Read the book: «Salvar el pueblo, gobernar las almas»

Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia
Mejía Guevara, Mario Andrés
Salvar el pueblo, gobernar las almas : la Iglesia católica y la emergencia de lo social en Colombia (1908-1950) / Mario Andrés Mejía Guevara. -- 1a. ed. -- Santa Marta : Universidad del Magdalena, 2020.
(Humanidades y Artes. Historia)
Incluye datos del autor en la pasta. -- Contiene referencias bibliográficas.
ISBN 978-958-746-349-1 -- 978-958-746-350-7 (pdf) -- 978-958-746-351-4 (e-pub)
1. Iglesia Católica y problemas sociales - Colombia I. Título II. Serie
CDD: 282.861 ed. 23
CO-BoBN– a1066498
Primera edición, noviembre de 2020
2020 © Universidad del Magdalena. Derechos Reservados.
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Diseño editorial: Luis Felipe Márquez Lora
Diagramación: Eduard Hernández Rodríguez
Diseño de portada: Andrés Felipe Moreno Toro
Corrección de estilo: Hernando García Bustos
Santa Marta, Colombia, 2020
ISBN: 978-958-746-349-1 (impreso)
ISBN: 978-958-746-350-7 (pdf)
ISBN: 978-958-746-351-4 (epub)
DOI: 10.21676/9789587463491
Hecho en Colombia - Made in Colombia
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Esteban se detuvo de pronto, removido a lo hondo, ante la Explosión de una catedral del maestro napolitano anónimo. Había allí una prefiguración de tantos acontecimientos conocidos, que se sentía aturdido por el cúmulo de interpretaciones a que se prestaba ese lienzo profético, antiplástico, ajeno a todas las temáticas pictóricas, que había llegado a esta casa por misterioso azar. Si la catedral, de acuerdo con doctrinas que en otros días le habían enseñado, era la representación —arca y tabernáculo— de su propio ser, una explosión se había producido en ella, ciertamente, aunque retardada y lenta, destruyendo altares, símbolos y objetos de veneración. Si la catedral era la Época, una formidable explosión, en efecto, había derribado sus muros principales, enterrando bajo un alud de escombros a los mismos que acaso construyeran la máquina infernal. Si la catedral era la Iglesia cristiana, observaba Esteban que una hilera de fuertes columnas le quedaba intacta, frente a la que, rota a pedazos, se desplomaba en el apocalíptico cuadro, como un anuncio de resistencia, perdurabilidad y reconstrucciones, después de los tiempos de estragos y de estrellas anunciadoras de abismos.
El siglo de las luces, Alejo Carpentier
Agradecimientos
La inquietud que se materializa en este texto surgió en un seminario universitario hace más de diez años. De ese momento hasta ahora fueron muchos los lugares que recorrí, muchas las personas que conocí y otras tantas a las que debo un sincero agradecimiento. En primer lugar, Oscar Saldarriaga, profesor responsable de ese seminario, quien me acompañó y guio en mis últimos años de formación en la Universidad Javeriana, y que supo alentar mi curiosidad teórica. De ese centro universitario debo un especial reconocimiento a Jaime Borja y a Amada Pérez por la impronta que aún me acompaña, y por su trato abierto y honesto que recuerdo con afecto. A la profesora Michèle Riot-Sarcey, quien me acogió amablemente en la Universidad de París 8, me empujó cariñosamente a los archivos del Vaticano y me orientó en una parte de la escritura; a Alain Brossat, de quien recibí valiosas orientaciones teóricas en sus cursos, y ya fuera de ellos, un calor humano cercano a la amistad. A Erinç Aslanboğa y a Olcay Bingol, dueñas ambas de ese don turco de hacer sentir al extranjero en un nuevo hogar; a la primera por los breves pero intensos intercambios en Galatasaray Üniversitesi acompañados siempre de un çay, a la segunda por el techo y la compañía que como un abrazo me abrigó durante mi estancia en Estambul. Lorna Ramírez, Patricia Rodríguez, Juan D. Demera, Guillem Serrahima, Luz Dary Mabesoy, Fabian Singelnstein, Paula Acosta, Dalila Ortiz, amistades cuyos aportes, compañías y ayudas superan las limitadas márgenes de este volumen y se inscriben en la experiencia misma de la vida. A esa heteróclita red de apoyo de Montreuil; a Kim Stoller, por ofrecerme ese apacible y bucólico espacio en un rincón de Liguria para la escritura del grueso de este texto; a esas personas que en distintos lugares y momentos me demostraron la vigencia de la palabra hospitalidad en un continente –Europa– que se torna cada día más hostil. Obviamente a mi familia: mi madre, Angélica Guevara, de quien logré liberarme de su aversión por las aceitunas pero de quien recibí, de una u otra forma, su interés por la historia; a mi hermano, John Jairo, por su lealtad bien a pesar de nuestras diferencias, opuestos que se complementan y se acompañan; y a Cristina Mejía, la tía Cris, cómplice de mis decisiones, por esas veladas entre tangos, cumbias, salsa y rock. A Aura Noriega por su paciente trabajo de carpintería con el texto, a Laura Martín, por su crítica meticulosa, precisa y bien intencionada, y por su presencia: destello desafiante ante la intermitencia del tiempo y la distancia. Para cerrar, obviamente a la Universidad del Magdalena por aportar en la materialización de esa lejana inquietud y por los espacios y personas que ella me ha permitido conocer.
Tigrera, julio de 2020
Contenido
Introducción
Lo particular y la estrategia
Lo social: un sector particular
Ensamble estratégico de lo múltiple
Modernidad e inercia. El campode la doctrina social
Modernidad en Colombia u otra lógica moderna
La mutua coexistencia: orden capitalista yorden colonial
De las letras a las técnicas
Modulación y forma
La Iglesia católica al cambio de siglo
La Regeneración y su bienestar
L’inerzia dell’ambiente
El gobierno de lo social y el Reino de Dios
Rerum Novarum y la DSIC
Dispositivo de lo social
La serie táctica de lo social
El pueblo y la miseria
El pueblo y la revolución
El pueblo y la descristianización
Reflexiones finales
Referencias
Introducción
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El contraste más que evidente es violento. Se erige imponente, casi en el centro de la urna, llena de detalles, pliegues, recargada de ornamentos, decorada con piedras preciosas. A unos cuarenta centímetros de la base posa altiva una circunferencia rodeada de destellos solares, morada para el cuerpo de algún dios. Su falta de sencillez lo dice todo. Representación de un estilo estético colonial al tiempo que símbolo grotesco de una victoria. Junto a ella, en ese mismo cubo de cristal, una figura en oro, otra en barro y dos miniaturas orfebres. En la primera predominan las curvas y el volumen; en el centro de lo que semeja la hoja simétrica de algún inmenso árbol tropical se sostiene un rostro antropomórfico que mira desafiante. En la otra, más pequeña, lo que resalta no solo son los rasgos lineales, fuertes, severos, sino las fracturas, los quiebres que deforman su cuerpo; testigo del tiempo, huella de alguna lucha. Las dos miniaturas parecen guardianas de una dimensión oculta o de algún equilibrio cosmogónico; lo que en algún tiempo fue presencia sagrada hoy nos hace pensar en juguetes envueltos en un huevo de chocolate. Un texto reza: “Objetos sagrados en disputa”.
Una disputa que hoy, en la vitrina de un museo, parece estática. Es más, si el texto no hiciera alusión al conflicto, el visitante bien podría pensar que esas figuras se acompañan. Armonía, equilibrio, silencio. Fácil sería hablar, entonces, con voz de especialista, de hibridaciones culturales: cruces heterogéneos y múltiples producto del encuentro de tantos mundos. ¿Problemáticos? Sin duda –se nos respondería–, pero eso es un costo de la historia, hoy enaltecen nuestra riqueza y florecen en nuestra diversidad. Fácil y engañoso. El texto nos salva de esa trampa. Nos sugiere –pues ni alecciona ni da cátedra– la existencia de un conflicto. Uno que se ha dado en el dominio de lo simbólico, de la creencia, de la divinidad. Uno en el que la custodia católica canta y celebra su victoria. Uno que nos remite al pasado pero que no evade –de nuevo la virtud del texto– nuestro presente.
La urna del Museo Nacional de Colombia lo expone perfectamente: la voluptuosidad de la fe cristiana se impuso sobre las otras formas de lo sagrado. Y recodémoslo: fue un violento conflicto que durante siglos se desencadenó en este territorio y que arrojó una pirámide de poder, resultado no de una negociación sino de la implementación de diversas estrategias de lucha que finalmente permitieron una victoria. Conflicto y victoria que configuró lo que somos. Esa confrontación ha asumido muchas formas, se ha dado en varios momentos, en diferentes ámbitos. Este texto busca explorar uno de esos capítulos.
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En la calle doce, en el centro de Bogotá, unas mujeres se aglomeran. Levantan pancartas, algunas tienen el rostro con pintura, hay algo de rabia y de alegría en lo que gritan y repiten. Unos cuantos miembros del grupo antidisturbios, recostados en una de las paredes, las miran con curiosidad, no las ven como amenaza, incluso más de una sonrisa se les escapa. Esa tarde la Corte Suprema de Justicia emitirá la sentencia C-355 que, sin despenalizar el aborto, lo permite en tres circunstancias particulares. Esas mujeres se abrazarán contentas, como habiendo logrado mover un inmenso monolito histórico, pero aspiraban a más. Se contentarán con saber que es un proceso arduo. No saben, por el momento, que catorce años después el Estado no habrá emitido una norma que regule la sentencia. El monolito no hará más que bascular.
En el año 2006 esas mujeres sabían que sería tema polémico, con muchos detractores, que despertaría todo tipo de sensibilidades, que seguramente una masiva marcha en contra de la sentencia sería encabezada por el divino niño Jesús que descendería del barrio Veinte de Julio hasta la Plaza de Bolívar en una redundancia de símbolos nacionales. Eso lo sabían, hacía parte de lo concebible. Lo que las sorprendió fue atestiguar la ineficiencia de la voluntad del Estado. Aunque una de sus ramas, la judicial, se pronunciaba y establecía una directriz sobre el tema, la decisión no tenía alcance real, eficiente, allá en el mundo práctico, pues las instituciones que se ocupan de la salud en el país son, de una u otra forma, confesionales. El Estado dicta pero no puede ejecutar, redacta pero no gobierna.
Ya no estamos hablando de un conflicto de conversión donde la custodia oprime, desvirtúa o fagocita a otras formas de lo sagrado –aunque ahí también hay un tema de gobierno–; se trata en este caso de poner en jaque la capacidad misma del Estado que desde la Constitución de 1991 se propuso ser laico. Tarea ardua, compleja, cuando instituciones, dinámicas, discursos, prácticas, recursos, subjetividades, lugares estratégicos, han sido gobernados por la Iglesia católica. ¿Cómo se llegó a eso?
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Una guerra de mil días. Epitafio para un siglo lleno de guerras civiles y escaramuzas señoriales, epígrafe para uno compuesto por un dilatado conflicto armado, tragedia en múltiples actos. Poco tiempo después del último intento armado de los liberales por hacerse al Estado, el país conoce una serie de transformaciones que alterarán, sin punto de retorno, su fisionomía. Las élites nacionales, en su búsqueda desesperada por acercarse a la deidad moderna del Progreso, orientan sus esfuerzos públicos y privados en la materialización de una promesa onírica. Los destellos de la industria nacional son tenues; el lánguido Estado sueña con ser fuerte, ejercer soberanía, ser omnipresente; los avances tecnológicos van llegando con el ritmo cansino pero firme propio de una pandemia; en los centros poblacionales coexisten los tiempos de la ciudad y del villorrio. En efecto, en las primeras décadas del siglo XX tienen lugar transformaciones que todos llamarán, al unísono, modernas.
En ese periodo Colombia conoce un reajuste de fuerzas. Se produce un cambio en la estructura productiva y la ciudad, la fábrica y las relaciones capitalistas serán su eje central. Los conocimientos literarios ceden su lugar a los conocimientos científicos modernos experimentales y técnicos; se produce una modificación en el imaginario, en el uso del espacio, en los medios de comunicación; en los deseos y las subjetividades hay algo nuevo bajo la piel. Nosotros pensamos que ese nuevo juego de fuerzas que tuvo lugar en el país concierne también a la Iglesia católica y todo el espacio sobre el cual ella ejerce su influencia. Se sabe que su campo de intervención se extendió y que las tensiones fueron bastante fuertes. Sin embargo, es válido preguntarnos sobre la reacción ante todo ese proceso de reajuste: ¿qué fue lo que hizo posible la intervención efectiva de la Iglesia católica?, ¿cuáles fueron las coincidencias, los puntos de encuentro y de repulsión con otras fuerzas existentes? Se han analizado frecuentemente las relaciones entre Iglesia y Estado a través del filtro de sus oposiciones en el proceso de extensión del Estado y de laicización de la sociedad, pero ese fenómeno de gubernamentalidad (Foucault, 2004a) podría ser analizado más como una centralización de los mecanismos de gobierno y no necesariamente como un monopolio total por parte del Estado. En el caso de Colombia, ¿cómo se redistribuyó esa economía de gobierno? En resumen, ¿qué pasó con la Iglesia católica entendida esta como una fuerza política?
Comprender la Iglesia católica a partir de las relaciones de saber/poder que fueron desplegadas para asegurar su influencia y conservar el gobierno moral es un tema que ha permanecido por fuera de las reflexiones de la historia de la Iglesia, de la antropología de las religiones y, aún más, de la filosofía política. Se puede argumentar que la importancia analítica que toma el Estado moderno en las investigaciones disciplinares corresponde al rol preponderante que este toma en la historia de Occidente. Sin embargo, aunque la experiencia histórica de América Latina comparte bastantes elementos con los procesos históricos vividos en Europa, hay obvias particularidades que hacen difícil trazar la línea de pertenencia a la globalidad que supone Occidente. En ese sentido, la preponderancia que la Iglesia católica ha tenido en la carta histórica de América Latina no puede ser descuidada en el momento de pensar las formas de racionalización y las prácticas de poder. Sin duda alguna, América Latina ha conocido, particularmente durante el siglo XIX pero también en el siglo siguiente, un conjunto de tensiones en las relaciones entre Iglesia y Estado entendidas estas como efecto de la modernidad y de la laicización. No obstante, podemos aproximarnos a esta serie de conflictos como momentos de tensión y disputa por la redistribución y la reconfiguración de la economía de gobierno, es decir, una lucha entre dos nodos de captura por los procedimientos de saber/poder.
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En la producción historiográfica colombiana, la Iglesia católica y la religión han sido dos protagonistas centrales, abordadas desde perspectivas y métodos diversos. Esta preocupación constante proviene de la importancia que el cristianismo ha tenido en la historia del país; desde la historia colonial hasta la época contemporánea, la Iglesia y la fe católica han tenido un rol protagónico. Por tanto, ocupan un lugar fundamental en el momento de cuestionar las condiciones de nuestro presente y de nuestra sociedad. Omitir este tipo de presencia en las investigaciones sobre los procesos históricos de la sociedad colombiana no haría otra cosa que esconder —o caprichosamente negar— un factor constante y dinámico. De tal forma, una pregunta surge inmediatamente: ¿cuál es la originalidad y el interés de este trabajo cuando ya se han escrito numerosos volúmenes sobre la Iglesia católica?
Lo que hemos querido, de una manera general, es señalar que las relaciones entre la Iglesia y la modernidad son mucho más complejas de lo señalado por la historiografía local. Esta última ha concebido a la Iglesia como una institución unitaria, homogénea, estática. Dicho de otra forma, una institución monolítica que, frente a la modernidad, en las primeras décadas del siglo XX, escogió la respuesta reaccionaria. El resultado que se obtiene de esta aproximación es el de una hegemonía de la Iglesia y del Partido Conservador en el dominio público y en las instituciones, que impidió el ingreso de varios componentes modernos a la sociedad colombiana. Sin embargo, la Iglesia en Colombia se comportó de una manera algo más compleja: no tanto como una institución que elevó una fortificación tradicionalista, sino como un campo que creó una máquina de integración capaz de capturar elementos, prácticas, códigos y valores modernos como una estrategia para conservar el gobierno moral.
Esa estrategia es la que es expuesta y analizada en este texto. Para ello, hemos dividido el libro en tres capítulos. El primero, expone el marco conceptual a partir del cual hemos abordado la problemática. En ese sentido, dos conceptos son fundamentales. De un lado, el concepto de lo social descrito por Jacques Donzelot y delimitado por Gilles Deleuze. Este concepto nos permite verificar que, a medida que la Iglesia católica reacciona a las transformaciones del país, emerge un nuevo sector: ciertos objetos discursivos son delimitados, enunciados precisos circulan y políticas, prácticas e instituciones anteriormente inexistentes aparecen. En la constitución y emergencia de ese sector particular, la Iglesia tendrá un rol fundamental a partir de la negociación entre elementos múltiples: formulaciones científicas, desarrollos tecnológicos, innovaciones técnicas, reivindicaciones políticas, tipos de organización y de movilización colectiva articuladas sistemáticamente con prácticas doctrinales, principios teológicos y valores cristianos. Para dar cuenta de esta articulación de elementos múltiples, tomamos el concepto operacional de dispositivo forjado y empleado por Michel Foucault. Desde esa perspectiva, hablamos de un dispositivo de lo social en el interior de la Iglesia católica, entendido como el ensamblaje estratégico de elementos discursivos y no-discursivos constitutivo de la aparición en el país de lo social como sector particular.
Pero no podemos avanzar en el análisis de la estrategia empleada por la Iglesia con la intención de conservar el gobierno moral en Colombia sin antes entablar un diálogo crítico con los postulados historiográficos sobre la modernidad en el país. Ese será el objetivo del segundo capítulo. Tomando apoyo en reflexiones y conceptos desarrollados por los estudios poscoloniales, decidimos hacer una evaluación de las condiciones de la modernidad en Colombia durante las primeras décadas del siglo xx. Esta interpretación esboza un cuadro donde predominan los cruces, las articulaciones y los desplazamientos hegemónicos a causa del reajuste que provocó la modernidad en Colombia. La imagen que de allí se desprende es contraria al paisaje bipolar que toma como punto de partida la dicotomía tradicional/moderno que ha servido de base a la historiografía de la modernidad y de los procesos de modernización en el país. Una aproximación a la Iglesia católica en el cambio de siglo cierra el segundo capítulo, para así exponer el momento de transición en el cual se incorporan los postulados de la Doctrina Social de la Iglesia, entendida esta como esquema general de trabajo alrededor de los problemas sociales.
En el tercer capítulo intentamos dar cuenta del dispositivo empleado por la Iglesia bajo las condiciones de existencia de la modernidad en el país. Tal dispositivo es la forma utilizada por la Iglesia para delimitar ciertos objetos de discurso, introducir y articular conceptos, nociones y enunciados, adoptar planes, políticas, programas e instituciones que le permitieron ser un agente activo en la delimitación de lo social. En otros términos, exploramos en ese capítulo final la manera que tuvo la Iglesia de articular elementos discursivos y no-discursivos como respuesta a una urgencia para lograr conservar el control moral en la sociedad colombiana y hacerse a una nueva victoria.
Lo particular y la estrategia
En este capítulo definimos los dos conceptos a partir de los cuales analizamos la actividad de la Iglesia católica en las primeras décadas del siglo XX en Colombia. Para definir y delimitar el concepto de lo social, nos basamos en la exposición genealógica sobre la familia hecha por Jacques Donzelot y en la definición que sobre este término da Gilles Deleuze. La segunda parte abarca el concepto de dispositivo, razón por la cual consideraremos la obra de Michel Foucault. Aunque él nunca presentó una definición propiamente dicha, es decir, una definición precisa dentro de una teoría o de un pensamiento sistemático, consideramos que es posible, luego de explorar su obra, extraer una acepción operacional. Así, podremos al finalizar este capítulo dar una definición general de lo que consideramos el dispositivo de lo social de la Iglesia católica.
Lo social: un sector particular
Nos interesamos en el texto de Donzelot (2005), La police des familles,1 por la delimitación de lo social en cuanto espacio particular. Por tanto, nuestro propósito no es hacer un comentario exhaustivo del texto mostrando todas sus unidades, su composición metodológica y las críticas de las que ha sido objeto. Tampoco se trata de sacar algunas conclusiones para aplicarlas al caso colombiano, ya que entendemos bien la distancia existente entre las condiciones particulares de cada país, el conjunto de sus relaciones propias y las diferencias en los procesos históricos de cada contexto. En ese sentido, nos concentramos en la caracterización y el hecho de lo social.
Cuando Donzelot (2005) toma a la familia como objeto de estudio, lo hace con dos intenciones generales. La primera, mostrar el funcionamiento del gobierno en la sociedad liberal avanzada. Desde esa perspectiva, la familia es entendida como un ejemplo del ejercicio del poder operado desde finales del siglo XVIII. Es decir, la familia es tomada como punto de ataque para exponer el funcionamiento del gobierno en los últimos dos siglos. El segundo objetivo es extraer las prácticas de transformación de la familia, prácticas que, a su vez, establecerán las formas de integración de nuestras sociedades que les dan su carácter policiaco. Por tal razón a lo largo del texto de Donzelot el objeto “familia” se difumina en provecho de otro: lo social.
Pero esa doble intencionalidad no omite —al contrario, exige— que el autor señale las distancias tomadas respecto a las interpretaciones historiográficas y políticas dominantes sobre la familia. Según Donzelot, la historia política ha definido la familia como una reproducción del orden establecido, convirtiéndola en el blanco de defensas y ataques políticos por parte de la sociedad. De un lado, los conservadores la habrían defendido como el centro constitutivo del Antiguo Régimen. Defensores también los liberales, pero a partir de otros términos: la familia como garante de la propiedad privada, de la ética liberal y como límite de la intervención del Estado. Desde otro lugar, el socialismo y el feminismo atacarán la familia porque sería el lugar de imposición del orden establecido, sea capitalista, sea patriarcal. Otra interpretación, esta vez desde el psicoanálisis, permanecería entre esas posiciones: la familia definida como el lugar donde es posible percibir el psiquismo individual y colectivo. Otra interpretación historiográfica la ofrece la historia de las mentalidades. Esta afirma que la familia moderna debe su formación a la lenta extensión del modelo que la burguesía forjó; que es entonces una reproducción y una expansión concéntrica de sus principios, su lógica, sus sentimientos, sus costumbres y su organización.
Apartándose de esas interpretaciones, Donzelot demuestra cómo fueron efectuadas las intervenciones que conducirían a la modificación de la familia en el seno de la sociedad francesa. Un cambio que el autor define como el paso del gobierno de las familias al gobierno por la familia. Según Donzelot, en el “gobierno de las familias”, propio del Antiguo Régimen, el padre era el responsable de la conducta de cada uno de los miembros (la mujer, los niños, la parentela, los domésticos), por lo que podía interferir sobre sus destinos y regular las relaciones internas. A su vez, el ejercicio de ese poder se sostenía sobre la relación de dependencia entre el padre y un afuera, es decir, el padre como figura responsable del comportamiento de la familia frente al poder soberano y frente a las entidades públicas (religiosas, corporativas, aldeanas).
De otro lado, los reclamos dirigidos al Estado en busca de más subsidios, por parte de una población sometida a una creciente miseria, y las profundas fracturas entre la burguesía y las clases populares dan forma al “gobierno por la familia”. Ante esa doble amenaza contra el Estado y la sociedad liberal, la respuesta fue convertir la familia en el médium por el cual cada miembro podía afirmar su realización. La interpretación de Donzelot (2005) demostrará la exacerbación del carácter familiar, así como la exposición a sus miembros de las ventajas e inconvenientes para conectar las exigencias normativas y los comportamientos económico-morales. De tal manera, el autor ilustra la tutela de la familia en nombre de la lucha contra la inmoralidad, la falta de educación y las falencias sanitarias. En nombre de los miembros más frágiles (mujeres, niños), la familia es objeto de un gobierno directo. Intervención estatal, correctiva y salvadora. Pero la familia puede aumentar su autonomía si logra dominar sus necesidades y su capacidad económica: es el lugar del ahorro, de la promoción de la mujer, de la moral del trabajo, de la iniciativa escolar. Al ganar y conservar su autonomía, ella se hace responsable de los comportamientos normales de sus miembros pero ella puede, a pesar suyo, ser objeto de una tutela directa. De esta manera, la familia moderna es, al tiempo que liberada, controlada. Producto de una transformación y no de una conservación.
La familia moderna no es tanto una institución como un mecanismo. Y debido a la disparidad de figuras familiares (bipolaridad popular y burguesa), al desnivel entre el interés individual y el interés familiar, este mecanismo funciona. Su fuerza reside en una arquitectura social, cuyo principio es desde siempre acoplar una intervención exterior a los conflictos o diferencias de potencial en el interior de la familia: protección de la infancia pobre, que permite destruir la familia como islote de resistencia, alianza privilegiada del médico y del educador con la mujer para desarrollar prácticas de ahorro, de promoción escolar, etc. Las prácticas de control social cuentan mucho más con la complejidad de las relaciones intrafamiliares que con sus complejos, con su apetito de promoción que con la defensa de sus privilegios (propiedad privada, rigidez jurídica). Maravilloso mecanismo, puesto que permite responder a la marginalidad con una desposesión casi total de derechos privados y favorecer la integración positiva, la renuncia a la cuestión del derecho político por la búsqueda privada del bienestar (Donzelot, 2005, pp. 89-90).
Bajo las condiciones y las exigencias del Estado liberal, el procedimiento que finaliza la transformación de la familia fue el conjunto de medidas elaboradas por la filantropía. Al poner a disposición equipamientos colectivos, ella logró responder a las preguntas formuladas por el Estado liberal: ¿cómo contener el riesgo que la miseria significaba?; ¿cómo disciplinar a las clases trabajadoras? Dicho de otra manera, preguntas que se resumen en la necesidad de organizar y controlar una población que asegura la pervivencia del mismo Estado liberal. En esa medida, la filantropía se inscribe dentro de las estrategias biopolíticas del siglo XIX (Donzelot, 2005).
Según Donzelot (2005), la filantropía se organizó a partir de tres polos. El polo asistencial remite a la esfera privada, las demandas formuladas al Estado en términos de derecho al trabajo y a la asistencia. Ese polo toma al Estado como lugar de paso de un cierto número de consejos y de preceptos de comportamiento, centrados en la pedagogía del ahorro entendido como medio para fortalecer la autonomía familiar, en la reducción de formas orgánicas, festivas y transfamiliares de solidaridad y, por último, en la supresión de los riesgos que significaban la dependencia y la insurrección. Así, en lugar de la donación, la filantropía prodiga el consejo práctico y normativo apuntando la falta moral que determina la pobreza de cada familia. Es así como se invierte una cuestión de derecho político en moralidad económica.
El segundo es el polo médico-higienista. Este lo utiliza el Estado como medio material para conjurar los riesgos de destrucción de la sociedad por la disminución física y moral de la población, por la aparición de luchas y por el surgimiento de la violencia política. La orientación médica se compromete a señalar los lugares de intervención estatal donde la liberalización de la sociedad toma el riesgo de invertirse. Para ello, recurre al cuerpo legislativo protector de la infancia, de la salud y de la educación como una manera de intervenir en la familia en nombre de una vida sana y disciplinada. En ese sentido, la higiene pública y privada, la educación y la protección de los individuos más frágiles se dirigen a la población que la industria emplea, al tiempo que se asegura la adaptación positiva de los individuos (Donzelot, 2005).
Donzelot (2005) afirma que el tercer polo surge a finales del siglo XIX en el cruce de las líneas que pertenecen a los otros dos polos. Es el polo de la infancia donde esta es el objeto privilegiado, sea porque ella puede estar amenazada (infancia en peligro), sea porque ella se puede convertir en elemento amenazante (infancia peligrosa). Es el momento de la creación de las sociedades y patronatos de la infancia y de la adolescencia, que se ocupan de los elementos peligrosos con el fin de volverlos útiles mediante el aprendizaje de oficios o de actividades productivas. Pero es también el momento de las campañas e iniciativas para la protección de la infancia que permitirán una transferencia progresiva de la soberanía de la familia moralmente insuficiente hacia el cuerpo de notables filántropos, magistrados y médicos especialistas de la infancia.
Teniendo a la infancia como punto de convergencia privilegiado, la interacción de líneas de esos polos permitirá la configuración de eso que se conoce como “lo social”. El movimiento asistencial y paternalista que se había propuesto conjurar la cuestión de la pobreza encuentra su legitimidad en las viviendas sociales, las escuelas, las cajas de ahorro, el subsidio familiar y todo un conjunto de provisiones familiares, en la promulgación de normas sanitarias y educativas. En efecto, el Estado asume el rol de garante del buen funcionamiento de la sociedad liberal, cuando la asistencia pública, la justicia por la infancia, la medicina, la psiquiatría, la escuela y los organismos de recomendaciones oscilan entre, por un lado, la difusión de normas educativas, sanitarias, económicas y morales que fortalecen la autonomía de la familia y de sus miembros y, por otro lado, la intervención directa en la familia en nombre del bienestar de los más débiles. Según Donzelot (2005), desde el final del siglo XIX aparecen una serie de profesiones: asistentes sociales, educadores especializados y coordinadores, agrupados bajo un estandarte común, el trabajo social.
Con el recorrido histórico descrito por Donzelot como horizonte, la definición de lo social que ofrece Gilles Deleuze toma toda su amplitud. En el texto L’ascension du social que sirve de epílogo al libro La police des familles, Deleuze (2005) dice:
Ciertamente, no se trata de adjetivo que califica el conjunto de fenómenos de los que se ocupa la sociología: LO social remite a un sector particular en el que se incluyen, si es preciso, problemas muy diversos, casos especiales, instituciones específicas, todo un personal cualificado (asistentes “sociales”, trabajadores “sociales”. Se habla de flagelos sociales, del alcoholismo a la droga; de programas sociales, de la repoblación al control de natalidad; de inadaptaciones o de adaptaciones sociales (del predelincuente, del temperamental o del disminuido, hasta los diversos tipos de promoción) (p. 213).
En efecto, el libro de Donzelot da cuenta no solamente de la transformación de la familia sino también de la constitución y de la emergencia a partir del siglo XVIII de ese sector particular en Francia. Lo social no se confunde con el sector judicial, ni con el sector económico, ni con el sector público/privado, incluso si tiene múltiples relaciones con ellos. Es, como lo dice Deleuze (2005), un híbrido moderno definido por el cruce entre la ley y el aparato judicial que, a su vez, toma nuevas extensiones, con las reglas y exigencias económicas llegando incluso a crear toda una “economía social”, con las intervenciones del Estado modificando los límites entre lo privado y lo público. Es un sector cuyas líneas constitutivas se entrecruzan a diferentes niveles. No es la misma organización si se trata de una familia obrera o de una familia rica, de una familia urbana o de una familia rural. No es la misma jerarquía asistencial respecto a sus miembros: en vez del hombre la mujer, mejor los hijos que los ancianos. No se hacen donaciones (limosna, bienes materiales) pero sí se prodigan consejos, normas, principios. Aunque los sujetos —la familia y sus miembros— ganen en autonomía, el control se estrecha. Se rompe y redistribuye la autoridad paternal; la mujer, por su parte, encuentra el principio de su promoción social. Una red de miradas con el deber de hablar y señalar los lugares de intervención: la medicina, la higiene, la pedagogía, la psiquiatría, la sociología, el derecho, el psicoanálisis. En resumen, diferenciación ricos-pobres, ciudad-campo; nuevos sujetos y objetos de la asistencia; redistribución de la autoridad y del control; varios saberes bajo el registro del trabajo social.
Así pues, ese sector particular, ese híbrido moderno, nace de una nueva redistribución en el campo de fuerzas. Finas líneas de mutación que actúan —para el caso descrito por Donzelot— sobre la familia modificándola, pero al mismo tiempo, delimitando el dominio de lo social. A pesar de sus múltiples cruces, se trata en efecto de un nuevo campo donde se distribuyen nuevas técnicas de intervención, nuevos objetos de saber y toda una serie de instituciones y de personal especializado. Sin embargo, y es preciso señalarlo tanto como sea necesario, la ascensión de lo social producto de la transformación de la familia solo es válida para el proceso analizado por Donzelot. Ese proceso de redistribución y de modificación de relaciones no será el mismo en un país periférico como Colombia. La formación y emergencia de lo social como sector particular en ese otro contexto respondió a un campo de condiciones y de intereses diferente; fue una ascensión de lo social determinada por otro tipo de reajuste histórico.
A pesar de la fluctuación de líneas que permitieron la constitución de lo social en Colombia, ese proceso no ha sido debidamente analizado. En ese marco, nuestro trabajo quiere contribuir de alguna manera a esbozar la carta de vectores constitutivos de lo social, enfocándonos en el campo de intervención de la Iglesia católica en las primeras décadas del siglo XX.
La historiografía local sobre el tema de lo social como lo hemos definido aquí se divide en dos ramas. Por un lado, la historia política y socioeconómica y, por otro, la historia de las ideas y de las ciencias. En lo concerniente a la primera, el punto de partida de la gran mayoría de estas investigaciones es la definición de lo social a partir del Estado. En ese sentido, esos estudios hablan de un proceso de ajuste de lo social por el Estado como efecto de las reformas y políticas desarrolladas a lo largo de la década de 1930 por los gobiernos liberales. Autores como Pécaut (1987) o Silva (2005) sitúan la configuración del dominio social a partir de la creación de instituciones para el bienestar del pueblo como parte de los propósitos sociales del Estado. Se identifica entonces la formación del sector social con la puesta en marcha en el país de los principios generales del Estado de bienestar. Según estos estudios, antes de la gestión de esos gobiernos liberales no existían las instituciones, iniciativas, políticas, oficios, conocimientos y medidas que pudieran llamarse, a título propio, sociales. De tal forma, antes de la intervención estatal, solo existían instituciones diseminadas que ofrecían servicios bajo la orientación de la tradición colonial.
En efecto, la mayoría de los estudios de historia política y socioeconómica del país han entendido lo social ligado a una falta o a una precariedad del modelo de nación, que habría dificultado la consolidación de una gestión estatal de lo social (Bushnell, 1993). En ese tipo de lectura, la definición de lo social permanece atada a un sector de la población (enfermos y pobres) o al conjunto de la nación colombiana (la sociedad). Además, lo social en la gran mayoría de esas lecturas socio-económicas es considerado como un campo de la sociedad colombiana profundamente fragmentado a causa de las divisiones históricas que continúan proyectándose hasta el presente (Palacios y Safford, 2002). Aquella fragmentación, revelada en lo geográfico, lo estatal y los intereses partidistas, es presentada por Marco Palacios (1995a) de la siguiente manera:
La inmensidad de una geografía accidentada en relación con la escasa población; la pobreza secular; el desbarajuste de las estructuras de la administración pública agravado por las ambiciones y rencores que, anidados primero en el corazón de élites arrogantes, se filtrarían, bajo la forma del sectarismo rojo y azul, desde las ciudades a los vecindarios más apartados y humildes (p. 13).
Lo social aparece entonces en relación al conjunto de fracturas históricas compuestas por los partidos políticos, las diferencias regionales y los accidentes geográficos. Para autores como Marco Palacios, F. Safford o David Bushnell, la causa principal de esta precariedad que ha dificultado la consolidación de lo social en el país fue la rivalidad entre los dos partidos políticos tradicionales del país, liberal y conservador, que con sus luchas sectarias desintegraron la débil unidad nacional y agravaron la impotencia del Estado.
Este tipo de interpretación ha permitido afirmar categóricamente que el Estado colombiano delegó la responsabilidad social a la Iglesia. Como hechos históricos que corroboran esta tesis se señalan la Constitución de 1886, el Concordato firmado entre el Vaticano y el Estado colombiano en 1887 y la posterior llegada masiva al país, durante las últimas décadas del siglo XIX, de órdenes religiosas vinculadas principalmente a la educación y a la beneficencia (Melo, 1989, 1996; González, 1997). Aquello constituye el marco general a partir del cual se asegura que Colombia no finalizó un proceso de secularización, frenando e impidiendo a su vez la realización de una sociedad propiamente moderna. Un proceso que iba a contrapelo de lo que pasaba en otros países de la región y que explicaría la incapacidad del Estado colombiano de consolidarse como regulador de la sociedad. En este orden de ideas, la fragmentación regional, cultural y bipartidista habría sido la causa fundamental de la formación de un Estado débil, entendida tal debilidad como uno de los efectos visibles de procesos modernos no conducidos a término (Palacios, 1995a).
Respecto a los estudios historiográficos sobre la formación del conocimiento de lo social en el país, el texto de Leal y Rey (2000) se presenta como referencia imprescindible. Si bien existen otros textos sobre esta temática, este representa y sintetiza los postulados fundamentales desde la historia de las ciencias y la historia de las ideas sobre la producción de discursos científicos (Jaramillo-Uribe, 1970; Castaño, 1986). En él se presenta el marco aceptado hasta ahora sobre el pasado de las ciencias sociales en Colombia, donde se afirma que la profesionalización de las disciplinas sociales ha sido relativamente reciente y fuertemente ligada a la modernización del Estado y de la sociedad en la década de 1930.
Este análisis institucional de las ciencias sociales en Colombia parte de la definición actual de las disciplinas que demarcan los límites del estudio de lo social. El “pasado” de los saberes sobre lo social es descrito como una serie de eventos aislados asumidos como precursores de las actuales ciencias sociales. En esa lectura se ven dos movimientos de análisis: primero, se asume la existencia de un campo disciplinar contemporáneo (la psicología, la sociología) para intentar identificar el momento de su emergencia, de su origen. De ello resulta la producción de una serie de artículos dedicados cada uno a una disciplina en particular, lo que produce el efecto de un origen igualmente independiente. Después se establece una relación estrecha entre la modernización estatal y las ciencias sociales donde se explica la consolidación al tiempo que el carácter fragmentario de las ciencias de lo social en Colombia.
En ese sentido, se concluye que aquellos saberes dedicados a lo social no existieron antes de la cuarta década del siglo XX. Se afirma entonces que antes de esos años no existía un campo intelectual ni conceptual, negando asimismo la posibilidad de reconocer una configuración de saber diferente a la actual. A partir de esas interpretaciones historiográficas, de las que el libro de Leal y Rey es un ejemplo representativo, lo que hubo al cambio de siglo fueron intelectuales (abogados especializados) aficionados en el estudio de teorías sobre sociedades desarrolladas “en otras latitudes”, sin espacios institucionales de discusión y de circulación para sus apreciaciones. En ese sentido, las correspondencias entre ese tipo de historia institucional de los saberes y la historia política y socioeconómica de lo social son evidentes.
Sin embargo, hay que señalar que desde hace algunos años, trabajos provenientes de la historia, la filosofía, la sociología y la antropología han desarrollado nuevas formas de estudio de lo social. Ejemplo de lo anterior, el volumen Pensar el siglo XIX identifica nuevas claves para dar cuenta de la constitución del orden político decimonónico y su idea de nación, no solo desde cuestiones económicas, sino también culturales, es decir, dando una especial atención al “entramado simbólico que quiso instaurarse como fundamento cultural de la nación colombiana en el siglo XIX” (Castro-Gómez, 2004, p. 3). A ese nivel Zandra Pedraza ha marcado puntos fundamentales en el debate sobre la apropiación de las ciencias naturales y sociales. En sus trabajos ella explora el rol de la biología en la construcción del orden político finisecular. Pedraza (2004) afirma que “el pensamiento social colombiano y latinoamericano se nutrió durante el siglo XIX de los principios de la biología y produjo un conjunto de recursos para el gobierno de la vida” (p. 185). En ese sentido ella explora los cambios en las formas de gobierno y los intereses políticos de la inscripción en el cuerpo de las formas específicas de ejercer el poder alrededor de la vida.
También se encuentra el trabajo de Castro-Carvajal (2007), quien en su búsqueda a propósito del trato de la pobreza en el país desde 1870 expone la forma en que se cruzaron las iniciativas públicas, privadas y personales de ayuda a los pobres. Agrupando en dos grandes bloques las estrategias alrededor de la pobreza, la ayuda institucional y la ayuda a domicilio, Castro marca la constitución de una red compleja de establecimientos donde participan el Estado, las sociedades privadas, las órdenes religiosas y ciudadanas. Según la autora, hacia 1870 el Estado comenzó a buscar la mejor manera de garantizar la prestación de servicios concediendo recursos a los establecimientos públicos y privados como hospitales, asilos, orfanatos, etc. Un tipo de gestión administrativa que encontraría una cierta estabilidad hacia 1920 por la aplicación de impuestos, presupuestos municipales, departamentales y nacionales y, finalmente, por la creación de loterías. Como lo sostiene Castro-Carvajal (2007), es posible entonces considerar el año 1870 como el momento en el que lo social entró con evidencia y notoriedad en los programas de gobierno colombiano más allá de las afiliaciones políticas y de los agentes que creaban y aplicaban esas nuevas estrategias de intervención.
Por su parte, el trabajo de Obregón-Torres (2002) marca las articulaciones entre ciencia y política a partir del caso de la lepra en Colombia. La enfermedad aparece como el eje sobre el cual fueron articuladas nuevas racionalidades económicas y productivas y los intereses estatales de control sobre la población. Ese ensamblaje contemplaba la preocupación política para “regenerar” un pueblo que, a partir del saber médico de la época y del discurso político, comenzaba a aparecer como degenerado, pobre y enfermo. En la misma línea, el trabajo de Noguera (2003) reconstruye la emergencia del discurso médico e higienista en Colombia, así como las prácticas y los efectos sociales y políticos que él contribuyó a producir.
A ese nivel, se ha analizado el rol de la eugenesia en la articulación de los programas de higiene propuestos y aplicados en los primeros años del siglo XX. Como lo muestra McGraw (2007) para el caso del Caribe colombiano, los proyectos higienistas fueron realizados a partir de “ideas científicas que reprodujeron las jerarquías raciales, de género y de clase ya existentes” (p. 73). En América Latina, en general, la convicción de que existía una raza degenerada encontró en la eugenesia y en el darwinismo social una vía sobre la cual proyectar soluciones sociales y programas políticos en acuerdo con teorías biológicas (Stepan, 1991). Como ha sido destacado por Restrepo y Becerra (1995), aunque en Colombia la biología no se consolidó como disciplina científica, diferentes líderes intelectuales utilizaron el estatuto epistemológico del evolucionismo para debatir y legitimar las estrategias políticas alrededor del orden social.
Estos estudios han permitido superar los principios y criterios de la historia política, la historia socioeconómica y el análisis institucional de los conocimientos que, por un lado, hacían coincidir la formación del sector social con la modernización del Estado en la década de 1930 y, por otro lado, marcaban el surgimiento de los conocimientos sociales en el momento en que fueron institucionalizados en el país. Se ha logrado, por tanto, abrir el campo de las relaciones simbólicas y de las relaciones de saber y de poder hasta el punto de hacer más clara la circulación de metáforas, conceptos, nociones y de estructuras de análisis sobre lo social, sus articulaciones con conocimientos positivos y las formas de intervención en la sociedad. Sin embargo, el panorama historiográfico sufre aún de algunos vacíos.
En la historiografía local, el debate entre religión y ciencia está siendo analizado en un contexto más complejo que aquel de la polarización partidista (Tovar, 1996; 2002). No obstante, en esa línea queda por mostrar cómo el sentido de lo social se encontró entre las definiciones seculares y las definiciones religiosas en el momento en que la Iglesia católica se preocupó oficialmente de la “cuestión social” (con la encíclica Rerum Novarum de 1891) y de la institucionalización, desarrollo y divulgación de la ciencia moderna (con Aeterni Patris en 1879). En ese orden de ideas, deseamos contribuir a colmar el vacío existente respecto a las relaciones discursivas que han permitido a la Iglesia católica pronunciarse a propósito de lo social en el país e intervenir en su nombre. En otras palabras, queremos esbozar el tipo de intervención orientada por la Iglesia, identificando el registro particular de enunciados que hicieron posible la racionalización católica sobre lo social. Sostenemos, pues, que ciertas líneas constitutivas del sector particular de lo social en el país fueron jalonadas por la Iglesia católica, haciendo uso de nociones y conceptos provenientes de las ciencias positivas. De tal manera, debe ser considerado el diseño operado por la Iglesia católica en la formación de lo social y su capacidad de crear un espacio reglamentado donde se trataron temas como la higiene pública, la ayuda pública, la protección de la infancia y del obrero, la seguridad social, la rehabilitación de la infancia […] Un campo donde circularon nociones como “sociedad”, “cuerpo social”, “progreso social”, “orden social”, “justicia social” y otras tantas análogas, constitutivas de ciertos modos de producción de verdad sobre la población colombiana.
Como uno de los postulados de nuestra investigación, tenemos el conjunto de conclusiones de autores como Saldarriaga y Dávila (2004; 2007; 2012) a propósito de la apropiación del positivismo en Colombia. Ellos afirman que hacia 1870, después de la fundación de la Universidad Nacional y de la polémica académica conocida como Cuestión textos2, el campo de saberes sobre el “hombre” tuvo una “ruptura epistémica” gracias a la introducción de la distinción teórica entre las “ideas objetivas” y las “ideas subjetivas”. Ese campo de saber compuesto hasta entonces por la gramática general, la ideología y la economía política, sufrió una transformación de sus métodos a través de la apropiación de las nociones y de los métodos provenientes de las ciencias experimentales, que circularon principalmente con el libro de Claude Bernard L’Introduction à la méthode de la médicine expérimentale (1865). Aquella distinción permitió una operación epistemológica con efectos políticos: salvaguardar la validez del antiguo régimen de veracidad de la ciencia racional —la existencia de verdades universales, absolutas, inmutables— y, al mismo tiempo, incorporar el nuevo régimen de veracidad de la ciencia experimental —la existencia de verdades, también universales, pero relativas y mutables—. Este es el fondo del trabajo que las distintas escuelas positivas realizaron en América Latina (Saldarriaga, 2004; Dávila y Saldarriaga, 2012).
En Colombia, tal ruptura significó que hacia finales del siglo XIX y principios del siglo XX los métodos y los valores de las ciencias experimentales o positivas dominaron el campo epistemológico, donde se entrecruzaron de una manera compleja las ciencias humanas y las ciencias naturales. Todos los intelectuales colombianos, entre ellos los pensadores católicos, se encontraron forzados al efecto retórico de legitimar sus discursos con las ciencias. Así, los conceptos que fueron apropiados o formulados debieron ser efectivamente construidos según las nuevas reglas de producción de verdad. Incluso la religión debió ser validada en el dominio de las ciencias positivas, y en ese proceso circularon, en todas las direcciones, nociones, conceptos, metáforas y métodos entre las ciencias naturales, las ciencias humanas, los discursos políticos y los discursos religiosos y morales.
Ensamble estratégico de lo múltiple
Esta segunda parte trata de la definición y uso del concepto operativo de “dispositivo”.3 Nos aproximaremos a la obra de Michel Foucault, para comprender la forma en que ese concepto responde a exigencias y necesidades propias de la búsqueda intelectual del autor, por lo cual examinaremos su rol e importancia en las investigaciones concernientes a las relaciones entre saber y poder.
Es evidente que en la obra de Foucault existen conceptos importantes alrededor de los cuales se buscarán definiciones precisas para poder desplegar su significado y su alcance teórico. Sin embargo, abordar de esa manera conceptos como enunciado, discurso, dispositivo, biopolítica, poder, saber, episteme, entre otros tantos, no es necesariamente la vía más apropiada para comprenderlos. Como se ha dicho en repetidas ocasiones, más que un sistema filosófico, la obra de Foucault funciona como una caja de herramientas y, en ese sentido, hay una severa distancia con relación a las definiciones y a la coherencia de las filosofías sistemáticas. Eso no quiere decir que en la obra de Foucault no exista un plan de trabajo, un cuadro de direcciones posibles o una preocupación metodológica para producir nociones y conceptos operacionales. Cuando hacemos referencia a la caja de herramientas, queremos insistir más en el plano del procedimiento que en la zona de las definiciones de un pensamiento que navegó continuamente, que siempre permaneció en movimiento y en el que las seguridades podían volver fácilmente al estado de duda y de incertidumbre. En resumen, un pensamiento que en su movimiento se transformaba y al que no le era ajena la contradicción.
En ese orden de ideas, abordar el concepto de dispositivo no equivale a buscar el lugar y el momento exacto en el que la definición pudo haber sido construida, ni a reconstituir los trazos para ofrecer una definición por lo demás nunca propuesta. Si bien no pretendemos abandonar las indicaciones realizadas por el mismo Foucault en el caso particular del concepto de dispositivo, nos parece más interesante dar cuenta de su operatividad, de la maniobrabilidad que este permitió, de su pertenencia a las herramientas de Foucault. Dicho de otra manera, queremos intentar responder a preguntas como: ¿qué es lo que el concepto de dispositivo permitió hacer a Foucault?; ¿bajo qué tipo de procedimiento aparece este en su obra?
En una entrevista de 1977 para el Bulletin périodique du champ freudien, Foucault hace una aproximación entre dispositivo y episteme. En ese pasaje, dice:
Lo que quisiera hacer, es intentar mostrar que lo que llamo dispositivo es un caso mucho más general de la episteme. O mejor, que la episteme es un dispositivo específicamente discursivo a diferencia del dispositivo que es discursivo y no-discursivo, sus elementos son mucho más heterogéneos (Foucault, 2001, p. 300).4
El concepto de episteme surge para analizar las condiciones de posibilidad que determinaron el funcionamiento de ciertas formaciones discursivas en la cultura occidental (Foucault, 1992). Episteme del siglo XVI, episteme clásica, episteme moderna: he aquí tres momentos de configuración. Tres superficies donde los elementos discursivos dispersos entran en relación, creando formas particulares de saber. No obstante, la episteme se limita al orden del discurso, a las relaciones enunciativas, a la forma de lo enunciable (Deleuze, 1989). Aunque el concepto de episteme remite a una multiplicidad y a una pluralidad de enunciados, estos permanecen inscritos en la dimensión del discurso. La episteme nos lleva a la economía de enunciados en el interior del campo de producción de discursos. Por su parte, con la noción de dispositivo, la multiplicidad de enunciados puede ser entendida en su relación con heterogéneos elementos no-discursivos. La idea de dispositivo permite el despliegue de otras dimensiones con relación al discurso sin limitarse necesariamente a él. Es decir, con la noción de dispositivo se adquieren nuevas dimensiones, crecen las relaciones posibles, se extiende la heterogeneidad de líneas constitutivas. Ya no se restringe a lo meramente discursivo, sino que se favorece la agrupación de elementos no-discursivos, lo que permite que el concepto de episteme aumente su volumen y se modifique. Ante esa modificación surge la necesidad de otra palabra, de otro apelativo: dispositivo.
Si bien es en Les mots et les choses (1992) donde Foucault hace uso del concepto de episteme, no es allí donde menciona el enlace entre los elementos discursivos y los no-discursivos. Aunque dejada en la sombra, tal articulación heterogénea será esbozada teóricamente por primera vez en L’archéologie du savoir (Foucault, 2008). En efecto, uno de los propósitos de la arqueología, dice Foucault, es definir las formas específicas de articulación entre las formaciones discursivas y los dominios no-discursivos como las instituciones, los acontecimientos políticos, las prácticas y los procesos económicos, etc., pero a un nivel diferente del análisis simbólico y del análisis causal. Para la arqueología, se trata de mostrar cómo una práctica como la política hace parte de las condiciones de emergencia, de inserción y de funcionamiento de los discursos. En otras palabras: el discurso como práctica que se dirige a un campo de objetos que se encuentra entre las manos de un cierto número de individuos con ciertas funciones en la sociedad, se articula con prácticas que le son externas y que no son discursivas, pero son parte de su existencia y de su funcionamiento (Foucault, 2008). En una entrevista de 1971 Foucault (2001) afirma que el texto La arqueología del saber no expone una teoría pues, por ejemplo, él no “sistematizó las relaciones entre las formaciones discursivas y las formaciones sociales y económicas […] esas relaciones fueron dejadas bajo la sombra. Habría sido necesario elaborar tales relaciones para construir una teoría” (p. 1025).5 De tal forma, sin que en ese texto se haya forjado el concepto de dispositivo ni se haya hecho en él una sistematización, la articulación entre lo discursivo y lo no-discursivo es un tema ya identificado para el análisis de las relaciones entre saber y poder como parte de la condición de emergencia de los discursos.
Afirmar que la obra de Foucault hace una transición del saber al poder para finalmente acabar en el sujeto sería trazar una linealidad que ignora las tensiones y movimientos ejecutados por Foucault. Pero esos movimientos no pueden ser representados por una línea directa y unidireccional entre tres puntos, pues en el paso de “episteme” a “dispositivo” no es el cambio de lo discursivo a lo no-discursivo, o del saber al poder, lo que se opera. Si hay algún tipo de relación entre esos dos conceptos, esta no sería lineal, similar a un cambio de tema, sino, al contrario, multidimensional; esto quiere decir que con el concepto de dispositivo fue posible para el autor dar cuenta de formas, lugares y articulaciones de una diversidad heterogénea de elementos discursivos, institucionales, arquitecturales, reglamentarios, legislativos, administrativos, científicos, filosóficos, morales, filantrópicos, etc.: “de lo dicho, así como de lo no-dicho, he aquí los elementos del dispositivo” (Foucault, 2001, p. 299).
Ahora bien, con el conjunto de elementos heterogéneos que Foucault reúne bajo el nombre de dispositivo, lo que procura es establecer las relaciones existentes entre la economía de enunciados y las relaciones de poder. En efecto, lo que surge como horizonte posible para la emergencia y operatividad del concepto de dispositivo se consolida cuando Foucault aspira a superar el análisis del poder de la triple condición del sujeto, de la unidad y de la ley, para focalizarlo en las relaciones u operadores de dominación. Dicho de otra manera, observar las relaciones de poder en lo que tienen de factual, de efectivo: las estrategias globales, las tácticas locales, los instrumentos técnicos.
Ante la pregunta ¿qué es el poder?, Foucault (1997) propone más bien “determinar cuáles son, en sus mecanismos, en sus efectos, sus relaciones, esos diferentes dispositivos de poder que se ejercen, en niveles diferentes de la sociedad, en ámbitos y con extensiones tan variadas” (pp. 13-14). El dispositivo como un conjunto, una globalidad múltiple que hace efectivo al poder; estrategias globales que hacen posible el ejercicio local del poder. Esta manera de asir el poder se debe al interés, por parte de Foucault, de no concentrar tanto el análisis en el quién ni en el porqué del poder, sino más bien en el cómo.
Es eso lo que explica la aparición, al lado del concepto de dispositivo, de las nociones de estrategia, tecnología, mecanismo, táctica, relaciones de fuerza, entre otras más, nociones que pertenecen al vocabulario de lo que era conocido como arte de guerra durante los siglos XVIII y XIX. Foucault hace de ese conjunto de palabras sus fuentes semánticas para abordar la pregunta sobre el cómo del poder. De allí que invierta el aforismo de Clausewitz y enseguida lo transforme en interrogante: ¿hay que concebir la política como la continuación, por otros medios, de la guerra? (Foucault, 1997).
En resumen, se podría afirmar que el concepto de dispositivo es el resultado de enlazar las relaciones entre los elementos discursivos y los no-discursivos a partir de la pregunta del funcionamiento del poder, del cómo del poder. Se puede afirmar que el concepto de dispositivo permite articular los enunciados del saber y las técnicas del poder. En otras palabras, ese concepto permite vincular las formaciones discursivas productoras de verdad y las relaciones de poder. Desde ese ángulo, es bajo el nombre de dispositivo como Foucault sitúa las relaciones entre saber y poder, como el concepto operacional que le permitirá dar cuenta de los modos de subjetivación. Al respecto, en una entrevista Foucault aclara:
Primero me gustaría decir cuál ha sido el objetivo de mi trabajo de los últimos veinte años. No ha sido analizar los fenómenos de poder ni arrojar las bases de ese tipo de análisis. Busqué más bien producir una historia de los diferentes modos de subjetivación del ser humano en nuestra cultura (Foucault, 2001, p. 1042).6
Es en Surveiller et punir (Foucault, 1994) donde el autor francés avanza hacia una nueva forma de analizar el poder. Deleuze (2004) reconocerá en ese procedimiento una nueva manera de aproximarse al poder que permite criticar los postulados que han servido tradicionalmente para concebirlo y entenderlo. Pero será en La volonté du savoir (Foucault, 2009) donde desarrollará de forma más metódica su aproximación al poder, no solamente ilustrando sus diferencias a través de una concepción negativa del poder, sino también ofreciendo algunas pistas para una concepción positiva y, como lo dice Deleuze, funcionalista.
Es por lo tanto en ese texto donde la dimensión operacional del concepto de dispositivo gana visibilidad. Después de haber confrontado la concepción opresiva del poder y la tesis de la represión respecto al sexo, Foucault describe el recorrido histórico de la sciencia sexualis. Con el interrogante sobre los procedimientos y técnicas a través de los cuales se producen discursos verdaderos articulados a relaciones de poder, Foucault aborda la producción de verdad sobre el sexo e identifica la confesión como la matriz general de esa voluntad de saber atravesada por relaciones de poder. El capítulo titulado “Dispositif de sexualité” de La volonté de savoir (Foucault, 2009) permite explorar justamente las relaciones entre las técnicas de saber y las estrategias de poder reagrupadas por el concepto de dispositivo. Como si fuera una carta de navegación, Foucault precisa en ese capítulo que su interés respecto al poder es tanto analizarlo como avanzar hacia otra forma de concebirlo. Es decir, se trata para él de sobrepasar la representación y la concepción del poder jurídico y discursivo, que se afirma bajo el privilegio teórico de la ley y de la soberanía, para analizar los numerosos mecanismos y los aparatos que operan efectivamente como procedimientos del poder. En cuanto al método, él propone analizar la formación de un tipo de saber sobre el sexo en términos de poder, entendido este como:
la multiplicidad de las relaciones de fuerza inmanentes y propias del dominio en que se ejercen, y que son constitutivas de su organización; el juego que por medio de luchas y enfrentamientos incesantes las transforma, las refuerza, las invierte; los apoyos que dichas relaciones de fuerza encuentran las unas en las otras, de modo que formen cadena o sistema, o, al contrario, los corrimientos, las contradicciones que aíslan a unas de otras; las estrategias, por último, que las tornan efectivas, y cuyo dibujo general o cristalización institucional toma forma en los aparatos estatales, en la formulación de la ley, en las hegemonías sociales (Foucault, 2009, pp. 121-122).
Dicho de otro modo, lo que propone es inscribir en el interior de esas relaciones de fuerza la producción de discursos verdaderos como un momento, un instante estratégico en las tácticas desplegadas en el continuo encuentro y choque de esas fuerzas. En ese sentido, las preguntas formuladas por Foucault sobre la producción de discursos verdaderos alrededor del sexo se encuentran delimitadas por su interés en comprender la manera en que las relaciones de poder hacen posible cierto tipo de enunciados calificables como verdaderos y, a la vez, por su interés en mostrar cómo esos discursos sirven de soporte para esas relaciones: “se trata de inmergir la abundosa producción de discursos sobre el sexo en el campo de las relaciones de poder múltiples y móviles” (Foucault, 2009, p. 128).
En consecuencia, no hay que considerar los conocimientos científicos como un objeto desinteresado y libre sobre el cual se ejerce una censura, una prohibición o una restricción en razón de exigencias económicas o políticas. No se trata tampoco de inscribir los discursos verdaderos en el amplio espectro de la ideología, que tendría como fin esconder la verdad e imponer una máscara para responder a los intereses de clase. Se trata, al contrario, de reconocer que la emergencia de los objetos de saber es posible gracias a la interacción de las relaciones de poder; de reconocer también que, a cambio, si el poder necesita objetos precisos para su ejercicio, hay procedimientos de saber capaces de delimitarlos y de hacerlos visibles.7 Por eso mismo, no existe exterioridad entre saber y poder, entre las técnicas de saber y las estrategias de poder, al contrario, hay lugares de articulación, de encuentro, de coexistencia, de residencia, de apoyo. Dicho de otra manera, existen focos locales de poder-saber (Foucault, 2009).
Bajo ese marco, la dimensión estratégica que representa el dispositivo, en tanto conjunto de relaciones de saber y de poder, se hace evidente:
Por dispositivo entiendo un tipo, digamos, de formación que en un momento histórico dado, tuvo por función principal responder a una emergencia. El dispositivo tiene una función estratégica dominante […] lo que supone que se trata de una cierta manipulación de relaciones de fuerza, sea para desarrollarlas en tal dirección, sea para bloquearlas, o para estabilizarlas, utilizarlas. Por lo tanto, el dispositivo siempre está inscrito en un juego de poder, pero siempre vinculado también a un mojón o mojones de saber que de allí nacen pero al tiempo lo condicionan. Eso es el dispositivo: estrategias de relaciones de fuerza que sostienen tipos de saber y que, a su vez, están respaldadas por estos. (Foucault, 2001, p. 299).8
A manera de resumen podemos afirmar que el concepto operacional de dispositivo surge en Foucault en el punto de cruce de dos líneas. La primera, histórico-metodológica, es el conjunto heterogéneo de elementos discursivos y de elementos no-discursivos. La segunda línea, histórico-teórica, se inscribe en el contexto de la pregunta sobre el cómo del poder. A ese nivel, el concepto de dispositivo integra los distintos mecanismos, aparatos, técnicas, estrategias, instrumentos de intervención discursiva y material, enunciados y procedimientos del saber y del poder, en el marco de las relaciones de fuerza.
En una sociedad como la nuestra, múltiples relaciones de poder atraviesan, caracterizan, constituyen el cuerpo social; no pueden disociarse, ni establecerse, ni funcionar sin una producción, una acumulación, una circulación, un funcionamiento del discurso verdadero. No hay ejercicio del poder sin cierta economía de los discursos de verdad que funcionan en, a partir y a través de ese poder. El poder nos somete a la producción de la verdad y solo podemos ejercer el poder por la producción de la verdad (Foucault, 1997, p. 22).
El dispositivo es entonces un ensamble de múltiples elementos, discursivos y no-discursivos, que hacen efectivo al poder. Es una formación estratégica donde se cruzan, se superponen y se apoyan mutuamente técnicas de saber y mecanismos de poder. Siendo aquel que permite la manipulación de las relaciones de fuerza, el dispositivo aparece en el momento de integrar y codificar mecanismos, procedimientos, enunciados, técnicas, etc., para responder a una urgencia y a una serie de intenciones y de objetivos.
Como lo dijimos previamente, hacia 1870 tiene lugar en Colombia una ruptura epistémica en el campo del saber sobre el “hombre”, a través de la distinción teórica entre “ideas objetivas” e “ideas subjetivas”. Aquello permitió la circulación, en todas las direcciones, de nociones, conceptos, metáforas y métodos en el campo del saber colombiano desde finales del siglo XIX, campo donde tomaron lugar los discursos sobre el hombre, incluyendo los discursos sociales. De tal forma, los dirigentes modernizadores, liberales y conservadores, católicos y laicos, hablan de fines sociales, luchas sociales, defensa social, asistencia social, instituciones sociales, enfermedades sociales, peligros sociales, agrupando la mayoría de estas nociones bajo el ambiguo término de “cuestión social”. Para hablar de aquello, esos dirigentes e intelectuales utilizaron los elementos discursivos de un campo de saber dónde predominaban los métodos y los valores de las “ciencias experimentales”, lo que permitió el cruce complejo y problemático entre las ciencias humanas y las ciencias naturales.
En ese sentido, cuando nosotros hablamos del dispositivo de lo social en el interior de la Iglesia católica en Colombia, queremos identificar las articulaciones de orden discursivo y no-discursivo que aquella institución operó alrededor de lo social para responder a una urgencia estratégica precisa. No se trata de un mecanismo inconexo ni de un plan arquitectónico aislado, menos aún de un concepto teórico desconectado o de un cuadro estadístico disperso; la idea de dispositivo implica las relaciones entre esos diversos elementos, los vínculos que los conectan en el momento en que la Iglesia produce un discurso sobre lo social. De tal forma, encontramos allí enunciados de las ciencias positivas, desplazamiento y cambios conceptuales, líneas teológicas, cuadros estadísticos con relación a la alimentación obrera, la higiene privada, la construcción de barrios y casas, la regulación de imágenes, los planos educativos, los sindicatos, etc. En el momento en que la Iglesia hablaba de lo social y reaccionaba alrededor de objetos tales como obrero, infancia, familia, entre otros tantos, ella se encontraba obligada a hacerlo según las reglas modernas del campo de saber. Aquello para legitimar sus discursos frente a las ciencias —superficie retórica—, pero sobre todo porque la producción de los conocimientos sobre lo social debía responder a las nuevas reglas de verdad —superficie epistémica—. Ese dispositivo supone entonces la integración de diversos enunciados (biológicos, teológicos, económicos, morales…) y de técnicas de intervención (desplazamiento del poder pastoral) por parte de la Iglesia cuando ella racionalizó y habló de una serie de objetos de discurso delimitados para las relaciones de poder. Articulación de lo discursivo y de lo no-discursivo, de la producción de verdad y de los mecanismos de poder, que hizo parte de las líneas constitutivas de lo social en cuanto sector particular en el país.
1. Nota aclaratoria: para la construcción de este documento se utilizaron las versiones originales, en francés, de varios textos, por lo que edición y páginas citadas en el cuerpo del texto corresponden a esas versiones. En caso de existir, se consultaron las ediciones en español para verificar y ajustar la traducción, no obstante, algo particular pasa con ciertos textos de Michel Foucault compilados en Dits et Écrits, pues algunos de ellos no han sido traducidos. Para esos casos, además de nuestra traducción transcribiremos el texto en francés en nota a pie de página.
2. “Cuestión textos” es el nombre que recibe un debate político y filosófico que tuvo lugar en Colombia en 1870 en el que se intentaba determinar la cientificidad del tratado Elementos de Ideología del autor francés Antoine Louis Claude Destutt, conde de Tracy (1754-1836), propuesto para ser usado como texto oficial para la enseñanza de filosofía en la Facultad de Literatura y Filosofía de la Universidad Nacional y en algunos establecimientos de secundaria. A propósito del debate y de su impacto en el campo epistemológico local, ver Saldarriaga (2004).
3. Nuestro interés en profundizar en el concepto de dispositivo se debe tanto a su relevancia teórica para nuestro trabajo, como al hecho de evidenciar un reiterativo uso del término que ha conducido a una pérdida en su potencia y alcance analítico. Un texto que ejemplifica lo dicho es el de Giorgio Agamben (2007), donde el autor lo retoma, lo reinterpreta y finalmente lo define como “todo lo que tiene, de una manera o de otra, la capacidad de capturar, orientar, determinar, interpretar, modelar, controlar y ocuparse de los gestos, las conductas, las opiniones y los discursos de los seres vivos” (p. 31). Aquello lo lleva al punto de ver en un portátil, un televisor, un bolígrafo, en la filosofía o en la escritura, dispositivos en cuanto máquinas de gobierno que pueden producir subjetivación. No se trata para nosotros de tomar la defensa de un sentido “verdadero” o de la “única” interpretación posible del concepto de dispositivo para inaugurar una discusión que solo interesaría a eruditos y exégetas; nos limitaremos, más bien, a destacar la dimensión que el “dispositivo” como concepto permite describir, así como a su alcance analítico respecto a las relaciones de saber y poder.
4. Ce que je voudrais faire, c’est essayer de montrer que ce que j’appelle dispositif est un cas beaucoup plus général de l’épistémè. Ou plutôt que l’épistémè, c’est un dispositif spécifiquement discursif, à la différence du dispositif qui est, lui, discursif et non-discursif, ses éléments étant beaucoup plus hétérogènes (Foucault, 2001, p. 300).
5. Je n’ai pas systématisé les relations entre les formations discursives et les formations sociales et économiques (…) ces relations ont été laissées dans l’ombre. Il aurait fallu élaborer de telles relations pour construire une théorie (Foucault, 2001, p. 1025).
6. Je voudrais dire d’abord quel a été le but de mon travail ces vingt dernière années. Il n’a pas été d’analyser les phénomènes de pouvoir ni de jeter les bases d’une telle analyse. J’ai cherché plutôt à produire une histoire des différents modes de subjectivation de l’être humain dans notre culture (Foucault, 2001, p. 1042).
7. El ejemplo por excelencia de este tipo de relación entre objeto de saber y objeto de poder en Foucault es la emergencia de la vida para la biología y para el biopoder. Sobre la emergencia de objetos de saber con respecto a las relaciones de poder, ver el texto de Deleuze (2004), en particular el capítulo “Topologie: penser autrement”, donde las describe a partir de los términos de Archivo y de Diagrama.
8. Par dispositif, j’entends une sorte –disons- de formation, qui à un moment historique donné, a eu pour fonction majeure de répondre à une urgence. Le dispositif a donc une fonction stratégique dominante (…) ce qui suppose qu’il s’agit là d’une certaine manipulation de rapports de forces, soit pour les développer dans telle direction, soit pour les bloquer, ou pour les stabiliser, les utiliser. Le dispositif est donc toujours inscrit dans un jeu de pouvoir, mais toujours lié aussi à une borne ou à des bornes de savoir, qui en naissent mais, tout autant, le conditionnent. C’est ça, le dispositif : des stratégies de rapports de force supportant des types de savoir, et supportés par eux (Foucault, 2001, p. 299).
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