Read the book: «Más allá de las caracolas»

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MÁS ALLÁ DE

LAS CARACOLAS


MÁS ALLÁ DE LAS CARACOLAS

© Marga Serrano

Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico de La Calle

Iª edición

© Editorial La Calle, 2021.

Editado por: Editorial La Calle

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artística o científica.

ISBN: 978-84-16164-77-6

Marga Serrano


MÁS ALLÁ DE

LAS CARACOLAS


Editorial La Calle

ANTEQUERA 2021

A mis amigas y amigos, que me animaron a seguir con esta

historia, especialmente a Encarna Rodríguez, Nines Posada

y Santiago Martín por su lectura e interacción.

ÍNDICE


Agradecimientos

Introducción. Sirena

PRIMERA PARTE

El encuentro

Reflexiones en pantuflas

Salir de la hibernación

La caracola

La caverna

Serenar la mente

El hermano

Una visión sobrenatural

Nina y sus amores

De nuevo la gruta… y Orton

SEGUNDA PARTE

El infierno de los celos

¡Bienvenida!

«Lo que niegas te somete. Lo que aceptas te transforma» (C. G. Jung)

Entre las sombras y la luz

El juego de la seducción

La empatía

Y de nuevo, el embrujo

TERCERA PARTE

Señales del despertar

Una petición inesperada

Abrirse a la vida

El secreto de la aldea

El origen

La bondad en estado puro

Sobre la autora

AGRADECIMIENTOS


A la Editorial La Calle por la oportunidad que me han dado para poder compartir esta historia con todos ustedes. Una novela, un cuento, un poema, un ensayo, una pintura, una canción, una fotografía, cualquier idea creativa que no pueda compartirse es como un alma vacía. Lograr que ustedes participen en ella con su lectura es lo que realmente le da vida. Igualmente, agradezco la colaboración de su equipo de edición y diseño en la ilusionante aventura de depositar este libro en sus manos.

INTRODUCCIÓN


SIRENA

Hallé tu caracola en la playa, pero no había cobertura.

Esto que tienen ante ustedes ¿describe hechos reales o imaginarios? Piensen lo que quieran, pero, ante todo, déjense llevar o guiar por el corazón. Abandonen su raciocinio todo lo que puedan y abran su mente perceptiva e intuitiva. No importa si el contenido de este libro es real o imaginario, solo importa lo que ustedes sientan al leerlo. Si ustedes son capaces de intuir dentro de su corazón que la magia es posible, les aseguro que lo será y la sentirán en sus vidas, porque han sido capaces de pensar de otra forma distinta a la que estaban acostumbrados.

Solo puedo decirles que para mí este relato es real, mucho más real que muchas de las vivencias que he tenido estando despierta. Les aseguro que he estado en esa aldea, que he visto sus acantilados, su bosque, su mar, sus cuevas, que he convivido con sus gentes, que he sentido todo lo que les cuento… Pero sobre todo he aprendido lo que es el AMOR, el verdadero amor por la vida, por las personas, por la naturaleza, y la conexión espiritual con todo el universo, con todos los seres, con la energía presente en todo lo creado, con la fuente, con el hogar al que todos volveremos algún día… Y eso solamente se consigue a través del amor, porque el propio amor nos irá desvelando el conocimiento necesario para seguir avanzando en nuestra evolución como SER, en nuestra evolución para llegar al centro de nuestra consciencia. No hay otro camino.

Cuando comencé a escribir esta narración, simplemente quería hacer un relato corto sobre caracolas y sirenas, es decir, desarrollar en un cuento el nanorrelato que encabeza esta introducción. Pero sin darme cuenta estaba en la página 50… hasta llegar a esto que tienen ante ustedes.

Día a día me iba sumergiendo en la historia y tengo que confesarles, aunque es muy posible que no me crean, que en compañía de Ángela he ido también evolucionando a la par que ella y he tenido bastantes señales, conforme iba avanzando mi relato, de esa magia, a veces imperceptible, que nos rodea continuamente, esperando a que le abramos la puerta de nuestra mente. Y eso es lo que me gustaría que ustedes hicieran al leer este libro. No lo vean como un relato de ficción, porque a lo mejor no lo es. Les ruego que se sumerjan en la historia sin prejuicios, sin estereotipos. Desnuden su alma y déjense llevar por la aventura de la lectura. Métanse en la piel de Ángela y sientan a través de ella. Que lo disfruten. Solo espero haber sido capaz de despertar su interés… y su consciencia. Solo espero y deseo haberles hecho entender que hay «algo» más que lo que llamamos vida real, que la vida no es solamente lo que vemos y tocamos. Quizás en lo que no vemos es donde están las respuestas.

PRIMERA PARTE

El amanecer y el anochecer son mis momentos preferidos para perderme por estos grandiosos y casi desiertos parajes. Estos paseos me ayudan a desconectar del mundo cercano y conectar con otras sensaciones más espirituales, más íntimas o más emocionales mientras me dejo llevar por los sonidos del mar, el susurro del viento, el graznido de las gaviotas y, a veces, por los recuerdos, esa memoria del corazón que es como una segunda piel, en ocasiones abrasada por el sol de la vida. Me acompañan mis dos perros, Tao y Greta, un lhasa y una shih tzu, que corretean libres y alegres, y junto a ellos me lleno de la paz y la serenidad que me transmite todo este entorno.

Conocí este lugar con unas amigas en unas extrañas vacaciones en las que casi nada salió como habíamos programado. Desde fallos con la agencia de viajes y descoordinación con los guías hasta un pequeño seísmo que, aunque no fue grave, hacía temer nuevas réplicas, por lo que nos aconsejaron cambiar el itinerario, dejar de lado la visita prevista a una ciudad del centro del país y decantarnos por otra zona mucho más al sur, donde nos habían informado de la existencia de unas ruinas antiquísimas y dos parques naturales que merecían una visita. Como remate de aquel pequeño caos viajero, por una avería en el coche que habíamos alquilado tuvimos que quedarnos tres días en una pequeña aldea mientras nos traían la pieza rota de un pueblo más grande y el mecánico de la gasolinera, el único en setenta kilómetros, reparaba el auto.

Aprovechamos aquellos días para recorrer aquel espacio escondido entre ásperos acantilados y una floresta indómita. Y así descubrimos aquellos maravillosos rincones. Y me sedujo. Me enamoré del mar, de la luz, del bosque que rodeaba la pequeñísima aldea, de aquella diminuta ensenada que invitaba al baño, a la que se llegaba a través de una escarpada ladera; de las distintas tonalidades del azul de sus aguas y de las caracolas traídas por las olas y esparcidas por la arena. Nunca había visto tantas. Siempre me había gustado pasear por la orilla de los mares que había conocido mientras miraba primero, y empecé a buscar y coleccionar después, distintos tipos de conchas y hasta pequeñas piedras pulidas por el agua que me llamaban la atención. Más tarde, en casa, llenaba con ellas bandejas, tarros de cristal y todo lo que se me ocurría. Era una forma de tener el mar cerca. Siempre me ha encantado y cautivado el mar, aunque en realidad viviese a muchos kilómetros de distancia. Pero en aquellos mares no solía haber caracolas en las playas, aunque en las del sur de mi país descubrí unas diminutas que me parecían preciosas. Me fascinan las caracolas. Siempre me han parecido misteriosas, tan misteriosamente arcanas como una llamada de lo desconocido, de la aventura del conocimiento… Tan misteriosas e incomprensiblemente mágicas como el amor. Como las espirales grabadas en cuevas y rocas prehistóricas, un símbolo que la naturaleza nos regala en multitud de formas y que intenta transmitirnos algún secreto relacionado con el origen de la vida, pero que nunca hemos sabido interpretar del todo. Por eso, cuando vi tantas, aunque ninguna de las más grandes, de esas que venden en algunos establecimientos turísticos, se removieron mi curiosidad infantil y mi fascinación adulta.

Entre los recuerdos de mi niñez hay uno muy nítido: la alcoba de mis abuelos maternos, una habitación que comunicaba con el dormitorio, y en ella una gran cómoda con varios cajones. La parte superior, cubierta con un fino tapete de encaje blanco, estaba llena de fotografías familiares y, en los dos extremos, sendas caracolas gigantes que mi abuela tenía como oro en paño. Desconocía su origen, pues por aquellas tierras no había mar, aunque había oído contar a mi madre que mis abuelos vivieron una temporada en Galicia, por lo que es posible que alguien se las regalase o las hubiesen comprado allí.

Siempre que entraba en aquel aposento, mis ojos infantiles se quedaban hipnotizados con aquellas preciosas y enormes caracolas. No alcanzaba a cogerlas y, aunque hubiese alcanzado, tampoco me lo habrían permitido. Pero de vez en cuando, tanto mi abuela como mi madre me las acercaban al oído para que oyese, según ellas, el ruido del mar, el ruido de las olas al chocar con las rocas o los sonidos que producían los delfines y las sirenas al intentar comunicarse con los seres humanos. Ni que decir tiene que mi curiosidad e imaginación infantil me hacían oír con fascinación todos esos sonidos, intentando entender el lenguaje de esas sirenas que, anteriormente, había visto dibujadas en un libro que mi abuela me dejaba hojear, también de vez en cuando. Supongo que de ahí me viene mi atracción por las caracolas y el irreprimible deseo de llevármelas al oído en cuanto veo alguna.

Aquel pueblecito semicostero era pequeño, muy pequeño, apenas unas veinte casas. Algunas de ellas eran de adobe, aunque había otras construidas con una mezcla de piedras, barro y madera. Era todo, incluidos sus habitantes, muy sencillo y pobre, si por pobre entendemos que había un cafetín donde tenían el único televisor que existía y donde solo había un teléfono, el de la gasolinera. La gasolinera estaba a unos diez kilómetros, en la estrecha y sinuosa carretera que llevaba a dos parques naturales situados tras las dos grandes montañas que dominaban el este de la zona. Si por pobre entendemos que había solamente una pequeña camioneta, dos furgonetas y tres lavadoras que utilizaban todas las familias, y que no se veía ningún objeto más o menos lujoso. Todo era antiguo, pero no inservible, pues eran los reyes del reciclaje y del aprovechamiento de cualquier utensilio. El aspecto de la aldea no podía ser más alegre, ya que las viviendas estaban conservadas perfectamente y pintadas de colores diversos, como una representación del arco iris. Todas las casas eran independientes y todas ellas tenían un pequeño jardín delantero, sin vallas, y un huerto detrás de la vivienda.

Eran pobres en artículos de lujo, pero eran ricos en todo lo que es realmente importante en la vida. Su trabajo en los huertos, o la pesca en el mar, y los animales como gallinas, ovejas, cabras y algunas vacas les proporcionaban todo lo necesario para alimentarse, y si había excedentes se vendían o intercambiaban en el mercado que cada domingo se celebraba en el pueblo más cercano, situado a unos setenta kilómetros, que casi parecían doscientos por aquella tortuosa y peligrosa carretera, y muchísimo más grande que aquella diminuta y perdida aldea. No entiendo cómo los turistas pueden pasar de largo por este enclave, cuyos alrededores son, al menos para mí, un verdadero paraíso. Quizás es un lugar para viajeros y no para turistas, aunque la aldea, en realidad, no se ve desde la carretera. Pero me alegro de ello, es mejor así, aunque no sé si dentro de unos cuantos años el auge del turismo y los especuladores que surgen con esas nuevas tendencias sociales terminarán con la magia de este precioso lugar.

Sus habitantes son muy trabajadores y sociables, quizás por su sistema de vida. Son una pequeña comunidad en la que todo lo importante que les atañe se resuelve en asamblea. Quizás de ahí, de esa necesidad de hablar y comunicarse, es posible que hayan heredado esa sociabilidad que ofrecen al viajero o extraño que les visita. Están anclados en un tiempo que se ha parado, o que han parado ellos, porque recelan de lo que llamamos civilización. No quieren que aquel pequeño paraíso se llene de casas de segunda residencia o de hoteles que, a su vez, se llenarán de gente que empezará a tener otras necesidades y, como en una espiral de modernización, acabe fagocitando el sortilegio de aquel territorio. Y yo deseo que continúe así, aunque temo que dentro de dos o tres décadas la situación pueda cambiar.

Pero, de momento, todo está como lo conocí y como me enamoró hace seis años, cuando, por una concatenación de circunstancias, tuvimos que pasar aquí tres días. No sé si fue el destino o simplemente el azar, que tampoco sé muy bien cómo funciona. Lo único que sé es que aquellos tres días cambiaron por completo mi vida, porque me hicieron dar un salto en el vacío sin pensar siquiera en un paracaídas.

No tengo familia directa. Nunca tuve el deseo ni la intención de casarme y mis relaciones de pareja no habían sido tan fuertes como para planteármelo. Mis padres y mis dos hermanos fallecieron hace algún tiempo y ni siquiera tengo sobrinos, por lo que mis vínculos más afectivos con la tierra en la que residía, aunque eran importantes, no tenían la suficiente entidad como para anclarme en aquel espacio geográfico. No tenía a nadie, excepto primos y amigos, a quienes, por supuesto, quiero y recuerdo, pero siempre había sentido en mi interior una llamada hacia lo desconocido, hacia otros lugares, que nunca había podido atender por las distintas circunstancias que me acompañaron durante toda mi vida. Pero en aquel momento, hace poco más de cinco años, sentí que ningún motivo especial me retenía allí y fui plenamente consciente de que era totalmente libre para volar si me apetecía hacerlo. Cuando digo «totalmente libre», me refiero a las obligaciones cotidianas del trabajo que tienes que llevar a cabo para poder tener un techo, un armario con ropa y una mesa con algo para comer. Sobrevivir a cambio de tu libertad, la física; porque la otra, la de las ideas, la de los sueños, tu libertad de pensar, esa es tuya siempre. No pueden robártela por mucho que lo intenten. Que lo intentan, ya lo creo que lo intentan, pero conmigo nunca lo lograron, porque mis sueños me convirtieron en una especie de superviviente en la maraña de la vida. Pero sí, físicamente, aunque ya en la cuarta etapa de mi existencia, me sentí libre.

Por eso, cuando aquella aldea, sus gentes y su poderoso entorno me tocaron el alma no pude resistirme y no lo pensé ni siquiera dos veces. Al regresar de aquel viaje vendí mi casa, los muebles y todo lo vendible, regalé otras cosas como libros y discos a mis amigos y, sin hacer caso de las muchas voces que intentaron disuadirme de lo que casi todos ellos consideraban una auténtica locura, llené dos maletas con ropa, calzado, utensilios de aseo, la cámara de fotos y el ordenador portátil y compré un billete de avión. Tenía 64 años y acababa de prejubilarme hacía justo un año, por lo que con el importe recibido por mi casa y mi pensión podía permitirme aquella aventura de volar a un país extraño para llegar a un pequeño punto de su geografía que sentí mío nada más conocerlo. Me sentía con fuerzas y salud para acometer aquella empresa.

Así que de pronto me convertí en una emigrante, pero, dada mi situación económica holgada, podría clasificarme como emigrante no de lujo, pero sí sin problemas. Muy distinta de todos esos seres humanos que se ven obligados a dejar su país por las escasas o nulas oportunidades para trabajar o por la pobreza o miseria a la que se ven abocados a consecuencia de los comportamientos canallescos y corruptos de los dirigentes de sus gobiernos, o a consecuencia de las guerras promovidas por la ambición, la avaricia y la insensibilidad de otros países, más los intereses cruzados de los beneficios de la industria armamentística y las empresas que reconstruyen lo que sus gobiernos han arrasado. Una rueda de violencia programada que va dejando por el camino millones de víctimas ante la desidia o el silencio cómplice del resto del mundo y, sobre todo, ante la inutilidad de la ONU, donde el veto de las grandes potencias impide cualquier acción para frenar los genocidios atroces que suponen estas malvadas y criminales políticas. Lo llaman «daños colaterales», que, por supuesto, nunca alcanzan a las élites o a los responsables de la violencia, las guerras y la destrucción de la vida.

Sin embargo, a pesar de mi situación, sé que puede parecer una locura abandonar mi país, mi ciudad, mi familia y mis amigos para irme a vivir sola a un lugar al otro lado del océano, pero lo que sentía en mi interior era tan fuerte que, como ya he dicho, no lo pensé dos veces. Había conocido multitud de lugares preciosos para vivir, pero ninguno de ellos me había producido un deseo tan vehemente como para decidirme a trasladar mi hogar, sin saber si iba en busca de una utopía o a toparme con una distopía que destrozara mi vida. Pero ese deseo surgió allí, en otro continente desconocido para mí, en una aldea perdida entre el océano y las montañas. Había algo, un encanto, una energía especial que emanaba de aquel entorno y de sus gentes, que me llamaba, y supe que, de alguna forma, yo pertenecía a aquel lugar. Pensé también en la manera tan extraña de descubrir la aldea, como si el destino me hubiese guiado hasta ella.

Cuando tomamos una decisión o nos ocurre algo, la experiencia me ha enseñado que no hay que analizarlo en el momento en que sucede porque es muy posible que nos equivoquemos al valorarlo. Podemos creer que lo que acaba de ocurrirnos es malo o bueno desde la percepción de nuestro presente, pero ignoramos las consecuencias que ese suceso puede tener en el futuro, tornando lo que puede parecer positivo en negativo o lo negativo en positivo con el paso del tiempo. Desconocemos realmente la derivación o el desenlace que el leve aleteo de una mariposa o la caída de una ficha de dominó en el presente puede tener en nuestra vida futura.

Supongo que habrán oído hablar del «efecto mariposa», un planteamiento complejo, basado en la teoría del caos, que viene a decir que cualquier pequeño cambio, cambios minúsculos, mínimas variaciones en las condiciones iniciales de un determinado sistema pueden generar un cambio mucho más grande con resultados totalmente divergentes. En definitiva, que el mundo de la naturaleza es tan interdependiente que todo está interconectado e interrelacionado. Por tanto, cada persona, cada ser vivo, no es más que un eslabón de la inmensa corriente de energía que compone la cadena de la vida, y todo lo que hacemos, por nimio que nos parezca, tiene consecuencias. Por ello se utiliza esta metáfora: «Si una mariposa en Hong Kong bate sus alas, puede provocar una tempestad en Nueva York».

Así que yo, al batir mis alas y mover mi ficha, sé que generé cambios importantes en mi vida, que se han ido produciendo a lo largo de estos cinco años y que continúan plasmándose en mi vida física y en mi vida espiritual. Solo confío en que, al final, este proceso no desemboque en un caos mayor que el que he tenido que superar.

Recuerdo que sentí excitación, pero nunca sentí miedo. Tomé una decisión más intuitiva que razonada, pero hoy, varios años después, no solo no me arrepiento, sino que bendigo el momento en el que encontré este lugar, porque me ha descubierto y me ha hecho sentir una parte importante del misterio, el sortilegio y la magia que pueden experimentarse en esta vida.

Mi nerviosismo iba en aumento a medida que me iba acercando a mi destino. Tras el vuelo que me dejó en la capital del país, tomé otro vuelo hasta otra ciudad más pequeña, y desde allí, tras casi tres días de viaje, un autobús, el segundo, me dejó en la gasolinera de la carretera. Nadie más se apeó. Hablé con el mecánico, que, afortunadamente, aún me recordaba, y me llevó en su camioneta a la misma casa donde nos habíamos hospedado. Cuando les dije que quería vivir allí, en aquel pueblo, Víctor y María, los dueños de la casa, me miraron, a pesar de su sociabilidad, mitad extrañados, mitad recelosos. Pero cuando les convencí de que hablaba en serio me ayudaron en todo. Compré una especie de chamizo medio derruido en un extremo de la aldea y, por un precio bueno para la colectividad y asequible para mi economía por el cambio de la moneda, realizaron las obras necesarias para convertirlo en mi hogar. Una pequeña cocina, un aseo con ducha, un dormitorio y un salón con una pequeña chimenea, muy útil en algunas noches del otoño y en el invierno. ¿Quién necesita más?

No tardé mucho en hacerme con los vecinos a medida que los iba conociendo y que ellos fueran aceptando mi presencia. Mientras hacían las obras de mi hogar, me alojé en casa de María y Víctor, a los que considero como mis padrinos en mi nueva vida. Durante los seis meses que duraron los arreglos fuimos trabando una buena amistad. Les tengo un cariño muy especial. Ya en mi nueva vivienda, al principio compraba a la comunidad los alimentos que necesitaba, aunque no tardé demasiado en tener mis propias gallinas y mi propio huerto, tras aprender de ellos lo necesario para cuidarlo. También me han enseñado otras muchas cosas, como hacer jabón, quesos, mermeladas, el conocimiento de algunas hierbas «curalotodo» de la zona y, sobre todo, reciclar, no tirar nada. La imaginación consigue que aquí todo sea reutilizable.

Cuando me fui integrando, empecé a asistir a las asambleas y me emocioné al vivir la democracia en su estado más real y más puro. Aquí nadie es más que nadie y la solidaridad y la ayuda a quien lo necesite son totales en toda la aldea. Si tuviera que definir su forma de vida, se acercaría mucho a la teoría de un comunismo perfecto y a la autogestión. Cada familia es dueña de su vivienda, sus enseres, sus animales y su huerto, pero todo lo que sacan con la venta en el mercado de sus excedentes, así como de sus trabajos de cestería y madera (pequeños muebles y objetos hechos a mano), hermosos tejidos de lana y tres variedades de riquísimos quesos y otros productos que elaboran, va a parar a una hucha común que sirve para cubrir cualquier necesidad, tanto comunitaria como individual. Las puertas de las casas nunca se cierran, es más, ninguna puerta tiene una cerradura con llave, sino un simple pestillo, algunas ni eso, y los tres vehículos que hay en el pueblo siempre tienen las llaves puestas por si hay alguna urgencia y alguien los necesita. Creo que estas sanas costumbres solamente pueden darse en comunidades tan pequeñas y tan aisladas como esta aldea.

El primer año se me pasó en un soplo. Entre las obras y los arreglos de mi hogar, comenzar mi huerto, hacerme con una docena de gallinas e irme familiarizando con sus costumbres y los giros o mezclas lingüísticas entre el castellano y su idioma, cuando me di cuenta estaba celebrando en el bar mi primer aniversario. Mi vida era muy sencilla: los quehaceres del día a día, pasear con Tao y Greta y leer; me traen los libros de la biblioteca del pueblo del mercado y a veces me acerco yo a por ellos. Cuatro mujeres de mediana edad se turnan en las labores de enseñar a los doce niños pequeños que hay en el pueblo. Paso bastantes ratos con ellas en la escuela, que no es otra cosa que un salón anexo al bar. Me sorprendió que todos los habitantes de la aldea supiesen leer y escribir. Pero además de leer y escribir e instruirles sobre las matemáticas más básicas y algo de geografía, literatura e historia, les enseñan lo más importante: cómo sobrevivir, cómo vivir sin depender de nadie de fuera en aquella dura tierra que han conseguido someter, generación tras generación, hasta lograr que el entorno se haya convertido en un aliado fiel que les permite vivir y alimentarse sin problemas.

Otras veces suelo tomarme un café en el bar y charlar con quien esté allí en ese momento. El cafetín es como la sala de estar y una especie de ayuntamiento o casa comunitaria de la aldea, así como la escuela y el lugar de las asambleas. Si hay servicios comunes, todos se llevan a cabo en las dependencias anexas al bar. Desde la instalación de las tres lavadoras hasta una cocina con dos grandes hornos, dos ordenadores, sobre todo para los más jóvenes, con un escáner y una impresora, y una pequeña biblioteca que me he encargado de ir aumentando, así como un pequeño almacén donde cada familia deposita sus excedentes y toma otros productos que ellos no hayan generado.

También hago fotografías, que empecé exponiendo en las paredes del salón colectivo para que se las llevasen si les gustaban. Después alguien pensó en enmarcarlas y tratar de venderlas también en el mercado. Y dicho y hecho. Al principio no fue muy bien, pero después de unos dos meses se vendían todas, cuyo importe iba a parar también a la caja común. Y hace un año también he empezado a escribir. Esto último ha sido una necesidad imperiosa, porque necesito comunicar y afianzar aún más lo que he sentido desde que llegué aquí. Necesito compartir el universo mágico y el amor que he descubierto en este lugar y que al principio hasta me hizo dudar de mi propia cordura. Pero ahora sé que la locura no ha invadido mi mente y que lo que he visto y he vivido es real, tan real como este minúsculo punto en el mapa, cuyo nombre no he dicho ni diré nunca, quizás para que el turismo de masas no llegue hasta aquí y con él la especulación capaz de arrasar cualquier enclave y finiquitar una forma de vida sin el más mínimo pudor; quizás por el respeto que profeso a su naturaleza y a sus misteriosas gentes; o quizás porque me he convertido en una guardiana más de sus secretos.

Sin embargo, sí que siento la necesidad de transmitir lo que he experimentado en estos cinco años, lo que he sentido al descubrir, poco a poco, otro mundo casi siempre invisible e inaccesible para el ser humano, pero que siempre, en mi interior, intuía que estaba ahí, rodeándome. Se puede sentir la vida, pero no la magia que transita por ella. Pero quien llega a sentir la energía de su hechizo, aunque sea una sola vez, nunca más volverá a ser la misma persona, ni volverá a sentir esa soledad que de vez en cuando nos invade, por muy acompañados o rodeados de gente que estemos.

Fue un proceso lento, turbulento e inquietante, porque poco a poco fui equilibrando mi inteligencia emocional y racional, removiendo muchas de mis creencias; porque fue como un proceso de iniciación que me preparó para mi contacto con otra dimensión de la realidad que, generalmente, no sabemos o no podemos ver.

EL ENCUENTRO


Aún no les he contado que en la aldea reside también una enigmática mujer, una especie de curandera que ejerce de médico y hasta de jueza-psicóloga, muy buena, por cierto. La aldea entera la respeta profundamente. En cuanto a la salud, no sé si será ella y sus remedios con las hierbas «curalotodo» o el clima del lugar. Lo único que he comprobado es que es rarísimo ver a alguien enfermo hasta el punto de hacer cama. Es una aldea sana y he constatado que el índice de vida es el más alto de todo el país.

El censo de residentes no es fijo. Sin saber al principio por qué, había temporadas en las que el número de mujeres aumentaba o disminuía, siempre cinco. Pasaban varios meses en la aldea y después desaparecían, regresando de nuevo al cabo de unas ocho semanas. Sin contarlas a ellas, el resto de los habitantes suma un total de 45 personas.

Pero volviendo a la curandera, jueza o psicóloga, desde el primer momento que la vi me atrajo profundamente, pero a la vez me infundió tal respeto que no me atreví a acercarme al grupo en el que estaba a pesar de que conocía a las tres personas que hablaban con ella. Ese encuentro se produjo en la primera asamblea a la que asistí con voz y voto, después de celebrar mi primer aniversario. Era curioso, porque en una comunidad tan pequeña y a lo largo de aquel año nunca había coincidido con ella.

En aquella reunión vecinal, que me emocionó por ser la primera asamblea a la que asistía como parte integrante de la comunidad, lo que significaba que me habían aceptado plenamente, fue donde la vi por primera vez y despertó extrañamente mi atención. Estaba unas filas delante de mí y no pude dejar de mirarla durante toda la reunión. Veía su perfil y su pelo negro, recogido en una trenza que le caía por la espalda. Era delgada pero musculosa y tenía un tipo que me pareció precioso. Como solía decir una excompañera de trabajo, muy aficionada a las dietas, «de esos que ni sobra ni falta». Mediría 1,65 y no conseguía ponerle edad. Supe después que tenía 48.

En la asamblea estaba casi todo el pueblo. Conocía prácticamente a todas las personas, pero ninguna había despertado mi curiosidad, esa curiosidad especial que pone en estado de alerta nuestra atención, hasta que la vi. Nuestras miradas se cruzaron fugazmente un momento antes de sentarnos, pero fue suficiente para que, inexplicablemente, estimulase mis sentidos. Cuando acabó la sesión ella se marchó con otras tres mujeres; yo me quedé un rato más y me atreví a preguntar quién era. Elena, la mujer que atendía en ese momento el bar, me dijo que se llamaba Nina, pero no amplió más detalles. No podía quedarme solo con el nombre, necesitaba saber algo más sobre ella, así que volví a preguntar.

—Sí, pero ¿quién es? No la había visto nunca.

Elena me miró y pareció dudar un momento. Después respondió:

—Es la curandera, la mediadora…

Me pareció que iba a añadir algo, pero volvió a mirarme y no dijo más.

Me fui para casa pensando en la tal Nina, la curandera, la mediadora. «¡Vaya, qué interesante!», pensé.

Al día siguiente me pasé por el bar para ver si coincidíamos, pero regresé a casa con cierta decepción. No la vi ni en el bar ni por la aldea y no me atreví a indagar más datos sobre ella. Por la noche, después de cenar, cogí un libro con la intención de leer un rato, pero no conseguía centrarme. Seguía con su imagen en mi cabeza.

Pasó una semana y no volví a verla, hasta que un día, al entrar en el cafetín, intuí que estaba allí. A pesar de que la había buscado durante varios días, me pilló por sorpresa y noté, según me acercaba a la barra, que los nervios estaban haciendo piruetas dentro de mi estómago. Nina estaba sentada en una mesa hablando con Manuel, el marido de Elena, con Víctor y María y con otras dos mujeres del pueblo, Lucía y Amanda. Me apoyé en la barra, de espaldas a ellos, y pedí un café.

Lucía y Amanda son dos de las mujeres jóvenes de la aldea, de unos 35 años. Lucía es seria y de carácter fuerte, pero muy amable. No conocía que tuviese pareja, cosa que me extrañó, pues es muy muy atractiva. De cara alargada, piel morena, estatura mediana (1,60 aproximadamente), esbelta, con el pelo rubio oscuro, muy corto, y unos ojos del color de la miel. Me gustaba mucho y había accedido a que le hiciese varias sesiones fotográficas. Me llevo muy bien con ella, aunque en lo referente a su vida íntima es un poco… no sé si misteriosa o introvertida, pero en ese terreno aún no he conseguido ganarme su confianza. Todo lo contrario que Amanda, su más íntima amiga, que es un auténtico vendaval que vuelve locos a los del pueblo, incluido su marido, Miguel, el encargado de la gasolinera y el taller, a quien no le falta trabajo, teniendo siempre a punto tanto los vehículos comunitarios como los motores de las dos barcas de pesca y de las dos zódiacs que completan su escuadra marinera o cualquier otro utensilio mecánico o eléctrico que exista en la aldea. Amanda es muy vital y divertida. También es bastante morena, más que Lucía, de rostro redondeado, pómulos muy marcados y media melena de pelo negro. Sus ojos negros y vivarachos irradian alegría y cualquier motivo es más que suficiente para organizar una comida o un baile comunal. Le gusta el teatro y es la encargada de montar y dirigir alguna pequeña obra que los improvisados actores representan para el resto del pueblo, bien en el salón comunitario o, si el tiempo es bueno, en la diminuta playa, a la que se accede zigzagueando, como ya he dicho, por los senderos de una empinada ladera. También hace lecturas para los mayores o escenifica cuentos para los niños, que la adoran. Es la madre de Martina, una traviesa y bulliciosa niña de cinco años que domina la pandilla infantil. Con Amanda he hecho bastante amistad y a veces colaboro en la escenificación de algún cuento. Me divierte mucho, aunque a veces es un torbellino que me agota. Tanto ella como Miguel son de ese tipo de seres humanos que sientes como si los conocieras de toda la vida y en los que sabes que puedes confiar.

Cuando entré en el bar, los saludé con la mano y me dirigí a la barra. María se acercó y me pidió que me sentase con ellos. La seguí, con los duendecillos de mi estómago un pelín inquietos, pero con satisfacción disimulada. Por fin iba a conocer a Nina. Me senté y nos presentaron. Entonces la miré. Su rostro era más alargado que los de María y Amanda, parecido al de Lucía, con la barbilla más pronunciada y los pómulos marcados, pero sus ojos me alucinaron. No había podido darme cuenta en nuestro fugaz cruce de miradas, durante la asamblea, de que no eran negros como los de casi todos los habitantes de la aldea, sino verdes, de un verde oliva intenso que, al contrastar con su tez morena y su pelo negro, me dejó sin habla. Me pareció la mujer más preciosa y fascinante que había visto nunca. Creo que en aquel momento los duendecillos de mi estómago querían trepar por mi esófago para asomarse desde mi boca y comprobar qué era lo que me había impactado tanto como para hacerlos brincar.

No podía dejar de mirarla, pero ella tampoco. Su penetrante mirada me conturbó totalmente y me llenó de confusión, no exenta de cierto temor, por la zozobra que me produjo. Cuando la miré a los ojos, aquellos ojos, noté que su mirada, a través de los míos, me desnudaba el alma. Me dejó con tal desconcierto que fui incapaz de reaccionar y no recuerdo si conseguí decir alguna frase. Fue Amanda, como no podía ser de otra manera, la que llevó el peso de la conversación. Al cabo de un tiempo Nina, que no había dejado de traspasarme con su mirada, dijo que tenía que irse. Se levantó y, tras darme la bienvenida a la aldea y desearme que fuese feliz en ella, se marchó con Lucía, no sin antes, ya de pie, volver a mirarme, esta vez con una sonrisa en su cara, que me pareció la sonrisa más cautivadora que me habían dedicado en toda mi vida.

Aquella noche apenas si pude dormir. Cuanto más pensaba en ella, mayores eran mi interés y mi curiosidad. Pensar en ella me hacía sentir una sorprendente paz, lo que me confundió un poco, pero también excitó bastante más mi intriga y mi atracción por ella.

Ya me había dado cuenta, y me había extrañado, de que algunas personas de la aldea, solamente unas quince, aunque tenían la piel morena, era más clara que la del resto, tirando un poco a cetrina, y aunque la mayoría tenía el pelo negro, no era tan liso, y había además seis o siete que tenían el cabello rubio oscuro. Sus rostros eran más alargados, no tan redondeados como los de la mayoría, y unos cuantos tenían también los ojos verdes, aunque ninguno tan bonitos y profundos como los de Nina.

Cuando advertí esta diferencia pensé que pertenecerían a etnias distintas, pero me sorprendió que viviesen juntos en aquella perdida aldea. Una tarde lo comenté con Amanda, con quien tenía más confianza y más tiempo pasaba, y su respuesta aumentó más mi intriga. Vino a decirme que, según contaban las personas más ancianas, a las que a su vez se lo habían contado sus antepasados, cuando ellos llegaron de las montañas buscando un lugar menos inhóspito para vivir, encontraron una diminuta aldea habitada por una docena de pescadores de piel algo más clara y unas cuantas mujeres. Algunos tenían el pelo negro y los ojos verdes, mientras que otros eran rubios y con los ojos del color de la miel. Finalmente, decidieron quedarse a vivir con ellos. Algunos de los habitantes actuales de la aldea son descendientes de la unión entre personas de aquellas dos etnias, pero Nina, así como Lucía, Manuel (el marido de Elena), Miguel (el marido de Amanda), María, Víctor y unas cuantas personas más son los que más directamente están relacionados con aquellos misteriosos y antiguos pobladores de la aldea. No hará falta decir que la historia fue otro ingrediente más para aumentar mi interés y fascinación por Nina.

A los tres días del episodio del bar, tres días que pasé pensando en ella, Nina, por medio de Lucía, nos invitó a comer en su casa, por lo que estuve todo un día, otra vez, con los duendecillos de mi estómago bastante alterados. Al llegar a su casa, Nina salió a recibirnos con una sonrisa. Yo quería contemplar otra vez sus ojos, pero no me atrevía a mirarla directamente. Pasamos a la salita, donde Lucía preparaba la mesa. En un rincón, al lado de la ventana, una anciana hablaba con Miguel. Nina me tomo suavemente del brazo y me llevó hasta ellos.

—Mi madre quiere conocerte. Ella se llama Yanira.

Saludé a ambos con una sonrisa y Miguel me cedió el asiento a su lado. Nina nos presentó y se fue a la cocina para terminar de preparar la comida.

—¡Hola, Yanira! Tiene un nombre precioso —le dije mientras contemplaba los mismos ojos de Nina en un rostro de unos setenta años (tenía ochenta) con una piel tersa y suave, lo cual disimulaba su verdadera edad. Debía de haber sido muy guapa, pues aún conservaba gran parte de su belleza, la que había heredado Nina, y su misma sonrisa cautivadora.

—¡Hola! ¿Todo bien? —preguntó mientras me cogía las manos—. Te he visto trabajar tu huerto y jugar con tus perros. Desde esta ventana veo tu casa.

—Sí, yo también la he visto alguna vez sentada en la puerta, pero no sabía que fuese la madre de Nina.

En ese momento Nina se acercó.

—Ya podemos sentarnos a la mesa.

La comida fue muy agradable. Yanira resultó ser una gran conversadora y demostró que la cabeza le funcionaba muy bien. Tenía mucha complicidad con Amanda y su sentido del humor. Noté que, de vez en cuando, me miraba con interés y me animaba a que le contase cosas de mi vida antes de recalar en su aldea. Aquello me hizo relajarme un poco con respecto a Nina, aunque nuestras miradas se habían cruzado en varios momentos de la comida, agitando de nuevo a mis duendecillos.

Después de tomar el café y el té de la sobremesa, Miguel y Amanda se fueron para recoger a su hija, que se había quedado con los hijos de María y Víctor, y Lucía se fue con ellos. Yo también me levanté con la intención de irme, pero Yanira me pidió que me quedase un poco más. Me senté con ella al lado de la ventana, desde la que también se veían la parte alta de los acantilados y el océano, y continuamos charlando mientras Nina recogía la cocina. Cuando se sentó con nosotras, Yanira dijo que iba a echar una pequeña cabezadita. Nina le colocó un cojín en el sillón para que estuviese más cómoda y le tapó las piernas con una manta. Después preparó una infusión, salimos al pequeño jardín delantero y nos sentamos en un banco lleno de cojines al lado de la ventana. Ella se sentó de lado, escrutándome de nuevo con su mirada, y yo, aunque estaba feliz de estar allí, a su lado, sin nadie a nuestro alrededor, volví a sentir el alboroto de mis duendes allá abajo, en mi estómago, e intenté distraerlos conversando.

—Tu madre es muy agradable y muy guapa. Te pareces mucho a ella.

—Entonces… ¿te parezco muy agradable y muy guapa? —preguntó mirándome con una sonrisa burlona.

Me eché a reír, pero preferí no responder, más que nada para no seguir por unos derroteros que no me ofrecían ninguna seguridad, y cambié de tercio.

—¿Ella ha sido también curandera y mediadora como tú?

—Todo lo que sé sobre las plantas y los árboles lo aprendí de ella y de mi abuela. Pero ¿por qué sabes que soy curandera? ¿Y qué es eso otro que has dicho? ¿Mediadora?

—Bueno, pregunté por ti a Elena y ella me dijo que eras la curandera, la mediadora.

—¡Ah! Preguntaste por mí… ¿Cuándo?

—El día de la asamblea.

—Pero ese día no hablamos, aún no nos habían presentado.

—Sí, pero te había visto y, como no te conocía a pesar de llevar ya un año por aquí, me intrigó un poco y sentí curiosidad por saber quién eras.

—¡Ah, ya! ¿Y has satisfecho tu curiosidad?

Tras esta última pregunta volvió a mirarme de aquella manera y con una sonrisa mitad socarrona, mitad incitadora, por lo que opté por llevar mi mirada a cualquier otro punto y tampoco respondí. Intentaba cambiar otra vez de tercio, pero no conseguía que me viniese ninguna idea aceptable para comenzar otra conversación. Nina se dio cuenta de mi nerviosismo y debí de darle penita pena, porque fue ella la que rompió la tensión.

—¿Te apetece otra infusión? Yo me voy a preparar otra —dijo mientras se levantaba y ponía su mano en mi hombro esperando, esta vez sí, mi respuesta.

—Sí, gracias —respondí mientras trataba de calmarme y analizar lo que me ocurría, pues no entendía la excitación que sentía en aquellos momentos. «¿Excitación? ¡Pero leches!», pensé. ¿Era eso lo que me pasaba, que me excitaba sexualmente? ¿A estas alturas de mi vida, a mi edad? Tengo que reconocer que en aquellos momentos no sé lo que hubiese dado por tener veinte años menos para haberle dicho lo que realmente me apetecía, que no era precisamente otra infusión. «Pero no, —me dije— no puede ser nada sexual».

En realidad, sí. Sí que lo era. Fui consciente de que desde que la vi sentía deseos de acariciarla y de besar sus labios, de abrazarla, de sentirla, de hacer el amor con ella, pero no era solo eso, que ya era bastante. Era algo más, era mucho más. Lo que me hacía sentir su presencia era una percepción de algo intangible, una conexión mucho más profunda que el deseo sexual y que iba más allá, aunque ese deseo existía, ya lo creo que existía. No sabía cómo explicarlo, pues nunca había sentido nada parecido por ninguna de las personas con las que había estado. Resumiendo, para no aburrirles ni aburrirme yo intentando definir algo que no comprendía, no tenía ni repajolera idea de qué estaba pasando en mi interior.

Su regreso, con otras dos tazas de la mano, me sacó de mis pensamientos, pero una vez que estos se habían producido fue peor, mucho peor. Me moría por poder contemplarla, pero era incapaz de mirarla. Me moría por tocarla y besarla y no sabía qué hacer con mi cuerpo ni cómo sentarme. Parecía un perro con pulgas. De repente me acordé de Tao y Greta… Mi salvación.

—Creo que será mejor que me vaya. Tengo que sacar a pasear a mis perros —dije sin mucho convencimiento, pero deseando alejarme de ella antes de hacer algo que me hiciera arrepentirme después. En el fondo, mis pensamientos y mi deseo me hacían sentir hasta un poco senil. Me resistía a admitir que a mis 65 años pudiera ocurrirme aquello, sentir algo tan fuerte que ni siquiera había sentido cuando era más joven. La realidad era que desde que había llegado a la aldea me sentía incluso más vital que cuando tenía cincuenta años, pero pensar que tenía 65, por muy bien que me encontrase, era una barrera psicológica que me sentía incapaz de superar. Solo quería escapar, volver a mi casa.

—Te acompaño, me apetece también dar un paseo.

Me rompió la escapada. Ya no respondí. Me levanté y empecé a andar con ella a mi lado. Ni siquiera recuerdo la conversación que mantuvimos por el camino. Cuando llegué a mi casa, al abrir la puerta Tao y Greta empezaron a dar saltos, primero conmigo y luego con Nina. Dimos una vuelta por los alrededores. Yo había conseguido tranquilizarme un poco hablando sobre el paisaje, sobre cómo me gustaba el color del mar, la luz… Ella me preguntó por el lugar en el que había vivido hasta entonces y yo intenté describir la ciudad y algunas otras zonas de España, todo ello caminando a su lado, pero sin mirarla directamente, aunque me daba cuenta de que ella sí lo hacía. Así, tras unas dos horas de agradable paseo y tentadores roces de brazos y cruces de miradas, regresamos hasta mi casa. Por educación, la invité a entrar mientras abría la puerta, aunque sin saber muy bien qué iba a hacer si ella aceptaba, pues el desconcierto por el deseo que provocaba en mí me estaba haciendo perder el control de la situación.

Nina estaba jugando con Greta y me miró.

—¿De verdad quieres que entre? —No pude esquivar su mirada, pues estaba frente a mí. No me dio opción a responder. Se echó a reír, se acercó, me dio un beso en la cara y dijo—: Será mejor que hoy no. Otro día…

Y tras dedicarme esa sonrisa que me embelesaba y me hacía fantasear con sus labios, me acarició la mejilla y se marchó. Sabía que tras unos pasos iba a volverse y no quería que me viese aún allí, en la puerta, mirándola, pero me había sorprendido tanto que durante varios segundos no pude moverme, lo justo para que, efectivamente, ella se volviese y levantando su mano se despidiese otra vez. Entré en casa intentando descifrar qué había detrás de sus directísimas miradas y su despedida.

«¿Me está provocando?», me pregunté. «¿Realmente está jugando conmigo? ¿Me está incitando a entrar en un intercambio de coqueteos?».

«¡Qué absurdo!», reflexioné a continuación. «¿Cómo va a querer ella seducirme? ¿Por qué iba a provocarme? ¿Provocarme para qué?».

Otra vez mi edad volvió a presentarse frente a mí en forma de una muralla infranqueable. Pensaba que era imposible que yo pudiese gustarle a Nina, que era mi deseo el que me hacía ver indicios y mensajes inexistentes de seducción, e intenté apartar aquellas ideas de mi cabeza. No podía permitirme esas tonterías. Me gustaba, por supuesto que me gustaba, me gustaba muchísimo, pero tenía que volver a gobernar mi vida. No podía dejarme llevar por mis emociones desbocadas o terminaría haciendo el ridículo. En realidad, ya sentía que lo estaba haciendo simplemente por desearla… Pero ¡cómo me atraía y me estimulaba aquella mujer!

Volvió a pasar una semana, que se me hizo eterna porque no volvimos a coincidir. No conseguía quitármela de la cabeza. Era agotador, porque mi inteligencia racional me invitaba a hacer todo lo posible para no volver a verla y la otra, la emocional, deseaba ardientemente buscarla y sentirla otra vez a mi lado. No sabía dónde se metía, pero sabía que aquel domingo volveríamos a encontrarnos, pues Amanda había preparado una de sus representaciones, que no se perdía nadie. Lo malo era que se había empeñado en que yo hiciese un papel. Afortunadamente, no era muy largo, unas cuantas frases en tres momentos de la obra, pero dado que entre mis aptitudes nunca había estado la de aspirante al Goya, tenía serias dudas de cómo iba a salir del trance y mucho más cuando sabía que Nina estaría entre el público.

Y el gran día llegó. El tiempo era muy bueno y la representación se hacía en la playita. Empezó la función bajo la dirección de Amanda, quien había conseguido montar un decorado a base de telas y palos que hubiera sido la envidia de Hollywood. Todo iba viento en popa. Yo me sentía muy profesional y había soltado todas mis frases sin titubeos hasta que, en la última, me di cuenta de que Nina se había ido desplazando y la tenía justo frente a mí, en la primera fila. Y llegó el desastre. La miré y se me olvidó la frasecita, que Amanda tuvo que apuntarme dos veces para que consiguiese terminarla. Como había pausas en el diálogo, la gente no se dio cuenta, pero Nina sí, y me dedicó una sonrisa entre burlona y seductora que acabó de rematarme.

Al final de la función, mientras la chiquillería ayudaba a recoger el peculiar decorado, los demás nos fuimos desperdigando, algunos tumbados en la arena y otros dándose un baño, aunque el agua estaba más bien fría. Dos de las del baño fueron Lucía y Nina. Yo me senté en una de las rocas con Miguel y Elena mientras charlábamos.

Cuando las vi saliendo del agua no podía dejar de mirarlas. Me hipnotizaron completamente. Parecían dos sirenas emergiendo de las profundidades marinas. Ya he dicho que Lucía era muy atractiva y en bañador tenía un tipo escultural, pero Nina… ¡Dios mío! Nina me pareció una auténtica diosa. Sus movimientos y sus andares emanaban una sensualidad que casi me hace atragantarme con la cerveza que me había dado Elena. Se había soltado el pelo, que le caía mojado sobre los hombros, y caminaba erguida, con un balanceo cadencioso de sus brazos, sus piernas, sus caderas, todo su cuerpo. Y aunque en ella resultaba natural, me pareció que se recreaba en aquella cadencia rítmica mientras, lentamente, se iban acercando a nosotros. No quería mirarla, pero no podía apartar mis ojos de su figura. Cuando llegaron a nuestra altura, hicieron un comentario sobre lo estimulante del baño. Elena les acercó unas toallas. Lucía la cogió y comenzó a secarse, pero Nina puso la suya encima de mis rodillas y me miró. En ese momento creo que entré en un estado de semialelamiento. La miré con embarazo. «Pero ¿qué pretende que haga? ¿Que le seque la espalda?», pensé. Fueron unos segundos, pues sencillamente lo que pretendía era que tuviese la toalla mientras ella se retorcía los cabellos para escurrir el agua. Después, con la mayor naturalidad, volvió a cogerla y empezó a secarse el pelo frente a mí, sin dejar de mirarme. Se dio cuenta perfectamente de mi lamentable estado. La verdad es que no sabía si meterme detrás de las piedras, convertirme en otra caracola o echar a volar con las gaviotas. Consiguió que me sintiese idiota. La miré, pero no pude sostener su mirada. Intenté dirigir mi vista hacia el océano, pero mis ojos se negaban a dejar de admirarla. Allí, frente a mí, su precioso rostro, sus enigmáticos ojos, su esbelto cuerpo embutido en un bañador que dejaba adivinar unos pechos firmes, cuyos pezones, por la frialdad del agua, se mostraban igual de firmes y voluptuosos bajo la tela… Después comenzó a secarse las piernas, unas bonitas, fibrosas y largas piernas. Por un momento, me dio la impresión de que se secaba a cámara lenta. Aquel espectáculo, aunque era arrebatador, me estaba matando. Cada vez que levantaba la vista hacia su cara me encontraba de nuevo con su mirada y una sonrisa guasona, todo ello sin dejar de hablar con Elena y Miguel, que no se dieron cuenta del jueguecito, esta vez lo vi muy claro, que Nina se traía conmigo ni del estado de turbación en el que yo me encontraba.

Lucía había ido a buscar a Amanda y, afortunadamente, llegaban en aquel momento, lo que fue como una tregua que me hizo respirar.

—¿Qué te pasó antes? Casi me dio un ataque de risa —preguntó Amanda mirándome tras soltar una carcajada.

—Pues que se me olvidó la frase. Es que ya estoy muy mayor —respondí—. Y encima no te entendía cuando me la estabas repitiendo —añadí, ya con una carcajada.

—Creo que nadie se ha dado cuenta. La verdad es que habéis estado todos muy bien —dijo Nina sonriendo y diciéndome con los ojos: «Tú sabes que yo sí me he dado cuenta y tu lapsus no ha sido precisamente porque estés muy mayor».

No sé por qué, pero tengo la certeza de que era eso lo que me dijeron sus ojos… En ese momento, Amanda mencionó que la marea estaba baja y podíamos dar un paseo, bordeando las rocas, hasta la siguiente cala, que era un poco más grande. Nina iba delante de mí, aún en bañador, permitiéndome libremente su contemplación, pero sé que ella se sabía mirada. Me extasié en su espalda, que me atraía como un imán, y la imaginé tumbada sobre la arena mientras mis labios se recreaban sobre su piel. Para salir de aquella fantasía me entretuve cogiendo algunas caracolas para llevármelas.

—¿Te gustan las caracolas? —preguntó Nina, que se había puesto a mi lado.

—Sí, me gustan mucho —respondí evitando mirarla—. Sé que es un poco infantil para mi edad, pero me encantan. Es como llevarme el mar y sus misterios a casa.

—¿Te preocupa tu edad?

—No… Bueno, sí… Bueno, no demasiado… ¿Por qué lo preguntas?

—Porque apenas hemos hablado hoy y ya has hecho alusión a la edad dos veces.

—¿Ah, sí? Pues no me he dado cuenta. De todas formas, es que tengo edad —le contesté con una sonrisa mientras pensaba: «Ya me gustaría tener en este momento unos cuantos años menos y ya verías…».

—¿Y crees que tu edad es un obstáculo?

No me digan que no era como para pensar que la jodía hubiese oído también mi pensamiento.

—¿Obstáculo para qué?

—No sé, tú sabrás. Quizás para hacer realidad algún deseo… ¿Deseas algo en este momento de tu vida?

Mientras me hacía la última pregunta, se había colocado frente a mí. Me puso en la mano una caracola que había recogido de la arena y me obsequió con un gesto divertido y una sonrisa entre pícara y retadora, esperando mi respuesta. Empecé a sentir otra vez los duendes en el estómago. Sin embargo, me gustaba su juego y por unos segundos me olvidé del rollo de la edad y entré de lleno en aquel incitante desafío.

—¿Y qué crees tú que puedo desear en este momento? —respondí mirándola también con una sonrisa irónica, aunque desviando rápidamente mis ojos de los suyos.

—Ya veo que intentas escabullirte. No me puedes responder devolviéndome la pregunta, porque he sido yo quien ha preguntado primero. ¿O no quieres arriesgarte en tu respuesta?

Yo seguí en «plan gallego».

—¿Tú crees que puedo correr algún riesgo si te respondo?

—No lo sé… Depende de lo que desees, porque todos los deseos entrañan algún tipo de riesgo, aunque a veces el riesgo implica sencillamente superar los miedos. ¿Es tu caso? —Seguía frente a mí. Nos habíamos para-do o, mejor dicho, ella me impedía seguir avanzando mientras el resto del grupo se alejaba en dirección al final de la ensenada. Entonces se acercó un poco más, tomó mi barbilla con su mano y, elevándola suavemente hasta conseguir que la mirase, entró de nuevo con sus ojos en mi trastienda emocional y me preguntó muy despacio—: ¿Qué es exactamente lo que deseas y lo que temes? Quizás, si tú me lo dices, yo podría responderte si corres algún riesgo.

En ese mismísimo instante perdí el desafío. Hasta me dio una especie de taquicardia. Las piernas me temblaban un poco y tuve que hacer un esfuerzo enorme para no colgarme de su cuello y besarla. En lugar de eso, inicié una cobarde retirada, por supuesto haciendo caso omiso a su clara invitación para seguir por aquel camino. La inseguridad y las dudas volvieron a instalarse en mi cerebro. Como pude, conseguí apartarme y dirigirme hacia el grupo, que venía de regreso.

De vuelta a la aldea, Nina no hizo ningún intento de caminar a mi lado, lo que fue de agradecer para que fuese tranquilizándome. Creo que Nina era totalmente consciente de mi vulnerabilidad y no quiso seguir agobiándome con jueguecitos seductores que, tengo que confesar, me asustaban, pero a la vez me encantaban. A pesar del estímulo y de la vitalidad que Nina me transmitía, no quería seguir con aquello. Temía que, si seguía por aquel camino, al final iba a sufrir. Me decía una y otra vez que era imposible que yo pudiese gustarle a Nina. Pensaba más bien que, simplemente, yo era la novedad en la aldea, Nina era una seductora nata, se había percatado de que me gustaba y comenzó su juego sabiendo que dominaba la situación, una situación que a ella le divertía muchísimo y a mí me estaba poniendo de los nervios. Era simplemente eso y yo no quería volver a pasar por una situación afectiva que, al final, volviese a dejar mi mundo emocional patas arriba como en mis dos últimas aventuras amatorias. Así que tomé la decisión de evitar involucrarme en un juego que sabía que iba a perder, con el riesgo que significaba para mi propia autoestima después de lo que me había costado recuperarla.

Habían pasado ya unos siete días cuando una mañana, en uno de mis paseos por el monte, la vi. Estaba recogiendo hierbas de espaldas a mí. Intenté esconderme tras unos árboles, pues no me sentía con la seguridad suficiente como para un nuevo encuentro, pero aquella tontería me hizo sentir aún más infantil si cabe, puesto que tanto Tao como Greta corrieron hasta ella ladrando, dando saltos y moviendo la cola. Me convertí en un árbol clavado en el suelo. Me miró desde lejos, después de acariciar a mis perros, y me hizo señas con la mano para que me acercara. Lo hice. Todavía no sé cómo conseguí poner un pie tras el otro, pero llegué hasta donde estaba. Portaba una gran cesta de mimbre con varios compartimentos donde iba depositando las hierbas.

—Buenos días —saludé intentando mirar su cesta, las hierbas, las nubes… Cualquier cosa, menos su rostro.

—Buenos días —respondió—. ¿Por qué te escondías?

«¡Caray con la curandera!», pensé. «¿Es que también tiene ojos en la nuca?».

No sabía ni qué decir y, lógicamente, dije una tontería:

—No, no me escondía. Es que no quería molestarte.

Dio dos pasos, se puso delante de mí, me miró (ahí sí que no pude evitar mirarla) y me sonrió socarronamente:

—Anda, ven conmigo, acompáñame… Algo aprenderás. Y no te había visto, pero te han descubierto tus perros —remató tras una breve pausa mientras me escrutaba con sus profundos ojos.

Ya no pude pensar ni «caray con la curandera» ni nada parecido. Simplemente, la seguí.

La marcha-lección duró casi dos horas. Puedo decir que me enseñó muchas cosas sobre las hierbas que iba recogiendo, pero puedo asegurar que no aprendí nada, al menos en aquella primera salida que nunca olvidaré. Mi pensamiento no estaba para lecciones de botánica. La verdad es que mi mente se había quedado suspendida en el aire y se había perdido por el camino. Yo trataba de razonar y tranquilizarme, pero ni por esas. Solo la miraba de reojillo, o de soslayo si lo quieren un poco más fino, pero mi agitación interior iba en aumento y aquella voluntad que había puesto en marcha los días anteriores para no verla, para tratar de olvidarla, se había convertido en una nube blanca que flotaba sobre mi cabeza, pero ajena completamente a mi necesidad. Y hasta me dio la sensación de que se había aliado con la «recogehierbas» para burlarse de mí.

De camino de vuelta y ya a la vista de la aldea, Nina hizo un alto en sus lecciones y se sentó sobre una piedra, indicándome que me sentase a su lado. Me temblaban hasta las canillas y seguía sin recoger mi mente y mi nube, pero me senté. ¿Qué otra cosa podía hacer? Me di cuenta, con la escasa capacidad de pensamiento que me quedaba, de que a pesar del desasosiego y la inquietud que me producía su presencia, a pesar de mis miedos, me gustaba su compañía, me gustaba que me hablase, me encantaba mirarla cuando ella no lo hacía y continuaba excitándome tremendamente su cercanía. De repente aquel barullo de mi cabeza se paralizó al sentir su mano sobre mi hombro.

—Aunque ya te oí en la asamblea, ¿exactamente por qué has elegido este lugar para vivir? —preguntó.

Y aquella simple pregunta fue como un extraño bálsamo que, tras obligarme a responder buceando en los recuerdos de mi mente, me hizo recuperar esta y, al ir narrando cómo había ido a parar allí, retomé el control de la nube que bailaba sobre mi cabeza.

Me escuchó en silencio y, tras mi relato y una breve pausa, me miró y señaló con su mano el océano.

—Antes me has dicho que te gusta mucho el mar, pero que lo temes y te fascina. Ahora me gustaría que siguieses mis palabras, que te relajases. Intenta no pensar en nada, solo déjate llevar por mi voz… Concéntrate en la superficie del océano… Sumérgete en él… Permite que te lleven las olas… Siente su fuerza y su poder… Fúndete con el agua, siéntete agua… Tú eres agua… Tú eres las olas… Tú eres el océano… Tú eres su poder… Tú eres la vida…

Giré mi cabeza hacia ella y la miré con extrañeza, pero su mirada no era escudriñadora ni penetrante. Era una mirada serena y dulce, que me invitaba a seguir su voz. Sonrió y volvió a señalarme, allá abajo, el gran océano. Y me dejé llevar. Total, no tenía otra cosa que hacer. Tengo que decir que, sin mucho convencimiento, me dejé guiar por su voz, que repetía una y otra vez aquella letanía. Fijé la vista en un punto de aquel azul intenso. Después miré las olas que, una tras otra, acababan con más o menos ímpetu en la playita, para volver a mirar el océano, nuevamente las olas, la playa, el acantilado, hasta que poco a poco me fui serenando y dejando la vista fija en un solo punto. Intenté mentalmente sumergirme en el agua, me imaginé nadando en aquel precioso tono azul hasta sentir que ese azul llenaba todos los resquicios de mis pupilas. Solo veía el color azul, no veía nada más. Me pareció que flotaba con aquel color rodeándome y me entregué totalmente, sin resistencia, sin pensar en nada. Ni siquiera recuerdo si en aquellos momentos seguía oyendo su voz…

La siguiente percepción que tuve es que ya no flotaba en el color azul, sino en el agua, sentía el agua. Me dejé llevar por el agua, me sumergía una y otra vez en ella, me envolvía. Sentí como una especie de mareo, de torbellino líquido que me arrastraba, y noté una paz inmensa. No sentía mi cuerpo, solo sentía el agua, simplemente era agua, era el fondo del océano y era la superficie, era agua, era ola… Me invadió una gran fuerza y un poder que me llenaba, pero que no conseguía dominar. De repente un miedo irracional me sacó bruscamente de aquel océano y me hizo volver a la realidad.

Tardé unos cuantos minutos en superar mi sensación de mareo y en darme cuenta de dónde estaba. Me encontraba aturdida y me resistía a creer lo que me había sucedido y, lo que es peor, seguía teniendo miedo. De nuevo sentí su mano sobre mi hombro, pero no logró que me tranquilizara. Me levanté y me alejé unos pasos de ella.

Había hecho a lo largo de mi vida muchos cursos de distintos tipos de meditación, de control de la mente y cosas similares, y al realizar algunos ejercicios típicos había tenido leves experiencias de vislumbrar otra realidad más allá de nuestros sentidos racionales, pero nunca había experimentado algo tan fuerte y tan impactante.

Ella se quedó sentada, mirándome sonriente, y me indicó que me sentase de nuevo a su lado. La tranquilidad, poco a poco, fue volviendo a mí y con ella la consciencia de lo que había sucedido. Sorprendentemente, volví a recuperar mi mente, mi nube, y con ellas mi seguridad. Fue otra sensación extraña, porque me di cuenta de que, aunque seguía produciéndome un dulce desasosiego, estaba en condiciones de comunicarme con ella. Era como si lo que acababa de experimentar hubiese facilitado superar mi etapa de balbuceo y se hubiese establecido un vínculo de comunicación que iba más allá de lo verbal. Un vínculo espiritual. Me acerqué, me senté otra vez a su lado, la miré y conseguí sonreír:

—No más lecciones, por favor. Por hoy ya he tenido bastante.

Tomó una de mis manos entre las suyas, me miró con esa mirada que me traspasaba y me sonrió con una expresión entre ternura, comprensión y una pizca de socarronería seductora. No sabría si esta descripción, sobre todo la última palabra, se acercaba a la verdad o era más bien fruto de mi deseo, que, a pesar del susto, seguía latente en algún rincón de mi calenturienta mente. Aunque también sospechaba que su ternura socarrona se podía deber a que se había percatado de la turbación que me producía, lo cual me causaba, si cabe, mayor azoramiento.

—No pensé que lo conseguirías la primera vez, pero veo que no me he equivocado contigo y que puedes empezar el camino —afirmó un tanto enigmática.

A pesar de que sentía que había establecido con ella un vínculo de comunicación digamos energética, por llamarlo de alguna forma, notar el contacto de sus suaves manos y tenerla tan cerca revolucionó de nuevo mis neuronas y supongo que mis hormonas, a pesar de que pensaba que estas últimas se habían ido de vacaciones hacía tiempo. Tuve que cerrar los ojos para poder vencer el fuerte deseo de abrazarla. Seguro que se dio cuenta… Hoy sé que se dio cuenta, así que, sin soltar aún mi mano, se levantó, cogió la cesta y caminamos hacia la aldea. Total, que entre sensaciones neuronales, hormonales y demás «cacaos mentales», no me detuve a pensar en el significado de su última frase y, por lo tanto, no pude preguntarle a qué camino se refería.

Al llegar a mi casa no me dio opción a llegar a la puerta. Se colocó frente a mí, me dedicó una de sus seductoras sonrisas, me acarició una mejilla, me dio un beso en la otra y me deseó que pasase un buen día mientras yo hice un esfuerzo enorme para no colgarme de su cuello y besar su boca.

Tardé una semana en volver a encontrarme con ella. La verdad es que lo evité, pues necesitaba serenarme, asumir e intentar comprender mi experiencia y a la vez aclarar mis sentimientos. Pero apenas pude dormir. La inquietud seguía presente en mi universo, aunque sabía en el fondo de mi corazón que su influencia iba a ser positiva en mi vida, al margen de los sentimientos desbocados que me producía pensar en ella.

REFLEXIONES EN PANTUFLAS


Sobre la experiencia hice mis propias disquisiciones mentales, reflexionando en mi sillón, frente a la chimenea y en pantuflas, que es como mejor se reflexiona, y llegué a la siguiente conclusión o «parida», que me tranquilizó totalmente, motivo más que suficiente para darla por buena aunque con ello se me abría todo un abanico de posibilidades para trabajar, investigar y experimentar: creo que en el universo todo está interconectado y, por lo tanto, en nuestro microcosmos también. Todo lo que existe, ya sea animal, vegetal o mineral, no son más que diferentes manifestaciones de la energía inteligente que crea y mueve la vida. Todas esas manifestaciones vitales están preparadas, cada una en su campo, para sobrevivir en el medio en el que se desarrollan, y para ello van adquiriendo con el paso evolutivo las facultades necesarias para permitirles esa supervivencia, no solo como entes aislados, sino como especie.

El ser humano, como animal racional, ha ido adquiriendo también en su evolución las facultades propias a su especie para sobrevivir. Para deambular por este nuestro mundo físico poseemos los sentidos de la vista, el oído, el olfato y el tacto, además de la facultad parlante, que algunos se han tomado demasiado en serio ignorando la sabiduría del silencio. También estamos dotados de un cerebro, cuyo complejísimo funcionamiento estamos estudiando, y de un cuerpecito que dista muchísimo de ser perfecto y que, después de siglos de evolución, nos sigue dando disgustos y al final se le agota la batería. Pero también poseemos algo más, algo intangible, eso que se llama «sexto sentido» o intuición, que está demostrado que existe aunque no sepamos a ciencia cierta cómo o por qué funciona.

Si observamos nuestros sentidos, por ejemplo, tenemos vista y oído, pero tanto nuestra visión como nuestra audición se mueven dentro de una escala. Nuestro espectro audible está formado por las frecuencias que oscilan entre los 20 Hz y los 20 kHz. Por encima de ellas están los ultrasonidos y por debajo, los infrasonidos; ambos, por tanto, fuera de nuestro campo auditivo. Sin embargo, curiosamente, sí parecen estar dentro del campo auditivo de algunos animales. Por ejemplo, es sabido que perros y gatos, entre otros, son capaces de notar un seísmo antes de que este llegue a sentirse por los seres humanos, es decir, por el Homo sapiens, ese ser al que hemos colocado en la cúspide de la evolución. Asimismo, según estudios e investigaciones realizados últimamente en África, se cree que algunos mamíferos como los elefantes se comunican entre ellos por medio de ondas que se transmiten a través del suelo.

Con respecto a nuestra capacidad visual, también está muy limitada. De todas las radiaciones electromagnéticas, el ojo humano no percibe el ultravioleta, ni el infrarrojo, ni las microondas. Tampoco vemos la polarización de la luz, ni percibimos movimientos demasiado rápidos, ni somos capaces de ver con intensidades de luz muy bajas y podemos dañar nuestra vista con intensidades muy altas.

Es decir, que fuera de las escalas de audición y visión, tanto por encima como por debajo, ni vemos cosas que existen ni percibimos otros sonidos que también están ahí, porque nuestro cerebro no está preparado para ello. Esto no quiere decir que ese otro mundo que no vemos o no escuchamos no exista realmente. Por poner otro sencillo ejemplo, tampoco vemos las ondas de la radio o de la TV que viajan a través del espacio, pero gracias a un aparato preparado para captarlas podemos oírlas y verlas. Si tenemos en cuenta todo eso, no me parece nada disparatado pensar que puede haber otro tipo de manifestaciones o de realidades que no podemos captar porque no estamos facultados para ello, porque nuestro desarrollo no ha llegado a ese punto, porque nuestra especie se mueve en otra frecuencia o porque aún no hemos inventado ningún artilugio que nos permita entrar en contacto con ellas. El día que, gracias a nuestra futura evolución o a la ciencia, se pueda llegar a conocer y comprender esas otras posibles realidades que nos rodean, tendremos los fundamentos necesarios para explicar lo que llamamos milagros y los fenómenos paranormales.

A pesar de una línea del pensamiento científico que asegura que el ser humano, como especie, ha dejado de evolucionar, yo no lo creo. Al contrario, creo que la evolución de las especies es imparable, porque la vida está en una constante evolución; generación tras generación, nos estamos transformando continuamente. Por lo tanto, tampoco me parece tan disparatado pensar que, si la evolución no se ha parado ni se para en el actual Homo sapiens, este pueda seguir evolucionando de forma divergente y quizás una de esas modificaciones pudiera seguir la pauta de aumentar su parte energética en detrimento de su parte física, dando lugar a un sistema, a un ser, a una manifestación menos densa que no estamos preparados para ver. ¿Y si eso hubiese sucedido ya?

Llegados a este punto, me inclino a creer que quizás puedan existir otras formas de vida más evolucionadas, de las que no somos conscientes porque nuestro cerebro no tiene la capacidad para ello. No podemos ver ni captar determinadas ondas o formas de vida más espirituales o energéticas, pero ello no quiere decir que no estén ahí, a nuestro alrededor. Sé que esta idea no es ninguna tontería. Si han leído algo sobre los últimos descubrimientos en física cuántica, sobre todo lo que se refiere a los multiversos y mundos paralelos, comprobarán que podría ser posible. Por poner un ejemplo, el físico y premio nobel Steven Weinberg, citado por otro famoso físico, Michiu Kaku, en uno de sus divulgativos libros, equipara esta teoría del universo múltiple a la radio: «A nuestro alrededor —dice Weinberg— hay cientos de ondas de radio que se emiten desde emisoras distantes. En cualquier momento dado, nuestra oficina, coche o sala de estar están llenos de estas ondas de radio. Sin embargo, si conectamos la radio podremos escuchar solo una frecuencia cada vez. Cada estación tiene una energía diferente, una frecuencia diferente. Como resultado, nuestra radio solo puede sintonizar una emisora cada vez. Del mismo modo, en nuestro universo estamos «sintonizados» en una frecuencia que corresponde a la realidad física, pero hay un número infinito de realidades paralelas que coexisten con nosotros en la misma habitación aunque no podamos «sintonizarlas». Aunque estos mundos son muy parecidos, cada uno tiene una energía diferente».

Sé que algunas personas en determinados momentos de su vida (me incluyo entre ellas) han tenido algún tipo de experiencia extrasensorial. Intentando comprender este tipo de fenómenos, había llegado a creer que todo era producto de la mente, ilusiones producidas por nuestro cerebro, aunque desconocía qué mecanismo era el que hacía que nuestras neuronas nos engañasen, haciendo que nos pareciese real un episodio completamente imaginario e ilusorio.

Sin embargo, tras mi experiencia tan impresionante con el agua, lo que había sentido no me parecía ilusorio, sino otra cosa muy distinta. Algo mental, desde luego, pero no imaginario. Y siguiendo con mis cábalas deductivas, pienso que determinados estímulos puntuales, o un periodo de aprendizaje y mucha práctica, pueden despertar algunas facultades de nuestro cerebro, acaso atrofiadas o acaso sin desarrollar, que nos permiten tomar contacto no con mundos imaginarios, sino con otras realidades que, en las condiciones normales de nuestro día a día, no sabemos o no podemos captar.

Así que, definitivamente, pensaba que todo, absolutamente todo lo que existe, no es más que la misma energía, que, al vibrar en distintas escalas, se manifiesta de diferentes formas. Me viene ahora a la mente una frase del genial científico Nikola Tesla: «Si lo que quieres es encontrar los secretos del universo, piensa en términos de energía, frecuencia y vibración».

Resumiendo (sigo con las pantuflas puestas), tenía el convencimiento de que lo que me ocurrió frente al océano fue que mi energía vibró en aquellos momentos en la misma frecuencia que la del agua y por eso llegué a fusionarme con ella. Mental y energéticamente, fui agua. Así de complicado y, a la vez, así de simple.

Recuerdo que cuando acabé mis reflexiones sentí un enorme alivio, pues pensé que había descubierto algo así como la piedra filosofal. Y me quedé mirando el fuego… Siempre me ha fascinado contemplar las figuras caprichosas de las llamas. Igual que puedo pasarme horas frente al mar, puedo pasarme horas frente a una chimenea. Rememoré algunos viajes con amigos y amigas y estancias en casas con chimenea o acampadas al aire libre con hogueras nocturnas, y cómo teníamos que echar a suertes quién se encargaba de encenderla porque todos queríamos hacerlo. ¿Nos vendrá esa fascinación de nuestros recuerdos ancestrales de las fogatas en las cavernas?

El caso es que me quedé mirando fijamente las llamas, aunque no había dejado de mirarlas durante toda mi disquisición «pantuflo-enciclopédica», y pensé: «Pues igual que lo he conseguido con el agua, puedo intentarlo con el fuego».

Y me puse a ello. Fijé mi vista en los troncos ardiendo e intenté sentirme llama… Sentirme llama… Soy la llama…

Cuando desperté, estaba amaneciendo y en la chimenea solo quedaban rescoldos. No recordaba haberme sentido fuego, ni llama, ni flama, ni lumbre, ni brasa… vamos, que ni siquiera cerilla. En ese momento lo único que sentía era un dolor enorme en las cervicales, por lo que deduje que me había fusionado con algún contorsionista.

Pero no vayan a pensar ustedes que por ello me desanimé. De eso nada. Tenía la seguridad de que el análisis de mi experiencia con el agua estaba bien planteado y aclaraba, de momento, todas mis interrogantes. Así que pensé que tendría que practicar más veces o que quizás no había dado resultado por el cansancio, pero mi disposición a seguir investigando y avanzando por aquel camino era total.

SALIR DE LA HIBERNACIÓN


En cuanto a mis sentimientos, no quise ni escudriñarlos. Me había sorprendido que alguien hubiese despertado mi curiosidad hasta el punto de hacerme pensar de nuevo en el amor. Habían pasado algunos años desde mi última experiencia amorosa, que, para colmo, no había terminado muy bien, lo que, unido a la edad que me iba llegando sin haberla llamado, me hizo retirarme del mercado y dar por finiquitados mis escarceos y coqueteos seductores. Cerré aquella etapa de mi vida y me dediqué a confraternizar más con mis amigos, ir a conciertos, al cine, leer y trabajar. Una vez atendidos estos quehaceres, no me quedaba tiempo para mucho más.

En esos últimos años había conocido bastante gente nueva, pues seguía teniendo una vida social muy activa, pero nunca conocí a nadie que volviese a hacerme sentir aquella chispa mágica y primaveral que nos hace salir de la hibernación en la que de vez en cuando todas las personas entramos. Por eso, andaba yo tan tranquilamente por la vida, sin pensar ya en esas zarandajas, y de pronto, cuando menos lo esperaba, en una aldea de cincuenta personas al otro lado del globo me tropiezo con un rostro, con unos ojos, con una mirada que me conturba, que desarma mi sentido común y que convierte mi mente en un caos del que no sé muy bien cómo voy a salir. Pero no les voy a engañar, en el fondo me hacía sentir la vida con más fuerza que nunca. Siempre había oído decir que el amor no tiene edad, ni color, ni conoce barreras, pero mi edad y, sobre todo, la diferencia con la de ella sí que suponían para mí una barrera, una muralla psicológica, pero muralla al fin y al cabo. Y aunque me hacía ser más consciente de la vida y me había sacado de mi letargo amatorio, me resistía. Me resistía hasta el punto de pensar que empezaba a estar un poco senil, que aquello no era posible, y empecé también a sentir que aquellos sentimientos rozaban el ridículo. Así que, como ya he dicho, opté por no darle más vueltas. «¿Quién sabe?», me dije. «A lo mejor es un calentón repentino y se me pasa sin más».

Estaba ordenando un poco la cocina, después de haber desayunado, cuando oí que llamaban a la puerta y tanto Tao como Greta no paraban de dar saltos y ladridos. Abrí, secándome las manos con un paño de cocina, y allí estaba ella.

—Buenos días —dijo mientras acariciaba a mis perros.

—Buenos días —respondí sonriendo e, intentando aparentar tranquilidad, me aparté de la puerta invitándola a entrar.

—Hace una semana que no te dejas ver. ¿Otra vez te escondes?

«¡Vaya!», pensé, viendo cómo se diluía mi tranquilidad. «No te andes por las ramas, tú directa».

No le respondí. La invité a sentarse, preparé una infusión de hierbas, las mías tranquilizantes, y me senté frente a ella. Estaba jugando con Greta, y Tao se le había subido encima. Tomó el cacillo con la infusión y me miró un poco seria.

—No pretendo inmiscuirme en tu vida, pero no he vuelto a verte desde que tuviste tu experiencia y solo quiero saber si estás bien. Quizás quieras hablar de ello, cualquier cosa menos esconderte. Sabes, en el fondo de tu corazón lo sabes, que no debes temer nada. Estoy aquí para ayudarte, para que tu camino sea más fácil. —Hizo una pausa y continuó—: Pero si no quieres mi ayuda, si no quieres continuar lo que has comenzado, dímelo y desapareceré. No volveré a molestarte.

Consiguió asombrarme y, a la vez, desarmarme de nuevo. No sabía a qué se refería con lo del camino, aunque en el fondo lo intuía. Entonces, sin pensarlo, me levanté, me senté junto a ella y le conté todo lo que había sentido (sobre la experiencia, se entiende), todas las preguntas que me había hecho y las conclusiones a las que había llegado, sin obviar el intento fallido de la noche anterior con el fuego. Esto último la hizo reír mientras me miraba con expresión divertida.

—No es tan fácil. La verdad es que es bastante difícil conseguirlo. Lleva mucho tiempo y hay que practicar mucho.

—Entonces —respondí con extrañeza— ¿por qué lo conseguí el otro día si era la primera vez que lo intentaba?

—Porque estabas conmigo. Mi energía mental potenció la tuya y te ayudó a experimentarlo.

—¡Caray! ¿Qué quieres decir con eso? —pregunté un poco mosca y, tengo que reconocerlo, poniéndome en guardia, pues aquello ya no me gustaba nada.

—Tranquila, no temas. No he violado tu mente ni tu consciencia. Nadie puede hacer eso si tú no quieres. Nadie puede forzar tu voluntad, incluso aunque te hipnoticen, si tú no quieres. Solamente en algunos casos determinados, si se tiene miedo… El miedo es lo único que podría abrir la puerta de tu mente a influencias o invasiones externas.

—Entonces ¿qué has querido decir antes?

—El otro día quise mostrarte el poder y la fuerza de los pensamientos. Quise que comprobaras que la mente, con un aprendizaje y preparación, siempre que haya disposición y deseo para ello, puede llegar a dominar la energía mental humana, modificándola y transformándola en cualquier otro tipo de energía presente en la naturaleza. Ello nos permite entrar en contacto directo, de una forma similar a la ósmosis o simbiosis, con todo lo que existe. Porque todo lo que existe, ya sea materia, conciencia, pensamientos, sentimientos o sueños, en el fondo no es más que pura energía, manifestándose de diferentes formas. Solo hay que saber conectar con ella. Y eso fue lo que tú lograste el otro día. Conectaste con el agua y sentiste su poder, porque en aquel momento tú frecuencia energética era la misma que la del agua.

—¿Y haces eso con todas las personas que conoces? ¿Toda la gente del pueblo sabe también llegar a ese punto?

—No, no toda la gente del pueblo domina esa técnica. En realidad, la dominan muy poquitos. No todo el mundo está capacitado o ha llegado al nivel mental y espiritual necesario para lograrlo.

—Sí, pero no me has respondido. ¿Haces eso con todas las personas que conoces?

Antes de que llegase su esperada respuesta sentí de nuevo la mirada profunda de sus ojos, pero esta vez no conseguí apartar los míos, aunque la verdad es que tampoco lo intenté mucho. Sencillamente, la miré y me dejé llevar por una catarata de sentimientos que sentía precipitarse desde mi cerebro hasta eso que llamamos «corazón» para después inundar cada una de mis células, lo que se tradujo en una paralización absoluta de mis pensamientos. No podía pensar, era incapaz de pensar en nada… Solo sentí que mis ojos habían entrado en los suyos, buscando con ansiedad el camino de su corazón. Necesitaba saber quién era realmente aquella mujer, lo que sentía en su interior, pero en un momento fuertemente intuitivo me di cuenta de que era yo, únicamente yo, quien me había vuelto a desnudar por dentro, ofreciéndome totalmente a ella a través de nuestras miradas. Me invadió una sensación de mareo y de repente, para terminarlo de arreglar, sentí que tomaba mis manos y elevando una de las suyas acarició mi rostro. En ese momento su cálida voz me trajo a la realidad.

—Yo puedo responderte, pero ¿estás tú en disposición de querer oír realmente mi respuesta?

Sus manos regresaron a la pose inicial, encima de sus piernas, y su mirada interrogante, por encima de una sonrisa que volvió a parecerme un pelín burlona, quedó esperando mi reacción. La inseguridad volvió a adueñarse de mí y con ella empecé a sentir cierta irritación al darme cuenta no de la dominación que ejercía sobre mí, sino de la sumisión emocional que yo sentía ante ella. Siempre había sido una persona bastante segura y nunca me había sentido así ante nadie, ni siquiera en la fase más tontorrona del enamoramiento. Sabía que aquello era algo más profundo, que escapaba de mi control, y en un recurso instintivo de protección psicológica me levanté del sofá, me senté en el sillón que había al lado y respondí con bastante acritud, no exenta de cierta dosis grosera.

—El otro día, cuando hiciste tu experimento conmigo, no recuerdo que tuvieses la delicadeza de preguntarme si estaba en disposición de querer hacerlo.

Nada más soltar mi frase lamenté el tono con el que la había pronunciado. No fue el qué, sino el cómo. No obstante, la misma inseguridad que me invadía se convirtió en una leve arrogancia, que me hizo mirarla desafiante esperando su contestación.

Tras un silencio que me aplastó como una losa, acarició a Tao, quien de un salto había vuelto a enroscarse junto a ella, y me miró muy seria.

—Tienes razón, quizás debería haberte pedido permiso o haberte contado lo que iba a hacer. No lo hice porque estaba segura de que podías lograrlo, aunque jugué con el elemento sorpresa para que la experiencia te impactase más. Sabía que con ello te impulsaría a buscar respuestas, como así lo has hecho, pero también creí que habíamos conseguido establecer fluidez y confianza en nuestra comunicación. Obviamente, creo que me equivoqué en esto último. Te pido disculpas por mi torpeza y te prometo que no volveré a molestarte.

Ya desde la puerta, se volvió para despedirse:

—Que tengas un buen día. Si necesitas algo y puedo ayudarte, ya sabes dónde puedes encontrarme, aunque será mejor que no me busques hasta que hayas aclarado todos tus conflictos internos… Ya sabes a qué me refiero.

No pude moverme del sillón. El ruido de la puerta al cerrarse anuló mi falsa altivez y maldije mi gran estulticia. Había tolerado que mi propia agitación e incertidumbre interna se hubiesen revelado en una tensión erótica y emocional que, al ser incapaz de domeñar y manejar, se había convertido en una alteración nerviosa que, en un arrebato pueril y torpe, había transformado en una respuesta altanera y tosca que no tenía nada que ver con lo que verdaderamente sentía en mi corazón.

Pero no podía volver atrás. Lamentablemente, las palabras no pueden recogerse y tenía que asumir mi metedura de pata. Anduve todo el día de acá para allá, de muy mal humor y sin conseguir centrarme en nada de lo que hacía. Aquella tarde ni salí a pasear ni me pasé por el bar al anochecer. No salí de casa. Pasé la tarde frente a la ventana, contemplando los árboles que, frente a la casa, se iban espesando hacia la izquierda, subiendo un suave repecho, para convertirse al final de este en un tupido bosque. Un poco más hacia la derecha podía ver el principio de la ladera que desembocaba en la pequeña cala y parte de los acantilados y, más allá, el horizonte, que se confundía con el azul del océano. El hermoso paisaje conseguía hipnotizarme durante algún tiempo, pero el desbarajuste de mis pensamientos me arrancaba finalmente de mi abstracción.

Aquella noche ni siquiera encendí la chimenea. Me arrellané en el sofá, me tapé con una manta y, sintiéndome idiota por enésima vez, rememoré su frase de despedida desde la puerta. ¿Mis conflictos internos? ¿Que yo sabía a qué se refería? Claro que era consciente de mis conflictos internos, los verdaderos, que eran los sentimientos que ella me producía, porque sobre la fuerte experiencia con el océano más o menos había llegado a una explicación que, de momento, me servía para entenderla. Pero ¿a qué conflictos se refería ella? Si yo acababa de revelarle todas mis especulaciones sobre la prueba en la que me había guiado y coincidía bastante con lo que ella me dijo después, era evidente que ahí no había conflicto. ¡Dios, qué mujer! De nuevo tuve la seguridad de que ella conocía perfectamente la pasión que había despertado en mí, así como la confusión de mis pensamientos, que, lógicamente, únicamente yo podía aclarar. Me sentí en ese momento como si fuese de cristal y evoqué nuestro primer encuentro, cuando tuve la sensación de que su mirada llegaba hasta los más recónditos rincones de mi alma.

Sin embargo, si se había percatado de lo que yo sentía, ¿qué pretendía? ¿Estaba jugando conmigo? Repasé nuestros escasos pero intensos encuentros. En algunos momentos había tenido la sensación de que ella también sentía algo especial por mí. En otros había notado cierta ternura en sus gestos. Ya no sabía qué pensar y mi estómago me envío el mensaje de que no había probado bocado desde el desayuno.

Me levanté y me preparé unas tostadas con queso que engullí sin muchas ganas. A continuación me acurruqué de nuevo en el sofá mientras Tao y Greta dormían plácidamente encima de sus camitas, dos cestas de paja con dos grandes cojines, cerca de la chimenea. De repente me invadió una tristeza enorme y mi «conflicto interno», que no era más que el miedo que me producía enfrentarme a mis sentimientos, salió como un torrente de mis ojos. No sé cuánto tiempo estuve llorando, pero creo que en aquel momento, igual que Fausto, hubiese entregado mi alma a Mefistófeles por tener veinte o treinta años menos. En mi enajenación, pensaba que tener cincuenta o cuarenta años, en lugar de los 65 que tenía, era lo que necesitaba para terminar con aquella lucha que me quemaba por dentro.

En aquel momento vinieron a mi mente las personas a las que había amado en alguna etapa de mi vida. Las recordé una a una. Lo que habían significado para mí, los momentos de amor, los sueños y las vivencias compartidas, pero, sobre todo, los finales. Todos aquellos sentimientos, tan fuertes al comienzo, se habían ido debilitando con el tiempo hasta volatilizarse completamente con todas y cada una de las personas con las que había compartido una parte de mi viaje por la vida. Con algunas quedó cierto sentimiento de amistad; con otras, indiferencia; y con la última, la última persona con la que estuve, la historia terminó de una manera tan absurda e incomprensible por su parte que me partió el corazón. Tardé un tiempo en reponerme del golpe, no solo por su desamor, pues eso es comprensible, sino por sus mentiras y su falta de sensibilidad, lo que me hirió profundamente. Cuando el amor se acaba, si ha habido sinceridad, aunque duela, se asume y se sigue adelante. Pero cuando solo hay mentiras y utilización de la persona, sin importar si se le hace daño, es más difícil olvidar y volver a partir de cero.

También pasaron por mi vida, como supongo que por las de todos ustedes, personas que me amaron y a las que no amé y personas a las que amé y no me amaron. Quizás a veces estuve donde jamás debería haber estado y a veces hice cosas que jamás debería haber hecho, pero jamás mentí, engañé ni utilicé a nadie. Por eso me dolió tanto mi último desengaño y me prometí solemnemente que jamás volvería a exponerme a que me hiciesen daño. La única forma de evitar ese peligro, como es natural, era cerrarme a cualquier indicio de atracción, que era tanto como cerrarme a una parte de la vida. Pero lo hice. Como ya he relatado, me centré en mi trabajo y en divertirme con mis amistades y levanté una barrera emocional que me volvió insensible a cualquier atisbo de escarceo o coqueteo amoroso. A mi manera, conseguí ser feliz o, al menos, alcanzar la paz y la serenidad interior. Si a esta actitud añadimos los años que se me iban acumulando, conseguí borrar de mis prioridades vitales la necesidad de tener una pareja. Y ya lo dice el budismo: la felicidad es la ausencia de deseo.

En ese estado mental es como llegué aquí, a este rincón minúsculo de nuestro planeta, para que en un instante toda esa serenidad interior que había conseguido acumular y que había estabilizado mis sentimientos saltase por los aires en una explosión que convirtió mi mundo emocional en un verdadero caos.

El sueño me fue venciendo poco a poco. Cuando me desperté estaba amaneciendo. Apenas si había dormido unas cuatro horas. Sin cambiar de postura, a través del gran ventanal, podía ver cómo el sol, tras alzarse sobre las montañas al este de la aldea, iba inundando con su luz el acantilado, la playa y los árboles que, frente a la casa, supuse que también se desperezaban, haciendo circular su savia con más fuerza. Tao y Greta comenzaban igualmente a estirarse, por lo que, a pesar de que tenía la cabeza un poco embotada, me levanté, les abrí la puerta del jardín y me metí en la ducha. Dejé correr el agua sobre mi cabeza y mis hombros y aquello me despejó un poco. No tenía ánimo para nada, pero conseguí hacer un esfuerzo y me dirigí con los perros hacia la playa para despejarme. Me senté en la arena con la espalda sobre una roca. Aquel día hacía un poco de frío, por lo que agradecí el calor del sol. Miraba el ir y venir de las olas y volví a rememorar lo sucedido el día anterior. No quería pensar en ello, pero era incapaz de lograrlo. Comprendí que tenía que hacer algo. Los problemas no se diluyen como el humo, pero cualquier solución que imaginaba no incluía resolver mi conflicto emocional, sino taparlo, hundirlo, silenciarlo, cualquier cosa menos exteriorizar claramente mis sentimientos. La barrera de mis 65 años lo impedía.

Sin embargo, no quería perderla, no quería que desapareciese de mi vida o que se convirtiese en una extraña. Al menos intentaría recuperar su amistad, pero no sabía cómo hacerlo. Me dijo que la buscase cuando resolviese mis conflictos internos… Pues bien, la buscaría, le pediría perdón por mi estúpido comportamiento y ya veríamos.

Pero a continuación pensaba lo contrario, que era mejor así, que hubiesen terminado aquella lucha y aquella tensión emocional. Antes de conocerla era feliz en aquella aldea, con sus gentes, que me habían acogido con cariño, con mi vida sosegada y ordenada. Tenía que recuperar aquello a toda costa. Tenía que conseguir olvidarla y la mejor manera de hacerlo era no verla o, por lo menos, evitar un encuentro en solitario con ella. No, no podía repetir mi último desastre amoroso, ya había tenido bastante.

Así que dicho y hecho. Puse mi voluntad en estado de alerta y llevaba ya tres días sin aparecer por el bar, evitando los lugares donde podía encontrarme con Nina. Al tercer día Amanda se pasó por mi casa extrañada por mi ausencia. Me disculpé diciendo que estaba trabajando con las fotos y leyendo algún libro que tenía que devolver a la biblioteca, y se fue tranquila después de tomarse un café conmigo. Lo del libro era verdad y además necesitaba alguno más, así que, al oírme, Amanda comentó que Miguel y ella tenían que ir a la ciudad para recoger unos encargos, por lo que decidí acompañarlos.

LA CARACOLA


Tras dar el paseo matutino con mis perrillos, a las ocho de la mañana me presenté en el bar, donde había quedado en que me recogerían. Estaba tomándome un café cuando llegó Amanda… acompañada de Nina. No podía creerlo. Llevaba cinco días escondiéndome para no encontrarme con ella y la tenía allí, frente a mí de nuevo. «No, no puede ser que vaya a venir con nosotros. Será que se ha encontrado con Amanda», pensé.

Pues sí, no solo podía ser, sino que era. Mientras se acercaban a la barra, Amanda dijo que se había apuntado a la excursión. Intuí que lo hizo cuando, quizás, Amanda le comentó que había quedado conmigo, aunque posiblemente no tuviera nada que ver con mi presencia, pues Nina iba también de vez en cuando a la ciudad. Era posible que ya hubiese quedado con ella antes de ir a mi casa. «Pero no, porque de ser así me lo habría comentado», me dije. Y en esos pensamientos andaba cuando Nina se acercó, me dedicó esa sonrisa que me desarmaba y me plantó un beso en cada mejilla como si no hubiese pasado nada. No estaba enfadada…

—Buenos días. ¿Cómo estás? Hace cinco días que no te veo.

—Bien —respondí con desconcierto mientras me daba cuenta de la precisión de Nina sobre los cinco días que hacía que no me veía. No entendía nada. Llevaba esos días evitándola, pero a la vez con la preocupación de lo sucedido en nuestro último encuentro, y ella se mostraba como si aquello no hubiese sucedido. ¡Qué mujer!

La llegada de Miguel cortó mis pensamientos y los cuatro nos dirigimos a la furgoneta. Amanda iba delante con Miguel, quien conducía, y justito detrás, nosotras dos. Durante el viaje, contemplaba el paisaje e intentaba no apartar la vista de la ventanilla mientras los otros tres viajeros, que no querían hacerse invisibles como yo, charlaban plácidamente. En una de las curvas, sin quererlo, o al menos sin buscarlo, mi cuerpo se fue casi encima del de Nina, rozando con mi brazo uno de sus pechos, lo que me produjo algo así como un cosquilleo eléctrico que me recorrió desde los dedos de los pies hasta el último pelillo de mi nuca.

—Lo siento —conseguí balbucear mientras volvía a colocarme en mi asiento.

—¿De verdad? —preguntó muy bajito Nina inclinándose sobre mi oído.

Obviamente, no respondí, y me di cuenta de la jornada que me esperaba si, como empecé a sospechar, Nina tenía previsto divertirse a mi costa con sus devaneos seductores. Por si fuera poco, con el traqueteo de la furgoneta y las curvas, aunque me había agarrado al asidero de la puerta para no volver a irme hacia ella, era inevitable nuestro roce, por lo que mis nervios estaban ya saliendo por todos los poros de mi piel.

Nina no solo no se apartaba, sino que parecía disfrutar, pues en cada curva hacía que el contacto fuese aún más próximo y constante. Cuando tras casi dos horas de viaje por aquella carretera, en la que era imposible meter la cuarta velocidad, llegamos a la ciudad, por un lado, respiré y por otro, habría preferido que el viaje continuase.

Miguel aparcó cerca de la gran plaza donde los domingos se celebraba el mercado. Él y Amanda se marcharon para recoger unos encargos en dos de los comercios del pueblo y quedamos para comer en un pequeño y acogedor bar-restaurante, situado en las cercanías. Y allí, en la calle, me quedé con Nina, intentando serenar mi desasosiego para conseguir pasar el día que me esperaba y esconder como buenamente pudiera mi agitación, aun sabiendo que no me iba a servir de nada, pues tenía la certeza de que aquella mujer era capaz de captar mis sentimientos. Así que me armé de valor y procuré aparentar tranquilidad y aplomo.

Me preguntó qué tenía que hacer yo y le respondí que pasarme por la biblioteca.

—Si no te importa —dijo sonriendo—, acompáñame primero a una tienda y luego ya, con más tranquilidad, nos vamos a la biblioteca hasta la hora de comer.

—De acuerdo —respondí—, pero antes quiero decirte algo.

—Sí, dime lo que quieras.

—Quiero pedirte disculpas.

—¿Disculpas? ¿Por qué? —preguntó interrumpiéndome y mirándome directamente.

—¿Por qué? —repetí en voz alta. No podía creer que preguntase el porqué—. Bueno —continué—, el otro día en mi casa me porté de una forma un tanto grosera y lo siento, de verdad que lo siento. Aunque veo que no pareces estar enfadada.

—No te preocupes, ya sé que lo sientes, así que disculpas aceptadas. No tiene importancia. Y no, no estoy enfadada. Lo estaría si la que hubiese respondido así hubiese sido yo. Yo no soy responsable de tus palabras, así que no puedo enfadarme contigo por lo que tú hagas o digas. Eres tú quien tiene que ser consciente de tus acciones.

—Sí, tienes razón —respondí con cierto asombro ante su argumento, pues la verdad es que siempre solemos enfadarnos por lo que hacen los demás y casi nunca por lo que hacemos nosotros mismos.

—Además —añadió—, más que grosería, creo que fue miedo y orgullo absurdo. Y vuelvo a repetirte que tienes que solucionar tus conflictos internos. Ya te dije que no me buscases hasta que no lo hicieras.

—Pero… hoy yo no te he buscado —repliqué con sorpresa.

—Claro —respondió riéndose—, te he buscado yo. Pero si querías disculparte deberías haberme buscado tú al día siguiente.

—No podía. Estaba tratando de solventar mis conflictos internos — contesté riéndome también mientras asimilaba con placer la idea de que me había buscado ella.

—¿Y lo has conseguido?

—Mejor no preguntes —dije con ironía.

Ahora fue Nina la que soltó una carcajada mientras me miraba con uno de sus gestos de seducción.

—No, si al final voy a tener que solucionarlos yo…

—¿Tienes alguna varita mágica?

—No la necesito.

—¿Y qué método vas a emplear?

Su mirada burlona me hizo ser consciente de que estaba coqueteando con ella como si, efectivamente, hubiera eliminado mis temores. Pero aquel juego me divertía y me dejé llevar.

—Ya lo sabrás cuando llegue el momento —respondió Nina.

—¡Vaya! ¿Ni una pequeña pista? —pregunté con un gesto incitador.

Me miró de nuevo, sonrió, se acercó a mí y, antes de que me diese cuenta, sentí sus labios sobre los míos.

—¿Te vale esta? —preguntó mientras me clavaba sus ojos.

Aquel beso acabó con mi diversión. Me di cuenta de dónde me estaba metiendo con mis coqueteos. El temor despertó de nuevo mis fantasmas mientras trataba de asimilar su directa y estimulante provocación a la vez que iniciaba otra cobarde retirada.

—¿Dónde decías que te acompañase? Lo digo porque se nos va a hacer tarde.

—¡Qué sutileza! —dijo Nina tras soltar otra carcajada—. Anda, vámonos, pero algún día tendrás que dejar esas inútiles huidas.

Ya no respondí. Caminé flotando junto a ella hasta llegar a una pequeña tiendecita, varias calles más allá de la plaza. Era una de esas tiendas típicas con hierbas, ungüentos y jarabes, así como talismanes, muestras de minerales, velas, inciensos y caracolas. Tenían esas enormes caracolas que tanto me habían fascinado en casa de mis abuelos.

Tras presentarme a una pareja de agradables viejecitos, Paola y Jorge, que atendían el establecimiento, observé que saludaron muy cariñosamente a Nina, quien sacó de su bolso algunos tarros con hierbas y unos cuantos frascos con jarabes, que les entregó. Mientras los tres hablaban, yo me movía por aquel pequeño espacio curioseando la diversidad de los artículos que, perfectamente colocados en las estanterías, se ofrecían a los posibles compradores. Tenía en mis manos una de las caracolas y, sin poder resistir su atracción y la llamada de mi recuerdo infantil, me la llevé al oído. Estaba intentando conectar con alguna sirena de las profundidades, de aquellas que recordaba del libro de mi abuela, cuando sentí que la sirena terrestre, detrás de mí, rodeaba con sus brazos mi cintura y acercaba su boca a mi oreja libre.

—¿Aló? ¿Dígame?… Mmm, creo que no hay cobertura.

A pesar de que estaba en situación de alerta, esperando en cualquier momento algún que otro gesto burlón de provocación y coqueteo, consiguió sorprenderme, pues mi mente estaba en aquel momento en la alcoba de mi abuela, de donde salí bruscamente al sentir sus brazos, sus labios rozando mi oreja y, sobre todo, el contacto de sus pechos en mi espalda. Me quedé completamente inmóvil, incapaz de reaccionar, pero a la vez deleitándome con la cercanía de su cuerpo. Tras unos segundos, solté una risa nerviosa. Nina también se rio, pero no se movió, y yo tampoco. Mi cuerpo se negaba, mi mente se olvidó por un momento de aquello de la edad y mis duendes danzaban como locos dentro de mi estómago. Tras varios segundos más, dejé la caracola en la estantería y puse mis manos sobre las suyas, intentando eternizar aquel instante. Nina se apretó más contra mí, o me apretó más contra ella, y yo acaricié sus manos a la vez que sentía una leve sensación de mareo. Finalmente, sentí sus labios recorriendo mi cuello y, lentamente, me volví sin que ella dejase de rodear mi cintura con sus brazos… Y en ese momento maldije, supongo que ella también, el ruido de las campanillas indicando que alguien había entrado en la tienda. Un poco perezosamente nos separamos mientras nos besábamos con los ojos y el deseo nos envolvía en una burbuja invisible.

Aquel tintineo rompió la magia del momento, aunque cuando salimos a la calle tras despedirnos de Jorge y Paola, que habían salido de la trastienda al oír la campanilla, fui consciente otra vez de mis recelos y agradecí que lo hiciera. Caminamos en dirección a la plaza, aún dentro de aquella burbuja, de la que yo intentaba salir con toda mi fuerza de voluntad y raciocinio. Nina me cogió de la mano y yo entrelacé mis dedos con los suyos, pero después, suavemente, me solté y sin decir una palabra llegamos a la biblioteca.

Mientras el joven que atendía al público, principalmente estudiantes, tras un pequeño mostrador con un ordenador encima cogía mis tres libros y tomaba nota de la devolución, nos miramos. Nina me sonrió con ternura y susurró muy despacio:

—Cuando la magia es verdadera, siempre vuelve.

La voz del bibliotecario me salvó, porque no sabía ni qué responder. En realidad, no estaba en disposición de hacer ni decir nada. Por un lado, me sentía enormemente feliz. La deseaba como nunca había deseado a nadie anteriormente, maldije la interrupción de la tienda justo cuando iba a besarla y deseaba que volviera a surgir una nueva ocasión. Pero, por el lado contrario, mi mente racional y cobarde volvió a entregarse a mis miedos. De nuevo la barrera de la edad, de nuevo mi pensamiento obsesivo de que aquello no tenía ninguna posibilidad, porque pensaba que lo de Nina no era más que un capricho que solo me haría sufrir. En aquel momento, sentí lo que llamamos tiempo de una manera espantosa, así como una soledad y una tristeza tan profundas que no pude evitar un conato de lágrimas.

Nina se dio cuenta y fue ella la que respondió al joven. Le pidió el fichero de títulos y, tomándome del brazo con delicadeza, me llevó hasta una mesa, donde nos sentamos para elegir los libros que quería llevarme. Mi desplome emocional hizo surgir mi orgullo racional y conseguí reunir fuerzas para sobreponerme: «Solo me faltaba ponerme a llorar para terminar de hacer el ridículo», pensé con rabia y con un nudo en la garganta.

Y aunque me costó, logré mirar el fichero y elegir, casi al azar, otros tres títulos. En ese momento me daba igual, solo quería pasar el trámite y salir a la calle aunque esa salida no solucionase nada, puesto que, lógicamente, ella iba a salir conmigo. Al acabar de escribir en el formulario el título de los libros que quería, Nina, consciente de mi vulnerabilidad y mi tristeza, no dejó que me levantase. Me cogió las manos y me miró, esta vez muy seria. Sentí la energía de sus ojos penetrar en los míos y, tras unos segundos, de la manera más desconcertante, sentí, poco a poco, que la serenidad iba entrando en mi interior mientras me dedicaba una sonrisa tranquilizadora y tierna.

—Tenemos que hablar de muchas cosas, pero no ahora ni hoy. Dentro de un par de días, con calma. No debes tener miedo de mí… ni de ti. No debes tener miedo de nada, porque el miedo es lo único que puede obstaculizar tu avance y puede impedir que seas feliz. Si una persona permite que el miedo se apodere de ella, se vuelve vulnerable. El miedo descontrola y bloquea la mente. Si analizas la historia, comprobarás que el miedo es una de las formas de opresión mental más utilizadas para someter, oprimir y tiranizar a los seres humanos. Tienes que dominar y vencer tus miedos. Yo puedo y quiero ayudarte, pero por mucha ayuda que recibas eres tú, solamente tú, quien tiene la opción de elegir el camino que quiere seguir.

Yo la escuchaba y alucinaba un poco con sus palabras, ya que, por un lado, me parecía que estaba respondiendo a mis temores y dudas internas y, por otro, me parecían un poco enigmáticas, como si hubiese algo más que no alcanzaba a descifrar del todo.

Tras una breve pausa, sin dejar de mirarme fijamente, continuó.

—Solo tú puedes elegir si quieres sufrir o quieres ser feliz. Si quieres anclarte en tus paralizantes y absurdos miedos o si prefieres entregarte a la vida y permitir que la vida te llene. Si quieres permanecer en tu mundo, que tú crees seguro, o abrirte a lo que el destino te vaya ofreciendo. Si quieres pasar por esta vida como un ser tibio, incapaz de realizar acción alguna, o, por el contrario, implicarte en tu microcosmos y hacer que la energía fluya. Si quieres que tu raciocinio encierre tu corazón en una cárcel o consentir que tu corazón libere tu mente. Si quieres amar a través del deseo de un ego posesivo y egoísta o deseas entregar y recibir el amor desde la libertad y el respeto. Solo tú puedes elegir —terminó diciendo mientras acariciaba dulcemente mis manos.

Acaricié las suyas. En ese instante sentí que me invadía una inmensa ternura que consiguió calmar mi desasosiego y restaurar de alguna forma mi seguridad. Le sonreí.

—Gracias… Lo siento… Pensarás que soy más infantil que cualquiera de los niños de la aldea.

Me miró, volviendo a mostrar su encantadora sonrisa.

—Por si no te has dado cuenta, me encanta eso que tú llamas infantilidad. ¡Ojalá fuésemos todos un poco más infantiles! ¿Sabes por qué me encanta? Por la sencillez, la sinceridad y la naturalidad que encierra. Así que me gustaría que tú fueses aún más infantil para que dejases fluir tu espontaneidad como lo has hecho hace un momento en la tienda. Los niños fluyen, los adultos esconden. Y me gustaría que tú no escondieses nada.

—Hummm… Solo puedo prometerte que lo intentaré, pero, como estoy en el tramo más adulto, no sé si lo conseguiré —dije ya tratando de bromear.

—No tienes remedio. ¡Qué trabajo me vas a dar! —me respondió Nina tras soltar una carcajada—. Anda, vuelve a mirar el fichero, porque creo que no te has enterado muy bien de los libros que has elegido.

Efectivamente, no me interesaban para nada. Finalmente, elegí un libro de relatos cortos, otro de poesía y otro sobre las etnias más antiguas del país para ver si podía seguir la pista de la historia que me había contado Amanda, aunque sospechaba que aquel evento no figuraba en ningún libro.

No podía creer que del estado en el que me encontraba hacía media hora Nina hubiese logrado aquel milagro. Me sentía como si hubiese salido de un ejercicio de relajación. Nos levantamos, recogimos los libros y, dada la hora que era, nos dirigimos al restaurante donde habíamos quedado con Amanda y Miguel. Durante el camino, de una forma espontánea, me cogí del brazo de Nina, quien me miró, apretó mi brazo contra su cuerpo y sonrió. Cada vez era más fuerte mi convencimiento de que aquella mujer no solo veía mi interior, sino que conseguía hipnotizarme con sus palabras. Pero era feliz. No obstante, sabía que mis miedos seguían solapados en algún rincón de mi mente. Pero allí, en aquel momento, con ella a mi lado, me sentía alegre y feliz.

La comida fue muy amena. El local era muy acogedor; tenía un pequeño jardín en la parte posterior, donde nos prepararon una mesa a la sombra de un gran roble. Todos estuvimos bastante parlanchines, sobre todo yo, haciendo que Amanda me mirase a veces entre extrañada y divertida, pues nunca me había visto así. En algunos momentos me di cuenta de que me miraba a mí, miraba a Nina y sonreía con un gesto pícaro, como si hubiese descubierto algún secreto.

«Solo me faltaba esto, que Amanda me someta al tercer grado cuando estemos a solas. Además, no ha pasado nada y no voy a descubrir mis sentimientos a nadie», pensé.

En ese momento recordé las palabras de Nina: «Los niños fluyen, los adultos esconden». Sin embargo, a pesar de mi relajación, quizás demasiada, porque no me daba cuenta de que mi locuacidad era en realidad una salida al nerviosismo que tenía acumulado, no me encontraba en disposición de abrirme tanto como para llegar a exponer mis emociones, aunque fuese a Amanda. En el fondo, pensar en ello me daba vergüenza. Otra vez los fantasmas de la edad… Alejé aquellos pensamientos y me concentré en la conversación.

Al acabar la comida dimos un paseo por la ciudad y regresamos a casa. El camino de vuelta fue bastante más distendido, aunque las curvas y el traqueteo de la furgoneta facilitaban el contacto entre nuestros brazos y piernas. A veces, aprovechando algún silencio en las conversaciones, cerraba los ojos para sentir con más intensidad la proximidad de nuestros cuerpos y no hice ni el más mínimo movimiento para separarme de ella. Nina, por supuesto, tampoco y de vez en cuando hacía que me estremeciese al sentir su mano descansar plácidamente sobre mi pierna mientras sus dedos se movían acariciándola. Volví a sentir de nuevo oleadas de deseo y adivinaba el de ella a través de sus dedos. No pude resistirme y puse mi mano sobre la suya. Nina la volvió y las entrelazamos, apretándonos aún más la una contra la otra. Así permanecimos, como dos adolescentes, hasta la entrada de la aldea.

Miguel aparcó la furgoneta en la puerta del bar. Él y Amanda, tras despedirse, se fueron a buscar a su hija a la casa de Víctor y María. Yo me quedé con Nina, al lado del vehículo, mirándonos… Unos segundos antes de que pudiéramos abrazarnos vimos a Manuel salir del bar. Nos saludó y, en ese momento, apareció también Lucía, quien le dijo a Nina que su madre, Yanira, quería verla antes de acostarse. Otra vez se cortó mi espontaneidad. Ya no había nada que hacer. Acompañé a ambas, pues Lucía vive al lado de Nina. Al llegar se despidió de mí y entró en casa. Nos quedamos de nuevo de pie, mirándonos. Nina se acercó y nos abrazamos. Me dio un beso largo en el cuello y susurró:

—Cuando la magia es verdadera, siempre vuelve. —Me apretó contra ella y se separó—. Tengo unas ganas enormes de besarte, pero si nos besamos ahora no podré parar y sé que tú tampoco… y tengo que entrar —dijo finalmente, señalando su puerta.

—Sí, lo sé. Para una vez que iba a fluir… —respondí, intentando disimular con mi risa la pasión que recorría todo mi cuerpo.

Nunca he levitado, pero creo que aquella noche, camino de mi casa, lo hice, pues sin darme cuenta ni haber sido consciente del camino recorrido, me encontré frente a mi puerta. Para tratar de calmarme un poco y dominar mi ansiedad, saqué a Tao y Greta y di un largo paseo, pero de calmarme, nada de nada. Me sentía arder por dentro. Ya en la cama, no conseguía dormir. Rememoraba, una y otra vez, todo lo que había sucedido aquel día, sobre todo el momento de la caracola. Sentí de nuevo sus labios sobre mi cuello, sus labios sobre los míos en aquella «pequeña pista» fugaz, su mano sobre mi pierna, sus dedos acariciándome… Tengo que confesar, y confieso, que solo conseguí dormirme, cerca ya del amanecer, después de masturbarme pensando en ella.

Me levanté un poco más tarde que de costumbre. Tras una ducha que acabó de despertarme, salí con mis dos perrillos y decidí desayunar en el bar, donde, además de tortas de pan, siempre tenían algún bizcocho y galletas caseras que las familias llevaban de vez en cuando. Yo también solía hacerlo dos o tres veces al mes.

Me encontraba exultante. Era feliz. Mis fantasmas no habían desaparecido realmente. Sabía que continuaban agazapados en algún recoveco de mi mente racional. Sin embargo, en aquellos momentos las emociones me arrastraban, impidiendo que mis temores se manifestasen. Estaba impaciente por ver de nuevo a Nina y, aunque me pasé la mañana paseando por los alrededores y volviendo al bar dos o tres veces, no coincidí con ella. Pensé que pasaría por mi casa aquella tarde, así que me senté en el jardín con un libro, del que no fui capaz de leer ni tres páginas, pero anocheció y Nina no apareció.

Los nervios empezaron a apoderarse de mí. No lo entendía. Había estado esperando verla en cualquier momento y el día había terminado en decepción.

«¿Por qué…? ¿Por qué no me ha buscado?», me pregunté.

Intenté sosegarme. Algo habría pasado para que Nina no se hubiese presentado. No podía dejar que las dudas empezasen a adueñarse otra vez de mí.

«También podía haberme acercado yo por su casa», pensé.

La verdad es que estuve a punto de hacerlo cuando vi que anochecía y Nina no había dado señales de vida, pero recordé a su madre y no quise presentarme a aquellas horas. Pero ¿y si había pasado algo?

«No», me dije, intentando alejar aquellos pensamientos negativos. «No ha pasado nada, porque, de haber sucedido algo, Amanda o Lucía habrían venido a decírmelo».

En ese momento me di cuenta de que tampoco había visto a ninguna de ellas, pero Elena estaba en el bar y no me había comentado nada, así que me tranquilicé y me acosté pensando que al día siguiente encontraría la respuesta.

Tras una noche casi sin dormir, me dirigí a desayunar otra vez al bar. Estaba Elena, como casi siempre, pero no vi a nadie más. Fui a dar una vuelta por los alrededores y alargué el paseo hasta el bosque donde nos habíamos encontrado el día de mi experiencia. Mi experiencia… Casi me había olvidado de ella aquellos últimos días. Mi estado emocional estaba tan volcado en los sentimientos y deseos que me provocaba Nina que había apartado momentáneamente de mi campo de atención la conmoción que me había provocado aquella extraña e impactante sensación de sentirme agua.

Me senté en la misma piedra y contemplé de nuevo el océano. Quise alejar mis pensamientos de Nina y centrarme en repetir la experiencia, pero era imposible concentrarme en nada porque su imagen llenaba mi mente. Deambulé un rato por el bosque y, finalmente, regresé de nuevo con mi decepción a casa.

Salí al huerto para mirar hacia la vivienda de Yanira, pero no vi a nadie. Entré a prepararme algo de comida, esperando que por la tarde Nina apareciera, pero la tarde pasó y nadie llamó a la puerta. Sobre las siete me di otra vuelta por el bar. Por fin, allí estaba Amanda, haciendo juegos con los niños. Nos saludamos y me senté un rato con ella, pero ni vestigios de Nina. Quería preguntarle, pero por esa tonta idea de que pudiera sospechar algo no lo hice y otra vez, con la frustración a cuestas, me fui para casa. Ya no sabía qué pensar y se había hecho tarde para acercarme a la suya. En realidad, me resistía a hacerlo, pues esperaba que ella me buscase. No comprendía, después de lo que había ocurrido, que al día siguiente no lo hubiese hecho.

«¿Me estará poniendo a prueba?», me pregunté. «¿Pero qué clase de prueba? ¿Qué pretende? ¿Que dé yo el paso? ¿Pero qué paso? La cosa quedó muy clara la otra noche. Lo único que había que hacer al día siguiente era buscarnos para exteriorizar y compartir nuestros sentimientos, nuestro deseo».

«Pero ¿y si Nina esperaba que fuese yo quien la buscase?», continué con mis divagaciones. «El cacao mental y las dudas los tengo yo, y quizás esperaba que la buscase para demostrarle que había superado mis conflictos y, al no hacerlo, es posible que piense que otra vez le estoy dando vueltas y quiere darme tiempo…».

Ya no me quedaban más escenarios ni más guiones, así que tomé la determinación de pasarme por su casa al día siguiente. No podía pasar un día más con aquella zozobra.

Me levanté de nuevo casi sin haber podido dormir. Me dirigí al bar para desayunar y también por si Nina aparecía. A media mañana me armé de valor y me acerqué a su casa. Yanira estaba sentada tomando el sol y me indicó que me sentase a su lado.

—¿Está Nina? —le pregunté mientras la saludaba.

—¡Ah! Vienes a verla a ella. Pensé que venías a verme a mí —respondió mientras me miraba con la misma sonrisa guasona de su hija.

—No, Yanira —contesté también sonriendo—. Tengo que hablar con ella, pero también venía a verte a ti.

—Pues no habías vuelto desde el día de la comida.

—Sí, es verdad, tienes razón. Pero he estado haciendo cosas y…

Yanira me interrumpió, tomando una de mis manos.

—No tienes que buscar disculpas. Nina es Nina y yo soy yo. Puedes venir a verme siempre que te apetezca sin problemas. Me agradas y me gusta mucho hablar contigo.

—Gracias, Yanira. Te aseguro que vendré a visitarte más a menudo. A mí también me gusta mucho hablar contigo.

—Sí, pero ahora querías hablar con Nina… No está y no sé cuándo volverá.

—Entonces ¿está fuera? ¿Dónde?

En ese momento apareció Lucía, a tiempo para oír mis preguntas.

—Alguien la necesitaba —explicó Yanira mirando a Lucía—. Vinieron a buscarla.

Noté algo extraño en las miradas de ambas, pero no pensaba marcharme de allí sin saber algo más.

—Pero ¿quiénes han venido a buscarla? ¿De la ciudad? ¿De algún pueblo?

—Sí —respondió con rapidez Lucía—. Está en una de las aldeas que hay cerca del parque natural. Posiblemente esté aquí mañana.

Aunque me pareció un poco raro, pues nunca había oído mencionar que Nina actuase como curandera fuera del pueblo, lo cierto es que saber que estaba fuera me tranquilizó y volatilizó todos los pensamientos y dudas de los días anteriores. «Pero también podía haberme avisado», pensé a continuación. Como si hubiese oído mi pensamiento, igualito igualito que su preciosa hija, Yanira indicó que habían venido a buscarla la misma noche que regresamos de la ciudad, lo que eliminó mi último reproche.

Lucía preparó unas infusiones de hierbas, sacó unas pastas que hacía ella misma y se sentó con nosotras. Estuvimos charlando un par de horas y comprobé que Yanira, de vez en cuando, me miraba con interés y sonreía. Tras prometerles que en la próxima visita les llevaría una quesada, hecha según la receta cántabra de mi abuela paterna, para que la probasen, di un beso a Yanira y me fui. Lucía me acompañó hasta el borde del jardín, me besó en ambas mejillas, sonrió, acarició mi cara y dijo, refiriéndose a Nina:

—Seguro que mañana ya estará aquí. No te preocupes.

Camino de mi casa, reparé en el «no te preocupes» de Lucía, que parecía indicar que conocía mi preocupación al no ver a Nina, como si supiese lo que había sucedido tres días antes. Sabía que ambas eran íntimas amigas. «¿Le habrá contado algo Nina?», me pregunté. La cosa no me hacía mucha gracia, pero no seguí pensando en ello, ya que, al pasar por el bar, reparé en que los tres vehículos de la aldea estaban aparcados allí. «Entonces ¿cómo ha ido Nina a la otra localidad?», pensé. «Bueno, qué tontería. Está claro que, si han venido a buscarla, vendrían en coche y ellos mismos la traerán de vuelta».

Aquella noche por fin pude descansar, aunque la impaciencia por volver a verla me tenía en ascuas. Me levanté temprano y desayuné en casa. Después estuve regando el huerto, echando de comer a mis estupendas gallinas y me puse manos a la obra en la cocina para preparar dos quesadas y tres bizcochos para repartirlos entre el bar y Yanira.

Ya por la tarde, salí a dar una vuelta con los perrillos y me acerqué a los acantilados. El paisaje desde arriba era maravilloso. Aquella tarde el océano no estaba demasiado alborotado y las olas llegaban a las calas más suavemente que otros días. Estaba admirando la belleza y la fuerza de la naturaleza cuando, al mirar la pared vertical del acantilado con el que limitaba la pequeña playa más cercana a la aldea, vi a sus pies, bordeando sus rocas como si viniese de la otra ensenada, una de las dos barcas de pesca de la aldea. Me extrañó, pues en aquella época salían a pescar por la noche. Atracó al lado de unas rocas que hacían las veces de muelle y vi que bajaba de la barca Miguel, el marido de Amanda, lo que me extrañó aún más, puesto que él se encargaba de la gasolinera y el taller, pero no salía a pescar. A continuación desembarcaron Manuel, el marido de Elena, dos mujeres más y en último lugar Nina.

No podía creer lo que estaba viendo. «¿Nina? ¿Pero no me habían dicho que estaba en otra aldea?», me pregunté mientras los veía dirigirse al camino que, serpenteando por la ladera, llevaba hasta el pueblo. Era obvio que si venían por el mar no lo hacían de ninguna otra localidad, ya que la más cercana quedaba demasiado lejos y nunca había oído que llegasen hasta ella en barca. ¿De dónde venían entonces? ¿Qué estaba pasando allí? ¿Por qué Yanira y Lucía me habían mentido? ¿Qué hacía allí Miguel?

Las preguntas empezaron a darme vueltas en la cabeza. No entendía nada, pero lo que estaba claro es que allí pasaba algo raro y a mí me mantenían al margen de lo que fuese. Recordé lo de las mujeres que intercambiaban sus idas y venidas cada cierto tiempo, tema que había llamado mi atención y que, sin embargo, por todo lo que estaba sucediendo en mi campo emocional, no había tenido tiempo de preguntar a Amanda.

Si a todo ello le añadía las a veces enigmáticas palabras de Nina y mi experiencia con el agua, eran datos más que suficientes para espolear mi curiosidad, que siempre se había disparado ante cualquier indicio que pudiera oler a misterio o secreto, por lo que mis antenas se desplegaron y con ellas mi determinación de averiguar qué es lo que estaba ocurriendo en aquella aldea. Mi intuición me decía que no había nada oscuro ni siniestro detrás de aquello, pero, aunque no hubiese sido así, me propuse investigarlo.

Tras estas cavilaciones, permanecí como una hora más dando un paseo con los perros y cuando regresé a casa ya había anochecido. Acababa de ponerles la comida y cambiarles el agua cuando, al dirigirme de nuevo a la cocina, reparé en un paquete que había encima de la mesa del salón. Lo abrí con curiosidad y encontré una gran caracola sin abrillantar, como si acabasen de sacarla del fondo del océano, con una nota de Nina:

Siento que no estés. Me habría encantado verte, pero no puedo esperar.

Mañana tengo cosas urgentes que hacer. Vendrán a buscarte Lucía y Amanda para llevarte a un lugar que no conoces. Ve con ellas.

Haré todo lo posible para poder acercarme yo también, pero disfruta de aquel rincón. Tiene magia y estoy segura de que te gustará.

Besos.

Nina

P.D. Esta caracola sí que tiene cobertura.

Creo que leí la nota unas veinte veces y maldije haberme quedado más tiempo en los acantilados. No imaginaba que me buscaría nada más llegar al pueblo. No conseguía nunca adivinar el siguiente movimiento de Nina con respecto a mí y siempre lograba sorprenderme, como lo había hecho con el contenido de aquella nota. ¿Un lugar que no conocía? Si había escudriñado ya todos aquellos parajes… Más misterios. Y sobre su ausencia, ni una palabra, ni tampoco seguridad de que nos veríamos al día siguiente. Me dio la impresión de que quería mantener la tensión emocional.

Ni que decir tiene que, otra noche más, apenas pude dormir. Estuve dando vueltas y más vueltas a todo aquel enigma, que me propuse aclarar al día siguiente, bien con Nina, bien con Amanda y Lucía. Quería respuestas. Y respuestas claras.

LA CAVERNA


Amaneció lloviendo casi torrencialmente. «Vaya, —me dije— ya se estropeó el invento», pues pensé que lloviendo de aquella manera no podíamos ir a ninguna parte. Así que solté a Tao y Greta por el jardín, los sequé cuando entraron y me senté a desayunar. Acababa de recoger la cocina cuando llegaron Lucía y Amanda, embutidas en sus impermeables.

—¿Todo preparado para la excursión? —preguntó Amanda.

—¿Excursión? ¿Con la que está cayendo, creéis que se puede ir de excursión? Anda, anda, sentaos, que os preparo un café.

—Ya lo creo que se puede —respondió Lucía—. Precisamente, es un día idóneo para esta excursión. Venga, ponte el chubasquero y las botas y vámonos.

—Estáis locas. ¿Pero habéis visto cómo llueve?

—Que sí, que ya lo vemos —dijo Amanda—. Venga, confía en nosotras. Ya verás como al final te alegrarás de habernos hecho caso.

Viendo su empeño, me armé de paciencia, me calcé las botas de agua, me puse el chubasquero y las seguí al exterior. Vi que se dirigían al camino que por la ladera llevaba a la cala y pensé de nuevo que estaban locas, pero fui tras ellas, aunque no acertaba a adivinar dónde querían ir si bajábamos a la playita. Pero al llegar abajo se dirigieron a una gran oquedad, en la parte del acantilado más cercana a la ladera, donde guardaban las dos zódiacs. Ya ni me molesté en preguntar dónde íbamos. Llevamos la embarcación al agua, nos subimos a ella, Lucía puso en marcha el pequeño motor fueraborda y salimos al mar. Bordeando las rocas de los acantilados pasamos la siguiente ensenada, y unas seis calitas más allá me sobrecogió contemplar desde abajo la enorme mole del altísimo despeñadero que caía totalmente vertical hasta hundirse en el mar. Allí no había cala, pero la fuerza del agua, golpeando día tras día, había conseguido abrirse paso a través de las rocas, moldeándolas y formando pasillos entre varios farallones, así como una especie de túnel, escondido tras una de las grandes rocas, por el que el océano se adentraba en el interior de la pared rocosa.

Me sentí como una auténtica hormiga ante aquella naturaleza inmensurable. El acantilado, que abajo se hundía en el agua, por arriba parecía tocar el cielo, y la violencia de las olas golpeando fuertemente contra las rocas me hizo recordar de pronto la sensación de la fuerza y el poder que me arrastraban y que no conseguía dominar en mi experiencia con el agua.

No conocía aquella zona. Allí solo se podía llegar por el mar. Me di cuenta de que había pateado todos los rincones alrededor de la aldea, pero nunca había salido con ellos en barca. Las olas, frenadas en parte por los farallones, permitieron que Lucía se acercara sin problemas a las rocas y nos adentrásemos en aquella galería en la que, a medida que íbamos avanzando, las aguas calmaban su ímpetu arrollador.

Tras un kilómetro aproximadamente, aquel oscuro pasadizo marino se fue agrandando hasta desembocar en una laguna donde el agua, tras golpear suavemente contra las rocas, regresaba de nuevo al océano, en un viaje inacabable de ida y vuelta. Lucía atracó la zódiac en un extremo de la pequeña laguna. Amanda sacó tres linternas frontales, nos entregó dos y se dirigió a la izquierda del fondo de la cueva, donde varias rocas colocadas estratégicamente hacían las veces de una escalera. Lucía me indicó que las siguiese. Yo no salía de mi asombro y no me quedaba ya ninguna duda de que el destino final de nuestra excursión, como decía Nina en su nota, me iba a gustar. Así que las seguí con gran agitación y curiosidad.

Subimos por aquella escalera improvisada y unos tres metros más arriba la luz de las linternas iluminó un pasillo, como de un metro de ancho y casi dos de alto, que se adentraba en la roca, pero no hacia el interior, sino hacia la izquierda, y calculé que en sentido paralelo al océano. Tras avanzar como otro kilómetro, desembocamos en una gruta que me dejó sin habla. Ya no necesitábamos linternas. En la parte superior de uno de los extremos de la caverna, que tendría aproximadamente unos quince metros de altura, existían varias aberturas en la pared lateral por las que entraba la luz del día, por lo que deduje que debía de ser el paredón de alguno de los acantilados. Imaginé que aquellas aberturas se debían a la fuerza del viento, que había conseguido horadar con el paso del tiempo aquel tabique rocoso.

A la derecha del corredor por el que habíamos accedido a la gruta, y casi en el centro de esta, había un estanque ovalado, de unos sesenta metros cuadrados, que despedía un tenue vapor, por lo que supuse que eran aguas termales procedentes de las capas subterráneas. Desde el estanque, las ventanas naturales quedaban al fondo y a la izquierda. A la derecha, casi detrás del estanque y un poco más elevada que este, había otra gran abertura en la roca, como si fuese el comienzo de otra caverna. Pero al entrar en aquella cavidad, que se cerraba unos metros más allá, contemplé fascinada nada más y nada menos que una suave cascada de agua que se precipitaba desde lo alto de una de las paredes, seguramente algún manantial o corriente cuyo origen estaría en las montañas cercanas a aquella parte de los acantilados. El agua quedaba embalsada en una especie de poza que apenas si llegaba a las rodillas y, al no rebasar hacia el estanque, deduje que continuaba su camino filtrándose a través del suelo rocoso.

Frente al estanque, al fondo de la gruta, al otro lado del paredón de los ventanales, el terreno era un poco más elevado y dos aberturas en la pared indicaban el inicio de otras dos galerías que, en ese momento, ignoraba si conducían a alguna parte o eran simples túneles ciegos en la roca. Por último, observé también que justo en el rincón que hacía el muro de los ventanales con la pared frontal habían organizado un área de descanso con varios colchones cubiertos con mantas y cojines y cuatro bases de piedra que hacían de mesitas, con varias velas y unas cuantas toallas encima. Me pareció un espacio chill out. Solo le faltaba la música. Me encantó.

Amanda y Lucía me contemplaban divertidas, esperando que yo dijese algo, pero mi sorpresa era tan enorme que solo podía admirar una y otra vez aquella maravilla de la naturaleza, incapaz de pronunciar palabra alguna. Finalmente, y después de haber recorrido todos los rincones de la caverna, cuya extensión aproximada era de unos mil metros cuadrados, las miré, me acerqué a ellas y las abracé.

—Teníais razón. ¿A quién le importa la lluvia?

—¿Lo ves? Sabíamos que te iba a gustar —respondió Amanda.

—¿Pero por qué no me habíais traído antes? ¿Es que este lugar es uno de vuestros secretitos? —pregunté con ironía.

Ambas se miraron y, tras unos segundos, Lucía contestó.

—Cada secretito tiene su tiempo.

—Y aún queda alguno más, ¿no?

—Vamos —replicó Amanda—. ¿Por qué crees que tenemos secretos?

—Porque lo sé. Porque sé que esta aldea esconde algún misterio. Porque sé que aquí está sucediendo algo que nadie me cuenta.

—Bueno… Supongamos que fuese así y supongamos que no tiene nada que ver contigo. ¿Por qué habría que contarte… lo que sea, que no tengo ni idea de lo que es? —preguntó una sonriente Amanda.

—Para empezar, porque no me gusta que me mientan. Y para terminar, porque creía que me habíais aceptado y que confiabais en mí, pero estoy viendo que no es así y lo siento. Si no confiáis en mí, es lógico que me ocultéis cosas —finalicé con cierta tristeza.

—Pero ¿quién te ha mentido? —inquirió Amanda.

—Pues ahora mismo tú y anoche Lucía. No sé dónde estaba Nina, pero desde luego no estaba en ninguna otra aldea. Pero tienes razón. Al fin y al cabo, si no tiene nada que ver conmigo no tengo ningún derecho a haceros preguntas, así que os pido disculpas.

Amanda miró extrañada a Lucía, pues desconocía lo de la noche anterior. Entonces Lucía se acercó a mí y me abrazó.

—Lo siento. Te dije lo primero que se me ocurrió para tranquilizarte. En aquel momento no podía decirte otra cosa. Puedes tener la seguridad de que tienes nuestra confianza, pero, aun así, todas las cosas tienen su tiempo, como las estaciones de la naturaleza.

Amanda también se acercó y me dio un beso.

—Tú sabes que ya formas parte de nuestras vidas. No es falta de confianza, sino de momentos adecuados o de preparación.

—Te advierto de que yo aprendo muy rápido —la interrumpí riéndome y, en el fondo, queriendo zanjar el tema, pues me había dado cuenta de que tenían razón en lo de los tiempos. Por otro lado, pensé también que no debía entrometerme demasiado. Si había algún secreto, debía esperar a que quisieran contármelo y si no lo hacían debía respetar su decisión.

—Sé paciente —finalizó Lucía mientras me daba otro beso—. Y ahora dinos qué opinas de este lugar.

—¡Es fantástico! ¡Es increíble! —exclamé con entusiasmo—. No podéis imaginaros lo que siento, sobre todo el sobrecogimiento que me produce saber que estoy en el interior de la tierra, en el interior de un acantilado, y que el océano está ahí, al otro lado de las rocas. Me siento un poco como los protagonistas de Viaje al centro de la Tierra.

—No estamos tan abajo —respondió Amanda riéndose.

—Bien —apremió Lucía—, ¿qué tal si seguimos la conversación dándonos un baño?

Y dicho y hecho. Vi como de la forma más natural se quitó el impermeable, las botas, el resto de la ropa y se quedó completamente desnuda mientras yo la miraba con admiración. Era escultural vestida, pero desnuda… No quería ser indiscreta, pero no era capaz de apartar mis ojos de su cuerpo. Sus pechos eran absolutamente proporcionados y preciosos y, para qué voy a engañarles, sentí un deseo enorme de acariciarlos.

En ese momento oí la risa de Amanda, quien también acababa de desnudarse y se metía en el estanque. Lucía fue detrás y ambas me animaban con sus gestos para que me uniese a ellas. Yo tenía dos opciones, quedarme allí inamovible, como una roca más, lo cual iba a resultar un poco raro, o despojarme de mi timidez, además de mi ropa, y lanzarme al agua con ellas. La primera me parecía una estupidez, pues el baño me apetecía, sobre todo porque tenía las perneras de los pantalones caladas y mis piernas igual. La segunda me daba un «no sé qué», más que nada por una cuestión de estética. A ver, modestia aparte, a pesar de mi edad, me conservo muy bien y reconozco que mi cuerpo no está nada mal, pero eso antes de haber visto el cuerpazo de Lucía. Después de haberlo contemplado, el «no sé qué» iba creciendo, así que hice un esfuerzo y, superando el embarazo de tener que desnudarme ante ellas, me quité la ropa a la velocidad de la luz y con la misma rapidez me zambullí en aquella maravillosa piscina. El agua estaba templada y mi cuerpo lo agradeció. Disfruté del baño a placer. Estar en aquella bañera natural, elevar la vista, contemplar la gruta y saber dónde nos encontrábamos me emocionó por completo.

No sé qué profundidad tendría aquella poza, pero debía de ser bastante, puesto que solo se podía hacer pie en la orilla de uno de los extremos de la figura oval, donde un montón de rocas permitía ponerte de pie, con el cuerpo sumergido casi hasta los hombros. En el lado contrario, otra gran piedra plana e inclinada en rampa, que no sé si era su posición natural o la habían colocado así, permitía sentarse y hasta tumbarse en ella con el agua cubriendo todo o parte del cuerpo. Di unas cuantas brazadas y me eché sobre ella mirando hacia el techo de la caverna. Después cerré los ojos y sentí que mis músculos se relajaban poco a poco.

La temperatura en el interior de la cueva era agradable. El calor que desprendía el agua caldeaba el ambiente y calculé que debía de haber entre trece y dieciocho grados, dependiendo de la proximidad o lejanía de aquella poza. Recordé alguna de mis estancias en balnearios, donde me encantaban las saunas y los baños de contraste, y me di cuenta de la suave cascada que tenía al otro lado. Abrí los ojos. Amanda se había sentado a mi lado, mientras que Lucía seguía en el agua.

—Oye, supongo que puedo meterme debajo de la cascada como si fuese una ducha…

—¿Para qué crees tú que la naturaleza la ha colocado ahí?

Nos levantamos a la vez y, bordeando el estanque, pisando las piedras templadas, entramos en aquella oquedad, que era como un espacio privado, y nos pusimos debajo de aquella pequeña catarata. El agua, como era de esperar, estaba fría y me estimuló completamente. Repetí la operación dos o tres veces y volví a tumbarme en la rampa, agradeciendo el calorcillo del agua. Acababa de cerrar otra vez lo ojos para dejarme llevar por las sensaciones cuando oímos que alguien llegaba. Me senté y vimos aparecer a Miguel y a Nina. Al darme cuenta de mi desnudez me dio un ataque de pudor y me metí rápidamente en el agua.

Ambos se acercaron al borde y nos saludaron. Nina buscó mis ojos y me sonrió. A continuación, también con la mayor naturalidad, Miguel se quitó la ropa y se metió en el agua. Nina lo hizo un poco más despacio. Yo estaba de pie donde las rocas me lo permitían, mirándola. Y ella, deleitándose en la impresión que sabía me estaba causando, comenzó a desnudarse muy lentamente, sin dejar de mirarme y con aquella sonrisa provocadora. Cuando la vi desnuda, acercándose a la rampa que quedaba a mi izquierda, sentí una oleada de deseo y una sensación de calor eléctrico que recorrió todo mi cuerpo.

Mi excitación estaba a punto de estallar. Mis ojos recorrieron su cuerpo, imaginé mis manos acariciando sus brazos, su cintura, sus pechos, sus piernas, imaginé mi boca buscando la suya y mis labios besando su cuello… En esas andaba cuando Nina, tras meterse en el agua, nadó hacia donde yo me encontraba y, poniéndose también de pie en las rocas, se acercó a mí y, en un movimiento rápido, apretó su cuerpo contra el mío, me besó en los labios y se lanzó al agua. Y yo me quedé allí, contemplándola e intentando tener la suficiente fuerza de voluntad para pasar lo que quedase del día sin que los demás se diesen cuenta de lo que sucedía. Pero era un verdadero tormento, sobre todo sabiendo que Nina iba a seguir con sus jugueteos.

Miguel y Amanda habían salido del agua y se habían sentado en el borde del estanque. Lucía estaba saliendo también en aquel momento y Nina seguía nadando. Al cabo de un rato, yo salí también por la rampa y me dirigí a la cascada. Necesitaba más que nunca que aquellos chorros de agua enfriasen mi anatomía. Me metí debajo de aquella ducha natural, en uno de sus extremos, donde el agua caía con menos fuerza. Apoyé mis manos contra la pared y dejé que resbalase por mi cabeza, mi cara y mis hombros, pero no conseguía calmar mi impaciencia. Llevaba varios minutos en aquella posición, preguntándome cuándo iba a ser posible que pudiese estar a solas con ella, aunque tenía la impresión de que aquellos tiempos tampoco los gestionaba yo. De improviso, sin haberla oído llegar, la sentí detrás de mí. De nuevo sus brazos rodeando mi cintura, abrazándome contra su cuerpo, besando mi cuello… Sentí sus firmes pezones contra mi espalda y me olvidé de Miguel, de Amanda, de Lucía, de mi edad y hasta de mi nombre. Me volví hacia ella, la abracé, acaricié sus labios con los míos y sentí su lengua buscándome. La empujé suavemente contra la pared. Me apreté contra ella, tomé su cara con mis manos, volví a besarla y comencé a acariciarla, primero sus brazos, su cintura, subiendo lentamente hasta sus senos. Busqué con mi boca sus pezones, por los que resbalaba el agua del manantial, y los acaricié con mi lengua, una y otra vez, mientras sentía las manos de Nina recorriendo mi espalda y una de sus piernas colocarse entre las mías. Me apreté más contra ella, acaricié sus muslos, seguí lamiendo sus pezones y mi mano buscó con ansiedad su sexo, acariciando su pubis y su clítoris hasta que la convulsión de su cuerpo me indicó que había alcanzado el orgasmo.

Nos abrazamos con fuerza, Nina buscó mi boca y volvió a colocar su pierna entre las mías, frotándola contra mi sexo. Esta vez fue ella quien me dio la vuelta, me apretó contra la pared y comenzó a acariciarme. Sus manos sobre mis pechos, después sus labios. Siguió masajeándome con su pierna para seguir con su mano, que buscó también mi sexo, acariciándolo hasta que el incendio que tenía dentro de mi cuerpo estalló, haciéndome alcanzar el clímax más increíble que había tenido en mi vida.

Continuamos besándonos durante un rato más hasta que Nina me separó con dulzura.

—Ven, salgamos de aquí.

—No —dije apretándome de nuevo contra ella—. Quédate un rato más, por favor.

Tomó con su mano mi mentón y me besó en los labios.

—Se han ido. No hay nadie.

—¿Se han ido? —pregunté con incredulidad.

—Sí, hace un rato.

—Pero… ¿por qué no me lo has dicho antes?

—Porque no me has dado tiempo —respondió tras soltar una carcajada.

Me cogió de la mano y volvimos a la piscina. Después del tiempo que habíamos permanecido debajo del agua fría de la cascada, a pesar de nuestros calores, agradecimos el baño y la agradable temperatura del agua. Tras nadar unos minutos, Nina se tumbó en la rampa y yo, a su lado, continué acariciándola. Besé sus pies, sus piernas, sus muslos y mi boca buscó su sexo, que rocé con mi lengua, sintiendo que la pasión me hacía arder de nuevo. Ella separó mi cabeza, me atrajo hacia arriba y me besó.

—Lo siento —dije—. ¿No te gusta?

—Hummm… Me encanta, pero esta vez quiero que lleguemos a la vez. Anda, ven.

Se levantó y fue a buscar unas toallas. La miré con embeleso mientras se secaba.

Nina, riéndose, se acercó y, tras abrazarme y besarme, cogió mi toalla y empezó a secarme. Me colocó mirando hacia la entrada de la cascada y dijo:

—No te muevas ni te des la vuelta hasta que venga a buscarte.

Al cabo de un rato regresó y volvió a abrazarme.

—Te voy a dar la vuelta, pero cierra los ojos. No los abras hasta que yo te diga.

Me tomó de la mano y la seguí. Me indicó dos veces que subiera otros tantos peldaños en la roca y se paró.

—Ya puedes abrirlos.

Estaba frente al espacio chill out. Nina lo había rodeado de velas, colocadas encima de las piedras, logrando un ambiente acogedor y romántico. Se dirigió a los colchones tapados con fundas, mantas y edredones, se tumbó y extendió su brazo invitándome a que me echase a su lado. Lo hice muy despacio mientras mis ojos recorrían su cuerpo. Me tumbé junto a ella y comencé a acariciar sus piernas para ir subiendo hacia su cintura y sus senos. Mientras, Nina me rodeaba con sus brazos, acariciaba mi espalda y buscaba mi boca.

Así permanecimos bastante rato, con mi pierna entre las suyas, sintiendo su sexo y con el mío frotándose contra su muslo, notando sus pezones tocando los míos. De nuevo sentí que ardía por dentro.

—Tengo ansias de ti —le dije mientras la besaba una y otra vez.

Nina me apretó aún más contra ella.

—Pues sáciate —respondió mientras besaba mi cuello y sus manos acariciaban cada centímetro de la parte posterior de mi cuerpo.

Empecé a besar y lamer sus pezones, bajando poco a poco, besando cada curva y cada rinconcito de su cuerpo hasta llegar a sus piernas, que acaricié con mis labios hasta sus pies para volver a ascender y llegar a sus muslos, que se abrieron ofreciéndome su sexo. Lo acaricié una y otra vez con mis labios y mi lengua mientras ella se movía y notaba su excitación. En ese momento Nina, que acariciaba mi espalda, me tomó por los hombros, atrayéndome hacia arriba y buscando mi boca.

—Quiero que sea aún más mágico. Quiero que lleguemos a la vez — susurró en mi oído a la vez que me abrazaba y me daba la vuelta.

Después hizo el mismo recorrido que yo había hecho por su cuerpo hasta encontrar también mi sexo. Me es imposible describir con palabras las sensaciones que ella provocaba en mí. Cuando estaba a punto de estallar de placer, volvió a reptar hacia arriba hasta que sentí sus pezones sobre mis pechos y en un movimiento rápido elevó una de mis piernas, apretándose contra mí hasta que sentí su clítoris contra el mío. Nos movimos cadenciosamente, una y otra vez, hasta que nuestra excitación se tornó en una exaltación sensorial y en un estremecimiento que recorrió nuestros cuerpos. Tuve una sensación de vértigo. Seguimos besándonos, abrazadas y con las piernas entrelazadas, hasta que una sensación de paz me inundó totalmente.

Nunca había sido tan feliz. Quería detener el tiempo, quería eternizar aquellos instantes igual que los que captaba en mis fotografías. Sentirla allí, a mi lado, y notar sus dedos recorriendo mi piel me hacía enloquecer y devolverle sensualmente cada caricia. Experimentaba su ternura y se desbordaba la mía. La quería tanto… No podía controlar mi emoción y sentí las lágrimas en mis ojos. Nina se dio cuenta, me abrazó y besó con ternura mis labios, a la vez que susurraba:

—Te amo. Lo sabes, ¿verdad?

—No, no lo sabía —respondí bromeando mientras correspondía a sus besos.

—¿Ah, nooo? —Nina se echó a reír—. Pues te lo he estado diciendo con mis ojos y he estado seduciéndote desde que nos conocimos.

—Sí, de tus jueguecitos doy fe —dije mirándola burlonamente.

—Me gusta jugar contigo —reconoció Nina soltando una carcajada—. Me divierte mucho ponerte nerviosa. Eres un encanto.

—¡Qué graciosa! Pues me has hecho pasar unos ratos…

—No, yo no. Te los hacías pasar tú con tus absurdos miedos y fantasmas.

—Sí, ya sé, mis conflictos internos. Pero mis temores son lógicos.

—A ver, ¿lógicos por qué?

—Nina, hay una realidad que no puedes negar. Te llevo casi veinte años.

—No, no la niego, pero ¿qué importa eso?

—A mí sí… A mí sí que me importa.

—¿Por qué? Exactamente, ¿por qué te importa tanto?

Me quedé mirándola sin comprender por qué ella no veía que esos diecisiete años de distancia entre nuestros nacimientos eran un obstáculo en nuestra relación y me esforcé en hacérselo entender.

—Nina… Si yo tuviese tu edad, tendría algo más que ofrecerte. Más tiempo para estar junto a ti, más tiempo para amarnos, para compartir la vida. Pero con estos años de diferencia, aunque yo ahora aún esté físicamente bien, los años pasan. Supongamos que dentro de quince años seguimos juntas. Yo seré una anciana, tú aún serás diecisiete años más joven y te habrás convertido en mi cuidadora. Yo no quiero eso para ti, porque si eso no me importase estaría demostrando un gran egoísmo pensando solo en mi felicidad, no en la tuya. O sencillamente, con esos años de diferencia, llegará un momento en el que habrás dejado de amarme y yo sufriré por ello. ¿Entiendes ahora mis conflictos, por qué he intentado resistirme a sentir lo que siento y por qué no puedo disfrutar plenamente de esta felicidad que experimento junto a ti? Me he dejado vencer por los sentimientos que me desbordan, porque ante ti no consigo tener control, pero eso no hará desaparecer esos años de diferencia —finalicé con tristeza.

Nina me había escuchado en silencio, dejándome hablar. Cuando terminé me miró con ternura, se inclinó sobre mí, me besó de nuevo y comenzó a acariciarme.

—Vale, he escuchado a los fantasmas asustados que has permitido que ocupen tu mente. Ahora escúchame a mí. Para empezar, no debemos hacer proyecciones de futuro, porque no sabemos si mañana o dentro de unos minutos estaremos vivas. Imagínate por un momento que dentro de unos segundos hay un seísmo y esta cueva se hunde en el océano con nosotras dentro. ¿Te arrepentirías de lo que acabamos de hacer? ¿Te arrepentirías de haberme amado?

—No, por supuesto que no —respondí besándola—, pero no es eso…

—Bien, me has argumentado tus miedos. Ahora te diré yo por qué no me importan en absoluto esos diecisiete años. Es más, adoro esa diferencia porque contemplo de otra manera el río de la vida. Es muy probable que si la diferencia entre nuestros nacimientos fuese otra, no exactamente esta, ni siquiera nos hubiéramos conocido. Para llegar a encontrarnos ha sido necesario un cúmulo de circunstancias que se han ido desarrollando en nuestras vidas, en una especie de sincronía que, finalmente, nos ha unido en el tiempo y en el espacio. Tener la edad que tienes ha hecho posible que te jubilases y, con ello, que pudieses hacer un viaje que hasta entonces no habías podido llevar a cabo. Pero, además, si hubieses nacido más tarde y hubieses hecho este mismo viaje es muy improbable que se hubieran dado las mismas circunstancias que te llevaron a la aldea. Pero aún voy más allá —continuó tras una pausa—. Aunque se hubieran dado, aunque tú, siendo más joven, hubieras recalado en este punto, estate completamente segura de que habría sido un lugar más, pero no habrías sentido esa llamada, ese imperativo deseo de cambiar tu vida y venirte a vivir aquí. Y aunque tú y yo nos hubiésemos encontrado, habría sido indiferente para ambas porque no era nuestro momento. Porque para que eso haya sido posible ha sido necesario que tú hayas vivido tu vida, con todas tus particularidades y tu edad como un detalle más. Todas esas circunstancias te han hecho evolucionar y llegar a un punto, vamos a llamarlo vibratorio, que nos ha permitido conectar, porque en el momento de nuestro encuentro ambas nos movíamos en una frecuencia energética similar o en la misma frecuencia de comunicación profunda, esa que apenas necesita palabras.

Al llegar a este punto, me eché a reír.

—Pues ya vas casi por el sexto folio del discurso.

Nina respondió con una carcajada.

—La culpa es tuya. Ya sabía yo que me ibas a dar trabajo. Lo que te estoy diciendo en tu interior ya lo sabes, pero como te empeñas en seguir albergando esos temores, tendré que intentar ayudarte para que definitivamente los expulses y empieces a sentir la vida y disfrutar de tus sentimientos.

—Vale, sigue ilustrándome —dije riéndome mientras comenzaba a acariciar sus pechos.

Nina se estremeció y me dirigió una mirada burlona.

—¡Juguetona…! Déjame terminar —dijo besándome de nuevo—. Por ese motivo, no solo me importa un comino tu edad, sino que la bendigo, porque si fueses más joven no estaríamos aquí ahora y no estaría sintiendo tus caricias, que me están poniendo otra vez a cien.

—Hummm… ¿De verdad? —pregunté riéndome, pero sin dejar de acariciarla—. ¿Y qué pasará cuando dentro de quince años ni siquiera pueda acariciarte porque a lo mejor tengo artrosis?

Nina soltó una sonora carcajada a la vez que me miraba divertida.

—¿Quieres decir que en función de tu posible artrosis futura vas a renunciar a un montón de maravillosos años de amor juntas? Pues te aseguro que yo no voy a renunciar ni a un segundo. —Hizo una pausa y me dirigió una mirada burlona acompañada de esa sonrisa seductora que me volvía loca. A continuación me besó, se acercó a mi oído y me susurró—: ¿Vas a renunciar tú?

—¿Tú qué crees? —le pregunté riéndome mientras reanudaba mis caricias sobre su espalda y la sentí estremecerse de nuevo.

Volvimos a entrelazar nuestros cuerpos como amantes insaciables… hasta que por los agujeros de la parte superior de la pared vimos que había anochecido.

—Pasaremos la noche aquí, ¿no? Porque no pienso despegarme de ti —pregunté a Nina.

—Por supuesto —respondió riéndose. Yo tampoco quiero que te despegues.

—¡Oh! ¡Vaya! —exclamé mientras recordé y mencioné a Tao y Greta—. Sus paseos no me preocupan, pues salen al jardín por la gatera, pero se van a quedar sin cenar.

—No —respondió Nina—. Estate tranquila, Amanda se encargará de atenderlos.

—¡Vaya! Piensas en todo.

—¡Claro! No iba a permitir ninguna distracción después de tres días sin vernos.

Recordé aquellos tres días, la mentira de Lucía, la llegada de la barca con Nina…

—¿Me contarás dónde has estado?

—Sí, claro que te lo contaré, pero no ahora porque, hablando de comida, tendremos que cenar algo. ¿Te apetece?

—Sí, claro. La verdad es que tengo hambre… Me has abierto el apetito.

Se levantó y cogió una mochila que estaba al lado de una de las piedras. Nos tapamos con las mantas y compartimos queso, pan y fiambres. Para terminar, Nina me miró y dijo:

—Otra sorpresita que sé que te va a encantar.

Se dirigió a una piedra plana, inclinada sobre otras tres dispuestas en un cuadrado abierto por el lado que daba hacia nosotras, y la retiró. Entonces vi restos de un fuego y varios palos preparados para encenderlo de nuevo. Trajo varios leños de un rincón y prendió una pequeña y encantadora fogata, donde calentó agua para una infusión que agradecí, pues hacía un poco de frío. Sacó de una caja de madera dos sacos de dormir, que por medio de las cremalleras convertimos en uno y nos metimos dentro.

—Estoy asombrada y fascinada —dije mientras me abrazaba a ella—. Vaya rincón que habéis preparado. Me están dando ganas de quedarme a vivir aquí.

—Sabía que te gustaría —respondió abrazándose también a mí.

A pesar de lo feliz y relajada que me sentía, no podía dormir. Contemplé el techo de la gruta, débilmente iluminado por la luz del fuego, así como las figuras que el movimiento de las llamas y las sombras dibujaban sobre las rocas, e intenté imaginar a nuestros antepasados viviendo en las cuevas prehistóricas y la importancia que tuvo que tener para ellos el descubrimiento del fuego. Después repasé todos los acontecimientos de aquel día y miré a Nina, que dormía plácidamente con su cabeza apoyada en mi hombro, su pierna sobre la mía y abrazada a mi cintura. Contemplé su cara y otra vez la emoción asomó a mis ojos. No podía creer que la tuviese allí, entre mis brazos. No podía creer que ella me amase. Pensé que quizás era un deseo pasajero. Volví a mirarla… No, estaba segura de que no era pasajero, porque después de nuestros momentos de fogosidad y locura pasional había comprobado su ternura y había sentido que estábamos unidas por algo más que el deseo. Sentía en mi interior algo que no acertaba a definir, una especie de extraña energía que me unía a ella, como un invisible cordón umbilical que iba mucho más allá del ansia sexual. La besé suavemente en los labios para no despertarla. Al poco rato debí de quedarme dormida.

Cuando desperté estaba de espaldas a Nina, quien abrazaba mi cintura con uno de sus brazos. Aún somnolienta, sentí que acariciaba y besaba mi hombro. Me volví. Me miraba sonriente.

—Buenos días, bella durmiente.

—Buenos días —respondí abrazándome a ella—. ¿Qué tal has dormido?

—Muy bien, como un bebé. Así que diecisiete años más… Anoche me dejaste exhausta —comentó riéndose.

—¿Y cómo crees que me dejaste a mí? —respondí riéndome también.

—Te amo —musitó en mi oído.

—Hummm… Me apunto a este despertar todas las mañanas. —Querrás decir al mediodía.

Miré mi reloj. Era la una del mediodía. Me costaba trabajo dejar de abrazarla, pero tenía que levantarme. Me fui derecha a la cascada para espabilarme del todo. El agua estaba casi helada, lo que me hizo volver rápidamente al estanque, donde me zambullí dejándome abrazar por una calidez agradable. Vi que Nina se dirigía también a la cascada y a continuación se unió a mí en el estanque. Nadamos un poco y nos sentamos en la rampa. Nina abrazó mi cintura y yo apoyé mi cabeza en su hombro. Tras unos minutos, me preguntó:

—¿Quieres que pasemos aquí otra noche o prefieres que regresemos?

—Me encantaría quedarme otra noche, pero creo que será mejor que volvamos.

—¿Lo dices por mi madre y tus perros?

—Sí, no debemos abusar de Amanda y Lucía.

—No, no te preocupes en absoluto por eso. Ellas lo hacen muy gustosas. En realidad, no nos esperan hasta mañana.

—¿Ah, sí? Entonces ¿para qué me preguntas?

—A lo mejor no te apetecía… Tenía que preguntar.

—¿Me estás tomando el pelo? —inquirí con sorna.

—No —respondió intentando contener la risa—. Es que soy muy respetuosa con eso de la edad. Es posible que estés cansada y no quiero empeorar tu artrosis.

—¿Otra vez jugueteando conmigo? —repliqué soltando una carcajada a la vez que, tumbándola sobre la rampa, comencé a besarla y acariciarla.

Nina, riéndose conmigo, me abrazó y empezó también a acariciar mi espalda. La miré.

—Eres preciosa. ¿Sabes que estoy loca por ti?

—Claro, era eso… Ya había notado yo algo raro.

Tras su frase, continuó acariciando mi espalda y, colocando una de sus piernas entre las mías, me abrazó con fuerza y me dio la vuelta hasta situarme debajo de ella. Me miró, besó mi boca, después mi cuello para susurrarme al oído:

—No quiero que estés loca por mí, quiero que me ames como yo a ti, profundamente y sin miedos. Quiero que seas feliz.

A continuación consiguió encender de nuevo mi fuego hasta hacer estallar mi pasión a la vez que la suya, igual que la tarde anterior.

—Nina, no puedo ser más feliz. Te amo profundamente, y ese «estoy loca por ti» que te he dicho antes es lo que ha conseguido que asuma y acepte mis sentimientos. ¿Habrá sido tu discurso? —pregunté riéndome—. Te aseguro que no tengo ninguna intención de recuperar mis miedos. Quiero empezar este viaje contigo sin ninguna meta. Solo ir sintiendo la vida a tu lado, intentando también hacerte feliz.

—Ya lo soy. Soy muy feliz contigo. Te amo y ahora estoy segura de que has vencido tus dudas. Por cierto, te diré que estas aguas tienen propiedades curativas para casos de reumatismo, así que no te preocupes, porque vendremos de vez en cuando a bañarnos aquí. —Me dirigió una mirada burlona, soltó una carcajada y antes de que pudiese reaccionar se levantó y se dirigió a la fogata, que había encendido nada más levantarse.

Fui tras ella, cogí una toalla y comencé a secarle la espalda, aunque no fue más que una disculpa para volver a abrazarla, acariciar sus senos y besarla en el cuello. Me encantaba su cuello. Nina se volvió sonriendo y me besó en la boca.

—Será mejor que nos vistamos o nos vamos a quedar heladas. Ya te desnudaré después.

—¿Es una promesa? —pregunté mientras terminaba de secarme y empezaba a vestirme.

Nos preparamos una ensalada con los ingredientes que Nina fue sacando de la mochila y nos sentamos a comer. Después tomamos una infusión de hierbas, echamos otro par de troncos al fuego y nos recostamos en los cojines tapadas con una de las mantas. La somnolencia nos fue venciendo y abrazadas nos quedamos dormidas casi dos horas. Cuando despertamos avivamos la fogata, pues hacía un poco de frío. Volvimos a arrebujarnos entre los cojines con las mantas. Entre beso y beso, pregunté:

—¿Cómo descubristeis este lugar?

—No sé cuándo lo descubrieron. Yo lo conozco desde siempre. Solo sé que nuestros padres lo conocían, que nuestros abuelos y bisabuelos lo conocían, pero no sé exactamente qué antecesores de nuestro árbol genealógico dieron con esta cueva. Quizás nadie la descubrió. Quizás vivían aquí. Quizás nacieron aquí. Quizás se refugiaron aquí huyendo de algo. Quizás salieron del mar. Quizás nadie descubrió la gruta, sino que sus habitantes descubrieron el exterior y fundaron la aldea.

—Demasiados quizás —respondí mirándola con interés—. ¿Nunca has investigado o intentado averiguar cuál de esos quizás es la respuesta? ¿O quizás tú ya la conoces? —pregunté de nuevo, volviendo su cara hacia mí.

Nina me dirigió una de sus profundas miradas y sonrió, pero no respondió. No quise insistir. Había entendido lo de los tiempos, pero la abracé con fuerza. Entonces tomó mi cara entre sus manos y mirándome a los ojos añadió enigmáticamente:

—Es posible que la respuesta esté en uno o varios de los quizás. Es posible que sea un poquito de cada cosa.

—Eres especialista en excitarme y ahora estás excitando mi curiosidad.

—Sé paciente. Hay que subir los peldaños de uno en uno. Antes de responder a tu curiosidad sobre todo lo concerniente a esta gruta, debes aprender otras cuestiones. Pero prepárate, porque tendrás que tomártelo muy en serio. Y no va a ser fácil.

—¿Te refieres a lo que tú llamas el camino?

—Sí, pero quiero que si lo inicias sea con total libertad y porque realmente deseas hacerlo. No debes permitir que nada ni nadie interfiera en tu libre decisión. Debes meditarlo muy profundamente y dejarte guiar por tu corazón.

—Prometo tomármelo muy en serio, porque sé que lo es. También sé que no va resultarme fácil y no sé si tendré la capacidad, la paciencia y la disciplina que intuyo que son necesarias para llegar a la meta.

—No te pongas metas, mi cielo. No hay metas. Solo hay evolución, transformación… Imagina a un viajero que quiere llegar a un lugar determinado que desea conocer. Puede hacer dos cosas, viajar lo más rápido que pueda con la obsesión de llegar cuanto antes, sin poner atención en nada más, o viajar con serenidad y con la mente despierta para aprender y disfrutar de cada etapa del viaje. En el primer caso, solo importa la meta. En el segundo, lo importante es el viaje. Me gustaría que tú hicieras el viaje.

—¿Crees de verdad que puedo ser ese tipo de viajera?

—Estoy completamente segura. Lo supe el mismo día que te conocí. Tienes capacidad para ello. Estás en la escala vibratoria correcta para iniciar ese camino, pero la paciencia y la disciplina tendrás que trabajarlas mucho. Tienes que aprender a ser paciente. La luz solo llega cuando amanece. La impaciencia puede llevarte a la dispersión. He observado que tienes una curiosidad innata, que en sí misma es muy positiva, pero siempre que la controles y no te desborde. Si te interesan muchas cosas, puede ser que te impacientes y esa impaciencia puede lograr que te cueste concentrar tu energía en un solo objetivo y te disperses, con lo cual estarías desperdiciando tu fuerza y tu eficacia.

En ese momento la miré totalmente alucinada, porque acababa de hacer la radiografía de uno de los fallos que durante toda mi vida me habían acompañado. Me recordaba empezando multitud de cosas que abandonaba no tardando mucho porque en el horizonte de mi curiosidad había aparecido otra cuestión que despertaba también mi interés. Así, siempre había ido saltando de un tema a otro sin conseguir profundizar del todo en ninguno. Nunca había conseguido ser maestra de casi nada, pero, eso sí, siempre había sido aprendiz de todo. Por eso volví a mirarla asombrada.

Nina se dio cuenta, interrumpió su razonamiento y me interrogó con la mirada.

—Pero ¿cómo puedes saber eso de mí? Hay veces que me asustas un poco.

Se echó a reír y acarició mi rostro.

—No es que lo sepa, pero me he dado cuenta de que eres un poco impaciente y sé que la impaciencia no es buena si quieres comenzar el camino de la evolución espiritual.

Fui consciente de que, en cuestión de psicología, Nina era una experta. Le di las gracias por su advertencia y me abracé a ella de nuevo. Así permanecimos durante mucho tiempo, disfrutando del silencio que nos envolvía, solamente roto por el leve sonido de la pequeña cascada, y viendo cómo la claridad, que entraba por los orificios de la roca, se iba diluyendo, permitiendo el regreso de las sombras producidas por la luz de la pequeña hoguera.

La verdad es que pasar la noche en aquella gruta imponía un poco. Cuando se acababa la luz del día, el resplandor del fuego o la tenue luminosidad de las velas parecían agrandar aquella caverna, dando la sensación en algunos momentos de que aquellas sombras adquirían vida propia y se movían entre las rocas. Creo que si hubiese estado sola no habría conseguido dormir ni un instante, y eso que no me considero una persona miedosa; pero pensar dónde me encontraba y, sobre todo, ser consciente de que había otras dos galerías que, en la oscuridad, más que ver, adivinaba y que aún no sabía adónde conducían lograba que me sintiese un pelín inquieta, lo que hizo que me abrazase más fuerte a Nina. Ella me miró sonriente.

—¿Tienes hambre? —preguntó.

—¿De qué tipo?

Nina me dedicó una mirada burlona y soltó una carcajada. Nos levantamos, echamos otro par de troncos al fuego y terminamos con el surtido de queso y fiambres.

—La próxima vez que vengamos hay que traer más leña, queda poca.

—¿Soléis venir mucho?

—De vez en cuando, sobre todo en invierno, pues el baño es mucho más agradable.

—Intuyo que no toda la aldea conoce esta gruta, ¿verdad?

—¿Por qué intuyes eso?

—Porque si yo descubro un entorno tan vulnerable como este, intentaría mantenerlo en secreto para protegerlo aunque con ello violentase en cierto modo la confianza y la hermandad que existe en la aldea.

—Sí, así es. Tuvieron que sopesar y meditar el dilema, pero nuestros antepasados decidieron que, por encima de todo, primaba la protección de este espacio. Así que, hace ya un montón de años, todos los habitantes de la aldea hicieron un juramento de silencio para salvaguardar este entorno. Y ese secreto se ha ido transmitiendo solamente a las personas que, según el Consejo de los Mayores, estaban lo suficientemente preparadas para seguir protegiendo este rincón de la naturaleza. En realidad, salvo los niños y adolescentes, el resto lo conoce y protege, aunque algunos venimos más que otros.

—Sí, lo entiendo. No quiero ni imaginarme cómo habría acabado todo esto si llega a oídos de algún empresario turístico sin escrúpulos que solo piensa en el beneficio. Habrían destrozado la costa y no sé qué hubiera sido de la aldea. Gracias por haber confiado en mí. Te aseguro que seré una guardiana más de esta maravilla. Y gracias también por esta sorpresa y por haberme regalado estos dos mágicos días.

Nina me miró sonriente, se levantó, se quitó la ropa y se dirigió al estanque:

—Ven, agradécemelo en el baño.

La seguí y nos zambullimos en el agua. Nadamos unos minutos y volvimos a tumbarnos en la rampa.

—¿Sigues teniendo hambre? —preguntó Nina con una sonrisa burlona e incitadora.

—¡Ah! Pensé que no quedaba más queso —respondí riéndome mientras comenzaba a juguetear con mis manos sobre su cuerpo y sentí las suyas sobre el mío. Cuando volvimos al amparo del fuego estábamos casi agotadas. Nos secamos, volvimos a añadir dos troncos, nos preparamos otro par de infusiones y nos metimos en los sacos.

—Nina, tengo un par de preguntitas antes de dormirnos —dije con voz un poco mimosa.

—¿Solo dos? Venga, pregunta.

—Antes has citado un Consejo de los Mayores. Nunca os he oído mencionarlo.

—Ya has visto que todo lo concerniente al día a día de la aldea o cualquier problema que surge se resuelve democráticamente en asamblea, y has comprobado también que la fraternidad está fuertemente arraigada. Pero hay algunas cuestiones delicadas, como, por ejemplo, lo concerniente a este entorno, que hay que tratarlas en otro ámbito, porque nuestra responsabilidad para salvaguardar ciertos asuntos prevalece por encima de cualquier otra consideración. Y es ahí donde son necesarios la actuación y el liderato del Consejo de los Mayores, las siete personas más ancianas de la aldea.

—Muy interesante. No conocía la existencia de ese Consejo. Supongo que, por la edad, tu madre es una de ellas.

—Sí, Yanira lo preside. ¿Quién crees que pidió al Consejo que permitiese que tú conocieses la gruta?

—¿Lo pidió tu madre? Pensé que lo habías decidido tú.

—Yo se lo sugerí, pero ella no lo habría pedido, por muy madre mía que sea, si no hubiese comprobado que eras digna de confianza.

—¿Y cómo ha podido saberlo? Tampoco hemos hablado mucho.

—Hummm… Con Yanira… prácticamente no necesitas hablar.

—¡Vaya! Ya sé de quién eres alumna aventajada. Al final vais a hacerme sentir como una bacteria a la que analizáis por el microscopio. —Solté una carcajada mientras le hacía la segunda pregunta—: He visto el comienzo de otras dos galerías en esa pared de enfrente. ¿Adónde llevan?

Nina sonrió, pero se quedó callada. Yo respeté su silencio. Ella acarició mi mejilla.

—Las dos desembocan en otra serie de grutas similares a esta. Algún día haremos también esa excursión.

Entendí claramente su respuesta. El conocimiento de aquellas otras grutas pertenecía a otro escalón que aún no me correspondía subir. Pero algo muy importante para ellos debía de existir allí para que, después de haber ganado su confianza para conocer esa caverna, no me considerasen preparada para conocer grutas similares.

Cuando nos despertamos después de haber dormido plácidamente, en la hoguera solo quedaban rescoldos y la luz entraba con fuerza por los orificios de la roca, lo que nos indicó que la lluvia había cesado y el sol acariciaba los acantilados.

Nos levantamos, nos dimos el último chapuzón en la poza y le pregunté qué cualidades tenía el agua, pues me notaba la piel y el pelo mucho más suaves que de costumbre.

—Lo del reuma de ayer, aunque te lo dije bromeando, es verdad —respondió Nina—. Estas aguas son muy buenas para todo tipo de procesos reumáticos y para enfermedades de la piel.

Tras juguetear un rato entre la cascada y el estanque, recogimos las cosas, así como la ceniza y otra basura, y nos dirigimos al pasillo que conducía a la laguna donde estaba la zódiac. Puse en marcha el motor y Nina la condujo por el canal hasta su desembocadura en el océano. El sol lucía en lo alto y nuevamente me sobrecogí de admiración al contemplar los acantilados, los farallones, los pasillos y las formas extrañas que el agua había ido esculpiendo en las rocas. Parecía que la propia naturaleza se había encargado de ocultar la entrada de la galería, ya que esta solo se veía tras haber traspasado los dos primeros farallones, que parecían los guardianes de aquel entorno.

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472 p. 5 illustrations
ISBN:
9788416164776
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