Read the book: «Los Duelos»

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Marilé Truscello de Manson

Los duelos Huellas en el carácter y registro corporal

PRIMERA EDICIÓN


A Alfredo, Hernán y Andrés

Agradecimientos

Estas líneas son mi reconocimiento a los colegas amigos por el intercambio sostenido a lo largo de mi trayectoria profesional. En un principio, luego de mi egreso como psicóloga, más adelante durante mi doctorado en Psicología y en mi formación como psicoanalista. Son muchos los colegas que han contribuido directa e indirectamente a las ideas plasmadas en este libro. Me resulta muy difícil nombrarlos en su totalidad. Sólo hago una apretada síntesis. Este libro es el resultado de muchos años de trabajo e investigación en vínculo con todos ellos.

Mi interés profundo por la obra de Freud me llevó a la Lic. Elvira Nicolini quien luego de mi egreso de la carrera de licenciatura en Psicología me aportó mayores conocimientos de la teoría freudiana en una lectura minuciosa durante muchos años en un grupo de estudio con colegas. El corolario de esos tiempos es, además, una entrañable amistad con ella.

Desde esa época data mi vínculo con David Maldavsky, a quien agradezco el despertar en mí la necesidad de investigar y escribir. En el recorrido conjunto de todos estos años, destaco sus valiosos aportes a mi formación académica y al conocimiento más refinado de la metapsicología freudiana. Al mismo tiempo me une con Clara Roitman y David un vínculo afectivo; con ellos compartí trabajos de investigación psicoanalítica sistemática y empírica en numerosos congresos y grupos de investigación.

Agradezco a mis queridas maestras, profesoras y colegas en quienes encontré las palabras de reflexión en el intercambio clínico y teórico, y me ayudaron a pensar la diversidad de la experiencia clínica, durante mi formación psicoanalítica. También a la querida Alicia Sirota, mi primera supervisora, a Berta Manticow y Lilia Bordone que brindaron su apoyo y generosa contribución a mi formación; con ellas continuamos realizando un intercambio fructífero en la tarea académica de la carrera de Especialización en Psicoanálisis. También deseo mencionar a Héctor Ferrari, quien depositó su confianza en mí todos estos años compartiendo la docencia como profesores de la cátedra de Freud, en la carrera de Especialización en Psicoanálisis del Instituto Universitario de Salud Mental (APdeBA); y a Jorge Maldonado por sus valiosos comentarios y estímulo acerca de la obra que hoy presento. A la Lic. Diana Blumenfeld, por la ayuda recibida en la corrección literaria del libro.

Gracias a todos.

Prólogo

por David Maldavsky

Conozco a Marilé Manson desde hace unos 35 años, cuando comenzó a interesarse en la articulación entre metapsicología freudiana y clínica. Por ese entonces yo recibía los influjos de la creatividad y la inspiración de Liberman, quien dejó una huella profunda en mi pensamiento, y creo que también en el de Marilé. Continuamos trabajando juntos durante muchos años y fue acompañando una parte importante de mi evolución, incluyendo mi más reciente orientación en el terreno académico y de investigación. A mi vez, tuve la ocasión de acompañarla en la redacción de su tesis de Doctorado en Psicología, y por su parte ella asistió a los seminarios de posgrado sobre el lenguaje del paciente y la investigación psicoanalítica que durante diez años dicté en la Asociación Psicoanalítica Argentina, fue jurado de tesis de doctorado e integró equipos de investigación sistemática de casos presentados en congresos internacionales.

En las investigaciones que hicimos en común aplicamos un método de cuño freudo-libermaniano (algoritmo David Liberman, ADL), diseñado para estudiar los deseos y las defensas en el discurso. Se trata de un método que suele captar numerosos matices en el discurso de los pacientes. Hemos realizado estudios comparativos entre los resultados de los análisis de casos en que se empleó el camino clásico de investigación y los resultados de estos mismos casos con el ADL.

En varias oportunidades, los resultados de uno y otro análisis han sido prácticamente coincidentes, lo cual por un lado muestra que es posible la articulación fecunda entre la investigación clínica y la investigación sistemática y por otro lado pone nuevamente en evidencia la sutileza de la autora en la captación y el estudio minucioso de detalles que requieren tanto de andamiaje conceptual como de rigor analítico.

El trabajo en común a lo largo de tantos años tuvo en todo momento un carácter fecundo, ya que dio lugar a numerosos textos de su autoría, en los que tuve el placer de acompañarla, y en los cuales se ponía en evidencia su compromiso con la práctica clínica y su exposición detallada, acompañada por argumentos teóricos que en su mayoría eran de cuño freudiano.

Uno de los rasgos más destacados de Marilé, que se conserva en el presente, es su pasión por encarar problemas clínicos complejos en el curso de las sesiones y por articular el enfoque de estos problemas con conceptualizaciones psicoanalíticas de diferente orientación, tanto las que predominaron en los años ’70 y ’80 como las más recientes. De cada una de estas conceptualizaciones Marilé ha intentado rescatar aquellos sectores que le permitieron entender con mayor sutileza algún aspecto complejo de los problemas clínicos que debía encarar. A menudo el compromiso con la comprensión de las situaciones clínicas la llevó también a dar importancia a su conexión empática con cada paciente y a examinar inclusive su propia participación en las sesiones como terapeuta, para lo cual tomaba en cuenta los afectos que le promovían en algunos momentos las manifestaciones de un paciente, y en ocasiones enriquecía la descripción de sus sentimientos con algún relato de un episodio que hubiera vivido y que tenía un carácter esclarecedor no solo de su propio vivenciar sino de la escena que el paciente tendía a desplegar en el intercambio terapéutico.

Pues bien, esta misma preocupación por la comprensión de los casos complejos y por disponer de conceptos para pensar su práctica clínica constituye también un sello distintivo en la estrategia expositiva del presente libro, en que es posible observar un incesante pasaje de ida y vuelta desde las descripciones clínicas hasta los conceptos. Del total de los capítulos, la mitad está dedicada a exponer conceptualizaciones sobre diferentes puntos (entre ellos, los psicodinamismos, el duelo patológico, las situaciones traumáticas para lo anímico) y la otra mitad está destinada a exponer con gran detalle casos clínicos y la relación entre las manifestaciones que presentan los pacientes y los conceptos.

También puede observarse un rasgo en la exposición conceptual, sea en los capítulos más teóricos, sea en los clínicos: la diversidad de las orientaciones teóricas a las que Marilé recurre. Sin embargo, esta diversidad no resulta acrítica y carente de coherencia. Su estrategia tampoco es la de quien intenta presentarse como original al agregar algún matiz (probablemente ya expuesto por otros autores) a conceptos psicoanalíticos clásicos y recientes. Es, en cambio, una estrategia más humilde y honesta, y en el fondo, más rendidora. Esta estrategia tiene un doble ordenamiento: cada concepto que selecciona por un lado le permite entender de manera más precisa algún matiz de un sector complejo de una manifestación clínica, y por otro lado se ensambla de manera coherente con los conceptos freudianos que constituyen el fundamento de su enfoque.

En todas sus elaboraciones, tanto teóricas como clínicas, Marilé muestra además una propuesta acorde con los desarrollos recientes sobre la sobredeterminación de las manifestaciones clínicas. En consecuencia, cada vez que expone un concepto enfatiza que el valor que tiene deriva de una combinación con otros muchos para dar cuenta de una manifestación cualquiera. Igualmente, cuando estudia una manifestación clínica tiene especial cuidado en destacar que solo puede ser entendida recurriendo a una red o malla conceptual compleja. Es en este marco que recurre a un concepto poco considerado, el de las corrientes psíquicas, al que Freud apeló para dar espacio a la diversidad de las combinaciones entre los deseos y las defensas en un mismo sujeto al encarar un mismo problema. De este modo la autora puede armonizar en el terreno conceptual las tensiones entre diferentes orientaciones defensivas en pugna en la vida psíquica.

Esta propuesta general del libro así como numerosos detalles del texto armonizan además con las propuestas que por nuestra parte hemos realizado en diferentes publicaciones. Sobre todo su modo de describir con precisión los fenómenos clínicos y de esforzarse por articular diferentes enfoques para entenderlos, así como su modo de aprovechar algunas de las elaboraciones teórico-clínicas más complejas de Freud, despiertan en especial nuestro reconocimiento.

Introducción

La relevancia del tema y las investigaciones en curso dan la pauta de que los trastornos de carácter son una presencia vigente en la clínica; la pauta de ello se manifiesta además en los trabajos de investigación que se presentan en la actualidad.

No necesariamente quienes exponen esta temática hacen referencia a los trastornos del carácter; es probable que quienes describen el trastorno de carácter no le den la identidad de trastorno sino que lo definirían como rasgos de carácter.

El interrogarse por los obstáculos que dificultan el proceso de análisis motiva la búsqueda de esta investigación.

Desde hace muchos años me vi estimulada a escribir acerca de la clínica y a la necesaria reflexión teórica en mi experiencia profesional. A lo largo del tiempo transcurrido me iban surgiendo cuestionamientos y en el valioso intercambio con colegas fui acrecentando mi experiencia volcándola en la escritura. También los pacientes que llegaban con sus vivencias y su historia de vida me orientaron a investigar acerca del duelo y la alteración del carácter. Sobre este tema versa mi tesis doctoral “Proceso de duelo y alteración del carácter” (1991).

La interrelación clínica y conceptual que expuse en esa tesis fue el punto de partida para afinar mi tarea teórico-clínica. Algunos pacientes adultos que en su historia habían vivido situaciones traumáticas importantes y o duelos durante el período de la infancia, mostraban rigideces y dificultades muy marcadas para el cambio. Las defensas se multiplicaban y en algunos casos acompañaba rasgos de carácter anquilosados, y otro tipo de alteraciones que comprometían lo somático. Como si el cuerpo acusara recibo de aquello que no había podido ser procesado de otra manera. La reiteración de esta comprobación incrementó mi interés para seguir investigando, en el afán de comprender en el acto clínico los diferentes niveles del psiquismo y así contactarme de la mejor forma con el paciente. Me di cuenta de que era necesario contar con recursos conceptuales para dar cabida a la complejidad de los conflictos y la dinámica psíquica encontrada en estos pacientes. Me interesó entonces investigar las corrientes psíquicas, y esto me facilitó la comprensión frente a manifestaciones neuróticas junto a otros aspectos que no lo eran; desde la conceptualización de Bion, correspondería a los elementos beta. Así es como consideré los psicodinamismos que ensamblaban el duelo, el trauma y el procesamiento a nivel corporal.

Luego, ya no dejé de escribir y de replantearme interrogantes acerca de la interrelación teórico-clínica en trabajos que fui publicando, y presentándolos en diversos eventos científicos que aportaron los comentarios de los colegas. Parte de esos trabajos, reformulados, se incluyen en este libro en la medida que comparten la temática propuesta.

Necesité reunir en este libro lo que hasta ahora incluye mi investigación producto de muchos años de experiencia clínica avalados por la profundización en el campo psicoanalítico de autores posfreudianos que merecen mi respeto y admiración y con los cuales acuerdo.

En este libro realizo una investigación que apunta a temas que se refieren al carácter y considero hacer un aporte de un mayor grado de refinamiento respecto de los mecanismos defensivos del yo, que se tramitan en los rasgos de carácter. Destaco un triple aporte: la importancia de los duelos, las fijaciones tempranas y las combinaciones con patologías corporales, sea por patologías psicosomáticas o por alteraciones somáticas por ingesta. Otro aspecto que resalto es el análisis de los psicodinamismos que intervienen, y que muestran la complejidad que se manifiesta a través de las corrientes psíquicas y estratificaciones de los distintos yo.

Por lo tanto, trato de dar una visión estratificada del aparato psíquico.

Me interesó profundizar en dos interrogantes acerca del tema planteado; el primero de ellos referido a los procesos psíquicos en juego en la temática del carácter, y la tramitación del trauma, puesto que en la base del carácter está el trauma. Sin descartar esto, intento investigar acerca de otro proceso psíquico interviniente que complejiza el proceso en los rasgos caracterológicos; me refiero a las situaciones de duelo, con la intención de compatibilizar ambos. Esta situación me motivó a realizar cuestionamientos que intento desplegar en el libro.

Otro aspecto que considero y que tiene que ver con la práctica clínica, es el haber constatado la copresencia de adicciones o patologías psicosomáticas, traumatofilias, con lo cual me lleva a incluir el problema de las perturbaciones o alteraciones corporales, como parte de los trastornos de carácter.

Por lo tanto, la observación en la clínica de estos componentes que acompañan la alteración del carácter, me guiaron al planteo de interrogantes acerca de los tipos de organizaciones tempranas psíquicas que podrían intervenir en estos procesos en los que se evidenciaba compromiso corporal. Me interrogo entonces la intervención de un yo temprano (yo real primitivo, el desvalimiento ante la pulsión y la realidad en Freud). También menciono autores que han resaltado la incidencia de las experiencias traumáticas en los primeros tiempos de vida en relación con lo somático.

Estos serían los dos grandes interrogantes que iré desarrollando en los diversos capítulos, poniendo énfasis a veces en los procesos traumáticos o su tramitación en los rasgos patológicos del carácter; en un capítulo pongo el énfasis en el duelo patológico en los rasgos patológicos de carácter, y en otros el énfasis está dirigido a las fijaciones tempranas en el yo inicial y las alteraciones orgánicas que darían origen a lo no significado en el cuerpo. Presento entonces dos capítulos conceptuales en los que trato de mostrar la combinación de los elementos, expresando los psicodinamismos determinantes, el duelo y el trauma, y un tercero que versa sobre el cuerpo, en el que me refiero a un hallazgo clínico psicopatológico, que constituye un aporte adicional. La expresión de una manifestación somática que no necesariamente es una conversión histérica y que podría acompañar a las patologías del carácter. Con ello intento establecer la relación entre la presencia del trauma, y el duelo en las alteraciones corporales. Por lo tanto, los temas expuestos formarían un trípode.

Teniendo en cuenta lo expuesto hasta aquí, se abren interrogantes metapsicológicos sobre la combinación de estos temas. Si bien se podrían hacer especulaciones muy válidas acerca de la relación entre trauma, duelo y alteraciones de carácter, prefiero referirme a la psicopatología y su clínica, tratando de compatibilizar ambos enfoques etiológicos; para ello me remito a las diversas corrientes psíquicas intervinientes. El libro consta de capítulos teóricos que versan sobre los temas ya mencionados, y capítulos clínicos que armonizan en una correlación de lo que se plantea en los capítulos teóricos.

Propongo una investigación teórico-clínica del carácter acentuando las alteraciones del mismo, como una problemática de interés que implica un desafío en los tratamientos de pacientes que aparentemente no se cuestionan acerca de sí mismos, pero en cambio plantean problemáticas en las que el acento estaría puesto en el mundo externo.

En general, los estudios sobre carácter jerarquizan la aparición de rasgos de carácter, o el problema de las identificaciones; pero en este caso, intento una nueva propuesta, en la que tomo en cuenta también la vertiente de la situación traumática y su efecto en la alteración del carácter, con lo cual remarco la vicisitud económica y su eficacia en la producción de un rasgo de carácter (mediatizado, como se planteará posteriormente) por un proceso de duelo patológico.

El modelo expositivo al que recurro tiene la intención de enfatizar el material clínico como elemento relevante. Si bien hago un estudio particular, delimitado a algunos pacientes, considero que los conceptos vertidos en este trabajo pueden ser de utilidad en la investigación de otros casos, donde cobre importancia la sobrevaloración del trauma infantil sexual, con diversas combinaciones en los avatares evolutivos y situaciones traumáticas posteriores, que den como resultado una alteración del carácter. Como ejemplo puede mencionarse el caso de las caracteropatías, en las que un rasgo de carácter se agiganta subordinando a los demás, por una especial tramitación de situaciones.

En el estudio clínico presento material de diversos pacientes que fundamentan lo expuesto teóricamente.

En el capítulo I, “El yo y los mecanismos defensivos en el carácter”, desarrollo el tema del carácter tomando como vértice las formulaciones teóricas freudianas y posfreudianas. Reflexiono sobre los mecanismos de defensa del yo ante lo pulsional. Hago especial hincapié en la alteración del carácter, y su posible relación con procesos de duelos no elaborados.

En el capítulo II, “El trastorno de carácter, la ironía como rasgo en la comunicación paradojal. Defensa frente al duelo”, presento una paciente en quien resalta un rasgo de carácter irónico como una modalidad defensiva que abarca la totalidad de su yo, con el predominio de defensas patológicas, desmentida y desestimación afectiva frente a la vivencia de traumas acumulativos infantiles. Estos avatares contribuyen al desarrollo de un duelo patológico.

En el capítulo III, “Duelo y alteración del carácter”, me refiero al duelo como una tramitación normal frente a una pérdida y a los avatares del mismo si el proceso queda sin elaboración y deja trastornos en el carácter, en casos clínicos que han sido transitados por duelos de naturaleza traumática. Lo afirmado en referencia al duelo sin elaboración y que, en consecuencia, podría tener la condición de traumático alterando el carácter, también es válido para las patologías del carácter cuya etiología es el trauma. Tomo en consideración el duelo patológico que alteraría al yo desde los momentos más tempranos de la vida del ser humano. Me refiero al duelo “blanco”, que remite a traumas tempranos en relación con el objeto primordial que dejaría marcas en la forma de agujeros psíquicos con fallas identificatorias muy primarias.

Menciono los obstáculos clínicos que devienen de la cronicidad de los rasgos caracterológicos, tales como el enactment o la contraidentificación proyectiva, como el efecto de las defensas en la tarea terapéutica, y lo inevitable de su aparición, que genera perturbaciones de contratransferencia. Estos avatares no serían pertinentes sólo para la temática del duelo patológico y su consecuencia en el trastorno de carácter sino que serían válidos también para el trauma.

En el capítulo IV, “Susana. Alteración del carácter y duelo patológico” presento un caso clínico en el que se despliega un duelo patológico por pérdida de un familiar durante la infancia de la paciente. El impacto de la muerte por accidente de un familiar, dejó una marca muy fuerte, y a lo largo de su tratamiento realizado diez años después de ese suceso, seguía presentificándose en la paciente en manifestaciones tanto verbales como en expresiones de otra índole.

En el Capítulo V, “Relación entre cuerpo, carácter y duelo”, continúo ocupándome de la temática del cuerpo y las marcas del duelo como vestigios de aquello sin tramitación en la vertiente tóxica, y también en lo depositado simbólicamente vía identificación histérica. Además, un proceso más regresivo –los trastornos psicosomáticos– podrían tener cabida como aquello atascado en lo corporal por situaciones traumáticas que se resisten a ser elaboradas.

En consecuencia, me interesa destacar no solo el cuerpo como fuente pulsional, sino al cuerpo como efecto de procesos patógenos que tienen por lo menos algunos elementos que se combinan: duelo patógeno, rasgo de carácter y tendencia a una alteración psicosomática, esta última derivada de una falla en el funcionamiento del yo real primitivo. Destaco entonces la teoría de las corrientes psíquicas y la sintomatología emergente de ellas.

En el capítulo VI, “De los conceptos teóricos a las situaciones clínicas. El caso Diego”, me ocupo de un caso clínico en el que el duelo también está presente con un déficit de elaboración; podría suponerse que tiñó la modalidad de relación afectiva, así como también dio lugar al inicio de un proceso somático.

Reflexiono en la clínica de este caso acerca de fallas en los mecanismos funcionales en etapas tempranas en que se erige el yo real primitivo que sellarían aspectos de la evolución posterior. El paciente presentaba un rasgo apático y desvitalizado que le generaba un clima de aplastamiento psíquico, expresando dificultades para la formulación de pensamientos. En otros momentos, emergían rasgos que lo reconectaban con aspectos más vitales, a la manera histérica; entonces predominaban dramatizaciones, histrionismo, matices en la tonalidad de la voz que indicarían otro estado. Resalto entonces no sólo fallas en las defensas funcionales propias del yo real primitivo sino que aparecerían simultáneamente otras, propias de una mayor madurez; se destaca la importancia de las corrientes psíquicas.

En ningún caso clínico expuesto en este libro, se descartan antecedentes históricos y vivenciales que podrían haber facilitado los avatares posteriores en la tramitación del duelo como en la alteración del carácter. También se expone la modalidad de estos pacientes en el proceso de análisis, que permite profundizar aún más en la dirección de este estudio.

Entre los rasgos de carácter de los pacientes que presento, trato de encontrar elementos comunes y diferenciales. Entre los elementos comunes se evidencian tres grupos; uno de ellos está en relación con los mecanismos de la identificación y la formación reactiva, pese a lo cual los rasgos específicos dependen del tipo de pulsión y algunas defensas complementarias. A eso se agregan otros elementos comunes de los psicodinamismos: la existencia de duelos patológicos y la vigencia de situaciones traumáticas.

Los aspectos diferenciales están dados por algunos rasgos de la defensa secundaria, como por ejemplo, un rasgo evitativo es diferente a otro histriónico o puntilloso o hipermoral. Cada uno de ellos requiere diferentes combinaciones de las defensas.

En esta investigación me refiero a rasgos genéricos ya que no abarco la totalidad de rasgos patológicos que podrían incluir las diferentes patologías: obsesiva, histérica o fóbica, sólo me refiero a la identificación a la formación reactiva y demás.

Otra diferencia que planteo es entre la identificación en el rasgo de carácter neurótico y en patologías más narcisistas. En los primeros la identificación del rasgo de carácter sería parcial mientras que los rasgos de carácter en las patologías más narcisistas tomarían todo el yo que está caracterotizado.

CAPÍTULO I
El yo y los mecanismos defensivos en el carácter
Introducción

En este capítulo me referiré a la formación del carácter, tomando como eje central el punto de vista freudiano así como también contribuciones posfreudianas. Es preciso entonces considerar determinados mecanismos constituyentes del carácter y, en particular, el rasgo de carácter.

Cuando alude a la renuncia o pérdida del objeto, que es reemplazado por una identificación en el yo, Freud indica que sólo se introyecta un rasgo parcial de ese objeto resignado. Ahora bien, la necesidad de renunciar al objeto que devendrá luego un rasgo de carácter en la identificación parcial con ese objeto, estará incluido en el carácter definitivo. Por lo tanto, podemos decir que el rasgo es una inscripción que deja una marca, y esta contribuye a la identidad de la persona. El rasgo de carácter en cada yo implica la diferencia respecto de los otros, la singularidad. La reunión de los rasgos de carácter formaría el carácter y por lo tanto la individualidad.

Freud plantea que en la etiología de los rasgos de carácter se incluye el trauma. Las fijaciones en las diversas etapas libidinales y las fantasías concomitantes –junto con los avatares de la vida infantil–, aludirían a esa inclusión del trauma. En cada caso individual, variará la intensidad vivenciada del trauma infantil y, por lo tanto, la resultante serán las diferentes estructuras caracterológicas.

El pasaje por el complejo de castración dejaría huellas que devienen en el trauma sexual infantil; por lo tanto, en la latencia, el yo se ve obligado a erigir defensas, suscitando fuerzas contrarias que lo alteran, definiéndose algunos rasgos por formaciones reactivas, otros por sublimaciones o por continuación directa de lo pulsional. Sin embargo, Freud enfatiza la formación reactiva sin dejar de considerar las otras dos en la formación del carácter. Como un proceso normal de defensa erigida frente a lo pulsional, la formación reactiva dará lugar a rasgos de carácter que en cada individuo tomarán un matiz diferente, según su trayectoria pulsional y la historia individual. Este proceso defensivo implica una actitud contraria a un deseo reprimido; el efecto de esta reacción produce un rasgo de carácter sostenido por una contrainvestidura que impide la emergencia del deseo. La formación reactiva es una formación sustitutiva, que se opone a lo pulsional reprimido. Esto es parte del carácter normal.

Indudablemente, el proceso de la represión en determinadas estructuras, participaría con una intensidad mayor frente al requerimiento pulsional; y las formaciones sustitutivas, en calidad de síntomas o de formaciones reactivas, serán mayores. Recuérdese que las formaciones sustitutivas pueden ser herederas, por ejemplo, del complejo de castración.

Ahora bien, un yo que se siente invadido por sobreexcitaciones que amenazan su integridad alterando la economía libidinal, queda inundado por la situación traumática, y desprovisto ante ella, por falta de apronte angustiado. Ese yo en el que la irrupción superó las posibilidades de defensa, ¿en qué condiciones quedará para las próximas arremetidas de sobreexcitación?

En “Inhibición, síntoma y angustia” (1925), Freud dice: “Y, en definitiva, la condición de adulto no ofrece una protección suficiente contra el retorno de la situación de angustia traumática y originaria; acaso cada quien tenga cierto umbral más allá del cual su aparato anímico fracase en el dominio sobre volúmenes de excitación que aguardan trámite” (p. 140).

La propuesta de Liberman (1976) en referencia a la decisión de cuándo un rasgo de carácter es patológico tendría que ver con el grado de empobrecimiento yoico que provocará estereotipia en la respuesta ante los estímulos ambientales.

Surgen algunos interrogantes acerca de la dependencia al trauma infantil o a sus consecuencias. ¿Podrían teñir las sucesivas experiencias en la historia del individuo, siendo la compulsión de repetición un elemento fijador al trauma? Si consideramos que Freud alude a la renuncia o pérdida del objeto, en la identificación con el rasgo, podría ser posible en la alteración del carácter, un segundo factor etiológico junto al del trauma sexual infantil; me refiero al duelo patológico. En el capítulo IV, fundamento teóricamente el duelo y sus consecuencias en el carácter cuando ese duelo no puede ser elaborado.

Hasta ahora me ocupé de la versión de Freud que expone en “Carácter y erotismo anal” (1908). Aquí concebía al carácter como destino de la pulsión sexual. Esta es anterior a aquella en que Freud le prestara atención al trauma y la compulsión de repetición en la formación del carácter (1923-1926). Luego escribirá “Pulsiones y destinos de pulsión’’ (1915), que sigue la primera línea conceptual. Entonces la fijación determinante del carácter derivaba más de las disposiciones pulsionales de cada individuo, como Freud lo expone en ‘’Pegan a un niño” (1919).

Pero cuando Freud introduce la teoría de la pulsión de muerte, cambia su perspectiva. Entonces el análisis del rasgo de carácter se vuelve más complejo e incluye algo de la fijación libidinal y yoica al trauma y la defensa contra este. Así que habría dos formas de entender la fijación libidinal: como la entendió Freud en un comienzo y como la entendió luego, al incluir el concepto de trauma. Mientras que en la primera concepción Freud enfatizaba el peso de los componentes disposicionales endógenos determinantes de la fijación, en la segunda, ligada con el trauma, destacó el valor de los estímulos desmesurados exógenos que perforan la coraza antiestímulo. Con respecto a la alteración del carácter, ¿qué condiciones deberían darse para que un rasgo de carácter, por ejemplo por formación reactiva, se transforme en un rasgo patológico, generando un trastorno de carácter?

Si la formación reactiva tuviera que ver con el trauma, se abre un nuevo interrogante, ya que no sería suficiente la fijación pulsional sino que además tendría que ver con una situación traumática. Por lo tanto, es necesario considerar la dimensión del trauma respecto al rasgo de carácter.

El rasgo de carácter patológico podría sobrevenir a medida que el yo arrastre fijaciones pregenitales que no han podido superarse y la llegada al nivel genital sufra un déficit. También puede haber rasgos patológicos de carácter que provengan de la fase fálica e incluso genital. Si los impulsos pregenitales son intensos, el yo reaccionará con una defensa extrema que se cronifica y el carácter tomaría una coloratura en función de determinado rasgo que predomina alterando el carácter. Otto Fenichel, comentado por Gilberto Koolhaas alude a neurosis de carácter: “Conflictos agudos son evitados al precio de una limitación crónica de la flexibilidad del yo, el cual queda endurecido por las contracatexis como protección contra estímulos indeseados” (“Revista de libros y revistas sobre carácter”, Revista Uruguaya de Psicoanálisis, Asociación Psicoanalítica de Psicoanálisis, Montevideo 1956).

Me referiré brevemente al capítulo II, en el que aludo a una paciente, “Silvana” con una alteración del carácter, en que se daba una combinación de un trauma temprano y un duelo patológico, por lo cual enarbolaba un rasgo de carácter irónico que la cubría como un manto alejándola de cualquier situación que implicase para ella dolor. En su historia infantil existieron situaciones de violencia familiar, que marcaron el destino de sus vínculos posteriores en un “como si”, predominando la desmentida y la desestimación afectiva. El vínculo con una madre depresiva presente pero “ausente” había marcado su infancia. Con el rasgo de carácter irónico, se defendía desmintiendo el trauma (de una madre decepcionante). Hubo también una identificación con una madre que la desconcertaba; en la infancia, la paciente se identificaba con el rasgo de la madre frustrante.

Este caso me lleva a interrogarme acerca de si un rasgo patológico de carácter podría gestarse además de la conflictiva pregenital y edípica, por otras situaciones que hacen que el yo se sienta desamparado y se atrinchere defensivamente. En esos casos, podrían presentarse situaciones traumáticas en la historia del individuo que el yo no pudiese elaborar, como dije anteriormente. Se pondrían en marcha mecanismos defensivos patológicos que alterarían el carácter, no sólo la desmentida secundaria a una represión, sino que en algunos casos emergerían mecanismos patológicos más severos, de la gama de la desmentida y la desestimación del afecto.

Por ello también expongo en capítulos posteriores otros casos clínicos, en que los duelos sin elaboración ponen en marcha mecanismos defensivos que rigidifican el carácter. En el predominio de rasgos patológicos y cuando las defensas patológicas se debilitan o fracasan, sobrevendría como un último recurso el trastorno psicosomático, generando lo tóxico que obstaculiza la representación psíquica.

Por lo tanto, para un ordenamiento de los contenidos de este capítulo, trazaré un esquema general: comienzo con el apartado “El desempeño del yo en el carácter”, aludiendo al yo real definitivo como aquel que en nombre de la realidad puede oponerse a la pulsión y da lugar a que se produzcan las identificaciones constituyentes del superyó derivadas de la renuncia a las investiduras objetales que van a contribuir a la formación del carácter.

Al citar a Freud en el apartado “Trauma y carácter”, detallo cómo la fijación del trauma podrá formar parte del carácter definitivo, y cómo los efectos del trauma son de índole doble, positivos y negativos. El efecto positivo devolvería al trauma su vigencia, vivenciando de nuevo una repetición de la vivencia, esto equivaldría a la fijación al trauma como compulsión de repetición. En los efectos negativos no se recuerda ni se repite nada de los traumas olvidados, siendo reacciones de defensa en el modo de evitaciones o inhibiciones.

A continuación, me referiré a diferentes mecanismos que aportan al yo la formación del carácter. Me detengo en el proceso de “la represión”, y en el concepto de formación sustitutiva como el fracaso del proceso represivo y por lo tanto relevante en la clínica. Del mismo modo, el retorno de lo reprimido podría expresar un síntoma del que el yo se enajena, o en otros casos contribuye a ser parte del yo, como un síntoma egosintónico y así participar del carácter o mejor dicho de un trastorno de carácter.

La regresión libidinal llega a diversos puntos de fijación a través del retorno de lo reprimido sintomático, al satisfacer un impulso parcial pregenital. Pero también la regresión libidinal a diversos puntos de fijación puede tener otro destino al constituir rasgos de carácter con la coloratura de las diferentes etapas libidinales, ya que uno de los destinos para la formación de rasgo de carácter es la continuación directa de la pulsión. En estos casos el yo se altera y el rasgo de carácter evade la represión.

En el apartado “Retorno de lo reprimido y rasgo de carácter”, reflexiono acerca de cómo la contrainvestidura opera como defensa contra lo pulsional reprimido. Ejemplifico con la neurosis obsesiva en la cual la alteración reactiva del yo opera con una formación reactiva que altera el carácter, trastrocando en lo opuesto lo pulsional reprimido.

En el trabajo sobre la histeria, Freud afirma que si bien es difícil pesquisar la contrainvestidura, existe y habría cierto grado de alteración del yo por formación reactiva y en muchas circunstancias se presenta como el síntoma principal del cuadro (“Inhibición, síntoma y angustia”, 1925-1926). El odio hacia una persona amada es reemplazado por una gran ternura. Sin embargo, a diferencia de la neurosis obsesiva, en la histeria no se muestra la naturaleza general de rasgos de carácter, sino que se limita a relaciones muy especiales. En el siguiente punto, “Formación reactiva y rasgo de carácter”, me refiero a la formación reactiva como proceso normal de defensa, erigida en el período de latencia, que da lugar a rasgos de carácter que en cada individuo tomarían un matiz diferente, según haya sido su trayectoria pulsional. La formación reactiva mantiene silenciosa la pulsión, rindiendo un producto en el yo, del cual el yo está orgulloso frente al superyó por poder mantener silenciosa la pulsión. Sin embargo, cuesta mantener un rasgo de carácter, el que deviene de la formación reactiva.

La pulsión busca la satisfacción directa, y también puede dar lugar a un rasgo de carácter que deriva de una continuación directa de la pulsión como alteración duradera en el yo.

En el apartado “Formación sustitutiva y carácter”, resalto la formación sustitutiva como una satisfacción pulsional interceptada, debido al proceso represivo agrietado. Responden entonces a un doble origen, serían derivadas de los procesos defensivos, de la creciente complejización psíquica con la ligadura preconsciente mediante la palabra y la necesidad de procesar lo traumático.

Todo síntoma es una formación sustitutiva, pero no toda formación sustitutiva se constituye en un síntoma. Por la formación reactiva se neutraliza el retorno de lo reprimido. Altera al yo, constituyendo rasgos de carácter más o menos integrados en la personalidad; pero en la observación clínica, las formaciones reactivas pueden adquirir el valor de síntomas, por lo que representan de rígido, de compulsivo o por la evidencia de fracasos accidentales, que evidenciarían la irrupción de la pulsión, y permitirían atribuir a esos rasgos de personalidad un valor sintomático.

En “Identificación en el carácter” destaco la importancia de las identificaciones secundarias que van a integrar la formación del carácter, teniendo como base las primeras identificaciones constituyentes del yo.

Las identificaciones secundarias conforman el superyó imponiendo al yo modos de conducta que determinarán su carácter, formando rasgos a partir de los ideales comandados por el superyó en su calidad de ideal del yo.

También me interrogo acerca de algunos rasgos de carácter más tempranos en niños de corta edad, que representan conflictos para los demás y que serían anteriores a la constitución del superyó. Por lo tanto, habría rasgos de carácter patológicos que aparecerían más tempranamente y que serían anteriores a la constitución del superyó, que no estarían ligados al desarrollo del yo real definitivo sino al yo placer purificado o en el momento de transición entre este último y el comienzo del yo real definitivo.

Finalmente en los dos últimos puntos de este capítulo me detengo en “La sublimación y el carácter” y “La creatividad y el carácter”.

La conformación del carácter podría tener otros atributos además de las formaciones reactivas y posibilitar otros tipos de defensas del yo frente a la pulsión. La sublimación sería uno de estos destinos defensivos para lograr ciertos requerimientos del ideal del yo, y así conformar rasgos de carácter.

Este proceso corresponde a la libido de objeto y habría un cambio de meta alejado de lo sexual. Es un proceso especial cuyo estímulo puede provenir del ideal pero la ejecución será independiente de tal exigencia. La presencia de la sublimación en la conformación del ideal dependerá de las características propias de cada individuo. Por lo tanto, el carácter podrá devenir con diferentes matices en la medida en que predomine la sublimación o las formaciones reactivas. La sublimación satisface la pulsión, proponiéndole otro fin. Ejemplifico acerca de la capacidad sublimatoria de Leonardo da Vinci. En “La creatividad y el carácter” me refiero a un aspecto de la sublimación, que aporta también una especial tramitación funcional a modalidades del carácter.

Al referirse a la creación artística, Freud aludía a aquello más cercano a lo pulsional y que encierra el deseo de vivir. En la creación, las represiones serían doblegadas o canceladas temporariamente. Otra forma de creatividad sublimatoria se encuentra en el humor o en el chiste, donde habría un ideal menos elevado en el destino dado a lo pulsional, permitiendo la satisfacción inmediata. En esos casos, el yo lograría una cuota de placer con la venia del superyó que disminuye su severidad permitiendo el humor poniendo entre paréntesis por un instante la realidad.

El desempeño del yo en el carácter

Cuando queremos precisar qué es el carácter de una persona, deberíamos considerar una serie de procesos psíquicos que facilitan su comprensión, tales como las defensas ante lo pulsional, los procesos identificatorios y el factor traumático. Podríamos aseverar entonces que en el carácter cobran importancia no sólo los factores constitucionales sino también aquellos acontecimientos significativos de la historia de la persona.

Si nos atenemos a lo que dice Freud, en la formación del carácter es conveniente jerarquizar la identificación en el superyó como componente central, luego identificaciones en el yo, todas ellas secundarias, de las que me ocuparé más adelante.

Ahora bien, ¿cómo podríamos determinar en qué momento evolutivo surge el carácter como pilar de una personalidad? Siguiendo a Freud, el carácter surge en la declinación del complejo de Edipo con la constitución del superyó y comienzo de la latencia.

En la Conferencia 32, “Angustia y vida pulsional” (1932-1933) Freud considera el carácter atribuible al yo. Las identificaciones parentales formaran parte del superyó, siendo esta instancia la más importante en la formación del carácter. También alude a las formaciones reactivas que el yo adquiere primero en sus represiones y más tarde como medios más normales, a raíz de los rechazos de mociones pulsiones indeseadas (p. 84).

Si nos detenemos en un párrafo de este artículo –cuando se refiere a que el carácter es atribuible por entero al yo–, debemos tener en cuenta que Freud definió distintos tipos de yo, a saber: yo real primitivo, yo placer purificado, yo real definitivo; distinguió a los mismos por sus funciones y también por su estructura. Entonces cabe la pregunta: ¿a qué yo se está refiriendo, a qué momento evolutivo del yo alude en el párrafo anterior?

Dejemos de lado por ser primordial quizá el primero de todos, para el que la realidad exterior resulta indiferente, el yo real primitivo, pero es necesario esclarecer si el carácter tiene que ver con el yo placer purificado o con el yo real definitivo.

Freud plantea que para la conformación del carácter es necesaria la incorporación de la instancia parental en calidad de superyó y las identificaciones parentales, un yo suficientemente maduro que reacciona ante el peligro, se angustia y reprime. Sostiene que el yo dirige una investidura tentativa y suscita el mecanismo placer-displacer mediante la señal de angustia. En la Conferencia 32, afirma: “Entonces son posibles diversas reacciones o una mezcla de ellas en montos variables. O bien el ataque de angustia se desarrolla plenamente y el yo se retira por completo de la excitación chocante, o bien en lugar de salirle al encuentro con una investidura tentativa, el yo lo hace con una contrainvestidura, y esta se conjuga con la energía de la moción reprimida para la formación de síntoma o es acogida en el interior del yo como formación reactiva, como refuerzo de determinadas disposiciones, como alteración permanente” (pp. 83-84).

En la formación del síntoma hay una parte de la defensa y de la moción reprimida que da lugar al mismo. Pero en el caso de la contrainvestidura acogida en el interior del yo, reforzando disposiciones el yo se altera, pues una parte o fragmento del yo se combina con la contrainvestidura, y se forma el carácter. Aquí hay algo diferencial, un rasgo del yo se combina, diferente al primer caso en que una moción reprimida con contrainvestidura da lugar al síntoma.

Por lo tanto, el yo real definitivo es el que posibilita la formación del carácter, este yo que habla en nombre de la realidad y que como tal puede oponerse a la pulsión e imponer que la pulsión se desanude con respecto a un objeto. Porque Freud afirma que la mayor parte de las identificaciones constituyentes del superyó derivan de una renuncia a las investiduras objetales.

Trauma y carácter

Para continuar con la idea de que el rasgo de carácter surgiría como una alteración en el yo obligado a defenderse frente a situaciones displacenteras, las situaciones traumáticas, por ende, podrían ser motor para alteraciones en el yo que conforman un determinado carácter.

El pasaje por el complejo de Edipo, y el complejo de castración dejarán sus huellas en la conformación del carácter. El yo pone en marcha defensas ante las injurias narcisistas devenidas por los avatares de la sexualidad infantil.

En la “Analogía” del artículo “Moisés y la religión monoteísta”, 1939 (1934-38) Freud explica cómo la raíz de la fijación del trauma podrá formar parte del carácter definitivo. Y destaca que los efectos del trauma son de índole doble, positivos y negativos. Los primeros intentan devolver al trauma su vigencia, vale decir recordar la vivencia olvidada o vivenciar de nuevo una repetición de ella; esto equivale a la fijación al trauma como compulsión de repetición. Serían acogidos en el yo normal como tendencias de él formando rasgos de carácter, cuyo origen histórico vivencial esté olvidado, por lo tanto Freud está dando entidad con ello a la formación del carácter en general.

Las reacciones negativas persiguen la meta inversa, no se recuerda ni se repite nada de los traumas olvidados. Estas serían reacciones de defensa. Se manifiestan como evitaciones, que pueden acrecentarse hasta ser inhibiciones y fobias. También estas reacciones negativas formarían parte del carácter; y son también, fijaciones de tendencia contrapuesta (pp. 72-73).

Aquí vemos el destino ulterior de los rasgos de carácter que a veces constituyen obstáculos para el desarrollo pulsional posterior y pueden aparecer como un motivo de conflicto acerca de abandonar o no aquello que tan costosamente se creó.

Al referirse al particular rol del trauma en la constitución del carácter, Freud habla, en este artículo, sobre la latencia: “Al trauma de la infancia puede seguir de manera inmediata un estallido neurótico, una neurosis de infancia, poblada por los empeños defensivos y con formación de síntomas. Puede durar un tiempo largo, causar perturbaciones llamativas, pero también se la puede pasar latente e inadvertida. En ella prevalece, por lo común, la defensa; en todos los casos quedan como secuelas alteraciones del yo, comparables a unas cicatrices. Sólo rara vez la neurosis de la infancia se prolonga sin interrupción en la neurosis del adulto. Mucho más frecuente es que sea relevada por una época de desarrollo en apariencia imperturbado, proceso éste sustentado o posibilitado por la intervención del período fisiológico de la latencia” (p. 74).

Las defensas erigidas como reacción frente al trauma infantil y que alteran al yo, pueden habilitarse frente al incremento pulsional en la adolescencia y cuyo resultado –afirma Freud– sería el advenimiento de la neurosis en el adulto, “como un efecto demorado del trauma”. Durante la pubertad o poco tiempo después, las pulsiones reforzadas por la maduración física en la pubertad emprenden la lucha nuevamente, ya que con anterioridad habían sido vencidas por la defensa; y en el caso posterior a la pubertad, porque las reacciones y alteraciones del yo producidas por la defensa se alzan ahora como obstáculos para tramitar las nuevas tareas de la vida, claudicando en conflictos graves entre las exigencias del mundo exterior real y el yo, que quiere preservar la organización adquirida dentro de la lucha defensiva.

Parecería que Freud agrega que el carácter no sólo contiene algo de la pulsión sino algo de la instancia sofocante que lleva a reprimir. Por lo tanto, el rasgo de carácter contiene aspectos superyoicos y pulsionales.

Aquello que fue primero realidad luego pasa a ser superyó. Primero es la realidad la que lleva a denegar una satisfacción pulsional, luego será el superyó el que asuma ese rol de representante de la realidad. En consecuencia, el superyó aparece como la forma de imponer la compulsión a la repetición de los traumas, pero que también da origen a alteraciones en el yo como los rasgos de carácter, en los cuales también queda condensado un tipo de satisfacción pulsional sustitutiva vía formación reactiva. Por lo tanto, podría haber un enlace entre formación reactiva y trauma, así como también una formación reactiva ante la pulsión; este último caso se puntualizará en un apartado posterior.

Habría un área posible de investigación en la diferencia de una formación reactiva ante la pulsión o una formación reactiva ante el trauma. Podrían agregarse aquellos rasgos de carácter que son expresión directa de la pulsión, como por ejemplo la ambición, el histrionismo, la crueldad moral y demás. ¿Cuáles serían los mecanismos predominantes en estos casos? ¿Cuál sería el lugar de la represión? Al parecer habría un fracaso de la represión, retorno de lo reprimido, y no habría una formación reactiva en el sentido convencional pero se produciría un rasgo de carácter. Podría ser que se agreguen dos mecanismos: uno la formación reactiva ante el trauma, es decir el pasaje de la pasividad a la actividad (aun este pasaje estaría sin explicación), y el segundo mecanismo, una desmentida exitosa secundaria ante un duelo o ante una herida narcisista.

En los apartados anteriores, me referí al yo real definitivo como la instancia que participa activamente en la formación del carácter, poniendo en marcha defensas ante la irrupción de lo pulsional. El superyó heredero del complejo de Edipo aparece como la forma de imponer la compulsión a la repetición de los traumas, pero que también da origen a alteraciones en el yo como los rasgos de carácter, en los cuales también queda condensado un tipo de satisfacción pulsional sustitutiva vía formación reactiva. La inclusión del trauma deja una marca como parte del carácter.

A continuación me referiré a diferentes mecanismos que aportan al yo la formación de su carácter. Estos procesos son la represión, las formaciones sustitutivas en calidad de formaciones reactivas, la sublimación y la creatividad.

Represión y carácter

La represión es realizada por el yo a instancias del superyó.

En “Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico” (1914), Freud afirma que la doctrina de la represión es el pilar fundamental sobre el que descansa el edificio psicoanalítico. En una observación hecha en su “Introducción al simposio sobre la neurosis de guerra” (1919), resalta lo siguiente: “No parecen insuperables las dificultades teóricas que cierran el paso a esa concepción unificadora: en efecto es posible, con buen derecho, caracterizar a la represión que está en la base de toda neurosis, como reacción frente a un trauma, como neurosis traumática elemental.” (p. 208).

En la consideración de que la represión sea como una “neurosis traumática elemental, se está incluyendo el factor cuantitativo y se enfatiza el trauma. Es de especial interés en este apartado destacar el concepto de trauma y la formación sustitutiva como el fracaso del proceso represivo, y por lo tanto relevante en la clínica. Pero también el retorno de lo reprimido puede expresar un síntoma del que el yo se enajena, o puede en otros casos contribuir a ser parte del yo, es decir un síntoma egosintónico, y participar del carácter o mejor dicho de un trastorno de carácter (caracteropatía), que a la mirada del otro es sintomático. En el caso de que lo sintomático se vuelva familiar para el yo, intervendría la desmentida secundaria que desconoce el síntoma. También el yo, en estos casos, puede desoir los juicios del superyó.

La represión exige un gasto de energía constante para poder ser mantenida, debido a que lo reprimido ejerce una presión continua hacia lo conciente, en su intento de emerger. Por ello será necesaria una fuerza contraria que mantenga a raya, frenando su emergencia: “El mantenimiento de una represión supone, por tanto, un dispendio continuo de fuerza, y en términos económicos su cancelación implicaría un ahorro.” (cf. “La represión”, 1915, p. 146).

Cuando Freud se refiere a la represión primordial y a su origen, menciona factores cuantitativos de una intensidad exacerbada, que explicarían lo traumático. Es decir que las exigencias sexuales infantiles son tratadas como peligros por el yo y, por lo tanto, obran como un factor traumático, por la consecuente invasión de cantidad (excitación) imposible de ser tramitada.

Pero también el factor cuantitativo se privilegiará en las posrepresiones. Freud señala esa condición como elemento que mantiene actualizadas las antiguas situaciones de peligro para el yo.

En 1915, aludiendo a la represión primordial, Freud señala: “…la represión primordial, una primera fase de la represión que consiste en que a la agencia representante psíquica (agencia representante representación) de la pulsión se le deniega la admisión en lo conciente. Así se establece una fijación; a partir de ese momento la agencia representante en cuestión persiste inmutable y la pulsión sigue ligada a ella” (cf. “La represión”, 1915, p. 143). El factor que interviene para que lo reprimido se constituya en polo de atracción de ramificaciones que sucumben a la represión es la fijación, que supone también la compulsión de repetición. En efecto, la compulsión de repetición es el factor fijador a la represión (p. 144).

Por lo tanto, podría definirse la represión primaria como una fijación que se constituye como un polo de atracción de ramificaciones que sucumben a la represión propiamente dicha y llevan a la libido a la regresión a dichos puntos de fijación, que se hace evidente a través del retorno de lo reprimido sintomático, satisfaciendo un impulso parcial pregenital. Pero también la regresión libidinal a diversos puntos de fijación pueden tener otro destino al constituir rasgos de carácter con la coloratura de las diferentes etapas libidinales, ya que uno de los destinos para la formación de rasgo de carácter es la continuación directa de la pulsión. En estos casos el yo se altera y el rasgo de carácter evade la represión.

Al quedar la libido ligada a una representación (fijación de la represión primordial) ya no se puede desplazar y, además, su posibilidad de descarga mediante el auxilio de otra representación o pulsión parcial se vería impedida a partir de la represión edípica.

Destaco entonces este proceso en que remanentes de pulsiones parciales quedan adheridas a las diversas etapas del desarrollo libidinal en esos primeros años, marcando los matices en la formación del carácter confluyendo luego del Edipo y formación del superyó. En la medida en que este conjunto de representaciones se cristaliza y se reprime, se convierte en polo de atracción de nuevas representaciones, que van a ser objeto de la represión propiamente dicha. Y es este tramado libidinal lo que va a determinar la disposición a la neurosis en la culminación del complejo de Edipo.

A partir de la introversión de la libido, ésta retrocede hacia los puntos de fijación. Estos puntos cobran así un nuevo vigor, la represión actúa sobre esa expresión de deseos pregenitales que buscan satisfacción, e impide la satisfacción directa de los mismos. La producción de una satisfacción sintomática o transaccional emerge como reemplazo, cuando la represión no ha sido del todo exitosa. Si la represión es exitosa no da muestras de su actividad, y el éxito de la misma estaría determinado en tanto ahorre a la conciencia displacer. El fracaso de la represión implica el retorno de lo reprimido sintomático, que satisface un impulso parcial pregenital a modo de transacción; aunque, cabe señalar, el retorno de lo reprimido no siempre conlleva a la formación de síntoma, como por ejemplo, en el caso del sueño. La condición, para que haya represión, estaría determinada porque el peligro del advenimiento de displacer sea mayor que el deseo de satisfacción.

La represión operaría como una contracarga o contrainvestidura, que sustituye y desplaza a lo penoso, lo incompatible o lo intolerable. Por lo tanto, cuanto menos angustiosa es una representación, podrá persistir incólume en el inconsciente, pero cuando el nivel de carga aumenta, puede aparecer el carácter displaciente que hace necesaria la represión.

Retorno de lo reprimido y rasgos de carácter

La represión implica desinvestidura y sobreinvestidura de otra representación que hace de contrainvestidura. El yo desinviste a aquellas representaciones, que habían logrado una representación preconsciente, es decir, su enlace con la palabra que le corresponde, supone un proceso de desarticulación, de separación de las huellas mnémicas verbales, desligándose del comercio asociativo.

Ahora bien, Freud da a entender que la investidura sustraída preconsciente será utilizada para la contrainvestidura. La contrainvestidura opera como defensa contra lo pulsional reprimido, y como mecanismo se hace más evidente en la neurosis obsesiva, como una alteración reactiva del yo, en donde da lugar a una formación reactiva. El trabajo de la represión en el caso de la neurosis obsesiva no es exitoso, ya que la formación reactiva es el lugar por donde lo reprimido retorna. Si bien el impulso sádico fue reprimido, el contenido de la representación desaparece y se le sustrae el afecto concomitante. Sin embargo, el afecto desaparecido consigue retornar, mudándose en angustia social, conciencia moral y en reproches exagerados. La representación que había sido rechazada, se reemplaza por medio de un falso enlace con lo nimio o indiferente. En las patologías obsesivas, la apariencia del carácter como su alteración y la coartación de la acción, sumerge al neurótico en la duda interminable.

En consecuencia, vimos cómo Freud enfatiza la contrainvestidura como la acción defensiva predominante en la neurosis obsesiva y que se manifiesta a través de una formación reactiva que altera el carácter, trastrocando en lo opuesto lo pulsional reprimido.

¿Pero, qué sucede en la histeria?, ¿acaso el yo no se altera? Freud asevera que si bien es difícil pesquisar la contrainvestidura, ésta existe, y es indispensable. También en la histeria habría cierto grado de alteración del yo por formación reactiva, y en muchas circunstancias se presenta como el síntoma principal del cuadro (“Inhibición, síntoma y angustia”).

Ese sería el modo en que se resuelve el conflicto de ambivalencia en la histeria. El odio hacia una persona amada es reemplazado por una gran ternura. Pero Freud afirma que las formaciones reactivas en la histeria cobran una modalidad diversa, pues no muestran la naturaleza general de rasgos de carácter, sino que se limitan a relaciones muy especiales. En la histeria, la formación reactiva se evidencia en un objeto determinado no adquiriendo el yo esta modalidad en el carácter en general, es decir que la formación reactiva es puntual y específica a un determinado objeto.

Pero en cambio sí se puede apreciar otro tipo de contrainvestidura en la histeria cuando la moción pulsional reprimida puede ser activada desde adentro, por un refuerzo de la pulsión por excitación interna y desde afuera, por la percepción de un objeto deseable para la pulsión.

Freud afirma que la contrainvestidura histérica se dirige preferentemente hacia afuera, contra una percepción peligrosa. Mediante limitaciones del yo, evita situaciones en que emergería esa percepción, y en el caso en que ésta emerja, logra no prestarle atención. Esta particular actitud evidencia una escotomización de la realidad externa. El yo se ve limitado por la escotomización. La particular indiferencia o rasgo aparentemente ingenuo de las caracteropatías histéricas obedecen a esta limitación.

El mecanismo de la escotomización también se daría con gran intensidad en las fobias. En éstas, en donde lo característico es distanciarse cada vez más de la percepción temida, la escotomización es aún más intensa que en la histeria.

Freud establece entonces una relación entre contrainvestidura externa y represión, así como regresión y contrainvestidura interna (alteración del yo por formación reactiva). Veamos por qué.

Una diferencia entre neurosis obsesiva e histeria es que en la primera el peligro es reconocido como interno; en cambio en la histeria el peligro es tratado como externo. Es la percepción lo que determina la reemergencia, el retorno del impulso que sucumbió a la represión.

Esto debe tener relación en la medida en que en la histeria la defensa opera generando amnesia; algo que no ocurre en la neurosis obsesiva. En la histeria la represión determinaría la amnesia y la desaparición de la conciencia de aquella representación, representante del impulso temido, que posibilita luego que el peligro sea tratado como si fuera externo al aparato. En la conciencia no quedan huellas del impulso temido.

Por lo tanto, el carácter anal enfatizado en la neurosis obsesiva podría suponerse una alteración reactiva del yo, en donde da lugar a formaciones reactivas por donde lo reprimido retorna. Sin embargo, lo que en la neurosis obsesiva perturba por lo disruptivo de sus síntomas generando angustia, en las alteraciones de carácter desaparecería la frontera entre carácter y síntoma.

Otto Fenichel afirma: “En lugar de enfrentarnos con casos de neurosis claramente delineados, estamos viendo cada vez más y más personas afectadas de trastornos menos definidos, más molestos a veces para las personas que rodean al paciente que para este mismo. La fórmula según la cual ‘en la neurosis, lo que ha sido rechazado irrumpe bajo una forma ajena al yo’, ha dejado de ser válida, por cuanto la forma a menudo no es ajena al yo, al punto que el fracaso de la defensa es menos manifiesto, a menudo, que la elaboración de la misma” (Cf. Teoría psicoanalítica de las neurosis, p. 519) (1966) (1976).

El control, el orden, la obstinación y la frugalidad, la extrema exageración por la limpieza, el excesivo cuidado o preocupación por el otro, como una reacción contraria a la hostilidad reprimida, serían rasgos de carácter que enmascaran lo pulsional no permitido.

El superyó se agiganta en los caracteres obsesivos, en manifestaciones de angustias y mortificaciones que sumergen a estos individuos en actitudes cavilosas que muchas veces los anulan en su accionar.

En los rasgos de carácter histéricos no predomina la formación reactiva. Sin embargo, el yo se limita o se defiende ante el “peligro exterior”. La particular ingenuidad es un rasgo que evita tomar cuenta de situaciones con el deseo prohibido. La belle indifférence, sería un rasgo aparente de ingenuidad de las caracteropatías histéricas. La sorpresa frente a una situación enojosa ignorando cómo llegó a ello, es producto de haber parcializado la realidad. La seducción, el gusto por lo armónico o bello son rasgos que remiten al carácter histérico como una necesidad de causar impacto estético; se trataría de desplazamientos que intentan ignorar el complejo de castración. El histrionismo sería otro rasgo de carácter de tipo exhibicionista que apunta a ser admirado, deseado, como un movimiento que intenta distraer del conflicto por la fantasía de castración. Estos rasgos serían producto de la defensa yoica ante la herida narcisista ante la castración.

En los rasgos fóbicos predomina la evitación, la fuga de situaciones de encierro en que el individuo se siente amenazado en sus límites, sería propio de las caracterapatías fóbicas.

Formación reactiva y rasgos de carácter

En su artículo “Carácter y erotismo anal” (1908), Freud enuncia que los rasgos de carácter son continuaciones inalteradas de las pulsiones originarias, sublimaciones de ellas o bien formaciones reactivas contra ellas. Detallo entonces que: a) el concepto de formación reactiva deja de pertenecer al ámbito sólo de la patología, sino que va a formar parte del proceso por el cual se forma el carácter; y b) el origen de rasgo de carácter se dará a partir de las pulsiones que sufrirán diferentes destinos, posteriormente al Edipo y comienzo de la latencia: formación reactiva, sublimación, o como una continuación inalterada de las pulsiones originarias.

En “Tres ensayos para una teoría sexual” (1905) Freud menciona que en la latencia se edifican diques: asco, sentimiento de vergüenza, reclamos ideales en lo estético y en lo moral (p. 161). Estos diques se erigen a expensas de los impulsos sexuales infantiles y cuya energía se utiliza para otros fines. Aquí se está refiriendo también a la sublimación, proceso al que aludiré más adelante; continúa afirmando que las mociones pulsionales en el período de latencia serían inaplicables o provocarían displacer y por lo tanto se suscitan fuerzas contrarias.

Por lo tanto, la formación reactiva, como proceso normal de defensa, erigida en el período de latencia, daría lugar a rasgos de carácter que en cada individuo tomarían un matiz diferente, según haya sido su trayectoria pulsional. La formación reactiva como un tipo de oposición a una pulsión o empuje pulsional, que se contrapone a una meta pulsional, da lugar a una serie de alteraciones en el yo cuya resultante sería el rasgo de carácter.

En la Conferencia 32 ya citada, “Angustia y vida pulsional”, también se refiere a determinadas características de carácter vinculadas a la pregenitalidad. “En el curso de esos estudios sobre las fases genitales de la libido, hemos obtenido también algunas intelecciones sobre la formación de carácter. Nos llamó la atención un conjunto de propiedades que aparecen reunidas con bastante regularidad: orden, ahorratividad y terquedad y a partir del análisis de esas personas descubrimos que provienen del consumo y del empleo de su erotismo anal no elaborado hasta su acabamiento. Un vínculo semejante quizá todavía más firme, hallamos entre ambición y erotismo uretral.” (p. 94).

En “Carácter y erotismo anal”, dice: “Sería preciso considerar, en general, si otros complejos de carácter no permitirían discernir su pertenencia a las excitaciones de determinadas zonas erógenas. En ese sentido, hasta ahora sólo he tenido noticia sobre la desmedida, ‘ardiente’, ambición de los otrora enuréticos” (p. 158).

Entonces la ambición sería una prolongación directa de la pulsión acogida en el yo integrando un rasgo de carácter. La pulsión busca la satisfacción directa, la formación reactiva mantiene silenciosa la pulsión, rindiendo un producto en el yo, del cual el yo está orgulloso frente al superyó por poder mantener silenciosa la pulsión.

En ambos casos dan lugar a un rasgo de carácter. Sólo que un rasgo de carácter, el que deviene de la formación reactiva, cuesta mantenerlo, mientras que el otro deriva de una continuación directa de la pulsión como alteración duradera en el yo, y se presenta como voluntad, o sea como una manera de acoger en el yo, la pulsión.

Estos rasgos promovidos por la voluntad son funcionales, como por ejemplo aspectos sublimados o creativos, que serían expresión de la pulsión pero por el camino de la sublimación en un cambio de meta (desexualizados). Otros son expresión directa de lo pulsional pero se mantienen sexualizados. Lo sexual no es suficiente para la formación del carácter, sino que se le agrega el trauma. Y se produciría un rasgo de carácter como expresión directa de la pulsión, con una desmentida que es expresión de lo pulsional. En el enfoque psicoanalítico de los rasgos patológicos de carácter habría un margen que no se ha desarrollado tanto como otros que se han investigado, acerca de una enérgica oposición a la pulsión.

Es interesante el planteo que hace Freud en “La represión” (1915), cuando dice que si se satisficieran las mociones pulsionales, provocaría displacer. De ahí el mecanismo de la formación reactiva como medio defensivo. Entonces la formación reactiva sería un mecanismo defensivo que el yo emplea y a la vez lo altera. En referencia al mecanismo de la represión y su relación con la formación reactiva dice: “Como formación sustitutiva hallamos una alteración del yo en la forma de unos escrúpulos de conciencia extremos, lo cual no puede llamarse propiamente un síntoma. Divergen entonces formación sustitutiva y formación de síntoma. También aprendemos algo sobre el mecanismo de la represión. Como lo hace dondequiera, ésta ha producido una sustracción de libido, pero a este fin se sirve de la formación reactiva por fortalecimiento de un opuesto” (p. 151).

En “Análisis terminable e interminable” (1937), Freud se ocupa extensamente de cómo ese yo endeble se altera utilizando mecanismos defensivos, luchando y evitando el peligro, la angustia, el displacer. Uno de los mecanismos de defensa sería la formación reactiva que da lugar a un rasgo de carácter pero, por supuesto, no es el único mecanismo de defensa utilizado por el yo para alterarse.

En el mismo artículo, Freud continúa: “Desde luego que cada persona no emplea todos los mecanismos de defensa posibles, sino sólo cierta selección de ellos, pero estos se fijan en el interior del yo, devienen unos modos regulares de reacción del carácter que durante toda la vida se repiten tan pronto como retorna una situación parecida a la originaria” (p. 240). Por lo tanto, hay distintas defensas frente a la pulsión; la represión también es una defensa, pero, ¿en qué se diferencia de la formación reactiva?

Ambas ofrecen una contrainvestidura a la pulsión, pero en la represión la contrainvestidura sofoca al deseo restringiendo al yo; en cambio en la formación reactiva se crea un producto en el yo, que es el rasgo de carácter. Sin embargo, no podemos dejar de considerar que en este último caso puede haber también un empobrecimiento del yo (más rígido), aunque aparezca el rasgo en el yo que lo altera.

La formación reactiva deriva de un nuevo intento por reprimir, pero con una alteración en el yo. Habría un fracaso de la represión y una exigencia mayor por reprimir que lleva a alterar al yo en una formación reactiva.

Sintetizando, el concepto de formación reactiva deja de pertenecer sólo al ámbito de la patología, puesto que va a formar parte del proceso por el cual se forma el carácter. Sería un proceso normal de defensa, dentro de la etapa de latencia, dando lugar a rasgos de carácter que en cada individuo diferirán, según su trayectoria pulsional.

Este proceso defensivo se opone a una pulsión o empuje pulsional, dando lugar a una serie de alteraciones en el yo cuyo resultado es el rasgo de carácter, como un producto en el yo, del cual el yo está orgulloso frente al superyó al poder mantener silenciosa la pulsión, ya que la formación reactiva deriva de un nuevo intento por reprimir, pero con una alteración en el yo. Habría un fracaso de la represión y una exigencia mayor por reprimir que lleva a alterar al yo en una formación reactiva. Otros rasgos de carácter derivados de una continuación directa de la pulsión producen una alteración duradera en el yo, presentándose como voluntad, o como una forma de incluir en el yo la pulsión.

Estos rasgos promovidos por la voluntad son funcionales, como por ejemplo aspectos sublimados o creativos, que serían expresión de la pulsión pero por el camino de la sublimación en un cambio de meta (desexualizados). Otros son expresión directa de lo pulsional pero se mantienen sexualizados. Lo sexual no es suficiente para la formación del carácter sino que se le agrega el trauma.

Formación sustitutiva y carácter

En “Inhibición, síntoma y angustia”, Freud homologa el síntoma con la formación sustitutiva, en la medida en que son indicio y sustituto de una satisfacción pulsional interceptada; es el resultado del proceso represivo agrietado.

Las formaciones sustitutivas contienen un origen inconsciente pero se formalizan a través del preconsciente en relación con la fantasía. Responden entonces a un doble origen, serían derivadas de los procesos defensivos, de la creciente complejización psíquica con la ligadura preconsciente mediante la palabra, y la necesidad de procesar lo traumático. Sucede entonces que a pesar de la represión la moción pulsional ha encontrado un sustituto, que ya no tendría carácter placentero sino que se erigiría en calidad de compulsión.

Freud asevera que este sustituto es “… harto mutilado, desplazado (descentrado) inhibido. Ya no es reconocible como satisfacción” (p. 90).

La represión demuestra su poder también en otro punto, ya que en la histeria el proceso sustitutivo es mantenido lejos de la motilidad, forzado a agotarse en el propio cuerpo, no puede trasponerse en acción. “El yo gobierna el acceso a la conciencia, así como el paso a la acción sobre el mundo exterior, en la represión, afirma su poder en ambas direcciones” (p. 91).

Según la hipótesis económica, se sustituye una satisfacción ligada a un incremento tensional por otra, donde se produce una reducción de la tensión. Pero no sólo participa aquí el factor cuantitativo, sino que habría conexiones asociativas entre el síntoma y lo que se sustituye; el síntoma cobra un valor simbólico, producto del desplazamiento y la condensación.

Laplanche y Pontalis, en Diccionario de Psicoanálisis (1968-1974, p. 166) afirman que el término formación sustitutiva debe relacionarse con los de formación transaccional y formación reactiva.

Todos los síntomas son formaciones transaccionales, puesto que son producto del conflicto defensivo. En la formación reactiva prevalece el proceso defensivo, ya que lo que aparece especialmente es la oposición a la pulsión. Por la formación reactiva se neutraliza el retorno de lo reprimido. Altera al yo, constituyendo rasgos de carácter más o menos integrados en la personalidad; pero en la observación clínica, las formaciones reactivas pueden adquirir el valor de síntomas, por lo que representan de rígido, de compulsivo o por la evidencia de fracasos accidentales, que evidenciarían la irrupción de la pulsión, y permitirían atribuir a esos rasgos de personalidad un valor sintomático.

La formación de síntoma se emprende para escapar a la angustia. En “Inhibición, síntoma y angustia”, Freud explicita que la angustia es el principal motor de la represión; los síntomas ligarían la energía psíquica, que de otro modo se descargaría como angustia: “[...] Así la angustia sería el fenómeno fundamental y el principal problema de la neurosis” (p. 136).

También destaca el significado de síntoma a toda inhibición que el yo imponga. En el artículo mencionado, afirma: “La formación de síntoma tiene por lo tanto el efectivo resultado de cancelar la situación de peligro. Posee dos caras: una, que permanece oculta para nosotros, produce en el ello aquella modificación por medio de la cual el yo se sustrae del peligro, la otra cara, vuelta hacia nosotros, nos muestra lo que ella ha creado en reemplazo del proceso pulsional modificado: la formación sustitutiva” (p. 137).

Así es como Freud adscribe al proceso defensivo la formación de síntoma, empleando la formación de síntoma como sinónimo de formación sustitutiva. Pero la formación de síntoma no alcanza a ligar la angustia, que reaparece, por ejemplo, en el caso de las fobias, debido a que puede ser alimentada desde afuera por la percepción del objeto temido, o desde adentro, por un incremento del estímulo pulsional; esto lleva a extender el área sintomática. La fobia sólo protege al yo de la generación de angustia de origen externo, y sólo parcialmente cubre al yo de la angustia.

La formación sustitutiva (como síntoma) protege al yo como una contrainvestidura contra lo reprimido. Pero como esta contrainvestidura está apoyada por el yo, por un lado, y por lo reprimido, por el otro, posibilita al mismo tiempo una vía de descarga a través del retorno de lo reprimido, obturando lo reprimido (enmascarándolo). Estas serían las dos caras del síntoma a que se refiere Freud.

Ahora bien, todo síntoma es una formación sustitutiva, pero no toda formación sustitutiva se constituye en un síntoma. A la represión le basta con que no aparezca la representación reprimida, y esto es diferente a la formación de síntoma.

Laplanche y Pontalis, en el Diccionario de Psicoanálisis, definen la formación sustitutiva de la siguiente manera: “Designa los síntomas o formaciones equivalentes, como los actos fallidos, los chistes en tanto se reemplazan los contenidos inconscientes. Esta sustitución debe entenderse en un doble sentido: económico por cuanto el síntoma aporta una satisfacción que reemplaza al deseo inconsciente; simbólico, al ser sustituido el contenido inconsciente por otro siguiendo ciertas líneas asociativas” (p. 168).

Como ya mencioné, se puede relacionar la formación sustitutiva con la transaccional, debido a que opera como una transacción para poder ser admitida en la conciencia, en donde lo reprimido queda sustituido y deformado hasta ser irreconocible, logrando satisfacción el deseo inconsciente, por un lado, y por otro, la defensa contra lo reprimido. Sin embargo –según sea el tipo de cuadro– en las formaciones sustitutivas predominará una satisfacción sexual, o la defensa contra ésta. En general, en la histeria predomina la satisfacción del deseo, en cambio, en la neurosis obsesiva predomina la defensa (formación reactiva).

En síntesis, el síntoma y la formación sustitutiva, son sustitutos de una satisfacción pulsional interceptada, debido al proceso represivo agrietado.

Si bien las formaciones sustitutivas provienen de un origen inconsciente, se estructuran a través del preconsciente en relación con la fantasía. Tendrían un doble origen, por su derivación de los procesos defensivos, y con el preconsciente en su ligadura con la palabra y la necesidad de procesar lo traumático. Ahora bien, todo síntoma es una formación sustitutiva, pero no toda formación sustitutiva se constituye en un síntoma (los chistes o los sueños no son síntomas).

Toda formación de síntoma intenta escapar de la angustia. En “Inhibición, síntoma y angustia” se explicita que la angustia es el principal motor de la represión, que los síntomas ligarían la energía psíquica, que de otro modo se descargaría como angustia, siendo esta el principal problema de la neurosis.

Por la formación reactiva se neutraliza el retorno de lo reprimido. Altera al yo, constituyendo rasgos de carácter que se hacen parte del carácter. Sin embargo, en la observación clínica, las formaciones reactivas pueden adquirir el valor de síntomas, por lo que representan de rígido, o compulsivo, que mostrarían el avance de lo pulsional. En algunos cuadros clínicos predomina una satisfacción sexual, o la defensa contra ésta. Por ejemplo, en general en la histeria predomina la satisfacción del deseo, en cambio, en la neurosis obsesiva predomina la defensa (formación reactiva).

Identificación en el carácter

Vimos cómo los rasgos de carácter pueden ser producto de formaciones reactivas, pero también un rol importante en su constitución lo tienen las identificaciones que se producen en el superyó y también en el yo.

Al ahondar en el tema de la identificación, en “Psicología de las masas y análisis del yo” (1921) Freud se refiere a tres fuentes del concepto de identificación (cap. VII).

La primera forma es previa a una investidura de objeto; la segunda forma de identificación es posterior a la investidura de objeto, y en la tercera forma de identificación no habría una investidura sexual de objeto y sólo habría “comunidad”. La primera identificación como la forma más originaria de ligazón afectiva con un objeto (se está refiriendo a una identificación preedípica); en segundo lugar, pasa a sustituir a una ligazón libidinosa de objeto por vía regresiva, mediante introyección del objeto en el yo (objeto resignado); y por último, una identificación que surge a raíz de cualquier comunidad que llegue a percibirse en una persona que no sea objeto de las pulsiones sexuales.

En este último caso Freud se refiere a la identificación de los individuos de la masa y su ligazón con el líder.

Cuando hablamos de un yo real definitivo que devino a partir de un yo placer que lo posibilitó, no podemos dejar de mencionar las primeras identificaciones que son constitutivas del yo que aspira a configurar el yo propio a semejanza del otro, dice Freud en el capítulo VII, del artículo citado (p. 100).

Sin mencionar directamente la primera identificación, “identificación primaria” como tal, alude a ella, a su comportamiento ambivalente y perteneciente a la primera etapa oral de la organización libidinal (p. 99).

También en “El yo y el ello” (1923-1925) refiriéndose a la constitución del yo y a la relación existente entre éste y la identificación, menciona la melancolía, en que un objeto perdido se vuelve a erigir en el yo, vale decir una investidura de objeto es relevada por una identificación. Reflexiona entonces acerca de este proceso de sustitución como que podría participar también en la conformación del yo y contribuir a producir su carácter.

En la Conferencia 31, “Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis” (1933-1932) se refiere al proceso de esa primera identificación que se acerca a la incorporación o sea una asimilación de un yo a un yo ajeno, a consecuencia de la cual ese primer yo se comporta en ciertos aspectos como el otro, lo imita, por así decir, lo acoge dentro de sí a la manera de una incorporación oral canibalística de la persona ajena (p. 58). Sin duda está hablando de la identificación primaria, sobre la cual se basarán las identificaciones secundarias que conformarán el carácter.

Fue necesario discriminar identificación primaria para poder dedicarnos a las identificaciones secundarias que serán las constituyentes del carácter. Así como también diferenciar el yo placer del yo real definitivo que acogerá esa identificación secundaria.

Al comienzo de la fase oral todavía no es posible distinguir entre investidura de objeto e identificación, pero luego surge la necesidad de investir al objeto con un fin erótico, el yo rigiéndose por el mecanismo del placer-displacer (un yo todavía endeble) debe tomar un camino, “o prestarle su aquiescencia o busca defenderse mediante la represión”.

Pero el carácter de una persona dependerá también –como afirma Freud–, de acoger en el yo determinadas identificaciones (como vía de retener el objeto para sí), o la defensa (mediante la represión) contra la investidura de objeto. Me he referido a la Conferencia 32 en la que Freud afirma que una contrainvestidura puede ser acogida en el interior del yo como parte del carácter, como formación reactiva o como refuerzo de disposiciones. Sabemos hasta qué nivel las identificaciones que conforman el superyó alimentan el carácter de una persona, y cómo ese superyó impone al yo modos de conducta que determinarán su carácter; luego se forman rasgos a partir de los ideales comandados por el superyó en su calidad de ideal del yo.

Sin embargo, podrían formularse interrogantes acerca de algunos rasgos de carácter más tempranos en niños de corta edad, que evidencian características fóbicas o son coléricos, caprichosos, etc., que representan conflictos para los demás; esos rasgos serían anteriores a la constitución del superyó. En párrafos posteriores ampliaré este tema.

Cuando el yo adopta una identificación como sustituto de una elección y por lo tanto se altera, cobrando rasgos del objeto así resignado, intenta proponerse como objeto de amor al ello y así reparar la pérdida.

Pero, ¿cuáles son estos primeros objetos resignados que dan origen a la identificación constitutiva del carácter? Freud se refiere a la identificación con los padres. Esas identificaciones serán “universales y duraderas”.

Sin embargo, no podemos afirmar que el carácter esté formado sólo por estas primeras identificaciones, aunque éstas sean las más firmes, que dejarán huellas determinantes.

En la Conferencia 32, Freud considera que además de la identificación con los padres, también habría identificaciones con otras personas influyentes, pero estas identificaciones serían diferentes a las anteriores ya que en ellas no hubo objeto de deseo (no tendrían que ver con identificaciones eróticas parentales); en la identificación con los padres hubo investidura de objeto, el objeto fue resignado y luego se dio la identificación.

En cuanto a las primeras identificaciones con los padres, para la constitución del carácter desempeñará un rol importante el sexo del niño.

En el artículo “Análisis terminable e interminable” (punto VIII), Freud menciona una diferencia entre los sexos que marcaría el carácter en el niño y en la niña: en la mujer la envidia del pene, y en el hombre “la revuelta contra su actitud pasiva o femenina hacia otro hombre”.

Este factor en ambos sexos influiría sobre el yo (carácter). La aspiración en el niño a la masculinidad aparecería desde el comienzo y la actitud pasiva que presupone la castración es enérgicamente reprimida.

“También en la mujer el querer alcanzar la masculinidad es acorde con el yo, a saber en la fase fálica, antes del desarrollo hacia la feminidad”. Luego el complejo de masculinidad se reprimiría, sobreviniendo el destino hacia la feminidad. Sin embargo, sigue diciendo Freud: “Mucho importa, para estos, que se haya sustraído de la represión en bastante medida el complejo de masculinidad, influyendo de manera permanente sobre el carácter; grandes sectores del complejo son trasmudados de manera normal para contribuir a la edificación de la feminidad; del deseo del pene devendrán el deseo del hijo y del varón portador del pene” (p. 252).

En referencia a rasgos de carácter que provendrían de etapas previas a la constitución del superyó, mencionado en párrafos anteriores, quizá del mismo modo en que hay algunos rasgos de carácter más tempranos, como los de los pacientes autistas, que derivarían del yo real inicial, hay otros posteriores, surgidos desde el yo placer purificado y finalmente otros, que son los rasgos de las caracterologías neuróticas, que corresponderían al yo de realidad definitivo. Habría rasgos de carácter patológicos que aparecerían más tempranamente y que serían anteriores a la constitución del superyó, que no estarían ligados al desarrollo del yo real definitivo sino al del yo placer purificado o surgirían en el momento de transición entre este último y el comienzo del yo real definitivo.

Surgen interrogantes en la observación clínica de niños muy pequeños acerca de algunos rasgos de carácter que evidencian características fóbicas o coléricos que representan conflictos para los demás y que serían anteriores a la etapa fálica. Un caso clínico de una niñita cuyos padres consultaron cuando ésta tenía 4 años por una marcada modalidad colérica, podría ejemplificar lo anteriormente afirmado. En la historia relatada por los padres, abundaban situaciones de viajes de la madre desde los primeros meses de la niña. Una situación que fue contada por los progenitores como una particularidad fisiológica de la niña, durante el primer año de nacida, era la retención de la materia fecal, que mantenía en forma de “tapón” sin evacuar espontáneamente; eran necesarias maniobras manuales para que se desprendiese de la materia fecal. Todo este proceso continuó durante el primer año de la niña. Luego apareció el rasgo de carácter temprano de enojo, rabietas en las que los padres no lograban calmarla. Ya sin saber qué actitud asumir, solicitaron consulta psicoterapéutica (durante el cuarto año de la niña). La ansiedad de pérdida sufrida por esta niña muy tempranamente, posiblemente originó el síntoma de retención fecal y las maniobras manuales que la madre realizaba para que se desprendiese de la materia fecal, vivenciado por la pacientita como un acto violento, devino más adelante en un rasgo colérico proyectando su rabia hacia el mundo externo.

Frances Tustin (1987-1989) se ocupa del carácter en pacientes autistas, y también José Bleger en Simbiosis y ambigüedad alude a la posición glischrocárica (previa a la posición esquizoparanoide de Melanie Klein): “Esta parte inmadura y más primitiva de la personalidad ha quedado segregada del yo más integrado y adaptado, y configura un todo de ciertas características que me han conducido a reconocerlo como el núcleo aglutinado de la personalidad” (p. 83).

Bleger denomina núcleo aglutinado, que en su conceptualización formaría la parte psicótica de la personalidad, como el remanente de la más primitiva organización de la personalidad, anterior a la posición esquizoparanoide.

Cité autores que se han ocupado de resaltar vestigios de las primeras etapas del desarrollo en que predomina la indiferenciación y que según sea las vicisitudes de esos momentos vividos podrían fijarse ciertos rasgos regresivos de tipo autista o confusional. Sería el caso de rasgos de inmadurez con dificultades de discriminación, vacío existencial, etcétera.

Si bien en la postura freudiana, el grueso de la formación del carácter dependerá de los avatares del Edipo, y la constitución del superyó, no se puede dejar de considerar los avatares tempranos, como componentes que marcan el recorrido.

E. Nicolini afirma: “No es necesario insistir en la especificidad e importancia del complejo de castración. Bastará recordar aquí su valor privilegiado en la resignificación de anteriores pérdidas y ofensas perturbadoras del narcisismo. Ellas cobran a menudo así, póstumamente, su eficacia traumática. O adquieren significaciones nuevas. En uno y otro caso se trata de transformaciones que, sabemos, suponen reactualización penosa de aquellas injurias tempranas (pp. 34-35).

Por lo tanto, resumiendo lo anterior, en el carácter cobra importancia el proceso de las identificaciones. Freud plantea que habría una primerísima identificación como la forma más originaria de ligazón afectiva con un objeto (se está refiriendo a una identificación preedípica); en segundo lugar, las identificaciones secundarias que pasan a sustituir una ligazón libidinosa de objeto por vía regresiva, mediante introyección del objeto en el yo (objeto resignado), es decir las identificaciones con los padres. Estas identificaciones van a conformar el superyó como corolario del sepultamiento del Edipo y renuncia al objeto erógeno. El superyó conformado por las identificaciones impone al yo modos de conducta que determinarán su carácter formándose rasgos según las aspiraciones del superyó en su calidad de ideal del yo. Por último, habría otras identificaciones que surgen a raíz de cualquier “comunidad” que llegue a percibirse en una persona que no es objeto de las pulsiones sexuales.

En la conceptualización freudiana, las identificaciones primarias serían el basamento sobre el cual se estructuran las identificaciones secundarias que serán las constituyentes del carácter. En las identificaciones con los padres desempeñará un rol importante el sexo del niño para la constitución de su carácter. Freud menciona una diferencia entre los sexos que marcaría el carácter en el niño y en la niña: en la mujer la envidia del pene, y en el hombre “la revuelta contra su actitud pasiva o femenina hacia otro hombre”.

También a manera de hipótesis, agrego comentarios acerca de la formación de rasgos de carácter más tempranos a la formación del superyó, producto de vivencias traumáticas durante los primeros años de vida.

Sublimación y carácter

Vimos cómo el mecanismo de la formación reactiva colabora para la formación del carácter, en la medida en que si hay un predominio de formaciones reactivas, éste tendría características defensivas. Pero la conformación del carácter podría tener otros atributos además de las formaciones reactivas y posibilitar otros tipos de defensas del yo frente a la pulsión. La sublimación sería uno de estos destinos defensivos que contribuirían al carácter.

J. Laplanche, en Sublimación-Problemáticas III (1980), comentando la obra freudiana, afirma que la formación reactiva sería un mecanismo defensivo más preciso y acabado respecto de la sublimación, ya que la formación reactiva se presenta en algunas formaciones caracteriales armadas como “una capa de hormigón” que presenta una lucha con lo pulsional pero que tomaría la energía de la pulsión. En cambio, al referirse a la sublimación señala que sería un mecanismo más ambiguo o paradojal. Este autor crea interrogantes acerca de este concepto y de la energía que se le provee, cuando dice: “…en lo sublimado no permanece ni la meta, ni el objeto, ni tampoco la fuente de la pulsión, de modo que supuestamente deberemos reencontrar la sola “energía sexual”; pero una energía sexual […] también “desexualizada”, descualificada, puesta al servicio de actividades no sexuales” (p. 125).

Al hablar de sublimación, Laplanche alude a una mutación de la meta entre la satisfacción sexual directa y la meta llamada sublimada. Lo esencial en la sublimación sería el cambio de meta. Este autor se interroga sobre cuál sería el camino de esa energía sexual utilizada para otros fines no sexuales. Toma como referencia las “vías de influencia recíprocas” enunciadas por Freud en “Tres ensayos de teoría sexual”.

Efectivamente, Freud plantea que una función para la autoconservación puede ser alterada por la función erógena de esa misma zona, por ejemplo el caso de la boca en los problemas de alimentación, si la zona se erotiza. Este sería el principio en el, que a la inversa, lo erógeno puede transmutarse para otro fin.

Freud concluye diciendo: “Ahora bien, esos mismos caminos por los cuales las perturbaciones sexuales sobre las restantes funciones del cuerpo servirían en el estado de salud a otro importante logro. Por ellos se consumaría la atracción de las fuerzas pulsionales sexuales hacia otras metas, no sexuales; vale decir la sublimación de la sexualidad” (p. 187). En el capítulo III de “El yo y el ello”, cuando se refiere a la identificación conformante del carácter, la denomina una suerte de sublimación. “La trasposición así cumplida de libido de objeto en libido narcisista conlleva manifiestamente una resignación de las metas sexuales, una desexualización y, por tanto, una suerte de sublimación” (p. 32).

Puede suponerse que el punto de contacto entre la identificación y la sublimación es que en ambos procedimientos ocurre una desexualización que hace efectiva la identificación con el objeto que debió ser resignado como objeto erótico y en el caso de la sublimación el alejamiento de lo sexual a un destino no sexual, en un objeto del mundo que sustituye el interés de lo sexual hacia lo no sexual, como un fin en pos de logros aceptados culturalmente. En este movimiento incluiría no sólo cambio de meta: también podría haber un cambio de objeto. Por lo tanto, en el período de la latencia, cuando surgiría el carácter, las mociones pulsionales, en su mayoría son desviadas del uso sexual y aplicadas a otros fines.

En el capítulo II de “Tres Ensayos de teoría sexual”, Freud alude a la cultura que impondría esa desviación de las fuerzas pulsionales sexuales de sus metas y su orientación hacia metas nuevas, y denomina a este proceso, sublimación. El comienzo de esta defensa, coincidiría con la latencia sexual de la infancia (p. 161).

Sabemos que un aspecto del superyó alude a lograr la perfección, a través del ideal del yo, y cómo el ideal del yo es la proyección del narcisismo perdido de la infancia. La sublimación sería un destino posible para lograr ciertos requerimientos del ideal del yo, y así conformar rasgos de carácter.

En el capítulo III de “Introducción del narcisismo” (1914) Freud menciona la sublimación y algunos puntos de acuerdo y divergencias.

La sublimación es un proceso que corresponde a la libido de objeto y habría un cambio de meta alejado de lo sexual. El ideal del yo exige sublimación, pero éste sigue siendo un proceso especial cuyo estímulo puede provenir del ideal pero la ejecución será independiente de tal exigencia.

Sin embargo, si la sublimación puede estar presente en la conformación del ideal o no, parecería depender de características propias de cada individuo; indudablemente el carácter podrá devenir con diferentes matices en la medida que predomine la sublimación o las formaciones reactivas.

Freud concluye en el libro mencionado: “La formación del ideal aumenta las exigencias del yo y es el más fuerte favorecedor de la represión. La sublimación constituye aquella vía de escape que permite cumplir esa exigencia sin dar lugar a la represión” (p. 92). La sublimación satisface la pulsión, proponiéndole otro fin.

Freud plantea cómo a veces un carácter puede estar determinado por una pulsión única, como en Leonardo da Vinci, su apetito por saber.

Esa pulsión hiperintensa existiría desde la infancia y la particular intensidad de la misma debería su origen a un refuerzo sexual. También Freud menciona la particularidad de la pulsión sexual que podría sublimarse hacia la actividad profesional torciendo su primitiva meta hacia otra meta no sexual (“Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci”, 1910, p. 72).

En el caso de la pulsión de investigar derivaría de la necesidad del niño de preguntar y, sobre todo, de investigar sobre la sexualidad infantil. Un ejemplo de la capacidad de sublimar la libido daría origen en Leonardo a su gran esfuerzo por investigar, convirtiéndolo en un genio, pero con una vida sexual casi nula. Entonces, la sublimación puede dar un matiz al carácter pero restringiendo otro aspecto del yo. Freud, refiriéndose a Leonardo, dice que “la hiperpotente pulsión de investigar estaría en relación con una limitación de su vida sexual (sublimada)” (p. 75). “Entonces, el núcleo y el secreto de su ser sería que, tras un quehacer infantil del apetito de saber al servicio de intereses sexuales, consiguió sublimar la mayor parte de su libido como esfuerzo de investigar” (p. 75).

Freud habla de tres tipos de opciones para la pulsión de investigar en su enlace con la pulsión sexual, luego de la represión sexual. Un primer tipo, donde la represión es totalmente exitosa y se produce una inhibición del pensar, en una inhibición neurótica; un segundo tipo, donde se logra sortear parte de la represión, el desarrollo intelectual unido al impulso sexual, regresa de lo inconsciente como compulsión a cavilar, revistiendo el acto del pensar y el desarrollo intelectual con tintes del placer sexual, reemplaza al quehacer sexual y la misma insatisfacción que tuvo en la sexualidad, la traslada a lo intelectual y por lo tanto no puede llegar a una conclusión.

El tercer tipo más raro y perfecto, dice Freud, es el caso de Leonardo, en donde la sublimación toma el camino más amplio. Si bien la represión sexual existe y el pensar es sustituto de lo sexual, no hay irrupción desde lo inconsciente, sino que hay libido sublimada, al servicio de la pulsión de investigación y en desmedro de la sexualidad. Se angosta la sexualidad y se agranda la pulsión de saber, de conocimiento.

Una particular disposición posibilitaría la mayor o menor capacidad de sublimar y por ende aportar al carácter sus productos.

La sublimación sería una defensa funcional que aportaría al carácter una determinada coloratura, que evidenciaría la influencia del ideal del yo. Pero como la sublimación deviene de una desmezcla pulsional, la pulsión de muerte quedaría liberada, quedando como interrogante si esta situación podría acrecentar, en el carácter del yo, rasgos de sobreexigencia, o una tendencia masoquista.

La pulsión de investigar sería un aspecto de la sublimación en Leonardo, pues también existía la pintura como otra actividad sublimada que sin embargo remitiría a otra naturaleza, que por momentos era sofocada por la pulsión de investigar, como si una de ellas dominase a la otra. Laplanche alude a una incapacidad “de sublimar, de volver, al menos parcialmente, a lo pulsional” (p. 103). Podríamos entonces suponer que lo sublimado a nivel intelectual responde mucho más al ideal del yo mientras que aquello que emerge como un acto creativo se desembaraza en parte de alguna exigencia superyoica para dar lugar al yo en una regresión formal del preconsciente al funcionamiento inconsciente con el aval del superyó.

Creatividad y carácter

La creatividad, como un aspecto de la sublimación, aporta también una especial tramitación funcional a modalidades del carácter. Cuando se refería a la creación artística, Freud aludía a aquello más cercano a lo pulsional y que encerraba el deseo de vivir.

En “Conferencias de introducción al psicoanálisis” (5ª Conferencia, 1915-1916) enlaza el aspecto creativo a las fantasías, específicamente a los sueños diurnos agregando que “estos son la materia prima de la producción literaria, pues el artista, tras ciertos arreglos, disfraces u omisiones deliberadas crea a partir de sus sueños diurnos las situaciones que introduce en sus novelas o sus piezas teatrales” (p. 89).

En la Conferencia 23 (1916-1917) “Los caminos en la formación de síntoma” Freud remite al monto de libido que una persona podría mantener “flotante” y la fracción de libido que fuese capaz de desviar de lo sexual hacia metas de la sublimación (p. 341).

Destaca cómo en el arte existiría un camino de regreso de la fantasía a la realidad, evitando la insatisfacción neurótica, al extrañarse de la realidad trasfiriendo su interés y su libido a las formaciones de deseo de la fantasía, un camino que podría llevar a la neurosis. Sin embargo, el artista podría salir airoso en la medida de contener una capacidad sublimatoria y una cierta “flojera de las represiones decisivas para el conflicto” y de esta forma el artista encontraría el camino de regreso a la realidad en una creación. Freud afirma que se daría una facultad de crear y dar forma a un material determinado, a partir de la representación de una fantasía inconsciente con una ganancia de placer, en donde las represiones serían doblegadas o canceladas temporariamente (pp. 342-343).

Hasta aquí Freud se refiere a la creación artística como parte de lo sublimatorio. Sin embargo, habría diferencias con la sublimación si tomamos como modelo el chiste o lo cómico, ya que parecería derivar de que el destino dado a la pulsión responde a un ideal menos elevado y que permitiría la satisfacción inmediata. En “El chiste y su relación con lo inconsciente” (1905) se enlaza lo cómico así como también la elaboración onírica formando parte de la creación. Aludiendo al chiste en “El humor”, dice que un pensamiento preconsciente por un instante es liberado de la elaboración inconsciente. Entonces el chiste es la contribución que lo inconsciente aporta a lo cómico. Homologa en este aspecto al humor cuando refiere que “el humor sería la contribución a lo cómico por la mediación del superyó” (p. 161). En este caso habría una ganancia de placer en el yo, cuando el superyó aminora su severidad y permite que se produzca la actitud humorística rechazando la realidad para permitir una ilusión.

Si bien Freud afirma que este aspecto no es lo esencial en la investigación acerca del humor, lo considera como algo que libera y emancipa. “No todos los hombres son capaces de la actitud humorística; es un don precioso y raro, muchos son hasta incapaces de gozar del placer humorístico que se les ofrece” (p. 162).

El destino dado a la pulsión sería de un ideal menos elevado en el humor como en el chiste, con una satisfacción inmediata a diferencia de aquellos otros aspectos sublimados que remiten a una mayor exigencia del ideal del yo cuyos resultados no serían tan inmediatos en términos de ganancia de placer.

En El psicoanálisis del arte y del artista, Ernst Kris afirma que en el acto creativo habría una capacidad de lograr acceso a los materiales del ello sin ser abrumados por éstos, controlando el proceso primario, efectuando desplazamientos rápidos o adecuados, en planos de la función psíquica, que tendría como hipótesis –según Freud–, “cierta flexibilidad de la represión en el artista”.

Para W. Winnicott, la idea de creatividad se amplía ya que es entendida como una actitud determinada ante la realidad externa, vivir en forma creadora propiciando el estado saludable. Lo contrario a vivir en forma creativa en este autor es someterse al acatamiento. Diferencia la creación de una obra, ya sea un cuadro o una comida, un vestido, etc. En cambio la creatividad sería más universal, es vivir en forma creadora, es dar libertad al impulso creado que poseen los artistas en su arte, pero que también remite a una forma de acceder a la realidad en todo ser humano. Esta creatividad estaría en relación directa con el ambiente y la experiencia vital en las primeras etapas del bebé, y el fenómeno de transicionalidad, es decir ese espacio intermedio ni interno ni externo. La creación del objeto subjetivo en el bebé será posible si tiene como antecedente el objeto que debió haber estado en la realidad externa para ser luego creado por el niño.

Winnicott enfatiza el ambiente suficientemente bueno como condición en los primeros años de vida para que se geste en los individuos esa creatividad que está emparentada con la vivacidad y el impulso creador. Estas defensas podrían considerarse acorde a fines o libres de conflicto. Sin embargo, en algunos casos la sublimación y la creatividad podrían estar conectadas con defensas patológicas como la desmentida y por lo tanto contra las defensas acorde a fines (en el caso Silvana, paciente cuya capacidad creativa y sublimatoria estarían al servicio de un rasgo patológico de carácter, el humor cínico y descalificante, que con ello evitaba permanentemente su realidad, haciendo uso de la desmentida).

En “El caso Schreber. Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (dementia paranoides) descrito autobiográficamente” (1910-1911), Freud afirma que la creatividad estaba al servicio de la desestimación, es decir con el proceso restitutivo, en su movimiento megalomaníaco. Pero en el caso de Schreber, la creatividad operaba sobre la libido objetal, mientras que en el carácter correspondería hablar de una creatividad que opera sobre la libido objetal vuelta narcisista, igual que en la sublimación.

Joyce McDougall y otros, en El artista y el psicoanálisis (2010), consideran que toda actividad creativa lleva consigo una dimensión enigmática que escapa a nuestra comprensión.

Según esta autora, la creatividad surgiría primero del cuerpo erógeno, de su representación y de la forma en que se ha instalado el funcionamiento somático en la niñez.

“La riqueza de la sexualidad pregenital requiere la participación de los cinco sentidos y sus funciones corporales”. “Todo individuo que escucha su mente y su cuerpo realiza un acto creador y cualquiera que sea el modo de expresión del artista, está inspirado inevitablemente por el mundo exterior así como por todas las impresiones, percepciones, emociones y pensamientos que ha incorporado y que nutren su mundo interno” (p. 17).

Para concluir que los verdaderos traumas que se asocian a la organización psicosexual de la representación del cuerpo, además de originar las neurosis y las inhibiciones, también dan lugar a la creatividad.

Sintetizando, el carácter podría contener rasgos que derivan de formaciones reactivas, pero además puede estar constituido por otros destinos defensivos, como serían los rasgos devenidos de la sublimación y de la creatividad. Lo esencial en la sublimación sería el cambio de meta. Es decir que el fin sexual es sustituido por otro fin.

En “Tres ensayos de una teoría sexual”, Freud menciona las vías de influencia recíproca para explicar que una función para la autoconservación se puede alterar si se erotiza. Por lo tanto, lo erógeno puede sustituirse para otro fin, que explicaría lo sublimatorio. La sublimación es un proceso que corresponde a la libido de objeto y habría un cambio de meta alejado de lo sexual.

El ideal del yo exige sublimación. Dependerá de características individuales que el carácter tenga un predominio de sublimaciones o de formaciones reactivas. El ideal del yo estimula la sublimación, pero la ejecución de este proceso es independiente del ideal.

Sin embargo, si la sublimación puede estar presente en la conformación del ideal o no, parecería depender de características propias de cada individuo; indudablemente el carácter podrá devenir con diferentes matices en la medida que predomine la sublimación o las formaciones reactivas.

La sublimación deviene de una desmezcla pulsional, por lo tanto, la pulsión de muerte quedaría liberada. Subsiste como interrogante si entonces se podrían acrecentar en el carácter del yo, rasgos de sobreexigencia, o una tendencia masoquista.

Freud investigó la pulsión de investigar en Leonardo como un aspecto de la sublimación, pero también existía la pintura como otra actividad sublimada que, sin embargo, remitiría a otra naturaleza, que por momentos era sofocada por la pulsión de investigar, como si una de ellas dominase a la otra.

D. Maldavsky afirma que se podría suponer que lo sublimado a nivel intelectual responde mucho más al ideal del yo, mientras que aquello que emerge como un acto creativo se desembaraza en parte de alguna exigencia superyoica para dar lugar al yo en una regresión formal del preconsciente al funcionamiento inconsciente con el aval del superyó.

La creatividad y la sublimación aportan rasgos funcionales de carácter.

Freud refiere cómo en la creatividad artística se parte de la fantasía como un elemento que permite un camino que va a la creación en la realidad, evitando la insatisfacción neurótica.

En la creación, las represiones serían doblegadas o canceladas temporariamente. Hasta aquí Freud habla de la creación artística como parte de lo sublimatorio. Otra forma de creatividad sublimatoria se encuentra en lo cómico o en el chiste, donde habría un ideal menos elevado en el destino dado a lo pulsional, al permitir la satisfacción inmediata. En esos casos, el yo lograría una cuota de placer con la venia del superyó que disminuye su severidad permitiendo el humor y poniendo entre paréntesis por un instante la realidad.

Ernst Kris, en la obra ya citada, plantea que en el acto creativo se logra acceder a los materiales del ello sin ser abrumados por éstos.

Para D. W. Winnicott la creatividad estaría en relación directa con el ambiente y la experiencia vital en las primeras etapas del bebé, y el fenómeno de transicionalidad.

Estas defensas frente a lo pulsional como formadores de rasgos de carácter que se mencionaron podrían considerarse acordes a fines o libres de conflicto.

Sin embargo, en algunos casos la sublimación y la creatividad podrían estar conectadas con defensas patológicas como la desmentida y por lo tanto contra las defensas acorde a fines. Formando parte de rasgos patológicos de carácter (caso de Silvana), paciente cuya capacidad creativa y sublimatoria estarían al servicio de un rasgo patológico de carácter, el humor cínico y descalificante, al servicio de la desmentida.

En el caso Schreber, la creatividad estaba al servicio de la desestimación, es decir con el proceso restitutivo, en su movimiento megalomaníaco. Pero en el caso de Schreber la creatividad operaba sobre la libido objetal, mientras que en el carácter correspondería hablar de una creatividad que opera sobre la libido objetal vuelta narcisista, igual que en la sublimación.

Comentarios finales

En este capítulo me referí a la formación del carácter en el que cobran importancia no sólo los factores constitucionales sino también aquellos acontecimientos significativos de la historia de la persona. El yo hace uso de mecanismos defensivos que darán coloratura a los rasgos de carácter.

El pasaje por el complejo de castración daría lugar al trauma sexual infantil. Freud menciona la fijación al trauma y la compulsión a la repetición como elementos acogidos en el yo normal. El carácter, según Freud, surgiría en la latencia, con la declinación del Complejo de Edipo. Frente a la necesidad de reprimir los deseos incestuosos e intentando introyectar los objetos resignados a partir de las identificaciones constitutivas del superyó y del yo, siendo las identificaciones en el superyó, el elemento sustancial del carácter.

El superyó sería el encargado de imponer esta compulsión a la repetición de los traumas que en cada caso individual según la intensidad vivenciada de ese trauma producirá diferentes estructuras caracterológicas.

Por lo tanto, en este capítulo me referí al trauma infantil y a los mecanismos intervinientes, represión, formaciones reactivas y sustitutivas. Tuve en cuenta que la elección personal del mecanismo defensivo predominante dará lugar a rasgos por formaciones reactivas, otros por sublimaciones y otros rasgos se desprenden de éstas, como la creatividad; y otros que devienen por continuación directa de lo pulsional.

En este capítulo me cuestiono y dejo abierta la posibilidad para el desarrollo en los capítulos posteriores acerca de la dependencia al trauma infantil o a sus consecuencias. Considero la posibilidad de que siendo la compulsión de repetición un elemento fijador al trauma podría intervenir también en las sucesivas experiencias en la historia del individuo, alterando su carácter. Me refiero a situaciones como por ejemplo duelos que no se elaboran, que conducirían a la alteración del carácter, como un segundo factor etiológico junto al del trauma sexual infantil.

El rasgo de carácter patológico podría sobrevenir a medida que el yo arrastre fijaciones pregenitales que no han podido superarse y la llegada al nivel genital sufra un déficit. También puede haber rasgos patológicos de carácter que provengan de la fase fálica e incluso En cuanto a la fijación libidinal, la concepción del carácter tiene un cambio en el curso de los años. Al comienzo, como en “Carácter y erotismo anal’’, Freud concebía al carácter como destino de la pulsión sexual. Años después escribiría ‘’Pulsiones y destinos de pulsión’’, que sigue esta línea conceptual. Entonces la fijación determinante del carácter derivaba más de las disposiciones pulsionales de cada persona, como Freud lo expone en “Pegan a un niño”. Pero cuando Freud introduce la teoría de la pulsión de muerte, cambia su perspectiva. Entonces el análisis del rasgo de carácter se vuelve más complejo e incluye algo de la fijación libidinal y yoica al trauma y la defensa contra este. Por lo tanto, habría dos formas de entender la fijación libidinal: como la entendió en un comienzo y como la entendió luego, al incluir el concepto de trauma. Mientras que en la primera concepción Freud enfatizaba el peso de los componentes disposicionales endógenos determinantes de la fijación, en la segunda, ligada con el trauma, destacó el valor de los estímulos desmesurados exógenos que perforan la coraza antiestímulo. Tomando en cuenta el problema de la fijación es posible considerar varios aspectos en relación con el carácter, uno de ellos es el de la fijación al trauma, otro sería el de las fijaciones pregenitales que no se han podido superar y podría haber otros rasgos patológicos de carácter provenientes de la etapa fálico-genital. Ya en la consideración de defensas patológicas instrumentadas por el yo, el rasgo de carácter patológico podría sobrevenir a medida que el yo genital. Si los impulsos pregenitales son intensos, el yo reaccionará con una defensa extrema que se cronifica y el carácter tomaría una coloratura en función de determinado rasgo que predomina alterándolo.

CAPÍTULO II
Trastorno de carácter, la ironía como rasgo en la comunicación paradojal
(Silvana, caso clínico)
Defensa frente al duelo

En este capítulo me ocuparé de un caso clínico en el que las manifestaciones paraverbales que acompañaban el discurso de la paciente provocaban un contrasentido. Silvana era una joven de 28 años, de ascendencia escandinava, de aspecto agradable y estéticamente cuidada. La aparente alegría reflejada en una sonrisa dibujada en su rostro, no condecía con lo que su discurso verbal manifestaba. Esta modalidad que la paciente sostenía a pesar del esclarecimiento de su actitud, se mantuvo en el transcurso de su análisis como una necesidad de sostener un andamiaje defensivo que, desde su sentir más profundo e inconsciente, la resguardara de la vivencia de desamparo. Fundamento la investigación de este caso clínico, en base a la hipótesis de un trauma temprano relacionado con un momento estructural de la paciente y el vínculo desvitalizado con la madre, posiblemente depresiva. Dicho trauma se encadena con un duelo patológico, el despliegue defensivo y su gradual desmoronamiento, dando paso a lo más nuclear de Silvana y marcando el retorno de aquello que no pudo ser integrado y procesado psíquicamente, como una repetición del trauma originario, de desamparo pulsional expresado a través de manifestaciones psicosomáticas. La situación transferencial que se repetía, era una escena invertida, al trastrocarse lo pasivo en lo activo. Por lo tanto era yo, su terapeuta, la que me sentía como ella en el pasado se sentiría ante su madre. Repetía el trauma en forma activa.

Reflexiono acerca de casos con patologías severas, en los que en el proceso de análisis el terapeuta capta la proyección del paciente, comprendiendo el significado de la misma, y aunque se la esclarezca al paciente, este se mantiene refugiado en su omnipotencia.

Freud afirma en “Recordar, repetir y reelaborar” (1914) que la compulsión de repetir no sólo se daría con el analista sino en todos los vínculos de la vida del analizado y que cuanto mayor resistencia, tanto más será sustituido el recordar por el actuar.

Para comprender esta forma de repetición transferencial, tomo en cuenta la historia de la paciente y mis impresiones contratransferenciales. Resalto la importancia de las construcciones, sobre todo en casos que como este, permiten conjeturar significados afectivos al poder comprender aquello que no fue. Comprendiendo que lo expresado por la paciente de su realidad histórica implica una realidad deformada a partir del pasaje por la fantasía, pero que no obstante existiría un núcleo de verdad. Refuerza esto la particular escena transferencial, y permite homologarlo a un vínculo del pasado con el agujero identificatorio materno.

En los siguientes capítulos teóricos sobre el carácter y los mecanismos defensivos del yo, el duelo y las defensas frente al mismo, se fundamentan lo que clínicamente expongo en el presente capítulo.

Para una mayor comprensión del caso, realizo una síntesis del proceso de tratamiento. Formulo la hipótesis sobre un duelo patológico con un predominio de defensas que lo sostienen, expresadas en determinado material clínico, en cuestiones de la transferencia y en el particular discurso de la paciente en las sesiones. Se distribuye el material clínico en distintos sectores:

a) Visión de conjunto: motivo de consulta, datos de la paciente previos al tratamiento, y trayectoria global del mismo. Se analizan las vicisitudes del proceso ligado con las defensas; el cambio de éstas y las circunstancias vitales de la paciente. En forma sintética lo que se detalla en el sector c).

b) Presento el rasgo de carácter irónico en Silvana como una modalidad habitual que haría evidente la alteración del carácter como defensa frente al duelo en una actitud paradojal, que la muestra en sesión con un discurso discordante entre sus expresiones verbales y lo gestual (paraverbal).

c) Secuencia clínica: hago especial hincapié en el análisis de las pesadillas de esta paciente y el particular impacto que producía en la relación transferencial a través del humor morboso y resistencial que escondía sus sentimientos más hondos, al relatar situaciones de preocupación o riesgo, con parsimonia, ironía, jocosidad, proyectando en mí lo que ella no podía contener; se evidenciaba así, el éxito de la defensa. Ejemplifico luego con viñetas clínicas de sesiones de diferentes períodos, que permiten conjeturar un paulatino fracaso de la defensa.

Planteo un cuestionamiento acerca del duelo por la muerte de la madre confrontándolo con las características de esa madre en su infancia recordadas por Silvana y la particular actitud de la paciente; es posible que el duelo por la madre muerta fuese previo, dificultando la elaboración posterior. Considero entonces la hipótesis acerca del vínculo primario de esta paciente con una madre posiblemente depresiva, con referencias teóricas de W. Winnicott y de A. Green.

Formulo una hipótesis sobre la relación directa entre la pobreza para sentir sentimientos, sus duelos patológicos y un destino vía cuerpo de aquello repudiado. Entonces la manifestación psicosomática, como corolario de lo anterior, expresaría cómo claudicaba la defensa y se alojaba en el cuerpo lo que ya no podía ser elaborado a nivel psíquico.

a) Motivo de consulta: terror nocturno

La paciente consultó por sus estados de terror nocturno; describió que en esos momentos se sentía “paralizada” temiendo morir. Una hermana había iniciado terapia poco tiempo antes, y esto la estimuló para pedir la consulta. Me pareció significativa la casi simultaneidad del inicio de terapia de ambas, y me pregunté entonces qué lugar ocuparía la hermana en la mente de Silvana. Poco tiempo después de iniciado el tratamiento, el síntoma de terror nocturno desapareció. Otros síntomas aparecieron a lo largo del tratamiento, tales como arritmia, baja presión, desvanecimientos y trastornos estomacales. Un problema en la piel al que no le daba importancia pues “lo tenía desde siempre”, llamó mi atención. En forma periódica le aparecían quistes, muy dolorosos, que debían ser intervenidos quirúrgicamente ya que quedaban como montículos pequeños que no reventaban.

El refugio en la escritura expresaba un componente esquizoide que cada tanto le fracasaba y aparecía el riesgo somático. Era significativo confrontar en Silvana el miedo que tenía a todo síntoma orgánico, temiendo morir, y cómo ella jugaba con historias de muerte en los cuentos que escribía o en los guiones para la televisión que, debido a su profesión, componía.

Se presentó como una intelectual que apreciaba la buena literatura con predilección por autores cuya vida dramática marcaba la obra; en muchos casos estos autores se habían suicidado. Paulatinamente comprendí que la imagen y el refugio en lo intelectual funcionaban en ella como una “segunda piel”, pero que fracasaban cuando tenía una alteración corporal. Puede considerarse entonces que escribir le facilitaba armar escenas histéricas que le permitían la aplicación de su componente esquizoide.

b) Rasgo de carácter irónico como defensa frente al duelo

La ironía como un aspecto del carácter, relacionado con el disimulo o burla, se identificó como un rasgo sobresaliente en Silvana. Se valía de la ironía al referirse a sí misma y también en relatos de diferentes situaciones que protagonizaban otros. Acompañaba sus verbalizaciones con un gesto sonriente que manifestaba lo paradójico entre lo que decía y lo que mostraba gestualmente. Este comportamiento, que se repetía como una máscara, producía incertidumbre en el clima de las sesiones y despertaba mi preocupación. Comprobé que este rasgo se manifestaba especialmente como un matiz intelectual que se acrecentaba en sesión al tocar el tema de la muerte. Cuando “sospechaba” sentirse angustiada, la ironía era su salvataje, sobreinvistiendo esta característica por el incremento de un duelo patológico.

Nasim Yampey (“La ironía como rasgo de carácter”, Revista de Psicoanálisis Argentina, vol. 33, nº4, 1976) describe este rasgo, que encuentro oportuno mencionar en la medida en que coincide con mi propia experiencia respecto al caso clínico aquí presentado; si bien existen diferentes posicionamientos teóricos entre el autor citado y mis referencias teóricas, considero que pueden establecerse algunos parámetros coincidentes.

Este autor alude a que durante el análisis la ironía aparecería como un síntoma, en forma esporádica, mostrándose cercana al chiste, y representaría un mecanismo maníaco para alivio de la ansiedad. Yampey, aludiendo a su paciente irónico, refiere que la tendencia a ironizar del analizando representaba la introyección de un aspecto específico de la personalidad de la madre. La identificación con este rasgo u objeto parcial, de características envenenadoras y sádicas, explica la modalidad de su comportamiento irónico.

En el caso de Silvana, también me cuestioné si el duelo por la madre se confrontaba con la muerte real de la misma, o si por las características de esa madre –recordadas por Silvana y por la particular actitud de la paciente–, el duelo por la madre muerta era previo, dificultando su elaboración posterior.

Retomando a Yampey, este autor considera que la ironía radica en el funcionamiento particular de la organización psicótica de la personalidad, como una tentativa de conservar el control omnipotente sobre una situación de relaciones objetales que se ha vuelto crítica bajo la presión de la “culpa persecutoria”.

Por lo general, el irónico no responde, no dialoga ni trata de comunicar y relacionarse, sino que más bien replica con intencionalidad desquiciadora o desorientadora (“retruca”). En consecuencia, la ironía como rasgo de carácter testimonia el fracaso en la relación genuina con el otro, enmascarada con el triunfo sobre el otro. En la ironía, el yo ataca a sus objetos y a los valores de su ideal del yo, en conciencia o identificación proyectiva con otros objetos idealizados.

El autor antes mencionado plantea que este rasgo de carácter revela una tentativa desesperada, por parte del yo, de revertir una situación insostenible. Detrás de la ironía actúan factores esquizoparanoides, fantasías arcaicas y terroríficas y la angustia persecutoria.

E. Nicolini y J. Schust, en el libro El carácter y sus perturbaciones. Una perspectiva freudiana, rescatan el trastorno del carácter en su vertiente irónica en un paciente que remite a la decepción y, por lo tanto, esto se convierte en una injuria narcisista. Los autores afirman que esta modalidad irónica hacia el padre del paciente, no sólo evidencia una identificación con la imagen previa de ese padre sino que se transforma en un recurso defensivo ante el “empequeñecimiento del objeto ideal, que lo priva del amparo que de él provenía”. La ironía sería una tentativa de autoafirmación ante la pérdida de una idealización. Esta modalidad irónica que en Silvana era constante, le serviría como una armadura que la protegería de nuevas situaciones de injurias narcisistas.

En el caso clínico que aquí se presenta, el rasgo irónico revelaría una relación muy directa entre la pobreza para experimentar sentimientos, los duelos patológicos y un destino vía cuerpo de aquello repudiado. Por lo tanto, la manifestación psicosomática, como corolario de lo anterior, expresaría la claudicación de la defensa, alojándose en el cuerpo lo que ya no puede ser elaborado a nivel psíquico.

Considero el análisis de las pesadillas de esta paciente y el particular impacto que producía en la relación transferencial al relatar situaciones de preocupación o riesgo, con parsimonia, cinismo y jocosidad, mediante un humor morboso y resistencial que escondía sus sentimientos más hondos, proyectando en mí lo que ella no podía contener; esto evidenciaba el éxito de la defensa patógena.

c) Secuencia clínica: trayectoria del proceso de análisis: “el duelo blanco”

Cuando Silvana comenzó el tratamiento, habían transcurrido muchos años desde la muerte de la madre. Luego del fallecimiento, las hermanas se habían mudado apresuradamente, como huyendo de lo insoportable de la ausencia y el vacío. Habría una particular complementación entre ambas, como si fueran dos caras de una misma moneda. Esta relación tan íntima compensaba en parte la pérdida de la madre. Podría suponerse que en la inmediatez de la mudanza había una alianza entre las hermanas que desmentían la muerte de la madre.

En repetidas ocasiones, Silvana recordaba situaciones de violencia protagonizadas por los padres; la madre era víctima de maltrato, pero luego guardaba silencio. Cuando niña, presenciaba estos episodios a hurtadillas quedándose con las preguntas sin respuestas. Se preguntaba: “Por qué sucedían, por qué mi madre no se iba. Por qué luego de las peleas todo se calmaba como si nada hubiera ocurrido”. Estas situaciones la dejaban indefensa, inmersa en lo paradojal. La paciente tenía claro que “de eso no se hablaba”.

Recordaba a su madre con estas palabras: “no comunicaba ni cuando estaba triste ni cuando estaba contenta, como si no sintiese nada”. Estas palabras, dichas de diferentes maneras a lo largo del tratamiento, me orientaron a suponer que había en Silvana un profundo dolor oculto, que mostraría la falta, el vacío en la relación con la madre “que no sentía nada”. La madre recordada y descrita en la sesión era alguien que enmudecía sus sentimientos, creando una barrera que no se podía traspasar.

En el trabajo analítico, ella trataba de sobreponerse al clima enigmático que había sufrido en su vida, asumiendo una actitud ambigua y generando en la relación transferencial interrogantes y preocupación. La paciente entonces repetía en la transferencia, invirtiendo los roles, lo que en su niñez había sufrido pasivamente. La ironía como rasgo de carácter en esta paciente tendría que ver con esta madre enigmática, que le generaba confusión.

El pasaje a la producción del rasgo de carácter irónico, evolucionó desde sentirse indefensa frente a lo enigmático de la madre que guarda información, a la ironía triunfalista sobre el otro que quedaría atrapado en la desinformación, en este caso la analista.

Pero cuando se le interpretaba esa forma de actuar, la paciente reaccionaba con aseveraciones tales como que no se daba cuenta cuando lo hacía, ya que lo tenía incorporado… pero también decía que “simulaba… había aprendido desde chiquita, como su madre, a ser una simuladora, cuando tenía miedo hacía de cuenta que no lo tenía”.

Los recuerdos infantiles de la paciente acerca de la madre son por demás elocuentes: una madre que no percibía los estados de la hija ya que no podía sentir tampoco los propios, nos hace suponer que en etapas previas de Silvana donde las palabras aún no podían ser nombradas, los estados afectivos no tenían continencia. La psique quedaba en estado de privación.

Se podría conjeturar que convivía con una madre que estaba viva pero muerta por dentro (como si hubiese “matado” a sus afectos). Cuando muere físicamente (la paciente aseveraba que morir era el deseo de la madre), el duelo ya estaría instalado desde antes.

El padre quedó de lado; verlo era atestiguar la muerte de la madre y su ausencia en la casa. S. mantenía entonces con él una relación espaciada y formal. Tenía una imagen deteriorada del mismo, producto de su registro infantil lleno de penurias, que no hacían más que confirmar la presencia de una imagen materna que peligrosamente obnubilaba la imagen del padre. Un padre seguramente escindido de la mente de la madre, no podía ser incluido como objeto libidinal en la mente de la paciente. El padre sólo le despertaba odio, desprecio y finalmente indiferencia.

Si bien Silvana podría haber alcanzado su estructura edípica, también existiría una organización más primitiva en la que el padre no tenía cabida o la imagen estaba deteriorada en el mundo simbólico de la madre y por ende de la hija. El padre se le presentaba como no merecedor de cariño ni de atención. Entonces ese padre no podía ser una figura estructurante en la organización psíquica de la paciente si prevalecía esta estructura más primitiva preedípica.

El juego con el riesgo era una necesidad que en el transcurso del tratamiento de S. fue tomando forma de diversas maneras, y que esclarecían un aspecto suyo necesitado de sentirse vivo a través de la vivencia de peligro. En la vida amorosa, establecía relaciones sin compromiso, paralelas, jugando a no ser descubierta, que indicaban una especial actitud de provocación. Parecía que temía afianzarse en algo profundo. Aseguraba que no tendría hijos en su vida. Esta actitud que describía en sesión acerca de sus contactos sociales, fue considerada por mí como un vértice significativo a tener en cuenta en la evolución del tratamiento.

Por un contrato de trabajo, la hermana debió viajar al exterior a realizar un perfeccionamiento; en ese viaje conoció a un hombre y quedó embarazada, iniciando una convivencia.

En el tratamiento de la paciente, se trabajó intensamente la separación de la hermana, quien internamente era vivida como una melliza complementaria. Muchas veces comparé la relación que hasta ese momento tenían las hermanas con el cuento de Jorge L. Borges “La intrusa”. Si recorro la historia de Silvana, el intruso primero fue el padre que, con la representación del loco o del ogro, fue escindido del grupo familiar de las mujeres. Luego la pareja de la hermana, el hombre descalificado pero que finalmente ocupó un lugar, también fue vivido como un intruso que robaba ese lugar. La situación que le sirvió para tapar el dolor fue la futura sobrina, a quien narcisísticamente vivía como suya. Un sueño que trajo a sesión mientras su hermana estaba embarazada, da cuenta de este deseo inconsciente: la hermana y ella estaban embarazadas, pero al final nació una nena y la imagen que ella vio fue que su hermana se la daba, y las dos estaban con la beba.

Un acontecimiento inesperado, la muerte del padre, la obligó al encuentro con el interior de la casa familiar de la que se había ido hacía muchos años. Comprobó con sorpresa que los objetos personales de la madre estaban allí, como si aún viviese; la paciente se llevó un espejo del dormitorio que había sido de la madre.

En una oportunidad contó que, con posterioridad a la muerte de la madre, al mirarse en un espejo, había visto reflejada la imagen de ella.

En ese instante Silvana habría tenido una alucinación negativa al no poder verse ella y en reemplazo ver a la madre, desmintiendo la muerte. En otro momento, al levantarse por la mañana, se convenció de que la madre la esperaba en la cocina con el desayuno; cuando llegó al recinto, tomó contacto con la realidad de que la madre no podría estar allí, ya que estaba muerta. Relató la idea de la presencia de la madre en la cocina como de absoluta certeza, representándose en forma adelantada la imagen que deseaba encontrar.

El que Silvana no se viera en el espejo, podría considerarse una alucinación negativa de su imagen y una alucinación positiva restitutiva que se le impuso, cuando la defensa fracasó y apareció lo ominoso en el retorno de lo desestimado; el reflejo de la madre la hizo desaparecer a ella, como un anunciador de la muerte al ser un doble que cambió de signo. Este doble instaurado fue un doble especular ya que correspondió a ver rasgos de la madre.

Podrían encontrarse puntos de contacto entre el caso de Silvana y el caso de Ana O., en el que Freud describió cómo la paciente al mirarse en el espejo vio una calavera (psicosis histérica).

El episodio del espejo y la imagen de la madre muerta reflejada en él, se relacionaría con la culpa por el deseo de la muerte de la madre; allí se impuso un episodio psicótico con una forclusión de la realidad, pero no coincidente con una psicosis paranoica o esquizofrénica, ya que inmediatamente restableció el vínculo con la realidad y ella apareció nuevamente reflejada en el espejo. En el relato en la sesión, lo trajo un aspecto crítico suyo, no se trató de una certeza delirante; S. mostró asombro por lo que había visto y, como tantas veces, se rió al contarlo.

En la segunda situación, cuando la paciente creyó que la madre estaba en la cocina, apareció la desmentida en la creencia de que ella estaba viva.

Silvana, identificada con la madre muerta, establecía un juego entre un yo que aspiraba a darle vida a través de ella y un yo que deseaba un reencuentro en la muerte. El erigir un doble del objeto perdido, como garantía de su existencia en una hermana o en ella misma –conforme a su historia de vínculos narcisistas– posibilitó la desmentida, como defensa frente a la pérdida y que de esa forma el duelo se congelara.

La casa abandonada, sucia, oscura, la hicieron decir que ella nunca más viviría allí. (Obviamente se había ido de esa casa para escapar del recuerdo de la muerte de la madre, y más tarde el contacto con la casa le reactivó ese episodio sumado a la muerte del padre). Desmentía y evitaba. Al aludir a la casa familiar, S. decía que debía ser exorcizada, ya que estaba poblada de mala suerte, como si creyese firmemente en una casa llena de espíritus que tenían influencia sobre los que la habitaban; en su mente representaba el lugar que acogía a la muerte. Esta convicción que la acompañaba –la casa como un objeto inanimado que cobraba vida para matar–, era particularmente significativa y, a mi entender, reforzaba la creencia como trabajo de la desmentida acerca de la muerte. Era el retorno, desde el más allá, de los espíritus que se vengaban de los vivos.

La acción como otro destino, un medio de descargar fuera de la psique aquello que era peligroso de sentir, encontraba destinatario en relaciones superficiales con algunos hombres.

Sin embargo, algo se estaba desmembrando de ella misma; la hermana afianzaba su pareja, y un segundo embarazo (de la hermana) deseado que como un sello le mostró que el cuñado “no era el intruso”. Además, la relación que S. mantenía con un hombre al que llamaré Juan, se debilitó cuando comprobó que la engañaba.

Comenzó una serie de actuaciones que estarían al servicio de narcotizar el dolor y el afán de venganza. Silvana salía con otros hombres, además de mantener la relación con Juan. Eran encuentros sexuales que en apariencia le garantizaban ser deseada por los hombres. Pero con estas actuaciones trataba de no sentir que era descalificada. Engañaba a Juan como revancha por haber sido engañada. Probablemente se sentía traicionada por su hermana –nuevamente embarazada– que prefería a su nueva familia. Desesperadamente trataba de zafar de las diferencias.

“Accidentalmente” se embarazó (¿como la hermana?) y aseguró que el padre era Juan, pero el amante la evitaba; se decepcionó y, como otras tantas veces, desmintió la angustia y revistió la situación con una coraza maníaca. Comentaba que deseaba con ansias a ese bebé (contrariamente a lo afirmado anteriormente de no querer tener hijos).

Es posible suponer que lo necesitaba como un suministro narcisístico que le garantizara poder ser. El bebé se configurará como una relación gemelar, como lo fueron la hermana y la madre, para seguir desmintiendo los duelos. Pero el engranaje defensivo se quebró, no pudo sostener el embarazo y abortó en forma natural, en medio de algunas manifestaciones somáticas.

Este fracaso, que estrepitosamente rompió su andamiaje defensivo, le mostró el retorno de lo desmentido. Una pérdida más se agregaba a las otras, y apareció la alteración somática.

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22 October 2025
Volume:
421 p. 3 illustrations
ISBN:
9789871678631
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