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100 años de periodismo en el Perú

María Mendoza Michilot



Colección Investigaciones

100 años de periodismo en el Perú (1900-1948)

Primera edición digital, marzo 2016

© Universidad de Lima

Fondo Editorial

Av. Manuel Olguín 125, Urb. Los Granados, Lima 33

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Diseño, edición y carátula: Fondo Editorial de la Universidad de Lima

Imágenes de carátula e interiores: Biblioteca Nacional del Perú y El Comercio

Versión ebook 2016

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Lima - Perú

Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro sin permiso expreso del Fondo Editorial

ISBN versión electrónica: 978-9972-45-322-9 (tomo I)

Índice

Prólogo. Historia de los medios de comunicación en el Perú: Siglo XX

Presentación

Introducción

Capítulo 1. Antecedentes del periodismo de masas

1. La variable política

1.1 El diseño de un modelo

1.2 Cuando la seguridad nacional está en riesgo

1.3 La lucha por la libertad de prensa

2. Nuevas y viejas adhesiones partidarias

2.1 Piérola y el periodismo

2.2 ¿Influencias extranjeras?

3. El avance de las comunicaciones

3.1 El servicio cablegráfico

3.2 Las primeras agencias de noticias

3.3 De la prensa manual a las rotativas

4. El hábito de leer periódicos

4.1 La extensión de la práctica publicitaria

4.2 Un mundo de imágenes

Capítulo 2. El periodismo y la República Aristocrática

1. La prensa de referencia

1.1 Las generaciones de la prensa de masas

1.2 Los primeros periódicos

2. El Comercio: Modernidad y tradición

2.1 El apoyo al civilismo

2.2 La noticia y los géneros periodísticos

2.3 La cobertura internacional

2.4 Circulación, publicidad, precio y formato

2.5 Para fidelizar la venta de ejemplares

3. La Prensa, un nuevo estilo

3.1 La noticia y la estructura redaccional

3.2 Un diario de opinión (la defensa demócrata)

3.3 Cambios en la línea editorial

3.4 La empresa periodística

4. La Crónica, diario ilustrado y popular

4.1 Los inicios

4.2 Compromisos partidarios

4.3 Chambi y los primeros reporteros gráficos

4.4 Otros tabloides

Capítulo 3. Prensa comprometida

1. Periodismo doctrinal y político

1.1 La prensa anarquista

1.2 La prensa anarcosindicalista

1.3 La prensa obrero-sindical

1.4 La prensa de partido

2. Periodismo doctrinal religioso

2.1 El Bien Social

2.2 La Unión

2.3 La Nueva Unión

2.4 La Tradición

Capítulo 4. La prensa y el oncenio de Augusto B. Leguía

1. Preámbulo

1.1 El caso de El Tiempo

1.2 La Razón, una experiencia alternativa

2. El silenciamiento de la opinión pública

2.1 Asedios y atentados

2.2 La primera expropiación de un medio de comunicación

3. El potencial de las revistas

3.1 El modernismo y la crónica

3.2 El reinicio de la competencia fotográfica

3.3 Los caricaturistas

3.4 Las publicaciones representativas

3.5 Las revistas de Mariátegui

4. De la bonanza a la crisis

4.1 Innovaciones en los principales diarios

4.2 La competencia con los nuevos medios

4.3 Periódicos nuevos

Capítulo 5. El militarismo y la violencia

1. El periodismo y el contexto político-económico

1.1 Efectos de la crisis financiera mundial

1.2 Con el respaldo político de la prensa

1.3 Ajuste de cuentas a los medios

2. Los periódicos (otra vez) como órganos de proselitismo político

2.1 Los medios de la revancha

2.2 Diarios en campaña

3. El aprismo, Haya de la Torre y el periodismo

3.1 Prensa sancionada

3.2 “El Apra es comunista”

3.3 La guerra civil

3.4 Cuando el periodista es la noticia

4. La producción de Federico More

4.1 El Hombre de la Calle

4.2 Nuestro Diario

4.3 Todo el Mundo

5. Los periódicos de las elecciones anuladas

5.1 Ahora

5.2 El Liberal

5.3 El Universal

5.4 Los medios fascistas

6. Terremotos, censos y la coyuntura de la Segunda Guerra Mundial

6.1 Novedades en los grandes diarios

6.2 La carestía del papel

7. Medio siglo y la primavera democrática

7.1 Una deteriorada relación prensa-poder

7.2 El asesinato de Graña

Índice onomástico

ÍNDICE DE RECUADROS

Capítulo 1

1. Hacia la modernización

2. El debate sobre la esclavitud

3. Amarillismo del siglo XIX

4. El Partido Civil

5. El Peruano

6. La Coalición Nacional

7. Los primeros periodistas

8. La personalización de la política

9. Los diarios de provincias en el siglo XIX

10. Prensa y mujer

Capítulo 2

1. La comunidad política en el siglo XX

2. Amunátegui, Villota, Miró Quesada y Carranza

3. Una empresa familiar

4. La República Aristocrática

5. Los ‘bloquistas’

6. Los avances técnicos

7. Estilos periodísticos

8. Las campañas

9. Los cómics

10. Los viejos almanaques

11. El primer editorial

12. Entre dos siglos

13. Los primeros diarios de provincias en el siglo XX

14. Una competencia denodada

15. El aporte de las agencias de noticias

16. Elementos gráficos

17. Los primeros periodistas de La Prensa

18. Alberto Ulloa Cisneros

19. El Imparcial

20. El liberal

21. Yerovi y… Chocano

22. Fotoperiodismo: Manuel Moral y Vega

23. Notas cortas

24. ¿Cervezas o champagne?

25. Las imprentas de Lima

Capítulo 3

1. Ideología

2. El movimiento obrero

3. El anarquismo

4. Los trabajadores-periodistas

5. Más publicaciones

6. Librepensador e iconoclasta

7. El Partido Unión Nacional

8. El Tunante

9. Discurso anarquista

10. El sindicalismo apolítico y el anarcosindicalismo

11. Discurso anarcosindicalista

12. La visión anarquista de la democracia

13. Crisis del anarcosindicalismo

14. La Imprenta Proletaria

15. Las turbas de 1912

16. Discurso obrero-sindical

17. Discurso de la prensa de partido

18. Discurso de la prensa religiosa

Capítulo 4

1. La ‘república autocrática’

2. El oncenio de Leguía

3. El Perú y Excelsior

4. Más allá del incidente de la Rouskaya

5. Las etiquetas del periodismo

6. OAX

7. Racso

8. La cuestión con Chile

9. José Carlos Mariátegui

10. El asalto

11. El decreto expropiatorio

12. Línea editorial

13. Publicidad: Auge y crisis

14. La antesala del boom revisteril

15. El futuro de la caricatura en el Perú, según Julio Málaga Grenet

16. La trayectoria de los caricaturistas

17. Revistas para el gran público 1900-1930

18. Clemente Palma

19. Monos y Monadas

20. El conde Valdelomar

21. Clovis

22. El Partido Socialista

23. La consagración al Corazón de Jesús

24. Indigenismo

25. Leguía y el cine

26. El asesinato en el hotel Comercio

27. Vallejo

28. Periodismo cinematográfico

Capítulo 5

1. El tercer militarismo

2. El crac

3. ¿Por qué cayó Leguía?

4. Oportuno (y circunstancial) apoyo al régimen sanchezcerrista

5. Tres perspectivas sobre el Partido Comunista

6. En defensa de un régimen

7. Seis presidentes entre 1931 y 1933

8. La Tribuna y El Comercio

9. Leyes restrictivas 1930-1948

10. La polémica

11. Otros voceros apristas

12. Las disculpas del Apra

13. Federico More

14. Los años de Benavides

15. Los partidos sanchezcerristas

16. Fascismo, nacional-socialismo, totalitarismo

17. El primer gobierno de Prado

18. El centenario de la fotografía

19. Variables económicas y publicidad

20. Necesidades y usos del papel para periódico

21. Una democracia endeble

22. Bustamante

23. La Nación

Prólogo
Historia de los medios de comunicación en el Perú: Siglo XX

Ahora mismo, millones de peruanos están vinculados a un medio de comunicación mientras miran la televisión, escuchan radio, asisten a una sala de cine o leen un medio impreso. La información, el entretenimiento, la reflexión y la experiencia artística modelada al contacto con otras miradas, opiniones y formas de ver la vida y la cultura provienen de un trato colectivo con los medios de comunicación, que fue afianzándose hasta adquirir una importancia central en el curso del siglo XX.

En consideración a esa realidad, el equipo de investigadores responsable de este proyecto editorial, profesores de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Lima, se propuso elaborar, en el seno del Instituto de Investigación Científica de la Universidad de Lima (IDIC), una “Historia de los medios de comunicación en el Perú: Siglo XX”. Es decir, examinar el desarrollo del periodismo, la radio y los medios audiovisuales (cine y televisión) peruanos, así como del marco regulatorio expresado en la legislación dictada sobre la materia, a lo largo de la centuria anterior.

Uno de los impulsos para emprender el proyecto fue constatar la carencia de bibliografía sobre el tema. No se ha publicado ninguna historia general de los medios de comunicación en el Perú. Solo existen trabajos parciales sobre cada medio, algunos muy logrados. Ellos trazan horizontes del desarrollo de la radio, el cine y la televisión, describiendo etapas específicas u ofreciendo opiniones críticas y de enjuiciamiento a los “productos mediáticos”, sean películas o programas televisivos.

Creímos necesario, por eso, realizar una investigación basada en el acopio minucioso de datos ciertos y testimonios plurales, con el fin de aportar bases documentales que ayuden a ordenar la información dispersa y parcial sobre el tema tratado, sistematizando lo que se mantiene fragmentario y facilitando las investigaciones que, más adelante, amplíen y profundicen los estudios sobre los medios de comunicación en el país.

Sabemos que no existe una Gran Historia, única, total y abarcadora que examine hechos, motivos y consecuencias a partir de una clave interpretativa capaz de descifrar el sentido de todos los fenómenos y ocurrencias. Hay, en cambio, muchas historias y relatos que abordan los temas relevantes de una investigación desde horizontes y propósitos diversos. Este trabajo es una de esas historias, la primera que busca acercarse, en forma general, al asunto del desarrollo de los medios de comunicación en el Perú durante el siglo XX. En el futuro, otros estudiosos hallarán nuevas informaciones e intentarán otros abordajes, planteándose nuevas preguntas, las que dicte cada época, ofreciendo conclusiones a partir de las evidencias que no se hallaron aquí y ahora.

La investigación que ofrecemos es un acercamiento realizado por profesionales de la comunicación, no por historiadores profesionales. Nuestra intención y objetivo ha sido comprender el pasado de nuestros campos respectivos de trabajo para tener bases más firmes en el desarrollo de nuestra labor cotidiana como investigadores y profesores universitarios.

Una periodista, María Mendoza Michilot, trabaja el tema del periodismo diario durante el siglo pasado; Emilio Bustamante, comunicador interesado en el fenómeno de la radio popular y en la creación de ficciones para los medios de comunicación, aborda el pasado de la radio; el abogado José Perla Anaya ofrece su visión del marco legal y normativo que sirvió para propiciar la creación y canalizar el desarrollo y regulación de los medios; un abogado y crítico de cine, Ricardo Bedoya, se encarga de los medios audiovisuales. Cada autor eligió los datos relevantes de acuerdo con su propio derrotero de investigación. En casi todos los casos, este trabajo amplía, modifica o ratifica las investigaciones realizadas por cada uno de los autores en los campos de sus especialidades respectivas, publicadas en obras previas.

Abordamos esta investigación como un trabajo interdisciplinario. Cada uno de los tomos que la conforman tiene su propio diseño e identidad, y corresponde a la visión personal y la interpretación del autor que la suscribe, aun cuando el conjunto se gestó como una investigación propiciada por el IDIC.

Centrar la investigación en el siglo XX no ha impedido el análisis de datos relevantes de fechas anteriores. Es el caso del periodismo, cuyos antecedentes son básicos para entender el desarrollo que obtuvo en el período tratado. Lo mismo ocurre con el cine, aparecido en los años finales del siglo XIX, a los que se remonta la investigación. Solo la radio y la televisión nacieron y se asentaron en el siglo que estudiamos.

Sin imponer una rígida división o establecer una periodización fija y cerrada, los investigadores convinimos en la necesidad de organizar los períodos estudiados en cada capítulo teniendo en cuenta algunos hitos reconocibles en el desarrollo político del país. Así, la primera parte de los trabajos sobre la prensa, el cine y la legislación de los medios de comunicación remiten a la situación de fines del siglo XIX y se proyectan hasta el advenimiento del llamado Oncenio, o “Patria Nueva”, el período del segundo mandato de Augusto B. Leguía que, a su vez, constituye un segundo período de estudio. Es entonces que empieza la investigación sobre la radio, instalada en el Perú a mediados de las décadas de los años veinte. Una tercera etapa abarca desde los inicios de los años treinta, acabado el período de la “Patria Nueva”, hasta llegar a la interrupción del período democrático del presidente José Luis Bustamante y Rivero, lo que marcó el comienzo del gobierno de Manuel A. Odría. Una cuarta etapa comprende lo ocurrido en los años cincuenta —cuando empieza la televisión, en 1958—y sesenta hasta la irrupción del Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada, presidido por el general Juan Velasco Alvarado, en su primera fase, entre 1968 y 1975, y por el general Francisco Morales Bermúdez, en su segunda fase, hasta 1980. Las dos últimas décadas del siglo conforman la quinta etapa de la investigación.

En algún caso, como el del cine, esta periodización se altera de algún modo debido a características propias del medio, que divide su existencia en dos épocas netas, el período silente y el sonoro. En lo relativo a la producción fílmica peruana, la periodización encuentra una demarcación adicional: la ley de promoción de la industria cinematográfica, dictada en 1972, hito que hay que considerar en la fijación de los períodos de la historia del cine en el Perú.

Estudiar el desarrollo de los medios de comunicación supone examinar las características y singularidad de sus productos, en cualquier género o formato, en soporte escrito o fílmico, de proyección mecánica o transmisión electrónica. Pero también requiere entender el marco general en que se produjeron: desde el encuadre legal y sus circunstancias políticas y económicas hasta el estado del equipamiento técnico empleado para su hechura, pasando por la identidad de las empresas que financiaron o elaboraron los diarios, películas, telenovelas, series televisivas y programas radiales en general, sin olvidar la identificación de los profesionales, creativos o técnicos que los imaginaron y diseñaron.

Aunque la investigación de cada medio señala sus propias formas de acceso y metodología, en aras de conseguir un trabajo de coherencia orgánica los investigadores participantes decidimos establecer algunas directivas de organización para emprender y desarrollar la labor de acopio de información y las tareas posteriores de explicación y análisis. Las mencionamos a continuación.

En primer lugar, para uso del equipo de los investigadores y no como objeto de investigación, establecimos un marco temporal, cronología o línea del tiempo, con indicación de hechos del contexto histórico, político, social, económico, cultural y tecnológico, nacional e internacional, a modo de referente para situar los procesos de comunicación en nuestro medio.

En segundo lugar, prestamos atención al estudio de las formas y modos de propiedad, organización y producción de los medios, examinando las actividades de las empresas de comunicación, de productoras de películas y de emisoras radiales y televisivas, identificando sus “productos”, sean diarios, películas, programas de radio y televisión. La tónica del acercamiento se moldeó a las características de cada medio: en el cine, la “obra” acabada, la película estrenada o exhibida es el elemento distintivo y el objeto de estudio; en la televisión y la radio importan más los “flujos”, las corrientes de programación, la lógica que se encuentra en la determinación de las grillas y en los horarios en los que se ubica un programa u otro.

Atendimos a los avances tecnológicos de cada medio, sobre todo en el horizonte de un siglo que ha visto la sustitución de las técnicas de registro y difusión basadas en la reproducción analógica de imágenes y sonidos a las sustentadas en su codificación binaria o digital. La relación entre técnicas, lenguajes y mensajes en los medios de comunicación reviste un grado de significación fundamental.

En tercer lugar, tuvimos presente las relaciones de los medios con el Estado, examinando las políticas gubernativas en cada época, la legislación, la censura, las formas de promoción y, en general, los modos de intervención, directa o indirecta, del Estado en los medios. Ello sin perder de vista la influencia relevante de otras instituciones sociales, los grupos de poder económico y las decisiones de los individuos, protagonistas de circunstancias económicas y de negocios que llevaron a tal o cual orientación empresarial.

En cuarto lugar, nos interesamos en estudiar los géneros y formatos documentales y de ficción trabajados y difundidos a través de los años, con sus particularidades expresivas, estilísticas y semánticas, sobre todo los de producción peruana, pero con referencias puntuales a productos extranjeros con influencia en los medios audiovisuales.

En quinto lugar, prestamos atención al examen de la formación, ampliación e integración de los públicos al circuito de la comunicación, rastreando esa participación en testimonios aparecidos en espacios periodísticos y en las informaciones sobre recaudaciones de películas, índices de asistencia a las salas de espectáculos o mediciones de las audiencias radiales y televisivas. Algunos productos de los medios de comunicación, sobre todo los audiovisuales, son mercancías que se distribuyen en un mercado, anunciándose como espectáculos masivos, pero también elementos distintivos de la historia social y cultural: testimonian identidades y formas de pensar, representan mentalidades, documentan la realidad, a la vez que promueven la circulación de valores, estereotipos, pautas de comportamiento, modas. De allí la importancia de tener en cuenta las características de su consumo público.

Esos fueron los cinco vectores metodológicos que articularon la investigación, con las singularidades propias del estudio de cada medio y el acento particular aportado por los investigadores. No es posible acercarse con un bagaje metodológico invariable a medios de naturaleza distinta que cumplen funciones diversas, generando una pluralidad de mensajes que trascienden —como lo postula la semiótica— la identificación con el mero “contenido”.

Nuestra propuesta de investigación tuvo desde el inicio la voluntad de poner por delante el establecimiento de datos e informaciones ciertas, como una forma de describir el estado de las cosas, preguntándonos cuándo y dónde pasó tal hecho y ubicando su ocurrencia en el panorama general de la historia internacional de los medios. El trabajo de campo se desarrolló a partir de búsquedas en archivos, hemerotecas, filmotecas, videotecas y museos, aprovechando también los testimonios personales, las fuentes estadísticas, las visitas a lugares y la observación in situ, entre otros.

En este punto, es preciso hablar de los problemas y limitaciones que tuvimos en el desarrollo de la investigación que se prolongó durante un lustro. Por ejemplo, de las dificultades para obtener informaciones indispensables para explicar una situación, corroborar una hipótesis, confirmar un dato o sustentar una afirmación.

Investigar la existencia, forma, acabado, identidad o influencia de películas o programas televisivos o radiales es hacer una pesquisa sobre “productos mercantiles” que no se consideraron en su momento como obras culturales, dignas de comentario, preservación o memoria. En su época, muchos de esos productos audiovisuales fueron vistos como pasatiempos transitorios, fiascos insalvables o productos de la fungible y pasajera vida del espectáculo y la farándula. Por eso, su existencia apenas si se consigna en un pie de página o un comentario marginal. Las fuentes para conocerlos no son los estudios académicos, ni los propios “productos” audiovisuales, que se han deteriorado o perdido y no existen más, sino periódicos, revistas especializadas de espectáculos o documentos de existencia azarosa.

Si estudiar los productos de la industria audiovisual es muy difícil en países de Europa o en Estados Unidos, lo es mucho más en el Perú, donde nunca existió conciencia de la necesidad de preservar las obras audiovisuales y cuyos archivos documentales son mantenidos en precarios estados de conservación. No abundaremos en anécdotas como la del hallazgo en una biblioteca municipal de dos buscados tomos del diario La Crónica, del año 1930 (en el periodo crucial que siguió al derrocamiento de Leguía), envueltos por telarañas y transitados por insectos, pero es preciso lamentar la incuria con que se manejan en nuestro país las tareas de mantenimiento del acervo documental —del que forman parte las grabaciones de programas radiales y los archivos audiovisuales—, por no mencionar la inexistencia de políticas de restauración y preservación del patrimonio audiovisual.

Por último, anotamos que el ámbito geográfico de la investigación se concentró en la ciudad de Lima, capital del Perú, lo que no cancela la inclusión de referencias puntuales a hechos o sucesos ocurridos en otras regiones del país.

Destinatarios de este trabajo son los estudiantes y los profesionales de la comunicación, pero también los interesados en la historia social y cultural del Perú.

Ricardo Bedoya

Coordinador de la investigación

Presentación

¿Cumplieron los diarios y periódicos limeños sus nobles tareas de informar, opinar, fiscalizar, entretener, educar entre el año 1900 y el 2000? ¿Cómo lo hicieron? ¿Cómo trataron los hechos sociales, políticos y económicos más relevantes de la historia en ese siglo? Para aproximarnos a esta monumental tarea y tratar de responder tales interrogantes, presentamos esta investigación, en dos tomos, cuyo propósito es ayudar a comprender el desarrollo del periodismo escrito en el Perú.

El libro, que forma parte de la serie “Historia de los medios de comunicación en el Perú: Siglo XX”, impulsada por el Instituto de Investigación de la Universidad de Lima, analiza las prácticas sociales de la prensa y las decisiones que tomaron sus gestores a lo largo del tiempo en el cumplimiento de su difícil labor. Desde los primeros diarios, exponentes del llamado periodismo de autor (el director era además redactor, fotógrafo y hasta vendedor de los ejemplares de su periódico), pasando por ser el medio de masas que no cejó en sus esfuerzos para llegar a la mayor cantidad de gente, hasta las organizaciones de prensa o “empresas industriales y de servicio”, así denominadas por la administración moderna.

Asimismo, identifica las características principales de los productos informativos, las características morfológicas más resaltantes de las publicaciones que circularon en el siglo XX, y se acerca a sus particulares líneas editoriales, es decir, a la forma como entendieron los fenómenos de su tiempo y, finalmente, enfocaron la realidad.

Según el historiador holandés Johan Huizinga, la imagen histórica surge cuando se indagan determinadas conexiones y cuando se reconoce que, en realidad, “la historia es la forma espiritual en que una cultura se rinde cuentas de su pasado” (1977: 91-95). No aspiramos a tamaño desafío.

Esta obra es fruto del escrutinio del quehacer de la prensa nacional en el siglo pasado desde la perspectiva y la visión de una periodista, porque si bien ausculta un conjunto de fuentes bibliográficas, ideas, visiones o enfoques sobre el pasado del Perú, no es ni pretende ser un ensayo histórico. Para ello hubiera sido necesario abordar el fenómeno desde todas sus aristas, y tal vez contar con un equipo profesional interdisciplinario, según postulan las nuevas corrientes de la investigación en comunicación (Gargurevich 2011: 14).

Lo que se propuso fue evidenciar cómo el periodismo retrató los acontecimientos más relevantes de su tiempo e identificar lo que la teoría de la opinión pública llama sus elementos constitutivos; es decir, a los actores y espectadores de dichos asuntos públicos, las corrientes de opinión que estos generaron y, sobre todo, la mediación que cumplieron los medios impresos.

Así, se trata de revalorar la mayor cantidad de publicaciones periodísticas que circularon en Lima en la centuria pasada, para mostrar sus fortalezas y dar cuenta de las exigencias que debieron afrontar frente al avance tecnológico de cada época y las condiciones de su entorno.

Es posible que se haya omitido de manera involuntaria, claro está, algunos títulos y que otros merezcan un desarrollo mayor. Pero los que se estudian aquí resultan valiosos referentes a la hora de reconstruir —aunque parcialmente debido a su frondosidad— el rol del periodismo y la cobertura que realizó de los diferentes acontecimientos de su tiempo.

Como queda señalado, se circunscribe a la producción de diarios y periódicos limeños, que son nuestro objeto de estudio y que creemos devienen en una muestra representativa de la prensa nacional. Referencialmente se tocan algunas revistas destacadas del siglo pasado, aunque su aporte al periodismo peruano merece un estudio particular y más profundo.

La división cronológica en dos tomos tiene su correlato con los tiempos —años más, años menos— en que se produce la modernización de la prensa y se reconocen internacionalmente las libertades de opinión y expresión, después de la Segunda Guerra Mundial, con la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en 1948.

El primer tomo comprende cinco capítulos: “Antecedentes del periodismo de masas”, “El periodismo y la República Aristocrática”, “Prensa comprometida”, “La prensa y el oncenio de Augusto B. Leguía” y “El militarismo y la violencia”, que concentran los hechos acaecidos en la primera mitad del siglo.

El segundo tomo contiene los cuatro capítulos restantes: “El costoso afianzamiento del Estado”, “De la toma de los diarios a la lucha por la democracia”, “Nuevas perspectivas y nefasto retroceso” y “Rumbo a la modernidad”, que comprenden el período 1949-2000.

Este trabajo se suma a otras investigaciones y estudios realizados sobre la prensa peruana en las últimas décadas. Es impresionante la cantidad de títulos y publicaciones dedicados al periodismo. A ellos recurrimos y rendimos homenaje, porque no es fácil reseñar sin caer en subjetividades, lecturas parciales o antojadizas; tal vez explicables porque hablamos de “una actividad realizada por hombres y mujeres tan identificables como imperfectos” (Ulanovsky 2005: 10).

Por ello, así como la objetividad en periodismo no existe, aquí seguramente prevalece el punto de vista de la autora. No obstante, se ha tratado de analizar el diarismo limeño del siglo XX con base en la contextualización más fidedigna de sus prácticas y experiencias. Con fines metodológicos, el campo de estudio fue delimitado en los cinco vectores que Ricardo Bedoya, coordinador de este esfuerzo investigativo, detalla en el prólogo de la serie, y que para el caso del periodismo impreso determinaron estas variables:

- Marco temporal: diarios y periódicos de Lima, con breve referencia a las revistas.

- Modos de propiedad, productos e innovaciones de la empresa periodística: identificación de líneas editoriales, de los productos impresos, visuales y virtuales, experiencias de autorregulación y concentración de medios.

- Relaciones prensa-poder: y sus efectos en la construcción de corrientes de opinión.

- Géneros y formatos: modalidades, estilos y narrativas periodísticas.

- Consumo público: circulación, comercialización y publicidad de los impresos (datos que en algunos casos son presentados mediante fichas técnicas).

Aspiramos a poner un granito de arena en el reconocimiento de cien años de periodismo peruano en beneficio sobre todo de las nuevas generaciones de periodistas llamadas a valorar un período que explica el presente de nuestra profesión y probablemente su futuro. Hoy puede ser difícil acceder a los ejemplares de muchos diarios del siglo pasado (basta con visitar la hemeroteca de la Biblioteca Nacional y constatar los esfuerzos que se realizan para frenar el paso y el peso de los años, el deterioro del papel y el desinterés de quienes deberían cautelar su conservación documental). Pero a diferencia de otros formatos periodísticos, y de los agoreros que pronostican su desaparición, el periódico de papel sigue siendo el registro y la referencia.

Agradezco a todas las personas que directa o indirectamente me alentaron a realizar este viaje al pasado. Mi gratitud a Fermín Cebrecos y María Teresa Quiroz, cuya confianza ha sido un aliciente para llevar a buen puerto la tarea encomendada. A Rocío Barja Marquina y Guillermina Palacios, quienes colaboraron en la recolección de las muestras de los principales periódicos analizados. A Lino Chipana y Dante Piaggio, reporteros gráficos cuya contribución hizo realidad la documentación fotográfica de este libro. Debo agradecer la amistad y el tiempo que me dispensaron Edmundo Cruz, César Lévano, Alejandro Miró Quesada Cisneros, Alejandro Sakuda, Arturo Salazar Larraín y José María Salcedo, así como a los recordados Javier Ascue (1944-2012) y Manuel Jesús Orbegozo (1923-2011), destacados periodistas cuyas vivencias permitieron reconstruir con mayor claridad esta mirada al pasado que ponemos a disposición del lector. A la historiadora Mariana Mould de Pease y al profesor Juan Gargurevich, quienes hicieron valiosos alcances que fueron incorporados en la versión final de esta publicación.

Introducción

El politólogo y ensayista Benedict Anderson sostiene que, en sus inicios, los periódicos así como las novelas fueron los primeros contribuyentes a la representación de esa “comunidad imaginada” que es la idea de nación (1997: 46-47). ¿Podríamos aplicar esta afirmación al caso peruano? ¿Cuánto ha contribuido la prensa nacional a lo largo del tiempo al fortalecimiento de nuestra conciencia de colectividad (Monzón 1987: 148), es decir, a la creación de consensos por mínimos que sean, a cómo nos vemos —y reconocemos—, como miembros de una misma sociedad? Difícil respuesta.

Lo cierto es que la historia, entendida como el registro de los principales sucesos y procesos políticos, económicos y socioculturales, nos ofrece “una imagen inteligible de un cierto pasado” (Huizinga 1977: 91-95) en la que se puede seguir la huella del periodismo. Mirar qué pasó, cuándo y en qué contexto lleva indefectiblemente a revisar la labor cumplida por esta profesión responsable del registro fiel de acontecimientos, constructora del debate público de los asuntos que se entiende son de interés nacional, con influencia en la sociedad y en sus actores, y que a su vez —como toda organización, institución o individuo— también se ve influenciada por el entorno social (Macionis y Plummer 2000: 24).

Esta investigación sobre la prensa limeña exploró esos ámbitos para, de manera quizá ambiciosa, tratar de entender la evolución que ha tenido la práctica periodística durante el siglo pasado, identificar las tendencias o denominadores comunes de su quehacer y, a través de ese acercamiento, aproximarse a los retos del presente y del futuro.

El resultado fue el hallazgo de publicaciones que, en un lenguaje conciliador, vehemente o beligerante, defendieron sus particulares agendas mediáticas en algunas ocasiones y en otras hicieron suyos los asuntos de verdadero interés ciudadano. En razón de sus líneas editoriales —de izquierda o de derecha; independientes, comprometidas o militantes; conservadoras o progresistas—, algunos medios fueron perseguidos y censurados cuando defendieron determinadas propuestas partidarias o cuando se rebelaron contra las autocracias y los militarismos de viejo cuño que amenazaron e interrumpieron nuestra siempre endeble democracia.

Estudiar la evolución de la prensa ha significado también descubrir que, a veces, todo tiempo pasado sí fue mejor, sobre todo cuando se analizan prácticas periodísticas ejemplares, en las que se defendieron los new values (veracidad, actualidad, relevancia social, interés público…). Cuando se halla a periodistas convertidos en voceros de causas aparentemente perdidas, pero legítimas, justas y solidarias. O cuando se ahonda en los procesos de la modernización e innovación de la prensa, en los que se hizo gala de la mayor creatividad posible para dar a luz impresos que ofrecieron noticia, calidad y servicio.

Además, se ha podido reconfirmar que, como el péndulo de la historia del Perú, la prensa local ha pasado de la coherencia a la incoherencia, del mejor al peor periodismo, de la excelencia a los viejos vicios que, hoy como ayer, tienen que ver con la falta de ética a la hora de informar, con el sensacionalismo y el amarillismo, la pérdida de independencia, de autonomía, de credibilidad. En este aspecto, todo tiempo pasado no fue mejor.

Bien podría decirse que las palabras clave que definen el siglo se pueden colocar en un eje semántico en el que se oponen entre sí dos grupos de categorías: por un lado, los avances de la prensa en esos cien años; y por el otro, sus retrocesos.

En el primer grupo, son frecuentes las referencias a la modernidad, el periodismo de referencia y de calidad, la utilización de la publicidad como creadora de los recursos que permitieron el financiamiento de los periódicos, la propia masificación de las comunicaciones como elemento positivo para garantizar el acceso de todos a la información, la prensa como vocera de la opinión pública, la mirada al resto del mundo y más tarde la globalización de la información, la profesionalización y la especialización del periodista, el desarrollo de proyectos periodísticos empresariales innovadores y el acceso a las nuevas tecnologías. En el segundo grupo, aparece el retraso en el desarrollo tecnológico de los medios, la politización de la información en desmedro de otras agendas, la parcialización o mediatización del periodista o del medio de comunicación, el menoscabo de las libertades de prensa, de expresión y de la empresa periodística por parte de dictaduras o autocracias, la corrupción, el terrorismo o el narcotráfico, y el antiperiodismo (sensacionalismo, amarillismo, falta de credibilidad y de independencia en la función informativa).

En el plano del registro histórico, los estudios sobre la evolución del periodismo peruano en el siglo XX han tomado como fuentes de referencia las investigaciones de Jorge Basadre, Rubén Vargas Ugarte, Ella Dunbar Temple, Alberto Tauro del Pino, Félix Denegri Luna, entre otros destacados intelectuales. Existen, asimismo, diferentes periodizaciones del devenir de la profesión, que han originado a su vez recuentos cronológicos que analizan cómo ha cambiado el periodismo, desde la aparición de la imprenta en Lima hasta nuestros días. Allí están los trabajos de Raúl Porras Barrenechea, Carlos Miró Quesada Laos, Alejandro Miró Quesada Garland, Aurelio Miró Quesada Sosa, Héctor López Martínez y Juan Gargurevich Regal.

Los capítulos que componen esta investigación se han construido principalmente con base en la ruta trazada por Jorge Basadre en su Historia de la República del Perú, que abarca el período comprendido entre 1822 y 1939. Otras fuentes de gran apoyo fueron las proporcionadas por el economista Carlos Contreras y el historiador Marcos Cueto, en su libro Historia del Perú contemporáneo, basado en los grandes proyectos de reforma que se dieron durante la Independencia y la República en el país hasta fines de la década de 1990. Asimismo, El Perú republicano de José Luis Huiza, Raúl Palacios Rodríguez y José Valdizán Ayala.

Seguimos también las recomendaciones del notable investigador Franklin Pease (1939-1999), quien, en el discurso de presentación de mi libro Inicios del periodismo en el Perú, indicó que hacer una historia del periodismo —cualquiera que fuese la etapa o coyuntura por estudiar— significaba vincular dos disciplinas que, en su opinión, habían marchado cada una por su cuenta: por un lado, los historiadores han utilizado los periódicos principalmente como fuentes de información; y por el otro, los periodistas se han concentrado en describir sus publicaciones sin contextualizarlas con fuentes históricas.

En el primer capítulo de este primer tomo, se revisan los últimos años del siglo XIX, un tiempo en el que empezaron a establecerse las bases del periodismo del siglo XX, sobre todo en tres campos identificables: el desarrollo de las comunicaciones y los primeros inventos; el hábito de leer periódicos y la influencia que en ello tuvo la publicidad y la fotografía; y el hacer de la política en la comunicación y en la prensa.

Queda claro que a diferencia de otros países, la agenda de los diarios y las revistas capitalinos ha sido histórica y predominantemente política; y en determinadas décadas, agresivamente política. Desde que ambos, la prensa y la política, se constituyeron en actores fundamentales de la opinión pública, su relación no solo ha sido conflictiva sino que los ha coloc ado en una posición de ‘antagonistas complementarios’: “aun cuando tienen sus propias esferas de actuación, comparten inexorablemente el mismo espacio público” (Ortega 2011: 63).

En las primeras décadas del siglo, como veremos en el segundo capítulo, durante los años que Jorge Basadre denominó la República Aristocrática, destacan los diarios que contribuyeron a la modernidad, a la masificación de la comunicación, al desarrollo del periodismo como una actividad industrial y de servicio y, como sostiene Raúl Porras Barrenechea, que aportaron a cambiar el álgido interés político, la generosa convicción partidarista y la colaboración gratuita (características de la prensa del siglo XIX) por “[…] la empresa comercial que paga el trabajo intelectual, fomenta el réclame, aumenta los tirajes y las informaciones, y rebaja el precio del periódico” (1970: 40).

Son las publicaciones que abrieron trocha y por ello las más importantes de Lima, las longevas, las que sobrevivieron al cambio de siglo, las innovadoras y de referencia, así reconocidas por el peso que ejercieron en los grupos de poder, la sociedad y el debate de los asuntos más relevantes. En este primer grupo incluimos a El Comercio (1839) y a La Prensa (1903-1984), publicaciones influyentes cuya aparición marcó un hito en materia de comunicación e innovación en el ser, el hacer y el deber ser periodísticos. También a La Crónic a (1912-1990), que si bien “no llegó al nivel de influencia de La Prensa o El Comercio” (Gargurevich 1991: 121), nació durante la República Aristocrática y tuvo una larga vida de casi ochenta años en los que introdujo reformas interesantes, como el tabloidismo y el periodismo popular.

En el tercer capítulo se destaca a los periódicos de vida breve, de recursos escasos y tirajes limitados, que pese a la temporalidad de su difusión, también concitaron el interés en sus lectores en mérito de la credibilidad de sus autores, la calidad de sus plumas o las líneas editoriales opositoras, polémicas o comprometidas que exhibieron. La mayoría ensayaron modalidades periodísticas que no se han vuelto a replicar en el diarismo local, probablemente porque respondieron a los fenómenos sociales de una época diferente. Es el caso del periodismo ideológico comprometido, abierta y explícitamente, con la defensa de doctrinas, ideas políticas y credos, que funcionó bajo gobiernos democráticos y cuando la política giraba en torno al liderazgo de un solo partido, la economía había iniciado un proceso de rápido crecimiento y diversificación, y una ofensiva educativa parecía augurar un futuro mejor para el Perú (Contreras y Cueto 2004: 200).

En el cuarto capítulo tratamos acerca de la producción periodística durante el convulso oncenio de Augusto B. Leguía, el primer presidente que en la historia del Perú republicano terminó su existencia en prisión tras ser derrocado y juzgado por un tribunal especial. Un período nefasto para la libertad de expresión, de asedios y atentados contra el periodismo opositor, sojuzgado por un régimen que tuvo “al lado de sus méritos y de sus servicios al país […] muchos aspectos censurables” (Basadre XIV, 2005: 300).

Son los años en que la prensa política fue silenciada, así como el debate de las ideas y, por lo tanto, la opinión pública (Planas 1994: 145). Una época en la que, en contraposición al amedrentamiento del periodismo diario, surgieron las revistas ilustradas limeñas que, por un lado, ponderaron la publicidad, el glamour y el sensacionalismo de los dorados años veinte; y por el otro, contribuyeron al nacimiento de la fotografía periodística y el periodismo gráfico.

En el quinto capítulo se pone en evidencia una etapa violenta para el periodismo, el Perú y el mundo. En el plano internacional, son los años de la entreguerra y la desconfianza mundial; en el plano local, el período de las persecuciones políticas, las leyes restrictivas, el surgimiento de nuevos movimientos sociales que irrumpen en la vida y el pensamiento intelectual a través de la prensa (Víctor Raúl Haya de la Torre y el aprismo, José Carlos Mariátegui y la izquierda, la Unión Revolucionaria y el fascismo), que cambiaron el rostro de la política (Aljovín y López 2005: 13). Una época de golpes de Estado y regímenes liderados por militares insurrectos que contaron con el respaldo de medios de comunicación; de guerra de editoriales, de periodistas asesinados que murieron tras defenderse no con la palabra sino con un revólver.

Si como señalan algunos politólogos, la prensa es reflejo de su realidad circundante, debemos concluir que la preferencia por el tema político en este período está íntimamente ligada a los cambios que se operaron en la esfera pública, como sucedió a partir de los años treinta. En este contexto, la multiplicación de los conflictos entre periodistas tomando partido por una u otra tendencia demuestra que dicha práctica es de larga data en el Perú. Y que el enfrentamiento abierto, visceral e intolerante contra el que piensa diferente nunca fue recomendable porque exacerba los ánimos y aumenta las posibilidades de un desenlace violento.

El poder de la prensa es innegable, aunque esta historia descubre algunos momentos en los que no siempre corrió “parejo con el respaldo de una formación ética suficiente” (Varillas 2008: 10). Sobre todo cuando “la política del logos, de la palabra y la escritura”, parafraseando a Carlos Iván Degregori, desapareció y originó que la principal identificación de un importante sector de la población no sea con la argumentación de los hechos, sino con lo dicho por personajes metapolíticos, mediáticos y de triste recordación.

¿Por qué se hizo usted periodista?, es una pregunta que nos hubiera gustado formular a muchos hombres y mujeres que a lo largo de diez décadas dejaron impresos en blanco y negro no solo sus nombres y firmas, sino sus vidas y sus pasiones. Sus voces nos han acompañado imaginariamente en el tiempo que duró elaborar este trabajo, cada vez que leímos sus testimonios, sus informaciones, sus crónicas o sus editoriales. Muchos fueron famosos políticos, artistas, académicos o pensadores de su tiempo; y otros anónimamente cumplieron una labor interesante lejos de los reflectores. En su lugar, recogimos el testimonio de destacados periodistas cuyas vivencias reseñamos en el libro.

La investigación se realizó en las siguientes etapas:

1) Revisión del marco contextual del siglo XX (político, económico e internacional).

2) Identificación de los diarios más importantes de la época.

3) Análisis de las publicaciones, especialmente de portadas, secciones principales y contenidos seleccionados (por su naturaleza: textuales, gráficos y publicitarios; por sus valores periodísticos: relevancia social, importancia e interés periodístico, consecuencias, novedad, oportunidad y frecuencia; por su relación con las libertades de expresión, prensa y empresa; por los actores involucrados en la noticia).

4) Análisis de la información documental disponible (sobre las líneas editoriales, el desarrollo de las empresas periodísticas, las tendencias y los cambios en el discurso, y los aportes al debate público).

Nuestros principales objetos de estudio fueron las publicaciones que se conservan en la Biblioteca Nacional del Perú y en el Departamento de Investigación y Archivo Periodístico de El Comercio. El mapeo incluyó una muestra significativa seleccionada contextualmente, es decir, tomando en consideración algunos hitos en el acontecer nacional e internacional.

Los contenidos se revisaron en orden cronológico. Se trabajaron con las publicaciones que circularon con una periodicidad o tiempo significativos. En el caso de aquellas de corta duración, se analizaron los títulos de relevancia histórica acreditada por fuentes documentales. En una segunda etapa, se incluyeron de manera somera algunas revistas disponibles porque, reiteramos, el objetivo era los diarios y periódicos de Lima.

Se utilizaron fuentes documentales (publicaciones, investigaciones, normas legales y contenidos web) sobre la evolución del periodismo limeño. Gran parte de esta información permitió elaborar e incluir notas de apoyo, tablas y extractos de textos que aparecen como recuadros explicativos, a manera de antecedentes o consecuencias de los hechos reseñados.

Esta investigación cubre el periodismo escrito de 1900 al 2000 en Lima —una muestra representativa de su quehacer en el país—, pero sale a la luz en los primeros años de la segunda década del siglo XXI. Quizá sea una oportunidad excepcional para reevaluar el aporte de la prensa capitalina y para que esta haga una autocrítica del papel cumplido en el último decenio del siglo pasado. Quizá, también, para analizar su rol en la cobertura de las recientes campañas electorales. Que analice si su tarea informativa se empinó sobre las simpatías políticas de sus directivos, accionistas o redactores; si dio cabida a informaciones no verificadas (norma elemental en un medio de prensa) para dañar a alguna candidatura; si su contenido informativo fue plural o sirvió a determinadas banderas políticas; si su cobertura tuvo ribetes de prejuicios y racismo; si primaron intereses diferentes al interés público… Las respuestas a estas y otras interrogantes, tal vez, podrían explicar el porqué de la pérdida de credibilidad de algunos matutinos.

La lección, según lo visto en el siglo XX, es que la coherencia editorial, la independencia y la veracidad son valores periodísticos difíciles de mantener, pero viables e indispensables para vender periódicos, tener empresas periodísticas exitosas y alcanzar la confianza del lector, destinatario final del producto informativo y actor determinante en la vigencia o no de un medio de comunicación.

Capítulo 1
Antecedentes del periodismo de masas

A partir de 1870 —algunos precisan, desde 1880—, varios acontecimientos internacionales contribuyeron al desarrollo de la información periodística: la segunda industrialización aceleró la generación de nuevas tecnologías, se operaron cambios en la estructura del capitalismo y se hizo perceptible el fenómeno de masas, aunque en opinión de los historiadores sus efectos se evidenciarían en nuestro país con mayor énfasis después de la Primera Guerra Mundial (1914).

Ante tamañas transformaciones, los medios de comunicación no podían permanecer impasibles ni dejar de adaptarse a los cambios en un proceso que, en cada rincón del planeta, se vivió a un ritmo diferente, según la solidez de las democracias, el respeto a la libertad de expresión, el avance de cada país y del propio periodismo, en lo que respecta a su audiencia, tecnología y mercado publicitario. Como anotan Enric Bordería, Antonio Laguna y Francesc Martínez (1998) en su Historia de la comunicación social. Voces, registros y conciencias:

[…] no podemos esperar el surgimiento de la llamada prensa de masas o popular de forma simultánea en las diferentes ciudades, o de forma encadenada conforme iban conociéndose las nuevas fórmulas periodísticas. Aquellos países que dispongan una estructura económica, política y social acorde con las necesidades del nuevo producto serán en los que veamos triunfar a esas nuevas publicaciones.

En todo caso, se estima que estas modificaciones se produjeron entre 1870 y 1914, lapso denominado por los historiadores como la edad de oro de la prensa, la era de la prensa popular, de la prensa de tirada masiva, del periodismo sensacionalista y amarillista, de la prensa informativa, de la prensa de negocio o del new journalisme. En muchas naciones del mundo, esto significó que el periodismo, antes instrumento al servicio de un partido, pasó a convertirse en un agente influyente de las organizaciones que lo aplicaron en empresas y negocios productivos (Bordería, Laguna y Martínez 1998: 321).

En Lima, esta concepción fue adoptada progresivamente por los medios capitalinos, a medida que las empresas periodísticas locales se miraban en la experiencia de sus pares europeos o estadounidenses. Variables indispensables para comprender esa evolución en el país deben hallarse en la relación prensa-política, en el reconocimiento de la libertad de expresión, así como en el desarrollo de las comunicaciones, de las agencias de noticias y de la publicidad.

Como rememora Jorge Basadre, desde el inicio mismo de la República “[…] el periodismo fue en el Perú, como en toda América, el instrumento único de gran comunicación de masas, a las que informó, educó, orientó y, en sucesivas ocasiones, movilizó y puso, a su modo, nuevas relaciones entre los individuos y las clases” (Basadre III, 2005: 103).

Pocas fueron las publicaciones que sobrevivieron al cambio de siglo, pero hasta su desaparición contribuyeron al debate de los asuntos públicos con base en sus particulares líneas editoriales (políticas, clericales y sensacionalistas) y más allá de cualquier criterio de objetividad periodística. Entonces carecían de los grandes titulares y otras innovaciones gráficas que trajo la modernidad, pero a través de sus páginas —de puro texto—, reflejaron los vaivenes de una sociedad cambiante y convulsa en lo político; desigual en lo económico y lo social (recuadro 1).

Recuadro 1

Hacia la modernización

Una importante movilización social vivió el Perú entre 1885 y 1899 para levantarse y emprender la modernización que necesitaba tras la Guerra del Pacífico, en lo que los historiadores han llamado la “reconstrucción nacional”. ¿Qué significaron estos cambios para el país? Avance material, mejor calidad de vida e institucionalidad, reflejada en organizaciones que, en ciertos casos, aún subsisten.

En este período, los adelantos de la ciencia trajeron la luz eléctrica y el desarrollo industrial dio a luz las primeras fábricas montadas por inversionistas extranjeros.

La población de Lima aumentó y la ciudad extendió sus espacios urbanos más allá de las antiguas murallas. Una misión de Francia continúa… emprendió la profesionalización del Ejército Peruano, gracias al acuerdo que ambos países suscribieron el 16 de setiembre de 1896.

Sociedades científicas, talentosos matemáticos, geógrafos e historiadores surgieron de esta época en la que renació el teatro, se incrementó la producción literaria, musical y artística. También aparecieron los grandes colegios religiosos que, junto al restablecido “Nuestra Señora de Guadalupe”, asumieron la educación en la ciudad capital (Velásquez 2008: 31-35).

La prensa instauró una nueva forma de acceso a la información en localidades que hasta la Colonia conocían ‘las nuevas’ por el repique de las campanas (Porras 1970: 7). Contribuyó al debate de la opinión pública y se convirtió en el soporte más consultado, en un país centralista e incomunicado (Glave 2004: 55).

El siglo XIX fue un período de tránsito en el que los pobladores pasaron de súbditos a ciudadanos (Casalino 2008). En tal coyuntura, el periodismo debió jugar una función trascendental en la construcción del Estado-nación, la definición de las responsabilidades de los estamentos militares, de las relaciones Iglesia-poder y la integración social de actores (negros, indígenas y asiáticos) que marcaron la organización económica del Perú (Aguirre 2005: 15).

1. La variable política

Así como los medios de comunicación no permanecieron al margen de los cambios producidos en el siglo XIX, tampoco la política fue ajena a estas transformaciones.

Durante los últimos veinticinco años de esa centuria, el amplio corpus legislativo a favor de la libertad de expresión y el sufragio universal en Europa, incidieron poderosamente en el reconocimiento de derechos fundamentales. “La nueva situación política convertía el periódico en un objeto con mayores alicientes para sectores crecientes de la población. Individuos que eran susceptibles de ser movilizados por la acción política y que antes permanecían al margen del sistema, van a encontrar un nuevo interés por las cuestiones públicas” (Bordería, Laguna y Martínez 2008: 331).

El periodismo político nació en el Viejo Continente en los siglos XVII y XVIII, en Francia y en Inglaterra, respectivamente. En España surgió después, en el siglo XIX, con las Cortes de Cádiz. Cuando se proclama la libertad de imprenta, surge la prensa partidista y con ella la censura (Martínez de Souza 1992: 402). La influencia de la prensa se puso de manifiesto en la fijación de los “marcos ideológicos (integrismo/absolutismo, liberalismo, radicalismo/socialismo, etcétera)”, de las corrientes de opinión y la formación de las agrupaciones partidarizadas que, en muchos casos, nacieron después de que contaron con un medio de difusión.

En esa centuria, dice el académico español Jesús Timoteo Álvarez (1992) en Historia y modelos de la comunicación en el siglo XX, los medios impresos se convirtieron en vehículos para la “reculturización urbana” y en instrumentos decisivos en la expansión económica. Periódicos, diarios y publicaciones especializadas “inundaron con imaginación y fuerza los mercados, ofreciendo, provocando, creando imagen y buscando negocio”, para hacerse “responsables directos de organizaciones y movilizaciones de masas, de regímenes de masas y, en definitiva, de la sociedad de masas”. Y frente a los grandes marcos ideológicos, “los periódicos fijaban las corrientes y daban origen a los partidos” (Timoteo 1992: 21-22).

Pero a fines del siglo XIX, se reconoció el peso de la información como detonante y como poder, con los procesos de democratización y de toma de conciencia política, la industrialización y el crecimiento urbano, el intervencionismo y fortalecimiento de los estados, así como la adaptación psicológico-social de las masas a un nuevo contexto.

La militancia abierta hacia tal o cual partido se camufla y casi se diluye. “El viejo periodismo político liderado por las cabeceras que abiertamente proclamaban ser el órgano de expresión de una formación política va quedando relegado a favor de los medios que tratan de difuminar sus tendencias políticas bajo la etiqueta de independientes” (Bordería, Laguna y Martínez 1998: 321).

Lo mismo sucedió en Estados Unidos. Hasta 1860 existieron publicaciones liberales clásicas, que podían ser diarios de partido o de personaje público, de negocio o industrializados. Su temática era diferente de aquella de los periódicos dominicales con tiradas que siempre doblaban al resto, con un formato y contenidos preparados para lectores no especializados ni habituales, y de la llamada prensa de penique (penny press) o de saldos, cuyo precio estaba por debajo de los costos de producción, pero que tiraban miles de ejemplares, convirtiéndose en la primera generación de los medios populares.

Bill Kovach y Tom Rosenstiel (2004), presidente del Committee of Concerned Journalist de Estados Unidos y director del Project for Excellence in Journalism, respectivamente, sostienen que para finales del siglo XIX los periódicos estadounidenses comenzaron a sustituir ideología política y fidelidad partidaria por independencia editorial y fidelidad al interés cívico.

En el Perú, la variable política sobrevivió al cambio de siglo y definió de manera predominante la agenda informativa hasta 1915, aproximadamente, cuando desaparecieron grandes e históricas cabeceras políticas. Cabe preguntarse si este acendrado interés por el tema —y por lo que se ha llamado la personalización de la política— explica de alguna manera la preocupación que el periodismo contemporáneo limeño mantiene hasta nuestros días por las cuestiones de gobierno y sus principales actores.

Lo cierto es que a lo largo del siglo XIX —y sobre todo en sus últimos años— resulta indispensable reconocer los roles cumplidos por el conjunto de medios políticos, independientes, interesados en hacer una labor docente (Casalino 2008: 90) o comprometidos con una ideología que, probablemente de manera natural, no calcularon que estaban definiendo o diseñando la estructura del mercado de los periódicos para la siguiente centuria. Tampoco meditaron en que estaban estableciendo un precedente importante: que los periodistas y los políticos pueden ser “antagonistas complementarios” (Ortega 2011: 63).

1.1 El diseño de un modelo

En el Perú, la prensa política, doctrinal e independentista, simple y casi panfletaria del siglo XIX, gestó opinión pública antes de la Independencia, en una élite vocera de los sustentos ideológicos y jurídicos que habían permitido la ruptura con España. Las primeras manifestaciones se dieron entre 1811 y 1827, cuando los medios pusieron en tribuna a un grupo de actores que aportaron a la discusión sobre la llamada mentalidad peruana. Como sucedió en España, la prensa política o doctrinal propaló en estas tierras las primeras ideas del liberalismo.

En este período se distinguen hasta tres grupos de periódicos ideológicos: los que apoyaban el constitucionalismo español, porque no creían en la independencia del Perú pero tampoco en la monarquía española; los fidelistas, que defendían el mantenimiento de la monarquía; y el periodismo patriótico, que abogó por la independencia de América y del Perú, estudiados por la investigadora española Ascensión Martínez Riaza en La prensa doctrinal en la Independencia del Perú 1811-1824.

Después de la independencia, la coyuntura generó nuevas corrientes ideológicas y doctrinarias, que tuvieron por objeto argumentar las posiciones de los caudillos que aspiraban al poder. Se estima que entre 1821 y 1856 circularon en Lima entre 128 y 150 periódicos (Miró Quesada 1991: 62). Estos primeros años de la vida independiente fueron alborotados. Nació una prensa política circunstancial y personalista que Raúl Porras Barrenechea (1970) ubica en su libro El periodismo en el Perú, entre 1827 y 1839. Estos periódicos daban importancia al comentario y la diatriba, a través del intercambio de editoriales y comunicados (cartas firmadas en su mayoría con seudónimos), que originaron una polémica “batalla de papeles”.

Los llamados ‘comunicados’ o ‘remitidos’, avisos cortos contratados por terceros a precios módicos, se convirtieron en un problema. Podrían ser la raíz de lo que hoy denominamos ‘avisos económicos’, pero sobre todo de los ‘trascendidos’, rumores o noticias no confirmadas. En sus orígenes, representaron secciones consagradas al público, que permitieron la difusión de asuntos doctrinarios o de documentos que convirtieron “esas páginas en tribuna ilustre” (Basadre III, 2005: 102). Lamentablemente, la difusión de contenidos de tipo personal, chismes, injurias y ácidas polémicas generaron serios dilemas éticos para los periódicos, como revela esta nota publicada tempranamente en El Comercio el 4 de julio de 1839, entonces bajo la dirección del chileno Manuel Amunátegui y el argentino Alejandro Villota:

A nuestros corresponsales. Hemos recibido en el mes que acaba de terminar varios comunicados y que no habiendo querido darles lugar en nuestras columnas nos han traído amargas quejas. Confesamos que no somos afectos a este género de publicaciones sino cuando tienen por objeto alguna cosa de interés público; en lo general incurren en revelaciones de la vida privada y manifestaciones mutuas de más o menos defectos personales, extraños al objeto de las publicaciones periódicas.

Consideramos exclusivamente nuestra propiedad este periódico, y por esto establecemos como principio, del que nunca nos desviaremos, que jamás se insertará en el Diario del Comercio [sic] ningún comunicado que directa o indirectamente se dirija contra alguna de las personas de nuestros suscriptores, y para que se excuse el remitírnoslos en lo sucesivo, a continuación insertamos la lista que contiene sus nombres (sigue lista). Con el gobierno no nos une más relación que la de respeto y consideración que en todas partes se merece la primera autoridad de la Nación.

Los comunicados se convirtieron en una sección característica en el decano, por lo menos en los primeros años (Basadre III, 2005: 101), y en otros diarios de la época, pese a los excesos que allí se perpetraban.

Porras critica que un medio como El Comercio, que nació como un diario de avisos, incluyera en su primer año esta “[…] sección repulsiva y amenazante, palestra del insulto y del anónimo, liza a veces de agudos contrincantes, los comunicados fueron la crónica escandalosa y desvergonzada que exhibía, como en un kaleidoscopio inmoral, impudores y bajezas que debieron quedar ocultos” (Porras 1970: 27-28). Luego, añade el historiador, El Comercio optó hacia 1840 por mantenerse al margen de la vida política, “sus editoriales rara vez rozaban la candente actualidad, que desmenuzaban los comunicados”. Adoptó imparcialidad y preocupación por “asuntos de más efectivo provecho que la política de partido para el país”, claves para su éxito y para la desaparición de varias hojas competidoras, “bien redactadas, pero obsesionadas por el interés político” (recuadro 2).

Recuadro 2

El debate sobre la esclavitud

La esclavitud estuvo en vigencia por más de trescientos años en el Perú. Cuando Ramón Castilla restituyó “sin condición alguna, la libertad a los esclavos y siervos libertos, cumpliendo solemnemente un deber de justicia social”, se atendió el reclamo de sectores intelectuales liberales y de segmentos de la opinión pública local e internacional que exigían terminar con esta forma de explotación humana sobre la cual se organizó la economía de la Colonia y parte de la República (Aguirre 2005: 180).

La venta de esclavos y la comercialización de sus servicios han quedado perennizadas en los avisos que publicaron los periódicos de la época, donde también se pueden hallar las propuestas a favor y en contra de una política de manumisión. El Estado pagó indemnizaciones a quienes fungían de ‘propietarios’, aunque la libertad no resolvió todos los problemas, señala Carlos Aguirre en su Breve historia de la esclavitud en el Perú. Una herida que no deja de sangrar (2005).

Diarios como El Peruano y El Comercio rechazaron “esta vergüenza”. El decano difundió en 1853, de manera seriada, La Choza del Tío Tom, novela abolicionista de Harriet Elisabeth Beecher Stowe, que se había publicado un año antes en Estados Unidos y Europa con notable éxito. La primera entrega se la dedicó a Alfonso González Pinillos, hacendado trujillano que el 23 de enero de 1852 otorgó la libertad a todos sus esclavos:

La choza del Tío Tom

Señor D.D. Alfonso Gonzalez Pinillos.

A vos señor, que libertando a 131 esclavos, vuestra propiedad por las leyes, escribisteis uno de los renglones elocuentes que tiene la historia de la abolición de la esclavatura, os dedican la traducción del libro de Mrs. Showe

Vuestros atentos y humildes servidores

Los editores del “Comercio” [sic]

(El Comercio, 21 de febrero de 1853)

Según César Lévano, hay que contemplar que:

El Comercio surgió en una época de caos y contiendas civiles, cuando el Perú republicano apenas afirmaba su personalidad histórica. Como The Times de Londres, fue un periódico independiente en el sentido de que no se banderizaba con ningún caudillo. Los partidos políticos no existían acá. Si se mantuvo y afirmó fue, sin duda, porque un sector ilustrado del país estaba harto de las hojas vociferantes que defendían a uno u otro aspirante al poder. Entre el rumor menudo y la diatriba de alcance palaciego, prefirió el primero. Pero El Comercio no se reducía a los comunicados o remitidos. Tomó posición por causas justas como la libertad de los negros o la servidumbre de los indígenas y asiáticos […] [sic] (Lévano 2011: 99).

Otro importante diario político en esta época fue El Heraldo de Lima (1854), de Toribio Pacheco, Juan Vicente Camacho y el destacado abogado y escritor Luciano Benjamín Cisneros; opositor a Ramón Castilla, llegó al extremo de publicar columnas en blanco en señal de protesta (Basadre IV, 2005: 245). Fue el primero en crear una sección informativa, que incluía noticias económicas, políticas y sus crónicas de la capital que se difundían todos los días, excepto feriados. Terminó clausurado por el régimen, lo cual fue un tácito e intimidatorio mensaje para toda la prensa. Con el mismo objetivo opositor e incisivo, circulaba el satírico El Murciélago (1855, 1867-1868 y 1879), fundado por Manuel Atanasio Fuentes, prolífico escritor y uno de los retratistas más ilustres de la capital (Herrera 2006).

En la segunda mitad del siglo XIX, la agenda política fue mucho más intensa y sobrecogedora, como la realidad misma en el Perú de aquellos años, lo que podría explicar la proliferación de nuevas publicaciones marcadamente preocupadas —y comprometidas— con la política y sus actores.

Fue un período de golpes de Estado sucesivos y de instalación de gobiernos militares presididos por los llamados ‘señores de la guerra’, que culminaron en cruentos conflictos internos, denuncias de corrupción diversas (tras la explotación del guano, los empréstitos que suscribió el Estado en su nombre o la construcción de los ferrocarriles) y una ola represiva gubernamental que cerró los diarios que pensaban diferente, hechos que convirtieron al más independiente de los periódicos en el más empeñoso activista político (Mc Evoy 2007: 51).

Diez administraciones, incluyendo las transitorias, se turnaron en el poder entre 1845 y 1872: Ramón Castilla (1845-1851), José Rufino Echenique (1851-1854), Ramón Castilla (1856-1862), Miguel San Román (1862-1863), Pedro Diez Canseco (1863), José Antonio Pezet (1864-1865), Pedro Diez Canseco (1865), Mariano Ignacio Prado (1866-1868), Pedro Diez Canseco (1868) y José Balta (1868-1871). El acceso al poder de Manuel Pardo y Lavalle (1872-1876) —uno de los pocos empresarios políticos de nuestra historia republicana, ideólogo, vocero de la intelectualidad y fundador del Partido Civil— abrió una esperanza frente al yugo militar, la crisis económica y la ilegitimidad institucional del Perú, para implantar un nuevo proceso de gobierno que, finalmente, fracasó.

Que Manuel Pardo muriera asesinado de un tiro en la espalda a la entrada del Congreso, el espacio de diálogo por excelencia, luego de corregir en El Comercio las pruebas de imprenta de un discurso en el que defendía la idea del consenso político, es un símbolo de lo difícil de su tarea y del grado de violencia que exhibieron las fuerzas contra las que se enfrentó (Mc Evoy 2004: 67).

Carmen Mc Evoy, historiadora especializada en el primer civilismo, destaca la repercusión que tuvieron los asesinatos de los presidentes José Balta (1872) y Manuel Pardo (1878), reconocidos como los magnicidios más violentos del siglo XIX y producto de conspiraciones militares fallidas, como la encabezada por los hermanos Gutiérrez (1872), o de graves tensiones políticas, como las del período 1872-1876, cuando se perpetraron “[…] 16 movimientos subversivos y motines, diez montoneras, siete conspiraciones, tres asonadas y un par de intentos de asesinato del presidente de la República” (Mc Evoy 2007: 257).

En estos años, Basadre señala la labor de la Revista de Lima (1859-1863), fundada por un grupo de notables, entre ellos Manuel Pardo. En 1860 aparecieron los periódicos La Independencia y El Progreso Católico.1 Porras Barrenechea resalta La América (1862-1865), La Época (1862), El Mercurio (1862-1865), El Perú (1864), El Bien Público (1865) y El Tiempo (1864), que era redactado por Nicolás de Piérola, entonces un joven seminarista arequipeño convertido en comerciante, luego periodista y cuya primera incursión en la política, como ministro de Hacienda de Balta, no presagió el protagónico futuro que tendría en la historia del Perú.

AparecióEl Nacional (1865-1903), un gran diario no solo por su formato (59 por 40 centímetros), sino por su influencia política. De tendencia inicialmente liberal, defendió al Partido Civil; fue fundado por Juan Francisco Pazos, Rafael Vial y José Francisco Canevaro. Entre sus firmas más destacadas aparecen Agustín Reynaldo y Cesáreo Chacaltana, Francisco Flores Chinarro, Manuel María del Valle y el escritor Andrés Avelino Aramburú.

Junto a ellos estaban el semanario humorístico La Sabatina (1871-1873) de Luis E. Márquez, y La República (1871-1872), de Eugenio Larrabure y Unanue. La Patria (1871-1882), uno de los pocos en cubrir los últimos días de Balta y defensor de la Casa Dreyfus en los empréstitos sobre el guano, fue fundado por Federico Torrico y Tomás Caivano, después pasó a ser conducido por Pedro Alejandrino del Solar y José Casimiro Ulloa.

Otro medio influyente de larga data fue La Opinión Nacional (1873-1913), fundado por Andrés Avelino Aramburú, su único director y propietario. Diario político y civilista, en él destacaron las plumas de Manuel María Rivas, Ricardo Dávalos y Lissón y Agustín Reynaldo Chacaltana. Salió el 1 de diciembre de 1873 como un diario de la tarde, “bajo los auspicios del primer gobierno civil, presidido por don Manuel Pardo”, como rememoró la revista Prisma (16 de octubre de 1905). Se publicaba todas las noches, con excepción de los feriados. Fue uno de los estándar de mayor tamaño que haya circulado en Lima y en el país (69 por 42 centímetros), más grande que El Nacional y El Comercio en ese momento. Solo tenía cuatro páginas y se vendía, como otros diarios de la época, por suscripción y por números sueltos, que costaban entre 3 y 5 centavos.

A la lista se sumaba un grupo de medios religiosos encabezados por el clerical La Sociedad (1870-1907), diario pierolista, dirigido primero por un grupo de intelectuales y luego, en 1871, por el presbítero Manuel Tovar. Y, finalmente, “el periodismo chico”, que bajo títulos sugerentes y satíricos pusieron de moda, con ingrata recordación, el sensacionalismo y amarillismo al servicio de la política (La Serpiente, La Linterna del Diablo, El Cascabel, La Broma, La Bala Roja, La Banderilla, La Mascarada, La Caricatura, La Butifarra, La Campana, El Brujo, El Liso, La Zamacueca, El Cencerro, Don Quijote, El Gallinazo, entre otras) (recuadro 3).

Recuadro 3

Amarillismo del siglo XIX

Aún no había estallado el fenómeno sensacionalista de Pulitzer y el amarillismo de Hearst en Estados Unidos cuando aquí el diario La Mascarada publicó, el 15 de agosto de 1874, una macabra caricatura que, cual nefasto vaticinio, pronosticó el asesinato de Manuel Pardo. Una semana después, el presidente sufrió un atentado, del cual salió ileso. Los que no salieron bien parados fueron el editor de la publicación, Augusto Mila de la Roca, y el caricaturista, Joaquín Rigal, quienes fueron acusados de excitar a la rebelión y al homicidio.

Este incidente ha quedado perennizado como uno de los excesos cometidos por la prensa en esa época, aunque no fue el único.

El Cencerro, otro diario chico, se caracterizó por los dardos que lanzó contra el Ejecutivo y el Legislativo pardistas en su sección “Politicomanía”; mientras que La Campana, cuyo nombre evocaba a los campanarios de las iglesias y cómo estos daban cuenta de los principales sucesos de la ciudad durante la Colonia, hizo amarillismo puro cuando ‘inventó’ la noticia de un levantamiento en el Cusco en contra de ese régimen. Su eslogan era: “Periódico caliente que ni verdades calla ni mentiras consiente”.

Opositores al régimen de Balta fueron El Nacional y El Comercio, entonces los dos diarios más importantes de Lima y ambos clausurados en 1871 y 1872, respectivamente, por defender la causa civilista. Una posición editorial similar asumiría después La Opinión Nacional. En cambio, La Patria, La Sabatina y La República se colocaron en la oposición al gobierno de Manuel Pardo, junto a La Sociedad y la prensa sensacionalista de la época.

La lista de 114 firmas que suscribieron el acta fundacional de la Sociedad Independencia Electoral —asociación política fundada el 24 de abril de 1871 y germen del Partido Civil— no solo muestra el perfil social de las fuerzas que representó Manuel Pardo y Lavalle, sino a los personajes del mundo de la prensa que lo apoyaron: el director de El Comercio, Manuel Amunátegui, el redactor, periodista y administrador de la Sociedad Tipográfica, José Ayarza, y los periodistas Agustín Reynaldo Chacaltana y Paulino Fuentes Castro. Además, en los medios civilistas escribían intelectuales con presencia en las aulas del Colegio Guadalupe y la Universidad de San Marcos, que apoyaron la candidatura civil (Mc Evoy 2004: 45, 49) (recuadro 4).

La campaña electoral de 1871 es particularmente interesante para evaluar las relaciones prensa-poder en el siglo XIX, en la coyuntura del ascenso a la presidencia de Manuel Pardo y la estrategia que siguió el entonces candidato para movilizar a la opinión pública y “obtener el poder político que permitiera llevar a cabo las transformaciones estructurales requeridas por el país” (Mc Evoy 1994: 303).

La Sociedad Independencia Electoral debió interactuar e integrarse políticamente con las más importantes provincias y departamentos, así como controlar y manipular la información periodística que viajaba de Lima a los departamentos —y viceversa— para que la capital fuera caja de resonancia de los problemas del país, “y que la opinión pública limeña y provinciana estuviera informada de lo que sucedía a nivel nacional” (Mc Evoy 1999: 135).

Además de contar con el apoyo de un grupo de medios influyentes, la estrategia implicó dos actividades muy importantes: de un lado, el envío postal de cartas, retratos y periódicos que, como un ritual político, se leían en voz alta en lugares públicos e incluso al aire libre.

En segundo lugar, Pardo contó con un equipo de corresponsales o informantes que le remitían abundante información sobre lo que sucedía en sus jurisdicciones. Bajo una red bien organizada, podían cumplir varias funciones proselitistas en sus lugares de origen, como coordinadores de la política departamental, agentes electorales, organizadores de mesas o ‘cabecillas del pueblo’, y activistas.

Los corresponsales eran de origen diverso. Los había periodistas que, entre otras tareas, filtraban información conveniente a favor del candidato civilista en los medios donde trabajaban, confrontaban al régimen de Balta o generaban efectivas corrientes de opinión:

La revolución de los [hermanos] Gutiérrez, momento culminante de la febril actividad política desplegada a lo largo de catorce meses, fue neutralizada en parte porque muchos informantes en Lima y provincias colaboraron en la reacción. En aquel momento decisivo las redes tejidas a lo largo de los años probaron ser resistentes (Mc Evoy 1999: 136).

Recuadro 4

El Partido Civil

“De la Sociedad Independencia Electoral nació el Partido Civil. Para su advenimiento coincidieron tres cosas: la presencia de un leader excepcional con las características positivas de un caudillo, la formulación de un programa (cuyas notas más sencillas ante las masas fueron la reacción contra el militarismo y el anuncio de una ‘República práctica’) y la enérgica e inmediata aptitud para ir a los hechos dentro de los cauces de un intenso y combativo proceso electoral. Se juntaron para dar vida a la nueva agrupación diversos elementos. Hubo en ella un sector profesional e intelectual que tuvo uno de sus más importantes reductos en la Universidad de San Marcos, coincidentes, esta vez, catedráticos y alumnos; otro en la Beneficencia de Lima. La juventud ilustrada de la época fue, en su mayoría, civilista. Dentro del periodismo capitalino el nuevo movimiento contó entre sus voceros a periódicos tan prestigiosos como El Comercio y El Nacional. Cabe clasificar, por tanto, al primer civilismo como una expresión de élite. Pero se agruparon en él, además, otros factores. Los antiguos consignatarios desplazados por Dreyfus, la mayor parte de los bancos y el alto comercio lo respaldaron y le permitieron contar con abundantes fondos para la campaña. Y estuvo, además, ungido por el apoyo popular como reacción contra el Gobierno, contra los militares y también contra los conservadores. Y así coincidieron en ese momento, fenómeno raro en cualquier país y, sobre todo, en el Perú, gran parte de la élite intelectual y profesional, el poder económico y una porción importante, acaso mayoritaria, de la opinión pública” (Basadre X, 2005: 101).

Entre los corresponsales periodistas figuraban Juan Manuel Aguirre (Ica), José Amat (Arequipa), Manuel Arias (Cusco), Simón Barrionuevo (Cusco), Manuel Corrales (Arequipa), Agustín Reynaldo Chacaltana (Lima), Andrés Izquierdo (Cusco), Fabián Osorio (Yungay) y José Toribio Polo (Huaraz).

Con base en parámetros modernos de la comunicación política, habría que reconocer que ya entonces la prensa fue cooptada con fines propagandísticos, como señala Carmen Mc Evoy. Fue escenario para la organización y discusión política propiciadas por el pardismo para disputar la legitimidad del gobierno de Balta, que no dudó en perseguir a las imprentas, los periódicos y los periodistas afiliados a la Sociedad Independencia Electoral (Mc Evoy 1997: 77).

Como anota la historiadora, esta forma de persuasión y convencimiento tenía por meta construir y cimentar alianzas sólidas con miras a la consolidación de un proyecto nacional más permanente, aunque “[…] no se debe pasar por alto la forma clientelística y paternalista que muchas de estas nuevas alianzas exhibieron”, a través de las cuales se podría “empezar a rastrear un modelo político que ha pervivido en el país a lo largo de muchos años” (Mc Evoy 1999: 155).

1.2 Cuando la seguridad nacional está en riesgo

La invasión chilena marcó un antes y un después en el diarismo local. Los grandes periódicos políticos se unieron para hacer frente al enemigo. Es probable que las tiradas se incrementaran, por la necesidad de los lectores de conocer lo que sucedía en el campo de batalla. Pero el fatídico año de 1879 todos difundieron los telegramas oficiales y no oficiales que, cual partes de guerra, dieron cuenta del avance del enemigo.

En los preludios angustiosos de la guerra, los diarios traducen la enorme palpitación colectiva. Los editoriales de Aramburú […] condensan la álgida emoción de la muchedumbre patriótica, denuncian la alevosa preparación del agresor rapaz y sueñan inútil y generosamente en convertir su odio en proyectiles (Porras 1970: 36).

En agosto de 1879, estos medios publicaron los enjundiosos editoriales de su competencia, como una gaceta de prensa, en una práctica que se mantuvo durante los primeros años del siglo XX.

Redactores de experiencia marcharon desde Lima hacia el sur como corresponsales de sus periódicos. Por El Comercio, Guillermo Carrillo partió el 13 de setiembre con el encargo de hacer una mejor cobertura, luego de detectarse “algunas fallas en nuestro servicio noticioso”, para lo cual contaba con la autorización de “hacer los arreglos y tomar las determinaciones que juzgue más provechosas a los intereses del diario” (El Comercio, 13 de setiembre de 1879). Su director, José Antonio Miró Quesada, ya había sido comisionado a mediados de ese año por el presidente del Consejo de Ministros, general Manuel de Mendiburu, para embarcar desde Panamá un cargamento de armas para la guerra. El tema de los armamentos fue un asunto neurálgico.

Otros corresponsales participaron en la cobertura de la contienda del Pacífico desde abril de 1879. Por El Comercio se embarcó José Rodolfo del Campo, en la corbeta Unión; el portugués Manuel Horta cubrió para El Nacional, el uruguayo Benito Neto envió despachos para La Patria, y Julio Octavio Reyes, a bordo del Huáscar, reportó para La Opinión Nacional (López Martínez 2009: 253).

Una de las páginas más trágicas fue sin duda la confirmación de la muerte de Miguel Grau a bordo del monitor Huáscar. El combate duró desde las nueve de la mañana hasta las tres y treinta de la tarde, según los telegramas enviados por los corresponsales y, luego, confirmados por los del Gobierno: “En el Huáscar pereció la mayor parte de la oficialidad y tripulación. Grau muerto y su refuerzo gravemente herido. El corresponsal”, “Telegrama oficial. Falleció Grau. Murió mucha gente” (El Comercio, 12 de octubre de 1879). Otra noticia impresionante fue la invasión chilena en Pisagua: “Ha llegado el momento supremo. ¡Todos los peruanos en pie! Apoyemos con patriótico empeño al gobierno. En la unión está la fuerza, y la República necesita de toda su fuerza, de todo su poder para salvarse” (El Comercio, 29 de octubre de 1879).

Tal vez por eso los periodistas fueron enérgicos cuando el presidente Mariano Ignacio Prado viajó a Europa y a Estados Unidos en diciembre de 1879. Autorizado por resolución legislativa, el viaje fue calificado como “la fuga”, a pesar de que el mandatario argumentó en carta pública que asuntos muy importantes y urgentes demandaban su presencia en el extranjero (El Comercio, 19 de diciembre de 1879). En realidad, sostienen Carlos Contreras y Marcos Cueto, en su Historia del Perú contemporáneo (2004: 165), “no halló mejor forma de encarar las primeras derrotas que marchándose a comprar armamento”.

Como ha sucedido cada vez que la seguridad nacional del Perú ha estado en riesgo, la prensa se involucró en la contienda. Algunos se abstuvieron de circular y cerraron voluntariamente por razones patrióticas hasta octubre de 1883, cuando los soldados chilenos abandonaron el país. El Comercio, que había sido clausurado por Piérola en 1880, decidió dejar de salir mientras las tropas chilenas estuvieran en Lima (Miró Quesada 1991: 64); tampoco lo hizo el diario oficial El Peruano ni El Nacional.2 Otros, como La Patria, fueron suplantados por el ejército invasor. Andrés Avelino Aramburú, director de La Opinión Nacional, fue deportado a Chile. La Guerra del Pacífico significó un retroceso en el desarrollo del periodismo local.

Durante la ocupación, luego de consumada la toma de la capital, apareció el 20 de enero de 1881 La Actualidad, diario pro chileno que se editaba en la imprenta clausurada del diario El Peruano. Fue dirigido por Luis Castro y “significó el traslado de la maquinaria ideológica chilena a la capital peruana. El objetivo principal del periódico fue hacer propaganda a favor de la firma de paz con cesión territorial” (Mc Evoy 2011: 145-146) (recuadro 5).

Recuadro 5

El Peruano

El diario oficial El Peruano apareció formalmente el 13 de mayo de 1826, pero se atribuye su fundación a Simón Bolívar el día 22 de octubre de 1825, fecha de la carta que remitió el general Tomás de Heres al libertador, dando cuenta de la creación de un periódico con ese nombre: El Peruano (Gargurevich: 1991: 57).

Nació antes que El Comercio, pero existe discusión en torno a si el diario oficial es el decano de la prensa nacional. El hecho de que haya cambiado su periodicidad —fue semanario hasta junio de 1826, bisemanario en 1839 y también en períodos posteriores se publicó de manera interdiaria y diaria— no es el mayor reparo de quienes sostienen que El Peruano “quebró su línea de vida” (Guevara y Gechelin 2001: 73). Tampoco el cambio de su formato o que haya dejado de publicarse por largos períodos (algunos justificados, como los años de la ocupación chilena en Lima o durante los serios conflictos que vivió el país después de la independencia).

La principal objeción radica en que este antiguo diario cambió su nombre en diferentes momentos de su historia: El Conciliador (1830-1834), El Redactor Peruano (1835), La Gaceta de Gobierno (1836), El Eco del Protectorado (1836-1839) y nuevamente El Peruano en abril de 1839. Entre 1851 y 1853 salió con otro postón —Registro Oficial— y al año siguiente recuperó su nombre original: El Peruano (Gargurevich 1991: 58).

Estas consideraciones llevan a atribuir a El Comercio el título de decano de la prensa nacional, como lo describió la revista Prisma, el 16 de octubre de 1905 en su edición número 3:

El Comercio ha introducido al Perú la primera prensa de reacción, en 1855, y la primera prensa rotativa, en 1902; los primeros linotipos, en 1904, y el servicio noticioso del extranjero, por cable, en 1884. Es el decano de la prensa nacional y solo son más antiguos que él en Sudamérica el Jornal do Comercio, de Río de Janeiro, y El Mercurio de Valparaíso.

Lo que no está en discusión es el peso documental de El Peruano, como lo reconoció La Crónica (24 de febrero de 1923), cuando la edición del 8 de febrero se repitió el 24 de febrero:

Se está publicando [El Peruano] con una quincena de retraso, lo que a las claras representa un perjuicio para todos aquellos que necesitan dicha publicación como documento que haga fe […]. La publicación oficial, necesaria para dar valor a casi la mayoría de los actos del Parlamento y del Gobierno, se está publicando con marcado retraso.

Fueron directores de El Peruano personajes ilustres en la historia del periodismo, entre otros, Hipólito Unanue, Manuel Lorenzo de Vidaurre, Felipe Pardo y Aliaga, Bartolomé Herrera, Benito Laso, Manuel Atanasio Fuentes, José Santos Chocano, Abraham Valdelomar, Juan Pedro Paz Soldán, Enrique Castro Oyanguren y Abelardo Gamarra.

Numerosas investigaciones abordan el protagonismo de los periódicos a fines del siglo XIX, cuando se extiende en la sociedad el deseo de recuperar el país moral y materialmente después de la Guerra del Pacífico (Velásquez 2008: 31). Carlota Casalino Sen ha estudiado cómo la prensa canalizó la tradición de honrar la memoria de los héroes a través de las necrologías, de las cuales hoy solo quedan los avisos de defunciones:

En Lima, diversos personajes referían que se había extendido tanto dicha costumbre que prácticamente era una característica de la ciudad […]. Esta exaltación pública de las virtudes del difunto cobraba mayor importancia si se trataba de un personaje que había tenido actuación en los acontecimientos políticos más importantes del país. Un asunto que debemos considerar, es que a diferencia de la prensa actual, que entre sus objetivos principales está “brindar información objetiva y veraz”, la prensa del siglo XIX también fue un instrumento de debate, donde se exponían los proyectos e ideas de determinados sectores de la sociedad […]. En ese sentido, las necrologías de personajes públicos pudieron ser una herramienta perfectamente válida para la construcción del “hombre nuevo”, del nuevo ciudadano, ya que en ellas se hacían explícitas aquellas virtudes y cualidades que los ciudadanos debían no solo conocer y tener en mente, sino que debían incorporar como valores, principios y virtudes para realizar sus actividades cotidianas, tanto las de carácter público como las privadas (Casalino 2008: 135).

1.3 La lucha por la libertad de prensa

Un capítulo interesante en este breve recorrido por el periodismo político del siglo XIX se refiere a la libertad de prensa, piedra angular del resto de libertades ciudadanas y garantía de la democracia en el Perú, pero que en aquellos años no era irrestricta. Como anota Pedro Planas en su libro La república autocrática:

Podían los parlamentos deliberar con gran autonomía y hasta interpelar ministros y censurarlos. Mas con la prensa, los gobiernos del siglo XIX, en particular los numerosos caudillos militares, fueron muy intolerantes. Es probable que esta secuela de intervenciones y de clausuras a los periódicos pueda explicar —en parte— la ausencia de una vigorosa opinión ciudadana en nuestro primer medio siglo de vida republicana. Y aún después. Tras la guerra con Chile, con un Parlamento muy díscolo, revistas y periódicos sufrieron intempestivas clausuras (Planas 1994: 133).

Un hito importante fue el Estatuto Provisorio del 27 de diciembre de 1879, dado en el contexto de la Guerra con Chile, después de que Nicolás de Piérola, el Califa, asumiera el gobierno como Jefe Supremo de la República y tras el golpe de Estado contra el vicepresidente Luis La Puerta.

En su artículo 7, la norma garantizaba la seguridad personal, la libertad y la propiedad, el derecho al honor, la igualdad ante la ley, pero en el caso de la libertad de imprenta, añadía: “[…] quedando proscrito el anónimo, que se perseguirá y se castigará como pasquín. Los delitos cometidos por medio de la imprenta no cambian su naturaleza. En su consecuencia, se juzgarán por los tribunales respectivos” (El Comercio, 29 de diciembre de 1879).

José Perla sostiene en La prensa, la gente y los gobiernos (1997) que el estatuto, que fungió de Constitución, no colocaba bajo el manto de la libertad de prensa los escritos anónimos (como las informaciones sin firma y los editoriales), y más bien aseguraba una sanción ejemplar para las críticas sin firma contra las autoridades, sobre todo si provenían de la oposición. Los medios de la época no lo entendieron así, lo cual agravó la deteriorada relación que en ese entonces mantenían con Nicolás de Piérola, esta vez convertido en presidente de facto.

El historiador de El Comercio Héctor López Martínez sostiene que las “secciones que nunca se habían firmado, como el editorial, fueron penadas como anónimas” (López Martínez XIII, 2004: 75). Refiere también que al poco tiempo fueron detenidos por presunto desacato al estatuto los directores de los principales diarios de Lima: José Antonio Miró Quesada y Luis Carranza, de El Comercio; Cesáreo Chacaltana, de El Nacional; Andrés Avelino Aramburú, de La Opinión Nacional; Pedro Alejandrino del Solar, de La Patria; monseñor Manuel Tovar, de La Sociedad; Luis Faustino Zegers, de La Tribuna, y Eduardo Villena, de El Independiente.

El descontento de los periódicos en aquellos días se refleja en este editorial del decano, donde se defiende un principio hoy generalizado en las empresas periodísticas: la libertad de prensa debe ser irrestricta, incluso para aquellos que quieren expresarse anónimamente:

La libertad de prensa ha sido suspendida […]. El anónimo queda proscrito y el que desea [someter] a juicio público sus ideas, por medio de la prensa, está de hoy en adelante obligado a firmar sus escritos […]. Si bien es cierto que se ha abusado del anónimo, para deprimir reputaciones legítimas y dañar los más altos intereses […] pero del abuso no se deriva precisamente la conveniencia de suprimir una libertad (El Comercio, 29 de diciembre de 1879).

La crítica no fue admitida por Piérola, lo cual explica la serie de incidentes que se produjeron en los años sucesivos. Uno de ellos se dio cuando El Comercio cuestionó el contrato Dreyfus sobre la explotación del guano suscrito para solventar los gastos de la guerra. Además de editoriales, publicó dos cartas procedentes de París remitidas por Francisco Rosas, agente financiero del depuesto régimen de Prado, que daba cuenta de unas negociaciones más beneficiosas ante el Crédit Industriel.

Piérola, que no era todavía el gobernante maduro que fue en 1895 —escribió Aurelio Miró Quesada Sosa—, sino el caudillo vehemente y arbitrario, insistió en que el extracto de las cartas publicadas en El Comercio era falso. En vano el jefe de redacción, Guillermo Carrillo, llevó a Palacio las dos cartas para que las leyera el propio Piérola […]. Por razones políticas, insistió en su rechazo, prefirió librarse de un posible censor y resolvió clausurar El Comercio, para lo que expidió un decreto y envió guardias a la imprenta el 16 de enero de 1880 (López Martínez XIII, 2004: 76).

Estos acontecimientos salieron a la luz cuando el Califa volvió a la Presidencia de la República a fines del siglo XIX, en otro contexto y con otros aliados: sus antiguos enemigos, entre los que se encontraban varios medios de prensa.

2. Nuevas y viejas adhesiones partidarias

Después de la Guerra del Pacífico, periódicos como El Comercio, El Nacional y La Opinión Nacional —que competían entre sí— debieron emprender su propia reconstrucción, aunque no abandonaron totalmente sus compromisos partidarios. De esta época data el gacetillero, redactor de pelea o el fighting editor.

Encargado de la crónica local, en la que entonces se involucraban todos los aspectos de la vida diaria, debía ser al mismo tiempo reportero policial, crítico teatral, literario y taurino, cronista social y comentarista político; y cargar, encima de todo esto, una competente dosis de buen humor para hacer reír a los lectores a base de cualquier suceso inexplotable (Porras 1970: 39).

En una sociedad en la que, como diría Raúl Porras Barrenechea, “la abstinencia política nunca fue fácil”, el periodismo político dependió de los vaivenes de la endeble democracia: un sistema de partidos insolvente, una limitada participación ciudadana en las urnas (no era masiva, pues los analfabetos no votaban), una educación básica no generalizada y escasos sentimientos de pertenencia como colectividad.

Con una democracia debilitada por las rebeliones, las guerras civiles y las revoluciones, a través de las cuales civiles y militares se disputaron la conducción del país, la política se convirtió en factor preponderante que repercutió en el progreso que otros países disfrutaron antes que el Perú.

En lo económico, la crispación social en los años de la posguerra fue álgida: el país había perdido el guano y el salitre y, como señalan Contreras y Cueto, “ya no había plata por la cual pelear”. Los ciudadanos, los grupos y las instituciones civiles pasaron a convertirse en factores determinantes en las cuestiones del Estado.

Con la desaparición del guano y el salitre se esfumaron —probablemente para bien— los sueños de levantar un Estado fiscalmente autónomo, al margen de la sociedad civil. El ánimo patrimonialista, que había arrasado incluso a antiguos liberales como los fundadores del Partido Civil, perdió todo asidero real. El Estado peruano debió aprender a vivir de los impuestos que pagaban sus ciudadanos, como en cualquier país normal (Contreras y Cueto 2004: 161).

En esta etapa, la política prosiguió su quehacer: determinó la creación de periódicos que nuevamente, de manera abierta o tácita, hicieron suya la agenda del candidato o del líder del momento, o se convirtieron en órganos de difusión de agrupaciones, movimientos y partidos políticos que los utilizaron como voceros oficiales de sus particulares aspiraciones.

Aunque la economía estaba en jaque hubo fondos para financiar nuevas publicaciones que tomaron partido en la guerra civil en la que se enfrascaron, seis años después del conflicto internacional, los generales Miguel Iglesias, el presidente del Perú, y Andrés Avelino Cáceres, héroe de La Breña, cuando este acusó al mencionado gobernante de haber apoyado al ejército invasor. Además de La Tribuna (1878-1885) de Casimiro Ulloa, circulaban El País (1884-1902) de Julio S. Hernández, órgano del Partido Demócrata, y los caceristas El Bien Público (1883-1891) y El Diario (1883-1893). También La Nación (1887-1892), El Perú (1886), La Época (1887-1888), Integridad (1889-1919) de Abelardo Gamarra, El Sol de Carlos Paz Soldán y El Constitucional, donde escribía Alejandro O. Deustua.

Después de que Cáceres ganó aquella guerra interna, las elecciones presidenciales convocadas por una junta provisional lo colocaron en el gobierno para el período 1886-1889. Lo sucedió el coronel Remigio Morales Bermúdez, quien murió sorpresivamente en 1894, poco antes de culminar su mandato. Lo reemplazó Cáceres, presidente por segunda vez, en elecciones que Piérola, jefe del Partido Demócrata, objetó.

Julio Cotler, en Clases, Estado y nación en el Perú, analiza así esa época:

[…] el país vio surgir por todas partes montoneras, que a partir de 1893 fueron articuladas por [Nicolás de] Piérola, hasta que dos años más tarde logró derrotar al ejército y a los gobiernos militaristas que bajo la conducción de Cáceres se sucedían desde 1886. Así, en un lapso de tres décadas, el ejército sufrió tres derrotas, saliendo de ellas profundamente desprestigiado y maltrecho. La primera vez por el pueblo limeño (1872), la segunda por Chile (1879) y la tercera vez por la movilización popular que acaudillara “El Califa” (Cotler 2005: 134).

Recordemos que el civilista Manuel Pardo se hizo de la presidencia en 1872 en medio del apoyo popular y tras el fracaso del movimiento militar encabezado por los hermanos Gutiérrez que pretendió impedir su acceso al poder; que la Guerra del Pacífico de 1879 fue funesta para el país; y que el gobierno pierolista de finales del siglo XIX no solo se fundó sobre la base de la alianza que suscribió con el Partido Civil en contra del militarismo que representaba Cáceres, sino que significó la recuperación del poder para los civiles (Huiza et al. 2004: 122).

Los últimos años del siglo XIX fueron, pues, de nuevas adhesiones partidarias que se reflejaron en los medios.

Si bien la revolución de 1895 y la asunción de Piérola a Palacio de Gobierno resucitaron la conflictiva relación que en el pasado el Califa mantuvo con el país, en este nuevo período la tortilla parecía haberse volteado y el antiguo montonero contó con el respaldo de muchos de sus antiguos adversarios periodísticos.

Como sostiene Basadre, en el año de 1894 y a comienzos de 1895 reinaba en el país una miseria espantosa:

La guerra civil trajo, entre otras consecuencias, la creación de nuevos impuestos y el aumento de los existentes, contribuciones extraordinarias, clausuras de puertos, incomunicación entre la capital y el interior del país, restricción en las operaciones mercantiles, dificultades en los pagos, desconfianza general […]. Abundaban los pasquines virulentos y a veces infames; uno llevaba el inconcebible título El Esqueleto del Tuerto. Otras hojas clandestinas eran La Mano Oculta, Boletín del Pueblo y la serie titulada Si Te Pica, Ráscate. Las prisiones, persecuciones, levas y requisas eran frecuentes (Basadre XI, 2005: 21).

¿Pero quién apoyó a quién en la revolución que confrontó a Piérola y Cáceres, los dos caudillos de la reconstrucción del país?

A fines del siglo, seguían siendo editorialmente civilistas El Comercio, La Opinión Nacional y El Nacional. Pero cuando se instaura la Coalición Nacional —es decir, la hasta entonces impensable alianza civilista-demócrata—, La Opinión Nacional y El Nacional respaldaron a Cáceres, se colocaron en la oposición a Piérola y acusaron a El Comercio de “pierolista”, de apoyar a quien lo había perseguido. También lo acusaron de manipular las sanciones (una multa de 1500 soles de plata) que en agosto de 1894 le aplicó el prefecto de Lima al decano por infracción al Reglamento de Moralidad Pública y Policía Correccional (recuadro 6).

Para el diario El Nacional, la imposición de la penalidad —que alcanzó al diario El Callao—, fue por hacer propaganda y revelar los planes y movimientos de las tropas del gobierno cacerista. Según López Martínez (2009: 310):

[…] hasta ese momento El Comercio se había trazado un plan de imparcialidad y de prudencia que consistía […] en decir lo que realmente pasaba, sin comentarios, insultos, ni alabanzas. Inclusive don José Antonio Miró Quesada y el doctor Carranza, vinculados al Partido Civil, decidieron dejar de momento la dirección del diario en manos de don Federico Elguera.

El 14 de noviembre de 1894, tres meses después, el diario informó que había pagado la deuda. Elguera había renunciado porque no había libertad de prensa en el país [bajo el régimen cacerista] y porque “[…] los guardias puestos por la autoridad en esta imprenta […] fueron retirados como consecuencia del pago de la multa”.

En el editorial del 21 de noviembre de 1894, El Comercio respondió a las críticas de El Nacional y ratificó su apoyo a Piérola:

Se nos califica de pierolistas, a nosotros, que hemos combatido la política del señor Piérola cuando ejerció poder omnímodo, en 1880, y cuando se presentaba al frente de sus falanges populares en 1890; porque hoy, que no tiene igual poder, no queremos tomar parte en el coro de denuestos que se le dirigen. Si en El Nacional fueran capaces de comprender ciertas cosas, comprenderían que eso no es ser pierolistas, sino decentes.

En cuanto al recuerdo que se hace de la clausura de El Comercio por el señor Piérola, durante su dictadura omnímoda, podrá quizás mortificar a este caballero, no a nosotros porque suponemos que harto le habrá pesado esa injustificable medida, contra un diario que no cometió otra falta que procurar impedir los arreglos que se proyectaban con la casa de Dreyfus, por considerarlos dañinos para el país; arreglos que han resultado siendo no solo malos para el Perú, como nosotros presumíamos, sino también, y mucho, para el señor Piérola, personalmente.

Por lo que a nosotros respecta, esa injustificable medida no puede afectarnos en manera alguna; porque no prueba otra cosa sino que la dictadura y El Comercio no caben juntos en el mismo país.

Otros diarios que respaldaron el pierolismo fueron La Patria, La Sociedad, El País y El Tiempo. Este último fue fundado el 16 de mayo de 1895 por el periodista colombiano Manuel Antonio Hoyos, quien saludó la toma de mando de Piérola en agosto de ese año. La Ley, fundado el 1 de febrero de 1897, fue vocero del Partido Civil; ese año el Partido Liberal Democrático puso en circulación La República.

Recuadro 6

La Coalición Nacional

Contreras y Cueto sostienen que Piérola supo aprovechar el desgaste de los militares en el poder y pactar oportunamente con el Partido Civil a pesar de que en el pasado había sido su enemigo, en ocasión del contrato Dreyfus y durante el gobierno de Manuel Pardo. Cotler añade que el triunfo del pierolismo fue indicador de la persistente debilidad política del sector burgués, de la vigencia política de las oligarquías regionales precapitalistas y, paradójicamente, del desarrollo capitalista del país, que dio origen al desplazamiento de las autonomías regionales y sus grupos de poder (Cotler 2005: 134).

El acuerdo demócrata-civilista, la alianza de Piérola con sus antiguos enemigos, dio origen a la Coalición Nacional que sirvió para colocar al Partido Civil nuevamente en el poder. Basadre recoge unas declaraciones de Paulino Fuentes Castro, director del Diario Judicial, años más tarde, a la revista Mundial (4 de febrero de 1921), quien señala que la alianza demócrata-civilista se acordó en una sesión de junta directiva del Partido Civil, en la que el voto a favor fue mayoritario.

Piérola acogió la adhesión civilista con simpatía y consecuencia. No faltó quien afirmara que su gran ambición política fue entonces la de convertirse en jefe del Partido Civil; hipótesis contradicha por el funcionamiento activo y robusto del Partido Demócrata en aquella época. Fuentes Castro cuenta que tanto Francisco Rosas como Luis Carranza [ambos miembros del comité civilista en aquellas elecciones] le decían: Si nos hubiéramos aliado con Piérola hace veinte años, el país no habría perdido ese tiempo en convulsiones revolucionarias y en trastornos económicos (Basadre XI, 2005: 52-53).

En 1894, los principales partidos en actividad eran el Civil, fundado por Manuel Pardo en 1871; el Demócrata, de Nicolás de Piérola, creado en 1884, y el Constitucional o Cacerista, de Andrés Avelino Cáceres, que apareció el mismo año. En 1891, Manuel González Prada había fundado el Partido Unión Nacional, del cual se alejó en 1902. El Partido Radical nació en 1898 y en 1901 el Partido Liberal del líder provinciano Augusto Durand (Huiza et al. 2004: 180).

2.1 Piérola y el periodismo

La figura de Nicolás de Piérola permite estudiar las relaciones que la prensa ha mantenido con el poder.

Durante su segundo mandato, el caudillo demócrata estableció nuevas reglas de juego, una de las cuales fue la desaparición del cuestionado “delito de opinión” que, como hemos analizado, aplicó en su primer mandato, cuando llevó a prisión a los directores de los principales diarios capitalinos.

Con esta medida, aparentemente, se redujeron los frenos que se habían impuesto sobre articulistas, periodistas o editorialistas amenazados con terminar sus días en prisión si el contenido de sus comentarios había disgustado al gobierno de turno. Esto explica la cobertura y las ediciones extraordinarias que algunos periódicos le brindaron, desde el 17 hasta el 23 de marzo de 1895, por su triunfo sobre Cáceres que significó el término de la guerra civil, como revela este aviso editorial de El Comercio:

Aviso editorial. Restablecida la libertad de imprenta en el Perú y con el advenimiento del nuevo régimen político, suplicamos a nuestros antiguos colaboradores y a las demás personas que están en condición de darnos noticias fidedignas de las provincias que se sirvan hacerlo a la mayor brevedad posible. No deben olvidar nuestros corresponsales que cada carta suya debe ser firmada, como garantía de autenticidad; aunque la firma no se publicará, sino en el caso de que se nos autorice especialmente para ello (El Comercio, 23 de marzo de 1895).

Porras Barrenechea refiere que durante este gobierno, la relación de Piérola con el periodismo mejoró. “Causa de su proficua administración la moderación de la prensa, o la conformidad de esta consecuencia del buen gobierno, el periodismo concedió durante estos años un saludable descanso a sus discordes pasiones, cuyo rencor se mitigó desde entonces” (Porras 1970: 38).

No obstante, al inicio de su mandato el pierolismo fue combatido por el cacerista La Opinión Nacional, cuyo director, Andrés Avelino Aramburú, fue acusado de encubrimiento cuando se negó a revelar las fuentes de dos denuncias sobre abusos de un grupo de gendarmes (recuadro 7). Al respecto, Basadre reseña lo siguiente:

El ministro de Gobierno ordenó que Aramburú quedara a disposición del Juzgado del Crimen. Desde la cárcel, escribió el inculpado un editorial altivo en el que protestó en nombre de los fueros de la prensa y desconoció la jurisdicción del magistrado que tenía la causa a su cargo […]. Se le ofreció la oportunidad de salir si pedía su libertad bajo fianza; pero se negó a ello y sostuvo que solo reconocería al jurado de imprenta, por el delito, si lo era, de haber acogido una denuncia en su periódico (Basadre XI, 2005: 87).

Ventilado el caso en la Corte Superior y luego en la Suprema, el notable periodista fue absuelto porque se reconoció, ya entonces, que no había encubrimiento en quien acoge una información en un periódico.

Este episodio merece un lugar en la historia del Perú. Aramburú triunfó en su negativa valerosa a aceptar el fuero común para lo que él creía un simple delito de imprenta, si lo había. Quedó demostrado, al mismo tiempo, que los hechos denunciados no eran sino una alarma de los vecinos. El Poder Judicial evidenció su independencia. El debate se hizo en público. El Gobierno, después de su enérgico gesto inicial, acató, frente a uno de sus enemigos más temibles, la sentencia de la Corte Suprema y el voto de la opinión (Basadre XI, 2005: 87).

En el último año de su mandato, Piérola sostuvo además frecuentes polémicas con el librepensador Manuel González Prada, a través de los semanarios anarquistas Germinal (1899-1906) y El Independiente (1899). La primera publicación dejó de salir a consecuencia de “un litigio judicial alrededor de la imprenta que lo editaba, removido por el Gobierno, según los perjudicados por ella”. A juicio de Basadre, las diferencias se fundamentaron en por lo menos tres razones: la inoperancia política del Partido Unión Nacional, la coyuntural popularidad del pierolismo y sus derivados, que constriñeron la repercusión multitudinaria del radicalismo, y el odio de González Prada hacia Piérola, a quien había conocido en el Seminario de Santo Toribio, donde nació la enemistad entre ambos; un odio “que resuena como una de las notas nocturnas de la atormentada historia republicana del Perú” (Basadre XI, 2005: 84-85).

Recuadro 7

Los primeros periodistas

Andrés Avelino Aramburú (1845-1916) estuvo preso en tres oportunidades. Sus editoriales fueron muy influyentes —se voceaban en las calles cuando él los escribía— e instauró una forma de redacción novedosa y ágil. Basadre encuentra en ella un estilo moderno, que luego siguieron otros periodistas, como José María de la Jara y Luis Fernán Cisneros:

Se puede estar en desacuerdo con alguna o muchas de las cosas que Aramburú escribió o hizo; pero no se le puede negar su sitial en la historia de la cultura peruana, no la de los museos y la de los sepulcros, sino la de las discusiones vibrantes de la vida cotidiana que el tiempo ha apagado. Una de las facetas sugestivas de la personalidad de Aramburú fue su amor por los obreros, especialmente por los gráficos. Se interesó por ellos desde los primeros días de su organización gremial, como lo hicieron Francisco de Paula Vigil, Ricardo Palma, Fernando Casós y otros, y les predicó una doctrina social basada en la bandera de la patria y la fe religiosa (Basadre XVI, 2005: 177).

Ricardo Palma (1833-1919), director de la Biblioteca Nacional e insigne tradicionista, tenía unos 15 años cuando publicó composiciones literarias en El Comercio y también en El Progreso; luego incursionó en el periodismo satírico, en La Zamacueca Política y La Campana.

Hizo sus primeras armas literarias en este diario… allá por los años de 1850; atraído por don Manuel Amunátegui, fundador de El Comercio, que con paternal afecto, iba a buscar a los claustros mismos del Convictorio Carolino a los jóvenes que revelaban disposiciones para las letras (El Comercio, 25 de julio de 1892).

El 3 de junio de 1876 escribió “Quizá quiero, quizá no quiero”, un artículo que inauguró su relación como colaborador semanal del decano. Allí escribió por espacio de cuarenta años “los conocidos productos de su ingenio” y sus reportes como corresponsal en España, a donde viajó como representante del Perú para asistir a las actividades por el IV Centenario del Descubrimiento de América. Estos artículos, que incluían una amena sección llamada “Cabos sueltos”, se difundieron del 27 de noviembre de 1892 al 24 de enero de 1893, con dos meses de retraso debido a las limitaciones de las comunicaciones (Miró Quesada Sosa 1991: L). Su última colaboración salió el 24 de marzo de 1899, aunque en 1908 publicó su conocida crónica “La historia del Perú por el padre Urías”, del agustino Fray Juan de Dios Urías, en la que ensalza la credibilidad y carácter referencial de El Comercio.

2.2 ¿Influencias extranjeras?

Bien podría decirse que antes de la inauguración de la prensa de masas en el país, y los fenómenos que esta desencadenó, el periodismo limeño había incursionado en una práctica que, por ejemplo, diarios europeos de millonarias tiradas ya ofrecían, a fines del siglo XIX, la personalización de la política como una innovación. ¿En qué consistía? En la difusión de contenidos donde primaba la polémica, el escándalo y la primicia informativa sobre el Gobierno y sus personajes (recuadro 8).

Recordemos también que en Estados Unidos algunos diarios de mayor difusión pusieron en marcha, a partir de 1830, experiencias mediáticas como la prensa de centavo, que institucionalizaron el sensacionalismo y la crónica negra. Es el caso de New York Morning Herald, fundado por J. Gordon Bennett (1835), o el New York Tribune de Horace Greeley (1841).

Qué decir de los íconos de la prensa popular estadounidense: The World (1883) de Joseph Pulitzer y su antimodelo, el New York Journal (1895) de William Randolph Hearst. El primero definió la generación sensacionalista de la prensa de masas en los años ochenta del siglo XIX, el segundo representó en los noventa a un periodismo diferente, que si bien se proclamó “ejemplo y modelo para la posteridad”, es el vocero de la generación amarillista (Timoteo 1992: 63).

Sus éxitos en la circulación debieron llamar la atención de algunos periodistas limeños, animados en imitarlos; varios probablemente se identificaron con otra propuesta: la desarrollada por The New York Times (1851). A partir de 1896, bajo la dirección de Adolph Ochs, el centenario estándar estadounidense se convirtió en representante de la generación que rindió culto a la objetividad en la prensa de masas.

Unos y otros tuvieron un mismo denominador común a pesar de la diferencia de sus enfoques editoriales: contaron con suficientes recursos para enfrentar los retos de la sociedad de masas y asumir los costos de una renovación tecnológica indispensable para sobrevivir a las exigencias del siglo XX.

Recuadro 8

La personalización de la política

Una de las críticas más frecuentes de los lectores peruanos a la agenda de los medios se refiere a su obsesiva preocupación por la política y la tendencia a convertir un hecho político en un escándalo de proporciones. ¿Cuándo nació esta práctica? Si bien la prensa de masas trató de marcar distancia con la política, el periodismo político no desapareció con la masificación.

Persistirán cabeceras históricas, y los asuntos del Estado y los gobiernos seguirán centrando la atención de las audiencias, pero ahora deberán compartir los honores del gran titular, cuando no verse relegados por otras informaciones más populares. En todo caso, en algunos países, como Francia, la nueva prensa que aparece, esos ‘Petits’ de tiradas millonarias, innova en la personalización de la política. Crean la polémica, el escándalo, la primicia informativa sobre las cuestiones de gobierno y sobre los personajes dirigentes. Los informadores parlamentarios ocupan una plaza en las redacciones. Los periodistas son admitidos, y también buscados, en el seno de los debates parlamentarios. De hecho la información parlamentaria y ministerial, y la orientación que quiere darle el político son esenciales para el periódico. Los políticos ejercen presión sobre los periódicos, no solo para contactar con los directores o sobre los redactores en jefe, sino también para hacerlo con los reporteros parlamentarios y así intervenir sobre parte de las informaciones de contenido político de un periódico (Bordería et al. 1998: 332).

3. El avance de las comunicaciones

Diversos e importantes inventos se dieron en el mundo durante el siglo XIX, y sobre todo en el período comprendido entre 1848 y 1875, denominado por Eric Hobsbawm “la era del capital” (Mc Evoy 2007: 33). El ferrocarril, el telégrafo y el barco a vapor redujeron las distancias y promovieron la producción masiva.

En el campo de la prensa, contribuyeron a que la información llegara a confines antes inimaginados el daguerrotipo (1839), la línea telegráfica (1844), las agencias de noticias (1848), las rotativas (1849), el cable submarino (1851), el cable trasatlántico (1866), la máquina de escribir (1867) y el teléfono (1875), a los que se sumarían después la película fotográfica (1884), la linotipia (1884), la monotipia (1887), la radiotelegrafía o telegrafía sin hilos (1894), el cinematógrafo (1895) y el teletipo (1897). Grandes inventos, cuya administración estuvo a cargo de manos privadas, salvo excepciones, como la del telégrafo.

Gran parte de estos avances, que se vivieron intensamente en Latinoamérica, coincidieron en el Perú con los gobiernos que van desde Ramón Castilla hasta José Balta, lapso que Basadre denomina “la prosperidad falaz”. Es decir, el período en que una vanguardia político-intelectual de peruanos intentó “llevar al país a la tierra prometida del progreso nacional y de la institucionalidad” pero que, irónicamente, culminó con la bancarrota fiscal en 1875 (Mc Evoy 2007: 32).

Algunas innovaciones se aplicaron tardíamente en el Perú, pero otras fueron precursoras en Sudamérica, como el ferrocarril que convirtió al país en el primero en contar con una línea férrea (de Lima al Callao).

Esa renovación tecnológica se basó en un principio básico: cómo llegar más rápido, de manera más barata y con un mayor alcance. Y, en el caso de los diarios, significó aumentar tirajes, abaratar costos de producción, disminuir precios de venta y ampliar cobertura (Bordería et al. 1998: 327).

Desde el poder se reconoció la necesidad de agilizar las comunicaciones en el Perú, así como el potencial de estas en el juego político. Los procesos electorales de la década de 1870 pusieron en evidencia el papel clave cumplido por el correo y el telégrafo en la aplicación de estrategias de propaganda política y consolidación de alianzas partidarias.

3.1 El servicio cablegráfico

La instalación del telégrafo en el Perú pasó por varias etapas antes de consolidarse plenamente. En 1867 fue declarado de propiedad nacional. La línea Lima-Callao, la única que existía, estaba en manos de un concesionario. Ese año el Gobierno entregó la construcción y explotación del telégrafo eléctrico de Lima a Lambayeque a Carlos Paz Soldán, considerado su introductor en el Perú (Basadre VIII, 2005: 46).

La Compañía Nacional Telegráfica, fundada por Paz Soldán, suscribió compromisos con el Estado en 1865 y 1869 para establecer nuevas líneas que unieran Lima con el país. Otras empresas lograron concesiones similares, como la de Adrián S. Morse, que explotó la línea Lima-Ica. Sin embargo, en 1875 las líneas telegráficas retornaron a la administración estatal:

La Compañía Nacional Telegráfica, que había asumido sus compromisos con el Estado y con el público en virtud de los decretos del 27 de junio de 1865 y 25 de agosto de 1869, se vio imposibilitada de cumplir dichas tareas. El Gobierno, que le había hecho un fuerte préstamo, se encontró en la necesidad de asumir, como mayor acreedor, la propiedad de la empresa y llegó a un acuerdo con la compañía citada por decreto de 27 de abril de 1875. Las líneas telegráficas terrestres pasaron a ser así propiedad de la nación (Basadre VIII, 2005: 66).

A fines de junio de 1875 se daban los últimos toques para tender una línea cablegráfica submarina, entre Chorrillos (Perú) y Caldera (Chile), gracias al contrato que suscribió la empresa India Rubber Gutta Percha and Telegraph Works Company con el Gobierno del Perú dos años antes.

En octubre de 1874 sus directores se dirigieron al Congreso Nacional solicitando una garantía equivalente al cinco por ciento del valor del cable. La crisis fiscal, ya en álgido momento, impidió que se atendiera tal demanda. No obstante, los trabajos continuaron en el entendido de que el gobierno del Perú otorgaría a los inversionistas ingleses “la protección que todos los países civilizados han otorgado a las empresas que invierten sus capitales en la colocación de cables submarinos”. También en 1873 la compañía Maintenace suscribió otros contratos con la administración de Manuel Pardo para tender un cable submarino entre Panamá y Paita. Dificultades diversas, motivo de encendidas polémicas periodísticas, tuvieron como colofón la suspensión de los trabajos. Mas la Maintenace organizó en Londres la que podríamos llamar “empresa madre”, indispensable para que la India Rubber pudiera asociarse a ella y proyectar los trabajos del cable del sur (López Martínez 2009: 218).

Los cables submarinos constituyeron una gran proeza. Son considerados la primera tecnología de las comunicaciones transoceánicas, revalorada luego, tras el invento de la fibra óptica. A partir de 1850, cuando se tendió el primer cable, se pudo llevar la comunicación más allá de los hilos del telégrafo que, si bien se extendieron en el siglo XIX por Estados Unidos, Inglaterra y el continente europeo, se detenían frente a los mares, según explica Horacio C. Reggini en Los caminos de la palabra:

Los cables deben ser desenrollados de forma tal que se adecúen al relieve submarino y sin sufrir una tensión excesiva por la velocidad de los buques que los tienden; de otra manera, se cortan. En las cercanías de las costas se los entierra, para que no puedan ser dañados por las anclas de los barcos o las redes de los pescadores (Reggini 1996: 21).

La comunicación cablegráfica comenzó en nuestro país recién el 2 de septiembre de 1875. Los primeros despachos internacionales fueron los saludos que intercambiaron el presidente Manuel Pardo y sus homólogos de Chile y Argentina. Tres años después el Perú pudo comunicarse de manera directa con Londres (Basadre VIII, 2005: 67).

El servicio cablegráfico agregó un nuevo interés a la información de los diarios de la época (Porras 1970: 36). El primer telegrama que publicó El Comercio salió el sábado 6 de mayo de 1876, en la página 2 de la edición de la tarde, y provenía de Caldera (Chile). A la letra dice:

Importantes noticias de Europa

Guerra probable entre Rusia y Austria

Telegrama (por el cable submarino)

Han llegado noticias importantes de Europa. Se teme una guerra. El ministro de Rusia en Austria, se ha retirado a Viena. Poco antes de este suceso, el Zar de Rusia estuvo en Berlín a conferenciar con el Emperador de Alemania. Nada se sospechó entonces, pero es probable que Alejandro fuera a buscar la alianza con Guillermo. La Reina Victoria hizo últimamente un viaje precipitado a Alemania y aunque el pretexto fue celebrar un tratado relativo a la herencia de Sajonia-Coburgo-Gota, su visita puede tener relación con los sucesos posteriores. Otro antecedente […].

La interconexión internacional que generó el cable alcanzó directamente al Perú. El estadounidense James Scrymser obtuvo en 1878 la concesión para construir líneas telegráficas entre Estados Unidos y México, países que unió dos años más tarde mediante un cable entre Galveston y Veracruz.

Su compañía, la Central & South American Telegraph Company, fundada en 1882 con el apoyo de un grupo de banqueros de New York dirigidos por J. Pierpont Morgan, tendió cables hacia el sur hasta la costa de Perú. En 1891, esta compañía construyó un cable hasta Chile y compró la línea terrestre a Buenos Aires de la Transandine Telegraph Company, compitiendo con la compañía inglesa Eastern Telegraph Co. y sus subsidiarias, por el tráfico entre Sur y Norte América, y también por el tráfico entre Sur América y Europa, vía Norte América (Reggini 1996: 37).

Para 1878, si bien el despacho de telegramas había aumentado, las líneas telegráficas cubrían apenas 2554 kilómetros del territorio nacional. Al año siguiente se habilitó un servicio telegráfico trasandino que permitió al Gobierno —y a la prensa— comunicarse con el resto del país. Un aviso de El Comercio, publicado el 10 de agosto de 1879, dice:

Desde el 1 del presente quedó establecida la comunicación entre Valparaíso, Europa y Estados Unidos […], y a principios de agosto se inaugurará […] entre Chile, Brasil, Estados Unidos, Europa, Asia y África. Avisamos al comercio de Bolivia, Perú y toda la costa del Pacífico, que se puede transmitir despachos a cualquier punto del mundo en menos tiempo que cualquier otra vía, dirijiéndolos [sic] a sus agentes a Valparaíso o Santiago para ser entregados a las oficinas del Telégrafo Transandino.

En enero de 1884, cuando los diarios reabrieron sus puertas después de la Guerra del Pacífico, El Comercio contrató de manera exclusiva y por primera vez un servicio de comunicación por telégrafo (López Martínez 2009: 280), pero había deficiencias que el Estado debía resolver en su tarea de administrador de las comunicaciones.

Se necesitaba ampliar los servicios telegráficos, buscar concesionarios o contratistas que asumieran su explotación, reparación y administración, lo cual se hizo entre 1887 y 1890.

Según Basadre, como resultado de los contratos efectuados entonces, se renovaron las líneas telegráficas y se implantaron nuevas con material encargado al extranjero. Las oficinas tuvieron tres centros: uno cubría el norte chico y el sur hasta Pisco e Ica; otro, en el norte, cubría Trujillo y Paita; y el tercero, en el sur, desde Arequipa hasta Ilo y Sama. Los medios de prensa fueron los primeros beneficiados con este servicio, porque publicaron más noticias internacionales (recuadro 9).

El uso del teléfono se generalizó en las redacciones de los medios de prensa. Inventado en 1876, recién se encomendó a Bacigalupi y Cía. su instalación en Lima y alrededores el 13 de agosto de 1888. Ese año hubo 228 abonados, entre los que se contaban instituciones como el Congreso y autoridades como Andrés A. Cáceres, presidente de la República. Al parecer, la población miraba con recelo el aparato —los de magneto tenían una manizuela— pues el servicio nocturno fue suprimido durante un tiempo porque nadie lo usaba. Además, cada minuto de servicio costaba veinte centavos. El interés creció en poco tiempo: para 1895 la prensa reveló que en Lima había ya “900 abonados en Lima, Callao, Chorrillos, Barranco y La Punta” (Basadre X, 2005: 139).

Recuadro 9

Los diarios de provincias en el siglo XIX

Los primeros diarios de provincia circularon con notable éxito desde la segunda década del siglo XIX. Instaurada la república, había que comunicar las incidencias de ese proceso, más aun cuando “sobre los periódicos, bandos, libelos y carteles se edificaban un sentir y una manera de expresión que daban signos de la construcción de la nación” (Glave 2004: 23).

Durante el siglo XIX, Ayacucho y el Cusco albergaron la mayor cantidad de títulos. Salomón Carrasco Apaico recopila dos siglos de periodismo ayacuchano y concluye que desde 1823 hasta 1982 aparecieron medio millar de diarios, empezando por La Aurora de Huamanga (1823) y La Oliva de Ayacucho (1833).

Luis Miguel Glave ofrece una lista de medio centenar de periódicos republicanos que circularon en el Cusco, Arequipa, Puno y otras ciudades entre 1825 y 1839, que aún se conservan en la hemeroteca de la Universidad San Antonio Abad del Cusco y el Archivo Departamental de esa ciudad. Entre ellos, El Sol del Cuzco (1825-1829), auspiciado por Simón Bolívar, El Republicano de Arequipa (1825-1855) y Arequipa Libre (1827).

Más al sur, El Mensajero de Tacna (1840) fue el primer diario de la ciudad heroica y al parecer era escrito en su totalidad por el general Manuel de Mendiburu. Mientras que en el norte, inauguran el periodismo en sus provincias El Lince del Perú (1823) de La Libertad, y los piuranos El Botafuego (1828) y El Despertador Republicano (1828) (López Martínez 2004: 86-94).

Muchas de estas publicaciones, como sucedió con las de Lima, se vendían por suscripción. Algunas circularon por breve tiempo, como La Primavera de Arequipa (1825) que solo publicó cinco números, o La Estrella de Ayacucho que editó 37, pero hubo otras de larga trayectoria, como El Republicano, vigente por 30 años. Los primeros diarios de provincias fueron hojas oficialescas, pero pronto abundaron las independientes, como Arequipa Libre (Cayetano 1995: 180).

3.2 Las primeras agencias de noticias

Las agencias de noticias precursoras del sistema informativo internacional nacieron en el siglo XIX. Su éxito se halla asociado al desarrollo del telégrafo, de las vías de comunicación terrestre, del teléfono y sobre todo del cable submarino.

La captación de un mercado más allá de sus países de origen propició su extensión y desarrollo, tanto como las críticas en su contra.

Existe una estrecha correlación entre el imperialismo y las áreas de influencia de las agencias. De hecho, esta distribución es fruto de acuerdos internacionales entre ellas para repartirse los espacios geográficos, de una manera similar a lo que hacían los estados con los territorios de África, Asia u Oceanía, y llevar adelante una práctica oligopólica en el mercado de la información, que les permite imponer duras condiciones a sus clientes (Bordería et al. 1998: 344).

En Estados Unidos surgió Associated Press (1848), mientras que en Europa lo hicieron Havas (1832), Wolff (1849) y Reuter (1851) que, de 1859 a 1934, funcionaron oficialmente como un cártel.

Entre 1859 y 1875 la agencia Havas es el vértice del sistema […]. Entre 1876 y 1889, la hegemonía pasa a Reuter […]. Reuter mantendrá su predominio aproximadamente hasta 1909. A partir de esa fecha comienza a hacerse visible la futura hegemonía de Nueva York. En esa ciudad, al peso nacional de la vieja AP, se ha unido la pujanza interior y exterior de la Internacional News Service y de United Press Service, desde 1904 y 1907, respectivamente (Timoteo 1992: 33).

En Lima, Havas Reuter comenzó a operar el 1 de julio de 1875, en la calle de Jesús Nazareno número 19, bajo la dirección del francés Lucien Veber (Weber). Al año siguiente suscribió contrato con El Comercio, según anunció este diario el 29 de abril de 1876, en la página 2 de la edición de la tarde:

En virtud de un contrato que hemos celebrado con la agencia Havas Reuter, pronto debemos principiar a recibir telegramas especiales y exclusivos para El Comercio, con todas las noticias importantes de Europa y América.

El alto precio de estos telegramas, pues cada palabra transmitida de Europa a Lima cuesta por término medio diez soles, nos ha obligado, no obstante las facilidades que nos ha prestado la agencia Havas Reuter, a limitar por ahora aquel servicio a un despacho semanal: a menos que se realicen acontecimientos notables que hagan necesario telegramas extraordinarios.

Mediante este arreglo, y siempre que esté expedito el ramal entre Caldera y Valparaíso, que como se sabe es causa con frecuencia de que se retarden por dos días los despachos a Europa, esperamos poder comunicar a nuestros abonados algunos de los principales sucesos de aquel continente a las venticuatro horas de haberse realizado. Esto sin perjuicio de regularizar nuestro servicio telegráfico de Paita, mediante el cual continuamos recibiendo noticias europeas, menos recientes pero más extensas y que servirán de complemento a las que nos lleguen por el sur.

El primer telegrama por el cable debe llegarnos del 10 al 12 de mayo próximo.

La información de las agencias aparecía, como hoy, en los diarios capitalinos, con sus respectivos créditos, aunque no de manera frecuente porque su costo era elevado. La Opinión Nacional comenzó a publicar cablegramas vía Galveston gracias al convenio con la agencia Havas Reuter en 1907, según difundió en un anuncio publicado el 2 de febrero de ese año.

Desde fines del siglo XIX, Reuter pasó a controlar los dominios del Imperio Británico y algunos países de América del Sur, como Argentina y Chile; Havas extendió sus redes por el imperio francés y la Europa mediterránea; Wolff tenía el centro de Europa y pequeños territorios de África y Oceanía; mientras que las estadounidenses Associated Press, International News Service y la United Press Service tenían presencia en el continente americano.

Entre otras conexiones concretadas en esos años, en 1874 se comunica Europa con Brasil, en 1876 la red alcanza a Chile y en 1880 llega a México, desde donde se baja por la costa del Pacífico hasta el Perú (Bordería et al. 1998: 344).

3.3 De la prensa manual a las rotativas

Luego de que los diarios incorporaron la telegrafía para el recojo de información, el siguiente paso fue contar con talleres de impresión dotados con máquinas más rápidas y eficaces, que fueron creadas en el siglo XIX para atender el boom editorial.

A inicios de esa centuria, las prensas manuales fueron la primera herramienta para fabricar periódicos. A mediados del siglo XIX los periódicos peruanos ya tenían una prensa metálica fabricada por Charles Stanhope, según refieren Luis Guevara y Adrián Gechelin, en su Historia de las artes gráficas en el Perú. Hecha de hierro, la máquina disponía de “[…] una ingeniosa barra de presión que, al tirar de ella, accionaba un mecanismo de enganche que funcionaba como una palanca y multiplicaba sobremanera la fuerza de presión”, describe el periodista y remodelador de diarios Juan Fermín Vílchez de Arribas (2005). Esta máquina sustituyó a la prensa de madera y perfeccionó la tipografía.

Sin embargo, las prensas de cilindros que funcionaban por acción del vapor (mecánicas a vapor o a reacción) permitieron la fabricación industrial de diarios. Se les debió acoplar filetes verticales metálicos o corondeles, para fijar la composición tipográfica e impedir que los tipos que se ajustaban en las planchas de metal se movieran. Esto explica la rigidez de los primeros periódicos, que durante el último tercio del siglo XIX lucían como largas sábanas de texto (doble pliego), con cuatro páginas, cada una con cuatro a siete columnas, y con titulares cortos a una sola columna. Los corondeles impedían que las informaciones:

[…] superasen una columna de ancho y, como consecuencia, naciera la denominada maqueta vertical, que marcó la imagen gráfica de los periódicos hasta el uso de la estereotipia en el proceso de producción. La característica más destacada de la verticalidad era que las informaciones se publicaban sin títulos, encadenadas en largas columnas, y separadas por una pleca o rayita tipográfica (Vílchez de Arribas 2005: xi).

The Times de Londres (1788) fue impreso con este formato vertical en 1814, en una prensa mecánica a reacción desarrollada por el alemán Friedrich Koening. Otros medios pioneros en utilizar estas máquinas fueron el diario El Español (1835) de Madrid y, en Lima, El Comercio, en 1855, que utilizó una prensa a vapor marca Marinoni capaz de tirar diariamente 2225 ejemplares, un récord para la época. Antes el decano se imprimió con una máquina manual de hierro accionada por palancas marca Scott, un modelo que como hemos señalado fue empleado con algunas variaciones por otras publicaciones limeñas hasta mediados del siglo XIX (López Martínez 2004: 60).

En la segunda mitad de esa centuria también destacaron las imprentas de El Heraldo, de El Mercurio de Atanasio Fuentes y la de El Nacional, que introdujo las primeras ‘rotoplanas’ o máquinas de impresión pliego a pliego con alimentación automática, precursoras de las rotativas que empezaron a utilizarse en Lima en la primera década de la nueva centuria.

Las imprentas de los diarios ofrecían y publicitaban en sus páginas servicios a terceros, como ocurre hoy, aunque evidentemente en una escala acorde con la reducida demanda. Fue el caso de El Nacional, cuya imprenta funcionaba en la Calle de La Rifa número 58, a pocos pasos de El Comercio, ubicado en el inmueble 68, y de la casa imprenta de Atanasio Fuentes.3 Pero la prensa limeña tuvo que esperar al nuevo siglo para innovar sus máquinas de impresión y acceder a las rotativas.

The Times de Londres desarrolló en el siglo XIX una serie de investigaciones que le permitieron perfeccionar sus prensas, para implementar una máquina de cuadro Applegath-Cowper (1828), una prensa rotativa (1858) y cuatro prensas rotativas de rollo de papel continuo (1869); toda una revolución en la impresión de diarios. Igualmente, realizó aportaciones valiosas a la confección de los tipos que se emplearon en la redacción de textos; hasta 1890 fue el único diario que operó con un sistema de composición mecánica (Gürtler 2005: 69-81).

Lo cierto es que entonces no existía una industria gráfica en el Perú. Una de las innovaciones que se concretó en Lima durante el siglo XIX fue la adquisición de la primera fábrica de papel que puso en funcionamiento El Comercio a partir de 1848. El llamado “papel de Villota”, en referencia a uno de sus directores, Alejandro Villota, era de color blanco y de un grosor suficiente como para conservarse hasta hoy en la Biblioteca Nacional del Perú, en mejores condiciones que otro papel prensa de aquella época.

Para su confección se compraba trapos u otros desperdicios de tela, como revela este aviso publicado el 11 de mayo de 1860:

El Comercio

Fábrica de hacer papel. Trapos de todas clases, velas de buques, sacos se compran en dicha fábrica o en cualquier otro punto de la ciudad por distante que esté de la Plaza principal […] a[l] tener junta una carretada o más, podrá avisar en esta imprenta o en la fábrica, la conducción no costará nada al dueño de los trapos. En el Callao avisarán al Agente del Comercio frente al reloj de la Aduana en los bajos de la Bolsa número 768.

Se toma de preferencia los vestuarios de lienzo viejo que desechen los señores militares, como también los retazos que sobran de los vestuarios y todos los otros desperdicios de ropa que resulten en los cuarteles y otros establecimiento [sic].

Se estima que la maquinaria costó unos cincuenta mil dólares, pero como explica el historiador Juan Luis Orrego, fue una de las señales de industrialización dadas por algunos hombres de negocios interesados en aprovechar las ventajas del mercado de consumidores (Orrego 2010).

Diez años después de la instalación de la fábrica se elaboraban 10 varas de papel de 64 pulgadas de ancho por minuto, equivalente a 28 resmas de 500 pliegos del tamaño del diario. Sin embargo, este negocio no prosperó y la fábrica cerró en 1864 debido a que no podía competir con el papel importado (Guevara y Gechelin 2001: 77-88).

Contar con estos recursos, sin embargo, no acreditaba imprimir la edición con tranquilidad y seguridad, como lo demuestran estos dos avisos publicados en el decano el 22 de marzo de 1895, en ocasión del término de la guerra civil que enfrentó a Piérola y Cáceres:

El Comercio no ha podido publicar hasta el momento por falta de gas necesario que usamos. Esperamos poder salvar esta dificultad en pocas horas (página 1).

Crónica

El Comercio.- El público disimulará el retardo en la circulación u distribución de nuestro diario. Teniendo nuestras prensas motor de gas y no habiendo la empresa de alumbrado público fabricado el necesario para el servicio de la ciudad y de sus industrias; solo ha podido moverse las máquinas a mano, operación morosa por demás y que no permite hacer frente a nuestro servicio y a las exigencias extraordinarias de la actualidad. Esperamos que esta dificultad se subsane cuanto antes (página 3) [sic].

4. El hábito de leer periódicos

En el siglo XIX, el periódico no solo se convirtió en el primer instrumento de comunicación, sino en el medio de “la nueva sociabilidad que se estaba gestando en Lima” (Mc Evoy 2007: 71). Por su intermedio se movilizaron a muchos actores políticos de Lima y del resto del país, se alentó su integración intelectual y, por esta vía, se contribuyó a la participación cívica de la población.

Según el escritor y político chileno Victorino Lastarria, la capital era “una ciudad de lectores”, contaba con innumerables escritores limeños, un amplio público lector, así como cafés “llenos a todas horas de gentes”. En cambio, el intelectual portorriqueño Eugenio María de Hostos se asombraba del tipo de información o guerra verbal que se ventilaba en los polémicos “Comunicados” de inicios de la década de 1870 (Mc Evoy 2007: 71-72).

Para tener una idea de la lectoría de la época habría que considerar que Lima pasó de tener cincuenta mil habitantes en 1840 a setenta mil en 1870, aunque la proporción de lectores era bajísima, en parte, por el alto volumen de analfabetos: tres cuartas partes de los peruanos eran considerados indígenas. A inicios de 1870, cinco diarios que circulaban efectivamente todos los días aparecían como los más influyentes para el debate y voceros de la opinión pública. Pero el tiraje y la circulación eran reducidos. Prueba de ello es que durante la campaña electoral de 1871, los partidarios de Pardo leían los periódicos en voz alta en plazas y otros lugares públicos, debido “[…] probablemente al reducido universo de alfabetos que existía dentro de los posibles simpatizantes y a que no se podían mandar tantos ejemplares de periódicos a las distintas provincias del país” (Mc Evoy 1999: 136).

Los diarios limeños, emulando la experiencia de otros países, se vendían principalmente por suscripción, lo cual aseguraba por lo menos la venta de un número determinado de ejemplares; en 1871, El Comercio tenía 2200 suscriptores (Mc Evoy 2007: 71). No deja de ser interesante que durante el siglo XX esta modalidad publicitaria cayera en desuso y más significativo aún que recién en el presente siglo XXI se haya retomado de manera más extendida, siguiendo las modernas estrategias de mercadeo.

La lectoría debió ir en aumento, considerando el incremento de los espacios publicitarios. Después de la Independencia, estos avisos empezaron a aparecer en los volantes que anunciaban la llegada de productos a las tiendas más acreditadas. El surgimiento de nuevos establecimientos comerciales, cuyo público objetivo eran los extranjeros, y de los listines para promocionar las corridas de toros también contribuyeron al avisaje comercial.

4.1 La extensión de la práctica publicitaria

Los historiadores sostienen que antes de la Guerra con Chile, los diarios más importantes de Lima —El Comercio, La Opinión Nacional, El Nacional y El País — competían por los avisos, pese a que no existía mayor diferencia en materia de costos y propuestas publicitarias.

La mayor competencia se produjo en el siglo XX con el crecimiento del avisaje, por el aumento de las importaciones provenientes de Estados Unidos y Europa: medicinas milagrosas para curarlo todo, desde la tuberculosis hasta las llamadas “enfermedades vergonzantes” (enfermedades venéreas), bienes relacionados con la industria de la belleza y con los inventos que empezaron a llegar al Perú en la nueva centuria, como las primeras máquinas de coser y escribir, los automóviles, las vitrolas y los discos de acetato.

En Europa, la situación productiva —y la publicitaria— fue diferente, sobre todo a partir de 1870. El lanzamiento del diario francés La Presse en 1836, que destinó tres cuartas partes de su espacio a la publicidad, mostró las posibilidades del periódico como vehículo de promoción y ventas. Su editor, Émile de Giradin, encontró en la exhibición de anuncios más directos y claros la fuente importante de financiamiento, en una estrategia que se reconoce como uno de los hitos de la publicidad en ventas. En Estados Unidos se registra la aparición de la primera agencia publicitaria, “[…] aunque la verdadera consolidación del sector se produce a partir de 1865 de la mano de J. Thompson, pionero en el estudio de los perfiles del consumidor” (Bordería et al. 1998: 326).

En el siglo XX, junto con el despegue de la publicidad, aparecieron los anunciadores, los publicistas y los relacionistas públicos; también se consolidaron los caricaturistas (muy requeridos por la publicidad en las primeras décadas) y más tarde los reporteros fotógrafos.

La aparición de El Comercio como un diario de avisos marcó el inicio de la publicidad en la prensa como una actividad orientada a promocionar productos y servicios, generadora de ingresos permanentes, de alta rentabilidad y necesaria para reducir el precio de venta del periódico. Sus historiadores sostienen que repitió el mencionado modelo periodísticoempresarial de La Presse. Desde entonces, el avisaje

[…] dejó de ser un ingreso eventual para convertirse en la columna básica que sustenta la economía de la mayoría de diarios. Y ese también es el momento en que el público lector, en la mayoría de los casos, dejó su tradicional lugar —desde el punto de vista económico— para que este fuese ocupado por los anunciantes (Empresa Editora El Comercio 2003: 26).

Los primeros avisos en los periódicos sirvieron para promocionar las actividades de la época (incluida la nefasta venta de esclavos hasta que se erradicó), así como la llegada o salida de embarcaciones que realizaban servicios de cabotaje o viajes largos al resto del mundo. El arribo y venta de lotes de animales para las actividades del campo provenientes de los países vecinos y de algunos departamentos del resto del país, y productos importados como el tabaco. Centros de enseñanza y profesionales de las especialidades más diversas ofrecían sus servicios en los avisos, y también las llamadas ‘amas de leche’, mujeres que amamantasen a niños recién nacidos. Como anota Porras Barrenechea:

[…] de los años finiseculares data la transformación y el ensanchamiento de nuestros diarios. A la hoja sostenida por el álgido interés político, por la generosa convicción partidarista y la colaboración gratuita, sucede la empresa comercial que paga el trabajo intelectual, fomenta el rèclame, aumenta los tirajes y las informaciones y rebaja el precio del periódico (Porras 1970: 40).

En el caso de la publicidad, queda claro que si bien en el siglo XIX se le empezó a entender en su significación comercial, también se le confundió con el espacio proselitista, los remitidos o comunicados, y la propaganda política; una lectura que se prolongó por varias décadas, como lo deja entrever un articulista anónimo del diario La Crónica el 28 de junio de 1912: “La rèclame al través del tiempo. […] El ‘sentido’ actual con que los amigos personales se insultan o se entregan al comentario público en las columnas de la prensa, se utilizaba en Grecia…”.

4.2 Un mundo de imágenes

Un aporte del siglo XIX tiene que ver con el desarrollo de la litografía, el fotograbado, la fotografía y sus repercusiones en la prensa y el periodismo impreso.

Los minuciosos trabajos de Nanda Leonardini, en El Grabado en el Perú republicano, y de Natalia Majluf y Luis Eduardo Wuffarden, en La recuperación de la memoria. Perú 1842-1942, el primer siglo de la fotografía, sistematizan ese proceso que, además de técnico y artístico, tuvo mucho de sociológico porque puso en evidencia el quehacer de los primeros profesionales de un arte que en cada época supo reflejar los sentimientos de su sociedad.

Resulta significativo, por ejemplo, que los primeros talleres litográficos que se instalaron en Lima a comienzos del siglo XIX —extranjeros y nacionales— competían con los periódicos de la época (antes de reconocer, como sucedió varias décadas después, que podían y debían ser socios). El primer taller data de 1817 y fue el de José Masías. Funcionaba en la calle Pescadería 127; ofrecía un surtido de viñetas para periódicos y un trabajo de calidad, reconocido por Manuel Atanasio Fuentes como el mejor de todo el Perú; con él competían las imprentas de El Comercio, El Heraldo, El Mercurio y El Nacional (Leonardini 2003: 21).

En cuanto a la fotografía, Lima fue una de las primeras capitales sudamericanas en la que se estableció el uso del daguerrotipo, procedimiento fotográfico en que las imágenes se fijan en una placa de metal, basado en el principio de la cámara oscura. El Comercio publicó en setiembre de 1839 los hallazgos de Louis-Jacques-Mandé Daguerre apenas un mes después de su anuncio oficial (Majluf y Wuffarden 2001: 20).

Además de litografistas extranjeros, tempranamente la ciudad fue invadida por una legión de daguerrotipistas europeos y norteamericanos que, de manera itinerante, recorrían los océanos en busca de nuevos mercados; a ellos se atribuye la producción de los primeros retratos.

De 1846 data el daguerrotipo más antiguo elaborado por un extranjero y también el aviso de Jacinto Pedevilla, el primer fotógrafo peruano. Sus trabajos se ofrecían en una joyería de la calle Villalta y se estima que habría sido un destacado aprendiz de Maximiliano Danti o Philogone Daviette, dos de los daguerrotipistas que llegaron a Lima en aquellos años.

Para fines de la década de 1850 había surgido en Lima la primera generación de fotógrafos peruanos. En esta etapa de transición, en que se experimenta con otras formas de producción de imágenes, un personaje clave es el norteamericano Benjamín Franklin Pease, quien llega a Lima en 1852 y prácticamente pone punto final a la itinerancia del fotógrafo cuando se instala en la calle Plateros de San Pedro. Su obra maestra es el conocido retrato de Ramón Castilla, uno de los escasos daguerrotipos peruanos de placa completa que se conoce hasta hoy.

En setiembre de 1853, Jacinto Pedevilla introdujo la técnica de la fotografía en papel, que para 1858 se había convertido en el principal medio para registrar el entorno inmediato. Precisamente, Manuel Atanasio Fuentes pudo incluir en su Estadística General de Lima de 1858 grabados basados en fotografías. Los principales estudios de la época eran los de Pease, Félix Salazar y Emilio Garreaud.

Como en todo mercado en ebullición surgió la inevitable competencia. Majluf y Wuffarden anotan lo siguiente:

Ya en 1857 las columnas de El Comercio elogiaban a Félix Salazar, joven retratista limeño, quien había abierto un pequeño estudio en la calle Mercaderes y cuyos precios eran “sumamente moderados en relación con los extranjeros que se anuncian pomposamente”. Por la misma época empezarían a trabajar Juan Fuentes y Pedro Pablo Mariluz, quienes también redujeron sus tarifas de un modo importante. Sin embargo, ninguno de ellos pudo adaptarse a la dinámica de los grandes estudios y tuvieron que resignarse a la producción en pequeña escala o a buscar alguna forma de protección oficial (2001: 37-38).

Incluso antes del surgimiento de la prensa ilustrada, que se dio entre 1900 y 1920, la fotografía registró acontecimientos trascendentales de la política internacional alrededor del mundo: la Guerra de Crimea (1854-1856) y la Guerra de Secesión de Estados Unidos (1861-1865). El asesinato de Abraham Lincoln (1865) y el trágico final del emperador Maximiliano de México (1867) fueron difundidos en Lima por el estudio Courret.

Respecto a la noticia local, los investigadores destacan la publicación de algunas fotos en las páginas conmemorativas. La más antigua parece ser la necrología del presbítero José Mateo Aguilar, publicada en 1862, y la corona fúnebre dedicada al expresidente San Román a pocos días de su muerte, en abril de 1863, tuvo mayor difusión quizás porque fue un retrato post mórtem, repitiendo la costumbre colonial de pintar las facciones de los muertos.

Algunos estudios fotográficos hacían caricaturas de acontecimientos importantes, en temas como la guerra con España (1864-1866) y la toma de las islas guaneras de Chincha (1864):

[…] seguramente a raíz de la guerra con España, Mariano Ignacio Prado ya había constatado la importancia de la imagen fotográfica como medio de persuasión y propaganda. En octubre de 1867, cuando tuvo que marchar hacia Arequipa con sus tropas para combatir la revolución iniciada allí, Prado decidió incorporar a Félix Salazar, un joven fotógrafo peruano, quien —según El Comercio— enviaría una colección de vistas (Majluf y Wuffarden 2001: 56).

Así como la fotografía y la pintura no fueron excluyentes, la caricatura fue una de las formas que adoptó la llamada fotografía de acontecimientos, “cuyo desarrollo local no parece tener paralelo en otros países”.

La caricatura política en la prensa limeña habría aparecido a mediados del siglo XIX. Ramón Castilla fue uno de los más caricaturizados (Mc Evoy 2007: 140), aunque no necesariamente para denigrarlo. Fue el caso del establecimiento fotográfico del norteamericano J. Williez, quien en la serie litográfica lograda entre 1850 y 1860 (Zevallos 2010: 19), denominada “Adefesios”, ensalzó a Ramón Castilla mientras caricaturizaba a sus contrincantes militares, los consignatarios del guano y grupos conservadores. En su local, ubicado en el Portal de Botoneros, ofrecía láminas en las que aparecían José Rufino Echenique y Torrijos, muy cotizadas por los limeños por su mordaz humor (Leonardini 2003: 32).

Se considera a Eugenio Maunoury como el primer fotógrafo-caricaturista, quien explotó sus dotes de dibujante para, en los primeros años de la década de 1860, elaborar jocosas figuras con cabezas enormes o humanizar animales que encarnaban personajes políticos. Igualmente, el estadounidense Villroy L. Richardson apoyó la campaña electoral de Manuel Pardo en 1871 haciendo sátira de los miembros prominentes del militarismo. Los presentaba vestidos de frailes y monjas, con base en retratos eclesiásticos difundidos por otros estudios, como Courret y Negretti, o en fotomontajes. La gracia le costó purgar prisión entre diciembre de 1871 y setiembre de 1872.

Como lo demuestran bien estos montajes o las caricaturas, la fotografía no siempre sirvió como un medio objetivo de representación. En este primer período, la veracidad documental estuvo lejos de ser la única función de la práctica fotográfica, que adquirió en ocasiones visos de militancia ideológica. A medio camino entre el sensacionalismo y la intervención política directa, ella no solo registró los hechos de la historia contemporánea, sino que además llegó a constituir un activo agente de la vida social y política (Majluf y Wuffarden 2001: 57).

Antes de la Guerra del Pacífico, la expansión de la fotografía coincidió con el período de mayor auge económico. Es más, contribuyó positivamente “a forjar la imagen de la joven república y a proyectarla hacia el mundo” y a registrar visualmente el país, en un esfuerzo sostenido por parte de iniciativas individuales. Entre 1860 y 1879 hay un esfuerzo, al parecer de independientes, de asistir al desarrollo del país, a la construcción de obras de infraestructura como las líneas ferroviarias y a la modernización (Majluf y Wuffarden 2001: 64).

Durante la guerra, Lima —la capital más importante para el mercado fotográfico en la América del Sur— entró “en un penoso paréntesis”. Los únicos estudios que permanecieron al estallar la guerra fueron el de Rafael Castillo y el de la Casa Courret (Majluf y Wuffarden 2001: 92).

El período de la reconstrucción nacional, en la década de 1890, devolvió vida a la fotografía y con ella a su tarea de mostrar el Perú al resto del mundo. Destacan fotógrafos como Charles Kroehle, con sus trabajos sobre la Amazonía; Fernando Garreaud, quien hizo un balance gráfico del país por encargo de Piérola, el cual concluyó cuando gobernaba López de Romaña; captó paisajes y sitios arqueológicos que sirvieron para promover el turismo; Luis D. Gismondi, con sus imágenes del sur; y Max T. Vargas, quien fotografió calles e iglesias de Puno, Arequipa y Cusco.

Después de la guerra, el auge del fotograbado y la litografía se deben al nacimiento de revistas nacionales, como El Correo del Perú (1871-1877), que introduce grabados nacionales y extranjeros, tomados de fotografías o de reproducciones de obras europeas. Pero como sostiene Nanda Leonardini, esta modalidad no solo se mantiene sino que se amplía.

En ese lapso destaca la obra del empresario Peter Bacigalupi, quien funda y dirige El Perú Ilustrado (1887-1892), de avanzada tecnología en la impresión, calidad de contenidos y reconocidas firmas (recuadro 10).

Utilizó como base documental para realizar litografías la fotografía. Y sobre todo fue escuela para las futuras generaciones.

Esta revista, donde laboran reconocidos artistas como el peruano Evaristo San Cristóval, el norteamericano Williams Taylor y el italiano Carlos Fabbri, tiene como política abrir las puertas a jóvenes artistas interesados en aprender litografía, quienes practican dicho arte en los talleres del mismo semanario, estímulo recompensado con la publicación de los trabajos (Leonardini 2003: 25).

Bacigalupi no solo fue el que mayor importancia concedió a las imágenes fotográficas y las reprodujo en sus páginas a través de grabados, sino que promovió el arte en los aficionados. Es más, distribuyó nuevas máquinas Kodak en el país, contribuyendo a la popularización de la fotografía, y fue el precursor de los procesos fotomecánicos (Majluf y Wuffarden 2001: 103-104).

Ello explica la proliferación de publicaciones desde fines del siglo XIX hasta los años 1930, como América Ilustrada (1890), Boletín de Lima (1891), El Hispano Americano (1891), El Perú Artístico (1893-1895), La Revista Social (1897), Lima Ilustrada (1898-1904), El Rímac (1889-1890) y, en el nuevo siglo, Actualidades (1903-1908), Prisma (1905-1908), Variedades (1908-1930), Ilustración Peruana (1909-1913) y Mundial (1920-1930).

Recuadro 10

Prensa y mujer

La presencia de la mujer en el periodismo tiene sus raíces en el siglo XIX. La escritura femenina, que durante las centurias previas salía de los conventos, se expresó en la pluma de un grupo de “ilustradas” escritoras (Guardia 2006: 265) que abrieron trocha en un mundo en el que la mujer no tenía voz ni voto.

La producción de Clorinda Matto de Turner y Mercedes Cabello de Carbonera ha sido revalorada a lo largo de la historia, pero falta mucho por hacer respecto al trabajo de otras pioneras, como Juana Manuela Gorriti, Teresa González de Fanning, Carolina Freire de Jaimes, Lastenia Larriva.

Sus trabajos se hallan compilados en los libros que escribieron, pero sobre todo en los diarios y semanarios culturales que fundaron, dirigieron o colaboraron, como La Revista de Lima (1859-1862), El Correo del Perú (1871-1877) y El Perú Ilustrado (1887-1892), en cuyas páginas se pueden encontrar los retratos de estas literatas. Francesca Denegri, estudiosa de la trayectoria de las mujeres ilustradas del siglo XIX, dice que en la segunda mitad de esa centuria “la prensa era el más importante espacio de debate cultural”. Allí se dio cuenta de sus ‘veladas literarias’ y de sus escritos influenciados por la poética romántica, la intelectualidad liberal, la ideología civilista, la indigenista y la política, un terreno en el que no se les permitió inmiscuirse demasiado (Denegri 1996: 12).

El caso de Clorinda Matto de Turner es representativo del rol intelectual, literario y activista de la mujer en la prensa durante este período. A diferencia del resto de escritoras costeñas, provenía de una familia cusqueña de notables. Perteneció a la generación literaria nacida entre 1852 y 1866, que también integraron Abelardo Gamarra, Elvira García y García, Alberto Ulloa Cisneros y otros exponentes. Fundó el semanario de literatura, arte y educación El Recreo (1876), fue jefa de redacción de La Bolsa de Arequipa (1881) y directora de El Perú Ilustrado (octubre de 1889-julio de 1891). Debido a la publicación de Magdala, un relato de Henrique Coelho Neto considerado sacrílego por el arzobispo Manuel Antonio Bandini, fue excomulgada (Varillas 1992: 290). Respaldó a Andrés Avelino Cáceres y durante el gobierno de Piérola debió exiliarse en Chile. “Servíamos al Partido Constitucional y si cometimos el pecado de mezclarnos en política, fue por el derecho que existe de pensar y de expresar el pensamiento…”, escribió en sus memorias. Reconocida como la tradicionista de mayor peso, después de Ricardo Palma (Ward 2007: 439), es precursora de la novela indigenista en el Perú (Guardia 2007: 266).

Las novelas de Clorinda Matto habían transgredido desde un principio el contrato mediante el cual las mujeres habrían sido aceptadas en los ámbitos literarios, a condición de mostrar una feminidad apolítica y no cuestionadora […]. Prueba de ello es que cuando Matto respondió sin ambages al llamado que hiciese González Prada de producir literatura de propaganda y ataque, sus libros desataron una violencia física y verbal contra ella, de tal envergadura, que finalmente la obligaron a partir al exilio (Denegri 1996: 16).


El Comercio (8 de mayo de 1839). Quinta edición, lanzada tres días después de que empezara a circular, en papel San Lorenzo (utilizado en diarios centroamericanos), con logotipo de letras compactas y formato casi tabloide.


El Comercio (25 de febrero de 1846). El logo varió muchas veces a lo largo de su historia, pero mantuvo por algunos años el punto final después de El Comercio. En la primera foto se aprecia lo que fue el primer eslogan. Igualmente cambió su formato. En la edición número 2012 adopta un tamaño más grande, muy similar al actual.


La Opinión Nacional (15 de enero de 1879). Diario importante, fundado por Andrés Avelino Aramburú, sobrevivió al cambio de siglo. Su primera página representa una concepción periodística en boga por aquellos días: formato gran estándar, a tres columnas normales y otras dos ampliadas, y contenidos publicitarios. Todos competían por los avisos.


El Heraldo de Lima (24 de febrero de 1854). Otro diario influyente. Tenía portada comercial y recibía avisos solo hasta las dos de la tarde. Fue el primero en crear una sección informativa con noticias económicas, políticas y crónicas de la ciudad. Circuló todos los días, excepto los feriados.


La Patria (30 de enero de 1880). Uno de los diarios que hizo un amplio despliegue informativo sobre los últimos días del presidente José Balta. Durante la Guerra del Pacífico fue tomado por el ejército chileno. En este número publica en detalle noticias de la avanzada de Chile sobre el Perú. Además, alerta sobre las inversiones en armamento que el país vecino estaba realizando, frente a las cuales el Perú no debía confiarse.


La Zamacueca (3 y 8 de enero de 1859). Dos ediciones de este tabloide sensacionalista, correspondientes al número cero o prospecto y al primer número. Salía los miércoles y los sábados. Tenía cuatro hojas. También lleva en un lugar destacado el siguiente lema: “La Patria es la troncha”, firmado por M. M. del Mazo.


Su carácter jocoso y crítico de la política lo expuso en el editorial de este número cero: “El mundo es un gran fandango, y el que no baila es un tonto. Este dicho vulgar encierra mucha filosofía […] y aplicado a nuestra política, es una verdad de a puño…”.


La Campana (27 de febrero de 1873). Semanario de formato tabloide que brilló por su amarillismo. Publicó noticias falsas en contra del régimen del presidente Manuel Pardo y desinformó a sus lectores al dar cuenta de un levantamiento ficticio en el Cusco. No identifica a su director, pero debajo del logotipo figura esta frase: “Tiene editor responsable”.


La Butifarra (8 de marzo de 1873). De corte sensacionalista, circulaba en Lima los días sábados al precio de un real. En su editorial de lanzamiento al mercado da su primera clarinada en estos términos: “Caballeros el país está descontento… La Butifarra será una verdadera butifarra, bien condimentada pero cargada de ají”. También decía tener “editor responsable”.


La Broma (15 de octubre de 1877). Fue un diario que utilizaba un lenguaje satírico y burlón. En su primer año de circulación publicó el “Almanaque para 1878”, que se promocionó como un “Elegante libro de más de 200 páginas en excelente papel satinado”. Se imprimía en la calle La Rifa (hoy jirón Miró Quesada), en el centro de Lima.


La Mascarada (8 de agosto de 1874). Tabloide sensacionalista que ofrecía una portada llena de texto y una caricatura a color en la página central. Su eslogan era “Fandango semanal, político, económico, crítico, burlesco y de trueno”.


La Mascarada (15 de agosto de 1874). Famosa caricatura firmada por Joaquín Rigal, titulada “El último día de César”, un macabro anticipo del asesinato del presidente Manuel Pardo. El editor Milá de la Roca debió responder por el dibujo, aunque la revista aseguró que no intervenía en la redacción, que era “esencialmente anónima”.


El Murciélago (11 de junio de 1879). Tabloide, opositor e incisivo que fundó Manuel Atanasio Fuentes. Cada número salía con un eslogan diferente. En este fue: “Burla y songa a los héroes de la Covadonga”. Aquí da cuenta de la detención en el Callao de El Luxor, una nave de la Compañía Hamburguesa de Navegación, que transportó armas de Montevi-deo a Chile en la coyuntura de la Guerra del Pacífico.


La Integridad (11 de marzo de 1899). Una de las primeras publicaciones defensoras de las ideas anarquistas, dirigida por Abelardo Gamarra “El Tunante”. Pese a que su circulación era más citadina, destacaba los eventos organizados en otros puntos del país, como la Gran Exposición de Trujillo. Defendía “el programa de la Unión Nacional”, agrupación fundada por Manuel González Prada.


El Libre Pensamiento (25 de marzo de 1899). En sus inicios fue vocero de la Gran Logia del Perú y luego se reconoció como “Órgano de la Liga de Libres Pensadores del Perú. Semanario consagrado a la defensa y propaganda de las doctrinas liberales”. Adhería las ideas anarquistas y anti-


La Sociedad (1 de junio de 1870). En este primer número se comprometió a “propagar todas las doctrinas que conducen a la conservación y progreso de la sociedad…”, pero se le reconoce como un diario clerical. Primero lo dirigió un grupo de intelectuales y, en 1871, el presbítero Manuel Tovar. Fue partidario de Nicolás de Piérola.

Capítulo 2
El periodismo y la República Aristocrática

Las primeras dos décadas del siglo XX inauguraron en Lima la centuria de la información. Las nuevas audiencias comenzaron a perfilarse y nuevos medios de comunicación —desde la telefonía y la electrónica, hasta la radio y el cine— amenazaron el reinado de los periódicos que, a su vez, se embarcaron en la aventura de las tiradas masivas.

Es a partir de la Primera Guerra Mundial cuando ese fenómeno de masas detona en todas sus manifestaciones en nuestro país, de la misma manera que sucedió en Europa y Estados Unidos.

Empiezan a reconocerse progresivamente como empresas, con las limitaciones que imponía el país en la producción de periódicos. Eran productos “de uso y de consumo”. A partir de 1900, instalaron gerencia, administración, publicidad, suscripciones, talleres y competencia. Adquieren un rol decisivo como portavoces de sus lectores que, para entonces, habían aprendido a identificarse como suscriptores de esas publicaciones. Superan a sus pares en otros sectores productivos y de servicio, e incluso “[…] pasan a marcar las pautas del mercado y se erigen en creadores y dirigentes del mismo” (Timoteo 1992: 25).

¿Qué pasaba en Lima a inicios del siglo XX? Tras las elecciones de 1899, el Perú comenzó a ser gobernado por regímenes civiles que aún hoy despiertan variadas lecturas. Para algunos investigadores, ellos instauraron durante veinte años una “[…] etapa de continuidad constitucional y de estabilidad institucional sin precedentes” (Planas 1994: 66); desaparecieron los gobiernos militares de viejo cuño que, como un péndulo, llevaron al país de la tiranía a la anarquía.

Otros historiadores coinciden en que el país fue conducido por quienes “[…] gracias a un rápido proceso de recuperación económica iniciado en la última década del siglo XIX, así como a la imposición de un sistema basado en las alianzas partidistas, el clientelismo y la exclusión de la mayoría del país, logró imponer un período de gobiernos estables” (Huiza et al. 2004: 122).

Durante la llamada República Aristocrática, como bautizó Jorge Basadre el período 1895-1919, Lima se modernizó y con ella el periodismo. La ciudad se vio beneficiada por el centralismo, el crecimiento de las élites empresariales limeñas y regionales —que cambiaron su lugar de residencia para establecerse en la capital— y del sector industrial. Altos niveles de rentabilidad y aumento del empleo, pero también diferencias sociales cada vez más marcadas entre los sectores socioeconómicos.

A inicios del siglo XX, Lima pierde definitivamente los límites de su trazado colonial y se deteriora la identidad citadina tan cercana y compartida entre la élite y la plebe. La ciudad irá invadiendo su espacio rural y dará paso a un nuevo ordenamiento donde ricos y pobres se irán alejando y conformando barrios signados por la exclusión (Torrejón 2010: 153).

1. La prensa de referencia

En esta nueva sociedad se consolidaron o se crearon publicaciones periodísticas que tendrían gran repercusión en Lima y en el resto del país, no solo durante las dos primeras décadas del siglo XX, sino toda la centuria.

Hasta 1914 podemos reconocer tres grupos de diarios, periódicos y semanarios: los de referencia, los populares y los que hemos denominado comprometidos ideológicamente.

Los ‘diarios de referencia’ nacen para producir más noticias para audiencias mayores. Más allá de lo cuantitativo, fueron publicaciones que cualitativamente apuntaron a la calidad, a la innovación y a convertirse en organizaciones periodísticas independientes y modernas, semejantes a las que existían en otros países. Los periódicos populares, por su parte, replicaron en Lima las experiencias de los modelos estadounidenses y europeos de finales del siglo XIX.

A ellos se suma una prensa comprometida —en lo ideológico, lo partidario y lo clerical—, que en otras latitudes había comenzado a extinguirse, pero que en Lima siguió informando como lo había hecho desde los años de la Independencia. Este grupo está compuesto por una larga lista de publicaciones que, a diferencia de las dos anteriores, no tuvo seguidores en el siglo XX, o que en todo caso fueron sustituidas por otras prácticas sociales en concordancia con los nuevos contextos vividos en esta centuria (recuadro 1).

En este capítulo analizamos estos medios, cuya presencia fue el resultado de una serie de fenómenos económicos, sociales y políticos de naturaleza local, así como de los cambios que impuso la masificación de las comunicaciones.

Recuadro 1

La comunidad política en el siglo XX

“La comunidad política peruana, entendida como comunidad de ciudadanos jurídicamente iguales, se viene construyendo lentamente, a través de conflictos y acuerdos, desde inicios de la República, sin terminar aún de constituirse como tal. En este proceso, destacan en el siglo XX varios hitos entre los cuales se encuentran la emergencia de los primeros partidos modernos —el APRA y el Partido Socialista en los años veinte—; el voto de las mujeres en la década de los cincuenta; el voto de los analfabetos a finales de los setenta; y la presencia política y terrorista de Sendero Luminoso, a inicios de los ochenta, que retrotrajo los avances impulsados por gremios, partidos y sindicatos, y propició la respuesta autoritaria y dictatorial del régimen fujimorista, que frenó aún más el proceso de construcción de la comunidad política y debilitó y corrompió en gran medida la tenue institucionalidad del país” (Plaza 2012: 25).

1.1 Las generaciones de la prensa de masas

Si se analizan las expresiones periodísticas limeñas de principios de siglo se verá que su aparición y quehacer muestran coincidencias interesantes con diversas publicaciones del mundo occidental.

En torno a 1900, los periódicos europeos y estadounidenses se transformaron progresivamente en instrumentos de influencia y se propusieron reducir su dependencia respecto al poder político, representativo, comercial o financiero. Una independencia que, sin embargo, no implicó necesariamente integridad moral.

La información había dejado definitivamente de estar en manos de marginados, profetas sociales, aspirantes a políticos o redentores de toda laya, para convertirse en uno más entre los grandes sectores de negocio —o industria, como algunos refieren—, no obligatoriamente dependiente de grupos exógenos de presión, y tampoco obligatoriamente distinto de los mismos. Defensor, por encima de todo, de los intereses propios y de la propia expansión y supervivencia (Timoteo 1992: 25).

En el Perú estas funciones también se cumplieron —por etapas, generaciones, estratos o modelos informativos—, con algunas variaciones y en ciertos casos con retraso respecto a lo sucedido en otros contextos. Veamos las coincidencias y diferencias.

La primera generación de la prensa de masas o popular data de la primera mitad del siglo XIX. Por un lado, fue una prensa politizada y comprometida, dependiente de caudillos, de partidos políticos o de organizaciones populares; una “prensa personal” (Gargurevich 1990: 114) o “fruto de un pionero que lo escribía, imprimía y distribuía” (Bordería et al. 1998: 341). Por otro lado, es la primera generación de periódicos populares, sensacionalistas, defensores de la crónica negra y del famoso I make news. En un “sentido muy laxo podrá llamarse de masas”, en la medida en que desarrolló y creó las condiciones propicias para configurar y definir los futuros estratos informativos: el desarrollo de un lenguaje entendible para todos, capacidad técnica para imprimir desde una política de bajos costos, mentalidad industrial (éxito = beneficio económico), mercado en potencial aumento cuantitativo y cualitativo (más instruido), capacidad de distribución a través de vías de comunicación, y el reconocimiento de los estados de que los periódicos podían ser utilizados como medios de educación de las masas para la democracia (Timoteo 1992: 51).

En Lima, esta forma de hacer periodismo político tuvo vigencia en sentido estricto hasta las primeras décadas del siglo XX, cuando desaparecieron, entre otros, grandes diarios políticos: El Nacional (1865-1903) y La Opinión Nacional (1873-1913). “El viejo periodismo político liderado por las cabeceras que abiertamente proclamaban ser el órgano de expresión de una formación política va quedando relegado a favor de los medios que tratan de difuminar sus tendencias políticas bajo la etiqueta de independientes” (Bordería et al. 1998: 321). En el plano sensacionalista, igualmente, también circuló un cúmulo de títulos que Porras Barrenechea calificaría como propietarios de un “monopolio deslustroso” y que tampoco sobrevivió al nuevo siglo.

La segunda generación de la prensa de masas está representada por el periodismo del estadounidense Joseph Pulitzer, modelo emblemático de una serie de experiencias económicamente exitosas propaladas en todo el mundo occidental: sensacionalismo como instrumento para ganar lectores y estrategias empresariales relacionadas con lo que hoy denominaríamos el márketing de periódicos: “[…] Las sucesivas fórmulas o modelos que en esta línea se suceden a lo largo de todo el siglo [XX] son, por activa o por pasiva (por imitación o por contraposición), feudatarios del mismo” (Timoteo 1990: 56).

En la prensa local diversos medios siguieron el patrón sensacionalista, empezando por el diario La Crónica (1912), tabloide reconocido como el primer diario popular limeño.

Igualmente, la tercera generación de prensa de masas o amarilla representada por William R. Hearst ha funcionado en el tiempo como referente de muchas aventuras periodísticas emprendidas en Lima. Es un contramodelo, por las prácticas difamatorias que lo caracterizó, que si bien aseguró ventas, a la larga siempre fracasó porque sus gestores no previeron que la exageración, la mentira y el libelo cansan.

A estas tres generaciones, o mejor dicho en respuesta a ellas, debe sumarse el movimiento periodístico —en realidad mundial— que a fines del siglo XIX enfrentó los esquemas populares, sensacionalistas y amarillistas de la sociedad de masas. Es la generación que rindió culto a la objetividad. Representada por los llamados ‘diarios de referencia’, de élite, de calidad o influyentes, salió a asumir la defensa de las nuevas audiencias masivas que rechazaban el escándalo en el periodismo. “Grupos privilegiados, económica y políticamente, que se sentían a disgusto con lo que ellos llamaban diarios gritones, que eran lectores tradicionales de una prensa más seria y conservadora en su concepción” (Bordería et al. 1998: 341).

Ejemplos de periódicos de élite aparecidos antes de 1914 son The New York Times — a partir de las reformas de 1904—, el Daily Telegraph y The Times de Londres, Le Figaro y Le Temps de París, el Frankfurter Zeitung y el Berliner Tageblatt de Alemania, Il Corriere della Sera de Italia, El Imparcial y El Liberal de Madrid. En una variante especializada en economía y finanzas, se considera dentro de esta categorización a The Wall Street Journal y al Financial Time. Después de 1914 surgieron otras cabeceras consideradas de calidad, como Le Monde (Francia), Die Welt (Alemania), El País (España), entre otros títulos (Timoteo 1992: 74-75).

En el Perú, las empresas periodísticas de referencia empezaron a consolidarse en las dos primeras décadas del siglo XX como organizaciones de prestigio, influencia y credibilidad. Fomentaron el surgimiento del periodismo profesional, la innovación tecnológica, el desarrollo de la prensa como portavoz de la opinión pública, así como un discurso racional diferente al sensacionalista.

El Comercio y La Prensa son reconocidos como los primeros diarios de referencia de Lima que transformaron el periodismo local (Porras 1970: 41). Luego, como ha sucedido en otros países, nuevas publicaciones surgidas en el siglo pasado son consideradas dentro de esta categoría, según los contextos y los méritos que exhibieron y exhiben hasta nuestros días.

1.2 Los primeros periódicos

Antes de analizar los primeros diarios de referencia de Lima vale la pena detenerse en las características particulares de ese formato y modelo informativo, desde el análisis que sobre ellos han realizado los investigadores españoles Jesús Timoteo Álvarez y Amparo Tuñón.

Ambos coinciden en que esta prensa de élite (elite press o quality papers) del siglo XX es la heredera de los periódicos comerciales, de negocios o industrializados del siglo XIX; sin embargo, en la nueva centuria aplicaron dos fórmulas básicas y analógicas: hacer un periodismo informativo de calidad, amplio e independiente, o un periodismo especializado (principalmente económico-financiero) (Timoteo 1992: 71).

Son los periódicos de solera, de mayor credibilidad y prestigio cultural; reconocidos como modelos del mejor quehacer informativo y de instituciones sociales dedicadas a comunicar ideas, símbolos y valores a través de la creación de opinión pública. Fueron expresión de la cultura democrática, como señala la periodista y docente española Amparo Tuñón (1990), especializada en el estudio del discurso cultural de estos medios. Asumieron como propios los principios de la primera revolución industrial (progreso, modernidad, libertad); pudieron aplicar las innovaciones tecnológicas de la segunda revolución (fenómeno de masas); y honraron la actualidad, así como los principios filosóficos de la Ilustración (razón, verdad y objetividad).

Estos diarios fueron los que mejor se adaptaron a los nuevos tiempos y, con estas características, terminaron constituyéndose en un espejo para el resto, o en medios de referencia y de consulta. Sus diferencias con otras publicaciones fueron evidentes: como ha puntualizado Denis McQuail, mostraron:

[…] independencia formal del Estado y de los grupos de interés manifiestos, aceptación dentro de la estructura de la sociedad, como una institución prominente de la vida política y social, fuerte conciencia de responsabilidad social y moral, nacimiento de la profesión de periodista, consagrada a referir objetivamente los acontecimientos, adopción, al mismo tiempo, del papel de transmisor y creador de opinión, tendencia a la identificación con el interés nacional (Tuñón 1990).

Antes de la Primera Guerra Mundial, los diarios de referencia mantuvieron “un valor casi mítico”. Eran “líderes carismáticos”, “mentores ideológicos”, “defensores políticos” y “elementos de identificación social”; “un manual de cultura” para las primeras generaciones alfabetas, “un consejero y líder político” para los votantes, “un punto de referencia de la sociedad” para las masas urbanas y “la personificación de lo moderno” para el mundo rural (Timoteo 1996: 22).

La relación de estas publicaciones con el centro mismo del poder era muy intensa, papel este último que se mantiene hasta nuestros días. Pasaron de ser simples intermediarios al servicio de intereses ajenos, a adscribirse en los sectores dominantes, que por lo demás necesitaban de la información para sus particulares objetivos. Este proceso, dicen los académicos, habría sido imposible sin la presencia de los managers, agentes y promotores de la sociedad de masas, es decir, de los grandes periódicos o diarios de referencia que en el cambio de siglo tuvieron enorme influencia sobre las multitudes.

Un mar de diferencias separa a los quality papers extranjeros de las experiencias periodísticas nacionales, probablemente porque nacieron bajo contextos diferentes, se renovaron tecnológicamente en momentos igualmente disímiles y tuvieron en general un desarrollo propio acorde con sus esfuerzos y visiones.

¿Qué los asemeja? Que todos, unos más tarde y otros más temprano, vivieron el cambio comunicativo de la llamada ‘edad de oro’ de la prensa (1870-1914); contaron con suficientes recursos para enfrentar los retos de la sociedad de masas y asumir los costos de una renovación tecnológica indispensable para sobrevivir a las exigencias del siglo XX; consolidaron las grandes tiradas masivas e hicieron de la objetividad una de sus principales fortalezas y ventajas competitivas empresariales.

La prensa de referencia se diferenció del sensacionalismo y del llamado tecno-informativo que aplicaron periódicos como USA Today, a partir de la década de 1980, cuando hablar de cultura era referirse a asuntos relacionados con la salud y el tiempo de ocio, reconocidas como las nuevas preocupaciones del lector medio (Tuñón 1990).

En cuanto a los públicos objetivos, la lectoría y la circulación hay también marcadas diferencias. Según la clasificación del Press Council británico, los medios de referencia se han dirigido a los grupos sociales de mayor poder adquisitivo, mientras que los populares o de masas (popular press o mass media) se orientaron a las clases medias y populares (Timoteo 1992: 29).

Fueron estos grandes diarios los que organizaron las movilizaciones de masas de todo tipo, desde colectas para levantar monumentos públicos hasta campañas nacionalistas contra un enemigo vecino. Con presencia activa en los principales fenómenos del siglo XX, añade Timoteo, tuvieron “[…] una responsabilidad de primer grado en el éxito de realidades cuyo protagonismo ha corrido a cargo de las masas, tales como el bolchevismo o el nazismo, la Guerra Fría, la rebelión del Tercer Mundo o el actual predominio de las grandes potencias”. Para Tuñón, los diarios de referencia son los que transmiten una concepción clásica de la cultura —artes, letras, cine, música— que separan de los contenidos de ciencia y tecnología e incorporan información sobre diseño, fotografía y estilo.

2. El Comercio: Modernidad y tradición

Raúl Porras Barrenechea escribió el siguiente texto, citando la irónica pluma de Manuel Atanasio Fuentes, sobre la línea editorial de El Comercio:

Un obsesionado impugnador de este diario, El Murciélago, decía de él en 1863 que “capeaba todas las situaciones de compromiso; cuando algún toro embestía, su imparcialidad se metía tras la puerta del toril y dejaba a la cuadrilla de banderilleros que mataran la fiera, para salir después cantando el de profundis al muerto y el gloria in excelsis Deo al recién levantado”. Observación tan cierta como dolorosa para nuestra cultura democrática que hasta el presente impone a nuestro periodismo línea tal de conducta, bajo pena de supresión (Porras 1970: 30).

Hasta 1870, dice Jorge Basadre, El Comercio fue un diario de empresa no afiliado a la política, que acogía “casi siempre imparcialmente los documentos de todos los bandos en lucha” (Basadre III, 2005: 101).

Después, como sostuvo Francisco García Calderón en 1907, sus ideales giraron en torno al “[…] culto de la paz interior contra la anarquía, la condenación del radicalismo y de las reformas verbales y absolutas y un positivismo que venía de los hechos”, mientras que “[…] de los editoriales escritos en estilo no literario de José Antonio Miró Quesada dijo que buscaban un término medio, un equilibrio entre las ideas y los hombres, entre las realidades y los partidos” (Basadre XVI, 2005: 173).

El decano se definía —a comienzos de siglo XX— en términos bastante parecidos a los que enarbolaron sus directivos a lo largo de esa centuria: como un vocero de la opinión pública. Así lo expresó su director, el 9 de agosto de 1903, en el homenaje que un grupo de limeños le tributó por la influencia que, como periodista, había ejercido en la cultura nacional, “[…] y por su intervención activa y eficaz a favor del orden y la paz en la república” (López Martínez 2009: 333).

Entonces, José Antonio Miró Quesada dijo:

Se cree que la prensa tiene el poder de formar la opinión pública, cuando en realidad no hace otra cosa que reflejarla y, a lo más, modelarla. Por esto, los que en El Comercio escriben no han contraído, en lo bueno que hayan alcanzado a hacer, mayor mérito que cualquiera de vosotros […]. Si los que en la actualidad escribimos en El Comercio hemos realizado una buena obra defendiendo la paz, el orden, las instituciones, ha sido porque nos dejamos inspirar por vuestro espíritu, por el verdadero espíritu nacional de estos tiempos de progreso.

Más allá de la polémica que siempre ha despertado su línea editorial, debe reconocerse que ha sido un diario innovador respecto a la implementación de los avances técnicos del siglo.

Fue el primero en incluir una fotografía en la portada. Sucedió el domingo 31 de julio de 1898, en ocasión de los funerales de su codirector, Luis Carranza, senador por el departamento de Ayacucho, vicepresidente de la Sociedad Geográfica de Lima y uno de los líderes del Partido Civil. El retrato marca un hito en la historia del periodismo nacional porque se constituye en la primera fotografía aparecida en un medio impreso y da origen al oficio del reportero gráfico (Schwarz 2001: 14).

La foto de Carranza, enmarcada en negro en señal de luto, ocupó cuatro columnas de la portada, y presidió cuatro páginas de información.

Luego El Comercio introdujo en el país la primera rotativa —o prensa rotatoria— movida a electricidad marca Marinoni, de procedencia francesa, en reemplazo de las antiguas prensas a vapor —“llamadas gráficamente de tira y retira”—, que imprimía 200 ejemplares (de cuatro hojas) por minuto. La máquina debía remediar “en breve una falta de servicio de este diario, que se ha estado haciendo más notable a medida que ha ido aumentando su circulación: el retardo en el reparto”, anotó el periódico. Como recuerda Aurelio Miró Quesada Sosa, “[…] la máquina ansiada navegó, cruzó por tierra el Istmo de Panamá, llegó al Callao, y después de ligeras angustias y tropiezos por los afanes de su instalación (encargada, por lo demás, a un mecánico francés que viajó especialmente), se estrenó el 19 de enero de 1902”, en el cumpleaños del director (Miró Quesada Sosa 1995: 226) (recuadros 2 y 3).

Al cabo de dos años, la rotativa resultó insuficiente para los objetivos de la empresa: quería imprimir el doble de ejemplares, de ocho páginas cada uno, en el mismo tiempo. Por ello, en 1904 viajó a Francia el jefe de talleres, Orfilio Lavarcés, con el encargo de adquirir otra rotativa Marinoni que empezó a instalarse en agosto de ese año y a funcionar el 30 de octubre, “[…] sin las ceremonias brillantes de la anterior pero con una confianza más segura en su utilidad y en su eficiencia” (Miró Quesada Sosa 1995: 227).

Casi simultáneamente, se compraron cuatro linotipos, los primeros en llegar al Perú (Guevara y Gechelin 2001: 89). Los adquirió Miguel Miró Quesada de la Guerra y la noticia fue muy celebrada al punto de que hasta el presidente de la República, José Pardo, acudió a presenciar una demostración de los nuevos equipos. “Rindió homenaje al nuevo ejemplo del progreso y la industria, llevándose de recuerdo la línea de plomo, con su nombre, que trabajó para él uno de los operarios del taller” (Miró Quesada Sosa 1995: 228).

Con estos adelantos, el Perú se ubicó en el sétimo lugar entre los países del continente donde funcionaban linotipos, después de Estados Unidos, Canadá, México, Argentina, Chile y Cuba. En cuanto a El Comercio las máquinas le permitieron enfrentar los problemas de retardo en el reparto de la edición y mostraron “el desarrollo material del periódico” frente a la creciente competencia. El diario La Prensa—probablemente el más importante de sus competidores en línea editorial, formato y calidad informativa a lo largo del tiempo— había empezado a publicarse de manera regular en 1903.

Las siguientes adquisiciones se cumplieron después del estallido de la Primera Guerra Mundial. Ya con doce páginas, el domingo 19 de noviembre de 1916, El Comercio informó en la portada sobre la compra en Estados Unidos de una nueva rotativa Goss; al parecer, debió instalarse en 1914, pero la guerra dificultó la entrega del pedido. Empezó a funcionar el 21 de enero de 1917:

En el vapor Chimú, que llega hoy al Callao, viene una nueva maquinaria para el servicio de El Comercio. Hace más de dos años decidimos traer una prensa de mayor potencia que la que actualmente usamos, y ya habíamos llegado a dar por cable las últimas órdenes, en tal sentido, a la fábrica de Koenig y Bauer, Wuezburg-Zell, en Alemania, en julio de 1914, cuando la guerra que pocos días después estalló en Europa hizo imposible la realización de nuestro propósito; sin que las circunstancias que a causa de este acontecimiento sobrevinieron nos permitieron volvernos a ocupar del asunto durante algún tiempo. Solo a principios del año en curso pudimos iniciar nuevas negociaciones para adquirir la maquinaria que necesitábamos, y con tal fin marchó a Estados Unidos el director de las instalaciones mecánicas de esta imprenta, señor Víctor Miró Quesada; quien, después de visitar diversas fábricas, compró la Goss, de Chicago, la prensa que hoy nos llega. Esta prensa, que imprime también a colores, es de las mejores y de mayor capacidad que han venido a Sudamérica. Puede dar, simultáneamente, hasta 32 páginas y su velocidad llega hasta 25.000 números por hora, según las páginas. Este punto de la velocidad es, por ahora, lo que constituye la mayor ventaja para nosotros; y como, además, la prensa trae acoplado un poderoso motor eléctrico, está preparada para funcionar con un auxiliar de petróleo, si fuera necesario, y tanto las máquinas de estereotipar como los demás aparatos accesorios que trae son de lo más modernos, seguramente la impresión de El Comercio se hará en ella con toda la regularidad y presteza que el buen servicio de este diario exige. La fábrica Goss ha comisionado para montar nuestra nueva prensa a uno de sus ingenieros mecánicos más competentes, el señor Charles Sipel, que acaba de instalar otra en la Imprenta de El Mercurio, de Valparaíso, según nos anunció el cable en días pasados.

La rotativa tenía capacidad para imprimir 32 páginas, 25 mil ejemplares por hora e incluso utilizar el color (López Martínez 2009: 70), “[…] con el que se podía animar los avisos e iluminar en las ediciones especiales del 28 de julio y de Año Nuevo las ornamentadas carátulas que acostumbraba dibujar Miguel Miró Quesada, quien firmaba breve y sencillamente: M. Miró” (Miró Quesada Sosa 1995: 254).

Por ejemplo, en el estreno de la prensa Goss, publicó un apunte gráfico en la portada para reflejar el desarrollo tipográfico del diario en cerca de ochenta años de vida. Al centro aparecía el dios Mercurio, símbolo de El Comercio; al lado izquierdo la primera prensa y, al derecho, la moderna Goss que propició un cambio en el diseño del diario, que pasó de seis a siete columnas. Debajo del dibujo se leía la siguiente leyenda:

Al inaugurar la nueva prensa americana, sistema Goss, que acabamos de instalar en nuestros talleres, damos, junto con el grabado que la representa, el de la prensa en que principió a publicarse El Comercio (1839), y cuya velocidad fue aumentando poco después, por medio de un malacate. La reemplazó (1855) una prensa de reacción, movida por vapor, y más tarde (1902) una rotativa, con motor eléctrico; ambas francesas, sistema Marinoni, las primeras en su género importadas al Perú. La diferencia que se observa entre aquellas máquinas de imprimir, de dos páginas y un tiraje de poco más de mil ejemplares a la hora, y la que estrenamos ahora, de 32 páginas y 25.000 ejemplares, marca, a la vez que los adelantos de los tiempos, el progreso de la industria en nuestro país (El Comercio, 21 de enero de 1917).

Estas innovaciones pusieron fin a la época de los cajistas, es decir, de los tipógrafos que armaban los textos letra por letra e iniciaron una etapa de competencia entre los periódicos, sobre todo entre los más grandes y solventes, empeñados en comprar las mejores máquinas para imprimir sus diarios. Otras publicaciones no podían aspirar a estas reformas y por muchas décadas más siguieron editándose en imprentas pequeñas que funcionaban en casas particulares, gracias a las prensas planas.

Recuadro 2

Amunátegui, Villota, Miró Quesada y Carranza

Durante el siglo XIX, la dirección de El Comercio estuvo en manos del chileno Manuel Amunátegui y el argentino Alejandro Villota, quienes lo fundaron en 1839. Contribuyeron a su desarrollo en esa centuria, el colombiano José María Samper, el peruano José María Monterola y el panameño José Antonio Miró Quesada, patriarca de la familia que lo ha dirigido desde 1875 hasta la fecha.

Otro personaje importante en su historia es Luis Carranza, médico de profesión y sobrino de Amunátegui, quien asumió la codirección de El Comercio en 1876, en una sociedad en la que también participó José Ayarza, otro sobrino del chileno fundador.

José Antonio comenzó a trabajar en El Comercio en 1867 como corresponsal en el Callao y en 1876 se hizo socio de Carranza y codirector del diario. A la muerte de su socio en 1898 asumió la dirección y adquirió al año siguiente los intereses de los herederos de Carranza. La sociedad establecía que esta quedaba disuelta de hecho al fallecimiento de uno de ellos, y los sucesores legales tendrían el derecho de pedir la liquidación.

El Comercio es una historia de sucesiones que generó “una serie de problemas concretos y precisos”, como reconoció uno de sus herederos, Aurelio Miró Quesada Sosa, en el libro Don José Antonio Miró Quesada:

En efecto, por escritura pública de 31 de enero de 1876, extendida ante el Notario Felipe Orellana, José Antonio Miró Quesada y Luis Carranza celebraron un contrato de compañía, que se amplió el 1 de febrero de 1877 con la inclusión de un tercer socio: José Ayarza. Bajo la razón “Carranza, Miró Quesada y Compañía”, los socios se comprometieron a editar El Comercio, y convinieron que, en caso de muerte de uno de ellos, la Sociedad quedaba disuelta de hecho respecto de los herederos. Los sucesores legales tendrían el derecho de pedir la liquidación, que se haría por dos peritos: uno nombrado por los socios sobrevivientes y otro por los representantes del socio premuerto. A poco, no se trató simplemente de la impresión del diario, sino de la propiedad de la casa en que El Comercio se editaba. En el concurso de bienes de Amunátegui, quedó reconocido el derecho sobre la mitad de ellos a favor de los herederos de Alejandro Villota —su compañero en la fundación del periódico—; y como tal derecho lo representaba la Sociedad “Carranza, Miró Quesada y Compañía”, se le reconoció a su vez a esta. Aprobada la memoria del síndico Manuel Candamo, por la Junta de Acreedores de 5 de agosto de 1879, y expedida de acuerdo con ella la sentencia del Juez Dr. Manuel A. Puente Arnao el 24 de octubre del mismo año, se procedió al remate de la finca situada en la esquina de las calles Rifa y San Antonio, con un área total de 1.807 metros cuadrados y 60 decímetros cuadrados. Obtuvo la buena pro el postor Francisco García, quien actuó por “Carranza, Miró Quesada y Compañía”. Y hechos valer los derechos adquiridos de los herederos de Alejandro Villota, y aprobado el remate por auto de 21 de enero de 1880, se adjudicó a los socios dos días después, por escritura extendida ante el Notario Luis Pérez Egaña, el dominio real y perpetuo de la finca.

[…] No había aún terminado la ocupación de Lima —y, por lo tanto, dignamente, no había vuelto El Comercio a publicarse—, cuando uno de los tres socios, José Ayarza, vendió su parte a Enrique Canaval. Años después, el 21 de agosto de 1886 la Testamentaría de don Enrique Canaval transfirió el crédito a don Daniel Argüelles.

Cuando Miró Quesada se hallaba en Europa, en su carácter de Agente Financiero General del Gobierno peruano, Carranza realizó algunos arreglos económicos: entre ellos, la adquisición del derecho de Argüelles. La situación general del diario no era, sin embargo, propensa al optimismo, porque el decaimiento del país, como consecuencia de la guerra, hacía que el precio de los anuncios fuera bajo y que las cobranzas resultaran laboriosas y largas. Al terminar el año de 1889, el cuadro de gastos y de entradas que presentó el muy honesto Administrador José Ramón Sánchez, indicaba un déficit de S/.1.600 mensuales, a pesar de las constantes economías intentadas. De continuar así, “quebraremos el día menos pensado”, escribía Carranza en enero de 1891. Pero a Miró Quesada lo animaban una fe profunda en El Comercio y una firme confianza en el futuro. Y superando pequeños desacuerdos, por la amistosa intervención de Manuel Candamo, que como cordial amigo de ambos era el más deseable de los árbitros, los dos socios fijaron sus derechos y arreglaron sus cuentas en la Empresa, por escritura pública extendida el 25 de agosto de 1892 ante el Notario J. R. Valdivia. Por ella, y de acuerdo con el espíritu y la letra de la constitución inicial de la Sociedad, Carranza declaró que la compra hecha a Argüelles de la antigua participación de José Ayarza, debía entenderse efectuada para él y para José Antonio Miró Quesada —que había abonado la parte proporcional del precio—; con lo que la Empresa y la finca de El Comercio pertenecían, por iguales partes, a ambos socios.

Con el fallecimiento de Carranza, tuvo que llevarse a efecto la preestablecida y obligada liquidación de la Sociedad. Cumpliendo una disposición de la escritura de 1877, se nombraron peritos para el estudio de las cuentas; que fueron: Olivo Chiarella por la Testamentaría de Carranza y Manuel Bernardino Pérez por José Antonio Miró Quesada. Vistos los libros de la Imprenta, y basándose en las cláusulas pertinentes de la misma escritura de constitución, se convino, por mutuo acuerdo, en la suma que el socio sobreviviente debía entregar a los herederos de Carranza para asumir totalmente el negocio; suma que al cabo, con armoniosa y cordial apreciación, fue aun elevada por Miró Quesada en la escritura pública extendida ante el Notario Valdivia el 5 de junio de 1899.

Y así, al terminar el siglo XIX, a los 54 años maduros y fecundos de una vida esforzada, y a los 32 de haber ingresado al diario como Corresponsal del Callao, José Antonio Miró Quesada se convirtió no solo en el Director único, sino en el exclusivo propietario de la Empresa y la casa de El Comercio (Miró Quesada Sosa 1995: 202-204).

Recuadro 3

Una empresa familiar

Los antepasados de la familia Miró Quesada eran españoles pero, como reseña Aurelio Miró Quesada Sosa, el advenimiento del siglo XIX no solo terminó con el régimen de dominación española en América, sino con el cercenamiento de algunos antiguos apellidos. “Y fue así como Tomás Gómez Miró y sus hermanos resolvieron también cortar su nombre para llamarse en adelante simplemente Miró” (Miró Quesada Sosa 1995: 17).

Tomás Miró y Josefa Quesada y Velarde, ambos nacidos en Panamá, fueron los padres de Joaquín, Tomás, Gregorio, Josefa y José Antonio Miró Quesada.

Los Miró Quesada componen una de las familias vinculadas al negocio de los periódicos que durante más tiempo ha dirigido una empresa —y luego una corporación— de medios de comunicación en el Perú.

En el siglo XX, los seis hijos de José Antonio Miró Quesada, con Matilde de la Guerra, continuaron directa o indirectamente la labor del padre.

Antonio, diputado por el Callao y luego presidente de la cámara baja, fue el primero en suceder a su padre en la dirección en 1905; contrajo matrimonio con María Laos. Aurelio, catedrático de la Escuela de Ingenieros, fue el administrador de la empresa, luego uno de sus directores y más tarde el primer gerente general de la empresa; se casó con Rosa Sosa. Luis, secretario de la Legación Peruana en Argentina, diputado por Tumbes y alcalde de Lima, se desempeñó como secretario de la redacción y luego como director; estuvo casado con Elvira Garland. Miguel, de dotes artísticas, ilustraba artículos con caricaturas y dibujos; se casó con María Garland. Óscar Miró Quesada de la Guerra (Racso) fue redactor de temas científicos y culturales; contrajo matrimonio con Josefina Cantuarias y en segunda nupcias con Rita de la Fuente.

La hija mayor, Josefa o Pepita, contrajo matrimonio en 1905 con Pedro García Yrigoyen, algunos de cuyos herederos asumirían la administración y gerencia del diario hasta inicios de la década de 1990. Otros descendientes emparentarían con las familias Graña, Elguera, Bentín, Prado, Olaechea, Meier, entre otras, que más tarde tendrían participación en el directorio de la empresa.

En el siglo XX, la dirección periodística de El Comercio estuvo en manos de José Antonio Miró Quesada (1875-1905), Antonio Miró Quesada de la Guerra (1905-1935), Aurelio Miró Quesada de la Guerra (1935-1950), Luis Miró Quesada de la Guerra (1935-1974), Óscar Miró Quesada de la Guerra (1980-1981), Aurelio Miró Quesada Sosa (1980-1998), Alejandro Miró Quesada Garland (1980-2011), Alejandro Miró Quesada Cisneros (1999-2008) y Francisco Miró Quesada Rada, director en ejercicio al término de la edición de este libro. Otros miembros de la familia han ocupado cargos importantes en la subdirección del diario, en el directorio y en la gerencia de la empresa.

2.1 El apoyo al civilismo

Durante las primeras dos décadas del siglo XX, El Comercio mantuvo el apoyo editorial que décadas atrás había brindado al Partido Civil, fundado por Manuel Pardo y Lavalle en 1871, y contribuyó a su consolidación. Como recuerda Porras Barrenechea, “[…] en la campaña de sucesión presidencial, primera ardiente batalla del civilismo por el poder, El Comercio, en el que escribía entonces el fogoso Reynaldo Chacaltana, se banderiza francamente por la candidatura de Manuel Pardo” (Porras 1970: 34).

Respaldó a Nicolás de Piérola (a juicio de Basadre primer representante de la República Aristocrática) y al independiente Eduardo López de Romaña. El decano cumplió papel preponderante en la difusión del proceso político de 1903 que llevó a la presidencia al abogado y empresario Manuel Candamo, de la misma manera que lo haría en las sucesivas elecciones que condujeron al poder a otras figuras del civilismo y a sus coyunturales aliados.

Candamo había sido jefe de la sección “Crónica” del diario, “donde todos sentían un gran aprecio por él”, y mantenía una profunda amistad con José Antonio Miró Quesada (López Martínez 2009: 332).

Más allá del aprecio y la amistad, El Comercio vio en Candamo la posibilidad de un régimen de reconciliación nacional y la resurrección del Partido Civil que, desde Manuel Pardo (1872-1876), no había logrado retornar a la presidencia. Cuando falleció, apenas al año siguiente de su elección, el diario le rindió homenaje póstumo con un despliegue informativo igual o mayor al brindado en la toma de mando. Las páginas guardaron luto por espacio de una semana, desde que dio la noticia del deceso en Arequipa, el 7 de mayo de 1904, hasta que sus restos fueron traídos a Lima. La noticia fue:

Con profunda pena enlutamos las columnas de El Comercio para confirmar la triste nueva que esta mañana dimos en boletines especiales.

El excmo. Señor don Manuel Candamo ha muerto esta mañana en Arequipa, después de una mejoría sostenida durante varios días, que auguraba el completo restablecimiento de su quebrantada salud. La desaparición del Presidente de la República, que será lamentada por el país entero, viene a poner a prueba la solidez de los progresos políticos realizados entre nosotros en estos últimos años bonancibles; una de cuyas manifestaciones fue la exaltación al mando supremo de un hombre tan excepcionalmente bien preparado para ejercerlo. Como don Manuel Candamo, que no fue a ocupar el elevado puesto de la República [sic] a título de caudillo, sino a efecto de la designación consciente de sus ciudadanos.

El diario apoyó a su sucesor: José Pardo y Barreda, hijo del fundador del Partido Civil, quien gobernaría dos períodos (1904-1908 y 1915-1919). También, al entonces empresario y por entonces representante del civilismo, Augusto B. Leguía (1908-1912), cuando en su primer mandato fue objeto de una intentona golpista encabezada por los hijos y el hermano de Nicolás de Piérola, quienes se sublevaron el 29 de mayo de 1909, tomaron Palacio de Gobierno y pretendieron infructuosamente la dimisión del Presidente.

Después se colocó en la oposición cuando Leguía adoptó en ese primer mandato una posición personalista y autoritaria, y comenzó a perseguir a los que consideraba sus adversarios, incluyendo a los periodistas. El diario La Prensa, que nació como vocero del pierolismo, fue uno de los medios más vejados. El clima de crispación interno y externo, el rechazo de los sectores intelectuales, de la juventud universitaria, era ostensible, como refleja el siguiente editorial de El Comercio del 20 de marzo de 1911:

No es, ciertamente, satisfactoria la situación política en que el país se encuentra. Hay en el seno de los partidos un desquiciamiento general; una falta de armonía y de unidad de miras que se traduce en desorganización peligrosa, en incertidumbre poco tranquilizadora sobre la solución que ha de tener el enredado problema político de actualidad […]. El Presidente de la República está ofuscado; cree que hay organizada una campaña personal contra él; la ve desarrollarse en el seno de los propios partidos que lo llevaron al poder. Y la campaña, claramente se observa, no es contra su persona, sino contra su política. Basta cambiar esta, para que la tranquilidad renaciera [sic].

A raíz de esos y otros atropellos, El Comercio y La Prensa se unieron para, a pesar de sus abiertas diferencias editoriales y políticas, suscribir un solidario convenio: garantizaba que “[…] si alguno de estos dos diarios sufría un abuso de fuerza, capaz de paralizar su organismo, el otro debería contribuir a aliviar el daño que de tal manera se causara, entregándole, sin cargo de reembolso, doscientas cincuenta libras peruanas mensuales, mientras las circunstancias lo hicieran necesario para el primero y se lo permitieran al segundo”. El singular acuerdo, que firmaron los directores de ambos medios, Antonio Miró Quesada y Alberto Ulloa Cisneros, no se ejecutó inmediatamente sino años después, cuando nuevamente en el poder, en un segundo mandato (1919-1930), Leguía cerró, expropió y suplantó La Prensa en 1921 (López Martínez 2009: 363).

Otro hecho importante en la difícil relación entre Leguía y el periodismo limeño tiene relación con una de las medidas más cuestionadas en aquellos años: las arbitrarias modificaciones a la legislación electoral —realizadas en 1908 y finalmente concretadas en 1911—, que constituyeron un retroceso en el proceso por erradicar los vicios que habían caracterizado el sufragio en los años anteriores de la República, y en el que participarían activamente Antonio Miró Quesada, entonces director de El Comercio y presidente de la Cámara de Diputados, y Alberto Ulloa Cisneros, parlamentario y director de La Prensa. Se vivía, como se observa, una época diferente en la que los periodistas cumplían funciones no solo públicas, sino políticas.

Luego de la incertidumbre que significó el gobierno de Leguía y la crisis que planteó al Partido Civil, los medios saludaron que Guillermo E. Billinghurst, empresario salitrero que había sido alcalde de Lima (1909) y expierolista, asumiera la Presidencia de la República en las elecciones de 1912, aunque resultó ser “un breve y convulsionado experimento populista”, como recuerdan Carlos Contreras y Marcos Cueto.

Había ingresado en 1899 al Partido Demócrata, pero se retiró de la vida política después de que en las elecciones de ese mismo año “debió ser el candidato natural de ese partido, pero fue misteriosamente relegado”. En la justa electoral de 1912, Billinghurst se convirtió en presidente de la República aunque no fue elegido en las urnas sino por el Congreso:

[…] una vez que este declaró nulas las elecciones en las que en verdad había triunfado el candidato civilista Ántero Aspíllaga, uno de los barones del azúcar de la costa norte. El argumento de la nulidad, promovida por el Partido Demócrata, fue que el número de votantes no había alcanzado el tercio mínimo necesario para considerar legítima la elección. Los demócratas habían llegado a la conclusión de que en una elección nacional era imposible derrotar al civilismo, por las amplias redes y mecanismos de control que este tenía en las provincias. Por ello boicotearon en Lima y algunas otras ciudades donde tenían fuerza, como Arequipa y Huaraz, las elecciones celebradas el 25 y 26 de mayo de 1912. En esas jornadas piquetes de manifestantes destruyeron las mesas electorales, usualmente colocadas en las plazas, y hostilizaron a los votantes. El tribunal electoral anuló, además, un número importante de actas, de modo que los votantes no llegaron al tercio requerido (Contreras y Cueto 2004: 202-203).

Pedro Planas dice en su libro La república autocrática, que la elección de Billinghurst no significó un quiebre, pues para ser elegido presidente de la República se exigía mayoría absoluta y en caso contrario, según la Constitución de 1860, el Congreso debía elegir entre los dos candidatos con mayor número de votos. Más bien, añade, “el conflicto fue derivado de la imposición parlamentaria de 1911”, es decir, de las maniobras ya descritas de Leguía para clausurar la Junta Nacional Electoral —medida que Aspíllaga convalidó desde su posición de presidente del Senado y miembro de la bancada leguiista—, así como para hacer ingresar al Parlamento a una mayoría de incondicionales que, eventualmente, le permitieran extender su mandato presidencial, una meta que no logró en ese primer gobierno. “Cuando la elección quedó en manos del Congreso, en el cual el leguiismo tenía mayoría […] se produjo la presión popular que lo obliga a elegir como presidente a Billinghurst. Pese a ello, lograron imponer como vicepresidente de la República a Roberto Leguía, el hermanísimo” (Planas 1994: 97).

El nuevo gobierno tuvo apoyo de diversos sectores populares descontentos con el alza del costo de vida y la permanencia civilista en el aparato estatal; también de los medios de comunicación. Sin embargo, no hubo calma en el año y cuatro meses aproximadamente que estuvo en el poder, con el lema “Un pierolismo sin Piérola” y el símbolo populista del “Pan Grande”.

Luis Alberto Torrejón Muñoz reconstruye en Rebeldes republicanos: la turba urbana de 1912, la cobertura que los diarios El Comercio, La Prensa, La Crónica, La Opinión Nacional, El Diario y la revista Variedades brindaron al motín popular que estalló a propósito de las elecciones. En su opinión, el movimiento popular que apoyó a Billinghurst se produjo en el marco de una sociedad en transición, en la que convivían prácticas premodernas —como las asonadas, las turbas, los saqueos y linchamientos protagonizados por artesanos, empleados y desocupados—, con las prácticas de la modernidad —como los paros y las huelgas conducidos por masas obreras—. “La lucha popular pasó de estar integrada por caudillos y montoneras a estarlo por obreros y artesanos; de ser una asonada, con el consiguiente ‘cierra puertas’, a ser un paro; de buscar reivindicar propuestas políticas de la élite a la reivindicación popular” (Torrejón 2010: 18) (recuadros 4 y 5).

A Billinghurst, una crisis lo llevó al poder y otra lo derrocó el 4 de febrero de 1914, ante lo cual los periódicos no fueron indiferentes. Basadre resume así la trayectoria de los medios en estos años:

En el campo político interno El Comercio amparó a los regímenes de Romaña, Candamo y José Pardo contra la oposición demócrata y combatió resueltamente a Leguía en su primera administración […]. En la época de Billinghurst no estuvo unido al proyecto de golpe de Estado, que se urdió en Palacio ni a la oposición subversiva encabezada por La Prensa. Durante el segundo período de José Pardo tomó actitudes de independencia (Basadre XVI, 2005: 173).

Recuadro 4

La República Aristocrática

El siglo XX empieza cuando el Perú era gobernado por una élite de personalidades, miembros de un grupo de partidos de cuadros, que se mantuvieron en el poder casi dos décadas, período que Jorge Basadre denominó la República Aristocrática.

Historiadores, economistas y politólogos han puesto en debate esa etiqueta, pues consideran que más que aristócratas, los que gobernaron el Perú entre 1899 y 1919 fueron miembros de una burguesía o alta clase social, u oligarquía que, como tal, gobernó para unos pocos con el objeto de mantener sus privilegios. Un gobierno limitado a círculos dirigentes, con base en el poder y las influencias del privilegiado sector económico al que pertenecían, más allá de consideraciones ideológicas o de una propuesta de desarrollo para el país.

Sin embargo, como anotan Contreras y Cueto, en lo que todos están de acuerdo es que en este capítulo de la historia, el Perú alcanzó estabilidad política después de diez años de militarismo, un rápido crecimiento y diversificación económica; se produjo la primera ofensiva educativa centralizada en la sierra, entre una serie de cambios sociales, políticos y culturales que han dejado un legado que es perceptible hasta el día de hoy.

Uno de los rasgos característicos de este período fue la continuidad de los gobiernos constitucionales formados por representantes del Partido Civil, fundado por Manuel Pardo en 1871, “pero que revivió en la posguerra con Chile gracias a una evolución favorable de la economía mundial y a la todavía vitalidad de su proyecto de modernización. En esos años los líderes civilistas reconstruyeron su poder económico y político como parte de la élite costeña que gozaba de legitimidad, prestigio y reconocimiento en el resto de la sociedad” (Contreras y Cueto 2004: 201).

Bajo este paraguas, se reconoce como integrantes de la República Aristocrática los gobiernos de Eduardo López de Romaña (1899-1903), independiente; Manuel Candamo (1904), del Partido Civil; José Pardo y Barreda (1904-1908 y 1915-1919) del Partido Civil; Augusto B. Leguía (1908-1912), entonces del Partido Civil; Guillermo Billinghurst (1912-1914), independiente y el único derrocado en este período por un golpe de Estado cívico-militar; y el gobierno provisional del general Óscar R. Benavides.

En cuanto a Leguía, explica Basadre, no hubiera podido ser reelegido al término de su primer mandato —aunque después volvió al Gobierno, bajo otra agrupación política—, por la persecución que emprendió contra diversos sectores, entre ellos La Prensa, y porque no supo capear la crisis económica mundial, el excesivo gasto interno, el desorden contable, la agudizada confrontación social, el avance del proceso de endeudamiento del Perú con sus acreedores ni los conflictos externos con los cinco países limítrofes. Eso sin contar con las medidas arbitrarias que emprendió para frenar a la oposición, desarticular la Junta Electoral Nacional y el Congreso para lograr, infructuosamente, reelegirse.

Recuadro 5

Los ‘bloquistas’

Durante el gobierno de Piérola, en 1896, se promulgó una nueva ley electoral que confirmó el sufragio popular para quienes sabían leer y escribir, implantó el sufragio directo en reemplazo del indirecto (vía colegios electorales), estableció las Asambleas de Contribuyentes y creó la Junta Electoral Nacional, predecesora del actual Jurado Nacional de Elecciones, encargada de supervigilar el proceso de elecciones, sortear a los miembros de las juntas escrutadoras y formar un registro electoral. La junta estaba formada por dos miembros de la Cámara de Diputados, dos del Senado, uno del Ejecutivo y también cuatro miembros del Poder Judicial, poder del Estado que nunca había participado en estas materias legislativas y electorales.

En contra de esa tendencia orientada a consolidar las instituciones, Leguía modifica en 1908 la ley electoral y elimina la participación del Poder Judicial en la junta, dejándola prácticamente en manos del Congreso con el objeto de garantizar, por lo menos transitoriamente, su manipulación desde el Ejecutivo, y prorrogar su mandato en 1911.

Sin embargo, recuerda Pedro Planas, la modificación fue contraproducente para Leguía, quien vio frustradas sus aspiraciones, pues la mayoría parlamentaria —entonces compuesta por los ‘bloquistas’ o un bloque antigobiernista— dominó el organismo electoral. A Leguía solo le quedó disolverlo, e incluso cerrar su local.

Formaban parte del grupo ‘bloquista’, miembros de los tres partidos más importantes (Civil, Constitucional y Liberal), que se unieron en una alianza parlamentaria para enfrentar los desmanes del Gobierno, así como defender el sistema de partidos y el Estado de derecho, como lo expresó en una declaración pública que se difundió en 1911. El grupo hizo frente a la maniobra leguiista que logró imponer en el Congreso un tercio legislativo a su favor, con el uso de la fuerza pública y sin credenciales debidas, para garantizar el ingreso al Parlamento de un grupo de sus incondicionales partidarios.

El bloque supuso la primera crisis del Partido Civil y su división en dos facciones: los leguiistas o ‘palaciegos’ y los antileguiistas o ‘bloquistas’, en esta última se ubicaron parlamentarios como Matías Manzanilla, Francisco Tudela, Javier Prado, Manuel Vicente Villarán y Antonio Miró Quesada, director de El Comercio.

El bloque no apoyó la candidatura de Ántero Aspíllaga, quien había respaldado la disolución de la Junta Electoral Nacional y contaba con el respaldo de Palacio de Gobierno, pero sí la de Billinghurst, quien finalmente fue elegido por el Congreso, a pesar de la mayoría leguiista. Ganaron la presión ciudadana y los editoriales de El Comercio y La Prensa.

En 1912, otro parlamentario periodista —Alberto Ulloa Cisneros, director de La Prensa— impulsó la reforma del sistema electoral, mediante una ley complementaria que fue promulgada por Billinghurst y reincorporó al Poder Judicial, como instancia decisiva en el examen de la legalidad de los sufragios.

Más tarde, en 1915, esta alianza de partidos impulsó la candidatura de José Pardo, pero no llegó a ponerse de acuerdo en las elecciones de 1919 para respaldar la candidatura de Aspíllaga frente a la de Leguía; ni siquiera hubo consenso dentro del Partido Civil.

La postulación de Leguía actualizó la grieta de 1911, aunque en esta oportunidad, el Partido Civil ostentaba por lo menos tres facciones: los civilistas leguiistas (que tenían representantes en el Parlamento), los veteranos aspillaguistas (que dominaban la directiva del Partido Civil) y los renovadores (bloquistas), que buscaron infructuosamente un candidato de unidad nacional. Tal como vemos, independientemente del golpe del 4 de julio, el Partido Civil parecía destinado a resquebrajarse. Su cohesión era ficticia (Planas 1994: 96-97, 106-107).

2.2 La noticia y los géneros periodísticos

Como puntualiza Jesús Timoteo Álvarez (1992), durante el siglo XX la red cablegráfica confirió ubicuidad y univocidad a los medios de comunicación, pero también sembró las raíces de la objetividad periodística en lo referente a valores relacionados con la precisión, la exactitud y la inmediatez con que se difundieron las noticias.

Las notas informativas simples aparecían bajo el crédito de Telegramas Vía Galveston, al tiempo que se introducían las primeras secciones distribuidas en las páginas diagramadas a seis delgadas columnas. Entonces no se usaban titulares como los actuales, de manera que cada sección —una ubicada debajo de la otra— iba precedida por cortos encabezados con frases de dos o tres palabras que resumían el contenido de cada nota.

Las secciones eran: “El Día” (nota de actualidad, por lo general ubicada en la portada), “Interior” (notas de corresponsales) y “Crónicas” (relatos institucionales, teatro y artistas). También: “Despedidas”, “Exterior”, “Comunidad”, “Interés general”, “Datos del día”, “Judicial”, “Notas sociales”, “Sport”, “Callao”, “Variedades”, “Minería”, “Electoral”, “Municipalidad”, “Comunicados”, “Información sobre la Bolsa Comercial de Lima”. Los datos políticos provenientes del Parlamento se publicaban con el título “Congreso Ordinario” y, desde 1903, en el espacio “Diario de debates”, cuya difusión de manera exclusiva en El Comercio fue motivo de disputa con La Prensa.

Hacia agosto de 1903, a pocos meses del lanzamiento de La Prensa, los contenidos se agilizaron. Nacieron nuevas secciones, más reportajes y notas de divulgación científica. Se incluyeron elementos gráficos que rompieron con la estructura tradicional del puro texto, incluso en primera página. Además de capitulares, las primeras fotografías y grabados, que aportaron tanto a lo informativo como a lo publicitario, lo cual fue una innovación.

Hubo mayor preocupación por que la foto sea lo más reciente posible y que apareciera más conectada a los textos. En los primeros años del siglo, las fotos eran unidades independientes de las noticias y se publicaban sin leyendas. Recién hacia la década de 1920, los grabados de la primera página aparecieron acompañados de leyendas y un título que asemejaba mucho al de los libros. Fue el caso del collage publicado el 22 de enero de 1917, con el título “Las tropas coloniales francesas. Soldados de Tonkin”, que incluía cuatro imágenes de un grupo de soldados orando, en la posición francesa del Tonkin, en Indochina.

Se dio prioridad a la columna editorial, cuya frecuencia se hizo mayor, y se destacó su ubicación (en las primeras páginas), y debajo del logo de El Comercio. La novedad fue el aumento del número de páginas que se podían imprimir gracias a las nuevas rotativas. Esto permitió la publicación de las largas crónicas parlamentarias y de los primeros artículos de opinión, cuyos autores firmaban con seudónimos. A partir de 1904, circularon los artículos de Óscar Miró Quesada de la Guerra (Racso), sobre asuntos científicos y divulgativos.

La titulación periodística evolucionó y aumentaron las noticias de último minuto. En el primer semestre de 1904 apareció una sección titulada “A última hora”, donde se insertaban informaciones llegadas al cierre de la edición; una muestra de la preocupación por garantizar la actualidad periodística y satisfacer la inquietud de los lectores de estar al día con los acontecimientos.

Bajo la dirección de Antonio Miró Quesada (1905-1935) hubo más noticias y artículos en la primera página; nacieron nuevas secciones y aumentaron los elementos gráficos.

Para esta época el avisaje empieza a tener nuevas características. No se trata ya de los avisos pequeños que se repiten constantemente o de aquellos que pueden considerarse como los antepasados de nuestros actuales “avisos económicos”. A partir de 1905 aparecen avisos de grandes dimensiones que indican, obviamente, una nueva concepción publicitaria de la cual El Comercio sería también el diario precursor (López Martínez 2009: 346).

El folletín o novela por entregas comenzó a incluirse en las últimas páginas de las ediciones de la mañana y de la tarde. La primera novela fue Los primeros hombres en la luna de H. G. Wells; y la segunda, Un drama íntimo de Federico Di Roberto. Para entonces aún continuaba la extendida práctica de comentar o reproducir informaciones o artículos publicados en otros medios, nacionales y extranjeros (recuadros 6 y 7).

En el aspecto gráfico, la cabecera empezó a exhibir, a manera de orejas, los precios de las suscripciones, de las ediciones sueltas y de los avisos publicitarios. En enero de 1905 nació la sección “A través del medio siglo”, cronología de los hechos más importantes publicados en El Comercio en los últimos cincuenta años de vida. Era la raíz de la columna “Sucedió hace un siglo”.

La segunda década del nuevo siglo trajo cambios. A partir del 26 de julio de 1910 comenzaron a publicarse titulares de portada que abarcaron inicialmente dos columnas, con sumillas de tres a seis líneas, y se ampliaron las dimensiones de las fotografías de la primera página.

Aumentó el número de páginas, así como las secciones dirigidas a determinados segmentos: universitarios, militares, élites culturales… El 4 de julio de 1915 salió “La Página Dominical” (antecedente del actual suplemento Dominical que circuló como tal en la década de 1950). Y con un nuevo producto el precio de las suscripciones subió.

La primera página dominical de El Comercio tuvo como nota “abridora” la siguiente: “Los submarinos y su papel en la actual guerra internacional”, titulada a “bandera” a lo ancho de la página.

Recuadro 6

Los avances técnicos

En 1901 se hizo la transmisión transoceánica sin hilos. Luego aparecieron el offset (1904) y la radiotelefonía (1906), y más tarde la televisión (1926) y el radar (1935).

Los canales de comunicación se abrieron progresivamente entre 1900 y 1920. El censo escolar de 1902 afrontó serias dificultades para realizarse no solo por la falta de un padrón completo de las poblaciones, la resistencia de las autoridades y de los padres de familia para facilitar el recojo de la información, sino por la falta de vías para acceder a los poblados más alejados (Contreras y Cueto 2004: 223).

Entre 1903 y 1904 se realizaron las primeras transmisiones radiotelegráficas en Lima y el Callao, con la participación de la Marina de Guerra. Luego, desde 1904 el Estado Peruano intentó unir mediante la telegrafía sin hilos la capital con la selva, y a partir de 1906 se contó con apoyo técnico de la empresa alemana Telefunken. Recién en junio de 1912 se instaló la estación del cerro San Cristóbal, ideada por el ingeniero peruano Augusto Tamayo, para conectar Lima e Iquitos.

A fines del siglo XIX, El Comercio tenía un servicio telegráfico propio, proporcionado por la Compañía Telegráfica de Centro y Sud América, vía Galveston (en el Golfo de México, en Estados Unidos), que empezó a utilizarse en 1894 y principalmente desde 1895, y que permitió difundir noticias de las provincias y del extranjero.

Ya no se trataba de los telegramas minúsculos que llegaban entre 1886 y 1894. Ahora los textos eran más amplios, tenían un epígrafe, en negritas, y a veces ocupaban hasta dos o tres columnas. La mayoría […] provenía de Londres, aunque también había en París, Berlín, Tokio, Roma, etcétera […]. Este servicio significaba un desembolso económico muy importante, ya que cada palabra costaba cerca de un sol de plata (López Martínez 2009: 310-312).

Recuadro 7

Estilos periodísticos

En las primeras décadas del siglo XX se podían distinguir cuatro estilos de redacción para presentar las noticias. Lo frecuente eran los textos en los que intentaba destacar lo más importante en los primeros párrafos, como lo hacían los cablegramas y las agencias de noticias, en los cuales se ubican las primeras notas informativas. Un segundo tipo fueron las narraciones, antecedentes de las crónicas periodísticas, en las que se buscaba contar las historias de manera cronológica, de principio a fin y sin apuro. Después de todo, las noticias se conocían principalmente a través de los periódicos. Los sucesos sensacionales, como los policiales y las crónicas parlamentarias tomadas del “Diario de Debates”, tenían el tratamiento de relatos. A ellos se sumaban las columnas editoriales y de opinión, generalmente firmadas con seudónimos y que en ocasiones eran comentarios originados en las cartas de los lectores. Finalmente, había un conjunto de ensayos dentro de los cuales se inscribían artículos firmados e informes de naturaleza médica o científica, que parecían transcritos de libros especializados, y que hoy han desaparecido de los diarios entre otras razones por falta de espacio. Algunos fragmentos de ejemplo:

Un crimen en la calle de Baquíjano. El poeta don Leonidas Yerovi es mortalmente herido por tres tiros de revólver. Fallece unas horas después en La Maison de Santé. El criminal es apresado por la policía. Origen del crimen

Cuando faltaban pocos minutos para las once de la noche de ayer, los habitantes y las personas que trabajaban por el Jirón de la Unión, fueron sorprendidos por la detonación de varios tiros de revólver que suscitaron la consiguiente alarma, atrayendo hacia la calle de Baquíjano, donde parecía haberse realizado el hecho, a gran número de curiosos. En pocos momentos, los balcones se llenaron de las personas que, en esos momentos, descansaban tranquilamente en sus casas y en un vasto trecho de la calle, desde la puerta del diario La Prensa hasta el edificio que construyen actualmente las empresas eléctricas asociadas, se agrupó un numeroso gentío rodeando a un coche cerca del cual se hallaba tendido en el suelo el cuerpo de un hombre. Al mismo tiempo se dejaban ver los sobresaltos de los inspectores de la policía que tocaban llamada de oficial y esto contribuyó a propagar la noticia de que en ese jirón había acaecido un hecho grave.

Cuando nuestro cronista llegó a la calle de Baquíjano, varios jóvenes levantaban en hombros el cuerpo inanimado de un hombre y lo conducían a la botica argentina, situada como se sabe, en la calle de Boza, a pocos pasos del lugar del suceso; y la policía apresaba a un sujeto alto, vestido con traje plomo, de cara tostada y cabello rubio.

Los rumores más extraños se divulgaban en los corrillos de curiosos que quedaban frente al Teatro Excelsior y un grupo compacto de gente que se apretujaba contra la puerta de la botica, donde había sido internado el herido.

Pero sobre todas las voces, entre todos los comentarios, resonaba dicho con simpatía especial el nombre del conocido poeta don Leonidas Yerovi, redactor del diario La Prensa y uno de los intelectuales que gozaba de mayor estimación y cariño en esta capital [sic].

(El Comercio, 16 de febrero de 1917: 3).

Al margen de la vida. El niño McCarthy Vedle.

La cabellera hirsuta, sin sombrero y el paquete de diarios en la mano. Es un vendedor de periódicos en Nueva York; se llama Juan McCarthy, y se ha hecho célebre, porque en su pecho, mal cubierto por una simple camisa humilde, latía un corazón generoso y amante de su patria. Ese rapazuelo de boca entreabierta y de intensos ojos redondos, que apenas cuenta 12 años, es el primer norteamericano que ha contribuido a sufragar los gastos bélicos de su país […]. Racso.

(El Comercio, 8 de agosto de 1917, nota informativa acompañada de grabado).

2.3 La cobertura internacional

La cobertura de los conflictos bélicos ocurridos a comienzos del siglo XX fue, además de la nota política local, una prioridad en la agenda de los medios. En el caso de El Comercio, el seguimiento de la información internacional fue práctica frecuente y elemento distintivo del medio.

El acontecimiento más destacable fue la Primera Guerra Mundial. Las noticias aparecieron de manera continuada todos los días desde que estalló hasta que concluyó. Con titulares llamativos de cuatro, cinco o seis líneas, más cintillos sensacionales como “La conflagración europea” o “La conflagración universal”, la cobertura fue amplia y fundamentada acorde a las posibilidades que ofrecían la información cablegráfica, los extensos telegramas que llegaban vía Galveston o vía Transoceánica, las informaciones publicadas en diarios extranjeros, los aportes de colaboraciones eventuales y la Agencia Havas.

Ocupaba la dirección Antonio Miró Quesada de la Guerra, pero “ante la importancia de los acontecimientos, el afán periodístico y las renovadas vehemencia y laboriosidad” retornó José Antonio Miró Quesada

[…] con los mismos bríos que antes. De su casa a la Imprenta y de la Imprenta a su casa iba y venía en su quehacer constante, atravesando la tradicional calle de La Rifa; buscaba mapas, preconizaba informaciones, estimulaba a su hijo Óscar en sus objetivos y precisos balances de la guerra; daba instrucciones a los traductores y aun, con muy lógica impaciencia, traducía a veces él mismo los cables que llegaban (Miró Quesada Sosa 1995: 227).

Aparte de los despachos diarios, en octubre, noviembre y diciembre de 1914, El Comercio publicó una edición extraordinaria de dos páginas los domingos por la tarde. Casi al término del conflicto, en noviembre de 1918, emitió hasta cuatro ediciones al día (una en la mañana y tres por la tarde) basadas en cables y telegramas. Más informaciones aparecieron hasta diciembre de ese año, bajo el titular “El fin de la gran guerra”.

Antes hubo otros hechos internacionales de amplia difusión, como la escisión de Colombia que dio origen a Panamá, en noviembre de 1903. Además de tener raíces panameñas, José Antonio Miró Quesada había sido nombrado agente confidencial de la Junta de Gobierno Provisional de Panamá en el Perú, por lo que “influyó decisivamente para que nuestro país fuera la primera nación hispanoamericana en reconocer al nuevo Estado”. Incluso en diciembre de 1903 se ofreció a Miró Quesada la representación diplomática panameña en el Perú, designación que este rechazó (López Martínez 2009: 339).

Destacó el tratamiento diario dado a las noticias sobre la guerra rusojaponesa, que aparecieron con el titular “La guerra en Asia”. Se publicaron en la primera página, por el lapso de año y medio: de marzo de 1904 a septiembre de 1905, o como avances informativos en la sección “Última hora” o “A última hora”.

Dio cobertura amplia al terremoto de San Francisco del 18 de abril de 1906 y la travesía aérea de Louis Bleriot sobre el Canal de la Mancha el 25 de julio de 1909; no escatimó detalles para difundir los viajes de los aviadores Carlos Tenaud en 1908 y Juan Bielovucic en 1911. Un año antes, en este boom de la aviación, la hazaña de Jorge Chávez generó el 24 de septiembre de 1910, al día siguiente de la tragedia, un titular a cuatro columnas y dos fotos: “Chávez, en Blackpool. Grave accidente del aviador al cruzar los Alpes”. La revolución mexicana pudo darse a conocer gracias a la agencia Associated Press por el Cable Vía Colón.

Desde el 20 de octubre de 1911, el tema fue “La Revolución en la China”, y al año siguiente, el 15 de abril de 1912, el naufragio del transatlántico Titanic. Los sucesos de la Revolución Rusa de octubre de 1917 se ventilaron hasta el año siguiente, en la sección “Última Hora”. El 9 de julio de 1919 apareció una foto del dirigible británico R34, “a los 136 años de la invención del globo”.

En el ámbito regional, los conflictos limítrofes con los vecinos ocuparon la atención del diario. Los antiguos problemas con Chile, Bolivia, Brasil, Colombia y Ecuador revividos por esporádicas crisis bilaterales merecieron gran despliegue. El conflicto más importante en el país y en la prensa fue el relacionado con el destino de Tacna y Arica. El Comercio exteriorizó una posición proactiva y enérgica en este editorial del 5 de enero de 1905:

Hace más de diez años que la suerte definitiva de Tacna y Arica debió de haber quedado resuelta, y después del tiempo transcurrido desde entonces, nos encontramos en peores condiciones que en el primer momento, para provocar la solución deseada. Esto no puede haber dependido sino de dos causas: nuestra incapacidad para buscarla o la imposibilidad de obtenerla. Si es lo primero, no son los que en la actualidad combaten al gobierno, ilusos que creyeron haber alcanzado esa solución cuando ellos lo formaban, quienes tienen derecho a que se les conceda exclusiva por seguir buscándola; si lo segundo, no sería censurable que se recurriera a transacciones decorosas que condujeran al fin deseado. Esta es la verdad; quienes la desconozcan, si no son insensatos, proceden de mala fe. Fuera del dilema que dejamos planteado, no hay sino una salida: apelar a las armas para reivindicar derechos que no se nos respetan.

En 1909 publicó unos telegramas secretos, dirigidos a la cancillería boliviana, en los que Chile la incitaba a ignorar el laudo argentino que puso fin al problema limítrofe entre el Perú y Bolivia. El 6 de marzo de 1910 dio a conocer otros “documentos secretos”, elaborados en octubre y noviembre de 1908 por una comisión consultiva chilena sobre las provincias peruanas cautivas, donde se establecía un plan para expulsar a los sacerdotes peruanos y reemplazarlos por otros chilenos, en un esfuerzo por chilenizar los territorios en disputa. “El prestigio, los contactos y hasta el dinero de El Comercio puestos al servicio del país, lograron estas verdaderas hazañas periodísticas que no pudo negar la Cancillería del Mapocho” (López Martínez 2009: 389). Finalmente, cuando surgió la esperanza de que se podrían recuperar las provincias cautivas de Tacna y Arica, señaló en el editorial: “Creemos firmemente que el Perú está jugando su última carta en la gran partida moral que libra con Chile y estamos persuadidos de que se necesita la unión de todos los peruanos y la utilización de todas las fuerzas para afrontar, con buen éxito, el agudo problema internacional. Cometerían un crimen quienes no cooperaran, decididamente, con abnegación patriótica, con elevado espíritu, a darle al Perú en estas circunstancias toda la fuerza, toda la respetabilidad de que necesita presentarse revestido ante el mundo, para que se le escuche cuando reclame justicia en nombre de la libertad y del derecho” (El Comercio, 27 de noviembre de 1918) (recuadro 8).

Recuadro 8

Las campañas

Los grandes periódicos de comienzos de siglo, como El Comercio, La Prensa y La Crónica, siguieron la tradición de las campañas, es decir, la difusión de noticias de relevancia social e interés público durante todo el tiempo que fuera necesario, hasta agotar el tema, cubrir todas las aristas de la historia y dar tribuna a los principales involucrados o fuentes. Esta práctica se desarrolló en el siglo XIX, en temas gravitantes como la libertad de los esclavos y la sanción contra la condición indígena. Por entonces, los periodistas no solo informaban, sino que participaban activamente como miembros de la sociedad civil en asociaciones defensoras de los derechos de esclavos e indígenas. Fue el caso de Manuel Amunátegui, director de El Comercio, quien era socio de la Sociedad Amiga de los Indios, activo defensor de la causa indígena y, al parecer, responsable de la creación de la sección denominada “Indios” (Mc Evoy 2007: 80).

En el nuevo siglo, la información internacional ofrecía la posibilidad de desarrollar reportajes de largo aliento, de manera casi seriada, gracias a la amplia información que traían los telegramas y cables. Otro campo fértil para este tipo de coberturas especiales eran las ediciones jubilares que marcaron la diferencia respecto al resto de publicaciones.

Pero las campañas periodísticas poseen otra característica: tienen el propósito —velado o explícito— de denunciar un problema, explicar sus alcances y esbozar soluciones, para que la autoridad tome cartas en el asunto, asuma responsabilidades y corrija lo que debe. Muchos diarios asumieron ese papel fiscalizador para convertir al periodismo en vigía del poder.

En El Comercio destacan las campañas a favor de la tecnificación de la policía y el reequipamiento de la Fuerza Aérea (recordemos que una misión francesa organizó el Ejército —hasta entonces desarticulado— en 1896; y en la década de 1920 dos misiones, una norteamericana y otra española, hicieron lo propio en la Marina de Guerra y la Guardia Civil). También las campañas en defensa del desarrollo de los caminos, la reglamentación de la legislación sobre el trabajo de las mujeres y los niños, la tolerancia y la libertad de cultos (que finalmente se aprobó en octubre de 1915). Los reportajes en apoyo a la moneda, cuando propuso exitosamente a la ciudadanía utilizar los soles de plata en reemplazo de las libras peruanas de oro que desaparecieron en 1914 al estallar la Primera Guerra Mundial y, de esta manera, impedir la emisión de papel moneda. Qué decir de las campañas de arborización de 1906, en beneficio del ornato en Lima; el impulso a los programas de extensión universitaria, para alentar al claustro académico a proyectarse hacia la comunidad y sumarse a la educación de sectores desprotegidos; y la defensa de la jornada laboral de las ocho horas, en una sociedad donde se imponía a los peruanos diez o más horas diarias de trabajo.

2.4 Circulación, publicidad, precio y formato

Cuando el diario El Comercio apareció, en 1839, informó que se publicaría

[…] todos los días, exceptuando los festivos, en la imprenta Del Comercio [sic] calle de San Pedro Número 63. Se les entregaba a los señores suscriptores en sus habitaciones. Se despacha en esta capital en la tienda del Señor Dorado Calle de Judíos y en la Botica Inglesa Calle de La Merced. En ambas partes se reciben suscriptores.

La modernidad impuso las reglas del mercado, la sistematización de la circulación y de la publicidad.

2.4.1 Las ediciones y los tirajes

El 1 de marzo de 1875 se estableció una política de circulación que, con variaciones, se mantuvo por largos años, para regular el número de sus ediciones —una en la mañana y otra en la tarde—, la relación con los suscriptores, las tarifas publicitarias e incluso las horas de cierre, que entonces eran de conocimiento público:

El Comercio se publica dos veces al día, excepto los feriados, a no ser en casos extraordinarios, en que, por lo menos, se dará un alcance con las noticias que hubiere.

La primera edición, en la que serán insertadas, de preferencia, las noticias de la mañana, saldrá de doce a una del día.

La segunda edición, que contendrá todo aquello que merezca publicarse y que no haya alcanzado a salir en la primera, entrará en prensa de ocho a nueve de la noche, o antes si es posible.

Los avisos y artículos que se remitan a la imprenta para ser insertados en cualquiera de las dos ediciones, se publicarán en la que se designe; a menos que por llegar a última hora o tener demasiada extensión, sea absolutamente imposible hacerlo, en cuyo caso aparecerán en la siguiente.

Se suplica a los suscriptores que cuando no reciban oportunamente un número o noten cualquiera otra falta en el servicio mecánico del periódico, se sirvan dar aviso al administrador de la imprenta, a fin de poner inmediato remedio… (Aviso, sábado 4 de marzo de 1876).

Hubo períodos en que solo circuló una edición. Por ejemplo, en noviembre de 1894, cuando el diario fue multado por el gobierno de Cáceres por infracciones al Reglamento de Moralidad Pública, únicamente apareció la edición de la mañana, que salía a las seis horas, incluyendo domingos y feriados, según informó el 18 de noviembre de 1894. La vespertina reapareció el 21 de noviembre con otros horarios: “El Comercio publica diariamente dos ediciones: una a las seis de la mañana y otra a las seis de la tarde” (aviso, 21 de marzo de 1895).

En el siglo XX, el decano mantuvo las dos ediciones y excepcionalmente publicó una tercera, para difundir eventos por lo general del extranjero.

En diferentes momentos de su historia, el diario lanzó una edición de la mañana cuya primera página era publicitaria. Sucedió desde su aparición hasta 1905: incluía avisos, primero con puro texto y luego con ilustraciones; también informaciones de servicio sobre la llegada de los vapores y los ferrocarriles, u obituarios. Ocasionalmente se colocaron en la portada columnas editoriales, aunque la mayoría de veces se prefirió ubicarlas en la portada de la edición de la tarde, abriendo página en la primera columna de la izquierda. Esta edición era la más importante “por su contenido y número de páginas” (López Martínez 2009: 215). Posteriormente, la edición de la mañana adquirió mayor relevancia, no solo por su extensión, sino por el avisaje y el tiraje, que se estima era mayor que la otra.

Las ediciones de los sábados y sobre todo las de los domingos eran extensas, tanto como las jubilares, es decir, publicaciones extraordinarias para conmemorar aniversarios, onomásticos y fechas del calendario cívico e institucional. El 28 de julio de 1905 la edición por Fiestas Patrias llegó a 32 páginas, llenas de largos reportajes, artículos firmados y avisos publicitarios de un cuarto de página, media e incluso página completa. Esta política fue seguida por La Prensa y La Crónica.

La venta de ejemplares fue de menos a más, aunque no hay cifras exactas.

En el siglo XIX lo usual era la suscripción y solo un porcentaje pequeño de la edición se vendía en algunos puntos fijos de la ciudad. Desde 1912 —y con gran ímpetu— aparece en Lima un nuevo personaje: el “canilla” o “canillita”, si era niño, que con un paquete de diarios bajo el brazo voceaba su noble mercadería por calles y plazas, adelantando las noticias más atractivas. No podemos precisar fechas y cifras, pero hacia 1912 ya el número de diarios vendidos por los repartidores callejeros era superior al dedicado a los suscriptores, que los recibían en sus domicilios. Desde una hora y hora y media antes de la salida de cada edición, el patio de El Comercio se veía prácticamente abarrotado de “canillas” que aguardaban la salida del diario para luego inundar con vocerío las arterias de la entonces pequeña ciudad (López Martínez 2009: 370).

2.4.2 Fuerza vendedora

En cuanto a la publicidad, pasó por varias etapas, pero incluso antes del nuevo siglo ya se había establecido algunas reglas básicas, explicables en un diario comercial:

Tarifa. Los avisos comunes de una a diez líneas, en tipo corriente (breviario) pagarán cincuenta centavos por cada inserción; y por los de mayores dimensiones se cobrará cinco centavos por cada línea excedente. Los avisos de preferencia, que aparecerán al pie de la crónica, pagarán un sol cuando no excedan de diez líneas y diez centavos por cada línea excedente. Estas condiciones se alterarán en un sentido favorable a los interesados, cuando lo merezcan los avisos por su extensión, probabilidades de permanencia, etc. Los artículos comunicados pagarán seis soles por columna. Cualquier publicación que se haga en otro idioma que el castellano pagará un cincuenta por ciento sobre el precio de tarifa. Todo pago se hará adelantado. Los editores (aviso, sábado 4 de marzo de 1876).

Entre 1900 y 1905 predominaron los pequeños avisos, sin ilustraciones y puro texto; a partir de 1910, la publicidad era a página completa los domingos; y en 1916 los anuncios aumentaron en dimensiones y costos. Cambiaron en la forma y en el fondo, gracias a los recursos gráficos y el uso del color (recuadro 9).

Las tarifas de publicidad fueron, por ello, variables. En 1901 los anuncios de texto se medían por línea: cinco centavos para avisos diversos, diez centavos para preferenciales y veinte centavos para reclamos al pie de la crónica. La columna costaba diez soles. Salvo algunos reajustes, estos precios se mantuvieron estables en la primera década.

En 1911, El Comercio fijó una tarifa especial para los avisos de minería, y en 1912 otros precios para sus anuncios más frecuentes: defunciones, obituarios y despedidas. Costaban cinco soles y podían publicarse una o dos veces. Al año siguiente, estableció tarifas para las notificaciones judiciales: “Se pagará el precio de tarifa de este diario, que es de cinco centavos de sol por línea de breviario y por cada inserción”, rezaba la autopublicidad. Los avisos que debían insertarse por más de tres veces gozaban de rebajas de cinco, diez, quince y hasta veinte por ciento.

En 1916 el precio de los anuncios se calculó por centímetro: los generales de cuatro líneas de texto subieron a veinte centavos, los preferenciales a cuarenta centavos y los reclamos a ochenta centavos. Los comunicados valían veinte soles la columna. Al comenzar 1920, publicitar se hizo más caro: la Primera Guerra Mundial originó el aumento del valor del papel y de otros insumos necesarios para la industria gráfica.

2.4.3 Precio de tapa y formato

Según el tarifario difundido en 1901, el suelto bajó de precio: se vendía a dos centavos. En 1907 subió a tres centavos, costo que se mantuvo hasta que el alza del precio de papel comenzó a ahorcar las economías de los diarios después de 1914.

En 1916 la edición de la mañana subió a cuatro centavos y la de la tarde a tres centavos. A fines de 1917, ambas ediciones se nivelaron en los cinco centavos. El periódico explicó, el 7 de octubre de ese año, que afrontaba una carestía del papel por causa de la guerra.

El problema era serio: obligó al diario a pensar, por primera vez, en reducir su formato. Recuérdese que en 1839 El Comercio medía 39,5 centímetros de largo por 28 centímetros de ancho, pero en 1895 creció a 61 centímetros por 40,5 centímetros.

Finalmente, la reducción no se hizo realidad: en 1916, su formato aún era el de un gran estándar (59 centímetros por 43,5 centímetros). El decano prefirió elevar el precio de tapa y así lo comunicó un domingo, en la portada y abriendo página:

Desde hoy se venderá a cinco centavos cada ejemplar de El Comercio.

Nos vemos obligados a alzar el precio del número suelto a nuestro diario, por la notoria y creciente carestía del papel de periódico, que vale hoy 100 por ciento más de lo que valía antes de la guerra, y de otros artículos empleados en nuestra industria, cuyo costo se halla en algunos casos recargado en proporción todavía mayor.

Esta circunstancia, que afecta actualmente de modo intenso la organización económica del negocio de periódicos en el mundo y que ha inducido a la generalidad de los diarios de Europa y América a subir sus precios, nos compele a solicitar la cooperación transitoria del público, a fin de hacer frente, con su apoyo, a la crisis que la guerra ha traído a nuestra industria.

Como se comprenderá, está en nuestro interés ofrecer el periódico lo más barato posible a nuestros lectores, para favorecernos con la más amplia circulación; de manera que no elevamos hoy el precio movidos por el propósito de aumentar utilidades, sino de soportar mejor el gravamen extraordinario que nos ha impuesto la guerra, a causa del exagerado precio del papel; y abrigamos la esperanza de que, normalizándose las cosas, nos será grato conciliar nuestros intereses industriales con el explicable deseo que tenemos de volver a dar El Comercio al público a sus antiguos precios.

Hemos creído que entre reducir el formato del diario, lo que no permitía siempre hacer un buen servicio, y aumentar algo del valor del número suelto, conservando sin alteración las tarifas de las suscripciones y de avisos, era preferible este segundo procedimiento y confiamos en que así ha de juzgarlo también el público (aviso editorial, domingo 7 de octubre de 1917).

Irónicamente, a fines del siglo XX, el tema de la reducción de los formatos volvió a ponerse de moda cuando los más importantes medios estándar del mundo optaron por el tabloidismo. Lo mismo ha sucedido con las suscripciones que a comienzos del siglo XX determinaban la venta de los diarios.

En 1876, la suscripción mensual costaba dos soles, mientras que el número suelto se vendía a diez centavos. La competencia probablemente obligó a un reajuste estratégico, pues, en 1895 la suscripción bajó a 1,40 soles y el número suelto a cinco centavos. De todas maneras, los lectores preferían recibir el diario en casa.

En las primeras décadas del nuevo siglo, las suscripciones —en Lima, provincias y el extranjero— se mantuvieron con leves incrementos. He aquí algunas tarifas en soles:

a) 1901: Lima, 1,40 mensuales, provincias 4,50 trimestrales, extranjero 12,00 semestrales.

b) 1905: Lima, 1,40 mensuales, provincias 4,20 trimestrales, extranjero 12,00 semestrales.

c) 1917: Lima, 1,60 mensuales, provincias 4,80 trimestrales, extranjero 12,00 semestrales.

d) 1919: Perú, 2,00 soles; extranjero 15,00 soles.

Recuadro 9

Los cómics

En 1917, exactamente el domingo 25 de febrero, se publicaron los primeros cómics o historietas en El Comercio. Fue una composición a cuatro colores (rojo, negro, amarillo y anaranjado) en doce viñetas numeradas, que tenía como personaje a un niño llamado “Cara sucia” y su perro “Pasa-hambre”. El autor de la historieta era James Swinnerton, uno de los primeros caricaturistas estadounidenses, cuyos dibujos distribuía Star Company, con derechos registrados en Gran Bretaña y en Estados Unidos.

Swinnerton creó el primer dibujo con personajes permanentes (“Little Bear”) en el San Francisco Examiner en 1892, del controvertido William Randolph Hearst. Más tarde la historieta adoptó el nombre “Little Bears and Tigers” cuando el dibujante pasó en 1896 al New York Journal, el diario que Hearst instala en Nueva York e inicia la competencia con The World de Joseph Pulitzer. “De humor un poco edulcorado pero dueño de una línea serena, Swinnerton ejercería bastante influencia sobre los posteriores ‘animal strips’. En el New York Journal comenzó a utilizar los globos de manera permanente. Más tarde, en 1905 y sin abandonar su estilo gentil, creó otra tira dedicada a niños: ‘Little Jimmy’” (Masotta 1982: 24).

Swinnerton fue contemporáneo de Frederick Burr Opper, creador de la serie “Alphonse et Gaston”, y también de Richard Felton Outcault, creador de la histórica “Yellow Kid”. Esta tira cómica, que en 1896 enfrentó a Pulitzer y Hearst, dio origen a la expresión ‘prensa amarilla’. Finalmente, en 1896, cuando empezó a aparecer en The New Journal, otro “Yellow Kid”, dibujado por George Lux, siguió apareciendo en The World.

Swinnerton, Opper y Felton Outcault contribuyeron al uso del globo, la continuidad y la permanencia de los personajes en las historietas, elementos que caracterizarían al moderno cómic.

El 25 de marzo de 1917 apareció en el decano una nueva tira cómica titulada “Maldades de dos pilluelos” (en inglés “The Katzenjammer Kids”) de Rudolph Dirks, otro de los precursores estadounidenses, cuyos trabajos se publicaron en The World hasta 1912 y luego en una sección completa dedicada al cómic color del New York Journal.

Dirks también fue autor de otras tiras cómicas de trascendencia internacional, como “Mutt y Jeff” y “Bringing up Father (Trifón y Sisebuta)”, pero “Maldades de dos pilluelos” es considerada la primera historieta verdadera. Según Massota, cuenta

[…] las hazañas de dos mellizos The Katzenjammer (palabra alemana que Busch había usado ya para designar la malignidad). El lenguaje, un slang a medias norteamericano y a medias alemán, caracterizaba a una familia de inmigrantes: der Captain (viejo marino fracasado), die Mama (la madre adoptiva de los pillos) y der Inspector (representante burocrático de la educación y la escuela). Sobre el fondo de un escenario que cambia de lugar geográfico, Hans y Fritz se rebelan contra toda autoridad. La existencia misma de los mellizos parece imponer un desorden generalizado a un universo donde voluntaria o involuntariamente se destruyen las cosas, y donde el castigo constante de los dos responsables jamás alcanza para calmarlos ni para reparar los daños. Este mundo violento, donde la ruptura de los objetos y los golpes exigía ser representada por medio de onomatopeyas y signos gráficos nuevos (“la escuela del Slang, del Bang, del Pow, de la historieta, había nacido”), confiere efectivamente a la tira de Dirks el título de primera historieta en el sentido más moderno del término (1982: 27).

Los cómics de Dirks también enfrentaron a Pulitzer y Hearst ante los tribunales. Al dibujante se le reconoció la autoría de “Maldades de dos pilluelos”, y a The World el derecho de conservar el título y los personajes de la tira cómica. Finalmente, hubo dos historietas semejantes: una en The World, dibujada por Harold Knerr, y otra por Dirks denominada “The Captains and the Kids”.

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Release date on Litres:
10 October 2024
Volume:
672 p. 71 illustrations
ISBN:
9789972453229
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