal Colón llegara a América.
Enterarme de esta historia y partir hacia allá fue un suspiro. Sin embargo, el desafío no era menor: con más de veinticinco mil kilómetros cuadrados, la meseta de Somuncurá, el probable escondite, por ser el lugar más cercano a la costa −a unos cuarenta kilómetros del balneario Las Grutas− es más grande que la provincia de Tucumán.
Entonces, lo primero que hice fue un sobrevuelo, para observar, desde el aire, un punto en el mapa al que llaman Fuerte Argentino, pero que los antiguos cartógrafos denominaron “El antiguo fuerte abandonado” y, en francés, “Ancien Fort Abandonné”.
Pero nada, no es posible encontrar nada.
La cofradía tiene algo de razón en sus elucubraciones sobre el esquivo cáliz de Cristo: en principio, nunca hubo ningún fuerte español, ni edificado por los argentinos, en ese sitio.
O sea que, desde el aire, en ese lugar, solo se ve un sugerente peñón rocoso, que penetra en el mar, con un acantilado de cien metros y que, casi, casi se parece a una isla. Pero es una península y tiene muy plana la superficie, como si alguien la hubiera arrasado a propósito. Se deja ver desde las playas de Las Grutas, cuyas mareas son muy distantes unas de otras, y, de hecho, todos los turistas preguntan de qué se trata ese extraño dibujo costero.
Pero es hora de hablar de estos supuestos visitantes precolombinos.
¿Quiénes fueron los templarios?
La Orden de los Caballeros del Temple fue una de las más famosas órdenes militares cristiana de la Edad Media. Fundada en 1118 por nueve caballeros liderados por el francés Hugo de Payens tras la Primera Cruzada, se mantuvo activa por casi dos siglos.
Tuvieron una gran influencia ante los papas −solo les respondían a ellos− y por distintas bulas se les otorgó la concesión de recaudar dinero: podían construir fortalezas e iglesias propias, formaban a sus propios capellanes y sacerdotes y tenían derechos sobre las conquistas en Tierra Santa. Apenas cincuenta años más tarde de su fundación, se extendían por tierras de toda Europa y eran multimillonarios. Llegaron a gestionar una compleja estructura económica dentro del mundo cristiano. Para algunos, fueron los creadores del banco y de los cheques.
Más que cruzados, en realidad eran monjes guerreros –y de los bravos−, que usaban como distintivo un manto blanco con una cruz roja grabada en pecho y espalda.
Su misión era custodiar a los cristianos en las peregrinaciones santas hacia la explanada de Jerusalén. Y como acampaban al pie del Templo de Salomón, de allí tomaron el nombre de “templarios”.
De estas cosas me fue hablando el “Flecha”, un guía muy simpático e hiperactivo, que conocí en el balneario y que me llevó en su camión guerrero canadiense de la Segunda Guerra Mundial hasta los acantilados del fuerte.
Él también forma parte de la cofradía de seguidores de los templarios y después de andar varias horas a los tumbos, a veces en el mar, a veces en la arena de la playa, o por dunas que subían y bajaban, llegamos al acantilado y trepamos sus 130 metros con bastante esfuerzo.
“Este paisaje es increíble –me dijo, al llegar arriba, mirando el mar−. ¿No creés en nada de esto, no?”.
Le contesté que tenía la mente abierta a todo, pero lo que se contaba de los templarios en la Patagonia era como fantástico. La orden desapareció antes de que Colón llegara a América, o sea que ellos tendrían que haber llegado mucho antes. Y aquí, nada menos.
Sí sabía yo que la orden acumuló tanto poder que los papas recelaban de ellos. Y los reyes también, claro. El Flecha da por seguro que unos y otros taparon la epopeya de los monjes guerreros en la Patagonia.
“Ocurre que, en aquel tiempo, la corona española tenía un gran ascendiente sobre el Vaticano y es lo que pasa siempre: cada vez que aparece un indicador templario en el mundo, viene el Vaticano para ocultarlo, porque tienen temor de encontrar los Evangelios perdidos y todas esas cosas que están relacionadas con Cristo, que no conocemos y que modificaría toda la historia de la religión”.
Para muchos autores y estudiosos, el Grial es parte de la mitología cristiana medieval, por lo que no hay siquiera una mención de él en la Biblia.
Así como para unos se trata del cáliz de la Última Cena, otros identifican el Santo Grial con la piedra filosofal de los alquimistas, o una alusión velada a la supuesta descendencia que dejó Jesús después de casarse con María Magdalena.
De todos modos, la versión del cáliz es la más aceptada.
La relación entre el cáliz y José de Arimatea procede de una obra escrita en el siglo xii. Según el relato, Jesús, ya resucitado, se aparece a José de Arimatea para entregarle el cáliz y ordenarle que lo lleve a la isla de Britania, donde se estableció una dinastía de guardianes para mantenerlo a salvo y escondido, hasta que, debido a las persecuciones que sufrían en Europa los templarios, lo habrían traído hasta la Patagonia.
Ya es alocada la historia del Santo Grial, desde luego. Pero las leyendas sobreviven porque alguien las cree.
¿Tendrá que ver toda esta geografía desnuda con lo que me está contando?
“Claro que sí −me dice el Flecha, muy seguro−. Todo surge a partir de una bitácora de viaje, un libro, un cuaderno, que fue encontrado en lo de un anticuario en Irlanda del Norte. Allí está escrito, por el propio capitán, el responsable del barco, que se trata de la flota de los templarios y que, alertado por los intentos de apresarlo del rey de Francia Felipe IV el Hermoso como fruto de una operación política, logra escapar en 1307 del puerto de La Rochelle. Felipe atravesaba una crisis económica muy importante, le debía muchísima plata a la Orden del Temple y junto con el papa Clemente V arman toda esta gran mentira acusando a los templarios de homosexuales y de blasfemos para quemarlos en la hoguera. Pero, por fortuna, el capitán se entera y escapa. Dice, en sus escritos, que lleva a bordo el Santo Grial, parte de los Evangelios perdidos y parte del tesoro templario”.
La orden llegó a tener unos veinte mil miembros.
Fueron guerreros implacables y dueños de un misterio insondable: ellos serían los custodios del Santo Grial de Jerusalén.
Es la copa donde Jesús tomó el vino de la Última Cena y donde su amigo José de Arimatea recogió la sangre de Cristo una vez que, en la cruz, fue lanceado por el soldado romano. La protección de esa reliquia llevó a los cristianos a trasladarla de un lado a otro: el rastro del cáliz se pierde en el año 400 en Egipto y reaparece en 1120, cuando lo rescatan los templarios.
Algunos investigadores dicen que los caballeros templarios lo sacaron de Tierra Santa cuando los musulmanes reconquistaron la ciudad y, entonces, su rastro se pierde en los puertos de Francia, primero, y en Gran Bretaña, después.
Los del Grupo Delphos, que fogonea esta cofradía de templarios argentinos contemporáneos y hace expediciones a Las Grutas y Somuncurá buscando el Santo Grial, aseguran que la flota templaria salió de La Rochelle –lugar francés de una excelente ubicación geográfica, equidistante de Bretaña y el País Vasco− en 1308. Ese año lo fue a buscar y lo embarcó en Gran Bretaña con los tesoros y lo trajo a nuestras tierras a través del puerto fortificado que hoy se llama Fuerte Argentino, en el golfo San Matías, un lugar, por cierto, muy protegido.
Si Somuncurá es supuestamente el lugar donde los caballeros de la Orden del Temple llegaron con sus navíos mucho antes de que Colón descubriera América, vale hacerse una pregunta… ¿Cómo lo hicieron?
“El capitán del barco de los templarios dice que navegaron 52 días con vientos empopados y alisios, bajo un cielo desconocido. O sea, habían cruzado el hemisferio. Y dice que atraca en una costa desconocida de noche y al otro día el barco estaba varado en seco. Eso quiere decir que hay una amplitud de mareas muy grande, de entre nueve y doce metros: hay un solo lugar en el mundo así, y es este, el golfo San Matías”. Todo esto, según el Flecha, ocurrió antes de que Colón llegara a América.
El almirante se hizo a la mar en aquel viaje histórico, pero recaló en Portugal, donde estuvo en una catedral de los templarios y donde habría obtenido las cartas náuticas y la cartografía para llegar a un territorio… ¡que ya había sido descubierto!
¿Cómo es posible que Colón le haya pintado las cruces templarias a las carabelas?, pregunto y me pregunto. “Ocurre que él salió del puerto de Palos con las velas blancas… y cuando llega a América tiene las velas pintadas con las cruces templarias ¡en honor de los templarios que les habían dado la información y sabiendo, además, que los pueblos originarios de América ya conocían esas cruces desde mucho tiempo antes!”.
Claro que pienso que todo lo que estoy contando es increíble y suena fantástico. Pero es una buena historia. De a ratos se apoya en datos que parecen verosímiles. Y tiene su dosis de aventura. Es como una buena película, ¿por qué no quedarse a ver cómo termina?
Los buscadores del Santo Grial en la Argentina existen. Las investigaciones sobre los templarios en la Patagonia tienen unos veinte años. A este lugar han venido geólogos, arqueólogos y antropólogos españoles, franceses y alemanes que creen en la hipótesis.
Claro que es difícil imaginar en esta soledad a una comunidad de caballeros templarios viviendo hace mil años.
La cofradía asegura haber encontrado una extraña piedra con una cruz templaria en bajorrelieve, bien adentro de la meseta de Somuncurá.
Y eso es todo.
Ese blindaje acrecienta su misterio. Lo que hay también es brumoso, como la existencia misma del cáliz. Nada se sabe –y nadie se anima a aventurar opinión al respecto− sobre qué pasó después de que esa flota llegara a la lejana Patagonia, ni por qué eligieron este lugar tan remoto, ni cuánto tiempo vivieron aquí.
En 1307, debido a la confabulación entre el Papa y el rey Felipe el Hermoso, un gran número de caballeros fueron apresados, inducidos a confesar sus herejías bajo tortura y quemados en la hoguera.
En 1312, la orden fue disuelta.
Jacques de Molay, último gran maestre, y ciento cuarenta templarios fueron encarcelados y torturados. Sin embargo, frente al palco en Notre Dame, donde iba a ser leída su sentencia, recuperó el coraje y proclamó la inocencia de los templarios y la falsedad de sus propias confesiones: admitió haber mentido para salvar la vida.
Por ese arrebato, fue quemado frente a la catedral el 18 de marzo de 1314.
El Santo Grial puede ser un mito. Aun así, es irresistible.
Y ahora, como una extensión del entramado misterioso que lo custodia, tiene también su lugar en la Patagonia.
“Creo que Fuerte Argentino forma parte de pistas falsas e indicadores, señuelos que fueron dejando los templarios para confundir. No creo que sea el lugar indicado para esconder algo tan importante para la cristiandad”. “¿En dónde, si no?”, surge de inmediato la duda. “En la meseta de Somuncurá”, aparece como respuesta.
Tomé un avión en el aeródromo Saint-Exupéry de San Antonio Oeste y fui a echar una mirada a vuelo de pájaro a un lugar que está entre los más misteriosos y desconocidos del país.
La meseta de Somuncurá parecía infinita. Más de veinticinco mil kilómetros cuadrados repartidos entre Chubut y Río Negro, con una densidad de población menor a medio habitante por kilómetro cuadrado.
¿Quién se anima a atravesar esa meseta de basalto, más grande que Tucumán, desprovista de árboles y caminos?
Solo poca gente vive allí, curtida, sola de toda soledad.
Y hay algo para decir de la vegetación: hay especies que solo existen en este lugar del mundo y en ninguno más.
Tan fuerte es Somuncurá y tan frágil a la vez: porque las amenazas se ciernen sobre su flora y su fauna, aunque parezca mentira. Por eso es área protegida natural. Este país del viento y la nada es de gran interés biológico por la existencia de especies endémicas, que habitan en un solo lugar del planeta. O sea, allí. Como la antiquísima mojarra desnuda, un pequeño pez que no tiene escamas, y la ranita de Somuncurá.
¿Qué hay en Somuncurá?
Se ven lagunas, eso sí, permanentes o temporales. Son como ojos de agua o manchas redondas: los abracadabristas quieren creer que sobre Somuncurá se desató alguna vez una lluvia de meteoritos…
Piedra volcánica, silencio, huellas ancestrales… Y arroyos, flanqueados por arboles sedientos.
Y quebradas y cañadones. Excepto la Puna, no encontré otro lugar así de solitario en toda la Argentina.
Pero lo que le falta en habitantes, lo tiene en leyendas. ¿No es acaso el escondite del cáliz que usó Cristo en la Última Cena?
Una de las puertas de entrada a la meseta de Somuncurá es el pueblo Ezequiel Ramos Mejía, que homenajea a un ministro de Obras Públicas de los tiempos de la Argentina próspera. Cuando visito el pueblo, Javier Giménez, su joven intendente, que gobierna sobre mil cien almas, me dice: “Somuncurá es un misterio. Para nosotros, que elegimos vivir aquí, es un paraíso. Aquí nacimos, aquí vivimos, aquí queremos morir. Además, si estás preparado y la recorrés caminando, vas a encontrar cosas únicas. Especies únicas de plantas, con florcitas, que no superan los cinco centímetros y se aguantan el viento huracanado aferradas a la piedra. Una tenacidad que conmueve, ¿no es cierto? Bueno, nosotros somos como esas florcitas de empecinados. Es duro, pero nos aferramos a esto”.
Somun-curá quiere “decir piedra que suena o habla”. El nombre hace referencia a los silbidos de los fuertes vientos de la primavera, cuando se filtra en las fisuras de las rocas basálticas.
“La leña escasea, en el invierno parece Siberia”, cuenta Javier.
Somuncurá es el tema. Y es inevitable entonces hablar de ella y su gravitación, aunque esboce una sonrisa cuando se le plantean cosas de los templarios y el cáliz de Cristo.
Acá hay conchas, erizos, fósiles de animales marinos confundidos entre el pedregal. Resabios, vestigios de sesenta millones de años, cuando el mar todo lo cubría. (Y vuelvo a acordarme de los templarios y sus barcos que podían atracar en la península porque había veinte metros más de agua que hoy).
A veces, parece que las piedras se van a desbaratar sobre uno.
Fuera de eso, lo único que se ve es una vegetación dura y pinchuda, coirón amarillo, piedra y ausencia de caminos.
La historia de vida del Tigre Nirian es apasionante.
Es uno de los mil habitantes de esta tierra lunar. Uno de los que salió y volvió.
Apenas nos vio llegar, después de tres semanas de no ver a un ser humano, carneó un chivito, lo despostó con rapidez y sabiduría, y lo echó sobre una parrilla. Su casita −o su rancho, dirían los gauchos− parece emerger de la tierra misma. Desde lejos sería difícil reconocerlo como algo artificial a la meseta: “Acá lo único que había eran piedras, ni corrales, ni un lugar playo… todo lo que ves, corrales, casa, lo hice con mis manos. A mi casa la hice con barro, y pude hacer una senda entre las piedras, como para entrar por lo menos en camión o camioneta”.
Miguel Nirian se fue un día a la ciudad, a estudiar. O a ser policía. Pero no fue ni lo uno, ni lo otro. Anduvo por Trelew, Puerto Madryn, Las Grutas, San Antonio Oeste, de albañil, como pintor de brocha gorda, como peón…
Se sumergió en la noche de los tragos, acaso como única paga por tocar y cantar con su guitarra en los bares… y anduvo un poco a los tumbos en la vida. Finalmente, volvió al lugar de donde había salido. “Y volví al lugar de donde había salido. La vida tiene esas cosas circulares, no es cierto? Volví acá y acá está la bendición. Estoy dichoso con lo que Dios hace con mi vida. Regresé hace doce años y soy muy feliz en esta soledad”.
Miguel maneja con mano diestra el chivito a la cruz.
En los alrededores, los piedrones lo cubren todo.
El Tigre no solo era un buen anfitrión y cocinero. Pulsó la guitarra porque sabía del arte de la música y la poesía: inspiraban sus canciones un relato arisco como la meseta que habitaba.
Finalmente, una luna tempranera se colgó del cielo y caímos en la cuenta de que ya era hora de volver. De atravesar esa huella imposible que el Tigre hizo con sus propias manos.
Me despedía de Somuncurá, una meseta bravía, a la que pocos le entran, a la que todos respetan hasta el temor, pero que atesoraba un halo mágico de seducción con sus hijos.
No sé si estará el cáliz de Cristo bajo sus piedras, pero le sobra misterio. Tal vez por eso los tehuelches la veneraban como algo sagrado, tal vez por eso el Tigre Nirian había vuelto al lugar al que pertenecía. Tal vez…
5
Gato y Mancha, la proeza
¿Quién se acuerda hoy de Gato y Mancha, los dos caballitos criollos que en un raid que hizo historia, viajaron desde Buenos Aires a Nueva York sorteando todo tipo de obstáculos, desde pantanos, cordilleras con temperaturas bajo cero y selvas de calor sofocante, pasando por ataques de vampiros y serpientes venenosas? ¿Y quién del temerario jinete –que no sabía andar a caballo− que montando alternativamente en uno y en otro fue recibido con honores en la Casa Blanca?
Allí, en la imponente Casa de Gobierno de los Estados Unidos, el hombre −el gran viajero− de esta historia fue homenajeado por el presidente Calvin Coolidge y condecorado por el general en jefe del Séptimo de Caballería, el cuerpo de combate más cinematográfico de los Estados Unidos.
Yo me interesé en esta olvidada historia después de ver a los dos caballitos embalsamados en el Museo de Luján, en una sala que se denomina, precisamente, “Grandes viajeros”. Allí estaban sus cueros, sobre los que trabajaba en un esmerado proceso de restauración el conocido taxidermista Domingo Tellechea; pero sus restos óseos y su historia estaban en otro lugar, en el corazón de la llanura bonaerense.
La estancia El Cardal, de Ayacucho, era mi destino, donde me recibió don Oscar Solanet, celoso custodio de una historia familiar que puede verse reflejada allí, en un pequeño recinto poblado de recuerdos, en la matera de una estancia que fue fundada en 1880.
La matera es como un museo, es como un homenaje a Gato, a Mancha y al jinete que los llevó desde Buenos Aires hasta Nueva York −después de atravesar veinte naciones de América−, el suizo Aimé Félix Tschiffely.
Es curioso, pero el suizo no era gaucho, naturalmente. Todo lo contrario, ni siquiera sabía montar.
Ahí en la matera, entre tantos otros recuerdos de la proeza, está la silla que utilizó para ese raid formidable plagado de aventuras. “El principal objetivo del suizo era terminar el desafío solo para demostrar las bondades y la resistencia del caballo criollo. Él no buscaba gloria ni plata”, me dijo Solanet.
El suizo, de veintinueve años, era un maestro y profesor de Educación Física del colegio San Jorge de Quilmes, que ignoraba absolutamente el mundo ecuestre. Por eso, cuando se propuso unir Buenos Aires con Nueva York ensillado sobre dos caballos viejos, que tenían quince y dieciséis años, todos los que leyeron la noticia en los diarios creyeron que estaba loco o, directamente, se lo tomaron a broma: “imposible” y “absurdo” eran los calificativos menos agresivos para referirse a la empresa. Y acaso por eso, la historia se engrandece.
Ante la incredulidad general, Tschiffely y sus caballos partieron desde la Sociedad Rural de Palermo el 24 de abril de 1925. “Los periodistas se burlan: ‘este gringo se vuelve de Morón’, y siguieron descreyendo o, directamente, ignorándolo durante mucho tiempo. Recién cuando llegó a Bolivia le empiezan a dar más importancia. Y sobre todo cuando llegó a Perú, que fue la parte más difícil, porque tuvo que atravesar dos desiertos; uno de ellos se llama Matacaballos, para que te des una idea. Fueron 160 kilómetros, sin agua ni pasto, en una sola etapa. Esos son desiertos que van a la par del Pacífico y no había otra manera de llegar a Ecuador. Ahí casi termina su viaje. Salió al atardecer, se hizo la noche y por el cansancio, en pleno desierto, se desmayó”.
Desierto de arena, sin agua ni forrajes; a la sombra, 42 ºC. Pero el suizo se repuso. Cuando despertó, sus caballos estaban junto a él. “Me dije −escribió después en su diario− ‘seguí, gringo, seguí’. Me levanté y vi a Nueva York al final del camino y a mis nobles compañeros dispuestos a seguir peleando. Y seguí”. El gringo, aquella vez y otras, recordaría las palabras de Solanet: “Si usted resiste, mis pingos no lo van a dejar”.
Pero hay que hacer un poco de historia, para conocer cómo empezó el desafío del jinete suizo. La clave está, por cierto, bien lejos de Ayacucho y de El Cardal: allá en los pagos de Sarmiento, Chubut, cerca del bosque petrificado.
Ahí vi el primer monumento a Gato y Mancha.
No era casual, porque si uno observa los caballos que hay por los campos cercanos, verá que conservan el mismo porte que nuestros héroes.
Es que, a lo que es hoy la Argentina, los primeros caballos vinieron con los conquistadores españoles, como Pedro de Mendoza, y se desparramaron rápidamente sobre la pampa. Gracias a su gran movilidad se fueron lejos, hacia el sur, hasta llegar a las profundidades de la Patagonia y durante siglos permanecieron baguales.
Por eso, lo que Emilio Solanet descubrió es que en grandes cantidades y sin cruzamientos todavía sobrevivían ese tipo de ejemplares en la remota provincia de Chubut al despuntar el siglo xx.
En efecto, el caballito puro, de origen andaluz, conservaba intactos sus genes después de cuatrocientos años, y solo fue domesticado por los tehuelches. Naturalmente, se habían adaptado a los rigores patagónicos, por lo que se transformaron en pingos con características especiales y de gran resistencia, muy distintos de los caballos pampeanos, que ya se habían cruzado, primero con los que trajeron los ingleses en las invasiones de 1806 y 1807 y más tarde con los que fueron a buscar a Europa los estancieros de la Argentina opulenta, después de 1860.
Ya en 1917 prácticamente no había caballos criollos en la pampa.
Así es como Emilio Solanet, el padre de Oscar, decide rescatar la vieja raza de los nobles fletes criollos. ¿Y dónde podría encontrarlo en su estado más puro? En el sur profundo, claro.
Por eso, tras la hazaña de Tschiffely, en Colonia Sarmiento y un poco más allá, en Alto Río Senguer en Chubut, donde nacieron los dos caballitos de nuestra historia dentro de la manada del cacique Liempichún, a quien Solanet se los compró, hay sendas esculturas de los caballos de la hazaña.
Esto me contó Alejandro Mouzet, director de Turismo en Colonia Sarmiento: “Gato y Mancha salen de acá, de Sarmiento, cuando eran chicos. Uno con tres años y el otro con año y medio. Se van con las tropillas hacia El Cardal, en Ayacucho, ahí es donde se revitaliza la raza. Acá se clasificaron las yeguas potables para cruzar y se llevan a los padrillos. Pero Gato y Mancha no fueron elegidos para ser padrillos. Cuentan algunos que don García, que era oriundo de acá, de Sarmiento, se fue montado en el Gato en esa primera travesía hacia Buenos Aires. Ya se le veía pasta al caballito”.
Volvamos al viaje entonces.
Tschiffely eligió una silla tradicional de gaucho para su aventura ecuestre, cubierta con una piel, pero no pudo llevar carpa porque era muy pesada. El hombre iba armado con revólver, escopeta y rifle. Y además, llevaba mapas, pasaporte, brújula, barómetro, una manta de lana, un poncho grueso, anteojos y un mosquitero adaptable a su sombrero de ala ancha. Y consiguió unas monedas de plata para pagarles a los guías indios de las tres Américas, para que lo ayudaran a seguir el camino correcto, por si rechazaban los billetes.
Durante el viaje cruzaron varias veces la cordillera de los Andes y también tuvieron que atravesar puentes colgantes suspendidos sobre el vacío, de sospechosa confiabilidad y a más de cuatrocientos metros de altura.
Sobrepasaron los 5900 metros de altura en el paso El Cóndor en Perú, y cruzando glaciares, soportaron temperaturas de más de 18 ºC bajo cero. En la altura de Bolivia a Tschiffely le sangraba la nariz por el aire enrarecido y en una aldea habitada por los indios aymaras, el jinete suizo, por su aspecto y su barba crecida, fue considerado como un demonio, por lo que los vecinos huyeron espantados.
El grupo avanzaba unos treinta o cuarenta kilómetros por día y estuvieron sometidos a toda clase de martirios: en los valles subtropicales del Perú, los caballos fueron atacados por vampiros y el jinete estaba casi siempre al acecho de la posibilidad de contraer una enfermedad tropical para la que carecía de defensas.
Pero las noticias del sorprendente raid se fueron divulgando por todos los países, y los reportajes y agasajos se repetían. “En México capital −me contó Solanet− lo recibieron en cada lugar al que llegaba y, a veces, el suizo se molestaba porque lo hacían trasnochar y él quería
seguir marchando. Y toda esa repercusión le fue dificultando el viaje, también en los Estados Unidos”.
Ahora bien, ¿que se proponía Tschiffely?
Muy simple: demostrar la fuerza y el temple del caballo criollo. Es que se le había metido en la cabeza que era el más resistente de todos los caballos del mundo y por eso se lanzó a ese raid en apariencia imposible.
Sin embargo, los caballos criollos habían cruzado la cordillera con la expedición libertadora de San Martín –eso se sabía−, y Gato y Mancha ya habían hecho un viaje de más de dos mil kilómetros desde Chubut hasta El Cardal.
Pero algo mágico empezó a ocurrir cuando debieron afrontar las pruebas más difíciles. Si bien él era, en principio, un desconocido, en el grupo se desarrolló una confianza y una camaradería que sorprendió gratamente a Tschiffely. Así, descubrió que Gato se dejó amansar rápidamente y notó que poseía un extraño instinto para salir de los pantanos y escapar de las arenas movedizas. Mancha, en cambio, era como un formidable “perro guardián” y no dejaba acercar a nadie, salvo al suizo. El jinete fue muy inteligente y práctico, porque en lugar de perder tiempo buscando el camino, contrataba baqueanos en los poblados indígenas, y les pagaba para que los guiaran por sendas que solo ellos conocían.
Y ya encariñado con ellos, los describió en pinta y alma con su propia pluma:
Desde los primeros días advertí una real diferencia entre sus personalidades. Mancha era un excelente perro guardián: estaba siempre alerta, desconfiaba de los extraños y no permitía que hombre alguno, aparte de mí mismo, lo montase… Si los extraños se le acercaban, hacía una buena advertencia levantando la pata, echando hacia atrás las orejas y demostrando que estaba listo para morder… Gato era un caballo de carácter muy distinto. Fue domado con mayor rapidez que su compañero. Cuando descubrió que los corcovos y todo su repertorio de aviesos recursos para arrojarme al suelo fracasaban, se resignó a su destino y tomó las cosas filosóficamente… Mancha dominaba completamente a Gato, que nunca tomaba represalias.
Tal cual, Mancha era un caballo manchado de pelaje colorado y blanco, un “overo”, muy hábil para atacar y dar patadas a los desconocidos y Gato, que era un “gateado” −más oscuro−, se solía mostrar más amistoso.
“¿Qué comían? –continúa el relato Solanet−. En Centroamérica Tschiffely llegó a comer monos, porque no tenía otra cosa, y los caballos se alimentaban con cañas de azúcar o lo que fuera, lo que ayudó a demostrar la capacidad de adaptación del caballo criollo al clima, a los rigores, a casi cualquier comida. El hombre contrajo malaria y sufrió caídas con lastimaduras que se le infectaron. Gato tuvo un par de accidentes: una herradura mal puesta le causó una infección; en la recuperación lo pateó una mula; en una montaña se desbarrancó y quedó calzado a un árbol, bajo un precipicio. Fue un milagro. Lo sacaron él y el guía con una soga, pero dijeron que si el caballo se desesperaba se hubiera desbarrancado”.
El afecto se hizo tan profundo que el jinete jamás tuvo que atarlos. Aun cuando durmiera en una choza solitaria, los caballos quedaban en libertad y a la mañana lo saludaban con un relincho amistoso. Ambos eran físicamente poco atractivos, pero tenían patas vigorosas, cuello corto y grueso, y una personalidad muy fuerte, fruto de su aprendizaje en la vida salvaje que habían llevado en la Patagonia.
Hasta Cartagena de Indias, el viaje había sido una pesadilla. Después de dos años, su impulso inicial iba decreciendo con las dificultades que aparecían en los caminos. Si bien a medida que avanzaba se iba convirtiendo en héroe, el suizo, de verdad, lo ignoraba, y estaba muy preocupado en el siguiente tramo, el de América Central, en el que debía cuidarse especialmente de las enfermedades, tanto como evitar los bandidos, las serpientes venenosas y los revolucionarios hostiles. México tampoco fue fácil, porque el país estaba inundado por el fervor revolucionario, la anarquía y el vandalismo, y debió ser escoltado por militares hasta la frontera con los Estados Unidos.
Finalmente, Gato, Mancha y Tschiffely entraron a los Estados Unidos por Texas. Luego de tres años y cinco meses sobre montura, el jinete aficionado y sus dos viejos caballos llegaron a Washington DC, el 22 de septiembre de 1928.
En los Estados Unidos se sorprendió cuando hombres y mujeres lo paraban para saludarlo y tomar fotos porque estaban en los diarios. Ya para entonces era una hazaña consumada. Tschiffely llegó a Washington y el presidente Calvin Coolidge lo agasajó en la Casa Blanca, y a los pocos días lo invitaron a dar una conferencia pública de la National Geographic ante 45.000 personas, en un estadio.
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