Read the book: «Diosidencias hacia la luz»

Primera edición septiembre 2021
© Editorial Santidad
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Fotografía de portada: ©María Eugenia Muñiz
En algún lugar del Camino Francés hacia Santiago de Compostela
Fotografía de contraportada: ©María Eugenia Muñiz
Basílica del Santo Sepulcro - Jerusalén
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María Eugenia Muñiz / una mirada distinta
Cuando una crisis profunda trastoca tu vida y tocas fondo, quedan dos opciones posibles: o te hundes en la oscuridad de un pozo sin fin, o confías en que lo que sucede conviene, para cambiar todas aquellas cosas de tu existencia que no te dejaban encontrar la paz. Si esa crisis va acompañada de la Fe, es posible transitar el dolor que muchas veces es inevitable, con sabiduría para elegir entre las opciones que se te presenten, entendimiento para comprender y no ofuscarse, y fortaleza para no desfallecer, antes de que llegue el tan anunciado final.
Ocho años transcurrieron desde que tuviera que llegar ese punto de inflexión en mi vida, ese cambio de mirada, para darme cuenta de que alguien había señalado el camino con sus huellas, y alguien también, con mucha sutileza, fue delimitando con unas inesperadas rosas. Lastimarte y sufrir con las espinas durante el recorrido, es casi imposible de evitar. Enojarse, resentirse y resistirse es previsible, pero opcional.
La paz, solo es posible, cuando sigues ese camino que te guía hacia a Dios, para algún día poder llegar a ver y sentir esa luz que nuestros seres queridos que se han adelantado en la partida ya han visto, y sin dudas, gozan.
Compartir mi experiencia con quien lea estas páginas tiene como finalidad dar testimonio de cómo Dios me abrazó para rescatarme, cuando más perdida me sentía, y cómo a partir de ese abrazo, me fue otorgando distintas herramientas, para poder retomar la marcha con una inesperada fortaleza, que me permitirían enfrentar nuevos e inesperados desafíos… aquellos que serían los más tristes y dolorosos de toda mi vida.
Prólogo / Ángeles que nunca fallan y jamás olvidan
¿A qué sabe un vaso de vino? Imaginemos que nunca lo hemos probado y preguntamos a qué sabe. Por muchas palabras que nos quieran describir, hasta que no experimentamos y no lo hacemos vida, no sabemos a qué sabe. Lo mismo pasa con la experiencia de Dios: podemos leer, escuchar, pero las personas que tienen esa experiencia brillan entre la multitud.
María Eugenia vivió una experiencia de Dios, que se podría decir que fue de alto impacto, lo que hizo que su vida a partir de ese día, cambiara para siempre.
Iñaki, su hijo, llegó a la vida de su madre para ayudar en ese cambio y terminar de transformarla. Su paz y su amor la guiaron de forma sutil a mantenerse en el camino. Luego partió de este mundo, pero aún así brilló, y supo transmitir a su madre esa experiencia de Dios, a pesar de la ausencia.
No sabemos el vacío que puede dejar una persona, hasta que se marcha… La vida nos pone en situaciones límites y, en ocasiones, no encontramos el sentido de la vida, cuando una persona muy querida nos dice adiós. Si ese adiós es repentino y sientes que no te ha dado tiempo a despedirte, entonces el tránsito a esa paz tan anhelada se hace pedregoso, difícil de caminar.
Las despedidas deberían ser pausadas y profundas, es lo que siempre pedimos a Dios, pese a lo inevitable de la vida, que es la muerte. Pero no somos nosotros los que elegimos la manera de cómo partir a la casa del Padre. Solo Él sabe el momento idóneo, por muy duro que lo sintamos. Debemos vivirlo como un plan mejor, que tiene reservado para unos pocos. Algunos tenemos que llegar a la meta final con más experiencias de vida y de fe, pero otras personas, como Iñaki, aprendieron todo lo que Dios consideraba como necesario, y por esa razón, marchan pronto.
El camino de aprender en la Fe, de saber que nos encontraremos con nuestros ángeles al final de nuestra vida, no es una tarea fácil. Las señales que recibimos de ellos, no siempre son nítidas o fácilmente interpretables, pero en lo importante se hacen muy visibles. Los ángeles nos acompañan en los momentos buenos, pero también en los menos buenos, porque solo ellos saben con su experiencia, que en las dificultades está la gracia, los frutos y la transformación verdadera del corazón.
En el mundo terrenal nos volvemos algo egoístas, porque echamos de menos esa presencia que nos hace insoportable el día a día, sin ser conscientes que cada uno de nosotros tenemos nuestra propia historia de salvación, única e irrepetible. No podemos, entonces, ver la vida con ojos mundanos, debemos verla con ojos de trascendencia, de una trascendencia que nos traspasa y que no logramos descifrar. El lenguaje de Dios no es el mismo que el nuestro, no intentemos entender este lenguaje desde nuestro idioma, porque nos frustraremos.
La mirada tiene que ser alta, al Padre. También tenemos que entrenar una mirada protectora y tierna como la de nuestra Madre. Ella también sabe consolarnos en los momentos de mayor orfandad.
La historia de María Eugenia e Iñaki es una historia de amor, de una despedida que, aunque pudiera parecer fortuita a ojos de cualquiera, no lo es. A ojos de Dios, ellos venían acompañándose en un largo viaje. En el viaje de nuestras vidas estamos acompañados de ángeles que, como Iñaki, se muestran prudentes pero a la vez alegres. Son protectores, pero a su vez te dejan la libertad para equivocarte. Percibir ángeles que brillan entre tanta oscuridad, y que nos transmiten esa experiencia de Dios, es muy necesario en estos tiempos que corren. Ángeles que nunca te fallan, siempre te cuidan, siempre te esperan, jamás te olvidan.
Alba Montalvo Iniesta Periodista y comunicadora
Mater Mundi TV - Madrid
Prólogo
Quien a lo largo de su vida no haya experimentado aún, como un vendaval interior que todo lo azota; quien no haya sentido que se desvanece el suelo que pisa, y toda su existencia queda flotando en el vacío; quien no se haya sentido aún, desbancado en sus seguridades y en sus certezas, aunque sea una vez, aunque sea por brevísimos segundos, entonces quizás, no esté preparado para caminar junto a María Eugenia por este tránsito por el que ella, nos invita a acompañarla.
«Pero para el delirio no hay explicación. Tarde o temprano irrumpe en todas las vidas… y quizá sea muy pobre la existencia que no se ha visto arrastrada al menos una vez por la tormenta del delirio, la vida que no ha sufrido las sacudidas de un terremoto hasta en sus cimientos o la fuerza de un tornado, que arranca las tejas con un rugido y que revuelve en un momento todo lo que la razón y el carácter han mantenido en orden hasta entonces».
La mujer Justa de Sandor Márai.
¿Es que acaso puede haber otra intencionalidad al pasar nuestros ojos por estos signos negros que se presentan sobre el frío papel o la pétrea pantalla, que la de acompañar a la autora a navegar por sus mares interiores, como quien sube a una barca ajena, y es invitado a sentarse cómoda y simplemente a disfrutar del paisaje?
Quien empiece a leer esta historia, aunque sea por mera curiosidad, se verá tentado a coger de la mano a la autora como si la conociera de toda la vida. Se dolerá en sus dolores y gozará en su gozo, o bien se subirá al pedestal de su ignorante soberbia y, desde esa enana altura, pretenderá juzgarla, con la saña y la violencia con la que no se atreve a juzgarse a sí mismo: son dos reacciones posibles. La que seguro no tendrá lugar, es la indiferencia. Cada uno tiene sus vendavales interiores y cada uno sale de ellos, como puede.
En este caso, una mujer sencilla de tierna mirada decide abrir su corazón y compartir este camino por el que ella pasó, dejándonos a nosotros la oportunidad de revisar nuestros propios abismos y la valentía que tenemos, o no, para pasar por ellos.
Quien pretenda sacar conclusiones de esta experiencia contada, a mi modo de ver, se equivoca, pues en todo caso las conclusiones solo le pertenecen a la autora quien, con seguridad, seguirá cada día sacándolas a su luz.
Que cada uno saque sus propias conclusiones sobre su propia historia y se sienta invitado a aceptar la ayuda de los ángeles que transitan por nuestras vidas: esa es la invitación que subyace en este relato tan fotográfico, como vital.
Quien tenga un corazón abierto y unos cuantos dolores que hayan pasado por él, podrá verse retratado en este tránsito. Si es valiente se lanzará a transitar su propio camino; y si además es honesto, encontrará también su alma gemela y a los ángeles enviados para acompañarle en este, más o menos largo transitar, al que llamamos vida.
Por último me viene del corazón, directo a la garganta, un sencillo: «¡Gracias, Eugenia, por haber abierto tu coraza/corazón!»
Simplemente, ¡gracias por compartirlo!
Alejandro Meyniel
Primera etapa del camino
~Una mirada al punto de partida~
Nací y crecí en una familia católica, pero no practicante. Cursé el primer y segundo grado de la escuela en un colegio público. Cuando iba a comenzar el tercer grado, mis padres nos cambiaron a mi hermana y a mí a un colegio católico de monjas, con fama de ser muy estrictas. No puedo recordar si ese cambio me daba igual o si me hacía feliz, pero lo que sí recuerdo es que, unos pocos días después de que empezaran las clases, mi abuelo paterno sufrió una descompensación que lo condujo al hospital. Mis padres nos dejaron en casa para llegar hasta allí lo más rápido posible. Tardaron varias horas en volver, y lo hicieron con la peor de las noticias. Los padres de hace cuarenta y tantos años atrás carecían de conocimientos de psicología, y la sutileza para enfrentar este tipo de situaciones, brillaba por su ausencia.
La noticia fue, al menos para mí, como un jarro de agua fría en pleno invierno o, más bien, como un puñal directo al corazón. No tiene sentido que a esta altura de mi vida niegue que era mi abuelo preferido, ese con el que compartía casi todos los fines de semanas y meses enteros de vacaciones, en una casa de un lugar llamado Carlos Paz. Su casa y mis abuelos eran mi refugio.
Todavía hoy tengo el recuerdo vivo del impacto de la noticia, pero lo que no recuerdo es haber tenido tiempo ni espacio para derramar alguna lágrima, porque después de darnos la noticia nos enviaron a la cama, ya que al día siguiente había que ir a la escuela. No hubo ningún tipo de despedida, no fuimos invitados, ni nos dieron velas para ese entierro. Por esa razón, volver al día siguiente a un colegio donde había tantas cruces, tantas imágenes de Vírgenes y santos, no fue plato de mi gusto, más aún, si tenemos en cuenta que me estaba preparando para recibir, ocho meses después, el sacramento de la primera comunión.
¿Cómo iba a poder preparar el corazón para conectar con lo divino? Sin yo saberlo, acabé de cortar esas relaciones invisibles, porque la noticia de la muerte de mi abuelo me había partido el corazón. Si Dios era bueno, ¿por qué se había llevado a mi abuelo? No se lo perdoné hasta muchísimos años después, ya que tuvieron que pasar algo más de tres largas décadas para que eso ocurriera.
Fui una adolescente insegura, muy sensible, que debido al carácter rígido de mi colegio, no me motivó a sacar las garras, sino todo lo contrario: me hizo débil y sumisa.
Sí tenía buenas amigas y un gran amigo que conocí fuera del colegio, porque el nuestro era en aquel entonces un colegio de mujeres. Se podría decir que era el único amigo varón que tenía, o al menos era con el único con el que hablaba las cosas que me iban sucediendo. Uno de esos amigos graciosos, que te hacen reír todo el tiempo, por lo que cuando me decía que yo era su amiga del alma, no me lo tomaba muy en serio. Tampoco creía que tuviera un alma, ya que no alcanzaba a entender muy bien qué era, ni en qué parte del cuerpo se encontraba.
Antes de empezar la universidad, le planteé a mi padre que quería ir de mochilera a España, y que una vez allí encontraría un trabajo para poder pagar mis gastos. Era insegura, no tenía muy claro qué hacer con mi vida pero, por lo visto, mi espíritu se sentía libre y aventurero. Eran otras épocas y el NO fue rotundo, por lo que con dieciocho años me fui a otra ciudad —Rosario—, a estudiar la carrera de odontología.
A los pocos días de llegar, conocería a la persona con la que me casaría casi dos años después y quien se convertiría en el padre de mis dos hijos.
Nos casamos por la iglesia. Más por mandato social que por convicción, ya que yo seguía sin creer en Dios. Tampoco se me pasó por la cabeza no hacerlo, dado que era obediente y dócil a lo que la sociedad estipulaba.
Terminé la carrera en el tiempo establecido, aunque dudando en esos cinco años si era eso lo quería hacer. La cabeza iba por un lado y el corazón por otro, pero no aprendería hasta mucho tiempo después, que siempre hay que seguir lo que dice el corazón, aunque sea incierto y arriesgado. El corazón nunca se equivoca, como nunca se equivoca la intuición, que es la voz del alma. Para descubrir esta gran verdad, primero tuve que soltar el ego, a la vez que aprender, que para escuchar al corazón y a la intuición, primero hay que perder los miedos.
Al terminar la carrera nos fuimos a vivir a España, a la región de Cataluña. Yo siempre había soñado con irme a vivir a la tierra de mi padre y de mis abuelos, ya que eran asturianos, pero resultó ser una etapa muy difícil y solitaria, y porque lo soñado no se parecía en nada a la realidad. El golpe de gracia vino con la noticia de que, para poder trabajar como odontólogos, teníamos que examinarnos en trece materias. Fue una etapa de muchas lágrimas, angustia y nostalgia. Extrañaba mucho a mis seres queridos, dado que la tecnología no había llegado más allá del televisor a color, por lo que apenas tenía comunicación con ellos. Todo se limitaba a cartas que tardaban mucho tiempo en llegar, de uno u otro lado del océano. Si se llegaba a perder mi carta o bien su respuesta, el drama estaba asegurado. No voy a mencionar los teléfonos públicos, porque los que no tengan más o menos mi edad, no sabrán de lo que estoy hablando, ya que los móviles estaban lejos de existir.
En fin, que la tristeza y la nostalgia ganaron la batalla y decidí volverme a mi país, a mi ciudad. Alfredo, mi esposo, regresó unos meses después que yo. Decidimos mudarnos a una casa enfrente de mi consultorio. Cuando por fin todo parecía estar acomodado y en paz, aconteció otra noticia de difícil asimilación: falleció mi padre, estando en ese momento, solo en su casa.
Otra despedida inesperada que también dejó pendientes muchas cosas, muchos abrazos, pero sobre todo, muchas vivencias por compartir.
Por primera vez fui a un psicólogo, porque la verdad es que era muy escéptica a esas terapias, pero sentía que sola no iba a poder con tanta tristeza e impotencia. Otra vez volvía a sentir un enojo a alta escala, porque se llevaron a un ser querido de forma inesperada y repentina. No creyendo en Dios ni en el cielo, tenía una lejana esperanza de volverlo a ver.
Tan solo nueve meses después nació mi primera hija: Sol. Como bien indica su nombre, vino a iluminar nuestras vidas y nuestros días, ya que esos últimos meses se habían vuelto oscuros. Al menos esa era la sensación que tenía en ese momento. Con ella tuve que aprender a ser mamá, en una etapa de bajo ánimo, por lo que casi todo se me volvía cuesta arriba. Con el primer hijo los padres aprendemos y cometemos muchos errores. Con los segundos practicamos lo aprendido y tratamos de no volver a fallar. Así que los hijos se convierten en nuestros grandes maestros, para lo bueno y para lo malo.
Al año siguiente, cuando mi hija tenía seis o siete meses, atravesé con ella medio mundo para llegar a Sídney, con el fin de que la conocieran mi hermana y mi cuñado que viven allí.
Lo que tenía que ser un viaje inolvidable, también se torció, porque recibimos una llamada telefónica que no hacía más que remover el dedo en heridas que no habían cicatrizado bien. En realidad era una nueva herida que se sumaba a la anterior. Mi abuela paterna, que gozaba de muy buena salud antes de partir, fue ingresada. Una complicación después de una operación sencilla hizo que no se pudiera sobreponer.
¡Otra pérdida irreparable! En esta ocasión de mi abuela predilecta. Un adiós sin palabras ni despedidas, agravada por una distancia geográfica que evitaba una vuelta rápida y repentina a mi país.
Tres personas importantes en mi vida, de quienes no tuve la más mínima posibilidad de darles un abrazo, ni siquiera un beso. Tres partidas fulminantes que lograron exterminar por completo cualquier tipo de conexión divina. Las pocas lágrimas derramadas con mucho enojo fueron suficientes para dar por quemados todos los fusibles.
Siendo madre y sin mucho tiempo para detenerme en mi dolor, seguí adelante con la coraza bien calzada en mi corazón, tratando de que nada ni nadie la desencajara de su lugar.
Casi tres años después de que naciera Sol, llegó Iñaki. Un muñeco rubio y tranquilo, que vino a nuestras vidas a darnos clases magistrales en todo tipo de situaciones, con una sabiduría innata, espontánea, que nos ha descolocado más de una vez.
Tratar de estar en su misma sintonía no fue una tarea fácil, al menos para mí, ya que era un gallito de lucha manejado por un buen manojo de nervios. Me ayudó a templar mi carácter, porque me daba cuenta de que era demasiado sensible, por lo que tuve que aprender a medir mis palabras y mis acciones, si no quería lastimar de forma permanente esa sensibilidad.
Siendo Iñaki un bebé, decidimos volver a intentar vivir en Cataluña. Tomamos esa decisión a principios del año 2001, ya que se avecinaba una fuerte crisis, y la inseguridad que se empezaba a respirar entonces era nuestro talón de Aquiles. Habíamos dejado de ser dos, y pasamos a ser una familia de cuatro, lo que nos llevó a pensar primero en ellos y en su futuro.
Ya estando con los pies casi arriba del avión, me diagnosticaron un carcinoma papilar de tiroides, o sea, cáncer de tiroides. Por lo que los planes de irnos tuvieron que ser aplazados unos meses, ya que primero debía operarme, para luego hacerme un corto tratamiento con yodo radioactivo.
Otra vez sentía que la vida estaba contra mí y que me perseguía la mala suerte. No sabía si era Dios o el universo quien se encargaba de amargarme la jugada, pero yo tenía la sensación de que jamás iba a ganar un partido.
Así fue como nos trasladamos, por segunda vez, a la Madre Patria.
~Una mirada rápida al segundo tramo~
La primera etapa de esta segunda vida en tierras catalanas, como la solíamos llamar, no fue fácil. Los chicos eran pequeños, uno de mis brazos estaba limitado de movimiento por causa de la intervención quirúrgica, por lo que todo requería un esfuerzo extra de mi parte, tanto en lo físico como en lo mental. Estudiar para homologar se hacía muy cuesta arriba, más cuando a finales del 2003, después de unos controles de rutina, me informan de que me deben volver a operar, ya que se volvían a visualizar unos nódulos. No alcanzaba a canalizar mis emociones, que nuevos palos en las ruedas volvían a complicar mi vida diaria.
Mis hijos iban creciendo, pero yo seguía en una espiral negativa, sin saber por qué todo se me torcía, una y otra vez, sin poder avanzar en esas cuestiones tan mundanas como cotidianas, que el resto de los mortales parecían sacar adelante sin mayores inconvenientes. Me cuestionaba, casi a diario, cuál era mi misión en la vida. Algo en mi interior me decía que, además de criar a mis hijos y homologar mi título para poder trabajar de esa profesión que tantos dolores de cabeza me daba y a la cual ya le empezaba a tener un fuerte desdén, tenía que aportar mi granito de arena para hacer de este mundo un lugar mejor. No sabía ni cuándo ni cómo, pero sentía la convicción de que debía hacerlo.
Seguía sin creer en Dios y tampoco confiaba en nadie que tuviera que ver con Él. Pero recuerdo hacer, más de una vez, ese pedido desesperado de corazón, clamando con enojo e impotencia: «Dios mío, Dios mío, si es verdad que existes, ¡ayúdame!».
Para mí, el tema de los ángeles siempre fue lo más inverosímil de toda esa historia que nos contaban que había ocurrido dos mil años atrás. Ya me costaba creer en una mujer embarazada por obra y gracia del Espíritu Santo, en la resurrección de un hombre que decía ser hijo de Dios, tres días después de haber sido crucificado, por lo que la existencia de «personajes alados» me parecía tan ridículo, como imposible de creer.
Años después entendí que se presentan en nuestras vidas, en un momento dado, personas normales, de carne y hueso, tan solo para brindarnos una ayuda determinada o para acompañarnos a transitar un período concreto de nuestras vidas. Luego, pueden permanecer o bien desaparecer de ellas, porque ya cumplieron con su cometido.
Un ejemplo de ello fue cuando apareció una mujer especial y de una forma poco convencional en nuestras vidas. Ella también es argentina, odontóloga, y no tuvo inconveniente en venirse al pueblito donde vivíamos perdido en el interior de Cataluña para estudiar y sacar, con mucho sacrificio, el tedioso y martirizante trámite de homologación. Necesitábamos ayuda extra para poder hacerlo, y la ayuda llegó.
Cuando mi mirada cambió, he podido percibir, por fin, que en la etapa de la homologación del título hubo «muchos toques divinos», de esos que tanto necesitaba que llegaran a mi vida. Hasta entonces fui incapaz de percibir nada fuera de lo estrictamente terrenal.
La nostalgia volvía a llamar a mi puerta, junto con la angustia y la tristeza. Yo las dejaba pasar, pero ellas se sentían muy cómodas en mi cuerpo, como si estuvieran en su casa. Mi cabeza no paraba de preguntarse y cuestionarse todo. Sentía que tenía cosas pendientes del pasado, mientras que el presente no lo llegaba a disfrutar demasiado, porque aunque homologara veía el futuro como un túnel negro, largo, y sin poder divisar un rayito de sol. A todas luces estaba deprimida. Un proceso que arrastraba en el tiempo, sin poder revertirlo de alguna manera eficaz.
Sentía una rara sensación de no encajar en el mundo, donde me afectaban demasiado, hasta las malas noticias que todos los días veía en los noticieros. Iba por la vida muy sensible. Me sobrepasaba tanto lo externo como lo interno sin resolver. Tenía una crisis existencial muy profunda, que se agudizaba de vez en cuando.
El contacto con mis seres queridos de Argentina era más fluido en esta segunda etapa, porque con la aparición de los ordenadores, el mail y Skype, todo se hacía un poco más cercano.
Tan solo en una oportunidad pudimos viajar los cuatro juntos a nuestra tierra para visitar a nuestros familiares y amigos. Entre ellos, a mi viejo amigo, aquel que siempre decía que yo era su amiga del alma.
Dando un gran salto en el tiempo, para abreviar capítulos de esa nueva temporada en Cataluña, llegó el año 2011, año en que se cumplían 25 años de egresadas del colegio. Ese lugar donde había pasado gran parte de mi niñez y adolescencia, motivo por el cual, a principios de ese año, se empezó a organizar el acto y la fiesta posterior.
En un principio me negué de manera rotunda a viajar, alegando que era una fiesta a la que no me hacía ilusión asistir, ya que yo mantenía contacto fluido con mis amigas por medio de mails, Facebook, Skype... Todas esas herramientas digitales, que ya hacía un tiempo habían aparecido para cambiarnos, de una forma impensada, la vida.
Solo por la insistencia de mi familia, para que no me perdiera un acontecimiento que solo se volvería a repetir 25 años después, fue cuando en octubre de ese año volví a Santa Fe, a Argentina.
Había que volver al punto de partida, había que volver a boxes, si quería volver a ponerme, por segunda vez, en carrera. Pero la reparación iba a llevar un tiempo, e iba a tener un alto costo, ya que nada es gratis en esta vida.
~Un viaje que cambió mi mirada~
Como me gusta mucho la fotografía y soy una nostálgica patológica, en todas mis mudanzas, la caja que contenía las fotografías era inevitable que se trasladara de una casa a la otra.
Entonces, cuando decidí que viajaría a Argentina, tuve la feliz idea de hacer un video para pasarlo en algún momento de la fiesta, compaginando imágenes y música. Fue el primer sacudón invisible a mis emociones y dolores postergados.
Tratando de que quedara lo mejor posible, pasé muchísimas horas mirando fotografías y escuchando distintos tipos de canciones, para que la letra contara a la par con lo que veríamos en la pantalla.
Tiempo después me di cuenta de que fue un «viaje angelado» desde el preciso momento en que me subí al avión rumbo a Argentina, hasta mi regreso a Barcelona quince días después, ya que fui mimada por mis familiares y amigos en todo momento, y ese es un recuerdo que me emociona hasta el día de hoy. Un viaje que superó las limitadas expectativas con las que partía. De hecho, antes de llegar a Santa Fe, ya había estado con mis amigas odontólogas en Rosario, ciudad donde había estudiado, viviendo situaciones que ya me habían arrancado las primeras lágrimas de emoción profunda.
En este viaje lo que sí es relevante contar es el encuentro con mi mejor amigo, con el que mantenía amistad desde hacía veintiocho años.
Salí de Rosario con dos de mis amigas, con quienes nos pusimos al día. Cuando apenas entrábamos en la ciudad —en ese momento tendría algo más de 480 000 habitantes—, en un semáforo, percibo que desde el vehículo de al lado alguien miraba de forma insistente hacia el interior del nuestro: ¡era mi amigo Fabián!
Cuando el semáforo nos habilitó, nos estacionamos a un costado de la avenida. Luego de los abrazos y gritos pertinentes, me fui con él y su íntimo amigo, que en ese momento lo acompañaba.
Para describir un poco a mi amigo, puedo decir de él, que es una persona muy extrovertida, que se ríe mucho, muy gracioso y divertido. Hasta ese momento no había descubierto su lado más profundo, y faltaría un poco más de tiempo para saber que su presencia en mi vida no era casual, como tampoco fue casualidad que nos encontráramos en ese semáforo.
Un día quedamos en encontrarnos en una heladería que hay enfrente de mi colegio, después de lo que en principio sería, una breve visita a la institución a la que había asistido y pertenecido durante tantos años. Había acordado pasar por allí para hablar con la vicedirectora del nivel secundario de aquel momento, que era una de mis amigas y compañeras de promoción. Teníamos que ver cómo íbamos a proyectar el video que yo había preparado para la cena de la fiesta de egresadas. Pero esa visita a mi colegio, que yo creía que sería fugaz, fue el comienzo del cambio, el comienzo de una reconexión invisible, pero de alto voltaje.
Nada más entrar, a pocos metros de atravesar la puerta principal, veo a un costado una gran pancarta con muchas fotografías. Algo hizo que me desviara de mi camino para acercarme y ver de qué se trataba. ¡La curiosidad me pudo! Era un cartel sobre la conmemoración de una fecha importante de la institución y las fotografías formaban un gran collage de distintos grupos de exalumnas. Algo que, tal vez contado a la ligera, parezca un detalle sin importancia, pero que para mí en ese momento fue algo inesperado y que me llegó directo al corazón. Había varias fotografías, donde en tres de ellas aparecía yo en medio de distintas amigas y compañeras.
No guardaba un recuerdo especial ni cariñoso de mi colegio, por lo que ver esas imágenes fue algo inesperado que removió mi alma dormida.
De la fotografía central, de las que estamos sentadas, soy la tercera de izquierda a derecha. Sí, la que por su frondosa cabellera se parece a la hija más petisa de Cristóbal Colón.

Tras ese primer momento de impacto, empecé a caminar por un pasillo largo con dirección al lugar donde se encuentra el nivel secundario, notando que mis piernas empezaban a temblar de una manera descontrolada. Fue llegar al patio y, justo a la altura donde hay una gran figura de la Virgen María, comienzo a llorar de forma desconsolada y sin un motivo aparente. Por más que intenté evitar las lágrimas, me desbordó la angustia y una tristeza muy profunda. Es en ese instante, cuando sale mi amiga de su oficina, recibo un fuerte abrazo de bienvenida y consuelo, que era justo lo que necesitaba en ese momento.
Luego, mientras daba una visita fugaz por la iglesia para sacar algunas fotografías, me encuentro con una de las monjas que ya estaba en el colegio, cuando nosotras éramos alumnas. La hermana Rivero era muy querida por su carácter afable, siempre sonriente y con muy buen trato. Ahora más mayor y con una patología que afecta a la memoria a corto plazo, me hacía varias preguntas. Cuando llegaba a la última volvía a empezar por la primera, repitiendo una y otra vez las mismas: «¿Quién eres?, ¿dónde vives?, ¿cuántos años tienes?, ¿qué haces?».
Preguntas existenciales que ya me venía haciendo desde hacía tiempo y que, sin dudas, estaba teniendo algunas complicaciones para encontrar sus respuestas.
¿Quién era yo? ¿Qué estaba haciendo de mi vida? ¿Se dirigía esta hacia donde yo quería? Tenía una familia preciosa y todo aquello que la sociedad te hace creer que basta para ser feliz; sin embargo el vacío existencial era grande. Y ese día sería el principio del fin de una etapa, para dar comienzo a otra muy distinta, tan inesperada como imprevisible.
A esta altura de la visita, yo ya me había olvidado de que mi amigo me esperaba en la heladería de enfrente, por lo que sin pensarlo ni planearlo hice un amplio recorrido del colegio, reencontrándome con viejos lugares y caras conocidas, pero que yo había catapultado en el cajón del olvido durante mucho tiempo.
Al terminar la visita, mi amigo ya no estaba en la heladería. Pero para mi sorpresa, me lo vuelvo a encontrar por la tarde de ese mismo día, en un bar donde yo había quedado para verme con dos tías de mi esposo. Según me dijo, era la primera vez que iba y, obviamente, no esperaba encontrarme allí.
Al terminar mi encuentro con las tías, me fui a la mesa de al lado donde él estaba tomando un café con unos compañeros de trabajo.
Fue así que se ofrecieron para acercarme al lugar donde yo pernoctaba, y durante ese trayecto mi amigo tomó una de mis manos, la izquierda, para ser exactos. La aprieta, la acaricia y la masajea de forma enérgica. No me llamó la atención, porque era un gesto que hacía siempre que nos veíamos. Como dije antes, y como saben los que lo conocen, además de extrovertido y gracioso, es muy cariñoso. Es de los que abrazan y no tiene vergüenza en decir te quiero a las personas a las que le tiene afecto. También es de lágrima fácil, por lo que no tiene problema ni vergüenza en llorar si una situación lo conmueve. Un personaje de aquellos que no es muy habitual encontrar.
Por esa razón, que tomara mi mano no me extrañó. Lo raro fue notar, en un momento dado, que mientras él la apretaba con fuerza, yo sintiera como una leve descarga eléctrica que comenzaba en la palma de mi mano, para terminar de forma literal, en mi corazón. Fue algo muy rápido, muy extraño, pero que yo atribuía, sin dudarlo, a todas las emociones que venía experimentando, desde el mismo momento en que me había bajado del avión.
Además de lo narrado, hubo muchos detalles conmovedores que iban haciendo que esos días fueran especiales e inolvidables.
Hago mención de este «raro suceso», porque unos meses después pasaría algo que tiene mucha relación con esta vivencia puntual con mi amigo Fabio y que cambiaría mi vida para siempre.
El día de la fiesta llegó. Fue un día muy emotivo. No solo por el reencuentro con personas que hacía veinticinco años que no veía, sino también, porque al rato de empezar el acto académico, ya sobre el escenario, mis compañeras de clases me alentaron para que leyera unas palabras que había escrito, pero que en principio eran para leerlas en petit comité. No creía que fuera capaz de hacerlo, porque siempre había sido muy vergonzosa, más aún, al tratarse de hablar o leer en público. En aquella ocasión éramos las tres clases que cumplíamos veinticinco años de egresados, como así también tres promociones que cumplían las bodas de plata, es decir, cincuenta años de egresadas. O sea, un salón de actos con un numeroso grupo de personas.
Sin meditarlo demasiado, leí aquellas palabras y percibí, a través del silencio, que muchas personas me escuchaban con atención.
Ese día, algo en mi interior también hizo un clic: estaba comenzando a tomar valor para permitirme vivir cosas diferentes, salir de mi zona de confort. El cambio profundo que experimentaría en poco tiempo, me iba a dar la valentía y la fortaleza suficiente para poder modificar todo aquello que no me gustaba de mi personalidad, a la vez que sería parte de un aprendizaje, casi forzoso, para lo que me tocaría vivir años después.
Hasta el último momento de ese viaje tan especial, me sentí muy arropada por mis seres queridos. Volví a mi casa muy mimada, y aunque no fuera todavía muy consciente de ello, algo o alguien había cambiado mi mirada, para poder empezar a ver y sentir las cosas de una manera diferente.
~Una mirada interior, es una mirada hacia la luz~
Hay frases hechas que son muy bonitas de leer, pero muy difíciles de aplicar en la vida cotidiana; no obstante, si de verdad se consigue llegar a un nivel de conciencia plena, como para lograr cambiar los parámetros con los que nos habíamos manejado durante toda nuestra existencia, la vida se transforma.
Los cambios no son fáciles, ni sencillos. Una vez que llegan, si logras aceptarlos y mantenerlos en el tiempo, es muy posible que afecte, no solo a uno mismo y de distintas maneras, sino también a las personas más cercanas de nuestro entorno.
Esto fue lo que pasó unos pocos meses después de volver de Argentina, de aquel viaje «angelado». Ese viaje donde había empezado a desperezar mi alma, que se iba despertando, poco a poco, de un sueño casi mortal.
A pesar de la alegría de haber disfrutado unos días tan gratificantes e inolvidables, poco tiempo después, mi estado de ánimo volvió a decaer. Otra vez me vi inmersa en un agujero negro del cual no encontraba salida.
Si lo miraba desde afuera, todo parecía estar bien: tenía una linda familia, un buen matrimonio con dos hijos preciosos, una casa bonita, auto, ya había conocido varios lugares bonitos del mundo…, ¿qué más podía pedir? Además, por fin había homologado mi título, pero a pesar de eso no tenía continuidad de trabajo en mi profesión. Pensaba que era eso lo que me faltaba: un trabajo que me hiciera sentir útil, feliz. Pero en eso también estaba equivocada, porque lo que en realidad me faltaba era la presencia de Dios en mi vida, ¡que no es poca cosa!
Con mi amigo Fabio, si bien nos habíamos visto dos o tres veces en mi viaje a Argentina, no habíamos tenido la oportunidad de profundizar en ninguna charla, porque bien los tiempos eran cortos o había otras personas que hacían que no fuera posible tener una conversación de ningún tema en particular, más que de cosas banales.
Una de mis características personales es que con tan solo mirarme a los ojos se puede saber cómo estoy e incluso las personas pueden percibir lo que pienso, porque por más que no hable, mis ojos parecen tener subtítulos, y en varios idiomas.
Mi amigo me conocía desde chica y siempre me cazó al vuelo, aunque yo no hablara o dijese lo que pensaba. Por esa razón, lo que ocurrió aquel día, comenzó de una manera extraña.
Nos vimos conectados en línea de manera casual. Comenzamos un chat, sin cámara ni audio, por lo que no veía ni mi cara, ni mi mirada. Uno escribía de un lado, el otro leía y viceversa. Ese día en particular, me hizo una pregunta cortita, concreta y directa:
—¿Cómo estás?
—La verdad que no muy bien. Creo que toqué fondo.
En ese momento y sin previo aviso, empezó a escribir una lista detallada de todas mis preocupaciones y de todos mis dolores. Fue así, cuando el día 23 de marzo del 2012, chateando con mi amigo del alma, el que siempre había sido gracioso, se puso serio.
Me quedé petrificada, porque a pesar de hacer años de no hablar demasiado con él, de no vivir ni siquiera cerca, percibió todos los motivos de mi tristeza.
—¿Cómo sabes todo eso? —le pregunté.
—¡Porque te conozco!
A pesar de estar a miles de kilómetros de distancia, parecía que me leía los pensamientos, aunque en realidad lo que hizo, fue una lectura sencilla y clara de mi alma. Esa que todavía, y hasta ese momento, yo no tenía certeza de que la tuviera.
Comencé a llorar de forma desconsolada, cuando leo en la pantalla:
—¡No llores!
—¿Cómo sabes que estoy llorando? —inquirí sorprendida.
—¡Porque lo siento!
Lloraba más y más, por lo que me sugirió de ir al baño para colocar mis muñecas debajo del agua fría, porque ello me ayudaría a relajarme. Fui e hice lo que me había dicho, porque en ese momento tuve claro que estaba pasando algo, que yo no tenía ni idea de qué se trataba y que tampoco podía controlar.
Mi escepticismo, aquel que era total y absoluto, empezó a derrumbarse para empezar a creer que había una fuerza o una energía poderosa superior a mí, que escapaba a mi raciocinio, pero que era capaz de transformarme.
Cuando me volví a sentar, más relajada, tal cual me había dicho él que sucedería, le digo:
—Ya está.
—Ahora apoya los pies descalzos en el suelo, con las manos sobre tus piernas.
Obedecí, porque entendí que él sabía algo que yo todavía no era capaz de percibir, y mucho menos, de entender. Confiando en lo que Fabio me iba diciendo que hiciera, estaba permitiendo de alguna manera, que algo en mí comenzara a cambiar.
—¿Te estoy abrazando, lo sientes?
Aún estando separados por la inmensidad de un océano, volví a sentir lo mismo que el día que Fabio apretó mi mano en Argentina, pero puedo asegurar que esta vez la descarga eléctrica que sentí, que recorría desde mi mano hasta el corazón, fue mucho más fuerte que la vez anterior, tan potente como si hubiese recibido una descarga de alta tensión.
~Una mirada sensible~
El día después, 24 de marzo de 2012, el día en que antiguamente se conmemoraba la festividad del Arcángel Gabriel, y día que se cumplían treinta y cinco años de la muerte de mi abuelo, fue cuando por fin sentí que mi vida se había transformado para siempre. Treinta y cinco años después de la muerte de mi alma, es cuando mi vida da un giro inesperado de ciento ochenta grados, sin posibilidades de volver al punto de partida inicial y, mucho menos, siendo la misma.
Tan solo un día después de ese abrazo de alta tensión, me di cuenta de que no podría retomar mi vida de la misma manera. Fui pasando por distintas situaciones que me confirmaban que algo, muy profundo, había cambiado para siempre en mi interior.
Ese día sábado, fue el primero del comienzo de mi nueva vida.
Pensé que debía viajar a Argentina para cerrar varios temas pendientes que habían quedado a raíz de la partida de mi padre, así como algunas cuestiones y charlas postergadas con mi madre, por ello viajé hasta Girona para reservar y comprar un pasaje. Creía, equivocadamente, que esas eran las cuestiones prioritarias a resolver, si quería dar varios pasos hacia adelante.
Recuerdo las palabras de mi hijo Iñaki —siempre trataba de que yo estuviera bien—, que me alentaron a hacerlo: «Mamá, si te vas a sentir mejor viajando a Argentina, no dudes en hacerlo».
El pasaje lo compré, pero no llegué a subirme al avión, ya que unos días antes de la fecha prevista del vuelo iba a suceder algo que no lo habría imaginado ni en mis peores pesadillas.
Recién llegada a Girona, me dirigí hacia la oficina donde compraría el pasaje, cuando veo a una señora con un gran cuadro con la imagen de los dos alados, tal vez los más famosos del mundo, pero que hasta ese momento me habían resultado indiferentes. Aunque no lo supiera todavía, al verlos, algo hizo que de alguna manera invisible conectara con ellos. A partir de entonces, esa conexión sería fuerte y constante, para mantenerse de forma eficaz en el tiempo.

«Dios es como el viento, lo toca todo».
Luego de ver a aquella señora «angelada», me dirigí a una tienda. Una empleada muy amable me recomendó, sin venir a cuento, una película francesa que se había estrenado en esos días.
—¡Qué casualidad! En estos días pensaba ir a verla —repuse sorprendida.
—¡Entonces está claro que tienes que ir! Estoy segura de que no es una casualidad que te lo dijera, porque en la vida, ¡todo son señales!—me contestó con una sonrisa muy especial en su rostro.
Al terminar de hacer esa afirmación sacó un libro de debajo del mostrador. Me sorprendió al ver la tapa: El laboratorio del alma, de Stella Maris Maruso, también argentina.
El subtítulo del libro me resultó atrayente: Historias para sanar que merecen ser contadas.
Luego, por los altoparlantes, una voz que publicitaba unos audífonos, dice: «Le podemos hablar más alto, pero no más claro».
A partir de ese día, sin duda, tenía que estar atenta a lo que veía, a lo que leía, a lo que oía, y, sobre todo, a lo que sentía.
Uno de esos días, después de desayunar, quería hacer cosas en el ordenador, pero se bloqueaba una y otra vez, sin razón aparente. ¡No podía hacer nada! Sentí que perdía mi tiempo, ya que no lograba avanzar. Como en la vida misma: ¡si nos bloqueamos, no avanzamos!
Entonces, decidí ir a comprar unas cosas que me faltaban para cocinar. De regreso a casa, entré en una tienda de regalos para el hogar que estaban liquidando por cierre. Tenían cosas muy bonitas. Entré preguntando por un pimentero, que hacía tiempo que quería comprar.
—No, pimentero no tengo —me dijo la dueña.
La señora fue muy agradable, por lo que me quedé mirando las cosas de la tienda. No soy de comprar por comprar, pero ese día me dejé llevar. Cuando había entrado, no había nadie, pero a los pocos minutos, ingresaron nuevos y potenciales clientes.
La dueña ya me estaba atendiendo a mí y, a medida que iba eligiendo, ella envolvía. En otro momento, al ver tanta gente le habría dicho de poner todo en una misma bolsa, para no hacerle perder el tiempo. Pero ese día lo sentía especial y quería que envolviese con papel de regalo todos los souvenirs, por más que las cosas fueran para mi casa. Lejos de mostrar un mal gesto, por si le hacía perder algún cliente por el retraso, se seguía comportando de una forma muy dulce y amable conmigo.
Elegí un angelito hecho en latón, que es el de la portada del libro: «Mi amigo del alma, mi alma secreta», y dos más que también son llamadores de ángeles: uno con una trompeta y el otro con una cítara. ¿Por qué compré angelitos cuando siempre me parecieron cursis y patéticos, y nunca había creído en ellos? También compré una brujita del mismo material, con un corazón en sus manos. Siempre pensé que era una brujita, pero ahora la veo como una niña con un gorro muy alargado, y con un corazón grande en sus manos, que por estar fuera, aparenta ser muy vulnerable. Luego compré dos sujetalibros con forma de libros, en cuyos lomos aparecía el mismo nombre: The reef, que en español quiere decir arrecife, y un arrecife es una roca. ¿Sería una alusión personal? ¿Me estarían diciendo que era dura como una roca o, al ser con forma de libro, sería una señal de que tenía que escribir uno?

Por último adquirí una pequeña barca cuyo nombre era Happy, con un vestido azul simulando ser la vela y un corazón con dos alas.
Happy es una palabra muy sobrevalorada, esa meta a la que yo nunca parecía tener acceso. Me gusta más la palabra peace, porque la felicidad es algo muy efímero; en cambio, la paz es un preciado regalo que una vez que se logra experimentar no deseamos volver a perder. Se transforma en un bien innegociable que debemos proteger de todos los factores externos que la puedan afectar.
La gente me hablaba de una manera especial o yo, al menos, lo percibía así. Todos opinaban sobre lo que compraba. Me pedían que les eligiera el color de una vela e incluso me preguntaban si me gustaba más una cosa u otra. A mí, que allá donde voy me gusta pasar desapercibida, o bien me creía invisible, ese día me sentí muy observada, pero de una forma dulce y sutil. Sentía como si flotara, como si actuara, como si jugara. Parecían actores de una película, y yo la protagonista. Estaba como en otro mundo, en otra dimensión y me dejaba llevar por la situación. No sabía el motivo por el cual había elegido cada una de aquellas cosas, ya que, tan solo un par de días atrás, no habría comprado nada de eso y, tal vez, ni siquiera habría entrado en la tienda. Las cosas no eran de mucho valor, pero tenían un profundo mensaje. El pimentero no era vital, pero ese día me «sazonaron» bastante la vida, y creo que se pasaron con el picante.
~Una mirada a la intención del alma~
El deseo es la voz del alma. Según la potencia de la voz del deseo, de la intención, hará o no, que se manifiesten los milagros.
Para poder vivir milagros, hay que pedirlos, desearlos desde el corazón.
«Pedid y se os dará». Esa fue la frase que hice consciente en esos días y, desde entonces, vivo pequeños milagros casi a diario. Por esa razón, fue para mí reveladora esta imagen del pedido de un deseo en un día de cumpleaños, ya que hasta entonces no creía en esas cosas. En cambio, cuando me empecé a sentir en otra frecuencia, estaba convencida de que, si mis pedidos eran desde el alma, se me concedería aquello que anhelaba.
Ella es la hija de una amiga, a la que llamamos de forma cariñosa: «Luchi». Su nombre es Lucía, que significa «luz». Esa misma noche del día 24 de marzo, la compartí en Facebook, con la leyenda:
«Yo tengo un deseo… ¿Cuál es el tuyo?».
Tan solo un día antes de hacer esa publicación había podido conectar con mi alma, con mi chispa interior, esa que nos conecta a la divinidad, a Dios. Así fue como se comenzó a manifestar en mi vida, para luego hacerlo de distintas maneras a lo largo del tiempo, a través de pequeños y maravillosos milagros, los que fui necesitando en cada trayecto del camino, para nunca más volver a caminar en medio de la oscuridad.
Es la mejor manera que encuentro de explicar aquello que ocurrió en décimas de segundos. Pueden pensar que es surrealista o una imaginación mía, pero ocurrió tal y como lo estoy contando.
Ya han transcurrido ocho años de aquel día. Ahora, con otra perspectiva, y después de todo lo vivido, he podido entender que Dios quiso que mi amigo fuera tan solo un instrumento, para que yo pudiese conectar de manera definitiva con todo lo divino.
En alguna charla posterior, me comentó que él le rezaba mucho al Espíritu Santo para que yo me convirtiera. Es indudable que el Espíritu actuó, porque ese momento, en el que casi provocan un incendio al activar mi chispa divina, fue tan solo el comienzo de una larga historia de increíbles «coincidencias», que de manera insistente e inevitable, me hacen mirar al cielo.
Hasta ese día yo no tenía ni idea de que mi amigo fuera tan creyente, por eso cuando en alguna ocasión le pregunté por qué nunca me lo había comentado, me contestó: «¡Eras tan escéptica que hubieses creído que estaba loco!».
Lo mismo empezaron a creer sobre mí, porque desde ese día, desde aquel 24 de marzo, empecé a vivir una realidad paralela.
Además de grandes «coincidencias», comencé a sentir la energía de la gente y de las cosas. Empecé a tener una fuerte transmisión de pensamiento con algunas personas, o sea, decían cosas sin venir a cuento, pero que yo había pensado días antes. O pensaba en alguien, y esa persona tocaba el timbre, me escribía o llamaba por teléfono. Fueron días de muchísima actividad física, mental y espiritual. Vivía muchas cosas «especiales» que, hasta el momento de haber sentido ese abrazo de mi amigo, nunca me habían ocurrido; o bien yo no estaba alerta como para poder percibirlas. Era como si yo formara parte del elenco de una película donde mi papel era el de una mujer con superpoderes. Pensaba que venía a cambiar el mundo, aunque después entendí que primero tenía que transformar mi pequeño mundo. Tenía que cambiar yo para ver los cambios, al menos, a mi alrededor.
Dormía poco, casi no comía y me olvidaba de tomar la hormona de la tiroides, por lo que todo se me empezó a escapar de las manos.
Fue como si aquel abrazo hubiese dado un inicio simbólico a una nueva etapa, como si con el chasquido de dos dedos hubiese cambiado de golpe la sintonía en la que había vivido hasta entonces. Por fin entendí, después de ese fuerte sacudón, que tenía que cambiar todas aquellas cosas que no me gustaban de mí. De golpe se cayeron todas las máscaras que ocultaban mi auténtico yo y mi verdadero potencial. A la vez necesitaba buscar y encontrar la verdad de aquellas cosas o situaciones que no tenía claras, y que por alguna razón me negaba a indagar o a interpelar. Sentía que me quedaba poco tiempo de vida y por esa razón tenía que dejar todo en orden. Empezaron unos días de limpieza interna y externa que se prolongarían en el tiempo. Me di cuenta de que no podía vivir más anclada en el pasado, que debía aceptar las pérdidas, así como perder los miedos para salir de mi zona de confort. Tenía que lograr mi bienestar interior para brindar a mis hijos mi mejor versión. Comenzó una búsqueda apresurada de la paz interior que había perdido hacía muchos años. Pero ya se sabe: las prisas nunca son buenas.
A la vez sentía que, en esta nueva sintonía, podía recuperar la conexión perdida con Dios de tantos años. Y como si se tratara de una ironía de la vida, con los primeros que conecté, fueron con los ángeles, esos «personajes alados» en los que menos creía, por lo que es, como dice el famoso dicho: «Si no te gusta la sopa, tómate dos tazas».
A partir de esa nueva etapa que acababa de comenzar, pude darme cuenta de que mi hijo Iñaki era un ángel más en mi vida, que había venido a este mundo para anclarme a la tierra, ya que varias veces tuve ganas de desaparecer de ella. Si no llegué a cometer ninguna tontería, fue porque sabía que les arruinaría la vida a mis dos hijos, pero principalmente a Iñaki, por su extrema sensibilidad y por el amor incondicional que siempre me profesó.
Mi hija Sol tuvo siempre mucho carácter. Yo pensaba, de forma errónea, que era muy fuerte y que podría llegar a soportar mi pérdida con más entereza. Con el tiempo aprendí que esa era su coraza de cara al mundo, para esconder un corazón frágil que se terminó de fracturar con la partida de Iñaki. Mis dos hijos, además de ser grandes personas, fueron grandes maestros para mí.
Cabe agregar, que lo que terminó de confirmar mi teoría de que Iñaki era, es y seguirá siendo un ángel, fue su rápida partida, tan solo seis años después de aquel episodio que cambiara mi vida y, de alguna manera, también las suyas. Su partida nos sacudió a todos, partiéndonos el corazón para siempre, a la vez que fuimos entendiendo con mucho dolor, que ya había cumplido su misión entre nosotros. Desplegó sus alas en un tiempo donde yo ya estaba con algo más de fuerzas, y algo más preparada, como para soportar semejante pérdida, tan indescriptible dolor. Mi corazón, seguramente nunca se recuperará, pero la parte que lleva su nombre está conmigo, haciéndome sentir en muchos momentos que permanece a mi lado, como un ángel.
Volviendo a esos días de alto voltaje, sentía que se hacía cierta la totalidad de esa frase del evangelio que dice: «Pide y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá». Era tan brutal la conexión, que hasta en algún momento pensé que tenía una cámara oculta en mi casa que me observaba. Era como que todo lo que me proponía hacer, se me facilitaba de una manera especial, fácil. Fue como que tenía el mundo a mi merced, cuando antes todo parecía trabarse una y otra vez, ya que siempre vivía con la sensación de que el mundo confabulaba contra mí.
Sí, fue muy surrealista todo lo vivido, es cierto, y ahí estuvo el problema. Pretendía explicar lo que me pasaba, quería que pudieran experimentar esa sintonía, pero como es obvio, ellos no veían ni sentían las cosas como yo las percibía, ni como yo las sentía.
Entendí que necesitaba pocas cosas para ser feliz. Nunca había sido muy apegada a las cosas materiales pero, a partir de ese momento, lo fui menos. He regalado mucha ropa, muchos objetos que había en casa, porque sentía que ocupaban un sitio que, en realidad, estaban tratando de ocultar un gran vacío. Y es que el vacío espiritual no se llena con cosas, de eso creo que a nadie le cabe duda.
Apagué la televisión y nunca más la encendí. En la actualidad, miro solo películas o alguna serie. Pueden pasar días o semanas en que la caja boba está apagada. Eran todos ruidos externos que no me permitían conectar con mi silencio interior, que es allí donde se encuentran todas las respuestas. No podía seguir mirando las malas noticias del mundo, porque ni siquiera me podía hacer cargo de mi pequeño caos interno, de mi minúsculo mundo. Quemé papeles innecesarios que venían ocupando también cajones, que tal vez era preferible que estuvieran vacíos. Necesitaba vaciarme de todo aquello que me pesaba, porque quería sentirme más liviana para caminar más ligera, sin pesos en mi mochila que me inmovilizaran por más tiempo. Escribí cartas destinadas a algunas personas que, tal vez, no supieron apreciar en ese momento su verdadero sentido, porque les abrí mi alma, tal vez de una forma tan descarnada, que fueron incapaces de reconocerme en cada una de mis palabras.
Me emocionaba escuchar el sonido de las campanadas de la iglesia que estaba a tan solo cuatro calles de nuestra casa. Cada quince minutos, su sonido tenía un efecto especial en mi interior, que me hacía vibrar y recordar la cercanía de Dios. Antes de aquellos días, era tan solo un ruido molesto, que en el insomnio que padecía en esa época, no hacía más que aumentar mi mal humor, de manera exponencial, a la cantidad de veces que sonaban.
Comencé a hablar de ángeles, de Jesús, de María, de Dios, cuando hasta entonces me daba vergüenza ajena que alguien lo hiciera. Había renegado toda mi vida de «Ellos»; sin embargo, a partir de ese momento, los integré sin vuelta de hoja a mi vida cotidiana.
Cuando uno tiene una experiencia de impacto con lo divino, no lo puede ocultar ni esconder. Es más, tiene una necesidad imperiosa de comunicar, de compartir su testimonio, y es ahí cuando todo se puede ir al garete.
Al ver todo con tanta claridad y sentir tanto la presencia divina, cometí el error de intentar convencer a los demás de que vieran las cosas tal cual yo las percibía. Pero conseguí el efecto contrario: ¡todos creyeron que había perdido la cabeza!
En mi interior sentía que había comenzado para mí un camino nuevo, un camino que me iba a llevar a encontrar la paz interior que tanto anhelaba y que, hasta ese día, parecía tan solo una triste utopía. Había tocado fondo y había salido eyectada con dirección al cielo, por eso hubo que encontrar una velocidad placentera, una velocidad crucero para poder disfrutar del viaje, aunque llevó un tiempo bastante mayor al que me hubiese gustado. En definitiva, era como que todo me hablaba de una forma clara y directa, percibiendo lo que llamamos «señales». Se podría decir que: «veía señales hasta en la sopa».
Algo también muy llamativo es que, por alguna razón, los números empezaron a tener importancia para mí. No sabía muy bien por qué, ni para qué, pero fue algo que sucedió: cuando veía números, los empezaba a sumar de forma sistemática. Escribiendo «Señales», pude descifrar el mensaje que me enviaban a través de los números.
Siete días después, fue el cumpleaños de mi esposo: cumplía cincuenta años. Tuvo un festejo de lo más especial, ya que yo ya estaba en una versión desconocida: ¡era una nueva María Eugenia! Empezaba a hacer gala de mi segundo nombre, porque Eugenia quiere decir «bien nacida» o «de doble nacimiento». Sin duda alguna, la descarga eléctrica que había sentido aquel día me había fulminado, y estaba ahora renaciendo de entre las cenizas.
Toda esta «reconexión espiritual» transcurrió en una casa que veníamos alquilando desde hacía un par de años, en cuya puerta de entrada y por encima del llamador había un Sagrado Corazón de Jesús de bronce. Y ya se sabe que si está el Hijo en algún lugar, la Madre no anda muy lejos porque, al lado de la puerta trasera que daba al patio, había una pequeña figura de la Virgen de Fátima. Toda una garantía de que, al menos, uno de los habitantes de esa casa saliese convertido: ¡estábamos rodeados!
Pero no fue nada fácil, porque las crisis, los cambios o, en definitiva, una potente conversión como la mía, es un camino a recorrer bastante doloroso, donde no todas las personas que quieres te pueden acompañar. Van quedando por el camino: familiares, amigos, conocidos que te juzgan u opinan a la ligera, te critican, te diagnostican, te medican, te hacen el peor de los pronósticos con infalibles planes de tratamiento, sin saber en verdad, qué es lo que te ha ocurrido, cómo estás o cómo te sientes, pero sí te da una ventaja. Sufrir una crisis, cambiar o convertirte, te da una fortaleza interior tan grande, que ignoras el qué dirán o el tratar de complacer a todos. Empiezas a escuchar y, sobre todo, a callar para no decir tonterías sobre los demás, ni nada que no sumen cosas positivas a tu vida. Es como una necesidad imperiosa de apagar los ruidos externos, para poder escuchar tu voz interior, tu intuición; o sea, la voz de tu alma, ese lugar invisible donde Dios nos habla con calma. Pero somos humanos y, a veces, la realidad o algunas personas te quieren arrastrar, una vez más, hacia atrás, hacia viejos patrones. En ese caso, hay que zafarse lo más rápido posible de todo lo que no hace bien, para no perder el horizonte, para no perder el norte en nuestra brújula interna.
Está claro que para los demás no era fácil entender un cambio tan brutal, más si tenemos en cuenta que fue de un día para el otro. Al escribir la palabra «cambio» recuerdo una imagen de una mariposa que apareció unos cuantos días antes del «fulminante abrazo de mi amigo» en un pequeño tapial de esa casa donde vivíamos. Las mariposas jamás me gustaron, las encontraba muy cursis, pero esta, además de grande, era rara y vistosa. Al ver que se quedaba un buen rato posada sobre el tapial, me fui rápido, a buscar mi máquina de fotos. Pensaba que estaba lastimada y que, por esa razón, permanecía inmóvil.
Con ese pie de foto, compartí la siguiente imagen en Facebook. Ahora siento que siempre percibí a Dios, sobre todo, en la naturaleza, pero no creía que yo fuera visible a sus ojos.

El significado espiritual de la mariposa es:
«Entre los antiguos, la mariposa era el emblema del alma y de la atracción inconsciente hacia lo luminoso, símbolo del renacer. Una mariposa es símbolo de transformación total. Representa la necesidad de cambio y mayor libertad y, a la vez, valentía. Una mariposa pasa de arrastrarse en la tierra a tocar el celeste azul del firmamento con una sensación de ligereza. En pocas palabras, podría tratarse del mismo significado de la vida humana; al fin y al cabo, todos luchamos por ser mariposas.
A su vez, las mariposas simbolizan el alma, el renacimiento, el despojo de lo terrenal hacia lo espiritual. Las mariposas a lo largo de los tiempos han sido algo más que un simple símbolo de cambio y belleza, también han sido consideradas como un ente entre el mundo de los mortales y el mundo sobrenatural. Una mariposa es un ser que vuela tan ligero y tan libre, que difícilmente se nota con facilidad».
Por lo visto, haber encontrado esa mariposa anticipaba de alguna manera lo que iba a vivir muy pronto, aunque en ese momento no lo supiera ni lo creyera posible.
Todo en el cumpleaños de mi esposo fue muy especial y raro, no tanto para mí, como sí lo fue para los invitados. Sacaba muchas fotos, sintiendo una rara sensación de que las imágenes me iban a ir otorgando una información extra, que si estaba atenta podría captar.
Otro detalle particular de ese día, es que al finalizar el cumpleaños hice esta cruz con velas pequeñas. Encender velas no era algo que tampoco hiciera con frecuencia y menos que las colocara en esta disposición.
Fue como una manera instintiva de querer conectar con Dios, con lo divino. Fue mi manera consciente de llamar su atención, que «viera» de alguna manera cuanto lo estaba necesitando. Pero Él ya lo sabía y el plan de rescate ya estaba en marcha, aunque el golpe de efecto inicial yo no lo tuviera previsto ni en mis mejores o peores sueños.

Pero por lo visto, mi granito de Fe empezaba a brotar de alguna manera, ya que esa noche publiqué en Facebook una imagen con la famosa frase de Walt Disney: «Si puedes soñarlo, puedes hacerlo».
Había entendido que, si tenía la suficiente confianza en Dios, todo lo que me propusiera iba a ser posible con su ayuda, si era bueno para mi propia evolución y/o para la de los demás.
~Una mirada con dos polos y alta potencia~
El vuelo a Argentina hubo que cancelarlo porque tenía que hacer una escala previa, en un lugar donde no hacía falta un avión, ya que era suficiente con un vehículo de cuatro ruedas.
Después de siete días intensos, a primera hora de la mañana del 1 de abril del 2012, me ingresaron en el hospital de la ciudad de Vic, en una planta con trato preferencial, en el SPA de la tercera planta: ¡la planta de Psiquiatría!
Ahí me atendieron, buscaron la etiqueta que ellos creyeron que mejor se ajustaba a mi nueva realidad. Con toda convicción, de manera rotunda, luego de unos pocos minutos de anamnesis, diagnosticaron: «BIPOLARIDAD». Una palabra mayúscula, potente, de alto voltaje, casi como la potencia de la medicación que me empezaron a dar en cuanto pasé por la puerta.
No se les movió un solo músculo para dar ese diagnóstico y, sin dudar, decretaron que era para toda la vida, tanto el diagnóstico como la medicación, que desde ese día y para siempre, tendría que tomar.
Cuando me llevaban a la que sería mi habitación, la que iba a ser mi compañera de estadía, apenas me conoció me dijo:
—¡Tú eres mi ángel!
En ese instante percibí que tenía que estar tranquila, que eso que estaba sucediendo era por una razón, y que estaba protegida. Al ir escuchando los nombres de los médicos, enfermeros y pacientes, pude confirmar esa sensación, ya que eran todos nombres bíblicos: Ana, Santiago, María, Juan, Dolores y un chico joven, paciente también, con el que hablaba bastante a menudo, que se llamaba Jesús.
Durante toda mi estadía traté de mantener la cordura, lo digo de forma literal, porque algo en mi interior me hacía saber que no estaba loca. Pero estando en un lugar así, y 21 días como estuve yo, desquiciarse viviendo ese panorama, hubiese sido lo más normal del mundo. Todo el tiempo traté de relativizar la situación, a la espera de que me dieran el alta; mientras tanto disfrutaba de la comida que, al menos, era muy rica.
Dicen que para que un cambio se perpetúe en el tiempo, hay que mantener aquello que uno quiere cambiar o modificar en su vida durante el lapso de 21 días. No he dudado durante mi estadía en ese lugar, ni siquiera un segundo, que ese cambio había llegado a mi vida, para mantenerlo en el tiempo, hasta el último de mis días.
No hace falta ser una luz, para suponer que al salir de allí, y mal medicada como estaba, era como un alma en pena que volvía a sentirse desconectada del resto del mundo, pero desde una dinámica diferente. Estar mal diagnosticada y mal medicada, era una combinación que no auguraba avances, ni buenos resultados. Pero aun así, no me planteaba dejar la medicación, porque la marcación hombre a hombre, que tenía para que la tomara, no bajaba la guardia. Por otro lado, tenía una pizca de preocupación en que si la dejaba, volviera a estar con una alta sintonía divina que no pudiera moderar. En verdad no quería hacérselo pasar mal a mi familia. Tan solo por esa razón seguía las pautas que me aconsejaban los médicos, esos «semidioses» que se creen algunos, dueños de una verdad absoluta, que no tienen en cuenta como se siente el paciente, sin brindarle mayor ayuda u acompañamiento, que la receta sistemática para píldoras, que hacen de uno un idiota integral que no tiene ni ganas ni fuerzas para levantarse del sofá. Esa medicación nefasta, que no solo perjudica al cuerpo con todos sus tremendos efectos colaterales, sino que afecta la vida de relación del paciente, la vida laboral, la vida familiar y hacen de uno una marmota, donde todos los días parecen iguales, sin luz ni color. Hacen del túnel un lugar más oscuro, más triste. Un lugar asfixiante donde parece no haber escapatoria. «Te cagan la vida», de forma literal lo digo, y así se lo llegué a decir al jefe de los psiquiatras un par de años después. Pero ya llegaré a contarles lo que sucedió ese día, donde me quedé en paz, y tan a gustito...
Como se podrán imaginar, esta situación no fue fácil de llevar para mí, ni tampoco para mi esposo o mis hijos. Trataban de acompañarme de la mejor manera posible, pero la medicación no hacía más que entorpecer mi recuperación. Mal medicada, no era la mejor manera de tratar de conseguir una vida normal y mucho menos feliz. El psiquiatra y su equipo se ocupaban de que la medicación «equilibrara mi química interna», pero no sugirieron en ningún momento buscar ayuda psicológica, no solo para ver si yo podría reflotar, si no para que mi familia tuviera herramientas para acompañar a una persona que en principio, al menos para ellos, tenía una patología mental y definitiva por los siglos de los siglos…
Gracias a Dios, y nunca mejor dicho, el amén no lo iban a pronunciar ellos. Muchos años después, puedo decir sin temor a errar que, al menos conmigo, ellos sí estaban equivocados de cabo a rabo.
~Una mirada para servir~
Además de tener esa sensación de que tenía que dar testimonio de este encuentro de alto impacto con lo divino, también sentía que tenía que hacer algo relacionado con el servicio.
Por eso, unos meses después y con autorización de los psiquiatras, me fui a reemplazar a un odontólogo a un hospital en Yaoundé, Camerún. Sí, por extraño que parezca, los psiquiatras autorizaron mi viaje. Fue un lugar y una experiencia muy especial por muchos motivos. Uno de ellos fue que entré, por primera vez, a una iglesia con la intención de rezar, hablar o hacer peticiones, teniendo la certeza de que en el cielo alguien me escuchaba.
Había una pequeña capilla muy acogedora en la primera planta del hospital, y si bien no rezaba mucho porque me costaba retomar ese hábito, si me acercaba todos los días unos minutos. Le pedía ayuda a Dios con las situaciones que se me podían llegar a torcer durante la jornada de trabajo. Estando allí, me di cuenta de que escuchaba de forma clara y concreta lo que le pedía, ya que la ayuda siempre llegaba. Tenía un «ángel africano protector», en cuerpo y alma de asistente, como también una odontóloga de la tierra de mi padre —asturiana— con la cual congeniamos desde el primer minuto de conocernos. Nos ayudamos mutuamente, siempre que la situación lo requirió.
Fue recién en ese viaje cuando pude tomar consciencia de que todos podemos ser «un ángel» en la vida de los demás, ya que Dios nos puede convertir en instrumento para cumplir, aunque sea una pequeña misión, en la historia de vida de otra persona cualquiera. No hace falta conocerla mucho, tal vez nuestro cometido se pueda llevar a cabo con solo una palabra, una mirada o un simple gesto. Si estamos alertas, podemos percibir la mano de Dios en muchísimas de las situaciones que nos toca vivir a diario. Si por el contrario no estamos despiertos, tan solo será una palabra, una mirada o un gesto más, que pasará desapercibido, que será olvidado y archivado en pocos segundos.
Contaré algo que pasó allí, en Camerún, y que puede ejemplificar esto que quiero transmitir. Atendí a un paciente que debía tener unos doce años, la edad de mi hijo en ese momento. Tenía una infección muy grave por debajo de la lengua, por las raíces de un molar, que se encontraba destruido, por una caries de gran dimensión. Si no tomaba los antibióticos que le recetaba, la infección podría agravarse en poco tiempo, haciendo que la inflamación de la zona aumentase, sin poder evitar que el paciente se ahogase con su propia lengua. Había ido con su abuela, una mujer a la que se le notaba el hambre en el cuerpo, ya que tenía arrugas sobre los huesos. ¡De verdad que no exagero!
Después de explicarles la situación, tanto la abuela, el niño, como el asistente se quedaron largos minutos mirándose tristes, con la mirada perdida y en un silencio sepulcral. Fue un silencio doloroso, eterno. Por fin, el asistente me comenta que no tenían dinero para comprar lo que yo les prescribía. Estaban pasando hambre, por lo que gastarse el equivalente a cinco euros para comprar los antibióticos y antiinflamatorios, equivalía a una pequeña fortuna. El niño tenía que tomar, sí o sí esa medicación, ya que si se iba a su casa en esas condiciones, sin pasar por la farmacia, sucedería, ya sin remedio posible, lo peor. No era una utopía pensarlo, teniendo en cuenta las condiciones sanitarias mínimas en las que viven la mayoría de las familias.
Los ritmos en África son muy lentos, pero los tres estaban inmóviles de una manera especial, aletargados, como si alguien hubiera apretado el botón de pausa en la escena de una película, porque ya podían imaginar cómo sería el final, pero no lo querían ver, ni imaginar.
De alguna manera, la ayuda divina llegó. No quedaban muchas opciones. Fue entonces, cuando de pronto y como si tuviera la sensación de que alguien me empujara por la espalda, salté de mi silla y me fui a buscar dinero, que por «casualidad» llevaba ese día. No era algo habitual, ya que los voluntarios comíamos todos los días en el hospital. Cuando terminábamos la jornada, volvíamos a la casa reservada para nosotros, que quedaba a unos pocos metros de distancia. Por esa razón puedo afirmar que, realmente, fue muy extraño que ese día tuviera algo de dinero en mi mochila.
La cara de esa abuela, que estaba surcada de arrugas, tenía también unos ojos muy tristes a causa de la dureza de la vida que les había tocado vivir. Sin embargo, su rostro se iluminó cuando les dije que yo pagaría la medicación. La felicidad de esa mujer, la alegría de ese niño, hasta la del asistente, para mí no tuvo precio. Lo hice sin pensar, ya que unos pocos euros podían cambiar la historia de aquel niño. Además, para asegurarme de que todo fuera bien y sin complicaciones, lo hice ingresar con el fin de que controlasen de cerca su evolución.
Allí ven la muerte con cierta normalidad, porque saben que carecen de recursos. Muchas veces no la pueden evitar, pero mi moral no estaba como para que a alguien con la edad de mi hijo le ocurriera algo grave o, lo peor, que se muriera por unos pocos euros. ¡Maldito dinero!, diría mi suegra alguna vez.
Tal vez ese día, yo fui para ellos como un ángel caído del cielo.
En este caso, el gesto de reaccionar y buscar el dinero, o no hacerlo, pudo cambiar el transcurso de la vida de una persona hacia un lado u otro.
~Cuando las dudas nublan la mirada~
Un libro que había llegado a mí sin buscarlo, ya que no sabía ni de su existencia, fue La Semilla. Estoy segura que algún angelito hizo lo posible para que yo lo encontrara y lo leyera, con el fin de entender el proceso que en mí había comenzado. En este libro hay un capítulo que habla sobre el fenómeno 11:11, algo que hasta ese momento desconocía y que tiene que ver con los ángeles.
Desde hacía un tiempo la palabra «sincronicidad» empezó a ser familiar para mí. Una de ellas fue que justo leyera ese capítulo el día 11/11 del año 2012.
Otro libro que llegó a mis manos sin pedirlo fue El poder de la atracción. En ese momento confirmaba esa sensación que sentía, de que si se activaba el alma, todo se podía atraer y, por tanto, tener. Siempre y cuando sea bueno para nosotros mismos y sin que eso provoque daños colaterales en los demás.
El alma tiene una conexión directa con la divinidad, por ende la intención es la señal que le enviamos al alma. Es un llamado sin costos, ni gastos de envío a Dios, para que Él active el reparto de lo que encargamos a la mayor brevedad posible.
A finales de ese año 2012 tan intenso y en el día de los Santos Inocentes comencé a escribir mi primer libro: Mi amigo del alma, mi alma secreta, del cual, en este momento, están leyendo un buen resumen de lo que vendría a ser la primera parte. Fue un libro que me ayudó a sanar el pasado y colaboró de alguna manera a entender el presente que estaba viviendo en ese momento.
Lo terminé de escribir el 24 de marzo de 2013. Lo publiqué en papel y también lo subí a la red para que lo pudieran leer de forma online. Pero enseguida volvieron los temores del pasado y muchas inseguridades con respecto a qué hacer con el libro.
A pesar de confiar en que todo lo que me iba sucediendo era parte de un plan divino, y que esta nueva realidad tenía una razón de ser más allá de mi limitado entendimiento, un día, en medio de mis dudas, estando con Iñaki y su papá, les comento:
—No sé qué hacer con el libro: si dejarlo publicado o sacarlo de circulación.
—Mamá, tienes que dejarlo publicado, porque tal vez lo que tú escribes le puede servir a alguien.
Esas palabras de mi hijo quedaron grabadas en mi alma, y las tendría presente de una manera involuntaria al comenzar a escribir cada uno de mis libros, porque sabía que tenía un pequeño gran maestro en casa, y que sus palabras siempre eran dichas con una gran sabiduría, por lo que era imposible ignorarlas.
Ninguna duda quedó, porque después de hablar con ellos encontré en mi mesita de noche la pequeña estampa de recuerdo del día en que falleció mi abuelo. Día en el que yo había terminado de escribir mi libro, apenas unas pocas semanas antes.

Fue en ese momento cuando me enteré, que el día de la partida de mi abuelo coincidía con el primer día de esta nueva fase de mi vida, de la que ya no era posible, ni tampoco quería, volver atrás.
No sabía muy bien cómo había llegado esa estampita hasta allí, pero sí supe con claridad, el porqué de haber llegado hasta ese lugar. No podía, de nuevo, cerrarle a Jesús la puerta en sus narices. Me estaba llamando a caminar con Él y no se merecía otro desplante. Había llegado el momento de recibir lo que yo le había encargado, y por un momento pensé que me había arrepentido de mis peticiones. Pero ya no se aceptaban devoluciones, había que salir junto a Él a caminar y a testimoniar.
Comparto esta fotografía de la Virgen de Guadalupe, porque esa imagen cerraba de forma providencial, mi primer libro. Había vivido durante muchos años cerca de la Basílica de Guadalupe, que está ubicada entre la casa de mi infancia y la casa de mi amigo Fabio. El angelito parece el culpable de que nos conociéramos, para que mi amigo concretara lo que parecía ser un mandato divino: mi conversión. No fue fácil, le llevó muchos años el poder cumplirlo.
Un tiempo después, la Virgen de Guadalupe, volvería a tener una importancia vital en mi vida. Los invito a seguir caminando conmigo, hasta que la volvamos a encontrar, a Ella, a Jesús y, entre medio de muchos ángeles, al Señor Dios.
Reseña de la primera etapa
1969- 2012
Este último tramo del camino fue un tiempo de desconexión de aquellos ruidos mundanos que me aturdieron durante muchos años, no dejando que me encontrara a mí misma. Por lo tanto, a partir del «electrificante abrazo», comenzó un recorrido donde primó el conocimiento, la autocrítica y la liberación de las emociones para, por fin, encontrar mi alma extraviada por muchas décadas. A partir de ese momento, pude conectar con el silencio, con lo divino, con un mundo para mí y hasta entonces, desconocido.
Fue una etapa de querer dejar de tropezar, una y otra vez, con las mismas piedras. Hubo que apartarlas para que mi visión borrosa del horizonte mejorase de forma notable.
Se avecinaba otra etapa muy emotiva, que me iba a movilizar aun cuando dudara de mi intuición. Las certezas que la Fe me otorgaba, me animaban a seguir el camino.
Prólogo
Día tras día te bendeciré, Señor, y narraré tus maravillas.
El problema central de nuestro tiempo es que estamos ciegos y sordos a la voz de Dios. Hay muchas personas que no quieren ver y aceptar ciertos acontecimientos o señales, por la sencilla razón de que no pueden comprobarlos de manera científica, o porque no tienen la Fe suficiente para creer.
Quien esté interesado en descubrir o despertar estos sentidos debería empezar por maravillarse por todo lo que Dios nos da y regala a diario. Deberíamos comenzar el día agradeciendo por poder respirar, por ver el sol o por tener a alguien querido a su lado. Agradecer, no dejar de agradecer por cada una de sus bendiciones.
Esto es lo que experimenta María Eugenia: infinitas manifestaciones de Dios en lo cotidiano, que en esta oportunidad quiere compartir a través de sus escritos. Ella se anima a conducir al lector por ese camino que los ángeles le indican y, al mismo tiempo, se atreve a ayudarnos a contemplar, creer y aumentar nuestra fe.
No es la primera vez que decide abrir su corazón, ya lo ha hecho al escribir Mi amigo del alma, mi alma secreta. Compartió sus pasos, sensaciones, sentimientos y, en este caso, nos invita a disfrutar atentos a las múltiples señales que se le presentan y que tiene el privilegio de captar.
Sin dudas, su testimonio movilizará y fortalecerá el interior de quien lea este libro y lo llevará a vivir la vida con mayor intensidad.
Daniela Carpanzano
Segunda etapa del camino
~Un viaje que ayudó a sanar viejas vistas, viejas miradas~
Mi madre viajaría a visitarnos en el mes de abril del 2013, justo cuando se cumplía un año de mi paso por el hospital. Me invitó para que fuéramos juntas a pasar unos días a Italia, país de sus raíces paternas. Ese viaje fue muy sanador para nuestra relación y, sin duda, fueron también días plagados de mensajes divinos.
Tan solo llegar a la Torre de Pisa, que fue el primer lugar que visitamos nada más aterrizar, veo una gran estatua con unos angelitos sosteniendo un escudo donde se puede leer la palabra OPA. No pude más que sonreír, ya que era así como me decía mi amigo Fabio cuando tardaba en entender algo.
Fue por esa razón que, al comenzar a escribir mi segundo libro: Señales, me pareció la imagen ideal para su portada.
Fue llegar a Florencia y comenzar a ver la imagen de los «dos angelitos pacientes» —como me gusta llamarlos a mí— por todos lados hacia los que miraba.
Investigando un poco, pude saber que no es un cuadro en sí mismo, sino una parte de una obra de Rafael Sanzio. Estos dos angelitos forman parte de la Madonna, un cuadro pintado por el artista italiano en el siglo XVI. En él podemos ver a la Virgen sosteniendo al niño Jesús en el centro, a san Sixto —papa del siglo V— a la izquierda y a Santa Bárbara —mártir cristiana del siglo III— a la derecha. Todos se encuentran suspendidos en unas nubes. Si nos fijamos bien, podemos ver cómo los dos ángeles observan la escena desde la parte inferior del cuadro.
Si miro hacia atrás en el tiempo, me impresiona, a la vez que me emociona, como todo se fue relacionando y entretejiendo de una forma tan particular. De qué manera tan fuerte y progresiva, los ángeles y la Virgen se fueron infiltrando en mi vida para tocarme el alma y permanecer en ella para siempre.
Estando en Florencia, viendo tanta belleza edilicia y artística, la emoción era constante y profunda. Cada vez que entrábamos en una iglesia, lloraba espontánea y desconsoladamente. Sin lugar a dudas, estaba con la sensibilidad a flor de piel.
Fabio me había recomendado leer un libro que me podría ayudar a entender lo que me había pasado aquel día que chateamos. Lo busqué en internet por su título y, al ver su tapa, supe que tenía que conseguirlo. No pude hacerlo en un primer momento, pero mi madre, antes de viajar a visitarnos, consiguió en una librería de mi ciudad de nombre místico «Santa Fe», el último ejemplar que quedaba. Lo llevé conmigo a Italia. Lo leí en el avión cuando volvíamos de allí, cuando, casi casi, estábamos a dos nubes de distancia de todos Ellos.
Al ver y leer su tapa se podrán imaginar mi emoción…
Mi amigo del alma, aquel día del abrazo virtual, fue como un ángel para mí, que tiró de la cuerda del salvavidas para que yo no me hundiera.
Todo lo que leí en este libro tranquilizó mi alma todavía inquieta.
~El mar y la arena despejan la mirada~
Siempre digo que Dios se percató de que yo no estaba buscando suficientes alternativas para cambiar mi nueva situación, por lo que podría haber quedado etiquetada como: «Bipolar para toda la vida», si hubiese seguido las pautas de aquellos psiquiatras del hospital. Pero «si la montaña no va a Mahoma, Mahoma irá a la montaña»...
Nos ofrecieron trabajo con unas condiciones que parecían inmejorables, en Puerto del Rosario —Fuerteventura, una de las islas Canarias—. Un lugar con buen clima y geografía rocosa, con mar y montaña. A priori, ¿qué más se puede pedir?
La oferta era muy tentadora. Mi esposo pensó que el clima del lugar podría ayudarme a repuntar, mientras que yo pensaba, sobre todo, que el cambio sería inmejorable para la calidad de vida de él, ya que trabajaba en varios lugares lejos de casa. Hacía demasiados kilómetros al mes, lo que impedía que pasara más tiempo con nosotros. A los chicos no les hacía mucha ilusión el cambio, pero, pensando que al final podría ser beneficioso para todos, comenzamos a concretar el viaje desde tierra firme, a un «exilio muy especial».
Significado de «Ventura»: estado de dicha o felicidad en que se encuentra una persona que ha conseguido sus deseos.
El nombre de la isla no fue un presagio exacto de lo que íbamos a vivir. No al menos, como nosotros lo habíamos imaginado. Pero sí es cierto que fue una «fuerte aventura», ya que allí comenzó la fractura de la linda familia que habíamos conseguido formar, esa que se había movido siempre en bloque por el bienestar de uno o de otro, con la finalidad de estar todos bien.
Antes de mudarnos, hice con mi marido «un viaje de inspección ocular» para ver el lugar y tomar la decisión propicia.
El esposo de la odontóloga que nos ofrecía trabajo era fotógrafo. En cuanto llegamos nos invitó a ir a una playa para sacar unas fotos, hecho que me hizo mucha ilusión. En un par de días fuimos a dos playas diferentes.
La primera fotografía pertenece a La playa de Tindaya, lugar donde no había nadie, pero donde quedaron marcadas un par de pisadas. Comencé a seguir la dirección de las huellas y, a la hora de captar la imagen, recordé ese pequeño texto anónimo que dice:
«Señor, Tú me prometiste que si te seguía siempre caminarías a mi lado. Sin embargo, he notado que en los momentos más difíciles de mi vida, había solo un par de huellas en la arena. ¿Por qué, cuándo más te necesité, no caminaste a mi lado?».
Entonces Él me respondió:
«Querido hijo. Yo te amo infinitamente y jamás te abandonaría en los momentos difíciles. Cuando viste en la arena solo un par de pisadas, es porque yo te cargaba en mis brazos».
Tantas veces en mi vida había tenido esa triste sensación de haber caminado sola. Tantas veces había sentido que Jesús no había caminado ni siquiera cerca de mí. Después de todo lo vivido en ese último año, comencé a tomar conciencia de que sí lo había hecho, aunque yo no hubiese sido capaz de verlo o sentirlo.
En cuanto llegamos al final del camino que marcaban esas pisadas, encontré entre las rocas un pimpollo de rosa con cuatro pimpollos más pequeñitos y en perfecto estado de conservación. Llamaron mucho mi atención: ¿de dónde habrían salido? Rocas, mar, y arena…, no parecía casual encontrar esos pimpollos allí. Me gustan las flores y las plantas, pero a decir verdad, de entre todas las flores, las rosas son las que menos me gustaban. Al igual que las mariposas: ¡me parecían muy cursis! Pero a partir de ese día, las empecé a mirar de una forma diferente.
Unos segundos después, y muy cerca de donde había encontrado aquella flor, veo unas piedras dispuestas, en esa forma tan especial, que a mí me llevaron a pensar en la Virgen.
En un mismo lugar, y en cuestión de pocos minutos, tres cosas me mueven a pensar en la Madre y en el Hijo.
¿Fue una coincidencia ir a conocer esta isla en el mes de mayo, mes de La Virgen? Estoy segura de que no... y ya entenderán por qué lo digo.
Como si de un juego se tratara, parecía que de forma estratégica habían dejado algunas pistas en ese lugar, y que tan solo al día siguiente, si yo era valiente y escalaba las rocas evadiendo las olas del mar, estaba predestinada a encontrarlas. De lograr hacerlo, obtendría un premio a mi intuición.

Después de escalar una pequeña montaña rocosa y resbaladiza por el musgo y el agua, consigo llegar hasta el lugar donde estaba la cruz. Una vez allí, curiosa yo, miro dentro de lo que parecía ser un macetero, y encuentro una rosa del mismo color a la que hallara en la Playa Tindaya el día anterior. Esta vez no era natural, era de plástico, pero para mí el mensaje era el mismo. Donde está la Madre está el Hijo, o bien, que La Madre nos conduce o nos ayuda en el camino para lograr un encuentro con su Hijo Jesús. La imagen de la Virgen del Carmen con el Niño en brazos y esa solitaria mariposa verde a sus pies eran la viva estampa de mí misma. Alguien que quería cambiar, pero que necesitaba, sí o sí, ayuda divina.
Todo indicaba que ir a vivir a Puerto del Rosario —un lugar con una mística especial, tan solo en su nombre— parecía ser una buena decisión.
Apenas uno o dos meses antes y después de leer: El ángel, un amigo del alma, había leído también un libro online, escrito por el mismo autor: La Virgen, milagros y secretos. De subtítulo también muy premonitorio: Jamás volverán a sentirse solos. Así fue, ¡literal!
Haber leído este libro hizo que conociera un poco más a la Virgen, «la mujer elegida». Si soy sincera, siempre me había resultado indiferente y nunca había sentido algún tipo de conexión especial. En esas páginas leí también, que es la rosa, la flor con la que más se la asocia a la Virgen.

Otra de las cosas que explica el autor es que, a veces, cuando uno siente un intenso olor a rosas en un lugar donde no hay ningún tipo de flores, es porque, a través de esa fragancia, la Virgen nos quiere hacer saber que está presente en ese momento y en ese lugar.
Cualquier parecido de la rosa de la portada del libro de Víctor Sueiro, con la que encontré dentro de ese lugar para poner flores en la Playa Torres, ¿fue mera coincidencia? En verdad, hay pocas diferencias entre una y otra. En aquella se puede observar cierto deterioro, se puede percibir que fue castigada por el viento, salpicada por las olas y, como era previsible pensar, víctima de muchas tormentas. Igual que en la vida misma, cuando dejamos el corazón expuesto a merced de las emociones, sin protegerlo, sin ponerlo a resguardo.
~Una mirada a la psiquis, es una mirada etiquetada~
Con mirada retrospectiva puedo decir que, a pesar de todo, vivir ese año en Puerto del Rosario fue beneficioso para mí por varios motivos. Siempre es preferible ver el vaso medio lleno y quedarse con lo positivo que, en este caso, ¡no es poco!
A los dos meses de habernos trasladado a la isla, la persona que nos había motivado a cambiar de vida y ofrecido un trabajo para mi esposo, a priori inmejorable, se desentendió —dicho de forma literal— de nosotros. Intentamos buscar nuevas clínicas, pero ninguna tenía la filosofía laboral a la que estábamos acostumbrados por principios. Gracias a Dios, él no había renunciado del todo a sus trabajos en la península por lo que decidimos que, al menos por ese año, era mejor que yo me quedara en la isla con los chicos hasta que ellos terminaran el curso lectivo.
Por este cambio de domicilio, no quedó otra opción que cambiar de psiquiatra. Un primer paso que no dejaba de tener vital importancia. Al ver el apellido de la doctora que me habían asignado, sentí que la cosa iba bien encaminada. A partir de ese día me atendería la doctora Segura. Sí, ese era su apellido, por increíble que parezca.
—Por el momento, a mí no me importa la medicación que estás tomando, lo que sí me gustaría es que me dijeras una cosa —comentó tras leer el informe de mi anterior psiquiatra.
En ese momento, sobre un papel en blanco, dibujó una línea.
—Si esta línea representara el transcurso de tu vida, ¿qué cosas que has vivido crees que te fueron afectando como para llegar a pasar por este episodio que tuviste el año pasado? —me preguntó sin mayores preámbulos.
Viendo que la consulta con esta psiquiatra iba teniendo un enfoque muy diferente a lo vivido en la península, me animé a expresarme con total libertad.
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