Read the book: «Mi voluntad»

EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE
Vicerrectoría de Comunicaciones
Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile
https://ediciones.uc.cl
MI VOLUNTAD
El deseo de volver a caminar
María Angélica Fellenberg Plaza
© Inscripción Nº 2021-A-3702
Derechos reservados
Octubre 2021
ISBN Nº 978-956-14-2886-7
ISBN digital Nº 978-956-14-2887-4
Ilustración portada: Pablo Fellenberg Ferraris
Diseño: Francisca Galilea R.
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com info@ebookspatagonia.com
CIP-Pontificia Universidad Católica de Chile
Fellenberg Plaza, María Angélica, autor.
Mi voluntad: el deseo de volver a caminar / María Angélica Fellenberg.
1. Personas con discapacidad – Rehabilitación – Chile.
2. Ancianos – Salud e higiene – Chile.
I. t.
2021 362.40983+DDC23 RDA

Obra realizada con el aporte de la Dirección de Artes y Cultura, Vicerrectoría de Investigación de la Pontificia Universidad Católica de Chile

AGRADECIMIENTOS
Quiero agradecer muy sinceramente a todo el personal médico, paramédico y de neurorrehabilitación de la clínica y de la empresa de hospitalización domiciliaria que atendió a Germán. Sin la ayuda de cada uno de ustedes, él no estaría vivo ni caminando. Este aporte muchas veces fue más allá de lo estrictamente profesional, cruzando la línea de lo “que correspondía”. Por humanidad se dieron el todo por el todo al ver que Germán tenía la garra y la fuerza de seguir adelante.
También quiero agradecer a la familia y amigos de Germán, la Ame y sus hijos, por la constante preocupación y muestras de apoyo durante su enfermedad.
Dedicado a todos los Germanes
(hombres y mujeres)
que están por ahí
y que solo necesitan apoyo
para seguir sus sueños,
a pesar de su avanzada edad.
ÍNDICE
Guatemala
Germán y la Ame
El estallido social y el covid-19
El accidente
Urgencia
La llamada
La UTI
La UCI
Por fin en pieza
De vuelta a casa
Lo que viene ahora
“Ame su mano derecha”
Los primeros avances
El gran desafío: caminar
Epílogo
~ GUATEMALA ~
Germán corría tanto como sus piernas se lo permitían. Tenía miedo de tropezarse y que cayeran sobre él los perros que sentía a lo lejos. Había tenido suerte de escapar, pero no podía pensar en eso ahora. Solo tenía que lograr llegar a un escondite, pero ¿dónde? Él no conocía estas tierras. Mientras descansaba y tomaba un leve respiro, levantó la vista y, a lo lejos, vio dos volcanes. Uno de ellos claramente estaba activo, pues se veía una gran fumarola entre gris claro y gris oscuro que se levantaba con fuerza hacia el cielo. El viento en las alturas iba desplazando el humo dibujando una gran pluma que teñía el azul del cielo con formas distintas. Al mirar hacia la izquierda, se podía observar otro volcán que no despedía humo, por lo que probablemente no estaba activo. Su forma era casi perfecta, y en sus laderas se apreciaban tupidos y verdes bosques que contrastaban con las nubes que se formaban en su parte superior. “Si pudiera llegar a la base de uno de esos volcanes, tal vez podría encontrar una cueva o algún lugar para esconderme”, pensaba esperanzado. Todo estaba en su contra, no conocía el terreno, no entendía por qué estaba ahí y menos por qué lo tenían secuestrado. Reemprendió su rumbo y siguió corriendo, no supo por cuánto tiempo, pero debe haber sido por horas. De a poco los gritos de quienes lo perseguían y los ladridos de los perros empezaron a quedar atrás y pudo tomar un poco de aire. Sí, eso es lo que necesitaba: respirar y aclarar su cabeza. Los últimos acontecimientos habían sido muy confusos y ya no podía correr más. Se detuvo por completo, se quedó en silencio tanto como pudo y trató de oír a sus perseguidores. Dio un suspiro de alivio y satisfacción cuando se percató que ya no los oía. Parece que los había perdido. ¡Qué buena noticia!, se sentó en la tierra a la sombra de un árbol y examinó su situación, la que todavía no comprendía muy bien. ¿Cómo era posible que a sus setenta y nueve años tuviera que correr para escapar? ¿Dónde estaba? No reconocía para nada el lugar. ¿Cómo había llegado ahí? Las preguntas se arremolinaban en su cabeza. Tenía que pensar y entender qué había pasado. Siguió atento a escuchar algún ruido, pero nada. Todo parecía indicar que sus captores habían desistido de perseguirlo.
Según recordaba, todo había partido hace dos días. Dormía como de costumbre y se despertó en otro lugar. Estaba en una cama, amarrado, en un galpón húmedo y caluroso. Había poca iluminación, solo algunos rayos de sol que se colaban por unas rendijas. No tenía hambre, lo que era extraño en él. Estaba sorprendido, ¿por qué estaba amarrado en esa cama? Estaba tratando de entender, cuando apareció un hombre, de unos cuarenta años y le dijo algunas cosas que no entendió. Sin comprender aún lo que le decía, lo observó con atención, era delgado, de piel blanca, pelo oscuro y tenía rasgos asiáticos. Parecía ser una persona amable, pero ¿por qué lo tenía amarrado? Estaba pensando eso cuando escuchó y entendió la última frase que dijo y se quedó atónito.
—Te vas a casar con Li Chiang.
—¿Qué?, pensó Germán ¿Cómo que me voy a casar con Li Chiang? ¿Quién es ella, preguntó casi sin aire y el hombre miró hacia la izquierda y en la puerta apareció una bella mujer, de rasgos asiáticos, ataviada con un precioso kimono y seguida por un séquito de mujeres hermosas, vestidas de igual manera.
Eso pareció contestar su pregunta. Li pareció saber qué pasaba y le sonrió cálidamente, al momento que se acercaba y lo saludaba amablemente. Entonces Germán la saludó también. Él siempre había sido muy atento con las mujeres, porque realmente a todas les encontraba su belleza, aunque objetivamente no la tuvieran. Le dijo muy galantemente: “Mucho gusto en conocerla, usted ilumina esta habitación con su presencia”, a lo que Li respondió con una sonrisa y se acercó hasta el borde de su cama y le tomó la mano. Fue entonces cuando recordó lo que había dicho el hombre. ¿Se tenía que casar con Li? Eso era imposible, porque era un hombre casado, felizmente casado hace más de cincuenta años. Probablemente esto no era más que un malentendido y cuando lo explicara, todo se iba a aclarar y solucionar.
Fue entonces cuando le dijo al hombre que no se podía casar, que él era un hombre casado, lo que hizo cambiar el semblante amable del hombre y le preguntó que si estaba rechazando a Li. Germán volvió a explicarle que no la estaba rechazando, por el contrario, la encontraba una mujer bellísima, pero que ya estaba casado y que adoraba a su mujer. Si él fuera un hombre soltero, habría accedido feliz, pero no era el caso. Sin embargo, se preguntaba por qué una mujer tan joven podría estar dispuesta a casarse con un hombre tan mayor, al que ni siquiera conocía. Y se lo preguntó. Ella no alcanzó a contestar, ya que el hombre se apuró en responder que ese era un asunto secreto y que no era relevante que él fuera un hombre casado. Qué era importante para la seguridad del país que se casaran y así sería. El hombre giró sobre sus pies y se retiró de la habitación. Quedaron solos Germán y Li.
Se produjo un silencio incómodo. Estaba junto a su “novia” y no sabía qué decir, ni qué hacer. Ella solo lo miraba amablemente y sonreía. Él la observaba y veía sus facciones, su piel tersa y su pelo negro, bella y desordenadamente tomado en un moño, hacían relucir un cuello delicado y armónico. Se atrevió finalmente a decir:
—Li, eres una mujer estupenda, pero ¿por qué te quieren casar conmigo? ¿Por qué es un asunto de seguridad nacional? Incluso se aventuró a preguntar ¿dónde estoy? y ¿cómo llegué aquí?
Esperaba respuestas, pero Li solo sonrió y no dijo ninguna palabra. Germán pensó que tal vez ella no entendía español y le preguntó en francés y en alemán, con la esperanza de que lo entendiera. Pero tampoco tuvo respuesta. Ahí fue cuando se arrepintió de no haber aprendido inglés, probablemente ese idioma le habría servido en esta oportunidad. ¿Por qué no quiso aprenderlo cuando era joven? ¿Por qué había dedicado esfuerzos en aprender esperanto, pero no inglés? En fin, no era el momento de recriminarse, probablemente luego vendría alguien que le pudiera explicar mejor. Estaba sumido en estos pensamientos cuando Li habló. Le preguntó en perfecto español si es que estaba bien. Él, sorprendido, le dijo que estaba perfectamente y que solo tenía un poco de sed. Li, le acercó un vaso con agua que había en el mueble y pudo beber. Entonces si Li hablaba español, ¿por qué no le respondió sus preguntas? Volvió a la carga e insistió. Pero Li solo sonrió.
Estaba solo nuevamente. Li se había ido sin responder. Se sentía un poco débil, no recordaba cuándo había sido la última vez que había comido, lo cual podía ser complicado para un hombre diabético como él. Esto era extraño, muy extraño. ¿Por qué estaba en una cama, amarrado y comprometido en matrimonio con una mujer asiática a la que le doblaba la edad? Estaba cansado y fue cayendo lentamente en un sueño abrazador.
Se despertó sobresaltado. Un ruido afuera lo había puesto sobre aviso. Por la puerta se colaba luz, pero claramente era de noche. Su habitación estaba sumida en la más completa oscuridad. Estaba tratando de poner sus ideas en orden, tratando de recordar las conversaciones del día anterior, cuando entró un hombre y lo saludó amablemente. Le preguntó cómo estaba. Esta vez Germán puso atención y trató de entender desde el principio, pero nuevamente no logró comprender todo lo que le decían o preguntaban. De nuevo apareció Li, quien se veía más linda que durante el día. El hombre y Li intercambiaron algunas palabras y ella se fue. Entonces a Germán le pareció que este era el momento propicio para preguntar. Se aclaró la garganta y dijo en un perfecto y modulado español que él no podía casarse con Li, porque llevaba más de 50 años casado con una mujer que no solo amaba, sino que adoraba con todo su ser. Y por muy linda que fuera Li, no la amaba, ni siquiera la conocía. El hombre no le prestó atención y solo le dijo que era su deber y que era un asunto de seguridad nacional. Nuevamente le decían lo mismo. No lo lograba entender. En fin, si estas personas lo tenían secuestrado, lo único que le quedaba era intentar una huida. Y es así como lo empezó a planear.
No durmió durante la noche e intentó aguzar al máximo el oído para escuchar cuántas personas podía haber afuera. Se escuchaban pitidos de máquinas y distintas conversaciones. Entraba gente al sector donde estaba y se hacía el dormido. Si no iban a contestar sus preguntas, no se iba a molestar en hacerlas y tampoco se mostraría amable, pensó. Se mantuvo tranquilo, pensando que el mejor momento para huir sería de madrugada, cuando ya hubiera algo de luz natural para ver mejor. Así pasó parte de la noche, imaginando su huida. Luego se quedó dormido, profundamente dormido.
Se despertó de pronto y rápidamente recordó su plan de escape. Vio que por las rendijas se colaba una tenue luz que le hizo pensar que ya estaba amaneciendo. Se llevó las manos a la cintura, luego al pecho y notó que no estaba amarrado. Se levantó cuidadosamente, para no hacer ruido y alertar a las personas que estaban afuera. Se acercó a la pared, para mirar por una de las rendijas y vio un extenso potrero. ¿Dónde estaba? Hurgaba en su memoria por recuerdos que le permitieran reconocer el lugar, pero no lo consiguió. Tocó la pared y para su sorpresa una tabla estaba floja y la pudo mover. Luego hizo lo mismo con la de al lado y con la siguiente. Rápidamente tuvo abierto un espacio suficiente para poder escapar. Debía aprovechar esta oportunidad, no tenía tiempo que perder. No lo pensó dos veces y escapó. Fue fácil. Trató de avanzar lo más rápido que pudo. Debía dejar atrás todo, antes de que se dieran cuenta de su huida.
Al principio caminó con mucho cuidado, no había suficiente luz aún y eso le impedía ver bien. Cuando ya se había alejado unos cien a ciento cincuenta metros, sintió una sirena. Germán supuso que habían detectado su huida, por lo que ahora tenía que correr. Si, correr, un hombre de setenta y nueve años que a menudo usaba bastón. Pero no tenía alternativa, no podía arriesgarse a que lo pillaran y lo obligaran a casarse con Li. Y corrió como nunca lo había hecho.
Se había quedado dormido, sin lugar a duda. Se había corrido la sombra del árbol y el sol que le daba directo en la cara y el calor lo despertaron. Se tocó las piernas, las sentía poco, pero ahí estaban. De pronto se le vinieron todos los recuerdos como una bomba que explotó en su cabeza: la cama en la que estuvo amarrado, el hombre de cuarenta años, Li Chiang, el supuesto matrimonio. Se tranquilizó cuando constató que nadie lo seguía. Afirmado del árbol se puso de pie y comenzó a caminar lentamente, muy lentamente. Las piernas le pesaban muchísimo. Había sido muy grande el esfuerzo de la huida, y eso lo había dejado profundamente cansado. Veía los volcanes a lo lejos, y su intención era llegar hasta alguno de ellos. Pero ¿cuánto tendría que caminar? ¿Unos 50 kilómetros quizás? Lo que sí tenía claro es que no conocía ese paisaje. Había un volcán adelante y otro a la izquierda. Eso lo hizo pensar en que no estaba en Chile.
Tenía temor de ser encontrado por sus captores, por lo que evitó los caminos y siguió caminando por el campo, en la medida que podía, porque cada vez sentía más y más pesadas sus piernas. Cuando ya había caminado unas tres horas y después de descansar un rato, se atrevió a salir a un camino. Supuso que sus captores, si no lo habían encontrado ya, probablemente habían perdido interés en él. Al poco andar se encontró con un lugareño al que le preguntó donde se encontraba. No fue tanta su sorpresa cuando le confirmó que no estaba en Chile, pero sí se sorprendió al enterarse que estaba en Guatemala, ¡¡¡¡sí en Guatemala!!!! ¿Cómo había llegado ahí?, era algo que trataría de descubrir, pero lo más importante por ahora era tratar de volver a su país. Estaba en estas deliberaciones, cuando oyó una voz familiar, sí tremendamente familiar. Abrió mejor los ojos y por el camino se estaba acercando una mujer que le hablaba directamente a él. Una mujer de aproximadamente 1.60 metros de estatura, probablemente de unos cincuenta años. Pelo oscuro, aunque no lo podía ver bien ya que lo tenía rigurosamente tomado en un moño. Solo veía sus ojos, ya que la nariz y boca las tenía tapadas por una doble mascarilla. Así, a pesar de no verle el rostro, esos ojos y esa voz le eran tremendamente conocidos. Sintió un calor interno al escucharla y su corazón se tranquilizó. Incluso, a pesar de todo lo que estaba viviendo, se podría decir que tuvo un momento de felicidad. Fijó su mirada en ella, tratando de escucharla mejor para tratar de entender que decía. Fue cuando escuchó nuevamente su voz: “¿Cómo estás papá?, ¿cómo te sientes? Soy la Chica, ¿me reconoces?” Por supuesto que la reconocía, cómo no la iba a reconocer, si ella era su hija mayor. Su primera hija, su pequeña, a la que desde la cuna le dedicó la canción Eres tú, de Mocedades. Con la que vibró tantos éxitos y lloró cuando a los veinte años tuvo un grave accidente. Su orgullo, la madre de cuatro de sus nietos. En eso estaba pensando cuando le quedó retumbando la pregunta que ella le hizo ¿me reconoces? ¿Por qué le preguntaba esto? ¿Acaso alguna vez no la había reconocido? No se quedó pensando en estas cosas y se apresuró a asentir con la cabeza y a pedirle agua. Ella no se acercó, le hacía señas desde los pies de la cama y le avisó a otra mujer, vestida de celeste, con mascarilla para que le diera agua. La Chica se mostraba cariñosa, pero no se acercaba. Solo se mantenía a la altura de los pies de la cama y le explicó a Germán que era por el coronavirus. Que no podía acercarse, porque no sabía si podía estar contagiada y contagiarlo.
La Chica le estuvo hablando de varias cosas, contándole cómo estaban sus perros, su parcela, que todo estaba en orden, esperándolo para cuando él pudiera volver. Hasta que preguntó: “¿Dónde estás papá?” Y es ahí cuando a Germán se le armó una confusión en la cabeza. Ahora estaba en una cama, amarrado por un ancho cinturón que le dificultaba moverse. Le molestaba estar así quería sacarse ese cinturón. Pero pensándolo mejor, él hace poco estaba en Guatemala, arrancando de sus captores. ¿Cómo había llegado a esta cama? ¿Lo habían capturado nuevamente y la Chica ¿sería parte de sus captores? No lo entendía, pero prefirió seguirle el juego. Estoy en Guatemala, le dijo, me arranqué de mis captores, quienes me querían casar con una mujer asiática llamada Li Chiang. Y se quedó esperando a ver el semblante de su hija para ver su reacción. Ella lo escuchó atentamente y le preguntó: “¿Y por qué no te quisiste casar?” ¡Qué pregunta más absurda! ¿Cómo me pregunta tamaña tontera?, pensó él.
—Porque ya estoy casado con tu mamá, se apuró en responder. Llevo más de cincuenta años casado con ella y es la mujer de mi vida.
Dijo esto y dio una mirada a la pared donde había varias fotos en tamaño grande de él con su amada Amelia.
La Chica rió y le dijo, “tienes toda la razón, no te puedes casar con otra mujer”. Entonces volvió a preguntar: “¿Dónde crees que estás papá?” Germán ya estaba demasiado confundido y trató de levantar los hombros con una expresión en su cara que decía: no lo sé, dime tú. Ella lo interpretó inmediatamente y le dijo: “Estás en la clínica, hospitalizado hace cinco semanas. Tuviste una caída, que te generó una herida que permitió el ingreso de una bacteria muy peligrosa, que se alojó en tu columna cervical y provocó una gran infección. Estuviste muy grave, pero ya estás mucho mejor. ¿Te acuerdas?” Germán la miró nuevamente con un semblante que daba a entender que no lo recordaba.
La Chica le preguntó que quién era su señora. Esa pregunta sí que le pareció absurda. La Ame, el amor de su vida, su esposa hace exactos cincuenta y dos años y su amor desde hace cincuenta y seis. Con quien había construido una familia compuesta por su hijo, dos hijas, sus respectivos maridos y esposa y once nietos, a los que sencillamente adoraba. Todos ellos eran la razón de su existencia, pero la Ame era la piedra angular. Si la Ame no estuviera, nada tendría sentido para él, absolutamente nada. La Ame es mi señora, se apuró en decir.
—¿Dónde está, por qué no viene?
—No puede venir papá, le contestó la Chica. Lo que pasa es que en estos momentos estamos con una pandemia por un virus llamado coronavirus. Empezó en China en diciembre y llegó a Chile en marzo. Por eso, yo soy la única que puede venir a verte y mi mamá tiene que estar encerrada en la casa, porque sería peligroso para ella venir a visitarte, pero la podemos llamar. ¿Quieres hablar con ella?
Germán asintió melancólicamente con la cabeza. La Chica tomó su celular y marcó rápidamente el teléfono de su madre. De pronto se escuchó la voz de la Ame que contestó la llamada. “Alo, alo…”. Entonces Germán, profundamente emocionado y sintiendo que sus fuerzas lo abandonaban trató de decir con su mejor voz: “Hola Ame, ¿cómo estás?” Con visible emoción se escuchó al otro lado del teléfono la voz temblorosa de ella que decía: “Hola mi viejo lindo, yo estoy bien, echándote de menos, extrañándote, pensando en ti todo el día, rezando para que pronto vuelvas a mi lado. Cuídate, come todo lo que te den, para que pronto te puedas venir”. Estas palabras lo emocionaron a tal nivel que no pudo seguir hablando, se le atragantaron las palabras en la garganta y le hizo una seña a su hija para que hablara ella. La Chica, le habló a su madre, le dijo que el papá estaba cansado y tenía que descansar un rato. Que luego volvían a llamar.
Germán quedó triste, quería estar al lado de su mujer, en su casa querida, en su parcela, con sus perros y todo el trabajo que tenía allá. ¿Por qué estaba amarrado a esta cama?, volvía a pensar en los eventos de Guatemala y la confusión volvía a su cabeza. La Chica se quedó esa noche con Germán. Se arrellanó en el pequeño sofá que tenía en la pieza y lo estiró para tratar de dormir.
~ GERMÁN Y LA AME ~
Germán era un hombre de setenta y nueve años, muy activo e independiente. Hace más de veinte que tenía un centro de eventos en una zona rural cerca de la capital, en el que se hacían matrimonios, paseos de oficinas, cenas de fin de año, aniversarios de matrimonio o cualquier otra actividad.
Era el tercero de nueve hermanos hombres, criado en un pueblo al sur de Santiago. Un hombre emprendedor, con la cabeza llena de sueños e ideas de hacer grandes negocios. En lo económico, siempre fue independiente, con poca aversión al riesgo. Solo al comienzo de su vida laboral trabajó para una o dos empresas, ya que en ese minuto sentía que tenía que tener algo de estabilidad económica para ofrecer a su mujer.
A la Ame, su señora, la conoció cuando ella tenía dieciocho años, había salido recién del colegio y era verano. Germán ya era mayor, tenía veinticuatro años y había decidido salir a recorrer el mundo por segunda vez. La primera vez había visitado Perú, Ecuador y se había internado un poco por el Amazonas. Había decidido volver en diciembre para pasar la última Navidad con sus padres y volvería a partir hacia el norte. Su primera parada sería Lima, en Perú y desde ahí las aventuras que su viaje le trajera. Estaba dispuesto a recorrer durante el tiempo que le tomara, otros lugares, otras ciudades, otras latitudes y quién sabe, tal vez instalarse en otra parte. Nada lo ataba realmente a su país natal. Ese era el plan, hasta que un caluroso día de enero acompañó a la piscina a uno de sus hermanos menores. Ahí la vio, descansando sobre el pasto leyendo una revista femenina. Le gustó inmediatamente, así que se le acercó y le pidió prestada la revista, solo para entablar una conversación. La Ame lo miró y ni siquiera le respondió. Humillado se volvió sobre sus pasos para pensar una mejor estrategia para conocerla, cuando vio que su hermano, conversaba con las chicas que la acompañaban. Cuando volvió Freddy a su lado, le preguntó por esas muchachas y se dio cuenta que su hermano conocía a las hermanas de la niña que quería conocer. Que excelente noticia. Por supuesto, inmediatamente le pidió a Freddy que los presentara y ahora sí pidió prestada la revista, que le sirvió de pretexto para ir a devolverla al día siguiente a la casa de ella. El plan de ir a recorrer el mundo había quedado postergado para más adelante o quizás nunca, ese día de verano había cambiado su vida.
Cuatro años pololearon. Por supuesto que tuvieron problemas, como cualquier pareja. La Ame terminó la relación con él y se puso a pololear con otro joven, pero la persistencia era algo que caracterizaba a Germán, por lo que no se dio por vencido, hasta que consiguió que ella terminara con el otro muchacho y volviera con él, ahora para casarse.
Tuvieron un hijo y dos hijas. Formaron una preciosa familia y como todos los matrimonios tuvieron altos y bajos. Germán era un soñador, un emprendedor, tenía muchas ideas, muy buenas ideas para hacer grandes negocios. También, mucha energía y empuje, pero le faltaba el dinero necesario, el financiamiento para iniciar su propio negocio. Tenía un trabajo estable en una gran empresa, pero él no se veía toda la vida trabajando ahí. Se sentía entrampado haciendo un trabajo rutinario y poco estimulante, definitivamete, eso no era para él. Juntó algo de dinero, para tener un poco de capital, renunció a su trabajo y empezó su primer gran emprendimiento, una fábrica de productos derivados del maní.
En el patio de su casa construyó un espacio adecuado para instalar la empresa. Invirtió en maquinaria y se puso manos a la obra para iniciar este emprendimiento. Hizo los trámites requeridos ante la autoridad sanitaria para obtener los permisos correspondientes, teniendo todo prontamente en regla. Le estaba yendo muy bien, increíblemente bien, las ventas iban subiendo, su sueño lo estaba logrando. Se iba haciendo conocida su marca y cada vez tenía más pedidos. Llegó con sus productos a los pequeños y grandes supermercados. Fue creciendo, tanto en ventas como en su cartera de clientes. Se sentía feliz, había sido un tiempo de mucho esfuerzo, de invertir, de muchos sacrificios, pero ya empezaba a cosechar. Esto ya le daba cierta tranquilidad, estaba empezando a despegar su negocio, su sueño se estaba haciendo realidad, era dueño de su destino. Pero el país estaba cambiando, había decidido abrir su economía a los mercados mundiales. Esta decisión macroeconómica significó una debacle para el negocio de Germán pues el país se abrió a la importación y ya no pudo competir. Llegaron productos derivados del maní a precios mucho más bajos, con envases más bonitos y competitivos. Comenzó a ver con temor que la gente, sus clientes, empezaron a preferir los productos importados y las ventas empezaron a mermar hasta que tuvo que cerrar. Fueron momentos difíciles, ya no era un muchacho. Tenía una familia que mantener y no podía darse el gusto de correr aventuras. Lo pasó mal, muy mal durante un buen tiempo. Como siempre, la Ame era su sostén, su apoyo. No obstante, ella también sentía temor. Tenían hijos pequeños que dependían de ellos y no podían esperar. ¿Por qué era tan soñador?, se preguntaba la Ame. ¿Por qué había tenido que renunciar a un trabajo, —que si bien era aburrido y rutinario— les daba la tranquilidad que requerían? En fin, no era el momento de seguir haciéndose estas preguntas, era el momento de poner manos a la obra y salir adelante. Tenían dos hijos de siete y ocho años y una hija pequeñita de dos. Sin embargo, la Ame no la pensó dos veces y buscó un trabajo de medio tiempo que le permitiera compatibilizar sus actividades de madre con ingresar algo de recursos al hogar. Luego los dos pudieron ponerse de pie. Volvieron a rearmar su economía y nuevamente a Germán le empezó a ir bien. Esta vez estaba en un negocio distinto, lo había aprendido trabajando con gente conocida y luego se había independizado. Eso era lo que a él le gustaba. Tenían un buen pasar, tranquilidad y eso lo hacía feliz. Seguía siendo un optimista y soñador, la Ame era su cable a tierra, la que lo bajaba de las nubes, la que lo volvía a la realidad. Por eso no le contaba todo a ella y ese fue esta vez su error.
Por segunda vez, le pasaba lo mismo, el país cambiaba y sus servicios fueron siendo requeridos cada vez menos. Sus hijos ya eran más grandes y él no quería admitir que las cosas no iban tan bien como antes. Le comenzó a ir mal, hizo malos negocios, se endeudó. No quería que la Ame se diera cuenta, porque se avergonzaba de lo que le estaba pasando, sentía que era su responsabilidad, le apenaba no poder darle la tranquilidad y estabilidad que ella se merecía.
La primera vez que le había ido mal, él le había contado todo desde un principio. Esta vez era distinto, había ocultado esa información, había tomado malas decisiones y eso ahora no le estaba dando tregua. No lo dejaba dormir, no sabía como saldría de este problema. Tenía a dos hijos universitarios, una hija en el colegio y muchos gastos aún por delante y no sabía ya qué hacer. Se hizo de valor y enfrentó la situación. Le contó a la Ame y a sus hijos que la situación estaba muy complicada, que tendrían que vender el departamento en que vivían, para poder pagar las deudas que había contraído y tendrían que irse a vivir a una parcela que tenían en Pirque. Esto le permitiría rearmarse, reinventarse y volver a partir.
Una vez más, la Ame lo apoyó. Ya tenían más de veinte años de matrimonio, lo amaba, era el padre de sus hijos. Sin embargo, le dolía que él no le hubiera dicho antes lo que estaba viviendo. Tal vez podrían haber tomado otras decisiones, tal vez podría haber ayudado y actuado antes, tal vez no habrían tenido que vender el departamento que ella tanto quería. Pero, nuevamente, no era momento de recriminaciones, había que actuar y la Ame una vez más fue su apoyo, su sostén, su compañera y su cable a tierra.
Fue idea de ella. ¿Por qué no aprovechamos nuestra parcela, para hacer paseos de colegio? Es un lugar tan lindo, tan tranquilo, con un bello jardín y un estanque. Y se pusieron manos a la obra. Comenzaron con paseos de fin de año y de a poco, con mucho trabajo, esfuerzo y dedicación fueron haciendo eventos de mayor envergadura. Actualmente, o mejor dicho hasta antes de la pandemia de covid-19, en su centro de eventos se hacían matrimonios, fiestas de empresas, paseos de fin de año. Este negocio les permitió la tranquilidad económica que habían buscado antes. Sus hijos terminaron sus estudios, se casaron y les dieron once nietos. Germán y la Ame aprovechaban la temporada baja de los eventos para viajar. Primero recorrieron todo Chile. A sus sesenta años, empezando la tercera edad, visitaron destinos imperdibles como San Pedro de Atacama, Isla de Pascua y Torres del Paine, además de otras ciudades preciosas, cada una con sus peculiaridades y magia. También fueron a distintos países y ciudades europeas, ya fuera por tour terrestres o arriba de algún crucero. Sin embargo, había un sueño que Germán aún no cumplía. Quería recorrer Suiza, tierra de sus ancestros. Ya había visitado algunas de sus ciudades, como Berna y Zúrich, pero lo que ahora quería hacer era recorrerla de palmo a palmo. Se lo propuso a la Ame y como siempre, ella lo secundó. Planearon el viaje, arrendaron auto y se lanzaron a la aventura. Estuvieron más de un mes recorriendo ese bello país. Fue un viaje de ensueño, del cual la Ame y Germán guardaron los más lindos recuerdos.
Es así como ni se dieron cuenta y llegaron a celebrar sus bodas de oro. Habían pasado cincuenta años desde ese lejano siete de septiembre en que ambos se dieron el sí frente al altar; en el que se juraron amor eterno y que estarían juntos para siempre, en las buenas y en las malas, en salud y enfermedad, hasta que la muerte los separe. Habían pasado momentos muy duros en estos cincuenta años, es verdad, pero eso siempre los fortaleció. También momentos muy buenos, llenos de alegría y felicidad y eso también los fortaleció. No sabían que en pocos años volverían a poner en práctica sus votos, “juntos en salud y enfermedad”.
~ EL ESTALLIDO SOCIAL Y EL COVID-19 ~
Germán y la Ame estaban iniciando la temporada de eventos 2019-2020 con entusiasmo. Como en años anteriores, tenían muchas reservas y, prácticamente, no tenían espacio para descansar entre septiembre de un año y marzo del siguiente. Los días que no tenían algún evento, estaban dedicados a la mantención. Había mucho trabajo cortando el pasto, arreglando las plantas, moviendo los muebles, decorando, hermoseando, en fin, haciendo lo que era necesario para que todo siempre estuviera perfecto. Permanentemente, había un sin fin de actividades que los tenía ocupados de la mañana a la noche. Era mucho trabajo, sí, pero lo hacían felices. La alegría de unos novios después de que todo había estado perfecto en el día más importante de sus vidas o la satisfacción del encargado de recursos humanos de una empresa —porque su actividad había resultado como lo esperaban— era un pago que no se medía con monedas. Ellos siempre se esforzaban al máximo para que el evento fuera una excelente experiencia para sus clientes. Atendidos por sus dueños, era una de las frases de su publicidad. Pero ese año fue diferente. Recién arrancando la temporada de eventos, ocurrieron hechos nunca vistos en Chile, hasta ese momento. Se desató una ola de violencia y de descontento social generando un verdadero terremoto a nivel país, terremoto que ellos resintieron inmediatamente.
Estallido social fue llamado posteriormente por la prensa. Se inició con la quema simultánea de más de 60 estaciones del metro y edificios públicos. Los días que siguieron fueron de saqueos a supermercados, farmacias, multitiendas. Además de la violencia propia de los saqueos, hubo mucha gente que adhirió pacíficamente a este movimiento, manifestándose en las calles. Las protestas por todo el país y los incendios en espacios públicos y privados continuaron y los enfrentamientos con las fuerzas de orden y seguridad se hicieron cada vez más frecuentes. Hubo heridos y muertos, una violencia nunca vista que generó mucho temor en la gente y, sobre todo, en los mayores, como Germán y la Ame. Ellos se asustaron, no sabían que vendría después. La convulsión social que se veía en los noticieros, que se escuchaba en la radio y las noticias que les llegaban por WhatsApp, ya fueran verdaderas o falsas, los intranquilizaba cada vez más. Se destruyeron muchos empleos, la economía del país se desplomó y por supuesto, de la noche a la mañana su negocio comenzó a decaer. Las empresas cancelaron sus reservas, los matrimonios postergaron sus fiestas o las hicieron más acotadas y lo que se veía como una promisoria temporada, fue mermada y disminuida hasta la mínima expresión.
Estaban preocupados por su país y por cómo se lograría salir de esa situación, cuando comenzaron a llegar noticias de un virus en China que había pasado del murciélago, su huésped habitual, a un animal desconocido y de ahí al ser humano. Estaba provocando una enfermedad muy contagiosa causando estragos en Wuhan, ciudad donde se había iniciado. Esta enfermedad, denominada covid-19, era provocada por un coronavirus y podía generar una enfermedad que llevaba a la muerte. En China se tomaron medidas extremas de confinamiento de la gente y se construyeron multitudinarios hospitales en diez días. Estas noticias, que se veían lejanas y que estaban al otro lado del planeta, más parecían salidas de una película de zombis o del fin del mundo, que de cualquier canal de noticias. Pronto la OMS comenzó a hablar de epidemia y luego de pandemia. La enfermedad llegó a Europa y causó estragos en Italia, Francia y España. Los hospitales no daban abasto y colapsaban por la cantidad de gente enferma y los muertos empezaron a contarse de a miles. A Chile no llegaba aún, pero había que estar preparados para lo que venía. Las noticias decían que los adultos mayores eran los más afectados y, no conociéndose aún los tratamientos o formas de prevención, el aislamiento parecía ser lo más prudente e indicado.
A comienzos de marzo ocurrió lo esperable, lo que era muy difícil de evitar. Los periódicos, noticieros, redes sociales, estallaron. El coronavirus había llegado a Chile, había sido detectado en un hospital de Talca en una persona que venía desde Europa. Chile ya no estaba libre. Era cosa de tiempo que se difundiera por todo el país y que llegara a Santiago. Estábamos mejor preparados que Europa, ya que habíamos visto lo que les había ocurrido a ellos, pero tampoco teníamos la experiencia y el conocimiento para tratar esta enfermedad. El sistema sanitario se fue preparando para hacer frente a lo que venía, se veía duro el futuro, no se tenía experiencia en una situación como esta. Comenzaron las primeras limitaciones al movimiento de las personas y en el horizonte se veía el confinamiento o la cuarentena como una medida extrema que podía ayudar a contener la diseminación del virus.
Luis, hermano menor de Germán, uno de los nueve, era un topógrafo que trabajaba en distintas obras de construcción vial a lo largo del país. Su profesión y trabajo lo llevaban a moverse con camas y petacas a donde se estaban ejecutando las obras. Había vivido en todo Chile y en los lugares más extremos. Ahora no era la excepción, estaba trabajando en una obra en Porvenir, región de Magallanes y la Antártica Chilena. Dada la lejanía, Luis juntaba sus permisos de descanso y cuando tenía suficientes días viajaba al norte, a la región de Valparaíso, donde vivía y estudiaba su única hija. Este marzo del coronavirus, Luis se encontraba de permiso y ya debía volver a su trabajo, pero como siempre, pasaría sus últimos días de descanso en la casa de su hermano Germán.
Llegó el momento de volver, Luis alistó sus cosas, revisó que tenía todos sus documentos y su pasaje en regla, se despidió de Germán y la Ame y se fue al aeropuerto. En cuanto llegó se dirigió al mesón, para entregar su equipaje y chequearse para el vuelo. Había mucha gente, como nunca. La fila no avanzaba. Esto era totalmente poco usual. Acostumbrado a viajar por Chile, Luis sabía que este trámite era rápido y expedito, no se acumulaba la gente a menos que hubiera algún problema. Esperó pacientemente por algunos minutos, seguramente había algún inexperto haciendo este taco. Aprovechó de revisar sus mensajes en el celular, luego revisó algunas noticias, cuando un titular llamó poderosamente su atención. El aeropuerto Carlos Ibáñez del Campo de la ciudad de Punta Arenas, había cerrado sus puertas a los pasajeros, debido a la pandemia de coronavirus. Sus ojos no daban crédito a lo que estaba leyendo, no entendía a cabalidad lo que decía ese titular. Cómo se iba a cerrar el aeropuerto, si él estaba en la fila para chequearse en el avión que lo llevaría a esa ciudad, para luego transportarse a Porvenir, a su lugar de trabajo. Levantó la vista y solo vio a las personas que esperaban pacientemente a su alrededor. Miró a quien estaba en el puesto detrás de él en la fila y le pidió que le cuidara el lugar. Tenía que ir a preguntar que estaba pasando, no se iba a quedar esperando en la fila eternamente. Encontró a un funcionario de la línea aérea, quien, cuándo le preguntó, se levantó de hombros y dijo no tener ninguna información. Entonces fue más allá, donde se acumulaba un mayor número de personas y escuchó en forma creciente el rumor de que no podrían viajar, que el aeropuerto de destino estaba cerrado. Pero, ¿por qué? ¿Qué había pasado para que se tomara esta decisión tan drástica? Él estaba en el aeropuerto esperando para abordar el avión y ¿ya no podía viajar? ¿Por cuánto tiempo sería esto?, ¿Qué pasaría con su trabajo? Las preguntas se arremolinaban en su cabeza cuando escuchó por altoparlante lo que no quería escuchar. El aeropuerto Carlos Ibáñez del Campo, ubicado en las afueras de la ciudad de Punta Arenas, había cerrado sus puertas. Listo, no había nada más que hacer, la información era oficial. Sentía que un mazo había caído sobre su cabeza, no podía pensar. Se había quedado botado en el aeropuerto de Santiago. ¿Por cuánto tiempo? No sabía la respuesta. Lo primero que atinó fue llamar a su hermano Germán y le dijo escuetamente: “Se cerró el aeropuerto de Punta Arenas, no sé hasta cuándo”. Fue cuando sintió desde el otro lado del teléfono, con la calidez de siempre, “y……, vente para acá el tiempo que sea necesario”. Esta respuesta no extrañó para nada a Luis. Germán y la Ame siempre lo habían recibido con los brazos abiertos, nunca le habían negado su hospitalidad y esta tampoco sería la ocasión.
La situación era incierta, no sabía qué pasaría con su trabajo si no podía volver, pero de momento el tema de alojamiento estaba resuelto. Sin pensarlo más, salió del aeropuerto y tomó un taxi a Pirque, de vuelta a la casa de su hermano.
Había estado horas en el aeropuerto, sin ninguna precaución, lo que lo inquietaba. Luis era de los hermanos menores de Germán, y los distanciaban más de quince años. Por lo que, si había contraído el coronavirus, esto podía ser fatal para Germán y la Ame. No lo dudó por ningún momento y apenas llegó se puso en cuarentena. Se fue a dormir al Torreón, una bella construcción que Germán había hecho simulando un castillo. Él quería un castillo para su reina, la Ame y se lo construyó. Estaba a unos veinte metros de la casa principal, separado por un patio empedrado con una fuente en el medio. Todo rodeado de grandes y hermosas plantas, dando un marco majestuoso, único, bello, que los novios y sus fotógrafos sabían aprovechar muy bien cuando se trataba de dejar registro del día más importante de sus vidas. Sin duda, era un lindo lugar, un bello espacio el que había construido Germán. En el Torreón, había tres dormitorios y un baño. Un espacio suficiente para instalarse un tiempo prudente de quince días, hasta asegurarse de no presentar síntomas del temido covid. La comida se la llevaban en bandeja y había suficiente espacio para salir a caminar por la parcela, sin necesidad de entrar en contacto con Germán y la Ame.
Pasó una semana, dos, las que luego se convirtieron en un mes, dos meses. Luis había perdido su trabajo. Al no poder volver a Porvenir y ante la incertidumbre de la situación, la empresa lo finiquitó. Ahora no tenía sentido volver, solo tenía que ir a buscar algunas cosas. Los pocos días que esperaba pasar en la casa de su hermano al final de su periodo de descanso, se habían convertido en meses y no sabía a ciencia cierta cuanto tiempo más se quedaría.
Germán y la Ame integraron a Luis en sus actividades diarias, era uno más. Después de su periodo de quince días de cuarentena en el Torreón, se mudó a una habitación en la casa principal, por lo que convivía cotidianamente con ellos. No salían de la parcela desde que había comenzado la pandemia. Eso les daba tranquilidad, ya que así no podían contagiarse.
Ya era mayo, casi habían pasado dos meses desde el primer caso de covid-19 en Chile, los enfermos aumentaban y los hospitales se llenaban de gente. Las urgencias colapsaban y los noticiarios traían noticias de cómo se iban llenando las camas críticas disponibles. Los hospitales, públicos y privados iban convirtiendo espacios a camas covid-19 para hacer frente a esta contingencia. Cuando no había suficiente lugar en un hospital, se buscaban camas disponibles en otros hospitales, en otras ciudades. Es así como se veían operativos aéreos trasladando gente enferma, de manera que pudieran acceder al ventilador que requerían, al oxígeno que necesitaban y al cuidado preciso. A pesar de todos estos esfuerzos, los fallecidos por esta enfermedad seguían aumentando. Germán, la Ame y Luis vivían en un pequeño oasis de tranquilidad. En la parcela estaban protegidos, mientras no salieran de ahí, nada les podía pasar.
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