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CLUNY BROWN


SENSIBLES A LAS LETRAS, 66
Título original: Cluny Brown
Primera edición en Hoja de Lata: noviembre del 2020
© Margery Sharp, 1944
© de la traducción: Raquel García Rojas, 2020
© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2020
Hoja de Lata Editorial S. L.
Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212 Xixón, Asturies [España]
info@hojadelata.net / www.hojadelata.net
Edición: Hoja de Lata Editorial S. L.
Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu
Corrección: Olaya González Dopazo
ISBN: 978-84-16537-90-7
Producción del ePub: booqlab
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Para Geoffrey Castle
CAPÍTULO 1
I
Al ir pensando en Cluny Brown, el señor Porritt, un próspero fontanero, se pasó la parada del autobús y, como consecuencia, se perdió el almuerzo del domingo que le esperaba en casa de su hermana. No era una gran pérdida. La comida estaría bien, pues Addie tenía sus virtudes, pero era demasiado machacona. Por aquel entonces, lo machacaba con Cluny Brown.
El señor Porritt pagó un penique adicional y se bajó del autobús en Notting Hill Gate. Aún tenía tiempo de sobra para volver a Marble Arch y continuar, como de costumbre, por Edgware Road, pero un espíritu de independencia lo llevó, en cambio, a meterse en Kensington Gardens. Hacía más de un año que no entraba en los jardines, desde el día del funeral de su esposa, cuando, de hecho, se embarcó en una larga y porfiada caminata por todos los parques de Londres mientras se hacía a la idea de que la señora Porritt ya no estaba. Le costó un poco —habían estado veintiséis años casados y nunca tuvieron una mala palabra—, pero en un momento dado Arnold Porritt llegó a un acuerdo provisional con la Providencia. Él seguiría como antes, cumpliendo con su labor como fontanero y con sus responsabilidades respecto a Cluny Brown, pero si al final no se reunía con su Floss, causaría problemas. El señor Porritt era un hombre con un firme sentido de la justicia.
El día, para estar en febrero, era inusualmente templado. La gente, resistente al frío, se sentaba a las puertas de la Orangery, mirando al sol y de espaldas a los ladrillos que llevaban mirando al sol tres siglos; allí siempre hacía más calor que en cualquier otro sitio de los jardines. Tras rodear el césped, el señor Porritt también puso los pies en aquella terraza y, como no había ningún banco del todo desocupado, eligió uno donde se sentaba una mujer sola. A ojos del señor Porritt, ya no era una mujer joven y no podía haber sido nunca atractiva; la mirada de soslayo de la mujer catalogó al señor Porritt como sin duda peculiar; y los dos se habrían sorprendido en extremo al conocer la opinión del otro.
La mujer tenía un libro en las rodillas, pero el señor Porritt se había dejado el periódico en el autobús y estaba, por tanto, indefenso ante los bien conocidos efectos de la proximidad en un parque público. En menos de cinco minutos, el deseo de confiarse a una persona extraña se hizo irresistible. Forzó una tos preliminar y comentó que hacía una temperatura poco habitual para esa época del año.
—Deliciosa —repuso la mujer. Su voz, y esa única palabra, le confirmaron que era una dama, cosa de la que su sombrero y su maquillaje le habían hecho dudar.
—Ojalá mi sobrina estuviera aquí.
—Sí, a los niños les encantan los jardines —convino ella con amabilidad.
—No es una niña —dijo el señor Porritt.
La mujer le dirigió una mirada alentadora. Estaba esperando a un joven que tenía intención de convertir en su amante y pensó que tendría su gracia que llegara y la viese charlando con alguien tan pintoresco, tan inesperado, tan absolutamente ajeno a su mundo como el señor Porritt. Mientras le sonreía, iban formándose en su mente fragmentos de la conversación posterior. «¡Pero si es que la gente siempre me habla! —diría—. Parezco ese personaje de Kipling que se quedaba sentado y dejaba que los animales le pasaran corriendo por encima.» ¿O Kipling era un poquito… anticuado? «Ese hombre de la selva», tal vez, sin precisar más…
—Tiene veinte años —prosiguió el señor Porritt—. Es huérfana. La hija de la hermana de mi mujer. A veces no sé muy bien cómo manejarla.
—Los veinte son una edad difícil.
—No es exactamente difícil. Es más bien… —El señor Porritt frunció el ceño. Caviló, reflexionó, tanteando como había hecho tantas veces en busca de la raíz del problema. Cluny Brown era afable, voluntariosa, tan sensata como la mayoría de las muchachas…
—¿Es guapa?
—Corriente y moliente.
—¿Atractiva?
El señor Porritt, que creía haber contestado ya a esa pregunta, se limitó a negar con la cabeza y la mujer sonrió. Ella también era corriente, pero nadie la consideraría poco atractiva. (El señor Porritt sí, por supuesto, pero no era probable que surgiera el tema.)
—¿Tal vez tiene complejo de inferioridad, entonces?
—Mi sobrina no —repuso el señor Porritt. No sabía nada de complejos, pero cualquier idea de inferioridad iba tan desencaminada que de pronto puso de manifiesto, por contraste, justo lo que estaba buscando—. El problema de la joven Cluny —añadió— es que parece no saber cuál es su lugar.
Al fin se había revelado el delito de Cluny Brown, y su tío jamás habría podido expresar con palabras —ni siquiera ante un extraño, ni siquiera en un parque— la inquietud que le causaba. Saber cuál es el lugar de uno era, para Arnold Porritt, el fundamento de toda vida racional y civilizada: cíñete a tu clase y no te equivocarás. Un buen fontanero, respaldado por su sindicato, podía mirar a un duque a los ojos; y un buen barrendero, respaldado por su sindicato, podía mirar al señor Porritt a los ojos. Los duques, por supuesto, no tenían sindicato, y al señor Porritt le daba la impresión de que intentaban pasar inadvertidos.
—¿Y cuál es su lugar? —preguntó la mujer, que parecía divertirse.
El señor Porritt consideró la pregunta extraordinariamente ridícula: cualquiera que lo viese a él, pensaba, debería reconocer de inmediato el lugar de su sobrina. Sin embargo, tenía una buena respuesta, una auténtica bomba que en modo alguno era reacio a hacer estallar.
—Le diré cuál no lo es: el Ritz no lo es —contestó, y volvió a quedarse estupefacto. Pues eso era lo que la joven Cluny había hecho apenas uno o dos días antes: había ido a tomar el té al Ritz, ella sola, para ver cómo era. Dos chelines y seis peniques le costó, y sin pasta de arenque ahumado siquiera. Se lo dijo ella misma, sin ocultar su necedad, sin tener ni idea, al parecer, de que había hecho algo inapropiado. Al señor Porritt le complació ver que su nueva conocida (a pesar de su necedad) parecía debidamente desconcertada—. Y así es Cluny —terminó con un triste tono triunfante—. No sabe por dónde se anda.
—¿Cluny? —repitió la mujer.
—Cluny Brown. El diminutivo de Clover —le explicó el señor Porritt. Hizo una pausa para comprobar si un joven alto que se aproximaba a ellos tenía intención de sentarse en su banco, pero la mujer (que había visto al recién llegado momentos antes) se inclinó hacia él muy animada.
—¿Sabe? —se apresuró a decir—. Su sobrina parece de lo más encantadora. No ha de reprimirla, tiene que ayudarla a desarrollarse. Debe de tener una personalidad muy especial.
Luego se giró con un sobresalto y vio que el joven les sonreía, y el señor Porritt entendió de inmediato que era hora de marcharse.
II
—¿Quién demonios era ese? —preguntó el joven cuando se sentó.
La mujer hizo una mueca divertida.
—No tengo ni la menor idea. La gente siempre me habla en los parques. Parezco ese hombre de la selva que se quedaba sentado y dejaba que los animales le pasaran corriendo por encima.
—Algún día acabarán asaltándote.
—Querido, sabes que solo atraigo a hombres respetables.
Los dos se echaron a reír. El joven siguió con la mirada la menguante figura del señor Porritt y movió la cabeza de un lado a otro.
—¡Viejo crápula! ¿Te ha dicho que su mujer no lo entiende?
—En absoluto. Me ha estado hablando de su sobrina, una joven llamada Cluny Brown, diminutivo de Clover, que fue a tomar el té al Ritz.
—¡Querida, eres maravillosa! —exclamó el joven—. ¡Qué argumento! Pero ¿por qué al Ritz?
—Porque no sabe cuál es su lugar.
—Escandaloso. ¡Esa Cluny Brown es un escándalo! Me gustaría conocerla.
Como era imposible, la mujer pudo decir que a ella también, y luego, con la sensación de que ya habían hablado suficiente de Cluny y de que se estaba convirtiendo incluso en un fastidio, le pidió que la llevase a almorzar.
III
Eran las dos y media cuando el señor Porritt entró en casa de su cuñado Trumper en Portobello Road. La puerta principal abierta y un desplantador clavado en un arriate indicaban que Trumper se había puesto a arreglar un poco el jardín y lo había dejado a medias. Dentro, el estrecho vestíbulo desprendía un fuerte olor a linóleo y abrillantador de metales y el señor Porritt olisqueó con admiración y reconoció el mérito de su hermana. Sabía cómo mantener una casa. Limpia como los chorros del oro. Un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio. El señor Porritt colgó su gorra y entró en el salón; allí estaba Trumper, sentado en mangas de camisa y leyendo el News of the World.
—Ya estoy aquí —dijo el señor Porritt.
—Creíamos que te habrían atropellado —repuso Trumper.
—Me he confundido de autobús —le explicó su cuñado.
—¿Has comido?
—He picado algo.
El señor Porritt se sentó, se quitó las botas y las dejó con cuidado en la balda inferior de una estantería de bambú. En la balda de arriba había una estera de felpilla, una bandeja y una maceta, ambas de latón, y en la maceta un bonito ficus; todo el conjunto justo donde debía estar, en el mismo centro de la ventana-mirador.
—Te has dejado un desplantador fuera —dijo el señor Porritt.
—Ya —asintió Trumper—. ¿Y la joven Cluny?
—En la cama.
—¿Cómo, enferma?
—No, ha leído un artículo en el periódico —repuso el señor Porritt, que se acordó de su propio periódico olvidado en el autobús.
Ahora lo echaba en falta, pues aquel era el momento y el lugar en el que disfrutaría de su lectura. También era el momento y el lugar para Trumper y, apenas terminase, Addie se lo quitaría de las manos; es asombroso cómo no hay nada que moleste más a la gente que el que le quiten el periódico del domingo. El señor Porritt recordaba un ejemplo muy notable de esto por propia experiencia: cuando la hermana de su mujer apareció con la pequeña Cluny, tras la muerte de su marido, pobre tipo, y no podían hacer otra cosa sino acogerlas y ofrecerles un hogar. Floss y él estaban de acuerdo y lo hicieron de buena gana, y la madre de Cluny se comportó en todo momento como es debido, salvo por una cosa: siempre cogía el periódico del domingo antes de que el señor Porritt terminase de leerlo. Él nunca dijo nada, pero esa sola costumbre lo irritaba tanto que poco a poco le cogió manía. Durante un tiempo, incluso estuvo comprando dos periódicos. Fue peor. Su cuñada quería leerlos a trozos, un artículo de aquí y otro de allá, y cambiaba y desordenaba las páginas hasta que era imposible encontrar ni siquiera el fútbol. Aun así, era una mujer agradable, a su manera, y cuando murió —de neumonía—, el señor Porritt lo sintió más de lo que esperaba…
—Al parecer Eden ha dimitido —observó Trumper—. Supongo que sabe lo que se hace.
—Para mí que aun así tendremos problemas con Mussolini —repuso el señor Porritt— y con ese Hitler. No me fío de ellos.
—Ni yo. Lo que tendría que haber hecho este país…
Y en breve se habrían embarcado en una buena conversación, enjundiosa, masculina, pero en ese momento se abrió la puerta y Addie irrumpió en la habitación. Era cuatro años menor que su marido y cinco menor que el señor Porritt, pero nadie lo habría adivinado porque no aprobaba que uno quisiera parecer joven. Aprobaba el tener un aspecto cuidado, limpio y sufrido, y eso lo conseguía con creces.
—¡Aquí estás! —exclamó echando un vistazo a su hermano como para asegurarse de que estaba, en efecto, de una sola pieza—. ¿Qué ha pasado?
—Me he confundido de autobús —le explicó el señor Porritt.
—¿Has comido?
—He picado algo.
—¿Dónde está Cluny?
—En la cama.
—¿Cómo, enferma?
—No —dijo el señor Porritt con paciencia—. Ha leído un artículo en el periódico sobre cómo quedarse un día en la cama comiendo naranjas descansa los nervios y tonifica el organismo.
Por un segundo, Addie Trumper lo miró estupefacta. Se le tensó la mandíbula. Parpadeó. Tanto su marido como su hermano se prepararon inconscientemente para lo que venía.
—¡Anda la osa! —voceó Addie Trumper—. ¿Pero quién se cree que es?
Ahí estaba de nuevo, la inevitable pregunta que, por alguna extraña razón, Cluny Brown parecía suscitar siempre. Y, sin embargo, ¿podía haber una respuesta más sencilla? Su difunto padre conducía un camión, tenía un tío fontanero, su madre había sido la cuñada de ese fontanero, su otro tío era mozo de estación (en la Great Western)… ¿Cómo iba a dudar nadie de quién era Cluny? ¿Cómo podía haber ninguna duda respecto a quién creía que era? Era evidente. Y, aun así, si el señor Porritt no había oído esa pregunta mil veces, no la había oído ninguna. Él mismo se la hacía. Pero ni para él ni para Addie Trumper tenía respuesta.
—Lo que le hace falta a la joven Cluny —afirmó la señora Trumper cogiendo aire—, ya lo he dicho antes y volveré a decirlo, es entrar a servir. En una buena casa, con una gobernanta estricta. Acuérdate bien de lo que te digo.
Pero el señor Porritt no tenía intención de dejarse intimidar.
—Y yo ya te he dicho que no puedo prescindir de ella. Necesito a alguien que atienda el teléfono cuando no estoy en casa.
—¡Para qué te hará falta un teléfono!
El señor Porritt y Trumper intercambiaron una mirada fraternal. Claro que un fontanero necesitaba un teléfono: la mitad de los avisos, y todos los que eran urgentes, llegaban por teléfono. Aquella era una de las razones de la prosperidad del señor Porritt: siempre podías localizarlo. La gente llamaba a medianoche, o incluso más tarde, y aunque el señor Porritt no fuese de inmediato, su tono solemne y profesional les procuraba consuelo y, si decía que estaría allí a primera hora, rara vez se molestaban en llamar a nadie más. Pues claro que le hacía falta un teléfono…
—Y, por cierto —añadió la señora Trumper volviéndose hacia su marido—, te has dejado un desplantador fuera. —Luego agarró el News of the World y se marchó.
Pasaron unos segundos antes de que el ambiente se tranquilizara de nuevo. Los dos hombres se habían quedado muy quietos, como peces en el fondo de un estanque revuelto. El señor Porritt miró a su cuñado como excusándose y alargó un brazo para coger sus botas.
—No hace falta que te vayas —dijo Trumper con amabilidad.
—Será lo mejor —repuso el señor Porritt.
—Tú haz lo que te parezca bien. Si la joven Cluny te ayuda y puedes mantenerla, no es asunto de Addie.
—Ya —asintió el otro. Aun así, terminó de atarse las botas—. Pero a ti no me importa decírtelo: estoy preocupado. —Hizo una pausa. Estaba lo del té en el Ritz y había algo más, algo que no había mencionado ni siquiera a la mujer del parque—. La han estado rondando —dijo al fin.
Trumper silbó.
—¿Rondando? ¿A Cluny?
—Dos veces —le aseguró el señor Porritt—, la semana pasada. La primera vez me lo contó ella, la segunda lo vi yo mismo. En High Street, a las puertas de una tienda: Cluny y el individuo en cuestión estaban hablando. Él se largó a toda prisa en cuanto me vio.
—Apuesto a que sí —dijo Trumper con aire convencido.
—Cluny dice que estaba mirando los sombreros del escaparate cuando el tipo se le acercó y le preguntó si había algo que le gustara. Cluny dijo que no, que solo estaba pasando el rato. Luego él le dijo que tal vez si iban hasta el West End encontrarían algo mejor. Entonces fue cuando llegué yo.
—No se le habría ocurrido irse con él.
—Eso dijo ella. Dijo que quería escuchar un programa en la radio. Lo que no me explico es por qué. No puede decirse que sea guapa…
—Corriente y moliente —convino Trumper de buena gana. Los dos reflexionaron unos segundos—. Y la otra vez ¿fue el mismo tipo o era otro?
—Otro. En la puerta del cine.
—No debería andar tanto por ahí.
—¿Y qué va a hacer la muchacha? —razonó el señor Porritt poniéndose a la defensiva—. ¿No puede mirar un escaparate? Quizá… No te lo he dicho, pero he estado hablando de Cluny con una señorita y quizá nos estamos equivocando en la manera de tratarla. A lo mejor no hay que atarla tan corto, sino animarla a tomar vuelo o algo así.
—A Cluny no —aseguró el señor Trumper—. Quien te haya dicho eso es que no la conoce.
Aquello era tan cierto que el señor Porritt no podía discutírselo. Por un momento, en cambio, guardó un obstinado silencio. La franqueza de esa mujer, justo antes de que los interrumpieran, había hecho mella en él: su actitud hacia su sobrina se había vuelto más flexible que nunca. Estaba dispuesto a hacer algo en su favor, a alterar de algún modo la sólida rutina de su vida en común si era necesario. En el fondo de su cabeza germinaba la idea de que tal vez Cluny debería aprender a escribir a máquina.
—¡Y esa tontería de las naranjas! —añadió Trumper con retintín.
—Las ha pagado ella. Y no me importa admitir —dijo el señor Porritt en una repentina aceptación de su debilidad— que, tontería o no tontería, y preocupado como estoy, es un verdadero consuelo saber que está a salvo en casa y en la cama.
Decía (como siempre) lo que creía que era verdad.
CAPÍTULO 2
I
Que Cluny Brown no estuviera en la cama, y ni siquiera en casa, se debía a la pura diligencia, una cualidad que rara vez se le reconocía. El artículo del periódico hacía mucho hincapié en que el reposo fuera absoluto: persianas bajadas y nada de teléfono. Cluny había cerrado las cortinas, pero no podía evitar que la gente tuviese que llamar a un fontanero y, cuando poco antes de las tres el timbre empezó a sonar, de mala gana (pero con gran diligencia) sacó las largas piernas de la cama y, aún descalza, bajó corriendo las escaleras.
—¿Diga? —contestó con su peculiar tono grave.
Le respondió la voz de un hombre, apremiante, brusca, áspera y con ese aire de agravio frecuente en todos los que tienen problemas con el suministro de agua.
—¿Es el fontanero? Necesito que venga alguien de inmediato.
—Ha salido —dijo Cluny.
—¿Y no puede localizarlo?
Cluny reflexionó. No hacía tiempo para que reventasen las cañerías y ella no tenía intención de interrumpir el descanso dominical de su tío por ninguna calamidad menor.
—No, no puedo —repuso.
—¡Santo Dios! —gritó la voz con vehemencia—. ¡Esto es intolerable! ¡Inaudito! ¿Y no hay nadie más? ¿Quién es usted?
—Cluny Brown —contestó ella.
Hubo una breve pausa y, cuando la voz volvió a hablar, lo hizo en un tono muy diferente.
—No es más que la hija del fontanero…
Cluny, que ya había oído aquello otras veces, colgó y volvió al piso de arriba. Se metió en la cama y se tumbó de nuevo, y empezó a relajarse según las indicaciones: articulación por articulación desde los dedos de los pies hasta el cuello. «Ahora imagine que es un gato persa», decía el artículo del periódico; pero Cluny, cuya imaginación era más concreta que romántica, se sentía más bien como uno de esos cojines con forma de salchicha que algunos vendedores pregonaban por las calles para evitar que entrase aire por debajo de las puertas. Probablemente no importaba… Lo que sí importaba era que, apenas había conseguido llegar a ese envidiable estado, el teléfono volvió a sonar. «Déjalo», pensó Cluny, y continuó con el siguiente paso: vaciar por completo la mente. Solo que no podía por culpa del teléfono. Siguió sonando y sonando hasta que al final no le quedó más remedio que levantarse y contestar de nuevo.
—¿Señorita Brown? —dijo la voz—. Por favor, acepte mis disculpas.
—¿Y para eso me ha sacado de la cama? —vociferó Cluny indignada.
Una vez más, se hizo un silencio. De haber estado escuchando, el señor Porritt se habría compadecido de la persona que estaba al otro lado de la línea. Cuando llamas a un fontanero, no te esperas… Bueno, no te esperas a Cluny.
—¡Cielos! —exclamó la voz con consideración—. ¿Está enferma? ¿Quiere que le lleve un poco de vino?
—No es el vino, son las naranjas.
—¿El qué?
—La cura. Pero no estoy enferma. —Habiendo llegado tan lejos, Cluny creyó mejor aclararlo todo—. Te quedas veinticuatro horas en la cama bebiendo solo zumo de naranja, aunque supongo que si las chupas es lo mismo, y el cuerpo entero se tonifica de maravilla.
—Parece que ya está usted mejor —observó la voz.
—Me siento mejor —convino Cluny.
—¿Y no estará lo bastante bien para pasarse por aquí y ver qué le ocurre al fregadero?
Cluny vaciló. De hecho, se sentía muy bien. Allí de pie, con su camisón de algodón, en la corriente de aire, descalza sobre el linóleo sin alfombrar, se sentía extraordinariamente bien, en conjunto, salvo por una herida que tenía en el labio superior de tanto chupar naranjas. ¿Podría ser que la cura ya hubiese hecho efecto? Y si era así, ¿no debía cumplir con su deber para con el negocio y tal vez conseguir un cliente nuevo para su tío? Un fregadero no parecía nada grave; estaría atascado, lo más probable, y nadie habría tenido la sensatez de desenroscar el codo…
—Le daré diez chelines, ya que es domingo —la tentó la voz—, y puede coger un taxi. Es el diez A de Carlyle Walk, en Chelsea. ¿Va a venir?
—De acuerdo —dijo Cluny, y con gran diligencia fue a por el libro de avisos para apuntarlo.
II
El atuendo apropiado para que una joven señorita vaya a arreglar el fregadero de un hombre un domingo por la tarde nunca se ha definido con criterio de autoridad alguno. Cluny tenía que llevar la bolsa de herramientas de su tío, desde luego, pero para compensar se puso sus mejores galas. Iba toda de negro, pues seguía de luto por la señora Porritt, y aquella particularidad, en ese momento de su trayectoria vital, no carecía de importancia. Explicaba, por ejemplo, cómo había conseguido una mesa en el Ritz. Con su excepcional altura, delgada como un arenque ahumado y vestida con un sencillo abrigo negro, Cluny daba muy buena impresión. De espaldas parecía elegante, aunque su cara estropeaba el efecto si la mirabas de frente. En veinte años, sin embargo, Cluny se había acostumbrado a su rostro y ahora, mientras se daba unos toques de colorete, podía contemplarlo sin resentimiento: pómulos afilados, boca grande, nariz grande, ni pizca de color; achatado de la frente a la barbilla, de mandíbulas anchas y marcadas; el pelo espeso y oscuro, que se cortaba ella misma en cuanto le llegaba por debajo de los hombros y que llevaba recogido en la parte de arriba, lejos de la nuca, de modo que sobresalía como una cola de caballo. «Suerte que el tío Arn es miope», pensó Cluny con filosofía, y luego bajó a toda prisa las escaleras, riéndose porque de pronto se le había ocurrido que tal vez la Voz buscaba algo de diversión y, si era así, no se asustaría poco cuando la viera.
III
El diez A resultó no ser una casa, sino un estudio construido en el jardín de una mansión en los prósperos días del arte victoriano. Desde entonces, la mansión se había transformado en un bloque de pisos y el estudio en garaje, reconvertido ahora de nuevo en estudio por parte del señor Hilary Ames. Él no era artista, pero le gustaba dar fiestas. Esa noche daba una y por eso necesitaba desatascar el fregadero con urgencia. No obstante, la malicia de Cluny también estaba medio justificada: su voz grave y lo absurdo de sus pasatiempos habían despertado el gusanillo del señor Ames. No era algo difícil: el gusanillo del señor Ames se despertaba con bastante facilidad cuando se trataba de jovencitas, pero Cluny acertó además al prever un ligero sobresalto en el primer encuentro. Llegó, llamó a la puerta y al entrar descubrió en el rostro de aquel hombre una expresión sumamente confusa.
—Veamos, ¿cuál es el problema? —preguntó Cluny, benévola, observándolo casi con la actitud de un joven policía. Era, con mucho, la más alta de los dos, y lo primero que advirtió del señor Ames fue la pequeña calva que tenía en la coronilla. Por lo demás, debía de rondar la cincuentena, era tirando a rollizo y llevaba un jersey amarillo canario que le había costado seis libras y que Cluny pensó que le hacía parecer una ficha del juego de la pulga.
El señor Ames, por su parte, echó un vistazo a la nariz de Cluny y, descartando de inmediato cualquier pensamiento travieso, la condujo hasta una pequeña y maloliente trascocina. El fregadero rebosaba de agua grasienta y parte se había derramado sobre el suelo, pero no parecía que hubiera reventado nada y no olía a gas. Cluny dejó la bolsa con un ademán muy profesional, se quitó el abrigo y se lo dio al señor Ames. Podría haber sido Arnold Porritt en persona.
—¿Puede arreglarlo? —le preguntó inquieto el señor Ames (era lo que preguntaban todos)—. Espero a unos cuantos amigos sobre las seis y esto es un desastre.
—Lo olerían a un kilómetro de distancia —reconoció Cluny alegremente—. ¿Tiene un perchero?
—Por supuesto —dijo el señor Ames, que pareció sorprenderse—. ¿Necesita uno?
—Aquí no —repuso ella—, pero podría llevarse mi abrigo y colgarlo.
En cuanto se fue, Cluny se desabrochó las ligas y se enrolló las medias por debajo de la rodilla (era su mejor par). Luego se arremangó la blusa, se subió la falda y se puso manos a la obra. No era difícil: solo había que aflojar una tuerca, desenroscar la junta y dejar que el agua sucia se vaciase en un cubo. En este caso el atasco era considerable, pero con la ayuda de una caña de bambú Cluny sacó hasta el último resto de porquería. Luego abrió los grifos al máximo y dejó que corriera el agua y, para rematar la faena, fregó la pila con Vim. Además, abrió la puerta trasera, vació el cubo al pie de un macizo de arbustos bastante desastrado y cogió un par de botellas de leche que había en el escalón. En ese momento volvió el señor Ames y resultó un instante de peculiar relevancia. La silueta de Cluny, alta y delgada, oscura a contraluz, exhibía un equilibrio admirable entre el cubo que llevaba en una mano y las botellas en la otra, y, cuando volvió la cabeza, la ridícula coleta trazó una llamativa floritura en el aire. No se parecía a nadie en el mundo salvo a Cluny Brown y, al mismo tiempo, cuando entró con la leche, daba la impresión de pertenecer íntimamente a aquel entorno. Por alguna razón que no alcanzaba a entender, el señor Ames se imaginó de pronto un mirlo en la ventana.
—¡Pues ya lo tiene! —exclamó Cluny—. ¡Liquidado!
Dejó el cubo y las botellas y se quedó mirándolo. El señor Ames le devolvió la mirada y hubo un breve silencio.
—Si no cree que valga diez chelines… —añadió Cluny vacilante.
—Por supuesto que sí…
—Y el taxi han sido tres chelines y seis peniques, pero no necesito coger otro para volver.
—Digamos entonces que una libra y estamos en paz —concluyó el señor Ames.
Pero Cluny no quiso. Cogió el billete, le dio el cambio de seis chelines y seis peniques y empezó a recoger sus cosas. En unos minutos se habría ido; el señor Ames era consciente de cada segundo que pasaba, pero la creciente y acelerada presión de sus deshonrosas intenciones, como si fuera una leve conmoción cerebral, lo había dejado sin palabras. Por primera vez en la vida, no sabía cómo empezar. Y, sin embargo, había una jugada tan simple, tan obvia, que la propia Cluny la planteó de la forma más natural.
—¿Podría lavarme un poco?
—¡Por Dios, claro que sí! —exclamó el señor Ames.
Mientras la acompañaba al cuarto de baño, recuperó todo su aplomo. Era el lugar perfecto para despertar en ella, como ya deseaba con urgencia, un sentimiento de asombro y admiración. Confiaba en su cuarto de baño y no le decepcionó. Ante la inmensa bañera de color ámbar, los espejos tintados del mismo tono, las cortinas de seda impermeable y los innumerables y relucientes artilugios, esta vez fue Cluny la que se quedó sin habla. No hacía más que mirar y mirar a todas partes, hasta que sus ojos se convirtieron en dos charcos de tinta.
—¿Bonito? —apuntó el propietario.
—¡Cielos! —resolló Cluny.
—A mí también me gusta —dijo el señor Ames—, aunque mis amigos creen que parece un nidito de amor.
Tenía la costumbre de introducir este término en la conversación con las jovencitas a las que acababa de conocer, para observar su reacción. La de Cluny fue inesperada.
—¡Ojalá el tío Arn estuviera aquí!
Algo chafado, el señor Ames preguntó por qué el tío Arn.
—Porque es fontanero —le explicó Cluny.
Con aire profesional, examinó los grifos, los desagües y la serpenteante manguera de la ducha de mano. La estera de goma amarilla y el cenicero en forma de pez le provocaron una emoción puramente estética, y, al contacto de las suaves cortinas contra sus mejillas, estuvo a punto de ronronear como un gato.
—¡Es tan bonito como en las películas! —suspiró al fin—. ¿De verdad puedo lavarme aquí?
—Por supuesto. Dese un baño —sugirió el señor Ames.
Se encendió un cigarrillo mientras Cluny consideraba la propuesta. Era una situación poco corriente, ya que la joven necesitaba un baño de verdad, y el señor Ames, que tenía más experiencia, estaba sin duda más sorprendido que Cluny. Tuvo la impresión de que nunca había empleado esa táctica en circunstancias tan favorables y aquello le pareció un buen presagio.
—Es usted muy amable… —empezó a decir Cluny.
—No tiene la menor importancia. Le traeré una toalla.
Sin embargo, Cluny Brown aún no se había decidido. En el mundo de los Porritt-Trumper donde se había criado, uno no se daba un baño así como así, con tanta ligereza. Había que planearlo de antemano, prestando la debida consideración a cuándo se encendía la caldera y quién más quería bañarse. Y, sobre todo, después hacía falta una muda limpia. Por supuesto, Cluny no había llevado ropa para cambiarse y eso la disuadió. Además, estaba segura de que disfrutaría casi igual aseándose en el lavabo.
—Solo voy a lavarme —dijo—, pero gracias de todas formas.
—Es mucho mejor darse un baño —insistió el señor Ames.
—¿Huelo mal? —preguntó Cluny intranquila.
Y aquel fue el error del señor Ames. Debería haberle dicho la verdad, que de hecho apestaba bastante, pero no estaba acostumbrado a que la gente se tomase bien la sinceridad.
—Santo cielo, no.
—Entonces solo me lavaré —repitió Cluny—. Váyase.
En la cerradura no había llave, pero eso no la preocupaba porque el señor Ames, claro, ya sabía que ella estaba dentro. Se quitó la parte de arriba del vestido, empezó a baldearse enérgicamente con aquella deliciosa agua caliente y se cubrió de espuma con un maravilloso jabón perfumado de geranios. (El señor Ames, que había vuelto a abrir la puerta sin hacer ruido, no vio nada salvo su espigada espalda de marfil; y Cluny, con los ojos llenos de espuma, no vio al señor Ames.) Aspiró encantada ese aroma dulce y picante, que neutralizó con facilidad el persistente olor del agua estancada del fregadero, y volvió a colocarse el vestido con una justificada satisfacción. Tenía la nariz brillante otra vez, pero por alguna feliz casualidad los artículos de aseo incluían un gran tarro de polvos. Cluny no era de las que perdían la herradura por un solo clavo. Cuando volvió al estudio, el señor Ames, que estaba preparando unos cócteles, la olió antes de verla.
No habló de inmediato; la oportunidad se presentaba de nuevo (el señor Ames conocía bien esos momentos). Al igual que se había sorprendido antes por la extraña familiaridad con la que Cluny entraba por la puerta de atrás, se sorprendía ahora por la familiaridad con la que venía de su cuarto de baño. La miró detenidamente y luego el hielo tintineó en la coctelera cuando la dejó sobre la mesa.
—¿Cóctel o té? —le preguntó.
—Cóctel —dijo Cluny sin vacilar.
Ames le tendió una copa helada, el primer cóctel que iba a probar Cluny Brown. Era un martini seco y le bajó por la garganta de marfil en un único y prolongado trago.
—¡Santo Dios! —exclamó el señor Ames—. ¡Eso no se bebe así!
—Pues la cerveza sí —repuso Cluny sin más.
Extrañamente conmovido por aquella falta de sofisticación, el señor Ames la hizo sentarse en el diván y esperó, con una inquietud casi paternal, a que llegasen los efectos. No parecía haber ninguno. A su pregunta de cómo se encontraba, Cluny contestó que muy bien y le pidió otra copa para bebérsela como es debido. El señor Ames le sirvió una no muy llena y se puso otra para él y, bajo su dirección, Cluny volvió a intentarlo: iba bebiendo a sorbitos y apoyaba la copa, entre uno y otro, en una mesa baja de café. El diván también era bajo, muy amplio y mullido, con el respaldo lleno de cojines. Cluny se arrellanó a sus anchas, feliz al estar convencida de que, como los cócteles eran al parecer mucho más relajantes que el zumo de naranja, sin duda tonificarían mejor el organismo. El señor Ames se apoyó en un codo y la miró. Ahora le parecía increíble que alguna vez la hubiese considerado fea: solo era capaz de ver la extraordinaria y delicada textura de su piel blanca y el magnífico y nítido contorno de sus párpados sobre aquellos almendrados ojos negros.
—¿Y su fiesta? —preguntó Cluny de repente.
—Se quedará usted, claro.
—¿Cree que debería?
—Seguro.
—Muchas gracias.
El señor Ames se esforzó por contenerse. El deseo que tenía de hacerle el amor era, para entonces, desmedido, pero el tiempo corría en su contra. Algunos de sus amigos podrían llegar en cualquier momento, como esa mujer, Drake, que siempre se presentaba al menos una hora antes para contarle sus problemas. Y para beberse un cóctel como preámbulo y reclinarse, al igual que Cluny ahora, en el amplio diván… El recuerdo fue tan molesto que el señor Ames reconoció, con un escalofrío de placer, uno de los primeros síntomas de un auténtico romance: el deseo de borrar el pasado. Podía permitirse la espera, al menos hasta que terminara la fiesta y Cluny se quedase para ayudarlo a recoger. Para evitar la tentación, el señor Ames se apartó de los cojines y Cluny empezó también a incorporarse creyendo que ya era el momento de dar otro sorbito. La joven se inclinó hacia delante para coger su copa, sus hombros se rozaron y, en ese preciso instante, sonaron unos pasos en la trascocina. Alguien había entrado por la puerta de atrás, alguien que estaría ya en el umbral del estudio, y, recordando la espantosa manía de aquella tal Drake por querer sorprenderlo, el señor Ames se obligó a darse la vuelta con una pálida sonrisa.
Pero no era la Drake, después de todo. Allí estaba, con cara de pocos amigos, el señor Porritt.
IV
Cluny, que en verdad quería mucho a su tío, se levantó de un salto como loca de contenta. El señor Ames también se puso en pie, pero más despacio. Más tarde convertiría todo aquello en una buena historia, pero en ese momento la situación no le hacía ninguna gracia. El señor Porritt tenía un aspecto extrañamente temible.
—¡Tío Arn! —gritó Cluny—. ¿Has venido por el fregadero?
El señor Porritt no contestó. En lugar de eso, se acercó a ella, le quitó la copa de la mano, la olió y tiró el contenido al suelo.
—¡Oiga! —protestó el señor Ames. Era un hombre conocido por su presencia de ánimo, su rápido ingenio y su savoir faire, pero la estampa del fontanero era tal que, en ese momento, las tres cualidades lo abandonaron y solo fue capaz de articular aquella débil exclamación—. ¡Oiga! ¿Qué le ocurre?
—Esto —replicó el señor Porritt muy serio—. Darle a una muchacha una bebida tan fuerte. Cluny Brown, ven aquí. —Obediente, Cluny dio un paso más hacia su tío. El olor a geranios lo golpeó como una oleada—. ¿A qué has venido a esta casa?
—Este señor ha llamado porque tenía un atasco en el fregadero.
—Bien sabes que eso no es asunto tuyo.
—Creí que podría arreglar un fregadero. Y lo he hecho. ¡Ven a verlo! —dijo Cluny muy orgullosa—. Además, me ofrecía diez chelines.
—¡Diez chelines! ¿Y tú te lo has tragado?
Creyendo, aunque se equivocaba, que así demostraría la buena fe del señor Ames, Cluny sacó enseguida el billete. Por suerte, el señor Porritt ni siquiera lo miró y no vio que era una libra; solo se lo quitó de la mano y lo tiró también al suelo. Estaba preparando la pregunta decisiva.
—¿Te ha hecho algo que yo deba saber?
—No, creo que no —repuso Cluny.
La respuesta, tan insatisfactoria para su tío como para el ahora avergonzado señor Ames, no era más que un intento de ajustarse a la verdad: Cluny creía que, en efecto, no había nada que contar, pero lo que pensara su tío era otra cuestión.
—Entonces coge tu abrigo —dijo el señor Porritt con voz espesa.
Cluny miró al señor Ames y este último, con tanta indiferencia como fue capaz de mostrar, fue a por él al dormitorio. Mientras abría la puerta, notaba la mirada hostil del fontanero taladrándole la espalda, atravesándolo, posándose (con una sospecha del todo injusta) sobre la cama doble. Injusta ahora, por lo menos, pues los últimos minutos habían purgado casi por completo cualquier pensamiento indecoroso de su mente.
—Tío Arn —dijo Cluny.
—¿Qué?
—Antes de irnos, ¿no te gustaría ver el cuarto de baño?
El señor Porritt jamás, en toda su vida, le había levantado la mano a una mujer, pero casi lo hace entonces. Y Cluny se dio cuenta. Solo el regreso del señor Ames los salvó a los dos. Cluny cogió su abrigo y se lo puso, el señor Porritt recogió con un gesto automático su bolsa de herramientas y salieron juntos del estudio, ambos furiosos, ambos con ganas de bronca, sin prestar más atención al señor Ames que si hubiera sido… una ficha del juego de la pulga.
V
La bronca estalló en cuanto estuvieron fuera, se fue caldeando según bajaban por Carlyle Walk y llegó a su apogeo en el Embankment. Lo que más enfurecía a Cluny era haber perdido los seis chelines y seis peniques, el cambio del billete de una libra, y esta actitud, a su vez, exacerbaba la cólera del señor Porritt. Su tío estaba mucho más consternado de lo que Cluny era capaz de advertir, y la torpeza de la joven hizo que este abandonara su decoro natural a la hora de hablar y que le espetase, con estas mismas palabras, que se había librado por los pelos de que aquel tipo la sedujera y que, además, creía que ella misma se lo había buscado. Cluny se paró en seco en el Embankment y se puso primero roja como la grana y luego tan blanca que el señor Porritt creyó que iba a desmayarse. Estaba mareada, de hecho, pero era porque los cócteles, en un estómago vacío salvo por el zumo de naranja, empezaban al fin a hacer efecto. Lo que la abrumaba, sobre todo, era una arrolladora y desesperada sensación de rabia ante la estupidez del universo que representaba su tío. Era tan inmensa que resultaba casi impersonal —esa rabia generosa de la juventud ignorante— y Cluny tuvo que apoyarse en el muro según la invadía.
—Está bien, no te lo has buscado tú —se retractó el señor Porritt—. Te creo. Pero en cuanto a él…
—¡Tampoco! —protestó Cluny—. ¡Tú solo lo has visto un momento, yo he estado allí horas!
—¡No hacen falta horas para arreglar un fregadero! —gritó su tío.
—Tenía que lavarme un poco, ¿no? Casi me doy un baño.
—¿Que casi qué?
—Me doy un baño. Me ha dicho que podía, ha sido encantador.
—Si lo hubiera sabido… —bramó el señor Porritt, pero se detuvo porque la gente empezaba a mirarlos. Le hervía la sangre. A esas alturas ya había olvidado por completo el verdadero aspecto del señor Ames y solo veía una figura enorme henchida de perversa lujuria. Cluny veía a un amable caballero algo entrado en años. La verdad, a medio camino, se les escapaba a ambos, pero en conjunto el señor Porritt había actuado de la forma más prudente.
—¡Si no hubiera venido! —murmuraba sin cesar cuando volvieron a ponerse en marcha. La idea le horrorizaba. Fue pura casualidad que se marchara de casa de los Trumper varias horas antes de lo habitual; pura casualidad que echase un vistazo al libro de avisos y viera el apunte del puño y letra de Cluny. Luego, por supuesto, se vio obligado a ir allí para comprobar que no hacía ningún estropicio, pero si no hubiese ido…
—¿No podemos coger un autobús? —preguntó Cluny de pronto.
Tenía un aspecto espantoso, todo ojos y nariz, y una vez más cualquier sentimiento que ocupase el pecho del señor Porritt dejó paso a la mera estupefacción. ¿Qué veían en ella? ¿Qué podía ver nadie en ella? Floss, recordó, siempre salía en defensa de la muchacha y decía que no era tan fea como la gente daba a entender, pero Floss era así, amable. Y Cluny la había querido mucho; fue después de la muerte de su tía cuando la joven se había desmandado tanto. «No puedo con ella», se dijo apenado el señor Porritt. Había justificado a Cluny delante de los Trumper, pero en el fondo sabía que tenían razón: había que enseñarle cuál era su lugar.
Cuando llegaron a la parada del autobús, el señor Porritt ya había tomado una decisión. Se volvió hacia Cluny y la miró muy serio.
—Después de esto lo tengo claro —le dijo—. Entrarás a servir.
CAPÍTULO 3
I
Nada más fácil para una muchacha, en aquel año de 1938, que entrar a servir en una buena casa. Las mansiones solariegas de Inglaterra esperaban con las puertas abiertas. Cluny Brown, además, tenía ciertas ventajas: era alta, desprovista de atractivo (aunque de piel clara) y absolutamente inexpresiva. Esta última cualidad no era algo constante, pero la mujer de la oficina de colocación no lo sabía y veía en Cluny el arquetipo de aquella especie tan preciada y que tan rápido estaba desapareciendo: la Doncella de Altura. Addie Trumper también conocía el paño; ella misma había servido con una buena familia y, ahora que los lacayos estaban casi extintos, le daba la impresión de que no habría en todo el país una casa tan principal que Cluny no pudiese aspirar a colocarse en ella. La señora Trumper estaba en la gloria: no solo habían seguido su consejo, además habían dejado todo el asunto en sus manos. Se sentó junto a Cluny, en la oficina de colocación, como quien exhibe el ejemplar que se ha llevado el primer premio en una feria de ganado.
—Hay que ser conscientes —dijo la señorita Postgate en tono de reproche— de que su sobrina carece por completo de experiencia.
—Como casi todas hoy en día —replicó Addie.
Las dos mujeres se tomaron la medida: la señorita Postgate, propietaria y directora de un célebre establecimiento que, cuando muriese, dejaría una suma de veintidós mil libras, y Addie Trumper, de Portobello Road.
—Eso es cierto —concedió la señorita Postgate—. Veamos, hay un sitio en Devonshire…
Cluny Brown no hizo ningún comentario. Tras dos días de continuas y clamorosas protestas, había aceptado la derrota, aunque aún seguía desconcertada por todo aquello. Que su tío Arn ya no la quisiera con él era increíble y, de hecho, el señor Porritt admitió, apurado, que le daría pena verla marchar. («En cierto sentido», añadió enseguida.) ¿Quién iba a atender el teléfono cuando no estuviera en casa?, le preguntó Cluny. El señor Porritt, al recordar lo que había ocurrido cuando la joven cogió la llamada del domingo, dijo que ya se las apañaría. ¿Y quién iba a remendarle los calcetines? Addie Trumper se encargaría. Addie también iba a buscar una mujer respetable que le llevase la casa y, además, podía ir a comer a Portobello Road siempre que quisiera. Addie Trumper, pensó Cluny, estaba echando bien la zarpa, y le dirigió una mirada de odio tan evidente que fue una suerte que la señorita Postgate no lo viera.
—Dos criadas más —estaba diciendo la señorita Postgate— y una excelente gobernanta. Un servicio reducido, pero de la mejor clase. La conozco personalmente y, como ella me conoce a mí, no habrá problema con las referencias. Friars Carmel, por supuesto, está en el campo…
—Tanto mejor —terció la señora Trumper.
—Pero el sueldo es bueno. Y si quiere para su sobrina una disciplina rigurosa, en ningún sitio aprenderá más que con la señora Maile. Le escribiré de inmediato. —La señorita Postgate recogió unos cuantos papeles para dar a entender que la entrevista había concluido y se volvió hacia Cluny con una agradable sonrisa—. No voy a decir que espero volver a verla, señorita Brown, porque no es así. Espero que vaya a Devonshire y que se quede allí muchos muchos años.
—¡Venga! —voceó la señora Trumper—. Cluny, ¡da las gracias!
Cluny se humedeció los labios. Solo había hablado una vez en todo ese tiempo, para decir su edad, y la señorita Postgate se había llevado una buena impresión tanto por su voz grave como por el hecho de que después hubiera permanecido en silencio.
—¿Ha leído usted La cabaña del tío Tom? —le preguntó Cluny alto y claro.
—No, creo que no —dijo sorprendida la señorita Postgate.
—Pues debería —repuso Cluny.
II
Las gestiones siguieron avanzando con espantosa fluidez: la señorita Postgate escribió a la señora Maile; la señora Maile, cabe suponer que después de consultarlo con su patrona, lady Carmel, contestó con prontitud y adjuntó el dinero para un billete de ida de tercera clase; y Addie Trumper invadió la casa del señor Porritt para supervisar cómo se preparaba el equipaje, incluyendo el lavado y zurcido de toda la ropa de Cluny. El uniforme se lo darían allí. ¡Una chica con suerte!, exclamó la señora Trumper muy animada. ¡No tener que buscarse sus propios delantales! Cluny no dijo nada. Esos últimos días apenas abría la boca y el señor Porritt estaba casi tan callado como ella. Por la noche, cuando Addie se marchaba por fin, el silencio caía como un apagavelas sobre la antes alegre morada de String Street. Los dos habían dicho ya lo que tenían que decir, casi con demasiados pormenores, y al menos el señor Porritt estaba decidido a no volver a empezar. Pero la última noche que Cluny iba a pasar en casa, justo ocho días después de su incursión en la vida artística, su tío llegó con un paquetito rectangular y lo dejó en silencio delante de ella: dentro había tres fotografías, una de él, otra de Floss y otra de la madre de Cluny, dispuestas una junto a otra en un marco dorado de estilo inglés.
—¡Oh, tío Arn!
—He pensado que deberías tenerlas —dijo el señor Porritt algo brusco—. No he encontrado ninguna de tu padre.
—¡Tú eres como mi padre! —exclamó Cluny con vehemencia—. Tío Arn, ¿por qué tengo que marcharme?
—Es lo mejor.
Cluny observó su rostro, cuadrado, un poco chato y de expresión decidida, y se dio cuenta de que nada le haría cambiar de opinión. Tenía que irse, entrar a servir en Devonshire. Era su destino. Lo que la suerte le tenía reservado. Las viejas preguntas —Cluny también era consciente de ellas— por fin tenían una respuesta. ¿Quién te crees que eres, Cluny Brown? RESPUESTA: Una Doncella de Altura.
—¡Tío Arn! —suplicó Cluny—. ¿Puedo volver si no me gusta?
—No —dijo el señor Porritt—. Que no te guste no es razón suficiente.
—¿Y si no me dan de comer? ¿Y si me pegan? —insistió Cluny a la desesperada.
—No harán nada de eso —le aseguró su tío—. Si lo hacen, escríbeme.
Cluny contempló la habitación con cara de espanto, como si fuera un furgón policial que iba a llevarla a prisión. La imagen de algunas de sus cosas aún desperdigadas por ahí —restos de costura, su colección de calendarios, un libro que había que devolver a la biblioteca de dos peniques— se burlaba de ella con ese falso aire hogareño y, cuando vio el pájaro de cristal hilado en lo alto del reloj, el que había guardado del último árbol de Navidad que la tía Floss y ella habían adornado juntas, se le llenaron los ojos de lágrimas. Pero no sirvió de nada; no había lágrimas que pudieran ablandar a su tío, que ahora rellenaba su pipa con parsimonia mientras endurecía el corazón con la idea de que aquello era lo mejor. Cluny cogió el marco con las fotografías y lo envolvió de nuevo con cuidado.
—Es un regalo muy bonito. Pensaré mucho en ti.
—En lo que tienes que pensar es en el trabajo —repuso su estricto consejero.
Cluny exhaló un profundo suspiro y rodeó la silla donde estaba sentado su tío, se inclinó y le dio un beso en la mejilla.
—Buenas noches, tío Arn. Mañana ya no estaré contigo.
—Buena chica —dijo el señor Porritt.
III
Cluny Brown subió a su habitación y con gran esfuerzo, como si la tristeza fuera un obstáculo físico, se preparó para irse a la cama. Por primera vez en la vida se sentó para cepillarse el pelo, pero después de dos pasadas desistió. Le parecía que la pena llenaba su cuarto como el agua de una cisterna, y aquel símil tan familiar, tan evocador de la pasada felicidad, hizo que Cluny se sintiera peor que nunca. El mundo de la fontanería la había rechazado. Ya no haría facturas por revisar una caldera ni oiría por teléfono los emocionantes indicios de un sótano inundado ni enviaría a su tío como si fuera un coche de bomberos al lugar del desastre; nunca más, en las acogedoras horas de la noche, lo recibiría a su vuelta y le oiría contar cómo se había encontrado un ratón en el desagüe. Era el fin, se había acabado. «¿Por qué las chicas jóvenes dejan sus hogares? —pensó Cluny con amargura—. Porque las echan.»
Aquella invectiva, sin embargo, consiguió desviar el curso de su pensamiento. ¿Qué queja tenía su tío de ella? Ni más ni menos —porque todo se reducía a eso— que no sabía cuál era su lugar. Cluny no lo entendía. Pensaba en sus dos grandes delitos y no entendía por qué su lugar no iba a estar en el Ritz, si podía permitirse pagar por tomar el té allí, o en la fiesta del señor Ames, si este tenía la amabilidad de invitarla. (Aquello aún le dolía; era como recibir un portazo en la cara.) Y si dos pequeñeces así podían enojar al señor Porritt hasta el punto de echarla de casa, seguir viviendo con él se le antojaba una interminable pelea de perros. (Nunca se le pasó por la cabeza que tal vez ella debería enmendarse.) Entrar a servir en Devonshire, por otra parte, le ofrecía al menos un horizonte más amplio, y ampliar sus experiencias era en general lo que Cluny buscaba de manera inconsciente. Era lo que estaba buscando cuando fue al Ritz, y cuando se bebió el cóctel del señor Ames, y cuando —ahora volvió a acordarse— había comprado un cachorrito por media corona en Praed Street. Todo aquello le había traído problemas, en especial el cachorrito, que el señor Porritt la obligó a regalar al lechero. Los problemas, de hecho, parecían ser lo suyo, pero si había más esperándola en Devonshire, al menos serían de una clase distinta.
Como resultado de estas reflexiones, Cluny se metió en la cama con una actitud mucho más optimista. No se había resignado, pues nunca lo hacía, pero sentía cierta expectación. Al menos le estaba ocurriendo algo, y eso era lo único que Cluny Brown había deseado de manera constante toda su vida. No verse ignorada por el destino, incluso al precio de recibir algún garrotazo; no esconderse, ni siquiera de la tormenta; no llevar una vida tranquila, en suma, sino plena.
CAPÍTULO 4
I
En la casita del jardín de Friars Carmel, el sábado anterior, lady Carmel estaba preparando las flores para los jarrones. Como muchas mujeres inglesas de su edad y posición social, encontraba en esta tarea un desahogo estético y no necesitaba ningún otro. Sus arreglos florales al estilo holandés gozaban de una merecida reputación.
—¡Por favor, querido! —murmuró—. ¡Estás tirando la ceniza sobre el ciruelo!
La persona a la que se dirigía era su hijo Andrew —recién licenciado en Cambridge y llegado, aún hacía menos tiempo, de un viaje por el continente—, que estaba sentado en un extremo de la mesa de las flores y fumaba con aire impaciente. Tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con el talón.
—Madre, ¿quieres hacer el favor de escucharme? Esto es muy importante.
—Te estoy escuchando. Has invitado a un amigo a que pase aquí una temporada y estoy segura de que será muy agradable.
—No es un amigo. Es un hombre de letras polaco sumamente distinguido.
—Pues mucho mejor, cariño. Invitaremos a cenar al párroco. Estuvo a punto de ir a Polonia hace solo dos años. No creas que estoy diciendo tonterías —se apresuró a añadir lady Carmel—. Aunque al final no fue, había leído mucho sobre el país en las guías de viaje. Dime otra vez el nombre de tu amigo, querido.
—Adam Belinski. —Andrew respiró hondo—. Acaba de venir de Alemania. Ha conseguido escapar con vida. No creo que debamos invitar al párroco a cenar; de hecho, cuanta menos gente sepa que está aquí, mejor.
Lady Carmel esbozó una sonrisa indulgente. Su querido Andrew, pensó, ¡aún era un chiquillo que creía en misterios y conspiraciones! Y, por otra parte, estaba hecho un hombre, siempre preocupado por la política y el Gobierno.
—¡Mi querido Andrew! —dijo en voz alta.
Andrew se bajó de la mesa y empezó a pasearse inquieto de un lado a otro.
—No puedo hacer que lo entiendas, ¿verdad? —se lamentó con amargura.
—¿Entender qué, cariño?
—Lo que pasa en Europa. Cómo son las cosas fuera de este… de este bendito rincón del mundo. —Se quedó mirando, más allá de la puerta abierta, el césped que bajaba en suave pendiente, los límites arbolados de la finca, las colinas protectoras que se alzaban al otro lado—. Estamos al borde del derrumbe y yo he visto algunas de las grietas.
Lady Carmel puso cara de preocupación. Era lo que correspondía, por aquel entonces, ante cualquier mención de Europa, y de hecho hubo momentos, mientras Andrew seguía en el extranjero, en los que había estado muy preocupada de verdad. Ahora, sin embargo, era una expresión puramente automática, como la de devoción en la iglesia. Cogió una rama de rododendro para probar el efecto que hacía en un jarrón blanco craquelado y de inmediato se le aclaró el semblante.
—¡Por el amor de Dios! —exclamó Andrew—. ¡Deja eso de una vez!
Sobresaltada en su ensimismamiento, lady Carmel dejó caer la rama y, al volverse hacia su hijo, se asustó también por la amargura de su rostro. Las palabras de reproche murieron en sus labios y lo cogió suavemente de una manga para que se quedase quieto.
—¿Qué ocurre, querido?
—¡Pero si te lo estoy diciendo!
—¿Es por tu amigo? Pobre hombre. Si ha tenido problemas, razón de más para ser amables con él. A ese respecto sí confiarás en nosotros, ¿verdad?
Andrew la miró a los pálidos ojos azules y, de pronto, se tranquilizó. Había al menos una cosa que no cambiaba, inalterable: la hospitalidad de la casa de su madre.
—Claro que sí. Siento haber sido grosero, pero quiero que os déis cuenta de que tenerlo aquí sería una… una responsabilidad.
—Uno siempre es responsable de sus invitados, jovencito.
—Una responsabilidad peligrosa. He hablado con papá y a él no le importa, pero creo que no se lo toma en serio. Por favor, madre, escúchame: no sabemos si los nazis siguen aún detrás de él. Creemos que no, pero es posible. Si prefieres no correr el riesgo, sería muy normal y no tienes más que decirlo.
En todo aquel fantástico y, a su juicio, bastante increíble galimatías, lady Carmel solo distinguía una cuestión importante.
—Pero ya le has invitado.
—Sí, pero no ha querido aceptar porque no lo había consultado con vosotros primero.
—Parece un hombre muy educado. Y ya que no hay nazis por aquí, no veo razón alguna para decirle que no venga. Sería una auténtica descortesía.
—¿Puedo volver a Londres y trasladarle tu invitación, entonces?
—Por supuesto, querido. También puedo escribirle yo misma una nota y enviársela por correo.
Pero Andrew, que gustaba de hacer viajes relámpago tan a menudo como podía, insistió en ir él en persona y, tras dar a su madre un beso de sincero afecto, la dejó terminar con sus flores en paz. Creía haber hecho todo lo posible, aunque, como le habrían faltado palabras para expresar su desilusión si se hubiera negado, tampoco tenía ganas de hacer nada más. Mientras cruzaba a grandes zancadas el jardín, en dirección a las cuadras, pasó junto a un pequeño estanque ornamental repleto de patos. Chapoteaban y se zambullían, levantando salpicones de agua, y las brillantes gotitas les rodaban por el suave lomo impermeable como si fueran de mercurio. Andrew no tenía mucho sentido del humor, pero se fijó en aquellos patos y esbozó una sonrisa burlona.
II
Lady Carmel, que llevaba el bouquet para la escalera principal, cruzó el vestíbulo con cuidado, subió al primer rellano y depositó su carga en el lugar que le correspondía. Era, en este caso, el amplio alféizar de una ventana, y puesto que la luz entraría por detrás de las flores, estas debían ser de colores intensos y formas notables. Los lirios, las peonías y las dedaleras eran perfectos en sus respectivas estaciones, pero no había nada, pensó lady Carmel, que igualara a los rododendros, y le parecían tan asombrosamente magníficos que llamó a quien fuera que estuviese rondando por el piso de arriba para que bajara a verlos.
Resultó ser la señora Maile, que salía del cuarto de la ropa blanca, y menos mal, pensó la gobernanta, que desaprobaba tajantemente la costumbre de su señoría de distraer a las doncellas de su trabajo para que fuesen a admirar las flores.
—¡Mire, Maile! ¿Alguna vez ha visto algo tan hermoso?
—No, milady —contestó la señora Maile por cortesía. No es que fuera insensible a la belleza de las flores: un centro de claveles rosas, en un jarrón de plata pulida adecuado, le gustaba como a la que más.
—Ya están todos, salvo el de la mesa de la biblioteca —continuó lady Carmel—, y para ese aún tengo que cortar. Si alguien me necesita, estaré fuera. ¡Ah, Maile!
—¿Sí, milady?
—Va a venir un amigo del señor Andrew, un caballero extranjero, a pasar una larga temporada con nosotros. Creo que llegará en un par de días. Ha estado muy enfermo —Lady Carmel tradujo por instinto la fantástica verdad en esta razonable ficción— y necesita descansar. ¿Qué le parece la habitación del ala este?
—Es muy tranquila, milady. Y da el sol por la mañana.
—Que sea esa, entonces. Puede utilizar el vestidor como despacho, al parecer es una especie de profesor.
—Sí, milady. Ya he tenido noticias de Postgate, milady: la nueva muchacha estará aquí el martes.
—Magnífico —repuso lady Carmel.
III
La señora Maile siguió su camino y fue al saloncito del servicio, donde acababan de llevar el té de las once para ella y para el señor Syrett. El mayordomo ya estaba allí, leyendo su ejemplar del Times, que dejó a un lado con educación en cuanto entró su colega. Era un hombre de corta estatura, con la cabeza más grande de lo normal y una mata de pelo grueso y plateado tan perfecta que a menudo se hacían apuestas, entre los más pipiolos del personal, sobre si era o no un peluquín. Pero nadie llegaba a averiguarlo.
—¿Alguna novedad, señor Syrett? —preguntó ceremoniosa la señora Maile.
—Nada importante —contestó el señor Syrett—. Parece que las cosas van volviendo a su cauce.
—Me alegro de oírlo. Su señoría acaba de decirme que esperamos la visita de un amigo del señor Andrew y que se quedará aquí una temporada. Un profesor extranjero.
La expresión del mayordomo se tornó de inmediato sumamente reservada. Desconfiaba de cualquier amigo del señor Andrew, pues aún no se había recuperado de aquel verano tan espantoso merced a las vacaciones que fueron a pasar allí los miembros de una sociedad cinematográfica de Cambridge. En el fondo, aunque habría preferido morir antes que admitirlo, creía que el heredero de Friars Carmel no estaba a la altura de su elevada posición.
—Es mejor que los actores —lo consoló la señora Maile.
—Extranjero —repitió el señor Syrett en tono sombrío.
—Los extranjeros pueden ser personas muy distinguidas —replicó la señora Maile, que nunca olvidaba que era la más veterana del personal doméstico por una diferencia de tres años.
—Si están relacionados con el cuerpo diplomático, sí.
—Pues podría ser. Cuando el señor Andrew se fue al continente, llevaba cartas de presentación para los círculos más exquisitos, y una persona que el señor Andrew haya conocido en una de nuestras embajadas es lo bastante buena tanto para usted como para mí. Además, al parecer es un hombre tranquilo que se está recuperando de una operación. No creo que dé problemas. Nunca olvidaré —añadió la señora Maile con toda intención— los tejemanejes de aquella joven.
Fue un golpe muy astuto, pues la llegada, el año anterior, de la honorable Elizabeth Cream, ahora conocida como «aquella joven», había sido recibida por el señor Syrett con el entusiasmo más imprudente: augurios de un gran anuncio, incluso planes para la celebración. Pero ¡ay de sus esperanzas! La visita de la señorita Cream coincidió con una semana de un clima magnífico. Con cualquier excusa se quitaba la ropa para tomar el sol y, de hecho, lo único que excusaba quitarse era el sombrero… El señor Syrett retiró sus objeciones al profesor de manera implícita, cambiando de tema.
—¿Postgate ha podido ayudarla, señora Maile?
La gobernanta volvió a exhibir su calma habitual.
—Va a enviarme a alguien, así que supongo que debería estarle agradecida. Veinte años y sin ninguna cualificación. No obstante, tal y como he señalado en mi carta de respuesta: mejor sin cualificación que mal enseñada.
IV
Antes de ir a arreglarse para el almuerzo, lady Carmel se asomó al despacho de su marido y lo vio escribiendo. A medida que sus facultades físicas se deterioraban y le hacían imposible cazar, sir Henry se había entregado a la pluma. En todos los rincones del mundo, sus amigos de juventud empezaron a recibir las larguísimas y aburridísimas cartas que les enviaba: Rodesia, Tanganica, Singapur, Australia, India, Nueva Zelanda y las Bermudas… Las epístolas de sir Henry viajaban siempre muy lejos, pues no creía que valiese la pena escribir a nadie que estuviera más a mano. Así pues, las cartas tardaban mucho tiempo en llegar y las respuestas aún más en volver, y cualquier noticia se quedaba anticuada en el camino, pero aquello otorgaba a su correspondencia un peculiar carácter atemporal que resultaba muy reconfortante.
—Harry, querido —le dijo lady Carmel—, ¿ha hablado Andrew contigo sobre ese amigo suyo?
—¿El gánster? Sí, me lo ha dicho —repuso sir Henry.
—Querido, no es ningún gánster, estoy segura. Creo que lo has entendido mal.
—No tenía ni pies ni cabeza —admitió su marido—. Andrew dice que es un caballero y confío en el juicio del muchacho. También me ha contado algo sobre las cuadras, así que espero que le gusten los caballos. ¿Tú sabes quién es?
—Sí, querido, claro que sí —contestó lady Carmel—. Y deberías prestar más atención porque, por algún motivo, Andrew se toma el asunto muy a pecho. Es un profesor polaco que ha tenido problemas con los nazis. Andrew cree que aún podrían intentar hacerle algún daño, pero desde luego eso es ridículo y yo creo que el profesor le habrá dicho que deseaba pasar unas vacaciones tranquilas, lo cual es muy natural, y Andrew se ha imaginado el resto. Siempre ha sido un romántico.
—Pobre tipo —dijo sir Henry refiriéndose al profesor. Había dedicado toda su vida a los deportes sangrientos y era una de las personas más bondadosas del mundo.
V
De modo que así, capa tras capa, sin ningún esfuerzo consciente, la ostra que era Friars Carmel pulió y recubrió su grano de arena para dar lugar, como si fuera una perla, a un distinguido profesor asiduo de la embajada británica que se estaba recuperando de una operación y era aficionado a los caballos.
Por supuesto, no sucedió nada parecido con la nueva doncella.
CAPÍTULO 5
I
Cluny Brown llegó a Friars Carmel en un Rolls-Royce. Ese no era el plan original; tendría que haberla recogido el jardinero, junto con un paquete de Harrod’s, en la camioneta, pero a última hora resultó que el jardinero se había ido a buscar un cortacésped y lady Carmel se había llevado el coche. La señora Maile, entonces, telefoneó al jefe de estación, que le dijo que el coronel Duff-Graham estaba en el andén, y el coronel Duff-Graham se mostró más que dispuesto a llevar cualquier cosa a Friars Carmel. No contaba, claro, con que fuese una doncella. Él estaba esperando a un perro labrador, un viajero nervioso que requeriría toda su atención, pero, tal y como se dieron las cosas, el labrador ya había conocido a Cluny, quien, deambulando por el convoy, había descubierto a la magnífica criatura en el vagón del jefe de tren y se pasó el resto del viaje con él. Salieron juntos de un salto, los dos muy contentos de poder estirar las largas piernas, y el coronel fue a toda prisa hacia Roderick con el jefe de estación pisándole los talones. El jefe de estación reconoció a Cluny de inmediato porque era la única persona del andén a la que aún no conocía.
—Señorita C. Brown —afirmó.
Cluny admitió su identidad y la situación quedó explicada enseguida. Salieron en busca del Rolls. Cluny, por supuesto, tendría que haber ido delante, pero Roderick no dejaba de intentar saltar para ir con ella, con tanta insistencia que tras recorrer apenas un kilómetro el coronel hizo parar el coche y la invitó a sentarse detrás. El labrador se echó de inmediato sobre sus rodillas como si fuese una bonita manta.
—Parece que se ha encaprichado de usted —dijo el coronel.
—Es que he ido hablando con él todo el camino —le explicó Cluny.
—¡No me diga! Pues ha sido muy amable por su parte —repuso el otro con cordialidad—. Es un animal de mucho nervio.
—Es una preciosidad.
Tras una rápida ojeada, el coronel decidió que aquello era más de lo que se podía decir de ella: jamás había visto a una joven tan poco agraciada. No es que eso fuera algo importante en una doncella y, en todo caso, no parecía una muchacha vulgar. Con gran cortesía, empezó a señalarle objetos de interés local, bonitas vistas y graneros que necesitaban alguna que otra reparación.
—¿A qué distancia queda Friars Carmel? —preguntó Cluny.
—A unos diez kilómetros. El pueblo a ocho, la mansión a diez.
—¿Y tienen perros?
—No, ninguno —repuso el coronel con cierto aire de reproche—. Al viejo terrier de sir Henry tuvieron que sacrificarlo el año pasado y ya no quiere otro. Es natural, desde luego. ¿Usted tiene perro?
Cluny negó con la cabeza.
—Mi tío no me deja. Dice que Londres no es lugar para un perro.
—Un hombre sensato. Debería estar prohibido por ley.
—¿Podré tener un perro en Friars Carmel?
—No veo por qué… —empezó a decir el coronel, pero se detuvo. En los últimos minutos había olvidado que estaba hablando con una doncella y ahora se acordó. Por supuesto que no podría tener un perro siendo una doncella—. Lo dudo —se apresuró a rectificar.
Cluny no dijo nada, pero sus ojos negros se volvieron hacia él con una expresión de lo más triste. ¡Qué mirada! A la vez brillante y acuosa, trágica y fiera, inocente y profunda. El coronel Duff-Graham se quedó asombrado. No era, en realidad, más que la mirada de cualquier jovencita afligida, pero el coronel no estaba acostumbrado a observar de cerca a las muchachas jóvenes. (Es cierto que tenía una hija, por la que sentía el debido afecto, pero a ella no le prestaba ese tipo de atención.) Y así, influido por la mirada de Cluny, llegó a concebir una idea extrañamente heterodoxa, la primera de ese tipo que tenía en años: ¿de qué servía tratar bien al servicio, darles buena comida y todo eso, si no les permitías tener un perro? Aquello lo turbó de veras.
—Le diré lo que puede hacer —dijo en tono amable—. La tarde que tenga libre, venga a mi casa y llévese a Roddy a dar un paseo.
El rostro de Cluny se despejó de inmediato, le brillaban los ojos e irradiaba felicidad.
—¡Le tomo la palabra! —exclamó entusiasmada.
El chófer los había oído y estaba tan escandalizado que, cuando llegaron a Friars Carmel, ignoró la orden de su patrón de acercarse hasta la entrada de la mansión y detuvo el coche en la casa del guarda. Cluny abrazó a Roderick, estrechó la mano al coronel y se bajó con su equipaje. Se quedó allí de pie un momento, agitando el brazo a modo de despedida hasta que perdió de vista el coche, y luego, con una maleta en cada mano, se dio la vuelta y cruzó la verja con paso lento para entrar a servir.
II
—Quítate el sombrero, querida —dijo la señora Maile.
Cluny, que estaba de pie y bastante pálida en el saloncito del servicio, obedeció. La coleta salió disparada de inmediato y tanto la señora Maile como el señor Syrett se llevaron una sorpresa. (Este último estaba presente por pura casualidad; como norma, él solo entrevistaba a los criados varones. Sin embargo, hacía mucho tiempo que en Friars Carmel no había criados varones.)
—Tendremos que hacer algo con eso —añadió la señora Maile—. ¿Es la primera casa en la que sirves?
—Sí —contestó Cluny.
—Di: «Sí, señora». Veo que habrá que empezar por el principio. Te dirigirás a mí como «señora», al señor Syrett aquí presente como «señor» y, en caso de que su señoría hable contigo, la llamarás «milady».
—Y «milord» a su señoría, su esposo —concluyó Cluny con una mirada inteligente.
—«Sir» —la corrigió la señora Maile con paciencia—. Sir Henry no es un lord, es un baronet, aunque con mucha más solera que la mayoría. Si alguna vez tienes que hablar con él, lo cual es improbable, dirás «sir». Ahora Hilda te dará un poco de té y, cuando hayas colocado tus cosas, vuelve a verme.
Cluny salió de la habitación y dejó a la señora Maile y al señor Syrett intercambiando una mirada de conmiseración.
—Al menos es alta —dijo la gobernanta al fin.
—A mí me parece un pollo de avestruz —observó el señor Syrett.
—Y limpia. Sabía que podía confiar en Postgate a ese respecto.
—Usted siempre saca lo mejor de la situación, señora Maile.
La gobernanta agradeció el cumplido con una melancólica inclinación de cabeza. Aún recordaba los días en los que Friars Carmel empleaba a seis doncellas internas, todas cuidadosamente seleccionadas; su mente vagó por la larga sucesión de Gracies, Florries, Bessies, destinadas casi desde su nacimiento a servir en Friars, progresando en el orden apropiado y establecido desde fregona a primera doncella. La señora Maile suspiró. Si Cluny estaba desconcertada, ella no lo estaba menos.
—Fuera de lugar —dijo muy seria—. Los tiempos cambian, señor Syrett, y debemos cambiar con ellos, pero no puedo evitar pensar que, en una casa como esta, la muchacha está fuera de lugar. No obstante, me ocuparé de ella. Y al menos, con su aspecto, no tendremos que preocuparnos por que dé problemas como los de Hilda.
—Desde luego —convino el señor Syrett.
III
Querido tío Arn:
Esta casa es muy grande para mantenerla limpia; mirándola desde fuera, uno diría que es imposible, pero la señora Maile dice que no. Hay veintisiete habitaciones y la reina Isabel durmió en una de ellas, pero yo tengo que compartir la mía. La otra chica se llama Hilda. El año pasado tuvo un bebé, pero la señora M. hizo la vista gorda. Díselo a la tía Addie. Por las mañanas vamos vestidas de marrón y por las tardes de negro, nos levantamos a las seis y media, limpiamos las escaleras, limpiamos el vestíbulo, Hilda limpia la sala del desayuno, la cocinera prepara el desayuno, desayunamos, arreglamos la salita matinal, hacemos las camas, arreglamos el salón y lady C. prepara las flores. La he visto una vez, la señora M. me hizo entrar y dijo: «Esta es Brown, la nueva doncella». Lady C. dijo: «Espero que trabaje bien y que esté contenta, Brown», y luego la señora M. me hizo salir. ¿Hay alguna forma de saber si alguien lleva peluca con solo mirarlo? Podría ganarme un chelín. También limpio los metales y zurzo las sábanas, pero todavía no sirvo la mesa. La señora M. dice que en una casa como esta debería haber una lavandera, pero que de dónde la van a sacar hoy en día que las muchachas no tienen sentido común.
Un abrazo de tu sobrina.
Cluny Brown
P. D. Si me necesitas, volveré enseguida.
CAPÍTULO 6
I
Las circunstancias del primer encuentro de Andrew Carmel con el señor Belinski no tuvieron nada que ver con la imagen pintada por la señora Maile. No se habían conocido en ninguna embajada, en efecto, sino en una fiesta en Hampstead a la que Andrew acudió con Betty Cream y un amigo de Cambridge, John Frewen. Era la típica velada caótica, medio artística medio literaria, y los tres estaban ya empezando a aburrirse cuando John volvió de la barra con cara de asombro.
—¿Sabéis quién está aquí? Adam Belinski.
—¡Cómo! ¿El escritor europeo? —exclamó Andrew.
—Jamás he oído hablar de él —dijo Betty, que era bastante ignorante.
—Querida, es el hombre del momento —la informó Andrew—. Pero creía que lo habían puesto a la sombra.
—No. Solo le dieron una paliza —repuso John con una mueca—. Estaba dando una charla en Bonn y dijo algo que no gustó a la Herrenvolk. Lo vi el año pasado en Varsovia y lo he reconocido enseguida. Está allí, al lado del piano.
Los tres se quedaron mirándolo. El célebre personaje estaba en una postura peculiar, encogido entre el instrumento y la pared, como si hubiera ido retrocediendo hasta quedarse sin espacio para recular más. Debía de rondar los treinta y pocos, era de constitución menuda y tenía el rostro cuadrado y los ojos de color azul claro.
—No parece muy contento con la vida —observó Andrew.
—Probablemente no lo está.
—Yo creo —dijo Betty de pronto— que tiene un aspecto de lo más desgraciado.
Fue como si la fuerza de su concentración le tirase de la manga. Se dio la vuelta, cruzó la mirada un instante con los tres pares de ojos y enseguida la desvió de nuevo.
—Vamos a hablar con él —propuso Betty—. Le preguntaremos qué hace aquí. Para mí que lo detesta.
Demasiado guapa para saber lo que era la falta de confianza en sí misma, cruzó la estancia con sus amigos pisándole los talones. Belinski los vio acercarse a él —incluso a Betty— sin un ápice de interés.
—Sabemos quién es —le espetó la joven con descaro—, pero usted no nos conoce. Yo soy Elizabeth Cream y estos son Andrew Carmel y John Frewen.
—Somos grandes admiradores suyos —dijo John en alemán.
Belinski les dirigió una solemne inclinación de cabeza.
—Nos alegramos mucho de tenerle aquí —añadió Andrew en francés.
El otro volvió a inclinarse.
—Y nos preguntábamos si se lo está pasando bien —dijo Betty en su lengua materna—, porque lo cierto es que nosotros no.
El polaco pareció considerar aquel sencillo comentario con mucho detenimiento. Contestó con prudencia y en un inglés excelente.
—Hacía tiempo que no iba a una fiesta y estoy algo aturdido, pero me parece una velada encantadora.
Betty, sin embargo, era imparable. Su falta de educación se lo ponía fácil.
—¡Imposible! —protestó—. No tiene por qué ser cortés con nosotros, no es nuestra fiesta. ¿Cómo es que ha acabado aquí?
Por primera vez, el semblante de Belinski se relajó.
—Pues es algo bastante extraño, la verdad. Había venido a preguntar por una persona que vivía aquí, pero que al parecer se ha mudado, y me han invitado a pasar. ¿Por qué? No lo sé.
—Yo sí —dijo Betty—. Sylvia siempre anda corta de hombres. Pero no hay razón para quedarse en una fiesta si uno no quiere. De hecho, nosotros nos íbamos a comer algo. ¿Quiere venir?
La joven le dio una patadita a John en el tobillo.
—Para nosotros sería un honor extraordinario, señor —dijo John Frewen—. Si no le parece aburrido, claro está.
Belinski dirigió una mirada muy seria a Andrew. Era raro: hablaba inglés muy bien, era evidente que los entendía a la perfección, y aun así parecía no comprender lo que oía. Necesitaba que se lo confirmasen todo.
—Nada nos haría más felices —añadió Andrew con formalidad— que disfrutar de su compañía.
—¿Ahora?
—Sí, claro que ahora —dijo Betty—, antes de que alguien nos retenga. Vaya a por su abrigo.
Se quedaron otra vez los tres solos mientras Belinski se aplicaba en buscar a la anfitriona. Betty Cream estaba animadísima, pero Andrew y John parecían muy solemnes. Al contrario que ella, eran conscientes de la importancia de su invitado.
—No sé cómo has tenido valor —dijo Andrew—. Es uno de los hombres más distinguidos de Europa.
—Parecía tan perdido… —comentó Betty con aire ausente—. ¿Adónde lo llevamos?
—Al Claridge —sugirió John.
—Muy remilgado. Vamos al Soho, al Moulin Bleu.
—Deberíamos ir al club —replicó Andrew—. ¡Qué demonios, deberíamos ofrecer una cena en su honor!
—Con Betty, el club está descartado. Sigo diciendo que al Claridge.
En ese momento, Belinski volvió a aparecer. Betty lo puso al corriente enseguida.
—¿Prefiere ir a un sitio donde hay buena comida pero que parece un cementerio o a un lugar más excéntrico pero divertido?
—Me pongo en sus manos —dijo el señor Belinski.
II
Fueron, por supuesto, al Soho, y cada minuto que pasaba, durante la prolongada comida, la atmósfera iba enrareciéndose más y más. No había forma de hacer hablar a Belinski, salvo si se le preguntaba directamente, y sus respuestas revelaban una situación en extremo alarmante. Su periplo, por ejemplo: desde Bonn, donde habían empezado los problemas, iba a regresar a Berlín, pero acontecimientos políticos —dijo sin más— lo hacían desaconsejable, de modo que fue en dirección opuesta, a París. Allí descubrió que lo consideraban un alborotador: las autoridades polacas se oponían a que volviese a Varsovia y la policía francesa lo tenía en el punto de mira. Vendió un par de condecoraciones incrustadas de joyas y viajó a Londres, donde esperaba encontrarse con su editora americana, que por desgracia se había marchado una semana antes. En ella aún depositaba Belinski sus esperanzas, pues habían hablado de un posible viaje del escritor a Estados Unidos, y aparte de eso parecía no tener ningún plan en absoluto. Entretanto, vivía al día como en un vacío. Tenía una habitación en Paddington y pasaba la mayor parte del tiempo en bibliotecas públicas. No se había dado a conocer a nadie y no quería que lo buscasen. Relataba aquellos hechos con voz melancólica y sin reticencia, como si fueran algo corriente y desprovisto de interés que debía de ser bastante aburrido escuchar.
—¡Santo cielo! —exclamó John al fin—. Pero si tiene que haber gente, instituciones, deseando contar con usted. Cambridge, sin ir más lejos, o cualquier universidad. En fin, es usted famoso. Sería un… un lujo para ellos. No lo entiendo.
—Bueno, ya estoy harto de todo eso —repuso el señor Belinski.
Se quedaron más sorprendidos que nunca. Los jóvenes miraban a Adam Belinski con los ojos como platos mientras este se entregaba a su sabayón. ¿Harto de todo? ¿Harto de ser un alborotador? ¿Harto de ser el centro de disputas, de investigaciones secretas, de enredos internacionales? Tal actitud solo les parecía explicable por una razón: la mala salud. Aún no se habría recuperado de la paliza…
—Necesita un buen descanso —dijo Betty en tono alentador.
—Necesito trabajar —corrigió el señor Belinski—. Soy un artista, no una figura política. Ese es el problema en Polonia: no hay suficientes polacos distinguidos y los que hay tienen que cumplir una doble función. Fíjense en Paderewski, el mejor músico del mundo: pues teníamos que hacerlo también presidente. Si ganas una carrera de coches, te nombran ministro de Comercio. Como yo tengo éxito con mis obras, debo convertirme en profesor. Gracias a Dios que no me pusieron al frente de la policía. Y así me veo envuelto en esta lucha y apenas puedo trabajar. —Hizo un aspaviento con la mano y, por primera vez, los jóvenes se dieron cuenta de que tenía la muñeca torcida, como si se le hubiera roto y no se la hubiesen recolocado bien—. Yo no quiero ser más que lo que soy y estoy decidido a conseguirlo. Además, al parecer causo problemas. Incluso si volviera a dar conferencias, no iría a una de sus universidades para, tal vez, crearles dificultades.
—Pues sí que está usted en el candelero —dijo Betty muy interesada.
Sin embargo, era evidente que el conocimiento del idioma de Belinski no llegaba a esos coloquialismos. Parecía confuso.
—Quiere decir —tradujo Andrew— que entiende muy bien, como todos nosotros, por qué tiene que pasar inadvertido. Pero es una infamia.
Luego miró a John Frewen y, en ese momento, el gran plan afloró en sus mentes. Apenas necesitaron hablar; con unas cuantas palabras, por debajo de la cháchara de Betty, los detalles más importantes quedaron decididos.
—¿Horsham? —murmuró John refiriéndose a su casa.
—Mejor en Devon, que está en el quinto infierno —repuso Andrew también en un susurro.
—¿Y tu familia?
—Sin problema, creo. ¿Se lo decimos ya?
—No, espera. Mañana. Que parezca que lo hemos consultado con la almohada…
A la hora de la verdad, sin embargo, ambos temieron que, una vez se separasen de él, Belinski pudiera desaparecer de nuevo antes de que lograran salvarlo; así que, mientras John acompañaba a Betty a su casa, Andrew se fue con el señor Belinski a Paddington, con el pretexto —pues al principio rehusó su compañía— de tener que coger un tren. Con absoluta solemnidad, entonces, el polaco insistió a su vez en acompañar a Andrew hasta la estación y este último, que hasta el momento había sido incapaz de llevar la conversación más allá del plano abstracto, se sentía francamente ridículo. Parecía que ya iba a perder la oportunidad, pero estaba decidido a no dejarla escapar.
—Señor Belinski —le dijo.
—¿Sí? ¿Es que no encuentra su tren?
Andrew se dio cuenta de que había estado mirando los paneles indicadores y se ruborizó.
—Señor Belinski, ¿le gustaría venir a pasar una temporada con mi familia en Devonshire?
—Disculpe, ¿cómo dice?
—A mi casa, en el campo. Es un sitio muy tranquilo. Allí podrá trabajar, sin duda, porque no hay nada más que hacer.
Belinski lo miró divertido.
—¿Se trata de otra fiesta? ¿Una de fin de semana?
—No, no —repuso Andrew—. He pensado que podría quedarse unos años.
En ese momento, un mozo de estación se abrió paso a empujones entre ellos (era, de hecho, el tío de Cluny, Trumper) porque también quería ver los indicadores. Andrew se apartó a un lado y Belinski al otro y, durante ese instante de separación, la mente de este último debió de trabajar a toda velocidad, pues cuando volvió a reunirse con Andrew ya no parecía perplejo, sino simplemente encantado.
—Mi joven amigo —dijo con afecto—, me faltan palabras para expresar lo mucho que aprecio tanta generosidad. ¡Es espléndido!
—Tonterías —contestó Andrew—. ¿Cuándo vendrá?
—Pero, por supuesto, no puedo aceptar —se apresuró a aclarar el señor Belinski.
Andrew le preguntó enseguida por qué no. El señor Belinski vaciló. Tenía lo que él consideraba una razón indiscutible, pero no creía que a su nuevo amigo se lo pareciese, de modo que eligió otra.
—No soy un invitado muy oportuno.
—¡Qué disparate! —exclamó Andrew despreocupado—. He llevado a casa a tipos mucho más raros que usted.
El adjetivo se le escapó de los labios antes de que pudiera remediarlo, pero Belinski no parecía ofendido. Miraba a Andrew con cierto recelo, pero también con cierta simpatía.
—Por favor, no insista, ya me parece muy descortés por mi parte rechazar su propuesta. Sus padres no me conocen de nada, por ejemplo. Lo que sugiere es de lo más generoso, pero también imposible.
—No veo por qué —se obstinó Andrew—. Puede que le resulte tremendamente aburrido…
—No se trata de eso —concluyó el señor Belinski.
Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y salió a toda prisa de la estación, pero Andrew corrió tras él y lo siguió hasta el lugar donde se alojaba. Una vez supo la dirección, John Frewen y él pudieron seguirle los pasos e intentar convencerlo por turnos; Andrew (como ya se ha visto) fue a Devonshire para obtener el consentimiento de sus padres y volvió con una invitación por escrito de lady Carmel, y, después de otras dos semanas, el señor Belinski (aunque también influyeron otros factores) de pronto cedió y se dejó llevar una vez más por su errático destino.
III
—Iremos en mi coche —dijo John Frewen—. ¿Puede venir Betty también?
Andrew lo miró absolutamente horrorizado.
—Yo diría que no. La última vez escandalizó a toda la casa. No voy a llevar allí más influencias perniciosas —replicó Andrew con aire de superioridad.
CAPÍTULO 7
I
Al menos una persona agradeció esta quincena de margen: la señora Maile sabía que no podría sobrellevar la llegada de ningún huésped hasta haber puesto a punto al personal. Y aquello no era cosa fácil. Friars Carmel, como muchas otras casas antaño suntuosas, aún era sólida en el plano administrativo, pero flaqueaba en el ejecutivo. Los papeles de mayordomo, gobernanta y cocinera estaban cubiertos, pero Cluny y Hilda, como un ejército de figurantes, tenían que ir desfilando de un puesto a otro: ahora criadas, ahora doncellas, ahora pinches de cocina, lavanderas, costureras o fregonas. Esto hacía que fuese muy difícil disciplinarlas, pues, aunque la señora Maile no tenía problemas para saber qué debían estar haciendo en cada momento seis doncellas diferentes, tener a dos chicas encargándose de seis trabajos la confundía. Cuando veía a Hilda en el piso de arriba a mediodía, o a Cluny pelando patatas a la hora del té, tenía que salir y pensarlo bien antes de volver para reprenderlas, y para entonces lo más probable es que Cluny ya estuviera en la despensa y Hilda en el lavadero. Lo que más disgustaba a la señora Maile, sin embargo, era que Cluny daba por hecho que aquello era lo normal en una casa bien dirigida. La joven tenía buena disposición, pero la señora Maile casi habría preferido una doncella quejica y cualificada que supiera cómo debían funcionar las cosas.
Las dos muchachas se llevaban muy bien. Cluny se hizo enseguida con las riendas y mangoneaba bastante a Hilda, pero a cambio le contaba cosas sobre Londres y le enseñaba un montón de expresiones útiles y divertidas. (La primera vez que Hilda contestó al señor Syrett «¿Ah, sí?» fue un momento graciosísimo.) La habitación que compartían era amplia y se repartieron las comodidades de forma meticulosa: la única prerrogativa que conservó Hilda fue una colcha de seda artificial que había comprado con su propio dinero. Como contrapartida, Cluny tenía las tres fotografías con el marco dorado que colocó en el centro de la repisa de la chimenea. Hilda aún no tenía fotos porque Gary era demasiado pequeño para hacerle ninguna.
Gary era su hijito, y un gran motivo de orgullo para la joven; estaba segura de que, cuando el padre volviera y lo viese, querría casarse con ella, aunque que ella aceptase era otra historia: tendría que enmendar sus malos modos, decía Hilda muy seria, antes de pasar por el altar. Haber sido seducida por un marinero, de hecho, otorgaba a Hilda la única importancia de la que podía revestirse y, por supuesto, se valía de ello. Cluny la escuchaba con gran interés y a punto estuvo de inventarse un hijo propio, pero la mirada del señor Porritt, incluso desde la fotografía, la hizo contenerse. De este modo, Hilda ostentaba una posición de superioridad incuestionable, lo cual era muy útil para frenar el instinto de dominación de Cluny.
Pero todo aquello suponía un problema más para la señora Maile. Antes de que llegara Cluny, la gobernanta había ordenado a Hilda que reprimiese, so pena de despido inmediato, cualquier mención del pequeño Gary, e imaginaba que esta la obedecía. Entonces surgió la cuestión de la tarde libre de Cluny, los miércoles de dos a siete. (Otras doncellas habrían librado hasta las nueve y media, pero se trataba de un acuerdo especial entre la señorita Postgate y Addie Trumper debido a la juventud e inexperiencia de Cluny.) ¿Y qué iba a hacer la muchacha de dos a siete? El que habría sido su pasatiempo natural, visitar la casa de su compañera en el pueblo, quedaba descartado por la presencia allí del retoño ilegítimo de Hilda. Cluny no disfrutó de su primer miércoles por la tarde libre porque llegó allí un martes, pero ni siquiera nueve días después la señora Maile había encontrado una solución. El problema la tenía preocupada de verdad. De hecho, solo una cosa la preocupó más, y fue la solución de Cluny.
En respuesta a una tímida indagación, Cluny dijo que iría a casa del coronel.
—¿A casa del coronel? —repitió perpleja la señora Maile.
—Del coronel Duff-Graham. A ver a Roderick —le explicó Cluny.
La señora Maile arqueó las cejas. Si Cluny hubiera dicho «a ver a Mabel», o a Annie, también se habría sorprendido —porque ¿cómo demonios las había conocido?—, pero lo habría aprobado; tanto Mabel como Annie eran lo bastante formales para parecerle unas amistades apropiadas. Roderick, sin embargo, sonaba sospechosamente a chófer.
—¿Roderick, querida?
—Es un labrador —dijo Cluny—. Lo conocí en el tren. El coronel me dijo que podía ir a sacarlo de paseo.
—¡Vaya! —exclamó la señora Maile. En realidad, no sabía si aquello era mejor o peor. Nunca había oído nada parecido, era una muestra de iniciativa social que superaba su entendimiento. ¿Y en qué estaba pensando el coronel? Ella misma había dejado muy claro, por teléfono, quién era Cluny, y el jefe de estación había repetido su mensaje palabra por palabra…
—¡Lo adoro! —añadió Cluny con entusiasmo.
La señora Maile no preguntó nada más. Se le antojaba bastante posible que, si preguntaba a quién, Cluny no contestase «a Roderick», sino «al coronel», y la idea era en general demasiado desconcertante para seguir.
En su desasosiego, la gobernanta comentó aquel incidente con el señor Syrett, que despachó el asunto de inmediato con la teoría de que Cluny estaba mintiendo. Pero la señora Maile no se quedó tranquila. Recordaba algunos dichos del señor Andrew —referidos por el propio Syrett— sobre las fallas de la civilización, el desmoronamiento de la sociedad, la revolución mundial, la debacle de Occidente; y por primera vez se dio plena cuenta de su significado.
II
De este modo pasaron aquellos agitados quince días, y Andrew, John y el señor Belinski llegaron a Friars Carmel. El primero en verlos fue sir Henry, que casualmente estaba mirando por la ventana cuando el coche se detuvo en la entrada. Vio apearse a los tres jóvenes y acto seguido bajó al saloncito de su esposa para advertirle que el profesor no había venido.
—El tipo es demasiado joven —concluyó sir Henry—. Andrew se lo ha pensado mejor y ha traído a algún otro amigo.
Y estaba repitiendo aquella frase con total convicción cuando entró su hijo, seguido por Belinski.
—Madre —dijo Andrew en voz alta y clara, al tiempo que lanzaba a su otro progenitor una mirada de reproche filial—, este es el señor Belinski.
Lady Carmel interceptó la mirada, se volvió un instante hacia sir Henry con el ceño fruncido y enseguida se acercó sonriente a los muchachos.
—¡Encantada! —exclamó—. Mi hijo me ha hablado mucho de usted, profesor, y nos alegramos de que haya podido venir. Este es mi marido. Por favor, profesor, permítame ofrecerle un poco de té.
Belinski se sentó. Hasta ese momento no había dicho una sola palabra, pues aquel recibimiento tan abrumador lo había cohibido y apenas se atrevía a abrir la boca, pero ahora estaba sentado junto a lady Carmel y sus dulces ojos lo animaron.
—No sé cómo expresar —dijo muy solemne— lo agradecido que estoy por su hospitalidad. No es algo que se encuentre a menudo. Si su hijo les ha contado en efecto algo de mí, entenderán todo lo que no soy capaz de manifestar.
—Qué bien habla nuestro idioma —observó lady Carmel.
—Es la lengua universal.
—¡Ajá! —exclamó encantado sir Henry—. Eso es lo que yo digo. Cuando era joven, mis queridos padres me enviaron a recorrer mundo. Me fui hablando inglés y volví hablando inglés, y jamás en todo ese tiempo dije una palabra en otro idioma. No me hizo falta.
—¿Y disfrutó usted del viaje, señor?
—No —sentenció sir Henry.
—¡Harry, querido! —Lady Carmel hizo señas a Andrew para que le diese a su padre unos bollitos—. El profesor va a tomarte por un ignorante. Claro que disfrutaste.
—En absoluto —insistió sir Henry con rotundidad—. Fui a Roma y vi al papa, fui a San Petersburgo y vi al zar, y cuando volví a casa, miré al primer policía que me crucé en Londres y di gracias a mi buena estrella. Si un hombre tiene un hogar, debería quedarse allí.
Por un momento, a Andrew le pareció que aquel comentario tan sumamente desafortunado se materializaba como un plato roto en el suelo delante de ellos. Luego su madre lo arregló.
—Pues yo —dijo con voz suave— soy una cosmopolita nata. Si uno nunca sale de su país, se vuelve bastante limitado. Por mi parte, me encantaría pasar nueve meses al año en el extranjero.
Aquella descomunal mentira atrajo la mirada de los otros tres: la de Andrew llena de amor, la de Belinski iluminada en señal de entendimiento y la de sir Henry sencillamente horrorizada.
—¡Allie! —protestó—. ¿De verdad…?
—Toma un poco de tarta, querido —lo interrumpió lady Carmel a propósito—. Andrew, ¿dónde está John? Profesor, ¿le gustan los jardines? Si quiere, puedo enseñarle el mío hasta que se caiga de aburrimiento. Ah, ya viene John. Tómate un té, querido, estarás muerto de hambre. Pero dígame, profesor, ¿quién es Einstein?
Bajo tan firme dirección, el resto de la merienda transcurrió sin incidentes y, en cuanto terminaron, lady Carmel cumplió su amenaza y se llevó a Belinski al jardín.
III
La señora Maile, que presidía un banquete bastante espléndido en el saloncito del servicio, esperaba impaciente el regreso del señor Syrett para que le diese noticia de todo.
—¿Y bien, señor Syrett?
El mayordomo dejó a un lado su pose de salón y se sentó.
—Muy puntual, por una vez —admitió—. Yo acababa de llevar la bandeja y la tetera de su señoría ya estaba hirviendo. El señor Andrew tiene buen aspecto, aunque no sé por qué parece más distraído de lo habitual, y el señor John por supuesto se ha rezagado en el garaje perdiendo el tiempo con el coche.
—¿Y el profesor?
El mayordomo pensó en ello. Estaba a punto de emitir el juicio del servicio, una responsabilidad nada menor.
—Joven —dijo al fin—. Más joven de lo que cabría esperar o, de hecho, considerar apropiado. Pero bastante caballeroso.
La señora Maile asintió para indicar que entendía aquella sutil distinción.
—Lo pondré a prueba con el Richebourg del 26 —continuó el señor Syrett.
—Pero siempre se sirve champán la primera noche que vuelve el señor Andrew.
—El señor Andrew va y viene tan a menudo que he decidido considerarlo definitivamente de regreso. ¿Cuándo estará Brown preparada para ayudar a servir?
La señora Maile reflexionó.
—Si quiere arriesgarse, podría intentarlo esta noche. Aunque con dos invitados, parece algo temerario.
—Al menos alcanzará a poner un plato en la mesa —replicó el señor Syrett— sin respirar en la oreja de sir Henry, como suele hacer Hilda. De hecho, tiene los brazos más largos que he visto nunca. Probemos.
Aquello parecía indicar que Cluny, como Doncella de Altura, al fin estaba encontrando su lugar.
IV
Mientras paseaban entre los parterres de lo que llamaban «el jardín de los duendes», lady Carmel siguió conduciendo la situación que se les presentaba tras la llegada del señor Belinski con notable habilidad. Le iba diciendo, con sencillez y con tacto, todo lo que creía que su invitado debería saber, pero que probablemente no sabía, y se negaba a escuchar una sola réplica. Tras dos o tres intentos, el señor Belinski (en lo sucesivo, el profesor) se rindió e incluso admitió cierto sentido común en la actitud de lady Carmel; si ya se había vendido a sí misma una imagen satisfactoria del perfecto profesor, ¿qué iba a ganar con la escabrosa e incómoda verdad? Para recibirlo en su hogar, le daba igual que el señor Belinski fuera víctima de una apendicitis o de la violencia de las turbas, pero esa diferencia sí tendría un gran efecto en su ánimo, pues lady Carmel podía interesarse con cortesía en lo primero, pero no podría soportar pensar en lo segundo.
—¿Tiene usted esmoquin? —le preguntó.
El profesor negó con la cabeza.
—Lo siento mucho. Solo tengo este traje y otro. Y cuatro camisas.
Se dio cuenta de que no le importaba lo más mínimo decírselo.
—Entonces, Andrew, que tiene dos, le prestará uno; deben de usar más o menos la misma talla. Verá —le explicó su anfitriona—, es que mi marido siempre se arregla para cenar, pero si viera que usted no lo hace, él tampoco lo haría y estaría toda la noche contrariado porque le gusta que yo me arregle siempre. Si soy tan sincera es porque esperamos que se quede con nosotros un tiempo y ver al pobre Harry angustiado durante meses sería una lástima. ¿No le molesta?
—No creo que pueda molestarme nada de lo que usted diga.
—Qué bonito cumplido. Tampoco debe molestarse por nada de lo que diga mi esposo. Aunque a mí me encanta viajar —insistió lady Carmel—, él no es muy aficionado y está tan hecho a que Inglaterra sea su hogar que se olvida de que otros países son también el hogar de alguien. Debe de ser muy triste estar lejos del suyo, pero esperemos que sea solo temporal. —Con esta referencia indirecta, lady Carmel abarcaba toda la situación europea y creyó que era suficiente—. Puede pedirle prestado a Andrew todo lo que quiera, profesor, y en la biblioteca hay varios miles de libros. Mi marido suele echar una cabezadita allí por las tardes, pero por lo demás la usamos muy poco. Syrett le servirá de ayuda de cámara…
—Mi querida lady Carmel, no he tenido un ayuda de cámara en mi vida.
—¿Y no le importaría aceptar a Syrett, para no herir sus sentimientos? No creo que haga mucho. De hecho, Andrew dice que se limita a ir de un lado a otro como gallina sin cabeza, pero se disgustaría si le decimos que no. Soy tan franca con usted, profesor, porque nunca olvidaré una vez que, de niña, trastoqué todo el servicio de una casa francesa cuando bajé a desayunar al salón. Me enteré por casualidad, después de casi tres meses, y me dio tanta vergüenza que desde entonces le he cogido manía a Francia. —Y enseguida añadió—: Pero quiero viajar a otros países.
V
Cuando Andrew y John Frewen volvían de las cuadras, donde habían ido para inspeccionar ciertos preparativos que el primero había hecho allí, Cluny Brown pasó por delante de ellos a toda velocidad.
—¿Quién es esa? —preguntó John.
—La nueva doncella —dijo Andrew indiferente.
—Pues a mí me parece una anarquista.
Cluny tenía en verdad un aspecto bastante salvaje, pues se había quitado la cofia para salir corriendo a coger aire y llevaba la coleta al viento. Su resuelta expresión, en cambio (al igual que su necesidad de tomarse un respiro), era puramente profesional: su próximo debut en la mesa del comedor la abrumaba más de lo que quería admitir.
La depuesta Hilda, por otra parte, estaba en ese momento en la despensa cantando Jeepers creepers. Era una muchacha sin ninguna ambición y había recibido el cambio de funciones con sincera alegría. (Tenía, además, buen corazón: estaba en la despensa preparando a Cluny un tentempié que le diese fuerzas para la dura prueba que le esperaba.) Cluny no era exactamente ambiciosa —al menos en lo que se refería a su futuro como doncella—, pero estaba deseando impresionar al señor Syrett. Estaba tan nerviosa como una prima donna y demasiado ensimismada para fijarse en los jóvenes caballeros.
—Siéntate un minuto, querida —le dijo con amabilidad la señora Maile cuando Cluny volvió a entrar a grandes zancadas en territorio doméstico—, y deja que Hilda te ayude a recogerte el pelo.
—¿Debería cortármelo? —sugirió Cluny desesperada.
—Desde luego que no. Cuando te crezca un poco más, podrás hacerte un moño en condiciones.
Hilda le puso delante un sándwich. Cluny le dio un gran mordisco semicircular y empezó a masticar con avidez.
—No hagas nada hasta que el señor Syrett te lo indique —continuó la señora Maile— y es imposible que te equivoques. Cuando te diga: «Platos», retiras los que se acaban de usar o bien pones unos limpios, según corresponda. Cuando te diga: «Verduras» o «Salsa», pasas las verduras o la salsa.
—Y procura no respirar —le exhortó Hilda.
—Tonterías, claro que puede respirar —concedió generosa la señora Maile—. Tu problema, Hilda, es que respiras en la oreja de la gente.
—Mi madre dice que tengo unos pulmones como fuelles —admitió Hilda con orgullo.
—¿Y si me da hipo? —musitó Cluny.
La señora Maile miró a aquel par de dos y reprimió un suspiro. No sentía inclinación por la poesía, pero en ese momento los nombres de Bessie, Gracie o Flora resonaron en su mente como tres dulces sinfonías.
—Hilda, ve a ayudar a la cocinera —ordenó en tono áspero—. Brown, sube y cámbiate. No te va a dar hipo. Si las dos pensarais más en vuestro deber y menos en vosotras mismas, nos iría mucho mejor a todos.
Hasta ahora no se ha hecho mención alguna a la cocinera porque era solo una empleada temporal. Había quedado al servicio de lady Carmel durante seis meses, mientras su propia patrona estaba en Argentina, y no tenía por tanto ningún arraigo en Friars Carmel. En la cocina, era una mujer con una personalidad interesante, de un sarcasmo poco habitual, al igual que ella era de una delgadez poco habitual, y la expresaba con salsas fuertes y sabrosas. Por eso preparaba los púdines al vapor para sir Henry con eficacia, pero sin entusiasmo. Hacía lo que se esperaba de ella y no se relacionaba más de lo necesario. Aquello dejaba en las habitaciones del servicio lo que podría describirse como un vacío en forma de cocinera y aliviaba buena parte de la saludable presión a la que Hilda y Cluny habrían estado sometidas en circunstancias normales.
VI
Sir Henry y lady Carmel se acostaban y se levantaban temprano. Para ellos, una noche agradable terminaba a las diez y media, de modo que, llegadas las diez y veinticinco, Andrew, que quería que su protegido causara buena impresión, dijo que todos habían tenido un día muy largo. El señor Belinski se levantó de inmediato y besó la mano de lady Carmel; tras un programa tan moderado —una partida de bridge y algo de charla sobre jardinería—, parecía de hecho curiosamente exhausto. Andrew lo acompañó hasta su habitación en el ala este y, una vez allí, Belinski se sentó enseguida en la cama. (Una antecesora de Cluny dividió en cierta ocasión a todos los invitados en dos categorías: los que se sentaban en la cama y los que lo hacían en las sillas dispuestas para ello.)
—¿Tiene todo lo que necesita? —preguntó Andrew.
Belinski se fijó en la mesita de noche, con su lámpara, su jarra de agua, su cajita plateada de galletas y sus dos libros, uno de ellos en alemán. En la balda inferior había cigarrillos, cerillas y un cenicero. Miró las prímulas que adornaban la cómoda. Al sentir el calor de la botella de agua, se movió un poco y vio el pequeño bulto que formaba bajo la ropa de cama. Luego se volvió hacia Andrew.
—Es increíble —le dijo.
—¿El qué?
—Todo. Que yo esté aquí, en esta casa, con sus padres… Es como un sueño.
—Sobre todo mis padres —observó Andrew.
Belinski asintió muy serio.
—Había olvidado que existían personas así. No, no es cierto: es que nunca he conocido a personas así. Son unos santos.
—¿Quiere decir que no parecen de este mundo?
—De uno mucho mejor.
—Como un sueño. —Andrew hizo una mueca—. Usted los sueña a ellos y ellos lo sueñan a usted.
—No creo que jamás hayan tenido un sueño semejante. Dígame, ¿por qué su madre me llama profesor?
—Bueno —repuso Andrew—, se le ha metido en la cabeza que eso es lo que es. En fin, no es que sea corta de entendederas…
—Desde luego que no. Está racionalizando su sueño.
—¿No le importa?
—Al contrario. Si lo desea, puedo ser hasta rector. Pero… Aún estoy un poco perplejo. Me pregunto: ¿por qué profesor?, ¿por qué estoy aquí?, ¿por qué quieren involucrarse usted y sus amigos? ¿Por qué?
Andrew fue hasta la ventana y se asomó a la noche iluminada por la luna. Una lechuza ululó en la distancia; luego de nuevo el silencio, cayendo como rocío sobre el paisaje.
—En Cambridge se hablaba mucho de usted.
—Eso explicaría que me mostrasen cierto respeto, tal vez. Que me aplaudiesen, después de dar una charla, si por casualidad comparten mis opiniones. Pero usted y sus amigos, y debo decirle que no estoy de acuerdo, creen que corro algún tipo de peligro. ¡He visto a ese joven que venía conduciendo guardarse una pistola en el bolsillo! Si hubiera tal amenaza, ¿por qué iban a arriesgarse?
—Bueno, creemos que es una persona valiosa.
—¿Y eso les basta?
Andrew titubeó. Luego se dio la vuelta y todo lo que de su padre había en él se reveló con la respuesta.
—Ya que lo pregunta, también está el aliciente de la aventura…
El efecto de esta confesión no fue el que esperaba. Adam Belinski saltó de la cama con una radiante sonrisa.
—¡Cómo me alegra oír eso! —dijo muy efusivo—. ¡No se lo imagina!
VII
Había varias cosas que Andrew aún desconocía del señor Belinski, pues incluso en el ámbito de la izquierda las autoridades en literatura europea tienen su lado humano, y Andrew, dada su juventud, esperaba que la gente (y sobre todo las celebridades) fuera de una sola pieza. Mucho se habría sorprendido, incluso se habría escandalizado, de conocer la auténtica razón tanto de la melancolía del señor Belinski como de su reticencia a marcharse de Londres; pero lo cierto era que, además de interesarle la prosa, al señor Belinski le interesaban también las mujeres.
Era sensible, en concreto, a determinados atributos femeninos, entre los que se incluían unas piernas largas, la habilidad para interpretar a Chopin, ojos muy oscuros o muy claros, una virtud inexpugnable, un temperamento insaciable y un carácter confiado; y una semana antes de la fiesta en Hampstead había conocido a una joven señorita que reunía no menos de tres de ellos. Era alta, morena y virtuosa, la hija casada de su casera. Cuando John Frewen lo descubrió detrás del piano, no era otra la imagen que llenaba los pensamientos de Belinski: la cruel y encantadora Maria Dillon. No es de extrañar que pareciese desdichado. Y cuando Andrew lo siguió y habló con él —en ese momento en el que estaba desesperado y aun así no perdía la esperanza, rechazado y aun así preso de su encanto, en la agonía de una nueva pasión—, ¿cómo iba a marcharse Belinski? No podía. Hasta que al final lo desahuciaron y por eso se dejó llevar a Devonshire bajo escolta armada.
Pero Adam Belinski también tenía conciencia, aunque fuese errática. Las precauciones del joven Andrew lo habían conmovido y tenía la impresión de haberse marcado un doble farol al asegurarle al muchacho que no corría ningún peligro y, aun así, dejarle creer que sí. Ahora, la confesión de Andrew lo había puesto todo en orden; él también, en cierto sentido, había engañado a Belinski —no era puro altruismo, se lo estaba pasando en grande—, de modo que estaban en paz. El señor Belinski se acomodó entre las suaves y frescas sábanas perfumadas de lavanda y pensó en Maria Dillon. Le resultaba extrañamente difícil invocar su imagen: estaba entreverada de demasiadas impresiones diferentes, de aquella enorme casa, de la mesa del comedor iluminada con velas, de lady Carmel y de sir Henry. No era un fenómeno infrecuente en él: apasionado en la conquista, también se distraía con bastante facilidad. Además, ahora estaba en Devonshire y Maria en Londres. (Como Hortense estaba en París y Sonia en Varsovia y otra muchacha en Budapest.) «¡Adiós, Maria!», pensó con tristeza el señor Belinski. Luego se deleitó unos instantes en aquella nueva pérdida y enseguida cayó en un profundo sueño.
VIII
Querido tío Arn:
Esta noche he ayudado a servir la mesa por primera vez. Había dos invitados, un amigo del señor Andrew y el profesor, y el señor Syrett dice que podría haber sido peor. Lo único que he hecho mal de verdad es pasar la mayonesa otra vez con el postre, pensando que era crema. El profesor se ha echado un poco antes de que el señor Syrett lo viese, pero se lo ha comido. Creemos que, como es extranjero, a lo mejor no se ha dado cuenta. Pero habla inglés tan bien como tú y como yo. Su señoría llevaba un vestido de terciopelo gris, aunque no escotado, y los demás iban con esmoquin, como en las películas. Ha sido lo mejor que me ha pasado hasta ahora en esta vida tan dura. Espero que estés bien y que no me eches demasiado de menos. Tendría guasa que, después de todos estos años, no me extrañases ni un poquito. Que digo yo que, si echas de menos a alguien, por qué no vas a decirlo.
Un abrazo de tu sobrina.
Cluny Brown
CAPÍTULO 8
I
Las maravillas de una primavera en Devonshire —exquisita en los detalles, espléndida en el efecto de conjunto— son demasiado conocidas para requerir descripción alguna. Los originarios del lugar, ya acostumbrados, no pierden la cabeza —no abandonan sus quehaceres todos a una (como tal vez cabría esperar) para entregarse a admirarlas—, pero tanto Cluny como el profesor estaban profundamente conmovidos. La sensibilidad de este último hizo que lady Carmel le tuviese aún mayor aprecio; creía que una primavera en Devonshire era justo lo que debía ver un extranjero y estaba decidida a que lo viera a fondo. Cogían los paquetes de sándwiches y hacían excursiones de varios kilómetros a pie, dejando a Andrew y a sir Henry, que no era nada andariego, frente a frente en la mesa del comedor. El almuerzo solía transcurrir en silencio, pues Andrew, como muchos otros jóvenes de su generación, sentía un gran afecto por su padre, pero no tenía nada que decirle.
—Me alegro de que tu madre tenga a alguien con quien pasear —observó sir Henry—. No me gusta que vaya sola.
Andrew asintió, aunque sin convicción. Lady Carmel, conocida y respetada por todo hombre, mujer y niño en un radio de quince kilómetros, difícilmente podría sufrir ningún daño en sus paseos. A veces, cuando se cansaba demasiado, hacía parar al primer vehículo que fuese en su dirección y pedía que la llevaran. Un día volvió a casa en un ómnibus, y otro, acomodada tranquilamente en el asiento delantero de un camión. De una forma discreta, lady Carmel fue una de las pioneras del autoestopismo en Gran Bretaña.
—¿Tú no vas con ellos? —añadió sir Henry.
—Tengo correo pendiente —masculló Andrew tratando de evitar la mirada de su padre. También en él la estación estaba surtiendo efecto, y uno tan convencional que, por instinto, lo rechazaba. No obstante, el poemita de Tennyson, como todos los tópicos, no podía negarse: en primavera, la fantasía de un joven deriva suavemente hacia pensamientos de amor. Y en eso habían derivado los pensamientos de Andrew, aunque no con suavidad; con tanta fuerza, de hecho, que no podía soportar la idea de contemplar una loma cubierta de prímulas si no era en compañía de la persona amada. Aquello le resultaba tanto más molesto cuanto que acababa de decidir que, lejos de estar enamorado de Betty Cream, más bien le disgustaba, y esta no tenía derecho, por tanto, a aparecérsele, por así decir, detrás de cada violeta. Esa antipática imagen le producía cierta repugnancia, aunque no demasiada.
—Qué lástima que la hija de Duff-Graham esté fuera —dijo de pronto sir Henry.
—¿Por qué? —preguntó Andrew.
—Bueno, te haría compañía —repuso sir Henry; y luego, recordando las repetidas advertencias de su esposa, empezó a hablar de las truchas.
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