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Secretos de una adopción

Cubierta: Éride, Diseño Gráfico

Dirección editorial: Ángel Jiménez

Secretos de una adopción

© Mª Victoria Peset

© Éride ediciones, 2021

Espronceda, 5

28003 Madrid

Éride ediciones

ISBN: 978-84-16596-29-4

Diseño y preimpresión: Éride, Diseño Gráfico

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO

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www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

MARÍA VICTORIA PESET

Secretos de una adopción

Éride ediciones

A mis hermanos, Manuel José y Susana, pilares siempre en mi vida.

A mi madre, Victoria, por estar siempre a mi lado.

DEDICATORIA

Especialmente a mi padre, Manuel Peset, por creer en mí; lo terminé, papá, siento que ya no estés.

Pero, ¿sabes qué? Sí que estás, porque te llevo dentro de mí, en toda mi persona y en mi corazón.

Porque yo formo parte de ti.

Gracias, papá, por tu entusiasmo; ojalá lo hubiera terminado a tiempo. Te quiero, papá.

Agradecimientos

A mi marido Carlos, por su ayuda y por sus ideas para mi portada; me encantan, gracias, cariño.

A mi hija Laura, por su alegría puesta en este libro.

A mi madre Victoria y a mis hermanos Manuel José y Susana, por su apoyo y sus ganas.

A mis amigos Juan y Encarna, por sus ideas y ayuda prestada.

A Víctor J. Maicas, por compartir sus vivencias como escritor conmigo.

A mi cuñada Paqui y a todos mis amigos y familiares, por prestarme sus nombres y utilizarlosen este ansiado libro, muchas gracias de corazón.

Nota de la autora

La voz de la sangre, ¡qué fláccida patraña romántica! La paternidad única es la costumbre del cariño y del cuidado. El que sufre, lucha y se desvela por un niño, aunque no lo haya engendrado. ¡Ese es el verdadero padre!

RUBÉN DARÍO (1912)

Los hechos, personajes y situaciones son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Esta historia es fruto de mi imaginación.

Mª VICTORIA PESET

INTRODUCCIÓN

Muchas personas adoptadas, en algún momento de su vida, ya sean adolescentes o adultos, deciden buscar a su familia biológica; es lógico que deseen saber sobre su madre.

Estos inician una búsqueda activa de sus orígenes. Los niños adoptados necesitan entender y asimilar su historia, el deseo de saber no tiene nada que ver con el cariño de sus padres adoptivos, sienten curiosidad sobre lo que ocurrió y por qué fueron abandonados, se hacen muchas preguntas: ¿quién es mi madre? ¿Por qué me dieron en adopción?, etc.

Con el paso del tiempo necesitan entender esa primera etapa de su vida.

La primera fuente de información debería ser de los padres, aunque en muchos casos el tema en algunas familias nunca se haya tratado, tal vez algunos padres se sientan amenazados por el simple hecho de mencionar la madre biológica; nunca será fácil entender esto por unos padres adoptivos, pero no se trata de traicionarlos por pensar: «¿quién fue mi familia biológica?». Ellos deben saber, igual que el hijo adoptado, que han llevado a cabo su papel de padres desde que llegaron a su vida y eso no cambiará nunca.

Los niños adoptados tienen derechos, y estos derechos están respaldados por el código civil, la ley de adopción internacional, y la legislación de las comunidades autónomas.

Deben, si así lo piden, conocer todos los datos sobre su historia que obren en poder de la administración.

En muchos casos nunca se llegó a saber nada del padre o de la madre del menor, pero nunca hay que olvidarse de esos padres, los que ofrecieron un hogar, cariño y todo lo que no obtuvieron de los padres biológicos.

Continúa llamándoles papás, porque lo son incondicionalmente. No los hieras, haz todo lo que esté en tu mano para que te entiendan, y encontrad un equilibrio, ya que sois una familia y esto ya nadie lo cambiará.

CAPÍTULO 1

El sol acariciaba suavemente todos los rincones del jardín. Olivia, como muchas tardes, se disponía a recoger la colada que su madre tendía en la parte trasera de su casa. Unas margaritas de primavera empujaban con fuerza a través del césped debajo del cedro, también se veían los primeros pétalos de los geranios debidamente plantados al lado de toda la verja que rodeaba la casa.

Recién cumplidos los diecisiete años, se sentía como si la primavera recién estrenada entrara suavemente por toda su piel rebosante de alegría. Hacía siete meses que se habían mudado a esta casa y ya la consideraban su hogar, como si toda la vida hubieran vivido en ella; la gran estancia familiar se extendía en la profundidad de la casa, la cocina comedor daba al jardín, había mucha luz. Disponían en la parte de arriba de una gran habitación que sus padres reservaron para invitados; la habitación de sus padres era la más pequeña de la casa pero también la más acogedora. Enfrente de la cama tenía una coqueta chimenea la cual encendieron en el mes de noviembre, cuando llegaron por primera vez a su nuevo hogar. Olivia no tenía que compartir su habitación con nadie, ya que era hija única. Desde su ventana, al lado de su preciosa cama, observaba su pequeño nuevo mundo: el Valle de Benasque (Pirineo de Huesca).

Es la comarca más importante, hermosa y salvaje del Pirineo central aragonés; el Aneto, la punta más alta de la cordillera, tiene 3.404 metros. Majestuosas montañas y sus crestas ro dean este paraíso.

Dobló con cuidado la ropa y entró en la cocina, su madre estaba preparando la cena, un delicioso estofado del que su padre daría buena cuenta.

—Olivia, sube la ropa a la habitación y guárdala, cariño.

En la cocina se respiraba una sensación de bienestar, la tetera estaba en el fuego, tres tazas bien dispuestas sobre la bandeja y un bonito ramo de margaritas adornaban la mesa.

—Voy enseguida, mamá —le contestó. Subió por las escaleras de madera, guardó la ropa y volvió a entrar en la cocina.

Contempló a su madre frente a la ventana. «Qué guapa es», pensó; ella no es que fuera poco agraciada, pero la verdad, no se parecía nada a ella.

Su madre era muy alta, sus ojos eran de color verde y su pelo rubio era excesivamente largo, recogido siempre en una graciosa coleta. Ella, por el contrario, era más bien bajita, morena y con los ojos castaños.

En ese preciso momento entró su padre, llegaba con aspecto cansado.

—¿Cómo están mis preciosas chicas?

—Hola, papá —susurró con su amplia sonrisa.

—Hola, Pedro, ¿qué tal tu día?—dijo Pasión con cariño.

Alto, de cabello claro con el entrecejo fruncido, el doctor Pedro echó una ojeada a sus mujercitas.

—Ha sido un día duro —dijo Pedro.

La medicina era un oficio practicado por meros seres humanos, llevaba siete meses en su nueva plaza como médico en el nuevo centro de salud a la entrada del pueblo. Cada día Benasque se llenaba de turistas; ascensiones y escaladas, escuelas de esquí, y barranquismo, aumentaban si cabe posibilidades receptivas de este hermoso paraje pirenaico. Los médicos atendían a un sinfín de arriesgados e imprudentes turistas, y Pedro al regresar a casa siempre contaba sin pestañear las aventuras y anécdotas de sus pacientes a Olivia y a Pasión.

El fuego de la cocina era de gas, con leños simulados, pero acogedor y auténtico, como un fuego de verdad. Se sirvió un whisky y se puso a preparar el aliño para la ensalada. Olivia preparaba la mesa y Pasión sacaba el asado del horno.

—Olivia, cariño, me gustaría mucho que invitaras a cenar a alguna compañera del instituto, llevamos tiempo esperando conocer a tus amigas. ¿Qué te parece? —dijo Pedro.

Olivia siempre posponía el momento, una nueva idea estaba creciendo dentro de sus pensamientos.

Ella conocía a casi todos los padres de sus amigas, todas imitaban de alguna manera a sus progenitores, encontraba tan parecidas las caras de sus amigas con sus padres o sus madres, que ella por más que observaba a los suyos no encontraba parecido alguno.

—Pronto lo haré, papá, están siempre tan ocupados…, no te preocupes, has hablado con ellos un montón de veces.

El pueblo, aunque no muy grande, se llenaba de bullicio con tanta gente; no acertabas quién vivía allí y quién estaba de paso. Por otra parte, en casa después del trabajo siempre había algo que hacer, que pintar, reparar o arreglar en el jardín. Esto hacia que Pedro y Pasión aún no conocieran a las nuevas amigas y compañeras de su hija. Olivia terminó su cena, sus padres siguieron hablando.

Pedro explicaba a Pasión que Mario, un chico de veinte años, había quedado atrapado en un barranco cerca de El Refugio de Estos, y lo habían rescatado con helicóptero; sufría rotura de tibia y lo habían trasladado al centro de salud. Estaba asustado, todos los aires de grandeza del muchacho se habían esfumado.

Olivia estaba recogiendo los platos y los puso en el pequeño fregadero.

—Os dejo un ratito, me voy arriba y me daré un baño, después tengo que repasar unos apuntes para mañana.

Con parsimonia y relajada, respiró profundamente e inició los preparativos como si de un ritual se tratara. Sumergida dentro de la bañera, respiraba el olor a incienso previamente encendido con sendas barritas apoyadas en la repisa del mueble del baño. Sus pensamientos volvieron, pensaba en cuando empaquetaba todos sus enseres a medida que le envolvía el agua tibia y la espuma. Su mente le estaba jugando una mala pasada, durante el transcurso de la mudanza había ayudado a su madre a ordenar y empaquetar todo.

Había una caja cerrada; fuera, en el borde, se leía «Olivia». No le dio importancia, pensó en fotografías y recuerdos que su madre iba guardando, era muy minuciosa para eso: la vela del primer cumpleaños, el primer dibujo, el chupete, y así un sinfín de cosas que su madre guardaba con tanto cariño. «Hay muchos hijos que no se parecen físicamente ni al padre ni a la madre», pensaba. La piel empezaba arrugarse y decidió salir de la bañera.

Una vez todo recogido y con el camisón puesto, entró en su habitación; ya en su escritorio se dispuso a estudiar un rato, pero su mente no la dejaba, volvían los recuerdos, porque aunque no prestó demasiada importancia a la caja, decidió averiguar su contenido.

Sus padres dormían, las cajas se amontonaban en una sala donde sus padres las habían ordenado para poco a poco disponer de ellas.

El corazón le latía con fuerza, sentía invadir un espacio que, aunque era de ella, le pertenecía a su madre. Abrió la caja, allí estaba: la primera vela, el chupete, dentro encontró las palabras «Papá y Mamá», se dibujó una sonrisa en su rostro, no le pareció que había nada importante y salió en silencio.

—Olivia —dijo Pasión después de dar unos golpecitos en la puerta—.

Cariño, ¿qué haces tumbada en la cama?, ¿no ibas a estudiar un rato?

Te sugiero que apagues ya la luz, es muy tarde, mañana no te podrás levantar.

De repente, la mente de Olivia regresó a su habitación.

—Sí, mamá, pero después del baño me eché un poco en la cama y me quedé adormecida. Buenas noches, mamá, hasta mañana.

Pasión salió de la habitación y se dirigió a la suya.

—¡Pedro!, a la niña la encuentro un poco pensativa, ¿se llevará bien con sus nuevas compañeras? Este sitio es muy bonito, espero que se sienta a gusto. Yo le pregunto de vez en cuando, pero… a veces la pillo observándome con la vista como perdida y no me dice nada.

—No te preocupes tanto, Pasión, esta es una edad difícil, sus cambios de humor son normales; si tuviera algún problema nos lo diría.

—Creo que tienes razón, Pedro. Cuando decidimos adoptarla solo tenía un mes, siempre hemos procurado lo mejor para ella y creo que siempre hablamos de todo, tiene toda nuestra confianza y estoy segura de que si tuviera algún problema nos lo diría.

Aquella noche, mientras la paz inundaba toda la casa y los tres dormían plácidamente, ninguno podía imaginar cómo en breve les iba a cambiar la vida para siempre.

Cayó un fuerte aguacero típico de la primavera, la fuerte lluvia rebotaba sobre los cristales, la tierra de los tiestos estaba húmeda y las hojas mojadas. Detrás de las ventanas, el jardín ofrecía un aspecto puro y limpio.

Pedro entró como cada mañana en su pequeño despacho y se dejó caer sobre el respaldo de su sillón. Ojeó el periódico, mientras un humeante café le esperaba en la mesa.

Julia entró sin llamar, estaba nerviosa y parecía agitada.

—Buenos días, Pedro, tenemos una emergencia.

La muchacha, atractiva y de cabello rizado, no paraba de moverse por todo el despacho.

—¿Qué ocurre? —dijo Pedro. No entendía cómo Julia, una enfermera con los nervios de acero, podía estar tan alterada.

—Acaban de llamar por radio, un grupo de seis jóvenes y el guía no llegaron anoche a la hora prevista —la sala de espera estaba llena de familiares.

Pedro se quedó pensativo y dijo:

—¿Por qué han acudido aquí?

—Supongo que esperan su encuentro y posterior traslado al centro —dijo Julia.

Pedro abandonó el despacho, su paso firme y presuroso hizo que Julia apenas pudiera seguirlo.

Cuando entró en la sala de espera del pequeño centro, vio cómo se desbordaba la situación. Dos enfermeras trataban de calmar a los padres, que parecían todos histéricos; eran las ocho de la mañana y aún no sabían nada de ellos.

Habían pasado toda la noche allí, después de comprobar que pasaban las horas y sus hijos no aparecían.

Dos agentes de policía intentaban poner orden. El centro de rescate estaba trabajando desde el primer rayo de sol. Por suerte, un momento antes de la avalancha, Víctor, el joven guía, había hablado con un compañero.

Estaban descendiendo la vertiente sur del Posets. Aunque de dificultad media por la zona descompuesta y erosionada, nadie pensaba en un accidente, ya que todos los jóvenes que se inician en esta clase de expediciones habían sido preparados inicialmente y supervisados. Víctor comunicó riesgo de avalancha y descenso inmediato, y no habían podido comunicarse más con él.

Carlos, un veterano médico cuyo cansancio reflejaba en la cara, salió al encuentro de Pedro. Había sido una noche de guardia muy dura; había administrado algún que otro sedante en el transcurso de la noche a varios de los padres.

—Pedro, acaban de llamar de la oficina de la Cruz Roja, dos helicópteros llegarán en breve. Están todos con vida, sufren hipotermia. Tenemos un caso grave de insuficiencia respiratoria, cuatro con extremidades entumecidas, y uno con las costillas rotas; no quiero pensar cuando lleguen, todos estos padres nos van a enloquecer.

—Julia —dijo Pedro—, trata de hablar con los padres, diles que por ahora todo va bien, y que han sido todos hallados con vida, ofréceles que pasen por la cafetería mientras disponemos para atenderles inmediatamente.

Pedro, después de dar instrucciones a su compañera Julia, salió de la sala acompañado de Carlos; la mañana iba a ser movidita.

—¡Olivia!, termina el desayuno, vas a llegar tarde —dijo Pasión.

Con una galleta aún en las manos, Olivia besó a su madre y salió disparada. Por el camino encontró a Laura, que se había convertido en una entrañable amiga; su rostro de tez color crema y sus ojos verdes llamaban la atención.

Iba vestida con un vestido de lino de color amarillo oscuro, y un cinturón de color blanco alrededor de su cintura delgada, sandalias blancas en los pies, adornados con unos calcetines amarillos, y con su mochila a cuestas.

—Buenos días, Olivia, ¿qué tal estás? ¿No has descansado mucho esta noche?

—Hola, Laura, estoy bien, ¿por qué me lo preguntas?

—Verás, creo que no tienes muy buena cara, pero tranquila, no lo digo por nada; por cierto, ¿cuándo me vas a invitar a tu casa?, llevamos siendo amigas desde que viniste y aún no conozco a tus padres.

—Tienes razón, Laura, un día de estos.

—¡Olivia!, tengo una idea, ¿qué tal si organizamos una pequeña merienda este domingo? Mis padres estarían encantados de saludar por fin a los tuyos, te tienen mucho cariño.

La mente de Olivia estaba como atrofiada, no podía negarse, ¿de qué tenía miedo? Pensaba quizás que a sus diecisiete años su mente se estaba volviendo retorcida. ¿Por qué le asaltaban esas terribles dudas?

«Debería hablar de todo esto con mis padres», pensó. «Quizás no tenga tanta importancia, tal vez solo sean pequeñas dudas que no acierto a comprender; el temor no me deja preguntar».

La caja entre las manos, la etiqueta con su nombre, «¡basta ya! Hablaré con mi madre», se dijo a sí misma.

—Me parece estupendo, Laura, hablaré con mis padres, y este domingo lo pasaremos en grande.

—Estupendo, Olivia, mis padres estarán encantados.

Caminaron silenciosamente durante el trayecto hacia el instituto.

Altas y preciosas montañas, silenciosas y observadoras. Era el entorno donde la mirada de Olivia se perdía, en las crestas aún se observaba nieve.

Los nuevos pinos se asomaban tímidamente, arroyos y riachuelos se formaban con el deshielo, se respiraba un aire fresco y puro, la naturaleza bostezaba y como alzando los brazos se estiraba, pequeñas flores de todos los colores inundaban las praderas, y los pinos, ya maduros y cuajados, emanaban su glorioso verdor, oscuros y claros, como esperando a un gran artista para ser plasmados de por vida en lindos lienzos.

Mientras tanto, dos helicópteros descendían en el llano del hospital.

Todo el servicio se puso en marcha, seis jóvenes y el guía fueron trasladados inmediatamente al hospital del centro. Impaciente con el ascensor del hospital, que siempre parecía ser el más lento del mundo, el doctor Pedro bajó a Urgencias. Algunos de sus compañeros distribuían eficazmente a los jóvenes en los compartimentos para una segunda exploración, después de que sus compañeros de primeros auxilios en el helicóptero lo hicieran anteriormente.

Carlos, teniendo en cuenta al joven de las costillas rotas, pensó en controlar en un monitor de forma constante al joven para prevenir posibles riesgos cardiacos.

Pedro se aproximó.

—¿Cómo va por aquí? —dijo. Miraba al joven, parecía que tenía dificultad para respirar.

—Hasta ahora, bien —le aseguró Carlos—, le vamos hacer unas radiografías, el joven ya lleva una vía abierta, por si hay que inyectarle inmediatamente.

—Bien, si no me necesitas, voy hablar con Julia —dijo Pedro—, están revisando a los demás, creo que está todo bajo control. Por cierto, enviaré a alguien para que avise a los padres, y pasen a ver a sus hijos.

Pedro aprovechó que tenía el teléfono público del hospital al lado, y llamó a su esposa:

—Hola, Pasión.

—Hola, Pedro, ¿ocurre algo?

—Verás, hemos tenido una mañana un tanto ajetreada, hay varios jóvenes que deberán permanecer en observación aún varias horas; supongo que me retrasaré hoy un poco.

Pasión, que vivía siempre las tensiones que a veces aparecían en el duro trabajo de Pedro, cariñosamente le hizo saber que no debía preocuparse.

Pasión colgó el teléfono y salió al jardín a respirar un poco de aire limpio y puro.

Era una mañana un tanto fresca, los narcisos se multiplicaban con rapidez, blancos y amarillos, daban una nota de color y alegría en el jardín.

Pasión había pasado la mayor parte de la mañana pintando la habitación de invitados: amarillo pálido fue el color escogido por unanimidad días antes por los tres. La gran ventana de madera con los visillos blancos daba un toque de elegancia, la cama estaba vestida con una colcha blanca, y como mesita, había dispuesto al lado un pequeño arcón de madera que Pasión había restaurado hacía tan solo tres días.

Pasión entró de nuevo en la casa, echó una mirada en la cocina y se dispuso apagar el fuego; una rica sopa de ajo estaba preparada.

Mientras esperaba la llegada de Olivia para comer juntas, Pasión paseó lentamente por toda la casa. Le gustaba su nuevo hogar, poco a poco iba adquiriendo un aire noble, elegante y acogedor; pasaba horas y horas restaurando pequeños muebles, pintando pequeños lienzos que luego colgaba en algún rincón de la casa. Las puertas de la casa habían sido otra cosa, menos mal que decidió comprar la lijadora eléctrica, estaban a la espera de una pasadita de barniz tinte, y listas.

La puerta se abrió y Olivia entró en casa.

—Mamá, estoy aquí, ¿dónde estás?

—¡Olivia!, estoy arriba, enseguida bajo.

Pasión bajó las escaleras como si de una niña se tratara.

—Hola, cariño, ¿qué tal tu mañana?

Olivia demostraba un excepcional interés y ahínco en los estudios, tenía la mente aguda y despierta. El corazón de Olivia dio un brinco y por un momento quedó absorta, luego dio una especie de salto silencioso y se aproximó a dar un beso en la mejilla de su madre.

—Muy bien, mamá, como siempre —dijo como arrastrando las palabras—. ¿Sabes, mamá?, esta mañana Laura y yo hemos decidido pasar la tarde del domingo juntas en casa, vendrán sus padres también.

—¡Oh!, me parece estupendo, hija, ya sabes que papá y yo deseamos hace tiempo conocerlos.

—Ya lo sé, mamá, ya verás que te gusta mucho Laura, y sus padres son encantadores.

—Tengo una idea, Olivia, si te parece, el sábado por la tarde iremos de compras, ya verás, prepararemos una merienda estupenda.

Prepararon la mesa y se sentaron. Olivia comió lentamente su sopa, hablaron durante toda la comida de los preparativos para la merienda del domingo.

Pasión, que conocía muy bien a su hija, percibía que algo no iba bien.

—Olivia, cariño, ¿tienes algún problema? ¿Hay algo que te preocupe y me quieras contar?

Madre e hija mantuvieron sus miradas, un pequeño silencio inundó la casa. Olivia se quedó sin habla y no se atrevió a abrir su corazón lleno de interrogantes.

—Mamá, no me pasa nada, aunque a veces parezca distraída, no es nada, te lo aseguro —afirmó tímidamente.

Pasión observó de reojo a su hija, notó el nerviosismo reflejado en sus manos.

—Mira, cariño, yo también tuve diecisiete años, sé que es una edad en la que todo nos parece que va en contra de una misma, pero cielo, si hay algo que te preocupa, solo quiero que sepas que puedes contar conmigo.

—Está bien, mamá, así lo haré.

Sin más, Olivia se levantó de la mesa y se puso a retirar los platos.

Pasión no quiso insistir y darle más importancia, y terminó de recoger.

«Olivia se abrirá cuando ella lo decida, como siempre, deberé esperar un poco más», pensó en su interior Pasión.

—Mamá, me voy a dar un paseo y a la vuelta subiré a estudiar un rato.

—Está bien, Olivia, no te alejes mucho.

—¡Lo sé!, me lo dices siempre, ¡ni que fuera una niña!

Olivia se cambió, se puso un chándal rosa, sus zapatillas de deporte, y salió de la casa. Pasión no pudo evitar asomarse a la ventana y ver cómo su hija se alejaba de la casa con paso firme. Se sirvió una gran taza de café, cogió su libro y se sentó en el salón; tenía un rincón reservado para ella junto a la ventana, acostumbraba a leer todas las tardes en su confortable mecedora, las faldas de la mesa cubrían ligeramente sus piernas.

Una pequeña jarra de cristal depositada en la mesa contenía un pequeño ramo de flores que ella misma había cortado de su jardín.

Abrió la página de Los pilares de la Tierra, de Ken Follet. Estaba atrapada en este fantástico libro, anhelaba este momento todos los días, un brillante mundo de caballeros, damas, castillos y murallas, suspense en la Edad Media, muerte y amor, era el contenido en el que Pasión se relajaba casi todas las tardes.

Olivia se sentó para descansar un poco, el aire había refrescado de repente y olía a polvo recién mojado. La lluvia, semejante a una cortina, se estaba aproximando desde el valle. Se volvió y corrió hacia la casa.

Cuando llegó a su jardín, la brisa esparció unas pocas hojas por la hierba, aparecían espontáneamente. El viento empezaba a levantarse, los árboles parecían reafirmarse y florecían sin tregua.

Pasión miró por la ventana. «¡Espero que Olivia esté al llegar!

¡Menudo tiempo está haciendo de repente!», pensaba. La puerta se abrió.

—Mamá —gritó Olivia—, ¡estoy aquí! Hola, ¿dónde estás? —Olivia entró en el salón un tanto mojada—. Hola, mamá, voy a subir a darme una ducha caliente, me cambio y bajaré a estudiar a tu lado un rato.

—Me parece estupendo, cariño, voy a preparar té caliente para las dos mientras te duchas.

Olivia subió las escaleras de dos en dos. A los cinco minutos estaba en el salón, se sentó al lado de su madre y bebió el té.

Pasión, mientras degustaba el sabor del té caliente, continuó leyendo su libro, observando de vez en cuando a su hija. Olivia estaba tomando unos apuntes.

Pedro entró en el salón, llegó antes de lo que pensaba, dejó la chaqueta apoyada en el respaldo de una silla y se sentó en la mesa. Pasión se levantó y se aproximó, con un gran gesto de cariño, le acarició el cabello.

—Hola, mi vida, pareces cansado, te voy a calentar un té, ¿te apetece?

Pedro le dio un beso a su esposa, y sonrió afirmando con la cabeza.

Olivia se acercó a su padre y se sentó en su regazo, solía hacerlo a menudo. Pasión entró con el humeante té.

Pedro sabía que a veces su profesión era dura, estaba «inmunizado de los percances y situaciones al límite» que vivía junto algún paciente.

—Hoy hemos perdido a uno de los jóvenes que sufrieron el accidente en la avalancha.

—¿Era muy joven, papá?

—Sí, Olivia, tan solo tenía veinte años, cariño.

—¿Y qué paso? —preguntaron casi las dos a la vez.

Pedro contó a sus dos chicas el accidente ocurrido, el rescate, la llegada al hospital y la inquietud de los padres.

—Todo parecía bajo control, pero por momentos el joven de las costillas rotas se nos iba, el pulso empezó a fallarle y se nos fue. No tuvimos suerte en la reanimación, no respondía, eso es todo. No tengo ganas de hablar más del tema, y no me puedo quitar de la cabeza la imagen de los padres arrodillados y abrazados en el suelo; no se lo podían creer.

El domingo llegó. Pasión había adornado la casa con flores, en el salón todo estaba preparado, limpio y ordenado. Después de comer habían participado los tres en la cocina. El sábado Pasión y Olivia compraron todo lo necesario para preparar una suculenta merienda; el mantel impecablemente blanco vestía la mesa. Montaditos de lomo, jamón, queso, pan de ajo y empanadillas de pisto, estaban preparados para la merienda junto con un surtido de refrescos.

Pasión llevaba su melena muy bien peinada hacia atrás, la había sujetado con dos preciosos pasadores.

Pedro estaba sonriente, le apetecía mucho conocer a Laura y a sus padres. Pasarían una agradable tarde todos juntos. Olivia llevaba sus vaqueros con flores bordadas y una graciosa camiseta de color azul, se sentía contenta, todo iba a salir muy bien; si los padres congeniaban, podrían repetir e incluso hacer salidas todos juntos.

El timbre sonó. Era una tarde de domingo agradecida por el sol. En breve las dos amigas pasarían tardes en el jardín bronceándose, charlando y leyendo, todo iba a ser estupendo.

Pasión llamó a Olivia.

—Olivia, ¡ya están ahí!, sal tú misma a abrir, cariño, papá y yo os esperaremos en el salón.

Laura le hizo un guiño a su amiga nada mas abrir la puerta. Ana y Marc saludaron con una sonrisa a Olivia.

—¿Qué tal estás? Gracias por la invitación, estamos deseando conocer por fin a tus padres —dijeron los padres de Laura.

Las dos amigas entraron cogidas de la mano, Ana y Marc sonreían.

Después de las debidas presentaciones, los cuatro padres entablaron una agradable conversación, mientras Olivia enseñaba la casa a su amiga. Cuando cayó la noche y todos se despedían, en la atmósfera se vivía un gran afecto, como si los padres se conocieran desde mucho tiempo atrás. Laura y Olivia estaban encantadas.

Olivia, aún despierta y metida dentro de la cama, pensó que solo tenía que levantarse sin hacer ruido, buscar la caja que tanto la angustiaba, y buscar el porqué ella intuía que iba a descubrir algo que le cambiaría la vida en ese instante. Se puso la bata y empezó a inquietarse. Sus padres dormían plácidamente; sin el menor ruido, bajó las escaleras, cruzó la casa y salió hacia el jardín. Abrió muy despacio la puerta de la caseta de campo, donde encontró el cortacésped, la podadora, una pequeña mesa con herramientas, varias estanterías con la caja de adornos de Navidad y una caja con libros de texto.

También reconoció una caja donde su madre guardaba juguetes de cuando ella era más pequeña. Al lado había otra caja llena de ropa de bebé, y por fin la vio, la cogió entre las manos, miró la etiqueta:

«Olivia», el corazón acelerado le produjo un escalofrío, no la dejaba respirar con cuidado. Quitó el precinto y alzó la vista hacia la ventana.

La casa seguía dormida, los árboles del jardín se movían muy lentamente, como queriendo asomarse por la ventana, testigos de su nerviosismo. La noche oscura y el silencio cortaban aún más su respiración. Tiró el precinto en el suelo, abrió la caja; tenía el chupete en las manos, un sonajero en forma de pez la miraba. Ella lo apartó y continuó buscando. En el fondo de la caja vio un sobre, estaba pegado con celo. Lo abrió, solo había una pequeña carta. Se quedó al principio decepcionada, miró otra vez dentro de la caja: pequeños dibujos, figuritas del día de la madre y del padre, no sabía qué era lo que estaba buscando, y volvió a mirar el sobre con la carta. Firmaba el director de un hospital con el sello impreso de este. La sangre se le paró, «¿qué es esto?». Olivia, sin leer la carta, sabía que había encontrado lo que buscaba.

CAPÍTULO 2

La carta decía así:

«7 de abril de 1990

Después de estudiar detenidamente toda la documentación en mi posesión y la aprobación de los numerosos interrogatorios y visitas, al igual que la comprobación de los informes psicológicos y todos los requisitos a tener en cuenta, me es grato anunciarles que su petición de adopción ha sido APROBADA. Por lo tanto, pueden ponerse en contacto de nuevo con nosotros a la mayor brevedad posible.

Atentamente le saluda,

DIRECTOR GENERAL, JOSÉ DE LOS RÍOS

Hospital de Asturias».

* * *

Las lágrimas rodaban y caían por las mejillas. Leyó la carta una y otra vez: «adopción, Asturias, Dios mío, lo sabía, pero ¿por qué, por qué lo sabía?».

Olivia por momentos sentía perder la cabeza: «Papá, mamá, ¡oh, Señor, ayúdame! ¿Cómo les voy a mirar a los ojos? No son mis padres, y ¿por qué me tenía que pasar esto a mí? Parece de película, ¡Dios mío!, ¿quién soy?, ¿quién es mi madre? ¿Por qué soy adoptada, tengo otra familia quizás?», la cabeza de Olivia parecía que iba a estallar. «¿Cómo será la cara de mis padres? ¿Por qué me abandonaron?», todo esto pasaba por la cabeza de Olivia, tal vez demasiado deprisa. Algo se había roto en su interior, su cabeza se le iba, estaba tan trastornada…

No podía parar de pensar, ¿qué iba hacer ahora?

Cerró la caja y como cegada salió de la caseta. Ni siquiera se molestó en guardar la caja en su sitio, cruzó el jardín como una sonámbula, continuó caminando, sintió el frío de la noche. Grandes y silenciosas montañas la observaban, continuó caminando, no entendía nada. Era muy tarde, las casas dormían. La oscura noche se había convertido en testigo de su tragedia. Como hipnotizada, se vio en el umbral de la casa de Laura. Lloraba a mares, por un momento no supo cómo llego allí, le estaba costando respirar. Poco a poco se encendieron las luces.

Ana y Marc abrieron la puerta, habían oído sollozos, sus ojos no daban crédito.

Olivia se encontraba en su jardín con tan solo un camisón, una bata y sus graciosas zapatillas. Su cara estaba desencajada, su mirada era vacía y estaba empapada por sus propias lágrimas.

—¡Dios mío, Olivia! ¿Qué te ha pasado?, ¿qué haces aquí a estas horas?

La madre de Laura, mientras le preguntaba, ordenaba a Marc que llamara a sus padres.

—Pasa, Olivia, vas a coger una pulmonía —cogida de la mano y sin hablar, Olivia entró. Laura, con todo el jaleo, bajaba las escaleras.

—¿Qué pasa, papá?

Marc no le contestó, estaba hablando por teléfono.

—¡Pedro!, ve a su habitación y verás que no está —dijo Marc—. ¿Qué ha pasado? Está bien, Pedro, venid enseguida.

Marc colgó el teléfono y se quedó mirando a su hija.

—¿Qué pasa, papá? ¿Estabas hablando con Pedro, el padre de Olivia? ¿Ocurre algo malo?

—Pues no lo sé, hija, ven conmigo al salón, Olivia está ahí, algo le ha ocurrido. Se ha presentado en casa y ni siquiera va vestida de calle, lleva puesto el camisón.

—¡Oh, papá! ¿Qué está pasando? Me parece casi increíble lo que me dices —Laura y su padre entraron en el salón.

Ana estaba arrodillada enfrente de Olivia, y esta no paraba de llorar, aún no había dicho nada.

Laura la abrazó.

—¿Qué te pasa, Olivia? Por favor, háblame.

Olivia levantó la vista, sentía cada vez mayor su tragedia.

—¡Laura!, por favor, dime que no es verdad, no me puedo creer que esto me esté ocurriendo a mí, acabo de descubrir que soy adoptada.

—Pero Olivia, ¿qué has hecho? —dijo Laura—, ¿te has escapado de casa? Tus padres vienen hacia aquí, y ¿qué es eso de que eres adoptada?, ¿te lo han dicho tus padres?

Con la voz entrecortada por los llantos, Olivia relató sus inquietudes y cómo se había enterado. Los tres trataron de consolarla mientras llegaban sus padres.

—Olivia —le decía Laura—, si es verdad que eres adoptada, no pasa nada, no te preocupes, tus padres te explicarán, están al llegar.

Pedro y Pasión entraron corriendo en la habitación de Olivia. Era verdad, Olivia no estaba, pero ¿cómo podía ser?, una niña tan sensata, ¿qué estaba ocurriendo?

Se cambiaron rápidamente, cogieron las llaves del coche y tras haberles dado Marc la dirección de su casa, salieron como si les fuera la vida en ello.

En unos minutos llegaron a casa de Laura. Marc les estaba esperando fuera, sorbiendo el último trago de café; la noche iba a ser larga.

—¿Dónde está? ¿Sabes qué ha pasado? —dijo Pedro.

Marc les acompañó, Olivia continuaba llorando, estaba sentada en el gran sofá, junto a Laura y Ana.

Pasión corrió al encuentro de Olivia pero inmediatamente notó la rigidez hacia con ella de su hija.

—Vosotros sois unos padres de mierda —soltó sin pensar la boca abierta de Olivia. A Pasión casi le da un ataque, y Pedro no daba crédito a lo que acababa de oír—. ¿Cuándo pensabais decirme que soy adoptada?

¡Contestadme! —casi gritó Olivia.

Pasión y Pedro se miraron, en sus ojos había desconcierto y tristeza.

Convencieron a Olivia para que regresara a casa, allí contestarían a todas sus preguntas. Ya un poco más calmada, después de que Ana le ofreciera una tila y una valeriana, Olivia salió con sus padres hacia casa.

—Siento mucho que hayáis presenciado todo esto, Marc, no sé qué decir —dijo Pedro. —No te preocupes, Pedro, y ojalá todo os vaya bien cuando lleguéis a casa. Pobrecita, está trastornada, ha sido un gran golpe para ella, pero nada que no se pueda arreglar con una pareja como vosotros. Suerte.

Pedro y Marc se estrecharon muy afectuosamente las manos. Con el cielo lleno de estrellas claras y vivas, llegaron los tres a casa con el corazón partido.

Olivia, como poseída por el diablo, subió corriendo las escaleras y se encerró en su habitación. Pasión y Pedro le suplicaban que les abriera la puerta, y sentados al lado uno del otro en el pasillo, pasaron su primera noche abrazados y llorando, esperando a que Olivia cediera y quisiera hablar con ellos.

A la mañana siguiente Olivia salió, sus padres continuaban acorrucados en el pasillo uno a lado del otro. Como si fuera otra persona y muy distante, Olivia les anunció que quería buscar a su verdadera madre y quería saber cómo la habían adoptado, dónde había nacido y por qué se lo habían ocultado.

Pasión, que después de tanto tiempo se creía que la había parido ella, pues la tenían desde el primer mes de vida, quería morir cuando escuchó de Olivia que quería conocer a su verdadera madre; sus ojos se llenaron otra vez de lágrimas y en su corazón una angustia despertó.

Los días y los acontecimientos se sucedieron rápidamente. Se acercaban las vacaciones de Pascua y Pedro disponía de cinco días libres. Olivia pasaba los días silenciosa, esperando esas vacaciones, ya que habían dispuesto que saldrían los tres y Laura en busca del paradero y datos de la madre biológica de Olivia. Pasión y Pedro se apoyaban el uno al otro, se sentían cada día más unidos, tenían que recuperar a Olivia y su amor por ella era tan grande que decidieron, aunque con mucho temor por ella ya que tenían miedo de lo que pudieran encontrar, ayudarla.

Olivia y Laura pasaban las tardes juntas, siempre hablaban del mismo tema: ¿cómo serían sus padres?

Olivia sabía ahora que había nacido en Gijón, había sido adoptada cuando tenía tan solo un mes. Al parecer su madre no podía tener familia, había seguido varios tratamientos y aun así no funcionaron.

Ella fue quien decidió adoptar una niña y, después de luchar mucho, recibió una carta del director del hospital de Asturias, les comunicaban que su petición había sido aprobada.

Una noche, durante la cena, Olivia, que había cambiado mucho con sus padres, se había vuelto maleducada, egoísta, y además parecía que cada vez tenía más rarezas, les preguntó sin avisar y a bocajarro por cómo fue cuando fueron a buscarla.

—Pues… ¡Verás! —contestó su padre—, llegamos a Gijón sin conocer a nadie ni nada de la ciudad. Nos hospedamos en una casona, tardamos tres días en poder verte, teníamos conocimiento de que había dos niñas y un niño esperando a ser adoptados. Tenías entonces veinte días, pero debido a una gastroenteritis por no aceptar bien la leche, no nos permitieron verte hasta tres días después. Tu madre y yo, impacientes, estábamos de los nervios, teníamos muchas ganas de ver tu carita, estuvimos de compras. Todo te lo habíamos preparado ya en casa, tu cuna, tu habitación, tus peluches y trajecitos… Pero decidimos, para honrarte, comprarte tu primera muda en Gijón, allí habías nacido. Ibas a ser nuestra hija y estábamos agradecidos a Gijón el que te viera nacer; te compramos un conjunto todo de color de rosa con la diadema incluida y los péucos también...

—Continúa, papá, ¿quieres?, no hace falta lo de la ropita, solo quiero saber qué pasó ese día —dijo Olivia.

Pasión, que estaba también escuchando a su marido y los recuerdos llenos de alegría le asomaban, miró con cariño a Pedro.

—Ya se acostumbrará, no se lo tengas en cuenta, está disgustada pero con el tiempo se le pasará —dijo Pasión.

Pedro miró a su hija y esta, como desafiándolo, esperaba impaciente.

—Eran las nueve de la mañana, tu madre y yo estábamos preparados, o por lo menos, lo intentábamos. Salimos a la calle y nos dirigimos a pie hacia el hospital, era un mes de abril aún fresco, el mar estaba quieto y sus arenas muy limpias. El puerto de pescadores que se adentraba hasta el corazón de la ciudad también parecía en calma, caminamos cogidos de la mano, nerviosos y apenas sin hablar. Te cuento todo esto para que entiendas lo importante que eras para nosotros aun sin conocerte, y la ilusión que teníamos.

»Fachadas ricas y nobles, edificaciones altas y esbeltas nos veían pasar.

Estábamos llegando al hospital, una gran escalinata al pie del antiguo edificio nos esperaba. Cuando entramos nos dirigimos a una pequeña mesa donde había un letrero que anunciaba Información. Un señor con uniforme gris bostezaba, lo recuerdo como si fuera ayer. Tras presentarnos y enseñarle la carta del director, nos acompañó, cruzamos un sinfín de estrechos pasillos.

—Papá, ¿es preciso que me cuentes todo con tanto detalle?, quiero que me cuentes lo más importante, ¿es que no me has entendido?

Pedro continuó como si no hubiera escuchado a su hija:

—Los pasillos estaban comunicados entre sí, subimos y bajamos varias plantas, y por fin dimos con la parte vieja y antigua del edificio. Nos invitó a pasar a una gran sala de espera una joven, viejas máquinas de café y refrescos, un teléfono público, una mesa central y pequeños sillones amueblaban la gran sala. En unos minutos apareció una enfermera, nos acompañó al despacho del director, el señor José de los Ríos.

»En pocos minutos charlábamos jovialmente. Nosotros cada vez estábamos más nerviosos. Una vez que el director revisó toda la información, nos acompañó a visitar el nido. También nos informó de que aunque había más niños, había una pequeña que tenía tan solo veintitrés días y estaba perfectamente de salud; esa iba a ser nuestra pequeña. Tu madre y yo sentimos una alegría más allá de lo que puedas imaginar. Parecías tan indefensa, las lágrimas nos cayeron y cuando te tuvimos en brazos, te sentimos nuestra, un amor como ninguno despertó en nosotros.

»¿Eso es lo que querías saber, Olivia? ¿Hay alguna cosa más que nos quieras preguntar? —dijo Pedro alzando un poco la voz.

Olivia observaba a los dos con ojos inquietantes, quedó silenciosa.

Pasión se le acercó despacio, con su mano acarició suavemente su cabeza.

—Cariño, ¡eres nuestra hija!, no te mortifiques, por favor, te queremos más que a nadie en el mundo, daríamos la vida por ti. No hay ningún padre en el mundo que no hiciera lo mismo que nosotros haríamos.

Siempre has sido una niña muy buena, especial, no dejes que esto te cambie, y no consientas que tus sentimientos ahora no sean lo mismo con nosotros, ¿me estás escuchando, hija?

Olivia se quedó mirando a sus padres y con el corazón vacío, soltó:

—¿Cuánto dinero disteis por mí? ¿Cuánto tuvisteis que pagar?

Los dos se pusieron de pie a la vez, no daban crédito a sus oídos. Con tristeza en los ojos, Pedro y Pasión miraron a su hija, a su pequeña, ¿o ya no era su pequeña? Parecían no reconocer a su hija, todo había cambiado, comprendieron que nunca más sería lo mismo; aunque sus palabras dolían mucho, muchísimo, ellos la querían más si cabe que el primer día.

—No tuvimos que dar nada por ti, Olivia —contestó su padre—, nada nos costaste, ya que esto no fue una compra. Te abrazamos, te vestimos, firmamos todos los papeles que había que firmar y antes de salir regalamos unos pequeños peluches a otros niños ya más mayorcitos que con la mirada te pedían que te los llevaras a ellos también. ¿Y sabes?, ellos lo iban a tener mas difícil que tú, ya que en su espera estaban creciendo sin unos padres y cada vez sería más complicado para ellos.

Pasión y Pedro salieron al jardín, necesitaban respirar un poco de aire, aún faltaban unos días para salir hacia Gijón.

—Pedro, ¿qué vamos hacer?, me siento angustiada.

—No podemos hacer nada, supongo que iremos al hospital donde nació Olivia, pero no sé si allí habrá algún dato. Muchas veces, madres que dan a sus hijos en adopción no dejan ningún rastro para que no puedan dar con ellas.

—Ya lo sé —dijo Pasión—, lo estaba pensando yo también. Si te digo la verdad, espero que ocurra eso. Olivia entonces se conformaría y, con un poco de suerte y tiempo, a lo mejor pensaría que la hemos ayudado hasta en lo más difícil para noso tros. Tiene que, en lo posible, volver a ser la que era, ¡Pedro!, tiene que volver a ser nuestra pequeña.

Pasión no podía evitar las lágrimas, que caían incesantes por sus mejillas. Pedro abrazó a su mujer –la quería tanto–. Olivia estaba siendo terriblemente injusta con ellos. A pesar del trastorno que suponía para una adolescente enterarse de que era adoptada y por una parte entender que quisiera conocer a su madre biológica, no era justo para ellos.

Era sábado, faltaban dos días para salir hacia Gijón, Pedro estaba de guardia todo el día en el hospital.

Pasión se encontraba en la cocina desayunando, miró el reloj, y como Olivia no bajaba, subió en su busca; todo era silencio. Pasión se inquietó ya que no era habitual en Olivia dormir tanto. Dio unos golpecitos a la puerta, no contestó.

Pasión volvió a probar, esta vez llamándola, la puerta estaba cerrada por dentro. Olivia no contestaba, empezó a inquietarse. Continuaba sin contestar, como una jarra de agua fría, sintió en todo su ser que algo estaba pasando. Pasión intentó abrir la puerta, no pudo, fue imposible, bajó las escaleras corriendo. Llamó al hospital, dejó el mensaje a Pedro cuando en centralita le cogieron el teléfono; el móvil de Pedro comunicaba. Salió desesperada a la calle y fue en busca del vecino, era sábado y estaría en casa, pensó. Alguien tenía que ayudarla abrir la puerta, a romperla si hacía falta, estaba fuera de sí.

Pasión aporreaba la puerta de sus vecinos, gritaba como una histérica.

—¿Qué haces, mamá? ¿Es que te has vuelto loca? —dijo Olivia. Por un instante Pasión no atinaba a pensar. Se giró y vio en medio de la acera a Olivia mirándola con los ojos abiertos, iba acompañada de Laura.

—¿Qué le ocurre? ¿Les pasa algo a sus vecinos? —preguntó Laura, quien no entendía nada. Pasión lloraba, y lloraba... sin poderse explicar.

—¡Oh, Olivia!, ¿cómo me puedes hacer esto? Yo creía, yo pensaba que algo te había ocurrido. No contestabas en la habitación, y ¿cómo puede estar la habitación cerrada, si tú no estás dentro?

Olivia la miró, parecía como si disfrutara del momento, sus vecinos no abrieron la puerta ya que parecía que no estaban.

—No sé de qué me hablas, hace horas que salí a pasear, luego me acerqué a casa de Laura y su madre me invitó a desa yunar. ¡Ah, por cierto!, no me esperes a comer, tengo planes.

Laura, casi tímidamente y con la cabeza baja, se despidió de Pasión y las dos se fueron hacia el centro, habían quedado con unos amigos del instituto, comerían en la hamburguesería, cerca de la plaza Sancho, y luego pensaban ir al cibercafé.

Pasión se encontraba cruzando para entrar de nuevo en su casa, llamaría otra vez al móvil y le diría a Pedro que no pasaba nada. En ese instante, a sus espaldas oyó un frenazo.

Pedro salía disparado del coche.

—¿Qué ha ocurrido? Me dijeron que volara hacia casa —dijo Pedro.

Los ojos de Pasión estaban cansados, también hinchados, y empezaban a tener unas pequeñas bolsas debajo de ellos, continuaba llorando.

—¡Pasión!, cariño, ven aquí, cuéntame —la cogió de la mano, sintió el pulso de su mujer y el temblor de esta.

Su hogar estaba en peligro, todo aquello que con tanto amor, alegría y cariño habían construido, ahora parecía tambalearse y, sintiéndolo mucho, Olivia era la causa. Debía de estar contenta, quererlos y agradecer que un matrimonio la adoptase; le dieron sus apellidos, había sido tratada como una hija de verdad, ya que así la sentían.

¡Cómo había cambiado su hija!, entendían lo que ella estaba pasando, habían hablado de ello, pero no se merecían lo que les estaba ocurriendo.

—Verás, Pedro, la niña no bajaba a desayunar, esperé un rato, subí y llamé. No contestaba, intenté abrir la puerta, estaba cerrada.

¿Comprendes lo que te digo?, ¡no se oía nada! No pude abrir, insistí llamándola, no contestaba a mis llamadas. ¡Dios mío! Pensé... que quizás... había hecho alguna locura.

Pasión se abrazó a su marido, le contó cómo Olivia había aparecido con Laura y le llamó diciéndole que parecía una loca aporreando la casa de los vecinos.

Pedro subió las escaleras, Pasión lo siguió.

Pedro intentó abrir la puerta, pero tampoco pudo. Lanzó una mirada a Pasión, se hizo hacia atrás y empujó con todas sus fuerzas la puerta. El ruido de una silla que cayó al suelo les hizo entender que Olivia había hecho palanca con esta. Entraron en la habitación, la ventana estaba entreabierta.

Olivia había descendido por la enredadera situada al lado de la ventana. No podían entender cómo esa niña a la que querían tanto ahora se había vuelto en contra de ellos, y no po dían dejar de pensar en cómo ahora estaba siendo tan cruel.

—Olivia merece un castigo, Pedro, esto no puede quedar así, y además debería darnos una explicación —dijo Pasión.

Pedro estaba pensativo.

—No le diremos nada. Nos comportaremos como si nada hubiera sucedido, y cuando vuelva, me gustaría que no sacaras el tema. A lo mejor, si lo dejamos pasar y ve que nada le decimos, no intentará de nuevo llamar la atención de estas maneras volviendo hacer una gamberrada semejante.

—¡Claro, Pedro! —dijo Pasión—, así la próxima vez dirá: como no me dijeron nada, hoy la voy hacer más gorda.

Los dos se miraron, por primera vez se sintieron confusos, ¿qué camino deberían tomar?

Pasión acompañó hasta la puerta a Pedro. Se había tranquilizado bastante, estaba de guardia y debía volver al hospital.

—Un beso, cariño, volveré en cuanto termine el turno. Recuerda, si vuelve antes que yo, demuéstrale tranquilidad.

—Está bien, Pedro, a lo mejor tienes razón, no sacaré el tema, quizás se sienta arrepentida.

Pedro subió al coche. Durante el camino hacia el hospital se sintió terriblemente disgustado. ¡Su pequeña Olivia, era una niña que quería tanto! ¿Qué estaría pasando por su cabeza? Hablaría con ella pero no esa noche, esperaría a ver cómo sería al día siguiente; el lunes se iban a Gijón. Sintió un escalofrío, todo podía pasar o simplemente y con un poco de suerte, no pasaría nada. En ese aspecto se sentía muy contradictorio, ya que por una parte, tenía miedo de encontrar lo que Olivia buscaba, ¿y si era así?, si la encontraba, ¿qué pasaría? Con esos pensamientos llegó al hospital, el día se iba hacer largo.

Pasión entró en la cocina, se sirvió un té frío y con la taza en las manos salió al jardín. Su vestido estampado a tablas se movía suavemente con la ligera brisa de la mañana. Se detuvo largo rato contemplando una pequeña rosa que brotaba con el resplandor de la primavera, resaltaba su color rojo.

Cuando terminó su té, fue en busca de la manguera, le relajaba mucho cuidar de sus plantas. Regó los narcisos, las rosas y las dalias, luego se puso a desprender alguna que otra hoja muerta. Saco el cortabordes y repasó todos los bordes del césped, y cuando terminó con el cortacésped, se sentó en su mecedora, complacida del aspecto que tenía todo por fuera.

Al día siguiente tenían que estar las maletas hechas y preparadas, pensó en hacerse un pequeño bocata y luego subiría a preparar el equipaje.

Dobló con cuidado toda la ropa que tenía preparada encima de la cama, lo ordenó todo en la maleta, y cuando todo estuvo preparado, se sentó al borde de la cama.

Se sintió angustiada pensando en el lunes, jamás se le pasó por la cabeza que un día saldrían a buscar a la madre biológica de Olivia.

Quizás ella hubiera hecho lo mismo que su hija, ¡pero le costaba tanto!

Sintió que por Olivia no le quedaba más remedio que hacerlo, pero el sentimiento de madre, que con ella había crecido hacía diecisiete años, se rebelaba en su interior «¡Yo soy tu madre, Olivia, soy yo! Ella te abandonó». Unas lágrimas caían incesantes por su rostro, el ruido de la puerta devolvió en un instante a Pasión y a sus pensamientos a la habitación. Olivia acababa de llegar. Se secó los ojos.

—Olivia, ¿eres tú? Sube, estoy en mi habitación.

Olivia asomó la cara por la puerta entreabierta y contempló a Pasión sentada en la cama.

—¿Qué estás haciendo? —dijo Olivia casi en un susurro. Su mirada era inquieta.

Pasión contempló a su hija, quería decirle tantas cosas, pero fue incapaz, no se sentía con fuerzas.

—Estoy preparando el equipaje, mañana dejaremos la casa recogida y así todo estará preparado para el lunes. ¿Tienes ahora tiempo para preparar el tuyo?

—Sí, ya lo tengo casi todo listo —contestó Olivia.

—Entonces, mientras se hace la cena, voy a darme un baño. Tu padre no tardará en llegar.

—Está bien, me parece que voy a ir a mi habitación, en un rato lo tendré listo.

Olivia, sin decir nada más, se dirigió a su cuarto. Pasión dejó la maleta al lado de la puerta y bajó a la cocina, preparó en una bandeja chuletas de cordero con patatas, pimientos y vino blanco, dispuso unas especias por encima y lo metió al horno.

Subió otra vez, la puerta de la habitación de Olivia estaba abierta, se acercó.

—¿Necesitas ayuda, cariño? ¿Quieres que te ayude?

—No, ya lo tengo casi todo listo.

—Está bien, me quedaré un rato leyendo mientras llega papá —dijo Olivia.

Pasión se dirigió al baño; las palabras de Olivia, aunque no eran cariñosas, tampoco reflejaban nada de lo que había sucedido por la mañana.

Tal vez Pedro tenía razón en no sacar el tema, pensó Pasión, y deseó tanto que todo volviera a la normalidad…

Llenó la bañera, dispuso unas bolas perfumadas y fue generosa cuando echó el aceite perfumado relajante. Preparó su camisón y su bata de color azul en la banqueta, fue a su habitación en busca de las zapatillas blancas y se recogió su larga melena en un pequeño broche marrón y con dos grandes pinzas. Cuando se sumergió en la bañera, se sintió agradecida al ser acariciada por el agua caliente. Durante media hora y con los ojos cerrados, se abandonó a la paz que sintió y consiguió en esos momentos. Cuando bajó a la cocina, Pedro y Olivia charlaban como si nada hubiera pasado ese día.

—Hola, Pasión —dijo Pedro—, ahora mismo iba a subir a buscarte. La nena me ha dicho que estabas en la bañera y no he querido molestarte.

—Hola —contestó Pasión—, la cena estará en un momento, sube si quieres mientras a darte una ducha y te cambias, esperaremos a que bajes.

—Está bien, tardaré solo un momento, podríais mientras pensar en qué os apetecería hacer mañana.

—Pues yo —comentó Pasión— había pensado que po dríamos pasar el día los tres juntos haciendo alguna pequeña excursión. Nos llevaríamos las mochilas con la comida preparada; ya que está haciendo buen tiempo, me apetecería mucho.

—Fantástico, me parece una buena idea —dijo Pedro—. Olivia, ¿qué opinas?

—Lo que queráis, pero no lo alargaremos mucho, quiero estar descansada y despejada para el lunes —contestó Olivia.

Pedro y Pasión se miraron pero nada dijeron. La cena fue como otras tantas pero un poco más silenciosa. Olivia se retiró a su habitación excusándose por estar cansada. Pasión y Pedro también subieron a su cuarto detrás de Olivia, necesitaban estar juntos, abrazarse y quererse, y entrelazados y en silencio, aplacar su reciente angustia despertada.

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Release date on Litres:
23 June 2025
Volume:
170 p. 1 illustration
ISBN:
9788416596294
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